> Дата публикации: 22 августа 2026 г.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Volver por su mismo honor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/volver-por-su-mismo-honor.
Mss 15582
Biblioteca Nacional de España
Volver por su mismo honor, comedia en 3 jornadas de D. Miguel de Llano (en realidad de D. Matías de Vergara) 268
857
I 857
Volver por su mismo honor =
Comedia en 3 jornadas, de D. Miguel de Llera (su verdadero autor es D. Matías de Vergara) -
Leg. 1.º 72 4-6
260
74 2 148
II
Habiendo llegado a manos de un apasionado del autor (aunque tarde) esta comedia, que con título de Volver por su mismo honor compuso don Matías de Vergara con el disfrazado nombre de don Miguel de Ulloa, habiéndola leído con apreciable respeto, la vuelve decir la villa de Casarabonela con este soneto en obsequio rendido de su autor.
Soneto
Es la comedia, amigo, tan gustosa,
que de todo ingenio es invidiada;
está de lances sutiles adornada,
y de chistes graciosos tan donosa,
que de su autor muestra la ingeniosa
rara habilidad nunca alabada;
en sus varios versos bien templada
se ve su sabia lira armoniosa.
Su genio luce en la fingida historia,
y aunque oculte su nombre (cosa es clara)
lo muestra de sus versos el aliño.
Perdona esta mi tosca laudatoria,
con tu genio bizarro (gran Vergara),
con tosco borrón de mi cariño.
Volver por su mismo honor. Comedia nueva. De don Miguel de Viera.
Personas. Don Eduardo. Don Celio. Don Sancho. Don Luis. Doña Margarita. Doña Inés. Un escribano. Trabillón. Laura, criada.
Jornada primera.
Sale don Eduardo y Trabillón de camino.
La fatiga del camino,
solo con haber llegado,
a verme en esta ciudad
no siento.
¡Qué bueno!
Yo, señor, digo al contrario;
porque después de venir
con todo el hato cargado
y picando de solera,
siquiera has tenido lugar
para que en esta posada
tomáramos un bocado;
y no es esto lo peor,
sino que como unos gansos,
sin saber por quién, ni dónde,
andamos en pasos pardos.
De poco, amigo, te espantas;
amor en un pecho hidalgo
no puede tener sosiego.
Harás que me dé cien diablos;
pues de quién es ese amor,
si nunca te vi aquí enredado?
Ve a mi desasosiego,
de esa nace mi cuidado.
Si yo te entiendo, señor,
que me lleven dos mil diablos.
Con que yo me entienda, basta.
Pues señor, busca criado
que a contemplación te sirva,
porque el que fuere mi amo
de otro modo ha de portarse.
Qué partes quieres que tenga?
Te lo diré de contado:
lo primero me ha de dar
para el gasto necesario
dinero todos los días:
dos vestidos cada un año,
una cama donde duerma,
me ha de dar un buen salario,
en las vísperas de pascua
un crecido aguinaldo;
para andar por los caminos
mis armas, y mi caballo:
Y en fin para no cansarte,
de lo bueno y de lo malo
de todo me ha de dar cuenta.
Pues eso es de tu cuidado
De que eso digas me río;
pues señor, habrá criado
que no reviente por saber
lo que le pasa a su amo?
Con que según lo que dices,
solicita tu cuidado
saber qué trage vestí?
Por saberlo estoy rabiando.
Sabrás guardarme secreto?
Que lo sabré, está bien claro,
lo que has de pedir a Dios
es, el que pueda guardarlo;
porque cuando muchachuelo
tuve un dolor de costado,
y quedó abierta una puerta
señor en aqueste lado,
por donde todo se sale
sin que pueda remediarlo.
Pero dejando esto aparte
dime todo tu cuidado,
que fino, leal, y firme
estaré siempre a tu lado.
Pues en fe de tu palabra
escucha; y verás si tengo
para andar tan pesaroso
muy sobrado fundamento.
No dejarás de acordarte,
que en aqueste sitio ameno
del Soto del obispo
que está junto a Albaicinedo
de esta muy noble ciudad
dos familias concurrieron
a divertirse unos días;
esto vino a un tiempo
que una caza dispusimos;
(y si lo miras atento,
acuérdate que te fuiste
a ser nuestro despensero)
también te acordarás, que
la primer tarde saliendo
a cazar los olivares
que ocupan aquel terreno
se levantó de repente
una borrasca de truenos,
de relámpagos, y agua,
que ponía horror, y miedo:
Pues sabe que aquella tarde
de la tempestad huyendo
cada cual buscó el abrigo
refugiándose unos, de estos
en el lugar referido;
otros por aquellos huertos
despavoridos buscaban
quién les diese alojamiento;
y a mí solo me tocó
(fortuna que debo al cielo)
ampararme en el Retiro:
fue la tormenta creciendo
con que me vi precisado
atrancarme en su estancia quedo
y pasar allí la noche:
Pusieron las mesas luego
y después de haber cenado
un sarao dispusieron
donde cada cual mostró
con donaire, y con ingenio
habilidades gustosas
para entretener el tiempo:
yo como en trage de campo
me hallé, no quise entrar dentro
de la cuadra donde estaban
pues mostrara de necio
al que entrara sin llamarle
en aquel trage grosero:
Entre las damas que abia
(aqui te pido que atento
estes a lo que te digo
y beras si razon tengo
para que un instante solo
no pueda tener sosiego)
Vi una divina hermosura,
mil hechizos, todo un Cielo,
pues en su Divino Rostro
en su talle, i en su Cuerpo
no hallaba cosa, que no
fuera perfeccion; i el Templo
de todas cuantas virtudes
puede aber en un sugeto:
estube tan elebado,
tan absorto, tan suspenso
Contemplando su hermosura
que me dejé a mi mesmo:
tempestad dichosa a sido
la que a amenazado el tiempo
pues huiendo sus rigores
halle tan dichoso puerto.
Después de dadas las doce
todos a sus quartos fueron
a pagar dulce tributo
al Divino Dios Morfeo,
I entre la una y las dos
oigo un grandisimo estruendo
i alborotada la quinta
oio que repitiendo
una i otra boz decían
favor soberanos Cielos!.
lebanteme presuroso
(no por que estaba durmiendo
por que el cuidado de aquel
Divino y hermoso cielo
que aprisionò mis sentidos
fue sentinela del sueño)
a pocos pasos que di
una escalera subiendo
siendo norte de mis pasos
los aies que daba al viento
descubri que en una cuadra
se había encendido un fuego
tan voraz, que parecia
toda ella un mongibelo,
I entre sus llamas oi
decir en sollozos tiernos:
¡No hay quien mi vida socorra!
que me abraso! que me quemo!
Conocí que era mujer
I arrojandome al inzendio
entre mis brazos la cojo
I una bentana rompiendo
que a los Jardines caia
me arroje con tal acierto
que sano, libre, y seguro
la saqué fuera del riesgo.
Solo noté que del susto
se embarazaba el aliento
un repentino desmaio
que la dejo sin acuerdo,
I arrimandola a una fuente
que estaba de alli no lexos
Rociandole con agua
fue poco a poco volviendo
I cobrada pues del susto
abriendo sus dos luzeros
la lengua algo balbuziente
I temblando todo el pecho
Con Voz a penas me dijo:
tus favores agradezco,
I no hallo con que pagar
esta fineza que as hecho.
Io entonces, ni bien turbado,
ni bien cuerdo me acuerdo,
atreuido, como amante
Con cortes Rendimiento
le dije; Divina Diosa
la recompensa que quiero
solo es que tengas presente
lo que te debe mi Celo
a este fiel esclauo tuio,
mas adberti aduirtiendo,
que quien la vida te a dado
sacandote del inzendio
a los raios de unos soles
muere abrasado en su fuego.
Quien sois? me dijo, Io entonces
mas recobrado el aliento
le dije; quien fino os ama,
quien adora vuestros Cielos,
I quien en serviros solo,
tendra el mas dichoso empleo,
soy quien sin voz, nada quiere
Pues desde que os mire es cierto
que aprisionados quedaron
En la corte de tu cielo,
honor, vida, gusto y alma,
mis potencias y mis alientos.
Estando en estas razones,
noté que los caballeros,
libres ya del infortunio,
vigilantes, como atentos,
buscaban a una señora,
que, ya en lo mismo advirtiendo,
con voces agradecidas,
me respondió: "Caballero,
pues me veis cuidadoso,
conviene en aqueste empeño;
y para que conozcáis
que este favor pagar quiero,
tomad aqueste diamante,
no porque os sirva de premio,
sino porque sea seña
para poder conoceros;
por divisa le poned,
esmaltado en el sombrero.
Yo a la compañía voy,
atenta; cuidad atentos
de esta prevención que os doy,
que, haciéndolo así, os ofrezco,
en grata correspondencia,
pagar la vida que os debo".
Ausentóse, pues, del sitio,
y yo turbado e inquieto,
atropellando murallas
de árboles, flores y enredos,
que en el jardín se ofrecían,
me dio fortuna el acierto
de salvar por unas tapias,
y, saliendo fuera, luego
acabo por al instante.
Caballo y armas prevengo,
para esta ciudad me parto,
llego a ella y al momento
me vengo a la compañía,
a ver si quieren los cielos
que a la vista se me ofrezca
el imán de mi deseo;
pues en hacer esto cumplo
su soberano precepto.
Este, pues, amigo mío,
este es mi desasosiego,
y esta maravilla, amigo,
es el ángel por quien muero.
He estado atento, señor,
a ese sermón que me has hecho,
y entre todo lo que has dicho
he hallado que ese sujeto
hasta ahora no conoces.
Calla, no seas tan necio,
que es Margarita divina
la que libré del incendio.
Paso, señor, no discurras
por qué camino o qué medio
sabremos a qué hora viene
esa señora de nuevo,
porque estar aquí hechos bultos
a costa de mataduras...
Parece que estás violento;
vete a la posada tú
y déjame temerario,
que yo he de esperar aquí
hasta ver mi dueño amado.
Vase.
Acaba, ¡pesete a Cristo!,
que estaba ya reventando
por ir a desayunarme.
Desdichado sea el vaso
de aguardiente que encontrare,
que, por el cielo sagrado,
que, sin ser de barro él,
ni madera esté encubado,
un jarro le he de dar
que después haga milagros.
¡Qué largas las horas son
del que amante está esperando!
Pero allí una mujer viene,
y a mí se viene acercando.
Sale Laura con manto.
Aparte.
Caballero, me parece,
si a la vista no me engaño,
que en mí habéis puesto los ojos,
y no con poco cuidado.
Es él, pues en el sombrero
está el diamante fijado.
Para vos de mi señora
vengo a traeros recado;
escuchad lo que ordena
la Diosa que me está esperando.
Dale.
Aunque no como merece
de favor tan soberano,
tomad el porte.
Aparte.
Señor, perdonad haber dado,
por no parecer grosera,
será preciso admitirlo.
Lee.
Tarde se me hace, cierto,
pues en él mi dicha aguardo.
Agradecida a lo mucho que
aventuráis. Valor debo y dueño.
de satisfacer vuestra fineza,
debo deciros que vengáis esta
noche a verme, luego que den
las doce; espero en una ventana
baja que hay en la calle de
Granada frente del Ángel, don-
de sirva de seña una luz
que veréis en un balcón por la
parte de arriba. Dios os gu-
arde.
No sé cómo aquí el contento,
no sé cómo el alborozo,
en mí no han hecho un extremo.
Ea, pues, a la posada
mudaré de traje, y luego
me informaré de la calle
pidiéndosela primero,
y después cuando anochezca
la pasearé con tiento
para coger bien los pasos
por si hubiere algún empeño.
Vanse, y sale don Sancho y doña Inés su hermana.
Hermana, aquesta fineza
que por mí hagas espero
si a doña Margarita
has de decirle mi intento.
Haré todo lo que ordenas,
mandaré un recado luego
para las doce hacer
que haya venido el cochero,
que discurro que acudirá
a nuestra prevención atento.
Agradecido te estoy,
hermana, de ver el celo
con que mi dicha procuras;
y así prevengo que luego,
para la hora que digo,
tendrás el coche dispuesto.
No te digo que encarezcas
el mucho amor que la tengo,
que eso a tu discreción toca.
Si me sacas de este empeño,
no habrá deseos ningunos
que igualen a mi contento.
Esto toca a mi cuidado,
y de veras te prometo
que lo haré como si fuera
para mí mismo el empeño.
Vase.
Pues adiós, hermana, que sé
por tu mano espero el Cielo.
Vase.
¡Habrá quien aquesto crea!
¡Que pueda mi hermano mesmo
instarme a que vaya yo
a la casa de mi dueño!
Hoy lograré mi ventura,
veré a don Félix, que es cierto
que dificultoso estaba
a no ser por este medio,
porque el celo de mi hermano
no me ha permitido tiempo
para que hablarle pudiera
por diligencias que he hecho.
Lograré mi dicha hoy,
hoy se cumplió mi deseo.
Salen Margarita y Laura.
¿Entregaste el papel?
No abren correos tan presto
como yo, señora mía,
y de veras te confieso
que no me pesara que
repitieras muchos pliegos.
Pues ¿qué interés te se sigue?
Ahí es nada; en el primero
con franca mano me dio
unos escudos, y es cierto
que yo nunca los quitara,
pero me porfió atento,
y por no ser descortés
fue preciso obedecerlo.
Todas sus acciones dicen
que es galante y caballero;
pues aunque le vi de prisa,
asustada y sin acuerdo,
claramente conocí
la nobleza de su pecho:
a él le debo la vida,
y te aseguro por cierto,
Laura mía, que quisiera
no haberle puesto en empeño;
porque desde que le hablé,
tengo tal desasosiego,
que ni el comer me aprovecha,
ni descanso con el sueño,
ni el paseo me divierte,
ni me gusta lo que leo:
siempre fatigada estoy,
lo que antes era contento
ahora en llanto se vuelve,
y tengo (no sé qué tengo)
una inquietud tan gustosa,
que yo misma no me entiendo.
Ay, señora, que este mal
es consuelo padecerlo.
Pues sobre el mal que me aflige,
¿qué discurso es el que has hecho?
El discurrirlo tan bien,
que al diablo le doy el cuento.
Ese, señora, es amor.
En obligación me ha puesto
de estar, Laura, agradecida,
pero este agradecimiento
no nace de otro principio
que de ser él tan atento,
que en condescender conmigo
en la súplica que he hecho,
conseguiré felizmente,
dos gustos, a un mismo tiempo,
uno, el que tendrá mi hermano
en conseguir vuestro cielo,
y otro, que en que siendo nosotras
amigas de tanto tiempo,
se afirme más nuestro amor
al lazo del parentesco.
