
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La española en Milán. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-espanola-en-milan.
Jornada primera
La Española en Milán
Comedia intitulada La española en Milán. Hablan las personas siguientes:
Don Fernando de Aragón.
Doña Francisca.
El maestre de campo Lirardo.
Luciana.
El capitán Trusillo.
Inés, criada de doña Francisca.
Don Antonio Cisneros.
Josefe, paje de doña Francisca.
Lope, criado de don Fernando.
Don Luis de Sosa.
Los músicos, 4.
Salen don Fernando y Lope.
Dejadme, locos devaneos,
que atormentáis ahora mis deseos;
dejadme, pues, memorias,
que solo acordáis pasadas glorias,
y mi mala fortuna
hoy me deja sin ninguna.
Llegué libre a esta tierra,
y teniendo el cuidado solo en guerra,
deseoso en la campaña
de lograr heroica hazaña
cuando no pudo el enemigo
dar a mi valor algún castigo.
En Italia y Lombardía
sirviendo al rey con presencia,
he merecido, y alcanzado
fama y opinión de buen soldado.
El rapaz Cupido ciego
introdujo en el pecho tanto fuego
que en su amorosa llama
el corazón, ¡ay triste!, ya se inflama
y sin hallar sosiego,
mas ¿quién le tendrá con tanto fuego?
Ya me veo rendido,
triunfó de mí el dios Cupido,
hallóme descuidado
y en fin de mí ha triunfado,
disparó flecha errante
y salió Cupido ya triunfante.
Ya soy su esclavo,
y aunque su intento no le alabo,
me rindió de tal suerte,
que almas alienta do diera muerte.
Vi un ángel peregrino,
que tiene amago de divino,
y de hombre sin consuelo,
pues todas el alma ofrecía a vuelo.
Fueron flechas sus ojos
para aumentar mis penas y enojos.
Ya del todo rendido,
solo tu favor pido,
ciego dios vendado,
para salir de tal cuidado,
suspende tu rigor,
porque llegue a lograrse aqueste amor,
y ese su pecho fuerte
para que llegue a obedecerte,
y salga yo del martirio
gozando de
Amor, esto es forzoso,
si eres dios hazme favor,
y acreditaré tu fama,
Mi amo, con grandes celos,
aquí se vale de treta;
sin duda queda en poeta,
pues está mirando al cielo
y formando allá en su idea
penas, dolores y agravios,
versos ocupan los labios,
con gran cuidado menea.
¿Qué es lo que tienes, señor,
que estás suspenso y turbado?
Dime, ¿estás enamorado,
o tienes algún dolor?
Tengo penas y desvelos,
tengo desdén y furor,
y tengo también amor,
ya deste acompañan celos.
Tu enamorado me admira,
cuando con grande desdén
no hablas a las damas bien,
y en un continuo retiro
estás encerrado en casa,
y has perdido tu fama,
y no me dirás la dama.
Sí, que toda el alma te abrasa,
diré, pues persuades,
porque mis dichas alabes.
No quiero pintarte agora
sus divinas partes bellas
con el sol y las estrellas
y candidez de la aurora,
ni aplicar hermosas flores,
como suelen los poetas
a sus colores perfetas
en belleza superiores
a todas las que hasta hoy
rindió Amor justos despojos.
Si no te mueven antojos,
grande es su hermosura, estoy
ya muriéndome por vella.
Luego, ¿dudas?
No, por cierto,
lo que dices será cierto,
fuerte sujeto.
Es muy bella.
Si pretende ir con tu gente
vamos a vella y dirás
que embarcación la darás.
No puede ser, que está ausente
del pasaje; la di el sí,
al instante que me habló
fuese porque me venció,
vencióme porque la vi.
Sale Joseph paje de doña Francisca, y da una carta a don Fernando.
Mi señora me ha mandado
que pusiese este papel
en tus manos.
Como fiel
cumples lo que te ha ordenado.
Abrille al momento quiero
por el gusto que me ha dado,
que quien le trae es criado
de la vida por quien muero.
Como tuve aviso que marchaba la gente para embarcar,
he venido a esta ciudad, sin esperar el de vuestra señoría, por no
perder la ocasión de ir a España, que es lo que más de-
seo. Dígame vuestra señoría cuándo será la partida, para que dis-
ponga mi jornada. Guarde Dios a vuestra señoría. De la posada.
Doña Francisca.
Beso mil veces la firma
por la nueva que ha traído,
pues hoy con haber venido
mi esperanza se confirma.
¡Cuándo de Lodi llegó!
¡Cuánto ha que Milán la goza!
Apeose de la carroza,
y luego al punto escribió
lo que has visto; y a buscarte
con esta carta me envía.
Diga, galán, ¿tiene tía
Jarama?
En esa parte
libre de embarazos vive,
pues ninguno le acompaña.
Su madre tiene en España,
y pocas veces la escribe,
que como cuerda y discreta,
aun en esto no es cansada.
Dígame más, ¿la criada
es de hermosura perfeta,
porque yo...
No diga más.
Sabralo cuando la vea,
que no es hermosa ni fea.
Ven conmigo y llevarás
la respuesta; y por el porte
del papel, este diamante.
Llegará a punto este amante,
que es de diamante su norte.
Vanse.
Sale el maestre de campo Lisardo, don Antonio de Cisneros, y el capitán Truxillo.
obligalla, no ha podido
a quedarse. Vuestro amor.
Está resuelta en partirse,
de tres capitanes míos
que se van, al de más bríos
se la encargo.
Arrepentirse
podrá, si bien considera
las partes que en ti desecha.
Vivo con una sospecha,
mas sospecho que es quimera,
y así decilla no quiero.
Decidla, así Dios os guarde.
Siempre el amor es cobarde,
celos son, de celos muero.
¿De quién, si está retirada
después que vino a este estado,
tanto que ya estoy cansado
de miralla tan honrada?
Don Antonio, yo lo confieso,
que guarda tanto retiro;
mas como celoso, miro
adelante, y pierdo el seso
en considerar que va.
Don Fernando esta jornada,
y que, si la ve y le agrada,
que es cierto le agradará,
y procurará con arte
que se embarque en su galera.
Lo que se ha de hacer considera,
unidos Venus y Marte.
Ya está dicho, sin decillo.
La ocasión el bien le ofrece.
Díganos qué le parece,
señor capitán Truxillo,
que tiene que está tan mudo.
Díganos su parecer.
Si don Fernando ha de ver
esta dama, yo no dudo
que la enamore y la goce,
porque yo soy muy su amigo,
y lo que digo, lo digo
como quien bien le conoce.
Mas a mí de qué me importa
el censurar vida ajena,
si tengo propia una pena
que todo el gusto me acorta.
Las penas comunicadas
se suelen desminuir.
Bien nos las podéis decir,
pues que fuimos camaradas,
¿es pendencia, o es amor?
Ello es amor y pendencia,
pues que afanan mi paciencia.
Una priora y prior
deposité en un convento
por algún tiempo a Luciana,
pagando cada semana
a las monjas su sustento.
Ya sabéis lo que ha tenido
conmigo, debo casalla,
quise allí depositalla,
hasta que hallase marido.
Han pasado ya dos meses,
quiero la agora sacar,
y no me la quieren dar,
mas persisten por intereses,
pagar quiero de vacío
como si dentro estuviera
el tiempo que esté acá fuera,
que muero por el bien mío.
Y si la pido cada hora
con blandura o con vigor,
me remiten al prior
y después a la priora.
Mirad si piden mis quejas
el sentimiento más justo.
Pues hoy impiden mi gusto
prior, prima y dos viejas,
lleve el diablo quien metiere
más a su dama en conventos.
Digo que es gracioso el cuento
y que más espacio quiere,
para tratar de sacalla,
yo me voy, que es ya muy tarde.
Adiós, señor.
Vanse los dos.
Dios os guarde,
voy a darme la batalla,
con quien este mal me ha hecho,
hasta que siga mi intento,
sino se abrasará el convento
con el fuego de mi pecho.
Vase.
Salen Doña Francisca e Inés, su criada.
Fuese César, dejome en tierra extraña
adonde tarde el desengaño veo,
combatido mi gusto de un deseo
que solo en mis desdichas me acompaña.
Amor, no acabarás, pequeña hazaña,
si obligas a mi fe que injusto empleo
admita, pues si puedo, este trofeo
pienso volver por mi blasón de España.
Dos pretendientes tengo que me oprimen
a declarar mi voluntad sencilla,
poderosos entrambos y yo sola.
Bien confieso que gusto que me estimen,
pero verán la octava maravilla
en mi desdén con bizarría española.
Deja las melancolías
que te afligen estos días,
pues acerca la jornada
para ti tan deseada.
En vano, amiga, porfías,
cuando repartió mi dueño,
dejó tu honor a mi cargo,
y mi palabra te empeño,
que aunque es su viaje largo,
mi sentimiento es pequeño.
Libre hablaré, pues se ha ido;
no sé lo que imaginaba,
cuidadosa guarda ha sido
sin ser nada, te celaba
como galán o marido.
¿Quién tal en el mundo vio?
En la locura quedó,
celándote muy grosero.
Cumplió como caballero
lo que en España ofreció.
Váyase a reinos extraños
remedio tienen sus daños,
no te ha dejado tan sola,
pues eres dama española,
hermosa y de pocos años,
y sé que hay muchos que están
de suerte que si supieran
que habías llegado a Milán
a ofrecerse aquí vinieran.
Fuera de mi intento van.
Inés, deja esas quimeras,
nunca de mi gusto quieras
más de lo que yo quisiere.
Lo que agora te dijere
óyelo, en burlas o en veras,
cuál de los dos pretendientes
ha de ser el escogido,
entrambos están presentes.
Lisardo el primero ha sido
que dijo sus accidentes;
don Fernando en el papel
que ha escrito se muestra fiel
amante y tan inclinado
a servirte, que he llegado
a intercederte por él.
Tan libre de amor me veo
que hoy a ninguno me inclino.
Hablé a don Fernando y creo
que podrá en este camino
darme el puerto que deseo.
La embarcación le he pedido
y aunque Cortés ha ofrecido
dármela, puede mudarse.
Y también podrá cansarse
de tu desdén atrevido,
disimula ese rigor,
engaña tu natural,
habla con algún amor
que en responder siempre mal
no está fundado el honor.
Sale Jusepe, paje de doña Francisca.
Prevénte luego, señora,
don Fernando llega agora
y dice que quiere hablarte.
Bien pudieras reportarte,
dile que venga en buen hora.
Hoy tu rigor se despida,
muestra el semblante sereno.
Salen don Fernando y Lope, su criado.
Seáis, señora, bienvenida.
Huelgome de veros bueno,
que tenemos de partida.
La partida más moderna
es de mi alma, que tierna,
cuando tan hermosa os vio,
su mitad os entregó.
Cuerdamente se gobierna;
porque viváis, persevera
la mitad en vuestro pecho.
Como amiga verdadera,
más hazaña hubierais hecho
si me la dierais entera.
Cuerdos los soldados son
en su amorosa pasión:
la mitad guardan del fuego,
no como otros que dan luego
el alma y el corazón.
