Texto digital de El asedio y sitio de Peñíscola
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El asedio y sitio de Peñíscola. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-asedio-y-sitio-de-peniscola.
EL ASEDIO Y SITIO DE PEÑÍSCOLA
Pag. 1
Hablan en ella las personas siguientes: Don Sancho de Echavarría. Don Pedro de Sala y Ayala. Gracioso. Milord Preterburch. Don Juan Jonás. Doña Margarita. Don Antonio Díaz y Herrera. Lelio, labrador. Regañón. Tres paisanos. Maguncio, soldado. Un ángel. Beatriz. Benito.
Jornada primera
Pag. 2
Tocan cajas y sale don Sancho de Echevarría y Gracioso con dos soldados.
Toquen marcial estruendo
de las trompetas y cajas,
hasta que el metal imprima
en la esfera de las almas
nuevos alientos que infundan
a la más justa demanda
y gloriosa defensa
de nuestro invicto monarca
Felipe, a quien rendimientos
bien conocidos consagran
genuflexiones y finezas
hoy los Nueve de la Fama.
Ea, nobles valencianos,
ya que Valencia se halla
con el timbre de leal,
en esta ocasión os llama
don Sancho de Echevarría
para que, alistando escuadras
de vuestro rey en defensa,
haga el valor consonancia
con los hechos vuestro nombre,
y el blasón en vuestra espada.
Ya después que de Vizcaya
dejamos los dos la patria,
vos a vuestros deudos nobles,
y yo a Perico y Juana;
no me has dicho, señor, cómo,
de la intención que te llama
a este país de Valencia;
y así, desde luego, trata
de decirme dónde vamos,
como el porqué, o la causa,
o, si no, vamos a cuentas
para volverme a mi casa;
que, sin saber ya a dónde,
aquí pongo cruces y rayas.
Ya te acordarás del día
que con don Pedro de Ayala
y con otros oficiales,
vinimos a esta ciudad.
No lo ignoro.
Escucha agora.
Después que Felipe quinto
e invictísimo monarca,
de Francia vino a ocupar
esta corona de España,
por derechos que no disputo,
por ser cierta su demanda,
se alteró la Europa toda,
Inglaterra y Holanda,
la Saboya y el Imperio
con toda la Lusitania.
Los fines, pues, que les mueven
para tales alianzas,
aunque en todos son muy varios,
Pag. 3
de reinos que se abrazan
que reunidas las coronas,
la española y la de Francia,
son bastantes y poderosas
para avasallar sus armas.
Pero en particular discursos
son los motivos, que dando
olvidado de su dueño,
y de la Iglesia Romana,
teme que Felipe quinto
no conquiste con su espada
el dominio que en ella tiene,
y otra vez con piedad santa
en su distrito introduzca
nuestra religión cristiana.
Inglaterra previniendo,
que a Jacobo Francia ampara,
y que unidas las coronas
fuera cierto que reinara;
su error os impugna
porque la fe sacrosanta
en ellos no se profesa;
¡oh, provincia desgraciada,
que el veneno de la secta
gustosa admite, y rechaza
a un príncipe que diera
de nuestra fe la triaca!
Portugal, como a Felipe
el cuarto de nuestra España,
teme del quinto amenazas.
Alemania, por nombrarse
con nombre antiguo de Austria,
quiere hacerse prisionera,
pero es de poca importancia,
una cuestión de un nombre,
cuando la sangre proclama
en las venas de mi rey;
pues en estas hoy se halla
abreviada la sangre
de Felipe cuarto de Austria.
Dejo aparte la Saboya,
que ante el mundo lo extraña,
que un padre contra sus hijos
aplazar quiere campañas.
Estos son, pues, los motivos
porque la Europa alterada
contra mi rey y señor
va previniendo alianzas.
Pero todo importa poco
siendo tan justa la causa
que a mi rey le patrocina,
y aunque fueran más armadas
que granos de arenas baten
estas espumosas aguas:
para vencerlos sobrarán
los alientos de su espada.
A esta fía su majestad
me ordena, dispone y manda
que en la ciudad de Valencia
reclute milicias y haga
examen de qué manera
los valencianos se hallan
para cumplir como deben
la defensa de su patria.
Aunque lo dude, señor,
que los nobles estampada
la fidelidad mantienen
en el centro de sus almas,
pero temo que la plebe,
como gente que no guarda
calidad, honor, y ley,
está poco asegurada.
Mas que el poder enemigo
temo sus viles mudanzas.
Tocan cajas dentro.
¿Quién alterando se ensaya
puebla de Marte la esfera
con militares estruendos?
Sale don Pedro Álvarez.
Ya, señor, una alta playa
de navíos enemigos
de Inglaterra y Holanda
surcando montes de espuma
se divisa coronada.
Dentro unos.
¡Viva nuestro rey don Pedro!
Otros.
¡Viva el duque de Saboya!
¿Qué voces aquí proclaman,
ofendiendo a mis oídos,
y a la majestad sagrada
de mi rey Felipe quinto?
Reprimid vuestras palabras,
aleves, (o jura a Dios)
que antes que registre el alba
los rayos del horizonte,
que vuestras lenguas cortadas
han de verse, y las cabezas
por alfombras de mis plantas.
Estos son unos paisanos
sediciosos, y de su comarca,
que entendiendo vanamente
que de pechos y alcabalas
serán libres, como mudan
nuestro gobierno de España,
proclaman al archiduque.
¡Ah, pérfidos,
sin Dios, sin ley y sin forma!
Villanos, hoy os obligo
a vuestra ciega demanda.
Vengaré, vive a Dios,
que sea verdad bien clara,
quedar pobres con la entrega,
y después acuchillados
daréis sangre por tributos
de vuestras venas humanas.
¡Ea, nobles valencianos!
Pag. 4
Ya que la plebe no cuadra,
con las leyes de su timbre,
la nobleza acreditada
quite el borrón, que procuran
los aleves mancillarla.
No extrañéis la novedad
de sublevados que ultrajan
de nuestro Felipe quinto,
que si hermandades se exaltan,
con el castigo se humillan,
quedando solo premiadas
lealtades que procuran
hacer del quinto la basa.
Sale un soldado.
Con diligencia te busco.
¿Qué hay?
La nobleza valenciana
viendo sublevar a Denia,
muy prevenida se halla
en defensa de su rey
para salir a campaña:
me ha mandado a que te diga
que su acreditada espada
para la empresa se empeñe
a gobernar sus escuadras.
Para tan noble empresa,
cuando salga de su vaina,
será rayo más que acero
que del vapor se desgaja.
Dentro.
¡Viva el rey Felipe quinto!
¡Viva nuestro gran monarca!
Los leales no se mudan.
En lealtad no hay mudanza.
Eso sí, ilustres señores,
que sangre calificada,
como hereda la nobleza
con los hechos se acompaña;
al arma, soldados míos,
nobles señores, al arma.
¡Viva Felipe quinto!
Tocan clarines al arma.
Tocan cajas y trompetas, y vanse desenvainando las espadas, y dicen dentro:
¡Iza, amaina, al trinquete,
a la orza a las velas!
¡A la gavia!
¡Tira áncoras al fondo!
¡Amaina la capitana!
Sale Milort Peterburch.
Don Juan Jones, doña Margarita, y acompañamiento de soldados.
Altos aliados, que
en potencia suma
venís a ganar despojos por la espuma
del salado elemento,
rompiendo mares, y trepando vientos,
y a la armada de Flandes e Inglaterra
desembarcando ejércitos a tierra
a la ilustre ciudad de Barcelona;
que por más que de invencible su blasón afirme,
verá cómo Milort, que el campo pisa,
reduce sus almenas a ceniza.
Hagan alto las trompetas militares
en este ameno sitio, y en los mares
se escuadronen naves que Neptuno encierra,
que cercada por el agua, por la parte a tierra,
Barcelona afamada
ha de verse de incendio abrasada,
y a ese Monjuique con la dureza
de esos peñascos sitia la grandeza,
tardando nada ver que si blasona,
que las cenizas del monte lo corona
en un solo momento,
lo que sirve de lumbre ha de ser centro,
más quiero que esta fama pregonera,
cuando exalta los nombres que venera
la Europa en los labios de cualquiera,
que con todas mis glorias tenga el nombre.
Estancia hermosa
esta que el alba adora
de este ameno sitio, que enamora.
El monte de jardines tan poblado,
y el campo de flores matizado,
que en espacio no subjeto
Naturaleza cedió en su recinto
breve copia de bienes generales,
a la tierra flores, y al mar cristales.
Esas torres que miran, ufanas,
con quienes tanto el arte se acredita
con sus fosos, almenas y murallas,
que solo con mirarlas avasallas:
verás con esta espada vencedora,
de rubíes de sangre las colora,
y sin tener segundo,
a primer Milort, virrey del mundo.
¡Viva el Príncipe de Darmestat!
Lenguas vanas, y a otro ninguno el mundo alaba.
Qué voces disonantes y repúblicas,
que el bravo laurel desacreditan
de mi nombre, a quien astro proclama,
más que el único timbre de mi fama.
Pag. 5
Estos, señor, del Principado,
unos catalanes que han proclamado
a favor de las armas aliadas,
que teniendo hoy memorias olvidadas
alcanzarán tan señalada gloria.
Aparte.
¡Un infierno da a mi pecho,
o envidia poderosa!
que siendo mi intención deseosa
de adquirir la fama de la conquista,
haya quien parta glorias a mi vista!
¡Oh, pecho indignado,
que en ira de leones abrasado,
más que tardo,
que no abrazo los infiernos y agarro
centellas por los ojos,
redujere las penas en despojos!
Anda, don Juan Jones, de mi parte,
que convides las milicias a baluarte
a Montjuic, y dé el primer avance,
y di que nuestro ardimiento se canse,
sea Troya abrasando en vivo fuego.
Cúmplolo, ruego, y a desde luego.
Oyen ruido de batalla y disparan dentro.
Dispare el bronce las pesadas balas
que veloces volando, aunque sin alas,
romperán de homenajes la dureza.
hasta hacer de su llamada pausa;
el favonio se vista en airado sueno
de negros promontorios que hace el humo,
y en su rápido estruendo
las medias lunas se anden rompiendo.
Dentro unos: ¡Avanza al foso!
Otros: ¡Avanza a la muralla!
Otros: ¡Soldados, al baluarte!
Otros: ¡A la estacada!
Ya parece Montjuic Etna abrasado;
un león viene a ser cada soldado.
Dentro unos: ¡Viva el Rey de España Felipe!
Otros: ¡Vivan los aliados de la Liga!
Otros: ¡Viva nuestro gran Monarca Felipe Quinto!
Sale don Juan Jones con la espada desnuda.
Desespérome, excelencia.
¿Qué hay, don Juan?
Señor, desgracia.
Dila presto.
Obtemperando el designio
que Vuecelencia nos manda
de avanzar a Montjuic,
y asaltar a sus murallas;
quiso para dar alientos
a sus valientes escuadras
el Príncipe de Armestad
(o nunca tal intentara)
preceder a todos ellos,
poniendo sus esperanzas
en haber tomado el nombre
de las milicias contrarias;
pero fuimos descubiertos,
y arrojando unas granadas,
le han herido de muerte.
¿Qué me dices?
Y creo que ya la parca
cortó el hilo de su vida.
¡Oh, infeliz desgracia!
Mis esperanzas se frustran.
Mis alientos se desmayan.
Llore el mundo de Armestad
la gentileza gallarda.
Según tengo prevenido,
la gente de mis armadas
no es bastante para empezar
la conquista de la España;
porque estando Barcelona
de milicias y vituallas
bien prevenida, será
en vano que mis escuadras
la cerquen, pues necesito
para tenerla sitiada
de sesenta mil infantes,
y solo en mi poder se hallan
ocho mil; ¡oh, malhaya
el hado de mi fortuna!
Don Juan Jones, cierra el orden
que hago a la Capitana
para embarcar los soldados
la hora, porque no cuadra
nuestro poder a la empresa.
Cumpliré tu palabra.
Vase.
Pasar a Barcelona
puede servir de agasajo.
Dentro: ¡Prevengan velas y remos!
Otros: ¡Toquen clarines a marcha!
Otros: ¡Dad las velas a los vientos!
Otros: ¡Al trinquete, a las áncoras!
Esta empresa, Margarita,
se conquista por mano
faltó el Príncipe, y con él
faltaron mis esperanzas:
Armestad en Cataluña
voluntades conquistaba,
tenía, para que llegando
el país se conformara,
y con su muerte no dudo,
Pag. 6
tener las suertes mudadas.
Dentro.
Muden nuestro gobierno.
Toma pistolas y chuspas.
Acorra la ciudad.
Al cerro.
Al monte.
A la montaña.
Sale don Juan Jones.
Albricias, señor.
¿De qué?
Ya la plebe amotinada
contra su rey ha tomado
en nuestro favor las armas,
y Velasco, confundido,
entre sediciosos se halla
con ánimo de entregarte
capitulada la plaza.
Solo ese medio pudo
coronar mis esperanzas.
Vase.
Sale don Sancho, don Pedro, soldados y Francisco.
Ya el marqués de Ornia
del justo Dios la venganza
recibió con un trozo de la guardia
de su majestad, escarmiento que basta
a poner ejemplo a quienes
siguen errantes pisadas;
los de Denia entendían
que el retenerse la plaza
era comer dos arroces
o regalarse con pavas.
Vayan alerta, señores,
en esto de carbonadas,
que lo que las manos obran
suelen pagar las espaldas.
Sale don Pedro, don Sancho .
¿Qué hay, don Pedro?
Antes, señor, deseara,
que referirte el suceso.
Ea, presto, dilo, acaba.
Consternose Barcelona,
y no será cosa extraña
sublevarse el Principado
según voces lo declaran.
Aparte.
No me digas más,
que para entenderte basta.
¿En qué, soberano cielo,
ha de parar la mudanza
de Cataluña y Valencia?
Loco país, ¿qué te falta?
