归于> 发布日期: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El premio de la virtud y castigo en la mentira. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-premio-de-la-virtud.
Leg.º 17
17
Salen Belerofonte y Cachorro, su criado, ridículos.
¿Que hoy me quite la corona
la ley sin ley ni razón?
Dicen que en esa ocasión
estabas hecho una mona,
porque dar sin más ni más
muerte a un corintio pobrete
jamás se hizo con trinquete.
¿Pues con qué?
Con hipocrás.
Pero, ya que sin sosiego
te llegas tan pobre a ver,
dime, ¿qué piensas hacer?
A estudiar coplas de ciego
se resuelve mi dolor;
aunque en semejante yerro
andarme a la flor del berro
tenga por mucho mejor.
Ya que el mundo en pelota
me ha puesto, siendo quien soy,
ayer eras rey, mas hoy
no eres caballo ni aun sota.
Ya lo sé, que mi destino,
que nunca en mis males duerme,
colérico quiso hacerme,
ya que no me hizo sanguino;
y si mil reinos perdiera
y otra vez me provocara,
pienso que no le tocara
al pelo de la mollera.
Con que, despechado y loco,
piensa mi altivo denuedo
poner al infierno miedo.
Vete poco a poco,
mira que en el campo estás
y no hay nadie que te escuche.
Quiera el Cielo que desbuche
este dolor sin compás
antes que el vital estambre
corte a mis bríos Apolo.
Deja esas furias y solo
trata de matar el hambre,
porque son lances ajenos
que a un tiempo sus bizarrías
tengan las tripas vacías
y los cascos de aire llenos.
Y así, dejando el sañudo
desvelo de tu pasión,
busquemos un bodegón
donde hartarnos de menudo.
Que su labio se atreviese
a darme tan grande enfado.
Dime, ¿a quién han desterrado
porque muerte al hambre diese?
Que aunque tiene ya esta tierra
por costumbre establecida
desterrar al homicida,
jamás al harto destierra.
Y así, disponte a tener
algún modo de vivir,
que yo no acierto a servir
en no habiendo qué comer.
Cachorro, estimo el consejo,
aunque de oírte me corro,
que en efecto, aunque cachorro,
me pareces perro viejo.
Demás que mi intento ignoras.
¿Pues tienes ya qué cenemos?
Mira, los dos buscaremos
esta noche zarzamoras
en la espesura vecina,
con que templarás tu pena.
Pardiez, señor, que esa cena
no me ha dado buena espina.
Y después de haber cenado
muy a tu satisfacción,
dormirás sobre el colchón
más mullido de este prado.
Con que pasarás aquí
una vida sin vaivenes.
Si por tan buena la tienes,
tal te la dé Dios a ti,
que esto me faltaba ahora.
Si la vista no me engaña,
sobre esa verde campaña,
fecundo albergue de Flora,
una población se ve,
patria del valiente Aquiles,
cuyo nombre los buriles
eternizaron en fe
de su valor; y querría
hablar al rey esta noche.
No dices mal, si un coche
siquieras darte un buen día.
Eso mismo he discurrido,
porque mi heroica nobleza,
si cayó de su grandeza,
de su asno no ha caído.
Mas una cosa me inquieta.
Ya entiendo lo que te ofusca,
si no hallares coche, busca
alquilada una carreta,
que aunque no tengas después
con qué pagar el alpiste,
esto de hacer un embiste
muy de caballeros es.
Ya, Cachorro, me acomodo
a seguir tu parecer,
aunque pienso que ha de ser
dar en el suelo con todo.
Déjate una vez siquiera
gobernar por mi dictamen,
que podrá ser que no yerre.
Retírate hacia esta parte,
que parece que oigo ruido,
y no quisiera que alcancen
a conocerme, que estoy
como ves en este traje,
y un rey en paños menores
no parece bien a nadie.
La diligencia que ahora
me propones es muy fácil,
que un pobre nunca es bien visto,
aunque sea como un ángel,
porque tiene la pobreza
el rostro tan formidable
que ninguno puede verla.
Pues trepemos estos sauces
y estaremos más seguros.
Eso sí es andarse
por las ramas, y querer
que la cena se nos pase
de punto, sin que los dos
podamos darla un alcance.
Y para un hombre que tiene
tan perra demuestra el hambre,
que oliera a doscientos pasos
un guisado de tomate,
será muy bellaca burla.
Sosiégate, que ya salen,
y podrá ser que te pongan
las espaldas como un guante,
o te cuenten las costillas
para ver si están cabales,
que es gente de mucha cuenta
aunque la razón les falte.
Morir de necesidad
o que a patadas me maten,
todo es una misma cosa,
y así yo he de aventurarme,
que cien coces más o menos
jamás hacen ni deshacen
a un hombre de mi valor.
Suena ruido y dicen dentro.
Discurrid por todas partes
de este bosque la espesura
porque ninguno se escape.
Esto es malo.
No es muy bueno.
Como la cena se sabe
si está bien guisada o no.
Yo les perdonara el ante,
que ya tengo de mis tripas
poder para renunciarle.
Pues yo no se le perdono,
eso has de decir cobarde
estando a mi lado yo,
vive el cielo que te mate,
solo porque no se diga
que teniendo buena sangre
me acompaño de hombre ruin.
¡Ay, más lindo disparate!
¿Tengo yo de ser valiente,
si vamos en mi linaje,
se cuenta que se haya huido?
Vuélvese a hacer ruido y dicen dentro.
Por aquí el bruto arrogante
se nos escapó burlando
la osadía de los canes,
seguidle todos y muera.
Salen dos Cazadores con escopetas.
Si por estas soledades
le vuelvo a encontrar al puerco
del jabalí, he de quitarle
de un cachete los colmillos.
Fue picardía muy grande.
Si le alcanzo a ver el pelo,
yo le haré que me lo pague
aunque sea de aquí a un año.
Muy bien pudiera aguardarse
siquiera por cortesía,
pero en materia tan grave,
los jabalís de esta tierra
son como unos animales.
Y vos que os metéis de gorra,
no sabremos quién sois.
Paje
del Rey de Corinto soy,
que por un caso notable
andamos a montería.
Vos mentís como hombre infame,
que el rey no había de andar
por aquestos andurriales
sin más acompañamiento.
Y así al momento colgalde
de un árbol, porque a su rey
testimonios no levante.
Señor, a cualquier ahorcado
en todos los tribunales,
veinticuatro horas le dan
primero que le despachen,
y así que me deis os pido
para poder descargarme
dos años.
En mi presencia
sin que un punto se dilate
ejecutad el castigo.
Señor, ¿cómo no me vales?
Porque entre burlas y veras
pienso que quieren ahorcarme.
Disimula por tu vida,
que es diligencia importante
para que no me conozcan.
Posible es que ahora trate
de darme esa pesadumbre.
Ninguna cosa te espante
que aquí estoy yo, que a su tiempo
sabré si quiero cobrarte.
En contingencia lo pones,
es consuelo saludable
para quien está temblando
que le aprieten el gaznate.
Ea, despachad aprisa,
que hay mucho que hacer y es tarde.
El diablo del hombre
tan de pencas se me hace
que no se ayuda migaja.
Pese a su alma, ¡trabajen
que yo no puedo hacer más!
¡Vive Dios, que es un bergante
mi amo, pues que me deja
en tan apretado lance
sin salir a la defensa!
Sí, para chasco baste.
Ajustaos bien el cordel
y veréis cómo en el aire
os cuelgo con tanto aliño
que a todos cuantos pasaren
por este bosque y os vieren
les dé gana de ahorcarse.
Ahora es tiempo, señor,
que sacando la de Juanes,
me libre de estos menguados.
Ya es forzoso declararme,
que tiene el pobre Cachorro
razón, aunque no le vale.
Que no os ayudéis, me admiro,
viendo que os ahorcan de balde,
y que no se halla un verdugo
a cada paso de lance.
Vive Dios, que si me enfado
he de hacer que os desataquen,
o que os den dos mil azotes.
Vuestra merced no me trate
tan mal de palabra, pues
ninguno enseñado nace,
demás que yo no me he visto
otra vez en este trance,
y no es mucho que no acierte;
hay muy gentiles vinagres.
¡Ay, señor, mira que me cuelgan!
Y que si aflojo un instante,
si dilata su favor,
llegará el socorro tarde.
Esto va malo. Ya es fuerza
dar a conocerme; antes,
hidalgos, que ejecutéis
en aqueste miserable
el castigo, reparad
que he venido yo a librarle
y que muere injustamente.
Estremado es el mensaje.
Si no os parece muy bueno,
y queréis que desenvaine
este acero que en mi brazo
hilo, que sanguinolento de Marte,
yo os haré que hagáis por fuerza.
La cólera que vuestra merced trae
para hacer lo que nos manda
es información bastante,
mas primero es necesario
que nos cuente, si le place,
la causa que le ha movido
a perderse o a empeñarse.
No más de ser gusto mío.
Bien haya, señor, la madre
que te parió; no pariera
como tú cincuenta pares.
La respuesta ha sido breve,
pero no me satisface.