No hubiera cumplido yo
con la obligación de amante,
porque ¿qué amante no yerró
teniendo su bien delante,
y hablando no se turbó?
Si agora no me turbara
y el primer conceto errara,
de amor ha sido el delito.
La satisfacción admito.
Bueno mi amo quedara
si no reparara luego,
como diestro, la estocada
que le tiró, yo estoy ciego.
¿No es aquella la criada?
Sí; pues condénola al fuego,
y a quien con ella se emplea,
que no era hermosa ni fea
no me dijo.
¿Qué se queja?
Díjele que no era vieja.
No hayas miedo que te crea
otra vez. Bachillerejo
es el paje.
Que pensaba
que tenía ya festejo.
Que en ella mi dicha estaba,
pero para ti la dejo,
que eres muy niño y podrá
hacerte hombre si te da
muchos años que la sobran.
Mal esas deudas se cobran.
Que me debéis, claro está,
en las partidas de amor;
deudora sois a mi fe.
En vano os cansáis, señor.
¿Con quien os ama por qué
mostráis tan grande rigor?
Señor, si como decís
tan brevemente os partís
y me dejáis embarcar,
en llegando yo a la mar
tendré el amor que pedís;
después, en desembarcando
en España, podrá ser
que si vais perseverando
yo mude de parecer.
Moriré de amor penando
hasta que llegue este día;
decidme, por vida mía,
cómo a Italia habéis venido.
Harélo, que me ha vencido
vuestro trato y cortesía.
Generoso don Fernando
de Aragón, cuya prosapia
viene de los nobles godos,
antiguos reyes de España,
así con feliz suceso
pongas los leones y barras,
armas de tu rey y tuyas,
por timbre en la casa santa,
que después de haberme oído
les deis remedio a mis ansias
ayudándome de suerte
que pueda verme en mi patria.
De padres nobles nací
en la corte del monarca
que solo el sol puede ver
lo que su poder alcanza;
apenas tuve trece años
cuando de casarme tratan
con un caballero mozo,
hidalgo de las montañas.
Mi madre, señora viuda y sola,
casóme sin que mirara
en mi edad y otras desdichas
que nacieron de esta causa;
no gocé quietud un mes
con mi esposo, cuando traza
mi fortuna su rigor,
que en él nunca ha sido varia.
Un duque vecino mío,
de los que en España llaman
grandes, y muy gran señor,
que por respeto recata
mi voz agora su nombre.
Y porque no es de importancias
que lo sepáis, intentó
por medio de una criada
persuadirme que le oyera,
obligarme a que le amara
con recados, con papeles,
enviando joyas y galas.
ninguna cosa admití,
cerré, clavé mis ventanas;
solo porque de las suyas
curiosamente miraba.
Jamás le dieron mis ojos
ni aun la menor esperanza,
y deste rigor nació
a su amor fuerza doblada,
pues se resolvió una noche,
viniéndome a mi posada,
llegarse a hablarme al estribo
del coche con arrogancia;
mi madre venía conmigo,
despedímosle enojadas,
no quiso irse, que, desdicha,
aquí ya la voz me falta:
quiso tomarme las manos,
no sé si negras o blancas,
mi marido llegó entonces
y, viéndole con la rabia
de caballero y honrado,
sacó furioso la espada,
embistiéndole con dos
criados que le acompañan;
el señor sacó la suya,
y seis hombres que le guardan
el puesto, llegaron luego
que venían a sus espaldas;
entre todos, atrevidos,
formaron una batalla,
teniendo contra mi esposo
el duque tantas ventajas.
Dejó cuatro de los suyos
en la pendencia trabada,
y con dos se retiró
a buscarme adonde estaba.
Hallóme junto a mi coche
en el suelo desmayada
porque quise salir dél
al ruido de las espadas
para socorrer mi esposo,
y al primer paso, la planta
no pudo dalle adelante.
También, muerta de asustada,
cayó mi madre, y el duque,
como difuntas nos halla,
hace que los dos me lleven
a esconder adonde manda;
y, volviendo a la pendencia,
un pariente suyo halla
agonizando en el suelo,
pasado de una estocada
de que expiró en aquel punto
sin haber tenido gracia.
de poderse confesar
con que pago ajenas faltas.
Sentido deste suceso
a los suyos los infama
que como tres hombres solos
se resisten de sus armas
con este nuevo socorro
tan bizarramente cargan
a mi esposo, que sin duda
en breve rato pagara
la vida del caballero
con la furia, que guardaba
le tuvo su mala suerte
para ver tantas desgracias.
si no llega la justicia
que de muy larga distancia
dio voces con que atajó
la pendencia, con que escapan
todos como delincuentes,
mi esposo, viendo que estaba
uno de ellos en el suelo
mi robador porque aguarda
gozar a su salvo el robo
y así tan a priesa marchan
que no alcanzó la justicia
si no es al muerto, ordinaria
cosa, en semejantes casos.
y prender a los que pasan
inocentes, y el culpado
se ríe de su ignorancia
mi madre que vuelta en sí
sin mí, ni el coche se halla
porque el cochero escapó
cuando vio que me llevaban
daba voces afligida
y para aliviar su amarga
pena, llegó la justicia
de su llanto provocada
y viendo la turbación
con que mira con que habla
inocente, la prendieron
sospechándola culpada
Seis mil ducados de renta
tenía el muerto. Mal lograda
hacienda, pues no quedó
hermano suyo ni hermana
que le heredasen, y aquella
noche tan triste y aciaga
lo supo su viuda madre
que vuelan las nuevas malas
supo también que mi esposo
fue el homicida, y airada
al Rey le pide justicia
y a sus parientes venganza.
Alborotóse la corte
buscando a don Juan Tejada
que así se llama mi esposo
si vive en penas tantas.
Confiscáronle su hacienda,
hízose el proceso a instancia
del fiscal, y lo que quiso
probó la parte contraria.
No se trató de mi robo.
Dieron diferentes causas
a la pendencia, y del Duque
ni se escribe, ni se trata.
Publican que me llevó
mi marido disfrazada
y después aseguraron
que nos habían visto en Francia
pasados más de seis meses.
Estos sucesos y trazas
supe, porque aquella noche
escondida y encerrada
me tuvieron tan oculta
que a mis voces delicadas
y al llanto que enterneciera
las piedras de una muralla
ninguno me respondió.
Hasta que al romper del alba
entró el Duque a persuadirme
con ternezas y amenazas.
Díjome que sin la vida
mi amado esposo quedaba,
que en vano me resistía
teniéndome él en su casa.
Defendíme de sus fuegos,
probó la fuerza villana,
mas siempre halló en mi valor
la resistencia gallarda.
Resolví morir primero
que consentir en la infamia.
Ostinado me entretuvo
en su cava retirada.
Después le obligó mi llanto
a que a mi madre me traiga,
hízola dar libertad
quel poder todo lo allana.
Supe entonces con certeza
cómo la nueva era falsa
de la muerte de mi esposo,
y que el Duque me engañaba.
Dos veces pasó brillando
la carrera tachonada
De signos y de planetas
el hermano de Diana
mientras me tuvo oprimida,
y aunque mi prisión durara
si el estambre de su vida
no le cortara la Parca,
ordenó en su testamento,
entre las primeras mandas,
que me den dos mil ducados
por descargo de su alma,
de renta mientras viviere,
y mi suceso declara
encargando a su heredero
que le saque desta carga.
El codicioso no mira
su obligación, antes trata
que me prendan por la muerte
de su deudo, ¡vil hazaña!,
cuando el paternal amor
después de la muerte falta,
obligado el interés
a resolución tan baja.
Tuve su aviso y ausentome,
que mi fortuna voltaría
el clavo quitó a su rueda,
porque como ella rodaba
Dejé a mi madre en Madrid,
partime desesperada,
sin saber lo que me hacía
con un viejo y dos criadas.
Sin parar a Barcelona
llegué, y allí no parara
si el paso no me impidiera
el imperio de las aguas,
adonde estuve dos meses
sin que nadie me inquietara.
Llamé padre a mi criado,
creyéronlo por sus canas.
Estando en misa un domingo
un forastero me llama
por mi nombre, que al descuido
pudo verme mal tapada.
Admiréme y conocíle,
porque antes que me casara
me pretendió algunos días,
decía que por mis gracias.
Contéle mis desventuras,
pidíle que me amparara
con su consejo y sus fuerzas
en desdichas tan extrañas.
Díjome que no volviese
a la corte, porque estaban
allí la madre del muerto
y el señor que así me agravia
que me habían de perseguir
que diligente buscara
en Italia a mi marido.
Pues no parecía en España
desde la pendencia dicha
que hiciere dél confianza
que como hidalgo ofrecía
traerme consigo a Italia,
y viendo que por ser mozo
su promesa no aceptaba
de guardar siempre mi honor
me dio su fe y palabra
aunque yo le conocía
que era de la Lusitania
valeroso caballero
le entretuve dos semanas,
indecisa, y al fin de ellas
resuelta y determinada
nos embarcamos fletando
dos falucas bien armadas
a este estado de Milán
después de ocasiones varias
llegamos donde he vivido
dos años tan retirada
que el sol como se encarece
no vi ya, porque estaba
en una fuerza que dicen
ciudadela en Alejandría.
En este tiempo he tenido
de mi madre algunas cartas
obligándome su amor
a que a su casa me vaya
por esto no pasé a Flandes
con César, que es quien contaba
que se embarcó en Barcelona
conmigo, y aquí su hidalga
cortesía ha procedido,
de modo que me guardaba
como hermano, quedé sola
para seguir mi jornada
creyendo que alcanzaría
pasaje, y están cerradas
las tierras, por este mal
que con el contagio mata
de suerte que si tú agora
con tu gente no me embarcas
moriré de sentimiento
Muévate mi historia larga.
Tan varios sucesos son
los que aquí me habéis contado,
que a más de haberme admirado
me han movido a compasión;
pues en Barcanos, señora,
vos tenía ya ofrecida
antes de haberme entendido
vuestra historia; desde agora
es obligación forzosa
el serviros y llevaros
a España, si casos raros
son los vuestros. Rigurosa
ha sido vuestra fortuna
tanto como en la belleza
se mostró naturaleza
liberal.
No hay parte alguna
perfecta en mí, lisonjero
parecéis.
Cuando el cristal
copie vuestro original,
veréis que soy verdadero;
por vos y por mí replico
al agravio que me hacéis.
En vuestros ojos tenéis
mi disculpa.
Muy buen pico
tiene, y felice memoria,
pues que pudo relatar
sin escupir ni alentar
larga y peregrina historia.
Por Dios, que perdía el seso
cuando mirando la estaba,
de la suerte que ensartaba
un suceso a otro suceso.
La memoria desvanece
en pensar lo referido.
Lástima tengo al marido
que ausente y pobre padece,
porque defendió su honor,
y Dios sabe si le han muerto;
obstinado fue, por cierto.
El Duque grande rigor
usó, y gran tiranía;
pues no pudo sujetalla,
¿no fuera mejor dejalla
sin gozalla, que servía
tenerla tanto encerrada?