Qué bien lo presume, yo,
¿alcahuetica tenemos?
por mi cuenta, si me ama,
no lo despacha al momento.
Con atención he escuchado
vuestro cortés razonamiento,
y después de agradecer
el que don Sancho haya hecho
(sin haber cosa especial)
la elección en mí, teniendo
esta ciudad otras damas
dignas de tan alto empleo;
debo deciros, que ahora
nada determino en ello,
que estando mi padre ausente,
fuera ultrajar su respeto.
Además, que aunque estuviera
hoy aquí (atended a esto
porque en esta pretensión
no volváis a gastar tiempo)
por lo que está de mi parte,
estoy tan ajena de eso,
que me sirve de mohína
el hablar en casamientos:
y así, como amiga os pido
me perdonéis, suponiendo,
que nuestra amistad jamás,
ha de perderse por eso.
Pronta me habéis respondido,
miradlo despacio en ello,
que me parece, que vos
perderéis nada en hacerlo.
Yo no digo que perdiere,
pues su hermano es caballero,
que por sus prendas merece,
la mejor dama del pueblo.
Pues si eso me confesáis,
¿no será acertado medio
dar cuenta de esto a su padre,
a ver qué resuelve de ello?
Mucho aprieta las clavijas,
y según lo considero,
saltarán todas las cuerdas,
porque está muy feo el tiempo.
Bien pudierais, doña Inés,
haber visto, desde luego,
que no había voluntad
en mí para esos intentos;
además, que aunque decís
que a mi padre se hable en esto,
bien lo podéis excusar,
pues para eso primero,
era forzoso, que yo,
gustará del casamiento,
y si he de decir verdad,
ahora ni gusto, ni quiero.
Sale Laura.
Señora, tu hermano viene.
No toques, Inés, en eso,
que no quiero que mi hermano
llegue a entender nuestros empeños.
Sale don Félix.
A darte vengo una nueva
como hoy he tenido carta;
pero, doña Inés, ¿qué es esto?
¿Vos honráis aquesta casa?
¡Ay!, de ahora os prometo,
hermana, una buena tarde,
cuando en tu compañía veo
a mi señora doña Inés,
a quien rendido venero.
La atención vuestra, don Félix,
en el alma la agradezco,
y si no sirvo de estorbo,
dadle a Margarita luego
parte de esa novedad.
Pues ya que debo a tu celo,
que licencia me permita
para proseguir, empiezo:
sabrás, Margarita, que
padre se halla ya bueno
de aquel pasado accidente,
y en la Corte le han propuesto,
solo por traerle a España,
en un buen corregimiento;
no dice ahora dónde es,
con que discurro que presto
tendremos el feliz día
de hablarlo con gusto y verlo.
El parabién de mi parte
recibiréis, advirtiendo
que mi mayor interés
consiste en vuestros ascensos;
y ahora dadme licencia,
porque un cuidadillo tengo,
y antes que salga mi hermano
estar en mi casa quiero.
Si yo la hubiese de dar,
tarde llegara a ser eso,
porque visitas de un ángel,
que las conducen los cielos,
habían de ser eternas.
Estimo favores vuestros.
Yo, doña Inés, no quisiera
que os retirarais tan presto,
pero estando con cuidado,
no quiero más deteneros.
Y permitidme licencia
para que os vaya sirviendo,
ya que quiso la fortuna
que llegara a tan buen tiempo.
Estimo de uno y otro
los galantes cumplimientos,
y la honra que me hacéis
en el alma la agradezco.
A Margarita, adiós.
Guíe tus pasos el cielo.
Señor don Félix, quedaos.
Vase.
Contra mi gusto obedezco.
Esta noche, Margarita,
está un convite dispuesto,
y cenarán dos amigos,
esto, hermana, te lo advierto,
porque no tengáis cuidado
si tardase; voyme luego.
Vase.
Parece que la fortuna
ayuda hoy a mis intentos,
pues con eso podré estar
divertida con mi dueño,
con menos susto, y ahora
para cuando sea tiempo,
a avisarle voy a Laura,
que ponga la seña luego.
Vase.
Salen Eduardo y Trabillón de noche.
Señor, ¡qué obscuro que hace!
A propósito es el tiempo,
pues para lances de amor,
es la obscuridad remedio.
Usted conseja muy bien,
pero yo llevo recelo,
de besar alguna esquina,
porque ni una gota veo.
Antes me parece, que
lo que tú tienes es miedo;
no hagas mucho ruido,
habla bajo y ve con tiento.
¿Qué tiento quieres que lleve,
cuando ni quiera te veo?,
pues si no fueras hablando,
que te perdiera es muy cierto.
Pero pregunto, señor,
¿llegaremos allá presto?
Ya en la calle hemos entrado.
¿Y la casa está muy lejos?
Cerca della estamos ya,
está advertido, que el puesto
adonde yo te dejare
no has de apartarte un momento,
y si acaso viene gente
ninguno pase, deténle.
¿Y si ellos quieren pasar,
he de ser yo tan grosero,
que he de impedirles su gusto?
Preciso es que hagas eso.
¿Y si acaso van, señor,
a pedir los sacramentos,
o por un médico van
para que vea un enfermo,
o a llamar una comadre
porque esté alguna pariendo,
¿he de impedir a estos pobres
su medicina y remedio?
¿No será medio mejor,
que esté montesino hecho
y con eso se vinieren
volverán como un trueno?
Deja ya necias locuras.
Toma luego aqueste puesto,
y por esa esquina a nadie
dejes pasar, pues yo voy
por entre obscuras tinieblas
luz, norte, de mi intento.
Quiera Dios que en paz salgamos,
porque yo me estoy temiendo
que nunca sin San Martin
se ha quedado ningun puerco.
Asómase Eduardo a una ventana donde parezca Margarita, y salen Felix y Sancho cada uno por su puesto de modo que cojen en medio a Eduardo y Trabillon.
Que sufra condicion
asi mi ser desesperado!
Si habra alguno que lo estorbe,
vive Dios, que he de apurarlo.
Que luego se me olvidase
tomar dinero, por cierto
que la memoria es muy fragil,
y lo que mas desto siento
es que mi casa estara
cerrada ya, y el portero
del cansancio del trabajo
estara entregado al sueño.
pero es preciso llegar.
Si no me he engañado, pienso
que hace aqui un hombre... es acero,
retírate hermoso dueño.
Quien es? Quien va.
Por mi responde mi acero.
(Riñen)
A la puerta de Don Felix
rüido de espadas siento,
acudir alla es preciso,
sobre que sera este empeño?
Que es lo que me ha sucedido?
yo quiero escapar huyendo;
pero por aqui otro viene.
Ya me cogieron en medio.
Ea, Trabillon, que ahora
ha de luzir este acero.
Puesto que no me conozen,
y que se ignora el misterio
de que aqui ahora yo vengo,
irme sera mejor medio,
porque con esto aseguro,
que no padezca mi dueño.
(Vase)
Riñen Sancho, y Trabillon
O quien sois he de saber
o a los filos de este acero
aveis de rendir la vida.
Ya se ofreze nuevo empeño,
con la obscuridad perdi
a el que me tubo resuelto,
y ahora oigo que alli
dos hombres estan riñendo;
a que aguardo, mi valor,
yo voy a ver lo que es esto.
Ay, Dios mio, que cai.
(Cae)
Pues levántese mui presto,
y prosiga lo empezado.
Pues, señor, porque es aquesto?
Porque intenta mi valor
saber quien sois al momento.
En eso solo a mi me toca.
Poco a poco cavalleros,
que si en eso solo estriba,
cantare como un jilguero.
Pues, no se detenga.
Digo,
Acabe, digalo luego.
Tengan Vstedes paciencia;
yo señores, forastero
soy, llegue esta noche
algo tarde a aqueste pueblo,
adonde a nadie conoza;
posada ninguna tengo,
y como era fuera de hora,
en este portal primero
determine de quedarme,
y cuando me iba durmiendo
oigo rüido de espadas,
vi ese chaparron lloviendo,
que por arriba, y abajo,
cerrados estan los puertos,
me hize por fuerza guapo.
y en los primeros encuentros,
sin saber el como fue,
me halle rendido en el suelo.
Como os llamais?
Yo, señor, un nombre tengo,
que es un poco estrafalario,
porque tiene mas enredos
que hacer que un escribano
cuando siente que hay dinero.
Pues a que aguardais, decidlo,
Pues si no tiene remedio,
acabemos de una vez.
y saldremos deste aprieto.
Sabed, que soy Trabillon,
maestro de molinero,
albañil, capataz, sastre,
maestro de zapatero,
destripa terrones soy,
de todo un poquito tengo.
de Rute soy natural,
donde ay los jamones buenos,
y desciendo de una casa,
que esta en la calle goznezos,
que esta sin pared, ni puerta
y al cielo raso esta el techo.
y pues he dicho quien soy,
de vuestra hidalguia espero,
me deis ahora lizencia,
porque yo me estoy durmiendo,
y quiero ir a descansar.
Idos, pues, luego al momento.
Beso las manos de vstedes.
¿Querían ustedes eso?
(Vase.)
Ya vos Don Felix amigo,
quien os puso en este empeño?
Lo mismo que vos se yo,
un hombre era encubierto
que quiso impedirme el paso
Conozisteislo?
No pudo ser conozerlo,
porque con la obscuridad
en los encuentros primeros
se desvanecio.
¿A qué intento
detenía vuestros pasos?
Eso, amigo, no penetro;
sino es que luego sea otro,
y conociéndome luego
por no venir sin motivo
quiso retirarse cuerdo.
Eso podría ser que fuese.
Yo no discurro, por cierto,
con qué fin, o qué motivo
se empeñaría resuelto.
Y con esto, amigo, voy
a entrar en mi casa luego
porque tengo que tomar
un recadito, y me vuelvo,
que estamos unos amigos
en un convite estupendo;
si vos gustáis de venir,
esperad, que yo vuelvo.
Estimo vuestra atención.
Yo no estoy muy bien dispuesto
y es preciso retirarme
pues ya darán las dos presto.
Vase.
Pues adiós, amigo, adiós.
Vase.
Don Félix, guarde os el cielo.
Sale Eduardo.
¡Válgame Dios por fortuna!
¡Y qué encontrada te veo!
Siempre tropieza el azar
cuando el mayor gusto espero.
¿Quién aquel hombre sería
que con tal brío y denuedo
tal desvergüenza me hizo?
Nobleza tiene su pecho,
que quien valiente se empeña
la hidalguía le da aliento.
¿Será acaso alguno que
pretenda lo que pretendo?
No; porque si aquesto fuese,
no me avisara primero
que viniese a aquella hora
dando la seña; pues eso
fuera agraviarse a sí mismo
y no he de ser tan grosero,
ni infame he de presumir,
que cabe en noble sujeto
tan villana bastardía;
y así, necios pensamientos
no me atormentéis, dejadme,
que es todo delirio necio.
Lo que cuidado me da
es, a ver que me hallo sin encuentro
a el criado, y no sé cómo
escaparía del riesgo;
poca prevención fue mía,
no lo advertí, quiera el cielo
que no se sepa por él
lo que yo encubrir pretendo.
Sale Trabillón.
Señor, acá estamos todos,
hacéis buen amo, por cierto;
después que hacéis la enredada
me dejáis solo en el queso.
Ea, ajustemos la cuenta
no paro aquí ni un momento.
Amigo, amigo, detente,
que errado anduve confieso;
pero sabes lo que fue,
que en lo pronto del empeño
tan solo se me previno
obviar que aquel ángel bello
no padeciese calumnia,
y así, que quité de en medio...
Cosa buena la pasada
andáis en rey galanteo
yo con la leña cargo,
vaya que está bueno eso.
Pero pregunto, señor,
de todo vuestro desvelo
¿qué hemos sacado a esta hora?
Fatigas, penas, desvelos,
ansias, sustos, y cuidados;
y en todo lo que más siento,
es, que de mi Margarita
no he sabido el paradero.
¿Quieres señor que mi industria
te saque de aqueste empeño?
¿Hallas en eso posible?
Me espanto que digas eso.
Mira señor, por aquí
como yo soy forastero
ni me conocen, ni saben
dónde voy, ni dónde vengo;
y con aqueste seguro
a donde quiero me entro.
Si quisieres escribir
a tu idolatrado dueño
dile todo tu cuidado,
que yo a llevarle me ofrezco:
no digo yo un billete,
pero aunque fueran doscientos.
¿Y si acaso, por desgracia
se descubre nuestro intento?
No lo podrán descubrir
ni todo el infierno entero,
pues ¿qué habilidad no sirve
para cuando es el ingenio?
No sé Trabillón amigo
con qué pagar tanto extremo
de lealtad como respiro
en lo fino de tu pecho.
Con que armes otra paliza
y me pongas a mí en medio.
Pues voy a escribir al punto.
Vanse.
Y yo a servir de correo.
Salen Margarita y Lauro.
Deja, señora, ese llanto,
vuelve señora en tu acuerdo
diviértase la fantasía,
no te fatigues tan presto.
¡Qué corazón tan chiquito
tienes en aqueste cuerpo!
¿No tienes aquí a tu Laura?
Nada temas, que te ofrezco
hasta que pierda la vida
ser tu escudo y adarguero.
¡Ay, Laura mía, que estoy
lejos de todo consuelo!
Ya yo perdí la esperanza,
solo en pesares me anego.
Eduardo se habrá ido,
pues su cordura advirtiendo
azar en el primer paso
habrá puesto tierra en medio.
Calla, señora, por Dios,
que me harás perder el seso.
¿Así quieres que se vaya
quien nació tan caballero?
Y más cuando a lo creído,
que a su amor correspondiendo,
si él a ti mucho te quiere,
tú a él no eres nada menos.
Como tú miras las cosas
no como yo las contemplo,
sino ajena de estas ansias
que ves que estoy padeciendo,
procuras que me divierta;
mas viene tarde el remedio.
¡Qué despropósito nací!
¡Oh, vil fortuna, que presto
de tu inconstancia toqué
lo variable y lo violento!
¿Para cuándo es el valor?
Ten, señora, sufrimiento,
que un refrancillo aquí dice
que tiempo viene tras tiempo;
y podrá ser que él esté
hecho una breva de tierno.
¡Qué más quisiera yo, Laura,
que aprovechar tu consejo!
Mas no da lugar mi pena:
¿qué haré yo? ¡Valedme, Cielos,
pues para tanta fatiga
no espero humano consuelo!
Pues la buena de mi ama
no me parece por cierto
a los niños, que descansan
por llorar después muy recio.
Mas que empiezo yo también
a llorar, y a hacer pucheros.
Mas repórtate, señora,
porque entra un hombre acá dentro.
Sale Trabillón.
La paz de Dios sea aquí.
