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Digittol text for Lto ctoutivto venturosto y perseguidto Rostourto y ctoutivos de Vtolencito

Publication date: August 22, 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La cautiva venturosa y perseguida Rosaura y cautivos de Valencia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-cautiva-venturosa-y-perseguida-rosaura-y-cautivos-de-valencia.

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LA CAUTIVA VENTUROSA Y PERSEGUIDA ROSAURA Y CAUTIVOS DE VALENCIA

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Ptog. 1

Legº 17

4

Ptog. 2

Feliciano, sacado. Isauro, sacado. Cancino, sacado. Moro 1. Moro 2. Amurates bajá, sacado. Arnesto. Alberto pastor. Julio pastor, sacado. Corbato criado. Duque de Sicilia. Lupercio. Ricardo. Celima mora. Bernarda cautiva. Rey de Argel. Selim.

Jornada primera

Ptog. 3

Salgan Salgan Feliciano, Rosaura dama y Laubino criado, todos de camino, y al salir tropieza Feliciano y cae.

Feliciano.

Jesús mil veces.

Rosaura.

Alzad, ¿os lastimasteis, señor?

Feliciano.

No es mucho que un malhechor

le derribe su maldad,

pero, pues ya descubrimos

los límites de mi tierra,

cese del temor la guerra

y el miedo con que venimos.

Solo el agravio que he hecho

a los que me han agraviado,

que como aleve he pecado,

que me ha derribado el pecho.

Rosaura.

No nombre mal, no es razón,

señor, que llaméis agravio

Feliciano.

Atrevimiento y bajeza,

confiada en mi ventura,

a la más suprema altura,

al Sol de vuestra grandeza,

como de cera fueron

las alas con que volé.

Ptog. 4

Feliciano.

Precipitado vuelo

del cielo en que se abatieron

los castigos lloviendo

que yo para vos llevo,

ser digno de mayor pena

el no verme ejecutado,

¿pues no es este el lugar

donde a mi padre mataron

y a mi hermana cautivaron?

¡Mal agüero, fiero azar!

Rosaura.

Desde estos peñascos vi

que veníais por este valle.

Feli.

El llanto apenas resisto.

Vuestra compañía, mi amor,

ya no estará acompañado

de vos que aumentáis mis glorias,

llorará aquí las memorias

de un mal que se ha deparado

en este mismo lugar.

¿Qué términos es la playa

de Valencia, y cuya arena

retocan del mar las aguas?

Los moros de dos galeras

habiendo muerto a mi padre

cautivaron a una hermana

mía de edad de tres años

y a un criado de mi casa

que Lavino se decía,

quedando yo en poder de un ama.

Yo, que de un parto nacimos,

de una misma semejanza,

criome, y aunque grande

aquel estrago ignoraba

hasta que me le contaron

saliendo una vez a caza

a este mismo lugar.

Rosaura.

Deja memorias pasadas,

Feliciano de mi vida,

y en las presentes repara,

que alegres, tristes memorias

atormentan y no matan.

Feli.

Aquí descansar podemos

mientras el carruaje llega,

porque entremos en Valencia

antes que amanezca el alba.

Lavino.

En peligroso lugar

hemos tomado posada.

Quiera Dios que en un remo

no amanezcamos mañana.

Feli.

Lavino, ¿pues el temor?

Lavino.

Por mí y por Rosaura

y por ti tengo pena,

que a mí no me importa nada.

Caballos de la mar

en la playa donde estamos,

y alas mías me faltan,

y si desventura tanta

cuando rescatarme quiera,

me darán por dos blancas.

Ptog. 5

Rosaura.

Falta más paso, Laubino,

que fiero miedo nos causa

tres sombras he descubierto.

Feliciano.

No tengáis temor, mi alma,

que pescadores serán

de las arenas de las playas.

Lavino.

Lejos se van acercando,

señor, y, si bien reparas,

son moros.

Feliciano.

¿Qué dices, necio?

Lavino.

¡Pluguiera a Dios me engañara!

Rosaura.

¡Ay, señor!

Feliciano.

Señora, pierde

el temor.

Rosaura.

¡Qué desdicha extraña!

Lavino.

Yo no aguardo más aquí.

Feliciano.

¿Cómo cobarde te apartas

de tus dueños?

Vase.

Lavino.

De los perros

que muerden aunque no ladran

me aparto, que no de ti.

Rosaura.

Aguardar es ignorancia,

señor, huyamos.

Escóndese Rosaura.

Feliciano.

¿Tal dices?

¿Con tal bajeza me informas?

Tras de esas matas te esconde.

Rosaura.

Tu condición temeraria

me admira.

Entran dos moros.

Moro 1.

Dos son no más.

Moro 2.

Conocida es la ventaja.

Feliciano.

¿Qué gente? ¿Quién va ahí, señor?

Moro 1.

Quien separará tu jactancia.

Date, cristiano, a prisión.

Desnuda la espada Feliciano.

Feliciano.

Mientras que saco la espada,

ni me rindo ni me entrego.

Moro 2.

Sin duda Amurato baja.

Moro 1.

Su valor y fuerza es mucha.

Moro 2.

Su mucho valor me espanta.

Feliciano.

¡Muertos sois!

Cae uno.

Entra Amurato bajá con bastón.

Amurato.

¡Válgame Alá!

Detente, cristiano, aguarda,

que tu valor me enamora.

Feliciano.

Perdido soy, ¡ay, Rosaura!

Amurato.

¿Quién eres?

Feliciano.

Un soldado

de ventura tan escasa,

que, cansado de vivir,

la muerte busco en tus armas.

¡Ay, Rosaura de mi vida!

Amurato.

¿Quién estaba en tu compañía?

Feliciano.

Mi desdicha, que jamás

me deja ni desampara.

Ptog. 6

Amu.

Por Mahoma que cantan

el cristiano.

Feli.

¿Y mi Rosaura?

Amu.

Aquiétense de remar,

galeotes.

Feli.

A cantar, ¿quién canta

suspiros el que es desdichado?

Amu.

Así me obsequias y amargas,

pues ¿quién no llora, amor?

Feli.

Amor, que es Dios de las almas.

Amu.

¿Tan enamorado estás?

¿Hay desdenes o mudanzas?

¿O disfavores, o celos?

Feli.

¡Ay, mi rey!, aunque de Rosaura

jamás tuve esos favores,

ni desdenes me maltratan,

porque es muy noble mi dueño,

y mirando por su fama,

mira también por mi vida.

Amu.

Mi pena a la tuya iguala.

No te aflija el ser cautivo,

que por Mahoma te juro

que has de hallar en mí, amigo cristiano.

Feli.

Beso, general, tus plantas.

Amu.

A Celima he de ofrecer

este cautivo.

Feli.

¡Qué duras!

Amu.

Podrás hacer por su mano

tras de ingratitudes tantas

alcances algún favor

si en esta facción te halla.

Moro 1.

Llegan andavante,

camina.

Feli.

Ay, que de Rosaura me apartan

los cielos.

Rosaura.

¡Oh, mi amparo!

Los cielos me desamparan.

Feli.

¡Adiós, Rosaura querida!

Amu.

Toca, leva, boga, arranca.

Vanse y sale Rosaura de las matas.

Rosaura.

Piedad, oh cielos, ¿qué veo?

Para quien piedad ha dado tantas,

en vuestros juicios miro

conmigo piedad os falta.

Cautivo va Feliciano,

¡ay, desdichada Rosaura!

Cielos, ¿qué cruel onda es esta?

Gracias a Dios me aguardan,

que no hay mal que venga solo,

y con infinitos le acompañan.

Ya dan las velas al viento,

ya las áncoras arrancan,

ya suena el pito de leva,

ya las gúmenas amainan,

ya el viento en popa caminan,

ya los frisados recaman

por azules catalufas

y alfombras de plata.

Ptog. 7

Cae desmayada.

Rosaura.

Mi bien, Feliciano, espera,

llévame contigo, aguarda,

¿por qué dejas libre el cuerpo

si llevas cautiva el alma?

Tiranos enemigos,

¡oh arpías venenosas!

robadores de mi gusto,

de quien quedo despojada.

Llega Noto, Eolo valiente,

en quien revuelven sus olas

estos enemigos cierzos,

con prevenciones de agua;

enojado Eolo embista,

formando atlántica agua,

y os precipite en la arena;

del sol la hueca mar alta

sobre el ciprés y la encina

bramando Aquilón, deshaga

remolinos que se roben

árbol, trinquete y mesana.

Hecho piezas el navío,

perezca esa vil canalla,

y solo mi Feliciano

se escape sobre una tabla,

y a quien es sordo el cielo

a mis quejas y a mis ansias,

con próspero viento anima

sus logradas esperanzas.

Como el cielo castiga

mis yerros, dando venganzas

a mi padre y al honor

que le robé de su casa.

Noche oscura, noche triste,

cielo que con luces tantas

mi desdicha estás mirando

y no quieres remedialla;

amparas, favoreces

a Dragut, fiero traidor,

en la resaca del mar,

y quedo desmayada.

Entra Arnesto con gabán.

Saca un retrato.

Arnesto.

Mientras que pasan las iras,

caminando a desgrado,

por paso tardo y pesado

en las esperanzas mías,

como el que de puro verla

la pintura sumariada,

que ama por la hermosura pintada

adora la original,

salga la sombra que asombra

de la más suprema belleza,

que por superior grandeza

al sol le deja la sombra;

salga la luz que restaura

su luz al sol eclipsado.

Ptog. 8

Arnesto.

Tal privilegio ha dado

el cielo al sol de Rosaura.

Pues que, tiernos mis ojos,

están de su luz faltos,

hay estrellas por el suelo

llorando tiernos enojos.

