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Texto digital de El asedio y sitio de Peñíscola

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El asedio y sitio de Peñíscola. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-asedio-y-sitio-de-peniscola.

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EL ASEDIO Y SITIO DE PEÑÍSCOLA

Pag. 1

Hablan en ella las personas siguientes: Don Sancho de Echavarría. Don Pedro de Sala y Ayala. Gracioso. Milord Preterburch. Don Juan Jonás. Doña Margarita. Don Antonio Díaz y Herrera. Lelio, labrador. Regañón. Tres paisanos. Maguncio, soldado. Un ángel. Beatriz. Benito.

Jornada primera

Pag. 2

Tocan cajas y sale don Sancho de Echevarría y Gracioso con dos soldados.

Don Sancho.

Toquen marcial estruendo

de las trompetas y cajas,

hasta que el metal imprima

en la esfera de las almas

nuevos alientos que infundan

a la más justa demanda

y gloriosa defensa

de nuestro invicto monarca

Felipe, a quien rendimientos

bien conocidos consagran

genuflexiones y finezas

hoy los Nueve de la Fama.

Ea, nobles valencianos,

ya que Valencia se halla

con el timbre de leal,

en esta ocasión os llama

don Sancho de Echevarría

para que, alistando escuadras

de vuestro rey en defensa,

haga el valor consonancia

con los hechos vuestro nombre,

y el blasón en vuestra espada.

Gracioso.

Ya después que de Vizcaya

dejamos los dos la patria,

vos a vuestros deudos nobles,

y yo a Perico y Juana;

no me has dicho, señor, cómo,

de la intención que te llama

a este país de Valencia;

y así, desde luego, trata

de decirme dónde vamos,

como el porqué, o la causa,

o, si no, vamos a cuentas

para volverme a mi casa;

que, sin saber ya a dónde,

aquí pongo cruces y rayas.

Don Sancho.

Ya te acordarás del día

que con don Pedro de Ayala

y con otros oficiales,

vinimos a esta ciudad.

Gracioso.

No lo ignoro.

Don Sancho.

Escucha agora.

Después que Felipe quinto

e invictísimo monarca,

de Francia vino a ocupar

esta corona de España,

por derechos que no disputo,

por ser cierta su demanda,

se alteró la Europa toda,

Inglaterra y Holanda,

la Saboya y el Imperio

con toda la Lusitania.

Los fines, pues, que les mueven

para tales alianzas,

aunque en todos son muy varios,

Pag. 3

Don Sancho.

de reinos que se abrazan

que reunidas las coronas,

la española y la de Francia,

son bastantes y poderosas

para avasallar sus armas.

Pero en particular discursos

son los motivos, que dando

olvidado de su dueño,

y de la Iglesia Romana,

teme que Felipe quinto

no conquiste con su espada

el dominio que en ella tiene,

y otra vez con piedad santa

en su distrito introduzca

nuestra religión cristiana.

Inglaterra previniendo,

que a Jacobo Francia ampara,

y que unidas las coronas

fuera cierto que reinara;

su error os impugna

porque la fe sacrosanta

en ellos no se profesa;

¡oh, provincia desgraciada,

que el veneno de la secta

gustosa admite, y rechaza

a un príncipe que diera

de nuestra fe la triaca!

Portugal, como a Felipe

el cuarto de nuestra España,

teme del quinto amenazas.

Alemania, por nombrarse

con nombre antiguo de Austria,

quiere hacerse prisionera,

pero es de poca importancia,

una cuestión de un nombre,

cuando la sangre proclama

en las venas de mi rey;

pues en estas hoy se halla

abreviada la sangre

de Felipe cuarto de Austria.

Dejo aparte la Saboya,

que ante el mundo lo extraña,

que un padre contra sus hijos

aplazar quiere campañas.

Estos son, pues, los motivos

porque la Europa alterada

contra mi rey y señor

va previniendo alianzas.

Pero todo importa poco

siendo tan justa la causa

que a mi rey le patrocina,

y aunque fueran más armadas

que granos de arenas baten

estas espumosas aguas:

para vencerlos sobrarán

los alientos de su espada.

A esta fía su majestad

me ordena, dispone y manda

que en la ciudad de Valencia

reclute milicias y haga

examen de qué manera

los valencianos se hallan

para cumplir como deben

la defensa de su patria.

Soldado 2.º.

Aunque lo dude, señor,

que los nobles estampada

la fidelidad mantienen

en el centro de sus almas,

pero temo que la plebe,

como gente que no guarda

calidad, honor, y ley,

está poco asegurada.

Don Sancho.

Mas que el poder enemigo

temo sus viles mudanzas.

Tocan cajas dentro.

Don Sancho.

¿Quién alterando se ensaya

puebla de Marte la esfera

con militares estruendos?

Sale don Pedro Álvarez.

Don Pedro.

Ya, señor, una alta playa

de navíos enemigos

de Inglaterra y Holanda

surcando montes de espuma

se divisa coronada.

Dentro unos.

Unos.

¡Viva nuestro rey don Pedro!

Otros.

Otros.

¡Viva el duque de Saboya!

Don Sancho.

¿Qué voces aquí proclaman,

ofendiendo a mis oídos,

y a la majestad sagrada

de mi rey Felipe quinto?

Reprimid vuestras palabras,

aleves, (o jura a Dios)

que antes que registre el alba

los rayos del horizonte,

que vuestras lenguas cortadas

han de verse, y las cabezas

por alfombras de mis plantas.

Don Pedro.

Estos son unos paisanos

sediciosos, y de su comarca,

que entendiendo vanamente

que de pechos y alcabalas

serán libres, como mudan

nuestro gobierno de España,

proclaman al archiduque.

Don Sancho.

¡Ah, pérfidos,

sin Dios, sin ley y sin forma!

Villanos, hoy os obligo

a vuestra ciega demanda.

Vengaré, vive a Dios,

que sea verdad bien clara,

quedar pobres con la entrega,

y después acuchillados

daréis sangre por tributos

de vuestras venas humanas.

¡Ea, nobles valencianos!

Pag. 4

Don Sancho.

Ya que la plebe no cuadra,

con las leyes de su timbre,

la nobleza acreditada

quite el borrón, que procuran

los aleves mancillarla.

No extrañéis la novedad

de sublevados que ultrajan

de nuestro Felipe quinto,

que si hermandades se exaltan,

con el castigo se humillan,

quedando solo premiadas

lealtades que procuran

hacer del quinto la basa.

Sale un soldado.

Soldado.

Con diligencia te busco.

Don Sancho.

¿Qué hay?

Soldado.

La nobleza valenciana

viendo sublevar a Denia,

muy prevenida se halla

en defensa de su rey

para salir a campaña:

me ha mandado a que te diga

que su acreditada espada

para la empresa se empeñe

a gobernar sus escuadras.

Don Sancho.

Para tan noble empresa,

cuando salga de su vaina,

será rayo más que acero

que del vapor se desgaja.

Dentro.

Unos.

¡Viva el rey Felipe quinto!

Otros.

¡Viva nuestro gran monarca!

Otros.

Los leales no se mudan.

Otros.

En lealtad no hay mudanza.

Don Sancho.

Eso sí, ilustres señores,

que sangre calificada,

como hereda la nobleza

con los hechos se acompaña;

al arma, soldados míos,

nobles señores, al arma.

Todos.

¡Viva Felipe quinto!

Tocan clarines al arma.

Tocan cajas y trompetas, y vanse desenvainando las espadas, y dicen dentro:

Unos.

¡Iza, amaina, al trinquete,

a la orza a las velas!

Otros.

¡A la gavia!

Otros.

¡Tira áncoras al fondo!

Otros.

¡Amaina la capitana!

Sale Milort Peterburch.

Don Juan Jones, doña Margarita, y acompañamiento de soldados.

Milord.

Altos aliados, que

en potencia suma

venís a ganar despojos por la espuma

del salado elemento,

rompiendo mares, y trepando vientos,

y a la armada de Flandes e Inglaterra

desembarcando ejércitos a tierra

a la ilustre ciudad de Barcelona;

que por más que de invencible su blasón afirme,

verá cómo Milort, que el campo pisa,

reduce sus almenas a ceniza.

Hagan alto las trompetas militares

en este ameno sitio, y en los mares

se escuadronen naves que Neptuno encierra,

que cercada por el agua, por la parte a tierra,

Barcelona afamada

ha de verse de incendio abrasada,

y a ese Monjuique con la dureza

de esos peñascos sitia la grandeza,

tardando nada ver que si blasona,

que las cenizas del monte lo corona

en un solo momento,

lo que sirve de lumbre ha de ser centro,

más quiero que esta fama pregonera,

cuando exalta los nombres que venera

la Europa en los labios de cualquiera,

que con todas mis glorias tenga el nombre.

Doña Margarita.

Estancia hermosa

esta que el alba adora

de este ameno sitio, que enamora.

El monte de jardines tan poblado,

y el campo de flores matizado,

que en espacio no subjeto

Naturaleza cedió en su recinto

breve copia de bienes generales,

a la tierra flores, y al mar cristales.

Milord.

Esas torres que miran, ufanas,

con quienes tanto el arte se acredita

con sus fosos, almenas y murallas,

que solo con mirarlas avasallas:

verás con esta espada vencedora,

de rubíes de sangre las colora,

y sin tener segundo,

a primer Milort, virrey del mundo.

Dentro.

¡Viva el Príncipe de Darmestat!

Lenguas vanas, y a otro ninguno el mundo alaba.

Milord.

Qué voces disonantes y repúblicas,

que el bravo laurel desacreditan

de mi nombre, a quien astro proclama,

más que el único timbre de mi fama.

Pag. 5

Don Juan.

Estos, señor, del Principado,

unos catalanes que han proclamado

a favor de las armas aliadas,

que teniendo hoy memorias olvidadas

alcanzarán tan señalada gloria.

Aparte.

Milord.

¡Un infierno da a mi pecho,

o envidia poderosa!

que siendo mi intención deseosa

de adquirir la fama de la conquista,

haya quien parta glorias a mi vista!

¡Oh, pecho indignado,

que en ira de leones abrasado,

más que tardo,

que no abrazo los infiernos y agarro

centellas por los ojos,

redujere las penas en despojos!

Anda, don Juan Jones, de mi parte,

que convides las milicias a baluarte

a Montjuic, y dé el primer avance,

y di que nuestro ardimiento se canse,

sea Troya abrasando en vivo fuego.

Don Juan.

Cúmplolo, ruego, y a desde luego.

Oyen ruido de batalla y disparan dentro.

Milord.

Dispare el bronce las pesadas balas

que veloces volando, aunque sin alas,

romperán de homenajes la dureza.

hasta hacer de su llamada pausa;

el favonio se vista en airado sueno

de negros promontorios que hace el humo,

y en su rápido estruendo

las medias lunas se anden rompiendo.

Dentro unos: ¡Avanza al foso!

Otros: ¡Avanza a la muralla!

Otros: ¡Soldados, al baluarte!

Otros: ¡A la estacada!

Milord.

Ya parece Montjuic Etna abrasado;

un león viene a ser cada soldado.

Dentro unos: ¡Viva el Rey de España Felipe!

Otros: ¡Vivan los aliados de la Liga!

Otros: ¡Viva nuestro gran Monarca Felipe Quinto!

Sale don Juan Jones con la espada desnuda.

Don Juan.

Desespérome, excelencia.

Milord.

¿Qué hay, don Juan?

Don Juan.

Señor, desgracia.

Milord.

Dila presto.

Don Juan.

Obtemperando el designio

que Vuecelencia nos manda

de avanzar a Montjuic,

y asaltar a sus murallas;

quiso para dar alientos

a sus valientes escuadras

el Príncipe de Armestad

(o nunca tal intentara)

preceder a todos ellos,

poniendo sus esperanzas

en haber tomado el nombre

de las milicias contrarias;

pero fuimos descubiertos,

y arrojando unas granadas,

le han herido de muerte.

Milord.

¿Qué me dices?

Don Juan.

Y creo que ya la parca

cortó el hilo de su vida.

Milord.

¡Oh, infeliz desgracia!

Don Juan.

Mis esperanzas se frustran.

Milord.

Mis alientos se desmayan.

Doña Margarita.

Llore el mundo de Armestad

la gentileza gallarda.

Milord.

Según tengo prevenido,

la gente de mis armadas

no es bastante para empezar

la conquista de la España;

porque estando Barcelona

de milicias y vituallas

bien prevenida, será

en vano que mis escuadras

la cerquen, pues necesito

para tenerla sitiada

de sesenta mil infantes,

y solo en mi poder se hallan

ocho mil; ¡oh, malhaya

el hado de mi fortuna!

Don Juan Jones, cierra el orden

que hago a la Capitana

para embarcar los soldados

la hora, porque no cuadra

nuestro poder a la empresa.

Don Juan.

Cumpliré tu palabra.

Vase.

Doña Margarita.

Pasar a Barcelona

puede servir de agasajo.

Dentro: ¡Prevengan velas y remos!

Otros: ¡Toquen clarines a marcha!

Otros: ¡Dad las velas a los vientos!

Otros: ¡Al trinquete, a las áncoras!

Milord.

Esta empresa, Margarita,

se conquista por mano

faltó el Príncipe, y con él

faltaron mis esperanzas:

Armestad en Cataluña

voluntades conquistaba,

tenía, para que llegando

el país se conformara,

y con su muerte no dudo,

Pag. 6

Milord.

tener las suertes mudadas.

Dentro.

Otros.

Muden nuestro gobierno.

Otros.

Toma pistolas y chuspas.

Otros.

Acorra la ciudad.

Otros.

Al cerro.

Otros.

Al monte.

Otros.

A la montaña.

Sale don Juan Jones.

Don Juan.

Albricias, señor.

Milord.

¿De qué?

Don Juan.

Ya la plebe amotinada

contra su rey ha tomado

en nuestro favor las armas,

y Velasco, confundido,

entre sediciosos se halla

con ánimo de entregarte

capitulada la plaza.

Milord.

Solo ese medio pudo

coronar mis esperanzas.

Vase.

Sale don Sancho, don Pedro, soldados y Francisco.

Don Sancho.

Ya el marqués de Ornia

del justo Dios la venganza

recibió con un trozo de la guardia

de su majestad, escarmiento que basta

a poner ejemplo a quienes

siguen errantes pisadas;

los de Denia entendían

que el retenerse la plaza

era comer dos arroces

o regalarse con pavas.

Vayan alerta, señores,

en esto de carbonadas,

que lo que las manos obran

suelen pagar las espaldas.

Sale don Pedro, don Sancho .

Don Sancho.

¿Qué hay, don Pedro?

Don Pedro.

Antes, señor, deseara,

que referirte el suceso.

Don Sancho.

Ea, presto, dilo, acaba.

Don Pedro.

Consternose Barcelona,

y no será cosa extraña

sublevarse el Principado

según voces lo declaran.

Aparte.

Don Sancho.

No me digas más,

que para entenderte basta.

¿En qué, soberano cielo,

ha de parar la mudanza

de Cataluña y Valencia?

Loco país, ¿qué te falta?

