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Digittol text for Ltos luces del Evtongelio, Ston Simón y Judtos

Publication date: August 22, 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las luces del Evangelio, San Simón y Judas. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/las-luces-del-evangelio-san-simon-y-san-judas.

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LAS LUCES DEL EVANGELIO, SAN SIMÓN Y JUDAS

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Ptog. 1

Comedia nueva de

Las luces del Evangelio San Simón y Judas.

Comedia en 3 jornadas.

Leg.º 2.

4-6.

12

Jornada primera

Ptog. 2

Personas

San Simón.

San Judas Tadeo.

Baradach.

Nural.

El Rey.

Zaroes, barba.

Un niño.

Aminta.

Diana.

Flora, criada.

Hortaco

El Demonio.

Dos ángeles.

Soldados.

Descúbrese un templo, y en el altar el Demonio, junto a él Zaroes; y por una parte sale Baradach y soldados, y por otra Diana y damas.

Dentro.

¡Viva el grande Baradach,

nuevo capitán de Persia!

Cajas.

Ptog. 3

Música.

Al templo de Marte llegue

feliz, y dichoso Baradac que queda

a Marte dar envidias,

si por Dios sus alientos no se dieran;

llegue, llegue glorioso,

bizarro venga,

donde voces sonoras

suaves cadencias,

con militares ecos

dulces alternan.

Dentro y Música.

Viva el grande Baradac

nuevo capitán de Persia.

Baradac.

Si Marte no se agraviara,

que deidad no le veneran,

pudiera decir, divina

Diana, que en tu presencia,

sola adoración mereces

de tu sol la deidad bella.

Diana.

Daré invicto Baradac,

más acertada respuesta;

en prevenir, que de Marte,

en la suntuosa esfera,

Zaroes su sacerdote,

primer afecto merezca.

Baradac.

De Babilonia salí

con el cargo, que la Media

Majestad de mi rey, pone

en el valor de mi diestra:

porque teniendo noticia,

que en el imperio de Persia

murió Adón su rey,

un solo instante suspensa

no permitió mi partida,

conociendo, que dispuestas

tantas persas valentías,

contra indianas resistencias,

sin general, tardarían

en sujetar sus soberbias;

y por eso hoy, que tres días

desde mi entrada se cuentan,

a surcar espumas quiero

no eximirme, porque vean,

que vencer sus altiveces,

son de mi entrada las fiestas.

Verá Miral, este fiero

indio altivo, que se eleva,

ya por rey, que su castigo

le encontró con la diadema.

Ptog. 4

Baradac.

Por eso, raros ilustres,

al templo de Marte (esfera

también de Diana); puesto,

llego obsequioso, aquí seas,

pues oráculo de Marte,

tantos favores franqueas;

quien de Marte, ciego, soy

el suceso de mi empresa,

que si mi ofrenda es del caso,

para que el culto le venza;

un alma puedo ofrecerle,

conociendo, que no diera

tanto menos, que sabiendo

que entre deidades no reina,

la envidia, pues sacrifico

lo que Diana me presta.

(turbado)

Zaroes.

Baradás, pongo en Amor,

por ser en lo sacro, treguas,

que aunque Marte le conozca,

no ignoro yo que se ofenda.

Devoto a saber viniste

el fin que tendrá tu empresa,

y yo que le sé, de Marte,

digo, que, sí, -ya, la lengua

turbada, ¿qué es esto?, digo

que siendo, por, que fiereza,

Marte, ¿qué ocasión?; pero oye.

Ptog. 5

(Instrumentos)

Músicos.

que en misteriosas cadencias

avisan esas dulzuras,

que sonoramente alternan.

(Canta)

Demonio.

Baradac, cuyo valor,

mi aliento, mi orgullo,

y mi poder renueva;

su culto no se atreva

a lograr mis acentos,

no, observando en mi voz los mandamientos.

En Persia, donde dominas,

con celo, con ira,

y con valor, si intentas

mi favor, no consientas,

sin que a dudarlo acudas,

predicaciones de Simón y Judas.

Búscalos en tus provincias,

atento, prudente,

rendido, no atiendas.

Y si no, no pretendas,

cuando lo dificulto,

volver a oír mi voz, ni ver mi bulto.

Y como oírme y verme tu amor quiera,

muera Simón,

Músicos.

muera Simón,

Demonio.

y Judas,

(Vase ocultando el altar, y acaba con la música, y terremoto de encubrirse)

Todos.

Judas muera.

Zaroes.

Baradac, Marte en sus voces

fue quien atento me acuerda,

que no me dejó avisarte,

el suceso de tu empresa.

Baradac.

Pues, persas, no permitáis

que nuestra deidad se ofenda.

Diana.

Y regístrese, no solo

el largo imperio de Persia,

mas el mundo, hasta saber

qué es Simón.

Dentro.

(y Judas)

Simón.

¡Penitencia!

Baradac.

¿Qué voz?

Diana.

¿Qué acento?

Zaroes.

¿Qué anuncio?

¿Es el que teme mi ciencia?

(Sale por una puerta Morante y por otra Flora)

Morlaco.

¡Señor!

Flora.

¡Señora!

Morlaco.

Un encanto,

Flora.

un asombro,

Ptog. 6

Morlaco.

De manera,

que es hombre siendo esqueleto

viviente.

Flora.

De macilenta

color,

Morlaco.

Llega al templo ahora.

Flora.

Por su palacio aquí llegas.

Los dos diciendo, en voces asombrosas:

Salen

Simón y Judas.

¡Penitencia!

Baradac.

¡Qué pasmo!

Diana.

¡Qué admiración!

Zaroes.

¡Pese a mí, que ya penetra

mi pesar lo que os suspende!

¿No les bastaba a mis penas

huir de vuestra doctrina,

donde Mateo la enseña,

que arrojado salí huyendo

de la India, porque en ella

aquel mi crédito todo

convertir supo en ofensa?

Pues no aquí penséis lo mismo;

noble Baradac, ¿qué esperas?

Simón y Judas son.

Simón.

Somos

discípulos que no niegan

su Maestro Jesucristo.

Judas.

Y por él, que nos lo ordena,

a enseñar su fe venimos

corrigiendo los que yerran.

Zaroes.

Marte, no mando que oyeses;

mueran los dos luego, mueran.

Baradac.

Tente, Zaroes.

Diana.

Aguarda,

Morlaco.

Zaroes.

¿Qué es lo que intentas?

Baradac.

Oír para condenar,

que sin culpa no hay sentencia.

Zaroes.

El gusto de Marte basta.

Judas.

Como no calle tu lengua,

diré quién, ya que lo ignoran,

enseñó tus malas ciencias.

Baradac.

¿Quién sois, varones? ¿Quién sois,

asombros?

Diana.

¿Quién os alienta

a tener valor que evite

no vengar de Marte ofensas?

Simón.

Simón y Judas, hermanos

somos, de nación hebrea.

Judas.

Quien nos alienta es Jesús,

cuya fe viene mi lengua

a enseñaros, religión

que solo se llama cierta.

Zaroes.

¿Esto escuchando, qué aguardas?

Ptog. 7

Zaroes.

di que Marte se obedezca.

Decid, falsos, ¿los dos sois

los que en religiones nuevas

alzaros queréis por reyes?

esto lo sabe mi ciencia.

Simón.

Todo lo que sabes tú

es solo de esa manera.

Judas.

Y lo que inventas mintiendo,

en otros lo representas.

Morlaco.

Que Saceos dejen de hacer

todo el año una cuaresma.

Zaroes.

¿Luego yo ser rey procuro?

Simón.

Y si la duda me aprietas,

haré que tú mismo aquí

el que lo confiese seas.

Morlaco.

Pues no, que el tal me parece,

que lo hará como lo cuentas.

Baradac.

Zaroes, ¿qué prevenciones

imaginas en pobreza

tal?

Diana.

¿Qué vanidad propones

en tan humildes presencias?

Baradac.

Perdone Marte que intente

oír antes que los prendan,

o destierren.

Diana.

Esa razón

es razón que yo agradezca.

Baradac.

Pues, Simón; pues, Judas, yo

fío en mi valor, la empresa

de un adalid, a que me animo.

Id adonde que a la vuelta

os escucharé.

Simón.

No dilates

oír lo que, cuando quieras,

no puedas, que siendo humano,

está la muerte tan cerca,

que muchos siglos que tarde,

que está distante no prueban.

Judas.

Ciego a la luz que te aguarda

será preciso te venzan;

lleva la luz de estas voces,

para que triunfes con ellas.

Baradac.

Juzgo que sois poderosos,

más que las deidades vuestras.

Simón.

Con Jesús sí somos, pero

sin él, habrá quien nos venza.

Diana.

¿Más poderosos quién juzga?

no ver que ignorando, en la Persia,

los dioses enmudecieron.

Simón.

Y no han de daros respuestas

falsas; hasta que nosotros

a su voz demos licencia.

Morlaco.

Válgame Dios, si harán estos

que callen en la cazuela.

Zaroes.

El poder de las deidades

no hay quien sujetarle pueda.

Judas.

Quieres verlo, di que rompan

las voces, para que con ellas,

por su crédito y el tuyo,

no enmudeciendo aquí, vuelvan.

Zaroes.

Marte hablará, haros saber

que sus enojos fomentan,

no solo ocultar la voz,

pero que su altar merezcan

ver (oír que) no os dan la muerte,

Ptog. 8

Simón.

Yo puedo hacerte, que quieras,

dejar mirar su altar.

Descubre el altar del demonio

Judas.

Mira

cuánta fue su resistencia.

Simón.

Mira cómo para oírte

no se ocultan.

Diana.

Que suspensa,

sus asombros me han dejado.

Morlaco.

Flora, ¿tú te descubrieras

si fueras tapada?

Flora.

Sí,

Morlaco, que no soy fea.

Baradac.

Zaroes, pide que anuncien

el suceso de mi guerra.

Simón.

Pide que no han de decirlo,

ni tú tampoco aunque mientas.

Zaroes.

Que no han de decir, si ya

han hecho que yo lo sepa.

Judas.

¿Y cuál es?

Zaroes.

Que, si, que, ya,

Morlaco.

Fata que tartamudeas.

Baradac.

Habla Zaroes.

Zaroes.

No aquí,

porque,

Morlaco.

Vaya al hilo, echad fuera,

Diana.

Zaroes, ¿qué dices?

Zaroes.

Digo,

que ya, sí, que,

Morlaco.

Linda treta.

Que ya, sí, que, pues aquello,

yo también meto litera.

Baradac.

Simón, este asombro quiero

que a tu voz le fenezcas.

Dadme los dos qué fin

me prometen tales guerras.

Simón.

Óyelo de un raro modo

para que con él entiendas

lo que son tus dioses. Oye

que ellos te darán respuesta,

y dirán lo que no saben,

porque conozcas que yerran.

Judas.

Di, atrevido simulacro,

que ya tienes la licencia.

Demonio.

Durará la guerra mucho.

Canta

Zaroes.

Mucho durará la guerra.

Demonio.

En que habrá diversas muertes.

Canta

Zaroes.

En que habrá muertes diversas.

Demonio.

Sin que venzan, ni tú triunfes,

Canta

Zaroes.

Sin que tú triunfes, ni venzan.

Simón.

¿Quién os ha dicho ese engaño?

Judas.

¿Quién ese engaño os enseña?

Zaroes.

También Marte no se libra

con ser deidad de la ofensa.

Simón.

Qué deidad puede ser quien

no se conoce que yerra.

Ptog. 9

Baradac.

Simón, suspenso me tiene

el oráculo que muestra,

porque, ¿qué fama será,

ir y volver sin empresa?

Simón.

Baradac, aunque las luces

del día sean tinieblas,

de la India tendrás hoy

embajador, que pretenda

tu amistad, y se asegure

de su Rey en la obediencia.

Baradac.

Y os digo que en albricias

todo mi poder te diera.

Zaroes.

¿Qué embajador se te da,

porque, Baradac, no creas

que del Indio sois mandado,

porque con falsas promesas,

deste pérfido apóstata,

para hacerte reverencia?

Baradac.

Temo que sea así; ¡holas!

¡Soldados!

Morlaco.

¿Qué nos ordenas?

Aparte.

Baradac.

A los dos, y a Zaroes

prended; veremos si llega

este embajador; quien miente

para que el castigo tenga.

Cinco líneas tachadas ilegibles.

Zaroes.

¿A mí prenderme, teniendo

la sacerdotal diadema?

Simón.

Prendednos, que los rigores

nuestras verdades desean.

Judas.

Pero en tanto, ved a quién,

a quién rendís obediencia.

Hace la cruz Judas, y hundiéndose el altar, se levantará el demonio, como a oponerse a una nave que de un lado irá saliendo con almirante y soldados, con tormentas.

Morlaco.

¡Qué tempestad!

Otros.

¡Qué borrascas!

Baradac.

¡Qué espanto!

Todos.

¡Qué horrores!

Zaroes.

¡Qué penas!

Morlaco.

Flora, ¿dónde estás?

Flora.

Aquí,

¿por qué lo preguntas?

Morlaco.

Buenas,

porque entendí que fregando

estabas, como hay tal gresca.

Marinero.

Echa el esquife al agua.

Líneas tachadas a continuación.

Demonio.

¿Cómo, al puerto, sin que yo

lo estorbe? Para que mientras

el aviso verdadero

de Simón, y Judas, crezca

al enojo, el agua gima,

el viento abrase, perezca

el que pájaro marino,

surca las saladas sendas,

rayos para combatirle,

ecos, de las nubes sean.

Baradac.

¿No veis, pues el templo acaso

en la altura desta sierra,

da lugar; a tanta vista,

no veis una nave envuelta

en olas, cuyas entrañas,

bien que en roncas cadencias

pronuncian...

Marinero.

¡Dios, piedad!

Ptog. 10

Todos.

¡Clemencia!

Demonio.

¿Cómo clemencia?,

si me importa otro fin,

crezca el furor, la ira crezca.

Simón.

