归于> 发布日期: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La virgen de la Soledad. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-virgen-de-la-soledad.
La Virgen de la Soledad.
Comedia en 3 actos del maestro
Alonso de Alfaro.
Legajo 23
22
JHS
Juan de Becerra — primer galán Don Fernando — segundo galán Don Pedro — barba Balsana — gracioso primero Pabón — segundo gracioso El Rey [tachado] La Reina [tachado] Un mayordomo [tachado] Elvira — primera dama Leonor — segunda dama Inés — criada
1ª Jornada
Sale don Fernando e Inés, y Lobón, criado.
Inés, ¿qué es lo que me dices?
Que mi señora a mi ruego
esto es lograr la ocasión,
quiere hablarte.
Di, lo puesto
para que pueda mi vida
pendiente ya de tu aliento
vivir a pesar de tantos
tan bien sufridos desprecios.
Pues, señor, en esta pieza
has de estar mientras yo entro
a avisar a mi señora
que estás aquí.
Ha de hacer al lado del tablado una rima de maderos y en medio una chimenea con fuego artificial.
Vuelve luego.
¿Qué es aquesto, Inés?
Esto me ha ordenado.
Que a Elvira, mi dulce dueño,
después de tantos desvíos
la han movido mil afectos.
Señor, ella quiere hablarte
y es ocasión porque creo
que mi amo fue a palacio
y no ha de volver tan presto.
En el margen se han añadido los siguientes versos alternativos para Inés: Seguro puedes quedarte / que no vendrá tan presto / mi amo, que fue al alcázar, / la escultura que está haciendo / de la Soledad, la que / la reina le ha impuesto; / que no suceda lo mesmo / que la otra que a palacio. / Gastaron en mí extremos, / no serás tan desgraciado.
Toma, Inés, toma los brazos,
loco estoy.
¿Qué es esto, cielos?
¿Brazos por dádiva? ¡Ay de mí!
Las cadenas que se hicieron
adónde están, los bolsillos
que a esta ocasión no los veo.
Y después toma. ¡Qué dicha!
Esta cadena, que el peso
no igualara aun de diamantes
a lo mucho que te debo.
Y dile a Elvira que aguardo.
Es así, pues ya me enredo.
Advierte, Inés, que a Leonor
la has de entretener el tiempo
que esté hablando con su prima,
pues sabes que la festejo
para encubrir con Ribera
que a mi Elvira galanteo.
Eso déjalo a mi industria.
Pabón, pues tanto silencio...
Andas, Inés, de negocios,
por no llamarlos enredos,
que no das lugar que el hombre
desbuche cualquier requiebro,
de a tantos que por guardados
por Dios se me van sintiendo.
Vase.
Calla, Pabón, que después
largo y tendido hablaremos.
Vase.
Mire, Inés, dónde me pone
esta cadena que tengo;
en ella mis gananciales,
solo para ti la quiero.
¿Qué te parece, Pabón,
cómo Elvira, cómo ostenta
de desdenes y crueldades?
más apacible a mis ruegos,
venciéndola mi porfía,
me escucha ya.
No es aquesto,
los bríos se la han rendido,
que el ruego y lisonjeos
es tiro que alcanza mucho.
Y a más que mi Inés lo ha hecho
como un sacre, pero escucha.
¿Viene ya?
Sus pasos siento.
Amor, para aquesta dicha,
préstame todo tu esfuerzo.
Salen Elvira y Inés con una luz.
A Pabón.
Aquí están, que los querrá.
Señor, agora es el tiempo.
Helado estoy.
A Pabón.
Retírate.
Ya lo entiendo.
¡Vive Dios, que la Inesilla
es diestra!
Vanse.
Ven, no estorbemos.
Sola me ha dejado Inés.
Mas, ¿de qué son estos miedos,
estando mi honor conmigo?
Sola Elvira, ¿qué es aquesto?
Mas querrá premiar, sin duda,
mi amor.
¿En qué me detengo,
si el riesgo no es dudoso,
y es ya preciso el remedio?
¿Qué aguarda mi temor,
si mi dicha lo ha dispuesto?
Ya vengo determinada.
Ya determinado vengo.
¿Qué dudo?
¿Qué me acobardo?
Y así, yo llego.
Yo llego.
Sin honor no quiero vida.
Sin Elvira nada quiero.
¡Señor don Fernando!
¡Elvira!
Dueño mío, dulce objeto.
Tened, señor don Fernando,
no me perdáis el respeto,
que aunque estoy sola, advierto...
¿Qué decís?
Que estoy atenta,
y ya vos sabéis que mi padre,
no olvidando los alientos
que en la milicia de Carlos
tuvo en sus años primeros,
atendiendo a sus servicios,
le hizo merced el Consejo.
de guerra, de una jineta
para que llevase el tercio
que don Álvaro de Sande
pasó a Milán, cuyo esfuerzo
dio a España tantas victorias
y al África tantos miedos.
Dejome niña mi padre
al amparo de mis deudos,
quedó viudo de mi madre,
la madre de las de mí, en naciendo;
tan antiguas las desdichas,
conmigo misma nacieron,
y vecina de vuestra casa
entonces pared y medio,
donde criándonos juntos
entre los pueriles juegos
que las niñeces permiten
ya en vuestra casa, siendo
ya vos pasando a la mía,
entre los dos se fue uniendo
un amor tan bien hallado
que cuando no podía veros
no comía, vos llorabais,
yo sentía; y entre aquestos
pesares, para acallarnos
solo era remedio el vernos.
Creció con la edad la llama
y pasando a ser incendio
lo que en permitidas luces
aun fue mayor siendo fuego.
Yo retirada (era justo),
vos más firme (y en no vernos),
yo más amante (¿qué importa?),
vos más rendido (fue incierto),
viéndonos de tarde en tarde
fueron en los dos cubriendo
las quejas como suspiros,
las lágrimas como miedos,
los miedos como recelos,
y como amantes los celos:
que parece que en los dos
crió la razón a riesgo.
No os parezca, don Fernando,
que el acordaros aquesto
es más, bien mi amor lo sabe,
que convenceros con ello;
pues deste ardor inculpable
aún ha quedado al pecho
cenizas que, con la queja,
las pueda entregar al viento.
En fin (no me repliquéis),
yo fina, vos satisfecho
de mi amor, yo recelosa,
vos pidiéndome a mis deudos
por esposa, y yo obligada,
llega, llegó, en este tiempo,
¿Con qué ternura lo digo,
con qué pesar lo refiero?
Llegó una nueva de Flandes
de un mentiroso correo
(¡qué dolor!), que Carlos quinto,
que tenía entonces puesto
sitio a Esdín (que es un gran fuerte
en Picardía), diciendo
que bajaba el rey Francisco
en persona a socorrerlo.
El César (¡mal, qué desdicha!)
perdió, perdió por don Pedro
mi padre, aquella ocasión
que con un gran vencimiento
pudiera segunda vez
tener a Francisco preso.
Y que mi padre (¡qué engaño!)
solo, corrido, y sin puesto
se fue a Italia despechado
de su desdicha o su yerro.
Creyólo el vulgo, que es fácil
más que mucho; y vos mesmo
mirando en mí su retrato,
mil desdichas creyendo,
remiso en el asistirme,
olvidado en los festejos,
poco atento a mis suspiros,
nada a mi dolor atento,
como si en mí fueran culpas
de mi fortuna los yerros,
el consuelo que en vos tuve
(¡qué bien que permite el cielo
desdichas para que un ingrato
se conozcan a sí mesmos!)
fue... pero ¿cómo lo digo?
fue dilatar los conciertos,
fue decir que vuestros padres
no gustaban que tan presto
os casaseis, que era fuerza
tenelles ese respeto.
Que después yo, tras infamias
que repetillas no quiero,
porque los que son en mí
aborrecidos despegos,
en el modo del decirlos
no aparezcan sentimientos,
y arguyáis en mi ternura,
habiendo solo desprecios.
Pero entonces, don Fernando
(aquesto solo os confieso),
que no llegué a sentir tanto
mis desdichas con los riesgos
de mi padre, cuanto hallar
un hombre en quien yo había puesto
el gusto, el amor, la vida,
tan ingrato a mil afectos,
tan fácil a mil fortunas,
que, olvidando juramentos,
Cuidados, promesas, ansias,
solo a la nueva atendiendo,
vos contra olvidos diamante,
ocasiones de grosero;
que es un dolor tan estraño
conocer ingrato a un pecho
obligado siendo noble,
que no hay para él consuelo;
porque las culpas de ingrato
son culpas de entendimiento.
Ya lo sentí, ya lo digo,
pero yo troqué más presto
a la dicha de olvidaros
el dolor de conoceros.
Pues no sabéis, ¡ay, Elvira!,
que en aquese mismo tiempo
yo amante...
Dejad agora
inútiles fingimientos,
que no he venido a escuchallos,
y aun no he dicho a lo que vengo.
Pues primero habéis de oírme.
Mirad que vendrá mi dueño.
Qué importa si hay quien avise.
Pues yo me voy.
Deteneos.
Dejadme.
Para que esto pase,
no os vais, Elvira, ya atiendo.
En fin, como la inocencia
es sol que, por más que el cierzo
en tenieblas le sepulte
o le destemple entre hielos,
sale después más hermoso,
pues justo arbitrio del cielo,
que lo que el tiempo desluce,
aun lo luzca más el tiempo,
ni con mayor lucimiento,
así el honor de mi padre
salió, después de sabido
el desdichado suceso;
que fue: que estando a la vista
el campo francés y el nuestro,
Don Hernando de Gonzaga,
nuestro general, sabiendo
que el francés quería escaparse,
para apurar este intento,
mandó, con orden del César
(con qué lástima lo cuento),
a mi padre, que era entonces
capitán de arcabuceros,
que fuese a reconocer
al campo francés, y vuelto
de reconocerle todo,
con atención y con riesgo,
avisó que el rey Francisco
ponía todo su esfuerzo
en la fuga, y su vanguardia
más trabaja instruyendo.
No le creyó Don Hernando general,
pero mi padre más cuerdo,
tomando por testimonio
el aviso que dio luego,
a la siguiente mañana
nuestros caballos ligeros
yendo a descubrir el campo
solo hallaron, solo vieron
el del Rey, sin enemigos,
pero con sus tiendas puesto,
que para encubrir su fuga
de aqueste ardid se valieron.
Sabido a los imperiales,
les cubrió un súbito hielo,
culpaban al general,
y el César, con sentimiento,
a don Hernando le dijo:
"Por vuestros descuidos pierdo
el ver hoy a mi enemigo
entre mis armas deshecho".
Disculpose con mi padre,
que no había traído a tiempo
el aviso, propia acción
de los hombres de gran puesto;
pues los yerros del que es más
se achacan siempre al que es menos.
Yo a don Hernando Gonzaga
ni le culpo ni le absuelvo,
solo digo que el miedo
se temió un tanto estruendo
de armas, y huyó de nada,
que si huyó, como cuerdo,
que a mi padre le valió
el testimonio, que luego
le procuraron matar
en su mismo alojamiento.
Y aunque otra noche a deshora
con máscaras se envistieron
seis hombres, que a no llevar
puesto un acerado peto,
no tuviera don Hernando
quien publicara el suceso.
Fue fuerza dejar el campo
a mi padre, huyendo
de la muerte, que un soldado
por servicios que haya hecho
en teniendo por contrario
al general, puede luego
hacer cuenta a su fortuna
que para todo se ha muerto.
Fuese a Roma donde estaba
(aquí, mis dichas nacieron)
don Juan, mi esposo,
llevado de aquel deseo
que de aprender la escultura
con primor y con preceptos
tuvo por inclinación,
y no necesitando dello,
que de bienes de fortuna
le hizo poderoso el cielo.