Solo salva esta locura
el ver su grande hermosura,
que libre está la criada
desto. Quiero que me diga.
¿Qué?
La causa que la obliga
a servir.
Ser desdichada.
Breve la respuesta ha sido
y compendiosa en rigor,
que no hay desdicha mayor
que es servir un bien nacido;
yo sirvo, y en mí lo veo.
Ya habéis empezado a hablaros.
Muy presto pienso avisaros
de que ha llegado el correo;
según las cartas postreras
que tuve, tengo por cierto
que ya habrán llegado al punto
de Génova, las galeras
que de Barcelona vienen
a llevar la infantería.
Como deseo este día,
parece que se detienen
mil siglos.
Aquí en Milán,
como he dicho, esperaréis,
que no será bien que estéis
sola con el capitán
a quien Lisardo os envía
por de su tercio y su amigo;
mejor haréis conmigo
ir en vuestra compañía.
A mí me estará muy bien,
y conozco que es mejor,
como no tratéis de amor.
Adoro vuestro desdén,
y con él os serviré,
que no os pesará, os juro
por agora.
No replico.
En Milán esperaré
vuestro aviso.
Vase.
Voy contento,
señora, pues os quedáis.
Vase.
Muy poco en esto ganáis,
si no he de mudar de intento.
Si pensara que la amo.
aquesta dueña de honor,
yo soy muy gran servidor.
¿De quién?
De solo mi amo.
Salen el Maestro de Campo Lisardo y don Antonio de Piñeros.
Ya vivo.
Muerto te vi
amando, sin esperanzas.
Fue justa desconfianza
la que conociste en mí.
Quien ama no desespere
por ausencia ni rigor,
que en el verdadero amor
la esperanza nunca muere.
Amante difunto ha sido
de puro desconfiado;
tu amor ha resucitado
con la orden que ha venido
del Rey, que mil siglos viva,
en que manda expresamente
que no se parta la gente
a España, y en esto estriba
el poder volver de nuevo
a contrastar el desdén
de la española por quien
penas tanto.
Hoy me atrevo
a seguir la empresa mía,
pues don Fernando se queda
con que deshará la rueda
del favor que poseía,
nacido de pretender
doña Francisca embarcarse
por su medio, y pues quedarse
forzosamente ha de ser,
porque el rey así lo ordena
y sola no ha de alcanzar
pasaje, ni le han de dar
en Génova cuarentena
para que pueda partirse
por Saona, intentar quiero
nuevas fuerzas, que al dinero
nadie puede resistirse.
Gastaré toda mi hacienda
por verme favorecido.
Al interés atrevido
no hay fuerza que se defienda.
El medio más eficaz
es el que dices.
Dejes
saber de tu nuevo empleo
qué estado tiene.
La paz
y quietud con que vivía
por tu causa la he perdido.
Pues yo, ¿qué culpa he tenido
en turbarse tu alegría?
¿Qué culpa? ¿No me rogaste
porque Luciana saliese
del convento, que fingiese
ser tu esposo?
Y tú ignoraste
que solo sirvió el decillo
para dar algún color
a sacalla, pues su amor
goza el capitán Trujillo,
y él me pidió, como sabes,
que contigo intercediese
que lo que has dicho se hiciese.
Es verdad, mas los suaves
ojos de Luciana fueron
un rayo para mi pecho,
que con violencia han deshecho
mi corazón y rindieron
mi libertad de tal suerte,
que me favorece y muero,
y en mi tormento no espero
remedio sino la muerte,
o casarme, que es peor;
pues cuando estoy más rendido,
dice que como a marido
me admite y hace favor;
y tiene entre otras quimeras
esta desde que la vi,
que lo que Cortés fingí
se ha de ejecutar de veras.
Por las razones que oyes
vive sola, retirada,
sin dar en su casa entrada
a Jusepillo, que está loco
de pena y de sentimiento,
por vella a su amor ingrata;
tanto, que con veras trata
que otra vez vuelva al convento.
En este estado me tiene,
Lisardo, vuestro consejo;
veo agora si me quejo
con razón, y si previene
mi pecho quejas de vos,
que sois de mi pena el medio.
Vos me dabais un remedio
que es bueno para los dos;
agora aplicarse quiere,
esperando con valor,
que en el verdadero amor
la esperanza nunca muere.
Penaremos esperando,
y moriremos viviendo.
Basta, que me vais hiriendo
por los propios filos, cuando
saludable medicina
de vos creyó mi esperanza.
El tiempo todo lo alcanza.
El tiempo todo lo arruina.
Doña Francisca acrisola
mi fe con pecho de yelo.
¡Ay, milanesa del cielo!
Vase.
¡Ay, peregrina española!
Salen doña Francisca y Luciana, y Jusepillo, paje.
Del límite el favor pasa
Mi obligación he cumplido.
Exceso notable ha sido,
querer honrar esta casa.
Llegadnos las sillas, ola.
Sentaos que despacio quiero
gozar este bien.
Espero,
de la cortesía española
un favor que es de pediros.
Ya en declarar os tardáis;
mirad lo que me mandáis
segura que he de serviros.
Luciana amiga, ordenad.
Obligaros más quisiera.
Ya mi voluntad espera
saber vuestra voluntad.
Pues sé que estáis ya informada
de mi fortuna y mi vida,
de desdichas combatida,
hoy libre, ayer encerrada.
Con discurso dilatado
no os quiero cansar, oíd.
Atenta escucho, decid.
Pretendo tomar estado.
Digo que quiero casarme
con quien muy bien conocéis,
y que vos sola podéis
en este intento ayudarme.
Don Antonio me pretende
mostrándose amante fino,
y yo a quererle me inclino
para todo Dios se entiende,
que de otra suerte he jurado
no hacelle ningún favor.
Miro que tiene su amor
a otro fin encaminado,
y aunque se muestra una roca
que se ha de mudar es llano.
Un papel de vuestra mano,
o un ruego de vuestra boca,
destos dos medios aguardo
que el uno me concedáis.
Y que resuelta os pongáis
a interceder con Lisardo
el maestro de campo.
¡Ay triste!
¿A Lisardo he de escribir?
¿A Lisardo he de pedir?
Nada.
Si en esto consiste
mi quietud y mi remedio,
¿en qué reparáis, señora?
Que si Lisardo os adora,
¿dónde hallaré mejor medio
para podelle obligar
que el vuestro?
Siempre he oído decir
que la que llega a pedir
se obliga también a dar,
y mi recato me niega
que le prometa pidiendo;
yo os confieso que no entiendo
dónde vuestro intento llega,
quiriendo determinada
que le hable, si el matrimonio
ha de ser con don Antonio.
Es su amigo y camarada,
y no sabrá en el mundo cosa,
si entra de Lisardo el ruego,
que no la ejecute luego,
aunque sea dificultosa.
Bien dificultosa es
el obligalle a casar.
Arrodíllase.
De vos esto he de alcanzar,
y rendida a vuestros pies
os lo ruego de manera...
Levantaos, no estéis así.
Hasta que me deis el sí
no lo haré.
Levántese.
Así le diera
don Antonio, que ha de ser,
el que a vos se debe dar.
Digo que prometo hablar
a Lisardo por tener,
Luciana, pena de veros
con la pasión que mostráis.
Sin duda que si le habláis,
don Antonio de Cisneros
será mi esposo.
Hablaré
a Lisardo aquí por vos,
e idos, señora, con Dios,
que no me descuidaré.
Mis esperanzas están
en vos, que habéis de ayudarme.
y sola podrá casarme
una española en Milán.
Vase.
A buen estado has venido.
¿Por qué?
Por aqueste haces tercera.
¿A mí?
Ser casamentera
no es lo propio.
Sale Inés, criada de doña Francisca.
Ha sucedido
tal desdicha, ¡ay suerte igual!,
¡hay tan grande desventura!
¿Qué es esto, Inés? ¿Qué locura
te descompone?
¡Ay, gran mal!
Señora, no te apasiones.
Di lo que tienes, afana.
Mientras Luciana te hablaba,
entraron unos ladrones
por la puerta falsa, fueron
a tu aposento, y llevaron
todo lo que en él hallaron,
y a su salvo se salieron
con los baúles cargados,
según me ha dicho un vecino
que los vio, mas no previno
que eran ladrones. Liados
para pasarnos a España
estaban, y ansí creyó
el vecino que los vio
que nos íbamos a España.
¡Extraña
desdicha!, que no hubo quien
sintiese el rumor. ¿Qué haremos?
Moriré.
No hagáis extremos.
¿Y el escritorio?
También
el escritorio han llevado.
En él mis joyas tenía;
grande es la desdicha mía.
Sola la cama han dejado.
A la justicia al momento
vaya a dar parte un criado.
Otro tiene ese cuidado.
¿A su cargo?
¿Quién?
Al viento
daba voces en la calle
cuando Lisardo pasó,
acaso, y como me vio,
se me vino a mí. Llegué a hablalle,
contele lo sucedido,
mas como gran caballero
estas joyas y dinero
te envía, porque el habido,
a que se haga diligencia
dentro y fuera del lugar,
para que se pueda hallar
el hurto.
Ya la paciencia
me falta, loca atrevida,
porque esas prendas trujiste.
¿Cómo a tomar te atreviste
nada de nadie? La vida
te he de quitar, si no vas...
¡Qué cólera! Estoy temblando.
Por esas calles volando,
y a Lisardo se las das.
Agora sí que al dolor
suelto, afligida, la rienda.
Ladrones llevan mi hacienda,
tú me quitas el honor.
Solo con haber tomado
ese veneno escondido,
más siento lo que has traído
que el interés que han llevado.
Vase.
Si volverlas has resuelto,
a dallas voy al instante.
No te me pongas delante
hasta que las hayas vuelto.
Aparte.
Buenos habemos quedado...
sin amor y sin dinero.
¿Qué dices?
Que fue grosero
Lisardo en haberte enviado
cadena, joya y bolsillo.
Muy ofendida me siento
que tuviese pensamiento
que pudiera recebillo.
Pensó remediar su pena.
y yo la tengo en pensar
cómo te has de sustentar
en Milán.
Esta cadena
venderé que traigo puesta,
a mi madre escribiré,
y así me sustentaré
mientras viene la respuesta
con dinero para irme.
¡Qué grande hambre nos espera!
Aparte.
Pues Laura, aunque quisiera,
tampoco puedo partirme.
Por este mal riguroso
el paso a nadie se da,
don Fernando no se va,
y así quedarme es forzoso.
Apruebo su pensamiento,
mas si tardase el correo,
¿qué has de hacer?
Que vendrá, creo,
en dos meses.
Ruido siento.
Si acaso el hurto han hallado
Lisardo y su diligencia...
Salen don Fernando y Lope su criado.
Perdonad que sin licencia
vengo a veros, confiado
en el favor que me hacéis
desde que mi dicha os vio.
Don Fernando, no sé yo
qué favor de mí tenéis,
yo era el que pretendía
de vos cortesía y favor,
siendo vuestro pretensor,
cuando embarcación pedía.
Como pretendiente hacía
para poder obligaros
diligencia, y pues quedaros
su Majestad os mandó,
ministro sois que fallo,
no tengo ya por qué hablaros.
