La obra se abre con la boda de don Enrique de Villena y doña María de Albornoz, celebrada bajo la protección del rey Enrique III de Castilla. Desde el principio queda claro que el monarca, enfermo de cuartanas pero todavía activo en el gobierno, ama secretamente a doña María y sufre intensos celos al entregarla a su primo. Para compensar al recién casado, lo colma de honras y mercedes: le reconoce su ilustre linaje, le concede títulos y acaba favoreciendo su acceso al maestrazgo de Calatrava, en perjuicio de don Luis de Guzmán, que también lo pretende. Mientras los esposos manifiestan un amor recíproco y sincero, el rey, animado o al menos conocido en su pasión por el infante don Fernando, se deja arrastrar cada vez más por su deseo. En paralelo, la intriga cortesana se mezcla con escenas de criados y con la fama nigromántica de Villena, pues Cortés y otros personajes aluden a sus artes y a un espejo mediante el cual se pueden ver sucesos lejanos. Gracias a ese artificio, la reina Catalina contempla al rey entrando de noche en casa del marqués y ve cómo intenta abrazar a doña María, que se resiste; al mismo tiempo, Villena presencia la misma escena y queda herido en su honor, aunque la conducta de su esposa aparece fiel en lo esencial.
A partir de ese descubrimiento, la tensión entre pasión privada y autoridad pública se vuelve insoportable. La reina reprende al rey por mancillar su dignidad y por perseguir a una mujer casada, mientras Villena le expone con respeto el agravio recibido y la quiebra de su honra. Enrique III, en vez de apartarse, decide servirse de su poder para separar a los esposos y hace promover la nulidad del matrimonio alegando la incapacidad conyugal del marqués. El proceso aparece marcado por la coacción, las declaraciones interesadas y la obediencia forzada de doña María, que no deja de sostener su fidelidad a Villena aun cuando se ve obligada a secundar la demanda. Al mismo tiempo, la cuestión del maestrazgo de Calatrava se enreda con la intriga amorosa: Villena resulta favorecido por la voluntad regia, pero su ascenso queda manchado por la sospecha y por la protesta de don Luis de Guzmán, que denuncia la falta de libertad y legalidad en la elección.
La separación no calma el conflicto, sino que multiplica el dolor de todos y exhibe el desorden moral de la corte. Doña María queda bajo resguardo y continúa defendiendo su honestidad frente a las insistencias del rey, mientras Villena, privado de esposa y de crédito, ve cómo su nuevo rango no repara la afrenta sufrida. La reina, los consejeros y los grandes del reino perciben que la enfermedad del monarca y su pasión están comprometiendo tanto la justicia como el gobierno. Así, la obra enlaza el drama amoroso con una reflexión sobre la responsabilidad del soberano, la fragilidad del poder y los límites de la obediencia. Entre pleitos, acusaciones, favores y resistencias, el texto presenta una corte donde el deseo real amenaza con imponerse a la ley, y donde la honra conyugal de los protagonistas se convierte en la medida de una crisis política más amplia.