Encontró acaso a mi padre
y, reparando en su aspecto,
(que son de la sangre hilos)
en una casa vivieron,
siendo mi padre y el suyo
amigos desde mancebos,
conocióle y luego al punto
le echó los brazos al cuello,
le llevó a su misma casa,
le dio su mesa, y aun luego
pagando todo su pasaje
juntos a España vinieron.
Apenas los dos llegaron
a Madrid (segundo aprieto),
cuando un alcalde de corte
por mandado del consejo
legítima prendió a mi padre;
fulmináronle el proceso,
achacáronle la fuga
del Rey, que dejó su puesto
sin su orden, que vino a España
sin licencia; a todo esto,
cuidadoso y liberal
acudió mi esposo atento
con su hacienda y sus favores;
que para salir sin riesgo
de una pluma y de una vara,
de un testigo y de un proceso,
aunque esté sin culpa un hombre,
son menester ella y ellos.
En fin, con el testimonio
con que matarle quisieron,
de la instancia del fiscal
le absolvió todo el consejo.
Libre mi padre, no supo
cómo salir del empeño
que mi esposo a beneficio
tan justamente se ha puesto,
viéndole tan liberal,
tan rico, tan noble y cuerdo
(que al arte de la escultura
le ilustran sus privilegios,
y ha vido muchos monarcas
que a este ejercicio se dieron),
pidiéndome por esposa,
ganando mi padre en ello,
el darnos luego las manos
han sido nuestros conciertos.
(¡Oh, bien empleadas desdichas
pues que pararon en esto!)
Y así, señor don Fernando,
pues sois noble y sois discreto,
ya vos habréis alcanzado
con qué estima, con qué afecto
querré a un hombre a quien le debe
mi honor tan grandes remedios,
tantas finezas mi padre,
mi vida tantos consuelos;
y así, señor, yo os llamé
a suplicaros con ruegos,
con lágrimas, con piedades,
con ternuras, con afectos,
me dejéis (aquesto os pido)
vivir en paz con mi dueño:
no penséis que a las lisonjas
de vuestros locos intentos
he de ser más que una roca
que en aquel mar soberbio
los que envía como halagos
vuelven a él como estruendos,
qué importa, que con mi prima
Leonor, vos galanteos
disimuléis, si del vulgo
maliciosamente atento
y culpará los segundos
y murmuró los primeros.
Haced venceros, señor,
no arrastre al entendimiento
la voluntad, ni el arbitrio
infames, y enfrene su imperio,
obedezca el albedrío
alguna vez, viva atento
a lo postre del discurso
y la razón al acuerdo.
Que el amor en lo imposible
no ha de ser dos veces ciego.
Válgame con vos agora
lo que me queréis; y en esto
alcance en vuestros ardores
como adorada, respetos.
Como estimada, lisonjas;
como amante, vencimientos;
como afligida, piedades,
y como mujer, consuelos;
para que el mundo publique
de los dos en este intento,
que si he sabido rogaros,
habéis sabido venceros.
Mudo he quedado. ¡Ay de mí!
Y si me engaño, y no tengo
qué responderos...
Señor...
pues ¿qué decís?
Que no puedo.
¡Ay, Elvira! A dueño agrado
obedecer sus preceptos,
que al imperio de sus ojos,
hermosamente modestos,
no hay razón para no amallos
ni causa de aborrecellos.
¿Esos respondéis? (¡Ay, triste!)
Señor, mirad el aprieto.
¿Y qué será de vuestra vida,
y de Elvira, que me muero?
¿Eso es cordura?
Es amor.
Y mi honor.
Yo no le ofendo.
Y mi vida.
Yo la estimo.
Y mi fama.
No la pierdo.
Y mis ruegos.
No me importan.
¿Vos descortés?
Estoy ciego.
Mirad que os ama mi prima.
Fue engaño, que la aborrezco.
(Sale Leonor.)
Señor don Fernando. Elvira.
¿Qué digo? ¡Válgame el cielo!
Leonor, pero si me ha oído...
Leonor, amiga... aún no puedo
disimular la congoja.
Don Fernando, ¿pues aquesto?
¿Vos con mi prima? ¡Ay de mí!
Señora, aun hablar no acierto,
estaba diciendo a Elvira
que culpaba mil defectos...
Ay, Leonor,
que es muy grande atrevimiento
(el disimular me importa),
querer con vuestros deseos
contrarios en aquesta calle,
don Fernando. Bien lo temo,
arriesgar toda mi fama,
que el vulgo infame y grosero
donde puede hallar más culpa
achacará los festeos,
demás que podrá mi esposo...
Aparte.
Ese culpar no le entiendo,
que si disculpan conmigo,
yo sé más, agradó empeño.
Dentro Dulzura.
Inés, alumbra a mi amo.
¿Qué escucho?
Pues ¿qué es aquesto?
Mi esposo. ¡Ay de mí!
Dentro.
Dentro Velera.
Inés, ¿ya
estás acaso durmiendo?
¿no hay quien abra aquí?
Estoy muerta.
¿Qué haremos, prima, qué haremos?
Mirad lo que a vuestro honor
le está más bien en aqueste tiempo.
Entraos a ese cuarto adentro
mientras que le divertimos.
En el mío no lo apruebo.
Pues detrás de aquestas vigas...
Desvíense, entrad de presto.
Sale Inés.
Señora.
Acabad, entrad.
Escóndese detrás de los maderos que están en el tablado.
Por vuestro honor obedezco.
¡A noche de Navidad,
quién dijera que te temo!
¿Abriré, señora?
Sí,
Inés, como no has abierto,
oyendo llamar, señor...
Abre Inés, y salen Velera y Dulzura.
¿Cómo está cerrado esto?
¡Bien mío, señor, esposo!
Como estaba previniendo
la cama, y con el trasnocho
y ruido en la calle, el estruendo
de cuchilladas, cerré.
Lindamente lo has dispuesto.
Pues, mi bien, ¿no me diréis?
(en vano ¡ay de mí! me esfuerzo),
¿Qué ha dicho su Majestad
de la imagen, de mi asiento?
¿Vióla?
No le ha contentado,
y el diablo entrará de nuevo.
Pues ¿dos no habéis hecho?
Ninguna le ha satisfecho,
y así, agora me tiro,
porque aquesta noche quiero
elegir entre estas vigas
una de cuenta, que creo
que ha de ser, si no me engaño,
un trozo dellas muy bueno.
para fabricar la imagen,
primo señor, dejad eso,
pues noche das buena, (¡ay de mí!)
Solo me faltaba aquesto,
mirad que estáis loca.
No gastaré mucho tiempo.
Dulcira, aparta estas vigas.
Muerta estoy, valedme cielos.
¿Qué escucho?
Dulcira abrazose con una viga y descubre a D. Fernando con la espada desnuda y rebozado.
Apártate pues.
¡Ay, Dulcira, estoy de yelo!
¿No acabas?
Ya voy, señor;
pesada la viga, su peso
tomara, pero ¿qué miro?
Leonor, Inés, ¿qué es aquesto?
Y vos, ¿qué hacéis? (¡Ay de mí!)
¿Hay más desdichado aprieto?
Señor...
¿Cómo ha entrado
este hombre aquí dispuesto?
(¡Sin alma estoy!)
Y sin vida.
No os alteréis, caballero,
que están sin culpa estas damas.
Ni lo dudo, ni lo temo.
Que habrá como quince días
que maté un hombre riñendo,
y por ser previlegiada,
esta noche de un convento
adonde estoy retraído
salí; apenas cuando encuentro
la justicia en esta calle,
reconocerme no dejó;
fue fuerza sacar la espada,
y entre muchos que acudieron,
viendo este zaguán escuro,
me valí de él, advirtiendo,
con la turbación y el susto,
que estaba este cuarto abierto.
Me entré por aquese lado,
me escondí entre esos maderos,
salió al ruido esa criada,
cerró la puerta, y vos luego
llamasteis, no quiso abrir,
aquestas damas salieron;
esta es verdad, y así agora
que me perdonéis os ruego
el susto (y en lo que he fingido).
Forzosa ocasión, yo os creo,
mas encubriros el rostro
pasa agora de recelo;
no porque en aquesta casa
pueda haberle, señor, temor,
sino porque el que se encubre,
cuando descubre su pecho,
o es fingido lo que dice,
o es sospechoso su intento.
Aparte.
Él le conoció (¡ay triste!).
Aparte.
Alevoso mayor riesgo.
¡Vive Dios, que el convite
para una comedia es nuevo!
Él me conoce, y aun juzgo
que sabe ya mis defetos,
y si agora me descubro...
Pues, ¿qué decís?
Caballero,
que habéis venido a esta casa
para alterar su sosiego,
descubríos, que arriesgáis.
Aparte.
Aparte.
Si él se descubre, me pierdo.
Caballero, lo que sois,
del susto apenas aliento,
vos aventuráis muy poco
en descubriros. ¿Qué intento?
Ciega estoy si me entendiese.
¿En qué dudáis? Yo os prometo,
como noble y como honrado,
que exponga a cualquier riesgo
mi vida por ampararos,
y así podréis sin recelo
desembozaros, que aquí
nada importa el conoceros.
Aparte.
Elvira y Leonor me piden
me descubra, y yo no entiendo
la causa, pero en la duda
mucho mejor es no hacerlo,
que así su honor no aventuro,
y será hacer lo que debo.
En fin, ¿no os fiáis de mí?
Señor, ¿qué puede ser esto?
Mucho fiara de vos,
que en vuestro valor advierto,
pero el conocerme agora,
ni hay ocasión, ni hay empeño
para poder ser, y así,
que me deis licencia os ruego,
que aquesta es curiosidad
en que obedecer no puedo.
Ni él se empeña.
Estoy sin vida.
¿Qué decís?
Que estoy resuelto.
Pues, ¡vive Dios, que de iros, no
os quite ese ferreruelo
a estocadas!
¡Ay de mí!
Mirad que aquese no es medio.
No hay otro.
Pues, ¡vive Dios,
que he de mataros primero!
¡A mi bien, señor, esposo!
Señor, ¿qué hacéis? Deteneos.
Mata la luz.
Este ladrón no se escape.
Acuchíllanse.
¡A traidor, la luz has muerto!
Vase.
¡Vive Dios, que ha sido dicha
hallar la puerta tan presto!
Yo me voy, que entre la duda
de esta ira el honor no arriesgo.
Señor, mira cómo tiras.
Sale Becerra a escuras.
¡Ah, padre!
¡Ah, señor!
Señor don Pedro.
Don Pedro, dentro.
Sale con luz y con la espada desnuda.
Padre, el rey sin mí,
Dulzura, pues ¿qué se ha hecho
aquel hombre?
¿Qué sé yo?
Vamos tras él, vamos presto.
Vase.
Yo le sigo, ¿qué será
la causa deste suceso?
Vase.
Esposo, señor y bien mío,
¿dónde vais? Seguiros quiero.
Señor... Elvira, ¿qué haces?
Señora.
¿Qué haremos?
¿Has visto mayor desdicha?
Vase.
Yo me encierro a mi aposento
a buscar a Paboncillo,
que está perdido de miedo,
y más que todo se abrase
como yo encubra mi enredo.
Inés se ha ido, ¡ay de mí!
Dejadme, infames, crueles,
don Fernando, ingrato amante,
cuando a sus locos incendios
¡Elvira contra el respeto
de su honor tan empeñada
en mi agravio y sus deseos!
