Digittol text for Volver por su mismo honor | BITESO
Extomen de toutorítosTEXOROBITESOSummtories3D networkHow to cite us More informtotion
ImptoctAPIAutomtotic trtonscriptionsTetomConttoct
EN Esptoñol ESEnglish ENFrtonçtois FRPortuguês PTIttolitono ITDeutsch DE中文 ZH日本語 JA한국어 KOРусский RUالعربية AR
  1. Home
  2. /
  3. BITESO
  4. /
  5. Volver por su mismo honor
Digittol text

Digittol text for Volver por su mismo honor

Publication date: August 22, 2026

Work mettodtotto

Work record
Trtoditiontol tottribution
Mtotítos de Vergtorto
Stylometric tottribution
No es posible Inconclusive
Genre
Comedito
Text sttotus
Trtonscripción toutomáticto de mtonuscrito
Source
El texto procede de lto trtonscripción toutomáticto de un mtonuscrito de lto BNE (signtoturto MSS/15582).

Notice

It mtoy include errors or omissions. If you htove to better edition, we would be grtoteful if you conttocted us so thtot we cton incorportote updtotes.

License

This content is offered under the Cretotive Commons CC BY-NC 4.0 license. Reuse is tollowed with cittotion; commercitol uses tore not tollowed.

Suggested cittotion

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Volver por su mismo honor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/volver-por-su-mismo-honor.

First ptoge of the work
Ltost ptoge of the work

VOLVER POR SU MISMO HONOR

Home

Ptog. 1

Mss 15582

Biblioteca Nacional de España

Ptog. 2

Volver por su mismo honor, comedia en 3 jornadas de D. Miguel de Llano (en realidad de D. Matías de Vergara) 268

Ptog. 3

857

I 857

Volver por su mismo honor =

Comedia en 3 jornadas, de D. Miguel de Llera (su verdadero autor es D. Matías de Vergara) -

Leg. 1.º 72 4-6

260

Ptog. 4

74 2 148

II

Ptog. 5

Habiendo llegado a manos de un apasionado del autor (aunque tarde) esta comedia, que con título de Volver por su mismo honor compuso don Matías de Vergara con el disfrazado nombre de don Miguel de Ulloa, habiéndola leído con apreciable respeto, la vuelve decir la villa de Casarabonela con este soneto en obsequio rendido de su autor.

Soneto

Es la comedia, amigo, tan gustosa,

que de todo ingenio es invidiada;

está de lances sutiles adornada,

y de chistes graciosos tan donosa,

que de su autor muestra la ingeniosa

rara habilidad nunca alabada;

en sus varios versos bien templada

se ve su sabia lira armoniosa.

Su genio luce en la fingida historia,

y aunque oculte su nombre (cosa es clara)

lo muestra de sus versos el aliño.

Perdona esta mi tosca laudatoria,

con tu genio bizarro (gran Vergara),

con tosco borrón de mi cariño.

Jornada primera

Ptog. 6

Volver por su mismo honor. Comedia nueva. De don Miguel de Viera.

Personas. Don Eduardo. Don Celio. Don Sancho. Don Luis. Doña Margarita. Doña Inés. Un escribano. Trabillón. Laura, criada.

Jornada primera.

Sale don Eduardo y Trabillón de camino.

Eduardo.

La fatiga del camino,

solo con haber llegado,

a verme en esta ciudad

no siento.

Trabillón.

¡Qué bueno!

Yo, señor, digo al contrario;

porque después de venir

con todo el hato cargado

y picando de solera,

siquiera has tenido lugar

para que en esta posada

tomáramos un bocado;

y no es esto lo peor,

sino que como unos gansos,

sin saber por quién, ni dónde,

andamos en pasos pardos.

Eduardo.

De poco, amigo, te espantas;

amor en un pecho hidalgo

Ptog. 7

Eduardo.

no puede tener sosiego.

Trabillón.

Harás que me dé cien diablos;

pues de quién es ese amor,

si nunca te vi aquí enredado?

Eduardo.

Ve a mi desasosiego,

de esa nace mi cuidado.

Trabillón.

Si yo te entiendo, señor,

que me lleven dos mil diablos.

Eduardo.

Con que yo me entienda, basta.

Trabillón.

Pues señor, busca criado

que a contemplación te sirva,

porque el que fuere mi amo

de otro modo ha de portarse.

Eduardo.

Qué partes quieres que tenga?

Trabillón.

Te lo diré de contado:

lo primero me ha de dar

para el gasto necesario

dinero todos los días:

dos vestidos cada un año,

una cama donde duerma,

me ha de dar un buen salario,

en las vísperas de pascua

un crecido aguinaldo;

para andar por los caminos

mis armas, y mi caballo:

Y en fin para no cansarte,

de lo bueno y de lo malo

de todo me ha de dar cuenta.

Eduardo.

Pues eso es de tu cuidado

Trabillón.

De que eso digas me río;

pues señor, habrá criado

que no reviente por saber

lo que le pasa a su amo?

Eduardo.

Con que según lo que dices,

solicita tu cuidado

saber qué trage vestí?

Trabillón.

Por saberlo estoy rabiando.

Eduardo.

Sabrás guardarme secreto?

Trabillón.

Que lo sabré, está bien claro,

lo que has de pedir a Dios

es, el que pueda guardarlo;

porque cuando muchachuelo

tuve un dolor de costado,

y quedó abierta una puerta

señor en aqueste lado,

por donde todo se sale

sin que pueda remediarlo.

Pero dejando esto aparte

dime todo tu cuidado,

que fino, leal, y firme

estaré siempre a tu lado.

Eduardo.

Pues en fe de tu palabra

escucha; y verás si tengo

para andar tan pesaroso

muy sobrado fundamento.

No dejarás de acordarte,

que en aqueste sitio ameno

del Soto del obispo

que está junto a Albaicinedo

de esta muy noble ciudad

dos familias concurrieron

a divertirse unos días;

esto vino a un tiempo

que una caza dispusimos;

(y si lo miras atento,

acuérdate que te fuiste

a ser nuestro despensero)

también te acordarás, que

la primer tarde saliendo

a cazar los olivares

que ocupan aquel terreno

se levantó de repente

una borrasca de truenos,

de relámpagos, y agua,

que ponía horror, y miedo:

Pues sabe que aquella tarde

de la tempestad huyendo

cada cual buscó el abrigo

refugiándose unos, de estos

en el lugar referido;

otros por aquellos huertos

despavoridos buscaban

quién les diese alojamiento;

y a mí solo me tocó

(fortuna que debo al cielo)

ampararme en el Retiro:

fue la tormenta creciendo

con que me vi precisado

atrancarme en su estancia quedo

y pasar allí la noche:

Pusieron las mesas luego

y después de haber cenado

un sarao dispusieron

donde cada cual mostró

con donaire, y con ingenio

habilidades gustosas

para entretener el tiempo:

yo como en trage de campo

Ptog. 8

Eduardo.

me hallé, no quise entrar dentro

de la cuadra donde estaban

pues mostrara de necio

al que entrara sin llamarle

en aquel trage grosero:

Entre las damas que abia

(aqui te pido que atento

estes a lo que te digo

y beras si razon tengo

para que un instante solo

no pueda tener sosiego)

Vi una divina hermosura,

mil hechizos, todo un Cielo,

pues en su Divino Rostro

en su talle, i en su Cuerpo

no hallaba cosa, que no

fuera perfeccion; i el Templo

de todas cuantas virtudes

puede aber en un sugeto:

estube tan elebado,

tan absorto, tan suspenso

Contemplando su hermosura

que me dejé a mi mesmo:

tempestad dichosa a sido

la que a amenazado el tiempo

pues huiendo sus rigores

halle tan dichoso puerto.

Después de dadas las doce

todos a sus quartos fueron

a pagar dulce tributo

al Divino Dios Morfeo,

I entre la una y las dos

oigo un grandisimo estruendo

i alborotada la quinta

oio que repitiendo

una i otra boz decían

favor soberanos Cielos!.

lebanteme presuroso

(no por que estaba durmiendo

por que el cuidado de aquel

Divino y hermoso cielo

que aprisionò mis sentidos

fue sentinela del sueño)

a pocos pasos que di

una escalera subiendo

siendo norte de mis pasos

los aies que daba al viento

descubri que en una cuadra

se había encendido un fuego

tan voraz, que parecia

toda ella un mongibelo,

I entre sus llamas oi

decir en sollozos tiernos:

¡No hay quien mi vida socorra!

que me abraso! que me quemo!

Conocí que era mujer

I arrojandome al inzendio

entre mis brazos la cojo

I una bentana rompiendo

que a los Jardines caia

me arroje con tal acierto

que sano, libre, y seguro

la saqué fuera del riesgo.

Solo noté que del susto

se embarazaba el aliento

un repentino desmaio

que la dejo sin acuerdo,

I arrimandola a una fuente

que estaba de alli no lexos

Rociandole con agua

fue poco a poco volviendo

I cobrada pues del susto

abriendo sus dos luzeros

la lengua algo balbuziente

I temblando todo el pecho

Con Voz a penas me dijo:

tus favores agradezco,

I no hallo con que pagar

esta fineza que as hecho.

Io entonces, ni bien turbado,

ni bien cuerdo me acuerdo,

atreuido, como amante

Con cortes Rendimiento

le dije; Divina Diosa

la recompensa que quiero

solo es que tengas presente

lo que te debe mi Celo

a este fiel esclauo tuio,

mas adberti aduirtiendo,

que quien la vida te a dado

sacandote del inzendio

a los raios de unos soles

muere abrasado en su fuego.

Quien sois? me dijo, Io entonces

mas recobrado el aliento

le dije; quien fino os ama,

quien adora vuestros Cielos,

I quien en serviros solo,

tendra el mas dichoso empleo,

soy quien sin voz, nada quiere

Pues desde que os mire es cierto

que aprisionados quedaron

Ptog. 9

Eduardo.

En la corte de tu cielo,

honor, vida, gusto y alma,

mis potencias y mis alientos.

Estando en estas razones,

noté que los caballeros,

libres ya del infortunio,

vigilantes, como atentos,

buscaban a una señora,

que, ya en lo mismo advirtiendo,

con voces agradecidas,

me respondió: "Caballero,

pues me veis cuidadoso,

conviene en aqueste empeño;

y para que conozcáis

que este favor pagar quiero,

tomad aqueste diamante,

no porque os sirva de premio,

sino porque sea seña

para poder conoceros;

por divisa le poned,

esmaltado en el sombrero.

Yo a la compañía voy,

atenta; cuidad atentos

de esta prevención que os doy,

que, haciéndolo así, os ofrezco,

en grata correspondencia,

pagar la vida que os debo".

Ausentóse, pues, del sitio,

y yo turbado e inquieto,

atropellando murallas

de árboles, flores y enredos,

que en el jardín se ofrecían,

me dio fortuna el acierto

de salvar por unas tapias,

y, saliendo fuera, luego

acabo por al instante.

Caballo y armas prevengo,

para esta ciudad me parto,

llego a ella y al momento

me vengo a la compañía,

a ver si quieren los cielos

que a la vista se me ofrezca

el imán de mi deseo;

pues en hacer esto cumplo

su soberano precepto.

Este, pues, amigo mío,

este es mi desasosiego,

y esta maravilla, amigo,

es el ángel por quien muero.

Trabillón.

He estado atento, señor,

a ese sermón que me has hecho,

y entre todo lo que has dicho

he hallado que ese sujeto

hasta ahora no conoces.

Eduardo.

Calla, no seas tan necio,

que es Margarita divina

la que libré del incendio.

Trabillón.

Paso, señor, no discurras

por qué camino o qué medio

sabremos a qué hora viene

esa señora de nuevo,

porque estar aquí hechos bultos

a costa de mataduras...

Eduardo.

Parece que estás violento;

vete a la posada tú

y déjame temerario,

que yo he de esperar aquí

hasta ver mi dueño amado.

Vase.

Trabillón.

Acaba, ¡pesete a Cristo!,

que estaba ya reventando

por ir a desayunarme.

Desdichado sea el vaso

de aguardiente que encontrare,

que, por el cielo sagrado,

que, sin ser de barro él,

ni madera esté encubado,

un jarro le he de dar

que después haga milagros.

Eduardo.

¡Qué largas las horas son

del que amante está esperando!

Pero allí una mujer viene,

y a mí se viene acercando.

Sale Laura con manto.

Aparte.

Laura.

Caballero, me parece,

si a la vista no me engaño,

que en mí habéis puesto los ojos,

y no con poco cuidado.

Es él, pues en el sombrero

está el diamante fijado.

Para vos de mi señora

vengo a traeros recado;

escuchad lo que ordena

la Diosa que me está esperando.

Dale.

Eduardo.

Aunque no como merece

de favor tan soberano,

tomad el porte.

Aparte.

Laura.

Señor, perdonad haber dado,

por no parecer grosera,

será preciso admitirlo.

Lee.

Eduardo.

Tarde se me hace, cierto,

pues en él mi dicha aguardo.

Agradecida a lo mucho que

aventuráis. Valor debo y dueño.

Ptog. 10

Eduardo.

de satisfacer vuestra fineza,

debo deciros que vengáis esta

noche a verme, luego que den

las doce; espero en una ventana

baja que hay en la calle de

Granada frente del Ángel, don-

de sirva de seña una luz

que veréis en un balcón por la

parte de arriba. Dios os gu-

arde.

No sé cómo aquí el contento,

no sé cómo el alborozo,

en mí no han hecho un extremo.

Ea, pues, a la posada

mudaré de traje, y luego

me informaré de la calle

pidiéndosela primero,

y después cuando anochezca

la pasearé con tiento

para coger bien los pasos

por si hubiere algún empeño.

Vanse, y sale don Sancho y doña Inés su hermana.

Sancho.

Hermana, aquesta fineza

que por mí hagas espero

si a doña Margarita

has de decirle mi intento.

Inés.

Haré todo lo que ordenas,

mandaré un recado luego

para las doce hacer

que haya venido el cochero,

que discurro que acudirá

a nuestra prevención atento.

Sancho.

Agradecido te estoy,

hermana, de ver el celo

con que mi dicha procuras;

y así prevengo que luego,

para la hora que digo,

tendrás el coche dispuesto.

No te digo que encarezcas

el mucho amor que la tengo,

que eso a tu discreción toca.

Si me sacas de este empeño,

no habrá deseos ningunos

que igualen a mi contento.

Inés.

Esto toca a mi cuidado,

y de veras te prometo

que lo haré como si fuera

para mí mismo el empeño.

Vase.

Sancho.

Pues adiós, hermana, que sé

por tu mano espero el Cielo.

Vase.

Inés.

¡Habrá quien aquesto crea!

¡Que pueda mi hermano mesmo

instarme a que vaya yo

a la casa de mi dueño!

Hoy lograré mi ventura,

veré a don Félix, que es cierto

que dificultoso estaba

a no ser por este medio,

porque el celo de mi hermano

no me ha permitido tiempo

para que hablarle pudiera

por diligencias que he hecho.

Lograré mi dicha hoy,

hoy se cumplió mi deseo.

Salen Margarita y Laura.

Margarita.

¿Entregaste el papel?

Laura.

No abren correos tan presto

como yo, señora mía,

y de veras te confieso

que no me pesara que

repitieras muchos pliegos.

Margarita.

Pues ¿qué interés te se sigue?

Laura.

Ahí es nada; en el primero

con franca mano me dio

unos escudos, y es cierto

que yo nunca los quitara,

pero me porfió atento,

y por no ser descortés

fue preciso obedecerlo.

Margarita.

Todas sus acciones dicen

que es galante y caballero;

pues aunque le vi de prisa,

asustada y sin acuerdo,

claramente conocí

la nobleza de su pecho:

a él le debo la vida,

y te aseguro por cierto,

Laura mía, que quisiera

no haberle puesto en empeño;

porque desde que le hablé,

tengo tal desasosiego,

que ni el comer me aprovecha,

ni descanso con el sueño,

ni el paseo me divierte,

ni me gusta lo que leo:

siempre fatigada estoy,

lo que antes era contento

ahora en llanto se vuelve,

y tengo (no sé qué tengo)

una inquietud tan gustosa,

que yo misma no me entiendo.

