归于> 发布日期: 2026年8月22日
作品的元数据
警告
可能包含错误或遗漏。如果您有更好的版本,欢迎联系我们 以便我们纳入更新。
许可
此内容根据知识共享 CC BY-NC 4.0 许可证提供。允许重复使用 注明出处后可再利用;不允许商业用途。
<归于 cl归于ss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" t归于rget="_bl归于nk" rel="noopener noreferrer" 归于ri归于-l归于bel="查看知识共享 CC BY-NC 4.0 许可证的详细信息">建议引用
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El español Viriato (primera parte). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-espanol-viriato.
Comedia famosa
El español Viriato
El español Viriato.
Comedia en tres jornadas.
De don Francisco González de Bustos.
7
Comedia famosa el Español Viriato
cancie lla =
A batalla, y dentro se han de echar los primeros versos; salen algunos soldados escaramuzando, Corbino y el Lidoro con el capitán de los romanos, acuchillándose; y como retirándose los romanos, perdiéndose delante de ellos, huyendo al paño, como que tras él sale el enemigo; dice Viriato a lo adentro:
No es el sol de la esfera luciente
que a
Biblioteca Nacional
V 37
Viriato.
Fortunio, general de barba.
Lidamón.
Un capitán.
Caio Betulio, romano.
Caio Plaucio, barba.
Graco, romano.
Lucía, española.
Faustina, romana.
Criadas de Faustina.
Espigón, gracioso.
Soldados españoles.
Soldados romanos.
Dentro cajas y trompetas y ruido de batalla.
¡Victoria por los romanos!
¡No huyáis, españoles fuertes!
¡No quede vivo ninguno!
¡El retirarnos conviene!
Después de haber dicho los primeros versos, salen algunos soldados españoles con Fortunio, general, Lidamón y el capitán con las espadas desnudas, como retirándose, y Viriato poniéndose delante de todos, mirando al paño como que hace cara al enemigo deteniendo a los españoles. La caja tocando siempre.
Rostros constantes haced.
El retirarnos al fuerte,
españoles, es preciso,
que lo demás es perderse.
A la sombra de esta espada
ninguno peligrar puede.
A tanta romana fuerza
no hay resistencia.
No débil
el brío la patria abandone,
que es menor dolor la muerte.
Somos muy pocos.
¿Qué importa, si somos más valientes?
Al fuerte, al fuerte, soldados,
porque cada instante crece
más el peligro.
Mayor le hace, quien la espalda vuelve.
Ni aun retirarnos seguros
podremos ya.
¿De qué teméis,
si con mi espada y mi pecho,
os aseguro?
Mirando adentro
Parece, que ya nos sigue el Romano.
En el llano se detiene,
formando el campo.
Es verdad, porque como al choque fuerte
de nuestros fieros caballos
se descompuso su gente,
previniéndose al peligro,
que en tales casos sucede
sin proseguir el alcance,
la componen.
Son prudentes,
obrando más con su orden
que el número con que exceden.
No, sino que los espanta, mi presencia.
Hombre, ¿quién eres?
que aunque es verdad que hablas mucho
es más tu obrar.
Si no fuese en ti tan lícito ignorar
quién soy, pues saber no puedes
según vive retirado mi origen
te diera muerte;
que nunca el hablar es mucho
en quien persuadir pretende
lo mejor, y con las obras
satisface lo que ofrece.
Aunque mi valor pudiera
en todo satisfacerte,
cualquiera duelo depongo
solo por saber quién eres;
que aunque entre sus huestes vago,
el enemigo te advierte,
no haberte visto hasta ahora
me hace novedad.
Atiende.
Di, pues que ya el enemigo
cesa de seguir, y en este
puesto, nos aseguramos.
Conmigo lo estaréis siempre.
Sidamon, a la campaña
echad luego diligentes
batidores, que descubran
si el enemigo se mueve.
Voy a obedecerte al punto.
Ya mi cuidado te atiende.
Tocan cajas y dicen dentro.
En la antigua Lusitania,
que a España invictos laureles
siempre ha dado, y que sus glorias
regadas con sangre crecen,
parte que a España compone
con otras dos, que contiene
dentro de sí, como son
Bética, y tierra Conunse,
nací; mi pueblo no digo,
que no quiero que se quejen
los que a mi valor atentos
hijo suyo me pretenden.
Es mi nombre Viriato,
cuyo valor ascendiente
no conoce, porque solo
juzga que de sí procede.
Los ojos abrí en mi infancia
entre vacas y entre bueyes,
en cuya guarda aprendí
la política silvestre.
Pues calzando tosca albarca,
y vistiendo brutas pieles,
di a entender al ocio inútil
cuánto al trabajo se debe.
Pues gobernando al arado
el corvo y rústico diente,
antes que el fruto en espigas,
cogí este espíritu fuerte.
Pruebe esta verdad, que un día
unos soldados, que atienden
más al robo que a la fama,
pasando por allí, al verme
junto a mi ganado solo...
¡Matadle!
¿Qué ruido es este?
Graco, aquel fiero romano.
Sale Graco lo más furioso que pueda ser.
Españoles, que rebeldes
os pensáis librar...
¡Raro hombre!
Salid, si alguno se atreve
a lidiar con Graco, que
vuestro asombro ha sido siempre.
¿Hay arrojo más notable
que hasta aquí feroz penetre?
¡Llegad!
Estréchale entre sus brazos y hace como que le arroja despeñado.
Tal infame osadía
pagarás de esta suerte.
¡Muerto soy!
Del monte al valle
le despeñó.
Sale Viriato.
Ya el aleve
pagó con la vida. Vamos
a lo que dejé pendiente.
¡Raro valor!
No me alabes
lo que cualquiera hacer puede,
digo, que aquellos soldados
marchando por allí al verme
junto a mi ganado solo,
(sin pedir que se le diese)
un recental me quitaron.
Conque me enojé de suerte,
que embistiéndoles a todos,
(sin que pudiera valerles
su resistencia) a mis manos
murieron los más valientes,
y los demás a la fuga
pidieron les socorriese;
no penséis que es arrogancia
lo que la voz os refiere,
que mis hechos acreditan
mucho más que os encarece.
El toro fiero, que al rayo
desafía frente a frente,
las corvas airadas iras
a mis plantas desfallece.
El león, cuyo rugido
las montañas estremece,
la fiera garra que esgrime,
torpe a mi vista, no hiere.
El tigre, que borda a manchas
de Libia el color ardiente,
en hielo cambia al mirarme
la cólera que le enciende.
El oso, que con sus manos
los robles nudosos hiende,
entre mis brazos la vida
sacrificó muchas veces.
Los más robustos zagales
que al jayán membrudo exceden,
conmigo al luchar... mas esto
está de más, lo pondré,
pues quien todas fieras rinde
y hace que los montes tiemblen,
no es triunfo en él lo que es menos,
ni se acredita valiente.
Todos los que me atendían,
corridos de ver que hubiese
quien en un sujeto solo
todos sus hechos excede,
instigados de la envidia
darme quisieron la muerte,
sin ver que aun Júpiter sacro
los rayos corrido vuelve
a su aljaba, si lo intenta,
porque no hay brazo tan fuerte
que pueda matarme a mí,
siendo yo quien me defiende.
Sabiendo sus intenciones,
quiso mi espíritu ardiente
darles causa a declararme,
que la hostilidad advierte
el más cobarde peligro
para armarse y defenderse;
que no dar remedio al daño
es querer morir vilmente.
Robábales sus ganados,
maltratábales sus gentes,
sus pueblos acometía,
y quemábales sus mieses;
de donde nació la voz
que acreditaron aleves
los que cobardes no osaron
salir a satisfacerse.
Que el miedo con voces falsas
disculpa lo vil que tiene.
En fin, sin oposición,
(cosa que he sentido siempre),
pues aquello que no cuesta
las estimaciones pierde,
entregándose rendidos,
árbitro fui de sus leyes.
Viendo, pues, que no cabían
en limitados orientes
este corazón a quien
orbes estrechos se hacen,
y que inundando campañas
españoles con sus gentes
los romanos (en apoyo
de tiranías crueles)
tanto Marte armado animan
contra quien se las defiende,
salí de aquellos estrechos,
toscos e incultos albergues
a dilatar lo bizarro
de este brazo, a quien mueve
Marte para triunfos suyos,
pues con él lo más rebelde
o muere del golpe airado,
o rendido se obedece.
Este mi intento ha sido
y ver si son tan valientes
(como publica la fama)
los romanos, y en este
corto ejército que alista
la razón de defenderse,
y que os publica españoles
vientre, que no consiente
mi valor contra la patria
que tanto tirano impere
robando su libertad
sin que en mí su ruina encuentre.
Éste, que os he dicho, soy;
olvido las invictas huestes
contra tanto ardor tirano,
sacrifíquense, valientes,
vuestras vidas por la patria,
muera quien tanto la ofende,
truene el parche, gima el bronce,
cuyo horror temor aumente
al romano; y en vosotros
invicto valor resuene.
¡Ea, valientes españoles!,
muestre vuestro brazo, muestre,
que el sol os engendra a rayos,
que Marte en su trono os teme;
yo os aliento, yo os animo,
que si la vida perdiere,
dirá la fama con obra
más noble y más excelente
que, dándola por la patria,
eternice mis laureles,
pues quien muere de este modo
no puede decir que muere.
Bien valiente, Viriato,
hijo de España, procedes,
pues a tan gloriosa acción
los espíritus enciendes.
todos los que ves delante
de España son hijos fieles
que con libertad las vidas
en leal sacrificio ofrecen.
Mas para empresa tan justa
es tan contraria la suerte
que aun los mismos que debían
defenderla más, la ofenden.
Pues, ¿quién huyendo vosotros
así a injuriarla se atreve?
Sus mismos hijos, que no
son los romanos tan fuertes
que a nuestro valor bastaran.
La razón no comprende
mi discurso.
Es que, engañados
de razones aparentes
y fantásticas promesas
a los españoles tienen
los romanos, y con ellas
nos conquistan, y nos vencen.
Di en qué consiste el engaño.
No podré sin que me afrente.
Pues ten, no me lo refieras
que si afrentado has de verte
no quiero saber de ti
cosa, que tanto te cueste.
Aparte.
Suena un clarín.
¡Válgame Júpiter santo!
¿Qué hombre, o enigma es este?
Que en lo rústico del traje
razón tan hidalga tiene?
Después como ya sabrás
que los romanos ardientes
de hidrópica sed, del orbe
reinos y provincias beben
y después, que Aníbal rayo
de incendio cartaginense
forjado en nube española
para terror de sus huestes
pasó los Alpes, y en Roma
coronado de laureles
al gran Capitolio hizo
titubear, en vaivenes
para sacarle de Italia
por no del todo perderse
al valiente Escipión
(contra Cartago) cometen
la guerra de España, el cual
con ánimo invicto siempre
ayudado de españoles
venció a Cartago, y aleve
cuando España sacudía
juzgó el yugo de su frente,
le puso (en premio de sus victorias)
otro más pesado, y fuerte;
y conociendo sus hijos
de Roma estos intereses
en lugar de sacudirle
(contra sí) le favorecen,
torpeza: mas ¿qué clarín
con sonoras voces hiere el aire?
Mirando adentro.
De un bruto hermoso
monte con alma viviente
una primavera errante
de varias plumas desciende
y a nosotros se encamina:
¡Raro garbo!
De paz viene, pues sin prevención alguna
a llegar aquí se atreve.
Sale Faustina en traje militar.
No retires el caballo,
ni de la rienda le dejes,
que al punto vuelvo a cobrarle.
Apolo, españoles fuertes, os guarde.
Júpiter sacro, tu hermosa beldad prospere.
¿Quién eres, mujer divina,
que si las señas no mienten
si no eres la diosa Palas
su altiva deidad excedes?
Yo soy (capitán invicto,
español Marte) quien viene,
de parte de los romanos,
por la lástima que os tienen
y por la que os tengo yo,
de que muráis de esta suerte
a deciros...
No digas más, que me corro de que empieces
con lástima de nosotros
cuando de sí no la tienen;
vuélvete al punto diciendo
que nadie escucharte quiere.
Viriato, el responder
a ti no te pertenece
donde yo estoy; tú prosigue
declarando a lo que vienes.
Tócame por español,
y mi brío no consiente
de nadie arrogancias, para
que sus razones espere.
Bien se ve que los romanos
ser hombres nobles no pueden,
pues para librarse valen
de lástimas de mujeres.
Bien se mira en lo atrevido
y bárbaro que procedes,
que alguna inculta montaña
te dio el bruto ser que tienes.
Los arrojos de las damas
(romana hermosa) no ofenden;
todo lo que he dicho aquí
con los romanos se entiende,
no contigo, que deidad
te venero, y así puedes
decir favores y oprobrios,
que si eres dulce, aunque hieres.
No es tan rústico el villano
como imaginé, aunque fuese
menos que yo, quien de parte
de los dos pretores viene
se debe estimar, y tú,
capitán, que lo consientes,
mal el bastón acreditas.
Aparte.
No sé qué misterio es este
que la libertad de este hombre
a veneración me mueve.
El arrojo de un soldado,
romana hermosa, no ofende,
y más cuando llega a estar
colérico con la suerte.
No es arrojo la razón.
A más de que no se entiende
Ese término conmigo,
que nací muy libremente...
¿Cómo a la obediencia faltas?
Viriato a nadie obedece.
Atrevimientos contigo:
a todo el campo respeten,
y así, perdona, Fortunio,
que es bien que todos se venguen.
Quieren embestir con Viriato, y Fortunio le detiene.
Teneos.
Muera este atrevido.
¿Cómo el respeto no os mueve?
¿Qué es morir? Que a mi espada,
¿sois todos brazo muy feble?
Risa me da el escucharos,
y quisiera que más fueseis.
¡Raro valor! De su parte
era preciso ponerme.
Van a embestirle todos, y Faustina se pone al lado de Viriato.
¡Muera!
Teneos.
¿Tú le vales?
Tal valor tanto merece.
Hermosa deidad, no así
tu acero inútil empeñes.
¡Ay tan grande atrevimiento!
¿No veis que estoy yo presente?
Sin duda que en el villano
hay más de lo que parece.
Toca un clarín.
Castigaré la osadía.
