帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La culebra de oro. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-culebra-de-oro.
La Culebra de Oro. prueba. Esta afrenta no se ha logrado, puesto que la esperanza me promete brevedad; si bien como dice San Agustín: quod Etiam, quod tempore acceleratur, desiderio tardum videtur. Lo cual tiene más lugar, cuando el deseo tiene por objeto, el gozo, de lo que mucho se ama. Cuanto Vuestra Paternidad de lo sea por mí, se deduce de la definición, que de la amistad, hace Santo Tomás, diciendo: Amicitia est amor mutuus benevolentiae, fundatus super aliqua communicatione. Y ya si nuestra comunicación fue desde los rudimentos de las primeras letras contraída, sin duda será eternamente estable. Y así lo confirma Aristóteles: Magnum (dice) est ad amicitiam, momentum una educati, et aequales esse: quoniam aequalis aequali delectat, et vitae consuetudine fiunt sodales. Y aunque es verdad, que entre la luz del Sol, y de la Luna, hay la diferencia, que entre el dar y recibir; ambos en su ejercicio, y ministerio igualmente corren a un objeto, que es alumbrar. No dejo de presumir, que nuestros genios simbolicen bien que con la distinción de los dos luminares por lo que de las luces: pues los escritos de Vuestra Paternidad han esclarecido la idea nuestra, cuanto ellos publican, en cuya alabanza ceso, porque: Amico laudanti credendum non est, sicut neque inimico detrahenti. Al Genio Ilustre, digo, de Vuestra Paternidad ha seguido el mío (no en lo superior, porque no es Ave, que tanto se remonta) en escribir comedias: su ejercicio en muchos tiempos, poco estimado (acaso por su mal uso) viniendo a dar en el predicamento, que Vuestra Paternidad de su Escuela tiene también apoyado, con sus continuos estudios. Las que hasta hoy tengo escritas son seis solas, por haberme acobardado la poca estimación, que los mercaderes
Para Algunos Discur. 6 o autores hacen de esta mercadería, no sé si afeando los ingenios gigantes: si bien es verdad, que estas pocas pasaron ya su carrera como testificarán muchos, de aquellos a cuyas manos llegaron. Entre ellas va la del Agravio agradecido, imitación de los Amphitriones de Plauto, que es la misma, que a Vuestra Paternidad leí en su celda, y por haberme dicho bien de ella, me atrevo a jun- tarla con las otras cinco, que doy a la estampa, y ésta bajo de su protección; porque le advierto, que si no es desarrimada, sus defectos serán clientes de la aprobación de Vuestra Paternidad que le dio entonces, y así corren por cuenta suya la defensa. Hágalo ansí, suplícoselo, para que yo quede cierto, Vuestra Paternidad pagó mi voluntad con desengaño; pues lo contrario fuera disentir de la doctrina de San Agustín. que dice, Non omnis, qui parcit amicus est: neque omni qui verberat inimicus. Melius est, cum severitate diligere, quam cum lenitate decipere. Cierto yo no me prometo mal suceso de su amparo, en que Vuestra Paternidad está empeñado a quien guarde Dios con los aumentos grandes que merece y le deseo de Villanueva de la Serena. Y septiembre 21 de 622.
FIGURAS DE LA COMEDIA Otavio } Camilo } Caballeros. Fabián } Guarín } Criados. Un Gobernador. Leonora } Belisa } Damas. Florela } Clasila } Criadas. Un Escribano. Representola Francisco de Mudarra.
La culebra de oro.
Acto primero
Salgan Otavio, caballero, y Guarín, su criado, de camino, y Fabio, criado de buen aviso de Camilo; escuchan a los dos, sin ser visto dellos, desde aparte.
¿Ya estás en Florencia?
Y ya
puerto mi esperanza toma.
Salir anteayer de Roma
y estar hoy temprano acá,
¡por Dios que es rigor terrible!
¡Ay de mí, particular!
Quise así recuperar
mi tardanza, en lo posible.
Solo el uso de licencia,
para mi jornada, de un mes,
y hoy se cumplen, Guarín, tres,
que partimos de Florencia.
Siempre en la corte romana
hay precisión de tardar
en cualquier negociación,
aunque sea liviana,
y ha llegado a la más llana,
gracias a Dios, a su fin.
¡Descubrí el envés de un
gran postillón, que se dio!
No tiene un monte bravío
bastante para espantarme,
y el parabién puedes darme,
que firmes bodas tendrán.
Alégrome que así sea,
véanlo mis ojos; ya
que a lo menos me valdrá
esta boda, una librea.
Ya mi señora Belisa
culpará mi tardanza.
Camina; tras la esperanza
un pie de plomo la prisa.
Yo quedo en un purgatorio
saberte antes de partirte...
Oye. De eso he de decirte
lo que te fue ya notorio.
¿No sabes ya que el casarme
con Belisa, fue concierto
de su tío Filiberto,
que tuvo extremo en amarme?
Ya sé que ese amor nació
de aquella estrecha amistad,
que un tiempo aquistó piedad
de ti y tu padre, a quien quiso
tanto conformar el cielo,
que en ellos dio a nuestro suelo
segundos Curcio y Niso.
Lo que nunca entender pude,
es, que te cases agora;
y que no sea con Leonora,
es forzoso que lo dude.
¿Qué resfrió a aquel amor?
¿Tantos ofrecimientos,
cuando mis hombros hacían
escalas a su favor?
Para algunos dese. 1
El paternal respeto,
de mi intento divirtióme,
que me case mandóme
con Belisa; cuyo efeto
los dos amigos trataron,
y para lograr su intento
en su común testamento
por herederos nos nombraron.
Y porque efeto tuviese
el venirnos a casar,
se previno en agravar
aunque el uno obstruyese,
de los dos, en continente
quedase desheredado,
y todo el don aplicado
por la parte obediente.
Llegado en resolución
el tiempo, y consignado,
abrióse el orden dejado
para su disposición.
Belisa, a casar obligada
de otros diversos intentos
puso, sino con impedimentos
con sumisión dilatada.
Dio en poner a nuestras bodas
algunas dificultades
de frívolas calidades,
pues era vencida en todas.
A manos de jueces pasaron
de una en otra dilación,
sin tomar resolución,
pero al fin se declararon.
Redújose, finalmente,
a casarse cuando viera
yo el don, porque estuviera
en su intento eternamente.
Animaba mi deseo
el afición de Leonora,
de quien aun no niego agora
que es mi principal empleo.
Porque cuando en Roma hacía
en convenir a Belisa
era en orden a dar prisa
al fin de la intención mía.
Pues logrando ella su intento
conmigo no se casando,
sucediera yo heredando
como manda el testamento.
Con cuya hacienda quedaba
más capaz de merecer
la belleza, en la mujer,
mayor, que el mundo alaba.
Pero en efeto asignado
para nuestra boda el día,
porque ya Belisa había
el beneplácito dado.
Tuve nuevas de que Honorio
era muerto, que ocasión
derogaba la dilación
del tratado desposorio.
Partí a disponer, forzosas,
La culebra de oro.
de la hacienda de mi tío
que me tocan por premio,
obligaciones, y forzosas.
En esta disposición,
tafetanes hemos gastado
en Roma.
Andas apretado.
Las deudas de mi opresión.
A ganar albricias voy,
aunque temo de mis daños,
que no llegaré en dos años,
según el conde estoy.
Doyte al diablo, matalote,
pariente por lo trotante
de el célebre Rocinante
del manchego Don Quijote.
Por hoy ni mañana quiero
no se sepa que he venido,
que quiero estar prevenido
de ciertas cosas que espero,
y así podrás excusar
que no lo sepa Belisa.
Por Dios que tras tanta prisa
es gentil flematizar.
No pudieras retenerte
este tiempo en el camino,
y no traer mi rocino
al galope, de la suerte?
Convino así; a la posada
vamos, y dispondré el modo
que tengo de dar en todo.
Vamos, pues así te agrada.
Mas de espacio has de picar,
porque yo soy de manera
que aborrezco la pollera
para que me enseñe a andar.
Vanse, y queda Fabián.
Suerte venturosa ha sido
llegar a tal ocasión,
y de su conversación
hoy ya el disimulo entiendo,
que como se convinieron
y la gente, no advirtieron
en mí, ni me conocieron
con haber rato que escucho.
Muy bien de aquesta manera
mi engaño fomentaré,
y a mi dueño excusaré
el daño que le viniera,
de no hallarse prevenido
contra el agravio de Otavio,
siendo el más notable agravio
que en el mundo ha sucedido.
Pues los que se han burlado
a la falsa bendición,
gozando la posesión
de quien ya fue desposado.
La historia de Anfitrión
resucita hoy en el mundo
y cual Júpiter segundo
goza Camilo su acción.
Para Algunos. Dic. 1. 8
Belisa ha sido Alcmena,
y yo, cual Mercurio, en fin
soy ya de Fabio, Guarín.
La danza anda pardiez buena.
De tan diabólico efeto
solo yo instrumento fui
con su ciencia, y aquí
en la cueva de Spoleto.
Mas todo en bien parará
pues conserva Otavio agora
el afición de Leonora,
con quien casarse podrá.
Acudamos al remedio
puesto que hay bien que gozar.
Pero yo daré a entender
que anda Fabio de por medio.
Vase.
Salgan Leonora de manto, y Clasila, su criada.
Perdona mi atrevimiento,
si te digo que este llanto
injuria a tu entendimiento.
Ay, Clasila, y no es tanto
cuanto es el dolor que siento!
No has quedado despicada
con la ingratitud de Otavio?
Antes más amartelada,
porque un amoroso agravio
rinde a la más despechada.
Porque has de saber, Clasila,
que aunque desdenes fingimos,
a quien nos ama, es cautela,
que mentimos, padecemos,
que su amor no nos desvela.
Verdad es, que en mi afición
fui con recatado estilo,
porque sé la estimación,
en que mi hermano Camilo
tiene su reputación.
Grande su recato ha sido,
pues aunque de tu pecho
siempre la llave he tenido
partícipe no has hecho,
de lo que agora he sabido.
A mi industria, y no a tu amor
puedo estar agradecida.
No tengas por desfavor,
mi Clasila, por tu vida,
la obligación del honor.
Que agora participante
no fueras de mis desvelos,
que el amor, que en un instante
no hubieran hecho los celos,
en breve tiempo Gigante.
Nunca has oído decir
amiga, que es necesario,
para haber de discurrir
un objeto del contrario,
de uno al otro inducir?
Pues luego que yo, mísera,
7
13 a
8
La culebra de Oro,
en la manera que has visto,
celos y honor, publiqué
mediante el contrario mixto
lo que encubrir procuré.
Aquesta pasión cruel
me tiene en el potro puesta,
y aprieta tanto el cordel,
que, aunque soy mártir honesta,
soy ya confesora en él.
Tengo por cosa muy necia
que a vista de un engaño
mueras por quien te desprecia.
A conocer ese daño,
¿qué mujer obrará necia?
Siempre es el amor por extremo,
sin tomar medio jamás:
amadas aborrecemos,
y al que nos desprecia más,
por obligar, padecemos.
En oyendo que casado
está Otavio con Belisa,
y que de mí se ha olvidado,
se avivó en mi pecho aprisa
de Amor el fuego templado.
Tuve tanta confianza
de su amor en mi opinión,
que no temí su mudanza,
mas esta satisfacción
resulta ya en mi venganza,
y bien sospecho que es
muy cierto mi pensamiento,
pues resulta, como ves,
que aquel su amor fue fingimiento,
pues se rindió al interés.
A Belisa aborrecía,
mas este aborrecimiento
cesó luego el mismo día,
que vio de su casamiento
el útil que se seguía.
Quien destas finezas hace,
capital en el amor,
y su gusto satisface
de palabras, con mayor
desventura se amenace.
Supuesto que ya no tiene
remedio aqueste suceso,
que tu pasión se refrene
a que corres con exceso,
en todo caso conviene.
No venga a entender tu amor,
lo que no entendió hasta aquí.
Eso no está ya en mi mano,
cuando pude, resistí,
y el resolverme es en vano.
Hoy tendrás de mí, Florencia,
de mi pasión el extremo,
y yo de hacer experiencia
de mi ingenio.
Mucho temo
de tu poca resistencia.
¿Qué remedio piensas dar
a imposible semejante?
Para algunos Diseños. Introducn.
9
Saber si yo podré amar:
aunque me ves principiante,
a fines me quiero dar.
Sin peligro de tu honor,
¿qué medio puede ser bueno
aunque te disculpe amor?
Esa duda te condeno:
no todo amor es error.
A casamiento camina
este mío, no te espante
el intento, que fulmina
contra este amante inconstante
la afición más peregrina.
El remedio está fundado,
Clasila, en no persuadirme
que Otavio es ya desposado.
Bien se ve que es tu amor firme,
pues no te has desengañado.
Graciosa dificultad
es la que pones, por Dios,
cuando toda la ciudad
sabe que lo están los dos
ha seis meses.
Es verdad
que esa fama se ha extendido
por las capitulaciones
de los padres; pero ha sido
violento en sus aficiones,
de su hacedor el partido.
Pues si quedó efectuado,
cuando a Roma se partió,
el casamiento tratado,
y el amor al oro cedió
la mano, ¿eso has sospechado?
Pues sin embargo, prosigo
del intento mío el fin.
Todo cuanto he dicho y digo,
me lo dijo a mí Guarín,
porque fue a todos amigo.
Con palabras me aseguro
de cualquier inconveniente,
en lo que intentar procuro.
Las palabras de presente
dirimen las de futuro.
Si en efeto consumó,
como dicen, con Belisa
el matrimonio, y cesó
ya tu acción, cosa es precisa
sin palabras, según yo.
Mas me quiero reducir,
que a ese extremo haya llegado,
por más que quieran decir.
¿En qué, dime, lo has fundado
que te pueda persuadir?
Belisa le aborrecía,
siendo aborrecida de él
tanto, que ella me decía
que antes el cuello a un cordel
que mano a Otavio daría.
Que probó a un agudo filo
primero Otavio obligaba,
siguiendo della el estilo,
porque al paso que él me amaba
B
La culebra de oro
Belisa amaba a Camilo.
Pues aquí vengo a fundar
la fuerza de mi argumento,
viniendo a considerar
que un forzado casamiento
mal se llega a efectuar.
No tiene ella inconveniente
a cuyo respecto atienda
para la elección presente
sino al gozo de la hacienda
que la dejó su pariente.
Y esta podrá despreciar
a precio de que su gusto
se le venga a bien lograr,
pues no hay mayor mal o disgusto
que en el bien o mal forzar.
Finalmente, determino
que Otavio no está en Florencia
y, no lo estando, imagino
que ha de remediar su ausencia
mi mal por el de Camilo.
