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Texto digital de El premio de la virtud y castigo en la mentira

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El premio de la virtud y castigo en la mentira. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-premio-de-la-virtud.

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EL PREMIO DE LA VIRTUD Y CASTIGO EN LA MENTIRA

Pag. 1

Leg.º 17

17

Jornada primera

Pag. 2

Salen Belerofonte y Cachorro, su criado, ridículos.

Belerofonte.

¿Que hoy me quite la corona

la ley sin ley ni razón?

Cachorro.

Dicen que en esa ocasión

estabas hecho una mona,

porque dar sin más ni más

muerte a un corintio pobrete

jamás se hizo con trinquete.

Belerofonte.

¿Pues con qué?

Cachorro.

Con hipocrás.

Pero, ya que sin sosiego

te llegas tan pobre a ver,

dime, ¿qué piensas hacer?

Belerofonte.

A estudiar coplas de ciego

se resuelve mi dolor;

aunque en semejante yerro

andarme a la flor del berro

tenga por mucho mejor.

Ya que el mundo en pelota

me ha puesto, siendo quien soy,

Cachorro.

ayer eras rey, mas hoy

no eres caballo ni aun sota.

Belerofonte.

Ya lo sé, que mi destino,

que nunca en mis males duerme,

colérico quiso hacerme,

ya que no me hizo sanguino;

y si mil reinos perdiera

y otra vez me provocara,

pienso que no le tocara

al pelo de la mollera.

Con que, despechado y loco,

Pag. 3

Belerofonte.

piensa mi altivo denuedo

poner al infierno miedo.

Cachorro.

Vete poco a poco,

mira que en el campo estás

y no hay nadie que te escuche.

Belerofonte.

Quiera el Cielo que desbuche

este dolor sin compás

antes que el vital estambre

corte a mis bríos Apolo.

Cachorro.

Deja esas furias y solo

trata de matar el hambre,

porque son lances ajenos

que a un tiempo sus bizarrías

tengan las tripas vacías

y los cascos de aire llenos.

Y así, dejando el sañudo

desvelo de tu pasión,

busquemos un bodegón

donde hartarnos de menudo.

Belerofonte.

Que su labio se atreviese

a darme tan grande enfado.

Cachorro.

Dime, ¿a quién han desterrado

porque muerte al hambre diese?

Que aunque tiene ya esta tierra

por costumbre establecida

desterrar al homicida,

jamás al harto destierra.

Y así, disponte a tener

algún modo de vivir,

que yo no acierto a servir

en no habiendo qué comer.

Belerofonte.

Cachorro, estimo el consejo,

aunque de oírte me corro,

que en efecto, aunque cachorro,

me pareces perro viejo.

Demás que mi intento ignoras.

Cachorro.

¿Pues tienes ya qué cenemos?

Belerofonte.

Mira, los dos buscaremos

esta noche zarzamoras

en la espesura vecina,

con que templarás tu pena.

Cachorro.

Pardiez, señor, que esa cena

no me ha dado buena espina.

Belerofonte.

Y después de haber cenado

muy a tu satisfacción,

dormirás sobre el colchón

más mullido de este prado.

Con que pasarás aquí

una vida sin vaivenes.

Cachorro.

Si por tan buena la tienes,

tal te la dé Dios a ti,

que esto me faltaba ahora.

Belerofonte.

Si la vista no me engaña,

sobre esa verde campaña,

fecundo albergue de Flora,

una población se ve,

patria del valiente Aquiles,

cuyo nombre los buriles

eternizaron en fe

de su valor; y querría

hablar al rey esta noche.

Cachorro.

No dices mal, si un coche

siquieras darte un buen día.

Belerofonte.

Eso mismo he discurrido,

porque mi heroica nobleza,

si cayó de su grandeza,

de su asno no ha caído.

Mas una cosa me inquieta.

Cachorro.

Ya entiendo lo que te ofusca,

si no hallares coche, busca

alquilada una carreta,

que aunque no tengas después

con qué pagar el alpiste,

esto de hacer un embiste

muy de caballeros es.

Belerofonte.

Ya, Cachorro, me acomodo

a seguir tu parecer,

aunque pienso que ha de ser

dar en el suelo con todo.

Cachorro.

Déjate una vez siquiera

gobernar por mi dictamen,

que podrá ser que no yerre.

Belerofonte.

Retírate hacia esta parte,

que parece que oigo ruido,

y no quisiera que alcancen

a conocerme, que estoy

como ves en este traje,

y un rey en paños menores

no parece bien a nadie.

Cachorro.

La diligencia que ahora

me propones es muy fácil,

que un pobre nunca es bien visto,

aunque sea como un ángel,

porque tiene la pobreza

el rostro tan formidable

que ninguno puede verla.

Belerofonte.

Pues trepemos estos sauces

y estaremos más seguros.

Cachorro.

Eso sí es andarse

por las ramas, y querer

que la cena se nos pase

de punto, sin que los dos

podamos darla un alcance.

Y para un hombre que tiene

tan perra demuestra el hambre,

que oliera a doscientos pasos

un guisado de tomate,

será muy bellaca burla.

Belerofonte.

Sosiégate, que ya salen,

y podrá ser que te pongan

las espaldas como un guante,

o te cuenten las costillas

para ver si están cabales,

que es gente de mucha cuenta

aunque la razón les falte.

Cachorro.

Morir de necesidad

o que a patadas me maten,

todo es una misma cosa,

y así yo he de aventurarme,

que cien coces más o menos

jamás hacen ni deshacen

a un hombre de mi valor.

Suena ruido y dicen dentro.

Dentro.

Discurrid por todas partes

de este bosque la espesura

porque ninguno se escape.

Pag. 4

Belerofonte.

Esto es malo.

Cachorro.

No es muy bueno.

Belerofonte.

Como la cena se sabe

si está bien guisada o no.

Cachorro.

Yo les perdonara el ante,

que ya tengo de mis tripas

poder para renunciarle.

Belerofonte.

Pues yo no se le perdono,

eso has de decir cobarde

estando a mi lado yo,

vive el cielo que te mate,

solo porque no se diga

que teniendo buena sangre

me acompaño de hombre ruin.

Cachorro.

¡Ay, más lindo disparate!

¿Tengo yo de ser valiente,

si vamos en mi linaje,

se cuenta que se haya huido?

Vuélvese a hacer ruido y dicen dentro.

Dentro.

Por aquí el bruto arrogante

se nos escapó burlando

la osadía de los canes,

seguidle todos y muera.

Salen dos Cazadores con escopetas.

Cazador 1.

Si por estas soledades

le vuelvo a encontrar al puerco

del jabalí, he de quitarle

de un cachete los colmillos.

Cachorro.

Fue picardía muy grande.

Cazador 2.

Si le alcanzo a ver el pelo,

yo le haré que me lo pague

aunque sea de aquí a un año.

Cachorro.

Muy bien pudiera aguardarse

siquiera por cortesía,

pero en materia tan grave,

los jabalís de esta tierra

son como unos animales.

Cazador 1.

Y vos que os metéis de gorra,

no sabremos quién sois.

Cachorro.

Paje

del Rey de Corinto soy,

que por un caso notable

andamos a montería.

Cazador 2.

Vos mentís como hombre infame,

que el rey no había de andar

por aquestos andurriales

sin más acompañamiento.

Y así al momento colgalde

de un árbol, porque a su rey

testimonios no levante.

Cachorro.

Señor, a cualquier ahorcado

en todos los tribunales,

veinticuatro horas le dan

primero que le despachen,

y así que me deis os pido

para poder descargarme

dos años.

Cazador 1.

En mi presencia

sin que un punto se dilate

ejecutad el castigo.

Cachorro.

Señor, ¿cómo no me vales?

Porque entre burlas y veras

pienso que quieren ahorcarme.

Belerofonte.

Disimula por tu vida,

que es diligencia importante

para que no me conozcan.

Cachorro.

Posible es que ahora trate

de darme esa pesadumbre.

Belerofonte.

Ninguna cosa te espante

que aquí estoy yo, que a su tiempo

sabré si quiero cobrarte.

Cachorro.

En contingencia lo pones,

es consuelo saludable

para quien está temblando

que le aprieten el gaznate.

Cazador 1.

Ea, despachad aprisa,

que hay mucho que hacer y es tarde.

Cazador 2.

El diablo del hombre

tan de pencas se me hace

que no se ayuda migaja.

Cachorro.

Pese a su alma, ¡trabajen

que yo no puedo hacer más!

¡Vive Dios, que es un bergante

mi amo, pues que me deja

en tan apretado lance

sin salir a la defensa!

Sí, para chasco baste.

Cazador 2.

Ajustaos bien el cordel

y veréis cómo en el aire

os cuelgo con tanto aliño

que a todos cuantos pasaren

por este bosque y os vieren

les dé gana de ahorcarse.

Cachorro.

Ahora es tiempo, señor,

que sacando la de Juanes,

me libre de estos menguados.

Belerofonte.

Ya es forzoso declararme,

que tiene el pobre Cachorro

razón, aunque no le vale.

Cazador 2.

Que no os ayudéis, me admiro,

viendo que os ahorcan de balde,

y que no se halla un verdugo

a cada paso de lance.

Cazador 1.

Vive Dios, que si me enfado

he de hacer que os desataquen,

o que os den dos mil azotes.

Cachorro.

Vuestra merced no me trate

tan mal de palabra, pues

ninguno enseñado nace,

demás que yo no me he visto

otra vez en este trance,

y no es mucho que no acierte;

hay muy gentiles vinagres.

¡Ay, señor, mira que me cuelgan!

Y que si aflojo un instante,

si dilata su favor,

llegará el socorro tarde.

Belerofonte.

Esto va malo. Ya es fuerza

dar a conocerme; antes,

hidalgos, que ejecutéis

en aqueste miserable

el castigo, reparad

que he venido yo a librarle

y que muere injustamente.

Cazador 2.

Estremado es el mensaje.

Belerofonte.

Si no os parece muy bueno,

y queréis que desenvaine

este acero que en mi brazo

Pag. 5

Belerofonte.

hilo, que sanguinolento de Marte,

yo os haré que hagáis por fuerza.