Prendedlos. Mas, ¿qué accidente
hace que un clarín el aire
de voces altivas pueble?
¿Qué bastarda trompa el brazo
al castigo me suspende?
Hasta saber qué es esto,
los sustos enojos cesen.
Envainan las espadas y dice.
Sale.
Ninguno adelante pase:
todos compuestos esperen
hasta que a hablar a Fortunio
llegue hasta el foso del fuerte.
Mas aquí está.
Esta es Lucía;
¿qué causa moverla puede
a venir aquí?
¿Fortunio?
Lucía, admiro que llegues
de Palas vestida, cuando
Venus más divina eres.
Mirando a Viriato.
Aparte.
No te espantes, capitán,
pues la causa que me mueve
es tan de todos; mas, cielos,
¿Viriato no es este?
Aparte.
¡Lucía aquí, qué fortuna!
Aparte.
¿Mi enemiga aquí? ¡A tal suerte!
¿Qué hará aquí esta romana?
Disimular me conviene.
Lucía, ¿qué novedad
la voz al labio suspende?
Es tanto a lo que he venido
que no sé por dónde empiece.
Di, pues por saberla todos
de tu labio están pendientes.
Valientes españoles,
hijos del sol, que en rojos arreboles
sangrientamente os cría,
para dar más valor a la osadía;
no porque retirados,
rotos, así acobardados,
que en la suerte importuna
el valor arrebata la fortuna.
Volved a la venganza los aceros,
pues de la patria sois tan extranjeros
que no pisáis su tierra
sin que el afán os cueste de la guerra;
bebed con pecho fuerte
el último veneno de la muerte,
que quien la vida pierde por la fama
eterno vive en reverente llama.
Bien saben los romanos
el riguroso herir de vuestras manos,
que para venceros
juntan a su poder orbes enteros;
todos muramos antes que vencidos
a sus engaños demos los oídos.
Y si acaso de España
los hiciere señores tanta saña,
de la tierra lo sean solamente,
no de españoles, cuyo ardor valiente
siempre el yugo ha quemado,
que la ambición tiránica ha labrado.
Bien sé que os brindarán con sus partidos,
áspides entre flores escondidos;
como veneno impuro
mata la libertad sobre seguro.
¿Qué palabra decís no os han quebrado?
¿Qué engaños con vosotros no han usado?
Las campañas lo digan, inundadas
de vuestra sangre, en paces quebrantadas;
pues desarmadas vuestras diestras fuertes,
seguros han logrado tantas muertes,
que el cándido rocío de la aurora,
perlas sentidas son con que las llora;
el oro, plata, que la tierra cría
para vosotros, su avaricia impía
roba insaciable de sus hondas venas,
Siendo, (grave dolor, rara extrañeza)
a quien mayor guerra os hace la riqueza
pobres estáis, y ricos sus erarios
de tantos modos son vuestros contrarios;
el honor es primero, que la vida,
la Patria nuestra Madre está ofendida.
Cobre su honra vuestro ardor primero,
que por eso entre el oro os dio el acero.
Forje la fragua el yelmo, y la coraza,
vuelva el brazo al escudo, y a la maza,
la lanza enristre al hombro, el carcaj fiero,
la flecha al arco, el puño al blanco acero.
No por una victoria
diga el Romano que os quitó la gloria,
de poderle vencer, porque no hubiera
hombre de Roma en la española esfera?
Si engañados los hijos, que ha criado,
no hubieran su codicia auxiliado.
¡Ea, españoles, irritad la saña,
vestid con polvo ilustre la campaña,
cuyo altivo ardimiento
ciegue de nubes el Romano viento!
Resucitad el brío generoso,
tasque el bridón el freno, que fogoso
en lo mismo que vuela
(con el aviso agudo de la espuela)
para volverse rayo,
alienta con espumas el desmayo.
Ocupad el borrén, suene la tropa,
hiera el soplo el metal, y el aire rompa,
muera quien de la Patria nos destierra,
aliente hoy mi valor en esta guerra;
pues dejando melindres mujeriles,
tranzado el peto me vestí de Aquiles.
De socorro marchando
con mil caballos os venía buscando
y en el camino supe que os había
roto el contrario, y pues que dura el día,
con ello reforzad el campo roto,
y haciendo a nuestro Dios Hércules votos,
a morir o vencer romped osados,
que el voto, y el valor vencen los hados.
¿Qué esperáis? y más cuando
en pardas nubes os está animando
ese trueno, ese rayo, cuya espada
en precisas victorias afilada
será junto conmigo
estrago generoso al enemigo.
Viriato digo, cuyo aliento solo
Marte se teme desde polo a polo,
él solo basta para más trofeo;
dadle a su espada tan debido empleo
porque para blasón de nuestra historia
con él os aseguro la victoria;
que no acaso los Dioses le han traído
donde oiga la razón que me ha movido
a venir a animaros.
Dije mal, ¿a animaros? a irritaros,
que el español denuedo
en ninguna ocasión conoció el miedo.
¿Que haya podido escuchar
a esta española soberbia?
Solo en ti, Lucía hermosa,
tan heroica acción cupiera,
pues siendo mujer, tu brío
a ser hombres nos enseña.
Mal dije, que eres mujer,
que quien las almas alienta
más que mujer, es Deidad.
Mas ¿no hay más ser que tu mueras?
Y en pago daré a tus ojos
por sacrificio, y ofrenda,
cuantos Romanos desde hoy
condeno a muerte sangrienta.
Bien me pareció, españoles,
que hombre ninguno pudiera
atreverse a lo que hablo
no siendo así.
Es cosa cierta.
Pues yo sé vecino amigo
con que cualquier duelo cesa.
Españoles, lo que importa
es volver por la honra vuestra.
Gallarda dirá Palas
la razón, que representas
es tan grande que ninguno
dejara por su defensa
de la Patria, dar la vida,
y pues hoy a tiempo llegas
con tan gran socorro, al punto
al contrario se acometa.
Eso sí capitán noble.
Toca al arma.
Todos mueran.
¿Qué locura? ¿qué furor
españoles así os ciega
que queráis con tal despecho
hacer de la muerte tema?
Rotos estáis, y el socorro
es tan corto, que aunque fuera
una legión cada hombre
no es bastante cuando os cercan
más de ochenta mil Romanos;
corregid con advertencia
el orgullo, que os engaña
porque morir sin defensa
más que valor es locura.
Más que valor es flaqueza,
no os quiere bien quien así
ciegamente os aconseja
cuando solo en fantasías
funda lo que representa;
y los Pretores pesando
su acostumbrada clemencia
(por no hacer con el estrago
la lástima más sangrienta
sin haberla menester)
con la blanda paz os ruego,
y en su amistad os reciben
deponiendo las ofensas
de vuestra gran rebeldía
si os rendís a su clemencia.
Ya sabéis, que no hay Nación
que sus leyes no obedezca
logrando en tranquilidades
cuanto lo bélico inquieta;
gozad hoy de su piedad
antes, que a las armas vuelva,
que si, hoy, no lo hacéis, mañana
podrá ser que no la tengan.
Aparte.
Corrida estoy de escucharle.
¿Como Romana soberbia
hablas así? ¿no te acuerdas
que lanza, a lanza contigo
(a vista de Cartagena)
me volviste las espaldas,
y que tu gente derecha
(por mi valor solamente)
huyó con infame afrenta?
Los accidentes no infaman
lo Real del valor, Lucía,
que el vencer, o ser vencido
no está del valor a cuenta;
yo hice lo que debí entonces,
y si la fortuna ciega
barajó el suceso, culpa
fue suya, no de mi diestra;
pero no podrás negar
que en ventaja tan inmensa
(como nuestro campo tiene)
es locura lo que intentas.
quedan las leyes de guerra
solo el castigo, Romana,
te dura aquí por respuesta.
Empuñan ambas las espadas.
Nadie a Faustina la habló
de ese modo, que no fuera
destrozo de su valor.
Y el seguro, que protestas
depongo, porque a mi espada
delante de todos mueras.
Presto verás en la mía
la gran locura, que intentas.
¿Faustina? ¿Lucía? ¿Cómo
se irrita así la belleza?
Aparta.
Quita, Fortunio.
Por Júpiter, que se huelga
mi valor, que la hermosura
ferocidad también tenga.
En ti es el asegurarte consejo
y en ti, Lucía,
pudiera templar el brío
ver de la parte, que llega,
a proponernos partidos.
¿Eso me irrita, y me afrenta
sabes quién soy?
Sé que eres, señora de Cartagena:
y sabes que soy Faustina
hija propia de la guerra
que para amarla nací
entre los arrullos de ella?
Y si, señora, te miras
antes que Roma creciera,
lo soy yo, que los sabinos
en mí su sangre conservan,
y mi natural valor
dando a Roma fama eterna
hasta aquí con mis vasallos
haciéndole esta asistencia:
mas pues aquí mi venganza
no puede ser, tiempo queda
para buscarte.
Lo propio haré yo, si lo deseas.
Señor, el campo contrario,
hacia nosotros se acerca,
todo compuesto en batalla.
Dicha será que acometa,
pero para que conozca
lo que en mi espada se encierra,
yo le saldré a recibir.
Mucho el brío te atropella
y temo el riesgo de este hombre
y sentiré que se pierda.
Si damos la gente toda
prevenida a la defensa
del fuerte.
(Hace que se va)
La prevención es que en campaña
nos vean.
Y pues vienen a buscarnos
será corta diligencia
salirlos a recibir.
(A Fortunio)
Detente, español, espera, detén
que el acercarse los míos
es que asaltaros intentan
si el partido no aceptáis.
Y como con la respuesta
ven que tardo, a mi seguro
es preciso que se muevan.
Y así responded, porque
la resolución postrera
de morir, o vivir, pende
ya solo de vuestras lenguas.
Pues vuélvete a los pretores
y diles.
Fortunio, cesa.
No des la respuesta tú,
que es desigualar las prendas
con una mujer envían
la embajada, y así ordena,
pues una mujer la trae,
que otra mujer se la vuelva.
¿Pues no la vuelve Faustina?
Estará la diferencia,
en que a ella se la diesen hombres
y nosotros (en su afrenta)
de boca de una mujer
les volvemos la respuesta.
Lucía se la ha de dar.
(Habla con Faustina)
Pues darásela Lucía,
di a los pretores romanos
que aunque su ejército fuera;
de rayos en vez de hombres
y de fatales cometas
hay más valor en nosotros
contra su altiva soberbia
y que si juzgan rendirnos
con mentidas apariencias,
de honestadas tiranías
y de afectadas clemencias
que se engañan, que ya todos
conocemos sus cautelas,
que yo (tranzando el arnés)
sola basto a la defensa
de mi patria: y así rompa
tale, asalte, embista, hiera,
que antes España será,
del fuego inútil pavesa,
que en infame sujeción
de Roma el yugo consienta.
¿Esta respuesta me dais?
¿Vuelven las espaldas los hombres
qué es esto? ¿La espalda vuelta
enmudecéis?
¿No ves que así
lo que digo aprueban?
¡Rara locura que así
los cónsules se desprecian!
Diles que si esto responde
solo una mujer resuelta
cuál será de los varones
españoles la respuesta?
(Aparte)
¡Oh qué presto arrepentidos
lloraréis vuestra miseria!
Solo el riesgo de Viriato,
(por su valor) hoy me pesa,
dame el caballo, y si tú
verme en campaña deseas,
yo te buscaré, española.
Pesaráte si me encuentras.
Quedad en paz.
Vete en paz.
(Vase)
¿Qué esto conmigo suceda?
Pero qué importa, si todo
nuestra venganza lo enmienda.
Sentida va la romana.
¿Qué os pareció la respuesta?
Que el corazón de nosotros
puso el dios Marte en tu lengua.
Valerosos españoles,
Aunque vuestro esfuerzo llega,
más allá de lo posible
decir mi sentir quisiera
puesto que disimularlo
al enemigo, fue fuerza
que nunca para pactar
sea de mostrar la flaqueza.
Tocan.
¿Qué es pactar? que esa palabra
no ha llegado a mis orejas.
Yo solo sé: mas las cajas
nos llaman a la pelea,
y salir a pelear, es lo que sé.
Sale Espigón.
Baco tenga de mi piedad.
¿Espigón?
Con el lienzo a rienda suelta
porque el romano a la cola
a todo el mundo le pega,
¿Qué es esto, dónde has estado?
¿Dónde he estado? buena es esa.
cuando peleando fiero
me dejaste en la refriega,
hecho un empanado pulpo,
para que el pan me metieran.
Yo no te vi en la batalla.
Pues era fácil me vieras
si estaba yo al embestir
de allí cuatrocientas leguas.
¿Quién este soldado es?
Una espía soy secreta
que ahorcaron los romanos.
Locuras, Espigón, deja.
Este es un criado mío.
Y de vuesa reverencia.
Humor tiene.
Desde que me ahorcaron, gasto flema.
Pues si te ahorcaron, ¿cómo estás aquí?
Como alma en pena.
Si le dejamos dirá dos mil necedades.
De veras, que presumo que estoy muerto
porque yendo por contera
de tu espada (cuando entraste
en la batalla sangrienta)
salté de voltejeo
y di en medio de una rueda
de romanos, que en las picas
me hicieron réquiem aeternam
y me hallo aquí, como si
del otro mundo viniera.
¿Del campo romano vienes?
De allá vengo por más señas
que el tal campo, es un muy gran
quebradero de cabezas.
¿Cómo libraste?
Con una provisión
que allá en mi tierra
llamamos escapatoria.
¿Qué hacen los romanos?
Fiestas: por haber vencido, aunque
a más de ciento les cuesta
cada español con los niños
y mujeres; pero alerta.
El asaltarnos no es posible.
Ya, Fortunio, nos estrechan
y esperar aquí encerrados
es cobarde resistencia;
Viriato, estas canas,
que de seguirme nacieron en la guerra,
los mayores aciertos,
son hijos de la prudencia.
Aquí resistir podemos
y dándole al tiempo treguas,
conociendo los romanos
nuestra mucha resistencia
nos han de dar los partidos
que la campaña nos niega.
Tú eres el que dijo (viendo
el socorro de Lusia)
¿acometamos al punto?
Por Júpiter que me pesa
de haberte escuchado ahora.
