
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las dos finezas de amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/las-dos-finezas-de-amor.
Personas que hablan en ella
El rey de Ingalaterra / Matilde, la infanta El príncipe de Suecia / Florinda, dama Feduardo / Clavela, criada El Senescal / Jacinta, criada Camarín / Lisauro Lidoro / Músicos y acompañamiento
Jornada 1ª. Suena a un lado ruido de mar, y dicen dentro.
Socorro, cielos piadosos.
Que me ahogo.
Que me anego.
Amaina, amaina.
Clemencia.
Piedad, soberanos cielos.
Socorro, cielos divinos.
Ya en delfín humano vuelto,
por librarte del peligro,
me arrojo al cerúleo centro.
Cielos, piedad, que me abraso.
Fuego, fuego.
Ya me entrego
a ser porte varonil.
Salamandra del incendio,
pues basta que mujer seas
para hacerlo.
Sale Camavín.
Yo no entiendo
de los favores muy bien
de fuego, y augua; supuesto
que los del augua son malos
y peores los del fuego:
mas allí en forma de macho
al parecer, como hubo
por socorrer a Leandro,
allí se estrella do Ero:
y aquí mi amo animoso
hecho Aneas, de más tierno
Anchises; viene cargado
en forma de hembra a este puerto:
por Dios que han logrado el lance,
los dos amantes; pero infiero,
que allí Venus libró a Adonis,
y aquí Adonis libró a Venus.
Sale Florinda de hombre con el Rey en los brazos.
Alienta, joven bizarro,
pues yo soy la que me anego,
cuando eras tú el que fluctúa.
No vi más galán mancebo.
Gracias, cielos soberanos.
Vuelve en sí.
Sale Feduardo con Aurela en los brazos.
Vuelve en ti, prodigio bello,
que eres tú la que te abrasas
y yo soy el que me quemo:
no vi belleza más rara.
Gracias, soberanos cielos.
Vuelve en sí.
¿Quién me dio la vida?
Un triste,
a quien los hados opuestos
porque tuviese una dicha,
esta dicha le ofrecieron.
¿Quién del riesgo me libró?
Un infeliz, que a su ruego
por ser una vez felice
tuvo la gloria de serlo.
Mejor joven generoso
dirás que la vida debo
a un cielo, a un ángel, al sol,
pues juntos en ti contemplo,
con más gallarda apariencia,
un ángel, al sol, y el cielo.
Mejor mancebo bizarro
dirás que, osado y resuelto,
Héctor, Aquiles, y Marte
por ti la vida me dieron,
pues con más valor se ven
en ti, Aquiles, Marte, y Héctor.
Nada, señor, me agradezcas,
que a los que nobles nacieron,
su mayor gloria es hallar
en qué poder parecerlo.
Los favores que me haces
los estimo, sí, pero,
el lucimiento mayor,
que adquiere un bizarro pecho,
es saber serlo, pues el ser,
es el mayor lucimiento.
Dentro el príncipe a un lado y a otro Lisauro.
Llegad, que aquí está la infanta.
El rey está aquí, lleguemos.
Salen ahora por los lados que dicen.
Danos tus pies, gran señor,
vuelva el corazón al centro,
y convierta en alegría,
gran señora, el sentimiento
que hicieron mis tristes ojos,
al creer, que tus ojos bellos,
fuesen ya luces más puras,
del capitolio supremo.
No es a mal tiempo el socorro,
Lisauro, que tu ardimiento
viene a darme, que a no ser
el valiente y noble esfuerzo
de este joven valeroso,
quién duda, que ya mi aliento,
de los sañudos embates,
hubiera sido trofeo.
Cuando la quinta, señor,
vuelta toda un mongibelo,
esperaba por instantes,
ser de su llama alimento,
y entre sus furias voraces,
oyendo el tardo lamento,
de mi señora la infanta,
que aguardaba por momentos,
ser del encendido monstruo
materia, pasto y sustento;
mal pudiera mi lealtad,
ajena de tal suceso,
aburrirse o acudir, cuando,
me llamaba allí su riesgo.
Luego, ¿tú, noble Lisauro,
fuiste el que, osado y resuelto,
libró a la infanta Auristela
del peligro?
Vénse ahora todos.
Si primero,
el príncipe Venceslao,
bizarro, fino y atento,
entre golfos de volcanes,
arrojándose al incendio,
surcando mares de llamas,
rompiendo montes de fuego,
no se hubiera adelantado,
y entre sus brazos, afecta
del peligro me sacara;
quién duda que este empeño
le tocaría a Lisauro.
Aparte.
Corrido estoy, vive el cielo,
que ansí me burle la infanta.
Con afanosos acentos
pues tal amor en mis brazos
hallen merecido premio.
Al dar el Rey los brazos al Príncipe
Llegue Auristela con Eduardo de la mano
pues este joven bizarro
que hazaña tan alta ha hecho
sea, gran señor, quien logre,
favor tan sublime y regio.
por Dios que la tal infanta,
al tal Príncipe guineo,
con tan caliente favor
que le ha dejado muy fresco.
quién eres?
soy un infelice,
dije una vez, que otra vuelvo
a decirlo, a quien los hados
y de la envidia el veneno,
arrojaron de su patria,
y en un bajel extranjero,
pude escapar el rigor de mis enemigos, pero
airado el mar contra mí,
y los vientos contrapuestos;
al descubrir de esta isla
los edificios soberbios,
las olas del mar furiosas,
en un instante se vieron,
batallar sobre las nubes,
a cuyos bajos encuentros,
desarbolada la nave,
rotas las velas, deshechos
el timón, perdido el norte,
turbados los marineros,
desalentado el piloto,
chocando el mísero leño,
en la furia de las olas,
y en las iras de los vientos,
el que ayer se vio penacho,
traviesa pompa del cierzo,
hoy en un punto se vio,
de la arena monumento.
de suerte, que en una tabla,
a pesar de los adversos,
embates del mar, pudimos,
yo y ese criado, expuestos
al rigor de la fortuna,
salir, gran señor, al puerto
de ese monte, sin saber
en qué región, o hemisferio,
estamos dos días ha,
que obligados del sustento,
buscando albergue, rendidos
del cansancio, descubriendo
de esa quinta la grandeza
por norte la elijo; al tiempo
que oyendo el triste clamor
de los que estaban corriendo
borrasca entre los destrozos
del flamígero elemento,
entre las confusas voces,
aunque sin alma los ecos,
mal distintos pude oír
de una mujer que a los Cielos
favor pedía, y entonces
en delfín humano envuelto,
o racional salamandra,
golfos de alquitrán rompiendo
pude llegar a la esfera
donde estaba un ángel bello
entregado a un parasismo.
Ni bien vivo, ni bien muerto,
a mis brazos lo traslado
osado al punto diciendo:
"Perdona, prodigio hermoso,
si atrevido, si resuelto,
de tan soberano alcázar
hoy te paso a tan grosero
albergue, porque el peligro
que tu vida está corriendo,
a pesar de ley de decoro,
da licencias para esto".
Dije, y volviendo animoso
a surcar golfos de fuego,
pabellones de ceniza,
etnas de rayos y fuegos,
a pesar del apetito
del voraz, furioso incendio.
Pude llegar con la presa
a este sitio, donde puedo,
advertido de haber logrado
tan alto y glorioso empeño,
dar, gran señor, a tus pies
por felices mis sucesos.
Levanta, que agradecido
como a tu valor atento...
Eduardo de Ingalaterra.
¿Qué oigo, desdichas?
sus reinos
y su palacio te ofrece
por amparo.
Tus pies beso
por favor tan soberano;
en mí no estoy.
Por San Telmo,
que escapamos de la caña
y hemos dado en el anzuelo.
¿Y vos, quién sois?
Son tan hijos
los sucesos, Rey supremo,
de ese letargo y los míos,
de una causa y de un efeto.
Danos a ver la diferencia
en su empeño y en mi empeño:
ser el suyo de una dama
y el mío de un Caballero.
Correr fortuna en el agua
Yo, borrasca en el suelo,
dudaba con justa causa,
en acasos tan severos,
si el suceso os contaba
o si oía mis sucesos;
pues de mi patria arrojado
por enemigos opuestos
a mi casa, en una nave
animada, o en un trueno
con alma, en un bruto digo,
en quien los cuatro elementos,
aunque abreviados, señor,
con más propiedad se vieron;
pues siendo fuego el color,
mar la escarcha, tierra el cuerpo,
el aire se infundió todo
en su espíritu soberbio;
en este bajel alado,
solo con un escudero,
escapé huyendo la saña
de mis enemigos fieros;
y surcando los yermos,
o lo intrincado, alto, espeso,
un cerdoso jabalí
levantaron los monteros,
que a corso en su golfo andaban,
yo, que lo miré el primero,
tan bello, quise seguirle,
en el alcance violento
que, inflamado el noble bruto,
o de mi furia, o del viento ,
perdiendo, altivo, a la rienda
la obediencia y el respeto,
precipitado volaría
y sin poder detenerlo,
sin duda que peligrara
a no atajarle, ligeros,
unos pastores el paso;
y que, señor, tan a tiempo,
que cayendo yo en sus brazos,
me levantaron los ecos
de sus voces; y pues ya
no ignoras este suceso,
excusaré el referirlo;
solo sé deciros debo
que no pudieran los hados,
y aun no pudiera el deseo,
concederme mayor gloria
que verme a tus plantas puesto.
Levanta, joven brioso,
de la tierra, que no quiero
que esté sin mis brazos quien
puede ser tan dueño de ellos;
y pues de los dos tan una
son las fortunas, un mesmo
sea el favor que los dos
Halléis en mí y en mi afecto.
No dirás, señor, los tres,
supuesto que en este prieto
se me debe más a mí
que a mi señor.
¿Cómo es eso?
Aí no es nada, como yo
después que del buque hambriento,
de ese sepulcro de fresnos,
los dos de ver escapamos
uno pasto, y otro seno;
viendo a mi amo desmayado,
cuasi de hambre, recorriendo
yo, señor, las alquerías
destos páramos desiertos,
junté algunos mendruguillos
unos duros y otros tiesos,
y echándolos en remojo,
pude piadoso con ellos
darle la sopa a mi amo;
que el mamoncillo más tierno
al verle engullir la papa
apeteciera el desteto;
con ella pues volvió en sí,
y vivió; con que es cierto
que a no haber buscado yo
este pobre alimento
malograra la infanta
pudiera
Ya te entiendo,
lo premiará tu piedad,
y yo ser grata te ofrezco.
Más vale un tiempo presente
de que un futuro perfecto.
Maur. y Fed.
Vase.
Venid, príncipe, a la corte,
y vos venidme siguiendo.
Vamos, Auxistela hermosa,
que con fracasos tan fieros,
los ejercicios de Marte,
será bien que estén suspensos
por unos días, y que
triunfen solos los de Venus;
dando a vuestro lado de esposa
la mano en casto himeneo.
(Aparte)
¡Ay de mí! Cielos, ¿qué he oído?
(Aparte)
Vase.
Pluguiera, amor, que en su incendio
me consumieran sus llamas,
antes que escuchara esto:
yo siguiendo al Rey, mi hermano,
y a demás de los excesos
favores suyos, los míos
dirán mi agradecimiento.
¡Ay de mí, que el corazón
se va saliendo del pecho!
Vase.
¡Oh, quién por gozar tal hora
se volviera este extranjero!
Confuso está Feduardo,
y hablarle quisiera, pero...
puesto que a palacio vamos
ocasión nos dará el cielo
que sepáis sois su hermana,
y se logren mis deseos.
Vase.
¿De qué, señor, tan confuso,
tan helado y circunspecto
has quedado?
¡Ay, Camarán!
No viendo los efectos
de mis ojos, que Aurestela
me lleva el alma.
Ya eso
ellos me lo han dicho a mí,
pero yo les digo a ellos
que antes deben alegrarse,
porque con buenos ojos creo
que los miraba la infanta.
Mayor será mi tormento
si eso fuera así.
¿Por qué?
¿No le oíste al rey que con ver
que Aurestela suya es, goza
de venturas?
¿Qué tenemos
que el rey quiera que se case,
si ella no quiere? Mas esto
no es del cuento lo peor,
pues es lo peor del cuento
haber los dos dado en manos
del mayor contrario nuestro,
que en conociendo quién eres
por tu locura, a degüello,
y por mí, a garrote.
No
es ese mi sentimiento,
porque si pierdo a Aurestela,
todo lo demás es menos.
Eso en cuanto a Aurestela bien,
pero en cuanto a mí, es suceso
muy mal; mas esto aun aparte,
dime ahora que me acuerdo,
si viste, señor, jamás
retrato más verdadero
que Florinda, que el de aquel
gallina, en capón injerto,
que al rey sacó de la mar,
por Dios que estuvo resuelto
a quitarle la sotana
y levantarle el manto
para salir de la duda,
pero embargóme el respeto,
porque nadie me notase
de atrevido o de grosero.
Será del deseo engaño,
pues a Florinda, a los fieros,
traidores, crueles filos,
de los que infames aceros
de mis enemigos, ella,
mi trono, palacio y cetro,
quién duda que de sus iras
será despojo sangriento.
En fin, vamos a la corte
de mi enemigo, supuesto
que ya en desdichas no cabe.
más rigores que el que padezco,
sígueme, pues.
Ya tengo,
mas si no me engaño, pienso
que por sus pasos contados
vamos los dos al degüello.
Vanse y sale el senescal y Lidoro.
Su Majestad, Dios le guarde,
de llegar agora de fuera
acaba, y como al que espera
siempre le parece tarde
cualquier instante, ya llego
a discurrir que estaréis
impaciente, mas ya veis
el motivo.
Si este pliego
tanta priesa no me diera,
no disazón me causara
que Su Majestad faltara
cuando más gustoso fuera,
pero viendo mi lealtad
el cuidado con que vengo,
un punto que me detengo
sin darle a Su Majestad
las noticias de cuidado
que le traigo me parece
que ni sirve ni obedece
mi amor a quien me ha mandado.
Noticias de tanto peso
son las que traéis.
Y tanto
que al Rey le causará espanto
con esperar mal suceso.
¿No venís de Albania?
Sí.
¿No os despachó Celio?
No.
Pues, ¿quién os envía?
Yo
soy el que me envió a mí,
mas digo mal, Manricardo,
que hoy gobierna a Albania, es quien
me entregó este pliego.
Bien.
Ya de esa voz, aunque tardo,
a discurso he prevenido
lo que en él podéis traer.
Aparte.
Deseoso de saber,
a lo que vengo he advertido
que está el senescal, no es mengua
que su celo o su lealtad
quiera ver la novedad,
mas no la dirá mi lengua,
hasta que al Rey en su mano
entriegue yo el pliego mismo.
Impaciente de este abismo
salir deseo, que no en vano,
por el cuidado prolijo
de decir que es (pena impía)
Manricardo quien lo envía
y que no es Celio, mi hijo:
decidme sin que os asombre,
¿Celio no os dio para mí
algún pliego?
Jamás vi
tal Celio, ni yo ese hombre
en Albania he conocido.
¿Me asistiréis en Palacio?
Por Dios, señor, que despacio
debéis de estar. No al olvido
entreguéis mi diligencia,
y ver si su Majestad
saldrá, pues en verdad,
que ya falta la apariencia.
Muy fogoso el natural
tenéis, sosegad.
Infiero
que el que nació caballero
y se precia de leal,
que viene con el cuidado
que yo vengo, no se espante
le parezca cada instante
el siglo más dilatado.