Cazador 1.

La cólera que vuestra merced trae

para hacer lo que nos manda

es información bastante,

mas primero es necesario

que nos cuente, si le place,

la causa que le ha movido

a perderse o a empeñarse.

Belerofonte.

No más de ser gusto mío.

Cachorro.

Bien haya, señor, la madre

que te parió; no pariera

como tú cincuenta pares.

Cazador 1.

La respuesta ha sido breve,

pero no me satisface.

Cachorro.

Dile, señor, lo que falta,

mira que este hombre es un áspid,

una onza, un basilisco,

un tigre, un león y un sastre;

con esto lo digo todo.

Belerofonte.

Ya no le queda excusar

a Fortuna, como sabes,

afligir a un infeliz.

¿Cuándo su rueda inconstante

dejará de perseguirme

para acabar de matarme?

Cazador 1.

Caballero, despachemos,

y ved que no son iguales

las flemas que ahora gastáis

a las furias de denantes.

Belerofonte.

Por si acaso presumís

que fue mi venida en balde,

yo soy el rey de Corinto

que, por ciertas variedades,

vengo a valerme de Prito,

vuestro rey, y casi casi

estaba resuelto ya

a volverme sin hablarle.

Cazador 2.

El suceso tiene más

de cien mil dificultades.

Belerofonte.

No os admire mi fortuna,

que también los reyes nacen

sujetos a las desdichas.

Cachorro.

Si son de hueso y de carne

como todos, ¿de qué sirve

estar haciendo visajes?

Que un rey puede tener sarna,

sabañones, tiña, usagre,

almorranas, garrotillo,

dolor de costado, landre,

cámaras, dolor de ijada,

mal de orina, sincopales,

tiricia, gomas y tos,

sin otras enfermedades

que dejo por no cansaros.

Cazador 1.

Con voces tan elegantes

lo decís, que a persuadirme

llego que sois estudiante,

o por lo menos albéitar.

Belerofonte.

Mucho me alegro que cuadre

el parecer de Cachorro,

que es agudo como un sacre,

y al fin es mozo de prendas.

Cazador 2.

Tiene famoso lenguaje,

tanto que me ha concluido

sin saber qué replicarle;

razón debe de tener.

Cazador 1.

Vuestra Majestad repare

que va cerrando la noche,

y que el rey suele acostarse

ya que no con las gallinas,

antes que los gallos canten,

y si verle solicita,

conviene no descuidarse.

Cachorro.

Vamos primero que cene.

Belerofonte.

Vamos, pues, que si me sale

como imagino, mi industria

daré con mi suerte al traste.

Cachorro.

Si el rey no ha cenado, tengo

de hacerme esta noche un zaque.

Vanse todos.

Salen Prito, rey, Antia, su mujer, y Astrea, su sobrina.

Antia.

¿Venís, señor, muy cansado?

Prito.

De fatigar el bosque, fatigado.

Toda la tarde anduve, hermosa Antia,

conque traigo la panza tan vacía

que, según de ella infiero,

pudiera ser vacía de barbero,

que es mi hambre tan fiera

que pienso que a mi padre me comiera

si estuviera delante.

Antia.

No me admiro que fuisteis estudiante.

Prito.

¿Tenemos qué cenar?

Antia.

Vuestra sobrina

sobrestante es, señor, de la cocina,

preguntádselo a ella, que ella pienso

que os hará relación muy por extenso.

Prito.

Pues decídmelo, Astrea,

que con oírlo el alma se recrea.

Pag. 6

Astrea.

Respondiendo a tan fieros desatinos

digo que hay un gigote de pepinos

y un par de huevos frescos en clara,

que los puede comer un patriarca,

que a don Pedro Augusto

siempre con atención, cariño y gusto

a servir mi desvelo se acomoda.

Prito.

Cena pudiera ser para una boda

la que habéis referido.

Antia.

Parece que el color habéis perdido.

Prito.

Solo me maravilla

que viendo que no sufre mi costilla

semejantes arrojos,

queráis darme con ellos en los ojos,

y así, por vuestra vida,

que en el gasto acortéis de la comida,

si no me queréis dar más pesadumbre.

Astrea.

De vino se han traído tres azumbres;

si os pareciere mucho, sin sosiego

lo haré volver a la taberna luego.

Prito.

En eso no reparo;

decidme, ¿lo trujeron de lo caro?

Astrea.

De lo de a treinta cuartos imagino

que lo trujo el lacayo.

Prito.

No es buen vino,

y pudiera advertir el mentecato

que nunca es comedor lo más barato;

aunque con tres azumbres solamente

no tengo yo para enjuagarme un diente.

Pero pase esta noche,

y pues sabéis gastar a troche moche

ya que sois manirrota,

en proveer la olla y no la bota,

por si acaso algún huésped se entremete,

un cántaro traed de lo clarete,

que más vale que sobre,

pues los brindis a nadie hicieron pobre.

Astrea.

Lo que habéis ordenado

haré, señor, de hoy más con gran cuidado,

que son en mí vuestros preceptos leyes.

Prito.

También se hizo el beber para los reyes,

y así, quisiera en caso semejante,

cenar en un instante,

que no me siento bueno,

y que esta noche, porque así lo ordeno,

no haya devanadera, rueca, ni aspa,

que tengo gana de tender la raspa.

Antia.

Digo que os habéis puesto

en la razón con lo que habéis propuesto,

que yo en vela estaré como una grulla,

porque nadie en palacio se rebulla.

Prito.

Si eso queda asentado,

cenemos, que me caigo de mi estado.

Astrea.

No tengáis tanta prisa,

que gasta mucha flema la que guisa.

Prito.

Si hubiera menos que cenar, es llano

que hubiera despachado más temprano;

y pues mi hambre agora

Pag. 7

Prito.

no admite dilación, haced, señora,

que con él lo traigan crudo

o vayan por dos cuartos de menudo,

aunque se haga más costa.

Antia.

Yo haré, señor, que vayan por la posta,

pero tened paciencia.

Sale un Paje.

Paje.

A Vuestra Majestad pide licencia

para besar su mano

del reino de Corinto un cortesano,

y aguarda en la antesala.

Prito.

Decilde que se vaya noramala

o que vuelva otro día,

¡qué gentil comisión por vida mía!

Paje.

Dice que no es posible

volverse sin entrar.

Prito.

¡Caso terrible!

Andad, decilde que entre norabuena,

aunque se lleve Barrabás la cena.

Válgate no sé quién el hombrecillo.

Antia.

Mejor hubiera sido despedido.

Vase el Page.

Prito.

Mi piedad no resiste

el alivio jamás que busca el triste,

que un rey debe en conciencia

con los pobres usar de la clemencia.

Salen Belerofonte y Cachorro.

Cachorro.

Entra con el pie derecho

y pégasela de puño

al rey, porque, según dicen,

es un buen juan.

Belerofonte.

Antes juzgo

de su presencia, Cachorro,

que debe de ser machucho.

Mas, lo que quisiere sea,

que en hablarle no aventuro

cosa ninguna, yo llego.

Cachorro.

Háblale entre claro y turbio.

Belerofonte.

Deme Vuestra Majestad

a besar esos pantuflos,

y, pues tiene dos oídos,

présteme siquiera el uno.

Prito.

No me casquéis tan aprisa

la relación, que no gusto

de esas fiestas por ahora.

Antia.

¡Qué galán, qué blanco y rubio

es el forastero, Astrea!

Astrea.

Si no fuera un poco zurdo

no fuera muy malo.

Belerofonte.

¿Cuándo

estaréis, príncipe augusto,

para que de mis desgracias

os haga un breve dibujo?

Prito.

Si es breve como decís

despachad con ello al punto,

que hay muchas cosas que hacer.

Belerofonte.

Pues oídme.

Prito.

Proseguid, que ya os escucho.

Belerofonte.

Rey de Argos generoso,

a cuya piedad, a cuyo

heroico nombre veneran

las cuatro partes del mundo.

Vos, que de los afligidos

sois universal refugio,

pues jamás hicisteis cosa

en utilidad del vulgo.

Escuchad a un infeliz

que con funestos aullos

se viene a valer de vos

contra los hados injustos.

Nací, pluguiera a los Cielos

me sirviera de sepulcro

la cuna donde logré

de mi madre los arrullos.

Que nacer para ser pobre,

según de mi suerte arguyo,

tiene muy poco de vida

y tiene de muerte mucho.

Porque un pobre comúnmente

anda descalzo, desnudo,

sin dineros, y con sarna,

macilento, triste, y mustio.

Y si acaso mata el hambre

es a fuerza de mendrugos

que se los come sin gana

o los desecha por duros.

En efecto, a mis desdichas

no les faltaron anuncios,

porque me contó una vieja

que de pájaros nocturnos

en distintas ocasiones

se oyó un estruendo confuso

dentro de mi mismo cuarto,

sin que bastara conjuro

a que de albergue mudasen

tan horribles avechuchos.

Crecí como ya sabéis

y apenas cumplí seis lustros

cuando, Corinto mi patria,

sobre mi cabeza puso

el laurel bien merecido

de los acasos y triunfos

con que mi brazo se ha hecho

temer de Alarbes y Turcos.

Belerofonte es mi nombre,

hijo de Glauco, que estuvo

sirviendo de sacerdote...

Pag. 8

Belerofonte.

en el templo de Neptuno

más de cuatrocientas horas

aunque según el desuyo

más devoto fue de Baco

porque en fin es dios más puro.

Coroneme en fin por rey

en a pesar de los rustios

de mi condición altiva,

porque en esta tierra es uso

que al homicida destierren

sin que pueda haber recurso

más que balar las ovejas

en cometiendo el insulto

y salirse de contado

a cumplir el estatuto.

Duróme poco esta dicha

que apenas el cetro empuño

cuando un picarón que todas

estas ceremonias supo

se me atrevió confiado

en aquel salvo conducto

de la ley; porque entendió

el grandísimo verdugo

que por no perder el reino

sufriría como un burro,

que me hiciesen la mamola

pero yo que jamás sufro

cosquillas, de un pantuflazo

que le di con este chuco

le derribé las narices

y le hice gigote un muslo

cayendo el pobre a mis plantas

con el golpe tan difunto

que no ata otra vez capucha.

