> Дата публикации: 22 августа 2026 г.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay instante sin engaño. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-instante-sin-engano.
Don Enrique de Toledo
Don Diego de Contreras
Don Antonio Galán
Chapín gracioso
Juana criada
Don Fernando Vigo
Blanca su hija
Beatriz dama
Isabel criada
Naranjo criado
Una ronda
Acompañamiento
ropa, maletas, y bestias
dejamos, cuando tomando,
en vez de cama, y escote,
espada, capa, y un trote
que me trae agonizando,
diciéndome con los ojos
de que siga tus pisadas,
por calles tan excusadas
me traes? que mil enojos
por más que hacen en tal lid
por saber adónde estoy
ni yo sé, por dónde voy
con ser hijo de Madrid
ni por qué de mí se esconde
dónde vamos de este modo;
para mí es un caos todo,
pues teniendo casa donde
puedes irte a aposentar,
a una posada te vienes,
y este paseo previenes
sin dormir, y sin cenar.
Chapín no es esta ocasión
calla, y anda, y ven tras mí.
callo, y ando, y voy tras ti,
que mejor fuera al Japón.
no es esta gracia!
desgracia
es la de un triste criado,
pues va contigo en pecado
estando contigo en gracia.
más mi locura te jura
si no dices dónde vas
que no den mis plantas, más
pasos tras de tu locura:
no sabes que a Blanca adoro?
sé que la tienes amor.
sabes que la muerte di
a un caballero, porque
fuerza el absentarme fue?
todo señor lo sé así
porque una noche le viste
hablando con Blanca bella
sin saber bien si era ella;
fiero la muerte le diste:
quién en su reja pudiera
a no ser Blanca tirana?
pudo ser Inés su hermana.
solo esa disculpa fiera
dio después a mis desvelos.
su aleve y cruel mudanza;
pero a mi desconfianza
aumentó más los recelos.
posible es, que fuese Inés
a averiguar eso, todo
vengo Chapín de este modo.
eso fuera bien, después
(para alivio de tal daño)
y de camino tan fiero
de comer un mes entero
y de haber dormido un año.
Todo tu ser se previene
en gula, sueño y bebida.
Pues y diga usted, la vida
¿de qué modo la mantiene?
Mas dejando estos anhelos,
es aquí en gracia, señor,
¿dónde previene tu amor
desengañar a tus celos?
Cauto y prevenido espero
averiguarlo esta noche.
¿Conoces de Blanca el coche?
Coche conozco, y cochero,
ejes, ruedas y estampido,
mulas, ruido, cielo y lanza,
bien que de esto nos alcanza
a ti el cielo, y a mí el ruido.
Mas de este conocimiento,
¿qué advierte tu presunción?
Don Antonio de Aragón,
amigo fiel y de asiento,
a quien encargó mi vida
que sagaz, cauto y experto
(de mi amor) Argos despierto
fuese en mi ausencia dormida,
me avisó por el correo,
que Blanca (¡fiero dolor!)
olvidada de mi amor,
se entregaba a nuevo empleo,
y que falsa e inconstante
las más de las noches viene
a este sitio, donde tiene
prevenido ya a su amante.
Quien (¡ay Dios!) desvanecido
sus favores goza ufano,
ofreciéndole la mano
galán, esposo, y marido.
Esto vengo a averiguar
recatado, y encubierto, y vive Dios que si es cierto,
la vida le ha de costar.
Mal despique Amor te inflama
para tan celoso abismo.
¿Qué he de hacer?
Hacer lo mismo
que ellas: buscar otra dama.
Y otras mil; pues que la flecha
te hiere del Dios vendado,
que a él gracias, que de esto ha dado
tan abundante cosecha.
Un pecho que firme ama
y de constante blasona
nunca una dama abandona
por elegir otra dama.
Buena fuera esa conciencia
si el caso admite este nombre
siempre que encontrase un hombre
otra tal correspondencia;
pero el diablo se las lleve.
ya que fiare en ninguna:
espera, porque la luna
ya con luz trémula y breve
ausente a délfico coche
con luciente sucesión
tomando va posesión
del imperio de la noche:
y a la negra Proserpina
nos da con su rostro en cara:
aquí, Chapín...
¡para, para!
Señor, advierte y magina
que dos mujeres se apean
de un coche allí, y que dos hombres
con ellas (aunque te asombres)
hacia este sitio se emplean.
Sin duda que es Blanca
el coche, sin testimonio,
es el suyo.
Don Antonio,
bien aseguro mis celos.
¿Y los míos son postema?
Pues la que con ellos viene
es Juanilla; y la previene
mi cólera, aquí una flema:
retírate aquí conmigo
si el furor me da lugar
para poder escuchar
y previene su castigo.
Y yo; si en tales andanzas,
y Juanilla es falsa, por Dios
que de tomar de los dos
de un castigo dos venganzas.
Retíranse y sale Beatriz y Don Diego, Naranjo y Juanilla, con mantos ellas.
No en vano, la noche bella
va poniendo, a lo que infiero,
un sol, en cada lucero
y una flor en cada estrella:
jamás entre las sombras, ella
se vio más clara que agora
pero ¿qué mucho, señora,
que tanta luz desabroche,
si en vos consigue esta noche
que la florezca la aurora?
Corred el oscuro velo
a la luz de vuestros ojos
aunque le causéis enojos
a las estrellas, y al cielo.
Pero ¿si es cauto desvelo
de vuestra beldad piadosa
porque de su llama hermosa
no me abrase el resplandor?
Corredlos que en tu esplendor
fénix seré, y mariposa.
Que esas lisonjas os sobran
de la dama que adoráis
bien en ellas lo mostráis
pues como lisonjas obran,
pero mis celos las cobran
por engañar mi esperanza,
que a quien este fuego alcanza
tal vez con una ficción
entretiene su pasión
por estorbar la venganza.
Miren los cielos, señora,
que mi afecto girasol
de vuestro divino sol
solos los rayos adora.
Señor don Diego, no ignora
el corazón los desvelos,
suspiros, fatigas, celos
que os causa hermosura ajena.
Aparte
¡Chacón, yo muero de pena!
Aparte
¡Yo rabio, señor, de celos!
Hablan aparte don Diego y Beatriz.
Y vos, señora embozada,
en esa nube tejida
que asomes dos de escondida
en figura de tapada:
corred las velas, llamada
de esos ojos al cacique,
que aunque el aire me repique
de la mar bravío y hondo,
si acaso me echare a fondo
yo me iré, quitos, a pique.
Bien cubierta de barniz
vienes hoy fiera amarga;
buena está para dar largas
a la dama fregatriz
que adora tan de raíz.
Por cebo de esa dulzura
que a quererme tu hermosura
fuese, me caería miel.
Aparte
Todo esto es echar una hiel.
Y yo toda una amargura.
Vuelve, Chacón, a escuchar,
aunque me mate el veneno.
Vuelvo, así, aunque el sorno
aquí me haga estornudar.
Como el sol muere en el mar,
así muera mi deseo
si más que el dichoso empleo
mi fe de tus ojos ama.
Mas que si os digo la dama
negaréis su galanteo.
Nombradla, por vuestra vida.
Pues es... pero callaré
su nombre; y solo os daré
una seña conocida.
¡Ay, más cruel homicida!
Ya la espero, deseoso.
Mal caballero engañoso,
te acuerdas cuando le diste
un diamante, y al engaste
tierno afecto, y amoroso
jeroglífico; el brillante
esta piedra muda y bella
de mi amor, pues como ella
callaste y amas constante.
Aparte
¡Ay desdicha semejante!
decid, no pasó esto así?
Aparte
qué he de responderla aquí?
no diréis, lo sé yo.
Cielos, cuánto me pesó,
con Beatriz, cuando la di
el diamante, qué rigor.
Blanca sabe; estoy mortal:
ay Naranjo, soy fatal,
pues no ignora ya mi amor.
busca un remedio, señor,
que alivie dolor tan fuerte.
qué oigo, pícaro?
disimula,
oyendo un rato esta pena.
ay Chapín, que me condena
este rigor a la muerte.
no me habláis? enmudecéis?
decid: esto no ha pasado?
pues ya mi amor olvidado
tan por extremo sabéis,
porque el recelo dejéis,
os diré tan solo ahora
que vi a una dama señora;
que la quise, verdad es;
mas miré tu sol después,
y olvidóseme su aurora.
sois villano; la venganza
que debo tomar nomás,
es; que me veáis jamás;
y olvidéis vuestra esperanza.
injusta fue esa mudanza,
y a olvidar tal desvelo,
que no quiere merecerlo
fénix leal, o girasol,
de que os olvidéis del sol,
viendo de que otro cielo.
discreta, enemiga estás,
con celos, dulce homicida.
Blanca; señora, mi vida,
yo no he de olvidar jamás.
ya no puedo sufrir más,
al ver su nombre en sus labios:
cual áspid pisado, vamos.
qué hacen, señor, tus afectos?
olvidar, Chapín, mis celos,
y castigar este agravio.
espera, Blanca, bien mío.
déjame, falso, cruel,
que aunque aquí por un papel
te he llamado; no fue, impío,
para oír tu desvarío
como otras veces, traidor;
sino porque a mi rigor
muriese en flor tu esperanza,
porque sea mi venganza
el sepulcro de tu amor.
no más tu desdén me asombre:
que te amo, Blanca, repara...
a ser hombre, yo borrara
de tu memoria ese nombre.
Salen ahora Enrique y Chapín.
Pues aquí tenéis un hombre
que hará por vos esa acción.
¿Quién eres, hombre?
Un Sansón.
Quien, oyendo la injusticia
de esta dama y tu malicia,
vengar quiere su varón.
(Aparte)
¡Ay, Isabel!, ¿quién será
este hombre? Estoy absorta.
Hombre, ¿qué te va, o te importa
lo que aquí pasando está?
Más me importa, y más me va
que pensáis: soy caballero;
enfádame un desafuero
y al castigo me provoca.
(Riñen los dos)
A demasía tan loca,
responda solo el acero.
Y dos señoras.
¡Ay de mí!
Sígueme, Isabel, al coche.
(Vanse las dos)
¡Soltóse el diablo esta noche!
Vamos aprisa.
Ve aquí
lo que me faltaba a mí
en vez de una cena rica.
Gigote te hará esta pica
desde el talón al cogote.
No es mucho me hagas gigote,
si tú eres el que me pica.
(Con el brazo fuerte)
Raro valor.
Advierte que gente viene.
(Luces con eslabón)
(Retíranse)
Pues retirarnos conviene.
(Chacón ven)
No huyas, cobarde.
Que en seguirlos de esa suerte
haces mal; el paso ten.
(Vanse tras ellos)
Trae ella, conmigo ven,
que me importa conocellos.
¿Que yo contigo, y tras ellos?
Fuera al infierno más bien.
(Dentro ruido de espadas y salen algunos de la ronda)
¡Favor al rey!
¡Ay, mi pierna!
Que apagaron la linterna.
Que huyen.
Seguidlos.
Prended,
mientras que los prenden fe
el secretario Serna.
(Entranse los ministros y sale Blas, y Juana con luz)
(Pónelas)
Pon, Juana, en ese bufete
esas luces; mientras llega
Beatriz, que ya tarda mucho,
y mil cuidados me cuesta.
No tengáis cuidado, que
estará en velada mientras
otra parte de rosario
más, que las que suele rezar;
que aunque no es del número, es
dama, señora de cuentas.
(Aparte)
¡Oh, maliciosas espías!
No es casa de centinelas,
o quién sin vuestro registro
pasarse aves pudiera.
No te fatigues, señora.
Si ella en mi coche no fuera,
no me diera pena alguna.
Pues ¿de qué nace esa pena?
Que puede de algún curioso
la mordaz infame idea,
viendo solas dos mujeres
en mi coche, a deshoras fuera,
pensar que soy yo, y pensar
que la devoción honesta
de ir a Gracia, no es virtud,
sino devoción supuesta.
¡Ay, advierte de mi vida,
cuándo la ingrata, la adversa
varia, inconstante fortuna,
mentida deidad cruenta,
el curso rápido infausto
de la altiva, vana rueda
parará de sus rigores,
haciendo con una vuelta,
que los ojos de mi amante
vida de mis ojos, sean!
Pero ¿quién se entra hasta aquí?
Sale Beatriz, y Isabel asustada.
Yo, Blanca, que vengo muerta.
¿Qué traes, Beatriz divina?
Anima, descansa, alienta,
que todo el color perdido
de una desdicha da muestras:
¿qué tienes?
Ansias, pesares,
desprecios, olvidos, quejas,
iras, cuidados, y celos,
que todo este infierno encierra
este monstruo, este huracán.
Pues donde su furia reina
no hay quietud, sosiego, alivio,
juicio, razón, ni prudencia.
Pues ¿qué hay de nuevo?
No ignoras,
que en don Diego de Contreras,
(hermano de don Florencio
a quien dio muerte a tus rejas
mi hermano Enrique, tu amante)
a honor, y recato ciegas,
pues en el sosiego, y fe
no sé yo, si con la misma
afición, puso en los míos
todo el ser de sus potencias.
Fino, leal, y amoroso,
con igual correspondencia
fui el ídolo de su altar,
y él, la imagen de mi idea.
Pero, ¡ay triste!, este amor todo
este afecto, esta fineza
un retiro, un descuidarse,
un desvío, una tibieza,
me despertó, del letargo,
en que rendida, a la quieta
mansa, apacible, suave
prisión de Amor halagüeña,
me hallaba en sus dulces hierros
cautiva, dormida y presa:
supe su mudanza en fin;
y que con finas ternezas
de mi belleza olvidado,
adoraba tu belleza:
(celosa y desesperada,
(no de ti, que ya estoy cierta
que en tu constancia jamás
entrada hallaron sospechas)
de su infamia, Blanca, sí,
y de su falsa cautela:
pídote prestado coche,
finjo a Gracia una novena,
por la ausencia de mi hermano,
y saber con más certeza
si eran justos mis recelos,
o si su mudanza es cierta:
doyle un papel en tu nombre
y en él le advierto, que venga
a Gracia las noches, que
me durase tan honesta
devoción, que allí mi Amor
se esperaba: sin violencia
el precepto obedeció:
y yo entonces cauta, y cubierta
de este manto, disfrazada
me valgo allí de ti misma;
y favores le hago en tu nombre;
no te admires Blanca bella
y perdona la osadía
pues ya dije, si te acuerdas
que no hay juicio donde hay celos!
¿a quién hirieron sus flechas
que imposibles no conquiste
ni qué riesgos no atropella.
Creyó mi Amor; y yo cauta
astuta, mañosa, y cuerda
pude asondear su pecho,
a cuya blanda cautela,
se fue tragando el anzuelo,
y tanto en su Amor se ceba,
que en el dulce amante potro
en que feliz se contempla
al suave impulso amoroso
da la más rendida vuelta
de un favor; incauto, ciego
mi olvido, su Amor confiesa!
¡ay cielos, quién vio jamás
en las vulgares tragedias
que el reo confiese, y que
sea el juez el que padezca?
(desengañada, ay de mí)
osada, altiva, y resuelta,
esta noche, al mismo sitio
le avisé, que a verme vuelva:
no para hacerle caricias,
no para oírle ternezas,
(Cae desmayada)
sino porque de una vez
su infamia, y castigo viera.
Segunda vez, Abenete
en la confesión que ha hecha
se afirma, se ratifica,
añadiendo a su fiereza,
que eras tú el sol en que vive,
y yo su difunta estrella.
No desenfrenado bruto,
no, en el coto herida fiera,
no precipitado escollo,
ni desgajado cometa,
más ruinas amenazaran,
ni más estragos hicieran,
que yo, al oír de sus labios
razón tan vil y grosera.
Si un caballero, en el tiempo
que a la venganza se apresta
mi rigor, no me atajara
la acción, diciendo: "¡Qué pena,
señora; un hombre, que oyendo
la justicia y razón vuestra
tenéis aquí, que por vos
sabrá vengar vuestra ofensa!".
