цифровой текст La burla vengada de la Niña de Plata
Дата публикации: 15 августа 2026 г.
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García Reidy, Alejandro. Texto digital de La burla vengada de la Niña de Plata. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-burla-vengada-de-la-nina-de-plata.
LA BURLA VENGADA DE LA NIÑA DE PLATA
Jornada primera
Pag. 1
Desembarcad callando y sin ruido,
que estamos entre huertas y en España,
y nadie hasta aquí nos ha sentido.
Segad, haced de juncos y espadaña,
y cubrid con ellas mis galeras,
de ramos, de fajina y verde caña.
Estas son de Valencia las riberas,
que en belleza, jazmines y azahares
serán haciendo a Chipre las primeras.
Y curias de damas a millares
salen por estas quintas aun a vista
a ver cubrir los campos y los mares
hoy que es fin de fiesta del Bautista;
las cuales más rogan que amor ciego,
mejor en este día que se conquista,
y que va a declarar su ciego fuego.
Haciendo encamisadas y disfraces,
nuestro traje de moros quiten luego;
en medio de estas huertas y estas plazas,
que bastantes de aquí me consta vienen,
al descuido aguardamos sus disfraces,
si tal mañana mucho traje tienen.
¿Qué mucho que al descuido nos pongamos
entre sus dos ojos ciegos como vienen?
Aquí en esta arboleda nos metamos
Por un retrato que aquí traigo muero,
por tener la beldad que a llama hallamos;
esta de mi retrato sola quiero,
y por la muda tabla ya la adoro,
que por lo que imagino de amor muero.
General ricote, y a fe de moro,
que no busco riquezas, más pretendo
beldad y honor, que es más que plata y oro.
Ruido suena, música y estruendo,
y el sol que del Oriente trae los días
por el reino de Hormuz viene...
Entrad, que hoy cumpliré las ansias mías.
Salgan Don Diego Martell y Fabio vestidos de libreas con máscaras en las manos
Don Diego, a el galán de azul...
Imitas,
tú a Marte igualas,
y asientan en telas galas
como el oro en seda azul;
porque las galas que hoy tengo
son este disfraz prestado
y este rocín alquilado,
que hoy de mío aun no le tengo.
¡Oh pobreza, ay, mundo, odiosa!
Como si rico he nacido,
amo a una pobre que ha sido
gallarda moza y hermosa,
cual de hacer sino guiar;
a donde un ciego me llama;
soy pobre y sirvo a una dama
que apenas tiene ajuar.
Hidalga es Doña María,
yo caballero notorio.
Será muy buen volatorio
ayunar e hidalguía.
Cásate, pues si antes mates
con quien plata te interesa,
y no con hambre y sin mesa;
y si visitan los estales,
si acaso el rey por ventura...
No intento a saber a la poca...
Atravesarás una danza.
Basta, esta fue mi ventura;
mas quiero y ha de tener
hijos que tengan nobleza,
y tener de dar hambre y limpieza,
que en hoja de fano no hay de comer.
Al fin, de amores me mata
la linda Blanca María,
a quien, siendo pobre sobre otro,
llaman la Niña de Plata.
Seis años ha que la adoro
en competencia de un hombre
principal y gentilhombre,
y que conquista con oro;
fuerte contrario. Mas ella
estima su honor de suerte,
que es como la fiera muerte,
que al pobre y rico atropella.
Hoy es xurro de Valencia,
y aun pienso que obligación
dar ahora en conclusión
a cualquier máscara audiencia.
Para hablarla he salido
hoy, mañana de San Juan.
Soy acero, ella el imán,
que a estas huertas me ha traído.
Hase venido a holgar,
ya da luz al nuevo día,
aquí a cierta casería
que está cerca de aqueste lugar.
¿Sabes si acaso han llegado?
Suenan cascabeles y dicen dentro: «Paren todos»
Ya yo he sentido rumor.
Pon la máscara, señor,
y retírate al lado.
Salen Don Pedro y Lechuga
Ya llegan; solo querría
ver a la Blanca hermosa.
¡Oh mañana venturosa!
¡Oh niña de plata mía!
Si hoy tu piedad no es ingrata,
pues te sigo esclavo moro,
un altar te haré de oro,
pues eres Niña de Plata.
¡Oh soberana belleza!
Llámala humana criatura.
Préstame de tu hermosura
y toma de mi riqueza.
Solo tengo por contrario
su punto y honestidad.
Y tu mucha necedad
con el barreno ordinario.
¡Vive Dios, que sé hacello!
Y no quiere, y es en vano,
sino es que le doy la mano,
que la he de burlar y hacello.
Cuando mucho y mucho valga,
pagarla con dinero.
Y ¿esto es de buen caballero?
Mira que no es cosa hidalga...
aunque del vizconde hijo,
no des palabra a doncella.
si no ha de casar con ella;
es tom'aquel, a mí digo,
ni otra sea de hacer,
ni fiar ni dar la mano
a hombre traidor ni tirano,
ni hacer burlas a mujer.
Con mi dinero lo hago;
no mires en mis miserias.
Plega a Dios que antes de días
a alguna no te dé el pago.
Esto Lechuga te advierte
como criado fiel y justo.
Si más no cantas a gusto...
Digo verdades y a prisa;
yo canto llano y sin fuga,
y en esta fiebre de amor
no es malo comer, señor,
el consejo de lechuga.
Legua y media me he alejado.
Concuérdame esa respuesta:
pues que habláis de Galleta,
mi padre tiene un arado.
Dios te dé su entendimiento.
Ya llegan. ¿No oyes cantar
las máscaras y saltar?
¡Lindas aguas, fresco viento!
Salen villanos con ramos asidos de las manos, a manera de danza y música, y detrás Blanca y Jila
Que si verde era la verbena,
sea lo enhorabuena.
Holgado he de haber venido
a ver gente tan honrada.
La mañana es extremada,
mas tal sol nos ha salido.
Quisiera, Dios os bendiga,
hacerme tasas por vos,
que os hizo tan linda Dios,
que yo no sé qué me diga.
¡Qué tan gran relumbradero
echó su frente y boca hermosa!
Yo no determino si es rosa
o si es cosa de Lucero.
¡Pardiós, no araña mi gata
tan bien como vuestra mano!
¡Oh, qué linda sois! No en vano
os llaman Niña de Plata.
Que aunque acá entre mí predico
con mi caletre de roble,
¿cómo podéis ser tan pobre
Teniendo nombre tan rico,
y no quema la ortiga
cuando pica como vos,
que os hizo tan linda voz,
que yo no sé qué me diga.
Y aun acá en la paletilla
siento punzones u llagas,
que deben de ser aulagas
o son puyas de gavilla.
Van saliendo los dos moros mirando por un lado
Lejos queda la marina,
muy adentro hemos entrado;
el campo está descuidado.
¡Oh belleza peregrina!
Ninguno nos ha sentido,
y mucho habemos andado.
Por San Juan cortan los ramos,
ora es que nos vamos.
Vánse los músicos y labradores
Gran pensamiento.
Extremado:
hoy usan nuestro vestido;
entre ellos andar podemos
sin que nos echen de ver.
Eso o todo puede ser,
pero como no hablemos
porque no estando al momento
hemos de ser conocidos.
Con esto, sin ser sentidos,
se logran mis pensamientos.
Mirándola he estado un rato
y estoy de contento loco.
Espera, Haçén, un poco;
esta traigo de barato.
Juro por Alá que es bella.
Aguarda, quiero acercarme:
a mí mismo puedo hurtarme
solo cuanto tengo della.
Ella es, sin duda, es mi cielo;
¿no es gran ventura, Haçén?
Salen Fabio y Don Diego con máscaras [dentro]
¡Aparta, aparta!
¡Oh, qué viento!
No corre mal el bayuelo.
Salen aquí
A buen tiempo hemos llegado.
Ya llegó Blanca, y tu día,
¡oh si en tan dichoso día
admitiese mi cuidado!
Que aunque pobre me veo,
no doy mi fe muy barata,
que si excede al oro y plata,
¿qué más riqueza deseo?
Plegue a Dios haya lugar
que vienen mil disfrazados.
Salen Don Pedro y Lechuga de la misma manera
¡Aparta, aparta!
¡Extremados
son en correr y parar!
¡Qué bueno han hecho el overo
al hacer el caracol!
Quisiera más una col
entre un buen jamón y un queso.
¿Quién me mete en peloteras,
ahora, un cadí disfrazado,
que no me he desayunado
y he dado dos mil carreras?
Y viendo el traje cruel,
que de hambre el cuerpo siente,
piensa el estómago triste
que estoy ya preso en Argel;
tal es la hambre y tan ciega.
Mal trance habemos echado:
otro galán ha llegado,
otro disfrazado llega.
Quiero primero llegar
por estorbar al que viene.
que por hoy licencia tiene
cualquier máscara de hablar.
Cogídonos han las manos,
esperar es menester.
Que no nos valió correr
para llegar más temprano;
cogido nos han la fuga;
mas por huertas mal irás.
Consuélate, pues estás
entre lechugas, Lechuga.
Llegando Don Diego
Estéis, dama, enhora buena.
Vengáis, máscara, con bien.
Pues bien que se busca
en jardines la azucena.
La azucena, color bello;
pues sois de lo blanco amigo,
por una blanca que sigo
diera un dorado a tenello,
que en su valor sí atesora
cuanto se espera y se alcanza.
Y ¿cómo os va de esperanza?
Ni bien ni mal por agora:
ella es pobre y yo soy manco
de renta y bienes vacío;
si junto su blanco al mío
que damos los dos en blanco.
Y ¿qué pensáis hacer vos,
siempre ayunando y sin peto?
Miralla a ella, que es mi cielo,
y dalle gracias a Dios.
Para moro tan furioso
venís muy cristiano, amigo.
Es tal la imagen que sigo,
que me hace virtuoso;
con ella fuerzas se adquieren
para la hambre pasar.
Sabréis también ayunar
favores, si no os los dieren.
No sé si tendré caudal,
y muy delgado estambre,
que el cuerpo sufrirá hambre,
mas el alma podrá mal.
Las migajas que arrojáis
son mesa y jardín de flores.
Ved que si os va todo en flores
y solos el olor sacáis,
si solo flores queréis,
con flores ninguno vive.
Del río Ganges se escribe
lo que en vos misma veréis:
que viven sus moradores
Con las flores de su orilla,
tal fragancia y maravilla
dan las cosas superiores,
luego ya vengo a probar
que tal hambre es medicina,
que si vos sois luz divina,
bien me podéis sustentar.
Y si estas flores me dan,
tendrélas a buen partido,
y más flores que han salido
con el fresco del campo.
Viento y flores, todo es viento.
Es lo que al alma conviene.
Ved que otra máscara viene
a quitaros el asiento;
justo es que le deis lugar,
pues veis que el día convida.
Harélo si sois servida,
porque os deje de importar.
Por cierto, señor, que a mí
no me importa más que a vos.
Mas por gustar dello, adiós;
queda, adiós.
¿Que os vais, decí?
¡Jesús, y qué bien mandado!
No hago fuerza en lo ajeno.
Para fraile sois muy bueno,
que obedecéis con cuidado.
Nunca jamás de malicia
quisiera un gusto estorbar.
Dejadlas también llegar,
que a entrambas haré justicia.
Cierto que es cesar quisiera
conversación; triste estoy.
Eso justo cuando hoy
el uso lo permitiera.
Desvíase Don Diego y salen Don Pedro y Lechuga
Para un moro ¿habrá lugar
en el infierno de amor?
Señor moro penador,
si se atreve a penar...
Tanto llanto y pena tiene,
que piensa romper el hierro.
En mal remo acabe el perro,
que tan tierno y llorón viene.
¿Quién le mete en esto a ella?
¿Y quién le llama aquí agora?
Si es que el compañero llora,
yo traigo risa, doncella.
Romper piensa la cadena;
¡qué malo es para cautivo!
Mientras el cuerpo está vivo,
ninguna prisión hay buena.
Sólo quiero un toma y dame
Sin celos, sin cuidados,
comer con ambos lados,
que el buey suelto bien se lame.
Mal a pasar se atreviera
con flores, si se las dan,
como aquí dijo un galán.
Yo pan y carne comiera,
con que esta hambre pierde
el alma, y no con tardanzas,
que yo no como esperanzas
a los rocines dando verde.
Pues tendrá dicha muy corta,
y quien no espera, no pida.
Y ella quiere, por su vida,
una esperancita corta;
respóndame, y entre en jugo:
¿quiere esta esperanza?
Sí.
Pues venga, cómame a mí,
que sepa que soy lechuga.
Es muy fría.
Pues sabella
templar, que cuando la pruebe,
que tanto yo de fresco vive,
tendrá de buen horno ella.
Al fin, que soy spe con esto
y picáis aquí y allí;
pues sois bueno para mí,
que os tendré en el más asunto.
Desta suerte me acomodo.
Pues soy muy buena a mi ver,
que uno solo he de tener,
y ese que sepa de todo.