Fuese encendiendo el tumulto

y dividido el senado

en pareceres, dispuso

que me despojen del cetro

y que sin término alguno

me vaya a buscar mi madre;

sentí infinito el absurdo

que en quitarme la corona

cometió aquel pueblo insulso

aunque sus bellaquerías

no me cogieron de susto.

Pero yo que siempre he sido

de moderado discurso

que no están los tiempos ya

para entendimientos rudos;

en vos Prito generoso

mi padre y mi madre busco:

aunque con temor os cuento

de mi estrella los influjos

porque me dicen que sois

a temporadas cazurro;

y así pues en vos lo afable

es natural atributo

volved los ojos y no

la espalda, a mis infortunios;

que si me amparáis benigno

con este brazo robusto

de los enemigos vuestros

sabré templar el orgullo.

Y también a un tiempo mismo

en suaves contrapuntos

cantaré vuestras hazañas

aunque digan que rebuzno.

Prito.

Anduviste alentado

y aunque esa acción mucho vale

cuanto me habéis referido

se me entra por un oído

y por otro se me sale.

Y así al punto despejad

que me da el veros horror.

Belerofonte.

No esperaba yo señor

menos de vuestra piedad.

Astrea.

Qué benévolo qué manso

no tiene rastro de hiel

pues comparado con él

es más colérico un ganso.

Prito.

Forastero impertinente

ya no tenéis que aguardar.

Cachorro.

A que nos den de cenar

aguardamos solamente

que los dos en conclusión

traemos un hambre impía.

Prito.

Hay mayor bellaquería

es mi casa bodegón.

Belerofonte.

Perdonad si a aqueste loco

se opuso a vuestro sentir

que ya nos queremos ir.

Prito.

No os vayáis, esperad un poco:

en fin a vuestro enemigo

disteis muerte sin ventalla?

Cachorro.

Sí con una navaja

le dio un chirlo en el ombligo

y aunque el hombre era un jayán

se quedó aturdido y muerto

viendo que le habían abierto

de un golpe el arca del pan.

Prito.

Suceso es de los ruines

que en toda mi vida oí.

Belerofonte.

No faltó quien dijo allí

que siempre sobran mastines

que con extraña crueldad

en el mísero le mostré

y cierto que le maté

con mucha curiosidad.

Prito.

Solo creo del aliento

que en mi servicio mostráis

y para que conozcáis

que ser vuestro amigo intento

vos y vuestro camarada

decid a mi despensero

que una ración de carnero

os dé a los dos bien pegada

para cenar, que otro día

nos veremos más despacio

porque quiero que en palacio

sirváis a mi esposa Antia.

Venid sobrina conmigo

y me daréis un bizcocho.

Astrea.

Que pienso que son las ocho.

Ya de mala gana os sigo

que el amor que no razona

con nadie, en el corazón

se me ha entrado de rondón

o por lo menos de gorra.

Vanse el rey, Prito y Astrea.

Belerofonte.

Ya servir habiendo sido

rey, de pensarlo me corro

qué dices desto Cachorro.

Cachorro.

Que estáis muy favorecido

y que debéis estimar

la merced que el rey os hace.

Belerofonte.

A mí no me satisface

porque me pudiera honrar

Pag. 9

Cachorro.

Y aun cuando no tuviera otra cosa,

con hacerme secretario

o, al menos, boticario

de los botes de su esposa,

aunque, según imagino,

es muy grandísima puerca.

Antia.

Pues la ocasión tengo cerca,

no perderla determino.

Belerofonte.

Demás que el servir mujeres

es contra mi inclinación.

Cachorro.

Vamos por mi ración,

y haz luego lo que quisieres.

Belerofonte.

Vamos pues.

Antia.

Ah, forastero,

mirad que os he menester.

Belerofonte.

Qué me querrá esta mujer?

Cachorro.

Saber si tienes dinero.

Antia.

Cómo os vais sin responderme?

Belerofonte.

Porque me importa ahora

el escurrirme y dejaros

con la palabra en la boca.

Antia.

Mucho estimo la fineza.

Belerofonte.

Yo no gasto ceremonias.

Antia.

Qué despegado que sois.

Belerofonte.

Es que me falta la cola.

Antia.

Pues advertid que no gusto

de semejantes lisonjas.

Belerofonte.

En mi patria Veynamia

jamás se ha usado otra cosa.

Cachorro.

No la despidas, señor,

mira que viene con mosca,

y que no tenemos blanca.

Antia.

No vi condición más bronca.

Belerofonte.

Ella sin duda entendió

que era el muchacho de Alcorca.

Antia.

Despedid a ese criado,

que os he menester a solas.

Belerofonte.

Que le despida sin causa

no me lo mandéis, señora,

porque ha mucho que me sirve.

Antia.

Despedilde porque importa

que me escuchéis dos palabras

y no quiero que las oiga.

Belerofonte.

Bien podéis hablar, que es sordo,

tanto que, aunque una campana

le toquen a los oídos,

ni se asusta ni alborota.

Cachorro.

Muy bien lo puede creer,

que mi amo no es persona

que sin irle ni venirle

dirá una cosa por otra.

Antia.

Aunque sea de ese modo,

qué os puede tener de costa

que se salga ese criado

allá fuera por dos horas,

que presto despacharemos.

Belerofonte.

Ay, mujer más enfadosa,

vete, Cachorro, de aquí.

Cachorro.

Pues ya que es forzoso el irme,

partiré como una onza

a buscar al despensero

y a hacer cuenta con la olla,

pues en el tiempo que corre

no es posible con la bolsa.

Vase.

Belerofonte.

Ya estamos solos, señora,

decidme lo que queréis,

que por vida de vos propia

de haceros a gusto, aunque

os debo tan buenas obras.

Antia.

Sois casado en vuestra tierra?

Belerofonte.

La curiosidad es boba,

y por qué lo preguntáis?

Antia.

Hame dicho que os adora

cierta dama, y me ha pedido

que me informe cautelosa

de vuestro pecho.

Belerofonte.

En mi vida

tuve inclinación a bodas,

ni quise a mujer alguna,

porque más quiero en mi choza,

sin que nadie me lo gruña,

pan de cebada y bellotas

que sujetar mi albedrío

a esclavitud tan penosa.

Antia.

Mucha urbanidad gastáis.

Belerofonte.

Si a vos os parece poca,

a mí no me lo parece,

y así decidle a esa puerca

que si no quiere ser monja,

que busque por otra parte,

que no estoy de parecer

de andar en esas historias.

Y con tanto, yo me voy

a buscar una mondonga

que en palacio me descuide

del puchero y de la ropa.

Vase.

Antia.

Detente, villano, aguarda,

no tan presumido corras,

mira que el alma me llevas.

Ay desprecios por la posta,

pero en vano son mis quejas,

porque sin duda se informan

o las entrañas de un bronce

o el corazón de una roca.

Y así en vano me consumo

cuando la razón me sobra

y cuando de pena estoy

por dar una cabriola.

Y así, honor, lo que conviene

es buscar una tramoya

con que en la miel se le caiga

a este menguado la sopa.

Porque he de hacer que me quiera

aunque no me corresponda,

que la mujer más liviana,

quiero decir, la más gorda,

aunque no pese un adarme

suele ser como una onza.

Vase.

Salen Belerofonte y Antia.

Antia.

Pues en efecto, en su locura

vuestra obstinación prosigue

sin que mi amor os obligue

ni os abrase mi hermosura?

Belerofonte.

Que jamás de vicio peco

solo por respuesta os doy

que yo de ordinario soy

como un espárrago seco.

Demás que al rey mi señor

tan grandes finezas debo

que a ofenderle no me atrevo

en lo negro del honor.

Y así, de vuestra belleza

el incendio se reporte,

Pag. 10

Belerofonte.

porque me iré de la corte

si he dado en esa flaqueza.

Antia.

de que sois gran mentecato

es vuestra respuesta indicio.

Belerofonte.

a vista de un beneficio

cómo puedo ser ingrato

ya sabéis que mi fortuna

derrotado me echó un día

a este reino como había

de echarme a sorda laguna

seis meses ha que llegué

y apenas el rey me oyó

cuando piadoso mandó

que me abrigase ende un día

no os refiero con instancia

las mercedes que me ha hecho

porque son de gran provecho

aunque no son de importancia

y así vuestra natural

bien puede el curso torcer

porque yo no he de ofender

a quien me trata tan mal.

Antia.

qué notable soberbia

Belerofonte.

yo en fin en esto me cierro

Antia.

pues yo os daré pandeserro

porque tengáis cortesía

porque a una mujer (sin prudencia)

no se ha de tratar así

idos al punto de aquí

que si apuráis mi paciencia

por vida del rey mi esposo

que os ponga en cuatro caminos.

Belerofonte.

suspended los desatinos

de vuestro coraje honroso

que ya me voy triste y lacio

huyendo furia tan necia

Vase

Antia.

hombre que así me desprecia

no es bueno para palacio

pero yo haré que el aleve

con un testimonio falso

satisfaga en un cadalso

lo que a mis finezas debe

para que entienda el cuitado

ya que a ofenderme se arroja

que una mujer si se enoja

es un león desatado.

Sale Prito

Prito.

hacia esta parte hoy voces

me parece que se oyeron

y que las daba la reina

que anda estos días en celo.

y así de mi cuarto salgo

a informarme del suceso

que no me puede estar bien

de ningún modo saberlo

Antia.

que le dejase yo ir

sin que llevase el grosero

de mis manos al despedirse

una vuelta de podenco.

mas yo lo remediaré

antes que pase el invierno.

Prito.

señora que hacéis aquí

tan sola y sin escudero.

Antia.

la pregunta es de buen gusto

y la respuesta ha de serlo

si no me engaño también

Prito.

quien con aullidos tan fieros

se atrevió de mi palacio

a profanar el silencio.

decidme por vida vuestra

lo que supierais en esto.

para que yo lo castigue.