Dañado espíritu, en vano

oponerte al cielo piensas,

el naufragio será puerto,

y bonanza la tormenta.

Zaroes.

¿No veis que Marte es el mismo,

que la tempestad fomenta,

vengando, así, los enojos

de ultrajarle su grandeza?

Él es, quien, roto el altar,

en los aires se sustenta,

haciendo que el mar se asuste

porque lástimas refiera.

Miral.

Dioses, piedad.

Todos.

Piedad, dioses.

Simón.

Si es Marte deidad, espera

ver su valor.

Judas.

Fiera horrible,

bate el vuelo, el furor deja.

Bárbaro.

¿Qué decís?

Diana.

¿Con quién habláis?

Zaroes.

Marte, pues te ofenden, mueran

todos.

Simón.

Al puerto la entrada

desocupa, aparta, deja,

que sin ti será puerto el puerto,

que contigo fue tormenta.

Demonio.

Enojos, ¿dónde estáis?

(la cruz)

Judas.

Donde

no se animan contra estas.

Zaroes.

No les venceréis.

Bárbaro.

¿A dónde

está, Marte, que se niega

a mis ojos?

Diana.

Y a los míos,

patente se considera.

Judas.

Al mar, aunque cristal tanto,

no podrá apagar su hoguera.

(Cae precipitado, y acaba de pasar la nave)

Demonio.

Al mar bajo, porque el agua

conmigo fuego se vuelva.

Zaroes.

Para verle, ya faltó

todo el caudal de mi ciencia.

Miral.

Pues la tregua el mar concede,

echa el esquife a tierra.

Bárbaro.

Simón, Judas, esta furia

es de otro poder seña.

Diana.

¿Tenéis acaso las nubes

a vuestras voces sujetas?

Simón.

Con Dios fuera fácil ser,

quien tanto poder tuviera,

pero no somos los dos

motivos de la tormenta.

Judas.

Zaroes sabe la causa.

Zaroes.

Marte su enojo no niega,

él solo en borrascas de agua,

ira anuncia a la tierra.

Simón.

¿No le viste a una voz sola

(siendo mi Dios quien la alienta)

dejar libre el paso, que

a la nave estorbar piensa?

Zaroes.

Fue ocultarse, y deidad quiso

dar lugar a la clemencia.

Morlaco.

Por vida de que este viejo

Ptog. 11

Morlaco.

miente más que seis poetas.

Zaroes, yo no lo entiendo,

pero como verdad sea,

que el embajador no falte,

mentirosa haré tu ciencia.

Simón.

Pues oye ya de la nave

los que a este templo se acercan.

Dentro.

Por el rey de Babilonia

Zaroes y Baradac, venza,

la India y Baradac.

(Cajas. Sale Miral y acompañamiento.)

Miral.

Generoso Baradac,

sabiendo que la grandeza

del templo de Marte habitas,

mi rendimiento desea,

para una embajada mía

porque soy Miral, audiencia.

Baradac.

Concediéndola, de mis brazos

pediré que me concedas

lugar, de que un falso, injusto

castigo en mi enojo tenga,

y mi acero mismo...

Simón.

Aguarda.

Morlaco.

Qué es aguardar, por mi abuela,

que merece el cielo estar,

con tanta lengua de fuera.

Simón.

Nosotros nunca venimos

a quitar vidas ajenas.

Judas.

Venimos, sí a dar la vida,

que es vida de las eternas,

la fe de Cristo.

Miral.

Qué escucho,

qué religión nueva es esta?

Baradac.

En defensa de quien hace

tales obras, Zaroes fuera

corto aplauso a mi cuchilla,

a no tener la defensa

de los dos; Miral, si el caso

de admirar saber espera

asombros.

Miral.

Para escucharla,

permíteme que refiera,

que habiendo de la India toda

conseguido la grandeza,

de verme su rey: fue solo

de admirarlo, mas a fuerza

de reducirlos, a ser

de su rey; que a querer esta

corona, para mí, nueva,

si falta quien lo confiesa,

en quien a sus pies se pone;

pues a su rey representas,

lloro en verme a sus plantas,

pues temí no verme en ellas,

cuando el mar furioso.

Baradac.

Oculte

tu llanto, lo que ya llega

a mi oído, cuando sabes,

que de ese falso la ciencia,

aunque errada, pudo hacer

lo que deshizo la cierta,

de Simón y Judas,

Zaroes.

Cómo

a Marte no temes, piensas

que no tomará a su cargo

de sus ministros la ofensa.

Baradac.

Tome o no de Persia luego

Ptog. 12

Baradac.

sal donde yo no te vea.

Simón.

no Baradac, que nosotros

no somos causa de ofensas.

Baradac.

basta vuestro gusto solo

en esta parte; mas sea

el todo de lo adquirido

de su cargo, en la riqueza,

para los dos.

Simón.

Dios te guarde,

que admitimos la oferta.

hacen que se van

Judas.

a Dios, a Dios que en nosotros

solo vive.

Los dos.

Penitencia

Diana.

tened varones Ilustres,

Baradac.

aguardad, y no os ofenda

mi deseo, vuestro gusto,

solo logre lo que quiera,

enseñad vuestra doctrina,

segura tenéis licencia.

Zaroes.

esto solo oír quería,

para huir de su presencia.

otra ley admites, como

sino que el Rey te lo conceda,

a Babilonia iré donde

dándole de tu error cuenta,

vengue de Marte el agravio,

y satisfaga mi ofensa.

vase

Baradac.

Por presto que vayas, antes

llego, por que yo sea,

a quien en Judas, y Simón

si me acompañan intenta

llevarle el mayor trofeo

que habrá tenido su diestra.

Diana.

yo seré quien a gozar

enseñanzas de su ciencia,

vaya a Babilonia.

Simón.

Importa,

no por dar tan presto a Persia,

Baradac luego si aquí

algo la semilla crezca

de nuestra verdad, tendrá

Babilonia parte en ella.

Baradac.

Medio hay para todo. Judas,

se quede, donde no tenga

estorbos a la enseñanza,

de que le siga quien crea

nuestro Dios por verdadero.

Diana.

este templo, que ya niega

su poder que a Marte sirva,

a la Majestad suprema

de su Dios le rindo.

Judas.

Yo

por él admito la ofrenda.

Miral.

Baradac si callé, acaso

fue no creyendo pudieras

consentir que nuestros dioses

por falsa razón se ofendan,

pero si es cierto que faltas

al culto de su grandeza,

yo faltaré, con quitarla

aunque la di, a tu obediencia;

al Rey iré que es Monarca.

Diana.

yo por que engaños no creas,

de Zaroes, y de Arfaxad, ya

que falsos dioses a pruebas,

Ptog. 13

Diana.

prima suya, iré a poder

haceros más resistencia.

Baradac.

Yo iré a enseñarle verdades.

Morlaco.

Yo a que ficciones no creas.

Simón.

A eso le hará repugnancia

el cielo, que me gobierna.

Baradac.

Simón, ven a Babilonia.

Simón.

Yo iré solo.

Baradac.

No pudiera

yo acompañarte.

Simón.

No.

Morlaco.

Y yo,

que habrá tres horas y media,

que rabiendo estoy por ser

un santo; , e iré muy cerca

aprendiendo como el christus

de los niños en la escuela.

Simón.

Por compañero le admito.

Baradac.

¿Pues cómo a mí me desechas?

Simón.

Porque contigo hay peligro

de que vanidad parezca.

Diana.

Qué virtud,

Miral.

todo es fingir.

Morlaco.

Mientes, ¡y mire cómo mienta!

Simón.

Eso no ha de hacer, hermano.

Morlaco.

Sea muy enhorabuena.

Baradac.

A Babilonia, soldados.

Miral.

A Babilonia, que sea

estorbo de estos errores.

Diana.

A Babilonia, que pueda

ser defensora de Cristo,

la que de Martelo eras.

Simón.

Tadeo, el Señor te guarde.

Vanse.

Judas.

Simón, el Señor nos vea,

y nos dé amparo, porque

lleguen a oír,

Los dos.

Penitencia.

Baradac.

¿Esto, Miral, no te agrada?

Miral.

Solo los dioses me llevan.

Diana.

Criados, a preveniros,

que yo haré que solo venza

Simón, y su acento.

Vase.

Miral.

¡Ay,

Diana hermosa!, que fuera,

que por ser tu gusto solo

no repugne lo que apruebas.

Baradac.

Si el rendimiento pudiera,

en la jornada, señora,

serviros.

Diana.

Habiendo tanta

ocasión que lo convenga,

en que defendáis de Cristo

la fe, que mi amor confiesa;

Ptog. 14

Diana.

mi amor de esta suerte solo,

no os negará la licencia.

Baradac.

A ser suyo me dedico,

pues fiel ser vuestro no me niega.

(Vanse)

Diana.

Dejad que asegure dudas,

para no dudar respuestas.

Morlaco.

Llora, penitencia, llora

ya digo que penitencia,

mira qué eres, ya sé yo,

mira que Marte es un bestia,

mira que si no me crees

eres una...

Flora.

¿Qué?

Morlaco.

Una aquella.

Flora.

Morlaco, yo soy penitencial.

Morlaco.

No, penitencia en mi conciencia,

Flora.

en Babilonia veremos,

Morlaco.

si será, si vas a ella.

Que eres una Babilonia

y eres una...

Flora.

¿Qué?

Morlaco.

Una aquella.

Flora.

Por no cansarme te digo,

(Vanse)

Morlaco.

Ya digo que penitencia.

(Sale el Rey y Jacomo)

Música.

El sol eclipsado yace

haciendo la luz tiniebla

que en la hermosura de Aminta

llora, gime, siente y pena.

Rey.

Mudad tono, que si el canto

en triste canción empieza,

será para su belleza,

la alegría mayor llanto.

Inventad a su dolencia

si otros medios son ajenos,

la suspensión a lo menos

mientras dura la elocuencia.

Música.

Que sale la aurora, plantas,

que el sol ya parece tierra

en Aminta con rayos,

con risas, con llantos, con flores, con perlas.

(Salen damas)

Aminta.

Cesad, cesad, si mis furias

no queréis que desvanezca

vuestros acentos, y que perezca

quien en festejos me injuria.

Rey.

Hermana, a razón distinta,

esta enfermedad conviene;

dime el sentido que tiene

pasión tan extraña, Aminta.

Aminta.

Un ardor tan solo siento,

un incendio me fulmina,

me quema un rayo furioso,

me abrasa una llama viva.

Rey.

Repara que en tu grandeza

corta actividad, indigna

es que el ser tuyo no sea

quien tu ser mismo corrija;

¿qué pides? ¿qué quieres? Mandar,

ordena, que te domina

cuanto me rinda obediencias.

Aminta.

Yo haré que todo se rinda,

mi aliento convertirá

el orbe todo en cenizas.

Rey.

Locura a tu mal le llamo,

Aminta.

¿Cómo locura si miras,

que soy...

Ptog. 15

(Sale)

Zaroes.

Zaroes, señor,

a besar tus pies se inclina.

Rey.

¿Qué es esto? ¿Tú en Babilonia,

como el templo, sin ir vistas,

de las de Marte?

Zaroes.

Permite,

primero que te lo diga,

besar la mano a la infanta.

(Aparte)

Aminta.

¿Sabes quién soy?

Zaroes.

No me privan

ni ciencia, saber, ministro

de la región que dominas,

quien a mis conjuros dejas

su poder; que quien avisa

en la infanta, será aquí

quien mis combates reciba.

Rey de Babilonia invicto,

Baradac a quien envías

por tu sol, y en Persia

contra Marte.

Rey.

Mas no digas.

Zaroes.

¿No escucharás?

Rey.

No, que solo

reparar en tu venida,

decir contra Marte, basta,

sin que lo demás prosigas.

Aminta.

Como contra Marte, aunque

es Baradac quien estimas,

muera, señor, pues impone

nuevas leyes en tus climas.

Rey.

¿Tú qué sabes?

Zaroes.

Lo que yo,

Aminta.

hay muchos que lo publican,

Rey.

los apartados en vengarle,

tardos en que...

(Cajas)

Dentro.

¡Baradac viva!

(Dentro)

Simón.

¡Penitencia!

Morlaco.

¡Penitencia!

Otros.

¡Viva Miral, y la India!

Rey.

¿Qué novedades son estas?

Aminta.

Di solo que no a mi vista,

llegue este acento horroroso

que me espanta, si publica...

(Dentro)

Simón.

¡Penitencia!

Morlaco.

¡Penitencia!

Rey.

¡Hola! Que lo siente Aminta,

no dio ansí.

(Dentro)

Otros.

¡Viva Diana!

Rey.

¿Pero qué escucho? Si digan...

(Dentro)

(Cajas)

Otro.

¡Viva Miral!

Rey.

¿Qué es aquesto?

¿Quién diréis?

(Dentro)

Otros.

¡Baradac viva!

(Salen con Simón, Baradac, Diana y Miral con dos caos)

Baradac.

Cómo no ha de entrar conmigo

llega Simón.

Diana.

Quien lo impida

será trofeo a mi enojo,

lleguemos.

Rey.

¡Diana prima!

Baradac, ¿qué es esto? ¿Quién

es Miral?

Miral.

El que se mira

a tus pies para su triunfo.

Aminta.

Hermano, yo muero,

Diana.

Aminta.

Aminta.

No hay en mí gusto, este hombre

quitad de aquí que me irrita.

Ptog. 16

Rey.

antes en Aminta solo

es su alivio. Pues dos días

habrá, que ignorada causa

en accidentes fatiga

su hermosura, y pues se enciende

de este esqueleto a la vista,

el fuego de sus pasiones

quitadle, por si se alivia.

Aminta.

Quitadle de aquí.

Simón.

Rey, oye,

que a curarla es mi venida.

Zaroes.

Este es quien en Persia

introdujo las doctrinas

que Baradac contra Marte,

y tus leyes apadrina.

Dos versos tachados e ilegibles.

Diana.

Este es el que a Marte enmudece,

este quien su altar derriba.

