
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Sangre, valor y fortuna. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/sangre-valor-y-fortuna.
El Rey de Polonia
Apolinopolillo loco
Margarita infanta
Roxura duquesa
Flora criada
Belesario viejo
Belisardo villano
Isidro villano
Leonido padre de Belisardo
un secretario
dos cazadores
de Don Francisco Bances Candamo.
Sale la infanta de caza
Con la fatiga de la caza errante
paso por la maleza deste atlante,
ceñido de nublados,
si diamante de yelos originados,
hasta la ronca fuente
se derriba culebra transparente,
que de perlas y aljófares alhaja
labra las faldas desta roca baja
cuyas alas al instante desata
siendo del bosque un listón de plata,
menos que enrama altiva
dentro.
al monte, Belisardo, arriba, arriba
alguna fiera siguen los pastores
dentro 2°.
busquemos a la infanta, cazadores
a mis monteros el alborozo incita
busquemos a la infanta Margarita
Salen.
a donde hallareis a su alteza
lo que buscareis será su extrañeza
que como el monte dudas asegura
temimos que se entre en su espesura
pues el Rey mi señor adonde queda
sentado en el verdor desta alameda
admirando el valor que le acompaña
Sale Belisardo
siendo de entrambos fiera más que muerte,
y la que admira a Filis,
ya habiendo el muerto diabólico,
porque tan cerca con mi boca daba
que de mi propio aliento se animaba,
y de su aliento, con valor incierto,
sin vida quedó después de muerto;
en la sangre espumaba
el charco de jazmín y rosa,
cuya, cuya falda
carmín dibuja en campo de esmeralda;
de la rosa asida,
lo que en un breve espacio ha recibido
y ha rendido al tanto,
al menos, cuando ibas besar las plantas.
Aparte.
Al buen soldado valeroso
me confieso agradecida,
aunque diré que mi vida
le alienta más de mi amor.
Siempre se reconoce a tu alteza,
mi ánima favorecida,
confieso que estoy perdido
a la luz de tu belleza.
Amor, este sin duda
donde en el fuego que labra
forman los ojos palabra
que más soberbia enramada,
y así el callar grosero así
que angélica me amenaza.
Quede en fin decir esta caza.
Solo por ver a un villano,
gigante amor, fiel a un lisonjeo,
a tal bajeza a matarme,
no permitas despreciarme,
no quieras así abatirme.
Pensamiento, ¿dónde vas?
El cuerpo pasa a los pies.
menos alivio hallaré,
mientras por páramos
grave pena os desampara,
terrible mi desconsuelo,
donde me abrazo, me yelo,
donde me yelo, me abrazo;
fuerza será que rendida
deje entonces la corona,
porque una vida sin alma
no puede llamarse vida.
Pero con esta ocasión,
esta pasión, ¿dónde voy?
O me olvido de quién soy,
o soy, no de vos, la Infanta.
¡Cómo, cielos, me he llevado
allí de tan recio error!
Mira que el Rey mi señor
esperará con cuidado.
Vamos, loca fantasía,
fuerza es dejar una flor.
Al Rey mi padre diré
tan revuelta bizarría
estos días divertido,
con fieras, lejos, despacio,
ya vuelve a palacio
en el hábito mentido.
Calla, loca, leal mi esperanza.
Vase Infa. y doña Leonor.
Callad vos, pusilánimo,
nunca miedos le hicieron.
Ciego quedo, sin sentido,
con tanta gloria que toco.
Pero, ¿qué pretendo, loco?
Pero, ¿qué intento, atrevido?
A Margarita... ¡Ay, cielos!
De tu beldad soberana,
siendo, con sangre villana,
el más humilde del suelo,
toda la Infanta, ¡ay error!
idolatrar su hermosura...
Amor y lealtad, locura;
déjame, por Dios, amor,
pues cuando más victorioso
salga, hallaré por contrario
cuánto pierde un temerario,
cuánto alcanza un temeroso.
Mas ¿qué digo?, esto es temor,
cobardía y no valor;
aunque es Infanta, es amor,
Margarita, ¿no es mujer?
Vuelve, esperanza turbada,
quien esta fe interesa,
porque a ninguna le pesa
de saber que es adorada.
Ea, vuelve, vuelve, intente
tu atrevimiento, espera,
aunque lo eches fuera.
Sale Pipiño y Bastián.
¡Qué puñalada valiente!
¿Qué hay, Pipiño?
Que reviento por contarlo,
una braveza.
Que pues mi espanto te fuerza,
dilo.
Pues óyela atento:
apenas llegó a Abrial,
brazo a brazo con el oso,
cuando le seguía animoso,
como alano se le tira;
y volviendo, como digo,
la cara, donde lo arrollo,
vio que otro oso, como el tuyo,
se iba encarando conmigo.
He mostrado mil alcances
de intención, supuesto el caso,
no entendí que huéspedes
quería tantas uñas.
Es entonces, con grande enojo,
hecho el miedo a pedazos, afloja.
Salir a darme topar,
cogió el buey, sacole un ojo,
el que no sintió provecho
de lo que le vine a hacer,
y más cuando echó de ver
que había sido el derecho;
acudí, con que me pelé
al torearle; aunque cayó,
en tanto que a un árbol yo
me subí por alto, que había;
él, de su suerte enojado,
me esperaba en saña ardiente;
que el tal animal, caliente
por ser animal osado,
con groserías la deshecha;
no paré por conocer
que un toro no había de hacer
ninguna cosa derecha.
Y así en el árbol subido
estaba, y cuando entendía
que bajara, le decía:
eso de bajar, no oso;
conque en fin cansado huyó,
ese ruido que de
donde vine, dél se fue,
ya que la historia acabo.
Imaginaba león nuevo
según te había alentado
antes de haberlo contado.
Pues fue bueno hacerle tuerto.
¡Ay, Pepino! ¿Quién trocara,
como tú, la libertad?
Alteza, la do en verdad,
porque no lo imaginara.
Dél no estoy libre.
Pues, ¿qué
temes ahora que tienes?
En que males forjo bienes,
y todos en una fe.
No te entiendo.
Me ahogo della,
amor con inmenso arder.
Pues, ¿qué es amor?
El querer
por simpatía de estrella.
A esos menos te aplicas,
qué simpatías o compatías,
que después que mentiras tratas,
hallas tiempo por las picas.
Rústico, que te adelantas,
contigo no trato, ¡ay amigo!
que tengo amor no te digo,
que quiero bien a la infanta.
Cátalo el diablo, a quién da,
cuándo, cómo y dónde.
Cuando, cuando la miré,
como, porque a la vi,
y como, porque estaba...
Pues, ¿qué remedio darás
al mal que el seso te quita,
siendo quien es Margarita?
Escúchame y lo sabrás:
mi padre conmigo airado
anda, y luego de ligero
ya me aplaca, en que espero
que aliviaré mi cuidado
solo en mirarla.
Y después,
¿qué haremos allá?
Asistir,
para eso solo no iría.
Quitarle los enojos
será a mi padre.
Pues días ha,
es menester aguardar.
Solo el verla, pues mirar
el alivio a quien adora,
sale el tal, si mal no noto,
viéndola allí en su palacio.
Oye, pues estás despacio,
al despropósito ungüento.
hurtaron sin recelo
su pollino a Baastandia
y al cielo le pedía
y no se le daba el cielo
viendo, pues, en lo que aguarda
se hallaba siempre sin arbitrio
vino a hallar por alivio
consolarse con la albarda
de manera que imagino
que fue consuelo el tenerla
pues sintió menos con ello
la pérdida del pollino
y así aplicado en tu calma
el cuento, vengo a sacar
que te alivias con mirar
el albarda de tu alma
cuando con más fuerza arraigo
la pasión a mis intentos
sacas a viento más cuentos
no los tomo, que los traigo
mas dime, si a este refugo
nos partimos sin que asombre
de ninguno que me nombre
por Gil que era el mozo
siendo el apellido Gil
al que en la corte le ojere
pero con quitarme el Pere
me podré llamar don Gil
y con el don de porte
(Vase.
esperanzas de lealtad
podrán decir con verdad
que me llevan a la corte
donde de alguna esperanza
amor se podrá valer
que esperar el merecer
y mereciendo se alcanza
(Vase.
al día que Peregil
se libra de tu presencia
donde muda con tu ausencia
el nombre verde en don Gil
de lo que fui no te acuerdes
porque con calzas de lama
cosa a ser entre las damas
perejil de calzas verdes
Sale Borjislas con un retrato.
cielos lográis pensamiento
atrevidamente heroico
en seguir de este retrato
el original hermoso
vive en mi reino, y apenas
admiré la luz del rostro
cuando rendido al poder
de los rayos de sus ojos
atropellé inconvenientes
rompiendo de amores los
ya montañas de cristales
y ya piélagos de escollos
siendo por ver su milagro
siendo por mirar sus asombros
el príncipe disfrazado
embajador de mí propio
llego a Polonia y al rey
de mis designios le informo
ofreciendo mi corona
después de haber con rebozo
a la infanta Margarita
por advertir cuidadoso
si vendría con el retrato
la belleza de sus ojos
viola ciego a deidad tanta
vine a sacar mentiroso
el pincel, pues no llegó
a los extremos de el todo
pero el rey salió, la infanta
le acompañó, cuyas luces
de beldad, naturaleza
le dio al mundo prodigio
desde esta parte encubierto
escuchándolos a todos
oiré lo que tratan juntos
Vase el cielo, quedando Mar- garita y el Príncipe; salen el Rey, Ludovico, la Infanta, y Rosaura, Flora y acompañamiento
¡Oh, Margarita, de suerte
este regocijo, el gozo
que tengo en tanta fortuna
de verte ya con el peso
que puso el de Dinamarca
para contigo blasono,
que envidioso él de mí
tengo de ser más envidioso;
él me escribe en esta carta,
en que se rinde a mis votos,
a ser de todo su imperio
testigo de todo su gozo.