Antia.

Digo señor que no quiero

que es muy largo de contar

y cuando tuviera tiempo

para referirlo agora

no puede estaros a cuento

dejadlo para otro día.

Prito.

qué poco señora os debo

pues aumentáis mis cuidados

pudiendo sacarme dellos

Antia.

Callad que no lo entendéis

Prito.

Aunque soy tan gran dun...

no tanto como pensáis,

que ya poco más o menos

conozco lo que el caso tiene

su poquito de misterio

y por la misma causa

saberlo de vos pretendo.

Antia.

Lindamente se dispone

esta vez el majadero

a cuenta de ser melindre

llevará con la de mingo

Sale Belerofonte al paño

Belerofonte.

el rey y la reina a solas

están hablando en secreto

y he de saber lo que dicen

aunque escucharlo no puedo

Antia.

Finalmente ya que vos

habéis dado en ser tan necio

que queréis saber agora

lo que ha de pesaros luego

digo que Belerofonte

ese aleve forastero

que según le honráis parece

que os ha nacido adrede

no solo hacerse ha intentado

de vuestros favores dueño

sino también de los míos

con principios mal fundados

y con ilícitos medios

Mas yo que jamás me pago

de promesas y embelecos

de la primer manotada

que le asesté en el tozuelo

hecho un ovillo a mis pies

cayó sin sentido el puerco.

levantóse dando el grito

que le ponía en el cielo

y yo también porque juzgo

que no tengo muy buen pleito

lo quise meter a voces.

llegasteis vos a este tiempo

y pues ya estáis informado

de mi inocencia y su exceso

lo que importa es acudir

con brevedad al remedio

porque puede ser que nazcan

unos penachos de cuerno

en la frente como suele

suceder a muchos buenos.

esto es lo que a mí me toca

y pues tenéis con el pueblo

granjeada la opinión

de grandísimo mostrenco

mirad lo que en este caso

os importa

harto os he dicho entendedlo.

Belerofonte.

sin duda ha perdido el juicio

Pag. 11

Belerofonte.

la reina, o está sin seso

o no sabe lo que dice

o miente, que es lo más cierto.

Prito.

Pues como Belerofonte,

en pago de haber hecho

tan buenas obras, se atreve

a tan grande atrevimiento.

Mucho lo dudo y tan mucho

que casi casi lo creo;

pero no es lícito a un rey

que se precia de modesto

quejarse a voces, y ser

de su infamia pregonero

que hacer público un agravio

no es querer que esté secreto.

Y así retiraos, señora

a vuestro cuarto al momento

y no os deis por entendida

que mi palabra os empeño

de no hacer cosa ninguna

de cuantas me habéis propuesto.

Belerofonte.

Sois príncipe insulso

ostentad el valor regio.

Antia.

Pues con esa confianza

bien me parece que puedo

descuidar algunos días

que sois príncipe tan recto

que por vengar un agravio

que se atreve al honor vuestro

revolveréis medio mundo

y haréis estragos tan fieros

que se pongan tamañitos

en trepar o en Marruecos

los moros y los cristianos

los indios y los judíos.

Vase.

Prito.

Solos estamos, honor

lo que importa es que tratemos

de buscar a este cuidado

disculpa para sus yerros

que no todas las venganzas

han de ser a sangre y fuego.

No me admiro que a la reina

quisiese bien, que es mancebo

de linda disposición

de gentil donaire y cuerpo

vagamundo y holgazán

y que es fuerza que en el pecho

le hagan cocos las pasiones

y cosquillas los afectos

que a mí también cuando mozo

me sucedía lo mesmo.

Belerofonte.

Vive Dios que esto va malo

pues el rey a lo que entiendo

le está cortando entre dientes

de vestir a mi pezcuezo.

Y así primero que mande

que me entalequen los huesos

válgame el salto de mata

que es santísimo remedio.

Vase.

Prito.

Solo me admiro que tenga

el amor también contento

que de la reina se pague

porque tiene tan mal gusto

y es tan grandísima puerca

que cada vez que la veo

me hace echar por la boca

las entrañas y los sesos.

Y pienso que ha de acabar

conmigo, si no hay libelo.

Él en fin tiene mal gusto

a pagar de mi dinero

que como yo la conozco

la ganancia no le arriendo.

Y así en tanto que dispongo

de mi venganza los medios

a los estor de mi tía

voy a escribir un soneto.

Vase Prito y salen Antea y Astrea.

Astrea.

Refiéreme tu dolor

que desde agora prevengo

irte a buscar el dotor.

Antia.

Yo no sé lo que me tengo

pero sé que de un dolor

nace, Astrea, mi tristeza

y sé también que me enfada

estar vestida y calzada

de los pies a la cabeza.

Sé que no puede jamás

olvidar el pecho mío

aquel grande desvarío

del forastero cruel

y sé si he de decir más

que me lleva barradas

y que es fuerza irme con él.

Sé que del astro que sigo

tan caino el influjo fue

que ha dado al traste conmigo

y aunque tanto le ofendo

que no sé lo que me digo.

Astrea.

Estoy tan fuera de mí

señora de haberte oído

que le diera a estar aquí

muchos cocos a Cupido

porque no te trate así.

Y aun a ti, si es que me apuras

porque muy te escandalices

te las daban mis locuras

pues con eso que me dices

me has dado en las mataduras.

Antia.

Ay Astrea de mis ojos

duélete de mis enojos

pues tengo en esta ocasión

tan en cinta el corazón

que está rebosando antojos.

Astrea.

Ya sabes hermosa Antea

con el gusto que profeso

acreditar la fe mía

y que valgo lo que peso

para una bellaquería.

Y así templa de tu afán

las inquietudes que están

poniendo a tu vida miedo

que yo te urdiré un enredo

que no le entienda Galván.

Para que ese mentecato

se festee arrepentido

de los delitos de ingrato

tanto que a verse metido

creque por ti en un zapato

y por ventura crecida

lo estime, mientras la vida

le durare.

Antia.

Dime Astrea

¿soy muy fiesa, soy tan fea

que no pueda ser querida

no soy de talle gentil

y el mozo de mis narices

Pag. 12

Antia.

no es mejor que el de un candil,

pues de su aliento aprendices

son las flores del abril.

Anduvo conmigo avara

naturaleza, y repara

que sin ponerme albayalde,

dando yo mi cara de balde,

les parece a todos cara.

Consuélame que esto es tal,

que temo volverme loca.

Astrea.

En todo eres celestial,

aunque dicen que la boca

te huele a ratos muy mal,

y no es falta tan pequeña

que disimular se puede.

Antia.

Si por eso me desdeña,

yo no sé de qué procede,

porque no soy pedigüeña.

Astrea.

En efecto, si me ayudas

a tus congojas sañudas

hemos de buscar un medio.

Antia.

Ya no tiene mi remedio,

mi amor que el alma deludas;

porque al rey, mi esposo, un día

le dije cómo este necio

pretendió con osadía

tratarme a mí con desprecio.

¿No estoy arrepentida

del riesgo de ese avechucho,

porque cuando mucho, mucho,

le puede costar la vida?

Astrea.

Si tienes ya como dices

tu venganza en ese estado,

no doy por su nuez un higo,

ni una blanca por sus cuartos.

+ Salen Belerofonte y Cachorro, su criado.

Belerofonte.

Antes que a darme resuelva

con mi cabeza en un canto,

despedirme del rey quiero,

que aunque le tengo por santo

y a que no se cura soy

su indigno beneficiado;

pero la reina está aquí,

¡quién la viera con un gato!

Cachorro.

De hocicos en el peligro

miserablemente he dado,

huélala, señor, las ancas.

Belerofonte.

Si yo fuera mulo falso,

bien la diera un par de coces

de sus embustes en pago.

Cachorro.

Mejor que coces será

poner en ella las manos

y darla una linda curra,

que yo a fuer de buen criado

te prometo de ayudar.

Belerofonte.

No pienso que fuera malo,

mas conviene por ahora

no alborotar el palacio.

Antia.

¿No es aquel Belerofonte?

Astrea.

Él es, si yo no me engaño,

¿quieres hablarle?

Antia.

Quisiera

hacerle dos arrumacos,

por ver si me quiere un poco.

Astrea.

Llegad que estás temblando.

Cachorro.

Ya no puedes escurrirte,

aunque te vuelvas pacaso.

Belerofonte.

Ya conozco que la reina

quiere darme un gentil chasco,

y no es posible escaparme,

aunque me eche en un barranco.

Antia.

¿No me dirá a qué ha venido

el grandísimo tacaño?

Belerofonte.

Si vine a veros, me lleve

una legión de esperpentos,

que es lo mismo que demonios.

Antia.

Eso sin que lo juréis

os creo, señor hidalgo,

pero es gran bellaquería

que os entréis a mi cuarto

sin llamar.

Belerofonte.

Como yo soy

Juan de Casanunca llamo.

Antia.

Pues advertid que si el rey...

Belerofonte.

El rey cuando más airado

me puede echar a galeras

o hacerme moler a palos,

que tiene su majestad

el corazón muy humano.

Antia.

Vos debéis de tener

el seso como un guijarro.

Belerofonte.

Yo tengo la voluntad,

señora, como un tasajo,

y si no la echo en remojo,

no ha de ser posible amaros.

Antia.

Pues yo haré que me queráis,

aunque no queráis, villano,

o os he de pelar aquí

las barbas y los mostachos.

Astrea.

No te apasiones, señora,

que ese mozo es un pazguato.

Antia.

¿Cómo no? Déjame, Astrea,

verás cómo le arranco

las melenas y el copete.

Belerofonte.

Si tras todos mis trabajos

se le antojase a la reina

dejarme esta noche calvo,

ya que no de mi buen gusto,

fuera capricho extremado.

Cachorro.

¿Ya no sabes que estas bestias

nos buscan para pelarnos?,

pues de qué te maravillas.

Antia.

Semejantes desacatos

los suelo yo comúnmente

castigar a zapatazos,

y cuando no fuera reina,

bien pudiera mi recato

enfrenar vuestra locura.

Belerofonte.