Yo lo oí, que a don Fernando
le estaba pidiendo celos,
y cuando quiso el dolor
desatar en sentimientos,
o la queja, como alivio,
o el llanto, amor, remedio,
para no tenelle solo,
vino, suspiró, y el mismo
suspiro que a luz dio mi desdicha
cuando lo ha logrado un celo,
No pareció que no sufriendo,
a un crüel se descubría
dejando sumir su centro;
que no sufriera un ingrato
aun lo insensible; aun le riño,
pues yo, como el bruto airado
que en un rayo tiene estruendo,
por más que quiera su saña
llorar en su vista el trueno,
venga con la capa, su injuria
que no ha podido en el dueño.
así en este tronco inútil
pues le estorbó aquel grosero
de tanto afecto ciego
vengando en el mis despechos
ya sé que el loco intento
de aquestas llamas voraces
le han de consumir el fuego
para que no le dé el aire
mas duraron que mil celos
para que en los dos se vea
cuál ha de acabar más presto
tú en incendios materiales
o yo en amantes incendios
Vase y la cédula tira y por otra parte Inés y Pabón
espera un poco Pabón
que no sé quién está aquí
por Cristo que yo perdí
carnes en esta acción
que hubiese ido a perder
por escaparse aquel hombre
de ser valiente de nombre
que en Madrid no hay más que ser
en el mirar importuno
he visto yo a más de uno
ser gallo si era gallina
en pendencia tan trabada
y cuando me vi apretada
mi temor me da la espada
ni tiempo empleado
van con fama y anda
de valiente consumado
para ponerme una banda
que carta de hidalguía
envuelta en un tafetán
picar de hito lo galán
y muestra la valentía
pues yo digo que de alguna
manera han de ver mi saña
y que llegue a ser mi maña
pues se duerme mi fortuna
y así yo me voy agora
a quitala doyna a ver
unas cosas que han de ser
asombro de esta pecadora
la banda es grande diligencia
pondréla un guante de aforro
con la cual bravura ahorro
puedo contar mi pendencia
y así aquesto vyen se medya
soy valiente en el lugar
y mañana me he de entrar
de balde a ver la comedia
Sale Pabón e Inés
Dulzura es esta que ves
entra Pabón de presto
pues señora Inés que es esto
no uys aguarda Inés
abume ques la moyna
aunque acabada la dejo
vengo a templalla al espejo
de tu aliñada coryna
no he de abrille ya le entiendo
que acá dentro subiendo
Agora estoy ocupada
que aun no se ha hecho la ensalada,
y estoy las nueces partiendo,
y le he dicho muchas veces
me deje, con Barrabás.
Ábreme, Inés, y verás
cómo te casco las nueces.
(Dentro.)
No he de abrille, estoy de yelo,
¿cómo saldré de los dos?
Y si no abres, voto a Dios,
que eche la puerta en el suelo
y a la colación y a ti,
ella basura y tú vana,
os eche por la ventana
más de cien aguas de aquí.
Salen Inés y Pabón.
Valentona, a mi cuidado.
Temple vuestra merced la moína.
¡Lacayos, en tu cocina!
¿Pues eso le da cuidado?
Ya callo, le desagrada
esta su ocupación.
¡Que el gome, que el tal Pabón,
la aderece la ensalada!
Aquesto es mucho peor.
Salen Juan de Vezera y don Pedro. Mira a Dulzura.
Señor, entrad, que yo vine
a buscar aquí... ¿qué miro?
Señor...
¿Qué es esto?
Cogiéronme en el garlito.
¡Dulzura!
¿De qué os turbáis?
¡Qué aprieto!
Se halló conmigo
Pabón en las cuchilladas,
cuando todos tres salimos
a buscar el embozado,
y así a acompañarme vino
a casa de este camarada.
¡Ay de mí!, ¿qué he oído?
¿Éste no es criado, cielo,
de don Fernando?, ¿qué ha sido?
¡Válgame Dios!, mal pensamiento
de esta cara cruel, ¿qué has dicho?
Decid, ¿vos no sois criado
de don Fernando?
He sido,
mas ya no estoy en su casa,
sin duda me han conocido,
a mi amo ofensa he hecho,
estos son muchos indicios.
No sé qué he de hacer, don Pedro,
parece que me ha leído
la sospecha en el semblante,
y es en esto tan indigno
cualquier recelo en un hombre.
que acá dentro de mí mismo
parece que me avergüenzo
de que el dolor lo ha sabido.
Señor, bien podéis entrar,
que estos criados...
Y ya
no hay que dudar en su intento,
en vano el dolor resisto.
La sospecha encubro en vano.
Y le da a sus suspiros vado.
Somos los dos muy amigos;
mis manos fueran navajas
de mi cólera y mi brío.
Vase.
En la cocina me calo,
que mis amos divertidos
están; pues salí de aquesta,
de la otra yo me fío.
Mirad que es fiera y leona.
Con qué dolor que lo digo;
que es el de ser elegido
de aquestas vigas un trozo
para el retrato divino
de la Soledad, y agora
ejecutallo es preciso,
porque le di la palabra
a la reina.
Ya yo voy.
Vase.
Vive Dios, que nunca he visto
la cara al miedo entre tantas
ocasiones que he tenido
en Lombardía y en Flandes,
y en batallas y partidos;
y en esta ocasión le tengo
a un doméstico enemigo.
Falsará, no me digáis,
deste criado escondido,
Señor, pues ya no lo he dicho, quedo.
Ya estoy satisfecho
de saldo.
Estoy, lamento.
Aparte.
Que después sabrá mi honor.
¿Qué me dices, señor?
Digo
que apartes esos maderos.
Aparte.
Cuánto, señor, te han dolido.
Y busca en ellos un trozo
de Cuenca, que yo he selegido.
Para fabricar la imagen
ya los miro y los remiro.
y no está aquí.
Mira entre él y apártalos.
No es posible,
que esta mañana le he visto
entre ellos.
Pues no parece.
Dulzura, pues ¿qué se hizo?
Miro, si nos le han echado
a quemar entre esos tizos
de esa ardiente chimenea;
que, de más de hacer gran frío,
es Nochebuena, e Inés
lo tiene aquesto por vicio.
Dices bien, que entre las llamas
(ven hacia mí, gran prodigio)
está sin quemarse el leño.
¡Válgame el cielo, que miro
él, de las llamas en medio,
todo el hogar encendido!
No se quema.
Antes parece
que, coronado de visos,
como a deidad misteriosa,
el fuego le adorna en giros.
Sácale.
Señor, para hacer la imagen,
dime, ¿no habías elegido
este leño?
Sí, Dulzura.
Pues en un sermón he oído
(y no te parezca agora
el decirlo yo, es indigno)
que yendo con su ganado
Moisés, siendo pastorcillo,
vio una zarza que, entre fuego,
sus pimpollos, sus espinos
estaban entre las llamas
más frescos y más floridos;
que significó la zarza
(el predicador lo dijo)
la Virgen, cuya pureza
siempre intacta, cuyo armiño
tanto a Dios le enamoró,
que se vistió por pellico;
luego, si en aquella zarza,
por ser retrato tan vivo
de la Virgen, aquel fuego
será adorno y no peligro,
¿qué mucho que en este leño,
que imagen el cielo ha previsto
de su emperatriz sagrada,
que ha de haber muy parecido
el retrato, que aquestas llamas,
a estos incendios activos,
sirvan aquí de milagro,
y allá sirvieron de aviso?
Estás bien, pero en aquesto
escucha lo que he leído:
cuando labraba aquel templo
Salomón tan excesivo,
una piedra que trujeron
nunca ajustó, nunca vino,
mala pared, mal cimiento,
mala cornisa, mal friso;
y así, los que edificaban,
por inútil de aquel sitio
la arrojaron, mas después
al cerrar el edificio,
para cubrir la navanza,
no hallaron piedra, ni vino.
Ya acordándose de aquesta,
los artífices prolijos,
al chapitel la subieron;
sin golpe ni artificio,
la inútil, la desechada,
causando a todos prodigio,
cerrando toda la obra,
les coronó el edificio;
así ese leño admirable,
que nunca, que nunca ha sido
capaz de que la escultura
mostrara en él sus designios,
pues no se ha hecho de su materia
los dos retratos divinos
de la Soledad, quizá,
por eso no parecidos;
y agora le han arrojado
por inútil a este activo
incendio, permite Dios,
con tan patentes prodigios,
que sea aquesta materia
adonde se informe al vivo
el retrato de su Madre,
para que tenga entendido
el mundo, cuando la adora,
que si en aquel edificio
se le dio toda la gloria,
en este, que aún es más digno,
se atribuya a su grandeza,
ser el artífice mismo.
Dices bien, aunque parece
de cal y canto el puntillo.
Ábreme el taller, Dulce,
que quiero darle principio
a la escultura esta noche.
Vase.
Voy, que llevo un regocijo
del caso, que si en él hablo,
he de echar por esos trigos.
Leño que me causa espanto,
pues, no quemándose, llora;
para formar a la aurora
ya muestras señal de llanto;
y si en tu retrato santo
se ha de admirar la Pasión,
la soledad, la aflicción,
ya tú llevas por despojos
las lágrimas en los ojos
y el fuego en el corazón.
Pero ¿cómo la he de hacer,
que, cuando obrarla imagino,
sus soberanas facciones
no las comprende mi juicio?
Valedme, Virgen, valedme;
que un corazón afligido,
con sospiros y cuidados,
desvelos y de martirios,
¿cómo ha de poder obrar
bien, si lo atento y examino,
y así ignorar la causa
de hallar asombros conmigo,
no, que ignorar no es tan fácil
si es el amor, como digo,
con tramoyas tristes,
tan mentiroso delito.
pues con su virtud el sol
no ha de blasonar de limpio.
Recelos, yo no os entiendo;
desdichas, bien os colijo;
cuidados, dejadme un poco;
aliviad, cielos, alivio;
yo averiguaré mis penas,
mas sin poder resistirlo,
embargando mis potencias,
qué sueño que me ha vencido.
Duérmese en una silla, y sale el diablo con una gubia.
He aquí traigo el formón,
mas, pardiez, que se ha dormido;
yo no despierto a quien duerme,
que si no es razón, es vicio;
mas de lo que esta noche
hemos pasado colijo
que siente mucho el infierno
que se haga aqueste divino
retrato, pues tanto estorbo
en el lance que tuvimos
puso en el echar el leño
en ese fuego vencido,
ya que se empezaba a obrar
a mi amo le ha embestido
con sueño porque no se haga;
anda patillas muy listo
y aún a mí no me perdona,
pues estoy sobre basiliscos,
detenello con capote;
aires, pues, vamos, suspiros,
a desarraigar su leño,
que soy yo muy entendido
para estar un cuarto de hora
con quien quiero, bien rendido.
Cantan, y sale la imagen en un bofetón en retrato. Rompe.
Albricias, hombres, albricias,
que ya el tiempo se ha cumplido
de que en retrato de penas
tengáis dichosos alivios
de aquella gran Soledad
el original altivo
que ha de ser vuestro abogado
en vuestros muchos delitos.
Demos a Dios la gloria, todos rendidos,
venerando el retrato que ha parecido.
Válgame el cielo, ¿qué es esto?
¿que entre sueños y más no sueños
que el mejor retrato veo
de la Soledad que digo?
¿No es ilusión, verdad es?
Ya, gran señora, ya os miro,
ya sé cómo he de copialla,
ya imprimes en mis sentidos
vuestro original sagrado
grandemente enternecido.
Demos a Dios la gloria, todos rendidos.
Ya la he visto, mas ¿qué es esto?
¿Soñaba? No, no es fingido,
que yo muy capaz me siento.
A pesar de mis delirios,
a pesar de las sospechas
de mis cuidados indignos,
pues el cielo me ha alumbrado
en sueño tan peregrino
para acertar el retrato
de la Soledad divino.
Finis.
1167.
Salen don Fernando y Leonor con paso apresurado.
Vete, Fernando, que viene
Elvira, y nos ha sentido.
Se aparta.
¡Ay, dulce desdén querido!
Aguarda, Leonor.
No tiene
más en el pasado horror
que disculparse tu labio;
que ya sé que le hizo agravio
mis ansias más que tu amor.
Y pregúntale a mi pecho,
que él te dirá en esta parte,
si en la gana de escucharte
llevaba el crédito hecho.