Que su grande fantasía
con suspiros y sollozos,
cuando me entrego a los brazos
de vencerlos amoroso,
digo, señor, que aún faltaba,
puesto aparte el bien que logras,
que gustéis de ello, pues sabes
que en mí está vuestro abono.
La duquesa no me mira,
y a Rosaura como a Diosa
la miramos con tal despojo.
Ya a lo perdido, piloto,
en el príncipe reparo,
que con lengua de sollozos
me está diciendo su fe;
siendo a ella áspid sordo,
como a buen cazador
cuidadosamente adoro;
toda su fe me da en rostro,
todo su amor me da enojo.
Triunfó de su libertad
tanto un pincel de su rostro,
que despacha embajadores
para ofrecerse a sí solo,
a cuya dicha prevengo
de liberales alborozos
júbilos en mis estados
y fiestas en su contorno;
no espere mi hijo a este tiempo
que se vaya, siendo todo
esta fiesta de mi parte
en mi palacio su gozo.
Por más que bebo en la vista
de su rostro, me enamoro.
Por más que intento tener
desta pasión que cobro
la rienda en la memoria
mi desbocado potro.
Por más que en disimular
a su belleza me postro,
más fuego que en mí noto,
hoy me escita a enojos.
Por más que el príncipe quiera
mostrarme a sus tiros sorda,
menos me permite dar
a tal pensamiento logro.
Sale un secretario con unas cartas
Aquí están, señor, las cartas
para firmar.
Esta tomo. ¿A quién va?
Al de Valaquia,
como mandaste.
Un negocio
falta de poner en ella;
valido de los arcanos
como propio de mi mano
lo quiero escribir a solas.
Venid, príncipe, conmigo,
que os fiaré de mis arrojos.
¡Qué ocasión de mis malogros!
Vanse el Rey y el Príncipe
A Dios, Margarita.
Beso
tus reales plantas.
Con qué gozo
quedo, pues se fueron,
dejando a mi dueño solo.
Ya que las dos, Margarita,
cuya alta fineza conozco...
Estamos solas, ten efu-
sión de mi amistad, no tomes
medidas que causa pide
este estrago tan airoso.
¡Ay, Rosaura!, no puedo
decir a lo que a mí de esto
se llama.
¿Amor sospecho?
Infierno de lo que sufro,
sombras que he callado,
este desvelo, esta ansia,
este dolor, esta pena,
esta víbora, este monstruo,
esta Etna, este volcán,
esta confusa, este asombro.
De amor pudiera inferir
que nacen tantos asomos.
No lo sé.
O no se me dice,
aunque te parezca poco
lo que confirmo, mas dime,
¿quién ha sido el venturoso?
¡Oh, si mi amor mereciera
oír que era yo el dichoso!
Admiraraste si sabes
lo desigual.
No es dudoso
del amor no ser iguales
al afecto, uno del otro,
porque cuantos hemos visto
que el mismo amor, sin estorbos,
junta solo por su fuerza
siendo al parecer impropio,
y cuantos que a la corona
suben del cayado tosco.
Según eso bien podrás
dar a mi culpa disculpas
después que sepas quién es,
aun de decillo me corro.
Rasga ese rubor.
Escucha,
que en el luciente episodio
de aquesta comparación
he de explicarme de un todo.
Este gigante de ramas,
siendo penacho del soto,
el olmo que como rey
veneran los demás troncos,
este que ufano de copa
si en mil ramas fía al Noto,
por la pompa de un Darío
más crecido que los otros,
y que en medio de este triunfo
se rinde verde Sansón
por la violencia del cierzo
o por los soplos del Noto,
al más humilde de cuantos
hace números el contorno,
o a la flor que de un capullo
se quedó deshecha en polvo,
pues así en mi majestad
igual, altiva, del olmo
de mi albedrío triunfaba
con desdén el imperioso,
cuando por fuerza de amor,
que fue el viento proceloso,
me sujeté al más humilde
de cuantos confiesa el bosco,
habitan las montañas
y viven entre los chopos.
Belisardo es el que adoro.
Belisardo es el que adoro.
Todo es el amor un hielo,
cobarde a quien postró,
contra mí doy al olvido,
contra mí de alto cobro,
contra mí sangre y mil prendas,
contra mí y contra todos,
la vida, el sentido, el bien,
la majestad, el amparo,
mis altos pensamientos,
el que en mi pecho formó;
mas cuando estoy apasionado,
o por decir lo más propio,
cuando soy de sencillas
príncipe galán y mozo,
y perdónme el arbitrio
aunque un bien deja poco.
Esa pasión la que ofrendo,
o el dejara a Tarquino,
o el engaño traidor,
o confusión la que quito,
despachad en mi delirio
que yo lo palpo de todo.
Amigas, id deteniendo
a mi afeto cariñoso,
esperar quiero al mirarle
pasiones a este asombro,
pero a bajar al jardín
del príncipe, en cuyo remoto
sitio, a compás de las fuentes
que acompañando el lloro
de músicos pajarillos,
cantando a tono sonoro,
divierten algunas veces
sus cuidados, y congojas,
aquella música suma
tan suave, y anima el forzoso
ausentarme, que dejaste
en el jardín, cuantos gozos
busqué del alba plata,
solo el amor villano y duro
persevera tan fiero
mi mal como el de todos.
Dices bien, vamos, señora,
amor no es tan rigoroso,
válgame Dios, por villano
nunca te vieran mis ojos.
El engaño traidor
del desengaño leal,
el uno dolor sin mal,
el otro mal sin dolor.
Parece que este concepto
se escribió para mí solo,
pues dice mis pasiones
en lo mismo que me noto;
estoy loco, o qué es esto,
siendo lo que pasa cierto
que me acaba de dar muerte
la pena de verme vivo;
oh desengaño, no agravéis
haber poco durado loco
para padecer razón,
traición y celos sentir.
Solo para el fingir,
el engaño traidor,
por demás es aliento
este fuerte desengaño,
pues del terrible engaño
suman más sentimiento,
quien dio por mayor tormento
un alivio en lid mortal,
un bien en la luz de un mal,
siendo con certeza clara
el engaño desleal
el desengaño leal,
de los dos sombra y mañana
se conoce fácilmente
el engaño siempre miente
pero nunca el desengaño;
si el alivio no es extraño,
lo parejo a lo neutral,
si del tiempo el desigual
como a la vida dos polos,
puesto que a unos da calor.
El uno dolor sin mal,
mas se tiene la alquimia
de juro mi pena grave,
que en el mal es dolor suave,
aun no lo acierta el decir
hallo bien de me morir
de aquel que dijiste mejor.
+ a la señora Ana de desengaño
que él te embelece con amor
aquel gozo en la deidad
claro ha de ser sin dudar
celos y mal sentirá
quien intentare agora aquel
con lo que alabo o blas-
-feme en mi corte, no,
estaré en Polonia, sí,
porque en sirviendo, ¡ay de mí!,
encubierto de este engaño
a pesar de mi desvelo,
que un daño llama a un abismo,
y un abismo, ciego, a un daño.
Vanse, y sale Bolisardo, de passo, y Pepino como dizen los versos.
Qué bien se te ve en el brío
con tanta gala el disfraz,
no de lo que ha sido ya,
exquisitos de gala,
bizarro estás.
Siempre los astros,
quien sin artificio agrada.
Y las dos doñas Lucías,
los has oído, y calla,
a madama y su persona
a Floresta mañana,
han de venir bien conmigo.
Yo no les conocí alas,
que me parece muy bien.
Claro acaban las damas.
Sube de aquí a la sombra.
Si tocan, señor, a palacio...
Las calles están famosas.
Si más no vieren las calles,
tan apretadas, ¡qué locura!
los que tienen destacada
¡qué bien el ladrón del sastre
esta ropilla ha ajustado!
Pues no me reconoce
quien me vido en tales mangas.
Pepino, ya es palacio.
A mí tan fuerte, que espanta,
por lo tieso; ni de acero
estoy en mi arma, y me mata.
Grande fiesta hay en la corte.
Dizen todos que se casa
la Margarita...
¿Con quién?
Con el rey de Dinamarca.
¿Qué dizes?
Así se dize.
Mal pena avré a mi osadía,
si esto es así; a las mil veces,
si tanta dicha te aguarda,
¡quién fuera amigo, quién fuera,
como el monarca, y gozara
su suerte!
Es naturaleza:
una mujer bella y sabia,
con rigores se avasalla
de arrojarte en tronos y aras,
pudiendo hacer menos feo
a quien es ya monarca.
Ya hemos llegado a palacio;
este es el rico alcázar
de la luz, aún resplandeciente,
a quien sale la del alba,
a quien galanes conformes,
mariposas de su llama,
del fuego incentivo ardiente,
en cuyas alas se abrasan,
si estos, anhelando volcanes
de salamandra abrasada.
Del glorioso sol a quien,
admitida la distancia,
a propia pira fatal,
celos del mayor sin acierto,
porque en mi amor se declara
quien firme cada alborada;
cuando del sol los rayos
quede la lumbre apagada,
me acredite fénix tal,
mariposa y salamandra.
¿Quién sabe de estoria?
¡Cómo es bueno estudiarla!
¿Y qué quieres hacer?
¿Entras?
Puedes ir a la puerta y vamos,
hacia esos bellos jardines
por donde has de ver la infanta,
para hablalla.
Considera
con esta locura extraña
de bravezas y quimeras,
perdiste toda esperanza
de darte amor, que no hallas,
pues veis que en chapines anda
enamorado de suelas,
que es amor gata callada;
demás que verás también
con ser todas muy cristianas,
han menester las mujeres
que con unas persuasiones
se nos rinden por hazañas,
y son unas tristes monas.
Es tocar en máscaras,
aquí le descarto, calla.