Laura.

Ay, señora, que este mal

es consuelo padecerlo.

Margarita.

Pues sobre el mal que me aflige,

¿qué discurso es el que has hecho?

Laura.

El discurrirlo tan bien,

que al diablo le doy el cuento.

Ese, señora, es amor.

Margarita.

En obligación me ha puesto

de estar, Laura, agradecida,

pero este agradecimiento

no nace de otro principio

que de ser él tan atento,

Ptog. 11

Margarita.

que en condescender conmigo

en la súplica que he hecho,

conseguiré felizmente,

dos gustos, a un mismo tiempo,

uno, el que tendrá mi hermano

en conseguir vuestro cielo,

y otro, que en que siendo nosotras

amigas de tanto tiempo,

se afirme más nuestro amor

al lazo del parentesco.

Laura.

Qué bien lo presume, yo,

¿alcahuetica tenemos?

por mi cuenta, si me ama,

no lo despacha al momento.

Margarita.

Con atención he escuchado

vuestro cortés razonamiento,

y después de agradecer

el que don Sancho haya hecho

(sin haber cosa especial)

la elección en mí, teniendo

esta ciudad otras damas

dignas de tan alto empleo;

debo deciros, que ahora

nada determino en ello,

que estando mi padre ausente,

fuera ultrajar su respeto.

Además, que aunque estuviera

hoy aquí (atended a esto

porque en esta pretensión

no volváis a gastar tiempo)

por lo que está de mi parte,

estoy tan ajena de eso,

que me sirve de mohína

el hablar en casamientos:

y así, como amiga os pido

me perdonéis, suponiendo,

que nuestra amistad jamás,

ha de perderse por eso.

Inés.

Pronta me habéis respondido,

miradlo despacio en ello,

que me parece, que vos

perderéis nada en hacerlo.

Margarita.

Yo no digo que perdiere,

pues su hermano es caballero,

que por sus prendas merece,

la mejor dama del pueblo.

Inés.

Pues si eso me confesáis,

¿no será acertado medio

dar cuenta de esto a su padre,

a ver qué resuelve de ello?

Laura.

Mucho aprieta las clavijas,

y según lo considero,

saltarán todas las cuerdas,

porque está muy feo el tiempo.

Margarita.

Bien pudierais, doña Inés,

haber visto, desde luego,

que no había voluntad

en mí para esos intentos;

además, que aunque decís

que a mi padre se hable en esto,

bien lo podéis excusar,

pues para eso primero,

era forzoso, que yo,

Ptog. 12

Margarita.

gustará del casamiento,

y si he de decir verdad,

ahora ni gusto, ni quiero.

Sale Laura.

Laura.

Señora, tu hermano viene.

Margarita.

No toques, Inés, en eso,

que no quiero que mi hermano

llegue a entender nuestros empeños.

Sale don Félix.

Félix.

A darte vengo una nueva

como hoy he tenido carta;

pero, doña Inés, ¿qué es esto?

¿Vos honráis aquesta casa?

¡Ay!, de ahora os prometo,

hermana, una buena tarde,

cuando en tu compañía veo

a mi señora doña Inés,

a quien rendido venero.

Inés.

La atención vuestra, don Félix,

en el alma la agradezco,

y si no sirvo de estorbo,

dadle a Margarita luego

parte de esa novedad.

Félix.

Pues ya que debo a tu celo,

que licencia me permita

para proseguir, empiezo:

sabrás, Margarita, que

padre se halla ya bueno

de aquel pasado accidente,

y en la Corte le han propuesto,

solo por traerle a España,

en un buen corregimiento;

no dice ahora dónde es,

con que discurro que presto

tendremos el feliz día

de hablarlo con gusto y verlo.

Inés.

El parabién de mi parte

recibiréis, advirtiendo

que mi mayor interés

consiste en vuestros ascensos;

y ahora dadme licencia,

porque un cuidadillo tengo,

y antes que salga mi hermano

estar en mi casa quiero.

Félix.

Si yo la hubiese de dar,

tarde llegara a ser eso,

porque visitas de un ángel,

que las conducen los cielos,

habían de ser eternas.

Inés.

Estimo favores vuestros.

Margarita.

Yo, doña Inés, no quisiera

que os retirarais tan presto,

pero estando con cuidado,

no quiero más deteneros.

Félix.

Y permitidme licencia

para que os vaya sirviendo,

ya que quiso la fortuna

que llegara a tan buen tiempo.

Inés.

Estimo de uno y otro

los galantes cumplimientos,

y la honra que me hacéis

en el alma la agradezco.

A Margarita, adiós.

Margarita.

Guíe tus pasos el cielo.

Inés.

Señor don Félix, quedaos.

Vase.

Félix.

Contra mi gusto obedezco.

Esta noche, Margarita,

está un convite dispuesto,

y cenarán dos amigos,

esto, hermana, te lo advierto,

porque no tengáis cuidado

si tardase; voyme luego.

Vase.

Margarita.

Parece que la fortuna

ayuda hoy a mis intentos,

pues con eso podré estar

divertida con mi dueño,

con menos susto, y ahora

para cuando sea tiempo,

a avisarle voy a Laura,

que ponga la seña luego.

Vase.

Salen Eduardo y Trabillón de noche.

Trabillón.

Señor, ¡qué obscuro que hace!

Eduardo.

A propósito es el tiempo,

pues para lances de amor,

es la obscuridad remedio.

Trabillón.

Usted conseja muy bien,

pero yo llevo recelo,

de besar alguna esquina,

porque ni una gota veo.

Eduardo.

Antes me parece, que

lo que tú tienes es miedo;

no hagas mucho ruido,

habla bajo y ve con tiento.

Trabillón.

¿Qué tiento quieres que lleve,

cuando ni quiera te veo?,

pues si no fueras hablando,

que te perdiera es muy cierto.

Pero pregunto, señor,

¿llegaremos allá presto?

Eduardo.

Ya en la calle hemos entrado.

Trabillón.

¿Y la casa está muy lejos?

Eduardo.

Cerca della estamos ya,

está advertido, que el puesto

adonde yo te dejare

no has de apartarte un momento,

y si acaso viene gente

ninguno pase, deténle.

Trabillón.

¿Y si ellos quieren pasar,

he de ser yo tan grosero,

que he de impedirles su gusto?

Eduardo.

Preciso es que hagas eso.

Trabillón.

¿Y si acaso van, señor,

a pedir los sacramentos,

o por un médico van

para que vea un enfermo,

o a llamar una comadre

porque esté alguna pariendo,

¿he de impedir a estos pobres

su medicina y remedio?

¿No será medio mejor,

que esté montesino hecho

y con eso se vinieren

volverán como un trueno?

Eduardo.

Deja ya necias locuras.

Ptog. 13

Eduardo.

Toma luego aqueste puesto,

y por esa esquina a nadie

dejes pasar, pues yo voy

por entre obscuras tinieblas

luz, norte, de mi intento.

Trabillón.

Quiera Dios que en paz salgamos,

porque yo me estoy temiendo

que nunca sin San Martin

se ha quedado ningun puerco.

Asómase Eduardo a una ventana donde parezca Margarita, y salen Felix y Sancho cada uno por su puesto de modo que cojen en medio a Eduardo y Trabillon.

Sancho.

Que sufra condicion

asi mi ser desesperado!

Si habra alguno que lo estorbe,

vive Dios, que he de apurarlo.

Félix.

Que luego se me olvidase

tomar dinero, por cierto

que la memoria es muy fragil,

y lo que mas desto siento

es que mi casa estara

cerrada ya, y el portero

del cansancio del trabajo

estara entregado al sueño.

pero es preciso llegar.

Eduardo.

Si no me he engañado, pienso

que hace aqui un hombre... es acero,

retírate hermoso dueño.

Quien es? Quien va.

Félix.

Por mi responde mi acero.

(Riñen)

Sancho.

A la puerta de Don Felix

rüido de espadas siento,

acudir alla es preciso,

sobre que sera este empeño?

Trabillón.

Que es lo que me ha sucedido?

yo quiero escapar huyendo;

pero por aqui otro viene.

Ya me cogieron en medio.

Ea, Trabillon, que ahora

ha de luzir este acero.

Eduardo.

Puesto que no me conozen,

y que se ignora el misterio

de que aqui ahora yo vengo,

irme sera mejor medio,

porque con esto aseguro,

que no padezca mi dueño.

(Vase)

Riñen Sancho, y Trabillon

Sancho.

O quien sois he de saber

o a los filos de este acero

aveis de rendir la vida.

Félix.

Ya se ofreze nuevo empeño,

con la obscuridad perdi

a el que me tubo resuelto,

y ahora oigo que alli

dos hombres estan riñendo;

a que aguardo, mi valor,

yo voy a ver lo que es esto.

Trabillón.

Ay, Dios mio, que cai.

(Cae)

Sancho.

Pues levántese mui presto,

y prosiga lo empezado.

Trabillón.

Pues, señor, porque es aquesto?

Sancho.

Porque intenta mi valor

saber quien sois al momento.

Félix.

En eso solo a mi me toca.

Trabillón.

Poco a poco cavalleros,

que si en eso solo estriba,

cantare como un jilguero.

Sancho.

Pues, no se detenga.

Trabillón.

Digo,

Félix.

Acabe, digalo luego.

Trabillón.

Tengan Vstedes paciencia;

yo señores, forastero

soy, llegue esta noche

algo tarde a aqueste pueblo,

adonde a nadie conoza;

posada ninguna tengo,

y como era fuera de hora,

en este portal primero

determine de quedarme,

y cuando me iba durmiendo

oigo rüido de espadas,

vi ese chaparron lloviendo,

que por arriba, y abajo,

cerrados estan los puertos,

me hize por fuerza guapo.

y en los primeros encuentros,

sin saber el como fue,

me halle rendido en el suelo.

Félix.

Como os llamais?

Trabillón.

Yo, señor, un nombre tengo,

que es un poco estrafalario,

porque tiene mas enredos

que hacer que un escribano

cuando siente que hay dinero.

Sancho.

Pues a que aguardais, decidlo,

Trabillón.

Pues si no tiene remedio,

acabemos de una vez.

y saldremos deste aprieto.

Sabed, que soy Trabillon,

maestro de molinero,

albañil, capataz, sastre,

maestro de zapatero,

destripa terrones soy,

de todo un poquito tengo.

de Rute soy natural,

donde ay los jamones buenos,

y desciendo de una casa,

que esta en la calle goznezos,

que esta sin pared, ni puerta

y al cielo raso esta el techo.

y pues he dicho quien soy,

de vuestra hidalguia espero,

me deis ahora lizencia,

porque yo me estoy durmiendo,

y quiero ir a descansar.

Félix.

Idos, pues, luego al momento.

Trabillón.

Beso las manos de vstedes.

¿Querían ustedes eso?

(Vase.)

Sancho.

Ya vos Don Felix amigo,

quien os puso en este empeño?

Félix.

Lo mismo que vos se yo,

un hombre era encubierto

que quiso impedirme el paso

Sancho.

Conozisteislo?

Félix.

No pudo ser conozerlo,

porque con la obscuridad

en los encuentros primeros

se desvanecio.

Ptog. 14

Sancho.

¿A qué intento

detenía vuestros pasos?

Félix.

Eso, amigo, no penetro;

sino es que luego sea otro,

y conociéndome luego

por no venir sin motivo

quiso retirarse cuerdo.

Sancho.

Eso podría ser que fuese.

Félix.

Yo no discurro, por cierto,

con qué fin, o qué motivo

se empeñaría resuelto.

Y con esto, amigo, voy

a entrar en mi casa luego

porque tengo que tomar

un recadito, y me vuelvo,

que estamos unos amigos

en un convite estupendo;

si vos gustáis de venir,

esperad, que yo vuelvo.

Sancho.

Estimo vuestra atención.

Yo no estoy muy bien dispuesto

y es preciso retirarme

pues ya darán las dos presto.

Vase.

Félix.

Pues adiós, amigo, adiós.

Vase.

Sancho.

Don Félix, guarde os el cielo.

Sale Eduardo.

Eduardo.

¡Válgame Dios por fortuna!

¡Y qué encontrada te veo!

Siempre tropieza el azar

cuando el mayor gusto espero.

¿Quién aquel hombre sería

que con tal brío y denuedo

tal desvergüenza me hizo?

Nobleza tiene su pecho,

que quien valiente se empeña

la hidalguía le da aliento.

¿Será acaso alguno que

pretenda lo que pretendo?

No; porque si aquesto fuese,

no me avisara primero

que viniese a aquella hora

dando la seña; pues eso

fuera agraviarse a sí mismo

y no he de ser tan grosero,

ni infame he de presumir,

que cabe en noble sujeto

tan villana bastardía;

y así, necios pensamientos

no me atormentéis, dejadme,

que es todo delirio necio.

Lo que cuidado me da

es, a ver que me hallo sin encuentro

a el criado, y no sé cómo

escaparía del riesgo;

poca prevención fue mía,

no lo advertí, quiera el cielo

que no se sepa por él

lo que yo encubrir pretendo.

Sale Trabillón.

Trabillón.

Señor, acá estamos todos,

hacéis buen amo, por cierto;

después que hacéis la enredada

me dejáis solo en el queso.

Ea, ajustemos la cuenta

no paro aquí ni un momento.

Eduardo.

Amigo, amigo, detente,

que errado anduve confieso;

pero sabes lo que fue,

que en lo pronto del empeño

tan solo se me previno

obviar que aquel ángel bello

no padeciese calumnia,

y así, que quité de en medio...

Trabillón.

Cosa buena la pasada

andáis en rey galanteo

yo con la leña cargo,

vaya que está bueno eso.

Pero pregunto, señor,

de todo vuestro desvelo

¿qué hemos sacado a esta hora?

Eduardo.

Fatigas, penas, desvelos,

ansias, sustos, y cuidados;

y en todo lo que más siento,

es, que de mi Margarita

no he sabido el paradero.

Trabillón.

¿Quieres señor que mi industria

te saque de aqueste empeño?

Eduardo.

¿Hallas en eso posible?

Trabillón.

Me espanto que digas eso.

Mira señor, por aquí

como yo soy forastero

ni me conocen, ni saben

dónde voy, ni dónde vengo;

y con aqueste seguro

a donde quiero me entro.

Si quisieres escribir

a tu idolatrado dueño

dile todo tu cuidado,

que yo a llevarle me ofrezco:

no digo yo un billete,

pero aunque fueran doscientos.

Eduardo.

¿Y si acaso, por desgracia

se descubre nuestro intento?

Trabillón.

No lo podrán descubrir

ni todo el infierno entero,

pues ¿qué habilidad no sirve

para cuando es el ingenio?

Eduardo.

No sé Trabillón amigo

con qué pagar tanto extremo

de lealtad como respiro

en lo fino de tu pecho.

Trabillón.

Con que armes otra paliza

y me pongas a mí en medio.

Eduardo.

Pues voy a escribir al punto.

Vanse.

Trabillón.

Y yo a servir de correo.

Salen Margarita y Lauro.

Laura.

Deja, señora, ese llanto,

vuelve señora en tu acuerdo

Ptog. 15

Laura.

diviértase la fantasía,

no te fatigues tan presto.

¡Qué corazón tan chiquito

tienes en aqueste cuerpo!

¿No tienes aquí a tu Laura?

Nada temas, que te ofrezco

hasta que pierda la vida

ser tu escudo y adarguero.

Margarita.

¡Ay, Laura mía, que estoy

lejos de todo consuelo!

Ya yo perdí la esperanza,

solo en pesares me anego.

Eduardo se habrá ido,

pues su cordura advirtiendo

azar en el primer paso

habrá puesto tierra en medio.

Laura.

Calla, señora, por Dios,

que me harás perder el seso.

¿Así quieres que se vaya

quien nació tan caballero?

Y más cuando a lo creído,

que a su amor correspondiendo,

si él a ti mucho te quiere,

tú a él no eres nada menos.

Margarita.