Llegaré a ver si Eduardo
puede salir a esta pieza.
Llegad pues, y con presteza,
que aquí, señor, os aguardo.
¡Válgate Dios, que neutral
esta novedad me tiene!
Pues no sé, cielos, si viene
para mi bien, o mi mal.
Vase.
Confuso y caviloso
va el Senescal; yo imagino
que más es mi desatino,
y quien le lleva cuidados.
Que la noticia que escribe
al Rey Manricardo, pero
hasta ver si el Rey severo
o gustoso la recibe,
no diré de Celio nada,
ni aun de mí daré razón,
que si agrada la traición
el traidor jamás agrada.
Sale el Senescal, y Feduardo, y Camarín, poco a poco.
A mi leal vigilancia
el Rey ordena que luego
al Senescal se entregue el pliego,
que si fuere de importancia,
o bien contraria o propicia
la noticia que trujere,
manda, sea como fuere,
que yo te dé la noticia.
Yo estimo que a vos os mande
ver lo que esta posta avisa,
que según dice su prisa
debe de ser cosa grande.
Llegad, que allí su deseo
os aguarda.
Decid pues,
¿qué queréis?
A vuestros pies,
gran señor; ¡pero qué veo,
Capitán!
Al llegar a los pies de Feduardo se turba.
Por Dios que esta posta fresca
al vella el hambre se agosta,
porque no hará buena posta
quien siempre fue mala pesca.
Cruz en la parte superior central de la página izquierda.
¿A qué venís?
Yo sí, cuando...
Aparte.
¿No es este Lidoro, cielos?
Dale el pliego.
Este pliego, mis desvelos,
estáis lo que veis soñando.
Decid, ¿quién aqueste pliego
le envía al rey Eduardo?
Traza sutil.
Mandricardo
de Albania.
Aparte.
El enojo ciego
me tiene. ¿Quién me decís?
Aparte.
El repetirlo es en vano
si el pliego está en vuestra mano,
porque, señor, no lo abrís
y lo veis.
¡Desdicha avara!
Bien que si esto yo supiera,
ni yo a vos la carta os diera
ni con ella acá llegara,
porque el orden que traía
era de entregarla ufano
al mismo rey en su mano.
Entregándola en la mía,
porque salgáis de este abismo,
podréis hacer cuenta aquí
que lo que me dais a mí
se lo entregáis al rey mismo.
De mí está bien satisfecho
y conoce su valor,
y sé que no será traidor
a quien le fía su pecho;
mas yo veré si consigo
que el rey me vengue de ti.
El Rey al paño.
No es de menos entidad
la novedad que advertidos
en los dos pues ha habido
para mí más novedad,
porque apenas se miraron
los dos, cuando venenosos
rayos de iras por los ojos
uno a otro se flecharon.
Ver intento desde aquí
qué responde Eduardo
al de Albania, y ver aguardo
quién es quien me escribe a mí.
Aparte.
¡Enrique, cielos, aquí!
Aparte.
¡Lidoro en Ingalaterra!
Este sañudo en esta tierra,
no doy un cuarto por mí.
Lee, pues.
Mas el verlo aquí, ¡qué extraño!
Y si el desengaño está
en mi mano, ¿qué agora
que no leo el desengaño?
Rompe el papel.
tu Majestad así se hubiera logrado, y en Florencia su hermana
pero amparados de la noche, se valieron de la fuga en
una nave asaz ligera; cuya noticia pongo en la
de tu Majestad para que con la más pronta diligencia procure
haber su persona; quedando esta corona a la obedien-
cia de tus reales órdenes; y yo obediente sí:-
¡Qué generoso servicio,
no más; que esta sinrazón
cegándome de pasión
me provoca a un precipicio!
Si la ley de mensajero
en la ocasión no os valiera,
tinta vuestra sangre fuera
y pluma este duro acero,
que por venganza más presto
a vos, y al ingrato pecho
que infamia tan grave ha hecho;
hoy diera así, la respuesta:
mas pues hay los embarazos,
de la ley que así os exenta;
esta inicua cuenta
caiga al suelo hecha pedazos;
y mi lealtad se retira
porque recelo en efecto,
que si me enfrena este respeto,
me precipite la ira.
Al irme sale Feduardo.
¿Qué he visto, Fede?
Nada, señor,
porque habiendo tú llegado
y a esta borrasca avisado
y hallaos en tu favor,
fiado yo, rey, e invicto,
a que anduve desmandado
a tus pies estoy postrado,
castiga pues mi delito,
déjeme llevar
de ver, que Enrico piadoso
abrigase generoso,
al émulo, que te ha muerto:
en fin de Alvania te escribe
Manrricardo:-
Ya lo sé,
y ya hoy también, lo que
dice, advierte, y apercibe.
Pues, señor, si vio que ya
el caso todo has oído
disculpe en mí lo atrevido
un afecto que bien está:
pero advertido Feduardo
que aunque un afecto os llevare
faltó prudencia que obrare;
diría vos, que Manrricardo
es este, que en mi servicio
tanto se desvela, que
premiar intento su fe
¡y a vos: este beneficio!
Dios guarde, señor, tus pies
por tal favor; Manrricardo
el generoso Eduardo,
un bizarro joven, es
noble, atrevido, y brioso
y el mayor elogio que hallo,
es saber que este vasallo
sagaz, cuerdo, y animoso:
dígolo, en tanta desgracia
se ha visto arriesgado
un hecho tan arriesgado,
por granjear con él tu gracia:
de Alvania es gobernador
pero lo es con advertencia
que en su nombre, la obediencia
vengo yo a darte, señor:
pues es tan noble su asiento
que excusa esta vanidad,
hasta que tu majestad
le conceda el nombramiento.
Yo, Lidoro, le agradezco.
esa obediencia vendida,
pero había ser conocida
su persona, no le ofrezco
ahora más premio a los dos,
que aquel que viere próspero
que conviene a mi servicio.
Feduardo, y aun vos
A Federico.
mirad, inquirid y ved,
quién es Manricardo, y si
podéis, por servirme a mí,
que se le haga esta merced.
Y en los puertos más vecinos
prevenid que diez galeras
se alisten las más ligeras
y que por varios caminos
sigan a un lince veloz
pues diera por su persona
cuanto vale mi corona.
Sóplate ese par de coces.
Vase.
Vedme vos después despacio,
que os aguardan mis desvelos.
Tu vida guarden los cielos,
haced luego que en palacio
se le dé cuarto a Lidoro,
Senescal el más decente
que requiere la eminente
fe, su lealtad, y decoro.
Aparte.
Yo sé que en iras fieras
de Lidoro estás tan harto
que más bien que darle un cuarto
que verlo en cuartos, quisieras.
Yo el favor os agradezco
Feduardo, que me hacéis,
pero excusarlo podéis.
Aparte.
Pues veis que no lo merezco.
A enemigo fementido,
no acordéis mi frenesí,
pues veis, que no estuve en mí
y así olvidad, pues yo olvido.
Aparte.
Callen mis penas airadas.
¡A quién, cáspitas, no asombre
de qué manos besa el hombre
que quisiera ver quemadas!
Descansad, Lidoro, en tanto
que yo el despacho prevengo.
Mirad que yo por él vengo
y perdonad si adelanto
la osadía.
Sin segundo
es mi rencor.
Sin empacho
yo le diera a este el despacho
camino del otro mundo.
Ven, Camarin.
Ya sigo,
pero temo que sin rienda,
que este enemigo nos venda
y nos compre otro enemigo.
Esta vez de este cruel
he de fiar mi fracaso.
Sí, señor, que no es mal caso,
para hacer de ladrón fiel.
Pues ¿qué haré en tan dura calma?
La fuga el medio previene.
Vase.
¿Cómo, si de irme me tiene
aquesta presa el alma?
Pues a mí nadie me ata,
y así, en peligro tan fuerte,
Vase.
más bien, que brincos de muerte,
es mejor salto de mata.
Aunque no es digno de vos,
mi mismo cuarto, Lidoro,
le ofrezco a vuestro decoro.
Mil siglos os guarde Dios.
Venid, pues, porque deseo
me deis despacio razón
de mil cosas.
Vase el Senescal.
Vase.
Mi atención
en serviros hará empleo.
Mas, ¡cielos!, ¿que mi enemigo,
según del caso se alcanza,
sea toda la privanza
de Eduardo, y que en su abrigo,
tanto favor haya hallado
del rey, con incierto error
a su enemigo mayor
haga a su mayor privado?
Mas yo le diré quién es,
sagaz, porque de esta suerte
caiga a impulsos de su muerte,
toda su pompa a mis pies;
mas ¡ay de mí!, que si entrego
hoy su persona, y con él
vive Florinda, (¡oh cruel!)
es añadir fuego al fuego
de su desdén; y mi labio
no lo declara, y después
al rey descubro quién es,
hará mi silencio agravios:
decirlo, a Florinda pierdo,
callarlo, ofendo a Eduardo.
¡Oh, quién un medio gallardo,
o quién un discurso cuerdo,
cielos, tan sabio, encontrara,
que hablando y callando fuera,
que ni a Florinda perdiera,
ni al rey tampoco agraviara;
mas yo despacio veré
si allá en la idea lo encuentro,
veré del palacio adentro,
y solícito sabré
dónde Florinda se encierra,
que si la hallan mis desvelos,
no por astro de los cielos,
sino por luz de la tierra,
volverá mi desvarío,
con fineza más rendida,
a consagrarla la vida
y a ofrecerla el albedrío.
Sale Aurelilla.
Brillantes luces, rosas argentadas,
que cuando más serenas, o abrasadas,
es cuando, si encendidas,
os mostráis, más hermosas, y floridas:
sino exhaláis fragancias,
sino trináis acordes consonancias,
¿qué importa, si aunque errantes
sois con plumas de fuego, aves brillantes?
¿Qué importa si aunque ardientes
sois con hojas de luz, flores lucientes?:
si acaso de vosotras es alguna,
la que cruel, piadosa, o importuna
inclina mi albedrío, con cuidado
a obedecer la ley del dios vendado:
decidlo, no me obliguéis,
a confesar
Con ponerme en paraje tan seguro,
que publiqué que a un hombre adoro y quiero:
mas este es Eduardo; ya lo digo,
su talle, su valor, es quien me aflige;
a Clara he enviado,
que a ese sitio lo llame con cuidado,
sin que sepa lo llama
más que solo el afecto de una dama:
mas pasos he sentido; sí, es Clara.
Sale Clara.
Es quien en tu servicio se desvela.
¿Hablaste a Eduardo?
Al entrar en el cuarto de Eduardo,
el recado le di, como dijiste.
¿Y no le previniste
de que una voz sonora
el santo sería?
Seña y hora
advertido le dejo; y al instante,
vendrá, como le ordenas, fino amante.
Salen por otra puerta Florinda y Jacinta.
¿Te conoció Eduardo?
No, señora, que llegué
tapada, y aun le hablé.
¿Sabe de que aquí le aguardo?
Aún queda prevenido.
Que desde que está en palacio,
siquiera un pequeño espacio
no ha el hado concedido
para hablarle (¡oh dura ley!)
sin que ninguno nos viera,
para que de mí supiera,
y supiera cómo el Rey,
necio, amante y porfiado,
me sigue la noche y día.
Todo eso, señora mía,
decírselo a solas cuida.
Sale el Príncipe.
Flores desta esfera bellas,
si con bañados candores,
no contentas de ser flores,
queréis presumir de estrellas:
decid si las vuestras huellas,
orienta florida planta,
sobre vosotras la infanta
puso; porque si os piso,
no admiraré flores yo,
que tengáis estrella tanta.
Por otro lado, el Rey.
Bello dosel de esmeralda
que de matices vestido,
forma un Cielo tejido
de rosa, carmín y gualda:
si por florida guirnalda
te eligió el faro, que él cela
de margaritas; mi anhelo,
bien podrá decir, y bien,
que ha ceñido su lucero,
queréis pabellón del Cielo.
Mal de amante se acredita
quien a su amor desespera.
Estimo que le advirtiera
tu afecto, que Margarita
es mi nombre, y que ya soy
quien al Rey sacó del mar,
ya, si no podrá ignorar
de que yo en palacio estoy;
aunque no me vio después.
Ni a mí, que desde ese monte
donde fue tu Faetonte
y donde yo supe que él...
Su despecho y mi desvelo,
vengue aquí este cantar,
daré al viento por si atrae
su persona, este señuelo.
Si no me engaña el oído
allí parece que hay gente.
Si la noche no me miente,
allí que hablan he sentido.
Canta, Clavela, por ver
si esa abatida tu voz
sonoro imán, que veloz
le traiga ya.
Puede ser.
Que esperan a alguien parece,
pues han mandado cantar,
con que aquí no hay que dudar,
que la voz la seña ofrece.
Por medio de los dos llegue alguno
Eduardo y Camarín
Casi es en un sitio mismo
donde se aguardan las dos.
Confuso vengo, por Dios,
con el Babel de este abismo,
y dudo (sin que me asombre)
a la que primero acuda,
si a la que me llama muda,
o a la que me dice el nombre.
Dudar eso es necedad
cuando estamos dos a dos:
pártelas, señor, por Dios,
y dame a mí la mitad.
Mas si no me engaña el miedo
creo que anda gente allí.
Pues no pasemos de aquí.
Ya estoy como un cepo quedo.
En tieso holán dan al viento
sin duda seña será
de algún cuidado.
Ea, da,
Clavela, tu voz al viento.
Canta.
Humilde jilguerillo,
remonta el corto vuelo
sube a ser a la esfera
ramillete del sol, y flor del cielo.
¡Oh, buena, Clavela, es la letra!
¿Clavela dijo, desvelos?
Auristela es esta (¡ay, cielos!).
Flecha es su voz, que penetra
abrasada el corazón,
parecióme del intento,
y por sola di al viento,
amor fino a su canción.
Llega a hablar a Auristela
Lamenta el cisne, señora,
cuando canta más suave,
el fin lastimoso, y grave,
de su postrimera hora:
no tú así, divina aurora,
pues tu voz, dulce y sentida,
hace al contrario la herida,
pues su armonía me advierte,
que huyó a su acento la muerte.
vino a su eco la vida.
¡Vive Dios! (lance tirano)
que otro llegó por mí a hablalla:
eso fue, que esta batalla
te la ganó, por la mano:
quejosa ya mi esperanza
vuestra tardanza temía
no debéis culpar, señora,
mi tardanza, si es que miras
que a mí me parece un sueño
esta feliz prospectiva
y el temor de dispertar,
es rémora que me quita
gozar más antes la gloria
con que así no es culpa mía
la omisión; si me amenazan,
siendo soñadas las dichas;
si despierto; mirar vueltas
las glorias en fantasías:
cuando una voz os conduce
cuando una dama os envía
a llamar a riesgo suyo
y para este sitio os cita:
cuando un jardín es el mar
cuando, en su margen tranquila
una ninfa el puerto es
donde vuestra estrella os guía:
cuando naves racionales
surcan sus ondas floridas,
con un favor por piloto;
y una esperanza por guía:
no tan dormido navega
ni tan a ciegas camina
quien seguro norte trae
y quien sigue estrella fija:
y así advertid, Feduardo;
(aparte)
Feduardo dijo; ¡ah, enemiga!