El Belisardo no más
de aguardar que se retrata
en cuanto el sol, mirándole,
no lo iguala, ¡Virgen santa!
Deja asqueroso el parlar.
Por eso falta.
Bella estancia
ésta, que de molduras
la adornan, pero reposa,
de qué nace este rumor.
Dentro
¡Guarda el león, guarda, guarda!
Sin duda que el león
se ha soltado; aquí me llama
el valor.
Dentro Inf
¡Válgame el cielo!
Ésta es la voz de la Infanta,
al peligro voy resuelto
precipitarme en su gracia;
sígueme.
No quiero, toma,
que a un leoncillo de nonada,
preciado de su melena,
muy rico de zarrapastras,
se llame un león furioso,
o perros, aunque no vayan,
que los valientes de veras,
encuentros muy cara a cara.
Sale la Infanta
Todo el ánimo perdido
hallo, oyendo esta desgracia,
o tú, cualquiera que fuiste,
deja mi vida, bien hayas.
Sale el Rey con criados
Aliviar amarguras tantas,
acudid todos, Infanta,
con pena estaba de verte
después que esperaba esta
triste despedida.
Añaden nuevas ansias
al sentimiento que resulta,
por mi rey le toca al alma,
pero más por mi desdicha.
Dentro
¡Grande dolor!
Aún no escampa.
Sale Belisardo sin espada, con la daga ensangrentada
Mátele, pues qué miras,
dame, gran señor, las plantas.
¿Quién eres?
¡Cielos, qué veo!
¡quien me dio la vida, hallan
mis ojos ser Belisardo!
Escucha en pocas palabras.
Lindo, lo dije que había,
escucha, charlatanza.
Y sale Rugero ligado
Al pie, señor, de ese monte
cuya soberbia elevaba
espesura de peñascos,
pirámide de montaña,
nací; y aunque con valor
por ser mi sangre villana,
vestía toscos pellicos,
calzaba dura abarca,
en el uso de la vida
oficiosamente labra;
apenas abril esmalta
vistió de flores la planta,
cuando me vi en tal brío,
que me hallé con fuerzas tantas
que en las monteses palestras
de toda aquella comarca
me llevaba el mejor premio,
y algunas veces luchaba.
En esta sazón ociosa
ya el tiempo ejercitaba
con las fieras de los riscos,
con los brutos de las gramas;
los mato, y en los amiguitos
el mayor que peleaba,
pues solamente no iba
por lo inculto de las ramas
sin más defensa en las manos
que los dos árboles por armas,
a buscar del jabalí
la colmillada rabiosa,
o al que escándalo del monte
se viste galán a manchas,
el alarbe; escucha atenta,
en los riscos de esmeraldas.
Cuando tenía entre brazos
de osos hambrientos las garras,
como era fuerza el matarles,
del valor no me pesaba,
que llegué a rendirle solo
sin desperdiciar su grana,
por parecerme que había
de acabar con la caza,
y por volver otra vez,
con embebecidas ansias,
en la presa que hoy dejé,
adonde tienen su morada.
Sucedió, aquí disimulo,
provocaron a palabras,
agravió a mi padre; quiero
dejar mi hacienda y mi casa,
con intento de servir
a la sombra de tus armas.
Salí con el criado
que siempre leal me acompaña,
salí de la aldea y vine
a tu corte, en cuyas murallas,
y bosque en que tremen los,
junto a la hermosa infanta.
Mi señora, a quien me rindo,
con el rey de Dinamarca
llegó a su palacio, donde,
penetrando a las guardas,
entraban a verle todos
que apenas si se hallaba
capaz de su singular
grandeza, cuando alzó un grito
aquella afligida estancia,
de una fiera inmensa,
de que un león se asustaba.
Con ánimo acudí al ruido,
y tocan luego a las armas,
por el empeño en las voces
que daba la amenazada
de la infanta, que a esta ciudad
salió a dar por su bizarra.
Al choque me expongo, échome,
ciego, mi capa a cara,
llega a ejecutar el golpe
tan a tiempo que mi espada,
aunque ella estaba oscura,
puso guarnición de grana.
Quiébrase majestuosa,
con que remito a la daga
lo que le sobra de vida,
lo que de muerto le falta.
Atropella por la punta,
que, dando en su garganta,
dando gracias a mi aliento,
o por fortuna o por gala,
al asón del acero luciente,
enlazarnos en la sala,
fue forzoso el abrazarnos,
y apenas con él sentara,
mirarnos, cuando sentí
al apretar la garganta,
que temor de mí propio,
le venía la guadaña,
y apartarme entonces,
que sería mi acción bizarra
en dilatarme la gloria,
siendo que había otra causa,
de tal modo le agrava.
contra el pecho, contra el alma,
que se encontraron a un tiempo
en el umbral de las ansias,
la vida que me salía
y la guarda en que entraba.
Este gran señor zanjó
el suceso, y esta la causa
porque he venido a la corte
porque he dejado mi patria,
este es, Señor, mi intento.
Restaron mis esperanzas,
que pues la traigo en serviros,
consuelo, que se escuche,
y a mí por tantas resultas
de Vuestra Alteza famosas,
no podrá lograr la envidia
sus intenciones bastardas.
Agradecida, oh amor,
me hallo y aun obligada
al favor de vuestro Padre
darme vida en tal desgracia.
Sácolo de ser villano,
que vendí mis ensaladas,
adelante, y cuanto voy
del todo a presentarlas
por natural en Plasencia
que muy buenas y no altas,
sino que de bien le tengo
inclinación aunque llana.
En mi fe porque las
de aquí adelante...
A tus plantas, mi señor.
Segunda vez, mi delicia,
y funesto así declara
que ha sido tan buen suceso
el cabo de esta esperanza,
las vísperas de este llanto,
la fiesta de esta mañana,
la masa de aquel tamaño
y la mona de esta masa.
Viendo los dos, y no creo
lo que arroja mi gala.
Embajador, vamos.
Nunca de mi esperanza
viniera a mi patria.
A ser mi fin, castigo.
A Margarita
da la banda.
Atada a la mano herida.
Por favor a la del alma.
Qué dicha a costa de un mal.
Qué gloria a dicha tan alta.
Bien que en palacio os quedáis.
Vuestra belleza me ampara.
Qué cortesía.
Qué agrado.
Qué galante.
Qué bizarra.
He de hoy vivir en la corte.
El Rey señor os lo manda.
Oh si fuera igual mío.
Oh si nacieras serrana.
Guárdate Dios por villana.
Guárdate Dios por infanta.
Finis.
Segunda jornada
Salen la Infanta y Rosaura
Cuando habías de gozar
de las fiestas, prima mía,
con tanta melancolía
te das así a suspirar;
deja el llanto que constante
la libertad enajena,
no estés con tanta pena,
aurora del sol levante.
Si sabes, prima, el intento
de mi pasión desigual,
si sabes, Rosaura, el mal
de mi pena y mi tormento,
¿te admiras que me retire
de cualesquiera contentos?
Como se hace el que miras,
no te espantes que me admire.
Disimulando he fingido
estar indispuesta ahora.
Sale Belisardo alborotado
Válgame el cielo, Señora,
sabes que a un ofendido
quiere el severo furor
de aquel aleve, ingrato
de Samuel, cruel tirano,
a Carlos han tenido
hoy mi padre ha mandado
seguirme, siento mi mal
fuera de la universal
Carlos también agraviado
ya libre, estrella incierta
con fuga de triste suerte
a pedirte o dulce muerte
Cierran la puerta por donde salió Belisardo
Aunque se cierra la puerta
Es cierto.
Conmigo lucha
el corazón en que ardo;
lo negaré, Belisardo,
di tu ruego, ea.
Escucha.
Era la fama la otra,
ramillete de los rayos de la aurora,
donde el capullo de la rosa armado,
por mirarte de espinas salteado,
salió de mañana,
desenvainar las hojas de la grana,
cuando la plaza en trechos carmesíes
de brocado de púrpuras rubíes,
puesto lazo a Himeneo,
dispuesta amaneció para un torneo.
Aquel semicaballo determinado,
con el cielo frisado,
con solo un escudero,
sorprendió emboscado aventurero,
pidió licencia al animoso coro
del parche sordo, del clarín sonoro;
por la confusa frente
entró en el circo valerosamente.
Llevaba un cisne alado,
de la furia animado,
tan gallardo, brioso,
que osa mostrando, al menos en el coso,
monte de fuego, si se suspendía,
susto del pensamiento le asumía.
Ropa de lacayos florecidos;
roja la lanza, más que el sol de oro,
siendo a la confusión de plumas gualdas
primavera una hoja desmentía,
valiente movimiento,
en campo verde su ayuntamiento.
El cuadrar no alcanza,
desesperar espera en su esperanza.
De las riendas que había,
émula emulación del claro día,
un átomo, zafir, como oprimía
al llenado casco en el acero,
se quisieron ahincar.
Valeroso y gallardo,
de azul nácar todo su desvelo,
propio de amor que triunfa del recelo.
Eran las plumas del oro más luciente,
color de oro, y tantas, que a la frente,
viendo brillar las armas que traía,
flechando a rayos toda lucía,
a voces sin empacho:
«Hombre, mira que error desvergonzado».
Su bruto era castaño,
del viento desengaño,
tanto pasmo a los que le animaba,
dijo cuando volaba,
cantando mil enojos:
«Miradme todos los que tenéis ojos».
La letra denotaba,
en un campo azul aqueste mote agudo,
por confusos desvelos:
«Lo firme de mi amor a ti de celos».
Admirables acentos
de ruidosos bastardos instrumentos
para alegrar el vulgo y animarlos,
pronunciar la entrada de don Carlos,
no sé si su elección sabré pintarte,
pero atiende a su modo, escucha el arte.