Si pretensor os escribí,
bien la causa se colige;
la verdad en todo os dije.
No tendréis queja de mí,
ir a España pretendí,
solo por eso os hablé
con libertad, excusé
vuestros injustos deseos;
guardad para otros empleos
vuestro amor y vuestra fe.
Bien pudiera replicaros
para abonar mis intentos
con vivos ofrecimientos,
y fallo por obligaros,
por solo amar, he de amaros,
con desdén o con amor,
no ejecutéis el rigor,
pues por más fineza digo
que solo vuestro amor sigo,
pero no vuestro favor.
Si por no hacer la jornada
de vuestra gracia he caído,
y embarcar no he merecido
vuestra belleza extremada,
juzgad que estáis embarcada
en mi pecho, y por ser viva,
nave para conduciros
de los mis deseos en tanto
que formo un mar de mi llanto
y el viento de mis suspiros.
Inés, ¿adónde está? Dame cuidado
no verla por aquí.
Se ha retirado
a rezar y cumplir sus devociones
que las tiene muy grandes.
Los ladrones
y las ya tú me entiendes, siempre todos
las tienen.
Honrarla por varios modos
condenas por mala la devoción.
No es sino buena.
Llegan al paño Lisardo y el Capitán Truxillo y hablan desde allí.
Goza la ocasión.
Entra.
Detente.
Porque
Don Fernando,
al lado de doña Francisca hablando,
le miro desde aquí; escuchalles quiero,
si los celos me dejan.
Ya no espero
que concedáis la obligación que os pido.
Solo pretendo que haya merecido
mi voluntad poder venir a veros,
sin que trate de amor.
Los caballeros
tan grandes como vos dan mucha nota,
pues dondequiera que entran se alborota
la vecindad, y lo que yo pretendo
no es eso.
¿Entiendes?
Sí, muy bien entiendo.
Esto ha de ser así.
Grande mudanza
he visto en vos, pues hasta la esperanza
queréis que pierda de poder serviros.
Fingid que me queréis.
No he de mentiros,
no se fingen engaños,
hartos he visto en mis primeros años.
Solo a mi esposo quiero.
Si es vivo, hallarle alguna vez espero;
si fuere muerto, intento
tengo de retirarme en un convento;
y porque no os canséis, que muera o viva,
siempre al amor me habéis de hallar esquiva.
Rigurosa responde, el desdén nace
sin falta de que ya la satisface
el oro que la envié.
En lo cierto has dado.
Según esto entrar quiero, confiado
que su favor alcanzaré sin duda.
El interés hasta los montes muda.
Entremos.
Entran Lisardo y Trujillo.
Bien dices, no se arrepienta,
ya habréis sabido que tomé a mi cuenta
el buscar los ladrones atrevidos.
Quedan todos los pasos prevenidos,
ocupados los puertos y las puertas,
andan los alguaciles diligentes.
por ganar cien doblones
que ofrezco si se descubren los ladrones
y el hurto que han llevado.
Por la posta al confín he despachado
de Génova, Venecia, Parmesano
esquízaros, grisones, mantuano.
Monferrato, y Piamonte
que es todo lo que ciñe este horizonte
y en la ciudad no quedará posada
que luego no la busquen.
Obligada
a ese cuidado quedo
Jusepe, lo que han dicho, ¿ha sido enredo
esto es verdad, o todo lo han fingido?
Verdad es cierta.
¿Cómo?
Han reducido
la casa de manera
que nos la han vuelto lo de adentro afuera
pues todo lo de adentro se han llevado
y solo aquel vestido le han dejado
a mi señora.
Por eso te hablaba
tan rigurosa.
No lo creas.
Acaba
vamos, goza la suerte
que hoy te ha venido sin pensar a verte
envíala duplicado
el interés que de agora le han llevado
verás su rigor luego
cual dura cera que se acerca al fuego.
Apruebo tu consejo
mas a Lisardo con Francisco dejo
no quisiera partirme
y que su amor de veras se confirme.
Haz tú en brevedad lo que te digo
y no te duermas.
Tu consejo sigo
voy con vuestra licencia
también a prevenir mi diligencia
que si en saber el hurto fui postrero
podrá ser que en hallarle sea el primero.
Vanse don Fernando y Lope.
Don Fernando se ha partido
habladme más claro agora.
Ya digo que intercesora
soy por haberme pedido
Luciana.
Bien lo he entendido.
Ofrezco ser medianero
con don Antonio y espero
que premies mi diligencia.
Esto trata en mi presencia,
que haré disimular quiero.
Perdonad la cortedad
que pude enviar con Inés,
que si es pequeño interés
es grande la voluntad.
Viendo la necesidad
en que la suerte os dejó,
según Inés me contó,
os envié con osadía
lo que conmigo traía,
no lo que quisiera yo.
Obligóme la ocasión
del hurto, fuila a buscar,
en dando el tiempo lugar
daré la satisfaction
desta falta.
La opinión
con vos, sin duda, he perdido,
pues os habéis atrevido
a pensar que mi pobreza
se rinde a la fortaleza
del interés malnacido.
Mal, Lisardo, conocéis
los bríos de la española,
aunque me miráis tan sola.
Acompañada me veis
con mi honor; no porfiéis,
en el poder confiado,
nunca, siguiendo allegado,
contra el desdén riguroso,
delfín en el campo undoso
ni corzo en el verde prado.
Vuestras prendas no tomé,
al punto mandé volvellas;
Inés os busca con ellas,
que aun apenas las miré.
Y, si ofendida os hablé,
fue por habello ofrecido
a Luciana.
El ofendido
soy yo. ¿Cómo os atrevéis?
Si mi obligación sabéis,
a procuralla marido,
ese término es injusto,
y si no fuerais mujer
diera a tan mal proceder
castigo al delito justo.
Quien se atreviese en mi gusto,
no le tengo por amigo.
Por vos, Lisardo, lo digo,
a vos responder os toca
pues por dar gusto a una loca
hoy queréis ser mi enemigo.
¡Ay, tan gran descompostura!
La locura declarada
es la vuestra, y con la espada
castigaré esa locura
porque su honor aventura
Doña Francisca; no quiero
que os castigue aquí mi acero.
Aquí la ocasión tenemos.
En la calle nos veremos.
Pues en la calle os espero.
Por mi vida, que a la calle
por agora no salgáis.
Vase Lisardo.
Por la vida que juráis
de volver en castigalle.
Vase.
Sin duda que ha de matalle.
¡Ay de mí, qué gran rigor!
Muero de pena y dolor,
a mi puerta cuchilladas,
al son que darán sus espadas
se dará entierro a mi honor.
Sale don Antonio de Cisneros y Luciana.
Poco amor.
Poca afición.
Gran desdén.
Gran desvío.
¿Desconfiáis?
Desconfío.
¿De quién?
De vuestra intención.
¿Es mala?
Sí.
No consiente mi amor
que le tratéis mal.
Cuando sea al mío igual.
Su intención es diferente.
de la mía, pues deseo
burlar al amor tirano.
¿Cómo?
No dando la mano,
si no es al santo Himeneo.
Luciana querida,
bellísima aurora,
dueño a quien adora
el alma rendida,
mi vista atrevida
miró tu hermosura;
pagó su locura
perdiendo la vida;
bien perdida fue,
ganando el mirarte;
fuerza fue adorarte,
pues que te miré,
amando; porque
burlas mis deseos,
buscando rodeos
a mi firme fe;
si quieres que crea
que tu amor es cierto,
no pidas concierto
antes que posea,
para que se vea
que tu trato es justo,
entrega a mi gusto
el bien que desea;
porque me has pedido
imposibles cuando
estaba esperando
el premio debido;
engañosa has sido
en el ofrecerme,
porque es no quererme
quererme marido,
trato cauteloso;
sustentas cuestiones
con tiernos desdenes,
amor riguroso,
de ti estoy quejoso
porque me despides,
siempre que me pides
palabra de esposo.
Don Antonio amado,
a quien tanto quiero,
que sufro y espero,
mi amor ha llegado
a estar tan rendida,
que queda ofendida;
no, desengañado,
muévate mi pena
Mi pasión te obligue,
nuestras almas ligue
eterna cadena,
buscándome ajena,
mas me desobligas;
nunca contradigas
lo que amor ordena.
Su firmeza arguyo
que será fingida,
pues sí que atrevida
lo que cuerda huyo,
la causa concluyo.
Pruebo tu delito:
solo es apetito,
no es amor el tuyo.
Si amor cierto fuera,
claro lo mostraras
en que no negaras
lo que te pidiera.
¿Qué tigre, qué fiera,
cuando amor la oprime,
habrá que no estime
la prenda que espera?
Solo tú, tirano,
después de burlarme,
piensas obligarme
con trato inhumano.
¿Qué me canso en vano?
Dices atrevido,
porque no has mentido
como cortesano,
porque no fingías
tu libre cuidado,
y has disimulado
lo que pretendías.
Para qué porfías,
declarado estás,
no pruebo que es más
las desdichas mías.
Dejaré tu enredo,
moriré en dejarte,
que ya sin amarte
sin la vida quedo.
Lo que te concedo
por tantos enojos
díganlo mis ojos,
pues quejas no puedo.
Mi pecho enterneces
Con tu dulce llanto,
qué hechizo, qué encantos,
como el que me ofreces.
No me desvaneces
con lisonjas tales.
Vertiendo cristales,
al alma pareces.
Confuso me miro,
la causa mejoras,
que si tierna lloras,
rendido suspiro.
De oírte me admiro,
riguroso y blando;
a morir callando
traidor me retiro.
Espera.
No espero.
Escucha.
Ya es tarde,
amante cobarde,
ni aun verte no quiero.
Éntrase con el lienzo en los ojos.
Anduve grosero,
bien te satisfaces,
será en nuestras paces
amor el tercero.
Vase.
Sale Inés con manto, y la cadena que le dio Lisardo, revuelta al brazo.
¿Qué he de hacer desesperada?
Estoy, no he podido hallar,
buscando todo el lugar,
a Lisardo, tan cansada
me siento que me volviera
a casa, aunque me matara
mi señora si pensara
que en ella me recibiera;
mas de su cólera creo
que si con las joyas vuelvo
no ha de hablarme, y me resuelvo
a excusar este rodeo,
mirando por esta calle,
pues es la de mayor paso,
si pasa por ella acaso,
milagro será el topalle.
tienes, si nos han robado
porque este oro no ha tomado.
La calle de los Tres Reyes
es esta, ¡qué ricas tiendas
tiene para hacer empleo!
Cuanto pidiere el deseo
se halla en ellas; estas prendas
trocara de buena gana
en cambio de algunas cosas
que aquí se venden curiosas.
Sale Lope con un cofrecillo pequeño en la mano.
¡Ay!, aguardar a mañana
mi consejo tomó, y luego
mi amo me ha despachado
con este cofre preñado
de joyas. Caballo griego
será, que romperá el muro
desta Troya rigurosa,
que a su fuerza poderosa
no se halla lugar seguro,
aunque se funden mil Troyas.
Con esta industria han de arder,
y más esta que ha de ser
sus llamas de ricas joyas.