Dile, señor, lo que falta,
mira que este hombre es un áspid,
una onza, un basilisco,
un tigre, un león y un sastre;
con esto lo digo todo.
Ya no le queda excusar
a Fortuna, como sabes,
afligir a un infeliz.
¿Cuándo su rueda inconstante
dejará de perseguirme
para acabar de matarme?
Caballero, despachemos,
y ved que no son iguales
las flemas que ahora gastáis
a las furias de denantes.
Por si acaso presumís
que fue mi venida en balde,
yo soy el rey de Corinto
que, por ciertas variedades,
vengo a valerme de Prito,
vuestro rey, y casi casi
estaba resuelto ya
a volverme sin hablarle.
El suceso tiene más
de cien mil dificultades.
No os admire mi fortuna,
que también los reyes nacen
sujetos a las desdichas.
Si son de hueso y de carne
como todos, ¿de qué sirve
estar haciendo visajes?
Que un rey puede tener sarna,
sabañones, tiña, usagre,
almorranas, garrotillo,
dolor de costado, landre,
cámaras, dolor de ijada,
mal de orina, sincopales,
tiricia, gomas y tos,
sin otras enfermedades
que dejo por no cansaros.
Con voces tan elegantes
lo decís, que a persuadirme
llego que sois estudiante,
o por lo menos albéitar.
Mucho me alegro que cuadre
el parecer de Cachorro,
que es agudo como un sacre,
y al fin es mozo de prendas.
Tiene famoso lenguaje,
tanto que me ha concluido
sin saber qué replicarle;
razón debe de tener.
Vuestra Majestad repare
que va cerrando la noche,
y que el rey suele acostarse
ya que no con las gallinas,
antes que los gallos canten,
y si verle solicita,
conviene no descuidarse.
Vamos primero que cene.
Vamos, pues, que si me sale
como imagino, mi industria
daré con mi suerte al traste.
Si el rey no ha cenado, tengo
de hacerme esta noche un zaque.
Vanse todos.
Salen Prito, rey, Antia, su mujer, y Astrea, su sobrina.
¿Venís, señor, muy cansado?
De fatigar el bosque, fatigado.
Toda la tarde anduve, hermosa Antia,
conque traigo la panza tan vacía
que, según de ella infiero,
pudiera ser vacía de barbero,
que es mi hambre tan fiera
que pienso que a mi padre me comiera
si estuviera delante.
No me admiro que fuisteis estudiante.
¿Tenemos qué cenar?
Vuestra sobrina
sobrestante es, señor, de la cocina,
preguntádselo a ella, que ella pienso
que os hará relación muy por extenso.
Pues decídmelo, Astrea,
que con oírlo el alma se recrea.
Respondiendo a tan fieros desatinos
digo que hay un gigote de pepinos
y un par de huevos frescos en clara,
que los puede comer un patriarca,
que a don Pedro Augusto
siempre con atención, cariño y gusto
a servir mi desvelo se acomoda.
Cena pudiera ser para una boda
la que habéis referido.
Parece que el color habéis perdido.
Solo me maravilla
que viendo que no sufre mi costilla
semejantes arrojos,
queráis darme con ellos en los ojos,
y así, por vuestra vida,
que en el gasto acortéis de la comida,
si no me queréis dar más pesadumbre.
De vino se han traído tres azumbres;
si os pareciere mucho, sin sosiego
lo haré volver a la taberna luego.
En eso no reparo;
decidme, ¿lo trujeron de lo caro?
De lo de a treinta cuartos imagino
que lo trujo el lacayo.
No es buen vino,
y pudiera advertir el mentecato
que nunca es comedor lo más barato;
aunque con tres azumbres solamente
no tengo yo para enjuagarme un diente.
Pero pase esta noche,
y pues sabéis gastar a troche moche
ya que sois manirrota,
en proveer la olla y no la bota,
por si acaso algún huésped se entremete,
un cántaro traed de lo clarete,
que más vale que sobre,
pues los brindis a nadie hicieron pobre.
Lo que habéis ordenado
haré, señor, de hoy más con gran cuidado,
que son en mí vuestros preceptos leyes.
También se hizo el beber para los reyes,
y así, quisiera en caso semejante,
cenar en un instante,
que no me siento bueno,
y que esta noche, porque así lo ordeno,
no haya devanadera, rueca, ni aspa,
que tengo gana de tender la raspa.
Digo que os habéis puesto
en la razón con lo que habéis propuesto,
que yo en vela estaré como una grulla,
porque nadie en palacio se rebulla.
Si eso queda asentado,
cenemos, que me caigo de mi estado.
No tengáis tanta prisa,
que gasta mucha flema la que guisa.
Si hubiera menos que cenar, es llano
que hubiera despachado más temprano;
y pues mi hambre agora
no admite dilación, haced, señora,
que con él lo traigan crudo
o vayan por dos cuartos de menudo,
aunque se haga más costa.
Yo haré, señor, que vayan por la posta,
pero tened paciencia.
Sale un Paje.
A Vuestra Majestad pide licencia
para besar su mano
del reino de Corinto un cortesano,
y aguarda en la antesala.
Decilde que se vaya noramala
o que vuelva otro día,
¡qué gentil comisión por vida mía!
Dice que no es posible
volverse sin entrar.
¡Caso terrible!
Andad, decilde que entre norabuena,
aunque se lleve Barrabás la cena.
Válgate no sé quién el hombrecillo.
Mejor hubiera sido despedido.
Vase el Page.
Mi piedad no resiste
el alivio jamás que busca el triste,
que un rey debe en conciencia
con los pobres usar de la clemencia.
Salen Belerofonte y Cachorro.
Entra con el pie derecho
y pégasela de puño
al rey, porque, según dicen,
es un buen juan.
Antes juzgo
de su presencia, Cachorro,
que debe de ser machucho.
Mas, lo que quisiere sea,
que en hablarle no aventuro
cosa ninguna, yo llego.
Háblale entre claro y turbio.
Deme Vuestra Majestad
a besar esos pantuflos,
y, pues tiene dos oídos,
présteme siquiera el uno.
No me casquéis tan aprisa
la relación, que no gusto
de esas fiestas por ahora.
¡Qué galán, qué blanco y rubio
es el forastero, Astrea!
Si no fuera un poco zurdo
no fuera muy malo.
¿Cuándo
estaréis, príncipe augusto,
para que de mis desgracias
os haga un breve dibujo?
Si es breve como decís
despachad con ello al punto,
que hay muchas cosas que hacer.
Pues oídme.
Proseguid, que ya os escucho.
Rey de Argos generoso,
a cuya piedad, a cuyo
heroico nombre veneran
las cuatro partes del mundo.
Vos, que de los afligidos
sois universal refugio,
pues jamás hicisteis cosa
en utilidad del vulgo.
Escuchad a un infeliz
que con funestos aullos
se viene a valer de vos
contra los hados injustos.
Nací, pluguiera a los Cielos
me sirviera de sepulcro
la cuna donde logré
de mi madre los arrullos.
Que nacer para ser pobre,
según de mi suerte arguyo,
tiene muy poco de vida
y tiene de muerte mucho.
Porque un pobre comúnmente
anda descalzo, desnudo,
sin dineros, y con sarna,
macilento, triste, y mustio.
Y si acaso mata el hambre
es a fuerza de mendrugos
que se los come sin gana
o los desecha por duros.
En efecto, a mis desdichas
no les faltaron anuncios,
porque me contó una vieja
que de pájaros nocturnos
en distintas ocasiones
se oyó un estruendo confuso
dentro de mi mismo cuarto,
sin que bastara conjuro
a que de albergue mudasen
tan horribles avechuchos.
Crecí como ya sabéis
y apenas cumplí seis lustros
cuando, Corinto mi patria,
sobre mi cabeza puso
el laurel bien merecido
de los acasos y triunfos
con que mi brazo se ha hecho
temer de Alarbes y Turcos.
Belerofonte es mi nombre,
hijo de Glauco, que estuvo
sirviendo de sacerdote...
en el templo de Neptuno
más de cuatrocientas horas
aunque según el desuyo
más devoto fue de Baco
porque en fin es dios más puro.
Coroneme en fin por rey
en a pesar de los rustios
de mi condición altiva,
porque en esta tierra es uso
que al homicida destierren
sin que pueda haber recurso
más que balar las ovejas
en cometiendo el insulto
y salirse de contado
a cumplir el estatuto.
Duróme poco esta dicha
que apenas el cetro empuño
cuando un picarón que todas
estas ceremonias supo
se me atrevió confiado
en aquel salvo conducto
de la ley; porque entendió
el grandísimo verdugo
que por no perder el reino
sufriría como un burro,
que me hiciesen la mamola
pero yo que jamás sufro
cosquillas, de un pantuflazo
que le di con este chuco
le derribé las narices
y le hice gigote un muslo
cayendo el pobre a mis plantas
con el golpe tan difunto
que no ata otra vez capucha.