Como tú miras las cosas

no como yo las contemplo,

sino ajena de estas ansias

que ves que estoy padeciendo,

procuras que me divierta;

mas viene tarde el remedio.

¡Qué despropósito nací!

¡Oh, vil fortuna, que presto

de tu inconstancia toqué

lo variable y lo violento!

Laura.

¿Para cuándo es el valor?

Ten, señora, sufrimiento,

que un refrancillo aquí dice

que tiempo viene tras tiempo;

y podrá ser que él esté

hecho una breva de tierno.

Margarita.

¡Qué más quisiera yo, Laura,

que aprovechar tu consejo!

Mas no da lugar mi pena:

¿qué haré yo? ¡Valedme, Cielos,

pues para tanta fatiga

no espero humano consuelo!

Laura.

Pues la buena de mi ama

no me parece por cierto

a los niños, que descansan

por llorar después muy recio.

Mas que empiezo yo también

a llorar, y a hacer pucheros.

Mas repórtate, señora,

porque entra un hombre acá dentro.

Sale Trabillón.

Trabillón.

La paz de Dios sea aquí.

Señoras, a un forastero

se le suple cualquiera cosa;

yo vengo aquí con un pliego,

y como a nadie conozco

ni sé leer, a ciegas vengo,

y así suplico que ustedes

vean a quién va este pliego,

y me digan dónde vive

el sujeto a quien lo llevo.

Laura.

Pues está bueno el descuido;

¿no podía el majadero

desde la puerta decirlo

y no entrarse hasta acá dentro

con aquestas farolerías?

Deme acá: pero, ¿qué veo?

Señora, para ti es.

Margarita.

¿A mí viene? Decid presto

¿quién es el que aquí os envía?

Trabillón.

Abridlo y lo veréis luego.

Margarita.

De Eduardo es.

Laura.

Laura,

señora, ¿qué es lo que mandas?

Vase.

Margarita.

Que mientras voy allá dentro

a leerlo, y responder,

no faltes de ahí un momento

por si viniere mi hermano.

Laura.

Deja de mi cuenta eso.

Trabillón.

Señora, aunque usted perdone

¿es usted doncella?

Laura.

¿Y qué lo sea, o que no,

a usted quién lo mete en eso?

Trabillón.

Soy un poquillo curioso,

soy criado y forastero

que son circunstancias todas

para que quiera saberlo.

Laura.

Y pregunto, ¿le dan algo

pues que desea saberlo

por esta curiosidad?

Trabillón.

No se enfade usted, mi dueño,

que yo aunque soy un pobrecito

no me mamaré los dedos.

También ando a lo que salta.

Laura.

En meneándose irá el moscón

no haga tanto que me enfade.

Aparte.

(Hablándole claro)

Trabillón.

Vamos ahora con tiento.

Pues mire

yo ha días a que ando muerto

por coger el postrecito

de los siete sacramentos;

y todas estas preguntas

van sobre aqueste misterio.

Laura.

Pues veo que acaba la gracia

ligera, paro de presto.

Pero mi señor ha entrado

diga que vino aquí dentro,

que sé yo, que a él decirle...

que estoy temblando de miedo.

Sale Don Félix.

Félix.

Laura, ¿ha venido Don Sancho

a buscarme?

Laura.

No, señor.

Félix.

¿Qué busca este mozo aquí?

Trabillón.

Señor, yo me entré aquí dentro

huyendo de unos ministros,

que andan a diestro y siniestro

pillando a cuantos encuentran

porque hay un legajo fiero,

y hasta que anochezca bien

no he atrevido a irme.

Félix.

Estáos, amigo, quieto,

que si necesario fuere

acompañaros prometo.

Ptog. 16

Félix.

yo hasta que os deje seguro

después en anocheciendo.

Trabillón.

Agradezco sus favores,

pues si no fuera por vos

quizás estuviera ya

en un calabozo puesto.

Laura.

Don Sancho llama a la puerta.

Félix.

Dile que entre.

Vase

Laura.

Voy volando.

Trabillón.

¿Es ministro de justicia

señor ese caballero?

Félix.

Y aunque pongo acaso fuese,

estando de puertas adentro,

estuvierais tan seguro,

como si fuera un convento.

Sale D. Sancho y Laura

Sancho.

Perdonad Félix amigo

no haber venido más presto.

Félix.

Poco ha que yo llegué,

porque he estado componiendo

una discordia, que había

entre ciertos caballeros,

y ya los dejé ajustados.

Sancho.

No podía ser por menos,

que todos quedaran bien

siendo vos el medianero.

Y ahora amigo mandad

que solos los dos quedemos.

Félix.

Laura entraos allá dentro

y ese hombre quiero salga,

que yo lo sacaré luego.

Aparte

Vase

Laura.

Haré señor lo que mandas

(entre usted señor mancebo

no ha salido esta muy mala

burla) avisar mi ama quiero,

y después aquí a la puerta

oír cuanto digan pienso.

Félix.

¿Pues qué tenéis que mandarme?

Sancho.

Yo amigo suplicar quiero

y no quisiera enfadaros.

Félix.

Si es cosa que yo hacer pueda

no penséis que yo me enfade

en serviros.

Sancho.

Pues yo estoy en un empeño

que nadie puede sacarme

de él sino vos; yo pretendo,

esto es, ¿para qué cansaros?

si por suerte lo merezco,

dar la mano a Margarita,

este Félix es mi intento.

Aparte

Laura.

¡A ver si lo dije yo,

pretendientico tenemos!

Sancho.

En lo que toca a mis partes

no las ignoráis,

caudal os consta que tengo,

cuando no sea el mayor

es moderado y muy bueno,

y así si en aquesta empresa

(siendo vos gustoso de ello)

le habláis vos a Margarita

discurro que tendré acierto,

si le proponéis a vos mismo

lo que por no ser molesto

aquí dejo de deciros,

pues sois prudente, y discreto.

Félix.

Yo don Sancho por mi parte

os ofrezco desde luego

hacer todo lo posible

hablando con todo empeño;

y en viendo lo que resuelve,

proponiéndole primero

las razones que os asisten,

os avisaré al momento,

y pues no hay inconveniente

discurro que tendrá efecto.

Aparte

Vase

Laura.

¡La cuenta están ajustando

sin ver al huésped primero!

Le avisaré a mi ama

que ponga remedio.

Sancho.

De vuestra noble atención

lograr esta dicha espero,

y ahora amigo mirad

si en algo serviros puedo,

y concededme licencia

para irme porque tengo

cierto cuidadillo en casa

y detenerme no puedo.

Félix.

Para mandarme la tenéis.

Vase

Sancho.

Guarden su vida los cielos.

Félix.

Si mi hermana entra gustosa

hoy en este casamiento,

no será mucho que Sancho

la suya me dé por premio.

Quiera Dios que Margarita

condescienda con mi ruego.

Sale Margarita

Margarita.

Ahora me dijo Laura

que un hombre tiene escondido

que huye de la justicia;

por si hubiere delito

iré con él hasta que salga

de donde hubiere peligro.

Félix.

En eso estoy. ¿Hola, Laura?

Sale Laura

Laura.

¿Qué es lo que mandas señor?

Félix.

Dile a ese hombre que salga.

Vase

Laura.

Voy a avisarle al instante.

Margarita.

Sácalo fuera del riesgo,

ya que de ti se amparó.

Sale Laura, y Trabillas

Trabillón.

Ya señor estoy aquí.

Vase

Félix.

Vamos pues ya ha anochecido,

a deshora, que vas seguro

acompañado conmigo.

Laura.

¿Estamos buenas, señora?

Margarita.

Calla Laura, que imagino

que todos los elementos,

astros, planetas, y signos,

contra mí se han conjurado.

Laura.

¿Y ahora qué hemos de hacer

para atajar su designio?

Margarita.

Yo a Eduardo le escribiré

que si es fino como ha dicho,

me saque luego de aquí,

que después de haber salido

Ptog. 17

Margarita.

para que librarme pueda

el cielo abrirá camino.

Laura.

¿Y yo tengo de quedarme

expuesta aquí a mil peligros?

Margarita.

Fuerza será, que te quedes

para lo que he discurrido.

Vamos, que yo te diré

lo que tengo prevenido.

Vanse.

Laura.

Quiera Dios que no caigamos

todos juntos en un lío.

Sale Inés.

Inés.

¿Qué encubría Margarita

hoy tan entera conmigo?

¿Qué fuera tal su rigor?

Cuando envuelta imagino

el dolor me martiriza,

y el corazón ofendido

de ver su resolución

exhala tiernos suspiros.

No lo siento no por Sancho,

por mí sola lo he sentido,

pues no queriendo a mi hermano,

tampoco él querrá ofendido

que me case yo con vos;

qué sea, oh Félix mío.

Sale Félix.

Félix.

Dichoso yo pues hoy,

que feliz mi nombre hizo

el contacto de tu labio

con tu lengua proferido.

Dichoso puedo llamarme

hermosa Inés, si logras

que pagues fina, y amante

tan repetidos cariños,

como por ti exhala hoy

este amor, que sacrifico,

y dichoso seré en fin

si te merezco (aunque indigno)

que mis amantes finezas

hallen en tu pecho abrigo;

pues si amante me permites

que mi voluntad contigo

eternamente se una

admitiendo mis suspiros,

yedra seré, que enlazada

en el árbol más vecino,

primero rota se ve

que de su pie desasida

estén sus vistosas ramas.

Si esto, bella Inés, logras

en mí tendrás un esclavo

sujeto siempre a tu arbitrio.

Inés.

Oh feliz, muy fino estás.

Ya antes de ahora te he dicho

que si mi hermano es gustoso

por mí ya está conseguido.

Pues aunque yo no tuviera

más fundamento y motivo

que corresponder amante,

a vuestros tiernos suspiros,

siempre fina me hallarás;

y en resolución os digo

que aunque mi hermano se irrite,

cuando llegue a discurrirlo,

primero que de mi pecho

salga el amor que respiro,

saldrá dejándome yerta,

en mudo cadáver frío

este alma que me alienta

sin que puedan impedirlo,

aunque a todo el mundo pese

rigores, ansias, desvíos,

penas, sustos, y quebrantos,

amenazas, ni castigos:

tuya seré eternamente

vence tu gusto cumplido.

Félix.

No hallo, Inés, con qué pagar

amor tan constante, y fino.

Inés.

Con que fiel me correspondas

todo se paga bien mío.

Félix.

Yo cumpliré mi palabra.

Inés.

Y yo todo lo que he dicho.

Félix.

El cielo tu vida guarde.

Vanse.

Inés.

Para ser tuya mil siglos.

Sale Eduardo, y Trabillón de noche.

Eduardo.

Si el cielo guíe mis pasos

fortuna una vez te pido

que fija tengas la rueda

que haciéndolo así, consigo

(si el hado me favorece)

en las desdichas abrigo,

puerto seguro a mis ansias

y todo el bien a que aspiro.

Trabillón.

Yo te pido que me libres

de algún aire remolino

que despida tantos palos

en este pobre afligido

que me dejen todo el cuerpo

como frangollo molido.

Eduardo.

Deja ya los disparates,

porque me enfada el oírlos;

y advierte que si sucede

algún contratiempo, amigo,

mientras yo empeñado quedo,

tú has de salir a el parejo

con mi amada Margarita,

y llevándola a el camino,

montaréis luego a caballo

y espera en los Theatinos.

Pero el postigo han abierto.

Cielos, estadme propicios.

Sale Margarita de hombre.

Margarita.

Huyamos presto de aquí

que corre grande peligro.

Vamos, que es de Eduardo.

Eduardo.

A nada temas, bien mío,

pues esta vida que aliento

sacrificaré atrevido

hasta que quedes segura.

Tú guía delante, amigo,

y tú a cuyo arenal vente.

Vuelve atrás y da tus avisos.

Trabillón.

Jesús, que vuelvo a el instante,

cuanto vea bulto vivo.

Ptog. 18

Margarita.

Vamos querido Eduardo.

Eduardo.

Vamos ángel peregrino,

que en todo he de salir bien

pues llevo el Cielo conmigo.

Vanse.

Sale Laura asustada y suena ruido grande.

Laura.

¡Qué desgracia ha sido esta!

¿Qué es lo que me ha sucedido?

¿Dónde estás, señor don Félix,

que descuidado te has ido?

Sale Félix.

Félix.

¿Qué es esto, Laura, qué tienes?

Dilo presto pues, ¿qué ha habido?

Laura.

Señor, ¡qué fatal desgracia!

Mi señora, ¡cómo, Dios,

no sé cómo lo refiera!

En aqueste instante mismo,

subiendo a la galería,

sin saber de dónde vino,

se voló toda con fuego,

quedando todo aquel sitio

a su violencia deshecho,

arruinado, y demolido.

Félix.

¿Qué escucho, piadosos Cielos?

¿Cómo el alma no despido

en tan desdichado lance?

¿Qué es lo que me ha sucedido?

Debajo de la escalera

tenía un oculto sitio,

donde pólvora tenía

en dos barriles distintos,

y dime, Laura, ¿tú sabes

por adónde el fuego vino?

Laura.

¿Cómo he de saber yo eso?

Félix.

¡Qué desgraciado que he sido!

Poco me duró el contento,

pues en perder a mi hermana

dos pesares son a un tiempo.

Laura.

Ya mamola el señor don Félix,

guapo mozo, lindo ingenio;

qué no haremos las mujeres,

al Diablo doy sus enredos.

Jornada Segunda.

Jornada segunda

Ptog. 19

Sale Eduardo, Margarita, y Trabillo.

Eduardo.

Ya aquí, hermosa Margarita,

ningún peligro recelo,

no te vi otra vez conmigo,

¡tuvo la fortuna hacerlo!

Pero que así sucediese

era forzoso, mi dueño,

porque viniendo conmigo

la mayor hermosura del Cielo,

nadie había de atreverse

a oponerse a mis intentos.

Margarita.

Ya veo que tu fineza

con repetidos obsequios,

solo mis alivios procura,

favor que amante venero,

pero un cuidado me aflige,

no lo sientas, no, mi dueño,

que los bríos mujeriles

no tienen el sufrimiento

que un hombre puede tener,

aunque más nos esforcemos,

y es que mi hermano estará

consentido en el suceso,

que allí mi industria trazó

para librarnos del riesgo.

Eduardo.

A nada temas, mi bien,

no te dé cuidado eso,

que el tiempo todo lo acaba.

Ya buscaremos remedio,

en pasando algunos días,

buscando algún medianero,

para que ajuste con gusto

nuestro feliz casamiento,

y entonces tu hermano y todos

tendremos gusto y sosiego.

Trabillón.

Dicen ustedes muy bien,

por Dios, que está bueno eso,

¿no fuera mucho mejor

haber mirado primero

todas esas circunstancias,

y no andar ahora gimiendo?

Que bien viene a este pasillo

que oí decir a mi abuelo,

ponle la cebada al rabo

al asno, después de muerto.

Eduardo.

Yo tengo de aventurarme,

y pues allá ignoran esto,

a Málaga quiero ir,

y sabré de buena cierta

todo lo que ha sucedido,

que discurro que es buen medio,

y con esto del ejemplo

menos cuidado tendremos.

Trabillón.

¿Tener tengo yo de ir?

Eduardo.

¿Ahora preguntas eso?

Forzoso será que vayas,

pues tú sabes el enredo,

por si fuere necesario

que se trace lance nuevo.

Trabillón.

Yo, señor, todo lo haré,

pero a los palos le temo,

que tengo blanda la piel

y me parten por el cuerpo.

Margarita.

¿Y has de hacer presto el viaje?

Eduardo.

Preciso es que sea presto,

pues ya ha venido tu padre

y no puede ser por menos

que haya alguna novedad.

Margarita.

¿Y si se sabe el suceso,

o sucede por desgracia

que te conozcan, ¿qué haremos?

Eduardo.

Nunca esperes lo peor,

desecha de pecho eso,

que al que es amante atrevido

le da fortuna el acierto,

procura pues divertirte,

y adiós que nos vamos luego.

Vanse.

Margarita.

Con él vayas, Eduardo.

Ptog. 20

Trabillón.

a Laurella me encomiendo,

pues si quiere la fortuna,

que he de jugarle confieso

una treta de montante

que se ha de acordar del cuento.