¿No es Lope aquel? Sí, taparme
quiero. Porque no me vea,
si soy hermosa, o soy fea,
y así se llegará a hablarme.
Estaré disimulada
porque burlarle deseo.
¡Qué visión es la que veo!
¿En Milán mujer tapada?
Sin duda que es española.
Reconocerla confío,
fiada en ese buen brío.
¿Anda vuestra merced sola
por las calles de Milán?
¿Es casada o es soltera?
Libre soy y forastera
para serviros, galán.
Si es española no es cierto
que forastera ha de ser.
Yo me dejaré entender;
quedé turbada, no acierto,
tan recién venida soy.
de España por casos raros,
señor, que puedo juraros
que he llegado a Milán hoy.
Sois el español primero
que he visto en este lugar,
de vos me quiero fiar
que parecéis caballero,
ansí lo dais a entender
en el talle y el lenguaje.
Conocido es mi linaje
todo lo que puede ser
en nacido vizcaíno;
Lope López fue mi padre
y dueña Hernández mi madre.
Nombre es ese peregrino.
Porque dueña se llamaba,
¿no fuera mejor un don?
Satisfacerte es razón.
En casa un señor estaba
mi madre, siendo doncella
de su mujer; descuidose
muchos años y pasose
la edad más florida y bella.
La señora que la vio
ser ya doncella talluda,
hábito y nombre se muda
y unas tocas la encajó,
con que quedó transformada
en dueña Hernández, porque
la primera dueña fue
por Hernández celebrada.
Mi padre era gentilhombre
de tal señor; como daba
los recados que llevaba
a la dueña, y era hombre
compasivo, enterneciose,
de caridad la pidió,
la señora se la dio
y con la dueña casose.
Dueña Hernández la llamaron
mientras vivió; en testimonio
del caso y del matrimonio
la Hernández Lope engendraron,
que soy yo, para serviros,
señora recién llegada.
Buen fin tuvo mi jornada
Pues pude llegar a oíros
vuestro noble nacimiento.
Aparte.
Qué bien que la he divertido.
Aparte.
Pues que no me ha conocido,
proseguir quiero mi intento.
Yo, señor, como os he dicho,
ha tres horas que llegué
a Milán, huyendo sola
de mi fortuna cruel;
ya con haberos topado
el alma me dice que
mis desdichas serán dichas,
trocándose del mal en bien.
A Italia llegué contenta,
gustosa desembarqué
con mi esposo Vasco Palla,
un capitán portugués
de vuestros años y talle,
tan valiente y tan cortés
que en Ceuta le respetaban
hasta los moros de Fez.
Para este estado traía
cuarenta escudos al mes
de sueldo, que se lo dio
por sus servicios el rey.
En Génova algunos días,
porque quisimos hacer
galas, nos entretuvimos;
mas en lutos las troqué,
pues obligó mi hermosura
a un mancebo ginovés
a entrar por fuerza en mi casa.
Para llevarme con él,
al capitán, mi marido,
que lo quiso defender,
le mataron en mis brazos;
no puedo más.
No lloréis,
el lienzo quitad y el manto,
dejadme que pueda ver
el nácar de las mejillas,
de los labios el clavel.
Proseguid, que enternecido,
atento os escucharé.
Espirando el malogrado
vuelto en nieve el rosicler,
me dio muerta, me llevaron.
Discreto sois, bien podéis
considerar lo que haría
teniéndome en su poder.
Fuese a San Pedro de Arenas,
a una casa de placer
que tiene tan apacible
como el Real Aranjuez,
en ella estuvo dos meses
conmigo; después se fue,
dejando solo un criado
que hiciese mi guardia fiel.
Supe que vino a Milán,
y como tardó en volver
pude granjear al criado;
con cuyo favor saqué
sus dineros y sus joyas,
que son de grande interés.
Bien valdrán diez mil ducados;
de todo dueño os haré,
y también de mi persona,
como atrevido matéis
a este ginovés tirano,
que dónde posa os diré.
Esta cadena en señal
os diera luego a tener
siguridad de su muerte.
¿Qué decís? ¿No respondéis?
Aparte.
Aparte.
Por Dios, que el lance apretado...
pero ¿qué puedo perder
en decir luego que sí?
Digo que le mataré,
aunque se suba a las nubes,
y a por muerto le tened
con esta sola cadena.
Hizo la presa después;
viva el ginovés más años
que vivió Matusalén.
Dala una sortija.
Alguna prenda quisiera
vuestra, solo para ver
memoria de vuestra mano
antes que la mía os dé.
Esta sortija que tengo,
mas su autoridad es
que su valor, recibida...
De buena gana lo haré.
Escuchad aparte
agora
el cadenón me pondré.
Pónense a hablar a un lado del tablado y sale Jusepe, paje de doña Francisca.
Posible es que no he de hallar
cuando más importa a quien
voy buscando cuidadoso.
Pero, ¿qué miro?, ¿no es
Lope aquel que divertido
habla con una mujer?
Él es. Cómo, ¿Inés la dama
con quien habla? Que muy bien
la conozco aunque tapada
y disimulada esté.
Con buena flema te estás,
Lope, hablando con Inés,
cuando entrambos os buscaba.
¿No callarás, bachiller?
¿Qué dices?, ¿Inés es esta?
No es tan malo el entremés
para que por mí te tapas,
Acaba descubrirse, y Inés se descubre.
Mamola, señor don Lope,
y bien puede agradecer
a Jusepe el desengaño,
que si no llegara él
engañado se quedara
por siempre jamás amén.
Por Dios que quedo corrido.
La causa de esto es saber,
decidla; pero dejadla,
que me la diréis después,
que no sufre dilación
la desdicha que sabréis.
¿Qué desdicha?
La mayor
que ha podido suceder,
presa queda mi señora.
¡Ay de mí!, ¿presa? ¿Por qué?
¿Es este otro engaño acaso?
Di la verdad, ¿burlaste?
¡Pluguiera a Dios me burlara!
Dinos la causa.
Sabed
que Truxillo con Lisardo
se llegó a descomponer
porque entendió que a Luziana
quería casar. Bien se ve
aquí que es ciego el amor
y a ninguno guarda ley.
Desafióle atrevido
en casa. Bajáronse
a la calle, y a la punta,
mientras los vi acometer
con sus dos blancos aceros
de punta, tajo y revés,
a pocos lances le dio
una herida tan cruel
Lisardo que dicen todos
que morirá desta vez.
Truxillo quedó tendido,
Lisardo calzó sus pies
de plumas, y por no dejarse
de la justicia prender,
que llegaba dando voces,
pronunciando el ténganse,
una tropa de alguaciles
con términos descorteses
entraron en nuestra casa,
a lo que suelen hacer
en semejantes sucesos;
mas no pudieron tener
cosa de que hacer embargo
sino en alguna pared.
Yo que vi que a mi señora
llevaban presa, escapé
a buscaros y a dar cuenta
a don Fernando, que sé
que él solo podrá ayudarla,
pues tan desdichada es.
Vamos a buscarle luego.
Vamos, que yo os guiaré
adonde me está esperando
con diferente papel.
Jornada tercera de la Española en Milán. Salen Lope y don Juan vestido de camino.
Ya he dicho, señor soldado,
que espere y tenga paciencia;
no podrá tener audiencia
tan presto, que está ocupado
en un negocio muy grave
mi amo.
Hablalle quisiera
con brevedad.
Tenga espera,
poco de negocios sabe;
aprenda a ser más sufrido.
Afuera, a rato, que espero
esta carta dalle quiero.
¿De dónde viene?
He venido
de Sicilia con la gente
que en Baya desembarcó.
¿Cuántos días ha que llegó?
Cinco.
¿Es buena?
Es excelente.
¿Ha tardado en el pasaje,
ha sido muy enfadoso?
Un jaloque riguroso
hizo abreviar el viaje;
en tres días descubrimos
las islas de Ponza, y luego
sopló más, y hecho más fuego,
toda la plaza corrimos
romana. Su mar estaba
de suerte que no ha quedado
marinero ni soldado
sin marearse. Navegaba
doce millas cada hora
el bajel, y el viento era
tan reforzado que hiciera
desde la tarde a la aurora
doscientas, si la marea,
tan violenta y temeraria,
no fuera al viento contraria.
No fuera mala esta fiesta
sino fuese tan incierto
su modo de caminar.
Después abonanzó el mar
y dimos fondo en el puerto.
de Baya donde llegamos
de Palermo en nueve días,
convirtiendo en alegrías
las borrascas que pasamos.
Gran diligencia.
Querría
dar al señor don Fernando
esta carta.
Está ajustando
unas paces, que porfía.
Espere si le ha de hallar.
Ya me lo ha dicho otra vez.
Riguroso es para juez,
pues que condena a esperar.
Este poco rato siente
esperar.
¿No he de sentillo?
¿Habrá quien pueda sufrillo?
Diga, ¿ha sido pretendiente
en la corte?
No lo he sido,
ni pienso que lo he de ser.
Muy bien se le echa de ver,
porque allí hubiera aprendido
el arte del esperar,
del temer y del fingir,
del lisonjear, del sufrir,
del quejarse y del rogar.
¡Qué siete artes liberales
para cobrar opinión
de sabio!
Pues estas son
las que dan los premios.
Tales
suelen salir los efetos.
¡Tan maliciosa escuela,
adonde estudian cautela
los más valientes sujetos!
Salen don Fernando, Lisardo y don Antonio de Cisneros.
Con igualdad, Lisardo, se ha mostrado
vuestro valor y vuestra buena suerte;
bizarro con la espada habéis andado,
pues a Auxillo en la ocasión tan fuerte
herida disteis que quedó rendido,
y llegó a los umbrales de la muerte.
El no pasallos, vuestra suerte ha sido.
Pues si muriera, y cierra la justicia
procesos, que os hubieran destruido,
siempre en el mundo vence la malicia.
Y como un árbol el mejor proceso
da entre sus hojas fruto de codicia;
castigado quedó tan loco exceso,
y aunque Trugillo está del todo sano,
siempre en su pena vive como preso;
por él os vuelvo a dar palabra y mano
que será vuestro amigo eternamente.
Yo suyo y vuestro, porque en esto gano
ser a vuestros preceptos obediente;
tengo otra pretensión que es causa mía.
¿En qué puedo serviros?
Pretendiente
es don Antonio de la compañía,
que a vos os toca el elegir persona,
porque así el General de vos lo fía,
sabe pelear, su calidad le abona,
yo intercedo por él.
Basta, Lisardo.
Es bueno el esperar.
Que se apasiona.
Cuerpo de Dios,
dos horas ha que aguardo,
la compañía me diera a mí sin duda
si por vos en hablalle no me tardo.
Con veras os lo pido.
Aparte.
Vuestra ayuda,
vuestro favor, para mayores cosas
será bastante; al Secretario acuda,
presente sus papeles. Enfadosas
son estas pretensiones, aventuro
mil amistades.
Mires victoriosos
tus armas en el mar, soberbio muro,
porque puedas honrarme.
De mi parte
haré lo que pudiere, no aseguro
el poderte la dar, no he de engañarte,
haré lo que pudiere, como digo.