Don Diego, furioso, entonces,
al ver acción tan resuelta,
por excusar las preguntas
dio al acero la respuesta;
riñen todos, y yo, ¡ay, triste!,
turbada, confusa, muerta,
tomando el coche, afligidas,
heladas todas las venas,
la planta inmóvil, el tamo
sin aliento, las potencias
sin voz; los cielos me valgan:
¡Ahógola el dolor!; aprisa,
Juana, Inés, a mi lecho
llevad; y hasta que vuelva
en sí, la asistid piadosas.
(Llévanla las dos)
Ha hecho muy linda hacienda.
Ayuda, Isabel, y su amiga
que pesa mucho; suave paciencia,
pues es propio en las mujeres
pesar más la más ligera.
¿Quedamos buenos, honor?
¡Desdichas, quedamos buenas!
Amor, ¿se hallará en el mundo
a quien esto le suceda?
¡Mi opinión, en opiniones!
Al azote impía expuesta
de un desenfrenado vulgo:
Beatriz, celosa y revuelta,
sin dolerse de mi honor,
por confirmar su sospecha,
al celoso mar se arroja,
en cuyas ondas severas,
siendo ella la que fluctúa,
soy yo la que más se anega.
ellos dirán el dolor
de mi amor y de tu ausencia.
Si el gusto, favor desata,
que aprisionó la cadena:
Alterna el cisne hermoso su sonora
suave voz, en cuyo acorde encanto,
si observa, alegre, su armonioso canto,
lamenta, triste, su postrera hora:
La incauta tortolilla, siente, y llora,
la dura ausencia de su dueño, y tanto,
que ni el tierno lamento, ni su llanto,
su mal alivia, ni su pena dora:
Así yo, dueño amado, de esta suerte
cisne canoro, tórtola afligida
cante, llorando, desunión tan fuerte,
siendo, en mi, llanto, y voz un homicida
mas, vida, oh tus ojos de mi muerte,
si hacen tu ausencia, muerte, de mi vida.
Bien el veneno preparas,
muy bien la ponzoña ordenas,
mas, oye, en tus mismas voces
has de encontrar la respuesta:
La vil sirena su música sonora
cautelosa previene, en cuyo encanto
el cauto pasagero, en vez de canto,
su vida encuentra su postrera hora:
Astuto el cocodrilo, gime, y llora
con ay tan tierno, con halago tanto,
que en los dubios sollozos de su llanto
sus iras cubre, si su engaño dora:
tú así, dueño ingrato de esta suerte,
cocodrilo, y sirena fementida,
lloras cantando de unión tan fuerte,
siendo en tanto dolor fiero homicida,
el parabién, tu llanto, de mi muerte,
y el pésame, tus voces, de mi vida.
Mi bien Enrique, ¿qué es esto?
Cuando en desatadas perlas
han sido mis tristes ojos
dos desleídas estrellas;
hoy que en la luz de los tuyos
enjugar su llanto esperan,
¿en vez de alegres arrullos
me rindes tristes exequias?
¿Qué es esto, Chapín? ¿También
tú te retiras? ¿No llegas
a pedirme las albricias?
Ya tú me las diste buenas.
¿Yo? ¿Cuándo?
Esta mesma noche.
¿Pues cuándo esta noche mesma
te he visto yo?
Cuando a tu
quebradero de cabeza,
una piedra le tiraste
de la honda de tus quejas,
y fue con apretón lindo,
que de las resultas de ella
a él la piedra le tocó,
y a mí el toque de la piedra.
No te entiendo.
Yo sí entiendo,
falsa, sí, peor Medea,
vil Pandora, esfinge aleve,
lamia injusta, Circe fiera,
¿negarás, di, que esta noche
y otras muchas antes, quieto,
dejando aparte las iras
de las pasadas ofensas
de aquel infeliz a quien
quité la vida, a tus rejas,
de cuyos celos aún
no está el alma satisfecha?
¿Podrás negar, otra vez,
(mi dolor, a decir vuelva)
que a Gracia fuiste? (quizá
te dio tu padre licencia
con el honesto motivo
de alguna fingida oferta)
donde, celosa, a tu amante
llamado de tus cautelas
entre halagüeños rigores
le dabas ardientes quejas,
de que adoraba otra dama,
y a quien, con voces afectas
te satisfizo, diciendo:
que en la luz de tu belleza,
como a la vista del sol
se consumió aquella estrella;
y que tú así que esto oíste
vibrando enojo, soberbia,
le culpabas de mudable,
bien que él con dulces ternezas
templar tu enojo intentó,
repitiendo entre finezas:
mi gloria, mi bien, Señora,
Blanca, sí: pero aquí apenas
tu nombre oyeron mis ansias,
puesto do lo oyeron ellas,
cuando a quitarle la vida
me arrojé; que si paciencia
tuve hasta aquí, fue porque
dudé hasta entonces quién eras;
pero declarado el nombre,
más que sufrimiento fuera
si el vengarme no intentara;
quién duda lo consiguiera
si la justicia a este tiempo
no llegara, a cuya fuerza
fue preciso el dividirnos;
y a mí; mas fue la causa
cuya división extraña
fue el montón de mis orejas:
que terminó las discordias;
ingrata y ingrata, aleve niega
¿que esto no es así?
Aparte
¿Pues de hoy
qué atenderé? (¡Dura tormenta!)
¿Qué envidiosa de mi infelice
fue el que moviese esta reyerta?
Aparte
Me ha muerto
con fingirse ser yo misma:
escuchó Enrique mi nombre,
tomó del coche las señas,
y creyó con justa causa
que era yo: ¿quién en tan fiera
en tan terrible fatiga
se vio jamás? Si esta pena
le digo aquí la verdad,
peligras, Beatriz. Esfuerza.
Si la niego, me convencen
voces, nombre, coche y señas.
Si yo me culpo, me imputo
de mujer fácil y necia;
pues ¿qué haré, cielos, decidme
entre tan duras violencias?
pues es la menor de todas,
un rayo, un volcán, un Etna.
Así es mudo ingrata
pero hacer bien, excúsame
la respuesta que has de darme,
por ahorrarte de que mientas,
yo me la daré a mí mismo.
Puede ser que sea la cierta.
Dirás que tu hermana Inés,
rendida a las nobles prendas
de don Diego (que este fue
el que hablaba allí con ella,
bien que yo no sé quién es),
que ya celosa, o resuelta
al ver que adoraba más
sus ojos que su belleza,
o que embozada con tu nombre,
disfrazada entre las nieblas,
le hizo favores fingidos
por ver si de esta manera
podía atraerlo a sí,
vendiéndole esta fineza.
Después, declaro el engaño
y su astucia descubierta,
dirás también que fingió
aquel enojo severa,
aquellos celos astutos,
porque con ellos perdiera
la esperanza de tu amor.
¿No acerté así el proceso?
¿La disculpa prevenida?
Porque no es la vez primera
que de ese engaño te vales.
Pues, ¿y quién duda que es ella,
la que sin querer me ha muerto?
Ni aun ha de ser la postrera.
¡Ah, tirana!, ¿y en tu causa
es solo esto lo que alegas?
Algún día mi verdad
volverá por mi inocencia.
Pues quédate, ingrata, a Dios,
hasta ese día.
Estoy muerta.
Al irse Enrique, sale Juana y se turba al verlo.
Ya, señora, ha vuelto en sí...
Pero, ¡ay, triste!
¿Qué te altera?
¡Oh, qué terribilísimo lazo!
¡Oh, qué falsísima cuerda!
Juana, ¿quién ha vuelto en sí?
Mi ama Inés, que ahora de fuera
de rezar sus devociones
de gracia, a este instante llega,
y creo que allá en el pecho
le reventó una postema,
que, con haberla tocado,
la hemos tenido por muerta,
de un desmayo que la dio.
Famosamente remiendas.
(Aparte)
Bien, Juana, se disculpó.
di, también, que esto es quimera
y que esta criada estaba
prevenida, que saliera
al tiempo que tú llegaras,
puesto que esta noche era
la noche que te aguardaba
(después de tan larga ausencia)
como tú me lo avisaste,
¿no es esto así, Enrique?
Pregunta
que es ahora cuando, señor,
se recibe el pliego, apriesa.
Irme es mejor, y dejarte,
que hay en tus voces tal fuerza
que si te escucho, está a pique
me obligues, a que te crea.
Al irse, lo detiene y hablan aparte Blanca y Enrique.
Chapín mío, tan callado
se me entra el bien por las puertas;
¿cómo no me abrasas, cuando
me ves con la boca abierta?
La cigarra, el canto vano
suspende, si invierno frío,
esperando aquel señor
venga a darle un buen verano;
así, en mí (Chapín, hermano)
fue tu ausencia un vivo infierno,
lloré, en vez, de canto tierno,
mas ya hoy, en tanto enojo,
viendo en ti la paja al ojo,
ya se me acabó el invierno.
Linda tejedora haces
que usas en urdir la tela,
mas yo con tus mismas tramas
te echaré las lanzaderas.
Grazna el búho, ¿no es en vano,
con un graznido tan frío
que le anuncia un mal estío,
al que espera un buen verano?
Tú así con el nuevo hermano
me ofreces un crudo infierno,
siendo tu graznido tierno
agüero de mucho enojo,
pues ya con el búho al ojo
tendremos un mal invierno.
¿Qué es esto, Chapín, mi bien?
Cuando estas luces traviesas
han sido en estos candiles
dos agonizantes mechas,
hoy que el seno de tus brazos
para derretirse esperan,
en vez de que haya aleluya,
¿me canta requiem eternam?
¿Qué es esto, di?
¿Qué ha de ser?
Dícese sí que canta abeja
que a un mismo tiempo vomitas
la miel, la espina, y la cera.
¿Me negarás que esta noche
de tu señora, las huellas
a Gracia fuiste siguiendo
donde la esperanza, a ella?
su amante; y a ti el bueno
de su escudero.
¡Qué pena!
Y después que derretido
dulcemente te requiebra
con el concepto salado
de mar, barco, fondo, y cubas:
y tú en retorno le cambias
de celos, más de una grúa;
de un fregatriz estropajo;
(Aparte)
¡Ay de mí, pues cuánto cuenta!
Y Paula, que se ha parado
con naranjo; a mí me echa
la culpa; los dos sin duda
fueron los de la pendencia.
Niega pues que no es ansí;
y que tú: mas esto dejan
para mejor ocasión;
mírelos; porque no es esta
la ocasión de su venganza.
Eso es falso.
Calla fiera.
Vive Dios, Blanca, que pues
has dado en seguir el tema,
de que fue tu hermana Inés;
hasta que esto escuche de ella
no he de dar crédito a nada,
y ansí, des, o no, licencia,
yo entraré, a que me lo diga;
Va a entrar y le detiene ella
Enrique, detente, espera.
Es en vano detenerme.
(Aparte)
¡Ay señora, que revienta!
Y ve a su hermana Beatriz,
peor está, que estaba antes, deja,
que a Inés hable.
Ya he dicho
que es otro día.
¡Linda flema,
a quien de cólera está
si revienta, o no revienta!
Que la hable estorbas, ingrata,
porque en tanto la prevengas
de nuevos engaños que
me diga.
(Aparte)
Mucho aprieta.
(Aparte)
¡Ay mayor desdicha, cielos!
Y ansí quieras, o no quieras,
yo he de hablarla.
No has de hablarla.
Más mis recelos aumentas;
No has de entrar.
Al ir a entrar sale don Fernando y túrbanse todos
Pues yo he de entrar.
Cáyose la casa a cuestas.
¿Qué es aquesto? ¡Vive el cielo!
¿Qué de entrar, pues no has de entrar?
¿Quién se atreve a violar
de esta esfera el sacro suelo?
(Aparte)
¡Ay desdicha más tirana!
Aparte
¡Quién vio lance más impío!
Aparte
A mí ya me ha entrado el frío.
Aparte
Y a mí me entró la cuartana.
Señor Don Enrique, ¿vos,
en porfías con mi hija?
¿No te [...] colija,
ni que [...], vive Dios?
Cuando os imagino ausente
de Madrid, aquí os encuentro
profanando el casto centro
de este albergue, en cuyo oriente
de el sol, la pura presencia
haciendo bellos ensayos
para entrar, deshecho en rayos,
quizá que pida licencia.
¿Vos osado, de esta suerte
os atrevéis a mi casa?
Decid presto, lo que pasa,
o vive Dios que os dé muerte.
Confuso estoy, y turbado.
Di, ¿qué es esto?
Aparte
¡Ay de mí!
Señor Don Fernando, si...
Callad vos: pues que me has dado
licencia, de todo el caso
te daré cuenta Señor.
Acaba ya.
Aparte
Ea, Amor,
no tan solo, en tal fracaso,
evita ruina tan cierta,
sino haz, que a Enrique, mi padre,
que le cuadre, o no le cuadre,
le acompañe hasta la puerta.
¿Qué irá a decir?
Aparte
No haya miedo
le falte qué; que es sutil,
y ella hará que arda el candil,
al aceite de un enredo.
Lleguen Álvaro, Beatriz y Sancho.
¿No veremos, qué batalla
hay aquí?
Lance tirano,
Blanca, su padre, y mi hermano.
Muerta estoy.
Señora, calla.
Apenas el rubio coche
corrió al día la estación,
cuando tomó posesión
de su hemisferio, la noche:
serena, apacible, y bella
salió alegre, y oportuna
siendo, en la argentada luna,
cada reflejo una estrella.
Y yo a ese balcón las fogosas
reliquias de el sol, templaba,
donde ufana contemplaba
aquellas fénix hermosas
que el velo azul fertilizan,
con luces tan nacaradas
que cuando más abrasadas,
el cuando más se eternizan.
mis pensamientos ociosos
así estaban divertidos
cuando oyeron mis oídos
lentos pasos presurosos
en esa sala: (aquí empieza
el ardid) ¿quién es? pregunto,
y aunque el aliento difunto
oigo decir: favorece
(en congoja tan crecida)
señora, pues mujer eres
dos afligidas mujeres
a quien le va honor, vida,
aliento, y reputación
el que un hombre que desea
conocerlas, no las vea
ni que no sepa quién son.
Con aliento generoso
a ampararlas me prefiero:
cuando entró este caballero
osado, altivo, y brioso,
diciéndome: perdonad
que en vuestra casa sea osado,
que le importa a mi cuidado
aclarar una verdad,
con dos mujeres tapadas
que entraron aquí, señora;
yo que a las dos a esta hora
las tenía retiradas
en un cuarto, resisto
su entrada, y su vista niego;
pero él de su enojo ciego
como entrar las había visto
cortés, porfía, y atento
le di de hablarlas licencia,
más viendo mi resistencia
se pasó al atrevimiento:
(Aparte)
en qué parará este horror
y al grosero porfiar
si ha de entrar, si no ha de entrar
llegaste entonces señor
con que lidias tan estrechas
pudo estorbar tu respeto:
(Aparte)
candil, y aceite en efecto
ya hay; mas faltan las mechas:
este pues el caso es todo,
y si acaso fui atrevida
ya estoy a tus pies rendida.
hay mentira con más modo
(Aparte)
sin duda, cielos, que acaso
con Enrique a Blanca bella,
halló su padre; y que ella
por disculpar, finge el caso.
las escondidas mentidas,
(A Juana)
están bien; pero responde
si el ciego las pide, ¿dónde
han de ir por las escondidas?
Al infierno.
Fui severo,
Enrique, este arrojo en vos;
y no creyera por Dios
de vos exceso tan fiero.
Confieso mi necedad:
(quién vio lance más extraño,
fuerza es seguir tal engaño)
y así, Señor, perdonad,
pues el delito os confieso,
que basta, porque me asombre,
se me dé de osado el nombre
en castigo de mi exceso:
con que así, dadme licencia.
A vos, hermosa deidad,
perdonadme, sí.
Aguardad,
que falta otra diligencia.
Decidla, pues.
¿Dónde están,
Blanca, esas damas?
Allí,
en esa pieza.
(Aparte)
¡Ay de mí!
dónde mis desdichas van.
Llamadlas, Juana.
(¡Qué miedo!)
Señoras...
Aquí fue Troya,
cayó en tierra la tramoya
y descubrióse el enredo.
Ved que os llama mi señor,
venid sin algún disgusto.
Lléganse al paño y sale Beatriz y Champa tapadas
A vuestros pies...
(Aparte)
¿Qué quimera,
es esta? Son sin testimonio,
o aquel ángel es demonio,
o este diablo es hechicera.
