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Texto digital de La virgen de la Soledad

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

Metadados da obra

Atribuição tradicional
Atribuição estilométrica
Alonso de Alfaro Provável
Gênero
Comedia
Estado do texto
Transcripción automática de manuscrito
Procedência
El texto procede de la transcripción automática del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/16634.

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Citação sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La virgen de la Soledad. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-virgen-de-la-soledad.

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LA VIRGEN DE LA SOLEDAD

Pag. 1

La Virgen de la Soledad.

Comedia en 3 actos del maestro

Alonso de Alfaro.

Legajo 23

22

Pag. 2

JHS

Juan de Becerra — primer galán Don Fernando — segundo galán Don Pedro — barba Balsana — gracioso primero Pabón — segundo gracioso El Rey [tachado] La Reina [tachado] Un mayordomo [tachado] Elvira — primera dama Leonor — segunda dama Inés — criada

Jornada primera

Pag. 3

1ª Jornada

Sale don Fernando e Inés, y Lobón, criado.

Don Fernando.

Inés, ¿qué es lo que me dices?

Pag. 4

Inés.

Que mi señora a mi ruego

esto es lograr la ocasión,

quiere hablarte.

Don Fernando.

Di, lo puesto

para que pueda mi vida

pendiente ya de tu aliento

vivir a pesar de tantos

tan bien sufridos desprecios.

Inés.

Pues, señor, en esta pieza

has de estar mientras yo entro

a avisar a mi señora

que estás aquí.

Ha de hacer al lado del tablado una rima de maderos y en medio una chimenea con fuego artificial.

Pabón.

Vuelve luego.

Don Fernando.

¿Qué es aquesto, Inés?

Inés.

Esto me ha ordenado.

Don Fernando.

Que a Elvira, mi dulce dueño,

después de tantos desvíos

la han movido mil afectos.

Inés.

Señor, ella quiere hablarte

y es ocasión porque creo

que mi amo fue a palacio

y no ha de volver tan presto.

En el margen se han añadido los siguientes versos alternativos para Inés: Seguro puedes quedarte / que no vendrá tan presto / mi amo, que fue al alcázar, / la escultura que está haciendo / de la Soledad, la que / la reina le ha impuesto; / que no suceda lo mesmo / que la otra que a palacio. / Gastaron en mí extremos, / no serás tan desgraciado.

Don Fernando.

Toma, Inés, toma los brazos,

loco estoy.

Inés.

¿Qué es esto, cielos?

¿Brazos por dádiva? ¡Ay de mí!

Las cadenas que se hicieron

adónde están, los bolsillos

que a esta ocasión no los veo.

Don Fernando.

Y después toma. ¡Qué dicha!

Esta cadena, que el peso

no igualara aun de diamantes

a lo mucho que te debo.

Y dile a Elvira que aguardo.

Inés.

Es así, pues ya me enredo.

Don Fernando.

Advierte, Inés, que a Leonor

la has de entretener el tiempo

que esté hablando con su prima,

pues sabes que la festejo

para encubrir con Ribera

que a mi Elvira galanteo.

Inés.

Eso déjalo a mi industria.

Pabón, pues tanto silencio...

Pabón.

Andas, Inés, de negocios,

por no llamarlos enredos,

que no das lugar que el hombre

desbuche cualquier requiebro,

de a tantos que por guardados

por Dios se me van sintiendo.

Vase.

Inés.

Calla, Pabón, que después

largo y tendido hablaremos.

Vase.

Pabón.

Mire, Inés, dónde me pone

esta cadena que tengo;

en ella mis gananciales,

solo para ti la quiero.

Don Fernando.

¿Qué te parece, Pabón,

cómo Elvira, cómo ostenta

de desdenes y crueldades?

Pag. 5

Don Fernando.

más apacible a mis ruegos,

venciéndola mi porfía,

me escucha ya.

Pabón.

No es aquesto,

los bríos se la han rendido,

que el ruego y lisonjeos

es tiro que alcanza mucho.

Y a más que mi Inés lo ha hecho

como un sacre, pero escucha.

Don Fernando.

¿Viene ya?

Pabón.

Sus pasos siento.

Don Fernando.

Amor, para aquesta dicha,

préstame todo tu esfuerzo.

Salen Elvira y Inés con una luz.

A Pabón.

Inés.

Aquí están, que los querrá.

Elvira.

Señor, agora es el tiempo.

Don Fernando.

Helado estoy.

A Pabón.

Inés.

Retírate.

Pabón.

Ya lo entiendo.

¡Vive Dios, que la Inesilla

es diestra!

Vanse.

Inés.

Ven, no estorbemos.

Elvira.

Sola me ha dejado Inés.

Mas, ¿de qué son estos miedos,

estando mi honor conmigo?

Don Fernando.

Sola Elvira, ¿qué es aquesto?

Don Fernando.

Mas querrá premiar, sin duda,

mi amor.

Elvira.

¿En qué me detengo,

si el riesgo no es dudoso,

y es ya preciso el remedio?

Don Fernando.

¿Qué aguarda mi temor,

si mi dicha lo ha dispuesto?

Elvira.

Ya vengo determinada.

Don Fernando.

Ya determinado vengo.

Elvira.

¿Qué dudo?

Don Fernando.

¿Qué me acobardo?

Elvira.

Y así, yo llego.

Don Fernando.

Yo llego.

Elvira.

Sin honor no quiero vida.

Don Fernando.

Sin Elvira nada quiero.

Elvira.

¡Señor don Fernando!

Don Fernando.

¡Elvira!

Dueño mío, dulce objeto.

Elvira.

Tened, señor don Fernando,

no me perdáis el respeto,

que aunque estoy sola, advierto...

Don Fernando.

¿Qué decís?

Elvira.

Que estoy atenta,

y ya vos sabéis que mi padre,

no olvidando los alientos

que en la milicia de Carlos

tuvo en sus años primeros,

atendiendo a sus servicios,

le hizo merced el Consejo.

Pag. 6

Elvira.

de guerra, de una jineta

para que llevase el tercio

que don Álvaro de Sande

pasó a Milán, cuyo esfuerzo

dio a España tantas victorias

y al África tantos miedos.

Dejome niña mi padre

al amparo de mis deudos,

quedó viudo de mi madre,

la madre de las de mí, en naciendo;

tan antiguas las desdichas,

conmigo misma nacieron,

y vecina de vuestra casa

entonces pared y medio,

donde criándonos juntos

entre los pueriles juegos

que las niñeces permiten

ya en vuestra casa, siendo

ya vos pasando a la mía,

entre los dos se fue uniendo

un amor tan bien hallado

que cuando no podía veros

no comía, vos llorabais,

yo sentía; y entre aquestos

pesares, para acallarnos

solo era remedio el vernos.

Creció con la edad la llama

y pasando a ser incendio

lo que en permitidas luces

aun fue mayor siendo fuego.

Yo retirada (era justo),

vos más firme (y en no vernos),

yo más amante (¿qué importa?),

vos más rendido (fue incierto),

viéndonos de tarde en tarde

fueron en los dos cubriendo

las quejas como suspiros,

las lágrimas como miedos,

los miedos como recelos,

y como amantes los celos:

que parece que en los dos

crió la razón a riesgo.

No os parezca, don Fernando,

que el acordaros aquesto

es más, bien mi amor lo sabe,

que convenceros con ello;

pues deste ardor inculpable

aún ha quedado al pecho

cenizas que, con la queja,

las pueda entregar al viento.

En fin (no me repliquéis),

yo fina, vos satisfecho

de mi amor, yo recelosa,

vos pidiéndome a mis deudos

por esposa, y yo obligada,

llega, llegó, en este tiempo,

Pag. 7

Elvira.

¿Con qué ternura lo digo,

con qué pesar lo refiero?

Llegó una nueva de Flandes

de un mentiroso correo

(¡qué dolor!), que Carlos quinto,

que tenía entonces puesto

sitio a Esdín (que es un gran fuerte

en Picardía), diciendo

que bajaba el rey Francisco

en persona a socorrerlo.

El César (¡mal, qué desdicha!)

perdió, perdió por don Pedro

mi padre, aquella ocasión

que con un gran vencimiento

pudiera segunda vez

tener a Francisco preso.

Y que mi padre (¡qué engaño!)

solo, corrido, y sin puesto

se fue a Italia despechado

de su desdicha o su yerro.

Creyólo el vulgo, que es fácil

más que mucho; y vos mesmo

mirando en mí su retrato,

mil desdichas creyendo,

remiso en el asistirme,

olvidado en los festejos,

poco atento a mis suspiros,

nada a mi dolor atento,

como si en mí fueran culpas

de mi fortuna los yerros,

el consuelo que en vos tuve

(¡qué bien que permite el cielo

desdichas para que un ingrato

se conozcan a sí mesmos!)

fue... pero ¿cómo lo digo?

fue dilatar los conciertos,

fue decir que vuestros padres

no gustaban que tan presto

os casaseis, que era fuerza

tenelles ese respeto.

Que después yo, tras infamias

que repetillas no quiero,

porque los que son en mí

aborrecidos despegos,

en el modo del decirlos

no aparezcan sentimientos,

y arguyáis en mi ternura,

habiendo solo desprecios.

Pero entonces, don Fernando

(aquesto solo os confieso),

que no llegué a sentir tanto

mis desdichas con los riesgos

de mi padre, cuanto hallar

un hombre en quien yo había puesto

el gusto, el amor, la vida,

tan ingrato a mil afectos,

tan fácil a mil fortunas,

que, olvidando juramentos,

Pag. 8

Cuidados, promesas, ansias,

solo a la nueva atendiendo,

vos contra olvidos diamante,

ocasiones de grosero;

que es un dolor tan estraño

conocer ingrato a un pecho

obligado siendo noble,

que no hay para él consuelo;

porque las culpas de ingrato

son culpas de entendimiento.

Ya lo sentí, ya lo digo,

pero yo troqué más presto

a la dicha de olvidaros

el dolor de conoceros.

Don Fernando.

Pues no sabéis, ¡ay, Elvira!,

que en aquese mismo tiempo

yo amante...

Elvira.

Dejad agora

inútiles fingimientos,

que no he venido a escuchallos,

y aun no he dicho a lo que vengo.

Don Fernando.

Pues primero habéis de oírme.

Elvira.

Mirad que vendrá mi dueño.

Don Fernando.

Qué importa si hay quien avise.

Elvira.

Pues yo me voy.

Don Fernando.

Deteneos.

Elvira.

Dejadme.

Don Fernando.

Para que esto pase,

no os vais, Elvira, ya atiendo.

Elvira.

En fin, como la inocencia

es sol que, por más que el cierzo

en tenieblas le sepulte

o le destemple entre hielos,

sale después más hermoso,

pues justo arbitrio del cielo,

que lo que el tiempo desluce,

aun lo luzca más el tiempo,

ni con mayor lucimiento,

así el honor de mi padre

salió, después de sabido

el desdichado suceso;

que fue: que estando a la vista

el campo francés y el nuestro,

Don Hernando de Gonzaga,

nuestro general, sabiendo

que el francés quería escaparse,

para apurar este intento,

mandó, con orden del César

(con qué lástima lo cuento),

a mi padre, que era entonces

capitán de arcabuceros,

que fuese a reconocer

al campo francés, y vuelto

de reconocerle todo,

con atención y con riesgo,

avisó que el rey Francisco

ponía todo su esfuerzo

en la fuga, y su vanguardia

más trabaja instruyendo.

No le creyó Don Hernando general,

pero mi padre más cuerdo,

tomando por testimonio

el aviso que dio luego,

Pag. 9

Elvira.

a la siguiente mañana

nuestros caballos ligeros

yendo a descubrir el campo

solo hallaron, solo vieron

el del Rey, sin enemigos,

pero con sus tiendas puesto,

que para encubrir su fuga

de aqueste ardid se valieron.

Sabido a los imperiales,

les cubrió un súbito hielo,

culpaban al general,

y el César, con sentimiento,

a don Hernando le dijo:

"Por vuestros descuidos pierdo

el ver hoy a mi enemigo

entre mis armas deshecho".

Disculpose con mi padre,

que no había traído a tiempo

el aviso, propia acción

de los hombres de gran puesto;

pues los yerros del que es más

se achacan siempre al que es menos.

L.

Yo a don Hernando Gonzaga

ni le culpo ni le absuelvo,

solo digo que el miedo

se temió un tanto estruendo

de armas, y huyó de nada,

que si huyó, como cuerdo,

que a mi padre le valió

L.

el testimonio, que luego

le procuraron matar

en su mismo alojamiento.

Li.

Y aunque otra noche a deshora

con máscaras se envistieron

seis hombres, que a no llevar

puesto un acerado peto,

no tuviera don Hernando

quien publicara el suceso.

Fue fuerza dejar el campo

a mi padre, huyendo

de la muerte, que un soldado

por servicios que haya hecho

en teniendo por contrario

al general, puede luego

hacer cuenta a su fortuna

que para todo se ha muerto.

Fuese a Roma donde estaba

(aquí, mis dichas nacieron)

don Juan, mi esposo,

llevado de aquel deseo

que de aprender la escultura

con primor y con preceptos

tuvo por inclinación,

y no necesitando dello,

que de bienes de fortuna

le hizo poderoso el cielo.

