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Texto digital de El desagravio en un duelo por la más noble belleza

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El desagravio en un duelo por la más noble belleza. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-desagravio-en-un-duelo-por-la-mas-noble-belleza.

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EL DESAGRAVIO EN UN DUELO POR LA MÁS NOBLE BELLEZA

Pag. 1

Comedia Nueva.

Intitulada.

El Desagravio en un Duelo,

Por la más noble belleza.

Personas.

El Rey de Polonia... Margarita, dama 1ª.

El Duque Federico... Rosaura, dama 2ª.

El Marqués Enrique... Flora, criada.

Alberto, barba... Gileta, pastora.

Espárrago, gracioso... Bato, pastor.

Un capitán, y la guardia... Un alcaide.

Soldados... Música, y acompañamiento.

1ª Jornada

Salen Rosaura, y Flora.

Flora.

¿Qué causa puede moverte,

a tan profunda tristeza?

Pag. 2

Flora.

cuando tienes hermosura

con dicha, como desea!

cuando te aclama Polonia,

con aplausos, por su reina.

cuando será el rey tu esposo,

que idolatra tu belleza,

al aire, esparces, suspiros,

y al viento, repites quejas.

Rosaura.

¡Ay Flora, no me atormentes,

con acordarme grandezas,

ni dichas, que para mí,

se han de convertir en penas.

¡Ay! Enrique, hoy te perdí,

mal haya el hado, que intenta

violentar los albedríos

al canje de conveniencias,

pues si ha de faltarme el gusto,

en el fausto, y la grandeza

aunque las dichas me sobren

de qué han de servirme ellas;

déjame sola por Dios,

que así descansa mi pena,

pues siempre, fue para un triste

la soledad, conveniencia.

Flora.

Perdóname aquesta vez

que en ello no te obedezca;

desde aquel Gabinete

que caen al jardín sus rejas,

puedes esparcir la vista,

y divertir tu tristeza,

pues ya a Lelia, de tu parte

dije, que desde él la letra

cante, que tanto te gusta.

Rosaura.

¡nada hallo, que me divierta!

Sale el Duque Federico.

aparte

Federico.

La ambición de una Corona,

qué de sobresaltos cuesta,

si a fuerza ha de conquistarse

del desvelo, y la cautela.

mas cueste lo que costare,

que aunque la vida se arriesgue

a verme Rey de Polonia

mi noble ambición anhela.

Rosaura, ¿cómo tan triste

hoy eclipsas tu belleza,

cuando no ignoras, que el Rey

idolatra tu belleza?

hoy me ha pedido tu mano,

Pag. 3

Federico.

y viendo lo que interesa

nuestra casa, el sí le he dado,

haz por desechar la pena

pues que consigues la gloria

de ser de Polonia reina.

Rosaura.

No es melancolía, hermano,

la que suspende mi idea,

porque también suele un gozo

molestar, como una pena;

y esto de tomar estado,

por acertado que sea,

también hace novedad,

y más, en quien no desea

tomarle con otro fin,

que cumplir con la obediencia

que te debo, a ser mi hermano,

sin deslustrar mi modestia.

Aparte.

Federico.

Poco una corona estimas,

a que mi ambición anhela.

Trata pues de prevenirte,

porque es forzoso que sea.

Sale Espárrago.

Espárrago.

Señor, acá todo el rey

se entra sin pedir licencia,

que en la voluntad los reyes

hallan las puertas abiertas.

Rosaura.

Yo me retiro.

Federico.

Rosaura,

es precisa tu asistencia,

pues con licencias de esposo

te viene a ver.

Aparte.

Rosaura.

¡Habrá pena

que iguale a la mía!

Federico.

Dile,

porque importa no me vea

hasta Palacio, que ahora

me ausenté de tu presencia,

y háblale del rey con agrado,

que oculto en aquesta pieza

escucho; apurar intento

si es amor, o si es cautela,

para tenerme obligado,

la repetida promesa

de dar la mano a Rosaura;

recelando, que mi diestra

puede darme aqueste reino,

y no sin causa recela,

pues le he de lograr, si acaso

no me es la fortuna adversa.

Ven, Espárrago.

Espárrago.

Ya voy,

que quebrantar no quisiera

Pag. 4

Espárrago.

el onzeno mandamiento.

Flora.

¿Qué su precepto ordena?

Espárrago.

El no estorbar, pero Flora

en el onzeno no pecas,

pues en vez de estorbar, hace

bien, su oficio de tercera.

Flora.

Mientes pícaro.

Espárrago.

No agravian

a nadie, las alcahuetas.

Federico.

Entra, acaba.

Espárrago.

Ya te sigo.

Vanse.

Rosaura.

Sin mí he quedado.

Flora.

El Rey entra.

Éntranse los dos, quedán- dose Federico al paño; sa- le el Rey.

Sale.

Rey.

Hermosísima Rosaura,

por quien de mayo granjea

la fragancia de sus flores,

al contacto de tu huella;

no extrañes, que me haya entrado

en tu casa, sin licencia,

supuesto, que me disculpa

el venir oculto a ella,

a buscar a Federico,

donde sin recelo pueda

de que ninguno nos oiga

hablar en una materia,

que importa a la paz del reino,

y también que no se sepa

hasta estar ejecutado,

pues no sin docta advertencia

dicen, son de los palacios

las paredes de vidrieras,

pues por ellas se traslucen

cuantas máximas se intentan,

y aun antes, que se ejecuten,

el pueblo suele saberlas.

Rosaura.

Vuestra Alteza gran Señor,

haciendo de esta casa esfera

con su esplendor soberano

emanando su grandeza,

favorece a sus vasallos,

con excesivas finezas.

Federico, en este instante

se ausentó de mi presencia

e ignorando esta fortuna,

diréselo cuando vuelva,

porque honra tan superior,

el Señor os agradezca,

que mi turbación, no halla

Pag. 5

Rosaura.

a Enrique, a quien como esposo

miro ya, una cautela

que discurrí, en tanto empeño

me valdré, para que entienda

el Rey, sin que pueda oírlo

mi hermano, que soy ajena

y que no puedo ser suya.

Aparte.

Rey.

¿Quién creyera, Cielos, que esta

pasión noble, que a Rosaura

mi labio la manifiesta

no es cierta, pues solo industria

es, que finge mi cautela?

pues persuadiendo, al aleve

Federico, con promesas

me casaré con su hermana;

temo, que su soberbia

ambición, no intente alguna

traición, cuando conferencias

tiene con mis enemigos,

según me han dado secretas

noticias, y luego que

el ejército me venga,

que el Emperador mi tío

me envía, sabré si es cierta

la composición, que tiene

con los Aliados hecha,

Pag. 6

A ella.

Rey.

y en vez de darte la mano

a tu Hermana, su cabeza

pondré a mis pies, pues amante

en mi afecto, en vano fuera

pues sujeto mi albedrío,

a aquella Deidad, a aquella,

que en las fantasmas del sueño

la ilusión me representa;

y en vano, puede borrarla

de la memoria, la idea,

ya ninguna beldad, puede

ser dueña, de mis potencias.

Aquesta suspensión mía..

de tu diversión honesta

nace, Rosaura, y así,

rompa tu silencio, el tema

que de ella tu labio, logre

mi amor, la correspondencia

de que sepa, si mis cultos

los admite tu belleza,

para que mis esperanzas,

antes de nacer, no mueran.

Cantan dentro.

Música.

Mejor es callar,

ceguezuelo Dios,

que en saber fingir

desdices de amor.

Calla, villano, aleve, traidor,

pues disimulada

a cualquier agrado

mas que fineza, tirana traición.

Mejor es callar,

ceguezuelo Dios.

Rey.

¿Qué es aquesto?

Rosaura.

Una criada

al aire, este acento dio.

Aparte.

Rey.

Parece que se careó.......

con mi intento, cautelada.

Rosaura.

Y por mi señor parece

que su acento organizado

os ha respondido; pues

cuando hizo de mi recato

no fuera en mí, este silencio,

no debierais extrañarlo;

y más, cuando no ha un instante

que Federico mi hermano,

parte medio, de un favor

que intentáis, hacer a entrambos,

y tan superior, que viendo

el espacio dilatado

que hay, de la esfera de un Rey

a la esfera de un vasallo;

no hallando merecimientos

en mí dignos, a tan alto honor.

En la confusión,

Pag. 7

Rosaura.

de no creerlo, ni dudarlo

neutral, vuestro amante afecto,

ni le desprecio, ni pago;

advertida, del sonoro

sutil concepto, que acaso

a articular la voz vuelvo

otra vez, al viento vago.

Margarita y Música.

Mejor es callar,

ceguezuelo Dios,

que en saber fingir,

desdice el amor.

Música.

Calla villano, aleve, traidor,

pues disimulado,

es cualquier agrado,

mas que fineza, tirana traición;

Mejor es callar, ceguezuelo Dios.

Federico.

Discreta le ha respondido;

Enrique.

¡Quién creyera tal desengaño!

Rey.

Lo que no correspondido,

en no verse despreciado

mi amoroso afecto, queda

desvanecido, pues gratos

favores de una deidad,

los consigue el holocausto,

la fineza, el culto, el ruego,

con rendimientos postrados.

Deja caer un guante; y el Rey le levanta.

Rosaura.

Empeñándose va más

el Rey, y para estorbarlo,

y poder desengañarle

de la industria, ahora me valgo

que antes discurrí.

Dala el Rey el guante, y ella se queda con él en la mano, sin ponérsele.

Rey.

Este guante,

ha medido en breve espacio,

la distancia, que hay del suelo,

a la esfera de tu mano.

Y aunque mi afecto debiera,

por aquel feliz contacto

que de tu mano logró

por favor, ahora, estimarlo;

el guante te restituyo,

pues aquel que da el acaso

no es favor, cuando es descuido

de su dueño, le ha feriado.

Rosaura.

La urbanidad agradezco.

Pero advertid, que es cuidado.

El que os parece descuido.

A fin solo de avisaros.

Para estrechar la distancia.

Por poder más cerca hablaros.

Sin riesgo de mi decoro.

Porque me escucha mi hermano

que la mano de este guante

tiene dueño; y tan hidalgo

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Rosaura.

y tan leal vasallo creo

que en sangre, valor y garbo,

ninguno le hace ventaja.

Señor, y este desengaño

no me le debéis culpar

ni sentirle como agravio

pues no es buena para esposa

de un monarca soberano

como vos, mujer que a otro,

aunque sea honesto y casto

le hizo el más leve favor;

y puesto que os desengaño

ved vos contra prudencia

cómo podréis los tratados

con mi hermano suspender

sin nota de mi recato.

Federico.

Con la ocasión de tomar

el guante se acercó tanto

al Rey, que no oigo qué le habla.

Enrique.

Ya es evidente mi daño

pues excusa que se oiga

lo que le dice.

aparte

Rey.

A mi cargo queda observar

tus preceptos.

Rosaura divina, cuando

son tan de mi agrado, nunca

apartaré de mi lado

a tu hermano Federico.

Y él siempre de aqueste vasto

reino ilustre de Polonia

tendrá el gobierno mandando

en él siendo su ocio; aquesto

por saber me está escuchando

para mis designios. Importa

por conservarle; y en cuanto

si dilatare la dicha

de lograr tu blanca mano

no está en mí; pues en un Rey

aún más que monarca, esclavo

de sus vasallos, supuesto

que aun para tomar estado

aunque sea elección suya

la han de aprobar sus vasallos.

Capitán.

A no ser mi amor fingido

bueno hubiera yo quedado.

Quién será a quien corresponde.

Pero ahora esto no es del caso.

Carlos.

Cuerdamente ha respondido

el Rey pues dilatando

los tratados de las bodas

dará providencia sabio.

Como quedará él bien puesto

y mi honor asegurado.

que no erra aquí Vuestra Alteza.

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Carlos.

con la decencia y reparo

de quién es.

Rey.

Ya te he entendido.

Rosaura, dile a tu hermano,

Federico, que al instante

me vaya a ver a palacio,

y el cielo te guarde.

Rosaura.

Él sea

quien siglos muy dilatados

vuestra vida la prospere

para honor de sus vasallos.

Rey.

Para emplearla en su amparo

la estimaré más, y juro.

Éntrase.

Enrique.

El Rey se ausentó, a que sepa

quise su inconstancia salir.

Sale Enrique, y al verle Federico se vuelve a retirar.

Federico.

Salgo a hablarla; mas ¿qué veo?

Enrique aquí se ha quedado,

que sin duda con el Rey

vino; y será reparo

salir tan presto.

Aparte.

Rosaura.

Aquí vos,

Enrique; si es que ha escuchado,

lo que hablé al Rey.

Aparte.

Enrique.

Vuestra Alteza,

como a uno de sus vasallos,

no escasee la fortuna

de darme a besar su mano,

porque logre mi atención

decir (de cólera rabio)

consigue vanaglorioso

ser quien primero, allegado

aunque no digno, a rendiros

este rendimiento hidalgo,

y os repito el parabién,

muy gozoso deseando

le logréis en dulce unión,

y el fiel cariñoso lazo.

Aparte.

Éntrase.

Rosaura.

Basta, Enrique,

que os pasáis de cortesano

a lisonjero; que mal,

ostento despego tanto,

porque mi hermano me escucha

habrá tormento más raro,

nunca dudar. Y os digo

lo que estimáis a mi hermano,

de su parte yo agradezco

la atención; augurando,

que seréis siempre atendido

como merecéis, y en tanto,

advertid, que el Rey se fue,

y que aún no me he coronado.

Enrique.

¿Que esto escuche y tenga vida?

Pag. 10

Enrique.

mas es mujer, no me espanto,

que a la ambición de ser reina

haya su afecto trocado.

Sale Fed.

Federico.

Ahora es bien que salga, ¿Enrique?

Vos aquesta esfera honrando,

mas por tan vuestro lo creéis,

ahora a saber acabo

que Su Alteza, Dios le guarde,

a honrarme en mi casa ha estado.

(Aparte)

Enrique.

Es verdad; yo con él vine,

pues ando con el cuidado

de aquel continuo accidente,

o éxtasis tan extraño,

que arrebata su discurso,

de una idea motivado,

o ilusión vana, que en sueños

dice que ve; sin que hayamos

quiera de ella más noticias.

Y no me quise ir sin veros,

como el más interesado,

en daros el parabién

del digno, feliz estado.

(Cielos de ira, estoy ciego),

que logre por muchos años

Rosaura en casto himeneo,

siendo ya reina de entrambos.

Federico.

Lo agradezco en mí, Enrique;

el tiempo lo irá explicando,

que no es malo para amigo

quien logra aun rigor hermano.