Miral.

Este es (con otro) quien dice,

que son deidades mentidas

nuestros dioses, cuya ofensa

a mí me alcance, y la India.

Morlaco.

¿Este es quien convertirá

en sabia una vieja, y tía?

Aminta.

¿Este quien la muerte sola

me dará por medicina?

Baradac.

Este quien puede a la muerte

darla valor con que viva.

Morlaco.

Este es quien dice que es Marte,

es un cuero, y solo digas,

que le vi dar de su estado,

cosa que es en mí continua.

Simón.

Soy quien a Cristo confiesa

para tantas maravillas,

Aminta.

No le escuches.

Diana.

¿Su voz oyes?

Zaroes.

No le asientas.

Baradac.

Su ley mira.

Miral.

Huye rigores.

Morlaco.

¿Qué es huir?

Pues acaso, ¿no hay justicia?

Rey.

Hombre, tan absorto estoy

que te escuchara a la vista,

de tantas contradicciones

a no dar pesar a Aminta,

Zaroes, halle tu ciencia

tregua alguna a su fatiga.

Zaroes.

No la hay mirando a Simón.

Simón.

Sí la hay contra tus mentiras.

Zaroes.

¿Cómo?

Simón.

Así. Monstruo infernal,

que en cárcel mortal habitas,

enmudece mientras oyen

de mis verdades las noticias.

Aminta.

No, sí, cuando...

Simón.

Calla.

Morlaco.

Ta,

que ya no hay bachillerías.

Rey.

¿Cómo infernal monstruo dices

es quien en su cuerpo anima?

Simón.

Por ser su mal ese solo,

y pues Zaroes publica

tanta ciencia, di que mande

que la deje, ya que altiva

su ciega potencia dice

que hasta en la tierra domina.

Zaroes.

Que es espíritu, si es su mal,

mal que solo en medicinas

tiene remedio:

Ptog. 17

Simón.

Conozcan

de esta suerte tus mentiras;

a esta señal, monstruo fiero,

este trono en que te miras

desecha.

Morlaco.

Exi foras, exi,

exi foras, maledicta.

(Cae desmayada)

Aminta.

Ya obedezco, ya, Simón,

que no hay valor que resista

tu virtud, pero ¿qué importa

que de esta parte desista,

si tantas en que me oculte

me dará la idolatría?

Etna, rayo, trueno soy,

o mal haya tu doctrina.

Simón.

Zaroes, ¿viste quién era?

Morlaco.

Diga el tío, huyó la tía.

Baradac.

¿Qué pasmo?

Rey.

¡Ay de mí!, ¿qué has hecho?

Zaroes.

Quitarla, señor, la vida.

Diana.

Murió del dolor.

Morlaco.

Sí tal,

que así la historia lo avisa.

Aurelio.

¿Esa es la cura?

Simón.

La cura

ella ya la dice viva.

(Vuelve)

Aminta.

¡Ay de mí!, hermano, Diana,

Baradas.

Diana.

Señora.

Rey.

Amintas,

¿qué sientes?

Aminta.

Un gozo, un gusto,

un contento, una alegría,

de este asombro en la presencia.

Morlaco.

Feo viejo, trueque esa pinta.

Baradac.

Señor, para tantos gustos

no sin causa es mi venida,

y más si Rudal, rey hoy

de las ya vasallas Indias,

Aurelio.

es quien pone en tu presencia

sujetas las rebeldías,

para esto el reinar fue solo,

porque a mi precepto unidas,

pueda reducirte las

que no pudiera divisas.

Baradac.

Por eso hice en la Persia,

en Siroes (cuya milicia

conoces) mejor gobierno,

y con Diana,

Diana.

tu prima,

que a solo lograrlo,

que a Simón la doctrina

escuches, llega estorbando

que Zaroes...

Zaroes.

no te diga

corazón, que si le escuchas,

destruyes tu monarquía.

Aurelio.

Pues la India negará

los obsequios que te envía.

Aminta.

Yo quiero oírlo, y mi gusto

¿quién habrá que le resista?

Rey.

Ninguno, para que así

Simón sus intentos diga.

Morlaco.

Pues oigan, sabrán verdades,

que lo demás es mentira.

Simón.

Cristo es el Dios verdadero,

cuya razón se publica

con razón, que en disputas,

a pruebas de maravillas,

crió Dios en el principio

Ptog. 18

Simón.

cielo, y tierra, y a su misma

imagen al hombre, haciendo

cuando le manda que vida

el mundo, que un feudo corto

a su Majestad le rinda.

de una fruta

no comiese la florida

sazón, pero como tuvo

sacada de su costilla

una unión enamoradiza,

tan amorosa caricia,

que cuando ruega parece,

que es solo cuando domina.

Esta engañada de quien

(un paréntesis lo diga)

era Luzbel, de Dios mismo

Ángel tan bello que, a vistas,

él, de su excelencia grande

della fabricó su ruina;

porque anunciada a los altos

solios de las jerarquías,

la encarnación prodigiosa,

promulgó con fiera envidia

que como quien de Dios fue

la criatura más limpia,

a un hombre (aunque Dios también

sea) es justo que se rinda.

Esta razón (si es razón

proposición tan inicua)

las tres partes de los cielos,

atrae, a rumores movida.

Miguel se le opuso, solo

con una humildad divina,

y con los suyos echó

al soberbio de la silla.

Cayó al Infierno con todos

los ciegos que le seguían,

y una voz dijo: ¡Ay del mundo

que allá baja la malicia!

Luzbel, por serpiente queda

para el caso convertida,

esta que vio su venganza,

para con Dios destruida,

en el hombre que es su imagen

el esquite solicita.

Por esto (cerrando ya

el paréntesis) nociva

en el árbol enroscada,

a la mujer da noticia,

que comiendo aquella fruta,

como a Dios la adorarían;

creyólo, rogóle al hombre,

vencióle, comió la misma

pena; que a la culpa vino

tan pronta que no es distinta.

Sacólos del regalo,

un ministro de justicia,

y en el Tribunal Supremo

de las tres Personas unidas,

que siendo en Personas tres,

son sola una esencia misma;

el Padre, el Hijo, y el Santo

Espíritu le publican,

al hombre sentencia recta,

que a su pecado castiga,

que el hombre, dice: y sus hijos

Ptog. 19

Simón.

en pecado se conciban,

original, y se llamen

por la nación hijos de iras.

Ley universal que puesta

en el orbe fue sabida

tres veces, por Job pregonero.

En la ley natural diga,

sin pecar, pues no pecó

como el espíritu afirma,

si maldijo solamente,

no la noche, ni aquel día

que nació y le concibieron,

sino el pecado, sabida

original causa a tantas

adversidades distintas.

De esta ley fue pregonero

David, en la ley escrita,

que dijo: en pecado fui

concebido. Y esta misma

culpa los nacidos tienen,

y los que nacer podían.

En la ley de gracia sea

pregonero, con debida

sentencia, Pablo que dijo

con su elegancia divina:

en Adán todos pecaron,

y la gracia necesitan.

Esta de la primer culpa

fue la pena que en justicia

nos dañó a todos; dispuso

la omnipotencia divina,

ya que tenía anunciado

que su hijo se conciba

en Madre Virgen, también

sin pecado concebida,

que esta sola se vio exenta.

Porque fue del Padre hija,

del hijo madre, y esposa

del espíritu, que asista

de estar ya para el misterio

señalada, aunque dirija

su ser de Adán: pudo Dios,

y quiso verla excluida

en esta intacta azucena,

esta rosa sin espina.

Nació Cristo, concebido

sin varón, obra divina

del amor, para que a costa

de su sangre se redima

el pecado original,

que el bautismo santo limpia.

Creció, empezó sus milagros,

obligando a que le sigan,

Judas Tadeo y yo fuimos,

siendo hermanos, de María

Cleofé hijos, hermana

de la Madre más divina,

de la más pura doncella

que dio a luz las luces mismas.

Con Santiago otro hermano

a quien la fama apellida

Menor, por diferenciarle

de otro que el Mayor publica

el mundo; al apostolado

Ptog. 20

Simón.

llamados con la voz misma

del Salvador, quien fue preso

una noche, ya que había

la sacerdotal grandeza

dado, con dulce alegría

a doce, entre quien el uno,

desagradecido avisa,

por un interés villano,

contrarios viles, que habían

determinado quitar

la vida a la mesma vida.

en una cruz le pusieron

donde la muerte atrevida,

a sola la humanidad

el mejor aliento quita.

Glorioso resucitó

de su muerte al tercer día,

triunfante subió a los cielos,

y abrazando sus doctrinas,

predicarlas nos impone

del orbe por las provincias,

para cuyo acierto santo

el espíritu ilumina

nuestras voces, con los dones

de arcanas sabidurías,

en Egipto derramé,

la verdad, que ya creída

me dio lugar a que en Persias

viese a Tadeo, que habías

a Mesopotamia dado,

de tanto acierto noticia.

Rey ilustre mira y oye,

la razón que se publica:

que un Dios solamente

es que lo viviente anima.

sus dioses son las serpientes

repartiéndose en mentiras;

y aun mentir no pueden menos

que mi Dios se lo permita.

deja el error, huye engaños,

eterna tu monarquía

en el alma, que esta sola,

puede durarte una vida.

Y tu más gloria tendrás,

supuesto que en ti se fía,

que a tus juicios será fácil

que tus vasallos se rindan,

y las partes de su gloria,

serán en ti un todo unidas.

Zaroes.

¿Cómo este Dios si lo es,

que le vendiesen no evita?

Simón.

Porque quiso morir solo,

porque el daño se redima.

Zaroes.

¿Cómo este muere si es Dios,

enmudece a nuestra vista?

Judas.

Porque furioso en silencios

sus rigores nos noticia.

Ptog. 21

Judas.

como ese Dios, si lo es,

¿de la muerte no se libra?

Simón.

Hombre pudo morir, no

su omnipotencia divina.

¿Cómo se convierte Marte

en polvo vil, a mi vista?

Zaroes.

Mía destrucción notando

a costa de sus ruinas.

Morlaco.

Este Marte, y este borracho,

este cuero.

Miral.

Loco, quita.

Morlaco.

Ese, erre, te, erre, is,

y el cristus de abajo arriba,

y el be, a, ba; ¿somos niños?

Pues esto no es la cartilla.

Rey.

Zaroes, Simón, vasallos,

otros efectos nos digan,

si Simón miente, a su ciencia

nada Zaroes le libra:

de este su Dios; un asombro

vea Simón que le rinda.

Baradac.

Y si no, yo, pregonero

he de ser de su doctrina.

Diana.

Mi voz le dará a la fama.

Aminta.

Yo, mi aliento.

Morlaco.

A buenas vistas.

Miral.

Zaroes, vuelve por Marte,

que mi valor le apadrina.

Aminta.

¿Qué ha de volver, contra quién,

si el demonio aún me libra?

Morlaco.

Por eso quedas mujer,

que es todo una cosa misma.

Zaroes.

Con palabras, no con obras,

mi ciencia hará maravillas;

espíritus, ahora es tiempo

que sumo poder me asista;

mirad si vuelve por mí

Marte.

21

En los extremos del teatro se levantan dos dragones.

Baradac.

¡Qué asombro!

Diana.

¡Ay, Amintas!

Aminta.

¡Ay, Diana!

Rey.

¡Qué portento!

Flora.

¡Ay, que es mi suegra y mis tías!

Morlaco.

Compañero, que me agarran,

compañero, cómo gritan

los tudescos, compañero,

y dan con la compañía.

Diana.

¡Simón!

Aminta.

¡Simón!

Zaroes.

Su muerte

no habrá valor que la impida.

Miral.

Suspenso ánimo.

Rey.

Este rayo,

Baradac.

este trueno,

Simón.

Tan malignas

visiones, de otra manera,

con estas sierpes,

es justo que se les embista;

en nombre de Dios os mando,

que sin quitarles las vidas,

maltratéis a quien de Cristo

las verdades no publican.

Zaroes.

¡Ay de mí!

Los dragones agarran a Zaroes y a Muralto maltratándolos.

Miral.

¡Válgame Apolo!

Morlaco.

Buen salto, por vida mía.

Líneas tachadas

Simón.

Huid a esta señal, fieros

ministros de la malicia.

Ptog. 22

Morlaco.

Allanan, y en la cazuela

viera yo esta trementina.

Húndese mitad de Zaroes con los dragones.

Rey.

¿Tragólos la tierra?

Simón.

Sí.

Pero quedarán con vida.

Baradac.

Como si ya no parecen.

Diana.

Como si ya no se miran.

Flora.

Ay, que estoy en un tris de

meterme una capuchina.

Simón.

Mirad que los dos parecen,

para que encontrados digan.

Judas.

Cristo es el Dios verdadero.

Iré a sembrarlo en las Indias.

Sube y vase.

Zaroes.

En otro estado, Simón,

yo asolaré tu doctrina.

Sube y vase.

Morlaco.

Aún temía.

Baradac.

¿Qué asolará, sin que tú

a tu muerte te resistas?

Vase.

Rey.

Simón, licencia concedo,

tus santas voces anima.

Vase.

Simón.

Pues, hijos, Cristo es Dios hombre.

Vase.

Diana.

Dichosa la que te oiga.

Vase.

Aminta.

Feliz el que te escuche.

Vase.

Morlaco.

¿Y qué dices tú, Florilla?

Flora.

Que soy gentil todavía,

quítese, vayas noramala.

Morlaco.

Flora, penitencia.

Flora.

Calla.

Vanse.

Morlaco.

Digo que penitencías,

que un poeta da licencia

de decirlo ansí, o ansínas.

Fin de la primera jornada.

Folio 22. Madrid, 25 de octubre de 1624. El autor lleve esta comedia al señor doctor Francisco Zallo Guerrero, para que vea si tiene algo contra la santa fe, y con lo que dijere la traiga. [Rúbrica] Esta comedia de san Simón y Judas no tiene cosa contra de nuestra santa fe y buenas costumbres. Madrid, y marzo 23 de 1625. Doctor don Francisco Zallo Guerrero. [Rúbrica]

Jornada segunda

Ptog. 23

[ 24

S. Simón y Judas, o Las Luces del Evangelio.

24

Sale el Rey con una carta

Rey.