Decidlo sin eso, paso,

no levantéis tanto el grito,

que no siempre en tales casos

los que no tienen buen pleito

lo han de meter a barato,

mirad que pueden oíros.

Antia.

Yo haré que de mi agravio

tome la satisfacción

el más indigno lacayo.

Cachorro.

Quiérela por vida tuya,

aunque te lleven los diablos,

porque encargas la conciencia

si haces, señor, lo contrario.

Belerofonte.

Yo no he de ofender al rey

aunque me hagan mil pedazos.

Sale Prito y quédase

un poco detrás de todos.

Pag. 13

Prito.

Voces da, o ha de dar la reina,

y aunque por mi cuenta hallo

que le falta la razón,

no soy de razón tan falto

que no conozca la causa

de que nacen sus enfados.

Paréceme que está agora

echada de cólera un jarro,

y que ha puesto en sus mejillas

la taberna de lo caro.

Con la turbación Astrea,

aunque no tiene catarro,

para limpiarse los mocos

saca la lengua de un palmo.

Belerofón con el susto

tan inmóvil se ha quedado

que sacarán sus talones

las suelas por el rastro.

Su fámulo, aunque tan negro,

vuelve los ojos en blanco

de pesadumbre, y me mira

con una cara de ahorcado.

Todos estos son indicios

que no vienen de buen ramo.

A mi cabeza infeliz,

pues por conjeturas saco

que quiere esta mala hembra

hacerme dos veces macho,

sé bien, porque no se diga

que soy juez apasionado,

sin sustanciar el proceso,

para echar después el fallo.

Señora, ¿qué hacéis aquí

a estas horas y sin manto

con Astrea, mi sobrina?

Y vos, ¿a qué tan temprano

os entráis en mi aposento

sin haberos yo llamado?

Belerofonte.

Vine a pediros licencia

para irme a ser ermitaño,

porque me tienen ahíto

las gallinas de palacio.

Cachorro.

Lindamente se disculpa.

Astrea.

La inocencia hace milagros.

Antia.

Mirad que os quieren engañar,

señor, con capa de santo;

lo que os he dicho es verdad,

harto os he dicho. Miraldo.

Vase.

Astrea.

Si es que al pobre su inocencia

no le saca a paz y a salvo,

me parece que en la nuca

le darán un sepan cuantos.

Vase.

Ap.

Prito.

¿Para qué, Belerofonte,

os ponéis tan cabizbajo

en mi presencia, sabiendo

que deseo acomodaros

en cosas de solo gusto

y no de mucho descanso?

Deste modo se la pego;

que importa mucho el recato

para vengarme sin ruido.

Belerofonte.

Digo que soy vuestro esclavo

y que jamás he de hacer

de vuestros favores caso.

Cachorro.

Mira que quiere de ti

vengarse el rey por ensalmo;

no fíes en sus palabras.

Belerofonte.

Como yo no le he cenado

ni comido ni bebido,

no recelo sus engaños.

Ap.

Prito.

Ya sabéis que la quimera

ha más de trecientos años

que destruye estos contornos,

siendo con fieros estragos

peste de los caminantes

y polilla de los campos.

Es pues la quimera un monstruo

poco menor que un enano

que por la boca y los ojos

suele de su santuario

despedir mares de fuego,

y esto con exceso tanto

que se encienden muchas veces

en el monte o en el prado

de fugitivos incendios

inestinguibles pantanos.

Si a mí me fuera posible

le diera de, de un andamio

más de treinta cuchilladas

con un alfanje de raso,

que no siempre andan todos

los alfanjes de damasco,

con pretexto solamente

de que se mude a otro barrio.

Pero ha dado el socarrón

en estarse muy reacio

y hay monstruo con quien no valen

cortesías ni agasajos.

Y así, lo que determino

es que vuestro heroico brazo

nos libre deste avechucho

que nos hace tanto daño,

que si salís con la empresa

prometo de casaros

con Astrea, mi sobrina,

que es moza de muy buen garbo

y heredera de mi reino.

Y os daré treinta ducados

con ella de más a más

para que compréis un asno

con todos sus aparejos.

Desta manera le engaño,

pues es cierto que al instante

que le huela los zancajos

esta horrible sabandija

se le echará de un bocado.

Parece que lo ha sentido.

Cachorro.

El capricho es extremado.

Prito.

¿No me respondéis?

Belerofonte.

Digo que soy muy muchacho

y que me holgara de hallarme

con las barbas de un camarro

para salir a serviros

sin mirar en embarazos.

Prito.

Pues sabed que es gusto mío

y que mañana a las cuatro

habéis de salir por fuerza,

si es que no queréis de grado,

o si no, yo haré que os corten

la cabeza en un cadalso.

Vase.

Cachorro.

¡Ay, más sazonado intento!

Si el matar a la quimera

la misma costa tuviera

que tiene matar un piojo,

yo, señor, te aconsejara

que con denuedo salieras,

pero el meterte en quimeras

a que te salgan a la cara

es horrible disparate.

Pag. 14

Belerofonte.

Yo he llegado a imaginar

que será bueno buscar

un médico que llámase

buey no, y estudia otra ciencia

que no se lo pagaré,

y con eso cumpliré

con el Rey.

Cachorro.

En mi conciencia

que es ingeniosa la traza,

mas si conciertas primero,

querrá luego su dinero.

Belerofonte.

Eso solo me embaraza,

y así tomemos el trote,

y acompañarme procura.

Cachorro.

¡Por tan extraña aventura

lo que diera don Quijote!

Pero a mí en peligro tanto

llevarme en vano dispones,

que de oírte los calzones

me oliscan ya tanto cuanto.

Belerofonte.

¿De qué temes, majadero,

si en riesgo tan declarado

es honra morir al lado

de su amo un escudero,

de los dos igual la estrella

ha de ser, Cachorro, aquí?

Cachorro.

Como sin honra nací,

jamás me mate por ella,

mátate tú si te inclina

tu valor a ese trofeo.

Belerofonte.

Sabes, Cachorro, que veo

que eres muy gentil gallina,

y que nunca el pensamiento

te concibió tan cobarde.

Cachorro.

Que lo conozcas tan tarde

es solo lo que yo siento.

Belerofonte.

No digo que vas muy fuera

de camino, antes repara

en que yo también me holgara

de excusarme si pudiera,

mas no es fácil resistir

los preceptos de mi rey,

que es a quien debo por ley

obedecer y servir,

aunque me cueste la vida.

Cachorro.

Deja delirios profundos,

que el rey es un echacuervos,

y su muy gentil partida

sigue el rumbo que yo sigo,

y libre te verás hoy.

Belerofonte.

Siente que sin culpa voy

a morir, Cachorro amigo,

que esto solo me consuela

en tormentos tan voraces.

Cachorro.

¿Ahora pucheros haces?

¿Qué más hiciera mi abuela?

Pero dime: ¿por qué allí

no revelaste el secreto?

Belerofonte.

Por no perder el respeto

a la reina enmudecí;

que a una mujer es debido

el crédito y el honor.

Cachorro.

Si tú diste en esa flor,

toma lo que te ha venido.

Aparécese la diosa Minerva, en alto con música.

Belerofonte.

Pero, ¿qué luces divinas?

Cachorro.

Pero, ¿qué acordes trompetas?

Belerofonte.

El silencio de la noche

Belerofonte.

repentinamente inquietan?

Cachorro.

Temblando de miedo estoy.

Belerofonte.

¿Si ha sabido la Quimera

que he de salir a matarla,

y me viene a pedir treguas?

Cachorro.

Eso o esotro será.

Minerva.

Belerofonte, no temas,

que ya tienes en tu ayuda

todo el poder de mi diestra.

Belerofonte.

No es nada la niñería.

Cachorro.

El socorrillo es quienquiera.

Minerva.

Compadecidos los dioses

de tu aprieto y tu inocencia

desde el Olimpo me envían

a darte unas malas nuevas.

Belerofonte.

Despacha, deidad gentil,

que vienes con mucha flema

para quien rabia por irse

a matar con una suegra.

Minerva.

¿No me conoces?

Belerofonte.

Señora,

no ha llegado a mis orejas

la noticia de tu nombre,

sino es cien veces y media.

Vase.

Minerva.

Pues si no lo has por enojo,

yo soy la diosa Minerva

que he venido a darte aviso

de la dicha que te espera.

El indómito Pegaso,

sujeto al freno y la espuela,

en ese bosque te aguarda

tan manso como una oveja;

monta en él, que con las alas

que le han dado los poetas,

por los caminos del viento

licenciosamente vuela.

Del Parnaso le he traído

donde con las musas bellas

un verde se estaba dando

de romances y espinelas;

no te detengas un punto,

que conviene que a esa fiera,

para que no se resista

en ayunas la acometas,

así el cielo lo ha dispuesto

para que principio tenga

el premio de tu virtud,

que ha de correr por mi cuenta.

Belerofonte.

Detente, visión divina,

aguarda, dulce estafeta,

¿no tan veloz por el aire

las hermosas plantas muevas?

Escucha agradecimientos

de un corazón que desea...

aunque no tiene un ochavo,

convidarte a una merienda.

Yo me partiré al instante

y le cortaré las piernas

al fiero vestiglo, porque

ande a gatas por las selvas.

Cachorro.

Yo también iré contigo,

y le sacaré las muelas,

los dientes y los colmillos,

los gaznates y la lengua.

Belerofonte.

Ya no he menester ayuda.

Cachorro.

Donosa jeringa es esa,

quería yo que los dos

la matásemos a medias.

Belerofonte.

Antes quiero que en palacio

Pag. 15

Belerofonte.

... te quedes y que a la Reina

digas que aunque la aborrezco

me voy a morir por ella;

pero calla lo que has dicho

que me importa que lo sepa.

Cachorro.

De quedarme yo en palacio

aunque hallo mil conveniencias,

por una parte me huelgo

y por otra no me pesa.

Belerofonte.

Pues vamos, que ya deseo

verme a solas con la bestia,

que la tengo de poner

como un trapo aunque no quiera.

Cachorro.

Dios te dé buena ventura

para que a la sierpe horrenda

no la des por el lagarto

que se morirá de pena.

