帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El sol de Italia en Hungría (tercera parte). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-sol-de-italia-en-hungria-tercera-parte.
71
El Sol de Italia en Hungría. Tercera parte.
Comedia famosa de don Rodrigo Pacheco.
San Juan de Capistrano. Tito Dorado. El Gran Turco. Selín Turco. Un soldado turco.
Al muy reverendo padre fray Miguel de Quesada, del orden de San Francisco, padre perpetuo y vicario provincial de la provincia de Granada.
Habiendo pasado vuestra paternidad muy reverenda los ojos por esta vida, queda canonizada en escrito, para que lenguas detrayentes no la censuren, con que se halle libre de émulos mi obra, a quien solo sin tal amparo morder pudiera; seguro puede vuestra paternidad muy reverenda admitir mi humilde ofrenda, aunque no humilde por el sujeto, que por lo noble solar tiene conocido, y por lo virtuoso es Sol de Italia en Hungría; la seguridad ofrecida la verá vuestra paternidad muy reverenda experimentada en los favores que el divino Juan solicitará a vuestra paternidad muy reverenda con Dios nuestro señor, que le guarde como este su menor aficionado le desea, etcétera. Granada, 29 de octubre de 1640.
Su menor hijo y aficionado, don Rodrigo Pacheco.
A2 El Sol de Italia en Hungría Comedia famosa del Maestro Pacheco Tercera parte Jornada primera Personas de ella San Juan de Capistrano Tito Dorado El Gran Turco Selín Turco Un soldado turco Laura, dama Porcia, dama Un barquero El emperador Celio, galán Tiberio, galán El duque de Austria
Salen Celio, y Tiberio.
¿Vos en Praga, Celio amigo?
Rodando vengo por Dios
el mundo, para que vos
me sirváis de algún abrigo.
Mi vida, y lo que poseo
todo es vuestro, disponed
que en ello me haréis merced.
Sois amigo, bien lo creo.
Después que en Perosa vistes
el funesto casamiento
que celebré tan contento,
si bien, con presagios tristes,
porque dejando de ser
en Brusa vil forajido,
enamorado y perdido
de Antonia, que fue mujer
de este santo Capistrano
que hoy al mundo tanto asombra,
y a quien admirado nombra
con razón, Ángel humano.
Luego a cabo de dos meses
de fiera lepra enfermó
y a poco tiempo murió.
Son de fortuna reveses.
Cuando este santo se fue
a meter fraile, le dijo
que si casaba, prolijo
mal tendría, y así fue,
y como por el desdén
que él le hizo, procuró
casarse, y llegué yo
que siempre le quise bien,
y a nuestro Rey le pedí
en premio de haberle dado
el castillo, que cercado
tuvo sitiado allí,
y obligado del servicio
que yo le hice, lo dispuso
de suerte, que nos compuso
sin más traza ni artificio
que mandar al padre hiciese
este casamiento luego,
con que mitigando el fuego
quietud a mi vida diese,
caseme, y ¿qué contento
si no fuera la desdicha
de la lepra?
Antes fue dicha,
no quiero, no casamiento.
A Florencia fui, de allí
a Nápoles me embarqué,
adonde la dicha hallé
que en el pasaje perdí.
Vaya pues, Celio, de cuento.
¿Desdichas quieres que cuente?
Siempre fuiste impertinente.
Oye, amigo.
Escucho atento.
Llegando a Florencia pues
congojado, y siempre triste,
a la gran Nápoles bella
determiné de partirme,
traté luego mi pasaje
pagué el flete, y fue felice,
el
El sol de Italia en Hungría. Tercera parte.
De don Rodrigo Pacheco.
el concierto, porque halle
todo a mi gusto factible,
el nauta, viendo que es tiempo
luego embarca su posible,
porque el mar convida a leche
y así le acepta el convite;
embarqueme, si afligido
dígalo el alma, que afligen
memorias de un bien que tuve
que es ya cadáver horrible.
Las galas cogidas velas,
y sin que naufragios mire,
sobre maroma inconstante
hace tablas volatines,
deja del regado puerto
las riberas apacibles,
abrigo de avaras conchas,
freno de cristales libres,
engólfase en alta mar,
nadie su carrera impide,
las ondas, su peso sufren,
los vientos sus velas hinchen,
pero como mar, y vientos
en lomas que ofrecen fingen,
y encarga de la inconstancia
corto tiempo, ¿cuarto alquilen?
los vientos la nave acechan,
haciendo que el mar sufrible
que manso lamió sus tablas,
loco sus bordes salpique;
promete bonanza, y miente
la mar, cristalina esfinge,
pero palabras de vidrio
¿cuándo permanecen firmes?
Gruñen, y riñen los vientos
con la mar, porque permite
que siendo plaza de espejos,
potros de leño la pisen,
júntanse los vientos todos,
y sin que alguno replique
sale de su loco acuerdo
que nave, y hombres peligren;
al fulminar la sentencia
que la nave se aniquile,
papel le dan las espumas,
y allí la sentencia escriben,
y vueltos al galeón
que el mar arrogante mide,
enójanse, braman, saltan,
y así su armazón maldicen,
apela la nave al cielo,
y el cielo no quiere oírle,
cierra sus puertas con nubes,
y un rayo, rayo despide
que entrándole por la popa,
mi señor el cielo dice,
que a la sentencia del mar
tu flaca armazón animes,
que agua tragues, viento sufras,
y mueras, y no imagines
que por ser nave tan grande,
no ha de haber quien te castigue,
rásganse las blancas lonas,
que es ya precepto infalible
que velas que emprenan vientos
paran en infortunios tristes,
obliga el viento a las velas
que el vano penacho humille,
que son velas, soplo el viento,
y soplos, velas derriten,
los árboles como cañas,
cimbran los vientos horribles,
que árboles que riegan olas
tragedias por fruto rinden,
los gallardetes destroza
que en lo superior asisten,
que el viento no es ley humana
que solo a humildes aflige,
hacen los vientos al casco,
que su tablazón tirite
con la cuartana de muerte,
que los costados enviste,
a verla la gente sube
que ya sepulcro apercibe
y el mar, con mano de plata
toca a las tablas ruines,
y a dos golpes que da en ellas
le ofrecen portillo libre,
que a golpes dados con plata
qué bronce dejó de abrirse,
pierde el piloto el gobierno
aunque más su aguja mire,
aguja, con que la muerte
pespunta trágicos fines,
hace
hace la fiera tormenta
que el diestro nadar se anime,
que el justo seguro muera,
que el malo, males aplique,
hace que enturbiadas venas
la ardiente sangre se enfríe,
que los pechos voces suelten,
que los ojos llanto estilen,
da la postrer boqueada,
vase el roto casco a pique,
goza el mar su rica hacienda,
que entre espuma, y agua mide,
que es permisión de los cielos
que la nave rica, y libre,
que vivió, rompiendo vidrios,
rota entre vidrios espire,
busca un ricazo nadando
tabla humilde en que salvarse,
que si no es cuando aprovechan
no hay quien se acuerde de humildes,
envidia a un grumete pobre
que hace de una tabla esquife
que no hay rico tan dichoso
que en algo al pobre no envidie,
olas amontona el mar
que con el ricazo lidien,
haciendo que espumas crespas,
con vino amargo le brinden,
pasa dos tragos por fuerza,
viendo el mísero hundirse
los turbados brazos cruza
porque las olas desvíen,
otro que mujer llevaba,
con quien el alma divide,
viendo con manto de hielo
el rostro bello cubrirse,
dice, aquí vecina muerte,
si a degollar te atreviste
mujer, que mi vida fue,
¿qué quieres verdugo dime?
en otro infeliz nadante
el agudo acero tiñe,
que no hay tan dura sentencia
que a dar dos vidas obligue,
con los mortales aprietos,
con las bascas insufribles,
de las alteradas ondas,
algunos quieren asirse,
otro espera braceando
de las olas deshacerse,
pero cansados los brazos
fue su remedio imposible;
de entre tantos que perecen
quise triste escabullirme,
que a pequeña tabla asido
busco playa, y tierra firme,
la mar al pasar me escupe
espumas que me rocíen,
que como náufrago pobre
hasta el mar quiere escupirme;
diviso vecina playa
con ojos entonces linces,
que cuando bien se desea
vista aguda se apercibe,
llego a la playa serena
donde entre mariscos viles,
viendo locuras del mar
las arenillas se ríen,
la tierra que piso, beso,
el alma a su Dios bendice
por sacarle a puerto donde
salve vida, y plantas fije,
cerca de Nápoles di
cuya playa me recibe
desnudo, pobre, y mojado
temblando, lloroso, y triste,
caminé la tierra adentro,
y no sé si fue felice
mi camino, al tiempo dejo
los buenos, o malos fines;
en una quinta me entré,
y fue fácil admitirme
por el suceso pasado,
que en mi dichoso se imprime,
dichoso digo, pues fue,
un sol de mi vista lince,
aquí encontré mis trabajos,
doliose de ellos, y al irse
me dijo, aguárdate un poco
que para hablarte, apercibe
el alma nuevos deseos,
el corazón nuevos timbres,
fuese el sol, quedé temblando,
faltaron rayos visibles
de aquellos que por dos soles
que en su rostro hermoso vide,
aun
El sol de Italia en Hungría 3.ª p.te
De Don Rodrigo Pacheco
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a un hora salió mostrando
haber pasado el eclipse,
volviendo con nuevos rayos
a abrazar el pecho simple,
diome galas, y vestidos,
y en su presencia, vestime,
luego abriendo el coral puro
de sus labios, tierna dice:
A mi amor importa, Celio,
que aplaque el fuego que vive
en ti ya, con tu presencia,
pues no puede resistirse,
que luego de aquí me saques
donde estoy cautiva, libre,
del poder de un vil tirano
que aquí me tiene, y persigue,
tuya seré si me amparas
pues contigo pienso irme
adonde contenta viva,
y mi amor se multiplique;
y resuelto yo, como amor
en pecho noble no finge,
le di palabra de amarle,
de adorarle, y de servirle,
en dos caballos ligeros,
en ligereza invisibles,
Laura, y yo, que este es el nombre
de mi adorado imposible,
en hábito de varón
por más secreto, vistile,
y en Praga, cual ves, estamos,
que ahora ya nos recibe,
esta, Tiberio, es mi historia,
de mis grandezas, el timbre,
de mi amor la hazaña noble,
de que espero el fin felice.
En extremo me ha alegrado
Celio amigo vuestra historia,
si alcanzáis del mar victoria
saliendo con vida a nado,
del mar de amor podrá ser
que también vos la tengáis,
y adónde, decid, pensáis
el camino vuestro hacer?
Como en Hungría se junta
lo más de la cristiandad,
hacia allá, con mi deidad
he pensado hacer la punta,
porque el Turco se apercibe
a venir contra Belgrado.
Seréis vos un gran soldado
si el general os recibe.
¿Qué es recibir? Por Dios vivo
que haré yo que me reciban.
A mí, deseos me avivan
a pasar, pero cautivo
me veo también, cual vos,
de una hermosura tirana,
bella, como cortesana.
Acabad, vamos los dos.
Sale Laura, dama, vestida de hombre.
¿Es tiempo ya de venir
a la posada?
Ya es hora.
Vamos, pues.
Parad ahora
un rato.
¿Aquesto es vivir?
pues estamos sin comer
desde ayer a mediodía.
A Tiberio hablad, luz mía,
que camarada ha de ser
en esta nuestra jornada.
Aquí, señor, me tenéis
a vuestro servicio.
Haréis
como quien sois.
Camarada,
adiós.
A un imposible
voy a rendir.
Dios os guarde.
¿Bien mío?
No tan cobarde.
El amor es insufrible.
Vanse. Salen El Gran Turco y Selín Turco.
¿Qué te ha dicho de mi gusto
el bajá de Alejandría?
Que se mueva la Turquía
en contra el cristiano, es justo,
pues teniendo paz con él
le movió tan cruda guerra,
entrándose por la tierra.
Es un rey cristiano infiel.
En Babilonia dejé
cien mil hombres de a caballo,
que
que ya caminan, con que hallo
¿Qué dices?
Señor, que hallo
que tienes gente sobrada
para conquistar el mundo.
El húngaro es sin segundo,
por la lanza, y por la espada,
y así será menester
que no falte y sobre gente
robusta, fuerte, y valiente
de gran brío, y nuevo ser.
Sale un soldado turco.
Un embajador llegó
del gran duque moscovita.
Este como bestia habita
donde pienso llegar yo,
vamos, Selín, y veré
lo que quiere el duque ahora.
Alá, tu suerte mejora.
Es que tengo en él gran fe.
Vanse. Salen Tiberio, y Porcia, dama.