¿Cómo, esta osadía pudo

tener Suamir, sabiendo

mi poder? ¿Cómo no teme

Zaroes mi enojo fiero?

Juro yo que hará cenizas

tantos rebeldes mi fuego.

Baradac, soldados, hola.

Sale

Baradac.

Señor, ¿qué ordenas?

Rey.

Atento,

te lo dirán, si le lees

la noticia de este pliego.

Lee.

Baradac.

Señor, llegó a Suamir

Zaroes, que vino huyendo

de Simón, cuya doctrina

mandas que escuche tu imperio,

convocó los ciudadanos

del sol, y la luna, al templo,

donde consiguió lloroso,

que crean por desaciertos

las verdades de Simón,

con cuyo error tanto hicieron,

que negándote el poder,

por su capitán fue electo

para resistir que escuchen

de Simón los documentos,

y si no acudes.

Rey.

Ya basta,

Baradac, este consejo

y aviso, nacido viene

de algún leal, que aunque veo

Ptog. 24

Rey.

sin firma su razón, parte

a Juamir eligiendo

la mejor gente en los persas,

y abrasándola con ellos,

castiga así, que a Simón

culpen, cuando le venero.

Y quien como yo admite,

mis leales, admitieran

admiraban del Dios, que confieso

líbrese de sus estragos, sepárese de tu incendio.

Baradac.

Zaroes tan atrevido

a Su Majestad, es medio

de esas rebeldías, no

tanto gran Señor, mi pecho

estimara, presentarte

el brío el mayor trofeo,

como estimaré vengar

en el de Simón, atento

a su verdad, las ofensas.

Como culpa lo discreto

en él, su virtud lo diga,

su piedad, su amor su anhelo,

en enfermos que en sanarlos

no hay más distancia que verlos.

Persia de Tadeo juzgo

sentirá iguales portentos.

Porque estos solos ser pueden

el camino para el cielo.

Rey.

Que otro más que yo, presuma

estimar a Simón siento,

dígolo por mirar ese

ilustre cristiano nuevo,

que por no dejar de ver

a Simón, de mis imperios

no se ausenta, estimación

que en mi estimación la tengo.

Por eso Zaroes muera

que ofende a Simón. Mas quiero

con un discurso cristiano,

darle un aviso discreto

en piedad, Baradac yo

a Zaroes, en un pliego,

cariñoso he de mover

a que conozca su yerro,

espera aquí que mi mano

misma será más afecto,

después que tú el portador

seas, que diera mi reino

por rendido a Simón

de Zaroes lo discreto.

Baradac.

Mudar parecer tan justo,

no le juzgaré por yerro.

Vase.

Rey.

Aquí espera, ¡ay Prima, cuánto

de tus luces es el fulgor,

compuestos en materias que

más abrasa a más lejos.

Sale.

Baradac.

De Aminta cuando amor quieres

librarme dándome aliento,

para que al Rey de Diana

pida el favor que venero?

Diana.

Si el Rey estará,

Baradac.

Si estás,

en su cuarto, ingrato dueño,

tanto sin él le tienes, tanto

su vista procuras, siendo

siempre donde yo lo vea,

para que me maten celos.

Diana.

La verdad es que he llegado,

cuando en el cuarto te encuentro

de Aminta, después que algunas

Ptog. 25

Diana.

finezas te oyó el recelo.

Baradac.

Con la Infanta no podía

negarme yo al cumplimiento,

Diana.

y si con el Rey podías,

tal vez que te he visto atento,

en cortesanas, que

para mi fe fueron celos.

Baradac.

¿Podía yo no escucharles?

Diana.

Una dama puede hacerlo.

Fuiste galán cuando a otra dama

agravias con los respectos.

Baradac.

Al Rey buscabas aoras.

Diana.

Si el Rey estará diciendo,

iba a decir, con Amintas.

Y yo en su cuarto te encuentro.

Baradac.

Hagamos una experiencia,

que salga el Rey aquí espero,

yo me ocultaré a hablalle

y veremos.

Diana.

No, primero

he de oír yo con Amintas.

Baradac.

Antes tú.

Diana.

Tú antes.

Ocúltase Baradac.

Baradac.

Eso no puede ser, que el Rey llega,

y a la experiencia me entrego.

Rey.

Prima, dejé a Baradac

aquí, porque aqueste pliego

para su ausencia,

Diana.

¿Su ausencia,

pues dónde sirve?

Rey.

En eso,

vano fuera divertir

la ocasión que me da el tiempo,

sin Aminta que me estorbe,

divina Diana,

Diana.

Sin dar

cuidado alguno, Señor,

saber quisiera, a qué efecto

es la ausencia en Baradac.

Al paño.

Baradac.

ver su sentimiento.

Rey.

No diviertas así, prima,

el tiro a mi deseo.

Porque en amor caen solo,

Diana.

Porque en su Imperio

las novedades quisiera

saber, qué leal mi pecho,

Al paño.

Baradac.

en mi ausencia solo trata;

sanó esta ausencia mis celos.

Rey.

Después diré,

Al paño.

Aminta.

Sin tu vista,

Diana hermosa, pretesto

de mi detención, ¡qué supe

hacerle tener por celo!

En todo siendo una parte,

no vivo pues, más que veo.

Diana.

No fíes de mí.

Rey.

Dejadme,

que fío mi amor, que en eso

de ausencia a vos no os importa,

Al paño.

Aminta.

Ingratitud. Y ahora celos.

Al paño.

Baradac.

No se resiste muy mal;

mas, ¿si será fin al mío?

Diana.

¿Cuándo yo en amor he hablado?

Rey.

Nunca. Pero siempre en celos.

Mirando que ya la sospechas,

no están los despegos lejos.

Diana.

Templad ardor que es tan vano,

Al paño.

Baradac.

¡Qué firme que es el consejo!

Rey.

Si templaré en el cristal

de esa mano.

Ptog. 26

Baradac.

¿Qué oyes?

Miral.

Cielos,

¿qué escuché?

Diana.

Sabré indignada...

Rey.

El correr amor es yerro.

Diana.

¿Cómo, no yo...

Sale.

Miral.

Señor, quise,

esto importa.

Baradac.

Llego a tiempo.

Diana.

Mayor daño temí.

Rey.

¿Qué

quisisteis, Miral?

Miral.

Atento

saber, porque ofende alguno.

Rey.

¿A quién?

Miral.

A quién yo venero.

Rey.

¿Cómo pues vos?

Baradac.

¿Qué he sentido?

Diana.

¿Quién vio pesares más nuevos?

Rey.

¿Pretendéis?

Miral.

Yo hablaba solo

del amor con que pretendo

a quien se ofende en...

Empuña.

Rey.

Ea, calla,

que tu voz...

Sale.

Baradac.

Señor, el pliego.

Rey.

Le he escrito, pero en Miral

le firmará aquí mi acero.

Baradac.

Señor, ¿qué causa?

Miral.

¿Qué ofensa

que a hablar no me deja, he hecho

en decir que?

Dásele.

Vase.

Rey.

Basta, aquí.

Por Diana, y su respeto

callaré que Baradac

no es razón sepa mi estremo.

Baradac, parte mañana

a Asumir, lleve él el pliego.

Miral, aunque rey, soy hombre,

ocasión me dará el tiempo.

Diana, Amurita os espera,

primo y rey soy, harto siento.

Vase.

Diana.

¡Mal haya, ay amor, la industria

que me costó tanto precio!

Miral.

Baradac, yo estoy absorto.

El rey se enoja severo,

no dudando que prosiga

en decir, quien cuando atento

estimo a Simón, se atreve,

en su amis...

Baradac.

Amor, bueno

está este, salvo conduco,

de albricias doy unos celos.

Miral.

Quede ansí Diana bien

con Baradac, no poniendo

ocasión a que el enojo,

presumo fue lo que siento,

en el rey.

Baradac.

Miral, al rey

hablad declarando.

Vase.

Miral.

Eso,

si no tuviera valor

él lo hiciera, pero siendo

hombre y rey, y habiendo Diana,

puedo yo decir lo mesmo.

Baradac.

Lo mismo me hiciera yo.

Ptog. 27

Baradac.

aquí sabido el duelo,

andar a la vista sea,

de mi valor el consejo,

pero si me ausento, ¿cómo?

(Sale)

(Ocúltase)

Diana.

Aminta sale a este puesto,

ya oíste lo que hablé, oculta

procura decir lo mesmo,

porque si me irritas...

Baradac.

Aminta,

oye, espera.

(Sale)

Aminta.

¿Tenéis miedo

Baradac, de que yo llegue?

¿Qué llamáis?

Diana.

Que me vio, temo.

Baradac.

Era a quien yo llamé,

era...

Aminta.

¿A quién?

(Sale)

Morlaco.

Al compañero

busco.

Baradac.

A Morlaco llamabas.

Morlaco.

Sí, porque yo vine a cuento.

Aminta.

¿Qué le querías?

Baradac.

Señora,

ya se echaron el primero.

Morlaco.

Pues si no sirvo ya, busco,

digo a Simón, porque esto

de ser yo obispo, va largo,

y le he de decir que luego

reniego de un sastre si

no obispo.

Aminta.

Dejando necios...

Baradac.

Di, pues dónde está Simón,

¿no sabes?

Morlaco.

Él anda hecho,

un pregonero de Dios,

y en un milagro cada uno.

Saca diablos de mujeres,

porque todos son caseros,

ya sana haciéndose cruces,

ya bautiza sin ser cueros.

Ya

Aminta.

Vete y búscale, que

hablar a Simón deseo.

Morlaco.

Voy.

Baradac.

¿Tú le sirves bien?

Diana.

Cómo

hablar la excusa con esto.

(con humilde rendimiento)

Morlaco.

¿Qué es servirle? Ya no quiere,

criado, porque él a todos

los dice mis compañeros,

si yo tomo alguna cosa,

él lo sabe ya sin verlo,

y si no la doy a pobres,

dice: fuera, compañero.

Diana.

Y el villano se detiene.

Aminta.

Vete ya.

Morlaco.

Ya te obedezco.

Baradac.

¿Predica mucho?

Morlaco.

Y no suda.

Diana.

La industria le vino a tiempo.

Morlaco.

Y si digo que descanse,

dice: fuera, compañero.

Aminta.

Bien está, vete.

Morlaco.

Ya voy.

Baradac.

Dime, ¿dónde?

Aminta.

Pues ¿qué es esto

Baradac? Bien digo yo

que solamente tenéis miedo,

Ptog. 28

Diana.

si porfía mas es rabia.

Aminta.

Vete ya.

Morlaco.

a Dios compañeros;

así que yo seré obispo

porque sino...

Aminta.

que?

(Vase)

Morlaco.

no serlo.

Aminta.

muy cobarde sois,

Baradac.

señora

quien mira al sol ciega luego,

mas si divierte los ojos

no es yerro de su incendio,

Aminta.

Celo le pide, y no hay quien

a Celo le pinte ciego.

Diana.

mas claramente no pudo

declararle sus afectos.

Baradac.

si señora pero como?

(ap

Aminta.

Baradac, ya se engendró

esta cobardía, el día

es solo enemigo mío.

en el jardín con las sombras

esta noche, considero

que las tinieblas no espanten,

como las luces han hecho

(ap

Baradac.

si hiciera pero una ausencia

Diana.

que ahora no oyese su acento.

Baradac.

contra Zaroes.

(sale)

Zaroes.

Zaroes

que culpa tiene?

Baradac.

que susto?

Aminta.

que miro?

Baradac.

tú?

Zaroes.

yo soy:

quien no sabéis, ni a que vengo.

el que culpáis sin saber

justa ocasión para hacerlo.

(sale)

Baradac.

el Rey sale.

Rey.

que le oí?

Zaroes.

que estoy a tus plantas puesto.

(Sale)

Diana.

salir puedo ahora que

ocasión tendrán mis celos.

Rey.

pues como contra Simón

causas?

Zaroes.

escúchame atento.

que de causas, si infeliz

aun en retiros no tengo

quietud, desde que dejé

señor tu palacio regio.

sin crédito en mis estudios,

sin honores en mi puesto,

en Babilonia escondido

de Simón oí portentos.

hoy que tuve la noticia,

que algún villano pecho,

enemigo mío avisa

una mentira en un pliego.

a volver por mi, me saca

de mi retiro el aliento:

a prevenirte no más,

que su amor resistiendo

oye de Simón las voces,

en esa carta los medios

pone, con decir que yo

soy quien su audacia fomento,

para que te determines

a su castigo tú mesmo,

Ptog. 29

Zaroes.

queriendo ansí, los traidores

llevarte donde sangrientos,

una alevosía, que da

darte muerte, y en efeto

a ser la carta verdad,

firmara su pluma el eco.

Llegase en Suamir, si yo

sus calles pisé y sus temples,

y sépase en Babilonia

si he vivido en los secretos.

Este aviso de mi estudio

es lealtad, y podrás verlo,

en que vengo a que Simón

me venza, porque atendiendo

a su verdad falta poco,

para creer sus acentos.

Rey.

Eso solo te perdona

sea cierto, o no sea cierto

el error que ya en Simón

penetras lo verdadero.

Zaroes.

Veréme con él, que puede

ser que venza, si no venzo.

Estas asechanzas que bien

en Zaroes represento,

que el Rey descuide en quitar

tanta semilla que él mesmo,

sembrando en Suamir, hará

que no nazca el evangelio.

Rey.

¿Dónde Simón estará?

Aminta.

Yo le llamé.

(Sale.)

Morlaco.

El compañero.

(Sale.)

Simón.

Jesús Dios eterno sea,

quien nos dé a todos su reino.

Rey.

Simón, Zaroes desea

arrepentido.

Simón.

