帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El primer templo de España y San Segundo Obispo de Ávila. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/primer-templo-de-espana-y-san-segundo-obispo-de-avila-el.
† A de aber Musica de Cajas y trompetas, sale en una Carroza un Consul Romano senta do en una Silla Alta, con corona de laurel, dos palenques, que han de estar a los lados del theatro, en un tiempo, por el uno soldados y Re yes con auito a lo Moro Cautivos, Romanos a lo soldado español; y por el otro Segundo vestido con un manto, y de viejos, y viejas Soldados asidos a una cadena y en el tablado digan =
A un Príncipe del senado,
A un Rey, señor, coronado,
De un animo valeroso,
A un invicto victorioso.
Y a ti Santo Segundo,
no te asombre el Romano,
que a ti te da Dios la mano.
Página en blanco
Al son de música de cajas y trompetas se corre una cortina, aparece un cónsul romano sentado en una silla con corona de laurel, y por dos palenques que han de estar a los lados del patio salgan a un tiempo por el uno soldados romanos y, detrás dellos, Mario, capitán romano; y por el otro soldados españoles y, detrás, Segundo, soldado español, vestidos ricamente; y, detrás, Briteyda, esclava, vestida a lo español, y en llegando al tablado digan:
A tus pies, cónsul famoso,
a tus pies, cónsul sagrado,
de victorias coronado,
de enemigos victorioso,
llega el español Segundo,
Mario, capitán romano,
a besar llega tu mano.
que en ellos mi dicha fundo.
Tú me intentas estorbar,
¿y tú atajar me pretendes?
¿No ves que el decoro ofendes
de César?
¿Cómo eclipsar
tanta dicha has pretendido?
Porque es mía aquesta gloria.
Mía ha sido la victoria.
Siempre fuiste presumido.
Pues este Mario valiente,
noble Segundo, ¿no ves
que en mi presencia...?
A tus pies
mi vida está.
Brevemente
vuestras victorias contad.
Español, pues te has preciado
de elocuente, ten cuidado,
usa de tu libertad,
si no lo tienes por mengua,
que yo, porque más me agrada,
siempre remito a la espada
las acciones de la lengua.
Yo sé hacer y decir, solo
que soy español soldado
en la milicia enseñado.
Basta ya, que por Apolo,
que tanto orgullo castigue.
A la ley de tu presencia
se sujeta mi obediencia.
Calla, tú, Mario, prosigue,
noble español, que contento
te escucharé.
¡Qué desgarro
tan de español!
¡Qué bizarro!
¡Esto sufro!
Estame atento.
Partimos con diez legiones
de españoles y lergetes,
y de soldados romanos
que al César sacro obedecen,
por las riberas que inunda
con cristalinas corrientes
el Ibero, cuando Flora
su copia en los campos vierte.
Esta parte citerior
de España Tarraconense,
que celtíberos habitan
y saguntinos rebeldes
al grande Imperio Romano,
[que, armados de toscas pieles,
a sus águilas divinas
bárbaramente se atreven],
se opuso a nuestro escuadrón,
menospreciando las leyes
de los sabios magistrados
que Roma imperiosa tiene.
El estruendo de las cajas,
el rumor de los jinetes,
el tropel de los infantes,
era, Señor, de tal suerte
que los celestiales polos
caducaron en su eje
y titubearon los montes
más altivos y silvestres;
y un día, al tiempo que Febo
sus rayos dorados tiende,
coronando las montañas
de tanto esplendor luciente,
una ciudad populosa,
de hermosos campos, de fuertes
muros, de elevadas torres
descubrimos, casi enfrente
de adonde nuestro escuadrón
descuidadamente duerme.
Baña, de cristal, un río
al foso, que la defiende,
estorbarnos pretendía
el paso, porque no lleguen
a sitiarla los soldados;
si bien le daba una puente
que, con cauteloso engaño,
libre el paso nos ofrece,
porque era edificio falso
de las maravillas siete.
Corrieron con el Romano
valor, que siempre acometen,
dos legiones a pasarla;
de desdichados, valientes
a defenderles el paso
los de la ciudad se ofrecen.
Son tantos, que en un instante
en número les exceden,
tan aprisa al puente acuden
que unos a otros detienen
el movimiento, y se estorban.
Los de la ciudad que temen
nuestra arma, desde el muro
de adonde engañosamente
pendía, no reparando
en los soldados que pierden,
con el temor del peligro
desatan el falso puente;
gime al fin su pesadumbre
y al suelo se vino en breve,
oprime la arena al río
y el curso suyo detiene
arrojando a las orillas
agua, piedras, sangre y peces.
Miembros destroncados saltan,
llevándose la corriente
lo que las piedras no cubren,
como en avenidas suele;
que algunos que vivos caen
y salir nadando emprenden,
detenidos de los otros
luchando en sus brazos mueren.
Furioso nuestro escuadrón
con la desdicha presente
se arroja a esguazar el río
y las ondas le obedecen;
yo, que atento admiraba
este fatal accidente,
De nuevo ardor encendido,
el margen con planta leve
toco, la rodela arrojo,
y este acero, entre los dientes
cojo, y viviente bajel
divido animosamente
campos de cristal rizado,
como en la tormenta suele
la proa de leño errante;
que sin norte que le adiestre,
sin estrella que le guíe,
sin timón que le gobierne,
fluctuando a todas partes,
en cualquiera parte entiende
hallar el duro peñasco
donde furioso tropiece.
Allí mi pecho confuso,
dudoso no se resuelve,
viendo un riesgo en cada acción
y en cada amago, una muerte.
Balas de cristal las ondas
tan furiosas acometen
el castillo de mi pecho,
que pudieran suspenderle,
a no resistirse noble
y ansí animarse valiente.
Toqué en fin la opuesta orilla,
y cual suele en rubias mieses
cortar rústico villano
la copia de espigas fértil,
de agosto secas lisonjas,
y de abril primicias verdes,
Así la guadaña adunca
de aqueste acero, de aqueste
rayo que Marte fulmina
deshace, atropella, vence,
hiende de la dura celada
al más fuerte coselete,
siendo tantos los arrojos
de la púrpura caliente,
que las flores, que eran antes
de colores diferentes,
después se quedaron todas
hechas purpúreos claveles.
Rindióse, en fin, la ciudad,
y es razón que te confiese
que a Mario, desta victoria,
mucha parte se le debe;
que los nobles españoles
siempre nos preciamos, siempre,
de no envidiar el valor
a nadie cuando le tiene,
que al contrario lo platican
las naciones diferentes
con nosotros, pues su envidia
tan licenciosa se atreve
que oscurecernos la fama
en toda ocasión pretenden.
De tan felice victoria
esta esclava solamente
por despojos me dio el cielo,
donde, en epílogo breve,
verás todos los tesoros
que guardan copiosamente
el mar y la tierra a un tiempo
con candados diferentes,
uno en cofres de peñascos,
y otro en alcobas de nieve:
Mario, no sé si envidioso
quitarme la esclava quiere,
malográndome esta dicha;
mas por los dioses celestes
a quien hoy España toda
les da culto reverente,
que no he de darle la esclava
aunque mil vidas me cueste;
porque ya mi pecho amante
la adora tan vivamente,
que en su presencia renace
y en su ausencia desfallece.
Y soy Segundo, español
a quien Zaragoza debe
por hijo suyo, más lauros
que han coronado las sienes
de tanto esplendor romano.
Mas si tú, Cónsul, la quieres,
será fuerza el entregarla,
que en las voluntades tienes
absoluto imperio, y yo
nunca he negado a las leyes,
entre impulsos de arrojado,
atenciones de obediente.
Llega, deidad soberana,
Briseida, ¿qué te detienes?
La frente al cónsul humilla
y no te espante que trueque
la fortuna estas acciones
que aunque a ti sola se debe
esta adoración el tiempo
aun las deidades ofende
y acusándote de humana
intenta (que injustamente)
que a otro adores cuando sola
ser adorada mereces;
este el vencimiento ha sido,
soberano cónsul, y este
el derecho que a esta esclava
mi amor justamente tiene,
y pues el brazo derecho
del César invicto eres,
bien es que justicia guardes.
Así tu nombre felice
rubriquen eternamente
los mármoles de Lisipo
y los pinceles de Zeuxis
allí olvidados los años
no señalen en tu frente
precisas deudas, que el tiempo
nunca paga, y cobra siempre.
Jactancia española al fin,
porque, soldado, te atreves
a decir que es prenda tuya
esta esclava, que merece
serlo de Júpiter sacro.
Si tiene por nuestras leyes
el capitán elección
para escoger los que fueren
trofeos de sus victorias,
mas a Augusto no puedes
argüir que es tuya, cuando
yo la gano, y tú la pierdes.
¡Y por Marte...!
Mario, basta.
Bella esclava, nadie intente
atreverse en mi presencia,
que, ¡por Apolo!, que muestre
mis rigores en los dos.
Graciosa contienda. Vienes,
Mario, a ofrecer sacrificios
a Venus, y a Marte viertes
sangre en sus divinas aras,
y a las de Amor, que te vence,
das aromático incienso.
Bien tu victoria engrandeces
con femeniles hazañas.
Yo, Cónsul invicto...
Vete,
y pártete al punto, Mario,
porque ha muerto el presidente
de aquella parte de España,
de los cilenos, y tienes
ya la provisión del César;
hoy has de partir, y advierte
que la guarnición romana
ha faltado en ella, y pueden
negar el imperio a Roma
si dos horas te detienes
en Zaragoza.
Aparte
¡Ay de mí!
Con tus escuadrones puedes
marchar hoy.
¿Con tanta prisa?
Sí, capitán, que si pierde
aquellos presidios Roma
por culpa tuya, no tienes
bien segura la cabeza;
esto es bien que te aconseje;
vete, y Marte te acompañe.
Toca a marchar. Amor, queden
tus memorias sepultadas
en eterno olvido, y este
necio español algún día
querrán su culpa, y mi suerte,
que su arrogancia castigue,
y en él mis celos se venguen.
Tocan a marchar. Vanse entrando, detiene Segundo a Briseida.
Oye, esclava.
Tuya soy,
mi voluntad te obedece.
Saguntina, en cuyos ojos
me retrata Amor, aquí
veniste a triunfar de mí;
aunque eres bellos despojos
de mi victoria, no des
sin ocasión esas perlas
al suelo, porque a cogerlas
vendrá el sol hasta tus pies.
Después, mi bien, que te vi,
de Amor conozco el imperio,
pues que tengo en cautiverio
a quien me ha cautivado a mí.
Extraños son los arpones
que este dios tiene en su aljaba.
Tú eres, Briseida, mi esclava,
Y yo arrastro tus prisiones,
no lloro, español valiente,
claro honor de Zaragoza,
por cuyas hazañas goza
el sacro laurel tu frente,
mi cautiverio dichoso,
ni en tu poder mis agravios,
que el imperio de los sabios
es el menos riguroso.
La patria, la libertad,
mis deudos, el ser quien fui,
en un instante perdí
en la infelice ciudad
que vuestras armas rindieron,
y entre tan amargas penas,
prisiones de tus cadenas,
mis lágrimas suspendieron.
Viéndote heroico soldado,
tan dueño de tus acciones,
tan cortés en tus pasiones,
tan honroso en tu cuidado,
que por el divino Apolo,
que me fuera huyendo dél
al premio de otro laurel,
y a ti te estimara solo.