Seis frisones briosos y seguros,
tan negros todos, todos tan oscuros,
que antes, cuanto entraron en alarde,
solo, a las tres y media de la tarde,
faltando mucho día,
todo el vulgo creyó que anochecía.
De un carro el peso de oro fabricado
conducían al circo dilatado,
embutido a realces mal distintos
de esmeraldas, topacios y jacintos,
siendo a vista de todos tan bizarro,
que juzgaron del sol aqueste carro,
aunque se dijo que por más triunfante
se le pulió la pieza por diamante.
Del mantenedor excelso estado,
su equipaje adornado,
el vestido, por gala de madreperla,
bordado en hilos de oro, perla a perla;
armas dobles llevaba, aderezo fuerte,
con cielo en el morrión, de aquella suerte.
De las plumas el monte airoso y bello,
siendo azul su color sirvió de cielo.
Aquí en el dosel, piedras quitan bellas,
luzieron allí, fueron estrellas,
a cuyo pie, como mi ardid lo apoya
sirvió de sol una brillante joya.
y con bríos pudiera a la derecha
pinta los lilios de amor, amorosa flecha
y abajó el monte leño
con que el mi amor, aunque mi amor es cielo.
Siguieronle después con tanto acierto
el Duque Astolfo, el Conde Filiberto
que con ayroso vuelo por los dos
fueron asombros de la fama todos.
Salieron los que ocuparon
a lo que los llamaron
al certamen bríos, pompa arrogante
con voces de clarines resonantes,
echó sobervio un alazán casto árabe
en un trono andaluz, en una nube,
y a la empresa resulta
la lanza toma, y el caballo ajusta
ocupa el puesto, salgo de mi tienda
toca el clarín, dase la contienda
con nuestra esperanza,
a un bote se quebraron las dos lanzas
siendo el mío tan vivo
que le obligo a perder el un estribo.
Confuso se halla, y a las partes vuelve
a desnudar la espada se resuelbe;
saco mi acero, entonzes dudo o callo,
quiere me acometer, buelbe el caballo
ofenderme pretende;
y reparo de un golpe que me defiende
vuelvo al instante, causa desmayos
celebrando mi acero, rojos rayos
tirole un golpe, y entra de manera
que rindiéndole del todo la visera
con tan fuerte y ayrosa cuchillada
fue roxo acero la blanca espada
cae del bruto, alboroza mi gloria
grita la gente, danme la victoria.
Desármome al instante
y digo a un rumor de que es penetrante
la erida de tal suerte,
que ojalá viera toda, toda muerte
lleno de confusiones
veo a tu padre el rey en sus balcones
advierto suspender, temole ayrado
por ver Carlos su sangre ha derramado
miro allí mi peligro, y ciego he osado
salgo del alboroto
aventurarme procuro
dividido el camino más seguro.
y buscándole, toco en voces mudas
montes de engaños, pueblos de dudas,
y el velo me cansa de buscarlos
y por mas aguzarlos
en tan confuso pleito
passar de tentar adonde fue el delito,
Vengo a palacio a clamores sabrosos
en tanto que regalan los ayrosos
de tu padre indignado.
Veme confuso, advierteme alterado
preguntame el exceso
y refierole la causa del suceso
y remito a mi memoria
la lastima te cuento, de mi istoria
ya vista detenida
tus agravios por eso, y actuando apelo
Fuerza del dolor a mi ser
fuerza a mi grandeza agravios
si conocí en los peligros
y retira el efecto este daño
seguro puedes estar
que en mi allarás Belisardo
poder que te dé defensa
con mis favores y amparo.
Tus plantas son margarita
(Aparte.)
Hoy, aliento de mis labios,
y de los ojos el alma,
y encendido holocausto,
más que hijo de temor,
no os declaráis, que callando
pensamientos de atrevido
lograréis por agorero.
Levántate, que no quiero
ver a mis plantas postrado
a quien le debo la vida,
a quien amante y devoto,
mas donde va el pensamiento,
detener vuelo atrevido,
no declararte castigo,
sino a ver de declararlo.
Pero si la amo, roca.
Pero si diamante llamo.
Como a Dios solo publico.
Como a Dios no le declaro.
El fuego en que me abraso.
El yelo en que me abrazo.
Para que un vivo encendido.
Para que un vivo abrasado.
A pedazos todo el pecho.
El corazón a pedazos.
Temo el morir al decirlo.
Duda el alma al pronunciarlo.
Pero venza la pasión.
Pero anímeme el empacho.
Rompe, voz.
Rompe, voz.
Margarita.
Celisauro.
¿Qué me quieres?
No has hablado.
No has hablado.
El labio selló el labio.
Así el amor que ha callado.
Mal dije, pues estáticos, ¡ay!
y presumo mal, según deste desmayo.
Es dudar.
Temerlo.
Y no osarlo.
No dejarlo.
Yo medroso de saber.
Ya desta vez me declaro.
Margarita.
¿Qué me quieres?
Mirad, prima, que han llamado.
Terrible lance, ¡ay de mí!
¿Qué he de hacer, oh fiero astro?
Al hallarse desta suerte,
que divide nuestros cuartos,
esa llave que traigo, abre,
donde pueda Celisauro
ocultarse a esta puerta.
A mi padre, siendo airado,
hallará el poder de un rey
menos cauto y más humano;
hagamos lo que me debes.
Vamos al excusado.
Toma la llave Rosaura y abre por un lado, entra Celisauro, y por la puerta que llamaron sale el Príncipe.
Infanta, ¿cómo tan sola,
toda al retiro santo?
Pero Rosaura está aquí,
cuyos ojos soberanos
me dan vida, homicidas,
me dan muerte con mirallos;
porque, quiera o no, su vista,
y voy a pedir regalo
a mi hermana, pues halláis
¿no has visto mi cuidado,
las penas que me atormentan?
Tiene Rosaura dos astros,
oh, qué a vista de su cielo,
jazmín y rosa mezclado.
navegando en los favores
corcel del Pegaso, peñascos
y aunque es verdad que venía
a referiros el fracaso
del condestable, en mí quede.
Mas ¿qué nube es la que a Carlos,
hermano, qué suspensión
el divertirlo ha robado?
Dime, ¿de qué es la tristeza?
Mira que el hacerme agravio...
De un nuevo accidente, infanta,
adolece mi cuidado;
espera, que a los dos
el dolor que lo ha causado,
el caos se alienta en fuego,
es fuego, y en mí, en un rayo,
con confusión tan dudosa,
causa fe y admiración;
calle el incendio al decirlo,
diga el incendio al callarlo.
Pero aquí está la duquesa;
perdonad que estorbaros
ha sido causa de que
a vuestro lazo los lazos
sea víctima por donde
temo, sí, no, pero ¿qué hablo?
(Vase)
Vuestra alteza vuelva en sí
de ese confuso desmayo,
si bien del horror que os saca
sea antídoto el desengaño.
(Vase)
¡Qué eres lisonjero, aleve,
niño ciego, amor tirano!
A quien mal figuró ciego,
pues pone la flecha en el arco,
suspende el veloz golpe,
porque requiere juzgarlo,
dando la rienda suelta
de su desatino al vuelo.
Príncipe hermano, mas ¡ay!
que le llamo y a él llamo,
finalmente, en mi desdicha,
nacido de tan buen campo.
(Sale Pepino)
Amor, matarás al olvido,
un palo me has amagado,
que los graciosos al día
que lo tienen por hado;
pero la infanta aquí
para su ocasión lo guardo,
quiero volverme.
¡Quién es!
Carne ha visto, aquí es el diablo.
Espera, no os vayáis. ¿Quién sois?
Pero este es el bellaco
que con sutiles arbitrios
de su aldea, por si acaso
puedo hallar alivio, quiero
con él divertirme un rato.
¿A dónde vais?
¿Dice a mí Vuestra Alteza algo?
Con vos hablo.
Venía, pero ya vuelvo
a no venir, que me hallo
con las señoras infantas
con su lugar embarazado.
Llegad, ¿qué nombre tenéis?
Que aunque habéis visto palacio
de continuo, no sé cómo
os llamáis, que queda tanto
la memoria en mí del bobo.
Y yo no sé cómo me llamo,
llamábanme Pepinillo,
pero en palacio me ha tocado
llamarme Pepino,
y ahora al Pepe quitando
me han de llamar don Pino.
(Aparte)
Por ser estilo en palacio
buen humor gastáis.
No tomo
otra cosa mal a mano.
Tomad aquí, sacadera.
No puedo creer lo contrario,
que fuera tiempo muy breve
cuando no preñara el salce.
En vano mi pensamiento
se desvanece; veamos:
¿no hablar en la causa
puede el dolor mitigarlo?
Dar treguas al sentimiento,
venid acá, Pepiñardo,
en tu aldea ¿qué ejercicio
era el tuyo cuando al campo
no salías?
A cazarlos,
y andar vagamundeando
el lugar todo.
¿Qué hacías?
¡Qué rústico apasionado
de todas aquí lo andaba,
tras los bultos de los sayos,
y el que se fía muy fino
le sacudía muy falso!
¡A lo me faltaba ahora!
Dime tú, ¿qué enamorado
vives? ¿Tenías alguna
a quien con más agasajo
verías?
Era la primero
Casilda del boticario,
la amada, en corresponderle,
por ser su amor remendado.
Después de ella, la mujer
de el barbero, de ordinario
la barba de amor le hacía,
mas por ser dama de gasto,
ella le sangraba mucho.
La hermana de el escribano
entraba luego, que a tal
celo le decía amor casto,
le buscaba en cierta causa
para darle un según cuánto.
Después la del ermitaño,
a cuyo marido, el cano,
las tocas que echa a la veleta,
se las echaba a su lado.
A la sobrina del cura
di yo plomo, que el su hermano
también quería, mas ella
habla cristiano por los cabos.
Luego más, cuatro viudas
se le engazaron, con las cuales,
como lo echaban por alto,
ellas todo lo ha pasado,
él gozaba en su aldea.