A lo menos,

si se arrepiente, aunque sea

Zaroes el demonio mesmo,

a quien ofendió pedirle

su perdón sabrá mi ruego.

Zaroes.

Y me perdonará, mas

soy yo quien no me arrepiento.

Simón.

Si ha de ser disputa, empieza.

Zaroes.

En disputa no me venzo,

pero en obras será agora

la lid, pues de Marte tengo

el poder.

Simón.

Tal eres tú.

Zaroes.

¿En qué?

Morlaco.

En ser calvo y bermejo.

Zaroes.

Veamos quién de los dos

vence un imposible.

Rey.

El eco

de Baradac le proponga.

Baradac.

Pues sea ver de todos

la enseñanza en Persias, cuyo

cuidado pasa a tormento.

Morlaco.

Este es mayor imposible,

a que guardar puta silencio

en la cazuela, ¡ay, es nada!

que hay urracas que es un cuento.

Zaroes.

Ciencia mía a ejecutar

más en obras, que en acentos.

Simón.

Poder de Jesús, a hacer

resistencia a los infiernos.

(Cantan.)

Ángel.

A vencer sale la luz

las tinieblas del abismo.

Al son de canto a los dos lados en dos nubes se van apartando, y una Hostia como el sol en medio.

Ptog. 30

Ángel.

que en un sol falso imaginen

apagar el verdadero.

(Canta parte, oculta en el mismo San Judas. Al mismo tiempo se descubre el Ídolo en el Altar Mayor. Y a lo alto se asoman a la tramoya con un Ángel y con el Demonio.)

Cantores y Demonio.

A triunfar sale el poder,

que contra dioses y nieblas,

serán las luces tinieblas,

serán sombras los luceros.

Los dos.

A la lid, a la lid,

al encuentro, al encuentro,

y viva quien venzas,

por sol verdadero.

Zaroes.

Espíritus, ya ha bastado

antes que con lo que temo,

seáis vencidos y el triunfo

quede por mí en lo suspenso.

Simón.

Eso no, que ha de saberse

lo mentiroso, y lo cierto.

Baradac y Rey.

Simón, Zaroes, pues cómo

se multiplica Tadeo?

Rey y Baradac.

Aquí hay mentira, y verdad.

Diana.

Y más si miro en mi templo,

ni a Marte que se adoraba,

ni a Jesús a quien venero.

Y rendí la casa.

Aminta.

Cómo

el sol deidad, que tuvieron

más errores por Dios,

consigue aquí altares nuevos?

Morlaco.

Qué hay que dudar quien ha visto

que digan verdad los viejos,

en no siendo santos.

Simón.

Todo

lo dirá el prodigio mesmo.

Zaroes.

Dígalo, ea, engaños, diga

porque sepáis que Tadeo,

conoció su error, y dice

de Persia en el alto templo.

(Llega y júntase a Judas)

Voz.

Persas no mentís, que el sol

merece mejor obsequio.

Simón me engañó, creed

agora mi voz y a los bellos

rayos de Apolo, aplaudid

sonoramente, diciendo

Demonio y Músicos.

A Apolo viva que es Dios,

vivan los rayos de fuego,

que es vida del alma,

que es alma del cuerpo.

Judas.

Persas, a Cristo son dignos

esos sacrificios píos.

Apolo es astro criado

del poder de Dios supremo,

a su culto oigan solo

ecos que promulgue el cielo.

Ángel y Músicos.

El Sol de Justicia Cristo

viva solo, cuyo eterno

poder, es regalo

es gusto, es consuelo.

Zaroes.

Una ciencia es igual.

Simón.

Mientes,

y yo atiendo al efeto.

(Ábrese todo el sol, vese el Niño que hace a Cristo; desde donde de balanza: y ocultándose el del sol solo: se precipitan el Sol y Demonio. Y Judas y el Ángel suben.)

Niño.

Simón y Judas serán

las luces del Evangelio.

Zaroes.

Yo diré quién sois, y a

qué son voces mis incendios.

Ángel y Músicos.

Vivan, vivan en Judas

y Tadeo

las luces prodigiosas

del Evangelio.

Ptog. 31

Morlaco.

digo, que Zaroes podía

ser del diablo compañero.

Dentro.

¡Vivan Judas, y Simón!

Simón.

Hijos, no; atribuyolo al cielo;

alabad, a sosegarlos,

el Señor me dé su acierto.

(Vase.

Rey.

Pregone yo los asombros,

Baradac.

publique yo sus portentos,

Diana.

explique yo sus hazañas,

Aminta.

venere yo sus aciertos,

Todos.

diciendo con tantos vivan:

Las luces del evangelio.

(Vanse.

Morlaco.

Pues como no se hace caso

de mí, que soy compañero,

hago más milagros ya,

que Judas el despensero.

Flora.

Compañero.

(Sale.

Morlaco.

Flora mía,

en viéndote no reniego,

que desde que soy un santo

soy un santo con todo eso.

Flora.

¿Qué milagros haces?

Morlaco.

¿Qué?

Mira, ayer vino no menos,

que una suegra, y me pidió

para no mentir remedio;

díjela que se muriese

porque era imposible menos.

Flora.

Lindo milagro.

Morlaco.

Aún bien que,

ando tras quitarle, al bueno

de mi compañero, un palo

que él con él hace portentos,

y yo si le quito haré,

en ti el milagro primero.

Flora.

¿Cuál?

Morlaco.

¿Cuál? Volverte cristiana.

Que es gordo, oyes, y tieso.

Flora.

¿Qué cristiana? Antes seré

el demonio mismo.

Morlaco.

¡Arredro!

Flora.

¿Qué dice? ¡Ay de mí, Morlaco!

(Enfurécese.

Flora.

¡Que me abraso, que me quemo!

Morlaco.

Pues sopla.

Flora.

Volcán soy.

Morlaco.

¡Ah, cuál!

Flora.

¡Poltrón embustero,

(Dale.

Flora.

te he de ahogar!

Morlaco.

¡Ay, ay, ay!

¡Compañero, a compañero!

(Sale.

Baradac.

¿Morlaco?

(Sale.

Diana.

¿Flora?

¿Qué voces?

Flora.

Un villano, un embustero

que se me atrevió aquí.

Diana.

¿Cómo?

Baradac.

¿Estás loco?

Morlaco.

Por el puerco

de Marte juro.

Baradac.

Ea, vete.

Morlaco.

Voyme, pero digo, ello

dirá en quitándole el palo

al hermano compañero.

(Vase.

Baradac.

Dime, Diana.

Diana.

Pues soy

Ptog. 32

Diana.

Yo, Aminta, que tienes miedo.

Baradac.

Flora, mirad.

Al paño tap. sol.

Flora.

Ya he entendido,

y ya he entendido que tengo

teniendo lugar en quien,

me llamo con sus acentos:

ocasión para vengar

las ofensas del infierno.

Ténganme por Flora y que aunque,

que ya que en Simón no puedo,

vengan, en estos mis furias.

La noche llega, ea fuego

de mi astucia, todos enojos

sean desde hoy sus contentos.

Trace, forma, industria, traza

no quede a mi ciencia, puesto

que todo lo necesito

a lo que al efeto intento.

La noche llega, y el jardín

sabrá mejor lo que puedo.

Baradac.

Yo muy tibia al fin te vi.

Diana.

Yo siempre así muy discreto.

Llega a los dos.

Flora.

El Rey sale.

Vase.

Diana.

Pues teatro

sea el jardín de mis celos.

Vanse los dos.

Baradac.

Dónde, pero fuese como

esperándome en tal puesto

Aminta, y también, podré

cumplir, mas discurso necio

si no se divide nunca,

como en el mismo empeño.

Vase.

Flora.

Que no llegasen sus paces

estuve astuta, mintiendo

en venir el Rey, astucias

al jardín, industria alientos.

Dentro.

Música.

Amor sienten las plantas

cuando sintieron,

los hurtos que con la noche

son de su deidad trofeos.

No sientan, no avisen,

las hojas que es ciego,

si las sombras le sirven

de seña más cierto.

Sale.

Aminta.

Como mi pecho asegura

de Baradac en mi intento,

que vendrá al jardín, consiento

que le llame esta dulzura,

que rendido con terneza,

mi amor tenerle, si ha oído

que su temor prevenido,

es amor, asegurado,

que lo indigno declarado

es para verse admitido.

Sale.

Baradac.

Antes que Aminta, que Diana,

solo en mí un respecto en fin,

venga a esperarme al jardín,

vendrá a esperarme Diana;

con esta mi afecto allanas,

disculparme, pues diré,

con lo que la dejaré,

que a su amor voy precisado,

por el Rey determinado,

y con las dos cumpliré.

Sale.

Flora.

Para conseguir sus daños,

ya su fineza me ayuda.

Fuerza es que mi error acuda

a acreditar sus engaños

en almas que por tantos años

fueron mías, hoy Simón

Ptog. 33

(Dentro)

Flora.

estorba la perdición,

no ara, pues astuto traza,

que lo que ganan en fe

pierdan en desesperación.

Aminta.

El amor cuidadoso

siempre es perfecto,

cuando, trata con lo sabio

no solicita secreto.

no avisen, no sientan,

caso los que ciegos

si las sombras le sirven

de decir más cierto.

Flora.

Ea, astucia, lógrese

de mi error algún intento.

Aminta.

Baradac, es este.

(acercándose)

Baradac.

Atento

quien es de las dos sabré.

(en medio de los 2)

Flora.

Esto me importa; hablemos.

Baradac.

es?

Aminta.

es quien recelo?

(apartase)

Flora.

Baradac.

Ya sin desvelo

dejo su duda,

Baradac.

Señora,

trueque Baradac ahora,

el nombre de Aminta en cielo.

Aminta.

Y venís muy temeroso,

y así recelarlo puedo;

(sacale)

Baradac.

Señora, el teneros miedo

es venir muy animoso.

De dudarlo presto seréis,

Para mi temor estorvo

si Diana llegas, pero

si ahora tengo temor solo.

hace de sentir, y dar.

tiempo en mi fe tan dichoso

como esta noche merezco,

Pues el Rey que duda absorto

Siendo incierto el favor

que hoy conoció por Demonio,

y el verdadero en su amor

es motivo de alborozo.

Con este pliego me manda

esta noche acudir pronto

a saber.

(al oído a Aminta)

Flora.

mientras que el pliego

no le tiene;

Aminta.

tan forzoso

es este presto viaje,

no lo creo, cuando noto

que mentís, pues aun el pliego

no es testigo en vuestro abono.

Baradac.

Pues aunque la sombra estorba

no le divisan los ojos.

(al oído a Aminta)

Flora.

no, que lo trazo yo, el tacto

te ara el engaño notorio.

Aminta.

que deis tocalle, pero

el tacto dirá.

(Dasele)

Baradac.

no estorvo.

que le admitáis.

(al oído a Aminta)

Flora.

es papel

que suple su engaño todo

Baradac.

lo leéis ahora

Aminta.

no.

Baradac.

Pues, ¿cómo ha de ser?

(cógele)

Aminta.

mis ojos,

en mi cuarto los testigos

serán.

Flora.

ahora pues entremos.

Baradac.

Señora, el seguiros fuera

Ptog. 34

(ruido de Armas)

Baradac.

Para vos indecoroso.

Soldados al Jardín, que

en él es el alboroto.

(vuelve)

Aminta.

Pues yo vuelvo, no se empeñe

allí, pues le dejo solo.

Flora.

Atención, que aun yo no acierto

tantos enredos que formo.

(Sale y Miralem, envainando)

Rey.

No quiero que se conozca

ser yo causa del enojo.

Miral.

Pues, qué haré?

Rey.

Escuchadme.

(Vase)

Baradac.

Aquel ruido

del Rey, y Miral supongo

pueda ser Amor, y dudo,

esta vez aparte ponga.

(Vase)

Rey.

Yo haré que el Jardín no miren,

y el día en el Parque solo

me tendrá.

Miral.

Yo os buscaré.

(Ruido de Armas)

Flora.

Llegue a esta ausencia un estorbo.

(Sale)

Diana.

Ay de mí, si Baradac,

es dueño de aquel enojo

que escucho.

Miral.

Quién?

(Apártase Flora, y llega Diana)

Diana.

Soy Diana.

Miral.

Albricias Amor que oigo.

(Sale)

Aminta.

Que a Baradac no halle?

(Llega a Aminta)

Flora.

Yo por el sujeto tuve este corto

espacio, que a mis astucias

importa.

Miral.

Cuándo este logro

yo merecí?

Diana.

Cuándo en sombras

pudo hacer mi Amor notorio

Miral.

Infeliz yo que ignoro

con cuánta razón adoro.

Aminta.

Que al rumor de llegar a inquirir

temen.

Flora.

Dejaros, conozco,

fuera error.

Miral.

Miral serás;

de tus pies trofeo corto.

Flora.

Este en todo el que quisiere

saber cómo estoy en todo.

(Apártase)

Diana.

Miral, Cielos, error grave.

Veré si el remedio logro.

(Llega a Aminta, deja a Diana agarrando a Floro)

Miral.

Cómo, señora, consigo

tanto bien.

Aminta.

Porque conozco

que el fingir con conmigo no,

ni el desaire, y el decoro.

Miral.

Yo en qué fingí?

(Apártase)

Aminta.

Yo en mi cuarto

lo veré.

Miral.

Señora, cómo?

(Vase)

Aminta.

Que papel es este que

mi Amor lleva tan absorto?

Iré a verle, pues cesó

el empezado alboroto.

Miral.

en su cuarto

pues, qué es esto?

(Llega a Miralem)

Flora.

Yo

ser su cobarde.

(Vase)

Miral.

Mas, cómo

pudo Fortuna, valor

que me de atrever a todo.

Flora.

Vence en el engaño, cuándo

en ello no están mis logros.

Diana.

El error hecho, los pasos

me corta.

(Sale)

Baradac.

Visto el contorno

Ptog. 35

Baradac.

de estas plantas ya en el ruido

cuál causa tuvo, no noto

más, ¿quién?

Flora.