Ya sabes, Porcia querida,
lo que el alma se desvela
en estar toda escondida
dentro en ti, tú la consuela
pues eres de ella la vida;
ámote tan tiernamente
como lo sabes, si siente
tu nieve tanto calor,
porque es fuego el dulce amor
que en sí nieve no consiente,
por esta causa, señora,
que tanta pena me ha dado,
he determinado ahora
ir a Hungría a ser soldado
contra el Turco, y gente mora,
adiós te queda, y si val
que algo merezco, me des,
un abrazo, y tu licencia,
que el umbral de tu presencia
yo lo doraré después.
Aunque el alma se encubría
Tiberio, el quererte bien,
hoy que dices vas a Hungría
quién lo podrá decir quién
dar alivio al alma mía,
sino tú, cuya memoria
entre tanta pena, y gloria
será, que alivie la pena
que a destierro te condena,
dulce fin de tu victoria;
ya, Tiberio, no podré
decir que Porcia no ama
si secreto antes guardé,
pues crece ahora la llama
y se purifica mi fe,
ni que a amarte fue traición
que te hizo el corazón
porque me quisieses más,
te lo dice la razón
y los motivos que tú das.
Gracias te doy, dulce amor,
pues en aquesta hora breve
se declara en mi favor
quien tuvo pecho de nieve
envuelto en fuego, y rigor,
¡ay de mí!, ¿cómo podrá
vivir el cuerpo, si acá
queda el alma en esta ausencia,
si la tuya, o tu presencia
no llevo conmigo allá?
Es terrible la ocasión
en que descubres firmeza,
que encubrirla fue traición,
remedie pues tu belleza,
del alma tanta aflición.
Ya vivir sin ti no puedo,
y porque veas que excedo
al amor que tú me tienes,
disponiendo de mis bienes
posponiendo todo el miedo,
contigo me quiero ir
y ser soldado en la guerra,
porque no podré vivir
sin ti, mi bien, en la tierra,
ni condenarme a morir.
Si tanto bien me concede
el amor, que loco quede
me hará sin duda de todo,
tú lo dispones de modo
que a todo el concejo excede,
Celio, aguardándome está
a la puerta de tu casa,
es mi amigo, a Hungría va,
con otro amor que le enlaza
y a quien toda el alma da,
todos_
Todos cuatro en compañía
pasaremos a la Hungría
a pasar del bien y mal.
Nunca podrá ser fatal
viaje a quien el amor guía.
Voy a prevenir, mi bien,
las mulas para el camino.
Anda a amores, que también
lo haré yo.
Amor divino,
¿qué vencí tanto desdén?
Vase.
Quien quiso bien una vez
es imposible después,
aunque muestre no admitir,
dejar luego de acudir
al amor sin interés.
Vase. Diga dentro Tito Dorado.
¡Xo, pollino! Miren, pues,
él se va derecho al río.
¡Xo, digo! ¡Qué desvarío
lidiar con bestias es!
¡Por San Pito, que se deja
con la priesa que se va
la alforja! ¡Xo, xo, está!
Si la llamo, más se aleja.
Ea, pues él se llegó
al río. Bebe del agua.
Eso sí, ¿hay de la fragua?
¡Vino, a fe, bebiera ya!
Sale con manto, sombrero, bordón y unas alforjas en la mano.
El espacio con que viene
el señor inquisidor,
pobre de mí, pecador.
El callar aquí conviene.
¿No quiero callar? ¿Por qué?
¿Soy judío, hereje o moro?
Reventaré por el poro
circular, sí, por mi fe,
si no doy voces aquí.
Y digo mi parecer
a este fraile, que a mi ver
se duele poco de mí.
Ya llega; callar procuro,
que tiene mi pensamiento,
y me parece que el viento
le dice que dél murmuro.
Sale San Juan con manto, sombrero y bordón.
De contino, Tito hermano,
¿ha de haber murmuración?
Si lo dijo el corazón
no miente, aunque tan villano.
No murmuro, mas llamaba
al pollino que se fue.
De eso no se le dé.
A mí ya no se me daba.
Llame al barquero y pasemos
el río, que cerca estamos
de la corte ya.
Hallamos
mal aparejo.
¿No hay temor?
No digo, padre, eso, no.
Pues, ¿de qué?
Que el barquero
nos ha de pedir dinero.
¿Qué dinero llevo yo?
Llame, pues, y deje a Dios,
que él hará como quieres.
Allá lo verá después.
¡Ah, de la barca! ¿Oís vos?
Sale un barquero.
¿Qué quieren, padres?
Pasar.
Venga el dinero en la mano.
Frailes franciscos, hermano,
pobres son, no hay qué le dar.
Si quiere, en avemarías
el pasaje pagaremos,
y los dos las rezaremos
en mil y quinientos días.
No como con oraciones,
sino con buenos ducados.
Vayan, los frailes bigardos,
que conmigo no hay razones.
Vuelvan por donde han venido,
porque si no dan primero
en esta mano el dinero,
no hay sino volver al nido.
Hermano, pasad por Dios
estos pobres caminantes.
Con la ballesta de Nantes
quise tirar a los dos.
Con buen término nos dice
eso de la ballesta.
Que le sea, o no, molesta,
la lengua no se desdice.
Juro a Dios, si no viniera
aquí con su reverencia,
le diera de penitencia
con un palo en la mollera.
Con un remo yo, frailote,
le moliera las espaldas.
Barquerillo, si alzo faldas
dirá quién soy su cogote.
Bueno está, barquero amigo,
no se enoje. Aparte, hermano,
¡vamos al río!
Villano,
callad, que lo habréis conmigo.
¡Aguarde, padre! ¿A qué vamos
al río?
Tito, a pasarle.
¿Nadar sabe?
Irá a darle
gloria a Dios.
Ea, pues vamos.
Vanse.
¿A qué van los dos al río?
El uno el manto tendió
en el agua, y luego entró
el pollino con gran brío.
De pies se ponen los dos,
es caso digno de espanto,
contentos sobre su manto.
¿Es así? Sí, juro a Dios.
Hablan dentro.
Señor, que en el mar Bermejo
a los hijos de Israel
fuistes guía y norte fiel,
sirviendo a su fe de espejo,
dadme el paso franco aquí.
¡Padre, me ahogo!
No tema.
Si lleva tan gentil flema...
Llegue y apéguese de mí.
Espantado estoy, ¡oh, padre!,
o reniego de mi madre.
¡Qué mal lo hice! Rezando
van los dos, padres por Dios.
¡Aguarden, les pasaré!
Ellos llegaron a pie
enjuto, a tierra los dos.
Ciego estaba, y no vi yo
su santidad, o reniego
de mi sayo, porque luego
olor de santos me dio.
Hago voto al cielo santo
de no dejar de pasar
fraile francisco, y le dar
gloria a Dios, con mi quebranto.
Vase, y salen Celio, Laura y Porcia, vestidas de hombres.
Qué mal o bien llegamos
a la corte del césar Federico.
Sí, pero luego hallamos
nuevas que en el camino pronostico,
la muerte de Colona,
insigne general que el mundo abona.
Seis leguas de camino
enfermo se quedó, pero la gente
al emperador vino
debajo del gobierno de un tiniente,
a quien césar envía
al grande Ladislao, que es rey de Hungría.
Los tres, ¿qué hacer debemos?
Aguardar a Tiberio, que se queda
atrás, para que demos
en el orden mejor que hacer se pueda.
El pesar me parece
que el alma ya a Tiberio le aborrece.
Mejor será que esperes.
No quiero yo esperarle, vamos luego.
Terribles sois las mujeres
que nieve, que tenéis cuando arde en fuego
el triste, que sujeto
amando vive siempre su precepto.
¡Cómo se afligen presto
los hombres, si un desdén han visto acaso,
si echan a doce el resto,
sientan siquiera un tiempo algún fracaso,
porque sus desconsuelos
no vienen a parar si no es en celos!
¿También tú, Laura mía,
estás del parecer de Porcia bella?
Sigo la fantasía
de una amiga que estimo.
Aparte.
¡Oh, dura estrella!
Amor manda que olvide
y un nuevo amor, que me sujete, pide.
Divino Capistrano,
tu santidad, sin duda, me acobarda,
siento que eres humano
con que remedio en ti el alma aguarda,
amor lo facilita
por ser la pena en mí casi infinita.
El amor lo disponga,
y vea yo cumplido mi apetito,
y luego el amor ponga
fin a mi vida, y muerte a mi delito,
que moriré contenta
por dar fin amoroso a mi tormenta.
Sale Tiberio de camino.
Celio amigo, Laura bella,
Porcia, querida del alma,
fatigados del camino
habréis llegado a esta casa.
Seas bienvenido, amigo,
que mi amor te deseaba.
Con salud Tiberio sea.
Dios te guarde, hermosa Laura,
y tú, mi bien, ¿cómo estás?
Muy triste Tiberio estaba
con tu ausencia.
¿Y yo qué soy?
Porcia mía, ¿por qué callas?
Aparte.
El porqué será excusado
decirlo, pues te quedabas.
¡Pluguiera a Dios no vinieras
y que muerto allá quedaras!
Por acudir a Colona
en la enfermedad tirana
me quedé; y luego miro
que todo la muerte acaba.
¿Murió al fin el general?
La tierra su cuerpo guarda
hasta ver del mundo el fin.
El cielo tenga su alma.
El Capistrano le asiste
hasta el fin de esta jornada,
animándole a la muerte
con quien fuerte lidiaba;
vino tan fallecido
después que salió de Praga,
que nunca pudo llegar
a la corte de Alemaña.
La enfermedad se agravó,
y en una fuerte cuartana
el león de Roma espira,
y nuestro remedio acaba;
enterrado le dejé,
y tras vosotros la planta
muevo aprisa, pues tenía,
si allá el cuerpo, acá mi alma.
¿Y fray Juan adónde queda?
Como a pie viene, es la causa
de haberse tardado tanto.
¿Que ese santo no se cansa
de andar a pie tal camino?
Como es santo, la jornada
lleva siempre fácilmente.
Pobre de mí, camarada,
si viniera a pie, sin duda
que con vida no llegara.
Él es santo, y puede hacer
todas aquestas ventajas.
Y tan santo, que en el mundo
otro tal pienso no haya,
porque ha hecho mil milagros
en la bella Vratislavia.
Aparte.
¡Válgame Dios, qué tormento
justamente siente el alma!
No quisiera que de santo
se le dieran alabanzas.
Él me dijo le aguardara,
porque mucho me importaba
en esta corte.
Está bien,
que es razón, y a mí me agrada.
Vamos, Celio. Porcia mía...
¿Dónde, pues?
Vanse.
A otra posada,
a descansar, que estoy muerta
de esta enfadosa jornada.
Vase.
Amor, no pienses que te pintan tierno
porque lo mismo que pareces eres,
ni así desnudo, porque ardiendo mueres,
que no hay Scitia cruel como tu invierno;
tu pecho es roble, tu interés eterno,
loco tu ardor, prestados tus placeres,
fingida y breve gloria cuando quieres,
cuando aborreces verdadero infierno;
yo amo, amor tirano, un imposible,
adoro incierto bien, sin esperanza,
aguardo en tanto mal un fin terrible:
alienta el alma, y sienta en ti mudanza
que, si llego a vencer, como es posible,
mi pecho te dará tierna alabanza.
Salen el Emperador y el duque de Austria, y acompañamiento.
Aquesta guerra de Hungría
me da, Duque, gran cuidado,
porque rendido Belgrado
es muy cierto, y ser podría,
que diese de romania
sobre el imperio alemán;
mil penas al alma dan
las nuevas que de allá vienen,
que, si son como contienen,
tengo temor de un desmán.
El general que enviaba
el Padre Santo de Roma,
el mejor camino toma,
porque en el servicio acaba
del sumo Dios, que le daba
fama eterna, al fin murió;
su gente toda me envió
para que la despachase
a la Hungría, si no hallase
en ello otra cosa yo;
pero aguardo al Capistrano,
fraile francisco, que vino
con corona, peregrino
subjeto, si ángel humano,
porque lleve de su mano
a la gente, la cruzada
a quien predicó, que usada
y curtida está en la guerra;
y haga de aquesta tierra
para Hungría en jornada.
Maravillas se han oído
deste santo, que es asombro.
Duque, yo ángel le nombro,
por su valor tan subido:
es en todo esclarecido,
en milagros, excelente,
en las virtudes, sol luciente
que las tinieblas alumbra
del pecador, y relumbra
más que el sol resplandeciente;
su clara voz, es trompeta
del universal Juicio,
cuyo son, destierra el vicio
y a la razón nos subjeta;
es un celestial cometa
que predice al hombre injusto
el perdón, si no el disgusto
en su vida, y en la muerte
siempre eterna, y mala suerte
entre fuego, llanto, y susto.