Señoras, a un forastero
se le suple cualquiera cosa;
yo vengo aquí con un pliego,
y como a nadie conozco
ni sé leer, a ciegas vengo,
y así suplico que ustedes
vean a quién va este pliego,
y me digan dónde vive
el sujeto a quien lo llevo.
Pues está bueno el descuido;
¿no podía el majadero
desde la puerta decirlo
y no entrarse hasta acá dentro
con aquestas farolerías?
Deme acá: pero, ¿qué veo?
Señora, para ti es.
¿A mí viene? Decid presto
¿quién es el que aquí os envía?
Abridlo y lo veréis luego.
De Eduardo es.
Laura,
señora, ¿qué es lo que mandas?
Vase.
Que mientras voy allá dentro
a leerlo, y responder,
no faltes de ahí un momento
por si viniere mi hermano.
Deja de mi cuenta eso.
Señora, aunque usted perdone
¿es usted doncella?
¿Y qué lo sea, o que no,
a usted quién lo mete en eso?
Soy un poquillo curioso,
soy criado y forastero
que son circunstancias todas
para que quiera saberlo.
Y pregunto, ¿le dan algo
pues que desea saberlo
por esta curiosidad?
No se enfade usted, mi dueño,
que yo aunque soy un pobrecito
no me mamaré los dedos.
También ando a lo que salta.
En meneándose irá el moscón
no haga tanto que me enfade.
Aparte.
(Hablándole claro)
Vamos ahora con tiento.
Pues mire
yo ha días a que ando muerto
por coger el postrecito
de los siete sacramentos;
y todas estas preguntas
van sobre aqueste misterio.
Pues veo que acaba la gracia
ligera, paro de presto.
Pero mi señor ha entrado
diga que vino aquí dentro,
que sé yo, que a él decirle...
que estoy temblando de miedo.
Sale Don Félix.
Laura, ¿ha venido Don Sancho
a buscarme?
No, señor.
¿Qué busca este mozo aquí?
Señor, yo me entré aquí dentro
huyendo de unos ministros,
que andan a diestro y siniestro
pillando a cuantos encuentran
porque hay un legajo fiero,
y hasta que anochezca bien
no he atrevido a irme.
Estáos, amigo, quieto,
que si necesario fuere
acompañaros prometo.
yo hasta que os deje seguro
después en anocheciendo.
Agradezco sus favores,
pues si no fuera por vos
quizás estuviera ya
en un calabozo puesto.
Don Sancho llama a la puerta.
Dile que entre.
Vase
Voy volando.
¿Es ministro de justicia
señor ese caballero?
Y aunque pongo acaso fuese,
estando de puertas adentro,
estuvierais tan seguro,
como si fuera un convento.
Sale D. Sancho y Laura
Perdonad Félix amigo
no haber venido más presto.
Poco ha que yo llegué,
porque he estado componiendo
una discordia, que había
entre ciertos caballeros,
y ya los dejé ajustados.
No podía ser por menos,
que todos quedaran bien
siendo vos el medianero.
Y ahora amigo mandad
que solos los dos quedemos.
Laura entraos allá dentro
y ese hombre quiero salga,
que yo lo sacaré luego.
Aparte
Vase
Haré señor lo que mandas
(entre usted señor mancebo
no ha salido esta muy mala
burla) avisar mi ama quiero,
y después aquí a la puerta
oír cuanto digan pienso.
¿Pues qué tenéis que mandarme?
Yo amigo suplicar quiero
y no quisiera enfadaros.
Si es cosa que yo hacer pueda
no penséis que yo me enfade
en serviros.
Pues yo estoy en un empeño
que nadie puede sacarme
de él sino vos; yo pretendo,
esto es, ¿para qué cansaros?
si por suerte lo merezco,
dar la mano a Margarita,
este Félix es mi intento.
Aparte
¡A ver si lo dije yo,
pretendientico tenemos!
En lo que toca a mis partes
no las ignoráis,
caudal os consta que tengo,
cuando no sea el mayor
es moderado y muy bueno,
y así si en aquesta empresa
(siendo vos gustoso de ello)
le habláis vos a Margarita
discurro que tendré acierto,
si le proponéis a vos mismo
lo que por no ser molesto
aquí dejo de deciros,
pues sois prudente, y discreto.
Yo don Sancho por mi parte
os ofrezco desde luego
hacer todo lo posible
hablando con todo empeño;
y en viendo lo que resuelve,
proponiéndole primero
las razones que os asisten,
os avisaré al momento,
y pues no hay inconveniente
discurro que tendrá efecto.
Aparte
Vase
¡La cuenta están ajustando
sin ver al huésped primero!
Le avisaré a mi ama
que ponga remedio.
De vuestra noble atención
lograr esta dicha espero,
y ahora amigo mirad
si en algo serviros puedo,
y concededme licencia
para irme porque tengo
cierto cuidadillo en casa
y detenerme no puedo.
Para mandarme la tenéis.
Vase
Guarden su vida los cielos.
Si mi hermana entra gustosa
hoy en este casamiento,
no será mucho que Sancho
la suya me dé por premio.
Quiera Dios que Margarita
condescienda con mi ruego.
Sale Margarita
Ahora me dijo Laura
que un hombre tiene escondido
que huye de la justicia;
por si hubiere delito
iré con él hasta que salga
de donde hubiere peligro.
En eso estoy. ¿Hola, Laura?
Sale Laura
¿Qué es lo que mandas señor?
Dile a ese hombre que salga.
Vase
Voy a avisarle al instante.
Sácalo fuera del riesgo,
ya que de ti se amparó.
Sale Laura, y Trabillas
Ya señor estoy aquí.
Vase
Vamos pues ya ha anochecido,
a deshora, que vas seguro
acompañado conmigo.
¿Estamos buenas, señora?
Calla Laura, que imagino
que todos los elementos,
astros, planetas, y signos,
contra mí se han conjurado.
¿Y ahora qué hemos de hacer
para atajar su designio?
Yo a Eduardo le escribiré
que si es fino como ha dicho,
me saque luego de aquí,
que después de haber salido
para que librarme pueda
el cielo abrirá camino.
¿Y yo tengo de quedarme
expuesta aquí a mil peligros?
Fuerza será, que te quedes
para lo que he discurrido.
Vamos, que yo te diré
lo que tengo prevenido.
Vanse.
Quiera Dios que no caigamos
todos juntos en un lío.
Sale Inés.
¿Qué encubría Margarita
hoy tan entera conmigo?
¿Qué fuera tal su rigor?
Cuando envuelta imagino
el dolor me martiriza,
y el corazón ofendido
de ver su resolución
exhala tiernos suspiros.
No lo siento no por Sancho,
por mí sola lo he sentido,
pues no queriendo a mi hermano,
tampoco él querrá ofendido
que me case yo con vos;
qué sea, oh Félix mío.
Sale Félix.
Dichoso yo pues hoy,
que feliz mi nombre hizo
el contacto de tu labio
con tu lengua proferido.
Dichoso puedo llamarme
hermosa Inés, si logras
que pagues fina, y amante
tan repetidos cariños,
como por ti exhala hoy
este amor, que sacrifico,
y dichoso seré en fin
si te merezco (aunque indigno)
que mis amantes finezas
hallen en tu pecho abrigo;
pues si amante me permites
que mi voluntad contigo
eternamente se una
admitiendo mis suspiros,
yedra seré, que enlazada
en el árbol más vecino,
primero rota se ve
que de su pie desasida
estén sus vistosas ramas.
Si esto, bella Inés, logras
en mí tendrás un esclavo
sujeto siempre a tu arbitrio.
Oh feliz, muy fino estás.
Ya antes de ahora te he dicho
que si mi hermano es gustoso
por mí ya está conseguido.
Pues aunque yo no tuviera
más fundamento y motivo
que corresponder amante,
a vuestros tiernos suspiros,
siempre fina me hallarás;
y en resolución os digo
que aunque mi hermano se irrite,
cuando llegue a discurrirlo,
primero que de mi pecho
salga el amor que respiro,
saldrá dejándome yerta,
en mudo cadáver frío
este alma que me alienta
sin que puedan impedirlo,
aunque a todo el mundo pese
rigores, ansias, desvíos,
penas, sustos, y quebrantos,
amenazas, ni castigos:
tuya seré eternamente
vence tu gusto cumplido.
No hallo, Inés, con qué pagar
amor tan constante, y fino.
Con que fiel me correspondas
todo se paga bien mío.
Yo cumpliré mi palabra.
Y yo todo lo que he dicho.
El cielo tu vida guarde.
Vanse.
Para ser tuya mil siglos.
Sale Eduardo, y Trabillón de noche.
Si el cielo guíe mis pasos
fortuna una vez te pido
que fija tengas la rueda
que haciéndolo así, consigo
(si el hado me favorece)
en las desdichas abrigo,
puerto seguro a mis ansias
y todo el bien a que aspiro.
Yo te pido que me libres
de algún aire remolino
que despida tantos palos
en este pobre afligido
que me dejen todo el cuerpo
como frangollo molido.
Deja ya los disparates,
porque me enfada el oírlos;
y advierte que si sucede
algún contratiempo, amigo,
mientras yo empeñado quedo,
tú has de salir a el parejo
con mi amada Margarita,
y llevándola a el camino,
montaréis luego a caballo
y espera en los Theatinos.
Pero el postigo han abierto.
Cielos, estadme propicios.
Sale Margarita de hombre.
Huyamos presto de aquí
que corre grande peligro.
Vamos, que es de Eduardo.
A nada temas, bien mío,
pues esta vida que aliento
sacrificaré atrevido
hasta que quedes segura.
Tú guía delante, amigo,
y tú a cuyo arenal vente.
Vuelve atrás y da tus avisos.
Jesús, que vuelvo a el instante,
cuanto vea bulto vivo.
Vamos querido Eduardo.
Vamos ángel peregrino,
que en todo he de salir bien
pues llevo el Cielo conmigo.
Vanse.
Sale Laura asustada y suena ruido grande.
¡Qué desgracia ha sido esta!
¿Qué es lo que me ha sucedido?
¿Dónde estás, señor don Félix,
que descuidado te has ido?
Sale Félix.
¿Qué es esto, Laura, qué tienes?
Dilo presto pues, ¿qué ha habido?
Señor, ¡qué fatal desgracia!
Mi señora, ¡cómo, Dios,
no sé cómo lo refiera!
En aqueste instante mismo,
subiendo a la galería,
sin saber de dónde vino,
se voló toda con fuego,
quedando todo aquel sitio
a su violencia deshecho,
arruinado, y demolido.
¿Qué escucho, piadosos Cielos?
¿Cómo el alma no despido
en tan desdichado lance?
¿Qué es lo que me ha sucedido?
Debajo de la escalera
tenía un oculto sitio,
donde pólvora tenía
en dos barriles distintos,
y dime, Laura, ¿tú sabes
por adónde el fuego vino?
¿Cómo he de saber yo eso?
¡Qué desgraciado que he sido!
Poco me duró el contento,
pues en perder a mi hermana
dos pesares son a un tiempo.
Ya mamola el señor don Félix,
guapo mozo, lindo ingenio;
qué no haremos las mujeres,
al Diablo doy sus enredos.
Jornada Segunda.
Sale Eduardo, Margarita, y Trabillo.
Ya aquí, hermosa Margarita,
ningún peligro recelo,
no te vi otra vez conmigo,
¡tuvo la fortuna hacerlo!
Pero que así sucediese
era forzoso, mi dueño,
porque viniendo conmigo
la mayor hermosura del Cielo,
nadie había de atreverse
a oponerse a mis intentos.
Ya veo que tu fineza
con repetidos obsequios,
solo mis alivios procura,
favor que amante venero,
pero un cuidado me aflige,
no lo sientas, no, mi dueño,
que los bríos mujeriles
no tienen el sufrimiento
que un hombre puede tener,
aunque más nos esforcemos,
y es que mi hermano estará
consentido en el suceso,
que allí mi industria trazó
para librarnos del riesgo.
A nada temas, mi bien,
no te dé cuidado eso,
que el tiempo todo lo acaba.
Ya buscaremos remedio,
en pasando algunos días,
buscando algún medianero,
para que ajuste con gusto
nuestro feliz casamiento,
y entonces tu hermano y todos
tendremos gusto y sosiego.
Dicen ustedes muy bien,
por Dios, que está bueno eso,
¿no fuera mucho mejor
haber mirado primero
todas esas circunstancias,
y no andar ahora gimiendo?
Que bien viene a este pasillo
que oí decir a mi abuelo,
ponle la cebada al rabo
al asno, después de muerto.
Yo tengo de aventurarme,
y pues allá ignoran esto,
a Málaga quiero ir,
y sabré de buena cierta
todo lo que ha sucedido,
que discurro que es buen medio,
y con esto del ejemplo
menos cuidado tendremos.
¿Tener tengo yo de ir?
¿Ahora preguntas eso?
Forzoso será que vayas,
pues tú sabes el enredo,
por si fuere necesario
que se trace lance nuevo.
Yo, señor, todo lo haré,
pero a los palos le temo,
que tengo blanda la piel
y me parten por el cuerpo.
¿Y has de hacer presto el viaje?
Preciso es que sea presto,
pues ya ha venido tu padre
y no puede ser por menos
que haya alguna novedad.
¿Y si se sabe el suceso,
o sucede por desgracia
que te conozcan, ¿qué haremos?
Nunca esperes lo peor,
desecha de pecho eso,
que al que es amante atrevido
le da fortuna el acierto,
procura pues divertirte,
y adiós que nos vamos luego.
Vanse.
Con él vayas, Eduardo.
a Laurella me encomiendo,
pues si quiere la fortuna,
que he de jugarle confieso
una treta de montante
que se ha de acordar del cuento.
Vase.
Qué penosa confusión
habrá en mi casa causado
aquel estrago fingido
que mi hermano ha dado cierto.
¡Mi padre cómo estará
viniendo con el deseo
de descansar con sus hijos,
cuando halle tal desconsuelo!
Pero ¿de qué me canso
si esto no tiene remedio?
Como Eduardo me viva,
de todo salir bien pienso.
Vase.
Salen don Luis y don Félix.
Hijo, ¿qué desgracia es esta?
Pobre de mí, ¡ay desdichado!
Cuando buscaba el alivio
para mis prolijos años
y venía tan gustoso,
¡tantas novedades hallo!
Quince años ha que me fui
(aunque siempre fui forzado),
pero el que noble nace
obedece los mandatos
del superior cuando manda
sobre las cosas de estado.
Quince mil me han parecido,
y ahora que por gozaros
de Indias a España vengo,
se me aumentan los cuidados.
Cuando me fui os entregué
en custodia de mi hermano,
porque quedasteis pequeños;
quiso Dios también llevarlo
para que en patria mejor
goce perpetuo descanso.