Será la traza extremada:
y trato de refrescar
mi amistad ya pasada
con ocasión de irla a ver,
y para ablandarla he de
darla a entender que siento
del pensamiento de Otavio
en aquel desabrimiento
que tenemos de su agravio,
que de amor sugerían.
porque se me ha comunicado
a solas secretamente,
y que a traerle se ha obligado
no fineza, de afición,
sino ambición al legado,
y que se encubre, de miedo,
tímida en su acatamiento.
En noble y honesta fama,
en razón de voluntad,
con más afecto le ama.
Diréle también que aprueba
toda Florencia aprueba
que Camilo se enamora,
que ella a su amor se inclina,
y que Otavio no lo ignora.
Que haber entrado en prisión
ausentándose Camilo,
fuerza ha sido de pasión,
y ver el injusto estilo
con que trata su afición.
De estos toques impulsada,
si, como creo, no errara,
ya la boda efectuada,
no creo que la estorbara
eternamente.
Pues, si en quintas allí Otavio
gozando la posesión,
¿cómo vengarás tu agravio?
Clara está en esta ocasión:
no despegaré mi labio.
Quedaré desengañada,
y a mí, amándome,
deje su afición despegada.
Y yo de ti, vengada.
Reportada,
en ocasión semejante.
Pero, pues lo determinas,
no pases más adelante
en tu intento. Sé qué imaginas,
(amándose).
Que has de hallar allí a Otavio
con Belisa.
No podré
creerlo, que si hubiere
de Florencia a irse,
antes que me prometiere,
viniera a verme.
De noche.
Porque si se ha casado,
¿para qué puede ser bueno
visitarte?
Mi cuidado
va de sospechas lleno.
Al menos, enamorado.
Para algunos discursos introducción.
De venir está dudoso, espero
véanlo mis propios ojos,
mañana a verla quiero.
¿Celos miras con antojos?
grandes celos considero.
Vase.
Salen Camilo galán, muy alborotado, y su criado Fabio.
¿Qué dirás, Fabio?
Señor, que Otavio ha venido.
¿Cierto?
Tan cierto, que en el punto
en su posada le dejo.
¿Tú le has visto?
Ya, por fe
de los golpes.
¿Qué remedio
daremos a tanto daño?
Dificultoso lo veo.
¿Dificultoso? ¿Qué dices?
¿Dónde está, Fabio, tu ingenio?
¿Faltan modos? ¿Faltan trazas?
¡Cáigase sobre mí el cielo!
Con tu ciencia me enredaste,
y para tu ciencia apelo,
desenrédame, pues fuiste
de este laberinto Dédalo.
No te excuses, dame ayuda,
séme Scipión, en lo menos.
La culebra de oro
Amenázale con la daga.
No me dejes, o por Dios,
que me obligues a un exceso.
Repórtate, que no es justo
hacerme culpado en esto,
pues condecendí a tu gusto
obligado a tus ruegos.
Ya gozaste de Belisa,
que fue de tu gusto objeto.
Vuelve a tu primera forma,
y en ti yace este secreto.
¿Quién en toda esta ciudad
(a no ser el diablo mismo)
podrá reputarte a ti
por autor de tu suceso?
¿No tienen generalmente
por público y manifiesto
que a dos meses que partiste
de Florencia a Palermo?
Y esto, ¿no es tan asentado
que naide hay que dude en ello?
Y en tal grado, que tu hermana
Leonora, cree lo mesmo.
Pues siendo así, ¿qué te importa
que venga Otavio, en efecto?
¿No has conseguido tu gusto
en el engañoso enredo?
La ingratitud, la esquivez
de Belisa, a los desvelos
de tu afición, no dudo que
son causa a estos sentimientos.
La codicia de la herencia
tuvo más fuerza en su pecho
que Amor de tantos años,
de quien loco, y poco cuerdo
tiene de su ingratitud
el pecado en el infierno.
Mas pues que dio el amor
a rebeldes de su imperio,
Fabio, Fabio, tarde llegas:
Considera que no es tiempo
con ofrecerte a venganzas
mi furor has pretendido.
Si primero amé a Belisa
ya la adoro con extremo;
remedio a sus llamas busco,
no, como intentas, consejos.
Vista, el alma me abrasó
y gozada, reconozco
que acrecienta amor en mí
últimamente su fuego.
Puesto que la posesión
del más optado subgeto
suele enfriar en el alma
el más adulto deseo;
Fabio, los hombres de bien,
que quieren bien sus respetos
no han de aviltarse a bajar
de lo que ya resolvieron.
No supe yo transformarme
en el fantástico cuerpo
de Otavio, con tal primor
que engañar solo he propuesto.
Para dejarnos de cuentos,
Tú, el de Guarín no tomaste
nombre, a vistas de los cielos,
de Otavio, para dar alma
a esta farsa, y mi enredo?
Pues, ¿qué medio quieres dar
que no sea muy buen medio
para dilatar un siglo
la gloria que ya poseo?
Diréis, mi Señor, mi dueño,
qué tengo yo que advertiros,
qué valgo, siento, y qué puedo.
Señor, todo cuanto intente
ha de ser sin fundamento,
pues nunca por largo espacio
oculta su pecado el cielo.
Belisa, en fin, de burlada,
que si tuvo casamiento
la palabra, y mano a Otavio
con formación de concierto.
En su casa le admitió
viéndolo en su vulto mismo,
dándole su lado, y cama
por un fácil presupuesto,
Que fundó, en que Otavio, hoy,
que había de venir dentro
de un mes, de Roma a casarse;
y como no tuvo efeto
por la dilación que tuvo
en los negocios, se ofreció
a la ocasión, su hablarle secreto
con su vulto, y con su talle
llegando aquel tiempo mesmo
que para su vuelta Otavio
tenía dejado dispuesto.
Belisa queda burlada,
y no me admiro, que creo
que sus acciones Otavio
mudará mucho menos.
Porque tanta propiedad
aun hasta ocultos reflexos
has guardado en imitarle,
que yo mismo me embeleso.
Que si esto es de la manera
de que arguyes, y que puedo
de salvar aqueste engaño
con mi silencio un siglo entero.
Demos que fue ya así
y del haber, en efeto,
en nombre, y lugar de Otavio
que es fuerza, que aflija al pecho
Pues la posesión que tienes
es solo en fe de concierto,
pues que no os habéis casado
de la Santa Iglesia al fuero,
No será este matrimonio
pues de Belisa el intento
es de casar con Otavio.
Y aqueste es un sacrilegio
a que no debe un cristiano
por un antojo ligero
La Culebra de oro
dar lugar, y que frustre
tan divino sacramento.
Muy caviloso te hallo
la doctrina te concedo
pero ¿cuándo viste amante
bueno, sano, ni discreto?
Mas se ofrece una duda
que a vengar quiero, no resuelvo
cómo el honor de Belisa
salvar al mundo podemos?
Porque ves aquí que Otavio
viene a visitarla, mudo,
de todo lo que sucede hoy
y a proseguir sus empleos.
Entra en casa, halla a Belisa,
ella se confunde, viendo
su novedad, con que Otavio
la habla; cuando el suceso
¡se admira! de que le oiga
razones, requiere cogiendo
el brazo su ser engañado
y ella en el suyo advirtiendo.
Dime, ¿en qué vendrá a parar
esto, Fabio? que lo veo
sin que le halle salida
a razonable suceso?
Dejad que mi ser retoce,
señor, se me pasma el cuerpo
cuando de Otavio, y Belisa
las confusiones contemplo.
Ahora bien; dime una cosa:
si has venido en efecto
a casarte con Belisa?
Fálteme un rayo del cielo
si hay cosa que aprecie a más.
Pues ¿en duda pones eso?
Ten ánimo, pues ansí
que yo te sacaré a puerto.
Entra al momento en casa
y finge partirte luego
a lo más que es importante;
para lo que yo pretendo
finge más, que a los negocios
a que fuiste, no te hicieron
el fin que era necesario
y que a eso vuelves a ellos.
Date de lado de la unión
de todo cuanto dijeron
Otavio, y Guarín, que importa
que vayas muy bien en esto.
Dándole a Belisa parte
de lo que has amado inmenso,
entra, y despáchate aprisa,
y déjame a mí, que el tiempo
los desengañará.
Yo sigo tu parecer.
Vase.
Retírase a una parte, y sale Guarín de ronda embozado, a lo gracioso.
Pues entra.
Y yo quedo
cual Mercurio transformado
en Sosia; vaya de enredo.
Pero vengamos a cuentas
oh pensamientos, primero
que tratéis de ajenos gustos
trataremos de los nuestros.
Cual tablilla de mesón
en el oficio los contemplo,
que hospedando a los extraños
os quedáis siempre al sereno.
Tras de esta negra afición
de Camilo andáis suspensos,
olvidando propios gustos
por ajenos pensamientos.
Dos meses ha que se dice
que partimos a Palermo
sin que sea más verdad,
que de haber hecho yo el cuervo.
Y para que ansí se crea
me habéis tenido en el tiempo
de los ojos de Clasila
que es mucho encarecimiento.
Pero en aquesta tormenta
es lindo entretenimiento
el perseguirme Florela
con sus engaños, celos.
Porque como su persona
se ve sin Guarín requiriendo
(Aunque no tan propiamente
como piden sus deseos)
cree que es otra afición
(y cree bien) mi desvelo,
y es verla, un pujo de sañas
si comienza a hacer pucheros.
Mas paso, si no me engaño
venir por la calle siento
defender quiero la puerta
mientras Camilo va adentro
no venga Otavio, y embarace
a Belisa a tiempo
que con ella esté mi amo,
que será grave suceso.
La noche es un poco oscura
y ha quedado oculto el cielo
con la ausencia del sol
y algunos nublados negros.
Amor, que como la hambre
no perdonas a ninguno,
pegajosuelo, importuno
más que tábano en verano.
Sin estado, más que villano
cuando rogado se ve,
más equívoco en la fe
que la secta de Mahoma:
ya di la vuelta de Roma;
ya estoy, (vesme aquí) en Florencia,
tras de un montón de paciencia
que en esta ausencia he gastado,
de la vista desterrado,
de la zurribanda mía
me dilatas otro día,
que la vea, y comunique?
La culebra de oro
¿Eres amor alambique,
que la quinta esencia das?
Basta, Amor, basta, no más:
allá se entiendan tus fueros
a damas y caballeros,
que de jinete a peón,
y de chapín a ramplón
distinción tiene de haber.
Quiero bien a su mujer,
y si Otavio no a Belisa,
está bien, no se deprima;
no la vea en todo un año,
¿pero yo? ¡Caso es estraño!
¿Hay ya repartimientos,
excomuniones de amantes?
Mándome que no saliese
de casa; porque no hiciese
pública nuestra venida.
Mantengo tan bien sufrida,
como él tiene, la afición.
Dejéle en resolución,
más ha de un hora acostado,
y de la noche fiado
a ver a Florela vengo.
A los pies, que me detengo,
otra vez ha sido un lance.
Con seña. Fis, fis, fis.
Este es Guarín,
ya su daifa viene a ver,
mas ha le de suceder
al revés de su intención.
Téngole por un lebrón,
aunque bravo se precia:
veré si lo que publica,
cumple en ocasión forzosa;
sino, mal tiempo le aguarda,
noche habrá jamás pasada
más logrando su cuidado,
y en pensamientos livianos,
escapando de mis manos
como culebra metida.
Un hombre hablar he sentido.
¡Válgame Dios!, ¿quién será?
Los pasos mueve hacia acá,
y el rostro se me encubre y tapa;
si me quitase la capa
(puesto que es un ladrón)
¡me daba por Dios la vida!
¡Ay, cuerpo de San Antón!
Acá bajo está un rincón
en que suelo yo asconderme
todas las veces que a huir
llego en apretura aquí.
Valdréme ascondido así,
veré lo que hacer pretende.
Escóndese a un lado, y Fabián fingiendo furioso, paseándose de una a otra parte, dice:
¡Ya mi cólera se enciende,
no encontraré aquí un demonio
para darle testimonio
al mundo que entre estos brazos
hecho menudos pedazos
puedo esparcirle a los vientos!
¡No retumban tan mis acentos
donde el Cancerbero vela!
¡Oh, fementida Florela!
¿Justos tres meses de ausencia
pudieron con tal violencia
borrarme de tu memoria?
Hacer tengo pepitoria
del que el ánimo te inquieta.
¿Soy astrólogo, soy poeta,
alquimista, o arbitrista?
Oficios, que a sola vista
están sirviendo de pobreza.
Yo no soy de la de hoja,
un hombre que el orbe asombra;
¿hay quien haga resistencia
a mi española tajante?
Pues, ¿quién es el arrogante
que, sin temer mi rigor,
goza agora de tu amor?
Di que mi dueño es Guarín,
bastando este nombre en fin
para que el mundo se asombre.
¡Que hay otro hombre de mi nombre
en el mundo, tan valiente
que es amante juntamente
de Florela como yo!
Dos meses más, ¿qué importaba?
¡Por Dios que esto es cosa brava!
¿Cuando de ti me partí,
no me prometiste, di,
la firmeza de una roca?
¡Admiración me provoca
todo cuanto al hombre escucho,
de mis cosas sabe mucho!
Vengaréme deste olvido.
Que pues viene a ser marido
mi dueño, del que rehúyo,
no acepte nadie el suyo,
pues todos se huyen a casa.
¿Quién creyera lo que me pasa?
¡Yo estoy escandalizado!
¿Este mi ser asombrado,
o de uno de los dos es sombra?
¿Cómo el mundo no se asombra
viéndome enojado así?
¿No encontraré agora aquí
cien hombres, con quien matarme?
Aunque vieran para vengarme
cient hombres pequeña copia.
¡Quién tuviera la historia
de Angélica el Ariosto!
Imagino,
¿cuándo tuvo tal martillo, y fraguando
en su oficina Vulcano,
como el que en aquesta mano,
tengo yo, encerrando el puño?
Del primer golpe, acuño
los sesos en el ombligo.
[Margen izquierdo: 11]
[Margen izquierdo: 6/6]
Aquí estoy yo, y no mi otro,
aunque en el nombre le imito
a curar los de don mosquito.
Jueves es primer Guarín
valiente, sujeto en fin
que suelo fingirlo yo.
¿De dónde este hombre cayó?
No será estornudo mío,
confesando que mi brío
de valiente tiene nada.
Como se hace agazapada
a sus furias equidad,
porque dé, con soledad,
que aunque cual lebrel me encojo,
en fin, mis agravios vengo.
Mas, si verdad va a decir,
yo me quisiera escurrir.
[Margen izquierdo: cruz]
Bueno hallara yo aquí un hombre,
aunque tuviera mi nombre,
que aunque mi padre fuera,
en quien mi furia rompiera.