(aparte)
bien lo recelaba el alma:
que era disculpa cuán fría;
muy servida otra belleza
quien divirtiendo os tendría:
aún viva mi recelo
si tiene amor
(Hagan que hablan aparte)
esta es linda
del galán la entrada, como
de la dama la salida:
el corazón, en el pecho
contra mí, guerras publica
y en un Babel de ilusiones
con todo un abismo lidia.
para saber quién son los dos:
serán, según me los pintan,
mis flores; el un fullero
de estos que Amor tiene en renta
para el garito de sus retos:
y ella, alguna humana Arpía
de estas que cazan a bulto
a la sombra de una densa mantilla
con un corchete por ceño
y un candilazo por liga:
mas mira que a ti la otra
pella del lodo te tira:
envuelta, en un pañito:
pues llega tú, llega, y dila
finas disculpas por mí
porque necedad sería
dejar un lance como este
sin castigar la osadía:
eso haré, por ver si puedo
destas dos perras cautivas
para mi señor la criolla,
que a mí me toque la china.
Suba otra vez a mis ojos
aquesta nieve tejida,
por ver si su fuego alcanza
que a su impulso se derrita,
ya que en llegar tarda tanto
quien su llanto les motiva.
Llega el lienzo al ojo.
Un esclavo que a otro aguarda.
Mas pues la ocasión convida
por salir con acierto, no
será error, que otro me finja.
Allá voy, mas ¡vive Dios!,
que otro pez cayó en la liga.
Llega el Rey a Flora.
Cuando el cielo está horroroso,
amenazando ruina,
enseñas de paz divina
obstenta el arco glorioso.
Tú así, de tu cielo hermoso,
de nieve eres, y el sol destierras;
pero en obstentarlo yerras,
si el efeto al revés haces,
porque aquí promete paces,
y el traje publica guerras.
Dices bien, porque enojada
tanto tardar me tenía;
mas yo, ¿en qué guerras publico?
Cuando a un hombre se le envía
que salga solo a campaña
y de noche, significa
desafío; y si lo fuere,
advertid, divino enigma,
ved, prodigio hermoso, quien
la ventaja conozca;
pues yo no traigo en defensa
deste aliento que me anima,
más que una vida sin alma
que vos ya tenéis vendida.
Mas vos traéis en defensa
vuestra, y en ofensa mía,
dos rayos en vuestros ojos,
un arpón en cada niña,
en cada mano una flecha,
y, por una mayor ruina,
una vida con dos almas,
o un alma, sí, con dos vidas.
Mirad, pues, ¡oh asombro bello!,
qué pecho habrá que resista
tanta invasión; pero porque
no tengáis a cobardía
venirme sin resistir,
desnudad la espada limpia
de vuestros ojos hermosos;
quizá mi pecho se alista,
por no morir de cobarde,
a recibir las heridas.
Pues sus soberanas niñas,
para dar muerte, más armas
no han menester que sus vistas.
A tan político cisne,
a tan cortés bizarría,
que responder no faltará;
mas, porque me da gran prisa
el cuidado con que vengo,
dejaré para otro día.
reservada la respuesta,
y puesto que ya os dijo
quien blasona de mi parte
mi nombre, y suceso, omita
mi labio aquí el repetirlo;
y puesto que son tan hijas
de una propia causa tus
fatigas, y mis fatigas;
que unas mismas no lo siendo
parece son unas mismas:
puesto que el rey (¡ah tirano!)
pero Jacinta advertida
Aparte.
Jacinta dijo, ¡ah traidora!
vive Dios, que es Margarita.
Ten cuidado de que nadie
nos pueda escuchar.
Descuida,
señora.
Pues porque el rey
mi voz otra vez repita;
sabe que la vida di
Aparte.
Ya esta evidencia es más fija.
Pero ignoras, ¡qué cruel!
quitarme intenta la vida
que es mi homicida quien quiere
ser de mi honor homicida;
pues desde el instante que
a palacio de la orilla
del mar, me trujo, y quiso
le dije a la infanta misma
que era mujer, y que el rey
menos de mujer vestido,
con instancias tan amantes,
con ansias tan repetidas,
me persigue, que parece
que su tesón, y porfía
es roca opuesta a la furia
de mis desdenes, y mis iras;
y así, porque no te quejes
de que no te di noticias
del riesgo, que ya no ignoras,
del peligro, en que me miras,
te llamo aquí para que
busques, penetres, y midas
sagaz, prudente, y mañosa
con qué evitar tal desdicha:
pues si tu amor no lo estorbas,
pues si curas no la evitas;
tu ofensa será evidente;
y mi deshonra más fija.
Aparte.
Hablan aparte los dos.
¡Qué escucho, Amor! ¿Quién sea,
esta víbora atrevida
a quien este áspid ingrato,
su veneno comunica!
Con maña veré si puedo
saberlo, porque a la herida
del incendio de mis celos
vuelva su amor en cenizas.
La arenga está muy discreta,
mas no está muy entendida,
porque hablarle a un Amo
no sé yo qué sea mesura:
Tropieza con Camarón.
Sino sombras por aquí
no encuentro más; mas me admira
que no encuentre con su cuerpo
donde tanta sombra habita;
mas, ¡ay!, que ya di con uno:
¿quién está aquí?
Quien imita
una sombra en cuerpo, soy.
de aquella alma que fingida
verdad, con mentira se hace
siendo con verdad, mentira.
Luego tú eres Camarín.
¿Cómo aquí, faltar podría
un Camarín, donde hay tanta
imagen de bulto viva?
Pues ¿no me das mil abrazos?
Llega abraza a tu Jacinta,
ven hablarás, Camarín,
a tu señora, y la mía,
pues quien allí con Enrico
habla, es la hermana Florinda.
¿Qué dices planta con botes?
Lo que oyes tronco con tripas.
¿Oigo, deliro, o tú sueñas?
Esto es cierto.
Vuelve aprisa,
vete a Aurora, y di a tu amo
que no es Enrico, Jacinta,
el que allí con ella habla,
pues Enrico a mí me envía
a decirle a esa señora
que esta noche no podía
hablarla, porque ocupado,
Eduardo lo tenía.
Vuelve pues, y adviértele esto;
porque el demonio tira
de la manta, y ella dice
lo que él aguarda que diga,
se acabe aquí la comedia
sin bullas, sustos, ni grita.
¡Qué dices trucha con bragas!
Lo que oyes, pez con basquiñas.
¡Señora!
¿Qué es lo que quieres?
Llegan a Florinda.
¿Viene gente?
Advierte, mira
que no es Enrico a quien hablas.
¿Qué dices necia?
Lo afirma
allí Camarín.
Pues calla,
y quédate por entendida.
¿Qué amor tenéis?
Sí, señora.
Por mi vida, esta manía
de saber quién es vuestra dama.
Aparte.
Yo la abrasaré de envidia,
pues se logró la ocasión.
Aparte.
¡Ay, cielos, que encendidas
llamas de celos me abrasan!
Decidme quién es.
Vos misma,
pues vos sabéis quién yo soy.
Con verdad tan conocida,
como el nombre lo dirá.
Decidlo, pues.
Aparte.
Margarita:
añadamos fuego al fuego,
y acabe de amor cenizas.
¡Qué oigo, pesares, yo muero!
¡Ay paciencia, más sufrida
que la mía; que esté oyendo
a mis ojos y a mi vista,
tal infamia, y la consienta!
Extraña y rara armonía
me hace adoración tan grande,
pues siendo ella tan altiva,
y vos tan humilde, ¿cómo
aquí me afirmáis? me admira,
que en pecho tan bajo, quepa
tan arrogante osadía.
El amor todo lo iguala.
Ya esto es más que demasía,
y en mí es más que sufrimiento.
porque ya cuando peligran,
además de la atención,
las ínclitas prendas mías,
no castigar tal infamia
si no es miedo, es villanía.
¿Que tanto el Rey os persigue?
Ya os he dicho su porfía.
Aparte.
Pues si me pedís remedio,
el mejor que yo os daría
fuera el ausentarse:
así
si lo admite la señora
templará, en su blanca nieve,
estas sedientas fatigas.
Aparte.
Pues disponed vos el modo,
así es fácil que consigan
mis engañados deseos,
saber quién es.
En dos postas
hijas del Betis veloz,
antes que el aurora fría
rompa sus luces; mañana
lo frondoso de una quinta,
de un leal amigo mío,
será esfera, bien que indigna,
de vuestros divinos cielos.
De vuestro amor prevenida
os seguirá mi esperanza.
¿Qué intentas, señora mía?
Saber este hombre quién es.
Yo estimo, que Margarita,
también sus finezas gaste.
Si vos lo sois, en qué estriba
estar sondeando mi pecho.
Porque maldad tan osada,
no quede sin el castigo
que merece su osadía.
Fuera estorbarlo mi acero.
(Riñen el Príncipe y Federico)
¡Ay, señora, qué desdicha!
Yo a desembarazarla.
¡No hay quien socorra mi vida!
(Sale Lidoro)
Parece que aquí da voces
una mujer afligida:
Perdonad que una mujer
peligra allí, y es debida
atención, favorecer
a una mujer que peligra.
(Llega el Rey donde están riñendo)
¿Que no te acabo?
Es en vano,
aquí mi valor castiga
quien profana estos jardines.
(Buscándose riñe el Rey y el Príncipe, y Lidoro con Federico)
¡Julio, Lisarda, Camilo,
sacad luces aquí presto!
¿De qué, señora, te irritas?
(Sale con luces Lisarda y criados, y todos se descubren)
Aparte.
¡Cielos! ¿Florinda en palacio?
Aparte.
Bien mi sospecha acredita
ver este caso. ¡Ah, tirana!
Qué disimulo aquí haría
si áspides criara este lance.
Aurora, ¿qué te obligó
a dar voces semejantes?
¿Todos calláis? ¡Qué osadía!
¡Ciega! ¿Quién ocasionó,
infanta, esta lid?
Yo misma.
¿De qué suerte?
Como estando,
en el regazo, dormida
de esa cuadra, esta noche,
al compás de la armonía,
que sirena humana vuelta
dulcemente repetía.
Tan llevada de su acento,
tan suavemente dormía
y tan quieta reposaba,
que a no asaltarme atrevida
la fantasía de un sueño,
según estaba desnuda
sin duda, que así me hallara
el crepúsculo del día.
Pues ¿qué soñabas?
Soñaba
que segunda vez me vía
salamandra racional,
entre las llamas activas
de este incendio, y que turbada,
muerta, torpe, y afligida
al huir el riesgo hallaba
entre golfos de cenizas
a cada acción un Caribdis
y a cada paso un Escila:
con que al verme de esta suerte
aunque la lengua impedida
del temor; quizá del miedo
del morir; rompió la fría
cadena que la cercaba,
y en acentos desprendida
no hay quien mi vida socorra
dije apenas...
(Aparte.)
Cuando heridas
mis orejas de esta voz,
me hallé en tu amparo; ¡ah, enemiga,
que me obligues a afirmar
lo que aun no fue fantasía?
¡Pluguiera a Dios que así fuera!
y creyendo que atrevida
vanidad, de su decoro
el sacro coto rompía
al primero que encontré
sacando la espada limpia
castigar quise su arrojo:
(Aparte.)
Yo traído de esta misma
presunción, salí al jardín;
a amparar, señor, su vida,
y desnudo el limpio acero
a no embarazar mis iras
tu real presencia, sin duda
sucedieran mil desdichas:
¿que aun a este traidor me obligue
a encubrir su infamia y propria?
Del mismo acento mi espada
fue, gran señor, conducida
a este sitio.
(Aparte.)
¿Habráse visto
más bien soñada mentira,
ni soñada más a tiempo?
(Aparte.)
Yo de tus quejas traída
llegué aquí, por ver, señora,
si mi lealtad te servía.
Mas, cielos, ¿Lidoro aquí?
mucho temo su venida.
(Aparte.)
¡Amor! ¿Florinda en palacio?
(Aparte.)
¡Qué atentos, cielos, que miran
a Margarita los dos;
y ella, ¡ay, Dios!, que embebecida
Vase
que está mirando a Lidoro,
no sé qué diablos imagina
de uno, y otro! ¿Si será
amante de Margarita
alguno de ellos? mas yo,
con cautela prevenida,
sabré, ay de mí, si esto es cierto:
Auristela, en fuerte lidia
nos puso a todos tu sueño;
pero puesto que ya es día
señas de paz nos ofrece,
a tu cuarto te retira:
vamos todos, que se hace tarde,
y tú, Feduardo, mira
que esa tirana que ves,
esa belleza divina,
que el corazón me ha robado:
diles así, y que permita
o dolerse de mis ansias,
o darme la muerte impía.
Vuestra Alteza se recoja
y sí que advierta que peligra
su salud. Si, Auristela, la vuestra
podéis mirar; que la mía
yo tendré cuidado de ella;
y así Vuestra Alteza siga
a mi Padre, que le aguarda;
Vase
¡Ay dulcísima homicida
que matas con tal hechizo
que no se siente la herida!
No se hartan mis deseosos ojos
de verte hermosa Florinda
con vida, sí.
Rebozada.
Que hay peligro
ahora en mi vista:
y adiós, quizá nos veremos:
Vase
¡Ay bellísima enemiga
si con cortejos halagas;
qué hará con las caricias!
Señora, el cielo te guarde;
y siglos eternos vivas:
y tú, Feduardo mío,
venme a hablar solita
que hay más que admires aun.
Vase mirando a Feduardo
¿Qué discurres? Y ¿qué imaginas?
¡Ay enemiga! vive Amor
que yo vengaré atrevida
los celos que me causáis,
Adiós Camarín.
Vase Jacinta mirando
Jacinta
vete, y no me hables, que hay más
riesgo que ignoras, y admiras
Oigan, y con qué atención
que barriendo las esquinas
de los ojos de su amante
se fue dejando en sus niñas,
Jacinta el alma; mas yo
lavo la cara de limpia:
Amor, ¿por qué me aprisionas
los pasos, que irme me quitas;
ya no me has desengañado
de lo que saber quería?
Pues ¿qué me quieres ahora
si alguno alegaría
qué hacer en defensa deste
villano? Si me replicas
parece: ¿que aquí esperas?
Hace que se va.
dirás de que otro podría
hablar conmigo, por eso
pudo ser! mas por tu vida
quién ese hombre pudo ser?
el de fuera sería?
pues qué saca el de fuera
en deslucir con tal ira
a Feduardo? mas quién
podrá ignorar su malicia
siendo el príncipe mi amante:
pero si este no sabía
que hablaba conmigo, cómo
esta ficción fingiría:
pero dejémoslo así,
porque la pasión me obliga
a presumir mil pesares
y a creer mil groserías:
Ay Dios, que se va. Señora,
qué queréis?
yo, sí, oye, mira;
Vase.
turbado estáis, recobraos,
porque advirtáis otro día
de que yo soy Auristela,
y que no soy Margarita.
Vase.
Ay, Auristela adorada!
si por dicha, o suerte mía
eres tú la misma dama
que te engañas a ti misma,
aunque tan cauta lo dices,
y aunque tan cuerda lo finjas,
coronaré de victorias
mis esperanzas perdidas;
ven Camarín, que entre tantos
tropeles de ansias, y desdichas;
para reparo de todas
confuso llevo una dicha
Camarín.