Que una voluntad rendida
siempre está más inclinada
a una lisonja escuchada,
que a una sospecha creída.
Dentro Elvira.
Ya veo, Leonor, ya veo
tus locuras.
Vete, adiós.
Se aparta.
Ya nos ha visto a los dos.
Logróse en fin mi deseo.
Cielos, ¿esto no os admira?
Que no teniéndola amor,
satisfaga yo a Leonor,
solo para ver a Elvira?
Vase.
Sale Elvira.
No os vais, señor don Fernando,
¿para qué os quiero agora?
¡Ay de mí!
¿pues Elvira estaba aquí?
Yo le he visto.
¿Dónde? ¿Cuándo?
Deja, Elvira, esos enojos
nacidos de tu pasión,
y no salga el corazón
a desmentir a los ojos.
Que si por tu honor lo callas,
yo digo por mis ofensas,
o que buscas lo que piensas,
o piensas lo que no hallas.
Basta, Leonor, no desdiga
con tan desusado ultraje
lo grosero del lenguaje
el crédito de tu amiga.
Que si hasta agora he callado,
ya hablaré, pues que me llama
con el riesgo de mi fama
la culpa de tu cuidado.
Y advierte, Leonor, que así
en tu constante querer
por ti nunca he de perder
lo que no pierdo por mí.
Aparte.
¿Qué pierdes o qué aventuras?
Enemiga, ya te entiendo.
Pues en lo que estás sintiendo,
ya tanto, Leonor, me apuras,
he de descubrirte agora:
Ya yo sé mis penas graves.
¿Qué presumes tú que sabes?
Lo que mi primo aun no ignora
de ti.
¿Qué dices? ¡Qué has hecho!
Pues que mi esposo ha sabido
de mí.
De mí, nunca ha sido
tan poco cuerdo mi pecho,
que aunque el dolor le provoca
con tan ardiente pasión,
lo que inflama el corazón
lo haya arrojado a la boca.
Pues, Leonor, si tu cordura
nunca ha agraviado mi fe,
y en mi proceder se ve
cuánto mi honor se asegura,
quiero a tu amor advertir
de un engaño.
¿Pues qué quieres?
Leonor mía, no te alteres.
Cielos, ¿qué puede decir?
Ya sabes, prima, ya sabes
que en nuestros primeros años
me quiso bien;
No lo digas,
que ya sé que don Fernando
fue tu amante; pero entonces
su voluntad te agradó
en las distancias de mozos
fue más festejo que halago.
Sea lo que tú quisieres,
que aqueso no importa al caso.
Hase que se va.
Sí importa, Elvira, sí importa,
que estoy, que estoy adorando
a don Fernando, y cualquiera
escrúpulo o embarazo
en sus finezas me asusta
de suerte, que no reparo
en que se olvidase el tiempo,
sino solo en disculparlo.
A Dios, prima.
¿Dónde vas?
Pues no dices...
No te hallo
con disposición agora,
que tienes muy aturbado
el discurso para oírme.
¡Ay de mí! ¿Qué he sospechado?
Pues qué, ¿qué decirme puedes?
Yo nada.
Ap.
¿Dicesme acaso,
que don Fernando (¡ay de mí!)
más que antes enamorado,
es mariposa, que busca
en el fuego de tu agrado
aquella llama primera,
cuyos bien hermosos rayos
si la trujeron sus luces
sus alas no la abrasaron?
Perdone esto el desaliento.
Pues dime ¿fuera milagro,
en la infamia de los hombres,
por ver en ajenos brazos
la prenda que en otro tiempo
o quisieron o estimaron,
solicitarla de nuevo?
No, amiga, que es muy de llano
su proceder: y ya dice
el más ardiente cuidado,
que lo que alcanza un suspiro,
¿por qué ha de costar un paso?
Qué bien dices... Mas en esto
háblame por Dios más claro.
Lo haré, que a mi honor le importa.
Ap.
¡Cielos! ¡Con qué sobresalto
la escucho!
Tu amante pues,
atrevido, loco, ingrato,
me solicita.
¿Qué dices?
¡Sin alma estoy, ah, tirano!
No me digas más, Elvira,
que me das muerte.
Aún no has gustado
todo el veneno, Leonor.
Pues apura, apura el vaso,
para que quede mi pecho
sediento y desesperado
beber (aunque amargue al gusto)
el cristal de un desengaño.
En fin viendo, que yo soy
encina inmóvil, que el Austro
a pesar de sus alientos
siempre constante la ha hallado;
y que soy rosa, que conserva
e igualmente va criando
digo quisiera tomallos.
Pues hay hombre, que por ver solo
el tesón verde postrado
de la encina, y de la rosa
el carmín hermoso y casto
deshecho, ajado, y vencido;
se abrirá, se hará obstinado,
si en la corteza los ojos,
en las espinas las manos.
Yo te prometo, (¡ay de mí!)
si aquesto que me has contado
puede ser; que me parece
(perdona aqueste reparo
de mis celos, que estoy loca,)
sutil medio modo extraño,
de persuadirme que deje
lo que por dicha adorando
estás: no te asustes, prima,
no es novedad;
Dilo paso.
El ver hablar a los celos
con voces de desengaño.
No me admira, yo lo hiciera
si me hallara en el estado
en que estás: yo no te culpo,
será concierto de entrambos
el fin de que a mí me quieras
para ocultar el agravio.
Yo soy tu prima y tu amiga
de nada, Elvira, me espanto;
(estoy sin mí, aparte)
(si es así)
Mucho merece en mi juicio
el querer un hombre tanto;
que para lograr su dicha
ha de rendir agasajos
a otra mujer, y en fineza
para enternecer a un mármol.
Mujer soy, no te avergüences,
dime la verdad, ¿acaso se
de don Fernando
le quieres bien? llegado;
dilo, que yo te prometo,
que haga pedazos
todo el cristal de mis ojos,
primero que a ese villano,
atrevido, loco, necio,
descortés, fingido, ingrato,
le mire.
Basta, Leonor,
cierra los infames labios,
que tu locura o tus celos
tan vilmente han pronunciado
contra mi honor y mi vida.
¿Sabes quién soy? ¿Sabes cuánto
mis partes y mi nobleza
han añadido a mi estado
de obligación, ingrata?
¿No ves que estoy adorando
a mi esposo? y que le estima
mi corazón abrasado,
estoy de coraje;
Elvira,
prima, amiga, yo sé he errado,
perdóname, que son celos;
No hay celos para un agravio.
Satisfecha estoy de ti,
no hables, Elvira, tan alto,
que nos puede oír mi primo,
que está cerca, y acabando
en su taller la escultura
de la imagen: ¡qué bizarro!
y qué propio de quien eres,
es ese desdén! si acaso
duraras en él un siglo,
porque acabara mi llanto. ¡Ay!
Esto has de hacer por tu vida.
Si es olvidar, no lo alcanzo.
Pues procúralo.
No puedo.
¿Pues mi honor?
No te le infamo.
¿Y tu amor?
Es inculpable.
¿Y tu fama?
Yo la guardo.
¿Conmigo?
Con mi entereza.
Trata por mí de dejallo.
¿Cómo puedo hacer por ti
lo que por mi honor no hago?
Pues dirélo.
No es remedio.
A mi padre.
No es mediato.
¿Qué he de hacer?
Dejarme, Elvira.
¿Qué es dejarte? Entre mis brazos
si no procuras, señor...
Sale Juan de Becerra.
¿Qué ha de procurar?
Aparte.
Un mármol
me he quedado.
Estoy mortal.
Elvira, ¿tú demudada
el color?
Aparte.
¿Si nos ha oído?
Aparte.
¿Y Leonor con sobresalto?
¡Válgame Dios, qué de cosas
en un instante he pensado!
¿Qué es esto?
Señor...
Bien mío...
Aparte.
No puedo hablar.
Entre el labio
y la voz toda la pena
se me ha puesto.
Aparte.
Aparte.
Sosegaos,
¿qué puede ser
(¡ay de mí!)
el turbarse las dos tanto?
Yo estaba en ese taller,
en esa escultura obrando
de la Soledad (¡ay cielos!),
vuestras voces me obligaron
a salir: decid, ¿qué ha sido?
¡Con cuántos sustos lo aguardo!
Elvira...
Leonor, mi prima...
Aparte.
¿Qué he de decir?
Yo no hallo
qué responder.
¿Qué es aquesto?
¿No habláis las dos?
Aparte.
¿Qué he dudado?
¡Salga mi honor de este aprieto!
Aparte.
Señor...
Ya la estoy temblando.
Leonor me estaba pidiendo...
Aparte.
¿Yo a ti? ¿Qué dices?
(No en vano
la temo).
¿Pues qué querías?
¿que lo que estabas contando
le callara yo a mi esposo,
siendo el más tierno pedazo
de mi corazón? No, prima.
¿Qué te contaba yo? ¿Cuándo?
Acabad, que me tenéis
pendiente de vuestro labio.
Aparte.
¿Qué dirá aquesta enemiga?
Aparte.
Así mi fama restauro.
Lo que me decía, señor,
era, que ese don Fernando,
nuestro vecino...
Aparte.
¡Ay de mí!
Atento, cortés, ha dado
en festejalla...
¿Qué dices?
Aparte.
Como los dos se han criado
juntos; y así me ha pedido
le contara aqueste caso
a mi padre, y le pidiera
fuese a hablar para mediarlo
a los de ese caballero.
A mi honor he remediado,
y he salido de gran riesgo.
Pues, Leonor, ¿y tu recato?
Aparte.
¿Yo he pedido tal? ¿Qué finges?
¿Viste enredo más extraño?
Ea, prima, bien pudieras
mirar...
Aparte.
Señor, nunca he hablado,
ni he dicho; sin alma estoy.
Leonor, no querrás negallo,
que a mi esposo fuera culpa
Aparte.
no decillos; sepa el caso
porque a mi fe no la culpe.
Aparte.
Yo te perdono este agravio,
Leonor, por el que me quitas;
honor, aquí se acabaron
mis sospechas.
¡Ay, señor!
Aparte.
Honor, ¿en qué me embarazo?
Desdichas, ¿qué duda es esta?
Pues ¿no te estaba culpando,
¡ah, enemiga!
¡Ah, cruel!
¿Tus locuras y los pasos
que ese tu amante engañoso
da en esa calle con tanto
escándalo? ¿Aquesto es
para dicho con templado
estilo?
¡Ay de mí, triste!
Aparte.
No, bien mío: bien alcanzo
que es muy propio de quien eres
aqueste honesto reparo.
Templa de tu hermoso cielo
ya dos destellos enojados,
los colores que la tierra
en tantos claveles varios,
en tantos bellos jazmines,
en tantos cristales mansos
nunca ha podido vencellos,
aunque ha sabido copiallos:
para que puedan las flores
y los cristales cuajados
vivir unas, correr otros,
y yo más que todos vano
vea salir de tus soles
hermosamente templados
para mi vida sus luces,
para mi vida sus rayos.
Recelos, aquesto es cierto.
Aparte.
Lindamente se ha asegurado
sus sospechas.
¿Qué respondes?
Aparte.
Cielos, contra mí indignados,
¿cómo me quitáis las voces
para decir este engaño?
Un hielo soy.
Ven, Elvira,
que yo sabré remediallo.
Primo, mirad;
Yo hablaré
(dejadlo, prima, dejadlo,)
agora a ese caballero.
Aparte.
Eso sí, tengan descanso
mis desdichas.
Aparte.
¡Ah, fortuna!
¿Cómo en alientos contrarios,
si basto para sentillo,
para decillo no basto?
Esto ha hecho el enemigo
común del linaje humano,
por divertirme sin duda,
y quitarme de las manos
esa escultura, que haciendo
estoy por aquel retrato
de la Soledad, que vi
en sueño tan soberano:
pues a pesar del infierno
vamos a acaballe.
