Digittol text for Lto mujer juez de su mtorido | BITESO
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Digittol text

Digittol text for Lto mujer juez de su mtorido

Publication date: August 22, 2026

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Jtocinto López
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Jtocinto López Secure
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Comedito
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El texto procede de lto trtonscripción toutomáticto de un mtonuscrito de lto BNE (signtoturto MSS/16397).

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Suggested cittotion

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La mujer juez de su marido. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-mujer-juez-de-su-marido.

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Ltost ptoge of the work

LA MUJER JUEZ DE SU MARIDO

Home

Ptog. 1

[Cubierta. En el lomo se lee: Mss. 16397]

Ptog. 2

Ty - 28

Mss. 16397

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657 I La mujer juez de su marido Comedia en 3 jornadas Legº 2º 4-6 14 11a

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Ptog. 7

651 I La mujer juez de su marido = Comedia en 3 jornadas - Legº 2º 4 - 6 14 110

Ptog. 8

Jornada primera

[Página en blanco]

Jornada primera

Ptog. 9

[Tachado: ...] M 28 Comedia intitulada la mujer juez de su marido. Arminda dama Teodoro galán Amaro su criado Jacinta criada de Arminda Oracio segundo galán Pierres su criado Carlos padre de Arminda Doña Isabel infanta de Inglaterra Astolfo su general El delfín de Francia Monsieur de Virón francés Un arráez

Salen Teodoro y Amaro de noche.

Teodoro.

Amaro, ¿sabrás por dicha

a quién Arminda eligió

por más galán en las fiestas?

Amaro.

Lo sé bien claro, señor.

Teodoro.

Dilo, pues que tú lo sabes,

alégrame el corazón

o mátale si la dicha

en este sarao perdió.

Amaro.

Pues yo te digo que puedes

entrar hoy en nuevo valor.

Teodoro.

¿De qué?

Amaro.

De que tú fuiste

quien la dicha mereció,

porque yo la vi todo el tiempo

que aquesta fiesta duró

hecha un Argos por mirarte,

cuando al mismo Febo dio

envidia por carecer,

no de vuestra perfección,

sino por ver de rebozo

al sol, donde nace el sol.

Ptog. 10

Arminda.

Toda Inglaterra era verte

y tu ventura mayor;

Y bien se te echó de ver

tener dos almas, pues yo

te vi diferente entonces,

pues obrabas como dos.

Pero, ¿qué mucho, si el alba

(que es el alba, digo, el sol,

que es el sol, lo dicen todos),

y que salieses airoso,

que encierra el orbe en su centro

¿Qué más quieres que te diga?

¿Estás contento, señor?

¿Vivirás más consolado

con aquestas nuevas?

Teodoro.

No.

Arminda.

De esa suerte, no me crees.

Teodoro. Sí te creo, mas no Sí creo, mas mi dolor / pero siente bien perder teme mucho de perder / que metiera en corazón quien metió en él la razón.

Amaro.

Solo sé que no perderás

esta dicha,

que si no fuera por ella,

yo te aseguro, yo, de que no

aunque valor.

Ptog. 11

Amaro.

¿No la ves siempre en su casa?

¿No te da amor ocasión

para descubrir tu pecho?

Pues, ¿de qué tienes temor?

Teodoro.

Temo el llegar a decir

lo que siente el corazón,

porque si saliera en vano

fuera mi muerte mayor.

Que si ella llega a enojarse,

no habrá rayo más veloz

para mí, que ver sus luces

con luto su resplandor.

Amaro.

Pues dime, ¿cómo ha de ser

este encanto y confusión?

¿No ha de haber jamás principio

para decir tu afición?

¿No la has hablado otras veces?

Teodoro.

Es verdad.

Amaro.

Pues, ¿qué temor

muestras agora de nuevo?

Teodoro.

Solo en hablarlha de amor.

Que hay muy grande diferencia

hablarla cortés, o no,

que aquel que fino amor halla

no es más que galán primero.

Ptog. 12

Teodoro.

Pero si con la tal dama

te ha tocado el niño Dios,

y duda luego al hablar

de vergüenza o de temor.

Amaro.

Y si con esa vergüenza

se te pierde la ocasión,

¿qué has de hacer?

Teodoro.

Morir, Amaro,

que es el remedio mejor.

Amaro.

No la culpes, que tal vez,

si te aplaca tu dolor,

ten ánimo, no desmayes,

que es mujer y no feroz.

Pero si yo no me engaño,

veo salir al balcón

tu sol, tu luz, tu consuelo,

con que aplaques tu pasión.

Y acaba ya de una vez

aqueste fiero dolor,

que esto de tratar de amores

no respeta, vive Dios.

Arminda.

Ce, ¿es Teodoro?

Asómase Arminda a la ventana.

Teodoro.

Señora,

aguardando el resplandor

de vuestros ojos, pues voy

a aguardar a mi corazón.

Arminda.

Galán andáis, mas no es mucho,

si miro en vuestro valor.

Ptog. 13

Arminda.

un prodigio en vuestras obras,

un Héctor en corazón.

Teodoro.

Aqueso en mí es excusado,

que para tan gran favor

el alma tuviera alas,

no tuviera el alma celos

vos, señora, si de sus luces no vio.

y también os admiro,

pues no hay luz que a esta se esconda,

que todo es un caos de error,

y de tal suerte os contemplo

que cuando y por mí, no a vos,

dudo si el sol de vos nace

o él os busca por ser sol.

Arminda.

Mirad, Teodoro, mirad

que pasáis ya de favor.

Deteneos, porque no es justo

darme ese nombre, ofensor

de la luz del luciente Febo,

porque colegiré yo

o que estáis loco sin duda

o quien habló no sois vos.

Teodoro.

Yo soy el mismo, y quisiera,

suspendiendo el corazón,

que oyerais de mí, sol, vos,

dos palabras si gustáis,

Arminda.

Decid.

Teodoro.

Dichoso favor.

Habla en secreto.

Amaro.

Si por esta ventana

saliera algún tropezón.

Ptog. 14

Amaro.

para entretener un rato,

el tiempo en esta tal confusión .

Jacinta.

¿Es Amaro?

Amaro.

¿Eres Jacinta?

Jacinta.

La misma, que te movió

a estar aquí a estas horas?

Amaro. tachado: ilegible mi amor, adorarte y velar.

Jacinta.

Bueno es eso, por mi vida,

sin duda, Amaro, estás loco.

Amaro.

No,

que a estarlo nunca estuviera

aguardando tal temido,

y por vida de los dos,

que pues estamos los dos,

los tratemos de amores.

Jacinta.

No tengo tal intención.

Amaro.

¿Qué dices? ¿Estás en ti?

Di, ¿qué mujer no gusta

de ser siempre requebrada

y tratar siempre de amor?

¿Has de ser sola en el mundo

de tan necia condición,

cuando el ejemplo tenemos

hoy en las manos los dos?

Jacinta.

No importa, que no quiero

ni de veras, porque no

gusto estar desvanecida

en tan necia profesión.

Amaro.

Yo te ofrezco de pagarte,

yo,

porque conforme es mi amor

Ptog. 15

Amaro.

puedes decir, sí, segura,

que quiero con marca mayor.

No soy de los pisaverdes

que su pisar es ramplón;

amo del modo que piso,

pago como piso yo.

Jacinta.

Digo y redigo...

Amaro.

¿qué dices?

Jacinta.

que no tengo gusto, no,

de quererte, y ansí vete.

Tachado: [texto tachado ilegible] el amar y que lo que hablan solos / usted ha de responder

Teodoro.

Qué tanta dicha, señora,

merezca aquí mi pasión,

que sin pensar me haya hallado

en gloria mi corazón.

Ya en mí otra alma diferente,

mas ¿qué mucho, si este aliento

de nuevo me la formó?

Sois cielo de mi esperanza,

sois norte que me guió

a ver luz de vuestra gloria,

a ver sin eclipse al sol.

Hoy vuelvo yo a renacer,

que hasta agora no he sido;

era sombra que le falta

el ser y la perfección.

Hoy tengo vida con veros.

Ptog. 16

Teodoro.

Hoy tengo ser y razón

y dos almas que vos misma

hoy disteis al corazón.

Quiero ir, pero mal digo,

porque apartarme de vos

será imposible vivir,

si con veros vivo yo.

Arminda.

Pues porque viváis, yo quiero

que lo tratemos los dos

en viendo vos a mi padre.

Teodoro.

Cobraré nuevo valor.

Arminda.

Adiós, porque se hace tarde,

y fiad solo vos,

que tendréis lo que me pedís.

Teodoro.

Tendré el occidental Fénix.

Vase Arminda.

Amaro.

¿Quieres que hable a tu ama

y aventure aquí mi honor,

verás como nos concede

que nos casemos los dos?

Jacinta.

Yo casarme, bueno es eso,

por Dios que trae la flor,

vaya muy enhoramala.

Vase Jacinta.

Amaro.

Pasito, ten, vividor.

Que es demonio la fregona,

pues aunque no tiene amor,

la he de volver mi cera,

solo con mi condición.

Ptog. 17

Teodoro.

Con quien hablabas amaro

Amaro.

conmigo hablaba señor

un negocio de importancia

pero di qué hay de tu amor

Teodoro.

Tengo amaro buen principio

Tengo alegre el corazón

Amaro.

gracias a dios que has llegado

a puerto de salvación

Pero vámonos que es tarde

y el sueño es un dormilón

Teodoro.

para ti siempre lo ha sido

Amaro.

y aun también para los dos

que es muy necio el que al aurora

la saca de su rincón

que mejor es que me busque

que no que la busque yo.

ya digo a todas que quiero

y les doy el corazón

no más seré sirvenguenzallas

y haber para qualo son

Si en aquesto me asiento

puerta franca ha de amor la ocasión

y gozo de lo que quiero

sin tener duende sin desazón

Teodoro.

Esa es necedad amaro

Amaro.

sea necedad o no

yo vivo muy a mi gusto

y pene el que tiene amor

Ptog. 18

Vanse, y sale el Delfín de Francia y Monsieur de Virón.

Delfín.

¿Sabéis de Londres qué es lo que hay de nuevo,

la infanta está resuelta a darme guerra?

Monsieur de Virón.

Sí, señor, pero cierto que no apruebo

por bien fecho venir contra su tierra.

Delfín.

Muy mal paga mi amor, poco la debo

cuando esta voluntad en sí destierra;

pero saldrála mal su pensamiento,

que en mí no logrará su necio intento.

¿No le fuera mejor estar segura

en su reino, pues yo no la estorbaba,

y no venir sin modo ni cordura

contra quien la quería y la adoraba?

pensando hoy abatir quien la estimaba;

hace muy mal, que amor a los soberbios

los busca contra sí nuevos

¿Qué ve esta infanta en mí, que tan segura

se dispone a dar guerra hoy a su amante?

No puedo creer sino que la cordura

en ella le hha faltado en un instante,

o que presume aquí por conjetura

ser ella sola el rey hoy adelante;

pues hoy sin reparar que hay dos reyes,

quiere contra mi reino poner leyes.

Muy bizarra esta infanta se ha apuntado;

pero es mujer, no es mucho si es violento

en ellas el valor, pues sin cuidado

Ptog. 19

Delfín.

no más de que le dé en el pensamiento

quieren atropellar con lo intentado

sin reparar que puede haber tormento,

pero al acometer con gallardía

al fin es de mujer su fantasía.

Monsieur de Virón.

Podrá ser que no venga aunque lo intenta,

que no es esta ocasión hoy tan forzosa,

y ansí, tu alteza, olvide esa tormenta

que el pensamiento tiene peligrosa;

y cuando venga será para su afrenta,

que no saldrá en tu campo muy airosa;

¿quieres rayo ser tú del mundo entero,

y que te ha de temer es verdadero?

Delfín.

Témola, por quien soy, porque la adoro,

y es fuerza que si veo sus cristales,

que me he de sujetar a su decoro;

porque en viéndolos yo serán mortales

mis fuerzas, mi poder y mi tesoro,

que antes me ha de causar mayores males.

Vamos, que quiero escribir

por ver si puedo apartar

que no venga a sujetar

su intento, por divertir

entretanto mi pasión.

Ptog. 20

Delfín.

que es tan grande, que os prometo

que si aquesto llega a efeto,

que muera mi corazón.

Monsieur de Virón.

Diviértase vuestra alteza

por olvidar tal dolor.

Delfín.

No puedo, que tengo amor.

Monsieur de Virón.

Para eso es la fortaleza.

Delfín.

No me aprovecha el tener

divertido el pensamiento,

porque mientras más lo intento,

más vengo yo a padecer.

Monsieur de Virón.

Mucho me admiro y me espanto

que sin ver aquesta infanta,

tanto el dolor se adelanta.

Delfín.

Es un prodigio, un encanto,

que solo por relación

tengo el alma tan perdida,

que casi me falta vida

y sangre en el corazón.

Pintáronmela de suerte

que cuando yo lo escuchaba,

aunque estaba allí, no estaba.

Monsieur de Virón.

Grande amor.

Delfín.

Y lance fuerte,

porque con el pensamiento

y los ojos la miraba.

Si os digo que la hablaba,

os parecerá más portento.

Que no os parezca que yo

Ptog. 21

7

Delfín.

aunque no la he visto, y manda

que ella con su misma mano

el bien que tengo me dé,

y ansí no os espantaréis

de que tema yo aqueste sol,

pues de allá con su arrebol

me sujeta, como veis.

Monsieur de Virón.

No tengo que responder

a vuestra alteza; esto puesto,

Delfín.

Si no me queréis ver muerto,

dejádmele obedecer.

Vanse. Y salen Oracio y Pierres y Arminda.

Arminda.

Mucho agradezco, señor,

la visita que me hacéis.

Oracio.

Con la honra que me dais,

estoy con nuevo valor.

Desde hoy empiezo a vivir,

hoy solo he cobrado el ser,

pues hoy empiezo a nacer,

que hasta ahora era morir.

Arminda.

Tened, Oracio, tened,

que ya de lisonja pasa,

y no se usa en esta casa.

Oracio.

Señora, con la merced...

Arminda.

Bueno está, no prosigáis;

hablad, señor, desotra cosa,

que yo misma estoy celosa

Oracio.

¿De quién?

Arminda.

De la que miráis.

Ptog. 22

Arminda.

¿Qué habéis visto en mí, señor,

para que os adelantéis

de esta suerte, y que queráis

tratar en cosas de amor?

Tachado: Mons.

Oracio.

Si aquí me dais vos licencia

yo lo diré.

Tachado: y en el alma

Tachado: lo que vos estáis pensando

Tachado: Delfín.

Arminda.

Pues yo digo

que hasta escucharos me obligo.

Si el cielo me da paciencia,

mas luego os habéis de ir.

Oracio.

Digo que obedeceré.

Arminda.

Con aquesso escucharé.

Oracio.

Yo digo para vivir

a muchos siglos, señora,

que buscando yo la vida

jamás topé mi acogida

en ningún tiempo, hasta agora;

hoy con vuestra hermosa aurora,

que el alma recibió el ser,

y cobré todo el poder

que al corazón le faltaba,

que, aunque siempre le buscaba,

hoy solo le pudo ver.

Pero vile de tal suerte,

que con alborozo igual

dijo: Aqueste es el raudal

que me saca de la muerte,

Reclamo: Ar.