Pero aparte lo villano,
había hermosísima dama,
en la corte adorando,
tan linda, tan bella y tan
con tantos donaires raros,
que sobre tantos lucidos
añadía otros tantos.
¿Quién le dijera a la infanta
que es ella, e tan retratada,
que os entristecéis cuando
en mi magín lo oís decir,
al fiero fúnebre sonido,
tímido, lúgubre y casto?
(Aparte)
¡Malas nuevas te dé Dios!
A el tal, el día pasado,
escribí cierto soneto
que aquí guardado le traigo,
por señas que al acabarle
tales suspiros y tantos
le di, que un hombre val[e]
cosa de aire a los de aquestos.
Calla, calla, que topaste,
pero aguardemos recato;
mostrad, que quiero leerle.
Si por él saca a cabo
que era mi mayor mandada...
motor a los dos apolos
Y de la nada, amor, Celia, asegura
adorarte, bastante mi firmeza,
que tiene de divina tal belleza,
cuanto triunfa de humana tu hermosura.
Perder la vida es mi mayor ventura,
hallarme bien si en ella más grandeza;
que no es locura, no, toda firmeza
que pasa de fineza a ser locura.
Como tú ves, el mío ha vivido
la sangre en diferente nacimiento,
de ser vivos de estar favorecidos;
mal si se atiende al amor solo, intento;
hermosa Celia, no por bien nacido,
por alto viene a ser mi pensamiento.
En asomos de olvido
sea despojo a mis manos,
vuelva a los pies caída,
enemiga Celia.
Abrázala
Malo,
a lo que hubiese salido
cierto mi temor dudaba,
mas no puede, él nos infiere,
ser el tafetán morado.
¡Ay, Celia de mí, ay Dios!
Si no te hubiere agradado
el que aquí traigas dos
de mi ingenio culto parto,
pues a mí me han hecho poeta
lo pobre y desaliñado,
y aun a los bajos asnos.
El asunto
ya me cansa;
de vuestra desgracia al despego.
echaos de aquí, pues, luego.
Cuando
sea un necio a los graciosos
sus loores, es un rayo
quiero comenzar, escucha.
Castigo quiero daros...
Paso.
que esto arguye del engaño.
Si no era infanta de Esparto,
que los duendes no lo oigan, los dos.
¡Hola, criados!
¡Mal haya!
Por un balcón
echad a aqueste villano.
¿Al balcón? ¡Qué acción arrojada!
Venid a ver, renegados,
que los del balcón del infierno
a buscar mil enanos,
que brujas, que a mí el cuerno
fue a dar luces en bocado,
no le echéis, tomad la casa
con todo el ajuar tocado,
mi señora infanta, adiós,
que me voy paso a paso.
Sale Flora
Señora, ¿llamabas?
Flora, tú, retírate allá,
cantad allá fuera.
Hallo
la puerta en esto del canto
si es modo el de los dichosos.
Retírate, la letra y canto.
Cielos, ¿qué es esto? ¡Ay de mí!
mal hice en no preguntarlo,
mas contarle que es de amor la
falta a mi dolor tirano,
tampoco llegue a entender
si encarece por halago
o premiar igual la fineza
será así, no hay que dudarlo,
que no todos los amores
han de ser tan desgraciados
como el mío miserable.
la suave queja escuchamos.
Dentro, mús.
Solo el silencio testigo
ha de ser de mi tormento,
pues no cabe lo que siento
en todo lo que no digo.
Cuánto ves, cuánto oigo.
Todo conmigo está sordo,
ay de mí triste, cobarde,
llegándole a cantarlo.
Solo el silencio es testigo.
Quien con firme amor batalla
y el silencio le prefiere,
todo aquello de que muere
viene a ser de lo que calla,
porque provoca batalla
el primer mal enemigo,
si el dolor que trae consigo
el callar, en mis quejas,
que de su amor viene a ser
solo el silencio testigo.
¿Cómo da con el rigor
de este afecto desigual
ni puedo decir mi mal
ni puedo callar mi amor?
Es excepción en mi dolor
de aquel común sentimiento
que si es leal el escarmiento
que ha de ser de mi callar
y le digo sin hablar
ha de ser de mi tormento.
Tonto estamos en decirle
cuánto siento en ocultarle,
porque está bien el callarle
estando mal el sufrirle;
el querer sentir, sentirle
por más mal que el sufrimiento
y así en estar tan violento
donde los extremos hallo,
que igualo lo que yo callo
que no sabe lo que siento.
Si el que llega a suplicar
a sus efectos alivia el ver
cuánto tendré a padecer
en sentir, sufrir y amar,
sirva mi mal de ejemplar
al dolor más enemigo
y sea mudo castigo
de mi pena y mi tormento,
cuánto sufro, quiero y siento.
En todo lo que no digo.
Dejad la voz, que si al son
a mi pena deis más llanto.
Si otra letra más gustosa
quieres, suspende el cuidado.
No, Flora, que mi tristeza
tiene en el contrario el daño.
Terrible melancolía.
Del padecer solo hallo
por alivio de mí misma
las memorias que pasamos.
Vanse, y sale el Príncipe de noche.
En el cuarto distrito
que cae sobre el parque de los sotos
estoy en duda tanta
por orden inviolable de la Infanta.
Al Rey a cuya duda en lo que me cuadre
mitigar el enojo de su padre,
que el Rey me dice en él para el efecto,
da lugar la resolución con secreto;
y solo en la ansia mía
me pudiera alentar la noche fría
para que se desate
hacia el de Margarita me guiare,
que aunque es tocar la perla lo que intento,
con solo ver la casa me contento.
Noche escura y medrosa,
de los lazos de amor enredada,
ciega, y con su luz bella
ajenas de la luz, por una estrella
me faltó el esplendor del cielo
por no asustar de amor luces amadas,
si aun a mi alma partió voz alguna,
el porque suele ver piedad la luna,
me ha traído a quien me pena,
linda deidad y serena
que entre tú y yo velaste sola,
y procuro del poder aconsejado
gozar, pues que mi vida alienta un rato,
por fuera las malicias de mi estado.
Vase.
Si mal no he advertido,
hacia esta parte pasos he sentido;
si acaso será el rey, que vigilante
es de la infanta, más que padre, amante;
volver al cuarto quiero,
muerte es mi vida, y lo que vivo muero.
Acercándose a un lado.
Sale Orontes a tientas.
¡Oh, mi furor indiscreto!
El cuarto caí aquí de la duquesa,
ya que el aborrecerme ha procurado,
goce a la fuerza lo que me ha negado.
Para esta empresa la llave
abrir procuraré con esta llave;
pruebo, y entra resuelta.
Mal, vive Dios, que estorba en la vuelta.
Sin duda sentir debe
hallarse mi traición, pues no se mueve.
Al batallar por sacarla...
A las sombras de la noche
confusamente he venido,
guiado de una ilusión,
a buscarme en un peligro.
Con la llave mi cuidado
que la ha trocado imagino.
Quiebra en la cerradura.
Hacia el cuarto de la infanta
me traen tras sí mis sentidos,
todo hace bulto en confuso,
todo en el aire es ruido.
Mas, ¿qué habrá sido este golpe?
Quebró la llave el gatillo.
Sin duda que algún criado,
mirándome en este sitio,
las guardas de aquesta puerta
de algún intento ha venido.
Saca otra llave. Al sacarla toca la espada.
Es forzoso, ¡ay, mi suerte!
el cielo ampararme quiso.
Pruebo la que saco ahora;
todos son malos destinos.
Nuevo rumor he escuchado,
la espada se le ha caído
al que arrojado se acerca
por perderse en sus designios.
Dudas me animan confuso,
a recelos me muevo tibio.
Si acaso se lo dice
quien está en palacio escondido
por el favor de la infanta,
si es aquel mi enemigo,
bien podrá ser, no lo dudo,
pues cualesquiera examino.
Mis celos; quiero llegarme.
Saca la espada.
Pasos hacia aquí he sentido,
¿quién será? ¡Válgame el cielo!
Mal podrá ser, a mi juicio,
según que los celos afirman
o sospechas me lo han dicho,
otro amante de esta Laura,
de donde airado coligo,
que, pues a mí me aborrece,
este será el favorecido.
Sacar pretendo la espada,
porque si su intento es peligro,
será abono de mi acción
el disculparme en sí mismo.
Descifrará solo el acero,
pues cuando mi padre activo
fuere, pondré por disculpa
el haberle aquí metido.
Inquiérole, y no le hallo.
Búscole, y no le averiguo.
Mas ya te hallé.
Mal te encontré.
Mi contrario.
Riñendo.
Mi enemigo.
Gallardo aliento, el esfuerzo
Valor tiene peregrino;
herido estoy en un brazo.
Pues como a orgullos míos
con celosas pesadumbres
no cesa su atrevimiento.
Muerto soy, ¡válgame el cielo!
Cayó a mis plantas rendido.
Dentro.
¿Qué alboroto es este? ¡Hola!
Cielos, ¿qué es esto?, ¡qué asombro!
el rey sale, ¿qué ultraje es?
Sale el rey con la espada desnuda.
Muerto en palacio mi hijo.
Anda por detrás del rey.
Muerto al príncipe, ¡ay de mí!
¿Quién en el mundo se ha visto
cercado de tantas dudas,
en tan fuerte laberinto?
¿Cómo intentaré librarme?
Ayudadme, astros propicios,
pues a mí no se ha dicho
que así podrá en tal conflicto
matar solos la luz
y volver a un tiempo mismo.
Vase la luz y vese.
La luz me han muerto. ¡Hola, guardas!
Fabio, Leonelo, Camilo,
¡traición!
Sale Belisardo con espada.
Al volver al ruido
voces de apercebidos
publicaban a gritos
lo que al brazo remito.
Traed luces.