Señor...
(Aparte)
Déjame, Chapín,
que esto es delirio, o encanto,
o sin duda es sueño cuanto
oí para en este confín.
Señor, con la turbación...
(en vano se anima el pecho)
Muy bien, señoras, sospecho
de este lance la ocasión;
y así, aunque las dos calléis,
harto hablan vuestros suspiros:
seguras ya podéis iros,
sin que nada me digáis,
que en la noble bizarría
de este caballero, espero,
que obre como caballero,
y que deje su porfía.
Vivan los dos muchos años,
y suplid mi desacierto.
(Vanse las dos)
(Aparte)
Ay Beatriz, que tú me has muerto
con la lid de tus engaños.
Vos, hijas, aquí un escudero
las acompañe, y en tanto
apeaos de su...
(Vase)
detén este caballero;
y otra vez, que exceso tal
que no hagas, le prevengo,
que si de este escapo bien,
podrá de otro salir mal.
Mujer, hechizo, o espanto,
sombra, enigma o ilusión,
¿qué mujeres estas son,
que asombro es este, o encanto?
Necedad de marca es
tal pregunta, por mi vida,
cuando ya es cosa sabida,
quién sería.
¿Quién?
Inés;
que a quién podrá dudar,
que fue Inés, y su criada,
que al ver lid tan arriesgada,
quisiéronla así estorbar.
Y más como prevenida
de ropa estaba.
Mas topa
la disculpa de esa sopa,
con estar ya recogida.
Si tu padre, por castigo,
Blanca, la va a acompañar,
¿adónde ha de ir a parar?
Si lleva el riesgo contigo,
astuta es, y en tal batalla
no le faltará un engaño.
¿Si vuelve a casa, y no la halla?
Otra necedad es esa
a la otra semejante,
pues ¿quién quita que al instante
que salió de aquí con priesa
como que iba de parto,
y que en vez de tomar ligero
los pasos de la escalera,
tomase los de su cuarto?
En fin, que a todo, tirana,
me das ayes por disculpa.
Sabe Amor que estoy sin culpa.
Y si hay alguna, es liviana.
Huyendo voy de tu engaño
donde muera a tus enojos.
Llorarán mis tristes ojos
hasta darte el desengaño.
¿Puede haberlo a una mudanza
tan clara y tan conocida?
Mientras me dure la vida,
no perderé la esperanza.
Pues yo de darte sin ella.
Que vuelve tu padre, advierte.
(Vase)
Daré mi vida a la muerte.
(Vase)
Y yo al rigor de mi estrella.
¿En qué quedamos los dos?
Que voy a morir también.
(Vanse)
Por siempre jamás amén
te rogamus, audi nos.
Vanse y sale Beatriz, y Ysabel.
Pone el manto sobre una silla.
Quítame aprisa este manto:
loca vengo, y sin sentido;
peor fuera haber venido
mi señor a casa, en tanto
que, amparando estos sucesos,
se hallase fuera de ella.
Solo eso debo a mi estrella
entre tan fuertes excesos:
bien que en medio de esto todo
siento en el alma un temor,
un miedo, un susto, un pavor,
viendo a Enrique, de este modo,
sin que a casa haya venido
estando en Madrid así.
Si por desdicha, ¡ay de mí!,
mi locura habrá sabido
y querrá (desgracia fuerte)
cauto, sagaz y discreto,
averiguarla en secreto,
darme después justa muerte?
Más bien, tan fiera cautela
a tus ojos lograría,
siendo de noche y de día
de ti muda centinela.
Mas ¿quién entra?
Sale Blanca.
Yo, Beatriz.
¿Tan impensada visita?
Como el entrar facilita
ese tejido tapiz,
que mudo cubre esa puerta
que desde mi cuarto da
paso al tuyo;
Bien está:
vengo solo porque advierta
tu pasión inadvertida,
a decirte que con ella
me has quitado, Beatriz bella,
el ser, el gusto y la vida.
¿De qué suerte?
Mucho ignoras.
¿Hay más pesar?
Sí, más grave.
Dilo, acaba.
Enrique sabe
cuánto ha pasado a estas horas:
y así mi amor te previene
que cauta le digas luego
que Inés adora a don Diego,
que así a las dos nos conviene.
Dentro Enrique.
Abre, Isabel, esta puerta.
Mi hermano es este, ¡ay de mí!
Retírase.
Pues yo me retiro aquí.
Si él me conoció, soy muerta.
Sale Enrique y Chapín.
Baja volando, Isabel.
Ya no es menester que baje,
que no faltó abajo quien
la puerta abriese, Beatriz.
Hermano, vengas con bien.
Como mi amor te desea.
Y tú bien hallada estés,
¿sin recogerte a estas horas?
No es tan tarde; pues las diez
de la noche, apenas son.
Que era más tarde pensé.
¿Qué hay, Chapín?
Tus pies, señora,
a besar me da, porque
es muy justo, que un chapín
nunca falte de tus pies.
Las albricias te prometo.
Sean mejores que las que
me dio la rucia esta noche.
Pues ¿qué? ¿te dejó caer?
Y me abrió media cabeza.
Pues, Chapín, fineza es,
si de una rucia caíste,
que yo una baya te di.
¿Vienes de fuera, Beatriz?
Aparte
¡Ay Dios, qué responderé!
¡Yo de fuera! No, señor.
¿Por qué lo dices?
Porque
veo aquella ropa allí,
sin aseo, y con doblez.
Aparte
Mal haya, amén, mi descuido.
Aparte
¡Ay de mí!, ¿qué le diré?
Doña Inés de Altamirano...
¡Válgate el diablo esta Inés,
también acá la tenemos!
Llegó aquí al anochecer
y, desnudando esa ropa,
me pidió que prestados
manto, y basquiña le diera;
y sin decir para qué,
con una criada suya
apresurada se fue,
diciendo solo, y a bulto:
Y está, Enrique, la hora es
que no ha vuelto, y así tú
dobla esa ropa y guarda
hasta que envíe por ella.
Mas que nunca sea; amén.
Bien le respondió Beatriz.
Pues ¿adónde iría Inés?
Lo más que podré decirte,
si entenderlo no podré
es, que Inés debe de andar
entretenida.
¿Con quién?
Con don Diego de Contreras.
Aparte
¡Válgame Dios, qué escuché!
Bien se logró la ocasión.
Esto de Inés lo sé.
A mí me lo dijo Juana.
Y a mí esa Juana también,
doña Inés se lo diría,
con que aquí engaña a mi amo.
El secreto de los dos
ya lo saben más de tres.
Aparte
¿De qué estás suspenso, Enrique?
La pálida amarillez
de tu rostro, a algún pesar
mudo, está dando a entender.
En mí no estoy de temor.
¿Qué tienes?
¿Qué he de tener?
Veras, pesares, desdichas,
siendo una fácil mujer
(en quien, gusto, honor, y vida
amante deposité)
la causa de tanto mal.
Muerta estoy.
No bien llegué
esta noche a una posada...
Aparte
¿Qué llegó esta noche? Bien.
Con chapín, que por mil causas
preciso así hacerlo fue;
por los avisos, que tuve
de su injusto proceder,
cuando los pasos dirijo
a Gracia...
Aparte
¡Cielos! ¿Qué haré?
Que es muy cruel el principio
y el fin promete cruel.
Que con don Diego su amante...
Aparte
Más claro va cada vez.
Este cocodrilo aleve
el rato gastaba, que
en la honesta devoción
gastarlo fuera más bien,
y allí, pues, los hallé hablando.
Aparte
Cierta mi desdicha es.
Esta noche; pero apenas
de que era ella me enteré...
Aparte
Él me conoció sin duda.
Sácalo
Cuando este acero saqué.
Aparte
Ya intercadentes los pulsos,
Por si podía con él...
Aparte
Helados los movimientos;
Apagar la ardiente sed...
Aparte
Pegada la voz al labio,
De el hidrópico Babel
de mis iras...
Aparte
Ya sin vida,
En el traidor verter
de sus venas...
Aparte
Sin aliento.
Y va a ejecutar...
Sale Blanca
Detén,
enemigo, ese áspid fiero,
que no es Beatriz contra quien
vibras, de él, su veneno.
Contra mí decís, más bien;
contra ti, ni contra ella
este rayo desnudo.
Perdona, Beatriz hermosa,
porque ciego imaginé
que hablando estaba con ella,
pues esta ingrata, que ves,
la misma es, que con don Diego
esta noche hablando hallé.
Aparte
Eso sí, respire el alma.
Aparte
Aguarda, vuelva otra vez
a su ser, pues ya faltaba
un tris para no ser.
Golpe adentro
Llega a la reja
Y así, enemiga engañosa,
falsa, aleve... Pero, ¿quién
llama a Beatriz a esa reja?
Mas yo más bien lo veré.
Aparte
De don Diego, ¡ay infelice!,
es la seña. Amor, ¿qué haré?
¿Quién llama a esta reja?
Dentro
Aparte
Vase
Yo.
¡Vive Dios, que Enrique es,
a quien respondí! Pero así
sagaz lo corregiré:
Dile, amigo, a don Enrique,
(Amor, aliento me dé)
que don Diego de Contreras,
su amigo leal y fiel,
al pasar por aquí ahora,
supo su llegada y que
su amistad no le permite
que le fuere a recoger
sin que tú la bienvenida,
en nombre suyo, le des.
Esto le dirás; y adiós.
Espera, amigo, detén.
Aparte
Agudo anduvo don Diego.
Aparte
Vuelva mi aliento a su ser.
Vase
Del incendio de tus ojos
huyendo voy otra vez;
y a ti, sin que te pregunte
tu venida a lo que fue,
ni por dónde entraste aquí,
sin hablarte más me iré;
por no hablarte, por no oírte,
si es que miro, si es que sé
que corre riesgo en tus ojos
el oír, hablar y ver.
¡Ay, Beatriz!, que tus engaños
hoy me han muerto sin querer.
Vase
Ya estoy en el caso todo,
mas yo lo remediaré,
aunque allá sabrás el cómo.
Vase
Amor, paciencia me dé.
Loco me tienen, por Dios,
el oír y no entender
tanta máquina de enredos
en menos de un santiamén.
Adiós y salud.
Adiós.
¿Te vas?
Sí.
¿Por qué?
Estamos solos.
¿Y qué importa?
Ser yo bestia, y tú alcacer.
Jornada 2ª. Salen Enrique y Chapín.
¡Ay, Chapín!, de mi tristeza
¿cuándo ha de parar el curso?
Cuando hagas otro discurso,
sin quebrarme la cabeza.
discurre conmigo, Javier,
si algún alivio le hallamos;
vaya, señor; discurramos,
pero golpes, no ha de haber:
Blanca dice, que Inés es
la causa de tanto daño;
pues para qué, el desengaño
quitó, que oyeres de Inés:
rescatarle a su galán,
mas es enigma que aliños,
más hambre, les da a los niños
mientras más guardan el pan:
de su enojo los venenos
dejan el recelo atrás,
siempre el can que ladra más,
es el can, que muerde menos:
pero con ellos provoca
a que el cariño se pierda,
por ver si es fina, una cuerda
la aprietan más que le toca:
hallarla tan descuidada
lealtad, es más que delito:
guardar la ropa, perito
es la gala, del que nada:
eso está bien discurrido
a esperarme aquella noche;
si está bien untado un coche,
aunque ruede no hace ruido:
decir, Juana, sin hablalla
que Inés de Gracia venía;
eso ella lo fingiría
o oyó quizá la batalla:
Dase.
mal haya tu discurrir
y tu sentir tan tirano:
o mal haya amén tu mano,
que tanto da, que sentir:
salir las tapadas, di,
cuando las llamó su padre!
a la bruja de su madre
que te responda por mí:
por remediar tal fiereza
pudo ser Celia, y Inés;
ser pudo, pero fue pues
de su desmayo, flaqueza:
así ser restituida
pudo obrar lance tan fuerte:
no hizo jamás, en su muerte,
cosa mejor en su vida:
mas tan pronta diligencia
como fue, sin prevención,
como ellas tan brujas son
harían esa apariencia:
dicha fue, en tanta desgracia
tan a tiempo la osadía;
Como de gracia tenía
se le dio la fe de gracia.
Sagaz, cauta y advertida
anduvo Blanca, y secreta.
Ser una mujer discreta
es mejor que no entendida.
Decirme Beatriz después
que Inés a don Diego amaba...
Eso está mejor, que estaba
que a don Diego quiera Inés.
Disfrazarse cauta ella
con la ropa de Isabel...
Eso afirma, y más la fiel
disculpa de Blanca bella.
(Silla)
Es verdad; loco y cruel
con ella anduve, Chapín.
Fuiste con ella un Caín,
siendo ella un cándido Abel.
Dale.
¡Maldígate el cielo, amén!
¿Por ella vuelves, villano?
¡O lleve el diablo tu mano,
y a quien más piense también!
¡Ay, Chapín! ¡Ya yo estoy loco!
Bien en tu locura medras,
pues puños tiras por piedras.
Duérmese en una silla, y habrá...
Un áspid es cuanto toco,
y en desdicha tan fatal
y tan penoso vaivén,
siento si discurro bien,
lloro si presumo mal.
Pero ¿qué es esto? Vencido
del apacible veneno
de un blando y suave sueño
postrado estoy y rendido.
Ya en vano a valor resiste
su poder; triunfe dichoso,
pues solo tiene reposo
el rato que duerme triste.
Salen tapadas Blanca y Juana.
Fiera mano, dura y bronca,
dejará ya de pesar
midiéndose ya en no dar
tanto. Mas creo que ronca.
¡Oh, qué ocasión tan ufana
para un soliloquio ardiente!
Que acá también somos gente
y hay mucho que hacer con Juana.
Mas dos tapadas me irritan
que a casa entran con afán;
como de la boca el pan,
el soliloquio me quitan.
¿Está su amo en casa?
Entiendo
que está y no está.
¿Cómo di?
No está, porque no está en sí,
y está, porque está durmiendo.
En aquel cuarto las dos
estaremos de esta suerte,
hasta que su amo despierte.
No es mala traza, por Dios,
la que vuestra luna ordena,
pues se verá en un instante
allí en un cuarto menguante
y aquí en vuestras mangas llena.
Pues nos ve el severo juglar...
Con afanes de ladronas?
es común en las gorronas
poner todas por quitar.
ya vuelva de este bobo,
señora; si me dejaras.
Aunque os quiera ver las caras,
tan caras sois, que es un robo.
Mucho oro en Castilla ha andado
por ver esta maravilla.
Aun por eso hay en Castilla
tanto hombre adelantado.
Al que es conde no responde
jamás mi pecho oportuno.
Eso será cuando alguno
de ti sus reales esconde.
Eso será, y más abajo
su Juanilla, no lo dudo,
que si no huele a menudo,
es porque huele a estropajo.
Todo esto veis en persona,
como caso hacer pudiera
de esa bruja, esa hechicera
fea, calva y mal fregona.
Por vida de...
Ten la furia.
(Destápanse).
Buen chapín nos has puesto.
(Aparte).
Malo por San Lino, es esto.
Mas yo vengaré mi injuria.
Esto ha sido entretenerte,
que yo al punto os conocí.
(Vase).
Con Beatriz estoy allí
hasta que tu amo despierte.
De este valle, de este abismo
huyendo voy con extremo
porque yo mismo me temo,
que he de acabar con mí mismo.
¿De qué nace esa pasión?
¡Ay, don Antonio! ¡Ay, don Diego!
De un volcán, de un Etna, un fuego,
que me abrasa el corazón:
de una pérdida esperanza,
de un amor mal admitido,
de un desprecio, de un olvido,
y de una injusta mudanza.
Será así: mas ¡ay de quien
a vueltas de un desengaño
siente el áspid de un engaño,
y el tósigo de un desdén!
Llegan al paño por otro lado Beatriz y Laura.
¿Diste el papel a don Diego?
Sí, y acá adentro con él.
Pues este le da, y Laura
a Enrique; y vuélvete luego.
Sale tapada y Laura.
Allí una mujer ahora
tapada entró.
Hace reclamo y hace señas.
¿Niña, es a mí o a mi amo?
A su señor.
Pues, señora,
¿qué mandáis?
Este papel.
¡Ay, Juana, caso infelice!