Encontró acaso a mi padre

y, reparando en su aspecto,

(que son de la sangre hilos)

en una casa vivieron,

siendo mi padre y el suyo

Pag. 10

amigos desde mancebos,

conocióle y luego al punto

le echó los brazos al cuello,

le llevó a su misma casa,

le dio su mesa, y aun luego

pagando todo su pasaje

juntos a España vinieron.

Apenas los dos llegaron

a Madrid (segundo aprieto),

cuando un alcalde de corte

por mandado del consejo

legítima prendió a mi padre;

fulmináronle el proceso,

achacáronle la fuga

del Rey, que dejó su puesto

sin su orden, que vino a España

sin licencia; a todo esto,

cuidadoso y liberal

acudió mi esposo atento

con su hacienda y sus favores;

que para salir sin riesgo

de una pluma y de una vara,

de un testigo y de un proceso,

aunque esté sin culpa un hombre,

son menester ella y ellos.

En fin, con el testimonio

con que matarle quisieron,

de la instancia del fiscal

le absolvió todo el consejo.

Libre mi padre, no supo

cómo salir del empeño

que mi esposo a beneficio

tan justamente se ha puesto,

viéndole tan liberal,

tan rico, tan noble y cuerdo

(que al arte de la escultura

le ilustran sus privilegios,

y ha vido muchos monarcas

que a este ejercicio se dieron),

pidiéndome por esposa,

ganando mi padre en ello,

el darnos luego las manos

han sido nuestros conciertos.

(¡Oh, bien empleadas desdichas

pues que pararon en esto!)

Y así, señor don Fernando,

pues sois noble y sois discreto,

ya vos habréis alcanzado

con qué estima, con qué afecto

querré a un hombre a quien le debe

mi honor tan grandes remedios,

tantas finezas mi padre,

mi vida tantos consuelos;

y así, señor, yo os llamé

a suplicaros con ruegos,

con lágrimas, con piedades,

con ternuras, con afectos,

me dejéis (aquesto os pido)

vivir en paz con mi dueño:

no penséis que a las lisonjas

de vuestros locos intentos

he de ser más que una roca

que en aquel mar soberbio

los que envía como halagos

Pag. 11

vuelven a él como estruendos,

qué importa, que con mi prima

Leonor, vos galanteos

disimuléis, si del vulgo

maliciosamente atento

y culpará los segundos

y murmuró los primeros.

Haced venceros, señor,

no arrastre al entendimiento

la voluntad, ni el arbitrio

infames, y enfrene su imperio,

obedezca el albedrío

alguna vez, viva atento

a lo postre del discurso

y la razón al acuerdo.

Que el amor en lo imposible

no ha de ser dos veces ciego.

Válgame con vos agora

lo que me queréis; y en esto

alcance en vuestros ardores

como adorada, respetos.

Como estimada, lisonjas;

como amante, vencimientos;

como afligida, piedades,

y como mujer, consuelos;

para que el mundo publique

de los dos en este intento,

que si he sabido rogaros,

habéis sabido venceros.

Don Fernando.

Mudo he quedado. ¡Ay de mí!

Y si me engaño, y no tengo

qué responderos...

Elvira.

Señor...

pues ¿qué decís?

Don Fernando.

Que no puedo.

¡Ay, Elvira! A dueño agrado

obedecer sus preceptos,

que al imperio de sus ojos,

hermosamente modestos,

no hay razón para no amallos

ni causa de aborrecellos.

Elvira.

¿Esos respondéis? (¡Ay, triste!)

Señor, mirad el aprieto.

¿Y qué será de vuestra vida,

y de Elvira, que me muero?

Don Fernando.

¿Eso es cordura?

Elvira.

Es amor.

Don Fernando.

Y mi honor.

Elvira.

Yo no le ofendo.

Don Fernando.

Y mi vida.

Elvira.

Yo la estimo.

Don Fernando.

Y mi fama.

Elvira.

No la pierdo.

Don Fernando.

Y mis ruegos.

Elvira.

No me importan.

Don Fernando.

¿Vos descortés?

Estoy ciego.

Elvira.

Mirad que os ama mi prima.

Don Fernando.

Fue engaño, que la aborrezco.

(Sale Leonor.)

Leonor.

Señor don Fernando. Elvira.

¿Qué digo? ¡Válgame el cielo!

Don Fernando.

Leonor, pero si me ha oído...

Elvira.

Leonor, amiga... aún no puedo

disimular la congoja.

Leonor.

Don Fernando, ¿pues aquesto?

¿Vos con mi prima? ¡Ay de mí!

Don Fernando.

Señora, aun hablar no acierto,

estaba diciendo a Elvira

que culpaba mil defectos...

Pag. 12

Elvi.

Ay, Leonor,

que es muy grande atrevimiento

(el disimular me importa),

querer con vuestros deseos

contrarios en aquesta calle,

don Fernando. Bien lo temo,

arriesgar toda mi fama,

que el vulgo infame y grosero

donde puede hallar más culpa

achacará los festeos,

demás que podrá mi esposo...

Aparte.

Leo.

Ese culpar no le entiendo,

que si disculpan conmigo,

yo sé más, agradó empeño.

Dentro Dulzura.

Dul.

Inés, alumbra a mi amo.

Elvi.

¿Qué escucho?

D. Fer.

Pues ¿qué es aquesto?

Elvi.

Mi esposo. ¡Ay de mí!

Dentro.

Dentro Velera.

Dul.

Inés, ¿ya

estás acaso durmiendo?

¿no hay quien abra aquí?

Elvi.

Estoy muerta.

Leo.

¿Qué haremos, prima, qué haremos?

D. Fer.

Mirad lo que a vuestro honor

le está más bien en aqueste tiempo.

Leo.

Entraos a ese cuarto adentro

mientras que le divertimos.

Elvi.

En el mío no lo apruebo.

Leo.

Pues detrás de aquestas vigas...

Elvi.

Desvíense, entrad de presto.

Sale Inés.

Inés.

Señora.

Elvi.

Acabad, entrad.

Escóndese detrás de los maderos que están en el tablado.

D. Fer.

Por vuestro honor obedezco.

Elvi.

¡A noche de Navidad,

quién dijera que te temo!

Inés.

¿Abriré, señora?

Elvi.

Sí,

Inés, como no has abierto,

oyendo llamar, señor...

Abre Inés, y salen Velera y Dulzura.

Vele.

¿Cómo está cerrado esto?

Elvi.

¡Bien mío, señor, esposo!

Inés.

Como estaba previniendo

la cama, y con el trasnocho

y ruido en la calle, el estruendo

de cuchilladas, cerré.

Leo.

Lindamente lo has dispuesto.

Elvi.

Pues, mi bien, ¿no me diréis?

(en vano ¡ay de mí! me esfuerzo),

¿Qué ha dicho su Majestad

de la imagen, de mi asiento?

¿Vióla?

Vele.

No le ha contentado,

y el diablo entrará de nuevo.

Leo.

Pues ¿dos no habéis hecho?

Bez.

Ninguna le ha satisfecho,

y así, agora me tiro,

porque aquesta noche quiero

elegir entre estas vigas

una de cuenta, que creo

que ha de ser, si no me engaño,

un trozo dellas muy bueno.

Pag. 13

Bez.

para fabricar la imagen,

Leonor.

primo señor, dejad eso,

pues noche das buena, (¡ay de mí!)

Elvira.

Solo me faltaba aquesto,

mirad que estáis loca.

Vere.

No gastaré mucho tiempo.

Dulcira, aparta estas vigas.

Elvira.

Muerta estoy, valedme cielos.

D. Fernando.

¿Qué escucho?

Dulcira abrazose con una viga y descubre a D. Fernando con la espada desnuda y rebozado.

Dulcira.

Apártate pues.

Inés.

¡Ay, Dulcira, estoy de yelo!

Vere.

¿No acabas?

Dulcira.

Ya voy, señor;

pesada la viga, su peso

tomara, pero ¿qué miro?

Vere.

Leonor, Inés, ¿qué es aquesto?

Y vos, ¿qué hacéis? (¡Ay de mí!)

D. Fernando.

¿Hay más desdichado aprieto?

Elvira.

Señor...

Inés.

¿Cómo ha entrado

este hombre aquí dispuesto?

(¡Sin alma estoy!)

Elvira.

Y sin vida.

D. Fernando.

No os alteréis, caballero,

que están sin culpa estas damas.

Vere.

Ni lo dudo, ni lo temo.

D. Fernando.

Que habrá como quince días

que maté un hombre riñendo,

y por ser previlegiada,

esta noche de un convento

adonde estoy retraído

salí; apenas cuando encuentro

la justicia en esta calle,

reconocerme no dejó;

fue fuerza sacar la espada,

y entre muchos que acudieron,

viendo este zaguán escuro,

me valí de él, advirtiendo,

con la turbación y el susto,

que estaba este cuarto abierto.

Me entré por aquese lado,

me escondí entre esos maderos,

salió al ruido esa criada,

cerró la puerta, y vos luego

llamasteis, no quiso abrir,

aquestas damas salieron;

esta es verdad, y así agora

que me perdonéis os ruego

el susto (y en lo que he fingido).

Vere.

Forzosa ocasión, yo os creo,

mas encubriros el rostro

pasa agora de recelo;

no porque en aquesta casa

pueda haberle, señor, temor,

sino porque el que se encubre,

cuando descubre su pecho,

o es fingido lo que dice,

o es sospechoso su intento.

Aparte.

Elvira.

Él le conoció (¡ay triste!).

Aparte.

Leonor.

Alevoso mayor riesgo.

Dulcira.

¡Vive Dios, que el convite

para una comedia es nuevo!

D. Fernando.

Él me conoce, y aun juzgo

Pag. 14

D. Fernando.

que sabe ya mis defetos,

y si agora me descubro...

Vele.

Pues, ¿qué decís?

Elui.

Caballero,

que habéis venido a esta casa

para alterar su sosiego,

descubríos, que arriesgáis.

Aparte.

Aparte.

Leo.

Si él se descubre, me pierdo.

Caballero, lo que sois,

del susto apenas aliento,

vos aventuráis muy poco

en descubriros. ¿Qué intento?

Ciega estoy si me entendiese.

Vele.

¿En qué dudáis? Yo os prometo,

como noble y como honrado,

que exponga a cualquier riesgo

mi vida por ampararos,

y así podréis sin recelo

desembozaros, que aquí

nada importa el conoceros.

Aparte.

D. Fer.

Elvira y Leonor me piden

me descubra, y yo no entiendo

la causa, pero en la duda

mucho mejor es no hacerlo,

que así su honor no aventuro,

y será hacer lo que debo.

Vele.

En fin, ¿no os fiáis de mí?

Señor, ¿qué puede ser esto?

D. Fer.

Mucho fiara de vos,

que en vuestro valor advierto,

pero el conocerme agora,

ni hay ocasión, ni hay empeño

para poder ser, y así,

que me deis licencia os ruego,

que aquesta es curiosidad

en que obedecer no puedo.

Leo.

Ni él se empeña.

Elui.

Estoy sin vida.

Vele.

¿Qué decís?

D. Fer.

Que estoy resuelto.

Vele.

Pues, ¡vive Dios, que de iros, no

os quite ese ferreruelo

a estocadas!

Elui.

¡Ay de mí!

D. Fer.

Mirad que aquese no es medio.

Vele.

No hay otro.

D. Fer.

Pues, ¡vive Dios,

que he de mataros primero!

Elui.

¡A mi bien, señor, esposo!

Leo.

Señor, ¿qué hacéis? Deteneos.

Mata la luz.

Dul.

Este ladrón no se escape.

Acuchíllanse.

Vele.

¡A traidor, la luz has muerto!

Vase.

D. Fer.

¡Vive Dios, que ha sido dicha

hallar la puerta tan presto!

Yo me voy, que entre la duda

de esta ira el honor no arriesgo.

Dul.

Señor, mira cómo tiras.

Sale Becerra a escuras.

Elui.

¡Ah, padre!

¡Ah, señor!

Pag. 15

Leonor.

Señor don Pedro.

Don Pedro, dentro.

Sale con luz y con la espada desnuda.

Elvira.

Padre, el rey sin mí,

Berenguel.

Dulzura, pues ¿qué se ha hecho

aquel hombre?

Dulzura.

¿Qué sé yo?

Berenguel.

Vamos tras él, vamos presto.

Vase.

Don Pedro.

Yo le sigo, ¿qué será

la causa deste suceso?

Vase.

Elvira.

Esposo, señor y bien mío,

¿dónde vais? Seguiros quiero.

Leonor.

Señor... Elvira, ¿qué haces?

Inés.

Señora.

Leonor.

¿Qué haremos?

¿Has visto mayor desdicha?

Vase.

Inés.

Yo me encierro a mi aposento

a buscar a Paboncillo,

que está perdido de miedo,

y más que todo se abrase

como yo encubra mi enredo.

Leonor.

Inés se ha ido, ¡ay de mí!

Dejadme, infames, crueles,

don Fernando, ingrato amante,

cuando a sus locos incendios

¡Elvira contra el respeto

de su honor tan empeñada

en mi agravio y sus deseos!