¡Espérete Bercebú!
Fabián mueve, Guarín el loco, y den brazos.
¿Quién eres, hombre? ¿Oyes tú?
¡Pardiez! ¡Ayuda! ¡San Pablo!
Esforzarme quiero. ¡El Diablo!
Pues al diablo busco yo.
¿Tú eres el diablo?
Yo no.
No soy yo, sino Guarín.
¡Oh vil, infame, ruin!
¿En tan inútil sujeto
cabe nombre tan perfeto?
No te le nombres jamás.
No, no haré, tú lo verás.
Mi nombre usurpas, mi nombre.
¿De dónde naciste? ¿De hombre?
Algún engaño pretendes
hacer con él; tú me vendes.
Porque en toda esta ciudad
no hay otro Guarín...
Verdad
es, o me ha a afrenta llegado,
y me tiene con cuidado,
mas di qué andas a buscar.
Alguno en quien desahogar
de aqueste puro el exceso.
Pues si no buscas más deso,
ves allí un poste tan grueso.
Mejor en ti de esta suerte
mi fiereza esbravaré.
Aporréale.
Hombre o diablo, déjame.
¡Eres furia reprofunda!
No soy estrago, que el mundo
suma en un pozo metido.
¡Ay de mí, que me has molido!
¿De qué vives?
De servir.
¿Y eso llamas tú vivir?
Pues, ¿cómo se ha de decir?
[Margen izquierdo: cruz]
Dímelo tú.
Sirvo a un amo.
Más propiamente te llamo,
pues, ¿qué nombre tiene tu amo?
Otavio.
Otavio se nombra.
¡Hombre, o diablo, eres mi sombra!
Otro nuevo engaño entablas.
Todas cuantas tretas y hablas
es todo en mí, emulación.
Sin duda mi indignación
a imitar andas en traje.
¿Cómo dices que se llama
donde posa?
Ha de posar
aquí, que se disfrazó
con Belisa mi señora
con ensaladas de agua
de apurarme la paciencia,
pues llegamos a Florencia
yo, y Otavio aquesta tarde.
(¡Y mi dueño!) ¡Qué cobarde
se alberga a la posada!
¿Tu dueño? ¡Cosa es brava!
A mi amo el rostro asoma.
Pudieres ir de plomo
con Otavio mi señor.
Aún será lo peor
si tal motivo se ofrece.
Por aquí te he de coger.
¿A qué fuisteis?
[Margen derecho: 14.]
[Margen derecho: 6/6]
Para algunos días ausentar,
pues es notorio
que por la muerte de Honorio
se fue a disponer la hacienda
que le dejó en encomienda.
En lo cual se detuvo
tres meses, y hoy ha venido
a casarse con Belisa,
aunque con tan poca prisa
que sin verla se ha ido,
y a recogerme mandó
por para hacer prevenida
su venida.
¡Qué suceda
desto a un hombre, ay cosas tales!
Sin duda en ocasión tal
se me ha de ir el espíritu!
[Margen derecho: Fabián queda sin el juicio.]
Aqueste es hombre adivino.
Por aquí le he de dejar,
por si me quiere engañar.
¿Cómo vinisteis?
A la posta,
con tanta pensión, y costa
que lo sienten mis perniles.
¡Mis preguntas son gentiles!
A no tener yo los míos
hechos de sangre dos ríos
a la pasada carrera,
sin duda que le creyera.
¿Es aqueste encantamento?
¿Hablo? ¿Toco? ¿Veo? ¿Siento?
(Mas si Dios, y norabuena
[En el margen superior izquierdo:] La Culebra de oro.
¡Estoy muerto, y ando en pena!
pues el otro este de mí
no ha un momento que por
él caiga en mis mismos pies.
Pues no digamos que es
ilusión esta de Baco.
No he bebido; de aquí saco
que era uno, y ya soy dos.
Pues sus; concertémonos.
Señor Guarín multiplicado,
defiéndame aquese lado;
sombra, no pase la calle,
sin detenerle o matalle
mientras salto con mi vuelo.
¡Oh, qué donosa cautela!
En fin, tienes el amante
desta fregona inconstante
a que buscaba por Dios,
alto autor de mis enojos.
Mete mano, vencido.
Y agora salgo de aquí.
¿Qué le es ya, yo que le vi,
viéndome enemigo suyo,
pues nadie (aunque bárbaros)
lo fuimos de sí mismos?
Y si yo soy mi mayor
enemigo, será error
no salir de aquí al momento;
pues este el vencimiento
que el mundo celebra más,
yo me pretendo, y de más
que reducida en qüestión
se me enfría la afición,
por ser poco porfiado.
¿Dónde vas?
Se me ha olvidado
lo que Otavio me mandó.
Mete mano, afufador.
Ya nos sabemos los dos.
La doy ya por bien reñida.
Gírala, mandria.
Ya ha caído
que soy otro; toda mues-
tra de furor le responde.
La calle olvidé; de aquí
pues si al coger me da an-
no hay que venir inter-
que una calle más ancha
valémenos, gran Dios.
Vase.
Un cobarde excede en ruido
según burla y se abalanza.
Y a mi diestra todo le alcanza.
Si procede en este estilo,
mi grandeza tendrá cam-
[po], muy buen fin en su esperanza.
Vase aparte
y salgan Camilo y
Belisa, y Florela, y
sacan silletas, a oscuras.
[En el margen superior derecho:] Para Algunos. desmintiendo 15
Tan forzosa es la ocasión,
no puede ser más forzosa,
señor, que la obligación
que en correspondencia honrosa
le traéis a mi afición.
que en favor mi dueño tenéis,
pues sabiendo cuánto gusto
de que esta absencia escuséis,
gustáis darme este disgusto.
Bien pude tratar el sí
de mi envidia la remisión,
mas ya después que le di
en la afición deste dueño,
no me atrevo yo a mí.
Desposémonos primero
que a Roma os partáis señor,
que si en esto persevero,
es por estimar mi honor
que ya lo considero.
Qué dirá toda Florencia
cuando de dos meses pase
que tenéis de Roma licencia
de ser dueño de Belisa,
viéndoos hacer desta absencia,
sin habernos desposado
como la iglesia dispone;
cuando lo hayan murmurado
¿hay disculpa que me abone
el haberlo dilatado?
Bien veis que este casamiento
no se puede celebrar
atendiendo al testamento,
siendo fuerza aver de estar
a nuestro consentimiento
en Florencia Betonato,
de quien agora está ausente,
y que venga es necesario,
pues de más de ser pariente
queda por testamentario.
A cuya disposición
quedamos subordinados;
y su mucha dilación,
parecen malos cuidados
de una propincua ocasión.
Nos obliga a anticipar
las pruebas de nuestro amor,
que en los fueros del amor
aquellos sienten mejor
que justo es amor mostrar.
Pues esto estaba en estado
que divertir ya no puede,
sin causaros un cuidado;
nadie en amaros me excede
ni en cumplimientos de honrado.
En tanto que viene, yo
de Roma podré volver
que como os digo, quedo
mucho por satisfacer
de lo que allá me llamó.
Tal contradición hace
en mi pecho vuestra ausencia,
21
La Culebra de oro.
Para Algunos. Descubrimiento 16
que por gozaros dejé
los negocios, y a Florencia
corriendo postas llegué.
Con esta misma presteza
procuraré yo venir
que ausente de esta belleza
un hora, será vivir
forzando a naturaleza.
Bien veis, que ya me dejáis
con prendas de mucho amor,
y si en venir os tardáis,
quizá abortará de dolor
la joya que más preciáis.
Un mes ha que en mí he sentido
que siendo una soy ya dos,
y pues ansí ha sucedido
no mal lo pasemos por Dios
tanto, con tan mucho olvido.
Y pues es fuerza partir
por esta noche siquiera
se pudiera diferir.
Tardecica, señor...
Quisiera
tan justos gustos cumplir.
Mas pues que me parto agora,
creedme, y importa así;
quedaos a Dios, mi señora,
que no puedo estar aquí,
ni en Florencia media hora.
Una carta he recibido
que me da toda esta priesa,
y así que me deis os pido
licencia, y brazos Belisa.
Y mi más sano acuerdo,
y mi más favorecido
dueño, en quien os entrego los
en aquesta ausencia mía.
Mientras vos ausente,
engaña, y me consuela.
Mas llegad, Camilo, ea.
Ya tan bien os va, Guarín,
pues cuando vistes andar
a Sancho sin su Rocín,
y dejé a mi señor...
¿Cómo?
Llevo a matachín.
¿Qué queréis de mí?
Quisiera
un abrazo.
Tomadlos.
Ay, quien consigo se fuere,
ay, Guarín me he de llamar,
si con gusto no lo hiciera
que me he de traer de allá.
Esto estaba yo aguardando,
que traer no faltará.
Diga, ¿qué?
Estoylo pensando.
Pues por Dios, ya, ya, ya,
he de traeros, y quitallos
de famosos aderezos.
¿Qué, mi Guarín?
Cardenales,
pero para los traer,
dame acá tus atabales.
Que de los míos, vive Dios,
que me los dejo empeñados
aquí, para entre los dos
la posta de entrambos lío.
Toma, toma, para dos,
vete, hijo.
Esos los regalos son
que de ti siempre espero.
¡Plegue a Dios que un tropezón
contigo la yegua dé,
que te mate, bellacón!
Ea, no oiga más, mi bien,
recogeos por vida mía.
A Dios, mi señor, en quien
falta toda mi alegría.
Traigaos Dios con bien, amén.
Vanse los dos.
Enternecido he quedado,
y de tanto sentimiento
celoso, y amartelado.
Conociendo que su amante
a Otavio va dedicado.
Que aunque la posesión
tengo agora, la tenencia
parezco de aleve acción;
que aunque mi alma disfruta
los gustos, es concesión
nunca Amor contento ha dado
a quien no sea con descuento
de otro mayor, o doblado.
Ánimo, ¡qué lindo cuento!
¿Agora en eso hemos dado?
No me tienes vivo a mí,
pues, ¿qué has de qué temer,
si a mí tú has de estar aquí?
no te saca deste lodo.
¿Cómo te afliges así?
No ha estado más en mi mano,
ya puesto en las tuyas veo
mi remedio, Fabio hermano.
Muy bien de tu ingenio creo
que no harás traza de en vano.
La aflicción de su partida
ya me despido cual diste;
dime agora por tu vida,
¿qué es lo que hacer pretendiste?
Eso por un rato olvida.
Ve, y déjame a mí hacer,
pues a mi cargo he tomado
este negocio.
Entender
quisiera lo que has trazado.
Muy presto lo has de saber.
Porque reconozco, Fabio,
que es menester prevención
contra el agravio de Otavio,
pues toca a la reputación
la calidad de su agravio.
Por eso soy yo nacido,
nada tienes que temer.
La culebra de oro.
Calla, pues yo te lo pido,
que de agravio, vendrá a ser
el agravio agradecido.
Vanse.
Acto Segundo.
Salgan Otavio, galán, en corte, y Guarín.
¿Quieres volcarme el juicio?
¿Estás borracho, demonio?
Yo daré por testimonio,
aunque darlos no es mi oficio,
que estoy allá, no es engaño,
aunque aquí contigo estoy.
Dices que cobarde soy:
yo, no es más valiente Marte.
A cien hombres desafío
y si me sale poca copia,
y por mi persona propia
do a volar por el aire envío.
Luego, cuando cierro el puño,
tanto a quien pego atortujo,
que los sesos al ombligo
del primer golpe le acuño.
Conmigo anoche reñí
y a coces, y cintarazos
casi me hice a pedazos
de fundamento de mí,
estoy ya muy adelante.
Soy la mesma valentía,
un Lucifer parecía.
¿Que sufra yo un ignorante?
Si segunda vez repites
semejante desatino,
vive Dios de hacer de ti un
por los tejados camino.
Mátame, yo soy tu hechor,
mas la verdad he contado,
no hay que dudar; yo he quedado
como la mala ventura,
que diz que está en todas partes.
No hay hoy división entera
en quien no me reparta,
yo, no hay que más de bulto.
Después que yo me acosté,
¿saliste anoche de casa?
Yo te diré lo que pasa:
sí salí, perdóname.
que este diablillo de amor,
amigo de zancadillas,
me sacó de mis casillas.
¿Dónde fuiste?
Ese es mi error.
En casa de Belisa fui
a ver a Florela.
¿Y viote Belisa? ¿Reconocióte?
No, no encontró más de a mí,
que me andaba paseando,
de Florela muy celoso.
Como el toro, que en el coso
está la arena aventando.
Viome, y quíseme esconder,
y como esconderme, vi;
cual toro me acometí;
y yo comencé a temer.
Quise, y no pude escaparme,
porque me agarré de modo,
que no fuera el mundo todo
bastante a desagarrarme.
Entendí que era el galán,
que a mi Florela requiebra;
aquí sí, que fue la quiebra:
puños vienen, coces van.
Molíme de tal manera
con puñadas que me di,
que me estoy temiendo aquí
como si el demonio fuera.
¿Es aquesta algarabía?
¿Qué dices? ¿Estás en ti?
Digo, señor, lo que vi.
¿Es griega la lengua mía?
Digo que encontré conmigo.
Eso no te he de sufrir,
quien llegando a anochecer
jamás estás tú contigo.
Tú debiste de soñar
a la sombra del tintillo.
Dígalo este lobanillo
que tengo en el quijar.
A entenderte no me obligo:
¿en qué me puedes fundar,
que estabas en otro lugar
si estás agora conmigo?
¡Esa viene a ser mi duda!
Mas, pues es, bien puede ser.
De risa he de reventar
si este orate no se muda.
¿Orate? Pues, ¡vive Dios!
que no cuento chilindrinas,
sino verdades muy finas,
y que soy hombre de a dos.
Tú me quieres volver loco.
Mientes, que uno da ciento.
Voto a que por un juramento
contigo valgo muy poco,
sino somos dos Guarines,
y el otro no me hizo halago,
que me deja hecho dueña
con sus tocas, y chapines.
Mira si este es juramento.
19 11/6
que se me puede creer?
Dos Guarines que decían,
no está en eso mi argumento.
El otro Guarín que viste,
¿quién era?
Digo que yo.
¿No preguntas eso?
No.
Pues, ¿qué preguntas quién es?
Que quién era aquel Guarín
con quien reñiste.
¡Oh, cansado
de decirlo estoy!; criado
tuyo, que es lo mismo en fin.
¿Tengo otro más de ti?
Pues en eso está la ciencia.
Ya me apuras la paciencia;
demonio, déjame aquí.
Si en las manos te pusiese
otro Guarín, ¿qué dirías?
Diréte que desvarías,
aunque lo que dices viese.
