帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
作品のメタデータ
警告
誤りや脱落が含まれる可能性があります。より良い版をお持ちの場合は、 更新を反映するためにご連絡ください。
ライセンス
このコンテンツは Cre帰属先:tive Commons CC BY-NC 4.0 ライセンスで提供されています。再利用は引用付きで認められます。 引用を付せば再利用できます。商用利用は認められません。
<帰属先: cl帰属先:ss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" t帰属先:rget="_bl帰属先:nk" rel="noopener noreferrer" 帰属先:ri帰属先:-l帰属先:bel="クリエイティブ・コモンズ CC BY-NC 4.0 ライセンスの詳細を見る">推奨引用
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El primer templo de Cristo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-primer-templo-de-cristo.
366 I
El primer templo de Cristo
Comedia en 3 jornadas
(Con censura) Legº 26 17 55
Octaviano Augusto. Emilio Galo, galán. Eliano, tribuno. Tiberio. Agripa. Valerio Mesalo, cónsul, barba. Diomede, gracioso. Soldados. Claudia, hija de Valerio. Julia. Augusta. Camila, criada. Libia, criada. La Paz. La Edad de Oro. Dos ángeles. Músicos.
Dentro.
¡Viva el grande Octaviano,
y celebren sus trofeos
del clarín las voces claras,
del parche el bastardo estruendo!
Repitiendo todos.
Dentro.
¡Viva!
¡Y triunfe siglos eternos!
Salen Emilio Galo y Diomede, de camino.
Feliz yo, patria querida,
pues vuelvo otra vez a veros
después de tan dilatados,
marciales, duros encuentros,
como ocasionó la guerra
que Augusto lidió resuelto.
Contra Cleopatra y Antonio
en Alejandría; y vuelvo
a decir más y mil veces
feliz yo, pues me prometo
ver tan presto en Claudia hermosa
el más soberano dueño
que el alma adora: logrando
juntamente el cumplimiento
del triunfo a que Octaviano
aspira, pues a este efecto
a proponerlo al Senado
me envía.
Dame consuelo,
al ver que entramos en Roma,
de lo que pasado habemos
en viaje tan prolijo.
Y ¿qué has padecido?
Presto
lo diré; venir al trote,
sufrir el sol y el sereno,
batucarme las entrañas,
comer mal y beber menos,
darme el tormento del potro
en un flaco rocín viejo,
subirme con los latidos
los livianos al cerebro,
y sobre todo molerme
el molde de los gregüescos.
Loco estás.
Loco, o no loco
de haber llegado me huelgo,
y más que con buen anuncio
entramos, pues todo el pueblo
por las calles dividido
va sin orden repitiendo
Dentro.
El grande Octaviano viva
y triunfe siglos eternos.
Raro regocijo admiro
en plebe y nobleza a un tiempo
celebrando las victorias
de Augusto; solo no entiendo
cómo ha podido llegar
la noticia del suceso
de la victoria ganada
en Egipto, en que funesto
fin han tenido las vidas
de Antonio y Cleopatra, puesto
que enviado yo del César
por la posta a Roma vengo
a dar aviso al Senado
del triunfo, y de que ha resuelto
entrar vencedor en ella
Octaviano; y más viniendo
yo en las alas de mi amor
a ver el prodigio bello
de Claudia a quien fino adoro.
¿Cuándo ha llegado más presto
la noticia, que tu amor,
admiras?
Sí.
Bueno es eso,
sabiendo que hay hechiceras,
brujas y otros embelecos,
hijos del arte del diablo,
que corren más que cien pleitos.
Necio estás.
¿Necio? Pues dime,
¿negarás que es más que el viento
ligera la mala nueva?
Eso no.
Pues siendo cierto
que hubo de llegar la mala
del infelice suceso
de Antonio y Cleopatra, ¿no
es fuerza que al mismo tiempo
llegase también lo bueno
de nuestro triunfo?
No quiero
apurar el cómo pudo
llegar a Roma primero
esta noticia, pues solo
que ya se celebra advierto;
y dejando esto a una parte,
¿dónde pusiste los pliegos
que cuidadosos fiaron
a mi amistad y secreto
Agripa y Tiberio?
Aquí
les guardo.
Pues ya nos vemos
en Roma, y atentamente
entrambos me previnieron
(sin saber el uno del otro
el encargo y el empleo)
que cuando en ella estuviese
les abriese; pues discretos
fiaban de mi fineza
lo que se me encarga en ellos,
quiero abrirlos.
Mucho deben
de importar, cuando al estrecho
se reducen de no abrirlos
antes de ahora.
Yo debo
cumplir con mi obligación;
que a su favor crédito
y a su amistad singular
sacrificaré resuelto
la vida; pero no sé
qué sobresalto, qué miedo
me anuncia el pecho al romper
la nema, que, el pulso incierto,
yo le apruebo turbado
y él se suspende inquieto.
¿qué será? mas ¿qué ha de ser?,
¿no son Agripa y Tiberio,
aunque príncipes, tan finos
en mi amistad, que primero
que ella falte, faltarán
los ejes del firmamento?
Señor, dime por tu vida,
¿en qué piensas?
¡Oh, qué ciego
el pensamiento discurre!
¿No respondes?
No.
Vive Dios.
Guarda esas cartas.
Sí, haré.
Mas no, dámelas.
¿Qué es esto,
señor? ¿Es venganza, y ando...?
A mí mismo no me entiendo,
no te espantes.
No me espanto,
mas recelo que aquí dentro
traigo algo que darte puede
cuidado.
Nada recelo.
Pues si no recelas, sal
del susto, y vamos leyendo.
Bien dices; esta es de Agripa,
pero aquí otra carta advierto
cuyo sobrescrito dice:
«A Claudia». ¡Válgame el cielo!
¿A quién dice?
A Claudia.
Malo.
¿Y para ti?
Es esto.
Paso;
a ver qué te encarga.
Lee.
Dice
así; ¡fáltame el aliento!
«Pues en Roma estoy, y es fuerza,
según el vínculo estrecho
de amistad, que profesáis,
ver en tu casa a Valerio,
padre de Claudia; si acaso
viereis su bello portento:
qué es lo que pasa por mí».
Lo que puede a cualquier necio
que toma un papel cerrado
sin saber lo que va dentro;
mas prosigue.
Lee.
Mal me animo.
«Con el cortés rendimiento
que a mi atención corresponde
dadla esta carta: esto os ruego;
y aunque tanto mi amistad
espero que algo deberos,
yo os pago en la confianza
mucho más de lo que os debo.
Muerto estoy.
Pues enterarte,
vamos al dicho.
Eso intento,
y apuremos de una vez
al vaso todo el veneno:
este es de Tiberio.
Ábrelo.
Y trae
adjunta:
Qué mal me esfuerzo:
otra viene, y dice: a Claudia.
¿Otro demonio tenemos?
Señor, ¿leéis bien?
¿Aún hay
amor tirano, más celos?
A ver lo que ahí le escribe:
Solo hallar mi muerte espero.
Aparte.
Pues luego en llegando a Roma
habéis de ver a Valeria
primer cónsul de la patria,
buscadle en su casa, y puesto
que tenéis tanta inclusión
en ella, daréisle al bello
prodigio de Claudia (a donde
habrá, cielos, sufrimiento)
ese papel que he librado
mi fe en el secreto vuestro:
a ella os empeño mi amor
y solo salvo advierto
que donde está la amistad
todo lo demás es menos.
Para en uno son entrambos
señor, se dijo por esto.
Sin sentido estoy.
Cartas son estas
de favor, a lo que entiendo,
para que a un amigo
le pongan en tal aprieto.
¿Qué es, cielos, lo que me pasa?
¿quién se ha visto en el estrecho
de tantas ansias, de tantos
pesares, tantos tormentos?
¿Cómo, creeré que los dos
faltando al deudo, respeto
a Augusto, y a su decoro,
ofenden mi casa y pecho?
de otro amor; esto no alcanzo;
solo es cierto, que esto es cierto:
¿Si Claudio daría ocasión?
pero ¿qué digo?, o yo miento
si pienso que caber puede
tan liviano desacierto
en su sangre, que no saben
engañar los nobles pechos,
y más cuando a Sila adoro
con tan noble desaliento
que en la duda de ofenderlo
aun es cortesano el miedo;
pues si esto es así, y también
lo es, que a su fineza debo
favores en el permiso
de idolatrar sus reflejos;
demás dello, ¿he de ser
bastardo, injusto tercero?
Eso no; mas ¿no es de Augusto
Agripa amigo y aun deudo?
¿no debo a su estimación
no pocos nobles extremos
de amistad? También ¿no es
hijo adoptivo Tiberio
de Octaviano? No consigo,
mi fe con gran valimiento,
los honores que me ilustran,
las riquezas que poseo?
¿Pues cómo a tan repetidas
finezas faltar intento,
y cómo cómplice infame
ser de mis agravios puedo?
Callar, sufrir es arriesgado,
declararme yo no es tiempo,
ser falso amigo es vileza,
ser traidor amante es yerro;
si atiendo a mis ansias, falto
de amigo a los nobles fueros,
si cumplo con la amistad
también contra amor cometo
otra infamia, que en las leyes
políticas de su imperio
como hay alevosas culpas
hay infames escarmientos:
yo así en el confuso, raro
desorden de mis despechos,
mientras que yo lloro triste,
mientras que afligido peno,
mientras que muero celoso,
mientras que amante padezco,
deme remedio el amor,
denme paciencia los cielos.
Mucho has soliloqueado
y divertido en el cuento.
Y yo en este contemplando
la gran variedad de gestos
y ademanes que formabas.
Al mismo llegado habemos
zaguán de la misma casa
del mismo cónsul Valerio
que es el mismo a quien buscando
venimos nosotros mismos;
de que obligada
sin duda de esos acentos,
sale Claudia al escuchar
que repiten lisonjeros.
¡Viva Octaviano!
¡Viva,
y triunfe siglos eternos!
Pues retírate a esta parte
hasta ver si acaso puedo
llegar a hablarle seguro.
Y de las cartas, ¿qué haremos?
No sé, el tiempo lo dirá.
Es grande hablador el tiempo.
Claudia y Camila.
¿Salió mi padre?
Ahora fue al Senado
movido del cuidado,
sin duda de esas voces
que inciertas vuelan por llegar veloces,
pues unos dicen que con noble gloria
ha conseguido Antonio la victoria
en Egipto; otros dicen que desecho
con Cleopatra quedó, y que de despecho
dio la muerte a los dos, cantando ufano
la victoria el Augusto Octaviano,
por lo cual hoy se altera de la plebe
la sediciosa condición aleve.
¡Ay, Camila, que en vano mi desvelo
alienta el corazón!
Pues ¿qué recelo
puede afligirte tanto?
¿No es bastante ocasión para mi llanto
ver que si vencedor Antonio queda,
de Octaviano la tragedia hereda
mi padre, pues parcial y amigo suyo
que ha de llorar arguyo
en la ira de Antonio su escarmiento?
Añadiéndose a esto el sentimiento
de que si Octaviano no ha vencido
y su ejército queda destruido,
Emilio Galo, cuya fe constante
sabes que pago con fineza amante,
si de la guerra se librare vivo,
hoy a esclavo, o cautivo,
Es preciso que esté, siendo importuna,
su opuesta estrella mi infeliz fortuna.
¿Podrá ser este cielo
mentido alivio de mis tristes celos?
Quizá habrá Octaviano
vencido a Antonio, o al dolor tirano
así te rindas, que es en lances tales
sentir dos veces, agravar los males:
además que si el alto, en tanta mengua,
no volviere, Tiberio...
Ten la lengua,
pues sabes que me cansa.
Agripa, pues...
Es vana su esperanza.
¿Quién por estas picañas se desvela?
Cualquiera de esta suerte se consuela.
Feliz yo, pues con este desengaño
cesa en mis celos la mitad del daño.
Clarín.
Mas ¿qué clarín sonoro
es ese que se escucha?
Aunque yo ignoro
la causa, solo noto que advertido
el pueblo todo en tropas dividido,
por toda Roma discurriendo vano,
va repitiendo...
Dentro.
¡Viva Octaviano!
Feliz anuncio al hado me predice.
Mas ¿quién se ha entrado aquí?