Vase.

Margarita.

Qué penosa confusión

habrá en mi casa causado

aquel estrago fingido

que mi hermano ha dado cierto.

¡Mi padre cómo estará

viniendo con el deseo

de descansar con sus hijos,

cuando halle tal desconsuelo!

Pero ¿de qué me canso

si esto no tiene remedio?

Como Eduardo me viva,

de todo salir bien pienso.

Vase.

Salen don Luis y don Félix.

Luis.

Hijo, ¿qué desgracia es esta?

Pobre de mí, ¡ay desdichado!

Cuando buscaba el alivio

para mis prolijos años

y venía tan gustoso,

¡tantas novedades hallo!

Quince años ha que me fui

(aunque siempre fui forzado),

pero el que noble nace

obedece los mandatos

del superior cuando manda

sobre las cosas de estado.

Quince mil me han parecido,

y ahora que por gozaros

de Indias a España vengo,

se me aumentan los cuidados.

Cuando me fui os entregué

en custodia de mi hermano,

porque quedasteis pequeños;

quiso Dios también llevarlo

para que en patria mejor

goce perpetuo descanso.

Mi querida Margarita

en lo mejor de sus años

(no sé cómo al referirlo

el dolor no me ha acabado)

en lastimosa tragedia

el último aliento dando

destrozo fue del rigor.

¡Valedme, cielos sagrados!

Pues para tanto dolor

resistencia me ha faltado.

¿De qué me sirven a mí

conveniencias, puestos, cargos,

si me faltó lo mejor

para poder disfrutarlos?

Con que lastimoso te miro,

querido Félix, temblando

estoy, no venga por ti

algún desdichado estrago;

porque según me amenazan

las desdichas, y trabajos,

temo que han de venir juntas,

porque en ti me estoy mirando;

déme el cielo sufrimiento,

pues los remedios humanos

para el dolor que me aflige

también han de ser hermanos.

Y ahora, Félix querido,

que solos hemos quedado,

fuerza será que te vengas

para que esté acompañado

en este corregimiento,

y tener algún descanso;

si descanso puede haber

en quien es tan desdichado.

Félix.

Siempre debo, padre, estar

obediente a tus mandatos.

Luis.

Esa humildad obediente

es digna de premios tantos,

que no puedo yo, hijo mío,

darlos, y el cielo pagarlos.

Félix.

Ya es hora, padre querido,

de retirarte a tu cuarto

para descansar un poco.

Luis.

Porque lo dices lo hago,

y por darte aquese gusto,

pues para mí no hay descanso.

Vanse y sale don Sancho.

Sancho.

Por divertir mis pesares

quiero salir a estos campos

para ver si me consuelan

del dolor en que me hallo.

Árboles, prados, y fuentes,

flores, brutos, y peñascos,

pero si lo miro atento,

si con cuidado reparo

en la diversión que busco,

penas sobre penas hallo.

Si hacia los árboles miro,

alegres los veo; dando

las muestras de su alegría

en sus bien poblados ramos.

De gustosos me dan muestra

los frescos y verdes prados,

pues riéndose me dicen

que del alba están gozando.

Las lisonjerillas fuentes

con su murmullo agraciado

buscan gustoso despeño

por descansar en los charcos.

Las flores son señoras

que el mayo aquí ha dibujado

de diferentes colores,

la alfombra van esmaltando

para que la primavera

tenga gustoso descanso.

Los brutos todos discurren

ya corriendo, ya saltando

sin que nadie les impida

para sus juegos el paso.

Solo noto la ambición

en estos duros peñascos,

que sin servirle de nada

estorban al sol el paso

porque no sean lucidas

las flores que baña el alba,

pues si esto es así, ¿qué espero?

Si solo hallo en los campos

Ptog. 21

Sancho.

Ya sustos que me atormentan

ya envidiosos los presagios

y en la pérdida que lloro

de aquello que quise tanto

ni descanso, ni sosiego

ni alivio ninguno hallo.

Venga sobre mí la muerte

y acabará un desdichado.

Vase, y sale doña Inés.

Inés.

Suerte esquiva y rigurosa,

¿por qué con crueldades tantas

a quien tan sin gusto vive

sañudamente maltratas?

¿no se sacia tu rigor

de ser conmigo tirana?

¿por qué el veneno me diste

píldora disimulada

que esconde todo el acíbar

con el oro que la tapa?

si habías de ser conmigo

(porque nací desgraciada)

en los fines tan adversa,

¿no fuera más acordada

razón que desde el principio

tu rigor manifestaras?

pero ¿para qué me quejo

de qué sirven estas ansias

si el desgraciado suceso

que le sucedió a la hermana

de mi querido don Félix

me hizo perder la esperanza

pues mi hermano viendo que

hubo su suerte trocada

ha de oponerse al intento

en que mi amor caminaba;

y no es esto lo peor,

sino es que por la mañana

con su padre se retira

desta ciudad, con que ansioso

mi labio aquí lo pronuncia.

El cielo todo me valga

porque si llegó a pensar

que don Félix...

Sale don Félix.

Félix.

¿Quién llamaba?

Inés divina, ¡cielos!

la que en tus labios de grana,

hermoso clavel partido,

mi indigno nombre tomabas!

en otra ocasión me acuerdo

que con más gusto se oyó,

pero esto, bello prodigio,

ya se acabó para mí.

Tu hermano esquivo y tirano

impide que yo te goce;

mira si es bien que repose

quien pende de blanca mano;

y así, Inés, me determino,

resuelto, y desesperado,

viendo mi intento frustrado,

ir mañana de camino.

Dos motivos considero

ambos a hacerlo me obligan,

y ambos juntos me castigan

con que yo, sabiendo, muero.

Uno es el impedimento

que hace tu hermano injusto

para privarme de gusto

y aumentar mi sentimiento.

Otro, que mi padre, viendo

la desgracia sucedida,

para su penosa vida

mi compaña está pidiendo.

Mira tú cómo estará

un corazón que te adora,

que por ti suspira, y llora

qué descanso esperará;

y así, Inés mía, perdona,

adiós, te queda, bien mío.

Ya creo que es desvarío,

mas la precisión me abona.

Inés.

¿Así te vas, y me dejas?

óyeme, Félix querido,

mi amor, en qué te ha ofendido,

oye siquiera mis quejas.

¿No pensé yo, que en tu aliento,

tal cobardía cupiera,

pues si yo la muerte viera

por ti pasara el tormento,

más valor mi pecho tiene,

pues aunque el mundo lo impida

daré gustosa la vida

porque este amor lo previene.

Mientras mi fe firme está,

¿de qué son estos temores?

vengan tormentos mayores,

que en mí asistencia habrá.

Todo el amor lo venció,

y como lo hay en mi pecho,

ninguna impresión me ha hecho

la entereza, ni el rigor.

El que de noble blasona,

no tan fácil ha de ser,

y aquí hay en una mujer

otra fuerte Belona.

Félix.

Detente, Inés, que me agravias;

que eso de ser yo fácil,

¿cómo discurres que en mí

caber puede veleidad?

¿Facilidad en mí juzgas?

primero que yo te falte,

el cielo me falte a mí.

Si de lo que he empezado

a emprender me desistiese,

fálteme la luz del día,

cuando más ciego estuviere

furioso fuego me abrase;

si faltare a lo ofrecido

vuestro, Inés, seré

no tengas pena, bien mío;

pero no puedo omitir

el viaje que te he dicho

Ptog. 22

Félix.

así mi padre lo ordena

y me precisa cumplirlo;

no está tan lejos Coín,

no es dilatado el camino,

para que yo vigilante,

atento y agradecido

pueda gozar tus favores,

siempre que quieras, bien mío;

y ahora por despedida

de nuevo un abrazo pido

que de mi constante amor

pues mientras feliz viviere

tendrás quien te adore fino.

Inés.

Ya vida de nuevo me has dado

por ti, oh, feliz respiro;

por ti viviré gustosa

cumpliendo lo que me has dicho.

Félix.

Ahora, con Dios te queda,

hermoso y divino hechizo,

que está mi padre aguardando

y me precisa asistirlo.

Inés.

El cielo tu vida guarde.

Vase.

Félix.

Para ser feliz contigo.

Vase.

Inés.

Siendo feliz tan constante

no temo ningún peligro.

Salen Eduardo y Trabillón.

Eduardo.

Mucha turbación he hallado

en casa de Margarita,

don Luis su padre se queja

con razones muy sentidas,

teniendo a cierto desgarro

lo que solo fue fingido;

sé que todo está disgusto

y que mañana caminan

para Coín donde va

para administrar justicia

pues lleva el corregimiento;

se lleva porque le asista

a Félix su hijo, quien

siente bien la despedida

de su amada doña Inés;

don Sancho sé que suspira

porque intentaba su amor

tener por suya la dicha

de dar la mano de esposo

a la hermosa Margarita.

Todo es una confusión

todo me causa fatiga;

pero si halláramos modo

de ver a Laura este día

se supiera a punto fijo

tan confusa tropelía.

Trabillón.

¿Quieres que vaya, señor,

con un negocio fingido

a ver a Laura, y dirá

todo lo que ha sucedido?

Eduardo.

Y para entrar en su casa

¿no ves que es cosa precisa

que estudies bien la invención

que contemplo que es precisa

para que nunca sospechen

ni discurra su malicia

a lo que tú puedes ir?

pues fuera gran bobería

no prevenir con cordura

antes de entrar la salida.

Trabillón.

No dices mal; pero, dime

¿sabes si tienen dispuesto

para mañana el viaje?

Eduardo.

Eso lo sé yo de cierto.

Trabillón.

Pues ya si acaso me ven

tengo yo buscado medio

para poder escaparme;

deja por mi cuenta esto

que a Laura tengo de hablar

y he de saber todo el cuento.

¿Dónde te hallaré después?

Eduardo.

En la posada te espero.

Vase.

Trabillón.

Pues a Dios que voy de golpe

a tener un rato bueno.

Vase, y sale Laura.

Eduardo.

Quiera Dios que este criado

no haga algún desatino

por donde a saberse llegue

la verdad de este suceso

y sin poder remediarlo

me ponga en mayor empeño.

Siéntase.

Sale Trabillón.

Laura.

Válgate Dios por viaje

y qué cansada me tienes;

apenas amanece

unos se van, otros vienen,

unos llevan y otros traen,

y ninguno se conduele

para querer ayudarme;

pues aunque a mi amo le pese

de aquí no he de menearme

si no es que alguno se mueve

para venir a ayudarme

porque me tiene impaciente

el insufrible trabajo

que en esta casa se tiene:

aquí he de estarme sentada

y venga lo que viniere.

Trabillón.

¿Estás sola, Laura mía?

¡qué linda que me pareces!

aquí está tu Trabillón

¿no me hablas? ¿no merece

quien tan desvelado vive

por ese rostro celeste

un favorcito siquiera?

deja ya las esquiveces

acaba dame un abrazo,

porque está ya este pobrete

que no le falta nadita

para en estropajo hacerse.

Laura.

No estoy para bufonadas;

por cierto a buen tiempo vienes,

Ptog. 23

Trabillón.

Deje ya las frioleras,

porque no estoy para chanzas.

Dime, mas, ¿qué te aflige?

Dime, ¿qué cuidado tienes?

Porque está ya mi paciencia,

¡Jesús, oh tente bonete!

Laura.

¿Qué es lo que quiere que tenga?

Este traje me tiene,

de puro mudar los trajes,

cansada más que parece.

Trabillón.

¿Y te mudas tú también

acompañando a tu gente?

Laura.

Preciso ha de ser mudarme.

¿Usted en eso, pues, qué siente?

Trabillón.

Siento que, yéndose tu

no podré hablarte, ni verte

con tanta facilidad;

mas voy a lo que conviene,

en aquello de la quema,

dime todo lo que hubiere,

que está el amo con cuidado

y todo saberlo quiere.

Laura.

Eso quiere mucho espacio

y no puedo detenerme,

pues si viene mi señor

y aquí nos ve... mas no viene.

Ya sube por la escalera;

éntrate en ese retrete,

donde estarás escondido

en tanto que a salir vuelve.

Escóndese.

Trabillón.

Mal lance se ha rodeado;

preciso es el esconderme.

Sale Félix.

Félix.

¿Estará todo dispuesto?

¿Las cargas están compuestas

y son los líos bien hechos?

Laura.

Ya está todo prevenido.

Félix.

¿Has mirado si aquí dentro

se quedó en esos rincones

alguna cosa por yerro?

Laura.

Todo, señor, lo he mirado,

y está tan limpio, que pienso

que para escuela de danza

está solo el cuarto bueno.

Félix.

Pues mientras yo me despojo

da vuelta a los aposentos,

no sea que algo se olvide.

Laura.

Haré lo que mandas luego.

Sale Trabillón.

Trabillón.

Dios seque su merced.

¡Jesús, Jesús, y qué miedo!

Si el diablo le ha dado gana

de entrar en el aposento

y tropezara conmigo,

¿cuál me pusiera el pellejo?

Laura.

Mi amo no tardará,

y así es menester que presto

te vayas; porque estos chayos

ni aun para chanzas son buenos.

Trabillón.

¿Y qué tengo de decir

a mi amo cuando llegue?

Solo a saber novedades

Laura.

Y ahora ninguna sabes,

ni ninguna hay que llevar pueda.

Solo sé que luego, luego

que a Coria lleguen, saldrán

a tomar posesión presto

de las demás villas que

son de su corregimiento;

y así, para vayas, lances

queden en aqueste tiempo,

veniros por si acaso

tuviesen algún tropiezo.

Vase.

Trabillón.

Pues con esa novedad

me voy alegre, al momento.

Vase.

Laura.

El susto no me ha valido.

Buena la hubiéramos hecho

si mi señor se ha metido

a mirar el aposento.

Qué buena quedaba Laura

sin comerlo ni beberlo.

Antes pasando los sustos,

porque otros estén contentos;

malhaya la que nació

para atarse en este empleo.

Sale Eduardo.

Eduardo.

Mucho tarda Trabillón.

Si habrá sucedido algo;

no deja ya de tenerme

su tardanza con cuidado.

Pero es leal, y esto solo

me sirve de desenfado,

para haber de consolarme,

que hará como fiel criado.

Sale Trabillón.

Trabillón.

Yo te aseguro, señor,

que estarás muy desandado

y deste pobre infeliz

no te habrás más acordado,

desde que salió de casa.

¿No es así, señor nuestro amo?

Pues un aprieto he tenido,

que aseguro, a fe de honrado,

que la sangre de las tripas

toda la vengo brotando.

Eduardo.

Di lo que te ha sucedido,

porque me has puesto con cuidado.

Trabillón.

No tengas, señor, ninguno,

que yo de todo bien salgo.

Habiendo en el mundo, Laura,

aposentos, y andando

la habilidad, que es lo más,

todo queda remediado.

Eduardo.

¿Le ha conocido don Félix,

don Luis? ¿O ha encontrado

a él que mi bien pretendes?

Acaba, háblame claro.

Trabillón.

No, señor; ora es nada de eso.

Sino que, estando yo hablando

con Laura y con la huéspeda...

Ptog. 24

Trabillón.

(con consejos tan letales

tener por nobleza vana)

y no ves nada cuando

pienso que a salir viene,

con que allí un tesoro quedó

depositado me tuvo

que hay fiadores honrados

que sin ser leyes tener

ni estar tampoco abonados

bástales alguna vez

con que solo sean llanos.

Eduardo.

Y después cuando se fue

¿no te dijo Laura nada?

Trabillón.

Solo me dijo, señor,

que al instante que llegara

a Coín, sin detenerse,

luego al instante pasaba

su amo a las rojas villas.

Conque es, señor, cosa clara

que si en Álora asistimos

mientras esta furia pasa

puede ser que los demonios

descubran esta hazaña;

y así, pon tierra por medio

siquiera por tres semanas.

Eduardo.

No paremos aquí un punto,

vamos a hacer la jornada,

que a Málaga volveremos

mientras esta furia pasa.

(vase)

(vanse)

Trabillón.