Ptog. 23

Oracio.

Abriendo las ciegas puertas

renovó en mí los sentidos,

que estaban antes perdidos,

y dije: "Gracias al cielo,

que con aqueste consuelo

abrió mis ojos dormidos".

Abiertos vi luego el sol

con los rayos que arrojaba,

que las tinieblas quitaba

de la noche su arrebol,

mas sirviendo su girasol

fui a gozar de la hermosura;

que en ella vi mi ventura,

pues mientras más la miraba

más amor en mí formaba,

y en dichosa coyuntura.

Esto ordenó, señora,

que desde el punto que os vi

al momento os recibí

por mi dueño, y pues agora

medio este sol es una nueva aurora,

goce yo de sus estrellas,

no las albas en centellas

que abrasen mi corazón;

porque no será razón

que paguen mal tus querellas.

Arminda.

Pues como os he escuchado,

yo os doy vuestra posesión,

y que vuestro corazón

le tenéis tan desvelado.

Ptog. 24

Arminda.

Que no os puedo remediar

porque yo ya estoy casada,

y cuando no lo estuviera,

qué es lo que hay más que estimar.

Con esto os lo he dicho todo.

Olvidad ese penar

pues no se ha de remediar,

buscad, señor, otro modo.

Fama ofrecisteis de vos,

y pues que ya os he escuchado,

digo que será excusado

que os vayáis a otra a pedir.

Oracio.

¿Que al fin no ha de ser posible

el aplacar mi pasión?

Arminda.

No hallaréis en mí ocasión

porque lo es imposible.

Oracio.

Mirad.

Arminda.

No tengo qué ver.

Oracio.

Advertid.

Arminda.

Es dar en vano,

a mi corazón tirano

ya no le podéis mover.

Mucho, señor, os tardáis.

Oracio.

Témome que he de morir.

Arminda.

Antes habéis de vivir

si aqueste amor olvidáis.

Oracio.

¿Cómo podré si nací

con esta pensión de amor?

Arminda.

Pues pasad ese dolor.

Ptog. 25

17

Arminda.

que al amor no conozco.

No os vais porque os dejaré

en esta cuadra.

Oracio.

Señora.

Arminda.

En balde os quejáis agora,

porque ansí os responderé.

Vase.

Oracio.

Aguarda, espera, detente,

no quites, piedra, al amor,

que me has dado buen dolor,

con este fiero accidente.

Que se burlase de mí,

que se fuese desta suerte,

dándome tan fiera muerte,

muy desdichado nací.

Buenos quedamos, amor,

yo sin vida y tú ofendido,

tú burlado, yo perdido,

sin alma, vida y valor.

Qué pretendes aquí hacer,

amor, si por ti revuelves,

dime, dime qué resuelves

con ese flaco poder.

Que pretendo sujetarla,

muera a poder de mi agravio,

quemaréla el corazón,

no entienda que he de dejarla.

No sé cosa, pues ya sé,

cuando ansí me ha despreciado,

que le cueste algún cuidado

que yo mismo causaré.

Ptog. 26

[En el margen superior derecho hay varios versos tachados e ilegibles, que parecen ser un borrador de los primeros versos de la página.]

Oracio.

Yo tengo de porfiar,

y si burlare mi amor,

verá en sí tan gran dolor

que no pueda remediar.

Morirá, ¡viven los cielos!,

que no ha de ser tan constante

que desprecie ansí un amante

causando tales desvelos;

valor, valor, corazón,

no padezcas esta muerte,

busca en tu engaño tu suerte,

muera este fiero varón.

Pierres.

¡Ah, señor!

Sale Pierres.

Oracio.

Pierres, ¿qué quieres?

Pierres.

¿Cómo tan solo y retirado?

Oracio.

Déjame, porque

¡Ay de mí, que !

Pierres.

¿Luego ya estás vencido?

Oracio.

No, porque soy desdichado,

estoy sin alma perdido.

Pierres.

Pues tan mal te ha sucedido,

que tanta pena te da.

Oracio.

Muy mal.

Pierres.

Dime la ocasión.

Oracio.

Estoy, Pierres, despreciado,

anda el amor engañado,

aquesta es mi perdición.

Metiome en empeño hoy

y dejóme de tal suerte,

que por vida me dio muerte,

y a él, que deudor le soy,

vine a ver a quien tú sabes,

y en lugar de darme glorias

me dejó con las memorias

de tan encendidos males.

Ptog. 27

Oracio.

y viendo que porfiaba

ella se fue y me dejó,

mira tú cómo estaré yo

ausente quien yo adoraba.

Pierres.

vete tú donde se fue,

que si ella quiere, yo sé

que presto a buscarte venga.

¿Qué hay dama que siendo amada

su cielo es ver padecer

al amante, y luego ser

de nuevo hacerse rogada?

No la busques en tu vida,

no la veas más loca así,

se te asconde ella avara

y vendrá a darte la vida.

Oracio.

Quiero mucho, es imposible

que pueda haber tal desprecio,

aunque soy como necio,

que mi pasión es terrible;

y será en balde su olvido,

soy hombre y he de tener

resistencia al padecer,

cuando dolor quiere dar.

Yo he de porfiar es cierto

al paso que aborreciere,

y si amor mal me saliere

que no llegaré a su puerto;

venganza tendrán los cielos

para aquesta sinrazón,

merita su corazón

con diferentes desvelos.

Vamos, Pierres, vamos luego,

que yo he de ver de qué suerte...

Reclamo: tengo

En el margen derecho se aprecian algunas pruebas de pluma.

Ptog. 28

Oracio.

tengo de ver por mi muerte

y aplacar aqueste fuego.

Pierres.

Pues vamos luego a buscar.

aqueste modo que ordenas

para que tu amor desmaye,

porque puedas descansar,

que siquiera brevemente

podrá ponerte cautiva

la que descubre te priva,

aunque se pinte a valiente.

Versos tachados

Vanse, y salen Arminda y Jacinta.

Arminda.

¿Qué te parece, Jacinta,

de Teodoro?

Jacinta.

Es en estremo tierno,

pero muy perdida estoy

de amores.

Arminda.

Quiérole bien,

y no te espantes, pues ya

viene a ser hoy mi marido.

Jacinta.

¿Sábeslo tú de verdad?

Arminda.

Sí, porque él habló a mi padre,

y según su calidad

no habrá duda aquesto, que esto

Jacinta.

Según eso, buena está.

Holgaréme yo en el alma

de verte contenta ya.

Ptog. 29

Jacinta.

y quitada de cuidado,

porque del modo que estás

pienso que si no te sale,

ha de ser mayor tu mal,

que amar y no ser pagada

es un veneno mortal.

Arminda.

Jacinta, tienes razón,

que es mi amor de calidad

que fuera perder mi vida,

mas mi padre viene ya,

disimulemos agora,

a saber qué nuevas da.

Carlos.

Arminda.

Sale Carlos.

Arminda.

Señor.

Carlos.

¿Qué hacéis?

Jacinta.

Conmigo, señor, está

entreteniéndose un poco,

con que las penas se van,

y no vuelven para ver

que yo no les doy lugar.

Carlos.

Arminda, a mí me conviene

casaros, porque me están

estas canas dando priesa,

y no lo puedo excusar.

Arminda.

¿Ahora, señor?

Carlos.

Ahora,

porque me siento , en verdad,

cansado, y antes que muera

os quisiera remediar.

Ptog. 30

Arminda.

¿Con quién, señor?

Carlos.

Con Teodoro.

Arminda.

¡Quién tuvo ventura igual!

Aparte.

Carlos.

Dél estoy bien informado:

es hombre muy principal,

muy rico, muy entendido,

muy cortés y muy galán;

a mí bien me ha parecido,

y ansí a mis canas le dad

este contento, hija mía,

pues no me queda

quisiera yo veros ya

remediada.

Arminda.

Ansí es verdad.

Carlos.

¿Gustáis desto que os he dicho?

Arminda.

Digo que sí, porque ya

os deseo obedecer,

que aunque aquí parecerá

tan presto el decir de sí

resolución, no dirán

que lo es, pues vos gustáis;

con esto no os digo más.

Carlos.

Puesto que determináis,

pues voy a pedir albricias

a Teodoro, que serán

para él de gran contento,

y luego os he de casar.

A Dios, luego vuelvo al punto.

Vase.

Arminda.

Id con Dios, que bien os lleve.

Ptog. 31

12

Jacinta.

pagando amor a mi pecho

aquesta vez deudas hay

pues das cumplido tu intento

pues tu padre loco está

de contento.

Arminda.

y mayor dicha

ser su gusto el de mi vida

Teodoro.

Señora.

Entra Teodoro tachado: y Amaro .

Arminda.

Seáis bienvenido;

mi padre os va agora a buscar.

Teodoro.

¿Queréis que me vuelva?

Arminda.

No,

porque él a casa vendrá.

Teodoro.

Obedezco si os doy gusto.

Arminda.

Es cierto que me le da

vuestra persona, no hay duda.

Teodoro.

Pues, ¿qué es lo que en mí será,

si con verme os alegráis?

Podré decir de verdad

que solo cuando os conozco

entonces la vida es ya

más viva en mí, porque tiene

en ti el alma claridad,

de ese cielo, de esa gloria,

de ese sol, de esa beldad.

Solo yo vivo con veros,

con veros olvido el mal,

y con gozaros la luz

que impide la oscuridad.

No hay para mí mayor gloria.

Ptog. 32

Foliación manuscrita: 15

Teodoro.

Como ver ese cristal

del cielo que me da vida,

la vida que hace inmortal.

Arminda.

No prosigáis, que es intento

que me deis qué imaginar,

que os tenéis muy contento

cuando me veis al hablar.

Que hay amantes que en presencia

de la dama fingen amar

la pasión que entonces muestran

solo por disimular.

No digo yo que seréis

de los que digo, que ya

os he visto el corazón,

porque él en mi centro está;

sino porque me da pena

veros ante mí quejar,

que son quejas los requiebros

cuando pagados están.

Que yo os adoro no hay duda,

y que me habéis de costar

mucha pena, no lo niego,

sabe el cielo la verdad.

Teodoro.

Yo daros pena, señora,

y cuidado, reparad

que no me queréis, pues vos

no me habláis con claridad;

porque solo por quien soy,

cuando hay amor de verdad,

si fuera contrario el mío

a esta luz, a esta beldad...

Ptog. 33

Teodoro.

Solo a vos, señora, adoro,

pues mi alma en vos está,

y juro a Dios que el cielo

os vengue de tal crueldad.

Arminda.

Él me libre de traidores,

mas mi padre viene ya,

no prosigáis.

Teodoro.

No prosigo.

Entra Carlos.

Carlos.

Señor Teodoro, en verdad

que vengo agora a buscaros

solo para efectuar

lo que vos me habéis pedido,

que ya concertado está.

Teodoro.

De que estéis vos confiado

es lo que pena me da,

pero ya aquí me tenéis;

ordenad, señor, mandad

lo que fuere vuestro gusto.

Línea tachada: pues [texto tachado ilegible] cuando se aumenta [texto tachado ilegible]

Carlos.

Yo he tratado con mi hija

vuestro intento y ella ya

viene en ello, como es justo;

cuando aumenta calidad

ser vuestra esposa, no hay duda.

Teodoro.

Señor, señor, bueno está,

que yo solo soy quien gano,

y a quien el cielo le da

dicha, honor, hacienda, gloria,

no os tengo que decir más.

Carlos.

Pues vamos para que os deis...

Ptog. 34

Carlos.

las manos, que quiero yo

pagaros ese desvelo

y dar a mis canas paz.

Teodoro.

Digo que ya os obedezco.

Carlos.

No lo quiero dilatar;

vamos, hija, vamos luego,

con gran contento de deudos.

Tachado: vanse y quedan amaro y jacinta.

Amaro.

Señor, esta carta tienes.

Sale Amaro con una carta.

Teodoro.

¿De quién la carta será?

Amaro.

Abre y sabrás de quién es,

con eso no dudarás.

Teodoro.

Del rey de Hungría es la firma.

Abre la carta.

Amaro.

Más que te envía a llamar,

y si es esto, a muy mal tiempo

esta jornada vendrá.

Teodoro.

Quiero saber lo que dice.

Luego que la presente veáis, Teodoro, os partir

sin más dilación que venir vuestra persona,

porque os he menester en mi corte para un

negocio de importancia. El Rey.

Carlos.

Teodoro, ¿qué novedad

os viene con esa carta?

Teodoro.

De que me envía a llamar

luego al punto el rey de Hungría.

Arminda.

¡Cielos, ya empiezo a penar!

Ptog. 35

Arminda.

pues aun casada no estoy

y al alma esta pena dan.

Carlos.

¿Habéis de partir sin falta?

Teodoro.

No lo puedo dilatar.

Carlos.

Pues vamos, porque queden

los dos con estado ya,

y vos partiréis contento

sin tener que recelar,

y aquesto esté alegre

por ver que casada está.

Vase.

Amaro.

Y di, Jacinta, también,

¿habémonos de casar,

pues se casan mis amos?

Jacinta.

No estoy de esa calidad,

que yo tengo de ser monja.

Amaro.

Esa es linda necedad:

tú monja, como yo fraile,

que nunca yo vi jamás

que tal intento tuvieses.

Mira, y oye, que no estoy

de tal parecer agora;

y pues que yo soy galán,

soy la flor de los lacayos,

y otro nunca has de topar

como yo en toda tu vida,

procúrate aquí ablandar,

si no, desechas tu dicha.

Jacinta. tachado: es mi dicha

Amaro. tachado: claro está

Ptog. 36

Amaro.

pues enviándome a Borgoña,

y si pierdes la ocasión

ahora, aunque digas más,

cuando venga, será en balde,

que has de estarte en tu fregón.

Jacinta.

Digo que me va enfadando,

y que si mucho te estás

conmigo, tengo de hacer...

Amaro.

¿Qué has de hacer, que estás mortal,

en no querer a quien te adora?

Jacinta.

Pues yo no le he de adorar,

y desocupe la sala.

Amaro.

Jesús, y qué necia estás.

¿Al fin, no me has de querer

en algún tiempo?

Jacinta.

Jamás.

Amaro.

¿Podrás con tu condición?

Jacinta.

Muy bien.

Amaro.

¿Y no llorarás

un poquito en mi partida?

Jacinta.

Si fuera clamorear,

lo hiciera de mejor gana,

que es lo que gusto me da.

Con esto adiós, que me voy.

Vase.

Amaro.

Yo iré tras ti, que me das

dos mil sales con tus desdenes,

y no te podré olvidar.

Ptog. 37

Foliación: 19

Vanse y sale Oracio y Pierres.

Pierres.

Lo que te digo, señor,

es la verdad; esto es cierto.

Oracio.

Con eso, Pierres, me has muerto,

dándome tan gran dolor.

¿Quién es el noble que tiene

tanta dicha merecida,

pues ha topado la vida?

Pierres.

Si decírtelo conviene,

es con el mayor amigo

que tienes en el lugar;

Teodoro se ha de llamar.

Oracio.

Hoy viene a ser mi enemigo,

pues mi gloria me ha quitado;

mas no importa, que yo sé

que en algún tiempo le dé

a Teodoro gran cuidado.

Que me aborreciese a mí

esta mujer se hace fuerte,

y que otro tuviese suerte,

dándome la muerte aquí.