Un infelice.
Un infelice, repito,
divina Claudia, y no en vano,
pues sabe hacer la fortuna
de un dichoso, un desdichado.
No era sino dos, señora,
pues por alargar el paso
me desquició el rocín, el
postigo del cuarto bajo.
¿Qué dices, Emilio? Ay triste,
penas, vamos más despacio:
¿vienes vencido?
Sí, hermoso,
divino dueño adorado.
¿Tus victorias no advierten
ese lisonjero aplauso?
También es cierto.
Pues, ¿cómo
con extremos encontrados
vencido y vencedor vienes?
Es que me vuelven los hados
vencido de mi desgracia,
vencedor de mis contrarios.
¿Y de novedades, hay quejas?
Sí, Camila, ¿no está claro
que al compás de los señores
se han de quejar los lacayos?
No se entiende.
Pues bien puedes,
si no es que traidor tu encanto
quiere hacer de la ignorancia
máscara para el engaño:
mas esto ahora no importa,
refrenemos dolor, suframos, ¡ay!
que primero es la amistad:
venció el grande Octaviano
a Antonio en Egipto, y yo
vengo a Roma...
Al caso vamos,
porque no importan los triunfos
tanto como mis cuidados.
¿Qué enigma es este que ansioso
ocultas? ¿Qué sobresalto
te desatiende? ¿Qué pena
te aflige? Háblame más claro,
que pensaré, vive el cielo,
que traidoramente cauto
contra la fe de mi amor
haces misterios tan falsos.
¡Ay, perdida Claudia mía!
Mía y perdida, ¿qué raros
son del amor los estilos,
pues no saben cortesanos
explicar los sentimientos
sin las voces del estrago?
Yo te adoro.
Pues, ¿qué temes?
Yo te pierdo.
No lo alcanzo;
¿tú me pierdes?
Déjame
sentirlo, mas no explicarlo,
que es mucho el dolor, y corta
esfera la de los labios.
Yo, hermosa Claudia... ¡Qué mal
empiezo! Hermosa te llamo,
¿y quiero con lo divino
hacer espalda a lo ingrato?
Lo digo a través, ¡ay triste!
¡Viva el grande Trajano!
¡Publíquense sus victorias!
¡Viva Roma!
Sale Valerio.
Amigo Galo,
muy enhorabuena hayáis
llegado, donde mis brazos
con la fortuna de veros
celebren vuestros aplausos.
Aparte.
¡A qué mal tiempo mi padre
llegó!
Aparte.
¿Cuándo, cielos, cuándo
habrá capaz tiempo para
respirar un desdichado?
¿En qué hora más feliz pudo
haber Valerio llegado,
que en la que de vuestra noble
prudencia y valor hidalgo
puedo merecer las honras
que hoy debo, y soy obligado...
de nuevo debo quedar,
pues o lo causó el acaso,
o el deseo de saber
el suceso, ha motivado
que saliese la señora
Claudia, a honrarme:
Cortesano,
queréis con una lisonja
ser acreedor de un agrado?
Cómo venís?
Como quien
viene a publicar bizarro
testigo de sus victorias,
los triunfos de Otaviano:
En fin, Antonio murió.
Lamentable y desgraciado,
fin habiendo su orgullo,
siendo funesto teatro,
verde tumba y roja pira,
de él y Cleopatra, el campo
de Alejandría; mas esto
pide más tiempo; y por cuanto
llegará Otaviano a Roma
muy brevemente, alterado,
vengo a pedir que la pompa
entre triunfando:
Parcial y amigo de Augusto
he sido, y está a mi cargo
la disposición del triunfo.
Dejad, que a pesar de cuantos
traidores émulos tiene,
de Roma el laurel sagrado,
solo tendrá:
Dentro.
Viva Roma!
Dentro.
Por la libertad, soldados,
que quiere usurpar Augusto,
muramos todos:
Dentro.
Airados
vengad la muerte de Antonio:
Dentro.
Muera Otaviano!
Qué extraño
desalumbrado tropel,
con ecos desacordados
turbar intenta las glorias
de Augusto:
Infeliz acaso!
Deteneos Galo, que yo
sabré la causa de tanto
tumulto, y quien le ocasiona:
Sale Eliano, y soldados con él.
Yo soy, yo diré, pues le causo:
Tú le causas?
Sí, yo: pero
qué miro, aquí Emilio Galo!
Pues cómo, de enojo tiemblo,
solicitas Eliano
voluntarias sediciones?
Hombre, estás endemoniado?
Ya te hiede la vida, hombre?
Ya el empeño declarado
he de seguirle aunque pierda
honor y vida, a sus manos:
noble Valerio Metelo,
primer cónsul, fiel amparo
de la patria; heroico Emilio,
de cuyo valiente brazo
tiemblan las opuestas huestes;
altivo pueblo romano,
soldados, nobleza y plebe,
oíd, pues los persuado
a libertaros de aqueste
aborrecido tirano
nombre de rey, cuyo yugo
sacudió fiero el agravio;
y acuerde en nuestra memoria
para nobles desengaños
cada ejemplo, una ruina,
cada razón, un amago.
Ya sabéis, romanos nobles,
que aun en los primeros pasos
de la fundación de Roma
fue su laurel fluctuando
en soberbias sediciones
de dos reyes, dos hermanos
tan enemigos: mas altas
noticias van a lo largo,
y así omito que muriendo
Remo a las altivas manos
de Rómulo, caduco
cayó el imperio; y más cuando
el robo de las sabinas
añadió estragos a estragos,
muertes a muertes, desdichas
a desdichas, zozobrando
en la cuna de sus glorias
la ciudad en cuyo llanto
se vio la luz de su oriente
casi mezclarse en su ocaso:
Paso solo, a que en la esfera
(esto pretendo acordaros)
del reinado de Tarquino
superbo sacudió osado
su yugo Roma, por ver
ya con el poder, violado
el casto conyugal lecho
de Colatino, quedando
con la expulsión de sus reyes
vengado en parte su agravio:
Pues ¿cómo de este escarmiento
hoy olvidáis? ¿Sois acaso
hoy los que antes fuisteis?
¿No sois los que tantos años
del Senado en el gobierno
os mantuvisteis? ¿no han dado
sus cónsules a la patria
trofeos tan soberanos
que ha sido para sus glorias
todo el orbe corto espacio?
¿Ignoráis que Julio César,
con tantas victorias vano,
con tantos triunfos soberbio,
aspiró al laurel sagrado,
cuya infeliz osadía
a manos de sus contrarios
halló el castigo que acuerda
el túmulo del Senado?
Pues ¿cómo, si esto sabéis,
intentáis que Octaviano
hoy triunfe, para que suba
mañana su ambición tanto?
que coronado pretende
segunda vez sujetaros:
no, romanos, no permita
vuestro valor este engaño,
y más cuando veis que Augusto
con Lépido acabó osado,
a Bruto mató cruel,
y hoy a Marco Antonio ha dado
infeliz, sangrienta muerte,
solo para que quedando
sin opuestos, a su frente
se haga el laurel necesario.
No lo permitáis, amigos,
ved el riesgo, ciudadanos,
que por los reyes llorasteis:
mirad que laten, pulsando
los áspides del dominio
en las flores del aplauso:
cerrad las puertas a Augusto
de la ciudad.
Calla el labio,
infesto tribuno, fiero,
cordobés, patricio falso,
y duele a mi valor
esta templanza, escuchando
de tu arrojada soberbia
los impulsos temerarios,
pues debiera responderte
no la lengua, sino el brazo:
Si a Lépido desterró
Augusto, fue porque ingrato
a su amistad, abrigó
la opuesta facción de Casio:
Si le dio a Décimo Bruto
la muerte, fue porque airado
parricida fue de Julio:
Y si a Antonio ha derribado
ocasionando su muerte
es por haber despreciado
a Octavia, a quien la dio Augusto
en blandos himeneos castos:
Y porque todos conozcan
que no ha sido el soberano
celo de la patria, quien
te obliga a despecho tanto,
sino tu emulación ciega;
te acordaré algunos casos
de que tú y yo habemos sido
testigos, en cuyos raros
accidentes, previniendo
se vio el feliz presagio
de que a las triunfantes sienes
de Octaviano destinaron
el mérito y la fortuna
del orbe el laurel sagrado:
Sabido es que Julio César
en un jardín por su mano
plantó una palma, la cual
Creció en breve tiempo tanto
que fue admiración de todos;
y que a este tiempo llegando
su sobrino Augusto a ser
huésped suyo, y su soldado,
del árbol mismo nació
un renuevo, que escalando
la vaga región del aire
con breves y floridos pasos
superó el verde copete
de la palma, y subió tanto
que a su agreste bruta greña
rápido y veloz volando
un neblí, difícilmente
le sirviera de penacho:
consultó los agoreros
César, y le declararon
que aunque sus triunfos serían
singularmente admirados;
de su sangre, y de su casa
saldría un prodigio, un pasmo
del valor, que excedería
sus más subidos aplausos,
cuya valiente cuchilla
en todas partes triunfando,
de todo el orbe el dominio
vincularía a su mano:
después de vencido Antonio
en el promontorio Accio
de Sicilia, donde fue
llorarse el naval estrago;
a la orilla del mar mismo,
donde estaba Octaviano,
salió, admirándolo todos,
marino monstruo, y postrado
a sus plantas, le adora
humildemente, mostrando
que no solo destinaban
propiamente los hados
su poder para la tierra,
sino para el mar; y dando
esta enseñanza a los hombres
surcó otra vez el salado
golfo, el misterioso bruto,
ligeramente feriando
con escarceos festivos
espumas de cristal nevado:
¿Cómo, pues, si has sido tú
el mismo que has admirado
tan repetidos prodigios,
quieres oponerte vano
al triunfo noble de Augusto?
Y más cuando fue su brazo
quien los Alpes sujetó;
venció a Dalmacio bizarro;
dominó las dos Españas,
a Egipto conquistó osado,
reprimió a Dacia valiente,
sujetó Medos y Partos,
rindió la Tracia y la Armenia,
Al francés castigó airado;
y al fin en el orbe todo
apenas se encuentra espacio,
reino, provincia, o colonia
que de su acero gallardo
o bien el golpe no gima,
o bien no tiemble al amago:
Esto, Eliano, te acuerdo,
y no juzgues arrojado
que por ti, sino por mí
doy al orbe este descargo,
porque no presuma alguno
que ha seguido Emilio Lelo
entre tropas de ambiciones
las banderas de un tirano:
Vuelve en ti, tribuno altivo,
no desprecies, Eliano,
la vida, que si aquí ahora
con tanta razón airado
no castigo tu osadía,
es por valerte el sagrado
de la divina presencia
de Claudia, y el venerado
noble asilo de Valerio;
Pero si en injusto agravio
de Octaviano se revuelve
tu osadía a dar amparo,
a lanzadas haré que
tires en el triunfo el carro.
Vase.
Nadie asista de esta aleve
ofensa a Octaviano.
Vase.
Todos decimos lo mismo.
Vanse.
Mal habéis hecho, Eliano,
y pues veis que van siguiendo
aun vuestros mismos soldados
a Emilio, ver no queráis
vuestro escarmiento en sus manos.
Vase.
Si de mi padre el consejo,
y la amenaza de Lelo
no bastan a reducir
vuestro despecho tirano,
sabed que en Roma hay matronas
de tal valor, que borrando
Solo pretendo acordaros,
que aunque en Roma hay mujeres,
las glorias más varoniles,
sabrán por sí castigaros.
Vase.
Y de las fregonas de palacio a quien vengarán manchones,
y si matronas faltaren,
hay mondongos, que trepado
el arnés de los cuajares,
por lanza en ristre las manos,
sabrán daros a menudo
lo que no queráis de espacio.
Vase.
Y si esto no basta; pero
harto hoy han dicho, miradlo.
Vase.
¿Qué es lo que pasa por mí?
¿Yo ofendido? ¿Yo ultrajado
de Galo y Valerio? ¿Yo
con tan desprecio tan extraño
tratado aún de las mujeres?
¿Para cuándo, cielos santos,
guardáis en vuestra oficina
las iras de vuestros rayos?