Yo lo oí, que a don Fernando

le estaba pidiendo celos,

y cuando quiso el dolor

desatar en sentimientos,

o la queja, como alivio,

o el llanto, amor, remedio,

para no tenelle solo,

vino, suspiró, y el mismo

suspiro que a luz dio mi desdicha

cuando lo ha logrado un celo,

No pareció que no sufriendo,

a un crüel se descubría

dejando sumir su centro;

que no sufriera un ingrato

aun lo insensible; aun le riño,

pues yo, como el bruto airado

que en un rayo tiene estruendo,

por más que quiera su saña

llorar en su vista el trueno,

venga con la capa, su injuria

que no ha podido en el dueño.

Pag. 16

Dul.

así en este tronco inútil

pues le estorbó aquel grosero

de tanto afecto ciego

vengando en el mis despechos

ya sé que el loco intento

de aquestas llamas voraces

le han de consumir el fuego

para que no le dé el aire

mas duraron que mil celos

para que en los dos se vea

cuál ha de acabar más presto

tú en incendios materiales

o yo en amantes incendios

Vase y la cédula tira y por otra parte Inés y Pabón

Inés.

espera un poco Pabón

que no sé quién está aquí

Pabón.

por Cristo que yo perdí

carnes en esta acción

Dul.

que hubiese ido a perder

por escaparse aquel hombre

de ser valiente de nombre

que en Madrid no hay más que ser

en el mirar importuno

he visto yo a más de uno

ser gallo si era gallina

en pendencia tan trabada

y cuando me vi apretada

mi temor me da la espada

ni tiempo empleado

van con fama y anda

de valiente consumado

para ponerme una banda

que carta de hidalguía

envuelta en un tafetán

picar de hito lo galán

y muestra la valentía

pues yo digo que de alguna

manera han de ver mi saña

y que llegue a ser mi maña

pues se duerme mi fortuna

y así yo me voy agora

a quitala doyna a ver

unas cosas que han de ser

asombro de esta pecadora

la banda es grande diligencia

pondréla un guante de aforro

con la cual bravura ahorro

puedo contar mi pendencia

y así aquesto vyen se medya

soy valiente en el lugar

y mañana me he de entrar

de balde a ver la comedia

Sale Pabón e Inés

Inés.

Dulzura es esta que ves

entra Pabón de presto

Dul.

pues señora Inés que es esto

no uys aguarda Inés

abume ques la moyna

aunque acabada la dejo

vengo a templalla al espejo

de tu aliñada coryna

Inés.

no he de abrille ya le entiendo

que acá dentro subiendo

Pag. 17

Agora estoy ocupada

que aun no se ha hecho la ensalada,

y estoy las nueces partiendo,

y le he dicho muchas veces

me deje, con Barrabás.

Dulzura.

Ábreme, Inés, y verás

cómo te casco las nueces.

(Dentro.)

Inés.

No he de abrille, estoy de yelo,

¿cómo saldré de los dos?

Dulzura.

Y si no abres, voto a Dios,

que eche la puerta en el suelo

y a la colación y a ti,

ella basura y tú vana,

os eche por la ventana

más de cien aguas de aquí.

Salen Inés y Pabón.

Inés.

Valentona, a mi cuidado.

Pabón.

Temple vuestra merced la moína.

Dulzura.

¡Lacayos, en tu cocina!

Inés.

¿Pues eso le da cuidado?

Pabón.

Ya callo, le desagrada

esta su ocupación.

Dulzura.

¡Que el gome, que el tal Pabón,

la aderece la ensalada!

Inés.

Aquesto es mucho peor.

Salen Juan de Vezera y don Pedro. Mira a Dulzura.

Vezera.

Señor, entrad, que yo vine

a buscar aquí... ¿qué miro?

Dulzura.

Señor...

Don Pedro.

¿Qué es esto?

Pabón.

Cogiéronme en el garlito.

Inés.

¡Dulzura!

Don Pedro.

¿De qué os turbáis?

Inés.

¡Qué aprieto!

Dulzura.

Se halló conmigo

Pabón en las cuchilladas,

cuando todos tres salimos

a buscar el embozado,

y así a acompañarme vino

a casa de este camarada.

Vezera.

¡Ay de mí!, ¿qué he oído?

¿Éste no es criado, cielo,

de don Fernando?, ¿qué ha sido?

¡Válgame Dios!, mal pensamiento

de esta cara cruel, ¿qué has dicho?

Decid, ¿vos no sois criado

de don Fernando?

Pabón.

He sido,

mas ya no estoy en su casa,

sin duda me han conocido,

a mi amo ofensa he hecho,

estos son muchos indicios.

Vezera.

No sé qué he de hacer, don Pedro,

parece que me ha leído

la sospecha en el semblante,

y es en esto tan indigno

cualquier recelo en un hombre.

Pag. 18

Vezera.

que acá dentro de mí mismo

parece que me avergüenzo

de que el dolor lo ha sabido.

Señor, bien podéis entrar,

que estos criados...

Don Pedro.

Y ya

no hay que dudar en su intento,

en vano el dolor resisto.

Vejer.

La sospecha encubro en vano.

Y le da a sus suspiros vado.

Dul.

Somos los dos muy amigos;

mis manos fueran navajas

de mi cólera y mi brío.

Vase.

Mar.

En la cocina me calo,

que mis amos divertidos

están; pues salí de aquesta,

de la otra yo me fío.

Mirad que es fiera y leona.

Don Pedro.

Con qué dolor que lo digo;

que es el de ser elegido

de aquestas vigas un trozo

para el retrato divino

de la Soledad, y agora

ejecutallo es preciso,

porque le di la palabra

a la reina.

Vejer.

Ya yo voy.

Vase.

Don Pedro.

Vive Dios, que nunca he visto

la cara al miedo entre tantas

ocasiones que he tenido

en Lombardía y en Flandes,

y en batallas y partidos;

y en esta ocasión le tengo

a un doméstico enemigo.

Vejer.

Falsará, no me digáis,

deste criado escondido,

Dul.

Señor, pues ya no lo he dicho, quedo.

Vejer.

Ya estoy satisfecho

de saldo.

Dul.

Estoy, lamento.

Aparte.

Vejer.

Que después sabrá mi honor.

Dul.

¿Qué me dices, señor?

Vejer.

Digo

que apartes esos maderos.

Aparte.

Dul.

Cuánto, señor, te han dolido.

Vejer.

Y busca en ellos un trozo

de Cuenca, que yo he selegido.

Dul.

Para fabricar la imagen

ya los miro y los remiro.

Pag. 19

Dul.

y no está aquí.

Mira entre él y apártalos.

Vere.

No es posible,

que esta mañana le he visto

entre ellos.

Dul.

Pues no parece.

Vere.

Dulzura, pues ¿qué se hizo?

Dul.

Miro, si nos le han echado

a quemar entre esos tizos

de esa ardiente chimenea;

que, de más de hacer gran frío,

es Nochebuena, e Inés

lo tiene aquesto por vicio.

Vere.

Dices bien, que entre las llamas

(ven hacia mí, gran prodigio)

está sin quemarse el leño.

Dul.

¡Válgame el cielo, que miro

él, de las llamas en medio,

todo el hogar encendido!

No se quema.

Vere.

Antes parece

que, coronado de visos,

como a deidad misteriosa,

el fuego le adorna en giros.

Sácale.

Dul.

Señor, para hacer la imagen,

dime, ¿no habías elegido

este leño?

Vere.

Sí, Dulzura.

Dul.

Pues en un sermón he oído

(y no te parezca agora

el decirlo yo, es indigno)

que yendo con su ganado

Moisés, siendo pastorcillo,

vio una zarza que, entre fuego,

sus pimpollos, sus espinos

estaban entre las llamas

más frescos y más floridos;

que significó la zarza

(el predicador lo dijo)

la Virgen, cuya pureza

siempre intacta, cuyo armiño

tanto a Dios le enamoró,

que se vistió por pellico;

luego, si en aquella zarza,

por ser retrato tan vivo

de la Virgen, aquel fuego

será adorno y no peligro,

¿qué mucho que en este leño,

que imagen el cielo ha previsto

de su emperatriz sagrada,

que ha de haber muy parecido

el retrato, que aquestas llamas,

a estos incendios activos,

sirvan aquí de milagro,

y allá sirvieron de aviso?

Vere.

Estás bien, pero en aquesto

escucha lo que he leído:

cuando labraba aquel templo

Salomón tan excesivo,

una piedra que trujeron

nunca ajustó, nunca vino,

mala pared, mal cimiento,

mala cornisa, mal friso;

y así, los que edificaban,

por inútil de aquel sitio

la arrojaron, mas después

al cerrar el edificio,

para cubrir la navanza,

no hallaron piedra, ni vino.

Pag. 20

Ya acordándose de aquesta,

los artífices prolijos,

al chapitel la subieron;

sin golpe ni artificio,

la inútil, la desechada,

causando a todos prodigio,

cerrando toda la obra,

les coronó el edificio;

así ese leño admirable,

que nunca, que nunca ha sido

capaz de que la escultura

mostrara en él sus designios,

pues no se ha hecho de su materia

los dos retratos divinos

de la Soledad, quizá,

por eso no parecidos;

y agora le han arrojado

por inútil a este activo

incendio, permite Dios,

con tan patentes prodigios,

que sea aquesta materia

adonde se informe al vivo

el retrato de su Madre,

para que tenga entendido

el mundo, cuando la adora,

que si en aquel edificio

se le dio toda la gloria,

en este, que aún es más digno,

se atribuya a su grandeza,

ser el artífice mismo.

Dulce.

Dices bien, aunque parece

de cal y canto el puntillo.

Becerra.

Ábreme el taller, Dulce,

que quiero darle principio

a la escultura esta noche.

Vase.

Dulce.

Voy, que llevo un regocijo

del caso, que si en él hablo,

he de echar por esos trigos.

Becerra.

Leño que me causa espanto,

pues, no quemándose, llora;

para formar a la aurora

ya muestras señal de llanto;

y si en tu retrato santo

se ha de admirar la Pasión,

la soledad, la aflicción,

ya tú llevas por despojos

las lágrimas en los ojos

y el fuego en el corazón.

Pero ¿cómo la he de hacer,

que, cuando obrarla imagino,

sus soberanas facciones

no las comprende mi juicio?

Valedme, Virgen, valedme;

que un corazón afligido,

con sospiros y cuidados,

desvelos y de martirios,

¿cómo ha de poder obrar

bien, si lo atento y examino,

y así ignorar la causa

de hallar asombros conmigo,

no, que ignorar no es tan fácil

si es el amor, como digo,

con tramoyas tristes,

tan mentiroso delito.

Pag. 21

Becerra.

pues con su virtud el sol

no ha de blasonar de limpio.

Recelos, yo no os entiendo;

desdichas, bien os colijo;

cuidados, dejadme un poco;

aliviad, cielos, alivio;

yo averiguaré mis penas,

mas sin poder resistirlo,

embargando mis potencias,

qué sueño que me ha vencido.

Duérmese en una silla, y sale el diablo con una gubia.

Diablo.

He aquí traigo el formón,

mas, pardiez, que se ha dormido;

yo no despierto a quien duerme,

que si no es razón, es vicio;

mas de lo que esta noche

hemos pasado colijo

que siente mucho el infierno

que se haga aqueste divino

retrato, pues tanto estorbo

en el lance que tuvimos

puso en el echar el leño

en ese fuego vencido,

ya que se empezaba a obrar

a mi amo le ha embestido

con sueño porque no se haga;

anda patillas muy listo

y aún a mí no me perdona,

pues estoy sobre basiliscos,

detenello con capote;

aires, pues, vamos, suspiros,

a desarraigar su leño,

que soy yo muy entendido

para estar un cuarto de hora

con quien quiero, bien rendido.

Cantan, y sale la imagen en un bofetón en retrato. Rompe.

Primero.

Albricias, hombres, albricias,

que ya el tiempo se ha cumplido

de que en retrato de penas

tengáis dichosos alivios

Segundo.

de aquella gran Soledad

el original altivo

que ha de ser vuestro abogado

en vuestros muchos delitos.

Todos.

Demos a Dios la gloria, todos rendidos,

venerando el retrato que ha parecido.

Becerra.

Válgame el cielo, ¿qué es esto?

¿que entre sueños y más no sueños

que el mejor retrato veo

de la Soledad que digo?

¿No es ilusión, verdad es?

Ya, gran señora, ya os miro,

ya sé cómo he de copialla,

ya imprimes en mis sentidos

vuestro original sagrado

grandemente enternecido.

Cantan.

Demos a Dios la gloria, todos rendidos.

Becerra.

Ya la he visto, mas ¿qué es esto?

¿Soñaba? No, no es fingido,

que yo muy capaz me siento.

Pag. 22

A pesar de mis delirios,

a pesar de las sospechas

de mis cuidados indignos,

pues el cielo me ha alumbrado

en sueño tan peregrino

para acertar el retrato

de la Soledad divino.

Finis.

Jornada segunda

Pag. 23

1167.

Salen don Fernando y Leonor con paso apresurado.

Leonor.

Vete, Fernando, que viene

Elvira, y nos ha sentido.

Se aparta.

Fernando.

¡Ay, dulce desdén querido!

Aguarda, Leonor.

Leonor.

No tiene

más en el pasado horror

que disculparse tu labio;

que ya sé que le hizo agravio

mis ansias más que tu amor.

Y pregúntale a mi pecho,

que él te dirá en esta parte,

si en la gana de escucharte

llevaba el crédito hecho.