Pues ahora que casada

está, la he de perseguir;

con disgusto ha de vivir;

no piense estar descuidada.

Y si hiciese resistencia

con su valor mi porfía,

verá como su alegría

se vuelve en impaciencia.

Ptog. 38

Pierres.

Pues señor, cierta casada

y su padre hace este trato,

según lo que he visto yo,

la pasión es escusada.

Con esta dama has tenido

trato, y cierto te enamores;

¿hate ella dado favores

que estás ansí tan perdido?

Oracio.

Que la quiero confieso,

y hoy lo quiero, aquesto es llano.

Pierres.

¿Os ha alcanzado su mano?

Oracio.

No, Pierres.

Pierres.

Mayor exceso

tiene tu locura aquí,

pues quieres que ella te quiera,

y tu amor no considera

que hace mal tratarte a ti.

Que querer amor forzado,

no habiendo otra, fuera justo

que te cumpliera tu gusto,

y sacara de cuidado.

Mas habiendo otras a mano,

¿por qué te echas a perder?

Olvida aquesta, el querer,

y no te canses en vano.

Que a ti no te ha de faltar,

y pues de galán te precias,

deja estas locuras necias;

¿qué has de sacar de amar?

Ptog. 39

16

Pierres.

y da de mano al penar.

Oracio.

Lo que tú dices ya es tarde,

mas no podré yo olvidarla,

que sé que me ha de costar

el olvido verme muerto

de penas, ay, de dolores,

porque está mi corazón

de ver esta suspensión

con muy crueles temores.

No hay que dudar, ha de ser

mía a pesar de su honor,

vencerála mi valor

pues tiene grande poder.

Gozaré de sus abrazos

aunque ella ya esté casada,

que está el alma enamorada

y rendida a tales lazos.

Pierres.

Mucho has dicho aquí, señor,

que es muy gran atrevimiento,

y si lo sabe, es perdido

el crédito de tu intento.

Oracio.

A su casa quiero ir

a ver aquesta ocasión.

Pierres.

Mira que pones la vida

en el riesgo de morir.

Oracio.

No importa, porque con eso

descansará el corazón.

Pierres.

No tengas mayor pasión

con ese tan necio exceso.

Ptog. 40

Oracio.

Sea o no, yo la he de ver,

y tengo de porfiar

hasta que me venga a amar.

Pierres.

Alto, pues, si ello ha de ser,

luego nos podemos ir;

mas, señor, yo no quisiera

que aquesta vista te diera

ocasión para morir.

Oracio.

Véala, y muérame luego;

con esto descansará

el alma, y acabará

de quemarse en este fuego.

Vanse. Salen Carlos, Teodoro, Arminda, Palabra tachada e ilegible. y Jacinta, y Amaro.

Carlos.

En el alma me he alegrado,

Teodoro, del buen suceso

de mi hija, y hoy con eso

el alivio de cuidado.

Teodoro.

Yo he sido el que aquí he ganado,

y aquesta ventura es mía;

no hay en el mundo alegría

como la que yo he alcanzado.

Mil almas tenéis en mí,

hoy goza mi corazón,

en tan alta obligación,

pues hoy tan dichoso fui.

Carlos.

Con esto a estas canas doy

la vida que les faltaba,

en este bien que esperaba,

Teodoro.

Con ellos a mí me honráis,

Ptog. 41

17

Carlos.

Ya tenéis a vuestra esposa,

y ansí ya quiero dejaros,

que los padres suelen dar

respeto a quien se desposa.

Que a los que se quieren bien,

estorbarlos no es cordura

esta amada coyuntura,

sino que solos estén.

Teodoro.

Pues si la vida que tengo,

por vos aquí la he ganado,

Carlos.

¿Cómo podéis dar cuidado?

Teodoro, aquesto prevengo.

Porque es muy justa razón.

Solo lo que aquí os encargo,

si es que con vos puedo y valgo,

que alegréis mi corazón

en ser breve a esta jornada.

Teodoro.

No me tenéis que encargar,

que a mí me importa abreviar

si dejo esta prenda amada.

Solo lo que os pido yo,

aunque es escusado aquí,

que miréis, mas ¡ay por mí!

eso no es menester, no.

Carlos.

Que me dejéis encargado,

seguro podéis partir,

no tenéis más que decir.

Teodoro.

Y quedoos obligado.

Carlos.

Adiós, hija.

Arminda.

Adiós, señor.

Carlos.

Vos, Teodoro, bien podéis,

pues decís que me queréis,

ir cierto de vuestro amor.

-vales

Ptog. 42

Aparte.

Arminda.

Muchos los dos han hablado,

qué negocios habrán sido;

un poco está divertido

con el hablar mi cuidado.

¿Qué será, válgame Dios el cielo?

Teodoro.

Esposa, ¿cómo calláis?

Mirad que con eso dais

a mi vida desconsuelo.

Arminda.

Pues, esposo, no hay de qué,

que aunque allí yo no os hablaba,

mi alma con vos estaba.

Teodoro.

Eso, señora, noté,

porque miro vuestros ojos

en otro nuevo semblante.

Arminda.

Como os vi tan adelante

en el hablar, ¿causó enojos

mi corazón? Porque os quiero

tanto que casi tenía

celos, con esta tiranía

de mi padre verdadero.

Teodoro.

¿De vuestro padre, señora?

Arminda.

De mi padre, que pensaba

que ya a otro amor os buscaba,

y que yo os perdía agora.

Teodoro.

Porque no tengáis recelo,

lo que yo con él hablé

aquí, señora, no fue,

esta verdad sabed dello,

no fue más que mi partida,

y el dejaros encargada.

Arminda.

Yo quedo en mí tan guardada,

que antes perderé la vida.

Ptog. 43

13

Arminda.

Que llegaros a ofender,

que el a ofender es locura,

que quedo yo más segura

conmigo que en su poder.

Teodoro.

No os enojéis, dulce prenda,

que esto es amor.

Arminda.

No lo es,

pues por mí esta duda es.

Teodoro.

Temo que nadie os ofenda.

Arminda.

Partid seguro, señor,

de que me dejáis en mí,

que el mundo no tiene aquí

qué hacer contra mi valor.

Soy mujer y tengo amor,

y esto basta porque vais

satisfecho que le dejáis

libre en mí vuestro temor.

Soy roca, soy un diamante,

que para labrarle es fuerza

que vuestro valor le tuerza,

que a otro será constante.

Teodoro.

Con esto me partiré,

esposa, tan satisfecho,

llevando tal bien mi pecho

de honor, que un monte seré.

En no olvidar vuestro amor,

y en ello mi memoria

estará siempre en la gloria,

gozando tan gran favor.

Escuchad antes de irme

un negocio aquí en secreto.

Hablan en secreto.

Amaro.

A mí me toca, en efeto,

también aquí despedirme.

Dime, Jacinta, ¿no es justo

casarnos los dos también?

Jacinta.

Eso a mí no me está bien,

que no es cosa de mi gusto.

Ptog. 44

Amaro.

Pues ¿es de poder llevar,

tú, tanto tiempo el no verme?

Jacinta.

Por no temer el perderme,

echo mis penas al mar.

Amaro.

No eres boba, vive Dios,

pero dame algún favor.

Jacinta.

Jamás le ha dado mi amor.

Amaro.

¿Qué habemos de hacer los dos,

si yo sé que tú me quieres,

y yo a ti? Sin ver tus ojos,

por memoria unos despojos

¿no me darás, si bien puedes?

¿No te ha sobrado jamás

algún oro retraído

que de puro deslucido

ese nombre no le das?

Pues eso que tú desprecias

tomaré yo por favor,

solo en prendas de tu amor.

Jacinta.

Son esas palabras necias,

que yo en mi vida no he dado

ni he de dar de ningún modo,

aunque yo pierda el bien todo

que ofrece amor, que es cansado.

Amaro.

De esa suerte ya yo puedo

de tu amor ir descuidado,

pues sé ya que no te agrado.

Jacinta.

Con eso contenta quedo.

Eres cuerdo en conocer

que yo no te he de admitir,

y que puedes bien partir

muy libre de mi querer.

Amaro.

Pues ya estoy desengañado

de ti, no me faltará

quien de mí se acordará.

Jacinta.

No me da ningún cuidado.

Ptog. 45

19

Amaro.

Advierte.

Jacinta.

¿Qué he de advertir?

Amaro.

Que te pesará algún día

por tu loca fantasía.

Jacinta.

No dejaré de vivir

por eso.

Amaro.

¡Qué necia estás!

Jacinta.

No tengo más sentimiento

que doy mis penas al viento.

Amaro.

Paciencia, pues veo que das

tales favores a amor;

y pues me has menospreciado,

yo sé que tu desagrado

te ha de costar gran dolor.

Que cuando estés más segura,

en esto del no querer,

amor, que sabe vencer,

me vengará tu locura.

Arminda.

Como vos decís se hará;

bien podéis ir descuidado.

Teodoro.

Con aquesto, mi cuidado

de su mal descansará.

Arminda.

Al fin es fuerza el partir.

Teodoro.

No puede dejar de ser;

harto siento el carecer

vuestra luz, por no morir.

Bien sé que me ha de costar

gran pena aquesta partida,

si me aparto de la vida

en que llego a descansar.

Tener contento será

en vano en mi corazón,

todo será confusión,

gloria jamás la hallará.

Ptog. 46

Teodoro.

Porque si se queda en vos

todo el bien de mi consuelo,

cierto será mi desvelo

donde no estamos los dos.

Todo será obscuridad,

todo horror, todo tristeza,

¿quién podrá hallar fortaleza

hasta ver tu claridad?

Desto será de tal suerte,

que si pasan muchos días

el no ver yo glorias mías

será muy cierta mi muerte.

Arminda.

Deja de sentir, esposo,

que con tanto padecer

es fuerza que he de tener

en mí el dolor más penoso.

Adiós, señor, y adiós luego;

mal digo, no estoy en mí,

cuando me dejas aquí,

con veros ir en un fuego.

Al fin es fuerza el partir.

Teodoro.

Fuerza, que no puedo más.

Arminda.

¿Tan presto, mi bien, te vas?

Teodoro.

No sé, esposa, qué decir,

yo tengo de obedecer;

soy mandado, el rey me obliga.

Arminda.

Mayor pena, más fatiga

me da su fuerte poder.

¿Vendréis presto?

Teodoro.

No lo sé.

Arminda.

¿Olvidareisme?

Teodoro.

Es en vano,

contra tu amor, yo tirano,

quien a la gloria se fue.

Ptog. 47

20

Arminda.

¿Vaste ya?

Teodoro.

Sin dilación.

Arminda.

¿Que no te tengo de ver?

Teodoro.

Sí verás.

Arminda.

¿Cuándo ha de ser?

Teodoro.

Yo buscaré la ocasión.

Arminda.

¡Cuán poco dura el contento!

Pues apenas le tomé,

de entre los ojos se fue,

causando al alma tormento.

Quien en aquesta ocasión

la vida en muerte trocara,

con aquesto descansara

de penar el corazón.

Teodoro.

¿Sientes mucho mi partida?

Arminda.

Tanto que si ser pudiera,

contigo el alma partiera

a gozar en ti su vida.

Teodoro.

Jamás el bien ha durado,

aquel que contento está,

que luego el amor nos da

por glorias, mayor cuidado.

Vendré a ser como la flor

que con el sol tiene vida

y, en faltando, está perdida

sin ser vista ni color.

Adiós, esposa querida.

Arminda.

Adiós, dulce dueño mío,

Teodoro.

que al fin de ti me desvío.

Arminda.

Que al fin, sin ti tendré vida.

Teodoro.

Que podré estar sin tu gloria.

Arminda.

Que yo podré estar sin verte.

Ptog. 48

Teodoro.

Será para mí una muerte

ver padecer tu memoria.

Arminda.

El cielo me dé consuelo

para llevar tan gran mal.

Teodoro.

Queda a Dios, que voy mortal,

Arminda.

y yo en un grande desvelo.

Fin de la primera jornada

Jornada segunda

Ptog. 49

+ Segunda Jornada La mujer juez de su marido

2

Salen Oracio y Pierres.

Pierres.

¿Qué tan fuerte está, señor?

Oracio.

Tanto, que a tanto extremo

que estoy por decir la temo

viendo su fuerte valer.

Por más que la he porfiado

con amor, con osadía,

es en balde mi porfía

es en vano mi cuidado.

Tiénese al fin por honrada,

quiere mucho a su marido

que aunque es mucho lo ofrecido

todo no lo estima en nada.

Por todas partes he entrado

para alegrar mi pasión,

pero está su corazón

en su marido ocupado.

No hay carta que ella le escriba

que yo no coja con arte,

y también de la otra parte

porque ella no los reciba.

Y aunque el descuido lamento

de su marido, es locura,

que antes estamos seguros

para no mudar su intento.

Ptog. 50

Pierres.

Pues, ¿qué pretendes hacer?

Oracio.

Porfiar, no he de dejarlo,

si hoy no hay quien llegue a estorbarlo.

Que no ha de ser tan constante,

en viendo que su marido

de escribirla tiene olvido,

que desprecie a un fiel amante.

Oíle que ha de bajar

al jardín aquesta tarde,

y allí pienso hacer alarde

de mi amor con porfiar.

Pierres.

Y si su padre Astolfo

a bajar toca, ¿qué has de hacer?

Oracio.

Disimular otra vez

lo que el viejo conceptuoso...

Pierres.

¿Qué ha de decir si te ve

con ella, señor?

Oracio.

Que soy

buen amigo, pues que voy

a verla.

Pierres.

Aquesto no sé,

que el viejo

dejará

de celarla.

Oracio.

Eso es locura,

si sabe que está segura.

Pierres.

Es celoso, si sucede.

¡Plegue a Dios que no lo enrede,

centinelas parecer!

Oracio.

Yo sé que no vendrá a ver.

Ptog. 51

Pierres.

Mira, señor, que te pierdes,

este consejo te doy,

no inquietes más hoy tu vida,

que harto labras tu herida;

repara.

Oracio.

Verdad es,

y más que pierda el vivir,

haga yo ahora mi gusto,

sea justo o no sea justo,

y aplaque este dolor.

Pierres.

Pues, señor, si eres su amigo,

¿no ves que es necio valor

querer afrentar su honor?

Perdona, que te lo digo,

y esto sufre, porque a mí

me parece no ser justo

que averigües a su disgusto

grandes...

Oracio.

Déjame aquí.

Que aquesta es necia locura,

que quiero bien y es en vano,

aunque parezca tirano,

no gozar de su hermosura.

Yo no puedo descansar

si no quito este temor,

queda sin rienda mi amor,

y no puedo sosegar.

Veréla yo en su jardín,

significaréle el mal

que tengo en mí, tan mortal,

por ver si en mí tiene fin.

Si allí se resolviere,

despreciando mi osadía,

borraré su fantasía

que de no querer tuviere;

y el remedio está en la mano,

porque yo tengo de haber...

Ptog. 52

Oracio.

que la venga a aborrecer

su querido esposo villano.

Vamos que muero de amor

y no puedo sosegar,

tú en esta te has de quedar

porque importa ansí al honor,

yo solo tengo de ir,

yo solo la he de vencer,

yo solo me he de poner

en el riesgo del morir.

Pierres.

Mira, señor,

Oracio.