Mas ¿qué mucho, si asistido
Emilio de los soldados
supo persuadir al pueblo;
y aun los mismos que abrigaron
mi facción, con mi desprecio
se han acogido a su bando?
Pero no por esto, no,
ha de cesar mi cuidado
de vengar a Antonio; ¡oh, tú,
Jove vengador sagrado,
ampara mi intento, y tema
mis iras Octaviano,
pues van contra sus fortunas
los despechos de Eliano.
Octaviano, Julia, Augusta, Libia, Agripa y Tiberio.
En esta verde falda,
regazo de esa cumbre,
que bebe al sol la lumbre
en copa de esmeralda,
sobre cuya melena con desvelo
gira el sol, ríe el alba, y llora el cielo:
En este, pues, frondoso
vulgo vegetativo,
de las sombras archivo,
donde en tardo reposo
mal dormida descansa la pereza,
y el sueño melancólico bosteza:
Alto ha de hacer la gente
hasta que en llama lenta
desmaye la violenta
saña del sol ardiente,
en que la marcha sus afanes labra:
hágase alto y pase la palabra.
Pues mientras que a la tarde
llega en tibios desmayos,
y consumidos rayos
huye como cobarde,
entra en la tienda donde bien servida
te esperaba vianda prevenida.
Aparte.
Mal Tiberio desmiente
de su amor la tibieza.
Aparte.
Qué mal a mi fineza
Agripa le consiente.
Aparte.
Si por medio de Galo habrá llegado
al oído de Claudio mi cuidado.
Pues ya poco distante
estoy de Roma, entremos,
y el lauro esperemos
para que entres triunfante.
Feliz tú, que en las glorias a que aspiras,
ya tan cercanos los trofeos miras.
Qué más triunfos, qué más glorias
que después de tantas nubes
que condensaron vapores
de civiles inquietudes
ver de mi triunfante brazo
las resplandecientes luces
ilustrar del Capitolio
de Roma la altiva cumbre.
Sus vidas y sus dichas hagan
los dioses que eternas duren.
Entrando en la tienda.
Sentaos pues conmigo todos,
y Julia y Augusta ocupen
mi lado.
Con el amor
de padre, en efecto, cumples.
Agripa, ¿de qué estáis triste?
Tiberio, ¿quién hay que turbe
vuestro gusto? Y pues ya llega
el plazo feliz que hace,
aun con Julia, y aun
con Augusta, nudos ate
suerte enemiga, y que yo
solo a que el hado los ayude.
Aparte.
Quien hoy tiene amor, no teme.
Augusto, tarde presumes
rendir una alma, que ofrenda
al cielo de Claudia sube;
Aparte.
¿Qué más dicha que lograr
el nombre feliz? ¡Ay, Julia,
no rigurosa me culpes;
pues ¿cómo, si arden de Claudia
mis amantes inquietudes
en las aras, podré hacer
que en las de tu amor ahúmen?
¿Qué dirán en Roma cuando
tus victorias se divulguen?
¿Cuándo ha habido en Roma quien
en Octaviano las dude?
¿Qué responderá el senado
a tu triunfo?
Que vincule,
no solo el triunfal aplauso,
sino que el imperio ocupe.
Baja un águila dando tornos y, al tomar el pan Octaviano, se le quita de las manos y se remonta blando poco a poco.
Levantarse.
Mas ¿qué es esto? Ave veloz,
pardo pirata que huyes
con la presa, y remontando
el vuelo hasta las azules
esferas, juzgo que buscas
asiento en sus balaustres;
¿por qué ese noble alimento
me usurpas?
¡No deslumbre
prodigio el bosque!
Va bajando hasta ponerle el pan en las manos y vuela.
Vuelve,
vuelve, para que no turbe
de asombros la muchedumbre.
Mas ¿qué miro?
Caso extraño.
Nueva admiración se une
con las demás; pues el ave
que ya pirata se encumbre,
o, amiga, a tus pies descienda,
el aire a tornos circuye,
en el prodigio que ostenta
misterioso enigma encubre.
De tan ignorado asombro
con justa razón se arguyen
tus glorias.
Y más si adviertes
que quien tus dichas influye
es el águila, de Roma
noble insignia.
¡Oh, no se frustren
de tanto feliz presagio
los vaticinios ilustres!
No os admire este prodigio,
que ambiciosa ya no sufre
reconocer, ocultas,
las causas que me conducen
a ceñir del sacro imperio
el laurel que eterno dure.
¿Qué más causa puede haber
que tu mérito?
No juzgues
que hay mérito, si no hay
hado y fortuna que ayuden.
Y para que veáis cuánto
el cielo mi dicha anuncie,
atendedme.
Pues ¿qué aguardas?
Solo a que todos me escuchen.
1. En el materno claustro sepultado
yacía yo, y de un sueño en el misterio
previó mi madre con felice hado
desplegarse por todo el hemisferio
sus entrañas, (¡oh prodigio venerado!)
y después de ocupado aqueste imperio,
se remontaban entre rosas de oro
al asiento del Olimpo coro.
2. El día que se veía en el senado
la injusta conjuración de Catilina
nací al albor, y habiéndose tardado
mi padre, entonces cónsul, determina
Publio Nigidio, previniendo el hado,
examinar mi dicha o mi ruina,
y halló en los astros de la ardiente zona
prometida a mis sienes la corona.
3. Torpe infante yacía en blanda cuna,
aun incapaz de dar el primer paso;
búscame a la mañana la importuna
ansia materna. Al mirarla (¡oh raro caso!)
desfallecer de ello yo, mas la fortuna
mostró el prodigio, hallándome en tal caso
de una alta torre en la eminente cumbre,
de cara al sol, bebiéndole la lumbre.
4. Consultando al dios líbico el desvelo
de mi padre, de mí lo que sería...
del sacrificio con ardiente vuelo
llamas de fuego exhalando, que a porfía
ilustró el templo, y con nuevo anhelo
siendo afrenta bellísima del día
el zafir escaló subiendo bella
a que fue luz a introducirse estrella:
Soñóme aquella noche en carro de oro
que tiraban seis brutos con espanto
manejando de Jove a quien adoro
el águila, el título y regio manto:
de mi corona ornaban el tesoro
sacras lumbres, que ilustraban tanto
que el mismo sol con tímidos desmayos
pronosticó a una aurora de mis rayos:
Soñó Quinto Catulo que a un infante
a quien Jove halagaba tiernamente
hizo dueño del águila triunfante
señal de nuestra patria reverente;
y queriendo quitársela arrogante
Catulo, oyó que Jove dijo, tente
que aqueste infante que eligió mi mano
es de la patria padre soberano:
Advirtió Cicerón en otro sueño
que descendió del celeste coro
hermoso rapaz que con triunfal diseño
bellas cadenas arrastraba de oro
y terminando el celestial desempeño
a las aras de Jove con decoro
para que el mundo su dominio note
le entregó la deidad próvida, azote:
Recordaron los dos el pecho helado
temiendo la verdad en lo fingido
y al referirse entrambos coronado
repararon en mí, no conocido
aún de ellos por rapaz, pero asombrado
dijo uno a otro ahora advertido
este es el que en el sueño vi profundo
pasmo de Roma, admiración del mundo:
Juntos los tres ejércitos, de Antonio
Lépido y mío en Bolonia un día
se elevaron en noble testimonio
de mis dichas, tres aves a porfía,
admiración del pueblo Bolonio
de los pájaros tres fue la osadía
pues con graznidos, remontado el vuelo
tocaron el clarín para su duelo.
Con águila y dos cuervos la campaña
pisan del aire con despecho fuerte,
uno hiere, otro embiste, otro con maña
se libra, aquél se abate, aquél con suerte
se remonta, aquél huye; y a la saña
del ave al fin bajaron con la muerte
Los osados pájaros sangrientos
de rayos, desplumados escarmientos.
Ya veis cuán grandes son de mi reinado
los anuncios, pues el mayor adivino,
mago y otra Sibila, venerado
oráculo del mundo por divino;
estos mi reino anuncian dilatado
diciendo que en mi tiempo peregrino
nacerá un niño rey para que asombre
de un padre eterno, y de una virgen hombre.
Quien sea este monarca tan inquieto, en vano,
que se alabe que el mundo me obedece,
pero si el orbe, o Roma a Octaviano
negare el laurel que se merece,
será mi espada asombro soberano,
león fiero que altivo se enfurece,
seré espanto, terror, furia, veneno,
pasmo, ruina, estrago, rayos, y trueno.
A vista de estos prodigios,
quién habrá, señor, que dude
de tus triunfos.
¿Quién habrá
que temerario rehúse
negarme el laurel sagrado?
Y cuando infiel se conjure
Roma, el Senado, y el orbe,
basta Agripa a que te escude.
el orbe, el Senado y Roma
reverentes servidumbres.
Y basta Tiberio aquí,
si algún rebelde presume
oponerse, en su temor
o se esconda, o se sepulte.
Pues, amigos, marche el campo
a Roma.
Y todos promulguen
viva el grande Ataviano.
Ataviano viva y triunfe.
Ataviano viva, y triunfe.
Fin
Por una parte, Julia, Augusta, Libia y acompañamiento; y por otra, Claudia, Camila y músicos.
En hora felice vengan
a ser de Venus ultraje
las que en la campaña fueron
divina envidia de Marte.
Y en vez de los clarines
que en templados compases
cantaron sus trofeos;
celebren sus beldades;
fragantes las flores,
canoras las aves,
risueñas las fuentes,
leal más amante,
viva, viva el invicto Octaviano,
viva, viva el valeroso Marte.
En hora feliz, mil Césares,
vengáis a donde os aclame
desnuda Venus, hermosas,
armada Palas, triunfantes,
sabia Minerva, discretas,
y con ventajas afables,
si no os venere, os admire
el coro de las deidades:
En hora feliz, repito,
Roma os merezca, y sus dioses,
bella Julia, Augusta hermosa,
ya en estatuas, ya en altares
hoy prevengan reverentes
adoraciones constantes.
Cortesana tu fineza
hermosa Claudia hacer sabe
que en ti logren las lisonjas
los créditos de verdades.
Y porque veas que hallo
correspondencias iguales
tu amor en nuestros afectos,
hoy en mis brazos se enlace
de nuevo nuestra amistad.
Feliz yo, pues delante
de dos cielos me aseguro
sus influjos favorables.
¿Cómo venís?
Quien de Roma
vuelve al deseado amable
sosiego para lograr
finezas tuyas, no cabe
que vuelva sino muy bueno.
Y más cuando de mi padre
el brío suyo
llena todas nuestras vanidades.
Triste mi señora Libia,
¿cómo viene?
Los afanes
de la guerra me han tenido
sin gusto.
Caso notable,
pues ¿peleó también uste?
Fue capitán comandante
de las tropas de mi amor,
Diomede, aquel bergante
que de lacayo de brida
pasó de jinete a paje,
y pienso que rompió el nombre.
Reina, usted puede quitarle
la compañía, pues juzgo
que sirve ya en otra parte.
¿Cómo en otra parte?
tocan un clarín
Luego
lo veréis; dijo agraces.
Mas este clarín sonoro
nos avisa que triunfante
entra el grande Octaviano.
Y ya a recibirle salen
nobleza y plebe.
No espere
ver Roma día tan grande.
aparte
Aquí viene Paulo, ¡ay, cielos!
dejadme vivir pesares.
Entra por un palenque por medio del patio Octaviano en un carro triunfando con laurel dorado y manto; y delante Tiberio, Agripa y soldados con coronas de laurel; y por el teatro salen Valerio Cónsul, Eliano Tribuno, Paulo y Diomedes.
El mejor hijo de Roma,
de la patria el mejor padre.
Vencedor de sus contrarios
vuelva a la ciudad triunfante:
venid, venid romanos
a celebrarle,
pues valor y prudencia en Augusto
juran las paces;
y eternicen su nombre las edades
haciendo que triunfe, que reine y que mande.
Aparte.
Que haya de ser yo testigo
de veneraciones tales.
¡Oh, cabeza del mundo,
oh, tú, ciudad dominante,
oh, tú, esfera de las armas,
oh, tú, fundación de Marte,
oh, tú, de la religión
centro soberano! Salve
una y mil veces, y admite
mis trofeos singulares
para que ahúmen felices
víctimas en tus altares.