Plega a Dios que de tu agravio
me vengue Belisa en fin,
y que como yo un Guarín
halles también otro Otavio.
Aflígeme, date prisa,
porque tu siervo me nombre.
Por una parte me asombro,
por otra muero de risa.
Esta de Belisa es
la casa, di que ha venido
¿Sabes que no me has creído?
Otavio, de tres en tres.
Dicen dentro Belisa y Flora, y luego salen.
¿Otavio dices que viene?
De la ventana le vi.
Baja a abrir, que detenerle,
volver tan presto, ¡ay de mí!,
misterio sin duda tiene.
Sale ella muy alegre, y él muy compuesto, quitada la gorra, muy remiso, como ignorante del pensamiento de Belisa.
¿Señor?
¿Señora?
Mi bien,
¿cómo no me dais los brazos?
Cuando remisos estén
al gozo de aquestos lazos,
no lo juzguéis a desdén.
Mi corto merecimiento
causa aquesta remisión,
señora, en mi atrevimiento,
mas ya en vuestra permisión
mi cortedad toma aliento.
Abrázanse.
Aunque dueño inmerecido
soy de tan sumo favor,
también estoy advertido
que sin posesión mayor
hubiera andado atrevido.
Sin llamarme me atrevía
gozar tan diestra fortuna,
pues que desde este día
sin contradicción alguna
gozaré la que es tan mía.
¿Cómo, tan presto volvéis?
(Llanto finge, y suspiros.)
Aunque irónica os mostréis,
mi buena dicha mejor
que no a mi amor culparéis.
Ninguno que a Roma irá
presuma, que breve corte
a sus negocios dará,
y que solo el tiempo en la Corte
es quien por la posta va.
Dícesme que hice un mes,
yo quisiera solo un día,
mas sucedióme al revés;
la pretensión a que iba,
pues en ella gasté tres.
Meses dije, y años fueron
por mis deseos tenidos;
años dije, y mil sentidos
siglos los atribuyeron.
Para Algunos. Duc. mio 18
¿Tres meses, señor, decís
que en Roma ausente anduvistes?
Siglos dije, si advertís.
Siglos, una noche, ¿vistes?
¡Mucho mi ausencia sentís!
Juzgaba yo mi afición
con anteojos de tal forma
que en pequeña digresión
multiplicaba la forma,
del ausente a mi opinión.
Mi señora, ¿no advertís
que es vana la consecuencia
que al argumento medís,
cuando tres meses de ausencia,
por una noche unís?
Mas no es caso muy injusto
hacer tan corto descuento;
antes hacerle es muy justo,
quien para su casamiento,
siempre mostró poco gusto.
Bien, señora, habéis contado;
bastante disculpa os doy,
sabiendo lo que os agrado;
que aunque este milagro es hoy,
el cuidado va infundado.
Señor, mientras que fue mía
de mi libertad usé,
porque en efeto podía;
mas ya en vos la renuncié,
vuestra soy desde aquel día.
Mas no afano de entender
Vuestro lenguaje, y el modo
con que me volvéis a ver
no acomoda, y es mal modo,
que soy principal mujer.
Anoche de aquí salisteis,
de quien saqué el argumento
que pues tan presto volvisteis,
fue amoroso pensamiento
el que por verme emprendisteis.
¿Yo anoche salí de aquí?
Ese es muy buen preguntar.
Como lo oís así.
¿Por qué formáis dudas
de lo que nunca entendí?
¡Bueno es eso, por mi vida!
A mi lado lo oye Dios,
y que tan prenda querida
resulta de ambos a dos
que en mis entrañas se anida.
Que me da que sospechar
escondido cuidado.
A mí mucho que admirar.
Vuestro aviso desmayado
dejo no desconsiderar.
Mucho procuro entender,
señora, vuestras razones
porque con latines
terribles contradicciones
quiero antes lo sujetar.
Ese lenguaje se avanza
y en extraños vínculos
quiero sepamos se entiende,
decidlo más claro vos,
para que no me suspenda
mucho el olvido infiel
con que mis cosas tratáis.
Y pues lo que considero
que nada lo ignoráis,
volver a decirlo quiero,
¿quién es dueño del tesoro
que mis entrañas encierra?
¡Eso es lo que más ignoro!
Mucho las mujeres yerran
que aventuran su decoro.
¿Eso me decís? Pues a fe
daré voces a los cielos;
pondré en aventura el resto
de mi honor; obligarélos
a que me venguen muy presto.
Dejadlos, mirad primero
lo mucho que aventuráis.
Yo soy noble caballero
y sin razón me imputáis
un término tan grosero.
¿Yo imputar? ¡Aquí de Dios!
¿Cómo me podéis negar
lo que pasa entre los dos?
Si es burla, es mucho apretar.
¡San Tomás, me apretáis vos!
¿Yo vuestra mano he tomado,
sino fue para asentar
el casamiento tratado?
¿yo he vuelto a aqueste lugar
o mientes, pues os he hablado?
Sí, pueden oír por ahí,
que lo que otro ha merecido
se me ponga en cargo a mí;
ni me siento tan rendido
ni de un sufrido nací.
No sé en qué predicamento
a mi discurso tenéis
pues que tan sin fundamento
persuadirme pretendéis
disparate tan violento.
Perdonad el lenguaje,
que como mi presunción
vaga distante do ve
de vuestra proposición
extraña mucho el ambage.
Conserve suposición
el dueño real impliqué
que juzgó una elección
tan acertada, que fue
fuera de satisfacción.
Mil siglos goce, amén,
la que dichoso mereció,
quien os ponga para bien
después de dársela yo;
a mis amigos, ¡fe den!
Yo quedo reobligado
de la palabra que os di
y que de que lo he quedado
podré disponer de mí
que no soy tan descuidado,
que no me estorbe vuestra licencia
alguna noble mujer.
No es tan pequeña mi herencia
en que vengo a suceder
según mi conveniencia,
como brille mi persona
entre las de más caudal
que aunque mi sangre me abona
a la que es más principal
el caudal la perfecciona.
Y basta por fundamento
y apoyo de mi intención
dar ya contra el testamento
vuelva a nueva elección
por otro casamiento.
Alborotada.
Hombre, hombre, di, ¿conoces
quién soy? Quien se ofendía,
para que mi honor se lave
recupere la honra mía
o ¡vive Dios!,
No deis voces.
Apriesa saliendo Florela y Guarín.
¡Cómo, que voces no dé!
Florela, Guarín, ¿qué es esto,
¿no veis este hombre traidor?
decidle, decidle presto
lo que pasa.
¿Yo, qué sé?
¿Que no sabéis me decís vos?
pues ¿hay quien haya sabido
que...
del secreto de los dos.
¡Mas!
Digo tal y entendido,
mala paz que me dé Dios.
Aquí estoy pelotirando
con aquesta buena pieza,
y a Bercebú le estoy dando,
que me quiebra la cabeza
disparates porfiando.
Dice que dos meses ha
que no salgo de su casa.
Y yo digo, que será
si ello es ansí y tal pasa,
el otro yo que está acá.
Ella dice que me vio,
y no hay quien de aquí la saque,
por más que digo que no
me ha visto.
Ven acá, ¿no sabes tú
que Otavio vino a esta casa
dos meses habrá?
Jesús,
¿qué me decís? ¿Qué tal pasa?
Si no es que como a Habacuc
lo trujo un ángel colgado
de un pelo de Roma, aquí;
nunca yo menos le he hallado.
Basta, basta, contra mí
estos dos se han conjurado.
¡Vil, infame Florentín!
el cielo vengue mi agravio.
Finge, parece, que es esto en fin.
Digo yo, ¿y habrá otro Ota-
-vio como ha habido otro Guarín?
Duélome que me altera
que no levanto quimera,
y a satisfacello atrevo.
Mucho saco de estas veras
y cuanta las discurro más
mucho hay que advertir aquí
y piden más atención
estos discursos, y ansí
no soltaré la ocasión
pues me da revuelo amor.
Aquí no hay qué esperar más
promesas son verdaderas
a Dios señora.
¿A do vas?
¿Mandáis algo?
Considerar
la obligación en que estás.
Yo, señora, considero
que decís que estáis penada
y que yo soy caballero, ve-
(Vase.)
Dejadme, tirano, la espada,
que a ejemplos imitar quiero.
Flora, dadme mi manto
y me iré triste
provocando al mundo espanto
por esas calles tras dél
o por remate de mi llanto.
Para algunos Desc. Introd.o
¿Qué es esto, Guarín?
El diablo,
que se ha soltado en Florencia.
¿Presumes que a vos faltaba,
que ejecutará en mi quimera
la azotea, que le encubre?
¿De qué te quejas, traidor,
que murmuras queja al cielo
de tu mucho desamor?
¿Y has a maltratarme con celos,
tanta bravata, y rigor?
Dirásme que no saliste
de aquí anoche, ¿más sortijas
que le diste?
Justo, vive Dios.
Sí, cuando los cardenales,
de Roma, me prometiste.
Eso se puede dudar
aunque no lo prometí,
que un ángel huela a
santos, tengo
seña, yendo atrás.
Besar y gemir puedes mejor,
lleno de faltas al partir
aquestas mismas razones.
¿A qué te sirve fingir?
En ocasiones mejores
se muestra mi purgado amor
el fuego que de ti partió
porque yo no pude ver
porque no estaba a quitos
y ansí me puedes creer
que el otro yo te engañó.
¿Qué dices? Que no te entiendo.
¿Es acaso jerigonza?
Me admiro que lo estoy diciendo.
Lo entiendo.
Soy yo bronce,
¿que así me has de andar trayendo?
abrázanse
Vaya el diablo para puto,
y arrópame acá un abrazo.
A fe que eres disoluto:
agradezca el picarazo,
que un sopapo no ejecuto.
Queda a Dios, que Otavio espera
y mañana nos veamos.
Y yo cada punto quisiera,
pero quedan vivos, amor
como ves.
Pues, vinagrera.
Mañana, estarán en paz,
no te quejes de eso, amor,
es que te digo verdad.
Siempre tus gustos, amor,
nos desazona en agraz.
Vanse.
Salen Camilo y Fabián.
Ya me dirás, lo que intentas.
La Culebra de oro
Diversas veces te he dicho
que al tiempo y a mí nos dejes,
y agora acá te lo digo.
Presto verás lo que pasa,
no seas tan mal sufrido,
pues el tiempo es buen maestro.
Y yo no soy mal ministro.
Pues ¿qué quieres que yo fíe ansí,
por lo menos, Fabio amigo,
me dirás algunas cosas
de esa tu ciencia o hechizos.
¿Quién fueron sus profesores?
¿De quién tuvieron principio?
¿En qué verdades se fundan?
¿Cuáles son sus aforismos?
A mí me preguntas cosa
que es para los hombros míos,
aunque ex profeso latino,
el peso muy excesivo.
Ese curioso deseo
no pongas, yo te suplico,
déjalo para otro día;
si fueras de ello servido.
16/b
Aquesta curiosidad
nace de buena amistad,
que quien no mira los fines,
no para a los principios.
Después que en aqueste engaño
andamos, Fabio, y de suerte
que todos cuantos me ven
por Otavio me han tenido,
y sucédeme al revés,
cuando al espejo me miro,
pues que nunca miro en él
a Otavio, sino a mí mismo.
¿Cómo pues, se compadece
que conservando yo el ánimo
inmóvil en forma y potencia,
el ser ajeno repito?
Esto no me canso a hacer,
y así quiero que tu ciencia
me asegure de esta duda,
o no hemos de ser amigos.
Con tratar de eso te conjuro,
ni puedo, ni me es lícito
decirte lo que me mandas,
aunque en términos sucintos.
Magia es vocablo persiano,
y significa lo mismo
que filósofo en Grecia,
y ciencia entre los latinos.
Zoroastro, batriano
rey, y en las partes de Egipto,
fue principio a aquesta ciencia,
según lo refiere Plinio.
Este es el mismo que escribe
en sus historias Solino,
que nacido al mundo rió.
Contra el natural estilo,
tiene metido aqueste exercicio
de efectos más que divinos,
que los que ignoran las causas
los estiman por prodigios.
San Agustín, doctor sacro,
largamente en los capítulos
diez y siete, y diez y ocho
del décimo octavo libro,
de la Ciudad de Dios cuenta
saber en Italia oído
mil sucesos de esta ciencia,
a sujetos fidedignos;
cuenta de unas mesoneras,
que daban un cierto mixto
a queso, a los pasajeros
un hechizo tan activo
que en bestias los transformaban,
y habiéndolos conducido
cargados por varias partes
de cosas de su servicio,
después los destransformaban
y por tiempo a su arbitrio,
puniéndolos muy distantes
de aquella tierra, y distrito.
Otras muchas cosas cuenta
que por brevedad no digo,
y de Circe que leemos
mil sucesos peregrinos.
También refiere Apuleyo
que, trocado en un asnillo,
quiriendo mudar su forma,
quedó en asno convertido,
cuyo invento prolijo,
que a un discreto sabe rico.
Pues vemos que ostentando
el irracional pellico
nadie se pasme de aquesto,
quitado todo añadido,
pues por un hechizo impío
puede perderse el ánimo,
y lo que me admira mucho
es lo que dice Virgilio
en un verso de la octava
égloga, y es del mismo:
Atque satas alio vidi traducere messes.
Mujeres hubo en Tesalia,
dice, que a fuer de exorcismos,
transferían los sembrados
de los unos a otros sitios.
Pero si quisieres ver
mucho de esto, te remito
al Malleus maleficarum,
y al Padre Martín del Río.
En su Magia a Torreblanca,
y agora nuevamente al mismo
en su Iuez spirituale,
donde hay mucho de esto escrito.
Pero en las unas, y otras
se ha de asentar por principio,
según dice el dotor santo
en el lugar referido,
que de real han de carecer,
por ser en su ser apócrifo,
más que engaño de sentido.
15
La culebra de oro
Supuesto, que en lo aparente
a quien nos persuadimos,
que es real lo que miramos
por lo símil concebido,
este concepto se causa
como sucede al dormido
que juzga lo que no es
con el obtuso juicio.
El uso del Mago con sus artes
en los estraños sentidos
causa con yerbas, palabras,
caracteres, y sigilos.
De manera que mi ser
naturalmente adquirido
no puede el Mago quitarme
porque este es poder divino,
puede me hacer creer
por encantos y prestigios
que la noche es claro día,
que de casto cisne un grifo.
Así pasa en nuestro caso
que en la poca repulsa
de Belisa y los demás
que ha podido persuadirles,
que eres Otavio, y yo
soy Guarín; y es desvarío
pues para tal persuasión
aun no he mudado vestido.
Esto es cuanto a tu pregunta
a quien dejo respondido
aunque con tan breve discurso
que es de saber más digno.