Fuese encendiendo el tumulto
y dividido el senado
en pareceres, dispuso
que me despojen del cetro
y que sin término alguno
me vaya a buscar mi madre;
sentí infinito el absurdo
que en quitarme la corona
cometió aquel pueblo insulso
aunque sus bellaquerías
no me cogieron de susto.
Pero yo que siempre he sido
de moderado discurso
que no están los tiempos ya
para entendimientos rudos;
en vos Prito generoso
mi padre y mi madre busco:
aunque con temor os cuento
de mi estrella los influjos
porque me dicen que sois
a temporadas cazurro;
y así pues en vos lo afable
es natural atributo
volved los ojos y no
la espalda, a mis infortunios;
que si me amparáis benigno
con este brazo robusto
de los enemigos vuestros
sabré templar el orgullo.
Y también a un tiempo mismo
en suaves contrapuntos
cantaré vuestras hazañas
aunque digan que rebuzno.
Anduviste alentado
y aunque esa acción mucho vale
cuanto me habéis referido
se me entra por un oído
y por otro se me sale.
Y así al punto despejad
que me da el veros horror.
No esperaba yo señor
menos de vuestra piedad.
Qué benévolo qué manso
no tiene rastro de hiel
pues comparado con él
es más colérico un ganso.
Forastero impertinente
ya no tenéis que aguardar.
A que nos den de cenar
aguardamos solamente
que los dos en conclusión
traemos un hambre impía.
Hay mayor bellaquería
es mi casa bodegón.
Perdonad si a aqueste loco
se opuso a vuestro sentir
que ya nos queremos ir.
No os vayáis, esperad un poco:
en fin a vuestro enemigo
disteis muerte sin ventalla?
Sí con una navaja
le dio un chirlo en el ombligo
y aunque el hombre era un jayán
se quedó aturdido y muerto
viendo que le habían abierto
de un golpe el arca del pan.
Suceso es de los ruines
que en toda mi vida oí.
No faltó quien dijo allí
que siempre sobran mastines
que con extraña crueldad
en el mísero le mostré
y cierto que le maté
con mucha curiosidad.
Solo creo del aliento
que en mi servicio mostráis
y para que conozcáis
que ser vuestro amigo intento
vos y vuestro camarada
decid a mi despensero
que una ración de carnero
os dé a los dos bien pegada
para cenar, que otro día
nos veremos más despacio
porque quiero que en palacio
sirváis a mi esposa Antia.
Venid sobrina conmigo
y me daréis un bizcocho.
Que pienso que son las ocho.
Ya de mala gana os sigo
que el amor que no razona
con nadie, en el corazón
se me ha entrado de rondón
o por lo menos de gorra.
Vanse el rey, Prito y Astrea.
Ya servir habiendo sido
rey, de pensarlo me corro
qué dices desto Cachorro.
Que estáis muy favorecido
y que debéis estimar
la merced que el rey os hace.
A mí no me satisface
porque me pudiera honrar
Y aun cuando no tuviera otra cosa,
con hacerme secretario
o, al menos, boticario
de los botes de su esposa,
aunque, según imagino,
es muy grandísima puerca.
Pues la ocasión tengo cerca,
no perderla determino.
Demás que el servir mujeres
es contra mi inclinación.
Vamos por mi ración,
y haz luego lo que quisieres.
Vamos pues.
Ah, forastero,
mirad que os he menester.
Qué me querrá esta mujer?
Saber si tienes dinero.
Cómo os vais sin responderme?
Porque me importa ahora
el escurrirme y dejaros
con la palabra en la boca.
Mucho estimo la fineza.
Yo no gasto ceremonias.
Qué despegado que sois.
Es que me falta la cola.
Pues advertid que no gusto
de semejantes lisonjas.
En mi patria Veynamia
jamás se ha usado otra cosa.
No la despidas, señor,
mira que viene con mosca,
y que no tenemos blanca.
No vi condición más bronca.
Ella sin duda entendió
que era el muchacho de Alcorca.
Despedid a ese criado,
que os he menester a solas.
Que le despida sin causa
no me lo mandéis, señora,
porque ha mucho que me sirve.
Despedilde porque importa
que me escuchéis dos palabras
y no quiero que las oiga.
Bien podéis hablar, que es sordo,
tanto que, aunque una campana
le toquen a los oídos,
ni se asusta ni alborota.
Muy bien lo puede creer,
que mi amo no es persona
que sin irle ni venirle
dirá una cosa por otra.
Aunque sea de ese modo,
qué os puede tener de costa
que se salga ese criado
allá fuera por dos horas,
que presto despacharemos.
Ay, mujer más enfadosa,
vete, Cachorro, de aquí.
Pues ya que es forzoso el irme,
partiré como una onza
a buscar al despensero
y a hacer cuenta con la olla,
pues en el tiempo que corre
no es posible con la bolsa.
Vase.
Ya estamos solos, señora,
decidme lo que queréis,
que por vida de vos propia
de haceros a gusto, aunque
os debo tan buenas obras.
Sois casado en vuestra tierra?
La curiosidad es boba,
y por qué lo preguntáis?
Hame dicho que os adora
cierta dama, y me ha pedido
que me informe cautelosa
de vuestro pecho.
En mi vida
tuve inclinación a bodas,
ni quise a mujer alguna,
porque más quiero en mi choza,
sin que nadie me lo gruña,
pan de cebada y bellotas
que sujetar mi albedrío
a esclavitud tan penosa.
Mucha urbanidad gastáis.
Si a vos os parece poca,
a mí no me lo parece,
y así decidle a esa puerca
que si no quiere ser monja,
que busque por otra parte,
que no estoy de parecer
de andar en esas historias.
Y con tanto, yo me voy
a buscar una mondonga
que en palacio me descuide
del puchero y de la ropa.
Vase.
Detente, villano, aguarda,
no tan presumido corras,
mira que el alma me llevas.
Ay desprecios por la posta,
pero en vano son mis quejas,
porque sin duda se informan
o las entrañas de un bronce
o el corazón de una roca.
Y así en vano me consumo
cuando la razón me sobra
y cuando de pena estoy
por dar una cabriola.
Y así, honor, lo que conviene
es buscar una tramoya
con que en la miel se le caiga
a este menguado la sopa.
Porque he de hacer que me quiera
aunque no me corresponda,
que la mujer más liviana,
quiero decir, la más gorda,
aunque no pese un adarme
suele ser como una onza.
Vase.
Salen Belerofonte y Antia.
Pues en efecto, en su locura
vuestra obstinación prosigue
sin que mi amor os obligue
ni os abrase mi hermosura?
Que jamás de vicio peco
solo por respuesta os doy
que yo de ordinario soy
como un espárrago seco.
Demás que al rey mi señor
tan grandes finezas debo
que a ofenderle no me atrevo
en lo negro del honor.
Y así, de vuestra belleza
el incendio se reporte,
porque me iré de la corte
si he dado en esa flaqueza.
de que sois gran mentecato
es vuestra respuesta indicio.
a vista de un beneficio
cómo puedo ser ingrato
ya sabéis que mi fortuna
derrotado me echó un día
a este reino como había
de echarme a sorda laguna
seis meses ha que llegué
y apenas el rey me oyó
cuando piadoso mandó
que me abrigase ende un día
no os refiero con instancia
las mercedes que me ha hecho
porque son de gran provecho
aunque no son de importancia
y así vuestra natural
bien puede el curso torcer
porque yo no he de ofender
a quien me trata tan mal.
qué notable soberbia
yo en fin en esto me cierro
pues yo os daré pandeserro
porque tengáis cortesía
porque a una mujer (sin prudencia)
no se ha de tratar así
idos al punto de aquí
que si apuráis mi paciencia
por vida del rey mi esposo
que os ponga en cuatro caminos.
suspended los desatinos
de vuestro coraje honroso
que ya me voy triste y lacio
huyendo furia tan necia
Vase
hombre que así me desprecia
no es bueno para palacio
pero yo haré que el aleve
con un testimonio falso
satisfaga en un cadalso
lo que a mis finezas debe
para que entienda el cuitado
ya que a ofenderme se arroja
que una mujer si se enoja
es un león desatado.
Sale Prito
hacia esta parte hoy voces
me parece que se oyeron
y que las daba la reina
que anda estos días en celo.
y así de mi cuarto salgo
a informarme del suceso
que no me puede estar bien
de ningún modo saberlo
que le dejase yo ir
sin que llevase el grosero
de mis manos al despedirse
una vuelta de podenco.
mas yo lo remediaré
antes que pase el invierno.
señora que hacéis aquí
tan sola y sin escudero.
la pregunta es de buen gusto
y la respuesta ha de serlo
si no me engaño también
quien con aullidos tan fieros
se atrevió de mi palacio
a profanar el silencio.
decidme por vida vuestra
lo que supierais en esto.
para que yo lo castigue.
Digo señor que no quiero
que es muy largo de contar
y cuando tuviera tiempo
para referirlo agora
no puede estaros a cuento
dejadlo para otro día.
qué poco señora os debo
pues aumentáis mis cuidados
pudiendo sacarme dellos
Callad que no lo entendéis
Aunque soy tan gran dun...
no tanto como pensáis,
que ya poco más o menos
conozco lo que el caso tiene
su poquito de misterio
y por la misma causa
saberlo de vos pretendo.