Admite otra vez, repito,
a quien nobles vanidades
sabe ostentar de ser tuyo;
no te desdeñes de darle
en retorno del de hijo
el feliz nombre de madre.
Segundo César de Roma,
que con violencia afable
estableces en las armas
otro imperio más suave:
tú, que a concordia reduces
disensiones militares
de otros reinos; tú, que pones
en las provincias distantes
reyes a tu arbitrio; tú,
que eres árbitro en las paces;
tú, a quien los partos y medos
volvieron los estandartes
que a Antonio y Craso ganaron
en dos batallas campales:
salve también, y recibe
para glorias inmortales,
el parabién que el Senado
y el pueblo te dan constantes,
pues te saludan por mí
de la patria heroico padre.
Con cajas y clarines.
¡Viva Octaviano Augusto
y reine largas edades!
Llora.
Ilustre pueblo romano,
quien estas felicidades
consigue, solo a los dioses
debe rogar que dilaten
a honor vuestro aquesta dicha,
hasta que esta humilde nave
en las costas de la muerte
las rotas velas amaine.
Llorando respondió el César.
¡Gran piedad!
Y pues leales
nuestros afectos hoy juran
obedientes vasallajes,
subid al trono en que hoy besen
todos la mano.
Cobarde
llega a la corona quien
Lo que es la corona sabe.
Subiendo al trono.
Venid, venid, romanos,
a celebrarle,
pues valor y prudencia en Augusto
juran las paces.
Llega arrodillándose.
Por el Senado, Valerio,
hoy besa la mano.
Levántase y dale los brazos Octaviano.
Dadme,
Valerio, ahora los brazos.
¿Qué hacéis, señor?
No os espante,
que es gran representación
la de un Senado que sabe
hacer monarcas, y así
no extrañéis que atento pague
un honor tan soberano
con otro honor que es tan fácil.
Llega.
La plebe, señor, me ordenó,
(que aquí el dolor no me mate)
que emperador suyo os jure;
y yo, sí, cuando...
Aparte.
Adelante
no paséis, porque no dudo
que de vuestras eficaces
persuasiones, alentado
la plebe debió aclamarme.
Mi enemigo fue Eliano
y quisieran mis piedades,
haciéndole vasallo yo,
más que perderle, ganarle.
Llegan.
Nosotros, señor.
Levántase y da los brazos.
Qué ociosa
ceremonia; Augusta, basta,
cuando entre los dos están
del alma las dos metades.
Siéntanse al lado en almohadas.
Llega.
Haciendo de su obediencia
Claudia generosa alarde,
llega a vuestros pies.
Levántase y da los brazos.
Si el sol
tan violentamente arde
cuando hasta la media zona
baja sus luces errantes,
no despeñéis vos las vuestras
a la tierra, que no es fácil
resistirse a tan divinos,
bellos, ardientes volcanes.
Aparte.
Qué envidia le tengo al César.
Aparte.
¿Quién tan feliz ha de hallarse,
como Octaviano, a quien mira
una deidad tan afable?
Aparte.
Llegan.
¡Ay, Claudia, quién sabrá ser
buen amigo y buen amante!
Galo.
Tiberio.
Y Agripa.
Juran, señor.
Levántase y baja del trono.
Ya se sabe
que antes que todos tenéis
juradas fidelidades,
pues en tan ardientes lides
y repetidos combates,
con la pluma de la espada
las rubricó vuestra sangre.
Ya que Senado, nobleza,
y plebe, con fe inviolable,
sacro emperador de Roma
hoy juraron, es bien pase
vuestra Astrea a condenar
o a absolver al que juzgare
delincuente, en ejercicio
del poder insuperable
que hoy dan aun sobre sus vidas
los vasallos:
Si es que cabe
que un lacayo fiscalice,
hágome fiscal del lance;
y pues has de condenar,
sea a quien:
Loco, ¿qué haces?
¿Qué hago? Que ahorquen luego
a Eliano, pues tú sabes
que conspiró contra el César
ayer, y a comunidades
redujo nobleza y plebe:
otrosí, porque en el lance
nos puso a riesgo de que
nos dieran con lo del martes;
otrosí porque:
Quien diga,
(perdido estoy) que yo.
A Diomedes.
Baste,
necio, inadvertido, loco;
Eliano es noble, y no caben
en su estimación acciones
menos dignas; y aunque falte
esta verdad; sin delito
pudo Eliano mostrarse
ayer enemigo mío,
pues solo llegó a mirarme
como a Octaviano, y pues hoy
soy emperador, vengarme
no debe el poder, de aquel
desprecio, porque no cabe
que el filo de la justicia
con indignidad cobarde
en vez de herir a un delito
se ensangriente en un desaire:
además que si Eliano
me miró ayer con semblante
opuesto, al verme hoy monarca
habrá mudado en lealtades
aquellas ciegas pasiones;
pues tienen las majestades
no sé qué deidad, no sé
qué reverente carácter,
que a su vista el más rebelde
infiel violento coraje
o se encoge temeroso,
o se desvanece fácil.
Señor, yo: que aquí no puedan
mis enojos explicarse.
No más; por vos y por mí
respondieron mis piedades;
sed, Eliano, agradecido,
vuestro amigo soy; no asuste
vuestra altivez mi clemencia;
y sabed para otro lance
que el emperador no hará
lo que Octaviano hacer sabe.
Gran valor.
Rara piedad.
Pues ya presuroso esparce
la noche las sombras frías,
plebe y nobleza acompañen
a vuestra Alteza a palacio,
repitiendo el eco al aire:
Venid, venid Romanos
a celebrarle
pues valor y prudencia en Augusto
juran las paces.
Vamos, y en señal de paz
que perpetua ha de asentarse,
ciérrese el Templo de Jano
pues mientras que yo mandare
ni ha de resonar la caja
ni ha de arbolarse estandarte;
para que con razón digan
los que mi grandeza aplauden:
Y celebren su nombre las edades
haciendo que triunfe, que reine y que mande.
Vanse.
Espere el señor Diomede.
Al señor Diomede aguarde.
Libia, Camila, ¿qué hay?
¿pretensiones?
¡Qué donaire!
Pretensiones son que tiene
nuestra fe contra un bergante
vil hombrecillo, que a entrambos
nos engaña.
¿Memoriales?
¡Qué memoriales, pícaro!
pues contra tus falsedades
son nuestras quejas.
¿Sí? Pues
acuérdeselo en adelante.
¿No me amaste a mí?
Así, así.
Pues como pícaro infame
me das celos con Camila,
Por cierto, buen disparate,
que hijo de vecino, no
tiene las damas a pares.
Amar a dos, no es posible.
Es que en ocasiones tales
sabe tener mi cuidado
Jano de Sede vacante.
Vase.
Esto sufro.
Esto consiento.
Pero pues he de vengarme,
quiero hacerlo como
empeño de sus maldades
las damas mondongas frían
a los mondongos galanes,
de tanta marfullera
os hagan chanza más grande,
quebrarán platos y
melones, pero baste.
Vanse.
Salen Claudia, Julia, Augusta y criados con luces.
Aqueste es el palacio
cuyo lucido, generoso espacio
siendo del mundo solio
es solo emulación del capitolio,
pues tanto su homenaje se descuella
que pudiera observar la errante huella
de uno y otro lucero,
siendo aqueste el primero
que la distancia en su altivez encierra
que hay desde el globo azul hasta la tierra
pues sabe tener vano su desvelo,
por pies a Roma y por copete al cielo:
Este que siendo la ciudad romana
la cabeza del mundo soberano
tanto sobre ella sube
a ser espanto de una y otra nube
que según se remonta su grandeza
cabeza puede ser de la cabeza;
y más que nunca ufano
con el honor que aguarda soberano
ser breve concha o vaso solícito
de una y otra divina Margarita:
aquese es vuestro cuarto, y pues al gusto
no podemos faltar del grande Augusto,
que mandó que mi padre quede ahora
alcaide de este alcázar, ya mejora
mi fortuna de estado
pues quedo en este yo, donde el cuidado
logrará sin recelo
de servir a las dos nuestro desvelo:
Mucho a mi padre obliga
nuestro amor, pues nos da tan fiel amiga
y compañera, con quien puede el pecho
descansar satisfecho
de que en su esquiva calma
hallará alivio a su dolor el alma:
Y porque veas cuanto en su porfía
nuestro cariño de su pecho fía;
sabe que el César con cuidado atento
hacer desea nuestro casamiento:
Con Tiberio y Agripa, no lo ignoro.
Amor pues empleó las flechas de oro
en nuestros corazones:
y al mérito las dos de sus blasones
atentas, los amáis:
y aunque constante
fino se vieron blasonar de amantes,
hoy con más tibieza
corresponden los dos nuestra fineza:
Aparte.
Bien sé la causa yo; y en su porfía
pago la pena en culpa que no es mía:
Y pues tu padre ha sido
del César hoy el más favorecido
y por prudente y viejo
mi padre estima tanto su consejo;
quisiéramos las dos:
Ya estoy en todo
que con sagaz, y con discreto modo
nuestro himeneo solicite justo:
y porque veáis cuanto en vuestro gusto
interesa mi amor, yo haré que luego,
pero mi padre viene:
Mi sosiego
pende de tu cuidado.
Sale Valerio.
Mucho vuestras Altezas han honrado
a Claudia, pues empieza
a hacernos tal favor vuestra grandeza.
Su discreta hermosura
sobre ser hija vuestra, se asegura
de las dos en los brazos
de amor y de amistad seguros lazos;
y pues es tarde ya, Libia:
Sale Libia.
Señora.
Traidores, ¿dónde vais?
Donde no ignora
nuestra obligación, Julia.
Ese desvelo
es en vano, quedaos.
Guardeos el cielo.
Vanse los dos.
Pues tan feliz para Roma,
señor, este día ha sido,
y el primer lugar te ha dado
el César en su cariño,
tengo que pedirte: así
a Julia y Augusta sirvo,
y de los vanos tropiezos
que temo en mi amor me libro.
¿Qué pedirme tienes, Claudia?
Pues, ¿qué esperas? Que en mi arbitrio
nada hay primero que tú.
Con ese seguro mismo
Julia y Augusta se valen
de ti por el medio mío,
para que...
Sale un criado.
El César te llama,
señor Valerio.
Ya sirvo
a su alteza; luego vuelvo,
Claudia, y me dirás qué ha sido
lo que me mandan Augusta
y Julia, a quien, advertido,
no faltaré, que aunque viejo
de ser quien soy no me olvido.
Vase.
Saliendo Galo.
¿Cuándo ha de llegar la hora,
injusto vendado niño,
que repare la ocasión
de tan dudosos alivios,
enigmas, como el recelo
misterioso y mal distinto
de Galo, entre mudas voces
y entre elocuentes suspiros,
le propuso a mi fineza?
¿Cuándo de este ciego abismo
podrá salir mi cuidado?
Y cuando, apenas respiro,
de esta ignorada tormenta
en que casi sumergido
se mira el bajel del alma,
a la triste tabla asido
del desengaño, verá
las bonanzas del cariño.
¿Cuándo, cielos?
Presto, Claudia.
Solo, hermoso dueño, admiro
que llames al desengaño,
en naufragio tan indigno,
tabla que te salve, cuando,
solo para mi martirio,
es el desengaño en mí
más tormento, más peligro.
¿Por qué causa?
Porque es fuerza.
que, sin remedio, mi arbitrio
se pierda, luego que expliquen
la verdad mis desvaríos:
¿desvaríos dije? Sí,
que solo puede decirlos
quien, del poder obligado,
y de la amistad movido,
es tercero de su agravio.
Di cómo.
Pues a Claudia digo
que Tiberio...
Al paño.
Cuando osado
ver a Claudia determino,
mientras Valerio al despacho
del César asiste fino,
oigo que Galo me nombra;
sin duda, que, fiel amigo,
la está explicando mi amor.
Tiberio, pues...
Aparte.
Mal me animo;
que así infame su amor
y falte al respeto mío.
Proseguid.
Aparte.
Tiberio, al fin...
¿Qué es esto, cielos divinos?
Parece que no se ofende
Claudia de oírme.
Aparte.
¡Qué tibio
padrino escogió Tiberio!
