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Texto digital de Hasta la satisfacción

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Hasta la satisfacción. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/hasta-la-satisfaccion.

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HASTA LA SATISFACCIÓN

Pag. 1

Hasta la satisfacción comedia original en tres actos.

Pag. 2

Autógrafo 3

Hasta la satisfacción.

Comedia original de don Andrés de Baeza.

Legajo 15

10

Pag. 3

H 18 +

Hasta la Satisfacción

Jornada primera

Pag. 4

Las personas

Don Pedro, galán.

Don Lope.

Un Capitán, su camarada.

Don Alonso.

Don Enrique, viejo.

Doña Bernarda, dama primera.

Doña Laura, dama segunda.

Francisca, criada.

Jigote, gracioso.

Jornada primera. Salen don Lope y un Capitán su camarada

Capitán.

¿Que os haga perder el juicio

esta mujer?

Don Lope.

Ya lo veo,

pero tengo de ganancia

el conocer que le pierdo.

Capitán.

¿Qué prevenciones de coche,

de tapices, de aderezos,

de jaeces y caballos

es aquesta? Si en efeto

no habéis querido torear

hoy, en las fiestas que ha hecho

Sevilla por Barcelona

restaurada, anteponiendo

venir a esta quinta a ver

a vuestra dama, sospecho

que ha sido a verla nomás.

Don Lope.

Ya sabéis del mal que muero;

ya sabéis cómo rebelde

sustenta altivo imperio

del rigor, contra mi vida

Bernarda, absoluto dueño

de mi albedrío.

Capitán.

En las fiestas

de toros no entráis por eso,

¿Don Lope?

Don Lope.

¿Qué me decís?

Cuando no ha querido verlos,

porque supo que yo entraba

en la plaza, sentimiento

que sobre todo el dolor,

la extrañeza, y el despego

con que esta mujer me abrasa,

aumentó a mi amor incendios;

con cuyo dolor, más vivas

mis ceguedades, sabiendo

desde esta mañana, que hoy

se retiraba al recreo

Pag. 5

Don Lope.

Deste jardín, Don Enrique

con su casa, y ese fiero

basilisco de mi vida,

dispuse (¡oh, discursos ciegos

de mi pasión!) con partido

mi criado al jardinero

desta quinta, que me diese

lugar de entrar aquí dentro

un toro, y tenerle donde

le dé libertad a tiempo

que pueda aquesa tirana

verme, haciéndolo dispuesto

de suerte que todo acaso

parezca (porque temiendo

desta quinta abierta, aquella

puerta que cae frontero

del camino, y de la cruz

del campo (como lo ha hecho)

ha de fingir que entró acaso

el toro; esto consiguieron

con el jardinero el oro

y con mi amor el desprecio,

que aunque conducir aquí

su ferocidad me ha puesto

en tantas dificultades,

como sabéis, en efeto,

¿qué no vencieron pasiones,

intereses qué no hicieron?

Esto supuesto, también

por disimular honesto

el venir yo hasta aquí, sin

que se note el fundamento

de mi venida (aunque soy

parcial destos caballeros,

padre y hermano de aquella

ocasión de mi tormento),

hice hoy que la visitase

mi hermana, con que vinieron

juntas las dos en su coche;

y porque disimulemos

más la presunción de jaques

y de dones, es intento

de poder fingir que voy

a Carmona, de mis deudos

+ llamado a hallarme también

en sus fiestas;

de toda mi libertad,

ponerme a caballo quiero

y haced que suelten el bruto.

Capitán.

Y en fin, ¿qué intentáis con esto?

Don Lope.

Darla a entender, que aunque huya

de mis finezas, las tengo

tan constantes en mi amor

que la siguen; y en efeto

Capitán.

¿Queréisla galantearla

solicitando, muriendo,

adorarla, persuadirla,

más gallardo, más atento,

Don Lope.

mientras más me aborreciere.

Capitán.

¡Amante sois de otro tiempo!

Don Lope.

También en este hay finezas.

Capitán.

Al fin queréis (ya os entiendo)

que aquí os vea vuestra ingrata

desde aquel balcón, resuelto

hacer una bizarría?

Don Lope.

No es mucho según me veo,

Capitán.

Damas hay que las obligan

las valentías, si es destos

el capricho de la vuestra

quizá acertéis el hierro

de tan loco desvarío,

Don Lope.

Yo me abraso, todo esto

es una pasión asida

del alma, y pues el severo

rigor de su tiranía

nunca han podido torcerlo

mis persuasiones, mis ansias,

mis atenciones, mis ruegos,

mis halagos, mis finezas,

mis porfías, mis anhelos,

condenada en todas partes

la fe de mi amor, apelo

a la desesperación

que es juez que por lo menos

sabrá quitarme la vida

cuando no me dé el remedio,

fuera de que ya ha llegado

mi mal al rigor postrero.

Pag. 6

Don Lope.

¿Por qué llamáis? ¿Qué aguardan?

Un don Pedro de Toledo,

caballero de la corte,

con quien casarla.

Capitán.

¡Ay de ello!

Don Lope.

Esta novedad me tiene,

más loco, ¡celos!, resuelto

a hacer todo cuanto fuere

de parte de mi amor ciego.

Capitán.

¿Qué caballo traes?

Don Lope.

El rucio.

Capitán.

Es valiente.

Don Lope.

Tengo

satisfacción de él.

Capitán.

Pues alto,

la Quinta esta tarde hacemos

plaza mayor de Madrid;

que soy vuestro amigo y deudo

sabéis, y lo que os estimo.

Poneos en él, porque quiero

hacer la seña en que salga

el toro al jardín.

Vase don Lope.

Don Lope.

Portentos

son, amor, tus ceguedades.

El Capitán hace señas con el pañuelo hacia el vestuario.

Capitán.

Adiós: ya el mayor remedio

es el despeño mayor.

En él, después de haber hecho

la seña, se han retirado

del balcón las damas; pienso

que ha de malograr don Lope

la ocasión, pues no han de verlo.

Ya salió el toro al jardín.

¡Qué feroz! Mas, ¡vive el cielo!,

¿qué es lo que miro? ¡Terrible

ha sido acaso el suceso!

Apenas salió al jardín

aquel animado trueno,

que a un tiempo esgrime dos rayos,

cuando iban también saliendo

las damas, turbadas huyen.

¡Vive Dios, que ya el empeño

don Lope, lo que empezó

por finezas y galanteos,

Dentro voces de mujeres.

Una.

Huyamos, señoras.

Otra.

Huye.

Otra.

Muerta soy.

Otra.

Valedme, cielos.

Capitán.

¡Ay, suceso semejante! ¡Terrible!

Dentro Uno.

Uno.

Derribole.

Otros.

Otros.

Que le ha muerto.

Dentro voces confusas, voz distinta.

Voces.

Hala, hala,

por la puerta

de la Cruz del Campo, dentro

de la Quinta se arrojó.

En el manuscrito, los siguientes dos versos y la acotación se copiaron antes de las voces de dentro, pero se indicó con llamadas su lugar correcto aquí.

Vase, sacando la espada.

Capitán.

Fuerza es ya exponer al riesgo

el valor y la fortuna.

El siguiente fragmento aparece tachado en el manuscrito: Dentro Jigote. Jigote. El toro está hecho un ciervo; aquí de Baeza, Sahagún, de Vibar, Barillas, pliego, el Almirante, y Cerralbo, Barrancas, y Gómez Diego. Dentro Uno. Uno. Brava fortuna. Otro. Hombre heroico. Otro. Lindo valor. Otro. Gran suceso.

Sale don Pedro de camino con hábito de Calatrava, y trae a Bernarda turbada como vuelta de un desmayo.

Aparte.

Don Pedro.

Perded, señora, el temor;

cobrad el perdido aliento,

no pueda más destas fuentes

el cristal que mi deseo.

Un prodigio es de hermosura.

Bernarda.

Ciega y turbada os confieso

que os he debido la vida;

si bien el no conoceros

ha turbado mi recato.

Sale don Alonso con Laura de la misma suerte.

Don Alonso.

Laura, señora, mi dueño,

ya estás fuera del peligro.

Laura.

Helado el corazón tengo.

Sale don Enrique viejo muy alborotado.

Don Enrique.

¡Hija! ¡Bernarda! ¿Bernarda?

¿Dónde estás?

Bernarda.

Señor, del riesgo

libre, pero del asombro

no puedo decir lo mesmo,

no acierto a volver en mí.

Don Enrique.

Sabed el daño que se ha hecho

Pag. 7

A don Pedro.

Don Enrique.

aquel hombre a quien mató

el caballo: caballero,

cuyo valor y fortuna

hoy se han competido,

Sale Jigote de camino con la espada desnuda.

Jigote.

Esto

es hecho, mi amo mató

el toro, dénsele luego

a mí, que cien cuchilladas

le pegué después de muerto.

Sale don Lope enfadado, el Capitán, Francisca criada y Laura.

Laura.

¡Hermano!

Don Enrique.

Señor don Lope.

Don Lope.

Corrido estoy, vive el cielo,

mis deseos me han burlado.

Capitán.

Vuestros delirios lo hicieron.

Don Enrique.

¿Luego vos, señor don Lope,

sois?

Francisca.

¿Quién duda?

Don Enrique.

¡Cómo es esto!

¿Os habéis hecho algún daño?

Don Lope.

No, no, señor, nada siento;

sucediome mal, matome

el caballo, y yo.

Don Alonso.

Poco, peor

en la cuadra, no es posible

don Lope dejar de haberos

lastimado la caída.

Don Lope.

Excusado es, que no tengo

daño alguno recibido,

y es correrme.

Don Alonso.

El ardimiento

de vuestro pecho animoso

siempre ha de quedar venciendo.

Francisca.

¿Qué habrá sido esto, señores?

¿O quién ha querido hacernos

aquellas fiestas de toros

cuando por no querer verlos

mis señores se han venido

a esta quinta?

Inserción marginal indicada con una cruz (+):

Jigote.

Y si este es el cuento,

que ese caballero dio

consigo todo en el suelo

con gentil talle, y su caballo,

un rucio rodado, hicieron

que a él embistió el toro, y que yo,

muy cerquita dél de lejos,

de la primer cuchillada

a cien varas del pescuezo

desjarretéle en el aire,

y después...

Don Pedro.

Aparta, necio.

Tachado: d. Enriq. Mientras hay más confusión Cap. de dónde este animal, este inmenso con alma salió, don Lope.

Capitán.

Señor Capitán, ¿sabéislo?

saliendo don Lope y yo

en su coche al campo, a efecto

de hacer mal a aquel caballo

probándole, de este fiero

bruto, el alboroto oímos

en vuestra quinta, y viniendo

no sabemos otra cosa

mas de haber visto el suceso.

En este campo debió

de quedarse del encuentro

desta mañana,

A don Pedro.

Don Enrique.

El peligro

fue grande; y vos, caballero,

¿quién sois? ¿de dónde veníais

en tal ocasión y tiempo

que evito, que he conocido

darme la vida que os debo

en la de Bernarda?

Don Pedro.

Dicha

ha sido en mí, que agradezco

al cielo, el haber llegado

aquí en ocasión que haceros

pude este agasajo; y dicha

adquirida de mi empleo

en serviros: de Madrid

vengo a Sevilla, y atento

a la diversión de ver

los alcázares soberbios

de esa andaluza Babilonia,

y de aquese epílogo excelso

de todo el orbe, pues casi

le tributa todo entero,

llegaba a esta quinta, cuando

anhelados de allá dentro

escuché entre un alboroto

los delicados acentos

del labio de una mujer

que rasgando el aire fueron

Pag. 8

Don Pedro.

Esos toques del oro

de mi sangre descubriendo

siguiendo el impulso

que me lleva a los deseos

de favorecerlas, pues

arrojándome al momento

de un caballo en que venía

que juzgué llegar primero

que en pos de su ligereza

en alas de mi ardimiento;

llegué al fin en ocasión

que uno de los caballeros

vistiendo un rayo del Betis

neblí sin plumas, que haciendo

lesión al jardín volaba

en el aire de sí mesmo

en cuyo hipogrifo errante

procuraba osado y diestro

desmentir un toro cuanto

pudiesen salvar el riesgo

estas damas que turbadas

tropezaban en su miedo,

si no fue que allí parciales

las flores y el susto, hicieron

tejidas redes todos

de fragrancia y de afectos

por prenderlas y quitarlas

para mayor lucimiento

del jardín, todas las flores

de su hermosura, y fue cierto,

pues al huir enlazadas

al ansia el color perdiendo

cuando no las azucenas

(porque las conservó el hielo

en sus mejillas) dejaron

los claveles por lo menos;

burlóle dos o tres veces

el caballero el intento

al bruto feroz, que errando

los golpes chocaba al viento,

y burlado, pareció

que quiso vengarse ardiendo

sino en su sombra, en el polvo

que levantaba del suelo,

y abrasado entre sí mismo

abortando y escupiendo

en sangre y espuma ardores

de su coraje soberbio,

haciendo entonces del polvo

nubes, entre ellas revuelto

Me pareció torbellino

que estaba nevando incendios,

quedando el rucio valiente

libre, y de los movimientos

de su industria, tan altivo,

tan loco, tan descompuesto

que divididas las venas

móviles de todo el peso

de su máquina con alma

hecho un torno todo el cuello

del arca corvada un arco

y una muralla del pecho,

desde el codón, que tejido

con el aire errante, al verlo

por lo blanco, y por las ondas

era río, hasta lo crespo

del copete, que rizando

una pluma en cada pelo,

escarapelando en copos

La pompa volante a trechos

de las crines; así el rucio

se juzgara, y todo entero

entero un monte, vestido

de arboledas, cuando a viento

le titubea las ramas

estándose el monte quedo.

Pag. 9

Don Pedro.

Embistióle el toro ofendido

otra vez, aunque dispuesto

el caballero, rompió

un garrochón, dando el quiebro

del asta a este quinto globo,

rayo que juzgo le dieron

en la armería de Marte

Cíclopes, pero celestes,

pues no bajó de la esfera;

y la otra mitad blandiendo

en la muralla del bruto,

como llevaba en el hierro

una colonia encarnada,

me pareció ver el cielo

en guerras de amor, copiosa

bandera de vencimiento;

hirióle al fin, y la herida

fue preñez que abortó luego

un golfo de bermellón

de una montaña de fuego.

Pero sucedióle mal,

si tuvo logro el encuentro;

si pudieran encontrarse

dos montes, (salvo el portento

del hipérbole y el venado)

quedara entonces deshecho,

así los dos animales

agora chocando a un tiempo,

deshecho el monte andaluz

del caballo dio en el suelo,

que nublado por lo ruano

arrojado, no cayendo,

presumí que se estrelló

algún pedazo del cielo.

Después de haberle escondido,

quizás porque le temieron,

hasta el alma cada harpón,

desde la punta al extremo,

aquí el venado, herido

más ufano, y aun más necio.

Si acaso naturaleza

suele hacer brutos discretos,

disuadió a menor empresa

los bárbaros ardimientos,

a esta dama encaminó

la furia; aquí considero,

si quiso ser de mejor

Europa robador fiero.

Yo entonces de mi valor

asistido, pero ciego

de mirar en él tan vil,

tan cobarde atrevimiento,

que aun en el sentir de un bruto

averigüé por defecto,

con una mujer hermosa

usar estilos groseros.

Le salí al paso, esperéle,

embistióme, hurtéle el cuerpo,

dile la capa; pero el golpe,

al paso, y yo al punto volviendo,

a impulsos de una beldad

de dos puntas y un acierto,

vertió el coraje en ardores,

abortó la furia en fuegos,

escupió el alma en bramidos,

sudó la vida en alientos,

y el desvanecido risco,

no agradecido al riesgo.

Volví a esta dama, y la hallé

del susto y desasosiego

tan muerta, que la ignoré

el corazón en el pecho.

Aquesta fue la ocasión,

perdonadme, no lo niego,

de poner a vuestros ojos

en mis brazos todo un cielo.

La dicha fue mía, y acaso,

si (acaso es dicha) un suceso

Pag. 10

Don Pedro.

mirad si me mandáis algo

en que os sirva, porque quiero

ponerme a caballo, que

he de entrar anocheciendo

en Sevilla.

Don Enrique.