Pero no te puedo dar
más imperio del que tienes
en mí, si ya no previenes
mi casto intento manchar,
que será ofender los dioses,
y tiene rayos el cielo.
Estima mi justo celo,
así con ellos reposes,
y los pasos de Diana
me deja seguir.
Espera,
que no será la primera
que el cielo vio profana;
si Júpiter, Dios tan justo,
se ríe de los amantes,
que por cosas semejantes
dejan de lograr su gusto.
Pregunta a Marte, a Neptuno,
a Pan, a Mercurio, a Apolo,
si un amor tuvieron solo,
u dejó de amar alguno.
Aunque es verdad que su amor
no te puedo aquí negar,
el hombre no ha de pensar
que en ellos cupiese error.
¿Cuál será mayor pecado,
el de un príncipe y un viejo,
en la república espejo,
del vulgo ejemplo y dechado,
u de un mozo que en la flor
de los años goza el mundo?
El de un rey.
Luego bien fundo
que el suyo es notable error,
y tú me has de conceder
que no es Dios, pues hace error,
y no ha de ser yerro amor,
ni ofensa tuya el querer.
Salgan Fabricio, romano, con otros soldados.
Soldado, el cónsul Lépido
esta esclava me ha pedido.
u disimula el agravio,
y a su voluntad te rinde,
u vete de la ciudad,
teme el poder y el rigor,
que es tirano siempre Amor,
y él, estima su beldad,
esto conviene español.
¿Qué haré, Dios, ¡ay de mí!?
Segundo, temerte así,
quedaste eclipsado Sol,
cuando ansí mi agravio intente
seré Dafnes fugitiva
por más que atrevido viva
en su poder solamente,
y por los dioses te juro
que no enlace otro Himeneo
mis brazos, que hago trofeo,
que tu victoria aseguro,
tu imperio será inmortal
en mi pecho.
Hermosa esclava,
¡gusto he de sufrir!
Acaba.
Gran pena.
Terrible mal.
Morir quiero.
Es desvarío.
Esto le toca a mi fe,
y aquesto a mi honor.
¿Qué haré?
Amado imposible mío,
sufriré, pues no puedo más.
¡Qué desdichado nací!
Siempre vivirás en mí.
¿Esa palabra me das?
Sí.
Llévalda.
¡Qué dolor!
Advierte.
No hay que advertir.
Vamos, penas, a morir.
Vamos a penar rigor.
+ Llevan los soldados a Brileyda.
Vase.
+ Canta dentro una mujer.
¿Esto mi fe consiente?
¡Ministro de mi mal, cruel, detente!
que me llevas la vida,
a la hermosura de Brileyda asida;
suspenso quedo en calma,
mas ¿cómo un cuerpo ha de vivir sin alma?
¿Para cuándo son, Júpiter, tus rayos?
¿Cuándo, Marte divino,
esgrimes el acero diamantino?
Mas, ¡ay!, que sois crueles,
no merecéis ceñir nobles laureles.
A ti, Amor, a ti solo
es debido el sagrado Mausolo;
que tus milagros son muy conocidos,
bien lo saben el alma y los sentidos,
que Apolo y Marte en guerra y paz prefieres,
cuando dar los infiernos y glorias quieres;
y pues vences al Dios más poderoso,
manifiesta lealtad, séme piadoso.
(Si no eres tú la causa), en cifra breve,
¿quién es la causa que los cielos mueve?
Cristo es Dios, no hay más segundo,
que de una virgen nació,
solo los cielos crió.
y solo el Autor del Mundo.
¡Oh milagrosa voz, en quien he visto
que hay falsos dioses y mi ciego engaño,
y que a la vanidad por dios conquisto,
y el viento sigo, a costa de mi daño!
¿Dónde será posible hallar a Cristo,
nombre tan nuevo y hasta agora estraño?
Enséñame, Señor, camino o parte
(pues eres Dios), adonde pueda hallarte.
dentro
No es difícil el buscarme,
aunque difícil parece;
si hallarme quieres, padece,
Segundo, y sabrás hallarme.
Aunque mi fe no ha entendido
este emblema soberano,
con oírle agora gano
cuanto hasta agora he perdido.
A padecer me condena
antes de llegarle a ver;
grande gloria debe ser
la que cuesta tanta pena.
Mas si Cristo, como advierte,
es la causa superior,
contento será el dolor
y será vida la muerte.
Cielos, cuyo movimiento
en su concierto asegura
que una sola deidad pura
os dio esplendor, ser y aliento;
astro hermoso, rubio Apolo,
a quien por Dios conocí,
aunque de la voz que oí
conozco que es Cristo solo.
Hermosísima Diana,
cuyo nombre es Proserpina,
y a quien adora divina
aunque ya te juzgo humana.
Campos, en cuyo Vergel
toda el Alma se recrea,
por ser rasgos de la idea
del más heroico Pincel.
Pájaros, a cuyo acento
este arroyo despeñado,
aunque es Cometa del prado,
detiene el curso violento.
Mar, que Monstruo cristalino,
por tenerte siempre a raya
con el freno desta playa
te doma el poder divino.
Hoy se acaba mi temor,
cielo, tierra y aguas puras,
y pues sois todos criaturas,
manifestadme el Criador.
Mas son Ciegas mis congojas,
pues lo que yo estoy dudando
el campo está publicando
con las lenguas de sus hojas.
Los Cielos, con mil colores,
el Sol, con su providencia,
la Luna, con su influencia,
el Vergel, con frutos y flores,
el Mar, con su movimiento,
el arroyo en sus pasiones,
las Aves en sus canciones,
dulces lisonjas del viento;
y añaden más confusión
a la luz de mi deseo,
pues que racional me veo
cuando irracionales son.
Pero, si compadecer,
esta gloria he de alcanzar,
discursos, a imaginar;
entendimiento, a entender;
sentidos, a discurrir;
a confiar, esperanzas;
a huir, desconfianzas;
impaciencias, a sufrir.
Pero de la causa siento
que, pues que ha empezado ya,
que con nueva luz será
farol de mi entendimiento.
Vase.
Salga el Demonio en hábito de bandolero.
Yo, que celestial ministro,
yo, que serafín alado,
mi asiento quise poner
sobre el Aquilón y el Austro;
yo, que al verme tan hermoso
en océanos de rayos,
Narciso de mi hermosura,
fui escarmiento de los astros;
yo, en fin, que altivo y soberbio,
de Dios profané el recato,
y, aunque le admiré divino,
no quise adorarle humano;
otra vez del centro oscuro
a la luz del mundo salgo,
venenosa sierpe ardiendo,
rugiente león bramando,
Para inficionar de nuevo
estos avileses campos
adonde la idolatría
me levanta simulacros,
que por ciertas conjeturas
que de mi ciencia alcanzo,
conozco que esta provincia
muy presto al crucificado
Dios, que yo tanto aborrezco
y que me ha ofendido tanto,
se ha de convertir. Sospecha
con que desespero y rabio,
que basta que el reino mío
Dios a mí me haya quitado
sin que usurparme pretenda
este rico mayorazgo.
Por eso en agrestes montes
bandolero me disfrazo,
que el áspid mejor se oculta
entre olorosos acantos;
toda aquesta serranía,
a quien el Adaja claro
riega con cristales puros,
es de rústicos villanos
en cuya simpleza siempre
logro mejor mis engaños.
Ya la ocasión se me ofrece,
pues en el bosque intrincado
Melisa y Damón (que son
dos rústicos aldeanos)
se han perdido, que la noche
descoge un negro manto.
Damón adora a Melisa,
y ella le aborrece, y Lauro,
otro pastor de este monte,
la quiere también, y entrambos
padecen de ciegos celos,
y a este sitio van llegando;
y pues no puedo vengarme
en Dios, desharé el retrato
que Dios, artífice inmenso,
dibujó con docta mano;
haré que goce Damón
a Melisa, y si el villano
llega a lograr sus deseos,
pienso después despeñarlos
desde esta montaña al río,
desde aquí el suceso aguardo.
+ Dice dentro [Me]lisa, y responde Damón
+ cantando
Pues la ocasión llega,
gócela, Damón,
que muy pocas veces
llega la ocasión.
+ cantando
No me envíe, madre,
más a la feria,
porque hay muchos que compran
a la belleza.
¡Melisa!
¡Damón!
¡Melisa!,
¿adónde te has ocultado?
Baja por la senda al río,
porque de Ávila aún estamos,
sospecho, que media legua.
No puede el burro dar paso.
Pero quien en asnos fía
la albarda sufra del asno.
Suéltale.
Ya yo le suelto,
que un asno siempre es pesado.
Acércate.
Ya me acerco.
¿Tienes miedo?
Tanto cuanto.
Y yo tanto tengo.
Tú también, ¡buenos estamos!
Deja que el borrico solo
se vaya por el atajo
y salte.
Ya estoy salido.
Salen agora
Yo también, que algún diablo
anda por aqueste monte.
+ dent. y esp. +
da un tirón del sayo
Comiencen pues mis engaños.
Mas, ¿qué es esto? Di, Melisa,
¿me has tirado tú del sayo?
¿Yo, Damon? ¿Qué es lo que dices?
No, Melisa, nos burlamos;
por Venus, que un pensamiento
en que mucho me regalo
me dice agora:
gózala,
¿qué aguarda?
Los mentecatos
tal vez tenemos buen gusto.
¿Cómo callas, Damon, tanto?
Porque obrar, Melisa, intento.
¿Qué has de obrar?
Si tengo manos,
¿no es claro que obrar podré?
¿Y a qué esperas?
Más a espacio,
señor pensamiento mío,
que sois muy desvergonzado.
Y antes de dar la sentencia
sobre el pleito discurramos.
Parece que te diviertes.
Ello será fuerte caso
destripar a una doncella.
No será.
¡Qué temerario
que se arroja el pensamiento!
Y según esto, fallamos
que debemos condenarla.
¿En qué estás tan embobado,
Damón?
Pardiobre, Melisa,
que aunque lo estaba dudando,
que es ya fuerza el hacer fuerza.
¿Qué fuerza?
Al efecto vamos,
esto de la voluntad
como siempre lo han mostrado
los rufianes de Castilla
nunca está en las propias manos.
Quiero decir, que el amor,
como le pintan mochacho,
cuando no le dan la fruta,
entonces desesperado,
si no se la dan, la toma.
que esto tiene de bellaco.
¿Qué intentas decir en eso?
Melisa, al efeto vamos.
Traer ejemplos agora
pienso que será excusado
cuando historias lo publican
de romanas y romanos.
Si hizo fuerza uno, hizo fuerza
Tarquino, el paso muy largo,
y no sos doncella encina
que hais de dar el fruto a palos,
y no había como agora
entonces papel sellado,
y así los pleitos se avenían:
yo vi tus luceros claros
una calurosa siesta,
pienso que habrá tres veranos.
Pues bien, ello ¿qué me importa?
Melisa, al efeto vamos.
Tú no me amas, yo te adoro,
tú te hielas, yo me abraso,
tú respingas, yo me humillo,
tú me das celos, yo callo,
tú te ríes, yo lamento,
dasme penas, yo regalos,
tengo infierno, gloria tienes,
tienes gusto, peno y rabio,
yo me acuerdo, tú te olvidas,
y me das celos con Lauro;
es de noche, y hace oscuro,
estás sola en este campo,
eres ingrata, yo firme,
tú eres hembra y yo macho.