¡Oh peregrina hermosura,

con lágrimas aumentada,

perdonad, Rosaura amada,

que en la ocasión no hay cordura!

Pero, ¿qué digo, qué intento?

¿A Rosaura soy traidor?

¿Agravio hago a su amor

y ofrezco un pensamiento?

¡Que un nudo de amor el ciego

quiso de su amor desatar!

Retrato, habéis de contar

el agravio que le hago;

mas no será la mi mengua,

pues lengua os ha de faltar,

y aunque fuese a acusar,

la razón os hará copia.

Fiad a vuestra misma sombra,

no os pone en la lengua un nudo

en que el recelo es desnudo

y ataja cualquier deshonra.

Despertémosla los dos,

mira que es mujer y es de cera,

del honor que ofendecea,

¿qué diréis, retrato, vos?

Y sus males tan bien llorados,

no sabremos qué diráis,

parece que me miráis

y a mi bien con gozo grato.

No, no, no, os he de ofender,

perdonad, señora mía,

que vuestra pena y la mía

iguales vienen a ser.

Salen Alberto y Julio, pastores.

Julio.

De Cullera en la playa

moros sin duda saltaron.

Alberto.

Sí, que juntos se hallaron

en la primera atalaya.

Encúbrese

Arnesto.

Estos me vienen a espantar,

acá voy a esconderme.

Alberto.

Porque si llegan a verme,

no han de osar la levantar.

Julio.

Aquella moza, ¿no ves

que sola durmiendo está?

Quiero acercarme hacia allá

y reconocer quién es.

Juro a mi fe, ¡qué hermosura!

Alberto.

Es más que clavel si crecía,

hermosa, naide con ella.

Rosaura.

¡Oh, honra y fama segura!

Rosaura.

¡Fiera a una perseguida...!

Alberto.

Mira, Julio, no esté muerta.

Grita

Rosaura.

¡Aparta, perro, aguarda!

Julio.

Digo que suena en Cullera.

Ptog. 9

Alberto.

Más llorará si despierta.

Rosaura.

Aguarda, mi bien, y goza.

Julio.

Despiértala, es acertado.

Alberto.

Sin duda la ha quillotrado

en el campo alguna fiera.

Julio.

Recuerda, hermosa mujer.

Rosaura.

¡Válgame Dios!

Alberto.

¿Qué te espantas?

Julio.

Cristianos somos, levanta.

Alberto.

El miedo puedes perder,

bien te puedes declarar,

di quién eres sin temor,

que a tu pena y dolor

nos hallas acompañar.

Rosaura.

Tener mayor disfavor,

después de haberlo cobrado,

que ni el mal puede deformar,

ni más queja en mujer.

Sale Arnesto.

Arnesto.

No os valga naturaleza,

que cifró en sí tanta hermosura,

pues Amor por venturas

adonde quiere belleza.

Rosaura.

¡Ay de mí!

Arnesto.

Y no os espantéis,

que no soy ningún tirano,

sino un hombre cortesano,

de quien sabréis decir

de sus suspiros y pena.

Rosaura.

Sin duda sois causa de amor,

de amor nace mi dolor,

y la pena que me condena.

Arnesto.

¿Qué sabéis de amor?

Rosaura.

Amar.

Arnesto.

¿Siendo mujer?

Rosaura.

¿Por qué no?

Arnesto.

¿Quién os ha enseñado?

Rosaura.

Yo.

Arnesto.

¿Y en qué escuela?

Rosaura.

En el mirar.

Arnesto.

Pues, ¿leéis cátedra de Amor?

Rosaura.

Ya ves, de propiedad.

Arnesto.

¿Léese en ella verdad?

Rosaura.

Sí, con efecto de favor.

Arnesto.

Siendo pobre, ¿no os da

Rosaura.

enamorarse apriesa?

Arnesto.

Sí, que pesa a la mujer,

desnudo el Amor está.

Rosaura.

Pues es riqueza mayor

un Amor que es desnudo.

Arnesto.

Antes verdad, pero dudo

que sea el nuevo Amor

el de esta suerte.

Rosaura.

El que es Amor mozo lleva.

Arnesto.

Antes,

por estos temores,

no es Amor sino codicia.

Rosaura.

Con enseñarme a mí,

que Amor no se compra de oro.

Arnesto.

Amáis,

y sin Rosaura hermosa,

siempre esperar ansí.

Ptog. 10

Alb.

Señora, a una descortesía

es lo que erró mi caza,

amor unido me abrazas

de mi honor me desvía

a dos unos forasteros

de quien es forzoso dejar

no los queréis ofender,

y a mí os ofendo en ofendellos

pues no partiré de aquí

hasta que me consuman

Rosaura.

ay, si ausente estuuiera,

y quisieran ansí.

Ames.

estos pastores, señora,

de los señores tendrían cuidado.

Rosaura.

vayan paciendo el ganado,

que yo quiero su mejora.

Alb.

unos llanos de la caza, la

que tal voz se muestra sorda,

mayor regalo rebosa

sin encapuzada [ilegible]

entre las matas criar.

Lesca.

yo llevaba una lechuza,

Ames.

los cautivos por vida mía,

que mira con cuidado

el rostro destas mujeres,

es Rosaura tan hermosa.

Lesca.

parécese a una cosa,

pero que tiene que ver.

Ames.

pastores, guardeos el cielo.

Rosaura.

y a vosotros señores.

Julio.

quedaos, señores, en buena hora,

y a abrasarme me recelo.

Vanse Rosaura, Albano, Julio, Ames, y Lescan; y entra el Duque Ladislao y Lupercio.

Duque.

¿que no ha venido Ricardo?

Luper.

no a venido.

Duque.

las alabanzas que oís destas

para dar fama a las armas,

que antes de mujeres tan livianas

son sepultura de los viejos padres,

so color de amigos fementidos,

de tal suerte mi honor y sangre ofenden,

y a unos amigos no hay de quien fiarse.

Luper.

son mujeres, señor, sin consejo,

que su antojar es siempre justo,

y todas obran por disparates.

Duque.

Vil mujer, solo ruego al cielo santo.

Luper.

vos, señor, tu hija no malogres.

Duque.

que aun diga [ilegible] padre gran [ilegible]

que desculpa ha de haber para darme,

a dar satisfacción a amigos, a cielos,

no es por recompensa de la palabra,

que afrenta haciéndome [ilegible]

y póngase corona a la injuria.

vos veréis, Lupercio, por mi vida,

Lamberto llamaré y a quel [ilegible]

de la cruel venganza [ilegible]

Ptog. 11

Lupo.

Y salva de su hermana las locuras

yo partiré por mi cuenta al punto.

Duquesa.

¡Ay, amigo, qué prendas puedo dar de él,

a quien el hado sin vida ha faltado?

Lupo.

¡Qué prendas y de por medio el colgar!

Duquesa.

Por palabra, por amor, y asegurarme

de la afrenta a que Amor me ha movido.

Mató a su padre el fiero, estraga mi casa,

una agraviada fuerza al Conde don Vicente.

Salen Ricardo y Laubino.

Lupo.

Guardad que aquí asoman.

Duquesa.

Duda sea, Ricardo, un sonido.

Ricardo.

Yo compuse el ruido,

criado de aquel traidor.

Duquesa.

Dinos la verdad, Laubino,

o pagarás tu maldad.

Lavino.

Yo contaré la verdad.

Ricardo.

Que has de negalla imagino.

Lavino.

Sabréis que antes que el tiempo

con los pueblos y en los campos

haga las aves mudas

y a todos de andar cansados,

cuando escondió de él

ese planeta argentado

al nuevo mundo sus rayos

funesta sombra dejando,

con inviolable mudanza

que Rosaura y Feliciano,

en la fragua de su amor

para alumbrarnos forjaron.

Aun sin sentirse salieron

de aquí se partieron juntos

que Amor para sus insultos

suele revestirse o trasgo

de palacio se salieron

y poniéndose a caballo

en un ligero alazán

que lo tenía alistado

amparados del favor

de la noche caminaron

y a la orilla del mar

(grande vaivén o quebranto)

de la amargura del Amor

Bebieron tantos amargos

pues al tiempo que el ocaso

desplegó su negro manto

a vuelta de los bramidos

del mar enojado y bravo

Dos enemigas galeras

reconocieron de un puerto

con una escuadra de moros

y en tierra todos saltando

aunque Feliciano y yo

con las armas en las manos

resistimos su pujanza

un gran rato peleamos

cautivaron a Rosaura

y a mí y Feliciano

Ptog. 12

Lavino.

dejándome libre a mí

para que contase el caso,

y para que es verdad,

dije lo que fui mandado,

perdón pido de mi yerro,

si yerra quien sirve en algo.

Duquesa.

¡Oh, Rosaura sin ventura,

qué poco te dura el gusto!

Ricardo.

¿Y cuándo, señor conde, viste

Lamberto.

mujer que tenga cordura?

Ellos cautivos están

y si no,

con lo que contado ha

ya nos lo asegurarán.

Duquesa.

Razón será que se trate

del remedio del conde;

tú, Ricardo, irás a Argel

a tratar de su rescate.

Lamberto.

Vos me dad licencia,

a Argel con Ricardo iré.

Duquesa.

Paréceme bien.

Lamberto.

Hazte,

por lo menos te prevengas.

Entra Arnaldo de camino.

Arnaldo.

Da albricias de mi contento,

que de tu hermano, señor.

Duquesa.

El alma daré mejor,

ya acabará mi tormento.

Arnaldo.

Pues cuando mi gloria es tanta,

con la esperanza venciera

las lágrimas y lástimas

y nudos a tu garganta.