No me adviertas,

porque no te he de escuchar,

y he de procurar entrar,

que amor me abrirá las puertas.

En el margen izquierdo hay garabatos y texto tachado, posiblemente pruebas de pluma o indicaciones de entrada.

Vanse y sale Arminda sola.

Arminda.

Un año ha que padece

gran pena mi corazón,

por no saber de mi esposo,

la causa ignora mi amor.

Un año ha que se fue,

un año ha que salió

mi alma a buscar su dicha

dejándome con dolor.

Las caricias que al partirse

conmigo comunicó,

fueron estas malamente,

pues el alma anticipó.

¿Cuándo siquiera una carta

de su letra me envió?

Descuido grande es el suyo,

o mucha faltha de amor.

Pero como yo le culpo,

estoy en mi juicio, no.

Ptog. 53

23

Arminda.

que culpar a quien adoro

no es piedad sino traición

No puede, esto es sin duda

ser grande la ocupación

del rey para no escribir

bien puede ser. pero no

es consuelo de mi vida

porque aquel que tiene amor

jamás el tiempo ha faltado

y nunca el bien ha habido

No sé cómo le disculpe

si miro la ocupación

hallo que no tendrá culpa

pero si vuelvo al amor

Hallo en aquestos dos males

muy poca satisfacción

que amar y no ver es cierto

que se pierde ansí el amor

El cielo me satisfaga

de mis penas de mi ardor

que un olvido en amor grande

pone en balanza el honor

Sufriré, mas cómo puedo

aguardaré, o que fiero

porque amor con esperanza

es obra de satisfacción

Lloraré, mas será en balde

llamaréle, es ilusión

que son en balde las voces

aquel que no las oyó

Sale oracio al paño

Oracio.

Sola en el jardín está

ahora es tiempo o niño dios

que venza este imposible

aligera aquí tu arpón

Ptog. 54

Arminda.

resuelta estoy a esperar

hasta saber la ocasión

que encierra, ¿en qué le culpe,

si él no tiene culpa? No.

Oracio.

Quejándose está en su pecho;

agora sí podré yo

conseguir aquí mi intento,

cortarla su inclinación.

Entro. ¿De qué me suspendo?

¿ahora me falta el valor?

Corazón, aun no quedes

sin la luz que te alumbra.

Arminda.

Con la gran pena del alma,

entre la muerte y la vida,

y matándome el dolor.

Oracio.

Con su pena se ha dormido,

ahora puedo salir yo,

cuando la ocasión me ofrece

con que cumpla mi intención.

¡Qué hermosa ha quedado al sueño,

qué donaire, qué primor!

¡Ángel es su compostura!

su rostro admiración.

Los cabellos, que enlazados

se miran de dos en dos,

son lazos de mi albedrío,

son grillos de mi prisión.

Su boca es toda un carmín,

pues el clavel se admiró

de ver esta el clavel fiel

a la boca adonde nació.

Ptog. 55

4 / 24 en la esquina superior derecha

Oracio.

Los ojos con las cortinas,

que están del verdadero sol,

se encubren, por dar lugar

que haga sus ecos el sol.

Arminda.

Esposo, ¿tanto descuido?

¿está mi alma dormida?

¿no venís de asiento? sí,

que os veo gran desabor.

Pues, ¿cómo os vais, esposo?

Oracio.

Con su esposo está en su sueño

tratando cosas de amor;

despertarla no hay duda...

¿no está dormida?

Arminda.

¿Qué os vais, señor, a mi bien?

volved, volved.

Llega a asirla de la mano y despierta.

Oracio.

Cielos, bueno está, porque no...

Dormida.

Arminda.

Esposo, señor, ¿qué es esto?

Pues ¿cómo, por dónde vos

entrasteis a este jardín?

¿Quién os dio tanto valor?

Venid, venid, ya estoy sola.

Oracio.

Pues, señora, mirad que yo

os tengo...

Arminda.

¿Qué me tenéis?

Decidlo aquí luego.

Oracio.

Amor.

Arminda.

¿Vos amor, señor? ¿Por qué

os mueve tan gran pasión?

¿No miráis que estoy casada?

Oracio.

Aqueso, señora, no.

Arminda.

Bueno está, Oracio, volveos.

Oracio.

¿Será volverme amor?

Ptog. 56

Pierres.

Será olvidar hoy la gloria,

será apartarme del sol

que me alumbró a que viniese

a gozar de su arrebol,

es perder luego la vida

ofendiendo a quien me la dio.

Si con veros hoy la gozo,

y no os parezca ilusión

verme aquí presente cuando

vivo a vuestro resplandor.

Sois lucero de mi vida,

sois norte que me guio

a buscaros por tener

en vos el mejor blasón.

Sois lo que con sus rayos

me sustentáis más que el sol,

y sois el puerto dichoso

en que descansa mi amor.

Dejaros será imposible,

pues olvidaros, peor;

quieros bien, y el despreciaros

fuera en mí delito atroz.

Arminda.

Que me queréis no lo niego,

y que sois firme en rigor,

tampoco os negaré aquí;

pero soy honrada yo.

De mi parte os agradezco

este buen celo y primor,

mas ya tengo esposo y le quiero,

que es doblada obligación.

Reclamo: Arm.

Ptog. 57

4 / 25

Arminda.

Ya sabéis que soy casada,

esto no lo ignoráis, no;

con esto os he dicho harto,

sosegad el corazón.

Porque negar a mi esposo

fuera muy grande traición;

esto os digo porque os vais,

y olvidéis que es lo mejor.

Oracio.

Olvidaros será en vano,

porque fuera en mí traición

si de quereros dejara,

si el alma de vos nació.

Que queréis a vuestro esposo

no niego, pero sé yo

que él de vos está olvidado,

y al casarse os engañó.

Porque yo supe al partirse

de su pecho la traición,

y no tenéis que esperarle,

ni que pasar más dolor.

Él no tiene de volver,

que a mí solo lo confió

para que os desengañase,

y pues os adoro yo,

y el bien que esperáis jamás

ha de gozar desde hoy,

y olvidaos de tal traidor,

traidor y falso.

En el margen inferior izquierdo, aparecen tachados los siguientes comienzos de verso: [Arminda. Mi esposo...] [no es posible...]

Ptog. 58

Arminda.

que presuma tal engaño,

que piense tal confusión.

Ea, celos, deteneros,

no vengáis con tal rigor

a darle la muerte al alma

con tan penosa traición.

Aparte.

Oracio.

Ya parece que obra en ella

pues suspensa está, lleguemos.

no desmayes, sin temor,

aplaca que aplaca este ardor.

Arminda.

No puede ser que se fuese

y me dejase, eso no,

que es engaño manifiesto

de aqueste fiero traidor.

Que como aquí su locura

en mi camino no halló,

para salir con su intento

aquesta infamia formó.

Mas no se le logrará.

Señor Oracio, el honor

de una mujer principal

en el olvido es mayor.

Yo quiero que a mí me olvide

y que no haga caso, no.

Conmigo pago sus deudas,

que es en mí el lauro mejor.

que todo el mundo dirá

que si él la traición causó,

yo soy honrada juez; la vida

perderé antes que el honor.

Ptog. 59

En el margen superior derecho: 6 / 26

Arminda.

Y ansí, vos me deseáis,

señor Oracio, decid,

¿me estima vuestro valor?

Oracio.

Más que a mi alma, señora.

Arminda.

¿Me queréis?

Oracio.

Con grande amor.

Arminda.

¿No sois noble?

Oracio.

Que cierta cosa.

Arminda.

¿Estáis hoy casado?

Oracio.

No.

Arminda.

Pues escuchad.

Oracio.

Ya os escucho.

Arminda.

Mirad lo que os digo, atended a esta razón:

Si vos fuérades de estado, fuérais, señor, casado,

qué pretendiérades vos

de una vuestra criada?

Oracio.

Pretendiera en ella honor.

Arminda.

¿No os pesara que anduviera

vuestro honor en confusión?

Oracio.

Tanto que diera la muerte

a quien me hiciera traición.

Arminda.

Pues ya os habéis sentenciado

sin que haya dilación,

y pues el ejemplo veis,

en mis manos, no es razón

que ofendáis a mi marido,

que no fuera justo, no,

que lo que vos no queréis,

en mí consintáis vos.

Ptog. 60

Arminda.

Esto he dicho porque os vais,

que será aquí lo mejor;

que soy honrada, y la honra

no es bien que la pierda yo.

Oracio.

Primero...

Arminda.

No respondáis.

Oracio.

He de hacer.

Arminda.

A que juro

que si dais voces vendrá

quien os pese.

Oracio.

¡Vive Dios,

que quite la vida a quien

estorbare esta ocasión!

Arminda.

No haréis, porque estoy aquí,

que os lo quitaré yo a vos.

Oracio.

Esto es lo que yo deseo.

Vaya a tomarle las manos.

Arminda.

Deteneos, que vive Dios

que os haga aquí a vos pedazos.

Carlos.

Arminda.

Sale Carlos.

Arminda.

Señor.

Carlos.

¿Qué habéis?

Pues ¿cómo estáis aquí

en el jardín con mi hijo?

Arminda.

Yo le he llamado, señor,

para un negocio que tengo

de mi esposo.

Oracio.

Disculpe esta ocasión,

y el haber venido aquí,

y sabréis la causa por qué aquí...

Ptog. 61

27

Aparte.

Oracio.

Con ella me topáis vos, ¿estamos solos los dos?

Qué bien que lo ha disfrazado.

Mas me ha muerto ansí de amor,

que ser hermosa y discreta

es joya de más primor.

Carlos.

Señor Oracio, yo os pido,

pues sois cortés, de que vos,

ya que honráis aquesta casa,

gastéis en mí la ocasión.

Que no es bien que con mi hija

os tope tan solo, yo no,

que hay riesgo en la mocedad,

y peligro en el honor.

Oracio.

No tenéis que recelaros,

que no es otra la ocasión.

Carlos.

No lo dudo, soy su padre,

y aquesta es mi obligación.

Vase luego.

Aparte.

Oracio.

Ya se descubrió,

muy fuerte aquél lo pintó,

Amor, aquesta mujer.

Y pues venció su valor,

el mío le dará guerra;

pero no, porque no

se ha de quedar alabando

ella que me despreció.

Carlos.

No os vayáis, ¿por qué os detenéis,

porque vuestra suspensión...

Ptog. 62

Oracio.

Solo miráis.

Carlos.

Remiréis,

id con Dios.

Oracio.

Quedad con Dios.

Vase.

Carlos.

Y vos, no os tope yo aquí,

porque no gustaré yo,

que sois casada y tenéis

marido.

Arminda.

¿Por qué, señor,

cuando vos me conocéis,

pues sabéis que sola yo

basto para un mundo entero,

a una fuerte inclinación,

que soy vuestra hija y casta?

Carlos.

Buena es la comparación,

pero suele en tales lances

ajar la flor la ocasión.

Venid conmigo allá dentro,

tratad de vuestra labor,

dejad al jardín las flores,

no escurezcáis su color.

Ea, venid, ¿qué decís?

Arminda.

Que ya os obedezco, señor.

Vanse.

Carlos.

Casada, y a aquestas cosas

no deis lugar al licor

de los ojos que las riegan,

porque no será razón

que pongan sombra a la nieve

que en tanta luz nació.

Ptog. 63

+

28

vanse y sale Teodoro solo

Dentro tocan cajas.

Dentro.

Queden los campos aquí,

que habemos de pelear

solos en este lugar,

porque esto conviene así.

Salen el Delfín de Francia y Astolfo, general de Londres, armados.

Delfín.

Ya en el puesto señalado,

con la orden que enviaste,

estoy a lo que mandaste;

cumple agora tu cuidado.

Pero advierte que primero

que la espada a esta ocasión

salga, que es tu perdición.

Astolfo.

Ni apruebo ni considero

el volver, que es cobardía,

y he de quedar victorioso,

que será lauro dichoso

venciendo aquí tu porfía.

Delfín.

Yo te advierto.

Astolfo.

Eso es en vano.

Delfín.

Mira.

Astolfo.

No hay que mirar,

yo te vengo hoy a matar.

Delfín.

¿Y podrás?

Astolfo.

Está en mi mano.

Delfín.

Pues comienza tu intención.

Astolfo.

De aquesta suerte ha de ser,

yo he de vencer tu poder.

Delfín.

Yo he de ver tu corazón.

Acuchíllanse y mata el Delfín a Astolfo y sácale un retrato del pecho.

Ptog. 64

Astolfo.

Muerto soy, válgame el cielo,

A la derecha, tachado: Cae

A la derecha: Sale el delfín con un retrato de la infanta o de bulto

Delfín.

Desta suerte vencerás,

tu soberbia pagarás,

sin tener de ti consuelo.

Pagó su infamia el traidor,

a mis pies cayó su ira,

que es contra mí una mentira,

pensar que ha de haber valor

para sujetarme a mí,

que solo yo basto y puedo

dar mi nombre al mundo miedo,

que un hombre es muy poco aquí.

Este papel le he sacado

del pecho, quiero leer

qué puede dentro traer

que estaba en él tan guardado.

Válgame el cielo, ¿qué miro?

¿Qué miro? Válgame el cielo,

quién este ángel será

adonde el alma adora

dando a los hombres consuelo.

Aqueste debe de ser

el retrato de la infanta,

mucho mi amor se adelanta

pues cobran nuevo poder.

Qué rostro y qué perfección,

qué vida que está mostrando

quien aquí le está mirando

cuando a todo es afición.

Sus cabellos dan al aire

rayos que llevan del sol

y todo aqueste arrebol

presta gloria a su donaire.

Ptog. 65

En la esquina superior derecha: 9 y 29

Delfín.

Los ojos que aquí he mirado

no dan luz por no ofender

porque a quererlos mover

quedara el día afrentado.

Su boca aunque aquí está muda

no lo está, que está diciendo

dulzuras que está sintiendo

para que a buscarla acuda.

Toda al fin es perfección,

toda es amor, toda es gloria,

pues la ofrece mi memoria

a esta gloria el corazón.

Es imposible que pueda

sin ir a ver este cielo

topar jamás mi consuelo

si el alma perdida queda.

Buscarla, aunque la vida

la pierda, no hay que dudar

que este bien he de gozar

y he de verme en su acogida.

¡Ah de mi guarda!

Soldado.

Señor.

Sale un soldado.

Delfín.

Habéis luego recoger

el campo, esto ha de ser

que no hay que tener temor,

y mandad luego llevar

ese general a Francia

que ya pagó su arrogancia,

provéase sepultar.

Ptog. 66

Astolfo.

Luego al momento se hará

lo que vuestra alteza ordena

vase

Delfín.

sacaréis me desta pena

con eso se aplacará

Pero cómo podrá ser

si hoy estoy con más cuidado

en otra guerra empeñado

que es más fuerte de vencer

Amor pues que sabes tanto

dime cómo he de salir

de tus manos sin morir

en aqueste nuevo encanto

Yo de ti me he de quejar

si al mirarme ojos

su vista me causa enojos

y no lo puedo alcanzar

Valor valor corazón

pongamos todo el poder

para procurar vencer

no perdamos la opinión

forzoso es amor partir

que ha crecido mi cuidado

y hoy estamos empeñado

sin poderle resistir

Vamos a ver cielo

vamos a buscar la vida

vivamos en su acogida

aunque nos cueste desvelo

vase, y sale Oracio y Pierres

Ptog. 67

10

30

Pierres.