Clavel hermosa,
en qué tienes discurrida
la memoria, que de mí
no te acuerdas:
La tenía
puesta en ti, con voluntad:
yo creyera esa mentira
a no estar falta de fe;
esa verdad sobraría
a no faltarle esperanza;
soy yo tan caritativa
que si me dan, dador luego;
como por tuyo me admitas
verás aquí una comedia
de amadas, y aborrecidas;
pues empieza a darme parte
de ese amor?
de esa partida
jamás le di parte a nadie:
pues si no das, lo que vida
en qué se conoce?
en dar,
Al margen derecho de los versos tachados hay una indicación que dice: esto se quite
es muy buen regalo
para Amor esa comida:
pues no come llanto Amor?
no; que lo que bebe es risa
pues yo diré con razón
que yo con verdad diría,
labios Demócritos, fuera
ojos Heráclitos, quita:
¿Dónde, señor, de esta suerte,
con tal silencio, y anhelo,
nos conduces? ¿Qué desvelo
te obliga a exceso tan fuerte?
Pues apenas se divisa
entre caos y asombro tanto,
si es de la noche este llanto,
o de la aurora esta risa:
¿Previniste que tuviera
con recato, Camarín,
al postigo del jardín
los caballos?
(Sale Camarín).
Allí espera
advertido y con cuidado;
Y aun desespera por ver
que lo tengas sin comer,
mordiéndose tanto bocado.
Confuso, señor, aguardo
lo que dispones, o ordenas.
Dinos, gran señor, tus penas,
¿No sabe ya Feduardo
cómo a Margarita hablé,
pero yo, anoche, fingido,
a quien ella prevenida
tenía en el sitio...
Ya sé de
que la hablaste en el jardín,
que lograste su favor,
pero no alcanzo, señor,
aquel efecto, ni a qué fin,
estos caballos prevengas:
Tiernamente se quejaba
que yo la solicitaba
(para que dudas no tengas)
y cedería a su amante,
que, de noche, y de día,
mi necia loca porfía
la dejaba un solo instante;
dijo; que para librarse
del Rey, y darle un remedio;
yo arbitro (respondí) el medio
mejor, que hay, es ausentarse:
Concediólo su pasión,
que Amor, cuando un pecho entrega
a su prisión, aun ciega
los ojos de la razón:
La disposición a mí
me dejó; y para esta hora
prevenida está; no ignora
que incierto ya advierte, si
tendrá un corazón de hielo
quien los ojos bellos arde;
deja que su luz se tarde,
para templarse en su fuego:
Tú, Feduardo, advertido,
su amante te has de fingir,
como él la ha de hablar, y oír,
y valiente, y atrevido
en esos rayos veloces
la has de llevar con cautela
a la quinta de Fuentela;
que si acaso diere voces
al conocer el engaño,
nada tienes que temer,
pues de mi brazo el poder
te asegura cualquier daño:
esta llave es del postigo
segundo del jardín;
donde tiene camarín
los caballos: toma, amigo,
pues con ella sin fatiga,
cuando la quieras sacar,
puedes volver a cerrar,
para que nadie te siga.
Tú, Lidero, con denuedo,
si alguien lo intenta estorbar,
a nadie dejes pasar
de esta puerta; que aunque dudo
ser yo quien lo estorbe, hallo,
en el duelo de esa ley,
que debe excusar un rey
lo que hacer puede un vasallo:
allí veré, de esta fiera
cuál de los dos es amante,
o quién verle el semblante
en esta ocasión pudiera.
Aparte.
¿A dónde irá un desdichado
a parar, que a cada instante
no encuentre más penetrante
la herida cruel del hado?
Aparte.
¿Y a dónde el rigor no escaso,
irá a parar de mis celos,
que no encuentren mis desvelos
más celos a cada paso?
¡Oh injusta y severa estrella!
¿Qué llevaré a Margarita
para hacer tan necia visita?
Con esa pregunta aciertas,
mas la pobre de este daño
no tiene culpa ninguna,
si el rey logró la fortuna
de hablar por ti con engaño.
Aparte.
¡Cielos! ¿Quién en tal rigor
se habrá visto, que yo mismo
he de ser en tal abismo
el pirata de mi honor?
Yo he de entregarlo (¡aquí exclama
el dolor!) a mi enemigo.
Aparte.
Amor, ¿yo he de ser testigo
de que otro robe a mi dama?
¿Y que lo he de consentir,
y aun ayudalle a la fuga?
Aparte.
Señor, el robo apechuga.
Aparte.
Más bien quisiera morir.
¿No me respondéis? ¿No habláis?
¿Ni uno ni otro? ¿Enmudecéis?
¿En qué pensáis? ¿Qué tenéis?
¿qué tanto dolor callar?
El que ha de responder, sintiendo,
el que callando obedece.
Hablan aparte y sale Aurora sola.
Que ha de hablar, cuando se ofrece
el que calla obedeciendo.
Porque el sueño ha ya podido
avasallar mi desvelo,
combatido de un recelo,
si desvelado mi sentido,
dejando el lecho amoroso,
sin reposo mi sosiego
a este espeso azahar llego
quien me quita el reposo:
Margarita, a quien clausula
lince sordo, espía muda,
observa la noche, y de
sus acciones con cautela,
me dijo que presurosa
al jardín ahora bajó,
que oculta una luz llevó
recatada, y cuidadosa.
Cuidados de amor, sin duda
son quien la obligan, en fin,
a bajar acá al jardín,
atrevida, sola, y muda;
y así, en medio de tanta
confusión, vengo a sacar
qué cuidados puede ser
el que a esta hora la levanta;
quiero con recato andar:
pero parece que allí
siento ruido; sí;
pero me puede engañar
entre confusiones tantas
de las plantas el rumor;
mas no; que yace en horror
más de pasos que de plantas.
Advierte que allí despacio
se oye un movimiento tardo;
Ella será, Feduardo.
Quien en esta niebla fría
espera con fe segura
se amanezca en su hermosura
el sol, mucho antes del día.
¿no eres Margarita?
(Aparte.)
¡Ay,
ay de mí!, este es Feduardo
pero confirmarlo aguardo
fingiendo ser ella aquí;
soy; ya de este cabo infiero
que la espera, y que ella osada
viene a verlo enamorada.
Dime, basilisco fiero,
si supiste, en el jardín,
de que anoche no fui yo
el que allí contigo habló
como esto a mi Camasín
a Carlota se lo dijo,
satisfecha; a qué tu error,
poniendo a riesgo tu honor
y mi vida, a tan prolijo
exceso te precipitas
¿qué te movió? ¡oh dura ley!
mas mira, que llega el Rey,
¿qué oigo, Amor?
ven, Margarita.
¿en qué os detenéis? mirad
que es tarde.
(Ap.)
vamos, Señora,
que ya el astro del Aurora
con luciente claridad,
da anuncios de su venida;
todo prevenido aguardo
vamos pues; ¿qué te acobarda
o suspende? ¡ay, homicida!
que yo loco de esta suerte
violentado de un vigor,
esté engañando mi honor,
para entregarlo a la muerte:
pues ¿dónde tratas contigo
llevarme?
¿qué te desvela?
a la quinta de Leonor sé
¿no lo sabes ya?
(Ap.)
¡ay, enemigo!
confuso el caso me tiene,
y tanto que ya no sé
cómo, ¡ay Dios!, lo estorvaré
mas ya Amor me lo previene:
tu nombre saber aguardo
porque al ver tu desatino
que tú no eres imagino
el que pienso.
Eduardo
enemigo soy; no asombre
nada tu pecho, suspendo,
que vas conmigo:
¿qué presto
acaso, mi Amor...
(Al Rey)
el nombre
pide, gran señor, porque
imagina, o se recela
que la engaño con cautelas
mira pues, qué le diré:
(Ap.)
qué nombre la diga ignoro
pues si el tuyo diré, y el
no es su amante; error cruel
será: si da el de Lidoro
y es al contrario; e importuno
el absurdo será; pues
lo mejor de todo es,
no darla nombre ninguno:
¿qué la he de decir, Señor?
que siga tus pasos muda
que allá saldrá de su duda
seguid, Señora, mi Amor
(Ap.)
ya para evitar el daño
esfuerza, que se repita
que engañarme solicita
el colorido del engaño
de tus astucias avaras
pues si tú mi amante fueras
no tanto el nombre encubrieras
ni tanto te recataras:
hago, Feduardo, alarde
de una insolente osadía,
y evitemos más porfía:
vamos, Señora, y no aguarde
Ese temor tan injusto
que me pare a una fiera,
cuando quiera ser esta esfera
disposición de su gusto.
¡Daré voces!
De esta suerte
se evitará tal agravio.
Llega el rey a ella y la entra por fuerza
¡Eduardo, Enrico, Octavio,
traición, traición!
Nada advierte,
que es excusado publicar
tu afrenta. Ven.
Que al nuevo sol me aguardo,
cual Ícaro, caiga al mar.
Vase
Dentro
¡Traición, traición!
¿Quién se vio
en lance tan temerario,
que a mi hermana, a mi contrario,
a robar ayude yo?
Vase
Eso es, porque en tal bambolla
sería así, porque asombre
que, robando bien un hombre,
le hicieron perder la polla.
Vase
Mas ir tras los dos me agrada,
por ver en lid, tan esquivas,
si esta es forzada cautiva,
viéndose libre, es forzada.
Vase
¡Oh, poder de un rey tirano!
Pues por más que injusto yerra,
no tienes sobre la tierra,
sobre ti, dominio humano.
Solo esta vez, con afán,
escribes para la fama,
que robaron a una dama
para otro, hermano y galán.
Mas, si no miente el cuidado,
pasos hacia allí he sentido.
Con una linterna Florinda sale
Divertida me ha tenido
un pensamiento encontrado,
por ver qué notable empeño
el que emprendo, pues no dudo
que ser Eduardo pudo
el de anoche; y su dueño,
o exceso de mi decoro,
querer resuelta y recatada
conocerlo, pues osada
su pasión, sin que el desdoro
le enfrene de su pundonor,
puede ser, aunque me ahogue,
que, viendo el lance, se arroje
a cometer un error.
En esta florida alfombra
es donde me espera, creo;
pero allí de un bulto veo
que se divisa la sombra.
Ya más próximo se ofrece
el rumor, y en la brisa
que su planta el suelo pisa,
que una mujer parece.
Llegan a encontrarse
¿Sois vos, caballero? ¡Ay, Dios!
Aquí, ¡qué fino me espera!
Mas, ¿quién a otra hora pudiera
estar aquí, sino vos?
Dad ya las gallardas pruebas,
prevenidas vuestro amor,
en cuyas alas mi honor
de las injustas porfías
se libre de un poderoso?
(aparte)
¿Qué oigo, cielos? O yo sueño
o aquí se ofrece otro empeño,
semejante: verlo oso.
¿No me responden? Suspenso
y sin hablar, remiso estáis?
Sin duda que no escucháis
o vos no sois el que pienso:
pues ¿quién pudiera, señora,
estar en esta estación
aquí, sino el corazón
de el afecto que os adora?
Pues para que satisfecha
quede yo aquí, no os asombre
decidme, señor, vuestro nombre?
es injusta esa sospecha
mas con nombraros, infiero
que mi verdad se acredita,
pues ¿quién soy yo?
Margarita:
es verdad, pero primero
que yo me arroje a ir con vos,
quién sois me habéis de decir;
(aparte)
yo no puedo discurrir
qué enigma es esta, por Dios.
No sé qué decir me atreva
o yo he de creer en tal calma
que el rey se dejó el alma
de el cuerpo que allá se lleva,
o según el caso asombra
he de creer, por cosa nueva
que de el alma que el rey lleva
acá se dejó la sombra.
pues que así remiso e fuerte
vuestro nombre recatáis,
yo veré si me engañáis:
¿Cómo ha de ser?
Desta suerte.
Pónese la linterna en el rostro, y se suspende, y él se la quita y se la pone a ella en la cara.
pues también el alma mía
padece, en tanta calma,
si eres tú sombra, con alma,
o animada fantasía:
¡Mas, Florinda! el pecho exclama.
¡Mas, Lidoro! ¡duro afán!
¿Tú aquí buscando a un galán?
¿Tú aquí aguardando a una dama?
¿no basta di, que el rigor
que siempre contra mí tienes,
me tenga muerto a desdenes;
sino que al rabioso ardor
de el celoso incendio activo
quieres, enemiga fiera,
que abrasado en su ira muera?
¿Hasta cuándo el ceño esquivo
de tu divino semblante
ha de observar la fiereza?
¿Cuándo, ingrata, tu belleza
premiará a amor tan constante?
Jamás; porque si violenta
en apacible bonanza
siempre miré tu esperanza,
miro, que será en tormenta:
y más, cuando considero
(Vase.)
Ser tú la causa, ¡ah, tirano!,
pues porque Enrico, mi hermano,
te negó mi mano, fiero,
traidor, alevoso y severo,
tú, con otros desleales,
como Zeleo y sus parciales,
revolviste el reino entero;
y aunque por esto, mendigo,
sin cetro, reino y poder,
mi hermano se llega a ver,
y en poder de sus enemigos;
y aunque a riesgo está su vida,
porque quien, infiel, altivo,
allá a su riesgo, y intentó
su muerte, a su salud no
dejará a la vengativa
de solicitarla; pero
todo este fiero, arrogante,
no ha de ser, digo, bastante,
a que mi desdén severo
deje de ser quien solía;
pues si entonces porque verme
sin agraviar ni ofenderme,
tu cariño aborrecía;
advierte, alevoso, tu error,
cómo será ahora cuando
te están mis ojos mirando
con semblante de traidor.
Aguarda, ingrata homicida,
mira que el rigor más fuerte
que me dé tirana muerte,
y que me deje la vida.
Mas ¡ay!, que nada adelanto
con el llanto y el lamento,
que es imprimir en el viento
los suspiros, ¡ay!, y el llanto;
pero, ¿cómo mi enojo,
a vista de un desengaño
tan horroroso y extraño,
no echan fuego por los ojos?
Mas viven esas hermosas
salamandras luminantes,
que estas plumas radiantes
son del cielo mariposas;
¿qué ha de ser esta arrogante
en mi venganza y castigo,
si es mejor para enemigo,
Lidoro, que para amante?
Vase, y sale Camarín y Feduardo trayendo a Auristela cubierto el rostro.
Dime, enemiga, ¿a qué efecto
de ese pasajero volante
cubriste a el alba el semblante?
¿De tu vigoroso aspecto,
no supiste, di, enemiga,
que no era yo a quien hablaba
tu amor? Pues ¿cómo, di, a causa
(porque yo he salir contigo
de esta duda), dispusiste
con el que cauto te habló
esta fuga? Di, ¿qué intento,
engañosa, lo supusiste?