Lindamente se dispone
esta vez el majadero
a cuenta de ser melindre
llevará con la de mingo
Sale Belerofonte al paño
el rey y la reina a solas
están hablando en secreto
y he de saber lo que dicen
aunque escucharlo no puedo
Finalmente ya que vos
habéis dado en ser tan necio
que queréis saber agora
lo que ha de pesaros luego
digo que Belerofonte
ese aleve forastero
que según le honráis parece
que os ha nacido adrede
no solo hacerse ha intentado
de vuestros favores dueño
sino también de los míos
con principios mal fundados
y con ilícitos medios
Mas yo que jamás me pago
de promesas y embelecos
de la primer manotada
que le asesté en el tozuelo
hecho un ovillo a mis pies
cayó sin sentido el puerco.
levantóse dando el grito
que le ponía en el cielo
y yo también porque juzgo
que no tengo muy buen pleito
lo quise meter a voces.
llegasteis vos a este tiempo
y pues ya estáis informado
de mi inocencia y su exceso
lo que importa es acudir
con brevedad al remedio
porque puede ser que nazcan
unos penachos de cuerno
en la frente como suele
suceder a muchos buenos.
esto es lo que a mí me toca
y pues tenéis con el pueblo
granjeada la opinión
de grandísimo mostrenco
mirad lo que en este caso
os importa
harto os he dicho entendedlo.
sin duda ha perdido el juicio
la reina, o está sin seso
o no sabe lo que dice
o miente, que es lo más cierto.
Pues como Belerofonte,
en pago de haber hecho
tan buenas obras, se atreve
a tan grande atrevimiento.
Mucho lo dudo y tan mucho
que casi casi lo creo;
pero no es lícito a un rey
que se precia de modesto
quejarse a voces, y ser
de su infamia pregonero
que hacer público un agravio
no es querer que esté secreto.
Y así retiraos, señora
a vuestro cuarto al momento
y no os deis por entendida
que mi palabra os empeño
de no hacer cosa ninguna
de cuantas me habéis propuesto.
Sois príncipe insulso
ostentad el valor regio.
Pues con esa confianza
bien me parece que puedo
descuidar algunos días
que sois príncipe tan recto
que por vengar un agravio
que se atreve al honor vuestro
revolveréis medio mundo
y haréis estragos tan fieros
que se pongan tamañitos
en trepar o en Marruecos
los moros y los cristianos
los indios y los judíos.
Vase.
Solos estamos, honor
lo que importa es que tratemos
de buscar a este cuidado
disculpa para sus yerros
que no todas las venganzas
han de ser a sangre y fuego.
No me admiro que a la reina
quisiese bien, que es mancebo
de linda disposición
de gentil donaire y cuerpo
vagamundo y holgazán
y que es fuerza que en el pecho
le hagan cocos las pasiones
y cosquillas los afectos
que a mí también cuando mozo
me sucedía lo mesmo.
Vive Dios que esto va malo
pues el rey a lo que entiendo
le está cortando entre dientes
de vestir a mi pezcuezo.
Y así primero que mande
que me entalequen los huesos
válgame el salto de mata
que es santísimo remedio.
Vase.
Solo me admiro que tenga
el amor también contento
que de la reina se pague
porque tiene tan mal gusto
y es tan grandísima puerca
que cada vez que la veo
me hace echar por la boca
las entrañas y los sesos.
Y pienso que ha de acabar
conmigo, si no hay libelo.
Él en fin tiene mal gusto
a pagar de mi dinero
que como yo la conozco
la ganancia no le arriendo.
Y así en tanto que dispongo
de mi venganza los medios
a los estor de mi tía
voy a escribir un soneto.
Vase Prito y salen Antea y Astrea.
Refiéreme tu dolor
que desde agora prevengo
irte a buscar el dotor.
Yo no sé lo que me tengo
pero sé que de un dolor
nace, Astrea, mi tristeza
y sé también que me enfada
estar vestida y calzada
de los pies a la cabeza.
Sé que no puede jamás
olvidar el pecho mío
aquel grande desvarío
del forastero cruel
y sé si he de decir más
que me lleva barradas
y que es fuerza irme con él.
Sé que del astro que sigo
tan caino el influjo fue
que ha dado al traste conmigo
y aunque tanto le ofendo
que no sé lo que me digo.
Estoy tan fuera de mí
señora de haberte oído
que le diera a estar aquí
muchos cocos a Cupido
porque no te trate así.
Y aun a ti, si es que me apuras
porque muy te escandalices
te las daban mis locuras
pues con eso que me dices
me has dado en las mataduras.
Ay Astrea de mis ojos
duélete de mis enojos
pues tengo en esta ocasión
tan en cinta el corazón
que está rebosando antojos.
Ya sabes hermosa Antea
con el gusto que profeso
acreditar la fe mía
y que valgo lo que peso
para una bellaquería.
Y así templa de tu afán
las inquietudes que están
poniendo a tu vida miedo
que yo te urdiré un enredo
que no le entienda Galván.
Para que ese mentecato
se festee arrepentido
de los delitos de ingrato
tanto que a verse metido
creque por ti en un zapato
y por ventura crecida
lo estime, mientras la vida
le durare.
Dime Astrea
¿soy muy fiesa, soy tan fea
que no pueda ser querida
no soy de talle gentil
y el mozo de mis narices
no es mejor que el de un candil,
pues de su aliento aprendices
son las flores del abril.
Anduvo conmigo avara
naturaleza, y repara
que sin ponerme albayalde,
dando yo mi cara de balde,
les parece a todos cara.
Consuélame que esto es tal,
que temo volverme loca.
En todo eres celestial,
aunque dicen que la boca
te huele a ratos muy mal,
y no es falta tan pequeña
que disimular se puede.
Si por eso me desdeña,
yo no sé de qué procede,
porque no soy pedigüeña.
En efecto, si me ayudas
a tus congojas sañudas
hemos de buscar un medio.
Ya no tiene mi remedio,
mi amor que el alma deludas;
porque al rey, mi esposo, un día
le dije cómo este necio
pretendió con osadía
tratarme a mí con desprecio.
¿No estoy arrepentida
del riesgo de ese avechucho,
porque cuando mucho, mucho,
le puede costar la vida?
Si tienes ya como dices
tu venganza en ese estado,
no doy por su nuez un higo,
ni una blanca por sus cuartos.
+ Salen Belerofonte y Cachorro, su criado.
Antes que a darme resuelva
con mi cabeza en un canto,
despedirme del rey quiero,
que aunque le tengo por santo
y a que no se cura soy
su indigno beneficiado;
pero la reina está aquí,
¡quién la viera con un gato!
De hocicos en el peligro
miserablemente he dado,
huélala, señor, las ancas.
Si yo fuera mulo falso,
bien la diera un par de coces
de sus embustes en pago.
Mejor que coces será
poner en ella las manos
y darla una linda curra,
que yo a fuer de buen criado
te prometo de ayudar.
No pienso que fuera malo,
mas conviene por ahora
no alborotar el palacio.
¿No es aquel Belerofonte?
Él es, si yo no me engaño,
¿quieres hablarle?
Quisiera
hacerle dos arrumacos,
por ver si me quiere un poco.
Llegad que estás temblando.
Ya no puedes escurrirte,
aunque te vuelvas pacaso.
Ya conozco que la reina
quiere darme un gentil chasco,
y no es posible escaparme,
aunque me eche en un barranco.
¿No me dirá a qué ha venido
el grandísimo tacaño?
Si vine a veros, me lleve
una legión de esperpentos,
que es lo mismo que demonios.
Eso sin que lo juréis
os creo, señor hidalgo,
pero es gran bellaquería
que os entréis a mi cuarto
sin llamar.
Como yo soy
Juan de Casanunca llamo.
Pues advertid que si el rey...
El rey cuando más airado
me puede echar a galeras
o hacerme moler a palos,
que tiene su majestad
el corazón muy humano.
Vos debéis de tener
el seso como un guijarro.
Yo tengo la voluntad,
señora, como un tasajo,
y si no la echo en remojo,
no ha de ser posible amaros.
Pues yo haré que me queráis,
aunque no queráis, villano,
o os he de pelar aquí
las barbas y los mostachos.
No te apasiones, señora,
que ese mozo es un pazguato.
¿Cómo no? Déjame, Astrea,
verás cómo le arranco
las melenas y el copete.
Si tras todos mis trabajos
se le antojase a la reina
dejarme esta noche calvo,
ya que no de mi buen gusto,
fuera capricho extremado.
¿Ya no sabes que estas bestias
nos buscan para pelarnos?,
pues de qué te maravillas.
Semejantes desacatos
los suelo yo comúnmente
castigar a zapatazos,
y cuando no fuera reina,
bien pudiera mi recato
enfrenar vuestra locura.
Decidlo sin eso, paso,
no levantéis tanto el grito,
que no siempre en tales casos
los que no tienen buen pleito
lo han de meter a barato,
mirad que pueden oíros.