Que una voluntad rendida

siempre está más inclinada

a una lisonja escuchada,

que a una sospecha creída.

Dentro Elvira.

Elvira.

Ya veo, Leonor, ya veo

tus locuras.

Leonor.

Vete, adiós.

Se aparta.

Fernando.

Ya nos ha visto a los dos.

Logróse en fin mi deseo.

Cielos, ¿esto no os admira?

Que no teniéndola amor,

Pag. 24

Fernando.

satisfaga yo a Leonor,

solo para ver a Elvira?

Vase.

Sale Elvira.

Elui.

No os vais, señor don Fernando,

¿para qué os quiero agora?

Leo.

¡Ay de mí!

¿pues Elvira estaba aquí?

Elu.

Yo le he visto.

Leo.

¿Dónde? ¿Cuándo?

Deja, Elvira, esos enojos

nacidos de tu pasión,

y no salga el corazón

a desmentir a los ojos.

Que si por tu honor lo callas,

yo digo por mis ofensas,

o que buscas lo que piensas,

o piensas lo que no hallas.

Elui.

Basta, Leonor, no desdiga

con tan desusado ultraje

lo grosero del lenguaje

el crédito de tu amiga.

Que si hasta agora he callado,

ya hablaré, pues que me llama

con el riesgo de mi fama

la culpa de tu cuidado.

Y advierte, Leonor, que así

en tu constante querer

por ti nunca he de perder

lo que no pierdo por mí.

Aparte.

Leo.

¿Qué pierdes o qué aventuras?

Enemiga, ya te entiendo.

Elui.

Pues en lo que estás sintiendo,

ya tanto, Leonor, me apuras,

he de descubrirte agora:

Leo.

Ya yo sé mis penas graves.

Elui.

¿Qué presumes tú que sabes?

Leo.

Lo que mi primo aun no ignora

de ti.

Elui.

¿Qué dices? ¡Qué has hecho!

Pues que mi esposo ha sabido

de mí.

Leo.

De mí, nunca ha sido

tan poco cuerdo mi pecho,

que aunque el dolor le provoca

con tan ardiente pasión,

lo que inflama el corazón

lo haya arrojado a la boca.

Elui.

Pues, Leonor, si tu cordura

nunca ha agraviado mi fe,

y en mi proceder se ve

cuánto mi honor se asegura,

quiero a tu amor advertir

de un engaño.

Leo.

¿Pues qué quieres?

Elui.

Leonor mía, no te alteres.

Leo.

Cielos, ¿qué puede decir?

Elui.

Ya sabes, prima, ya sabes

que en nuestros primeros años

me quiso bien;

Pag. 25

Leo.

No lo digas,

que ya sé que don Fernando

fue tu amante; pero entonces

su voluntad te agradó

en las distancias de mozos

fue más festejo que halago.

Elui.

Sea lo que tú quisieres,

que aqueso no importa al caso.

Hase que se va.

Leo.

Sí importa, Elvira, sí importa,

que estoy, que estoy adorando

a don Fernando, y cualquiera

escrúpulo o embarazo

en sus finezas me asusta

de suerte, que no reparo

en que se olvidase el tiempo,

sino solo en disculparlo.

Elui.

A Dios, prima.

Leo.

¿Dónde vas?

Pues no dices...

Elui.

No te hallo

con disposición agora,

que tienes muy aturbado

el discurso para oírme.

Leo.

¡Ay de mí! ¿Qué he sospechado?

Pues qué, ¿qué decirme puedes?

Elui.

Yo nada.

Ap.

Leo.

¿Dicesme acaso,

que don Fernando (¡ay de mí!)

más que antes enamorado,

es mariposa, que busca

en el fuego de tu agrado

aquella llama primera,

cuyos bien hermosos rayos

si la trujeron sus luces

sus alas no la abrasaron?

Perdone esto el desaliento.

Elui.

Pues dime ¿fuera milagro,

en la infamia de los hombres,

por ver en ajenos brazos

la prenda que en otro tiempo

o quisieron o estimaron,

solicitarla de nuevo?

No, amiga, que es muy de llano

su proceder: y ya dice

el más ardiente cuidado,

que lo que alcanza un suspiro,

¿por qué ha de costar un paso?

Leo.

Qué bien dices... Mas en esto

háblame por Dios más claro.

Elui.

Lo haré, que a mi honor le importa.

Ap.

Leo.

¡Cielos! ¡Con qué sobresalto

la escucho!

Elui.

Tu amante pues,

atrevido, loco, ingrato,

me solicita.

Leo.

¿Qué dices?

¡Sin alma estoy, ah, tirano!

Pag. 26

No me digas más, Elvira,

que me das muerte.

Elvi.

Aún no has gustado

todo el veneno, Leonor.

Leo.

Pues apura, apura el vaso,

para que quede mi pecho

sediento y desesperado

beber (aunque amargue al gusto)

el cristal de un desengaño.

Elvi.

En fin viendo, que yo soy

encina inmóvil, que el Austro

a pesar de sus alientos

siempre constante la ha hallado;

y que soy rosa, que conserva

e igualmente va criando

digo quisiera tomallos.

Pues hay hombre, que por ver solo

el tesón verde postrado

de la encina, y de la rosa

el carmín hermoso y casto

deshecho, ajado, y vencido;

se abrirá, se hará obstinado,

si en la corteza los ojos,

en las espinas las manos.

Leo.

Yo te prometo, (¡ay de mí!)

si aquesto que me has contado

puede ser; que me parece

(perdona aqueste reparo

de mis celos, que estoy loca,)

sutil medio modo extraño,

de persuadirme que deje

lo que por dicha adorando

estás: no te asustes, prima,

no es novedad;

Elvi.

Dilo paso.

Leo.

El ver hablar a los celos

con voces de desengaño.

No me admira, yo lo hiciera

si me hallara en el estado

en que estás: yo no te culpo,

será concierto de entrambos

el fin de que a mí me quieras

para ocultar el agravio.

Yo soy tu prima y tu amiga

de nada, Elvira, me espanto;

Pag. 27

(estoy sin mí, aparte)

(si es así)

Leo.

Mucho merece en mi juicio

el querer un hombre tanto;

que para lograr su dicha

ha de rendir agasajos

a otra mujer, y en fineza

para enternecer a un mármol.

Mujer soy, no te avergüences,

dime la verdad, ¿acaso se

de don Fernando

le quieres bien? llegado;

dilo, que yo te prometo,

que haga pedazos

todo el cristal de mis ojos,

primero que a ese villano,

atrevido, loco, necio,

descortés, fingido, ingrato,

le mire.

Elvira.

Basta, Leonor,

cierra los infames labios,

que tu locura o tus celos

tan vilmente han pronunciado

contra mi honor y mi vida.

¿Sabes quién soy? ¿Sabes cuánto

mis partes y mi nobleza

han añadido a mi estado

de obligación, ingrata?

¿No ves que estoy adorando

a mi esposo? y que le estima

mi corazón abrasado,

estoy de coraje;

Leonor.

Elvira,

prima, amiga, yo sé he errado,

perdóname, que son celos;

Elvira.

No hay celos para un agravio.

Leonor.

Satisfecha estoy de ti,

no hables, Elvira, tan alto,

que nos puede oír mi primo,

que está cerca, y acabando

en su taller la escultura

de la imagen: ¡qué bizarro!

y qué propio de quien eres,

es ese desdén! si acaso

duraras en él un siglo,

porque acabara mi llanto. ¡Ay!

Pag. 28

Elvira.

Esto has de hacer por tu vida.

Leonor.

Si es olvidar, no lo alcanzo.

Elvira.

Pues procúralo.

Leonor.

No puedo.

Elvira.

¿Pues mi honor?

Leonor.

No te le infamo.

Elvira.

¿Y tu amor?

Leonor.

Es inculpable.

Elvira.

¿Y tu fama?

Leonor.

Yo la guardo.

Elvira.

¿Conmigo?

Leonor.

Con mi entereza.

Elvira.

Trata por mí de dejallo.

Leonor.

¿Cómo puedo hacer por ti

lo que por mi honor no hago?

Elvira.

Pues dirélo.

Leonor.

No es remedio.

Elvira.

A mi padre.

Leonor.

No es mediato.

Elvira.

¿Qué he de hacer?

Leonor.

Dejarme, Elvira.

Elvira.

¿Qué es dejarte? Entre mis brazos

si no procuras, señor...

Sale Juan de Becerra.

Becerra.

¿Qué ha de procurar?

Aparte.

Elvira.

Un mármol

me he quedado.

Leonor.

Estoy mortal.

Becerra.

Elvira, ¿tú demudada

el color?

Aparte.

Elvira.

¿Si nos ha oído?

Aparte.

Becerra.

¿Y Leonor con sobresalto?

¡Válgame Dios, qué de cosas

en un instante he pensado!

¿Qué es esto?

Leonor.

Señor...

Elvira.

Bien mío...

Aparte.

Leonor.

No puedo hablar.

Entre el labio

y la voz toda la pena

se me ha puesto.

Pag. 29

Aparte.

Aparte.

Beze.

Sosegaos,

¿qué puede ser

(¡ay de mí!)

el turbarse las dos tanto?

Yo estaba en ese taller,

en esa escultura obrando

de la Soledad (¡ay cielos!),

vuestras voces me obligaron

a salir: decid, ¿qué ha sido?

¡Con cuántos sustos lo aguardo!

Leo.

Elvira...

Elui.

Leonor, mi prima...

Aparte.

Leo.

¿Qué he de decir?

Elui.

Yo no hallo

qué responder.

Beze.

¿Qué es aquesto?

¿No habláis las dos?

Aparte.

Elui.

¿Qué he dudado?

¡Salga mi honor de este aprieto!

Aparte.

Leo.

Señor...

Ya la estoy temblando.

Elui.

Leonor me estaba pidiendo...

Aparte.

Leo.

¿Yo a ti? ¿Qué dices?

(No en vano

la temo).

Elui.

¿Pues qué querías?

¿que lo que estabas contando

le callara yo a mi esposo,

siendo el más tierno pedazo

de mi corazón? No, prima.

Leo.

¿Qué te contaba yo? ¿Cuándo?

Beze.

Acabad, que me tenéis

pendiente de vuestro labio.

Aparte.

Leo.

¿Qué dirá aquesta enemiga?

Aparte.

Elui.

Así mi fama restauro.

Lo que me decía, señor,

era, que ese don Fernando,

nuestro vecino...

Aparte.

Leo.

¡Ay de mí!

Elui.

Atento, cortés, ha dado

en festejalla...

Beze.

¿Qué dices?

Aparte.

Elui.

Como los dos se han criado

juntos; y así me ha pedido

le contara aqueste caso

a mi padre, y le pidiera

fuese a hablar para mediarlo

a los de ese caballero.

A mi honor he remediado,

y he salido de gran riesgo.

Beze.

Pues, Leonor, ¿y tu recato?

Aparte.

Leo.

¿Yo he pedido tal? ¿Qué finges?

¿Viste enredo más extraño?

Beze.

Ea, prima, bien pudieras

mirar...

Aparte.

Leo.

Señor, nunca he hablado,

ni he dicho; sin alma estoy.

Elui.

Leonor, no querrás negallo,

que a mi esposo fuera culpa

Pag. 30

Aparte.

Elui.

no decillos; sepa el caso

porque a mi fe no la culpe.

Aparte.

Becerro.

Yo te perdono este agravio,

Leonor, por el que me quitas;

honor, aquí se acabaron

mis sospechas.

Leonor.

¡Ay, señor!

Aparte.

Elvira.

Honor, ¿en qué me embarazo?

Becerro.

Desdichas, ¿qué duda es esta?

Elvira.

Pues ¿no te estaba culpando,

¡ah, enemiga!

Leonor.

¡Ah, cruel!

Elvira.

¿Tus locuras y los pasos

que ese tu amante engañoso

da en esa calle con tanto

escándalo? ¿Aquesto es

para dicho con templado

estilo?

Leonor.

¡Ay de mí, triste!

Aparte.

Becerro.

No, bien mío: bien alcanzo

que es muy propio de quien eres

aqueste honesto reparo.

Templa de tu hermoso cielo

ya dos destellos enojados,

los colores que la tierra

en tantos claveles varios,

en tantos bellos jazmines,

en tantos cristales mansos

nunca ha podido vencellos,

aunque ha sabido copiallos:

para que puedan las flores

y los cristales cuajados

vivir unas, correr otros,

y yo más que todos vano

vea salir de tus soles

hermosamente templados

para mi vida sus luces,

para mi vida sus rayos.

Recelos, aquesto es cierto.

Aparte.

Elvira.

Lindamente se ha asegurado

sus sospechas.

Becerro.

¿Qué respondes?

Aparte.

Leonor.

Cielos, contra mí indignados,

¿cómo me quitáis las voces

para decir este engaño?

Un hielo soy.

Becerro.

Ven, Elvira,

que yo sabré remediallo.

Leonor.

Primo, mirad;

Becerro.

Yo hablaré

(dejadlo, prima, dejadlo,)

agora a ese caballero.

Aparte.

Elvira.

Eso sí, tengan descanso

mis desdichas.

Aparte.

Leonor.

¡Ah, fortuna!

¿Cómo en alientos contrarios,

si basto para sentillo,

para decillo no basto?

Pag. 31

Bece.