Ya tenéis

posada, porque pretendo,

sino pagaros la deuda

(porque no es posible hacerlo),

daros a entender que sé

usar agradecimientos,

que es la tela que se viste

la fineza de un afecto

obligado y noble, aunque

de hoy a mañana espero

un caballero que viene

de Madrid a ser mi deudo,

siendo esposo de mi hija.

Don Pedro.

¿Quién es ese caballero?

Don Enrique.

Aun no le conozco. Es hijo

de don Carlos de Toledo,

y es que con un tío suyo

se fue desde muy pequeño

a Flandes, donde ha tenido

por la guerra ilustres puestos.

Tiene el hábito también

de Calatrava. Os prometo

que me dicen que es bizarro

y de grandes prendas. Esto

no importa, que vos también

seréis mi huésped.

Aparte.

Jigote.

Es cuento

que a aquesta casa venimos.

Don Alonso.

¿Le conocéis?

Don Pedro.

A un don Pedro,

su pariente, mirad

si le conozco.

Aparte.

Jigote.

Es el mesmo.

¡Vive a Cristo!

Don Enrique.

De tal suerte

obligaciones os tengo

mayores.

Aparte.

Don Pedro.

Doña Bernarda

con quien a casarme vengo,

tiene quien haga en su quinta

villanos atrevimientos;

¿quién ponga delante de ella

listones a un toro? Bueno;

pues quien lo hizo no estaba

con don Enrique, yo intento

satisfacerme.

Don Alonso.

Decidnos

vuestro nombre, que no es menos

mi deseo de serviros.

Aparte.

Aparte.

Don Pedro.

Este he de pegar.

Precepto

de mi obligación en mí

es solo ya obedeceros.

Cautelas ha de haber hasta

averiguar lo que temo.

Yo soy don Juan de la Cueva.

Aparte.

Jigote.

Si se mudara el pellejo

como el nombre, que mi amo

haya dado en embustero.

Don Enrique.

Grandes consecuencias hacen

apellido y valor vuestro.

Os habéis de honrar mi casa;

no hay réplica.

Don Pedro.

Yo lo acepto

por ser el obedeceros

linaje de rendimiento;

y porque solos dos días

Sevilla me espera, y luego

a Cádiz he de pasar.

Don Enrique.

Y a mí a fe que me es consuelo.

Aparte.

Don Lope.

Solo aguardo les falten treguas

a mis ansias los descuentos.

Capitán.

Apartaos, despedíos.

Don Lope.

Bien decís, que es mucho fuego,

celos, y desesperado.

Capitán.

En vuestro coche podemos

irnos juntos.

Pag. 11

Don Lope.

Señor don

Enrique, mirad si tengo

en qué serviros.

Don Enrique.

Señor

don Lope, en fin compitieron

el valor y la inconstancia

de la fortuna.

Don Alonso.

Eso es cierto.

La estimación del caballo

no podré satisfaceros,

pero intento equivocarla

con presentaros mi overo.

Servíos de él.

Don Lope.

El cielo os guarde.

No tendrá en mi poder precio

con mi estimación, por ser

de vuestra mano, ni espero

poderme desempeñar.

Don Alonso.

Lo estáis con muchos extremos.

Don Enrique.

Gran muestra es de la fineza

en que me estáis, poniendo

la prenda que me dejáis.

Don Lope.

Mi hermana estará luciendo

asombros de mi venida,

doña Bernarda.

Don Enrique.

No apruebo

el hipérbole; id con Dios.

Don Lope.

Adiós.

Vanse don Lope y el Capitán.

Capitán.

Adiós, caballeros.

Aparte.

Don Pedro.

Este hombre me ha desvelado.

Sus acciones hacen celos;

como a las puertas de amor,

antes de entrar os encuentro.

Jigote.

¿Qué enredos son los que intentas?

Don Pedro.

Señor...

Jigote.

Calla, yo me entiendo.

¿A tu suegro engañar quieres?

Mal sabes lo que es un suegro.

Don Enrique.

Señor don Juan de la Cueva.

Don Pedro.

Señor don Enrique.

Jigote.

Bueno;

todos aparte, y con parte,

y yo sin parte, ¡perdiendo!

Margen izquierdo: Vanse don Pedro, don Enrique y don Alonso, y salen las mujeres.

Francisca.

¿Has visto hombre tan galán

en tu vida?

Aparte.

Bernarda.

Bien lo temo,

que sobre darme la vida,

si no es al contrario, ves

en él muchas prendas raras,

resistencias de un deseo.

Laura.

Bizarro talle, a fe mía,

mucha parte en los afectos

tiene lo galán.

Bernarda.

¿Qué dice?

Laura.

Que es galán.

Francisca.

Sí,

por extremo.

Aparte.

Bernarda.

Él le ha parecido bien.

A doña Laura, ¿qué es esto?

Parece que lo he sentido.

¿Y qué? (¡Ay, tal error!) Por cierto

que no. No, no es muy galán;

así, así.

Laura.

¿Cómo?

No entiendo

tu gusto, pues eso niegas.

Con ese conocimiento

le pagas un beneficio;

mírale bien.

Aparte.

Bernarda.

Yo me quemo.

Mas, ¿qué digo? Yo no sé

lo que me está sucediendo.

También dirás que no es

valiente.

Tachado: bernard.

Francisca.

Eso no lo puedo

negar, que anduvo bizarro.

¿Y lo cortés? ¿El despejo

en el hacer y el decir?

Os alabo al madrileño,

norte, sol de las almas,

norte sano de los cuerpos,

tengo buen gusto, soy franca.

Laura.

Tienes razón.

Bernarda.

Ello es bueno;

mas, ¿qué me dices también...?

Pag. 12

Laura.

Que es entendido

confieso,

que a su talle y bizarría

no debe nada su ingenio.

Alto presumo yo.

Aparte.

Aparte.

Bernarda.

Ah, yo,

doña Laura, no me entiendo.

Muy despacio le has mirado,

y aquesta mujer me ha muerto.

Pero ¿yo quiero a este hombre?

Para sentir, no le quiero:

pues si no le quiero, ¿cómo

puedo sentir? Pero miento:

yo le debo de querer,

pues que me abraso de celos.

Francisca.

¿Qué discurres?

Bernarda.

¡Yo!

Aparte.

Laura.

Si hubiera

de tener celos, ¡qué error!

Este silencio hablador

de Bernarda me los diera.

Aparte.

Francisca.

Natural es el querer.

No son vanos mis recelos.

Aparte.

Bernarda.

¿Qué es esto? Primero celos

que amor! ¿Cómo puede ser!

Don Enrique.

Vamos.

Don Pedro.

Vamos.

Don Alonso.

Ya entraremos

en Sevilla, siendo de noche.

Don Enrique.

Hola, prevenid el coche

y dos caballos.

Aparte.

Don Alonso.

Busquemos

ocasión.

Don Enrique.

A mi señora

doña Laura dejarás,

Bernarda, en su casa.

Aparte.

Laura.

Mas

se debe a mi amante ahora.

En efeto es de su casa;

¿quién es este caballero?

Aparte.

Bernarda.

¡Ay, tal cuidado!

Dale don Alonso un ramo de flores a Laura, que recibe cortésmente a el irse, y queda Jigote, que detiene a Francisca.

Aparte.

Don Alonso.

Ahora quiero

darla el papel, que deparó

la ocasión. Entre estas flores

va:

Señora, en nuestra esfera...

Laura.

Honrad las flores siquiera.

(Vase.)

Don Alonso.

Recibidlas como olores,

recibidlas por conceptos

del alma (¡amor, ya te arrojas!),

y os advierto que en sus hojas

van escritos mis afectos.

Jigote.

Antes me escuche, Usiría.

Francisca.

Cuatro o cinco sinrazones

tiene, lacayo.

Jigote.

Las razones

el lodo borra que decías.

Dime un nombre, no dé el

del título.

Francisca.

Obediente estoy,

yo sola en el mundo soy

una Francisca sin efes,

¿y el tuyo?

Jigote.

Bigote.

Francisca.

Así,

Bigote?

Jigote.

Desde criatura

y nunca por tu hermosura

tan picado como aquí.

Francisca.

No te como.

Jigote.

Lindo enfado,

cuando darte gusto espero,

¿tragarásme?

Francisca.

No, que quiero

amante más estofado,

picas alto.

Jigote.

Puede ser.

Francisca.

Tu amo, el que quiero yo.

Jigote.

Con eso se declaró

tu vanidad,

Francisca.

Soy mujer;

Pag. 13

Jigote.

Mas tú me tocas a mí.

Francisca.

Pues si yo te toco, danza.

Jigote.

No sé hacer una mudanza

aunque más haga.

Vase.

Francisca.

Yo sí,

mas si quieres agradarme,

(esto es cosa cierta)

por tu señor estoy muerta;

tú has de resucitarme.

Yo le vi, y apenas era

la primer vez que le vi,

cuando sin saber de mí

perdí el juicio a la primera.

No quiero más hermosuras

que su talle y su valor,

que yo por un matador

me descarto de figuras;

por él me siento morir,

yo le adoro, no te asombre,

que en este juego del hombre

es lo mejor el espil.

Robóme el alma, y alabo

que tú has de aplacar mi fuego,

porque has de ser mi alca... luego,

sino letricas al cabo.

Confuso.

Vase.

Jigote.

Alca... con cinco letricas

al cabo; ¡ay duda tan mala!

Alca... ¿si será alcabala?

Pero mal discurso aplicas.

Alca... ¡ay mayor confusión!

Alca...

Alca... ¿uil?

Alca... sí, es alcaparrón;

alca... que deduce un pobrete,

alca... nzo? no habrá un buen

alca... bién.

¡Boto a Dios, que es alcahuete!

¡Ah, pícara entre letrados,

buitres, la que estás demás,

tú, y tú lo has de ser, as.

La hornera de pecados,

tú lo serás, tú lo seas,

tú lo fuiste; ¡cuántas artes

hay, y abra, sí! Juntas partes

tan mal como deletreas,

¡hecho estoy un perro, un moro!

Y mi mayor perdición

es que se letree con

tan poquísimo decoro.

Salen don Lope, y el Capitán dentro ruido de coche.

Don Lope.

Para, para.

Capitán.

Esta es mi hermana.

Don Lope.

Don Diego, vedme después.

Vase.

Capitán.

Pues adiós.

Don Lope.

Adiós, Inés,

mas rebelde, mas tirana

mi fortuna que el rigor

de Bernarda, yo me abraso;

ansias, mirad lo que paso,

porque más culpe en mi amor

mi estrella.

Sello de la Biblioteca Nacional.

Sale Laura.

Laura.

No más segura

fuera de Sevilla. Hermano...

Don Lope.

¿Qué tienes?

Laura.

No en vano

el enojo que te procura

tu pretensión he temido.

Siempre juzgo que estarás

lastimado.

Don Lope.

Laura, estás

engañada; mas rendido

me tiene el fiero tormento

de otro fuego peregrino,

ya por más de algún indicio

echado el argumento.

Laura trae un ramo de flores que le dio don Alonso, y repara en él don Lope.

Don Lope.

¿Son flores estas?

Laura.

Sí.

Don Lope.

Flores

traes, Laura, de la quinta.

Pag. 14

Laura.

De tu amigo, bien distinta.

Don Lope.

En mí es la de sus rigores,

pues dura tanto; di, ¿quién

te dio ese ramo?

Laura.

Bernarda

me le dio.

Don Lope.

Dámele.

Aparte.

Laura.

¡Aguarda,

válgame Dios!

Don Lope.

¿Es también

el negármele rigor

tuyo?

Aparte.

Laura.

En él, si no me engaño,

viene un papel. (¡Lance extraño!)

de don Alonso; otro en él.

Don Lope.

¿No me le das?

Laura.

¿Para qué

le quieres?

Don Lope.

Para aumentar

con sus flores mi pesar.

Laura.

¡Qué ignorancia!

Don Lope.

Culparé

que me le niegues.

Aparte.

Laura.

Mortal estoy;

¿esta estimación

he de hacer de él?

Don Lope.

¡Qué atención

tan necia para mi mal!

Acaba.

Aparte.

Laura.

Sin vida estoy.

Don Lope.

¿Por unas flores, hermana,

que se han de morir mañana,

me niegas la vida hoy?

Turbada.

Laura.

Las flores aquí sospecho...

Quítale el ramo.

Don Lope.

Con eso me has abrasado

más. Cansada estás.

Laura.

¿Airado

conmigo, señor?

Hace pedazos el ramo.

Allí cae el ramo deshecho, cae un papel y repara en él.

Don Lope.

Deshecho,

como tengo el corazón;

así se llevará el viento

las ansias de mi tormento

en mi desesperación.

Pero ¿qué es esto?

Aparte.

Laura.

Esto ha sido

mi desdicha.

Don Lope.

¿Dentro del

ramo, encubierto, un papel?

¡Vive el cielo, que ha tenido

causa el resistirle!

Laura.

Ya

es forzoso, hermano, yo...

Don Lope.

Sí;

no te alborotes, no,

que el papel nos lo dirá.

Mi perdición se restaura.

Vencido ha tu rigor;

si en la guerra de mi amor

salgo sin lauro y con Laura,

buenos versos.

Laura.

Si acaso tu recelo,

estando yo sin culpa...

Don Lope.

¡Vive el cielo,

que en tu sangre...

Laura.

Mi honor, mientras no expliques

mi engaño aquí...

Don Lope.

De don Alonso Enríquez

es la letra, y él dice que ha avenido

tu rigor. ¡Tú, villana! ¡Él, atrevido!

Laura.

Detente, que yo aquí mi honor no acierto

a procurarle lado, herido, muerto,

el corazón.

Don Lope.

¿Traidora, aun te han faltado

disculpas?

Laura.

Claro está, que ni le he dado

ocasión, ni en mí hay culpa, y pague el cielo

que este...

Don Lope.

Calla, ¡oh, mi rabia!

Laura.

Soy de hielo;

Don Lope.

yo veré tu disculpa, si la tienes.

Pag. 15

Don Lope.

y ha de ser desvarío cierto.

Vase cerrando / y así la puerta.

tienta la puerta.

Abriendo sale don Lope / con las flores y un papel.

Laura.

Si previenes,

señor, darme la muerte,

la puerta me ha cerrado, lance fuerte.

¿Qué intentará mi hermano,

si su rigor tirano

ejecución tendrá contra mi vida?

Mi mal, sin duda, es cierto, soy perdida.

Ya no tengo remedio, ay, más atroces

injurias de mi estrella; daré voces.

Aun para hacerlo el ánimo cobarde

me ha faltado. Si el ciego de la tarde

huyó de mí por darme el que padezco,

cielos, no le merezco;

pues si acaso he querido

a don Alonso, en mí mi amor ha sido

con recato tan grave

que ni yo lo he sabido, ni él lo sabe;

mas solo culpo la ignorancia mía,

pues sabiendo el peligro que temía

en el ramo de flores,

no le guardé; ¡qué errores

no previene el amor y qué pesares!

Todas las flores se me han vuelto azares.

Mas ya vuelve mi hermano, yo soy muerta.

hace el ramo de las mis- / mas flores con un pa- / pel dentro

Don Lope.

Repórtate y advierte

que has de saber primero que tu muerte

pagarle a don Alonso las finezas,

que excusen las tibiezas;

por ti le he respondido

atento y advertido,

y de tu parte entre las mismas flores

este papel le han de llevar.

Laura.

¡Rigores

que prevenís aquí! Mi hermano vuelve

el ramo a don Alonso, él se revuelve

a sus temeridades.

Don Lope.

Ya está hecho,

el ramo que te vuelvas

Laura.

en mi pecho

sin alma.

Don Lope.

Laura, entra y despedida

quedarás en tu cuarto.

Vase.

Laura.

Voy sin vida.

cierra don Lope / la puerta por / donde se fue Laura.

Sale el Capitán.

Don Lope.

Quede allí; honor, no te alabes

que habían de estar en vigor

estas joyas del honor

debajo de muchas llaves,

mas qué llaves, qué atenciones,

honor, pueden ganar palma

si no hay llaves para el alma

y ofenden las intenciones;

buenos habemos quedado

honor, veisme aquí perdido,

de Bernarda aborrecido,

de don Alonso agraviado.

Capitán.

Don Lope, amigo.

Don Lope.

Yo, honor,

ciego y ofendido, así...

