La obra comienza en Bengala, donde el rey Tomar celebra su victoria sobre Magor y decide cumplir el voto de erigir un gran templo a Mahoma. Para ello convoca a varios arquitectos de distintas procedencias, entre ellos un hebreo, un indio, un natural de Pegú y un español castellano. Cada uno presenta modelos célebres de la Antigüedad, pero el español acaba describiendo con admiración el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, construido por Felipe II y convertido en emblema de la grandeza política, religiosa y artística de España. La fascinación de Tomar crece hasta el punto de desear contemplar por sí mismo aquella “octava maravilla”, y, contra el parecer de sus allegados, decide viajar secretamente a España, dejando el gobierno de Bengala en manos de Ozmín. Paralelamente, en Sevilla se desarrolla otra trama: don Juan de Arellano y su hermana doña Ana aparecen envueltos en asuntos amorosos y matrimoniales, mientras sus criados Motril, Carrizo e Inés sostienen escenas cómicas y de enredo. La tempestad que azota el mar cerca de Canarias trae a tierra a un moro náufrago, recogido por el capitán don Baltasar de Vargas, tío de doña Ana. Ese desconocido es en realidad Tomar, que, sin revelar aún su identidad, ha sobrevivido al naufragio de la expedición emprendida para ver España.
En la segunda jornada, las tensiones sevillanas se agravan cuando un posible enlace de doña Ana se frustra por rumores sobre su nacimiento ilegítimo y, más tarde, por noticias de que su madre habría sido una mora traída de Túnez. Mientras tanto, el cautivo, llamado ahora Tomar, entra en la casa de don Juan como esclavo y jardinero, ganándose el aprecio general por su ingenio, su valentía y su habilidad. En el jardín nace entre él y doña Ana una relación cada vez más intensa: Tomar confiesa su amor con cautela y ella, aunque primero lo toma como desatino impropio de un esclavo extranjero, acaba escuchándolo y correspondiéndole de manera ambigua primero y más clara después. Cuando don Juan hiere a Gerardo en una disputa, teme las consecuencias judiciales y decide huir a Madrid, llevándose consigo a Tomar y a Motril. En la corte, el moro muestra una extraordinaria admiración por la monarquía española y por sus grandezas, compra valiosas joyas para doña Ana y provoca sospechas de robo, de modo que él y los suyos son encarcelados hasta que se aclara el origen legítimo del diamante que intentaba vender. Durante ese viaje, Tomar visita también El Escorial y Toledo, donde promete recibir el bautismo y toma el nombre de Felipe, señal de su conversión interior y de su adhesión a la fe cristiana y a la admiración que siente por el rey de España.
La tercera jornada revela por fin lo que hasta entonces solo se sospechaba: Tomar declara ser el verdadero rey de Bengala, náufrago en España tras perder su flota, y explica que las riquezas que posee proceden de su propia hacienda real. Ozmín, que había quedado como gobernador, ha usurpado entretanto el trono casándose con Briseida, hermana de Tomar. Cuando en Sevilla se reabre además la causa por la muerte de Gerardo, don Juan, doña Ana, don Baltasar y Tomar deciden huir hacia Cádiz y embarcarse rumbo a Bengala. Ya en Oriente, descubren que Ozmín reina efectivamente y que incluso ha dado lugar en su dosel al retrato de Felipe III, supersticiosamente interpretado como anuncio de la pérdida del reino. Gracias a la revelación de Motril y a la presencia del propio Tomar, ahora cristiano y llamado Felipe, los vasallos reconocen a su legítimo monarca y se vuelven contra el usurpador. Ozmín y Briseida buscan amparo precisamente bajo la sombra del retrato del rey de España, y Tomar-Felipe, movido por la nueva fe y por el ejemplo político que admira, les perdona la vida. El desenlace restituye el orden: Tomar recupera el trono de Bengala, doña Ana es reconocida como su esposa y reina, don Juan y don Baltasar quedan honrados y recompensados, y el nuevo monarca promete estrechar lazos con España y favorecer la cristianización de sus reinos.