El rey es
quien llama, el irme es preciso,
mas, ¡vive Dios!, que las luces
el paso me han impedido,
y muero yo, ¡ay, dura estrella!
blanco soy de tus delirios.
Sale un paje con luz.
Ya hay luz, señor.
Alumbra.
Muerto soy.
Cielos, ¿qué miro?
La evidencia de la culpa
a mi temor pone grillos.
¿Eres tú el traidor villano
que al príncipe, que a mi hijo
has dado, fiero, la muerte?
Sin remedio me has perdido.
No me mires, no te turbes,
que estoy loco, que estoy loco,
que a solo verte responde
estatua de mármol frío.
Señor, yo vine, ¡ay, más muerte!
a las voces, a un indicio...
Veisle allí,
delito tan conocido.
Que hoy del ser rey me despojo
para que, más libertado,
en el papel de su pecho
no escriba renglones, beba
bien que el acero sude
la tinta de mi castigo.
¡Oh, capitán de mi guarda!
En esta sala entramos.
Salen criados y la infanta por atrás.
¿Qué dabas voces?
¿Qué causa
te mueve, padre querido,
para que andes alterado
al poder de tu albedrío?
Encerradle en una torre
mientras que en el castillo
este villano aleve
que dio muerte a Ludovico,
hasta que yo el escarmiento
encargue al ministro,
a los que yo le envío
ejecute mi castigo.
Duro bronce me contemplo,
inmóvil piedra me miro.
Dad la espada.
Gran señor,
no pronunciéis ese estilo,
que un leal así se disculpa
de lo más que ha sucedido.
Acabad, llevadle asido.
Todo es morir cuanto vivo.
Mi inocencia sabe el cielo.
Llévanle.
Sueño esto parece, digo,
pues que debo a mi fortuna
el salvarme del peligro.
Llore yo mil desdichas,
ni padre más afligido;
vamos a llorar su muerte,
¡ay, príncipe!, ¡ay, hijo mío!
Vanse.
Buenos quedamos, amor,
los dos en tantos conflictos;
a un tiempo se ven hermanos
y a un tiempo los dos los mismos,
antes que no a vuestro mal
sangre acudamos al mío,
que hay dolor que se contrasta
el corazón del alivio,
el que muere de su daño
ya lo dice sabidillo
el que yo acabe, dél muero
ya lo afirman mis suspiros;
lo uno de razón de ley
el otro encargo recibo,
del secreto ardid que forjo
no de aquel fuerte castigo
fuerza que han de ser forzosas
estas ansias que estimo
en tanto mar consultemos
si habrá salida al bajío.
Belisardo en el jardín
mi vida fías al peligro,
Belisardo en mi pasión
tiene el lugar que publico;
aquel deudo sabido
como obligado lo miro,
el que deseó la suya
como amante lo confirmo;
pues atendamos al riesgo
a que los dos han nacido,
no malogremos la vida
ni faltemos al cariño;
que no le hay en el mundo, digo,
cuanto llegaré al castigo,
que como amante me expongo,
como acreedora me obligo,
a cumplir con el amor,
a pagar el beneficio.
A la empresa, pues confiesa
al arma, cuidados míos,
vuestra fineza publiquen
En el margen superior derecho se lee 2 y 28.
Tercera jornada.
Sale Belisardo con cadena.
Estrella luciente y bella
de tantas desdichas guía,
tú que solo por ser mía
dejas de llamarte estrella.
Como tu curso atropella
con tanta riguridad
la firmeza en la lealtad,
de un pecho que es tan diamante,
si eres fija, ¿cómo errante?
¿si errante, cómo deidad?
Cuando llego a persuadirme
de tu mudanza inconstante,
en ser solamente errante
hallo, estrella, que eres firme.
Yendo amor al divertirme,
no procura tu dolor
tal ruina en el mal mayor,
con ser diferente pena
del hierro de esta cadena
a los yerros de mi amor.
Y aunque es verdad que neutral
estoy siempre en tanta calma,
al equívoco del alma
es efecto el mayor mal,
es todo cuasi señal
me tiene de aquesta suerte,
como sentido me advierte
se mire, que está gastado,
que aunque yerros le han templado,
al paso que está más fuerte.
Del primero que dio aliento
el de mayor entereza,
ante el de morir empieza
decir su desaliento;
busco lince a mi tormento,
a declararme avasallo
que aunque inocente me callo.
En el margen inferior derecho se lee 27.
temiendo el morir por dicho
quiero darle a mi desdicha
el alivio de culpado.
Sin darme priesa el alcaide,
por aplacar el dolor,
no sé si diga mi amor,
por más que guardarlo intenta
mucho a la desmemoria
quien en un papel porfía,
pluma, ya que tu osadía
sale a luz, teme la muerte;
comienzo pues de esta suerte:
Infanta de el alma mía,
quien de amor a otra dolencia
enferma atropella mucho,
y yo sigo con lo que lucho:
Señora, desdichas tantas
el atrevido me condena
la turbación de mi alma,
cuyos Soles la formó.
A do la pena ajena,
pero el ruego por debida
al paso que me dio oriente
siento en el fin de la muerte
me queda sobra de vida;
al recostarme me obligo,
fatigado en este brazo,
sueño, secretario vago,
no me desveles, no, daño.
Arrecuéstase en la silla y sale la infanta con mascarilla
Llegando
Con banda, en tanta angustia,
soy nacer dobles tormentas,
por batir de confiada
no bebo males ajenos
a la voz mi padre dilató
el castigo con cautela
dime morirá el que pide
que Belisardo no muera
a la torre donde asiste
hoy he venido a su suelta
por el favor de la guarda
que lo conozco de vera
ha de parar de una vez
vuelo que él me alimenta
y darle la libertad
fiada en la noche negra
adonde tendrá un caballo
acción rebelde, como tal,
que procure por vasallo
De a todas vistas cuerda,
con esta resolución
he cumplido con la deuda
de la obligación que me dio
pues de la paga es honesta,
pero el amor me embiste
por no venir descubierta
de aquel rebozo que arrastro;
si a de Belisardo no esta
que es de tal linaje alzado
en ellos que representa
que le empachará al verle
la duda de la vergüenza.
Pues o me miente la vista,
adormido en el tapete
ha quedado callado.
que aunque papel con cautela
quién dudará que, escribiendo,
rindió al sueño sus potencias;
de ver renglones denoto
¡quién pudiera, quién pudiera
llegarse sin ser sentida
a distinguir su sospecha!
Mas valor, Cielos, valor,
mirad que es mujer, y mengua,
dar, cuando no fuera amante,
a la curiosidad treguas.
Soñando
Solo muerto dueño exento,
tal de tu deudo te vengas.
¡Ay valor, Cielos! ¿Qué escucho?
Esta sin duda es la Celia
que tan perdido le tiene.
Celos mis furias engendran;
capitulan con la mía,
sean de clara evidencia.
(Toma el papel.)
Llegó mi espanto a notar,
pero, ¿qué ilusión es ésta?
«Infanta del alma mía,
señora de mis potencias,
cuyos soles soberanos
idolatro, y una pena
de admiraciones me lleno,
a mi pensamiento incierta.»
¿Cómo es esto, Celia? No es
objeto de la idea,
pues es aquese, o porque
vengo a ser la que estas letras
me dicen. Pero otro tiempo
esté ya de mi cuenta;
y aunque a los que tengo,
apasionadas contiendas,
¿qué he de hacer? ¿Despertarle?
No, no, porque se atropella
el sagrado de mi decoro,
que aunque el recato me venza,
puedo llevarme el billete,
con las obligaciones, no hay medio;
cuando en señal infalible
consiente la violencia,
como aquí ardió, como arde
en ocasión tan atenta,
que a un mismo tiempo, que ahora
ni despierte, ni me vea,
y déjele, por si despierta,
sea la causa mesma;
pero de todas mis dudas
saldré de aquesta manera:
dejarle recado escrito,
unos trazos por respuesta,
y para que una vez cese,
o desengañe mis penas.
Quitando la mascarilla,
sea a cara descubierta.
(Soñando.)
Con castigos del alma,
de la desdicha sangrienta
de España, y el rey sufriendo
el rigor de esta cadena,
aquella infelice noche,
Apolonia, tan funesta,
de hallarte tu padre el rey...
Fue la cautela tan ciega,
apenas pudo formar
los rasgos de lo que sueña,
y así puedo creer
que es cierto que no ama a Apolonia.
(Soñando.)
(Despierta y vea a la Infanta.)
No culpes mi atrevimiento,
si adoro, Infanta bella;
Dios crió iguales las almas,
y lo demás naturaleza.
¡Piedad, piedad, ay de mí!
Pero, ¿qué he mirado,
incierta?
Salió mi industria infelice
en quitar la nube negra
del rostro.
Señora, Infanta,
¿por aquí de esta manera,
en tal prisión y conmigo,
por tomar a vuestra cuenta
consolar a un desdichado,
quien del todo no considera
mi vida a tu alteza?
(Échale en el bufete una llave.)
(Echando a la cara el velo.)
Cielo, Belisardo, cesa,
que el nombrar mi agradecida
es la acción que me fuerza,
la vida que te llegue a deber;
si bien te acuerdas,
tengo a darte la palabra
obra mi agradecimiento,
aquesta llave maestra
será instrumento fácil
de la huida que te espera;
determínate a la fuga
por un postigo aquí cerca,
a que da espaldas al campo,
tendrás a la salida de esta
alistado un caballo;
valor, la noche funesta.
Belisardo, esto importa,
porque advertido te veas
que sobre lo agradecida,
otra obligación me alienta.
ligaduras a mis penas,
sabrás la causa evidente.
Señor, a tener no acierta
el pesar de estar ociosa
en tan confusa tiniebla
de daros de Carlos cuenta,
que pues es de la materia,
quien se precia de leal
tiene lavada la ofensa
cuando Carlos a mi fortuna
nace en él para que pueda
agradecer este bien,
tengo a honor que a un tiempo advierta
mi vida, y la mesma vida
causa de mi clemencia,
no quiero yo libertad
sino muriendo pues vea.