(Aparte)

(A Fed.)

Enrique.

Qué mal disimular sabe

su ambición este tirano.

Pues ahora dadme licencia.

Si mandáis algo,

pues es fuerza salga ahora,

y en detenerme le falto.

Federico.

Yo solamente serviros,

también yo voy a palacio.

(Aparte)

Enrique.

Allá nos veremos.

(Cielos,

para cuándo son los rayos,

acabad con esta vida,

mas pedíroslo es en vano,

pues no encuentra con la muerte,

nunca aquel que es desdichado).

Vase.

(Aparte)

Federico.

Yo con esto ambiciono más;

ya a la cumbre vas llegando,

dichos, pues a mi hermana,

ver reina tan presto aguardo.

Pues siéndolo ella podré,

con más imperio ir logrando,

a mi devoción la plebe,

y la nobleza con cargos,

honras, mercedes, y puestos.

Pag. 11

Federico.

y teniendo los soldados,

castillos, y fortalezas.

del Reino tan a mi cargo.

con la gente, que ya tiene.

Con fe dejada a Ricardo.

y espero me envíe muy presto.

quién podrá estorbar osado,

si de General empuño,

el bastón, que se me ha dado.

en cetro no le transforme,

y me vea coronado.

este Reino de Polonia.

por su dueño, Soberano.

Fortuna, puesto que anhelas

a ensalzar a los osados.

buen triunfo esperas en mí.

pues aspiro al solio sacro.

fiado, en ti, porque tú haces

dichosos los desdichados.

Vase.

Salen Bato y Gileta labradores rústicos.

Gileta.

Bato, ¿qué tu intento traza?

no es a andar, esto es correr.

Bato.

Siempre mi propia mujer.

no ha de ser mi eterna amada.

dejarte atrás mi fe intenta

por librarme de ti hoy.

Gileta.

¿Y si con la fiera doy,

que estos montes amedrenta?

Bato.

Nada Gileta se pierda.

la fiera contigo dé,

pues siempre oí de argüir

un lobo a otro no se muerde.

y fiera por fiera, no

has de parar, por tan bella,

yo la he visto, y tiene ella,

aún mejor cara que yo.

que es mujer por cierto entablo.

aunque de pieles está,

vestida, porque mujer ya,

no es la misma piel del Diablo.

Gileta.

¿Y qué hombre, pues ese ultraje

haces a cualquier mujer,

(Como tú) no viene a ser,

un grandísimo salvaje?

Bato.

De haberlo sido me corro.

pues contigo me casé.

Gileta.

aún más lo fui yo a la fe,

pues me casé con un zorro.

Bato.

Y aparta no me desquito

que a caza ha salido el Rey.

y voy a verle.

Gileta.

¿Y es ley

dejarme en este conflicto?

si la fiera sale.

dentro voces

Voces.

Ataja.

seguidle por la vereda.

dentro Otros.

Otros.

el oso por la ribera.

veloz, desde el monte baja.

Pag. 12

Dentro unos.

Dentro otros.

Sale Margarita vestida de pieles, y el cabello suelto.

Margarita.

Qué voces tan desusadas

de la quietud de estos riscos

son estas, pues de la estancia

oscura en que mi adoptivo

padre me tiene encerrada,

siendo para mí prisión

desde mi primera infancia,

de aqueste estruendo movida

a inquirir salgo la causa.

Allí unos pastores veo,

sabrélo de ellos; honrada

gente.

Gileta.

Con la fiera dimos.

Bato, huyamos.

Margarita.

Las espaldas

no volváis, no os haré daño.

Bato.

¿Quién fía a usted?

Margarita.

Mi palabra.

Bato.

No la cumplen los señores,

¿qué hará una fiera inhumana?

Margarita.

Malicioso es el villano.

Acercaos más.

Bato.

No es urbana

atención las cercanías

cuando a un superior se habla.

Margarita.

Yo me acercaré.

Gileta.

Oíte allá.

Bato.

Señora fiera o salvaja,

si usted, a uno de los dos

se ha de comer por blanda,

mi mujer está manida

y es buena para mechada,

que es como se comen ya las pollas.

Gileta.

Usted tal no haga,

cuando a él por jabalí

comer pueda, y de la carga

aliviarme de mi marido,

que a caza de zorras anda,

que las coge por la cola

y las desuella en la cama.

Margarita.

A ninguno le haré daño,

como me digáis la causa

del estruendo de esas voces

que empiezan.

Dentro unos.

Ataja,

que el oso al río se arroja.

Dentro otros.

De la traílla desata

los sabuesos.

Margarita.

Estas eran.

Bato.

Es que el rey salió a caza

de fieras como usted.

Margarita.

¿Quién?

Bato.

El rey que en Polonia manda.

Margarita.

Válgame el cielo, qué nuevo

sobresalto el pecho extraña

al oír del rey el nombre,

que no ofende sino halaga,

tanto que a verle me obliga.

No sé qué secreta causa,

cómo lo podré lograr.

Pag. 13

Margarita.

¡Cielos! Es bien me valga.

Ven acá, llégate a mí.

Bato.

Eso es huir de las brasas,

y dar en la lumbre; usted

diga desde ahí qué me manda.

Margarita.

Tú como pastor sabrás

las sendas más desusadas

de estas montañas.

Bato.

Es cierto.

Margarita.

Pues sin que sea notada

de nadie, me has de guiar

a ver al Rey en la caza.

Bato.

Yo lo haré.

Margarita.

Dime ¿es galán?

Bato.

Y de presencia gallarda,

y prendas muy excelentes

y por las tiene empeñadas,

no echándonos pechos.

Margarita.

Cielos, ya dije que no sin causa,

sobre natural en mí,

aquesta pasión me arrastra;

a buscar verle tú me ve guiando.

Bato.

Es que falta primero.

Margarita.

¿Qué?

Bato.

El atisbar

desde esa peña elevada

la parte donde cazando

el Rey con su gente anda.

Margarita.

Ve a verlo.

Bato.

Ven tú Gileta.

Margarita.

Que vayas tú a verlo basta.

Bato.

Importa al caso, pues ella

tiene la vista más larga

y yo cuando no he bebido,

tengo siempre cataratas

en los ojos.

Margarita.

Id los dos.

Gileta.

¿Qué intentará este panarra?

Bato.

Anda presto.

Gileta.

Ya te entiendo.

Entranse.

Margarita.

Si será pasión del alma,

aqueste honesto deseo

de verle: o amor que llaman.

Como he oído a mi padre

más lejos de mí se apartan

los villanos o pastores.

Dentro Gil.

Gileta.

En vano son las llamadas.

Dentro Bat.

Bato.

Mámola señora fiera.

Margarita.

¿Habrá más aleve infamia?

¡Viven los cielos villanos!

Que habéis de probar mi saña,

aunque os valgáis de la fuga.

Salen huyendo Bat. y Gileta, y Marg. siguiéndolos; por la puerta de en medio sale el Rey al encuentro, y Alberto.

Bato.

Gileta que nos alcanza,

huye.

Gileta.

Ya corro.

Margarita.

Aunque el viento

os preste sus mismas alas

no os libraréis.

Rey.

¿Qué es aquesto?

Que tu natural no se halla,

sin maltratar cuanto encuentras,

¿qué motivo di, o qué causa

te han dado esos dos pastores?

Pag. 14

Rey.

que por hacer de la gala

derribaría, y de sus fuerzas

no perdonó tu ira rara

ni la humildad del pastor

ni de los brutos la saña.

Es posible, Margarita,

que enmienda, amor, no hallan tantas

gratas por razones mías.

Margarita.

Solo esto me faltaba

para apurar mi paciencia.

Si la providencia sabia

del destino, de mi estrella,

que en todo me están contraria,

medio aqueste, natural

alivio de esta arrogancia

que no puedo reprimir,

cómo quieres violentarlas

con tus persuasiones, cuando

mi presunción noble es tanta,

que aun verme reina absoluta

de este reino en campaña

lo tengo por triunfo corto,

pues a mi valor vasallas

se miran fieras y brutos

siendo trofeos a mis plantas.

Y aguisado a mí me parece,

estrecha toda esa vasta

monarquía de la tierra

para poder dominarla.

Quieres sujetar mis bríos,

no me basta, no me basta

tenerme oprimida en esa

funesta, lóbrega estancia.

Muda roca, perdonad.

Respira aquesta mañana

al ver que agobian sus hombros

el peso de penas tantas.

Pues, Inés, ¿que mis iras

se venguen de la pesada

burla que aquestos pastores

a mí me han hecho?

Alberto.

Di, ¿en qué te agravian?

(aparte)

Margarita.

Después que solos castigue,

a brutos que me dieron causa

bastante; ocultar importa

lo que mi anhelo intentaba

para lograrlo después.

Alberto.

¡Ay, Margarita, basta!

Porque si tú mis preceptos

por justa no los violaras,

no encontraras los pastores

contigo; ni se burlaran

de ti; pues viéndote en ese

bruto traje, es fuerza que hayan

de temerte, como a fiera,

y tratarte como a extraña.

¡Ay, hija del alma mía!

Cuántas veces, dime cuántas

te he prevenido, que de este

áspero coto no salgas,

cuyas intrincadas peñas

tu vida y mi vida guardan,

la tuya de una traición

y la mía de la saña

de no menor crueldad.

Pag. 15

Alberto.

pues siempre (ay de mí) que hallara

fueros del traidor, fingida

y mi infeliz vida acaba.

Y así, puesto que mis ruegos

a persuadirte no bastan,

muévate este llanto mío

que del pecho se desangra.

Margarita.

Esos ocultos enigmas,

o secretos que recatas,

a mi inteligencia sirven

de impacientar más ansias.

Si dices que me encontraste

en esta ruda montaña,

expósita de los hados,

en mi primer tierna infancia,

y que mis lentos gemidos

imanes fueron con alma

que pudieron atraer

tu afecto a que me buscaras

y hallaste (raro prodigio)

que una fiera me arrullaba,

dándome piadosa el pecho,

quizás con secreta causa

porque encontrase en los brutos

lo que en los hombres no hallaba;

y tomándome en los brazos

sin que hiciese repugnancia

la que reina de las fieras

nace, y vive coronada,

la leona, me llevaste

piadosamente a tu estancia,

adonde siempre acudía

ella cariñosa y grata

a nutrirme el alimento

porque de él privada estaba.

Si no sabes más de mí

y si solo mi crianza

a tus piedades les debo

para qué, dime, me guardas

con tan arcanos misterios

qué traición, o qué asechanza

es la que puede esperar

una mujer arrojada

a la inclemencia del cielo;

y así, si no me declaras

por fin, si soy, o no soy

algo más de lo que callas

vive el Señor, vive

aquesta antorcha que es alma

del día; y el corazón

de esta esfera soberana

que desesperada

me he de arrojar de esta alta

cumbre, donde hecha pedazos

baje a ser ejemplo.

Alberto.

Calla,

estás loca, de esta suerte

la noble piedad me pagas

de haberte, ya que no el ser

dado, vida y enseñanza

que es mucho sí, no te he dado?

y mil veces palabras

que el tiempo abrirá camino

que es quien todo lo declara

para que sepas quién eres

que aunque cautiva, es tanta

no pruebe tu fantasía.

Pag. 16

(Aparte.)

Alberto.

en la perspectiva varia

que pinta la idea atenta,

darte nobleza más alta;

no te baste saber

para que de ello avisada

no faltes a tu decoro,

a tu honesto honor, y fama

lo más que mi prudencia

a tu noticia recata,

sabrás de mí cuando el cielo

con su providencia grata

por una inocencia vuelva

y castigue una tirana

vil, traición; lo que ahora importa

es que al instante te vayas

a nuestro albergue; porque

el Rey de Polonia, a caza

de estas asperezas vino

y en su turbamulta, librada

nuestra desdicha está; pues

uno que al Rey acompaña

es el traidor que ha causado

Margarita tu desgracia.

(Mucho me declaro, aleve

Federico.)

Margarita.

Si mis ansias

valen contigo algo, dime

quién es para que arrestada

le dé la muerte.

(Aparte.)

(Aparte.)

(Aparte.)

Alberto.

A saberlo

también lo hiciera mi saña,

solo sé que sirve al Rey.

Tal es su valor que creo

que airada lo ejecutará

a darle pena.

Retírate a nuestra estancia

para evitar tu peligro

y ten segura esperanza

que el tiempo se va acercando

a que felice te hagas.

(Un acaso, y no lo dudo

le doy crédito a la Magia

de Gervasio, pues de él sé

la tragedia desgraciada

de Margarita, y el modo

con que logre ser amada

del Rey; pero no es del caso

que esto a la memoria traiga

ahora) no te vas.

Margarita.

Ya

te obedezco; aunque arriesgada

quedo, a que después me culpe

mi resolución bizarra,

¿yo he de ver al Rey pues siempre

la privación da más causa

a cualquier deseo?

(Dentro.)

Enrique.

¡Montero!

Mirad que el Rey se adelanta

tras la fiera.

Alberto.

Aquestas voces

ya se escuchan muy cercanas.

Vete al punto.

(Vase.)

Margarita.

Ya me voy.

Pag. 17

Alberto.

Y no haber confidancia,

si el Rey se acerca a este sitio

porque es bien tener cerrada

mi cueva con el peñasco

que es de su boca mordaza.

Entra Espárrago.

Espárrago.

¡Ah, señor Marqués Enrique!

Alberto.

Salirme es fuerza.

Entrase.

Sale Enrique y después Espárrago.

Enrique.

¿Quién me llama?

Espárrago.

Yo.

Enrique.

Pues, Espárrago, ¿tú

también has venido a casa?

Espárrago.

Soy gracioso, pero fío

y así en aquestas jornadas

que con el Rey sale mi amo

el Bureo a mí me encarga

que traiga la fiambrera,

y a eso vengo.

Enrique.

Siempre gastas buen humor.

Espárrago.

Es que me azoto siempre

por Semana Santa.

Enrique.

Pues, ¿qué tiene que ver eso

con el buen humor?

Espárrago.

Se saca

la sangre, y con una purga

no hay mal humor por la Pascua;

pero dejando las burlas,

a cazar vengo una ganga.

¿Qué dieras por un papel?

Enrique.

¿De quién, dime?

Espárrago.

De Rosaura.

Enrique.

De un imposible no hay precio.

Espárrago.

Pues buen bolsillo me aguarda,

este papel es suyo.

Dale una cadena.

Enrique.

Desta cadena se paga.

Dámele.

Espárrago.

Nunca mejor

ha encajado, a un toma y daca.

Enrique.