Y cuando mi amante merece

de su lealtad premio justo,

tras de no hallarte con gusto

y mi Rosaura no parece,

de esta suerte me recibes

cuando entendí que mis glorias,

siendo mi afición divina,

midieras como mereces.

Duquesa.

Dices, Arnaldo, verdad,

que la palabra te di.

Arnaldo.

Pues haz verdad, como a mí,

usar de la novedad.

Duquesa.

A tan buen tiempo has venido

que vuelves a deshacer

de lo que dudaba hacer

en lo que me ha sucedido.

Un señor muy principal,

noble, rico y estimado,

mayor que en estado do,

que es con la sangre igual,

pide para un mi hijo,

a su hija me ofreció;

mas cuando el padre le pido

de cumplirme lo que dio...

Ptog. 13

Duquesa.

ni vuestro hijo tiene esposa

ni su padre hijo tiene

mirad qué haceros conviene

con nueva tan rigurosa.

Porque de su mismo coche

cierto galán la sacó

y al mar que ya salió

llenos de ventura de noche

y como a la costa llegaron

del mar quieta y sosgada

los moros de una emboscada

a entrambos los cautivaron.

Arag.

Su padre la guardara

y diera cuenta della

ni fuera tan libre ella

ni el galán se la robara.

Mas ya qué se puede hacer

si el conde se desposa

pues tu hijo está sin esposa

que queda sin tal mujer

porque quien de tal manera

la roba ya tan liviana

se casará, y mañana

a lo que parece hiciera.

Duque.

Esa sentencia que da pronunciada

contra ti será ejecutada

que a mi hija me han robado

Arag.

Llaníbal qué queréis más

si el perro en medio calla

para acallarlo castigado

Duque.

porque un osado mancebo

soltar ansí de palabra

y ha querido engañarme

admirado dello soy

qué más diré que en voz

y con el de vengarme

Arag.

que si la afrenta pasada

sin venganza la dejo

si la oportunidad pierdo

en la vida es casado

Duque.

que no tiene tal bajeza

como en darme tu ya hija

si la pidiera tu padre

con sangre de mis venas

por firma otra segura

Arag.

y un género medicina

pues la industria común es

como a niño que se cura

que si el mal no se aflija

suele sangrarse la madre

y ansí mataré al padre

para curar a la hija

pues el mal viene en ella

que al recaer en ti

Duque.

traidor en mi cara a mi

Ptog. 14

Amig.

Llevaranos el entendimiento de ella,

y probará Celtidauro

trufas o dígmelo a solas.

danle todos

Danle todos.

Duque.

¡Qué océano más mayor,

mátale!

Ricardo.

Muera, señor.

Amig.

Vuelto fiera que se esconde.

Ricardo.

Mátenle.

Amig.

Hundid océanos,

que un traidor no tiene manos

para el leal que le defiende;

que un villano en poblado

saca la sangrienta espada,

tirano duque del Cayo,

dejando mi amor vengado.

Vanse tras él.

Duque.

Que no le podáis matar.

A juntarnos, que recelo

que el cielo me quiere ver.

Ricardo.

Escapose por los pies.

Duque.

¡Ah, cobardes!

Ricardo.

Nuestra fuerza,

poco importa si les falta

la razón.

Luper.

Y nueva es.

Ricardo.

Destreza, la cobardía.

Se consuma siempre así,

Duque.

que nunca se podrá guardar

del enemigo agraviado.

Vanse, y salen Celín y Rosaura, cautivos.

Celi.

Cristiana, ¿qué es lo que crees?

Rosaura.

Yo, cristiana y española,

y de la pureza sola

que no te escandalices.

Celi.

Dame, cristiana, ese nombre,

que a tanto bien se asome,

cuando mi enojo me asombre

y me quieres que me asombre.

Rosaura.

Pues te da tanto consuelo

de cristiana el nombre y quieres

saber quién soy y qué quieres,

que sepas cómo me nombro;

en ciudad más insigne

que nuestra España celebra

por antigua y por famosa

en las armas y en las letras,

en Valencia, que es mi patria,

que el ser hija de Valencia

no es lisonja desatenta,

que aunque más no lo sea,

nacida de padres tales

que hidalguía de ascendencia.

Ptog. 15

Rosaura.

No dejé nada al saco, oye,

porque la misma noche bajé,

y a Leonardo, tu padre,

yendo con él a una aldea

donde también, de estar tú,

por tu mal a ver las fiestas,

y al tiempo que amanecía,

cuando el mar con ondas crespas

ricas de plata produce

sobre menudas arenas,

nos salieron de emboscada

los moros de dos galeras,

a quien tu padre animoso

quiso hacer resistencia,

y al fin le costó la vida

y tú quedaste por presa,

donde he querido mil veces

de esta verdad darte cuentas.

No me atreví, a mi disgusto,

mas ya que sé que te alegras

de saber que eres cristiana,

te digo lo que deseas,

y te digo la verdad

de tus principios tramada,

porque por medios los fines

a quien eres se parezcan.

Bela.

Los brazos te quiero dar

por tan venturosas nuevas,

y porque de ti recibo

mi nuevo ser y vida nueva,

dime cómo he de hablar

a Dios.

Gerardo.

Como tú le quieras,

fácil le hallarás, que tiene

brazos y entrañas abiertas

para darte mil abrazos

y para recibirte en ellas.

De la deidad soberana

ten confianza que tengas

luz para ver sus misterios.

Bela.

Y pues quita Dios la venda

que me ciega, he de abrazar.

Gerardo.

Dios te ampare, en él espero.

Bela.

Que sea de mi salvación.

Gerardo.

A Dios te queda.

Vase Gerardo, sale Reluz y Celín.

Reluz.

¡Qué pasión de Amurates,

preso de amor de Celiana!

Celín.

No sé quién a tal se anima.

Reluz.

Si su inclinación de ingrata,

pues si Amurates lo desea,

déjese en mí el hacer,

yo le mandaré poner

donde los dos se vean.

Ptog. 16

Celín.

aquí tu Celima está.

Celi.

Señor.

Rey.

Y flor por la mañana,

de mi voluntad tirana,

pues vivo sin ella ya;

qué estrella, qué inclinación,

qué revuelta voluntad,

te obliga a tanta crueldad

en mi piadosa afición,

más que sirvo, aunque sin ley,

por no sentir tu olvido,

esclavo y favorecido

que ser despreciado y Rey.

Bela.

Señor, con humildad tanta

desdices de tu grandeza.

Rey.

No es bajeza tu belleza,

a mayor ser me levanta,

y puesto que tu rigor

me humilla y desprecia ansí,

ser despreciado de ti

tengo a grandeza mayor;

y por el valor, la ley

y en Rey tampoco se estima,

con justa razón, Belima,

apeteces un otro Rey.

Bela.

Tú eres Rey, y no de hoy,

tu mucha majestad

no cuadra con mi humildad.

Rey.

Pues mi corona te doy,

si para ser Reina quieres

pintarme tan amante,

Belima, desde el Levante

Reina de mis mujeres,

tuyo es todo mi tesoro,

todo renuncio en ti,

que por merecer un sí,

yo seré un humilde moro.

Bela.

Mal fundas tu pretensión

con los que prevenidos vas,

que si tus Reinos me das

es llana tu perdición;

pues cuando yo Reina fuera

no era justo que estimara

a quien su ley le faltara,

y mil Reinos no tuviera.

Rey.

¿Que ansí despreciarme quieres,

y que en esta crueldad das?

Mas siempre al que os quiere más

aborrecéis las mujeres.

Bela.

Después que supo querer,

no estimo, Rey, tu grandeza,

que una villana nobleza

me da más gusto tener.

Sale Amurat general, y Feliciano cautivo.

Amu.

Dadme esos pies.

Ptog. 17

Bel.

También este perro intenta

hallar su gusto en mi afrenta, a fe.

Ase.

Rey.

¿Pues te darás? ¿Atreves?

Amu.

¿Cómo no me saltas tú

cuando a tus pies llego ya?

Vate por Dios, va cansado.

Rey.

Verme volver vencedor,

antes me huelgo en extremo

de verte en esta ocasión.

Amu.

Cielos, de Celima son

en cuyas llamas me quemo.

Rey.

¿Es el cautivo español?

Amu.

Y de un talle muy gallardo.

Si en no ofenderle cobarde,

es para ofenderle a él.

Rey.

No llegará.

Celi.

Sí soy,

aunque aquí no lo parezco.

Amu.

A tu majestad ofrezco.

Rey.

Yo a Celima le doy.

Bel.

Yo lo sabré estimar.

Celi.

¿Qué juego de pasapasa,

más manos y mesa pasa,

en qué tengo de parar?

Rey.

Celin, tu suerte muda.

Ese valón dije, y toma.

Amu.

Que el buen santo Mahoma.

Rey.

Acaba, en qué pones duda.

Ser mi general deseo

que tu sangre ha merecido,

valor primero ha tenido,

el cargo que te doy.

Amu.

Y sin duda no merezco,

señor, ser tu general,

de un diferente mal

y ansí en tu llama perezco.

Rey.

En vínculo tan fuerte

Amu.

¿pondrás a Amurates junto

de que esto te pregunto,

me tratas de aquesta suerte?

Rey.

Ya está el alma en tu mano.

Bel.

El Celin, ¿a qué le quieres?

¡Oh, tan riguroso eres

con quien fuiste tan humano!

Vase el Rey.

Rey.

Nadie en esto me replique,

lo mando, y se haga luego.

Amu.

Luego maten a don Diego.

Bel.

Aunque el tirano te aplique

tiros, sin que a mí me tira,

y es muy buen acuerdo, y mira.

Ptog. 18

Bel.

que quiera agradar un rey

con ofensa a quien él mira,

pues quiere con desfavores

verdugo de una a quien

darle vida aun es pasión,

que se engendra de temores.