Volveos por acá temprano,
al punto que el gallo cantó,
que el pie os darán con el guante,
y con el chapín la mano.
Ya no es cosa aguardar más,
que a mil aras que aguardar damos.
Y más que si más estamos,
podrán venir más y más;
y están lejos las galeras,
y mucho habemos andado,
y muchos hemos faltado,
en tierra aguarda, ¿qué esperas?
Y del descuido llegando,
muchos disfrazados vienen.
Extremados talles tienen.
De mi padre estoy temblando.
Que si siempre aquí me persigue...
Y parece algún señor
de calidad y color,
pues trae gente que le sigue.
Entre aquestas alamedas
quiero presto retirarme.
Yo también quiero excusarme,
pues hay monte y arboledas,
que a dos puedo os de llevar.
mas si tantos han venido,
de alguien seré conocido.
Ven, no nos oigan hablar.
Cuidado podéis tener
con los que se han retirado.
La lengua me da cuidado.
Poca lengua es menester.
¡Ah! ¿Hay aljama...?
En lengua mora han hablado,
y la lengua y el traje así mudado.
¿Quién sois?
Moro, ¿quién lo ignora?
Dello dais mucha señal;
torpe sois.
Habla, Haçén.
La mora habláis más bien,
la española cantáis mal.
¿Y qué pretendéis?
Prisión.
¿Qué pensáis desso sacar?
Ser presos y aprisionar,
notable contradicción.
No lo es si tú lo entendieras.
Pues dánoslo ya a entender.
Cautivos hemos de ser,
y habéis de ser prisioneras.
Jila, descubre a ese moro.
Al que me habló también.
Descúbrenlos y ellos las abrazan
Prende la tuya, Haçén,
que yo tendré la que adoro.
¡Ay, Jesús! Jila, ¿qué es esto?
Extraños hombres.
¡Qué fieros!
Somos moros verdaderos.
No replicar, andar presto;
mira si podéis aprender / aprehender.
Los dos que de aquí se han ido...
Pienso que se han escondido.
¡Ay, Dios, muero! ¿Qué he de hacer?
Da tus voces, Jila, agora.
¡Aquí, amigos y señores,
hortelanos y pastores,
que va presa mi señora!
Llévanlas, y asómanse en lo alto del monte villanos
Por acá, Aluesto y Chamorro,
que hay moros, soltad los perros;
descubrid desde esos cerros.
¡Socorro, amigos, socorro!
Salen Don Diego y Fabio, y Lechuga saca de cuando en cuando la cabeza por debajo del monte donde están escondidos Don Pedro y él
Presa me llevan mi dama;
y a no solo otros no nos vieron,
y pues tan pocos vinieron,
morir quiero o ganar fama;
hoy tengo de socorrerla
y ofrecerme al trance esquivo,
que ¿qué me importa quedar vivo
si es muerte quedar sin ella?
Galán industria y galán,
capellar, banda y plumaje;
tan pagado vemos su traje,
¡hoy, mañana de San Juan!
¿Qué se hizo el otro amigo?
Habla, español, ¿dónde estás?
Que aun ambos veremos más;
mira que solo los sigo.
Vánse saliendo entre las ramas
¿No escuchas? A mí me llama.
Son muchos, Cota, señor;
él vaya, que tiene amor,
pues ve llevar a su dama;
que a los que amor no tenemos
nunca obliga en cortesía
la ley de caballería.
Entra más acá y callemos.
Si tú vas, luego me parto.
¡Extremadas aceitunas
para estar hombre en ayunas!
Nos llama a amasar el parto.
«Eres hijo de un vizconde»,
la conciencia me remuerde
que el mayorazgo se pierde,
y así es cuerdo quien se esconde.
Esa disculpa no es buena,
que yo probara mi espada;
mas temo alguna emboscada.
Que está esa montaña llena:
yo he visto arcabuceros,
llena esta alameda está;
uno está apuntando acá.
Salen Ismenio, Haçén, Xarife y Blanca, triste
No sea el ganaros perderos;
no vayáis, mis ojos, tan tristes,
que si vos no os estimáis,
maltratándolos matáis
al que con ellos hicisteis.
Alzad los cristales bellos,
no los quebréis, que es dolor,
y más siendo niño Amor
y habiendo niña en ellos.
No hagáis tan grave exceso
destilando el corazón
de un general en prisión,
que antes era vuestro preso.
Sale Don Diego
¡Largo a mí, moros, la presa!
¡Oh, Mahoma, dame ayuda!
Aunque más gente acuda,
yo solo basto a la empresa.
Vánse acuchillando
Lechuga, gente tras mí:
¡sal y muramos con ellos!
Voy, aunque por los cabellos.
¡Aquí, pastores, aquí!
¡Ay, que me han muerto, huyamos!
A mí me ha pasado el pecho.
Salen Ismenio y Don Diego
No pienses que nada has hecho,
que aun ambos solos quedamos.
Huelgo de quedar contigo,
querer valiente.
Es ansí;
como te rindas a mí,
te admitiré por amigo.
¿Yo me he de rendir a ti?
¿Nadie te ha dicho, infiel,
quién es Don Diego Martel?
Herido me has, perra; ¡mi
cielo, tal he de sufrir!
Temerario eres, herido.
Basta, que yo estoy rendido.
¡Vive Dios, que has de morir!
Tú a mí en el brazo herido,
tú conmigo te igualaste.
Bueno está, mi señor, basta.
Por vos le otorgo la vida.
Su esclavo eres.
Yo lo acepto,
y aunque ha días que lo soy,
lo seré dos veces hoy.
Pareces hombre discreto.
Y valiente y atrevido.
Ligad el brazo,
que no...
¡Oh amor! ¡Oh si a mí, oh si yo
fueras ligado y herido!
Mas siempre mi dicha yerra;
el moro es gallardo y bravo.
¿Quién es?
Ya ves, tu esclavo.
Di tu nombre, estado y tierra.
Nací en los Gelves, teatro
de muerte y tragedias mil;
nací noble, soy corsario,
llámanme Ismenio Aladín.
Francés de amor no sabía,
mas el arquero ruin,
que siempre tuvo cuidado
de enredar y de mentir,
hizo que viese una tarde,
en un parque, en un jardín
una mora del linaje
del famoso Açen Tarif.
Era el mes en que las flores
comenzaban a salir,
cuando deja el sol el Aries
y al campo borda el tapiz;
sin sarro los arroyuelos
e irse dejaban gemir,
regando claros y alegres
el mastranzo y toronjil;
cuando vi unos ojos bellos,
que no sé bien si los vi:
¡qué bellos, y no cegar,
o es milagro o no sentir!
Era el rostro grana y leche,
plata fina la nariz,
reloj que dejó medidas
las horas que he de vivir;
la boca con un piñón
bien podía competir,
las palabras de tirano,
el aliento de ámbar gris;
una perrita en el labio
que rabiaba por asir,
y se quejó no rabiosa
si del todo mordiera a mí;
mano al torno, cuerpo airoso,
gallardo cuerpo gentil,
con dos manzanas de plata
que nunca las vio París.
Pico, entendimiento y lengua
tenía como buril;
del cocodrilo el llorar,
de la murena el reír.
Tan cruel era y resuelta
en burlar y despedir,
que ni al alfanje de su nombre
temblaba el Argelí.
Parto al fin de las riberas
de Orán y Mazalquivir,
engendradoras de sierpas
en rostros de serafín.
Era yo de amor exento,
como he dicho hasta aquí,
y ella, indignada a vengarse,
debió al campo de salir.
Mirábame como a toro,
y golosa de mi fin,
parece que me decía:
«¡Toro bravo, vente a mí!».
En efecto, en mi grandeza
hizo el golpe tan gentil,
que en el alma puso el hierro
y a sus plantas la cerviz.
Con imperio en mis entrañas
lo intractable hizo abrir,
y más doloroso es el plomo
lleno de olvido y gorjín.
Comenzó a burlar del preso
como vencedora, al fin,
respondiendo en dos sentidos,
nunca estoico tan sutil.
Si por aquí la atajaba,
se escapaba por allí,
por no darse por vencida
de mi amor y mi sufrir.
Metiendo a barato el pleito,
se acoraba contra mí,
como la sepia que el agua
enturbia para huir.
Mas pagómelo la ingrata,
que a su tiempo, sin mentir,
como decís los cristianos,
le avino su San Martín.
Rindióse, y viéndola amar,
luego algún pesar temí,
porque se da a los amantes
con el amor el morir.
Matómela el sol de envidia,
según pude cotejar,
porque la llamaban todos
sol y mañana de abril.
Que de sin luz quedé muerto,
no quiero pasar de aquí,
pidiendo al cielo y a ella
mi fatal y cierto fin.
Un día un pintor famoso,
español y de Madrid,
que había estado un poco tiempo
aquí en Valencia del Cid,
que como suelen algunos,
por ganar con qué vivir,
a mi rey de Tremecén
dos años le fue a servir,
me dijo: «¿Qué estás llorando,
di, miserable de ti,
pidiendo una dama al cielo,
habiendo en la tierra mil?
Toma, mira este retrato;
esto leche, esto carmín,
que entre los demás su dueño
es el más neto que vi.
Ésta es la Niña de Plata,
de todos llamada ansí,
que un caballero en Valencia
así la mandó escribir,
que es el hijo de un vizconde
que la pretendió servir».
Y yo lo pude hacer,
viéndola ir a misas ir:
miréla y volvíla a ver,
aseguréme y volví,
y quedó turbada el alma,
viendo otro nuevo alguacil,
que luego la comparé
a la misma que perdí.
Y si es verdad lo que algunos
antiguos suelen decir,
que en otros cuerpos las almas
se trocaban al morir,
pienso que en ésta la muerte
se debiera de infundir.
Procuré luego buscarla;
metí remos, ¡vive y sí!,
esta dama, que es la misma
deste plus ultra sin fin.
Noble soy y soy tu esclavo,
cristiano pienso morir;
cien libras de oro te ofrezco
si agora me dejas ir.
Ésta es, cristiano, mi historia;
no tengo más que decir.
Toma, que a tu esclavo heredas,
y esfuerce Dios mi sufrir.
Moro noble, y bien sentido
en el alma el caso fuerte,
ansí allá el de aquesa muerte
como éste aquí sucedido;
y mi palabra te empeño
que con vergüenza y recato,
sólo te tomo el trato / contrato
por ser tan honrador dueño;
que tanta virtud y gala
no es razón que en fábula quede,
donde determinar puede
el tiempo y la lengua mala.
Aun cuando fuera cristiano,
A serlo me pienso volver;
por ser moro he de perder
esta gloria, cielo y mano.
Si cristiano me tornara,
¿mereciera algún favor?
Parecerásme mejor.
Y yo en tal caso terciara:
parte con Dios libre estar,
para ti y amor lo agradece.
Vida y alma se os ofrece;
esto os debo, dama, dea y más. ¡Oh, eterno pintor!
Alcaide...
¡Tal mano, alcaide!
Si ésta le dais al vencido,
¿qué le queda al vencedor?
Partí y volví.
Seré cierto,
pues tanto favor merezco,
y como esclavo obedezco.
Adiós.
Soy de amores muerto.
Vase
Mucho por mi cuenta parte.
Señor Don Diego, habéis hecho
Más tiene que dar el pecho.
Sois Martel, sois nuevo Marte;
desde hoy os debo la vida.
Poderos pagar quisiera
Si ésta por vos se perdiera,
la diera por bien perdida;
y creed que es de manera
que la diera este día,
que aunque la tengo no es mía,
y así menos lo sintiera.
Van saliendo Lechuga y Don Diego
Desde que con esa gente
la presa al moro quitamos,
aquí escondidos estamos.
¿Qué aguardas?
Oye, detente.
Yo pretendo aquí saber
en qué paran estos dos,
que he de saber, ¡vive Dios!,
en qué paga esta mujer.
Si decís que me debéis,
¿qué paga me dais, señora?
No siento, Don Diego, ahora
paga cual vos merecéis,
y por fuerza he de andar corta,
pues tan pobre he nacido,
que sólo para el marido
tengo esta mano, si importa.
Mas yo y vos pobres, no siento
cómo, señor, pueda honraros.
Mi comer será miraros,
que no es mal pan el contento.
Con esa resolución
el alma y la mano es vuestra,
que a tener amor me muestra
el vuestro y mi obligación.
Salen los pastores y Jila
¡Pardiez, la presa quitamos dentro!
Y ya los moros se fueron.
Éstos que agora vinieron
turban el gozo en que estamos.
Ved qué mandáis o pedir,
que esta noche me aguardéis;
a las once, y abrirme habéis,
que a vuestro mando abrir...
¿Oíste lo que habló?
Y aun me ha pesado de oír.
A las once tiene de ir,
a las diez tengo de ir yo.
Salgamos con esa gente
para hacer la deshecha.
Mucho un buen perro aprovecha.
El de Chamorro es valiente.