Esta verdad acredita
mi cuidado; pues colige
que a Jacinta se lo dije,
y ella al punto a Margarita.
y tantos mis oydos
que avisarlo podran;
pues si esto oyen, como estan
tan callados tus sentidos
que no responden?
quiza
se aumenten sus sentimientos,
si responden mis acentos;
que sentir mas podre ya,
que lo que estoy padeciendo
cuando de pena tan dura
es la causa tu hermosura
pues ya por ella estas viendo
que perdí, cuanto tenia
dominios, patria, riqueza
palacios pompa grandezas;
perseguido de la ympi=
dad, de enemigos osados
espuesto, como ya ves
de la fortuna altivezes,
y a las yras de los hados:
pero en pesar tan crecido
lo que mas llego a llorar,
es el llegarte a mirar,
amada de vn poderoso:
de el rey digo; pues el fue
el que anoche hablo contigo
por mi, y el que ahora ya enemigo
te trajo a este sitio, a que
tu honor (causo a despecho)
su sed satisfaga infiel.
mira enemiga cruel
en el lance en que me as puesto:
(aparte)
cielos, en que laberinto
de penas estoy metido
y tanto que ya la vida
apenas tiene distinto,
para saver de que suerte
me e de haber en la batalla
que me espera; pues si me halla
mi hermano; en caso tan fuerte,
ya clavada la cautela
(de aqueste amor que le ynrita)
en lugar de Margarita
en los brazos de Auristela!
que haran soberanos cielos?
o que e de decirle a dios!
mas lo que mas siento, es,
que estoy mas llena de zelos:
que el rey en fin me a traydo
aqui para tal maldad!
ay yngrata, y de mi lealtad,
para descaro se a valido:
y tambien de mi cuidado
que yo el cuidado e tenido
a los que a ti te an traydo
de haverte dado vn bocado:
conoze se que sois bueno
lo humilde de su violencia
(Sale el Rey)
se engendra esa obediencia
criarlos con mucho freno:
mira que el rey esta aqui
feduardo?
gran señor
donde el divino esplendor
que adora mi frenesi
que ciego, y desatino sigo
tiene tu lealtad
aqui
esta señor:
(aparte)
ay de mi
en vano el temor mitigo:
si piedad es de tus ojos
cubrir señora su fuego
O por no dejarme ciego,
o abrasarme en sus enojos;
yo agradezco los antojos
de ese afectuoso empleo,
mas yo, según ardo, creo,
que es mansa esa apariencia
pues quema con más violencia
y enciende con más deseo.
Y así esa nube tejida
de plata, carmín y grana,
de tu imagen soberana
aparta, hermoso homicida:
¿qué ventaja conocida,
cuando ya me tienes muerto,
que tú con el triunfo cierto
mates con tanta defensa
y yo expuesto a tanta ofensa,
esté a cuerpo descubierto?
Eduardo poderoso,
cuya frente esclarecida
siempre se vea ceñida
de el sacro laurel dichoso:
no el timbre de generoso
con que te aplaude la fama
borrar quieras, con la llama
de un mentiroso deseo,
porque es villano trofeo,
vencer, violenta, una dama.
Bien puede, sí, tu favor
sepultar tan fiero espanto;
y pues me duele tu llanto,
duélete tú de mi amor.
En eso, señor, intenta
tu delirio o frenesí
que yo me duela de ti,
y no me duela mi afrenta.
¿Qué haré en lid tan peligrosa?
Cielos, mitigad su llama.
Si te soplaren la dama
valerte de la forzosa.
¿Qué advertencia tan villana
han de sufrir mis enojos,
que a mi vista, y a mis ojos
el honor pierda mi hermana?
Hacer hombros de marido,
y así, en flaqueza tan gorda,
haciendo la cuita sorda,
sabrás hacerte sufrido.
Es vana tu persuasión,
pues por más que solicitas
mitigarme, más irritas
el fuego de mi pasión:
y así yo...
Detente, aguarda,
o la vida perderé.
Luchando con ella
Pues yo así lo estorbaré;
amigo, esa puerta guarda.
Oye, espera.
Es por demás.
Repara que de ese modo
te pierdes.
Va a salir, y lo detiene
Piérdase todo,
pues se pierde lo más:
Pues mi ruego no divierte
tu rigor, ya el caso obliga
que de otra suerte lo diga.
¿Cómo ha de ser?
Descúbrese y suspéndese
De esa suerte.
Aparte
Cielos, ¿deliran mis ojos?
¿Hay más extraños horrores?
¡Vive Cristo, que estas flores
se trocaron en abrojos!
¡Sueño, amor! Extrañas cosas
suceden.
Pues, ¿qué imaginas
cuando ves que estas espinas
ya se trocaron en rosas?
Es vano verte, Auristela,
en paraje semejante;
¿qué enigma es este, o qué errante
astro, sigue esta cautela,
di, ¿qué es esto sin violencia?
Ya esto parece una mentira.
No aguardes a que la ira
me sofoque la paciencia.
No es ansia menos tirana,
ni es empeño menos fuerte,
el que ha dispuesto la suerte,
entre mi amor, y mi hermana.
Esta noche una criada
vio que Margarita hermosa,
solícita y cuidadosa,
al jardín bajaba osada;
y que una luz recatada
llevaba sola: al instante
temeridad semejante
me da aviso, y mi deseo
quiso averiguar su exceso,
por no pecar de ignorante.
Con cautela, pues, señor,
las dos, por lados distintos,
los frondosos laberintos
discurrimos con valor;
mas no pudo en tal horror
encontrarla mi cuidado;
solo un hombre, sí, embozado,
me preguntó, al verme allí:
«¿Eres Margarita?». «Sí»,
le respondí denodado,
mi desvelo por saber
quién era, o qué pretendía,
bien que ya de su osadía
claro se dejó entender
lo que el caballero de hacer:
con que yo entonces allí
por asegurar todo el caso,
aunque con temor no escaso,
ser Margarita fingí;
saber intentaba así
quién era; porque animosa
castigase vigorosa
su osadía.
Bien está,
que aunque tan curiosa ya
no os quisiera tan curiosa.
Aparte
¿Veis este afecto, señor,
de tan curiosos desvelos,
que es un panal de celos
para la miel de tu amor?
Aparte
Apenas me da lugar
lugar de hablarle.
Repara
en el punto de la cara,
cómo apunta en ti la mira.
¿Federico?
Infanta hermosa,
no te empeña tan avara
de qué modo aquí os hablaré,
¡si agradecida, o quejosa!
Yo no alcanzo por mi vida
en qué os agravié, o serví,
para que os mostréis de mí
quejosa ni agradecida.
Muy poco he notado ahora
que vuestra vida estimáis
pues que así os engañáis
¿y aun a mí?
¿Por qué, señora?
Que os hagáis desentendido
es malicia más notoria.
Mi señor, con la memoria
perdió también un sentido.
¿Y cuál de ellos?
El gustar,
pues un mes habrá, y no escaso,
que el pobre ayuna al traspaso
por no haber qué traspasar.
Bien verdad el creerlo,
imaginar, aunque necio,
que yo mi vida no aprecio
cuando quiera que mi vida
zozobrando está por vos.
No entiendo bien ese extremo;
habladme más claro.
Temo
enojaos, sí, por Dios.
Vuestra rendida obediencia
no podrá ofenderme a mí
en cosa alguna, y así
para hablar tenéis licencia.
Y por mi vida que os juro
que nada os altere, porque
deseo encontrar en qué
halléis mi favor seguro.
(Aparte.)
¡Oh, qué grande medio es, cielos,
para ablandar un tumor
de aquellos que engendra amor,
pegalle un parche de reloj!
¿En qué os detenéis?
No ignora
tu Alteza que fugitivo
del impulso vengativo
de una emulación traidora,
y tu hermano, que Dios guarde,
hoy en su palacio mismo
de quién es, en tal abismo,
en mi favor hace alarde;
eso ya se vio despacio,
y tú bien lo ves, señora,
(pues sabe también ahora
cómo en su mismo palacio,
(o por influjo fatal
de mi estrella, o por acaso
de las desdichas que paso)
se abriga el áspid mortal
causador de mi ruina,
y por instantes recelo
que de la traición desvelo
llegue a reventar la mina:
y aunque no temo la mengua
de su vengativo acero,
temo, Señora, el severo
filo aleve de su lengua;
pues si lo advierte o lo alcanza
a quien mi vida aborrece
todo este fausto se ofrece
al golpe de su venganza.
Este amago que recela
el alma, puede excusar
con ausentarse, o esperar:
mas ¡ay divina Auristela!
¿cómo podrán en tal calma
ausentarse mis enojos
cuando me tienen tus ojos
prisionera toda el alma?
¿cómo, pues, si prodigio hermoso
un corazón?
Bien está
que aunque os di licencia, ya
no os quiero tan licencioso.
Advertid que vuestro gusto
fue, Señora.
Yo creí
que ibais a decir aquí
la verdad, como era justo;
conque al ver el desengaño
de que ya una y otra vez
has burlado mi altivez
mira cómo ahora es engaño,
puede creer.
Pues yo, Señora,
¿cuándo os engañé jamás?
Tan ajeno de ti estás
que no te acuerdas ahora
de el lance ya referido
cuando colérico y fuerte
quisiste darle la muerte
al que dices que fingido
habló por ti a aquella dama
a quien, si en decir mintió
que tú eras villano: no
mintió en decirte que ama
tu pasión a Margarita
dígalo aquel desatino
que tu sentimiento fino
hizo de su injusta cita
afírmelo aquel dolor
aquel quejarse a tu estrella
de haber perdido por ella
grandeza, pompa y honor;
aquel sentir vigoroso,
ya no es la desdicha tanto
como el verla; que quebranta
al hado de un poderoso:
esto supiste, y supuesto
que en mi palacio se abriga
el áspid, que te fatiga
y que no está manifiesto,
por cuya causa mi hermano
por más que ampare tu vida
para una espada escondida
no tiene poder su mano:
y que tú, de su violencia
con ausentarte podías
burlar las sañas impías;
te advierto, que de esa ausencia
luego al instante te valgas
que si el alma tienes presa
en mis ojos; porque de essa
invención; si victorioso salgas,
agraviada mi hermosura
de tu atrevimiento; ay cielos!
todos, (sujeto de mis celos)
mandamiento de soltura.
que si en el caso que toco
te dejo sin castigar
tus osadías; es por pensar
Feduardo, que estás loco.
Vase.
Camarín.
Camarín pasa adelante.
sin que un punto te detengas
te ordeno, que me prevengas
dos postas; luego al instante.
eso ha mil días, señor
que lo avías de aver hecho;
qué mal me quieres, sospecho
pues no te duele mi amor:
la culpa tuve, ay de mí
que tan ayrada se fue
no hablará a boñigo quien
es almíbar para ti.
qué dices necio.
el viaje.
iré al punto a prevenir
qué aguardas al partir
si adonde quieres bagage.
Vase.
esta ausencia ha de causarme
alivio del mal que abrigo
mas si llevo el mal conmigo
de qué sirve el ausentarme.
Vase.
sentirá, que en lo que yntenta
Lidoro el ventero Judas
si nos vende, cual no dudas,
que no se logre su venta.
Sale presurosa Florinda de caza, y el Rey siguiéndola detrás.
aguarda Ninfa hermosa
aguarda Exalación, detén el vuelo
no imites, huydiza, a Faetonte
midiendo tan veloz ese orizonte;
aguarda, escucha, espera;
qué yntentas con seguir de esta manera
mis huellas fugitivas; (falso lanze)
que huyendo ligeras el alcanze
de una corza ya herida
llevan cierto el despojo de su vida;
pues ya su ligereza
previene sin aliento esa maleza:
más seguro en mi pecho
te ofrece, bello asombro; este derecho,
pues ya, en él, tienes cierto
despojo más feliz, pues ya me has muerto.
tu magestad se engaña
pues mis ojos no matan; pena estraña!
aquí os sirvo rendida,
venera mi lealtad con alma y vida.
Ellos no dieran muerte
no trajeran mi vida desta suerte:
a un prodigio hermoso,
cuando puedes a un triste, hacer dichoso,
no tu rigor permita
adorada, y divina Margarita;
que aqueste de algún hado
muera por infeliz, un desdichado;
Si en mi mano estuviera
remediar gran señor tu pena fiera
yo hiciera desde luego
se templara en su nieve tanto fuego;
mas es imposible, si es que notas
que primero en mi pecho vieras rotas
las nobles ligaduras, con que ata
la grana pura, líquida escarlata,
que en tu seno sustenta
antes que ellas se vieran con afrenta:
eso es querer, ay triste
quitarme así la vida que me diste
esto es solo mirar, porque se infama;
por tu fama señor, y por mi fama:
dejarás que en las ondas del tridente
encontrará mi vida su occidente;
mas si piadosa fuiste
no quites rigurosa lo que diste;
ea mi bien señora
duélete un rey rendido que te adora;
Da a tomarle la mano.
que intenta tu locura;
Ser fénix abrasado en tu hermosura:
Lleguen al paño Feduardo y Camirón cubiertos los rostros.
¿Habéis encontrado a Florinda?
todo el monte he penetrado
solícito en busca suya
y con ella no he encontrado;
cuando estaba prevenida
de que igual con los caballos
esperaba su belleza
ha habido error muy extraño
que en todo el monte parezca.
quizá que el norte apartando
y que siguiendo otro rumbo
la haya algún peñasco hallado;
y no dices mal, ay triste
pues con ella el rey luchando
allí mi deshonra intenta:
este es un lance forzado
que la ocasión y el paraje
se lo ha traído rodado:
pues ¿qué espera mi valor?
Luchando con ella.
déjame cruel tirano
es en vano el resistirse
serán mis voces mi amparo:
¿no hay quien socorra mi vida?
Sale Feduardo.
Riñen.
Sí hay, señora, quien bizarro
sabrá, puesto en tu defensa,
dar por ti la vida osado:
villano, loco, atrevido
en mi acero y en mi brazo
castigo hallará tu arrojo:
procuro poner en salvo
esa dama; que yo aquí
me quedo, a estorbar el paso:
jamás mandaste en tu vida
más conveniente mandato:
Sígueme, pues.
Vase.
Donde, cielos,
huiré huyendo de los hados.
¡Que no te alcancen mil iras!
Dentro.
Llegad todos denodados,
que es el rey el que peligra.
Salen Auristela, Clarinda, el Senescal y Lidoro, que traerán asidos a Flerida y Camarín, cubiertos el rostro.
Gran señor.
¿Quién, Eduardo,
el respeto te ha perdido?
Este villano es, matadlo;
si se resiste, o prendedlo.
Riñe con todos.
Las armas dad, que este villano,
antes que le deis, será
de vuestros alientos rayo.
Este hombre es bárbaro o loco.
Cae.
¡Pese al valor de mi brazo,
que, aliento o valor, me faltas!
Dadle muerte.
Cáesele el volante.
Feduardo
es, ¡los cielos me valgan!
Deteneos; pues mi hermano
que le prendáis solo manda.
Quítanle las armas.
Detente, loco, altivo, vano,
traidor, alevoso e infame.
¿Qué soberbio, qué profano
atrevimiento te incita
a emprender tan duro caso?
Pero, ¿quién es esta gente?
Huyendo los encontramos
al salir de aquí, y quisieron
en dos veloces pegasos
escapar en alas suyas,
quizá, sin duda del caso.
Descubridlos.
Descúbrense a los pies del Rey.
Antes que
pase alguno a ser osado,
ya estoy, señor, a tus pies.
¡Ay, enemiga!
Y yo lo hago
antes que otra vez me venda
el que jamás me ha comprado.
Aparte.
Ansias, que miran mis ojos,
Que miran, cielos sagrados,
mis celos.
Al Senescal.
Aparte.
Atad, amigo,
a lo que os diere este caso,
y veréis si es fijo que
solicita Feduardo
quitarle la vida al rey.
Aparte.
Ya está su intento bien claro.
Poned, Senescal, a ese hombre
en el más estrecho espacio
de una torre, y donde halle
castigo su pecho ingrato.
Al Rey.
Con más rigor lo has de hacer,
en leyendo bien despacio
el papel que, en tus favores,
abriga ya tu palacio.
Aparte.
Ya hizo este Judas su oficio,
si no me engaña mi olfato.
Vase.