Amurato.

Es desdén y rigor.

Zela.

Yo le tomaré a mi cuenta;

no defiendo tu afrenta,

sino mi vida, señor.

Amurato.

Quien siente ansí desfavores,

y ansí se viene a quejar,

muy cerca está de estimar

del rigor de los favores.

Mas ¿sabes, Celín, acaso...

Zela.

¿Por qué él no me trata ansí?

No me ha descubierto a mí

el secreto deste caso.

Amurato.

Esta es la causa, Celín,

de todo mi mal y pena,

esta es la voz de sirena

del archipiélago delfín,

que mi muerte y mi tormenta

juntas anunciando están,

y esta al fin por quien me dan

tal castigo y tal afrenta.

Celín.

No te aflijas, no es bien,

ni tampoco el ir conmigo,

pues sabes que soy tu amigo

y el desearte tan bien.

Vanse Celín y Amurato.

Zela.

Mas que de aquí mi prisión

no salgas, ni el cristiano

tenga deste lance mano.

Feliciano.

Piadosos intentos son.

Zela.

Si piadosa, que tengo amor

a quien más que él lo merece,

¿por qué rigor te parece

en mostrarle favor?

Feliciano.

¡Oh pena cruel es amor!

Zela.

Quien mereciera un favor...

Sácase una sortija.

Feliciano.

Rosaura, para que impida...

Zela.

Mas, ¡oh triste de mi mano!,

Feliciano.

Pienso que a tu prisionero...

Zela.

Que llevan un cristiano.

Saca Feliciano un lienzo, y al sacarlo y besándolo se le cae un escritorio español.

Zela.

¡Oh términos cortesanos,

al cubrir así la mano!

Feliciano.

Esto decía así sola,

y a darla a camarera,

tu grandeza provoca

que lo que a tu mano toca

no toque mano grosera.

Zela.

A la nieve delicada

me ha parecido el blanco,

que más que el lienzo tu mano

merece ser llamada.

Pon la sortija en el dedo,

prendas le dé corazón

quien causa tal confusión.

¡Válgame Dios, qué miedo!

Feliciano.

Podría venirlo a entender.

Ptog. 19

Feli.

¿quién podrá ser merecedor

que tenga la ventura suya,

toque mano de mujer?

Zeli.

¿Y acaso vienes a enojarme

por tenerme tan villano,

pues dándonos una mano

y un lienzo, quite le damos?

Pónese la sortija y Zelima le toma la mano.

Feli.

Derribar has querido

la fe que guardar procuro

de este lienzo o de un muro

que me ha de defender,

y como en pláticas has visto

que a manos acometer,

a saquear mi despojo,

hallaste la respuesta

con el silencio cubierta,

pues para ti este muro

es mi toca la amortajada,

mas la sortija pondré

y pondréle con mi mano,

qué enojo para que te afanes,

quizá me la cortará.

Zeli.

¡Ay, qué favor soberano!

Feli.

Yo por él he recibido.

Zeli.

Aventurado cautivo.

Feli.

¡Ay, desdichado cristiano!

Zeli.

Aquí mi gloria crece.

Feli.

Aquí mi pena se aumenta.

Zeli.

Aquí comienza mi vida.

Feli.

Aquí se acaba mi vida.

Zeli.

Y mi esperanza renace,

Feli.

y mi prisión se acaba.

Zeli.

Que tu mano me enlace.

Feli.

Que tu mano deshace.

Zeli.

¿Sabrásme querer, cristiano?

Feli.

Pienso que no lo he de saber,

porque en mí nace el querer,

que el alma no está en la mano.

Zeli.

¿Eres muy firme en amar?

Feli.

Soy de piedra.

Zeli.

Antes mejor,

que el eslabón de mi amor

centellas hará saltar

para que en el alma prendan.

Feli.

De que abrasarán yo creo

la yesca de tu deseo,

mas no que la piedra enciendan.

Zeli.

Vencerá mi llanto y piedra

en lo que te has de ocupar.

Feli.

En suspirar y llorar,

que en eso solo podré.

Ptog. 20

fio Ogero esclavo turco pícaro baño desengaño

Jornada segunda

Ptog. 21

Salgan Lupercio y Lamberto de camino.

Lamberto.

Ciego estás, pues que no ves

que hemos perdido el camino,

aunque este soto vecino

tierra de mi padre es.

Lupercio.

Y saliendo a caza aquel,

de sus gustos hace alarde,

tras de la liebre cobarde,

tras del corzo y jabalí;

esta senda que atraviesa

desde el valle hasta el collado,

sin duda que va a poblado.

Lamberto.

Pienso que en esa dehesa

ha de haber dos caserías,

amparo de aquella sierra.

Lupercio.

Bien te acuerdas de tu tierra,

donde pasaste tantos días.

Lamberto.

Allí nos acogeremos,

tú, Lupercio, llegarás,

Vase.

Lupercio.

Pues que tú me has de llamar.

Lamberto.

Y yo en esta fuente fría

Ptog. 22

Lamberto.

a donde cantar solía

me quedaré a suspirar

Salgan Leocato y otros con hábito de bandoleros.

Leo.

En siendo nuestro vasallo

faltará al rigor el respeto.

Ban.

No ay que tenelle respeto

después de atreverse a dallo.

Lamberto.

Aunque todo me provoca

a suspirar y llorar,

solo me quiero quejar

oy de Rosaura loca.

Ban.

¿No ves que a Rosaura nombra?

Leo.

No nos conviene matalle.

Lamberto.

Mas de amor pudo obligalle,

ni me admira ni me asombra.

Leo.

Acometedle de noche,

abracadle luego d'él,

y atarle bien con él.

Ban.

Que a un valiente y noble.

Lamberto.

Y que tu imaginación,

que a tu misma condición

viles, más mal nacidos,

¿cómo cometéis trayción?

Leo.

Sosiega el pecho y abaja,

lleno de resistencia,

una piedad te mueva

a dejarte la mano.

Lamberto.

¿No ves que es trato villano?

Matarme deshumano.

Leo.

Ata bien d'él nudo firme,

que nos sirva cortesano.

Lamberto.

Cuando vea ya que muera,

a quien honra ni vigor,

muestra tan poco valor.

¿No sería hazaña

a alguien más asaltear?

Solo estaba desarmado,

mas que uno me ha acometido,

porque os dieron espanto.

Me escaparía una vez.

Generosos y valerosos pues,

por libraros dese miedo,

¿eran buen trato os digo?

Leo.

Acaba bien que es tarde,

y luego al monte huiremos.

Vanse y déjanle atado.

Lamberto.

Mayores son los estremos

que el rigor que me an mostrado,

gran cobardía me amenaza.

Primero aquí me ha de ver,

encubrirme y nunca ser

la más saludable cosa.

Y adentro ruido de caballos, salga Noque y Lupercio con su espada desnuda.

Lup.

Noto que mal he pensado.

Ptog. 23

Duque.

Desta casa a que he venido,

pues lloros que he vertido,

contra mí se vuelve airado,

y a ti para librarme dél,

hoy en el rigor que tengo.

Sale Arnesto como bandolero.

Arnesto.

En zaga que sigo un tesoro,

basta ponerme en recelo.

Duque.

¿Quién me habla de aquesta suerte?

Arnesto.

Quien en tu casa calló,

y en el campo te buscó

para solo darte muerte,

y aunque, señor, nos demore.

Lamberto.

¿No es mi padre? ¿Qué es aquesto?

Arnesto.

¿Conoces que soy Arnesto?

Duque.

Y que eres traidor sabemos.

Arnesto.

No es traición, Duque, aguardar

un hombre noble y honrado

al que lo tiene agraviado

para poderse vengar,

cuanto y más que, pues te doy

lugar para defenderte,

riéndome de tu fuerza,

en nada traidor te soy.

Duque.

Si fuera noble tu pecho,

como publicas aquí,

la satisfacción que di

te desengañará, fiero;

mas pues de nuevo me culpas

porque a tu padre maté,

cúlpome, a mí pues llegué

a darte tanta disculpa;

y al fin seré un villano

si mis canas no respetas.

Lamberto.

Manos que están sujetas...

Danse.

Arnesto.

Morirás.

Duque.

Eres tirano.

Arnesto.

No, sino estoy enojado.

Duque.

Y no de ti vengado quedo,

ya de ti rendido quedo,

que el pecho me has pasado.

Ven, y en mi corazón,

porque con descarnizado

queréis a Dios ofender.

Arnesto.

Quedad a Dios, que me parto,

porque a Dios pido perdón.

Vase Arnesto y cae el Duque en tierra.

Duque.

Ven, ¡oh muerte!, que a tu corte

tributo que quiero pagar.

Lamberto.

¿Que no pueda yo arrancar

con mis brazos este roble?

Duque.

¿Qué voces son las que formo?

Que el alma se deja en calma.

Ptog. 24

Lamberto.

Son de quien siente en el alma,

Duque.

¿quién siente mi mal rigoroso?

Lamberto.

Yo, tu hijo desdichado.

Duque.

Hijo mío.

Lamberto.

Padre amado.

Duque.

¿Quién te tiene, hijo, ansí?

Lamberto.

Un desdichado y traidor

que me ha atado mis brazos.

Duque.

Yo te quitaré esos lazos,

mas no, que ya el dolor,

fáltame el aliento y fuerzas

para llegar a abrazarte,

y aun pienso que para hablarte

el ser tu padre me esfuerza.

Lamberto.

Dos hombres me saltearon

y a un pino me condujeron,

y a avisar a Arráez fueron,

y entre tanto aquí me ataron.

Sale Rosaura como aldeana con un cántaro.

Rosaura.

¿Cuándo has de dejar, fortuna,

que llegue a ver un contento,

o cuándo en darme tormento

no serás tan importuna?