Leerle quiero.

Espárrago.

Déjalo ahora,

que Federico a esta estancia

llega, y oler por hermano

huele el papel a su hermana.

Enrique.

¿Por cuánto hallara mi muerte

quien un bien me dilatara?

Como que al Rey voy siguiendo,

ausentarme intento para

saber con qué disculpa

a su falsedad esta ingrata.

Vase por una puerta y sale Federico.

Espárrago.

Fuese.

Federico.

Espárrago, ¿qué hacías

ahí con el Marqués?

Espárrago.

Ya escampa,

y lloverán más preguntas

que en el mes de mayo agua.

Aparte.

Federico.

¡Qué de sobresaltos cuesta

a quien conjurarse traza!

No me respondes, ¿qué hacías?

Espárrago.

Yo no hacía con él nada,

que él a mí me deshacía,

a preguntas bien cansadas.

Federico.

¿Qué te preguntaba?

Espárrago.

Si

las raciones me pagaban.

Pag. 18

Federico.

¿Qué le debe al Marqués, en eso?

Espárrago.

Mucho, y no mucho pues andan

sabiendo los más señores

y otros que lo son no pagan

a sus criados; y así

ejemplar en ellos hallan

por vanidad hacen lo mismo

y no les dan una blanca.

Federico.

Ya a eslabonar disparates

empiezas.

Ap.

Espárrago.

La frase es mala

si habrá olido la cadena

pues en eslabones habla.

Federico.

Vete, que oír tus locuras

no quiero.

Espárrago.

A buena gana

voy a ver si la cadena

que me echó Enrique es pesada.

Entrase.

Saca una carta.

Lee.

Federico.

Ya distante algo el Rey

vuelvo a leer aquesta carta

que ahora de Ricardo tuve

con quien tengo hecha alianza

para la conjuración

y a su palabra no falta

con la gente que me ofrece

presto veré coronadas

mis sienes con el laurel

de Polonia; ya alistadas

dice aquí; tiene en las tropas

de caballos, y corazas

hasta cinco mil soldados

y de infantería pasa

de otros cinco mil.

Sale Mar.

Margarita.

Por esta

oculta senda se ataja

la distancia más; adonde

se oye el ruido de la caza

mas con un hombre ¡ay de mí!

he encontrado, y en la traza

parece que es caballero.

Encuentra Margarita con Federico.

Federico.

Qué admiración tan extraña

es la que estoy viendo.

Margarita.

Huir

dél importa.

Federico.

No te vayas

ignorado asombro, espera

pues en ti el discurso apura

que desmiente tu hermosura

todas las señas de fiera.

¿Quién eres? que en crueldad

al ser de humana prefieres

y aun dudo en ti; si eres

fiera, mujer, o deidad.

Margarita.

Soy porque no os cause enojos

si no me dejáis pasar

mujer, que os sabrá abrasar

con los rayos de mis ojos.

Federico.

Ya sus luces han obrado

el rigor que no resisto

pues solo en haberos visto

a sus ojos he cegado.

Margarita.

Apartaos.

Federico.

Si al arrebol

primero del amanecer

se me ausenta el rosicler

qué importa haber visto al sol.

Pag. 19

Margarita.

Pues qué intentáis?

Federico.

Que este fuego

amoroso, que me abrasa,

temple en tu mano.

(Aparte)

Margarita.

Vete.

Qué simpatía tan rara

me causa este hombre;

que el odio

se ha engendrado allá en el alma

con oculta fuerza.

Federico.

Deja que la nieve congelada

de tu mano toque.

Margarita.

Vive el cielo, si se propasa

otra atención, a cortes

grosera, que la infamia

castigue.

tómale la mano y ella se la aprieta a modo que él hace como para asirla

Federico.

Logre yo ahora

el favor, que la amenaza

no temo: mas, ya tu mano

he conseguido.

tómale la mano

Margarita.

Toma

que no la da por favor

quien la da para venganza.

Federico.

Qué es lo que haces, vive Dios,

que no vi fuerza tan rara.

Margarita.

Ahora templad en la nieve

el ardor que os abrasaba.

Federico.

Suelta que me haces pedazos

la mano.

Margarita.

Antes de soltarla,

la espada os he de quitar.

Federico.

A mí?

Quítale la espada y él por defenderla teniéndola en la mano izquierda la deja caer al suelo.

Margarita.

A vos; pues quien tan flacas

fuerzas tiene, que se queja

que una mano le maltrata,

una mujer; ni aun de adorno

le puede servir la espada.

Federico.

Vuélvemela, o vive Dios,

que te mate.

Margarita.

La amenaza

es muy buena, para quien

no tiene fuerzas, ni armas.

Idos, y sea muy presto,

que vuestra vista me enfada.

Federico.

Que he de irme sin que primero

mi acero cobre?

Margarita.

Extremada

bobería; de qué suerte?

Quiérese acercar aquí a quitarle la espada y ella se la pone a los pechos.

Federico.

De esta.

Margarita.

De una cuchillada

va que os parto la cabeza.

(Aparte)

Federico.

Gente bárbara e inhumana,

fiera; mi fuga es precisa

pues ni a una mujer agravia

ni es decoro ver a una loca

un hombre que está sin armas.

Yo llamaré a los monteros

y haré que domen tu saña.

Margarita.

Serán pocos, a fe mía,

para huir.

Vase Fed. por una puerta y al ir sale al encuentro Albo.

Federico.

El viento alas

me prestará.

Margarita.

No es muy fácil

que te libres de mí.

Sale Albo.

Alberto.

Aguarda

dónde vas?

Margarita.

Dejad a ese cobarde

Pag. 20

Alberto.

Quién te ha dado aquesa espada?

Margarita.

Se la quité a ese atrevido.

Alberto.

Tenía ocasión?

Margarita.

La que basta.

Como ha un instante, señor,

me dijiste que miraras

por mi decoro, y mi honra,

quiso ese hombre deslustrarla

tomándome infiel la mano,

y yo le quité las armas

para ofender mi honor

y castigar su arrogancia.

Alberto.

Si tú, airada, Cielos, como

tomarlas, te retiraras,

evitabas el peligro,

y a mí un pesar me estorbabas.

Margarita.

Lo que un acaso dispuso

en sí la disculpa halla.

dentro el Rey.

Rey.

En vano, indómito bruto,

solicita tu arrogancia

precipitarme.

dentro voces.

Voces.

Acudid

a evitar tan cruel desgracia,

que al Rey se le ha desbocado

el caballo.

Alberto.

Aquesa espada

me da, que librar al Rey

intento.

Margarita.

Todo mis armas,

para que o yo, lo que yo

puedo hacer, airoso haga,

y así perdona que a mí

a ejecutarlo me llama

más noble lealtad;

(Entrase)

Alberto.

Espera.

Pero detenerla es vana

diligencia: pues dejando

atrás el viento, aun no estampa

su huella la arena; pero

ya con el bruto se iguala

y de un revés ambos brazos,

le cercena con la espada,

y ya de pie, en los suyos

al Rey animosa saca,

con que aplaudida de todos

se acerca aquí.

(Retírase)

Sale Enrique.

Enrique.

Qué lograra

otro antes que yo librar

al Rey; pero aquí una carta

está: al Duque Federico dice;

por ser cosa extraña

en este sitio la guardo.

Alberto.

Ocultarme es fuerza hasta

ver en qué para.

Margarita.

Señor,

ya vuestra Alteza se halla

libre de riesgo.

(Aparte)

(A ella)

Rey.

Qué miro?

Ilusiones, y luz vana

que aun con hallarme despierto

me finge mi idea extraña.

No es aquesta la beldad,

que veo representada

en el sueño?

Galan es...

Margarita.

Con la Majestad retrata.

Y pues ya del impensado

peligro que amenazaba

vuestra vida, estáis seguro,

quedad en paz.

(Entrase)

Rey.

Tente aguarda.

Tras ella iré por supuesto

a sus ojos ocultarla

(Vase)

Margarita.

No puedo porque de un padre

la obediencia fiel me llama.

Pag. 21

Rey.

Ya te seguiré.

Sale Fed.

Federico.

Monteros,

aquesta fiera buscadla.

Rey.

¿Qué es esto, Duque?

Federico.

Señor,

buscar una fiera extraña,

que con señas de mujer

es más que fiera; pues cauta

me despojó del acero.

Rey.

¿Y he de castigar su saña?

Dejadla; porque si a vos

os ha llevado la espada,

a mí me ha robado la vida

llevando robada el alma,

y así busquémosla todos

sin que reserve la maraña,

selva, risco, monte, peña,

cóncavo, quiebra, o estancia

que no registre.

M. Cena.

Ya todos,

Federico.

vamos, señor, a buscarla.

(Éntrase)

Rey.

¿Qué mujer es esta, a quien

el pecho se sobresalta?

Dadme un caballo, que yo

seré el primero que hallarla

intente; para apurar

si puede darse en la farsa

de fábulas amorosas

novela tan nunca usada,

que el amor haga sepulturas

las dichas que son soñadas.

Éntranse todos, y se da fin a la primera Jornada.

Jornada segunda

Pag. 22

Jornada Segunda.

Salen Álvaro y Margarita

Álvaro.

Tres veces bordó de aljófar

la aurora de estas montañas

la esmeralda que producen

y tres veces, ni aun la cara

descubrimos, escondidos

en esa lóbrega estancia

o cueva, que nos alberga

recelando, que te hallara

la gente, a quien mandó el Rey

te buscase (no sin causa

Margarita que la ignoras

y de mí luego sabrásla),

y pues ya a los Monteros

sin duda desconfiada

la diligencia de hallarte

volvió al desvelo la espalda

no escuchándose más ruido

de acento, ni voz humana

que el de la acorde armonía

que al despestañear del alba

el gorjeo de las aves

y ruido del agua causan

ya que a respirar salimos

a esta verde amena estancia

del susto de ser hallados

pues nada nos sobresalta

antes viendo que hay en ti

resolución tan hidalga

entendimiento tan noble

y valentía tan rara

para defender tu honor

como lo afirma la extraña

osadía de quitarle

Pag. 23

Álvaro.

aun asiendo la espada

que intentó ofenderte aleve

y que con ella arrestada

diste al Rey la vida; acaso

de mi fortuna afianza

mi resolución también

es, que de este monte salgas

y que salga de mi pecho

el secreto, que ocultaba

a tus noticias; pues ya

(como te di la palabra)

llegó el tiempo, Margarita,

según conjeturas claras

de que mude de semblante

tu suerte hasta aquí contraria.

Margarita.

Sola fineza te estimo

Señor; pues tu amor se apiada

de mí; que ya era rigor

aún más que piedad: hidalga

por ofender fiel mi vida

del rigor que la amenaza

que la libertad, no goce

que logran en esa varia

nación del aire, y la tierra

el ave, que aquesa baja

esfera, el aire cruza

siendo exhalación con alas

el pez, que bajel viviente

toca el golfo de las aguas

el feroz bruto, y la fiera

que fatigan la montaña

que aunque ya otro lo ha dicho

exagerando su extraña

prisión; no es culpa que yo

de su concepto me valga

y que en la opresión que siento

también el discurso añada

que el pez, el ave, y la fiera

con menos instintos, y alma

gocen de más libertad

que gocé desde mi infancia

obediente a tus preceptos

y sujeta a tu crianza.

Alberto.

Si hasta aquí no ha sido culpa

en mí, prudencia fue sabia

no acordarte lo que eras

cuando abatida te hallas

al pobre estado, que aun una

plebeya la despreciara.

Margarita.

Aun más que culpada está

tu cordura acreditada

hasta aquí; pero Señor

ya que cercana esperanza

me pones, de mejorar

de fortuna, cuánto tardas,

en declararme quién soy,

si todo tu favor me atrasas.

Alberto.

Pues escucha tu tragedia

y mía, que eslabonadas

es preciso una con otra

pues corren igual borrasca

en el mar de la fortuna

mi historia, y la tuya extraña.

Margarita.

Ya del hilo de tus voces

pendiente está, toda el alma.

Alberto.

Estanislao Rey invicto

de Polonia, cuya sacra

corona le cambió el cielo

a la diadema sagrada

por columna de la Iglesia

defensor de su fe santa

fue mi dueño, a quien serví

desde mi primera infancia

y de la de su florida

Pag. 24

Alberto.

real primavera temprana,

ambos nos criamos juntos,

pues por ser yo en su casa

admitido, si en nobleza

real la mía no igualaba,

a la mejor de Polonia

hacía muchas ventajas.

Creció en los dos, con la edad,

aquella amistad hidalga

que en las niñeces engendra

el trato; con que fue tanta

la pasión con que me amó,

que apenas por su monarca

le eligió Polonia, cuando

de mis hombros fió la carga

del gobierno de este reino,

cargo a que anhela engañada

la ambición de muchos, pues

nunca hay segura privanza

que a la cautela o engaño

de la envidia, o queja ingrata,

de la cumbre del mandar

por más que aplique la espalda

al peso, con lo bien quisto

tarde o temprano no caiga;

y si no, dígalo yo,

pues que logrando la gracia

del Rey, pudo Federico

(que es quien en Polonia hoy manda)

siendo el más cercano deudo

del Rey, con lisonjas vanas,

con divertimientos, juegos,

fiestas, músicas, y damas,

ganarle la voluntad;

y para mejor lograrla,

viendo que sombra le hacía

mi persona en la privanza,

faltando a la fe de noble

y a la ley de Dios sagrada,

introduciendo testigos

falsos, y supuestas cartas,

a creer al Rey le dio

el que yo aleve intentaba

el sublevar de Varsovia

todo el reino, y con las armas,

y soldados bien pagados

que a mi devoción estaban,

ceñirme el sacro laurel

del Rey, con la confianza

que si exento era el rayo

del de Suiza lo estaba,

pues en la Prusia Real

tenía gente alistada.

Persuadiose el Rey a creerlo,

su astucia; y prenderme manda;

súpelo antes don Gervasio,

que dado a la docta magia

natural, y Astrología

a saber su ciencia alcanza

antes que el tiempo lo diga

lo que en decirlo retarda,

con que dándome un anillo

de propiedad tan extraña,

que todas las veces que

puesto en el dedo se traiga

en otro rostro transforma,

o la vista ajena engaña,

para no ser conocido

de ninguno se recata,

con el cual yendo a prenderme

Pag. 25

Alberto.

el Capitán de la Guardia

pudo librarme, y dejar

sus diligencias burladas;

con que recogiendo, cuanto

pude en joyas, oro, y plata,

huyendo de los rigores

del Rey, busqué estas montañas

para habitar; que aunque

con el anillo lograba

desconocido vivir

en Polonia, no excusaba

ver siempre a mis enemigos

sin tomar noble venganza

y así habitar entre fieras

quise más; que entre inhumanas

ingratitudes de hombres,

que son fieras más ingratas.

