El templo vivo de Dios
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En un marco alegórico de la Creación, el divino Artífice forma al Hombre del barro, le da luz, alma y gracia, y lo instala en el paraíso como templo vivo suyo bajo la condición de no admitir dioses ajenos. La Ruina, auxiliada por Huracán, Inundación, Incendio y Terremoto, entra en ese espacio interior bajo la apariencia de Fortuna y logra que el Albedrío venza a los avisos del Entendimiento, con lo que el Hombre cae en idolatría y provoca un castigo figurado en el diluvio. Después del juicio mitigado por la misericordia, el propio Artífice desciende al mundo para reedificar el templo humano mediante su pasión y, finalmente, por la Eucaristía, que convierte pan y vino en presencia salvadora dentro del hombre.