Duque.

Ya el dolor mío, que ha tanto,

voy perdiendo el sentido.

Rosaura.

¿Qué voces son las que oigo

de tal tristeza y espanto?

Lamberto.

¡Ah, mujer!

Rosaura.

Un hombre atado

y otro hombre muerto en el suelo.

Lamberto.

¿Eres ángel que de Dios

para aliviarme has bajado?

Rosaura.

¡Oh espectáculo tan triste!

Yo me voy.

Lamberto.

Mujer, espera.

Rosaura.

Tal cosa a uno que viviera...

Lamberto.

En ti mi vida consiste,

ven y estos brazos desata,

y atarás el alma luego,

que esto solo te ruego,

a tu voluntad me ata.

Mira allí a mi padre muerto,

y a mí atado, sin poder

llegarle a favorecer.

Rosaura.

¡Ay, que a moverme no acierto!

Lamberto.

Acaba, aldeana hermosa.

Rosaura.

Jesús, ¿qué quieres?

Lamberto.

¿Qué importa

saber quién somos? aparta

de razones, piadosa.

Rosaura.

¡Jesús, qué nudos tan fuertes!

Lamberto.

Más lo es que tardas

desatarle.

Rosaura.

Libre estás.

Lamberto.

¿Conocéis claro esta sierra?

Ptog. 25

Lamberto.

Aún a pagarte daré

de mi lealtad los abrazos.

Don G.

Dame, hijo, aquestos brazos,

Rosaura.

que en ellos descansaré,

mi padre, y quiero llegar

solo a quien de tenerme.

Don G.

Hija, ya a consumirme

muero, me podrá matar,

¡ay de mí!, mal me esperáis.

Lamberto.

Que no es mujer, que es infierno

en sí misma.

Don G.

Ay de mí.

Rosaura.

Muero, ay.

Don G.

Tan muerto muero.

Cae Rosaura del un brazo de Lamberto, cayendo su padre sobre el otro.

Lamberto.

Las balanzas de mi amor

con igual peso de dos,

porque igual es mi deseo,

esta pena de un padre

que en efeto me engendró,

y tan junta está amada,

y el dolor tan ajustado

que en el fiel han quedado

las balanzas de mi vida.

Lup.

Sin duda se habrá dormido.

Sale Lupercio.

Lamberto.

La ocasión los detiene,

y ¿no es Lupercio el que allí viene?

Lup.

¿Qué es lo que le suspende así?

Lamberto.

Ven, Lupercio, llega, ve.

Lup.

¿Es tu padre?

Lamberto.

Ay, mi dolor.

Lup.

Di, ¿quién le ha muerto?

Lamberto.

Entra y ve.

Lup.

¡Por Dios, que me espanto!

Lamberto.

Toma esta agua luego,

que el olor de mayor pena.

Lup.

Pon a oler a la aldeana

otra, que a tu mando allego,

que grande premio se llama.

Lamberto.

Pon de esta agua en su lugar.

Rosaura.

Y a mí me puedes dar

dos.

Lup.

Con ella se anima.

Lamberto.

Pues que ánimo dio y tiene

amor, padre, a nuestro amor,

por que el dolor desechemos,

que el remediar conviene.

Don G.

Vamos, hijo.

Lamberto.

Y tú, mujer,

ya que has gozado

de la vida que te he dado,

a pagarme has de volver.

Vanse y queda Rosaura

Ptog. 26

Arnelto, Lescato y esclavos con Bandoleros.

Lescato.

Aquí el viejo queda atado.

Arnelto.

Y el duque que queda aquí muerto.

Lescato.

Fuéronse los que querían.

Arnelto.

Solo ves una mujer.

Lescato.

Ya que los libro

Arnelto.

de muerte.

Lescato.

A mujer.

Rosaura.

Yo soy su señor.

Arnelto.

No temas, que mal te hago.

Rosaura.

Qué es este Arnelto, sospecho.

Arnelto.

Habla.

Rosaura.

Callar es mejor.

Lescato.

Ya se excusan desbaratos

con las razones que escucho.

Arnelto.

Me turba el alma, y no es mucho

que te turbe aquel que mata

que le vio en sombra.

Rosaura.

¿Qué he de hacer ahora?

¡Quiera tu deidad, oh Dios!

Arnelto.

Y adónde vas, cautivo?

Rosaura.

A mi dueño busco y sigo.

Arnelto.

¿A quién?

Rosaura.

Lamberto se llamaba.

Rosaura.

Movida de compasión

llegué a desatallo al punto.

Arnelto.

¿Y estaba el padre difunto?

Rosaura.

No sé, que en esta ocasión

turbada me desmayé

y dejarme desmayada.

Arnelto.

Y fuéronse.

Bien pagada

Rosaura.

la ventura fue.

Perdóname a mí, señor.

Arnelto.

No tengas miedo, que ha sido

rémora que has detenido,

la nave de mi rigor,

que quise bien a una mujer.

No te cause envidia verla,

que a el mismo sol da a conocer

luz, claridad, nombre y ser.

Mas después que con violencia

Rosaura quiso arrojarme

de su lado y quitarme,

tuve amorosa apariencia

grande voluntad.

Arnelto.

Perfetas.

Rosaura.

Pues y aunque me has de matar,

y que me taches de olvidar,

que ella a muchas se sujeta.

Entra Julio embozado.

Julio.

Muy buenas palabras gastas,

estas tus prendas bastas.

Ptog. 27

Ames.

¿Adónde vas?

Auro.

Señor, a esconder

el rostro, hallando resguardo.

Ames.

Aguardad, bella aldeana,

no mostréis tanto rigor.

Auro.

Yo os hablo poco, señor,

como no soy cortesana.

Ames.

Aguardad.

Auro.

¡Que me dejéis!

Quedaos con Dios.

Ames.

Id, que el corazón mío

se va a los rastros de vos.

Vanse Rosaura y Julio.

Leo.

Parece que te ha picado.

Ames.

A mi agrado, lo de fuerza,

que ha parecido la muerte

de la vida que me ha dado.

Leo.

Pues ¿qué, de verla rara?

Ames.

Con dos caras quedo.

Leo.

Rosaura me ha parecido,

solo falta en la cara,

no vi mujer tan igual.

Ames.

Ven, que aquí el retrato tengo.

Leo.

Pues si a pensarlo vengo,

que es ella el original.

Ames.

Quiero seguirla.

Leo.

Señor.

Ames.

Déjame, loco, que voy.

Leo.

Mira que la bella se aleja,

después la verás mejor.

Ames.

Sepamos del duque si es muerto,

Leo.

que el duque es vivo has de ver.

Ames.

Llego yo a echar de ver,

en el oírle y en hablarle.

Vanse y sale Feliciano.

Feli.

Por este prado ameno,

entre estas bellas plantas,

se sale a descansar mi pensamiento,

que de mi bien ajeno

mis lágrimas son tantas

que de este río la corriente aumento;

provoco a sentimiento

las plantas verdes, y la peña parda,

que lo insensible siente

quejas del alma ausente,

dolor continuo a quien remedio tarda,

y acciones de fortuna,

ligera en bien, y en males importuna.

Salgan Bernardo viejo caballero y el mozo, cargados de leña, y un moro dándoles.

Ber.

No seas tan inhumano.

Moro.

Ande el perro.

Ber.

El suelo toco.

Feli.

Vete, señor, poco a poco;

¡qué tal crueldad de tirano!

Moro.

No puede el perro llevar.

Ptog. 28

Pedro.

La carga que el moro lleva,

si no me das fuerzas nuevas,

mal la podré sustentar,

que ya me voy cansando,

y aun llévame a mí, no que él,

porque a mis fuerzas excede

esta carga tan pesada.

Cautivo.

no traes mala carga, viejo.

Felipe.

Yo de mi vida me quejo,

habiendo de ir a la carga.

Moro.

Aun con mi cruz vengo,

llevará el viejo los dos,

dejad ese costal vos.

Caya debajo ambos costales.

Felipe.

Espera, moro insolente,

que te muevan a piedad,

pues eres tan inhumano

que aun de sus canas te ufanas,

dejándolos así fríos.

Pedro.

No importa, espera, señor.

Moro.

Que a unos y otros castigo.

Felipe.

la crueldad tuya me mueve,

que en mí no causa temor.

Moro.

Castigaré tu locura.

Felipe.

No es un hombre quien te trata,

un bravo león de España,

que amansa la calentura.

Sale Celima sola.

Zelima.

¿Qué maldad obráis aquí?

Moro.

Yo haré que a los dos os queme.

Felipe.

Que a un hombre viejo como este

Zelima.

¿Un hombre tratáis ansí?

Un fementido cruel,

no dirás que es una hazaña.

Cautivo.

Que el costal no levanta.

Zelima.

Llevad este vos por él,

que no te compadeces

de ver estas blancas canas,

que me, aunque no soy cristiana,

la compasión me ha movido.

Yo los quiero descargar

y llevar por los rescates.

Porque mal no trates,

tú el costal has de llevar

a casa cargado luego.

Moro.

Yo haré en todo tu gusto.

Zelima.

El tratarlos es muy justo.

Moro.

Yo de tu rigor reniego.

Cárgale el costal al moro, y vase.

Zelima.

Ya no os harán mal, cristianos,

ya el castigo se acaba.

Pedro.

Siempre los he de sufrir

solamente por hallaros.

Zelima.

Tened en Dios confianza.

Pedro.

Que a su tiempo ha de venir,

pues pudiera yo revivir

no teniendo ya esperanza,

de quien eres no te olvides.

Felipe.

Vamos, cristianos, en buen hora.

Ptog. 29

Vanse y quedan Feliciano y Celima

Feliciano.