Mi querida Margarita
en lo mejor de sus años
(no sé cómo al referirlo
el dolor no me ha acabado)
en lastimosa tragedia
el último aliento dando
destrozo fue del rigor.
¡Valedme, cielos sagrados!
Pues para tanto dolor
resistencia me ha faltado.
¿De qué me sirven a mí
conveniencias, puestos, cargos,
si me faltó lo mejor
para poder disfrutarlos?
Con que lastimoso te miro,
querido Félix, temblando
estoy, no venga por ti
algún desdichado estrago;
porque según me amenazan
las desdichas, y trabajos,
temo que han de venir juntas,
porque en ti me estoy mirando;
déme el cielo sufrimiento,
pues los remedios humanos
para el dolor que me aflige
también han de ser hermanos.
Y ahora, Félix querido,
que solos hemos quedado,
fuerza será que te vengas
para que esté acompañado
en este corregimiento,
y tener algún descanso;
si descanso puede haber
en quien es tan desdichado.
Siempre debo, padre, estar
obediente a tus mandatos.
Esa humildad obediente
es digna de premios tantos,
que no puedo yo, hijo mío,
darlos, y el cielo pagarlos.
Ya es hora, padre querido,
de retirarte a tu cuarto
para descansar un poco.
Porque lo dices lo hago,
y por darte aquese gusto,
pues para mí no hay descanso.
Vanse y sale don Sancho.
Por divertir mis pesares
quiero salir a estos campos
para ver si me consuelan
del dolor en que me hallo.
Árboles, prados, y fuentes,
flores, brutos, y peñascos,
pero si lo miro atento,
si con cuidado reparo
en la diversión que busco,
penas sobre penas hallo.
Si hacia los árboles miro,
alegres los veo; dando
las muestras de su alegría
en sus bien poblados ramos.
De gustosos me dan muestra
los frescos y verdes prados,
pues riéndose me dicen
que del alba están gozando.
Las lisonjerillas fuentes
con su murmullo agraciado
buscan gustoso despeño
por descansar en los charcos.
Las flores son señoras
que el mayo aquí ha dibujado
de diferentes colores,
la alfombra van esmaltando
para que la primavera
tenga gustoso descanso.
Los brutos todos discurren
ya corriendo, ya saltando
sin que nadie les impida
para sus juegos el paso.
Solo noto la ambición
en estos duros peñascos,
que sin servirle de nada
estorban al sol el paso
porque no sean lucidas
las flores que baña el alba,
pues si esto es así, ¿qué espero?
Si solo hallo en los campos
Ya sustos que me atormentan
ya envidiosos los presagios
y en la pérdida que lloro
de aquello que quise tanto
ni descanso, ni sosiego
ni alivio ninguno hallo.
Venga sobre mí la muerte
y acabará un desdichado.
Vase, y sale doña Inés.
Suerte esquiva y rigurosa,
¿por qué con crueldades tantas
a quien tan sin gusto vive
sañudamente maltratas?
¿no se sacia tu rigor
de ser conmigo tirana?
¿por qué el veneno me diste
píldora disimulada
que esconde todo el acíbar
con el oro que la tapa?
si habías de ser conmigo
(porque nací desgraciada)
en los fines tan adversa,
¿no fuera más acordada
razón que desde el principio
tu rigor manifestaras?
pero ¿para qué me quejo
de qué sirven estas ansias
si el desgraciado suceso
que le sucedió a la hermana
de mi querido don Félix
me hizo perder la esperanza
pues mi hermano viendo que
hubo su suerte trocada
ha de oponerse al intento
en que mi amor caminaba;
y no es esto lo peor,
sino es que por la mañana
con su padre se retira
desta ciudad, con que ansioso
mi labio aquí lo pronuncia.
El cielo todo me valga
porque si llegó a pensar
que don Félix...
Sale don Félix.
¿Quién llamaba?
Inés divina, ¡cielos!
la que en tus labios de grana,
hermoso clavel partido,
mi indigno nombre tomabas!
en otra ocasión me acuerdo
que con más gusto se oyó,
pero esto, bello prodigio,
ya se acabó para mí.
Tu hermano esquivo y tirano
impide que yo te goce;
mira si es bien que repose
quien pende de blanca mano;
y así, Inés, me determino,
resuelto, y desesperado,
viendo mi intento frustrado,
ir mañana de camino.
Dos motivos considero
ambos a hacerlo me obligan,
y ambos juntos me castigan
con que yo, sabiendo, muero.
Uno es el impedimento
que hace tu hermano injusto
para privarme de gusto
y aumentar mi sentimiento.
Otro, que mi padre, viendo
la desgracia sucedida,
para su penosa vida
mi compaña está pidiendo.
Mira tú cómo estará
un corazón que te adora,
que por ti suspira, y llora
qué descanso esperará;
y así, Inés mía, perdona,
adiós, te queda, bien mío.
Ya creo que es desvarío,
mas la precisión me abona.
¿Así te vas, y me dejas?
óyeme, Félix querido,
mi amor, en qué te ha ofendido,
oye siquiera mis quejas.
¿No pensé yo, que en tu aliento,
tal cobardía cupiera,
pues si yo la muerte viera
por ti pasara el tormento,
más valor mi pecho tiene,
pues aunque el mundo lo impida
daré gustosa la vida
porque este amor lo previene.
Mientras mi fe firme está,
¿de qué son estos temores?
vengan tormentos mayores,
que en mí asistencia habrá.
Todo el amor lo venció,
y como lo hay en mi pecho,
ninguna impresión me ha hecho
la entereza, ni el rigor.
El que de noble blasona,
no tan fácil ha de ser,
y aquí hay en una mujer
otra fuerte Belona.
Detente, Inés, que me agravias;
que eso de ser yo fácil,
¿cómo discurres que en mí
caber puede veleidad?
¿Facilidad en mí juzgas?
primero que yo te falte,
el cielo me falte a mí.
Si de lo que he empezado
a emprender me desistiese,
fálteme la luz del día,
cuando más ciego estuviere
furioso fuego me abrase;
si faltare a lo ofrecido
vuestro, Inés, seré
no tengas pena, bien mío;
pero no puedo omitir
el viaje que te he dicho
así mi padre lo ordena
y me precisa cumplirlo;
no está tan lejos Coín,
no es dilatado el camino,
para que yo vigilante,
atento y agradecido
pueda gozar tus favores,
siempre que quieras, bien mío;
y ahora por despedida
de nuevo un abrazo pido
que de mi constante amor
pues mientras feliz viviere
tendrás quien te adore fino.
Ya vida de nuevo me has dado
por ti, oh, feliz respiro;
por ti viviré gustosa
cumpliendo lo que me has dicho.
Ahora, con Dios te queda,
hermoso y divino hechizo,
que está mi padre aguardando
y me precisa asistirlo.
El cielo tu vida guarde.
Vase.
Para ser feliz contigo.
Vase.
Siendo feliz tan constante
no temo ningún peligro.
Salen Eduardo y Trabillón.
Mucha turbación he hallado
en casa de Margarita,
don Luis su padre se queja
con razones muy sentidas,
teniendo a cierto desgarro
lo que solo fue fingido;
sé que todo está disgusto
y que mañana caminan
para Coín donde va
para administrar justicia
pues lleva el corregimiento;
se lleva porque le asista
a Félix su hijo, quien
siente bien la despedida
de su amada doña Inés;
don Sancho sé que suspira
porque intentaba su amor
tener por suya la dicha
de dar la mano de esposo
a la hermosa Margarita.
Todo es una confusión
todo me causa fatiga;
pero si halláramos modo
de ver a Laura este día
se supiera a punto fijo
tan confusa tropelía.
¿Quieres que vaya, señor,
con un negocio fingido
a ver a Laura, y dirá
todo lo que ha sucedido?
Y para entrar en su casa
¿no ves que es cosa precisa
que estudies bien la invención
que contemplo que es precisa
para que nunca sospechen
ni discurra su malicia
a lo que tú puedes ir?
pues fuera gran bobería
no prevenir con cordura
antes de entrar la salida.
No dices mal; pero, dime
¿sabes si tienen dispuesto
para mañana el viaje?
Eso lo sé yo de cierto.
Pues ya si acaso me ven
tengo yo buscado medio
para poder escaparme;
deja por mi cuenta esto
que a Laura tengo de hablar
y he de saber todo el cuento.
¿Dónde te hallaré después?
En la posada te espero.
Vase.
Pues a Dios que voy de golpe
a tener un rato bueno.
Vase, y sale Laura.
Quiera Dios que este criado
no haga algún desatino
por donde a saberse llegue
la verdad de este suceso
y sin poder remediarlo
me ponga en mayor empeño.
Siéntase.
Sale Trabillón.
Válgate Dios por viaje
y qué cansada me tienes;
apenas amanece
unos se van, otros vienen,
unos llevan y otros traen,
y ninguno se conduele
para querer ayudarme;
pues aunque a mi amo le pese
de aquí no he de menearme
si no es que alguno se mueve
para venir a ayudarme
porque me tiene impaciente
el insufrible trabajo
que en esta casa se tiene:
aquí he de estarme sentada
y venga lo que viniere.
¿Estás sola, Laura mía?
¡qué linda que me pareces!
aquí está tu Trabillón
¿no me hablas? ¿no merece
quien tan desvelado vive
por ese rostro celeste
un favorcito siquiera?
deja ya las esquiveces
acaba dame un abrazo,
porque está ya este pobrete
que no le falta nadita
para en estropajo hacerse.
No estoy para bufonadas;
por cierto a buen tiempo vienes,
Deje ya las frioleras,
porque no estoy para chanzas.
Dime, mas, ¿qué te aflige?
Dime, ¿qué cuidado tienes?
Porque está ya mi paciencia,
¡Jesús, oh tente bonete!
¿Qué es lo que quiere que tenga?
Este traje me tiene,
de puro mudar los trajes,
cansada más que parece.
¿Y te mudas tú también
acompañando a tu gente?
Preciso ha de ser mudarme.
¿Usted en eso, pues, qué siente?
Siento que, yéndose tu
no podré hablarte, ni verte
con tanta facilidad;
mas voy a lo que conviene,
en aquello de la quema,
dime todo lo que hubiere,
que está el amo con cuidado
y todo saberlo quiere.
Eso quiere mucho espacio
y no puedo detenerme,
pues si viene mi señor
y aquí nos ve... mas no viene.
Ya sube por la escalera;
éntrate en ese retrete,
donde estarás escondido
en tanto que a salir vuelve.
Escóndese.
Mal lance se ha rodeado;
preciso es el esconderme.
Sale Félix.
¿Estará todo dispuesto?
¿Las cargas están compuestas
y son los líos bien hechos?
Ya está todo prevenido.
¿Has mirado si aquí dentro
se quedó en esos rincones
alguna cosa por yerro?
Todo, señor, lo he mirado,
y está tan limpio, que pienso
que para escuela de danza
está solo el cuarto bueno.
Pues mientras yo me despojo
da vuelta a los aposentos,
no sea que algo se olvide.
Haré lo que mandas luego.
Sale Trabillón.
Dios seque su merced.
¡Jesús, Jesús, y qué miedo!
Si el diablo le ha dado gana
de entrar en el aposento
y tropezara conmigo,
¿cuál me pusiera el pellejo?
Mi amo no tardará,
y así es menester que presto
te vayas; porque estos chayos
ni aun para chanzas son buenos.
¿Y qué tengo de decir
a mi amo cuando llegue?
Solo a saber novedades
Y ahora ninguna sabes,
ni ninguna hay que llevar pueda.
Solo sé que luego, luego
que a Coria lleguen, saldrán
a tomar posesión presto
de las demás villas que
son de su corregimiento;
y así, para vayas, lances
queden en aqueste tiempo,
veniros por si acaso
tuviesen algún tropiezo.
Vase.
Pues con esa novedad
me voy alegre, al momento.
Vase.
El susto no me ha valido.
Buena la hubiéramos hecho
si mi señor se ha metido
a mirar el aposento.
Qué buena quedaba Laura
sin comerlo ni beberlo.
Antes pasando los sustos,
porque otros estén contentos;
malhaya la que nació
para atarse en este empleo.
Sale Eduardo.
Mucho tarda Trabillón.
Si habrá sucedido algo;
no deja ya de tenerme
su tardanza con cuidado.
Pero es leal, y esto solo
me sirve de desenfado,
para haber de consolarme,
que hará como fiel criado.
Sale Trabillón.
Yo te aseguro, señor,
que estarás muy desandado
y deste pobre infeliz
no te habrás más acordado,
desde que salió de casa.
¿No es así, señor nuestro amo?
Pues un aprieto he tenido,
que aseguro, a fe de honrado,
que la sangre de las tripas
toda la vengo brotando.
Di lo que te ha sucedido,
porque me has puesto con cuidado.
No tengas, señor, ninguno,
que yo de todo bien salgo.
Habiendo en el mundo, Laura,
aposentos, y andando
la habilidad, que es lo más,
todo queda remediado.
¿Le ha conocido don Félix,
don Luis? ¿O ha encontrado
a él que mi bien pretendes?
Acaba, háblame claro.
No, señor; ora es nada de eso.
Sino que, estando yo hablando
con Laura y con la huéspeda...
(con consejos tan letales
tener por nobleza vana)
y no ves nada cuando
pienso que a salir viene,
con que allí un tesoro quedó
depositado me tuvo
que hay fiadores honrados
que sin ser leyes tener
ni estar tampoco abonados
bástales alguna vez
con que solo sean llanos.
Y después cuando se fue
¿no te dijo Laura nada?
Solo me dijo, señor,
que al instante que llegara
a Coín, sin detenerse,
luego al instante pasaba
su amo a las rojas villas.
Conque es, señor, cosa clara
que si en Álora asistimos
mientras esta furia pasa
puede ser que los demonios
descubran esta hazaña;
y así, pon tierra por medio
siquiera por tres semanas.
No paremos aquí un punto,
vamos a hacer la jornada,
que a Málaga volveremos
mientras esta furia pasa.
(vase)
(vanse)
¿A qué aquí te quieres venir
adonde agora tú andas
buscando los pies al gato
cuando a él en cuatro le hallas,
y en que tú ignoras el modo,
y yo no dejaba nada?
Vamos, pero quiera Dios
que no nos salga casada.
Sale Don Luis y Félix
¿Está el coche prevenido?
Sí, señor, ya nos aguarda.
Pues vámonos, hijo, ya,
salgamos de nuestra patria
que siendo a todos amable
para mí solo es ingrata;
Dios sabe si volverán
mis torpes pies a pisarla,
porque mis caducos años
su fin cada instante aguardan.
¿Quién ha tenido en el mundo
la suerte tan encontrada
como la he tenido yo?