Capitán.

Vos sin responderme a mí,

vos demudado el color,

amigo...

Don Lope.

(haceros rigores

de mi tormento), en sabiendo

lo que me está sucediendo

no extrañaréis mis errores,

habladme claro.

Capitán.

Ya veis

lo que ha intentado mi amor

por deshacer el rigor

de Bernarda; ya sabéis

que de una criada suya

alentado mi tormento

(que engaña cualquier fomento

a un ciego deseo) en cuya

fe me pierdo, había intentado

darla una música, ciego,

cosa que siempre, don Diego,

vos me lo habéis estorbado.

Pag. 16

Capitán.

por la atención y respeto

de mi casa, pero ya

que todo perdido está

Capitán.

¿qué queréis?

Don Lope.

Que tenga efeto

esta noche.

Capitán.

¿Queréis dar

la música?

Don Lope.

Esto ha de ser;

si puede satisfacer

lo que siento, publicar

mi amor, pues aunque engañada

presumo (a mi error dispuesto)

que desahogo con esto

mi vanidad estragada.

Capitán.

No os entiendo: ¿ese error

a qué efeto?

Don Lope.

Pues le sigo

hay bastante causa, amigo.

Capitán.

Mirad.

Don Lope.

No está mi dolor,

ya no, para aconsejarme

(aunque mis males se duden)

sino para que me ayuden

solamente a despeñarme;

y agora (a fiero tormento)

habéis de dar estas flores

donde os diré...

Capitán.

¿Hay más errores?

Yo no alcanzo vuestro intento.

Don Lope.

Seguidme, y de mi abrasado

pesar sabréis la ocasión.

Capitán.

Con razón o sin razón

siempre estoy a vuestro lado.

Vanse.

Salen Bernarda y Francisca.

Francisca.

¿Eso dices?

Bernarda.

Sí, al mirarle

juzgo yo que no sentía

dentro de mi fantasía

ningún impulso de amarle,

y cuando empecé a alabarle

inclinada a Laura, hallé

no sé, ¡ay de mí! qué sentí

dentro de mí, luego yo

¿sé que le tuve el amor? no;

¿sé que tengo celos? sí;

y si es que no puede ser

primero celos que amor

si yo le tuve, en rigor

no le llegué a conocer,

los celos sí, al padecer

aquel ardor que sentí:

¿es cierto que colegí

cuando el alma me encendió:

¿del amor los celos? no:

¿amor de los celos? sí,

y si ninguno ha sentido

antes del amor los celos

a mí solamente, ¡cielos!,

agora me ha sucedido,

conque si amor he tenido,

y celos y amor en mí

según lo que el alma argüí

de ambos efetos sintió;

¿quieres que lo calle?

Francisca.

No,

Bernarda.

¿quieres que lo diga?

Francisca.

Sí.

Bernarda.

Un hielo quemando es

el amor, y los celos son

el ardor, y la pasión

de quien se quema en él; pues

así mi pena al través,

verás quemando ser amor

el hielo en mí, cuyo ardor

es fuego que no admiré,

porque no vi, y remiré

hasta que sentí el dolor;

yo, Francisca, estoy creyendo

que el amor (y es evidente)

pues solo amor, no se siente,

con celos sí, y suponiendo

Pag. 17

Salen don Pedro y don Alonso y Jigote.

Don Pedro.

Aquesta razón entiendo,

porque en mí he conocido

que amor solo es un rendido

al instinto ignorante;

y esto en un amante

es un pesar entendido.

Pero don Juan y mi hermano

salen al patio.

Jigote.

Es recreo

que sin duda en él afea

los rigores del verano

Sevilla.

Don Alonso.

Con parras, fuentes,

nieve y jardines.

Jigote.

¡Reparas

aquí muchos hacen casa

con azulejos!

Don Alonso.

¡Prudentes

son tus chanzas! Allí está

mi hermana, esperadme aquí

que tengo que hablarla.

Don Alonso aparte con Bernarda y Francisca. Echemos de nosotros este don Pedro fastidio. Salen embozados don Lope y el Capitán.

Capitán.

Allí

todo se ejecutará

a lo que aquí hemos entrado,

si en el patio he visto a don

Alonso, que mi atención

oyó, y que aquí ha faltado

de luces, que retiradas

están detrás del cancel;

ya le he visto, si es aquel,

solo a vos tengo fiadas

las acciones de mi honor,

con una seña embozado

haréis lo que os he ordenado

desde aquí.

Retíranse detrás del paño don Lope y el Capitán. Y al mismo tiempo, yéndose don Alonso, se pone don Pedro en el puesto donde estaba don Alonso.

Don Lope.

Verás mi amor

en todo.

Vase.

Don Alonso.

Esperad, don Juan,

mientras por el broquel entro.

Francisca.

Señora, desde aquí dentro

le acechemos.

Al paño las dos.

El Capitán a don Pedro que está embozado.

Don Pedro se llega al Capitán.

Toma el ramo don Pedro confuso y el Capitán como encubriéndose con el embozo y simulando la voz.

Jigote.

Allá van

esas tretas.

Capitán.

¿Caballero?

Don Pedro.

¿Qué me mandáis?

Vase.

Capitán.

Estas flores

son para vos; y favores

con advertencias primero

que os las entrego de parte

de doña Laura de Lara.

Adiós.

Don Pedro.

¡Oíd! ¡Cosa rara!

Jigote.

¿Viste, sin escucharle,

y un caso semejante?

Don Pedro.

Sacándome hacia lo oscuro,

que viene a ser, si lo apuro,

alcahuete vergonzante,

lleguemos a la luz.

¿Qué es?

Jigote.

Un ramo de flores.

Don Pedro.

Prenda

de dama,

que así lo entienda

querrás; ¡yo en Sevilla!

Jigote.

¿Pues?

Bernarda.

Oye.

Francisca.

Atiende.

Jigote.

Esto será

amor nuevo que restaura

los gustos.

Don Pedro.

¿Que doña Laura

de Lara, a mí?

Bernarda y Francisca.

¡Cómo!

Jigote.

¿Habrá

sobre esto alguna disputa?

Si te ha dado algún dinero,

¿faltará un amor florero

que te despache a frutas?

¿Quién podrá ser?

Don Pedro.

¿Viste tan

poca vergüenza en tu vida

de mujer?

Francisca.

Yo estoy corrida

de pensarlo.

Pag. 18

Bernarda.

Es muy galán;

parecióle bien, y tanto

que ha perdido el juicio, e yo

que le estoy perdiendo

Don Pedro.

Yo

lo entiendo.

Jigote.

Pues no es encanto.

Don Pedro.

Quizá en las flores habrá

más enigma: este es clavel,

y estos alelís.

Hallan un papel en el ramo de flores.

Jigote.

¿Y aquel

blanco señor qué será?

Don Pedro.

Un papel es.

Jigote.

El blanco es

de las flores.

Bernarda.

¡Ah, traidora

amiga! Un papel.

Francisca.

Señora,

¿qué es aquello?

Bernarda.

¿No lo ves?

¡Ah, Juliana! Yo me abraso.

Don Pedro.

Abierto está.

Jigote.

Pues si está

abierto, entra a leer.

Don Pedro.

Ya

no hay más que hacer.

Francisca.

¡Ay tal caso!

(Lee.)

Don Pedro.

Mañana en San Diego quiero

verle el acero y la cara

al rayo del sol primero,

para matarle le espero

no más. Don Lope de Lara.

¡Desafío en verso!

Jigote.

Amores son.

A fe que traen con él

las flores lindo papel,

y el papel muy lindas flores.

Bernarda.

Quedo yelo.

Francisca.

¿Para qué

quieres los favores

que habéis destos?

Don Pedro.

¿Yo?

Jigote.

¿Yo?

(Sale.)

Bernarda.

No sé

qué aguardo.

No estoy en mí.

Francisca.

¿Dónde vais?

Bernarda.

¿No lo ves

lo que contiene el papel?

He de reventar.

Francisca.

Pues él

es tan honrado que creo

que se le dará.

Don Pedro.

¿Señora?

Jigote.

¡A lindo tiempo!

Aparte.

Bernarda.

Señor don Juan,

blasonar mi amor

de premiado puede ahora.

No estorvará el veneno

de una duda.

Aparte.

Bernarda.

Yo no sé

por dónde empiece. ¿Por qué

escondéis el papel? Bueno.

Don Pedro.

¿De mí?

Bernarda.

Pues ¿por qué?

Intratables

serán del papel efetos,

que es propiedad de discretos

esconderse; ¿son cobrables

sus letras?

Don Pedro.

Aún todavía

dudo acetarlas.

Bernarda.

¿Por qué?

Don Pedro.

Por no pagar.

Bernarda.

Yo lo haré

por ser de una amiga mía;

dádmele.

Don Pedro.

Señora...

Aparte.

Bernarda.

¡Ah, loca pasión!

Antes yo pudiera

ser la mejor medianera,

eso a Francisca le toca.

Jigote.

A ser lo que juzgáis, sin

Don Pedro.

duda os le diera; mas yo,

ni le entenderéis,

Pag. 19

Bernarda.

¿No?

Don Pedro.

No.

Bernarda.

¿Qué? ¿Viene escrito en latín?

Pues no ha estudiado mucho

aquesa dama, en quereros

desde que os quiere.

Don Pedro.

Por veros

errar el juicio, os escucho,

ya solo

me le negáis.

Bernarda.

En fin,

Don Pedro.

pues ¿cómo pudiera

quien nada os negó, si fueras

señora, lo que pensáis,

Bernarda.

¿pues que tan mal entendida

me juzgáis?

Francisca.

A causa que

Don Pedro.

no puedo darle, sino es

(cuando os he dado mi vida)

posible, pues no os le doy

agora, después señora

cuanto soy,

(Muerta estoy.)

Bernarda.

después de agora

no le quiero.

Don Pedro.

Señora,

Aparte.

Bernarda.

¿para con él

corrida, amor me ha burlado?

Don Pedro.

pues quien el alma os ha dado

también os diera un papel,

sí,

(Enojada.)

(Yéndose.)

Bernarda.

ya no hay más que decir,

sino que me enamoréis

y que atrevido penséis,

y aqueso os he de sufrir,

Francisca, ha sido grosero

vuestro estilo, pero yo,

vamos de aquí,

Don Pedro.

Oíd.

Bernarda.

Tarde.

Don Pedro.

Tomadle.

Bernarda.

Ya no le quiero.

Don Pedro.

¡Qué es esto!

Bernarda.

Muy bien lo doy

a entender,

Al ir a tomar Bernar. / da el papel y sale don Alonso / y se queda confusa

(Vuelve Bernarda.)

Bernarda.

oís, oís.

Dadmele pues,

Jigote.

pero oís,

¡qué es esto!

Don Alonso.

Aquí se estrechó

todo.

Francisca.

Señor don Alonso.

Don Pedro.

Este papel me pedía,

efecto que presumía.

Lo que contiene

Aparte.

Jigote.

Un responso

en canturía.

(Toma el papel don Alonso y lee aparte.)

Don Pedro.

Mi señora

doña Bernarda,

Aparte.

Bernarda.

¡Qué es esto!

Cielos.

Francisca.

Que dio en tierra presto;

Aparte.

Jigote.

allana remedio agora

el mismo papel,

Aparte.

Bernarda.

de celos

todo mi fuego ha quedado.

Vanse don Alonso y don Pedro.

Don Alonso.

Bernarda, pierde cuidado:

venid don Juan;

Aparte.

Bernarda.

¡Piedad cielo!

¡Qué es esto!

Aparte.

Francisca.

¿Aturdida os hallo?

Bernarda.

Menor al lance este enredo.

Francisca.

Con mayores dudas quedo.

Bernarda.

Con más confusiones voy.

Jigote.

Sé cuántas son cinco, y, sí, sí, alabo

que el perífrasis penetras,

tú me has hecho hombre de letras,

Francisca.

¿Entiendes?

Jigote.

Sí, y el asno al cabo.

Jornada segunda

Pag. 20

Jesús, María, José.

Salen Bernarda y Francisca.

Francisca.

Con mil encarecimientos

me ha pedido quel Pacheco

de suerte que pueda hablarte

esta noche, o en tu cuarto,

o donde quisiere, para

engañarlos por mi mano.

Señora, a don Juan le debes

la vida, y en esto hallo

que está el pobre caballero

perdido de enamorado

por ti.

Aparte.

Bernarda.

¡Atrevida! ¡Villana!

¿Eso me dices? Pues, ¿cuándo

te atreves? ¡Ay, don Juan!

Francisca.

Como no ha mucho rato

que le pedías un papel

y con mil afectos varios

diste a entender...

Bernarda.

¿Hay mayor

atrevimiento? ¿Qué aguardo?

¿Qué vistes en mí?

(Yéndose.)

Francisca.

Señora,

sosiégate; si te he dado

disgusto en esto, no solo

no hablo más en el caso,

pero mientras esté en casa

ese caballero, hago

juramento de no verte;

guárdete el cielo.

Aparte.

Bernarda.

¡Ah, pecado!

¡Y cuántos ays me dejas

en mi alma! Toma abrazo;

¡oyes, oyes!

(Volviendo.)

Francisca.

¿Qué me mandas?

Bernarda.

Mira semejantes casos

Pag. 21

Vuélvale las espaldas doña Bernarda a Francisca, y se va Francisca tras ella.

Francisca.

No se proponen franquezas,

si don Juan, de lo arrogado

el llegármelo a decir,

a mí, no era necesario,

considera tú, si puedo

hacerlo; y considerado;

basta: lo que tú quisieres,

pues si ya te has declarado

conmigo, para qué son

afectos, tornar las alas

que acá fuera son venenos

y allá dentro son regalos.

Bernarda.

Aunque quisiera pagarle

a don Juan, cómo esperamos

a que se asombre aquí injusta

mi padre, que de la mano

una cosa que por cartas

muy de secreto ha tratado

ponderándome las gracias

de tal caballero; tanto

que remitiendo a la vista

lo encarecido, no ha dado

tiempo a mi deseo, para

que solicite un retrato,

siendo quien soy? Cómo puedo

con este empeño:

Francisca.

Excusado

melindre: esta noche tuvo

cartas tu padre, y mi amo

de ese caballero, en que

le escribe, que está despacio

en Madrid por cierta causa,

y que hasta ser avisado

no le espere, con lo cual

tarde ha venido su estado;

en fin, media noche es ya;

yo señora voy, y llamo

a don Juan, como que sale

de mí, y déjame su agrado

a mí la fineza, y tú

podrás hacer en entrando

de aquello de que has recelado?

qué loco, qué temerario,

mi decoro! Quién dejó

la puerta abierta? Un gato

verás, y otras maravillas

te harán Lucrecia; y notando

que desvaneciste un si es

no es, tantito ablandando,

porque del día de fiestas

es víspera el de san Juan,

al caso voy:

Bernarda.

Oye, espera;

con un hombre que ha llegado

hoy a mi casa, he de hacer

un arrojo tan contrario

al respeto que me debo

a mí misma, di?

Francisca.

Es el caso

que se va a Cádiz mañana

y dice, que malogrando

esta ocasión, perderá

la vida; qué estás dudando?

Bernarda.

Mañana se va?

Francisca.

Sin falta.

Bernarda.

Pues por eso he de excusarlo,

que para tan poco tiempo

es culpa aventurar tanto;

Francisca.

Y sus ansias, y sus fuegos?

Bernarda.

Y mi fama, y mi recato?

Francisca.

Qué arriesgas? si no te das

por entendida.

Aparte.

(Vase.)

Bernarda.

Ay tirano

veneno, que introducido

el alma me has abrasado,

déjame:

voy:

y a don Lope

esperanzas que dé en vano

a tu amor, las puedes dar

al viento, porque volaron;

esto, el que a don Juan me inclinas

no sé qué astro voluntario,

si acaso en ti de influencias

hay para alcahueta astro;

sirve a don Juan.

Bien conozco

que este pesar que me ha dado

Laura, en quien culpo perdidas

(mis pensamientos tiranos)

ha nacido de un temor,

de un recelo, de un amago,

cuyo golpe acá en el alma

le temo de imaginarlo;

(que al amago me duele

muy lastimada la traigo)

Digo que mi pesar nace

de un celo, desvelado

sentimiento de que Laura

le dé ocasión publicando

su afecto a don Juan; y que

por ella no haga reparo

en mí, sí: pero qué digo!

ciega estoy; pues he llegado

a culpar la liviandad

de Laura, sin ver mi engaño;

Pag. 22

Bernarda.