Porque la romana viera
que el valor no flaqueaba,
lo dije; y aunque estuviera
de ese parecer entonces
ya otro más sano me lleva.
Pues yo acometeré solo.
Temeridades no aciertan.
No es temeridad en mí
por más que engañados piensan
muchos, que hacerse no puede
lo que no es dado a sus fuerzas.
Esta gente, Viriato,
de mi gobierno está a cuenta,
piérdete tú, que por ti solo
no he de dejar que se pierda.
Fortunio, Viriato, entrambos
miráis a una cosa misma
uno del valor llevado
y el otro de la prudencia;
el acometer osados
nos pone en la contingencia
de vencer, o ser vencidos;
esperar aquí, por fuerza
es del romano victoria,
Porque aunque nos acometa,
y pierda un asalto, y otro,
con la multitud nos cerca
esperando el vencimiento
del hambre, a la gran miseria
y no siendo socorridos
es preciso, que nos venza
fiar de sus pactos es
mayor riesgo, en su cautela
pues nunca los ha guardado
su tiránica violencia,
y así mejor es morir
matando, en nuestra defensa,
que vivir de la esperanza
de una fe, que es tan incierta;
Bien dices, acometamos.
Todos lo mismo desean.
Mejor me lleven los diablos
que en el consejo convenga.
¿Eso intentáis?
Sí, muramos.
Pues será de esta manera
este Bastón, que me ha dado
vuestro valor os entrega,
mi indignidad, que no quiero
que él en mi mano, se pierda
de todo punto la Patria;
Porque aunque culpa no tenga
siempre ha de tenerla solo
aquel, que el Bastón gobierna
y quiero morir soldado
sin la nota de quien yerra
¿Ahora nos quieres dejar?
Nunca mi cariño os deja.
que a vuestro lado esta espada
será, os ruego, la primera.
Si yo el bastón gobernara,
(mi ferocidad depuesta)
sin riesgo os sacara libres,
como mi intento siguierais,
y una vida no costara.
A mucho el valor te empeña.
También lo osado, Fortunio,
es capaz de estratagemas.
Llevándolo todo el diablo
es muy cierto que lo hiciera.
Dadle el bastón, españoles,
que la sabia providencia
suele poner el remedio
adonde menos se piensa.
Si a mi mano le fiáis,
yo aseguro la promesa.
Pues todos te le entregamos.
Los dioses son quien gobierna
este impulso, pues que todos
mi proposición aprueban.
Toma el bastón, Viriato.
Desde luego nos gobierna.
No se le den, que si a mí
sin tenerle me apalea,
¿qué será con palo en mano,
que a todas horas le tienta?
Sacan una rodela grande, en que se pone de pies Viriato, y todos se levantan.
Todos con gusto le damos
si con el mismo le aceptas,
y para que más seguro
estés, a la usanza nuestra
te hemos de jurar; traed,
Sidamón, una rodela.
Aquí está.
Levántanle otra vez al son de cajas y trompetas.
Ea, Viriato,
fija las plantas en ella
y a mi voz atiendan todos,
y las cajas y trompetas
con salvas la aclamación
al viento, festiva, hieran.
Valerosos españoles,
hoy la noble patria vuestra
a Viriato levanta
por general y cabeza.
¿Juráis todos de guardarle
fe, homenaje y obediencia?
Sí, juramos.
Y tú, ¿juras
de morir en la defensa
de la patria, y de guardarnos
las leyes que nos gobiernan?
Así lo juro.
Pues toma el bastón, toma.
Aunque le dejas
por dármele a mí, en tu mano
antes que en la mía queda.
Tocar.
Decid: "¡Viva Viriato!"
y a repetir la voz vuelva
de las tropas y las cajas
la salva, que el hecho aprueba.
¡Viva Viriato, viva!
haciendo su fama eterna.
¡Oh, cuánto estos aplausos
mi altivo espíritu alegran!
Españoles valerosos,
mis brazos de todos sean
agradecimiento noble,
y de nuestra fe cadena.
Y pues fiáis a mi mano
el bastón, con tal fineza
por el menor de vosotros
moriré.
Por todos sea.
Solo en tu valor fiamos
y así dispón, manda, ordena;
que todos estamos prontos
a obedecerte.
¿Qué quimera es esta?
o estoy borracho
o todos sin duda sueñan.
Ya el gobierno está en mi mano,
¡oh, bastón, y cuánto pesas!
mucho debes de importar,
pues das cuidado a mis fuerzas;
otro, parece, que soy
del que fui; si así me truecas,
haz que para gobernarte
lo que ahora soy, lo parezca.
Yo, aunque no soy español,
porque mi cuna fue Grecia,
de elección tan acertada
me he dado la enhorabuena.
Del ejército romano
al nuestro pasó, y se precia
tan de español, que ha servido
a España con gran fineza.
¿Siendo romanos y griegos
tan unos, cómo los dejas?
Porque la satisfacción
así tomo de una queja.
El soldado honrado nunca
abandona sus banderas.
Vuélvete.
Ya no es posible.
Pues mira cómo te empeñas.
¿Griego? Si él la hiciere limpia
me saquen a mí las muelas.
Enfurécese Viriato, y se detiene.
Ea, españoles, a campaña;
que mi valor os alienta.
¡Muera el romano! Mas ya
ha de ser de otra manera:
empiece el brío desde hoy
a gobernar con prudencia.
¿De qué gente se compone
nuestro campo?
No nos quedan
más que unos tres mil infantes,
según se ve en las banderas,
y con la caballería
del socorro de Luceia,
hay dos mil caballos.
Poca gente, pero toda buena.
Más vale ella, si es así,
que la multitud inmensa
del romano; conservarla
hasta juntar mayor fuerza
es preciso. Y así quiero
usar de una estratagema,
para que de aquí salgamos
sin que un soldado se pierda.
Fortunio, en tres escuadrones
de frente en batalla puesta,
mantened la infantería
(viniendo en gobierno de ella),
que yo la caballería
en un batallón, entera,
he de llevar.
Pues, ¿qué ardid discurres?
La frente puesta los abriréis;
vamos ahora.
Haré todo lo que ordenas.
¡Viva el grande Viriato!
tocan
Toca alarma, Roma tema
y su capitolio, que
va Viriato contra ella.
Acomete, capitán,
que a tu lado va Lucia.
¡Ea, españoles, decid: muera Roma!
¡Roma muera!
Vanse; y salen al son de cajas y clarines Caio Betulio, Caio Plaucio, Generales, Faustina, y soldados, que sacan banderas Romanas.
Lo mismo dice Espigón,
porque con él todos vuelvan.
Romanos valerosos, hoy el día
es de acabar la bárbara porfía
del orgullo español, que retirado
de vuestro gran valor, desbaratado,
en esta fuerza se abriga.
Y hoy de la guerra cesa la fatiga,
si con pecho valiente y osado,
damos fin a los pocos que han quedado.
Con esta última hazaña
Roma del todo pone yugo a España,
perfeccionada con ella la victoria,
pues es de Roma honor, de todos gloria;
castigad con valor, para escarmiento,
el bárbaro, arrojado atrevimiento
de despreciar vencidos
de la triunfante Roma los partidos.
Aparte
A los Generales
Mueran; pero no mueran, ¡oh recato!,
si ha de morir entre ellos Viriato.
Caio Betulio, cuyo brazo abona,
por su pretor, la ilustre Tarragona;
como a ti, Caio Plaucio, por tu fama,
la Bética provincia, que te ama;
por el valor invicto de tu acero,
de Roma siendo el esplendor primero;
pues para esta ocasión a los dos junta,
y la hoguera del sol no está difunta,
el muro acometed, porque la noche
con el lóbrego manto desabroche,
vencedores os halle y con centellas
el triunfo escriba en láminas de estrellas.
Faustina hermosa, tu valor bastara
que el ánimo a todos nos sobrara,
los arietes se arrimen, y batiendo
el diamantino muro con estruendo
caiga deshecho en polvo lo más alto
porque se dé más fácil el asalto.
Los arietes llegad mientras los puestos
avanzándome yo tengo dispuestos.
Tú, Faustina, te retira,
que no tu beldad quisiera
peligrara, porque todos
peligráramos en ella.
Eso a mi opinión y brío
es hacerle indigna ofensa,
cuando en los peligros todos
es mi espada la primera.
Bastantemente tus ojos
matan disparando flechas.
Mal se acredita de Marte
Betulio con las ternezas.
También Cupido, Faustina,
tiene su modo de guerra.
tocan cajas
Sale Betulio y Caio.
Puesto el contrario en batalla,
ha hecho frente de banderas,
y a darla viene sin duda,
según el rostro nos muestra.
Mejor para su castigo,
puesto que la plaza deja.
tocan a la puerta los Romanos
¡Qué tan pocos y rotos,
tal valor tengan!
Por los dioses soberanos
que es de envidiar su fiereza.
tocan a la puerta los españoles
Mucho se van acercando,
que a dar batalla se atrevan;
Caio.
La caballería delante
en un batallón compuesta
viene toda; y los infantes
entre batallas se ordenan.
En todo el campo junto
en media luna se tienda
y a sus puntas los caballos,
y espérese a que acometan,
porque cerrándose luego
ninguno librarse pueda.
La disposición es propia.
Aparte
¿O quién acertar pudiera
la vida de Viriato?
tocan y dice Viriato dentro
Españoles, Roma vea
que es mayor nuestro valor
que la máquina que ostenta.
Delante viene Viriato.
tocan
Que airoso el cabo se muestra.
Toca alarma.
Alarma toca.
¡Guerra contra España, guerra!
Caio Plaucio, en aquel ala
hace falta tu presencia;
pasa a gobernarla tú,
que yo me encargo de esta.
Entrase sacando la espada.
Bien reparas; ¡ea, Romanos,
que ya mi espada os alienta!
Entranse por diferentes puertas, y tocan, y salen Fortunio, Espigón, y soldados.
Ninguna caballería
hacia el contrario se mueva,
sino esperar, que la suya
a todo el grueso acometa.
Españoles, al instante
que Viriato la seña
de acometer haga, todos
tomen diferentes sendas,
y esparcidos hagan fuga
porque de esta manera
yendo uno solo, el contrario
a ninguno seguir pueda,
que no ha de desordenarse
por seguiros, cuando queda
delante entero Viriato,
que luego al punto, que vea
libre esta infantería
seguirá la forma misma.
Así pase la palabra.
Todos con el orden cuenta.
Como perdigones quiere
escaparnos de la presa.
tocan y dice dentro Viriato
Españoles, ahora es tiempo.
Dentro: arma, arma, guerra, guerra.
Esta voz es la seña.
A retirar como he dicho.
Dentro
¡Viva Roma, muera España!
Ahora, soldados, librad.
Cada cual por su vereda.
Retíranse a toda prisa por diferentes puertas los españoles, y salen Betulio, Fausto y soldados romanos.
Viven los dioses que toda
la infantería disuelta
hace fuga.
Sola queda la caballería.
A cortarle voy el paso.
Detiénelo Betulio.
Tente, espera,
que esta puede ser celada.
Nadie se mueva,
y más mirando delante
la caballería entera.
Sale Caio.
¿Betulio?
¿Qué dices?
¿No ves que en fuga deshecha
huye el contrario?
También veo,
que compuesto espera,
y será imprudencia grande
seguir a gente que lleva
la fuga tan esparcida,
porque es deshacer la nuestra.
Pues embiste a los caballos.
Deja que nos acometan,
que cogiéndolos en medio
es la victoria más cierta.
Tocan y dice dentro Viriato.
Ya la infantería va larga,
siga cada uno su senda.
También la caballería
huye de la forma misma.
Cada caballo prestarle
puede al viento ligereza.
Sigamos su alcance.
No es posible que se emprenda
porque de por sí esparcidos
dejan de correr, y vuelan.
Seguir de por sí a uno solo
no es fácil, y ya nos llevan
mucha ventaja.
Notable
ha sido la estratagema,
para retirarse libres.
Raro engaño.
Grande afrenta.
Experto es el capitán,
por los dioses que me deja
envidioso.
Toca al arma
y la plaza se acometa,
mueran en nuestra venganza
cuantos tiene en su defensa.
Embístase a escala vista.
No quede ninguno en ella.
Aparte.
Librándose Viriato,
mueran todos los que quedan.
Éntranse.
Ea, romanos, que más fácil
ya es la entrada.
Dentro.
¡Mueran!
Salen por diferentes puertas Caio y soldados.
Por Júpiter soberano,
que no ha quedado en la fuerza
persona alguna, que triunfo
del poder romano sea.
¿Qué dices?
Entra y veráslo.
¡Que esta dicha España tenga!
Saber lograr los ardides
es lo más que hay en la guerra.
Guarnézcase, que a este engaño
presto daremos la enmienda.
Tocan cajas, y sale Viriato de gala, y Fortunio, y soldados.
Haga el ejército alto
al pie de este monte ameno,
verde pantalla del sol,
florido Atlante del cielo.
Bien es, de tanto continuo
solícito afán guerrero,
que amparado de sus sombras
cobre un instante de aliento.
Ya cuidadoso el romano
(nuestro gran valor temiendo)
nos deja descansar más,
porque se nos llega menos.
¿Qué mucho (heroico Viriato),
si tu invencible ardimiento
tres Cónsules ha vencido,
dejándolos tan deshechos,
que no lloró por Aníbal
Roma tantos hijos muertos,
como por ti, en tres batallas
campales, sin los rencuentros?
Lo que más siento, Fortunio,
es, que los romanos, viendo
que tantas veces, vencidos
salen de nuestros aceros,
no les llegue el desengaño,
pues obstinados, y ciegos
contra sí propios porfían.
Bien pudiera de escarmiento
servirles el fiero estrago,
que después de aquel suceso
de tu feliz retirada
(luego que se rehicieron
nuestras tropas) en el fuerte
que les dejamos, tuvieron.
El volvérsele a ganar,
Fortunio, fue lo de menos,
mas fue, después de vencido
Cayo Betulio, y deshecho
a Cayo Plaucio vencer
(con vuestro animoso esfuerzo)
a Claudio Unimano, a quien
por el capitán más hecho
enviaron los romanos
(siempre en su ambición soberbios)
con ejército mayor,
más aparato, y estruendo,
a enmendar de tanta afrenta
los infortunios severos.
