帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
作品のメタデータ
警告
誤りや脱落が含まれる可能性があります。より良い版をお持ちの場合は、 更新を反映するためにご連絡ください。
ライセンス
このコンテンツは Cre帰属先:tive Commons CC BY-NC 4.0 ライセンスで提供されています。再利用は引用付きで認められます。 引用を付せば再利用できます。商用利用は認められません。
<帰属先: cl帰属先:ss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" t帰属先:rget="_bl帰属先:nk" rel="noopener noreferrer" 帰属先:ri帰属先:-l帰属先:bel="クリエイティブ・コモンズ CC BY-NC 4.0 ライセンスの詳細を見る">推奨引用
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La mejor luz de la Italia, Santa Clara. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-mejor-luz-de-la-italia.
Vv. 378
MS. A. O. Inédito
Mejor Luz de la Italia = Santa Clara
Media 1711
Ilegible
Santa Clara
Inés, su hermana
Favorino
San Francisco
Federico, emperador
Vidal Alberia
Ismenia, mora
Hazén, moro
Antelmo, galán
Mosquito, gracioso
Dos ángeles
Un Niño
Una Niña
Nombre ilegible
Dos cardenales
El pontífice
Carleta, graciosa
Después de cantar la música en cuatro salen Antelmo y Mosquito en traje de noche
Quien adora un imposible
y quiere sin esperanza,
solo en la queja vincula
el alivio de sus ansias,
y así sol no salgas,
pues solo las luces
de Clara me abrasan.
Di que dejen de cantar
hasta ver si la ventana
abre Carleta.
Pues...
podremos soltar las capas,
y en estos guijarros duros
hacer una cama blanda,
si esperas,
Siempre tú
con tus locuras mecánicas,
si sabes que amante adoro
la luz divina de Clara
y que su padre me tiene
ofrecida (alentad ansias)
su mano, por qué este obsequio
que hoy es tan justo le extrañas?
Porque eso fuera muy bueno
a ser esta una madama
que en el tablero del mundo
la obligaran buenas cartas,
con quien valiera el suspiro,
el rendimiento, la alhaja,
la prudencia, la firmeza,
y otras dos mil zarandajas
que quieren los buenos cuerpos,
que echan a perder las almas.
Pero cuando Clara es
el asombro de la Italia,
el pasmo de la virtud,
venir a tocar tocatas,
es lo mismo señor mío
que clamorear al que baila
y así bien podemos irnos
a otra parte,
Loco, calla,
y no ofenda tu imprudencia
al tesón de mi constancia
pues aunque Clara es virtuosa
a las continuas instancias
de mi amor, puede ser trueque
en favores las extrañas,
hermosas, apetecidas
iras con que me maltrata
aunque bien temo que no
pueda el dolor contrastarla
porque Clara no es mujer,
sino deidad soberana.
Pues haces gran bobería
amo mío en festejarla,
qué poco que a mí me dieran
cuidado aquestas pataratas
pues habiendo pecadoras
yo no galanteo santas.
Haz que vuelvan a cantar.
Canten, pues que se les paga.
Paséanse mientras se canta a cuatro, y sale Carleta a una reja.
En la inquietud que me aflige
son mis tristes penas tantas
que al rigor de padecerlas,
solo hallo el bien de contarlas.
Y asidnos al par
que solo las luces
de Clara me abrasan.
Ah, codicia, lo que puedes,
pues siendo una santa dama
me obligas a esto, y pues ya
está en silencio la casa
avísenle que se acerque
mi tercera consonancia.
Canta.
A la dicha que te espera
ven con resuelta esperanza
y no pierdas negligente
el bien que el amor te guarda;
llega, llega a las aras
donde logres tu incendio.
Bien ven, mudanza.
¿Es Carleta?
Habla más quedo
y ve por la puerta falsa,
y amor te ayude, que aunque
esto huele a tarquinada
no hay escrúpulo ninguno
en esta acción, si reparas
que ha de ser su esposo.
Amor
me dé esa dicha.
Pícara,
¿no dices nada a este pobre
amante? ¿Cómo se llama?
Dios le provea.
Y a ti
te provea de patadas.
Sigue, Mosquito.
Entrase, y sale santa Clara vestida honestamente, y Carleta.
Carleta,
cierra todas las ventanas
pues hay música en la calle.
Que una mujer de tu cara
hermosa, y rica, y con otras
cuarenta mil circunstancias,
no quiera darse un buen rato
oyendo estos bobos que andan
calle arriba y calle abajo,
gastando el cariño en salvas.
Déjame sola, que a mí
la soledad me acompaña.
Obedezco, y voy a abrir
Tachado en el margen superior: El amante papanatas
Ya que hemos quedado solos,
dulce objeto de mis ansias,
Jesús mío, a quien entrego
la voluntad resignada,
ya sabes tú mi intención
y ya miras las borrascas
que disfrazadas en bienes
a mi frágil ser asaltan;
mi padre quiere que tome
para el lustre de su casa
estado, a ti te entregué
todo el ser y toda el alma,
como esposo a ti te toca
defenderla y ampararla.
Pónese la santa de rodillas y bajan dos ángeles en los extremos de una nube que vendrá formada en un bastrillo, y después de haber cantado el dúo, se irá abriendo y descubriendo un cielo con varias estrellas resplandecientes y en su centro el Niño hace a Jesús vestido de Nazareno, y la Niña hace a la Virgen.
Alienta,
Confía,
Anima,
Descansa.
Que el cielo propicio
tus penas ampara;
ya a la tierra bajan
el sol de justicia,
la aurora de gracia.
Alienta, confía, anima, descansa,
no temas del mundo
la luz con que engaña,
si luz más divina
destierra las sombras,
trocando temores
en fieles bonanzas.
Si al cielo te entregas
con fe resignada,
a él toca ampararte
pues él es el centro
de donde dependen
las dichas humanas.
Alienta, confía, anima, descansa.
Niño, Niña, Clara.
Dulce esposo,
María llena de gracia,
¿cómo podrá aquesta pobre
frágil criatura humana
agradecer tal visita,
si dudosa en dicha tanta
para agradecerla no hallo
el caudal de las palabras?
Clara, confía en mi amor,
que aunque infinitas borrascas
se opongan a tus intentos,
saldrás a feliz bonanza.
Y porque veas lo que
me debes, esposa amada,
escucha el ruego amoroso
de ese serafín de Italia,
que dice:
Descúbrese una peña, y en ella formado un al- tar con luces, y una imagen de Cristo, y él elevado en su círculo resplandeciente.
Señor divino,
pues que de esta frágil basa
fías el inmenso peso
de una obra tan dilatada,
y porque todos los sexos
conozcan tus alabanzas,
yo quisiera que las nobles
doncellas te consagraran
sus purezas; dime, ¿quién
podrá, Señor, gobernarlas,
para que seguro acierto
tenga mi deseo?
Encúbrese la apariencia de San Francisco.
Clara.
Mientras se ha cantado el dúo ha subido la tramoya, y bajado la elevación, quedando la santa en acción de mirar al lado izquierdo, y por la puerta derecha sale Anselmo en el mismo traje que empezó la comedia.
A los ruegos de Francisco
así responde la sacra,
fiel providencia de mi hijo,
y así vivirá confiada
que has de ser la primera
que vista su jerga.
No halla
mi humildad voces, Señora,
para explicar dicha tanta.
Queda en paz.
Feliz quien logra
visita tan soberana.
Vengan trabajos, que al precio
de estas dichas no son nada.
Anima, confía,
alienta, descansa,
que a la tierra bajan
el sol de justicia
la aurora de gracia,
anima, confía,
alienta, descansa.
Pues he logrado la dicha
de entrar por la puerta falsa,
amor, albricias, que ya
veo la luz que me abrasa.
Dulce esposo de mi vida,
vuelve a la fe que te llama.
No me dejes dueño mío,
qué es esto celosa rabia?
o es ilusión lo que escucho,
y de Clara las palabras
nacen de otro amante afectos,
por esto bella tirana
me desprecias? pero escuchemos
mi pena lo que remata;
Ya que a mis voces no vuelves
esta copia hermosa amada
este retrato que solo
por tuyo le estima el alma
podrá aliviarme;
Sale Ansel.
Y yo infiel
veré quién es quien me agravia.
Cielos qué veo? pues como
Anselmo, (suerte tirana!)
te atreves, (fiera desdicha!)
a entrar, (las voces me faltan,)
a penetrar, (yo estoy muerta)
el sagrado de esta casa?
No tu turbación desmienta
tu conocida mudanza
que el que escuchó lo que yo
no puede reparar nada
y así el de ver quien merece
que tantos estremos hagas
por él; mas Cielos qué ves?
Qué te turba? qué te pasmas?
ese Cordero paciente
de un pueblo infiel ultrajado,
fue quien dio por tu pecado,
la vida en la cruz pendiente,
a este se entregó obediente
mi vendido corazón;
y con muy grande razón
por él el mundo desprecio
pues compró mi amor al precio
inmenso de su pasión.
Este que llegas a ver
es el dueño de mi vida
a su voluntad ofrecida
tengo libertad y ser
ved que llegas a ofender
a poder tan infinito
y así un necio apetito
suspenda el torpe cuidado
que hace mayor el pecado
el que conoce el delito.
De tu razón las razones
me hacen ver el escarmiento
y encuentra mi entendimiento
las más justas persuasiones,
y pues rompo las prisiones
en que vivía rendido
solo lo que humilde pido
pues tu virtud tanto alcanza
que me des una esperanza
que perfeccione mi olvido.
Si de Dios eres esposa
logra tan felice suerte
que yo buscaré la muerte
del olvido, Clara hermosa,
logra la suerte dichosa
que te previenen los cielos,
que mis felices desvelos,
alterando la costumbre
no me dan la pesadumbre
que dan los humanos celos.
Mucho, Antelmo, te agradezco
tu atención, y pues sus visos
va repartiendo la luna
a montes, valles, y riscos,
retírate, no te encuentren.