¿A qué aquí te quieres venir

adonde agora tú andas

buscando los pies al gato

cuando a él en cuatro le hallas,

y en que tú ignoras el modo,

y yo no dejaba nada?

Vamos, pero quiera Dios

que no nos salga casada.

Sale Don Luis y Félix

Luis.

¿Está el coche prevenido?

Félix.

Sí, señor, ya nos aguarda.

Luis.

Pues vámonos, hijo, ya,

salgamos de nuestra patria

que siendo a todos amable

para mí solo es ingrata;

Dios sabe si volverán

mis torpes pies a pisarla,

porque mis caducos años

su fin cada instante aguardan.

¿Quién ha tenido en el mundo

la suerte tan encontrada

como la he tenido yo?

Pero esto nada me espanta,

porque los gustos del mundo

todos se vuelven en ansias.

De mí el cielo sufrimiento

tenga piedad de estas canas,

y para que tenga acierto

me dé su bendición santa.

Adiós, hermosa ciudad,

adiós, calles, adiós, plazas,

adiós, sacrosantos templos,

que hoy se ausenta de su casa

quien a morir se vecina,

porque la fortuna airada

ha vibrado sus rigores

con furia tan desusada

que, faltando ya los bríos

en esta edad cana,

para resistir su fuerza

va huyendo de su desgracia.

Félix.

No dejes, señor, llevarte

tanto de ese sentimiento,

que es apurarse la vida

sin ser capaz de remedio.

Vamos, pues, padre querido,

que quizá querrán los cielos

dar a tanto mal alivio

movidos a tus lamentos.

Luis.

Su gusto en todo es hacer.

Vamos, hijo, vamos presto.

Félix.

Adiós, Málaga, que yo

lloraré a verte vuelvo.

Vanse, y salen Eduardo, Margarita y Trabillos

Eduardo.

Aquí, hermosa Margarita,

mi amor ha determinado

que estemos algunos días

mientras su padre y su hermano

en Álora se estuvieren,

porque de habernos quedado

hubiera grande peligro

aunque más disimulado

el traje pareciera de menos;

porque podría su hermano

habiendo tan poco tiempo

que de su casa ha faltado

(no hay duda) reconocerse;

y por excusar quebrantos

que contemplaba forzosos

si sucediera este caso,

con vos a esta ciudad vengo,

donde teniendo cuidado

que no te vean de día,

podremos de noche ambos

por sus calles y sus plazas

encubiertos pasearnos,

y luego que se retiren

volveremos descuidados.

Margarita.

Yo estoy del todo resuelta

a seguirte, mi Eduardo,

con que sobre ese seguro

puedes sin tener cuidado

mandar, teniendo por cierto

que obedezco tus mandatos.

Eduardo.

¿Para qué es tanta fineza

donde van favores tantos,

con que ha de pagar mi amor

los cariños que en ti hallo?

Margarita.

Con el corresponder solo

a lo que me has obligado.

Trabillón.

Aquí estoy como un senado

escuchando mis dos amos.

Ptog. 25

Eduardo.

dándole gracias a Dios

de veros tan embobados;

quiera Dios, que luego al fin

no vuelva Marzo de rabo.

ahora quisiera Bienvenio

(si no lo tienes a enfado)

que mientras busco una casa

porque me ha desagradado

la posada que tenemos

por ver si otra mejor hallo

en este sitio te quedarás

no echaré yo mucho rato

porque quedándote solo

llevo bastante cuidado.

Bienvenio.

conque según lo que dices

me quieres llevar al lado

que crees que nunca aciertas

sin mí a dar siquiera un paso?

Margarita.

no te detengas Bienvenio

vete si has de ir alox.

Vase.

Eduardo.

no será mucho mi dueño

Vase.

Bienvenio.

sí, presto verás a mi amo

dar la vuelta; mas será

la esquina que estoy mirando.

Sale doña Inés huyendo.

Margarita.

qué de confusiones tengo!

con bastante sobresalto

de haberme quedado sola

conmigo estoy batallando.

haber de sucederme

por desgracia algún fracaso

pero no tengo valor:

este traje que ahora traigo

no me ha de infundir aliento

los demás que estoy mirando

son por bien parecer solo?

si me sucediere algo

usar de ellos no podré

en cualquiera lance apretado

ea temor mujeril

déjame siquiera un rato

Sale don Sancho con la espada desnuda.

Inés.

Caballero por quien sois

amparad a una mujer

que viene huyendo la muerte

Sancho.

aunque el mundo se defienda

he de quitarte la vida

Margarita.

Caballero reportaos:

suspended las iras vuestras

no adelantéis más los pasos

que yo defiendo esta causa;

y por el cielo sagrado

que seréis a mi furor

destrozo de aqueste brazo

Sancho.

no digo yo siendo una

pero aunque vinierais tantos

como tiene el mar arenas

os hiciera a mil pedazos

Entranse y sale Félix con la espada.

Margarita.

no las palabras aquí

son las que hacen al caso

las obras lo han de decir

ven, a ellas nos remitamos

y ellas dirán si lo haces

como lo dice tu labio

Vase.

Salen riñendo don Sancho y Margarita, y Inés puesta a la espalda.

Félix.

por dónde se iría Inés

si la hallaría su hermano?

pero allí ruido oigo

quieran los cielos sagrados

que inhumano, y atrevido

no haya hecho un desacato

que como la halle con vida

de nada me da cuidado

Margarita.

en vano es vuestra porfía

y así advertid que primero

aquí perdieran mil vidas

que consigáis vuestro intento

Sale Félix.

Sancho.

para quitároslas todas

tengo bríos, y tengo acero.

Pónese al lado de Sancho.

Félix.

con tan grande oscuridad

solo determinar puedo (solo

que un hombre a un lado está

y dos le están combatiendo

aquí tienes quien te ayude

recóbrate ten esfuerzo.

Sale Eduardo.

Margarita.

aunque fueran muchos más

no lograréis vuestro empeño

pues con tan justa razón

aquí la causa defiendo

Eduardo.

la voz es de Margarita

mas cielos, qué es lo que veo

villanos contra uno solo

dos hombres estáis riñendo?

Vanse Margarita, y Inés.

Margarita.

Eduardo está ya aquí (ap.)

salgamos fuera del riesgo

ven mujer te pondré en salvo

Sancho.

uno ha tomado el empeño

y el primero no parece

buscarélo, vive el cielo.

Félix.

qué es esto que me sucede (ap.)

yo a mi enemigo defiendo

Entranse y sale Margarita con la espada desnuda.

Eduardo.

don Sancho, y don Félix son (ap.)

qué es esto que aquí estoy viendo

Margarita.

ya aquí no parece nadie

en qué habrá parado cielos

tan rigorosa pendencia?

yo fui la que empecé el duelo

y quien primero me fui

mas fue forzoso el hacerlo

por darle lugar seguro

Ptog. 26

Margarita.

y a quien me puso en empeño

bastábale ser mujer,

que quien usa noble acero

debe derramar su sangre

por defenderles sus fueros.

Luego que aquí mi valor

la sacó fuera del riesgo,

me dijo que la llevara

a ese vecino convento,

que está aquí de San Bernardo.

A la abadesa la entrego,

donde queda por ahora

asegurada del riesgo.

Lo que ahora más me aflige

que sola otra vez me veo,

y Eduardo no parece,

ni yo sé por dónde fueron.

¿Qué haré yo, infeliz de mí?

Sale Eduardo.

Eduardo.

Desesperado me vuelvo;

¿dónde hallaré a Margarita?

Margarita.

Aquí estoy, querido dueño.

Eduardo.

Albricias, cielos, que ya

ningún infortunio temo.

¿Estás herida, mi bien?

Margarita.

No, Eduardo, nada tengo,

porque en aquesta ocasión

defendió mi vida el cielo.

Eduardo.

¿Quién fue la causa del lance?

Dime pues, ¿qué ha sido esto?

Margarita.

Apenas te despediste,

de aquella esquina volviendo,

cuando vi que una mujer

a mí se acerca pidiendo

que la vida le defienda;

no apenas me dijo esto

cuando un hombre la alcanzó,

despechado, loco y ciego,

con una espada en la mano

a darle la muerte; y viendo

que otro remedio no había

a mi espada apelo luego;

y poniéndome en defensa

ofendiendo y defendiendo,

por escapar una vida

puse la mía en el riesgo,

y cuando más encendida

la batalla iba creciendo,

noté que vino otro hombre

a quien su causa defendiendo

aquel mozo le ayudaba

con valor y con esfuerzo;

entonces saliste tú

(grande gracia fue del cielo),

y poniéndote a mi lado

contra los dos esgrimiendo

pude con la oscuridad

salir de la ronda, y luego

que de la calle salimos

en un convento la hospedé

para que quede segura

dejéla, y al punto vuelvo

y cuando llegué a este sitio

que es donde estaba el empeño

para ayudarte animosa

hasta concluir el duelo,

hallo que nadie parece:

aquí fue donde mi pecho

empezó a descaecer

habiéndote echado menos.

En esta aflicción estaba

cuando te oí, y diciendo:

"¿Dónde está mi Margarita?"

voz que me dio tanto aliento

que mis mujeriles bríos

pasaron de extremo a extremo.

Aquí estoy, aquí me tienes;

este es, mi bien, el suceso,

si he sido en algo culpada

pido el perdón de mis yerros.

Eduardo.

Calla, divina hermosura,

que ofendes a tu respeto:

¿culpada tú, dueño mío?

yo soy quien la culpa tengo

y por quien juro, por Dios,

hermosa copia del cielo,

envidioso me has tenido

porque tu ánimo resuelto

envidia pudiera ser

del más invencible esfuerzo.

Que te quedaba bien a ti

para cualquiera caballero

que emprender procurara

mantener tan duro duelo.

Cuando tú, siendo mujer,

te pones a tanto riesgo.

No quieras cansarte más,

ven a reposar, mi dueño,

que estarás muy fatigada.

Margarita.

Contigo el descanso llevo.

Vanse, y sale Don Feliz.

Félix.

¡Que sea tal mi desdicha

que tan contraria se muestre

para quien es desdichado

el falso hilo de la suerte!

¡Noche triste y penosa,

cuando te esperaba alegre

para tan dulce coloquio

tan severa te me ofreces!

¡Quién espera en todo el mundo,

quien en tus engaños cae!

Ptog. 27

Félix.

Pues cuando más gusto espera

más pesares le acometen.

¿En qué fundará don Sancho

tan pesados intereses?

¿Y hubo acaso en mi mano

a quebrantar la costumbre

que en mi casa sucedió

estando mi honra ausente?

Mas, ¿de qué me altero yo

al quejarme desta suerte,

si nada mi mal alivian

las quejas que el pecho siente?

¿Para cuándo es el valor?

¿No he de poder yo vencerme?

¿Inés no está puesta en salvo?

Pues venga lo que viniere.

Lo que me pone en cuidado

y algo confuso me tiene,

es que ignoro si don Sancho

sabe si soy yo quien tiene

la culpa deste suceso.

También tengo que volverme

a casa, por si mi padre

vuelve ya, que está siempre

con grandísimo cuidado;

e importará que no llegue

a conocer que yo he estado

(estando de casa ausente

en ocupación precisa)

en Málaga desta suerte.

Y así, Inés mía, perdona,

que es preciso que me ausente.

Vase y sale Grabillón.

Trabillón.

¡Que siempre tengo de andar

tras un amo desta suerte!

No vi hombre más desvelado;

si sale cuando amanece,

hasta que las doce dan,

en la casa no parece.

Come y se acuesta a dormir,

y ahí es nada lo que duerme:

desde la una a las cinco

de la cama no se mueve.

Y esto es preciso que sea,

porque apenas anochece,

toma la capa y la espada

y anda como quien mete

priesa de esquina en esquina,

que una fantasma parece;

con que desquita de día

lo que de noche se pierde.

Margarita me ha enviado

a buscarlo, que está siempre

que juzga que han de morderlo,

y cualquiera aire le ofende.

Pero si yo no me engaño,

él ahí va, por aquí viene.

Que por dentro me he de echar,

ya previniendo la Irene.

Sale Eduardo.

Eduardo.

Nunca el que tiene cuidado

come, duerme, ni sosiega;

todo son ansias, desvelos,

todo fatigas y penas.

¿Cuándo querrá Dios que llegue

el descanso que desea

quien tan fatigado vive?

¡Qué de suspiros me cuestas,

querido dueño del alma!

Mas, ¿quién está aquí?

Trabillón.

¡Ah, que gasta usted gran flema!

Que no debe haber más cuidado

que andar como ánima en pena

rondando toda la noche.

¡Por Dios que es fuerte quimera!

Pues, otra vez, señor mío,

seguro está que yo vuelva

a buscarte, aunque me lleven

más diablos que hay aquí viejas.

Eduardo.

¿Hay alguna novedad,

por qué estás tan enfadado?

Trabillón.

Porque eres un descuidado,

si he de decir la verdad.

Eduardo.

Pues, ¿en qué está mi descuido?

Trabillón.

Eso es largo de contar.

Vamos a casa, que el ama

no tiene ya que mear.

Eduardo.

Tus disparates me enfadan.

Trabillón.

Disparatillos serán.

Apenas la espalda vuelves,

cuando empieza a suspirar;

después, tras de los suspiros,

se sigue echarse a llorar,

y lo hace con tal gracia

que te puedo asegurar

que no ha servido a esta hora

todavía el orinal.

Mira tú, por andaluz,

si tendrá ya que mear.

Eduardo.

Vamos, permitan los cielos

que se acabe tanto afán.

Trabillón.

Vamos, y quieran los diablos

que no te vuelva a buscar.

Vanse y salen don Luis y Lauro.

Luis.

Bien, Lauro, me han parecido

las tres villas donde he estado;

apacible gente es toda,

no hay enredos ni embarazos,

sé que Dios ha de servirse

que no tenga más quebrantos.

Laura.

Es buena gente, señor,

es toda gente de campo;

para ellos todo está bueno

en habiendo ajo y gazpacho.

Luis.

Y Félix, ¿adónde está,

cómo aquí no ha parecido?

Laura.

Está, señor, acostado,

y no sabe si has venido.

Luis.

No lo inquietes, hijo amado,

que otro consuelo no tengo.

Laura.

Me voy, que estoy con cuidado.

Vase.

Luis.

Los cuidados de los mozos

dan treguas para el descanso.

Ptog. 28

Luis.

algún día estaba yo

como el más descuidado,

y ahora por mi desdicha

me han acometido tantos

que yo mismo me confundo

me fatigo, y sobresalto.

Cúmplase su voluntad

Divino Dios justo, y santo

y merezca yo infeliz

vil desdichado gusano,

que estas ansias, estas penas,

y estas fatigas, que paso

me las recibas a cuenta

de mis enormes pecados

y concededme Señor

que ese hijo que me ha quedado

tenga en serviros acierto

no lo dejéis de la mano.

Y a mí Señor que aquejado

en este dolor me hallo,

no me olvidéis Padre mío,

que con esto tendrán vado

el golfo inmenso de penas

que me está martirizando;

y si acaso inmenso Dios,

Poderoso, Recto, Sabio,

no fuere voluntad vuestra

viniendo de vuestra mano

los recibiré gustoso

como divino regalo

para que me purifique

de los yerros que he causado,

esto y mucho más merezco

pues pago arras de pagaros

no digo los beneficios

que debo a vuestro amor tanto

sino lo mucho que debo

por lo que ingrato os agravio.

Y esto en comparación

un átomo desdichado,

y mis defectos son muchos,

aquí infinitos los hallo;

mas tengo la confianza

que acogiéndome a el amparo

de lo que os merezco ver

en ser divino retrato

he de salir victorioso

de aqueste profundo caos,

de desdichas, de miserias,

de penas, y de trabajos.

Sentarme quiero por ver

si quedo durmiendo un rato

a tanto afán darle treguas

y a mi mal algún descanso.

Siéntase y quédase dor- mido, y sale don Sancho.

va a darle y se suspende

Sancho.