Es más en Laura la culpa,

que un recelo y máquinas

en mí! ¡Qué un vano temor

más como vanidad llamo

lo que yo no le dieron

de Laura celos

iguales!

de Laura al verle en mi cuarto

cuando se le dio don Juan

esta noche? Yo no alcanzo

qué pudo ser eso, cielos,

dudas, temor,

confusiones, yo no me hallo,

pues es la duda mayor

no poder averiguarlo.

Yo al fin me rindo caído,

con lástima de mí en cuanto

de ti nació en mí un temor,

mas poco a poco ansias mías

ansias, afectos, engaños,

zozobras, quejas, impulsos,

y arroyuelos del recato

cada uno de por sí

pude (¡ay de mí!) vadearlos,

todos juntándose harán

un golfo, que al naufragio

peligre en él el bajel,

respóndame mar airado.

A un lado embozada Bernarda y por otro salen Francisca, Jigote y don Pedro.

Francisca.

Bien expuesto en la estacada.

Jigote.

A quien le viene más largo.

Francisca.

¿Francisca aquello de las

cinco letricas al cabo?

¿Eh?

Don Pedro.

La vine, y vi, mas dudo

el vencer, me has obligado.

¿Francisca?

Francisca.

¿Con eso sales

agora al cabo de rato?

Jigote.

No vi en el hablar mujer

tan lucida por los cabos.

Francisca.

Yo pienso que hice por ti

mucho en esto.

Don Pedro.

Así lo alcanzo,

yo lo busqué, yo lo quise,

pero agora que he llegado

quisiera no haber venido.

Francisca.

No te entiendo.

Don Pedro.

Pues veráslo.

Francisca.

¿Cómo?

Don Pedro.

Así; una mariposa

vive (Francisca) anhelando

por el fuego donde muere;

pues ¿quién duda que en estando

en el peligro, quisiera

no haberle solicitado?

Esto me está sucediendo,

pues ya será el excusallo

fuerza, porque mi amor

se ha visto; Bigote, vamos.

Francisca.

¿Te vas?

Jigote.

Allá arriba.

Francisca.

¿Arriba?

Jigote.

¿Vienes?

Vanse Francisca y Jigote.

Francisca.

Vete con mil diablos,

que no tengo por partido

ir con las idas por alto.

Bernarda severa como que no ve a don Pedro, cada uno a su parte.

Don Pedro.

Dudas, por disimularme,

ya que habemos empezado,

hice una carta fingida

para don Enrique, dando

a entender que de Madrid,

por precisos embarazos,

no he salido, y que hasta que

le avise pierda el cuidado.

Pag. 23

Como turbándose

Don Pedro.

de esperar me; esto supuesto

(aunque estoy desafiado

para mañana, por causas

que ni averiguo, ni alcanzo

pues don Alonso ha dispuesto

salir a mi lado al campo

con las mismas confusiones.

Como al fin dispuso el caso

que lo llegase a saber)

venzan engaños, a engaños,

que engaños vendrán a ser

mis recelos si son vanos.

Yo llego.

¡Cielos! ¿qué es esto!

Yo confuso! Yo turbado!

¡Señora! ¡Francisca! Fuese.

Ya, sí; solos me dejaron,

pero ¿qué importa? Yo llego:

yo estoy muerto; ¡ay, mas extraño

temor! ¿qué dudo, qué temo,

pues yo estoy enamorado

desta mujer? No: el respeto

puede: ¡qué necio reparo!

¡Señora! No, no me oye,

pues agora, sí, que aguardo,

sin que me sienta me vuelvo,

que en mi atrevimiento labro

su enojo. Con ellos suelen

nacer afectos llevados

a aborrecer.

Vase yendo, pisando quedo, y volvi- endo la cara como que quiere irse sin que le sienta, y Bernarda disimulando que le ve, y al ver que se va, habla.

Bernarda.

¿Quién es? ¡Ola!

¡Francisca! ¿Inés?

Vuelve don Pedro.

Don Pedro.

Yo;

Bernarda.

¡Pues cuándo!

Don Pedro.

Yo, señora, entraba,

Bernarda.

Vos,

señor don Juan, en mi cuarto

a estas horas! Pues ¿estaba

abierto aquí?

Don Pedro.

Se dejaron

sin duda abierto, señora.

Bernarda.

Ya que sucedió acaso,

¿vos qué buscáis?

(Si me declaro

Aparte.

la irrito más, y me pierdo)

Don Pedro.

Yo, señora,

buscaba

buscaba,

Bernarda.

¿Qué andáis buscando

rodeos?

Don Pedro.

Buscaba, yo

Bernarda.

¿Qué?

Don Pedro.

Os adoro:

Bernarda.

¿Cómo? ¿cuándo?

Don Pedro.

Digo; venía:

Bernarda.

¿Por qué?

Don Pedro.

Por una luz; porque estando

sin ella en mi cuarto

Bernarda.

Así

luz os falta, no me espanto,

que venís ciego; llevad

ésta, don Juan.

Toma Bernarda una bujía, y dásela a don Pedro y él se va con la luz y ella mirán- dole.

(y la intención. Aparte)

Don Pedro.

En el cuarto

perdonad.

Bernarda.

Andad con Dios;

Don Pedro.

Yo llevado

de una turbación, ¡yo!

Aparte.

Bernarda.

¡Ah, cobarde! ¿te vas?

Aparte.

Don Pedro.

Soñando

estoy; ¡amor como niño

me tratas! Pero ¿qué trato?

Ni ¿qué temor? Yo me vuelvo

desta suerte,

(Deja caer la bujía)

Bernarda.

¿De las manos

se os cae la luz? ¿A dónde

lleváis la atención?

Don Pedro.

En algo

que no me deja acordar

de otra cosa.

Bernarda.

Gran cuidado

es en el papel de Laura?

(¡Ola, Inés!)

Don Pedro.

Excusado,

Pag. 24

Don Pedro.

que sin ella puede ser

que acierte a deciros algo,

de lo que siento, aunque juzgo

que con la luz veo tanto

como sin ella; después

que os vi; al fin, yo vengo a daros

aquel papel que os negaba.

Bernarda.

A buen tiempo; ya pasaron

esos deseos que fueron

curiosidad; pero cuando

me duraran todavía

pasara por el engaño

de que me deis por aquel,

otro; pero ya estamos

que no me importa; advertid

que si os pareció cuidado

os engañasteis, guardad

vuestro papel.

Aparte.

Don Pedro.

Discurramos

dudas mías.

Sale Francisca con luz, y Jigote.

Aparte.

Bernarda.

Qué galán

tan corto.

Dentro instrumentos de música.

Francisca.

¿No has reparado

señora, en los instrumentos

que a ratos que están templando

en la calle? Vos aquí,

¿señor don Juan? Si al amago

de la música venís,

Jigote.

el gusto bueno le alabo,

obrase bien porque toda

la música se ha arrimado

a estas rejas.

Bernarda.

Ya lo escucho,

¿por quién será?

Francisca.

No es el canto

sin ser que es por la viuda

que vive en frente.

Bernarda.

El recato

del mundo, ¿quieres que sea

la causa?

Jigote.

Fuera milagro,

tanto lastima el amor

como las tocas.

Aparte.

Don Pedro.

Ya entramos

dadas a vuestra experiencia,

señora, no embarazaros

quiero, pues con la atención

de la fineza el cuidado

querréis pagar.

Bernarda.

Quedo, quedo,

señor don Juan, que no paso

por aquesta presunción

fácil que os está engañando;

¿qué atención ni qué fineza?

Don Pedro.

Oíd la música. Vamos

Jigote.

Bernarda.

Agora no quiero

yo que os vais; que vais dudando

y no ha de haber opiniones

en mi opinión; y esto hago

por quién yo soy, no por vos;

en la puerta de mi cuarto

retira, y llégale una silla

al señor don Juan, en tanto

que en la calle cantan.

Francisca.

Cierto

que el tener seguro el campo,

llego la silla, ¿y qué más?

Siéntase don Juan y Bernarda.

Aparte.

Don Pedro.

Yo en obsequio no reparo

ahora en mí, siendo quien sois,

pero si gustáis me allano

a obedeceros.

Logróme

lo que estaba deseando.

Francisca.

Qué hermosa es en el silencio

esta armonía, punteado

toca uno divinamente.

Jigote.

Este es sastre, no hay dudarlo,

Pag. 25

Jigote.

que a él le toca el puntear

y todo se hace arañando;

Aparte.

Bernarda.

¿Qué será esta novedad?

Aparte.

Francisca.

Si es don Lope buenas vamos.

Aparte.

Don Pedro.

Cielos, apagad mis dudas

al golpe de un desengaño.

Dentro cantan.

Músicos.

Hermosísima Bernarda,

con la esperanza el morir

es apenas una vida

a pique de glorias mil.

Jigote.

Al primer tapón zurrapas.

Don Pedro.

Bien está, y estáis dudando

por quién es la fiesta.

Jigote.

Eso

es la fiesta.

Bernarda.

¡Ay tal encanto!

Bernarda dijo.

Don Pedro.

Bernarda dijo.

Francisca.

Señora, soñamos.

Don Pedro.

Pues, ¿qué encanto ni qué sueño,

cuando lo dice tan claro?

Mas yo, señora, ¿qué importa

que lo haya oído?

Jigote.

Mi amo

sabe guardar un secreto

como una fiera, si acaso

esta es fiesta de guardar.

Bernarda.

Señor don Juan, yo lo extraño

que a mí nadie me pretende,

ni galantea, ni acecha,

ni sé entender por qué, ni cómo,

puede ser esto.

Aparte.

Levántase don Juan y luego Bernarda.

Aparte.

Don Pedro.

Yo hago

más admiración de ver

que conmigo disculparos

queráis, ni satisfacerme;

señora, esto es excusado;

a ser yo vuestro galán,

parece (en buen tiempo echamos

penas, para no admitiros.)

Esto, señora, excusado

está aquí nomás: (¡por Dios

que estaba bueno!)

Bernarda.

Antes trato

de que no os vais sin saber

que no soy parte, ni he dado

ocasión a esta locura,

ni lo entiendo, ni lo alcanzo,

y no por vos, por mí sí,

habéis de ir desengañado

con mi verdad.

Aparte.

Don Pedro.

Señora,

¿a mí? ¿para qué? excusadlo,

que no quiero saber nada;

id con Dios, pues ¿qué milagro,

de que tengáis un amante,

que le estén animando

favores? porque a mí ¿qué

me importa que esté pagado

de vos ni favorecido,

ni querido, ni ufano,

ni tan gustoso, ni tan,

ni que se le lleve el diablo,

porque a mí ¿qué se me da?

Algo será, pues me abraso.

Bernarda.

Sosegaos, don Juan, y hacedme

una merced, o agravio,

sentaos, que me importa hacer

esto.

Francisca.

Señor,

Jigote.

Señor, haced.

Don Pedro.

¿No basta que os agasaje

este caballero?

Aparte.

Siéntanse como antes.

Bernarda.

¡Ay casos,

cómo los que me suceden!

Sentaos, esto os ruego.

Aparte.

Don Pedro.

Haré.

Reviento del corazón.

Francisca.

Perdido está.

Jigote.

Pues buscadlo.

Pag. 26

Dentro cantan

Músicos.

Sola una dicha, Bernarda,

puede hacerme el más feliz,

si la esperanza algún siglo

da la posesión al fin.

Vase levantando don Pedro y tras él Bernarda

Jigote.

Cruda música; Bernarda

viene echando como un Cid,

muchos años le gocea.

Don Pedro.

Que yo me voy. (¡Amor,

déjelos! Pero, ¿qué celos?

¡Yo celos! No estoy en mí.)

Bernarda.

¡Ay mayor atrevimiento!

¡Ay engaño más ruin!

¿Yo, don Juan? Viven los cielos,

Francisca, que es esto así.

Francisca.

Yo, señora, no lo entiendo.

Jigote.

¿No lo entiendes? Pues yo sí,

y soy un poquito menos

entendido.

Bernarda.

¿Habrá más vil

traición, ni mayor engaño?

¡Aguardad, don Juan, oíd!

Don Pedro.

¿Pues a mí qué me queréis?

Bernarda.

No; pero me importa.

Don Pedro.

Sí;

pues a mí no, no me importa

ni esto. (Yo he de salir

de aquí a deshacer mis celos.)

Bernarda.

Delante de vos, aquí

ha de oír este villano,

atrevido como ruin,

culpa mía, ni un indicio

ha publicado.

Don Pedro.

¿Le abrís

la ventana?

Bernarda.

Si no gustas,

volveos.

Don Pedro.

(Ya lo entendí,

¡ah, mujeres, todas unas!)

¡Acabad, volved, abrid!

(Quiere abrir, pero no quiere

decir lo que iba a decir).

Yo me quemo, yo voy muerto;

¿cuándo ha habido amor en mí

para estos celos? ¿Qué es esto?

¿Quieres que te diga, di,

la verdad? ¿Quieres?

Bernarda.

Sí, dila.

Don Pedro.

Que estaba muerto por ti;

que te di entrada en el alma;

que te amé cuando te vi;

que te adoré, que te quise

más que a mi vida, y al fin,

con estos celos, con este

pesar, con este infeliz

desengaño de mi amor,

todo aquello que escribí

en mi alma, se ha borrado;

color, estampa y matiz;

que fue fácil, porque estaba

recién escrito. Y así,

con esto adiós para siempre.

Al irse por aquella puerta que cerró Francisca, dan golpes, y vuelve a ella y detiénese don Pedro

Bernarda.

Llamaron, Francisca.

Francisca.

Sí;

a la puerta de tu cuarto.

Dentro

Don Alonso.

Abre, Francisca.

Bernarda.

¡Ay de mí!

Mi hermano es este. Don Juan,

que no hay por dónde salir.

¡Perdida soy!

Llamando

Don Alonso.

Abre, acaba.

Francisca.

Ya todo esto está un tris.

Jigote.

Yo temo que, hecho bigote,

me dejen; ¡y por San Gil!

Bernarda.

Don Juan, no hay otro remedio

sino esconderos aquí

en mi recámara, presto.

Don Pedro.

Eso no haré.

Bernarda.

¿Qué decís?

¡Pues mi vida! ¡Pues mi honor!

Pag. 27

Don Pedro.

bueno es querer reducir

mi pesar y esquivándole

a tal acción.

Llamando cada vez más recio.

Dentro.

Don Alonso.

¡Ola!

abrid.

Don Pedro.

Con vos estoy. (¿Sin alma?)

Francisca.

Señor mío.

Bernarda.

¿No advertís

que es toda mi perdición?

Jigote.

Pues agora, ¿estas hay?

¡Pléguele a Cristo con tu alma!

Francisca.

Señor.

Bernarda.

¡Don Juan! (¡qué infeliz!)

pues hacéislo por mi amor

la señora de su casa.

Don Pedro.

Vos lo veréis.

Llaman.

Bernarda.

Presto.

Francisca.

¡Ay, ansias!

Bernarda.

Por vos lo haré, aunque morir...

Don Pedro.

Yo lo hiciera más fácilmente.

Jigote.

Ampáreme San Quintín

debajo de este bufete.

Francisca.

Muerta voy, señor, a abrir.

Escóndese don Pedro. Jigote se mete debajo de un bufete. Abre Francisca la puerta que cerró y sale don Alonso en jubón, con la espada desnuda, en la cinta el broquel y una pistola.

Don Alonso.

Bernarda, ¿vestida estás?

¡Y un tantán! (Falsa, así

acabo de confirmar

la infamia, aunque con oír

esta música, atrevido

escándalo.)

Francisca.

Por unir

unos lazos, divertidas

en la labor (¡ay de mí!)

no se ha acostado.

Bernarda.

Yo, hermano,

Don Alonso.

Ya se acaba de vestir

mi padre, que lo ha escuchado

todo.

Bernarda.

Aunque vestida aquí

me has hallado, los balcones

Vase yendo hacia donde entró don Pedro.

Don Alonso.

están cerrados;

yo sé de ir

a mirar los de allá dentro

para ver si es esto así.

Y después, a quien se atreva

a mi casa...