Ocasión tengo, y Amor,
harto os he dicho, miraldo.
¿Cómo, cruel, di, te atreves?
No hay que rehusallo.
¡Villano!
¿Quién te lisonjea, por dicha?
¿Me vendo yo por hidalgo?
¿Qué puedo hacer, ¡ay de mí!?
No tenéis que querellaros,
que estos árboles no son
alguaciles ni escribanos
para dar fe del delito.
Quejaréme al cielo santo.
Nublas están sus estrellas,
y serán testigos falsos,
si dicen lo que no han visto.
Primero me haré pedazos;
¡valedme, sagrada Venus!
Está agora con Vulcano,
y es fuerza que no os escuche .
Damón Tarquino me llamo,
si vos Melisa Lucrecia.
+ Vase.
La oscuridad destos ramos
defienda mi honor agora.
Escurrióse de las manos
sin poderlo remediar ,
como anguila; no me espanto,
que so Tarquino novicio.
+ Dentro.
¡Valedme, Dios sagrado!
Hasta la ciudad pretendo
seguir el desdén ingrato.
Aguarda, tenelda, arroyos,
peñas, estorbad el paso.
Mas cierta ocasión perdí;
alcanzar otra no aguardo.
¡Qué valiente tarquinada
perdí por ser mentecato!
+ Vase.
Desespero, mas yo haré
que en las peñas tropezando
caiga Danón en el río,
y que el cielo encapotado
aborte sierpes de fuego
sobre estos duros peñascos.
¡Ay de mí, que en el Adaja
he caído! Bien templado
quedará mi amor agora
que me ahogo.
Ya nadando
pretende buscar la orilla.
¡Ah, pesia a mi necio engaño,
que no logre mis intentos!
Todo sucede al contrario
de lo que deseo. Cielos,
que contra mí conjurados
atajáis mis pretensiones,
si de vuestra luz soy rayo,
porque eclipsáis mi esplendor
en nuevas Etnas me abraso;
y más agora que advierto
que ser del gremio cristiano
quiere el español Segundo,
y que nueva ley buscando
los pasos sigue de Diego.
Mas estorbaré sus pasos,
que si de Briseida hermosa
Segundo está enamorado,
tomando la forma misma
de Briseida, su nuevo encanto,
seré de sus pensamientos.
¡Que al hombre le quiera tanto
Dios, y que a mí me aborrezca!
Pero si todo hombre humano
es de barro, ¡qué bendito
yo lo que bebo este barro!
Vase.
Salgan Segundo, Torcato y Indalecio.
Nuevos milagros, Torcato,
deste cristiano nos cuenta,
y sospecho que no intenta
ser a su doctrina ingrato.
¡Qué dulces historias son
las que predica y enseña!
Para su vista es pequeña
la fama de su opinión.
¿Es posible que en España
hacen dél tanto desprecio?
Hoy han mostrado, Indalecio,
que es gente fiera y estraña;
que entre los bárbaros fieros,
adonde a Cristo predican
y sus grandezas publican
otros sanctos compañeros,
se ha visto que han hecho fruto,
y España tan mal se labra
que, al ardor desta palabra,
es campo estéril y enxuto.
A cuya razón de Cristo
altas parábolas muestra
contra la dureza nuestra
que tan pertinaz ha visto,
cuenta de aquel sembrador
que sembró en piedras y espinas
Porque sus cosas divinas
no tienen fuerza, y valor.
Con solo haberte escuchado,
tocado amigo, los dos,
ya de que este Cristo es Dios
tenemos algún cuidado,
que este número infinito
de dioses, no es de creer
que son de eterno poder,
como algunos han escrito.
La antigua Filosofía
confesó la providencia,
y que de una eterna ciencia,
que es Dios, y principio tenía.
Pitágoras lo negó
y del discreto Senado
de Atenas, fue desterrado,
y aun los libros le quemó.
Los estoicos y epicúreos
de la opinión fueron dél,
diciendo que había en él
algo de beato y puro.
De lo presente y pasado
y futuro, tiene ciencia,
y quien niega providencia
también que es Dios ha negado.
Y de cuantos yo he leído,
el de los cristianos creo,
que ha satisfecho el deseo
que de hallar Dios, he tenido.
Opinión tuvo Estratón
que sin Autor engendraba
naturaleza, y se erraba.
Bien lo enseña la razón,
Cicerón y los demás
que esta verdad inquirieron,
sin esta luz anduvieron
que deste Cristo nos das,
con lo cual conozco, y sé
que es Dios, y eterna verdad,
y eso de la Trinidad
déjelo el ingenio a la fe,
porque misterios tan altos
con ella es bien que se crean,
pues los que más los desean
sin ella, quedan más faltos.
Cristiano, Torcato, soy
y mi voluntad profesa
lo que Segundo confiesa.
A entrambos mis brazos doy.
¿Cristo es Dios, y el que predica
Diego, su apóstol?
Los dos
tenemos por solo Dios
este que Diego publica.
Con esta resolución
buscar a Diego nos falta,
y de doctrina tan alta
seguir la justa opinión.
Un hombre viene, mirad
qué extraño traje, si es él.
Sin duda.
Ya se acercan, escuchad.
Salgan Santiago con esclavina y bordón, con veneras, y Teodoro, su discípulo.
Cristo es hijo de María,
como otra vez dicho os tengo,
según la carne, que así,
por sacar de cautiverio
del pecado al hombre, quiso
librar primero,
bajó del seno del Padre,
después del divino acuerdo,
a ser víctima suave
de aquel contagio y veneno,
porque destruyó la muerte,
como os he dicho, muriendo,
y resucitando, dio
a la vida ser, y aliento.
Decir las muchas virtudes
que en María concurrieron,
gracias y prerrogativas
desta oliva, palma y cedro,
no podré, porque le faltan
números al pensamiento;
y así mejor se publican
con la lengua del silencio.
Esta divina Señora,
a quien devoto obedezco,
me mandó venir a España;
mirad, Teodoro , si debo
ser agradecido a quien
es columna deste templo,
y luz de tantos misterios.
Con lo que de nuevo ha dicho,
quedo admirado de nuevo.
Por no atreverme a atajar
tan divinos documentos.
que llegue a besar tus plantas
con estos dos compañeros,
y pues es cierto que vienes
a buscar nuestro remedio,
te pedimos nos admitas,
Diego, a tu cristiano gremio.
Segundo es mi nombre, y soy
en Zaragoza, el primero
que de tu santa doctrina
a seguir los pasos deseo.
Segundo, pues el primero
fuiste en confesar a Cristo
(del pueblo que me espero
no como agora le he visto
pertinaz, rebelde, y fiero)
lo que Cristo a Pedro dijo
confesándole por hijo
de Dios vivo, te está bien,
y así para piedra, en quien
funde su Iglesia, te elijo;
serás, Segundo, el segundo
de Diego en España, y luego
alta luz que alumbra el mundo,
porque entre Segundo y Diego
sea el cimiento profundo;
de suerte que queda visto
que el lugar que a Dios conquisto
de tal Segundo le fío,
y aunque eres Segundo mío
serás Segundo de Cristo;
él la cabeza será,
tú la piedra, yo el obrero.
Pues si el principio le da
segundo de tal primero,
por tercero me tendrá,
y de ser tercero, estoy
mui contento, pues que doy
a Dios, un segundo tal
que es ya hixo principal,
pues le hereda desde hoy.
Si esta confisión y fe
me consiguen gloria tanta,
gran confianza tendré
que della cabeza santa
seré el más humilde pie.
Luego que nos ha informado
Torcato, oyéndote a ty
deste Dios en cruz clabado,
fe por la boca vertí
como él, sangre del costado;
y así es justo que a los tres
el agua sancta nos des,
porque sin esta limpieza
de tan dibina cabeza
seremos indignos pies.
Torcato, y los que abéis sido
capaces de my doctrina,
que béo de Dios escojidos,
a quien su espíritu inclina
el alma por el oydo,
dado me abéis alegría
con el fruto deste día
entre tan ingratas palmas,
pues dais a Dios vuestras almas.
es engrandecer la mía;
en infrutífero suelo
planté viña, no recelo
que aquestas pocas raíces
han de crecer tan felices
que lleguen con fruto al cielo.
Ciego santo, amparo nuestro,
desde este punto serás
nuestro patrón y maestro.
Y tú, Torcuato, tendrás
gran parte en el bien que os muestro.
Aunque es verdad que no he visto
a Cristo, si a verte asisto
lleno de Cristo el deseo,
ya en tus palabras le veo,
porque eres cristal de Cristo.
Seguidme, seréis lavados,
y de los hierros pasados
libres, y a Dios reducidos,
pues habéis sido escogidos
entre infinitos llamados;
que ya en estéril ribera
deste río nos espera
agua pura con que el mismo
Cristo instituyó el bautismo,
dando el Jordán la primera.
Van entrando y cantan dentro lo que se sigue.
Desde el sagrado Jordán
abierto el cielo se ha visto,
porque Juan da el agua a Cristo,
y Cristo la gracia a Juan.
Vuelven a tocar las chirimías y salgan otra vez los cuatro.
Hoy habéis renacido,
en gracia celestial, desde los cielos
el Señor se ha servido
(que penetrando los azules velos
su gracia nos envía)
de dar su bendición por esta mía.
Aquí junto a este muro
antes de entrar en la ciudad confusa
será lugar seguro,
para que oréis, que este silencio excusa
su vanidad inquieta,
y ha de ser la oración, siempre secreta.
Altamente, gran Diego,
tu fe nos aconseja.
Amigos caros,
ya la noche al sosiego
nos obliga, tratad de retiraos,
dormid mientras yo velo.
¿Qué te parece?
Que es varón del cielo.
Arrímanse a los lados del tablado, y pónese Santiago de rodillas.
Tocan.
Venid, bellas criaturas,
coros divinos, alegraos, cantemos
al Señor que en las puras
entrañas de una Virgen, dos extremos
juntó, mas ¿qué alegría
envuelta en resplandor el cielo envía?
Con chirimías vaya bajando desde lo alto, nuestra Señora sentada en un trono, y abajo ha de haber una luna que tendrán dos Ángeles, la columna de color de jaspe, hasta la cual bajará la imagen, y en llegando
Diga Nuestra Señora lo que sigue
Diego, viendo tu buen celo,
y que al fin de tantos días
en aqueste español suelo
tan pequeño fruto hacías,
vine a darte este consuelo,
que con el tiempo ha de ser
donde ha de prevalecer
la fe, hasta el fin defendida
con la propia sangre y vida
que a Cristo se ha de ofrecer;
y en aquesta ciudad más,
porque de infinita gente
que a Dios ofrecer verás,
ha de dejar la corriente
del Ebro, la sangre atrás.
Niños y flacas mujeres
desta España, de quien eres
patrón, por fieros martirios
merecen palmas y cirios,
porque ilustre asiento esperes.
La iglesia que te decía
en Jerusalén, mi Diego,
con esta señal, que es mía,
aquí la comienza luego,
Dios quede entre compaña.
Vuelven a tocar, y se va subiendo el trono.
¡Oh, eterno, increado Padre!
¿qué alabanza habrá que cuadre?
Ya en dos Tabores me he visto:
aquel del glorioso Cristo
y esta de su dulce Madre
pues que no me quedé allí
donde tan contento vi
a Pedro que esto pedía
a quien hiciera María
su tabernáculo aquí.
porque al fin donde estáis vos
es muy cierto que está Dios.