Visitado de Gervasio

soy tal vez, que no se cansa

en repetir las finezas

el que es amigo del alma.

Esta es mi historia; la tuya

procuraré epilogarla

por no hacerla narrar

a tu discurso muy larga,

pues repetir que a los tiernos

gemidos que articulabas

te hallé expósita tan solo

a la piedad soberana

del cielo, que una leona

el nutrimento te daba,

que ella misma me entregó

tu persona; o ya apiadada

de ti, o que fuese del cielo

fiel disposición arcana

y que te críe en mi cueva

desde tu primera infancia

hasta cinco lustros que

a tu belleza gallarda

el sol la numera a luces

y a flores esta campaña

eso no ignoras; escucha

lo que de saber te falta.

Estanislao, con Matilde

hija del de Dinamarca

se desposó; y a los dos

abriles que coronaba

con sus flores himeneo,

la unión que el amor enlaza,

publicó el Rey a los Grandes

de su corte que se hallaba

de su dignísima esposa

fecundo el hermoso nácar;

y a las nueve lunas que

la costumbre llama faltas,

dio la Reina en una perla

al reino una hermosa infanta;

mas de su natal apenas

el labio la primer aura,

cuando cortó de Matilde

el vital hilo, la parca.

Llanto y regocijo a un tiempo

en todos se equivocaban,

pero Federico aleve,

que a la corona anhelaba

de Polonia; y que era estorbo

que con sucesión se hallara

Estanislao; en el triste

conflicto de tal desgracia

Pag. 26

Alberto.

divulgando que había muerto

la Infanta también; su maña

introdujo en su lugar

una Niña muerta; a causa

de que supliese a la viva

dando a la infeliz Infanta

a un noble criado suyo

diciendo que la matara

mas él de noble, o piadoso

para no manchar su espada

con sangre Real inocente

la trujo a aquestas montañas

a ser destino del hado

y de las fieras viandas

esta eres tú Margarita

Margarita.

Pues esto que escucho

Alberto.

Aguarda

que es fuerza que me preguntes

y todos reparo hagan

de quién tuve estas noticias

cuando de decir acaba

mi voz, que de nadie he sido

tratado en mi ausencia larga

sino de Gervasio; y ese

tan secretas tan arcanas

noticias; darme no pudo

pues que a todos satisfaga

es bien; el suceso fue

que muerto a la pena infausta

Estanislao, de perder

hija, y mujer que adoraba

el traidor de Federico

concitando con su cauta

ambición, nobleza, y Plebe

de Polonia con las Armas

coronarse en ella quiso

mas se opuso a su arrogancia

ser este Reino electivo

que le da el mérito y fama

al Príncipe mas Guerrero

con que en la Dieta formada

se hizo la elección en Carlos

Príncipe de Dinamarca

y hermano de la difunta

Matilde (que Gloria haya)

y sobrino del Augusto

Emperador de Alemania

con que viendo Federico

ya su Soberbia frustrada

y que podía saberse

que él, con alevosa infamia

en su inteligencia fue

quien dio la muerte a la Infanta

al criado (porque nunca

el secreto revelara)

le trujo engañado a esta

desierta áspera Campaña

adonde alevosamente

con un puñal abrió tantas

bocas en su pecho, que

por donde salir el alma

estuvo dudosa, dando

lugar a que no formara

la respiración postrera

aquel, con las tristes ansias

de la muerte con sus voces

aun los riscos lastimaba

Pag. 27

Alberto.

confesión pidiendo daba

ecos, que el viento causaba

en el cóncavo del monte;

me condujo lastimada

la compasión; pero apenas

me vio; cuando haciendo pausa

a sus gemidos, me dio

noticias, aunque abreviadas

del caso que he referido

rogándome con postradas

ansias; pues sin confesión

moría; que confesara

por él, la culpa de haber

entregado a la inhumana

crueldad, de indómitas fieras

la inocente hermosa infanta

pero que si acaso el cielo

con su providencia grata

para ostentar su piedad;

la vida la conservaba

que para ser conocida

un lunar tenía en la palma

de la mano izquierda en forma

de una estrella figurada

y apenas pronunció esto

cuando balbuciente el habla

rindiendo el último aliento

dio a su criador el alma

parte de ello di al extraño

y consultando con sabia

ciencia de ese encuadernado

volumen de estrellas tantas

astros, signos, y planetas

las influencias más altas

cuyos puros caracteres

a lo que amenazan no faltan

hallo que para ser reina

de Polonia, resguardaba

el cielo; y porque a cumplirse

el vaticinio llegara

con la magia natural

de la que está reprobada

(que nunca apurarlo quise)

en las confusas fantasmas

del sueño, hace que tu imagen

vea el rey representada

a cuyo ídolo, rinda

cultos su pasión postrada

hasta que un acaso sea

impensado, quien dé causa

de que te vea despierto,

ya se cumplió, pues bizarra

al rey le diste la vida

y te busca con tal ansia

y pues llegó el tiempo ya

de que tu suerte dorada

de infeliz, infeliz veas

de que Polonia tu patria

a su infanta reconozca

y de que culto a tus aras

te consagren sus vasallos

y te veas coronada

reina, y en la unión dichosa

del que deudo y rey te ama

ya es tiempo ya Margarita

que de aquestos riscos salgas

Margarita.

Tan confusa me han dejado

las noticias que propasas

a mi admiración, que creo

que es fábula inventada

Pag. 28

Margarita.

¡Oh, discurso! ¿De qué es

nuevo lo que por mí pasa,

mas ya que crédito ha de

dar a mi verdad lo que halla

por imposible mi juicio?

¿Cómo introducirme tratas

en la corte en este bruto

traje en que estoy?

Alberto.

Reservadas

tengo joyas y dinero

y vestido a la usanza

polaca. Uno dellos tú

te pondrás, pues disfrazada

de joven, quiero que entres

mientras parto yo a Alemaña

a que el emperador sepa

que vives, pondréte casa

y criados que te asistan,

dejándote encomendada

para cualquier grave empeño

al capitán de la guardia

del rey, que es pariente mío.

Aparte.

Margarita.

Mas ¿qué desear mis ansias

no tienen, pues ver al rey

podré ansí, que si inclinada

hasta aquí estuve a sus prendas,

ya con la noble esperanza

de ser su esposa, el amor

habilita más la llama

de mi pecho?

Dale un anillo.

Alberto.

Para que

estés menos arriesgada

con aquellos que te vieron

librar al rey en la caza,

toma este anillo, que siempre

que puesto en el dedo traigas

te ha de transformar en otro

semblante y traje.

Margarita.

¿A qué aguardas

que a ejecutarlo no vamos,

padre?

Alberto.

Sigo en tu crianza

lo fiel hasta aquí; ya sabes

que mi lealtad te aclara

por infanta de Polonia.

Retírate al bosque; en la falda

de aqueste monte me espera,

que con las joyas y alhajas

presto vendré.

Margarita.

A tus preceptos

siempre estaré resignada.

Entrase.

Alberto.

Ya vuelvo.

Margarita.

¿Ya que este anillo

propiedad tendrá tan rara

que transforme en otro ser?

Gente viene a aquesta estancia,

y quitándome las pieles,

ya en otro traje mudada

la experiencia intento hacer.

Quítase las pieles, pónese el anillo, y salen, como huyendo, Bato y Gileta.

Gileta.

Bato, huye, que nos alcanza

la justicia.

Bato.

Por difícil

tengo escapar de sus garras,

porque es gente de la pluma

y es fuerza vuele con alas.

Gileta.

Pues que los pies no nos valen,

aquestas peñas nos valgan

por amparo.

Margarita.

Aquestos son

los villanos que burlada

me dejaron.

Bato.

Con un hombre dimos.

Aparte.

Margarita.

¿Cómo no me extrañan?

Pag. 29

Margarita.

más efecto es del anillo,

ya quedo desengañada.

¿A quién huís, buena gente?

Bato.

A cuatro o cinco varas

a quien teniendo cruz huye

aun la gente bautizada.

Gileta.

A la justicia que viene

a prendernos.

Bato.

¿Por qué causa?

Gileta.

Yo lo diré, mi mujer

medidora fue (a Dios gracias)

del vino que en el concejo

mojó lo mucho y la fama

perdió por los que beben

el licor que dan las parras.

Gileta.

Señor, él tiene la culpa,

porque no viesen la falta,

agua bautizaba de noche

lo que él de día colaba

y por esto a la vergüenza

Bato.

me quieren poner.

No es malo.

Si tu mujer no la tienes,

no es fácil.

Gileta.

¡Ay desdichada!

Bato.

Al mundo me he de ir.

Y yo

no he de volver en mi alma

ni vida a el lugar.

Margarita.

¿Qué queréis?

Gileta.

Servir de gana.

Bato.

¿A qué he de servir yo?

Margarita.

De escudero.

Bato.

¿Con polainas?

Margarita.

Con cortesano vestido.

Gileta.

¿Yo también de cortesana?

Margarita.

Sí, como señora me veo

familia recibo.

Bato.

Falta

saber a qué lugar vamos.

Margarita.

A Polonia.

Bato.

Andar a gallopadas.

Gileta.

A lo polaco me visto.

¿Yo también a la polaca?

Dentro

Alberto.

¡Margarita!

Margarita.

Alberto es este

que ya me busca.

Bato.

¿A quién llaman?

que el nombre de mi mujer

es Gileta la Parrada.

Margarita.

Venid conmigo.

Los dos.

Vamos.

Margarita.

La fortuna no ingrata

seas siempre, con quien da

sacrificios en tus aras.

Entranse y salen Rosaura, Flora y Espárrago.

Rosaura.

¿Le diste el abanico y papel?

Espárrago.

Digo que ya le di

y por más señas que ama

porque le di medio él.

Rosaura.

¿Y qué te respondió?

Espárrago.

No me pudo responder

pues al quererle leer

tu hermano se apareció.

Rosaura.

¿Te le vio dar?

Espárrago.

No es nada,

si acaso él vivo lo hubiera

no era fuerza que supiera.

Pag. 30

Espárrago.

la cabeza entapujada,

no lo ha visto, ni lo dio.

Rosaura.

Mostró al admitir el papel

el rostro afable con él.

Espárrago.

¿No está dicho? pues medró;

sin gastar prosa; que es necio

modo al dar; pues en razón

la mucha conversación

es causa a menosprecio.

Laura.

¿Y qué te dio?

Espárrago.

Una cadena.

Laura.

Creo que me la darás.

Espárrago.

No lo creas, que parecerás

con cadena, ánima en pena.

Laura.

Eso es hacerme por vicio

e infamia vil; en ti fuera,

pues me toca por tercera

los derechos del oficio.

Espárrago.

Si aqueso, Laura, es costumbre,

que la haga doblones,

y entonces los eslabones

para entrambos darán lumbre.

Rosaura.

Ya en obedecerme tardo,

a Enrique mi fe previene.

Espárrago.

Étele por donde viene

a valiente Mandricardo.

Rosaura.

Idos los dos.

Espárrago.

Ya lo hacemos.

Laura.

¿Oyes cuánto pesará

la cadena?

Espárrago.

Fuera allá, al repartir lo veremos.

(Éntranse los dos, y sale Enrique.)

Enrique.

Dueño adorado, a preceptos

de tu divina belleza

vengo, mas suplico, señora,

logre otra mi advertencia

con que os trate; porque como

las voces estaban hechas

a hablaros en otro idioma,

aquel que obra grandezas,

a vos ya como vasallo;

extrañaréis la presencia.

Rosaura.

Vos habéis respondido

a corazón tan apriesa,

que creí, que yerros nobles

de amor, nunca culpas eran;

ya proseguid, Enrique, vos;

que el alma que siempre adora,

y no ha mudado hasta aquí

a patria que es extranjera,

aquese nativo idioma

fuerza es que mejor le entienda.

Enrique.

Pues para que pueda hablar

como antes; ¿me dais licencia,

del corazón salga al labio

este veneno que engendran

las víboras de los celos,

que como os diga mis quejas,

aunque muera infelice,

con este consuelo muera?

¿Cómo, di, tirana aleve,

enemiga cruel, intentas

el venderme los agravios

que te escuché por finezas?

¿Puedes negarme que al Rey

con voces más que halagüeñas

su amoroso afecto alabe

en el tuyo recompensa?

¿Quién te enseñó a ser mudable

con tanta naturaleza,

mas sin duda lo aprendiste,

Pag. 31

Enrique.

tu alta inconstancia misma,

pues los atentos cariños,

los halagos, las ternezas

y los honestos favores

que a mí me hiciste, pudieran

moverte a no ser mudable,

por no quedar vuestra excelencia expuesta

a que tu mismo decoro

te lo acuerde como afrenta,

que aun en una mujer baja

errores culpables fueran.

Mas, ¡indigna!, qué fingidos

fueron a tu vil cautela

los favores que me hacías,

que yo estimé por finezas,

y como los afectabas

y de voluntad no eran,

de tu memoria borrarse

pudieron con ligereza,

ensayándolos en mí

para quien los representas

verdaderos, no fingidos,

siendo en ti quien los alienta

una ambición de ceñir

en tus sienes la diadema

augusta de aqueste reino.

Mas culpable no te viera,

a no creerte constante,

contemplando tu nobleza;

pues forjada una corona

a cualquiera le deleita.

Mas pues he visto tu engaño,

tu falsedad, tu cautela,

tu inconstancia, tus rigores,

y evidentes mis ofensas,

quédate, falsa enemiga,

cautelosa, infiel sirena,

para vuestra excelencia, que esta es

para mí la vez postrera

que mi justo sentimiento

vuelva a articular sus quejas.

hace que se va y ella le detiene

Rosaura.

Aguarda, Enrique, señor,

mi dueño, mi bien, espera,

oye.

Enrique.

Cauto cocodrilo,

en vano con las cautelas

y de tu halago engañarme

tu sagacidad intenta.

Rosaura.

Pues demora, si a mi llanto

que el veloz bajel detenga

de tu ingratitud.

Enrique.

Aparta.

Rosaura.

No es fácil.

Enrique.

Ya que por fuerza,

más que de grado, consigas

que a escucharte me revuelva,

¿qué me puedes proponer

que de tu falsedad no sea?

Rosaura.