Que aqueso te ha sucedido

con ella grande es tu mal.

Oracio.

Estoy Pierres tan mortal

que ya me miro perdido.

Esta cruel a mi amor

que por más que porfié

un consuelo no saqué

para aliviar mi dolor.

Pierres.

Pues ¿qué pretendes hacer

cuando ansí te ha despreciado?

Oracio.

Puesto que estoy agraviado

tenerla yo se ha de ver.

Pierres.

¿De qué modo? ¿Estás en ti?

Oracio.

No estoy, porque si estuviera

alguna señal me diera

con que yo estuviera en mí.

Pero una cosa has de hacer

sin que haya dilación.

Pierres.

Por mí, dime tu pasión,

si aquí te he de obedecer.

Oracio.

Sabrás que estoy esperando

que al sujeto, y si viene,

como a mi industria conviene

dejaré de estar penando.

Una carta tengo aquí,

y en viniendo has de llevar

Ptog. 68

Oracio.

a su esposa por lograr

mi intento, esto es arte;

mas lo que ha de resultar

della calla mi respecto,

porque conviene el secreto.

Pierres.

Puedes muy bien descuidar,

porque yo se le daré

sin despegar esta boca,

pues el secreto me toca

quieres más que yo lo haré.

Entra Teodoro.

Vase.

Teodoro.

Oracio.

Oracio.

Amigo, señor,

vos seáis muy bien venido.

Teodoro.

A vuestra casa rendido

me trae mi fiero dolor.

Apenas la carta vi,

cuando sin más dilación

buscó mi pena ocasión

para venir hoy aquí.

Y a vuestra casa he venido

sin entrar a ver mi esposa,

por ser la ocasión forzosa

y saber qué ha sucedido.

Oracio.

Lo que yo escribí es verdad

y para satisfacción

tengo buscada ocasión

para ver vuestra maldad.

Yo os pondré, amigo, de modo

Ptog. 69

En el margen superior derecho se lee "11" y "31".

Oracio.

que a los ojos lo veáis,

y si crédito no dais,

y cómo os desengañáis,

viendo allí vuestro mal todo.

Teodoro.

¿Cómo ha de ser?

Oracio.

Yo lo sé,

que, pues a mí me ha obligado

haberos ansí llamado,

que sin ocasión no fue.

Teodoro.

Esta es la honra que tengo,

cuando pensé que tenía

para mi alma alegría,

a ver hoy mi afrenta vengo.

Si será verdad, ¿qué dudo,

porque el experimento a mí

que esto ha pasado ansí,

pues el callarlo no pudo?

Conmigo hiciera mal

tener mi infamia callada,

cuando está tan declarada,

por verlo ya, que soy mortal.

Ea, Oracio, vamos luego;

sepamos esta traición,

sacadle a mi corazón

de qué me arde en vivo fuego.

Oracio.

Vamos y vos lo veréis

cómo es verdad lo que os digo;

Teodoro.

no fuérades vos mi amigo...

Oracio.

sé que os desengañaréis.

Ptog. 70

Teodoro.

Por Dios, que ansí ha de pagar,

pues que me hace padecer,

porque mi engaño ha de ser

el que me ha de acreditar.

Vase, y sale Arminda y Jacinta.

Arminda.

Mucho el dolor me atormenta,

mucho mi mal se adelanta;

hoy esta pasión me encanta

y hoy me dan celos afrenta.

Hoy padezco y yo no puedo

a mi dolor remediar,

hoy en mí todo es penar,

hoy con vida en muerte quedo.

Hoy para mí el alegría

es toda una confusión,

hoy está mi corazón

diferente que solía.

Hoy mi esposo me ha negado

y bien se le echa de ver,

pues me hace padecer

sin darle ningún cuidado;

la causa ignora mi amor,

pero ¿qué hombre que en gozando

lo que ha estado penando,

vuelve la gloria en dolor?

Para esto se casaba

con tanta solicitud,

presto ha huido su virtud,

no es mucho si le cansaba.

Ptog. 71

12

32

Jacinta.

Deja tu pena, señora,

¿sabes tú si será engaño?

Arminda.

¿Engaño que dura un año

se pasa a pena traidora?

Jacinta.

No habrá tenido lugar

de escribir, y será cierto.

Arminda.

Si el amor tiene ya muerto,

y claro nos ha de dejar.

Porque en un año y un día

de sosiego no ha tenido,

para quien busca el olvido

nunca halló lugar.

Jacinta.

Señora,

vuelve otra vez a intentar,

y satisface tu engaño.

Arminda.

Volverá a darte ahogos

mi pena, sin desahogos.

Ningún modo de consuelo,

porque quien está enseñado

a no sentir un cuidado,

no querrá tener desvelo.

Jacinta.

Pues, ¿qué pretendes hacer?

Arminda.

Morir, Jacinta, morir,

que ya no puedo vivir

hoy con tanto padecer.

Jacinta.

Cierto que estoy yo mortal

con tu pena de tal suerte,

que me ahoga ver la muerte

en mi profundo mal.

Ptog. 72

Arminda.

Yo te agradezco el favor

de que sientas tú mis males,

pero fueran más mortales

en mí verte con dolor.

Yo gusto de padecer

pues que lo permite el cielo,

yo amo aqueste desvelo

aunque con él pierda el ser.

Mi esposo me dejó a ti

y a ti me tiene de hallar

si es que me viene a buscar

arrepentido hoy aquí.

Y de que no venga es llano

que no tendrán qué decir,

más vale al dolor sufrir

pues él ha sido el tirano.

Sale Oracio y Teodoro al paño [Tachado: y Pierres] .

Hablan en secreto.

Oracio.

Por esta puerta verás

lo que afuera te conté;

ten atención, que ya sé

que te desengañarás.

Ella con Jacinta está

hablando secretamente.

Teodoro.

¡Quién oyera aquí al presente

lo que dicen!

Aparte.

Oracio.

Bueno va

el enredo que he trazado.

Ptog. 73

13 / 33

Oracio.

pues a ti me desprecio,

agora, agora os ruego

que descanse mi cuidado.

Arminda.

Jacinta, toda soy yelo,

no sé qué pena me da,

porque el corazón está

conmigo en grande desvelo,

no puedo aquí descansar.

Alguna traición se intenta,

pues sin verla me atormenta,

no sé yo en qué ha de parar.

Jacinta.

Contra ti, ¿quién puede haber

quien te ofenda, si tú eres

ejemplo de las mujeres

en sufrir y padecer?

Sale Pierres con una carta.

Pierres.

Albricias vengo a pedir

por las nuevas que te traigo,

si yo soy digno de darlas

que las llegue a recibir.

Arminda.

¿De qué son?, que sí daré.

Pierres.

Esta carta de tu esposo.

Toma la carta.

Arminda.

Que llegue este bien dichoso

que tanto tiempo esperé;

pues antes que yo la lea,

ni saber del bien y el mal,

por si acaso estoy mortal

al tiempo que yo la vea.

Oracio.

Alerta, Teodoro, alerta,

agora es tiempo que tú veas

lo que aquí saber deseas,

y a tu pena se concierta.

Ptog. 74

Échale una cadena.

Arminda.

Esta cadena que traigo

adorne en tu cuello el pecho,

por este bien que me has hecho,

y ya te abrazo.

Pierres.

Mucho valgo,

pues que tanto he merecido.

Teodoro.

¿Qué miro? ¡Válgame el cielo!

Oracio.

No dirás que mi desvelo

aquí no se me ha lucido.

Teodoro.

Escuchemos más, por Dios.

Pierres.

Mira si mandas, señora,

en que yo te sirva agora,

que me aguarda mi señor.

Arminda.

Que Dios te lleve con bien.

Pierres.

Queda con Dios.

Vase.

Besa la carta.

Lee.

Arminda.

Él te guarde.

Quiero leer, que se hace tarde,

saber del mal o del bien.

Amor, amor, ¿cómo estabas

dándome tales desvelos,

pues todo te ha sido celos,

con que el alma atormentabas?

Como si aquesto sabías,

¿gustabas ver padecer

Ptog. 75

Foliación manuscrita en esquina superior derecha: 14 y 34

Arminda.

a quien a ti te dio el ser

en tus locas fantasías.

Teodoro.

Celos, celos, bueno está,

no me atormentéis así.

Arminda.

Que esto se haga contra mí...

El contento que me da

ver esta carta es portento,

pues temo que en mí ha de ser

tanto gusto padecer,

tanta alegría tormento.

Que desta suerte engañase

Oracio mi corazón,

mas quien busca posesión

no es mucho que lo intentase.

El conde quiso saber

mi pecho, mas salió en vano,

pues a su ofensa tirano

y no lo quiso creer.

Hizo bien, que si perdiera

el honor en su traición,

cuál fuera mi perdición

si a mi ofensa fácil fuera.

Bien el honor defendí,

bien de la ofensa salió,

ay, rota el alma quedó,

pues tanto volvió por mí.

Jacinta, vamos, que quiero

hoy a mi padre alegrar.

Jacinta.

Vamos, que ha de despertar

de su pena, considero.

Vanse, y salen de paños Oracio y Teodoro.

Oracio.

Qué te parece, Teodoro,

del intento y del placer

que viste que atrevióse a hacer

afrentando su decoro.

Ptog. 76

Oracio.

No dirás que te he engañado,

pues viste por el papel

aquella cadena en él,

y después verle abrazado.

Aparte.

Teodoro.

Ya he visto mi perdición

y mi honor también perdido,

pues apenas mi sentido

le tengo en tal confusión.

De mi esposa tal afrenta

en ella consienta el cielo,

y mi honor con tal desvelo

aquesta infamia consienta.

Todo el encargarla fue

a su padre esta traición,

aquesta es la religión

de su casa, yo no sé

qué medio tome a mi mal,

que según tenga la pena,

ella misma me condena

como ya no estoy mortal.

Aparte.

Oracio.

Ya mi engaño, buen efeto,

ya ha hecho su operación,

pague, pues, mi corazón;

ella burlándose va.

Morirá, ¡viven los cielos!,

que no le ha de aprovechar

las disculpas que ha de dar,

porque hay veneno de celos.

Y para que este secreto

que quede bien sepultado

en la mar con mi criado,

morirá por mi respecto.

Teodoro.

Aquesto ha de ser ansí,

Oracio, venid conmigo.

Ptog. 77

15 / 35

Teodoro.

y vos solo sois mi amigo,

Oracio.

bien podéis mandarme a mí.

Teodoro.

hoy quiero que vos me hagáis

una merced.

Oracio.

Sí lo haré,

al punto te serviré,

vamos donde vos mandáis.

Vanse y sale Arminda.

Arminda.

Penas, ¿qué es lo que queréis

para darme estos ahogos?

Amor, ¿cómo me atormentas?

dime si sabes el cómo.

Mi padre, lleno de iras,

mi padre con tanto enojo,

cuando pensé que las nuevas

habían de causarle gozos,

le topo allí tan suspenso,

pues aun mirándome solo

los desvíos causan pena

aunque no hablaban los dos.

No sé qué me ha sucedido,

si será en mi desabono

tanta suspensión (¡ay cielos!)

cuanto con mi pena noto.

¿Qué habemos de hacer, honor?

bueno está nuestro decoro,

tú en boca del maldiciente,

y yo por ti en este ahogo.

Pero viva yo contigo

sin pesadumbre ni estorbo,

Ptog. 78

En el margen superior izquierdo: 21

Arminda.

y venga lo que viniere,

aunque el pensarlo es estorbo.

Entra un arraez.

Arráez.

Señora, aqueste papel

me dio para ti tu esposo.

Arminda.

¿Dónde queda?

Arráez.

En un navío

que al puerto le dejó solo.

Arminda.

¿Está bueno?

Arráez.

Sí, señora.

Arminda.

Que te veas tan dichoso,

que goces de lo que quiero

y veas por quien yo lloro.

Arráez.

Léele, y dame respuesta,

que el irme luego es forzoso.

Lee.

Arminda.

Abro, y veo lo que dice,

no acierto de puro gozo.

Esposa, a mí me conviene que te vengas con este arraez

y sea lo más presto que pudieres, vendrás disfrazada

todo lo que fuere posible, que me importa. Dios te guarde.

Tu esposo, Teodoro.

¿Qué será, válgame el cielo,

enviarme a mí mi esposo

a llamar tan disfrazada?

Lance fuerte y riguroso.

Discurramos, corazón,

sentidos, sed en mi abono,

no desamparéis la vida,

cuando de esta causa ignoro.

Querráme llevar consigo,

sí, pero [tachadura] hallaré el modo,

buscar disfraz, que el disfraz

para huir se hizo solo.

Ptog. 79

En el margen superior derecho: 16 / 36

Arminda.

No puede ser, si bien puede

no estar el rey cariñoso

con él por haber faltado

en cosas que yo no noto;

y por no hallarse seguro,

si acaso le fue alevoso,

venir por mí para huir

en este traje forzoso.

Si bien puede, mas no es causa

que me quite el desahogo

del corazón, que no sé

qué siente con este estorbo.

Si acaso Oracio atrevido,

descompuesto y pernicioso,

viendo que le desprecié

su amor en mí, cariñoso,

le ha escrito alguna traición

y él con cólera, furioso,

dando crédito a su engaño,

ha buscado aqueste modo

para vengarse de mí

con secreto desaprobio,

en grandes penas navega

el alma con este golfo

de tormentos y dolores,

de penas, ansias, sollozos,

desdichas que, sin causarlas,

dan antes de ser, estorbos.

Ánimo, aquí, corazón,

deja el temor alevoso,

aventuramos el pecho

a este lance riguroso.

Ptog. 80

Arminda.

Sin culpa estás, honor mío,

y has de salir victorioso,

que la verdad no se encubre

aunque la cierren los ojos;

porque es necedad pensar

que de ti esté sospechoso,

si aun con la imaginación

impulsos de ofensa logro.

Vamos, vamos a esta guerra,

porque has de salir dichoso,

que pelear con ventaja

es ir al lauro gozoso.

¡Oh, pensamientos vanos!

bueno está, quedaos vosotros

con vosotros, que es la pena

que más sentís, rigurosos.

Viva aquí la verdad,

que es del honor el abono,

y mueran fuertes recelos,

enemigos alevosos.

Vamos luego a obedecer

lo que me ordena mi esposo,

y si él me diere la muerte

el fin será bien dichoso.

Y moriré consolada

de ver primero su rostro,

que morir con gusto y vida

sin el lance tenebroso.

Vanse, y sale Teodoro de camino.

Teodoro.

Memorias, ¿qué me queréis,

pensamientos rigurosos?

¿cómo, cómo me tenéis

metido en aqueste golfo?

Ptog. 81

En el margen superior derecho: 17 y 37

Carlos.

del mar de la confusión

yo con temor, yo dudoso

y con tan fuertes recelos

de mi honor lance forzoso

contra mí cielos, ¿qué es esto?

mi esposa en quien tanto adoro

este veneno prevenga

y que lo viese yo propio

que tan fácil esta aleve

fuese a mi vida asquerosa

sin duda que ya tenía

en su honra gran destrozo

pero es mujer no me espanto

que el querer firme es dudoso

que al paso que es regalada

vuelve al amor en escollo

dejemos de discurrir

pensamientos alevosos

y vamos a la venganza

de aqueste aborto penoso

ella vendrá muy segura

descuidada, que hay de gozo

su traición, cruel aprieto

cuando lo han visto mis ojos

mi afrenta tan a la clara

mi honra con este estorbo

mi vida sujeta a muerte

de un dolor tan alevoso

solo viva mi honra

a pesar del mundo todo

y muera quien es la causa

deste lance riguroso

Ptog. 82

Teodoro.