¿Qué desagrado en Felipe
nuestro monarca se halla?
¿Qué te espanta la coyunda?
¿No que su mano franca
de tributos aligera,
y con mano germana
antes que rey, le encontramos
un padre de clemencia raro.
¿En el oficio no cumple? Sí;
y tanto que no se halla
en los anales del siglo
un rey que en edad tan parva,
olvidando su himeneo,
por cosas que le importaban
a su corona, se ausente
para Nápoles, y dadas
en su reino providencias
a su ejército se parta,
y animando valeroso
a sus valientes armados
con su presencia quedaron
los enemigos postrados.
¿Con los valientes no es Marte?
¿En lo místico no cuadra la virtud?
¿con los candores de pura ilustrada?
¿No es llamado Eudoro
por Carlos Segundo de Austria?
¿No es verdad que en él tan solo
la sangre inmaculada
se conserva de Felipo
llamado Cuarto de Austria?
¿No es suplicado a que venga a
España? De su real casa ¿no lo sacó?
¿No es jurado con pacífica bonanza
por los españoles todos
sin ninguna repugnancia?
Todo es cierto, ¿quién lo duda?
Pues ¿cómo cabe en tan claras
evidencias proclamar
a otro rey, ni monarca
que más que al gran Felipo Quinto
augusto señor de España?
¿Cómo en acción tan acerba
podrá verse conservada
la lealtad, el juramento,
la honra, crédito y fama
de los españoles? (¡Ay, cielos!)
¿En qué nación, aunque bárbara,
se salva sin ser delito,
que los vasallos las armas
contra su jurado rey
puedan, perjuros, tomarlas?
Pues si entre infieles es riesgo,
¿cómo estando en la cristiana
ley disciplinados,
que es tan recta, justa y santa,
tal especie de delito
admitís en vuestras almas?
¡Oh, Dios! ¡Oh, reyes! ¡Oh, punto!
Pag. 7
Mas dejemos cosas tan vanas,
que si me sobran sentidos,
me faltan muchas palabras.
Sacra imagen de Felipe,
que en metal vives estampada,
en mi pecho te contengo,
no sé qué efeto me causas
en lo interior de mi pecho,
que cuanto más extrañada
de tus vasallos te miro,
tanto más en mí el ansioso
mi corazón se endereza,
y te embiste toda el alma
como el cielo tal permite;
o secretos que no alcanza
nuestro limitado ingenio;
mas conjeturo la causa.
Estos reinos que se alteran,
con privilegios gozaban
un monarca que era un padre,
y puede ser que Dios haya
permitido que se pierda,
porque siendo recobrada
su posesión por Felipe,
tengan experimentada
su desgracia, cuando alleguen
al postre de su jornada.
Aparte.
Muy pensativo a Don Sancho
si las señas no me engañan
le miro; ¡ah, señor!, dime ¿qué tienes,
que solo contigo hablas
máquinas que yo no te entiendo.
Si acaso te enamoraste,
y te han burlado la dama;
has jugado, y has perdido;
mirad que me corten la cara,
si no es esto, pues te trata
olvidado ya del todo
de materias de vianda,
y yo temo que en algún juego
te han dejado capuchado.
Calla, necio.
A tarde los necios callan.
Para un noble de su esfera
males ningunos igualan
como del rey a menoscabos.
Gentil gracia,
pues a Vueseñoría, ¿qué le importa,
hallándose como se halla,
sin séptimo sacramento,
ha de ser cosa bien clara
que corona sus hijos
nunca podrán heredarla.
Necedades deja.
Mira, según corre la fama
de los aliados dicen,
que a todos los que repasan
les suben de contrapunto;
y supuesto que se halla
Vueseñoría coronel,
con esta acción se lograra
su fortuna en alto grado.
Por mi rey, si no mirara
que las palabras de un necio
por indiscretas no agravian,
que esa maldiciente lengua
de tu boca te arrancara.
Eso te da tanta pena;
pues yo te doy mi palabra
de regalarme millares
si me hacen cabo de escuadra.
Don Pedro.
Señor.
A ese pícaro que le pasen
por las armas.
Señor, que esto vale broma.
En esto se excusara.
Sale un soldado con un pliego.
De la ciudad de Valencia
me han mandado que le traiga
para Vueseñoría este pliego.
Lee la carta.
Con impaciencia aguardaba
la respuesta, pues propuse
que como a mí me fiaran
del baluarte su fuerte
que es la Casa de las Armas,
con solo trescientos hombres
dejaría asegurada
a la ciudad de Valencia.
No dudo se efectuaría;
que a saber ser tan valiente
agudo ardid le acompaña,
y habiendo maña y valor,
los imposibles se allanan.
Rasga la carta.
¡Todos paso sin escollo,
esto solo me faltaba!
¡Si todos cuantos impiden
mi intención calificada
a las manos me vinieran,
como a este papel rasgara!
¿Qué te responden, señor?
Laberintos que embarazan
mis designios prevenidos;
pues al tiempo que yo arriesgaba
mi persona en dar defensa
a la Casa de las Armas,
los gobiernos me responden
que no dan por acertada
mi resolución; al fin
ellos llorarán mi falta.
Y ahora, ¿qué determinas?
Un imposible intentara.
Pag. 8
Y ¿cuál es?
Lo que más siento, Don Pedro,
no es que este reino se pierda,
que con rendille
poca dificultad se halla;
lo que siento que se pierda
Peñíscola, pues es plaza
que en la Europa otra alguna
a su fortaleza iguala.
Eso no tiene remedio,
porque en este tiempo se halla
sin víveres, ni guarnición,
y no estando pertrechado,
viene a ser su fortaleza
un león sin tener garras,
una tigre sin colmillos,
y un grande cuerpo sin alma.
Pues amigo, esto ha de ser;
a mi aliento le acompaña
(en defensa de Peñíscola)
ánimo, valor y traza.
Sin medios es imposible
ver tu intención lograda.
Mi esperanza solo con Dios
tengo, Don Pedro, fundada;
porque siendo de mi rey,
tan hija de Dios la causa,
me dará sus asistencias,
y a su mano soberana
sin medios no es imposible
dar las mayores hazañas.
A mucho, señor, te arriesgas.
Es Peñíscola el diamante
de más fondo que se halla
en la corona del rey,
y en su defensa y demanda,
aunque yo pierda la vida
muerte será bien lograda.
Ya Montenegro y Mahone
con el mariscal Amézaga
a Aragón contramandados,
han dejado vaciada
de Vinaroz la frontera,
y en Benicarlós de guarda
Pozoblanco solo queda
con sus caballos, que basta
para sujetar valiente
a la enemiga comarca.
Don Jorge de la Figuera,
que es un noble en quien se halla
fidelidad y respeto,
y me ofrece mano franca
algún subsidio para que
de Peñíscola la plaza
alguna defensa tenga
en los principios; y si no basta,
él es Dios omnipotente,
me está sobrando confianza.
Vase.
Sale Selio vestido de labrador.
Alegres prados que en apacible risa
auras cogéis, que oro matiza
el sitio, con apacibles despojos
de las perlas que os dio el alba en los ojos;
campo ameno de sueños coronado,
que terminas fines del mar salado,
y enviando cristales y reflejos
das al sol lisonjas, que por espejos
y conduces alimentos y naves
de pescado sustentos, blancos panes;
lento arroyo que desde tu vena
con mudos pasos plateada arena
de Peñíscola sueltas,
y a sus peñascos con cristales sellas;
decidme prado, arroyo y azucena
si a Beatriz aviste que en mi pena
solo me desvela esta labradora
a quien rendida
el alma solo adoro.
Sale Beatriz de labradora.
Aves parleras que cortando el viento
de mis pechos embebéis el triste aliento;
peñascos erizados
que os revistes de muros coronados,
teniendo por empleo
servir de atlante al habitante cielo;
montañas de Irta vestidas de maleza,
quienes solo dotó naturaleza
de corazas los pechos
de pirámides las cumbres
interés de pastores, pasto de ganados;
decidme aves, peñascos y montañas
si a mi Selio escondido en las entrañas
sabéis que en ansias tales
el verle es medicina de mis males.
Esta es Beatriz que en dulce agrado,
de Peñíscola saliendo a este prado
afrentan sus carmines
amapolas, claveles, jazmines.
Este es Selio que por gala y valiente
se le postra el labrador más excelente.
Hermosa Beatriz.
Amado Selio.
Entre cuidados agora
reparaba los afectos
que muchos años se imprimen
en los ojos del secreto,
corazón que lustros tantos
a tu hermosura se postran
Y con sus cláusulas que encuentre
Una repugnancia noto,
que batallando neutrales
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Los afectos con lo bizarro
me obligan.
¿A qué, a dejarme?
Para tanto no me arrojo.
¡Qué novedad, cielos, pasa
en los bienes que noto!
¿Ahora Selio mudado
por otro amor que yo ignoro?
Este es el lance primero
que el pedernal injurioso
de los celos pudo dar
centellas a mis enojos.
Mis indignaciones temple,
y, confundido alborozo,
haga infierno el alma ciega,
agrado ponga a mis ojos.
¿No me dirás, dueño amado,
qué palabras o qué asomos
me das que, indiferentes,
me hiciesen dudoso
el pensamiento, si acaso
esta nave del tesoro
de tu amor atravesado
en algún helado escollo,
y ahora en mares naufragado
en centro proceloso?
Aparte
Tan ajeno, dueño amado,
puedes vivir de un enojo;
que primero que yo falte
a tus agrados vistosos,
faltarán esos peñascos
que riñe el cristal undoso.
¿Yo faltar a tu fineza?
¿Yo prenderme de tus ojos?
Calla, queja de un celo,
¡oh, amor injurioso!
Lo que decirte quiero
lo expresaba sin recelo;
ya sabes que la fortuna
nos ha dejado tan solo
en clase de labradores,
y aunque entre todos honroso
es el color de tu arte;
mas no sé qué poderoso
influjo me predomina,
que me invita a que animoso
del arado con la espada
haga trueco ganancioso.
¿Qué tibieza en ti miro?
¿En tus cláusulas qué asombro?
¿Y no quedará mi amor
sin su pago, y con desdoro?
Aparte
¡Qué poderosas que lidian
con mi pecho vigoroso
Venus con flechas y aljabas,
y Marte con fuego y plomo!
Quedamos a la duda.
No dudo, prodigio honroso,
que la ausencia entre los dos
de los gustos fuera estorbo,
pero, atesorando medras,
fuera el amor delicioso,
que en nuestra pobre fortuna
le valdrá al alma forzoso
que los trabajos del arte
sean del amor abrojos.
¿Es posible que me olvides?
Antes, mi bien, te recobro.
¿Por qué medios, cielo santo,
a mis desdichas estorbo le pondré?
Mas ya me ocurre
entre las ansias el cómo.
¿El dejar tú a Peñíscola
no es el fin que fervoroso
a nuestro invicto Felipe
amas; y quieres honroso
en defensa de tu rey
dar de tu vida el tesoro?
Si he de decir lo que siento,
la verdad es eso solo.
Sin moverte, tu esperanza
tendrá efectuado el logro.
¿De qué manera?
Oye el cómo.
Ahora llegó noticia
que un caballero famoso,
don Sancho de Echevarría,
a defender valeroso
a Peñíscola mandado
viene; y ha de ser forzoso,
que esta fortaleza estando
sin guarnición, tenga gozo
de merecerle a su lado,
valiente, galán y airoso.
Rémoras son tus palabras
para detenerme en todo.
¿Al fin, Selio, tú te quedas?
Con tal motivo soy tronco,
por defender a mi patria
y a mi rey, celos y todo.
Óyese ruido dentro, disparan dentro.
Pon ese estribo, Camacho.
Cuidado con ese potro.
Ten cuenta de los caballos.
Sin duda que este alboroto
será don Sancho que viene.
Según señas, es forzoso.
Pag. 10
Salen los tres paisanos y la graciosa con una fuente, y alcaide de la fortaleza.
Paisanos, Lelio, Beatriz.
¿Qué nos quieres?
En aqueste instante oigo
que aquel caballero
tan valiente como animoso
a Peñíscola ha llegado.
Con su venida ya logro
los aplausos de mi suerte.
Salen como a quien viene de camino don Sancho, don Pedro, gracioso, y soldados.
Esta es Peñíscola amigos,
donde mi Rey me manda
que para defenderla venga.
Para una empresa tan
en vuestro poder fiando
puede encontrarse esperanza.
¡Qué soberbios baluartes!
¡Qué castillo, qué murallas!
¡Qué lienzos tan infragables!
Con su sitio nada iguala
que unida está por tierra
de cristales que le abarcan!
Por el mar que promontorios
que naturaleza basta
sin los primores del arte
le dio para sustentarla.
Pues yo juro en mi conciencia
que si he de decir verdad, digo
que ni amor de Rey me trae
crédito, honra, ni fama;
sino tener entendido
que taberna de esta plaza
es la más fuerte de cuantas
en el dios Baco se hallan.
Arrodíllase Lelio, y le presenta las llaves de la fortaleza.
(todos puestos a tus plantas)
En vuestras manos, señor,
estas llaves os rendimos
para que puesta esta plaza
en vuestro amparo y defensa
pueda verse asegurada.
Levantad, amigos, que
quien aquí os acompaña,
para mandaros no viene
sino para daros el alma.
Aparte
¡Qué galán, y qué discreto!
Su afabilidad arrastra.
Su bello aire me hechiza.
Su cortés modo avasalla.
Aunque no dudo, señor,
que la fortaleza se halla
en incontrastable sitio;
mas es cosa averiguada
que sin abastos, ni gente
no puede ser conservada,
sus designios le venero
pero temo en esta causa
mas que el valor no sea,
sus acciones temerarias.
Callad don Pedro que animos
antes de la empresa se hallan
hijos de la gratitud
pero puestos en la demanda
de los afanes son padres,
que sin apreciarse agravian.
Aun te falta saber
que en este fuerte se halla
una defensa que puede
asegurar la esperanza.