Mi justicia y razón han de obligarte.
Vuestra resolución en todo sigo,
voy a ver a Trugillo y abrazadle,
ya sé cómo gustáis, siempre fui amigo.
Ya está sanado, bien podéis hablalle.
Vanse Lisardo y don Antonio.
Por esta carta veréis
quién soy y lo que pretendo.
Verela luego, en leyendo
responderé.
Ya estaréis
contento, pues habéis dado
con esta carta al través.
Del virrey de Sicilia es.
Basta, estoy consolado.
Carta.
Don Diego de Contreras, que lleva esta,
es caballero de grande valor.
Por un servicio muy particular
que ha hecho a su Majestad, le he dado una
bandera para mejoralle en otros puestos,
va siguiendo su compañía con la gente que en-
vío por la nueva ocasión de guerra que se ha
ofrecido en ese Estado.
Suplico a Vuestra Señoría cuan encarecidamente puedo,
le favorezca en todo lo que se le ofreciere
y le ayude. Para que sea capitán, porque
corren por mi cuenta sus acrecentamientos.
Guarde Dios a Vuestra Señoría. Palermo, etcétera.
Sea muy enhorabuena,
vuesamerced bienvenido
a este Estado. Prevenido
quedo, pues así lo ordena
el virrey, para serville
en cuanto se le ofreciere;
siempre que ocasión hubiere
no tengo más que decille:
cumpliré mi obligación,
acuda a mí confiado.
A muy buen tiempo he llegado;
si a vuestra disposición
hay vaca una compañía,
honradme con ella luego.
Creedme, señor don Diego,
que al momento os la daría,
pero hay dos mil pretensores
con servicios diferentes
que procuran diligentes
tenella por los favores
que buscan para alcanzalla,
tan prolijos y enfadosos
que ya los miro quejosos.
y no me resuelvo a dalla,
mi camarada seréis
mientras hay en qué ocuparos.
Conmigo podréis quedaros,
en mi casa posaréis.
Estimo tanto favor
sin habello merecido.
En buen yerro hemos caído.
¿Qué es lo que has hecho, señor?
¿No lo has echado de ver?
Si en tu casa ha de quedar,
no ha de quererte esperar
aunque sea para comer.
Vanse todos.
Salen Lucía y el capitán Trugillo con banda
en el brazo, como convaleciente de su
herida.
Gocéis mil años, señor,
la salud que yo os deseo;
después que con ella os veo
ha cesado mi dolor.
Atrevida fue la mano
que os dio tan cruel herida,
que me ha tenido sin vida
hasta que os he visto sano;
si os ha herido Sarracín,
en parte la he satisfecho;
vuestra herida fue en el pecho,
la mía en el corazón.
Obligado de vos quedo,
puesto que os puedo culpar
de que os quisisteis casar
sin mi gusto.
Yo concedo
ese yerro cometido,
si lo fue querer casarme
cuando libre os vi negarme
el querer ser mi marido.
Ya he de ser vuestra mujer
o retirarme a un convento;
¿qué decís?
A vuestro intento
solo puedo responder
que presto pienso teneros
desengañada.
Obligaros
quiero, con aseguraros
que no imaginé ofenderos
cuando hablé determinada.
a la española que hiciese
que Lisardo concluyese
mi casamiento.
Con errada mujer
fié, que en mi vida
nunca mayor valor vi.
Yo os confieso que sentí
más su prisión que mi herida.
¿Visitáisla? Como está,
mil días ha que no sé della.
Agora vengo de vella.
¿Cómo de amantes le va?
A Lisardo y don Fernando,
que la sirven a porfía,
con el desdén que solía
los entretiene penando.
Cuando por vos presa estuvo,
don Fernando la sacó
de la prisión y le envió
joyas y dinero.
Anduvo
en esto como quien es.
Cumplió con solo el enviallo,
porque no quiso tomallo,
que no la obliga interés
ni amor; libre se resiste,
no hay cosa que la sujete,
ni recibe ni promete,
un vestido pobre viste.
Porque el rico que traía
y una cadena, ha vendido,
con los gastos que ha tenido
en la prisión, y porfía
siempre en tener gravedad
a la española.
¿Murmuras?
Sí.
¿De qué?
De sus locuras.
Teniendo necesidad,
no será en el mundo sola.
Si rindiere su entereza,
conservan honra y pobreza
en Milán una española,
moza y hermosa, ha de ser
el imposible mayor
que habrá vencido el honor.
Imitad su proceder,
pues por su virtud serán
los más sabios pareceres
que es ejemplo de mujeres
esta española en Milán.
Alisardo, espero agora,
y vos, que presto veréis
todo lo que en mí tenéis.
Mi voluntad os adora.
Vanse.
Sale doña Francisca, con un vestido llano.
A miserable estado
mi desdichada suerte me ha traído,
pues solo me ha dejado
entre tantos el más pobre vestido
sin que tenga esperanza
que en mis desdichas pueda haber mudanza.
Pagué el atrevimiento
de pensar en Italia hallar mi esposo,
honrado fue el intento,
mas el cielo se muestra riguroso,
pues queriendo ser buena,
mi mala suerte lo contrario ordena.
Sale Inés con dos almohadillas de
hacer labor debajo del brazo.
Perseverar espero
en defender mi honor aunque perdiera
la vida, que primero
el claro sol que en su veloz carrera
se mirará más quedo
que me obliguen pobreza, amor, ni miedo.
Inés, las almohadillas
saca para aliviar mi desventura.
No es menester pedillas,
aquí las tienes, porque la costura
que hacemos nos sustenta,
si este es honor, no sé lo que es afrenta.
siéntanse en tierra hacer labor.
Sentémonos, y date priesa, amiga,
esa valona acaba,
que la necesidad a más obliga
cuando así apura severa.
Nunca pensé en Milán ser costurera.
Yerra quien imagina
que este ejercicio la virtud agravia.
Entra Jusepe.
Dice nuestra vecina
Pues lo que dices...
La condesa Octavia
a su casa desea
que pases en dejando esa tarea.
Algunas amistades
a la condesa debes, pues acude
a tus necesidades;
sábela conservar, que no se mude;
tu pobreza entretienes
con la labor que de su casa tienes.
Dila que a su servicio
me tiene pronta, para obedecella;
dejaré mi ejercicio
y pasaré con mucho gusto a vella.
Vase Jusepillo.
¡Que tan cortés amiga
a que la sirva con respeto obliga!
Imposibles intentas,
con la labor pretendes sustentarte;
mira, no te arrepientas
cuando no puedas dar más.
Sale Jusepillo.
Por santiguarte,
que viene don Fernando,
vuelvo desde la puerta.
Ve arrimando
las almohadas apriesa.
Levántase.
No quiero que conozca mi pobreza.
Bien clara se divisa;
pues la encubres, conoces que es bajeza.
Dél quisiera ocultalla,
por no dalle ocasión a remedialla.
Entran don Fernando y Lope, y éntrase Jusepillo con las almohadillas.
No culpéis que me atreva
a entrar en vuestra casa a visitaros,
pues os traigo una nueva
que sé que de sabello habéis de holgaros;
en decilla me tardo:
ya es amigo Trujillo de Lisardo.
Muy buena nueva ha sido.
Para mí. Pues en esta diferencia
mi honor ha padecido,
por haberse empezado la pendencia
en mi casa y posada
la prisión, de que vos me habéis librado.
Mi voluntad buena fue,
mas no se llegó a premiar,
pues no quisisteis tomar
nada de lo que os envié.
Mal pago dais a mi fe
no queriendo recibir;
libre podéis admitir
lo que os doy con afición,
que no será esta ocasión
para obligarme a pedir.
Vuestra belleza me obliga,
y vuestro desdén ordena
dos extremos en mi pena:
que la sienta y no la diga.
Cuando os miro se mitiga
mi dolor, y se acrecienta
pensando que estáis exenta
de amor, sin esperar medio
de aplicar algún remedio
al mal que así me atormenta.
A merecer no he llegado
el verme favorecido.
De porte un favor os pido
por la carta que os he enviado.
¿Adónde la habéis hallado?
En la estafeta venía.
De mi madre es, y porfía
siempre en que me vaya presto;
mas ya no podía ser esto
sin que responda a otra mía.
Esta carta está muy vieja,
según en su fecha veo;
no escribe lo que deseo.
Como madre me aconseja,
de mi tardanza se queja;
mis dineros no han llegado.
Díceme cómo ha pasado
a las Indias mi marido,
que así lo tiene entendido
por las señas que le han dado
de su talle unos indianos
sus vecinos, y que espera
que con la flota primera
vuelva a España.
Avisos vanos
son todos estos, sin duda,
que vuestro marido es muerto,
pues nunca ha escrito, esto es cierto.
Vase.
Si eso es así, como viuda
quiero luego retirarme
a llorar a mi aposento.
Vase.
Bien conozco vuestro intento,
que solo os vais por dejarme;
no sé por dónde obligalla,
ni sirve el dar ni el sufrir.
Pues yo no me tengo de ir
aunque calle sin hablalla.
Desvelo mío, ¿qué has hecho?
El cadenón, que creí
verle, como tahalí,
atravesado en mi pecho,
A su dueño le volví
con otras prendas más ricas.
Segundo engaño fabricas
para burlarte de mí.
No hay que temer.
Embustera,
puedes ser en un palacio.
Voyme, que estás muy despacio.
Escúchame un rato, espera.
Señor Lope, ¿qué pretende
decirme?
Que basta ya
la burla.
Cansado está,
yo me burlo.
¿No me entiende?
Vuelva el anillo a mi dedo,
que por fisga se le di.
De mi esposo me dio el sí
cuando me le dio.
¡Qué enredos!
Testigos de lo que digo
tengo.
¿Hay embuste mayor?
Y la justicia, en rigor,
os hará casar conmigo.
Yo le pediré por robo.
por fuerza le cobraré.
Por mi descargo diré
que os engañé como a bobo.
Vase.
Salen Luciana y don Antonio.
Idos, que a Trujillo espero
que ya tiene libertad,
trocose mi voluntad,
volviose al amor primero.
Fingido amante habéis sido,
fue leve vuestra pasión,
que no escucha la razón
quien al amor se ha vendido.
Nuestros horizontes pasa
el sol, Trujillo me acude,
y no quiero que se mude
viendo que estáis en mi casa
de noche; idos por mi vida,
pues con cortesía os lo ruego.
Aparte.
Digo que me fuera luego,
mas hay razón que lo impida.
Siempre mi amor persevera,
y aunque tan mal me tratéis,
siento que engañada estéis.
Porque de celos se muera,
he de fingir un engaño
que con él se precipite.
¿Quién me engaña?
Quien compite
conmigo, mas ya está el daño
tan adelante que excede
al poderse prevenir;
no lo quisiera decir,
pues remediarse no puede.
Triste de vos, que engañada
que con Trujillo vivís.
Don Antonio, ¿qué decís?
Aparte.
Que digo que está casada
la española con Trujillo.
Sentía el daros pesar,
agora me ha de rogar,
y rehusaba el decillo.
Don Antonio, no lo creo
aunque vos lo aseguréis.