Yo haré que de mi agravio
tome la satisfacción
el más indigno lacayo.
Quiérela por vida tuya,
aunque te lleven los diablos,
porque encargas la conciencia
si haces, señor, lo contrario.
Yo no he de ofender al rey
aunque me hagan mil pedazos.
Sale Prito y quédase
un poco detrás de todos.
Voces da, o ha de dar la reina,
y aunque por mi cuenta hallo
que le falta la razón,
no soy de razón tan falto
que no conozca la causa
de que nacen sus enfados.
Paréceme que está agora
echada de cólera un jarro,
y que ha puesto en sus mejillas
la taberna de lo caro.
Con la turbación Astrea,
aunque no tiene catarro,
para limpiarse los mocos
saca la lengua de un palmo.
Belerofón con el susto
tan inmóvil se ha quedado
que sacarán sus talones
las suelas por el rastro.
Su fámulo, aunque tan negro,
vuelve los ojos en blanco
de pesadumbre, y me mira
con una cara de ahorcado.
Todos estos son indicios
que no vienen de buen ramo.
A mi cabeza infeliz,
pues por conjeturas saco
que quiere esta mala hembra
hacerme dos veces macho,
sé bien, porque no se diga
que soy juez apasionado,
sin sustanciar el proceso,
para echar después el fallo.
Señora, ¿qué hacéis aquí
a estas horas y sin manto
con Astrea, mi sobrina?
Y vos, ¿a qué tan temprano
os entráis en mi aposento
sin haberos yo llamado?
Vine a pediros licencia
para irme a ser ermitaño,
porque me tienen ahíto
las gallinas de palacio.
Lindamente se disculpa.
La inocencia hace milagros.
Mirad que os quieren engañar,
señor, con capa de santo;
lo que os he dicho es verdad,
harto os he dicho. Miraldo.
Vase.
Si es que al pobre su inocencia
no le saca a paz y a salvo,
me parece que en la nuca
le darán un sepan cuantos.
Vase.
Ap.
¿Para qué, Belerofonte,
os ponéis tan cabizbajo
en mi presencia, sabiendo
que deseo acomodaros
en cosas de solo gusto
y no de mucho descanso?
Deste modo se la pego;
que importa mucho el recato
para vengarme sin ruido.
Digo que soy vuestro esclavo
y que jamás he de hacer
de vuestros favores caso.
Mira que quiere de ti
vengarse el rey por ensalmo;
no fíes en sus palabras.
Como yo no le he cenado
ni comido ni bebido,
no recelo sus engaños.
Ap.
Ya sabéis que la quimera
ha más de trecientos años
que destruye estos contornos,
siendo con fieros estragos
peste de los caminantes
y polilla de los campos.
Es pues la quimera un monstruo
poco menor que un enano
que por la boca y los ojos
suele de su santuario
despedir mares de fuego,
y esto con exceso tanto
que se encienden muchas veces
en el monte o en el prado
de fugitivos incendios
inestinguibles pantanos.
Si a mí me fuera posible
le diera de, de un andamio
más de treinta cuchilladas
con un alfanje de raso,
que no siempre andan todos
los alfanjes de damasco,
con pretexto solamente
de que se mude a otro barrio.
Pero ha dado el socarrón
en estarse muy reacio
y hay monstruo con quien no valen
cortesías ni agasajos.
Y así, lo que determino
es que vuestro heroico brazo
nos libre deste avechucho
que nos hace tanto daño,
que si salís con la empresa
prometo de casaros
con Astrea, mi sobrina,
que es moza de muy buen garbo
y heredera de mi reino.
Y os daré treinta ducados
con ella de más a más
para que compréis un asno
con todos sus aparejos.
Desta manera le engaño,
pues es cierto que al instante
que le huela los zancajos
esta horrible sabandija
se le echará de un bocado.
Parece que lo ha sentido.
El capricho es extremado.
¿No me respondéis?
Digo que soy muy muchacho
y que me holgara de hallarme
con las barbas de un camarro
para salir a serviros
sin mirar en embarazos.
Pues sabed que es gusto mío
y que mañana a las cuatro
habéis de salir por fuerza,
si es que no queréis de grado,
o si no, yo haré que os corten
la cabeza en un cadalso.
Vase.
¡Ay, más sazonado intento!
Si el matar a la quimera
la misma costa tuviera
que tiene matar un piojo,
yo, señor, te aconsejara
que con denuedo salieras,
pero el meterte en quimeras
a que te salgan a la cara
es horrible disparate.
Yo he llegado a imaginar
que será bueno buscar
un médico que llámase
buey no, y estudia otra ciencia
que no se lo pagaré,
y con eso cumpliré
con el Rey.
En mi conciencia
que es ingeniosa la traza,
mas si conciertas primero,
querrá luego su dinero.
Eso solo me embaraza,
y así tomemos el trote,
y acompañarme procura.
¡Por tan extraña aventura
lo que diera don Quijote!
Pero a mí en peligro tanto
llevarme en vano dispones,
que de oírte los calzones
me oliscan ya tanto cuanto.
¿De qué temes, majadero,
si en riesgo tan declarado
es honra morir al lado
de su amo un escudero,
de los dos igual la estrella
ha de ser, Cachorro, aquí?
Como sin honra nací,
jamás me mate por ella,
mátate tú si te inclina
tu valor a ese trofeo.
Sabes, Cachorro, que veo
que eres muy gentil gallina,
y que nunca el pensamiento
te concibió tan cobarde.
Que lo conozcas tan tarde
es solo lo que yo siento.
No digo que vas muy fuera
de camino, antes repara
en que yo también me holgara
de excusarme si pudiera,
mas no es fácil resistir
los preceptos de mi rey,
que es a quien debo por ley
obedecer y servir,
aunque me cueste la vida.
Deja delirios profundos,
que el rey es un echacuervos,
y su muy gentil partida
sigue el rumbo que yo sigo,
y libre te verás hoy.
Siente que sin culpa voy
a morir, Cachorro amigo,
que esto solo me consuela
en tormentos tan voraces.
¿Ahora pucheros haces?
¿Qué más hiciera mi abuela?
Pero dime: ¿por qué allí
no revelaste el secreto?
Por no perder el respeto
a la reina enmudecí;
que a una mujer es debido
el crédito y el honor.
Si tú diste en esa flor,
toma lo que te ha venido.
Aparécese la diosa Minerva, en alto con música.
Pero, ¿qué luces divinas?
Pero, ¿qué acordes trompetas?
El silencio de la noche
repentinamente inquietan?
Temblando de miedo estoy.
¿Si ha sabido la Quimera
que he de salir a matarla,
y me viene a pedir treguas?
Eso o esotro será.
Belerofonte, no temas,
que ya tienes en tu ayuda
todo el poder de mi diestra.
No es nada la niñería.
El socorrillo es quienquiera.
Compadecidos los dioses
de tu aprieto y tu inocencia
desde el Olimpo me envían
a darte unas malas nuevas.
Despacha, deidad gentil,
que vienes con mucha flema
para quien rabia por irse
a matar con una suegra.
¿No me conoces?
Señora,
no ha llegado a mis orejas
la noticia de tu nombre,
sino es cien veces y media.
Vase.
Pues si no lo has por enojo,
yo soy la diosa Minerva
que he venido a darte aviso
de la dicha que te espera.
El indómito Pegaso,
sujeto al freno y la espuela,
en ese bosque te aguarda
tan manso como una oveja;
monta en él, que con las alas
que le han dado los poetas,
por los caminos del viento
licenciosamente vuela.
Del Parnaso le he traído
donde con las musas bellas
un verde se estaba dando
de romances y espinelas;
no te detengas un punto,
que conviene que a esa fiera,
para que no se resista
en ayunas la acometas,
así el cielo lo ha dispuesto
para que principio tenga
el premio de tu virtud,
que ha de correr por mi cuenta.
Detente, visión divina,
aguarda, dulce estafeta,
¿no tan veloz por el aire
las hermosas plantas muevas?
Escucha agradecimientos
de un corazón que desea...
aunque no tiene un ochavo,
convidarte a una merienda.
Yo me partiré al instante
y le cortaré las piernas
al fiero vestiglo, porque
ande a gatas por las selvas.
Yo también iré contigo,
y le sacaré las muelas,
los dientes y los colmillos,
los gaznates y la lengua.
Ya no he menester ayuda.
Donosa jeringa es esa,
quería yo que los dos
la matásemos a medias.
Antes quiero que en palacio
... te quedes y que a la Reina
digas que aunque la aborrezco
me voy a morir por ella;
pero calla lo que has dicho
que me importa que lo sepa.
De quedarme yo en palacio
aunque hallo mil conveniencias,
por una parte me huelgo
y por otra no me pesa.
Pues vamos, que ya deseo
verme a solas con la bestia,
que la tengo de poner
como un trapo aunque no quiera.
Dios te dé buena ventura
para que a la sierpe horrenda
no la des por el lagarto
que se morirá de pena.
Por la tetilla he de darla
aunque se me haga de pencas,
que como el celeste aviso
mis esperanzas alienta,
ya me parece que llevo
su muerte en la faldriquera.