¿Qué desagrado en Felipe

nuestro monarca se halla?

¿Qué te espanta la coyunda?

¿No que su mano franca

de tributos aligera,

y con mano germana

antes que rey, le encontramos

un padre de clemencia raro.

¿En el oficio no cumple? Sí;

y tanto que no se halla

en los anales del siglo

un rey que en edad tan parva,

olvidando su himeneo,

por cosas que le importaban

a su corona, se ausente

para Nápoles, y dadas

en su reino providencias

a su ejército se parta,

y animando valeroso

a sus valientes armados

con su presencia quedaron

los enemigos postrados.

¿Con los valientes no es Marte?

¿En lo místico no cuadra la virtud?

¿con los candores de pura ilustrada?

¿No es llamado Eudoro

por Carlos Segundo de Austria?

¿No es verdad que en él tan solo

la sangre inmaculada

se conserva de Felipo

llamado Cuarto de Austria?

¿No es suplicado a que venga a

España? De su real casa ¿no lo sacó?

¿No es jurado con pacífica bonanza

por los españoles todos

sin ninguna repugnancia?

Todo es cierto, ¿quién lo duda?

Pues ¿cómo cabe en tan claras

evidencias proclamar

a otro rey, ni monarca

que más que al gran Felipo Quinto

augusto señor de España?

¿Cómo en acción tan acerba

podrá verse conservada

la lealtad, el juramento,

la honra, crédito y fama

de los españoles? (¡Ay, cielos!)

¿En qué nación, aunque bárbara,

se salva sin ser delito,

que los vasallos las armas

contra su jurado rey

puedan, perjuros, tomarlas?

Pues si entre infieles es riesgo,

¿cómo estando en la cristiana

ley disciplinados,

que es tan recta, justa y santa,

tal especie de delito

admitís en vuestras almas?

¡Oh, Dios! ¡Oh, reyes! ¡Oh, punto!

Pag. 7

Don Sancho.

Mas dejemos cosas tan vanas,

que si me sobran sentidos,

me faltan muchas palabras.

Sacra imagen de Felipe,

que en metal vives estampada,

en mi pecho te contengo,

no sé qué efeto me causas

en lo interior de mi pecho,

que cuanto más extrañada

de tus vasallos te miro,

tanto más en mí el ansioso

mi corazón se endereza,

y te embiste toda el alma

como el cielo tal permite;

o secretos que no alcanza

nuestro limitado ingenio;

mas conjeturo la causa.

Estos reinos que se alteran,

con privilegios gozaban

un monarca que era un padre,

y puede ser que Dios haya

permitido que se pierda,

porque siendo recobrada

su posesión por Felipe,

tengan experimentada

su desgracia, cuando alleguen

al postre de su jornada.

Aparte.

Gracioso.

Muy pensativo a Don Sancho

si las señas no me engañan

le miro; ¡ah, señor!, dime ¿qué tienes,

que solo contigo hablas

máquinas que yo no te entiendo.

Si acaso te enamoraste,

y te han burlado la dama;

has jugado, y has perdido;

mirad que me corten la cara,

si no es esto, pues te trata

olvidado ya del todo

de materias de vianda,

y yo temo que en algún juego

te han dejado capuchado.

Don Sancho.

Calla, necio.

Gracioso.

A tarde los necios callan.

Don Pedro.

Para un noble de su esfera

males ningunos igualan

como del rey a menoscabos.

Gracioso.

Gentil gracia,

pues a Vueseñoría, ¿qué le importa,

hallándose como se halla,

sin séptimo sacramento,

ha de ser cosa bien clara

que corona sus hijos

nunca podrán heredarla.

Don Sancho.

Necedades deja.

Gracioso.

Mira, según corre la fama

de los aliados dicen,

que a todos los que repasan

les suben de contrapunto;

y supuesto que se halla

Vueseñoría coronel,

con esta acción se lograra

su fortuna en alto grado.

Don Juan.

Por mi rey, si no mirara

que las palabras de un necio

por indiscretas no agravian,

que esa maldiciente lengua

de tu boca te arrancara.

Gracioso.

Eso te da tanta pena;

pues yo te doy mi palabra

de regalarme millares

si me hacen cabo de escuadra.

Don Sancho.

Don Pedro.

Don Pedro.

Señor.

Don Sancho.

A ese pícaro que le pasen

por las armas.

Gracioso.

Señor, que esto vale broma.

Don Sancho.

En esto se excusara.

Sale un soldado con un pliego.

Soldado.

De la ciudad de Valencia

me han mandado que le traiga

para Vueseñoría este pliego.

Lee la carta.

Don Sancho.

Con impaciencia aguardaba

la respuesta, pues propuse

que como a mí me fiaran

del baluarte su fuerte

que es la Casa de las Armas,

con solo trescientos hombres

dejaría asegurada

a la ciudad de Valencia.

Don Pedro.

No dudo se efectuaría;

que a saber ser tan valiente

agudo ardid le acompaña,

y habiendo maña y valor,

los imposibles se allanan.

Rasga la carta.

Don Sancho.

¡Todos paso sin escollo,

esto solo me faltaba!

¡Si todos cuantos impiden

mi intención calificada

a las manos me vinieran,

como a este papel rasgara!

Don Pedro.

¿Qué te responden, señor?

Don Sancho.

Laberintos que embarazan

mis designios prevenidos;

pues al tiempo que yo arriesgaba

mi persona en dar defensa

a la Casa de las Armas,

los gobiernos me responden

que no dan por acertada

mi resolución; al fin

ellos llorarán mi falta.

Don Pedro.

Y ahora, ¿qué determinas?

Don Sancho.

Un imposible intentara.

Pag. 8

Don Pedro.

Y ¿cuál es?

Don Sancho.

Lo que más siento, Don Pedro,

no es que este reino se pierda,

que con rendille

poca dificultad se halla;

lo que siento que se pierda

Peñíscola, pues es plaza

que en la Europa otra alguna

a su fortaleza iguala.

Don Pedro.

Eso no tiene remedio,

porque en este tiempo se halla

sin víveres, ni guarnición,

y no estando pertrechado,

viene a ser su fortaleza

un león sin tener garras,

una tigre sin colmillos,

y un grande cuerpo sin alma.

Don Sancho.

Pues amigo, esto ha de ser;

a mi aliento le acompaña

(en defensa de Peñíscola)

ánimo, valor y traza.

Don Pedro.

Sin medios es imposible

ver tu intención lograda.

Don Sancho.

Mi esperanza solo con Dios

tengo, Don Pedro, fundada;

porque siendo de mi rey,

tan hija de Dios la causa,

me dará sus asistencias,

y a su mano soberana

sin medios no es imposible

dar las mayores hazañas.

Don Pedro.

A mucho, señor, te arriesgas.

Don Sancho.

Es Peñíscola el diamante

de más fondo que se halla

en la corona del rey,

y en su defensa y demanda,

aunque yo pierda la vida

muerte será bien lograda.

Ya Montenegro y Mahone

con el mariscal Amézaga

a Aragón contramandados,

han dejado vaciada

de Vinaroz la frontera,

y en Benicarlós de guarda

Pozoblanco solo queda

con sus caballos, que basta

para sujetar valiente

a la enemiga comarca.

Don Jorge de la Figuera,

que es un noble en quien se halla

fidelidad y respeto,

y me ofrece mano franca

algún subsidio para que

de Peñíscola la plaza

alguna defensa tenga

en los principios; y si no basta,

él es Dios omnipotente,

me está sobrando confianza.

Vase.

Sale Selio vestido de labrador.

Selio.

Alegres prados que en apacible risa

auras cogéis, que oro matiza

el sitio, con apacibles despojos

de las perlas que os dio el alba en los ojos;

campo ameno de sueños coronado,

que terminas fines del mar salado,

y enviando cristales y reflejos

das al sol lisonjas, que por espejos

y conduces alimentos y naves

de pescado sustentos, blancos panes;

lento arroyo que desde tu vena

con mudos pasos plateada arena

de Peñíscola sueltas,

y a sus peñascos con cristales sellas;

decidme prado, arroyo y azucena

si a Beatriz aviste que en mi pena

solo me desvela esta labradora

a quien rendida

el alma solo adoro.

Sale Beatriz de labradora.

Beatriz.

Aves parleras que cortando el viento

de mis pechos embebéis el triste aliento;

peñascos erizados

que os revistes de muros coronados,

teniendo por empleo

servir de atlante al habitante cielo;

montañas de Irta vestidas de maleza,

quienes solo dotó naturaleza

de corazas los pechos

de pirámides las cumbres

interés de pastores, pasto de ganados;

decidme aves, peñascos y montañas

si a mi Selio escondido en las entrañas

sabéis que en ansias tales

el verle es medicina de mis males.

Selio.

Esta es Beatriz que en dulce agrado,

de Peñíscola saliendo a este prado

afrentan sus carmines

amapolas, claveles, jazmines.

Beatriz.

Este es Selio que por gala y valiente

se le postra el labrador más excelente.

Selio.

Hermosa Beatriz.

Beatriz.

Amado Selio.

Selio.

Entre cuidados agora

reparaba los afectos

que muchos años se imprimen

en los ojos del secreto,

corazón que lustros tantos

a tu hermosura se postran

Beatriz.

Y con sus cláusulas que encuentre

Selio.

Una repugnancia noto,

que batallando neutrales

Pag. 9

Selio.

Los afectos con lo bizarro

me obligan.

Beatriz.

¿A qué, a dejarme?

Selio.

Para tanto no me arrojo.

Beatriz.

¡Qué novedad, cielos, pasa

en los bienes que noto!

¿Ahora Selio mudado

por otro amor que yo ignoro?

Este es el lance primero

que el pedernal injurioso

de los celos pudo dar

centellas a mis enojos.

Mis indignaciones temple,

y, confundido alborozo,

haga infierno el alma ciega,

agrado ponga a mis ojos.

¿No me dirás, dueño amado,

qué palabras o qué asomos

me das que, indiferentes,

me hiciesen dudoso

el pensamiento, si acaso

esta nave del tesoro

de tu amor atravesado

en algún helado escollo,

y ahora en mares naufragado

en centro proceloso?

Aparte

Selio.

Tan ajeno, dueño amado,

puedes vivir de un enojo;

que primero que yo falte

a tus agrados vistosos,

faltarán esos peñascos

que riñe el cristal undoso.

¿Yo faltar a tu fineza?

¿Yo prenderme de tus ojos?

Calla, queja de un celo,

¡oh, amor injurioso!

Lo que decirte quiero

lo expresaba sin recelo;

ya sabes que la fortuna

nos ha dejado tan solo

en clase de labradores,

y aunque entre todos honroso

es el color de tu arte;

mas no sé qué poderoso

influjo me predomina,

que me invita a que animoso

del arado con la espada

haga trueco ganancioso.

Beatriz.

¿Qué tibieza en ti miro?

¿En tus cláusulas qué asombro?

¿Y no quedará mi amor

sin su pago, y con desdoro?

Aparte

Selio.

¡Qué poderosas que lidian

con mi pecho vigoroso

Venus con flechas y aljabas,

y Marte con fuego y plomo!

Quedamos a la duda.

No dudo, prodigio honroso,

que la ausencia entre los dos

de los gustos fuera estorbo,

pero, atesorando medras,

fuera el amor delicioso,

que en nuestra pobre fortuna

le valdrá al alma forzoso

que los trabajos del arte

sean del amor abrojos.

Beatriz.

¿Es posible que me olvides?

Selio.

Antes, mi bien, te recobro.

Beatriz.

¿Por qué medios, cielo santo,

a mis desdichas estorbo le pondré?

Mas ya me ocurre

entre las ansias el cómo.

¿El dejar tú a Peñíscola

no es el fin que fervoroso

a nuestro invicto Felipe

amas; y quieres honroso

en defensa de tu rey

dar de tu vida el tesoro?

Selio.

Si he de decir lo que siento,

la verdad es eso solo.

Beatriz.

Sin moverte, tu esperanza

tendrá efectuado el logro.

Selio.

¿De qué manera?

Beatriz.

Oye el cómo.

Ahora llegó noticia

que un caballero famoso,

don Sancho de Echevarría,

a defender valeroso

a Peñíscola mandado

viene; y ha de ser forzoso,

que esta fortaleza estando

sin guarnición, tenga gozo

de merecerle a su lado,

valiente, galán y airoso.

Selio.

Rémoras son tus palabras

para detenerme en todo.

Beatriz.

¿Al fin, Selio, tú te quedas?

Selio.

Con tal motivo soy tronco,

por defender a mi patria

y a mi rey, celos y todo.

Óyese ruido dentro, disparan dentro.

Don Sancho.

Pon ese estribo, Camacho.

Don Pedro.

Cuidado con ese potro.

Otro.

Ten cuenta de los caballos.

Selio.

Sin duda que este alboroto

será don Sancho que viene.

Beatriz.

Según señas, es forzoso.

Pag. 10

Salen los tres paisanos y la graciosa con una fuente, y alcaide de la fortaleza.

Paisanos, Lelio, Beatriz.

Lelio.

¿Qué nos quieres?

Paisano 1.º.

En aqueste instante oigo

que aquel caballero

tan valiente como animoso

a Peñíscola ha llegado.

Lelio.

Con su venida ya logro

los aplausos de mi suerte.

Salen como a quien viene de camino don Sancho, don Pedro, gracioso, y soldados.

Don Sancho.

Esta es Peñíscola amigos,

donde mi Rey me manda

que para defenderla venga.

Don Pedro.

Para una empresa tan

en vuestro poder fiando

puede encontrarse esperanza.

Don Sancho.

¡Qué soberbios baluartes!

¡Qué castillo, qué murallas!

¡Qué lienzos tan infragables!

Con su sitio nada iguala

que unida está por tierra

de cristales que le abarcan!

Por el mar que promontorios

que naturaleza basta

sin los primores del arte

le dio para sustentarla.

Gracioso.

Pues yo juro en mi conciencia

que si he de decir verdad, digo

que ni amor de Rey me trae

crédito, honra, ni fama;

sino tener entendido

que taberna de esta plaza

es la más fuerte de cuantas

en el dios Baco se hallan.

Arrodíllase Lelio, y le presenta las llaves de la fortaleza.

(todos puestos a tus plantas)

Lelio.

En vuestras manos, señor,

estas llaves os rendimos

para que puesta esta plaza

en vuestro amparo y defensa

pueda verse asegurada.

Don Sancho.

Levantad, amigos, que

quien aquí os acompaña,

para mandaros no viene

sino para daros el alma.

Aparte

Beatriz.

¡Qué galán, y qué discreto!

Paisano 1.º.

Su afabilidad arrastra.

Paisano 2.º.

Su bello aire me hechiza.

Paisano 3.º.

Su cortés modo avasalla.

Don Pedro.

Aunque no dudo, señor,

que la fortaleza se halla

en incontrastable sitio;

mas es cosa averiguada

que sin abastos, ni gente

no puede ser conservada,

sus designios le venero

pero temo en esta causa

mas que el valor no sea,

sus acciones temerarias.

Don Sancho.