Bernarda.

¡Yo perdí

la vida, que ha de encontrar

a don Juan!

Francisca.

Más vale huir,

señora.

Bernarda.

Ven, y llamemos

a los de casa.

Jigote.

Seguir

a las que huyen es cosa

santísima para mí.

A un tiempo se entra don Alonso por donde don Pedro; las mujeres por donde salió don Alonso. Jigote sale de debajo del bufete y las sigue. Don Pedro sale por otra parte.

Don Pedro.

Acá viene don Alonso;

al respeto he de acudir

del decoro de su hermana,

de él, de su padre y de mí,

y verme con los que cantan

por este balcón; y así

cumplo conmigo, y con todos,

y con mis celos.

Vase don Pedro como arrojándose por un balcón, y sale don Alonso.

Vase.

Don Alonso.

Aquí

está abierto un balcón; pero

ruido en la calle oí.

Mas vive el cielo, que es

de cuchilladas, y al fin

casi estragado mi honor

por... mas ¿qué digo? Salir

me esfuerzan, ¿qué espero? Ha, leyes

del honor, yo voy sin mí.

Dentro ruido de cuchilladas.

Salen acuchillando a don Pedro, don Lope, el capitán y otros de la música.

Don Lope.

Dejádmele a mí, que yo

basto.

Capitán.

Y yo sobro, aunque crea,

cayendo de alto, que sea

algún diablo que cayó.

Dentro.

Don Enrique.

Romped esa puerta.

Pag. 28

En el margen izquierdo: Vanse don Lope, el Capitán, y los demás, y salen don Enrique, don Alonso, Jigote, y criados con hachas.

Cae don Pedro.

Don Pedro.

El pecho

tiene el mundo a mi ardor, hasta

morir.

Don Lope.

Vámonos, que basta

esto que dejamos hecho.

Don Enrique.

Huyeron.

Don Alonso.

Sí.

Jigote.

¿No determinas

el rumor de los talones?

Músicos vi, o capones,

pero aquestos son gallinas;

en tiple huyen, ¡vive Dios!

Don Pedro.

No os vais, cobardes, que aún puedo

venir...

Aparte.

Jigote.

¡Mi amo! ¡Y tal enredo!

Don Enrique.

¡Señor don Juan! Pues ¿con vos

ha sido? ¿Vos a esta hora

fuera de casa?, ¿que no

os dejé acostado yo?

Don Pedro.

Vuestra confusión ignora,

claro, después, señor,

que me dejasteis, salí,

por serme forzoso, y si

no os di cuenta, fue en rigor

no poder; y ahora viniendo,

estos hombres me estorbaron

la calle, y me acuchillaron.

Esto ha sido.

Aparte.

Jigote.

Ya lo entiendo.

Don Enrique.

Pues mirad si estáis herido,

que presumo que os hallé.

Don Pedro.

Caí, es verdad, suerte fue,

no estoy herido.

Aparte.

Don Alonso.

¡Por Dios!

estoy... ¡vive Dios!

Don Enrique.

Pues

entrad, don Juan.

Don Pedro.

Vamos.

A don Alonso.

Don Enrique.

Vamos,

Alonso; y después volvamos

a buscarlos, que ya es

forzoso en mi honor, o sea

sin que lo entienda don Juan.

Don Alonso.

Buenos mis males están,

¿qué más causará una fea?

Jigote.

¿No más llamas en Troya?

Mi amo se echó del balcón

por no ofender la opinión

de Bernarda, de tramoya

fue la fineza; con esto

se habrán las dos sosegado

porque las habrá dejado

el susto con paz, y quieto,

mas don Enrique y su amigo

salen solos, y se van

la calle arriba; a qué van

no sé lo que me colijo.

¡Otro! pero vive Dios

que es mi amo, lo que pasa

dudo en esta infame casa;

iré a seguirle, y va

a su casa, y no a la

de la vecindad.

Las últimas tres líneas de Jigote reemplazan al siguiente texto tachado: a los / dos. / yo le sigo; y en la vecindad / aquí déjelo, / mientras pasar desta calle.

En el margen izquierdo: Sale Laura con una bujía, y toca suelta.

Laura.

Cómo pudiera espirar

mi fuego, ¡válgame Dios!

y también desde esta casa

que volvió el rostro a su ofensa?

Fiero de mi hermano temo

su vida, y de mi venganza

yo no alcanzo la enmienda

de mi error, que impertinente

celo, y de su inconstancia;

me quedo aquí en el balcón,

mas, si don Alonso fuera

un hombre que ha bajado

en la calle desta ciudad

y mi pena adivina, que a

mi deseo...

Pag. 29

En el margen superior izquierdo:

Jigote.

¿Sois hembra o macho?

Laura.

Engañada

voy; oye.

Jigote.

O estoy borracho

o, si sois hembra,

hembra macho

seréis, porque andáis erradas.

Jigote.

¿Quién

me cecea hacia aquí?

Laura.

Yo.

Jigote.

¿Qué letra es esa? que yo no

sé deletrear muy bien.

¿Las sevillanas se emplean

conmigo? ¿Amor lindo censo?

Que todas me llaman pienso

porque todas me cecean.

¿Oís?

Laura.

Hablad más veloz.

Jigote.

¿Qué?

Laura.

Que alcéis la voz os pido.

Jigote.

Que como nunca os he oído

os conoceré en la voz.

Tachadura de varios versos entre Laura y Jigote. Se lee parcialmente: "que me dais dolor de oídos / ... / solo un eco / responda ... / ... al embuste, qué he de hacer? / el hago, que al cabo / pueda ahogar, me duele"

Laura.

Mi deseo me engañó,

¿quién sois? Hablad.

Jigote.

Bueno, a fe;

ni sé quién soy, ni quién fue

el padre que me parió.

Laura.

Llegaos más.

Aparte.

Jigote.

Tal no imagines.

No podré, aunque lo mandáis.

Laura.

¿Por qué no llegáis?

Jigote.

Porque no tengo en chapines.

Mas, sin duda, sois perdida

infanta encantada, o vieja

de los yermos de Saleja,

la turbada mano asida

tenéis, mi valor movedes,

yo os sacaré de agravios,

bajad, infanta, y lo haré;

bajad, que os ampararé

como tengáis buenos bajos.

Baje, digo, alta alteza,

y dígame quién la encantó;

mas no baje, que una infanta

no ha de hacer una bajeza.

Salen don Lope y el Capitán, habiendo visto hablar a Jigote con Laura.

Inserción en el margen inferior izquierdo con cruz de llamada:

Don Lope.

Ya no hay que esperar, amigo,

un hombre es, que está hablando

Capitán.

en mis celos, y afrentando

mi fama.

Don Lope.

Pues sois testigo

no hay que aguardar,

mil pesares

le abrasen.

Llegan metiendo mano a él, dale, huye Jigote y síguele riéndose.

Jigote.

Así me dan

sin pedirles, un Roldán

soy por pies.

Vanse aquí.

Laura.

¡Ay, más azares!

Mi hermano fue, es cosa cierta,

que hablar me vio inadvertida;

él me ha de quitar la vida:

mas ya vuelve, yo soy muerta.

Ya entra en casa; esperando

mi muerte me cubre un hielo,

mas dos hombres (¡piedad, cielo!)

por la calle van pasando,

¡Ah, caballeros!

Salen don Enrique y don Alonso embozados y Laura los llama.

Don Enrique.

¿Quién es?

Don Alonso.

¡Mi señora doña Laura!

Don Enrique.

¿Señora?

Laura.

Aquí se restaura

mi vida: señores, pues

a tal tiempo os ha traído

el cielo, amparadme: entrad

a darme la libertad

de la vida.

Quítase de la ventana.

Don Enrique.

¿Has entendido

semejante caso?

Don Alonso.

Extremos.

Don Enrique.

¿Está abierto?

Don Alonso.

Sí.

Don Enrique.

Entremos,

que este empeño nuestro es.

Sale Laura en tapapiés huyendo de don Lope, que trae la daga en la mano.

Don Alonso.

Serán de don Lope extremos.

Laura.

Hermano, señor, detén

el impulso del rigor.

Pag. 30

Se defienden don Alonso y don Enrique.

Don Lope.

Hoy se ha de lavar mi honor

con tu sangre.

Don Alonso.

Si no hay quien

lo defienda.

Don Enrique.

¿Quién os dé

luz de cómo os engañáis?

Don Lope.

¿Cómo es esto?

Don Enrique.

Ciego estáis.

Don Lope.

¿Don Alonso aquí? Este fue

más indicio de mi agravio,

pero ¿qué indicio? Evidencia:

Ciñe don Lope a don Enrique como apaciguándole.

Don Enrique.

¡Yo soy, don Lope!

Don Lope.

Paciencia,

¿qué hay que esperar, cuando labio

de ofendido?

Sale poniéndose al lado de don Lope el Capitán, y vanse riñendo, quedando Laura en el tablado sola.

Capitán.

Aquí estoy yo,

con vos por estar iguales.

Laura.

A costa de muchos males

mi desdicha me libró,

mi casa queda abrasada

en el lance más tirano

por las furias de mi hermano,

y yo, perdida y turbada,

no sé (huyendo del rigor

que me amenaza homicida)

en qué ha de parar mi vida,

dónde ha de empezar mi honor;

gran ruido siento; perder

la vida será partido;

honor, ¿qué me ha sucedido?

Cielos, ¿quién me ha de valer?

Salen don Diego y Jigote.

Capitán.

Por aquí fueron.

Jigote.

Señor.

(a don Diego)

Laura.

Gente,

amparad, caballero,

una mujer, que no espero

más remedio en el rigor

de quien me sigue.

Capitán.

Se enmienda,

huyendo el lance severo;

id, y advertid que primero

que pase quien os ofenda

me harán pedazos. Bigote,

pon en salvo antes que todo

a esa dama.

Jigote.

No hay más modo

ni moda, que mi bigote.

Capitán.

Vamos, veréis con recato

cómo, Bigote, os escondes

donde no os vea el sol.

Laura.

¿Dónde?

Jigote.

Será en la calle del Gato.

Vanse Jigote y Laura.

Disparan dentro una pistola.

Capitán.

¿Hay discurso más extraño

que el de esta noche? Mas no

viene nadie; ¿de qué huyo?

Pero oigo, si no me engaño,

hacia allí mucho rumor

de armas y gente: si fuera

don Enrique, pues ¿qué espera

si lo duda mi valor?

Yo voy: mas dos hombres vienen

por la calle apresurados,

don Enrique es.

Salen don Alonso y don Enrique.

Don Enrique.

Mil cuidados

a un tiempo se me previenen en

el pasar el Asistente.

Don Alonso.

De ronda lo remedió

todo.

Don Enrique.

Al fin no respetó

mis canas el imprudente

de don Lope.

A todo esto como que van andando y don Diego siguiéndolos recatado.

Don Alonso.

Herido quedas.

Un hombre y todos al fin

nos escapamos; y sin

que el Asistente nos pueda

conocer, pues divertido

con la herida que da en cara

de don Lope...

Don Enrique.

¿Esto nos pasa?

Hijo, yo voy sin sentido.

Pag. 31

Don Enrique.

y con esto y por quitar

escrúpulos a mi honor,

antes que viera el fulgor

del sol, tengo de sacar

a Bernarda de Sevilla,

vaya a Madrid a casarse,

con eso ha de remediarse.

Don Enrique.

A tiempo llegó expedida,

Don Carlos, pues he tenido

esta carta hoy, y puedo,

que don Pedro de Toledo

de la corte no ha salido;

ahora deba, señor,

Aparte.

Don Alonso.

buscar a Laura.

(¡Ay de mí,

con ella el alma perdí!)

Don Enrique.

Por su vida y por su honor

nos toca volver, pues ya

de nosotros se amparó,

a buscarla es fuerza;

Don Alonso.

yo

lo he de hacer.

Don Enrique.

¿Quién dudara

que a parar venga a mi casa,

pues sabe que la amparamos

y que empeñados estamos?

Don Alonso.

Ya solo el riesgo me abrasa

de Laura.

Vanse.

Don Pedro.

Seguir los quiero

y acabaré de saber

qué ha llegado a suceder

aquí, según lo que infiero.

Vase.

Salen Jigote y Laura como antes, con una toca embozado el rostro.

Jigote.

No se os dé, señora, un cuarto

de todo el mundo en aqueste,

que es el cuarto de mi amo,

por señas que otro no tiene;

Laura.

¡En casa de don Alonso

me han traído!

Jigote.

Aquí se pierde

todo, que viene Francisca.

(Con todas sus cinco efes)

escondeos, señora mía,

porque no será decente

que me cojan aquí con

una mujer,

Laura.

¿Que a esto llegues,

mi desdicha?

Retírase Laura.

Sale Francisca furiosa y Jigote la detiene.

Jigote.

¿Dónde vas?

Francisca.

Aparta, servil.

Jigote.

Detente.

Francisca.

Yo he de entrar.

Jigote.

¿A qué has de entrar?

Francisca.

A ver una o dos mujeres,

¿qué es mujeres? Mujercillas

que escondes aquí.

Jigote.

¡Hola! ¡Vuelve!

¿Qué se entiende mujercillas?

Cuando de entrarlas yo tuviere

mujeranas, mujeronas,

de mujerónimas, pese

a su alma, mujerazas

vuelvo a decir, con un teme

de bigote, y dos montantes

en la cinta, y dos broqueles;

pero la cólera amansa,

hermosa Francisca, y vete,

que esto ha sido chancear,

y engañarte en la que entiendes

que no son mujeres.

Francisca.

¿No?

Yo lo he de ver.

Jigote.

No te empeñes,

que no son mujeres.

Francisca.

¿Pues qué son?

Jigote.

Hembras.

Francisca.

¡Ah, insolente!

Jigote.

Soy pecador.

Francisca.

Pues por estas

poquitas que ha de sacarme

Pag. 32

Francisca.

en casa, y ahora mi ama

lo debe saber.

Vase.

Aparte.

Laura.

Como este

quien vio caso semejante;

señor hidalgo antes que de

avisar a mi señora

doña Bernarda: (del huésped

es este criado) y yo

no sé lo que me sucede,

porque él es sin duda quien

me envió aquí, y si me viesen

Bernarda aquí y don Alonso

que dirán, mientras no entienden

lo que me está sucediendo!)

Sale don Pedro.

Don Pedro.

¡Jigote!

Jigote.

¡Señor!

Don Pedro.

¿Dónde tienes

aquella dama?

Jigote.

Señor

en la capacha,

Don Pedro.

no pienses

que estoy de burlas, a causa,

Jigote.

aquí está.

Don Pedro.

¿Es hermosa?

Jigote.

un jeme

de boca tiene, que aún no

le falta un palmo, aunque viene

con un rebozo en el rostro

y no la he visto: ¿qué quieres?

Don Pedro.

saber que son sus fortunas,

consolarla, y ofrecerme

a servirla: y ver si puedo

Jigote.

ya te busca,

Don Pedro.

Señora,

Laura.

de las mercedes

que me hacéis la vida espero,

que vuestros riesgos me empeñen

Don Pedro.

espero yo;

Laura.

pues oídme

Salen acechando al paño doña Bernarda y Francisca.

Don Pedro.

vuestro soy;

Francisca.

ya es evidente

el recelo de tus celos;

con don Juan habla.

Bernarda.

que llegue

a ver esto por mis ojos!

Francisca.

la primera noche mete

dama don Juan! fuego en el;

y el picarón alcahuete

que mesurado que está

él tendrá otra, no se niegue;

reventando estoy de celos

de pensarlo, sin poderte

ver de mis ojos, que somos

de calidad las mujeres,

que a aquel que más olvidamos

si sabemos que a otra quiere

luego por él nos morimos;

conque ya juzgarse puede

que antes de amar tener celos

es en nosotras corriente;

aprended hombres!

Bernarda.

Francisca,

o mi ceguedad me miente!

o estoy soñando! O aquella:

si desengañarme quieres

que lo estoy viendo y no acabo

de creerlo!

Francisca.

Pues ¿qué infieres?

Bernarda.

no es Laura aquella? repara,

mírala Francisca! advierte!

no son sus manos, y talle?

Santíguase.

Francisca.

Jesús! ve aquí!

eso no crees?

no ves que es ella, no ves

el guardapiés que ella suele

traer en su casa?