Pero esto nada me espanta,
porque los gustos del mundo
todos se vuelven en ansias.
De mí el cielo sufrimiento
tenga piedad de estas canas,
y para que tenga acierto
me dé su bendición santa.
Adiós, hermosa ciudad,
adiós, calles, adiós, plazas,
adiós, sacrosantos templos,
que hoy se ausenta de su casa
quien a morir se vecina,
porque la fortuna airada
ha vibrado sus rigores
con furia tan desusada
que, faltando ya los bríos
en esta edad cana,
para resistir su fuerza
va huyendo de su desgracia.
No dejes, señor, llevarte
tanto de ese sentimiento,
que es apurarse la vida
sin ser capaz de remedio.
Vamos, pues, padre querido,
que quizá querrán los cielos
dar a tanto mal alivio
movidos a tus lamentos.
Su gusto en todo es hacer.
Vamos, hijo, vamos presto.
Adiós, Málaga, que yo
lloraré a verte vuelvo.
Vanse, y salen Eduardo, Margarita y Trabillos
Aquí, hermosa Margarita,
mi amor ha determinado
que estemos algunos días
mientras su padre y su hermano
en Álora se estuvieren,
porque de habernos quedado
hubiera grande peligro
aunque más disimulado
el traje pareciera de menos;
porque podría su hermano
habiendo tan poco tiempo
que de su casa ha faltado
(no hay duda) reconocerse;
y por excusar quebrantos
que contemplaba forzosos
si sucediera este caso,
con vos a esta ciudad vengo,
donde teniendo cuidado
que no te vean de día,
podremos de noche ambos
por sus calles y sus plazas
encubiertos pasearnos,
y luego que se retiren
volveremos descuidados.
Yo estoy del todo resuelta
a seguirte, mi Eduardo,
con que sobre ese seguro
puedes sin tener cuidado
mandar, teniendo por cierto
que obedezco tus mandatos.
¿Para qué es tanta fineza
donde van favores tantos,
con que ha de pagar mi amor
los cariños que en ti hallo?
Con el corresponder solo
a lo que me has obligado.
Aquí estoy como un senado
escuchando mis dos amos.
dándole gracias a Dios
de veros tan embobados;
quiera Dios, que luego al fin
no vuelva Marzo de rabo.
ahora quisiera Bienvenio
(si no lo tienes a enfado)
que mientras busco una casa
porque me ha desagradado
la posada que tenemos
por ver si otra mejor hallo
en este sitio te quedarás
no echaré yo mucho rato
porque quedándote solo
llevo bastante cuidado.
conque según lo que dices
me quieres llevar al lado
que crees que nunca aciertas
sin mí a dar siquiera un paso?
no te detengas Bienvenio
vete si has de ir alox.
Vase.
no será mucho mi dueño
Vase.
sí, presto verás a mi amo
dar la vuelta; mas será
la esquina que estoy mirando.
Sale doña Inés huyendo.
qué de confusiones tengo!
con bastante sobresalto
de haberme quedado sola
conmigo estoy batallando.
haber de sucederme
por desgracia algún fracaso
pero no tengo valor:
este traje que ahora traigo
no me ha de infundir aliento
los demás que estoy mirando
son por bien parecer solo?
si me sucediere algo
usar de ellos no podré
en cualquiera lance apretado
ea temor mujeril
déjame siquiera un rato
Sale don Sancho con la espada desnuda.
Caballero por quien sois
amparad a una mujer
que viene huyendo la muerte
aunque el mundo se defienda
he de quitarte la vida
Caballero reportaos:
suspended las iras vuestras
no adelantéis más los pasos
que yo defiendo esta causa;
y por el cielo sagrado
que seréis a mi furor
destrozo de aqueste brazo
no digo yo siendo una
pero aunque vinierais tantos
como tiene el mar arenas
os hiciera a mil pedazos
Entranse y sale Félix con la espada.
no las palabras aquí
son las que hacen al caso
las obras lo han de decir
ven, a ellas nos remitamos
y ellas dirán si lo haces
como lo dice tu labio
Vase.
Salen riñendo don Sancho y Margarita, y Inés puesta a la espalda.
por dónde se iría Inés
si la hallaría su hermano?
pero allí ruido oigo
quieran los cielos sagrados
que inhumano, y atrevido
no haya hecho un desacato
que como la halle con vida
de nada me da cuidado
en vano es vuestra porfía
y así advertid que primero
aquí perdieran mil vidas
que consigáis vuestro intento
Sale Félix.
para quitároslas todas
tengo bríos, y tengo acero.
Pónese al lado de Sancho.
con tan grande oscuridad
solo determinar puedo (solo
que un hombre a un lado está
y dos le están combatiendo
aquí tienes quien te ayude
recóbrate ten esfuerzo.
Sale Eduardo.
aunque fueran muchos más
no lograréis vuestro empeño
pues con tan justa razón
aquí la causa defiendo
la voz es de Margarita
mas cielos, qué es lo que veo
villanos contra uno solo
dos hombres estáis riñendo?
Vanse Margarita, y Inés.
Eduardo está ya aquí (ap.)
salgamos fuera del riesgo
ven mujer te pondré en salvo
uno ha tomado el empeño
y el primero no parece
buscarélo, vive el cielo.
qué es esto que me sucede (ap.)
yo a mi enemigo defiendo
Entranse y sale Margarita con la espada desnuda.
don Sancho, y don Félix son (ap.)
qué es esto que aquí estoy viendo
ya aquí no parece nadie
en qué habrá parado cielos
tan rigorosa pendencia?
yo fui la que empecé el duelo
y quien primero me fui
mas fue forzoso el hacerlo
por darle lugar seguro
y a quien me puso en empeño
bastábale ser mujer,
que quien usa noble acero
debe derramar su sangre
por defenderles sus fueros.
Luego que aquí mi valor
la sacó fuera del riesgo,
me dijo que la llevara
a ese vecino convento,
que está aquí de San Bernardo.
A la abadesa la entrego,
donde queda por ahora
asegurada del riesgo.
Lo que ahora más me aflige
que sola otra vez me veo,
y Eduardo no parece,
ni yo sé por dónde fueron.
¿Qué haré yo, infeliz de mí?
Sale Eduardo.
Desesperado me vuelvo;
¿dónde hallaré a Margarita?
Aquí estoy, querido dueño.
Albricias, cielos, que ya
ningún infortunio temo.
¿Estás herida, mi bien?
No, Eduardo, nada tengo,
porque en aquesta ocasión
defendió mi vida el cielo.
¿Quién fue la causa del lance?
Dime pues, ¿qué ha sido esto?
Apenas te despediste,
de aquella esquina volviendo,
cuando vi que una mujer
a mí se acerca pidiendo
que la vida le defienda;
no apenas me dijo esto
cuando un hombre la alcanzó,
despechado, loco y ciego,
con una espada en la mano
a darle la muerte; y viendo
que otro remedio no había
a mi espada apelo luego;
y poniéndome en defensa
ofendiendo y defendiendo,
por escapar una vida
puse la mía en el riesgo,
y cuando más encendida
la batalla iba creciendo,
noté que vino otro hombre
a quien su causa defendiendo
aquel mozo le ayudaba
con valor y con esfuerzo;
entonces saliste tú
(grande gracia fue del cielo),
y poniéndote a mi lado
contra los dos esgrimiendo
pude con la oscuridad
salir de la ronda, y luego
que de la calle salimos
en un convento la hospedé
para que quede segura
dejéla, y al punto vuelvo
y cuando llegué a este sitio
que es donde estaba el empeño
para ayudarte animosa
hasta concluir el duelo,
hallo que nadie parece:
aquí fue donde mi pecho
empezó a descaecer
habiéndote echado menos.
En esta aflicción estaba
cuando te oí, y diciendo:
"¿Dónde está mi Margarita?"
voz que me dio tanto aliento
que mis mujeriles bríos
pasaron de extremo a extremo.
Aquí estoy, aquí me tienes;
este es, mi bien, el suceso,
si he sido en algo culpada
pido el perdón de mis yerros.
Calla, divina hermosura,
que ofendes a tu respeto:
¿culpada tú, dueño mío?
yo soy quien la culpa tengo
y por quien juro, por Dios,
hermosa copia del cielo,
envidioso me has tenido
porque tu ánimo resuelto
envidia pudiera ser
del más invencible esfuerzo.
Que te quedaba bien a ti
para cualquiera caballero
que emprender procurara
mantener tan duro duelo.
Cuando tú, siendo mujer,
te pones a tanto riesgo.
No quieras cansarte más,
ven a reposar, mi dueño,
que estarás muy fatigada.
Contigo el descanso llevo.
Vanse, y sale Don Feliz.
¡Que sea tal mi desdicha
que tan contraria se muestre
para quien es desdichado
el falso hilo de la suerte!
¡Noche triste y penosa,
cuando te esperaba alegre
para tan dulce coloquio
tan severa te me ofreces!
¡Quién espera en todo el mundo,
quien en tus engaños cae!
Pues cuando más gusto espera
más pesares le acometen.
¿En qué fundará don Sancho
tan pesados intereses?
¿Y hubo acaso en mi mano
a quebrantar la costumbre
que en mi casa sucedió
estando mi honra ausente?
Mas, ¿de qué me altero yo
al quejarme desta suerte,
si nada mi mal alivian
las quejas que el pecho siente?
¿Para cuándo es el valor?
¿No he de poder yo vencerme?
¿Inés no está puesta en salvo?
Pues venga lo que viniere.
Lo que me pone en cuidado
y algo confuso me tiene,
es que ignoro si don Sancho
sabe si soy yo quien tiene
la culpa deste suceso.
También tengo que volverme
a casa, por si mi padre
vuelve ya, que está siempre
con grandísimo cuidado;
e importará que no llegue
a conocer que yo he estado
(estando de casa ausente
en ocupación precisa)
en Málaga desta suerte.
Y así, Inés mía, perdona,
que es preciso que me ausente.
Vase y sale Grabillón.
¡Que siempre tengo de andar
tras un amo desta suerte!
No vi hombre más desvelado;
si sale cuando amanece,
hasta que las doce dan,
en la casa no parece.
Come y se acuesta a dormir,
y ahí es nada lo que duerme:
desde la una a las cinco
de la cama no se mueve.
Y esto es preciso que sea,
porque apenas anochece,
toma la capa y la espada
y anda como quien mete
priesa de esquina en esquina,
que una fantasma parece;
con que desquita de día
lo que de noche se pierde.
Margarita me ha enviado
a buscarlo, que está siempre
que juzga que han de morderlo,
y cualquiera aire le ofende.
Pero si yo no me engaño,
él ahí va, por aquí viene.
Que por dentro me he de echar,
ya previniendo la Irene.
Sale Eduardo.
Nunca el que tiene cuidado
come, duerme, ni sosiega;
todo son ansias, desvelos,
todo fatigas y penas.
¿Cuándo querrá Dios que llegue
el descanso que desea
quien tan fatigado vive?
¡Qué de suspiros me cuestas,
querido dueño del alma!
Mas, ¿quién está aquí?
¡Ah, que gasta usted gran flema!
Que no debe haber más cuidado
que andar como ánima en pena
rondando toda la noche.
¡Por Dios que es fuerte quimera!
Pues, otra vez, señor mío,
seguro está que yo vuelva
a buscarte, aunque me lleven
más diablos que hay aquí viejas.
¿Hay alguna novedad,
por qué estás tan enfadado?
Porque eres un descuidado,
si he de decir la verdad.
Pues, ¿en qué está mi descuido?
Eso es largo de contar.
Vamos a casa, que el ama
no tiene ya que mear.
Tus disparates me enfadan.
Disparatillos serán.
Apenas la espalda vuelves,
cuando empieza a suspirar;
después, tras de los suspiros,
se sigue echarse a llorar,
y lo hace con tal gracia
que te puedo asegurar
que no ha servido a esta hora
todavía el orinal.
Mira tú, por andaluz,
si tendrá ya que mear.
Vamos, permitan los cielos
que se acabe tanto afán.
Vamos, y quieran los diablos
que no te vuelva a buscar.
Vanse y salen don Luis y Lauro.
Bien, Lauro, me han parecido
las tres villas donde he estado;
apacible gente es toda,
no hay enredos ni embarazos,
sé que Dios ha de servirse
que no tenga más quebrantos.
Es buena gente, señor,
es toda gente de campo;
para ellos todo está bueno
en habiendo ajo y gazpacho.
Y Félix, ¿adónde está,
cómo aquí no ha parecido?
Está, señor, acostado,
y no sabe si has venido.
No lo inquietes, hijo amado,
que otro consuelo no tengo.
Me voy, que estoy con cuidado.
Vase.
Los cuidados de los mozos
dan treguas para el descanso.
algún día estaba yo
como el más descuidado,
y ahora por mi desdicha
me han acometido tantos
que yo mismo me confundo
me fatigo, y sobresalto.
Cúmplase su voluntad
Divino Dios justo, y santo
y merezca yo infeliz
vil desdichado gusano,
que estas ansias, estas penas,
y estas fatigas, que paso
me las recibas a cuenta
de mis enormes pecados
y concededme Señor
que ese hijo que me ha quedado
tenga en serviros acierto
no lo dejéis de la mano.
Y a mí Señor que aquejado
en este dolor me hallo,
no me olvidéis Padre mío,
que con esto tendrán vado
el golfo inmenso de penas
que me está martirizando;
y si acaso inmenso Dios,
Poderoso, Recto, Sabio,
no fuere voluntad vuestra
viniendo de vuestra mano
los recibiré gustoso
como divino regalo
para que me purifique
de los yerros que he causado,
esto y mucho más merezco
pues pago arras de pagaros
no digo los beneficios
que debo a vuestro amor tanto
sino lo mucho que debo
por lo que ingrato os agravio.
Y esto en comparación
un átomo desdichado,
y mis defectos son muchos,
aquí infinitos los hallo;
mas tengo la confianza
que acogiéndome a el amparo
de lo que os merezco ver
en ser divino retrato
he de salir victorioso
de aqueste profundo caos,
de desdichas, de miserias,
de penas, y de trabajos.
Sentarme quiero por ver
si quedo durmiendo un rato
a tanto afán darle treguas
y a mi mal algún descanso.
Siéntase y quédase dor- mido, y sale don Sancho.
va a darle y se suspende
Desesperado, y resuelto
viendo que mi ingrata hermana
faltando a su obligación
atropelló despechada
sin mirar su noble sangre
el pundonor de su fama,
y viendo como imposible
que pueda tomar venganza
ni satisfacción alguna
para tan justa demanda
pues temerosa del riesgo
de san Bernardo se ampara.
Vengo a vengar en don Félix,
pues fue de este mal la causa
el agravio que me hizo
profanándome mi casa.