Advierte, señor, que estás
poco cursado en la guerra
y que suelen estos monstruos
saber más que las culebras.
Mátela yo una por una
y lo que viniere venga.
Llegue al cielo y nos saque
las manos en la cabeza.
Vase.
Y sale Astrea y Cacho.
Aunque la reina es mi tía
pues es mi tío su esposo,
a matar estoy con ella.
Yo también estoy lo propio.
Que una mujer se atreviese
con riesgo de su decoro
a tan fiero desatino.
Son las mujeres demonios.
Como si fuera una paja
levantan un testimonio
aunque pese cien arrobas.
De imaginallo me corro.
Pues ella no está corrida,
parada sí a lo que toco.
¿Has sabido de tu amo
que me tiene con un poco
de cuidado su peligro?
Solo sé que se fue solo
de madrugada, señora,
a visitar ese monstruo
tan en ayunas, que el pobre,
con lágrimas y sollozos,
apenas pudo acabar
cuatro aves de las de a lomo,
pues a no haberse comido
treinta pasteles de a ocho,
de desabrido, en el suelo
se me cayera redondo.
De nada de eso me admiro,
que tiene sangre en el ojo
y va sin culpa a morir.
Llorosa.
O yo sin duda estoy sordo,
o me parece que lloras.
¿No te lo dicen los mocos
que por no tener pañuelo
de cuando en cuando me sorbo?
El llorar por las narices
siempre fue llanto forzoso
de alambiques y alquitaras,
pero no de machos romos.
Son mis lágrimas muy cuerdas
y escogen por más honroso
antes el de las narices
que el camino de los ojos,
porque como son sus niñas
tan parleras sin embozo,
suelen revelar del alma
los afectos amorosos.
No es muy boba la muchacha.
El lacayo no es muy bobo.
Y ¿por qué con tanto ahínco
estás derramando arroyos
de bulliciosas estrellas
y de corrientes piropos?
Dímelo, por vida mía,
que estoy, como dice el otro,
con la barriga a la boca
y mal pariré de antojo
de suma curiosidad.
Porque quiero bien, Cachorro.
Y no sabremos a quién.
A un muchacho como un oro.
Con eso no dices nada.
Pues escucha.
Prosigue, que ya te oigo.
Desde aquel día infeliz
que con tantos alborotos
Belerofonte a mi tío
le llegó a pedir socorro,
desde entonces, como digo,
entre apacibles asombros
del discurso en lo más vivo
y del pecho en lo más hondo
me parece que el amor
por no estar conmigo ocioso
a las telas de mi alma
les va sacudiendo el polvo;
y no he llegado jamás
a entender los soliloquios
deste rapaz atrevido,
pues unas veces le topo
tan severo que de miedo
me hace sudar por los poros
a cántaros el valor,
y otras me anda haciendo cocos;
si me voy a mi retrete,
allí le encuentro, y si tomo
algún rato la almohadilla
por él la labor arrojo.
Para divertir mis males
si me peino o si me toco,
donde me pica se pone
a espulgarme como un mono;
si me paseo me cansa,
si me siento me da en rostro,
si bebo, por las narices
se me sale el agua a chorros,
y si como, muchas veces
me parece que no como,
porque no me dan sus burlas
un instante de reposo;
y en fin a Belerofonte
con tantas veras adoro,
que por menos de un ochavo
le daré carta de horro.
Pero tan tarde, ¡ay de mí!
te refiero mis enojos,
que no es posible que lleguen
mis esperanzas a colmo.
Pues la quimera a tu amo...
Si no le ha puesto del lodo
es muy cierto que le habrá
dicho que se vaya al rollo.
Y así para que mis ansias
tengan el debido logro
celebrare sus exequias
con estudiar unos tonos.
Pues como tu me lo pagues
que ya sabes que nosotros
servimos para medrar
a decirte me dispongo
un secreto que yo se
tan grande y tan misterioso
que cuando llegues a oirle
presumas que te doy como
y que les vendra de molde
a tus amantes ahogos.
Si me fuere de provecho
yo te dare un real de a ocho
que para unos pelendengues
guardaba en aqueste bolso.
Enseñamele primero.
Vesle aquí.
Muestrale.
Sino es de plomo.
Tomale.
A cuenta de mi secreto
con tu licencia le escondo.
Acaba de despenarme
que estoy echa un podrigorio
Sale Antia.
Aunque me tienes pagado
no es bien que me hables tan gordo
que soy flaco de memoria
y me turbo aunque soy mozo
si bien para que no digas
que soy moledor y tonto
has de saber que esta noche
cuando el cielo generoso
a las tareas del cuerpo
pagaba el jornal en ocio
quiero decir cuando estaban
con el sueño y con el mosto
de la comedia del mundo
ensayando el morir todos
Minerva que de mi amo
las plegarias y los votos
oyo desde su aposento
al son de mil clavicordios
en el nuestro se presenta
trayendo para su abono
los mas crespos resplandores
de los estrellados globos.
Y desatando la voz
le dijo con pecho ronco
que la acatara sin duda
de tanta luz el bochorno:
aquel caballo invencible
aquel animal heroico
que fue de la sangre impura
de Medusa noble aborto
que dio a la raiz de un chopo
rico el Parnaso de aljofar
y pobre a muchos locos:
para tu defensa humilde
arrendado yace a un tronco
en la intrincada espesura
de aqueste vecino soto.
Mas yo te dire después
lo que falta del suceso
que la reina como ves
se ha venido por sus pies
a darnos sopas en queso.
Disimula que no importa
que hablar conmigo te vea.
Es mi ventura tan corta
que puede mandar Astrea
que me den alguna torta
que después me cueste un pan
como a muchos les sucede.
¿Que hace aquí ese ganapan?
Ha venido a ver si puede
hallar consuelo al afan
de la ausencia de su amo.
Si ella viene de mal ramo
desta echa soy perdido.
¿Que en efeto ya se ha ido?
Partio veloz como un gamo
esta mañana a las diez
antes que fuese de dia.
¿Partio muy triste?
Una vez
le vi tentarse la nuez
con mucha melancolia
y aunque se fue tan contento
a ser despojo sangriento
de aquel bestigio inhumano
sin testigos ni escribano
ordeno su testamento
que paso en esta manera:
yo que con nadie me ahorro
en mi hora postrimera
mando mi alma a Cachorro
y mi cuerpo a la quimera.
De mis muebles y raices
si se venden como es ley
los dineros infelices
que resultaren al rey
los mando para perdices.
Y a la reina mi señora
que con faldas de asosiego
por mi causa gime y llora
para que temple su fuego
le mando mi cantimplora.
¿Que en fin se acordo de mi?
Mal año si se acordo
¡Y ay de mi tormento aleve!
mas incurable la llaga
No tu dolor se renueve
que en esta moneda paga
un infeliz lo que debe.
Sabe el cielo que me holgara
que en aventura tan rara
valor y dicha tuviera
mas cuando en el riesgo muera
no me arañare la cara.
El que no te muele a palos hoy
tiene condicion avara
maldita sea mil veces
tan villana condicion.
Ya que su afan me encareces
para que haga colacion
denle un pan como una nuez
y si es que su atrevimiento
se vuelve a palacio mas
haz que le den al momento
cien azotes por detras
y por delante otros ciento.
Que del amo las malicias
con su presencia me advierte
y tu si medrar codicias
avísame de su muerte,
Vase.
que yo te prometo albricias.
Quiera el cielo, monstruo infiel,
que mueras en tu perfidia
rabiando, como eres,
a las manos de la invidia,
que es la muerte más crüel.
En toda mi vida he visto
mujer más desatinada.
Cuando la pica el amor
con la cólera, se vasca;
no te admires.
Sí me admiro,
que es de condición tan varia,
que unas veces está triste,
otras de contento baila;
unas parece que come
asadores, otras gachas;
unas se quiere meter
a todos en sus entrañas,
y otras a cuantos la oyen
con la lengua descalabra;
y ha menester quien la asiste
traer consigo una gaita
para seguirla el humor.
Deja esas cosas y acaba
de contarme aquella historia
que tenemos empezada.
Un real de a ocho me diste,
y es de conciencia, y taja
mi secreto; lo contado
le vale como una blanca,
más de lo que he recibido,
y no es razón que te salgan,
cuando te importa el saberlas,
tus venturas tan baratas.
Yo te lo daré otro día,
que ahora no me acompaña
un maravedí.
Pues oye
del suceso lo que falta.
¿Sabes adónde quedamos?
En aquel bruto con alas
que es del cielo errante estrella.
No es sino estrella errada
de manos y pies, según
nos refieren las patrañas
del poeta narigudo,
a quien celebra la fama
por gentil pataratero,
y a quien siguen las pisadas
cuerdos y locos, que Ovidio
mintió con ingenio y maña.
Lo que tú quisieres sea.
Sale Prito.
Hace que se va y tómale el rey.
Pues de mi cuento, vaya.