Negarte que al rey hable

sin la común aspereza

que usa el desdén en las que

los sacrificios desprecian

que consagra el rendimiento,

por no obligarse a la deuda,

fuera querer tu pasión

hacerla dos veces ciega

en la misma tolerancia

de disimular la ofensa;

verdad es que le hablé afable,

pero si posible fuera

cómo escuchaste las voces,

las del corazón oyeras,

vieras que las pronunciaba,

no el afecto, la violencia.

Pag. 32

Rosaura.

pues cuando yo hable al rey

mi hermano que me violenta

a que yo con él me case

lo oía con la advertencia

de ponerme por precepto

se pagase la fineza

de elegirme por su esposa

y coronarme por reina

de Polonia (y como sabes)

que ha anhelado su soberbia

ambición, siempre a empuñar

el augusto cetro de esta

Monarquía, y se frustraron

todas sus inteligencias

con la elección que hizo en Carlos

con justa razón la Dieta

ya que no pudo a la cumbre

de la majestad excelsa

ascender por sí pretende

que yo por él ascienda

cuya intención aunque el velo

corrido a mi juicio tenga

conociendo su ambición

es preciso que la tema

pues violenta mi albedrío

a que me case por fuerza

y primero faltará

aquesa diáfana esfera

que es sacro dosel del orbe,

el sol, la luna y estrellas

que deje de ser tu esposa

para que de otro lo sea.

Ea, señor, ea, Enrique,

a qué aguardan tus finezas

tu amante resolución

siendo la mía, qué espera?

tuya soy, tuya he de ser

a cualquier peligro expuesta.

Vamos, haya donde huirnos

huyendo de la violencia

que me intenta hacer mi hermano

para que a otro esté sujeta;

no temas del rey las iras

que yo sé de su prudencia

que nunca lo tenga a mal,

pues sabe que soy ajena

y que no puedo ser suya;

y así dispón, manda, ordena

de mí lo que fuere más

de tu agrado y conveniencia

que mujeres como yo

de mi calidad y prendas

si una vez a amar llegaron

aman con firme fineza.

Aparte.

Enrique.

Qué haré pues en aceptar

lo que mi amor más desea

y el ruego me ruega si es

faltar a mi fama misma

pues siendo traidor su hermano

como fiel lo manifiesta

la carta que encontré, siendo

preciso dar al rey cuenta

de su infiel alevosía?

Y he de faltar mi nobleza

a la lealtad con el rey

y he de deslustrar a aquella

misma que ha de ser mi esposa

pues una vez que se sepa

que es traidor su propio hermano

la infamia la alcanza a ella

y quien es de aleve sangre

por la mujer nunca es buena

Pag. 33

Enrique.

y aun antes con mi lealtad

que mi amante pasión ciega

pero ya he encontrado modo

cómo quedar bien con ella.

Rosaura.

¿Qué suspensión es la tuya,

Enrique?

Aparte.

Enrique.

Rosaura bella,

yo te agradezco el favor,

pero pagar tu fineza

casi es imposible cuando

te idolatro de manera

que a faltarme tu hermosura

como ya perderla es fuerza

a influencias de mi hado,

¿cómo vivo (¡ay de mí!) a quien la

que vives en mi pecho

fuerza es que la vida pierda.

El Rey, ya sabes, a instancias

de tu hermano que gobierna

con despótico dominio

esta monarquía excelsa,

fue tu declarado amante,

y cuando con su prudencia

(como antes me propusiste)

generoso consintiera

que me casara contigo,

por mi desgracia (es fuerza,

pues también tiene el amor

leyes de duelo que intentan

los celos, pues tal vez suele

suceder que aquella misma

dama que se despreció,

en llegando a verla ajena

en otros brazos sentir

que otro su beldad posea;

y por sí, mira con odio

al que se casó con ella,

y especie es, en un vasallo,

de deslealtad manifiesta,

amar a la que su Rey

aun para su dama aprecia,

qué será a la que por propia

mujer eligió, y por Reina;

a más que ingratitud

aun para contigo fuera

el quitarte una corona

por paga de una fineza.

Yo reconozco tu afecto,

yo le estimo, pero era

en aceptar tus favores,

tus halagos, tus ternezas,

si con el Rey mal vasallo

contigo primero muera

a la pena de perderte,

y ingrato, y así en materias

en que mi lealtad peligra

y mi decoro se arriesga

tus conveniencias no estorbo

por conseguir tu belleza.

Primero (¡ay de mí!)

¿qué es esto?

que siendo en mi honor ya fuerza

perderla, aun fingir no puedo

la razón para perderla.

Primero vuelvo a decir,

pues es tan mortal mi pena

que aun al articular las voces

el desaliento no acierta,

me diera muerte a mí mismo

que faltar a mi nobleza,

a la lealtad a mi Rey,

ni contigo ingrato fuera

pues era serlo, quitarte

la majestad de ser Reina.

Rosaura.

Enrique, ¿qué es lo que dices?

¿solo por el Rey me dejas?

Enrique.

Él lo mereció (¡ay amor...)

Pag. 34

Rosaura.

¿Qué pesares me cuestas?

¿Mi fineza no te obliga?

Enrique.

No admitirla en mí es fineza.

Rosaura.

¿Mi favor desprecias?

Enrique.

¿Quién

que le estima no le desprecia?

Rosaura.

¿Que sea de otro permites?

Enrique.

Es destino, o mi estrella.

Rosaura.

¿Que soy infeliz,

mi amor,

en tu muda influencia?

pues te haré dichoso.

Enrique.

¿Cuándo

te encuentra mi afecto a pena?

Rosaura.

¿Te resuelves a dejarme?

Enrique.

Alejarte Rosaura es fuerza.

Rosaura.

Traidor, infame, villano,

sin honra, fe, ni nobleza,

¡viva yo misma!

Salen Federico por medio de los paños y después Flora, y Esparazo.

Federico.

¿Qué es esto?

Flora y Espárrago.

¿Voces aquí?

Rosaura.

Yo estoy muerta.

Enrique.

Grave empeño.

Flora.

¿Aquí mi amor?

Espárrago.

Cayóse la casa a cuestas.

Federico.

¿Quién ha movido, Rosaura,

a que con los descompuestos

que alienta el pecho el enojo

prorrumpas con ira ciega,

traidor, infame, villano,

sin honra, fe, ni nobleza,

¡viva yo!

Aparte.

Rosaura.

¿Qué le diré?

Mas válgame una cautela,

y el temor del pecho embargue

al desmentir las sospechas.

El Conde Enrique a buscarte

venía, a tiempo que a esta

estancia, que es de tu cuarto

la antecámara primera,

Rosaura.

pasaba, acaso yo al mío;

y como excusarme atenta

(en fe, de la familiar

fiel amistad que profesa

con esta casa) no pudo

al cumplimiento que ostenta

la urbanidad cortesana,

detenerme fue fuerza

a hablarle, con que de una

en otra inútil materia

se pasó a la del gobierno,

viendo con cuánta imprudencia

nobleza, y plebe murmuran

que tienes inteligencias

con los mal contentos, que

las sediciones fomentan

en la Basovia, y la Prusia,

leal, con ambición soberbia

de que os ciñes corona,

la esquiva rama que alienta

siendo del Rey, y no lo es

nunca de la envidia ciega;

a que Enrique (como dice)

con la espada que es la lengua

del que es noble, ha mantenido

que cualquiera que lo piensa

infame, miente, a cuyo

llevada, noble, de aquella

pasión que engendra la sangre

y la razón alimenta,

encendido el cruel coraje,

prorrumpí diciendo que era

traidor, infame, villano,

sin honra, fe, ni nobleza

quien lo decía; añadiendo

¡viva yo misma! En esta

ocasión llegaste, y pues

troncaste a mi ira ciega...

Pag. 35

Rosaura.

el periodo, a unirse vuelva,

diciendo que si supiera

quien era el aleve que

lo pronuncia, que le hiciera

aun más pedazos que tiene

el profundo mar arenas,

átomos contiene el arte

y numera el cielo estrellas,

y que vive el mismo.

Federico.

Basta,

Rosaura.

Espárrago.

Esto dar culebra

es por anguila.

Aparte.

Enrique.

Muy bien

lo ha enmendado su agudeza.

Aparte.

Federico.

Qué es lo que he escuchado? Ya

pública se hizo mi ira

y anticipar debo al riesgo

la resolución postrera.

Yo, Conde Enrique, os estimo

que brío y acero defienda

la lealtad con que al Rey sirvo,

pues en mí las confidencias

con los mal contentos son

máximas con que desea

mi fiel desvelo atraerlos

a la debida obediencia

a su Rey y Señor.

Enrique.

Nada

estimarme habéis, que esta

es obligación en mí;

pensión es del que gobierna

que las máximas en él

por deslealtad las crea

el pueblo.

Federico.

Rosaura, tú

te retira, porque pueda

saber qué el Conde manda.

Aparte.

Éntrase.

Rosaura.

Es muy justa mi obediencia.

Tirano amante, el cielo

que me vengue de su inclemencia.

Espárrago.

Señora Flora.

Flora.

Qué dices?

Éntrase.

Espárrago.

Que a mentir de su ama aprenda,

mas si las señoras mienten,

qué harán las que son sirvientas.

Federico.

Sepa en qué serviros puedo.

Aparte.

Enrique.

Ya

que pueda pedirle, yo

sé que de la fortaleza

real de la Parma ha vacado

el gobierno ya, y quisiera

pedirle al Rey le emplease

en un deudo mío.

Aparte.

Federico.

A esa pretensión llegasteis tarde,

pues el Rey la merced hecha

tiene ya, y en confianza

mía, porque a mi obediencia

esté lo que puedo hacer

es que otro cargo pretenda

que yo facilitaré

que el Rey en él le provea.

Enrique.

Yo os lo estimo, el cielo os guarde.

Federico.

Del Duque vida mantenga.

Pero esperad.

Enrique.

Qué mandáis,

Duque?

Federico.

Haceros la advertencia

que me preguntó por vos

el Rey, y sin duda intenta

hablaros.

Aparte.

Enrique.

Al punto iré

a ponerme a su obediencia.

A no advertírmelo él,

hablaré al Rey, porque sepa

su traición. Cómo la oculta!

Pag. 36

Enrique.

que halle fácil lo comprueba

Entrase.

Federico.

Cielos ya he quedado solo

(y como dije) ya esfuerza

anticipar al peligro

la resolución postrera

la carta que perdí puede

ser hallada, y descubierta

la alianza esta que tengo

con los mal contentos echa

El Rey con sus embelesos

o fantásticas ideas

el casamiento dilata

con Rosaura, y aunque sea

tibieza en él; mas parece

industria de su cautela

y lo más que temer debo

es que el vulgo, y la nobleza

de Polonia ya divulgan

mis confidencias secretas

y si se apura no está

bien segura mi cabeza

de los filos de un cuchillo

y de una infame tragedia

pues si mi vida amenazan

una y otra contingencia

muera el Rey primero antes

que yo a sus rigores muera

pues para poder lograrlo

las tropas que a mi obediencia

están, las tengo acampadas

ya de la Corte tan cerca

que a cualquiera movimiento

mío las tendré en defensa

de mi misma osadía

muera el Rey, que una vez puesta

en mis sienes la Corona

dudosa es la diferencia

de quién es leal o traidor

y siempre es leal el que Reina

Vase y salen Margarita en el traje de pobre y Bato de villano vestido.

Bato.

Cierto es que estoy aturdido

Margarita.

Pues de qué es tu turbación?

Bato.

De ver este caserón

tan rico a que me has traído

Margarita.

Este es el Palacio Real

del Rey.

Bato.

Mi juicio no atina

a saber, si la cocina

tan grande es como el portal.

Ap.

Margarita.

Si se admira en la rudeza

suya aquéste, en lo que vio

qué hará (Cielos) quien vivió

en la rústica corteza

de una Cueva; pues aunque

por las noticias podía

aplacar mi fantasía

mucho más es lo que ve

Este Palacio mi Oriente

fue en mi natal, quién pensara

Pag. 37

Margarita.

que de su esfera pasara

a estado tan indecente?

que por fiera me creyó

quien su traje me veía

y a la nobleza mía

un traidor me transformó;

pero si a saber alcanza

mi noble osado valor

quien fue el aleve traidor

he de tomar cruel venganza.

Diome Alverito por ley

que a Palacio no viniera,

mas mi amor que le venera

me conduce a ver al Rey.

ve entrando.

Bato.

Aqueso no intento

que temo aquellos soldados

que parecen tan armados

sayones del prendimiento.

Margarita.

La guarda es del Rey.

Bato.

Ahora

aun les temo más que antes,

pues dicen que es gente aquesta

que si están persuadidos

no se dan de balde palos

y estos dan palos de balde

y si no mira qué ruido

con las alabardas hacen.

Dentro dan golpes como que mueven la Guardia

Margarita.

Aunque el motivo lo dudo

pasa el discurso a enseñarme

que es señal de movimiento

en la Guardia, de aquesta parte

te retira.

Bato.

Yo me voy.

Margarita.

Vete, pues, que antes me haces

estorbo aquí.

Bato.

A la posada

me voy, señor, a aguardarte.

Margarita.

Vete.

Dentro, voz: La Guardia se mude al cuarto que cae al parque.

Margarita.

Ya entrar al cuarto del Rey

puedo, sin que estorbo halle

en la entrada. Amor, pues eres

tan ciego, no seas cobarde.

Entrase Margarita al patio, y después sale el Rey por en medio de los Patios, y Enrique por la puerta contraria por donde entró Margarita.

Voces.

Marche la Guardia.

Rey.

¿Qué es esto

de la Guardia?

Enrique.

A besarte

entraba la mano, a tiempo

que oí que llamabas.

Pag. 38

Rey.

Sabed,

Enrique, quién ha mandado

mudar la guarda.

Enrique.

Informarme

pude por ser novedad

que la orden dio en este instante

Federico, con intento

que vuestra Alteza pasase

a habitar el cuarto que

tiene las vistas al Parque,

para que en la variedad

de árboles, flores y aves,

halle algún divertimiento

la melancolía grave

que reina en vuestra persona.

(Aparte.)

Rey.

¿Qué escucho? ¿Sin darme parte

manda aún el Duque en mi casa?

Acción suya engendra un áspid

en mi pecho, recelando

que alguna traición infame

intenta en ella. Mas fuerza

es disimular. En balde

solicita Federico

que alivio mi pena halle,

pues siendo pasión de alma

la que logra atormentarme,

se aumenta más cada día

sin que los remedios basten;

y más desde que vi a aquella

hermosa mujer, (en traje

de fiera, a quien le debí

la vida, ¡ay de mí!), pues si antes

en sombras la veía en el sueño,

en la memoria su imagen,

aun despierto la estoy viendo

sin olvidarla un instante;

cuyo delirio amoroso

tan fatigado me trae

que no descanso en el lecho

y el sueño falta me hace.