Con más infamia volvió,
pues de todo el campo entero,
casi no libró soldado
de ser prisionero, o muerto,
valiéndole su caballo
solo de escapar huyendo.
Nunca se ha mirado a Marte
más horroroso, y sangriento,
que aquel día, pues aun yo
llegué a temer, te confieso.
Y a Betulio las armas
(contra nosotros) han vuelto,
por si enmienda su fortuna.
Siempre juzgan (indiscretos)
los romanos, que es fortuna
lo infeliz de sus sucesos,
por no confesar que puede
mucho más el valor nuestro.
Ya han perdido con nosotros
(en batallas y rencuentros)
todo lo que riega el Tajo,
todo lo que baña el Ebro.
¿Eso te parece mucho?
Vive Júpiter supremo
que se ha de borrar su nombre
de Cádiz al Pirineo,
y que no han de estar seguros
del gran volcán de mi pecho
ni con las ondas del Tíber,
ni con sus mares tirrenos.
(Dentro ruido de espadas.)
¡Prendedle!
¿Qué ruido es este?
(Sale un soldado retirándose de otros, con las espadas desnudas todos.)
Muera al rigor del acero
si se resiste, soldados.
Nadie se resiste huyendo.
Válgame, gran Viriato, tu sagrado.
¿Qué es esto?
¿Con las espadas desnudas
en mi presencia? ¿No tengo
mandado que nadie saque
la espada? ¿Qué os movió a ello?
Este soldado, señor,
a un romano prisionero
ha dado la muerte ahora,
sin más ocasión que serlo.
¿Qué decís? ¿Sobre la vida
que le concedió el derecho
de las armas, por rendido,
cometió tal desafuero?
Muera luego por castigo.
¿Pues es delito haber muerto
a un enemigo? ¿Y más cuando
tienes con este uno menos?
En la campaña se matan
peleando cuerpo a cuerpo,
no cuando se les perdona
en fe de su rendimiento;
demás que a sangre fría
el darles muerte indefensos,
más que valor, es afrenta,
y más que osadía, es miedo.
Y a vista de mis banderas,
a quien rendí prisionero
y di la vida, seguro
ha de estar, como yo mismo.
Ejecutad lo que he dicho,
porque sirva de escarmiento.
Bien tu presencia me vale.
El juez no ampara reos,
y aquí miro dos delitos
para castigar severo:
uno sacar contra el bando
la espada; y un hombre muerto.
Llevadle.
¿Pues la presencia
del que es en todo supremo
no deja libre?
(Llévanle)
Esa ley
por el delito dispenso,
¿a qué esperáis? Llevadle.
Venia.
Yo pago mis yerros.
(aparte)
Raro hombre de todos modos,
sin duda le eligió el cielo.
Fortunio mirad, si hay
qué despachar, pues aun tiempo
nos ocupa la campaña
y el político gobierno.
Solo hay un preso, que está
por un delito tan feo,
como es el haber forzado
a una casada, que viendo
perdido de su marido
el honor, con sentimiento
delante dél se dio muerte.
¿Qué decís? ¡Honrado pecho!
¿Y está probado el delito?
Probado está.
¿Y es plebeyo
el marido, o noble?
Noble,
y de gran valor, y esfuerzo.
Pues ¿cómo no se vengó?
Porque al agresor prendieron
antes de poder lograrlo.
Ya siento que le hayan preso,
que a un noble no satisface
el castigo, si es ajeno.
Luego al punto se le entreguen,
y árbitro de su honor siendo,
tome por sí la venganza
porque quede satisfecho.
Solo su valor hallara
a tal honor tal remedio.
Y desde hoy en adelante
quede por ley este acuerdo.
Dentro voces.
Dejadnos llegar adonde
el general.
¿Qué nuevo
alboroto es este?
Nunca,
donde hay tan diversos genios,
como en un armado campo,
puede dejar de haber esto.
Sabed lo que es.
Desmontando
de tres caballos ligeros,
aquí llegan tres soldados.
Aparte.
Que habrá novedad recelo,
estos son los prebostes.
Salen tres soldados.
Señor.
¿Y pues, qué tenemos?
Contra el bando de que nadie
se apartase el menor trecho
de las tropas, y al que hallasen
fuera de ellas, pague luego
con la vida, a este soldado
encontramos, y queriendo
ponerle en un árbol, dice
(no sé, si por ganar tiempo)
que en un caso, que te importa,
tiene que hablarte en secreto;
y por si acaso es verdad,
a que te hable le traemos.
¿Qué tenéis que hablar, después
de no guardar los preceptos
que en la milicia se imponen?
Nada, señor, que hablar tengo,
más que aquí representaros,
que es duro caso, y siendo
yo un soldado, cuya espada
es del enemigo miedo;
porque salí de las tropas
a darle cuatro repelos
a mi caballo, y hacer
unos tornos y escarceos,
digan que he quebrado el bando
con un falso presupuesto,
y quieran darme el castigo
que ni al bando ni a vos debo.
¿No tenéis más que decir?
La verdad os represento,
y de lo justificado
de vos, libertad espero.
¿Y esto qué decís, prebostes?
que le encontramos muy lejos
de las tropas.
Pues el orden
ejecutad.
¿Que, en fin, muero?
Los bandos se han de guardar,
¿y en vos he de dar ejemplo?
Venid, soldado.
¿Que en fin
no hay remedio?
No hay remedio.
(Saca el soldado la espada contra Viriato, y le detienen los demás.)
Pues ya que muero, por algo
he de morir, ¡vive el cielo!
¿Qué intentas?
Morir con causa
matándote yo primero.
Tente, loco.
(Sacan todos las espadas contra el soldado, y le defiende Viriato.)
Dadle muerte.
¿Hay tan grande atrevimiento?
Muera.
Dejadle, soldados,
nadie le ofenda, teneos.
¿Tú le defiendes? ¿Y en ti
a todos agravia el hecho?
Dejadle, que yo le perdono,
vaya libre.
No te entiendo.
(Aparte.)
Yo sí, que quien se atrevió
(con tan bizarro despecho)
a mí, ¿qué hará al enemigo?
Viva su famoso aliento,
que quitaros esta espada
fuera quitaros un reino.
Por los dioses, que me deja
envidioso de su denuedo.
Y tú, soldado, ya ves
cuánto el decoro atropello,
sé con tu enemigo osado,
sé con tu general, sé cuerdo.
Señor, rendido perdón
te pido, y tus plantas beso.
Ya estás perdonado, vuelve
a tus tropas.
Yo te ofrezco
en las tropas del contrario
satisfacer este yerro.
Raro caso.
(Vanse los soldados.)
Extraña acción.
Fortunio, ¿qué dices de esto?
Que yo no lo perdonara.
Yo sí, que también me venzo,
y es más que vencer a todos,
saber vencerse a sí mismo.
Antes que Cayo (que tiene
de la Bética el gobierno)
se juntare con Betulio,
romper a Betulio intento.
Con tu valor, será fácil.
Ya, Fortunio, pasó el tiempo
de arrojarme temerario,
que a todos a cargo tengo,
y hemos menester entrar
al peligro con acuerdo;
y así un militar primor
tengo intentado.
Su acierto
será el de todos.
Si logro
que a Espigón, que lleva un pliego
le haya cogido el romano,
se ha de conseguir mi intento.
Vamos.
Tus disposiciones
son al paso de tu esfuerzo.
(Vanse, y sale Faustina con un peinador sobre las armas, peinándose, damas y músicos.)
(Paseándose.)
Cantad, que no es cosa extraña
en la guerra la armonía,
pues con ella divertía
en su tienda de campaña
de la guerra el gran afán
el magno Alejandro, y es
de mi valor interés
imitar tal capitán.
¿Qué cantaremos?
Mejor elección tendrá quien sabe
los tonos.
Diré uno grave
que se hizo nuevo al amor.
Amor, detén tus arpones.
(Aparte.)
No cantéis de amor, que cansan
a mi valeroso pecho
sus ternezas ponderadas.
Mas ya no me cansan tanto
después que feroz con gala
Viriato en mi memoria
representa su arrogancia,
¿si será amor? ¿qué es amor?
No sé, solo sé que se halla
ya mejor con el alivio
Aquel desdén de mi llama.
Semíramis valerosa,
cuando hebras de oro peinaba,
con el peine en ellas puesto,
venció la mayor batalla.
(Paseándose.)
Más que la dulce armonía
mis sentidos arrebatan
lo varonil de esta reina,
lo heroico de sus hazañas.
No el aseo mujeril
turbó su guerrera fama,
pues no la embarazó el peine
al manejo de la lanza.
Proseguid, que yo también
me peino, y por imitarla,
en la mano tengo el peine,
y el corazón en la espada.
De garzota la servía,
sino de fuerte celada,
que el valor defiende más,
que lo fuerte de las armas.
¡Qué bizarra que saldría!
Envidia su acción me causa,
que al sol rendirían sus crenchas,
y a los hombres su arrogancia.
Proseguid.
(Tocan arma.)
Salió lucida
Mas ¿qué es esto?
Arma, arma.
(Arroja el peinador y saca la espada.)
Ya la música de Marte
que son las trompas, y cajas,
más que de Arión, y Orfeo,
mi ardiente espíritu llaman.
Afuera adornos de Venus,
venid adornos de Palas.
Arma, arma, guerra, guerra.
¡Qué acciones tan encontradas!
Ea, fuertes españoles,
muera quien tanto os agravia.
Arma, arma.
(Al irse a entrar Faustina encuentra con Luceya, que viene peleando con los romanos. Éntranse.)
El enemigo
nos ha sentido, ¿a qué aguarda
mi espíritu varonil?
Romanos, ya os acompaña
mi acero, pero ¿qué miro?
Esto es lo que deseaba.
Hoy pagarás, enemiga,
tu soberbia confianza.
Primero verás tu muerte.
(Salen Faustina y Luceya peleando.)
Aquí, romanos, que asaltan
solo el cuartel de Faustina.
Como en morir tanto tardas,
pero, ¿qué es esto, Apolo?
Caí y mi gente desmaya.
¡Ánimo, españoles!
¡Muera!
(Pónese al lado de Luceya el soldado, a quien libró Viriato.)
Luceya hermosa, levanta,
que en tu defensa mi vida
a Viriato le paga.
(Sale Betulio.)
(Aparte.)
¡Mueran! Mas, tened, soldados,
¡qué deidad tan soberana!
Prendedla y no muera.
¡Muera,
a pesar de quien la ampara!
Soldados, apartad.
(Pónese delante della para que se retire, retirándose.)
¡Sal,
Luceya, de la batalla,
que yo para retirarte
te hago con mi pecho espaldas!
A retirar, españoles,
que toda Roma nos carga.
¡Qué hermosura de española!
En sus ojos llevo el alma.
¡Victoria!
A ellos que huyen.
(Retirándose los españoles.)
Ya que Luceya se alarga
a retirar, pero haciendo
siempre a el enemigo cara.
Sigamos su alcance.
Tente,
Faustina, lo hecho basta;
refuércense los cuarteles,
que acción tan determinada
no es de esta gente sola,
y es menester cautelarla,
que puede ser que nos tengan
dispuesta alguna celada.
No, sino que te ha rendido
la española.
(Aparte.)
¡Val el alma!
Se puede hallar en dos partes,
bien dice, porque es bizarra;
¿Qué mucho que no se venza
si tú al enemigo amparas?
¿Qué dices?
Que eres muy tierno.
No yerra quien se recata.
Prendedla, y no muera, dijo
tu voz, solo por guardarla,
y es señal que está vencido
quien para vencer no mata.
Solo se rinde Betulio
a las flechas de su aljaba.
Mucho es, Betulio, que tanto
bien no te desengaña;
no pienses, porque me quejo
de que a la española guardas,
que lo siento por mí, cuando
solo siento que te agravias;
¿qué dirá Roma de ti,
cuando ese bastón te encarga,
si en vez de darle victorias,
le procuras dar infamias?
Solo tú.
Sacan los soldados Romanos preso a Espigón, que traerá un pliego.
Nadie me tenga,
que yo enemigo no soy,
¿no ven que por mi pie voy?
¿De qué sirve tanta arenga?
¿Qué es esto?
Con miedo llego.
Este hombre del enemigo...
El dios Pan vaya conmigo.
Cogimos con este pliego,
y porque veas lo que es
le traemos.
Es patraña,
porque yo no soy de España.
¿Pues de dónde sois?
Bearnés.
El pliego lo dirá.
Aparte.
Niego,
y está claro, como el sol,
que aunque el pliego sea español,
no me quita a mí el ser suizo.
Mucho Faustina me mira.
A mí quiere hacer retrato.
Aparte.
¿El criado de Viriato
no es este?
No hables mentira
que te haré ahorcar.
Con mengua,
si lo llegas a intentar.
Calla.
¿Pues cómo no he de hablar,
si me hacen sacar la lengua?
Lee Betulio. A Mandonio dice.
A ver,
que no conozco tal nombre.
¿Cómo que no?
No te asombre,
que irá en que yo no sé leer.
Leerla quiero.
(Retírase a leer.)
Esto faltaba,
ya sin la horca estoy muerto.
¿No eres español?
Es cierto,
pero no se me acordaba.
¿Tú no eres...?
¡Ay, lance tal!
¿Del general el criado?
Eso que me has preguntado
es hablar en general.
¿No eres el que dijo?
Sí,
que a ti no lo he de negar.
¿Pues dónde vas?
A buscar quien me ahorque,
y lo hallé aquí.
(Acaba de leer Betulio.)
Faustina, romanos, hoy
es el día de triunfar.
(Aparte.)
Este toca a degollar,
tan cierto como aquí estoy.
Viriato socorro pide,
porque muy flaco se ve,
a Mandonio.
Engórdale,
y verás cómo se impide.
Y antes que llegue a juntar
la gente que ha de llevarle,
he de intentar acabarle.
Eso es quererle matar.
(Aparte.)
Yo nunca de mi enemigo
he buscado la flaqueza;
porque es del valor vileza.
Para librarle lo digo.
Con rebeldes querer dar
ley al valor, es quimera.
que así competencia fuera,
y yo busco el castigar,
romper a Viriato importa,
con que se acaba esta guerra.
