Emanuel
Figura central del auto, identificado con Cristo; se presenta como Dios y hombre, sacerdote y rey, interpreta los misterios y vence a Babilonia mediante la nueva ley de Gracia.
Manuel de Arriaga Feijoo y Rivadeneira
Summary publication date: June 18, 2026
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Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un marco alegórico y bíblico, Luzbel proyecta fundar Babilonia frente a la nueva Sión que Justicia y Gracia anuncian como ciudad del ser humano y divino que vencerá al pecado. La acción transcurre entre espacios simbólicos de gran fuerza visual —el mar, el desierto, los muros de Sión, el templo de Belial y el ámbito del Arca— mientras Gentilismo, Apostasía y Judaísmo intentan sin éxito descifrar el misterio proclamado por voces celestiales. Emanuel, identificado con Cristo, revela el sentido de la Encarnación, del sacrificio y de los sacramentos, derrota el poder idolátrico de Belial y consagra el triunfo final de la ciudad de la Gracia sobre la ciudad de la Culpa.
El auto presenta, desde su comienzo, un enfrentamiento alegórico entre fuerzas contrapuestas que discuten el sentido de la historia sagrada y del gobierno divino del mundo. Luzbel, asociado a la Culpa y a Babilonia, se lamenta de la persecución de la Justicia divina y repasa diversos castigos bíblicos —la caída de los ángeles rebeldes, la expulsión del primer hombre, el diluvio, la confusión de lenguas, la ruina de ciudades culpables y otros ejemplos— para acusar a la Justicia de severidad indiscriminada. Frente a él, la Justicia rebate uno por uno sus argumentos y sostiene que los castigos fueron respuesta al pecado y a la soberbia, no actos arbitrarios. De ese debate nace el núcleo de la acción: Luzbel anuncia que fundará una ciudad propia, identificada alegóricamente con Babilonia y el dominio de Belial, donde espera ser adorado mediante víctimas e incienso; la Justicia responde que levantará otra ciudad opuesta, una nueva Sión, ligada a la Gracia y destinada a ser habitada por un ser a la vez humano y divino que vencerá a la culpa. Ambas ciudades quedan figuradas en dos mujeres simbólicas: una, lujosa y engañosa, montada sobre el dragón de la culpa; otra, pura y gloriosa, coronada de astros y elevada hacia el cielo.
A partir de esa oposición inicial, la obra desarrolla la búsqueda del sentido del misterio anunciado por voces celestiales que proclaman “gloria a Dios” y “paz al hombre”. La Culpa intenta averiguar ese enigma consultando a tres ámbitos religiosos o doctrinales que aparecen personificados: el Gentilismo, la Apostasía y el Judaísmo. Ninguno de ellos logra explicarlo de forma suficiente: el Gentilismo reconoce la insuficiencia de sus ciencias e ídolos; la Apostasía confiesa la turbación de su entendimiento; y el Judaísmo, aunque más cercano al misterio, tampoco lo penetra plenamente. En ese momento irrumpe Emanuel, rey de Judá y figura central del auto, cuyo nombre y acciones permiten identificarlo con Cristo. Él explica que el anuncio angélico se refiere a su venida, reconocida por pastores y reyes, y comienza a atraer hacia la nueva Sión a personajes humanos y alegóricos, mientras otros intentan impedirles el paso. Entre quienes se acercan destaca un Pobre, que, pese a su pequeñez y a las dificultades, desea seguir a Emanuel; su presencia subraya que el acceso a la ciudad santa no depende del poder ni de la riqueza. La tensión dramática se concentra entonces en la duda de los personajes ante las dos convocatorias contrapuestas: la de Belial, que llama al templo idolátrico, y la de Sión, que llama al muro de la ciudad pura.
En la parte final, la acción se organiza como una gran ceremonia sacrificial en la que se enfrentan visual y doctrinalmente el altar del Arca y el de Belial. Justicia, Gracia, Culpa, Envidia, Apostasía y otros personajes presentan ofrendas simbólicas —flores, espigas, ramas, corona de espinas, caña y otros objetos— cuyo sentido Emanuel interpreta de manera tipológica, relacionándolos con las edades del hombre, la historia bíblica y la futura redención. Emanuel se revela explícitamente como Dios y hombre, sacerdote y rey, explica la Encarnación y la institución de la Eucaristía, y muestra cómo la ley antigua prefiguraba la ley de Gracia. A medida que avanza el sacrificio, las ofrendas de la parte de Belial se deshacen o quedan vencidas, mientras que la nueva Sión se afirma como ciudad verdadera. El momento culminante llega con la cruz, la pasión y la derrota del ídolo: el poder de Babilonia se arruina, el demonio reconoce su fracaso y la obra concluye proclamando el triunfo de la nueva ley sacramental. En el cierre, la ciudad vencedora se proyecta históricamente hacia Roma cristiana y hacia la Iglesia de Pedro, de modo que las “dos ciudades opuestas” quedan definitivamente identificadas con la ciudad de la culpa, abatida, y la ciudad de la Gracia, victoriosa por medio de Cristo y de sus sacramentos.