Que con aquesto podré

quitar el velo a mi rostro

que esta cruel en el paso

con matarla, esto es forzoso

Líneas tachadas: Arm. llegaste amigo Teodoro / a mis brazos. Teod. eso es forzoso. Arm. pues como, porque, tan tibio / y ...

Sale Arminda.

Teodoro.

ya no te conozco

Tú a mi honor, tú a mi desdicha

Arminda.

cielos qué es lo que oigo

estáis en vos qué decís

de mí señor tan dudoso

Cuando en aqueste disfraz

por daros gusto me pongo

para veniros a ver

os hallo turbado y sordo

A mis caricias y halagos

a mis penas y a mi lloro

y al abrazaros vos mismo

ponéis la mano dudoso

Cómo decidme la causa

que ofende vuestro decoro

yo a vuestra honra traidora

vos para mí desdeñoso

Mirad qué decís que yo

tal afrenta no conozco

que soy honrada y me pesa

de oír tal cosa a vos propio

Teodoro.

si yo lo vi cómo puede

tu honor salir aquí airoso

Ptog. 83

Arminda.

Vos lo visteis, Conde fuerte,

dejemos pleitos, esposo,

que ya de oírlos el alma

siente un dolor, un ahogo.

Apartaos aquí, mi dueño,

que más que a mí en vos adoro.

A Teodoro con mis manos

le quitara el alevoso

corazón, mal entendido,

que contra mí riguroso

se alentó para mi daño;

y aun a vos, si más apruebo,

escucho de vuestra boca

que soy honrada y conozco

el no haberos ofendido,

que en las culpas que yo ignoro

soy veneno, y que con él

aun a mi padre perdono.

Y de mí tales sospechas,

vos ponerme aqueste dolo,

vos conmigo desta suerte

celoso, que no conozco

que traéis perdido el seso

cuando pensáis tal, grosero,

de una mujer donde nace

el honor al mundo todo.

Mirad bien lo que decís,

que estáis con mujer que en todo

que no se atreva nadie

a hablarme a mí de ese modo.

Que si alguno se atreviera,

menos que no fuera solo,

en una persona le hiciera

más pedazos que de átomos

tiene en asomos sus rayos,

y aun el sol si riguroso

alumbrara mi desdicha,

todo se volviera en polvo.

Aparte.

Desmáyase.

Teodoro.

Válgame el cielo, ¿qué es aquesto?

¿Qué es aquesto que aquí oigo?

¿Responderme desta suerte?

El semblante, sin enojo,

el corazón alentado,

airados a mí los dos,

¿no temer de mí su vida

aunque me ve sospechoso?

Si el que vi fue verdadero,

si Oracio es el alevoso,

por juicios que yo alcanzo

ni sospechas que no noto.

No puedo ser que en tentallo

a mi infamia

Idos, señor, a la mano,

que ya el corazón penoso

no puede sufrir pesares

cuando son tan rigurosos.

Ptog. 84

saca una daga

Teodoro.

viendo que no tuvo efeto

causole este testimonio

la que yo creí locura

cuando lo miré yo propio

que antes fue amigo fiel

pues me he visto de mi oprobio

temblaba al escucharlo

aunque estaba deshecho

esta cadena alíjese

veré el papel de gozo

pues que duele a mi honor

y allí corrieron mis ojos

que no sale de la pena

que no quita aqueste estorbo

desmayada se ha quedado

mas no le valdrá su enojo

morirá, viven los cielos

pues ofendió mi decoro

traidora, aleve y engañosa

que acabando estás sin trono

quieres disfraces tomar

quieres salir indecoro

renegaste, renegaste

ya dejaste a tu padre

ya di los días de la vida

que gozan siempre mis ojos

ah, traidora, y qué fingidos

fueron tus requiebros todos

pues hoy a los dejo

perdidamente

mi honra en ti fundando yo

mira lo que hallas

Ea, corazón, valor,

vaya diferente modo,

y muera aquesta homicida

entre su sueño y reposo

Ptog. 85

En la esquina superior derecha aparece el número 17 y debajo el 39.

Hace que va a dalla, y detiénese.

Abriéndolos.

Teodoro.

No recelemos aquí

matarla por piadosos,

que quedaremos sin honra,

el morir aquí es forzoso.

Como el brazo no ejecuta

contra ella el riguroso

golpe, si aquesta mujer

fue causa a mi desabono.

Pues no matarla y vivir

con ella será dañoso,

que no es justo que mi agravio

estén mirando los ojos.

Desta vez paga mi afrenta

lance fuerte y riguroso

que no pueda ejecutar

en mirándola su rostro.

Qué está diciendo con él:

«ten ese brazo alevoso,

mira que muero inocente,

que la culpa no conozco».

Qué tengo de hacer aquí

con este temor dudoso,

dejarla, pues yo no puedo

matarla de temeroso,

y este puñal en sus faldas

quede para más asombro

de que la quise matar

y la perdoné piadoso.

Quédate fiera homicida,

quédate aquí feroz monstruo

a ser entre aquestas peñas

de las fieras un escollo.

Ptog. 86

Teodoro.

Huya, que yo no te mato,

me vengarán los cielos

de mi pena y mi desdicha,

porque salga victorioso.

Vase, y despierta Arminda.

Cáese la daga a Arminda.

Arminda.

¿Por qué te vas, prenda mía?,

¿cómo me dejas, esposo?,

aguarda, espera, detente,

¿qué es esto que ven mis ojos?

¡Un puñal desnudo aquí!

Mi vida estuvo en el golfo

de las vascas de la muerte;

esta ruina no la noto.

Sin duda, pues me dejó,

que alguno anduvo piadoso,

pues fue necesario huir,

o el cielo anduvo piadoso

en mirar por mi inocencia;

pero ¡mi desdicha lloro!,

que si él aquí me matara,

no quedara, torpe, roto,

mi corazón a este lance;

porque vivir sin mi esposo,

muerte podré llamar esta

a este trance riguroso.

Vuelve, vuelve a estos brazos,

ven y ejecuta furioso

el golpe en mí, que con eso

descansaré; pero, ¿cómo

ha de volver?, que es en vano

llamar a quien está sordo.

Ptog. 87

Foliación: 20 y 40

Arminda.

porque a mis voces también

los aires le son estorbo.

Plegue a Dios, nave alevosa,

que con tus alas al fondo

te encubras, pues me has robado

a quien más que al alma adoro.

Sea tu centro el abismo

de ese cristal espumoso,

tumba de los desdichados

que se anegan en su golfo.

¡Ay, mi inocencia! A quien llevas,

sea castigo riguroso,

pues puso a duda mi honor

sospechas de un alevoso.

Pero no, viva mil siglos

cuando anduvo tan piadoso

pudiendo darme la muerte,

en mi descanso pensoso.

Donde el corazón sentía

no por mí, mas por mi esposo,

que es fuerza que así sintiera

si anduvo tan amoroso.

Mas, pues se fue y me dejó

entre estos montes absortos

por tocar al cristalino

cielo de luz tan hermoso.

Padezca aquí el corazón,

goce el alma estos ahogos

hasta que el cielo permita

de descubrir este asombro.

Fin.

Ptog. 88

de la 2 Jornada

Jornada tercera

Ptog. 89

+

1

Tercera jornada

41

Sale Arminda de hombre sola

Arminda.

Entre estos rudos montes sola vivo,

donde apenas calor del sol recibo;

aquí padezco el mal de mi tormento,

aquí pasa dolor mi pensamiento,

aquí fue mi desdicha imaginada,

aquí quedé del bien desesperada,

y aquí fue para mí la triste suerte,

pues estoy vacilando con la muerte.

Sola paso la vida en desconsuelo,

donde apenas se mira luz del cielo,

que hasta los montes quieren que padezca

y que el cielo en mi alivio nada ofrezca;

pero ¿qué mucho que me niegue el día

si se fue de mis ojos la alegría,

mas ¿cómo para mí ha de haber gloria

si en muerte tengo siempre la memoria?

Amor, ¿qué cometí descomedida

contra ti, que ansí quieres ver mi vida?

¿Qué ofensa has visto contra tu decoro?

¿Esto es pagar lo mucho que te adoro?

¿Este es el lauro que de ti he sacado?

¿Tan presto de mi pecho te has cortado?

Pero ¿de qué me quejo, que es locura,

si la gloriha de amor nunca es segura?

Ánimo, corazón, padezca el alma,

viva siempre en dolor con esta calma.

Ptog. 90

Arminda.

No tenga gusto cuando le hha faltado

el bien que en estos valles me han dejado,

sea el dolor en ella tan crecido

para que no se olvide de su olvido,

hasta que el cielo aclare mis pasiones

y dejemos de andar en confusiones.

Pero ¿qué ruido es este que he escuchado?

Otro nuevo dolor a mi cuidado,

otro se acrecienta con él, ¡ay triste suerte!

No fuera esto para darme muerte,

ya se acerca veloz a mis oídos,

ya tienen mayor pena mis sentidos,

mas si la muerte amo, como siento,

¡ea, venga y apláquese el tormento!

Sale la infanta y Delfín de caza.

Delfín.

Hacia aquí el ruido sonó,

siga esta senda tu alteza,

y con gallarda destreza

hacer el tiro, que yo,

en viéndole seña daré.

Tachado: Infanta. Hacia esta parte se ve, a aquella parte se mira, en bulto y aun se retira, no se lo quites. Astolfo. Muy bien puede engañarse.

Hace que tira.

Arminda.

Qué miro, ¡válgame el cielo!

qué dicha para mí, que dudo

si este ángel me matare.

Ptog. 91

Delfín.

Acercándose acá viene

un bulto.

Doña Isabel.

Le tiraré.

Delfín.

Tu alteza aguarde, veré

qué modo de animal tiene.

Doña Isabel.

No es necesario esperar;

yo tiro.

Hace que tira.

Arminda.

Detén, señora,

que no es bien que aquesa aurora

con fuego quiera matar.

Doña Isabel.

¿Cómo has venido tú aquí,

mancebo, di la ocasión?

Arminda.

Trújome mi perdición,

pues ella me ha puesto así.

Doña Isabel.

De que estés vivo me espanto,

Arminda.

pues no tenías para qué.

Doña Isabel.

Aquesa enigma no sé.

Arminda.

Yo la diré, que hay encanto.

Ya sabes, y sabe el cielo,

de amor la fuerte batalla,

pues no perdona a ninguno

cuando hasta el cielo se embarca.

Yo, señora, quiero bien,

y aunque esta ha sido la causa

de hallarme como me ves

entre peñas y montañas,

Amor, aunque aquí mal digo,

si le miro cara a cara,

mas no es mucho que yo yerre,

que amo, y aquesto basta.

Ptog. 92

Arminda.

Serví, señora, serví

tres años solo a una dama,

y al cabo de mis pasiones,

de mis penas y mis ansias,

cuando pensé que tuviera

en mi pecho amor bonanza,

sin saber la causa yo

y no haberle dado causa,

estando con ella un día,

el corazón se me abrasa

solo llegar a pensar

mi desdicha y mi desgracia.

Con caricias a los dos

regalándose mi alma,

el corazón satisfecho,

oyendo dulces palabras,

aunque para mí salieron

sus dulzuras muy amargas,

pues al descanso de un sueño

que mi memoria turbaba,

soñé en el amargo sueño

que se iba y me dejaba,

y yo con el agonía

de ver padecer el alma,

a las iras della despierto,

y vi que lo que soñaba

fue verdad, porque se fue,

dejándome en mi desgracia.

Viéndome en tal desdicha,

pongo por obra el buscarla,

entre aquestos verdes mirtos,

estas flores y estas plantas,

estos cristales célebres

espejos claros del alma,

estos árboles que ofrecen

sombra a amor mientras descansa,

y al descuido de sus ojos

son al sueño de la salva,

entre la música alegre

de aquestas aves que cantan

requiebros a la venida,

cuando se levanta el alba.

Ptog. 93

Arminda.

Loco, sin entendimiento,

por ignorar yo la causa,

al fin andando buscando

aquesta fiera adorada,

sin pensar me hallé ofuscado

entre estas peñas y plantas;

y aquí tengo de esperar

o mi bien o mi desgracia,

o mi dicha o mi desdicha,

o mi pena o mi bonanza.

Quiero bien, será imposible,

señora, que yo me vaya,

que puede ser que aquí vuelva

donde me dejó esta ingrata.

Esta es la causa que aquí

me topó el alba del día,

alivio de un desdichado

que la ventura le falta.

Doña Isabel.

Mucho me he holgado de oír

tu historia, mas me ha pesado

de ver que eres mal pagado.

Arminda.

Es imposible vivir,

si aquí no favorecéis

a un alma que está perdida.

Doña Isabel.

En mí hallaréis acogida,

mancebo, si vos queréis.

Arminda.

Será dicha para mí

que recibirme ha servido;

¿qué mayor bien y consuelo

puedo cobrar hoy aquí?

Ptog. 94

Arminda.

Gloria seré desde hoy

pues vos venís a ampararme

cesará luego el quejarme

si tan venturoso soy

Doña Isabel.

Gustáis de estar en mi casa

Arminda.

Señora no sé qué os diga

tanto gusto se me llega

que el corazón se me abrasa

Quiero ser vuestro criado

que para mí será suerte

cuando de la misma muerte

libráis a mi cuidado

Doña Isabel.

Veníos conmigo

Arminda.

Ya voy

Doña Isabel.

Amor detén ese arpón

no gustes que el corazón

hiera mira lo que soy

Mira la desigualdad

que en aqueste caso ves

no des lugar no le des

que afrente mi calidad

Porque si amor reina no es justo

que la quieras sujetar

no es razón que des lugar

que me pierda por tu gusto

Venid conmigo mancebo

para que sepáis quien soy

Arminda.

vuestros pies siguiendo voy

solo a pagaros lo que os debo

Doña Isabel.

Cielos pues me habéis librado

de otras cosas que sabéis

agora no me dejéis

que está el corazón turbado

Ptog. 95

† 4 44

Vanse y salen Amaro y Jacinta.

Amaro.

Cuéntame lo que ha pasado.

Jacinta.

Dime tú cómo has venido,

cierto que vienes perdido.

Amaro.

Cuitado, desesperado.

Dejóme al fin mi señor

por engaños allá en Hungría,

y viendo que no venía,

presumiendo algún temor,

me he venido por saber

lo que por acá ha pasado,

porque estaba con cuidado;

dime lo que puede ser.

Jacinta.

Gran traición

hay, Amaro, por acá,

el cielo penando está

de tan ciega confusión.

No parece mi señora,

ni se sabe cosa alguna,

mala anda la fortuna,

no hay gusto en esta casa ora.

Todo es tristeza y dolor,

todo penas, todo llanto;

es esta casa un encanto,

que todo un volcán de horror.

Amaro.

¿Y mi señor dónde está?

Jacinta.