Mil almas en el camino,
y en las ciudades que entra,
y otras, que acaso encuentra,
con afecto peregrino,
les predica de contino,
y las saca del abismo
de sus pecados, él mismo
se los dice, y les declara
lo que han hecho cara a cara
contra Dios, y su bautismo;
y como es inquisidor
general, de todo el mundo,
con ánimo furibundo
y muestras de gran rigor,
condenó al vivo ardor
del fuego, en Romania
treinta lugares que había
con herejes fraticelos;
cuyos injustos desvelos
era revuelta herejía;
en Bratislavia la bella,
convirtió con sus sermones
infinitas legiones
de gente, que el amor sella
con su sello, y fuera de ella
en las villas y ciudades
destruyó sus vanidades,
los afeites mujeriles,
juegos injustos, y viles
que infaman todas edades.
Cerca está de la ciudad
según lo dijo el correo,
verle aquí, Duque, deseo,
que le presumo Deidad;
recado al cabildo dad
que le reciban con fiesta.
Tocan.
La trompeta manifiesta
su venida, y llega ya.
El pueblo se detendrá.
Gente es buena, mas molesta.
~ Suenan voces dentro ~
Sea bienvenido el santo.
Venga muy en hora buena.
El alma de gozo llena
su virtud, que causa espanto.
Apartad, no deis quebranto
al que el alma nos cautiva.
¡Viva el Capistrano, viva,
el ángel que Dios envía
para libertar a Hungría!
Esto es bien, señor, se escriba;
a palacio sube ya.
Venga, Duque, venga, pues
que embajador de Dios es,
y a quien la gloria se da,
es de bien; deseado ha,
Duque, el alma, a muchos días,
porque ya mis venas frías
quieren de Dios el calor,
con su presencia, y favor
pienso ser cual Jeremías.
Salen San Juan, y Tito Dorado, con mantos, sombreros, y bordones, y hablan de rodillas.
Un gusanillo que en tierra
estéril, príncipe invicto,
nació triste, y pobrecito,
y de ella a Dios da destierro,
a vos, pues, en quien se encierra
el poder de la Deidad
divina, la majestad
más sublime y soberana,
la mano de buena gana,
señor invicto, os da.
Seáis, fray Juan, muy bienvenido
como venís.
Siempre bueno,
con favores de Dios lleno,
y más, que favorecido,
pues siendo yo tan perdido
no me deja de su mano,
que si es Dios el hombre humano,
y mira de mi bajeza
la flaca naturaleza
con que alivia a este gusano.
Aparte.
Levántase.
Mirando este sol hermoso
divertido me he quedado;
alzad, padre, descuidado
estuve.
Deme, amoroso,
su majestad cesárea
a besar de la correa
de su pie, cuanto un dedito.
¿Quién sois vos?
Soy un bendito
donado de pelo acá,
del orden soy el cebón
que en la limosna que pide
hace presa, porque mida
su panza con la razón,
compañero, en conclusión,
soy del padre.
Seréis santo.
Él lo dirá, porque en tanto
el callar pretendo yo.
Calle, hermano.
Aparte.
eso no
porque es hablar con un canto.
Venga acá, ¿todo lo quiere
para sí? Deje que a mí
me den una mitra, sí,
que lo merezco.
Quien viere
lo que aquí Tito refiere
no le tendrá por bufón.
No es oficio que un lebrón
puede tener en la tierra.
Sí, que estos para la guerra,
son viles, cobardes son.
Padre, ¿cansado vendréis?
Dios, señor, que acá me envía,
concurre con la fe mía
y dame el valor que veis.
Al convento, Duque, iréis
acompañando a fray Juan.
Aparte.
No debo venir de Adán,
pues de mí no se hace cuenta.
Dios os guarde.
Aparte.
Grande afrenta
me hacen, juro a san Pan.
Vuestra alteza aquí, señor,
se quede.
Vanse.
No mandéis tal,
inquisidor general,
que a mí me hacéis vos favor
de darme el lado mejor
que príncipe no ha gozado,
porque entiendo voy al lado
de un ángel en carne humana.
Vase.
¡Cómo va de buena gana
con el Duque el señor legado!
Rabia siento, pues no se sienta
Tito hermano, ¿rabia, no?
¿Su compañero soy yo
y esta afrenta, no es afrenta?
No, porque él no se contenta
de verse fraile; si ayer
fue lacayo, y que por ser
donado hoy, su reverencia,
¿que ya la competencia
de mejor? Eso es hacer
menosprecio en mi persona,
que si conocer me pudiera,
harto buen ejemplo diera,
pues diga, porque se entona,
y de linaje blasona,
siendo vil de baja suerte,
porque el mundo va de suerte,
que se niega el nacimiento,
pues baje su pensamiento
si es que ha de morir advierte,
bien dice, buena doctrina
me he dado a mí; plegue a Dios,
señores, la toméis vos,
que esto dice la vecina,
y el vecino en su pretina
trae escrito que así es;
callad pues, con la altivez,
pues que dais hoy la ocasión
de que sepan con razón
vuestra ascendencia después.
El sol de Italia en Hungría. 3.ª parte
~ Jornada segunda ~
~ Personas de ella ~
San Juan de Capistrano
Tito Dorado
El demonio
El gran Turco
Selín Turco
Laura Dama
Porcia Dama
La gran sultana
Zoraida Turca
Un turco que danza
El emperador
El Duque de Austria
Celio soldado
Tiberio soldado
Otro turco que toca
Salen Laura y Porcia vestidas de hombre.
Tu tristeza, Porcia mía,
me trae fuera de mí,
¿qué tienes? Di, que te miro
ya muy cerca de tu fin.
Amarilla está tu cara,
siendo tu cara un abril,
donde mil hermosas flores
se asientan como en jardín,
responde: ¿di, qué sienten
esos labios de carmín,
adonde las perlas muestran
ser perlas, y no marfil?
¿Hate dado algún disgusto
este Tiberio gentil?
¿Tienes celos? Di, ¿de quién?
¿Por qué te pones así?
Ay amiga de mi alma,
este mal es frenesí,
que no podrá tener cura,
si no es que llegó mi fin;
es, amiga, el alma mora,
el pensamiento es gentil,
es el corazón hereje,
los ojos son de cahorí,
mora soy; pues soy ingrata,
si con ánimo civil,
pospuestas obligaciones,
a Tiberio aborrecí;
es gentil mi pensamiento,
pues como mujer, en fin,
a los cielos se levanta,
y voy tras quien elegí;
hereje soy, que aborrezco
una santidad que vi,
pluguiera a Dios no le viera
el afecto femenil;
cahorí soy, pues que mirando
el objeto a quien rendí
el alma, miro que en él
hay virtudes más de mil,
todo son congojas, Laura,
todo desdichas en mí,
las glorias de amor pasaron
como el humo del candil.
Tú lloras, querida Porcia.
¿Qué he de hacer, si me perdí
por mirar un imposible,
que es imposible rendir?
¿Quién es, acabemos ya,
quien Porcia se puso así?
Ese imposible ¿quién es,
que de amor le ha de cuadrar?
Es el Capistrano, Laura,
por quien me dejo morir
de un amor, que es tan constante,
como penetrante y vil.
Mucho siento tu disgusto,
es terrible el frenesí,
con que amor persigue, Porcia,
ese pecho de jazmín,
no puedo darte consejos,
que no tomarás de mí
los que yo te diere, pues
estás rematada así.
Capistrano hace milagros,
su vida es de un serafín,
casto, sobre todo el hombre,
más viejo, que juvenil,
siento así, que no es posible
que tú le puedas rendir,
que el ayuno, y penitencias
le tienen muy sobre sí.
probar
De Don Rodrigo Pacheco
Probar pretendo ventura,
porque muchas veces vi
que el más casto se rindió
al llanto en fin mujeril.
El honor he echado a perder,
que le pierda, mas perdí
en perder la libertad,
por quien el corazón di.
Hallo mil dificultades.
Yo, que le supe elegir,
me daré solo el remedio,
o me dejaré morir.
Imposible es tu deseo.
Si un imposible elegí,
el amor lo hará posible.
El medio, Porcia, medí.
El alma dile que vaya
a su celda, entrada allí
con palabras, y ademanes,
tierno llanto femenil,
haré por encender fuego
en esa nieve que en mí,
hizo efectos tan crueles,
cuales nunca en otros vi,
y encendido aquel volcán,
como este fuego es sutil,
encenderá tanta nieve,
con que le vengo a rendir.
La traza es buena, si llegas,
Porcia mía, a conseguir
el efecto.
He de vencer
o en la demanda morir.
Tiberio viene, perdido
anda en ver que tu carmín
en amarillez se ha vuelto.
Piérdase, pues me perdí.
Como no le miras, y hablas
muere de celos de ti.
Muera, pues que también muero,
que ya, Laura, para él morí.
Sale Tiberio soldado.
Ingrato dueño mío,
lucero claro de este triste pecho,
dueño de mi albedrío,
amor, por quien de amor estoy deshecho,
escucha mi querella,
pues eres (aunque ingrata) hermosa, y bella,
si adoro tu retrato,
que esculpido dentro del alma mía
si bello, mas ingrato
está, desde allí dando luz al día,
robando corazones,
que metes en tu red, y tus prisiones,
porque no ves la vida,
que por ti paso de contento ajena.
Y el alma, que metida
entre celos, amor, entre ansia, y pena,
provoca a sentimiento
al más inútil, y alto pensamiento.
¿Por qué, divina ingrata,
me dejas, por quien piensas que te ama?
Y si otro amor le mata
no podrá fomentar tu ardiente llama,
vuelve, mi bien, y mira
a quien te adora, si por ti suspira.
El sol de Italia en Hungría 3a pte De don Rodrigo Pacheco 39
Si amor me favorece,
Porcia divina, pienso el alma darte
de nuevo, y que hubiese
envidia Amor de ti, que laurearte
hoy con sus flechas puedas,
y quedes nuevo actor, que al otro excedas.
Vuelve tus ojos bellos,
mira mi pecho, mírale rendido,
pues que idolatro en ellos,
no es mucho que los celos tan perdido
traigan mi pensamiento,
con que vivo sin alma, y sin aliento.
Tú, Tiberio, no me enfades,
que el amor que puse en ti
sin duda se acaba aquí;
aunque bien me persuades,
que el amor en la mujer
un mes solo ha de durar,
porque pueda variar
y emplearse en nuevo ser.
Yo te aborrezco, nomás
por querer aborrecerte,
el alma no puede verte,
déjame, y vete en paz;
baste aqueste desengaño
para que no me persigas.
Con esas palabras ligas
el alma más, por mi daño.
Laura bella, llegad vos.
Hablad despacio a mi bien,
sabed cierto si el desdén
ha de tener fin por Dios,
llegad, llegad Laura mía,
sabed qué es el frenesí,
sabed qué causa le di,
que el amor todo es porfía.
No trates, Tiberio, ahora
de saber la causa, qué
le mueve, o por qué fue,
que el tiempo tiempo mejora,
deja al tiempo, que él hará
más felice tu esperanza,
que en la tormenta, bonanza
el dulce amor te dará.
Vanse.
Vamos, Porcia.
A dar contento,
que el espejo en que me vía
se quebró; alma, porfía,
o muda de pensamiento.
Vase, y sale El Demonio.
Después que el cielo perdí,
siendo criado el más bello
serafín, a quien el cuello
pisa el sol, Marte, en mí
a mil pesares rendí
mil, ser puro, aunque criado;
que la fuerza del pecado
hizo en mí tales efectos,
que con divinos preceptos
fui al infierno despeñado.
No fue, no, mi culpa tanta
que mereciese tal pena,
de la gloria me enajena
quien apenas me levanta.
Hoy, a mí solo me espanta
ver que Adán formado fue
de tierra tan vil; yo, que
criado he sido serafín,
halla Adán la gloria en fin,
y penas yo solo halle.
¿Si es Dios justo como él dice,
siendo infinita la culpa
de Adán, cómo le disculpa,
y procura se eternice?
Mi poca culpa maldice,
y abaja suya da renombre
con hacerse humilde, hombre,
muerto por él en la cruz,
dando a Adán su gracia, y luz,
y a mí pena que me asombre.
Esto pasó, ya está hecho;
pero a tiempos convenientes
saca unos soles lucientes
cuyos rayos han deshecho
las brasas, que el fatal pecho
forma dentro en lo escondido,
contra el hombre fementido
que llenar quiere la silla.
Si él quiere, ¿qué maravilla
que perdí por atrevido?
No sé, que vivo yo
aunque en fuego eterno ardiendo;
si vivo, me voy muriendo,
sin morir nunca, eso no,
que a mi ser, por mi mal dio
Dios, un ser tan soberano
que sobrepuja al humano,
y siendo tan bajo aquel,
a sí le iguala, con que él
humilde, gana por mano.