Tomad, y donde él os dice
daréis la respuesta de él.
Dáselo, y vase.
Aguardad.
¿Qué ha de aguardar
que lleva el viento a la que
presto da alas a los pies?
Ansias, un papel le dio.
Señora, oír y callar.
Leed el papel.
Fuera exceso
cuando está mi corazón
pendiente de la atención
de escuchar vuestro suceso.
Pues oiga vuestro desvelo
porque en vos encuentre alivio,
consejo en su desvarío,
y en mis fatigas consuelo.
De don Florencio Contreras,
mi hermano, que quiera el cielo
que ocupe, y pise, de diamante
silla en el celeste imperio;
doña Inés de Altamirano
fue su idolatrado dueño.
¡Válgame el diablo esta Inés!
También acá la tenemos.
A cuya reja una noche
un hombre osado y robusto,
estando hablando con ella,
la muerte le dio, sangriento:
cuánta hoy mi dolor es justo.
Por diligencias que han hecho
no han tenido de él noticias,
para vengar mis deseos.
¡Ay, ay!
¿Qué tienes, Chapín?
Es que ahora, señor, me acuerdo
de un almuerzo que comí
que no quedé satisfecho,
y perdí el ver de flaqueza,
pero ahora con este almuerzo
ya voy abriendo los ojos.
Proseguid, señor don Diego.
Sintió doña Inés su muerte:
mas yo, que el hermoso objeto
de su belleza adoraba,
mientras vivió don Florencio,
secreto tuve mi amor.
(Aparte)
Hasta aquí bien vamos, celos.
(Aparte)
Amor, hasta aquí bien vamos.
(Aparte)
Pero luego que mi afecto
halló el campo libre, hizo
públicos mis pensamientos:
por Beatriz, este sujeto,
pues siendo hermana de Enrique,
claro se conoce el riesgo.
Honesta me favorece,
y yo rendido a su fuego,
salamandra fui en sus llamas;
pero este amor, este extremo,
este afecto, este cariño,
me entibió el raro portento,
de la hermosura de Blanca:
su hermana; que hasta este tiempo,
su belleza no había visto;
en cuya deidad suspenso...
¿Qué te ha dado?
Que habrá dos años y medio
me dieron una sangría
en este tobillo izquierdo
que en ascuas me dejó;
y como he ido enflaqueciendo,
se me ha aflojado la venda,
y me desangro sintiendo,
y he vuelto a perder la mitad.
No hagáis caso de este necio.
Pendiente está toda el alma
de su voz. Juan, pon ojo al cuento:
Solicité sus favores,
dijéronla mis deseos
las lenguas del corazón,
los ojos, digo, pues ellos,
son los que explican del alma,
más claros los sentimientos:
bien los entendió la ingrata,
pero en ella hallé, un despego,
un desagrado, un desvío,
un rigor, una ira, un ceño,
que perdí las esperanzas
de que escuchase mis ruegos.
Pasé algunos días,
confuso, triste, y suspenso.
Hasta que una tarde, en fin,
me escribió un papel, diciendo,
la esperase aquella noche
en Gracia; cuyo precepto
antes que llegase el plazo
rendido, pronto, obedezco.
Allí la hablé algunas veces,
con un modo tan honesto
que jamás quitó
dejar al sol descubierto
de su rostro; enigma que,
hoy la lloro sin remedio:
pues en piélago amoroso,
entre sus favores, ciego,
salgan algunas noches:
pocas Don Enrique fueron,
porque las dichas ausentes
siempre se acaban presto:
hasta que la última de ellas,
cuando esperaba, ¡ay de mí!
a que cariños repita,
a que escuche requiebros;
de su hermana Doña Inés
quejosa me pudo decir:
que aunque no dijo su nombre
fue seña un diamante bello
que la di; cuando seguía
mariposa, luz y incendio:
confeséla que la quise,
mas disculpéme, diciendo:
que viendo su sol después,
se me olvidó aquel lucero:
(Aparte)
¡Ah, tirano Amor! me vengué
de tu traición, y mis celos.
(Aparte)
que finge a Inés, por Beatriz
duélete Amor de mi ruego.
Don Diego acabad por Dios.
apenas la dije esto:
cuando en vez de hallar caricias,
hallé desaires, desprecios,
furias, rencores, desdenes,
rayos, centellas, y truenos:
no en venganza de su Adonis
pintan tan airada a Venus,
como se mostró esta fiera
al mirar tan manifiesto
el desengaño que busca:
¡qué mucho, qué mucho, ah cielos,
que venganzas fulminase,
quien su agravio estaba oyendo!
a despojarla iba
cuando dos hombres revueltos
rémora fueron del lance:
repitiendo, el uno de ellos:
por vos Señora esta ofensa
castigar osado intento:
¿quién era hombre? pregunto:
¿qué te va, le dije, en esto?
más de lo que vos pensáis
me va, respondió; y yo ciego
de dos dudas y inmutado,
di ensanchas al acero:
huye Blanca; y la Justicia
a las voces acudiendo
fue forzoso el dividirnos,
sin poder yo conocerlos:
pero ¿quién duda, ay de mí,
si a sus palabras atiendo
que su empeño sería, quien,
así volvió por su empeño?
vuelvo al sitio, no hallo a Blanca;
a tu casa después vuelvo,
hállela toda cerrada,
Hallé las puertas cerradas
toda la calle en silencio.
Solicito luego hablarla
en vano son los deseos,
Argos de noche y de día
su calle paseo, siendo
girasol de sus balcones;
si libre de mis recelos
a nadie en ellos descubro
ni a nadie a sus puertas veo,
ni aun desde entonces la cuito,
ni a hablarla después he vuelto;
mas, ¿qué mucho que esto sea,
si en el caso que refiero
ella no andó, con quien
me ha pasado todo esto?
Pues, ¿con quién?
Dióle este papel
Basilisco que me ha muerto,
más bien que yo de este engaño
os podrá sacar más presto.
Leedlo, pues.
No le dé el gusto.
Lugar me ha de dar de leerlo.
Lee ahora
«Cuando el cazador violento
cazar desea algún ave,
le pone un cebo suave
para conseguir su intento.
Yo, señor don Diego, así,
al mirar vuestra tibieza,
sospeché que otra belleza
os apartaría de mí;
y así, por saber la flecha
por quien dejabais mi amor,
cauta y muda, al cazador
hacer quise mi sospecha.
Por Blanca de Altamirano
(pues esta es la dama bella
que sigue la injusta estrella
de vuestro influjo villano)
en Gracia os habló mi amor
y porque más os asombre,
disfrazada con su nombre
justifiqué vuestro error.
Blanca jamás os habló,
ni creo que os vio en su vida;
yo soy la Blanca fingida
y la tapada soy yo.
Sea castigo este engaño
de vuestra aleve mudanza,
y por tan loca esperanza
tomad este desengaño;
y así, para que ignorante
no estéis de quien esto sella,
es vuestra difunta estrella
y la dama del diamante».
¡Ah, brujas!
Calla, villano.
Cómo callar, si reviento,
sino lo digo; Jesús,
gracias a Dios que ya leo,
pues ese papel me trajo
Laurita por el correo.
Aparte
Doloso amor de mis ansias.
Muere traidor, pues yo muero:
advertencia fue que fuera
de Inés la letra del pliego,
porque a ser de letra mía,
qué hiciera mi hermano abuelo.
Aparte
Cielos, ¿hay mayor ventura?
Loco estoy con tal contento,
que mi Blanca bella es firme.
Aparte
Logró Enrique sus deseos.
¿Qué decís, Enrique amigo?
Que es muy justo el sentimiento
que tenéis de asombros tales.
Buscadme por Dios remedio,
ya que veis que no lo hallo.
Ved, ¿en qué serviros puedo?
Que a don Fernando su padre
le digáis quién soy; mis deudos,
mi nobleza, hacienda y partes,
y le pidáis...
Aparte
¡Qué tormento!
Por dueño del alma a Blanca.
Aparte
¿Habrá Blancas con más negros?
Aprieta más, enemigo.
No tengas, señora, miedo,
que a buena cepa se arrima
para ingerir el sarmiento.
Esto habéis de hacer por mí.
Aparte
Mucho es ya mi sufrimiento.
¡Oh, glorias del mundo vanas!
¡Oh, tristes gustos del tiempo,
que servís por instantes,
o a cansar por momentos!
¿De qué sirve el bien al hombre
si es el bien para perderlo,
y el pesar de que le falta
le duplica el sentimiento?
¿De qué me sirvió esta gloria
si a tocarla apenas llego,
cuando esta furia, este espanto
la trocó toda en infierno?
¿No respondéis, don Enrique?
Mi señor, señor don Diego,
si os he de decir verdad
hará mal hombre a ese juego,
porque la polla que entráis,
entráis robando, y sospecho,
que os han de dar un codillo,
fallándoos vuestros deseos;
y así pasad...
¡Ea, calla!
que ya estáis cansado, necio.
Pues, dadme consejo, amigo.
Don Antonio, que está oyendo,
todo el caso, podrá darlo.
Si he de decir lo que siento,
no será nunca ignorancia
darle siempre tiempo al tiempo:
No os entiendo, don Antonio.
Yo os lo diré, que lo entiendo:
¿vos no decís, de que Blanca
nunca un favor os ha hecho?
¿Qué es favor? Si nunca veo
sus ojos claros, serenos;
Pues eso supuesto; y que,
de Amor, el piélago inmenso
de vuestras amantes ansias,
surca, el naufragante leño:
sin el timón de un favor,
no será dictamen necio,
porque a pique no se vaya,
procuréis, rendido, y cuerdo,
el aire de una esperanza
y el norte de sus afectos
que si alcanzáis esta dicha
con más seguro podemos
seguir el rumbo alentados,
poner las proas al puerto:
y si esto no se consigue
y no hubiere otro remedio,
por vos hablaré a su padre,
y en todo haré el orden vuestro.
(Dánselos y vase)
¡Oh, amigo fiel, y leal,
vida habéis dado a mi aliento!
Dadme los brazos, y a Dios.
¡Oh, quién pedazos en ellos
así os pudiera hacerte! Id con Dios.
(Vase)
De mis iras voy huyendo,
por no ver este enemigo.
(Vase)
Ya en este engaño habréis visto,
que no fue, Enrique, siniestro
el aviso que yo os di.
Sois amigo verdadero:
Chapín, ¿no me das los brazos?
(Va saliendo Blanca y Juana muy graves)
¿Que te abrace? Ahora no quiero:
¿ya no he dicho mil locuras,
en metáfora de necio?
Pero esta es otra jornada:
¡Y val de Dios, qué gesto!
Parece mendigo hinchado
a los soplos de un talego.
Don Enrique, el cielo os guarde,
yéndose, y él trabélla
Blanca, señora, me celo,
no de ese modo te vayas;
pues ¿qué quieres?
Solo quiero,
que me escuches dos palabras,
como no lleguen a serlo
de nuestro difunto amor
yo escucharlas te prometo.
¿Pues que tan presto murió
nuestro amor?
No solo ha muerto,
sino, que ya en el olvido
logra infausto monumento:
¡Tanto rigor, Blanca hermosa!
que yo te agravié, confieso,
pero sentir tu mudanza
muestras son, de que te quiero:
¿Es buen género de amar,
querer matarme a despechos?
Si a mí me dan la noticia,
que tienes amante nuevo,
y que en Gracia las más noches,
logras con él tus empeños,
si a Gracia tus pasos sigo,
si hablando con él te encuentro,
si tu mismo nombre escucho,
si tu mismo coche veo,
si como Blanca le hablas;
si cuanto allí pasa advierto;
y en fin si el engaño ignoro,
¿qué culpa, en culparte, tengo?
No dar crédito a mis voces,
dudar de mi firme pecho,
no admitir satisfacciones,
y sobre todo me quejo,
que yo te buscase humilde,
y tú te huyeses soberbio:
Más bien debes estimar
locos amantes extremos:
¿Y es amor perfecto, dar
a tu enemigo consejo,
que tu dama solicite,
que siga su galanteo,
que procure sus favores?
¿exponerla, y exponerlo,
a que ella tropiece, y caiga,
y a que él logre sus deseos?
¿Esto, si no es villanía,
es fuerza de sufrimiento:
¿qué hiciera el más cuerdo, di?
Lo que hacer debiera el cuerdo
doliéndose de sus penas,
eximirse del peligro;
y si por dicha o desdicha
te sale enemigo cierto
tu dictamen, necio, ¿a quién
te quejarás?
A mí mismo;
pues yo mi propio sepulcro
racional gusano he hecho;
pero, en fin, ¿eres quien eres?
Ahora soy quien soy, ¡ah fiero!
pero ¿quién busca en mujer
firmeza alguna?
(Tachado: a los desaires del ciego / todas sus iras del cuerpo)
Ya entiendo.
Ea, señora, depón
enojos, si estás viendo
el desengaño a tus ojos,
y de Enrique el sentimiento.
No me nombres al ingrato,
que ya su nombre aborrezco.
¿Con mis palabras te vengas?
La ocasión por los cabellos
a las manos se le vino,
y con satírico asco
el alma de tus delirios
te lava volviendo al cuerpo.
Blanca, señora, mi bien,
duélete de mis lamentos.
(Vase)
Irme y dejarte es mejor,
y no hablarte, porque temo
que he de olvidar mis agravios
si a tus razones atiendo;
y así, sin que te pregunte
si estás o no satisfecho,
ni sin saber de quién es
aquel papel que te dieron,
ni a qué efecto te lo escriben,
de ti me voy y huyendo
por no verte, por no oírte,
si es que miro, si es que advierto
que corre riesgo en tu daño,
si te oigo, te hablo, y te veo.
(Vase)
Oye, aguarda; ¡ay infeliz!
Fuese, pero por lo menos
ya quedo con el alivio
que si la pierdo, la pierdo
por mis yerros, pero no
por su culpa ni su yerro.
¿Has visto pelar la barba
del vecino?
Y ¿qué tenemos?
(Vase)
Que eches la tuya en remojo,
y que te apliques el cuento.
(Vase)
A bruja o injerta en varón,
yo te casaré con quien,
y le pondré a tus enojos
después de un dorado arrosto,
que eres pecata mundi,
un parche mihi, por cebo.
Sale Don Diego y Beatriz.
Hasta el cuarto de mi hermano
de ti, traidor, vengo huyendo.
Y yo tus pasos siguiendo;
no han de ser, Beatriz, en vano.
Óyeme un instante breve.
Ni una palabra siquiera.
No seas, Beatriz, tan fiera.
Ni tú, ingrato, tan aleve.
No vienen las ansias mías
a repetirte finezas;
no vengo a que mis tristezas,
alegres como solías.
Pues, falso, injusto enemigo,
¿a qué vienes? Di, ¿qué intenta
tu maldad, que por cruenta
a voces pide el castigo?
Solo vengo, Beatriz bella,
pues ya ves mi frenesí,
no a que te quejes de mí,
sino solo de mi estrella;
pues ella es la que me inclina
o la que me influye bien,
a que idolatre el desdén
de Blanca, hermosa y divina.
Y aunque más cuerda procura
argüirme la razón,
me avasalla la pasión,
yo no puedo, Beatriz bella,
oponerme, altivo y loco,
a los hados, ni ir tampoco
contra el poder de una estrella.
Ese es cauto desvarío
que tus astucias previenen,
porque los astros no tienen
poder sobre el albedrío.
De sus ojos los enojos
me arrastran por los cabellos.
No tienen la culpa ellos.
Pues, ¿quién la tiene?
Tus ojos.
Pues ellos, ¿en qué el delito
cometieron? Di, ¿a mis ruegos?
Que a la razón están ciegos,
y linces al apetito.
Concédolo, soy cruel,
y sin duda que estoy loco,
pues viendo el daño que toco
no puedo apartarme de él.