Callad don Pedro que animos

antes de la empresa se hallan

hijos de la gratitud

pero puestos en la demanda

de los afanes son padres,

que sin apreciarse agravian.

Aun te falta saber

que en este fuerte se halla

una defensa que puede

asegurar la esperanza.

Don Pedro.

¿Y qué defensa es aquesta?

Don Sancho.

La Virgen de la Ermitana.

Tírese una cortina, y descúbrese en un nicho la Virgen de la Ermitana, arrodíllanse todos. Toma don Sancho las llaves y pónelas en manos de la Virgen.

Da las llaves

Arrodíllanse todos

Don Sancho.

En vuestro amparo, Señora,

puesta toda mi confianza

os coloco esperanza

cuanto a mi suerte atesora,

contigo piadosa que Dios

se asegura en las victorias,

que de otro victor hay memorias

cuando faltan estos dos.

Las llaves en vuestras manos

de Peñíscola coloco

sin que favor nada o poco

en empeños tan arcanos

obrase, poderosa Señora,

mas un borrón imposible

ya le miro por factible

vos siendo Gobernadora.

Cuando el salado cristal

sepultó al egipcio fiero,

logró una nave primero

con el poder celestial,

sirva Virgen Ermitana

para todo nuestro bien

fuerte vara de Moisén,

de quien todo favor mana;

remitirá

todo esto en el Verbo omnipotente,

Pag. 11

Don Sancho.

en vuestro vientre encarnado,

y en tus manos colocado

el alma confiada cierta

ser feliz en él, y en vos;

porque el mundo es todo nada,

y no hay cosa bien ganada

faltando el favor de Dios.

¿Cómo pudiera ganar

Judith, con golpe violento,

del fuerte asirio sangriento

el pabellón militar?

Sin Dios, ¿qué valor le dio?

¿ni caer de gente armada

al son de bronce animado

el muro de Jericó?

Jacob, y el ángel, los dos

luchan, y pide partido

el ángel. Tan atrevido

es con Dios quien tiene a Dios;

en la defensa que digo

su mano tiene de ser

quien, señora, ha de vencer,

no don Sancho a su enemigo.

Ya se vio con qué osadía

mató a Sísara Jael,

y al fuerte asirio cruel

la nueva Judith María,

y como así sea cierto

que la Virgen de Ermitana

a nuestro enemigo allana

en sangre, y polvo cubierto.

Levántase, y tiran la cortina del nicho de la Virgen.

Tefio.

De haber, señor, merecido

vuestra persona, que basta,

a defender ella sola

aquesta importante plaza,

nos damos mil enhorabuenas.

Don Sancho.

Ya veis, amigos, que falta

para defenderla el todo;

provisiones, o vituallas

hay muy pocas, o ningunas.

Los soldados también faltan,

solo sobran enemigos

por la tierra, y por las aguas;

pero todo importa poco,

porque el valor de esta espada

os trocará en militares;

y obrará en todos tal mudanza,

que el que es labrador, será

fuerte soldado, que alcanza

a igualar con los Escipiones,

y en los Nueve de la Fama;

que falten provisiones

tampoco eso embaraza,

porque cuando a la defensa

causa tan justa la ampara,

del Cielo vendrá el socorro

si de la tierra nos falta.

Gracioso.

Un soldado para hablarte,

que parece Juan Pavese,

ha venido.

Don Sancho.

Di que entre.

Sale Maguncio.

Maguncio.

Para ponerme a tus plantas,

Don Sancho.

¿A qué venís, y quién sois?

Aparte

Maguncio.

Soy el alférez Maguncio,

que informado de tu fama

a servirte vengo.

Miento,

para darte muerte airada.

Don Sancho.

De tu lealtad confiado,

te admito en esta plaza.

Maguncio.

Ya se entablan mis designios

de sedición, y maraña.

Soy rico; y ya que este fuerte

únicamente se halla

por don Sancho defendido,

daréle muerte celada,

y con esto será fuerza

verse perdida la plaza.

Don Sancho.

A Tefio, por ser paisano

de lealtad, valor, y fama

de esta villa de Peñíscola,

hasta mayores pujanzas

capitán le constituyo.

Tefio.

Sin buscar la fortuna,

ya me ha venido a mi casa;

viva vueseñoría muchos años,

que es fénix por tal ganancia.

Don Sancho.

Tus soldados son aquestos.

Paisano 1.º.

Y yo, dejando la labranza

por mi Rey Felipe Quinto,

quisiera que Dios me diera

mil vidas, que por tal Rey

perdiera de buena gana.

Paisano 2.º.

A su lado, gran señor,

ni aun un Héctor me iguala.

Paisano 3.º.

Baluarte seré fuerte

entre cuchillos, y balas.

Don Sancho.

Pues estos leales valientes

Pag. 12

Don Sancho.

hijos seréis de la fama.

Beatris.

Con celo miro, Señor,

y a mi fortuna igualada,

y si defenderte solos

los paisanos no bastaran,

las mujeres de esta villa,

siendo amazonas armadas,

seremos hombres, y fieros,

para que en letras doradas

el pincel agudo escriba

en anales de la fama,

que si en estos reinos hombres

a mi rey Felipe faltan,

pero no podrán faltar

mujeres peñiscolanas.

Don Sancho.

Amigo gentil, y noble.

Don Pedro.

Gentileza soberana.

Don Sancho.

Nuestro gran Felipe viva.

Todos.

Viva nuestro gran monarca.

Vanse.

Jornada segunda

Pag. 13

Jornada 2.ª

Sale Milort Preteburch, don Juan Sons, doña Margarita, y soldados, y tocan cajas, y clarines.

Milord.

Paso al trono majestuoso

de mis glorias soberanas,

entre aplausos, y laureles

nada a mis dichas les falta.

Ya a Cataluña la miro

voluntariamente entregada

la Rosa, excepto solo

a las armas aliadas.

Este país de Valencia

hermoso espejo del aura,

antes de acudir yo a él

él ha acudido a mis plantas.

Puesto blanco, que opuesto

a las cercanas murallas

de Cataluña al abrirse

recelos que le amenazan

con cuatrocientos caballos

se ausentó, y hace alas

de las galeras, y chusma

que si tan veloz no marcha

su caballería toda

por mí quedara apresada.

Doña Margarita.

A vuestro poder invicto

todo valiente se espanta.

Milord.

¿Quién duda que mis esfuerzos

se han de infundir en mi aliento

cuando el Cielo de heroísmos

con dos estrellas se engasta,

que únicamente influyen

a mi valor arrogancias.

Don Juan.

Ya, Señor, cinco mil hombres

que alistaste me mandas,

para servirte aquí tienen.

Milord.

Con bien ordenada marcha

haz que me sigan, y presto

mi designio se declara.

Doña Margarita.

¿No me dirás a qué aspiras?

Milord.

Solo en tu pecho fiara

secretos que el alma cela.

Doña Margarita.

¿Qué falta?

Milord.

Falta la mayor hazaña.

Doña Margarita.

¿En qué consiste?

Milord.

En mirarme conquistada

Peñíscola; que ella sola

vale la mitad de España.

Doña Margarita.

Ya se descubren sus muros.

Milord.

Ya de almenas coronada

con respetos se divisa,

a su Comandante una carta

le he escrito, y ya no dudo

que para haberla entregado

la carta solo sobraba.

Doña Margarita.

A su Comandante llama

pues ya que estamos tan cerca.

Milord.

¡Al del muro! ¡Al de la plaza!

¿quién sus baluartes domina?

¿quién los gobierna, y manda?

Aparece en lo alto de la muralla don Sancho.

Don Sancho.

Don Sancho de Echevarría.

Milord.

Pues esos castillos abre.

Don Sancho.

Antes que los abra quiero

saber a quién, que en mi casa

a nadie admito, sin ver

si a mí el huésped me agrada.

Milord.

El dueño yo, y a deberla

se previene en esta carta,

el Conde de Preteburch,

yo soy Generalísimo

de las armas aliadas,

la respuesta espero aquí.

Don Sancho.

Excelentísimo Señor,

en respuesta de su carta

digo, que treinta Secretarios

tengo dentro de esta plaza,

y todos de bronce, que sin plumas,

y sin cláusulas,...

Pag. 14

Don Sancho.

Podrán darle la respuesta

con los lenguajes de sus balas,

que donde don Sancho habita

no se conquista con cartas.

Milord.

Haga acuerdo Vueselencia

que sin valerme de maña

para ganar todo el mundo

un solo Milord le basta.

Don Sancho.

Y Vueselencia también note

que don Sancho en esta plaza

para defenderse de dos,

un de más sobra, y basta.

Milord.

¿No será posible, cuando

a mis armas ya se hallan

Cataluña con Valencia

rendidas, y es cosa clara

que en medio de estos dos reinos

no podrá ser conservada?

Don Sancho.

Mi ley me enseña, señor,

que la potencia es tan alta

de Dios, que siempre que quiere,

aun en medio de las llamas

tiernos mozos se preservan,

y queda ilesa una zarza.

Milord.

De mí no puede librarse,

en el sitio que se halla

tengo ejércitos en tierra,

y en los mares tengo armadas.

Don Sancho.

Como católico soy

de nuestra Iglesia Romana,

a mí nada me da pena,

que en las historias sagradas

veo cuánto, que Dios queriendo,

a los suyos les ampara,

no tan solo en la tierra,

sí en las rubricadas aguas.

Aparte.

Milord.

Sus respuestas ya me ofenden.

Don Sancho.

Sus preguntas ya me enfadan.

Milord.

Cierto es, bien advierta

que de la raya de Francia

hasta reinos de Castilla

ya no hay alguna plaza

que a mi mano vencedora,

quede para conquistarla.

Don Sancho.

Cuando se entregan no es mucho,

fuera más grande la hazaña

conquistar los defendidos

que no admiten los partidos.

Y quiero advierta Vueselencia,

entre muchas circunstancias,

que si todas se han perdido

me será gloria más alta

perderse España, y estar

Peníscola conservada.

Milord.

Aprecian de veras todos

a la augusta Casa de Austria.

Vase.

Don Sancho.

La venero, y no es poco;

y por esa misma causa

a mi rey Felipe Quinto

tanto le vincula el alma,

porque en España el último

rey de la Casa de Austria

que ha sido, es Carlos Segundo,

y este nos ordena y manda,

que por su próximo deudo

reconozca nuestra España

por rey a Felipe Quinto:

luego ya es cosa bien clara

que el español que a Felipe

lealtades no le guarda,

a la Casa de Austria es

desleal, pues que no guarda

las últimas voluntades

de Carlos Segundo de Austria.

Vueselencia a persuasiones

no me ganará la plaza;

haga alto, o por Dios

que cuanto Vesubio abrasa

el duro bronce, que al punto

le vomitan sus entrañas.

Milord.

Después que ando en la conquista

de tantos reinos de España

no he encontrado más valiente

soldado; mas su arrogancia

me ofende. ¡Vivan los cielos,

y mal logre de mi dama

Margarita, si cenizas

estos peñascos no allana,

volcanes de mi pecho

y centellas de mis ansias!

A sal he de reducírosla

para que en edades largas,

confiesen los siglos que

quien animoso avasalla

entre menudos pedazos

lleve provista su venganza.

Don Juan Jones, al aliento

le dedico la demanda;

prevén cañones, morteros,

granadas, pólvora y balas,

y no quede de baluartes,

Pag. 15

Milord.

fosos, almenas, murallas,

castillo, torres, ni casas,

hombres, niños, ni mujeres,

exentos de fuego y llama.

Don Juan.

Queda a mi cuenta, señor,

tu voluntad ver lograda.

Vase.

Sale Regañón, gracioso.

Regañón.

¡Mal haya quien dependiente

es de una regañona!

¿No es cosa fuerte, por cierto,

que Regañón en sus cosas

haya de tener el gusto

de una mozuela pandorga?

Si he de comer, ha de ser

cuando a ella se le antoja;

si he de beber, cuando quiere;

si he de mudarme la ropa,

cuando gusta ella lavarla;

y entre tantas ceremonias

martirizado me tienen

sus diligencias flemosas.

Los caballos, sin nada,

hacen al pesebre vuelta,

y ella sin darme cuidado.

¡Pese el alma en la Dragona!

¡Hola, mujer, o demonio,

sabandija, peste o zorra,

sácame presto cebada!

Sale Dragona, graciosa.

Dragona.

Oiga, el menguado, ¿qué quiere?

¿Qué alborota a estas horas la casa?

Regañón.

Cebada presto.

Dragona.

Y para esto es menester

abrir dos palmos de boca.

Regañón.

¡Vaya noramala la bruja!,

que a no atender que las manos

fuera muy indigna cosa

el emplearlas con una

maldita mora fregona,

que la matara yo a palos.

Dragona.

¡Miren qué gentil escoba!

¿Que acaso piensa soy lobo?

Que el valor de su persona,

en matar lobos es grande,

pero no para esta cosa.

Regañón.

He dejado yo en el campo

con esta brillante hoja

más muertos patas arriba

que en los árboles hay hojas.

Dragona.

Si de asco les matara

con las voces, fuera cosa

que lo creyera; mas con los ojos

se rabiasen, si mil años

a su lado se colocan.

Regañón.

No me tiente la paciencia

que si el montante se afloja

será rayo que marchite.

Dragona.

¡Qué gentil fantasma o sombra!

Contra mis fieros las manos,

más que me faltan, me sobran;

¿qué ruido es este?

Dentro

Dentro.

No quede en el campo cosa

sin que se tale; arruinada

la verde campaña toda

se estraga sin que quede

viviente, árbol, ni hoja,

que el fuego no lo consuma.

Regañón.

¿Qué será aquesto, Dragona?

Dilo presto y no tardes.

Dragona.

De pensarlo el alma llora;

has de saber, Regañón,

que con acción alevosa

de Peñíscola los campos

nos abrasan sin más nota

que no querer adherir

a una entrega ignominiosa;

para agora es el valor,

esa rutilante hoja.

Regañón.

Si he de decir la verdad;

cuando niño corona

tomé para sacerdote,

y fuera indecente cosa

que por dar la muerte a alguno

irregular fuera agora.

¿Adónde podré esconderme?

Dentro

Selio.

¡A la campaña, socorro!

Peñiscolanos valientes,

nuestro interés, y la honra

de todos los opresores,

que los campos nos agostan,

a vida quede ninguno.

Sale Selio de capitán vestido, acuchillando a dos incendiarios.

Pag. 16

que salen con cabos de cuerdas encendidas.

Paisano 2.º.

¡Santo Dios, misericordia!

Lelio.

No es digno quien no la usa.

Vase.

Paisano 2.º.

Diligencia gananciosa

me será el huir, pues miro

que la muerte me es forzosa.

Lelio.

Ese fuego que sus manos

encendieron, nuestras norias

con la sangre de sus venas

apagaré. ¿Quién ignora

que sois de mil muertes dignos?

¿En qué anales o qué historias

anteriores siglos dicen

que con autoridad propia

plantas inocentes paguen

injurias, que sus personas,

por honrados y valientes,

vuestras iras no las logran?