¡Pardiez, de dos dentelladas
a dos morazos crueles
les rasgó los arambeles
y puso al sol las lunadas!
¡Hideputa el buen Martín,
y qué bien con las carlancas
les rastrillaba las ancas!
¡Vencido habemos al fin!
Todos habéis ayudado.
Mas sobre todos Don Diego...
Que no digáis eso os ruego;
por uno solo he peleado.
La señora Blanca ha sido
quien ánimo y fuerza dio.
Pobre y cautiva fui yo.
Sólo sois quien ha vencido.
No más que éstas, ¡qué consuelo!
Nos dieran con una porra.
¡Oh, qué bien dijo La Corra:
"Nunca más bodas al cielo"!
Si en esta ocasión no estoy
y estos señores y amigos,
ya hiciéramos hormigos
o al cavilcaz...
...nacido coz.
Pues si ve que hoy ha nacido,
¿cómo no premia al soldado
que por ella ha peleado?
Pues sois vos quien ha vencido,
malos años mi Martín,
y después estos señores,
hortelanos y pastores...
...y Jila, que es serafín.
No venció, por vida mía...
...sino esta linda señora.
Hambre me vence agora;
pues vamos, que es mediodía.
Por la labradora muero
y pienso volverla a ver.
¡Tantas has de pretender!
Cuantas veo, tantas quiero.
Vánse todos y sale el Rey Don Jaime y el Vizconde
Y con vuestra licencia, Rey, quisiera,
pues tiene edad, casarlo con la hija
del señor de Buñol, huérfana y rica;
que mi hijo Don Pedro Veintimillas,
demás de ser el único heredero
de mis estados, es de mí querido,
y no quisiera, cierto, que hiciera
algún no pensado yerro, que es mozo enamorado;
ya mucho tiempo ha que anda perdido
por una hidalga pobre, aunque hermosa,
que han dado en llamar la Melloquina,
Niña de plata, siendo hierro y cobre;
que con tocha prisa, Rey, tiene furia.
Me han dicho que anda cerca de perderse,
y ella se estima en mucho, como es noble,
con sólo ser honrada y no admitirlos;
y al fin, con su belleza y buenas partes...
Que hermosa me decís que es Blanca
es cosa que los tiene enchicados.
Que no es él solo, que anda todo el mundo
siguiéndola a las huertas y jardines ciento,
que a donde ella da un paso, ellos dan...
¿Que tan bella y hermosa es esa dama?
Es tanto, que pintores y poetas
sólo se ocupan en hacer retratos.
¡Válgame Dios! Pues más ella que toda
buena es eso. Si es Elena o Tania y Flora,
esta plática y gusto de Valencia,
y aquel ser tan honradas los distrae,
y como fiebre, tórrego o beleño,
a un tiempo los adormece y los desvela.
¿Que hay en Valencia dama de tal nombre,
y que "Niña de plata" al fin la llamen?
"Niña de plata", digo.
Yo lo creo,
que yo también lo digo por la fama,
y aun pienso que es de perlas y mil flores.
¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que me han dicho?
Yo la he de ver, muriendo estoy por verla.
¿Y reside en Valencia aquesa dama?
Aquí en este lugar donde has venido
a holgarte, unas casas tiene breves,
que por ser pobre está poco en Valencia;
y tiene vista un no sé qué sin nombre,
que aun a mí, con ser viejo, eso me enfada...
¡Jesús, vizconde! ¿Cómo y tal desastre?
Señor, no digo yo que tal hiciera,
mas que ella tiene un no sé qué que llama.
¿Qué haré yo, pues viejo tuvo sin tener?
No puedo reposar como en un punto;
tanto retrato entró por el oído.
Peores son a veces que los ojos,
porque los ojos venlo y determinan
el mal o excluyen la perfección o falta;
mas los oídos, si suave y lo acepta,
lo aprueban y lo estiman aun sin fruto
fijan allá en la idea aquellas cosas
para cuando las vean muy mayores
y más perfectas que ellas son ni fueron,
del modo que al mirarlas el engaño,
y ancho al mayor la fama y no verdad,
abraza aquello que aprobó sin verlo,
aun siendo menos de lo que han mirado.
Así que el parto que concibe el alma
por el oído a veces tiene fuerza,
como carácter y hábito ya hecho,
que la imaginación fuerte lo envía.
Y así llamaron a la fama algunos
purpúrea, atravesada y presurosa,
pintándola con alas y sudando,
como quien trabajó por llegar presto,
lo que no tiene la verdad discreta,
a quien llamaron todos descansada.
Así, señor, que como he dicho, quiero...
...con vuestro beneplácito y licencia
casar mi hijo y divertirle de esto.
Paréceme muy bien y es cosa justa;
no se ciegue por dicha y se desperdicie,
y al fin se case con la pobre hidalga;
ni a mí me estaría bien que tal se haga,
y en el alma en verdad lo sentiría,
como sentirlo fuera a par de muerte,
que estimo con la mía vuestra honra.
¡Ay, que la adoro, y esta iniquidad...!
¡Jesús! Cásese luego.
Así se haga.
Enviad por su esposa.
Irán al punto.
Si no tenéis quién vaya, vaya Alberto,
o Don Juan Perellós, Belvís, Puchades,
o Don Lope Corella, mi contino.
Yo tengo quién su esposa traiga luego.
E ir de la Torrilla o vos, Erizuela,
que es justo que la traigan con aplauso,
por hija de quienes y por vos, Vizconde.
Yo tengo ya, y de allá no vendrá sola.
Beso os los pies, Señor, por tal cuidado.
Bueno es que se casara vuestra hija
con la Niña de plata, habiendo muchas
hijas de mis señores sus iguales.
Fuera eso dar un bofetón al reino,
y aun a mí me le darían en la cara,
que tengo a cargo la igualdad de todo.
Vamos, Blanca gentil, que voy perdido.
¡A qué bien mata amor por los ojos!
Vánse y salen Don Pedro y Lechuga
¡Jesús!
¡Jesús, que ha muerto!
Temerario ramalazo.
Rompió la maroma, es cierto.
¡Oh, qué terrible porrazo!
A hacer pino no advierto:
las diez vienes a buscar
puesto del reloj debajo,
viendo subir y bajar
las pesas de esto bajo,
no pudieras excusar.
Las maromas se quebraron,
mal que nunca se aguarda,
que aunque plomadas bajaron,
partirte a cuero; y no tarda
el castigo que anunciaron.
Por Dios, que da qué temer.
Ves cómo ya te castiga
la iglesia, a mi parecer,
pues quieres hacer tu amiga
la que el otro su mujer.
¡Vive Dios, señor reloj,
que no me dice «ox»
el zumbido de la soga,
que «¡So, que os echo la boga!»,
mas salí al pipirijox!
Y tanto cuidado, señor,
en buscar las diez tuviste.
¡Qué locura o necio amor!
Debajo el reloj te fuiste.
¡Tómate esa, majatín!
La mano del almirez
no lastimó ansí,
que tú buscabas las diez
y dieron las once en mí.
¡Oh, qué Conde Almarberil!
No sólo allí deshicieran;
si en huir ir no eres sutil,
de mis once no pudieran
librarte las once mil.
Basta, no mires agüeros.
Éste cumplido está ya;
no es agüero.
Bueno está.
Llegados hemos los primeros;
no hay nadie, cerrado está.
Y al asiento silbar puedo...
Mejor será, blando y quedo,
una china.
Sí haré.
Con un vidrio me topé,
y me he derribado un dedo;
sangre corre, mas no es nada.
Ata, señor, un lienzuelo.
¡Dios guíe esta encrucijada!
Ya iban dos, júzguelo el cielo.
Y al balcón está asomada.
Sale Blanca al balcón
¿Sois vos, Don Diego?
Yo soy.
Y abajo a abriros la puerta,
en vos confiada estoy,
de vuestra palabra cierta;
decís que vaya, y voy.
No me hagáis bajar en vano;
primero os quiero avisar
que aunque yo soy la que gano,
dentro no tenéis de entrar
si antes no me dais la mano.
Bueno va, bien la engañé.
Yo pienso que va muy malo,
y que ha de pesarte, a fe,
porque te dan pan y palo,
pues metes en el cepo el pie.
Paradiós, será tu esposa;
buen peso te supo echar.
¡Oh, afrenta y carga penosa,
qué afrenta cómo llevar
mujer pobre si es hermosa!
Déjame tú complacerla,
cogiendo el fruto temprano,
hablar alto y poseerla,
que agora le doy la mano.
Y gozándola con ella,
déjame tú que sujete
deste duro bronce helado,
siendo el silencio alcahuete,
que el placer ejecutado,
quien paga como promete,
ni al saber qué es desear
Déjame tú prometer,
hartarla para pagar,
que ejecutado el placer,
¿quién se acuerda de pagar?
Sale Blanca a la puerta
Bien hacéis, por vida mía,
de hablar bajo, que las ramas
aun tienen lenguas hoy día;
y en vencer moros y damas,
vos prudencia y valentía.
¿Cómo está el brazo animoso?
Más paso, que gente pasa;
y porque esto es más forzoso,
daisme la mano de esposo.
Dóyla.
Entrad en vuestra casa.
Éntrase y queda Lechuga
Solo quedo y sed cobré;
hoy con la mora cuadrilla
sin mi taberna se ve...
¡Bien haya la gran Sevilla!
...adonde yo me ría.
¡Adiós! ¡Quién agora viera
a Sevilla y su arrabal,
y en ca del Francés comiera!
¡Oh, quién tuviera Arenal,
Feria y marcas debiera!
Sale Don Diego solo, embozado
Mas ¡ay, Dios!, ¿quién viene allí
entre las sombras espesas?
Si acaso viene por mí
el ánima de las pesas
del reloj...
Gente hay aquí.
Pónese de rodillas
Señor, si acaso he pecado
y aquí tengo de acabar...
Un hombre está allí parado.
Si me vienen a matar,
quisiera morir confesado.
Yo confieso que he servido
de lacayo y de calcaidón,
y que sin rienda he vivido,
y que traigo el corazón
por Jila desvanecido;
que juro, aunque no reniego,
y que si voy a la plaza,
hurto, miento, engaño y juego
...y que tengo el abarcalza
empeñada en un bodego;
y aunque en aquesto peque,
a mi amo desvío
deste amor y daño oculto.
¡Libradme de aqueste bulto,
pues por mí no entró ni fue!
Ésta es, mi Dios, la Castilla.
Si por vida tan sencilla
el cielo tenéis de darme,
ved si es posible llevarme
de camino por Sevilla.
¿Qué es esto? ¿Hay nuevo amador,
hombre en la calle embozado?
Ya me dan celos temor,
a tormento imaginado,
hija de envidia y amor.
Si echo aquel hombre de allí,
es alborotar la calle,
y échome a perder a mí;
pues si quiero acuchillarle,
sabrán por quién viene aquí.
¿Cómo duerme descuidada,
sabiendo que he de venir?
No hay luz, ella está acostada.
¿Si piensa que he de mentir
porque es pobre, siendo honradez...?
...pues tratar de obligación,
la que me tiene es muy grande,
pues la libré de prisión.
Dios le ponga en corazón
que se esté quedo y no ande,
que cada vez que se mueve
pienso que ya está conmigo.
¡Sombra hermana, no me lleve,
que sepa que soy su amigo,
y cierto que me lo debe!
Pues si es galán y madruga
y de amor viene al reclamo,
que la bolsa hay, gusto en fuga,
lo que aconsejo a mi amo,
eso le venga a Lechuga;
y así se vaya o se asiente,
echará capa a dobleces;
huiré aunque soy valiente,
que honra es retirarse a veces,
porque el miedo es mucha gente.
Agora quiero me apartar
y saber esto en qué para.
Y bien me puedo parar,
que pues mi sombra se para,
parado debo de estar.
Salen Blanca y Don Pedro
¿Tan temprano, dulce esposo?
¿Tan presto poco os he agradado?
Suelta, amiga.
¿Tanto enfado?
Suelto, a fe.
¿Tan desdeñoso?
¿Tan a prisa?
No aprovecha.
¿Tan presto enfado?
No es llano.
¡Jesús, qué pesada mano!
¿Muy pesada?
Es la derecha,
que siempre que me asgas con ella,
me lastimas mucho.
A fe,
pues yo me la cortaré
porque no os dé enojo el verla.
Gracias a Dios que habláis,
que aunque enfadado salisteis,
hasta aquí hablar no quisisteis.
Pero aguardad...
¿Qué miráis?
¡No sois Don Diego!
¡Escogido cuento!
¡Burlada me habéis!
Si os parece que perdéis,
la hechura se ha perdido.
¿No sois Don Pedro?
Vencido
de vuestro amor vine aquí.
Y mano y palabra os di.
Pésaos dello.
Burla ha sido;
mas pues amor os forzó,
no he perdido, antes ganado,
pues tal marido he cobrado.
A fe, pésaos.
A mí no:
¿sois desgracia o sois dichado?
