La obra comienza en el marco bélico de la conquista de Almería por el rey don Jaime. Tras el asedio y la llegada de socorros musulmanes, el monarca aragonés sostiene el combate y consigue imponerse, aunque en medio de la lucha destaca un cautivo valeroso cuya identidad despierta su admiración. Ese hombre resulta ser Arnaldo Armengol, noble catalán de pasado turbulento, que confiesa haber sido jefe de bandos y haber ensangrentado Cataluña por una venganza de linaje nacida de una injuria. En una larga relación, explica cómo mató a un rival, arrastró a su familia a una guerra civil y, tras arrasar a sus enemigos, dejó con vida a un niño, don Ramón Lancol, al que más tarde quiso combatir solo cuando alcanzase la edad adulta. También refiere un episodio decisivo de su vida privada: al nacer su hijo, un religioso anunció que aquel niño sería santo y que el “honor en el suplicio” se ilustraría en él; después, un pronóstico astrológico anunció que moriría ahorcado. Temeroso de que tal fin afrentase su casa, Arnaldo mandó secretamente matar al recién nacido, pero el niño no murió y fue criado lejos de su conocimiento. Paralelamente, la toma de Almería se resuelve con capitulación, interviene la mora Rosana y se conciertan paces y traslados marítimos, mientras en los montes catalanes aparece otra trama centrada en cacerías, bandoleros y encuentros amorosos. Allí se presentan Saurina y Laurisana, vinculadas a la casa de Arnaldo, así como don Ramón, gobernador en Cataluña, y un rústico ambiente serrano donde empieza a sobresalir un pastor fuerte y discreto que no es otro que Pedro, el hijo perdido de Arnaldo, aunque este extremo todavía no es público.
En los montes se desarrolla el núcleo dramático de reconocimiento y persecución. Pedro salva a Laurisana del ataque de un jabalí y muestra una nobleza impropia de su apariencia rústica, lo que provoca la admiración de la joven y los celos y sospechas de don Ramón. Poco después, una cuadrilla de bandoleros ataca a los personajes; entre ellos figura Fadrí, y la acción violenta deja ver la enemistad heredada entre los Lancol y los Armengol. Pedro, sin revelar aún su origen, combate con extraordinario valor. En la segunda jornada, ya en Barcelona o en su entorno inmediato, Arnaldo escribe al rey comunicando la unión pacífica entre Lancoles y Armengoles mediante el enlace de su hija con don Ramón, mientras por otra parte continúan las acciones de los bandidos. Pedro, perseguido y cercado, tiene una experiencia visionaria en una cueva o retiro penitencial: allí se le aparece fray Bernardo de Corbaria, quien le recuerda el destino santo anunciado en su nacimiento, y después contempla en visión a la Virgen, que lo sostiene cuando se ve colgado de un árbol por sus enemigos. Este sueño profético anticipa el martirio y resignifica la antigua predicción de Arnaldo. Más tarde, Pedro es capturado en una refriega y llevado preso, con cadenas, a Barcelona. En paralelo, se va aclarando que Saurina no es hija natural de Arnaldo, sino criatura adoptada y criada en su casa, y se insiste en el deseo de obtener clemencia para Pedro, a quien todos reconocen ya como valiente servidor contra los moros. El momento más doloroso llega cuando Arnaldo y su mujer descubren que el preso destinado al suplicio es precisamente su hijo, el mismo a quien él creyó haber mandado matar al nacer. El padre comprende entonces que su intento de huir del pronóstico no ha hecho sino acercarlo a su cumplimiento, y la tragedia se intensifica por el secreto, el honor familiar y la inminencia de una muerte infamante.
La tercera jornada desplaza la acción a un plano más abiertamente religioso y mediterráneo. Mientras Saurina y Liseta lamentan la ausencia y el posible martirio de Pedro, se confirma que el protagonista, ya convertido en fray Pedro Armengol dentro de la Merced, ha abrazado la vida religiosa y se ha dedicado al rescate de cautivos en tierra de moros. Laurisana, por su parte, ha caído cautiva, y la obra entrelaza su situación con la misión redentora del fraile. El rey don Jaime recibe y honra a fray Pedro, le entrega dinero para rescatar cristianos y apoya su empresa. En Berbería o en una plaza musulmana de la costa africana, fray Pedro predica con firmeza la verdad cristiana, afronta la pasión amorosa de Rosana y las amenazas de autoridades islámicas, y se ofrece a quedar como rehén por otros cautivos. Su predicación provoca la ira del poder musulmán, que ordena ahorcarlo en un árbol de la playa para escarmiento público. Sin embargo, cuando parece consumarse el suplicio, el cielo interviene: se desencadenan prodigios atmosféricos y la Virgen sostiene milagrosamente su cuerpo durante varios días, de modo que el ahorcamiento no le quita la vida. Finalmente llegan por mar don Ramón, Saurina, Laurisana, Diana y fuerzas cristianas vinculadas al rey don Jaime; se negocia el rescate y, ante la negativa inicial de entregar vivo al fraile, se descubre a fray Pedro suspendido en el árbol, con asistencia angélica y bajo amparo mariano. El santo desciende vivo, Arnaldo reconoce en ello el cumplimiento providencial del antiguo vaticinio y proclama que el “honor en el suplicio” se ha realizado, pues la horca, destinada a infamar, se transforma en ocasión de gloria, santidad y restauración del linaje.