Ya Peñíscola el empeño

ha hecho, que generosa

se mantendrá por Felipe,

aunque la indignación toda

contra ella se conjura;

pues el tanto nada importa,

que nuestros bienes se abrasen,

que campos queden sin hojas

y maduros en las canas,

que cuando mira la honra

Peñíscola hoy de su patria,

sírvale acción gananciosa

perder por Felipe Cuarto;

naturaleza la dota

con balances bien iguales;

esta villa generosa

pesa intereses del campo,

y la defensa forzosa

de la patria, y es cosa clara

que es peso de mayor monta,

que esta plaza se mantenga

antes que salvar las propias

conveniencias, que el interés

la fidelidad le cobra,

y Peñíscola perdida

mucho no se recobra.

Lo que solo en este lance

a mis alivios estorba,

es no tener más que

para más perder, gustosa

tal condición a mi costa;

porque en acción tan notoria

cuanto se pierde, se gana

por incrementos de honra.

¿Qué motivos de cobarde

a tus impulsos abonan

para abrasarnos las chozas?

¿Qué maldad, qué agravios notan

en querernos defender,

si en nuestra acción nobles obran

que de ejemplar servir puede

para castigar impropias

empresas, que ceguedades

entre ambos le aprisionan?

Aparte.

Paisano 1.º.

Líbrame, Señor, la vida,

que ya confieso mis sobras,

todo el aliento me falta,

solo temores me sobran.

Regañón.

Con este que está rendido,

he de acreditar agora

el aliento de mi espada.

Ea, señor Capitán,

porque entienda la Dragona

que soy valiente, se sirva

de atar bien con una soga

a este pícaro, y verá

cómo le traspasa mi hoja.

Dragona.

¡Qué lindo fantasma, que eres!

¡Aquestas serán tus glorias,

matar un rendido atado!

Regañón.

Mi valor en todo es bravo.

Dentro.

¡Hagan alto las milicias!

Otros.

Prevengan morteros y bombas.

Otros.

Asesten, tiren a los muros.

Otros.

Balas prevengan y pólvoras.

Regañón.

Lelio, ¿qué voces son estas?

Lelio.

Estas son, de Milort, tropas,

que, ofendido de don Sancho,

que no quiso a su persona

rendirle la plaza, viene

para demolerla agora.

Regañón.

Pues a Dios, señor, que quiero

que alguna cava me esconda.

Dragona.

Según te escondes, eres

valiente soldado zorro.

Vase.

Lelio.

Pasa, pícaro, delante,

que me será acción impropia

a un cobarde darle muerte;

pondréle en una mazmorra.

Sale don Juan Jones y acompañamiento de soldados.

Don Juan.

Ea, ingleses valerosos,

Pag. 17

Don Juan.

hijos del más alto esfuerzo

que mira el sol de sus esferas

en los dilatados reinos,

para agora necesito

de vuestro valor, y aliento

en rendir aquesta plaza

de Peñíscola, que en esto

a nuestra reina doña Ana

le daremos días buenos.

Esos altos baluartes

que sirven de duros pechos

a la plaza se reduzcan

al son del bronce, y del hierro

en menudos polvos, hasta

que del muro a los cimientos

no quede piedra sin que

lo desmantele nuestro esfuerzo.

Poco importa que don Sancho

con su acreditado aliento

a Peñíscola defienda,

porque discurriendo infiero

que no podrá resistirme

en ocasiones que advierto

que de soldados, y abasto

está falto, y nunca creo

que su habilidad llegue a tanto,

entre lances tan estrechos,

cuando miro que le faltan

tan necesarios los medios.

Por el alto Dios ignoro

en qué funda sus intentos

tan valientes, y arrogantes,

pues cuando le envío adentro

un atambor para que

rinda el fuerte conde, ciego

me responde como si

tuviera un millón y un cuento

de soldados, sin gastar

por la falta los dineros.

Los ingenieros prevengan

para piezas, y morteros

dos trincheras para granadas

al abrigo de ese convento,

caven, y para tirar las balas

en la falda del repecho

de ese monte que su sitio,

más alto le considero

para ofender a la plaza

en las máquinas que invento.

Soldado 2.º.

Todo será efectuado

de veras, señor, bien presto.

Don Juan.

Y para más estrecharles

en este puesto hacer quiero

una trinchera que impida

de la surtida el efecto.

Soldado 2.º.

Prevendráse como ordenas.

Don Juan.

Para darles más estrecha

opresión, también intento

sobre las aguas del mar

poner algún armamento.

Soldado 1.º.

Disposición como tuya.

Don Juan.

Bien asestaréis los tiros

las granadas, y las balas.

Óiganse algunos tiros dentro.

Soldado 1.º.

Ya peritos ingenieros

según mandaste lo ordenan.

Don Juan.

Ello sí como a granizo

echan granadas, y balas

no quede casa sin que

con bien atritos fragmentos

quede, y supuesto que en los restos

que mi Maestro Lutero

me enseña, ninguna imagen

con mis labios yo venero,

no van solo a las casas,

sino a ese patente templo

por blanco tome el cañón;

porque tal furor botará

que cuantos Peñíscola encierra

deben tener por muy cierto

que sus muros les serán

hoy sepulcro bien funesto.

Aparece en lo alto don Sancho, don Pedro, Celio, y paisanos con fusiles, y Martínez.

Don Sancho.

Ea valientes campeones

paisanos de más esfuerzo

en cuyo valor se mira

acreditado el aliento:

en esta ocasión os llamo,

para agora vuestros pechos

baluartes diamantinos

han de ser, así lo espero,

de la gran fidelidad,

que en vosotros considero.

Nada amigos os dé pena

porque si a alguno el aliento

le faltare, del que sobra

en la esfera de mi pecho

todos espero, señores,

Pag. 18

Don Sancho.

hagamos fuente de honra

desta plaza, dando en obsequio,

incremento a nuestra honra,

a la fama alto crédito,

augusto nombre a la patria,

y a Felipe quinto justo.

De nuestra sangre porque

en esclarecidos hechos

a tal Señor se dediquen

muy nobles nuestros obsequios.

No tengáis de las granadas

ni de las balas recelo,

porque es tan justa la causa

que en la defensa tenemos:

que si enemigos las echan

las dará Dios desacierto.

Selio.

Que es honor, por vida dellos,

cuyas ausencias venero;

que este muro solamente

sobra para todos ellos.

Paisano 1.º.

A tan gran Señor

ningunos males recelo,

que sus heroicos bríos

nuevos alientos heredo.

Paisano 2.º.

Aunque bárbaros del arte

a la fortuna no temo,

que seré soldado antiguo

sirviéndole a él por espejo.

Paisano 3.º.

Con fusil y bayoneta

abato un campo adverso.

Don Pedro.

A vuestros hechos, hallados

seguros nos prometemos.

Paisano 4.º.

Solo las obras serán

de mis hechos pregoneros.

Aparte

Maguncio.

Cumplidas se verán.

mis designios, pues espero

ejecutar cauteloso

las acciones que pretendo,

y amor, ocasión, y lance

ha venido en cumplimiento

de dar la muerte a Don Sancho,

mas agora ya penetro

el cómo, porque al disparar

el plomo deste instrumento,

en vez de tomar por blanco

al enemigo, a su pecho

con balas deste fusil

daré al blanco cautamente.

Óiganse algunos tiros.

Don Sancho.

Ea, amigos, no hay que dar

ningunas treguas al tiempo

sin que las piezas vomiten

de sus entrañas veneno

en todo el campo contrario,

que es muy justo nuestro intento

que si balas él nos presta

se las restituyamos luego.

Josep.

¡Qué bien la plaza acredita

el valor de sus alientos!

pues sin cesar un instante

disparan iguales los fuegos.

Don Sancho.

Ya que el bronce hace lo suyo,

el fusil haga lo mesmo,

cada cual de los soldados

a ocupar vaya su puesto

y ea, hijos, los fusiles

disparad todos a un tiempo.

Maguncio.

Este cuerpo tomo por blanco

¡oh vil suerte! erré el pecho.

Don Juan.

Una bala muy vecina

ha dado aire al cabello.

Maguncio.

Pues retírate Señor

que fuera gran sentimiento

menoscabo en tu persona.

Don Sancho.

Yo te agradezco

la fineza, por el riesgo

jamás mi valor omite;

y así a todos ordeno

que dejéis el puesto,

y solo conmigo aquí quede Selio.

Aparte

Vase.

Maguncio.

Algún demonio le dicta

que aunque erré el tiro primero,

pero el segundo pudiera

tener cumplido el acierto.

Don Sancho.

De tu fidelidad fiado

quiero encargarte yo, Selio,

un importante negocio.

Selio.

A mucha dicha lo tengo.

Don Sancho.

Ya ves después que la plaza

de Peñíscola gozamos

ningún socorro ha venido;

no lo extraño; será cierto

que como tan apartados

a nuestro Rey le tenemos,

para enviarle

habrá algún impedimento.

Esta plaza si lo miro

con la atención que debo,

no se puede conservar

Pag. 19

Don Sancho.

sin que de ingenieros medios

nos valgamos, y así intento

hacer al campo sortida

para que allí cuerpo a cuerpo

embistiendo al enemigo

del campo le desalojemos;

y con esto ya logramos

para entrar leña, y ganados

que tanta falta tenemos.

Selio.

Tu voluntad me es, señor,

precisa ley que venero.

Don Sancho.

Pues prevén esta noche, que cuando

la noche con manto negro

de sombras vista a los orbes,

al campo enemigo quiero

que salgas, para inquirir

seguro conocimiento

de la corona que el contrario

en su campo le tiene puesto.

Selio.

Esa diligencia fía

de mi ardid, que te prometo,

o volver con la noticia,

o en el campo quedar muerto.

Don Sancho.

Pues a Dios, mientras registro

si con vigilante celo

los centinelas están.

Selio.

Fiad de mí el desempeño.

Salen Milord de Partibuerch, Doña Margarita, y acompañamiento.

Doña Margarita.

Abril goce, señor,

de tu valor vencimientos;

serán tus hechos portentos

que a todos causen terror.

Ya Cataluña, y Valencia

a tu poder se rindió

fortuna, y el hado dio

el poder de Valencia.

Lo que extraño en modos tales

no es acierto ya ganado,

mas si haberlo conquistado

con modos tan singulares,

que sin sangre haber perdido

reinos tantos avasallas,

discreciones son en que hallas

el intento bien cumplido.

Un valiente, y fuerte Cid

en otro tiempo a Valencia

ganó; y ahora Valencia

con un mañoso adalid

la sujeta generoso,

diga pues sin ironía

que ya es igual su energía

con otro Cid valeroso.

Milord.

No tanto ufana, señora,

mirar dos reinos rendidos

como verlos poseídos

por vuestra hermosura ahora.

En tan extraño adalid

aún es poca mi fortuna;

mas que el Cid sirva yo en suma

cuando conquiste Madrid.

Por La Mancha me he de entrar

a los reinos de Castilla

sin quedar ciudad, ni villa,

que quede por conquistar.

Sale Don Juan Jones.

Doña Margarita.

Don Juan Jones ha llegado,

para hablarte entra aquí.

Juzgando estoy entre mí

que Peñíscola se ganó.

Don Juan.

Puesto a tus plantas,

pido licencia, señor.

Milord.

¿Peñíscola se ha rendido?

Dilo presto.

Don Juan.

Aún no;

puedo darte las albricias.

Milord.

¿Qué es la causa?

Don Juan.

Apenas, señor, llegó

a estampar menuda arena

nuestra gente, cuando dio

el orden mi providencia

que uno y otro cañón

se formaron para dar

fuerte defensa a las dos

baterías que dispuse,

cuando en fuerte aflicción

en la una los morteros,

y en la otra dirigió

mi cuidado los cañones,

y con tal disposición

tanto fuego se arrojó

dentro la plaza, que alguno

que en el aire reparó

no ser fuego artificial

que la más ardiente esfera

dejando la exhalación

del cóncavo de la luna,

a Peñíscola bajó.

Tres mil balas, y granadas

el peñasco recibió,

y no pudo tal incendio

poner desmayo, y terror

en Don Sancho, y los paisanos

que a sus manos adiestró

en el arte militar;

que en cada cual un león

Pag. 20

Don Juan.

mas que hombre nos parece

en la defensa, y valor.

Aunque es verdad que la plaza

de provisión careció,

pero animando a los suyos,

dispuso el Gobernador

hacer diversas sortidas;

en la primera logró

apresar setenta vacas,

que en su término halló;

en otras también se pasan

a una legua, y aun a dos,

para ganados menores

con tal fortuna y caución,

que cuando menos se piensa

se buscan la provisión.

Precisados del abasto

Don Sancho se afianzó

en un pequeño barquillo,

y surcando el mar logró

apresar algunas barcas:

que no siendo la ocasión

tan precisa yo dijera

que su constante valor

rompiendo fueros pasara

a ser desesperación.

Vanse.

Milord.

Calla, calla, no prosigas,

cierren tus labios los dos,

que de oírte ya la sangre

habita en el corazón

alterada a enardecerse;

corrido estoy, ¡vive a Dios!,

que mi poder no domine

de estos reinos un rincón.

¡Oh, pese a mi fortuna!,

pues cuando he bastado yo

a ganar reinos crecidos

sin disparar un cañón;

que ahora un alto peñasco

que a millares los tiros recibió,

aun con esto avanzarse no bastó,

que estando bien pertrechado

de tropas y munición

la ciudad de Barcelona,

tan fácilmente ganó

el valor de aquesta mano

con soberano blasón,

y ahora a Peñíscola

sin abasto la dejó

el descuido de este engaño,

usa tal contradicción,

que a tanto fuego constante

haya hecho oposición?

Que empezando la conquista

con tan feliz posesión

del Pirineo francés

hasta la Castilla, no

he encontrado resistencia,

y quiero en esta ocasión

una Peñíscola sola

ser de mis glorias lección?

Una y mil veces maldigo

de mis años la opinión.

Por vida, si de una dama,

que antes que el rubio color

de correr acabe el curso,

y antes que el botón la flor

en sus entrañas conciba,

que he de dar disposición

para que la armada venga,

y en uno y otro pontón,

la Peñíscola convierta

en cenizas, o carbón,

y entre tanto no desista

Don Juan Jones, que es borrón,

poner sitio, y no ganarla

con el debido blasón.

Sale un soldado con una escopeta.

Soldado.

Para que haga centinela

a mí se me encomendó

que avanzase en aqueste puesto;

muy cerca está, ¡vive a Dios!,

de la plaza, que este arroyo

que el atajo concibió;

no se libra de las balas

de fusiles, pero no

importa, que como es de noche

seguro quedaré yo

de ser visto, y así admito

cualquiera adversa invasión.

Póngase la escopeta al hombro, y sale Silvio de rebozo con espada desnuda, y pistola.

Pag. 21

Selio.

Disfrazado de la noche

con desvelada atención,

el campo del enemigo

he de registrar, pues yo

a don Sancho he prometido

de hacer averiguación

del poder que nos oprime

nuestro enemigo Milort.

¡Qué silencio tan profundo!