Y aunque Don Diego rey fuera,
como a vos no le quisiera.
A fe de la mano derecha,
mas pésame que os enfado.
¿Vos a mí, Blanca hermosa?
Mas es mi condición: soy fiero.
Del modo que sois os quiero.
Soltad esa mano enfadosa,
que pues decís que os lastima,
la he de quitar o esconder.
Tan celosa os vengo a ver.
No, amiga, el alma os estima;
no haya más ojos hermosos.
También los tendréis en poco.
Por sus niñas estoy loco.
Volvedlos a mí piadosos;
quitad el nublado, mi bien.
¿La queréis me dejar
en vuestros ojos mirar?
Ya enamora este desdén.
Tengo la mano pesada,
y son hermanos los ojos.
Acabáronse los enojos.
Con eso estoy despicada.
Muestra.
Toma.
Muy distinta;
quiero ver mi vista en ello.
¡Ay!
¿Qué viste?
Dentro dellos
una daga ensangrentita.
¿Una daga? ¡Háte engañado!
Daga y en mis ojos llega.
Descansa si estás helado;
a lo cansado el sereno,
y yo, a fe, que te he cansado.
Basta ya, todo ha pasado.
¿Quitóse ya?
Ya estoy bueno.
Ansí turbaste, a fe mía,
que te burlaba pensara.
Hace la luna tan clara
que al mismo como de día,
yo la vi ver con lumbre igual
la daga como te cuento
pudo verla el pensamiento
y la aprehensión del mal.
Voyme, cierra paso y calle.
¿Cuándo me verás?
Quisiera
que en esta casa no fuera,
que es de mal pie.
Derribarla
cosa ha de haber que os dé pena.
¿Qué viña queda en pie?
¿Cuándo has de volver?
No sé;
de amor y gusto está llena.
Voyme, que es enfadosa. Adiós.
Volved breve.
Seré cierto.
Que me habéis de amores muerto,
y no me hallo sin vos.
Éntrase Blanca sola
Bien de prisa estás hoy.
Aquí estoy, ¡mal mi año!
¿Qué es eso?
Desde que entró,
anda el diablo por aquí:
un bulto no muy pequeño
alrededor me persiguió.
Déjale, pues; no nos sigue.
Esto que he mirado es sueño.
Ven, que tengo de volver
a gozar la labradora.
Eso te faltaba agora.
¡Qué carnal!
Mátame la voz.
Vánse Don Pedro y Lechuga
No era Blanca la que habló;
sí, que bien claro se veía,
y quien criado traía,
en Godoy no se ocupó.
A falsa y a ceño debo,
que hay más mal del que he pensado.
Todo el pueblo está engañado;
placer hace esta mujer.
No es la misma que libré
de las manos de aquel moro,
que daba cien libras de oro,
y por ella libre fue;
no es la misma Blanca mía
a quien dije me aguardase,
que me abriese y esperase
antes que viniese el día.
¿Quién son estos que aquí están?
¿Cómo o por quién se han huido?
no, que digo concertado
que Don Pedro es el galán;
es Don Guillén de Plata.
Mas sí, que hay mil damas bellas
que las tienen por doncellas
porque viven con recato.
Murió, amor; pasó, ya fue.
¡Adiós, Circe, fe mentida,
que no te veré en mi vida,
ni aun por calle pasaré!
Quédate, conde, con tu amor;
vengarme he con no te ver,
que dejar una mujer
es la venganza mayor.
Fin del Acto Primero
Jornada segunda
Pag. 2
Salen el Rey de Aragón con acompañamiento, como que va pasando a alguna parte, y va hablando con Ferrer y Galindico
Holgado me he de quedar aquí,
esté Blanca en el lugar,
que mejor la podré hablar
sin nota alguna.
Es así,
que en Valencia es gran disgusto;
se echa mucho de ver.
Como ayer fue San Juan ayer,
la reina está aquí con gusto;
que tan cerca de Valencia,
que estamos acá y allá.
Blanca, por ser pobreza,
en el aldea...
Es gran prudencia;
presto la veré; perdona,
cetro y majestad real,
que a dar hoy por plata tal
el oro voy de mi corona.
Quédense todos, no quiero
que vaya nadie conmigo;
solo tú serás, te digo.
Y Haçén quizá me hará tercero.
También Galindico puede
venir, que es el gusto mío,
por si algún recado envío;
la demás gente se quede.
Dicen que se hizo loco;
del vizconde la festeja...
Y yo sospecho que le deja
por Don Diego Martell.
Poco
tiene Don Diego que dar,
que es más pobre que no ella.
Dote tiene la que es bella;
quizá así podrá pagar.
Vive siempre con mi abrigo.
Es un soldado, el mejor.
Ese, que ni yo otro peor,
ha de averiguar conmigo;
que no porque tanto prima
que me ha servido en las guerras,
tiene de darme en mis tierras
libertad a quien cautiva.
Que a quien aquesta ribera
llegue un moro cautivo
que libre le envío,
como si él sin mí pudiera...
Estas cosas, que otras más
cansan.
Paso, que esta es la huerta;
llegamos tras de la puerta.
Pues métete un poco detrás.
¡Ay de ti, mi de ti! ¿Y de quién
a la Reina, mi señora,
esto le contará agora?
No trates de eso; entra.
Ven.
Sola una pared que en medio
divide entre rama y ramo
esta huerta de tu dama
y la del Rey, tuya...
Buen remedio.
Si están cerca, lo mejor
es bajarnos al majuelo,
porque no nos pueda ver
la Reina del corredor.
Ven, vamos.
Yo voy tullido, perdido.
Yo sufro más. ¿Qué he de hacer?
A miedo de la mujer,
¡ya cuánto obliga al marido!
Entránse y salen Blanca y Godoy
Desdicha es el pesar, señora,
pues un condado te espera.
Mucho más gusto tuviera
si viera a Don Pedro agora,
que en solo ver que ha tardado
no descanso ni sosiego.
Mas, ¡ay!, ¿qué dirá Don Diego,
que en el aire han dejado?
Ved el paso que le dan;
son del cielo maravillas;
mas Don Pedro, por veinte millas,
es conde al fin y es galán.
Sosiega y toma placer,
que ya tu esposo vendrá.
Salen Don Diego y Fabio
Sola mi enemiga está;
hoy mi muerte llego a ver.
¿Ya mil veces no has jurado
que no has de pasar su calle?
Sí, amigo, estaría olvidado.
Vámonos.
No tienes talle.
Pues hasta agora ella ha hablado...
No, pero ni eres tan ciego
que te vas llegando a ella.
¡Jesús! Cruzamos del fuego,
y en efecto sola está,
y ella me ha visto.
Ya tieso.
Llegas, feroz; quita, Fabio...
¿Y ella está triste o contenta?
Quítate, acá cierra el labio.
Quiera el cielo que yo mienta,
pues callar tengo este agravio.
Callar, porque llega presto;
de consejo el sabio muda.
Ante el verdugo estoy presto;
no oso, Fabio.
Amor te acuda;
llega, desflama, echa el gusto.
A no pensar que otra eras
agora, y no la que fuiste,
no te dijera estas veras.
Buen pago, ingrata, me diste.
Agraviado, quimera
cargo ha de ser el perdón.
Si pensaras la razón
que tienes de esta y de esta llaga,
no me dieras mala paga
por premio y por galardón.
Ya te niegas, aunque bella;
dite libertad en vano;
de servil te hice estrella,
pusiste espada en la mano
para matarme con ella.
Don Pedro, aquel que salió,
cierta no sé de su casa,
¿por qué allí no te libró?
Diéronle esfuerzo en tu casa, Ortega,
pero los favores no.
Van poco de mí, vacía
Don Diego Martell por ti,
pues por mujer te quería;
mas viénete grande ahí
la sortija por ser mía.
remiendos miseria y don,
hidalgillas de opinión,
engreidillas más que solas,
siempre soberbias y robas
hospital y estimación.
Ejecutoria livianas,
torre solar, triste valle
de lágrimas locas, vanas,
bordoneras, escribanas
escondidas que en la calle
Ingratas, duras, crueles,
polvo, agua, anillo y escoba,
calidad, armas, ropajes,
hoja de casapa, pifas,
y al cabo elección de boba.
Ajo, arpas, instrumentos,
humo, tasquera, elementos,
presunción entre paredes,
privilegios y mercedes,
hambre pagada... ¿quién dos?
Falses la hidalga liviana,
y yo un hombre con quien gana
todo un reino estimación,
que he despedido un millón
y buscaré otro mañana.
No sé más, aun que te sigo:
bien para en uno los dos,
que eres muy de lo mendigo,
y por darte algo por Dios
me casaría yo contigo.
Y mi intención noble y honrada
sabe bien el cielo justo,
por quien ha de ser premiada;
que era ceguedad y gusto,
y hacer algo de no nada.
Yo espero que me ha de oír
y hacerme bueno en tanto
que esto hablo sin mentir,
alguno a quien vuestro llanto
le dé lección de reír.
Y si no vio esta espada
en su gar sangre acicalada,
fue porque se afrentaría.
Baste ya, por vida mía,
que ya estoy bien castigada.
No os puedo satisfacer
ni pagaros lo que os debo;
solo confieso deber
deuda que en el alma llevo
hasta mi centro volver.
No me afrente tal desdén
en pago de un parabién
que al alma de vos cedí,
que sois amado de mí
y no os puedo hacer bien.
Hace ella que llora como quien le había querido bien
Toma tus prendas.
Pensar...
¿Podéis?... ¡Que de modo quedo
atajada en tal lugar!
¿Qué de faras?... Las no puedo
ni las pudiera tomar.
Arrójale la banda y su retrato
Toma, ingrata, y no entendí
sacar menos que dolor,
cuando lo pensado vi,
que con gran fe y amor
celos encarnados cogí.
¿De qué lloras, embustero
cocodrilo?
Estoy pensando
mi perdido amor primero,
que aun no os pago llorando
lo que os debo y lo que os quiero.
No quiso más mi ventura
de que os pierda sin perderos,
y es la cifra tan oscura
que no puede satisfaceros.
No queda otra figura,
que es tal el lazo que al cuello
manda a la lengua turbada
que al cabo acá ponga el sello,
y porque yo quede en xadre,
quedéis vos sin entendello.
Y plega a Dios que le adores.
Y él te burle cual tú a mí,
y que se ría cuando llores,
y que ponga olvido en ti,
y en nuevo amor sus amores.
Y cuando te vaya a ver,
te agravie eso y te persiga,
dándote rabia de ver,
y te tenga por su amiga
y a otra estime por mujer.
Y por burlarte mejor
y no cumplir tus placeres,
finja que ama a otro amor,
sabiendo que errada eres,
que es la maldición mayor.
Y que temas su castigo,
sin ofender a tu amigo,
siempre a la noche de Zabálvua,
que amando la conciencia salva:
mortal pena es la que digo.
Alza los que se han de dar
a quien lo das de tu parte,
mas no lo querrás alzar,
soberbia, por no humillarte.
Robín Burfarón le el lugar...
Yo nunca enojo de ti,
aunque muchos se me diesen,
mas tiene tanto por sí,
que si estas prendas sin pesar
se lastimaran de mí.
Harto más verdad gocé
en gravarse esta casa,
pues siempre que la miro
he de haber una buena cara,
y en todos caras calle;
mas pues que me están tan caras,
que ya de una hizo dos.
tan mudables como avaros,
buena casa de dos caras,
alcé su cara y ¡adiós!
Mas ¿dónde voy? Quiero alzarlas,
que prendas que yo adore
necedad se... de fallas;
y aun estoy tentado, a fe,
con su sangre matracarlas.
¡Vengad ya, mano tardía,
tanta burla y demasía!
Daré voces, bastan ruegos;
ved que me va al Rey, Don Diego,
que esta sazón es cortesía.
Sale el Rey como que ha oído ruido, y Ferrer y Galindico, paje
¿Qué es esto? Aparta. ¿Qué quiere hacer?
Don Diego, ¿qué es esto?
Bravo con doncellas ahís.
Al fin siempre erráis el exeto,
los ficados con mujeres.
¿Qué ha sido esto? Dilo, acaba.
A una mujer, ¡bueno, a fe!
Pasó un perro que era bravo,
y así la daga saqué.
Pues como habláis, te quejabas...
De un villano que le huía;
del perro furioso y ciego
dije que si no acudía,
a ti, Rey, me quejaría.
Él huyó y llegó Don Diego.
Gentil disculpa tenemos.
Y aun pienso me mordió a mí.
Pues si es que os mordió, ¿qué hacemos?
Idos, Don Diego, de aquí;
si no, todos nos rabiaremos.
Acabad, idos corriendo.
Mosén, ¿qué retrato es ese?
Alza el retrato Don Diego
Ya sé: el caso ya le entiendo.
¿No queréis que voces diese
si así la estáis ofendiendo?
Bueno es traernos un retrato
de una doncella tan honrada,
haciendo aquí y allí plato,
que la tienen disfamada.