Y así, pues ves mi pasión
y el caso no te fastidia,
deja lidiar a quien lidia
con su misma sinrazón;
que quizá (cosa es segura)
que algún día mi fiereza
eche menos tu firmeza,
y conozca mi locura.
pues y caro tu esperanza
sube a la cumbre del vicio,
yo haré que su precipicio,
encuentre con mi venganza;
y Amor permita, traidor,
en tan injusto vaivén,
que en la boca de un desdén,
halle el premio tu rigor.
plagas ruegas, a quien es
el blanco de las desdichas,
que quieres solo estas dichas,
aquella fingida Inés,
aquella estrella difunta
aquel lucero eclipsado
puede dar: ¿qué te has turbado?
todo, ingrato, se te junta.
todo aleve lo he sabido
nada ignoro; infeliz fui,
lo uno porque lo vi,
y lo otro, porque lo he oído.
yo fui contigo infeliz
y desdichado conmigo.
yo me vengaré, enemigo:
Sale Blanca.
yo lo haré por ti, Beatriz:
válgate Dios, dónde estás
que toda la casa he andado
y en ella no te he encontrado;
mas, ¡ay!
tente, ¿adónde vas?,
a saber qué divertida
estabas; no hubiera entrado.
antes, amiga, has llegado
a no cansar, que por mi vida
te lo estimo.
es ya hora
que me vaya, que no es bien
que yo esté aquí más.
(Aparte.)
¡Oh, quién
hablar pudiera!
señora,
sea caso el verme, o asombra,
yo me iré; hermoso arrebol,
que habiendo venido el sol,
es bien, se ausente la sombra.
Antes pues esta ocasión,
ha logrado mi paciencia,
dándome Beatriz licencia,
una queja con razón
os daré:
¿vos queja a mí?
y con muy justos enojos.
pues, ¿en qué, tus bellos ojos
hermosa Blanca ofendí?
decidme; ¿es justo que os halle
el día, y la noche, cierta
Aduana de mi puerta
y registro de mi calle?
¿qué tenéis vos que mirar
mis balcones y ventanas,
que a sus luces soberanas
aun no se les da lugar
para registrar su esfera?
¿qué tenéis vos que seguir
mis pasos? ni que inquirir
si vengo, o si salgo fuera;
decidme, ¿qué pretendéis?
¿qué buscáis?, ¿qué prevenís?
que no sé cuándo dormís,
ni yo sé cuándo coméis:
esto es fuerza de locura,
o poder de necedad,
ya lo ve, la liviandad,
y aun mi padre lo censura,
y tanto, que ayer, furioso,
vengativo, airado y fuerte,
a Inés y a mí darnos muerte,
quiso altivo y rigoroso:
y con muy justa razón,
pues quien lo viere dirá
que nosotras (claro está)
somos quien da la ocasión:
esto así, señor don Diego,
os suplico en cortesía
dejéis tan necia porfía,
y que tengáis más sosiego.
Pero si acaso imprudente,
atrevido, vano y loco,
no cesáis en lo que os toco;
viví ese fénix ardiente,
que en el cuarto pavimento,
con flamígeros ensayos,
para alimentar sus rayos,
son sus rayos su alimento:
que exhale vivas centellas,
del incendio de mis ojos,
y vengando mi enojo,
abrasen vuestras querellas.
Sale Ysabel apresurada.
Señora, tu hermano...
Difunta estoy.
Yo sin vida.
Sale Enrique y Chapín, y tapadas las dos.
(A don Diego)
¿Quién es la lengua atrevida
que en mi cuarto da estas voces?
¿Vos aquí, cuando os dejé
en la calle?
¡Ay infeliz!
¿Aquí estas damas? Beatriz,
¿qué es esto?
Yo os lo diré.
(Aparte)
Verán y con qué denuedo
todo lo quita al revés,
yo apuesto que sale Inés
a danzar en este enredo.
Apenas tan sin sosiego
esta mañana saliste,
cuando apresurado y triste
volvió aquí el señor don Diego.
Por ti preguntó a Ysabel
y al oír que habías salido,
dijo atento y advertido;
es preciso que un papel
que a Enrique poco ha entregué
me lo dé; que así conviene
al cuidado, y mientras viene,
en su cuarto aguardaré:
pero apenas lo hizo así,
cuando furiosas y osadas,
estas dos damas tapadas
tras él entraron aquí.
Y con suspiros veloces,
sí con voces descompuestas
no sé yo de qué protestas
se quejaban, a cuyas voces
me fue preciso el salir;
pues de estas damas la una,
quejándote a su fortuna;
pudo entre el llanto decir,
con congoja y aflicción:
«Caballero fementido,
¿cómo así das al olvido
mi decoro y opinión?
Ya sé yo quién es la bella
deidad, a quien girasol
adoras por fijo sol,
y a mí por errante estrella;
pero viven esos rojos
lucientes claros del cielo
que a seguir va tu desvelo;
yo vengaré mis enojos».
Esto, Enrique, es lo que aquí
ha pasado; y porque no
entiendo estos lances yo,
ni son lances para mí,
con tu venida, ya ves,
que estoy aquí por demás;
y si quieres saber más,
que te lo digan los tres.
Vase.
¡Oh, qué cinturón de bota,
y verse en este fuego pienso
que si sopla más el viento,
no es por falta de pelota!
Aparte.
¡Vida, papel tan fatal
me da en tan duro vaivén!
Aparte.
¡Que el papel que fue mi bien
sea causa de mi mal!
Enrique, lid tan cruel
perdonad, si hay en mí culpa.
Ya he admitido la disculpa,
y así, tomad el papel.
Dale el papel.
Mirad, que estáis engañado,
que este, Enrique, no es el mío.
¿Cómo no?
No es desvarío;
pues este dice: «En el prado,
don Enrique, a la oración
aguardaréis a una dama
cuya vida, honor, y fama
fía de vuestra atención»;
porque tiene...
Bien está,
que eso no es aquí del caso;
ya doy por dicha el acaso,
pues lo que dice sé ya
el papel, que creí cierto.
Aparte.
Que esto se le olvidaba
yo también lo deseaba,
pues el deseo me ha muerto.
Aparte a Chacón.
El papel que la tapada
me dio, es este; ¿quién será?
¿Quién lo escribe?
Eso dirá
allá el fin de esta jornada.
Pues tomad vuestro papel,
y dadme el mío, don Diego.
Danse los papeles.
Aparte.
¡Un Vesubio, un Etna, un fuego,
siento en el pecho! ¡Ay, cruel!
Señor don Enrique, aquí
perdonad mi atrevimiento;
que mi justo sentimiento
es el que me arrastra así;
pero a este alevoso advierto
que si sigue su esperanza...
que en una justa venganza
viva su castigo cierto.
Vase
¡Don Diego, qué ha sido esto!
¿Qué ha de ser? Resolución
de una celosa pasión,
o por decirlo más presto;
si acierto a decir lo que hablo,
de Inés la locura es.
Imposible es, que esta Inés,
deje de ser algún diablo.
Sigue Enrique mi desvelo;
pues, en tan tristes porfías,
solo en ti, las ansias mías,
hallan alivio y consuelo.
Vase
Amor, dame un breve espacio,
dame un instante lugar,
porque hay mucho que mirar,
y que mirar muy despacio.
Si mi honor; pero ¿qué digo?
selle mi atrevido labio,
que esa antorcha esclarecida
no es más pura; ¡oh, papel fuerte!
¿para qué me das la muerte,
cuando me has dado la vida?
Ven, chapín; pues noche y día
das a mis disgustos, gustos.
¡Oh, mal hayan tus disgustos
pues son tan a costa mía!
Vanse y sale Don Fernando
¿Dónde me lleváis, cuidados?
¿Dónde me traéis, angustias?
¿Dónde me guiáis, recelos?
¿Y tú, inconstante fortuna,
dónde mis pasos conduces?
¿Y adónde la nave augusta
me dirige de mi honor?
Que entre las ondas confusas
de un precipitado vulgo,
desatadas lenguas caducas,
si no se anega, zozobra,
y si se salva, fluctúa.
¡Oh clara luz del honor,
que bien te llamó leydura
quien supo, que en la mujer,
todo tu blasón se funda!
Dos hijas; ¡ah, cielo santo!
me diste hermosas; ¿quién duda,
que está más cercano el riesgo,
donde vive la hermosura?
Hermosas son; otra vez
vuelve a repetir la muda
sospecha, que el corazón,
tan en sí mismo sepulta:
que para subirla al labio
tanto se asombra, y se turba,
que la pronuncia, e ignora
si la calla, o la pronuncia.
Para el entendido basta
lo que he dicho, si consulta
que una mujer rica, y noble,
y hermosa; si está de suya
vanidad, del hombre ciega,
entre tantas, si habría alguna
que codicie dicha tanta:
dígalo el ansia importuna
de don Diego de Contreras,
pues con la noche madruga
y con el día, anochece;
viva estatua, espía muda
de mis puertas y ventanas;
no porque en mis hijas nunca;...
pero qué digo? estoy loco!
cómo mi duda esto apunta,
cuando son Blanca, y Inés,
hijas de la grana Augusta,
que esmalta mis nobles venas,
y en mi pecho se sepulta.
Mas ay de mí, que es de vidrio
la frágil arquitectura
de la mujer, y al más leve
aliento, o a la ternura
de el más débil soplo humano,
si no se quiebra, se ensucia.
bien pudiera, castigando
de don Diego la locura
deshacer el vapor denso
de su osadía, si juzga
empañar el cristal terso
de el espejo que me alumbra.
Cordura fuera imprudente
pero fuera más cordura
buscar advertido un medio,
que a tranquila paz reduzca,
esta tempestad que ya
tantas borrascas anuncia.
este es; pero divertido
en mis ideas confusas
a las puertas de don Diego
he llegado; Amor ayuda
mis intentos, pues ya ves,
que nobles tu bien procuran.
Vase
Sale doña Beatriz y Juana con mantos; y Enrique y Chuzón
de vuestro papel llamado,
de vuestras señas traído
si de la hora advertido
ya estoy señora en el prado;
decid pues vuestro cuidado,
si mi nobleza os asienta.
Una mujer soy, que intenta
confiar de vos su honor,
porque está en el mar de Amor
corriendo todo tormenta:
si palabra me dais
de valerme, podré a vos
descubrirme;
Ansí por Dios
os lo juro; no encubráis
cosa alguna; pues ya estáis
segura:
pues a su vuelo
me quita vida, y reposo,
hoy don Diego de Contreras,
que con astucias severas,
me niega la fe de esposo:
a Blanca hermosa homicida
afirma su ciega pasión
por ellas la obligación
que me debéis, ingrato, olvida:
y ansí os suplico afligida
que vuestro valor se aplique
a ampararme, don Enrique,
que en los nobles como vos
es propio valer, ¡ay Dios!
un honor, que se va a pique.
Hacen que hablan aparte, y llegan paso Blanca y Juana con mantos.
Todo el prado he discurrido,
y a Enrique no encuentro ya,
mas, ¡ay, cielos!, allí está
con la dama divertido:
aplica, Juana, el oído
por si algo entender se deja;
ya he puesto a tiro la oreja.
Yo os doy la palabra aquí
de que por vos, y por mí,
satisfaga vuestra queja.
¿Ah, señora ninfa?
¿Qué?
Quisiera decirla...
Di.
Siquiera admitirme...
Sí.
¿Y labra ser firme?
Fe.
Pues, ¿qué letra elige?
De.
Pues empiezo a darla...
Da.
Una bofetada...
Ta.
¿No podré yo darla?
No.
¿Quién podrá estorbarlo?
Yo.
Pues ya no la quiero.
Ya.
Sí, porque nunca jamás
quieren damas mil extremos
que suelten al que da menos,
y agarran al que da más.
Pues que en ampararme estás;
al ciego malvado Cupido,
que en fe de esposo y marido
me dio; cariñoso, y fiel,
reconvenidle con él,
si lo negare atrevido:
por hoy ya mi honor, y albedrío
hoy le consagro a tu fe.
Yo por tu honor miraré
tanto, cual si fuera mío.
Así en tu valor lo fío
con que voy, Enrique, ufana
que mi esperanza no es vana
si es que advierte tu favor,
que en mirar hoy por mi honor
miras por el de tu hermana.
Vase.
Sale Blanca, y Juana.
Esto solo...
Di, mis enojos.
Ver querría...
¡Qué mohínas!
Para qué acá...
¡Qué espinas!
De todo junto...
¡Qué abrojos!
De quitarme los enojos
son estos los beneficios,
o son estos los servicios
que tu afecto solicita
para que el yerro remita
de tus ingratos precipicios.
Blanca, señora, mi bien,
¿tú aquí?
¿Cómo?
Pues, ¿qué imaginas?
Estas son celosas minas,
que lo más oculto ven.
y pues ya lo has visto, ven
Juana; y deja a un traidor
que mire por el honor
de aquella afligida llama,
que por un papel le llama,
para hacerle este favor.
(Vanse)
aguarda, espera; ¡oh cruel
suerte mía!
ten la mano.
(dale)
tú me has de pagar villano
los efectos de el papel
pues tú le has dicho, lo que él
contenía.
¡ay tal pesar!
rebiente por un azar
si he dicho tal.
pues ya dudo,
él cómo saberlo pudo.
pues vuelve a preguntar
a quien causa tanto enredo
y a Inés, hazle esa propuesta
que ella te dará respuesta;
vamos Chapín, por si puedo
aquietar tanto enojo y miedo
y sosegar tal querella;
y porque esta mujer tan bella
me pareció; que en tal calma,
a no tener Blanca el alma
se la hubiera dado a ella.
Vanse y sale Blanca, y Juana
Como la fiera, que en el coso herida
engañada, en las sombras de una suerte,
es cada golpe, un pasmo de la muerte,
si cada amago, un rayo de la vida:
como el áspid mortal, que comprimida,
siente la dura pues de planta fuerte,
que sus iras, en tósigo convierte,
y en un mirar, vomita un homicida:
yo de este modo ansí, cruel, y altiva
fiera seré acosada vigorosa,
víbora seré ardiente vengativa,
flecha seré exhalada venenosa,
disparada seré, centella viva,
porque en fin soy mujer, y estoy celosa:
Señora por Dios te pido
que sosiegues
estoy loca
pues no ha sido dicha poca
no haya tu padre venido:
dicha es, que en algo piadosa
esté mi estrella este día:
que por ser estrella, y mía
toda avía estar dudosa:
quién será, decidme cielos
aquella mujer; (¡qué horror!)
que ha convertido mi amor,
en un abismo de celos.
Señora deja eso a un lado
aunque hacerlo, no te cuadre,
y dime, qué trae tu padre,
que en todo el día ha parado:
que mi sospecha acredita
de ver tan estraña moda
o en casa tenemos boda
o alguna grave visita:
todo es un caos vigoroso
para mí todo es veneno,
ardo, lloro, siento, peno
sin sosiego ni reposo:
dame una silla, que creo
que de la lucha rendida
con un sueño me convida
apacible el Dios Morfeo.
Llégansela, y duérmese, y llegan al paño Enrique y Chapín.
¿Miraste, Chapín, primero
si alguien nos advirtió entrar?
Eso, írselo a preguntar
al lacayo, o al cochero,
pues poniendo a pique el coche
estaban en el zaguán;
divertidos con su afán,
las sombras de la noche
no harían, quizá, reparo.
Reparo muy malo fuera.
Ya en la soberana esfera
de el sol estamos: qué claro,
allí luciente y qué hermoso
entre vivientes enlaces
entrega al sueño sus haces:
¡oh dichoso Dios, dichoso
tú, que en apacible guerra
gozando estás sin desvelo
la flor más pura de el cielo,
la mejor luz de la tierra!
Guardaránla mis alientos
el sueño; duerma segura;
que dormida una hermosura
causa mil atrevimientos.
Pues esta ocasión, en fin,
logra mi amor centinela,
un soliloquio de suela
quiero hacer sobre un chapín;
pero este Perseo gentil,
hábil correo de Amor,
tratarle será mejor,
pues no es noble, como a civil.
Sale agora Enrique y Chapín.
Esos sonoros desdoros
con que triunfas de mis bastos,
lo que para mí son bastos
para ti siempre son oros.
Infame, ¿si me has oído
la razón; mi queja aprueba?
No tienes que hacer la prueba
que ya en la cuenta he caído.
Pues ¿has caído? ¡Por Dios!
¿Para qué es tan masculino?
Es que el sexo femenino
me ha hecho común de dos.
Entre sueños
¡Ay encendidos hielos!
¡Ay helados incendios, duros celos!
¡Ay Enrique alevoso!