Torcato, amigo,
¿habéis velado conmigo?
¿no rindió el sueño a los dos
en un éxtasis único
de tan divina Señora
la belleza que admiré?
Sobre este Pilar que dora
su santo y bendito pie,
la primera Iglesia fundo
de España, amigo Segundo,
que consagraré a María.
Luego empezar la querría,
que ha de ser cielo del mundo.
Busquemos, amigos, gente
que mejor que la presente
ya España este templo goza.
Del Pilar de Zaragoza
se llamará eternamente.
Fin del 1.º acto
+ 1 Segundo, capitán español -
+ 2 Mario, capitán romano -
+ 3 Un cónsul -
+ 4 Briseida, 1.ª dama española
5 Santiago
+ 6 Torcuato.
7 Teodoro.
8. Indalecio.
9 El demonio +
+ Damón, y Melisa, villanos graciosos
+ Fabricio, soldado
La Música.
Salgan Mario, capitán romano, y Libia, romana, ricamente vestidos, Libia con espada, sombreros de plumas; Fabricio y otros soldados romanos al son de una caja.
Romanos, mientras que el sol
con vivas luces corona
las cabezas destos montes,
en la margen deleitosa
desta apacible ribera
con Libia pretendo agora
descansar. Haced, Fabricio,
retirar la gente toda
hasta que Febo en el mar
sepulte sus trenzas rojas.
Vanse los soldados.
Con gusto te obedecemos.
Dejadme, tristes memorias.
Libia, a cuyo sol divino
deben las esferas todas
esplendor que las ilustra
y rayos que las adornan,
a cuya beldad las aves
en canciones sonoras
Como a Aurora te festejan
y te aplauden como a Flora.
Aquella ciudad que miras
que sobre escollos y rocas
es escala de las nubes,
pues con ellas frisa y toca,
es Ávila, cuyo nombre
a pesar de las discordias
del tiempo, vivirá eterno
en las humanas memorias.
Esta apacible campaña
a quien el Adaja baña
enamorando las flores
con cristalinas lisonjas,
es de los Elíseos campos
una emulación honrosa,
pues su eterna primavera
siempre permanece, contra
los rigores del invierno,
que sus hielos no malogran
ni lo dulce de sus frutos
ni lo verde de sus hojas.
De tanto español aplauso
vienes, Livia, a ser señora,
y así quise que primero
que entres en Ávila, veas
deste fértil territorio
las campañas espaciosas,
ya en ellas nueva Diana
peinaste su greña umbrosa.
Matando cerriles fieras
que a tus pies se humillan todas,
y cuando pensaba verte
alegre, te miro agora
descontenta, triste, esquiva,
irritada, desdeñosa.
¿Qué nueva causa te aflige?
¿Qué nueva ocasión te exhorta?
¿Qué desvelos te atormentan?
¿Qué pesares te congojan?
Si fatigada te sientes
de la siesta calurosa,
cama estas flores te ofrecen
mejor que en turcas alfombras,
y pabellón estos ramos
con sus bien tejidas copas.
Para mitigar lo ardiente,
esta fuente sonorosa,
cristal deshecho a pedazos,
tan helado, que no ha un hora
que, congelado del cierzo,
era nieve entre estas rocas,
todo a tus plantas se humilla.
No ignore yo de tu boca
las causas, pues del semblante
los efectos no se ignoran.
¡Oh, cómo, Mario, tu ingenio
con atención cuidadosa
quiere desmentir agravios
que en tu corazón se forjan!
Mas en vano los encubres
Porque una llama amorosa
cuando el pecho la recata
la hace entonces más notoria.
A ti sí que te atormentan
penas, desdichas, congojas,
en ti se advierten deseos
y se contemplan memorias
de la esclava que dejaste
sin tu gusto en Zaragoza;
alma de la gala y brío,
Briseida, deidad hermosa,
la que tanto me encareces,
cuyo premio te malogra
el Cónsul, pues a sus ojos
dicen que amoroso adora,
y por quien en su presencia
tanto los celos te enojan
que no mirando al respecto
debido a su Real persona
con el Capitán Segundo
quiso tu pasión celosa
reñir por la esclava, mira
si la pena vive impropia
en mí, mira si bastantes
son los celos que me ahogan
para conocer que en ti
hay voluntad cautelosa,
intención disimulada,
áspid que oculto entre rosas
mejor recata el veneno,
y cocodrilo que llora.
Por dar muerte a quien le escucha,
sirena que entre las ondas
al más cauteloso Ulises
con su música enamora.
Y advierte, si debo estar
de ti sin razón quejosa,
de tu desvío irritada,
pues entregas tu memoria
a una esclava, despreciando
el timbre que me corona,
la sangre que me ennoblece
y la fe que me acrisola.
Aparte
Aunque más he pretendido
desmentir mi pasión loca,
no he podido, pero intento
engañarla. Libia hermosa,
¿es posible que aún lo casto
de mi afecto no conozcas?
¿La belleza de Briseida,
esta esclava, di, qué importa
si es al sol de tu hermosura
toda hermosura una sombra?
Olvida vanas quimeras,
deja sospechas celosas,
porque primero este monte,
cuya levantada copa
recoge el llanto que vierte
aún mal dormida el Aurora,
se verá en valle humilde,
y las estrellas que bordan
el firmamento serán
del suelo luciente alfombra.
que mi fe deje de amarte,
ni mi noble afecto rompa
de la cárcel del sentido
sus prisiones amorosas;
bien finjo.
¡Ay, Mario, qué presto
suele un corazón que adora
creer fáciles engaños,
que no solamente perdonan
los pechos agradecidos!
Yo quiero creerte agora,
aunque el alma no sosiega
en el pecho temerosa.
Deja engañosos recelos.
Brígida, que el demonio la toma su forma.
Pues de Brígida la forma
he tomado, agora es tiempo
de sembrar nueva discordia.
Doy principio a mi engaño:
¡Ay de mí!
Si no rimbomba
el eco entre esta peña, con
sospecha que he oído agora
quejarse.
Yo también, Libia.
¡Cielos! ¿No habrá quien socorra
a una mujer desdichada?
¿Otra vez los oyes? Esta
una desmayada queja...
¿Quién puede ser
por estas rocas?
serán su lúgubre sepulcro
de mi juventud ociosa.
Baja rodando Briseida, ensangrentado el rostro.
Válgame Apolo, una dama
al parecer cazadora,
despeñada dese monte,
con viva púrpura borda
las flores desta campaña.
Su tragedia es lastimosa.
Lleguemos.
No os aflijáis,
que no ha sido peligrosa
esta caída.
¡Gran suerte!
En otro tiempo di otra,
a cuyo golpe violento
todos los planetas, todas
las esferas caducaron
desta fábrica lustrosa;
y aunque perdí la hermosura,
no perdí el valor ni agora
me pudo faltar.
¿Quién eres?
Nos di, mujer prodigiosa,
que la sangre que en tu frente
se dilata nos estorba
que podamos conocerte.
Basta, fatiga de mi pecho, agora.
No sé qué temor me aflige.
Salga otra vez la ponzoña
en que mi pecho se baña.
Di pues, Palas generosa,
tu nombre.
¡Qué bien el tuyo,
invencible Mario, borras,
dando a finezas olvidos
y a sentimientos lisonjas!
Briseida soy, no te admires,
ni tú, Libia, me interrumpas
lo que deciros pretendo.
Pues, ¿cómo,
pena gustosa,
pudiste, hermosa Briseida...?
Tente allí.
¿Qué os alborota?
Por ti, Mario, las prisiones
del Cónsul en Zaragoza,
a pesar de inconvenientes,
por ti solo, dejo rotas.
Mucho esta mujer se atreve.
Mucho esta mujer se arroja.
¿Qué os suspendéis? Verdad digo,
que no importa, que no importa
que tú, Libia, a mí me escuches;
porque cuando las personas
de mi calidad se atreven
a decir pasiones propias,
los pundonores se olvidan
y los respetos se borran.
Yo te adoro, y no a Segundo,
como tu pasión celosa
ha pensado, y si no pude
corresponderte hasta agora,
fue por no irritar al Cónsul.
que era arriesgar su persona;
mas luego que se vio libre
mi albedrío, postas toma:
bien así como el arroyo,
viva serpiente de aljófar,
no para hasta descansar
de Neptuno en las alcobas;
así mi pecho amoroso
no descansa, no reposa
hasta verte, que eres centro
del objecto de mis glorias.
Llego a Ávila, y sabiendo
que con Libia, a quien adoras,
fatigas esta montaña,
registro sus grutas todas,
y vagando la espesura
esta siesta calurosa,
sin pensar, veo a Segundo,
tu competidor, que agora
de Roma dicen que llega,
porque el Apóstol de Roma
le ha constituido obispo
desta ciudad populosa.
Ya cristiano se apellida,
y los inciensos y aromas
que a Marte ofreció, ya ofrece
a Cristo, con fe devota;
y como amantes deseos,
cuando son firmes, muy pocas
veces se olvidan, Segundo
Viéndome en el monte a solas,
lograr quiso sus deseos,
pero fui constante roca;
amoroso se me humilla,
defiéndome desdeñosa;
pero, viéndome tan firme,
desesperado se arroja,
solicitando eclipsar
los blasones de mi honra.
Llamo a los dioses, no me oyen,
y, entre mortales congojas,
nueva Dafnes me escapé
de sus pretensiones locas;
y, peinando diligente
del bosque la greña umbrosa,
entre unas peñas tropiezo,
de su espesura coronas,
caigo a sus plantas herida,
porque era cosa forzosa
que quien viene de amor ciega
el peligro no conozca.
Estas finezas me debes
cuando tú, ingrato, malogras
una fe que te idolatra
y un deseo que te adora.
¿Qué dudas, qué te suspendes?
Pero ya de Libia gozas,
y dirás que tus finezas
Libia las merece sola.
Vase.
Dices bien, quédate, ingrato,
mas advierte que provocas
mi afición a aborrecerte:
de tu sinrazón traidora
tomaré justa venganza.
Decoro honrado, perdona:
buscar pretendo a Segundo,
y con fe más cariñosa
corresponderle agradable,
borrando de la memoria
la que de ti, Mario, tuve,
y con acción más gloriosa
entrará a gozar Segundo
de mi pecho la victoria,
de mi fe la fortaleza,
de mi amor las dichas todas,
pues él solo ha merecido
el honor que tú baldonas,
la gloria que tú desprecias,
y la fe que tú malogras.
Detente, esclava enemiga,
aguarda, Briseyda hermosa,
que he de vengar
que pretendo
que de mi rigor conozcas
que de mi afición adviertas
que tratabas
que te enojas
sin méritos,
sin justicia,
al blasón de mi persona,
con lo noble de mi amor.
Seguiréla.
¿Quién te estorba?
¿Qué he de hacer, que soy a un tiempo
del mar combatida roca?
Confieso, Libia...
Ya es tarde.
Que adoraba...
Pues, ¿qué importa?
Y que un natural afecto
me arrebató la memoria.
Sirena, ya no te creo,
no me enterneces aunque lloras,
vil cocodrilo, ¿qué aguardas?
Sigue a Briseida.
Reporta
la intención, vuelve...
A matarte.
Esa, esa crueldad...
Esta es honra.