Esto ha hecho el enemigo

común del linaje humano,

por divertirme sin duda,

y quitarme de las manos

esa escultura, que haciendo

estoy por aquel retrato

de la Soledad, que vi

en sueño tan soberano:

pues a pesar del infierno

vamos a acaballe.

Aparte.

Elvi.

Vamos,

Amor, pues que ya tenéis

a mi esposo asegurado.

Aparte.

Leo.

Desdichas, ya voy rendida.

Bece.

Recelos, salisteis vanos.

Elvi.

Más valgo yo que mi prima.

Leo.

¿Quién sufrirá lo que paso?

Bece.

Yo remediaré a Leonor.

Leo.

Yo he de amar a don Fernando.

Elvi.

Yo he de ser constante siempre.

Leo.

Yo me vengaré de entrambos.

Bece.

Yo he de adorar a mi Elvira.

Leo.

Yo he de vencer a mi llanto.

Elvi.

Desaires, ya no sois míos.

Bece.

Tormentos, ya no os aguardo.

Vanse.

Salen don Fernando y Pabón.

Fer.

Pabón, ya en mí es conveniencia

este accidente mortal,

que está muy bien con el mal

quien vive de su dolencia.

Y a pesar me he de querer

de unos riesgos y de otros.

Pab.

Aguarda, que hacia nosotros

se viene aquesta mujer.

Fer.

Parece Inés.

Pab.

Ella es.

Sale Inés con manto.

Inés.

¿Que este loco me persiga?

Fer.

¿Qué es lo que a venir te obliga?

Inés.

Señor.

Pab.

¿Qué es aquesto, Inés?

Inés.

Mi señora me ha mandado

que el Dulzurilla me viese

salir, y que me siguiese.

Pab.

Allí se quedó plantado.

Inés.

No sé si me ha conocido.

Fer.

Dime, Inés, ¿qué es lo que ha pasado?

Inés.

Por Dios, que dejaste en casa

un buen pedazo de ruido:

porque tras ti salió Elvira;

Pabón, retira de ahí,

que viene Dulzura.

Fer.

Di.

Inés.

Y con grandísima ira

ambas a dos encontradas

Elvira y Leonor vinieron

tan recias, que parecieron

dos legiones de cuñadas.

Salió mi señor, y luego.

Pag. 32

Elvira, por desmentir

las causas, empezó a fingir

lo que aun atinara un ciego.

Dijo, que Leonor te amaba,

y que esta se lo creía,

que la vecindad lo vía,

y el vulgo lo murmuraba:

y así eligieron por medio

el que mi señor te hablare.

Fer.

¿Qué dices? ¿Que aquesto pasa?

para mi mal sin remedio.

Inés.

Y así al instante Leonor,

que a decírtelo viniera,

me mandó, porque pudiera

ya su cordura o su amor

sabida la causa...

Fer.

¡Ay, cielos!

Inés.

A mi señor responder.

Fer.

Amor, ¿quién podrá creer

tan desiguales desvelos?

Cuando Elvira me aborrece

la adoro; y cuando a su prima

finjo quererla, me estima

de suerte, que más parece

que es conveniencia severa

del dolor, que en mí repara,

que yo sé que no me amara,

si acaso yo la quisiera.

Cielos, ¿cómo habéis de darme

razones, para salir

de este empeño, y persuadir

a Becerra, que ha de hablarme

de Leonor en el cuidado?

Negársele no hay razón,

porque arriesgo la opinión

de Elvira, y desengañado

él y Leonor, se retira

la esperanza del deseo:

pues si a Leonor no la veo,

no he de poder ver a Elvira:

pues decir que felicito

a Leonor, por la entereza

de Elvira, aquesa fineza

pasa a plaza de delito.

Y puede ser que mi estrella,

o el rigor que me persigue

(una vez dicho), me obligue,

a que me case con ella.

Cielos airados conmigo,

¿qué he de hacer, que estoy muriendo?

pues si lo callo me ofendo,

y me pierdo si lo digo.

Inés.

Señor, lo que yo la vi

entre suspiros y enojos,

toda lágrimas los ojos,

todo el color de rubí;

fue: Sabe, Inés, que prefiere

Elvira su amor pasado

Pag. 33

Inés.

a su honor, y he sospechado

que a don Fernando se quiere:

porque aquesta persuasión

que le olvide, no es motivo

de aborrecimiento esquivo

sino de ardiente pasión.

Y no pudiendo con tanto

pesar, el llanto veloz

salió a quitarla la voz,

y los suspiros el llanto.

Fer.

Inés, si acaso pudiera

tu sagacidad hacerme

tanto favor, de ponerme

donde hablara, donde viera

a Elvira; ¿qué me has contado?

Ines.

Señor, ¿yo había de hacer tal?

¿Cómo es posible?

Fer.

En mi mal

haz esto por mi cuidado.

Ines.

Dónde pudieras hablarla

a solas; mas no me atrevo.

Fer.

¿Qué dudas, cuando te debo

el estado en que se halla

mi esperanza?

Ines.

En el taller,

donde trabaja mi amo,

mi señora sin reclamo

se viene al anochecer

a rezar, porque hay allí

en breve lienzo pintado

el más devoto traslado

de la Soledad que vi.

Porque mi señor dudoso

dice que hacer no podía

la escultura, ni sabía;

y en un sueño milagroso

afirma él mismo que vio

un retrato como él,

y así agradecido y fiel

al instante le copió,

por cuya hermosa pintura

y su mucha habilidad

de la grande Soledad

acaba ya la escultura.

Fer.

Pues, Inés, ya tu señor

(según aquesto que pasa)

me habrá buscado en mi casa

a hablarme en lo de Leonor:

y no hallándome, es preciso

que a la noche ha de volver:

pues lo que puedes hacer

con tan bien pensado aviso

a la noche (si procuras

darme vida) es esconderme

en el taller, para verme

con Elvira, y no aventuras

nada en esto, que advertido

que Elvira y Leonor asisten

Pag. 34

Inés.

¿Qué dices? Agora

tiemblo, que el alma lo piensa:

¿yo había de hacer tal ofensa

donde está aquella Señora

de la Soledad sagrada,

cuya afligida hermosura

causa en todos más ternura,

cuanto está más angustiada?

¿Por aplacar tu desvelo

te había de ocultar el lance

de aquel divino semblante,

que está serenando al cielo?

No, señor, no es tan barato,

lo que me estás proponiendo:

que aun estando allí, está haciendo

milagros aquel retrato.

Lo que me ha pasado a mí

con aquel papel (¡ay, triste!)

que para Elvira me diste,

y a darlo no me atreví;

porque no se malograra,

lo que por ti pude hacer,

fue ponerle en el taller,

porque Elvira le tomara,

cuando viniera a rezar

a la imagen: y allí puesto;

el prodigio que en aquesto

sucedió te he de contar.

El taller cerrado estaba,

el viento entrar no pudiera,

porque la luz por vidriera

aun escasamente entraba:

sobre un bufete el papel,

y por el tiempo severo

acaso estaba un brasero,

que distaba mucho de él.

Pag. 35

Inés.

Señor, no me atreveré,

que si entonces perdonarme

su afligida piedad quiso;

mal logrado aquel aviso,

¿qué hará sino es castigarme?

Porque del adusto seno

de la nube con desmayo

es justo que muera al rayo,

quien no se espantó del trueno.

Fernando.

Inés, mi intento no es

más que a Elvira, tu señora,

el desengañarla.

Inés.

Agora

Dulzura viene, después

o allá a la noche hablaremos.

Pabón.

Él viene ya.

Inés.

Soy perdida.

Pabón.

Muy mal está con su vida,

si se acerca.

Aparte.

Fernando.

Esos extremos

deja, Inés, que mi intención

(ocultársele pretendo,)

no es mala.

Inés.

Ya yo la entiendo:

vámonos.

Fernando.

Esta ocasión

no ha de poder mal lograrse,

pues Leonor es mi cuidado.

Sale Dulzura al paño.

Dulzura.

¿Han visto lo que ha tardado

la Inés en reconciliarse?

Inés.

Yo hago falta a mi señora.

Dulzura.

Aunque yo me la tenía

cierta, que no la tenía

por tan grande pecadora.

Pabón.

Vete con Inés, señor,

que aquí al paso quedaré,

y si os sigue, le daré

con algo.

Fernando.

Dile a Leonor,

(en vano el pesar reprimo,)

que de aquello que ha pasado,

no tenga ningún cuidado,

que yo hablaré con su primo,

y aun a Elvira le diré;

Inés.

Si a eso tu esperanza mira,

para que hables con Elvira,

en el taller te pondré,

que solo verte desea

casado con Leonor bella.

Aparte.

Fernando.

Bien he sabido vencella.

Pag. 36

Sin duda logro mi empleo

esta noche.

Pabón.

¿A qué aguardáis?

Dulzura.

De retaguardia, Pabón.

Huélgome que un trasquilón

se negocia.

Pabón.

¿Pues no os vais?

Inés.

Allá a la noche os espero.

Pabón.

Allá estaremos los dos.

Inés.

A Dios, Paboncillo.

Vase.

Pabón.

A Dios,

que yo aguardaré primero.

Vase.

Fernando.

Amor, ¿qué es esto que digo?

Mi mal de mi fe se ignora;

pues desprecio a quien me adora,

y a quien me aborrece obligo.

Dulzura.

Ya se van, quiero seguilla.

Pabón.

¿Adónde va, caballero?

Dulzura.

Solo agora considero,

si es o no es Inesilla:

mas que es ella bien se vee,

pues de mi casa ha salido,

demás que la he conocido

en un juanete del pie.

Pabón.

No hay paso, señor Dulzura.

Dulzura.

Pues haréle yo, Pabón.

Pabón.

Esto es malo en conclusión:

¡ay!, vuélvase.

Ase.

Dulzura.

Pues ¿qué procura?

Pabón.

Ya empieza a gastar.

Dulzura.

Oye, que no puedo hablar

con los hombros y la lengua.

Pabón.

Saque la espada: ¿este es brío,

o son cobardes estremos?

que quiero que aquí acabemos

aquel nuestro desafío.

Dulzura.

Soy contento, pero en fin

mírese en ello muy bien,

que a los pabones también

les llega su San Martín.

Pabón.

Ea, a reñir como atunes,

¿qué está entre sí murmurando?

Dulzura.

¿Sabe qué estaba pensando?

que no riño yo los lunes.

Pabón.

¿Por qué?

Dulzura.

No es nada el porqué,

ese día para mí

es aciago.

Pabón.

¿Aciago?

Dulzura.

Sí,

que en lunes me enamoré,

dándome a Venus y a Baco:

y aun esto es más, si se advierte,

que en lunes (¡agüero fuerte!)

empecé a tomar tabaco.

En lunes todo me manca,

pues si m'apuesto ordenas,

tropiezo en una morena,

y no caigo en una blanca.

Pag. 37

Dulzurilla.

Todos los azares juntos

en lunes se me recogen,

los dineros se me encogen,

y se me sueltan los puntos.

Pero a la ligada, Pabón,

saque, que quiero al cuitado

darle en la cabeza dado

no más de un melocotón.

Pabón.

Tenga, que en esta baraja

yo con ventaja no riño.

Dulzurilla.

¿Ventaja a mí? ¡Buen aliño!

Pabón.

¿Pues ser lunes no es ventaja?

Dulzurilla.

No, cuando tengo yo partes

para hacerle la mamona

al sol.

Pabón.

Esa valentona

échela al lunes o al martes.

El Dulzurilla está ciego:

una por una ha menguado,

ni ha reñido, ni holgazado,

y ya las de Villadiego

tomó Inés.

Dulzurilla.

¿Qué me responde?

Pabón.

Que haré lo que me aconseja.

Dulzurilla.

Pues a remojar la queja.

Pabón.

Vamos, que yo sé adónde.

Dulzurilla.

Vamos, que ya son perdidas

en nosotras las defensas.

Pabón.

Vamos a un par de despensas,

a tirarnos zambullidas.

Vanse.

Sale Juan de Becerra.

Becerra.

Señor, ¿a qué hemos venido?

¿A qué, cuando estaba aguardando

en su casa a don Hernando,

a la mía me has traído?

Violencia secreta ha sido,

que no alcanza la razón.

Tanto, señor, me he empeñado,

en que hable a este caballero;

que ver a Elvira no quiero,

sin primero con él he hablado:

y así, en el taller me he entrado,

para que nadie me sienta,

por disimular mi afrenta.

Pag. 38

Aquí ha de descubrir la imagen de la Soledad en el tablado, y en talle de escultura que es una imagen cubierta con un tafetán por decencia.

Becerra.

Pero si Elvira es tan bella,

y lo que es más mi mujer;

por qué, por qué han de temer

mis desdichas a mi estrella?

Si con su justa querella

y Leonor con sus antojos

me quitaron los enojos;

por qué (recelos constantes)

les dais el crédito antes

a mi duda que a mis ojos?

Mas cuando acabando estoy

Señora, vuestro retrato;

con vos y con el ingrato

a otros cuidados me doy?

Para que se acabe hoy

me traéis aquí, bien digo,

y así, Señora, conmigo

basta a mi fe inadvertida

por aviso la venida,

y la duda por castigo.

Solo falta a este traslado,

para acabar su escultura,

quitalle una torcedura,

que en el cuello le ha quedado,

de haber su materia estado

entre el fuego, y no ha podido

el formón, ni ya ha valido

mi industria para quitalla:

Mas si en aquesto se halla

algún misterio escondido?