¡Oh, mío a ser constante y no alevoso
allá de el mejor astro
yo te erigiera estatua de alabastro!
Mas quita, quita, altivo,
de mi pecho ese acero vengativo,
no me des riguroso al ajeno,
contra mi gusto, aborrecido esposo.
Levántase asustada.
Déjame, sueño cruento,
que me has quitado el reposo;
no harás que a fiero esposo
mi padre altivo insistiendo,
contra mi gusto me daba.
Sale Enrique.
y que al ver mi inobediencia
de un acero a la violencia
mi voluntad entregara.
¿Pero quién, Juana, aquí ahora
se quejará?
¡Oh falso dueño!
Quien como tú siente el sueño,
y quien como tú lo llora.
Y quien entre esos agüeros,
al ver tan triste bambolla,
porque no os faltase olla,
os ponía mil pucheros.
Sombra, enigma, encanto, horror,
si todo junto no lo eres,
¿qué me buscas? ¿Qué me quieres?
Morir, Blanca, a tu rigor.
¿Cómo, Juana, has permitido
que entrase este aleve aquí?
No culpes a Juana; a mí,
sí, que la culpa he tenido.
pues viene aquí mi afición
a satisfacer tu enojo.
¿A la traición de tu arrojo
puede haber satisfacción?
Sí, tengo.
Será con arte,
pues has tenido lugar,
para poder estudiar
modos con que disculparte;
y supuesto que los que inventas,
si no los sé, no los dudo,
porque esté tu labio mudo,
o por ahorrarte que mientas,
y no añadas culpa a culpa,
yo quiero en tan duro abismo
a mí misma, por ti mismo
darme, ingrato, la disculpa.
Dirás, que mi hermana Inés
de don Diego enamorada,
celosa y desesperada
de su trato descortés,
te fue a pedir, que piadoso
de tu valor asistida,
que a don Diego su homicida
hicieses su ilustre esposo.
Y tú como caballero,
valiente, cortés y amante,
quisiste ofrecerte al instante
con tu brazo y con tu acero,
a su favor; ¿no es esto así?
¿Y el papel que te escribió,
no fue para esto? ¿No
fuiste luego al Prado? Sí.
¿Me dirás tú, no son suyas
estas palabras? ¿No es esta
la prevenida respuesta?
Y ella con las armas tuyas
tan sátira te embiste
que con agudos estilos,
a ti, por los mismos filos,
te hieres que tú la heriste.
¿No respondes, di?
Has dado
al dicho cuanto pasó.
¿Qué he de responderte yo?
¿Conque Inés fue?
¿Quién lo duda?
Ya esta nave dio el través
en el golfo del engaño.
pues por salvarse del daño
el puerto busca de Inés.
Al paño Beatriz y Laura
A decir cuanto ha pasado
con Enrique a Blanca bella
vengo aquí, pero con ella
allí está; y hacer cuidado,
pues mientras se va, escondida
aquí estaré, y perdiendo el seso
que ande una dama de peso
como tú tan sin medida.
Y tú, si embustes no fraguas,
¿con quién hablabas, pregunto?
Con una bruja con unto,
con un sabañón con naguas,
un esqueleto con voz,
un imperfecto, cada uno,
una puente sin estribos,
y una escopeta sin coz.
¿Tan seguido este estropajo
era?
Te aseguro, Juana,
que la creyera campana
a haber sonado el badajo.
El mismo papel afirme
mi verdad.
Afuera cruz,
que quiero ver el papel,
aunque mis celos confirme.
Al tomarlo dice dentro don Fernando
Luisa, Juana, con presteza
llegad una luz aquí.
Mi padre es, ¡ay de mí!
Pues, señor, presto esta pieza
será de los dos asilo.
Nada te cause recelo.
El alma tengo de un pelo.
Y yo el corazón de un hilo.
Entrase Juana con una luz
y vuelve a salir con don Fernando y don Diego
Perdonad, señor don Diego,
porque está toda la casa,
como veis, sin prevenciones.
Pues si está tan adornada
sin prevenilla, ¿qué fuera
si prevenida la hallara?
Mostraréis mucha merced;
no te vayas, hija, aguarda,
que yo vengo en busca tuya.
No admires el que me vaya,
que esta visita, señor,
es para mí muy extraña.
No lo dudo yo, señora,
pero en los brazos del alba,
cuando más claro y hermoso
florido el sol se levanta,
atrevida nube densa
de los vientos agitada,
frente a frente se le pone,
y bebiéndose la grana,
toda de arrebol se enciende,
y mariposa abrasada,
consumiéndose en sí misma,
su atrevimiento así paga.
Yo de esta suerte, señora,
soy la nube que arrojada
descuento de mis deseos
desaire de mi esperanza,
al Sol de vuestra hermosura,
hoy me opongo cara a cara.
Mas ya herido de sus rayos
al impulso de sus llamas,
hecho el pecho un Mongibelo.
Lo que a la nube repara
justo premio a mi osadía;
pero más mérito alcanza
aquel que conoce el riesgo
y en el riesgo no repara.
Pero a vuestros pies rendido
mi fe os ofrece, y consagra
por triunfo de vuestros ojos
vida, corazón, y alma.
¡Qué eterno chapín! Chocoso es
de esta comedia la entrada.
Señor don Diego, ¿qué es esto?
¿Qué atrevida confianza,
tan libremente os permite
tan licenciosas palabras?
¿Cómo a vista de mi padre
y a mi vista os pasáis?
Basta
Blanca; que el señor don Diego;
ni te ofende, ni me agravia;
cuando licencias de esposo
son de este exceso la causa.
Cielos, ¿qué es esto?
Empezar
por bodas, esta jornada.
Para este efeto, esta noche
le he traído; y así Blanca
como a tu amante le estima,
y como a tu dueño le trata,
y como a esposo lo admite,
y como galán le mandas,
y supuesto que hoy a tus pies,
esposo, y galán te habla.
¡Por Dios que es súpito el viejo!
Pues aquí, en una palabra
con esta boda alcanzó
baile, entremés, loa, y farsa.
Blanca, ¿de qué estás suspensa,
que no respondes?
Aparte
Impensadamente fiera
el noble tagarote incauta;
mira el riesgo; y aunque más
fuerzas de flaqueza saca,
el pico animosa afila
cobarde bate, las alas
el pardo plumaje eriza,
la vista ensangrienta osada;
aquel susto repentino,
aquella furia, impetuosa
tanto el aliento le corta,
tanto los bríos le ataja,
que aprisionados los bríos
las acciones embargadas,
tímida, cobarde, torpe,
siente, sufre, teme, y calla:
yo así señor: más bastante
he dicho; pues que reparas
que al mirarme mis leones
entre las sedientas garras
del impensado alcotán
del no esperado pirata;
aun muerto el valor, el brío
voz, acciones, y palabras,
Señor, si no gusta Blanca
no fuerces su voluntad.
No hay más fuerza, que se haga
mi voluntad, a que llegas.
Saca la espada.
Señor advierte...
Vive Dios, que hará en tu pecho
que me obedezcas postrada.
Echó el resto la fortuna.
La suerte está echada.
Blasquita, aparta
al querer herirla. Va a salir Enrique
y sale Beatriz tapada, y suspéndese Enrique.
Y pues estás tan rebelde
de este modo...
Teneos señor Don Fernando.
Mujer, ¿qué quieres? ¿Qué trazas?
Déjame salir Chapín.
Tente, señor, no reparas
que es encanto, sin encanto
y a veces, llueve en campana.
A este caballero busco
que no es a vos.
Pues ya tardas
en decir lo que me quieres.
Quizá temprano te se haga.
Mal caballero, alevoso,
¿cómo de esta suerte pagas
la obligación que me debes?
¿No basta, traidor, no basta
que tus olvidos tolere?
¿Que reciba tus mudanzas?
¿Que ingrato te disimule?
¿Sino que infame te pasas
a querer casarte, cuando
tienes conmigo empeñada
mano y palabra de esposa?
¿No ves cruento pirata,
Vase
qué presto al cielo te encumbras!
qué alturas de Olimpo escalas!
No ves que tengo un hermano
de condición tan bizarra,
de tan generosos bríos,
que si esto a saber llegara,
no una vida, mas mil vidas
que tuvieras te quitara.
Y si él faltase, yo
soy tan altiva y osada,
tan soberbia, tan resuelta,
que si allá en el regio alcázar
del sol te favorecieras,
en su solio te buscara,
y el corazón de su centro
a pedazos te sacara.
Esto de paso te advierto,
y pues me conoces, basta:
Cásate ahora, o no te cases,
que mi cólera, mi rabia,
mi furia, mi frenesí,
y la razón que me manda
sabrás más bien que lo digo,
ejecutar la venganza.
Por Dios, que es hermafrodita,
engerto en macho, sin barbas;
que aunque el tiple es de capón,
son de gallo las palabras.
Aparte
Absorto y confuso quedo.
Aparte
Ya legitimo acción tan rara
a Beatriz, que ella es, sin duda.
Chapín, ¿no es esta la dama
del Prado?
Calla, señor,
que esta casa es encantada.
Vase
Señor don Diego, ¿qué es esto?
Pero no me digáis nada;
yo fui mozo, y estos casos
ni me admiran, ni me espantan.
Ved quién es esa mujer,
y procurad sosegarla,
porque una mujer celosa
es rayo que se dispara.
Venid, pues, que yo haré en tanto,
que se temple esta borrasca:
haciendo vuelva esta fiera;
y primera vez, ingrata, a Blanca,
o ha de hacer mi gusto, o has
de morir en la demanda.
Aparte
Vase
¿Hay mujer más atrevida?
Y tú, deidad soberana,
ya que la vida me quitas,
llévame también el alma.
Vase
¡Ay, sabrosísima cena,
ay, dulcísima vianda,
por qué sin sabor me dejas,
y a questa nariz me arrastras?
Enrique, mi bien, señor,
si me quieres, si me amas,
sácame de aquí al instante,
pues ya miras lo que pasa:
llévame, señor, contigo a las tierras más extrañas,
o a los climas más remotos
donde esa antorcha de nácar,
por más que hienda sus rayos,
jamás dore sus montañas;
que viviendo yo a tu lado,
todo lo demás es nada;
ea aquí esperad Enrique
que esta furia, esta borrasca
si es mala para una vez,
para dos, será más mala:
que a no ser Inés, no sé
cómo de aquí se escapara.
¿qué Inés fue? ¿quién causó
tan gran riesgo?
¡Qué ignorancia!
pues ¿quién sino Inés? ¿quién has
que fuese, aquí la tapada!
ella fue; que es muy resuelta
y como no ignora nada,
de mi amor, ansí vengó
sus celos; y mi esperanza.
mira que vuelve tu padre.
pues a Dios, mientras mis ansias
discurren el modo, cómo
se logre nuestra esperanza.
Vase.
pues tuya Enrique es mi vida.
Vase.
pues tuya Blanca, es el alma.
gracias a Dios, que una vez
se acabe en paz la Jornada.
no tan en paz, que conmigo
aún hay guerras publicadas.
pues capitulemos treguas;
yo lo haré como me traigas
el pico del pelícano:
de la fortuna las alas,
los ojos del basilisco
y del fénix la prosapia.
y eso ¿para lo qué quieres?
dirételo en dos palabras:
para sangrar, sin lanceta;
para volar a mis mañas,
para parir sin dolor,
y para matar sin causa.
con un recado a Inés,
que a un fabulista de fama
que en menos de un santiamén,
de todo eso te hará un mapa.
pues cada uno para sí;
pues peor estáis que estabais.
Jornada 3.ª Sale Don Diego
Naranjo, Don Enrique y Chapín
en fin por que más me aflija
esto Enrique, esto pasaba;
¿Don Fernando a vuestra casa
fue a ofreceros a su hija?
y con tan fuerte porfía
que a no ser el desengaño
discurriera que era engaño
de mi loca fantasía.
y ¿que ella con tan duro horror
no quiso daros la mano?
obraron en ella en vano
rendimientos, ni rigor:
Aparte.
que una mujer, (¡qué placer!)
embarace vuestra suerte!
quién pudiera darme muerte
sino solo una mujer:
resolución fue profana.
¿y no supisteis quién era?
quién Enrique ser pudiera
sino Doña Inés su hermana.
Mucho a su rara hermosura
le debéis, y ingrato estás.
Yo se lo agradeciera más
que dejase su locura.
Si la palabra la diste
de ser su esposo ya días,
que mucho, que de sus quejas
te prevenga el aire triste:
Ocultarán sus enojos
los ojos de Blanca bella
y si fuera mi norte ella
yo huiré de sus ojos:
A saber tu pensamiento
quizá lo hubiera hecho así,
Según la auxilias aquí
quieres su abogado, siento:
No lo soy, mas yo diré
de otra dama, de otro empeño,
que tú elegiste por dueño,
y hoy le faltas a esta fe.
¿Yo a otra dama? Advierte pues
don Enrique que jamás
he dado palabra más,
que a la belleza de Inés.
Recorred bien la memoria
no olvidéis a un honor
que debéis a su favor
de ser querido, la gloria;
No alcanzo, en lid tan cruel
quién pueda ser, bien lo dudo
(Muéstrasela)
Os acuerde este Cupido
ya que aun os olvidáis de él.
¿es vuestra esta joya ufana?
(estoy muerto, Aparte)
¿Cielos qué miro?
pues este el Cupido es cierto
que le di a Beatriz su hermana,
si esta mujer, si esta fiera
llevada de su capricho
a Enrique (¡ay Dios!) le habrá dicho
que ella fue la luz primera
que adoró mi frenesí,
y que por Blanca la olvido?
Mas no, que a haberlo sabido
no estuviera Enrique así:
tan remiso, cuerdo, llano,
porque él noble, y valeroso
y ya hubiera rigoroso
satisfecho, en mí, su agravio.
Pero sí, (¡desdicha estrecha!)
pues esta esmaltada joya
hoy mis recelos apoya
y acredita esta sospecha;
pues es la misma que yo
le di a Beatriz en su mano
y tenerla ahora su hermano
no pudo ser otra no,
quien se la dio; Luego así
es cierto, lo sabe todo
pues me dice de este modo
falto a la fe que la di:
Mas cielos, si no lo ignora
cómo osado y vengativo
no saca el acero altivo
y me da la muerte ahora.
mas quizá cuerdo y prudente
por el más lícito medio
en mí buscará remedio
que cure su honor doliente.
Don Diego, ¿así tan callado
estás? ¿así enmudecido?
Vuelve a ver este Cupido
de piedra, tanta es maldad,
por si al verlo en algo medra
tu memoria.
¿Qué te espantas?
Está viendo, entre tantas,
de qué orina esta otra piedra.
Aparte
Don Enrique, yo no niego
que esa dama, a quien le di
ese Cupido, (¡ay de mí!)
que amé su hermosura ciego.
Confieso que sabe de mí
mil finezas a su amor,
y hoy fineza mayor
es acordarse de mí;
y quisiera (¡oh dura estrella!)
que me tiene el alma en calma
Blanca; que no diera el alma
para volvérsela a aquella.
Mas yo la palabra os doy
de hacer en tan fuerte abismo
por vencerme yo a mí mismo,
o de faltar, a quien soy:
de esta suerte mi desvelo
ni bien confiesa, ni niega
que a saberlo llega
neutral estará en el duelo.
Ved que de esta dama ufana
está su honor a mi cuenta.
Aparte
Cada vez más claro intenta
darme a entender que es su hermana.
Pues amigo, ¿dadme un medio
con que a Blanca hermosa olvide?
En vano el remedio pide
quien en sí tiene el remedio.
Hablen aparte los dos
Contigo una cuenta intenta
ajustar mi enojo, amigo.
No quiero cuentas contigo
que me tienen mala cuenta.
¿Por qué es cosa tu simpleza
tenerlas, si amigos fuimos?
Porque en una que tuvimos
me quebraste la cabeza.
No te entienden mis denuedos
y la cuenta que yo digo
es, Chacón, venir contigo
acá sobre ciertos celos.
Y así esta flecha acerada
te llama a campaña abierta.
Mi espada no es de esa puerta
que es de la puerta cerrada.
Ciña el cobarde una rueca
pues de gallina se acusó.
Y el que huyó es dichoso,
pues es sábana la hueca.
¿Cómo esa hoja no se enoja
con hacerse este desaire?