Y tú, hermosísima fiera,
vuelve al templo soberano
de amor, donde te consagre
al divino simulacro
de tu sol; no pido más
que rindiéndole encantos.
¡Ay Feduardo! ¡Ay mi bien!
Que la vida hubiera dado
a los filos de un puñal,
antes que en tan triste estado
te hubieran visto mis ojos.
Mas pues ellos lo causaron
viertan mares de venganzas
en vez de arroyos de llanto.
Vase.
Con qué dolor que se alienta.
Venid, Feduardo.
Aparte.
Llévanlo.
Vamos.
¡Ay, adorada Florinda,
ay, hechizo idolatrado!
no siento el ir a morir
a las iras de tu hermano,
sino el morir a rigor
de tus ojos indignados.
Vaya con tu amo este hombre.
Este hombre iba con su amo,
y a que el diablo aquesto ha urdido,
más cuidado, Señor Mayo,
con ese Abril, no se vuelva
agosto; que vuelve Marzo.
Dejadlos, que yo, Lidoro,
le pondré con Feduardo.
Aparte.
Vase.
Guarde tu hermosura el cielo.
Mejor todo se ha logrado
que lo que yo imaginaba:
muera, pues, éste, embarazo
de mis dichas; pues sin él
veré a Florinda en mis brazos.
Camarín.
Señora mía.
Ansias mías, ¿qué es esto?
¿cómo ha parado, me digas?
Le dejamos parado;
después, mi amo, señora,
ausentarse (o ausentarnos),
y prevenidos los dos
en dos troncos animados,
partimos esta mañana
al ver el alba asomarse.
Camarín, y ¿hoy de un modo
sin decir nada tu amo
se ausentaba? ¿Es éste, dime,
aquel amor abrasado
en la luz de mi hermosura,
era aquel dulce embargo
de mis ojos?
¡Ay, señora!
Que es corto sitio, o espacio,
que hay desde palacio aquí.
Lloroso el pobre regando
con el vapor de sus ayes,
pues pudiera por lo amargo,
servirse tal vez, señora,
de ansias, a un boticario.
Confesando venía a voces
tu amor; y de sus pecados
me arrepentía yo también
como él ya lo estaba; cuando
paramos en este sitio.
¿Y para qué?
Nos paramos
para volvernos a casa,
pero estorbónos el paso
ver aquí vuelto en Tarquino,
gran señora, al Rey tu hermano.
¿Y de quién?
De Margarita.
¿Qué es lo que oigo, cielo santo?
¡Lo sagrado de su honor
profanar quiso Eduardo!
Como gente de corona,
no reparó, quiso ensayarse en los sagrados.
¿Pues quién estorbó su intento?
Mi amo.
Pues si tu amo
la robó para este fin,
como loco, como orado,
quiso embarazarlo ahora;
¿Qué sé yo? Claro es, por un lado,
te reventará el secreto,
él publicará tu engaño.
Camarín, esta cadena
denote mudo tu labio.
De esclavo advierte, que a
quien me la pones; mas hallo
tan cautivo este concepto,
que jamás saldrá de esclavo:
pues el caso es peligroso,
y temo que al declararlo,
siendo al vomitarlo dulce,
que sea al gustarlo, agrio.
Mi real palabra te doy,
por peligroso que el caso
sea, que por mí no llegue
jamás a ser averiguado,
y aun nada me resuelves.
Pues en esa fe fiado,
el estómago revuelto,
el vientre ya desatado,
las tripas en guerra viva,
con la purga que me has dado,
voy a vomitar de un golpe
todo el callar que he tragado.
Ya sé, pues, gran señora,
que a Enrico y Feduardo,
infelice rey de Albania,
¡Qué oigo, cielos soberanos! ¡Ay!
Vase.
Y Margarita y Florinda,
su hermana; conque aquí acabo
de decirte en un instante
lo que en un siglo he callado.
Mira el riesgo, pues, señora,
en que los dos nos hallamos,
pues Lidaura, si lo ignoras,
es el basilisco zaíno,
cuya vista, mi señor,
no teme, señora, tanto
como su lengua, pues obra
su veneno aquí al contrario,
que aquel hiere con los ojos
y este mata con los labios.
Aunque pensativa y triste
el suceso me ha dejado,
lleno el corazón alegre,
de un derecho es tirano,
celoso castigo aleve,
que tanta guerra me ha dado;
pero pues libre me veo
de tan cruel embarazo,
ahora sí, Amor, la ocasión
en que valiente y osado
das a entender tu fiereza,
pues ya miras naufragando
entre golfos de peligros...
el dueño a quien idolatro:
dificultosa es la empresa,
el riesgo no es ignorado,
el empeño muy difícil,
el arrojo, temerario,
atrevido el pensamiento,
el arresto, muy extraño,
pero en fineza tan rara
como la que hacer aguardo,
verá Amor si cabe más
en un pecho enamorado.
Jornada 3ª. Salen Feduardo, y Camarón presos
Ya el corazón en lágrimas deshecho
la última raya de el aliento pisa,
y quitándose el ser, a toda prisa
de esta vida, pasando, va el estrecho:
ya en el tardo latir, que da, sospecho,
que rendido al dolor, con voz sumisa
de un latido mortal, a el alma avisa,
que el centro desampara de mi pecho:
tienes, oh corazón, justo motivo,
para dejarme así, cadáver yerto,
pues para verme así, preso, y cautivo
el matarme, no es yerro, sino acierto:
que ¿qué le sirve a un triste el estar vivo
si cuando está más vivo, está más muerto?
Continuamente mis ojos
rendidos al duro afán,
lágrimas vertiendo están
de mi dolor en despojos:
y aunque aliviar mis enojos
procuran con llanto tanto,
es tan ardiente el quebranto,
en que se abrasa el sosiego,
que no puede tanto fuego,
templarse con tanto llanto.
Mis uñas continuamente
sangre, han dado en derramar,
cansadas ya de matar
tanta sabandija viviente:
y aunque atajar su creciente
procura, cruel, mi saña,
es su copia tan extraña
y tan agudas sus cañas,
que son muy pocas mis uñas
para apurar tanta araña:
Luego por suerte me toca
estar con hambre tan rara,
que me embisten cara a cara
y me comen boca a boca:
con que no hay humana roca
que resista tal polilla,
pues pican tan sin mantilla
y muerden, con tal pasión,
que es cada pulga, un león,
cada chinche, una ladilla.
Camarón, ¿quién te maltrata,
que te quejas, importuno?
Señor mío, a cada uno,
le duele lo que le mata:
aquí el demonio desata
tan vil linaje de abrojos
que por más que uñas, y ojos,
unos prendan, y otros maten,
sin vergüenza me combaten
ejércitos de piojos.
¿Que en fin Auristela bella
sentía mi ausencia?
Y tanto
que le causó grave espanto,
y aun al Amor le dio querella;
que sin despedirte de ella,
te ausentaras; mas mi aliento
con tal sal, tu sentimiento
y dolor la repetía
que la confesión, yo haría
y ella sufría el tormento.
¡Ay Camarín, y qué tarde
que a un infelice se alcanza
el hallar una esperanza
que no perdió por cobarde!
Hagan mis ojos alarde
de sentimiento tan fuerte
pues hoy que grata la suerte
sanarme ofrece la herida,
a las puertas de la vida
está llamando la Muerte.
Llegan al paño Auristela, Lidoro y Claudia.
Mirad que el riesgo es notable;
ya sé las penas que paso
estoy; aunque hablarle quiero
a Feduardo; mas juzgo
que mientras más sumo estrago
será lo grato más sumo:
breve será la visita;
que ya el peligro no dudo.
Sea solo un corto instante.
Siempre corre seguro
y quita de aquí esa luz
al volver; porque no es justo
que sepan dos un secreto,
que solo basta en uno.
Van Lidoro y Claudia.
Cielos, ¿quién piadoso
en el cóncavo profundo
de este bostezo horrendo,
seno del abismo oscuro,
de mí se acuerda?
Quien viendo
entre piélagos purpúreos
tu vida ya agonizando,
viene con bizarro impulso
a pagarte una fineza
que debió al aliento tuyo,
con la llave de esta torre.
Oh dulce voz que escucho,
no de oráculo infernal,
sino de celestial Nuncio,
no a pagar vendrás finezas
sí a levantar los tributos
que del ceño de la Muerte
ya por caídos los juzgo.
Oh soberana Auristela,
si ese bizarro trasunto
en que te finge el abismo
no fuera sueño, presumo,
que con la gloria de verte
hiciera de los abismos.
Feduardo, no este instante
que no sin peligro mucho
hablar se puede, gastemos
en amorosos discursos;
cuando de tu vida ya,
entre mortales anuncios,
dan las últimas noticias
intercadentes los pulsos:
apenas habrá dos horas,
que el Rey (¡ay, cielos!) dispuso,
que con secreto esta noche
te diese muerte un verdugo.
Yo, que triste de tu vida
tan cruel sentencia escucho,
no más presto el delincuente
huye del cerrado muro,
cuando espera por instantes
de su vida el fin caduco;
como yo partí veloz
a romper, osada, el duro
frío eslabón, que aprisiona
el bizarro aliento tuyo:
y aunque el sepulcro en que yaces,
viviente cadáver mudo,
cercado en contorno está
de soldados y tribunos;
aunque pena de la vida
tiene aquel, que resoluto,
osare verte, o hablarte,
sin exceptuar a ninguno,
y aunque tu enemigo propio
está propio alcaide incluso:
todo amor lo atropelló.
¿Dije amor? (mal a mí culpo)
pues no supo lo que dijo,
aunque dijo lo que supo:
pues solamente obligado
el aliento, que articulo,
del noble ser, que te debo,
hallando el lance augusto
en que compensar la deuda
gallarda cogeré el fruto
e intento de mis desvelos
librándote del injusto
vigor de una emulación
y de un poder iracundo.
Deja que a tus pies postrado
te rinda el alma; mas dudo
que nada llego a ofrecerte,
si te entrego lo que es tuyo;
si bien dificulto el modo.
Pues yo no lo dificulto.
No tan fácil te parezca.
Pues dime, simple, ¿no has visto
que a tanto estoque viniente
pueda resistirse?
¿Qué?
Los puños.
Se envainaron, ¡qué leales!,
por no matarte.
De miedo.
Ni a una mosca.
Y tan ciega
de gus...
¿de animado mudo?
No hay llaves.
Están con guardas.
¿Y firmas falsas?
No hay cuños.
Pues yo no discurro el modo.
Pues yo el modo sí discurro.
¡De qué gran señora!
Siguiendo bizarra el rumbo,
de un prodigio catalán,
para que sepa que hubo
una inglesa tan bizarra
que, fina y amante, supo
aventajarla en el riesgo,
si competirla, en el gusto.
Si la infanta de Aragón
asunto, le dio a tu asunto;
si fue uno mismo el arrojo
no fue el riesgo todo uno;
¿será justo, gran señora,
(mas ¿cómo podrá ser justo?)
que salves tú mi persona
y que ocupes tú el oscuro
albergue, expuesta al rigor
de un soberano absoluto;
y yo tus vestiduras reales
he de vestir, ¿y tú el bruto
tosco adorno, que me cubre,
has de ponerte? ¿Con cuyo
mentido disfraz impropio
he de burlar el sepulcro
de esta prisión? ¿Y dejarte
en el fuerte, e impío duro
banco de ella?
Feduardo,
detenernos, más un punto,
es dar tiempo a que el poder
logre su duro insulto;
y aun cualquier rumor que oigo
de tal manera me asusta:
que en tu garganta parece
que miro el dogal agudo:
y así sin que se repare
en la censura del culto
en lo que dirá la fama
ni en mi riesgo, y bien el tuyo
que si mal le pareciere
esta idea extraña, alguno,
póngase hoy en mi lugar
hagan, pues, cargo mudo
de lo que advierte en mi pecho,
no de los estorbos
que a cada paso se ofrecen,
y hecho que tenga este estudio,
si sutilizare más
prevéngame otro discurso:
por vida del rey mi hermano
y por mi vida te juro,
que esto se ha de hacer así:
¡Clamela!
Señora.
Al punto,
ve quitándome esta ropa
mientras se mira desnudo
Feduardo de la suya.
Primero, sí.
El sayo mudo.
Retíranse a un lado, y truecan los vestidos los 2.
Loco, ¿ejecutas lo propio?
Hace lo mismo que los amos.
Cuerda, lo mismo ejecuto;
mas, ¡vive Dios! que estoy tonto
con engaño tan agudo
mas, ¡ay triste!
¿Qué te ha dado?
Yo no lo sé, mas los pulsos
con el olor de estas faldas,
muy alterados los juzgo.
Con un aire conyugal,
Se quitará ese tumulto.
Con jugo mal me turbo.
¿Por qué?
Porque no conjugo.
En fin, Auristela hermosa,
¿quieres que triunfe tu gusto
y que mi fama padezca?
Aquí no hay fama, ni triunfos,
más que evitar un peligro.
Todo esto ha de ser al paño, sin sa-
lir Feduardo al tablado.
Y si el tuyo no lo escuso,
¿qué me servirá el vivir?
Llegue Lidoro.
Señora.
Lidoro.
Luego
que ya es hora.
Sí, abre pues.
Sabe, Amor, que tu infortunio
quisiera yo, Feduardo,
remediar; pero te juro
que, en cuanto pueda, he de ser
el más fijo norte tuyo.
Quítase del paño.
Los cielos tu vida aumenten,
pues en esta lid, que fluctuo,
no podré anegarme nunca,
si a ti te llevo por rumbo.
Vete tú con dos mil diablos,
y a tu amo di, que Rodulfo
en ese parque le espera
prevenido, y recatado
para asistiros en todo.
Vase.
Con eso has quitado al susto
de la censura presente
el consecuente futuro.
Solo en quien sabe querer
fineza tan alta cupo.
Vanse, y sale el Rey, Lidoro y el Senescal.
Gracias, cielos soberanos,
pues ya de este severo nudo
libre se mira mi amante;
ya no hay temor, y ya no hay susto,
que sobresalte mi pecho;
que si ahora el Rey, iracundo,
se ofendiere de este arrojo,
lluevan sobre mí diluvios
de venganzas, y de muertes,
pues al saber, sabrá el mundo
si llego a morir, que muero
por hacerle a Amor un gusto.
¿Está ya dispuesto todo
para ejecutar la muerte
de Enrico?
Sí, está de suerte,
que quizá extrañes el modo.
¿Cómo?
Como yo seré
quien, recatándome el rostro,
de los hombros de este monstruo
la ingrata cerviz haré,
que baje a ser de tu planta
tinto, y pálido clavel.
No vi pecho más cruel que él;
mas, ¿qué me admira, ni espanta,
que ejecute, tan sin ley,
con su rey tal impiedad,
quien, faltando a la lealtad,
perdió el respeto a su rey?
Mas vive Dios, que estimara
fuera el delito menor,
porque este aleve traidor
su deseo no logrará.
En fin, que Enrico también
quitarme intentó la vida!
Si quiso ser tu homicida,
dígalo, señor, muy bien
cuando allá su atrevimiento,
en el monte denodado
el semblante recatado,
pretendió lograr su intento.
Aunque eso el caso acredita,
puede ser que le incitara
estorbar que tú ostentaras
la beldad de Margarita.