A poco a poco yo estoy

pisando líneas contrarias;

con la luz poca que dio

algún astro, aquí descubro

un bulto; ahora logró

feliz suerte mi fortuna;

porque siendo mi intención

avisar de lo que pasa,

será crédito mayor

si esta centinela pongo

delante el gobernador,

que, siendo la carta viva,

dará larga confesión

de todo cuanto aquí pasa

con más difusa expresión.

A mucho me arriesgo, pero

sin peligro no hay valor.

Así yo a él me acerco

disimulando la voz.

Soldado.

Un bulto así a mí se acerca.

Diga quién es, o por Dios,

que en su cabeza vomite

el fusil la munición.

Selio.

No te alteres.

Soldado.

¿Por qué causa?

Selio.

Porque de los tuyos soy.

Soldado.

¿Pues a esta hora qué buscas?

Selio.

Tengo sola comisión

de recoger el campo, y vengo

a ver si en su obligación

cumplen nuestras centinelas.

Soldado.

Pues ¡viva Carlos Tercero!

Aparte

Selio.

Aquí su voz me alteró,

que a mi rey aún no quiero

faltarle yo con ficción.

Soldado.

Mucho tardó en proferir

el aviso; sospecho

que es usted enemigo.

Selio.

Temeraria prevención.

Soldado.

Venga el nombre.

Aparte

Selio.

Este soldado, ¡por Dios!,

que en razones me confunde.

Con secreta y baja voz

al oído te le daré.

Soldado.

No se acerque.

Selio.

¿Cómo no?

Dispárasele la escopeta, y le hace falta.

Soldado.

¡Desgracia tengo notable!

¡Cielos, el fusil faltó!

Selio.

¡Hábil, cobarde, y traidor!

Soldado y Selio se abrazan.

Soldado.

¡Ah del campo!

Átale un pañuelo en la boca.

Selio.

Calla, infame, o si no

estos acerados filos

romperánte el corazón;

mas serviráte de freno

este pañuelo, y la voz

en el seno de tus labios

tendrá segura prisión.

Arrastrando así a la plaza

ahora quieras o no,

te he de llevar, y contigo,

a pedirle la ocasión,

todo el campo me llevaré.

Vase a entrar, y por la misma puerta sale don Sancho, y don Pedro.

Don Sancho.

¿Qué hay, Selio?

Selio.

En ejecución del orden

que vuestra a mi diligencia fió:

salí al campo, y cuando encuentro

a esta centinela, y yo

viendo que era carta viva

para darte información:

a brazo partido lucho

con ella, en cuya ocasión,

sujetando la victoria

a mis fuerzas se rindió.

Don Pedro.

Alientos son muy notables.

Selio.

No lo extrañes cuando son

hijos que por padre tienen

vuestro constante valor.

Don Sancho.

Quita la venda del labio,

Pag. 22

Don Sancho.

de este hombre, que de vos

solo que pase me dé

muy cumplida información.

Don Pedro.

Sin impedimento alguno

podrá hacerte confesión.

Quítale Don Pedro la venda.

Don Sancho.

A cuanto te preguntare,

sin poner contradicción

me responde, si no, verás

cómo con tormento atroz

a un soplo quito la vida.

Soldado.

Preguntándome, señor,

lo que queráis, que prometo

de daros satisfacción

sin pasar por los tormentos.

Don Sancho.

Dime, ¿cuántos hombres son

los que a Peñíscola cercan?

Soldado.

El poder con que sitió

Don Juan Jones esta plaza

son con poca distinción

cinco mil hombres, seis piezas,

los morteros cuatro son;

esto es, señor, lo que pasa.

Don Sancho.

Te libro la confesión

no menos que de la muerte.

Don Pedro, sin dilación

llama a todos los paisanos.

Don Pedro.

Lo pondré en ejecución.

Don Sancho.

Preste, Lelio, buena

ayuda a mi intención.

Lelio.

No dudo será muy cuerda.

Sale Don Pedro y los paisanos.

Don Pedro.

Aquí están, señor,

los que mandaste llamar.

Don Sancho.

Amigos, en la ocasión

las obras se experimentan;

Todos.

Todos sujetos a tu voluntad estamos

con humilde sujeción.

Don Sancho.

Atendiendo a que esta plaza,

sin leña, harina, ni carne,

ni otra alguna provisión,

y por otra parte viendo

ser la disposición

de poder ser socorrida;

ni con clara razón

que la plaza mantenerse

no se puede mientras no

hagamos salidas con que

pueda nuestra operación

prevenirse del socorro,

que a la esperanza faltó.

Pero como nada puede

ponerse en ejecución

mientras que el largo cerco enemigo

nos mantenga la opresión;

prevenirse del socorro

por este motivo, y otros

y tomo la resolución

que al campo todos salgamos,

y con constante valor

dominemos las trincheras

soldados, hasta morir,

y acabemos con sus vidas.

Porque diga la sucesión

en los siglos venideros

que si algún reino perdido

por no defenderse el nombre

que Peñíscola blasona

duplicado tiene, pues cuando

oprimido se miró

no tan solo se defiende

mas con noble exaltación

al enemigo acomete

con bien alta admiración.

Prevenid el ardimiento

que ya es tiempo que el furor

en las manos se ejercite:

que si escaso nos negó

alimentos la fortuna,

justo es en la ocasión

nos sirva la propia sangre

que en rubicundo color

al contrario derramemos

de su mismo corazón.

Cuarenta y cinco soldados

Cartagena me envió,

y aunque es verdad que actuales

son de mi satisfacción,

pero con estos me sobra

para toda operación.

No temáis que el presidente

entre todos seré yo

antes que todos delante

en el peligro mayor.

Lelio.

Vamos a poner por obra

su heroica relación.

Pag. 23

Don Sancho.

Antes que la Aurora llore

sobre el cándido primor

de la nevada azucena,

ha de haber tal mutación

que el que sitió será preso,

y el sitiado sitiador.

Vanse.

Salen Regañón y la Dragona.

Regañón.

Ello ha de ser, yo me salgo,

queda Dragona con Dios.

Dragona.

¿Adónde has de ir ahora?

Regañón.

A pasearme.

Dragona.

¿No es traición

el que abandones la plaza?

Deja tal resolución.

Regañón.

Jamás me ha hecho a mí fuerza

puntos de reputación;

qué honra, ni qué demonios

puede ser la que costó

hambres, sustos y miserias?

Por materia de punto no

quiero padecer de tripas,

ceno, y otro retorsión,

que cornudo vivir puede

sobre este duro peñón,

donde dan el pan a onzas,

limitada la ración.

Dragona.

Mira que obras contra el Rey,

a quien haces traición,

y si lo sabe Don Sancho,

te dará pan de bastón.

Regañón.

Si quieren tener soldados

el Rey y Gobernador,

sin darles buen bocativo,

que pongan por guarnición

camaleones, que pasan

del aire; porque Regañón

a costa de hambre no quiere

ganarse reputación;

de dos cosas: más yo quiero

estar harto y ser traidor,

que honrado ser de hambre muerto.

Dragona.

Mira, advierte, Regañón,

que miradas a una parte

la vida y punto de honor,

más ésta que aquélla pesa.

Regañón.

No me saques, linda flor,

por medio pan diera ahora

toda mi reputación.

Dragona.

Aunque es verdad que te falta

la comida, pero no

te falta gustoso vino.

Regañón.

Esa es la mayor pensión;

que como las tripas flacas

están de sustento, aún no

he bebido medio azumbre,

cuando en la vaga región

del aire veo mil luces

con ebria imaginación.

Dragona.

Pues lo que de pan nos falta,

el arbitrio ya inventó

que otra fruta lo supliera.

Regañón.

Por Dios que es linda invención

que los suplan algarrobas;

¿no es fruta de buen sazón?

Con este recado puede

irse al mulo que lo parió,

pues quien dentro de Vizcaya

con carneros se crio,

no tiene estómago bueno

para tanta mutación.

Dragona.

Yo tengo pensado el medio

cómo de este picarón

he de tomar la venganza.

A Don Pedro yo me voy

a decirle lo que pasa,

y verán cómo sin son

le hace danzar a palos.

No temáis, Regañón,

que un regalo quiero darte.

Regañón.

¿Y cuál será?

Dragona.

Un bien asado capón.

Regañón.

Anda aprisa sin parar.

Dragona.

Al punto voy.

Vase.

Regañón.

¡Ay, caponcillo del alma!

Grande fortuna medió

el Cielo, y parece que

a latidos el pulmón

le está llamando, y las fauces

todas llenas de sabor

se previenen. ¡Qué ocasión

para sacar de mal año

las tripas, que en un bolsón

arrugado me parecen!

Cada instante un millón

de siglos están pasando

hasta comer el capón.

Mucho tarda la Dragona;

mas no importa, buenos son

Pag. 24

Regañón.

esperanzas de comida

para mí, que soy glotón.

Salen don Pedro y la Aragona.

Regañón.

Me la pegó la Aragona;

trocóse en gallo, el capón

aquí me matan de palos.

Don Pedro.

Pícaro, aleve, traidor,

tu desertar de la plaza.

Dále de palos.

Regañón.

Misericordia, santo Dios.

Don Pedro.

A palos he de matarte.

Regañón.

Téngame piedad, señor.

Don Pedro.

Con pícaros no la tengo.

Regañón.

Tan molido todo estoy,

reniego de Regañón;

déle Dios la maldición

que sobre Sodoma, y Gomorra

por ser nefandos les dio.

Don Pedro.

Vamos presto al Gabinete

que allí con dura prisión

purgaréis las travesuras.

Regañón.

Buenos estamos por Dios;

mal comidos, y con cadenas;

pluguiera al cielo que yo

me hubiera muerto, mucho antes

que mirar este peñón.

Vanse. Salen los soldados sitiadores que pudieren con divisas amarillas.

Soldado 1.º.

De parte de don Juan Jony

sargento de batalla, doy

el orden, que ninguno

deje el puesto; porque estoy

informado que la plaza

sin ninguna provisión

está, y ha de ser preciso

según prudente ilación

que se pierda en pocos días

sin tener contradicción.

Soldado 2.º.

Muy necia y desacertada

fue la resolución

en no rendirse a Preteburch,

porque le fuera mejor

entregarse por afecto

que perderse con prisión.

Soldado 3.º.

Alta será mucha gloria

en mirar que la mejor

fortaleza de estos reinos

a nosotros se rindió.

Soldado 4.º.

Antes de pasar tres días

ya por logrado lo doy.

Sale un soldado.

Soldado.

¡Al arma, fuertes ingleses,

que don Sancho como un león

así a nosotros embiste!

Soldado 2.º.

A la trinchera, a la mina.

Soldado 3.º.

Al cañón.

Soldado 4.º.

El tren de la artillería

disparad sin dilación.

Soldado 1.º.

Prevénganse los paisanos.

Soldado 2.º.

Para agora es el valor.

Dentro don Sancho.

Don Sancho.

Esperad, cobardes,

y veréis en la ocasión

a don Sancho de Echevarría,

cómo os pone en confusión.

Soldado 1.º.

Rayo parece de nube,

Soldado 2.º.

cada cual es un campeón.

Soldado 3.º.

Acometer con tal furia

no lo ha visto el mismo sol.

Sale delante don Sancho, y después don Pedro, Icho, y váyanse siguiendo los demás, con espadas desnudas, divisas blancas, y coloradas; toquen cajas, y clarines, y dentro se tiren algunos tiros.

Don Sancho.

Mueran todos, sin que

quede a mi ardiente furor

vida, que sangrienta muerte

no sea; esta es la ocasión,

peñiscolanos valientes,

de acreditar la opinión.

Don Pedro.

Santiago nos asista,

que de España es el patrón.

Soldado 1.º.

¡Viva la reina Ana!

Soldado 2.º.

¡Viva el rey don Carlos!

Don Sancho.

No hay más rey que el gran Felipe,

Monarca de la Nación Española;

rayo mi espada será

que os mate de dos en dos.

Pag. 25

Entran por una puerta, y salen por otra.

Soldado 4.º.

Viva Carlos tercero.

Don Juan.

Esa voz

ha de costarte la vida.

Cae muerto.

Soldado 4.º.

Su espada me pasó.

Paisano.

Acabemos ya con todos.

Soldado 1.º.

No he visto igual valor.

Entran por una puerta, y salen por otra.

Don Sancho.

Ea, hijos, que la Virgen

que la ermitaña da favor.

Soldado 1.º.

A mi consorte, Don Sancho,

de un revés le corté la cabeza.

Soldado 2.º.

Huyamos todos.

Cae muerto.

Soldado 3.º.

Muerto estoy.

Huyen los demás.

Don Pedro.

El alcance les sigamos.

Don Sancho.

Basta, Don Pedro, que no

tenemos que apetecer

otra fortuna mayor

que quedar el campo nuestro,

y agora sin detención

entra dentro de la plaza

la artillería, que ya yo

cuidaré del enemigo.

Vase.

Don Pedro.

Pondrélo en ejecución.

Don Sancho.

Recoger de vosotros

lo que en el campo quedó.

Soldado 2.º.

En todo te obedecemos.

Don Sancho.

Esta abandonó este campo,

que tantas veces sirvió

de teatro a vuestras plantas

para darnos invasión.

Mirad que presto dejaste

con tanto miedo y temor

que para tomar las armas

no tuviste ocasión.

La sangre que de las venas

vuestra desdicha vertió

sobre el papel de la arena

en uno y otro renglón,

testimonio fiel escribe

cuando nuestra parte Dios

y su madre soberana

para darnos favor son.

Poco importa que mil mundos

hagan fuerte oposición

al partido que mantengo,

si siempre y en toda ocasión

para ser feliz yo tengo

de mi parte la razón.

Ese tren que Balaguer

para ofendernos echó,

ya el Dios de las venganzas

con decreto oculto obró

que mi poder los domine,

porque digo en confusión

nuestro vencido enemigo

a Peñíscola, que Dios

le patrocina; pues cuando

fingida idea entendió

que la habían de rendir,

ella en su favor rindió.

Sale Don Pedro, Sancho, y Paisanos. Traigan algunos despojos del campo, y Ragañón saque una olla con vianda.

Don Pedro.

Obtemperando los órdenes

que Vuestra Señoría nos dio,

dentro de la fortaleza

la artillería se entró.

Paisano.

Tan arrebatadamente

nuestro enemigo se huyó,

que dejaron en el campo

escopetas, munición,

capas, calzones, sombreros,

y otra mucha provisión.

Regañón.

Ya que me libró Don Sancho

de aquella dura prisión,

al campo he salido y logro

de mi hambre la redención

en esta olla, en quien encuentro

misa magna devoción.

Sale Beatriz.

Beatriz.

En tan dichosas empresas

mil años goce, Señor,

la victoria que consigues.

Don Sancho.

Daréis, Sancho, información

a Beatriz de los sucesos;

entre tanto que yo voy

con mis paisanos a dar

las gracias por tal favor,

a la Virgen de ermitaño,

y sobre todo al Señor.

Pag. 26

Julio.