Veo amor y otro trato,
y ya sé que ella no le dio,
y quise que yo le ampare.
Señor, si es que rabioso...
Rabiará quien le tomare.
Toma y quémenle; mas no,
guárdale y dácmele as,
que en las llamas de mi pecho
consumido le verás.
No te asga.
Bravo hecho.
Gran lance.
Perdido estás.
Lleven a Don Diego preso,
pues con lo que ha porfiado,
del mozo me he acordado.
Voy, mas no es solo por eso.
Llevan a Don Diego
Pésame, dama graciosa,
que os haya dado disgusto;
tu amigo yo no es... hermosa
Mas si él es de oro, ¿qué es
de que os mostrastes quejosa?
Decidme aquí la verdad,
que tan linda honestidad
obliga a que un Rey la ampare,
y a quien a vos os tocase
bastará mi enemistad.
No hay más de lo que he contado,
aunque es verdad que Don Diego
algún amor me ha mostrado.
Si yo a la plata me allego,
¿quién no estará disculpado?
Poned la plata que escasee
a mi corona y tesoro,
donde ya amor os concede
que si estará fina, bien puede
hacer ligas con el oro.
Decid si con plata os rescata
el oro, ¡oh plata divina!,
los cautivos con quien trata.
Oro, plata, plata o mina,
decid si sois mina o plata.
Mas todo es bien lo seáis,
pues sois tan firme y tan fina:
oro, porque no os gastáis;
plata, por Blanca y divina;
mina, porque siempre dais.
Con todo Arabia pudiera
compararos, Blanca mía.
¡Oh, si la Reina supiera
que estáis en tal platería,
y qué de caudal hicieras!
Que es amiga de ver huertas
nuestra Reina, y lo anda todo.
Tanto en mirarte te conciertas,
y por tan extraño modo,
que me adviertas más y despiertas,
por la vista y el oído,
entras al alma donde habita.
¿El Rey a mí?
Está perdido.
Soy de Vasconas noble.
Quita,
mejora aquí tu partido;
si el Rey se humilla a hablarte,
humíllate tú y concede,
que eres pobre y puede honrarte.
Dile más.
Por mí no quede,
harto hago de mi parte.
Si el Rey os quiere y porfía,
meted en casa el buen día.
Yo no puedo y el Rey puede.
Dile más.
Por mí no quede.
Sale la Reina y acompañamiento
¡Lindo jardín!
¡Qué alegría!
Los claveles son de enero.
¿A qué dueño querrían ver?
De una pobre es del lugar.
Por eso está sin cerca.
¡Ay, la Reina! ¿Qué he de hacer?
¡Hala visto!
No, señor.
Entra, Blanca, habla quedo.
Pues yo presto...
...os es dolor.
¡Qué bien parece ese miedo!
Téngole mucho temor.
Váse Blanca, y al irse cáesele un guante
Todos sus pasos contados
sigo con gran astucia,
y del veedor los vi
entrar callando bajados.
Piensa el Rey que no le entiendo
y que sus pasos no sigo.
La Reina ha dado conmigo.
Siempre lo que estuve temiendo,
que es celosa y castellana.
La Reina Doña Leonor,
¿sólo ves jardines, señor?
¿Y dónde está la hortelana?
Señora, por los jardines,
¿no avisasteis primero?
Sirviéraos yo de vergelero
en sus flores y sus fines.
Tan sola y tan sin pensar,
mi reina, y venir sudando...
Y por no venir callando
a veros en tal lugar.
Quita, no disimuléis
con hacerme esos regalos,
que sin ocasión son malos,
y aquí a quien darlos tenéis.
Siempre os he de ver celosa.
Nunca lo estoy sin razón.
que vos dais siempre ocasión,
y esta de aquí fue forzosa,
entre varias niñerías, señor,
ni de ir huyendo ruido.
¿Qué es esto? ¡Guante es caído!
Ca a la facia del cazador...
Es mío; mostrad, señora.
Vos, Jesús, acabad;
¿no veis que picado está?
Y el "vos" no calla agora.
Rey Don Jaime de Aragón...
Ya es el mal viejo.
¿Qué queréis darme el guante?
Bien hacéis
de no perder ocasión.
Ya yo sé que Blanca es bella,
y que os dejó el guante a vos
para que pidáis por Dios
limosna pobre para ella.
No tratéis, Reina, de aquesto,
que es mío aunque está picado,
que me le dieron de recado
con los vuestros.
Yo confieso
que no es vuestro y está claro,
y que el paje se engañó,
y que es mío y se trocó;
mas no me cabe en la mano.
Con el calor de la fiesta
suda la mano.
Pudiera...
mas ¿soy yo alguna ramera,
que traes prenda que apesta olor diferente?
Que no cebamos de ver de esta...
No importa.
¡A todos manos, Rey!
No.
¿Nunca os enfadan mujeres?
Yo no os basto, ni tampoco
Doña Teresa, esa dama
de Vidaurre que os llama
marido y os vuelve loco;
pues ya Doña Berenguela,
de discreción peregrina,
esa es otra más divina,
y veréis si en Frías fue sencilla.
Pues ¿qué dije desta dama,
Doña Blanca de Antillón?
Esa es muy niñosa pasión,
y también Vea se llama.
¡Válgame Dios, Rey Don Jaime!
¡Tantas y cuantas, señores!
Nunca a las ciencias de amores
dejo pasar ningún dime.
¡Cómo amargan las verdades!
Siempre así pesada estáis.
Más mujeres sustentáis
que habéis ganado ciudades,
y así tenéis deste modo
hijos que no hay quien los cuente.
Guerrero sois valiente,
pero sois muy hombre en todo.
Por fuerza me entra temor
cuando otra no me venga gente
deste modo que la encontré.
Yo me voy; quedaos, señor,
que soy celosa, confieso;
perdonadme.
Y en vos quiero...
No quiero tan buen brazo;
ea, quedaos para que os lo...
No oiga más, seamos amigos.
Vanse todos y sale Blanca
No puede una triste suerte
tener otra sin tormento,
que si halla algún contento,
en lo que ella es lo convierte.
Tal es la tristeza mía,
nacida de un gran favor,
que es la tristeza mayor
si bien se vea la alegría.
No me puedo asegurar,
¡triste de mí!, ¿qué he de hacer?,
que suele ser un placer
principio de un gran pesar.
El pobre alegre y contento
no tiene en tierra pobreza,
pues si le falta riqueza,
tiene alegre el pensamiento.
Y con alma enamorada,
que de sospechas serviste,
las sospechas me han entristecido
las tristezas, desdichada.
¿Qué dirá la Reina ahora,
sino que traición le hago?
¿Que este pago tendrá con pago,
si mi intento que ella ignora?
Tras esto, el Rey me parece
que ha puesto en mi valor ojos.
¡Válgame Dios, qué de enojos
la hermosura me ofrece!
¡Desdichada hermosura,
qué de infortunios fatigas,
pues te logras pocas veces,
que menos tienes ventura!
Ver a Don Diego quejoso
siento, y ver que fue engañado,
y también me da cuidado.
que no viene mi esposo.
No hallo en nada placer,
ni tras el pesar alivio,
que ver principio tan bien
deben los fines que temer.
Dadme, Godoy, la almohadilla
con la valona bordada,
para mi esposo empezado.
Saca Godoy las almohadillas y siéntanse
Va buena esta florecilla:
en un momento hice una.
Vean y miren su primor.
Esta rueda está mejor,
mas no la de fortuna.
Siéntate.
A fe, salió bien.
Siéntanse a hacer la labor
Contemos cuentos, señora,
que ya los puedes contar:
sesenta.
Tras de empezar.
Yo comienzo.
Pues di agora.
Has de tener sufrimiento.
Tendréle.
Pues va de dicho.
A la burla que le han hecho
tengo de aplicar el cuento.
Oye: érase...
Ha de ser muy bueno.
Érase un rey, duque o conde,
en un reino no sé dónde,
que se llamaba Sireno.
Este mal hombre seguía
a Olimpa como engañoso,
a quien dio mano de esposo.
¿Cómo dices se decía?
Vireno.
Vireno. Andar.
Si con trampas y trazas e invenciones
les quitó mil ocasiones...
Y al fin la vino a gozar
el Vireno.
El mismo, y lleno de engaño
y falso amor...
Que al fin la gozó el traidor
del Vireno.
Sí, el Vireno.
¿Eres sorda?
Di, bien vas.
Y él, corriendo un barco un día...
Y la necia que creía
al burlador...
Me verás:
ella, que tal no pensara,
fuese a la playa, y allí...
¡Viniérase a mí!
O a mí.
Que ¡a fe que yo la enviara...!
Pues ya pasas, y el traidor,
dentro en la barca prestado...
Darle a una garfa...
Dar dada.
¡Qué lindo para mi humor!
Quedóse, ¿qué más?, y en la orilla,
llorando mil voces daba.
¡Lástima es la que lloraba!
Sí, la Olimpa.
¡Qué florilla!
Y dime, al fin, y el viento gasta...
¡Qué lástima!
Y allí sola,
él dio velas y burlola.
Y es tu historia...
Necia, ¡basta!
¿Mi historia cuentas a hilada?
¿A mí me aplicas el cuento?
En verdad que yo lo siento.
Tan verdad...
Hace una reverencia a Godoy
No siempre agrada,
y mi esposo no se irá,
que ha de ser conde.
Mámolo:
la burla que me dio yo sola,
que el que burla ya se va.
Hace otra reverencia como burlada y sale Don Pedro y Lechuga
¿Que a la pastora gozaste?
Gozela.
¿Qué ha de ser esto?
Siempre negocios de presto.
Así es bien.
Que la embaucaste.
De Blanca vieras temprano
cómo me paga el rondar
y el no dejarse tocar
hasta presentarme la mano.
Con Godoy y moler he yo.
Mil burlas le he de ir haciendo,
ya jugando, ya riendo,
y lastimando la mano.
Mi esposa dulce y hermosa...
Señor, ¿dónde os ha perdido?
Gracias a Dios que habéis venido.
Soy su sierva.
Sois mi esposa,
yo estimo también, ¡oh suerte!,
y del aire tengo celos,
pues sois Blanca de los cielos.
Y más que el diamante fuerte,
pues no hay nada.
¿Qué ha de haber?
No nos hablamos nosotros.
Seréis testigos vosotros.
Como esta dama es mujer,
parece guiña, a fe mía.
Confusa estoy.
¡Hola! Llamad desde hoy
a mi esposa "Señoría".
Va bueno.
Sí, dile más.
Contento vienes, señor.
¡Ay, amiga! Estoy de amor...
¡qué linda y hermosa estás!
Por cierto que me vendiste
barata esa hermosura,
porque aunque fueras pintura,
poco en mi mano pediste.
¿Es posible, dulce esposo,
que hay tan digna de amar?
De ciegos es preguntar
por qué se ama lo hermoso,
que ello prueba su intención;
que esta mujer, hermosura
y una igualdad y cordura
de mil hembras en perfección;
y el indiscreto e vil
de buena la hace mala,
que si el hombre así la iguala,
queda ser la mayor que él.
Y así, si mi amor te subió
al mayor grado que digo;
que si te igualé conmigo,
mayor te hice que yo.
Luego tú indiscreto eres,
pues contigo me igualaste
Habla enojado Don Pedro
y muy necio. ¡Acaba, basta!,
¡qué necias sois las mujeres!
Esposo, ¿en qué te ofendí?
¡Sinvergüenza, qué tormento!
Si tienes atrevimiento
de llamarme esposo a mí,
no fui en hecho de verdad
marido el que recibiste,
pues que ciego me vendiste
la pura necesidad.
No reinó allí discreción,
antes más que tu sostén,
hambre y pobreza, pues tuve
necesidad de razón.
Y así no tuvo firmeza
tal concierto de mi parte,
porque la razón es arte
o ley o naturaleza.
Y así libre vengo a estar,
estando ciego, que él ves;
pues faltando todos tres,
no hubo honra con que obligar.
Conténtate con tener
fuerza y beldad que me obliga,
que te basta de ser mi amiga
sin que te llame mujer.
Triste, ni entiendo ni imagino
si es de veras o burlando:
primero me vas honrando
y ansí bajaste en el camino
el hablar con libertad.
no es señal de hidalguía,
y sin tener señoría
soy mujer de calidad.
Y así, si acaso no te agrado
porque ya mi plaza es cobre,
no hagas burla de lo pobre,
que ello mismo está burlado.
Y si de costumbres has tenido
burlar a tiernas doncellas,
no puedo ser como ellas,
pues eres ya mi marido.
Pues si burlas por traer
a las hechas más ofensas,
más verás de las que piensas,
y más verás sabré hacer.
Dime si hablas de veras,
porque del modo que tú burlas,
son tan de veras tus burlas,
que no conozco las veras.
Ya no se muestra mejor,
ni puede ser más cortés.
Mis burlas son lo que ves,
y eso que ves es amor.