¿Y qué defensa es aquesta?
La Virgen de la Ermitana.
Tírese una cortina, y descúbrese en un nicho la Virgen de la Ermitana, arrodíllanse todos. Toma don Sancho las llaves y pónelas en manos de la Virgen.
Da las llaves
Arrodíllanse todos
En vuestro amparo, Señora,
puesta toda mi confianza
os coloco esperanza
cuanto a mi suerte atesora,
contigo piadosa que Dios
se asegura en las victorias,
que de otro victor hay memorias
cuando faltan estos dos.
Las llaves en vuestras manos
de Peñíscola coloco
sin que favor nada o poco
en empeños tan arcanos
obrase, poderosa Señora,
mas un borrón imposible
ya le miro por factible
vos siendo Gobernadora.
Cuando el salado cristal
sepultó al egipcio fiero,
logró una nave primero
con el poder celestial,
sirva Virgen Ermitana
para todo nuestro bien
fuerte vara de Moisén,
de quien todo favor mana;
remitirá
todo esto en el Verbo omnipotente,
Pag. 11
en vuestro vientre encarnado,
y en tus manos colocado
el alma confiada cierta
ser feliz en él, y en vos;
porque el mundo es todo nada,
y no hay cosa bien ganada
faltando el favor de Dios.
¿Cómo pudiera ganar
Judith, con golpe violento,
del fuerte asirio sangriento
el pabellón militar?
Sin Dios, ¿qué valor le dio?
¿ni caer de gente armada
al son de bronce animado
el muro de Jericó?
Jacob, y el ángel, los dos
luchan, y pide partido
el ángel. Tan atrevido
es con Dios quien tiene a Dios;
en la defensa que digo
su mano tiene de ser
quien, señora, ha de vencer,
no don Sancho a su enemigo.
Ya se vio con qué osadía
mató a Sísara Jael,
y al fuerte asirio cruel
la nueva Judith María,
y como así sea cierto
que la Virgen de Ermitana
a nuestro enemigo allana
en sangre, y polvo cubierto.
Levántase, y tiran la cortina del nicho de la Virgen.
De haber, señor, merecido
vuestra persona, que basta,
a defender ella sola
aquesta importante plaza,
nos damos mil enhorabuenas.
Ya veis, amigos, que falta
para defenderla el todo;
provisiones, o vituallas
hay muy pocas, o ningunas.
Los soldados también faltan,
solo sobran enemigos
por la tierra, y por las aguas;
pero todo importa poco,
porque el valor de esta espada
os trocará en militares;
y obrará en todos tal mudanza,
que el que es labrador, será
fuerte soldado, que alcanza
a igualar con los Escipiones,
y en los Nueve de la Fama;
que falten provisiones
tampoco eso embaraza,
porque cuando a la defensa
causa tan justa la ampara,
del Cielo vendrá el socorro
si de la tierra nos falta.
Un soldado para hablarte,
que parece Juan Pavese,
ha venido.
Di que entre.
Sale Maguncio.
Para ponerme a tus plantas,
¿A qué venís, y quién sois?
Aparte
Soy el alférez Maguncio,
que informado de tu fama
a servirte vengo.
Miento,
para darte muerte airada.
De tu lealtad confiado,
te admito en esta plaza.
Ya se entablan mis designios
de sedición, y maraña.
Soy rico; y ya que este fuerte
únicamente se halla
por don Sancho defendido,
daréle muerte celada,
y con esto será fuerza
verse perdida la plaza.
A Tefio, por ser paisano
de lealtad, valor, y fama
de esta villa de Peñíscola,
hasta mayores pujanzas
capitán le constituyo.
Sin buscar la fortuna,
ya me ha venido a mi casa;
viva vueseñoría muchos años,
que es fénix por tal ganancia.
Tus soldados son aquestos.
Y yo, dejando la labranza
por mi Rey Felipe Quinto,
quisiera que Dios me diera
mil vidas, que por tal Rey
perdiera de buena gana.
A su lado, gran señor,
ni aun un Héctor me iguala.
Baluarte seré fuerte
entre cuchillos, y balas.
Pues estos leales valientes
Pag. 12
hijos seréis de la fama.
Con celo miro, Señor,
y a mi fortuna igualada,
y si defenderte solos
los paisanos no bastaran,
las mujeres de esta villa,
siendo amazonas armadas,
seremos hombres, y fieros,
para que en letras doradas
el pincel agudo escriba
en anales de la fama,
que si en estos reinos hombres
a mi rey Felipe faltan,
pero no podrán faltar
mujeres peñiscolanas.
Amigo gentil, y noble.
Gentileza soberana.
Nuestro gran Felipe viva.
Viva nuestro gran monarca.
Vanse.
Jornada segunda
Pag. 13
Jornada 2.ª
Sale Milort Preteburch, don Juan Sons, doña Margarita, y soldados, y tocan cajas, y clarines.
Paso al trono majestuoso
de mis glorias soberanas,
entre aplausos, y laureles
nada a mis dichas les falta.
Ya a Cataluña la miro
voluntariamente entregada
la Rosa, excepto solo
a las armas aliadas.
Este país de Valencia
hermoso espejo del aura,
antes de acudir yo a él
él ha acudido a mis plantas.
Puesto blanco, que opuesto
a las cercanas murallas
de Cataluña al abrirse
recelos que le amenazan
con cuatrocientos caballos
se ausentó, y hace alas
de las galeras, y chusma
que si tan veloz no marcha
su caballería toda
por mí quedara apresada.
A vuestro poder invicto
todo valiente se espanta.
¿Quién duda que mis esfuerzos
se han de infundir en mi aliento
cuando el Cielo de heroísmos
con dos estrellas se engasta,
que únicamente influyen
a mi valor arrogancias.
Ya, Señor, cinco mil hombres
que alistaste me mandas,
para servirte aquí tienen.
Con bien ordenada marcha
haz que me sigan, y presto
mi designio se declara.
¿No me dirás a qué aspiras?
Solo en tu pecho fiara
secretos que el alma cela.
¿Qué falta?
Falta la mayor hazaña.
¿En qué consiste?
En mirarme conquistada
Peñíscola; que ella sola
vale la mitad de España.
Ya se descubren sus muros.
Ya de almenas coronada
con respetos se divisa,
a su Comandante una carta
le he escrito, y ya no dudo
que para haberla entregado
la carta solo sobraba.
A su Comandante llama
pues ya que estamos tan cerca.
¡Al del muro! ¡Al de la plaza!
¿quién sus baluartes domina?
¿quién los gobierna, y manda?
Aparece en lo alto de la muralla don Sancho.
Don Sancho de Echevarría.
Pues esos castillos abre.
Antes que los abra quiero
saber a quién, que en mi casa
a nadie admito, sin ver
si a mí el huésped me agrada.
El dueño yo, y a deberla
se previene en esta carta,
el Conde de Preteburch,
yo soy Generalísimo
de las armas aliadas,
la respuesta espero aquí.
Excelentísimo Señor,
en respuesta de su carta
digo, que treinta Secretarios
tengo dentro de esta plaza,
y todos de bronce, que sin plumas,
y sin cláusulas,...
Pag. 14
Podrán darle la respuesta
con los lenguajes de sus balas,
que donde don Sancho habita
no se conquista con cartas.
Haga acuerdo Vueselencia
que sin valerme de maña
para ganar todo el mundo
un solo Milord le basta.
Y Vueselencia también note
que don Sancho en esta plaza
para defenderse de dos,
un de más sobra, y basta.
¿No será posible, cuando
a mis armas ya se hallan
Cataluña con Valencia
rendidas, y es cosa clara
que en medio de estos dos reinos
no podrá ser conservada?
Mi ley me enseña, señor,
que la potencia es tan alta
de Dios, que siempre que quiere,
aun en medio de las llamas
tiernos mozos se preservan,
y queda ilesa una zarza.
De mí no puede librarse,
en el sitio que se halla
tengo ejércitos en tierra,
y en los mares tengo armadas.
Como católico soy
de nuestra Iglesia Romana,
a mí nada me da pena,
que en las historias sagradas
veo cuánto, que Dios queriendo,
a los suyos les ampara,
no tan solo en la tierra,
sí en las rubricadas aguas.
Aparte.
Sus respuestas ya me ofenden.
Sus preguntas ya me enfadan.
Cierto es, bien advierta
que de la raya de Francia
hasta reinos de Castilla
ya no hay alguna plaza
que a mi mano vencedora,
quede para conquistarla.
Cuando se entregan no es mucho,
fuera más grande la hazaña
conquistar los defendidos
que no admiten los partidos.
Y quiero advierta Vueselencia,
entre muchas circunstancias,
que si todas se han perdido
me será gloria más alta
perderse España, y estar
Peníscola conservada.
Aprecian de veras todos
a la augusta Casa de Austria.
Vase.
La venero, y no es poco;
y por esa misma causa
a mi rey Felipe Quinto
tanto le vincula el alma,
porque en España el último
rey de la Casa de Austria
que ha sido, es Carlos Segundo,
y este nos ordena y manda,
que por su próximo deudo
reconozca nuestra España
por rey a Felipe Quinto:
luego ya es cosa bien clara
que el español que a Felipe
lealtades no le guarda,
a la Casa de Austria es
desleal, pues que no guarda
las últimas voluntades
de Carlos Segundo de Austria.
Vueselencia a persuasiones
no me ganará la plaza;
haga alto, o por Dios
que cuanto Vesubio abrasa
el duro bronce, que al punto
le vomitan sus entrañas.
Después que ando en la conquista
de tantos reinos de España
no he encontrado más valiente
soldado; mas su arrogancia
me ofende. ¡Vivan los cielos,
y mal logre de mi dama
Margarita, si cenizas
estos peñascos no allana,
volcanes de mi pecho
y centellas de mis ansias!
A sal he de reducírosla
para que en edades largas,
confiesen los siglos que
quien animoso avasalla
entre menudos pedazos
lleve provista su venganza.
Don Juan Jones, al aliento
le dedico la demanda;
prevén cañones, morteros,
granadas, pólvora y balas,
y no quede de baluartes,
Pag. 15
fosos, almenas, murallas,
castillo, torres, ni casas,
hombres, niños, ni mujeres,
exentos de fuego y llama.
Queda a mi cuenta, señor,
tu voluntad ver lograda.
Vase.
Sale Regañón, gracioso.
¡Mal haya quien dependiente
es de una regañona!
¿No es cosa fuerte, por cierto,
que Regañón en sus cosas
haya de tener el gusto
de una mozuela pandorga?
Si he de comer, ha de ser
cuando a ella se le antoja;
si he de beber, cuando quiere;
si he de mudarme la ropa,
cuando gusta ella lavarla;
y entre tantas ceremonias
martirizado me tienen
sus diligencias flemosas.
Los caballos, sin nada,
hacen al pesebre vuelta,
y ella sin darme cuidado.
¡Pese el alma en la Dragona!
¡Hola, mujer, o demonio,
sabandija, peste o zorra,
sácame presto cebada!
Sale Dragona, graciosa.
Oiga, el menguado, ¿qué quiere?
¿Qué alborota a estas horas la casa?
Cebada presto.
Y para esto es menester
abrir dos palmos de boca.
¡Vaya noramala la bruja!,
que a no atender que las manos
fuera muy indigna cosa
el emplearlas con una
maldita mora fregona,
que la matara yo a palos.
¡Miren qué gentil escoba!
¿Que acaso piensa soy lobo?
Que el valor de su persona,
en matar lobos es grande,
pero no para esta cosa.
He dejado yo en el campo
con esta brillante hoja
más muertos patas arriba
que en los árboles hay hojas.
Si de asco les matara
con las voces, fuera cosa
que lo creyera; mas con los ojos
se rabiasen, si mil años
a su lado se colocan.
No me tiente la paciencia
que si el montante se afloja
será rayo que marchite.
¡Qué gentil fantasma o sombra!
Contra mis fieros las manos,
más que me faltan, me sobran;
¿qué ruido es este?
Dentro
No quede en el campo cosa
sin que se tale; arruinada
la verde campaña toda
se estraga sin que quede
viviente, árbol, ni hoja,
que el fuego no lo consuma.
¿Qué será aquesto, Dragona?
Dilo presto y no tardes.
De pensarlo el alma llora;
has de saber, Regañón,
que con acción alevosa
de Peñíscola los campos
nos abrasan sin más nota
que no querer adherir
a una entrega ignominiosa;
para agora es el valor,
esa rutilante hoja.
Si he de decir la verdad;
cuando niño corona
tomé para sacerdote,
y fuera indecente cosa
que por dar la muerte a alguno
irregular fuera agora.
¿Adónde podré esconderme?
Dentro
¡A la campaña, socorro!
Peñiscolanos valientes,
nuestro interés, y la honra
de todos los opresores,
que los campos nos agostan,
a vida quede ninguno.
Sale Selio de capitán vestido, acuchillando a dos incendiarios.
Pag. 16
que salen con cabos de cuerdas encendidas.
¡Santo Dios, misericordia!
No es digno quien no la usa.
Vase.
Diligencia gananciosa
me será el huir, pues miro
que la muerte me es forzosa.
Ese fuego que sus manos
encendieron, nuestras norias
con la sangre de sus venas
apagaré. ¿Quién ignora
que sois de mil muertes dignos?
¿En qué anales o qué historias
anteriores siglos dicen
que con autoridad propia
plantas inocentes paguen
injurias, que sus personas,
por honrados y valientes,
vuestras iras no las logran?
Ya Peñíscola el empeño
ha hecho, que generosa
se mantendrá por Felipe,
aunque la indignación toda
contra ella se conjura;
pues el tanto nada importa,
que nuestros bienes se abrasen,
que campos queden sin hojas
y maduros en las canas,
que cuando mira la honra
Peñíscola hoy de su patria,
sírvale acción gananciosa
perder por Felipe Cuarto;
naturaleza la dota
con balances bien iguales;
esta villa generosa
pesa intereses del campo,
y la defensa forzosa
de la patria, y es cosa clara
que es peso de mayor monta,
que esta plaza se mantenga
antes que salvar las propias
conveniencias, que el interés
la fidelidad le cobra,
y Peñíscola perdida
mucho no se recobra.