Como en tanta aleve fiereza
bien lo atiende la evidencia,
como mujer te hablo aquí,
bien el empeño lo muestra,
calle allí lo que me toca
y calle aquí lo que me fuerza
amor, que celos de fe
es la causa, no me ofenda,
pues quien lo dice la Infanta
mujer, si quien lo confiesa
escapar de esta noche
conviene a mi vida mesma;
si muero, muero también,
a los dos el que se ofrenda
es bien, no de la duda
se valga la contingencia,
que a los reinos el peligro
de la raya a que se encierra,
quien sabiendo que estás libre
habré de vivir contenta
porque no se pida más.
Adiós Belisardo, queda.
(Vase)
Válgame Dios lance incierto
es la mía en ciega senda
con que de un modo la Infanta
apenas aquí me prueba,
de su amor que más se duda
cuando más cierto se muestra.
Que con tanta atrevida
medida del furor llena,
faltara de la obligación
clara es toda su firmeza,
gente le envían en frente
que de la muerte sangrienta
a las manos, pues como
se executó la respuesta
quedó bien, viendo la fuga
del todo de mi conciencia
cómplice a la ejecución,
sabiendo hacer en la junta
que escalarle con la infamia
a injurias de la ajena,
solo al amparo le toca
el vulgo hablará ofensa,
que es bestia se disculpa
ayudar a la sospecha,
pues me disculpa el arte
no reparar en el natural
llaneza que guardo perfeto
al exâmen de tan cerca,
Salvar a Margarita y fallo
a mí mismo por mi mal ora,
alto pues me resuelve,
no atropellemos la deuda
de la Infanta, que después
puede dar el tiempo treguas
de afirmarme y no contesta;
ahora bien la nave está,
guardarla quiero aunque
lance a ayudarme pueda.
Sale Espín.
Miente el que quisiere oír,
ahorcado por bien que mienta,
pues le hacen en sus negocios
aun a un páxaro la senda.
(Vase)
Nunca asistió a la razón,
no quiero darle al Rey cuenta
de la ofensa o del deudo,
al callar con postrera
amor, tal pisada sigo,
sácame amor con bien de ella.
Señores, he aquí que estoy
con una sentencia a cuestas,
carga que aunque de papel,
mi garganta manos en ella.
He aquí que en la capilla
me encajan y me encierran,
y aunque en ella como bien,
hago en ella penitencia.
He aquí que los religiosos
quieren que a mi Dios me vuelva,
y me estoy dando a los diablos
solo en ver que me confiesan.
He aquí que a Dios delante
por las calles me pasean,
donde me dicen que vaya
desenfrenado que lleva.
He aquí que veo la horca,
está una bien ensillada
dama, que en pública plaza
enseña a todos las piernas.
He aquí que llego al argel,
he aquí a marqués que le he dado
que un duro pícaro infame
se apea en mi presencia.
He aquí que los dos salimos
de ración por las calcetas,
él las pregona y más,
yo la que padezco en ella.
He aquí que alzan el dedo
los dos van dando muestras,
que me pedirán ánimas
en la subida eterna.
He aquí que en un cruel credo
he aquí que luego me echan
despedazados en el aire
por acabar mal a priesa.
He aquí al caer que marqués lleva,
en mis vuelos me entretenga
y con todo eso a la horca
no le gusta la madera.
He aquí que hecho un racimo
el viento me bambolea,
he aquí que al que me bajare
le daré un sayo de aldea.
(Vase)
Salen el Rey, Benzibar, y Argeo.
Dilatar, señor, el verte
origen a estos desatinos muerte,
siendo la culpa lisa,
es mal que no es amor sino preciso.
¡Qué lance tan prolijo!
No temí la pérdida de un hijo.
Saca, Rey, de cuidado,
de la muerte del príncipe indiciado.
Ay, mi pena es mucha,
ciega pasión conmigo lucha
y si esto llega a cabo...
¿Quién dice que al Rey el mar es esclavo?
No os admire, amigo,
que encubra al conde mis castigos,
donde recelo dudo
a voces todo el Reyno me ha llamado.
Señor, los medios bastan.
¿Qué impide volver a averiguarlo?
Vióse, Rey, mal consuelo en la templanza
quiso a la execución de la venganza
que si quiero aliviarme de mi mal,
todo el Reyno presenta memoriales,
en que pide con ansia repetida
deste aleve cruel la infame vida.
Si te hallas tan templado
que dejas a las lenguas de un estado
ya su clara advertencia...
Al firmarse la tarde de la sentencia
este papel me dieron mal cerrado,
con que vas dilatado.
¿Qué dice el pensamiento?
Aun mal que en torpes actos es atento.
En voz ha pedido todo el Reyno la vida de Belirardo,
de quien dudan aver cometido la aborrecida culpa
contra la vida de la infanta. Vuestra Majestad con
venganza de ellos, si no quiere que les dado sea de Albania,
o abrir la boca también en su defensa.
en el vínculo entorpecida,
viose su resolución tan fuerte y fiera,
puso atajarse allí, en la torre dura,
porque el bulto más no salió a ver,
dentro en ella pasase.
Aún no me allano.
[Sale un criado]
Hablarte quiere a solas un villano,
que está a la puerta, avisa
si permites que entre.
Entre en buen hora.
[Sale Leonido de barba]
Solo a hablarte procuro.
Afuera os id los dos, y hablaré seguro.
[Vase el paje, y Leonido se queda encubierto]
En mis sustos de celos,
y otras naciendo dudas, mil recelos,
de aquí pretendo salir con batida.
[Sale a la otra parte la Infanta, y quédase al paño]
A saber el enredo
lo que mi padre ordena,
guiada de mi industria y de mi pena,
un villano está aquí, escucharlo trato.
Pues suspende el recato.
Y heme en un arrebato.
Generoso rey Enrico,
de Polonia heroico Atlante,
cuyas grandezas alientan
los términos de Brabante;
ya te acordarás que tiene
hija de Cristián el grande
de Dinamarca, que espira
grande trono de diamantes.
Conociendo en la corte
los designios de su padre,
porque alcanzó por indicios
que había querido casarla
con Arnaldo en secreto;
siendo Arnaldo, ya Almirante,
ya te acordarás también
que guardaba él las paces
que tuviste en tu palacio
los meses aún no cabales,
que volviendo otra vez
a la lid no como antes,
se dieron los dos las manos
por el pleito de homenaje.
Que heredará en la Corona,
por ser única en su linaje,
en pos de Arnaldo la muerte,
lo que es celo en el trance,
que de su altivez, incita solo
femeniles, que a amante
Margarita pretende
unir los reinos iguales,
que a lisonjear bajaba
entonces solo a saber,
ya te acordarás de todo
y así prosigo adelante.
En el espacio del tiempo
que feneció en el combate,
aquí donde le dieron
pródigas las ansias reales,
salió una tarde a la caza,
siendo aurora de la tarde,
que el sol miraron las plumas,
segunda vez naufragante,
a un monte eminente
que cimenta altos valles,
capuces orlados y esponjosos
gana con sudores laurel;
y fatigando una fiera,
del viento veloz examen,
cansada de los alientos
fue a pararse, a apearse
junto al nácar de una fuente
que verde ligó su margen,
apenas puso el tapiz
o en ella del pie señales...
cuando por estar encinta
dio a la hierba dos infantes,
tan sola, que si no llego
a la sazón por hallarme
vecino de aquella aldea,
la ayudaran sus leales.
Volvió de un desmayo entonces,
viome, y vio envueltos en ansias
los dos niños, ignorando
cuál había nacido antes.
Ofrecíla allí mi choza
con las familiaridades
que tratan sin fingimientos
los prados de mi parte.
Convino con mi llaneza,
y subiendo a acomodarles
en mi gabán a los niños,
fui de su belleza amante.
Trájilos a la mi cabaña,
hice un lecho tosco y corto
de pajas, solas, sencillas.
Descubrióse a mi lealtad,
hospedóse humildemente,
siendo su hermoso semblante
un mar de lágrimas rojo,
una mañana de Marte.
Mostróse entonces confuso,
y díxome: "No os espante,
amigo, que en la ocasión
que admiráis os llame aparte.
Si de los recién nacidos
es uno, aunque aquí dudable,
Príncipe de Dinamarca,
siendo a un tiempo el otro infante
de fuerza, que cuando crezcan,
alcanzando lo ignorante
sobre cuál nació primero,
lidiarán parcialidades,
y aun en los dos hermanos
lo turbulento de Marte,
donde a iras de su odio
su propia sangre derramen".
Esto me dijo, embañando
sus soles sobre cristales.
Cuando respondí: "Señora,
volved en vos, no os mate
ese dolor, que aunque soy
ciudadano destos Alpes,
a costa del mal me guardo;
diré, si es el más importante,
que el uno pide atención,
celo los menos grave.
Ya que a dejar un niño
podéis, si no, ya llevarle,
o por suertes o por celos,
conforme a vuestro dictamen;
dejadme los dos a mí,
a quien con nombre de padre
le tendré, que irá ejerciendo
hasta que vos como madre
ordenéis a vuestro gusto
lo que el cielo os dictare;
pues hasta tanto podré
apartarles de los lances
de todas las disensiones
que en los dos se levantaren".
Pensamiento que en la aldea
presumió entonces por fácil.
Dudó al principio del parto,
vacilando variedades,
convino en ello; y acatando
esta joya de diamantes
que quedaba por señal,
con el retrato de su parte,
me dijo: "yo pagaré,
debido a aquel hospedaje",
recibí como debida.
Y sola dejó al infante,
llegaron su carruaje,
y admirados de tal lance
la volvieron a palacio
en un coche aquella tarde.