Presto os desengañaréis.
¿Cómo?
Perdiendo el deseo.
cuando le miréis casado,
porque os puedo asegurar
que esta noche ha de quedar
el negocio concertado
en casa Trujillo.
Advierte si lo que dices es cierto,
que he de evitar el concierto
con la suya y con mi muerte,
a traidor.
Aparte.
Bien ha fingido.
Aquí me gano o me pierdo.
Pero si mal no me acuerdo,
me dijo que a su marido
doña Francisca buscaba.
Es verdad que le busca,
cartas hay de que murió.
Y aun por esto celebraba
Trujillo tanto su honor,
y con doblez me decía
que con brevedad vería
desengaños de su amor.
¿Aun dar crédito no quieres
a la verdad que te digo?
En sus razones prosigo,
ejemplo de las mujeres
a mis ojos la llamó,
clara miro su traición.
Pues doy fe que su prisión
más que la herida sintió.
No tengo ya qué dudar,
mi desdicha es confirmada,
celebróla por honrada,
como se quiera casar
con ella. ¡Viven los cielos
que no lo verán sus ojos!
Aparte.
Padece fieros enojos,
que no será mujer con celos,
y así me voy por no ver
con la razón que os quejáis.
Y vos que me embarazáis
para lo que pienso hacer.
Vanse.
Salen de noche don Fernando, don Juan, Lope y músicos.
Descubre Febo su dorada frente,
viste el mundo de luz y de alegría,
huye veloz hasta que a mediodía
empieza a declinar al occidente,
Va a visitar al dios cuyo tridente
dilata la profunda monarquía,
crecen las sombras de la noche fría
y el mundo a Febo siempre está presente,
en mí, Francisco, el mismo efeto siento,
que soy pequeño mundo que tú doras,
sin que esta noche de prolija ausencia
tu luz aparte de mi pensamiento,
pues asisto con él todas las horas
a los rayos del sol de tu presencia.
A don Diego.
¿Qué queréis?
¿Venís armado?
La espada,
que es el arma más honrada,
sola traigo.
Entenderéis
que estáis agora en España,
en la espada confiado,
lo mismo sirve en el lado
o en la mano que una caña.
Con esa imaginación.
Como, pues, de esto se admira,
aquí llega un hombre y tira
a cien pasos un pistón
cargado con muchas balas,
para que no pueda errar,
y no se puede escapar
nadie aunque se calce alas
en los pies, y siempre toca.
Deseo saber qué es pistón.
Corto y grueso, un mosquetón
que tiene un palmo de boca.
Bien está, ya os he entendido.
¿Este puesto es peligroso?
¿Hay competidor celoso,
es amante o es marido?
Ni es marido, ni es amante,
es una bella mujer
que no se pueda vencer
con un pecho de diamante.
Es una española hermosa
que vive aquí retirada,
si fuera en la edad pasada
templo la hicieran de diosa,
como a Palas y a Diana
por valerosa y por casta.
Bien lo encarecéis.
No basta.
Ha explicalla lengua humana.
Veislo pasear elevado
a don Fernando.
Sí, veo.
Pues en vano es su paseo,
porque en su vida la ha hablado
de noche.
Pues ¿qué pretende,
tenernos aquí cansando
y suspirar trasnochando
sin provecho como duende?
Si habéis templado, cantad
la letra que escribí ayer,
que el amor me pudo hacer
poeta.
Con brevedad
se puso el tono aplicado
a la letra.
Pues decidle.
Yo compuse el tono, oídle.
Bueno va, pues no han templado.
Tocan y cantan dos músicos.
Altivos pensamientos,
con limitada suerte,
levantan mi esperanza
a imaginados bienes.
Miro que es imposible
el bien que amor me ofrece,
aunque lo facilita
con sombras aparentes.
Perseverando altiva,
premio mi fe merece,
pues a mi dulce engaño
la razón dice siempre:
Sufra y pene; quien
imposibles quiere.
Como si es imposible
primero podía un amante
rendir de amor al gigante
de la puente de Mantible.
Mi amo hace versos, ¿qué musa
al escribir le inspiró?
Sin duda que los hurtó,
que es lo que agora se usa.
Abran una ventana y asómase Jusepillo
Músicos de don Fernando,
parecen los que han cantado.
En la ventana han hablado.
Óigolo y lo estoy dudando.
Debe de ser la criada,
que es una vieja maldita,
pues, por Dios, si no se quita,
que la tire una pedrada
que la deshaga las muelas.
Ginés,
¿por qué te escondes?
Duerme, mi bien, no respondes.
Señor, ¿por qué te desvelas,
que solo yo estoy en casa?
¿Quién eres?
Jusepe soy,
¿no me conoces?
Estoy
de suerte que se me abrasa
el corazón en pensar
que quien apenas me espera
para hablarme agora fuera
de casa, la venga a hallar.
Baja, por tu vida, luego.
Bajaré de buena gana.
Quítase de la ventana
Gentil Palas y Diana
es esta.
Señor don Diego,
yo conozco esta mujer
y sospecho que es quimera
el deciros que está fuera.
Si lo estuviere ha de ser
casa honrada donde ha ido
y forzosa la ocasión,
y fuera de mi opinión
si la hubierais conocido.
Sale Jusepillo
Aquí estoy, ¿qué me queréis?
¿Qué novedad es agora
salir fuera tu señora
tan tarde?
Que os admiréis
de sabello, no me espanto,
pues yo que soy su criado
también estoy admirado,
no la vi hacer otro tanto
jamás, ya que estoy con ella
más de un año.
¿A dónde ha ido?
Por haberla persuadido
con su recato, atropella
muy contra su voluntad;
fue con la condesa Otabia,
que muchas veces agravia
el seguir una amistad;
juntas han ido a un festín,
de máscara rehusaba
el ir, y así lloraba,
mas hubo de hacello al fin,
porque la dijo enojada
la condesa que podía
salir en su compañía,
aunque fuera más honrada;
que es la costumbre en Milán
el ir a ocasiones tales,
las mujeres principales
disfrazadas.
¿Dónde están?
Dímelo, por vida tuya,
que allá quiero ir disfrazado.
Señor, escucha, he pensado
cómo tu gusto concluya
con ella lo que desea,
por bien, ya no has de alcanzalla;
esta noche has de roballa
cuando vuelva.
Cosa fea
hacer fuerza a una mujer.
Si gozas el bien que esperas...
¿Qué importa?
¿No consideras
que me podrán conocer
y perderé mi opinión?
Qué donoso desvarío;
no he visto amante tan frío,
no pierdas esta ocasión.
Don Diego no es conocido,
será a tus preceptos fiel,
los dos músicos y él
la robarán.
Reducido
estoy a que la roguemos,
como dices se ha de hacer.
Máscaras se han de poner,
los dos espaldas haremos.
Jusepe será forzoso
que nos guíe, háblale luego,
mientras yo digo a don Diego
lo que ha de hacer, venturoso
soy, si alcanzo lo que intento.
Jusepe.
¿Qué quieres? Di.
Hablan aparte.
Haz una cosa por mí.
Don Diego, mi pensamiento
os declaro, y de vos fío
que haréis como caballero
lo que suplicaros quiero.
Mandad como dueño mío.
Hablan quedo Don Fernando y Don Juan.
Esta divina española
por quien estoy tan rendido,
nunca obligalla he podido,
en su pecho se acrisola
el honor; si me casara,
dichosa elección hiciera,
cuando mi mujer tuviera
su proceder y su cara,
con valor y compostura
al interés atropella,
siendo pobre miro en ella
el honor y la hermosura;
castas matronas romanas
a su virtud no han llegado,
mil industrias he intentado,
todas han sido vanas.
Presto me determino
que vos...
Ya digo que iré
y al festín os guiaré.
Dígolo porque estoy mohíno
con Inés.
Buenos andáis.
Y quiero satisfacerme.
Vos solo habéis de valerme.
Haré lo que me mandáis
si en resistirse porfía.
Probar la fuerza es mejor,
yo la robaré.
Señor,
ven, que Jusepe nos guía.
Robando esta ingrata bella,
mi ventura será cierta.
La casa me dejo abierta.
Vanse.
Sale el Maestro de Campo Lisardo, Don Antonio de Cisneros, de noche.
No te apresures, detente;
reconoce bien el puesto.
¿Por qué me previenes esto?
Juzgué que he visto gente
junto a la casa, arrimado
de la española.
Sería
alguna que pasaría
al acaso.
Prevén la espada,
yo quiero reconocer,
porque aquí sentí las voces.
Parece que no conoces
la virtud desta mujer,
que andas así recatado,
el puesto reconociendo,
cuando ella estará durmiendo.
La puerta abierta he topado.
Descuido ha sido el dejalla
así abierta.
Por mi vida,
que pues la ocasión convida,
he de procurar gozalla.
Determinado he de entrar
hasta el puesto que durmiere,
y si por bien no quisiere,
por fuerza la he de gozar.
Terrible resolución,
riguroso es tu decreto.
Nunca el amante discreto
ha de perder la ocasión.
Guárdame la puerta y deja
hacer a mi voluntad.
Éntrase en la casa.
Las leyes de la amistad
mal cumple quien no aconseja
a su amigo lo que siente;
a su gusto he replicado,
entróse determinado.
que el amor es impaciente.
¡Oh, noche, tú que en ocasiones tales
callas, y encubres tenebrosa y muda,
porque el oído ni la vista acuda
a socorrer tus encubiertos males,
robarán vuestros ojos los cristales
celestes con tinieblas, es sin duda,
que nos ofreces favorable ayuda
para ofender sujetos principales!
¡Oh, cuántos castos lechos has violado,
que la luz sus defectos no descubre
por ser en tus acciones tan secreta!
Esta ocasión que tu silencio ha dado
cuerda, a los más celosos se le encubre,
pues solo por callada eres discreta.
No se oyen voces, a tiento
a su cama había llegado.
¡Grande belleza he gozado
por tener atrevimiento!
Buena he dejado a Luciana,
de puros celos se abrasa.
Sale a la ventana donde estaba Jusepillo Lisardo con las manos delante como que va tentando.
A don Antonio.
Encantada está esta casa,
topado he con la ventana,
no está la española en ella;
hasta su cama he llegado,
mil veces he tropezado,
pero ninguna con ella.
Lisardo.
Es el que me llama. Bueno.
Es dejarme aquí al sereno,
mirad que el rato que aguardo;
bajad, vuestras aventuras
me diréis; por atrevido
la suerte habéis merecido.
Quítase de la ventana.
Es suerte que vino a oscuras.
A nadie en casa he topado.
Ya bajo.
Quiere fingir,
sin duda por no decir
que a la española ha gozado.
¡Oh, amor! Y cómo eres ciego,
y siguiendo tu pasión
piensas que todos lo son.
Sale Inés con una máscara de hombre con barba grande, y va corriendo a entrar en su casa, y topa con don Antonio, que está a la puerta y tiénela asida.
Ya cerca de casa llego,
¿quién la entrada me defiende?
Teneos allá.
¡Ay, desdichada!
Tócale sabana.
Suéltale y saca la espada y tira algunos golpes al aire.