La diosa Minerva entonces
debió de venir borracha,
porque le dio a mi amo
que, con dos palmos de lanza
(que es, según todos afirman,
lo mismo que media vara),
a la sierpe le podía
medir del pecho a la espalda
para cortarla un vestido,
que diz que muy desgarrada
anda estos días con todos
los que por sus puertas pasan.
Apenas oyó mi amo
las sobredichas palabras,
cuando, mas el rey, señora,
se nos ha entrado en la sala
con pasos de buey, y yo
me voy con pasos de cabra.
Perdóname hasta otro día,
que este cuento tiene traza
de durar eternamente,
según que se nos dilata.
Volved acá, picarón,
¿de qué huís?
Aparte.
Señor, de nada.
Tiritando estoy de miedo,
aunque me sudan las bragas.
Decidme a lo que venís.
Aparte.
Él me ha cogido en la trampa
y no sé qué le responda;
una industria me valga.
Digo, señor, que venía
a pediros una carta
de favor para que Astrea,
vuestra sobrina, me haga
su cocinero mayor,
que tiene esta plaza vaca,
y yo estoy cerca de toro,
que es un lugar de la Mancha,
por no decir de la fulla.
Para todo tiene gracia.
Yo haré lo que me pedís
si se me acuerda mañana;
pero ahora que me acuerdo,
idos de aquí en hora mala.
Vase.
Por la merced que me hacéis
beso, señor, vuestras plantas,
que voy muy bien despachado.
Lo que padece quien ama.
Y vos, sobrina, al momento
que esté la cena guisada
haced que me avisen.
Vase.
Voy; que iré en volandas.
Cuidados, ¿qué me queréis,
que con ignominia tanta
procuráis al corazón
arrojarle de su casa?
Aflojad la mano un poco,
que a los reyes y monarcas
no es razón, ni que se traten
como a la gente ordinaria;
hacedlo por cortesía,
o por las deidades sacras,
que os he de cortar las piernas
aunque me pele las barbas.
Desde que a Belerofonte
no sé si con mucha causa,
de sus honrados servicios
le di la muerte por paga,
me parece que los dioses,
con ira, cólera y saña,
antes de castigos horrendos,
quieren ponerme una maca.
En las sombras de la noche
encuentro horribles fantasmas
que se me ponen delante
como para me dar de nalgas.
Todo me aflige, hasta el sueño.
lisonjeramente trata
de meterme por los ojos
los dedos hasta las cachas,
y así a dormir me resuelvo
mientras Astrea me llama
para que tire a la cena
preso cuatro tarascadas.
Llega una silla y duerme y sale Antia.
Astrea dice que aquí
el rey a solas quedara
tan aburrido que teme
que ha de dar zarabanda
sin cítara ni sin son.
Y como por mi desgracia
soy la ocasión de sus penas
me hace dejarle llagada.
Mas allí a pierna tendida
está durmiendo espatarra,
horror me ocasiona el verle.
Habla el rey en sueños.
Si es que la reina me agravia,
como imagino, esta noche
la tengo de dar caracas.
Cielos, ¿qué escucho?
Sin culpa
Belerofonte se halla
y ella no se halla sin ella.
Más sabe que yo pensaba.
Y por los dioses divinos
que la he de cruzar la cara.
Ya de todos mis embustes
se ha descubierto la hilaza,
ya contra mí parece
que su ira desenvaina
el cielo, y que de coraje
su estrellado manto rasga,
que nunca paran en bien
los que en tales pasos andan.
Vuelve a aparecer Minerva como antes.
Despierta, rey dormilón,
que te he menester alerto,
o por lo menos despierto
para que oigas un sermón.
Sin hacer información
que al castigo precediera,
¿por qué, dime, a la quimera
echaste un mozo tan bello?
Porque pudiera no hacello
aunque yo se lo dijera,
y porque sin más ni más
quiso almorzar letuario.
¿No pudo ser lo contrario?
¿Y cómo que pudo ser?
Pues eso debes creer,
que con lealtad y valor
siempre defendió tu honor
y así a honrarle te resuelve,
que su inocencia le vuelve
a tus plantas vencedor.
Ya la invidia a toda prisa
me atosiga la memoria.
Yo premiaré su victoria
aunque me quede en camisa.
Cielos, mi muerte se precia
y así voy sin dilación
a que labre a mi traición
un veneno el ataúd.
Vase.
El premio de su virtud
queda a tu disposición.
Quede muy en hora buena,
que mis promesas no tardan.
Pues adiós, porque me aguardan
en el cielo con la cena.
Vase.
Si eso solo te da pena
llévame a cenar contigo,
que a mí también el ombligo
me duele de hambre canina.
Sale Astrea.
Ya está asada la gallina,
venid a engullir conmigo.
Vamos, aunque mis desvelos
tienen mi cabeza loca.
Si la cena fuere poca,
os trairán unos buñuelos.
Que se meta con mozuelos
una mujer de su trato,
mas ya que en tan breve rato
el cielo me ha persuadido,
aunque no se haya comido,
habrá de pagar el pato.
Vanse y salen Belerofonte y Cachorro.
Deje que te dé, señor,
cien mil abrazos; ¿que es cierto
que no estás cojo ni tuerto?
Imaginallo es error,
que de la diosa el favor
hizo tan feliz mi estrella
que la quimera sin vella
me acometió tan en sí
que al venirse para mí
llevó como para ella.
Volvióme a embestir Cachorro,
mas yo con un pistolete
le di tan fiero cachete
que le hice bajar el morro;
corrió de su sangre un chorro
mayor que el de una sangría,
mas que dejé hasta otro día,
porque es justo que primero
lo sepa el rey, que le quiero
más que si fuera mi tía.
No sé si aciertas en eso,
pero bien sé que hay mal
que el rey es un animal.
Dices bien, yo lo confieso,
mas en contarle el suceso
de mi victoria imagino,
que ya esté alegre o mohíno,
es obligación y ley.
Lo mismo ha de ser al rey
que contárselo a un pollino.
Sale Astrea.
Buscando vengo a Cachorro
solo para que me diga
lo que falta de aquel cuento
que nos ha contado a medias.
Mas allí está con un hombre.
que si no tengo ruin vista,
y su amo, o a lo menos,
le ha hurtado sus pantorrillas.
¿Quién es aquella mujer
que con tanta bizarría
hacia nosotros se viene?
¿No sabes que es la sobrina
del Rey, y que, por más seña,
se llama Astrea,
y pienso que no te mira
con malos ojos?
Los tiene
tan hermosos, que las niñas
soles con uñas parecen,
pues el alma me pellizcan.
Ya me ha visto y no he de irme
sin dársela bienvenida.
Mucho me alegro que venga
con salud, vuestra señoría.
Antes no vengo muy bueno,
porque me duelen las tripas,
y de más a más, señora,
que voy como una canilla
para serviros.
Haced
que os echen una jeringa,
y lo pasaréis mejor.
No hay en toda mi familia
quien tenga esa habilidad.
Si la queréis de agua fría,
y que en vez de jeringa
lleve unas pocas de chinas,
yo os haré ese beneficio.
La piedad es exquisita.
Esa merced que me hacéis
yo la doy por recibida,
mas dejando uno por otro,
sabed, Astrea divina,
que tengo necesidad
de hacer al Rey dos visitas,
esta noche la primera,
y la segunda otro día,
para contarle el suceso
de mi historia peregrina,
y pedirle cierta cosa
que me tiene prometida,
que es casarme, a lo que entiendo,
con una cierta sobrina
que es tan linda como vos.
Antes ciegue la cochina
que tal vea.
Colorada
se ha puesto como una guinda
de sentimiento; bien puedes
pedirme, Cachorro, albricias.
Si no me las has de dar,
¿de qué sirve que las pida?
¿Y no podemos saber
el nombre de la sobrina,
que aun antes de conocerla
me da su fortuna envidia?
Antes de un mes lo sabréis.
La boca se me hace almíbar,
presumiendo que soy yo
el dueño de tanta dicha;
mas disimular conviene.
Digo, Astrea,
que me importa hablar al Rey
antes de mudar camisa;
decidle que estoy aquí,
y perdonad la osadía
del estilo con que os hablo.
Si hablar al Rey esta noche
vuestra lealtad solicita,
bien podéis prestar paciencia,
que cenando unas salchichas
le dejé yo, y no es posible
que despache tan aprisa.
Rabiando estoy por hablarle,
que vengo como una criba,
y quisiera irme a acostar.
Pues yo le daré noticia
de que estáis aquí aguardándole.
Mandádselo a una menina
o a un lacayo, que conmigo,
que soy una pobre hormiga,
no es bien, señora, que uséis
tan costosas bizarrías.
Mas pienso yo hacer por vos,
que esto es una niñería;
esperadme, que ya vuelvo.
Vase.
Si se le antoja a Astrea
darnos con la entretenida,
y no volver en un año...
Jamás te faltan malicias,
porque quieres que la otra
use de superchería
con nosotros.
Porque todas
las mujeres son malditas,
y porque ninguna he visto
que tenga el alma sencilla,
y porque a los boquirrubios
los vuelven patas arriba,
y porque lo digo yo,
que basta que yo lo diga.