Lo que solo en este lance
a mis alivios estorba,
es no tener más que
para más perder, gustosa
tal condición a mi costa;
porque en acción tan notoria
cuanto se pierde, se gana
por incrementos de honra.
¿Qué motivos de cobarde
a tus impulsos abonan
para abrasarnos las chozas?
¿Qué maldad, qué agravios notan
en querernos defender,
si en nuestra acción nobles obran
que de ejemplar servir puede
para castigar impropias
empresas, que ceguedades
entre ambos le aprisionan?
Aparte.
Líbrame, Señor, la vida,
que ya confieso mis sobras,
todo el aliento me falta,
solo temores me sobran.
Con este que está rendido,
he de acreditar agora
el aliento de mi espada.
Ea, señor Capitán,
porque entienda la Dragona
que soy valiente, se sirva
de atar bien con una soga
a este pícaro, y verá
cómo le traspasa mi hoja.
¡Qué lindo fantasma, que eres!
¡Aquestas serán tus glorias,
matar un rendido atado!
Mi valor en todo es bravo.
¡Hagan alto las milicias!
Prevengan morteros y bombas.
Asesten, tiren a los muros.
Balas prevengan y pólvoras.
Lelio, ¿qué voces son estas?
Estas son, de Milort, tropas,
que, ofendido de don Sancho,
que no quiso a su persona
rendirle la plaza, viene
para demolerla agora.
Pues a Dios, señor, que quiero
que alguna cava me esconda.
Según te escondes, eres
valiente soldado zorro.
Vase.
Pasa, pícaro, delante,
que me será acción impropia
a un cobarde darle muerte;
pondréle en una mazmorra.
Sale don Juan Jones y acompañamiento de soldados.
Ea, ingleses valerosos,
Pag. 17
hijos del más alto esfuerzo
que mira el sol de sus esferas
en los dilatados reinos,
para agora necesito
de vuestro valor, y aliento
en rendir aquesta plaza
de Peñíscola, que en esto
a nuestra reina doña Ana
le daremos días buenos.
Esos altos baluartes
que sirven de duros pechos
a la plaza se reduzcan
al son del bronce, y del hierro
en menudos polvos, hasta
que del muro a los cimientos
no quede piedra sin que
lo desmantele nuestro esfuerzo.
Poco importa que don Sancho
con su acreditado aliento
a Peñíscola defienda,
porque discurriendo infiero
que no podrá resistirme
en ocasiones que advierto
que de soldados, y abasto
está falto, y nunca creo
que su habilidad llegue a tanto,
entre lances tan estrechos,
cuando miro que le faltan
tan necesarios los medios.
Por el alto Dios ignoro
en qué funda sus intentos
tan valientes, y arrogantes,
pues cuando le envío adentro
un atambor para que
rinda el fuerte conde, ciego
me responde como si
tuviera un millón y un cuento
de soldados, sin gastar
por la falta los dineros.
Los ingenieros prevengan
para piezas, y morteros
dos trincheras para granadas
al abrigo de ese convento,
caven, y para tirar las balas
en la falda del repecho
de ese monte que su sitio,
más alto le considero
para ofender a la plaza
en las máquinas que invento.
Todo será efectuado
de veras, señor, bien presto.
Y para más estrecharles
en este puesto hacer quiero
una trinchera que impida
de la surtida el efecto.
Prevendráse como ordenas.
Para darles más estrecha
opresión, también intento
sobre las aguas del mar
poner algún armamento.
Disposición como tuya.
Bien asestaréis los tiros
las granadas, y las balas.
Óiganse algunos tiros dentro.
Ya peritos ingenieros
según mandaste lo ordenan.
Ello sí como a granizo
echan granadas, y balas
no quede casa sin que
con bien atritos fragmentos
quede, y supuesto que en los restos
que mi Maestro Lutero
me enseña, ninguna imagen
con mis labios yo venero,
no van solo a las casas,
sino a ese patente templo
por blanco tome el cañón;
porque tal furor botará
que cuantos Peñíscola encierra
deben tener por muy cierto
que sus muros les serán
hoy sepulcro bien funesto.
Aparece en lo alto don Sancho, don Pedro, Celio, y paisanos con fusiles, y Martínez.
Ea valientes campeones
paisanos de más esfuerzo
en cuyo valor se mira
acreditado el aliento:
en esta ocasión os llamo,
para agora vuestros pechos
baluartes diamantinos
han de ser, así lo espero,
de la gran fidelidad,
que en vosotros considero.
Nada amigos os dé pena
porque si a alguno el aliento
le faltare, del que sobra
en la esfera de mi pecho
todos espero, señores,
Pag. 18
hagamos fuente de honra
desta plaza, dando en obsequio,
incremento a nuestra honra,
a la fama alto crédito,
augusto nombre a la patria,
y a Felipe quinto justo.
De nuestra sangre porque
en esclarecidos hechos
a tal Señor se dediquen
muy nobles nuestros obsequios.
No tengáis de las granadas
ni de las balas recelo,
porque es tan justa la causa
que en la defensa tenemos:
que si enemigos las echan
las dará Dios desacierto.
Que es honor, por vida dellos,
cuyas ausencias venero;
que este muro solamente
sobra para todos ellos.
A tan gran Señor
ningunos males recelo,
que sus heroicos bríos
nuevos alientos heredo.
Aunque bárbaros del arte
a la fortuna no temo,
que seré soldado antiguo
sirviéndole a él por espejo.
Con fusil y bayoneta
abato un campo adverso.
A vuestros hechos, hallados
seguros nos prometemos.
Solo las obras serán
de mis hechos pregoneros.
Aparte
Cumplidas se verán.
mis designios, pues espero
ejecutar cauteloso
las acciones que pretendo,
y amor, ocasión, y lance
ha venido en cumplimiento
de dar la muerte a Don Sancho,
mas agora ya penetro
el cómo, porque al disparar
el plomo deste instrumento,
en vez de tomar por blanco
al enemigo, a su pecho
con balas deste fusil
daré al blanco cautamente.
Óiganse algunos tiros.
Ea, amigos, no hay que dar
ningunas treguas al tiempo
sin que las piezas vomiten
de sus entrañas veneno
en todo el campo contrario,
que es muy justo nuestro intento
que si balas él nos presta
se las restituyamos luego.
¡Qué bien la plaza acredita
el valor de sus alientos!
pues sin cesar un instante
disparan iguales los fuegos.
Ya que el bronce hace lo suyo,
el fusil haga lo mesmo,
cada cual de los soldados
a ocupar vaya su puesto
y ea, hijos, los fusiles
disparad todos a un tiempo.
Este cuerpo tomo por blanco
¡oh vil suerte! erré el pecho.
Una bala muy vecina
ha dado aire al cabello.
Pues retírate Señor
que fuera gran sentimiento
menoscabo en tu persona.
Yo te agradezco
la fineza, por el riesgo
jamás mi valor omite;
y así a todos ordeno
que dejéis el puesto,
y solo conmigo aquí quede Selio.
Aparte
Vase.
Algún demonio le dicta
que aunque erré el tiro primero,
pero el segundo pudiera
tener cumplido el acierto.
De tu fidelidad fiado
quiero encargarte yo, Selio,
un importante negocio.
A mucha dicha lo tengo.
Ya ves después que la plaza
de Peñíscola gozamos
ningún socorro ha venido;
no lo extraño; será cierto
que como tan apartados
a nuestro Rey le tenemos,
para enviarle
habrá algún impedimento.
Esta plaza si lo miro
con la atención que debo,
no se puede conservar
Pag. 19
sin que de ingenieros medios
nos valgamos, y así intento
hacer al campo sortida
para que allí cuerpo a cuerpo
embistiendo al enemigo
del campo le desalojemos;
y con esto ya logramos
para entrar leña, y ganados
que tanta falta tenemos.
Tu voluntad me es, señor,
precisa ley que venero.
Pues prevén esta noche, que cuando
la noche con manto negro
de sombras vista a los orbes,
al campo enemigo quiero
que salgas, para inquirir
seguro conocimiento
de la corona que el contrario
en su campo le tiene puesto.
Esa diligencia fía
de mi ardid, que te prometo,
o volver con la noticia,
o en el campo quedar muerto.
Pues a Dios, mientras registro
si con vigilante celo
los centinelas están.
Fiad de mí el desempeño.
Salen Milord de Partibuerch, Doña Margarita, y acompañamiento.
Abril goce, señor,
de tu valor vencimientos;
serán tus hechos portentos
que a todos causen terror.
Ya Cataluña, y Valencia
a tu poder se rindió
fortuna, y el hado dio
el poder de Valencia.
Lo que extraño en modos tales
no es acierto ya ganado,
mas si haberlo conquistado
con modos tan singulares,
que sin sangre haber perdido
reinos tantos avasallas,
discreciones son en que hallas
el intento bien cumplido.
Un valiente, y fuerte Cid
en otro tiempo a Valencia
ganó; y ahora Valencia
con un mañoso adalid
la sujeta generoso,
diga pues sin ironía
que ya es igual su energía
con otro Cid valeroso.
No tanto ufana, señora,
mirar dos reinos rendidos
como verlos poseídos
por vuestra hermosura ahora.
En tan extraño adalid
aún es poca mi fortuna;
mas que el Cid sirva yo en suma
cuando conquiste Madrid.
Por La Mancha me he de entrar
a los reinos de Castilla
sin quedar ciudad, ni villa,
que quede por conquistar.
Sale Don Juan Jones.
Don Juan Jones ha llegado,
para hablarte entra aquí.
Juzgando estoy entre mí
que Peñíscola se ganó.
Puesto a tus plantas,
pido licencia, señor.
¿Peñíscola se ha rendido?
Dilo presto.
Aún no;
puedo darte las albricias.
¿Qué es la causa?
Apenas, señor, llegó
a estampar menuda arena
nuestra gente, cuando dio
el orden mi providencia
que uno y otro cañón
se formaron para dar
fuerte defensa a las dos
baterías que dispuse,
cuando en fuerte aflicción
en la una los morteros,
y en la otra dirigió
mi cuidado los cañones,
y con tal disposición
tanto fuego se arrojó
dentro la plaza, que alguno
que en el aire reparó
no ser fuego artificial
que la más ardiente esfera
dejando la exhalación
del cóncavo de la luna,
a Peñíscola bajó.
Tres mil balas, y granadas
el peñasco recibió,
y no pudo tal incendio
poner desmayo, y terror
en Don Sancho, y los paisanos
que a sus manos adiestró
en el arte militar;
que en cada cual un león
Pag. 20
mas que hombre nos parece
en la defensa, y valor.
Aunque es verdad que la plaza
de provisión careció,
pero animando a los suyos,
dispuso el Gobernador
hacer diversas sortidas;
en la primera logró
apresar setenta vacas,
que en su término halló;
en otras también se pasan
a una legua, y aun a dos,
para ganados menores
con tal fortuna y caución,
que cuando menos se piensa
se buscan la provisión.
Precisados del abasto
Don Sancho se afianzó
en un pequeño barquillo,
y surcando el mar logró
apresar algunas barcas:
que no siendo la ocasión
tan precisa yo dijera
que su constante valor
rompiendo fueros pasara
a ser desesperación.
Vanse.
Calla, calla, no prosigas,
cierren tus labios los dos,
que de oírte ya la sangre
habita en el corazón
alterada a enardecerse;
corrido estoy, ¡vive a Dios!,
que mi poder no domine
de estos reinos un rincón.
¡Oh, pese a mi fortuna!,
pues cuando he bastado yo
a ganar reinos crecidos
sin disparar un cañón;
que ahora un alto peñasco
que a millares los tiros recibió,
aun con esto avanzarse no bastó,
que estando bien pertrechado
de tropas y munición
la ciudad de Barcelona,
tan fácilmente ganó
el valor de aquesta mano
con soberano blasón,
y ahora a Peñíscola
sin abasto la dejó
el descuido de este engaño,
usa tal contradicción,
que a tanto fuego constante
haya hecho oposición?
Que empezando la conquista
con tan feliz posesión
del Pirineo francés
hasta la Castilla, no
he encontrado resistencia,
y quiero en esta ocasión
una Peñíscola sola
ser de mis glorias lección?
Una y mil veces maldigo
de mis años la opinión.
Por vida, si de una dama,
que antes que el rubio color
de correr acabe el curso,
y antes que el botón la flor
en sus entrañas conciba,
que he de dar disposición
para que la armada venga,
y en uno y otro pontón,
la Peñíscola convierta
en cenizas, o carbón,
y entre tanto no desista
Don Juan Jones, que es borrón,
poner sitio, y no ganarla
con el debido blasón.
Sale un soldado con una escopeta.
Para que haga centinela
a mí se me encomendó
que avanzase en aqueste puesto;
muy cerca está, ¡vive a Dios!,
de la plaza, que este arroyo
que el atajo concibió;
no se libra de las balas
de fusiles, pero no
importa, que como es de noche
seguro quedaré yo
de ser visto, y así admito
cualquiera adversa invasión.
Póngase la escopeta al hombro, y sale Silvio de rebozo con espada desnuda, y pistola.
Pag. 21
Disfrazado de la noche
con desvelada atención,
el campo del enemigo
he de registrar, pues yo
a don Sancho he prometido
de hacer averiguación
del poder que nos oprime
nuestro enemigo Milort.
¡Qué silencio tan profundo!
A poco a poco yo estoy
pisando líneas contrarias;
con la luz poca que dio
algún astro, aquí descubro
un bulto; ahora logró
feliz suerte mi fortuna;
porque siendo mi intención
avisar de lo que pasa,
será crédito mayor
si esta centinela pongo
delante el gobernador,
que, siendo la carta viva,
dará larga confesión
de todo cuanto aquí pasa
con más difusa expresión.