Desesperado, y resuelto

viendo que mi ingrata hermana

faltando a su obligación

atropelló despechada

sin mirar su noble sangre

el pundonor de su fama,

y viendo como imposible

que pueda tomar venganza

ni satisfacción alguna

para tan justa demanda

pues temerosa del riesgo

de san Bernardo se ampara.

Vengo a vengar en don Félix,

pues fue de este mal la causa

el agravio que me hizo

profanándome mi casa.

Pero, ¡allí, qué es lo que veo!

Si la vista no me engaña

sentado pienso que está

puede haber mayor desgracia

que para lavar su honor

de una indecorosa mancha

ha de verse un hombre noble

ladrón en ajena casa.

Mas pues allí ofrecido

teniendo en todo logrado

la ocasión, ¿qué me detengo?

pague pues maldades tantas.

mas ¿qué es lo que miro, Cielos?

yo me he engañado, estas canas

el impulso me detienen

y todo el ardor me atajan.

Mas si no tienen la culpa

si descuidados descansan

han de ser de mi furor

y de mi valor ajadas?

no; que no es justa razón

que aquel que no debe nada

inocente ha de ser

el que responda a la paga,

y fuera en mí bastarda

o que con mano villana

cortar el hilo a la vida

de aquel que nada me agravia.

Pero pues ha entrado el Conde

vuélvome sin hacer nada

que otra ocasión llegará

que mi duelo satisfaga.

Hace que se va mientras Tratillón, al paño dice lo siguiente.

Trabillón.

Que no veo yo a Laurilla

ni la hallo en toda la casa

pero allí está un hombre que

si la vista no me engaña

don Sancho me parece.

Oír quiero lo que habla.

Sancho.

Pero pues que mi furor

no acierta modo ni traza

ya que no uso de obras

le he de infamar de palabras:

Viejo caduco sin honra

despierta que aquí se llama

quien triunfó de la hermosura

de tu hija ya llorada,

no fue acaso el sucedido

así fue bien ejecutada

porque viéndose tu hija

de mi amor ya despreciada

Ptog. 29

Sancho.

y para no vivir sin honra

se dio la muerte inhumana,

y agradece que mi brío

en ti un destrozo no haga;

pues no fuera acción cuerda

que esta valerosa espada

se tiñera con sangre infame

de un viejo sordo y malvado

y así, para ver otros bríos

si hay quien tome la demanda

con valor le esperaré

cuerpo a cuerpo, espada a espada.

(Vase)

(Vase)

Isabel.

Jesús, Jesús, lo que ha dicho

yo me voy de aquesta casa

y a mi ama he de decirle

todo ello cómo pasa.

Despierta don Luis.

(Vase)

Luis.

Aguardad, que aún tienen bríos

estas ya cansadas canas

para sí, pero a nadie veo

la fantasía turbada

al golpe de los cuidados

fingió que un hombre aquí estaba

y que a voces me decía

con afrentosas palabras

que había ajado mi honra

y esto solo me faltaba,

pero a las cosas de sueño

no he de dar asenso en nada

quiero entrar y recostarme

para aliviar estas ansias.

Salen Margarita e Isabelica.

Margarita.

¿Es cierto lo que me has dicho?

Isabel.

Como si es cierto, señora

punto por punto lo escribo

no vi más maldita lengua

no le faltó ni tantito

para decir que tenía

en ti cuatrocientos vicios.

¿Soy yo hombre, te parece,

que una por otra digo?

en lo que yo por ahora

anduve algo prevenido

ha sido en no darle cuenta

a mi señor de lo dicho

porque no le sucediera

algún fatal precipicio.

Ahora, señora, tú

aconseja tu capricho,

y si acaso te parece

que será mejor decirlo

aquí no me cuesta nada

iré al punto a darle aviso.

Margarita.

Detente, no digas nada

no solo a Eduardo dirás,

pero si llego a saber

que a otro alguno se lo has dicho

será poco que la lengua

te la saque de su sitio.

(Vase)

Isabel.

Jesús, señora, que yo

lo tendré tan escondido

que para siempre jamás

se sepulte en el olvido

y ahora con tu licencia

voy a tomar un traguito

porque vengo fatigado

de tan cansado camino.

Margarita.

¿Qué es lo que pasa por mí?

¿Qué es lo que me ha sucedido?

¿Cómo permiten los cielos

que infame, ciego, atrevido,

villano, aleve, cobarde,

sin saber por qué motivo

este traidor de don Sancho

tales cosas haya dicho

como su traidora lengua

caballero fementido

con tal vilipendio habla

de mi honor más claro y limpio

que el sol, que el mundo ilumina,

que el oro esmaltado y fino?

¡Vive Dios, vil caballero

que has de probarme los bríos,

por mi mano has de tomar

el merecido castigo!

verás si hay en las mujeres

quien defienda su honor limpio,

he de derramar tu sangre

sin que puedan impedirlo

todas las fuerzas del mundo.

Tu merecido castigo

hallarás en mi soberbia,

pues como león altivo

despedazaré animosa

tu corazón fementido;

la lengua te arrancaré

para darle el justo castigo

que por atrevida debe

a tan enorme delito,

y se ha de decir de mí

en los venideros siglos

que hubo mujer en el mundo

que viendo su honor herido

por una traidora lengua

atropellando peligros

volvió por su mismo honor

con fuerza, valor y brío.

Jornada tercera

Ptog. 30

Salen Margarita e Isabelica.

Margarita.

Entre tanto que Eduardo

su viaje hiciere, es fuerza

que tú hagas otro, aunque breve

y sin que nadie lo sepa.

Isabel.

Pues, señora, échame vos

en alguna nube densa

para que todos lo ignoren.

¿Y yo cómo he de...?

porque si es por el camino

cuantos me encuentren y vean

sabrán que voy de viaje

y este será aunque no quieran.

Ptog. 31

Marq.

No es esto lo que te digo

y así es preciso que entiendas,

que el decirte que no quiero,

que rodees el viaje sepas

no ha de ser como discurres

sino de aquesta manera.

Esta carta (pon cuidado

porque la llevas abierta)

a Málaga has de llevar

luego que llegues a ella

busca a don Sancho y al punto

en sus manos se la entrega

y si acaso te pregunta

que quién te envía con ella

dile que tú no conoces

a nadie de aquesta tierra

y que solo te dijeron

que él llevará la respuesta.

Trabillón.

Qué enreditos serán estos

digo, cuenta con la cuenta

no sea caso que yo

salga con el porte a cuestas.

Marq.

No receles ningún mal

porque cuando eso fuera

me tocaba a mí el curar

de que mal te sucediera.

Mientras con más brevedad

hicieres la diligencia

me será mucho mejor

y no tardes en la vuelta.

Trabillón.

Yo ligero volveré

como allá no me detengan

porque no estando allí Laura

no hay otra, que me divierta.

Vase.

Marq.

La deseada venganza

que aquí mi valor intenta

ejecutar en un falso,

que mi honor tanto atropella

me ha obligado, a que le escriba

mudando de nombre, y señas

a que en campal desafío

hay quien conocer intenta

si lo que su lengua dijo

con la espada lo sustenta.

Ya llevo aplazado el día

la hora, y sitio; que venga

a ley de ser caballero

es forzoso aunque no quiera.

¡Oh, lo que duele una herida

cuando es en el honor hecha,

que le obligue, a una mujer

tomar satisfacción della!

La razón ayuda mucho,

justicia tengo; y es fuerza,

que quede de aquesta vez

mi pérdida satisfecha.

Salen don Luis, y Félix.

Luis.

Aquí te he traído Félix

solo por darte un consejo

amoroso, por ser padre

y sano, porque soy viejo.

Cuando a las villas me fui

a tomar la posesión

que le es preciso a todos

los que toman el bastón

te dejé en casa porque

cuidaras della mejor,

que hasta aquí de ti he fiado,

y tú sin tener temor

a el mandato de tu padre

lo mismo fue irme yo

que ponerte en el camino

(no sé qué fin te llevó)

y a Málaga te partiste.

¿Traes alguna pretensión?

Pero no. No lo discurro

porque si eso fuera no

dejaras de haberme dicho,

si era esa tu intención.

Félix.

No puedo negarte, padre,

que errado anduve, y confieso,

que la cortedad me hizo

no decirte mis intentos.

Luis.

Hijo, no me encubras nada,

revélame tu secreto,

que aquí te doy la palabra,

que si es cosa de tu aumento

como padre de ampararte

tomándolo por mi empeño.

Félix.

Pues sabe, padre y señor,

que yo una dama pretendo

que cuando diga quién es

aprobarás mis intentos.

Esta señora, he servido

tan vigilante, y atento,

tan amante, y tan rendido

como otro pudiera serlo.

Correspondiome cortés

con un agasajo honesto

de modo que entre los dos

hubo aquellos embelecos

que usan los enamorados

de saraos, de paseos,

de músicas, y regalos,

y papelillos secretos;

y en fin para no cansarte

por afirmar nuestro intento

el uno a el otro nos dimos

palabra de casamiento.

Venimos a esta tierra,

y ella el viaje sintiendo

quedaba desconsolada,

y yo no era nada menos,

y para que estos fuegos

tuviesen algún sosiego

díjele, que volvería

por recrearme en su cielo

siempre que hubiese ocasión

fuiste a tomar cumplimiento,

y yo que lo deseaba

me partí a Málaga luego.

Ptog. 32

18

Félix.

fui a verla aquella noche

(adviértase, que fue en secreto)

y estando hablando con ella

en un balcón bajo, veo

que un hombre hacia mí se arrima.

Desnudé el bruñido acero,

y poniéndome en defensa

que es su hermano tuve advierto.

Fuime de allí retirando

sin volver la espalda a el riesgo

por apartarlo de allí,

para ver si en este tiempo

podía ella separarse

para salir deste aprieto.

Sucedió pues como quise,

pues mientras duró el empeño

se retiró a San Bernardo

donde se halla hoy sintiendo

el disgusto de su hermano,

y lo que en estos sucesos

tiene que sentir quien tiene

noble sangre, en noble pecho.

Como padre te suplico,

que pues te he dicho mi intento

busques el medio mejor

para que esto tenga asiento;

y porque es justa razón

decirte quién es el dueño

deste cuidado, señor,

es doña Inés Marmolejo

mira si tengo razón,

de abonar para su cielo.

Luis.

Félix, Félix, bien pudieras

haber mirado primero

antes que eso sucediera

las resultas, que estás viendo.

Todo esto es aumentar

cuidados a un triste viejo

pudiendo estar remediados,

pero se pondrá remedio,

deja que esto se sosiegue,

que dentro de poco tiempo

hablaré a su hermano Sancho

y ajustaré el casamiento,

que discurro, que no habrá

de su parte impedimento:

y otra vez te digo hijo

volviendo a nuestros consejos,

que seas más obediente

pues Dios castiga severos

a los hijos, que no tienen

aquel debido respeto,

que de justicia a los padres

le concedieron los cielos.

Abre los ojos, y mira

que nos están sucediendo

pesares justos, desdichas

y sabes hijo qué es esto,

avisos que Dios envía

para que nos enmendemos:

corrige pues tus pasiones

mira que mi flaco aliento

tiene postradas las fuerzas

de tanto golpe violento.

Como padre te lo mando

con cariño te lo ruego

con lágrimas se lo pido

si no quieres por quien soy

hazlo por amor de Dios

que a su cuenta queda el premio.

Félix.

Perdóname padre mío

no te enternezcas, que siento

más el pesar que te he dado

que mis quebrantos, y riesgos.

Ya veo señor que yo

anduve errado, pues esto

con que te lo hubiera dicho

cuando era ocasión, y tiempo

estuviera remediado;

mas ya sucedido espero

que harás como padre aquí

lo que me está más a cuento.

Luis.

Sí haré, pues basta que seas

deste tronco árido, y seco

rama que solo ha quedado

para producir de nuevo

de la nobleza que tienes

heredada de tus abuelos

el fruto que la conserve

en los venideros tiempos:

y ahora vámonos hijo

porque otros despachos tengo

que me dan bastante priesa

y es forzoso fenecerlos.

Félix.

El cielo alivie tus penas

Luis.

Y a ti te dé acierto el cielo.

Vanse y salen Margarita y Grabillón

Margarita.

¿Qué tiempo es que llegaste?

Trabillón.

En aqueste punto mesmo.

Margarita.

¿Y hiciste lo que te dije?

Trabillón.

Sin faltar a tu precepto

en un ápice, señora,

todo queda ya compuesto;

en la catedral entraba

donde llegué como un trueno

y sin gastar ceremonia

en su mano se la entregué,

volvió la cara, y me dijo

parezca vuestra merced en casa luego.

Y llevará la respuesta,

entrose luego allá dentro

y yo a el instante, señora,

tomé las de Villadiego

y volviendo los talones

como quien nada había hecho

ni aun a comer me detuve

lo que hice fue corriendo.

Ptog. 33

Trabillón.

se armó aguardentería

y aforrarme este pellejo

con una ración entera

y me infundió tal aliento,

que desde allá hasta acá

me lo he llevado de un vuelo.

Margarita.

Vete, vete a descansar,

que fatigado te veo.

Trabillón.

A obedecerte, señora,

como fiel criado, entro.

Vase.

Margarita.

Ya todo se me ha logrado

a medida del deseo

para tan justa venganza

como está mi honor pidiendo.

Ánimo, corazón mío,

para ahora es el esfuerzo,

o recobrar lo perdido

o morir, ya no hay remedio.

Y así a prevenirme voy

pues en esta noche espero

de mi valor asistida

ver logrados mis intentos.

Vase y sale D. Sancho.

Sancho.

Quién será, cielos divinos,

quien con tanto arrojamiento

aquel papel me escribió

con tan grande vilipendio?

Tarde se me hace que

llegue la hora por verlo,

pues tan gran resolución,

tal desacato, y tan necio

estilo, como su nota

tiene, buscando el empeño,

jamás en hombre se ha visto;

además, que yo no siento

quién pueda estar agraviado

de mi lengua, ni mi acero.

Las doce no tardarán,

con que vendrá ya muy presto,

y antes se me hace mucho

que no me espere en el puesto,

pues siempre el que llama tiene

cuidado de estar primero.

Sale Margarita con capa y espada.

Margarita.

Antes que las doce den,

estar en el sitio quiero,

por si acaso mi enemigo

viniera; allí un hombre veo.

¿Si será acaso D. Sancho?

Hacia él llegarme pienso,

y si por ventura fuese,

hablándole he de conocerlo.

Sancho.

Caballero, ¿qué buscáis?

Parece oscuridad.

Margarita.

Si no me engañan los ecos,

D. Sancho discurro que es;

quiero saberlo de cierto.

¿Sois D. Sancho Marmolejo?

Sancho.

¿Para qué lo preguntáis?

soy quien con tanto desprecio

para que yo aquí viniese

hablasteis, ¿con tal despecho?

Margarita.

Yo, vil, infame, atrevido,

traidor, falso caballero,

soy quien aquí os he llamado

ahora veré tu aliento.

Cómo ciego, despechado,

temerario, loco, necio

tu infame lengua intentó

ajar el honor más bello,

profanando su sagrado

con tan desatados medios?

Cómo con voces infames,

promulgasteis el desprecio

de quien me consta que nunca

admitió tus galanteos?

Saca, saca, no te tardes,

ese avergonzado acero,

que si capaz te mirara

de sentir como yo siento

de que tú te lo ciñeras

tuviera gran sentimiento.

Sancho.

Antes que airado lo saque,

para que te aterre mi acero,

de mi mano castigado

vea tan loco desprecio;

decirte quiero que nunca

mi lengua habló sin asenso;

y para que reconozcas

si hay valor en este pecho

procura guardar tu vida.

Sacan.

Margarita.

Eso solo es lo que espero,

tu valor para ahora

necesitó su ardimiento.

Sancho.

Mucha presunción tienes.

Margarita.

El honor me presta aliento,

y no solo con tu vida

quedar satisfecho espero.

Entranse riñendo y dice D. Sancho dentro.

Sancho.

Muerto soy, cielos, valedme.

Sale Margarita con la espada en una mano y una lengua en la otra.

Margarita.