De esta suerte dé castigo
la ofensa que a entrambos hace.
¿Queréis decir que ofendido
Tiberio de que el su amor
he pagado con olvido,
se queja de mí?
Sale Tiberio.
Y se queja
con tan reverente estilo,
que aunque quisiera explicarlo,
no se atreverá a decirlo,
pues es tanta su fineza.
¡Válgame el cielo!
¿Qué miro?
Que en la gloria de adoraros,
atento y desvanecido,
idolatra vuestro enojo,
adora vuestro desvío.
No más, señor, que aunque pudo
sobresaltarme haber visto
que hoy entréis así en mi cuarto,
con todo, el acaso estimo,
porque halléis el desengaño
en los sentimientos míos;
y así, escuchadme. Y vos, Galo,
puesto que sois tan amigo
de Tiberio, de esa puerta
podéis mirar advertido
si viene mi padre.
Aparte.
¿A mí
me encargáis la puerta?
¡Muero al oírlo!
Sí, Galo, a vos,
que valerme determino
de quien se valió Tiberio.
me propones.
Me propones,
que es traición de tu capricho
valerte deste pretexto,
y vive el cielo...
Sale Tiberio.
No he visto
por todos los corredores
hombre alguno.
Aparte.
Estoy perdido:
debieron ir a otro cuarto.
Vase Galaor.
Sí será: vuelve a tu sitio;
y volviendo a lo que antes
decía, dueño enemigo
de mi vida, yo no puedo
olvidarte, que el delirio
de mi amor hallar no puede
en lo que es tormentos, alivio:
yo he de adorarte.
Tened:
porque yo que así os obligo
con acordaros lo noble
sangre patricia que animo;
y que primero que falte
al alto honor con que he nacido
se desquiciarán conformes
los dos ejes cristalinos:
paso a acordaros que sois
del César hijo adoptivo,
y heredero de su imperio;
y que casaros conmigo
no podéis; no porque a mí
me falten méritos dignos
para ser vuestra, pues soy
tan buena, sí, como él mismo.
Adriano, que es del orbe
el monarca más invicto;
sino porque el César tiene
providamente advertido,
hecho vuestro casamiento
con Julia, de cuyos bríos
beldad y discreción tienen
envidia los astros limpios:
esto digo, porque no
quiero irritar vuestro olvido
con desprecios ni con celos;
pues yo, señor, imagino,
que no obligan los desaires,
porque muchas veces vimos
que del dolor ultrajado,
y del despego ofendido,
pasa el corazón más cuerdo
a porfiar los cariños:
El César mandó casaros,
yo, señor, hoy lo suplico,
Julia hoy quiere, yo no puedo
dar halagüeño el olvido
a vuestro amor, pues no es bien
ocasionar el desvío
de Adriano, ni que esté
Julia ofendida conmigo;
La emperatriz la venero,
sí como amiga la estimo;
devuelvo hoy esta fineza
mi ruego, y atended fino,
a mi honor que en vos peligra,
al César que hoy ama hijo,
a Julia que hoy busca esposo,
y al sacro laurel altivo
que si hoy cayera al impulso
ciego de vuestro delirio:
Pero si al César y a Julia
ingrato y desconocido;
con el laurel mal hallado,
y desatento conmigo,
porfiáis en vuestro amor;
hoy prevengo, y hoy aviso
que antes de ofender al César
y a Julia, diera a un cuchillo
la garganta, el corazón
a un veneno, o, al activo
incendio de aquesta llama
la mano, antes que a vos mismo:
Va a poner la mano y al detenerla Tiberio matan la luz.
¿Qué haces Claudia?
Aparte.
Arrebatóme
el enojo que respiro,
y por atentar la ira
maté la luz: nada ha sido;
¡Hola, Camila!
Sale Camila.
¿Qué mandas?
Saca luz.
Ya te sirvo.
Vase.
Sale Galo.
Aparte.
Desde ese primero pulso
ha visto el desvelo mío
de la luz la contingencia,
y así evitar determino
ocasiones que no ensayo
con poderoso atrevido:
Habla aparte a Tiberio.
Señor, Valerio a su cuarto
viene aprisa.
¿Tú le has visto?
Sí, señor.
Pues, ¿qué he de hacer?
Sígueme, que aquí imagino
que hay otra puerta que sale
a otro corredor distinto.
Vamos, pues.
¡Cielos tiranos!,
¿cuándo acabaréis conmigo?
Vanse.
Bien me podéis responder
mientras sacan luz, que ha sido
siempre muy precioso el tiempo.
Al paño.
No sosiega el pecho mío
hasta saber si a Valerio
habló Claudio; mas admiro
que no haya luz en el cuarto.
¿Podré de vuestro albedrío
dar la enhorabuena a Julia?
¿O no habláis? Poco os he debido,
pues aun en vuestras acciones
tienen las dudas dominio.
¿Qué escucho? ¿A Tiberio Claudio
habló en mi amor?
Al paño.
Dicha ha sido
que con el César Valerio
quede ahora divertido,
para ver si explicar puedo
a Claudio mi amor rendido.
Calló, me ha dicho.
Saliendo.
¿Qué escucho?
Nuestro intento, y aun vos mismo
sacaréis a confirmar,
y pues sabéis que yo afirmo
mi ruego, mi deseo, cuando...
Sale Camila.
Ya hay luces aquí.
Aparte.
¿Qué miro?
Porque, divino Claudio,
que aunque en mil dudas vacilo,
¿hablas conmigo?
¿Qué es esto?
Sin duda que ha padecido
Claudio engaño, pues a Agripa
habló en mi amor.
Aparte.
¿Quién le ha visto
en tal confusión?
¿No habláis?
Ya no tengo qué decir.
Aparte.
Yo soy quien rindió al alma
de un poderoso hechizo
el dolor que siente el alma;
y soy quien...
Sale Julio.
Ya no me admiro,
Agripa, que Augusto sienta
de vuestro amor los desvíos;
¿así al César le pagáis
privanzas y beneficios?
¿Con un olvido le premiáis
a un amor tan bien nacido?
Sin mí estoy.
Sin alma quedo.
Yo, señora...
No he de deciros;
un agravio engendra fuego
de celos, porque lo afirmo.
que como enmendéis el yerro
que ciegos habéis cometido,
en mi silencio guardado
quedará vuestro delito:
pero si no, por la vida
del César, que dure siglos,
que ha de ser vuestro escarmiento
de mis enojos testigo.
Idos, pues.
Ya os obedezco:
confuso voy y corrido.
Vase.
Tú, Claudia, sabe que Agripa
no ha de casarse conmigo,
sino Tiberio.
Señora,
yo juzgué...
Nada hay perdido,
solo te advierto que Augusto
sentirá.
No hay que advertirlo,
pues sabes quién soy.
Así
de tu nobleza lo fío:
quedo en paz.
Guárdete el cielo.
Aparte.
Mucho hay que temer, sentido.
Aparte.
Mucho hay que sentir, cuidado.
Pero si acaso averiguo
de Tiberio en la mudanza
el menos atento indicio...
Mas si a mis males el hado
ningún remedio previno...
Vea el mundo mi venganza.
Oiga el cielo mis suspiros.
Sale Eliano solo, disfrazado.
Entra por una parte y sale por otra.
Lóbrega noche, madre del engaño,
de la traición amiga tenebrosa,
tu amparo busco en el mayor empeño
que vio la luz, y que ocultó la sombra.
Yo, que ofendido estoy de Octaviano,
y en vano embarazar quise sus glorias,
a la primera libertad amada
intento reducir la paz de Roma.
El Augusto laurel ciñó a su frente
tiranamente su ambición dichosa,
y a costa de mi vida he de arrancarle
hoy de las sienes la imperial corona.
Si esta noche me asiste la fortuna,
yo borraré de Augusto la memoria,
y con su sangre escribirá mi brazo
de Antonio la venganza más heroica.
Este es su cuarto, y en silencio yace
del palacio la máquina espaciosa,
las guardas descuidadas o dormidas
el paso a mi valor en vano estorban.
Pero en aquel retrete está leyendo;
mataréle; mas no, que es fácil cosa
verme llegar, y de sus voces llamadas
defenderán las guardas su persona.
Mejor es esperar que al lecho llegue,
donde en el sueño la mortal congoja...
Retírase.
tan súbita le oprima, que recuerde
el alma sola en las estigias ondas.
Aquí oculto he de estar hasta que el lecho
dormido ocupe: oh, llegue presurosa
la hora de vengarme: Octaviano,
presto serán tragedias tus victorias.
Entróse.
Descúbrese leyendo Octaviano.
Oh, qué prudente, oh, qué sabio
es el rey que en la divina
enseñanza de los libros
logra el tiempo que le sobra.
Feliz yo que desterradas
las obras supersticiosas
de los agüeros, los libros
sibilinos de dichosas
profecías solo apruebo,
y en su narración gustosa
divertido, admiro muchos
prodigios en cada hoja:
qué incomprensibles, qué arcanas,
qué oscuras, qué misteriosas
son de estas sabias Sibilas
las reverentes memorias.
Con qué variedad escriben,
qué distintos casos tocan;
unas guerras nos anuncian,
otras a la paz exhortan;
de la edad de hierro una,
las tragedias lastimosas
nos acuerda, y la dorada
edad, nos predice otra;
mas raros prodigios, en un
principio concuerdan todas,
pues todas de un niño rey
el gran natal nos pregonan:
de una intacta virgen madre;
(madre y virgen, rara cosa)
dicen que ha de nacer; ciegos
aquí confuso zozobra
la imaginación; si es madre,
cómo es virgen, y si logra
pureza de virgen, cómo
el ser madre no la estorba?
Pero si mal no he leído
aquí dice que esta obra
es de una deidad tan grande
que sin principio de hora
fue sin principio: (oh, segundo
misterio, a cuya lustrosa
esfera, en vano las plumas
discurso humano remonta.)
Siendo pues obra de Dios,
quien dice Dios, dice toda
omnipotencia, y si asientan
que hay deidad tan poderosa
no hay que buscarle razón
a operación tan heroica,
mas que quiso porque pudo
lo que quiso por más gloria:
la Eritrea le llama luz,
la Pérsica Dios le nombra,
la Egipcia le exclama verbo,
y qué humana carne toma
Sin mezcla de varón, dice
la Frigia, y aun lo blasona
en repetidos anuncios
la Délfica; prodigiosas
circunstancias, que imposibles
son humanamente todas.
Y remitiendo el examen
de dudas que tanto asombran,
a otro tiempo: voy a que
misteriosamente apoyan
la Itálica, la Cumana,
y la Egipcia; que para corona
la edad de oro ha de venir
con este Rey, por quien logra
paz universal el mundo,
gozando con fe gustosa
de los Reinos de Saturno;
donde en mansedumbre ociosa
lobo y cordero, león
y becerro, sin zozobra
la verde grama del prado
pacerán, y la paloma
sin temor del gerifalte
será del aire lisonja:
esta paz universal,
esta edad de oro, esta pompa
de este monarca, en mi tiempo
se anuncia, pues entre sombras:
Reinando el Tauro tranquilo
fundador de la precisa
quietud, bajará a la tierra
un gran rey a quien adoran
esas cerúleas y sublimes
once esferas luminosas.
La Sibila Tiburtina
dice: y a muy poca costa
se conoce que en el Tauro
habló de mí; pues heroicas
en los padrones mis armas
al mismo Tauro eslabonan:
Pero más claro lo dijo
cuando profetizó en Roma
sobre el Aventino monte
la venida milagrosa
de este monarca, explicando
aquel sueño, en que a una hora
misma, admiraron conformes
cien varones en la Zona
nueve soles, con distintas
inspecciones horrorosas;
entonces pues dijo: (son
estas sus palabras propias:)
Será en aquel feliz tiempo,
el nombre heroico, y gloriosa
la fama de Augusto César;
sujetará la redonda
máquina del mundo, siendo
Roma su imperial corona:
en esta edad nacerá
de la virgen más hermosa,
(llamada María) un Rey
niño, que Jesús se nombra,
mas sin obra del varón,
que ha de venerar la alfombra.
Como durmiéndose.
llamado Joseph, será
su encarnación poderosa;
rara profecía, raro
numen y más rara historia
la que predice, pues siempre
que a discurrirlo se engolfan,
quedan las más perspicaces
inteligencias absortas.