Llámasme esposo y marido
porque la mano te di,
sabiendo que entonces fui
de mi ceguedad vencido.
Díte la mano en rigor,
y por un pequeño gusto
llevarme más de lo justo,
eso fue logro de amor.
Eres doncella, y el sello
hace en favor del amante,
porque no hay hierro constante,
pues no tratabas con ello.
y basta, viniendo tal,
darte luego allí contados
dos mil o tres mil ducados,
y no te pagaría mal.
Mas ¡ay!, cómo te he engañado
con este necio decir.
Si me has sabido sufrir,
bien prueba lo reprochado.
De humor te he creído haber
conmigo estar abonada,
que de la mujer honrada
gran prueba se puede hacer.
Abrázame, yo te ruego,
que este enojo te llevaste
de celos de que aguardaste
aquella noche a Don Diego.
No sé, Don Pedro, el sentido
que a tus palabras le di:
afrentada estoy, a fe.
Mis ojos, ¿que te has corrido?
Estimo tal condición,
pues es señal de nobleza.
A lo menos de firmeza.
Mi Blanca, mi corazón.
Tal sobresalto te debo.
¡Basta, amigos, fue burlar!
No es modo a que se debe hablar,
y si lo es, es modo nuevo;
sirvástame en mi verdad,
y más cortés si pudieres,
porque entre burlas y veras
me mostraste mi humildad,
no has tenido a ser razón.
¡Jesús! ¿Cómo te has turbado?
Apenas he desechado
el gusto del corazón.
Está haciendo mi señora
ropa blanca y mil labores
y miren cuántos favores.
Pues Lechuga falta ahora:
digo si no para Godoy,
¿no me cabrá alguna cosa
que sea rica y costosa?
Llega acá, amigo, y perdona
que estoy bordándote una valona,
y te la quiero probar
para podella ajustar;
y mi pobreza perdona.
Llega Blanca a probarle la valona y hace que al ajustar le ahogue recio, como que le ahoga
¡Jesús! Basta, que me ahogas;
no aprietes.
La estoy midiendo.
Quita, que por Dios no entiendo
si son trenzas o son sogas.
Ya yo tus mañas tenía,
que eres en todo pesada,
y esta derechamente me enfada.
Pues bien quedo la ponía,
que no te pensé ofender,
mis ojos.
Muerto me vi. Lechuga, vamos de aquí.
¿Cuándo he de volverte a ver?
Éntrate, que viene gente,
y queda; adiós.
¿Y ya te vas?
Quisiera no verte más:
¡qué necia, qué impertinente!
Éntranse Blanca y Godoy y sale el Vizconde Perdoujo
¿Es posible, hijo querido,
que siempre aquí han de hallarte?
Bien pudiera aquí buscarte
tu esposa, que ya ha venido.
Aun con ciento en este punto
llega al entrar del lugar,
donde os han de desposar,
que harás todo junto.
El Rey y Reina padrinos
van ya allá; ven, no te aguardan.
Ya las orejas me arden
oliendo sabrosos vinos.
¿Y es hermosa?
Ven y verásla,
ni jamás bella que el sol;
es del señor de Buñol.
Y ya me muero por gozarla.
Las bodas aquí han de ser,
porque gusta mucho estar
el Rey en este lugar.
Vamos.
Hay mucho que ver.
¡Ay, mucho que ver, ay, mucho que ver!
Fin de la segunda jornada
Jornada tercera
Pag. 3
Salen en la tercera jornada Ferrer y un criado con una paloma, y otro con un halcón
Echadle ese pájaro muerto
a esta huerta y no hables más,
que viene el Rey ahí detrás
y hemos hecho este concierto.
Huerta es de Blanca, una dama,
y el Rey, para entrar a verla,
toma este achaque, que es bella.
Llama, a los pájaros llama.
¿Están ahí los cazadores?
Todos aquí fuera están.
Pues fuera se quedarán.
Llamad los azores.
Sale el Rey y Galindico
Entrad por aquesta huerta,
ved si es paloma o doral.
Dentro
¡Ay, señora! En el corral
está una paloma muerta.
Viene el Rey a ser padrino,
y gustó venir holgando,
por esta huerta cazando.
El Rey... ¡lo que es adivino!
Paloma y muerta, ¡qué hermosa!
¡Qué bien que la hirió el halcón!
En medio del corazón.
Ve tú, que eres animosa.
Que yo luego me desmayo,
que yo luego me desmayo
en viendo sangre.
Aquí está.
Oye, el cascabel llama.
Vendrá a la voz como un rayo.
Llama al halcón algunas veces y sale Blanca
Ved si a la voz acudió
el matador; véyle, ¡atoma!
Aquí cayó la paloma.
Vuestra vista la mató.
Ved el corazón más fuerte
lo que podrá imaginar,
pues viniéndose a abrigar,
halla en su abrigo la muerte.
En toda buena razón
de cazadores se trata
que el halcón la garza mata,
y aquí la garza al halcón.
No sé cómo he de entender,
señor, aquesas razones,
que acá las matan halcones,
y aun las quieren comer.
Que este pájaro hallé muerto,
y el halcón nunca acudió,
porque luego se enfadó
sintiendo el golpe cierto,
condición particular
de ave mudable y ligera,
chupar la sangre primera
y olvidar luego el manjar.
Mas siendo el halcón ahora
tan real, no sé a qué viene,
pues tan linda garza tiene
en la Reina mi señora.
No tengo por mañas vuestras
estas, pues deja y no abraza
las propias fieras de casa
por buscar en las ajenas.
Y si ella viene, no habrá
quien me ampare y quien me abona,
que aunque Falcón me perdone,
la garza me matará.
¡Ay, triste, si me cogiera
cuando el guante se comía,
qué tanta pluma hería
en la carne que hiciera!
Y así a Vuestra Majestad
suplica esta humilde hechura
se emplee en tal hermosura,
honrando mi honestidad.
Híncase de rodillas y sale la Reina
Acá estamos todos, ea.
¿Habrá lugar para mí
sin perros dormir aquí?
Otra bienvenida sea:
esta vez por mejor vía
entre para recibiros.
¡Oh, qué mal sabe serviros
vuestra gente, pues no espía!
¿Estáisos, Ferrer, durmiendo?
Señor... la Reina es celosa
y os espía cautelosa.
Así, mostraldos riñendo:
¡qué corra es que estén durmiendo,
señor, cuando vos veláis!
¡Oh, qué mal que os enmendáis!
Ferrer, hoy somos perdidos.
Si habéis de tratarme ansí,
no tengáis a maravilla
que escriba luego a Castilla
para que vengan por mí.
Pues amáis cosa tan alta,
quiero ponerlo por obra,
que yo os hago mucha sobra
y esta dama mucha falta.
Que soy vieja, y amor ciego
siempre busca nuevo abril,
y vos os hicierais vil
espadilla deste fuego.
Vos sois la niña de plata
que por el mundo corréis:
de estaño me parecéis,
que con oro seréis cata.
andad, baja mujercilla.
Señora, vos corred presto.
No te he merecido esto,
pero vence quien se humilla.
Luego así humilde estáis
viendo el castigo y el palo:
tentáis el mal y, si es malo,
al suceso os humilláis.
Por vos obra maravillas
el Rey, grave y fuerte cosa:
quitadle también su esposa
a Don Pedro Ventimilla;
que pues por viejo no medro,
quiero servir de lo dicho.
¡Válgame Dios! ¿Quién le ha dicho
que esposa soy de Don Pedro?
Llegad a su esposa, andad,
o a Don Pedro, que es mejor,
y pedírsela, señor.
¿Quién esto dicho le habrá?
Cierto que estoy encantada
que sepa que soy su esposa.
Y ella estará ya quejosa
que es loco.
Estoy asombrada.
Tenéisme, reina, suspenso.
Que la ofendéis sin razón;
muera aquí sin confesión.
Si os ofendí, ni tal pienso.
¿Así os queréis abonar?
No estáis en ello, señora;
fiera habéis estado agora.
Basta, adiós, quiero me estar.
Quedaos en vuestro ejercicio,
que conmigo no habéis de ir.
Por aquí quiero salir.
Yo voy sin juicio.
Váse el Rey por una parte y la Reina hace que se va por otra y queda
Confusa voy, que si pudiese
saber si es verdad o no,
porque la mujer juró
que sin confesión muriese.
Galindo, llégate aquí,
que has de llevarle un recado
como que el Rey te le ha dado;
atreviese a darle di,
que a fe de darte una joya
y estarte escuchando quiero.
Y yo, a fe de caballero,
póngate donde me oiga.
Pues en suma has de decir
que mucho al Rey ha pesado
de haberla yo maltratado,
y que cuando ha de venir,
que a él le pesa mucho más
aquel pesar que le hicieron,
y que en el alma le dieron
aquel disgusto, dirás.
Aguarde tu alteza ahora,
y aun requiebros le dijera,
tanto que olvidar pudiera
al Rey mi señor por mí,
si que en mi humilde respecto hablar.
Quiero llegarme acá allá.
Señora, ah, llorando está.
Esto me hace dudar.
Vuelve Galindo y escóndese la Reina
Dama, del cuello enojado
pierda el recelo y temor,
que dice el Rey mi señor
que en el alma le ha pesado,
y que consolada esté,
que bien al vengal ardor
que le llevaba el corazón,
muy mayor disgusto, a fe;
apenas podía mover
la lengua a tal va de triste,
viéndolo que aquí sufriste,
y que cuándo ha de volver.
Decilde al Rey que os envía
me perdone, que es en vano,
que antes será el monte llano
y la noche claro día;
y que no se canse agora,
que yo no he de hacer traición
que otro sitúa en mi corazón
a la Reina mi señora;
que no venga ni permita
dar al lugar qué decir,
porque con solo venir
mi fama y honor me quita.
Mas dime: ¿quién le diría
a la Reina por allá
que ya desposado está
Don Pedro?
Bueno, a fe mía.
¿No ves que es tal y tan notorio,
el cual os viene de ver?
Padrinos habrán de ser
los Reyes del desposorio:
no se ha sabido lo que pasa,
pues la novia es como el sol.
y del señor de Buñol
hija, allá van a su casa;
ellos no pueden tardar,
que aquí la boda ha de ser;
bien presto los podrás ver,
que por aquí han de pasar.
Idos muy de madrugadas,
con mucho acompañamiento
metiéronla en un convento,
y en fin viene ya casada.
Queda; adiós, que he de ir presto.
¿Es sueño esto? ¿Qué ha cansado?
Mi esposo está ya casado...
Otro combate, ¿qué es esto?
Bástaos, la libre esta.
Sin faltar no te ofendió.
Que mi esposo se casó.
Miren las voces: queda.
¡Que tan desdichada fui!
¿Cómo está y no siente rabia?
Que así Don Pedro me agravia:
no hizo caso de mí.
¡Qué tal he de ver agora!
Honradas fueron, razón...
Y digo: no haré traición...
...a la Reina mi señora.
Quiero irme y que me vea.
Acá vuelve, ¡muerta soy!
Híncase de rodillas y pasa la Reina
Véngase, más que aquí estoy.
Ahí mi ventura sea.
Y aun me pasa murmurando:
"¡Mátame, Reina y señora!".
¡Quién reina te hiciera agora!
Maldiciones me va echando.
¡Qué humildad tan singular!
Como una tigre me miras.
¡Qué tierna llora y suspira!
Ella me ha de hacer matar.
¡Qué valor de corazón!
Llega, que aquí estaré queda.
Déme Dios tiempo en que pueda
pagar esta sinrazón.
Venga, Lindo, que después
tendrás lo que te mandé.
Si más que más sufriré...
¡Qué brava! ¡Qué honradas!
Vése la Reina y Galindo
El Rey me persigue ansí,
la Reina me ha castigado,
Don Pedro de mí ha burlado,
Don Diego preso por mí.
Que si no soltara al moro,
rico y libre fuera hoy.
Cierto, desdichada soy,
pues males de tantos lloro.
Dijo el moro que tenía
gana de hacerse cristiano;
si él no viene, será en vano:
preso estará.
Salen Don Pedro, Doña Violante, el Vizconde, Lechuga, músicos y bailarines
¡O alegre de día!
Por esta huerta extremada
podremos cruzar agora.
Venid, cansada señora.
Cierto estoy que quedo burlada;
bien vienen las maldiciones...
...que me echó airado Don Diego.
¡Oh, a ver mi cielo llego,
y juntos dos corazones!
Bendito el día que llegaste
a dar flor y abril al llano.
Y maldito aquel engaño
y noche en que me burlaste.
Si al Rey me voy a quejar,
no podré ser remediada,
que quedaré más afrentada,
pues no se han de descansar.
Víme esto que te le vi,
y quisiérale hablar
para algún rato descansar.
Volajeres, ya a punto están;
puestas mesas y manjares
que allá comen los padrinos.
Los músicos van mil vinos.
Cantad, desechad pesares;
cantad algún romance viejo,
y atrás o nuevas letrillas.