Apenas don Sancho noble

hijo de Marte, que Dios

su deidad para que fuera

de las batallas terror,

Apenas de cometer toma

heroica resolución:

cuando dentro de la plaza

con aguda dirección

lo necesario dispone,

para tener la función

afortunada según

su apetito la cortó.

A los paisanos les llama

y con ejemplar valor

animándoles les dice:

Ea, hijos, a quienes dio

fidelidad vuestra sangre,

y el cielo arcano blasón,

para que los siglos dieran

con indeleble impresión

en ojos de eternidad

testimonio de que son

de Felipe quinto amantes,

y de Peñíscola honor:

para agora es menester

la acreditada opinión

de vuestros hechos ilustres

que la fortuna os labró.

Al campo salís, que a nos

ninguno tema que yo

seré antemural de todos;

y este enemigo que al son

de confuso estruendo, ofende

nuestros edificios, hoy

para alfombra de las plantas

nos sirva de sujeción

informados de su aliento,

y animados de su voz

a la batalla se ofrecen

todos con tanto valor,

que de verlos solamente

en su esfera tembló el sol.

Para la empresa don Sancho

en un caballo montó

tan español en efecto

que, porque comparación

no hiciera la fortuna,

en él, tanto se esmeró,

que solo de calidades

singulares le dotó.

Prevenido de las riendas,

la espuma tasca feroz,

arquea el cuello, y la frente

más que ojos girados

despide demostración

clara del mucho fuego

que su coraje sintió.

La calzada del castillo

bajó, y a la oposición

de pisar piedras, con hierro

tales centellas sacó

que al mirarle parecía

encendida exhalación.

Llegó don Sancho a la playa,

y aun no bien estampó

plateada arena el bruto,

cuando valiente sacó

su espada valerosa

tan brava que aun no el sol

con sus rayos la cegaba

ya por rayo la eligió

bien ordenada la gente,

a su lado no hay quien no

hecho invencible león,

al salir con tal furor.

Viste de una nube parda

que formada del vapor

que los cristales exhalan

en la diáfana región

del aire, formó el pecho

de meteoros de ardor,

que mirándose guarnecidos

de fría circunvalación

por la parte menos fuerte

con trueno rompe feroz,

y para un rayo, ya que este

con despechado furor

en centellas se divide

sin poner oposición?

pues esto en efecto fue

un dibujo, o expresión

de la salida que hicimos,

siendo en tal comparación

don Sancho el rayo encendido,

las centellas que arrojó

son sus valientes escuadras,

y Peñíscola el vapor.

En este tiempo la plaza

con uno, y otro cañón

tanto fuego disparaba

sin poner intermisión,

Pag. 27

Julio.

que en promontorios de humo

luces del sol eclipsó.

Al contrario acometimos;

el enemigo, que vio

que tan veloces nosotros

le buscábamos, creyó

que éramos balas que el fuego

de la plaza disparó.

Emparejamos con ellos,

y por más que a munición

nos disparen, no por ello

el noble pecho desmayó

de don Sancho, porque, como

Santiago le esmaltó

con su cruz, a nada teme;

antes con alto blasón

nuestros aceros teñiendo

con sangre, y en confusión

les pusimos; y si acaso

alguno nos resistió,

es porque errante buscaba

con obstinada intención

su muerte, pues solamente

de nuestra espada se retiró

exento, quien con la fuga

consiguió la salvación.

Desordenado, en efecto,

nuestro enemigo quedó,

y para evadirse entonces

de nuestro ardiente furor,

librarse cada uno intenta

con la mayor confusión.

Quien rompiendo las malezas

hasta Cinta no paró,

quien en los valles elige

por refugio algún rincón,

quien para correr más libre

mochilas y armas dejó,

y quien tan acobardado

de nosotros se libró

que, empezando a correr, aun

entiendo que no paró.

Quedó el campo por nuestro,

y la fortuna logró

tan buen lance que apresamos

en esta buena ocasión

la artillería, fusiles,

escopetas, munición,

tiendas, vestidos y capas

con alguna provisión.

Este es el feliz suceso

que nuestra espada le dio

al Señor Felipe Quinto

con tanta suerte, que Dios

para que vieran cuán justos

de nuestro Monarca son

las posesiones que goza

en España, permitió

muchas muertes el contrario

y a nosotros sin lesión.

Beatriz.

Por tal suerte pregone

uniforme nuestra voz:

que viva Felipe Quinto,

y de don Sancho el valor.

Vanse.

Jornada tercera

Pag. 28

Salen don Antonio Díaz, don Sancho y Regañón.

Don Sancho.

Señor don Antonio Díaz,

con su venida ya puede

tener algo de sosiego,

pues hace meses y días

que sin poder sosegar

muy vigilante he de ir

para poder conseguir

esta plaza conservar.

Con ansias bien decorosas

espera mi lealtad

saber de su Majestad.

Don Antonio.

Estando, señor, en Roses,

por Tornella el Rey pasó

en donde quedó informado

del valor tan afamado

con que Vueseñoría usó

para defender la plaza,

y sabiendo la urgencia

me mandó con diligencia

buscara el medio y la traza

para que en mi compañía

de napolitanos pudiera

dar socorro, según que era

ocasión que convenía.

Esta carta puede leer

Vueseñoría del Rey,

que, según su recta ley,

le hace su brigadier.

Y no dudo que, en suma

de méritos y valor,

que el Rey le dará el mayor

auge de la fortuna.

Dale la carta.

Pag. 29

Don Sancho.

Otros mil abrazos te

dame, don Antonio amigo,

tú propio serás testigo

de mis afectos, que lazos

indisolubles serán de amor

que te profeso.

Don Antonio.

Será el mío con exceso

como las obras dirán.

Don Sancho.

De su majestad estimo

estas honras que me aumenta,

mas mi lealtad solo intenta

serle un vasallo muy fino.

Regidor.

Y para mí algún favor

su majestad no ha nombrado

porque sea en mejor hado

don Trompeta, o atambor,

no es pretender desatinos,

pues para el rey defenderle

en un mes puedo comer

sola carne de pollino.

Sale don Pedro.

Don Pedro.

Para darte información

de un sobresalto aquí vengo.

Don Sancho.

Di, don Pedro, ¿qué previenes?

¿Será alguna sedición?

Don Pedro.

Esta noche registró

mi cuidado la muralla,

y mi diligencia halla

una cuerda, que dejó

alguno pendiente de ella;

en este caso he pensado,

no esté alguno conjurado

con cautelosa cautela

para querer darte muerte,

y después para la huida

tenga cuerda prevenida

para salir de esta suerte.

Don Sancho.

Todo puede ser, amigo;

quien a Dios pierde el temor

¿qué tal puede pretender?

A Dios pongo por testigo

cuya mano omnipotente

me defienda, poderoso,

que si descubro yo cosa

he de dar encontinente

castigo a tal maldad,

mas valedme, Señor, vos

que sin custodia de Dios

no se guarda la ciudad.

Enemigos declarados

poco me dan que temer,

pues me puedo defender

hasta verlos ultrajados

pero traidor que imagina

como amigo ser desleal,

por encubierto es un mal

que no tiene medicina.

Don Antonio.

Al lado parto de vos

para defenderme uno

porque no maten al uno,

sin que faltemos los dos.

Vase.

Don Sancho.

Con plena satisfacción

ya de vos estoy confiado,

mas tengo deliberado

que sin poner dilación

os partáis a Perpiñán

para socorro instar

al Cristianismo

que fiar de un tan noble capitán

dones y consejeros

que entre muchos que hay leales,

aunque tenga otros desleales

quedaré con ellos seguro.

Don Antonio.

Deseo en todo obedecer.

Don Sancho.

Ya salid con los soldados

que están todos alistados,

para poder recoger

el trigo de la campaña

que a quien falta la comida

es cosa clara, y sabida

que no ha de faltarle maña.

Vase.

Don Pedro.

Al instante lo prevengo.

Don Sancho.

Regañón.

Regañón.

¿Qué me quiere ordenar?

Don Sancho.

Vete luego a reposar.

Vase.

Regañón.

En eso luego convengo.

Don Sancho.

¡Qué de cuidados me tiene

aquel que vive apurado

de enemigos cercado

dentro, y fuera casa tiene!

Ahora que el Sol su ocaso

para sepulcro buscó,

examinar quiero yo,

Pag. 30

Don Sancho.

Si algún fementido acaso,

en sombras de confusión

está urdiendo alguna trama

para formar la venganza

de la amarga traición.

Todo en silencio está puesto,

de centinelas la voz

tan solo socorre veloz.

Y de uno a otro puesto,

después que en la plaza entré,

tan solamente la peña

me ha servido de cama

pues jamás la cama vi,

ya que la ocasión se ofrece

aqueste duro peñón,

me servirá de colchón

mientras la aurora amanece.

Retírase don Sancho a dormir sobre una peña y sale Maguncio.

Maguncio.

Si el destino no me engaña,

a esta parte parece

que se retiró don Sancho,

quien tan dichoso aquí fuese

de encontrarle descuidado

en la obscura noche; a este

fin ya traigo prevenida

una cuerda competente

a la muralla, porque

muerto que esté, fácilmente

al campo logre salida,

por mirarme delincuente.

Pero, cielos, a esta parte,

si confusa luz no miente,

está, sí, el que queriendo

lograr cuidado pretende

de las centinelas, quiso

ocupar bien cautamente

este lugar. Lance es bueno

de darle agora la muerte.

Esta pistola despida

de sus entrañas ardientes

plomo, y tenga fin infausto

por mis manos insolentes.

Pero no sé qué latidos

el alma medrosa siente,

que aunque dormido le miro,

todo el pecho se estremece.

Confieso, infeliz, ,

que eres alentado y fuerte,

pues aun cuando dormido

el alma todo le teme.

Mas ¿de qué puedo temer?

Mi valor aquí se asiente

para quitarle la vida,

pero un rigor se me ofrece:

si al tirar el instrumento

alguna falta me hiciese,

y se despertara entonces,

¿no me causará el tan grande

peligro, que me aseguro

en sus manos tener muerte?

Pues ¿qué hacer en tal debate

que me oprime? ¿Dejaréle?

No, que en su muerte consiste

la fortaleza perderse.

Pero yo discurro el cómo:

aqueste acero luciente,

que falta ninguna admite,

le traspase el corazón.

Al querer matarle sale un ángel con una espada desnuda y se le opone.

Ángel.

Detente, que yo aquí para guardarte

he venido, porque siempre

Dios nos mandó que guardemos

los leales de esta suerte.

El Ángel soy de su guarda,

que el Ser omnipotente

ya al principio de su vida

me dedicó felizmente,

para que fuera custodia

de su persona, y le diese

contra alevosos contrarios

feliz amparo, y advierte

que la traición es culpa

de tan maliciosa especie,

que Dios, que es fiel en sus cosas,

tan ofendido se siente,

que al que es fiel, por semejante

al Ser Divino defiende,

y al traidor por serle opuesto,

le castiga eternamente.

La bondad divina y santa

le ha traído a aqueste fuerte,

por muchas causas ocultas:

la primera porque fuese

Peñíscola defendida

Pag. 31

Ángel.

de los contrarios ingleses,

enemigos de la Iglesia,

sin que el Señor permitiese

que la mejor fortaleza

la dominasen infieles.

Hale traído también

para que la mantuviese

por su rey Felipe Quinto,

que ya que Dios omnipotente

le ha coronado en España,

a su poder pertenece

darle soldados, porque

la Corona le sustenten,

y así desea unas armas

con que al Señor tanto ofendes,

o teme de Dios castigos

con que traidores condene.

Deja caer la espada

Vase

Maguncio.

No sé yo qué inspiraciones

siento allá interiormente,

que para que no le mate

un respeto reverente

en su persona le encuentro,

que las manos me detienen,

todo soy un mármol frío,

el aliento desfallece,

la voluntad ya turbada,

el entendimiento teme,

los sentidos confundidos,

las potencias se entorpecen,

tiemblan las manos, y dejan

los instrumentos aleves.

para retirarme aun

las rodillas me vencen:

confundida me retiro

antes que el sueño le deje;

que para retirarme aun

las plantas no me mantienen.

Toma la espada

Vase

Don Sancho.

Continúan mis instantes

en registrar si mi gente

con sus oficios se ocupa

según milicia requiere.

Pero con la poca luz

que el aura dio transparente,

una espada con pistola

aqueste puesto me ofrece

desenvainada, y la pistola

prevenida se mantiene.

Suena el martillo: quién puede

haber venido hasta aquí?

sospechas son evidentes

de traidora alevosía,

según el alma lo siente.

Pues en peligros tan claros

quiera este omnipotente

para guardarme la vida

de males tan eminentes,

qué ha de ser sino Dios,

y su madre solamente

que sin estos dos en vano

Peñíscola se mantiene.

Vos, Señor, que tanto amáis

la fidelidad, en este

lance dadme vuestro amparo,

que mi voluntad ofrece

de atribuiros las glorias

que mi espada consiguiere.

Salen Milort Intebuc y Doña Margarita.

Milord.

Del campo de Peñíscola

agora un papel me ofrece

la noticia que por estar

sin provisiones el fuerte 66 / 29

en poco espacio será

muy forzoso que se entregue.

Doña Margarita.

No dudo que el no rendirse

es acción muy imprudente.

Milord.

Pero mi valor ya a otras

empresas más eminentes

le llaman.

Doña Margarita.

Y cuál es?

Milord.

Que a Madrid en continente

he de marchar con mis tropas,

porque a esta ocasión presente

sobre el Conde de las Minas

con un ejército viene;

y de Zaragoza avisan

que con un cuerpo de gente

Carlos tercero se parte,

y fuera cosa indecente,

que para empresa tan ardua

todos se hallasen, y fuese

yo solo el que no asistía

según que el lance lo ofrece.

Doña Margarita.

Desde que a Carlos miro

Pag. 32

Doña Margarita.

coronado felizmente.

Milord.

Si he decir sin embozo

lo que siento, Margarita,

digo que mejor fuera pensarlo,

que, a veces, por anticiparse,

muchas operaciones se pierden.

Los Reinos de la Castilla,

si informaciones no mienten,

leales son a Felipe;

y es muy distinta la suerte

entrar en tierras que aman,

o en los Reinos que aborrecen.

Es al fin ancha Castilla,

y, en los caballos que tiene,

darnos puede algún Saturno;

te aseguro ciertamente

que, aunque seguimos el lance,

pero el alma lo disiente.

Doña Margarita.

Pues a Dios, señor; y logren

tus arcanos los laureles

que basten a coronarte

eternamente las sienes.

Milord.

Quédate con Valencia, mientras

que yo la Mancha penetre.

A Dios, bella Margarita.

Doña Margarita.

A Dios, Prikburch valiente.

(Vanse cada uno por su puerta, y salen algunos soldados con divisas amarillas.)

Soldado 1.º.

Estos campos los sembraron

de cosecha diferente

los de Peñíscola, creyendo

a su tiempo recogerla;

se engañaron, que nosotros,

sin que trabajos nos cuesten,

les segaremos ahora,

para que privados queden

de sustentos, y se obliguen

a entregarse como deben.

Soldado 2.º.