Ya Clara, yo me retiro
prometiendo el olvidarte
pues de otro gusto más digno
te ves prendada.
Por ese
rendido afecto pío
te dará el cielo las dichas
que avaro apetece el siglo
hasta hacerte de la Yglesia
fiel valeroso caudillo
en defensa de la fe.
¿Consuelo, o vaticinio?
La palabra queda, el cielo
siempre el cielo la ha cumplido.
Vase
Si tanta puedes con él,
te suplico el ruego mío
que pidas que mi razón
pueda vencer mi delirio.
Carleta.
Temblando salgo.
Disimular es preciso
que conmigo ha estado Antelmo.
¿No ve que ya ha amanecido,
señora?
Calla, Carleta,
y dime si se han vestido
mi padre y mi hermana Inés.
Ociosa pregunta ha sido,
pues bien sabe que su padre...
a fuer de soldado antiguo
vestido se queda, pues
el continuado peligro
en que está la ciudad hace
estar todos prevenidos.
No es mucho cuando el tirano
Emperador Federico
los estados de la Iglesia
entra talando atrevido,
habiendo echado de Roma
al gran Vicario de Cristo.
Pero, por su causa Dios
volverá.
Hacia este sitio
viene Inés, tu hermana,
Clara.
Sale Inés.
Inés.
El amor mío,
Clara, me obliga a buscarte,
pues aunque genios distintos
tenemos las dos, te debo
la obediencia que te rindo.
A mí tienes que suplirme,
que yo en ti aprendo infinito.
Yo apuesto que habrás estado
en un continuo ejercicio
toda la noche; mas yo
como mi rumbo es distinto,
he estado muy ocupada
en sazonar un vestido;
si vieras qué de buen gusto
estoy.
Ay, que esos son grillos
que detienen la razón
en las prisiones del vicio.
No empieces a predicar,
porque mi genio esparcido
no quiere más que lograr
con libertad el albedrío,
sin que pase esto a otro efeto;
porque nadie ha merecido
piedad de mí entre tanta
fiel multitud de cautivos.
Miren qué dos; ellas son
la tristeza y regocijo.
Ya esa vanidad es culpa.
¿Culpa es? Ay, cómo me río.
Sí, que cerca está del daño
quien apetece el peligro.
Yo siempre he de ser la misma.
Ay, Inés, mayores riesgos
ha derribado, la suma
piedad de un Dios infinito
y tú has de ser una santa.
Yo la noticia te estimo
mas lo que es por agora tengo
los llamamientos muy tibios.
Sale Favorino
Hijas, único consuelo
de las penas con que vivo,
a vuestra vista me trae
un mal.
Pues, ¿qué ha sucedido?
Ya lo veis, que ese tirano
emperador Federico,
muchos días ha que injusto
es de la Iglesia enemigo,
tanto que a la santidad
de Adriano cuarto, (al decirlo
me embarazan las palabras
el aire de los suspiros,)
pero, ¿qué mucho pesares
si al gran vicario de Cristo
le obligó a dejar su silla
y en traje de peregrino
vivir a merced de quien,
buen cristiano, y compasivo
le daba para el sustento
lo que diera a un desvalido.
Él, en fin, después de haber
en la Iglesia introducido
dos antipapas, por dar
a su fuego más motivo,
llamó a los moros alarbes
dándoles para su asilo
en la Pulla, la ciudad
de Lucería donde altivos
viven infestando, todos
los pueblos circunvecinos
y agora para derramar
de sus iras el nocivo
cáliz, contra Asís apresta
el rigor de sus designios,
su santidad su gobierno
me ha dado, y yo le he ofrecido
en su defensa perder-
Ruido dentro
En casa de Favorino
es donde ha entrado el correo
quien ocasiona este ruido.
Sale Macario
La causa de este alboroto
es, señor, el haber visto
el pueblo entrar un correo
de Roma y hacia este sitio
siguiéndole vienen muchos.
Sale un correo con botas y espuelas y la insignia de correo del Papa, Anselmo, Octavio, Mosquito
Ay Panduro.
Dadme, señor Favorino,
las plantas.
Alzad del suelo.
Antelmo, padre Francisco,
como tan interesados
de esta causa, habréis venido
a saber lo que me dice
Su Santidad.
Y a advertiros
que, pues que sois tan celoso
de la honra de Jesucristo,
no antepongáis los respetos
humanos a los divinos.
Todos de la iglesia somos
humildes, fieles hijos,
y así no es mucho que estemos
pendientes de sus avisos.
Lee.
Al muy amado hijo Favorino,
Cesi, salud y apostólica
bendición.
Habiendo llegado a tanto
la desolución obstinada
de Federico Barbarroja, que ha
llamado en su amparo los moros,
nos ha parecido conveniente adver
tiros que, desde luego que recibáis
estas nuestras letras, sepáis por ellas cómo doy
por descomulgado público a Federico y a todos
los que le sigan y obedezcan, y asimismo os levanto
el juramento de fidelidad, entregando el bastón
de las tropas a Antelmo Cesi, vuestro sobrino; en
Aviñón, a 24 de marzo del año de 1193. Ale
jandro 3º.
Obedecer es preciso.
Y pues mi inutilidad
la emplea para el servicio
de la iglesia, ¡ay, clara, hermosa
verdad fue tu vaticinio!
Venid hacia el magistrado,
que darles cuenta es preciso
a todos de esta noticia.
Vase con Antelmo.
Ah padre.
Diga, hermanito.
¿Para estar tan gordo qué hace?
Beber aguado un traguito.
¿Y con qué regla lo bebe?
Con esta, señor Mosquito:
echo cuatro gotas de agua
para una azumbre de vino.
Ven, Carlota, que ahora habrá
un poco de ser monjita.
Vanse.
Ya que he logrado esta suerte,
amado padre Francisco,
mis rendidos ruegos alcancen
un favor.
Aparte.
Señor divino,
ya van con tus permisiones
cumpliéndose tus prodigios.
Clara, ¿en qué serviros puedo?
Si el ruego de mis suspiros,
si el ansia de mi congoja,
atendéis, oh padre mío,
veréis cuán del alma salen
estos ecos que repito.
A Dios toda me he entregado,
él guía el afecto mío,
y así merezca la dicha
que de ese hábito divino
vista la preciosa gala.
Detén, Clara, los suspiros,
y mañana, cuando todos
en los oficios divinos
estén, en la ermita aguardo;
allí estará prevenido
el hábito, y porque nadie
entienda lo que hemos dicho,
disimulad ese llanto
que advierte el regocijo.
Ya ningún bien apetezco
pues tal ventura consigo,
que ha de ser la ermita sacra
de la Porciúncula asilo
de mis intentos.
Sí, Clara,
pero tengo que advertiros
que hay que padecer trabajos.
Si los padezco por Cristo
no son trabajos, son bienes
disfrazados con peligros.
Mil gracias te doy, Señor,
pues mi afecto ha merecido
el tener tal fundadora.
A Dios, Clara.
A Dios, Francisco.
Tocan marcha, clarín y caja, y salen por un lado Vidal, Aversa y soldados, y por el otro Ismenia en traje corto, Hazén y moros, y el emperador Federico.
Porque descanse la gente
haga el ejército alto.
A vista de Asís, y a todos
los lugares comarcanos
se obliguen las partidas
que traigan lo necesario
de víveres y pertrechos
para sustento del campo.
Veamos si de mi coraje
puede librarse Alejandro.
Vuestra Majestad no tenga
en esta empresa cuidado,
que si Alejandro fulmina
censuras, y no soldados,
no hay que temerle.
Fortuna,
no me dirás hasta cuándo
ha de durar el injusto
tesón de tus sobresaltos?
Ay, Ismenia, que en tu vista
vive solo un desdichado.
Hazén, valiente Vidal,
Averio, de cuyos brazos
he conseguido los triunfos,
y confío asegurarlos.
Luego que el campo descanse
haréis se levante el campo,
y que prosiga la marcha
consumiendo y abrasando
cuantos a mi enojo no
se sujeten tributarios,
que pues tirano me llaman,
he de obrar como tirano.
He de obrar, decid que viva.
Soldado, amor despacha,
que la luz de Ismenia aumenta
las luces en que me abraso.
Voces dentro.
El gran Federico viva.
Al son de la caja y clarín se entran todos menos Hazén y Ismenia.
Pues ya dicha ha logrado
mi fatiga, hermosa Ismenia,
merezca saber si acaso
se han olvidado tus celos
de la fe de mis cuidados.
Si sabes que por ti dejo
patria, conveniencia, estado,
y quietud, ¿qué me preguntas?
Si en mis obras estás mirando
reparos que desvanezcan
la inquietud de tu reparo.
Mi recelo le ha causado
ver que Vidal te festeja.
Un hombre tan temerario
y de otra religión, nunca
puede merecer mi agrado.
Buena está mi vanidad.
Y así con este resguardo
vive confiado, en que no
se pierden tus holocaustos.
Vase.
Celoso,
Aquesta dicha
sabrá estorbarla mi brazo.
Y yo vengando mis celos
la osadía castigaros.
Sacan las espadas, riñen y sale Federico y soldados.
¿Qué es esto?
Nada, señor.
Aparte.
No es de disgusto este caso
si bien viendo los aceros
desnudos, lo habréis juzgado;
(Si la seña que le he hecho
Vidal habrá penetrado)
yo aprendí a jugar la espada
con un cautivo cristiano,
y entre las varias materias
que Vidal estaba hablando
conmigo, llegóse a hablar
de la destreza, apurando
que lidia mejor aquel
que lidia valiente y sabio.
Como diestro en todo
me puso algunos reparos
sobre algunas líneas de ellas,
y yo por desengañarlo
dije que ahora repito
mis razones demostrando,
siempre que mi espada ocupe
la línea que está ocupando
es inútil el querer
contrastarme vuestro atajo,
pues es superior mi fuerza
y ya es forzoso extrañaros,
si no en el escarmiento
hallaréis el desengaño.