Escucha, y mátame luego.
Soy a tus encantos sorda.
¿No hay remedio?
No hay remedio.
¡Venganzas agora, agora!
Vengaréme de Briseida.
Toca a marchar, toca, toca
contra el español Segundo.
Contra mi pasión celosa
incendios el pecho exhala.
Volcanes el alma aborta.
Vanse, y toque cajas.
Salen Damón, y Melisa, y Lauro de villano, que es el demonio.
¿Quieres me dejar, Damón?
¿Quieres me querer, Melisa?
Mi desprecio no te avisa
que es necia tu presunción,
en que fundas tu locura.
En amar y en porfiar
hasta que te llegue a hablar
un día con más ventura.
Yo envidiara la que tiene
Lauro contigo, a no ser
tu firmeza de mujer
que su desdicha previene.
Aparte.
En vano te persuades,
Damón, tu ignorancia veo,
cuando ya el santo Himeneo
quiere atar dos voluntades.
Por estos desiertos ando
entre esta gente ignorante,
ya en forma de caminante,
ya varios modos buscando,
para que este Reino mío
no llegue a serlo de Dios,
que aunque hay poder en los dos
poco de mis fuerzas fío.
Ávila sale a hacer fiestas
a este templo de Diana,
y tomando forma humana
me he querido hallar en estas,
con nombre de un cazador
que sirve a esta labradora.
Calla, Damón, en mal hora,
que no he de tenerte amor.
¿No basta que a mi pellejo
le hiciese tu desvarío
(cuando me caí en el río)
que jurase de abadejo,
y que de Amor en la fragua
asarme no mereciese,
con que tu crueldad me hiciese
huevo pasado por agua?
Si así tus dudas me afrentan,
lloraré noches y días,
como el bobo Juan Mexías
que las fábulas nos cuentan.
Melisa ha de ser mi esposa.
Si fuera de buena gana;
mas hice voto a Diana,
y es obligación forzosa
consultarle tu cuidado,
que, pues ya sabe mi pecho,
le dejará satisfecho
y el tuyo desengañado.
¿Desengañado? ¡Ay de mí!
Luego ¿no eres mía?
No.
¿Quién mejor te mereció,
de cuantos viven aquí?
¿Estos campos avileses
no cubren ganados míos,
no me dan pesca sus ríos,
sus vegas doradas mieses?
¿No tengo cien labradores
que me sirven, y el regalo...?
Con que vivo, no le igualo
al de soberbios señores,
sino en plaza cortesana;
en mis prados lidio el toro,
no sobre mochilas de oro,
sino de palmilla y grana,
que adornan briosas yeguas.
Mi edad, ¿no es gallarda y fuerte,
tanto, que puedo a la muerte
pedir por cien años treguas?
Quiéreme, Melisa, y mira
que eso de la castidad
de Diana no es verdad.
Lauro, espera, que me admira
oírte hablar de esa suerte;
así ofendes a los dioses.
Melisa, así en paz reposes,
cuando con dichosa muerte
después de felices años
en los Elíseos te veas,
que su castidad no creas,
que son fábulas y engaños.
Lauro, ¿oíste de Acteón
la miserable fortuna?
También sé lo de la Luna
y el pastor Endimión.
Llamarla a la Luna trina
no es porque es Luna en el cielo,
Diana casta en el suelo,
y en el centro Proserpina;
pues esta Luna Diana
gocaba deste Pastor
esta es blasfemia, y herror
antes hystoria mui llana
rompe el virginal decoro,
cásate, Melisa mía,
conmigo.
ay de mí, sería
causa de mi eterno lloro.
déjame, Lauro, estoy loco
con justa causa por ti.
en fin, no me quieres a mí,
zagal, pero a nos tampoco.
Burlando
en bano te persuades,
Damón, tu ignorancia veo;
cuando ya el Santo Himeneo
quiere atar dos voluntades,
poco valen confianzas.
Lauro, donde ai menos precios
siempre prometen los necios
buen fin a sus esperanzas.
Melisa ha visto mi amor
y a mí me quiere escojer;
pobre so, pero el plazer
es la riqueza mayor.
mas aunque pobre, Melisa,
tengo mi casa, y mi hogar,
y dentro de ella un aguar
que aunque vengas en camisa
tendrán enbidia de ti.
oye, yo tengo un jergón,
dos sayos, y un camisón.
Una cuchar para mí
y otra para ti, quijera
ya que me vengo a casar,
el vaso no le contar
porque es de mala madera;
tengo un banco, aunque está cojo,
y en una sarga, a Nerón
pintado, que es bendición,
sino que le falta un ojo.
Asador, candil, sartén,
mis trébedes, mi caldera,
tres platos, y una arpillera
para limpiarlos también.
Nunca temo que se pierda
en los campos Abileses
cosa alguna de mis reses,
seis animales de cerda
casi casi, como yo,
traigo en los montes agora.
De todo serás señora,
¿quiéresme, Melisa, o
no?
¡Qué breve, y qué fácilmente
me respondes!
Oye, aguarda,
que loco error te acobarda,
cuando tu ignorancia intente
dar a Diana este honor
y a su templo en sacrificio
tu castidad, claro indicio
será de tu necio error
la respuesta de la diosa.
Entra a hablar, y tú verás
cómo dice que tendrá
más gloria por ser mi esposa
que por ninfa suya.
Voy
a ver si responde así
como me dices aquí.
Di que es verdad.
Vase Melisa
Tuya soy.
Vase
Yo la sigo, porque espero
que es mujer, y ha de mudarse.
Vase
Ésta pretende escaparse,
violar su limpieza quiero;
la diosa ha de consultar,
y yo en ella he de responder,
y como costumbre lo hace,
allí la pienso engañar.
Deshonraré la criatura
de Dios, por quien la perdí,
que para vengarme así,
voy deshaciendo su hechura.
Salgan Segundo vestido de Obispo con un báculo y sombrero con caireles verdes de camino, e Indalecio vestido de estudiante.
Ya que el cielo ha permitido
para más gloria del suelo
que a vista desta ciudad
aunque cansados lleguemos,
mientras los demás descansan
en el margen lisonjero
de aqueste apacible río
también descansar pretendo,
porque antes de entrar en ella
contemplar despacio quiero
lo populoso en sus torres
y lo fuerte en sus cimientos;
mas ¿qué importa si le falta
de Dios el conocimiento,
que de muros se corone
ni de peñascos soberbios?
En tanto pues que descansas,
Señor, suplicarte quiero
que me cuentes el martirio
del patrón de España Diego,
que como en Roma quedé
no tuve deste suceso
verdadera relación.
Estarás, Indalecio, atento,
que brevemente diré
de su muerte los portentos.
Después que Diego divino
acabó el sagrado templo,
a María consagrando
por tan divino misterio
primera Iglesia de España,
donde hizo basa y asiento
de aquel precioso Pilar
que los ángeles trujeron
a las riberas dichosas
que fertiliza el Hibero,
de una milagrosa imagen
de su soberano Dueño
que los cristianos veneran
y a quien miran con respeto,
Vase
Sale
Vase
Caen los
ídolos
Salgan ambos soldados
Los gentiles, sin que nunca
a nuestro glorioso Diego
se opusiesen sus rigores,
que así le ayudaba el cielo,
encomendando a Teodoro,
a quien ordenó primero
de presbítero, el cuidado
desta iglesia, volvió luego
a Jerusalén, adonde
seguimos nuestro maestro;
predicaba el santo Apóstol
aquel incrédulo pueblo
que al mismo Dios que esperaba
puso en una cruz suspenso;
y el pontífice Abiatar,
envidioso de sus hechos,
contra sus milagros trujo
cierto mágico hechicero:
era Hermógenes su nombre,
cuyos conjuros y cercos
en apariencia obligaban
a las estrellas y cielos;
pero, en fin, reconoció
a Cristo por Dios inmenso,
dando a Abiatar y a Josías
nueva envidia y nuevos celos.
De la guarnición romana
dos centuriones trujeron,
donde llorarás al vivo
a Cristo en el huerto preso;
porque en haciendo Abiatar
La seña al romano fiero.
Al santo cuello Josías
aprieta un cordel estrecho.
Traía Herodes entonces
la investidura del reino,
y deseaba agradar
al inicuo pueblo hebreo;
que los príncipes, a veces,
de opinión del pueblo ciegos,
fieras leyes ejecutan
en humildes extranjeros.
Arrastrándole llevaban,
sin perdonar por momentos
a las venerables canas
y nazarenos cabellos;
no pudo estorbar la prisa
que no sanase a un enfermo,
convirtiéndose Josía
de su prisión instrumento;
que aunque el Judas había sido
para la traición del celo,
fue después un Pedro en llanto
y un Esteban en ejemplo.
Degollar los manda a entrambos,
y al fin llegaron al puesto
donde, con tiernas palabras,
se dieron abrazos tiernos.
La misma espada que corta
el dichoso cuello a Diego,
teñida en su santa sangre...
Apenas pasa el pecho,
pudiera darle la vida
la sangre, tocando al cuerpo;
pero quien la daba a Dios
quiso más gozarla luego.
Suben las almas dichosas,
Cristo y Dimas pareciendo,
porque veas cuánto vale
un ay que penetra el cielo.
En esto el tirano rey,
por ver al vulgo contento,
los apóstoles persigue,
y de todos prende a Pedro.
No le mató por querer
que celebren primero
la pascua de los ácimos,
y así le trujeron preso.
Cargado estaba el apóstol
de más paciencia que hierro,
con dos puertas y dos guardas,
de velar rendido al sueño,
cuando el que pasó los hijos
de Israel el mar Bermejo,
sacó a Josep de la cárcel
y a los tres niños del fuego,
envió a librarle un ángel,
todas las puertas abriendo;
que no hay puertas que resistan
su divino mandamiento.
Puesto Pedro en libertad
despues de comun acuerdo
haciendo camino a Roma
y no de la muerte huyendo
el cuerpo de Diego santo
ya en España le tendremos
si no es que como en la vida
padece naufragios muerto
esta es amigo la hystoria
de nuestro amado Maestro
por quien son mis ojos Rios
y mar de llanto mi pecho.
este es dichoso martirio
de Diego a quien debemos
el fruto de su doctrina
y la fe de sus preceptos
para glorioso blason
de nuestro español Imperio,
para honor de sus hazañas
y de su templo trofeo.
Dichosa España pues gozar merece
de tal Patron y protector divino
pues hoy con sus reliquias se ennoblece
mejor que con sus minas de oro fino,
préciese de que Diego la engrandece
mas que de que a poblarla Tubal vino,
despues de ver su Abuelo el patriarcha
sereno el sol y sosegada el Arca
no estime ya de Cadiz las colunas
pues tal columna de la Iglesia ha visto
que aunque sea verdad que hubiese algunas
Hércules puso aquellas, y esta Cristo,
no diga ya con armas importunas
del mundo a la cabeza me resisto,
sino que tiene por cabeza a Diego
que destruirá los vanos dioses luego.
Ya no será por el valor famosa
de los caballos que engendraba el viento
en la provincia de Vandalia hermosa
sino por ser de Diego ilustre asiento.
La goda sangre antigua, y belicosa
que fue de España lustre, y ornamento,
la fama deje al cuerpo desangrado
que sin ella mayor honor le ha dado.
A grande empresa, Pedro, nos envía.