Sí, que por prenda de amor

(como Dios nos quiere tanto,)

al dar su Espíritu Santo,

le dio entre visible ardor:

La Virgen es en rigor

Hija suya, no lo niego,

luego no discurro ciego;

si digo que esa escultura

es prenda de su ternura,

pues nos la ha dado entre fuego.

Pues si es prenda celestial

de amor de Dios tan sagrada;

de prenda entre fuego dada

quédese aquella señal:

conozca el hombre en su mal

aún por ella desde agora,

que es su amparo esta Señora,

pues su hermosa Soledad

tiene llanto de piedad,

y mano de intercesora.

Mas ya en brazos de la noche

todas las sombras descienden,

y en las campañas del aire

partido el campo igualmente

los horrores a las luces

o las retiran o vencen,

ya ha anochecido, y así

quiero acabar este breve

cuidado de esta escultura:

sin luz no es posible hacerse,

Pag. 39

Becerra.

inconveniente es pedirla,

pues del hallarme aquí pueden

si adivinar mis cuidados

mis sospechas conocerse,

pues he entrado (¡qué locura!)

por puerta, que pocas veces

sin necesidad se abre:

mas así es bien lo remedie.

Yo me desciño la espada,

y puesta aquí; fácilmente

tomando aqueste formón,

cuando Inés la luz trujere,

hallándome obrando aquí,

no es posible que penetre

la causa de mi venida:

aquesto es preciso hacerse,

porque es acción peligrosa,

(demás de ser indecente,)

teniendo un hombre cuidados,

dar a entender que los tiene.

Desde esta puerta una luz

quiero pedir: mas parece

que siento pasos.

Salen Inés, y don Fernando hasta la puerta.

Inés.

Señor,

Aparte.

Fer.

No hagas ruido.

Pues, ¿qué temes?

¡Más que bien que la he engañado!

Aparte.

Ber.

Cielos, ¿quién aquí se atreve

a entrar con pasos tan mudos?

Dos bultos son, ¡si pudiese

conocerlos!

Inés.

Señor, mira,

que si mi amo viniese...

Fer.

Tu señor queda en mi casa.

Aparte.

Ber.

¡Honor, don Fernando es este!

Fer.

No temas, que mi criado

le ha dicho ya que me espere,

y así aguardando quedaba.

Aparte.

Ber.

¡Adiós, don Fernando! ¡Ah, aleve

criada! ¡No os han salido

vuestros engaños crueles,

porque para mis desdichas

mi corazón nunca miente.

Inés.

Ya quedas en el taller:

por aquella puerta viene

mi señora, y así es justo,

que agora, que agora medie

tu cordura estos pesares.

Fer.

Tú verás, cómo sucede

bien, satisfaciendo a Elvira.

Aparte.

Ber.

Luego, ¿Elvira celos tiene?

¡Válgame Dios! ¿Esto escucho?

Poco mis penas me duelen,

pues vivo, sin alma estoy.

A la puerta.

Inés.

Adiós, señor, bien sucede.

Fer.

¿A dónde vas, Inés? ¿Dónde?

Inés.

Estas nuevas tan alegres

voy a darlas a Leonor.

Pag. 40

Inés.

pues bien Leonor las merece.

Vase.

Fer.

Espera, aguarda, no vayas,

Inés, que tú no me entiendes,

si piensas que mis cuidados

a templar a Elvira vienen

con decirla que yo estimo

a Leonor: en diferentes

afectos con una acción

me das vida y me das muerte,

pues me traes aquí a ganarme,

y partes de aquí a perderme.

Bez.

De lo que oí a esa criada,

¡ah, enemiga! me parece

que aguardan aquí a mi esposa.

Penas, templadme de suerte;

que pase aquestas desdichas

hasta que venga, y confiese

ser cómplice en el delito,

para que en ambos se vengue.

Fer.

Yo he de apurar de esta vez,

si de Elvira los desdenes

se originan de vengarse

antes que de aborrecerme.

Que aquel primero cariño

que dos amantes se tienen,

se arraiga tanto en el alma;

que tarde o nunca se pierde:

pues alentad, esperanzas,

que aquesta verdad os mueve.

Bez.

Ay Elvira, ay dueño mío,

¿tú fácil? Mienten mil veces

mis oídos que lo escuchan,

y mis voces que lo sienten.

Sin armas estoy, (¡ay triste!)

que agora me desciñese

la espada! No estoy en mí:

¿vióse error tan imprudente?

no está aquí donde la puse,

mas no es mucho que la yerre,

si de turbación y susto

no hay cosa en quien no tropiece.

Hacia esta puerta; ¡ay de mí!

Sale Elvira.

Elvi.

O ya mis sospechas mienten;

Bez.

Esta es Elvira, desdichas.

Fer.

Parece que Elvira viene.

Elvi.

O mis ojos se engañaron,

o a mi atención le parece,

que ha gran rato que a mi esposo

por entre esos cuadros breves

le vi entrar con gran cuidado,

de que ninguno le viese,

y juzgando que vendría

a llorar aquí, como suele;

a que pidiera una luz

he aguardado para verle.

Y siendo ya tan de noche

no la ha pedido: impaciente

Pag. 41

Vengo como enamorada.

No sé (¡ay de mí!) qué resulte

(cielos) de aquesta venida,

y aun yo turbada mil veces

no truje luz: Mas, señor,

¿vos aquí?

Fernando.

Cielos, parece

Elvira.

Bernardo.

Cielos piadosos,

¿vos me tratáis de esta suerte?

Elvira.

El corazón en el pecho

ni me cabe ni se mueve.

Fernando.

Ella es, ¿qué es lo que dudo?

Elvira.

Pues qué, pues ¿qué os enmudece?

Bernardo.

¡Ah, ingrata Elvira!

Fernando.

Bien mío,

aquí tienes (como siempre)

un corazón, que a tus ojos

como a su centro se viene.

Elvira.

¿Vos, señor, aquí tan solo?

¿qué es esto? ¿quién os merece

esta fineza?

Fernando.

No alcanzo,

cómo me hable de esta suerte

Elvira, si me conoce.

Elvira.

Lleguen vuestros brazos, lleguen;

Bernardo.

Ya no es sufrible esta injuria,

mi espada es aquesta: aleves,

vuestra culpa os ha traído,

a que mi honor os dé muerte.

Elvira.

Señor, esposo, bien mío,

¿los dos contra mí?

Fernando.

¡Ay, más fuerte

desdicha! ¡Válgame el cielo!

Bernardo.

No os han de valer, crueles,

las sombras para escaparos.

Elvira.

¿Qué es esto? ¿qué me sucede?

Fernando.

Aunque esta puerta he encontrado,

es posible que no encuentre

a Elvira para libralla.

Elvira.

Esta (¡ay de mí!) me parece

de la imagen la escultura,

aquí podré defenderme:

mortal estoy.

Bernardo.

Ea, infame,

que en vano te me defiendes.

Elvira.

Virgen de la Soledad,

pues veis que estoy inocente

en esta ocasión;

Bernardo.

¡Ah, ingrata!

Vuela con el tablero.

Elvira.

Valedme agora, valedme.

Fernando.

¡Ay de mí!

Bernardo.

¿Huyes, cobarde?

Vase.

Fernando.

Cielos, ¿qué impulso es aqueste?

Bernardo.

No te ha de valer la fuga,

para que yo no me vengue.

Pag. 42

Solo estoy desahuciado, pues que así me despido, porque en la muerte me veo; ya se acaba el amor mío a oposición del rigor, o acuda a la sepultura la que labró en el taller.

¡Oh, remedio soberano,

esfuerzo de mi quebranto!

Pido, Señora, favor,

porque al mismo Dios paristeis,

Virgen, y le sustentasteis,

a vuestros pechos criasteis,

y vuestra leche le disteis.

Don Juan desvanecido, porque yo fui rudo, como al maltrato rindo, socorro en mi mal pido.

Jornada tercera

Pag. 43

Hacen ruido de espadas y sale don Pedro con una luz.

Don Pedro.

¿Qué estruendo, qué ocasión, qué desconcierto

el corazón, ¡ay cielos!, traigo muerto?

¿Es este que he escuchado?

Aquí no hay nadie. Aposento está cerrado.

De espadas es el ruido y no sé adónde.

¡A doña Clara, a Inés naide responde!

Sale Juan de Becerra con la espada desnuda.

Becerra.

De aquel no me conoces,

ni te valen tu fuga ni tus voces.

Don Pedro.

¿Qué es esto?

Becerra.

Yo te sigo.

Don Pedro.

Hijo, señor, amigo,

¿qué sería vos, la espada

contra mí tan airada?

Becerra.

¿Contra vos? Contra el mundo, mas, ¿qué veo?

¡Padre señor! ¿Vos sois? Aún no lo creo.

Don Pedro.

¿Cómo venís así?

Becerra.

Señor, dejadme.

Don Pedro.

¿Adónde vais? ¿Qué es esto?

Becerra.

Perdonadme,

que estoy sin voz, sin alma y sin sentido.

Don Pedro.

Esperad, ¿qué decís?, ¿qué ha sucedido

que así vais?

Becerra.

Estoy ciego,

que encontrase aquí luego

a don Pedro, qué airada está mi dicha.

Don Pedro.

¿Qué ocasión, qué desdicha...?

Becerra.

No sé qué hacer, por Dios, ni qué diga.

Don Pedro.

A veniros obliga

tan descompuesto, ciego y demudado.

Becerra.

Vive Dios, que el traidor se me ha escapado.

Don Pedro.

¿Qué traidor? ¡Ay de mí! Ya lo colijo.

¡Ay Elvira! ¡Ay honor! Decidme, hijo.

Pag. 44

Ve.

Muerto estoy, ¿qué son estas confusiones?

No miréis, no atendáis a mis razones,

que estoy loco, sin vida y sin aliento.

¡Ay, lance más violento!

Hallar la causa está dificultoso.

Habla peligroso,

que me ofende, aun mi labio,

y a estas canas agravio,

pues es la causa, no sé qué me elija,

mi esposa ingrata y su alevosa hija.

Don Pedro.

¿Qué os suspende? Decid lo que ha pasado.

Ve.

Yo, señor...

Don Pedro.

¡Ay de mí!, vos tan callado.

Y el dolor y la pena y los enojos,

hablando por la lengua de los ojos,

no os receléis, que a todo me prevengo.

Sabed, sabed que tengo,

que conservo para aquestos daños,

en la ceniza ardiente de mis años,

aquel calor y aquel ardor, se halla,

con que vertí mi sangre por honralla;

y si agora sentís que esté turbada,

o en algún accidente destemplada,

no lo calléis, que yo seré el primero

que con aqueste acero,

que el tiempo a deslucir no se atreva

por ver si mi valor su temple prueba,

sin piedad, sin dolor y sin querella,

sabréis mismo, vive Dios, vertella.

Aparte.

Ve.

¡Oh, cómo este valor me ha dado aliento!

Pues lo sospecha, ya yo se lo cuento.

Don Pedro.

¿Qué teméis? Acabad, que estoy confuso.

Aparte.

Ve.

Harto lo temo y esto lo recuso.

Aparte.

Don Pedro.

Harto le animo en tan cruel extremo,

y el suceso se ajusta a lo que temo.

Ve.

Pues, señor, ya que en vos atento prevengo

Don Pedro.

Acabad, por Dios, que estoy muriendo.

Ve.

Pues atended, señor.

Don Pedro.

Yo os atiendo.

Ve.

En la noche fría,

sepulcro de la luz, tumba del día,

que bien sepulcro y tumba la he llamado,

pues naciendo en sus sombras mi cuidado,

murió la luz de mi opinión primera,

con la de aquesta lumbrera;

siendo, a un tiempo, la noche como llama,

tumba del sol, sepulcro de mi fama:

estando en el taller (¡quién lo imagina!),

acabando esa imagen peregrina,

y al pedir una luz con voz incierta,

veo dos bultos a la misma puerta,

que entra callada, igual, con paso escaso,

un recelo pisando en cada paso,

quedo confuso al vellos,

y por saber su intento y conocellos...

Pag. 45

Me retiré a escuchar lo que intentaban

y de lo que ambos sin temor hablaban;

(agora de decirlo estoy temblando)

conocí a don Fernando.

¡Qué! La infame de Inés, ¡qué alevosía!

A verse con mi esposa le traía.

Dejóle en el taller la vil tercera,

y por cumplir severa

su intención, le mostraba

una puerta que al lado abierta estaba,

diciéndole aun entonces más traidora

que por allí vendría su señora.

De esta suerte entre ambos se dispuso,

de cual ave ve el esplendor confuso,

el que por más suave y por más diestro

del coro de las aves es maestro,

el ruiseñor alado,

que lloró siempre y siempre enamorado,

que en la voz suave y temerosa

aguardando a su esposa,

le quitó el canto y le usurpó la vida

el pájaro extranjero; la venida

con el susto que el dolor le inflama

a su esposa la llama,

y ya como celoso

la busca temeroso,

y sobre el nido donde inmóvil pende,

con ternuras la ofende,

con quejas la disculpa,

sin su habilidad la culpa;

y aunque el dolor y aunque la queja es mucha,

ni responde su esposa, ni le escucha,

mas aunque muerta ha sido,

hállala en la primera luz del día,

con la cual, así de duro en tal combate,

dobla las quejas y las alas bate,

y en cada horror (sabe Dios) le parece

que la luz se le ofrece

demasiada; aura liviana,

se le antoja que viene la mañana.