¿Quién ha de poder oírlas,
viendo quebrado su espejo?
Amigo, llégate acá.
Apártale
¿No le darás un recado?
¿No ves que viene cansado?
Músicos, cantad y bailad.
Cantan en tono grave
Buen Conde Fernán González,
el Rey envía por vos,
que vayades a las cortes
que se hacen en León.
Buenvides, si allá vos vas,
darvos han buen galardón:
darvos han las siete villas,
con ellas a Carrión;
darvos han a Torquemada,
la Torre de Mormojón;
darvos han a Palenzuelos
y a Palencia la mayor.
Grandes promesas le hicieron,
pero nunca le engañaron.
Sin promesas me quitaron
marido que no me dieron.
Ea, hijos, gozaos los dos,
y canten viejas y nuevas.
Pues mi marido me llevas,
no le goces, ruego a Dios.
Y vos, mi Rey y señor,
pues cuantas mira codicia,
prendedle y haced justicia,
y enviadme al burlador.
Entran cantando y bailando, y salen
Váse el caballero,
quiéreme engañar;
aunque más llore mi daño,
no le he de olvidar.
Bien mezclan lo viejo y nuevo.
¿Haos dado gusto, señora?
Mi gusto es el vuestro agora.
Miren las purgas que pruebo.
Lechuga, pues vuestro intento
sabes y el caso primero,
dile que me siga, que muero,
y por hablarle reviento;
di que al descuido le ruego
quiera una palabra hablarme.
Señor, Blanca ha de matarme:
óyela y vuélvete luego,
que le oigas una palabra,
que la escuches, que es razón.
Dile que ir allá no quiero,
que es muy pobre y rico yo.
Cantan los músicos
Decilde al Rey mensajero
que no quiero ir allá yo:
villas y castillas tengo,
todos a mi mandar son.
Muy bien cantan, a fe mía.
Mas vuestra voz me enamora.
Todo se alegra, traidora,
mas pasará el primer día.
Hijos, el día es gozoso,
y el Rey estará aguardando
De gozo estoy reventando.
Y yo de veros, esposo.
Venga todo el mundo a ver
mis contentos y mis gustos,
y hasta los negros adustos
vengan al gusto y placer.
Llora el caballero,
quiéreme dejar;
aunque más llore, madre,
no le he de olvidar.
Vánse y queda Blanca
¡Vaste, traidor, baste, ingrato!
Mi desposado, espera,
engañador alevoso,
antes que la goces mueras;
y si acaso la gozares,
no esté, ruego a Dios, donzella,
y el galán venga a las bodas,
y tú a tus ojos lo veas.
Pues para lo estar mirando
y lo adornen tus empresas,
y le hagas tantos favores
que la gente los entienda,
a ti te quite el bocado
como que os quiere ella,
y por un lado al amigo
se lo dé mordido a medias.
A la salud de tu esposa
brinde el galán cuando beba,
y allí le deje en la copa
del gusto y alma las fuerzas.
Pero no que cogiste mi flor primera,
pero sí que burlaste del fruto y de ella,
y que aunque esté el Rey delante,
haya de asestar pendencia,
y que se vuelvan las salas
campo de batalla y guerra;
la corte vienen puntillos,
los puntillos en afrentas,
la satisfacción en bofes,
en cuchilladas y quejas.
Las mesas naden en sangre,
todo se vuelva tragedia,
lágrimas el dulce vino,
porque llores lo que cenas.
Allí, si el Rey la mirare,
forme más celos la Reina;
vuélvanse sal los manjares
y arpías las doncellas.
La sal en pólvora fina,
en fuerte alquitrán las velas,
y mis suspiros en fuego,
alentados de mi afrenta.
Los conejos que sirvieren
en bravos tigres se vuelvan;
los capones y los pavos,
en osos, leones y fieras.
Si del jabalí enojado
en remataren la cabeza,
los puñales de marfil
maten, esgriman y hieran.
Las cubiertas empanadas
se tornen montes y quiebras;
los francolines en sierpes,
las alcorzas en culebras.
El torillo de casal
en fiero toro se vuelva;
los palillos en garrochas,
el pan y la fruta en piedras.
Los tenedores en lanzas
que maten y no se vean;
los cuchillos en espadas
los platillos en rodelas,
todo se vuelva heridas,
y los manteles en vendas.
Mátente el portero a ti
porque tu desdicha veas.
Pero no, que cogiste mi flor primera,
pero sí, que burlaste del fruto y de ella.
Váse y salen Menalio, viejo, y Alonso, su hijo, villanos, y Ferrer
Si habéis de hablar al Rey sobre el negocio
de aquella hija deshonrada agora,
tenéis buena ocasión, que verále en presto,
y también de Don Pedro Ventimilla.
Ya todo el mundo sabe que es vicioso,
y que se aplica a deshonrar doncellas,
vicio que reina en él, y al fin es príncipe;
aunque esquivase, enmendará casado,
que el Rey y Reina han sido sus padrinos
y cenan en su casa aquesta noche.
Llegad, éste es el Rey, hablad, amigo.
¡Válgame Dios, que el Rey tiene zapatos!
Y habla el Rey, ¡es capa y sentencia!
Date en los pechos, Alonsillo.
Padre,
¿éste es el Rey? Pues, ¿no anda el Rey en púlpito?
Sale el Rey
Beso sus pies a ciegas e hincadas rodillas,
que no merezco ver pies que no hieden.
Que yo tomara un molde de su forma
para estimarlo en más que no mi artesa.
Yo no pensé que el Rey era de carne,
ni tampoco entendimos que comía,
que yo buscara mazorcas y espárragos.
No sé si he de acertar a proponerle,
si me pides el caso y con pergeño,
que vengo muy mudo y desembozado,
y ruego a Dios no fie en este sujeto.
y ábreme de vengoza rendes lejlio,
que cierto lo cantara de un respingo;
mas viene el dolor fondo y no somero.
¿Cómo os llamáis? ¿De dónde sois, buen hombre?
Menalio soy de euquí, de un lugar pobre;
no falta de comer aunque haya hambre,
porque los regidores con rencilla
se comen unos a los otros siempre.
¿Qué pedís?
Hable, padre.
Calla, mozo.
Señor, por mis pecados, que son muchos,
saliendo a holgar una hidalga,
que la "Niña de plata" llaman todos,
mañana de San Gil aquí a mi hacienda...
Dígalo de mi hermana.
Calla, Alo.
Un diablo de un Don Pedro Ventimilla
—muchas millas le den en la cabeza—
fue hecho moro a festejar la dama.
Dígalo de mi hermana, acabe.
Calla.
Al fin este Don Pedro que antes dije,
vio una hija mía algo hermosa,
niña tan arisquita de treinta años,
con gran hablar al alto Adán.
También a mi zagala le echó el ojo,
y muchas veces iba y venía,
hasta que la cogió una tarde sola...
A solas, yo lo vi.
Calla, rediojo.
Por el cuello la metió entre unas cañas...
¡Hélase! Fue que yo lo vi de...
...chita.
Con esto la pobreta allí enlagada
no teniendo que ver sino es aquello;
habiendo sido siempre hacendosa,
al fin el niquehuedes moronado
se le perdió a la pobre entre las hojas,
bien como el grano del cojón se acoge,
que si se despespujado no se halla,
y aunque con mil candiles lo buscamos,
fue a buscar en garbanzal al gato.
Dejómelas marecita y trasojada,
quedando como viña percondida
cuando le entra el pulgón o la quereza,
y con el gran descuido del cuidado,
salió de allí con garritos y coja.
Perdone, que no estilo ni rempujo,
ni le enderezo el caso de aturdido,
que me tiene perplejo, Rey, con dojo.
Basta, buen hombre, al fin estoy del caso:
Don Pedro ha burlado a vuestra hija,
quitándole su hija y honor.
A su servicio.
Id con Dios, y después volved a verme,
que yo pondré y daré remedio en todo.
Culpa hay de no haberle castigado,
que se me han dado de él queja otras veces.
Vánse los villanos y sale Ferrer
Por cierto, él es galán y gentilhombre;
¡válgame Dios, qué moro tan gallardo!
¡Tened los elefantes, no se junten,
y vengan a rifar con los camellos!
Señor, hablarte quiere un moro.
¿Un moro?
Un moro general, rico y gallardo,
que a Don Diego Martel viene buscando,
y dice que es su preso.
Entre en buena hora,
y denle un escabel, pues es arráez.
Entra ISMENIO
Vuestra Señoría Real, Don Jaime el Conquistador,
Rey de Aragón justo y bueno:
yo soy un arráez famoso
que en Tremecén en nombre tengo.
Viniendo con mis bajeles
por la costa deste reino,
día de San Juan tomé tierra,
y me entré la tierra dentro.
Venía yo a hacer presas,
como de costumbre tengo,
mas sobre todo por ver
una dama por quien muero,
que allá un cristiano pintor,
extremado aunque moderno,
me dio su retrato bello,
por muerte de otra su reina
y como os vestís de moros
los cristianos (y es tan cierto
la mañana de San Juan),
atrevíme a entrar mar lejos,
y a quien una huerta o quinta
con lo primero que encuentro,
fue con la de mi retrato;
caso alegre, extraño y nuevo.
Como andaban disfrazados,
entendieron que era de ellos,
que ansí engañó el griego Ulises
las manos de Polifemo.
pude cautivar la dama,
porque de mí no huyeron;
y hecho un segundo Atlante,
puse en mis hombros su cielo.
Por no cansarte, Rey,
allí un cristiano mancebo,
que es un Don Diego Martel,
de quien yo fui prisionero,
me la quitó y me venció,
aunque le herí primero;
y por darme libertad,
he sabido que está preso.
Vengo a ofrecerme por él;
salga de prisión, te ruego,
que aquí juntamente traigo
el rescate que le debo.
También vengo a ser cristiano,
que en la dama que vi veo
que es verdadera tu fe,
pues tal rostro aguarda el cielo.
De entrambos quedo obligado,
vengo a pagar, rico vengo;
que cuando algún bien recibe,
desta suerte paga el bueno.
Holgado me he en el alma, moro noble,
de que en el caso hagáis correspondido
Conforme a quien vos sois y a vuestra decisión,
y más de que vengáis a ser cristiano,
cosa que arguye grande y claro ingenio,
pero de tanta gala y gentileza
menos alma esperar no se podía.
Como pedís saldrá luego Don Diego,
que más era otra cosa que no eso
el tenerle en prisión y gusto mío.
Recíboos al amparo de mi nombre,
y si por dicha habéis de ser casado,
de mi mano os daré en mi reino esposa,
que un general de calidad y hacienda
esto merece y más. Dadme un abrazo,
y venid a acompañarme en ciertas bodas
de que de la Reina y yo somos padrinos.
Andad, salga Don Diego y vaya a verlas.
Venid. ¡Oh, cómo el moro es gentilhombre!
¡En tal se es, España, tu famoso nombre!
Vánse y sale Blanca con manto
Ésta es la casa y la boda;
aquí está la nueva esposa,
cerca de la mía reposa
y en sus brazos la acomoda.
Primero que el Rey viniese,
si ser pudiese, quería
despedirme el postrer día,
y que él a mi casa fuese;
que él es de modo vicioso,
que en llegando a regalallo,
sin falta que ha de agasallo,
aunque a ratos desdeñoso.
¡Ea, mujer varonil!
Y emprendes una hazaña
que la ha de escribir España
en láminas con buril.
Gente y alboroto suena,
cantando y bailando están
La casa hasta el saguán
de gozo y gusto está llena.
Del traidor me vengaré,
pues tal desdicha en mí cupo,
que amé a un pobre que no supo
guardar firmeza a mi fe.
Cantan dentro / música
Yo confieso, madre mía,
que oía, puse mi fe
en hombre que nunca supo
de amor ni de bien querer.
Regalóme cuando niña,
burlóme cuando mujer,
porque caliz de los hombres
es no sujetarse a ley.
¡Desdichada suerte mía,
hoy cautiva y libre ayer!
Todo se trueca y se muda,
siempre trueca el mal al bien.
Si desta escapamos libres,
ojos míos, no hay más ver;
que quien no teme el peligro,
es justo que muera en él.
Que quien no teme el peligro,
es justo que muera en él.
¿Verdad, ingrato cruel?
Sale Lechuga con naipes
Tu vida hoy corre peligro.
Malas tallas.
Allí viene
Lechuga, quiérole hablar,
que a su amo ha de llevar
a mi casa antes que cene.
Lechuga...
¡Jesús, señora,
de noche por el lugar!
Al Rey me voy a quejar,
sin falta.
Cállese agora.
No hay remedio, he de ir.
Señora...
Aguarda, e idlo a llamar,
y no le quiero hablar.
Así le vieras agora,
que con solo que él se fuera
contigo un poco, a mi cuenta,
si no quedaras contenta
y al punto tu amigo fuera.
A mi casa voy volando,
que se me olvidó un papel
para darlo al Rey, que en él
sus maldades voy contando.