+ / tocan dentro / música
¡Cuándo España ha de ver el feliz día
que salgas de tu caos confuso, y ciego!
pero puesto a tu necia idolatría
de nuestra fe, ha de encender el fuego.
Válgame Dios, qué voces serán estas.
Sin duda son de regocijo, y fiestas.
Salgan Damón, Melisa, Ergasto, y los músicos cantando, y bailando lo que se sigue, de labradores.
A Diana bella,
la que mereció
ser cuna divina
y hermana del sol,
Diosa de estos campos,
por quien Anteón
transformado en ciervo
un reino perdió,
hoy hacemos fiestas
porque su favor
conceda a estos prados,
que ya elíseos son.
¡Toca, toca, y haya fiesta
a la gran diosa
más hermosa
que el sol, que su luz le presta!
Cese la música un poco
y comience el sacrificio.
Mira, Indalecio, el indicio
de pueblo idólatra y loco.
Quiero llegar a alumbrar
el ciego error de esta gente.
Oye, Ergasto, atentamente,
que hay gente en este lugar.
¿Cómo gente?
Y gente extraña.
¡Qué extraño traje!
¡Y qué nuevo!
¿Quién sois?
Ilustre mancebo
y noble gente de España,
cristianos somos.
¿Quién son
cristianos, que nunca he visto?
¿Qué es cristianos?
Ser de Cristo.
De Cristo, estraña razón,
¿quién es Cristo?
Cristo es Dios.
Dios estraño.
Y nunca oído.
¿Es Dios nuevo?
Siempre ha sido,
y a este adoramos los dos.
Aqueste es, sin duda, aquel
que un Nazareno decía
que el traje mismo traía
y era Diego el nombre dél.
¿No es este un dios que murió
a manos de un pueblo ciego?
De morir fue su deseo
porque vida al hombre dio.
Satisfizo ansí la ofensa
librando al género humano
del tributo de un tirano
aunque fue la paga inmensa.
Dejó ley que ha de seguir
el que se quisiere salvar.
Los dioses se han de enojar
si estos queremos oír.
Mueran luego, que profanan
nuestra fiesta y sacrificio,
y hacémosles gran servicio,
si es que adorarlos se allanan.
Oídme, y luego podréis
matarme.
Mueve a respeto
el verle hablar, que os prometo
que es tanto lo que podéis
conmigo, ya, que quisiera
daros el alma.
Tu amigo
seré, oye lo que digo.
A no ser hombre, creyera
viendo su rostro, y su agrado,
su dulce hablar, que se encierra
en él, honrando la tierra,
Dios alguno disfrazado.
¿Qué nos quieres? Saber quiero,
dime a mí a lo que has venido
a España.
En ella he querido
sembrar el fruto que espero
coger, si me ayuda el cielo.
Amigos, vengo a enseñaros
el camino de salvaros;
Dios bajó a tomar al suelo
carne de una virgen santa,
y en cuyo seno encerró
al que a los cielos crió,
que amor tiene fuerza tanta;
salió, quedando ella entera
como primero lo estaba,
y aquel que estrellas pisaba
allá en su divina esfera,
Apóstol sumo de España,
las maravillas que obró
en el pueblo que enseñó,
y a quien predicó tres años,
un Ángel podrá decirlas,
que yo indigno no me atrevo
sin obrar en mí de nuevo
una de sus maravillas.
incienso, y gloria a su nombre,
Cristo es Dios, que se hizo hombre
para poder rescatar
al hombre de cautiverio
en que le puso el pecado,
que estos dioses que ha inventado
con afrenta y vituperio
de vuestros ingenios claros,
vuestra ciega idolatría.
Son sombras, en quien confía
vuestro enemigo al engañaros.
Parece que tus razones
el alma me han abrasado.
Altas cosas has tocado,
pero mira que te pones
a gran peligro.
Primero
de los dioses dice mal.
† Saca una cruz.
† Dentro grande ruido, salgan llamas del vestuario.
¿Hase visto engaño igual?
Jesús es Dios verdadero,
los demás ídolos vanos;
y porque os desengañéis
desta verdad, hoy veréis
los milagros soberanos
deste divino Señor,
poderoso y celestial;
con esta santa señal,
en cuyo eterno valor
pienso al demonio vencer,
caed, falsos dioses, luego,
por la tierra venza el fuego
vuestro engañoso poder.
† Diga dentro el demonio.
¡Ya, Jesús, imperio perdí,
que vino Cristo y venció!
¡Toda la estatua cayó!
¿Es Dios Cristo, amigos?
Sí.
¿Creeys que estos dioses son
demonios fieros?
También.
Pues gracias a Dios den
por tan grande conversión.
Siempre deseo he tenido
de hallar este Cristo y Dios,
y ya aquí se me ha cumplido,
pues os he hallado a los dos,
que sus nortes aveys sido,
por dar en el buen puerto,
y a su santa ley convierto
mi pasada religión.
Y de la misma intención
de mí también os advierto;
renuncio los dioses vanos,
que siempre tuve en desprecio,
y me pongo en vuestras manos,
porque solo a Cristo precio.
¿Todos en fin soys cristianos?
Todos.
¿Y todos quereys
agua de Espíritu Santo?
Sí.
Pues todos la tendreys.
Su grandeza me causa espanto.
Segundo, aquí es bien que esteys.
Señor, de aqueste profano
Templo de Diana puedes
con esta divina mano
hacer un templo en que quedes
por sacerdote Cristiano.
Aquí, sin temor, serás
nuestro Maestro, y darás
los preceptos dese Cristo.
Corren una cortina en que ha de aver un altar con un hueco para poner la cruz.
A averle primero visto,
no entrara en él Satanás.
Descubrid esta cortina,
que en la virtud divina
de Cristo y Pedro, tomando
esta señal, levantando
de tanto respecto digna,
que huya luego de aquí.
Demonio dentro
Segundo, ya me rendí.
¿Qué me quieres? Ya me voy
al fuego en que siempre estoy.
¿Es Dios Cristo, amigos?
Sí.
Pues venid, porque os reciba
la Iglesia en su gremio santo,
y en sus libros os escriba.
De gloria me baño en llanto.
¡Viva Cristo!
¡Cristo viva!
Entra a recibir, Señor,
el merecido laurel,
pues eres tan digno dél,
ya por nuestro defensor.
No, amigos, laurel y oliva
en señal que paz os doy.
de aquel señor cuyo soy,
cantad todos, ¡viva, viva!
Cantan lo que se sigue y van entrando, haciéndose reverencia a San Segundo, y quédase Damon mirándoles.
Vanse.
¡Viva Cristo, viva, y viva
Segundo, nuestro Pastor!
¡Toca, toca, y haya fiesta,
pues que salió vencedor,
y ya al demonio cautiva!
¡Viva Cristo, viva, y viva
Segundo, nuestro Pastor,
pues que salió vencedor!
Con él Melisa se va.
Yo apostaré que me deja;
eterna será mi queja,
y eterno mi mal será.
Melisa, Melisa mía,
¿dónde te has ido sin mí?
Sale el demonio con nombre de Caco.
¿Qué es de eso, buen Damon?
Que perdí
todo mi bien este día;
tal desdicha no se ha visto.
Ya Melisa me dejó,
que Segundo la llevó
a desposarse con Cristo.
¿Quién es Cristo?
Diz que un dios
que ha criado aquestos cielos,
y a mí me abrasa de celos.
y aquí para entre los dos,
aunque intente ser cristiano
porque haga a mí cautivo
que hacerlo me persuadió,
no lo hará, cansóse en vano,
si no me da nueva de Melisa,
a Melisa me ha de dar,
o me he de descautivar.
Muriendo estoy de cansado
de oír, Damon, tus locuras;
a Melisa he encontrado allí
agora, y me dijo a mí
que verla en vano procuras,
que ya no la verás más.
¡Qué! ¿Eso dijo? ¡Triste yo!
También a mí me dejó.
Pero di, ¿qué me darás,
y te llevaré, Damon,
donde la puedas hablar?
Saca una cruz pequeña
No sé qué te pueda dar.
Daréte mi corazón,
y si interés quieres, toma
este Dios de plata fina,
cuya figura divina
dijo Segundo que en Roma
le dio Pedro.
Aparta, quita,
este palo que me espanta,
cuya vista me atormenta,
y mi agravio resucita;
arrójale.
Lauro, advierte
que digas tiene virtud
para aumentar la salud,
para librar de la muerte,
para no temer jamás
ningún daño quien la lleva.
Esto es de tu ingenio prueba,
que bien engañado estás;
arroja la cruz y ven conmigo,
que sabes aquel cerro está
Y ¿quién pasará
su aspereza, Lauro amigo?
Anda, cobarde, la mano
me da, y subamos los dos.
Vamos en nombre de Dios.
¡Oh, pesia al necio villano!
¿No dejas la cruz?
Va subiendo por el monte y hablan.
Aquí
sobre esta piedra la dejo.
Sube.
Pienso que me alejo
del mundo ya, ¡ay de mí!,
viéndome subir tan alto.
¿Dónde vamos?
A caer.
Atrás quisiera volver.
Es imposible, da un salto
como yo.
Aguárdame, espera,
oh Lauro.
Todo está claro.
Dame la mano.
La mano
doy yo de aquesta manera.
¡Válgame Cristo y Jesús!
Caja. Dan en rodando por el monte, de suerte que se queden en el vestuario sin que se vean; y pase en un bulto de una parte a otra.
Este nombre te ha librado,
pesia a Segundo que ha dado
hoy de las verdades luz.
Pesia a Pedro, y pesia a Diego,
y a los siete que en su nombre
predican a Dios y hombre
al reino idólatra y ciego.
Guerra os he de hacer, Segundo,
a sangre y fuego, de suerte
que os venza antes de la muerte,
que aún no estáis fuera del mundo.
Sola Brileida ha de ser
logro de triunfos tantos,
porque suele en los más santos
el amor siempre vencer.
Vase.
Fin del acto segundo.
Sale el Demonio vestido de estudiante galán .
Con nueva transformación
y con diligencia nueva
vengo a hacer segunda prueba
de Segundo en la intención.
De ver su valor me espanto.
Segundo, nada te muda,
que está su valor sin duda
lleno de Espíritu Santo.
No vencerá vicio alguno
las armas que Dios le dio,
porque si a mí me venció
no le vencerá ninguno.
¿Si regalado comiera,
la carne no le obligara?
Tanto ayuna que se para
como una pálida cera;
pues en lo que es Simonía,
antes se venderá a sí,
que dar lo que a Pedro allí
el otro Simón pedía.
Pues hablar en avariento,
ningún pobre a verle viene
que no le dé cuanto tiene,
que es de su amor argumento.
mas ¿he de dejar la empresa
por ser imposible hazaña?
¿Ha de fundarse en España
la ley que aqueste profesa?
Yo seré infernal Sansón
que dé, a los ojos del cielo,
con este templo en el suelo,
si estas las colunas son.
Pero ¿cómo he de poder,
si el mismo Dios se ha quedado
vuelto en pan y disfrazado,
dando al hombre de comer?
No quiso allá en el desierto
hacer de las piedras pan
estando con largo afán,
de cansancio y hambre muerto;
y aquí porque ve que medro
en inducir y engañar,
en pan se quiere quedar
sobre la piedra de Pedro.
Pero ya que entré en su casa
de Segundo, cuyo honor
Arrímase a un lado del tablado.