Porque está mi movimiento
de antiguo y firme constando
y así es inútil querer
alcanzar lo que yo alcanzo.
Si mi espada...
Bien está,
que el discurso he penetrado,
y sepa vuestra cuestión
que de ella yo me hago el cargo,
y que otra vez puede ser
no responda tan templado.
Vase.
Aunque su enojo aventure
he de vengar mis agravios.
Amor, mantente en la dicha
pues me confieso tu esclavo.
Vase.
Sale Santa Clara vestida de gala.
Pues toda mi gente queda
en los oficios de Ramos,
logremos, afectos míos,
la fortuna que anhelamos.
Padre Francisco.
Sale San Francisco y el hermano Panduro.
¿Quién llama?
Visitica con moño alto
tenemos, sin duda que este
es de esta cuaresma diablo.
Para lograr el efecto
que os tengo comunicado,
a vuestras plantas me entrego
y en ellas donación hago
de mi ser y de mi vida.
Denla su carta de pago.
En muestras de que obediente
te sujetas al rebaño
que la providencia quiere
entregar a mi cuidado,
yo el vulgo de tus cabellos
de tu cabeza separo;
dedícalos a María,
viste el hábito sagrado
para que logres, dichosa,
la inmensidad de su amparo.
¡Cuánto diera un peluquero
para poder agarrarlos,
y con un cabello vivo
mezclar cuatro mil de ahorcados!
Entra a vestir en la ermita
el hábito.
¡Cielos santos,
pues tanta dicha consigo,
más que ahora vengan trabajos!
Vase.
Padre, aunque soy un gran tonto,
aforrado en mentecato,
temo que aqueste beato
nos ha de dar malos ratos.
Y por qué, hermano Panduro?
¿Por qué? Por este reparo.
¿Esta no es muy linda moza,
no es rica, de ingenio claro,
noble, y muchacha? Pues esta
tendrá cuatro mil hidalgos
que sin darles un riel de pasta
la alborotarán el barrio,
pues viendo aquestos señores
que la perdéis a volada
como nido siendo tú
causa de vuelo tan alto
ya que a ella no la reclamen
te reclamarán con algo.
Los males que nos da el mundo
vienen de la inmensa mano
de Dios, y viniendo de ella
son consuelo aun siendo daño,
¿qué importa que el mundo juzgue
mal de los buenos, si hallamos
en el cristal de la pena
la luz de los desengaños?
Salen Favorino, Inés, y Carleta.
Padre Francisco, pues ya
mi hija Clara habrá rezado
sus devociones, suplico
me la llame;
Y vamos claros,
cuando la vean con tocas
¿qué dirán estos malvados?
Dígale, padre, que deje
de hacer gestos a los santos.
Saca a Santa Clara vestida de monja, a San Francisco.
Señor Favorino, vos
vendréis vuestra hija buscando;
aquí la tenéis; mas ved
como discreta ha tomado
contra el piélago del mundo
el puerto del desengaño.
Cielos, ¿qué veo?
¿Qué miro?
Su resolución extraña.
¡Ay, que mi ama se ha hecho monja!
Miren cuáles se han quedado.
Clara, ¿qué es esto?
Seguid
aquel Campeón Soberano,
y por su amor despreciad
viles afectos humanos,
y así estos torpes adornos
por esta jerga he trocado.
ofreciéndolos a Dios
como tablas del naufragio,
Señor, déjame que viva
en tan superior estado,
merezca yo...
¡Vil mujer!
Deshonra de mi honor claro,
primero que tal consienta,
sabré haciéndote pedazos,
estorbar tu intento.
Vean
el viejo cómo ha saltado.
Tan ciego, tan destemplado
vuestro enojo, a conocer
no llega vuestro pecado,
todo es de Dios, y pues él
lo que estáis viendo ha ordenado,
ved que los juicios del cielo,
no temen juicios humanos.
Francisco, yo acudiré
a quejarme de este agravio
a quien como superior
os castigue, y porque agrado
a mi prudencia no venza
el enojo con que me abraso,
me ausento de vuestra vista
por vengarme más templado,
mas advertir que no se junte
lo imprudente con lo santo.
Vase.
Clara, estas resoluciones
se ejecutan más despacio.
Vase.
En fin, en perder el juicio
ha venido el rezar tanto,
buena la ha hecho, señora.
Vase.
Yo sé si saco el rosario
que les cuento con su cuenta
las cuentas del espinazo.
Vase.
Cielos, pues logré esta dicha,
Pues la fortuna he logrado
de tener tal fundadora,
de todo el ser consagraros,
No tu inmensidad desprecie
lo humilde del holocausto.
Baja media esfera celeste cerrada, y en pasando de las bambalinas se abrirá en dos mitades, y se descubrirá dentro un sol y en él el niño,
Jueces, y en las extremidades de la esfera bajarán dos ángeles cantando, y San Francisco y Santa Clara se elevarán cada uno en una columna que formen un medio círculo pendiente de las vigas.
Ya el cielo a tus voces,
ya el cielo a tu llanto
previene el consuelo
de ver en el suelo
las luces del sol,
de la aurora los rayos,
desecha el cuidado
que todo es fortuna,
favor y descanso.
De ser esposa de Dios
ya Clara el bien has logrado,
que fineza tan inmensa
solo es de objeto tan alto.
Francisco, y a tu oración
el cielo fiel ha premiado,
dándote una fundadora
para oriente de tu ocaso.
Clara, ya logras la dicha
de ser mi esposa.
Un gusano
como yo, ¿hará merecer
tener su nombre en tus labios?
Francisco.
Señora mía.
Con el desposorio sacro
de mi hijo y Clara, verás
cómo se fecunda el campo
de la fe; ten gran confianza
que yo asisto en vuestro amparo.
Pues el cielo nos asiste,
Pues él nos ampara tanto,
Desechemos nuestros temores,
Desechemos sobresaltos,
Y acompañe nuestra voz
a la de los coros alados.
Ya el cielo a mis voces,
ya el cielo a mi llanto,
previene el consuelo
de ver en el suelo.
Las luces del sol
y del alba los rayos
desecha el cuidado
que todo es fortuna
favor y descanso.
Ocúltase todo y dase fin a la primera jornada.
Después de haber cantado la música a cuatro salen Favorino, Antelmo, Mosquito, e Inocencio Papa y dos Cardenales y San Francisco.
Por consuelo de los fieles,
en hora dichosa venga
a las campañas de Italia,
la columna de la iglesia.
Diciendo en nobles quiebros,
voces y trompetas,
Inocencio cuarto viva
siglos y edades eternas.
Dichoso yo, que merezco
la felicidad suprema
de estar a esos pies.
Si acaso
puede el fervor que me alienta
suplir el mérito, llegue
a besar las plantas vuestras
mi humildad.
Pues para todos
su favor se nos reserva,
logremos tan gran fortuna
Fieles hijos de la iglesia
llegad todos a mis brazos
y creed que las vivas muestras
de vuestro afecto os estimo.
Pero qué mucho que sea
tan cabal, si el justo ejemplo
de este varón os alienta.
Y pues me trae el cuidado
de ver todas las fronteras
por ver, si embarazar puedo
las continuadas empresas
de Federico, que todos
estos lugares infesta
decidme en qué estado están
las prevenciones y levas
de esta campaña, ya que
quiso el cielo que rigiera
por la muerte de Alejandro
la tiara:
Todas las fuerzas
santísimo padre están
pertrechadas, y compuestas,
veinte mil hombres alisto
debajo de las banderas
de la iglesia, y si no es que
intente alguna sorpresa
Federico, será en vano
el orgullo de sus fuerzas.
Pues solo este mediodía
aquí he de estar, que aunque sean
mis fuerzas tan competentes
el forzoso me mantenga
lejano de las precisas
militares contingencias.
A Clara quisiera ver
esa mujer de quien cuentan
la fama tantos prodigios.
No en balde tubos emplea
la fama, señor, pues es
Clara en todo muy perfecta.
Ya sé que a tu dirección
su voluntad se sujeta
habiendo seguido muchas
de su reforma la regla.
Aunque Clara es hija mía
las maravillas inmensas
que hace en su favor el cielo
mi afecto paternal truecan
en respecto, más que mucho
si la singular clemencia
Si el cielo las ceguedades
desterró de mis potencias.
Mirad, señor Favorino,
cómo las cosas se truecan;
ayer era todo estragos
vuestra pasión, y hoy atenta
venera a quien injuriaba.
Padre Francisco, la fuerza
de la bondad, desterrar
sabe las injustas nieblas
con que el mundo a los que estamos
vestidos de barro, ciega.
Santísimo Padre, yo
tengo gran correspondencia
con Clara y sé su virtud,
¿qué más cabal experiencia
de su virtud, que el prodigio
que sucedió, cuando atenta
Inés, su hermana, dejó
del mundo las conveniencias?
Yo me alegraré saber
cómo fue.
De esta manera:
a visitar a su hermana
vino Inés y a darle cuenta
de cómo tomaba estado
muy igual a su nobleza.
Las palabras de su hermana
fueron animadas saetas,
tanto que a sus pies rendida
la pidió que la vistiera
de su religión sagrada
la gala más verdadera.
Dijéronme cómo Inés
tomó el hábito, y resuelta
mi saña, llamé a mis deudos
y viniendo a esta misma
ermita, intentó mi enojo
a casa otra vez volverla,
pero fue vano mi intento,
pues al procurar moverla
era más fácil mover
de un peñasco la entereza.
Irritado un tío suyo
osó las manos ponerla,
pero quedó castigado,
y yo en él para que vea
que en el escarmiento ajeno
mi conocimiento empieza,
quedó, en fin, su tío yerto,
un brazo con tal violencia
de dolores, que causaba
lástima, y horror su pena.
Con que viendo este prodigio,
tuve por bien que eligiera
tan segura senda.
Y yo,
porque esta religión crezca
mientras que había terreno
capaz que las acogiera
a las muchas que seguían
la religiosa bandera,
en un convento de monjas
Benitas, las tuve mientras
en esta ermita se hacía
la competente vivienda.