A mucho me arriesgo, pero
sin peligro no hay valor.
Así yo a él me acerco
disimulando la voz.
Un bulto así a mí se acerca.
Diga quién es, o por Dios,
que en su cabeza vomite
el fusil la munición.
No te alteres.
¿Por qué causa?
Porque de los tuyos soy.
¿Pues a esta hora qué buscas?
Tengo sola comisión
de recoger el campo, y vengo
a ver si en su obligación
cumplen nuestras centinelas.
Pues ¡viva Carlos Tercero!
Aparte
Aquí su voz me alteró,
que a mi rey aún no quiero
faltarle yo con ficción.
Mucho tardó en proferir
el aviso; sospecho
que es usted enemigo.
Temeraria prevención.
Venga el nombre.
Aparte
Este soldado, ¡por Dios!,
que en razones me confunde.
Con secreta y baja voz
al oído te le daré.
No se acerque.
¿Cómo no?
Dispárasele la escopeta, y le hace falta.
¡Desgracia tengo notable!
¡Cielos, el fusil faltó!
¡Hábil, cobarde, y traidor!
Soldado y Selio se abrazan.
¡Ah del campo!
Átale un pañuelo en la boca.
Calla, infame, o si no
estos acerados filos
romperánte el corazón;
mas serviráte de freno
este pañuelo, y la voz
en el seno de tus labios
tendrá segura prisión.
Arrastrando así a la plaza
ahora quieras o no,
te he de llevar, y contigo,
a pedirle la ocasión,
todo el campo me llevaré.
Vase a entrar, y por la misma puerta sale don Sancho, y don Pedro.
¿Qué hay, Selio?
En ejecución del orden
que vuestra a mi diligencia fió:
salí al campo, y cuando encuentro
a esta centinela, y yo
viendo que era carta viva
para darte información:
a brazo partido lucho
con ella, en cuya ocasión,
sujetando la victoria
a mis fuerzas se rindió.
Alientos son muy notables.
No lo extrañes cuando son
hijos que por padre tienen
vuestro constante valor.
Quita la venda del labio,
Pag. 22
de este hombre, que de vos
solo que pase me dé
muy cumplida información.
Sin impedimento alguno
podrá hacerte confesión.
Quítale Don Pedro la venda.
A cuanto te preguntare,
sin poner contradicción
me responde, si no, verás
cómo con tormento atroz
a un soplo quito la vida.
Preguntándome, señor,
lo que queráis, que prometo
de daros satisfacción
sin pasar por los tormentos.
Dime, ¿cuántos hombres son
los que a Peñíscola cercan?
El poder con que sitió
Don Juan Jones esta plaza
son con poca distinción
cinco mil hombres, seis piezas,
los morteros cuatro son;
esto es, señor, lo que pasa.
Te libro la confesión
no menos que de la muerte.
Don Pedro, sin dilación
llama a todos los paisanos.
Lo pondré en ejecución.
Preste, Lelio, buena
ayuda a mi intención.
No dudo será muy cuerda.
Sale Don Pedro y los paisanos.
Aquí están, señor,
los que mandaste llamar.
Amigos, en la ocasión
las obras se experimentan;
Todos sujetos a tu voluntad estamos
con humilde sujeción.
Atendiendo a que esta plaza,
sin leña, harina, ni carne,
ni otra alguna provisión,
y por otra parte viendo
ser la disposición
de poder ser socorrida;
ni con clara razón
que la plaza mantenerse
no se puede mientras no
hagamos salidas con que
pueda nuestra operación
prevenirse del socorro,
que a la esperanza faltó.
Pero como nada puede
ponerse en ejecución
mientras que el largo cerco enemigo
nos mantenga la opresión;
prevenirse del socorro
por este motivo, y otros
y tomo la resolución
que al campo todos salgamos,
y con constante valor
dominemos las trincheras
soldados, hasta morir,
y acabemos con sus vidas.
Porque diga la sucesión
en los siglos venideros
que si algún reino perdido
por no defenderse el nombre
que Peñíscola blasona
duplicado tiene, pues cuando
oprimido se miró
no tan solo se defiende
mas con noble exaltación
al enemigo acomete
con bien alta admiración.
Prevenid el ardimiento
que ya es tiempo que el furor
en las manos se ejercite:
que si escaso nos negó
alimentos la fortuna,
justo es en la ocasión
nos sirva la propia sangre
que en rubicundo color
al contrario derramemos
de su mismo corazón.
Cuarenta y cinco soldados
Cartagena me envió,
y aunque es verdad que actuales
son de mi satisfacción,
pero con estos me sobra
para toda operación.
No temáis que el presidente
entre todos seré yo
antes que todos delante
en el peligro mayor.
Vamos a poner por obra
su heroica relación.
Pag. 23
Antes que la Aurora llore
sobre el cándido primor
de la nevada azucena,
ha de haber tal mutación
que el que sitió será preso,
y el sitiado sitiador.
Vanse.
Salen Regañón y la Dragona.
Ello ha de ser, yo me salgo,
queda Dragona con Dios.
¿Adónde has de ir ahora?
A pasearme.
¿No es traición
el que abandones la plaza?
Deja tal resolución.
Jamás me ha hecho a mí fuerza
puntos de reputación;
qué honra, ni qué demonios
puede ser la que costó
hambres, sustos y miserias?
Por materia de punto no
quiero padecer de tripas,
ceno, y otro retorsión,
que cornudo vivir puede
sobre este duro peñón,
donde dan el pan a onzas,
limitada la ración.
Mira que obras contra el Rey,
a quien haces traición,
y si lo sabe Don Sancho,
te dará pan de bastón.
Si quieren tener soldados
el Rey y Gobernador,
sin darles buen bocativo,
que pongan por guarnición
camaleones, que pasan
del aire; porque Regañón
a costa de hambre no quiere
ganarse reputación;
de dos cosas: más yo quiero
estar harto y ser traidor,
que honrado ser de hambre muerto.
Mira, advierte, Regañón,
que miradas a una parte
la vida y punto de honor,
más ésta que aquélla pesa.
No me saques, linda flor,
por medio pan diera ahora
toda mi reputación.
Aunque es verdad que te falta
la comida, pero no
te falta gustoso vino.
Esa es la mayor pensión;
que como las tripas flacas
están de sustento, aún no
he bebido medio azumbre,
cuando en la vaga región
del aire veo mil luces
con ebria imaginación.
Pues lo que de pan nos falta,
el arbitrio ya inventó
que otra fruta lo supliera.
Por Dios que es linda invención
que los suplan algarrobas;
¿no es fruta de buen sazón?
Con este recado puede
irse al mulo que lo parió,
pues quien dentro de Vizcaya
con carneros se crio,
no tiene estómago bueno
para tanta mutación.
Yo tengo pensado el medio
cómo de este picarón
he de tomar la venganza.
A Don Pedro yo me voy
a decirle lo que pasa,
y verán cómo sin son
le hace danzar a palos.
No temáis, Regañón,
que un regalo quiero darte.
¿Y cuál será?
Un bien asado capón.
Anda aprisa sin parar.
Al punto voy.
Vase.
¡Ay, caponcillo del alma!
Grande fortuna medió
el Cielo, y parece que
a latidos el pulmón
le está llamando, y las fauces
todas llenas de sabor
se previenen. ¡Qué ocasión
para sacar de mal año
las tripas, que en un bolsón
arrugado me parecen!
Cada instante un millón
de siglos están pasando
hasta comer el capón.
Mucho tarda la Dragona;
mas no importa, buenos son
Pag. 24
esperanzas de comida
para mí, que soy glotón.
Salen don Pedro y la Aragona.
Me la pegó la Aragona;
trocóse en gallo, el capón
aquí me matan de palos.
Pícaro, aleve, traidor,
tu desertar de la plaza.
Dále de palos.
Misericordia, santo Dios.
A palos he de matarte.
Téngame piedad, señor.
Con pícaros no la tengo.
Tan molido todo estoy,
reniego de Regañón;
déle Dios la maldición
que sobre Sodoma, y Gomorra
por ser nefandos les dio.
Vamos presto al Gabinete
que allí con dura prisión
purgaréis las travesuras.
Buenos estamos por Dios;
mal comidos, y con cadenas;
pluguiera al cielo que yo
me hubiera muerto, mucho antes
que mirar este peñón.
Vanse. Salen los soldados sitiadores que pudieren con divisas amarillas.
De parte de don Juan Jony
sargento de batalla, doy
el orden, que ninguno
deje el puesto; porque estoy
informado que la plaza
sin ninguna provisión
está, y ha de ser preciso
según prudente ilación
que se pierda en pocos días
sin tener contradicción.
Muy necia y desacertada
fue la resolución
en no rendirse a Preteburch,
porque le fuera mejor
entregarse por afecto
que perderse con prisión.
Alta será mucha gloria
en mirar que la mejor
fortaleza de estos reinos
a nosotros se rindió.
Antes de pasar tres días
ya por logrado lo doy.
Sale un soldado.
¡Al arma, fuertes ingleses,
que don Sancho como un león
así a nosotros embiste!
A la trinchera, a la mina.
Al cañón.
El tren de la artillería
disparad sin dilación.
Prevénganse los paisanos.
Para agora es el valor.
Dentro don Sancho.
Esperad, cobardes,
y veréis en la ocasión
a don Sancho de Echevarría,
cómo os pone en confusión.
Rayo parece de nube,
cada cual es un campeón.
Acometer con tal furia
no lo ha visto el mismo sol.
Sale delante don Sancho, y después don Pedro, Icho, y váyanse siguiendo los demás, con espadas desnudas, divisas blancas, y coloradas; toquen cajas, y clarines, y dentro se tiren algunos tiros.
Mueran todos, sin que
quede a mi ardiente furor
vida, que sangrienta muerte
no sea; esta es la ocasión,
peñiscolanos valientes,
de acreditar la opinión.
Santiago nos asista,
que de España es el patrón.
¡Viva la reina Ana!
¡Viva el rey don Carlos!
No hay más rey que el gran Felipe,
Monarca de la Nación Española;
rayo mi espada será
que os mate de dos en dos.
Pag. 25
Entran por una puerta, y salen por otra.
Viva Carlos tercero.
Esa voz
ha de costarte la vida.
Cae muerto.
Su espada me pasó.
Acabemos ya con todos.
No he visto igual valor.
Entran por una puerta, y salen por otra.
Ea, hijos, que la Virgen
que la ermitaña da favor.
A mi consorte, Don Sancho,
de un revés le corté la cabeza.
Huyamos todos.
Cae muerto.
Muerto estoy.
Huyen los demás.
El alcance les sigamos.
Basta, Don Pedro, que no
tenemos que apetecer
otra fortuna mayor
que quedar el campo nuestro,
y agora sin detención
entra dentro de la plaza
la artillería, que ya yo
cuidaré del enemigo.
Vase.
Pondrélo en ejecución.
Recoger de vosotros
lo que en el campo quedó.
En todo te obedecemos.
Esta abandonó este campo,
que tantas veces sirvió
de teatro a vuestras plantas
para darnos invasión.
Mirad que presto dejaste
con tanto miedo y temor
que para tomar las armas
no tuviste ocasión.
La sangre que de las venas
vuestra desdicha vertió
sobre el papel de la arena
en uno y otro renglón,
testimonio fiel escribe
cuando nuestra parte Dios
y su madre soberana
para darnos favor son.
Poco importa que mil mundos
hagan fuerte oposición
al partido que mantengo,
si siempre y en toda ocasión
para ser feliz yo tengo
de mi parte la razón.
Ese tren que Balaguer
para ofendernos echó,
ya el Dios de las venganzas
con decreto oculto obró
que mi poder los domine,
porque digo en confusión
nuestro vencido enemigo
a Peñíscola, que Dios
le patrocina; pues cuando
fingida idea entendió
que la habían de rendir,
ella en su favor rindió.
Sale Don Pedro, Sancho, y Paisanos. Traigan algunos despojos del campo, y Ragañón saque una olla con vianda.
Obtemperando los órdenes
que Vuestra Señoría nos dio,
dentro de la fortaleza
la artillería se entró.
Tan arrebatadamente
nuestro enemigo se huyó,
que dejaron en el campo
escopetas, munición,
capas, calzones, sombreros,
y otra mucha provisión.
Ya que me libró Don Sancho
de aquella dura prisión,
al campo he salido y logro
de mi hambre la redención
en esta olla, en quien encuentro
misa magna devoción.
Sale Beatriz.
En tan dichosas empresas
mil años goce, Señor,
la victoria que consigues.
Daréis, Sancho, información
a Beatriz de los sucesos;
entre tanto que yo voy
con mis paisanos a dar
las gracias por tal favor,
a la Virgen de ermitaño,
y sobre todo al Señor.
Pag. 26
Apenas don Sancho noble
hijo de Marte, que Dios
su deidad para que fuera
de las batallas terror,
Apenas de cometer toma
heroica resolución:
cuando dentro de la plaza
con aguda dirección
lo necesario dispone,
para tener la función
afortunada según
su apetito la cortó.
A los paisanos les llama
y con ejemplar valor
animándoles les dice:
Ea, hijos, a quienes dio
fidelidad vuestra sangre,
y el cielo arcano blasón,
para que los siglos dieran
con indeleble impresión
en ojos de eternidad
testimonio de que son
de Felipe quinto amantes,
y de Peñíscola honor:
para agora es menester
la acreditada opinión
de vuestros hechos ilustres
que la fortuna os labró.
Al campo salís, que a nos
ninguno tema que yo
seré antemural de todos;
y este enemigo que al son
de confuso estruendo, ofende
nuestros edificios, hoy
para alfombra de las plantas
nos sirva de sujeción
informados de su aliento,
y animados de su voz
a la batalla se ofrecen
todos con tanto valor,
que de verlos solamente
en su esfera tembló el sol.
Para la empresa don Sancho
en un caballo montó
tan español en efecto
que, porque comparación
no hiciera la fortuna,
en él, tanto se esmeró,
que solo de calidades
singulares le dotó.