Ocultémonos ahora

en lo espeso de estas verdes

ramas, porque, si quisieren

hacer surtida, podamos

sin ser vistos ofenderles.

Soldado 3.º.

Bien me cuadra tu reparo,

porque, estando de esta suerte,

podamos al enemigo

tirarle cómodamente.

Soldado 4.º.

Hagamos emboscada,

y al que primero saliere

carga cerrada le demos,

sin dar tiempo a defenderse.

(Escóndense. Salen Selio, y un paisano con escopetas.)

Selio.

Para registrar los campos,

y ver propios intereses

de los sembrados, intento

penetrar hoy diferentes

posesiones, por si encuentro

algún contrario que intente

talar los trigos o obrar

invasiones insolentes;

por más que miro, a ninguno

mis cuidados pueden verle,

y si algunos encontrara,

viéndome frente a frente,

en mis manos encontraran

sin librarse infaustamente.

Soldado 2.º.

Amigos, buena ocasión

este lance nos ofrece;

estos dos mueran ahora

ya que a las manos nos vienen.

(Disparan.)

Selio.

¡Ah, cobardes! ¡Viven Cielos!

Según las fuerzas fenecen,

herido de muerte estoy.

¡Soberano Dios, valedme!

(Cae.)

Paisano.

El ardid de esconderos

daos favor solamente;

que a estar descubiertos, nunca

nos vencieran cuatro aleves.

Soldado 1.º.

De los dos, el uno que

agonizante se quede;

y tú, con nosotros ven,

para que pueda ponerte

en dura prisión, que pagues

tus delitos duramente.

(Vanse.)

Selio.

Ya que en ansias de la muerte

algún aliento me quedó,

primero que muera yo,

con fe pura y reverente,

quiero dar últimamente

universal despedida

en soledad afligida

a mi Rey, que por leal,

y a mi Patria, que por tal

por ellos pierdo la vida.

Queda a Dios, Felipe amado.

Pag. 33

Selio.

que el morirme no lo siento,

ni menos exhalar sangrienta

las amapolas del prado.

Si solo me aflige el hado,

la muerte, que medió,

que cuando fiero rompió

de las venas los carmines,

para servirte los fines

de mi vida terminó.

Si el amor de más fineza

en dar la vida consiste,

en este campo que asiste

solo la flor y maleza,

con muy noble gentileza

escribe mi lealtad

con sangre a la majestad

que se rindió el sumo amor,

pues la vida con valor

de mi fidelidad

Peñíscola, patria mía,

y mi corona, a Dios,

que ya fío de los dos,

en mi postrera agonía

dejo dulce compañía,

que viviréis con amor tal;

mas no importa que mortal

pierda yo la vida agora,

que si es perdida atesora

un hombre que es inmortal.

Y a ti, Beatriz hermosa,

en el postrer testamento

te sirva el último aliento

de mi muerte glorioso,

mas ya todo el alma ansiosa

del corazón dimana

y de la sangre que mana

ya desfallece el calor.

Aquí me valga el favor

de la Virgen de Hermitana.

Salid al campo, que se dio una emboscada en contra. Sale Beatriz con escopeta.

Beatriz.

Antes que ninguno acuda

la primera he de ser yo.

Mas ¡cielos!, ¿qué es lo que miro?

¿Es verdad o es ilusión?

¿No es Selio el que aquí yace

en las sombras del horror?

Sí, ¿pues quién lo duda?

¡Oh pena, oh mal, oh dolor!

¡Oh cielos!, ¿qué permitisteis?

¡Oh tierra!, que consintió

un estrago tan sangriento

que me pasa el corazón.

Aves que siempre veláis,

ardientes rayos del sol,

manso aire que respiras,

dad a mi aliento favor,

que vacilantes las fauces

que gobiernan el corazón

intercadentes fenecen

de una en otra inspiración.

Allí muerto estás; mas no lo creo,

aunque lo miro patente,

porque siento ciertamente,

según discursivo infiero,

que si el plomo o el acero

hoy hubiera herido a vos,

habiéndonos hecho Dios

entidad tan sola una,

dispusiera la fortuna

haber muerto ya los dos.

Y si en esto hay defecto,

también yo muerta quedé,

porque bien claramente se ve

que en uno y otro respeto

somos los dos un efecto,

y así con clara razón

diré sin contradicción,

o que vienes tú muriendo

o que yo muero viviendo

un infeliz corazón.

Aunque muertos vivimos

en los siglos de la fama,

en cuyo sitio proclama

incrementos que le das;

de justicia ocuparás

su trono como lo vemos,

porque es infalible ley,

que eterna logra la vida

el que la tiene perdida

por su patria y por su rey.

Esta sangre que derramas

de las venas que rompió

la aleve mano, que dio

a mi gusto mil retamas,

Pag. 34

Beatriz.

carmín será que derramas

de Peñíscola en tal lance,

que es bien sabido que alcance

las glorias de más honor,

porque le diste el color

de un sangriento realce.

Y adiós, esposo querido,

que te prometo fielmente

de acordarme eternamente

del amor que te he debido,

ten por cierto que en olvido,

jamás te pondré, mi pena

antes con dulce cadena

siempre el alma te daré,

su muerte lloraré

yo cual otra Filomena.

Vase.

Sale don Juan Jones, y Soldado.

Don Juan.

¿Ejecutasteis mi orden?

Soldado.

Ya, señor, en la prisión

el paisano que trujimos está.

Don Juan.

De los hierros el rigor

experimente forzado,

quien voluntario negó

a mis armas la obediencia

con tan dura obstinencia;

dejadle estar que padezca,

que no merece perdón

el que culpado no quiere

admitirnos el favor.

Soldado 2.º.

Solo de oírle sus penas

causa a todos compasión,

como viéndole tú agora

podrá informarte mejor.

Tírase una cortina, y descúbrese un paisano con divisa española, y preso con una cadena al cuello.

Don Juan.

Miserable, ¿qué intentáis

en querer con tal valor

defenderos cuando es fuerza

que encontréis la perdición?

Agora bien, yo te prometo

el librarte la prisión

como hagas una cosa.

Paisano.

Quiero oír la pretensión

antes de dar la palabra.

Don Juan.

Has de entrar a excepción

de Peñíscola, y valerte

de alguna sedición

para entregarme la plaza.

Paisano.

Bien pudiera aquí, mi señor,

fingirte lo que no siento,

y con esta precaución

librarme de las cadenas;

pero tal estimación

tengo a mi patria, a mi Rey,

y a don Sancho, mi señor,

que aun fingirlo no quiero

que me tengan por traidor.

Don Juan.

¿Tan resuelto me respondes

estando a mi sujeción?

Paisano.

A usted le estoy sujeto

en la vida, pero no

en la libre voluntad,

que esta solamente a Dios,

y a Felipe quinto ordeno

con cumplida estimación.

Don Juan.

Mandaré darte la muerte.

Paisano.

Como quede la opinión

en pie, todo importa poco.

Don Juan.

Cargadle sin compasión

a este vil de más de cadenas.

Vase.

Paisano.

Fortuna adversa e inconstante,

que con ciega operación

no atendéis a la razón

de un pecho fino y constante:

dime, ¿por qué vacilante

en casos tan singulares

les permites a mis males

esquivo lance y fatal,

que esté sujeto un leal

en manos de desleales?

Si las cadenas merecen

los que a los Reyes faltaron,

y jamás en mí se hallaron

delitos que tal hiciesen

en virtud de que me fuesen

causa de tanta maldad:

¿por qué di, la adversidad

contra inocentes dispones,

y al sedicioso le pones

con cumplida libertad?

¡Oh tiempos nunca pensados!

quiénes jamás conoció

el hado cruel que labró

sucesos tan impensados;

porque los cielos sagrados

Pag. 35

Paisano.

con cadenas, y conflicto

permiten en un destricto

contra opuesta adversidad

de castigar la bondad,

y dar premios al delito.

Bien haréis, obrad con gusto

contra mí las tiranías,

que espero que vendrán días

que los servirán de disgusto;

porque Dios que es santo, y justo,

estos tiempos mudará:

es muy cierto que vendrá

Felipo, mi amado Rey,

y entonces en justa ley

nuestras suertes trocará.

Estas cadenas que sirven

a mis molestias de afán,

fines dichosos tendrán;

y verán los que hoy viven,

que aunque son hierros, convidan

aciertos de mi opinión.

Tenga, pues, toleración

entre hierros, y cadenas,

porque me labro en las penas

las coronas del blasón.

Tírese la cortina, y sale don Sancho, don Pedro, el Regañón, y un paisano.

Don Pedro.

Ya, señor, como mandaste,

he dado el repartimiento

de la avena que quedaba,

y ha venido tan estrecho

el abasto que la mitad

han quedado sin sustento;

y así ya destituidos

de víveres, y alimentos,

para sustentar la plaza

faltaron todos los medios.

Regañón.

De cuanto don Pedro ha

dicho, por Jesucristo, me huelgo,

porque con esto quedamos

obligados sin remedio

a entregarnos, y acabamos

flaco desfallecimiento

de las tripas, que se hinchan

tan solo de puro viento.

Don Sancho.

Nunca más que en este lance

a conservar me resuelvo

la plaza, que aunque el medio

de comer es necesario:

tan asegurado espero

los socorros congruentes

que antes que falten, primero

faltarán de aquesos polos

tachonados firmamentos.

Es Dios justo, y a quien mira

vestido de recto celo,

cuando le faltan favores

de aqueste falible suelo,

le envía infaliblemente

el socorro de los cielos.

No se entibien y perezcan,

que si en un triste desierto

fue Israel favorecido

de suave mantenimiento

por hacer de Dios la causa:

es muy preciso argumento

que si nosotros estamos

obtemperando el precepto

de la ley de Dios que manda

que al Rey que nos tiene puesto,

aleves no le seamos;

para nuestro consuelo

que mira todas las causas,

nos dará el favor del cielo.

La estrechez que nos molesta

no es olvido ni desprecio

de nuestro Rey; pues noticia

he tenido ya de cierto

que mi amigo don Antonio,

a su ley correspondiendo,

de caballero, y leal,

de cristianísimo abuelo

de Felipo tercero,

gran socorro; y en cumplimiento

de enviárnosle, dispuso

cinco navíos, y a efecto

de socorrernos; que entonces,

informados, que estos puertos

de cuatro navíos estaban

ocupados; resolvieron

el partirse a Mallorca

cuando (o inopinado suceso)

los de la isla faltaron

al homenaje, y no

atentos a los fines

que debían

se apresaron desatentos.

Paisano.

Quedo, señor, bien seguro

de mi ley que te prometo

no faltar, que para ser

ejemplar en todo tiempo

Pag. 36

Paisano.

de vasallos más constantes,

aunque usual alimento

nos niegue adversa fortuna,

los brutos nos comeremos

que en ocasión ya distinta,

a el arado nos sirvieron.

¿Qué es darnos al enemigo?

¿qué es aviltar nuestro esfuerzo

a manos de los contrarios?

¿qué es dejar el alto empleo

de mantener nuestra patria

por el Rey Felipe Quinto?

más que falten provisiones,

por tal error los caballos,

algarrobas, gatos y perros,

nos sirvieron los jumentos

de regalada comida;

que aunque parezca un efecto

ofensa de los sentidos,

más dirán futuros tiempos,

cuando miren a Felipo

en el auge más excelso,

que Don Sancho y sus paisanos

en la ocasión merecieron

ser ejemplar de constantes

pasando por tales medios.

Regidor.

Según hago las razones

de mal pensados cavileos,

a muerte nos condenamos

porque faltando el sustento,

más que a fuerza garrote,

es muerte de sentimiento,

pues está en un retorcón

que da retorcido el cuello,

y matándome la hambre,

doy por bien sabido cuento

que es perder la vida a onzas

que darnos abadejos,

malditas sean las honras,

y quien en tales enredos

pone consideración,

que el más acertado cuento

es dar la espalda a la honra

y a los gustos el provecho.

Sale un Soldado con escopeta.

Soldado.

¡Albricias, Señor!

Don Sancho.

¿De qué?

Soldado.

Del castillo he descubierto

una tartana francesa,

que según el movimiento

de surcar las encrespas olas,

sin ninguna duda entiendo

que será algún socorro.

Don Sancho.

Ocupa otra vez el puesto,

y observarás a qué parte

ofrece velas al viento.

Soldado.

Al punto voy a servirte.

Vase.

Don Sancho.

Según, amigos, sospecho,

será Don Antonio Díaz,

que nuestra falta previendo,

su persona habrá arriesgado

como ha honrado caballero.

Al fin el Cielo lo haga,

que de los males tenemos

por los medios que nos faltan,

bien cumplidos los extremos.

Sale otra vez la Centinela con escopeta.

Soldado.

Nuestra alegría, Señor,

ya en pesar se va volviendo.

Don Sancho.

¿Cómo?

Soldado.

Apenas la tartana

impelida fue del Cierzo

para tomar en la playa,

cuando de los enemigos

fue descubierta, y ellos

de tierra un ganguil armaron,

que dando velas al viento

le van cortando la entrada,

y no solo para en esto,

sí que según desiguales

son las fuerzas, me recelo

que los contrarios apresen

la tartana sin remedio.

Mire hacia adentro.

Don Sancho.

¿Qué me dices, oh fortuna!

¿y cómo en lances estrechos

sin piedad tu mano esquiva

sabe doblar sentimientos?

Mas que el socorro faltara,

y se perdieran mil reinos

importara nada, solo

lo que más ahora siento

es que Don Antonio Díaz,

amigo de tanto aprecio,

en las manos del contrario

se haya de mirar un preso;

¡oh suerte bien desgraciada!

que estando los males viendo,

y su invencible mal impida

darle favor socorriendo

al mismo que me socorre.

¡Ojalá que este elemento

capaz fuera de pisarse,

que a buen seguro prometo

de penetrar las espumas,

y con mi valiente acero

a los contrarios les diera

conocidos escarmientos.

Pero ya nuestra tartana

contra el ganguil no pudiendo

poner defensa, amainó

las velas, ¡oh Santo Cielo!

para ahora es el favor

de vuestro poder inmenso.

Don Pedro.

No perdamos las confianzas

porque hoy, según entiendo,

es día de San Martín,

y a buen seguro prometo

que siendo francés será

cumplido favor del Cielo.

Regidor.

No sé yo si San Martín

querrá ponerse al empeño,

Pag. 37

Regidor.

que es soldado de caballo,

y estos, según lo que vemos,

aunque la tierra dominan,

pero jamás quieren cuentos

de ponerse sobre aguas;

y por tanto podremos

en los mares invocar

a nuestro apóstol San Pedro,

que, siendo pescador, tiene

barquillo, timón y remos.

Don Sancho.

Para librarse no tienen

algún humano remedio.

Don Pedro.

Ya la fragata el enemigo.

Soldado.

Ya cañonean sobre ella.

Sale Don Antonio y Ríos.

Don Sancho.

La Virgen de la Ermitana

quiera darles el remedio.

Pero, ¡cielos!, ¿qué es lo que miro?

¡Qué milagro, qué portento

a favor de la tartana

están obrando los cielos!