La noticia os he estimado,
y pues la gente me espera
entremos a ver a Clara.
Salen Clara y Inés.
Ya Clara a las plantas llega
de quien vicario de Cristo
es vice Dios de la tierra.
Dichosa la que se humilla
a esas plantas.
Qué modestia.
Qué santidad.
A mis brazos,
mujer admirable, llega,
que solo esta dicha al cielo
será bien se le agradezca,
pues su prodigiosa vista,
con lo que admira, consuela.
Entre Vuestra Santidad,
ha honrado a aquesta pequeña
casa de Dios.
Va a admirar
en ello las providencias
del Altísimo.
Éntranse y se descubre una mesa de refectorio y Carleta y Panduro barriendo.
Panduro, barra.
Barre tú, Carleta,
y porque presto consigas
despache con las haciendas,
menea las manos bien,
y no menees la lengua,
pues como su Santidad
a ver el convento entra,
ha mandado nuestra madre
que esté todo con limpieza;
mas dime cómo te va
desde que trocaste diestra
por la toca y el cordón,
el moño y la escarapela.
Si no entrara tanta gente,
bribón, yo te respondiera.
Salen el Papa y todos los que entraren con él.
La casa es un cielo, Clara.
Pues tenemos tan inmensa
dicha, que aqueste convento
tan bien, Señor, os parezca.
A vuestros pies una gracia
os pido.
¿Qué habrá en que pueda
complaceros?
Pues están ya prevenidas
las mesas,
bendecid el pan, porque
hoy mis religiosas tengan
este consuelo espiritual.
Todas las gracias inmensas
que puso el Señor en mí,
mi poder las subdelega
en ti, Clara, y así puedes
bendecir el pan.
Advierta
Vuestra Santidad, Señor,
la distancia tan inmensa
que hay entre los dos, pues ¿cómo
podrá una mísera oveja
abrir los labios delante
del gran pastor de la iglesia?
Esto ha de ser en virtud,
Clara, de santa obediencia.
¿Y no basta que esa voz
con lo que manda amedrenta?
Ya os obedezco, Señor.
¡Oh, soberanía inmensa,
pues tan altas maravillas
a mi humildad las revelas!
Vea Vuestra Santidad
el pan que tiene la mesa,
y en él verá los prodigios
que ejerce la providencia.
Dádmelo, pues.
Aquí está.
¡Qué maravilla es aquesta,
dividido en cuatro partes!
Con nueva cruz, manifiesta
el cielo tan gran prodigio,
y el fruto de su obediencia.
¡Qué asombro!
Pues esto, amiga,
sucedió al pie de la letra,
que en las comedias de santos
se refiere, y no se inventa.
Quédate, Clara, con Dios.
Quien esta suerte interesa
no puede esperar más dicha.
Las voces a decir vuelvan.
Por consuelo de los fieles
en hora dichosa venga
a las campañas de Italia
la columna de la Iglesia.
Diciendo en su obsequio voces y trompetas.
Viva
Inocencio Cuarto viva,
siglos y edades eternas.
Vanse el Papa, los cardenales, Antelmo y Favorino.
Pues si esta ermita sagrada
de la Porciúncula es ya
en donde encontró el asilo
su vocación verdadera,
por renovar este gusto,
y porque la virtud tenga
también su convite, os ruego
que vengáis a honrar mi mesa
las dos; y también te pido,
pues tanto el cielo te alienta
con sus favores, le pidas
favor para aquella empresa.
Dichosa la que consigue
compañía tan perfecta.
¿Y hemos de salir?
¿Cómo?
que las monjas salen y entran,
porque todavía no tienen
clausura que las detenga.
Vanse todos, menos Santa Clara.
Felice yo que he quedado
sola ya, para que pueda
al dueño de mis sentidos
dedicarle mis potencias.
Señor, con inmemorial
acudo a vuestra clemencia,
ya conocéis de Francisco
aquella amorosa hoguera,
y ya sabéis, Señor divino,
cuánto padecer desea,
el martirio y rubricar
con la sangre de sus venas
la fe que tan firmemente
en el alma tiene impresa.
Dígnese, Señor piadoso,
de mi ruego tu clemencia,
dime, Señor, si conviene
que este buen deseo ejerza.
Pasa un ángel atravesando el tablado en un balancín cantando.
Atiende a mis voces
que el cielo me ordena
le diga a tu ruego
que también hay fuego
que sin arder quema
y porque lo veas
suspende ya el fino
sentir de tu queja,
Dile a Francisco que el cielo
manda prosiga su regla
porque también es martirio
el volcán de las finezas.
Dile que rubricará
con la sangre de sus venas
su fe, y aun más que él en eso
logrará su amor verterla.
Atiende a mis voces
que el cielo me ordena
le diga a tu ruego
que también hay fuego
que sin arder quema
y porque lo veas
suspende ya el fino
sentir de tu queja.
Encúbrese.
Felice yo que merezco,
Señor, dicha tan suprema.
¿No es hora ya de comer?
¿No ves, señora, se espera
Francisco, y que hay su tirada
de aquí a la ermita.
Carleta, vamos.
Entran por un lado y salen por otro.
Carleta, camina.
No puedo más en conciencia.
Anda, que ser habladora,
amiga, no es ser ligera.
Ya falta poco, camina,
que ya divisar se deja
la ermita.
Felice, que en hallo en ella
su oriente.
Hoy he de comer
para veinte cuarentenas.
Ande y no sea glotón.
Vanse y sale Anselmo.
alto en esta selva
pastoral, pues inocencia
solo la escolta pequeña
de cien caballos permite
que le sigan, pero apenas;
¿o es ilusión de los ojos
o en una encendida hoguera
la ermita de la Porcíncula
se abrasa? Pues ¿a qué espera
mi valor, que en su socorro
no acerco mi afecto?
Descúbrese un jardín con cuatro árboles, y encima de sus copas 4 ángeles en 4 balancines, estos adornados de grupos de nubes, y los ángeles tendrán instrumentos músicos en la mano, Santa Clara, San Francisco y Santa Inés se descubren sentados a una mesa, y por el aire andan varios pájaros.
En esta
deliciosa amena estancia
donde la piedad inmensa
de Dios, unió los primores
de la gran naturaleza
pues no hay objeto, que no
sea hijo de su belleza
la mesa mandé poner
siendo los manjares de ella
más que recreo del gusto,
alivio de las potencias.
Francisco en este convite
solo ha de comer la idea.
Angélicas consonancias,
flores lisonjeras,
cristales sonoros,
avecillas tiernas,
festejar sonoras,
aplaudid atentas,
del sacro convite
la unión más perfecta,
con voces con plumas,
con flores con perlas.
De que canta la música de cuando en cuando imitará el canto de los pájaros, de modo que sea sin interrumpir Ilegible
Tan sacro convite
unidos festejan
el aire y el agua,
el fuego y la tierra.
Las aves aplaudan
la unión de esta mesa
pues miran en Clara
la aurora más bella.
Cielos, si cabe en el mundo
Cielos, si cabe en la tierra
Tan cabal gusto.
Tan grande
Armonía lisonjera.
Cuál será la dichosa
se oye en la celeste esfera.
Al tiempo de cantar la segunda vez el cuatro esté de los tres santos en un pirámide de fuego que tendrá toda la tabla de la mesa y de lo alto bajan tres coronas resplandecientes, y de los cuatro grupos los ángeles se irán dilatando por el teatro nubes que imiten humo, y sale Anselmo.
Angélicas voces
flores lisonjeras,
cristales sonoros
avecillas tiernas
festejar sonoras,
aplaudid atentas
del sacro convite,
la unión más perfecta,
con voces con plumas,
con flores con perlas.
¿Qué acorde armonía cielos
es esta tan forastera
que con su dulce lisonja
más suspende que deleita?
Toda la estancia es primores
y ya doy por bien mi sospecha
pues no es fuego material
aquel que luce y no quema
siguiendo a esta admiración
otra maravilla inmensa
pues veo a Francisco y Clara,
elevados de la tierra,
siguiéndose a este prodigio
no menos rara extrañeza
pues arrojando sus rostros
un diluvio de centellas
en nube de humo esta estancia,
si no la abrasan, la anegan.
Son sus corazones
famosa hoguera
y en su incendio amante
su ardor se fomenta
ay que se abrasan, ay que se queman
en las místicas llamas de sus finezas,
Babilo dejo el ganado
Pascual, deja las ovejas.
Y pues la ermita se abrasa,
entremos a socorrerla.
Salen villanos.
Tened, amigos, el paso,
no alteréis aquella quinta
fiel suspensión con que yacen
sus sentidos y potencias,
porque no en vano repiten
estas celestes cadencias.
Son sus corazones
amorosa hoguera,
y en su incendio amante
su ardor se fomenta.
¡Ay, que se abrasan!
¡Ay, que se queman
en las místicas llamas
de sus finezas!
¡Por Dios, que están elevados!
Son santos en mi conciencia.
Antelmo, ¿pues vos aquí?
Si se quema la iglesia,
según el humo sale
por las ventanas y puertas,
¿por qué extrañan sus mercedes
que entremos de esta manera?
Clara divina, el prodigio
que he visto absorto me deja.
Pues reservarle en vos propio,
no deis a ninguno cuenta,
que los favores del cielo
no son para humanas lenguas.
Así os ofrezco el hacerlo;
pero ¿qué clarín inquieta
nuestra quietud?
Es la causa
haber visto una pequeña
tropa de los enemigos
que estos villajes infestan,
y todos los moradores
toman las armas.
Pues venga
un caballo, que yo tengo
de escarmentar su soberbia.
Y nosotros pediremos
al cielo te favorezca.
El demonio que aquí aguarde
cuando dicen...
Vanse todos y al son de cajas y clarín salen Hazén y Ismenia, cada uno por su lado sin verse.
¡Arma!
¡Guerra!
¡Ya mi encendido coraje...
Sea el orbe corta esfera.