Ven acá, ¿qué gente encierra
su campo?
Una chusma corta.
Qué gente tiene, pregunto,
di la verdad.
Tiene tanta,
que es cosa, señor, que espanta,
porque un mundo tiene junto;
tiene españoles cincuenta
hechos a su condición,
que matando de aluvión
les causa el morir contento.
Caballos tiene tan bravos
de ligereza tan pura,
que clavan la herradura
en el cielo con los clavos,
y tiene, ¡fuego de Dios!,
para que mejor te espantes,
setenta mil elefantes
tan grandes como los dos.
En lo que dices, repara,
si el miedo no los cortó,
no les quitaré uno yo,
por un ojo de la cara;
tiene a Luceya, que embiste
por su amor la mayor ira.
Ahora, Betulio, mira
a quien hoy la vida diste.
Si te habla por desmentir ,
para disuadir mi intento,
júntese el campo al momento,
que esta noche he de embestir,
(sin más detenerme) osado,
a este soberbio español,
de quien no se libra el sol.
(Aparte)
Él les dará su recado.
Y porque no dé noticia
este, de lo que intentamos,
quede preso.
¿Ahora estamos
en eso? ¿Hay tan gran malicia?
¿Quedar preso? Esto no,
mándame al punto ahorcar.
Esto ha de ser .
No hay que andar,
porque si no lo haré yo.
Vamos a ordenar el modo,
con que el campo ha de seguir,
porque luego he de partir.
(Aparte.)
Y quiere acabar con todo.
Mas morirá la canalla.
(Vase.)
Tanta atrevida altivez
ha de quedar desta vez
deshecha en una batalla.
Ven, español.
Luego irá,
que tengo que hablar con él.
(Vanse los soldados.)
A tu cargo queda.
Y dél
el demonio cargará,
señora, en apelación
a tu clemencia me paso,
yo soy un soldado raso
de la guerra motilón,
tan lego en matar que aquello
que hace en la uña cualquiera,
aunque vivo me comiera,
jamás he sabido hacello.
Temores deja, que en mí
tu inocencia está amparada,
y di, ¿qué hace Viriato?
Estará quebrando lanzas.
¿Qué dices?
El día que no
pelea, en esto le gasta.
¿Y Fortunio?
Desde que
dejó el bastón, con sus canas
asiste soldado, siendo
rayo entre nieve, y escarcha,
que unas veces se fulmina,
y otras nos rige, y nos manda;
pues una Luceya, a quien
Viriato estima...
Repara,
que estás hablando conmigo.
¿Pues esto qué te agravia?
¿No eres tú también Belona,
que sigues con tus escuadras
al Romano, que confía
más del valor de tu espada,
que de los pretores, siendo
una amazona gallarda?
(Aparte.)
En fin, ¿la quiere Viriato?
¡Oh, tirano amor!
(Aparte.)
Ya descampa.
¿Qué mucho, si en el valor,
si no le excede, le iguala?
(Aparte.)
Ya de los celos enciende
amor en mí su vil llama.
¿Tan pagado está Viriato?
(Aparte.)
Oigan lo que Viriata,
si ella le paga, ¿qué mucho?
Calla, necio, calla, calla,
que vive Júpiter santo
que te mate.
¿Que te mata?
¿Si respondo a tus preguntas?
Bien dices, mas como alabas
tanto su valor, y somos
las dos continuas contrarias,
me irrito, porque el valor
también con celos abrasa.
(Aparte.)
¿Quién no te las entendiera?
Dancémosle una pavana,
digo que la quiere mucho,
no por ella, por su espada,
que el otro no tiene amor
más que a buenas cuchilladas.
Al paño Betulio.
¿Faustina y el español
solos? Oiré lo que tratan.
Ya esto tiene otro semblante,
dime, ¿y si acaso llevaras
un recado de mi parte
a Viriato, extrañara
mucho la acción?
(Aparte.)
¿Qué es lo que oigo?
¿Quién un recado de dama
con gusto no le recibe?
Quien con fineza no ama.
Perdone, quedará loco.
(Aparte.)
¿Qué señas quiero más claras,
de que esta traidora está
de Viriato enamorada?
Y más cuando en tu hermosura
es lo primero en que habla.
(Aparte.)
¿Que esto sufra?
Pues a punto,
español, que de aquí partas
le dirás.
Sale Bétulo.
Yo lo diré
mejor que a quien se lo encargas.
(Aparte.)
¿Hay más extraña fortuna?
San, san, que rezo, me valga.
(Aparte.)
¿Que me escuchase Betulio?
(Aparte.)
Ahora sin duda me empala.
Vete, villano, de aquí,
antes que mi enojo y rabia
te dé muerte.
(Aparte.)
Sin hacerlo
haré mejor lo que mandas;
y no hay mal que por bien no venga.
Pero no, detente, aguarda.
(Aparte.)
Ya no hay mal que por bien venga.
Que pues sabes lo que pasa,
quiero que sepas también
cómo locuras se pagan.
(Aparte.)
Él la despeña, y conmigo
hace pasos de garganta.
No siento tanto, Faustina,
verte tan mal empleada
con el amor de un villano
que ayer guardaba unas vacas,
(que en los gustos de mujeres
siempre es el error quien manda)
como ver (¡rara locura!)
que seas traidora a tu patria.
(Aparte.)
¿Que de lo que le reñí
le diera yo la venganza?
¿Tú, enamorada de un vil
rebelde? ¿Qué confianzas
se puede tener de quien
así abandona su fama?
Y ¿qué mucho a Roma falte
quien a sí misma se falta?
(Aparte.)
Qué propio es en estas cosas
ser las Faustinas infaustas.
Tú así...
Aparte.
Detente, Betulio,
no más desacatos hagas
que, atropellando respetos,
te responda con la espada.
Para salir de este necio,
aquí mi valor me valga
a dos cargos, que me impones
te respondan dos palabras:
en el ser traidora, mientes;
en que tengo amor, te engañas.
Esta segunda no puedes
delante de mí negarla,
que yo la escuche, y la otra
por consecuencia se saca,
pues quien quiere a un enemigo,
por él venderá su patria.
Eso en ti solo se mira,
pues pudiendo, sin mudanza,
dar un triunfo más a Roma,
dejaste se retirara
Luceyo por el amor
que mostraste en la batalla.
Yo obré allí lo que debí.
No obraste, que no lograra
retirarse, cuando ya
vencida a mis pies estaba.
Aparte.
Por Dios, que al señor pretor
le pesa ya la romana.
Su amor es reconocido.
Doy que sí, mas no fue causa
de estorbar un vencimiento
en una fortuna clara,
que estimo más que el amor
dar la gloria a mi patria.
Tú a Viriato defiendes,
pues al proponer la marcha,
porque no muera, opusiste
a mi intento la ventaja.
Gran consecuencia, por cierto,
para hacer...
¡Ay, zarabanda
como esta! Dense por buenos,
y uno por otro se vaya.
Mas yo le daré la muerte.
Y se la daré a quien amas.
Toca al arma.
Al arma toca.
Que esta noche en su demanda
verá Roma, verá el mundo,
verá el mundo, verá España,
de un traidor el escarmiento,
(Vanse.)
quien el vencimiento aclama.
(Vase. Salen Fortunio y Luceya, y soldados que la detendrán.)
Con esta escarapela
no se les da de mí nada.
Luceya, con tu llegada
se asegura la victoria.
Fortunio, la mayor gloria
es tu consejo y tu espada.
En todo, la mayor parte
tiene tu arrogancia bella,
pues junta divina en ella
Venus dulce, feroz Marte.
(Dentro.)
Romanos, si conocéis
mis manos, ¿cómo atrevidos...?
(Sale Viriato.)
¿Qué voz es esta?
El caballo
dejo en el campo rendido.
Valeroso capitán.
¿Qué es esto, fuerte caudillo?
¿Luceya? ¿Fortunio? ¿Cómo
os hallo en este sitio?
El cuidado de tu riesgo.
Jamás hay riesgo conmigo.
Pues ¿qué voces eran estas?
Dinos, ¿qué te ha sucedido?
Fui a reconocer el puesto
que te dije, y conseguido,
volviéndome retirando,
me cercaron de improviso
muchas tropas de caballos,
y yo, apelando a mis bríos,
por no quedar prisionero,
con las espuelas animo
a mi caballo, intentando
que abra su pecho camino.
Apretáronme de fuerte,
que, en mi cólera encendido,
a uno, que más se llegaba,
la lanza al caballo tiro,
que atravesado cayó;
y a otro, sacando los filos,
la cabeza de un revés
de los hombros le derribó,
con que espantados del golpe
los demás sin resistirlo,
me dieron el paso libre.
este el suceso ha sido.
Cosas consigue su brazo
que acreditan lo fingido.
Poderoso está el Romano.
Pues de dónde lo has sabido?
De que trayendo mi gente,
quise romper de camino
un cuartel, y allí muriera,
si este soldado invicto
no me librara.
Ves Fortunio, cómo hizo
bien mi piedad en librarle?
Llega a mis brazos amigo,
que menos demostración
no dice lo que te estimo.
Por ti arriesgando la vida
con perderla, aún no te sirvo.
No hay cosa en cualquier fortuna
como hacer agradecidos.
Fortunio, si aquella costa
los Romanos han cogido,
y empeñados nos embisten,
(como espero) son perdidos.
No dudo el feliz suceso,
mas habiendo venido
con sus escuadras Luceya.
De su valor lo confío.
Está prevenido el campo?
Sí señor. Al bosque sombrío
se oculta, y de una fuente
se descubre al enemigo.
Sale el Capitán.
Qué hacéis? que el campo contrario
desde esta ladera he visto,
marchando con tanta prisa
que al viento deja excedido,
y según las muestras da,
sin duda viene a embestirnos.
Llegó el fin deseado,
logrado se ha mi designio.
(Cajas y clarines)
Arma, arma, guerra, guerra.
Fortunio, al bosque es preciso
que acudas tú, y tú Luceya
por otra parte a embestirlos.
Valeroso Capitán
Tu precepto es mi albedrío.
En acometiendo, haz
retirada adonde asisto,
porque den en todo el grueso.
(Éntranse, y salen Betilio y soldados romanos.)
De todo estoy advertido.
Toca al arma.
Al arma toca.
Ea, pues, soldados míos,
acometed valerosos,
que hoy el triunfo conseguimos.
(Tocan.)
Arma, arma, guerra, guerra.
No quede ninguno vivo.
(Éntranse sacando las espadas, y sale Espigón retirando al romano ridículo.)
Sin esperar que anochezca
los campos se han embestido,
porque trae gusto el romano
de matarnos a pellizcos.
Yo, aunque espante el pellejo,
traigo romano el vestido,
por ver si con lo neutral,
de tanto cascar me libro.
(Las cajas.)
¡Viva España!
¡Viva Roma!
(Sale un soldado romano.)
Vivan quien fueren vencidos,
mas aquí viene un romano.
¿Quién va?
¿No me has conocido?
Un romano soy injerto
en un español membrillo.
¿Cómo es eso?
Como estoy
de matar muy divertido.
Pues sígueme.
(Vase el romano.)
(Tocan.)
¡Qué gran cosa
es el ser desconocido!
Lo neutral sirve a dos haces;
mas aquí vuelve el ruido,
este peñasco me valga
de rodela y escondrijo.
(Salen riñendo Viriato y Betilio, y cae a los pies de Viriato.)
Hoy, rebelde capitán,
pagarás tantos delitos.
Y la tiranía de Roma
verá el yugo sacudido.
Muere, tirano.
¡Ay!
Levántate, que lo altivo
de mi condición bizarra
no hiere a nadie caído.
(Sale Faustina y pónese delante de Betilio.)
Tente, bizarro español,
que le defiende mi brío.
Nunca mi espada se mueve
contra preceptos divinos;
Si tú le defiendes, Viria-
(Levántase.)
No consiente el valor mío
vivir a merced de nadie,
y más mirándose herido
de la opinión, y los celos,
y así matar determino.
Si la vida que te da
tanto soberano asilo,
la desprecias, muere ciego
a manos de tu delito.
(Embístele Viriato, y salen soldados romanos, acometen todos contra Viriato, y defiéndele Faustina.)
A socorrer a Betulio.
Con esto el triunfo consigo,
muera este aleve.
No así
empañéis el candor limpio
del honor de Roma, que
es de su grandeza indigno
darle muerte a un hombre tantos.
La guerra da ese permiso.
¿Ves cómo defiende
contra Roma a su enemigo?
A ti te defendí, pues
te miré a sus pies caído.
(Métense acuchillando.)
Aparta, que vive Apolo
que ya no puedo sufrirlo,
todos cobardes sois pocos
para mi valor invicto.
No hay resistencia a su brazo.
(Entrase.)
Tan raro valor no he visto;
mas, ¿cómo le dejo así,
viéndole en tanto peligro?
(Tocan.)
Allá vais con mil demonios.
No quede ninguno vivo.
Arma, arma, guerra, guerra.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco...
¡Qué brava fiesta es mirarlo
desde este balcón rollizo!
Españoles, no perdamos
la victoria.
(Tocan.)
Esto pido;
salgo a pelear, mas no,
que mejor se hace en el nido.
¡Viva Roma!
¡Viva España!
Por los dioses, que va linda.
(Salen peleando Faustina, y Lucera.)
¿Cómo, enemiga, no rindes
tu orgullo vano a mis filos?
Esta vez no has de librar
como otra de los míos.
La victoria por España.
¿Qué es esto? No fugitivos
volváis la espalda, romanos;
esto es amparar los míos.
Entrase.
¿Qué importa vayas huyendo,
si con mi valor te sigo?
Va tras ella, y salen riñendo Viriato y Betulio.
Rinde a mi valor las armas.
Solo muriendo las rindo.
Porque te des prisionero,
no te he muerto.
Aunque los míos
me desamparan, dirán
en los venideros siglos
que aquí fue muerto Betulio,
pero no que fue rendido.
Riñen, y salen riñendo Faustina y Luceya.
¡Muere!
Los cabos peligran.
Pues embístele tú al mío,
y yo al tuyo.
dices bien;
de este modo le libro.
Muere a mis manos.
Tu muerte
libra en mi acero el destino.
Embisten a Viriato y a Betulio, y ellos se van retirando por diferentes puertas.