Esa sospecha o recelo
aquí, gran señor, desmiente
el suceso antecedente,
pues el mismo a tu desvelo
ayudó a que se lograra;
y si en él motivo fuera,
ni aquí su favor te diera
ni allá el rostro se recatara;
con que es fija consecuencia
que quiso lograr allí
su traición; y cuando aquí
se frustrase esta evidencia,
y su osadía reiterada
a amparar a Margarita
fuese el intento, que quita
al delito que la espada
contra ti sacara osado.
Bien dices, muera al instante
el soberbio y arrogante
que me perdió, cara a cara,
el respeto; y su cabeza
sirva al mundo de temor.
Cúbrese Lidoro el rostro, y llegue a una puerta, y haga que la abre, y diga al paño.
Retírase el Rey
Eso sí, mueva, señor,
quien ofendió tu grandeza.
Y así, aquí, tu majestad
se retire, que este acero,
siendo por ti justiciero,
cumplirá tu voluntad.
¡Ha de ese seno profundo,
cuyo pavoroso centro,
con estar, del mundo, dentro,
se mira fuera del mundo!
¡Ha de ese cóncavo fuerte,
en cuya tumba escondida
vive una muerte sin vida,
muere una vida sin muerte!
¡Ha del mausoleo altivo!
¡Ha de ese sepulcro y encierro!
donde yace vivo un muerto,
donde habita muerto un vivo.
Córrese una cortina y vese Auristela de hombre, en una silla, y habrá una tarima con un bufete.
¡Ha del calabozo breve...!
¿Quién piadoso a tantas penas
se atreve a entrar, donde apenas
a entrar la muerte se atreve?
Quien de tu infeliz vida,
a pesar del dolor fiero,
te notifica el fin postrero
por sentencia definida.
del rey, mi señor, que guarde,
felices lustros el cielo:
tan a pechos este duelo
tomó Eduardo? haga alarde
de valor; fiel senescal
para lance tan severo:
mas sabe el cielo que muero
por delito de leal.
Conmigo no deja hacerse
tu error, se disculpe; a ti no,
que tiene tantos motivos
el rey para darte muerte:
prevénte, pues.
¡Ay de mí!
Porque has de morir agora.
Cébese tu sed traidora
en el líquido rubí
de mi garganta leal;
pues de una vez, así muera.
(Al levantar el brazo, descubre, o levanta el rostro Auristela, y llega el Senescal y detiene)
Tente, aguarda, advierte, espera;
¡Cielos, qué miro! mortal
estoy.
Señor Eduardo...
Sale el Rey.
Senescal, ¿qué te desvela?
Ver la deidad de Auristela
transformada en su Eduardo.
¿Qué dices, hombre?
Si el rostro fuere...
¿Qué es esto? ¡Él finge, alevoso!
Esto es vender una vida
para comprar una muerte:
padecer mejor me atrevo
(aunque con aliento tardo)
que es pagarle a su Eduardo
una vida que le debo.
(Al Senescal)
¡Vive Dios, que he de cruzar...
pues frustraste mi esperanza,
¿qué más severa venganza
de ti he de tomar? ¿Qué dices?
Y pues sé que tus arrojos
contra mis edictos reales
se atrevieron, desleales,
a oponerse a mis enojos:
vive ese globo luciente
de las sombras, desengaño,
que un castigo bien extraño
verá en ti desde su oriente.
Venid, y al fuerte, al castillo,
echad vos, porque no ignoro
que para alcaide, Lidoro,
siendo doble, es más sencillo.
(Vase)
Ley es en mí obedecer.
(Vase)
Corrido voy de esta fiera;
mas ¿quién burlarme pudiera
sino solo una mujer?
(Vase)
¡Ay, señora! y qué indignado
quedó el rey. Jesús, sandio so
que algún castigo recelo.
Aunque temí el verle airado,
ya en el lance en que me veo,
a morir iré gustosa,
siendo amante mariposa,
porque ha caído en mi deseo.
(Vase)
Pues yo entre tanto disgusto
si me intiman tal pesar,
pesaroso iré a acabar
porque no muero a mi gusto.
(Vase, y sale Florinda)
Cristalinas corrientes
de heladas estrellas transparentes,
que en ondas fugitivas
ríos sois de perlas, abajando vivas
al bello ramillete,
que el Abril labró para tu afeite,
¡Oh, penacho del suelo!
guarnición le ponéis de puro yelo,
bordándole de plata bulliciosa
flor a flor, planta a planta, rosa a rosa:
repara que se aumente
vuestra clara corriente
o faltare caudal; más abundante
ya de aljófares puros, e diamantes,
tiernamente os invío
desatados mis ojos en un río:
pero no lo admiréis, corrientes bellas
que si entendéis, que son puras estrellas
cuanto mi pecho llueve,
no es sino fuego transformado en nieve,
conque el hermoso viso
conque hacéis a las flores beneficio,
hallará en sus centellas
él un agosto, y un enero ellas:
al muro empedernido
de el calabozo fuerte, en que vendido
abatido, y postrado
un infelice yace aprisionado
llegar intento, por si el hado deja
que hablarle mi dolor pueda a la reja.
El rey por otro lado poco a poco
qué pocos, a un triste, celos
descansos le permiten los desvelos,
pues de estos combatido
cuando el sueño le tiene más vencido
entonces inhumanos
le asaltan, y fatigan más tiranos:
dígalo pues derecho
me trujo el corazón; porque en el lecho
hallando corto campo a la fatiga
a dejarlo me obliga
y que a este espacio ameno, de tal calma
a desahogarse un rato, venga el alma:
pues ya mal, que me temo, me desvela,
el atrevido exceso de Auristela:
que llegó a colegir de este suceso,
que la causa fue amor, de tal exceso:
y vive Dios: más celos
que ven mis ojos; mienten mis desvelos;
pues quien engañarme solicita
con fingirme, que aquella es Margarita;
más que dudan mis ojos
cuando derecho el sol en vasos rojos
en sus cabellos bellos
rayo pretende ser, de sus cabellos:
mas parece, que ansiosa
a la reja del fuerte, cuidadosa
está llamando, cielos
que buscarán en ella sus desvelos!
¡Válgame Dios, qué será
la causa, porque a mis voces,
por más que le llamo, y lloro
a la reja donde está
Feduardo apasionado,
nadie, cielos, me responde!
o allá dentro no se esconde,
o ya sin duda ha acabado:
pero mi dolor
con más lastimoso aliento,
a repetir este acento:
Feduardo! mi bien! señor!
qué oigo cielos soberanos!
quién de mis ansias te aleja?
porqué no escuchas mi queja?
si lloros, yerros, tiranos,
que tu valor tienen muerto,
soy yo la causa bien mío?
y a estos ayes que te invío,
y a estas lágrimas que vierto,
van a tus tristes retiros
a queja de dolor tanto,
el alma deshecha en llanto,
y el corazón en suspiros:
pero, Señor, ¿dónde estás?
que no escuchas mis tormentos
mas, ¡ay!, que esto es dar al viento,
mis ansias.
Llegue el rey, y ella se turbe
No, no las das;
que no falta en estas rejas,
quien entre celos, y enojos
bebiendo esté, por los ojos
ese llanto, y esas quejas:
vuelve cruel homicida,
vuelve ingrata más fiera,
a alternar más lisonjera,
a repetir más sentida,
con más vendidas ternezas,
o con ansias más propicias,
trae esas dulces caricias,
esas amantes finezas:
ya enemiga de mis ojos
sé la causa, y sé el motivo,
porque de tu ceño esquivo,
me castiguen los enojos:
¿eres, di, ingrata tirana,
a quien una noche, ¡ay triste!,
quejas de mi amor pediste,
que te pidió con empeño,
que le abortara contigo,
para librarse de mí;
mas, ¿quién duda, ingrata, sí,
que es tu amante mi enemigo:
bien lo lloran mis desvelos
pues entre tantos agravios,
ya de tus aleves labios,
su amor escuché, y mis celos:
Aparte
pues, Señor, si ya lo oíste,
si ya mis ansias oíste
y mi dolor alcanzaste,
a tus pies enmudecida,
postrada, y rendida aguardo
la vida de mi Eduardo
pues es su vida mi vida:
fingirme su dama intento
por si alcanzo desta suerte
el sacarlo de la muerte:
Ten la voz, áspero acento,
que no hay pecho, que resista
tan venenosos agravios,
porque ya matan tus labios
más violentos, que tu vista,
Sale el Príncipe
perdona, invicto Eduardo,
si en ocasión de tu gusto
vengo a darte algún disgusto,
porque es instante, que tardo
en decirte mi pasión,
temo, según me sufoca,
que a pedazos, por la boca,
se me salga el corazón.
pues, ¿qué ocasión a tu Alteza
le motiva a tal exceso?
Cuando es público el suceso
es por demás la extrañeza:
si en medio desa prisión
falta; y Avisela hermosa,
agradecida, o piadosa,
con razón, o sin razón,
o con arte, o con cautelas
disfrazando, en el gallardo
traje suyo, a Eduardo
burlando las centinelas,
de la torre salida dio
y ella en su forma vestida,
¿Si no es temor de su vida
por él, presa se quedó?
¿Qué escucho cielo piadoso,
qué delito es este, fuerte,
para que por él, la muerte
quieras darle riguroso?
Tal acción en una dama
es digna se solemnice,
y aun es digna se eternice
en el templo de la fama:
y así Señor, si ofendida
tu majestad, de este arrojo
se ve, deponga el enojo
y concédale la vida;
tú que miras, tú que adviertes,
que el motivo, que prevengo
no es motivo.
Vase.
Yo lo tengo
para darla dos mil muertes;
mas Juez, con que a los dos
la respuesta os doy más presta
con una misma respuesta,
y es, que soy primero a Dios.
Vase.
¡Vive Dios, que pues desvías
desairada mi esperanza,
que sabrán tomar venganza
severas las armas mías:
y a estas tus brillantes joyas
de que ceñido te miras,
al incendio de mis iras,
las has de ver nuevas Troyas!
Vase.
Alegre me deja cielos
el suceso; pues mi hermano
libre ya de este tirano,
se acabaron mis desvelos:
que de aquí vayan a menos,
las porfías de su amor,
no bastare mi rigor,
hay puñales, y hay venenos.
A darle a Auristela gracias,
iré, y a un tiempo vendida,
le ayudaré agradecida
a tolerar sus desgracias.
Cante la música, y llegue Auristela y Jacinta a lo alto de una peña.
Quien padece por querer,
cuando es a gusto el sentir,
no es desdicha, no es morir,
gloria sí, es el padecer.
Quien padece, etcétera.
Sin duda amor, como sabe
el interior de mi pecho,
que por darme gusto, ha hecho
esta canción tan suave:
bien su acento dulce, y grave
alienta mi padecer,
pues claro me da a entender,
con tan sentido decir,
que no tiene, que sentir,
quien padece, por querer:
Y es así, pues el exceso
desprecio de esta cadena,
si me oprime como pena,
no me arrastra como peso:
tan gustosa estoy, confieso,
con el placer del morir
que aborreciendo el vivir
mi mayor gloria, es penar,
pues no se siente el penar,
cuando es a gusto el sentir.
Quien al dueño, que ama...
Rendido a una grave herida
si puede salvar la vida
con entregarse a la muerte;
ríndase constante y fuerte
que así se podrá inferir
que supo amar y servir,
que aunque es pena el fenecer
si se muere por querer,
no es desdicha, no, el morir.
Ver padecer a lo amado
un pecho que tiene amor,
por redimir su dolor
quisiera el dolor doblado:
esto por mí lo he notado,
conque si causa placer
el padecer, por no ver
el bien que adora, penar,
luego no es pena el penar,
gloria, sí, es el padecer.
no dejéis de dar aliento,
ese acento bien sentido
que es arrullo del oído
y lisonja del aliento.
Parece que con su acento
te has divertido, señora.
Sí, porque en él se atesora
toda esta dicha que ves;
que en amor la mayor es
padecer por lo que adora.
En verdad que ese arrebol
más que me pinta, me asombra,
pues tú te estás a la sombra
y él se está tomando el sol.
Es el alma girasol
de su luz, y si se aleja
en esta prisión selva,
arder vago e intercadente
de este amor de su occidente,
todo este sol falleciera.
Sale Feduardo y Camacho.
No bullas, a ciegas salgamos
del postigo; pues no ignoras
el riesgo con que venimos,
y si la suerte traidora
nos saliere, será bien
que cubiertos de las sombras
hallemos el paso libre
a retirarnos.
¡Dichosa
advertencia que guardar
de aquella pasada victoria
del engaño de Aurora!
Esta llave, pues ahora
sin andar saltando tapias,
ni andar con otras tramoyas,
nos ha franqueado al jardín
la entrada; mas la congoja
de la salida me vuelve
en hielos esta memoria.
¿Luego han de dar con nosotros?
Yo por ser desdicha propria.
¡Es fuerte, oh fatiga larga,
hacia dónde caes, Camacho, ahora!
Esa pregunta.
¿Por qué?
Porque ya ninguno ignora
que cae a cualquier parte
que caer en sí le toca;
mas ve tú poniendo el cuerpo
donde yo pongo la sombra;
que como en él, otra vez
después, y causa, agora
no caigamos, y daremos
con él, de manos, a boca.
Parece que está en la torre.
Creo que no se le antoja
pues cierta; mas no escuchas
que las cláusulas sonoras
de un instrumento, acompañan
una voz dulce y canora
en la reja de la torre?
Y aun parece que se asoma
a ella una mujer, amor,
si será Auristela hermosa?
Quien se arriesga por amor
de constante se corona,
pues no sabe lo que es llanto,
sino enjugar lo que llora.
A mi gusto está la letra.
Llega a la reja.
Mas a mi gusto señora,
está pues amor sin duda
viendo del modo que adorna
tu divina perfección
el pecho; y que la aprisionan,
tan a costa de mi vida
y aun del alma, tan a costa
estas cadenas y empates,
pues tu grata y generosa
por darme la vida a mí
te la quitaste a ti propia;
viendo digo que yo soy
la causa de tus zozobras,
y que no sin riesgo grande
de mi vida, en tal congoja
pudiera verte; me dice:
por qué de amante blasonas
si al objeto que idolatras
si al bien de tu vida toda
que por ti está padeciendo
arriesgando tu persona;
aun no vas? Mira, advierte
que no consiste la gloria
de amor, en solo querer,
en que lo digan las obras
sí consiste; con que bien
alterna esa voz sonora.
Quien se arriesga por amor
de constante se corona.
Es posible Eduardo
que por más que estragos tocas
olvidado de ti mismo
así al peligro te expongas?
No ignora señora el fénix
cuando a las llamas se arroja
el peligro a que se entrega;
pero tampoco no ignora,
que cuando se abate más
es cuando más se remonta;
la mariposa se rinde
al valor de una antorcha,
por morir en su lucero,
mas como muere gustosa
las congojas de la muerte
las atribuye a lisonjas:
roba tirano el neblí,
a la garza temerosa,
el polluelo amado, pero
quitará su garra propia.
el despojo del pirata;
por no ser lid tan penosa
de esta suerte el corazón,
por más que el peligro nota
de antorcha, llamas, y niebla;
en las ansias que le ahogan
tiene por dicha más fe
fénix, garza, y mariposa.
pues no sabe lo que es llanto
sino en fuga lo que llora:
Vive Amor que esta fineza
es digna de que la ponga
la fama, en su templo; y que
la haga pública su trompa:
Y digo la misma papa
pues por ser a todas horas
o soga de ese caldero
o caldero de esta soga;
con vigilias de un garrote
me unto en vísperas de horca:
A mí me toca esa achina
pues por ser yo boquirroja
me meto en esta galera;
echa un remo, con que boga
la fuerza de mis agrados,
por el golfo de tus obras:
Sale el Rey y el Senescal.