Por su dueña vencedora
a cielo divino pasa,
una diligencia sola
por intentar me ha faltado,
en cuyo intenso cuidado
toda la fe se acrisola.
Jamás el amor primero
en las almas se olvidó,
ni así de Briseida yo
tomar otra vez, espero
la forma. Amor ha de ser
de su pecho vencedor,
que solo ha sabido Amor
los imposibles vencer.
Cese el mal que me desvela,
pero gente viene allí,
retirarme intento aquí
para usar de esta cautela.
Salen Damón, de estudiante, sembrada la sotana de cruces, y Melisa.
No puedo hablar de contento.
¿Dónde, Melisa, has estado
a tantos días sin verme?
Damón, de verte me espanto.
¿Qué traje es este?
Melisa.
me he convertido en Calvario
y aun son pocas estas cruces:
después que del monte abajo
volé sin ser volatín.
(donde me hiciera los cascos,
a no valerme la cruz,
noble señal del cristiano)
hice voto de traer
todo el vestido sembrado
de cruces, ya es otro tiempo:
desde aquel día, a ser santo
me incliné, todo es ayunos,
disciplinas, y rosarios.
por un pájaro no como,
con lo cual estoy tan flaco,
que ya de esqueleto vivo
bien pudiera haber jurado.
que el obispo mi señor
procura que sus criados
anden siempre muy marchitos,
y de obedecerle trato.
pues no me parece a mí
que te veo yo tan flaco.
es que tú, Melisa, siempre
a mis flaquezas has mirado
con muy diferentes ojos,
véalos tu pecho ingrato.
Con luz del alma, y verás
que estoy la verdad hablando.
Este es un necio embustero
que, hecho un hipócrita falso,
pretende engañar el mundo,
mas él volverá a mis manos.
Que no le ha de valer siempre
aquel madero cruzado.
Yo te fío, el tal Damón
es grandísimo bellaco.
Todo lo pasara, en fin,
Melisa hermosa, tía Cilia,
sin embarazo ninguno,
viera yo tus ojos claros;
que, aunque el espíritu está
siempre pronto, está muy flaco
el apetito y la carne,
que son dos fieros contrarios.
¡Ah, Melisa!, no te espantes
que hable ya tan cortesano,
que se olvidan rustiquezas
en pisando los palacios;
si en medio de mis ayunos,
disciplinas y cuidados,
al volver yo la cabeza
te hallara siempre a mi lado,
fueran dulces canelones
los que sin ti son amargos.
Pero cuando en la oración
estoy en Dios empapado,
y ausente de tu hermosura
me contemplo, en todo hallo
desabrimiento y disgusto,
que no puedo (hablemos claro)
vencer esta inclinación,
Melisa, porque en llegando
a faltarme las mujeres
me llevan cuarenta diablos.
Y pues que soy tan dichoso
que hayas venido a palacio,
y puesto de esposo fijo
intento darte la mano.
Sin gente esta sala está,
y Segundo está ocupado
en dar limosna a los pobres;
merezca, pues, que tus brazos
se enlacen mi cuello agora,
porque, si como esperamos,
eres mi mujer, y a todos
los matrimonios llamaron
cruz los discretos, por cruz,
a estotras cruces te ando.
Las crueldades olvida
de aquellos tiempos pasados.
Ea, boba...
Yo, Damon,
venía a besar la mano
al Obispo, y que me diese
su bendición.
Pa lo santo
a mí besarme la puedes,
pues con las gracias que alcanzo
su cuenta tocada soy.
Cierto, que me aprietas tanto,
que me obligas.
Aparte.
Jesu Cristo.
Blando se pone este mármol.
A que, pues has de ser tú
mi marido, ¿en qué reparo?
A registrar otra vez
la sala, Damon, volvamos,
por si alguno nos escucha.
Nadie hay que pueda mirarnos,
si no es que algún invisible
Demonio, la esté ocupando.
Ya mi paciencia no puede
sufrir a aqueste villano.
Llega, pues, dueño imposible
hasta agora, y regalando
este espíritu difunto,
este cuerpo desmayado,
esta estantigua con crisma,
solamente con el tacto,
volverás a darle aliento.
No puedo dificultarlo.
Van a abrazarse y llega el demonio.
Llega, pues;
no has de gozar
de aquese favor, ¡ah, hidalgo!
Vase.
¡Ay de mí, que un hombre viene!
Si me ha visto, voy temblando.
¡Questo me suceda, ah cielos!
Pues, ¿cómo os habéis entrado
sin llamar?
Porque es mi gusto.
¿En la sala del Obispo
tenéis tan poco recato
que requebráis las mujeres?
Y al hábito habemos dado
con la santidad al traste;
mas pienso con un engaño
deslumbrar mi culpa; yo,
ha muchos días que trato
de curar a esta mujer,
porque como mis milagros
son en Ávila notorios,
aunque pecador errado,
muchos enfermos me buscan.
¿Y sanáis dando los brazos?
Sí, que es virtud natural
que desde el vientre he sacado
de mi madre; bueno es esto.
y es intento temerario
que vos queráis atajar
los naturales, cuando
son tan malos de vencer.
Sois hipócrita.
¿De veras?
Nunca me admiro; que sois
un embustero.
Ap.
Esto es malo.
Queréislo ver, los perniles
que al obispo presentaron
estos días, ¿qué se han hecho?
¡Ay de mí!, que los han hurtado.
Mentís, que en vuestro aposento
escondido y recatado
los habéis comido todos,
y anoche, verdades hablo,
uno os cenasteis entero.
Todo lo va declarando,
sin duda que es hechicero,
y así quiero humillado
pedirle que no me descubra.
Ya no pretendo ocultaros
la verdad. A esta mujer
quiero bien ha algunos años
para casarme con ella,
y como es sutil el Diablo,
quise gozar la ocasión.
Los perniles presentados
Es verdad que los comí todos,
pero quedo disculpado
porque eran de Garrovillas.
Ved pues en estos dos casos
quién pudiera resistirle,
perdón tengan mis engaños,
que mujeres, y perniles
son muy sazonados platos.
Yo os ofrezco de callar
esto a Segundo con tanto
que estos cruzados maderos
de que está el cuerpo sembrado
(y un tiempo fueron afrenta)
no traigáis más, porque hallo
que los palos de sus cruces
os están dando de palos.
Ved pues si sale Segundo.
Sale San Segundo.
Este hombre es en todo extraño.
En todo he de obedeceros,
pero ya sale mi amo.
¿Dónde has estado, Damon?
Estaba con este hidalgo
que dice que hablarte intenta.
Y a solas quisiera hablaros.
Vete, Damon.
Ya me voy,
por todas partes los bravos
dicen que derraman juncia.
Pero aqueste temerario
pienso que derrama azufre,
si no me engaña el olfato.
Vase.
Ya estamos los dos a solas,
¿qué me queréis?
Tenéis tanto
de divino, que es ya fuerza
que os busquemos los humanos.
Una dama cuyos padres
al mejor tiempo faltaron,
de la pobreza oprimida,
menospreciando el recato
de su honor, ha hecho alarde
de sus pensamientos vanos;
arrepentida desea
solo a vos comunicarlos,
como a pastor desta iglesia;
queda allá fuera aguardando
a que la deis licencia.
En acción que tanto gano
la licencia es escusada.
Con gusto, señor, la aguardo,
porque dar una alma al cielo
es el blasón soberano
que más mi deseo estima.
Aparte.
En Briseida transformado
le he de vencer, y también
avisar pretendo a Mario
y a Libia, con que envidien los dos.
Vase.
en su ofensa conjugados,
derribarán esta torre
que allí se opone a mis rayos.
Señor, llegue a merecer
hoy mi piadosa intención,
con vos, que la obstinación
reduzca desta mujer,
alcance yo la victoria.
Será, venciendo el pecado,
para mí todo el cuidado,
para vos toda la gloria.
Sale el demonio en forma de Brígida con manto.
Guárdete Dios, luz de cielo.
¡Oh, qué profana mujer!
Solo el verla me da enojos.
Hoy, en fin, todos los ojos
como el sol has de poner.
Pedirte la bendición
quisiera, aunque llego tarde.
¿Has hecho, mujer, alarde
de tus culpas?
Muchas son;
porque a Dios tengo ofendido
de suerte que ya no espero
su misericordia, ni quiero
su perdón, aunque le pido.
Calla, mujer, que en tu lengua
agora el demonio habló.
¿Cómo he de esperarla yo
si es mayor mi culpa, y mengua?
Calla, que infinitamente
vence por piedad tu culpa,
pues estima la disculpa
del hombre que se arrepiente.
Ay, Segundo, que un amor
primero nunca se olvida.
Yo quise más que a mi vida
a un amante que, traidor,
fácilmente me ha olvidado;
y cuando pensé gozar
el premio de tanto amar,
burló mi necio cuidado,
dejóme el cruel cautiva
y usó de su libertad,
que una falsa voluntad
más en la ausencia se aviva.
Y aunque siempre he procurado
olvidar amor tan ciego,
tanto más se enciende el fuego
de fuego de mi cuidado;
que es tan grande la fineza
deste amante frenesí,
que creo se ha hecho en mí
segunda naturaleza.
al ángel es parecido
este mi modo de amar,
pues que no puede olvidar
lo que ya tiene aprehendido.
A tu Segundo es mi suerte,
yo no me puedo vencer,
que antes le pienso querer
aun más allá de la muerte.
Sale Mario, y quédase al paño.
Ella es buena prevención.
¿Quién te confiesas allí?
Agora supe que aquí
Briseida entró,
Sale Libia a la otra puerta, y quédase al paño.
corazón,
con valentía ayudad
mi intento, aunque es temerario.
Aquí dicen que entró Mario
tras Briseida, la verdad
cuidadosa he de saber.
Salir pienso de este encanto.
Allí cubierta de un manto
con Segundo una mujer
está hablando, escucharé.
Agora, lince el cuidado,
de una antepuerta amparado,
a Mario he visto, ¿qué haré?
Valerme de la cordura.
¿Quién con celos la tendría?
La dama que hablando está
con Segundo me asegura
que no es vana mi sospecha.
Nada escuchar he podido.
El bajel deste sentido
corre tormenta deshecha.
Vuélvete a Dios, desdichada,
y no dejes la intención
de hacerle la confesión
a que veniste inspirada;
mira su sangre vertida
por mis culpas y las tuyas.
Que no quiero que atribuyas
a mis ofensas su vida,
que Dios no murió por mí.
¿No sabes que Dios murió
por todo el género humano,
o él te deja de su mano
u el demonio te engañó?
Según aquestas razones,
Briseida no puede ser.
Que es cristiana esta mujer,
o son del alma ilusiones.
¿Que esta no es Briseida? ¡Cielos!
No puedo encubrirme más;
con ver mi rostro verás
si son vanos mis desvelos.
¡Válgame Dios! ¿Cómo? ¿Cuándo?
Segundo, por ti he venido
desta suerte, que el sentido...
está tu memoria amando.
Aparta, que es imposible,
mujer, que Briseida seas.
¿Que mis verdades no creas?
Sale Mario
Ella es, mi pena insufrible
no me deja encubrir más;
¡vil cristiano!
¡Qué desdicha!
Pues me quitas tanta dicha,
de mí el castigo tendrás.
Sale Cibia
Y tú, Briseida cruel,
presto verás mi rigor.
Ésta es Cibia.