Solo tú rendirme puedes.
Morir a tu vista elijo.
Dentro.
Españoles, los romanos
ya se ven casi vencidos;
perfeccionad la victoria.
Sale Viriato.
Por Apolo, que perdido
me vi con aquella dama
por no hacer un hecho indigno
de mi valor, con su muerte,
cuando retirarme hizo
de Betulio, y aunque dejo
el campo de sangre tinto,
volver a hallar a Betulio
mi cuidado no ha podido
discurriendo la batalla,
y aunque ya es anochecido,
y las sombras se me oponen...
Dentro.
¡Viriato!
Mas ¿qué he oído?
Voz parece de Luceya.
Dentro.
¡Socorro!
Cielos divinos,
socorro pide, ¿qué aguardo?
Sale hacia donde le llama Luceya; por el lado opuesto dice Faustina, y se halla confuso sin saber adónde acudir.
¡Viriato!
Ya te sigo,
talará mi acero el monte.
¡Viriato!
Erraba el camino,
que a estotra parte se oye.
¡Viriato!
Soy contigo.
¡Socorro!
Va a la parte de Luceya.
A estotra se escucha;
yo he de perder el juicio;
a las dos partes me llama
esta voz, y ya indeciso
no sé la parte que siga,
porque cuando determino
mover las plantas a una,
otra llama a un tiempo mismo.
Esta sigo.
¡Viriato!
Éntrase por la parte que le llamaba Faustina, y sale Espigón de donde estaba escondido.
¿Qué lance más exquisito?
¿Si será ilusión o el eco?
Mas no, que es caso distinto,
que el eco da media voz,
y esta entera la percibo;
esta sigo, que es error
detenerme en lo remiso.
¡Válgame Dios, qué cansado
estoy! Parece que ha sido
conmigo esta batalla,
que estoy conmigo y sinmigo.
Yo no soy para estas cosas,
porque luego me apolillo,
que todo lo que se guarda
para en esto, va en podrido.
Con la noche al vencedor
no conozco ni distingo,
o los otros nos vencieron,
o nosotros los vencimos.
Mas yo para vencedor
basta saber que me he visto
a pique de ser (no ha mucho)
señor de horca y cuchillo.
Luceya va prisionera
(según de su voz colijo),
y mi amo, como corza,
va tras ella a cazar grillos.
Sale Viriato.
Siguiendo la voz, el monte
con afán he discurrido,
y solo cuerpos sin alma
se encuentran.
Aparte.
Dios sea bendito.
Este es mi amo, aquí importa
escapar a mi retiro.
¿Quién es? ¿quién va?
Soy un alma
de un correo, que se vino
a meter en el infierno
por solo un pliego maldito.
¿Epígono?
¿Quién es, quién va?
¿Mi amo?
¿No me has conocido?
Sí, que para que me ahorquen,
haces famosos oficios.
¿Cómo estás aquí?
Estoy como
escrito.
Di, ¿no has oído
la voz de Luceya?
Sí,
que el romano la ha cogido,
(según parece) y la lleva
donde el diablo sea servido.
¿Qué dices?
Lo que te cuento,
que es como lo que te digo.
¡Cómo no abraso los cielos!
Si tan alto lo has subido,
¿qué fuego quieres que alcance?
¡El romano me ha vencido,
no dejaré, vive Apolo,
peñasco en los montes fijo,
horizonte, que no tale,
muro, que no vuele en giros!
Pues, ¿qué importa vencer cuanto
se opone a mi brazo altivo,
si faltándome Luceya,
falta al valor su principio?
¿Luego estás enamorado?
Basta estarla agradecido.
Yo pensé que no sabías
más de hacer occisos.
Y pues va rompiendo el alba
del sol flamante da indicios
haré que sus luces sean
de mi venganza testigos.
Aquí está el gran Viriato.
Dichoso el encuentro ha sido.
Ya, famoso capitán,
todo el triunfo has conseguido,
desbaratado el romano
(sin quedarle más arbitrio
que la fuga) sus banderas
despojo son de tu brío,
y para que llore Roma
estragos más compasivos,
hasta Faustina trofeo
de tanta victoria ha sido.
Qué importan, Fortunio, triunfos,
cuando a Luceya perdimos?
(Aparte.)
Que esto escuche, y que no muera
oyendo un desprecio mío?
Qué dices? Luceya falta?
Sí, Fortunio, y lo confirmo,
el que a su voz al socorro
mi brazo acudió remiso,
y la confusión de otra
perder la ocasión me hizo.
Yo fui la que se llamaba,
por habernos dividido
la confusión, incitando
con mi venganza tu brío.
O nunca oyera tu voz,
pues por haberla seguido,
perdí a Luceya.
Y por ti
yo prisionera me miro.
Si prisionera es Luceya,
su rescate conseguimos
con Faustina, con que así
nada puede haber perdido.
(A Faustina.)
Nunca el valor, que me anima,
consigue por tal camino;
vuelve, deidad, a tu campo,
porque yo nada consigo
haciendo cambios, que fuera
de mi valor caso indigno,
y más que prendas tan altas
no se compran, cuando el brío
puede cobrarlas bizarro,
a otro precio más subido.
Yo valgo más, capitán,
que lo más encarecido;
no por ser fino con otra,
eres grosero conmigo.
Tu libertad no la quiero,
que no es libre el albedrío,
que debiendo una fineza
V 37
Salen Vetulio y Luceya.
Bella enemiga, ¿es posible
que, cuando te adoro atento,
a un humilde rendimiento
respondas siempre terrible?
¿Cuando sacrificios doy
a tus aras, de manera
que en vez de mi prisionera
yo tu prisionero soy?
¿Y, irritada tu beldad,
me niega un mirar propicio,
al humo del sacrificio
cuando ofendió la deidad?
Cansaste, Vetulio, en vano,
que una roca mover quieres,
no a españolas mujeres
donde está el venzor romano.
Con esto te he respondido,
si es que quieres entendello.
Nunca, Luceya, lo bello
de amor se mira ofendido,
y querer no es ofensa cuando
es del amor interés,
Ofensa, Vetulio, es,
cuando quiere, interesando:
la fortuna prisionera
pudo hacerme (con rigor)
pero no que mi valor
forzado a un romano queja;
esa campaña testigo
de nuestra ofensa es fiel,
y nunca un odio cruel,
querer sabe a su enemigo.
Amor lo más apartado
suele templar, y lo amante
sabe unir lo más distante
de dulces flechas armado.
Si es tanta la oposición
natural que nos tenemos,
¿quién unirá dos extremos,
que en sí tan distantes son?
Amor.
¿Qué es Amor? ¿Te piensas
que aunque prisionera soy
tan sin mi valor estoy
que me han de rendir ofensas?
Vuestro tirano poder,
(que a nuestra patria ha ofendido)
¿imagináis que ha vencido,
por prender una mujer?
Ponse a llorar.
¡Viven los dioses,
no airada
te quiero (dulce imposible),
cómo serás apacible
si eres tan bella enojada?
Si sabes matar tan bien
alegando, ¿no es mejor
dar muerte con un favor
que vida con un desdén?
¿Tu valor lloras?
No es
llanto, pretor, el que ves.
¿Pues qué es?
Oye, tirano.
¿Viste peñasco eminente
que a rayos del sol herido,
de su fuerza combatido,
derrite en cristal la frente?
Pues no es porque en lo valiente
de su ser haya flaqueza,
sino hacer que mientras seca
(por resistencia segura)
arroje lo que es blandura
para tener más dureza.
Así yo, peñasco vivo,
(para endurecer enojos)
vierto cristal por los ojos,
porque quede más esquivo.
Con que si juzgas altivo
ablandarme porfiando,
haces mal en ello, cuando,
por resistencia mayor,
del peñasco aquel furor
contra ti estoy imitando.
Ese cristal que al ardor
del sol, el peñasco vierte,
no le llora para muerte
súdale para favor.
Con él da vida a la flor
del prado (en verdes anhelos)
y en repetidos desvelos,
para más favorecer
le deja blando correr
en risueños arroyuelos.
Y así tu llanto asegura
(por más que negarlo quieres)
que aunque dura roca eres,
estás capaz de ternura.
Y así, a fuer del sol, procura
mi amor (en constancia igual)
porfiando contra el mal,
por crédito de mi ardor
que corra para favor
tanto vertido cristal.
Al paño.
Aunque de la libertad
(que noble me dio Viriato)
usar no quisiera, el punto
de honor me volvió a mi campo.
Pero ¿Betulio y Lucera,
solos? a tiempo he llegado,
que escuchando desde aquí
su amor no pueda negarlo,
que aunque para mí no importa
no ha de presumir, ufano,
aunque me deba desprecios
que puedo deberle engaños.
¿Desfavorecer a quien
aborrezco? ¿qué romano
merecer puede favores
de quien le ha debido estragos?
Demás de que aunque no tuviera
tanta razón de negarlos,
mi espíritu varonil,
mi ardimiento soberano,
nació tan exento al culto,
de ese vil incendio infausto,
que le esperan laurel
las violencias de mis rayos.
Aparte.
Si fuera esto verdad,
para que más sosegado
mi pecho, sintiera menos
los celos de Viriato.
Lucera, cuando mi amor
no te mereciera agrados
de desvelos, merecía
el respeto con que trato
tu persona, pues pudiendo
valerme (en desprecio tanto)
de mi fortuna, que puso
todo tu cielo en mi mano,
ni de la violencia uso,
ni de mis fueros me valgo.
Esa atención, capitán,
a ti te la debes, cuando
por vías de tu nobleza
no amancillas lo bizarro.
Y así no puedes quejarte
del reparo, o mi pago,
pues lo que te debes tú
no es deuda de mi cuidado.
Aparte.
Tan discreta es la española,
como valiente; a qué aguardo,
que para dejar corrido
a este mal pretor no salgo?
Mas, ¿cómo te mire yo,
delito en que me hallo?
¿cómo, debiéndome un alma
negar consiente un ingrato
deuda, que un Dios, mira atento,
aun con los ojos vendados?
solo tú vences de Roma
el valor más soberano,
pues quien a Vétulo vence
logra el imperio más alto.
Aparte.
Y eso saben de Roma.
Los españoles triunfando.
Vétulo, cuando no fuera
de bronce mi pecho casto,
contra tu amor le bastaba
conocer en ti lo falso;
pues quien se ruega a Faustina
todo su amor es engaño.
¿Yo a Faustina? ¿Qué, qué dices?
cuando de verla me canso,
y aunque la hubiera querido,
tengo el amor tan hidalgo,
que viendo que quiere a quien
oí, por vergüenza me callo,
la despreciara mil veces.
Aparte.
¿Que pueda yo sufrir tanto?
Calla, calla, que me corro
viendo a un hombre, de tu grado,
que hable de una dama así.
No fuera mejor negarlo
absolutamente, que
hacerla de otro amor cargo?
(Sea el que fuere), pues con esto
das a entender, sin reparo,
que la quieres, y que estás
celoso de aquel agravio?
¿Yo celoso?
Sí, que quien
está sin este cuidado
no tiene queja, que dé
tan indigna voz al labio.
Sale Faustina.
¿Yo a Faustina? Vive Apolo
Dios de luces coronado,
que antes que...
Tente.
¿Qué es esto?
Que me has de ver despreciando.
Aparte.
¿Qué haré entre dos a quien quiero?
Si Faustina me ha escuchado,
Di ahora, Vétulo, que
no eres de Roma bastardo
hijo aleve, pues te vengas
de un afecto aún no pagado.
De mí te quejas, y tú
pones a España en las manos
por un amor la victoria?
Vuélvese para adentro.
Por Augusto, el laurel sacro,
que a dama no te respondo;
ni tu enojo me ha asustado;
respóndete a ti misma.
Aparte.
Esto le faltaba solo
a los rigores que paso.
Tú vuelves por el que labras
(de tu ciego amor llevado)
deteniendo a esta española
lucimientos a su garbo.
Tú defiendes hoy su vida
(incitada de tu cuidado)
que a no ser así, de poco
quedara allí de mi brazo.
El medio a mi libertad
y haciendo tú lo contrario
él queda lucido, y tú
vienes a quedar manchado.
Libre está Lucera.
Aparte.
No,
te digo yo que hagas tanto,
este es el modo, pues si libre
vuelve Lucera a su campo,
es matarme con los celos.
No entiendo tu modo, cuando
si la libras, la defiendes,
si no, me haces un cargo.
Faustina, Vetulio, aunque
las quejas oigo de entrambos,
solo sé que mi valor
seguro está, y Viriato
cuando vence, nunca fía
Tocan un clarín.
sus triunfos de los acasos.
Esto fuera a no tener
quien le... mas, ¿a qué ha tocado
este clarín?
Sale un soldado romano.
Gran Vetulio,
a vista de Tarragona
(atrevidamente) el campo
ha puesto, en que trae consigo
gran número de romanos,
para prevenir su intento,
y que este universo admirado.
¿Se ha tocado este clarín?
¿Será la gente de Cayo,
que con ellas corramos?
Tus mandatos esperamos.
¿No es sino del enemigo
que dices? ¿Tan temerario
a una plaza como esta...?
Las tropas viene avanzando,
sube al muro y lo verás
tan dueño de sí en el llano,
que en la forma y el orgullo
el triunfo se está anunciando.
Calla, que viven los dioses,
que me corre el ver que osado
entre los muros me busque.
Ya le vas alabando.
Y a la forma del valor,
como es debido, le alabo.
Dice bien, que el enemigo
no debe ser despreciado.
Por mucho te debe, Faustina.
Más te debe a ti su brazo,
pues por saber que te vence
te busca tan confiado.
Solo su aliento le mueve
y mi espíritu bizarro
a emprender...
Tocan.
Tente, Lucera.
Mas segunda vez tocaron.
Esto es que se acerca más,
y según son temerarios,
los españoles, ya temo
que intenten el asaltarnos;
no son tan locos que busquen
descogiendo su daño.
¿no dices que traen consigo
los prisioneros?
es llano,
pues sin duda que es su intento
que canjes con él hagamos,
dándonos los por Lucera.
no es eso, porque más valgo
yo que todos.
es verdad.
pues ¿cómo estás con recado,
Lucera?
cuando está tan a la vista
de uno y otro el desengaño,
¿para qué gastas razones
en dudar nuestro resguardo?
pues presto verás
que vencen.