Esta es muy buena ocasión

para darle este papel,

pues pide a Amurato en él

libertad de su prisión.

Celima.

Cristiano, ¿qué queréis vos?

¿No me llegáis a hablar?

Feliciano.

Quisiera me rescatar

y acompañar a los dos.

Celima.

¿Qué os aflige?

Feliciano.

Un pensamiento

que el alma lleva tras sí.

Celima.

Y a quien lo causa así

menor fuera mi tormento.

Feliciano.

Mucho tiene, que es de amor.

¿A quien la flecha dorada

no hiere, mata tocada

con la queja de un favor?

Celima.

¿Me habéis venido a quejar?

Feliciano.

Un favor a lo que es dar

resta libre y no obligado.

Celima.

Bien se ha sabido escapar.

Pregunto de un favor:

y al que quiere más

no se llame el menor

siempre que favor merece

Feliciano.

al mayor está obligado.

Celima.

Confiésolo,

pues ya sé

cuando previene un desdén,

por ti en perpetuo cuidado,

mira no llegue a hablar

a Amurato de plano,

responde, sé cristiano,

pues de verlos indicios das.

Feliciano.

De que sospechas advierte

y aun lo que merece,

que cuando ausentarme se ofrezca,

Celima.

no es mucho que en nada acierte,

no es mucho que parezca

por ti.

Feliciano.

Lo estimaré.

Celima.

Que no quiero recibir

los favores de esta suerte.

Feliciano.

Porque quien padece más

y de un favor de tu mano

que es tuyo, sultán tirano.

Celima.

Pues aun esperanzas no das,

quien os ha de compadecer.

Feliciano.

Toma, lee este papel,

que Amurato dice en él

lo que padece y te ofrece.

Baste siquiera un favor

que si él te hace, es por mí,

prometo de hacer por ti

el importe mayor.

Rompe el papel.

Celima.

Muestra, que papeles tales...

Ptog. 30

Celima.

Leales y de Tetuane,

que un vil cristiano advierte

si al punto no te sales

de acá escondida

de haberme atrevido así,

haré, traidor, que no vivas

y te quite la infame vida.

Seli.

Mira.

Feli.

Vete de aquí, loco,

y no me repliques más.

Selin.

Vive Alá, no aguardarás,

que has estimado en tan poco.

Huyendo de mi furia. Vase.

Feli.

Que me vences, yo me iré.

Seli.

Qué cuenta ha pasado así,

¿y en mí del amor fui?

Oh, qué justo castigo es, Dios,

que incendios desde ver qué ha sido

ven a encender más mi pecho,

mira que mi pena es mucha.

Salen Celin, moro, y Ricardo, cristiano; retrato y Sabino, criado.

Feli.

En mis jardines, Celin,

¿qué es lo que buscando vas?

Selin.

Damos aquí vueltas.

Feli.

Di de tu venida el fin.

Selin.

Acompañé a este cristiano.

Feli.

Que un cautivo va a buscar,

pues que le quiere rescatar.

Selin.

Ah, señora.

Feli.

¿Es cortesano?

Ricardo.

Sí es.

Selin.

¿Qué talle es de hombre?

Ricardo.

Él es un cristiano que es

muy más galán que he vio,

y Feliciano es su nombre.

Dale el retrato.

Feli.

Qué hermoso rostro que tiene,

cielos, ¿no es este mi hermano?

Qué galán su talle y raro,

guardarme con él conviene.

¿Oh, días habéisle buscado?

Ricardo.

Todo lo he reconocido,

y tal nombre nunca le he oído,

ni tal cautivo he hallado.

Feli.

¿Es casado?

Ricardo.

No, señora.

Selin.

Nunca lo fue.

Gran ventura.

Ricardo.

Él su amor asegura,

aunque por casarse llora.

Selin.

¿Vive la dama?

Ricardo.

No sé.

Feli.

Que murió, o que vivirá,

que de ella no goza,

no pasará de mi fe.

Cristianos, que en buenas

horas seáis aquí.

Ptog. 31

Zelia.

Y pues es de mí

cuenta de parar un hora

hasta que a la errada y rota

flota abren escala o calle

y prevén de un bajel,

a España vayan, y con ella

parte luego.

Ricardo.

De cuidado

con esa merced, señora,

me partiré luego a España.

Lauro.

Y a mí, mi señor amado,

darás, señora, licencia

para que me quede aquí

con él.

Zelia.

Haz que se parta al momento

y prevén de armas largas

y de todo aquesto descargo.

Celín.

Cumpliré tu mandamiento.

Zelia.

A mis esclavas ve a buscar

y hacer que el carro se ensille

porque a mí mejor se talle

del que llega de ganar.

Celín.

Esta es muy buena ocasión

para valer a Aminato.

Zelia.

Ya sé que me ha de convenir.

Celín.

¿Por dónde?

Zelia.

En este bajel.

Celín.

En todo iré a tu sujeto

aunque a Aminato has de hallar

vago.

Entrase Rey.

Rey.

Desde aquí quiero escuchar

si descubre algún secreto.

Zelia.

Bosque, a quien mi fin sujeto,

dejadme ver su retrato;

mirad que seréis ingrato

si a quien sois disimuláis.

Cautivo que en bosques plantéis,

con esas sombras cubierto,

os hace divina imagen cierta

de quien adoro y me advierte.

Rey.

Que adora, dice Celima,

¿y la aborrece Ayalán?

Lauro.

Muy tiernos recatarán

si tanto el pecho lastima.

Zelia.

Pues tu dueño, siendo noble,

crudo y grave de mi afecto,

da indicios de ser villano,

y en crueldad huye de mi, roble;

si alcanzo de amor la palma,

aunque cueste caro el fruto,

aguardaré su tributo

pues que le llevo en el alma.

Rey.

¡Válgate!

¿Qué es lo que escucho? ¡Ay de mí!

¿Qué es aquesto, cielos santos?

¿Una mujer a tantos?

¡Y un Rey pueda tan poco!

Ptog. 32

Rey.

si a una dama el bravear

y a unos damos de guardar

a quien la habéis de velar

de noche y de caballero.

Vasen.

Sale Amurato con cadena.

Amurato.

Un ponzoñoso mal del alma dueño,

bravísima lengua de enemigo,

apasionado juez, falso testigo

de su vana razón y a sí mismo altivo.

Vaso de ponzoñoso veredicto,

enemigo con máscara de amigo,

rico de penas y de fe mendigo,

pueblo contra su gusto, ansí fatigo.

Carcoma de la vida y del contento,

hidrópico que busca por su daño

su misma muerte, de quien es sediento;

sombra de la verdad, luz del engaño,

verdugo que a sí mismo da tormento.

Sale Feliciano.

Feliciano.

De entenderte, amor, no saco

necia mente reparando,

que de jarcías y coronas

nace un esclavo.

Amurato.

Cristiano.

Feliciano.

¿Es Amurato?

Amurato.

Un preso afligido

que agrupa de mi dolor

agravios de un pecho ingrato.

¿Recibió, tranza, Celima

por ventura mi papel?

Feliciano.

Dilo, porque fue crüel.

Amurato.

¿Rompióle o quiso rompelle?

Feliciano.

No entendiendo que era tuyo,

sin decirle, como digo,

mi ignorancia vino a dálle.

Mas paréceme a ver mi favor

que quieres burlar de tu mano.

Amurato.

¿Y qué nuevos, favor gano

si es tan tirana a mi amor?

¿Celima me favorece?

Feliciano.

Solo la razón que hase

el valor que en ti nace.

Amurato.

¿Y mi firmeza agradece?

ansí engañarle conviene

por ver si puedo librarme

del amor de hecho a hallarme

que el alivio de Celín viene.

Pondré mi boca en tus pies

por tal amistad, cristiano.

Vase.

Feliciano.

Engañándole me gano

de engaño grande e interés.

Sale Bernardo cautivo.

Ptog. 33

Rosaura.

Libertad, muy mal os trato;

a tal tiempo habéis venido,

que casi os habéis corrido

de ver que os soy tan ingrato.

Pues fiades la verdad,

me pesa de libertarme,

si a Celima he de dejar.

Perdonadme, libertad,

aunque pues ya está despierta,

cierta sea mi partida,

que el alguacil de la vida

está llamando a mi puerta;

y has de creer que esta dama,

que es hija de Leonardo,

y que el español gallardo

de la nación valenciana,

que me quiere Celima,

con esto a cumplir me animo

descubrirán aquí

el nombre oculto del alma.

Feli.

¡Ah, la ampare

cielo santo!

¿Qué es lo que escuchando estoy?

De España me parto y voy

navegando por mi llanto.

Vase

Amu.

Celima es mi hermana, cielos;

ya es fuerza admitir su amor,

vence en mi ardor un furor

y, al contrario, a los

celos da con ofendida;

ni es ave humana a soltarse,

pues me conviene guardarte,

siendo mi honra la tuya,

como hermano. La hallaré,

por no es camino sano

que quieras pasar su hermano,

y a su cuñado seré.

Mas pues tanta afición ha,

y tanto amarme ha mostrado,

amostrarme enamorado

para librarla conviene;

su balcón rondaré,

solicitaré su puerta,

y cuando las halle abiertas,

al asomo me asomaré.

Vase y sale Celima a la ventana

Celi.

Siendo primera en amar,

con alas de mi querer,

vuelo también para ser

la primera en esperar.

Sale Roque y Celín de ronda

Roq.

Solo has venido conmigo

para que mi agravio creas,

a que de cerca los veas

la acción de mi enemiga.

Celín.

En notable confusión

te has metido a Amurato.

Ptog. 34

Celín.

Retirémonos un rato

hasta que salga el galán.

Entra Amurato.