No fui yo el que se opuso
al mismo Dios, ¿qué recelo?
Yo me atreví en el cielo,
dejando al cielo confuso.
Sí, pero Dios lo dispuso
para mi mal de tal suerte,
que me dio, sin darme muerte,
toda la pena, y tormento
que imagina el pensamiento,
castigo terrible, y fuerte;
no siento nada este fuego
eterno, que me atormenta,
ni aquella pasada afrenta,
que eso fue cosa de juego;
solo me quita el sosiego
aqueste vil Capistrano,
que después de Juan, humano,
se ha metido a juez divino,
con valor tan peregrino
que siempre gana por mano.
Que Dios los justos prefiera
y siempre les dé favores,
no es mucho, que sus amores
son los justos, ¿qué quimera?
Pero que al pecador quiera
sacarle de mi poder,
que este vil se atreva a ser
burla del ser que me tengo,
esto es, pues, lo que no vengo
nunca jamás a entender;
este vil hombre me quita
al judío, hereje, y moro
con sus sermones; no ignoro
que Dios su bien solicita,
una mujer ya precita
le daré que le acometa,
veamos pues, si a este profeta
le vence la tentación;
él viene, mas su oración
más me enciende, y más me aprieta.
Sale San Juan solo.
(mostrándole su costado)
Son los misterios divinos
tan altos, profundos, tales,
que no pueden los mortales
alcanzar, por ser indinos.
Con los ojos corporales,
mas el alma, que es hermosa,
tiene por más cierta cosa
lo que cree, que lo que ve,
la causa de ello, es porque
es la fe tan poderosa,
los ojos porque deben,
ven, afirmando que fuese
lo que muy claro se viese
verdad, no siendo verdad,
aunque verdad pareciese,
y pues tan grande trofeo
en la fe se halla, que veo,
tiene más fuerza que el ver
esta fe, dadme a entender
que causa, ¡qué! lo que creo,
dijo Cristo al buen Tomé
Tomé, bienaventurado
quien me creyere por fe
sin me ver, ni haber tocado,
la cual doctrina preciosa
al alma de Cristo esposa
amonesta, manda, y quiere
que lo que por fe creyere
tenga por más cierta cosa.
Por la fe que Pedro tuvo
pescando con la barquilla,
hizo Dios tal maravilla
que por sobre el agua anduvo.
Dudando, su fe sencilla,
mas yo, que sin devaneo
firmemente la fe creo,
y en ella vivo despierto,
lo que creo es lo más cierto,
que lo que más claro veo.
Esto el hereje no entiende,
porque solo en fe consiste
el creer lo que no viste,
mas si del demonio aprende
bienes que con él se aliste.
¿Qué dices, blasfemo? Di,
¿ellos aprenden de mí?
El albedrío no es suyo,
pero contigo no arguyo.
Bueno, a fe, ¿tú estás aquí?
Y pues, ¿por qué no he de estar?
¿Tienes tú de Dios poder
para baldonar mi ser?
Y para te hacer callar,
que eso y más lo puedo hacer.
Tú, pues, en este convento,
¿qué piensa tu pensamiento?
Procurar una caída
a una alma desvanecida
con tanto honor, tanto aumento.
No sabes, criatura inmunda,
que Dios me guarda y defiende
con tal favor que me ofende.
Yo te echaré la coyunda
que a mi cuello en fuego enciende.
Nunca Dios te lo permita.
Mi saña lo solicita,
porque soy muy sabio y viejo.
Soberbio, en que se espeja
no te verás.
Quita, quita,
que al tiempo doy por testigo.
Ríome de ti, que es bien.
¿Quién podrá contra mí, quién,
si a Dios tengo por amigo?
Yo, pues, que tengo también
un poder casi infinito.
Es tu poder tan finito,
que si de Dios no le tienes,
no harás nada.
Mal previenes
mi poder.
Anda, maldito.
Con estos celos, de veras rabio,
grande es la miseria mía,
pues siendo en mi jerarquía
el más hermoso y más sabio,
muestro a un hombre cobardía.
¡Oh, sumo Dios soberano!,
¿que me agravie un hombre humano,
siendo más perfecto yo?
Soberbia te agravia, y no
el hombre humilde, tirano.
Sale Tito Donado.
Aparte.
Es hora, padre, que vamos
a palacio, mas aquí
huele a azufre, huele, sí.
¿Este sahumerio hallamos
en su celda? Huelo o en mí
a azufre, pez y resina.
¿Es aquesto que hedentina
tan grande? Mas si el demonio
está aquí, es testimonio,
por vida de mi sobrina.
¿Qué habla Tito allá entre dientes?
No sé, padre, lo que siento,
que huele mal el convento,
me parece.
Aparte.
¿Esto consientes,
Luzbel, de un vil, y a mí afrento?
¿Has visto en convento alguno
un olor bien importuno,
cuando la letrina cobra
humor, que en mi panza sobra,
ya ves es más que de uno?
Pues huele, de veras no sufre
tal olor esa nariz,
pues ¿no huele a flor de lis?
Huele bien, ¿ya no es a azufre?
Ni son tampoco alelíes.
Venga acá, hermano Tito,
mire y vea aquel maldito.
¡Jesús, san Crispín, san Blas,
y trescientos santos más!
Yo vuelvo de aquí un poquito.
Vase.
Anda, ve, que no hay aquí
qué hacer, maldito.
Verás
si presto me llamarás
gustoso y dulce.
Vase.
Yo a ti,
buena esperanza te das.
Gran Señor, apelo a vos,
que sois mi bien y mi Dios,
de aquesta cruel sentencia.
Alma, tened paciencia,
que el remedio está en los dos.
Aparecen en el aire dos ángeles con sus instrumentos, canta cada uno de por sí, y el estribillo los dos.
Solo el remedio del alma
que se humilla al que es inmenso
está en que resista humilde
los combates de un soberbio.
¿Quién podrá sin vuestra ayuda
resistir, Señor eterno?
Aunque es flaco tu poder,
tu albedrío será el medio.
No coronará de gloria
al hombre Dios en su reino,
si en el certamen vencido
no queda Luzbel primero.
Si corona prometéis
al que vence, y está el remedio
en mi mano, amores míos,
vencer sin duda prometo.
Procura vencer la lid
que te pronostica el tiempo,
que si la vences, con Dios
gozarás gustos inmensos.
Quien en batalla tan fiera
no se escuda, Dios eterno,
con la cruz, donde dais vida
al hombre, en sus culpas muerto.
Al arma, al arma, al arma,
humíllate, que veo
que a tu castidad procura
vencer Luzbel soberbio.
Cúbrese la apariencia.
Venga, Señor, el poder
de todo el infierno junto,
porque no perderé punto
en la lid, hasta vencer.
Solo me falta el favor
de vuestra mano, mi Dios,
porque si me tenéis vos,
ese será más mi valor.
Sale Tito al paño.
¿Aún huele a demonio aquí?
¡Oh, pesia a quien le parió!
¡Qué tártago que me dio
su cara negra que vi,
una cola de serpiente,
uñas y pies de león,
las alas como abejón,
las orejas con creciente,
los cuernos ya lo sabéis,
que serán grandes en suma,
boca y lengua que perfuma
el olor que visto habéis!
¡Ah, padre!, ¿está solo? Diga.
¿Fuese ya, mi buen Jesús?
A cuestas traje una cruz,
que es del demonio enemiga.
¿Padre, no me responde?
¿Qué hay, hermano Tito?
Diga, padre,
por la vida de su madre,
¿si se fue, o si le esconde?
Entre, pues, no tenga miedo,
que Dios con nosotros vive,
y en su presencia revive
el alma.
¡Ay de ti, Toledo,
si el bellaco aún está aquí!
Entro, pues, pero si no me
mira, padre, si se fue,
que todo me voy por mí.
¿Qué quieres, Tito?
Aparte.
A la puerta
está, no sé qué me tengo,
si por abajo me vengo,
si será cosa es muy cierta.
Está, digo, una mujer
más bella que un serafín,
su cara es todo un jardín
de flores, bien puede ser.
Dice que le quiere hablar
en un negocio muy grave,
véala, para que alabe
al que es bien siempre alabar.
Pero, ¡hela aquí!, que se entró
sola por la portería,
ella la celda sabía,
que no se la enseñé yo.
Sale Porcia vestida de mujer, muy bizarra, y el Demonio detrás de ella.
Dame, ¡oh, gran de Capistrano!,
tus pies.
Mujer, ¿qué quieres?
Bien clava los alfileres,
comiérame yo su mano.
A solas te pienso hablar,
que el negocio a que he venido
ha de ser por ti oído
nomás.
Él quiere tomar
consejo consigo mismo.
Si esta batalla no venzo,
con un fuego eterno pienso
asolar todo el abismo.
Dios,
El sol de Italia en Hungría, 3.ª p.te
Ap.
Dios me ayude, Tito hermano,
sálgase fuera, y aguarde,
que grande fuego en mí arde
tener suerte Capistrano.
Ap.
Vase.
Él se queda con la moza
a solas; muy buen provecho,
de aquesta vez me sospecho
que el santo padre la goza.
Solos estamos aquí,
mujer, dime lo que quieres.
Hacerme, padre Juan, presides,
en Praga nací, que fuera
mejor nunca haber nacido,
que nacer para dar muestras
de pecho infame, y lascivo,
a un hombre amor me rindió
que el amor por él hoy do
Peor es que yo son las mujeres.
entra, yo le amé también
con ánimo compasivo,
a esta Corte de Alemaña
vine con él, tan perdido
de amores, que dio en celarme,
y no pude resistirlo;
hoy de ti mil grandezas
en este corto camino,
deseo me dio de verte,
quien nunca te hubiera visto,
enamorome de suerte,
el vendado dios Cupido,
que aborrezco al que bien quise
y tengo por enemigo,
aquí me tienes, mi bien,
goza del amor que has visto
en los ojos que te miran,
y en la lengua que te ha dicho
y declarado su amor,
por ti tan firme, y tan fijo
que si te excusas de amarme
entre los muertos me alisto,
llega, mi bien, a mis brazos,
solo estoy querido amigo,
¿llega? ¿qué temes? ¿no ves,
dulce amor que no resisto?
El combate es temerario,
pues le contemplo, y le miro
entre fuego, y confusiones
casi de todo rendido.
Vase.
¡Qué me abrazo, Dios inmenso!
Favor, mi señor, os pido
que es fuerte la tentación
y más fuerte el enemigo,
el remedio que hay mejor
es huir de este peligro,
que si más un punto estoy
me doy de ella por vencido,
afuera enemiga injusta
con ojos de Basilisco,
que de mí no alcanzarás
lo que pretende el abismo.
se
De Don Rodrigo Pacheco
94
Vase.
¿Huyes soberbio ingrato?
Aguarda, espera vil, de bajo trato,
porque el infierno junto
dentro en mi pecho está según barrunto;
no pienses huir, no, de estos mis lazos
que aún pienso verte unido entre mis brazos,
aguarda Capistrano,
¿por qué dejas la garza de la mano?
Vuelve, mi bien, que es justo
dar a tan firme amor eterno gusto,
mas ¿para qué doy voces
si alas el desdén le dio veloces?
¿Porcia despreciada? ¿Cómo es esto?
¿Y mi amor, Capistrano, te es molesto?
Por el inmenso juro
que en el cielo de mí no estás seguro,
seguiré tus pisadas
hasta donde se hicieren tus jornadas,
y allí con tierno llanto
a ti daré molestia, al mundo espanto,
que el fuego que en mí siento
es todavía, amor, pena, y tormento.
Vase.
¿Venciste, oh justo fiero?
¿Con alas del amor huyes ligero?
¡Oh rabia fiera, oh reino del espanto!
Con tales nuevas os pondré en llanto,
pues un pescador vence
nadie escaparse del tormento piense,
y tu mujer infame
aguarda que veneno vil derrame,
tú pagarás la huida de este justo
pues te atreviste a Dios, y a darle susto,
a tu cuerpo tormento
me manda Dios le dé, de ello me afrento,
mas pagarás con pena
pues Dios, y su justicia te condena.
Salen el Gran Turco, la Sultana, Zoraida Dama, y Selín Turco.
Ya la dulce primavera
ostenta blandos primores,
y los campos con sus flores
alegran esta ribera,
los pajarillos contentos
dan muestras de la blandura
del tiempo, que me asegura
ya marciales pensamientos,
tú Selín saca la gente
para que empiece a marchar,
porque es tiempo ya de dar
al Imperio de occidente
asombro, a la Otomana
progenie, que en mí se ostenta,
a quien ambición fomenta
por más honra soberana,
sienta Hungría que soy rayo
que abraso toda la tierra,
acabe Hungría, con guerra,
y padezca su desmayo,
que por la luz que le dora
al sol hoy su cara bella
que antes que salga la estrella
que se cubre con la Aurora
he de salir desde aquí
para que a su tiempo llegue
donde el pecho se recregue,
y vea más gusto en mí,
salgan los caballos luego,
tras ellos la infantería,
mi furor alcance a Hungría
para que venga sosiego;
sale, y a mis bajáes diles
que en todo el día, mañana,
mi gusto a salir se allana,
contra los húngaros viles.