Queda el cuidado satisfecho
en mi duda, porque he visto
el fundamento que tienen
las razones que me has dicho.
Mas dejando estos sucesos
será tiempo Fabio mío
que te pregunte y te ruego
en qué han de parar los míos?
O qué terrible que eres!
qué presto pones en olvido
las súplicas que te hago.
No es tiempo; otra vez te digo.
Vamos en casa de Belisa
adonde te certifico
que anda el diablo suelto ahora
y es necesario mi auxilio.
Como ansí.
Desde aquí allá
te diré sucesos lindos,
y el medio que he de tener
para poder divertirlos.
Qué ha pasado?
Ven señor
y apercibe...
Vanse.
Para algunos Disc. introd. 22
Salga sola Belisa.
Quien aprisa a un error se determina,
es justo que de espacio se arrepienta;
muchos disgustos a un placer aumenta
quien el fin al principio no examina.
Corre ciego del gusto la cortina
a quien con suave al desengaño mienta,
y en él verás que su pasión violenta
a futuras desgracias le encamina.
Consuelo tiene quien por solo gusto,
a mayores pesares se aventura;
puesto que dure un esperar eterno.
Mas ay de quien forzada a un corto injusto
se obliga a semejante desventura;
y a penar sin su culpa en un infierno.
Sale Florela.
Señora, señora, a voces.
De qué das voces, Florela?
De que Otavio mi señor
por la puerta agora llega.
Y pues, qué me adviertes, necia?
No sé, del susto que inspira,
llegué a darte aprisa aviso.
De qué te asustas, loca,
que me obligues a que crea
que con buen intento viene.
Cierra todas esas puertas.
No quiero ver a ese hombre
y de mí con mis ofensas,
que ha de estar arrepentido.
Siempre la herida es pena.
Y aunque le des a esta puerta
a su furia, impaciente
llegará la necesidad
al ver que eres discreta.
Como la pelota suele
volver de la mano diestra
con tal vez con más violencia.
De la ofensión sacada
en el arco de su ausencia
hoy vuelto por el amor
que con tan grandes fuerzas
da toda aquella carrera
a postrarte a su clemencia.
Salen Camilo, Fabio, y se queden suspensos.
[Folio 22v]
La Culebra de oro
me alcanzó cierto hidalgo,
también sin parte en ella.
Proseguimos el viaje,
y en resolución de verla,
venimos a dar en una
causa extraordinaria y nueva.
Digo nueva, para mí,
que no vi cosa en Florencia
jamás en todo mi porte,
ni entendí de hechicera.
Más testigos contestes
y con tantas congruencias
lo hago yo, que fui forzoso
de todo punto creerla.
Es pues que vive aquí un hombre
tan diabólico en la ciencia
de Mágica, que sabe cosas
que exceden a naturaleza.
Transfórmase en varias formas
ya de hombres, ya de fieras,
ya de aves, ya de plantas,
y ya de cosas diversas.
Con embustes semejantes
ha dado en una quimera
que abrasara la ciudad
si luego no se remedia.
Esto es, que se transforma
(y imaginarlo embelesa)
por gozar mujeres nobles,
de sus dueños en ausencia,
en sus personas, de modo
y con tantas conveniencias
la verisimilitud
de sus engaños asienta,
que sin que ellas se recaten
en fe de las evidencias,
muchas quedaron burladas
y con sucesión ajena.
Yo, celoso de un daño
tan grave volví la rienda,
dando de mano a negocios,
dadme, pues, mi dueño, brazos,
sin culpar mi diligencia,
pues no nació, vive Dios,
de duda, que de vos tenga.
Ilusiones son todas
estas que machinas; ciega,
dase crédito a lo oído
cuando la verdad se niega.
Mucho tengo que advertir
en ocasiones molesta
a mayor queja que yo tengo;
necesito la prudencia;
si ha de ser hecho el sufrir,
en las mujeres, de prendas
es, timón, con que la nave
de sus flaquezas gobiernan.
Disimular me conviene.
Lo pasado, agora sea.
Verdad lo que trato conmigo,
o lo que de nuevo intentas.
Que el tiempo tiene de ser
quien a las nubes se eleva
desterrando mis desdichas
y premiando mis firmezas.
[Folio 23r]
Para el guion dice Introd. 23
Pues, mi señora, ¿qué es esto,
conmigo tanta esquiveza,
cómo me negáis los brazos,
siendo mis más dulces prendas?
No es maravilla, señor,
que imaginaciones me ofendan.
Si sois vos mi propio dueño,
o la fantástica idea
de ese embustero, o demonio,
muerte de las honras mías,
que afrentan a duros embustes,
ceba su apetito en ellas.
¿Qué seguro tendré yo
que satisfacerme pueda
de la verdad de su engaño
donde tanto honor se arriesga?
En secreto.
Acordaos de las palabras
que aquella noche primera
que me disteis vuestros brazos
os dije, y qué fueron estas.
Guarín, ¿qué me dices de esto,
es la verdad lo que cuenta
de este encantador tu amo?
¡Triste de mí si lo fuera!
No hay más verdad en el mundo.
Pues, ¿qué hay?
Es forzoso me ofrezcas
secreto, te lo diré.
Si no, hoy lo he de saber.
A fe, de veras nomás.
Ea, pues, ¿qué quieres?
¿Tan a secas?
Ah, miren qué perrerita tuya,
al vellacón se la suelta.
Ea, da los brazos, di tú ahora.
Sabrás que una linda flota
tuvimos a la mañana.
¿Cómo?
Quedo, no lo entiendan;
estuvo el amo acá,
a fe que le vuelve nueva
gentilmente redomado.
Pues, ¿cómo así?
Él asió la mecha
y hizo el tiro que le saca.
¿No dirás de qué manera?
Él diole con la pieza luego,
y él salió para afuera.
¡Qué infame despropósito!
Él, no pienso que me pueda.
Pues has de saber, que intentaba
el Mago asir su cautela.
¿Luego el Mago no era aquel?
Ay, qué ojo de águila neta
para comenzar con burlas
lo que acababa de veras.
Ánimas, Cristo Jesús,
de temor estoy ya muerta,
no estoy más en esta casa.
Oye, escúchame, ¡qué necia!
¿Trajo acaso otro Guarín?
Habla bajo, quedo.
Ea.
¿Jugáis un poco de manos?
Apostaré que te ciegas.
¡Mal año para el bellaco,
a mí con apujos fieros!
Mejor le conozco yo,
mi Guarín gallego a oscuras.
(Abrázanse.)
Con señas tan evidentes,
ninguna duda me queda.
Vos sois mi señor y dueño
y yo soy esclava vuestra.
Pues porque no os quede duda,
caso, lo que Dios no quiera,
que de embustero o demonio
a algún engaño se acuda,
dadme poner esta banda
que ella podrá la ausencia
de todo disimular.
Tomadla,
que es prevención muy discreta.
Tomad la cinta y pondréisla
en el sombrero, y con ella
se sabrá diferenciar.
Estímola por tuya, y cuido
que ad perpetuam rei memoriam
quedará en las entretelas
de mi corazón.
(Vase.)
Escucha,
voy que llaman a la puerta.
Y por más confirmación
de mis verdades sinceras
mañana quiero tomar
la bendición de la iglesia.
(Vuelve Florela.)
Duren mil siglos, amén,
pues con eso se cierran
a mil sospechas de Otavio
y a muchas mías las puertas.
Leonora de un coche agora,
ama, que ya se apea,
donde aguarda para veros
que la mandes dar licencia.
¿Leonora? ¿Quién es Leonora?
(Vase a recibirla Belisa. Sálense juntas.)
No es muy mala la disculpa,
es la hermana de Camilo,
y en un tiempo pasión vuestra.
Hay más graciosa ocasión.
Fabián, escucha.
Ten paciencia,
que has de verme lograrla,
lindo paso de comedia.
Para algunos. Disc. introd. 24
¿Qué dices, estando bueno?
¿Fingís bien?
(Entran Leonora y Belisa de las manos, y Clasila y Florela también.)
En tal escuela
andas, para no aprobar.
Oye, que tu hermana llega.
¡Jesús! Señora Leonora,
¿cómo es esta novedad?
¿Vos en mi casa?
Señora,
no ha sido en mi voluntad
nuevo lo que veis agora;
la ausencia de mi hermano
y mis indisposiciones
el término cortesano
me limitan.
Afecciones
todo imposible avasallan.
¡Ay, Leonor, Dios os bendiga,
que como un ángel venís!
No es más aquesta hija,
¡yo no sé cómo decís
que venís indispuesta, amiga!
De esta regla general
que usamos para encubrir
el defecto natural
que no pudo divertir
el remedio artificial,
aunque vos sois excepción
de la regla, pues el cielo
os dio en todo perfección.
Vos lo decís; creedlo,
que las que lisonjas son
estas yo de que excuséis,
que es hacerme mucho agravio,
y porque las olvidéis
digo que al señor Otavio
muy largos años gocéis,
mucho gusto me ha tocado
de vuestro gusto.
Eso creo;
y en ello le habréis gozado
el retorno a mi deseo
en vuestro empleo ocupado,
y por ser el que merece
vuestro sujeto divino.
De cuentos no nos paguemos,
porque se deja de camino
y de llaneza carece.
Quiero a ver a vuestro esposo
y ofrecerme a su servicio,
que hombre que fue tan dichoso
de mereceros, da indicios
de mérito generoso.
Esa es merced infinita,
él llega a veros.
Señora,
gozos y glorias os cita.
de Laura gozando ahora
tan favorable planeta.
¡Aquí es Troya!
Desmáyase.
¡Santo Cielo!
esto vine a ver, en fin.
¡Jesús sea conmigo!
Al suelo
cae.
Torcióse el chapín.
La mano tiene hecha un yelo.
El color se le ha mudado.
Mal quien ama disimula.
Su desmayo he penetrado,
que siempre un pecho recela
por sí el ajeno cuidado.
Leonora, Leonora amiga.
Salid, traed una faxa.
Vanse las dos y quedan Camilo y Fausto con Leonora.
Mucho la pasión me estraga,
mas, pues vino con ventaxa,
vano temor me fatiga.
Toma esta llave, Florela,
pero no, que no sabrás.
Ven conmigo, y sacarásla,
mientras disimulo más,
más el temor me desvela.
¡Ah, mi señora Leonora!
¡Qué inopinado accidente
os ha sucedido agora!
Llegad aquí, en qué se asiente...
Arrimadla aquí una silla.
Hala sentado.
No es muy grande maravilla
supuesto que suda el alma,
o un jarabe de amor
más sudativo que celos.
En mucho cobró resuello.
¡Pues aquesto, santos cielos!
¿Conmigo tanto rigor?
Señora...
Cruel tirano,
qué me quieres, suéltame,
ya no es tuya aquesta mano.
Nunca midas por partes
el tu proceder ansioso.
El decoro me es forzoso
al fuero de mi recato
que sabiendo de un furioso
conocer tu pecho ingrato
viene a ser menos penoso.
Bien sé que no te obligó
el modo, que pretendiste
mayor obligación fue
negarte, si lo advertiste,
porque sabes, que repara
en los hombres de opinión
que aspiran al casamiento
se dobla la obligación
cuando a un mal fin su intento
se niega la execución.
Si es sola la honestidad
en la mujer el decoro,
que le da más calidad,
perdido aqueste thosoro
lo que queda es vanidad.
Demás, que si aventurara
aunque al Duque le entregara
(Tengo yo tan noble hermano
que su honra restaurara.
Y aunque llegara a entender
que pase a vasallalle
en razón de pretender,
no digo yo de agravialle
que esto no pudiera ser.
Porque tiene el fundamento
la torre de su valor
en muy profundo cimiento)
Sino engañarme, villano,
aunque para casamiento
sin que huvieran precedido
intercesiones muy graves
que le huvieran reducido
a permitillo, y saber
lo que huviera sucedido
Y no creas que por darte
causa en mí alguna pasión
ni que por venir a verte
he tomado esta ocasión
que será desvanecerte.
A lo que solo he venido
es a darte el parabién
del estado merecido
este, todo el cielo amén
tal como yo se lo pido.
Quisiera te responder,
pero ya Belisa viene,
y hay mucho que resolver
esas lágrimas disimules,
que mañana te iré a ver.
Entre Belisa, y Flora con la alfombra, en una mano una fuente, con una caxa, y en la otra un vidro de agua.
Sospecho que llego tarde.
Escusadme esta tardanza.
Aparte.
¡Ay, amiga, el cielo os guarde!
Poca ha sido; mi templanza
de celos el pecho se arde.
Perdonad, no fue en mi mano
los desmayos que me dan,
después que se fue mi hermano.
No me espanto; sudaréis,
que la cama no es en vano.
Cobrado havéis el color.
Comed de aquesta conserva.
quien de baja ha...
De grande favor,
quien los azares conserva,
encuentros sabrá mejor.
Sois un grande conserbero.
Siéntanse las dos en el es- trado, y Camilo en silla, como Leonora. Fabio y Clasila hablan apartes. Florela asiste a dar la conserva, y está mirando a Fabio y Clasila haciendo adema- nes de celos.
¡Cómo que a mis ojos pasa
esto! Que de celos no muero
fuego que a los dos abrase.
¡Y qué quieta paciencia!
Digo que no te ha tomado
la mano Otavio a Belisa.
¿Pues no te hagas pesado?
anda, persona odiosa.
¿No basta haberlo jurado?
¿No te tiene dentro en casa
y en nombre de su marido?
Pues tu ignorancia disfraza
si a eso te ha deducido.
Oye y sabrás lo que pasa.
Mas has de jurar primero
el secreto.
Jurarélo;
y a lo seguro.
A que lo espero.
¿Qué es que he de hacer?
Haz la cruz.
Alza el dedo Clasila asiéndole el dedo Fabio.
Vesla aquí; que eres grosero.
Mira que me lo has jurado.
Has de saber que los dos
tienen (quedito) tratado
¿De casarse?
No, por Dios.
Oye, escucha, has concertado
que la hacienda se divida
entre los dos por mitad,
quedando así repartida
cada cual en su libertad,
y por mujer al otro impedida,
el casarse a su elección.
¿Y hay de eso algún escribano
que dé cierta fiación?
Yo lo digo.
Fabio, hermano,
no es gran calificación.
¿Pero en fin?
Antes prisa
que será contar de hilo
y velluno;
Para algunos. Dese. en todo.
Pues bien.
Belisa
se ha de casar con Camilo.
¿Y Otavio?
Cosa es precisa
que se case con Leonora
porque de esto es conveniente.
¿Qué me dices?
Lo que agora
ha pasado entre los tres.
Cuéntaselo a mi señora,
y las albricias partamos.
¡No digo que no conviene!