Conócelos, y paren

a celos, y amor notorio.

Diana.

Baradac, en el rumor,

te juzgo mi temor todo.

Baradac.

No, bella Aminta, porque

me aparté a saber.

Diana.

¡Qué oyes!

Flora.

Lo que para vuestras penas,

fue quien lo trazó el demonio.

Baradac.

Ya que vuelvo, dueño mío,

engañarla es forzoso,

ansí por que me deje.

Diana.

¿Quién pudo,

tener celos más notorios?

Baradac.

El papel.

Diana.

¿Qué papel, dime?

Villano, ciego, alevoso.

Baradac.

Diana, cielos, ¡qué susto!

Diana.

¿Me conoces?

Baradac.

No conozco.

Tirana ansí fin diré

y el rey...

Diana.

¿Cómo, dime, cómo

te acuerdas en evidencias,

de lo que es indicio solo?

Sale.

Flora.

Mas tras él llegan.

Rey.

Di aviso

que el jardín defiendan...

Baradac.

Conozco

mi error con disculpas quiera

Diana hermosa.

Rey.

¿Qué oigo?

Diana.

Traidor, siendo Aminta a quien

le ocasionas.

Tiren.

Rey.

¡Rayos broto!

Muere, traidor.

Baradac.

Tengo aliento.

Sale.

Saca la espada y se pone al lado del rey.

Simón.

Amor, ya llegaste al colmo;

mas, ¿qué rumor?

Diana.

¡Ay de mí!

Dentro.

Aminta.

Luces, soldados.

Flora.

Ea, asombros

de confusiones, no tienes

en Simón tu furia estorbos.

Salen soldados con luces y Aminta.

Soldados.

¿Quién sin respecto?

Aminta.

Del afecto

quito a mi ser los estorbos.

Rey.

¡Judas a mi lado, cielos!

Baradac.

Yo contra el rey, cielos, cómo.

Si a sus pies rendido,

error de la noche solo

pudiera obligarme,

Rey.

Preso

Baradac, pero yo cómo

sin causa le ofendo; ¿qué es?

ansí sospechas estorbo.

Aminta.

Señor, si el no obedecerte

en la ausencia, que animoso

ordenaste, te ha irritado.

No fue mucho, siendo el amor propio,

favor, que honesto hurto,

Rey.

¿Qué oigo?

Al rey al oído.

Flora.

Ahora piensa,

que a no ser de Aminta esposo

Baradac, tu honor se queda

a murmuraciones pronto.

Ptog. 36

Baradac.

¿Qué locura, amor, a Aminta,

el acento mueve?

Miral.

Absorto

lo que en Diana encendí,

es lo que noto, es Aminta en quien conoció

Diana.

la pena de los mis pesares.

Rey.

La prudencia sea el todo

de mi acierto, Baradac.

Si amante es favores corto,

donde Aminta a las hermosuras

fue de tu ausencia el estorbo,

suspéndala ya su mano,

pasa deste amante a esposo.

Diana.

¡A cuándo espera mi muerte!

Baradac.

¡Ay, Diana!, ¿cómo, cómo

te he de perder?, ¿no es mejor

morir rendido a tus ojos?

Rey.

¿Qué te suspendes?

Baradac.

Señor,

yo nunca merecí todo,

el favor que has intentado.

Rey.

Vive el cielo, que mi enojo,

ya en vano oculta.

Diana.

¡Ay de mí!

Aminta.

¿Qué es esto, Baradac?, ¿cómo

medroso aquí, y allá atrevido?

En el margen hay una inserción para Miracielos señalada con una cruz (+)

Miral.

Cielos, dile que noto

confuso a resolverme,

que a la duda tiempo corto

lugar me daba el silencio.

Baradac.

¿Yo atrevido?

Rey.

Vive el cielo,

en tu resistencia, ¡hola!

Prendedle, que mis enojos

harán, mas ¿qué haré, ay de mí,

si sé que mal como rompo,

lazos, sin romper mis venas?

Apartad pues de mis ojos

su presencia.

Aminta.

Baradac,

Ingrato cruel.

Rey.

¿Qué oigo?

Diana, lleva a su cuarto

a tu prima; idos nosotros

con este aleve.

Miral.

¿Quién pudo

verse en dudas tan absorto?

Baradac.

Diana, por ti la vida,

perderé constante en todo.

(Vase)

Aminta.

Baradac, ¿cómo me juzgas?

Pero al decirlo me ahogo.

(Vase con soldados)

Baradac.

Aminta, ¿quién ocasiona

tus locuras?

Flora.

El Demonio.

(Vase)

Diana.

Pesares, ¿quién de una vez

tantos pudo unir?

Flora.

Yo solo.

(Vase)

Rey.

Desdichas, ¿por qué ocasiones

me acosan?

Flora.

Por mis antojos.

(Vase)

Miral.

Dudas, ¿en qué pararéis,

pues no os entiendo?

Flora.

En ahogos.

Para que ansí me asegure,

en que desesperen todos,

y sean sus desconsuelos,

los trofeos del Demonio.

Fin de la 2ª Jornada.

Jornada tercera

Ptog. 37

Cajas.

Dentro.

Una mitad.

Simón, muera.

Dentro.

Ciudadanos.

Muera Judas.

Dentro.

Simón.

Penitencia.

Dentro.

Judas.

Penitencia.

Sale.

Morlaco.

Aunque sea en peligros.

Sale.

Simón.

¿Quién eres tú que articulas,

solo entre tantas mentiras,

la verdad en...

Sale.

Judas.

Penitencia.

Simón.

Tadeo.

Judas.

Simón.

Simón.

Benditas

sean del Señor las horas

que en esta me da su vista.

Judas.

Para que sea consuelo

de nuestra fe en la alegría,

de verse que a Persia ido,

sembrada de la doctrina

de nuestra ley, de tal forma

que puede con maravilla

creerse que, en esta planta,

son las raíces espigas.

Simón.

De Babilonia el imperio

tan crecido se acredita

en la ley cierta que hay santos

que la penitencia trilla.

Sola esta ciudad Suamir

en su locura acredita

Ptog. 38

Simón.

que la cosecha no gusta,

pues el agua no apadrina.

Morlaco.

Y por eso aquí venimos,

Simón y yo, con su encina,

a tratar de beneficios

y echar fuera simonías.

Judas.

Por saber que esta ciudad

tanto culpa tu doctrina,

al riesgo de su amenaza

buscar mi gloria quería.

Y al entrar en ella, hallando

estos acentos que dictan,

unos diciendo:

Cajas

Dentro.

¡Nival

viva!

Judas.

Y otros:

Dentro.

¡Marte viva,

y muera Simón!

Judas.

Las causas,

en ti solo conocidas,

en Nival extraño.

Simón.

Son

las que mi acento te dicta.

Preso Baradac, culpado

en el desdoro de Aminta,

libertarle Nival piensa.

Pues convocando la India,

al Rey altivo a Suamir

a fuerza de armas altivas,

dándole plazas y fuerzas

de su grande monarquía,

y no pudo no ganarle

a Baradac, que a la ira

del Rey preso, y a su lado

siempre procuró que viva

en un encierro una muerte,

que esta es muerte antes que vida.

Dice Nival que sin culpa

el Rey le prende y castiga;

y en este intento no estorban

su furor Diana, Aminta,

ni mi voz, que al Rey seguimos

las dos por hermana y prima,

y yo, porque no se pierda

la fe cierta en las mentiras.

Tres días ha que en Suamir

entró el Rey, y estos tres días

a que no le veo, no,

sin causa de que, a la vista

Nival su campo todo,

quiso justar mis doctrinas.

Yo, que le dejaba atento,

buscando de las malicias

de Suamir el remedio,

sus ciudadanos avisan

a Nival que no me ampare,

con tan arrestadas iras

que de la ciudad las puertas

de hierro y de fuego unidas

resistencia piensan pueden

ser de mi entrada, y no miran

que puedo con Jesús todo

hacerlo polvo y ceniza.

Judas.

Fiero el enemigo rizo

murallas de industria anima,

pero al valor de los Cielos

desealas el ruego. Y mira.

Morlaco.

Pues que dices ha de entregarse

de un salto esta fuerza altiva,

cosa es que no nos cansemos,

no la haré en toda mi vida.

Ptog. 39

Simón.

Pues Tadeo, al poder grande

de Jesús humilde, pida

su voz este rendimiento.

Judas.

Que su virtud nos asista,

pide, Simón.

(Cajas).

Dentro.

¡Arma!

Morlaco.

Esta es otra maravilla,

que en el muro dizen unos...

Dentro.

¡Arma, arma!

Morlaco.

Y apellidan

otros en el campo...

Dentro.

¡Guerra!

(En una muralla a un lado con soldados).

Zaroes.

Y soy yo quien lo motiva.

Espíritus que a mi ciencia

asistís, de la familia

infernal, hoy poder

necesito, que peligra

Suamir, sitiada hoy

de Simón a la voz unida.

(Al otro lado de la muralla).

Rey.

Ciudadanos, ¿quién sin ser

orden mío a Simón quita

la entrada en Suamir? Las puertas

abrid, aunque hoy al abrirlas

Miral triunfe, pues importa

más que a Simón no resistas.

No me obliguéis a que baje

del balcón en que os noticio,

permitiéndolo mi alcázar,

a irritar esta cuchilla.

(Sale. Caja).

Miral.

Un dios valeroso, no.

Se ejecuten vuestras iras,

hoy por vencer a Suamir

y por a Baradac viva

tanto como porque Suamir

de Simón oiga las limpias

razones que a la verdad

solamente se dedican.

Simón.

Rey invicto, Miral fuerte,

Zaroes, Suamir invicta,

no a furores, no a venganzas,

no a sinrazones o riñas,

ni defensa, pues será

ella sola pena mía.

Entrar a sangre y a fuego

no acostumbra mi doctrina,

que solo a las resistencias

balas de acentos las tira.

Judas, mi hermano, y será

solo el favor que me envía

hoy el cielo, que porque cuando

en Zaroes, quien respira

rabias que a Suamir alienta,

es el demonio. A rendirla

la palabra de Dios basta,

sobra de Zaroes la ira.

Morlaco.

Y basta este palo para

Zaroes y sus costillas.

Rey.

Zaroes, ¿tú, uno como

él, no fuiste maravilla

que en Babilonia estragó

la tierra?

Zaroes.

Sí, tuve vida,

y la tengo en Simón, nota

que todo aquello es mentira.

Miral.

Tadeo, tus pies merezca,

de haberte visto, la dicha.

Judas.

No esta tuya en este asalto

quieras, gran Miral, que impida...

Rey.

Que, como en Suamir, uno y no

Ptog. 40

Rey.

me viste en estos tres días.

Zaroes.

Porque capitán me llamo

de los que a Simón fatigan,

y presumir es tuya,

la defensa en Marte es mía,

y a su Rey nunca hace ofensa

quien a su Dios apadrina.

Rey.

¿Cómo apadrinar, si yo

para llegar más aprisa

me ampararé a que las puertas

de contorno a Simón no sirvan?

Morlaco.

Rey de Babilonia, esta

es lid de virtud, de vista,

no es intento, que la batalla

empiécese en maravillas.

Simón.

Empiécese, que tantas brechas

nuestras verdades conquistan.

Zaroes.

Empiécese, si hay fiera parte

que a tu engaño contradiga.

Judas.

Empiécese, siendo la escala

que a su razón arrimas

el favor que al cielo pido.

Zaroes.

Nunca rindes sino hechizas.

Morlaco.

Empiécese, que si allá sube

yo empezaré con la encina.

Zaroes.

Asistidme ahora, ministros

del abismo, que podáis

ser que no se necesite

de sumir humanas iras.

Sube, Simón, pues prometes

vencerme con maravillas

a fuerza de la virtud

del Dios que solo publicas.

Sube sin artificio, arrímase a Judas ayudándole y cayendo a este dice que aunque se anima...

Simón.

Baja, Zaroes, pues dices

que Marte el poder te envía

a fuerza de su favor.

Mostrando aquí que lo miran y el viento o ir en ascenso solo

Zaroes.

Sí haré.

Simón.

Yo subiré arriba.

Judas.

Para que, vencido el muro,

a las puertas este asista,

yo que entraré publicando.

Cantan.

Ángeles.

Solo quien vence viva,

guerra, guerra.

Al lado de Zaroes baja el ángel encima, y él se va apartado de la muralla. Simón empieza a subir y el demonio se descubre con donde en tramoya.

Demonio.

Arma, arma.

Ángel.

Diga el aire.

Demonio.

El aire diga.

Ángel.

Contra el muro que el infierno

defiende estorbando

su entrada y salida.

Demonio.

Contra el que asaltar presume

murallas que Marte

por trono domina.

Ángel.

Arma, arma.

Demonio.

Guerra, guerra.

Ángel.

Diga el aire.

Demonio.

El aire diga.

Cesando en igualdad, los dos se detienen.

Rey.

Zaroes, sí vences.

Miral.

Simón,

si triunfas.

Judas.

Cómo se admira,

Rey, un engaño, mira,

presto verás las mentiras.

Morlaco.

A pleito maldito baja,

lo mismo es aquí que arriba.

Zaroes.

Pues si Marte puede hacer

que el viento sea mi silla,

Simón.

Pues si el aire me da escalas

para que tus fuerzas rindas,

Zaroes.

No es ofensa de las igualanzas.

Ptog. 41

Judas.

Será vencerte rendirlas.

Cantan.

Ángel.

Al muro, al muro, Simón,

enarbola atento

de la fe divina

el estandarte glorioso,

para que tu virtud viva.

Canta.

Demonio.

A tierra, a tierra, Zaroes,

tus plantas, sabio,

con tu ciencia suma;

porque si por Marte bajas,

no bajas, pues te sublimas.

Judas.

No más dudas te consientes,

pongas, dragón fiero, a vista

de tanta atención el cielo,

solo lo que es cierto viva.

Caen Zaroes, y el Demonio. Y Simón sube al muro, y el ángel vuela; y el Demonio como arroja.