Tocan.
al muro, al muro, soldados,
porque toque el escarmiento
a este español temerario,
ya que en los montes, a vista
dejó puestas para espanto
del romano triunfo nuestro,
las insignias que ha ganado
de trabes, cajas, banderas,
fasces, y estandartes dando
a vuestros alientos gloria,
y a ellos precisos escarnios,
quiero a vista de su corte,
y de sus muros más altos,
que el yugo que pretendieron
ponernos como tiranos,
se le miren sacudido,
y sus cervices domando
con la cadena en el rostro,
ponerles sello de esclavos.
Entranse para subir al muro, que estará fingido de lienzos, y salgan al son de cajas y clarines Viriato, Fortunio, Pelópidas, Andamón, y soldados, y Espigón que traerá algunos romanos prisioneros.
Anden, pese a su flema,
que no los he de sacar tirando.
tira de ellos por la cadena para apartarlos delante.
¡Que así los romanos pongan!
¿Peor no fuera en un palo?
Menos afrenta sería.
¿Pues no vienen muy galanos
con su cadena al cuello
como si cumplieran años?
¡Que esto pase por nosotros!
Está bien eslabonada.
Haced llamada, porque
vean todos cómo los trato.
Aparte.
Notable resolución
de su espíritu gallardo.
tocan la caja de llamada.
Ya del muro
vive Apolo,
que a esta altura se han llegado.
Ciegos, ¿qué intentáis?
Que veas
más cerca tu desengaño.
Romanos, que en la soberbia,
más que en el valor fiados,
ciegos de infame codicia
el mundo estáis abrasando,
mirad cómo España doma
hoy vuestros cuellos tiranos.
Aparte.
¿Que esto los dioses consientan?
¿Qué aguardáis? Idlos sellando.
Saco el sello y, sin oblea...
saca un sello Espigón para sellarles los rostros
Vamos las caras cerrando.
¡Qué recios chirlos divinos
ponerles inpegan cuantos!
Bárbaro rebelde, no
así ultrajes lo sagrado
del poder de Roma a vista...
Seguirán a pesar de cuantos
alistáis en mi bandera,
lo defenderá
encerrado.
Por más que digas, soberbio,
mal podrás del estorbarlo,
presto verás tu castigo.
Presto llorarás tu estrago.
Ea, Betulio, ¿qué esperas,
viendo el ultraje más raro
que puede exprimir la fama
en pirámides de mármol?
Toca al arma, viva Roma,
al campo, al campo salgamos,
que ya por honra y por vida
nos toca salir osados.
Gallarda está la romana
por Hércules soberano,
que siento ya su peligro,
tanto puede lo bizarro.
Toca al arma.
Ten, Faustina,
que pues que este villano
el nombre ultraja de Roma...
¿Qué intentas?
Que vea postrados
sus locos atrevimientos,
sin que se llegue a las manos;
traed a Lucera.
Eso es dar más alientos a un brazo,
porque a vista de su dama
quien, si tiene amor hidalgo,
no allana los imposibles
que están al valor negados.
Saca un soldado a Lucera al muro.
Aquí está Lucera.
Aunque
digan que no es de soldados
lo que intento, ni de nobles,
el estado en que me hallo
lo dispensa, pues me pierdo
si de esta no me valgo.
¿Qué querrá de mí la suerte,
pues a vista de mi campo
tan sin libertad estoy?
Muéstrale a Lucera.
Montañés horrible y ciego,
bárbaramente imagina
vencer; mira tu cuidado
en mi poder, cuyo triunfo
es más que el hacerte esclavo;
pues quien lo divino vence,
mejor vencerá lo humano.
Perdona, amor, si esta vez
cedo y rindo esto a quien amo.
Si los dioses permitieron
que en este ultraje se hallaron
mías, pero yo
sobraré para enmendarlo.
¿Cómo, si después te veo,
por prenda tuya la guardo?
Llevándomela.
¿Qué dices?
Pues cuando muros tan altos
no la defendieran, yo
solo a defenderla basto.
Si a tu medrosa arrogancia,
si en la plaza estás fiado,
llevándomela también
te quito de ese embarazo.
Éntranse de aquí y quédense en la muralla los suyos.
Sacan escalas y pónenlas a los muros los soldados.
Toca al arma, ea, españoles,
las escalas, y al asalto,
a todos toca Lucera,
y pues no quiero daros
parte en el triunfo, que a ser
solo yo el interesado
ya hubiera entrado por ella
sin inventar artes, gatos.
¡Oh, libertad!
¡Oh, morir!
Lleve el diablo a quien tal dice
y a quien tal cosa ha pensado.
¡Catad, Lucera ha de ser
gran quebradero de cascos!
Toca al arma, y mueran todos.
Aparte.
Caballeros, soldados,
al muro, al muro, que yo
iré el primero al asalto.
Detén, atrevida fiera,
el ardor precipitado,
porque apenas de subir
hagas el menor amago,
cuando arrojada del muro
volará en leves pedazos
Lucera a ti, siendo oprobio
y de España infeliz llanto.
¿Qué escucho, cielos divinos?
¿Hay suceso más extraño?
¿Qué importa que todos mueran,
si a Lucera no restauro?
A Betulio... ¿eso dice quien blasona
del ínclito honor romano?
¡Ah, cobardes, qué corrido
estoy de haberos escuchado!
O sean rebeldes, jamás
atención alguna aguardo.
A pique de cualquiera suerte
es lícito castigarlos.
Cierto que el señor Pretor
es un hombre muy honrado.
Va a subir Viriato y se detiene.
Pues, presto, belígeros...
Arrojen
esa mujer.
Tigre hircano,
detente, no el cielo despene
que no quiero agravio tanto,
vencer, que vale su vida
más que todos, y no es dado
hacer al cielo disgusto.
De un muro que es de barro
no la venganza suspendas;
acomete sin reparos,
que no importa que yo muera,
si has de quedar triunfando.
Lucera, más que el vencer
vales tú; venza el romano,
que un golpe solo pudiera
ser vencido Viriato.
A ellos, Capitán invicto.
Mueran...
o que este a los hados
cobarde muera; todos, mas, ¿qué digo,
si quiere Viriato asaltarlos?
Se detiene.
Precipitadla, soldados.
Teneos, soldados, qué mengua
del valor de vuestros brazos,
con esta acción indigna.
Intentar deje librarnos
en caerse, si no cae aprisa,
madera en este paso general.
¿Tú te opones a mi intento?
Yo quiero oponerme a él,
porque hacer una vileza
los que de obrar lo bizarro
aunque con celo camino,
primero es empeño hidalgo.
¿Cómo, en llamas de mi enojo,
el fiero muro no abraso?
Tente, Viriato, pues...
¿Qué ya te ostentas inhumano?,
¿qué dices?
Que pues intentas
tu crédito abandonando
con un hecho tan indigno
librarte de él, envidiando
a Lucera libre, al punto
de que la ganó tu mano
prisioneros, a un Viriato
tiene tu invencible campo.
Eso no, que en los rendidos
no corta el acero honrado.
Ya satisface tu pecho
indigno, a otro denuedo.
Y a que permites,
altos dioses soberanos,
a mi patria sacrificio
así noblemente hago.
Llevadme, crueles, y quede
Hace que quiere arrojarse del muro, y detiénela Betulio, en el ínterin que sube Viriato.
Detente, mujer, ¿qué intentas?
Deshacer la esperanza
del triunfo español, haciendo
lo que ibas amenazando.
Saca la espada a Betulio, y embiste con todos, y Faustina se pone a su lado en el ínterin da Viriato el asalto.
Tente, que no...
Cobardes, mueran y tantos
aparta o huyen los dioses
que contra acero villano.
A todos he de dar muerte.
A mí misma me la asalto
de este modo; a los dioses
más ardiente mi holocausto.
Oh, alevosía española,
muera.
Moriré matando.
No te me esfuerces enemiga
que yo tu valor amparo.
Villanos, a una mujer
al muro fuertes soldados
que ya la victoria entera
con este feliz acaso
subid, laureles, seguidme.
Tocan y van subiendo, conforme lo que dirán los versos.
Todos al asalto
a la defensa del muro
que nos perdemos, romanos.
¡Viva España!
¡Viva España!
¡Viva Roma!
Quítale la espada a un soldado.
Ellos suben como gatos
que yo dijera; ¡oh, la espada!,
fiero, valiente soldado,
o me valdrá...
No han de valeros,
todo el orbe de su lado.
Cajas.
¡Viva España!
¡Viva Roma!
No huyáis, cobardes,
romanos, no os allanéis.
Vence Viriato a su valor, las espadas. Victoria, España, y huyen acorralándolos.
Qué bueno.
¡Victoria, Roma!
Qué malo,
qué de ira, qué andalle adentro,
mas, ¿yo aquí solo, qué hago?
Saca la espada valiente.
Pícaros, ¿qué me asaltáis?
Ya el muro subo, mas no,
que no quiero descalabros.
Cierto, de asaltar murallas
no lo tengo por buen plano,
porque para la salud,
es un manjar harto vano.
Mejor es pegar valiente,
con estos encadenados.
Vase a los del real.
Ah, cara de demonio, que cuando
soltarlos quiera, ellos me
entreguen a mí de esclavo.
Vase corriendo, y entra al real, y quiere desatarlos.
Al real quiere usted llevarnos.
Si, que las cadenas siempre
llevan donde hay leales.
Vamos.
Valiente, sin duda soy,
pues tantos hombres arrastro.
Éntranse, tocan, y salen peleando Viriato y Lucera con Faustina, y soldados romanos.
¡Viva España!
Aún no has vencido.
Rendid las armas, romanos.
Tente, Lucera, no empuñes
más tu valor, pues me asistes,
el triunfo.
Así se recibe.
Yo, si mi sangre pagarlo...
Aparte.
Tocan, y sale Fortunio.
Esto es mucho, mi bien, Apolo.
¡Qué anublas, que a un villano
tus celos mi amor tropieza!
Decid a quién la altiveza
Las fuerzas españolas
vacilan, cesad del oprobio deshonrado
y al tirano todo...
Sale Lidaón.
Toda la ciudad es Troya,
de fuego y de sangre un lago.
Mueran y cese el cerco,
condenando el atrevido paso.
Al soberbio escarmiento,
que mi enojo en cenizas
hace que quiero prometer
y detiene la...
Tente, deidad peregrina,
no mueras, que mi mandato
no a las deidades se esconde.
Aparte.
¡Por los dioses soberanos!
Que estoy, y no agradeces,
lo que obró en fin mi amparo,
de los tiranos como
intentan, sacra la ingratitud
libra, Faustina te vuelve.
No digas que no reparo,
primero morir quisiera
que ver lo que estoy mirando.
Tocan y dicen dentro.
Seguidle y muera.
Acobardes.
Muramos todos matando.
Vase.
Allí hace falta mi espada.
Todos huyen.
Y todos en llanto.
Todos en sangre.
Vase.
Todos mueran.
Sigamos a Viriato.
Muera yo en tanta desdicha,
pues soy la que la ha causado.
Vase, y sale Betulio con la espada desnuda.
¿Qué es esto, Fortuna airada?
¿Qué es esto, Dioses sagrados?
¿Cómo injustos a mi acero
permitís ultrajes tantos?
¿Con el soberano poder
de Roma, vencido cuando
solo ves que en mi oriente
se hace el soberano
mal, mi nombre acreditará
dándole el triunfo a un villano?
Todo, todo lo he perdido
con las afrentas que gano;
no siento el haber perdido
plaza, honor, vidas y cuanto
adquirió mi esfuerzo noble,
como (¡infelices hados!)
perder a Lucera a quien
el corazón había dado.
Que perder prendas de estima,
como es lo más estimado,
es adonde el sentimiento
crece tormentos al daño.
¿Para qué quiero la vida?
Como cobarde me salgo
del remedio, de la fuga,
que a mi libertad dio paso,
si el huir hace mella en
el oprobio en que me hallo.
Loco estoy, ciego amo,
donde (sin dudar los astros)
me den la ronca y negra muerte,
del honor noble descargo.
Sale el Capitán.
Siguiendo a Betulio vengo,
a ver si postigo o cabo
le reserva...
En mi alcance
es en él, que intento, si haces ledo,
mozos de que me busquen,
salid al encuentro, les ruego,
llegad, que aquí está Betulio,
resuelto a morir matando.
Tente, romano pretor,
que un paque en mi valor te traigo.
Ríndese, y libra la vida.
¿No inclinas lo bizarro
de tu valor, mas quién eres
que juzgo, si no me engaño,
que en el campo te he visto?
Siempre seguí vuestro campo,
hasta que con otros griegos
que al español se pasaron,
y por su desgracia, yo
con ellos pasé, intentando
plaza con los españoles,
tanto se me ha confiado
que logró mi estimación
en la guerra algunos cargos.
¿Pues cómo así contra Roma
las armas sacaste torpes,
cuando romanos y griegos
en su unión tan hermanos?
Ello tarde ha, que están...
Ahora es tiempo de enmendarlo.
¿Cómo?
Volviendo al poder
de Roma, imperio tan alto,
que es el único blasón
te obedece el orbe ufano,
que se quede dar, un rebelde,
quien fue un pobre villano,
que por castigo y el vuelo
se deba precipitado.
Mucho es que le eres falta,
al deseo por obrar no callado,
a darte...
Aparte.
Di, si te ofreces,
si de Roma intereses tantos
quieras, de los primeros
que lograrás en mi mano.
Para librar de este monstruo
la cautela que he pensado.
¿Pues qué se ha de hacer?
No quisiera
porque tú mismo confieses
declararme.
Tuyo soy,
el juramento te hago
de serlo siempre, y en todo.
Muy bien, puedes declararlo,
serás el honor de Roma.
¿Cómo?
Intentando matarlo.
¿Qué dices, cómo es posible?
No te parezca tan arduo,
que de enemigo dejas,
ninguno, seguís cortado,
el yelmo lo sabe, y ha estado.
Mucho el interés sobrado.
Pues contigo otros griegos
le asisten, puedes matarlo
con ellos, que el interés
allano...