¿Agora en aqueso estamos?
De ese valor entiende
el secreto que juramos.
Ansí olvidéme por Dios,
digo que yo callaré
por vida de ambos a dos.
El secreto en mujer fue
lo que en el catarro, tos.
Toda aquesta prevención
es para obligarla agora
a que de mi relación
dé de cuenta a su señora
en la primera ocasión.
Con lo cual se irá entablando
de mi nuevo engaño el fin.
¿No dirás que estás hablando
entre los dientes, Guarín?
Estaba considerando,
que si Leonora se casa
con Otavio (como dicen,
puesto que tu amor me abrasa)
que tú te cases conmigo
y se quede todo en casa.
No soy mía.
¿Cómo ansí?
Porque soy toda de Fabio.
Aparte.
Ansí, ansí, cuerpo de mí...
Con eso profano el labio,
perdona, si te ofendí.
Muy grande merced recibo,
cuanta os quedo por deudor
en grado superlativo,
cuanto más que encarecer
las obras jamás me esquivo.
Ya que a honrarla habéis venido,
no os vais sin ver mi casa.
La honra he yo recibido.
¡Qué tal miro! ¡Qué tal pasa!
Saco yo, en fin, mal nacido.
Entrad, y merced me hacéis,
que de algunas niñerías,
que tengo, participéis.
Yo acepto porque las mías
otra vez prestéis favorecéis.
Dadnos licencia señor.
A mí para acompañaros
me la dad.
Santo favor,
quedaos.
[Columna izquierda]
[Arriba]
35 / La Culebra de oro.
No quiero amparos.
Asidos por las manos los dos, dicen aparte.
De celos perdida estoy.
De celos me tienen perdida.
Veneno he bebido hoy.
Veneno fue mi comida,
de muerta quedo.
Muerta voy.
Entranse.
¿Qué dices, Fabio? ¿Qué hay esto?
En qué para el intento mío,
el negocio está bien puesto.
De tu industria me confío,
¿cuándo alcanzaremos?
Presto,
que Leonora a Otavio amaba,
y que yo no lo sabía.
¿Fabio, aquesta es cosa brava?
Sufre, que la traza mía
en este amor se apoyaba.
¿Tú no te quieres casar
con Belisa?
Aqueso es llano.
Pues si se ha de efetuar
es forzoso que tu germana
la mano a Otavio dé;
no pierdes reputación
en aqueste casamiento,
iguales en sangre son.
Y tú sabes lo que siento
de Otavio en esta ocasión.
Pues, ¿de qué sirvo en el mundo
si eso no tuviese efeto?
En ti mi remedio fundo.
En ser en ello te prometo
un Zoroastro segundo.
¿No quieres mucho a tu esposa?
no es muy grande tu prudencia.
En cuanto a reamar tal cosa,
quiero admitir competencia,
en cuanto a prudencia, es diosa.
Crece amor cada momento
en mi pecho de manera
que me persuade su aumento
que está en mí como en su esfera,
pues está en mí su alimento.
¿Sabes lo que se me ofrece
de ese tu amor verdadero?
Que al del dinero parece;
porque el amor del dinero
crece cuanto él mesmo crece.
Lo que más vengo a temer
en mi buena suerte, oh, Fabio,
es que, si aquesta mujer
se ofende de aqueste agravio,
me tiene de aborrecer.
Ya te he dicho que soy nacido.
Y esto, supuesto el temer
impertinente ha sido,
que un agravio vendrá a hacer
el agravio agradecido.
Vanse.
[Columna derecha]
[Arriba]
Para algunos. Dice. metro octavo.
27
Acto Tercero.
Salgan Leonora, y Clasila.
¿Eso me cuentas, Clasila?
Esto Guarín me contó.
Que sea verdad o no,
poco el pecho me desvela.
Anda, que tacharlo puedo,
que no sientas otra cosa.
Porque se halla con su esposa
con gusto infinito quedo.
Pues veo lo que de él causa
semejante desatino.
Lo mesmo yo imagino,
pero, en fin, ello dirá.
¡Oh! ¿Y no crees que vendría
a verte?
Que venga o no,
¿qué importará?
¿Qué sé yo?
¡Qué gentil hipocresía!
Bien sé que os enoja poco,
la todo se me alcanza;
sabe mi ciega confianza
que no es bien a fe de loco.
Mal se te mira en los ojos
el gusto que has recibido.
Calla, ya te he pedido
que dejes esos antojos,
¿quieres usar más enojos?
No me hables en tu vida
si de esto me tratas más.
¡Oh, qué rigurosa estás!
Esta feliz venida
Yo, celos, ¿por qué razón?
Nada a Otavio me ha llevado,
si en efecto se ha casado
cumplió con su obligación.
¿A qué puede aquí venir?
Ya da disculpas, si es tarde.
Señora, ansí Dios te guarde,
que no me has de persuadir
con tu disimulación
que te da desabrimiento
del trocado casamiento
el suceso, y disposición.
Pues, ¿a qué te has persuadido?
¿Qué fundamentos has hallado
en quien hayas apoyado
engaño tan conocido?
¿No advertiste en el imperio
con que en su casa mandaba?
Aquello, ¿no descifraba
todo abscondido misterio?
El que marido no fuera
(sin más indicios que eso)
nunca con tanto despejo
en casa ajena estuviera.
Todo lo noté, Clasila.
Casi voy a reducirme
En el margen superior izquierdo: La culebra de oro. En el derecho: Para algunos disimulando. 28
En el margen izquierdo, los siguientes dos versos aparecen tachados:
a que no has de presumirlo
dandos para su consuelo.
Quien bien ama, tarde olvida;
entre amantes no ay agravio;
necia será quien de Otavio,
señora, fíe su pena.
¡O, sola, y por la puerta
deve de entrar agora!
Entren Camilo con una carta en la mano, y Fabio con él.
Fabio, señora Leonora,
es de mis gozos el nuncio,
que ay muchos hombres con fee.
Y que en todas ocasiones
cumplen sus obligaciones,
como yo las cumpliré.
En el margen izquierdo: 22 / 11 C
¡Jesús, señor! ¿Vos aquí?
¿Quién os dio tanta licencia?
¿Qué dirá toda Florencia
de veros entrar así?
¡Triste de mí si entendiese
Belisa aquestas visitas!
Puesto que la solicito,
no es possible que me parta.
Reparos no os alteren,
que si al fin el cavallero
licencia bastante trae,
de la carta conoceréis.
¿Y de mi hermano?
Un pliego suyo he tenido.
¿En quién vino?
En un crïado
suyo.
Merced...
En serviros gano.
En el texto: Lee de- tachado.
De buena gana,
que a Dios que le desseo.
Con un brevete.
Dice: A Leonora, mi herma[na].
Haciendo una reverencia abre la carta y lee.
Los negocios a que vine
de suerte se an desatado,
que, aunque creí no estaré
dos meses, se han passado.
No se a ofrezido ocasión
(si muchas he desseado)
de escriviros; hasta agora,
que por hacerlo lo hago.
Hame dado para hacerlo
un propio el señor Otavio
que embío despachado,
dirigiéndome el despacho,
en el cual me comunica
un ventajoso contrato,
que por vuestro bien, y el mío,
estos días se a ajustado.
Ya tendréis larga noticia
d'el que comunicamos
sobre el amor de Belisa
vos, y yo los días passados.
Pues tenedla agora también,
de que todos los estorvos
que obstavan la gloria mía,
felizmente an cessado.
La causa no la ignoráis,
pues havéis sido el principio
por quien estas borrascas
hartos os he dicho, miradlo.
Mas dejando circunloquios,
quiero deciros más claro
que me manda que permita
le deis de esposo la mano.
Y que me la dé Belisa,
con tal prevención, y pacto,
que faltando a su unyón
en cualquiera de los quatro,
el que faltare a su trato,
quede la hazienda en daño.
Lo cual en mi nombre, y suyo,
con gusto tengo ajustado,
y estaré en essa ciudad
para el veynte y dos de Mayo,
en la noche; que ahora son
diez días, sirven de años.
Téngome de yr a apear,
que ansí me lo an ordenado,
a la casa de Belisa,
mi dulce esposa, y por tanto
conviene, que allí os halléis,
para que en solo un teatro
el santo Hymineo junte
de todos quatro las manos.
Mas llebad por advertencia
que importa mucho en el passo
no hablar a Belisa en ello;
el por qué sabréis de espacio.
Con nombre de visitante
podréis ir allá; y con tanto
Dios os guarde. De Palermo
fecha a doze de Mayo.
¿Qué decís?
Digo, señor,
que, su favor estimando,
estoy resuelta a seguir
lo que mandare mi hermano.
En el margen derecho: 12 C
Haciendo una reverencia se entra con Clasila.
¡O, y de essa suerte os vais!
A quien la vio melindreando,
¡qué importa que deje a uno,
y mire enojosa al otro!
Aguarde también, señor,
¿ya no le han dicho que Fabio
me fingí? ¿de qué le sirve?
Columna 1
La culebra de oro
¿Qué te parece?
Que va
divinamente guiado;
aquí estoy que entre mí mismo
de risa me hago pedazos.
Yo no alcanzo de entender
tanto donde caminamos.
¿Cómo habemos de salir
con aqueste nuevo engaño?
¿Cómo piensas reducir
a nuestro concierto a Otavio
estando de tan distintos,
y siendo tan breve el plazo
a que esta noche se cumplan
los diez días del término,
y parece mucha obra
la que de nuevo has cortado?
¿Hate salido hasta aquí
de todas cuantas entablo
alguna traza en vacío?
¿No las ves todas lograr?
Pues calla tú y ejecuta
cuanto te ordeno.
Yo callo,
mas vive Dios que el temor
no se me aparta de lado.
¡Bravo enredo si se logra!
Yo confío de lograrlo,
pues gran ventaja en nosotros
es ser señores del coso.
Columna 2
Por Dios que si fuera vivo
en aquellos siglos Plauto,
que te pagara a peso de oro
el enredo de este diablo.
¿Por qué si el de Amphitrión
se vendió con tanto aplauso,
el de este se puede ver
y sentir, si fuera claro
su suma ha de ser notable;
mas ¿qué falta?
Que nos vamos
luego, y venir a Belisa
primero que llegue el caso
en que le habemos de ver.
Pues de aquí allá ve trazando
otros enredos, que por Dios
que no lo tengo por fácil.
Salgan Otavio y Guarín.
Sin embargo que he probado
con muchos la intención mía,
que a tus expensas querría
dar salto en lo que ha pasado.
Ya los suyos se pusieron,
Marcial, Claudio y Antón,
que son los que testimonio
mejor de mi ausencia dieron.
Probada la cohartada
y aprobada su preñez
quedara de aquesta vez...
Columna 3
Para algunos discursos inter.
mi acción más justificada.
Ansí mi intento negocio
y a mi amor me restituyo,
pues a uncir el cuello al yugo
es con mi propio negocio.
Consecuencia es manifiesta
y el cual legato no asintió
el día que se arrojó
a una acción tan poco honesta.
Pues que no puedo ignorar
que un hombre de mi tamaño
nunca se abalanza a dar
tan de su loco entender.
En su paraje sea para
la probanza de esta,
lo que supieres;
Sí, sí,
nadie como yo lo sabe.
No digo yo lo que vi,
mas lo que no vi diré,
como noto que en la fe
de mi señor Jesucristo.
Del cielo acá, imagina
el otro, y ponle pintado,
como no quede obligado
a meter, ni chis, ni quina.
Sé que reprimir se en el mundo
quien diga lo que no vio.
Venga el escribano, que yo
embustiré a mi placer.
Pero aquí para inventar
Columna 4
quien a deshora sirva
que esta hacienda gozará
contigo mediante Dios.
Vaya la razón de hoy,
que digo que me ha de ser
esta dichosa mujer
aunque el Bártolo no soy.
De que no lo negaré.
¿Ya quieres que lo diga?
Dilo.
¿A Belisa hermana de Camilo?
¿Quién te lo dijo?
Acerté.
De aquellos siglos dorados
me quedó esta presumpción:
¿es ella?
Tienes razón.
¿Conociste mis cuidados?
A buena hora he tenido
de Belisa mi desgravio,
pues en el mismo espacio
la gloria que he conseguido.
Con hacienda, y calidad
el paso a mi intento allano;
escribir quiero a su hermano
en esta conformidad,
y sé que lo estimará,
pues ansí se excusará
la pasión que me fatiga
y suya. Subieron ya.
No pongo en duda su intento.
duda; mas si vengo al mío
totalmente desconfío,
porque es grande impedimento
casarse tú con Leonora,
pues Florela ha de quejar
ser del criado mujer
del dueño de su señora,
y es un vivo agravio
que es quien quiere bien a Florela
casarse con Clasila.
Guarda respeto de Otavio.
No me ponga yo en daño,
que primero otro rompió.
Todo lo dispondré yo.
Sí, sí, entra en el trato
si de mí te has de servir,
así tienes de trazarlo.
Ven, y darásme un consejo,
que al momento quiero ir
a presentarle, y dirás
tu dicho y deposición,
con lo cual la información
sumaria rematarás.
Porque esta noche pretendo
que baje el gobernador
a confirmarla.
Señor,
a Florela me encomiendo.
Vanse.
Salgan Camilo y Belisa.
En efeto, ¿se ha casado
Leonora?
Y en la elección
de esposo, su discreción
bastantemente ha probado.
Y aunque alguno abrase, ya
hace a la felicidad,
cuando no está en la ciudad
su hermano, desamparada
viendo, que es novio de igual
en hacienda y calidad.
Sus parientes el no aprueban
con gusto este casamiento,
no porque merecimiento
que hay en Leonora reprueban,
sino porque intento lleva
de casarle en otra parte,
y contradícenlo de arte,
que el padre por dineros hace
ha querido reducirle
al ejercicio de Marte.
A mí, que su amigo soy,
parte de todo me ha dado,
y como tal, obligado
a darles favor estoy;
y así concertamos hoy
para que esto tenga efeto
que se casen en secreto,
que una vez hecho, después
los saneará un juez
que trueque el padre el decreto.
Bien dirán pues con ocasión
de honrar mi desposorio
a donde es suyo notorio
darán sin contradición.
Y adquirida posesión
(mediante el santo Himeneo)
de su deseado empleo,
aunque el modo es clandestino,
no tendrán después camino
de impedirles su deseo.
Mucho de ese gusto, hombre,
las partes me exageráis;
solo faltó que digáis
¿si puede saberse el nombre?
Aunque el callarlo es asombro,
aun a una mujer dejar,
dada la ocasión lugar,
que ella os lo dirá en llegando.
Eso al negocio importando
cesaré de preguntar
y a Florela podré allanar.
Señor, un recaudo os do
suplicándote que a su
desposorio venga a honrar.