Amurato.

Que en este valle me aguarda

dijo Celin; no la veo,

si no es que con el deseo

me parece que se tarda.

Al alivio de mis penas

en gloria vengo a gozar,

pues se han podido trocar

en libertad mis cadenas.

Aya.

Ya el galán está en el puesto.

Entra Feliciano.

Feliciano.

¡Oh de tu puerta y ventana!

Seré tu galán, hermana.

Celín.

Ya mi esclavo vendrá presto,

pero no es mi bien aquél.

Rosaura.

Ah, Celin, ¿no entendiste?

Amurato.

¿Tardéme?

Celín.

No, que viniste

a muy buen tiempo.

Feliciano.

¿A quién

llama, que me mostraré?

Rosaura.

¡Oh, insolente don galán!

Porque burlando te están

Amurato.

Mi bien, perdóname.

Celín.

Vete,

no quieras darme disculpas.

Amurato.

Que reconozco, por Dios,

lo ordinario de mis culpas.

Rosaura.

¿Como preso es Amurato?

Feliciano.

Después de asegurar

a quien le tiene en prisión,

Amurato.

el aya de un pecho ingrato.

Feliciano.

Seguro se podría

perdonar a ti.

Aquesto viene agora a que...

Rosaura.

A que es ciego.

Amurato.

¡Oh, gloria mía!

Del corazón cautiva,

tanto me cautiva, honrada,

como el desdén que me allana

mi rendida voluntad;

pues ya ha llegado al cabo

el que ha de ser merecido

por señor del más rendido.

Celín.

El nombre deja de esclavo.

Rosaura.

De mis sentidos eres

por justo dueño y ley,

quiero te llame rey.

Amurato.

Que a los reyes me prefieres,

y nuevo rey soberano.

Celín.

Por Alá, que ha de matarme,

de traiciones he de vengarme,

que con quien habla es mi hermana.

Amurato.

Gente suena.

Feliciano.

Vete luego.

Amurato.

Vuelve a verme mañana

o en la ventana.

Entrase Celima.

Ptog. 35

Rosaura.

con que se aumente mi fuego

¿quién va, qué siente, quién es?

Feliciano.

más mal hay, si respondemos.

Rosaura.

no responde, ¿quién sois vos?

Amurata.

llegad y conocedme pues.

Rosaura.

si sois moros cautivos,

¿su nombre nos diréis?

Amurata.

¿no ves que es nombre de fuego

y podrá quemarte vivo?

Rosaura.

¡Muera el rey!

Feliciano.

sino

demonio parece,

que muera el caballero.

Vanse, y pónese a su lado Feliciano.

Rosaura.

¡Tente, aleve!

Feliciano.

el rey soy yo.

Amurata.

no os alteréis,

que con esto huyeron,

sin duda me conocieron.

Feliciano.

de ti debieron de huir.

Amurata.

ya que quiero saber

quién eres y qué haces

en este puerto, si venías

a asaltar a algún amigo.

Feliciano.

Contento, si bien turbado,

estoy de haber conocido

quién eres, ya había creído

que oí tu voz, asegurado.

Amurata.

¿quién eres?

Feliciano.

soy tu cautivo.

Amurata.

dame esos brazos, cristiano.

Feliciano.

Eclipsan, soberano,

luces de la patria hoy,

el día has de excusar,

mas mayor refugio

yo gano en tus pies,

y no he de poderla hallar.

Rosaura.

que aún mejor has a salirte.

Amurata.

ven que te quiero contar

las fatigas que pasé.

Vanse, y sale un pastor.

Pastor.

Sustente el cortesano

su vana esperanza

en la soberbia corte lisonjera;

llegue a besar la mano,

al injusto señor que hace fieros,

yo con mi cayado

contento estoy rigiendo mi ganado.

Lamberto de campo con gaván.

Lamberto.

Huyendo vengo estos valles

de aquellos ojos que vi,

y así cual ciervo salí

a buscar remedio hoy,

pero allí estaba aldeano,

trocar quiero el vestido,

porque, sin ser conocido,

nuevas esperanzas gano,

amigos, que Dios os guarde.

Ptog. 36

Pas.

Dios le mantenga.

Lamberto.

¿Queréis trocarme, con favor?

No te me lleves.

Pas.

Soy muy cobarde.

Lamberto.

¿Qué me dirán de que un patán,

de mi sombrero y capa,

se hayan mal cosido

a la redonda montera?

truecan

Pas.

¡Qué mala gana os lo di!

Porque para bien o mal,

ya me envuelvo en la capa,

y aunque ya advierto la cruz,

de la notable ventaja

me temo que me suceda

que, al quitarme de sedas,

el vestido sea mortajas.

Lamberto.

Vete a tu señora, en buen hora.

Pas.

O un mejor adivinar,

mi sayo quisiera amar;

Filena, si me viera agora

con este mi nuevo vestido,

dudo que me conociera

de un cualquier de los señores,

que estoy tan parecido.

Vase el pastor y entra Ricardo

Ricardo.

Señor, ¿qué nuevo vellizo

es ese, o qué hábito?

Lamberto.

La novedad del viaje

este traje me ha vestido;

en amorosas brasas, en suma,

cual fénix me encendí,

y abrasado renací,

con nuevas plumas.

Vete, Ricardo, al lugar.

Ricardo.

Yo he de quedarme aquí

a preguntar por ti.

Vase Ricardo

Lamberto.

Dirás que me quedo a holgar,

con un grande amigo mío,

que dentro de pocos días,

gozando selvas y armas,

siguiendo un fiero ciervo...

por esta umbrosa espesura,

no me he de cansar de buscar,

hasta llegar a gozar

la gloria de su hermosura.

Salen Alberto y Montano aldeanos

Alber.

¡Síguelos, seguidlos!

Mon.

¿Eso llamas?

Tras de ellos corriendo fui,

mas de miedo me volví.

Lamberto.

Huyendo van los villanos.

Alber.

¡Ay, mi Julio, Limpo y Gil!

Se alcanzan, pelean,

que por eso ahí quedan.

Mon.

Y yo a un agujero vil.

Lamberto.

A estos quiero preguntar,

saber lo que ha sucedido.

Salen huyendo Limpo y Gil

Lim.

¡Huye, Gil!

Gil.

Si voy herido,

¿cómo quieres que pueda andar?

Al.

¡Qué queja siento!

Ptog. 37

Olim.

o mas brioso

véncela el enemigo

Jil.

muerto vengo olimpo amigo

ve a buscarme al Cura luego

Mon.

a Jil y olimpo no ves

Olim.

Jil te desmayas leñon

Alber.

olimpo!

Mon.

Jil conficion

Alb.

está durmiendo q crees

ha olimpo

Olim.

eres Alberto?

ven q Jil se está muriendo

Lamberto.

Q confusión estoy oyendo?

Alber.

quien Jil lamis te a muerto?

Sale Julio corriendo con un bulto

Julio.

pese a mí con vuestra huida

Alba.

A los dos he prendido

O Julio vienes herido

Julio.

milagros q vivo con vida

Alba.

Jil se muere

Julio.

callad vos

que es decidme quien le girio

Jil.

un arcabuz me paso

de parte a parte

Julio.

por dios

q calle q me llega al alma

Oli.

Jil miedo tenéis destas

como miedo

Julio.

prometo

essa huida q sacarlo.

Jil.

en el vientre viendo el bulto

Julio.

no hallo tal

Jil.

un lago ha hecho

Julio.

es q tu miedo te hace

Lamberto.

Y que fue sin el sano

Alba.

Conozco que no por Dios

que es esso Jil?

Julio.

no se muera

si escondidos no tuviera

tras de una ruina asordo

q me ampara como alocan

y q formaron verdad

q el hombre se acobarda

viendo a ese fiero tirano

y ella q es tierna mujer

es fácil q si no quisiera

llevar se la no pudiera

mas rendida a su poder

Mon.

y al fin se fue sin esperanza

mas que nunca vuelva

Julio.

ansi

Lamberto.

Yo quiero salir de aquí

sobre el caso

Alba.

habrá una lanza

muera aquel fiero Ladrón

Lamberto.

Ladrón?

Julio.

Volvéis a ver

si ha quedado a camino

que robar

Jil.

O mal Ladrón

Alba.

llevádmele bien atado

Lamberto.

decid por q me prendéis?

Julio.

más allá lo sabréis

después q os hayan ahorcado

Ptog. 38

Gil.

Si queréis ver al alcalde,

Alba.

y más pellizcos que os den.

Gil.

Con tal que me des...

Alba.

Os ahorcará este rayo.

Ea, id y no os detengáis.

Lamberto.

A mí no me pedís.

Mon.

Mas venís que decís?

Lamberto.

Pues vos sabéis quién...

Alba.

No me tratéis desta suerte.

Vamos, vamos a la aldea,

y por que justicia vea,

el que le ha de dar la muerte.

Gil.

A él le diréis la verdad.

Lamberto.

Pues, hijo, callad, os digo.

Alba.

Ay de vosotros,

acudid y caminad.

Vanse, sale Arnaldo con pastor con una daga desnuda y Rosaura huyendo del.

Rosaura.

Detén tu furor un poco.

Arnaldo.

Pues un rústico osado

hame convertido en villano,

tu proceder vano y loco,

que te tengo de matar,

y a los dos he de llevar,

Rosaura.

Si gustare de morir,

si en morir te he de agradar,

y me he admirado de ver,

que siendo yo una aldeana,

me tengas por cortesana.

Arnaldo.

Por un noble mayor,

pues rinde al campo animado

supuesto que es noble,

no te precies de ser roble,

dame el gusto que te ruego,

no dejes que te haga fuerzas.

Hace la fuerza.

Rosaura.