Voz de mujer delicada
es esta. No es sino duende;
con barbas, o algún demonio
que me ha venido a tentar.
Así te he de conjurar.
Sale Lisardo con la espada en la mano.
¿Con quién reñís, don Antonio?
Aquí estoy.
El diablo es,
Lisardo, que aquí llegó
y de golpe me embistió.
Señores, que soy Inés.
¿No me conocéis? Extraño
pensamiento habéis tenido.
La máscara causa ha sido
del mío y del vuestro engaño.
Inés es, no hay que dudar.
Corrido quedo, por Dios.
Pues he topado a los dos,
volved conmigo a buscar
a mi señora, volando,
que la han robado viniendo
de un festín, y a lo que entiendo,
quien la lleva es don Fernando.
Asegurarlo y decirlo
puedo, que le conocí.
¿Cómo?
Porque le sentí
decir a Sarra Trujillo:
"La llevad luego a escape
con la condesa vecina
nuestra, que en esotra esquina
a su puerta la dejé".
Notable suceso.
Vamos,
antes que pueda gozarla.
Cierta ha de ser la batalla
si a don Fernando topamos.
Vanse.
Salen don Juan y los dos músicos con máscaras, y sacan como por fuerza a doña Francisca.
Que ha de traer una mascarilla de terciopelo negro, a la francesa, de suerte que no cubra la boca, porque pueda hablar libremente.
Esta fuerza, esta traición,
¿se permite entre cristianos?
Dejadme libres, villanos.
Suéltanla, y vanse los dos músicos.
Ya cumplí mi obligación.
Avisad cómo he venido
a casa, Trujillo.
Quítale la máscara.
¡Afuera
envías tu gente! ¡Qué fina
tal crueldad ha acometido!
Qué importa solo quedarte,
si la voluntad te engaña,
¿no miras que me acompaña
mi valor, y he de matarte
cuando hacerme agravio intentes?
Pues si llegas a mis brazos,
mi rigor te hará pedazos
con las manos y los dientes.
Aunque disimular quieres
con engaños tu bajeza,
luces hay en esta pieza
que dicen claro quién eres.
Confuso no habrás hablado,
de vergüenza arrepentido,
o, sin duda, que has creído,
porque vienes disfrazado,
poder encubrir callando
esta vil alevosía;
tu traición y tu porfía
no han de valer, don Fernando.
Tu fuerza no ha de rendirme;
a mi marido busqué
en Italia, y no le hallé;
a España pienso partirme
honrada; mi pecho fuerte,
invencible, le conoces;
antes que mis brazos goces
yo propia me daré muerte.
Veniste en esta ocasión,
don Fernando, si reparas,
cauteloso, con dos caras,
para hacer una traición;
a pesar de mi fortuna,
que cruel gusta que pene,
porque el respeto te enfrene,
yo te quitaré la una.
¡Jesús! ¿Qué es esto que miro?
Muerta soy, ¡válgame el cielo!
Cae desmayada. Arrodíllase y toma en sus brazos, teniéndola arrimada a sus rodillas.
Quítala la máscara.
Saca la daga y la va a dar y detiénese.
Que va a quererla dar con la daga y detiénese.
Desmayada llegó al suelo,
mas, ¿qué mucho que me admiro,
si ajena cara miro,
y con certeza pensaba
que con don Fernando hallaba?
¿Cuándo en el mundo se vio
tan honrado proceder
y gallarda resistencia?
Pues no puede la violencia
sujetar esta mujer,
quitalla la mascarilla
quiero, para ver si afloja
desta suerte su congoja;
mejor será descubrilla,
porque alivie el accidente.
Muerta está. ¡Qué hermosa cara!
Pero mi vista repara
en sujeto diferente.
¿Es verdad, o es fantasía
lo que su rostro me ofrece?
Esta mi mujer parece;
no es engaño, pues porfía
en darme señas más ciertas.
Ella es, que la miro, y dudo
cómo venir aquí pudo,
fortuna, porque enciertas
este golpe a mi valor.
Los trabajos que he pasado,
¿no bastan?, y haber quedado
sin hacienda, que al honor
también quieres atreverte;
mas yo me satisfaré
con este acero, porque
quiero dalla así la muerte.
Si por mis ojos es cierto
que honrada se ha resistido
y su honor me han referido,
mas en vano me resisto.
Muera luego, mi honor viva.
¡Ay, cielo!
Ya vuelve en sí;
sabré cómo vino aquí
primero.
Dice esto sin acabar de volver en sí, y vuelve a desmayarse.
Fortuna esquiva,
¿qué me quieres?
Ya me dijo
que a su marido ha buscado,
y que por no haberle hallado
se vuelve a España, colijo.
La causa de su venida
a Francisca.
¿Quién me nombra?
¿Eres mi esposo o su sombra?
Vuelve libre del desmayo.
Vuelve en ti.
No tengo vida.
Esfuérzate a levantar.
Habla.
Levántala en pie.
Fáltame el aliento,
que también mata un contento
tan presto como un pesar.
Viste al sol con atrevida
nube, que su luz encubre
y en un punto la descubre
de recio viento impelida,
y entonces quien sin aviso
descuidado le miró,
sentido y vista perdió
con sus rayos de improviso.
Pues así, al sol que en ti gana
atrevida nube fue
la máscara que quité
con el viento de mi mano.
Causa fuiste a mi desmayo,
como al descuido te vi,
sentido y vista perdí
con la fuerza de tus rayos.
Como en Milán puedo hallarte,
por huir de la prisión,
salí con esta ocasión
de España y vine a buscarte.
Salen don Fernando, el capitán Trugillo, Lope y Jusepe.
Solo por vos consintiera
este trato riguroso
en mi casa.
Amado esposo,
dame los brazos.
Porfía ella en abrazarle y él se resiste.
Espera.
¿Qué es lo que miro? Estoy ciego.
Casi abrazados están,
pero no se gozarán.
Es buen término, don Diego,
querer gozar atrevido
lo que de vos confié.
Saca la espada y va a le dar.
Oye.
Yo os castigaré.
Señor, este es mi marido,
detente o pásame el pecho.
Su marido, aquí fue Troya.
sino es alguna tramoya
la maraña se ha deshecho.
¿Qué dices?
Salen Lisardo, don Antonio de Cisneros, Inés.
Juntos están.
A tiempo, Lisardo, llegas.
Póngasele al lado con la espada desnuda.
Aquí me tenéis, señora,
que vengo en vuestra defensa
a impedir que don Fernando
con este pleito no pueda
atropellar vuestro honor
que frisa con las estrellas.
El triunfo salís de espadas;
todos vienen de pendencia.
¡Ay, señora de mi vida,
que de lágrimas me cuestas!
Lisardo, ya tiene dueño
nuestra pretendida prenda;
él pudo impedir mi gusto,
que ninguno le impidiera
sino solo su marido.
¿Adónde está?
En tu presencia.
detente.
¿De dónde asoma
en medio de las tinieblas,
amaneció como sol
serenando esta tormenta?
Descuidado habéis andado
en no haber enviado nuevas
de vos a doña Francisca;
vuestro descuido le cuesta
muchos trabajos.
Señor,
razón es que te dé cuenta
de parte de mis desdichas,
verás mi disculpa en ellas.
Ya sé cómo os ausentasteis
de la Corte porque en ella
matasteis a un caballero
de la primera nobleza
de España.
Pues si lo sabes,
agora quiero que entiendas
cómo aquella propia noche
salí a toda diligencia
de Madrid hasta llegar.
al puerto de Cartajena,
donde, al llegar en alto
una nave araguzesa,
embarquéme el propio día;
hízose luego a la vela,
tuvimos el viento en popa,
puesto la proa a la vuelta
de Nápoles, envistiónos
a la vista de Zerdeña
un cosario renegado
con cuatro navíos de guerra.
Rindiónos, aunque le hicimos
muchas horas resistencia
con toda la artillería,
que la llevábamos gruesa.
Fuese con la presa a Túnez,
hicieron partes diversas,
vendiéronse los esclavos
como ropa en almoneda;
aficionóse a mi talle
un capitán de Viserta,
compróme y echóme al remo
en su galeota.
¡Qué buena afición,
aborreciendo,
que mayor agravio hiciera!
Cuatro años vestido esclavo,
hasta que mi diligencia
y mi valor me ayudaron
a alzarme con la galera;
desherrando cien cristianos
de sus grillos y cadenas,
matamos al capitán,
llegué a Sicilia con ella.
Seis meses ha, sin faltarme
cuidados de nuevas penas,
pues este tiempo he vivido
con temores y sospechas
del Virrey, que es muy pariente
del caballero que aquella
noche di muerte en Madrid
por no sufrir mis ofensas.
Por esto me troqué el nombre,
temeroso que no hiciera
venganza en mí de su sangre.
Los señores no se vengan
de semejantes sucesos.
mas pues vuestra suerte ordena
que halléis aquí a vuestra esposa,
estimadla, que Lucrecia
ni la Penélope casta
a su honestidad no llegan.
Porque podáis sustentaros
con más honor, la jineta
de capitán que está vaca
desde luego será vuestra,
y pediré la patente
para vos a Su Excelencia.
Vivas mil años, señor,
que como quien eres premias.
También tengo yo qué daros.
Pero es vuestra propia hacienda
que robé a doña Francisca
pensando que se rindiera
al interés, padeciendo
los efetos de pobreza;
mas todo me salió vano,
pues como roca soberbia
que resiste al mar sus olas,
se defendió de mis fuerzas.
Más ayunos me ha costado
Lisardo que una cuaresma.
Sale Luziana.
Verdad dijo don Antonio:
la boda, sin duda es cierta,
no la gozarás, traidor,
estas fueron tus promesas.
¿Qué es esto que te ha traído
a estas horas descompuesta
a mi casa?
El entender
que con la española bella
te casas.
¡Qué desatino!
Cómo la picó la espuela
de los celos.
Porque veas
con efeto el desengaño,
luego he de pagar la deuda
que debo a tu honor. La mano
te doy de esposo.
Así muestras
tu voluntad, y la mía
te doy de esclava.
Las flechas
que disparé se volvieron
contra mi pecho; paciencia.
Recatado estáis, don Juan;
no os retire la sospecha
de ver a vuestra mujer.
En Italia fama eterna
deja, en Milán por honrada.
Vos habéis visto la prueba,
admitidla en vuestros brazos.
Aparte.
Haré lo que me aconsejas;
tiempo habrá para el castigo
si sé que no ha sido buena.
Abrázame, dulce esposa,
a mi tierno pecho llega.
Ya que te tengo en mis brazos,
contenta estoy aunque muera.
Ten paciencia, hermana Inés,
que sin casarte te quedas
por dos cosas.
¿Cuáles son?
Porque naciste temprano.
Mientes, que no soy tan vieja.
La segunda, que mi amo
queda sin casarse, y fuera
una grande impropiedad
casarse el criado. Sepan
que salgo libre y sin costa.
Y aquí da fin la comedia
de La española en Milán.
Perdón os pide el poeta
de sus faltas y asegura
que la historia es verdadera.
Finis huius operis.
Finis huius operis.
Petrus Romanus.