Pero, ¡allí, qué es lo que veo!
Si la vista no me engaña
sentado pienso que está
puede haber mayor desgracia
que para lavar su honor
de una indecorosa mancha
ha de verse un hombre noble
ladrón en ajena casa.
Mas pues allí ofrecido
teniendo en todo logrado
la ocasión, ¿qué me detengo?
pague pues maldades tantas.
mas ¿qué es lo que miro, Cielos?
yo me he engañado, estas canas
el impulso me detienen
y todo el ardor me atajan.
Mas si no tienen la culpa
si descuidados descansan
han de ser de mi furor
y de mi valor ajadas?
no; que no es justa razón
que aquel que no debe nada
inocente ha de ser
el que responda a la paga,
y fuera en mí bastarda
o que con mano villana
cortar el hilo a la vida
de aquel que nada me agravia.
Pero pues ha entrado el Conde
vuélvome sin hacer nada
que otra ocasión llegará
que mi duelo satisfaga.
Hace que se va mientras Tratillón, al paño dice lo siguiente.
Que no veo yo a Laurilla
ni la hallo en toda la casa
pero allí está un hombre que
si la vista no me engaña
don Sancho me parece.
Oír quiero lo que habla.
Pero pues que mi furor
no acierta modo ni traza
ya que no uso de obras
le he de infamar de palabras:
Viejo caduco sin honra
despierta que aquí se llama
quien triunfó de la hermosura
de tu hija ya llorada,
no fue acaso el sucedido
así fue bien ejecutada
porque viéndose tu hija
de mi amor ya despreciada
y para no vivir sin honra
se dio la muerte inhumana,
y agradece que mi brío
en ti un destrozo no haga;
pues no fuera acción cuerda
que esta valerosa espada
se tiñera con sangre infame
de un viejo sordo y malvado
y así, para ver otros bríos
si hay quien tome la demanda
con valor le esperaré
cuerpo a cuerpo, espada a espada.
(Vase)
(Vase)
Jesús, Jesús, lo que ha dicho
yo me voy de aquesta casa
y a mi ama he de decirle
todo ello cómo pasa.
Despierta don Luis.
(Vase)
Aguardad, que aún tienen bríos
estas ya cansadas canas
para sí, pero a nadie veo
la fantasía turbada
al golpe de los cuidados
fingió que un hombre aquí estaba
y que a voces me decía
con afrentosas palabras
que había ajado mi honra
y esto solo me faltaba,
pero a las cosas de sueño
no he de dar asenso en nada
quiero entrar y recostarme
para aliviar estas ansias.
Salen Margarita e Isabelica.
¿Es cierto lo que me has dicho?
Como si es cierto, señora
punto por punto lo escribo
no vi más maldita lengua
no le faltó ni tantito
para decir que tenía
en ti cuatrocientos vicios.
¿Soy yo hombre, te parece,
que una por otra digo?
en lo que yo por ahora
anduve algo prevenido
ha sido en no darle cuenta
a mi señor de lo dicho
porque no le sucediera
algún fatal precipicio.
Ahora, señora, tú
aconseja tu capricho,
y si acaso te parece
que será mejor decirlo
aquí no me cuesta nada
iré al punto a darle aviso.
Detente, no digas nada
no solo a Eduardo dirás,
pero si llego a saber
que a otro alguno se lo has dicho
será poco que la lengua
te la saque de su sitio.
(Vase)
Jesús, señora, que yo
lo tendré tan escondido
que para siempre jamás
se sepulte en el olvido
y ahora con tu licencia
voy a tomar un traguito
porque vengo fatigado
de tan cansado camino.
¿Qué es lo que pasa por mí?
¿Qué es lo que me ha sucedido?
¿Cómo permiten los cielos
que infame, ciego, atrevido,
villano, aleve, cobarde,
sin saber por qué motivo
este traidor de don Sancho
tales cosas haya dicho
como su traidora lengua
caballero fementido
con tal vilipendio habla
de mi honor más claro y limpio
que el sol, que el mundo ilumina,
que el oro esmaltado y fino?
¡Vive Dios, vil caballero
que has de probarme los bríos,
por mi mano has de tomar
el merecido castigo!
verás si hay en las mujeres
quien defienda su honor limpio,
he de derramar tu sangre
sin que puedan impedirlo
todas las fuerzas del mundo.
Tu merecido castigo
hallarás en mi soberbia,
pues como león altivo
despedazaré animosa
tu corazón fementido;
la lengua te arrancaré
para darle el justo castigo
que por atrevida debe
a tan enorme delito,
y se ha de decir de mí
en los venideros siglos
que hubo mujer en el mundo
que viendo su honor herido
por una traidora lengua
atropellando peligros
volvió por su mismo honor
con fuerza, valor y brío.
Salen Margarita e Isabelica.
Entre tanto que Eduardo
su viaje hiciere, es fuerza
que tú hagas otro, aunque breve
y sin que nadie lo sepa.
Pues, señora, échame vos
en alguna nube densa
para que todos lo ignoren.
¿Y yo cómo he de...?
porque si es por el camino
cuantos me encuentren y vean
sabrán que voy de viaje
y este será aunque no quieran.
No es esto lo que te digo
y así es preciso que entiendas,
que el decirte que no quiero,
que rodees el viaje sepas
no ha de ser como discurres
sino de aquesta manera.
Esta carta (pon cuidado
porque la llevas abierta)
a Málaga has de llevar
luego que llegues a ella
busca a don Sancho y al punto
en sus manos se la entrega
y si acaso te pregunta
que quién te envía con ella
dile que tú no conoces
a nadie de aquesta tierra
y que solo te dijeron
que él llevará la respuesta.
Qué enreditos serán estos
digo, cuenta con la cuenta
no sea caso que yo
salga con el porte a cuestas.
No receles ningún mal
porque cuando eso fuera
me tocaba a mí el curar
de que mal te sucediera.
Mientras con más brevedad
hicieres la diligencia
me será mucho mejor
y no tardes en la vuelta.
Yo ligero volveré
como allá no me detengan
porque no estando allí Laura
no hay otra, que me divierta.
Vase.
La deseada venganza
que aquí mi valor intenta
ejecutar en un falso,
que mi honor tanto atropella
me ha obligado, a que le escriba
mudando de nombre, y señas
a que en campal desafío
hay quien conocer intenta
si lo que su lengua dijo
con la espada lo sustenta.
Ya llevo aplazado el día
la hora, y sitio; que venga
a ley de ser caballero
es forzoso aunque no quiera.
¡Oh, lo que duele una herida
cuando es en el honor hecha,
que le obligue, a una mujer
tomar satisfacción della!
La razón ayuda mucho,
justicia tengo; y es fuerza,
que quede de aquesta vez
mi pérdida satisfecha.
Salen don Luis, y Félix.
Aquí te he traído Félix
solo por darte un consejo
amoroso, por ser padre
y sano, porque soy viejo.
Cuando a las villas me fui
a tomar la posesión
que le es preciso a todos
los que toman el bastón
te dejé en casa porque
cuidaras della mejor,
que hasta aquí de ti he fiado,
y tú sin tener temor
a el mandato de tu padre
lo mismo fue irme yo
que ponerte en el camino
(no sé qué fin te llevó)
y a Málaga te partiste.
¿Traes alguna pretensión?
Pero no. No lo discurro
porque si eso fuera no
dejaras de haberme dicho,
si era esa tu intención.
No puedo negarte, padre,
que errado anduve, y confieso,
que la cortedad me hizo
no decirte mis intentos.
Hijo, no me encubras nada,
revélame tu secreto,
que aquí te doy la palabra,
que si es cosa de tu aumento
como padre de ampararte
tomándolo por mi empeño.
Pues sabe, padre y señor,
que yo una dama pretendo
que cuando diga quién es
aprobarás mis intentos.
Esta señora, he servido
tan vigilante, y atento,
tan amante, y tan rendido
como otro pudiera serlo.
Correspondiome cortés
con un agasajo honesto
de modo que entre los dos
hubo aquellos embelecos
que usan los enamorados
de saraos, de paseos,
de músicas, y regalos,
y papelillos secretos;
y en fin para no cansarte
por afirmar nuestro intento
el uno a el otro nos dimos
palabra de casamiento.
Venimos a esta tierra,
y ella el viaje sintiendo
quedaba desconsolada,
y yo no era nada menos,
y para que estos fuegos
tuviesen algún sosiego
díjele, que volvería
por recrearme en su cielo
siempre que hubiese ocasión
fuiste a tomar cumplimiento,
y yo que lo deseaba
me partí a Málaga luego.
18
fui a verla aquella noche
(adviértase, que fue en secreto)
y estando hablando con ella
en un balcón bajo, veo
que un hombre hacia mí se arrima.
Desnudé el bruñido acero,
y poniéndome en defensa
que es su hermano tuve advierto.
Fuime de allí retirando
sin volver la espalda a el riesgo
por apartarlo de allí,
para ver si en este tiempo
podía ella separarse
para salir deste aprieto.
Sucedió pues como quise,
pues mientras duró el empeño
se retiró a San Bernardo
donde se halla hoy sintiendo
el disgusto de su hermano,
y lo que en estos sucesos
tiene que sentir quien tiene
noble sangre, en noble pecho.
Como padre te suplico,
que pues te he dicho mi intento
busques el medio mejor
para que esto tenga asiento;
y porque es justa razón
decirte quién es el dueño
deste cuidado, señor,
es doña Inés Marmolejo
mira si tengo razón,
de abonar para su cielo.
Félix, Félix, bien pudieras
haber mirado primero
antes que eso sucediera
las resultas, que estás viendo.
Todo esto es aumentar
cuidados a un triste viejo
pudiendo estar remediados,
pero se pondrá remedio,
deja que esto se sosiegue,
que dentro de poco tiempo
hablaré a su hermano Sancho
y ajustaré el casamiento,
que discurro, que no habrá
de su parte impedimento:
y otra vez te digo hijo
volviendo a nuestros consejos,
que seas más obediente
pues Dios castiga severos
a los hijos, que no tienen
aquel debido respeto,
que de justicia a los padres
le concedieron los cielos.
Abre los ojos, y mira
que nos están sucediendo
pesares justos, desdichas
y sabes hijo qué es esto,
avisos que Dios envía
para que nos enmendemos:
corrige pues tus pasiones
mira que mi flaco aliento
tiene postradas las fuerzas
de tanto golpe violento.
Como padre te lo mando
con cariño te lo ruego
con lágrimas se lo pido
si no quieres por quien soy
hazlo por amor de Dios
que a su cuenta queda el premio.
Perdóname padre mío
no te enternezcas, que siento
más el pesar que te he dado
que mis quebrantos, y riesgos.
Ya veo señor que yo
anduve errado, pues esto
con que te lo hubiera dicho
cuando era ocasión, y tiempo
estuviera remediado;
mas ya sucedido espero
que harás como padre aquí
lo que me está más a cuento.
Sí haré, pues basta que seas
deste tronco árido, y seco
rama que solo ha quedado
para producir de nuevo
de la nobleza que tienes
heredada de tus abuelos
el fruto que la conserve
en los venideros tiempos:
y ahora vámonos hijo
porque otros despachos tengo
que me dan bastante priesa
y es forzoso fenecerlos.
El cielo alivie tus penas
Y a ti te dé acierto el cielo.
Vanse y salen Margarita y Grabillón
¿Qué tiempo es que llegaste?
En aqueste punto mesmo.
¿Y hiciste lo que te dije?
Sin faltar a tu precepto
en un ápice, señora,
todo queda ya compuesto;
en la catedral entraba
donde llegué como un trueno
y sin gastar ceremonia
en su mano se la entregué,
volvió la cara, y me dijo
parezca vuestra merced en casa luego.
Y llevará la respuesta,
entrose luego allá dentro
y yo a el instante, señora,
tomé las de Villadiego
y volviendo los talones
como quien nada había hecho
ni aun a comer me detuve
lo que hice fue corriendo.
se armó aguardentería
y aforrarme este pellejo
con una ración entera
y me infundió tal aliento,
que desde allá hasta acá
me lo he llevado de un vuelo.
Vete, vete a descansar,
que fatigado te veo.
A obedecerte, señora,
como fiel criado, entro.
Vase.
Ya todo se me ha logrado
a medida del deseo
para tan justa venganza
como está mi honor pidiendo.
Ánimo, corazón mío,
para ahora es el esfuerzo,
o recobrar lo perdido
o morir, ya no hay remedio.
Y así a prevenirme voy
pues en esta noche espero
de mi valor asistida
ver logrados mis intentos.
Vase y sale D. Sancho.
Quién será, cielos divinos,
quien con tanto arrojamiento
aquel papel me escribió
con tan grande vilipendio?
Tarde se me hace que
llegue la hora por verlo,
pues tan gran resolución,
tal desacato, y tan necio
estilo, como su nota
tiene, buscando el empeño,
jamás en hombre se ha visto;
además, que yo no siento
quién pueda estar agraviado
de mi lengua, ni mi acero.
Las doce no tardarán,
con que vendrá ya muy presto,
y antes se me hace mucho
que no me espere en el puesto,
pues siempre el que llama tiene
cuidado de estar primero.
Sale Margarita con capa y espada.
Antes que las doce den,
estar en el sitio quiero,
por si acaso mi enemigo
viniera; allí un hombre veo.
¿Si será acaso D. Sancho?
Hacia él llegarme pienso,
y si por ventura fuese,
hablándole he de conocerlo.
Caballero, ¿qué buscáis?
Parece oscuridad.
Si no me engañan los ecos,
D. Sancho discurro que es;
quiero saberlo de cierto.
¿Sois D. Sancho Marmolejo?
¿Para qué lo preguntáis?
soy quien con tanto desprecio
para que yo aquí viniese
hablasteis, ¿con tal despecho?
Yo, vil, infame, atrevido,
traidor, falso caballero,
soy quien aquí os he llamado
ahora veré tu aliento.
Cómo ciego, despechado,
temerario, loco, necio
tu infame lengua intentó
ajar el honor más bello,
profanando su sagrado
con tan desatados medios?
Cómo con voces infames,
promulgasteis el desprecio
de quien me consta que nunca
admitió tus galanteos?
Saca, saca, no te tardes,
ese avergonzado acero,
que si capaz te mirara
de sentir como yo siento
de que tú te lo ciñeras
tuviera gran sentimiento.
Antes que airado lo saque,
para que te aterre mi acero,
de mi mano castigado
vea tan loco desprecio;
decirte quiero que nunca
mi lengua habló sin asenso;
y para que reconozcas
si hay valor en este pecho
procura guardar tu vida.
Sacan.
Eso solo es lo que espero,
tu valor para ahora
necesitó su ardimiento.
Mucha presunción tienes.