Voy señor.
Vase.
Anda, mi bien,
vos conmigo habéis de ir,
porque no pienso vivir
sin vuestro amor, y desdén,
porque sois la bella Aurora
que da luz al pecho triste
y de ella se adorna, y viste
el corazón que os adora.
Como adoro el pensamiento
de esa grata majestad,
llana está mi voluntad
a darle siempre contento,
dispón señor, porque iré
siguiendo siempre tu gusto,
porque al dártele es muy justo,
en
pagas esposa mi fe,
El sol de Italia en Hungría, 3.ª p.
en Hungría, por Alá,
pienso coronarte reina,
que quien en mi pecho reina
y a mi amor mil gloria da,
no es mucho que le dé yo
la corona de ese reino.
Si en tu corazón yo reino...
¿Para qué quiero más yo?
Zoraida, el instrumento
trae luego aquí al jardín,
y alégrame el serafín
que es mi gloria y mi contento.
¿Para danzar o cantar?
Una danza harás por mí
con Solimán, a quien vi
otro día bien danzar.
Llamaréle.
Vase.
Anda, ve, pues,
porque se alegre mi bien,
que es todo amor y desdén,
pues ama por interés.
¿Qué has visto en mí, gran señor,
que tratas de ingratitud?
Yo te quiero por virtud,
por interés, es error,
que el amor si es verdadero
en los ojos se parece,
¿quién como tú me merece?
¿quién quiere como te quiero?
Yo te adoro.
Yo te estimo.
Amo más que otro en el mundo.
Es hoy mi amor sin segundo.
Por ti muero.
Y por ti vivo.
Lloro un desdén.
No agravies.
¿Quiéresme?
Y como a mí.
¡Ay, amor!
Que vive en ti
como en su mismo corazón.
Salen Zoraida, un turco, y han de danzar con ella, y otro para tocar.
Aquí, gran señor, nos tienes.
Siéntate, mi bien, aquí.
A los pies, señor, de ti
estaré.
¡Qué bien convienes
con mi amor, en mi cabeza
te he de poner por corona!
¡Y qué bien tu amor se abona!
Vea, señor, vuestra alteza,
qué danza quiere.
Danzad
el hacha, que es española
danza, para reyes sola,
y a mi sultana alegrad.
Danza Zoraida con el turco y abran esto los dos sen- tados, y acabando sale Selín.
Hice lo que me mandaste,
y todo está prevenido,
y la espía que ha venido
que a Hungría, señor, enviaste,
dice que la cristiandad
se junta toda en Belgrado,
y que está fortificado
el castillo y la ciudad,
de suerte que es menester,
por cumplirse tu esperanza,
de Turquía la pujanza,
y no le podrás vencer.
¿Tú cobarde hablas así?
Y a no ser Selín, hermano
de este serafín humano,
tú te acordaras de mí;
contra mi poder supremo,
¿hay quien se pueda oponer?
Solo temo a mi poder,
y a otro ninguno temo;
vamos, por Alá divino,
que ha de ver el vil cristiano
el valor del otomano,
en todo más peregrino;
mi bien, si el furor resisto
es porque estás tú presente,
que eres el bello occidente
que amando, solo conquisto;
todo mi furor se para
a la vista de tu sol,
porque en tu claro arrebol
mi furia toda repara;
tú de león en cordero
me vuelves, que tu hermosura
el campo todo asegura,
con amor más verdadero.
De Don Rodrigo Pacheco 92
¿Merece esta tu cautiva
todo ese amor, señor mío?
Dueño eres de mi albedrío.
Basta, amor, que por ti viva.
Vanse, y salen El emperador, El duque de Austria, y acompañamiento.
Es tiempo, duque, la gente,
pues llega la primavera,
se ponga luego a camino,
porque la nueva se esfuerza,
no se descuide ese turco,
que la majestad inmensa
nos ha dado por castigo
de nuestras culpas y ofensas.
Las espías que han venido
han dado señales ciertas
de su venida en Hungría,
sobre Belgrado y su tierra;
el Papa su gente envía,
que es padre al fin de la Iglesia,
que son bien doce mil hombres,
y mucha plata en moneda.
Es ya tiempo que caminen,
y la gente que en mi tierra
predicando la cruzada
hizo Capistrano, espera,
oh mapamundo divino,
pues un mundo en él se encierra
de todas cuantas virtudes
en los hombres puso bellas
el sumo hacedor que en forma
la humana naturaleza,
y realzada, le pospone
más alta que las estrellas,
mucho siento que se vaya;
si siento, no me aprovecha,
pues Dios, para nuevo sol
de la Hungría, crio bella
tanta luz.
Dichosa Hungría,
y más dichosa la tierra
que un capitán tan divino
ha de ser capitán della;
ya, señor, la gente tuya
con la del Papa, se apresta,
y mañana en todo el día
pasará por esta vega;
el camino tomarán
por atajos, que la priesa
no les dará más lugar.
¿El bagaje que se lleva
es abundante?
Les basta
para en cuanto a Hungría llegan.
¿Cuántas pagas les han dado?
Doce de buena moneda.
Dios les lleve, duque, en paz,
y buenas nuevas me vengan
de este suceso que aguardo.
Feliz será la guerra.
Salen San Juan y Tito Dorado.
Aparte.
Huyendo de un fiero monstruo
salgo, majestad eterna,
que es frágil el hombre, es cierto,
sin tu gracia, que es inmensa.
Aparte.
De aquel diablo, o patillas,
huir a la Hungría piensa
mi barriga, y luego allá
esconderme en la taberna,
porque no se escandalizan
de ver los frailes en ella;
ella es costumbre famosa,
¿qué costumbre?, como es buena.
Déme vuestra majestad
su mano.
En hora buena
vengáis, Capistrano amigo.
Gran señor, salir aprieta,
conviene, que el tiempo ahora
es ya dulce primavera,
la necesidad es mucha
de aquella infelice tierra.
Ya mañana los soldados
saldrán sin falta a la vega,
donde presente estaré
a verles pasar la muestra,
y luego sin dilación,
saldrá la gente que lleva
mi general.
¿Y la cruzada?
Retaguardia hará la vuestra.
Aparte.
¿Ocho azumbres cada día
será bebida molesta?
No, que es mucho el frío allá.
¿Qué voces serán aquestas?
Dentro, Tiberio, Celio y Porcia endemoniada.
Mal =
el sol de italia en Hungría 3.ª pte
Ata, ata bien, Celio amigo,
¿si quiebra todas las cuerdas?
¿Con Luzbel os ponéis vos,
vellaco Celio, en requestas?
Arriba está Capistrano
en palacio.
Guarte fuera,
¿piensas tú que ese embustero
ha de echarme? Mal lo piensas,
yo no he de ir allá, villanos.
Has de ir, demonio, por fuerza.
No quiero.
Irás, sin duda,
perro vil, aunque no quieras.
Salen Tiberio, Celio y traen a Porcia como por fuerza, atada, mal vestida y desgreñada.
¿Qué es esto?
Invicto señor,
aquesta mujer la aprieta
el demonio, y al Capistrano
se la traemos por fuerza,
para que, como tan santo,
ruegue a Dios, señor, por ella.
Aparte.
¿Hasta aquí me sigue el diablo?
Palacio, basta que sea.
Aparte.
Sin duda, si miro bien,
esta mujer es aquella
que en tanto aprieto me puso
en aquella pobre celda;
castigo fue del muy alto,
pero a mí se hizo la ofensa;
aquí entra la caridad,
que es la virtud más perfecta.
¿Qué estás pensando, embustero?
¿Si echarme quieres? Mal piensas,
que Dios me ha dado esta casa
para morada perpetua.
Aparte.
¡Y qué morada, vellaca!
¡Tan linda, quién la tuviera!
¿Qué dices tú, donadillo?
Para ti no será buena.
Aparte.
Este es bruxo, o hechicero,
pues él a sí me revela
el pensamiento que tuve.
Calla, cara de cazuela.
En virtud de Dios te mando
que no hables.
Mudo queda
para de aquí a ciento y un año.
Tu mal, Porcia, me desvela,
en tanta necesidad
mi petición no molesta,
os será, fray Juan, haced
aqueste bien que se os ruega.
Supremo Dios, gran señor
de los cielos y la tierra,
que del pecador la muerte
no queréis, mas se convierta;
dadme poder de que saque
de tan grande mal, aquesta
criatura, que redimisteis,
Dios de amor, con sangre vuestra;
en el nombre de Jesús,
nombre santo, que sujeta
el fuego fatal, que abraza
el infierno, y tu soberbia,
te mando que luego salgas
de aquesta mujer, que aprietas
con tan terribles tormentos.
Ya salgo, infame, por fuerza.
Cae en el suelo como muerta y le besan las manos.
¡Ay, padre, que a mis narices
el terrible humazo llega,
y peor que el otro día
cuando le vi en la celda!
Jesús del alma, Dios mío,
grande fue, grande mi ofensa,
mas mayor que no mis culpas
es, gran señor, tu clemencia;
perdóname, oh, santo padre,
la culpa, que la vergüenza
no da lugar que la diga.
Tú la sabes, y esta pena
la merezco, pero en llanto
lavar pienso las ofensas
que contra Dios cometí
en un convento.
Mal piensas,
pues mano me prometiste
de esposa.
Tente y sosiega,
Tiberio, mira que Dios
para esposa la reserva;
y acuérdate que te dije
en el camino me vieras
en la corte.
Ya me acuerdo.
Pues oye, si bien te acuerdas,
morirás dentro de un mes,
mala muerte, y con afrenta,
si a Dios no pides perdón
con debida penitencia;
y tú, Porcia, en el convento
hallarás toda clemencia
en tu esposo, que él te ama
como quien tanto le cuestas.
Aparte.
¿Yo afrentado? ¿Muerto yo?
¿Y sin Porcia, con afrenta?
No puede ser Capistrano
que yo infamemente muera.
No lo dijo el señor cura,
pues ruegue a Dios que no sea,
que pues lo dijo será
como Dios hizo una almendra.
Grandezas son del muy alto
las que veo.
Son grandezas
para vistas, gran señor.
Son glorias del que lo ordena.
Al convento, duque, doy
dos mil ducados de renta
que reciba esta mujer.
Beso tus pies.
Ya se llega
el tiempo de caminar,
vuestra majestad licencia
dé a aqueste siervo.
Dios os guarde,
padre, os traiga a mi presencia.
Vanse.
De Don Rodrigo Pacheco
99
Jornada Tercera
Personas de ella
San Juan de Capistrano
Tito Dorado
Celio
Selín Turco
El Rey de Hungría
El general Vayboda
El Gran Turco
Dos soldados turcos
Laura
La Sultana
Zoraida
Soldados cristianos
Salen el Rey de Hungría, y acompañamiento por una puerta, y por otra San Juan y Tito Dorado con mantos sombreros.
Bien llegado, en hora buena,
sea el nuevo sol de Hungría,
cuya venida, alegría
causa al alma, y le enajena;
la ciudad toda está llena
de gozo, con la venida
de un capitán, que apellida
sol de Hungría, el mundo todo,
que Dios honra de este modo
a quien da por él la vida;
ya no temo al turco fiero
con tan gallardo soldado,
puedo ir muy confiado
en esta guerra que espero,
que siendo vos compañero
en mis trabajos, seréis
quien a mis penas les deis
alivio, con el consejo;
sirviéndome a mí de espejo
las virtudes que tenéis.
Gran señor, la vida es poco,
que dar la vida no es nada
por un Dios, a quien agrada
el amor de un hombre loco;
a servirle me provoco
por recibir sus favores,
que como es un Dios de amores,
tan lleno de amor está
que por amarle da
bienes, de su amor mayores;
si pongo por él la vida,
él por mí también la puso,
conque el cielo nos dispuso,
y siempre con él convida,
el alma, con él unida
siempre está, su voluntad
disponga su majestad,
pues me mandó que viniese
y que aquí soldado fuese
de su divina deidad.
Presto al turco, padre, aguardo,
según que los corredores
avisan a sus mayores,
que con ánimos gallardos
les parece el paso tardo;
los muros bien prevenidos
tengo, y soldados lucidos
que es cada cual un Roldán,
El sol de Italia en Hungría 3.ª parte
la alborada nos darán.
Serán siempre mal queridos.