Prevenido de las riendas,
la espuma tasca feroz,
arquea el cuello, y la frente
más que ojos girados
despide demostración
clara del mucho fuego
que su coraje sintió.
La calzada del castillo
bajó, y a la oposición
de pisar piedras, con hierro
tales centellas sacó
que al mirarle parecía
encendida exhalación.
Llegó don Sancho a la playa,
y aun no bien estampó
plateada arena el bruto,
cuando valiente sacó
su espada valerosa
tan brava que aun no el sol
con sus rayos la cegaba
ya por rayo la eligió
bien ordenada la gente,
a su lado no hay quien no
hecho invencible león,
al salir con tal furor.
Viste de una nube parda
que formada del vapor
que los cristales exhalan
en la diáfana región
del aire, formó el pecho
de meteoros de ardor,
que mirándose guarnecidos
de fría circunvalación
por la parte menos fuerte
con trueno rompe feroz,
y para un rayo, ya que este
con despechado furor
en centellas se divide
sin poner oposición?
pues esto en efecto fue
un dibujo, o expresión
de la salida que hicimos,
siendo en tal comparación
don Sancho el rayo encendido,
las centellas que arrojó
son sus valientes escuadras,
y Peñíscola el vapor.
En este tiempo la plaza
con uno, y otro cañón
tanto fuego disparaba
sin poner intermisión,
Pag. 27
que en promontorios de humo
luces del sol eclipsó.
Al contrario acometimos;
el enemigo, que vio
que tan veloces nosotros
le buscábamos, creyó
que éramos balas que el fuego
de la plaza disparó.
Emparejamos con ellos,
y por más que a munición
nos disparen, no por ello
el noble pecho desmayó
de don Sancho, porque, como
Santiago le esmaltó
con su cruz, a nada teme;
antes con alto blasón
nuestros aceros teñiendo
con sangre, y en confusión
les pusimos; y si acaso
alguno nos resistió,
es porque errante buscaba
con obstinada intención
su muerte, pues solamente
de nuestra espada se retiró
exento, quien con la fuga
consiguió la salvación.
Desordenado, en efecto,
nuestro enemigo quedó,
y para evadirse entonces
de nuestro ardiente furor,
librarse cada uno intenta
con la mayor confusión.
Quien rompiendo las malezas
hasta Cinta no paró,
quien en los valles elige
por refugio algún rincón,
quien para correr más libre
mochilas y armas dejó,
y quien tan acobardado
de nosotros se libró
que, empezando a correr, aun
entiendo que no paró.
Quedó el campo por nuestro,
y la fortuna logró
tan buen lance que apresamos
en esta buena ocasión
la artillería, fusiles,
escopetas, munición,
tiendas, vestidos y capas
con alguna provisión.
Este es el feliz suceso
que nuestra espada le dio
al Señor Felipe Quinto
con tanta suerte, que Dios
para que vieran cuán justos
de nuestro Monarca son
las posesiones que goza
en España, permitió
muchas muertes el contrario
y a nosotros sin lesión.
Por tal suerte pregone
uniforme nuestra voz:
que viva Felipe Quinto,
y de don Sancho el valor.
Vanse.
Jornada tercera
Pag. 28
Salen don Antonio Díaz, don Sancho y Regañón.
Señor don Antonio Díaz,
con su venida ya puede
tener algo de sosiego,
pues hace meses y días
que sin poder sosegar
muy vigilante he de ir
para poder conseguir
esta plaza conservar.
Con ansias bien decorosas
espera mi lealtad
saber de su Majestad.
Estando, señor, en Roses,
por Tornella el Rey pasó
en donde quedó informado
del valor tan afamado
con que Vueseñoría usó
para defender la plaza,
y sabiendo la urgencia
me mandó con diligencia
buscara el medio y la traza
para que en mi compañía
de napolitanos pudiera
dar socorro, según que era
ocasión que convenía.
Esta carta puede leer
Vueseñoría del Rey,
que, según su recta ley,
le hace su brigadier.
Y no dudo que, en suma
de méritos y valor,
que el Rey le dará el mayor
auge de la fortuna.
Dale la carta.
Pag. 29
Otros mil abrazos te
dame, don Antonio amigo,
tú propio serás testigo
de mis afectos, que lazos
indisolubles serán de amor
que te profeso.
Será el mío con exceso
como las obras dirán.
De su majestad estimo
estas honras que me aumenta,
mas mi lealtad solo intenta
serle un vasallo muy fino.
Y para mí algún favor
su majestad no ha nombrado
porque sea en mejor hado
don Trompeta, o atambor,
no es pretender desatinos,
pues para el rey defenderle
en un mes puedo comer
sola carne de pollino.
Sale don Pedro.
Para darte información
de un sobresalto aquí vengo.
Di, don Pedro, ¿qué previenes?
¿Será alguna sedición?
Esta noche registró
mi cuidado la muralla,
y mi diligencia halla
una cuerda, que dejó
alguno pendiente de ella;
en este caso he pensado,
no esté alguno conjurado
con cautelosa cautela
para querer darte muerte,
y después para la huida
tenga cuerda prevenida
para salir de esta suerte.
Todo puede ser, amigo;
quien a Dios pierde el temor
¿qué tal puede pretender?
A Dios pongo por testigo
cuya mano omnipotente
me defienda, poderoso,
que si descubro yo cosa
he de dar encontinente
castigo a tal maldad,
mas valedme, Señor, vos
que sin custodia de Dios
no se guarda la ciudad.
Enemigos declarados
poco me dan que temer,
pues me puedo defender
hasta verlos ultrajados
pero traidor que imagina
como amigo ser desleal,
por encubierto es un mal
que no tiene medicina.
Al lado parto de vos
para defenderme uno
porque no maten al uno,
sin que faltemos los dos.
Vase.
Con plena satisfacción
ya de vos estoy confiado,
mas tengo deliberado
que sin poner dilación
os partáis a Perpiñán
para socorro instar
al Cristianismo
que fiar de un tan noble capitán
dones y consejeros
que entre muchos que hay leales,
aunque tenga otros desleales
quedaré con ellos seguro.
Deseo en todo obedecer.
Ya salid con los soldados
que están todos alistados,
para poder recoger
el trigo de la campaña
que a quien falta la comida
es cosa clara, y sabida
que no ha de faltarle maña.
Vase.
Al instante lo prevengo.
Regañón.
¿Qué me quiere ordenar?
Vete luego a reposar.
Vase.
En eso luego convengo.
¡Qué de cuidados me tiene
aquel que vive apurado
de enemigos cercado
dentro, y fuera casa tiene!
Ahora que el Sol su ocaso
para sepulcro buscó,
examinar quiero yo,
Pag. 30
Si algún fementido acaso,
en sombras de confusión
está urdiendo alguna trama
para formar la venganza
de la amarga traición.
Todo en silencio está puesto,
de centinelas la voz
tan solo socorre veloz.
Y de uno a otro puesto,
después que en la plaza entré,
tan solamente la peña
me ha servido de cama
pues jamás la cama vi,
ya que la ocasión se ofrece
aqueste duro peñón,
me servirá de colchón
mientras la aurora amanece.
Retírase don Sancho a dormir sobre una peña y sale Maguncio.
Si el destino no me engaña,
a esta parte parece
que se retiró don Sancho,
quien tan dichoso aquí fuese
de encontrarle descuidado
en la obscura noche; a este
fin ya traigo prevenida
una cuerda competente
a la muralla, porque
muerto que esté, fácilmente
al campo logre salida,
por mirarme delincuente.
Pero, cielos, a esta parte,
si confusa luz no miente,
está, sí, el que queriendo
lograr cuidado pretende
de las centinelas, quiso
ocupar bien cautamente
este lugar. Lance es bueno
de darle agora la muerte.
Esta pistola despida
de sus entrañas ardientes
plomo, y tenga fin infausto
por mis manos insolentes.
Pero no sé qué latidos
el alma medrosa siente,
que aunque dormido le miro,
todo el pecho se estremece.
Confieso, infeliz, ,
que eres alentado y fuerte,
pues aun cuando dormido
el alma todo le teme.
Mas ¿de qué puedo temer?
Mi valor aquí se asiente
para quitarle la vida,
pero un rigor se me ofrece:
si al tirar el instrumento
alguna falta me hiciese,
y se despertara entonces,
¿no me causará el tan grande
peligro, que me aseguro
en sus manos tener muerte?
Pues ¿qué hacer en tal debate
que me oprime? ¿Dejaréle?
No, que en su muerte consiste
la fortaleza perderse.
Pero yo discurro el cómo:
aqueste acero luciente,
que falta ninguna admite,
le traspase el corazón.
Al querer matarle sale un ángel con una espada desnuda y se le opone.
Detente, que yo aquí para guardarte
he venido, porque siempre
Dios nos mandó que guardemos
los leales de esta suerte.
El Ángel soy de su guarda,
que el Ser omnipotente
ya al principio de su vida
me dedicó felizmente,
para que fuera custodia
de su persona, y le diese
contra alevosos contrarios
feliz amparo, y advierte
que la traición es culpa
de tan maliciosa especie,
que Dios, que es fiel en sus cosas,
tan ofendido se siente,
que al que es fiel, por semejante
al Ser Divino defiende,
y al traidor por serle opuesto,
le castiga eternamente.
La bondad divina y santa
le ha traído a aqueste fuerte,
por muchas causas ocultas:
la primera porque fuese
Peñíscola defendida
Pag. 31
de los contrarios ingleses,
enemigos de la Iglesia,
sin que el Señor permitiese
que la mejor fortaleza
la dominasen infieles.
Hale traído también
para que la mantuviese
por su rey Felipe Quinto,
que ya que Dios omnipotente
le ha coronado en España,
a su poder pertenece
darle soldados, porque
la Corona le sustenten,
y así desea unas armas
con que al Señor tanto ofendes,
o teme de Dios castigos
con que traidores condene.
Deja caer la espada
Vase
No sé yo qué inspiraciones
siento allá interiormente,
que para que no le mate
un respeto reverente
en su persona le encuentro,
que las manos me detienen,
todo soy un mármol frío,
el aliento desfallece,
la voluntad ya turbada,
el entendimiento teme,
los sentidos confundidos,
las potencias se entorpecen,
tiemblan las manos, y dejan
los instrumentos aleves.
para retirarme aun
las rodillas me vencen:
confundida me retiro
antes que el sueño le deje;
que para retirarme aun
las plantas no me mantienen.
Toma la espada
Vase
Continúan mis instantes
en registrar si mi gente
con sus oficios se ocupa
según milicia requiere.
Pero con la poca luz
que el aura dio transparente,
una espada con pistola
aqueste puesto me ofrece
desenvainada, y la pistola
prevenida se mantiene.
Suena el martillo: quién puede
haber venido hasta aquí?
sospechas son evidentes
de traidora alevosía,
según el alma lo siente.
Pues en peligros tan claros
quiera este omnipotente
para guardarme la vida
de males tan eminentes,
qué ha de ser sino Dios,
y su madre solamente
que sin estos dos en vano
Peñíscola se mantiene.
Vos, Señor, que tanto amáis
la fidelidad, en este
lance dadme vuestro amparo,
que mi voluntad ofrece
de atribuiros las glorias
que mi espada consiguiere.
Salen Milort Intebuc y Doña Margarita.
Del campo de Peñíscola
agora un papel me ofrece
la noticia que por estar
sin provisiones el fuerte 66 / 29
en poco espacio será
muy forzoso que se entregue.
No dudo que el no rendirse
es acción muy imprudente.
Pero mi valor ya a otras
empresas más eminentes
le llaman.
Y cuál es?
Que a Madrid en continente
he de marchar con mis tropas,
porque a esta ocasión presente
sobre el Conde de las Minas
con un ejército viene;
y de Zaragoza avisan
que con un cuerpo de gente
Carlos tercero se parte,
y fuera cosa indecente,
que para empresa tan ardua
todos se hallasen, y fuese
yo solo el que no asistía
según que el lance lo ofrece.
Desde que a Carlos miro
Pag. 32
coronado felizmente.
Si he decir sin embozo
lo que siento, Margarita,
digo que mejor fuera pensarlo,
que, a veces, por anticiparse,
muchas operaciones se pierden.
Los Reinos de la Castilla,
si informaciones no mienten,
leales son a Felipe;
y es muy distinta la suerte
entrar en tierras que aman,
o en los Reinos que aborrecen.
Es al fin ancha Castilla,
y, en los caballos que tiene,
darnos puede algún Saturno;
te aseguro ciertamente
que, aunque seguimos el lance,
pero el alma lo disiente.
Pues a Dios, señor; y logren
tus arcanos los laureles
que basten a coronarte
eternamente las sienes.
Quédate con Valencia, mientras
que yo la Mancha penetre.
A Dios, bella Margarita.
A Dios, Prikburch valiente.
(Vanse cada uno por su puerta, y salen algunos soldados con divisas amarillas.)
Estos campos los sembraron
de cosecha diferente
los de Peñíscola, creyendo
a su tiempo recogerla;
se engañaron, que nosotros,
sin que trabajos nos cuesten,
les segaremos ahora,
para que privados queden
de sustentos, y se obliguen
a entregarse como deben.
Ocultémonos ahora
en lo espeso de estas verdes
ramas, porque, si quisieren
hacer surtida, podamos
sin ser vistos ofenderles.
Bien me cuadra tu reparo,
porque, estando de esta suerte,
podamos al enemigo
tirarle cómodamente.
Hagamos emboscada,
y al que primero saliere
carga cerrada le demos,
sin dar tiempo a defenderse.
(Escóndense. Salen Selio, y un paisano con escopetas.)
Para registrar los campos,
y ver propios intereses
de los sembrados, intento
penetrar hoy diferentes
posesiones, por si encuentro
algún contrario que intente
talar los trigos o obrar
invasiones insolentes;
por más que miro, a ninguno
mis cuidados pueden verle,
y si algunos encontrara,
viéndome frente a frente,
en mis manos encontraran
sin librarse infaustamente.