De esta suerte yo, no de otro modo,

a aguardar me acomodo,

y viendo (¡ay de decirlo muero!)

al pájaro extranjero,

a don Fernando, que a mi casa o nido

vino a quitarme el alma y el sentido,

y así llamaba a Elvira

con terneza, con ira;

pues tal vez como amante

la acusaba inconstante,

y luego como honrado

culpaba mi cuidado,

y porque en mi ofensa

la buscaba defensa,

pasando aquesta pena, aquesta calma,

acá dentro del alma;

pues como en ella está como en su esfera,

pensé que Elvira en ella respondiera,

mas no fue de provecho,

que solo en quejas me responde el pecho,

pareciendo en cada aire que pasaba

que mi esposa llegaba;

y así mi corazón en tal porfía

las alas como el pájaro batía.

En fin salió, señor, toda turbada,

Pag. 46

por la puerta que dijo la criada,

quien aquesto no admira,

vide desdichada Elvira,

y recogiendo todos los enojos

por dejar al examen de mis ojos

su culpa o su inocencia,

escuchó mi dolor, vio mi impaciencia;

no sé cómo mi furor esto prosiga,

ni sé cómo os lo diga,

solo os digo, señor, que a lo que vieron

los ojos se cubrieron,

los cabellos helados se erizaron,

los miembros de oprimidos se estiraron,

y también de ofendidos

no usaron de potencias los sentidos;

y con tan grave injuria,

con lo primero que encontró mi furia,

fue con mi esposa, y con aquesta espada

dejé mi ofensa en púrpura bañada.

Para darle también este castigo

embestí a mi enemigo;

mas no sé con qué pasos, con qué estruendo,

me pareció que huyendo

a esta cuadra salía,

y así tras él venía

con el furor que agora no resisto,

de la suerte que has visto.

Pero según aquesto está cerrado,

es imposible habérseme escapado,

y así tengo por cierto

que también con Elvira quedó muerto.

Este, padre y señor, es el suceso,

y si en aquel exceso

satisfizo mi honor a su decoro,

satisfaga mi amor a lo que lloro.

Aquí tienes, señor, a quien te advierte

quien ha dado la muerte

con penas inhumanas

al hermoso renuevo de tus canas,

y porque más te aflija

a la luz de mis ojos y a tu hija.

Ea, señor, ¿qué aguardas,

pues en matarme y en vengalla tardas?

Si acaso mi razón en ti procura

disculpar mi locura,

la terneza de padre que te inflama

a la venganza llama.

Escúchala, señor, en esta parte,

y por más irritarte,

entra en ese taller, verás postrada

de aquel cogollo hermoso la encarnada

rosa de Elvira que, en deshechas hojas,

estando yertas, estarán más rojas,

cuya sangre, por tuya y por presente,

moverá a tu pasión tan fácilmente,

(con coraje severo),

que busque tu acero

aquel aliento en mis cobardes venas

que, a pesar de mis penas,

quitó, siendo homicida,

al mundo aquella vida.

Pag. 47

aquel retrato al cielo

aquella flor al suelo

a ti el alivio, y a mí el consuelo todo

bien matas, mi señor, de aqueste modo.

Con todos cumples, pues al cielo obligas

si en delito castigas

al mundo satisfaces muy barato

pues quitas de él un hombre tan ingrato

y de padre, en la parte que te alcanza,

corresponde a tu afecto tu venganza

y en mí con mayor dicha

enmienda de mi muerte mi desdicha.

Don Pedro.

¡Válgame el cielo!, ¿qué escucho?

¿Vos a Elvira?, ¿vos celoso?

¿Ella muerta?, ¿yo sin vida?

¿Vos sin honor?, ¿estoy loco?

¿Qué habéis hecho?, ¿qué habéis dicho?

Velázquez.

¿No lo habéis oído?

Don Pedro.

¿Cómo

queréis que tenga sentidos

para mal tan riguroso?

Velázquez.

Pues entrad en el taller

veréis en diluvios rojos...

Vase.

Don Pedro.

No lo digas, que ya entro

para ver en mis oprobios

si el veneno de mi vida

bebe en su sangre mis ojos.

Sale Don Pedro.

Velázquez.

¡Válgame Dios!, ¿qué es aquesto?

¡Qué de penas!, ¡qué de enojos,

cielos, guardáis para un triste!

Pues no me basta ya solo

de mi Elvira la desdicha,

que con ternuras la nombro,

que con el alma la siento,

y con la vida la lloro;

si no es querer que la cuente

a un padre con el apoyo

de parecer que le invito

no a efeto sino que le hago

para quitarme la vida,

y onde menester a otro

desdichas tengo que bastan;

pues salgan, salgan enojos.

Don Pedro.

Velázquez, escuchadme.

Velázquez.

Señor.

¿Habéis visto ya?

Don Pedro.

Estáis loco.

¿Vos en el taller dejasteis

muerta a Elvira? Son antojos

vuestros, o es otra la causa.

Velázquez.

¿Qué es lo que decís?

Don Pedro.

Que todo

lo he visto, lo he examinado

y el taller está tan solo

que no hay más que la escalera

de la imagen, sin asomo

de haber en él sucedido

lo que contáis.

Velázquez.

¿Cómo, cómo?

¿Es posible? Yo, yo mismo

con acentos lastimosos

escuché mortal a Elvira.

Sí, que veis mis enojos...

Pag. 48

Dar este breve consuelo,

sabed, sabed que es ocioso.

Olivio.

Lo que aviso os han dado

hay caso, caso de más ahogo,

que sucedió la desdicha

en el taller, es forzoso;

pues salí con estas llaves

movido del alboroto,

que no queda en él Elvira,

también lo han visto mis ojos.

Que ella es fácil no lo creo,

que el lance fue sospechoso;

es posible que ella ha huido,

es lo más cierto de todo.

Qué he de hacer, que estoy sin vida,

cómo me hallo en su enojo,

le templaré, dónde a Elvira

he de buscar, cielos, cómo;

en lo mismo que me alivio

en eso mismo zozobro;

pues en dejalle me arriesgo

y en estar con él me estorbo.

Vecino.

Dejadme, señor, dejadme,

que me afrento, que me corro

de que penséis que en mí vale

más que un sentido, un antojo;

todo está de socorro,

cielos, qué es esto que ignoro.

Líneas tachadas al inicio de la página derecha: en el taller dicen que está / indicio, y dolo que miente / pues no me engaño, yo estaba / hágase esto, responderé por mí / Ol. de ser muy bien se quemó.

Olivio.

Hijo, amigo, vuestra Elvira...

no me acordaba, estoy loco,

la dejé yo en el estrado

dormida.

Vecino.

Cielos, ¿qué oigo?

¿Vos en el estrado a Elvira?

Este es alivio engañoso,

vamos a verla.

Olivio.

Esperad,

qué he de hacer, cielos piadosos,

quién me ha traído a los lazos

aquello mismo que ignoro.

Vecino.

Pues, ¿por qué dais...

Olivio.

Ya yo entro,

desdichas, cómo me arrojo

a decir lo que no es cierto.

Vecino.

Fortuna que bien conozco,

que esto solo es divertirme.

Olivio.

Con engañarle, ¿qué logro?

No sé cómo lo remedie

cuando hay tanto riesgo en todo.

Vecino.

Ea, señor, vamos, vamos

a que acrediten los ojos,

viendo en el estrado a Elvira,

tantos alivios dudosos.

Vase.

Pag. 49

Don Pedro.

Aguardad, que lo que he dicho

más que verdad es socorro

de mi pena,

que tal vez en los escollos

donde peligra el navío

se busca abrigo al piloto.

Vanse.

Tornan a salir Vicente con luz y Don Pedro, y descúbrese un estrado y en él Elvira durmiendo.

Vicente.

¿No venís, señor?

Don Pedro.

Ya entro,

a que de aprietos me expongo.

Vicente.

Dadme esta luz.

Don Pedro.

Quedad acá.

Entre sueños Elvira.

Elvira.

¡Señor, mi bien, dulce esposo!

Vicente.

Elvira es esta, ¿qué miro?

Don Pedro.

¡Válgame el cielo!, ¿qué es esto?

Vicente.

¿Qué es esto? ¿Cómo es posible

lo que paso, lo que noto?

Don Pedro.

¡Válgame Dios!, aquí Elvira,

y no sabiéndolo cómo,

lo dije; mas esto es

impulso del cielo todo.

Vicente.

Un hielo he quedado.

Don Pedro.

Y yo.

¿Veis aquesto? Engaño notorio,

antídoto ilustre, nos muestras

¡oh verdades!

Vicente.

Ya conozco

que yo, que Elvira, que el caso,

que el valor, que no lo ignoro,

que digo que estoy sin vida.

Despierta Elvira.

Elvira.

¿Vos, señor, tan riguroso

contra mí? Mas ¿qué es aquesto?

¿Yo aquí en el estrado? ¿Cómo?

Vicente.

Tomad aprisa esta espada.

Don Pedro.

En esta puerta me escondo.

Elvira.

Señor, esposo, bien mío,

¿vos tan descompuesto el rostro?

¿Vos con el airado acero?

Pues ¿qué ocasión, pues qué enojo?

Vicente.

Elvira, mi bien, señora,

¿hay lance más riguroso?

¿Yo descompuesto? ¿Qué dices?

¿Yo espada? ¿Adónde?

Elvira.

Qué sé yo.

Señor, habla más, más claro,

pues estamos los dos solos,

vos con penas, yo con vida,

yo aliento y vos cuidadoso,

yo os miro y vos con sospechas,

yo lo causo y yo os adoro,

y aún con esto no despido

toda la vida en sollozos.

Sea, señor, como agora,

esté vuestro acero ocioso,

sacad, sacad esta sangre

en repetidos arroyos,

Pag. 50

Ve.

¿Qué es esto, Elvira?

¿Yo sospechas, yo celos?

¿Qué dices? ¡Qué dura vida!

Que a mi honor, que a mis asombros

no rindieras! Mas, ¿qué digo

tú pesares, cuando postro

a tu beldad mi albedrío

y a tu virtud mi decoro?

No, Elvira.

Elu.

Pues yo, señor,

soñaba, que bien lo lloro,

que entrando en vuestro taller,

con el afecto amoroso

de veros, vos con la espada,

en vez de hallaros gustoso,

os vi que contra mi vida

la esgrimíais, y en mi ahogo,

buscando dónde ampararme,

topé con el prodigioso

retrato que estáis haciendo,

y pidiéndola socorro,

me abracé de su escultura;

por ella mi vida cobro,

por mi aprecio en su bulto.

Ilusión fue, pues me topo

despierta en aqueste estado,

sin riesgo, no le ocasiono

conmigo, que es lo que temo

con vos.

Ve.

Elvira, fue antojo,

y con la espada, ¿a qué efeto?

Elu.

Pues vos estabades solo.

Ve.

¿Qué es esto? ¡Cielos divinos!

Ya tu inocencia conozco.

¡Ay, Elvira! ¡Ay, dueño mío!

¿Por qué, por qué no me arrojo

a tus pies, viendo yo mismo

efeto tan milagroso?

¡Mal hayan las injustas

leyes que tiene el decoro!

Op.

¡Válgame Dios! Según esto,

el lance ha sido forzoso;

inocente está mi hija,

apenas resisto el gozo.

Elu.

Mi esposo hablando entre sí,

Virgen, pues sois ya mi apoyo,

no peligré yo en sus dudas,

pues no peligré a sus ojos.

Ve.

Virgen de la Soledad,

¿quién, si no vuestro socorro,

a pesar de una atrevida

y don Fernando alevoso,

librara a aquesta inocente

de indicios tan sospechosos?

Op.

Ya no puedo reprimirme.

¡Hijo, amigo, soy dichoso!

Ve.

¿Veis si fue verdad el caso?

Op.

También, ¿no veis en su abono

Pag. 51

Op.

el prodigio

Ve.

que ya le estimo

que el cielo nunca es piadoso

con los delitos

Elvi.

qué es esto

de nuevas dudas me informo

mi padre y mi esposo hablando

sin oíllos ya concibo

que sabiendo los intentos

con sobresalto le nombro

de este don Fernando aleve

Ve.

yo he de remediallo todo

Elvi.

sin duda trazan mi muerte

Ve.

y a vos no os importa el modo

D. Po.

vamos hija por qué espera

mi sobrina

Elvi.

cuánto noto

que este sobresalto a mi vida

D. Po.

hijo yo a mi cargo tomo

saber de Inés

Ve.

no hagáis tal

que es arriesgallo

Elvi.

un escollo

es cada paso a mis penas

Ve.

señor matalle es forzoso

Elvi.

os quedáis

D. Po.

ya vamos hija

Elvi.

ya a mis desdichas me postro

D. Po.

mirad que entiendo que aquestos

son repetidos estorbos

el prodigio

Ve.

que le estimo

que el cielo nunca es piadoso

con los delitos

Elvi.

qué es esto

Ve.

yo he de remediallo todo

Elvi.

sin duda trazan mi muerte

Ve.

a vos no os importa el modo

D. Po.

vamos hija por qué espera

mi sobrina

Elvi.

cuánto noto

es sobresalto a mi vida

Vase.