El emperador mi tío
buena gente me ha enviado,
el Pontífice me ha dado
soldados de grande brío,
pero todo es desvarío
si no se acordara Dios
de dar al húngaro años
que en la milicia cristiana
sois adarga soberana,
rayo del cielo veloz.
Sale el general, con bastón.
Al amanecer señor,
llegará sobre Belgrado,
conforme me han avisado
el Turco, nuestro ofensor,
han mostrado gran valor
los soldados, con la nueva,
porque la sangre renueva
en los viejos, y en los mozos
hierve, con mil alborozos
con que su gusto se aprueba.
A fray Juan general
os doy para consejero,
él con Dios habla primero,
que es la fuente, el canal
por donde la divinal
voluntad, se aguardará,
entonces fray Juan dirá
lo que habéis de hacer, y haced
lo que dijere, y entended
que bien después os vendrá.
En todo estaré sujeto
al sol que por luz me dais,
y pues que señor os vais
cumpliré vuestro precepto.
Adiós padre, que os prometo
voy contra mi voluntad,
vuestra bendición me dad,
pero es fuerza fuera asista
para estar siempre a la vista
de mayor necesidad.
Dios os guarde, Rey potente,
y os dé tan feliz victoria
que sea toda la gloria
dada al Dios omnipotente,
el general con su gente,
y yo con ruegos y oraciones,
daremos demostraciones
de valientes, y cristianos.
Vos con Dios, él con sus manos
aumentaréis mis blasones.
Vanse todos, quedan el santo, y Tito.
¡Oye padre!
Tito hermano
¿qué es menester?
¡Vive Dios
que soy borrico, o los dos
lo somos sin duda, es llano,
como siendo Rey cristiano
se sale fuera, y nos deja
y de Belgrado se aleja,
¿no fuera mejor que aquí
mirara por mí, y por ti?
¡Que estás como gata vieja!
¿Dejarnos en el poder
de aquestos Turcos, y vose?
No hace bien, muy mal lo hace.
¿Bueno aquesto podrá ser?
Ello se deja entender
ser sin falta cobardía.
Sin duda que desvaría,
pues no entiende lo que importa.
De más razones acorta
que estoy al cabo a fe mía,
llevaban a ahorcar un triste
por sus delitos, y el tal
melancólico, y mortal
que vida con muerte viste,
un amigo que le asiste
viendo el tal que lloró,
a voces le consoló
llegándole a palmear,
amigo, déjate ahorcar
porque aquí me quedo yo,
tal el Rey, con los cercados
hace, viéndonos mortales,
y en las balas fatales
aquí estamos condenados,
y viendo al cabo que ahorcados
seremos, sin duda alguna,
dice con voz importuna,
dejad ahorcaros, que yo
quedo acá fuera, eso no.
¡Qué buena que va la luna!
Hermano Tito, repare
que es bien, que el Rey desde allá
nos socorra, porque habrá
quien el campo desampare.
Padre no, no me declare
deste Rey más la intención.
Vamos pues a la oración.
De Don Rodrigo Pacheco 14
¿Oración? A la taberna
iré a darme una fraterna
con buen vino, y buen jamón.
Vanse.
Salen Celio, y Laura de mujer.
Siéntanse.
En tanto que las aguas deste río
vueltas nevada plata, o cristal puro
huyendo, en sitio azul pierden su brío,
en el prado, de amor bosque seguro
de varias flores todo matizado
te sienta Laura mía, que lo oscuro
de la noche gentil, quita el cuidado
que este bárbaro Turco darnos puede
de llegar por ahora hasta Belgrado,
el cuidado que tengo, a todo excede
que miro variable la fortuna,
y temo siempre nuestro amor le vede,
a Tiberio bien sabes que importuna
en Alemania fue la varia suerte
dando al suelo con él, desde la luna,
burló del Capistrano, que le advierte
del infausto suceso que le vino,
su sacrilegio paga en fatal muerte,
entrar quiso el convento (desatino
bárbaro injusto) donde Porcia estaba
dando de un mal en otro peregrino,
este suceso Laura me bastaba
para procurar, que al pensamiento
el alma diese el fin que deseaba,
con nuestro grato, y dulce casamiento
se dan fin a desdichas, y temores
y principio a mis dichas, y contento.
Cuando Celio querido entre las flores
de la quinta de Nápoles rendida,
el alma di sujeta a tus amores,
entonces (Celio) puse yo la vida,
y el alma misma, tierna, en esas manos
de que hoy sola mi bien estoy asida,
húyanse pues de todo, porque ufanos
gocen el gusto entero, pensamientos
que en ser firmes, han sido soberanos,
Ya mis penas serán dulces contentos,
mis trabajos, en glorias transformados
harán fáciles todos mis tormentos,
nuestros
nuestros dos corazones tan amados,
con dulce consonancia, harán, bien mío,
efectos tiernos, bienaventurados,
gratos requiebros, dulce desafío,
entre dos que se quieren tiernamente
dan glorias al amor, al pecho brío.
Levántanse.
Un tropel de caballos de repente
siento que viene.
Pues, mi bien, aguarda,
porque serán de nuestra cauta gente.
¡Ay, Celio mío, el alma se acobarda!
Los turcos son, que han llegado.
Escóndete aquí, mi bien.
Dueño mío, y tú también,
porque no me des cuidado.
Escóndense entre unos ramos, y salen Selín turco y dos soldados.
Gracias a Alá que llegamos
a ver ya los muros bellos
de Belgrado, bien que en ellos
oigo voces y reclamos.
No importa, Selín valiente,
que aquesta gente de Hungría
luego muestra cobardía
por ser varia eternamente.
Parece que hay escondida
gente aquí.
Míralo, pues.
Estos son los que aquí ves.
¡Bella mujer!
[Aparte]
¡Triste vida!
Se aparea a un desdichado.
¿No fuera mejor la muerte?
[Aparte]
¡Ay de mí, que triste suerte
ha tenido mi cuidado!
¿De qué tierra sois, cristianos?
Somos los dos del infierno.
Hay en esa tierra invierno,
o calor de cien veranos.
Llevadlos los dos a mi tienda,
porque esta mujer divina
del Gran Señor sola es digna.
¿No quieres que te defienda?
No, bien mío, que tu muerte
temo.
¿Y es mejor vivir?
Sí, mi bien, porque el morir
no muda mi triste suerte.
Vamos, pues.
[Aparte]
Vamos, señora.
¡Qué grande ha sido mi tragedia!
El afligir no remedia
un mal que no se mejora.
Vanse, y sale el general solo.
Tiran un mosquete.
¡Al arma, al arma, soldados,
que el enemigo feroz,
no valiente, mas cobarde,
a nuestra vista llegó!
El campo todo está lleno
de las tiendas que plantó,
donde blasfemando todos,
están siempre al sumo Dios.
Los caballos con relinchos
nos quieren poner temor,
bravatas que de sus dueños
aprendieron, pienso yo.
Las piezas que paren truenos,
rayos, que dentro formó,
plantadas las miro ya,
que presto que una parió
toda es gente baladí,
bravatas solo y en rigor,
voces todo, y todo viento,
que es nada para el valor
de esos pechos invencibles,
a quien el sumo Hacedor,
como tan justo y clemente,
dio nobleza y sangre dio,
que si tuviera licencia
¡vive Dios, que solo yo
les diera más que entender,
que el escuadrón que le dio
de fortaleza os armada
sienta el turco el gran valor
de los pocos que en Belgrado
Cristo Jesús recogió.
Sale San Juan.
Con ese tan dulce nombre,
quien, Vayboda, no venció.
Ánimo, gran general,
Jesús saldrá vencedor;
mucha sangre ha de costar,
mas la que se derramó
por redimir todo el mundo
victoria nos prometió,
tendrás aquésta sin duda.
Eso bien lo entiendo yo,
porque sois vos en la Hungría
Capistrano, un nuevo sol.
Si Dios os envía aquí,
claro está que os envió
a dar la luz a los ciegos,
y a los soldados valor,
con lo cual, querido padre,
la victoria espero yo,
tan ilustre, que la gloria
se la lleve toda a Dios,
en la omisión os quedad,
en cuanto a preparar voy
las cosas más necesarias
para el gran combate de hoy.
Vase.
Dios soberano, amor mío,
a quien siempre gloria doy,
como quien merece que
se le dé gloria mayor;
vuestro pueblo está afligido,
es cristiano, aunque perdió
vuestra gracia, con sus culpas,
con qué castigo se halló;
no perezca, que humillado
le miráis, y miro yo,
dadle pues, Señor, victoria
deste enemigo traidor;
no se burle el turco fiero
y diga, ¿adónde su Dios
está, que no favorece
el pueblo que le adoró?
¿Cómo se podrá sufrir
que el turco que blasfemó
ese soberano nombre
la victoria tenga hoy?
No lo creo, no, mi bien,
que sois clemente, Señor,
y es todo misericordia
pecho que nos redimió.
Tiran una flecha al tablado con un papel en ella.
Lee el papel.
Pero, ¿quién tiró esta flecha
que a mis pies furiosa dio?
Que como rayo del cielo
al suelo vino veloz;
un papel en ella está
revuelto; pero, ¿qué encubrió
tal sentencia? ¡Qué dichoso!
¡Bendito quien te escribió!
Dice: “Sé constante, Juan,
porque no faltaré Yo,
inmenso amor de mi alma,
cuando podéis faltar vos
a vuestro cristiano pueblo”.
No puede ser, eso no,
que enemigos son aquellos,
y aquestos amigos son.
Sale Tito Dorado.
[Aparte]
Con aquellas manzanitas
con que el turco nos tiró,
¿puede comer un cristiano?
¡Mal haya quien le parió!
¿No tirara con jamones
hechos de lomos? Que yo
las recibiera en el muro
por gozar de su sabor,
y no que si alguna llega
y cerca de uno pasó,
el aire solo y su fuego
para matarnos bastó;
pues si diera en mi barriga...
¡pobre panza en que paró!
¡Dijera Tito el Dorado:
ya nada! Cuando le dio,
a esconder me vengo aquí,
deste gran combate de hoy,
no me toque alguna pella
del manjar que al diablo doy.
Tito, hermano.
[Aparte]
¡Pobre Tito!
De esta vez no me escapó,
hame cogido en la trampa
como si fuera ratón.
En el muro ¿no estuviera
hermano Tito mejor,
animando a los soldados
que no aquí?
Nuestro señor
dice...
dice que se guarde el hombre
del peligro, y luego yo
padre procure guardarme;
necio seré si allá voy.
Oiga, padre, por su vida,
si una manzana veloz
de aquellas que tira al muro
este turco, o gran señor,
da en mi panza, da, ¿qué haremos?
¿Qué, botar? eso no,
porque para botatín
mi madre no me parió.
¿Aquesta es la confianza
que ha puesto Tito en mi Dios?
Vaya por obediencia.
Pobre Tito si allá voy.
Vamos, para que a las balas
pierda el miedo a los dos.
Vase.
En hora buena, vaya padre,
que luego sin falta voy.
El hijo, no, de mi madre
irá, no, vive el Señor,
antes me iré sin más toques
al amigo bodegón;
donde pelearé valiente
con un cobarde capón;
que como lo mejor falta
por siempre cobardes son.
Luego, un aloque divino
que haga dar un tropezón
a la costumbre flamenca,
no sé si alguno me oyó.
Con esto, fuego en la cama,
daré fin a mi pasión,
y para mañana haremos
nuestras trazas; vine a Dios.
Vase, y salen El Gran Turco, La Sultana, Zoraida dama.
Por Mahoma soberano
de no levantar el cerco
aunque este Belgrado terco,
hasta rendirle mi mano.
¿Qué piensa este vil cristiano?
¿No sabe que mi poder
llega a más que pudo ser
el de Alejandro y Darío?
¿Defenderse es desvarío?
¿Y a quién tal llegó a entender?
Empiece pues el combate,
y al muro la artillería
le dé tanta batería
que le sitie de remate.
Defender será dislate
la ciudad, premio subido
de este bien tan pretendido;
daré venganza a mi ser,
pues puedo siempre ofender,
y nunca ser ofendido.
No he de parar, vive Alá,
en Belgrado solamente,
porque a todo el occidente
mi poder humillará,
y su corona pondrá
mi mano más poderosa
sobre aquesta frente hermosa
de mi querida sultana,
cuya beldad soberana
de inmortal renombre goza.
Beso tus pies, gran señor,
por la merced que recibo.
Por ti muero, y por ti vivo,
gloria mía y dulce amor.
No merece tal favor
tu esclava.
Todo es poco,
pues de amores estoy loco.
En los hombres poco dura
el amor, si otra hermosura
se atraviesa.