Amigos, buena ocasión
este lance nos ofrece;
estos dos mueran ahora
ya que a las manos nos vienen.
(Disparan.)
¡Ah, cobardes! ¡Viven Cielos!
Según las fuerzas fenecen,
herido de muerte estoy.
¡Soberano Dios, valedme!
(Cae.)
El ardid de esconderos
daos favor solamente;
que a estar descubiertos, nunca
nos vencieran cuatro aleves.
De los dos, el uno que
agonizante se quede;
y tú, con nosotros ven,
para que pueda ponerte
en dura prisión, que pagues
tus delitos duramente.
(Vanse.)
Ya que en ansias de la muerte
algún aliento me quedó,
primero que muera yo,
con fe pura y reverente,
quiero dar últimamente
universal despedida
en soledad afligida
a mi Rey, que por leal,
y a mi Patria, que por tal
por ellos pierdo la vida.
Queda a Dios, Felipe amado.
Pag. 33
que el morirme no lo siento,
ni menos exhalar sangrienta
las amapolas del prado.
Si solo me aflige el hado,
la muerte, que medió,
que cuando fiero rompió
de las venas los carmines,
para servirte los fines
de mi vida terminó.
Si el amor de más fineza
en dar la vida consiste,
en este campo que asiste
solo la flor y maleza,
con muy noble gentileza
escribe mi lealtad
con sangre a la majestad
que se rindió el sumo amor,
pues la vida con valor
de mi fidelidad
Peñíscola, patria mía,
y mi corona, a Dios,
que ya fío de los dos,
en mi postrera agonía
dejo dulce compañía,
que viviréis con amor tal;
mas no importa que mortal
pierda yo la vida agora,
que si es perdida atesora
un hombre que es inmortal.
Y a ti, Beatriz hermosa,
en el postrer testamento
te sirva el último aliento
de mi muerte glorioso,
mas ya todo el alma ansiosa
del corazón dimana
y de la sangre que mana
ya desfallece el calor.
Aquí me valga el favor
de la Virgen de Hermitana.
Salid al campo, que se dio una emboscada en contra. Sale Beatriz con escopeta.
Antes que ninguno acuda
la primera he de ser yo.
Mas ¡cielos!, ¿qué es lo que miro?
¿Es verdad o es ilusión?
¿No es Selio el que aquí yace
en las sombras del horror?
Sí, ¿pues quién lo duda?
¡Oh pena, oh mal, oh dolor!
¡Oh cielos!, ¿qué permitisteis?
¡Oh tierra!, que consintió
un estrago tan sangriento
que me pasa el corazón.
Aves que siempre veláis,
ardientes rayos del sol,
manso aire que respiras,
dad a mi aliento favor,
que vacilantes las fauces
que gobiernan el corazón
intercadentes fenecen
de una en otra inspiración.
Allí muerto estás; mas no lo creo,
aunque lo miro patente,
porque siento ciertamente,
según discursivo infiero,
que si el plomo o el acero
hoy hubiera herido a vos,
habiéndonos hecho Dios
entidad tan sola una,
dispusiera la fortuna
haber muerto ya los dos.
Y si en esto hay defecto,
también yo muerta quedé,
porque bien claramente se ve
que en uno y otro respeto
somos los dos un efecto,
y así con clara razón
diré sin contradicción,
o que vienes tú muriendo
o que yo muero viviendo
un infeliz corazón.
Aunque muertos vivimos
en los siglos de la fama,
en cuyo sitio proclama
incrementos que le das;
de justicia ocuparás
su trono como lo vemos,
porque es infalible ley,
que eterna logra la vida
el que la tiene perdida
por su patria y por su rey.
Esta sangre que derramas
de las venas que rompió
la aleve mano, que dio
a mi gusto mil retamas,
Pag. 34
carmín será que derramas
de Peñíscola en tal lance,
que es bien sabido que alcance
las glorias de más honor,
porque le diste el color
de un sangriento realce.
Y adiós, esposo querido,
que te prometo fielmente
de acordarme eternamente
del amor que te he debido,
ten por cierto que en olvido,
jamás te pondré, mi pena
antes con dulce cadena
siempre el alma te daré,
su muerte lloraré
yo cual otra Filomena.
Vase.
Sale don Juan Jones, y Soldado.
¿Ejecutasteis mi orden?
Ya, señor, en la prisión
el paisano que trujimos está.
De los hierros el rigor
experimente forzado,
quien voluntario negó
a mis armas la obediencia
con tan dura obstinencia;
dejadle estar que padezca,
que no merece perdón
el que culpado no quiere
admitirnos el favor.
Solo de oírle sus penas
causa a todos compasión,
como viéndole tú agora
podrá informarte mejor.
Tírase una cortina, y descúbrese un paisano con divisa española, y preso con una cadena al cuello.
Miserable, ¿qué intentáis
en querer con tal valor
defenderos cuando es fuerza
que encontréis la perdición?
Agora bien, yo te prometo
el librarte la prisión
como hagas una cosa.
Quiero oír la pretensión
antes de dar la palabra.
Has de entrar a excepción
de Peñíscola, y valerte
de alguna sedición
para entregarme la plaza.
Bien pudiera aquí, mi señor,
fingirte lo que no siento,
y con esta precaución
librarme de las cadenas;
pero tal estimación
tengo a mi patria, a mi Rey,
y a don Sancho, mi señor,
que aun fingirlo no quiero
que me tengan por traidor.
¿Tan resuelto me respondes
estando a mi sujeción?
A usted le estoy sujeto
en la vida, pero no
en la libre voluntad,
que esta solamente a Dios,
y a Felipe quinto ordeno
con cumplida estimación.
Mandaré darte la muerte.
Como quede la opinión
en pie, todo importa poco.
Cargadle sin compasión
a este vil de más de cadenas.
Vase.
Fortuna adversa e inconstante,
que con ciega operación
no atendéis a la razón
de un pecho fino y constante:
dime, ¿por qué vacilante
en casos tan singulares
les permites a mis males
esquivo lance y fatal,
que esté sujeto un leal
en manos de desleales?
Si las cadenas merecen
los que a los Reyes faltaron,
y jamás en mí se hallaron
delitos que tal hiciesen
en virtud de que me fuesen
causa de tanta maldad:
¿por qué di, la adversidad
contra inocentes dispones,
y al sedicioso le pones
con cumplida libertad?
¡Oh tiempos nunca pensados!
quiénes jamás conoció
el hado cruel que labró
sucesos tan impensados;
porque los cielos sagrados
Pag. 35
con cadenas, y conflicto
permiten en un destricto
contra opuesta adversidad
de castigar la bondad,
y dar premios al delito.
Bien haréis, obrad con gusto
contra mí las tiranías,
que espero que vendrán días
que los servirán de disgusto;
porque Dios que es santo, y justo,
estos tiempos mudará:
es muy cierto que vendrá
Felipo, mi amado Rey,
y entonces en justa ley
nuestras suertes trocará.
Estas cadenas que sirven
a mis molestias de afán,
fines dichosos tendrán;
y verán los que hoy viven,
que aunque son hierros, convidan
aciertos de mi opinión.
Tenga, pues, toleración
entre hierros, y cadenas,
porque me labro en las penas
las coronas del blasón.
Tírese la cortina, y sale don Sancho, don Pedro, el Regañón, y un paisano.
Ya, señor, como mandaste,
he dado el repartimiento
de la avena que quedaba,
y ha venido tan estrecho
el abasto que la mitad
han quedado sin sustento;
y así ya destituidos
de víveres, y alimentos,
para sustentar la plaza
faltaron todos los medios.
De cuanto don Pedro ha
dicho, por Jesucristo, me huelgo,
porque con esto quedamos
obligados sin remedio
a entregarnos, y acabamos
flaco desfallecimiento
de las tripas, que se hinchan
tan solo de puro viento.
Nunca más que en este lance
a conservar me resuelvo
la plaza, que aunque el medio
de comer es necesario:
tan asegurado espero
los socorros congruentes
que antes que falten, primero
faltarán de aquesos polos
tachonados firmamentos.
Es Dios justo, y a quien mira
vestido de recto celo,
cuando le faltan favores
de aqueste falible suelo,
le envía infaliblemente
el socorro de los cielos.
No se entibien y perezcan,
que si en un triste desierto
fue Israel favorecido
de suave mantenimiento
por hacer de Dios la causa:
es muy preciso argumento
que si nosotros estamos
obtemperando el precepto
de la ley de Dios que manda
que al Rey que nos tiene puesto,
aleves no le seamos;
para nuestro consuelo
que mira todas las causas,
nos dará el favor del cielo.
La estrechez que nos molesta
no es olvido ni desprecio
de nuestro Rey; pues noticia
he tenido ya de cierto
que mi amigo don Antonio,
a su ley correspondiendo,
de caballero, y leal,
de cristianísimo abuelo
de Felipo tercero,
gran socorro; y en cumplimiento
de enviárnosle, dispuso
cinco navíos, y a efecto
de socorrernos; que entonces,
informados, que estos puertos
de cuatro navíos estaban
ocupados; resolvieron
el partirse a Mallorca
cuando (o inopinado suceso)
los de la isla faltaron
al homenaje, y no
atentos a los fines
que debían
se apresaron desatentos.
Quedo, señor, bien seguro
de mi ley que te prometo
no faltar, que para ser
ejemplar en todo tiempo
Pag. 36
de vasallos más constantes,
aunque usual alimento
nos niegue adversa fortuna,
los brutos nos comeremos
que en ocasión ya distinta,
a el arado nos sirvieron.
¿Qué es darnos al enemigo?
¿qué es aviltar nuestro esfuerzo
a manos de los contrarios?
¿qué es dejar el alto empleo
de mantener nuestra patria
por el Rey Felipe Quinto?
más que falten provisiones,
por tal error los caballos,
algarrobas, gatos y perros,
nos sirvieron los jumentos
de regalada comida;
que aunque parezca un efecto
ofensa de los sentidos,
más dirán futuros tiempos,
cuando miren a Felipo
en el auge más excelso,
que Don Sancho y sus paisanos
en la ocasión merecieron
ser ejemplar de constantes
pasando por tales medios.
Según hago las razones
de mal pensados cavileos,
a muerte nos condenamos
porque faltando el sustento,
más que a fuerza garrote,
es muerte de sentimiento,
pues está en un retorcón
que da retorcido el cuello,
y matándome la hambre,
doy por bien sabido cuento
que es perder la vida a onzas
que darnos abadejos,
malditas sean las honras,
y quien en tales enredos
pone consideración,
que el más acertado cuento
es dar la espalda a la honra
y a los gustos el provecho.
Sale un Soldado con escopeta.
¡Albricias, Señor!
¿De qué?
Del castillo he descubierto
una tartana francesa,
que según el movimiento
de surcar las encrespas olas,
sin ninguna duda entiendo
que será algún socorro.
Ocupa otra vez el puesto,
y observarás a qué parte
ofrece velas al viento.
Al punto voy a servirte.
Vase.
Según, amigos, sospecho,
será Don Antonio Díaz,
que nuestra falta previendo,
su persona habrá arriesgado
como ha honrado caballero.
Al fin el Cielo lo haga,
que de los males tenemos
por los medios que nos faltan,
bien cumplidos los extremos.
Sale otra vez la Centinela con escopeta.
Nuestra alegría, Señor,
ya en pesar se va volviendo.
¿Cómo?
Apenas la tartana
impelida fue del Cierzo
para tomar en la playa,
cuando de los enemigos
fue descubierta, y ellos
de tierra un ganguil armaron,
que dando velas al viento
le van cortando la entrada,
y no solo para en esto,
sí que según desiguales
son las fuerzas, me recelo
que los contrarios apresen
la tartana sin remedio.
Mire hacia adentro.
¿Qué me dices, oh fortuna!
¿y cómo en lances estrechos
sin piedad tu mano esquiva
sabe doblar sentimientos?
Mas que el socorro faltara,
y se perdieran mil reinos
importara nada, solo
lo que más ahora siento
es que Don Antonio Díaz,
amigo de tanto aprecio,
en las manos del contrario
se haya de mirar un preso;
¡oh suerte bien desgraciada!
que estando los males viendo,
y su invencible mal impida
darle favor socorriendo
al mismo que me socorre.
¡Ojalá que este elemento
capaz fuera de pisarse,
que a buen seguro prometo
de penetrar las espumas,
y con mi valiente acero
a los contrarios les diera
conocidos escarmientos.
Pero ya nuestra tartana
contra el ganguil no pudiendo
poner defensa, amainó
las velas, ¡oh Santo Cielo!
para ahora es el favor
de vuestro poder inmenso.
No perdamos las confianzas
porque hoy, según entiendo,
es día de San Martín,
y a buen seguro prometo
que siendo francés será
cumplido favor del Cielo.
No sé yo si San Martín
querrá ponerse al empeño,
Pag. 37
que es soldado de caballo,
y estos, según lo que vemos,
aunque la tierra dominan,
pero jamás quieren cuentos
de ponerse sobre aguas;
y por tanto podremos
en los mares invocar
a nuestro apóstol San Pedro,
que, siendo pescador, tiene
barquillo, timón y remos.
Para librarse no tienen
algún humano remedio.
Ya la fragata el enemigo.
Ya cañonean sobre ella.
Sale Don Antonio y Ríos.
La Virgen de la Ermitana
quiera darles el remedio.
Pero, ¡cielos!, ¿qué es lo que miro?
¡Qué milagro, qué portento
a favor de la tartana
están obrando los cielos!
Las balas del enemigo
al instante y al momento
que querían apresar,
divididas en fragmentos,
rompió el aire, y la fortuna
se libró por tal portento.
A Dios y su Madre alaben
en los siglos sempiternos.
Nada hay que temer, amigos,
cuando ya tan claro vemos
que está Dios de nuestra parte
en los mayores aprietos;
pero ya dejando el barco
Don Antonio pisó el suelo
de la playa, y triunfante
viene a ocupar este puesto.