Dudar en esta verdad
no es fácil, pues no hubo cosa
de cuantas pronosticaron
a nuestro imperio, que todas
no se hayan visto cumplidas.
Pues, si es así, ¿quién ahora
pudiera saber qué edad
dorada, qué paz gozosa,
y qué monarca es aqueste?
Mas, ¡oh!, cómo perezosos
a los sentidos del sueño
reconvienen las lisonjas.
Queda dormido.
Baja por una parte la Paz en un carro que le tiran palomas, todo de olivo dorado; y por otra parte la Edad de Oro en carro dorado que le tiran un lobo y un cordero, león y becerro.
Canta.
¡Oh, tú, templo de la paz,
Canta.
oh, tú, ciudad vencedora,
noble cabeza del mundo,
primer prodigio de Europa!
¡Oh, tú, grande Octaviano,
feliz monarca, que gozas
tranquilo imperio en delicias,
premio al afán de tus glorias!
Canta.
Atiende a la voz
de la paz deliciosa,
Canta.
a la edad de oro
atiende entre sombras,
Canta.
que las dichas mayores predice,
Canta.
que las glorias mayores pregona.
Canta.
Ya feneció, mortales,
la triste, perezosa
edad en que reinaban
la malicia, el engaño y la discordia.
Canta.
Albricias, que ya vuelven
para dichas notorias
los reinos de Saturno,
con la paz, la verdad y fe dichosa.
Ya pacerán seguros
la grama deliciosa
el lobo y el cordero,
y volarán en paz sacre y paloma.
Quien todas estas dichas
soberano ocasiona
es un niño del cielo
que hoy ha de nacer en pobre choza.
A redimir delitos,
a padecer congojas,
y a perdonar injurias,
nace fino con ansias amorosas.
Alegraos, pues que viene
para enseñanza docta
de su ley soberana,
con gran paciencia y gran misericordia.
Atiende a la voz
de la paz deliciosa.
A la edad de oro
atiende entre sombras,
que las dichas mayores predice,
que las glorias mayores pregona.
Vuelan.
Al paño.
Mucho Octaviano tarda
a recogerse.
En sueños.
Piadosas,
sagradas, bellas deidades,
proseguid, que el alma absorta
vuestros avisos venera.
Saliendo.
Llegándose.
Si no me engaño, en la propia
silla se quedó dormido,
y en ella he de darle ahora
la muerte.
En sueños.
Explicadme más
esa idea misteriosa,
oídme.
Muere.
Levántase, y se asusta Eliano, y le cae de las manos el puñal.
Esperad,
que en ilusión tan dudosa
más quiero; pero, ¿qué miro?
Aparte.
Muerto estoy.
Aparte.
Acción impropia.
¿Qué efecto, Eliano, vos
oculto estáis a estas horas
en mi cuarto? ¿Vos desnuda
la cuchilla valerosa
contra mí?
Señor...
No más,
que vuestra intención traidora
no ha menester más testigos
que vuestras acciones propias.
Aparte.
Ay, mi traición, a mi vida
el último plazo acorta.
Aparte.
¿Qué es lo que pasa por mí,
cuando entre soñadas glorias
dos soberanas deidades,
con cláusulas sonoras,
anuncian la paz tranquila,
la edad dorada pregonan,
y de un divino monarca
la feliz venida exhortan?
¿Cuando de doce sibilas
las proféticas historias
durable mi imperio anuncian,
mis felicidades notan;
traidoramente soberbio,
en mi palacio se arroja
a darme muerte, Eliano?
Cosas son sin duda todas
que a confundir los sentidos
su rara variedad sobra.
Aparte.
Sin duda consultó el César
pena a culpa tan notoria.
Dos delitos, Eliano,
tiene; contra mi persona
el primero, y el segundo
contra la majestuosa
dignidad de emperador:
a vengarme me provocan
el primero, y al castigo
llamo a la justicia toda
el segundo; y aunque en mí
es la clemencia tan propia
que perdonara mi ofensa,
mi rectitud no baldona
los fueros de la justicia,
y así: mas vamos, memoria,
recopilando de los libros
y lecciones prodigiosas,
casos que con mis piedades
fácilmente se conforman.
Esos oráculos dicen,
y aun esta visión lo apoya,
que viene al mundo un monarca
que, aunque su grandeza asombra,
nace pacífico, nace
humilde, y tiene más gloria
que en lo que castiga grave,
en lo que afable perdona.
Pues si este Rey celestial
me enseña a que con heroicas
piedades pague delitos,
¿por qué no he de hacer que corran
en mi estimación sus leyes
por ejemplar de mis obras?
¡Eliano!
Gran Señor.
¿Ya ves cuán justo, cuán propia
es la pena a tus delitos?
Yo muero: mi muerte sola
corresponde a vuestra ofensa.
Pues ya lo confiesas: ¡Roscio!
Alday dice:
Señor.
¡Ay cielos!
Aquí
Eliano, y a estas horas;
más que tocan a degüello.
A Eliano.
El decreto acoto,
porque punto más o menos
yo le cantaré la solfa.
Lo que digo es que a Eliano
acompañéis.
¿A la horca?
Sí, señor, vamos volando.
Oye, necio.
Linda cosa
será verle sacar tanta
lengua, y hacer cabriolas.
A Eliano.
No digo sino que al punto
con una escuadra de escolta
acompañéis a su casa
a Eliano, porque a estas
y tan tarde, peligrar
puede, si la sediciosa
inquietud de los soldados
que están de guardia le nota
salir de mi cuarto. Ved...
que así me vengo; con honras
castiga Augusto traiciones,
solo con misericordias
paga Octaviano crueldades;
escarmentad, pues hoy sobra
razón; temed que del cielo
no halléis la clemencia sorda,
porque más que muchas culpas
una ingratitud le enoja.
Señor.
Bien está, id en paz.
¿No es mejor ahorcarle ahora
y perdonarle después?
A vuestras plantas se postra
mi humildad, reconociendo
que de piedad tan heroica
soy indigno.
Esa afianza
mi clemencia generosa;
id, pues.
El cielo os guarde:
¡prudencia tan prodigiosa,
tal piedad, majestad tanta,
mucha deidad impresionan!
Vanse.
Mucho he vencido en vencerme,
mas si alguna lengua ociosa
quiere culpar mis piedades,
acuérdese que la historia
sagrada de esas sibilas
nos anuncia misteriosa
a un divino Rey del Cielo,
que a ofensas más alevosas
solo retornará afable
sagradas misericordias.
Este auto de El primer templo de Cristo quiero que le repre- sente la compañía que fuere servida del señor don Bernardo, y para que conste de esta mi vo- luntad, le firmé en Madrid a veinte y cinco de noviembre de mil seiscientos y o- chenta y un años. Pedro Madrid, 12 de abril de 1689 75
Salen Tiberio, Agripa, Galo y Valerio.
¿Sabéis, Valerio, a qué fin
nos manda llamar el César?
Solo sé que ha muchos días
que, con pasiones opuestas,
unos enmudece triste,
otros festivo se muestra,
tal vez suspira, tal vez
se divierte, de manera
que, de su imaginación
en la retirada esfera,
se conoce que luchan
contrarias inteligencias.
Muchos días ha que aquel
breve tiempo que le queda
(que es poco) después de dar
universal providencia
a las cosas del imperio,
solo en la lección se emplea
de los sibilinos libros,
donde divertido muestra
tal vez pesar, tal vez gusto,
de que un feliz tiempo llega
en que un rey, que rey justo,
ha de nacer en la tierra
con tan raras circunstancias,
que se acredita por ellas,
en lo arcano al discurrirlas,
lo difícil de creerlas.
Esta noticia he tenido lograda
por algunas conferencias,
que aunque de paso, ha tenido
conmigo; y si no es que sea
resulta de aquestas dudas,
no sé qué motivo tenga
para juntar en su cuarto
tanta romana nobleza.
Si de Asia, o España habrá
novedad.
Yo lo supiera
sin duda, pues a mis manos
todos los avisos llegan.
A lo que Valerio dice
me inclino yo, pues si fuera
cosa tocante al imperio,
Augusta atención discreta
comunicara al senado
la noticia, y resolviera
solo con su parecer.
Mas esperad, que a esta pieza
Sale César.
A su culto
ha de hallar nuestra obediencia.
Sale Octaviano y acompañamiento.
Habiéndonos, señor, dicho
Valerio, que vuestra Alteza
nos manda a todos venir
a su cuarto, no sosiega
nuestro amor, nuestra lealtad,
hasta saber en qué pueda
acreditar de su celo
el noble blasón que alienta.
Para dos cosas, Romanos
ilustres, a mi presencia
hoy he llamado, queriendo
en las dudas que me aquejan
ver si hallan mis confusiones
consejo en vuestras respuestas.
Es la primera, saber
qué verdad, qué inteligencia
las soberanas Sibilas
en sus oráculos tengan;
pues después que prohibí
de los agüeros las ciegas
supersticiones, leyendo,
en grande admiración absorto,
de estas profetisas, hallo
que ha de nacer en la tierra
un Rey Santo, cuyo imperio
tendrá duración eterna:
De una hermosa virgen, antes
del parto, y virgen perfecta
después del parto, vendrá.
Nos anuncia la Cumea
a quien tres Reyes darán
adoración, de una estrella
guiados, y que ha de ser
en ser y naturaleza
hombre y Dios, y a un mismo tiempo,
hijo de Dios, de un padre
con quien vive y con quien reina,
personas tres y una en esencia,
y el ser de la deidad sola.
La Pérsica, y el su nombre
según las primeras letras
Léese una profecía, que
lo escriben en sus libros, muestran
Jesucristo hijo de Dios
Salvador, y que este venga
para bien del mundo, siendo
padre que perdone ofensas,
maestro que enseñe docto,
Rey que piedades atesora,
lo afirman todos: y al fin
que amante por todos muera
tan misterioso, que vivo
y difunto, vea
y divinidad y cuerpo
que un sepulcro posea.
La Samia y la Frigia acuerdan:
de este nuevo Rey constantes
las misteriosas promesas,
las circunstancias tan raras,
tan prodigiosa la esencia,
que apenas puede el discurso
alcanzarlas, ni entenderlas:
hacen en mí tal efeto
estos misterios, que atenta
mi razón, de mi escarmiento
la justa causa recela;
que es el segundo motivo:
porque os llamo, pues quisiera
si es que ha de haber otro Rey
que más ser vuestro merezca,
dejar el imperio, antes
que al impulso de sangrientas
lides me le usurpe, haciendo
dos cosas en una misma
acción, que son evitar
mi perdición y la vuestra.
Invicto César Romano,
permita vuestra grandeza
que a las canas de Valerio,
y de Tiberio a la excelsa
dignidad, en nuestras dudas
hoy mi voto se prefiera:
Los libros de las Sibilas
nadie duda, nadie niega
en sus proféticos dichos
cuánto crédito merezcan,
y más entre los romanos
a cuyo imperio sujetan
sus oráculos el orbe;
ni se dudará que venga
al mundo ese Rey, en quien
sus misterios concuerdan:
Y asentado que no caben
en humana inteligencia
las circunstancias con que
nacerá; pues no pudieran
caber en la comprensión,
sino es que alguna fe ciega
con razón más reverente
así al alma las comprenda;
Paso a que nuestros mayores
de la Tiburtina observan
el oráculo que en Roma
en pública competencia
de los Dioses predijo,
diciendo que la alta esencia
del prometido Monarca
no viene a mandar la tierra
temporalmente, pues tiene
su reino en más alta esfera:
Esto supuesto, Señor,
¿qué importa que ese Rey venga?
¿qué embarazo que reinéis?
¿qué te impide esa grandeza
para que queráis dejar
el imperio? ¿Quién creyera
que vasallos que así os aman
ese desvío os merezcan?
Sin reparar que sería
esto la postrer tragedia
de Roma, pues por asalto
laurel que Augusto desprecia
ardiera en guerras el orbe,
y en púrpura humana envuelta
su máquina, sin alivio
fuera lástima sangrienta.