Mas provoco
a mi amor, si celos miro
en tus ojos, prenda mía,
porque es cierto el alma envía
a cada enojo, un suspiro,
que no me creas me admiro,
porque sabe tu desdén
que te adoro, y quiero bien,
y a ti voy anteponiendo
a tu amor cuanto estoy viendo,
y cuanto viere también.
Nunca, gran señor, pensé
otra cosa de tu amor,
como adoro tu valor
muestro la lealtad y fe,
a quien eres, y a quien fue
tu cautiva.
Eres la reina
que sola conmigo reina
y reinará mientras viva,
el bien que de mí me priva
y quien mi miseria peina.
Sale Zoraida a la puerta de la tienda, y mira qué ruido es ese.
Vase.
Sale.
En mí la fe
vive amor, nunca escarmienta.
Es Celín, que ahora acierta
de llegar.
Venga en buen hora,
dile que entre.
Por ahora
entra ya.
Pues ¿qué será?
Que apenas su luz nos da
la gallarda y roja aurora.
Salen Selín Turco, y dos soldados turcos, Celio en cuerpo, sin espada, y Laura dama.
Alá, señor soberano,
te dé vida.
¿Qué hay, Celín?
En el campo, un serafín
hallé con este cristiano,
solos, dignos que tu mano
les dé vida, o les dé muerte.
Aparte.
¡Qué varia que fue mi suerte!
Aparte.
¡Qué desdichada fortuna!
No he visto mujer alguna
que a su amor más me despierte.
¡Ay bellísima cristiana!
¿Quién te trajo ahora aquí?
Es sin duda que yo nací
para ti; deidad humana,
qué fea que es la sultana
puesta en tu comparación,
abrazado el corazón
siento solo con su vista,
qué ha de hacer, que me conquista
tu beldad toda razón,
¿qué nación?
Italiano.
Y esa deidad que contigo
traes, di, ¿quién es, amigo?
¡Ay de mí!
Este es mi hermano.
Ande libre este cristiano
y en mi servicio estará,
y en vos, sultana hallará
esta cristiana el favor
que os merece el mucho amor
que en el alma siempre está.
Aparte.
Profeta fui, pues que veo
un nuevo amor en sus ojos,
no le quiero dar enojos
que solo será un deseo.
No quisiera más trofeos
de esta célebre conquista,
que rendir a quien me alista
en estos ojos que miro;
a cuyos soles, que admiro
pierdo el alma con la vista.
Selín, dile al general
que empiece luego el combate,
porque parece deslate
no investir.
Será mortal
y su perdición total
del enemigo en verter.
Voy, señor.
Todo es morir
con sangre allá, yo con fuego
a manos del niño ciego
el alma pienso rendir.
Vanse, y disparan algunos mosquetes, y salen al muro el general, soldados cristianos, y saldrán Selín, y los turcos que pudiesen con escalas, y los arrimarán al muro, y de arriba por un espacio se peleará con los de abajo, tirando los con alcancías, y al principio de la pelea aparecerá en el aire San Juan con una espada desnuda en la mano, y un pendón en la otra; y estará así hasta que se acabe el combate y antes de le empezar suenen dentro cajas y se hará todo conforme los versos que se irán diciendo.
Selín, dentro.
Al muro, al muro, soldados,
entiendan los cristianos
que son rayos vuestras manos
del gran Júpiter vibrados,
llegad, poned las escalas,
escalad el muro fuerte,
porque envuelta irá la muerte
entre las furiosas balas.
Salen con escalas, que arriman al muro, y arriba sale el general, y soldados.
Subid, perros, que os espera
la muerte envuelta en mil rayos,
¿cómo? ¿padecéis desmayos
al subir de la escalera?
Subid, probaréis la espada
que mi diestra mano tiene,
¿cómo el gran señor no viene?
Venga pues, y a la bajada
verá quién son los de Hungría.
Ea, soldados valientes,
subid,
subid, no sientan sus gentes
en vosotros cobardía,
aquí se da la batalla, y aparece en el aire el santo, como está dicho y en medio de la fuga salga el gran Turco, con bastón y espada desnuda
a ellos, cobarde gente,
ea perros, ¿no subís?
¿qué teméis, qué os acobarda?
¿quién os fuerza así a huir?
de cuatro viles cristianos,
entregados a morir
como bestias no domadas,
¿cobardes del golpe huís?
arriba vasallos míos,
ea turcos, que el vivir
sin honra, es muerte afrentosa
muerte al fin, triste y civil,
¿qué teméis cobarde gente?
si mi poder deslucís,
con mi espada os pasaré
el corazón siempre vil,
tened, no subáis, qué espanto,
qué prodigio es el que vi,
entre la tierra, y el cielo
que les ampara en su fin,
bajad, bajad, que se viene
todo el cielo contra mí,
que un portento les defiende
a que no puedo sufrir,
porque la luz que le cerca
como la del sol la vi,
si tal sol hay en Hungría
honor, y vida perdí,
retiraos de esos muros
pues cobarde me rendí,
o mal haya vil Mahoma
el Turco que cree en ti,
vanse los turcos, y desaparece la apariencia del santo, y dice el general desde el muro
victoria todos cantad
que a Dios se debe decir,
victoria, Jesús venció
todos lo canten así,
retíranse todos del muro, y salen la gran sultana, y laura
vi rendido al gran señor
a tus ojos, Laura bella,
conque el alma se querella
y cobra nuevo furor,
son los celos, un calor
que consume, y nunca mata,
conque la muerte dilata,
rabia, y furor es su fuego,
vive en pena, y sin sosiego
el sentido se arrebata,
por lo cual, oh Laura hermosa,
por tu honor mira, y por mí,
porque si ahora perdí
por ti, que eres una rosa
su gracia; por otra cosa
mañana la perderás,
y nunca volver podrás
a la fortuna primera,
aguarda, señora espera
mi valor conocerás,
viste el mar, soberbia pompa
del mundo, que escupe al cielo
blanca espuma, y con desvelo
sin que nadie le interrumpa,
del aire impelida trompa
¿parece? que da combate
a firme roca que bate,
y ella firme en su grandeza,
afirma su fortaleza,
y fieros golpes rebate,
así seré, que cual roca
en medio del mar, constante,
seré fuerte cual diamante
a quien no mella, ni toca
la fuerza, que le provoca
a dar un amor de sí,
porque nunca me rendí
a las olas de un amor
a quien el viento, o furor
rindió fácilmente así,
un pensamiento he tenido
que en ejecución pondré,
la libertad te daré
con tu hermano, que rendido
al pesar, amor le vido,
y en esta noche, en fin,
a mis celos dará fin,
previene pues tu partida,
vase
aumente el cielo tu vida
aparte
de estos dos seré el delfín
que les saque de la mar
o tormenta en que me veo,
no cumpliré su deseo,
muera pues quiere matar,
voy a Selín cuenta a dar,
que es al fin querido hermano,
para que llame al cristiano
y le tenga prevenido
si la batalla ha perdido
es premio a la de humano,
vase, salen san Juan, el general, tito dorado, y soldados
solo a Jesús, nombre santo
se deben de dar las gracias
de la merced que a su pueblo
hizo en aquesta batalla,
en él solo es bien se ponga
toda nuestra confianza,
porque es el príncipio, y fin
de bienes, y glorias tantas,
que aunque Dios es hombre, y como
tal, siente nuestras desgracias,
y solamente procura,
llevarse tras sí el alma,
esto, general famoso
es necesario que haga
de su parte por ganar
voluntad, que también paga,
lo que importa ahora aquí
es señor, que la mañana
que viene, la gente esté
puesta a punto de batalla,
porque cojamos al turco
su gente tan descuidada
que le ganemos el campo
con tan súbita alborada,
aqueste es mi parecer,
y tengo firme esperanza
que en el nombre de Jesús,
venceremos
eso es nada,
no ha de quedar turco a vida,
y dellos una ensalada
haré para la turquía
que produzió tal casta,
para que de ella comiendo
quede toda envenenada
y no vengan otras veces
a darnos males mañanas,
apruebo su parecer
oh santo padre, y me allana
al parecer de los dos,
la gente de la cruzada,
que como son más en suma,
y gente que no es pagada,
es necesario consienta
con nosotros, y eso basta,
yo tomo gran general,
a mi cuenta esta jornada,
y haré que nuestros cruzados
de salir me den palabra,
pon en orden tú señor
toda la gente pagada
que esté toda puesta a punto
para la primer mañana,
vamos padre, tu consejo
de la mente soberana,
me parece que ha salido,
demos padre la batalla,
vanse todos, y queda Tito solo
bebe
vayan ellos nora buena
y en muy norabuena vayan,
que yo con mis cuentas quiero
y mi linda calabaza,
darme a Dios en la oración,
o si la sed me dejara,
que me atormenta por horas
ella no quiere, pues vaya,
¡qué bueno que es el vinillo!
no sé para qué es el agua
para los bueyes es buena
porque la beben con gana,
buen provecho Tito hermano
haga a su señora panza
guárdela pues, y recélese
una desmandada bala,
por san pito, que hay temores
de muerte dentro del alma,
o si el Turco ya se fuera
y en paz beber me dejara?
que todas veces que tomo
a nuestra hermana, la taza
en la mano? estoy pensando
si la quebrará una bala
no tanto, no, por la mano,
por el vino me pesara
que es tan suave, que a veces
sin temor me descalabra,
dejemos ahora aquesto,
porque el sueño a veces llama,
abrir la puerta le voy,
que bien duerme quien bien ama,
vase, tocan alarma, y salen Selín, Celio, y Laura.
Tocan.
vase.
Salid aprisa cristianos
que avemos sido sentidos,
y si acaso veis unos perdidos
por la noche? esos pantanos
os seran puerto seguro
para vuestra libertad,
en frente esta la ciudad
llegad con presteza al muro,
nuestro campo al arma toca,
a buscaros han salido,
yo soy de todo perdido
si me hallan, vida poca
me queda, guardeos Alá,
por aqui me escaparé,
y al campo me llegaré
por esta parte de acá,
Eterno Dios, y señor
a Capistrano enviad
que nos lleve a la ciudad,
y nos libre del furor
del Turco fiero, inhumano,
sol divino de la Hungría,
muestra tu luz, y nos guia,
sale San Juan y se ponga delante de ellos como que les va guiando.
o que sol tan soberano!
Animo Laura querida
que del sol que va delante
es su luz, siempre constante,
y nos lleua a dar la vida,
Sigamos su luz amigo
que seguros caminamos,
con el sol que aqui llevamos
no temas al enemigo.
vanse, y sale el Gran Turco solo.
Aguarda mi querida
espera bien del alma,
por que dejas en calma
aquesta triste vida,
ay, mueva te mi llanto
porque me saques de tan triste encanto,
que desdichado fruto
mi amor sacó de amarte,
pues cuando en esta parte
pensé darte tributo,
quisó mi triste suerte
que adonde esperé vida halle la muerte,
que confusion terrible
opprime el alma mia,
ó nunca viera Hungría
ni viera vn imposible
que me lleva robada
la libertad, del alma mas preciada,
ay Laura de mis ojos
sabiendo que te adoro,
dejaste en mi thesoro
las dichas por despojos
robando de mi pecho
el corazón, en lagrimas deshecho,
buelve querido dueño
a quien te adora, y ama,
no mires que te infama
el ser ingrata? es sueño
lo que por mi ha pasado!
temblando el cuerpo esta, que se ha pasmado,
ingrata fugitiva,
tirana como hermosa,
en quien solo reposa
ingratitud altiva,
mira que el alma llevas
a quien te adora, y por mi mal repruevas,
hechizo de mi alma,
gloria de vn bien que puso
el imperio confuso
dejando amor en calma,
buelve pues que adorada
eres del alma tanto lastimada,
mas para que me canso
o fugitiva bella,
en dar de ti querella
ni procurar descanso
a mi corazón triste
pues si me dejas, nunca me quisiste,
por Ala soberano,
de no partir de Hungría,
hasta que a la luz mia
se subjete mi mano,
porque al amor ofende
a quien se burla del, y se defiende,
porque me fuiste ingrata
he de poner por tierra
esa ciudad, que encierra
el bien, que asi me mata,
para que exemplo sea
la ingratitud, que tanto a ti te afea,
sale Selín Turco.
Que haces tan descuidado
o gran Señor, que enviste
el cristiano: resiste
y deja ese cuidado,
por que no es tiempo ahora
de dar al crudo amor sola una ora,
acomete furioso,
con animo terrible,
y puede ser posible
segun es valeroso
que de fin a la guerra
con la muerte de todos en su tierra,
aparte.
deshagase el contento
con que inviste el cristiano,
por Alá soberano,
que me falta el aliento,
gran señor envistamos,
y dar aliento a nuestra gente vamos,
truequese amor, en marte
sea todo fiereza,
aumente fortaleza
mi fatal estandarte,
y confusion, y muerte
entre en el campo del contrario fuerte,
vamos Selín, y demos
hoy, las muestras fatales,
la vida en tantos males
por fuersa restauremos,
mas ay cristiana mia
veate yo, y muerame en Hungría,
vanse, y sale Tito en el muro solo.
ponese el antojo, y ay estruendo de caxas, trompetas, y se tiran algunos mosquetes.
y como.