¡Oh, quién el cómitre fuera
de tan ligera galeota!
Quejoso de mí, el Sueco
por lo que ya no se ignora
alentado del de Hungría,
y auxiliado del de Escocia
talando viene mis tierras
con escuadras numerosas:
No son de menor valor
las que Astolfo de Moscovia
a Enrico, envió; y las que
a Dinamarca y Polonia
le envían sus soberanos,
con cuyas armadas, y tropas
tan soberbio viene Enrico
que ya juzga, que tremola
las plumas de su venganza
sobre las inglesas rosas:
Fue yerro notable, amigo,
no despachar luego postas
a Albania, para que a Enrico,
sorprendiesen; y no que ahora
cuan a vista de mi corte
con huestes tan poderosas
con armada tan pujante
se mira ya que zozobra
el mar de verlo en su espalda:
pero esta fiera alevosía
ha de tanto mal la causa;
y pues ella lo ocasiona
borde la nevada aurora
pasamanos de esmeraldas
con rapacejos de aljófar;
que en un jubón lo sustento
ha de ver su vanagloria
el cristal de la garganta
manchado de nieve roja:
pero Senescal, ¿no escuchas
entre el rumor de las hojas,
que hablan, del fausto, alarido?
Y si las sombras, no asombran,
dos hombres son; si no son
apariencias de las sombras:
Pues lleguemos, recatados
por ver si en lid, tan dudosa
lo que no puede la vista
el oído nos informa.
Sale Lidoro por otro lado.
Por ver si pueden mis ansias
hablar a Florinda hermosa
por la reja de esta torre,
donde, emulación de doña,
voluntaria prisionera
sirve a Aurisela, que a solas
por ver vuelvo a repetir
si a mis quejas no está sorda,
que me escuche un breve instante,
vengo así; y si no se logran
mis cuidadosos deseos,
haré que mis ayes rompan
el pedernal de su pecho;
mas, cielos, si no zozobran
mis ojos, gente está hablando,
alargar oír importa.
Que Margarita contigo
desde que supo, señora,
tu generosa osadía,
te acompaña.
Y tan gustosa
que, olvidada del palacio,
esta obscura y triste choza
tiene por dicha mayor
que la más altiva pompa.
Pues dirás a Margarita
cuanto te he dicho.
Sale Florinda.
¿Quién nombra,
señora, aquí a Margarita?
Que el oírlo y ser curiosa
me motiva a saber quién
de una triste hace memoria.
Es de Eurilo un grande amigo,
quien me pide que con toda
brevedad, cautela y modo,
te prevenga que estés pronta
en el sitio que me advierte
disposición, tiempo y forma,
para que, segundo Paris
de Elena más prodigiosa,
sacándote de esta gruta,
vayas, divina belona,
a ser el blasón heroico
de los reales de su Troya.
Mira si ahora se conoce
que te quiere y que te adora,
pues a pesar del peligro
todo por ti lo abandona.
¿Qué escuchan, cielos, mis ansias?
¿Qué oyen, cielos, mis congojas?
Mas yo trocaré en venganzas
disposición tan odiosa.
Pues ya oíste, Margarita,
lo que aquí Aurisela hermosa
ha dicho; así se ejecuta
y en el mismo modo y forma
que su alteza sabe, y...
pues ya su alteza no ignora
quién soy yo, y quién tú eres,
para que, osada y briosa,
sin que nada te embarace,
sigas, mi luz, mariposa...
Primero de ella y de ti
y de quien os hace sombra,
rayos serán mis furores
y mis rencores ponzoña.
Llega el Rey a él sacando la espada y el Senescal, y riñen.
Llegue Lidoro del mismo modo y riñen todos.
Serán los casos, como a costa
sea jamás de la mía.
mas que siempre sea de otras:
oh qué impensada desdicha.
{Váyanse las damas.}
oh qué trágica congoja.
Camarín.
nada me hables,
porque del miedo que me toma
tan sin voluntad se mueve
esta vergonzante osa
que más que la sopla el aire,
es el miedo, el que la sopla.
Que duren tantos amagos!
que no os dé la muerte.
hola!
soldados, a de mi guarda!
{Vase.}
El rey es, con presurosas
huellas, Camarín, las mías
sigue, pues, pues ya las sombras
para que nadie nos siga
nos van sirviendo de escolta.
Hola, soldados, traición!
{Vase.}
echémonos a las ondas
antes que a pique nos eche
la borrasca de estas olas.
{Salen con luz y algunos.}
Muerto soy, cielos valedme.
Gran señor, ¿quién alborota
este jardín?
Senescal,
mira cuidadoso y nota
quién es ese hombre.
Lidoro
es, gran señor, o es su sombra.
{Retírese Lidoro.}
{Vanse todos y sale el príncipe y Lisauro.}
Qué dices! Lidoro es. Cielos!
Sin duda que, recelosa
su lealtad, viendo a su rey,
restituido a su corona,
dorar quiso sus traiciones
con tenerle en la gloriosa
condución de Margaritas;
a sus ojos, pues no hay cosa
que estime un amante más,
que ver a su dama propia.
venid, Senescal, que ajenas
luces el alba rompa;
el sol de Ausinta ingrata
vea el ocaso, en la Aurora.
Los sucesos de la guerra
son imagen de la luna
pues hoy triunfa la fortuna
y mañana su triunfo yerra;
y así, aunque el hado severo
dispuso en duro compás,
este suceso fatal
de quedar vos prisionero;
no por eso a la tristeza
os entregue este accidente,
porque a un corazón valiente,
como el que hay en vuestra Alteza,
novedad no le han de hacer,
ni el rostro le han de ignorar,
las desdichas del pesar,
ni las glorias del placer.
No es, Lisauro, mi tormento
que vuestra suerte animosa
por más feliz, o dichosa
me vengáis, solo siento
que el influjo de mi estrella
me embarace de esta suerte
poder redimir la fuerte
prisión de Ausinta bella.
Muy mal grado, señor,
está con de ella su hermano
y herido, y no es en vano
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que se propone a un rigor.
Pues este mismo derecho
al mirar, que me negó
su libertad, me obligó
a empeñarme en este duelo,
con tanta celeridad
porque en sed ardiente y fiera
vender el valor pudiera
lo que no la urbanidad.
Suena a un lado cajas y clarines de guerra y a otro lado sordinas destempladas.
¡Arma, arma, guerra, guerra!
Pero ¿qué encontradas voces
turbando el aire veloces
hacen titubear la tierra?
Las que la trompa alentada
allí alterna, señas es,
que hace osado el albanés
con una pujante armada,
que altiva, dio fondo ayer
de nuestra corte a la frente;
mas ese tropel de gente
no sé yo qué pueda ser.
Confusa y alborotada
por las calles discurriendo
al son de un bastardo estruendo
va la plebe amontonada.
No puedo en tan corto espacio
prevenir tal confusión,
ni que sea la ocasión
de que salga de palacio
este alboroto.
E imagino
puesto que a palacio vamos
que alguno mientras llegamos
nos lo diga en el camino.
Entranse y bajo de un dosel salen tres jueces sentados; y el senescal, y al son de cajas y clarines destemplados salen Auristela de negro vendados los ojos, todas las damas, y soldados.
A tal extremo allegado
¡oh noble juez! mi ofensa
para con el rey mi hermano
que así a un suplicio me entrega.
En los teatros del mundo
mil ejemplares no cuentan
en pechos de regia estirpe
divinas y humanas letras,
dignos de esculpirse en jaspes:
Dígalo en Navarra aquella
valerosa noble infanta
librando de la cadena
en sus hombros a su esposo:
en Aragón la belleza
de su infanta, no burló
también desta suerte mesma
al que a su dueño guardaba
quedándose osada expuesta
al rigor del rey su hermano?
¿Y otra infanta allá en Judea
a pesar del rey su padre
con una estatua supuesta
descolgando por el muro
al dueño de sus potencias
no le libró de la muerte?
Pues si estas floridas ninfas
a no reparando en el riesgo
por el peligro atropellan
en defensa de sus dueños;
¿qué mucho que yo en defensa
de aquel que me dio la vida
cuando el empeño no hubiera
de ser al dueño mío;
que así se pagan estas deudas:
y enojado el Rey por esto
morir me ha mandado. Sepa
que a morir vengo gustosa
pues quien esta victoria lleva
sabrá que perdí la vida
por ser bizarra, y atenta:
No tan solo gran señora
es la causa solo esa
de vuestra desdicha; porque
vos, y la plebe lo entienda,
oíd, y vea su auto, cargo
sabrá que darle respuesta:
Mientras hacen que buscan unos papeles, llegue Feduardo y Camirina al paño.
Dejadme llegar.
Aguarda
con mil diablos, ay tal priesa
como tienes de morir;
Cuando mi adorada prenda
viéndose hoy en tal peligro,
es rigor, que me detengas:
¿Qué intentas hacer?
Morir
puesto osado en su defensa:
Llegue el Rey al paño a lo alto y el Príncipe.
Desde aquí tu Alteza puede
escuchar para que sepas
si con razón le dan muerte
a esa ingratísima fiera:
Mis ojos solo señor
sirvan de hacer de lenguas:
Oíd señora.
Leed.
Eduardo de Inglaterra
tercero Rey, poderoso
de las tres floridas perlas:
teniendo en prisión a Enrico
Rey de Albania, so la pena
de la vida, que ninguno
osase hablarle: Auristela
contra el orden Real, perdió
atrevida la obediencia
dando libertad a Enrico
con disfrazada cautela
como es público; y después
dispuso osada y resuelta
entregarle a Margarita
dama suya; cuya empresa
quedó dispuesta, con quien
con ella habló por soga
de la torre; con que no
incurrió solo en la pena
de inobediente; sino
en la culpa de infidencia
porque siendo como es
de esta Corona suprema
enemigo declarado
Enrico; es fija evidencia
que es traidor a esta Corona
el que con él se cartea:
por cuyos graves delitos
el Rey, que edades eternas
viva victorioso; manda
el que degollada muera
Auristela:
Bien está
que aunque es justa la sentencia
cuanto a la primera culpa,
cuanto a la segunda fineza:
porque siendo como he dicho
Enrico mi esposo...
De penas
¿qué escucho?
esto es mas tirana:
dad que Margarita fuera
su misma dama, causa
en mí que a su dama misma
le entregase; en cuanto a que
les escribía; es falsa idea
y cuando lo hiciera así
fuera bien que aún lo hiciera
pues quien yerra con su esposo
no habrá quien diga que yerra:
esas disculpas, señora,
más os dañan, que aprovechan
pues ocultáis quién anoche
os hablaba por la reja
de parte de Enrico; y quién
es Margarita.
Sale Federico, y dice.
Da parte el a quien le toca
que no le toca a su alteza:
quien de mi parte la hable
quien la pidió que me diera
a Margarita, fui yo;
porque yo solo pudiera
arriesgarme a tanto empeño
mas pues la suerte severa
así lo dispuso; haciendo,
que por mi muera Auristela
será más justa razón
que yo por su alteza muera:
que aunque para el desempeño
valerme osado pudiera
de esa populosa armada
cuya invencible potencia
siendo todo un mar, el que
en sus hombros la sustenta;
tal vez brumado del peso,
si no se hunde, se queja:
aunque para el caso digo
valerme pudiera de ellos
haciendo que en humo y fuego
montes de abrasados Etnas
diluvios de rayos vivos
sobre esta ciudad llovieran;
no me parece que así
con la obligación cumpliera
que debo a mi amor, y debo
a la deidad de Auristela:
y así, decidle a Eduardo
que reo de tanta tragedia
la causa soy, que al cuchillo
doy rendido la cerviz;
decidle, que si saqué
la espada osado, en defensa
de Margarita, decidle
que Margarita no era
sino mi hermana Florinda;
que a dejarle satisfecha
su venganza, y mi osadía
bastante disculpa es esta;
esto le decid, amigos
que con que yo solo sepa
que vive Auristela, bastan
a que yo gustoso muera;
para que el amor publique
para que la fama pueda
añadir, con letras de oro
al templo de sus empresas.
tan gran fineza; si cabe
en amor mayor fineza:
Absorto me tiene el caso.
Mas yo perdono la ofensa
por los celos que me quitas.
Retírense del balcón.
Resolución rara y nueva;
notable extremo de amor;
y como suya es la fuerza:
Es porque aprendas a ser,
tan fina tú; cuando aprendas.
Quítasela.
Llega Clarisa y aparta
de mis ojos esta venda
que el gusto tengan primero,
de ver la luz que me alienta:
En tanto, Jueces piadosos
que paso al Rey a dar cuenta
de suceso tan extraño
tened esta acción suspensa:
Al ir a entrar sale el Rey, Lisauro, y el Príncipe.
No es menester Senescal
que ya el caso me refieras;
pues ya estoy bien enterado
de tan extraña novela:
Arrodíllase.
Pues gran señor, si la sabes
ya está a tus pies mi cabeza:
Arrodíllase.
Y en mi cuello, quien la culpa,
tiene de tantas reyertas:
Y en mi pescuezo, aquí asido
de esta amorosa refriega
rufián, postillón, correo,
poeta, espía y estafeta:
Llegad, los dos a mis brazos
¿No dirás, los tres siquiera?
Y pues tan bizarro Enrico
con tan heroicas finezas
supo conquistar amante,
la hermosura de Auristela
si ella es gustosa:
No más
gran señor; que aunque no fueran
más que las finezas raras,
que le debo; solo estas
sin la deuda de mi vida
de justicia, y aun por fuerza
debo darle el albedrío;
Pues dale la mano aprisa
Y envidia inmortal del fénix
viváis edades eternas:
Y tú divina Florinda
si mis rendidas ternezas
si mis amantes locuras
merecen que mía seas,
mi reino; si en mí te gustas;
Cuando tanto se interesa
quién podrá perder tal gloria
Ya está con esa licencia
señor es vuestra mi mano;
Príncipe, prestad paciencia
pues lo ordena así la suerte:
Yo con volverme a mi tierra
firmadas paces, y que
viva gustosa Auristela
trocaré agravios, a gustos.
Toda mi corona, es vuestra:
Pues merezca mi lealtad
(ya que de Albania eres reina)
que Celio mi hijo señora
restituido otra vez vuelva
a su honor, y perdonado
de Enrico, y del Rey; pues presa
su persona está en Albania;
por orden de Enrico.
Queda
a mi cuidado esa grande.
Clavela llegó la muestra.
¡Y la mía no ha llegado!
Tú te quedas, y Clavela
a Albania se va conmigo;
conque me atengo en tal guerra
más bien con la que se va
que no con la que se queda.
Pues acá no faltará un sastre
que me hurtará por fuerza
o me comprará por falso,
y mejor será en tal feria
el venderme, al que me compra
que no darme al que me venda.
Conque aquí noble auditorio
mientras que damos la vuelta
a nuestra tierra, y a la
desecha a Lidoro, sierva;
a Celio se le perdona
y al Príncipe la licencia
que pide, se le concede
y que otra vez vuelva el Poeta
a serviros, alentado
de la bizarría vuestra;
por el cúpido, y por mí,
si lo merecen por nuevas
las dos finezas de amor
un perdón con que se premian.
Finis Laus Deo Virginique Mariae