Aparte.
Vamos,
Amor, pues que ya tenéis
a mi esposo asegurado.
Aparte.
Desdichas, ya voy rendida.
Recelos, salisteis vanos.
Más valgo yo que mi prima.
¿Quién sufrirá lo que paso?
Yo remediaré a Leonor.
Yo he de amar a don Fernando.
Yo he de ser constante siempre.
Yo me vengaré de entrambos.
Yo he de adorar a mi Elvira.
Yo he de vencer a mi llanto.
Desaires, ya no sois míos.
Tormentos, ya no os aguardo.
Vanse.
Salen don Fernando y Pabón.
Pabón, ya en mí es conveniencia
este accidente mortal,
que está muy bien con el mal
quien vive de su dolencia.
Y a pesar me he de querer
de unos riesgos y de otros.
Aguarda, que hacia nosotros
se viene aquesta mujer.
Parece Inés.
Ella es.
Sale Inés con manto.
¿Que este loco me persiga?
¿Qué es lo que a venir te obliga?
Señor.
¿Qué es aquesto, Inés?
Mi señora me ha mandado
que el Dulzurilla me viese
salir, y que me siguiese.
Allí se quedó plantado.
No sé si me ha conocido.
Dime, Inés, ¿qué es lo que ha pasado?
Por Dios, que dejaste en casa
un buen pedazo de ruido:
porque tras ti salió Elvira;
Pabón, retira de ahí,
que viene Dulzura.
Di.
Y con grandísima ira
ambas a dos encontradas
Elvira y Leonor vinieron
tan recias, que parecieron
dos legiones de cuñadas.
Salió mi señor, y luego.
Elvira, por desmentir
las causas, empezó a fingir
lo que aun atinara un ciego.
Dijo, que Leonor te amaba,
y que esta se lo creía,
que la vecindad lo vía,
y el vulgo lo murmuraba:
y así eligieron por medio
el que mi señor te hablare.
¿Qué dices? ¿Que aquesto pasa?
para mi mal sin remedio.
Y así al instante Leonor,
que a decírtelo viniera,
me mandó, porque pudiera
ya su cordura o su amor
sabida la causa...
¡Ay, cielos!
A mi señor responder.
Amor, ¿quién podrá creer
tan desiguales desvelos?
Cuando Elvira me aborrece
la adoro; y cuando a su prima
finjo quererla, me estima
de suerte, que más parece
que es conveniencia severa
del dolor, que en mí repara,
que yo sé que no me amara,
si acaso yo la quisiera.
Cielos, ¿cómo habéis de darme
razones, para salir
de este empeño, y persuadir
a Becerra, que ha de hablarme
de Leonor en el cuidado?
Negársele no hay razón,
porque arriesgo la opinión
de Elvira, y desengañado
él y Leonor, se retira
la esperanza del deseo:
pues si a Leonor no la veo,
no he de poder ver a Elvira:
pues decir que felicito
a Leonor, por la entereza
de Elvira, aquesa fineza
pasa a plaza de delito.
Y puede ser que mi estrella,
o el rigor que me persigue
(una vez dicho), me obligue,
a que me case con ella.
Cielos airados conmigo,
¿qué he de hacer, que estoy muriendo?
pues si lo callo me ofendo,
y me pierdo si lo digo.
Señor, lo que yo la vi
entre suspiros y enojos,
toda lágrimas los ojos,
todo el color de rubí;
fue: Sabe, Inés, que prefiere
Elvira su amor pasado
a su honor, y he sospechado
que a don Fernando se quiere:
porque aquesta persuasión
que le olvide, no es motivo
de aborrecimiento esquivo
sino de ardiente pasión.
Y no pudiendo con tanto
pesar, el llanto veloz
salió a quitarla la voz,
y los suspiros el llanto.
Inés, si acaso pudiera
tu sagacidad hacerme
tanto favor, de ponerme
donde hablara, donde viera
a Elvira; ¿qué me has contado?
Señor, ¿yo había de hacer tal?
¿Cómo es posible?
En mi mal
haz esto por mi cuidado.
Dónde pudieras hablarla
a solas; mas no me atrevo.
¿Qué dudas, cuando te debo
el estado en que se halla
mi esperanza?
En el taller,
donde trabaja mi amo,
mi señora sin reclamo
se viene al anochecer
a rezar, porque hay allí
en breve lienzo pintado
el más devoto traslado
de la Soledad que vi.
Porque mi señor dudoso
dice que hacer no podía
la escultura, ni sabía;
y en un sueño milagroso
afirma él mismo que vio
un retrato como él,
y así agradecido y fiel
al instante le copió,
por cuya hermosa pintura
y su mucha habilidad
de la grande Soledad
acaba ya la escultura.
Pues, Inés, ya tu señor
(según aquesto que pasa)
me habrá buscado en mi casa
a hablarme en lo de Leonor:
y no hallándome, es preciso
que a la noche ha de volver:
pues lo que puedes hacer
con tan bien pensado aviso
a la noche (si procuras
darme vida) es esconderme
en el taller, para verme
con Elvira, y no aventuras
nada en esto, que advertido
que Elvira y Leonor asisten
¿Qué dices? Agora
tiemblo, que el alma lo piensa:
¿yo había de hacer tal ofensa
donde está aquella Señora
de la Soledad sagrada,
cuya afligida hermosura
causa en todos más ternura,
cuanto está más angustiada?
¿Por aplacar tu desvelo
te había de ocultar el lance
de aquel divino semblante,
que está serenando al cielo?
No, señor, no es tan barato,
lo que me estás proponiendo:
que aun estando allí, está haciendo
milagros aquel retrato.
Lo que me ha pasado a mí
con aquel papel (¡ay, triste!)
que para Elvira me diste,
y a darlo no me atreví;
porque no se malograra,
lo que por ti pude hacer,
fue ponerle en el taller,
porque Elvira le tomara,
cuando viniera a rezar
a la imagen: y allí puesto;
el prodigio que en aquesto
sucedió te he de contar.
El taller cerrado estaba,
el viento entrar no pudiera,
porque la luz por vidriera
aun escasamente entraba:
sobre un bufete el papel,
y por el tiempo severo
acaso estaba un brasero,
que distaba mucho de él.
Señor, no me atreveré,
que si entonces perdonarme
su afligida piedad quiso;
mal logrado aquel aviso,
¿qué hará sino es castigarme?
Porque del adusto seno
de la nube con desmayo
es justo que muera al rayo,
quien no se espantó del trueno.
Inés, mi intento no es
más que a Elvira, tu señora,
el desengañarla.
Agora
Dulzura viene, después
o allá a la noche hablaremos.
Él viene ya.
Soy perdida.
Muy mal está con su vida,
si se acerca.
Aparte.
Esos extremos
deja, Inés, que mi intención
(ocultársele pretendo,)
no es mala.
Ya yo la entiendo:
vámonos.
Esta ocasión
no ha de poder mal lograrse,
pues Leonor es mi cuidado.
Sale Dulzura al paño.
¿Han visto lo que ha tardado
la Inés en reconciliarse?
Yo hago falta a mi señora.
Aunque yo me la tenía
cierta, que no la tenía
por tan grande pecadora.
Vete con Inés, señor,
que aquí al paso quedaré,
y si os sigue, le daré
con algo.
Dile a Leonor,
(en vano el pesar reprimo,)
que de aquello que ha pasado,
no tenga ningún cuidado,
que yo hablaré con su primo,
y aun a Elvira le diré;
Si a eso tu esperanza mira,
para que hables con Elvira,
en el taller te pondré,
que solo verte desea
casado con Leonor bella.
Aparte.
Bien he sabido vencella.
Sin duda logro mi empleo
esta noche.
¿A qué aguardáis?
De retaguardia, Pabón.
Huélgome que un trasquilón
se negocia.
¿Pues no os vais?
Allá a la noche os espero.
Allá estaremos los dos.
A Dios, Paboncillo.
Vase.
A Dios,
que yo aguardaré primero.
Vase.
Amor, ¿qué es esto que digo?
Mi mal de mi fe se ignora;
pues desprecio a quien me adora,
y a quien me aborrece obligo.
Ya se van, quiero seguilla.
¿Adónde va, caballero?
Solo agora considero,
si es o no es Inesilla:
mas que es ella bien se vee,
pues de mi casa ha salido,
demás que la he conocido
en un juanete del pie.
No hay paso, señor Dulzura.
Pues haréle yo, Pabón.
Esto es malo en conclusión:
¡ay!, vuélvase.
Ase.
Pues ¿qué procura?
Ya empieza a gastar.
Oye, que no puedo hablar
con los hombros y la lengua.
Saque la espada: ¿este es brío,
o son cobardes estremos?
que quiero que aquí acabemos
aquel nuestro desafío.
Soy contento, pero en fin
mírese en ello muy bien,
que a los pabones también
les llega su San Martín.
Ea, a reñir como atunes,
¿qué está entre sí murmurando?
¿Sabe qué estaba pensando?
que no riño yo los lunes.
¿Por qué?
No es nada el porqué,
ese día para mí
es aciago.
¿Aciago?
Sí,
que en lunes me enamoré,
dándome a Venus y a Baco:
y aun esto es más, si se advierte,
que en lunes (¡agüero fuerte!)
empecé a tomar tabaco.
En lunes todo me manca,
pues si m'apuesto ordenas,
tropiezo en una morena,
y no caigo en una blanca.
Todos los azares juntos
en lunes se me recogen,
los dineros se me encogen,
y se me sueltan los puntos.
Pero a la ligada, Pabón,
saque, que quiero al cuitado
darle en la cabeza dado
no más de un melocotón.
Tenga, que en esta baraja
yo con ventaja no riño.
¿Ventaja a mí? ¡Buen aliño!
¿Pues ser lunes no es ventaja?
No, cuando tengo yo partes
para hacerle la mamona
al sol.
Esa valentona
échela al lunes o al martes.
El Dulzurilla está ciego:
una por una ha menguado,
ni ha reñido, ni holgazado,
y ya las de Villadiego
tomó Inés.
¿Qué me responde?
Que haré lo que me aconseja.
Pues a remojar la queja.
Vamos, que yo sé adónde.
Vamos, que ya son perdidas
en nosotras las defensas.
Vamos a un par de despensas,
a tirarnos zambullidas.
Vanse.
Sale Juan de Becerra.
Señor, ¿a qué hemos venido?
¿A qué, cuando estaba aguardando
en su casa a don Hernando,
a la mía me has traído?
Violencia secreta ha sido,
que no alcanza la razón.
Tanto, señor, me he empeñado,
en que hable a este caballero;
que ver a Elvira no quiero,
sin primero con él he hablado:
y así, en el taller me he entrado,
para que nadie me sienta,
por disimular mi afrenta.
Aquí ha de descubrir la imagen de la Soledad en el tablado, y en talle de escultura que es una imagen cubierta con un tafetán por decencia.
Pero si Elvira es tan bella,
y lo que es más mi mujer;
por qué, por qué han de temer
mis desdichas a mi estrella?
Si con su justa querella
y Leonor con sus antojos
me quitaron los enojos;
por qué (recelos constantes)
les dais el crédito antes
a mi duda que a mis ojos?
Mas cuando acabando estoy
Señora, vuestro retrato;
con vos y con el ingrato
a otros cuidados me doy?
Para que se acabe hoy
me traéis aquí, bien digo,
y así, Señora, conmigo
basta a mi fe inadvertida
por aviso la venida,
y la duda por castigo.
Solo falta a este traslado,
para acabar su escultura,
quitalle una torcedura,
que en el cuello le ha quedado,
de haber su materia estado
entre el fuego, y no ha podido
el formón, ni ya ha valido
mi industria para quitalla:
Mas si en aquesto se halla
algún misterio escondido?