En busca de Hazén penetra
lo escondido de esta selva,
y así sabrá Ismenia...
Mas, ¿qué veo?
Ismenia,
ya con la dicha de verte
todo mi incendio se templa.
Pues, ¿qué motiva tu enojo?
Te ha de hablar clara mi lengua;
solo tu cielo motiva
el rigor de mi tormenta.
Pues, di, ¿qué mudanza has visto
en la fe de mi fineza?
Ya sabes, Ismenia hermosa,
cuán rendido, cuán constante
en la luz de tu semblante
arde mi pena amorosa,
y por aumentar recelos,
que Vidal te ha festejado.
Al paño.
A muy buen tiempo he llegado,
pues siempre escucho mis celos.
Y así, dicho mi dolor,
pide mi rendida fe
que tu hermosura me dé
el consuelo de un favor.
Sale Vidal.
Si eso pide Hacendrioso,
lo mismo mi afecto pide,
aunque la distancia mide
de un desdichado a un dichoso.
Pues yo...
Aparte.
Detén el acento,
deme el amor sutileza
con que premie una fineza
y ultraje un atrevimiento.
En este caso, se ven
la esperanza y el rigor,
este premio es del amor,
y otro ira del desdén;
y entre los dos repartido
logrará vuestro cuidado
uno el favor de premiado
y otro el mal de aborrecido.
Pues no me puedo quejar
de tu esquivo proceder,
lo que me toca aquí hacer
es el desaire vengar.
Mi valor sabrá...
Salen Federico y Soldados.
¿Qué es esto?
No es nada, ea, industria mía,
añadamos nudos, enlaza
a la industria sucedida.
Ya sabes que Hacen gobierna
toda la caballería,
y Vidal a vuestra vista
corazas e infantería.
Pidiéronme que eligiese
color para las divisas,
y yo elegí los colores...
que demuestran esas cintas,
añadiendo juntamente
el nombre de las cuadrillas,
y son, para que lo sepas,
y alabes la atención mía,
deshacen la de la esperanza,
la de vida, la de la ira.
Vase.
Oye.
Basta, y no otra vez
escuche vuestra porfía,
que puede ser que se vuelva
la que es templanza justicia.
Yo, señor.
Dentro soldados.
Ande el bribón.
¿Qué es eso?
Sacan unos soldados a Panduro.
Gente maldita,
¿qué os ha hecho este pobre fraile?
En la verde, entretejida
maleza de aqueste monte
hallé, señor, escondida
la persona de este fraile;
y juzgando ser espía...
¿Espía? Miente, señor,
porque yo en toda mi vida
he sido pío, y mi madre
tuvo condición arisca;
mi padre fue un Holofernes,
una amazona mi tía,
y yo no vengo de casta
ni de píos ni de pías.
¿Espía yo?
No te grites,
di con qué ocasión venías
a ver mi campo.
¿Yo a verle?
Es la mayor bobería,
y porque vean cuán lejos
estoy de esa golosina,
mande Vuestra Majestad,
su merced, y su señoría,
que estos alanos me suelten
de sus prisiones malditas,
y verán cómo no estoy
aquí ni una Avemaría.
¿Espía yo?
Éste es un loco;
a la ciudad se retira
pues te libra de enojos
tu incapacidad.
¿Yo espía?
Espiaos éste y vosotros
en esta y en la otra vida.
¿Espía yo, cuando soy
el virrey de la cocina,
espía yo?
Pues están
las milicias prevenidas,
seguidme porque esta noche
mi arresto lograr confía
la empresa que te he fiado.
Perderé la vida
o volveré con el triunfo
gran señor a vuestra vista.
hasta que venga mi celo,
en vano el dolor me anima.
Vanse al toque de clarín y trompeta Cafa, y Vidal, descúbrese una estancia como celda y salen Clara, Inés y Carlota.
Hermana, pues el Señor
te da por, ser escogida,
tanta falta de salud,
mi cariño te suplica
que no vayas a maitines,
que hace la noche muy fría,
y todas las religiosas
lo piden.
Hermana mía,
aunque es la noche tan grande
en que la iglesia festiva
celebra de hermoso oriente
del Sacro Sol de Justicia,
me siento tan maltratada
de la continua fatiga,
de la fiebre, que es preciso
que obedezca a costa mía;
(Vase)
Con eso yo voy contenta
y pues la campana avisa
la comunidad con Dios
se queda.
(Vase)
A Dios, hermanita,
que también yo voy al coro.
Sacro esposo de mi vida,
¿es posible que tal noche
no logre mi fe encendida
sacrificaros ansiosa
todo el ser, toda la vida,
mas tu voluntad es que yo
carezca de tanta dicha?
Vengan permisiones tuyas
pues hay obediencias mías.
Descúbrese el Ángel cantando en una tramoya grande que bajará de en medio, compuesta de nubes y estrellas, y esta descansará en el tablado de manera que la figura se quede en pie.
Escucha mis voces
que el cielo me envía
a aliviar tus penas,
vencer tus fatigas.
Y así, Clara, alienta,
descansa y anima
cualquiera favor
que al cielo le pidas,
sabrá concederte la gran providencia
pues es acreedora del cielo tu vida.
y así, Clara, alienta,
descansa y anima.
Custodio mío, si el labio
puede explicar tanta dicha
solo el favor que te pido,
es que el cielo me permita
pueda rezar los maitines
de la sagrada vigilia
de Navidad.
Más favor
te concede la divina
providencia del Señor,
y así oye cómo tus hijas
alaban a Dios diciendo
en dulces voces unidas.
Domine, labia mea aperies.
Et os meum anunciabit laudem tuam.
Como estando tan distante
el coro de aquí, distintas
sus voces escucho, ¡oh, grande
poder de tus maravillas!
Domine, labia mea aperies.
Qué cerca las oigo, aunque
la distancia es infinita.
Gloria Patri, et Filio et Spiritui Sancto.
Y yo con todas, gustosa
responderé agradecida.
Sicut erat in principio, et nunc, et
semper et in secula seculorum, amen.
Desde que el Ángel dice el verso que tiene la cruz empieza el órgano, y este canto es el que usa toda la Religión de San Francisco.
Pues mayor favor el cielo
quiere hacer a tu fe pía,
y así mira que rasgando
la techumbre cristalina
un traslado de lo que
pasó en la feliz campiña
de Belén, noche como esta,
se pone el cielo a la vista
diciendo en acordes himnos
sus perpetuas armonías:
Albricias, albricias,
que gloria a la esfera
y paz a la tierra
los cielos publican,
albricias, albricias.
Mientras esta música se descubre el portal, en esta forma, la nube que está parada en el tablado se ha de abrir en dos mitades, y se verá el Nacimiento de Dios Hombre, la Virgen y demás cosas pertenecientes, todo lo más hermoso que pueda ser.
Clara, a las finas instancias
de tu voluntad encendida
quiero que veas el misterio
que tanto tu afecto estima.
Añadiendo este favor
al volumen de tu vida,
y así toma mi hijo, Clara,
disfrútale sus caricias.
Dichosa yo que merezco
de este humano ser vestido
tener en mis manos, toda
la máquina cristalina.
A los primeros versos de la Virgen los ángeles llevan el niño a la santa.
Fue mi Dios tan inmensa la fineza
de trocar por la tierra el firmamento,
que no puede el humano entendimiento
explicar la verdad de esta grandeza,
despojas la humana pompa y la riqueza,
y vestido de humano sentimiento
llegas a producirte sacramento
disfrazado en la paja y la pobreza.
A padecer empiezas tan temprano
del mundo hollando el desigual camino,
oh Dios, en todo Dios y Soberano,
deja que admire el singular destino,
si veo lo divino tan humano,
cuando veo lo humano tan divino,
y para hacer mercedes
toma tu imagen divina
la forma de nuestro ser,
humilde te pido
socorras esta ciudad,
que cercada y combatida
yace en un continuo susto
de las tropas enemigas.
Y vos, Soberana aurora,
Sagrada Virgen María,
interceded por mi ruego.
Son, Clara, tan infinitas
las culpas de los mortales,
que la Majestad divina
para su enmienda permite
el rigor de su Justicia,
y si no fuera por ti,
hoy se viera reducida
la ciudad a lastimoso estrago;
mas mi hijo dice, te diga,
que antes que la Aurora salga
las agarenas cuadrillas
embestirán tu convento,
que él te enviará el
y con él sin temor salgas
del enemigo a la vista,
y verás cómo las lunas
en viendo al sol se retiran.
Pues que tanto mi temor
alienta tan gran noticia,
una y mil veces, Señor,
tus beneficios repita.
Albricias, albricias,
qué gloria a la esfera.
y paz a la tierra
los cielos publican
albricias, albricias.
Ocúltase la tramoya y quedando la santa suspensa, y salen Carleta y Santa Inés.
Hermana, una infausta nueva
ha llegado a mi noticia,
y es que ya los enemigos
ocupan la cercanía
del convento, y la ciudad.
Ánimo y confianza, hijas,
no temáis vanos recelos,
que la majestad infinita
ha de volver por su causa;
venid al coro, hijas mías,
que la oración es escudo
que a los fieles fortifica,
venid.
Sale Panduro.
¿Adónde podré
guardarme, mis hermanitas,
que esté seguro de tanta
perra canalla morisca?
Ahora no es tiempo de chanzas.
Pues esto no es chanza, niña,
mas para poder guardarnos
cierra todas las rendijas
de las puertas.
Vanse y se descubre una puerta como de portería en el medio y salen Hazén y soldados con picos.
Pues la noche
tendió su mortaja fría,
este convento ha de ser
el primero que las iras
nuestras estrene, soldados,
romped las puertas, no impida
este embarazo mi intento;
caigan, pues a la porfía
de vuestro enojo, por ver
si lo logro.
Al tiempo de derribar la puerta los soldados dicen dentro la música.
Salve Regina.
Cielos, qué acorde rumor
con su halago atemoriza
nuestro impulso.
Ya las puertas
están abiertas.