Demonio.

Pues estas luces enciendan

llamas que mi incendio digan.

Ángel.

Para que venzan las luces

el evangelio divinal.

Zaroes.

¡Válgame todos los dioses!

Morlaco.

Allá va la reta y la...

Rey.

Simón, tu Dios es el grande.

Miral.

Zaroes cayó sin la vida.

Morlaco.

Eso fue por excusarme

que le tome la medida.

Judas.

Si el muro venció Simón,

a la cruz las puertas nos rindan.

asen Casar

Dentro.

¡Viva Mural! ¡Arma, guerra!

Miral.

No, soldados, no se diga

que para entrar a Suanir

Judas la entrada me avisa;

toca a retirar, que solo

a que Suanir no diga...

Dentro.

Mueran Judas y Simón...

Miral.

Los seguirá mi cuchilla.

Rey.

Mural, no en este proceso

se fíe tu valentía,

que de mi enojo a la furia

no te aseguro la vida.

Simón.

Tadeo, a Suanir, diciendo...

Judas.

Simón, a Suanir, y digan

mil voces...

Los dos.

¡Penitencia!

Vase.

Rey.

Porque entonces yo resista,

viva Simón, y a mirar

la entrada se le resista.

Vase.

Simón.

Presto espero en Dios que sean

paces en las dos castras.

Miral.

Tadeo, a Suanir te sigo.

Vase.

Judas.

Ven sin temor, que me avisa

el cielo que están cercanas

a quietudes las fatigas.

Dale.

Morlaco.

Como un atún le dejaron

al mal viejo, ¡vive Cristo!,

que no se levanta a oras,

que al andar de la encina

cuerpo de Apolo, con él

quería ser parasita.

Como juro a san que pienso

sino miento que respira.

Pues tome, a moro muerto...

Salen soldados.

Soldado 1.

Aquí está, llegad aprisa,

llevemos el cadáver.

Morlaco.

Cadáver, pues no reviva.

Soldado 2.

¿Qué hace?

Morlaco.

Un milagro que piensan

que no hago yo maravillas.

Soldado 1.

A palos intenta hacerle.

Le admiran.

Morlaco.

Pues diga hombre, ay que a su mujer

Ptog. 42

Morlaco.

a palos la resucita.

Levántase.

Soldado 3.

Téngase.

Zaroes.

En vano,

Simón...

Morlaco.

¡Cómo que...!

Zaroes.

Imagina...

Morlaco.

Mas ¡ay!, soy tonto.

Zaroes.

Que crea...

los errores con que

hechiza;

si no se acaba en mí, no,

una soberbia, una envidia

que a ser poderoso llama

la fuerza de mi avaricia.

Amigos, Marte me ha dado

vida, seguidme, que avisa

él que le ampare me manda

que quite a Simón la vida.

Vanse.

Todos los soldados.

Vamos, que a vados haremos

rojeos destas cuchillas.

Vase.

Morlaco.

Y tú irás, calvo, peor

que Calvino, y unos digan

que fue que te emborrachó,

pues tan presto resucitas.

Esto, ¿sábelo ya Simón?

Saberlo bien que, a mi vista,

santo soy en nueve meses,

pues Morlaco nueva vida

ponernos a hacer milagros,

que si en dar palos estriba,

mujeres hay que el milagro

han menester cada día.

Salen Simón y un soldado.

Simón.

Hijo, con la caridad

forzosa, ya mi alegría

le sigue, que es gloria mía,

y querrá oír la verdad.

Soldado 1.

Padre, pues crueldad

de su Emir te ha ocultado,

y no admite lo elevado

del palacio por mansión,

admita de mi afición

esta casa y mi cuidado.

Simón.

Cuidado...

Soldado 1.

Y yo deseo

seguir de su ley el bando,

aunque no me determino,

pero si por mí el milagro

de sanar una mujer,

cuyo dolor ignoramos,

hiciere para seguirle,

atropellaré embarazos.

Simón.

Mire, yo no puedo, pero

quien puede en mí dispensarlo

es Jesús, Dios poderoso;

tráigala, y su mal sepamos.

Vase.

Soldado 1.

Voy por ella, y para ello

llevaré amigos, que si tanto

su enojo y cólera crece,

si no quiere yo no basto.

Siéntase.

Duérmese.

Simón.

¡Oh, divino Señor!, poned

en mi humildad tanto amparo,

que el enemigo, que importa,

las asechanzas del engaño,

a mi vil cuerpo, que poco

se fatiga, y cansado,

por pensión humana al sueño

está contra mí llamando.

En volviendo, despertarme

podrá, y este breve rato

que se concede, será

prevención para el cansancio.

Sale.

Morlaco.

Cama de posadas esta...

Ptog. 43

Morlaco.

me han dicho ser. Pues pidamos

posada, a quien ya cierto

cansado de hacer milagros,

y ninguno me cayó

en mi vida más trabajo

que estorbarle a un tabernero

que agua los cueros cristianos,

y en esto gastando el tiempo,

al compañero no hallo.

Pasemos a la sierra, que

luego volveré a buscarlo.

¿Dónde el dueño de esta casa

estará? Pero aquí, ¡ah, hermano!

mas, ¿qué miro?, ¿el compañero?

Es; como yo soy Morlaco.

Chitón, dejemos que duerma,

que con él aquí soy amo.

(Salen dos soldados con Flora.)

Soldado 1.

Tenla bien.

Soldado 2.

No hay que soltarla.

Flora.

¿Qué es tenerme a mí, villanos?

¿Sabéis que soy el demonio?

Soldado 1.

Padre, aquí está.

Morlaco.

Paso, paso,

que si por milagros vienen,

yo no los hice por santo.

Soldado 1.

A Simón buscaba, que

aquí le hallé.

Morlaco.

Veamos,

¿qué se quiere?

Soldado 1.

Que sane

Morlaco.

¡Lindo chasco!

Para eso he de despertarle,

pues no sanaré yo al diablo.

Soldado 2.

¿De qué suerte?

Morlaco.

No es lo propio,

si a una mujer aquí sano.

Flora.

¿Qué has de sanar, embustero?

¿No me conoces?

Morlaco.

Es barro.

¿Y tú no conoces, Flora,

lo que te dije del palo?

Soldado 1.

Pues sánala, hermano.

Morlaco.

Ea,

ténganla bien, ¿que si acaso...?

Flora.

¿Qué es de tenerme, si al infierno

subiré con estos brazos?

(Suéltanla los soldados.)

Soldado 2.

¡Que me ahoga!

Soldado 3.

¡Que me ahoga!

Morlaco.

Téngase o tome este palo.

(Dale.)

Flora.

Pese a tu mano, y también

pese a quien te le dio cuanto

poder en él puso para

que un alma que, tiempo ha tanto,

juzgóse por mía, temiendo

en su cuerpo poder falso,

pierda mi rencor, que envías

hasta el abismo.

(Cae en tierra.)

Morlaco.

Y fue a palos.

Flora.

¡Ay de mí!, ¿dónde?, ¿quién?

Soldado 1.

¿Lloras?

Flora.

¿Qué sientes?

Sustos, descansos,

para conocer de Judas

y de Simón los milagros.

Soldado 2.

¿Qué dice?

Flora.

Que son asombros.

Morlaco.

Pues esto lo hizo Morlaco.

Flora.

Flora, penitencia,

y viva

solo el Dios de los cristianos.

Dentro.

Judas.

Penitencia.

Simón.

Penitencia,

(Levántanse.)

Simón.

que aún a voz, venzo al descanso.

Judas.

Que con esta voz me llama.

Ptog. 44

Flora.

mi error.

Simón.

¡Qué alegría!

Judas.

Hermano,

Simón.

ya desvenció al demonio

el cielo, en virtud de un palo.

Judas.

¡Qué mucho si es un madero

quien puso al infierno espanto!

Soldado 1.

Mortal vivía que el ídolo

sanó a Flora.

Morlaco.

Calle, hermano.

Flora.

Simón fue en virtud del leño.

Simón.

Cristo solo sea alabado.

Sale con soldados.

Zaroes.

Y vuestra pasión, quien ponga

fin a mi tormento falso.

Ciudadanos, a mi ciencia

nada hay oculto, llevadlos

al templo.

Soldados.

Adoren a Marte.

Judas.

Que nos llevéis no dilato,

pues el cielo lo permite.

Simón.

Que adore sus simulacros,

ingrato a los cielos, piensa

que es en vano.

Zaroes.

Ea, llevadlos.

Que purgue mi enojo altivo

antes que el Rey a su amparo

acuda o darán la vida

a Marte los holocaustos.

Morlaco.

Vea aquí la ocasión en que

me quitan hacer milagros.

Soldado 1.

Vengan.

Flora.

Daré yo el aviso

de su error en el palacio.

Simón.

Señor, si tú lo permites,

llegue de mi gloria el plazo.

Llévanlos.

Judas.

Jesús, pues tú lo consientes,

empiece yo donde acabo.

Vase.

Zaroes.

Encierra a ese vil también,

que aunque por su enojo alcanzo

en el rey mi muerte, iré

contento en ver que embarazo

con matarlos que riamos.

Oigal a vos, con que vamos.

Soldado 1.

Suelte el palo y venga preso.

Morlaco.

Así me paga el milagro.

Soldado 1.

Yo dije que la sanara

y la hizo cristiana.

Morlaco.

Hermano,

pues cuando estuvo mejor

Soldado 1.

Yo no le pedía tanto,

y en él daré testimonio

del enojo que me ha dado.

Morlaco.

Usted sea bien mirado,

aunque sea usted el demonio.

Soldado 1.

Ve luego el grande error

de su fe y en semejantes

penas crea amarte.

Morlaco.

Antes

mártir que no confesor.

Soldado 1.

Ea, pues su error ha visto,

el de ir a padecer.

Morlaco.

Dígale que no ha de ser.

Soldado 1.

¿Por qué?

Vase.

Morlaco.

Por un voto a Cristo.

Descúbrenlos luz sentados.

Baradac.

Buscando la crueldad

un tormento el más sentido.

Ptog. 45

Baradac.

hallar tan solo ha podido

de una prisión la impiedad,

por mayor seguridad.

Pues su furia conocida

dice con pena sentida

llegándola a discurrir,

que pareciera vivir

quitarle a un preso la vida.

A mujer, que potestad

te dio el error de un agravio,

pues aunque mienta tu labio,

solo el deciros es verdad.

Aminta, con necedad

dices que a tu honor me obligo.

Sale.

Miral.

Baradac.

Baradac.

Aural, vienes.

Miral.

El oro es grande poder,

él para tu prisión abre

la puerta, aunque contra el Rey.

Verte solo me permite

el Alcaide. Piensa que

medio a libertarte trae,

eludirá mi poder.

Que si a su amor no combato,

es solo porque temes

la victoria que gano.

Así la muerte te dé,

yo sé que sin culpa mueres.

Ya el dilatarte el Rey

la muerte, es porque en la vida

le da muerte más cruel.

Baradac.

Noble Aural, solo tengo

razones para atender

al riesgo en que estás, si viene

el Alcaide; avisa que

en mi prisión...

Sale.

Soldado 1.

Gente viene.

Señor, estórvame, pues,

ocultándote, que pueda

verte quien lo diga al Rey.

Miral.

¿A dónde?

Baradac.

Aquí.

Al paño.

Miral.

¡Ay, Diana!

Toda la causa eres

que no declare en Aminta

que fui yo solo el que erré.

Vase.

Soldado 1.

Ya entraba quien fuere.

Baradac.

Sí,

aunque mi muerte ha de ser.

Sale.

Diana.

Y la mía cuál será,

que en el sentido sentí

que soy tu muerte, y seré

también la que morirá.

Baradac.

Diana, mi bien, pues ya

tengo mi muerte segura,

hoy estimo la ventura

de que me veas en tal ser,

que muero solo por ver

perdida ya tu hermosura.

Miral.

¿Qué ha escuchado mi atención?

Ea, Amor, pues esto ves,

razón será que ya dé

fin justo a tu sinrazón.

Diana.

¡Qué pena!

Ptog. 46

Baradac.

Con atención

oyere a qué vienes, dado

que es agravarme el cuidado

te espera. Pues advierto

que el Rey te enviará aquí

para verse así vengado.

Diana.

Baradac, ah, dejemos

vanas finezas y vamos

a lo que importa.

Como otras voces dio paso

a mi aviso que pronunció,

y ya con mayor sobresalto.

Aminta cercana espera

seña segura en un parto

de lo que aquel papel prueba

que ejecutaréis.

Sale.

Flora.

Entrando

el Rey, y a el alcaide

dijo la torre temblando,

y yo te aviso.

Diana.

¡Ay de mí!

Miral.

¿Y yo sin valor?

Baradac.

Mal rato.

Diana.

¿Aquí ocultos?

Baradac.

No, señora.

Miral.

Dudo qué hacer.

Diana.

¡Qué embarazo!

Mata la luz.

Baradac.

En esa pieza,

Así tanta duda salvo.

Flora.

Buenas noches, cava-

lleros.

Diana.

¿Qué hiciste?

Baradac.

Matela acaso.

Sale.

Rey.

Baradac.

Baradac.

¿Quién?

Rey.

El Rey soy.

Baradac.

Pediré luz a un criado.

No haré tal.

Rey.

A los que vengo

sin la luz podré acertarlo.

¿Quién está contigo?

Diana.

¡Ay triste!

Miral.

Sí, por mí lo dice acaso.

Baradac.

Señor, solo estoy, que es esta

la pena del encerrado.

Saca la espada.

Rey.

Pues fenezcan de una vez

las llamas en que me abraso.

Obligarte a tus honores

he querido en tiempo tanto;

Mural piensa que por él

darte la muerte dilato,

y porque se desengañe

solo a darte muerte llamo

mi cólera. Las venganzas

no hacen duelo más bizarro.

Diana.

Apártate, Baradac.

¡Ay, cielos, muerta he quedado!

Sale.

Miral.

Su defensa es mía, pues

sin armas está, yo salgo.