Sí, que por prenda de amor
(como Dios nos quiere tanto,)
al dar su Espíritu Santo,
le dio entre visible ardor:
La Virgen es en rigor
Hija suya, no lo niego,
luego no discurro ciego;
si digo que esa escultura
es prenda de su ternura,
pues nos la ha dado entre fuego.
Pues si es prenda celestial
de amor de Dios tan sagrada;
de prenda entre fuego dada
quédese aquella señal:
conozca el hombre en su mal
aún por ella desde agora,
que es su amparo esta Señora,
pues su hermosa Soledad
tiene llanto de piedad,
y mano de intercesora.
Mas ya en brazos de la noche
todas las sombras descienden,
y en las campañas del aire
partido el campo igualmente
los horrores a las luces
o las retiran o vencen,
ya ha anochecido, y así
quiero acabar este breve
cuidado de esta escultura:
sin luz no es posible hacerse,
inconveniente es pedirla,
pues del hallarme aquí pueden
si adivinar mis cuidados
mis sospechas conocerse,
pues he entrado (¡qué locura!)
por puerta, que pocas veces
sin necesidad se abre:
mas así es bien lo remedie.
Yo me desciño la espada,
y puesta aquí; fácilmente
tomando aqueste formón,
cuando Inés la luz trujere,
hallándome obrando aquí,
no es posible que penetre
la causa de mi venida:
aquesto es preciso hacerse,
porque es acción peligrosa,
(demás de ser indecente,)
teniendo un hombre cuidados,
dar a entender que los tiene.
Desde esta puerta una luz
quiero pedir: mas parece
que siento pasos.
Salen Inés, y don Fernando hasta la puerta.
Señor,
Aparte.
No hagas ruido.
Pues, ¿qué temes?
¡Más que bien que la he engañado!
Aparte.
Cielos, ¿quién aquí se atreve
a entrar con pasos tan mudos?
Dos bultos son, ¡si pudiese
conocerlos!
Señor, mira,
que si mi amo viniese...
Tu señor queda en mi casa.
Aparte.
¡Honor, don Fernando es este!
No temas, que mi criado
le ha dicho ya que me espere,
y así aguardando quedaba.
Aparte.
¡Adiós, don Fernando! ¡Ah, aleve
criada! ¡No os han salido
vuestros engaños crueles,
porque para mis desdichas
mi corazón nunca miente.
Ya quedas en el taller:
por aquella puerta viene
mi señora, y así es justo,
que agora, que agora medie
tu cordura estos pesares.
Tú verás, cómo sucede
bien, satisfaciendo a Elvira.
Aparte.
Luego, ¿Elvira celos tiene?
¡Válgame Dios! ¿Esto escucho?
Poco mis penas me duelen,
pues vivo, sin alma estoy.
A la puerta.
Adiós, señor, bien sucede.
¿A dónde vas, Inés? ¿Dónde?
Estas nuevas tan alegres
voy a darlas a Leonor.
pues bien Leonor las merece.
Vase.
Espera, aguarda, no vayas,
Inés, que tú no me entiendes,
si piensas que mis cuidados
a templar a Elvira vienen
con decirla que yo estimo
a Leonor: en diferentes
afectos con una acción
me das vida y me das muerte,
pues me traes aquí a ganarme,
y partes de aquí a perderme.
De lo que oí a esa criada,
¡ah, enemiga! me parece
que aguardan aquí a mi esposa.
Penas, templadme de suerte;
que pase aquestas desdichas
hasta que venga, y confiese
ser cómplice en el delito,
para que en ambos se vengue.
Yo he de apurar de esta vez,
si de Elvira los desdenes
se originan de vengarse
antes que de aborrecerme.
Que aquel primero cariño
que dos amantes se tienen,
se arraiga tanto en el alma;
que tarde o nunca se pierde:
pues alentad, esperanzas,
que aquesta verdad os mueve.
Ay Elvira, ay dueño mío,
¿tú fácil? Mienten mil veces
mis oídos que lo escuchan,
y mis voces que lo sienten.
Sin armas estoy, (¡ay triste!)
que agora me desciñese
la espada! No estoy en mí:
¿vióse error tan imprudente?
no está aquí donde la puse,
mas no es mucho que la yerre,
si de turbación y susto
no hay cosa en quien no tropiece.
Hacia esta puerta; ¡ay de mí!
Sale Elvira.
O ya mis sospechas mienten;
Esta es Elvira, desdichas.
Parece que Elvira viene.
O mis ojos se engañaron,
o a mi atención le parece,
que ha gran rato que a mi esposo
por entre esos cuadros breves
le vi entrar con gran cuidado,
de que ninguno le viese,
y juzgando que vendría
a llorar aquí, como suele;
a que pidiera una luz
he aguardado para verle.
Y siendo ya tan de noche
no la ha pedido: impaciente
Vengo como enamorada.
No sé (¡ay de mí!) qué resulte
(cielos) de aquesta venida,
y aun yo turbada mil veces
no truje luz: Mas, señor,
¿vos aquí?
Cielos, parece
Elvira.
Cielos piadosos,
¿vos me tratáis de esta suerte?
El corazón en el pecho
ni me cabe ni se mueve.
Ella es, ¿qué es lo que dudo?
Pues qué, pues ¿qué os enmudece?
¡Ah, ingrata Elvira!
Bien mío,
aquí tienes (como siempre)
un corazón, que a tus ojos
como a su centro se viene.
¿Vos, señor, aquí tan solo?
¿qué es esto? ¿quién os merece
esta fineza?
No alcanzo,
cómo me hable de esta suerte
Elvira, si me conoce.
Lleguen vuestros brazos, lleguen;
Ya no es sufrible esta injuria,
mi espada es aquesta: aleves,
vuestra culpa os ha traído,
a que mi honor os dé muerte.
Señor, esposo, bien mío,
¿los dos contra mí?
¡Ay, más fuerte
desdicha! ¡Válgame el cielo!
No os han de valer, crueles,
las sombras para escaparos.
¿Qué es esto? ¿qué me sucede?
Aunque esta puerta he encontrado,
es posible que no encuentre
a Elvira para libralla.
Esta (¡ay de mí!) me parece
de la imagen la escultura,
aquí podré defenderme:
mortal estoy.
Ea, infame,
que en vano te me defiendes.
Virgen de la Soledad,
pues veis que estoy inocente
en esta ocasión;
¡Ah, ingrata!
Vuela con el tablero.
Valedme agora, valedme.
¡Ay de mí!
¿Huyes, cobarde?
Vase.
Cielos, ¿qué impulso es aqueste?
No te ha de valer la fuga,
para que yo no me vengue.
Solo estoy desahuciado, pues que así me despido, porque en la muerte me veo; ya se acaba el amor mío a oposición del rigor, o acuda a la sepultura la que labró en el taller.
¡Oh, remedio soberano,
esfuerzo de mi quebranto!
Pido, Señora, favor,
porque al mismo Dios paristeis,
Virgen, y le sustentasteis,
a vuestros pechos criasteis,
y vuestra leche le disteis.
Don Juan desvanecido, porque yo fui rudo, como al maltrato rindo, socorro en mi mal pido.
Hacen ruido de espadas y sale don Pedro con una luz.
¿Qué estruendo, qué ocasión, qué desconcierto
el corazón, ¡ay cielos!, traigo muerto?
¿Es este que he escuchado?
Aquí no hay nadie. Aposento está cerrado.
De espadas es el ruido y no sé adónde.
¡A doña Clara, a Inés naide responde!
Sale Juan de Becerra con la espada desnuda.
De aquel no me conoces,
ni te valen tu fuga ni tus voces.
¿Qué es esto?
Yo te sigo.
Hijo, señor, amigo,
¿qué sería vos, la espada
contra mí tan airada?
¿Contra vos? Contra el mundo, mas, ¿qué veo?
¡Padre señor! ¿Vos sois? Aún no lo creo.
¿Cómo venís así?
Señor, dejadme.
¿Adónde vais? ¿Qué es esto?
Perdonadme,
que estoy sin voz, sin alma y sin sentido.
Esperad, ¿qué decís?, ¿qué ha sucedido
que así vais?
Estoy ciego,
que encontrase aquí luego
a don Pedro, qué airada está mi dicha.
¿Qué ocasión, qué desdicha...?
No sé qué hacer, por Dios, ni qué diga.
A veniros obliga
tan descompuesto, ciego y demudado.
Vive Dios, que el traidor se me ha escapado.
¿Qué traidor? ¡Ay de mí! Ya lo colijo.
¡Ay Elvira! ¡Ay honor! Decidme, hijo.
Muerto estoy, ¿qué son estas confusiones?
No miréis, no atendáis a mis razones,
que estoy loco, sin vida y sin aliento.
¡Ay, lance más violento!
Hallar la causa está dificultoso.
Habla peligroso,
que me ofende, aun mi labio,
y a estas canas agravio,
pues es la causa, no sé qué me elija,
mi esposa ingrata y su alevosa hija.
¿Qué os suspende? Decid lo que ha pasado.
Yo, señor...
¡Ay de mí!, vos tan callado.
Y el dolor y la pena y los enojos,
hablando por la lengua de los ojos,
no os receléis, que a todo me prevengo.
Sabed, sabed que tengo,
que conservo para aquestos daños,
en la ceniza ardiente de mis años,
aquel calor y aquel ardor, se halla,
con que vertí mi sangre por honralla;
y si agora sentís que esté turbada,
o en algún accidente destemplada,
no lo calléis, que yo seré el primero
que con aqueste acero,
que el tiempo a deslucir no se atreva
por ver si mi valor su temple prueba,
sin piedad, sin dolor y sin querella,
sabréis mismo, vive Dios, vertella.
Aparte.
¡Oh, cómo este valor me ha dado aliento!
Pues lo sospecha, ya yo se lo cuento.
¿Qué teméis? Acabad, que estoy confuso.
Aparte.
Harto lo temo y esto lo recuso.
Aparte.
Harto le animo en tan cruel extremo,
y el suceso se ajusta a lo que temo.
Pues, señor, ya que en vos atento prevengo
Acabad, por Dios, que estoy muriendo.
Pues atended, señor.
Yo os atiendo.
En la noche fría,
sepulcro de la luz, tumba del día,
que bien sepulcro y tumba la he llamado,
pues naciendo en sus sombras mi cuidado,
murió la luz de mi opinión primera,
con la de aquesta lumbrera;
siendo, a un tiempo, la noche como llama,
tumba del sol, sepulcro de mi fama:
estando en el taller (¡quién lo imagina!),
acabando esa imagen peregrina,
y al pedir una luz con voz incierta,
veo dos bultos a la misma puerta,
que entra callada, igual, con paso escaso,
un recelo pisando en cada paso,
quedo confuso al vellos,
y por saber su intento y conocellos...
Me retiré a escuchar lo que intentaban
y de lo que ambos sin temor hablaban;
(agora de decirlo estoy temblando)
conocí a don Fernando.
¡Qué! La infame de Inés, ¡qué alevosía!
A verse con mi esposa le traía.
Dejóle en el taller la vil tercera,
y por cumplir severa
su intención, le mostraba
una puerta que al lado abierta estaba,
diciéndole aun entonces más traidora
que por allí vendría su señora.
De esta suerte entre ambos se dispuso,
de cual ave ve el esplendor confuso,
el que por más suave y por más diestro
del coro de las aves es maestro,
el ruiseñor alado,
que lloró siempre y siempre enamorado,
que en la voz suave y temerosa
aguardando a su esposa,
le quitó el canto y le usurpó la vida
el pájaro extranjero; la venida
con el susto que el dolor le inflama
a su esposa la llama,
y ya como celoso
la busca temeroso,
y sobre el nido donde inmóvil pende,
con ternuras la ofende,
con quejas la disculpa,
sin su habilidad la culpa;
y aunque el dolor y aunque la queja es mucha,
ni responde su esposa, ni le escucha,
mas aunque muerta ha sido,
hállala en la primera luz del día,
con la cual, así de duro en tal combate,
dobla las quejas y las alas bate,
y en cada horror (sabe Dios) le parece
que la luz se le ofrece
demasiada; aura liviana,
se le antoja que viene la mañana.