Que mi amor
no estimes, siendo tan fiel
paga, mi fe, pues te ruego,
y deja tanta porfía.
Válgame Virgen María,
socorredme Apóstol Diego.
Al decir el Santo estos postreros versos se va acer- cando a una silla que ha de haber arrimada al vestua- rio, y sentado en ella suba casilla hasta lo alto, y Briseida, que es el demonio, se sume en un es- cotillón que ha de haber cerca de la silla, y al son de chirimías aparezca Santiago glorioso en un bofetón, que llegue a casilla en que está el Santo; y Mario, como asombrado, y Cibia, es- tén desde el tablado mirando. Y diga Santiago. Ha de traer el báculo que sacó en las dos jor- nadas.
Válgame Júpiter santo.
¿Veloz al cielo subió
o en la tierra se ocultó,
Briseida?
Todo es encanto.
Salgamos, Libia, de aquí,
que satisfacerte espero.
La satisfacción no quiero,
yo me vengaré de ti.
Vanse abrazados y agora al fin de la música llega el bofetón en que está Santiago a hablar con San Segundo, y en hablando se recoge y con una cortina se cubre la silla en que está San Segundo. [...]
Segundo, esfuerza y no temas,
que Dios siempre está contigo
contra ese fiero enemigo
y sus palabras blasfemas.
Si a Hermógenes y a Fileto
di prendas, en cuya fe
del demonio los guardé,
a ti con mayor afecto
toma este báculo santo
con que de verte se ausente
aquella antigua serpiente
que aborrece al hombre tanto.
Si por tales medios viene
el hombre a gozar de vos,
llama regalos de Dios
a los trabajos que tiene.
Dadme, Diego soberano,
aqueste bordón divino,
que mientras soy peregrino
Es bien que lleve en la mano,
y rogad a Dios por mí,
que es muy peligroso el mundo,
y dadme los pies.
Memoria tiene de ti...
Tocan la música y vuélvese el bofetón como está dicho, y sale Damon.
No sé qué extraño rumor
ha turbado mi sentido,
y tras él me ha parecido
que con suave primor
en las regiones del viento
cantaban voces suaves,
a imitación de las aves,
lisonjas deste elemento.
A mi señor dejé aquí
con aquel acechador,
soplo vivo de mi amor,
que, apareciéndose allí
sin ser visto ni llamado,
tal gloria estorbarme pudo;
y así, sin duda, no dudo
que se cayó del tejado.
O cuál es para vecino
destos tiempos el traidor;
mas ya viene mi señor,
compungirme determino.
+ Sale San Segundo.
Aquí quiero descansar,
si descanso puede haber,
que un trato tengo que hacer.
no dejéis a nadie entrar
y traed recado aquí,
que porque indispuesto estoy,
en escribir cartas hoy
será bien pasarle allí,
y a mis clérigos también,
discípulos y sujetos,
quiero dejar los preceptos
con que a Dios sirvan más bien.
Dicho. Un bufete. Recado de escribir.
Aquí está todo recado
de escribir.
Déjame a solas,
y esté por dos horas solas
este aposento cerrado.
Harélo así, si es tu gusto;
aunque me pesa de verte
pronosticando tu muerte,
yo voy con mortal disgusto,
porque ha perdido el color
con que alegrarnos solía.
Sentado.
Ya creo que llega el día
de ir a gozaros, Señor;
y si es el punto más fuerte
ver que el alma se despida,
mirad que os costé la vida,
no me dejéis en la muerte.
Oíd, Señor, mi oración,
que desde el fin de la tierra
os clama siempre en su guerra
mi afligido corazón.
Dadme también gracia aquí
con que algún precepto escriba
para que mi celo viva
si me ha de perder a mí.
La música de chirimías y baje una paloma hasta cerca del oído del Santo, y estando un rato se torne tocando siempre la música, y escribiendo el Santo.
Notable sueño me da;
apenas puedo escribir;
si al sueño llaman morir,
el que duerme muerto está.
Creo que me ha de vencer,
no puedo mover la pluma;
ya quedo vencido, en suma,
que es natural su poder.
Sale el Demonio.
Ahora es tiempo, ¡oh, furia,
perturbadora del entendimiento,
Erinnis, cuya injuria
oscurece su luz y el pensamiento
que en este de Segundo,
cruel, derrames tu veneno inmundo!
Vencelle cara a cara
será imposible; pero al fin dormido
le deja y desampara
todo lo que es el exterior sentido,
y así podrá mi engaño
tener lugar para su pena y daño.
Él escribe preceptos
a clérigos y súbditos que tiene,
y entre tales conceptos
sembrar muchos errores me conviene.
Quiero tomar la pluma.
Hace que escribe Seg. y can.
será la tinta ponzoñosa espuma
que, como está tan malo,
posible puede ser que sin leello
acuda a su regalo
y ponga en él su propia firma y sello,
y así, después de muerto,
tendrán mi error por perdurable y cierto.
Salen Indalecio y Damón
Entraba haciendo ruido,
Damón, porque no sabía
que descansaba y dormía.
De cansado se ha rendido
al sueño, aunque esta es señal
de salud.
Como el mal fuere,
que hay mal que no lo requiere,
que a tal bien ofenda el mal.
No sé qué habemos de hacer
si falta nuestro Pastor.
No he sembrado poco error
si no lo acierta a leer.
Vase dentro.
Despierta.
Hijos.
Señor.
A escribir
vuelvo.
Después hay lugar.
Esto tengo de acabar
para que podáis vivir.
¡Jesús! ¿Tanto escribí yo
primero que me durmiese?
Cese aquí mi pluma, cese.
¿Quién en mi aposento entró?
¿quién ha escrito aquesto aquí
que son notorios errores,
y herejías las mayores
que en toda mi vida oí?
Aquí nadie entró, ni fue.
¿Cómo no, pues quién ha escrito
con propósito maldito
lo que nunca imaginé?
Aquí tres proposiciones
hay aquí contra Cristo y su Madre.
Mira bien.
Advierte, padre,
que en gran confusión nos pones.
Basta, ya sé lo que ha sido:
el Demonio anduvo aquí.
Vase y suena ruido dentro.
¡Oh, Segundo, que yo fui,
y el que soy de ti vencido!
Nunca he podido vencerte,
ya de serlo desespero;
ya me voy, pero ser quiero
causa fatal de tu muerte.
¡Válgame el Cielo!
Parece
que caduca el edificio
de la máquina celeste;
pero no temáis, amigos,
porque el Cielo nos ampara.
Hacia esta un ruido
de cajas suena, sin duda
que ya murió tu enemigo,
vengan, a pesar de sus celos.
Será dichoso el martirio,
pero lo que siento más
es que escribir no he podido
otra vez los documentos
que he de dejaros, divino
motor de tantas esferas,
no permitáis que al cuchillo
me entregue sin que primero
queden castamente escritos.
Aquí están, enviadnos
algún celestial ministro
para que de su mano borre
sus errores. Mas, ¿qué he visto?
Este papel ha quedado en limpio
los preceptos, que mi pluma
escribió.
Raro prodigio.
Indalecio, antes que lleguen,
con devoto y santo aviso
guarda el papel, pues el cielo
favorece sus designios.
+ Mario, dentro.
¡Romped las puertas!
¡Ay, triste!
No temáis, que yo os animo.
Vengan los presos cristianos
que quiero que entren conmigo.
Salgan Mario, Libia, Fabricio; traen a Ergasto y a Melisa y los más que puedan de cristianos presos.
¿Es este el sedicioso y atrevido
que la ciudad inquieta?
Este es.
Espera.
Como al César villano has ofendido,
pues con tu ley su pueblo se le altera.
Señor, pues de mi muerte eres servido,
lo que tú quieres, es razón que quiera.
A los dioses adora, si no, advierte
que he de vengar mis celos con tu muerte.
¡Oh, alfanje del gran Pedro, quién agora
con otro igual esta lealtad mostrara!
No os afligáis, amigos, que hoy mejora
mi suerte el cielo, y Dios su amor declara.
Maestro mío, si mi pecho llora,
bien sabe lo que pierde, pues comprara
tu vida con mil muertes que sufriera.
Huyamos desta gente.
Escucha.
Espera.
Ven acá, ciego cristiano,
¿por qué predicas a Cristo
por Dios, habiéndole visto
Jerusalén hombre humano?
No he de disputar contigo,
que no te enseña la fe,
y vienes sin luz.
Vase Marcio con los de su bando.
Yo haré
que te humille mi castigo;
prendelde.
Gracias a Dios
que llegó mi allegada,
la amada compañía;
abrazadme.
Ya sin vos
se acabó nuestro consuelo.
Con vos mueren nuestras vidas.
A Dios están ofrecidas,
por todo alabad al cielo.
Hijos, después del amén,
a Dios habéis de temer,
que el principio del saber
es tener a Dios temor.
Dejad la envidia y malicia
que espanta por la tierra,
y los que juzgáis la tierra,
amad, ad siempre la justicia;
con buen ánimo y consejo,
el viejo que ya declina
al que es mozo dé dotrina,
y el mozo respete al viejo.
Elegid un buen prelado,
con razón y sin pasión,
y sea tal su elección
que supla lo que ha faltado.
Llevaldes, que os detenéis,
y en esta pública plaza,
por atrevido a los dioses,
por maestro de ley falsa,
le cortaréis la cabeza,
que puesta en esta ventana,
quiero que la vean todos
los que su doctrina engaña.
¡Padre!
¡Amparo!
Hijos, amigos,
adiós.
Ya le sigue el alma.
Vamos tras él.
Deteneos,
viles cristianos, si pasa
alguno destos umbrales,
le he de dar muerte; en las aras
sacrificad puro incienso
a Mercurio o a Diana,
o por los sagrados dioses,
por las celestiales salas,
por la hermosura del sol,
por las estrellas más claras,
por las aguas del Leteo,
que vuestra sangre villana
inunde toda la tierra.
+ Fabricio.
Ya le dividen, y apartan
del cuello la vil cabeza,
los que quisiereis, miradla.
Córrese una cortina, y parece la cabeza de san Se-
gundo encima de un bufete, y sobre una tarima, y a un
lado un cuerpo con que está degollado, ya se sabe
cómo se ha de hacer, que es muy fácil.
Gran rigor.
Cruel tragedia.
Esta sangre que derrama
la soberana justicia,
vuestro castigo amenaza,
si no adoráis a los dioses.
Habla la cabeza.
Hijo Indalecio, no vayáis
a tan ciega idolatría,
en todas vuestras esperanzas
Poned en Dios solamente,
que hoy con laureles me paga
gloriosos, porque velé
en la venturosa guarda
de su ley y mandamientos,
y en su fe divina y santa.
Hoy gozo ya de su vista
donde eternamente cantan
Dominaciones y tronos,
Himnos, salmos y alabanzas.
La cabeza dividida
del cuerpo sangriento, habla.
¡Qué notables hechiceros!
¡Notable prodigio!
Rara
maravilla del Señor.
Con este encanto se engañan
estos bárbaros; quitadme
de aquí esta fiera, que en rabia
cruel me atormenta el pecho.
Vamos, pues, que me acobardan
sus viles hechicerías.
Divino Patrón de España,
Segundo, en traer la fe
y primero en adorarla,
ten de tu España memoria;
y aquí la comedia acaba,
venerad la santa historia
y perdonad nuestras faltas.
Fin.
D. R. de Herrera