Baradac.

Señor, y yo.

Diana.

No le hables,

porque podrá hallarte ablando.

Con Mural.

Rey.

Ya mi acero... Mas, ¿qué es esto?

¿Espada tienes, villano?

Diana.

¿Qué es esto?

Ptog. 47

Baradac.

Valerosos cielos,

Miral por mí se ha empeñado.

Rey.

¿Con armas de veras?

Baradac.

Yo con armas, es engaño.

Vase.

Rey.

Una traición temo aquí.

Procuraré averiguarlo.

Sale con espada.

Aminta.

Varonil aliento, antes

que llegue al colmo mi daño,

venguemos unas ofensas;

Diana no me vio, y puesto

que a la entrada me dio paso

el secreto de una puerta,

a la decisión le llamo.

La puerta abierta dejé, para que a algún embarazo, cuando entrarle no me plugo, vengaría mi cerrarlo con mi aliento que seré en la vuelta rayo.

Miral.

Sin voces a defenderle

me obligo.

Diana.

Donde hay cuidado

se apartó Baradac.

Vase, y dentro Aminta.

Flora.

Puerta

abierta, pues ¿a qué aguardo?

Baradac.

¿Dónde hay de mí? De Diana

me verán sin reparo.

Aminta.

Baradac.

Baradac.

Dame la muerte,

si a eso vienes, que aguardo.

Sale.

Rey.

A eso vuelvo.

Ya conozco de este reparo

de esta traición el pagar.

Aminta.

Su muerte dice que aguarda.

Pero, ¿qué dudo?

Rey.

Así acaso

al arma. Con mi pena y tu enojo.

Encuéntranse los 3 con espadas.

Cáesele la espada.

Aminta.

Yo a mí contigo, tirano.

Pero, ¡ay infeliz! Con armas,

muerto el ánimo, a la mano

el temor me la usurpó.

Diana. Muerta estoy, pe- ro ¿qué toco? Puerta, ¡a qué in- feliz reparo! Vase.

Dentro.

A la torre entrad, soldados.

Rey.

Antes vénganse mis iras.

Baradac.

Mucho en Miral siento el daño.

Vase.

Aminta.

Temor, ¿dónde más la puerta?

Al cielo, dadme amparo.

Al paño.

Miral.

Luces llegan, viene aquí.

Si el lance me da algún paso...

Soldados con luces.

Rey.

¡Como cobarde!

Soldado.

¿Qué es esto?

Baradac.

Tener infelices a dos.

Rey.

Traidor, poco te ha servido

el disimulo, villano,

de arrojar la espada, ya

no tuvies temor acaso.

Cuántas para tu traición

son las evidencias que hallo.

Falso en mentirme las armas,

en lo demás serás falso,

desleal en atreverte

a mí. Pero ya que aguardo,

honores quise adquirirte.

Ptog. 48

Rey.

en darte muerte mi brazo

pero no, ya donde vean

este enojo. Contigo acabo

nótenme que en vil suplicio

hha de dar tu muerte espanto.

Baradac.

Término, señor, pequeño

te pido, no para daros

disculpa, si para que,

muera yo como cristiano.

Rey.

No hay razón que me detenga,

ea, llevadle forzado.

(Llévanle.)

Baradac.

Mirad por ti, me detuve,

pues temo, amigo, tus daños.

(Vase.)

Rey.

A mi ira, salga a dar

de la infamia el más vil parto

para que haya más objetos

en que arda mi fuego airado.

(Sale.)

(Vase.)

Miral.

Silencio mío, no culpes,

no arrestarme en el amparo

de Baradac, si a la acción

que llaman mis desengaños

solo corriera peligros,

y tengo tan cerca el campo.

(Sale Zaroes, y soldados: descúbrese el templo del Demonio, en el altar con un tridente grande.)

Zaroes.

Hoy Marte a tu deidad ofrecer creo,

a mi fortuna, el mayor trofeo;

que ya rendidos en prisiones duras

Simón y Judas sientan desventuras

hoy que ya sus hechizos señalaron

y contra tus decoros se acabaron

pues librarse no pueden ni lo ordenan

de este encierro cruel adonde penan;

hhhe de rendirlos juzgo sin pesares

a que adoren postrados tus altares.

Un soldado.

En detener la ejecución no quepas,

que el rey a caso Zaroes te llega

a donde apenas, entran maltratados

los de quien presurosos tus cuidados,

y si a marte rendidos no veneran,

en vil suplicio a tu furia mueran;

que si después el Rey busca su muerte,

tu amor se opone, todo a defenderte.

Zaroes.

Pues con el horror que enseña

este suplicio vil, que a caso es seña

de tantos desdichados,

que a Marte si ofendieron indignados,

ministros suyos, a su vista dieron ,

muerte en venganza del error que hicieron;

que la ruina de la muerte viendo amagos

a temer de sus vidas los estragos

descubrid pues, atentos,

a ver si vencen más, que los escarmientos

para que el rey después, con un breve espacio,

pueda llevar noticias al palacio.

(Sale con Baradac, y soldados.)

Rey.

Aquí un vil cuchillo sea

en afrentoso teatro

de Baradac, al templo a las puertas, que vean el castigo mas extraño

Zaroes.

Señor,

Rey.

Que pasmo.

Zaroes.

A darte favor que el Rey Jove,

mi intento, hoy vendrá a librarlos.

Rey.

Tu convida

Zaroes.

Atento solo

a Marte al culto sagrado.

Rey.

Luego en el Muro

Zaroes.

No ignoro

de Simón, y de su hermano

las ficciones con que, ciego

su doctrina acreditaron.

Rey.

Muchas razones son ya

Ptog. 49

Rey.

las que llaman mi cuidado

a creer su verdad. Oye,

cuál es, di, el embarazo.

Zaroes.

Nada, él a prisión sale.

Rey.

A Baradac indignado

conducía a darle muerte

en afrentoso teatro,

y la suspendo al instante

que ver tus ciencias alcanzo;

no hay discurso que me aparte,

ya no me aparte en vano,

de recelar y creer

que es Baradac ingrato

y no es en mi ofensa, pues

a lo que creo, solo alcanzo.

Por si Aminta... pero esto

me molesta. Voy al caso.

Obligo a amarte a que enseñes

el puerto de estos naufragios,

el alivio de estas dudas,

de este dolor el reparo,

y volverá a ser tu ciencia

del poder de Marte pasmo.

Sale.

Simón.

Si acertare tu Dios...

Sale.

Judas.

Y si no miente tu labio...

Simón.

Créase tu deidad falsa.

Judas.

Apláudanse sus engaños.

Baradac.

Simón, Tadeo.

Zaroes.

¡Ay de mí!

Rey.

Absorto estoy.

Soldado.

Cómo franco

de la prisión el camino

hallasteis.

Simón.

Por juicios altos

de Dios.

Judas.

Que a su poder solo

no hay quien le ponga embarazo.

Rey.

¿Presos? Pues ¿quién sin mi gusto?

Simón.

No importa el averiguarlo.

Zaroes.

Callaré, pues callan; juzgo,

señor, que desean soldados

de Suamir quien los ha preso.

Judas.

Todo el cielo ha de juzgarlo.

Baradac.

Simón, Tadeo, al auxilio

pido acuda el desamparo

de mi razón, si esta pena

que sin delitos aguardo

el cielo ordena, rogad

que me sirva de descargo

para la gloria que espero

con otros favores altos.

Simón.

Los juicios supremos nunca

los ha sabido el humano;

por eso es causa

no quiso hasta aquí enseñarnos

su disculpa, que saldrás

ya libre de los engaños,

Zaroes, que el Rey espera,

en las dudas recelando

que dio a Marte quien es

contra su honor el tirano.

Judas.

Ahí tienes tus falsedades,

ahí tienes tus simulacros;

di que anuncien tus mentiras.

Soldado.

Si con hechizos o engaños

a Marte ofendéis, Suamir

toda se junta a vengarlo.

Simón.

¿A Marte ofenden hechizos?

Luego es Dios solo en encantos.

Ptog. 50

Rey.

Esa Zaroes que dices

Zaroes.

digo que...

Simón.

den el lauro

porque para desmentirte

será un portento el contrario.

Sale Flora trayendo un niño.

Diana.

Aminta, que sabiendo

de Baradac el estrago,

que es muerte también, pidió

de sus errores al parto.

Morlaco.

Que es dar muerte que es un niño

como un muchacho,

que piensan que no estoy libre

aunque estaba preso y salio,

y de las torres de Texas,

salí de un brinco cual gato.

Rey.

¿Que esto vea, sin la muerte?

Soldado 1.

A Marte no se haga agravio.

Diana.

¿Que esto mire, con la vida?

Baradac.

¿Que esto escuche, y no me mato?

Simón.

Vamos diciendo verdades,

ninguno puede agraviaros;

Morlaco.

sino, dígalo el niño,

basta, mama teta a dos.

Simón.

Deydad falsas,

Judas.

infiel ministro,

Simón.

di el error,

Judas.

di los engaños,

Simón.

di tu poder,

Judas.

di tu ciencia.

Simón.

Tu, joven tierno, en alto

acento al primero día

que tu vida tubo plazo,

di si la deidad fingida

miente o no.

Morlaco.

Lindo muchacho.

Rey.

El infante ha de ablar.

Simón.

Si.

Zaroes.

Ahora veras sus engaños.

Morlaco.

Ablar, oyes Flora, tenle,

que pensare que es encanto.

Flora.

Tenle tu, que ya en los ombros

estan mal los arrumacos.

Zaroes.

Marte supremo, por ti,

y por mi vuelva tu lauro.

Canta.

Demonio.

¡Ay, misero de mi!

¡Ay, desdichado!

Que a la luz del evangelio

no hay sombras que puedan

vestirse de rayos.

Baradac fue quien de Aminta

logró alevoso los brazos.

Llegan al paño destapan, y abla un niño dentro.

Niño.

Mientes, deidad engañosa,

que Baradac no es culpado,

y el cielo para su auxilio

en mi pone hoy este pasmo.

Rey.

¡Que asombro!

Diana.

¡Que admiracion!

Baradac.

¡Que horror!

Morlaco.

El lindo muchacho.

Rey.

Simón, Judas, solo falta

que mi ofensor conozcamos.

Simón.

Disculpar al inocente

pudo el cielo, y dignarnos

no al culpado descubrir.

Zaroes.

Es hechizo este.

Soldado 1.

Es encanto.

Cajas.

Dentro.

Viva Niral, y que culpe

a Baradac muera.

Morlaco.

Andallo.

Dentro.

Muera, pues esta sin culpa.

Ptog. 51

Rey.

siendo la gente que traigo

para quien sienta que yo

de Aminta logre los brazos.

Rey.

No será sino que aplauden

las glorias que goza Suamis,

y más, si a unión tan dichosa,

otra con Diana añado.

Diana.

Esta mano tiene dueño.

Baradac.

Pues es tiempo de hablar claro,

esta mano, señor, fue

la causa de males tantos.

Simón.

Mira, Zaroes, en qué

todo tu error ha parado.

Judas.

Mintió Marte.

Soldado 1.

Aunque la vida

me cueste sabré vengarlo.

(Dos soldados dando lanzadas a los Santos, y caen.)

Zaroes.

Mueran, mueran.

Rey.

¡Ah, crueles!

Baradac.

¡Ah, traidores!

Aurelio.

¡Ah, villanos!

Diana.

¡Ah, infames!

Morlaco.

A fe con este,

es un niño, fuera un canto.

Dentro.

Muera Suamis.

Otro.

Suamis muera.

Simón.

Dulce Jesús, en tus manos

pongo el espíritu mío,

admite mis holocaustos.

(Muere.)

Judas.

Dulce Redentor, el alma

te vuelvo que tú me has dado.

(Muere.)

(Van bajando dos ángeles que soltarán a los Santos, encendiéndose dos hachas que traen, y al mismo tiempo...)

Ángel.

Si el dragón sirvió de imagen

de la deidad de su engaño,

vea de Simón y Judas

empezar, en acabando,

siendo luces en la vida,

en la muerte serán rayos

para quien ellos guio,

sombras armar con engaños.

Ángeles.

Luces viven, luces mueren,

dan a un tiempo como ingratos

sombras; pican fuego, exhalan

iras, penas, vencen llantos.

Demonio.

Zaroes, esta es tu ciencia

y a tu crueldad es el pago.

(Hunde, y el altar se oculta.)

Zaroes.

Penaré mi ciencia al tiempo,

y en glorias vuelven sus daños.

Soldado 1.

Pagaré infeliz haber

puesto en su aliento mis manos.

(Cantan.)

(Suben.)

Ángeles.

Sus males, y previenen

luces del Evangelio, soberanos

para durar eternos,

en penas, en gustos,

en gloria, en estragos,

en el cielo, y abismo

han empezado.

(Ocúltanse.)

Rey.

Baradai.

Baradac.

Diana.

Diana.

Flora.

Flora.

Morlaco.

Morlaco.

Niño.

Rey.

¡Qué pasmos!

Baradac.

¡Qué asombros!

Diana.

¡Qué confusiones!

Morlaco.

No son tal, sino milagros

de Simón y Judas, cuya

comedia pone postrado

el Autor del ingenio a tus pies,

hoy pidiendo, con el muchacho,

un perdón como si fuera

la pascua el aguinaldo.

Ptog. 52

Morlaco.

que bien sabrá pedir, siendo

intercesores del caso.

Todos.

Las luces del Evangelio,

Simón y Judas, hermanos.

Fin de la tercera jornada.

Personas

San Simón

+ San Judas - tachado

+ Baradac - tachado

+ El Rey - tachado

+ Miral - tachado

+ Zaroes - tachado

+ Diana - tachado

+ Aminta - tachado

+ Flora - tachado

+ El Demonio - tachado

+ Ángel 1º - tachado

+ Ángel 2º - tachado

+ Soldado 1º - tachado

+ Soldado 2 - tachado

+ Soldado 3 - tachado

+ Morlaco - tachado

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