Belerofonte.

Por la tetilla he de darla

aunque se me haga de pencas,

que como el celeste aviso

mis esperanzas alienta,

ya me parece que llevo

su muerte en la faldriquera.

Cachorro.

Advierte, señor, que estás

poco cursado en la guerra

y que suelen estos monstruos

saber más que las culebras.

Belerofonte.

Mátela yo una por una

y lo que viniere venga.

Cachorro.

Llegue al cielo y nos saque

las manos en la cabeza.

Vase.

Y sale Astrea y Cacho.

Astrea.

Aunque la reina es mi tía

pues es mi tío su esposo,

a matar estoy con ella.

Cachorro.

Yo también estoy lo propio.

Astrea.

Que una mujer se atreviese

con riesgo de su decoro

a tan fiero desatino.

Cachorro.

Son las mujeres demonios.

Como si fuera una paja

levantan un testimonio

aunque pese cien arrobas.

Astrea.

De imaginallo me corro.

Cachorro.

Pues ella no está corrida,

parada sí a lo que toco.

Astrea.

¿Has sabido de tu amo

que me tiene con un poco

de cuidado su peligro?

Cachorro.

Solo sé que se fue solo

de madrugada, señora,

a visitar ese monstruo

tan en ayunas, que el pobre,

con lágrimas y sollozos,

apenas pudo acabar

cuatro aves de las de a lomo,

pues a no haberse comido

treinta pasteles de a ocho,

de desabrido, en el suelo

se me cayera redondo.

Astrea.

De nada de eso me admiro,

que tiene sangre en el ojo

y va sin culpa a morir.

Llorosa.

Cachorro.

O yo sin duda estoy sordo,

o me parece que lloras.

Astrea.

¿No te lo dicen los mocos

que por no tener pañuelo

de cuando en cuando me sorbo?

Cachorro.

El llorar por las narices

siempre fue llanto forzoso

de alambiques y alquitaras,

pero no de machos romos.

Astrea.

Son mis lágrimas muy cuerdas

y escogen por más honroso

antes el de las narices

que el camino de los ojos,

porque como son sus niñas

tan parleras sin embozo,

suelen revelar del alma

los afectos amorosos.

Cachorro.

No es muy boba la muchacha.

Astrea.

El lacayo no es muy bobo.

Cachorro.

Y ¿por qué con tanto ahínco

estás derramando arroyos

de bulliciosas estrellas

y de corrientes piropos?

Dímelo, por vida mía,

que estoy, como dice el otro,

con la barriga a la boca

y mal pariré de antojo

de suma curiosidad.

Astrea.

Porque quiero bien, Cachorro.

Cachorro.

Y no sabremos a quién.

Astrea.

A un muchacho como un oro.

Cachorro.

Con eso no dices nada.

Astrea.

Pues escucha.

Cachorro.

Prosigue, que ya te oigo.

Astrea.

Desde aquel día infeliz

que con tantos alborotos

Belerofonte a mi tío

le llegó a pedir socorro,

desde entonces, como digo,

entre apacibles asombros

del discurso en lo más vivo

y del pecho en lo más hondo

me parece que el amor

por no estar conmigo ocioso

a las telas de mi alma

les va sacudiendo el polvo;

y no he llegado jamás

a entender los soliloquios

deste rapaz atrevido,

pues unas veces le topo

tan severo que de miedo

me hace sudar por los poros

a cántaros el valor,

y otras me anda haciendo cocos;

si me voy a mi retrete,

allí le encuentro, y si tomo

algún rato la almohadilla

por él la labor arrojo.

Para divertir mis males

si me peino o si me toco,

donde me pica se pone

a espulgarme como un mono;

si me paseo me cansa,

si me siento me da en rostro,

si bebo, por las narices

se me sale el agua a chorros,

y si como, muchas veces

me parece que no como,

porque no me dan sus burlas

un instante de reposo;

y en fin a Belerofonte

con tantas veras adoro,

que por menos de un ochavo

le daré carta de horro.

Pero tan tarde, ¡ay de mí!

te refiero mis enojos,

que no es posible que lleguen

mis esperanzas a colmo.

Pues la quimera a tu amo...

Pag. 16

Astrea.

Si no le ha puesto del lodo

es muy cierto que le habrá

dicho que se vaya al rollo.

Y así para que mis ansias

tengan el debido logro

celebrare sus exequias

con estudiar unos tonos.

Cachorro.

Pues como tu me lo pagues

que ya sabes que nosotros

servimos para medrar

a decirte me dispongo

un secreto que yo se

tan grande y tan misterioso

que cuando llegues a oirle

presumas que te doy como

y que les vendra de molde

a tus amantes ahogos.

Astrea.

Si me fuere de provecho

yo te dare un real de a ocho

que para unos pelendengues

guardaba en aqueste bolso.

Cachorro.

Enseñamele primero.

Astrea.

Vesle aquí.

Muestrale.

Cachorro.

Sino es de plomo.

Tomale.

Cachorro.

A cuenta de mi secreto

con tu licencia le escondo.

Astrea.

Acaba de despenarme

que estoy echa un podrigorio

Sale Antia.

Cachorro.

Aunque me tienes pagado

no es bien que me hables tan gordo

que soy flaco de memoria

y me turbo aunque soy mozo

si bien para que no digas

que soy moledor y tonto

has de saber que esta noche

cuando el cielo generoso

a las tareas del cuerpo

pagaba el jornal en ocio

quiero decir cuando estaban

con el sueño y con el mosto

de la comedia del mundo

ensayando el morir todos

Minerva que de mi amo

las plegarias y los votos

oyo desde su aposento

al son de mil clavicordios

en el nuestro se presenta

trayendo para su abono

los mas crespos resplandores

de los estrellados globos.

Y desatando la voz

le dijo con pecho ronco

que la acatara sin duda

de tanta luz el bochorno:

aquel caballo invencible

aquel animal heroico

que fue de la sangre impura

de Medusa noble aborto

que dio a la raiz de un chopo

rico el Parnaso de aljofar

y pobre a muchos locos:

para tu defensa humilde

arrendado yace a un tronco

en la intrincada espesura

de aqueste vecino soto.

Mas yo te dire después

lo que falta del suceso

que la reina como ves

se ha venido por sus pies

a darnos sopas en queso.

Astrea.

Disimula que no importa

que hablar conmigo te vea.

Cachorro.

Es mi ventura tan corta

que puede mandar Astrea

que me den alguna torta

que después me cueste un pan

como a muchos les sucede.

Antia.

¿Que hace aquí ese ganapan?

Astrea.

Ha venido a ver si puede

hallar consuelo al afan

de la ausencia de su amo.

Cachorro.

Si ella viene de mal ramo

desta echa soy perdido.

Antia.

¿Que en efeto ya se ha ido?

Cachorro.

Partio veloz como un gamo

esta mañana a las diez

antes que fuese de dia.

Antia.

¿Partio muy triste?

Cachorro.

Una vez

le vi tentarse la nuez

con mucha melancolia

y aunque se fue tan contento

a ser despojo sangriento

de aquel bestigio inhumano

sin testigos ni escribano

ordeno su testamento

que paso en esta manera:

yo que con nadie me ahorro

en mi hora postrimera

mando mi alma a Cachorro

y mi cuerpo a la quimera.

De mis muebles y raices

si se venden como es ley

los dineros infelices

que resultaren al rey

los mando para perdices.

Y a la reina mi señora

que con faldas de asosiego

por mi causa gime y llora

para que temple su fuego

le mando mi cantimplora.

Antia.

¿Que en fin se acordo de mi?

Cachorro.

Mal año si se acordo

Antia.

¡Y ay de mi tormento aleve!

mas incurable la llaga

Cachorro.

No tu dolor se renueve

que en esta moneda paga

un infeliz lo que debe.

Antia.

Sabe el cielo que me holgara

que en aventura tan rara

valor y dicha tuviera

mas cuando en el riesgo muera

no me arañare la cara.

Cachorro.

El que no te muele a palos hoy

tiene condicion avara

maldita sea mil veces

tan villana condicion.

Antia.

Ya que su afan me encareces

para que haga colacion

denle un pan como una nuez

y si es que su atrevimiento

se vuelve a palacio mas

haz que le den al momento

cien azotes por detras

y por delante otros ciento.

Que del amo las malicias

con su presencia me advierte

y tu si medrar codicias

Pag. 17

Antia.

avísame de su muerte,

Vase.

Antia.

que yo te prometo albricias.

Astrea.

Quiera el cielo, monstruo infiel,

que mueras en tu perfidia

rabiando, como eres,

a las manos de la invidia,

que es la muerte más crüel.

Cachorro.

En toda mi vida he visto

mujer más desatinada.

Astrea.

Cuando la pica el amor

con la cólera, se vasca;

no te admires.

Cachorro.

Sí me admiro,

que es de condición tan varia,

que unas veces está triste,

otras de contento baila;

unas parece que come

asadores, otras gachas;

unas se quiere meter

a todos en sus entrañas,

y otras a cuantos la oyen

con la lengua descalabra;

y ha menester quien la asiste

traer consigo una gaita

para seguirla el humor.

Astrea.

Deja esas cosas y acaba

de contarme aquella historia

que tenemos empezada.

Cachorro.

Un real de a ocho me diste,

y es de conciencia, y taja

mi secreto; lo contado

le vale como una blanca,

más de lo que he recibido,

y no es razón que te salgan,

cuando te importa el saberlas,

tus venturas tan baratas.

Astrea.

Yo te lo daré otro día,

que ahora no me acompaña

un maravedí.

Cachorro.

Pues oye

del suceso lo que falta.

¿Sabes adónde quedamos?

Astrea.

En aquel bruto con alas

que es del cielo errante estrella.

Cachorro.

No es sino estrella errada

de manos y pies, según

nos refieren las patrañas

del poeta narigudo,

a quien celebra la fama

por gentil pataratero,

y a quien siguen las pisadas

cuerdos y locos, que Ovidio

mintió con ingenio y maña.

Astrea.

Lo que tú quisieres sea.

Sale Prito.