De esta suerte yo, no de otro modo,
a aguardar me acomodo,
y viendo (¡ay de decirlo muero!)
al pájaro extranjero,
a don Fernando, que a mi casa o nido
vino a quitarme el alma y el sentido,
y así llamaba a Elvira
con terneza, con ira;
pues tal vez como amante
la acusaba inconstante,
y luego como honrado
culpaba mi cuidado,
y porque en mi ofensa
la buscaba defensa,
pasando aquesta pena, aquesta calma,
acá dentro del alma;
pues como en ella está como en su esfera,
pensé que Elvira en ella respondiera,
mas no fue de provecho,
que solo en quejas me responde el pecho,
pareciendo en cada aire que pasaba
que mi esposa llegaba;
y así mi corazón en tal porfía
las alas como el pájaro batía.
En fin salió, señor, toda turbada,
por la puerta que dijo la criada,
quien aquesto no admira,
vide desdichada Elvira,
y recogiendo todos los enojos
por dejar al examen de mis ojos
su culpa o su inocencia,
escuchó mi dolor, vio mi impaciencia;
no sé cómo mi furor esto prosiga,
ni sé cómo os lo diga,
solo os digo, señor, que a lo que vieron
los ojos se cubrieron,
los cabellos helados se erizaron,
los miembros de oprimidos se estiraron,
y también de ofendidos
no usaron de potencias los sentidos;
y con tan grave injuria,
con lo primero que encontró mi furia,
fue con mi esposa, y con aquesta espada
dejé mi ofensa en púrpura bañada.
Para darle también este castigo
embestí a mi enemigo;
mas no sé con qué pasos, con qué estruendo,
me pareció que huyendo
a esta cuadra salía,
y así tras él venía
con el furor que agora no resisto,
de la suerte que has visto.
Pero según aquesto está cerrado,
es imposible habérseme escapado,
y así tengo por cierto
que también con Elvira quedó muerto.
Este, padre y señor, es el suceso,
y si en aquel exceso
satisfizo mi honor a su decoro,
satisfaga mi amor a lo que lloro.
Aquí tienes, señor, a quien te advierte
quien ha dado la muerte
con penas inhumanas
al hermoso renuevo de tus canas,
y porque más te aflija
a la luz de mis ojos y a tu hija.
Ea, señor, ¿qué aguardas,
pues en matarme y en vengalla tardas?
Si acaso mi razón en ti procura
disculpar mi locura,
la terneza de padre que te inflama
a la venganza llama.
Escúchala, señor, en esta parte,
y por más irritarte,
entra en ese taller, verás postrada
de aquel cogollo hermoso la encarnada
rosa de Elvira que, en deshechas hojas,
estando yertas, estarán más rojas,
cuya sangre, por tuya y por presente,
moverá a tu pasión tan fácilmente,
(con coraje severo),
que busque tu acero
aquel aliento en mis cobardes venas
que, a pesar de mis penas,
quitó, siendo homicida,
al mundo aquella vida.
aquel retrato al cielo
aquella flor al suelo
a ti el alivio, y a mí el consuelo todo
bien matas, mi señor, de aqueste modo.
Con todos cumples, pues al cielo obligas
si en delito castigas
al mundo satisfaces muy barato
pues quitas de él un hombre tan ingrato
y de padre, en la parte que te alcanza,
corresponde a tu afecto tu venganza
y en mí con mayor dicha
enmienda de mi muerte mi desdicha.
¡Válgame el cielo!, ¿qué escucho?
¿Vos a Elvira?, ¿vos celoso?
¿Ella muerta?, ¿yo sin vida?
¿Vos sin honor?, ¿estoy loco?
¿Qué habéis hecho?, ¿qué habéis dicho?
¿No lo habéis oído?
¿Cómo
queréis que tenga sentidos
para mal tan riguroso?
Pues entrad en el taller
veréis en diluvios rojos...
Vase.
No lo digas, que ya entro
para ver en mis oprobios
si el veneno de mi vida
bebe en su sangre mis ojos.
Sale Don Pedro.
¡Válgame Dios!, ¿qué es aquesto?
¡Qué de penas!, ¡qué de enojos,
cielos, guardáis para un triste!
Pues no me basta ya solo
de mi Elvira la desdicha,
que con ternuras la nombro,
que con el alma la siento,
y con la vida la lloro;
si no es querer que la cuente
a un padre con el apoyo
de parecer que le invito
no a efeto sino que le hago
para quitarme la vida,
y onde menester a otro
desdichas tengo que bastan;
pues salgan, salgan enojos.
Velázquez, escuchadme.
Señor.
¿Habéis visto ya?
Estáis loco.
¿Vos en el taller dejasteis
muerta a Elvira? Son antojos
vuestros, o es otra la causa.
¿Qué es lo que decís?
Que todo
lo he visto, lo he examinado
y el taller está tan solo
que no hay más que la escalera
de la imagen, sin asomo
de haber en él sucedido
lo que contáis.
¿Cómo, cómo?
¿Es posible? Yo, yo mismo
con acentos lastimosos
escuché mortal a Elvira.
Sí, que veis mis enojos...
Dar este breve consuelo,
sabed, sabed que es ocioso.
Lo que aviso os han dado
hay caso, caso de más ahogo,
que sucedió la desdicha
en el taller, es forzoso;
pues salí con estas llaves
movido del alboroto,
que no queda en él Elvira,
también lo han visto mis ojos.
Que ella es fácil no lo creo,
que el lance fue sospechoso;
es posible que ella ha huido,
es lo más cierto de todo.
Qué he de hacer, que estoy sin vida,
cómo me hallo en su enojo,
le templaré, dónde a Elvira
he de buscar, cielos, cómo;
en lo mismo que me alivio
en eso mismo zozobro;
pues en dejalle me arriesgo
y en estar con él me estorbo.
Dejadme, señor, dejadme,
que me afrento, que me corro
de que penséis que en mí vale
más que un sentido, un antojo;
todo está de socorro,
cielos, qué es esto que ignoro.
Líneas tachadas al inicio de la página derecha: en el taller dicen que está / indicio, y dolo que miente / pues no me engaño, yo estaba / hágase esto, responderé por mí / Ol. de ser muy bien se quemó.
Hijo, amigo, vuestra Elvira...
no me acordaba, estoy loco,
la dejé yo en el estrado
dormida.
Cielos, ¿qué oigo?
¿Vos en el estrado a Elvira?
Este es alivio engañoso,
vamos a verla.
Esperad,
qué he de hacer, cielos piadosos,
quién me ha traído a los lazos
aquello mismo que ignoro.
Pues, ¿por qué dais...
Ya yo entro,
desdichas, cómo me arrojo
a decir lo que no es cierto.
Fortuna que bien conozco,
que esto solo es divertirme.
Con engañarle, ¿qué logro?
No sé cómo lo remedie
cuando hay tanto riesgo en todo.
Ea, señor, vamos, vamos
a que acrediten los ojos,
viendo en el estrado a Elvira,
tantos alivios dudosos.
Vase.
Aguardad, que lo que he dicho
más que verdad es socorro
de mi pena,
que tal vez en los escollos
donde peligra el navío
se busca abrigo al piloto.
Vanse.
Tornan a salir Vicente con luz y Don Pedro, y descúbrese un estrado y en él Elvira durmiendo.
¿No venís, señor?
Ya entro,
a que de aprietos me expongo.
Dadme esta luz.
Quedad acá.
Entre sueños Elvira.
¡Señor, mi bien, dulce esposo!
Elvira es esta, ¿qué miro?
¡Válgame el cielo!, ¿qué es esto?
¿Qué es esto? ¿Cómo es posible
lo que paso, lo que noto?
¡Válgame Dios!, aquí Elvira,
y no sabiéndolo cómo,
lo dije; mas esto es
impulso del cielo todo.
Un hielo he quedado.
Y yo.
¿Veis aquesto? Engaño notorio,
antídoto ilustre, nos muestras
¡oh verdades!
Ya conozco
que yo, que Elvira, que el caso,
que el valor, que no lo ignoro,
que digo que estoy sin vida.
Despierta Elvira.
¿Vos, señor, tan riguroso
contra mí? Mas ¿qué es aquesto?
¿Yo aquí en el estrado? ¿Cómo?
Tomad aprisa esta espada.
En esta puerta me escondo.
Señor, esposo, bien mío,
¿vos tan descompuesto el rostro?
¿Vos con el airado acero?
Pues ¿qué ocasión, pues qué enojo?
Elvira, mi bien, señora,
¿hay lance más riguroso?
¿Yo descompuesto? ¿Qué dices?
¿Yo espada? ¿Adónde?
Qué sé yo.
Señor, habla más, más claro,
pues estamos los dos solos,
vos con penas, yo con vida,
yo aliento y vos cuidadoso,
yo os miro y vos con sospechas,
yo lo causo y yo os adoro,
y aún con esto no despido
toda la vida en sollozos.
Sea, señor, como agora,
esté vuestro acero ocioso,
sacad, sacad esta sangre
en repetidos arroyos,
¿Qué es esto, Elvira?
¿Yo sospechas, yo celos?
¿Qué dices? ¡Qué dura vida!
Que a mi honor, que a mis asombros
no rindieras! Mas, ¿qué digo
tú pesares, cuando postro
a tu beldad mi albedrío
y a tu virtud mi decoro?
No, Elvira.
Pues yo, señor,
soñaba, que bien lo lloro,
que entrando en vuestro taller,
con el afecto amoroso
de veros, vos con la espada,
en vez de hallaros gustoso,
os vi que contra mi vida
la esgrimíais, y en mi ahogo,
buscando dónde ampararme,
topé con el prodigioso
retrato que estáis haciendo,
y pidiéndola socorro,
me abracé de su escultura;
por ella mi vida cobro,
por mi aprecio en su bulto.
Ilusión fue, pues me topo
despierta en aqueste estado,
sin riesgo, no le ocasiono
conmigo, que es lo que temo
con vos.
Elvira, fue antojo,
y con la espada, ¿a qué efeto?
Pues vos estabades solo.
¿Qué es esto? ¡Cielos divinos!
Ya tu inocencia conozco.
¡Ay, Elvira! ¡Ay, dueño mío!
¿Por qué, por qué no me arrojo
a tus pies, viendo yo mismo
efeto tan milagroso?
¡Mal hayan las injustas
leyes que tiene el decoro!
¡Válgame Dios! Según esto,
el lance ha sido forzoso;
inocente está mi hija,
apenas resisto el gozo.
Mi esposo hablando entre sí,
Virgen, pues sois ya mi apoyo,
no peligré yo en sus dudas,
pues no peligré a sus ojos.
Virgen de la Soledad,
¿quién, si no vuestro socorro,
a pesar de una atrevida
y don Fernando alevoso,
librara a aquesta inocente
de indicios tan sospechosos?
Ya no puedo reprimirme.
¡Hijo, amigo, soy dichoso!
¿Veis si fue verdad el caso?