Aviva, indignación que me alientas,
dime, por qué desconfías
al escuchar que la voz
repite.
O clemens,
o pia,
Pero ya el temor es vano.
O dulcis Virgo María.
Entran Tachado: todos dando la candela a espadas y descúbrese Santa Clara, Inés, Carlota y Panduro en acción de rezar.
Échense con esa flema,
pues que ya en la portería
están los moros, y remos
a fundar a Berbería.
Pedid consuelo al Señor
de la celestial milicia.
Hacen echar las puertas al suelo.
Ay, que nos hacen astillas.
No importa, orad.
Que no importa,
y la casa nos derriban.
Tierno esposo, amado dueño,
suspende tus justas iras,
templa tu enojo, y tu justo
sacro poder no permita
que profane este sagrado
la planta de la malicia.
Cielos, inflamada Clara
de su caridad activa,
con el espíritu penetra
las celestes jerarquías.
Panduro, mira este asombro.
Ahora estoy hecho una miga.
Elévase Santa Clara, y los Ángeles salen de en medio, y en un trono traen el Sacramento, y apartándose cada Ángel a su lado el del lado derecho pasa a la santa la custodia que ha de ser como las que pintan con la santa y cantan los Ángeles a dúo.
Ya el cielo te envía
consuelo celeste
en el pan de la vida.
Sacro Señor poderoso,
a vuestras plantas mi ruego
viene a buscar el sosiego
como centro del reposo.
Muéstrate esta vez glorioso
contra ese bárbaro tirano
que contra el pueblo cristiano
su enojo fiel ha oprimido
y sé, como Dios temido,
pues te ignora como humano.
Si me atreviere a tocar
vestida del frágil ser
la nieve que sabe arder
sin la pena de abrasar,
y pues ella ha de curar
el daño del mal violento
tómela mi rendimiento
que mi pesar se destierra
dé socorro el Sacramento.
Pon este sagrado escudo
del enemigo a la vista.
Baja la custodia y salen los moros.
Pues nadie hay que nos resista
la acción, soldados, entrad,
y vuestro ardor no reciba
freno, piedad.
Donde, infieles,
ciegos vuestro enojo os guía,
ved a quién todo lo humilla
y su poder vence todas
las humanas tiranías,
temed, temed sus rigores,
y ved, si sus rayos vibra,
qué hará.
A retirar, soldados,
que aquella mujer divina
nuestros rencores contrasta.
Vanse los moros.
Al monte.
A la cumbre.
Avispas
os piquen,
que os destierren
de todas estas campiñas.
Soldados, hacia el convento,
que allí el moro se divisa.
Salen Favorino y Antelmo.
¿Qué es esto, Inés?
¿Qué ha de ser,
padre y señor? Una dicha
que produjo una desgracia,
y una victoria divina.
Sabrás que a aqueste convento
llegó una tropa morisca,
y Clara venció su orgullo
con el sacro pan de vida,
y a su vista huyeron todos.
Aunque tan gran maravilla
como ver a Dios en esta acción
nos consuela y nos admira,
al enemigo sigamos,
y nuestro valor consiga
castigar su atrevimiento
y escarmentar su osadía.
Vamos, Antelmo, que aún hay
fuego en esta nieve fría.
Pregúntenlas de mi parte
huid si son espías.
Va bajando la elevación.
Venid conmigo, vosotras,
a dar gracias infinitas
al dueño de las batallas
y Dios de las jerarquías,
cuando dicen en su aplauso
las celestes armonías:
Ya el cielo te envía
socorro celeste
en el pan de la vida.
Aunque otros ecos al aire
marciales voces repitan.
Arma, arma,
guerra, guerra,
antes, soldados, la iglesia viva.
Con música, voces, cajas y clarín se acaba la segunda jornada.
Descúbrese un torno, y sale Panduro con una cesta, y en ella traerá lo que dicen los versos.
Jamás infelice vida
en que puede hado meterme
y a ser de mandadero
de monjas, diferentes
dígalo verme
venir cargado de tantas
zarandajas diferentes,
que después que consiguió
Clara el que la concediesen
la clausura, aquestas monjas
se hacen muy impertinentes.
Mas que el torno han abierto
llamo porque me despenen.
¡Deo gratias!
¿Es hora, hermano,
de que venga?
Ahora amanece
y nos empieza a dar prisa.
Hermano, a gruñir no empiece.
Ahí va el papel del letrado,
ahí va la libra de aceite,
el cuarterón de jabón,
este cordón con su herrete,
el jarabe y las dos purgas,
y en aquestos dos papeles
va aquel remedio, que hace
lo mismo que los que muelen,
ahí van dos mil zarandajas.
Atienda lo que se ofrece;
hermano, vaya al doctor
y diga que brevemente
luego corriendo, sin falta,
al instante que se llegue
aquí porque nuestra madre
está mala y juntamente
ahí van seis cuartos, advierta
los reparta de esta suerte:
traiga un cuarto de tomates,
y otro de todas especies,
de vino traiga un ochavo
que sea oloroso y fuerte
y de almidón otro cuarto,
otro traiga de alfileres
y diga, hermano, le den
siquiera en el cuarto veinte,
otro de lacre y oblea,
y el ochavo puede traerle
de azúcar piedra.
¿De qué?
De azúcar piedra; ¿no entiende?
Y adiós, hermano.
Señores,
que a esto me obligue la suerte
y el haber muerto Francisca,
que si Francisca no hubiese
muerto, no fuera Panduro
de esta Herodes inocente.
Mas paciencia y aguantar.
Vase y salen Santa Clara, Santa Inés y Carlota.
Tan obstinado procede
Federico, que otra vez
cercada la ciudad tiene.
Después que nos dejó libres
aquel milagro celeste
se retiró tan corrido
Federico, con su hueste
que en pocos días perdió
conquistas de muchos meses.
Hasta que ha vuelto otra vez
con tal multitud de gente
que la ciudad el postrero
embate al rigor padece,
y viéndose reducidos
a un cerco tan inclemente
te piden que a Dios acudas.
¡Oh mortales imprudentes
que en los humanos pesares
buscáis a Dios solamente!
Mas nuestro llanto es preciso
su justa indignación temple.
Dejadme este rato sola.
Ya mi atención te obedece.
Que aunque más haga conmigo
ser virtuosa no me entre...
Vanse las dos.
Dios mío, a tus plantas llega
mi súplica reverente,
no pierda, Señor, por mía
lo que por fin a ti adquiere.
Ya sé, Señor, que mis culpas
motivan los accidentes
que contra Asís ejecuta
el tribunal de la suerte,
pero tú, como divino
que las acciones comprendes,
verás que el amago basta
sin que el estrago escarmiente.
Ampara estos desvalidos,
a mis fatigas atiende,
y ve que me has ofrecido
que esta ciudad no ha de verse
en poder del enemigo.
Tu justo enojo se temple.
Arrimados a la cortina se ven dos copas de claveles, los dos ángeles y la santa suben en un tronco, y juntándose las dos tramoyas de los ángeles, parezca todo una y subirán hasta el primer corredor, y entonces se apartarán los ángeles cada uno a su lado, y el tronco de la elevación se convertirá en pirámide de fuego, y corriéndose el foro de todo el corredor se verá una gloria y en ella el Niño, la Virgen y San Francisco en una silla.
Pues que son tus fervores
tan reverentes,
asciende a la esfera,
a la esfera asciende,
sacra mariposa
del fuego celeste.
A la llama llega
y en su hoguera ardiente
de su mismo incendio
renacerás fénix.
Llega a ver el bello
imperio celeste,
patria de los gustos,
centro de los bienes.
A la esfera asciende,
sacra mariposa
del fuego celeste.
Ya logras, Clara, la dicha
de ver el precioso albergue
de los justos.
Y también
logras la dicha de verme
en la esfera del descanso,
de Francisco el premio advierte,
pues la silla que perdió
aquel serafín rebelde
adquirió por su humildad
este serafín ardiente.
Angélicas criaturas,
pues Clara ha venido a verme,
festéjenla vuestras voces.
Quien tanta dicha merece.
Voces canoras,
tiernos motetes,
cantad, zagalas,
dad los parabienes
a quien por sus virtudes
tal premio adquiere.
Pues hoy, esposo divino,
es día de hacer mercedes,
libra la ciudad del golpe
sitio de los rebeldes.
Basta, Señor, el castigo,
tu justo enojo suspende,
y vos, María Sagrada,
por mi súplica intercede,
sirviendo de medianeros
los cortesanos celestes.
Condescender a tu ruego
y sola mi afecto quiere
y pues todas las distancias
mi infinito ser comprende,
mira lo que a los sitiados
ya Federico sucede.
Vase, la batalla con entradas y salidas.
Guerra, guerra.
Arma, arma.
A ellos, soldados valientes,
nuestro es el día, pues Dios
a la iglesia favorece.
Soldados, a retraer,
pues que la fortuna aleve
se ha declarado en mi clara.
Pues tan completo se adquiere
la victoria, nuestro aliento
siga su curso impaciente.
Señor, por tan gran
te repito una y mil veces
mi humildad las gracias.
Clara,
esto tu afecto merece,
queda en paz, porque muy presto
Has de venir para siempre
a esta esfera de los justos
a ser lámpara luciente.
Que gozan sus favores
tan reverentes.
Asciende a la esfera,
a la esfera asciende,
sacra mariposa
del fuego celeste.
Cúbrese la gloria, suben los ángeles y baja la elevación, y queda la santa en pie en el tablado.
Que quedó la ciudad libre,
mi rendida fe se alegre.
Sale Panduro.
¡Albricias, madre abadesa!
¡Albricias, y de repente!
Vengan albricias, albricias,
pues he corrido impaciente
todo el convento en su busca.
Toquen los almireces,
no quede trasto con trasto,
todo salte, todo vuele,
pues ha vencido la Iglesia
sus enemigos rebeldes.
Ya lo sabía yo, hermano.
Hermana, ¿tiene algún duende
que le cuente lo que acaba
de suceder?