¡Señor, señor, salga presto!
Antes que goce su esposa,
me lo ha de pagar.
Qué goza...
Va por ahí Blanca.
Váse Blanca y sale por otra parte Don Pedro
¿Qué es esto?
Señor, Blanca va corriendo
por un papel a su casa;
al Rey se va, ella se abrasa.
Muerte por mi gala entiendo.
Si antes que al Rey vaya a hablarle
fuera yo y la halagara,
toda esa queja olvidara.
Ve que va por otra calle.
¿Qué horas son?
Las diez y media,
y a las once han de cerrar.
Quiero ir, quiero la amansar;
vamos.
Eso sí remedia
el daño que va a hacer;
si en medio de las mesas...
¿Le hablará al Rey?
Son esas
trazas de poderme ver.
Tropieza Don Pedro
Aquí vine a tropezar.
Ya me arrancaste la muela.
Pues limpia está la faldriquera,
que hoy la hice dos limpias.
Lastimado me he, ¿qué es esto?
Al pecho se me levanta...
Estoy helado. ¿Quién canta?
Quiero ir, que he de volver presto.
Sale la música y repara a oír la música Don Pedro
Salid, damas, y lloradle,
pues que no hay quien de él se duela.
Veréis un mozo gallardo
revolcado en la arena.
Siete puñaladas tiene,
que de la menor muriera;
las seis el cuerpo le pasan,
la otra al corazón le llega.
¡Y en horamala salisteis!
¡Oh! Siento música a deshoras;
en mi propio día de boda
vas cantando cosas tristes.
Métete.
Gente es que pasa.
Démosle una gritada.
Que dejas tu mujer sola;
¿dónde vas? Vuélvete a casa.
Váse la música y sale Blanca
¡Qué de agüeros he encontrado!
Mas nunca en ellos creí.
¿Es Blanca la que está allí?
Ya viene, bien le he engañado.
Hoy me pagarás, traidor,
tanto engaño y fingimiento
y el quitarme el casamiento.
¿Es Blanca?
Yo soy, amor.
Mi amor,
mi querida, mi enojada:
dícenme que has ido a buscar,
¿quieresme un rato hablar,
que no te tengo olvidada?
que aunque casado me ves,
eres la del corazón.
Aparte
A fe que es gran socarrón.
¡Tan por tasa callejeas
y tan despacio vienes a verme!
Mas pagarámelo a su mesura.
Baste, loquilla; entra, ven.
Tan caro quiso venderme,
cobrado entre amigo acá.
Bien te vengaste agora,
esposa, amiga, señora.
Tarde esos nombres me da.
Vete a la cama, que vienes
cansado.
Una hora estaré;
si me duermo, llámame,
mas no haré tal.
Váse Don Pedro
Gracias tienes;
temíase de dejar
dormir. Y a mano armada,
que Godoy está avisado,
que me tiene de ayudar;
que aunque yo bastaba, y soy
burlada y tengo osadía,
no es mala la compañía.
¡Hola, Godoy!
Dentro Godoy
Aquí estoy.
Si se durmió, ve si llega.
Ya se recostó en la cama.
Llegaré por si me llama;
hoy su pago y su fin llega.
Aquí, cuanto yo vea
que vas conmigo y no más,
al cuello le pondrás,
y ténle si se menea.
Su misma daga quebranta
su orgullo y mi fe de vengar;
cuando venga a despertar,
tendrá tres por la garganta.
Entra en el pabellón Godoy tras Blanca
Llega, pues.
Toma, cruel;
toma, pues tan falso fuiste;
si el peligro no temiste,
justo es que mueras en él.
¡Ay, que me han muerto!
¡Ah, traidor!
¡Lechuga!
Dentro
Señor...
¡Socorro!
Guarda, gran gente hay; yo corro
a avisar a mi señor.
¡Que me matan! ¡Ay de mí!
Por la cama va volcando.
Muero al fin...
Ya va acabando,
y por buena parte le di.
¿Yo entrar allá? Guarda fuera.
Los agüeros se han cumplido;
yo voy corriendo, he asistido:
ratonico en ratonera.
Váse Lechuga y salen Blanca y Godoy
Nunca fiéis de fe a mujer;
justo mi castigo ha sido,
pues flaca mano ha podido...
gran razón debe de haber.
No temas, Godoy amigo,
que se meta en ello así,
que confío en Dios que a mí
aún no ha de haber quien me siga;
la razón me ha de ayudar.
Da voces, que no te asombre.
¡Acudid, que han muerto a un hombre!
Don Pedro vino a pagar.
Vánse y salen el Rey, la Reina, el Vizconde, Don Diego Martel, Jimena, Doña Violante, de boda, y Ferrer
Como padrinos tan buenos
honraren mi casa y pobreza.
Débese a vuestra nobleza.
A tu grandeza, que a lo menos
siempre quedaré obligado.
Dejad, conde, el cumplimiento;
tomen los novios asiento.
Mas ¿dónde está el desposado?
Aquí estaba, no hay ni un momento.
Hallado dejas perder...
Como vos deba de ser.
Mirad si está en su aposento.
Váse Ferrer
Agradecido os estoy.
Su pleito vine a pagar.
Mas espacio os podré dar
las gracias.
Esas os doy.
Como cautivo he venido;
como tal quedo obligado.
Sale Ferrer
Toda la casa he mirado.
¡Qué afrenta! Soy o perdido...
Ved si fue a ver los caballos,
o si ha subido a la torre.
Sale Lechuga alborotado
¡Grande mal, señor, ven, corre!
¿Qué hay?
Yo no puedo contallos,
mas había de seis cientos,
sin los de a pie y de a pavés.
Dilo.
He venido en los vientos:
diez y siete arcabuceros,
y veintisiete pistoletes,
y cinco mil corseletes...
Di...
...de copa,
y treinta artilleros;
pues allá en los aposentos
habrá un número inmenso.
Di, no me tengas suspenso.
Habla.
He venido en los vientos,
o cómo el pobre señor
llamó al valiente Lechuga;
mas yo apresé esta fuga
.fue para llevarle favor.
Dejad presto los asientos,
que en notable aprieto está.
Habla ya, pues.
D'estaba...
Dilo.
He venido en los vientos...
Acorta el necio sermón;
di dónde mi hijo está.
Acuchillándose está
con rapos de San Antón
en casa de Blanca.
¿Qué es esto?
Allá en lo oscuro metido,
da voces como herido.
Vamos. ¡Hachas!
¡Hachas presto!
Éste todo es aspavientos.
Esto pasa, Reina, ante ti.
¿Vístelo tú?
Yo lo vi.
¿Cómo?
He venido en los vientos.
Vánse todos y queda Lechuga
Vayan, yo no he de ir de aquí,
que siento acá gran temor;
no me diga mi señor
que pidió ayuda y huyó.
~~Por el tal Cabella que veía...~~
Por otro en su casa entráis,
con risa y juego la honráis,
llamándola señoría.
Pues no bastaba burlalla,
quitándole el marido,
sino ponzoña y fingido
entrar de humor y fisgallo,
que más pudiera hacer
con una triste ramera
y aun con él tan no se hiciera
burla hacer de tal mujer;
y siendo hoy de otro marido,
el tálamo habéis dejado.
Vuelven a salir todos
Señor, él es el culpado,
que ella es mi hija y lo ha sido.
Remedia, Rey y señor,
esta ceguedad viciosa,
que aun ha dejado a su esposa
en el tálamo el traidor.
Reprehéndele, te ruego,
y vos y el señor Don...
haz que deje a esta inocente.
Yo lo haré.
Es un obediente;
y vos y el señor Don Diego...
Resale Blanca y Godoy, y se abre una cortina donde está Don Pedro muerto en un pabellón
...y a mi honor satisfizo.
Corred, damas, el manto,
porque vea este aposento
que pagó lo que en él hizo.
Si es tal quina de poder...
¡Ay, Jesús, mi hijo muerto!
¿Cómo? ¿Que es cierto?
Y muy cierto.
¿Quién lo mató?
Una daga en la mano
Esta mujer.
Hijo de mi corazón,
¿en esto habías de parar?
Es sueño.
Hecho me ha temblar.
Aquí ha de haber gran razón.
Por qué o qué te importa a ti.
Oirás la mayor maldad
que vio la presente edad,
ni la pasada ve...
Di.
Cuanto a mi persona, Rey,
soy noble, hidalga y honrada,
y aunque pobre, por mujer
muchos nobles me aceptaban.
Estando, pues, en tal punto
mi reputación y fama,
Don Diego, que está presente,
por su esposa me demanda.
Concertamos que una noche
fuese a las once a mi casa,
donde la mano me diese,
que es sello, escritura y carta.
Alegre esperé a las once
desde las seis que el sol falta,
que quien ama, antes de tiempo
sale a esperar lo que aguarda.
Mas Don Pedro Ventimillas
supo este concierto y traza,
y una hora antes que Don Diego,
embozado llega y llama.
Cuitada yo, fuile a abrir,
mas por no quedar burlada,
antes que entrase pedí
la mano perjura y falsa.
Diómela. Estaba sin lumbre,
por recato o por desgracia,
que los amantes y el lobo
sin lumbre y a oscuras andan.
Gozóme, y saliendo fuera,
conocí estar engañada;
mas abrazando mi suerte,
me consolé en mi desgracia
Comenzó a enfadarse luego,
que el hombre presto se enfada,
y a hacer burla de mí,
cosa que aún tengo en el alma.
Llamóme de señoría,
y como a una mujer baja,
me dijo con dos mil doblas
que daba tu honra pagada.
Sufríle al fin como esposo,
y él venía y me afrentaba
por términos que escuchados
eran más que burla e infamia.
Al fin, demás de ser hombre
que burló doncellas castas,
por quien llora el reino hoy día,
demás de esta desdichada,
sin vergüenza se casó;
y pasando con su dama
esta tarde por mi huerta,
me dijo burlas pesadas.
Aquí perdí la paciencia
y volví el amor en rabia,
que no dejó discurrir
a la razón ya turbada.
Mató mi honra, matélo;
Rey, si en mi razón me amparas,
instrumento de justicia
he sido y no de venganza.
Notable caso.
Y de ejemplo en la tierra
puede en la tierra servir.
No sé, Reina, qué os decir.
Justa paga del que yerra.
Jesús, yo estoy asombrada,
¡tan mal hombre era y tan ciego!
Manda, Rey, que muera luego.
Blanca es noble y fue burlada.
Si más quejárase a mí...
Cególa el agravio, eso fue;
y si puedo os pagaré,
Blanca, el mozo que os di.
¿Esto es verdad?
Sí, señor.
¿Juraréis?
Sí, juraremos.
¿Cómo?
Lo sabemos.
¿Quién fue este matador?
Un burlador.
Esto es permisión.
Creéllo:
quiero, el pueblo y Dios lo dijo.
Vos perdisteis un mal hijo,
y fue ganar el perdello.
¿Qué decís, Don Diego?
Yo
gran queja vengo a tener:
denme, Rey, a su mujer,
pues la mía me quitó.
Si ella gusta, holgarme yo.
Tu voluntad es mi estado.
Permisiones, pues se ha hallado
juntos muerte y alegría.
Darse las manos
¡A tal hora,
bodas y muerte!
¡Ay de mí!
Callad, conde, pues aquí
vos le culpasteis agora.
De rodillas la Reina y ISMENIO
Señora Blanca, perdona,
que es buena.
Si puede ser,
la ampararé por mujer.
El mundo todo la abona.
Que para Dios fue casada,
y pues la mano le dio,
bien puedo estimarlo yo,
que esto es ser viuda y honrada.
En confusión estoy puesto;
amela y débole amparo.
De dentro Menalio
¡Justicia, Rey justo y claro,
de Don Pedro!
Mirad esto.
A mi hija deshonró.
¿Qué decís, Vizconde, aquí,
viendo estas cosas de ti?
¿Qué queréis que haga yo?
Solo aquí decir podré
que en parte ha sido acertado;
que le hagáis vos castigado,
pues yo no le castigué.
¡Justicia, Rey!
En buen paso...
¿Qué mayor información?
Con tal esta infracción,
merece piedad el caso.
Rey, pues vengo a ser cristiano,
piedad.
Daslo, Rey, por mí,
pues sin razón la ofendí.
Baste, el negocio es muy llano:
recíbela por mujer,
pues yo sé que fue burlada,
que ésta es burla averiguada.
Prospere Dios su poder.
Da mil ducados y calla
a este viejo.
Sus pies beso.
Y a esa Blanca no era exceso
de su hacienda dotalla.
No ha menester, Blanca, dote;
dos millones traigo yo.
¡Oh, buen moro, bien habló!
El moro paga el escote.
Ese interés que le pones
dése a Don Diego, te ruego.
No lo ha menester Don Diego;
yo también tengo millones.
Bien estáis de esa manera.
Vamos.
Con fin agradable
deste sujeto notable,
cierta historia y verdadera.