También, ¿no veis en su abono
el prodigio
que ya le estimo
que el cielo nunca es piadoso
con los delitos
qué es esto
de nuevas dudas me informo
mi padre y mi esposo hablando
sin oíllos ya concibo
que sabiendo los intentos
con sobresalto le nombro
de este don Fernando aleve
yo he de remediallo todo
sin duda trazan mi muerte
y a vos no os importa el modo
vamos hija por qué espera
mi sobrina
cuánto noto
que este sobresalto a mi vida
hijo yo a mi cargo tomo
saber de Inés
no hagáis tal
que es arriesgallo
un escollo
es cada paso a mis penas
señor matalle es forzoso
os quedáis
ya vamos hija
ya a mis desdichas me postro
mirad que entiendo que aquestos
son repetidos estorbos
el prodigio
que le estimo
que el cielo nunca es piadoso
con los delitos
qué es esto
yo he de remediallo todo
sin duda trazan mi muerte
a vos no os importa el modo
vamos hija por qué espera
mi sobrina
cuánto noto
es sobresalto a mi vida
Vase.
cuánto agravian sus gozos
Virgen de la Soledad
retrato santo y piadoso
a vos os debo la vida
a vos os debo el reposo
señor dad alivio a mis penas
yo y a pesar del demonio
y así a pesar de mis penas
acabará el primer gusto
retrato esta noche
y él
será siempre mi socorro
Vase.
que el dilatar un castigo
no es olvido es un spacio
Salen Inés y Pabón.
tú no has de poder hablar
a Lesmes
pues es preciso
mira Pabón que te aviso
no nos vuelvas a enredar
que no entre este aburrido
Si en un palo se pusieran,
dejase de esa quimera,
y ve a decir a Lesmes...
¿A Lesmes?, ¿a qué?, ¿o es bueno,
porque a cada lance cierto
no ha de haber su milagrito
que nos saque del empeño?
¡Milagrito, vive Dios!
Que si a don Fernando oyeras
el suceso que dije yo,
que era milagro dijeras.
Pues viéndole en el taller
cuando él más peligraba,
que su valor le buscaba,
por podello socorrer,
tal impulso le embistió,
que sin poder contrastalle,
sacándole hasta la calle,
nunca cómo fue alcanzó;
solo le hallé entre dos luces,
diciendo con humildad:
¡Virgen de la Soledad!,
haciéndose dos mil cruces.
Sale Dulce por acaso.
Por acaso, señor Pabón.
Pues ¿de qué se maravilla?
¿Qué es?, ¿hay otra ensaladilla
que le pique la afición?
Oye, no seas malicioso,
que Pabón sale de ver
agora de este taller
el retrato milagroso
de la Soledad.
¿Qué es eso?
¿La imagen no está en palacio?
Del cura; vamos despacio.
¡Qué pasmo, que me ha cogido!
¿Mi amo no la acabó
ayer, que a su ermita agora
no la visita mi señora,
y a la Reina la llevó?
Pues ¿cómo es posible?
Espera,
que a aquel retrajo...
¡Ah, infiel!,
ya te disculpas con él.
No serás tú la primera
que con vil hipocresía
diga por su liviandad
que va a ver la Soledad,
yendo a rascar un paño.
Mi señora.
Viene Elvira, y...
pues tome, quier afufar.
¡Ca, vaya, si es pulgas!
Señora, y no de mentira.
Salen Leonor y Elvira.
Prima, aquí tienes a Inés.
Señora, pues ¿qué me mandas?
Agora sabré mis penas.
Yo he de acabar con mis ansias.
Fiel cura ha de ser, no temas.
Obedezco.
Mas aguarda:
¿vendrá mi esposo tan presto?
No, señora, que quedaba
aguardando al cardenal
Quiroga, para que vaya
a bendecir a la Virgen
de la Soledad.
Mañana
la colocan.
Sí, señora,
ya está la iglesia colgada
de la Victoria, y los frailes
contentos como unas pascuas.
Tal gozo les da la reina.
Sí, que es gozo soberano.
Bien puedes irte.
Vase.
Pues voyme,
que traigo unas aldabadas
de almorzar mi apetito
con acelgas y espinacas.
Dime, Inés, ¿aquella noche
que hubo aquel ruido de espadas,
tú dejaste en el taller
a don Fernando?
Yo...
Acaba,
dile lo que me dijiste.
Yo, señora, estoy sin habla.
Dilo, que te lo prometo.
Sin que me prometas nada,
don Fernando llegó a mí
diciendo que le importaba
hablarte, porque tú eras
quien ciegamente estorbabas
el casarse con Leonor.
Yo, movida de sus ansias,
a aquella noche le puse
donde le oíste engañada.
Sí, ciega, el falso, infame.
¡Válgame Dios! ¡Ah, tirana!
Señora...
¿Ves, Elvira, cómo tratas
solo de matarme a celos,
y eres tú sola culpada?
¡Ay, espanto de mi vida!
¡Ay de mí!
¿Qué es esto, Elvira?
Aparte.
Prima, a mi gran desleal amor,
ya aquí no hay más que un medio.
¡Ay, cruel! ¿Qué es lo que trazas?
Tú estás celosa de mí,
mas, quieres bien, no me espanta;
mi esposo ciega con penas,
y es mucho que fice a pedazos
la ocasión de mis celos.
Quedarás desengañada
si de don Fernando apartas
que te aborrece.
¿Quedarás
desengañada y contenta?
Mas, ¿cómo ha de ser?
Aguarda.
Yo le he escrito un papel,
adonde le di aviso que vaya
a las nueve a la Victoria.
Elvira, tú vas errada.
¿Por qué?
Pues, ¿será razón
que le diga, cara a cara,
a una mujer como yo,
que la ha engañado?
Repara
en que tú has de estar conmigo;
solo has de hablar tapada.
Está bien, ay, enemiga,
tú misma buscas tu infamia.
Esto es estimarse, prima.
Firmezas, cuando se dan,
¡Un buen medio he elegido!
Salga todo de fe, y no haya pavor a Marte.
Sale don Fernando y Pabón.
¡Ah, Pabón! Mira a saber.
Las nueve no han dado.
Anda, que habemos tardado.
Sale Inés.
Señor don Fernando...
¡Inés!
Acabad de venir.
La guarda no
nos ha de dejar entrar
más presto.
Todo el lugar
está en la Victoria.
Aguardar,
que de damas diferentes
entran ahí a orar.
Las más,
del gremio de Barrabás.
La guarda con los valientes
gastan poco y alborotan.
¡Qué de ellos entran agora!
Que haga esta Santa Señora
de los perdidos, devotos.
¡Qué mucho que a todos cuadre
devoción tan sin igual,
y que se vengan a llegar
a ver su amparo y su madre!
Y ansimismo, que no lo extrañes,
pues a perdonar los modos
nos está enseñando a todos,
meter hijos en la inclusa.
¿Ha venido Elvira?
Sí.
¿Y Melisena?
Indispuesta.
Sale Becerra solo.
Cielos, ¿dónde me lleváis?
Señor mío, ¿qué queréis,
si con las más enconadas me veis?
¿y por qué de ella me apartáis?
Otro remedio buscáis,
sí, pues, ¿adónde mejor
saldré a gozar del favor
desta imagen que formé,
pues venerada se ve,
llegar a sus pies, Señor?
¿Dónde voy desvanecido?
A manos de mi cuidado,
como a su retrato sagrado
socorro en mi mal crecido.
Solo estoy, ¡qué atrevido!
quien atrás me hace volver.
¡Venturoso quien dio ser
a imagen tan singular,
pues se adora en el altar
la que labré en el taller!
Soledad Santa, de quien
he copiado la ternura
en esa hermosa escultura,
que ya en la Victoria ven;
no permitáis que un desdén,
que turba tanto el valor,
me acabe con su rigor
¡Oh, retrato soberano,
hechura sois desta mano;
pues ser os di, dadme honor!
No es razón, si yo labré
retrato tan milagroso,
que por vos tenga reposo
el que afligido se ve,
el pobre halle quien le dé,
el enfermo vuelva sano,
arrepentido el tirano,
y a mí, que el ser me debistes
cuando en esta mano os vistes,
¿me dejéis de vuestra mano?
Pagad este beneficio,
Señora, con sacarme
de un dolor que ha de matarme,
pues cuando apuro un indicio,
o pierdo, Señora, el juicio,
o es obra vuestra o de Dios;
eso cegarnos los dos,
templad tormentas deshechas,
que se han menester mis sospechas,
todo Dios, o todo vos.
¿Será verdad? ¿Quién se vio
con tal congoja en el labio?
¿Será verdad este agravio?
Respondedme, Virgen.
Una voz dentro.
No.
¡Quién, ay cielos, respondió!
Nadie veo por aquí.
Si fue ilusión, ¡ay de mí!
Yo he de perder el sentido.
Si mi esposa buena ha sido,
¿y yo me he engañado?
Sí.
¡Válgame Dios!, el cabello
hasta el cielo se me eriza.
Esta voz me atemoriza,
que si bien reparo en esto,
solo el bulto puro y bello
de la imagen, a quien yo
puse en el altar, quedó
en la iglesia, y no consiente,
al ser temprano, más gente.
luego ella me respondió:
Salve, hermosa Soledad,
a quien el Señor debí,
que en ese nombre, sí,
se cifra toda verdad,
ya me distis libertad,
ya sosiego mis enojos,
ya rindo el alma en despojos;
con fe pedí, bien se ve,
y quien os oye con fe,
crea cerrados los ojos.
Mas ¡qué nuevo resplandor
en el altar reverbera,
como al despertar el alba
cuando la noche se ausenta!
De las dos esquinas del tablado salen dos ángeles que serán los niños, y llegan al altar, al son de chirimías, y cada uno toma una cortina en la mano y abre, apartándose; y salga otro ángel en otra apariencia, que será el que diga estos versos.
Ribera, que de este mar
de gracia fuiste ribera,
pues ayudado del cielo,
en las manos de tu ciencia,
sacaste a luz al amparo,
de los hombres la defensa,
del pecador el retrato
de nuestra Señora y Reina,
cuando en la muerte de Cristo
fue su soledad funesta;
a que asisten los cielos
llorando soles y estrellas;
esta milagrosa imagen
será portento en la tierra,
cobrando su devoción
de una esfera en otra esfera,
sin volver desconsolado
quien se encomendare a ella;
y en pago deste cuidado,
y de obra tan perfeta,
no has de ser leñador,
todo fue engaño y quimera
hecho del conde Fernando,
que si los cielos ordenan
que los lances que han pasado
todos han sido por ella,
vive en paz, que solo tú
permite el cielo que veas
esta visión milagrosa,
por pagarte la fineza
de haber formado a la Madre,
y porque ya el pueblo entra
a oír la salve que aplauden
los ángeles y veneran,
aunque no solos, también...
Hemos de asistir a ella,
y no es de perder de vista,
aunque siempre en la presencia
de nuestra Reina y Señora.
Salve, divina doncella,
salve, amparo de los hombres,
salve, Virgen, gracia plena.
Tocan chirimías y descubren todos y la capilla con mujeres descubiertas con sobrepellices y velas, y cantan después de estos versos.
¡Oh, consuelo milagroso!
Mil gracias os doy por ella
a los cielos, mas ya cantan,
toda el alma tengo atenta.
Salve, Regina,
precursora del sol, alba del día,
Mater misericordiae,
estrella de la mar, luz del aurora, ave,
Vita dulcedo,
gran torre de David, puerta del cielo,
Spes nostra,
lirio, cedro, ciprés, clavel y rosa.
Tocan chirimías y desaparécense los ángeles.
Toda la gloria parece
que está dentro de la iglesia.
Dadme los brazos, amigo
señor Juan de Ribera,
que ya Leonor el mes pasa.
Estos brazos os doy, y sean
los de mi esposa, la vida
que os a servirla comienza.
Virgen de la Soledad,
aquesta devota vuestra
bien se ve la habéis pagado
tan merecida deuda.
Porque de un gran milagro
no es tiempo de daros cuenta,
demos, pidiendo perdón,
fin hoy a la comedia,
adonde la devoción
de la Soledad comienza.
Toda la gloria pareces
que está dentro de la iglesia.
Dadme los brazos, amigos,
y señor Juan de Ribera.
Ya Leonor es mi esposa,
los brazos os doy, y sean
los de mi esposa, la vida
que hoy a servirla comienzo;
y porque de un gran milagro
no es tiempo de daros cuentas,
demos, pidiendo perdón,
fin dichoso a la comedia,
adonde la devoción
de la Soledad comienza.