Tampoco le he visto yo.

¿Pues tú no lo sabes?

Amaro.

No,

desde que salió de allá.

A buen puerto hemos llegado,

ya bien podemos buscar

otro modo de escampar,

que aqueste ya se ha acabado.

Ptog. 96

Amaro.

Ven acá, ¿se te ha olvidado

el amor que me tenías?

Jacinta.

En tu necedad porfías.

Amaro.

¿Qué quieres? Se me ha acordado.

Porque siempre que te veo

es el contento de suerte,

que no puedo aborrecerte,

solo adorarte deseo.

Y desde donde yo estaba

te daba el alma favores,

mira si lícitos amores

son para dejar, acaba,

no me hagas padecer.

Ablándate, si es posible,

no sea tu amor inasible,

sí, si no, te he de aborrecer.

Jacinta.

Digo, Amaro, que te quiero.

Amaro.

¿Habémonos de casar?

Jacinta.

De que tengamos lugar.

Amaro.

¿Es ese amor verdadero?

Jacinta.

Si lo es, no pongas dolo.

Amaro.

Vivas, Jacinta, mil años,

que con tales desengaños,

te adoro de polo a polo.

Tú sola serás mi vida,

pues ya me has dado consuelo,

con esos ojos del cielo,

donde amor halló acogida.

Dame, Jacinta, esa mano,

que tantas virtudes tiene,

Ptog. 97

Jacinta.

Verla aquí si te conviene,

Amaro.

quien la ama más que al verano.

Jacinta.

Disimula, porque viene

mi señor.

Amaro.

Aqueso es malo,

no estoy seguro de un palo

según la cólera tiene.

Carlos.

Jacinta, ¿qué hacéis aquí?

Sale Carlos.

Jacinta.

Señor, con Amaro estoy.

Carlos.

¿Cuándo habéis venido?

Amaro.

Hoy.

Carlos.

Venid acá, decidme a mí

dónde está vuestro señor.

Amaro.

Desde que salió de Hungría

dél no he sabido, a fe mía.

Carlos.

Muy bueno anda mi señor.

Pues de vos lo he de saber,

no deis lugar a enojarme.

Amaro.

Ansí podéis matarme,

señor.

Carlos.

No tenéis que hacer

estremos, vos lo sabéis,

y me lo habéis de decir.

Dejad, dejad el fingir

mentiras, pues mal hacéis.

Amaro.

Eso, señor, es en vano,

porque dónde está no sé

desde el punto que se fue.

Que mentís, vil tirano,

contigo por qué ocasión

digo que si lo supiera...

Ptog. 98

Amaro.

que al punto te lo dijera,

estoy en conclusión.

Carlos.

Pues el haber tú venido

para algo debe de ser.

Amaro.

Solo vengo por saber

qué es lo que se le ha ofrecido.

Carlos.

Jacinta, cierra la puerta.

Jacinta.

Ya voy.

Vase Jacinta.

Amaro.

Señor, ¿para qué?

que de mi amo no sé,

bien podéis dejarla abierta,

que yo no tengo de huir.

Carlos.

allá dentro sabré yo

lo que me queréis decir, encubrís.

Amaro.

A muy buen puesto he llegado,

no dejaré de medrar,

pues viniéndome a informar,

con la trampa me he pegado.

Y pensé que toparía

en el viejo algún consuelo,

mas de mi desdicha apelo

para otra chancillería.

No será la vez primera

que me he criado atrapajado,

lo que jamás he llevado,

pasemos esta carrera,

porque viendo mi inocencia,

él se aplacará, y si fuere

tan duro que me moliere,

no hay sino tener paciencia.

Carlos.

Amaro, pasad delante.

Amaro.

Señor...

Carlos.

No me repliquéis.

Ptog. 99

Carlos.

Allá dentro me diréis

lo que yo quiero al instante.

Vanse, y sale el Delfín, solo.

Delfín.

¿Cuándo, amor, quieres sacarme

desta pena y deste ardor?

¿Cuándo alivias, ¡ay!, mi amor,

porque cese ya el quejarme?

¿Cuándo en su cielo he de hallarme

de la infanta, en quien adoro?

¿Cuándo hablaré sin decoro

para descubrir mi mal,

que, según estoy mortal,

temo perder tal tesoro?

Descubre aqueste portento,

no gustes atormentar

con callar mi pensamiento.

Que este dolor tan violento

ya no se puede sufrir,

que es fuerte de resistir,

y es crueldad dar a la muerte

a quien espera su suerte

desta gloria por vivir.

Basta ya el disimular,

basta tanto padecer,

contra todo mi poder,

que no lo puedo llevar.

Acaba ya el penar

en un rey siendo razón,

porque en igual confusión

es más penosa la muerte

sino es que tu gloria quiere

victoriosa desta ocasión.

Ptog. 100

Teodoro.

Pero qué mucho, si estás,

hoy tres veces rey ansí,

quién te ha de vencer a ti

si solo estas penas das.

Que con ventaja podrás

muy descuidado venir,

si es tuyo el mayor poder

que tiene el mundo y los mares;

mas no te muestres tirano

en hacerme padecer.

Ya a mí me tienes rendido

y estoy sujeto a tus pies;

solo pido que me des

tu ayuda, que estoy perdido.

Pues tanto he padecido,

dame agora algún consuelo,

quita al disimulo el velo,

aclárese aquesta gloria,

porque pueda mi memoria

Sale Arminda.

Arminda.

Entre el dolor y la pena

padece mi corazón,

una tan triste pasión

que casi a morir condena.

¡Pluguiera a Dios que la muerte

aqueste favor me hiciera,

porque el alma no sintiera

de su honor lance tan fuerte!

La Infanta me quiere bien,

que en lo que veo se ha inclinado

su amor, pero está engañado

querer sin saber a quién.

Ptog. 101

7 / 47

Delfín.

Yo no la puedo pagar

su voluntad, esto es cierto;

antes con esto me ha muerto

sin poderme a mí librar.

Arminda.

Su amparo me dé aquí el cielo

para aliviar mis dolores;

no me bastan mis temores,

pues no hay hora de consuelo

en mí, cuando me hha faltado

mi esposo; mas, ¿qué he de hacer?

Todo ha de ser padecer

hasta aclarar mi cuidado.

Aparte.

Delfín.

Pues que tengo la ocasión,

con Teodoro he de acabar

de pedirle, dé lugar

para aliviar mi pasión.

Que pues él sabe quién soy,

yo sé que él concederá

con mi gusto, y me dará

alivio a mis penas hoy.

Teodoro.

Arminda.

Señor, ¿qué hacéis

tan solo en este jardín?

Delfín.

Aquí aguardo un serafín

que vos muy bien conocéis.

Arminda.

Yo le conozco, eso ignoro.

Delfín.

Yo sé que le conocéis,

y los más ratos tenéis

vos la gloria que yo adoro.

Arminda.

Pues declaraos, porque pueda

Sello de la Biblioteca Nacional

Ptog. 102

Arminda.

dar alivio a vuestro mal.

Delfín.

Según me siento mortal,

no sé si podré, que queda

de veros el corazón

tan muerto, pues que gozáis

la dicha que vos miráis,

que a todos es confusión.

Arminda.

Qué puede ser que yo vea

tal dicha, ¿será posible?

mas también es imposible

que tan venturosa sea.

Porque os prometo, señor,

que el sol me ha negado ya,

que en lugar de luz me da

tinieblas su resplandor.

Mirad vos cómo podré

haber visto tanta gloria,

si en mí ya está victoria

que por luz sombra tendré.

Delfín.

Pues aunque más me digáis,

vos tenéis todo el consuelo

de aquel mi adorado cielo,

mirad cómo os engañáis.

Arminda.

Decidme luego quién es,

por ver si yo os puedo dar

modo para descansar.

Delfín.

Bien podéis, pues

Arminda.

Pues si ansí es,

ya me muero por saber.

Ptog. 103

En el margen superior derecho: 8 y - 48

Delfín.

la causa de este accidente

es la infanta, que presente

con vos me acaba de ver.

Arminda.

Conmigo bien descuidada

puede vuestra alteza estar;

yo me holgara de trocar

mi pena con vuestro cuidado.

Delfín.

¿Qué tan grande es?

Arminda.

Mayor.

Delfín.

Dificultoso se me hace.

Arminda.

Pues sabed que de mí nace

para todo este dolor.

Mirad vos cuál estaré

si yo soy el instrumento

de tan penoso tormento,

con causa me quejaré.

Delfín.

Pues escuchad vos la mía

y veréis cómo es más fuerte,

cuando con la misma muerte

no es descanso a mi agonía.

Ha mil siglos que sin ver

esta gloria, este consuelo,

me ha atormentado un desvelo

sin poderme dél valer.

Todo ha sido padecer

y carecer de alegría

con aquesta fantasía,

y si acaso la olvidaba,

mucho más me atormentaba

si a su encuentro salía.

Ptog. 104

Delfín.

Determiné de salir

a buscar tal confusión

porque en mí, mi corazón

ya no podía vivir

no le pude resistir

con mi fuerza y mi poder

y fue necesario hacer

lo que el corazón mandó

donde en esto quedó

un poco más en su ser

Y buscando con cuidado

este bien, este consuelo

vine a topar con el cielo

donde hoy estoy por criado

El serlo aquí me ha importado

que no pudiera gozar

deste bien tan singular

porque si me descubriera

está cierto le perdiera

sin poderme remediar

Porque aunque tengo poder

no es bastante a su valor

que como la tengo amor

es cierto me ha de vencer

Mira si mi padecer

es de calidad más fuerte

pues tú puedes tener suerte

descubriendo tu pasión

pero yo a mi corazón

descubierto le doy muerte

Ptog. 105

9

49

Delfín.

Y ansí, con esto quisiera

que tú me dieras lugar

para poder descansar,

si aquesto posible fuera,

con la infanta, que la viera

sola para recibir

della el bien y descubrir

este encanto del amor,

que no puede mi valor

pasar con tantos enojos.

Arminda.

Si en mí está el que descanséis,

yo ofrezco daros contento;

descanse ya el pensamiento,

no es justo que ansí penéis.

Ella se suele bajar

de noche aqueste jardín,

donde puede ver el fin

vuestra alteza del penar,

y en lugar de hablar conmigo

podéis vos hablar con ella

vuestra amorosa querella.

Desta suerte, como digo,

y veréis si vuestro amor

halla cabida en su cielo.

Delfín.

Tendré muy grande consuelo

con tal merced, tal favor.

Tachado: Habéis me dado la vida

Arminda.

Pues ya baja, esperad

aparte hasta que se asiente,

y os pondré luego presente;

a solas los sosegad.

Pónese aparte el Delfín y sale la infanta y una dama.

Ptog. 106

En el manuscrito aparecen tachadas las líneas: "inf. Dejadme sola y llamad" y "vase". En el margen derecho se transparenta la tinta de la página opuesta.

Doña Isabel.

Dejadme sola, que quiero

ciertos negocios tratar

conmigo.

Jacinta.

Demos lugar,

Amaltea.

Vase.

Doña Isabel.

¡Qué mal fiero!

Si el desamor como mata

sin que haya resistencia,

los cielos me den paciencia

contra esta pasión ingrata.

Yo rendirme de esta suerte

y estar ansí tan trocada,

y el alma toda turbada,

y en mí tan fiera muerte.

Yo con amor sin saber

de quién yo me he enamorado,

yo sujeta mi cuidado

a un hombre, no puede ser.

Que yo me sujete ansí

sin ser de mi calidad

como usa esta crueldad

amor conmigo hoy aquí.

Es en vano, que es locura

quererme a mí sujetar,

mas como he dado lugar

que amor halle coyuntura.

Pero no, no logrará

su intento, que mi valor

resistirá su rigor

con lo cual me dejará.

Ptog. 107

En el margen superior derecho aparece la foliación 10 y, debajo, 50.

Arminda.

Ahora puedes llegar,

goza de aquesta ocasión.

Delfín.

y allego, aunque el corazón

no se puede reportar.

Doña Isabel.

¿Quién es?

Delfín. Palabra tachada Teodoro, señora.

Doña Isabel.

Vos seáis muy bien venido.

Delfín.

¿Cómo tan sola?

Doña Isabel.

He querido

estar desta suerte agora.

¿Cómo va de la porfía

de amar? ¿Estáis consolado?

Delfín.

Antes está mi cuidado

mal muerto con mal razón.

Doña Isabel.

¿De qué suerte?

Delfín.

Desta suerte.

Hoy las penas que tenía

procurándolas echar

no me dio el alma lugar

aunque yo me resistía,

antes viendo mi porfía

me dijo de aquesta suerte:

si no quieres ver tu muerte

no te apartes deste cielo

que te vino a dar consuelo

pues el dejarle es perderte.

Yo viendo que me decía

la verdad, busqué ocasión

para aplacar mi pasión

y gozar nueva alegría.

Ptog. 108

Delfín.

Vile, mas jamás podía

hablarle, o que de turbado,

o de puro enamorado,

que es muy propio del amor

enmudecer con el temor

antes de estar declarado.

Mas al fin topé ocasión

con que le digo mi mal,

aunque al decirlo mortal

suspenso y con turbación.

Mas no es mucho el corazón

turbarse, si está delante

del Sol, un pequeño amante,

porque a tanto resplandor

cómo ha de tener valor

de gozarle en un instante.

Hoy solo le llego a ver

entre nubes rebozado,

y hoy cumple aquí mi cuidado

no del todo el padecer.

Que hasta que llegue a tener

dicha de gozar sus rayos,

leves aciertos, ensayos

que ansí lo ha ordenado amor,

que basta aqueste favor

aunque padezca desmayos.

Y ansí no es mucho, señora,

que hoy tenga mayor dolor,

si veo que está mi amor

sin la luz de aquesta aurora,

y aunque es verdad que hoy agora

Ptog. 109

Foliación: 51 en la esquina superior derecha

Delfín.

la viera si amor quisiera,

quiere que pene y que muera,

que a tan grande coyuntura

no es bien que tenga ventura

luego por la vez primera.

Doña Isabel.

¿Quién es la dama que a vos

tanto os hace padecer?

Delfín.

Es dama de gran poder

y toda esta verdad sabe Dios.

Doña Isabel.

Decid, ¿tanto poder tiene

que no la podéis hablar?

Delfín.

Sí la hablo, mas no en amar,

que es lo que a mí me conviene.

Doña Isabel.

Pues ¿cómo queréis que os quiera

si no sabe vuestro intento?

Delfín.

Eso pena el pensamiento.

Doña Isabel.

Cobarde sois.

Delfín.

Yo quisiera

no serlo, mas el temor

no me da lugar aquí.

Doña Isabel.

Decidme quién es a mí.

Delfín.

Aún no he de tener valor.

Doña Isabel.

Sin duda que

conmigo, a quien pudiera

ser su igual, porque yo fuera

quien le quitara el temor.

Mas padezca agora el alma

aqueste dolor injusto,

pene amor este disgusto

hasta salir de esta calma.

Sello circular de la Biblioteca Nacional en el margen inferior derecho

Ptog. 110

Doña Isabel.

¿En efeto no queréis

decirme quién es a mí?

Delfín.

Mejor que se quede ansí,

si gustáis, que me dará

más pena.

Doña Isabel.

¿Por qué razón?

Delfín.