Pues ¿cómo el nombre romano
quedará sin la traición
desdichosa el laurel sagrado?
No espanten, lo que es castigo
es de su atrevimiento osado;
no pudiendo el poder
de otro modo castigarlo,
y que feliz su fortuna
ser invencible le ha dado,
más que la fuerza el ardid
sea la áspid en fatal caso.
Dice bien, y así me ofrezco
sino al logro de intentarlo
será de Roma el laurel.
Dispón para ejecutarlo
ocasión, que a otro parezca
de parte de Roma, el cargo
que apetezca su valor.
Y que con esto le damos
a su imperio el mayor triunfo,
a nosotros todo el lauro;
muera este monstruo cruel,
pues cesan, muriendo, cuantos
escándalos, las provincias
padecen en fiero estrago,
librándose del castigo
con morir solo un tirano.
Muy difícil lo contemplo,
pero se fuerza su campo.
Que yo busque ocasión
y os espero con el alto bando,
que en mi socorro de aquí
viene muy cerca marchando;
conque, parezca o no,
si quedo disimulado
con su auxilio, entraré donde
dispusiere.
Confiado
parte a recoger tu gente
que yo avisaré.
Falto a esto,
¿qué confianza le das?
El pleito homenaje te hago
de cumplirlo, además que
para partir confiado,
¿qué mayor seguro quieres
de que de verdad hablo?
¿O cómo, pudiendo prenderte
dejaste partir con salvo?
Bien dices, en paz segura,
con lo dicho me despido.
Vase.
Salen Viriato y Lucera.
Sosiega el ardiente brío,
ya que a Tarragona tienes.
El laurel que me previenes
no es triunfo para ser mío;
agradezco tu intento,
de quien sin riñas, mi ameno
gusto sabes tan soberano,
que aún no cabe en lo que siento.
Rústico, y pobre nací,
y aunque mi valor judica
merecer algo, mi esfera
es muy baja para ti;
de tu provincia, señora,
el cielo español te aclama,
sirviendo a mi luz tu llama,
que tantos blasones dora;
que yo para merecer
con dicha más oportuna,
basta esclavo tuyo ser.
¿Quién compañero mayor
gustos merecer podrá
cuando toda España está
pendiente de tu valor?
El generoso laurel
todos los estados muda,
y el que le alcanza, sin duda,
merece el regio dosel;
y aunque soberana soy,
rindo a tu valor mi ser,
que si nada fui ayer
temo ser nube hoy.
Dicha tan alta, Lucera,
no con mi ser se compara,
y no lo admito, hasta que
humille a Roma a tus plantas.
Ese ha de ser el timbre,
en que con moldes de plata,
tus crenchas, del sol afrentas,
las mire en el Viriato;
tajos se vean amenos,
sus márgenes desmoronan,
y sus siete montes trono
de su deidad soberana,
a pedir supremo beneplácito.
Sale Espigón.
A mis desdichas sacan
saco a Dios de los ardientes
humos, que a mora repasan
y con pan, y con corona
la panza calamocana
de quien es pozo nado
y línea recta desedada.
¿Cómo te va de tus bienes?
¿Qué hay, Espigón?
Mucha caza.
Debesme premiado.
¿De qué?
¡Ay!
Lo que en la guerra pasada
he servido como un muerto.
¿Qué decís?
Pese a la pasba,
donde te vi yo la espiga
quedo a este origen la capa.
¿No fui yo el que a los romanos
cuando el muro se escalaba
dice retiras?
Pues ¿cómo,
si no entraste en la batalla?
¿No ves, que tiene la guerra
muchas salidas, y entradas?
¿Pues no ves, tú en mar de cuellos?
Digo, a cuenta falsa.
¿Qué romanos venciste?
Dos presos.
¡Notable hazaña!
Y como que fui, pues iban
con las cadenas pesadas,
de modo que no huirían, por mucho
que me mataran.
Rebelados encubrieron
todas sus tretas, y cautelas,
pues ¿cómo te las compiste?
Porque merecía la gala.
Mas yo sacando casta...
¿Qué hiciste con ellos?
Nada.
Si nada diste, ¿qué pides?
Que premies el hacer nada,
que no es de hoy el que medra,
y el soldado la charca
aun bermejo y hondo enjutas
quedando fiel de como estaba.
Le di cuatrocientas coces.
¿Por qué?
Porque las guardaba
a otro calvo que se me
echa bestia de vaca
la cabeza.
¿Qué les diste de?
Que con otro se para
porque el tal calvo tenía
cosas muy descañelladas
a un romo, cuyas narices
como ensilladas andaban.
¿Qué hiciste con él?
Echarle
una de sus bofetadas
bien dada.
Pues, ¿qué me falta?
¿Que un corcovado a dos faces?
¿Qué te espanta?
Si a los ombros
dos corcobas le bordaban.
Que le ajusten.
Le emboze
anadas con calabazas.
Yo representaré porque
no me cuentes tus hazañas.
¿El que no quiere saberlas?
¿Es que no quiere pagarlas?
Con que si hemos de contentar
Solo quiero que me saquen
del sello y renuncios.
¿Efectos de sellar caras
y qué?
Y que los Romanos
se queman.
Eso te basta.
Sí que ya no quieren ser
personas tan señaladas.
Bátenle como esclavos
a quien como a esclavo tratan.
Sino que les dio Carrillo
leyéndole con dos bromas
medio peso e idas nos oga
y yo viendo reabravaba
dije con roga I Carrillo.
No sé qué me saque agua.
¡O fiere, que reprensen
y poger a ubas!
Mas, vidas, que un bobo abría
quede y uno topo y ide
a expensas de su bobada.
¿Tanto vive un necio?
Vanse Lucera y Espigón
Sí, que vive de que a otros mata.
Solo gruñidos, Lucera,
que Betulio se librara,
mas apenas veo campo
descansará cuando Alba
me beca en lugar sellado
con los rayos de mi espada.
Bésame el sol siempre firme
en lo ardiente de su llama,
haciendo sombra a los míos
nube de sudor preñada.
Bésame el aire con ira
y la noche en vigilancias
fatigando, sacudiendo
a Roma, siendo su ruina,
y la siempre augusta Patria
eximiendo mis victorias
con las afreses de un acaso
de su tutela firme voza,
y a fe que en globo de grana
se anegue, latiendo
con macero
en sus espaldas.
Dejadme solo, que quiero
entre mis ideas varias
discurrir acá a solas.
No discurras otra carta
no te deto aunque repesa.
Sentaré en esa silla.
Duérmese. Sale el Capitán y Betulio, que vendrá disfrazado al paño.
Nunca el afán se aparta;
solo he quedado, discurre
mi razón; como incesante
la guerra que Roma aspira
podrá vencerla mi espada;
porque aunque siempre valiente
el corazón no desmaya
por muchos, siempre a los menos
a carrera corta o larga
los han de vencer, porque
con una y otra batalla
cuando aquellos se reclutan
aquellos solos se gastan.
Cayo Plaucio, me importa
vencer antes que se haga
más fuerte con las legiones
que le envían las dos Galias;
parece que este discurso,
mi noble esfuerzo acobarda.
Muera primero que rinda
a ideas imaginarias
el discurso, cuando todo
lo ha de vencer la constancia.
Algo fatigado estoy,
el sueño el sentido embarga;
venza un rato quien siempre
obra, mas quien no descansa.
Aunque hasta aquí hemos llegado
sin que entre se reparara,
Betulio, conmigo gente dando
que se dio fracas entresando
a la presencia de esa fiera.
Si te pasa, di que vienes prisionero
a mi bates.
Ya es sacada
y agura en disfraz tenemos
y no hay que advertirme nada.
Salen ahora
Acaso manda ponerte
en prisión, y de tu guarda
me encargaré, y buscaréme
el logro de aquella a carta,
ya conseguiremos, y si quedas
librar con la confianza.
En la gente que trae Cayo
no hay que temer.
Tente aguarda,
y me parece que Viriato
durmiendo está.
Aun a mi coyuntura
grande ocasión la fortuna
nos ofrece.
¿Qué lograrla
dejándole muerto es fácil?
Librar, pues solo y sin guardas
está.
Feliz la fortuna
parece que nos ampara.
Sale en sueños Viriato y se detiene Betulio.
Muera a mi acero, antes que
despierte,
al querer acometer.
Vuelven, y se acobarda.
Toma, de a una,
detente, ¿pues qué padece
que despierta
mis hazañas
no os desengañan?
Dormido
está, tentadme a mi sable.
Muera, pero ¿qué temor
el impetuoso abrazo embarga?
Qué si en vencerles me anima
un respeto me acobarda.
Saca también el puñal Betulio, y al quererle dar pavor despierte, luciendo de espada.
Ahora, tu aliento noble
se detiene y se acobarda,
que quieras aun con el sueño
ferozmente me amenaza.
pues mueva a mi suegro, en vano
mueve el aliento las plantas
que parece en cada una
se me ha puesto una montaña.
¿Qué es esto, Berulio?, ¿así
también el valor te falta?
¿Qué quieres, si aun con el sueño
me hiela, asombra y espanta
alguna deidad oculta
leal, que me desmaya,
predominante estrella
le ha dado contra mis armas?
Volvámonos y a un tiempo
los dos cedemos, no valga
nada impresa antes del golpe
esta ocasión frustrada.
= Al ir a darle despierta Viriato
y se levanta se les dejan caer
los puñales turbándose
Pues bien, mueva al... a los
dos pies y una sana.
¡Muera quien juzga que yo
no basto!
¡Desdicha extraña!
(yo)
(con las acciones turbadas)
marg. miro aparte
Capitán, ¿qué es esto?
Y vos también
¿no es Berulio? Aquí hay gran causa,
fase que no le conozco.
¿Vuestra color asustada?
¿Dos puñales en el suelo?
Indicios son que declaran
que los dos pretabais muerte.
¿Cómo siendo quien me guardo
mi valor, así atrevidos
a cometer tal infamia?
Señor...
Yo no...
¿Qué mucho
que a quien darme muerte trata
con tal traición de las manos
los puñales se les caigan
para librar de mi riesgo así?
Una cautela me valga.
Yo, señor, hallé a Berulio
que receló que disfraz
que no sé cómo o por dónde
hubo en esta parte entrada,
que iba a herirte y mi lealtad
antes que el golpe lograra
te defendió.
¡Esto merece
quien pone la confianza
en un hombre vil!
= como castiga?
Las señas
son evidentes y claras.
Esto es verdad.
Y yo creo
que a un... En la demanda
de las manos, los puñales
se os cayeron
a los dos, quien trataba
darme muerte, y yo yo
lo que logras en campaña
nunca así pidas, que el sol
lograr así... traición se valga.
¡Por los dioses que me rijan!
que el que se atreve, declara
error, que traición tan noble
como esta, se acobardara
que no deje conocerse
quien obra con tanta infamia.
Quien se entró al riesgo que yo
a castigarte en tu plaza
nunca a su fama responde
antes mayor la realza
si te diera, a cuerpo decubierto
pero no con asechanzas.
Quien de la rigor, traiciones
como la tuya reencarga
es bien para conseguirlo
de todos medios se valga.
Pues, ¿dónde está la traición?
Es falso que quien se levanta
como tú con las provincias
que Roma en su Iba a avasallar.
¿Qué derecho tiene Roma?
El que le dieron sus armas.
¿Qué res urgar tan justo
blasón, y en sangre tirana
yo no robo, restituyo
la libertad de mi patria.
Puesto tu engaño bestial.
Si vienen a la demanda
generales que se turban
como tú, que me matabas.
No fue turbación.
¿Qué fue?
Reducirse rara la causa
disposición de algún Dios
que milagroso te guarda
o la que esto permite
acaba mi vida, acaba
que para mayor fortuna
solo que muera te falta.
Soldados
Hasta ver lo que soy
llama Valen, Fortunio,
Lucera,
Ya los...
Dentro Fortunio.
¡Soldados, guardas!
El general llama a todos
acudid.
¿Pues qué nos mandas?
mas q miro
¿Qué novedad
Berulio aquí?
Lidamon, Cota, y Fra...
¿Qué es esto?
Acabó mi suerte.
Ninguno pregunte nada.
A Lidamon, el Capitán
a una torre preso vaya
hasta que yo determine
qué se ha de hacer en su causa,
y tú, Fortunio, llevad
con la más gente de guarda
a Berulio, hasta su campo
y su persona resguarda
porque el español Viriato
a personas tan altas
(aunque no se lo merezcan)
de este modo las trata.
envidioso aparte
Raro valor,
me deja, acción tan bizarra.
Tocan arma, sale Espigen
y tras él asiendo
¡Arma, arma, guerra, guerra!
¿Qué es esto?
El campo en batalla
de Lelio y Plancio y Faustina
viene llegando a la plaza.
Vuelve Berulio al instante
que en él puedes hacer falta
y tú mi mejor teniente
a Fortunio, que ya da
la libertad, fuera indigno
Roma de ti, se le quitara.
Más me cautivas con esto.
Preso es mejor le dejaras.
aparte
Como fuerza tan curiosa
quedará gustosa el alma.
Así, Luceya, ten paz,
mas vencidos a tus plantas.
Al español de España.
Vete, Betulio, ¿qué aguardas?
Que en campaña nos veremos.
Dentro cajas y clarines.
¡Arma, arma!
Fortunio, sacad los pajes,
para bien acompañada.
Su persona.
Aparte.
Vete, Betulio,
vete, digo, acción bizarra,
tan española, divina,
y como me rigen mis ansias,
más el perderse, que todas
cuantas me siguen desgracias,
mas pues a campaña vuelvo,
no pierdas las esperanzas.
Vanse Betulio y Fortunio.
Ea, valientes españoles,
la ocasión al triunfo os llama;
dadme las armas, que presto
verá el romano en campaña
castigada su osadía.
Aparte.
Solo siento que mi llegada
a mis celos otra vez
vuelva Faustina.
¡Arma, arma!
A la campaña, españoles.
El demonio, que allá vaya.
Toca al arma.
Al arma toca.
Yo no estoy para batallas,
que aquí la primera parte
de Viriato se acaba,
apelando a la segunda
el dar fin a sus hazañas,
porque en una sola no
han cabido por ser tantas.
Senado santo, perdonad
en estas sus muchas faltas.
Rúbrica.