Bernarda.

ay caso

más increíble! ay más fuerte

Pag. 33

Bernarda.

resolución de mujer,

Francisca.

¡Señora, que me enloqueces!

que una mujer de mis prendas

con tanto extremo se deje

arrastrar de una pasión,

aquí dentro! de esta suerte

¿hay liviandad más terrible?

Bernarda.

¡Ay pesares más crueles

que los celos que me abrasan

toda el alma! sin poderse

remediar ya? yo estoy muerta;

Francisca, yo he de perderme,

amiga, esto ha de costarme

la vida, porque le quiebre

a esta villana mujer

la vergüenza que no tiene,

y ese hombre burlador

de mis sentidos, ¿qué quiere

de mi vida? que me finge

pasiones falsas, y viene

a hacer finezas por mí

tan grandes, como deberle

hoy el honor y haber

y la vida muchas veces;

y todas estas finezas

obligarme a que me empeñe

de agradecida, y después

de estar declarada aleve,

dejarme con la pasión,

la ofensa, el desaire, hacerse

a mis ansias, a mis males,

a mis celos, a mi muerte;

corazón mío ved que

¡tantos contrarios me vencen!

ten cuenta en aquesta puerta

para avisarme quién entre

porque mi padre y mi hermano

no han venido.

Francisca.

¿qué resuelves?

Sale.

Bernarda.

esto:

traidor caballero,

ingrato, (pero qué fuerte

pasión, con ella no supe

lo que me hice,

retírase al paño Jigote con Laura

Jigote.

esconderte

nos importa, no te des

por entendida, aunque empiecen

a ser necios.

Laura.

¿qué será esto?

Don Pedro.

¿qué buscáis? ¿ni qué os suspende?

Bernarda.

¿yo, señor don Juan, yo? nada;

vine...

Don Pedro.

¿aquí vos?

Aparte.

Bernarda.

si pretende

que me vuelva, sí, y aun no

procura satisfacerme)

Don Pedro.

¿pues no habláis señora?

Bernarda.

acaso

entré, buscaba

Don Pedro.

¿qué?

Aparte.

Bernarda.

¡ay muerte

con más ansias, yo me abraso.)

Don Pedro.

¿qué buscáis?

Aparte.

Bernarda.

¡qué me sucede!

¡sin sentido estoy!) buscaba

una luz.

Aparte.

Francisca.

¿quién vio más fuerte

disparate? ella está ciega)

Don Pedro.

¿luz buscáis?

Bernarda.

pues os parece

¿que puede ser otra cosa?

Dala Don Pedro una bujía y ella se va yendo con ella muy poco a poco

Don Pedro.

no señora: esta os ofrece

mi corazón con las suyas

quizá porque no le quemen

Bernarda.

quedaos con Dios.

A Jigote, aparte.

Don Pedro.

¡oyes!

por esa mujer no se atreve

mi amor a lograr aquesta

ocasión;

Jigote.

pues no lo dejes.

Pag. 34

Jigote.

por eso, que estotra no

la conoce,

Deja caer la luz y vuélvese.

Aparte.

Aparte.

Bernarda.

Desta suerte

¡Me voy que mando en mis celos!

Villano; pero detente,

atrevida lengua.

Don Pedro.

Escucha,

señora, pues que me vence

mi amor, a que malpagado

por mí a los atropelle,

cuando no puedes pagarme.

Bernarda.

¿Qué paga? qué: pero advierte

que te oye tu dama;

Don Pedro.

¿Quién?

Bernarda.

Tu dama.

Don Pedro.

¿Qué dama?

Bernarda.

¿Duermes?

¿O quieres darme a entender

que estoy ciega?

Don Pedro.

Cuando pienses

que aquella mujer me toca,

yo sabré satisfacerte,

porque en mi vida la he visto;

Bernarda.

¿Qué dices? ¿pues eso quieres

negarme? Viven los cielos

que la conozco, y que, entiende

que te importa callar, o

que me harás que me despeñe;

mas a mí eso ¡qué me importa!

Laura queriendo llegar y Jigote deteniéndola.

Laura.

Yo he de llegar.

Jigote.

¿Qué te mueve?

Laura.

Mi honor.

Jigote.

Deja que se arañen.

Don Pedro.

Vive Dios señora que este

suceso, ha sido un acaso.

Bernarda.

¿Acaso ha sido?

Don Pedro.

Sí, y puedes

creer que ni la conozco,

ni cómo, ni de qué suerte

ni a qué efeto, ni por dónde

ha entrado aquí.

Bernarda.

¡Ay más rebelde

modo de fingir! no, en nada

flores, recados, papeles;

y agora

Francisca.

Frutos de aquellas

flores.

Jigote.

Es el fruto verde.

Bernarda.

¿Nos vamos?

Francisca.

Claro está.

Don Pedro.

Dime,

¿qué satisfacciones quieres?

Aparte.

Bernarda.

¿Satisfacciones yo? A mí

no hay por qué satisfacerme;

pues ¿es milagro que tengas

una dama? ¿y que la entres

en tu cuarto? ¿y que la quieras

mucho? ¿y que la lisonjees

con finezas? ¿Ni que esté

tan pagada que te eleves,

ni querida, ni adorada,

ni que el diablo se la lleve?

porque a mí ¿qué se me da?

Algo será si es mi muerte.

Don Pedro.

Aparta,

¡mi bien! ¡mi dueño!

Bernarda.

¡Aparta!

Don Pedro.

Que te confiese

mi amor, ¿no basta? perdido

por ti.

Bernarda.

¿Qué es esto?

Don Pedro.

Mil veces

digo que te adoro.

Bernarda.

¡Ah, falso!

Don Pedro.

Digo que te adoro.

Bernarda.

Mientes.

Don Pedro.

Digo que soy tuyo.

Bernarda.

¿Cuándo?

Don Pedro.

Agora,

Bernarda.

¿Y no más?

Don Pedro.

Y siempre

que quisieres.

Bernarda.

¿Yo? Ni quiero;

Pag. 35

Bernarda.

ni lo creo,

Aparte.

Laura.

(Aquí padece

mucho mi honor, si Bernarda

me ha conocido).

Bernarda.

No intentes

detenerme.

Don Pedro.

Pues no has de ir

enojada.

Francisca.

Acá se tiene

más vergüenza.

Laura.

Yo por mí

he de volver.

(Llega Laura quitándose el rebozo.)

Francisca.

¡Ay, que viene

tu padre y tu hermano, presto

señoras!

Jigote.

Presto, no lleguen.

Bernarda.

Vamos por aquí, Francisca.

Pero, ¿cómo? ¿y que se quede

don Juan con ella?

Francisca.

Eso es fuerza.

Bernarda.

¿Se quedan los dos?

Francisca.

Sí.

Vase.

Bernarda.

¡Haréme

a mis celos y a mis ansias!

Francisca.

¿Y tú, bergante, cuál tienes

escondida?

Jigote.

Di por cuál

preguntas, que tengo veinte.

Vase.

Francisca.

Yo te lo diré a su tiempo.

Laura.

¿Cómo ha de satisfacerse

aquí mi honor, caballero?

Don Pedro.

¿Por qué lo decís?

Laura.

Hacedme

merced de que don Alonso

sepa que estoy aquí, y quede

mi crédito con su hermana

mejor.

Don Pedro.

Jigote, tú puedes

avisar a don Alonso.

Vase.

Jigote.

Voy al instante.

Don Pedro.

¿De suerte

que don Alonso os conoce?

Laura.

Y ha sido para que llegue

mi honor a estas opiniones

y al peligro de la muerte

mi vida, pues ya perdida

me obliga a que la desprecie

mi desdicha.

Don Pedro.

¿Aun no queréis

decirme lo que os sucede?

Laura.

Son tantos, señor, mis males

que no sé por dónde empiece,

aunque vuestra cortesía

me obligue.

Sale Jigote.

Jigote.

Todo es lo siguiente:

esta noche don Alonso

y su padre (ellos se entienden)

se han encerrado a consulta

y nadie a llamar se atreve

a la sala donde están;

las criadas no parecen,

ni su ama, porque entiendo

que mandaron recogerse

toda la casa; señora,

tened (mientras amanece)

paciencia en este cuartel;

y habed que quien más no puede

se da a cuartel.

Laura.

Con extremo

lo siento, por lo que pierde

mi opinión (¡ay tal desdicha!).

Aparte.

Don Pedro.

Señora, lo que pudiere

haré por vos. Recogeos

aquí, mientras que se puede

disponer avisar a alguien

de la casa; (que padece

también mi amor en los celos

de Bernarda).

Pag. 36

Laura.

amor me ofende

Don Pedro.

busca a Francisca

Jigote.

no es fácil,

Don Pedro.

pero es forzoso

Jigote.

ha de haber,

Don Pedro.

Sí, vamos,

Jigote.

vamos, y apelo

a la tercera siguiente.

Jornada tercera

Pag. 37

Jornada Tercera de Hasta la satisfacción

Salen don Pedro y Jigote como de noche.

Don Pedro.

anda, acaba

Jigote.

¿estás durmiendo?

¿dónde he de ir con lo que pasa,

a a oscuras toda la casa

y casa que no la entiendo?

Don Pedro.

visto lo que ves, a dudar;

ve donde Francisca está

Jigote.

¿a estas horas? estará

señor en las recogidas.

Don Pedro.

mientras esté esta mujer

en mi cuarto, no he de entrar

en él;

Jigote.

¿es por obligar

a Bernarda?

Don Pedro.

ha de saber

mis finezas: pero no,

no vayas (Bernarda tiene

amante, que es que previene

méritos, el que perdió

dicha; aquí me abraso.) ea,

acaba, llama.

Jigote.

¡hay tal cosa!

Don Pedro.

hable mi rabia celosa,

Bernarda mis ansias veas,

Jigote.

¿celos tú? linda locura,

¿amas?

Don Pedro.

¿yo?

Jigote.

pues ¿de qué han sido?

Don Pedro.

de que esté favorecido

otro de tanta hermosura,

Jigote.

luego ¿has llegado a querella?

Don Pedro.

yo no entiendo mis desvelos,

mas desde que tuve celos

Pag. 38

Don Pedro.

estoy perdido por ella;

yo no alcanzo mi dolor,

yo mismo no sé de mí;

Jigote.

en toda mi vida vi

celos primero que amor;

Don Pedro.

si dividido estuviera

algo el fuego del carbón,

sin la activa anhelación

del soplo no le encendiera;

yo vi a Bernarda y segura

el alma en su libertad,

solo advertí su beldad,

solo admiré su hermosura;

su hermosura y el amor

(todo es uno) el fuego era,

mi pecho el carbón, (esfera

tibia, a vista del ardor)

cerca los dos rayo y calmas,

otros amantes desvelos

fueron soplo de unos celos

con que el fuego llegó al alma.

Jigote.

Yo no apruebo este donaire

(que hay cosas de aire, con don)

porque eso es decir que son

los celos cosa de aire;

pero linda cosa es

para ser uno querido

¡dar celos!

Don Pedro.

Yo he padecido

sus efectos al revés,

Jigote.

pues con Francisca he de hacer

esta experiencia.

Don Pedro.

La busca

en su aposento,

Jigote.

es que me ofusca

el temor.

Don Pedro.

¿Qué hay que temer?

Jigote.

¿Qué? Ser cubo de algún pozo

sin soga, esto: o por hallar

de Francisca el cuartel, dar

con el del bazo, o el mozo

salir con mudos pasitos;

o será lindo desdique

ver al señor don Enrique

pedirme su honra a gritos,

y merezco que me abra

en abriéndome, al llamar,

porque le voy a sacar

sin cédula ni palabra;

Don Pedro.

ella divertida, y yo

abrasándome?

Jigote.

¿Soñando

te había de estar aguardando

para quererte a ti?

Don Pedro.

No.

Jigote.

Pues ¿a qué, qué culpa viene

a tener?

Don Pedro.

Ninguna; aguarda;

no tiene culpa Bernarda,

mi estrella infeliz la tiene;

pero haz esto:

Jigote.

¿Es pretendella?

¿no dices que has de dejarla?

Don Pedro.

Sí, pero antes quiero hablarla

para despedirme della;

Jigote.

Si está de Dios, bodegón,

Don Pedro.

pues aquí te espero,

(Va andando a tiento medroso)

(da contra una pared)

Jigote.

Espera;

tentando voy, no quisiera

caer en la tentación,

temblar de miedo me siento,

vamos poco a poco, honrosas

tentaciones; que estas cosas

se han de hacer con mucho tiento.

Cada pie al andar se engaña

en la duda a que se asienta,

porque yo no sé si es esta

tierra firme, o nueva España;

Pag. 39

Jigote.

agora diré al eco donde

está aqueste cardenal,

¡ay!

Don Pedro.

¿Qué te has hecho?

Jigote.

Hecho no;

me he deshecho las narices.

Don Pedro.

No será nada.

Jigote.

¡Eso dices!

Pero en tu servicio yo

siempre estaré, y me verás

roto. Sí.

Don Pedro.

¿Por qué razón?

Jigote.

Porque estos deshechos son

los que tú siempre me das.

Don Pedro.

Anda, acanalla.

Anda y vuelve.

Jigote.

Cuartel

de Francisca, ¿dónde eres?

Señor, señor.

Don Pedro.

¿Qué quieres,

loco?

Jigote.

Al pasar por aquel

corredor, miedo me da,

Don Pedro.

¿De un corredor qué temes?

Jigote.

¿No ves que si es corredor

aunque huya, me alcanzará?

Don Pedro.

Anda, cobarde.

Llama, escucha y vuelve.

Jigote.

¡Oh, pecados

míos! ¿Dónde con pobreza

me rompan esta cabeza

voy por mis pasos contados?

Una puerta encontré, tomo,

y llamo, ya que desisto,

¡señor!

Don Pedro.

¿Qué hay?

Jigote.

¡Vive Cristo

que somos perdidos!

Don Pedro.

¿Cómo?

(coge aliento)

Jigote.

Como llamé a un aposento,

y me respondió una voz

con trabajo,

y es don Enrique, y ya siento

que abren y salen,

Don Pedro.

Pues

retírate.

Sale Francisca y andan a tiento los dos.

Jigote.

Yo no acierto

la vuelta.

Francisca.

Pasos advierto,

sí, y aun llamaron; ¿quién es?

Jigote.

Cada sombra hace un retablo.

La idea, ya está en un tris

dar en la red de San Luis.

Encuéntranse Francisca y Jigote.

Francisca.

¡Jesús! ¿Quién me tentó?

Jigote.

El diablo.

Francisca.

¿Quién anda aquí? ¿Quién?

Don Pedro.

Bigote,

¿no oyes que es Francisca?

Jigote.

Ahora

la conocí: tentadora

yo soy.

Francisca.

Lindo macacote.

¿Y tu amo?

Jigote.

¿Qué le quieres?

Francisca.

Otra le quiere, que yo

no le quiero; y ya llegó

la pena entre los placeres,

mi ama con dolor tanto

la verás (si a entrar te animas)

que se le anegan las niñas

de sus ojos en su llanto,

y turbado el arrebol

verás en su rosicler

que aun antes de amanecer

está lloviendo con sol,

verás más (cara de azófar)

para mayor maravilla

que un pañuelo de blandilla

te está bordando de aljófar,

Pag. 40

Jigote.

Pues qué, ¿qué hay?

Francisca.

Terrible noche,

y me admiro que andad vueltas

que están abriendo las puertas,

sacando mulas y coche.

Don Pedro.

Pues ¿qué novedad ahora

se ofrece?

Francisca.

Si he de decilla

es sacarnos de Sevilla

a casar a mi señora.

Jigote.

¿Luego?

Francisca.

Luego.

Jigote.

Qué locuras;

¿sin haber amanecido

la llevan?

Francisca.

Pienso que ha sido

por dejarla el gusto a oscuras;

esa música atrevida

de esta noche, fue ocasión

de toda esta alteración.

Jigote.

¿Vaste?

Francisca.

Sí.

Jigote.

Gentil partida;

¿están tus amos vestidos?

Jigote.

Y aun revestidos están.

Don Pedro.

Di, Francisca, ¿llevarán

a Bernarda?

Jigote.

Sin sentido

está mi amo; miren que

Francisca.

pregunta aquella;

por ella

vamos todos,

Don Pedro.

