La acción se sitúa en la Roma primitiva, después de la expulsión de Tarquino el Soberbio y durante el asedio que Porcena, rey de Etruria, mantiene contra la ciudad para restituirlo al trono. En la primera jornada, el Senado romano, con figuras como Lucio Bruto, Camilo, Flabio y el valeroso Oracio, se reúne mientras se dispone un sacrificio en el templo de Palas. Allí se recuerda el origen político del conflicto: la tiranía de Tarquino, la violación de Lucrecia, su suicidio ejemplar y la posterior sublevación que dio a Roma libertad y nuevo gobierno. Paralelamente se perfila un conflicto amoroso y de honor: Elodia, hija de Lucio Bruto y vinculada al templo de Palas como sacerdotisa o al menos como noble doncella recogida en ese ámbito, ama secretamente a su primo Oracio, aunque su decoro y su situación religiosa la obligan a callar. Mientras en el templo se manifiestan estas tensiones privadas, Tarquino y Porcena preparan de noche una maniobra secreta: cruzar el Tíber con tropas escogidas, incendiar el entorno del templo y abrir así una vía de entrada en Roma. El asalto se ejecuta en medio del fuego y la confusión; las ninfas o doncellas del templo resisten armadas, Elodia se enfrenta con singular energía a los invasores y Oracio acude a defenderlas, pero la irrupción enemiga acaba con grandes pérdidas y con la captura de Oracio por los latinos en la retirada.
En la segunda jornada, Roma, debilitada por el desastre nocturno, entra en negociaciones de paz con Porcena. Como parte de los acuerdos preliminares, las doncellas del templo de Palas son entregadas como rehenes al campamento enemigo, entre ellas Elodia, lo que agrava a la vez el conflicto político y el sentimental. Oracio, aunque cautivo, recibe un trato honorable de Porcena, que admira su valor; el rey etrusco incluso le confía un secreto: se ha enamorado de Elodia desde que la vio en el asalto al templo y desea que Oracio, por ser romano y mejor admitido por ella, le comunique su pasión. Esta petición coloca a Oracio ante un grave dilema entre la lealtad debida a quien le favorece, su honor personal y el amor que siente por la misma mujer. Rechaza interiormente convertirse en mediador de un rival y busca a Elodia para advertirle del peligro. Mientras tanto, Elodia, desconfiando de la aparente generosidad de Porcena y temiendo por su honor y el de sus compañeras, convence a las ninfas para organizar la huida nocturna. Aprovechando la oscuridad, las contraseñas de la vigilancia y unos caballos ocultos junto a la ribera, logra atravesar el Tíber la primera y sirve de guía a las demás. El campo enemigo cae en alarma por una supuesta traición, y en el tumulto de la fuga las romanas consiguen escapar con éxito.
La tercera jornada muestra las consecuencias decisivas de esa evasión. Oracio comparece ante un Porcena enfurecido, que atribuye a Roma la ruptura de la paz; el romano defiende a su patria y explica que Elodia huyó por su propia iniciativa para preservar su honra. Se sabe entonces que, una vez libres, Elodia y las ninfas han alcanzado el monte Tarpeyo y el castillo de la Roca, cuya guarnición logran dominar, convirtiendo la fortaleza en baluarte de su libertad. Tarquino, resentido porque Porcena negocia con Roma y deseoso de recuperar poder por sí mismo, subleva a los latinos y trata de apoderarse del castillo, mientras Porcena duda entre sostener el asedio de Roma o impedir la traición de su aliado. En ese momento Oracio ofrece su servicio bajo palabra de honor, recibe el bastón de mando y marcha a contener a Tarquino. En el castillo, Elodia rechaza tanto la presión de su padre, que quiere entregarla para salvar a Roma, como las amenazas del propio Tarquino; sostiene que ni su honor ni la plaza deben cederse. Luego admite a Oracio, pero no acepta introducir guarnición ajena, prefiriendo resistir con las suyas. Finalmente estalla la batalla entre las tropas de Tarquino, las de Oracio y después las de Porcena; las mujeres del castillo salen a combatir, y Elodia realiza la hazaña principal al detener con gran riesgo un caballo desbocado y salvar a Porcena de una muerte casi segura. La victoria se decide a favor de Oracio y de Elodia, Tarquino cae prisionero y Porcena, agradecido, acepta el canje de Tarquino por la libertad de Oracio y de Roma. El desenlace restablece la paz, reconoce públicamente el amor constante entre Oracio y Elodia y ordena perpetuar la memoria de la heroína con una estatua ecuestre y un Capitolio en el monte Tarpeyo.