No se altere.
¿No me he de alterar, si un hombre
echando los bofes viene?
¿Y quién le ha mandado entrar?
¿No sabe ya que no puede
entrar ningún hombre?
Hermana,
no hablan conmigo esas leyes.
¿Por qué?
Porque yo soy hombre
de ningún inconveniente.
¡Qué sencillez!
Además
que para los menesteres
del convento, siempre un lego
la llave de entrada tiene.
Vase.
Salen Inés y Carlota.
Y apiadados los cielos,
hermana, nos favorecen.
Ya sé que el Señor propicio
por su justa causa vuelve.
Dicen que su santidad
estará aquí brevemente.
Quiéralo Dios, Inés mía.
¿Y por qué?
Porque si él viene,
logrará el aliento mío
romper esta cárcel leve.
Tachadura: que dice
No llore, hermana,
su llanto es bien que modere,
que el llanto por los pecados
es por lo que ha de verterse.
Divina mujer, dichosa
la que imitara tu ardiente
fervoroso espíritu, pues
tal dicha con él adquiere
que compatriota de todos
los cortesanos celestes
hablar con ellos consigues,
mirar su gloria mereces.
Inés.
Mas, ¿qué dulce acento
mi inutilidad suspende?
Es que la piedad del cielo
premiar tus virtudes quiere
y tu oración fervorosa,
y así me manda te entregue
estas tres coronas.
Cielos,
¿qué es lo que mi dicha advierte?
Prosigue en tus ejercicios.
Si así, Señor, engrandeces
mi humildad, feliz aquella
que en tu servicio se emplea,
Mira cómo sabe el cielo
premiar a aquellos que fieles
con rendida fe le sirven,
y pues el rey de los reyes,
gran dios de las jerarquías,
te envió ese nuncio celeste,
dime la causa por qué
te premia de aquesta suerte,
que tan singular favor
singular motivo tiene.
Sí lo diré porque veas
cuánto los humanos pierden
que entregados al injusto
estrago de los deleites
por una vida engañosa
compran una cierta muerte.
Siempre en la oración mental
tres puntos tengo presentes;
el primero es la piedad
con que el padre omnipotente
conserva a los pecadores,
los preserva y los mantiene,
y en medio de que a sus voces
siempre han estado rebeldes
dilata el justo castigo
aguardando a que se enmienden,
el segundo el inefable
amor, que a los hombres tiene
pues viéndolos tan impuros,
tan sangrientos, tan aleves,
a su hijo amado mandó
que el humano ser vistiese
y por las culpas ajenas,
propias penas padeciese.
El tercer punto que más
mi tímido afecto enciende
son rigores que pasan
y las penas que padecen
en el purgatorio santo
las almas de tantos fieles.
Estos tres puntos hermana
premiarlos el cielo quiere
con el inmutable bello
verdor de estos tres laureles,
Mira, Inés, cuántas distancias
hay de estos justos placeres,
a los placeres humanos,
pues estos vivirán siempre
en tranquila posesión
en la patria de los bienes,
y esotros cuando se logran
son cuando menos se tienen.
Dichosa la que consiga
imitarte,
que no tienes
que desear, porque has de ser
tan santa como yo fuere.
Oh cristiano aliento, cuánto
a los suyos favoreces.
Vanse, y al son de caja y clarín, salen Anselmo, el pontífice, los dos cardenales, Hazén, Ismenia, soldados y cautivos.
Pues que Vuestra Beatitud
ha venido a tan buen tiempo,
a vuestras plantas se humillan
tantos marciales trofeos;
pues propicio el cielo quiso
darnos tan feliz suceso,
y el enemigo ha quedado
desbaratado y deshecho,
llegad cautivos, besad
sus pies.
Para aquesto cielos
guardáis esta triste vida.
Llega a mis brazos, Anselmo,
y pues en las ceremonias
de Asís, me cogió el encuentro
contadme sus circunstancias.
Estadme, señor, atento.
Después que salisteis de Asís
a visitar a los pueblos,
y ver si estaban sus plazas
con víveres y pertrechos,
Federico, ese tirano,
abrasando, y destruyendo
las aldeas confinantes,
y los lugares abiertos;
llegó a tanto su osadía
que valido del silencio
de la noche, embistió osado
el venerado convento
de Clara, mas inspirada
Clara de divino aliento
a vista del enemigo
salió con el Sacramento,
y a su vista huyó confuso
el ejército soberbio.
Seguí su alcance logrando
en este casual encuentro
que volviese escarmentado
el que venía revuelto,
mas no vencieron las armas
al enemigo soberbio,
de Clara venció el activo,
fiel, y piadoso ruego,
pues penetrando sus ansias
la justa piedad del cielo,
fue su oración y su llanto,
un ejército compuesto
de amor y quejas, y en tanta
desunión de los afectos
como eran todos de Dios,
se fueron todos venciendo.
Poco nos duró este alivio
pues Federico, volviendo
con más número de gente
a Asís le redujo a un cerro
tan injusto, y tan tirano,
que faltando el alimento,
su misma defensa, hacía
más evidente su riesgo.
Pero Clara fue el socorro
más grande de nuestro asedio
pues volviendo a repetir
el milagro del desierto
a nuestras líneas enviaba
socorro desde el convento,
y siendo la cantidad
corta, y el concurso inmenso
aumentaba su virtud
la porción del alimento.
Yo, viéndome reducido
a los estragos de un cerco
resolví dejar las líneas,
baluartes, y parapetos
por la desierta campaña
teniendo tal dicha en esto
que el ejército enemigo
primero vio su escarmiento,
que penetrase la osada
resolución de mi intento.
Logré tan cabal el triunfo,
que Federico resuelto
desamparando sus líneas
penetró la tierra adentro.
El número fue infinito
de muertos y prisioneros,
y a don Alberto en el campo
encontró mi gente muerto.
Esto es el triunfo que logran
tus armas, ¡grande Inocencio!,
y esto es también que la justa
piedad del Dios verdadero
castigo a sus enemigos
y dio a sus fieles consuelo.
Llega otra vez a mis brazos,
pues tanto, Anselmo, te debo,
que a tu conducta se debe
la dicha de estos progresos.
A los cautivos haréis,
que los traten bien que quiero,
que vean cuántas ventajas
llevan nuestra ley, al ciego
pertinaz dictamen suyo;
y así guiad al convento,
que a Clara quisiera ver.
Aunque esta noticia siento
darosla, señor, es fuerza
que no la entregue al silencio.
Clara está muy mala.
¿Qué es
lo que refiere tu acento?
Las continuas penitencias
con que mortifica el cuerpo
le han consumido las fuerzas
en tal grado, en tal extremo,
que parece que con voz
es animado esqueleto.
pero qué mucho, si ha más
de veinte años (¡rigor fiero!)
que de una fiebre continua
el mal está padeciendo.
Más que los triunfos que gano
su grave enfermedad siento,
y así al convento guiad
que impaciente los deseos
abultan con la distancia
el dominio de los tiempos.
Repita la aclamación
otra vez y
¡Viva Inocencio!
Éntranse todos menos Hazén y Ismenia
Hazén.
Ismenia.
Aunque ves
la pena que padecemos
no sé qué interior impulso
de un reverente contento
desterrando los temores
avecina los consuelos.
Si he de hablarte claro Ismenia
desde el día que al convento
de Clara llegó mi saña
al ver su hermoso portento
quedaron mis osadías
por triunfos de escarmientos.
Pero qué mucho, qué mucho
si en el interior del pecho,
alumbró mis ignorancias
la luz de sus misterios.
Desde este felice día
mis fatigas resolvieron
dejar mi engañada ley.
Detén Hacen el acento
que puede por no esperado
el bien no creerse.
Lo cierto
es lo que dice mi labio
Pues esta dicha logremos
pidiendo el bautismo santo
a la piedad de Inocencio.
Bien dices, y así en su busca
diligente, los deseos
no malogren el precioso
ligero caudal del tiempo.
Ven al convento que allí
nuestra dicha lograremos.
Feliz quien encontró
libertad en el cautiverio.
Éntranse y se descubre una celda y en ella Santa Clara y Carlota.
Inmenso Dios de mi vida,
en cuyo poder supremo
confía este organizado
bajel que en el mar violento
del mundo surca el profano
piélago de sentimientos;
de mi enfermedad afligida
acudo a ti, porque quiero
a costa de humanos daños
comprar los divinos premios;
no te pido alivio, no, no
en los males que padezco,
tolerancia sí, y con ella
será el trabajo consuelo.
Deje, hermana, de rezar,
procure tomar el sueño,
mire que se halla muy flaca
con la falta de sustento,
pues a más de quince días
que vive de privilegio,
y celos para de virtud
sin comerlo ni beberlo.
Muy presto el espíritu mío
romperá este nudo estrecho
mientras tanto, duermo y calle,
que hay a quien guste de enfermos.
Recójase, hermana, un poco.
Échase a dormir.
Pues rece mientras yo duermo.
¿Cuándo, dueño de mi vida
y infinito bien supremo,
centro de todas mis glorias,
alivio de mis tormentos,
lograré estar en la corte
feliz, en el sacro imperio,
donde viven inmutables
las dichas y los consuelos?
Baja Cristo en una tramoya, que se dirá cómo ha de ser.
Desecha el pesar,
de tierra el tormento,
pues baja a la tierra
el sacro lucero.
Esposa, a aliviar tus ansias
me trae el que te tengo,
y a consolarte en las sumas
penas que estás padeciendo.
Descansa en mis brazos, Clara.
Señor, favor tan inmenso...
Sale Inés.
A una humilde esclava vuestra,
¿qué es, cielos, lo que estoy viendo?
La misma deidad de Cristo
humanada. (¡Gran portento!)
Con Clara, (¡asombro no visto!)
está. (¡Soberano premio,
felice virtud que logra
la dicha de este consuelo!)
A tu vista, mi Jesús,
los males descaecieron;
pero, ¿qué mucho?, cuando eres
aquel celestial remedio
que por la vida del hombre
dio la suya en un madero.