D. Po.

cuánto agravian sus gozos

Elvi.

Virgen de la Soledad

Ve.

retrato santo y piadoso

Elvi.

a vos os debo la vida

Ve.

a vos os debo el reposo

Elvi.

señor dad alivio a mis penas

Ve.

yo y a pesar del demonio

Elvi.

y así a pesar de mis penas

Ve.

acabará el primer gusto

retrato esta noche

Elvi.

y él

será siempre mi socorro

Vase.

Ve.

que el dilatar un castigo

no es olvido es un spacio

Salen Inés y Pabón.

Inés.

tú no has de poder hablar

a Lesmes

Pa.

pues es preciso

Inés.

mira Pabón que te aviso

no nos vuelvas a enredar

que no entre este aburrido

Pag. 52

Si en un palo se pusieran,

Pabón.

dejase de esa quimera,

y ve a decir a Lesmes...

Inés.

¿A Lesmes?, ¿a qué?, ¿o es bueno,

porque a cada lance cierto

no ha de haber su milagrito

que nos saque del empeño?

Pabón.

¡Milagrito, vive Dios!

Que si a don Fernando oyeras

el suceso que dije yo,

que era milagro dijeras.

Pues viéndole en el taller

cuando él más peligraba,

que su valor le buscaba,

por podello socorrer,

tal impulso le embistió,

que sin poder contrastalle,

sacándole hasta la calle,

nunca cómo fue alcanzó;

solo le hallé entre dos luces,

diciendo con humildad:

¡Virgen de la Soledad!,

haciéndose dos mil cruces.

Sale Dulce por acaso.

Dulce.

Por acaso, señor Pabón.

Pabón.

Pues ¿de qué se maravilla?

Dulce.

¿Qué es?, ¿hay otra ensaladilla

que le pique la afición?

Inés.

Oye, no seas malicioso,

que Pabón sale de ver

agora de este taller

el retrato milagroso

de la Soledad.

Dulce.

¿Qué es eso?

¿La imagen no está en palacio?

Pabón.

Del cura; vamos despacio.

Inés.

¡Qué pasmo, que me ha cogido!

Dulce.

¿Mi amo no la acabó

ayer, que a su ermita agora

no la visita mi señora,

y a la Reina la llevó?

Pues ¿cómo es posible?

Inés.

Espera,

que a aquel retrajo...

Dulce.

¡Ah, infiel!,

ya te disculpas con él.

No serás tú la primera

que con vil hipocresía

diga por su liviandad

que va a ver la Soledad,

yendo a rascar un paño.

Inés.

Mi señora.

Pabón.

Viene Elvira, y...

pues tome, quier afufar.

Dulce.

¡Ca, vaya, si es pulgas!

Señora, y no de mentira.

Salen Leonor y Elvira.

Leonor.

Prima, aquí tienes a Inés.

Inés.

Señora, pues ¿qué me mandas?

Elvira.

Agora sabré mis penas.

Leonor.

Yo he de acabar con mis ansias.

Elvira.

Fiel cura ha de ser, no temas.

Dulce.

Obedezco.

Elvira.

Mas aguarda:

¿vendrá mi esposo tan presto?

Dulce.

No, señora, que quedaba

aguardando al cardenal

Quiroga, para que vaya

a bendecir a la Virgen

de la Soledad.

Leonor.

Mañana

la colocan.

Pag. 53

Dul.

Sí, señora,

ya está la iglesia colgada

de la Victoria, y los frailes

contentos como unas pascuas.

Elvi.

Tal gozo les da la reina.

Dul.

Sí, que es gozo soberano.

Leo.

Bien puedes irte.

Vase.

Dul.

Pues voyme,

que traigo unas aldabadas

de almorzar mi apetito

con acelgas y espinacas.

Elvi.

Dime, Inés, ¿aquella noche

que hubo aquel ruido de espadas,

tú dejaste en el taller

a don Fernando?

Inés.

Yo...

Leo.

Acaba,

dile lo que me dijiste.

Inés.

Yo, señora, estoy sin habla.

Elvi.

Dilo, que te lo prometo.

Inés.

Sin que me prometas nada,

don Fernando llegó a mí

diciendo que le importaba

hablarte, porque tú eras

quien ciegamente estorbabas

el casarse con Leonor.

Yo, movida de sus ansias,

a aquella noche le puse

donde le oíste engañada.

Sí, ciega, el falso, infame.

Elvi.

¡Válgame Dios! ¡Ah, tirana!

Inés.

Señora...

Leo.

¿Ves, Elvira, cómo tratas

solo de matarme a celos,

y eres tú sola culpada?

Elvi.

¡Ay, espanto de mi vida!

¡Ay de mí!

Leo.

¿Qué es esto, Elvira?

Aparte.

Elvi.

Prima, a mi gran desleal amor,

ya aquí no hay más que un medio.

¡Ay, cruel! ¿Qué es lo que trazas?

Tú estás celosa de mí,

mas, quieres bien, no me espanta;

mi esposo ciega con penas,

y es mucho que fice a pedazos

la ocasión de mis celos.

Quedarás desengañada

si de don Fernando apartas

que te aborrece.

Leo.

¿Quedarás

desengañada y contenta?

Mas, ¿cómo ha de ser?

Elvi.

Aguarda.

Yo le he escrito un papel,

adonde le di aviso que vaya

a las nueve a la Victoria.

Leo.

Elvira, tú vas errada.

Elvi.

¿Por qué?

Leo.

Pues, ¿será razón

que le diga, cara a cara,

a una mujer como yo,

que la ha engañado?

Elvi.

Repara

en que tú has de estar conmigo;

solo has de hablar tapada.

Leo.

Está bien, ay, enemiga,

tú misma buscas tu infamia.

Elvi.

Esto es estimarse, prima.

Leo.

Firmezas, cuando se dan,

Pag. 54

Elvira.

¡Un buen medio he elegido!

Custodio.

Salga todo de fe, y no haya pavor a Marte.

Sale don Fernando y Pabón.

Don Fernando.

¡Ah, Pabón! Mira a saber.

Pabón.

Las nueve no han dado.

Don Fernando.

Anda, que habemos tardado.

Sale Inés.

Inés.

Señor don Fernando...

Don Fernando.

¡Inés!

Inés.

Acabad de venir.

Don Fernando.

La guarda no

nos ha de dejar entrar

más presto.

Inés.

Todo el lugar

está en la Victoria.

Don Fernando.

Aguardar,

que de damas diferentes

entran ahí a orar.

Inés.

Las más,

del gremio de Barrabás.

Pabón.

La guarda con los valientes

gastan poco y alborotan.

Inés.

¡Qué de ellos entran agora!

Don Fernando.

Que haga esta Santa Señora

de los perdidos, devotos.

Pabón.

¡Qué mucho que a todos cuadre

devoción tan sin igual,

y que se vengan a llegar

a ver su amparo y su madre!

Y ansimismo, que no lo extrañes,

pues a perdonar los modos

nos está enseñando a todos,

meter hijos en la inclusa.

Don Fernando.

¿Ha venido Elvira?

Inés.

Sí.

Don Fernando.

¿Y Melisena?

Inés.

Indispuesta.

Sale Becerra solo.

Becerra.

Cielos, ¿dónde me lleváis?

Señor mío, ¿qué queréis,

si con las más enconadas me veis?

¿y por qué de ella me apartáis?

Otro remedio buscáis,

sí, pues, ¿adónde mejor

saldré a gozar del favor

desta imagen que formé,

pues venerada se ve,

llegar a sus pies, Señor?

¿Dónde voy desvanecido?

A manos de mi cuidado,

como a su retrato sagrado

socorro en mi mal crecido.

Solo estoy, ¡qué atrevido!

quien atrás me hace volver.

¡Venturoso quien dio ser

a imagen tan singular,

pues se adora en el altar

la que labré en el taller!

Soledad Santa, de quien

he copiado la ternura

en esa hermosa escultura,

que ya en la Victoria ven;

no permitáis que un desdén,

que turba tanto el valor,

me acabe con su rigor

Pag. 55

Becerra.

¡Oh, retrato soberano,

hechura sois desta mano;

pues ser os di, dadme honor!

No es razón, si yo labré

retrato tan milagroso,

que por vos tenga reposo

el que afligido se ve,

el pobre halle quien le dé,

el enfermo vuelva sano,

arrepentido el tirano,

y a mí, que el ser me debistes

cuando en esta mano os vistes,

¿me dejéis de vuestra mano?

Pagad este beneficio,

Señora, con sacarme

de un dolor que ha de matarme,

pues cuando apuro un indicio,

o pierdo, Señora, el juicio,

o es obra vuestra o de Dios;

eso cegarnos los dos,

templad tormentas deshechas,

que se han menester mis sospechas,

todo Dios, o todo vos.

¿Será verdad? ¿Quién se vio

con tal congoja en el labio?

¿Será verdad este agravio?

Respondedme, Virgen.

Una voz dentro.

Voz.

No.

Becerra.

¡Quién, ay cielos, respondió!

Nadie veo por aquí.

Si fue ilusión, ¡ay de mí!

Yo he de perder el sentido.

Si mi esposa buena ha sido,

¿y yo me he engañado?

Voz.

Sí.

Becerra.

¡Válgame Dios!, el cabello

hasta el cielo se me eriza.

Esta voz me atemoriza,

que si bien reparo en esto,

solo el bulto puro y bello

de la imagen, a quien yo

puse en el altar, quedó

en la iglesia, y no consiente,

al ser temprano, más gente.

Pag. 56

Becerra.

luego ella me respondió:

Salve, hermosa Soledad,

a quien el Señor debí,

que en ese nombre, sí,

se cifra toda verdad,

ya me distis libertad,

ya sosiego mis enojos,

ya rindo el alma en despojos;

con fe pedí, bien se ve,

y quien os oye con fe,

crea cerrados los ojos.

Mas ¡qué nuevo resplandor

en el altar reverbera,

como al despertar el alba

cuando la noche se ausenta!

De las dos esquinas del tablado salen dos ángeles que serán los niños, y llegan al altar, al son de chirimías, y cada uno toma una cortina en la mano y abre, apartándose; y salga otro ángel en otra apariencia, que será el que diga estos versos.

Ángel.

Ribera, que de este mar

de gracia fuiste ribera,

pues ayudado del cielo,

en las manos de tu ciencia,

sacaste a luz al amparo,

de los hombres la defensa,

del pecador el retrato

de nuestra Señora y Reina,

cuando en la muerte de Cristo

fue su soledad funesta;

a que asisten los cielos

llorando soles y estrellas;

esta milagrosa imagen

será portento en la tierra,

cobrando su devoción

de una esfera en otra esfera,

sin volver desconsolado

quien se encomendare a ella;

y en pago deste cuidado,

y de obra tan perfeta,

no has de ser leñador,

todo fue engaño y quimera

hecho del conde Fernando,

que si los cielos ordenan

que los lances que han pasado

todos han sido por ella,

vive en paz, que solo tú

permite el cielo que veas

esta visión milagrosa,

por pagarte la fineza

de haber formado a la Madre,

y porque ya el pueblo entra

a oír la salve que aplauden

los ángeles y veneran,

aunque no solos, también...

Pag. 57

Hemos de asistir a ella,

y no es de perder de vista,

aunque siempre en la presencia

de nuestra Reina y Señora.

Voces.

Salve, divina doncella,

salve, amparo de los hombres,

salve, Virgen, gracia plena.

Tocan chirimías y descubren todos y la capilla con mujeres descubiertas con sobrepellices y velas, y cantan después de estos versos.

Bejerano.

¡Oh, consuelo milagroso!

Mil gracias os doy por ella

a los cielos, mas ya cantan,

toda el alma tengo atenta.

Otra.

Salve, Regina,

Todos.

precursora del sol, alba del día,

Otra.

Mater misericordiae,

Todos.

estrella de la mar, luz del aurora, ave,

Otra.

Vita dulcedo,

Todos.

gran torre de David, puerta del cielo,

Otra.

Spes nostra,

Todos.

lirio, cedro, ciprés, clavel y rosa.

Tocan chirimías y desaparécense los ángeles.

Bejerano.

Toda la gloria parece

que está dentro de la iglesia.

Dadme los brazos, amigo

señor Juan de Ribera,

que ya Leonor el mes pasa.

Ribera.

Estos brazos os doy, y sean

los de mi esposa, la vida

que os a servirla comienza.

Músicos.

Virgen de la Soledad,

aquesta devota vuestra

bien se ve la habéis pagado

tan merecida deuda.

Bejerano.

Porque de un gran milagro

no es tiempo de daros cuenta,

demos, pidiendo perdón,

fin hoy a la comedia,

adonde la devoción

de la Soledad comienza.

Pag. 58

Francisco.

Toda la gloria pareces

que está dentro de la iglesia.

Dadme los brazos, amigos,

y señor Juan de Ribera.

Rodrigo.

Ya Leonor es mi esposa,

los brazos os doy, y sean

los de mi esposa, la vida

que hoy a servirla comienzo;

y porque de un gran milagro

no es tiempo de daros cuentas,

demos, pidiendo perdón,

fin dichoso a la comedia,

adonde la devoción

de la Soledad comienza.