De aquí escondido veré
los toros de talanquera,
que es grande gigante el miedo
y mucha mas mi flaqueza,
que tal me tiene el ayuno
que no puede mi cabeza,
tenerse, sin que asustada
su reverencia se vea,
este santo que nos dio
Dios inmenso en esta tierra,
ha trabucado el sentido
pluga a Dios que por bien sea,
al gran general Vayboda
porque salga a la pelea,
con los Vngaros que tiene
dentro en esta fortaleza,
y como el señor general
por desir bien, su excelencia,
pendiente esta de la boca
desta estatua de madera,
a mi pareser se arrima
que darle gusto desea,
o por entender que viene
mandado de suma alteza,
que no lo creo a fe mia,
que bien mi malicia asienta,
porque si ayuna, yo ayuno;
si el resa, mi boca resa,
si se azota, yo me azoto,
si bien pasto: no sienta
allá, si murmuro acá,
que adivina es cosa sierta,
pues yo no soy santo, como
lo sera su reverencia?
alfin tanto de pasares
mas sea lo, o no lo sea,
él salió por la mañana,
mejor fuera que embistiera
con un buen jamón cosido
y lindo vino de testa,
que no salir a batalla
con aquesta gente perra,
cuya carne ver procuro
sasinada, o en salmuera,
miremos al campo ahora
con este antojo, por fuersa
he de ver como acometen,
o si buelven la trasera,
Los cruzados por San Juan
que lleuan la delantera,
acometen, (gran estruendo)
con espadas, y rodelas,
la gente del general
con sus fuertes escopetas,
escupen balas, con que
derriban turcos aprisa,
ellos vienen temerosos
tirando balas, y flechas,
pero como el miedo es mucho
nos ladran como las perras,
el Capistrano delante
al buen Jesus llama aprisa,
y como galgo discurre
por el campo, y enmaleza,
¡o qué de muertos que caen!
¿si para cecina es buena
esta carne? no, que es carne
insulsa, bárbara, y perra;
ya ganan la artillería
los nuestros, la acción es bella,
que estos truenos paren rayos
que a buenas noches nos dejan,
ahora las manos son
las solas que allí pelean,
y los valientes que ay
sus fuertes ánimos muestran;
o qué brava cuchillada,
un cruzado dio a una bestia
que en camello, o camello
le traja, y muerto queda,
¡o general, Dios te guarde!,
que el gran Turco se te llega,
el alfanje alza, y le tira,
¿diole? no, que se hizo a fuera,
él le embiste con la espada
en su cabeza hace prueba,
cuchillada de revés
le da, tendióle, ya llegan
mil turcos a socorrerle,
y en volandillas le llevan
para que cure la calva
de la herida, que le afea,
paréceme, señor Turco,
que ha menester cabellera,
porque una calva, y tan calva
y más herida, es muy fea;
unos se encuentran con otros
que muertos, otros se llegan
sus lugares a occupar,
y luego tras ellos ruedan;
lo que a mí me espanta más
es, que a Fray Juan no puedan
llegar las balas, y alfanjes
antes huyen dél las flechas;
este es pues, santo sin duda
y Dios le guarda, que vela
los justos, como asimismo
por ser su bondad inmensa,
unos llaman a Jesús,
porque les dé fortaleza,
otros invocan a Mahoma,
que es cierto muy buena presa;
todo es grita, todo voces,
las caxas tocan apriesa,
de trompetas el sonido
me quiebran esta cabeza;
la batalla en peso está,
aunque nuestra gente empieza
a llevarlos por el campo
y de a flaquearles no cesa,
las espaldas vuelven ya
esta canalla, y banderas
los nuestros van arrastrando
y a cantar victoria empiezan.
Tocan caxas, chirimías, y otros instrumentos, y dizen todos dentro victoria.
El Capistrano triunfante
festivo en la ciudad entra,
a dar gracias al que pudo
darnos victoria tan buena;
a rescebirles me parto
pues que tan contentos llegan,
y entre ellos hecharé tajos
que por valiente me tengan.
Vase, vuelven a tocar los instrumentos y salen San Juan, el general y soldados.
Gracias al cielo, que dio
la victoria a sus cristianos,
y libre de estos tiranos
aqueste ciudad quedó,
sígase el alcance luego,
y recójase el despojo,
no se muestre nadie floxo,
pase todo a sangre, y fuego.
a vos, grande Capistrano,
se os deve toda la gloria,
después de Dios, la victoria
la dio vuestra santa mano,
no ay paga con qué pagaros
los trabajos tan continos,
vuestros hechos peregrinos
milagros que vide claros,
pero solamente Dios
que por sol os dio en Hungría
os pagará, que a fe mía
pagaros no puedo a vos.
Solo a Dios se deve gloria,
déle el inmenso favores,
pues mansos ya sus rigores
nos dio felice victoria,
andad general famoso
a la iglesia en procesión,
humillad el corazón
al que es todo poderoso.
Caminemos pues, soldados
tóquense los instrumentos,
más festivos, y contentos
ante Dios sumo humillados,
demos las gracias de todo
con humildes oraciones.
Humillar los corazones
conviene, pues somos lodo.
Tocan los instrumentos y vanse todos y queda San Juan solo.
Dios inmenso, y increado
amores del alma mía,
ya dio fin esto de Hungría,
a que el Papa me ha enviado,
haced ahora de mí
como Divina Deydad,
señor vuestra voluntad
que para eso estoy aquí.
Habla una voz de dentro.
Ya Juan, tiempo es que dé
a tus trabajos el premio,
señalado estás al gremio
de los justos, por tu fee,
apercíbete querido
que te quedan pocos días.
¡O, quién fuera Jeremías
para llorar lo perdido!
bendito seáis mi Dios
pues tanta merced me hazéis,
como con vos me llevéis
que solo mi bien sois vos.
Sale Tito Dorado.
Qué alegre estáis, padre mío,
por la victoria, yo fío
que aún os queda más valor.
Contento estoy Tito hermano,
mas otro mayor contento
en el alma ahora siento,
presto se irá Capistrano.
¿Y adónde iréis padre?
Al cielo.
¿Pues yo qué tengo de hacer?
Tito hermano, santo ser,
miren pues, y qué consuelo.
Salen Celio, y Laura.
Danos padre aquesa mano
pues la vida te devemos,
la libertad que tenemos
se te deve, Capistrano.
Bien te acuerdas Celio amigo
que me diste libertad
en Brusa, fue charidad
de que el alma es buen testigo;
yo te dije que algún día
te lo pagaría, así
sucedió, pues te acudí
en este Reyno de Hungría,
emendad hijos la vida,
y guardaos del castigo,
que no duerme el enemigo,
mas Dios al menda os convida,
vamos porque es tiempo ya
de dar cura a mi locura.
Es grande la calentura.
Para morir bastará.
Vase.
El señor muere; de modo
que pues él lo dice, basta,
que es su capricho de casta
que decir, y hacer es todo.
Vase.
Gran santo.
Es el consuelo
de todos, vamos señora.
Celio, en viniendo el Aurora,
daré fin a tu desvelo.
Vanse, sale el Rey de camino, el general y acompañamiento de soldados.
Tanto que supe la nueva
o general excelente,
de la victoria presente
que bien lo visto comprueva,
porque es bien a vos se ordena
el justo agradecimiento,
vine alegre, y tan contento
en persona a gradecer
vuestro feliz proceder
y procurar vuestro aumento,
bien sé los muchos cuidados
que el Turco os ha dado aquí
pues su soberbia vencí
con invencibles soldados.
El cargo os doy, despachaldos
y vayan todos contentos,
y para vuestros aumentos
de Valachia duque os hago;
bien entiendo que no pago
los muchos merecimientos
que tenéis.
Los pies os beso
por la merced que me hacéis,
muy bien, gran señor, sabéis
pagar.
El grande peso
de la virtud, no es exceso
pagarla, mas paga justa.
Fuera eso, a no ser injusta
en mí, señor, tal merced.
Y general siempre sed
de aquesta corona augusta.
Al divino Capistrano
no veo.
De aquese sol
ya se anubla el arrebol,
él se muere, aquesto es llano;
ha sido el más soberano
capitán, que el cielo ha dado,
fiel consejero, y soldado
en la cristiana milicia.
Dios le lleva, y en justicia
se lleva lo que ha prestado;
el trabajo infatigable
que en esta guerra pasó
fue causa de que enfermó
el santo, a todos amable;
su condición tan afable,
su consejo a tiempo dado,
su descuido con cuidado
nos dieron, señor, victoria;
Dios, y Juan, llevan la gloria
de aqueste bien de Belgrado.
Sale Tito Dorado.
Señor, el padre querido
de todo el reino de Hungría
camina apriesa, y me envía
llevéis.
¡Oh, sol subido
de mi reino escurecido,
le dejáis! ¿Cómo ser puede?
¿Que huérfanos sin vos quede?
Dios os lleva, es gusto suyo,
vamos a verle.
Concluyo
con ser fraile, ¿hay quien me hospede?
Vanse todos.
Córrese una cortina, y estará el santo acostado con su hábito en una cama muy pobre.
Venid, mi bien, venid, mi dulce amado,
venid, grato manejo a mi amargura,
volved a renovar vuestra figura,
y a dar algún alivio a mi cuidado;
el cuerpo en vuestra ausencia se ha turbado,
dando contra la parte honesta y pura
armas al enemigo, que procura
quitarme todo el bien que me habéis dado;
detiene la esperanza, pide y ruega
al alma, y el temor despierta y llama,
mirad que si el socorro tarde llega,
terná lugar el humor, fuerza la llama;
que el árbol que con llama no se riega,
perderá la verdura de la llama.
Salen el Rey, el general, Tito, Celio, y el acompañamiento de soldados.
¿Dónde se esconde el tesoro
que Dios dejarnos permite
para amparo de este reino,
para patrón más sublime?
En esta...
En esta celda, señor,
ese que preguntáis vive,
un sol que se pone ya
sujeto a muerte terrible.
Padre mío, ¿así nos dejáis
sin tus rayos más felices?
Qué desdicha fue la mía,
pues vine a ver este eclipse.
Rey, y señor, tiempo es ya
de dar este cuerpo triste
a la tierra, pues formado
fue de materia tan simple;
de barro me formó Dios,
tiempo es ya que se aniquile
un vaso que es ya tan viejo,
y solo miserias viste,
porque el alma suba y goce
en su centro el más felice
descanso que tener pudo.
El hombre mortal que vive,
grandes miserias, buen Rey,
aguardan al reino triste,
por los mismos turcos fieros
castigo que le permite
el que gobierna los cielos,
cuyo decreto infalible
verás cumplido en tus días,
por los pecados terribles
y herejías de tu pueblo,
a quien vano pecho oprime,
dilatando nueva seta
entre aquesta gente simple.
Penitencias, y oraciones,
es remedio convenible
para que se aplaque Dios,
y tu pueblo quede libre.
Pues, padre del alma mía,
¿por qué nos dejáis? Decidme,
en tantas calamidades,
¿con qué Dios quiere afligirme?
Porque quiere el que lo puede
todo, ¡oh, Rey!, en lo visible,
llevarme, porque conviene
de aqueste mundo insufrible.
¿Así, sol de Hungría claro,
nos dejáis en tal eclipse?
¿Así dejas, padre, a Tito
entre herejías terribles?
¿Cómo, padre, ahora cuando
el alma de nuevo vive,
nos dejáis?
A Dios pedid
nos viváis más si es posible.
Señor, si a tu pueblo soy
necesario, pues se aflige
por mi muerte, no recuso
laborar, en tiempos tristes.
Una voz de dentro.
Viene, querido del padre,
al centro donde saliste,
y recibe la corona
que mi bondad te permite.
En tus manos, Dios de amor,
esta alma tuya recibe.
Estará detrás de la cortina del santo otra cortina, adonde estará un torno, y al punto que espira, se correrá y se verá un niño vestido de volante de plata, que va subiendo.
Ya nos dejó nuestro sol.
Ya su luz paró en eclipse.
Es cierto que se ha llevado
Dios el santo más sublime
que en la tierra, en este tiempo
tan desdichado, reside;
dad general orden luego
al entierro, es bien se estimen
prendas tan grandes, cual hoy
goza esta tierra infelice.
Al Sol de Italia en Hungría
el autor da fin felice,
y que perdonéis sus faltas,
como tan nobles os pide.
Cubren la apariencia, y vanse.