La comedia se abre en Madrid, adonde llega don Melchor desde León para casarse con doña Magdalena, joven rica a la que no conoce todavía, acompañado de su criado Ventura. Antes de presentarse en casa de su futura esposa, entra en la iglesia de la Vitoria y allí queda súbitamente enamorado de una dama tapada cuya identidad ignora, porque solo logra ver con claridad una mano bellísima y, más tarde, de modo muy parcial, parte del rostro. En medio del oficio advierte que un hombre roba el bolsillo de la dama y, creyendo restituirle la prenda, recupera otro bolsillo semejante y se lo ofrece a la desconocida, que acepta por no prolongar la conversación en público y le cita para el día siguiente. Después, ya fuera de la iglesia, don Melchor descubre que el bolsillo recibido no contiene dinero, sino objetos menudos, lo que hace más equívoco el episodio. Poco después se encuentra con don Luis, hermano de doña Magdalena, quien lo conduce a la casa familiar. Allí conoce al padre de la joven y a la propia Magdalena, y se produce un reconocimiento desconcertante: ella comprende que su prometido es el mismo galán forastero de la iglesia, mientras él sospecha, por la memoria de la mano vista, alguna relación entre la dama tapada y la mujer con quien acaban de desposarlo. Desde ese momento quedan sembrados el amor, la duda y los celos.
En la segunda jornada la intriga se complica porque doña Magdalena, enamorada de don Melchor pero herida por su aparente ligereza, decide probarlo sin revelarse del todo. Celosa de sí misma, distingue entre la mujer visible y prometida que es en su casa y la figura encubierta que fascinó a don Melchor en la iglesia. Vestida de luto y amparada por el manto, vuelve a la Vitoria, habla con él como si fuera otra dama y le hace saber que conoce sus bodas concertadas con Magdalena. Don Melchor, llevado por su pasión, rebaja a la novia oficial y ensalza a la desconocida. Ella, para llevar más lejos la prueba, finge ser una condesa napolitana, rica y libre, y promete favorecerlo si rompe su compromiso. Un criado alquilado y el locuaz Ventura contribuyen a consolidar el engaño, de modo que la supuesta noble extranjera gana realidad dramática. Al mismo tiempo, don Sebastián, vecino y amigo de la familia, ama a doña Magdalena, y su hermana doña Ángela, vecina también, comienza a sentirse atraída por don Melchor. Los celos se propagan por toda la casa: doña Magdalena sufre porque el hombre que la ama encubierta parece desdeñarla descubierta; don Luis y el padre recelan de la mudanza del huésped; y don Sebastián busca impedir unas bodas que ya no cree seguras. Cuando una nueva ficción hace creer a don Melchor que la condesa parte a Italia, él se desespera y decide regresar a León, convencido de haber perdido a la dama que ama y de no poder ya cumplir con el matrimonio previsto.
La tercera jornada lleva el enredo a su punto extremo y a su resolución. Cuando don Melchor se dispone a marcharse, recibe por medio de un mensajero un billete y un valioso envío atribuidos a la condesa, que en realidad forman parte de una nueva maniobra de prueba y seducción. Más tarde, por intervención de Quiñones, criada de doña Magdalena, doña Ángela se disfraza también de dama tapada para aprovechar la fama de la condesa y atraer a don Melchor. Así, el galán llega a verse acosado por dos mujeres cubiertas que alegan ser la verdadera dueña del bolsillo, de la mano y de las promesas, sin que el texto permita distinguir al principio con plena seguridad ante él cuál es cada una en todos los momentos del equívoco. La escena nocturna ante una reja agrava todavía más la confusión: una voz fingida hace creer a don Melchor que la condesa le ordena casarse con doña Magdalena, y otra intervención lo reprende por haber aceptado tan pronto. Finalmente, al descubrirse la verdad, se aclara que la verdadera autora principal del artificio era doña Magdalena, que había querido asegurarse de la firmeza de su prometido y vengar al mismo tiempo su inconstancia inicial; doña Ángela había intentado aprovechar el disfraz para ganarlo para sí. La identificación definitiva se realiza mediante el bolsillo, los cordones y, sobre todo, la mano que don Melchor reconoce como origen de su amor. Restablecido el orden, don Melchor se casa con doña Magdalena, don Sebastián acepta unirse con doña Ángela y los celos que habían nacido del engaño se convierten en instrumento para curar otros celos, cerrándose la comedia con una doble boda y con la superación del conflicto doméstico.