Las balas del enemigo

al instante y al momento

que querían apresar,

divididas en fragmentos,

rompió el aire, y la fortuna

se libró por tal portento.

A Dios y su Madre alaben

en los siglos sempiternos.

Nada hay que temer, amigos,

cuando ya tan claro vemos

que está Dios de nuestra parte

en los mayores aprietos;

pero ya dejando el barco

Don Antonio pisó el suelo

de la playa, y triunfante

viene a ocupar este puesto.

Don Antonio.

Deme Vuecencia los brazos.

Don Sancho.

Y el alma también con ellos

en vínculo, para que estén

nuestras almas en un pecho;

por perdido os tuve.

Don Antonio.

Y tanto, que mi fortuna

al extremo de la gracia

ha tocado;

porque sin más intermedio

que el tiro de una pistola

de nuestros contrarios, puestos

nos vemos tan desiguales,

que serían por lo menos

setenta hombres, y nosotros

seis; mirad si es cierto

ser perdidos a no tener

tan de nuestra parte el cielo.

Don Sancho.

Cómo, Don Antonio amigo,

a tan conocidos riesgos

os expusiste.

Don Antonio.

Ya entiendo

que Vuecencia la noticia

tendrá del fatal suceso

del socorro que en Mallorca

se perdió.

Don Sancho.

Entendido lo tengo.

Don Antonio.

Yo pues, que en esta ocasión

tenía el conocimiento

de la plaza, que quedaba

sin los necesarios medios,

insté al Duque de Noailles

para que diera de nuevo

algún subsidio, mas creyó

dicho señor que era cierto

estar la plaza perdida

por no haber ido a su tiempo

el abasto necesario;

pero a todo yo resuelto

le dije que muy gusto

me expondría a todo riesgo

por Peñíscola, por el Rey,

y para cumplir atento

con el gusto de Vuecencia,

quien con tan crecido empeño

solicita mantenerse

por su Rey y por su crédito.

Don Sancho.

¡Oh, y mil veces amigo!

Dadme los brazos, que espere

que los cielos me darán

ocasiones que mi afecto

pueda entonces demostraros

con cumplido rendimiento.

Nuestra empresa, Don Antonio,

más que nuestra ya podemos

decir que ya es de Dios; pues miro

el poder de Dios expreso

con demostraciones; para

obrar al partido nuestro

en vuestra ausencia, otro caso

no maravilloso menos

me sucedió.

Don Pedro.

¿Y cuál es?

Don Sancho.

Oiga atento.

Un día que la ocasión

nos obligaba el aprieto

de los víveres, a que,

olvidados de los riesgos,

afianzamos las vidas

con un barquillo pequeño

para surcar, animosos,

ese salado elemento.

Descubrimos de la plaza

una embarcación, y creyendo

que algún abasto tendría,

determiné con esfuerzo

de apresarla con un barco

tan limitado en efecto

que para redes bastara,

mas no para el intento.

Me acompañé de muy pocos,

que no podían ser menos

según la capacidad

que contenía su centro;

empeñámonos constantes,

espumas y olas rompiendo

ya con las alas del lino,

y ya con escamas de remos.

Cuando apenas estuvimos

apartados largo trecho

de Peñíscola, empeñados

para lograr nuestro intento,

¡sucedió caso impensado!

Que en aqueste mismo tiempo,

cauteloso, el enemigo,

dentro de una cala puesto

de Irta con una fragata,

tenía el lance dispuesto

de salir porque, tomando

la tierra, pudiera en esto

Pag. 38

Don Sancho.

después de habernos cortado

ver logrados sus intentos

salió entonces ligera

la fragata, a velas y remos,

que en su orgullo parecía

con altivos armamentos

que avasallaba arrogante

las espumas y los vientos.

Mis centinelas entonces

que tales designios vieron

con la boca de un cañón

me dieron aviso luego.

Descubríla, y mirando

el peligro manifiesto

con diligencia zarpamos

para poder tomar puerto

hacia Peñíscola; mas ya

no fue posible, pues a un

tiempo para la plaza cortó

todo nuestro movimiento.

Prevenido de coraje

en esta ocasión yo viendo,

que para nuestro favor

faltaba todo el remedio.

A mi valor apelé;

y al de María, prisionero,

espero a la fragata

con el barquillo pequeño

ellos setenta y yo solo

con cinco o seis compañeros;

pero todos me sobraban,

porque puesto en el empeño

les mandé que disparasen,

que para que fueran ellos

aterrados aun sobraba

el furor de mi ardimiento.

Vinieron sobre nosotros,

y levantando los remos

para darnos sepultura

en las entrañas del piélago:

a dispararles empecé

tanto fusil, que entendieron

que en mi pecho se abreviaba

toda la esfera del fuego.

Quedaron con estos vistos

tan pasmados que aun ellos

con ser insensatos nadie

testifica del suceso.

¿Has reparado que cuando

un alano con imperio

desde lo lejos embiste

algún cachorrillo, y viendo

desde cerca que es león,

se para mudando aspecto,

y en vez de ofenderle queda

helado sin movimiento?

Pues así paró, y aplicó

el tipo como atónito.

Otra vez gané la tierra

con divino lucimiento

di gracias a la Virgen de

la ermita, a quien debo

no a mí haber tenido

tan felices los sucesos:

porque todas las empresas

que son propias de mi aliento

las conozco, no por mías

sino otorgadas del cielo.

Pues si tan conocido a Dios

de nuestra parte tenemos

en defensa de Felipe

en este peñón seremos

firmes rocas, hasta que

con cumplido vencimiento

las armas del rey conquisten

otra vez aquestos reinos.

Don Sancho.

Muy gustoso apuraré

los más dilatados tiempos

para defender constante

las glorias de mis empeños:

y cuando la suerte esquiva

no suministre remedio:

antes que la plaza entregue

formado tengo el intento

de minarla con hornillos,

y de volarla primero;

que plaza que el rey me fía

no han de decir los suyos

que la ha perdido Don Sancho,

sí que antes con acierto

la quiere ver hecha polvos

que no entregarla prisionero.

Don Antonio.

Resolución como tuya.

Don Pedro.

A todo, señor, convengo.

Soldado.

Esperemos padeciendo

que todo lo muda el tiempo.

Dentro unos.

¡Victoria por Felipe Quinto!

Otros.

¡Vivan sus altos trofeos!

Otros.

¡Vivan las glorias de España!

Otros.

¡Viva Felipe el excelso!

Otros.

¡Triunfen las dos coronas!

Otros.

¡El gran Luis su abuelo!

Don Sancho.

¿Quién poblando el aire

de júbilos y festejos

publica tan altamente

de Felipe vencimientos?

Don Antonio.

¿Qué novedad, cielo, pasa,

que aun la esfera del viento

para pintar glorias tantas

es muy limitado lienzo?

Don Pedro.

Por medio de males tantos

algunos bienes espero,

mas un paisano sale aquí.

Sale un paisano.

Don Sancho.

Dime, hombre, ¿qué es aquesto?

Paisano.

Después, señor, que quedé

en Mallorca prisionero,

con el socorro que envió

Don Antonio, desde luego

a Valencia me pasaron.

Pag. 39

Paisano.

donde he quedado preso

hasta el día de San Marcos,

en cuyo dichoso tiempo

una batalla campal

tuvieron los dos ejércitos

en los contornos de Almansa,

y pudo tanto el esfuerzo

de las lises, y españoles

que al enemigo en efecto

casi del todo le dejan

derrotado, y ya los nuestros

de perseguirles no paran

hasta ponerles al centro

de Cataluña, y Zaraveda

delante con cuatrocientos

caballos viene intentando

a nosotros socorrernos.

Don Sancho.

Es verdad lo que me dices.

Soldado.

Y tanto que decirte puedo,

que estando en Valencia he visto

del contrario los fragmentos

destrozados que quedaron

del enemigo ejército.

Yo por darte la noticia

en un barquillo pequeño

en el Grao de Valencia

me embarqué.

Don Antonio.

Llegó el tiempo

de nuestras felicidades.

Don Pedro.

Dios que en todo es tan perfecto

jamás en olvido pone

a quien sigue justo intento.

Todos.

Hoy Peñíscola sirve solo

de hazañas y portentos.

Regidor.

En sabiendo de la plaza

tengan todos por muy cierto

que por las villas vecinas

he de hacer un repartimiento

de pollas y de gallinas,

cebollas, ajos y huevos,

y cual portugués hinchado

he de ponerme el pellejo.

Don Sancho.

Y quién comandará el campo

el día del vencimiento.

Paisano.

El señor duque de Berbich.

Don Sancho.

Serán sus lauros eternos.

Sale Beatriz.

Beatriz.

A daros mil parabienes

en cumplidos rendimientos

he venido, que en tal causa

con bien iguales respetos

han de ser unos los gozos,

cuando han sido compañeros

los males.

Toquen cajas, y clarines.

Don Sancho.

Beatriz bella,

con felicidad prometo

en la fortuna que miro

no olvidarme de los méritos

que de su esposo heredas;

porque es justo que los premios

procure a quien constante

con valor, y con esfuerzo

por el rey Felipe quinto

ha sabido merecerlos.

Quedad todos prevenidos,

que al señor Berbich le quiero

besarle la mano antes

que desocupe este puesto.

Don Pedro.

Según las señales, oigo

que su Alteza está viniendo.

Don Sancho.

Salgamos a recibirle,

mas aquí sale al encuentro.

Sale el duque de Berbich y acompañamiento.

Don Sancho.

En esas plantas que pisan

estrellados firmamentos,

de las glorias de su fama

a don Sancho tiene puesto.

Berbich.

Levantad del suelo, amigo,

que a un noble caballero

es bien que ocupe los brazos

y con ellos los afectos,

mucho de veros me alegro,

que en verdad que en estos tiempos

sea nombrada vuestra espada

por toda España, y sus reinos.

El conservar a Peñíscola

es servicio tan supremo

que ella sola más costara

que conquistarse tres reinos.

Dadme noticia de cuanto

os ha pasado, ¡qué raro!

que en vos iguales militan

maña, dirección, y esfuerzo.

Don Sancho.

Aunque no es decente, señor,

que en su presencia luzcan,

brillen cuando es Vuestra Alteza

supremo Sol de trofeos,

pero obtenida licencia,

obtemperando preceptos

de Vuestra Alteza, va

un transunto de mis hechos.

Apenas miré que en mares

procelosos estos reinos

naufragantes padecían

en los sediciosos vientos,

cuando viendo que Peñíscola

es zafiro de más precio

de cuantos se engastan ricos

en las sienes del excelso

Felipe, a quien veneran

Pag. 40

Don Sancho.

Las majestades e imperios:

me determiné constante

a dar todo valimiento

a esta plaza, por lo que

apliqué eficaces medios;

no he reparado que cuando

combatida de los vientos

alguna nave peligra,

y conteniendo su centro

alguna real persona,

lo que hace el más diestro

es que cuidado de todos,

y aun de los propios riesgos

por librar a tal persona

aplica todo su esfuerzo:

pues así yo, que mirando

que eran tantos los aprecios

de esta plaza, que ella sola

es princesa de estos reinos;

apliqué mis direcciones

para librarla del riesgo.

Entré en ellos, y hallé

entre tales contratiempos,

sin soldados, ni milicias

provisiones, ni alimentos,

que para morir ya daba

los penúltimos alientos.

Apenas entré dispuse

que todos los que diversos

paisanos en sí tuvieran

de provisión, y sustento

en común lo depositen

lo que muy fieles hicieron

Milicias aunque faltaban

los naturales sirvieron

de soldados que aunque estaban

de tal ejercicio ajenos

mas como fidelidad

se mantenía en sus pechos

en breve tiempo se hallaron

ya muy prácticos maestros.

Cerré la plaza mirando,

que faltando los sustentos

no podía mantenerse

apliqué todos los medios

posibles por conseguir

los precisos alimentos.

Tan limitados socorros

conseguimos en efecto

que para salir triunfante

de nuestra empresa el empeño

hasta las mulas pasaron

hacer plaza de carneros.

De Cartagena hubimos

un socorro tan adverso

que los que habían de ser

nuestra defensa nos fueron

enemigos declarados

dentro de muy poco tiempo.

También ochenta soldados

napolitanos vinieron

de Rosas que, conducidos

por un noble caballero

don Antonio Díaz y Herrera

capitán de tanto aprecio

que nos fue de mucho alivio

tenerle por compañero:

pero quiso la fortuna

que fuera el temperamento

de la plaza tan contrario

a los soldados pues de ellos

en breve espacio quedaron

todos los más casi muertos.

Invasiones diferentes

hubimos en que se vieron

nuestros ánimos constantes

tan combatidos que entiendo

que para escribir yo todos

los recados que me dieron

para entregarles la plaza

son menester muchos pliegos.

Mas por último cesaron

de valerse de estos medios

pues dije que con garrotes

pagaría atrevimientos,

tres mil bombas, y granadas

pudo la invención de fuego

arrojarnos en el sitio

cuando valiente y resuelto

una salida dispuse

y pudo tanto el esfuerzo

que habiendo ganado el campo,

y muertos algunos de ellos

les gané el tren, y quedaron

los contrarios sin aliento.

Pero mi mayor debate

no paró, señor, en esto

que enemigos declarados

aun los más me son muy menos

sino que en medio de tantos

cuidados, y contratiempos

enemigos cautelosos

con sedicioso veneno

intentaron darme muerte

por entender todos ellos

que con mi muerte lograba

de la plaza el vencimiento

por cuya causa yo, ciego

viví de tantos recelos,

que en el tiempo dilatado

que sitiado me tuvieron

mis camas eran las peñas

y mis colchones el suelo.

Pag. 41

Don Sancho.

obligados de la falta

que tuvimos de sustentos,

hicimos nuestras salidas

con notables vencimientos;

ya por tierra penetrando

cuatro millas de terreno,

apresando los ganados

a pesar de malcontentos,

ya por mar, que endiablado

ese salado elemento,

muchas veces navegué

con tan astuto ardimiento,

que aunque en los principios

tuve solo un corto leño,

pero tantos del contrario

apresé, que doy por cierto

que podía haber formado

ya navales armamentos.

Dejo aparte otras cosas

que ya Alteza por extenso

habrá informado la fama,

pues son tantos los sucesos

que en Peñíscola pasaron

en sitio de tanto tiempo,

que aunque se refieran nunca

se tocarán los extremos;

pero debo asegurar

que tan propicios los cielos

los tuvimos, que han obrado

por nosotros mil portentos.

Esto es, señor, un trasunto,

breve retrato o bosquejo

de lo que allí me pasó,

qué diré, si sin recelo,

que el haberse conservado

una plaza que a su aprecio

otra ninguna se iguala

que ha sido tan fuerte empeño

conservar un imposible

cuando faltaron los medios.

Otras mil veces lo bravo

me divertía, que el tiempo

será testigo de cuantos

nuestro rey Felipe excelso

a vos y vuestros consortes

dará merecidos premios;

y pregonera la fama,

diga por todos los reinos

que don Sancho de Chávarri,

con tan victoriosos hechos

es Parca de sediciosos

y de lealtades espejo.

Finis.