Vos no lo habéis de tratar
cosa de su casamiento
cuando venga; que sin tiento
ha de ser decir y hacer,
porque no lo ha de saber
aun el mismo pensamiento.
Prometo os que he recibido
del suceso mucho gusto.
Con que lo celebréis es justo,
y Camilo, como os pido
haced cuenta que al olvido
este secreto encargáis.
Callaré como mandáis,
no diré nada a Leonora.
Así conviene, señora,
que lo que os pido cumpláis.
Con esto a prevenir voy
algunos deudos y amigos
que vengan a ser testigos
del bien de que dueño soy.
Dentro de dos horas doy
la vuelta, haced vos, mi bien,
vengan los dos también,
y quedad a Dios, que es tarde.
Un siglo el cielo os me guarde.
Y a vos mil siglos, amén.
Vase.
¿A qué podré atribuir
el secreto de esta boda?
Mas mi pecho se acomoda
si verdades he de decir
a agasajar y admitir
en mi casa esta mujer,
que la dueña ha de ser
del sosiego de los dos,
si me da prudencia Dios
que sabe que es menester.
De la visita pasada
según su intento entendí
La culebra de oro.
su intento, y que notado
de entender el mío nada,
vi su pasión declarada
en cuidar de su agravio
diciéndome mal de Otavio,
porque la propia pasión
ciega siempre la razón
al sufrimiento más sabio.
Dejome por bueno el celo,
como mi esposo sabía
la correlación que había
de amor entre mí y Camilo.
Y aunque yo le quebré el hilo
de aquella conversación,
prosiguió con su intención
de forma que me enfadó;
y supuesto que tocó en
su agravio con discreción,
así que, habiendo enterado
de sus avisos el fin,
y que fueran solo a fin
de acordarme lo que ofendo
en mi honor, introduciendo
propósito tan cobarde
de dar a su inmoderable
término, el valor postrero,
porque ya a lo venidero
cuanto celoso intratable,
mas, pues agora se casa,
como me refiere Otavio,
y no procederá a mi agravio,
a sus celos pondrá tasa.
Venga en buen hora a mi...
cásese con quien pretenda,
que así mis celos suspenda;
quietaráse mi marido
de quien recelo he tenido
que por amarla me ofenda.
Vase.
Salgan Otavio, y un escribano, y Guarín; y aparte siguiéndoles, sin ser visto, Camilo.
Yo tengo en vos confianza,
y espero en todo buen fin.
Aquí presento a Guarín
por testigo en mi probanza.
Vuesa merced le examine
con toda puntualidad,
que en casos de gravedad,
si dudare, le encamine.
Bueno es práctico en efeto,
y en ocasión semejante,
un deponente ignorante
quiere escribano discreto.
Bien puede perder cuidado
vuesa merced, que en mi oficio
(sin ajeno perjuicio)
ninguno me la ha ganado.
Créolo; en resolüción,
vuesa merced me le haga,
y reciba (no por paga)
por agora este doblón,
que si con el pleito salgo
tendrá famosas albricias.
Si tengo tales primicias
de oro, valor hidalgo,
muy buenas me las prometo,
y rico me lo deseo
suceder; sin duda creo
que tendrá el oro efeto.
Voyme; examínele luego,
que importa la brevedad.
Vase.
Váyase; hermano, esperad
un instante solo, os ruego,
mientras signo una escriptura
que un dueño aguardando está.
Vase.
Pues entretanto será
razonable coyuntura
de ir aquí a una cierta ermita
donde tengo devoción
de rezar cierta oración
con que la sed se me quita.
Vase.
Famosa ocasión se ofrece
para la pretensión mía;
fortuna a toda porfía
a mi engaño favorece.
El lugar quiero ocupar
que Guarín desocupó,
porque en la probanza yo
por el pretexto del favor
será el embuste galano
si le llego a efetuar:
por Dios, que la ha de mamar
esta vez el escribano.
¡Con qué nombre o calidad
se viniere a averiguarse
ha de poder bautizarse
semejante falsedad!
¡Gente del escribanismo,
cuando la fe interpongáis,
os advierto que excluyáis
la ley, si es del exorcismo!
O lo que hace en el mundo,
si no lo remedia el Cielo.
Entre Camilo.
Que me he escondido, recelo,
en el centro del profundo.
Dos horas ha que no puedo
salir a Fabián y Florela,
aunque envista de ligereza
los ojos de Argos excedo.
¡Señor!
¡Fanio!
¡Qué hay de nuevo!
Dos horas que te ando
por esa ciudad buscando.
Yo diligencia apruebo,
pues que corre por mi cuenta
safarte con brevedad
Al margen izquierdo: 29 a P. D.
A puerto de claridad,
de borrasca y tormenta,
no me has de preguntar cosa,
sino date por ahí
entendido. Venir aquí
que será cosa forzosa.
A Guarín, fingiendo ser
Otavio, dirle que ya
su dueño no importa,
en tanto que confieres
tu pleito con un letrado
de entera satisfacción
y que la resolución
en este punto has tomado,
porque quieres en lugar
del pleito, siendo posible,
que en modo más convenible
os vengáis a conformar.
Llevarle has de aquí al punto
sin detenerle un momento.
El fin de tu pensamiento,
que me digas, te pregunto.
Eso no te importa agora,
el tiempo te lo dirá,
solo lo que importa ya
es que vayas de aquí a un' hora,
llevando a Guarín contigo
a los de Belisa, en nombre
mío.
¡Qué dudar que me asombre
en tu nombre!
No te digo
en el de Fabio, que en fin
sabe venir a la causa,
tal mudanza, de aguardar
siempre el nombre de Guarín.
Harás que aquí te hable
embozado, en el sombrero.
Ya casi penetrar quiero
tu intento en esta ocasión,
pero, ¿qué tengo de hacer
hablando a Belisa?
En todo
guardar con discreto modo
lo que tratamos ayer.
Vete, que allí estará tu hermano
Otavio.
Temblando voy.
Mientras yo contigo estoy
toda confusión es vana.
También al Gobernador
hallarás allí.
¿A qué efeto?
Agora ha de estar secreto,
allá lo sabrás mejor.
Solo te quiero advertir
hagas según la ocasión
se ofreciere, con acción
libre en hacer y en decir.
Vete por aquesta calle
por donde vendrá Guarín,
que lo que te dije en fin
que ahí tienes de encontralle.
Y déjame a mí aquí.
Vase.
Cielos, ¿en qué ha de parar esto?
Yo me voy.
Sí, vete presto,
que importa que se haga así.
Sale el Escribano.
Bien podéis venir que ya
desocupado he quedado.
Ya estaba bien enfadado,
si verdad a decir va,
que ha un' hora os aguardo aquí.
No pude desocuparme
primero, así perdonarme
podréis.
Ya lo estoy por mí.
Salgan Belisa, y Florela, y Leonora, y Clasila con mantos. Aderézanse cuatro sillas; siéntanse las dos, en las primeras.
33
Como lo que es de razón
este favor que me hacéis.
La fuerza de obligación
no quiero que exageréis
con esa demostración.
Pues cuando no interviniera
lo que sabéis que intereso,
y a mí de por sí me obligara
a que con mayor exceso
mayor fineza mostrara.
Está bien, sentémonos
y tratemos de otra cosa,
por vida de ambas a dos,
que venís como una Diosa,
¡bendigaos, Leonora, Dios!
No sé qué gracia os tenéis,
que de suerte sazonáis
cualquier gala que os ponéis,
que (aunque al descuido) le dais
toda la sal que queréis.
¡Oh cómo sois lisonjera!
Siempre dais en mi hermosura,
como si yo no supiera
lo que mi talle murmura
detrás de su vestidura.
Gracia tienen esos lizos.
Un poco el rostro acompañan.
Mas, ¿son advenedizos
algunos de los que os engañan?
¿Y cuáles son?
Los postizos.
¿Hay quien os teja quimera?
¡Infinitos!
No los nombres.
Es esto en tanta manera,
que por imitar los hombres
dan en traer cabellera.
¡Picante es algo el conceto!
Muchos tontos derribáis.
En el margen superior izquierdo: 55
En el margen superior central: La Culebra de oro
En el margen superior derecho: Para algunos Dice. Anno de [?]
Numeración en el margen superior derecho: 33
No fue mi intento, os prometo,
satirizar.
No mostráis
llaneza en el proceder.
En el margen izquierdo: al
No, a fe; no soy tan aguda
como vos me presumís.
Jamás os tuve por muda,
pero, como vos decís,
el tiempo todo lo muda.
Y lo es bueno que, en mi juicio,
creí que estabais cansada.
Aparte.
Muy fundados de ello indicios
en tal visita pasada
se echa con tanto artificio.
Hasta agora no lo estoy
mas estarélo, Leonora,
siendo servida de hoy.
Aparte.
Gocéos mil siglos, señora.
Asegurándome, voy.
Ya bastó, que me engañaron
viniendo al parabién,
creyendo que mi prisión
es su donaire su bien,
pues mis glorias mintieron.
Lógrese vuestro deseo,
del modo que le aguardáis.
Las mercedes que os deseo,
y con el oro tengáis
muy felicísimo empleo.
Parece que pedí clara,
sin duda, es mi suerte incierta
que aun de verla en la cara.
De un celo el corazón la aprieta
de sus pasiones. Llorará
y del suceso enojará
por cierto su despropósito,
pues le hace el disimulo
de su rústico, ya notorio.
¿Qué hay que fiar de mujer?
Ayer a Otavio adoraba
y hoy con otro se consuela.
Pensando Belisa estaba
cuán ligero el tiempo vuela,
lo que ayer huyó, y afana.
Eso imaginabais.
Basta que ese pensamiento
con el mío se encontró.
¡Es posible! ¿Pues qué intento
a privarlo os obligó?
Algún oculto furor
estos efectos despide
por secreto superior.
Licencia para entrar pide
el señor Gobernador.
Que entre, su merced le dé.
Levántense, y entre el Gobernador, y Escribano y Alguaciles, y acompañamiento, danle la silla, asiéntanse, y los demás.
Juzgaréis, amada Belisa,
si es justo reírlo ansí.
Da, Florela, una silla.
Sosegaos, ya estoy aquí.
Porque al mal caso vengo
con aquesta prevención.
Aunque a novedad lo tengo,
considero la ocasión
y las gracias os prevengo.
Mil años mi favedor sois,
porque todo honor le guarde
que cuando ansí le pagáis
bien a mi difunto padre
a que las honras debáis.
Yo me comienzo a alentar
con un favor tan notorio,
viniendo a considerar
que hoy en mi desposorio
ocuparéis su lugar.
A Otavio le supliqué
esto mesmo os suplicase,
y el cuerdo, acertado fue,
pues no es justo que me case
sin que la obediencia os dé.
En secreto los dos; y Leonora con Clasila.
¿Es Otavio vuestro esposo?
¿Pues eso ignoráis, señor?
Sabiendo que lo es forzoso,
no solo por su valor
en esta ciudad famoso,
sino por el testamento
de Filiberto mi tío,
que pone este aditamento:
Calisto, el deudo mío,
para aqueste casamiento.
Llega más a ella.
¿Y está en efeto tratado,
aquí para entre los dos,
el casamiento?
Asentado
está, pues mediante Dios
hoy quedará efetuado.
¿Cuánto habrá que a Otavio vistes?
Un hora habrá que salió
de casa.
¿Conocistes
su intento?
Sospecho yo
que sí.
Pues no le entendistes.
¿Hay alguna novedad?
Mas sola quisiera hablaros,
vuestra silla más llegad.
¡Cómo!
Habéis de reportaros.
¡Válgame Dios!
Escuchad.
Prosiguen en secreto.
Aparece un 34 en la esquina superior derecha del segundo folio, indicando la paginación original.
Clasila, yo estoy vencida;
esta es traición disfrazada.
En el margen izquierdo aparece: q d.
Repórtate por tu vida,
aguarda el fin.
No me agrada
visita tan prevenida.
¿Qué infieres?
No sé qué infiera.
Mi desdicha me persigue,
que si yo discreta fuera
hartas voces me dio el miedo,
y no entendí lo que quisiera.
¿Qué temes?
Temo, ¡ay, cautela!
alguna traición de Otavio.
¿En qué fundas su cautela?
¿Hale hecho algún agravio?
No, pero el alma recela.
Prosiguen en secreto.
A tal estáis persuadido,
ese es engaño notorio,
Otavio es ya mi marido,
ya honrarme ha dispuesto,
solamente habéis venido.
Vase un alguacil.
Muy diferente es su intento,
según he dado a entender,
y así es esto lo que siento,
y cuán fuera ha de haber
con vos este casamiento;
y porque creáis de mí
que no trato vuestro agravio,
guía en un instante, y di
que yo le suplico a Otavio
que venga al momento aquí.
Con esta satisfacción
satisfechos quedaremos,
y si es otra su intención,
para tan graves extremos
no habrá tenido razón.
Yo, señor, os advierto,
hagáis esta diligencia.
Veremos qué va haciendo.
Si lo pido, es inocencia,
de quien el castigo os pido.
Yo, señor, soy ya su esposa
y tiene mi prenda suya.
Y si pretende otra cosa,
que mi honor no restituya,
será cosa muy forzosa...
Entran Otavio y Fanio en lugar de Guarín, le van fingiendo dándole la silla, de suerte que las damas quedan en medio: Belisa al lado del Gobernador, y Leonora al de Otavio, y Fanio se va a Florela.
Dice entre sí.
De otra parte un recato
es favor de recibir
para algunos.
Por el cual me habéis mandado,
señor, que os venga a servir.
A buen tiempo habéis llegado.
Tomá silla.
Así estoy bien.
Tomalda y llegaos a mí,
que conviene así también.
¡Ay, Dios! ¿Qué sé lo que es?
Los cielos favor me den.
Mira con atención a Otavio.
La duda está manifiesta;
que ahora la verdad aprieta:
así es él un salteador,
y su criado es aquél,
¡qué bueno ponen mi honor!,
mas yo lo traje por él.
Suplícoos que oigáis, señor.
En la intervención de Leonora aparecen tachadas las siguientes líneas: "Otavio verdad me dice / a su turbación dispuesta".
A un lado hablando en secreto el Gobernador, y Otavio, y Leonora y Clasila; y agora vuelve el Gobernador a Belisa, y quedan Otavio y Leonora en secreto.
Este embustero que veis
llegar a daros suplicio,
no es, como pensáis, Otavio.
¿Qué me decís?
Lo que oís.
Es, señor, que este embustero,
con diabólicos principios,
tiraniza, con sus formas,
la honra a los maridos.
Él, y otro fingido juez,
que tan propios habéis visto
que Otavio y Guarín parecen
y no lo son.