Clara, tolera tus males,
porque has de venir muy presto
a la esfera de los justos,
que es de tus virtudes centro.
Ya tus voces me confortan;
pero, ¿qué mucho?, si atiendo
qué dice la suavidad
de esos celestiales ecos.
Desecha el pesar
de tierra el lamento;
pues baja a la tierra
el sacro lucero.
Ocúltase la tramoya.
Ya no podrás negarme, Clara,
tan soberano portento,
y la distancia que tienen
nuestras virtudes, si advierto
que a mí me consuela un ángel,
y a ti te visita el Verbo.
Bien me parece, Inés mía,
en el espiritual cotejo
la envidiosa virtud.
Despierta Carleta como asombrada.
¡Válgame San Nicodemus,
San Pascario, San Longinos!
¡Qué pesadilla, qué sueño!
¿Qué tienes, hermana?
¡Ay, no es nada!
lo que tenía no tengo,
pues soñaba había hallado
un gran tesoro en el huerto,
Texto ininteligible en el margen superior izquierdo
A decirte, hermana, vengo
que viene Inocencio a verte.
La noticia te agradezco.
Dios inmenso, ya se van
cumpliendo estos decretos.
Según el ruido, ya llega.
Sale Pancracio.
Hermana, ahí viene Inocencio.
Los cardenales, los moros,
los soldados, los plebeyos,
pues su santidad a todos
les da entrada a todos.
Salen el papa, los dos cardenales, Antelmo, Hazén, Ismenia, y acompañamiento, y Clara estará en una tarima, y a un lado ha de haber una silla de terciopelo y un tapete.
A verte, Clara, me trae
el afecto que te tengo,
si bien ignora este gozo
la pena con que te encuentro.
Santísimo padre mío,
para los males que siento
vuestra beatitud será
el más singular remedio.
Desde que vi a esta mujer
siento en el alma un incendio
tan soberano, que alumbra
mi ceguedad con sus fuegos.
Si lo que intento consigo,
dichoso mi cautiverio.
Tachado: Card. 2. Ya aquí postrada esta
Sus males
han llegado ya al extremo,
pues las sumas penitencias
con que mortifica el cuerpo
le han acabado las fuerzas.
Pues logro bien tan supremo
de que en una estrecha celda,
visitando al pobre objeto
de una infelice mujer,
esté el soberano dueño
de la iglesia, de este indulto
valerse quiere mi aliento,
y así, besando os el pie
con el debido respeto
os suplico que pues ya
vais acaso conociendo
esta humana luz, lleguéis
a concederla un consuelo.
Pide cuanto tú gustares.
Ya sabéis, grande Inocencio,
cómo desprecia del mundo
las riquezas y los premios
aquel espíritu elevado
del gran Francisco, mi maestro.
Ya sabéis que nos dejó
para seguir sus aciertos
por seguro patrimonio
las voces del Evangelio.
No nos quiso dejar rentas,
pero un mayorazgo inmenso
nos dejó asegurado
en la voz del Padre nuestro.
El pan para cada día
nos manda prudente y cuerdo
que pidamos y no más.
Santísimo padre, en esto
no haya novedad que altere
la madurez de este acuerdo.
Expresa bula, señor,
publicad, y en su contexto
rentas y bienes se nieguen,
que yo os juro, yo os prometo
que no nos faltarán rentas
porque la piedad del cielo
un tesoro nos franquea
en cada cristiano pecho.
Clara, la gracia que pides
es singular en extremo,
y a ninguna religión
concedido se la habemos
hasta ahora; mas la cristiana
resolución de tu aliento
me obliga a que te conceda
esta gracia, y así quiero,
tomando la pluma yo,
expedir este decreto,
empezando a escribir
de mi mano.
Favor nuevo.
¿Qué dices de esto, Panduro?
Yo de estas cosas no entiendo.
La acción me tiene admirada.
Qué espectáculo tan tierno.
Mas como gracia del mundo
Clara ha de costar derechos,
y así por mi media anata
mis sucesos te encomiendo.
Pídele a Dios que me dé
en los asuntos que emprendo
aliento de comenzarlos,
constancia de fenecerlos.
Pídele que la cristiana
fe, por el sagrado aumento
de los fieles, por la paz y
concordia de estos reinos,
pues aunque mucho te pido,
más de tu virtud espero.
Indigno fuera mi labio
de formar cabal acento,
si en el favor de la Iglesia
no emplease todo mi aliento.
Bien sabe el Señor, bien sabe
Baronio, que me está oyendo,
(pues por merced vuestra es
sagrado protector nuestro)
el respeto que he tenido
siempre al Sagrado Colegio,
y cuánto he sentido yo
sus continuos contratiempos.
Así es verdad, pues su fe,
su religión y su celo,
en el favor de la Iglesia
siempre han sido manifiestos.
Y pues la piedad de Dios,
mis culpas reconociendo,
os condujo a este paraje,
a vuestras plantas pretendo
la plenaria absolución.
De escucharla me enternezco.
No la hubiera menester
yo, más que tu vivo esmero.
De las finezas de Dios,
todas mis gracias te entrego,
mas ¿qué mucho, si eres tú
de las gracias complemento?
Clara, descansa este rato.
El descanso no apetezco.
Venid, dejémosla sola,
mucho su enfermedad siento.
En el margen superior izquierdo: que / Anto / hacen
pues pide en ella la iglesia
la viva voz de su ejemplo,
reserve hasta otra ocasión
el curso de mis intentos.
Éntranse menos la santa y las monjas
Hermanas, pues el Señor
con mi dolencia me avisa
que ya me aguarda con prisa
aquel juicio superior;
solo os encargo el fervor
en orar y el padecer,
en servir y merecer,
y con continua asistencia
la religiosa obediencia
si llegara a crecer.
Si el mundo infiel os baldona
la fina solicitud
que tenéis en la virtud
más con eso os galardona;
cada oprobio una corona
os labra a golpes violentos
de cristianos sentimientos;
id sembrando el mundo agravios,
coged con afanes sabios
frutos de merecimientos,
y ahora dejadme, que quiero
dar al cielo justas gracias
por tantos favores, como
hace a aquesta humilde esclava.
Dejémosla aqueste rato
por ver si acaso descansa.
Carleta, ¿hay algo que darme?
Siquiera no me falta,
pero no quiero.
Carleta,
guárdese una gran santa
pero será cuando tenga
nueve días la semana.
Vase.
Bello esposo de mi vida,
en tus favores confiada
llega a tus pies esta humilde
esclava de tus esclavas;
y pues ya a mi triste vida
la afligen y la contrastan,
el mal que a instantes me va
usurpando las palabras
Perdóname mis defectos
y admitan tus puras aras
por víctima mis suspiros,
por holocausto mis ansias;
soberana protectora,
María llena de gracia,
en esta ocasión me atiende,
en este lance me ampara,
que si tu favor me asiste
mi dicha está asegurada.
Bajan en una gloria los dos Ángeles y en lo superior el Niño y la Niña y san Francisco y cantan los Ángeles a dúo.
Confía y anima
que el cielo se encarga
de que pases a ser en la esfera lucero
pues fuiste en la tierra la luz de la Italia.
El esposo más amante
al tránsito de su amada
deja el luciente escuadrón de la esfera
por ver en la tierra las luces de Clara.
Ya es tiempo de que consigas
ver posesión la esperanza,
trocando temores de vanos recelos
en celestiales felices bonanzas.
Confía, y anima
que el cielo se encarga
de que pases a ser en la esfera lucero
pues fuiste en la tierra la luz de la Italia.
Clara, ya es tiempo de que
vengas a la esfera sacra
a gozar de los celestes
premios que alcanzó tu gracia.
Ven a descansar felice
en el celestial alcázar
de los justos.
Asistirte
viene mi amor.
Cortesanas
admirables criaturas,
si dicha tan soberana
puede explicar el indigno
caudal de elocuencia humana,
feliz quien logra esta dicha.
Asciende a la Sion sagrada.
Sube, amante esposa mía,
mi fiel cariño te aguarda.
Confía y anima,
que el cielo te encarga
de que pases a ser
en la esfera lucero,
pues fuiste en la tierra
la luz de la Italia.
Salen Inocencio, los dos Cardenales, Anselmo, Hazén, Himenia, Inés, Carleta y Panduro.
¡Qué celestial armonía!
¡Qué música tan extraña!
¿Altera nuestra quietud?
Que más admira que espanta
que en armonías se inunde
el recinto de esta estancia,
¿se merece estos favores
la grande virtud de Clara?
Carleta, ¿qué fiesta tienes
que se tocan las campanas?
Es que con la buena vida
dan los santos campanadas.
Desmayada está sin duda.
¿Qué es esto?
Miseria humana,
y llegarle ya su ocaso
a esta vida que alentada
con los favores divinos
ya no llega a temer nada.
Adiós, Santísimo Padre,
adiós, queridas hermanas,
que ya a las puertas abiertas
del palacio de las gracias
ven que ya el espíritu mío
de la carne se desata;
en vuestras manos, Señor
y Dios mío, os rindo el alma.
Asciende a la esfera,
paloma sagrada,
a ver tus divinas
virtudes premiadas.
Al principio del 4º bajará un globo de luz que se abrirá a su tiempo y en su centro se verá el alma de la Santa y así subirá.
¡Ya espiró!
Qué bella loca
es la muerte de una santa,
pues por pobre se le ahorran
de doctor y de mortaja.
Pues su virtud tanto admira,
yo quiero canonizarla.
Grande Inocencio, estas cosas
con más despacio se tratan.
Hacen
Aguarden, mis mosqueteros,
que aún otra cosita falta,
y es que,
rendidos nosotros
a vuestras soberanas plantas,
pedimos humildemente
aquella celestial agua
del bautismo.
Yo os la ofrezco.
Y aquesta comedia acaba
de la prodigiosa vida
de la mejor luz de Italia.
Fin de la Comedia