Sentarme quiero, por si

hallo alivio en mis afanes.

Sentaos vos, Conde.

Enrique.

Señor,

vuestra Alteza no me mande

lo que no es justo.

Rey.

Sentaos, que yo os lo mando.

Enrique.

Excusarse

mi obediencia ya no puede.

Rey.

Yo, Enrique, una queja grande

que se pasa casi a ser

deslealtad, en vuestra sangre

tengo de vos.

(Aparte.)

Enrique.

¿Qué es lo que oigo?

Sin duda supo que amante

soy de Rosaura, y mejor

ha de ser anticiparme

a dar la disculpa yo,

que el Rey se pase a culparme.

Señor, si decentes cultos

que no ofendan las deidades

mi veneración rindió

a quien por sus prendas grandes

mereció que al solio regio

dando os la mano llegase,

no fue delito en mí, pues

si yo la serví fue antes.

Pag. 39

Enrique.

que hicieseis vos elección

de su belleza admirable,

pero al punto que lo supe,

con rendido vasallaje,

la adoré como a mi reina

y esposa vuestra.

Rey.

¿Qué amante

suyo es el conde, Rosaura?

No me dolió, no nace

mi queja de eso, y porque

mi verdad os desengañe,

yo haré que Rosaura sea

vuestra esposa.

Enrique.

Ya no es fácil.

Rey.

¿Por qué razón?

Enrique.

Porque fuera

contra mi fama, que manche

la que hermana es de un aleve

la fiel lealtad, a mi sangre.

Rey.

¿Luego es traidor Federico?

Enrique.

Esta carta lo declare.

Rey.

De eso nacía mi queja,

de que no me revelasteis

su conjuración.

Dale la carta.

Enrique.

A eso

a hablaros venía.

Rey.

Dadme la carta.

Enrique.

En ella veréis

sus injustas deslealtades.

Lee para sí.

Rey.

Con qué pesar la leo. ¡Cielos!

¿Puede haber traición más grande,

que al que hice tantas honras,

di rentas y cargos tales,

que conmigo le iguale,

se conjure infiel e infame

contra mí? Mas entretanto

que las tropas auxiliares

lleguen, que el emperador

mi tío me envía, darme

por ofendido no intento,

pues entonces castigarle

a mi salvo podré, conde;

el secreto es importante

hasta la ocasión.

Enrique.

Señor,

bien discurro, que arriesgarse

puede el reino si le prendes

ahora, pues sus parciales

se hallan dueños de las armas.

Rey.

Bien decís, ahora dejadme

solo aquí.

Enrique.

Ya os obedezco.

Entrase.

Rey.

Cielos, que esto por mí pase,

pero aunque el pesar pudiera

que he recibido, estorbarme

(como es natural en todos)

que al descanso me entregase,

la falta propia del sueño,

que es pensión en los mortales,

hace que a él me rinda; ya

venció en mí el humano el

Pag. 40

Quedase dormido y sale Margarita.

Margarita.

Hasta aquí he conseguido

entrar, sin que sea a nadie

vista, si encontrar al Rey

pudiera; pero ¿aquí yace

recostado en una silla?

Su sosiego me persuade

que está durmiendo: más cerca

llegarme quiero: ¡qué afable

semblante, qué Majestad

ostenta! mas son deidades

los Reyes, con que no puede

lo soberano faltarles

a no ser en mí recato

casi indecente, besarle

la mano quisiera, pero

si de respeto fiel nace

este noble afecto en mí,

no de amante pasión fácil

no es culpa; mas al llegar

ruido siento, retirarme

ya es preciso.

Retírase a los paños Margarita y sale Federico.

Saca la pistola y levanta el arma para que dispararla Margarita le quita la pistola y forcejean por defenderla, y dispara, y despierta el Rey y huye.....

Federico.

Pues logré

que la guarda se mudase

de este cuarto, porque estorbo

no fuese a que mis parciales

puedan socorrerme, en caso

que de ellos necesitare,

muera el Rey, pero durmiendo

aquí está, no te acobardes, valor,

que un Rey no le importa

al veneno penetrante

de esta sierpe de metal,

muera el Rey.

Margarita.

¿Qué es lo que haces

traidor? La pistola yo sabré quitarte.

Federico.

No es fácil.

Margarita.

Ve si lo es; mas disparóse.

Rey.

¿Qué es aquesto?

Federico.

Que este infame

traidor matarte quería,

como lo comprueba hallarle

en su mano esa pistola

la cual pudo dispararse

al querer se la quitar.

Margarita.

Miente ese aleve cobarde,

que yo fui quien estorbé

el que el traidor te matase

quitándole de la mano

esta arma vil.

Rey.

En fallarse

cuál es traidor, o es leal

el juicio se halla variable

en Federico hallo tantos

indicios de deslealtades

pero en este joven miro

el vil instrumento infame

con que intentó darme muerte

y de hacer no puedo examen

de la causa del delito.

Pag. 41

Rey.

si es asesino de parte

principal de la traición

y en tanto que se aclare

como hacer mandar debo

con rigor aprisionarle

al Capitán de la Guarda

llamad, luego

Sale el Capitán de la Guarda Enrique, y Espárrago

Capitán.

Ya a tus reales

pies estoy señor qué mandas

Rey.

Que a ese traidor infame

despojéis de ese instrumento

con que pretendió matarme

Capitán.

Qué miro aqueste es el joven

que me pidió que amparase

Alberto mi deudo, mal

podré ampararle en tal trance

Espárrago.

Qué traidorcitos tenemos

Enrique.

Federico aquí y matarle

otro al Rey, gran mal recelo

Rey.

Vos Federico quitadle

la Espada

Saca la Espada

Margarita.

De aquesta suerte

la dan hombres de mi sangre

pues solo al Rey se la rinden

Rey.

Dádmela a mí

Margarita.

A vuestros reales

pies la postro

Rey.

Ahora alzada

Federico.

Qué miro esto no es dudable

Señor esta Espada es mía

la cual me quitó el gigante

la que en el disfraz de fiera

os dio la vida

Rey.

Notable

confusión

Federico.

Quién esta Espada

te dio?

Margarita.

Quién sabrá matarte

por traidor; pues ya sabes

que mi inteligencia sabe

que eres Federico falso

de otra tal traición vengarme

que me toca, y al Rey toca

pues la mano ensangrentaste

en quien su real sangre era

lo cual no ignoras cobarde

y lo haré público.

Rey.

Qué digo

Federico.

Quién pudo esto revelarle

en grande peligro estoy

Rey.

Luego a una torre llevadle

Espárrago.

La prisión a mí me toca

Margarita.

Pues el anillo me vale

para no ser conocida

con él espero librarme

Espárrago.

Vamos de aquí

Margarita.

Ya voy

Pag. 42

Espárrago.

venga

que agarrado he de llevarle

Vanse.

Rey.

de confusiones voy lleno

Vase.

Federico.

mil temores me combaten

Vase.

Enrique.

ay Rosaura que te pierdo

porque se infama tu sangre

fin de la segunda jornada

Jornada tercera

Pag. 43

Tercera jornada

Salen Margarita y Bato.

Bato.

Ya no tengo tolerancia

algún diablo me forzó

a que te sirviese yo

puro por concomitancia

por tu criado habrá ley

que a questo mande en rigor,

acaso fui yo traidor

o quise matar al rey

para que me echen la garra

la justicia, y recto el juez

me obligue por una vez

a ser racimo sin parra

ahorcado yo, en qué he pecado

digan los que me ven

si acaso me miran bien

si tengo cara de ahorcado.

Apenas en llanto me exhalo

ay mi Jileta qué hará

sin su Bato, y qué dirá

al verme en la ene de palo.

Margarita.

Presto saldrás es constante

de la prisión

Bato.

Creerlo puedo

mas será a pesar del credo

y con los cristos delante

di, señor, quién te metió

en querer matar al rey?

Margarita.

Qué es matarle, cómo había

de intentarlo

Pag. 44

Margarita.

En fe de ser su vasallo

el más leal, el más fiel,

no solamente le ama

mas le adora con tal fe

que por conservar su vida

la suya arriesgará, pues

es deuda en cualquiera noble

el perderla por su rey.

Capitán.

¡Ay de mí! ¡Qué mi pasión

aun recatarla no sé;

pues del corazón al labio

se suele asomar tal vez

lo que intenté motivado

de mi amante afecto fue

con osada bizarría

ofender al rey, al ver

que el aleve Federico

matarle intentaba cruel.

Aquesto propio te he dicho

otras veces, y que él,

por ocultar su traición

engañosamente infiel,

me atribuyó a mí el delito

que él osaba cometer.

Pero juramento hago

a cuantos astros se ven,

que son lucientes antorchas

de ese diáfano dosel,

de tomar presto venganza

de su traición, y poner

sobre su aleve cerviz

mi noble planta, hasta que

públicamente confiese

que el traidor solo fue él

y que antes de esto a su patria

tirano ha sido también

con tan execrable culpa.

Como se sabrá después.

Bato.

No fuera mala la ronca

a no estar preso, ¿no ves

que aunque te sobren las manos

no tienes libres los pies?

Margarita.

Presto

espero que los tendré.

Bato.

¿En qué lo fundas?

Margarita.

Salvar...

la objeción del no en haber

declarádome en la industria

que discurrí, enmendaré

con otro nuevo pretexto

su duda.

Bato.

Aclárate.

Margarita.

Ya lo hago, neutral es cierto

que el rey se halla en quién fue,

si Federico el traidor,

o yo lo fui, y de esto es

consecuencia indubitable

ver que prisionero esté

en el cuarto del alcaide,

donde no es la cárcel cruel,

pues ni la cadena arrastro

ni el grillo me oprime el pie;

antes regalados somos,

sin que nos falte al comer

ni el ave que el aire gira

ni la más sabrosa res.

Bato.

Eso es lo que temo más.

Margarita.

¿Por qué lo temes?

Bato.

Porque

engordar para matar

en nosotros viene a ser.

Margarita.

No lo creas, y pues ya

satisfecho quedas, ten

cuenta no entre aquí el alcaide

sin avisarme.

Bato.

Lo haré

como lo mandas, por Cristo,

que me está oliendo a mujer

en sus astucias.

Éntrase.

Margarita.

Ahora

puesto que a solas quedé

Pag. 45

Margarita.

para poderme librar,

y a un tiempo satisfacer

mi ofensa y tomar venganza,

de la industria me valdré

que tengo ya prevenida.

Con el seguro de que

este anillo me transforma

en otro rostro, otro ser

del mío, con que apartado

del dedo, engañar podré

el cuidado a las guardas

vistiéndome de mujer;

pues por acaso, o descuido,

un cofre abierto encontré

de mujeriles vestidos,

que sin duda alguna es

de la mujer del alcaide,

y la precisión de haber

traídome aquí no ha dado

ocasión de entrar por él.

Mas si alguno aquí se hallara

la objeción podía poner,

cómo acomodarse a un traje

aquel, quien nunca usó de él;

mas respondido ya está,

que si en una mujer es

natural traje, no hay duda

que se le sabrá poner.

Quiero ver antes si Bato

obra lo que le mandé.

Va a abrir los paños al tiempo que sale el Rey por la puerta contraria, donde se retira Margarita.

Rey.

Por una secreta puerta

que se comunica, en fe

de alindar con mi palacio

este fuerte, he entrado en él

a ver este infeliz joven.

Margarita.

A la mía oculta entraré

a conseguir mi designio.

Rey.

Como parte, rey y juez

he de examinar si culpa

en él hallo; pues no sé

qué sobrenatural causa,

o qué antipatía es,

la que me obliga a desear

que no sea culpado en el

crimen de traidor; y a esto

se añade si vengo a ser

aquí juez y parte al tiempo,

que obre solo como juez,

¿no con la pasión de parte?

Pues intentar a su rey

dar muerte alevosamente

un hombre, es preciso que

o le obligue la ambición

a aspirar al real laurel,

a la majestad, a hallarse

sobornado, infiel a quien

ceñirse el laurel intenta.

Y no de estos cargos es

los que encuentro en este joven

infeliz; mas no hallo en él

méritos para que aspire

a ceñir su alta sien

de la sacra rama esquiva

con que se corona un rey.

Motivado del soborno

pudo emprenderlo; mas ver

el que intentó matarme

y ser Federico quien

me defendió de su saña,

comprobar...

Pag. 46

Rey.

cuando Federico es

testigo tan sospechoso,

como ser traidor, infiel,

pues con rama conjurada

tiene la barbaria y quien

intenta tiranizarme

rebelde el sacro laurel

que con legítima causa

a mí no le heredé,

que mi muerte solicite

probable se pasa a hacer

y lo que más me confunde

en este caso es ver que el

acero que le quitó

aquella hermosa mujer

a Federico, sea el mismo

que trae este joven, quien

vio eslabonarse tan raras

confusiones.

Sale Margarita, vestida de mujer.

Margarita.

Ya logré

vestirme; pero, ¿qué miro?

Rey.

¿Qué es lo que ves?

Margarita.

Aquí el rey,

¿qué haré?

Rey.

Ya está de aseo.

Ilusión no puede ser,

mujer, ángel o deidad,

cuya apariencia me asombra,

mas, para ser aquí sombra,

tienes mucho de verdad.

¿Cómo aquí, en extraña beldad

pudo, sin ser ilusión,

pues cuando mi fiel pasión

solo te logra aparente,

en la memoria presente,

te encuentra, en esta prisión?

¿Quién eres? Enigma, di,

pues los disfraces trocando

en el de dama estás cuando

en el de fiera te vi,

sepa mi afecto decir

llegándote a idolatrar

si al pasarte a declarar

mi noble pasión rendida

al verte correspondida

te sabrás también mudar.

Mas si pagas mi fineza,

como te hizo el cielo hermosa

cárcel de jazmín y rosa

si te dio también nobleza,

no dudes que a la grandeza

de ser reina llegarás;

pero si reinando estás

con imperio en mi albedrío

siendo aqueste reino mío

dueño de él también serás.

Aparte.

Margarita.

Cielos, ¿qué haré? pues si amante

mi casto amor corresponde

a sus rendidas finezas

y digo quien soy, se expone

aquí a dos inconvenientes

mi pundonor, y fe noble;

el primero es, si declaro

al rey quién soy, mis rencores

quedan sin tomar venganza

del fiero agravio y enorme

que Federico me ha hecho

saliendo de aquesta torre

con la industria que dispuse,

y en mi condición indócil

dejar de satisfacerse

imposible es, y en quien note

que el que ofendida mujer

dijo, de un aleve hombre,

vengativa mujer dijo,

en mí se confirma porque

ofensas que al honor llegan

no es bien que el valor perdone.