Fiera estrella;

¿y di, Francisca, podré

antes verla?

Francisca.

Eso será

imposible; y aun aquí

temo que estéis.

Don Pedro.

Yo perdí

toda la esperanza ya;

Capa. 4

Francisca.

Idos de aquí, que presumo

que hacia allí gente he sentido.

Retíranse los dos y sale Bernarda llorando.

Bernarda.

Todo el aliento me falta

porque en el pecho oprimido

con mis ansias, él me ahoga

y solo el dolor respiro:

y a mi dolor, ¿qué le debo?

Nada; pues así averiguo

que con el aliento muero

y que con el dolor vivo,

cuando, ay, me fuera el morir

dicha, y vivir es martirio.

¿Francisca?

Francisca.

Aquí estoy, señora.

Bernarda.

Ya ves el celoso arbitrio

de mi padre,

Francisca.

Ya estoy viendo

que poeta sucesivo

a aquellas dos descompuestas

coplitas (por el aliño)

nos quiere echar de repente;

Bernarda.

Pues yo estoy resuelta

Francisca.

Dilo.

Bernarda.

A hablar a ese caballero

que para matarme vino

a ser huésped de mi alma;

Francisca.

¿Y a solo aqueso has salido

desde tu cuarto hasta aquí?

Bernarda.

Sí, porque es menos peligro

el ir yo a hablarle a su cuarto

que venir don Juan al mío,

y esto ha de ser al instante

mientras están divertidos

mi padre y mi hermano en lo

forzoso para partirnos

de Sevilla, que será

Pag. 41

Bernarda.

antes que haya amanecido,

vamos; tú tendrás cuidado

con la puerta.

Francisca.

es desatino,

¿no ves el riesgo, señora,

sobre los que han sucedido?

Bernarda.

¿si viera que me faltaba?

Francisca.

y, fuera deso, en tu altivo

pundonor, (y más estando

con otra dama ofendido

tu amor) irle tú a buscar

es gran yerro;

Bernarda.

bien has dicho,

mucho mayor yerro es este,

sí, que el de haberle querido

y habérselo declarado;

verdad es; pero ¿no has visto

echar, Francisca, en el agua

de un estanque cristalino

una piedra, a cuyo golpe

alrededor forma un sitio

o círculo el agua misma,

y de aquel nace al proviso

otro mayor, y de aquel

otro, y otro, y sucesivos

otros muchos, cada uno

mayor que el de su principio?

Pues de aquesta suerte son

estos yerros o delirios

de una pasión amorosa,

que, sin poder resistirlos,

en haciéndose el primero

nacen muchos de aquel mismo,

y todos mayores; pues

si todos los yerros míos

nacen del primero que hice

y al fin ya mi amor le hizo,

¿cómo quieres que resista

el mayor que es el que sigo?

no dilatemos más esto

por tu vida.

Francisca.

te imagino

tan resuelta, que quisiera

escusar el temor mío

con la brevedad del riesgo;

sígueme, y Dios sea conmigo.

Don Pedro.

acá presumo que vienen.

Mudan puestos.

Jigote.

pues vamos a nuestro nido,

que allá si nos dan el pago

las haremos el vecino.

Francisca.

¿entras llorando?

Bernarda.

y ya casi,

Francisca, me he arrepentido

de temor y de vergüenza.

¡Ay, amor, qué desvaríos

previenes! (haz que don Juan

me hable primero; imagino

que no estoy en mí).

Don Pedro.

¿Jigote?

Jigote.

Señor.

Don Pedro.

yo estoy tan repartido

en mi dicha y mi dolor

que yo no sé de mí mismo,

habla tú primero.

Jigote.

es bueno

Jigote para principio.

Francisca.

¿a Jigote?

Jigote.

tú no me hables.

Francisca.

¿a mí tampoco, cariño?

Jigote.

¿cariño? ya no se usan,

Francisca, en aqueste siglo

valonas ni voluntades

cariñanas.

Francisca.

¿tal desvío

con mi amor? no vi en mi vida

Jigote más desabrido.

Pag. 42

Jigote.

Estoy hoy muy mal guisado.

Francisca.

Señor don Juan, advertiros

quiero que viene mi ama

a veros con gran peligro,

y a despedirse. Jigote,

ponte en esa puerta, y fijo

el sentido en la otra puerta.

Jigote.

Que siempre me hayas traído

mendigando tus favores

de puerta en puerta el sentido;

a despedirse?

Don Pedro.

Ah, señora,

si no fuera el despediros

ausencias,

Bernarda.

De qué?

Don Pedro.

De qué!

De la voluntad.

Bernarda.

Colijo

que cuando una voluntad

se despide, es el olvido

la ceremonia, y ahora

me acuerdo de vos (qué digo?)

con tantas veras (ya es fuerza?)

que aunque quiera divertirlo

como esta dama (mas esto

no es del caso).

Don Pedro.

Aunque es hechizo

vuestro afecto, que pudiera

engañarme, no le admito;

pues si fueran esos celos

si de veras dueño mío

Bernarda.

Dueño mío?

Don Pedro.

Qué más dicha?

Bernarda.

No equivoquéis el estilo,

que ya sé que tenéis dueño

y que no os dará cobijo

por ningún precio.

Jigote.

Señora,

con cualquiera va vendido.

Don Pedro.

En todo estáis engañada

y aunque no espero el alivio

de que me lo agradezcáis,

de ese engaño determino

satisfaceros.

Aparte.

Bernarda.

Cobarde,

y creed que habéis venido

aquí, es la mayor fineza

que me debéis: desvarios

es mal lograrlos, y así

aunque me cueste el deciros

cuál es la causa, pasar

por el dolor de sentirlo

por la prisa que me están

dando los temores míos

digo de una vez: siento

de una vez, que me desvío

de una (pero sin el alma)

y que es tan agradecido

mi amor que os paga que os debo

la vida, y que por vos vivo,

pero si muero por vos

y el darme la vida ha sido

para quitarme la vida

más que piedad fue castigo;

y si dije que decir,

y sentir, lo que repito,

y lo que siento, lo harías

de una vez, mentí, pues miro

que viviendo por vos, donde

reconozco el beneficio,

y muriendo por vos, cuando

dentro en mi pecho averiguo

que los medios de mi vida

son un corazón partido,

llevo que sentir de muchas

lo que de una vez he dicho;

yo hallé mi muerte en mi vida;

y a Dios, don Juan, que esto ha sido

solo advertiros que sé

Pag. 43

Bernarda.

Conocer lo que recibo,

y perderos,

Don Pedro.

En mi dicha

solamente desconfío.

¿Y en tu gusto? Espera, dime,

¿te despides?

Bernarda.

¿No lo has visto?

Don Pedro.

¿Dejas a Sevilla?

Bernarda.

Es fuerza.

Don Pedro.

¿No te he de ver?

Bernarda.

Es preciso.

Don Pedro.

¿Qué te obliga?

Bernarda.

La obediencia

de mi padre.

Don Pedro.

¿Pues qué ha sido

la causa?

Bernarda.

Mi poca dicha.

Don Pedro.

¿Y a qué te lleva?

Bernarda.

Imagino

que a casarme, o a matarme,

pues me voy sin mi albedrío.

Don Pedro.

¡A casarte!

Bernarda.

Eso presumo,

porque lo temo.

Don Pedro.

¿Has sabido

con quién te casa?

Bernarda.

También

lo ignoro, que aunque su arbitrio

lograra en Madrid, agora

ciego y resuelto le miro

a menor dilación, para

su enojo, y el pesar mío.

Don Pedro.

¿Luego a Madrid no te lleva?

Bernarda.

No sé; aunque todo es martirio

para mí, tan desdichada

me supongo, que imagino

que no dilate mi muerte

tanto.

Aparte.

Don Pedro.

Si acaso ofendido

Don Enrique del acoso

que anoche de la marquesa hizo

dispone que con Bernarda

¿se case? O si por lo mismo

del escándalo huyendo

quiere sacar del peligro

su honor, casando a Bernarda

¿con otro? pues es preciso

que considerando hoy

público este desvarío

en Sevilla, no se atreva

a efectuarlo conmigo.

¡Agora, agora sí, celos,

que como ajena cobro

la posesión, en deseos

se convierten los desvíos!)

Bernarda.

¿Qué os suspendéis? ved si tengo

Don Juan algo en qué serviros,

porque estoy con sobresalto

aquí; adiós, que yo...

Don Pedro.

Perdido

me dejas entre mis ansias.

Bernarda.

Aguarda,

es grande el peligro.

Don Pedro.

¿Qué peligro? Poco sabes

cuánto mayor es el mío

si me dejas; ¿y me dejas?

Bernarda.

No;

Don Pedro.

¿No te ausentas?

Bernarda.

Sí;

Don Pedro.

¿Y digo,

ausentarte, no es dejarme?

¿no es matarme?

Bernarda.

No;

Don Pedro.

Pues dilo,

¿qué viene a ser?

Bernarda.

Ausentarme,

y dejarte no es lo mismo,

supuesto que yo me ausento,

y no te dejo.

Don Pedro.

¿Has querido

Pag. 44

Don Pedro.

de darme mayor dolor

¿con eso? más que decirlo

dulce muerte de mi vida

lo menos fácil ha sido;

si soy dichoso, ya es tiempo,

solos estamos, testigo

es solamente mi amor;

¿me quieres? pero ¿qué digo?

mucho pido; a que es menos

por dicha te he merecido

algún amor?

Bernarda.

Desta suerte,

te diré cuánto: ¿no has visto

que lleno un vidrio de agua

vierte, como en desperdicio,

la demás agua que le echan?

pues de aquesta suerte ha sido

mi corazón, que ya lleno

de mi amor, es lo vertido

lo que te he dicho; que fue

lo que no cupo en el vidrio

de mi corazón amante;

pues juzga, si esto es lo dicho,

cuánto será lo que cabe

dentro del corazón mío.

Adiós.

Don Pedro.

mi muerte, o mi vida,

(no sé si muero, o si vivo)

que me llevas toda el alma.

Bernarda.

¿pues qué he de hacer?

Don Pedro.

no admitirlo;

ser mía;

Bernarda.

y a falso amante

es mucho para sufrido,

pues que anhelos mentirosos

son los tuyos, que fingidos

afectos, cuando esa dama

que escondes te ha desmentido;

basta ya el engaño, dime

que me aborreces,

Sale Laura.

Don Pedro.

no digo

sino que te adoro; ahora

lo verás,

sí, que es preciso

a mi honor satisfacerte,

Bernarda.

Jigote.

plegue de Cristo

que se vienen hacia acá

dos bultos hechos ovillos

devanados por las sombras

de la noche hilo a hilo;

Francisca.

verdad es, señores, presto.

Bernarda.

si es mi padre, y me ha vendido

mi ceguedad,

Laura.

aquí dentro,

Bernarda.

Bernarda.

¿podemos irnos

a mi cuarto?

Francisca.

¿cómo, si entran

acá?

Jigote.

a que este es el garlito

del amor, señoras mías;

Don Pedro.

no hay más remedio: entrad

Jigote.

chito.

Vanse escondiendo Bernarda, Laura y Francisca.

Salen por otra parte Don Enrique y Don Alonso.

Don Alonso.

¡Faltar Bernarda! ¿qué es esto?

sobre no haber parecido

Laura!

Don Enrique.

prudencia, y valor,

Don Alonso.

¡qué prudencia!

Don Enrique.

¡ay honor mío!

Bernarda no está en su cuarto

ni en toda la casa!

Don Alonso.

indicio

fue esta noche:

Don Enrique.

abierto el cuarto

de don Juan está,

Don Alonso.

y vestido

Don Juan!

Don Enrique.

¡El cielo me valga!

porque aquí ha de ser preciso

todo mi valor,

Don Alonso.

aquí

Pag. 45

Don Enrique.

falta por ver no más

hilo

(yo estoy sin mí, pero basta

que tú Alonso estés conmigo,)

Señor don Juan,

Don Pedro.

pues Señor

don Enrique,

Don Enrique.

acá venimos

siguiendo un hombre que entró

aquí, y no podemos irnos

sin verle, que nos importa

mucho, don Juan,

Don Pedro.

pues ha sido

engaño vuestro, que aquí

no ha entrado tal hombre

Don Enrique.

digo

que es fácil vencer la duda,

Don Alonso.

de un cuidado presumido

saldremos averiguado,

quieren entrar y estórbalos D. Pedro

Don Pedro.

esperad: basta deciros

yo, que no hay nadie acá dentro;

Aparte.

Don Enrique.

declárolo en resistirlo.

Aparte.

Don Alonso.

él lo resiste, esto es hecho

apartad, que esto es preciso,

tanto, vive Dios, que

si lo estorbáis,

Don Pedro.

ese estilo

Señor don Alonso extraño

mucho en vos, y más conmigo;

decirlo yo era bastante

mas si porque lo resisto

os incita alguna duda

(cuya sentencia averiguo

en vos, que la privación

es imán del apetito;)

advertid que en mí también

estorbarlo habrá tenido

causa; mas esto es primero

(aunque es forzoso sentirlo)

una mujer está dentro

que aquesta noche ser quiso

mi huéspeda; aquesta fue

la ocasión de no admitiros

la entrada: Bigote, entrad

si gustáis,

Aparte.

Vase por donde ellas.

Jigote.

yo he de lucirlo

cuanto pudiere)

Aparte.

Don Alonso.

¿hay mayores

Judas?

Aparte.

sale Jigote sacando a Laura, al querer ellos entrar

Don Enrique.

aquí aun no averiguo

ni entiendo lo que discurro!)

Laura.

¿dónde voy?

Aparte.

Don Pedro.

como delito

tenéis aquí a la vergüenza

(yo no sé lo que me finjo

por salvar mi dama, en daño

de la otra y más que un olvido

me ha hecho dar en otro yerro

porque esta mujer me dijo

o dio a entender que era dama

de don Alonso)

Don Alonso.

¿qué miro?

¿Laura con don Juan así?

¡si me faltan los sentidos!

Aparte.

Don Pedro.

ya no sé cómo lo enmiende,

Jigote.

¿no es particular muy lindo?

Santíguase.

Don Enrique.

¡oh mundo! ¡quién de ti fía!

Aparte.

Laura.

¡qué es lo que me ha sucedido!

yo declaro estos enredos,

mi honor sin culpa perdido

con quien más le he menester!)

Don Enrique.

mayor es ahora el motivo

de mi recelo,

Don Alonso.

la entremos,

Aparte.

Don Pedro.

ya entrar no es de resistirlo:

ser de Bernarda no puedo,

ni ella de correr peligro,

¿cómo ajustaremos esto?

al ir a entrar los detiene Laura hablándoles ap.e

Laura.

¡que pueda mi honor sufrirlo!

esperad: oídme,

Aparte.

Jigote.

¿aparte?

¡esto va perdido! digo

Pag. 46

Salen don Lope y el Capitán con máscaras y otros tres o cuatro disfrazados.

Capitán.

Señor,

ya yo estoy dispuesto

a todo.

(Terciando la capa)

Don Lope.

Ventura ha sido

hallar tan temprano abiertas

las puertas: mientras reñimos

los dos, vosotros robad

por las señas que os he dicho

esa mujer, que faltando

mi hermana, con mis indicios

en culpa de don Alonso,

solo queda el duelo mío

satisfecho de esta suerte:

Don Lope y el Capitán riñen con don Enrique, don Alonso y don Juan como entreteniendo su defensa mientras los otros disfrazados se llevan a Laura.

Don Enrique.

¿Qué villanos, qué atrevidos

a mi casa se atreven?

Laura.

Muerta soy, cielos divinos,

yo no entiendo mis desdichas,

de coraje pierdo el juicio.

Vanse acuchillando, queda Jigote riñendo con el aire y salen turbadas Bernarda y Francisca.

Don Alonso.

Libre puedes salir.

Francisca.

Mortal me siento:

con don Juan riñen.

Jigote.

Lindo movimiento.

(Él solo)

Bernarda.

Si es aquesta desdicha haber sabido

que estaba dentro yo, todo es perdido,

Francisca.

Otros hombres entraron; yo no entiendo

el lance, y así en duda vamos yendo

a tu cuarto al instante

porque te hallen en él.

(Vanse las dos.)

Jigote.