Porque conviene callar,

si en hablando ha de costar

dolor a mi corazón.

Doña Isabel.

Decildo por vida mía.

Delfín.

Si nuestra vida juráis,

yo lo diré.

Doña Isabel.

Bien andáis

en darme aquesta alegría.

Delfín.

Yo he nacido, aunque eclipsado,

gallardo

luego al nacimiento quedé

por su luz enamorado;

anduve con gran cuidado

para buscar su arrabal,

pero la en cristal,

pero cubríole un sol

que entre las nubes salía

para ver su resplandor,

mas encubrióse luego

porque aqueste ciego amor

con la vista descubría

lo que puede un ciego error.

Ptog. 111

En la esquina superior derecha figura la foliación manuscrita 12 y 52.

Delfín.

Yo vi un cielo aunque eclipsado

por no dar luz su arrebol

y entre sus nubes un sol

miré que me dio cuidado

fuime acercando por ver

si con su calor mudaba

la vida que me faltaba

mas antes quedé sin ser

Porque me pasó de suerte

su calor mi corazón

que otra nueva obligación

dejó en el alma más fuerte

Hablé con él muchos días

mas no para consolarme

que aunque yo quería quejarme

a solas las penas mías

Nunca el alma se atrevió

hasta que el sol se tapase

porque yo no me turbase

pero ansí me sucedió

Que partiéndose al poniente

al pasar por un jardín

tuvieron mis penas fin

porque allí le hablé presente

Mas lo que ha de responder

está mi amor aguardando

y porque no estéis penando

vos sois lo que os debo el ser

Ptog. 112

Doña Isabel.

Necio atrevido sabéis

quién sois vos y quién soy yo

Delfín.

quién sois señora mas quién soy yo

si muerto vos me tenéis

Doña Isabel.

No me habléis en vuestra vida

Delfín.

Señora

Aparte.

Doña Isabel.

Ea bueno está

quién esa licencia os da

tan loca y desvanecida

Amor defiende tu poder

porque aunque aquí me enfado

el alma mucho se ha holgado

verle por mí padecer

Solo quiero esto es verdad

pero no para que sea

cumplido lo que desea

quien es de mi calidad

Aquí os dejo porque voy

a divertirme mi mal

que según estoy mortal

duda el alma lo que soy

Vase.

Delfín.

Ea amor buenos quedamos

dos reyes hoy en el suelo

ya no hay que buscar consuelo

cuando vencidos estamos

Arminda.

Señor qué te ha sucedido

con la infanta mi señora

Delfín.

Escurecióse la aurora

y quedé sin luz perdido

Escúchame mi pasión

y entendiendo descansar

mas empieza hoy a penar

de nuevo mi corazón

Ptog. 113

Arminda.

Vamos, señor, y porfía,

porque algún día hallarás

con qué te desconsolarás,

y gozarás tu alegría.

Delfín.

Pluguiera a Dios que yo lo vea,

porque si se ha de perder,

de qué me aprovecha el ser

rey, si lo que desea

el alma en esta ocasión

lo pierde; por desgraciada

la muerte en mí será amada,

que es el mejor galardón.

Vanse, y sale Carlos y Amaro.

Amaro.

Señor, tanta crueldad

pretendes hoy ansí hacer,

mira que no vendrá a ser

bien para tu calidad,

que si ella se fue, y no sabe

mi señor cosa ninguna,

qué remedia tu fortuna;

ea, que en tu pecho cabe

más valor; no, no prosigas

tu intento, porque perderte...

Carlos.

Es mi corazón muy fuerte,

y consejos no le obligas.

Yo tengo aquí de saber

dónde mi hija ha dejado,

pues ansí me ha deshonrado,

no hay remedio que lo ha de ser.

Qué culpa en ella la hallo,

para que de aquesta suerte

a mi hija diese muerte.

Ptog. 114

Carlos.

el sospechoso deshonor

más severo y más honrado,

el haberme ansí engañado

afrentando mi valor.

Por quien soy, que ha de pagar

aquesta infamia, sospecho,

y pues este mal me ha hecho,

la vida le ha de costar.

Amaro.

Mira, que es eso peor,

que te deshonras ansí,

y no has de sacar aquí

sino mucho deshonor.

Pongamos que mi señora

no tuvo culpa, es bien claro,

y que su ejemplo era raro

de virtud, ¿qué importa agora?

Si no ha de resucitar

con castigar, mi señor;

si al fin se queda tu honor

más malo que puede estar.

Porque si en el tribunal

se queda hoy relatado,

es un pregón declarado,

que a veces es mal inmortal.

Y pues hoy está callado,

y apenas se sabe cosa,

deja esa pasión penosa

y da velas al cuidado.

Esto digo y me parece

que es mejor para tu honor;

mira tú si a tu valor

otra cosa le ofrece.

Ptog. 115

64 / 59

Carlos.

Yo estoy ya determinado

a cumplir ansí mi intento,

no puede más mi tormento

que hoy paso y el que he pasado.

Y pues en palacio estoy,

no me tengo de volver

aunque me cueste el perder

el honor que tengo hoy.

A la reina le he de dar

parte de aquesta traición,

y salga desta confusión

el alma, deje el penar.

Amaro.

Pues ya baja la visita,

y si hoy aquesto ha de ser

piensa qué modo ha de haber

para soltar la maldita.

Doña Isabel.

¿Qué se trata en el consejo?

Sale la Infanta y Arminda.

Arminda.

Señora, lo que se trata

hasta hora son las paces

que quiere el delfín de Francia.

Doña Isabel.

¿No hay de nuevo cosa alguna?

Arminda.

Conviene estas paces dadas.

Doña Isabel.

Siendo requesito convienen,

pues luego al punto se hagan.

Amaro.

¿No llegas?

Carlos.

Estoy turbado,

pero puede ser pasión estraña,

esta sombra, esta ilusión

que a mis ojos animada se me encamina.

Ptog. 116

Amaro.

¿Qué has visto?

Astolfo.

No he visto nada,

solo que quiero llegar

de mi negocio a tratar;

deme vuestra majestad

los pies.

Doña Isabel.

¿Qué es lo que queréis?

Astolfo.

Pediros que me escuchéis.

Amaro.

¿Qué has visto? Dime, señor,

¿de qué está agora turbada

tu imaginación?

Carlos.

Dudar,

mas no es duda de importancia.

Deme los pies vuestra alteza.

Doña Isabel.

¿Qué queréis?

Carlos.

Una venganza

contra mi deshonra quiero,

que me ha afrentado estas canas.

Doña Isabel.

Decid vuestro sentimiento.

Carlos.

Escuchad, si no os enfada,

mi tragedia, por ser viejo

que mucha edad es pesada.

Carlos soy, un caballero

noble, que solo la fama

que tengo puede dar muestra

de mi nobleza y prosapia;

que en mi discurso de tiempo

nunca ofensa aguardaba.

Ptog. 117

Foliación: 19 / 55

Carlos.

su virtud honor al mundo,

y descanso aquestas canas.

Este casarse pluguiera

al cielo no la costara,

pues fue costarla mi muerte,

viéndome en tanta desgracia.

Ausentose su marido,

ausencia para mí amarga,

y después de un año entero

sin haber visto su cara,

fingió un embuste que nadie

en el mundo le trazara,

aunque fuera el más traidor,

habiéndole dado causa;

cuanto más estando libre

y mi hija descuidada

de tal maldad, tal traición,

siendo su honor más que el alba.

Con una carta, este aleve,

fingida, trató sacarla,

debajo de mi dominio,

con ánimo de matarla,

diciendo que era homicida.

Y, sabiendo que su esposo

envió luego a llamarla,

sin más dilación se fue

a ver lo que él ordenaba.

Desde entonces no la he visto,

ni sé qué sea la causa.

Ptog. 118

Carlos.

no haber parecido más,

aquesta es mi desgracia.

Su esposo tengo en la cárcel,

y un amigo que le amaba

a quien todos sus secretos

con él los comunicaba.

Y preguntándole yo

por mi hija, cosa extraña,

dice que no sabe della,

con que me atraviesa el alma.

Y aquí, señora, quisiera

que este hombre declarara

dónde está o que su alteza

esta infamia castigara.

Doña Isabel.

Al momento los traed,

que yo sabré por qué causa

niegan lo que vos pedís.

Carlos.

Ya parto contenta el alma.

Vase y Amaro.

Doña Isabel.

Esta causa miraréis,

Teodoro, porque se haga

justicia mientras yo vengo;

presidente sois, miralda.

Arminda.

Basta mandarlo su alteza,

yo miraré bien la causa.

Doña Isabel.

Luego vendré, que me importa

el despachar ciertas cartas.

Vase.

Arminda.

Que haya venido a mis manos

quien el alma deseaba

Ptog. 119

16 / 56

Arminda.

y que haya de sentenciar

a quien más quiero que al alma.

Riguroso caso es,

por sabello aquí la infanta;

que a ignorarlo yo supiera

disfrazar esta desgracia.

El cielo me dé su ayuda

porque deste enredo salga,

pues hoy empeñada estoy

en confusión tan extraña.

Mi padre viene a pedir

justicia, es fuerza se haga;

plegue a Dios que deste empeño

quede victoriosa el alma.

Su alteza me tiene amor

y yo no puedo pagarlo;

descubrirme aquí es forzoso,

porque para penar basta

que sentenciar a mi esposo

será rigurosa causa;

muera yo y viva él,

que será menos desgracia.

Amor, pues tantos enredos

por ti he padecido, halla

agora está luz sin nube,

desata aquesta maraña;

viva yo con mi esposo

esta vida que me falta.

Ptog. 120

Arminda.

no permitas que se quede

mas tiempo a estar eclipsada

Salen Carlos y teodoro y oracio

Carlos.

Ya están aquí los culpantes

de mi desdichado honor

aparte

Arminda.

decid cuál es el que tiene

la más culpa de los dos

Bien lo sé aunque lo pregunto

pero sufrid corazón

Carlos.

el que más tiene es teodoro

aparte

Arminda.

más tiene el otro traidor

Dónde tenéis vuestra esposa

Teodoro.

aqueso ignoro señor

que aun juro que no sé della

Carlos.

es engaño es ilusión

Porque es cierto que la ha muerto

Teodoro.

Desta verdad sabedor

Arminda.

pues adónde la tenéis

fue adúltera esa mujer

visteis alguna traición

en ella, decidlo luego

Hablad no tengáis temor

Teodoro.

Que fue adúltera fue cierto

pues contra mi buen aviso

un día estando escondido

afrentarme mi opinión

Arminda.

De qué modo os afrentaba

Ptog. 121

17

57

Arminda.

¿Visteisla alguna ocasión?

Teodoro.

Vila besar un papel

de un galán que recibió;

vila echar una cadena

al paje que se le dio,

y vile abrazar también

de contento y de sabor.

Arminda.

¿No visteis más?

Teodoro.

Pues, ¿no basta?

(Aparte)

Arminda.

Aquesta información, no,

que pudo ser que no fuese

lo que allí pensabais vos.

¡Y cómo que no lo fue!

Sino traza e invención

de aqueste falso homicida

y aqueste fiero traidor.

¿Tenéis de aquesta maldad

hecha alguna información?

Teodoro.

Tengo quien lo vio conmigo,

que es este que aquí veis vos.

Carlos.

Señor, mirad que es engaño,

sino que aquesta traición

ha compuesto por salir

disculpado de su error.

Diga dónde está mi hija.

Teodoro.

Más lo creo ilusión,

que ni la he muerto ni sé

dónde esta mujer se huyó.

Ptog. 122

Arminda.

Que al fin vos no sabéis della.

Teodoro.

Digo, por quien soy, que no.

Arminda.

Bien está. Yo lo sabré.

Llama el verdugo.

Oracio.

Señor,

si se ha de decir verdad,

esta culpa tengo yo,

que fue casta, por honrada

si ella ha muerto, la mató...

yo fui la causa, esto es cierto.

Arminda.

Decid, ¿qué causa os movió?

Oracio.

No más que por ser honrada,

y ser traidor a su honor.

Que el enredo de la carta

fue de mi pecho traición,

y por estar más secreto,

por mi criado murió.

Arminda.

Pero de aquesta mujer,

¿sabéis si es muerta?

Oracio.

Eso no,

que luego me retiré

después de ver el error.

Arminda.

Esto está bien averiguado,

bastante es la información,

y por escarmiento al mundo

habéis de morir los dos.

Que una infamia como aquesta

no es bien que tenga perdón.

Ptog. 123

18

Arminda.

pues sin culpa estas dos muertes

están por vuestra ocasión.

Doña Isabel.

¿Está este caso averiguado?

Sale la infanta y el Delfín.

Arminda.

con satisfacción,

dos muertes han cometido

pero entrambos sin razón.

Doña Isabel.

¿Pues qué sentencia habéis dado?

Arminda.

Que degüellen a los dos.

Doña Isabel.

Y yo misma en ello vengo.

Carlos.

¡Ay de mí, cielos, Señor!

Arminda.

Pues está ya

confirmada

la sentencia que yo os di.

Primero que aquestos mueran

dar la luz a otra confusión.

Sepa tu alteza que el tiempo

que he gozado tal favor

sirviéndote en este traje,

al fin disfraz del amor,

que ha sido hasta que el cielo

dio a mis penas descombro,

pues con su ayuda he sabido

tantas dudas, tanto error.

Y ya que está declarada

agora importa a mi honor

que sepáis que soy mujer

y que he tenido valor

para sufrir tanto tiempo

esta pena, esta traición,

y pues que ya lo habéis sabido

me habéis de perdonar vos.

Ptog. 124

Arminda.

Teodoro aqueste que veis

a mi esposo y

pido por el el perdón

Y vos padre vuestra enfer

medad y aquesta pasion

alegre de ver vuestra hija

con su esposo y con honor

Carlos.

vivos mil años arminda

por el contento que oy

he recibido en los dos

gloria de mi corazón

Doña Isabel.

Mucho me e admirado el ver

tal prodigio y confusión

pues lo ves y no lo crees

encanto al fin del amor

Arminda.

También os quiero advertir

de cierto que cuando vos

hablabais en el jardín

conmigo que no era yo

Doña Isabel.

Pues quien era a quien hablaba

Arminda.

pues era de mas valor

que es el delfín de Francia

y por ser grande su amor

dejo su reino y disfrazado

de ayo a vuestra alteza sirvió

Doña Isabel.

a donde esta

Arminda.

vuestra alteza

vuelva aquí por mi opinión

Delfín.

Yo señora soy que el cielo

que a servido al sol que adora

el alma y el corazón

Doña Isabel.

Yo e sido aquí la dichosa

de ganar

Delfín.

yo vuestro siervo me hallo

Doña Isabel.

Y aquel amor os a bajado

Delfín.

Dichoso puedo llamarme

si oy alcanza mi valor

la gloria que me faltaba

y pues a qui se cumplió

en albricias deste empleo

el perdón otorgo yo

a los dos y arminda goce

pues tuvo tan gran valor

diez mil ducados de renta

Arminda.

vivas mil años señor

por este bien que me dais

y sea gobernador

desde oy mas mi padre en flandes

Carlos.

tanta merced tanto honor

a quien le habrá sucedido

Delfín.

desto gusto yo

Arminda.

Con esto da fin aquí

la mujer que sentenció

siendo juez a su marido

por una justa traición

Jacinto Lopez

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