La obra sitúa primero a Bernardo del Carpio en Roma, adonde llega como embajador del rey Alfonso para impedir que Carlomagno reciba Castilla y León por acuerdo del monarca leonés. Allí se encuentra con Roldán, enviado de Francia con la pretensión contraria, y ambos rivalizan desde el primer momento hasta estar a punto de batirse ante el papa. En la audiencia pontificia, Bernardo defiende que España no puede ser entregada a una potencia extranjera mientras sus propios nobles y guerreros la sostienen con su sangre, y Roldán replica exaltando el poder militar de Carlomagno y de sus Pares. El papa suspende la disputa y, en vez de decidir de inmediato sobre la cuestión sucesoria, les ordena unir sus fuerzas contra Teosidoro, rey tiránico que amenaza Roma y gran parte de Italia. Bernardo acepta combatir en singular desafío, mientras Roldán queda encargado de apoyar con tropas pontificias si la muerte del tirano provoca confusión en su ejército. Antes de separarse, ambos sellan una amistad provisional nacida de la admiración mutua, aunque recuerdan que seguirán siendo enemigos cuando se trate de España.
En la campaña contra Teosidoro, Bernardo entra en el espacio donde el tirano corteja a Estela, heredera del Imperio griego según ella misma declara, a quien ha raptado y desea hacer su esposa. Bernardo reta al usurpador, lo mata en combate y provoca el desorden de sus huestes. Estela, lejos de vengar al muerto, se enamora del español y confiesa su linaje, su rechazo previo a Teosidoro y su voluntad de ofrecer a Bernardo su mano y sus reinos; Bernardo corresponde, pero afirma que su patria está antes que cualquier corona extranjera. Roldán acude con refuerzos creyendo que Bernardo peligra y, al hallarlo vencedor, renueva con él una relación ambigua de amistad y competencia. En el segundo acto, ya de vuelta en el ámbito leonés, Bernardo recibe una carta del conde de Saldaña, su padre encarcelado, que le suplica perseverar en la demanda de su libertad. Bernardo expone ante Alfonso sus victorias contra los moros y le recuerda la promesa de liberar al conde y legitimar su nacimiento; aunque el rey admite su deuda y finalmente promete que su padre vive y será libre, no satisface de modo pleno y sereno la petición. Paralelamente, Roldán comparece en la corte para reclamar en nombre de Carlomagno el cumplimiento del pacto por el que Castilla habría de pasar a Francia. La negativa de Alfonso, ya apoyado en las hazañas de Bernardo, desencadena un fuerte descontento político: nobles, cortesanos y hasta las mujeres de palacio reprueban que Castilla sea entregada a un señor extranjero, y el propio rey, temiendo una alteración general del reino, decide reconsiderar su propósito y buscar una salida diplomática.
El tercer acto vuelve a enlazar la materia amorosa con la política y la guerra. Bernardo y Estela se presentan ya unidos por la voluntad del papa, pero durante el camino interviene una nueva aventura: el héroe auxilia a Casilda, duquesa de Lodi y pariente del emperador francés, cuyo territorio asedia Teobaldo para forzarla al matrimonio. Bernardo vence a los sitiadores, protege el honor de la dama y provoca los celos de Estela, mientras Ordoño introduce una trama cómica al imaginar para sí una boda ventajosa con Casilda. Finalmente, todos llegan a París: Casilda entrega su mano a Dudón, se aclaran los equívocos y Carlos recibe a Bernardo, a Estela y a Roldán. El emperador escucha la embajada pontificia y la de los reinos hispánicos, pero se mantiene firme en exigir a Alfonso la palabra dada y en preparar la expedición contra España; al mismo tiempo, premia a Estela con estados franceses y reconoce que por su matrimonio Bernardo podría aspirar a reinos orientales ligados a la herencia de Teosidoro. Sin embargo, Bernardo rechaza abandonar su deber hacia España y declara que prefiere ser vasallo en su patria antes que monarca fuera de ella. La obra concluye así dejando planteado el inminente enfrentamiento entre franceses y españoles, con desafío expreso a decidirse en Roncesvalles, mientras amor, lealtad familiar, honra nacional y rivalidad caballeresca quedan tensamente entrelazados.