Figura central del auto, identificado con Cristo; se presenta como Dios y hombre, sacerdote y rey, interpreta los misterios y vence a Babilonia mediante la nueva ley de Gracia.
Principal antagonista; encarna la rebelión contra Dios, promueve la fundación alegórica de Babilonia y trata de oponerse al cumplimiento del misterio cristiano.
Personificación de la justicia divina; discute con Luzbel, defiende el sentido de los castigos bíblicos y anuncia la ciudad opuesta a Babilonia.
Personificación de la nueva ley y del auxilio salvador; acompaña la construcción alegórica de la nueva Sión y orienta la victoria final de Emanuel.
Figura alegórica del pecado, estrechamente unida a Luzbel y a Babilonia; intenta comprender y resistir el misterio que acabará derrotándola.
Deidad infernal e idolátrica en torno a la cual se organiza la ciudad enemiga; representa el culto falso y recibe las ofrendas del bando opuesto.
Personaje alegórico que representa la ley antigua; conserva figuras verdaderas del misterio, pero no alcanza por sí solo su pleno cumplimiento.
Personificación del mundo pagano y de la idolatría; sus saberes e ídolos resultan insuficientes para explicar el misterio divino.
Figura de la desviación respecto de la verdad religiosa; participa en la confusión doctrinal y queda desautorizada por la revelación de Emanuel.
Personaje humano de relieve simbólico; expresa la humildad y la disposición a seguir a Emanuel frente a la riqueza, el poder y la confusión del mundo.
Acompaña al campo de la culpa y del demonio; su función principal es reforzar los móviles interiores de la caída y de la oposición al bien.
Ciudad alegórica de la Gracia, la pureza y la salvación; es el principal espacio positivo de la obra y culmina identificándose con la ciudad de Cristo y, en proyección final, con la Iglesia triunfante.
Ciudad alegórica opuesta a Sión, vinculada a Luzbel, Belial y la Culpa; representa el error, la idolatría y la soberbia que la acción termina derrotando.
Espacio ceremonial del culto falso, donde se concentran las ofrendas del bando infernal y se escenifica la esterilidad de la idolatría.
Espacio sagrado asociado a la ley divina y a sus figuras; funciona como antecedente tipológico de la nueva ley y del sacrificio de Emanuel.
Lugar de acceso, llamada y prueba; alrededor de ellos se sitúan las dudas de los personajes y el tránsito hacia la ciudad verdadera.
Marco del arranque dramático, ligado al viaje, al peligro y a la llegada del antagonista; también sirve para desplegar imágenes de inestabilidad y combate espiritual.
Espacio simbólico desde el que se vigilan y combaten las fuerzas del mal; se asocia a la visión del águila, a la prueba y a la revelación.
Lugares evocados más que escenificados con plenitud; remiten respectivamente al nacimiento y al bautismo de Emanuel, momentos decisivos de su manifestación.
Espacio inferido con claridad en el desenlace; aparece como proyección histórica de la ciudad vencedora y sede del triunfo eclesial de la nueva ley.
Toda la obra se organiza en torno al enfrentamiento entre dos órdenes espirituales: el de Babilonia, regido por el pecado, y el de Sión, fundado en la gracia redentora.
El auto insiste en la doble naturaleza de Emanuel, clave para explicar que pueda ser al mismo tiempo rey, sacerdote, víctima y vencedor del pecado.
La acción muestra cómo la ley de Gracia cumple las figuras del Antiguo Testamento y desautoriza tanto el paganismo como las formas religiosas incapaces de reconocer plenamente el misterio.
Las dos ciudades condensan modelos de vida, culto y gobierno: una lleva a la perdición y otra a la salvación, y esta última se proyecta finalmente sobre la Iglesia y Roma.
Episodios, objetos y personajes del Antiguo Testamento se reinterpretan como anuncios de Cristo, de la cruz, de la Eucaristía y de los sacramentos.
El desenlace convierte la confrontación en una explicación dramática del sacrificio de Cristo y de la economía sacramental, especialmente del bautismo y la Eucaristía.
Luzbel, Belial y sus aliados representan el deseo de usurpar el lugar de Dios, recibir culto indebido y fundar una ciudad basada en el error y la violencia espiritual.
La figura del Pobre y la llamada universal de Emanuel subrayan que la verdadera entrada en Sión no depende del rango mundano, sino de la fe y de la disposición interior.