Por más que la sopla ese aire,
no se menea esta hoja.
En cualquier calle no dudo
que mi furor se halle, ya
este verduguillo hará
un medio talle, desnudo;
fuera encuentro de martillo,
y aun gran mengua, que en la calle,
se desnudase un medio-talle
a vista de un verduguillo.
Aparte
¿No es sin duda el mejor modo
el don Diego hacer ausencia?
pero está a la contingencia
de que os olvidéis de todo:
quisiera echarle de aquí
por quietar recelo tanto;
pero lo que aquí adelanto
lo vengo a atrasar allí.
Llegan tapadas por todos lados, Jua. e Isa.
Aquí una mujer tapada
te busca.
¿Qué me queréis?
Que aqueste papel toméis.
Dáselo y vase
Y por a la otra embozada
te llama.
Aquí con porfía.
¿qué manda vuestro cuidado?
Aquella dama del Prado
este papel os envía.
Aguardad.
Estoy de prisa.
No he de responder, señora.
Dónde, a quién, cómo, y la hora
en el papel se os avisa.
Vase
¿Qué dice ese papel, señor?
Que esta noche Blanca bella
me aguarda en su reja, y a ella
que le diga, si en su honor
algo adelanta mi empeño
que Blanca después con modo
pues sabe quién es desposado
la dará parte.
O yo sueño
o este es encanto parece.
¿Parece que estáis quejoso?
¿Cómo? si ya piadoso
Amor sus dichas me ofrece.
¿Cómo?
Mejor que mis labios
el papel lo dirá, pues
leedlo.
Aparte
¿Es de Blanca? Es
¡ay de mí! de celos rabio.
Lee Enz
Aparte
"Señor don Diego, no dudo
que tendréis a novedad
ver mis letras; es verdad;
mas cuando el silencio mudo,
haga de la noche alarde
sola en mi reja, os prevengo
que os aguardo, porque tengo
que hablar con vos; Dios os guarde".
¡Ay mujer más fementida!
Yo aplaudo vuestra fortuna
que en fin no hay mujer alguna,
que se precie en ser querida.
¿Aceptáis en ir?
Necedad
fuera, y grave grosería,
quedarse el ansia mía
de obedecer su deidad.
¿No es principio ese constante,
de olvidar amor reciente?
No quita el ser obediente
dejar de no ser amante.
Al hidrópico hace agravio
la sed, si el cristal ve.
Tántalo en prisión se ve,
Vase
aunque el cristal toque a el limo:
ya, pues, triunfad de su amor,
sea mariposa en su llama
pero no cuideis la dama
que está a mi cargo su honor:
bien chapín; que ya de celos
llevo un Etna el corazón.
Vase
y yo con mi tentación
a amar ando por los cielos.
Vanse, y sale Blanca, y Beatriz
empeñado de este modo
Enrique está; ya la hermana
gozo yo a Blanca mañana,
y pierdan luego todos:
válgate Dios, Beatriz mía,
los cuidados, los martirios
que tus engaños me causan,
mas ya a todos los remito:
con decirme que era tuyo
el papel, por cuyo aviso
Enrique te habló en el prado;
donde con cauto artificio,
de tu honor le hiciste cargo,
siendo el cargo su honor mismo:
mas fue mucho atrevimiento:
qué locuras, qué desatinos
no hará una mujer celosa;
pero si algún astro impío
le diese noticia a Enrique
de mis locos desatinos;
ya le confesé mi error,
pues merece más castigo
aquel que el delito calla,
que aquel que dice el delito:
a don Diego de Contreras
con maña un papel le he escrito,
que en la reja del jardín
le aguardo esta noche.
admiro,
Blanca, en ti, tal osadía.
vuelve el rojo despedido
a tu rostro; que el llamarle
es solo con el motivo
de que alcance el desengaño
de sus necios desvaríos:
pues con ylaus, a Enrique
yo, en otro papel le escribo
que a ti en tu reja esta noche
de mi empeño te dé aviso.
suponiendo que tú sabes
quién yo soy...
¡cuánto de adivino!
Beatriz, bueno ha sido; pero
tiempo, y hora mala ha sido;
pues si en tanto que a don Diego
hablaré yo; y inadvertido,
llega Enrique; nuevas iras,
nuevos celos...
ya he entendido:
mas para todo hay remedio
si tú me das el permiso:
que yo hable por ti a don Diego
que si no fuere mi estilo
como el tuyo tan limado;
con más propiedad, sentido
sabré que tú: con más iras
con más rigor, con más brío
sabré castigar valiente
sus pensamientos altivos;
y si Enrique oyere algo
que podrán oír sus oídos,
que todo no sea en favor
de tu crédito, y del mío.
Sale Juana, y Inés cada una tapada.
Ya tu papel di a don Diego. (A Blanca.)
Yo a Enrique el tuyo asimismo. (A Beatriz.)
¿Te conoció?
No a la ropa.
¿Viote acaso?
Ni aun el pico.
Sale don Fernando.
¿Qué haces, Blanca?
Aquí, señor,
en el cigarro florido
de este frondoso, este ameno,
abreviado paraíso,
con Beatriz bella, que noble
siempre me ha favorecido.
Su variedad contemplaba,
dando gracias al divino
Pincel, que sin materiales,
afán, estudio, ni aliños,
tan doctamente pintó,
tan sabiamente previno:
que solo su hechura cabe
en su poder infinito.
En esto, pues, divertidas
a las dos, señor, ha ido
la tarde, mirando atentas
(entre el bello laberinto,
un portento en cada flor,
y en cada planta un prodigio:
A la virtud de Beatriz
a su honestidad, y brío,
tan santos pasatiempos
son atributos debidos.
Guarde el cielo tu belleza,
esos corteses estilos,
como el favor que me haces,
de vuestra sangre son hijos:
aumente tu vida el cielo.
¡Oh, celos! ¡Oh, descuidos, ay!
¡Oh, cuidado! ¡Oh, cuidados!
¡Oh, qué bien dijo, el que dijo
que sois malos ignorados,
y no sois buenos sabidos!
¿Cómo? ¿Y Inés no os acompaña?
A Inés tan solo los libros
siempre le hacen compañía.
Fiel consejero, y amigo
es un libro; y no sé, Blanca,
si trocara aquí advertida
aquellas hojas floridas
por estos troncos escritos:
En las rústicas entrañas,
en el seno duro y frío
de una tosca piedra, nace
el claro diamante limpio;
pero el pincel natural
en unos pone más brío
que en otros, que aunque se crían
todos en un centro mismo,
con ser de una misma especie
son en valor muy distintos;
y así no admires, señor,
que aunque Inés y yo nacimos
de un propio tronco; que sean
nuestros ánimos altivos
si tan unos, en la sangre,
en el genio tan distintos:
discurra Blanca estas,
y discursos tan activos
tuvieran mejor empleo,
en rendirse al gusto mío:
padre y señor, a tus pies,
mi vida está; mas te pido
que el retiro de una celda
me des por sepulcro vivo;
pues vive Dios, hija aleve,
que apenas del alto Olimpo,
se perciba el aurora
en diamantes desleídos,
que los ardientes deseos
en el estrecho retiro
breve centro de un convento,
los has de mirar cumplidos.
Vase.
muy resuelto, va tu padre,
muerta estoy:
no, que esto ha sido
sentenciarte a muerte, sin
escribano, ni teatino:
quién pudiera Blanca bella
peligro tan conocido
de el mismo modo,
estorbar este peligro:
pues yo fui la que revuelta
lo embaracé; cuando quiso
darte a don Diego, tu padre.
no fue vano mi juicio:
mas Beatriz; qué haré en tal pena
dar de todo a Enrique aviso:
solo ese alivio me queda,
en tal babel de martirios:
ven Beatriz; pues ya la noche
con condensados suspiros
empañando va de horrores
ese fanal cristalino:
y ya es hora que tu amante
venga a tu llamado
y míos
astros, siquiera una vez
sed, a mis ansias, propicios:
Vanse las dos
cómo va Isabel de amor?
Juana entregada, al olvido:
pues remitidlo al Acuerdo
qué habemos con remitirlo?
ponerle dule en prisión
y vengárase así el cautivo:
en la Merced, de una esposa
tendrán redención sus grillos:
Vanse y sale Enrique y Chapín:
embózate bien Chapín.
y ven tras mí con cuidado,
ya la noche me ha embozado
con su capote de hollín.
jamás tan oscura, y negra
como esta noche ha salido
proserpina:
habrá venido
con sabandija de su suegra:
pero este pilar de quedo
este embozo, esta cautela
no sabremos de qué tela
viene vestido este enredo?
Aunque está la noche oscura
las tapias de su jardín
son estas; pisa chapín
con silencio, y con cordura.
Que si me protege Amor
yo lograré mi deseo.
Pues advierte, que un recelo
se oye en la reja, señor.
A la reja Beatriz.
¿Eres don Diego?
No soy,
hermosa Blanca, don Diego,
un águila sí, que el fuego
beber solicita hoy
de tu sol; mas no lo yerra
punto; que al mirar tus rayos
entre abrasados desmayos
ya ves hecho una centella.
Ícaro sin duda soy
que atrevido, amante, y fiel,
en alas de tu papel
subiendo a la esfera voy
de tu cielo: mas propicio
sintiendo a tanto placer
Ícaro no debo ser
pues no encuentro el precipicio:
mas si no lo soy, señora,
fénix seré, que en lo activo
de un cruel incendio esquivo
perdí el ser; pero ya ora
con luz tan apetecida
vuelvo a renacer de suerte
que ayer tuya me di muerte
y hoy tu piedad me da vida.
Señor don Diego; no ignoro
mi vanidad, la nobleza
discreción, gala, y riqueza
que en vos junto se atesora;
mas tampoco ignoro yo
de que tenéis hecho empeño
a una dama, a quien por dueño
vuestro desvelo eligió.
No dudo que se le deben
a sus finas atenciones
finezas, y obligaciones
que a su premio la paguen:
sentado esto; en tal abismo
y sentado aquí también
que mi entereza y desdén
siempre ha de ser uno mismo
para con vos; sin cansarme.
Paso a deciros aquí
que ese necio frenesí
se cansa en vano en amarme:
yo (aunque os cause disgusto)
dueño altivo, y noble tengo
que ya lo es (esto os prevengo)
de toda el alma, y el gusto:
y aunque nada de esto hubiera
Vase.
mi esposo hubiera elegido,
jamás a vos por marido
ni os buscara, ni os quisiera.
Esto os digo; y perdonad
si os aumento la congoja
que a quien la verdad le enoja
siente escuchar la verdad:
mirad, pues, si justo es
con desprecios semejantes
que a quien esto os dijo antes,
la llaméis vuestra después.
Oye, espera: oh, dulces celos
solo esta vez en caricias
trocados; daré en albricias
toda el alma: ¡oh, justos cielos!
sed de mi gloria testigos:
¡oh, mal hayan estos yerros!
pues truchas por esos cerros
doy yo dechas por esos trigos.
Siempre de un humor estraño
has de estar.
esto es razón.
¿Quién la diera el corazón
por tan alto desengaño?
todas tus dádivas fundas
en almas, vidas, y abrazos:
y nunca llegan los plazos
(como de golpes me abundas)
que un beneficio de oficio
para un simple, hayas dispuesto,
pues quedaba bien compuesto,
con un simple beneficio.
Con razón te quejas: libras,
cien pesos te libro.
estas
son de tu amor; pues a preces
reduces lo que ya libras.
Ven, Chacón; que con tal gloria
loco voy.
esto me alcanza
si mi futura libranza
va presente en tu memoria.
Vanse. Sale don Diego y Naranjo.
Es muy tarde.
Como oscura
está la noche, señor,
parece más tarde.
Amor,
haz felice mi ventura,
que como a Blanca me des,
te ofrezco una estatua de oro.
Y la harás con gran decoro:
¿mas tendrá cabeza, y pies
esa estatua?
¡Qué simpleza!
Cabezas la ofrece mi intento:
pues miras ese ofrecimiento
no tiene pies, ni cabeza.
Llega a la reja, y advierte,
si en ella está Blanca bella;
yo creo que hay luz en ella,
si no me engaña la suerte.
Sin duda que es Blanca hermosa,
y así mi amor te previene
que veas si gente viene,
y que me ames =
es cosa
que haberlas es dificulto,
porque para una bestia
ha de pensar mi modestia
que es un salvaje en el bulto
y ansí porque en duda tal
no yerre en dar el nombre
si parase bestia, o hombre;
diré: ay va ese animal.
Jua. y Blanca a la reja
por más valiente publique
temblando llego; de suerte,
que entre la vida, y la muerte,
luchando estoy: ¿es Enrique?
(ap.)
qué escucho divinos cielos,
ya en tan trágico presagio
oigo el fúnebre sufragio
de la muerte de mis celos.
¿no llegas mi bien?
Señora
no admires, si tardo estoy
porque Enrique yo no soy
sino un alma que te adora
y a la deidad de tus ojos
le ofrece su adoración
que tan alta perfección
es digna de más despojos.
Un aliento soy que viene
a impulsos de aquel papel
que aquí, me manda por él
temas quien me lo escribe:
Enrique, mi bien, Señor,
no gastemos este instante,
en digresión semejante,
cuando está a peligro Amor.
En el jardín esta tarde
contenta, alegre, y ufana,
estaba yo, con tu hermana,
de mi amor haciendo alarde:
y de el modo, que un rigor,
un desaire, y un despego
supo triunfar de don Diego
y desvanecer su amor:
esto pues, que estás oyendo,
¡ay enemiga!
estaba hablando
con tu hermana Enrique; cuando
llegó mi padre diciendo;
severo, grave, y en luto:
Blanca, pues tu vanidad
rebelde a mi voluntad
solo hacer quiere su gusto:
afánese alba pura,
madrugue hermosa, y ufana
será una celda, mañana
de tu vida sepultura;
dijo: y sin que mis enojos
allí pudieran quejarse
yéndose, pudo escucharse,
el lamento de mis ojos:
este pues Enrique amado
es mi dolor; y en tal calma
mira, como podrá el alma,
asentar con tal cuidado:
constante tu Norte testigo
resuelta, a tus pies estoy
tuya Enrique, tuya soy
llévame, señor, contigo,
no haya en esto dilación
pues advierta tu esperanza
que está el riesgo en la tardanza
y que no había otra ocasión.
pues si se alcanza de esta suerte
después de un dulce sosiego,
que jamás sepa don Diego,
que diste a su hermano muerte.
(Aparte)
¿Qué oigo, Cielos? ¿Yo sospecho
que duermo? ¡Oh, vil enemigo
pues con máscara de amigo
tantas ofensas me ha hecho!
Mas Cielos, ya que la suerte
tanto desengaño alcanza
dejad, que tome venganza
de un villano, y le dé muerte.
¿No hablas, mi bien?
No te admire
mi silencio, en tales dichas
que quien está hecho a desdichas,
no es mucho que no respire:
ya, dueño, tu gusto sigo,
voy a esperarte a la puerta
que no está mi gloria cierta
si el Cielo no está conmigo.
No tardes Blanca, un instante;
nada arriesga mi decoro
pues voy con el bien que adoro
por esposo y por amante,
y quítase de la reja
Repara, señor, advierte
el peligro a que te arrojas.
Vive Dios que si me enojas,
que te dé, villano, muerte:
¿qué peligro puede haber
que dé ciego asombro, ni horror
en vengarme de un traidor
y de una fiera mujer?
Vase. Entran y sale don Fernando, y doña Ana.
Vuestros nobles pensamientos
vuestros ruegos oportunos
allá en lo interior del alma
señor don Antonio, juzgo,
que han hecho gustoso asiento.
que aunque no bien lo discurro,
más que pesares me ocasionan
noto que apacible gusto.
Señor don Fernando; yo
aunque imprudente, no dudo
que siendo el mérito poco
fue el atrevimiento mucho.
de más cuerda Autoridad
de talento más maduro
que el mío; quise valerme,
para lid de tanto punto:
así quise ejecutarlo,
pero el temor me detuvo
que fuese adversa mi suerte;
porque hacer creer a ninguno
más que solo yo supiese
mi desgracia, porque mudo
allá en la cárcel del pecho
le diste eterno sepulcro.