Nuevo flamante

es aqueste revés, gran cuchillada

de un hombre puede hacer una ensalada

que hay hombres que se pican tan mohínos

que pueden pasar plaza de pepinos.

Raro ángulo obtuso; este altibajo

si estuviera en Toledo fuera Tajo

pero en Sevilla estoy, y así pobrete

si no es Guadalquivir, es Tagarete.

Aunque estuviera allí el mismo Carranza

le cosía un Bigote con la panza.

Raro es mi valentía;

no en balde madre mía

fuisteis vos mondonguera dos veranos

pues paristeis un hijo hombre de manos;

toma frasquilla, tómalo al momento

este corte de puntas represento,

y a fe que se pudiera

hacer guarnición de estas a cualquiera

que yo sé cierto amigo presumido

que echó puntas de acero en un vestido.

Sale Francisca.

Jigote.

Hermoso asunto

de la afabilidad. ¿Con pies?

Francisca.

Difunto

hallo en el pecho el corazón de miedo:

¿y vio en el mundo semejante enredo

como aquí ha sucedido?

a tales horas nos ha amanecido:

¿qué quiso ser tanto hombre disfrazado

en mi casa y mi calle, que han robado

a Laura; que metiéndola en un coche

huyeron de la luz como la noche?

Jigote.

¿Y cómo se deshizo la pendencia?

Francisca.

Porque la disfrazada competencia

huyó sagaz, y mi señor prudente

viendo del barrio alborotarse gente

y que una dueña a voces le decía

que mi señora parecido había

(que era lo que buscaba) luego al punto

muda la pena, y el color difunto

por no poner en opinión su fama

con los que acechan; y volvióse; y a mi ama

del susto (no lo ignoro)

del riesgo de su amante o su decoro

sirviéndola de hielo una almohada

como un ángel la hallaron desmayada

en su estrado, con que más sosegados

están mis amos, aunque acuchillados;

mi señor don Alonso está perdido

de celos, de don Juan no sé qué ha sido.

Pag. 47

Francisca.

Solo sé que mi amo aguardando

que vuelva del desmayo; están tratando

de dar con nuestros cuerpos en San Diego

donde tiene un pariente religioso

mi amo; y desde allí mañana, o luego

da con nosotros celoso, sospechoso,

impertinente, loco,

Jigote.

¿dónde?

Francisca.

yo no lo sé,

Jigote.

ni yo tampoco.

¿Será en Madrid?

Francisca.

¡pluguiera a Dios y fuera,

que estoy por ver la Corte de manera

que ya por verla veo

que no cabe en Sevilla mi deseo,

Jigote.

allá hay para vivir de varios modos

un cuarto grande donde caben todos,

si no que le da sol a todas horas;

Francisca.

no le dará de noche

Jigote.

¿el caso ignoras?

no hay noche allá en Madrid,

Francisca.

¿qué bobería?

Jigote.

donde está siempre el Sol, siempre es de día,

Francisca.

ya sé Pigote que es Madrid esfera

del planeta mayor que reverbera,

que eterno viva y mande

Felipe cuarto el grande:

Jigote.

todo eso sabes, pero no has sabido

(según has repetido)

¿cómo se llama nuestro Rey?

Francisca.

¿qué es eso?

¡Felipe cuarto dije!

Jigote.

pues no es eso;

Francisca.

¿Felipe no?

Jigote.

no: advierte

desde que por aciertos de su suerte,

ganó, merece, y goza a Mariana

luz española, y Fénix alemana

mudó una letra en dicha, y ya se dice

en vez de don Felipe, don Felice.

Francisca.

Buen capricho por cierto;

pero mucho en las cosas me divierto

cuando no a poca costa,

San Diego nos espera por la posta;

Jigote.

a quien no lleva los afectos mudo

Reyes, palacio, Corte,

Francisca.

no lo dudo.

adiós Pigote dulce cuyo plato

se me acabó tan presto;

Jigote.

adiós ingrato

carnero verde hembra.

Francisca.

adiós picado

picadillo de amor,

Jigote.

adiós guisado

sin sal,

Francisca.

adiós pescado.

Jigote.

adiós truchuela;

Francisca.

adiós luz

Jigote.

adiós olla

Vanse

Francisca.

adiós cazuela.

Salen don Lope y el Capitán.

Capitán.

Ya don Lope habrá cesado

la troya de vuestro ardor

con la robada Bernarda;

aunque dicen que llegó

desmayada, los amigos

a quien se les encargó

el robo, yo no la he visto

de vergüenza; pero vos

¿no vais a verla?

Don Lope.

No, amigo,

que de acordarme que soy

dichoso por fuerza, pierdo

los sentidos; y no, no

quiero verla; y fuera de esto

tan arrepentido estoy

de haberla dado tal susto

a Bernarda, en la acción

de robarla, que confieso

que fue indigno de mi amor

y de mi sangre; mas juzgo

Pag. 48

Don Lope.

que quien cercado me vio

de un agravio, de una infamia,

de un ansia, de una traición,

de unos celos, de una rabia,

me disculpará el error,

pues jamás de un hombre ciego

fue la primera intención;

ya está hecho, y ha de ser

(pues que todo se perdió)

lo que intento: a este jardín

de San Diego, (ciego estoy)

la he traído, porque espero

aquí a su hermano.

Capitán.

Ya yo

estoy en eso, don Lope,

pues a reñir dos a dos

vengo a vuestro lado, como

don Alonso os avisó

que sacarais un padrino

(que en efeto es la elección

del desafiado, y pudo)

mas decidme, ¿qué intención

es la vuestra de tener

aquí a su hermana?

Don Lope.

Faltó

mi aleve hermana, o mi muerte,

de mi casa, y cuando son

evidentes los indicios

de que ha sido el agresor

de mi agravio don Alonso,

hoy es mi resolución,

pues el robarle a Bernarda

a todo resto logró

mi atrevimiento ofendido,

para más satisfacción

mía, he de mostrarle aquí

a su hermana, vive Dios,

para matarle después.

Capitán.

Qué soberbia presunción

os ha dado vuestra sangre,

naturaleza y valor;

mas ya, vive Dios, amigo,

que estamos en la ocasión,

porque allí en dos bayos hilos

de Guadalquivir y el Sol

llegan dos hombres.

Don Lope.

Y ya

se arrojan ambos a dos

de los caballos, y vienen

donde estamos.

Capitán.

El acción

de reñir en la campaña

cuerpo a cuerpo, es la mayor

donde se ven los quilates

del oro del corazón.

Salen don Alonso y don Pedro.

Don Alonso.

Luego que los dos salimos,

es sin duda que partió

mi padre en su coche, y viene

derecho a San Diego, con

toda su casa; y así

para reñir es mejor

apartarnos de este sitio.

Don Pedro.

La advertencia y atención

ha sido buena.

Aparte.

Don Alonso.

Y después

tengo que ajustar con vos,

si nos da lugar la dicha

de la primera ocasión,

(¡Ah, fementida mujer!

¡Ah, Laura ingrata! ¿Quién vio

en viudandad, qué esperanza

le queda?)

Don Pedro.

Esa prevención

deseo ya. ¿Caballeros?

Capitán.

¡Oh, caballeros!

Don Pedro.

Ya sois

vencedores en habernos

ganado la antelación.

Don Lope.

Eso importa poco.

Capitán.

Ea,

vamos al caso.

Don Alonso.

Aquí no

ha de ser.

Don Pedro.

Más adelante

es más oculto.

Capitán.

El valor

Pag. 49

Capitán.

en lo más oculto luce.

Don Lope.

Vamos, pues, que ya llegó

el tiempo de que os obligue,

con cierta satisfacción,

a reñir con mayor causa.

Aparte.

Don Pedro.

¿Quién es mi competidor

destos dos? ¡Digo! ¿Quién es

don Lope de Lara?

Don Lope.

Yo.

Don Pedro.

Pues vamos los dos delante,

que hemos de reñir los dos,

porque aquí nuestros padrinos:

Don Lope.

Yo no he de reñir con vos,

mi duelo es con don Alonso

solamente.

Don Pedro.

¿Cómo no,

si soy yo el desafiado?

Don Lope.

Pues ¿quién os desafió?

Don Pedro.

Don Lope de Lara.

Don Lope.

¿A quién?

Don Pedro.

A mí.

Don Lope.

Yo le escribí a don

Alonso un papel; por señas

que un ramo se le llevó

como fruto de sus flores.

Don Alonso.

Don Juan, sin duda fue error

daros a vos el papel,

porque a mí se me escribió.

Capitán.

Sin duda que anoche al darle

la sombra nos engañó;

Don Pedro.

No lo dudo cuando a mí

me costó la confusión

de las dudas de la causa,

pero ya en el campo estoy

y he de reñir.

Capitán.

Estimar

que este gusto se os logró;

yo estoy aquí, y reñiré

hasta no más, voto a Dios.

Don Pedro.

Él os guarde lo que fuere

servido.

Aparte.

Don Alonso.

Siempre extrañó

mi discurso el yerro.

Don Lope.

Aquí

os haré restitución

de una prenda; ¡Hola!, sacad

a esta señora.

Aparte.

Don Alonso.

¿Quién vio

tal capricho? Mas que quiere

que le dé en esta ocasión

la mano a su hermana, buen

donaire para mi honor.

Salen dos criados, en cuerpo, sin espadas, sacando a Laura, medrosa, y al ponérsela don Lope delante a don Alonso, conoce que es Laura.

Don Lope.

En pago de mis agravios,

aleve amigo y traidor,

devuelvo a tu hermana; aquí

la tienes, que mi valor...

Pero ¿qué miro? ¡Ah villana!

¿Laura, tú?

Laura.

Aquí se perdió

mi vida.

Don Alonso.

Conmigo solo

se ha de romper este ardor.

Defendiendo a Laura, riñen dos a dos.

Don Lope.

Mi propia hermana robaron

de casa de mi ofensor,

rayos serán mis ofensas.

Sale Jigote.

Jigote.

Yo he seguido a mi señor,

el coche de don Enrique

llega corriendo veloz,

con seis mulas, que esto solo

evita esta perdición;

¡Ah, cochero!

Dentro.

Cochero.

Para, para.

Salen todos de camino.

Jigote.

Para, para, ¡zapario!

Don Enrique.

¡Alonso! ¡Don Juan! ¡Don Lope!

¿Qué es esto?

Don Lope.

Cobrar mi honor.

Don Enrique.

Deteneos, que yo salgo

a vuestra satisfacción.

Don Lope.

No la tengo, si no es dando

la mano luego (¡Ah, rigor

de mi estrella!) a esta mujer

vuestro hijo, que ofendió

todo mi ser, y quitando

después la vida a los dos.

Don Enrique.

A todo os satisfaré.

Pag. 50

Don Enrique.

desta suerte: pues llegó

a tal estado este lance,

recupere su opinión

vuestra hermana, siendo esposa

de mi hijo; y ya que aún no

os juzgáis por satisfecho

con eso, en vez de la acción

de que lo asusten sus vidas

(que en la presente ocasión

fuera difícil, don Lope,

sí, ¡por Dios!) no quiero yo

que deseéis vos de quedar

muy airoso, cuando soy

vuestro amigo, y así dadle

la mano a Bernarda.

Don Pedro.

amor

bueno me dejas)

Don Enrique.

ya, hijo,

Laura es tu esposa.

Don Alonso.

eso no

es posible por ahora.

Francisca.

aquí está la perdición

Don Lope.

¿de qué suerte no es posible?

Don Enrique.

¿eso dices?

Don Alonso.

sí, señor.

Riñen don Lope y don Enrique, sosiegan.

Don Lope.

pues no hay más medio en mi fama.

Don Enrique.

don Lope, siempre el valor

le guardó sus privilegios

al fuero de la razón.

Don Lope.

el valor bien puede ser,

pero los agravios no.

Don Enrique.

esperad: ¿pues por qué, hijo,

niegas esta obligación

al afecto y a la sangre

de Laura? di.

Don Alonso.

por mi honor.

Don Enrique.

¡por mi honor! ¿pues pierde en eso

el nuestro?

Don Alonso.

sí.

Don Enrique.

esto bastó:

ahora riñamos, don Lope.

Riñen.

Don Lope.

perdido estoy;

Bernarda.

muerta soy.

Métense en medio Laura y detiénense.

Laura.

deteneos y no padezca

tanto mi reputación

como vuestras vidas; baste,

don Alonso, tu rigor,

pues ¿por qué causa me ofende

tu falsa imaginación

con tan injusto desdoro

de mi fama? ¿esa es acción

de caballero?

Don Alonso.

don Juan,

Laura, que te mereció,

se puede satisfacer.

Laura.

si es ese engaño tu error,

sin culpa estoy.

Don Pedro.

es verdad,

que si esta dama llegó

a mi cuarto, fue que, huyendo

de su hermano, se valió

acaso de mí en la calle

donde anoche me encontró,

que salía de vuestra casa

solo siguiendo a los dos;

yo no la he visto en mi vida;

yerro es otra presunción

cuando anoche entré en Sevilla.

Jigote.

y tanta perla ensartó

que juzgué que era su llanto

perlería, y era amor,

porque está por vos perdida,

y mi amo se la halló.

Don Alonso.

sí, mas vos mismo dijistes

cuando anoche la sacó

Bigote de vuestro cuarto,

que era vuestra dama.

Don Pedro.

error

fue suyo por sacar a otra,

porque como se amparó

de mí esta dama, yo en cuanto

Pag. 51

Don Pedro.

A cumplir mi obligación

(no teniendo del suceso

conocimiento) a los dos

resistía que la vieran

y lo hiciera, que en acción

semejante, dondequiera

yo siempre he de ser quien soy.

Don Alonso.

Los celos son ceguedad

tuyo soy, Laura.

Jigote.

Pegó.

Don Alonso.

Pero ha de darle don Lope

la mano a Bernarda.

Don Lope.

No

es posible por ahora.

Don Enrique.

Pues ¿cómo no? cuando vos

escandalizáis mi calle

con músicas, y el error

de otros extremos.

Don Lope.

Aqueso

no os puede ofender, que yo

siempre he sido aborrecido

de vuestra hija, y aun por

desesperado y perdido

la fuerza de mi pasión

me solicitaba extremos

ciegos contra su rigor.

Don Enrique.

A Madrid llevo a mi hija

para casarla con don

Pedro de Toledo, pero

para la satisfacción

del vulgo en vuestras acciones,

¿cómo ha de quedar mi honor

y el del ausente don Pedro

de Toledo, estimación

que aquí corre por mi cuenta?

Don Lope.

Solamente sé que yo

no he de casarme con ella,

y yo entiendo mi razón.

Don Alonso.

Esas dudas nos agravian

y así es fuerza.

Francisca. ¿Tú no has de ser mi novio? Jigote. No es posible por ahora; si clamara al cielo mi honor, por supuesto, señor don Lope. + Don Lope

Don Pedro.

Aquí entro yo.

Teneos; ¿es verdad, don Lope,

y el engañarme,

que jamás os admitió

Bernarda como habéis dicho?

Don Lope.

Antes despreciado estoy

y aborrecido de suerte

que le cuenta al corazón,

evidencias tiene ello.

Capitán.

Pues, caballeros, yo soy.

Don Pedro.

¿Quién?

Don Enrique.

Don Pedro de Toledo.

Don Pedro.

Aunque don Juan me fingió

mi curiosidad ayer:

y aquestas cartas, señor

don Enrique Enríquez, traigo

de mi padre para vos,

las que anoche recibisteis

yo las fingí tan bien, por

que perdierais el cuidado

de esperarme.

Jigote.

Declaro.

Don Enrique.

¿Don Pedro?

Don Pedro.

Bernarda es mía,

por satisfecho me doy

del extremo de don Lope

(señor don Lope, yo soy

cierto, porque a mí me importa)

quien se arrojó del balcón

anoche.

Francisca.

Feliz mañana.

Da la mano.

Don Pedro.

Bernarda.

Da la mano.

Don Alonso.

Laura.

Bernarda.

¿Quién vio

mayor dicha?

Laura.

Yo logré

cuanto quise.

Pag. 52

Don Enrique.

Así quedó

ajustado a la vuelta

de Sevilla.

Jigote.

Y el perdón

que solo deja la duda

hasta la satisfacción.

Firma

Omnia mea scripta submito sub correctione sacrosanctae Matris ecclesiae Catholicae Romanae