Deme Vuecencia los brazos.
Y el alma también con ellos
en vínculo, para que estén
nuestras almas en un pecho;
por perdido os tuve.
Y tanto, que mi fortuna
al extremo de la gracia
ha tocado;
porque sin más intermedio
que el tiro de una pistola
de nuestros contrarios, puestos
nos vemos tan desiguales,
que serían por lo menos
setenta hombres, y nosotros
seis; mirad si es cierto
ser perdidos a no tener
tan de nuestra parte el cielo.
Cómo, Don Antonio amigo,
a tan conocidos riesgos
os expusiste.
Ya entiendo
que Vuecencia la noticia
tendrá del fatal suceso
del socorro que en Mallorca
se perdió.
Entendido lo tengo.
Yo pues, que en esta ocasión
tenía el conocimiento
de la plaza, que quedaba
sin los necesarios medios,
insté al Duque de Noailles
para que diera de nuevo
algún subsidio, mas creyó
dicho señor que era cierto
estar la plaza perdida
por no haber ido a su tiempo
el abasto necesario;
pero a todo yo resuelto
le dije que muy gusto
me expondría a todo riesgo
por Peñíscola, por el Rey,
y para cumplir atento
con el gusto de Vuecencia,
quien con tan crecido empeño
solicita mantenerse
por su Rey y por su crédito.
¡Oh, y mil veces amigo!
Dadme los brazos, que espere
que los cielos me darán
ocasiones que mi afecto
pueda entonces demostraros
con cumplido rendimiento.
Nuestra empresa, Don Antonio,
más que nuestra ya podemos
decir que ya es de Dios; pues miro
el poder de Dios expreso
con demostraciones; para
obrar al partido nuestro
en vuestra ausencia, otro caso
no maravilloso menos
me sucedió.
¿Y cuál es?
Oiga atento.
Un día que la ocasión
nos obligaba el aprieto
de los víveres, a que,
olvidados de los riesgos,
afianzamos las vidas
con un barquillo pequeño
para surcar, animosos,
ese salado elemento.
Descubrimos de la plaza
una embarcación, y creyendo
que algún abasto tendría,
determiné con esfuerzo
de apresarla con un barco
tan limitado en efecto
que para redes bastara,
mas no para el intento.
Me acompañé de muy pocos,
que no podían ser menos
según la capacidad
que contenía su centro;
empeñámonos constantes,
espumas y olas rompiendo
ya con las alas del lino,
y ya con escamas de remos.
Cuando apenas estuvimos
apartados largo trecho
de Peñíscola, empeñados
para lograr nuestro intento,
¡sucedió caso impensado!
Que en aqueste mismo tiempo,
cauteloso, el enemigo,
dentro de una cala puesto
de Irta con una fragata,
tenía el lance dispuesto
de salir porque, tomando
la tierra, pudiera en esto
Pag. 38
después de habernos cortado
ver logrados sus intentos
salió entonces ligera
la fragata, a velas y remos,
que en su orgullo parecía
con altivos armamentos
que avasallaba arrogante
las espumas y los vientos.
Mis centinelas entonces
que tales designios vieron
con la boca de un cañón
me dieron aviso luego.
Descubríla, y mirando
el peligro manifiesto
con diligencia zarpamos
para poder tomar puerto
hacia Peñíscola; mas ya
no fue posible, pues a un
tiempo para la plaza cortó
todo nuestro movimiento.
Prevenido de coraje
en esta ocasión yo viendo,
que para nuestro favor
faltaba todo el remedio.
A mi valor apelé;
y al de María, prisionero,
espero a la fragata
con el barquillo pequeño
ellos setenta y yo solo
con cinco o seis compañeros;
pero todos me sobraban,
porque puesto en el empeño
les mandé que disparasen,
que para que fueran ellos
aterrados aun sobraba
el furor de mi ardimiento.
Vinieron sobre nosotros,
y levantando los remos
para darnos sepultura
en las entrañas del piélago:
a dispararles empecé
tanto fusil, que entendieron
que en mi pecho se abreviaba
toda la esfera del fuego.
Quedaron con estos vistos
tan pasmados que aun ellos
con ser insensatos nadie
testifica del suceso.
¿Has reparado que cuando
un alano con imperio
desde lo lejos embiste
algún cachorrillo, y viendo
desde cerca que es león,
se para mudando aspecto,
y en vez de ofenderle queda
helado sin movimiento?
Pues así paró, y aplicó
el tipo como atónito.
Otra vez gané la tierra
con divino lucimiento
di gracias a la Virgen de
la ermita, a quien debo
no a mí haber tenido
tan felices los sucesos:
porque todas las empresas
que son propias de mi aliento
las conozco, no por mías
sino otorgadas del cielo.
Pues si tan conocido a Dios
de nuestra parte tenemos
en defensa de Felipe
en este peñón seremos
firmes rocas, hasta que
con cumplido vencimiento
las armas del rey conquisten
otra vez aquestos reinos.
Muy gustoso apuraré
los más dilatados tiempos
para defender constante
las glorias de mis empeños:
y cuando la suerte esquiva
no suministre remedio:
antes que la plaza entregue
formado tengo el intento
de minarla con hornillos,
y de volarla primero;
que plaza que el rey me fía
no han de decir los suyos
que la ha perdido Don Sancho,
sí que antes con acierto
la quiere ver hecha polvos
que no entregarla prisionero.
Resolución como tuya.
A todo, señor, convengo.
Esperemos padeciendo
que todo lo muda el tiempo.
¡Victoria por Felipe Quinto!
¡Vivan sus altos trofeos!
¡Vivan las glorias de España!
¡Viva Felipe el excelso!
¡Triunfen las dos coronas!
¡El gran Luis su abuelo!
¿Quién poblando el aire
de júbilos y festejos
publica tan altamente
de Felipe vencimientos?
¿Qué novedad, cielo, pasa,
que aun la esfera del viento
para pintar glorias tantas
es muy limitado lienzo?
Por medio de males tantos
algunos bienes espero,
mas un paisano sale aquí.
Sale un paisano.
Dime, hombre, ¿qué es aquesto?
Después, señor, que quedé
en Mallorca prisionero,
con el socorro que envió
Don Antonio, desde luego
a Valencia me pasaron.
Pag. 39
donde he quedado preso
hasta el día de San Marcos,
en cuyo dichoso tiempo
una batalla campal
tuvieron los dos ejércitos
en los contornos de Almansa,
y pudo tanto el esfuerzo
de las lises, y españoles
que al enemigo en efecto
casi del todo le dejan
derrotado, y ya los nuestros
de perseguirles no paran
hasta ponerles al centro
de Cataluña, y Zaraveda
delante con cuatrocientos
caballos viene intentando
a nosotros socorrernos.
Es verdad lo que me dices.
Y tanto que decirte puedo,
que estando en Valencia he visto
del contrario los fragmentos
destrozados que quedaron
del enemigo ejército.
Yo por darte la noticia
en un barquillo pequeño
en el Grao de Valencia
me embarqué.
Llegó el tiempo
de nuestras felicidades.
Dios que en todo es tan perfecto
jamás en olvido pone
a quien sigue justo intento.
Hoy Peñíscola sirve solo
de hazañas y portentos.
En sabiendo de la plaza
tengan todos por muy cierto
que por las villas vecinas
he de hacer un repartimiento
de pollas y de gallinas,
cebollas, ajos y huevos,
y cual portugués hinchado
he de ponerme el pellejo.
Y quién comandará el campo
el día del vencimiento.
El señor duque de Berbich.
Serán sus lauros eternos.
Sale Beatriz.
A daros mil parabienes
en cumplidos rendimientos
he venido, que en tal causa
con bien iguales respetos
han de ser unos los gozos,
cuando han sido compañeros
los males.
Toquen cajas, y clarines.
Beatriz bella,
con felicidad prometo
en la fortuna que miro
no olvidarme de los méritos
que de su esposo heredas;
porque es justo que los premios
procure a quien constante
con valor, y con esfuerzo
por el rey Felipe quinto
ha sabido merecerlos.
Quedad todos prevenidos,
que al señor Berbich le quiero
besarle la mano antes
que desocupe este puesto.
Según las señales, oigo
que su Alteza está viniendo.
Salgamos a recibirle,
mas aquí sale al encuentro.
Sale el duque de Berbich y acompañamiento.
En esas plantas que pisan
estrellados firmamentos,
de las glorias de su fama
a don Sancho tiene puesto.
Levantad del suelo, amigo,
que a un noble caballero
es bien que ocupe los brazos
y con ellos los afectos,
mucho de veros me alegro,
que en verdad que en estos tiempos
sea nombrada vuestra espada
por toda España, y sus reinos.
El conservar a Peñíscola
es servicio tan supremo
que ella sola más costara
que conquistarse tres reinos.
Dadme noticia de cuanto
os ha pasado, ¡qué raro!
que en vos iguales militan
maña, dirección, y esfuerzo.
Aunque no es decente, señor,
que en su presencia luzcan,
brillen cuando es Vuestra Alteza
supremo Sol de trofeos,
pero obtenida licencia,
obtemperando preceptos
de Vuestra Alteza, va
un transunto de mis hechos.
Apenas miré que en mares
procelosos estos reinos
naufragantes padecían
en los sediciosos vientos,
cuando viendo que Peñíscola
es zafiro de más precio
de cuantos se engastan ricos
en las sienes del excelso
Felipe, a quien veneran
Pag. 40
Las majestades e imperios:
me determiné constante
a dar todo valimiento
a esta plaza, por lo que
apliqué eficaces medios;
no he reparado que cuando
combatida de los vientos
alguna nave peligra,
y conteniendo su centro
alguna real persona,
lo que hace el más diestro
es que cuidado de todos,
y aun de los propios riesgos
por librar a tal persona
aplica todo su esfuerzo:
pues así yo, que mirando
que eran tantos los aprecios
de esta plaza, que ella sola
es princesa de estos reinos;
apliqué mis direcciones
para librarla del riesgo.
Entré en ellos, y hallé
entre tales contratiempos,
sin soldados, ni milicias
provisiones, ni alimentos,
que para morir ya daba
los penúltimos alientos.
Apenas entré dispuse
que todos los que diversos
paisanos en sí tuvieran
de provisión, y sustento
en común lo depositen
lo que muy fieles hicieron
Milicias aunque faltaban
los naturales sirvieron
de soldados que aunque estaban
de tal ejercicio ajenos
mas como fidelidad
se mantenía en sus pechos
en breve tiempo se hallaron
ya muy prácticos maestros.
Cerré la plaza mirando,
que faltando los sustentos
no podía mantenerse
apliqué todos los medios
posibles por conseguir
los precisos alimentos.
Tan limitados socorros
conseguimos en efecto
que para salir triunfante
de nuestra empresa el empeño
hasta las mulas pasaron
hacer plaza de carneros.
De Cartagena hubimos
un socorro tan adverso
que los que habían de ser
nuestra defensa nos fueron
enemigos declarados
dentro de muy poco tiempo.
También ochenta soldados
napolitanos vinieron
de Rosas que, conducidos
por un noble caballero
don Antonio Díaz y Herrera
capitán de tanto aprecio
que nos fue de mucho alivio
tenerle por compañero:
pero quiso la fortuna
que fuera el temperamento
de la plaza tan contrario
a los soldados pues de ellos
en breve espacio quedaron
todos los más casi muertos.
Invasiones diferentes
hubimos en que se vieron
nuestros ánimos constantes
tan combatidos que entiendo
que para escribir yo todos
los recados que me dieron
para entregarles la plaza
son menester muchos pliegos.
Mas por último cesaron
de valerse de estos medios
pues dije que con garrotes
pagaría atrevimientos,
tres mil bombas, y granadas
pudo la invención de fuego
arrojarnos en el sitio
cuando valiente y resuelto
una salida dispuse
y pudo tanto el esfuerzo
que habiendo ganado el campo,
y muertos algunos de ellos
les gané el tren, y quedaron
los contrarios sin aliento.
Pero mi mayor debate
no paró, señor, en esto
que enemigos declarados
aun los más me son muy menos
sino que en medio de tantos
cuidados, y contratiempos
enemigos cautelosos
con sedicioso veneno
intentaron darme muerte
por entender todos ellos
que con mi muerte lograba
de la plaza el vencimiento
por cuya causa yo, ciego
viví de tantos recelos,
que en el tiempo dilatado
que sitiado me tuvieron
mis camas eran las peñas
y mis colchones el suelo.
Pag. 41
obligados de la falta
que tuvimos de sustentos,
hicimos nuestras salidas
con notables vencimientos;
ya por tierra penetrando
cuatro millas de terreno,
apresando los ganados
a pesar de malcontentos,
ya por mar, que endiablado
ese salado elemento,
muchas veces navegué
con tan astuto ardimiento,
que aunque en los principios
tuve solo un corto leño,
pero tantos del contrario
apresé, que doy por cierto
que podía haber formado
ya navales armamentos.
Dejo aparte otras cosas
que ya Alteza por extenso
habrá informado la fama,
pues son tantos los sucesos
que en Peñíscola pasaron
en sitio de tanto tiempo,
que aunque se refieran nunca
se tocarán los extremos;
pero debo asegurar
que tan propicios los cielos
los tuvimos, que han obrado
por nosotros mil portentos.
Esto es, señor, un trasunto,
breve retrato o bosquejo
de lo que allí me pasó,
qué diré, si sin recelo,
que el haberse conservado
una plaza que a su aprecio
otra ninguna se iguala
que ha sido tan fuerte empeño
conservar un imposible
cuando faltaron los medios.
Otras mil veces lo bravo
me divertía, que el tiempo
será testigo de cuantos
nuestro rey Felipe excelso
a vos y vuestros consortes
dará merecidos premios;
y pregonera la fama,
diga por todos los reinos
que don Sancho de Chávarri,
con tan victoriosos hechos
es Parca de sediciosos
y de lealtades espejo.
Finis.