¡De vos me admiro!
¿Eso tengo de creer?
Por buen extraño camino
prevenís vuestra defensa;
perdonad si ansí lo digo.
Pues para que os admiréis
de veras, quiero deciros
lo que en el caso pasa.
¡Gracioso caso! Decildo.
En secreto los dos.
¡Pluguiera a Dios que alcance
muy dichoso y breve fin,
en merecer esa mano
de quien siempre me desvío!
Lo que puedo aseguraros
es que el principal designio
que llevo en aqueste paso
atiende solo a serviros.
Quiera Dios que con él salga,
que si salgo, os aseguro
que sabiendo yo a venir,
huyo a unos pies divinos.
¿No fuistes hoy a mi casa?
¿Yo, a hora sana?
Dale la carta.
Testigos
fueron Guarín y Florela,
sino, valo a preguntarlos.
¿Qué de Palermo, Camilo
me envió? ¿No me dijisteis,
que en un pliego os vino?
¿Yo os di carta?
Aquesta misma.
Léela.
Estoy sin sentido.
¿Es de Camilo, es falsía?
Yo confieso que es lo mismo.
Comienza a leer la carta. Con ademanes de admiración; y en todo el tiempo desde que entró Fabián ha de aver andado con Florela y ella siguiéndole y sacándole la cruz.
Cata la cruz, abrenuncio,
cata la cruz, enemiga.
No te dio mi listón.
Oye, espera.
¡Jesucristo!
No me tires del gaván,
basta una vez.
¡O, qué lindo!
¿Soy diablo, que me hacéis con
tan fiero y parecido?
O me muestra mi listón,
o cata la cruz.
Quedito.
¿Piensas que no tengo yo
todos mis cinco sentidos juntos?
Pues, ¡vive Dios!, en burla o
de veras,
que al parecer has de venir
al señor Governador,
tengo por Dios de decirlo.
Mira, Florela, que soy
Guarín.
¿Qué es del listón mío?
¡Qué listón!
Cata la cruz,
o me le muestra, o te digo...
A un suceso extraordinario
me ha dejado persuadido
aquesta carta, señora.
Yo solo puedo deciros,
que no fui quien os la dio;
se queme Dios. Lo que digo
es, que fabricó, y labró
esto, un ingenio de un vivo,
y diole su perfeción
después el señor Camilo
con esta carta, que, a ventura,
una, y mil veces bendigo;
y me confiesso dichoso
pues salistes al camino
de mi misma perdición
por un tan diestro estilo.
¿Esto me podréis negar?
Niego el modo; mas confirmo,
siendo possible, el efeto
de lo que esta carta ha escrito.
Pasado de aquesta suerte.
Admirado y suspenso
me dejan estas razones.
Verdades las que publico
para aquesta disensión.
Con la vanda prevenimos
el caso; y en los dos veis
se anida mi confusión.
Entre Camilo con mucho sosiego, con la banda al cuello, y Guarín con el listón en el sombrero, y llegue Florela a él.
El señor Governador
a honrar mi boda ha venido,
esta es merced singular...
Levántanse todos alborotados, mirándose unos a otros con admiración.
¿Cielos, qué es esto que miro?
Este, señor, es mi dueño,
y a quien falsedad le hizo
de la vanda; haced justicia
como la pide el delito.
¿Pues esto qué estoy mirando?
¿A quién veo, es mi rostro mismo?
¿O es otro Otavio el que miro?
Triste de mí, ¿qué es aquesto?
¿No es otro Otavio el que miro?
Este sí que es mi Guarín.
A este tiempo Fabián ha de aver quitado a Guarín el listón, y púsoselo a su sombrero, sin que Guarín lo sienta, y entra; y Florela confusa creyendo que es Guarín.
Este sí que es mi Guarín,
el listón he conocido.
A Camilo.
Señor, señor, vengue a aquel
aquel otro yo que soy;
y pues cómo de la verdad,
por más que adelgaze el hilo,
no quiebra. (Acércaseme ahora).
[Arriba: 28 (tachado). La Culebra de oro]
Digo que ya te he exhibido.
Señalando a Otavio y a Guarín.
Prended estos embusteros,
que en tan grave perjuicio
de la República, usan
tan diabólicos hechizos.
¿Qué me oís, señor?
Al punto
vayan, que si justifico
lo que del caso sospecho,
os he de hacer quemar vivos.
¿Cómo? ¿Cómo? ¡Vive Dios,
que es el negocio muy lindo!
¿En qué pecado, elefante,
a los dos nos han cogido?
¿Ves, Clasila, mi engaño?
¿Has lo por tus ojos visto?
¿Quién me trajo a aquista casa?
¿Qué puede ser el suceso?
Que favor de Falerina
en aquesta Salamina
si viene a parar en bien,
será el suceso escogido.
Y dánselas manos.
Vos, señor Otavio, dad
la mano a Belisa, y siglos
eternos os guarde el cielo;
a Camilo.
Señor, que advirtáis os pido
con más acuerdo y consejo
engaño tan exquisito.
Mirad que yo soy Otavio
en Florencia, y lo nota
por noble infamia, y causa;
y si por cortos indicios
os dejáis llevar ansí,
tendrá de ello el Duque aviso,
y responder a mi causa
ante quien de aquí intimo
la apelación de agraviado.
Lo mesmo protesto yo.
Ya no tratáis ansimesmo
un pleito, en que has presumido
ser al dote de Belisa
el sucesor más legítimo,
por decir que de su parte
del deudo a lo convenido
contra el expreso tenor
del legado de su tío?
Yo en eso que fundo ya
mi justicia...
Convenido
quedáis con tu confesión,
no obstantes tantos indicios.
(si es Otavio el que le trujo)
Señor, con vuestra licencia
quiero leer un testigo
de la probanza de Otavio,
que de su deposición
un grave caso inferido
tengo.
[Arriba: Para algunos. Disc. introd. 36]
Leed, Secretario.
¡Válganme los sentidos!
¿Quién depone?
Un su criado.
Proseguid, pues.
Leyendo.
El cual dice:
¿Cómo se llama?
Guarín.
¿A qué tono dice eso?
Que tiene larga noticia
de todo lo susodicho,
porque a tres meses que Otavio,
fue a Roma, en cuyo servicio;
le acompañó hasta volver,
por ir siempre en su servicio
sin perderle de su vista,
y a que sabe de principio
y después que está en Florencia
afirma aqueste testigo.
Todo cuanto el litigante
articula en sus escritos.
Y de más de lo que sabe,
por habérselo así dicho
un cierto Fabio, criado,
que dijo ser de Camilo,
que desde que Otavio falta,
el Camilo susodicho
ha gozado a Belisa.
Ansí de ser su marido
y que de él está preñada
y lo sabe este testigo,
por ser público y notorio,
como por saber lo dicho.
Miente como un truhano.
Y, sin embargo que es fuerza
decir verdades, que yo
no he dicho lo que ha leído.
Yo soy muy hombre de bien,
trato verdad, aunque sirvo
(que no es pequeña virtud
tratarla, los que servimos).
Echad ese hombre de ahí.
¿Que me echéis? Le suplico,
mírelo que miente, ¡pese a...!
Abreviad de presto, y dilo.
Al Gobernador.
Busca el listón, que no le halla en su ropa Guarín, y dice:
La verdad es que en su probanza
Otavio, mi señor, quiso
que, entre otros dos, que había
diese también el mío.
Pero echando yo la cuenta,
desde esta mañana me dijo
que ya no era de importancia,
porque estaban convenidos
de casarse con Belisa,
mi señora, y nos venimos
derechos a aquesta casa.
Esto pasa, y esto he visto.
Y por más señas, me dio
este listón: mas, ¿qué digo?
Después que entré en esta sala
se me asemeja a [tachado]
Qué dis?
Mas vive Dios que este ha
de ser o yo, del laberinto
de Dédalo en espesura
ya se me apura el juicio.
Sombra, yo te desharé.
Mirando a Otavio y Camilo.
A Camilo, Otavio, y Guarín, y Fabián.
Que no sé, por Dios; ya he perdido
la cuenta: cuál de los dos
me trujo agora consejo.
A que estarían con un engaño,
por los sucesos el término.
Guardas, en prisiones prended,
que es negocio preciso;
alcaides, mirad prisiones,
llévaldos.
Si es que nos han de llevar
vaya el otro ya conmigo,
que a mi mitad me atrevo
obligado a los peligros:
participe pues a tal,
de lo que yo participo.
Señor, reparad primero.
Llévaldos.
Saque un papel que lleve doblado en la pretina, y rómpale, y después mírense todos unos a otros con admiración, y saque otro de dentro y póngasele donde quitó el otro.
Ya el tiempo vino
de que el de la culebra de oro
salga de la su bivienda.
Este papel en que están
caracteres, y sigilos
diversos, quedando roto
cesará aqueste artificio;
con los que ver esto puedan
a conformidad, obren
en la causa del agravio
por ser vano este hechizo.
Santo Dios, qué es lo que veo!
Vos no sois, señor Camilo?
Él y yo somos los mismos.
Cómo es esto, hay nuevo engaño?
Sí, mas dadme atentos oídos,
que disculpa es el amor
de semejantes delitos.
Notorio ha sido en Florencia
cuán largo tiempo he servido
a mi señora Belisa,
con tantos desvelamientos.
También lo es el testamento
en que la dejó su tío
por su heredera, impidiendo
los yugos, y más designios.
A el casarse con Otavio
fue violenta, y así quiso
quitarle el oprobio
por tan estraño camino.
Atrevido acometí
el hecho más peregrino
de que contarán las historias
en los venideros siglos.
El modo que en ello tuve
juzgo será colegido
deste suceso presente,
por lo cual no le repito.
De la ofensa y la inmodestia,
de aquel atrevido motivo
en un negocio tan arduo,
como miráis, me he valido.
Confieso de que he ofendido
a mi señor Otavio, os pido
perdón, pues Vos me lo quitastes;
si miramos los principios,
no puede dejar de ser
lo que ya una ley escrita.
Si de mí queréis venganza,
aquí me tenéis rendido.
Antes quedo desagraviado;
a mi señora Belisa
alegre y agradecido,
pues me ha dado el bien mayor,
que un alma gozar ha podido.
Vos me distes a Leonora
por esta causa y motivo,
traza en fin de su juicio.
Todo cuanto se contiene
en vuestro favor, Camilo,
con licencia de Belisa,
yo desde luego confirmo.
Lo que el maese aprobó,
que al Duque he ofrecido,
no os pese el ser su marido,
que esta es mi sobrina,
si no os dais por servidos.
Que aunque la novedad estimo,
no dejo en fe de mi honor
que será mi fin dichoso,
sino vuestro verdadero amor;
desde luego me publico
agradecida a ese intento.
Esa merced reconozco,
y a vos, señor, os pedimos
confirméis aquestas bodas,
siendo en todo nuestro asilo.
Aunque el modo ha sido estraño,
porque con esto evito
muy grandes desastres
y escándalos muy prolijos,
cuanto a mí me toca apruebo
estas bodas. Y devajo
de que el Duque las apruebe,
tenga muy próspero fin
La Culebra de oro, y pido
perdón de nuestros delitos.
A la Culebra de oro.
que con ellas cesarán
ya los bandos antiguos
que a costa de quietudes
tantas su valor invicto.
Mas también le pediré
vaya al Pontífice pío
contra la nigromancia
censuras, pues caso indino
que la piedad cristiana
permita aquellos ministros
del demonio, y ocasionen
casos de tanto peligro.
Todos los pies os besamos
por favor tan conocido.
Dadle la mano, Leonora,
al señor Otavio, os
lo pido.
Que pones con esto fin,
y a mi dicha solemnizo.
Y yo, como Camilo, os doy
la mano.
Y yo la recibo
como de mi propio dueño,
que ya con casarme animo
con vos, a más de quedar nosotros
entre mil placeres vivos.
[Ot. Olvido... (tachado)]
Olvidado he mi natural,
no tengo de ser Guarín.
Florela, es tuya.
Puesto por Dios,
pues no adviertes así,
que un matrimonio hoy
que si no hay con qué pasarlo
llegue al remate al fin.
Pues culebra de oro, fuiste
instrumento de mi bien,
pues a tal gusto has traído
mis esperanzas, tomando
principio, yo te ofrezco
mi anillo serás de hoy
más que de oro, de cristal frío.
Bien mereces el festejo,
pero aparte te suplico
me concedas a Clasila.
Lo que es tuya, me has pedido.
Sus pies beso, a quien sirvo.
El gusto con que he obrado
por medios de mis enredos.
Al agrado agradecido.
Esta, Padre mío, (dije) es la comedia que no tiene idea brillante de las que hoy corren en los Teatros de España: Tiene el lenguaje que se usaba y practicaba en el tiempo que se escribió, que según su data es de más de doscientos años de antigüedad. Para algunos. Disc. introd. A mí (replicó el Cura) si hemos de estar a la sentencia de los Definidores de la comedia, realmente no se le debe más del común lenguaje, que se pronuncie ciudadano. De donde pienso, que no con acierto la han subido al coturno, no debiéndosele más de la llaneza pedida. Lo que puedo decir (dijo Acrisio) es que a mí no me ha disonado el lenguaje, considerando el decoro de las personas introducidas. Y ya que he leído algunas de las comedias modernas, que entre el estruendo, y bizarría de voces, y el concepto se halla de poca consonancia; y aunque confieso, que tal lenguaje lisonjea el oído; saca el entendimiento, poco que admirar del alma de las sentencias; Por eso (dijo el Cura) le alabo siempre bien con las de Lope de Vega, porque él solo fue el que supo dar el punto a esta poesía. Y (Acrisio) La traza, y conexión de ella me ha contentado mucho, sino tendrá el crítico que se quejar de la imitación de sus Anfitriones, que vos le habéis hecho (a todo mi enten- der) sazonadamente. Y estas transformaciones, y confusio- nes por ellas ocasionados están bien advertidas. La verdad es (dije yo) que aunque hice esta imitación, fue más por seguir a Plauto, que por que haya dado entero crédito a estas Mágicas operaciones, en que parece hay tanta contradi- cción, a la Razón natural. Y aunque he visto algo acerca de estas materias, querría me tratase, con más particu- lar, y de más cerca con voz viva, pues se me ofrece tan oportuna ocasión; y mi comedia da motivo para discursar un rato sobre materia de mí tan deseada: por lo cual os suplico os sirváis de sacarme de las dudas que en esta parte se me ofrecen. Ya hoy (dijo el Cura) es tarde, dejamos para otra se- sión esta materia, que pide más espacio. Pondréis vuestras du- das, y conforme a ellas, será la satisfacción. En esto llegó el Ama, nos avisó era hora de comer, con que por entonces finió nuestra conversación.