Pag. 47

Margarita.

entre los discursos de una

visita, participóme

cómo preso estaba en ella

un atrevido infiel joven

que daros muerte intentó.

La atrocidad obligóme

a ver hombre tan osado

que a un rey, que en los corazones

de sus vasallos más reina

por amado, que en su corte;

y al pasar a ejecutarlo

a esa cuadra que es adonde

está, me hallo, vuestra alteza,

y que en otras mutaciones

ya de fiera, ya de dama

me ha visto, que se equivoquen

es fácil los ojos, y a esto,

ya que si aquese azul móvil

o cielo como me hizo

(por lisonja es bien lo tome)

cartel de jazmín y rosa,

me hubiera formado noble

para poder responderos,

pide muchas digresiones

el caso, en cuyo intermedio

mi recato riesgo corre;

y así, permitid que vaya

a observar si alguien nos oye.

Rey.

Id, pues, aunque aquí me prive

de ver vuestros puros soles,

por el deseo de oíros

supliré las dilaciones.

Aparte.

Margarita.

Harto siento de su vista

ausentarme, y ¡qué malogro!

porque le importa a mi fama

que en mí emplee sus favores.

Entrase.

Pag. 48

Rey.

Su discreción corresponde

con su hermosura, y juntarse

en ella dos perfecciones

milagro del cielo fue.

Para que deidad la adoren,

que venga a buscar yo intento,

para cuyo justo informe

aun más la piedad me trae,

que no mis propios rigores,

y cuando aqueste cuidado

pudiera de mis pasiones

olvidar la causa, hallo

la causa que las mejore,

porque si en las somnolientas

tristes confusas mansiones

del sueño, consigo ver

en mentidas ilusiones

la hermosura por quien vivo,

para que muera de amores

verdadera aquí la encuentro,

añadiendo a sus primores

la perfección de discreta,

que es otro divino dote.

Casi imposible parece

tal acaso, y en mí corre

riesgo de ser ilusión,

que la idea me propone,

o es milagro del amor.

Mas ya vuelve.

Sale Margarita vestida de hombre.

Aparte.

Margarita.

Transforméme

habiendo mudado traje,

el anillo en ser de hombre.

Rey.

¿Quién está aquí?

Mas ¿qué veo?

¿No es ella?

Margarita.

¿Has conocídome?

Alentar quiero el engaño.

Rey.

Éste es el infeliz joven

que busco.

Margarita.

Gran Señor,

aunque no me supone

la malicia de un aleve

a la culpa más enorme,

por ser inculpable en ella,

permitidme que me postre

a vuestras plantas reales;

y pues las leyes disponen

que el que ve la cara al rey

aunque delincuente logre

el perdón, no el perdón pido

que vuestra alteza me otorgue,

sino que a campal batalla

se remita el juicio donde

sean jueces los aceros,

y vea vuestra real corte

quién es traidor, o leal,

Federico, o yo.

Aparte.

Rey.

¿Qué oye

mi atención? Sin duda hay

noble sangre en este hombre,

o no es culpado; mas esto

no es bien que lo más me estorbe.

¿Dónde vi una hermosa Dama

ésta, que entró aquí?

Margarita.

¿Que ignore

dónde es fuerza? Dama, aquí,

cuando son las opresiones

a mi prisión tan severas

que solo un criado, (hombre

sencillo) me

Pag. 49

Margarita.

a la guardia los rigores

olvidado entrar nadie a verme.

Rey.

¿Cómo a la verdad te opones,

si yo estuve ahora con ella,

la hablé y me habló?

Margarita.

Que me asombre

es preciso; aquí no ha entrado

mujer ni salido, y donde

se pueda ocultar no es fácil,

pues mi prisión se compone

de tres piezas solo.

Rey.

Yo

lo veré.

Éntrase el Rey por donde salió Margarita.

Margarita.

En qué confusiones

le pone mi engaño.

Sale Batín.

Bato.

El rey

en la prisión, acabóse;

él por falta de escribanos

la sentencia de garrote

a notificarnos viene.

Sale el Rey.

Rey.

A nadie hallo; ¿qué ilusiones,

cielos, son estas? Alguna

violencia fuera del orden

natural obra esto en mí,

y de vanas impresiones

forma en la idea el objeto

a quien rindo adoraciones;

mas doy que aparente pueda

la magia con pacto torpe

dar cuerpo a un objeto, y forma;

mas, ¿cómo le alienta voces,

si me habló, y la hablé?, el juicio

temo perder al desorden

de confusiones tan raras.

Margarita.

Que sea fuerza que obre

este con quien amo.

Rey.

Pero

nada al examen perdone

mi juicio, en sí fue ilusión

o verdad, la que ahora entonces

a la guardia...

Sale el Alcaide.

Alcaide.

¿Quién llama?

Vos aquí, señor, que logre

Dios, pues me permitió...

Rey.

Alzad, y sin que os estorbe

el temor de mi castigo,

¿no entró adentro hoy

aquí una dama?

Alcaide.

¿Aquí dama?

Ni mujer; no soy tan dócil

que nadie me persuadiera

a dar esas permisiones.

Rey.

Yo la hablé.

Alcaide.

Sino entró en sombra

no puede ser.

Aparte Vargas.

Vargas.

¿Qué oyen

mis recelos?, que venía

a visitar, declárome,

a su esposa.

Alcaide.

Señor,

Vuestra Alteza me perdone,

que eso es suponer que hubo

mujer.

Rey.

¿Aun lo duda?

Alcaide.

Como

tengo mi lealtad, digo

que lo dudo.

Pag. 50

Aparte.

Rey.

¡A rigores!

A mi delirio, que haya

de ceder a las razones

de un vasallo porque en mí

la demencia no se note,

estas vanas apariencias

que la idea me propone.

Disimular es preciso

cuando descrédito corre

mi Majestad. Irme quiero

aunque examinar no logre

ahora de este joven...

Margarita.

Antes

que oculte sus esplendores

la piedad de Vuestra Alteza,

le suplico que me otorgue

campo en que el valor declare

en la culpa más enorme

quién es traidor, o leal.

Rey.

Tribunales hay adonde

se sentencian los delitos

de aquellos que son traidores.

Bato.

Yo, señor, que no lo soy,

ponen su criado a torpe

sin comerlo ni beberlo

porque a la sombra me ponen

para ponerme después

al sol, y ya quemé a quien

confiesa mi mujer

sea porque ella no ignore

que los bienes gananciales,

señor, son de ambos consortes.

Aparte.

Rey.

Libre a ese criado.

Que esto

lo hago porque no estorbe

el que pueda examinar

a solas si aqueste hombre

fue el traidor, o fue el leal,

lo cual remito a esta noche;

pues no sé (como ya dije)

qué pasión fuera del orden

natural me obliga a que

esta piedad con él obre.

Entrase el Rey.

Bato.

Baile y brinque, que creyó

que bailara de cogote.

Aparte.

Margarita.

Pues la experiencia me enseña

que a todos me desconoce

la fuerza de aqueste anillo,

yo saldré de aquesta torre

con la industria que tracé,

aunque el negro me lo estorbe.

Alcaide.

Venid, que ya la vianda

os espera.

Margarita.

Vuestra orden

fuerza es siga, pero quien

sin gusto está entre prisiones,

que es la sal de la comida,

todo le sabe a rigores.

Entranse, y salen Rosaura y Flora.

Rosaura.

Ya estoy determinada

de hablar al Rey.

Flora.

No sé si es acertada

esa resolución.

Rosaura.

¿Por qué, Flora?

Flora.

Tu discurso no ignora

Pag. 51

Flora.

el que el Rey fue tu amante

y que aunque era constante

y cuerdo en su grandeza

trocó en olvido lo que fue fineza

habiéndote aclarado con empeño

que tu mano tenía propio dueño,

qué sabes si le dura

aquel afecto que olvidar procura,

y finos tus desvelos

para con otro, avivas más sus celos,

y el más cuerdo o prudente

ver a su dama en otro cobrarse afrente?

Rosaura.

Como a propia mujer, no como amante,

me mira y por el Rey y por mi fama

es preciso que vuelva

cuando a hablarle ofendida me resuelva

a Enrique; pues ingrato

faltando a la palabra y fiel contrato

que mi esposo sería,

pudo lograr la entereza mía

no desdenes, desaires ni rigores,

sino honestos y lícitos favores,

los cuales no pagados

son ofensas y agravios declarados

en mujeres que nacen principales.

Flora.

En sentir los desprecios casi iguales

son amas y criadas,

y en la gente vulgar son bofetadas,

pero Espárrago viene

que es con quien con fialdades enteras.

Rosaura.

¿Qué hay, Espárrago?

Espárrago.

Que no hay, que está acabado el mundo,

ya que todo se ha acabado,

pues de dar los señores ya se han olvidado,

pero encuentro muchísimos que piden;

una vuelta dio el orbe, y es trabajo

que se haya vuelto lo de arriba abajo,

y aquesto lo previno

un gran matemático ladino,

mandándole enterrasen en muriendo

boca abajo, diciendo

que el mundo era una bola con que había

una vuelta de dar por sí algún día,

y aquellos que se vían enterrados

boca arriba, se hallarían burlados

viéndose boca abajo en pena esquiva,

y él quedaría entonces boca arriba.

Flora.

¡Ay, mentira más rara!

Espárrago.

Cosa es cierta,

tú eso lo verás después de muerta.

Rosaura.

Dime, ¿has visto a Enrique?

Espárrago.

¿A quién?

Rosaura.

¿A Enrique?

Espárrago.

No sé cómo explique

la vuelta de ese hombre, o es poeta

o se ensaya señora de veleta,

pues no gustando ya de mis donaires

se vuelve fácilmente a todos aires;

antes a mediodía

me señalaba el viento que corría

y era su convidado,

y le comía a veces medio lado,

mas ahora es diferente,

que el viento le ha mudado hacia el poniente

y tanto la mesura ingrata borda

que hace al mirarme ya la vista gorda.

Rosaura.

Otro desprecio más.

Flora.

Y conocido;

pues quien quiere a Beltrán ya está entendida.

Rosaura.

Acercándonos vamos

al retrete del Rey.

Flora.

Ya en él estamos,

y parece que suena un instrumento

suavizando las cláusulas al viento.

Pag. 52

Canta la música

Música.

Dentro María la Rosa que Rosaura era

al prado hermosa lisonja

del Céfiro a los olvidos

ha marchitado su pompa

y Aura, y Rosa

si una nácar se pierda

llora otra aljófar

Sale el Rey, des- / pués los músicos / cantando.

Rey.

No cantéis más.

Aparte el Rey solo / habla aquí.

Rey.

Que la lisonja

creyendo que ame a Rosaura

me la traiga a la memoria

formando de Rosa, y aura

el concepto.

Flora.

Aquesta trova

parece se hizo por ti.

Rosaura.

No me pesa, pues blasona

que de Céfiro el olvido

pudo marchitar la rosa

de mi esperanza, y pues habla

con el Rey que lo ocasiona

en su olvido, nada pierda

mi vanidad, solo llora

verme olvidada de Enrique,

¡ay, ingrato!

Flora.

Al pie con bola

está, al cabo, ¿hablar quieres

al Rey?

Rosaura.

Sí haré.

Aparte.

Rey.

¿Como sombra

aparente, pudo ver?

Sino real visible forma

la que elevó mis sentidos,

que borrar de la memoria,

no pueda aquesta aprehensión

que me aflige a todas horas,

tanto que anoche no pude

molestado de congojas

ir a hablar al delincuente

infelice joven, contra

quien Federico fulmina

en la traición alevosa,

tantos vehementes indicios

que para el castigo sobran.

Y sin su descargo temo

que atropellen su persona.

Rosaura.

Qué elevado está, acercarme

quiero más.

Flora.

Llega, señora.

Rey.

Pero, ¿qué miro? Rosaura

aquí vos.

Rosaura.

Hablar me importa

a solas a Vuestra Alteza.

Rey.

¡Hola, despejad!

Aparte.

Rey.

Mas ¡ay!

tiene un Rey que el mar oculta

Rey.

Hablad, ya estamos a solas.

Rosaura.

Parecer a Vuestra Alteza

si afición, elección propia,

o razón de Estado fuese

por no elegir mala esposa

extranjera de otros Reinos;

pues a veces ocasionan

aun más que amigables paces

entre los Reyes discordias,

que los ojos puso en mí

queriendo hacerme dichosa

Pag. 53

Rosaura.

elevando un vasallo

a la majestad heroica

no acordárselo es inútil;

pues cualquier llama amorosa

llega a apagarse a la

ceniza en la memoria

a que su fineza amante

la recompensa con otras

llegándose a aclarar

conmigo que más importa

un desengaño, que obligó

que una fineza engañosa

diciéndole que mi mano

el que no era mía propia

pues tenía dueño a otro

de mujer ciega loca

de otro amante lo atribuyera

la ignorancia maliciosa

mas no fue sino lealtad,

pero lealtad tan heroica

que viendo que es un monarca

sol, cuya luciente antorcha

alumbra su monarquía

y que en cualquier niebla impura

que eclipsa su resplandor

todos reparan por nota

no quise que oscureciese

su real esplendor la sombra

de mujer propia que dotes

antes admiró en su esposa

y tras los decentes cultos

con que a las deidades postran

a tan noble desengaño

asistió vuestra persona,

el ya comenzado empeño

retirando a mí todas

las atenciones llamando

sin dejarse ver a solas

quién creyera que la fineza

de un firme tan a costa

de abandonar por el conde

Enrique, que es el que logra

decentes favores míos

el blasón de una corona

con desvíos me la pague

y disculpas engañosas

faltándome a la palabra

de que a una coyunda propia

Himeneo juntaría

dos almas a una unión sola

y su disculpa es que antes

que su pasión amorosa

está lealtad, a su rey

y el corazón a su persona,

pues a la que una vez

él la eligió por esposa

fuera especie de traición

y es lealtad alevosa

aunque por razón de estado

de elección justa de otra

causase; que un vasallo

la elija por mujer propia

y esto que parece justo

mirado a luces dudosas

es señor contra mi fama

mi honor, mi crédito y honra,

pues cualquier que pensará

con intención sospechosa

que habiéndome festejado

vuestra Alteza licenciosa

le permití algún favor

que la honestidad desdora

y que dejar ahora el conde

siendo a todos tan notoria

nuestra fiel correspondencia

de admitirme por esposa

Pag. 54

Rosaura.

que algún escrúpulo aleve

o vil sospecha traidora

le fuerza ahora a faltar

a obligación tan forzosa

este descrédito mío.

