La privanza del hombre
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En una corte alegórica de sentido celestial, Luzbel envidia la privanza del Hombre con el Rey y envía a Lisonja y Furor para apartarlo de su señor mediante el placer, la vanidad y el desorden. El Hombre, engrandecido por el Rey y hecho señor del mundo, se deja seducir por esos malos consejeros, abandona la disciplina del palacio y cae en una vida de excesos hasta olvidar a quien lo había favorecido. Perseguido y arrepentido, vuelve al palacio, atraviesa simbólicamente las aguas de la penitencia con ayuda del Rey y es restaurado en una escena final de banquete eucarístico que confirma su salvación.