Quedéme yo con un niño,
trújose el otro, y a los reyes
Si a mí aún más dio desde aquí
el nombre a lo Belamiro
de fiero oso con que pude
hacer mi afrenta bien grande.
Creció el jabalí sardo
que el temor no quise darle,
escarmentando las fieras
de ese alboroto de sangre;
cuando por un leve enojo
que aconteció entre los padres,
trataba cosas casar
que trataba de casarme
con Margarita su hermana,
el constante rehusarme;
cuando por casos fatales
parecióse a lo de Abel,
sucedió el triste fracaso
de nuestro príncipe amable.
Perdona que la memoria
retraiga tan duro trance;
culpaste a León en su muerte,
pues se dice que te hallaste.
Solo mandaste prender
y provocaste a castigarle
llega a mi vista la ruina
toda junta mi piedad,
parto de la obligación,
acobárdame el desastre,
dudo en decirte quién es,
fíngeme su deslealtad.
Tengo a palacio confuso,
pido licencia de hallarle,
llegó a turbarse medroso
y refiérotelo cobarde
porque ejecutes en ambos
el medio más importante.
Ante mí hablas con pasiones.
Con tanta pena me hallano.
El dilatar este alboroto
donde adivina tan grande.
Que es mi hermano, mi enemigo.
Que es mi igual, que es mi amante.
Que me castigue el cielo
con tanto golpe de ultraje.
Esto, señor, me ha movido.
Vos me hallaste a mí el día
que el cielo tu pecho ablandó.
Que así entiendo su piedad.
Que se avezan tantos males.
Que más de amor por industria.
Tomar consejo de partes.
Diga la amistad quién soy.
Dar la mano a mi amante.
Para hallar alivio a sentirse.
Que siquiera ha contarse.
Que su amor a vueltas alivio.
O hallará medios fácil.
Denme paciencia los cielos.
Vivir en tantos volcanes.
El tiempo está bueno, luego
Pepino, a mi fe, salís.
Vanse todos. Celidando y Pepino.
La vida os acabo a los...
Con pepino, adiós.
Qué es lo que nos ha de nocir;
que ya me va enfadando
con caras que aquí me afrentan
y sus ultrajes que cuentan
de traer la soga arrastrando,
resbala con quien asga.
Cuando se llega a advertir
que haya uno de morir,
dándole luego la soga,
cruz y raya, ¡qué alientos!
Cada mal particular,
resabiéndose de azúcar,
no vendremos mal a cuentas.
Siempre arde celos.
Trato
de purgar esta ensalada,
que pues no me hacéis nada,
os ha dado tal barato.
Salen las Infantas y Aurora, Flora.
Vamos a la buena infanta,
en la lid de tanto anhelo
adelgace a los nublados
al valor de vuestro pecho.
Retiraos, o sea para bien,
de mi gusto, infante excelso.
A romper a bofetones os atreve
los candados de los hierros
Quien santere y calabaza
del que aspa señoras
Unos se declaran en santa
y mandaréis pensamientos
no me decís a Rosaura
la consulta de mi empeño
es fuerza que entre los dos
me lleve de los sesos
Porque un animal loco
ver en casa del viento
y pues que no da la cara
quiero calentarme al sol
en ora buena, Beatriz
señora infanta, qué quinto
va de revuelta a la capa
entre la cruz y el caldero
della, pero vamos, donga
no llega
Qué alzaditos de la capa
quién se mete en ello
En el rinconcillo
señora dama de rebado
porque lo pide el gracioso
Para bufones muy fríos
No es lo peor para el tiempo
y no se ponga tan ancha
ni tan altiva sabemos
que todos sois mondongas
y soltura de galán ríos
no me matéis a palacios
Sale el conde Berenguel y la infanta cuando les oyen decir
Qué están aquí haciendo, fiestas
Infante de Dinamarca
os ha disfrazado el tiempo
Mal gusto sentía, mas qué agravio
hacéis vos a mi pecho
cuando aunque mi hado no viera
mi villano nacimiento
No eso sin dejar lo que es
tanta verdad
No os entiendo
Sale al paño Berenguillo
Dónde se fue Belisardo
en crecientes sus tormentos
vengo a culparme, ya laste
luz del reabito nuestro
que como le conoció
por hermano, coge el temor
que si cometía delito
se declarara mi perjuicio
dijo a Rosaura y a la infanta
están con el discurso
A la torre me conduce
forzada del sufrimiento
la novedad que ha venido
mereció si no previno
siguiendo a haber bajado
cuidadosamente pasos
que como sabe quién es
y a Belisardo, me temo
que se declaran por agravio
mal peligros al empeño
pero mi hija y Rosaura
aquí cielos qué he de hacer
Aunque un extremo si la infanta
fuera aun de más imperios
qué rayos conduce al sol
pájaro o pajarillo
siempre presumió ser un
fiera leona a tan vueltas
que en el ensalzarme o dejarlo
me eterniza a padecerlo
Culpo a abril dese ejercicio solo
A vos ermita del cielo
Aunque idolatráis infante
porque la ley de los míos
no descubriera la ofensa
siempre constante en engaños
a lo más de mi grandeza
antepusiera a los menos
Culpo abrir de esa ermita posa
A los dos mita del cielo
Nada dijeran a mi voz
Sale Rosaura a dar vela / en verjinas
Como la diga mi ingenio
Quien tentáis quizá belleza
Mas todos a ver señor intento
porque en el tiempo lo diré
aunque no sea así apriesa
¡Sin mí estoy!
¡Estoy servida!
¡Fuerte estrago!
¡Soy perdida!
Esto ha dado todo al traste,
a lejos a recado me vuelvo,
aunque lluevan lechugas
de una olla sin comerlas,
me agrada a que no beberlo.
¡Ay, Enrico falso,
de cuyo valiente acero
canta admiración el mundo,
y la fama en dulces ecos!
pues retratarlo al vivo,
Príncipe de Dinamarca,
y el mismo de mi anhelo;
palabras que en unas fiestas
que allá en mi corte hicieron,
de un retrato de la infanta
tan en todo tan perfeto,
que le juzgara la lisonja
el crédito de lo bello,
rendido al pincel amante
de sus divinos luceros,
entregó el fuego a la industria
del vasto lino a los vientos;
fuese a tu corte embozado,
de embajador y supuesto,
dio a la vela del alma,
derrotado pasajero,
rindo de nuevo el sentido,
ardo en volcanes de duelo,
y apenas tengo esperanzas,
cuando me abraso de celos;
el mi hermano, mi enemigo,
y contrario, aunque encubierto,
el mando de los aceros,
y blanco de los suspiros,
quiere matar de mi amor.
Busco modos a este intento,
sordo de noche en palacio
satisfacerme pretendo;
guardo el cuarto de la infanta,
duda mi pasión remedio,
pues sigo fiel centinela,
que una noche, ¡ay de mi intento!
sale en una antesala,
que a voces advirtió mi celo;
entiendo que el mi enemigo
sacó la espada revuelta,
y a las armas fui al revuelo;
buscó los propios aciertos,
reñimos los dos; caído
atraveséle el pecho;
cae en el suelo bañado,
mírome el puñal bañado
de la sangre del caído;
si de la luz, el lance
atravesando a un tiempo,
voy pasando a mi cuarto,
que acaso mi mal prevengo;
vuelvo asombrado,
hallo al aleve exento;
culparle por homicida
manda al que le haya preso;
viene Leonido a palacio
procura hablarme en secreto,
me ofrece que es mi hermano,
y solo por ese respeto,
por lo que tiene ordenado
mi madre en su testamento,
procuro, pues, de casarme,
vengo a prisión con Enrico,
que es mi hermano, y la infanta;
mirarlos, aunque es lo mismo
danse las manos los dos,
provócale a detenerlos,
falso al hacer lo mismo,
salgo a destorbarlos,
que intentó la causa de esto;
hállome en todo culpado.
póngome a tus pies. En estos
manteniendo acatar sol,
príncipe es de mi imperio,
si faltó hijo a tu sangre
otro hijo te halla el cielo;
si el Rey pierde la infanta
otra esposa que unce al menos
cesen estos enredos
desplómase a cenizas el templo,
piedad espera mi delito
o a la cuchilla mi cuello.
Sube, príncipe, a mis brazos,
que has vencido las desdichas,
que, piadoso en mi sangre,
triunfará de los reveses,
y porque vea también
que a tus ansias obedezco,
sea amor para la esposa
de Belardo, y con esto
tienes tú de Dinamarca
ser el yerno deste reino.
Engrosen sus vidas largas,
bebas los años de Néstor.
Llegue al premio de mis brazos,
con amor os los transfiero.
Besa a quien sabe deber
los pies, y pido de nuevo
más merced de mi audiencia.
Di la que te la prometo.
La mano de Rosaura,
porque se vean a un tiempo
entre dos primos hermanos
los dichosos casamientos.
Da la mano a Rosaura.
Albricia mi pensamiento.
Viva su fama inmortal
a los polos consagrado.
Así me venzo a mí mismo
y viene a tener el reino
lo que pedía.
Señor,
perdón fueron de mi afecto
los estremos a tu esfuerzo,
perdona de amor los yerros.
Ahora entra mi papel
a pediros, señor, a Pepi,
pues aquí merced a todos,
que a Pepi se dé un premio,
una ración en palacio
y un adelantamiento,
ventajas de armas que son
escudos de mis abuelos.
A que os den dos mil escudos
a cada un de los dos.
Otros tantos nietos tengas
como escudos, que son muchos,
así nietos tengas doblados,
que aun es poco, tengas destos,
otros tantos nietos más
que alcancen tataranietos,
de los biznietos segundos
y de los nietos terceros.
Y aquí la comedia acaba,
perdonad sus muchos yerros.
Es de don Juan Francisco de Corbera, tesorero de la Ilustrísima Ciudad de Valladolid.