Traidor, infame instrumento

que en el honor de una dama

fuiste caballo sin freno

que desbocado procura

precipitar a su dueño,

no sabías que en el mundo

vivía yo? ¿cómo luego

tu nuevo, infame intento

llevado de su despecho,

atropellar con injurias

mi pundonor, ese freno

que naturaleza quiso

porque fuese su gobierno

no podía corregir

tan desatentados yerros?

Maldita lengua, pues fuiste

la que tal maldad ha hecho,

dime qué razón tuviste

para profanar los fueros

de un pecho noble que fue

de la castidad ejemplo

el archivo de la honra

y de virtudes espejo?

Anda, que yo por infame

ni aun en mi mano te quiero,

en castigo de tu culpa

mis pies te hallarán soberbios.

Arrójala al suelo, la pisa, y dice dentro D. Luis.

Luis.

Si se defiende, muera.

Ptog. 34

Margarita.

Qué es esto que escucho, cielos.

Sale don Luis y los que pudieren.

Luis.

Entregad las armas presto,

a la Justicia Real.

Margarita.

Mi padre es. Valedme, cielos,

¿qué hace él en aqueste lance?

Luis.

Daos a prisión al momento.

Margarita.

A la voz de la Justicia,

señor, mi espada os entrego.

Luis.

Llevadlo presto de aquí,

y en un calabozo, luego,

le poned, y aseguradlo,

que en fulminando el proceso

con la vida pagará

la que ha quitado sangriento.

Uno.

Vamos, ¿en qué os detenéis?

Otro.

Con cuidado lo llevemos.

Margarita.

Cielos, volved por mi causa,

que está venganza pidiendo.

(Vase)

Luis.

La desgracia anda conmigo;

cuando venía buscando

para ajustar estos cuentos

a este infeliz de don Sancho,

hallo, que le han dado muerte,

y lo que más malo hallo,

es el suceso alevoso

de la furia del contrario,

que no se contentó solo

con la vida, sí inhumano,

arrancándole la lengua,

en el suelo la ha arrojado,

y pisándola furioso

su nobleza ha despreciado;

qué mal pleito ha de tener

para con su oído pago.

(Vase)

Sale Trabillón.

Trabillón.

¿Qué será pobre de mí,

qué le diré yo a mi amo,

cuando venga, y halle que

está puesta a buen recado,

mi ama doña Margarita?

yo temo un suceso malo,

la que oí se quema huirá,

pero yo me pondré en salvo,

no me coja a mí el refrán,

sin que vuelva a teme biarlo,

que no dando con la cincha

dé con la albarda mi amo,

la señores me voí;

adiós lo de Joseph Franco,

adiós senda del Puerco,

adiós calle del Naranjo,

que ya se va Trabillón,

ya no hay quien haga canastos.

Hace que se va, y sale Eduardo.

Eduardo.

¿A dónde vas tan aprisa?

Trabillón.

Malo, cogiome en el lazo,

Dios me libre de una solfa;

pero ya ¿qué causa he dado?

Eduardo.

¿Qué cuidado es el que llevas

que vas tan apresurado?

¿qué es lo que te ha sucedido

porque vas tan asustado?

Trabillón.

No quisiera hablar, señor,

porque estoy todo temblando,

y si se lo digo temo

que ha de darme un sopapo, que antos.

Eduardo.

¿Qué es lo que tienes? Acaba.

Trabillón.

No me llevarán los Diablos;

malo es el hombre que quiere

hacerse bocabulario.

Señores, no enseñe nadie

a los hijos ni criados.

Señor, mi señora ha muerto

a tu enemigo don Sancho,

y no es esto lo peor,

sino que cayó en el lazo,

porque acudió la Justicia,

y al instante la agarraron,

y en un calabozo está

cargada de hierros tantos,

que parece ánima en pena,

no puedo hablarte más claro.

Eduardo.

Hombre, ¿qué es lo que me dices?

¿estoy ahora chanseando?

mira que no son gustosas

nunca para mí estos chascos.

Trabillón.

¿Qué señor, los chascos a chanza?

pues mira si no me engaño.

Ya dijeras que vas derecho

al verdugo más cercano.

Eduardo.

¿Qué es esto que me sucede?

¿quién, Cielos, ha rodeado

este pesar tan furioso?

¿estoy despierto, o soñando?

¿Doña Margarita, presa?

viven los cielos sagrados,

que aunque todo el mundo entero

quisieran hacerle agravio,

yo solo, yo solo aquí

con el acero en la mano

vestido de mi coraje

he de ponerla en sagrado;

pero ¿por qué me detengo?

como un furor airado,

¿no empiezo a quitar mil vidas?

¿no executo mil estragos?

¿qué estrellas tienen los cielos,

qué flores tienen los campos?

sígueme, pues, Trabillón,

porque voí desesperado

o librar a Margarita,

o morir ambos matando.

(Vase)

Trabillón.

Es claro, que me convida

a buena cosa mi amo;

él puede matar, o no,

que las muertes que él haga,

sin armas, tanto ruido

las descomponga a cada paso.

Vase y sale doña Inés de luto.

Inés.

¿Qué es lo que pasa por mí?

fortuna, ¿qué ha sido esto?

un hermano en quien tenía

mi alivio, gusto, y consuelo,

Ptog. 35

Inés.

ha sido crudo despojo

de un traidor, alevoso, y fiero!

qué haré yo huérfana, y sola

dónde hallaré yo remedio

para tantas aflicciones?

valedme, piadosos cielos.

justicia pido, justicia

para castigo, y ejemplo

de alevosos corazones,

pero quién lo ha de hacer cielos?

Sale don Luis.

Luis.

Yo no puedo descubrir

motivo ni fundamento

por donde discurrir pueda

la causa de este suceso.

(de rodillas)

Inés.

Señor, pues habéis llegado

en esta ocasión, espero

que vuestra recta justicia

ha de castigar severo

el delito infame que

cometió brazo sangriento

dando la muerte a mi hermano

con desmán, y vituperio.

que castigues, Señor, pido

este alevoso suceso;

porque si no quedare aquí

mi agravio bien satisfecho

yo misma por estas manos

haré el estrago más fiero,

que se haya visto, ni oído

en los anales del tiempo;

y pues el cielo te puso

para que con brazo recto

castigues los delincuentes

y corrijas los excesos;

a tus pies estoy, Señor

del agravio, que me han hecho

me has de dar satisfacción;

de tu justicia lo espero

para escarmiento, Señor,

en los venideros tiempos

y por que teman infames

de tu justicia lo recto:

como parte te lo pido

como hermana te lo ruego

y como agraviada en fin

satisfecha quedar pienso.

Luis.

Levántate, doña Inés,

que desde ahora te ofrezco

satisfacer tu demanda:

hoy se fulmina el proceso

y substanciada la causa

ha de quedar satisfecho

tu agravio; pues pagará

tan atroz, y grave yerro

con una afrentosa muerte

poniéndole en tres maderos,

y si acaso noble es,

pondré en cuchillo su cuello.

Inés.

De tu justa rectitud

de tu prudente gobierno

queda hoy pendiente mi queja:

obra como caballero.

Luis.

De hacerlo te doy palabra,

(Vase)

Inés.

tu vida guarden los cielos.

Vase y sale Margarita con prisiones.

Luis.

Con justa razón se queja

y su noble sentimiento

ha hecho en mí tanta fuerza

que me precisa a que recto

siga toda su justicia

y remediarlo resuelvo.

válgame Dios, qué de cosas

vacila mi pensamiento

pues llamando a la visita

a este desdichado reo

me ha movido a compasión

aquí hay oculto misterio!

mas qué misterio ha de haber?

porque si bien lo contemplo

jamás le he visto la cara.

válgate Dios por enredo

no quiero más fatigarme

que todo lo dirá el tiempo.

Canta uno dentro.

Margarita.

Hasta aquí pudo llegar

mi conocido desengaño.

a quién sucedió en el mundo

tal infortunio? malhaya

la mujer, que se aficiona

de hombre alguno, pues halla

en vez de alivios, pesares,

y en vez de finezas, ansias.

dígalo yo, pues teniendo

conveniencias en mi casa

por ser solo agradecida

me fue forzoso dejarlas.

pero para qué me canso

de qué sirve esta batalla

si a esta vida que me ofende

ya la muerte está cercana.

aquí encerrada me veo

donde estoy aherrojada

oyendo estos pobres presos

que unos ríen, y otros cantan.

Canta.

De los tormentos mayores

que un pecho puede sentir

es padecer los rigores,

que ofrecen malos traidores

sin poderse descubrir

Margarita.

conmigo aquella voz habla

glosar quiero la canción.

Allí oigo que se lamenta

un preso que está afligido

y con llanto dolorido

su voz el dolor aumenta.

qué haré pues yo en la tormenta

de estos penosos rigores

pues quieren ya sus dolores

decirme con mudas voces

que son sus fuerzas veloces

de los tormentos mayores.

si yerros hizo mi mano

hierros son quien los castigan

Ptog. 36

Margarita.

estas prisiones lo digan

pero quejarme es en vano:

en suspiros nada gano

y así es mejor elegir

el enseñarse a morir

pues esta vida enfadosa

es la más dura y penosa

que un pecho puede sentir.

No solo mi pena siento,

pues mi pecho agradecido

siente el hallarse afligido

con otro nuevo tormento.

Ya para mí no hay contento,

ya para mí no hay sabores,

ansias, penas, dolores,

que me dicen al oído

el eco del abatido

y padecer los rigores.

Cuando el bien que perdí lloro,

se renuevan mis lamentos

y mis tristes pensamientos

batallan por mi decoro.

De qué sirve el tener oro

si en los tormentos mayores

son los alivios mejores

para mí el verme penar,

y el dolor he de acrisolar

que ofrecen males traidores.

Retirarme quiero ya

a el cuarto de mi prisión,

pues ya está mi corazón

rendido con tanto amor.

A dónde cielos irán

tantas penas, y sufrir

tantos lloros, y sentir

a quien padece callando

ha de fenecer llorando

sin poderse descubrir.

(Vase)

Salen don Luis, y el Escribano.

Escribano.

Manda, señor, a el alcaide

que eche ese hombre a la audiencia.

Luis.

Alcaide, decid que venga ese mozo

que anoche trajeron preso

y hará la declaración.

(dentro)

Alcaide.

Ya va, señor.

Luis.

Luego, luego, que confiese

sin que se dilate un punto,

haced que quede la causa

fenecida.

Escribano.

Como lo ordenas se hará.

Margarita.

Ya, señor, estoy aquí.

Luis.

Hombre, lástima te tengo,

pero es preciso que obre

en esta ocasión con tiento

y declarando el delito

has de morir sin remedio.

Margarita.

Señor, morir quiero

si no hubiere remedio.

Luis.

Ea, a sus preguntas.

Escribano.

Decidme pues la verdad

debajo de juramento:

en este infeliz suceso

de la muerte desgraciada

de don Sancho Marmolejo

¿quién es el agresor?

Margarita.

Que yo fui, señor, confieso.

Luis.

¿Y qué motivo tuvisteis

para ejecutar tal yerro?

Margarita.

Aunque yo aquí los dijera

nada importaba al remedio

y así digo que fue solo

cara a cara y cuerpo a cuerpo.

Escribano.

¿Y después de haberlo muerto

por qué fin le arrancaste

la lengua, y con vilipendio

en el suelo la arrojaste

con tan no visto desprecio?

Margarita.

Del agravio que me hizo

no quedé yo satisfecho

ni aun con esa enorme acción.

Luis.

Mirad que habláis muy resuelto

y estáis delante del Rey.

Margarita.

Pues, señor, aquí no hay medio:

id sustanciando la causa,

sentenciad a gusto vuestro

que yo le maté es verdad,

y que moriré contento

solo con tener el gusto

de haber a un infame muerto.

Escribano.

¿Tan claro lo confesáis?

Margarita.

Conforme lo estáis oyendo.

Escribano.

Aquí, señor, no hay que hacer.

Luis.

Pues vámonos al momento

y según lo declarado

haced conforme a derecho

y en sustanciando la causa

llevadlo a mi casa luego

para verla, y sentenciarla.

Y vos, abrid allá dentro.

Margarita.

A el calabozo me voy

que es donde está mi recelo.

(Vase)

Luis.

Haced vos eso que mando

que yo en mi casa os espero.

(Vase)

Escribano.

Voy a ponerlo por obra

hoy quedará esto compuesto.

(Vase)

Sale Trabillón.

Trabillón.

¡Que siempre tengo de andar

por aquí oliendo, y subiendo!

Aquí mi amo me envía

para que en la reja puesto

desta endemoniada cárcel

sea centinela; y tema

no venga algún garrapata

y dé conmigo allá dentro;

pero aquí nadie parece.

¿Nadie? pero ¿qué veo?

¿Si estarán en oración

ahora todos los presos?

Yo creo que los ha asustado

porque está todo en silencio.

¿Qué he de hacer aquí? me voy

que este sitio no es muy bueno

y sé que estará arrancando

la pajarilla del cuerpo.

Ptog. 37

Vase y sale el Escribano.

Escribano.

Oy es preciso acabar

de fenecer este cuento,

porque el Corregidor quiere

sentensiarlo luego luego,

y así con todo cuidado

voy a salir de ello luego.

Siéntase y abre una mesa con recado de escribir, saca unos papeles y está escribiendo, y en tanto sale don Eduardo.

Eduardo.

Resuelto y determinado,

despechado, loco y ciego

a romper vengo la jura;

o si no, viven los Cielos

que morirá el Escribano

si se opone a mis intentos.

A buena ocasión llegué,

allí lo ves escribiendo;

llegaréme, pues, a él,

y con cautela primero

veré si puedo por bien

negociar, que es mejor medio;

y si hiciere resistencia,

le daré la muerte luego.

Guarde vsted, señor don Julián.

Escribano.

Bien venido, cavallero.

¿Qué trae vsted de cuidado?

Eduardo.

Por no entretener el tiempo,

en breve os daré razón

del cuidado con que vengo.

Una fineza he intentado

que hagáis, por ser lo que espero

de vuestra liberal mano;

y es que me deis al momento

essa causa criminal

de esse mozo que está preso;

que haciendo lo así, daré

cuanto fuere gusto vuestro.

Escribano.

Me admira, por la verdad,

que un hombre de entendimiento

pida cosas imposibles;

además que no es remedio

para que pueda librarse

estando el agresor preso.

Vsted repárese bien,

pues pide en lo que no puedo

servirlo.

Eduardo.

No necessito consejos;

lo que pido aveis de dar;

y sea sin deteneros.

Escribano.

Pues yo no puedo serviros,

y así, dad de mano a esso.

Eduardo.

Donde no valen razones,

valgan los medios violentos.

Yo veré si puede ser.

Tírale con una pistola y le falla.

Escribano.

No ay quien me valga, ¡traidor!

Que me matan, falsos Cielos.

Sale don Luis.

Luis.

¿Qué ruido es este?

Mas ¿qué pregunto, si veo

que las armas en la mano

a voces lo están diziendo?

Daos a prisión.

Eduardo.

Deteneos, que no quiero

que aquí a la Justicia falte

aquel debido respeto

que debemos tener todos.

Solo os digo, no me entrego

a los grillos, aunque a que

lo intentara el mundo entero.

Luis.

Favor aquí a la Justicia.

Eduardo.

No os canséis, señor, en esso

y para escusar ruidos,

yo me quitaré de enmedio.

Vase.

Luis.

¡Que ahora estuviesse solo!

Yo pondré remedio en esto

para que nadie se atreva

a profanar mi respeto.

Sobre qué fue este disgusto,

decidme. ¿Qué ha sido esto?

Escribano.

Saber quiso que le diesse

la causa de aqueste preso,

y aviéndosela negado,

apeló a las armas luego,

me tiró un pistoletazo,

y me libraron los Cielos

porque el tiro no salió:

esse es, señor, el sucesso.

Luis.

Vamos a prenderlo al punto,

que he de castigar severo

su temeraria osadía

para que sea escarmiento

de todos los que intentaren

semejante atrevimiento.

Escribano.

Vamos, señor, al instante.

Luis.

Castigaré sus excessos.

Vanse, y salen don Feliz y Laura.