El honor me presta aliento,
y no solo con tu vida
quedar satisfecho espero.
Entranse riñendo y dice D. Sancho dentro.
Muerto soy, cielos, valedme.
Sale Margarita con la espada en una mano y una lengua en la otra.
Traidor, infame instrumento
que en el honor de una dama
fuiste caballo sin freno
que desbocado procura
precipitar a su dueño,
no sabías que en el mundo
vivía yo? ¿cómo luego
tu nuevo, infame intento
llevado de su despecho,
atropellar con injurias
mi pundonor, ese freno
que naturaleza quiso
porque fuese su gobierno
no podía corregir
tan desatentados yerros?
Maldita lengua, pues fuiste
la que tal maldad ha hecho,
dime qué razón tuviste
para profanar los fueros
de un pecho noble que fue
de la castidad ejemplo
el archivo de la honra
y de virtudes espejo?
Anda, que yo por infame
ni aun en mi mano te quiero,
en castigo de tu culpa
mis pies te hallarán soberbios.
Arrójala al suelo, la pisa, y dice dentro D. Luis.
Si se defiende, muera.
Qué es esto que escucho, cielos.
Sale don Luis y los que pudieren.
Entregad las armas presto,
a la Justicia Real.
Mi padre es. Valedme, cielos,
¿qué hace él en aqueste lance?
Daos a prisión al momento.
A la voz de la Justicia,
señor, mi espada os entrego.
Llevadlo presto de aquí,
y en un calabozo, luego,
le poned, y aseguradlo,
que en fulminando el proceso
con la vida pagará
la que ha quitado sangriento.
Vamos, ¿en qué os detenéis?
Con cuidado lo llevemos.
Cielos, volved por mi causa,
que está venganza pidiendo.
(Vase)
La desgracia anda conmigo;
cuando venía buscando
para ajustar estos cuentos
a este infeliz de don Sancho,
hallo, que le han dado muerte,
y lo que más malo hallo,
es el suceso alevoso
de la furia del contrario,
que no se contentó solo
con la vida, sí inhumano,
arrancándole la lengua,
en el suelo la ha arrojado,
y pisándola furioso
su nobleza ha despreciado;
qué mal pleito ha de tener
para con su oído pago.
(Vase)
Sale Trabillón.
¿Qué será pobre de mí,
qué le diré yo a mi amo,
cuando venga, y halle que
está puesta a buen recado,
mi ama doña Margarita?
yo temo un suceso malo,
la que oí se quema huirá,
pero yo me pondré en salvo,
no me coja a mí el refrán,
sin que vuelva a teme biarlo,
que no dando con la cincha
dé con la albarda mi amo,
la señores me voí;
adiós lo de Joseph Franco,
adiós senda del Puerco,
adiós calle del Naranjo,
que ya se va Trabillón,
ya no hay quien haga canastos.
Hace que se va, y sale Eduardo.
¿A dónde vas tan aprisa?
Malo, cogiome en el lazo,
Dios me libre de una solfa;
pero ya ¿qué causa he dado?
¿Qué cuidado es el que llevas
que vas tan apresurado?
¿qué es lo que te ha sucedido
porque vas tan asustado?
No quisiera hablar, señor,
porque estoy todo temblando,
y si se lo digo temo
que ha de darme un sopapo, que antos.
¿Qué es lo que tienes? Acaba.
No me llevarán los Diablos;
malo es el hombre que quiere
hacerse bocabulario.
Señores, no enseñe nadie
a los hijos ni criados.
Señor, mi señora ha muerto
a tu enemigo don Sancho,
y no es esto lo peor,
sino que cayó en el lazo,
porque acudió la Justicia,
y al instante la agarraron,
y en un calabozo está
cargada de hierros tantos,
que parece ánima en pena,
no puedo hablarte más claro.
Hombre, ¿qué es lo que me dices?
¿estoy ahora chanseando?
mira que no son gustosas
nunca para mí estos chascos.
¿Qué señor, los chascos a chanza?
pues mira si no me engaño.
Ya dijeras que vas derecho
al verdugo más cercano.
¿Qué es esto que me sucede?
¿quién, Cielos, ha rodeado
este pesar tan furioso?
¿estoy despierto, o soñando?
¿Doña Margarita, presa?
viven los cielos sagrados,
que aunque todo el mundo entero
quisieran hacerle agravio,
yo solo, yo solo aquí
con el acero en la mano
vestido de mi coraje
he de ponerla en sagrado;
pero ¿por qué me detengo?
como un furor airado,
¿no empiezo a quitar mil vidas?
¿no executo mil estragos?
¿qué estrellas tienen los cielos,
qué flores tienen los campos?
sígueme, pues, Trabillón,
porque voí desesperado
o librar a Margarita,
o morir ambos matando.
(Vase)
Es claro, que me convida
a buena cosa mi amo;
él puede matar, o no,
que las muertes que él haga,
sin armas, tanto ruido
las descomponga a cada paso.
Vase y sale doña Inés de luto.
¿Qué es lo que pasa por mí?
fortuna, ¿qué ha sido esto?
un hermano en quien tenía
mi alivio, gusto, y consuelo,
ha sido crudo despojo
de un traidor, alevoso, y fiero!
qué haré yo huérfana, y sola
dónde hallaré yo remedio
para tantas aflicciones?
valedme, piadosos cielos.
justicia pido, justicia
para castigo, y ejemplo
de alevosos corazones,
pero quién lo ha de hacer cielos?
Sale don Luis.
Yo no puedo descubrir
motivo ni fundamento
por donde discurrir pueda
la causa de este suceso.
(de rodillas)
Señor, pues habéis llegado
en esta ocasión, espero
que vuestra recta justicia
ha de castigar severo
el delito infame que
cometió brazo sangriento
dando la muerte a mi hermano
con desmán, y vituperio.
que castigues, Señor, pido
este alevoso suceso;
porque si no quedare aquí
mi agravio bien satisfecho
yo misma por estas manos
haré el estrago más fiero,
que se haya visto, ni oído
en los anales del tiempo;
y pues el cielo te puso
para que con brazo recto
castigues los delincuentes
y corrijas los excesos;
a tus pies estoy, Señor
del agravio, que me han hecho
me has de dar satisfacción;
de tu justicia lo espero
para escarmiento, Señor,
en los venideros tiempos
y por que teman infames
de tu justicia lo recto:
como parte te lo pido
como hermana te lo ruego
y como agraviada en fin
satisfecha quedar pienso.
Levántate, doña Inés,
que desde ahora te ofrezco
satisfacer tu demanda:
hoy se fulmina el proceso
y substanciada la causa
ha de quedar satisfecho
tu agravio; pues pagará
tan atroz, y grave yerro
con una afrentosa muerte
poniéndole en tres maderos,
y si acaso noble es,
pondré en cuchillo su cuello.
De tu justa rectitud
de tu prudente gobierno
queda hoy pendiente mi queja:
obra como caballero.
De hacerlo te doy palabra,
(Vase)
tu vida guarden los cielos.
Vase y sale Margarita con prisiones.
Con justa razón se queja
y su noble sentimiento
ha hecho en mí tanta fuerza
que me precisa a que recto
siga toda su justicia
y remediarlo resuelvo.
válgame Dios, qué de cosas
vacila mi pensamiento
pues llamando a la visita
a este desdichado reo
me ha movido a compasión
aquí hay oculto misterio!
mas qué misterio ha de haber?
porque si bien lo contemplo
jamás le he visto la cara.
válgate Dios por enredo
no quiero más fatigarme
que todo lo dirá el tiempo.
Canta uno dentro.
Hasta aquí pudo llegar
mi conocido desengaño.
a quién sucedió en el mundo
tal infortunio? malhaya
la mujer, que se aficiona
de hombre alguno, pues halla
en vez de alivios, pesares,
y en vez de finezas, ansias.
dígalo yo, pues teniendo
conveniencias en mi casa
por ser solo agradecida
me fue forzoso dejarlas.
pero para qué me canso
de qué sirve esta batalla
si a esta vida que me ofende
ya la muerte está cercana.
aquí encerrada me veo
donde estoy aherrojada
oyendo estos pobres presos
que unos ríen, y otros cantan.
De los tormentos mayores
que un pecho puede sentir
es padecer los rigores,
que ofrecen malos traidores
sin poderse descubrir
conmigo aquella voz habla
glosar quiero la canción.
Allí oigo que se lamenta
un preso que está afligido
y con llanto dolorido
su voz el dolor aumenta.
qué haré pues yo en la tormenta
de estos penosos rigores
pues quieren ya sus dolores
decirme con mudas voces
que son sus fuerzas veloces
de los tormentos mayores.
si yerros hizo mi mano
hierros son quien los castigan
estas prisiones lo digan
pero quejarme es en vano:
en suspiros nada gano
y así es mejor elegir
el enseñarse a morir
pues esta vida enfadosa
es la más dura y penosa
que un pecho puede sentir.
No solo mi pena siento,
pues mi pecho agradecido
siente el hallarse afligido
con otro nuevo tormento.
Ya para mí no hay contento,
ya para mí no hay sabores,
ansias, penas, dolores,
que me dicen al oído
el eco del abatido
y padecer los rigores.
Cuando el bien que perdí lloro,
se renuevan mis lamentos
y mis tristes pensamientos
batallan por mi decoro.
De qué sirve el tener oro
si en los tormentos mayores
son los alivios mejores
para mí el verme penar,
y el dolor he de acrisolar
que ofrecen males traidores.
Retirarme quiero ya
a el cuarto de mi prisión,
pues ya está mi corazón
rendido con tanto amor.
A dónde cielos irán
tantas penas, y sufrir
tantos lloros, y sentir
a quien padece callando
ha de fenecer llorando
sin poderse descubrir.
(Vase)
Salen don Luis, y el Escribano.
Manda, señor, a el alcaide
que eche ese hombre a la audiencia.
Alcaide, decid que venga ese mozo
que anoche trajeron preso
y hará la declaración.
(dentro)
Ya va, señor.
Luego, luego, que confiese
sin que se dilate un punto,
haced que quede la causa
fenecida.
Como lo ordenas se hará.
Ya, señor, estoy aquí.
Hombre, lástima te tengo,
pero es preciso que obre
en esta ocasión con tiento
y declarando el delito
has de morir sin remedio.
Señor, morir quiero
si no hubiere remedio.
Ea, a sus preguntas.
Decidme pues la verdad
debajo de juramento:
en este infeliz suceso
de la muerte desgraciada
de don Sancho Marmolejo
¿quién es el agresor?
Que yo fui, señor, confieso.
¿Y qué motivo tuvisteis
para ejecutar tal yerro?
Aunque yo aquí los dijera
nada importaba al remedio
y así digo que fue solo
cara a cara y cuerpo a cuerpo.
¿Y después de haberlo muerto
por qué fin le arrancaste
la lengua, y con vilipendio
en el suelo la arrojaste
con tan no visto desprecio?
Del agravio que me hizo
no quedé yo satisfecho
ni aun con esa enorme acción.
Mirad que habláis muy resuelto
y estáis delante del Rey.
Pues, señor, aquí no hay medio:
id sustanciando la causa,
sentenciad a gusto vuestro
que yo le maté es verdad,
y que moriré contento
solo con tener el gusto
de haber a un infame muerto.
¿Tan claro lo confesáis?
Conforme lo estáis oyendo.
Aquí, señor, no hay que hacer.
Pues vámonos al momento
y según lo declarado
haced conforme a derecho
y en sustanciando la causa
llevadlo a mi casa luego
para verla, y sentenciarla.
Y vos, abrid allá dentro.
A el calabozo me voy
que es donde está mi recelo.
(Vase)
Haced vos eso que mando
que yo en mi casa os espero.
(Vase)
Voy a ponerlo por obra
hoy quedará esto compuesto.
(Vase)
Sale Trabillón.
¡Que siempre tengo de andar
por aquí oliendo, y subiendo!
Aquí mi amo me envía
para que en la reja puesto
desta endemoniada cárcel
sea centinela; y tema
no venga algún garrapata
y dé conmigo allá dentro;
pero aquí nadie parece.
¿Nadie? pero ¿qué veo?
¿Si estarán en oración
ahora todos los presos?
Yo creo que los ha asustado
porque está todo en silencio.
¿Qué he de hacer aquí? me voy
que este sitio no es muy bueno
y sé que estará arrancando
la pajarilla del cuerpo.
Vase y sale el Escribano.
Oy es preciso acabar
de fenecer este cuento,
porque el Corregidor quiere
sentensiarlo luego luego,
y así con todo cuidado
voy a salir de ello luego.
Siéntase y abre una mesa con recado de escribir, saca unos papeles y está escribiendo, y en tanto sale don Eduardo.
Resuelto y determinado,
despechado, loco y ciego
a romper vengo la jura;
o si no, viven los Cielos
que morirá el Escribano
si se opone a mis intentos.
A buena ocasión llegué,
allí lo ves escribiendo;
llegaréme, pues, a él,
y con cautela primero
veré si puedo por bien
negociar, que es mejor medio;
y si hiciere resistencia,
le daré la muerte luego.
Guarde vsted, señor don Julián.
Bien venido, cavallero.
¿Qué trae vsted de cuidado?
Por no entretener el tiempo,
en breve os daré razón
del cuidado con que vengo.
Una fineza he intentado
que hagáis, por ser lo que espero
de vuestra liberal mano;
y es que me deis al momento
essa causa criminal
de esse mozo que está preso;
que haciendo lo así, daré
cuanto fuere gusto vuestro.
Me admira, por la verdad,
que un hombre de entendimiento
pida cosas imposibles;
además que no es remedio
para que pueda librarse
estando el agresor preso.
Vsted repárese bien,
pues pide en lo que no puedo
servirlo.
No necessito consejos;
lo que pido aveis de dar;
y sea sin deteneros.
Pues yo no puedo serviros,
y así, dad de mano a esso.
Donde no valen razones,
valgan los medios violentos.
Yo veré si puede ser.
Tírale con una pistola y le falla.
No ay quien me valga, ¡traidor!
Que me matan, falsos Cielos.
Sale don Luis.
¿Qué ruido es este?
Mas ¿qué pregunto, si veo
que las armas en la mano
a voces lo están diziendo?
Daos a prisión.
Deteneos, que no quiero
que aquí a la Justicia falte
aquel debido respeto
que debemos tener todos.
Solo os digo, no me entrego
a los grillos, aunque a que
lo intentara el mundo entero.
Favor aquí a la Justicia.
No os canséis, señor, en esso
y para escusar ruidos,
yo me quitaré de enmedio.
Vase.
¡Que ahora estuviesse solo!
Yo pondré remedio en esto
para que nadie se atreva
a profanar mi respeto.
Sobre qué fue este disgusto,
decidme. ¿Qué ha sido esto?