¡Viven los cielos, que estás
borracho, si eso imaginas
de una mujer como Astrea!
De sus enredos te avisa
la experiencia, si los ojos
vuelves a la reina Antia,
que aún se estará corriendo sangre.
Es la distancia infinita
que hay de la una a la otra;
porque la Reina es arpía,
es una sierpe con tocas
y un demonio con basquiña,
pero Astrea es una ovejita
sin vellón y con moquita,
una paloma con faldas
y un asno con mantellina,
y creo que su palabra,
sin enredos ni mentiras,
cumplirá mucho mejor
que el Preste Juan de las Indias.
Digo que tienes razón,
que ya viene al dos de cuenta,
y trae por añadidura
al Rey en su compañía.
Salen el Rey, y Astrea.
¿Que en efeto fule has visto?
Lo que más me desatina
es, señor, que no lo creas.
¿Pues de eso te maravillas,
si al ser incrédulo llega
en mi condición antigua?
Mas él está allí, y presumo
que trae rota la ropilla.
Dile que llegue.
Señor,
mira que el rey nos atisba.
Eso ya lo he reparado,
y que Astrea se apropinqua.
Advertid, Belerofonte,
que al rey le ha dado tristeza
de veros llegar a hablarle.
Ya llego, señora mía.
Deme Vuestra Majestad
a besar su mano invicta,
y mil victorias escuche.
Muriéndome estoy de risa,
pareciéndome que habéis
de decir mil soberbias.
Mil, señor, no serán muchas.
Pues soltad la tarabilla,
y despachemos con ello.
Oíd la más inaudita
victoria que en bronce duro
la antigüedad solemniza.
Salí con orden vuestro de palacio
cuando ilustraba Apolo el firmamento
tan aturdido, tan confuso y lacio
que me quise volver a mi aposento.
Embelecado estuve algún espacio,
resuelto a darme ya contra un cimiento,
cuando se me llenaron, sin enojos,
sí el pecho de valor, de luz los ojos.
Al dulce son con majestad y pompa
de adufes, de cencerros y vihuelas,
Minerva finge, nadie la interrumpa,
así dilo enseñándome las muelas:
"Pues tienes joven que del miedo rompa
un corazón las débiles pihuelas
sacudiendo del cuello el yugo infame
para que el mundo tu virtud aclame.
Salte de la ciudad y vete luego
a hacer a ese dragón una visita,
que aunque respira por los ojos fuego,
algunas veces por sutil finta
al verte en el Pegaso, sin sosiego
se le caerá de miedo la moquita,
quedando al golpe que tu espada alterna
muerta la sierpe y tu opinión eterna".
Yo, cuando vi que el cielo se prefiere
a ofrecerme favores desta data,
dije entre mí: "lo que esta me refiere
cualquier bobo dirá que es patarata,
y por si el hambre deslucirme quiere
de mendrugos de pan con mano grata,
armando la una y otra faldriquera,
salí a dar un mal rato a la quimera".
Llegué al sitio, y apenas el Pegaso
de mis talones entendió el aviso
cuando, tendiendo por el aire el paso,
hizo de mi fortuna lo que quiso.
Unas veces volaba como acaso,
y otras corría, hasta que fue preciso
que armado el pecho de una fuerte malla
nos presentase el monstruo la batalla.
Hallámosle a la boca de su cueva,
sacudiéndose el polvo con la cola
con tan fiero semblante que renueva
mis confusiones su memoria sola.
Y para que ninguno se le atreva
de cuando en cuando erige y enarbola
el horrible testuz a cuya saña
se estremece de miedo la montaña.
Mas mi adalid que oyó sus picardías
embistiendo con súbita presteza
de una coz le quebró muelas y encías
y de una manotada la cabeza;
y viendo yo las bárbaras porfías
de su coraje, sin mostrar flaqueza,
cuando estaba en la silla más seguro
le abrí de un vironazo el pecho duro.
Corrió al punto de sangre denegrida
un espumoso río por el prado,
y aunque el monstruo sintió perder la vida
sus injurias le daban más cuidado,
y con la pesadumbre de la herida
puesto sobre ambos pies desesperado
aquel monte de escamas enemigo
abrió los brazos y cerró conmigo.
Mas yo, que vi el pecho descubierto
por acabar con tan difícil guerra
de un golpe solo le dejé tan yerto
que inclinó la cerviz hasta la tierra
haciendo tanto ruido al caer muerto
como si de la cumbre de la sierra
bajase al valle con soberbia suma
precipitado algún colchón de pluma.
Muerto el dragón, en fin, no sin misterio
de los dioses que así lo disponían,
esos pueblos rebeldes que al imperio
de vuestras dulces leyes se oponían
los reduje con tanto vituperio
que de ira los labios se mordían,
y aunque me recibieron con ultraje
os juraron después firme homenaje.
No contento con esto, más coronas
deseando añadir a vuestras sienes,
a conquistar pasé las amazonas
que las hallé fregando unas sartenes,
y aunque al principio oí de las fregonas
mil oprobrios, blasfemias y desdenes,
con el ansia de daros más blasones
desbaraté sus bellos escuadrones.
Peleaban, señor, con tal despecho
las flechas disparando y aguaduchos
que me pusieron entonces de provecho
del Pegaso los términos machuchos.
Pero como no tienen más que un pecho
no es posible, señor, que os paguen muchos.
Sujetas os las traigo, y yo me holgara
que todo el mundo en ellas se abrevara.
Esta, señor, ha sido mi victoria
y estos los triunfos son que he conseguido
no aspirando mi brazo a mayor gloria
que al haber vuestro gusto obedecido
y pues que no sois flaco de memoria
no echéis vuestras promesas en olvido
dándome pues el alma lo desea
la compañía de la hermosa Astrea.
¿Habéis acabado ya
de decir, Belerofonte?
Ya, señor, he desbuchado.
¿Cómo no pides el dote,
que el rey te ha ofrecido y
se te pasa entre renglones
el borrico y el albarda?
¿Cómo es más casarse un hombre
que cargar con esos trastos?
Mas que mi tío responda
con mucha flema, según
por las señas se conoce,
que den al amo y al mozo
una partida de coces.
Pensativo el rey se ha puesto.
Mandará que nos azoten.
Digo que vuestras victorias
merecen por superiores
que las imprima la fama,
porque el tiempo no las borre,
en cuadernos de diamante
o en volúmenes de bronce.
Pero lo que me pedís
es cosa tan disconforme
a vuestro valor que quiero
entretenerme esta noche
en buscar alguna alhaja
que premie hazaña tan noble.
Dadme con vuestra sobrina
un talego de doblones,
y si queréis darme más
repartidlo entre los pobres
porque yo no he de tomarlo.
Él discurre como un zote.
Tiene lindo entendimiento.
Ahora bien, demos un corte
en estas cosas que gusto
de ir cumpliendo con el orden
que por boca de Minerva
me han encargado los dioses,
y también con mi palabra.
Ya sois de mi sobrina
esposo, juntamente con el dote.
También es mi voluntad
que de mis estados goce
cien mil ducados de renta,
y que le entreguen un coche,
el mejor de los que tengo,
y uno y de los mejores
que aunque se rueguen con él
de ningún modo le tome.
Vivas a par de una suegra.
Alexandro fue un guilote
en vuestra comparación.
Ahora me vendrá de molde
la plaza de cocinero.
Advertid que estos favores
al cielo se los debéis
que por cuenta suya corre
el premiar vuestra virtud,
sin que de la envidia torpe
basten las sombras funestas
a empañar sus resplandores.
¿Y yo tengo de quedarme
sin premio?
No te alborotes,
que yo te daré, Cachorro,
después un oficio con que
lo pasarás como un duque.
Yo lo tomaré como un conde.
Sale un paje alborotado.
Oiga vuestra majestad
una de las más atroces
desgracias que han sucedido
en baldara [ilegible]
Acabad, ¿de qué os turbáis?
Digo pues que a las once
de la mañana, la reina
como si fuera de aloque
se echó un vaso de veneno
repitiendo en altas voces
esto hago por no ver
coronado de blasones
a Belerofonte, y luego
se dejó caer de golpe
sobre la cama tan muerta
que ya está haciendo bodoques.
Extraño caso.
Terrible
desesperación enorme.
La nueva de mayor gusto
me traéis; haced que os tomen
la medida de un vestido
por el que tenéis se os rompe.
Y publíquese en mi reino
que cuelguen de un alcornoque
a quien llorare por ella,
que quiero con atambores
celebrar su muerte, mientras
la voy a echar en un roque.
La fineza de su pecho
bien merece esos honores.
Y aquí tendrá fin alegre
auditorio ilustre y docto
toda aquesta patarata
de que se ha usado esta noche,
que ni es auto ni comedia,
sino un compuesto de utroque
para poder divertir
vuestros gustos cansadotes
de tanto auto y entremés,
con que tenéis el envés
todo hecho un almodrote.
Si alguna cosa se ha dicho
que no sea muy conforme
a lo que la Iglesia enseña
y la religión dispone,
aunque es poeta y de capa,
subjicit se correctioni.
Finis.