Ese inconveniente solo
basta, Señor, a que ceda
vuestro exceso del designio
de dejarnos; y aunque venga
ese Rey, si es Rey divino,
no tendrá imperio que sea
temporal, y si es humano,
siendo justo, no hay quien crea
que como tirano usurpe
lo que nuestro altivo pecho
ha conquistado, costando
prolijo afán de la guerra;
y cuando todo faltara,
o falsas, o verdaderas
son las Sibilas: si falsas,
no hay, gran Señor, que temerlas;
y si verdaderas son,
nada aventuráis, pues muestran
que ese Rey es hombre y Dios
cuya sagrada clemencia
viene de paz, según todos
sus oráculos acuerdan.
Emilio solo por todos
respondió:
Y cuando pudiera
ese Monarca venir
en tu tiempo, no era fuerza
a vista de tu poder
que ser tu amigo quisiera;
pues todos de nuestro imperio
a las armas y banderas
o bien vasallos se rinden
o bien enemigos tiemblan.
Yo juzgara conveniente
que pues tu brazo sujeto
tiene a tu feliz dominio
la redondez de la tierra,
hagas describir el orbe,
para que advertido sepas
más fácilmente en qué parte
nace, y su imperio se eleva.
Con este amor, vuestro consejo,
cuerda atención y fineza
debo estimar y admitir,
solo porque no se vea
a civiles disensiones
tantas veces Roma expuesta:
descríbase, pues, el orbe,
y examinen con cautela
Zelotes, de aqueste Rey
la venida, el reino y señas
y circunstancias, sin que
olvide la atención nuestra
ni las colonias vecinas,
ni las provincias opuestas.
Vase.
Yo para Italia y España
voy a dar la providencia.
Vase.
Yo para el África.
Vase.
Yo
tomo encargo que en Asia tenga
ejecución el edicto.
Vase.
Yo en Egipto, y aun quisiera
que la corona en tus sienes
menos segura se viera,
para que vieras que Galo
es bastante a defenderla.
¡Válgame el cielo!, no sé
qué nueva inquietud, qué nueva
festiva pasión ocupa
el pecho, cuando en Judea
en la venida de aqueste
niño Rey el alma piensa:
qué será, que aunque le tengo
no sé qué temor, que altera
y asusta el corazón, para
todo el susto en reverencia?
¿Qué será, que aunque le envidio,
que mayor imperio tenga,
es tan extraña mi envidia,
que es más halago que ofensa,
¿Más de todo el universo
no soy dueño? ¿Habrá quien pueda
decir que es mayor que yo?
aunque publiquen y adviertan:
Música en lo alto.
Gloria a Dios en las alturas
y paz al hombre en la tierra.
Pero ¿qué escucho? ¡Qué dulces,
sonoros acentos pueblan
la vaga región del aire
repitiendo sus cadencias!
Gloria a Dios en las alturas
y paz al hombre en la tierra.
Si es ilusión lo que he oído,
pues en el palacio apenas
se escucha voz... Sí será,
pues confundida la idea,
discurriendo que monarca
mayor que yo no se encuentra,
parece que oí:
Hoy nació
Monarca de más grandeza.
¿Qué escucho? Ya no es engaño
lo que en el oído suena:
¿otro monarca hay mayor?
Misteriosas voces bellas,
decid quién es, para que
mi ignorancia lo comprenda.
Aparece un sol circuido de nubes y muchos ángeles que dan vueltas alrededor, y la Virgen sentada en medio con el niño en los brazos.
Admira, Octaviano,
en la luciente esfera
ese sagrado niño
que en trono de esplendor se manifiesta.
Monarca Divino
de cielo y de tierra.
Siendo Rey, viene al mundo
por redimir aquella
infeliz, penosa,
original, cruel, triste cadena;
que arrastra cautiva
la naturaleza.
Cuanto miras criado,
cielos, sol, luna, estrellas,
tierra, mar, aire, fuego,
hombres, matices, plantas, aves, fieras,
lo crió el imperio
de su providencia.
Hijo de Dios desciende,
y de María bella,
que un hijo de María,
solo tener por padre a Dios pudiera:
que es madre de Gracia,
y de ángeles reina.
Con el coro.
Y pues ves que hay monarca
de más grandeza
en la ara de María,
ríndele ofrendas;
pues repiten acordes
inteligencias:
gloria a Dios en las alturas,
y paz al hombre en la tierra.
Desaparece.
Arrodíllase y quédase suspenso.
Sagrada deidad, escucho,
divino prodigio, espera,
que ya te adoro, ya rindo
veneraciones atentas
a tu grandeza.
Salen Galo, Agripa, Tiberio, y Valerio.
¿Señor?
¿qué lazo obliga?
¿Así me dejas,
divino asombro del alma?
Oye, aguarda.
Advierte.
Pienso,
Señor;
Levántase como absorto.
Amigos, ¿no visteis
a una celestial princesa
vestida del sol, calzada
de la luna, y por diadema
doce diamantes labrados
de la luz de las estrellas?
Nada vimos.
¿No habéis visto
en brazos de esta doncella
al recién nacido Rey
tan hermoso, que su esencia
es un milagro, un trasunto
de toda la omnipotencia?
Nada habemos visto.
¡Oh, cuánto
sois infelices! Si vierais
del hijo la majestad,
de la madre la belleza,
vierais; mas ¡qué vanamente
quiere copiarles la lengua,
cuando el discurso no puede
medir las cosas inmensas!
Advierte, señor, que puede
ser ilusión.
No es tan ciega
mi razón que no distinga
realidades y apariencias.
¿Pues qué intentas?
Consultar
el oráculo quisiera
de Apolo, y averiguar
la verdad con sus respuestas.
Pues yo a prevenir iré
el sacrificio y la ofrenda.
Vase.
Tú Galo manda que al punto
de este rey, y de esta reina
por las señas que me diste
un retrato se prevenga.
Voy a obedecerte.
Vase.
Asombros
sagrados pues hoy venero
mi rendimiento, sacad
de dudas al alma, y vea
el mundo que Octaviano
tan noble cuidado hoy cuesta.
Vase.
Salen Camila y Claudia con un papel.
Busca Camila a Diomede
y dale aqueste papel,
pues para mayor tropel
todo al revés me sucede.
¿No es el papel que escribías
para Galo?
Sí que quiero
a todo trance, primero
satisfacer las porfías
de sus celos; pues ya sabes
que anoche Tiberio dio
la ocasión que amotinó
en Galo recelos graves;
aumentándose el desdén
de su penoso dolor
al ver desde el corredor
salir a Agripa también
de mi cuarto, cuya pena
a escribirme le ha obligado
celoso y desesperado,
a tiempo que me condena
a otro mal el frenesí
de mi infiel fortuna injusta
pues están Julia y Augusta
ya recelosos de mí;
conque lloro en tal rigor
de Emilio Galo los celos,
de Augusta y Julia recelos,
y las ansias de mi amor:
y así en confusiones tales
pues es primero mi fe
en solo una acción daré
el remedio a muchos males
dale digo este papel
a Galo, y en él verá
mi fineza y quedará
seguro de mi amor fiel.
despreciados los devuelvo
de Agripa, de Tiberio al fin,
y Julia de Augusta, sin
sobresalto, y sin celos.
Vase.
Saca otro papel, que esconde el que le dio Claudia.
Pobre de mi amo que tal
anda, y no es mucho en rigor,
que quiere bien, y es amor
un tirano dios de mal:
mas Diomede viene aquí,
y pues vengarme es preciso
del desprecio que me hizo,
él se acordará de mí.
Prevenido otro papel
traigo para darle ahora
en vez de el de mi señora;
y pues que cumplo fiel,
con darle a Galo, en mi enojo
ciego el bufón, sin placeres,
que el que juega con mujeres
es preciso que abra el ojo.
Sale Diomede.
Camila mía, aquí viene
un servidor, salvo el nombre:
Cierto que este mal hombre
muy cuidada me tiene:
mas esto aparte, ¿en qué estado
Galo está?
Es cosa perdida,
¿Cómo?
no doy de su vida
aunque es celoso, un cornado:
no hallan sus tristezas coto,
y de su pena afligido
llora como un descosido
y suspira como un roto:
Voy a llevarle un papel;
¿De quién?
De mi amo.
Pues yo
se le daré.
Aqueso no;
mas, ¿qué me darás por él?
Ya sabes que poco valgo,
mas pues servirte prevengo,
aunque es nada cuanto tengo
de este nada te daré algo:
Con una merienda cobras
solamente mi afición:
Dulce es mi conversación,
meriéndate mis palabras.
Toma el papel, que al fin eres
ruin, zafio, y grosero.
Dale el papel trocado y vase.
Defienda yo mi dinero
y dirá V. S. que quisiere;
pero mi amo es aquel,
empiézome a aprovechar:
las albricias me ha de dar
o no ha tener el papel.
Sale Galo.
Diomede, ¿dónde has estado?
Buscando alguna alegría
contra tu melancolía.
Loco estás, ¿y la has hallado?
Sí, señor, y en la estafeta.
¿Qué dices?
Que Claudia aquí
te lo remite por mí.
¿Cómo?
En aquesto secreto.
A ver.
El récipe, di,
¿le da sin pago primero?
Yo lo mando.
Pues yo quiero
fiar de ti.
Lee.
Dice así:
«Si a ese pícaro criado
a palos no le matáis,
de nuevo me ofenderéis».
¿Quién este papel te ha dado?
¿A pa... qué dice, señor?
Vuelve a leer, por tu vida.
A palos.
¡Brava comida!
Míralo bien, que es error
de pluma.
Léelo tú.
A pa, a pa...
¡Acabo!
Aquel palo de la ele
le escribió allí de vicio.
Por loco te dejo.
Ha sido
muy bien hecho, que en rigor
tullido estoy del temor,
según lo que a mí me ha sucedido.
Al paño Tiberio.
Hacia el cuarto de Valerio
vino Galo, y quiero ver
si sobre el lance de anoche
ha visto a Claudia otra vez.
Al paño Agripa.
Aquí está Galo, y quisiera
por medio suyo saber
de aquel acaso de anoche
lo que pasó.
Sale Camila.
Galo, señor.
Ese papel,
oye, espera.
Al irse lo detiene.
Camila, di cuyo es.
De Claudia.
¿Y para quién, di,
le envía?
Vos lo sabéis.
Pues dime.
Nada he de decir,
ni he de hablar, ni he de atender,
si a ese pícaro criado
a palos no le moléis.
Vase.
¡Ah, pícara!
¿Qué es aquesto?
Aquesto será a mi ver
sino embuste.
Salen a un tiempo.
Gallo amigo.
Si como imagino, es...
Pero, ¿qué miro?
¿Qué ves?
Perdido estoy.
Al través
dimos esta vez con todo.
Aparte.
Perdonad, Agripa, ved
que es sin duda para mí
el papel.
Aparte.
Advertid que
puede ser aqueste aviso
para mí.
Cielos, ¿qué haré?,
que a nadie le puedo dar,
porque se descubre en él
mi amor.
Al paño.
Al cuarto de Claudia
fue Tiberio, y le detiene,
si es verdad mi presunción.
Al paño.
Sin duda que aviso ha de ser
a Claudia Agripa, según
dijo Libia.
¿Nos suspendéis?
¿Qué esperáis?
Yo, por Agripa...
Aparte a Tiberio.
No importa, mi amigo es
Agripa, y así mostrad.
¿Qué decís?
Que este papel
que a Gallo ahora le dieron
es para mí.
En mi entender
no es sino para mí.
¿Cómo?
Bastante razón tendré
cuando le pido.
Pues sea
nuestro desengaño fiel
él mismo.
Aparte.
Cielos, ni yo
le puedo dar ni dejar,
no sé qué hacer, vive Dios.
Ea, mostralde.
¿De quién
será este papel?
¿Qué es esto
que no acabo de entender?
Rebelde, ¿qué reparáis,
ya que conformes nos veis?
Es que yo...
Sale y quítale el papel.
Embozo hay aquí;
dádmele a mí, que mejor
sin duda se le leeré.
O a mí, que sabré sin duda
explicarle más bien.
Fuerte lance.
Raro empeño.
Mudo estoy.
Adiós, papel.
No en vano, Tiberio, no,
en vano digo que aunque
con el César tan traidor,
conmigo tan descortés,
y con los dos tan ingrato
y grosero procedéis:
¿así al César le pagáis
el prometido laurel?