Saber quiso que le diesse
la causa de aqueste preso,
y aviéndosela negado,
apeló a las armas luego,
me tiró un pistoletazo,
y me libraron los Cielos
porque el tiro no salió:
esse es, señor, el sucesso.
Vamos a prenderlo al punto,
que he de castigar severo
su temeraria osadía
para que sea escarmiento
de todos los que intentaren
semejante atrevimiento.
Vamos, señor, al instante.
Castigaré sus excessos.
Vanse, y salen don Feliz y Laura.
¡Ahora más fatal desgracia!
Yo, Laura, voy al momento
a Flora, por si acaso
sucede algún contratiempo,
pues con esta novedad
no podrá ser nunca menos
que ofrecerse a cada passo
mil peligrosos enrredos;
y por fin mi padre ya
se ve muy cansado y viejo,
y en semejante función
a todos assistir quiero.
Dele Dios muy buen viage
y quiera el divino Cielo
que todos volvais a casa
con el gusto que desseo.
Confiándolo voy en Dios,
que me ha de dar buen sucesso.
Vase.
¡Pobrecito de mi amo!
En qué paraje lo an puesto
las caricias de Eduardo,
en qué vendrá a parar esto.
Sale Trabillón.
Sea el Señor alabado.
Cuanto ha que no te veo,
Laura, que olvidada estás.
deste amante verdadero
que tanto pena por ti;
pero pregunto, por medio
tenemos seguro el campo?
no haga el diablo algún enredo
y sea preciso entrar
de cabeza en un puchero.
Que siempre has de estar de humor
siempre has de estar de flores
y yo siempre estoy llorando!
Pues no llore usted, mi dueño.
haga usted lo que yo hago,
que aunque todo el mundo entere,
vea yo que se revuelve,
a mí no se me da un bledo.
A tener yo su paciencia,
no estuviera malo ello,
pero estando mi señora,
como sabe, ¿fuera bueno
que yo riera, y cantara?
Jesús, ¿y qué desconcierto?
¿mi amo no está también
rendido, que es lo mismo,
porque intentó al Escribano
(por quitar trastes de enmedio)
despachar con solo un soplo
a los profundos infiernos?
¿Y por eso he de estar triste?
¡brava simpleza por cierto!
anda, mujer, no te aflijas,
que ellos compondrán su cuento
de forma que queden bien,
no te dé pena por eso.
Pues, ¿que no hirió a su señor
para cometer tal yerro?
Ya con esto mi señora
no podrá tener buen pleito,
que antes, por fin, como andaba
por afuera componiendo,
había alguna esperanza;
pero con este suceso,
¿quién ha de andar de los pies
para fenecer su cuento?
¿cuando el pleito no fenezca
no fenecerán sus cuellos?
hemos de pagar nosotros
sus cuentos, y sus enredos.
Isabilla, déjame ahora,
no me fatigues, que pienso,
según están estas cosas,
que todos estos sucesos
han de venir a parar
en poner los amos nuestros
hechos alcarrazas de agua
colgaditas al sereno.
Por no verte consumida
me voy de aquí, que no quiero
que nadie que está conmigo
esté llorando, y gimiendo.
anda con todos los diablos
que te lleven al infierno.
Yo voy a cuidar ahora
de mi casa, que está cuarto
que pueden dar por en ella
aunque anduvieron en cueros.
Vanse, y sale Margarita.
Qué penosa, que es la vida
para quien la muerte espera,
mas si es preciso que muera
por mi pena merecida,
nada remedio afligida,
alegre me pienso estar,
porque el dolor, y el pesar,
si no hallan en mí defensa,
me han de hacer mayor ofensa,
más presto me han de acabar.
Sale el Escribano
A notificaros vengo
cómo por vuestro delito
(como tenéis confesado)
a muerte estáis sentenciada.
¿Y no se da aquí a las veces
para usar de su defensa
autos, traslados, ni el tiempo
que les permite piadosa
toda la ley del derecho?
como consta que por vos
estáis declarada reo,
como parece en los autos,
nada os concede el derecho.
¿Y qué muerte me han de dar?
la de horca. Ya no es tiempo
de todas esas preguntas.
Y pues no tiene remedio,
solo falta que firméis.
¿Cómo he de firmar yo eso?
no corresponde esa muerte
a la nobleza que tengo.
esa culpa vuestra ha sido
pues no pudisteis en tiempo
en vuestra declaración
decir a el Juez eso mismo
y para justificarlo
algún plazo hubiera puesto?
pero estando ya la causa
sentenciada, no hay remedio.
mas remedio hay que pensar,
y así os suplico mi ruego
que digáis al señor Juez
que ya en morir me conformo
pero que antes de firmar
de su bizarría espero
que me ha de hacer un favor.
acabad, decídle luego
que yo por serviros solo
haré a lo que me ofrezco.
pues de mi parte decídle
que con cortés rendimiento
le suplico, que se sirva
de venir aquí que tengo
que comunicarle preciso
y así moriré contenta.
por serviros solo voy.
Vase
¿Qué haré yo, piadosos cielos?
¿qué es esto que me sucede?
¿en qué desdichas me veo
por tomar satisfacción
de un agravio que me han hecho?
después de tanta pasión
he venido a ser ejemplo
de la desdicha mayor
que han registrado los tiempos,
ánimo, que ya llegó
la ocasión de que mi pecho
rompa para su defensa
las cárceles del silencio.
Salen Luis y el Escribano.
¿Qué motivo habéis tenido
para no firmar ahora?
Señor, habiendo propuesto
que a muerte tan afrentosa
estaba yo sentenciado,
siendo cosa tan impropia
que ahorcado un noble muera,
hice llamaros ahora
para ver si se podía
que tu piedad generosa
me permitiera defensa,
pues no la ha habido a esta hora.
Tarde buscáis el remedio.
¿Y si yo probara ahora
que la muerte fue en defensa
de mi crédito y mi honra,
no podía remediarme?
Nada el delito te abona,
pues para eso hay justicia.
Y agravios contra la honra
de aquel que noble nació,
¿no veis que es cosa afrentosa
que se dé satisfacción
por querellas tan impropias?
Yo remediarlo no puedo.
¿No hay remedio por ahora?
Incapaz estás ya de él.
Pues por última merced
te suplico que me oigas.
Haced que traigan asiento.
Aquí están, señor.
Ea, decid, que ya os oigo.
Estadme señor atento,
que después de haberme oído
darme a muerte os ofrezco.
Aunque no me conocéis,
decir es fuerza primero
que nací noble, y que soy
de Málaga. Aquese pueblo
de hermosura tan gallarda,
que cuanto aquí decir puedo
que sea alabanza suya
todo es, señor, un bosquejo.
Ya veo que os extrañaréis,
que siendo yo malagueño
y diciendo que soy noble
no haya habido, estando preso,
quien haya hecho por mí
ni aun el menor sentimiento;
a que os digo, que esto es
haber salido pequeño
del abrigo de mis padres,
y viéndome fuera de ellos
uno que me conocía
natural de aqueste pueblo
me aconsejó muchas veces
que me volviese, temiendo
que viéndome sin dominio
no hiciese algún desacierto;
yo en fin o fuese de empacho,
o fuese señor de miedo,
una vez salí de casa,
y nunca jamás he vuelto.
Y a lo supuesto te digo
que debo a este caballero
estar tan agradecido
que no hallo modo, ni medio
con que poder retornarle
las finezas que me ha hecho.
Apenas dieciséis años
contaba alegre, y contento
cuando señor me rendí
a el más heroico mancebo
que... pero ¿qué es lo que digo?
Perdonad, porque ya el pecho
quiere abortar de una vez
lo que tenía encubierto.
Mujer soy, nada te espante,
y así te pido que atento
a mis yerros, tus oídos
oigan la razón que tengo.
Puse los ojos señor
(como te iba diciendo)
en ese don Eduardo,
que ayer quisiste prenderlo,
y fue con tanto cariño,
fue señor con tal exceso,
que me obligó ese cuidado
dejar mi casa, y saliendo
acompañada una noche
de mis mismos pensamientos,
donde él me estaba esperando,
nos venimos a ese pueblo
adonde juntos vivimos.
Lo que tengo a decir puedo
que no debe a mi recato
su noble, y heroico pecho
ni la más leve fineza
pues ha sido tan atento
que siempre ha aspirado solo
a ser mi esposo, y supuesto
que mi ser he declarado
ahora en don Sancho quiero
que sepáis lo que me hizo
cometer tal desacierto.
Pretendióme muchas veces
(testigos tengo de esto),
a quien tomé despecho
porque no caben de hecho
dos almas en una vida
ni dos puntos en un centro;
y como estaba gozando
en la posesión primera,
fuera bastardía en mí
admitir distinto dueño.
Y a lo supuesto señor
ahora decirte quiero
que yo tenía un hermano
que rindió su galanteo
a una hermana de don Sancho,
y en debidos paseos
su puerta galanteaba;
y vino a ser a un tiempo,
que era noche, que él estaba
en un balcón suyo puesto
hablándole mil ternezas
Sancho vino, y él viendo,
el peligro, en que se hallaba
su amado, y querido dueño
a su espada metió mano,
y retirándolo cuerdo
de su misma casa, dio
lugar, a que en un convento
quedase depositada
para escaparse del riesgo.
Fenecida la batalla
(porque fue su medianero
la oscuridad de la noche
que puso paces entre ellos)
vino Sancho a buscarlo
pasado bien poco tiempo,
y sin que nadie lo vea
con cuidado, y con secreto
en su misma casa se entra
con el ánimo resuelto
a matarlo, y cuando ya
estaba en la ocasión puesto
metiendo mano a la espada
para dar con él en el suelo
que delante se le puso
discurriendo que era el mismo
al ejecutar el golpe
vio su engaño manifiesto
pues conoció que no era
el que él buscaba sangriento.
Conoció que era su padre
que estaba entregado al sueño
a quien le dijo atrevido
tantos oprobrios, que pienso
que si a ti te sucedieran
tomaras venganza de ellos.
Y no fue esto lo peor
sino que su atrevimiento
con injuriosas palabras
(viendo frustrado su intento)
dijo, señor, contra mí
contra mi honor; desenvuelto
tantas infamias, que yo
sabiéndolas por extenso
determiné de vengarlas
por mis manos, y mi esfuerzo.
no era esta acción para otro
porque mi honor, (es supuesto)
que viéndose lastimado
quiso quedar satisfecho
y no fiar a otro brazo
agravio tan manifiesto.
Ya he dicho, señor, la causa
de mis trágicos sucesos;
y ahora, señor, te digo
oye con valor atento
porque veo que mis voces
han de herir tu heroico pecho,
que yo soy tu Margarita
tu hija soy; estos yerros
como padre los perdona
ten piedad de estos excesos
pues el volver por mi honor
me ha obligado a cometerlos
bien puedes padre y señor
pues esta verdad estás viendo
anular esa sentencia
que amenazas a mi cuello
por ser mujer, y por ser
este delito sangriento
en una defensa justa
que estaba mi honor pidiendo
pues para facilitarlo
para buscarle el remedio
las leyes me dan permiso
y la piedad me da fueros.
Llamo a mi hermano don Feliz
llamo a Laura, que ellos mismos
confirmarán mi verdad.
aquel fomentado fuego
que solo apariencias fue
de mi enamorado pecho
fue porque Feliz mi hermano
contra mi querido dueño
no procurara venganza
viendo mi ánimo resuelto.
esta, señor, es mi vida
y como a padre te ruego
de rodillas
que mires por esta hija
que vuelvas por su honor siendo
quien esta causa defienda
como que es contra sí mismo.
concédeme Padre amado
tan encarecido ruego,
dame a Eduardo, señor
y después dame sangrienta
la muerte, que tú gustares
que si es tu gusto no siento
dar esta vida enfadosa
cuando la muerte apetezco.
Hija, levanta a mis brazos
que el corazón en el pecho
entre gustos y pesares
batalla con tanto anhelo
que a la guerra que me hace
no hallo atajo, ni remedio.
llama a don Feliz, mi hijo
llama a Laura, porque quiero
que todos juntos registren
lo mismo que yo estoy viendo
Voy al instante, señor.
Yo te perdono tus yerros
por el gusto que he tenido
y porque tus atrevimientos
solo han sido dirigidos
a que tu ánimo resuelto
vuelva por su mismo honor.
Salen don Feliz, doña Inés, Laura, el escribano, y Trabucón.
¿Qué es lo que miran mis ojos?
Amiga mía, ¿qué es esto?
Señora, acá estamos todos.
Acabemos ya con esto,
voy a llamar a mi amo
para hacer el casamiento.
Pues, ¿de quién eres criado?
Señor, de este caballero
que se metió a sacristán
por andarse entre los muertos.
Eduardo es el que dice.
Pues ve y avísale presto,
dile que venga seguro
que mi palabra le empeño.
Ni galgos me alcanzarán
aunque corran más que un viento.
Vase
Hijo, mira a Margarita.
Ya, padre mío, lo veo.
Doña Inés, lo que aquí falta
es que este tu noble pecho,
pues sangre noble le alienta,
perdone a mi hija luego
y des a Félix la mano.
Tus mandatos obedezco.
Ven, Margarita, a mis brazos,
y vos, don Félix, supuesto
vuestro gusto, esta es mi mano.
Este es el bien que apetezco.
Salen Eduardo y Trabullón.
¿Señores, hay para todos?
Vamos, señor, llega presto.
Aquí, señor don Luis,
tenéis a Eduardo, y creo
que, atentos, perdonaréis
mis temerarios excesos.
Servido estás, Eduardo,
y pues sois la causa de esto,
dad la mano a Margarita.
Cumplióse ya mi deseo.
No digo la mano sola,
pero alma y vida le ofrezco.
¡Dichosas penalidades
que tuvieron fin tan bueno!
Laura, ¿qué hacemos nosotros?
Más vale que nos casemos
y sea luego, a la hora.
Pues toca esos cinco huesos.
¡Bendito sea el Señor,
todavía no lo creo
que yo he llegado a casarme!
Pues créelo, majadero.
Todos juntos.
Y aquí don Miguel de Llera,
por ser el parto primero
que su idea ha producido,
con el título discreto
Volver por su mismo honor,
pide perdón de sus yerros.
Finis Coronat opus.
Se descompone mi amo,
observando estará;
pero, ¿quién aquí habrá entrado?
Veamos lo que esto es.
Vase.
¡Jesús, Jesús, lo que ha dicho!
Yo me voy luego al instante
y le digo a Isabelilla
todo lo que ha dicho este arrogante,
para que busque remedio
y a mi ama la despierte.
¿Cómo si es cierto? Señora,
punto por punto me ha dicho
la relamida de Laura
lo que yo te he referido;
¿habrá más maldita lengua?