Hace que se va y tómale el rey.

Cachorro.

Pues de mi cuento, vaya.

La diosa Minerva entonces

debió de venir borracha,

porque le dio a mi amo

que, con dos palmos de lanza

(que es, según todos afirman,

lo mismo que media vara),

a la sierpe le podía

medir del pecho a la espalda

para cortarla un vestido,

que diz que muy desgarrada

anda estos días con todos

los que por sus puertas pasan.

Apenas oyó mi amo

las sobredichas palabras,

cuando, mas el rey, señora,

se nos ha entrado en la sala

con pasos de buey, y yo

me voy con pasos de cabra.

Perdóname hasta otro día,

que este cuento tiene traza

de durar eternamente,

según que se nos dilata.

Prito.

Volved acá, picarón,

¿de qué huís?

Aparte.

Cachorro.

Señor, de nada.

Tiritando estoy de miedo,

aunque me sudan las bragas.

Prito.

Decidme a lo que venís.

Aparte.

Cachorro.

Él me ha cogido en la trampa

y no sé qué le responda;

una industria me valga.

Digo, señor, que venía

a pediros una carta

de favor para que Astrea,

vuestra sobrina, me haga

su cocinero mayor,

que tiene esta plaza vaca,

y yo estoy cerca de toro,

que es un lugar de la Mancha,

por no decir de la fulla.

Astrea.

Para todo tiene gracia.

Prito.

Yo haré lo que me pedís

si se me acuerda mañana;

pero ahora que me acuerdo,

idos de aquí en hora mala.

Vase.

Cachorro.

Por la merced que me hacéis

beso, señor, vuestras plantas,

que voy muy bien despachado.

Astrea.

Lo que padece quien ama.

Prito.

Y vos, sobrina, al momento

que esté la cena guisada

haced que me avisen.

Vase.

Astrea.

Voy; que iré en volandas.

Prito.

Cuidados, ¿qué me queréis,

que con ignominia tanta

procuráis al corazón

arrojarle de su casa?

Aflojad la mano un poco,

que a los reyes y monarcas

no es razón, ni que se traten

como a la gente ordinaria;

hacedlo por cortesía,

o por las deidades sacras,

que os he de cortar las piernas

aunque me pele las barbas.

Desde que a Belerofonte

no sé si con mucha causa,

de sus honrados servicios

le di la muerte por paga,

me parece que los dioses,

con ira, cólera y saña,

antes de castigos horrendos,

quieren ponerme una maca.

En las sombras de la noche

encuentro horribles fantasmas

que se me ponen delante

como para me dar de nalgas.

Todo me aflige, hasta el sueño.

Pag. 18

Prito.

lisonjeramente trata

de meterme por los ojos

los dedos hasta las cachas,

y así a dormir me resuelvo

mientras Astrea me llama

para que tire a la cena

preso cuatro tarascadas.

Llega una silla y duerme y sale Antia.

Antia.

Astrea dice que aquí

el rey a solas quedara

tan aburrido que teme

que ha de dar zarabanda

sin cítara ni sin son.

Y como por mi desgracia

soy la ocasión de sus penas

me hace dejarle llagada.

Mas allí a pierna tendida

está durmiendo espatarra,

horror me ocasiona el verle.

Habla el rey en sueños.

Prito.

Si es que la reina me agravia,

como imagino, esta noche

la tengo de dar caracas.

Antia.

Cielos, ¿qué escucho?

Prito.

Sin culpa

Belerofonte se halla

y ella no se halla sin ella.

Antia.

Más sabe que yo pensaba.

Prito.

Y por los dioses divinos

que la he de cruzar la cara.

Antia.

Ya de todos mis embustes

se ha descubierto la hilaza,

ya contra mí parece

que su ira desenvaina

el cielo, y que de coraje

su estrellado manto rasga,

que nunca paran en bien

los que en tales pasos andan.

Vuelve a aparecer Minerva como antes.

Minerva.

Despierta, rey dormilón,

que te he menester alerto,

o por lo menos despierto

para que oigas un sermón.

Sin hacer información

que al castigo precediera,

¿por qué, dime, a la quimera

echaste un mozo tan bello?

Prito.

Porque pudiera no hacello

aunque yo se lo dijera,

y porque sin más ni más

quiso almorzar letuario.

Minerva.

¿No pudo ser lo contrario?

Prito.

¿Y cómo que pudo ser?

Minerva.

Pues eso debes creer,

que con lealtad y valor

siempre defendió tu honor

y así a honrarle te resuelve,

que su inocencia le vuelve

a tus plantas vencedor.

Antia.

Ya la invidia a toda prisa

me atosiga la memoria.

Prito.

Yo premiaré su victoria

aunque me quede en camisa.

Antia.

Cielos, mi muerte se precia

y así voy sin dilación

a que labre a mi traición

un veneno el ataúd.

Vase.

Minerva.

El premio de su virtud

queda a tu disposición.

Prito.

Quede muy en hora buena,

que mis promesas no tardan.

Minerva.

Pues adiós, porque me aguardan

en el cielo con la cena.

Vase.

Prito.

Si eso solo te da pena

llévame a cenar contigo,

que a mí también el ombligo

me duele de hambre canina.

Sale Astrea.

Astrea.

Ya está asada la gallina,

venid a engullir conmigo.

Prito.

Vamos, aunque mis desvelos

tienen mi cabeza loca.

Astrea.

Si la cena fuere poca,

os trairán unos buñuelos.

Prito.

Que se meta con mozuelos

una mujer de su trato,

mas ya que en tan breve rato

el cielo me ha persuadido,

aunque no se haya comido,

habrá de pagar el pato.

Vanse y salen Belerofonte y Cachorro.

Cachorro.

Deje que te dé, señor,

cien mil abrazos; ¿que es cierto

que no estás cojo ni tuerto?

Belerofonte.

Imaginallo es error,

que de la diosa el favor

hizo tan feliz mi estrella

que la quimera sin vella

me acometió tan en sí

que al venirse para mí

llevó como para ella.

Volvióme a embestir Cachorro,

mas yo con un pistolete

le di tan fiero cachete

que le hice bajar el morro;

corrió de su sangre un chorro

mayor que el de una sangría,

mas que dejé hasta otro día,

porque es justo que primero

lo sepa el rey, que le quiero

más que si fuera mi tía.

Cachorro.

No sé si aciertas en eso,

pero bien sé que hay mal

que el rey es un animal.

Belerofonte.

Dices bien, yo lo confieso,

mas en contarle el suceso

de mi victoria imagino,

que ya esté alegre o mohíno,

es obligación y ley.

Cachorro.

Lo mismo ha de ser al rey

que contárselo a un pollino.

Sale Astrea.

Astrea.

Buscando vengo a Cachorro

solo para que me diga

lo que falta de aquel cuento

que nos ha contado a medias.

Mas allí está con un hombre.

Pag. 19

Astrea.

que si no tengo ruin vista,

y su amo, o a lo menos,

le ha hurtado sus pantorrillas.

Belerofonte.

¿Quién es aquella mujer

que con tanta bizarría

hacia nosotros se viene?

Cachorro.

¿No sabes que es la sobrina

del Rey, y que, por más seña,

se llama Astrea,

y pienso que no te mira

con malos ojos?

Belerofonte.

Los tiene

tan hermosos, que las niñas

soles con uñas parecen,

pues el alma me pellizcan.

Astrea.

Ya me ha visto y no he de irme

sin dársela bienvenida.

Mucho me alegro que venga

con salud, vuestra señoría.

Belerofonte.

Antes no vengo muy bueno,

porque me duelen las tripas,

y de más a más, señora,

que voy como una canilla

para serviros.

Astrea.

Haced

que os echen una jeringa,

y lo pasaréis mejor.

Belerofonte.

No hay en toda mi familia

quien tenga esa habilidad.

Astrea.

Si la queréis de agua fría,

y que en vez de jeringa

lleve unas pocas de chinas,

yo os haré ese beneficio.

Cachorro.

La piedad es exquisita.

Belerofonte.

Esa merced que me hacéis

yo la doy por recibida,

mas dejando uno por otro,

sabed, Astrea divina,

que tengo necesidad

de hacer al Rey dos visitas,

esta noche la primera,

y la segunda otro día,

para contarle el suceso

de mi historia peregrina,

y pedirle cierta cosa

que me tiene prometida,

que es casarme, a lo que entiendo,

con una cierta sobrina

que es tan linda como vos.

Astrea.

Antes ciegue la cochina

que tal vea.

Belerofonte.

Colorada

se ha puesto como una guinda

de sentimiento; bien puedes

pedirme, Cachorro, albricias.

Cachorro.

Si no me las has de dar,

¿de qué sirve que las pida?

Astrea.

¿Y no podemos saber

el nombre de la sobrina,

que aun antes de conocerla

me da su fortuna envidia?

Belerofonte.

Antes de un mes lo sabréis.

Astrea.

La boca se me hace almíbar,

presumiendo que soy yo

el dueño de tanta dicha;

mas disimular conviene.

Belerofonte.

Digo, Astrea,

que me importa hablar al Rey

antes de mudar camisa;

decidle que estoy aquí,

y perdonad la osadía

del estilo con que os hablo.

Astrea.

Si hablar al Rey esta noche

vuestra lealtad solicita,

bien podéis prestar paciencia,

que cenando unas salchichas

le dejé yo, y no es posible

que despache tan aprisa.

Belerofonte.

Rabiando estoy por hablarle,

que vengo como una criba,

y quisiera irme a acostar.

Astrea.

Pues yo le daré noticia

de que estáis aquí aguardándole.

Belerofonte.

Mandádselo a una menina

o a un lacayo, que conmigo,

que soy una pobre hormiga,

no es bien, señora, que uséis

tan costosas bizarrías.

Astrea.

Mas pienso yo hacer por vos,

que esto es una niñería;

esperadme, que ya vuelvo.

Vase.

Cachorro.

Si se le antoja a Astrea

darnos con la entretenida,

y no volver en un año...

Belerofonte.

Jamás te faltan malicias,

porque quieres que la otra

use de superchería

con nosotros.

Cachorro.