¿así a la noble fineza
de mi amor correspondéis?
Así...
Señora.
Detente
y advierte que puede ser
engaño de tu pasión
la causa que piensas.
Dásele.
Ve
en ese papel, si acaso
ilusión, o verdad, es, si
mira en él cómo a Tiberio
escribe Claudia.
Aparte.
¡Ah, cruel!
Sin duda que para mí
no es de Claudia el papel.
Antes parece, que no
va a Tiberio.
¿Pues a quién?
A Agripa; a quien hoy escribe,
¡qué mucho, qué mucho, pues,
que vuestros descuidos note
la constancia de mi fe!
Advertid.
Nada digáis;
y pues veis que soy mujer,
temed mis iras, mi enojo,
y mi despecho temed:
que en vos y en Claudia sabrá
quién es mi Augusto...
Por una puerta se van, y por otras salen Claudia y Flavia.
¿Tan descompuestas las dos?
¿perdido el color tenéis,
destempladas voces dais?
¿qué causa os pudo mover
a tanto enojo?; decid,
¿quién fue el desatento, quién
fue el loco que motivó
la pena que padecéis?
que por vida de mi altiva
majestad, que hoy ha de ver
su escarmiento; si es acaso
la causa la que busqué:
Señor.
Aparte.
Confuso varón
temo al César; yo, sí; aunque:
No más; decidme vosotras
qué es esto.
De este papel
podrás mejor informarte,
pues Claudia reconviene en él
a Agripa su fino amor.
Costará nunca.
Está bien:
lee, a ver lo que dicen
sus cláusulas.
Esto es:
Tiberio atiende al fuego que yo exhalo
por ti; Galo me da disgusto, y calmo
la pretensión de Agripa, estimo el almo
que amante sabrá ser sin intervalo:
de amor el desengaño nunca es malo
en quien fino y constante se desalma
por Agripa; no puede ser la palma
por Tiberio galán, no para Galo:
hablar mi afecto intenta verdadero
a quien en mi fineza satisfice;
Galo que no me hable solo quiero;
Tiberio para esposo mal me dice;
Agripa, a quien en mi elección prefiero,
el amor victorioso le eternice:
ved, señor, si más notorias
pueden sus traiciones ser.
Yo jamás.
No prosigáis,
porque yo hoy disculparé;
que el papel mismo acredita
que para Tiberio es,
y no para Agripa:
Cómo?
Oíd pues lo diré, él:
Tiberio, atiende al fuego que yo exhalo
por ti; Galo me da disgusto, y calmo
la pretensión de Agripa; estimo el almo
que amante sabrá ser sin intervalo:
de amor el desengaño nunca es malo
en quien fino y constante se desalma;
Por Agripa no puede ser la palma;
por Tiberio galán; no para Galo:
hablar mi afecto intenta verdadero
a quien en mi fineza satisfice,
Galo que no me hable: solo quiero
Tiberio para esposo: mal medre
Agripa, a quien en mi elección prefiero.
Amor victorioso le eternice.
Muerto estoy.
¡Ay, tal maldad!
El papel tiene haz y envés.
Si vuestra Alteza, señor,
me da licencia...
Tened,
que pues el del honor siempre
es el mayor interés,
por él, por vos, y por mí
esta vez he de volver;
y suponiendo que Galo
y yo, desde la niñez
admitimos en el pecho
aquella halagüeña ley,
por quien bien visto del alma
es el delito tal vez;
y suponiendo que entiendo
en qué no os pudo ofender
su amor, Agripa y Tiberio
las iras de mi altivez
pretendieron obligar;
pero a que Galo cortés
por el respeto de entrambos
no quiere volverme a ver,
aunque sabe que los dos
con la reverente fe
que a Julia y a Augusta deben
adoran su rosicler;
por lo cual, para recuerdo
de mi amor, hoy le envié
un papel que le escribí
en tiempo que mi desdén
experimentaron cuantos
émulos su amor fiel
tuvo entonces, por si acaso
la infausta pasión cruel
de pasados celos causa
tan noble retiro en él.
¿Es el papel para Galo?
Sí, señor.
¿Cómo pues, qué hace atrás?
Otro chiquillo tenemos,
es pandorgo ese papel.
Pendiente estoy de mirar...
Leedla, Claudia.
Atended.
Lee.
Tiberio, atiende al fuego que yo exhalo
por ti, Galo; me da disgusto y calma
la pretensión de Agripa; y como el alma
que amante sabrá ser sin intervalo:
de amor el desengaño nunca es malo
en quien fina y constante se desalma;
por Agripa no puede ser la palma,
por Tiberio galán no, para Galo:
hablar mi afecto intenta verdadero
a quien en mi firmeza satisfice,
Galo; que no me hable solo quiero
Tiberio; para esposo mal me dice
Agripa; a quien en mi elección prefiero
el amor victorioso la eternice.
Esta es, señor, la verdad,
y así ahora a vuestros pies,
pues publicado mi amor,
no puede dejar de ser
Galo mi esposo, os suplico
que antes que llegue a entender
mi padre...
Bien está, Claudia,
y en albricias de que sé
por vos, que Julia y Augusta
correspondidas se ven
de Agripa y Tiberio, os doy
palabra de que pondré
en vuestro desvelo el justo
cuidado que merecéis;
pero los tres advertid
que si acaso llego a ver
por esto el menor disgusto,
me enojaré con los tres.
Y ahora todos al Templo
venid conmigo, por ver
si de otras mayores dudas
me libra el Cielo también.
Vase.
Lo que pasó por mí, apenas
con el sobresalto, sé.
Vase.
Ya por lo menos amor
en desengaño tenéis.
Vanse.
Respeto y amor metieron
entre uno y otro vaivén.
Vase.
Si honor y amor aseguro,
feliz mil veces seré.
Vase.
¿Qué dices de esto, señor?
¡Ay, Diomede!, no lo sé;
que aunque Claudia ha asegurado
mi amor con su noble fe,
ha desmentido los celos
de Julia y Augusta; y si él
con Tiberio y con Agripa
ha acreditado la ley
de mi atención y amistad,
con todo, cuando se ven
opuestos celos, amor
y amistad, se han de temer.
Vanse.
Descúbrese el templo con la estatua de Apolo, y sale Valerio.
Qué ilusiones son, cielos,
qué asombros, qué desvelos,
los que en confusa calma
turban al César la quietud del alma.
Qué sueños prodigiosos,
qué anuncios misteriosos,
o qué visión divina
es la que peregrina
en piélagos de dudas
le obliga a suspirar con ansias mudas.
Cuánto sueña es portento,
misterios graves cuanto le ve atento,
y en ese ardiente piro
soberanos prodigios cuanto miro.
Y envanecido con asombros tales,
se confunden los bienes con los males,
pues como en cuanto le ve cuidadoso,
advierte grave, oh, sueño prodigioso.
Al discurso a más dudas le condena,
padece el gusto, y gime de la pena;
y pues pretende atento
saber de una visión que vio en el viento
el suceso sagrado,
y reverente al templo venerado
de Apolo viene porque en tanto exceso
le declare su oráculo el suceso.
Ya abierto el templo espero,
ya arde en las aras misteriosa hoguera,
para obligar al soberano auspicio,
ya aguardo prevenido el sacrificio,
y ya el César devoto y fiel ejemplo
asistido de todos llegó al templo.
Salen todos.
Al oráculo sagrado
del gran padre de Faetonte,
que de sus luces muriendo en laguna
renace en la pira de sus resplandores,
venid, venid conformes,
pues que los sacrificios
y adoraciones
las piedades encierran
siempre en los dioses.
Ya sabéis, nobles romanos,
cuánto mis dudas zozobran
en los altos vaticinios
y sacras inspiraciones
de las sibilas que anuncian
a un misterioso dios hombre,
a un rey pastor, hijo y padre,
tan prodigioso en el orbe
que sus divinos portentos
y milagrosos primores
no han de caber en las breves
humanas admiraciones;
ya sabéis también que en este
que de tus dudas se logre
del desengaño a que aspiras,
y así con himnos exhorte
nuestra humildad las respuestas
soberanas de los dioses.
Buen padre del día,
alma feliz del orbe,
antorcha de los cielos,
halago de los hombres,
abrigo de las plantas,
aliento de las flores,
decláranos, qué niño
es el que causa mis admiraciones.
Mas esperad, que parece
que el simulacro se enciende,
y ya inflamado el aspecto
dar la respuesta dispone.
En el oráculo.
Ese niño ignorado
que en Belén ha nacido,
de niño conocido
para mayor cuidado,
con anuncios veloces
es superior al coro de los dioses.
Ya mi oráculo mudo
queda con su venida;
no pregunte advertida
vuestra atención, pues pudo
con triste parasismo
su deidad despeñarme hasta el abismo.
Truenos, y cae hecha pedazos la estatua.
Raro asombro.
Extraño acaso.
El templo al ciego desorden
del ronco estruendo desploma
sus capiteles y torres.
Estremecida la tierra,
parece que descompone
su máquina.
Hasta los duros
peñascos de aquesos montes
rodando al valle, en sus centros
preñados se reducen.
Todo es prodigios el día,
todo asombros, todo horrores.
Hasta el simulacro altivo
de Apolo en trozos disformes
descendió del ara.
A mucha
miseria ha llegado el pobre
oráculo. ¡Oh, quién te viera,
Camila, como mil veces
de esto!
¿Qué hicieras, tirano?
Por tus pedazos, atroz
me muriera a cada paso.
Antes ciegues que tal logres.
¿De qué os admiráis, romanos?
Si veis que los esplendores
del sol se eclipsan a vista
de este niño, si conformes
obediencias le tributa
al gran coro de los dioses
y sus oráculos cesan,
y en muestra de que inferiores
son a su deidad, le dejan
altares y adoraciones
libres, para que en sus aras
víctimas y ofrendas goce;
¿qué esperáis, que a este dios niño
reverentes oblaciones
no ofrecéis?
Ya su poder
nuestro afecto reconoce.
Galo.
Señor.
El retrato
que he mandado que se copie
de este niño y de su bella
madre, ¿dónde está?
En orden,
obedeciendo, aquí viene.
Saca el retrato.
Pues para que al mundo asombre,
el templo del sol por él
tenga más altos blasones:
el ara de Apolo sea
donde este Rey se corone
y obsequiosamente glorias
del Hijo de Dios pregone.
Pone el retrato en el ara.
¡Viva el gran Hijo de Dios!
Eso sí, romanos nobles,
repetid todos conmigo:
Romano pueblo, no estorbe
vuestra ceguedad el culto
de un Dios que en los corazones
se introduce como amante
Rey y padre, Dios y hombre.
¡Viva el gran Hijo de Dios!
Qué de misterios esconde
este gran Dios. Eliano,
llega a mis brazos, y borre
esta acción las ofensas
que me has hecho.
Que se informen
las piedades es preciso
pues con mudas atenciones
a vista de tal Dios, ceden
crueldades y sinrazones.
Porque para mayor gloria
y cultas adoraciones
del recién nacido rey
su ara se erigió en que logre
divinos cultos: Tiberio
la mano de Julia goce,
y Agripa se la dé a Augusta;
pues sé que los corazones
de amor en cláusulas y engaños
fabrican blandas prisiones,
seré en sus bodas padrino.
¡Paciencia, amor!
Mis pasiones
son felices con tal dueño.
Da las manos.
Vuestra soy.
Mi fe blasona
con tal dicha.
Esta es mi mano.
Cesen las explicaciones
donde está el gusto del alma.
Mi obediencia corresponde
a tu fineza.
Feliz
soy de que el César hoy honre.
Libia, ¿te envido?
Yo no quiero.
Pues, Camila, hágame hombre.
Solo ha de ser.
Las mujeres
siempre tienen las mayores.
Y para que la comedia
tenga fin, y se perdonen
sus faltas, digo el afecto
mezclado en ecos acordes:
El primer templo de Cristo
dio César Augusto al orbe,
y en María ara del cielo
logra sus adoraciones.
Fin
[Rúbrica]
934. / LO22 / 924. / 2880
[Rúbrica]
[Rúbrica]
[Rúbrica]