Y mi señor don Antonio
porque no es cosa de sabio
su diversión, pues creo
son los libros, y estudio,
tan perito en todas ciencias,
que si a caso invidia cupo
en las deidades, le invidian
Minerva, Apolo, y Mercurio.
Yo señor a Inés hermosa
si la pretendo, o la busco
es para dueño del alma,
siéndolo ella, siga el rumbo
que su genio le dictare
que a mayor gloria, o por triunfo
bastará saber que es mía
y que yo esclavo soy suyo.
Mucho obliga esa atención;
y esa humildad, puede mucho:
pero aguardad don Antonio
que a los breves rayos turbios
que dispensa aquel farol,
si no me engaño, dos bultos
a las puertas de mi casa
se divisan;
y yo juzgo
que la calle arriba toman.
Pues amigo, los dos juntos
sus pasos sigamos, que
un miedo, un temor, un susto
al verlos salir de casa
en el alma, se introdujo.
Pues a tu lado me tienes,
pues seguid mis huellas mudo.
Vanse
Sale Enrique y Chapín
¿Dónde volvemos señor
que toda la noche andamos
sin parar? ¿cuándo cenamos
que estoy muerto de hambre?
Amor
mantiene los corazones
que le sirven, sin comer.
Ahora acabo de entender
que hay amantes camaleones.
dentro
¡Oh infiel aleve, mi rigor
probará tu fe traidora!
Ruido de espadas
dentro
Yo la amparo.
dentro
Huye señora.
¿Qué será aquello señor?
Sale Blanca en guardapiés y capotillo presurosa
Generosos caballeros,
una mujer afligida
amparad, que honor y vida
a riesgo trae, si los fieros
homicidas que la siguen
la hallan por desgracia ahora.
Cobra el aliento, señora,
sin que sustos te fatiguen,
pues ya en salvo está tu vida.
Échate afuera el rastrillo,
no nos peguen un codillo
por esta polla perdida.
Por esta penosa porfía
y tan adversos fracasos,
siguiendo mis torpes pasos
una doncella venía;
y la pena, la aflición,
la prisa, la obscuridad,
sin duda que la lealtad
la perdió, la turbación
al doblar ahora esa calle.
aunque entre moros se pierda,
no hayas miedo que la muerda
el podenco que la halle.
No es fácil hallarla oculta
con la noche tan avara.
Por un ojo de la cara
no se hallará una doncella.
Mucho arriesga mi opinión
que la encuentre quien me busca.
Aparte
Mucho esta mujer me ofusca.
Mucha es hoy mi turbación.
Permitidme de que os siga,
que corremos riesgo aquí
hasta que mañana salga
me dé su casa una amiga.
Pues, señora, en tanto horror
seguidme con el seguro
que noble soy, y que os juro
de guardaros fe y honor.
Y tú ve al instante a casa,
y el postigo del jardín
ten prevenido, Chapín,
pues ya miras lo que pasa.
Vase.
Ya parto con prestas huellas.
¡Ah, Dios, que una comezón
me sarnea el corazón,
así pique de estas doncellas!
Confuso, absorto y en calma
voy, y ansioso por saber
quién será aquesta mujer
que así me ha inquietado el alma.
Vanse y sale don Fernando, Antonia y Juana.
Aparte
¡Viven los cielos, traidora,
que sea esta aguda daga
de tus servicios la paga,
si dónde está tu señora
no me dices; y quién fue
el París que la robó,
pues tú y ella, con ellos...!
Yo,
señor, la verdad diré
asegurando mi miedo.
No solo te lo aseguro,
pero regalarte juro:
don Enrique de Toledo
galán, amante, rendido
a días, que fino, adora
la deidad de mi señora,
y él mismo esta noche ando
queriendo sacar de tu casa,
mas dónde la llevo, o no,
no puedo saberlo yo;
pero una puerta que pasa
del cuarto de Blanca hermosa
al cuarto de Beatriz bella,
de Enrique hermana, por ella
puede entrar, y una honrosa
satisfacción de los dos
puedes tomar de tu agravio
si están allí.
Sella el labio,
que ya tú me has muerto, ¡ay Dios!
Guía, guía sin tardanza
adonde esa puerta está,
que el honor me riñe ya
porque tarda la venganza.
Seguid mis pasos, amigo,
y perdonad el mal rato,
porque quien vio el desacato
es bien que vea el castigo.
Vase.
Cielos, dad a mi valor
un medio en tal crueldad
que asista a aquella amistad,
y que no falte a este honor.
Vanse, y sale Beatriz, y Ysabel.
Dime, aquí Chapín la llave
llevó de el jardín;
No sé,
mas si hubo causa, el porqué
no lo recató, él lo sabe.
Cautelas quizá serán
de mi hermana, he presumido.
Bien, que en tu cuarto escondido
no tienes ningún galán.
A un corazón delincuente
todo le causa armonía.
En vano, señora mía,
temor tu cuidado siente.
Entra Enrique y Chapín.
¿Volviste a cerrar, Chapín?
Como una muralla deja
mi miedo todo el jardín;
mas si ya está aquí la oveja,
¿de qué sirve aquel mastín?
Beatriz, esta dama bella
en el golfo de el rigor
de alguna fatal estrella
va corriendo su honor
fortuna, sin luz ni estrella;
en trance tan arriesgado
favor le pide a mi pecho,
díselo, Beatriz, fiado,
(que en naufragio tan deshecho)
halle puerto en tu sagrado.
(a Blanca)
ya sí, de la suerte avara
que os sigue perded el miedo,
Señora, pues os ampara
Don Enrique de Toledo:
(descúbrese)
Solo esa voz de mi cara
pudiera apartar el velo,
y templar el ansia mía:
Imagen de mi desvelo,
sombra, ilusión, fantasía,
no ya gloria, bien, ni cielo:
¿qué es esto? cuando entendí
que en tu lecho sosegada,
o acordándote de mí,
o de mi amor olvidada,
estuvieras; te hallo aquí,
de esta suerte fugitiva
llena de asombro, y tristeza,
¿tú eres Blanca, o eres viva
imagen de su belleza,
o soñada perspectiva!
¿De quién son, oh dueño mío,
esos asombros, o espanto?
Blanca soy, no desvarío,
no hechizo, sombra ni encanto;
¿de qué nace ese desvío?
¿cuando de mi casa aquí
tú me traes?
¿No es escasa
mi desdicha; qué dices di?
¿yo sacarte de tu casa?
¿No me has traído ansí?
¿tú esta noche no me hablaste
en mi misma reja?
Sí,
pero solo saber baste
que el galán que te habló allí
ya que tú así lo trazaste,
no fue Enrique.
Pues ¿quién fue?
Yo fui, por el que escribiste
un papel, que él dio a mi fe;
¿Según eso (¡ay Dios!) tú fuiste
a quien por ese hombre hablé?
Claro está.
Pues de ese engaño
desdicha tan dura nace;
Habrá lance más extraño,
pero eso Blanca, ¿qué hace
a tu fuga, y a este daño?
¿No te avisó en un papel
aquella dama del prado
que de su empeño cruel
en la noche tu cuidado
me diese noticia de él?
Eso me avisaba el pliego.
Pues después que yo te hablé
Enrique, por ese hombre
a quien yo misma llamé
a mi reja (aunque te asombre)
fina, y amante, esperé
a que tú llegases; pero
nota aquí como me aflijo,
que eras tú, de un bulto infiero,
que vi en la calle: ¿es Enrique
pregunto? y el cauto, y fiero
dijo por sor: (¡qué castigo!)
y yo entonces, sin sosiego,
creyendo que hablo contigo
hablé al traidor de don Diego;
engañada en lo que digo.
Valióle la oscuridad
a sombras del nombre mío.
Yo, con la ceguedad
le dije, con albedrío,
la fuerza, la crueldad
con que mi padre quería,
severo, airado y cruento,
darme en una celda impía
sepulcro a mi casto aliento
luego que rompiese el día;
y así le pido, que amante
en pena tan conocida
riesgo evite semejante,
se duela de mi vida,
y me saque al instante
de mi casa; y de esta suerte,
tras un gustoso sosiego,
pudiera olvidarse el fuerte
recelo, de que don Diego
supiera que diste muerte
a su hermano.
¡Mal acote!
Por Cristo, que están dados,
que ya teme mi cerote,
que a mí me den con un palo,
pero a ti con un garrote.
¡ay infelice!
Apenas (
)
oyó estos ayes el aleve
cuando amoroso me dice:
"Seré el parís más dichoso
si logro bien tan felice".
Y yo, creyendo ciega que salía
de riesgos contigo huir,
con una criada mía
salí encubierta y confiada;
pero apenas (triste caso)
dimos el paso primero
cuando mi padre, que acaso
debió de vernos, severo
nos atajó el primer paso:
y con descompuesto labio,
sí, con descompuesta furia,
vengativo, noble, y sabio,
castigando en mí su injuria,
vengar quiso en él su agravio.
Púsose osado en defensa
mi cauteloso homicida,
y yo, aunque turbada, suspensa,
a la fuga, desvalida,
remito el amago, y la ofensa.
No la tímida ovejuela
a quien el hambriento lobo
sigue, la voraz cautela,
(Enrique al paño y Chapín)
que quitó la vida a un hombre
fiera, enojada y celosa.
Beatriz, si aprecias mi vida,
llega a ver a Blanca hermosa,
que a ser servida
de tus ojos está ansiosa.
(Al entrarse Beatriz sale don Diego y Naranjo; y vuelve Beatriz y quede Enrique al paño)
Llego y voy.
Pues la ocasión
o el descuido me concede
que sin embarazo alguno
a tu cuarto llegue,
sin recelo ni temor
que tu hermano en él me encuentre,
¡oh enemiga de mi vida!
¡Ay de mí, desdicha fuerte!
¿Qué oigo, pesares? ¿Por qué el diablo
hace aquí lo que hacer suele?
Sin escuchar quejas tuyas
ni los cargos que me hicieres
de que olvidado tu amor,
de que por otra te deje,
has de escuchar quejas mías,
pues a este fin solamente
vengo, vengativo áspid.
¿Pues qué atrevimiento es este?
¿Quién, señor don Diego, os da
licencias tan insolentes
para que atrevido y loco
me habléis a mí de esta suerte?
¿No me ha entendido una seña?
¿No basta, víbora ardiente,
que tus celos me castiguen,
que tus rencores se venguen
de mis constantes engaños:
repetidos tantas veces,
indigno de el rojo esmalte
que tus nobles venas tienen?
¿No basta, que cautelosa
con engañosos papeles
fingida Blanca supuesta
que vaya a Gracia me ordenes,
y que allí como ella me hables?
¿Qué escucho? ¡Cielos, valedme!
¿No basta que aquí en tu casa
a Blanca hermosa prevengas
para que de mí, por ti,
se queje a un tiempo, y se vengue?
¿Y que allí al llegar tu hermano,
por obviar inconvenientes
ella fingiéndose Inés,
que a mí en paraje me dejes,
que me obligases que a Enrique
le quiera y Inés le confiese?
¿No basta, que cautelosa
a tu mismo hermano empeñes
en tu nombre, o en el de otra,
para que me obligue, o fuerce
a cumplirse la palabra
que te di, y que tú le entregues
para apoyar tus razones
o para que él las creyese,
el Cupido de diamantes
que te di a mi mal? Que este
hombre ya confiesa sin
verdugo, potros y cordeles:
¿Y en fin, no basta tirana,
mas cómo aquí no fallecen
mis alientos, que por arte
o por desdicha, o por suerte
de mi desgracia, o tus celos
que cuando Amor me concede
hacerme dueño de Blanca,
ciñéndome de laureles,
que al darme la mano; tú
como oscura nube suele
en torbellinos de humo
abortar el rayo ardiente,
con que abrasa cuanto encuentra;
que de este modo salieses
tú, a estorbar, de mis fortunas
la gloria más eminente?
Miren el diablo de Inés
dónde el poeta lo aparece.
¿Es sueño, idea, o delirio
lo que mis ojos atienden?
Y en fin, todo esto no basta
para que de mí te vengues
sino que cruel tu hermano
falso, fementido, aleve
con máscara de amistad
yo todo mi amor le cuente
y él traidoramente infame
¿su amor me calle, y lo niegas?
¡Ay, mi Dios! ¡Aleve, fiero,
mortal, vengativa sierpe,
que no solo he de olvidarte,
sino que, intrépido y fuerte,
la muerte he de dar a Enrique,
en venganza de la muerte
que dio a mi hermano; y aun,
me vengaré de esta suerte,
de ti, y de él!
Cuchilladas
Sale Enrique y Chapín de ella, y detrás Beatriz, se pone tras de don Diego, y riñen.
Mi acero noble y valiente
sabrá primero vengarse.
¡Ay, don Diego, favorece
mi vida!
No será ansí,
que hay traidor, quien la defiende.
¡Ea, Chapín, llegó la mía!
No quiera el diablo que llegues.
Veamos agora quién es hombre.
El que más presto se hiriere.
Pues entro con la espadilla.
Entra, pero no penetres.
Triunfaré de matador.
Pues habrá polla de requiem.
Que no te abrasen mis iras.
Que mis furias no te quemen.
Sale Blanca huyendo, pónese detrás de Enrique, y don Fernando tras ella con una daga. Don Antonio, Juana y Inés con luz.
Ampara, Enrique, mi vida,
hasta beber la caliente
púrpura de él y de ti
(¡hija infame, amigo aleve!)
no han de parar mis enojos.
Cesan de reñir
Escucha, señor, detente,
que es esto primero aquí,
y primero se me debe
que yo dé la muerte a Enrique,
pues él fue quien le dio muerte
a mi hermano don Florencio;
por esto, y porque aborrece
Blanca, por él, mi persona,
y ser mi esposa no quiere.
Pues si de esa suerte, ciego,
don Diego, a tu lado tienes
mi espada, muera el villano
que nos agravia y ofende;
pues, atrevido y profano,
violó temerariamente
el sagrado de mi casa,
robando de ella el luciente
espejo de esa tirana.
¿Quién vio empeños más crueles?
Juzguen los cielos. Se engaña
quien pensare, o quien dijere,
que yo he robado a tu hija;
que, aunque en mi casa la adviertes,
fue que, huyendo tus rigores,
quiso mi dicha, o su suerte,
que, encontrándome en la calle
ignorante, me pidiere
favor. Don Diego, si audaz
Riñen
el que osado y infamemente
con engaños, que él no ignora
con cautelas, que él entiende,
sacó a Blanca de tu casa:
y por esto; y porque me ofende
en el honor, y en la dama
loco, altivo, y insolente,
he de quitarte la vida
Pásase
Pues necio de esa suerte
ya estoy, Enrique, a tu lado:
Caballeros, baste, cese
y a la lid de vuestras iras
cuando hay medios más decentes
para que pechos tan nobles
tantos enojos serenen:
No hay medio a tantas ofensas;
Sí los hay; y muy prudentes:
Decidlos pues:
Que dé Blanca,
pues yo sé que gusta, y quiere
la mano a Enrique de esposa;
Como sea de esa suerte
por mí sea caído el enojo:
Pues ya tu licencia tiene
el corazón; a tus pies
el alma a Enrique le ofrece
Tuyo soy, dueño adorado:
Don Diego; ¿qué te suspende
cuando ya Beatriz hermosa
de justicia se te debe
Asegures con tu mano;
nunca mi nobleza puede
faltar a la obligación
que la debo; siendo este
Enrique el iris dichoso
que nuestros rencores quiete:
Tuyo soy, Beatriz divina
tan bizarros procederes
nuestra amistad eternicen:
Bien mis extremos merecen
que así los premie don Diego:
Pues las bodas se celebren
de Inés; y de don Antonio
porque himeneo festeje
entre tálamos felices
seis floridos ramilletes:
Jesús, cuánta boda aquí
Amor en un punto teje;
y pues todas acábanse
porque mi boca se empeñe
con un bocado tan dulce
aunque lo riñan los dientes
sea la Isabel de Naranjo
Juana de chapín; y denle
un Víctor a don Antonio
y otro al poeta; que le aliente
a serviros con más gusto:
pero si no lo merece
perdonad solo sus faltas
pues a vuestros pies se ofrece.
Finis Laus Deo virgini que Mariae