A Vuestra Alteza le toca

supuesto que por su causa

mi noble fama zozobra

en mal que asido a borrascas

cuyas encrespadas olas

son unos que lo murmuran

y otros señor que lo notan

a que lo remedie vengo.

Vuestra Alteza cuerdo ponga

aquellos lícitos medios

que no hagan escándalo

mi justa queja: esto os pide

esto os ruega esto os expone

una afligida mujer

que a vuestras plantas se postra

no por Rey, por Caballero

volver debéis por mi honra

que amparar a las mujeres

a los Caballeros toca.

Arrodíllase.

Rey.

Alzad Rosaura al suelo.

Rosaura.

Mi hermano señor.

Rey.

No importa,

hablando con él, con vos

hablo aquí: de la persona

de vuestro hermano Rosaura

tanto aprecio hago, que sobran

votos, ruegos para que

mi gratitud corresponda

a sus méritos: yo haré

como Rey lo que me toca

y Caballero.

Sale Federico a los paños con unos papeles en la mano.

Rosaura.

Otra vez

los pies me dad, por las honras

que hacéis a mí y a mi hermano.

Federico.

¿Qué podrá pedirle ahora

por mí al Rey Rosaura?

Vase Rosaura, y sale Federico.

Rosaura.

En fe

de vuestra palabra heroica

irme puedo consolada.

Rey.

Si podéis; id en buen hora.

No sé cómo pueda a Manrique

persuadirle a que deponga

la razón que tiene; pero

obligación se hizo propia

en mí el honor de Rosaura.

Federico.

Señor.

Rey.

Duque, más de una hora

ha que os espero, mas ¿qué

papeles son esos?

Federico.

Toda la causa

que ha resultado

de la traición alevosa

del que os intentó dar muerte,

y habiéndose hecho notoria

la deposición de tantos

testigos que se conforman

en el alto consulado

de los Jueces de Polonia,

unánimes le condenan

a muerte vil y afrentosa

solo falta, como es ley

del Reino, que la persona

del Rey firme la que fuere

sentencia de muerte.

Rey.

Sola

una circunstancia falta

a la ley.

Federico.

¿Cuál es?

Rey.

Que oiga

lo que se actuó en la causa

el Rey; pero a quien le toca

traer los autos es al Juez.

Pag. 55

Rey.

porque se hace sospechosa

otra persona en tratarlo.

Aparte.

Federico.

Mi severidad me asombra.

Rey.

Y pregunto, ¿se ha tomado

más cargo al reo?

Federico.

Sobra

la información de testigos.

Rompe los papeles.

Rey.

No viene esta causa en forma

y así es bien que se cancele,

mas mejor es que se rompa

porque de esta la pasión

no se traslade a la otra

que se escriba.

Aparte.

Federico.

Sin mí estoy,

declarándose ya el Rey contra

mí, pues su semblante

es de quien su enojo me informa.

Aparte.

Rey.

La turbación en el Duque

su misma traición pregona.

Aparte.

Federico.

En gran riesgo estoy, pues están

en acercarse las tropas

a mis parciales.

Sale Enrique con un cartel.

Enrique.

Señor,

en vuestra antesala propia

se ha hallado aqueste cartel

de desafío, y en todas

las públicas plazas se halla

fijado en la misma forma.

Rey.

¿Qué contiene?

Enrique.

Lo dirá

mejor vuestra Alteza; oiga.

Lee.

Enrique.

Un caballero de la más esclarecida sangre de Polonia, hace

notorio a todos que por ley establecida en estos Reinos, al

que se hallare preso, ausente, o inhábil para to-

mar armas, cualquier caballero, indiciado de traidor

pueda otro caballero, y deudo, o amigo retar al acusador,

y aceptada la venia del serenísimo señor Rey de Polonia, re-

ta y desafía a campal batalla al Duque Federico, en la cual

mantendrá que el Duque es el traidor en el atentado de in-

tentar a su legítimo Rey la muerte, y en otro crimen de lesa

Majestad, que no dirá hasta que se lo haga confesar públicamente.

Lo cual representará en el campo que fuere señalado co-

mo padrino armado de todas armas dentro del término de

veinte y cuatro horas a las de este fijado cartel, advirtien-

do que saldrá incógnito hasta que le dé a conocer su valor =

Un Caballero.

Rey.

Federico, ¿qué decís

de esto?

Federico.

La sangre toda

en las venas se me ha helado.

Señor, que ilustres personas

como yo nunca se excusan

cuando retados se notan

a sustentar lo que han dicho;

¿ya una vez; y esto de ahora?

Acepto el reto.

Rey.

Negar

no puedo el campo en la forma

que me pide el retador.

Federico.

Y negarle fuera contra

mi fama: a vos Conde Enrique

os pido me hagáis la honra

de ser mi padrino.

Enrique.

En serlo

a mí me la hacéis.

Entra el Capitán de la Guarda.

Capitán.

A toda

la guardia se prenda.

Rey.

¿Quién

aqueste estruendo ocasiona?

Sale.

Capitán.

Solo diré, pues habiendo

faltado, Señor, ahora

el delincuente que estaba

de aquel fuerte en custodia.

Pag. 56

Rey.

del Alcaide prender, le he hecho

y a los soldados de su escolta

que luego se castiguen; que esto

quedó su fuga alevosa

son cómplices.

Capitán.

Yo, señor,

ofrezco dar su persona

muerto o preso.

Rey.

¿qué decís?

Capitán.

que entregarte a mí me toca

Rey.

Mas será después que logre

dejar sin mancha ni sombra

de traidor su noble fama;

pues lo espero de su heroica

bizarría; pues quien pudo,

ponerse en fuga afrentosa

y debajo del seguro

se entrega en mis manos propias

de la palabra que a Alberto

di, de amparar su persona

en obligación me pone

no solo de hacerlo a toda

costa de armas y caballos

sino en lid, que es tan honrosa,

de ser su padrino.

Rey.

Duque, de preveniros propone

para un duelo en que he de ser

yo el juez.

Federico.

Lograr la victoria

confío, en que la verdad

no sirvió nunca hasta ahora

de fiel semblante tanto al miedo,

mas mi culpa lo ocasiona.

Enrique.

¿Quién será el mantenedor?

Rey.

Dice que su persona

dará a conocer su esfuerzo.

Enrique.

La empresa en todo es heroica.

Rey.

Vamos, Capitán.

Capitán.

Señor.

Rey.

El preso entregar os toca.

Capitán.

Yo cumpliré mi palabra.

Rey.

Mas será si el triunfo logra.

Gileta.

Volverte quiero a abrazar,

Bato, que te llego a ver,

libre.

Bato.

Mas creo, mujer,

que te holgarás de verme ahorcar.

Gileta.

¿Tú eso digas? no.

Bato.

Y paras

que me muriera al momento

no creo el sentimiento

Gileta, que tú te ahorcarás.

Gileta.

¿Sí me ahorcará?

Bato.

De los brazos.

Gileta.

Loco.

Malicias extrañas

tienes.

Bato.

Yo sé de tus mañas

que no es a excusas los lazos.

Gileta.

El fausto, y dime, ¿qué haremos,

cuando nos vemos sin amo,

y que tan pobres estamos

que aun para pan no tenemos?

Bato.

Yo ya, amiga, me he alquilado.

¿Estas plumas no ves?

Gileta.

Y librea nueva.

Pues,

¿a qué te has acomodado?

Bato.

Un desafío hay, y yo

llevo las lanzas, que al potro...

Gileta.

Mira que por dar al otro

no te den a ti.

Bato.

Eso no, que tanto me apartaré

que al enarbolar los brazos

para darse los porrazos

de ellos media legua esté.

Gileta.

Y ¿qué es de...

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Bato.

Conmigo, que ya se acerca

el tiempo, pues de los doce

siempre a ser una tragedia

los dejaré en el circo

bien acomodada mientras

al mantenedor le doy

a asistirle ven Gileta

Gileta.

Ya voy

(Entrase)

Bato.

Aquesta es la plaza

quédate a Dios

Dan vuelta a los paños corriéndose una cortina en que está pintado el corredor se verá el Rey sentado en un trono y en el primer corredor hecho como un balcón Rosaura y Flora

Gileta.

Con bien vengas

qué hermosa está que regada

qué despejada la arena

parece que la han cernido

porque tropezar no pueda

menos aquel que cayere

el Rey allí verse deja

en su trono, y los balcones

de Damas todos se pueblan

Rey.

Ya llegó la hora en que

haciendo aquesta palestra

tribunal, quien fue el leal

o el que fue leal se vea

Rosaura.

Cualquiera culpará, Flora

que a ver en persona venga

una lid, en que retado

es mi hermano; pero esta

es más política, que

van a diversión de verla,

pues a no hallarme presente

la malicia presumiera

desconfiaba del triunfo

cuando la verdad sustenta

Flora.

Pues por ver a Enrique creo

que vienes lo

Rosaura.

Cuando a esta pena

el corazón tengo muerto,

otro pesar más me acuerdas

Tocan el clarín y cajas a marcha y por una par te que entran Marqués y el Capitán de la Guar dia armados y Bato con una lanza y un escudo hace sus levadas con la vara y dejan de tocar

Rey.

Ya a la entrada las cajas

y clarines hacen seña

Flora.

Cierto que el mantenedor

tiene gallarda presencia

Rosaura.

¿Quién será el padrino?

Dicen

aunque han sido tan secretas

las prevenciones de armas

que ha hecho en su casa mesma

el Capitán de la Guardia

que es él.

Salen en la misma forma Federico, Enrique y Esparza tocando el clarín y cajas hace sus levadas, y to ma el lado derecho del tablado y después los padrinos miden las espadas y muestran a todos como que parten el sol

Flora.

Ya tu hermano entra

y airoso viene

Rosaura.

Y Enrique [tachado]

no lo está menos

Flora.

Que fuera

que dijeras lo contrario

Enrique.

Para que igual la lid sea

la espada

Margarita.

Aquesta es la mía

Capitán.

La vuestra dad;

Federico.

La mía es esta.

Enrique.

Al temple, peso y medida

son iguales

Capitán.

Hora vista

partido el sol entre ambos

¿habrá Alteza licencia

para empezar el combate?

que es solo lo que se espera

Rey.

Yo la doy

miden las esp adas y a los prime ros golpes cae Federico al suelo

Enrique.

Pues caballeros

aprestaos a la lid, o ya,

Capitán.

Dios dé triunfo y dé le

al que la verdad sustenta

Va Rosaura al balcón y Flora, el Rey se levanta del trono

Federico.

Muerto soy, válgame el cielo

Rosaura.

¡Qué desdicha!

Flora.

¡Qué tragedia!

Rosaura.

Al acudir voy a mi hermano

Rey.

Las armas todos suspendan

Federico.

Mas ya que pierdo la vida

el alma es bien no se pierda

invicto Rey de Polonia,

quien me ha muerto es mi soberbia

yo fui el que alevosamente

darte intentó muerte fiera

no el que a ave que inocente

padece por culpa ajena

y a las tropas conjuradas

de Varsovia que están cerca

conduje para usurparte

el laurel de la cabeza

y porque en mi deslealtad

aún más que p...

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Federico.

yo fui quien a Margarita

que a aqueste reino heredara

y hija de Estanislao

matar hice; mas ya alientas

en vano el pecho las voces

que entre los labios se hielan

yo muero.

Rey.

Retirad ese cadáver

Rosaura tirana fiera

sabrá tu muerte vengar.

Salen Rosaura y Flora

Rey.

Su traición lo causó misma.

Dentro voces

Voces.

Viva nuestra libertad,

y el que es tirano rey muera,

viva el rey y Margarita

que es de este reino heredera.

Entran otras voces

Rey.

Por diversas partes ruido

de tumultos es el que suena,

¿qué es esto?

Roberto.

Yo lo diré,

escúcheme vuestra alteza.

Conde Roberto Farnesio

soy, a quien la envidia fiera

persiguió a Federico

de suerte que entre las peñas

de esa montaña he vivido

oculto, hasta que la fuerza

de una obligación debida

me movió a que me valiera

de las armas del augusto

emperador, pero apenas

di vista a Polonia cuando

la hallé asediada de adversas

tropas conjuradas, que

para el tumulto se aprestan

libertad apellidando

contra la persona vuestra

y diciendo Carlos viva

y Margarita a la fuerza

de las armas imperiales

a la espalda dan la vuelta

puestos en infame fuga,

pero el valerme yo de ellas

y el favor de vuestro tío

es porque Polonia sepa

el que vive Margarita

y que aqueste reino hereda.

Rey.

Margarita vive.

Roberto.

Sí.

Rey.

Quién lo asegura.

Levanta la celada Margarita y los dos

Margarita.

Ella misma,

ínclitos vasallos míos.

Yo soy Margarita

de Polonia, por ser hija

de Estanislao, que por mí

me publicó Federico

con vil traidora cautela.

Rey.

Cielos, si esta es luz.

Margarita.

No lo es pues a la fiera

de la magia en las furias

al sueño metió tu alteza,

y las mutaciones mías

ya de hombre, mujer y fiera

las causó este anillo, de

porque hace lo más necio,

si por sí tiene algún pacto

con que obra sus apariencias

le arrojo a ese río, en donde

le sepulten sus arenas.

Rey.

Dadme vuestra majestad

los pies.

Margarita.

En mis brazos tenga

vuestra alteza aquel lugar

que merecen sus finezas,

y pues este reino es mío

se le rindo a vuestra alteza

con mi mano.

Rey.

Qué ventura

otro reino logro en ella

y al conde Roberto le hago

primer ministro de aquesta

monarquía.

Roberto.

Los pies beso.

Margarita.

Otra merced hacer queda

a vuestra alteza.

Rey.

Cuál es.

Margarita.

Que en caso que viva o muera

Federico, perdonado

quede sin la mancha fea

de traidor.

Rey.

Yo lo concedo

para que Enrique así pueda

darle la mano a Rosaura.

Enrique.

Del alma le doy con ella.

Rosaura.

Y yo la recibo aunque

a vista de tanta pena.

Bato.

Señor, como engerto en ama

y su Bato y su Gileta

Margarita.

Señor de tu aldea te hago

con mil ducados de renta.

Espárrago.

Sueño es todo, pues que vemos

que a los salvajes se premian.

Todos.

Y aquí discreto senado

fin tiene aquesta comedia

del desagravio en un duelo

por la más noble belleza.

Fin