Félix.

¡Ahora más fatal desgracia!

Yo, Laura, voy al momento

a Flora, por si acaso

sucede algún contratiempo,

pues con esta novedad

no podrá ser nunca menos

que ofrecerse a cada passo

mil peligrosos enrredos;

y por fin mi padre ya

se ve muy cansado y viejo,

y en semejante función

a todos assistir quiero.

Laura.

Dele Dios muy buen viage

y quiera el divino Cielo

que todos volvais a casa

con el gusto que desseo.

Félix.

Confiándolo voy en Dios,

que me ha de dar buen sucesso.

Vase.

Laura.

¡Pobrecito de mi amo!

En qué paraje lo an puesto

las caricias de Eduardo,

en qué vendrá a parar esto.

Sale Trabillón.

Trabillón.

Sea el Señor alabado.

Cuanto ha que no te veo,

Laura, que olvidada estás.

Ptog. 38

Trabillón.

deste amante verdadero

que tanto pena por ti;

pero pregunto, por medio

tenemos seguro el campo?

no haga el diablo algún enredo

y sea preciso entrar

de cabeza en un puchero.

Laura.

Que siempre has de estar de humor

siempre has de estar de flores

y yo siempre estoy llorando!

Isabel.

Pues no llore usted, mi dueño.

haga usted lo que yo hago,

que aunque todo el mundo entere,

vea yo que se revuelve,

a mí no se me da un bledo.

Laura.

A tener yo su paciencia,

no estuviera malo ello,

pero estando mi señora,

como sabe, ¿fuera bueno

que yo riera, y cantara?

Isabel.

Jesús, ¿y qué desconcierto?

¿mi amo no está también

rendido, que es lo mismo,

porque intentó al Escribano

(por quitar trastes de enmedio)

despachar con solo un soplo

a los profundos infiernos?

¿Y por eso he de estar triste?

¡brava simpleza por cierto!

anda, mujer, no te aflijas,

que ellos compondrán su cuento

de forma que queden bien,

no te dé pena por eso.

Laura.

Pues, ¿que no hirió a su señor

para cometer tal yerro?

Ya con esto mi señora

no podrá tener buen pleito,

que antes, por fin, como andaba

por afuera componiendo,

había alguna esperanza;

pero con este suceso,

¿quién ha de andar de los pies

para fenecer su cuento?

Isabel.

¿cuando el pleito no fenezca

no fenecerán sus cuellos?

hemos de pagar nosotros

sus cuentos, y sus enredos.

Laura.

Isabilla, déjame ahora,

no me fatigues, que pienso,

según están estas cosas,

que todos estos sucesos

han de venir a parar

en poner los amos nuestros

hechos alcarrazas de agua

colgaditas al sereno.

Isabel.

Por no verte consumida

me voy de aquí, que no quiero

que nadie que está conmigo

esté llorando, y gimiendo.

Laura.

anda con todos los diablos

que te lleven al infierno.

Yo voy a cuidar ahora

de mi casa, que está cuarto

que pueden dar por en ella

aunque anduvieron en cueros.

Vanse, y sale Margarita.

Margarita.

Qué penosa, que es la vida

para quien la muerte espera,

mas si es preciso que muera

por mi pena merecida,

nada remedio afligida,

alegre me pienso estar,

porque el dolor, y el pesar,

si no hallan en mí defensa,

me han de hacer mayor ofensa,

más presto me han de acabar.

Sale el Escribano

Escribano.

A notificaros vengo

cómo por vuestro delito

(como tenéis confesado)

a muerte estáis sentenciada.

Margarita.

¿Y no se da aquí a las veces

para usar de su defensa

autos, traslados, ni el tiempo

que les permite piadosa

toda la ley del derecho?

Escribano.

como consta que por vos

estáis declarada reo,

como parece en los autos,

nada os concede el derecho.

Margarita.

¿Y qué muerte me han de dar?

Escribano.

la de horca. Ya no es tiempo

de todas esas preguntas.

Y pues no tiene remedio,

solo falta que firméis.

Margarita.

¿Cómo he de firmar yo eso?

no corresponde esa muerte

a la nobleza que tengo.

Escribano.

esa culpa vuestra ha sido

pues no pudisteis en tiempo

en vuestra declaración

decir a el Juez eso mismo

y para justificarlo

algún plazo hubiera puesto?

pero estando ya la causa

sentenciada, no hay remedio.

Margarita.

mas remedio hay que pensar,

y así os suplico mi ruego

que digáis al señor Juez

que ya en morir me conformo

pero que antes de firmar

de su bizarría espero

que me ha de hacer un favor.

Escribano.

acabad, decídle luego

que yo por serviros solo

haré a lo que me ofrezco.

Margarita.

pues de mi parte decídle

que con cortés rendimiento

le suplico, que se sirva

de venir aquí que tengo

que comunicarle preciso

y así moriré contenta.

Escribano.

por serviros solo voy.

Vase

Margarita.

¿Qué haré yo, piadosos cielos?

¿qué es esto que me sucede?

¿en qué desdichas me veo

por tomar satisfacción

de un agravio que me han hecho?

después de tanta pasión

he venido a ser ejemplo

Ptog. 39

Margarita.

de la desdicha mayor

que han registrado los tiempos,

ánimo, que ya llegó

la ocasión de que mi pecho

rompa para su defensa

las cárceles del silencio.

Salen Luis y el Escribano.

Luis.

¿Qué motivo habéis tenido

para no firmar ahora?

Margarita.

Señor, habiendo propuesto

que a muerte tan afrentosa

estaba yo sentenciado,

siendo cosa tan impropia

que ahorcado un noble muera,

hice llamaros ahora

para ver si se podía

que tu piedad generosa

me permitiera defensa,

pues no la ha habido a esta hora.

Luis.

Tarde buscáis el remedio.

Margarita.

¿Y si yo probara ahora

que la muerte fue en defensa

de mi crédito y mi honra,

no podía remediarme?

Luis.

Nada el delito te abona,

pues para eso hay justicia.

Margarita.

Y agravios contra la honra

de aquel que noble nació,

¿no veis que es cosa afrentosa

que se dé satisfacción

por querellas tan impropias?

Luis.

Yo remediarlo no puedo.

Margarita.

¿No hay remedio por ahora?

Luis.

Incapaz estás ya de él.

Margarita.

Pues por última merced

te suplico que me oigas.

Luis.

Haced que traigan asiento.

Escribano.

Aquí están, señor.

Luis.

Ea, decid, que ya os oigo.

Margarita.

Estadme señor atento,

que después de haberme oído

darme a muerte os ofrezco.

Aunque no me conocéis,

decir es fuerza primero

que nací noble, y que soy

de Málaga. Aquese pueblo

de hermosura tan gallarda,

que cuanto aquí decir puedo

que sea alabanza suya

todo es, señor, un bosquejo.

Ya veo que os extrañaréis,

que siendo yo malagueño

y diciendo que soy noble

no haya habido, estando preso,

quien haya hecho por mí

ni aun el menor sentimiento;

a que os digo, que esto es

haber salido pequeño

del abrigo de mis padres,

y viéndome fuera de ellos

uno que me conocía

natural de aqueste pueblo

me aconsejó muchas veces

que me volviese, temiendo

que viéndome sin dominio

no hiciese algún desacierto;

yo en fin o fuese de empacho,

o fuese señor de miedo,

una vez salí de casa,

y nunca jamás he vuelto.

Y a lo supuesto te digo

que debo a este caballero

estar tan agradecido

que no hallo modo, ni medio

con que poder retornarle

las finezas que me ha hecho.

Apenas dieciséis años

contaba alegre, y contento

cuando señor me rendí

a el más heroico mancebo

que... pero ¿qué es lo que digo?

Perdonad, porque ya el pecho

quiere abortar de una vez

lo que tenía encubierto.

Mujer soy, nada te espante,

y así te pido que atento

a mis yerros, tus oídos

oigan la razón que tengo.

Puse los ojos señor

(como te iba diciendo)

en ese don Eduardo,

que ayer quisiste prenderlo,

y fue con tanto cariño,

fue señor con tal exceso,

que me obligó ese cuidado

dejar mi casa, y saliendo

acompañada una noche

de mis mismos pensamientos,

donde él me estaba esperando,

nos venimos a ese pueblo

adonde juntos vivimos.

Lo que tengo a decir puedo

que no debe a mi recato

su noble, y heroico pecho

ni la más leve fineza

pues ha sido tan atento

que siempre ha aspirado solo

a ser mi esposo, y supuesto

que mi ser he declarado

ahora en don Sancho quiero

que sepáis lo que me hizo

cometer tal desacierto.

Pretendióme muchas veces

(testigos tengo de esto),

a quien tomé despecho

porque no caben de hecho

dos almas en una vida

ni dos puntos en un centro;

y como estaba gozando

en la posesión primera,

fuera bastardía en mí

admitir distinto dueño.

Y a lo supuesto señor

ahora decirte quiero

que yo tenía un hermano

que rindió su galanteo

a una hermana de don Sancho,

y en debidos paseos

su puerta galanteaba;

y vino a ser a un tiempo,

que era noche, que él estaba

en un balcón suyo puesto

hablándole mil ternezas

Ptog. 40

Margarita.

Sancho vino, y él viendo,

el peligro, en que se hallaba

su amado, y querido dueño

a su espada metió mano,

y retirándolo cuerdo

de su misma casa, dio

lugar, a que en un convento

quedase depositada

para escaparse del riesgo.

Fenecida la batalla

(porque fue su medianero

la oscuridad de la noche

que puso paces entre ellos)

vino Sancho a buscarlo

pasado bien poco tiempo,

y sin que nadie lo vea

con cuidado, y con secreto

en su misma casa se entra

con el ánimo resuelto

a matarlo, y cuando ya

estaba en la ocasión puesto

metiendo mano a la espada

para dar con él en el suelo

que delante se le puso

discurriendo que era el mismo

al ejecutar el golpe

vio su engaño manifiesto

pues conoció que no era

el que él buscaba sangriento.

Conoció que era su padre

que estaba entregado al sueño

a quien le dijo atrevido

tantos oprobrios, que pienso

que si a ti te sucedieran

tomaras venganza de ellos.

Y no fue esto lo peor

sino que su atrevimiento

con injuriosas palabras

(viendo frustrado su intento)

dijo, señor, contra mí

contra mi honor; desenvuelto

tantas infamias, que yo

sabiéndolas por extenso

determiné de vengarlas

por mis manos, y mi esfuerzo.

no era esta acción para otro

porque mi honor, (es supuesto)

que viéndose lastimado

quiso quedar satisfecho

y no fiar a otro brazo

agravio tan manifiesto.

Ya he dicho, señor, la causa

de mis trágicos sucesos;

y ahora, señor, te digo

oye con valor atento

porque veo que mis voces

han de herir tu heroico pecho,

que yo soy tu Margarita

tu hija soy; estos yerros

como padre los perdona

ten piedad de estos excesos

pues el volver por mi honor

me ha obligado a cometerlos

bien puedes padre y señor

pues esta verdad estás viendo

anular esa sentencia

que amenazas a mi cuello

por ser mujer, y por ser

este delito sangriento

en una defensa justa

que estaba mi honor pidiendo

pues para facilitarlo

para buscarle el remedio

las leyes me dan permiso

y la piedad me da fueros.

Llamo a mi hermano don Feliz

llamo a Laura, que ellos mismos

confirmarán mi verdad.

aquel fomentado fuego

que solo apariencias fue

de mi enamorado pecho

fue porque Feliz mi hermano

contra mi querido dueño

no procurara venganza

viendo mi ánimo resuelto.

esta, señor, es mi vida

y como a padre te ruego

de rodillas

Margarita.

que mires por esta hija

que vuelvas por su honor siendo

quien esta causa defienda

como que es contra sí mismo.

concédeme Padre amado

tan encarecido ruego,

dame a Eduardo, señor

y después dame sangrienta

la muerte, que tú gustares

que si es tu gusto no siento

dar esta vida enfadosa

cuando la muerte apetezco.

Luis.

Hija, levanta a mis brazos

que el corazón en el pecho

entre gustos y pesares

batalla con tanto anhelo

que a la guerra que me hace

no hallo atajo, ni remedio.

llama a don Feliz, mi hijo

llama a Laura, porque quiero

que todos juntos registren

lo mismo que yo estoy viendo

Sancho.

Voy al instante, señor.

Luis.

Yo te perdono tus yerros

por el gusto que he tenido

y porque tus atrevimientos

solo han sido dirigidos

a que tu ánimo resuelto

vuelva por su mismo honor.

Salen don Feliz, doña Inés, Laura, el escribano, y Trabucón.

Félix.

¿Qué es lo que miran mis ojos?

Inés.

Amiga mía, ¿qué es esto?

Laura.

Señora, acá estamos todos.

Trabillón.

Acabemos ya con esto,

voy a llamar a mi amo

para hacer el casamiento.

Luis.

Pues, ¿de quién eres criado?

Trabillón.

Señor, de este caballero

que se metió a sacristán

por andarse entre los muertos.

Margarita.

Eduardo es el que dice.

Luis.

Pues ve y avísale presto,

dile que venga seguro

que mi palabra le empeño.

Trabillón.

Ni galgos me alcanzarán

aunque corran más que un viento.

Vase

Luis.

Hijo, mira a Margarita.

Ptog. 41

Félix.

Ya, padre mío, lo veo.

Luis.

Doña Inés, lo que aquí falta

es que este tu noble pecho,

pues sangre noble le alienta,

perdone a mi hija luego

y des a Félix la mano.

Inés.

Tus mandatos obedezco.

Ven, Margarita, a mis brazos,

y vos, don Félix, supuesto

vuestro gusto, esta es mi mano.

Félix.

Este es el bien que apetezco.

Salen Eduardo y Trabullón.

Trabillón.

¿Señores, hay para todos?

Vamos, señor, llega presto.

Eduardo.

Aquí, señor don Luis,

tenéis a Eduardo, y creo

que, atentos, perdonaréis

mis temerarios excesos.

Luis.

Servido estás, Eduardo,

y pues sois la causa de esto,

dad la mano a Margarita.

Eduardo.

Cumplióse ya mi deseo.

No digo la mano sola,

pero alma y vida le ofrezco.

Margarita.

¡Dichosas penalidades

que tuvieron fin tan bueno!

Trabillón.

Laura, ¿qué hacemos nosotros?

Laura.

Más vale que nos casemos

y sea luego, a la hora.

Trabillón.

Pues toca esos cinco huesos.

¡Bendito sea el Señor,

todavía no lo creo

que yo he llegado a casarme!

Laura.

Pues créelo, majadero.

Todos juntos.

Todos.

Y aquí don Miguel de Llera,

por ser el parto primero

que su idea ha producido,

con el título discreto

Volver por su mismo honor,

pide perdón de sus yerros.

Finis Coronat opus.

Ptog. 42

Laura.

Se descompone mi amo,

observando estará;

pero, ¿quién aquí habrá entrado?

Veamos lo que esto es.

Vase.

Laura.

¡Jesús, Jesús, lo que ha dicho!

Yo me voy luego al instante

y le digo a Isabelilla

todo lo que ha dicho este arrogante,

para que busque remedio

y a mi ama la despierte.

Isabel.

¿Cómo si es cierto? Señora,

punto por punto me ha dicho

la relamida de Laura

lo que yo te he referido;

¿habrá más maldita lengua?

Ntovigtotion

Extomen de toutorítosTEXOROBITESOImptoct

Informtotion

APIHow to cite usAutomtotic trtonscriptions

This website htos been developed thtonks to the mtoin funding provided by:

Thtol-IA · Ptotrimonio tetotrtol áureo: Inteligencito Artificitol y Fotogrtofíto Espectrtol

Direction: Sònito Botodtos

With complementtory support from:

Prolope · Grupo de investigtoción sobre Lope de Vegto

Direction: Sònito Botodtos tond Gonztolo Pontón

Isttoe · Impresos sueltos del tetotro tontiguo esptoñol

Direction: Alejtondrto Ullto Lorenzo

© 2026 ETSO | Content licenses tond privtocy | Web development: Dtovid Merino Rectolde