Porque todas

las mujeres son malditas,

y porque ninguna he visto

que tenga el alma sencilla,

y porque a los boquirrubios

los vuelven patas arriba,

y porque lo digo yo,

que basta que yo lo diga.

Belerofonte.

¡Viven los cielos, que estás

borracho, si eso imaginas

de una mujer como Astrea!

Cachorro.

De sus enredos te avisa

la experiencia, si los ojos

vuelves a la reina Antia,

que aún se estará corriendo sangre.

Belerofonte.

Es la distancia infinita

que hay de la una a la otra;

porque la Reina es arpía,

es una sierpe con tocas

y un demonio con basquiña,

pero Astrea es una ovejita

sin vellón y con moquita,

una paloma con faldas

y un asno con mantellina,

y creo que su palabra,

sin enredos ni mentiras,

cumplirá mucho mejor

que el Preste Juan de las Indias.

Cachorro.

Digo que tienes razón,

que ya viene al dos de cuenta,

y trae por añadidura

al Rey en su compañía.

Pag. 20

Salen el Rey, y Astrea.

Prito.

¿Que en efeto fule has visto?

Astrea.

Lo que más me desatina

es, señor, que no lo creas.

Prito.

¿Pues de eso te maravillas,

si al ser incrédulo llega

en mi condición antigua?

Mas él está allí, y presumo

que trae rota la ropilla.

Dile que llegue.

Cachorro.

Señor,

mira que el rey nos atisba.

Belerofonte.

Eso ya lo he reparado,

y que Astrea se apropinqua.

Astrea.

Advertid, Belerofonte,

que al rey le ha dado tristeza

de veros llegar a hablarle.

Belerofonte.

Ya llego, señora mía.

Deme Vuestra Majestad

a besar su mano invicta,

y mil victorias escuche.

Prito.

Muriéndome estoy de risa,

pareciéndome que habéis

de decir mil soberbias.

Belerofonte.

Mil, señor, no serán muchas.

Prito.

Pues soltad la tarabilla,

y despachemos con ello.

Belerofonte.

Oíd la más inaudita

victoria que en bronce duro

la antigüedad solemniza.

Salí con orden vuestro de palacio

cuando ilustraba Apolo el firmamento

tan aturdido, tan confuso y lacio

que me quise volver a mi aposento.

Embelecado estuve algún espacio,

resuelto a darme ya contra un cimiento,

cuando se me llenaron, sin enojos,

sí el pecho de valor, de luz los ojos.

Al dulce son con majestad y pompa

de adufes, de cencerros y vihuelas,

Minerva finge, nadie la interrumpa,

así dilo enseñándome las muelas:

"Pues tienes joven que del miedo rompa

un corazón las débiles pihuelas

sacudiendo del cuello el yugo infame

para que el mundo tu virtud aclame.

Salte de la ciudad y vete luego

a hacer a ese dragón una visita,

que aunque respira por los ojos fuego,

algunas veces por sutil finta

al verte en el Pegaso, sin sosiego

se le caerá de miedo la moquita,

quedando al golpe que tu espada alterna

muerta la sierpe y tu opinión eterna".

Yo, cuando vi que el cielo se prefiere

a ofrecerme favores desta data,

dije entre mí: "lo que esta me refiere

cualquier bobo dirá que es patarata,

y por si el hambre deslucirme quiere

de mendrugos de pan con mano grata,

armando la una y otra faldriquera,

salí a dar un mal rato a la quimera".

Llegué al sitio, y apenas el Pegaso

de mis talones entendió el aviso

cuando, tendiendo por el aire el paso,

hizo de mi fortuna lo que quiso.

Unas veces volaba como acaso,

y otras corría, hasta que fue preciso

que armado el pecho de una fuerte malla

nos presentase el monstruo la batalla.

Hallámosle a la boca de su cueva,

Pag. 21

Belerofonte.

sacudiéndose el polvo con la cola

con tan fiero semblante que renueva

mis confusiones su memoria sola.

Y para que ninguno se le atreva

de cuando en cuando erige y enarbola

el horrible testuz a cuya saña

se estremece de miedo la montaña.

Mas mi adalid que oyó sus picardías

embistiendo con súbita presteza

de una coz le quebró muelas y encías

y de una manotada la cabeza;

y viendo yo las bárbaras porfías

de su coraje, sin mostrar flaqueza,

cuando estaba en la silla más seguro

le abrí de un vironazo el pecho duro.

Corrió al punto de sangre denegrida

un espumoso río por el prado,

y aunque el monstruo sintió perder la vida

sus injurias le daban más cuidado,

y con la pesadumbre de la herida

puesto sobre ambos pies desesperado

aquel monte de escamas enemigo

abrió los brazos y cerró conmigo.

Mas yo, que vi el pecho descubierto

por acabar con tan difícil guerra

de un golpe solo le dejé tan yerto

que inclinó la cerviz hasta la tierra

haciendo tanto ruido al caer muerto

como si de la cumbre de la sierra

bajase al valle con soberbia suma

precipitado algún colchón de pluma.

Muerto el dragón, en fin, no sin misterio

de los dioses que así lo disponían,

esos pueblos rebeldes que al imperio

de vuestras dulces leyes se oponían

los reduje con tanto vituperio

que de ira los labios se mordían,

y aunque me recibieron con ultraje

os juraron después firme homenaje.

No contento con esto, más coronas

deseando añadir a vuestras sienes,

a conquistar pasé las amazonas

que las hallé fregando unas sartenes,

y aunque al principio oí de las fregonas

mil oprobrios, blasfemias y desdenes,

con el ansia de daros más blasones

desbaraté sus bellos escuadrones.

Peleaban, señor, con tal despecho

las flechas disparando y aguaduchos

que me pusieron entonces de provecho

del Pegaso los términos machuchos.

Pero como no tienen más que un pecho

no es posible, señor, que os paguen muchos.

Sujetas os las traigo, y yo me holgara

que todo el mundo en ellas se abrevara.

Esta, señor, ha sido mi victoria

y estos los triunfos son que he conseguido

no aspirando mi brazo a mayor gloria

Pag. 22

Belerofonte.

que al haber vuestro gusto obedecido

y pues que no sois flaco de memoria

no echéis vuestras promesas en olvido

dándome pues el alma lo desea

la compañía de la hermosa Astrea.

Prito.

¿Habéis acabado ya

de decir, Belerofonte?

Belerofonte.

Ya, señor, he desbuchado.

Cachorro.

¿Cómo no pides el dote,

que el rey te ha ofrecido y

se te pasa entre renglones

el borrico y el albarda?

Belerofonte.

¿Cómo es más casarse un hombre

que cargar con esos trastos?

Astrea.

Mas que mi tío responda

con mucha flema, según

por las señas se conoce,

que den al amo y al mozo

una partida de coces.

Belerofonte.

Pensativo el rey se ha puesto.

Cachorro.

Mandará que nos azoten.

Prito.

Digo que vuestras victorias

merecen por superiores

que las imprima la fama,

porque el tiempo no las borre,

en cuadernos de diamante

o en volúmenes de bronce.

Pero lo que me pedís

es cosa tan disconforme

a vuestro valor que quiero

entretenerme esta noche

en buscar alguna alhaja

que premie hazaña tan noble.

Belerofonte.

Dadme con vuestra sobrina

un talego de doblones,

y si queréis darme más

repartidlo entre los pobres

porque yo no he de tomarlo.

Astrea.

Él discurre como un zote.

Cachorro.

Tiene lindo entendimiento.

Prito.

Ahora bien, demos un corte

en estas cosas que gusto

de ir cumpliendo con el orden

que por boca de Minerva

me han encargado los dioses,

y también con mi palabra.

Ya sois de mi sobrina

esposo, juntamente con el dote.

También es mi voluntad

que de mis estados goce

cien mil ducados de renta,

y que le entreguen un coche,

el mejor de los que tengo,

y uno y de los mejores

que aunque se rueguen con él

de ningún modo le tome.

Astrea.

Vivas a par de una suegra.

Belerofonte.

Alexandro fue un guilote

en vuestra comparación.

Cachorro.

Ahora me vendrá de molde

la plaza de cocinero.

Prito.

Advertid que estos favores

al cielo se los debéis

que por cuenta suya corre

el premiar vuestra virtud,

sin que de la envidia torpe

basten las sombras funestas

a empañar sus resplandores.

Cachorro.

¿Y yo tengo de quedarme

sin premio?

Belerofonte.

No te alborotes,

que yo te daré, Cachorro,

después un oficio con que

lo pasarás como un duque.

Cachorro.

Yo lo tomaré como un conde.

Sale un paje alborotado.

Paje.

Oiga vuestra majestad

una de las más atroces

desgracias que han sucedido

en baldara [ilegible]

Prito.

Acabad, ¿de qué os turbáis?

Paje.

Digo pues que a las once

de la mañana, la reina

como si fuera de aloque

se echó un vaso de veneno

repitiendo en altas voces

esto hago por no ver

coronado de blasones

a Belerofonte, y luego

se dejó caer de golpe

sobre la cama tan muerta

que ya está haciendo bodoques.

Astrea.

Extraño caso.

Cachorro.

Terrible

Belerofonte.

desesperación enorme.

Prito.

La nueva de mayor gusto

me traéis; haced que os tomen

la medida de un vestido

por el que tenéis se os rompe.

Y publíquese en mi reino

que cuelguen de un alcornoque

a quien llorare por ella,

que quiero con atambores

celebrar su muerte, mientras

la voy a echar en un roque.

Astrea.

La fineza de su pecho

bien merece esos honores.

Cachorro.

Y aquí tendrá fin alegre

auditorio ilustre y docto

toda aquesta patarata

de que se ha usado esta noche,

que ni es auto ni comedia,

sino un compuesto de utroque

para poder divertir

vuestros gustos cansadotes

de tanto auto y entremés,

con que tenéis el envés

todo hecho un almodrote.

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Cachorro.

Si alguna cosa se ha dicho

que no sea muy conforme

a lo que la Iglesia enseña

y la religión dispone,

aunque es poeta y de capa,

subjicit se correctioni.

Finis.