Si por darte mi razón,

el peso de tu afición,

no podía hacer cometer yerros?

Entran los aldeanos con Lamberto atado.

Alba.

Cerca estamos de la aldea.

Arnaldo.

Tú una villana, como

si a la luna a mí asomo.

Rosaura.

Muere.

Arnaldo.

Que cantas...

tu repugnancia.

Rosaura.

A pastores,

valedme.

Alba.

Qué es eso?

Lamberto.

Volved, veréis el ladrón

que a honrado señores...

Entran Leocadio y otro.

Leocadio.

Acudimos a tu voz,

quieres ayuda?

Rosaura.

Justicia de recabdo...

Julio.

Esperanza, no conocéis?

Mon.

Sois vosotros, huyamos.

Rosaura.

Traidor, de lo que ofendéis.

Arnaldo.

Esa sombra que ofendéis.

Alba.

Huye Julio.

Lamberto.

Vamos.

Alba.

Vamos.

Vanse los aldeanos y queda Lamberto atado y Rosaura.

Ptog. 39

Lamberto.

Esta es mía, loca, no te asuste.

Rosaura.

Déjame.

Arnesto.

Suéltala, infame.

Lamberto.

Ya satisfacción he de darte

la vida que tú me diste.

Dalle.

Arnesto.

Moriréis, traidores, todos,

que este acero acabará

tu vida, fiera y avara,

cuanto emprendes por mi lado.

Los.

Huyed de esta bestia brava.

Arnesto.

No le matáis.

Lamberto.

Un traidor

jamás sale vencedor.

Mételos a palos y vuelve a salir Lamberto con una herida en la frente.

Rosaura.

¿Crees que el cielo me guardaba?

Lamberto.

Por Dios, villanos, huid,

que bien habéis menester,

volved por la mujer,

cobardes, volved, venid.

Rosaura.

¿Qué es lo que he llegado a ver?

¿Cómo te pudieron herir?

Lamberto.

Quisiéronme puerta abrir

y dónde pasara esconder,

pero ¿qué estás contemplando

en mí, de alhajas pobreza?

Rosaura.

Contemplándote agora,

si bien me voy acordando,

vi un día un cortesano

a quien tú mucho pareces.

Lamberto.

Bien me habrás visto por ahí,

pero si en un fustán llano,

aunque desde que te vi

con el imán de esos lazos

mi corazón y los pasos

llevas de mi amor así,

eres norte en quien se ceba,

como en un grado de palma,

y un primer móvil del alma,

no sé qué me embeleca,

que el haberme yo rendido

y ofrecerte el alma yo,

justa causa me movió,

tú mis males causa has sido,

pues de cuanto el cielo abarca

lo más perfeto hiciste,

y esa lengua que aprendiste

entre el cayado y la abarca.

Rosaura.

Créeme que agradecida

estoy del bien que me has hecho

y en fe la mano y el pecho

quiero apretarte, aguerrida.

Lamberto.

Con muestras de amor tan claras

y con fe tan verdadera

mil vidas, si Dios me diera,

porque tú me las curaras.

Sale Julio solo a deshora.

Julio.

A ver qué esperanza tengo,

por ver si se ofrece grato.

Rosaura.

Ya por bien él se fatiga.

Lamberto.

Antes mucho gusto tengo.

Ptog. 40

Julio.

Podéis llegar sin temor,

Esperanza.

Rosaura.

Julio, amigo,

pues soy libre

y su enemigo.

Julio.

Huid por este postigo.

Rosaura.

Llevadnos, Julio, a la aldea.

Julio.

Seguidme.

Lau.

Esperanza, vamos.

Rosaura.

Vamos, que si allá llegamos,

yo haré que quien soy se crea.

Julio.

Y yo me podré ahorcar,

pues ya me has puesto al oído

que el demonio se ha traído

y el demonio te hizo atar.

Fin de la segunda jornada.

Jornada tercera

Ptog. 41

Salgan Feliciano, y Laubino, y Celindo.

Feli.

De gran temeridad

mírame, Amor, y repara

que primero das la cara

del solio de tu deidad.

Celi.

A ti mi fidelidad,

por secreta información,

y crees de falsa invención,

y borras libre verdad.

Feli.

Comienza en él a leer,

que el primer renglón empieza

con títulos de firmeza

y no de fácil mujer.

Celi.

Bien con eso reparas

el haberme a mí mostrado

que eres espejo quebrado

que representa mil caras.

Feli.

Pero sin causa me admira

lo que escribe un francés,

que nombres puestos al revés,

véelos, que, si quieres, mira.

Celi.

Si la cábala e invención

a Amurato probó

figuradamente ansí

que encierran tu opinión,

¿por qué me quieres negar...?

Ptog. 42

Celima.

¿La libranza de tus culpas?

Feliciano.

Que no os admita disculpas.

Celima.

¿Para qué las quieres dar?

De rodillas.

Feliciano.

Si por querer a otra amar

estás sordo a mi querella,

menos a mí que a ella,

y mi justicia verás

a Celin en general.

Le pedí que te buscara,

te avisara e hiciera

ir a hablarme a la ventana,

estando yo temerosa

de la afrenta de mi casa,

porque a veces en la calle

son lazos de fieras guardas.

Si él a Murato quitó,

la oscura noche fue causa

de que le hablara por ti.

Pues el alma contigo se halla,

yo escondo, cruel, el rostro.

¿Por qué, ocasión, me maltratas

cuando a tus pies de rodillas

te doy disculpas tan bastas?

Entran el Rey y Celin.

Rey.

¿Dejaste libre a Murato?

Celín.

Ya está libre.

Rey.

Espera, aguarda.

¿Qué es lo que miran mis ojos?

Celima.

Los ojos, levanta.

Feliciano.

Levantar.

Celima.

Ya entiendo la ocasión,

y ha de ser el infame causa

de que tire a Murato.

Zaubide.

Ansí los ojos engañan

a quien los enojos

ya se oponen a estas borrascas.

Feliciano.

Abrácense, que me amas.

Sale a abrazar.

Celima.

¿Pues no me abrazas?

Feliciano.

Porque celosos enojos

Celima.

Tan presto no se me pasan.

Rey.

¿No te acercas de mí?

¿Quién de vos se aguarda?

Zaubide.

Ansí de acordar hacer

Feliciano.

fiscal de que trasmañana

para qué tienen de hacerse?

De quien viene a mí nunca engaña.

Celín.

Mi amor sois noble,

y mi condición villana

no conforma con la tuya.

Saca un retrato.

Celima.

Ansí estáis ya airada

de quien eres, no era mucho

que te cansaras, pasaran.

Y conoces este retrato,

y conoces que te llama.

Celima.

Que no, que

Y pues Valencia es tu patria,

no me niegues la verdad.

Y si tu ley te ha de dar

cristianos y cristianos,

advierte que fui cristiana.

Ptog. 43

Celima.

Y porque cuando no lo fuera,

y hermosura muy entera

parti dejara deserto,

llévame contigo a España,

no para ser tu mujer

sino para ser tu esclava.

Feliciano.

Cielos, ¿qué es lo que miro?

Cautivo.

Ea, señor, ¿qué reparas?

¿Esta afición no os trujo?

¿Esta voluntad no pagas?

Líbrate desta manera,

y después queda Rosaura,

que la voluntad no es río

que no vuelva atrás sus aguas.

Feliciano.

Por ti abrazaré a Celima.

Celima.

Y yo a mi cautivo me abrazo

y agradezco el favor.

Abrázanse.

Rosaura.

Otra mujer es.

Feliciano.

¡Ay hermana!

Celio.

Yo te tengo por esclava.

Llega el Rey y entra Amurato y vélos abrazados.

Rey.

¿Quién vio desvergüenza tanta,

y la paciencia...

Amurato.

¡Ay de mi vida!

¿Cielos, que Celima abraza

a su cautivo?

Rey.

Villanos,

¿qué es esto?

De ver desdichas estrañas.

Muy ciego quieres a tu esclavo,

y él se me muestra traidor

de engañarnos desta suerte,

y tú cautelosa dama,

pues que me sacas de tino

que dejas y tomas la casa

de este con mudos pasos,

mudos lances que os alcanzan.

¿No me respondéis, no habláis?

¿Habréis perdido la habla

de veros en mi presencia

cogidos en locura tanta?

Amurato.

Cielos, agravio y celos,

y Celima tan turbada.

Notable desdicha espero.

Beso vuestras reales plantas,

señor, por tanta merced,

que al fin quien os sirve alcanza

y libertad.

Rey.

A muy buen tiempo

has venido.

Amurato.

¿Qué me mandas?

Rey.

Pues has visto las caricias

que me enojan, pues las hallo

abrazada con su esclavo

a Celima.

Celima.

Espera, aguarda.

Rey.

Quiero que a mí me acompañes

en matar a un atrevido,

siendo tú la causa de ella.

Ptog. 44

Rey.

A Celín, sin tardanza,

a ese cristiano.

Lavino.

Mal haya

amor que tan caro cuestas,

ya dijeron que cuestas caro,

ahora manda que a mí

me despeñen de la más alta

almena.

Rey.

Y a aquel perro,

a la afrenta de marcas,

por el mentir apercibo.

Lavino.

Justa pena, justo pago

de quien quiso aquí venir

estando libre en España.

Celín.

Vayan los presos.

Lavino.

A fe,

en que si tornas allá,

no logras, mi señor,

grata venganza.

Celín.

Calla

y ten paciencia, Laubino.

Vanse Celín, Felipe y Laubino.

Amurates.

Señor, tu piedad es tanta

que espero has de perdonar

a Celima.

Rey.

Traidor, calla.

Si darme justas pretendes,

tu necia razón me ataja

de lo que animar pudiera

el rigor de aquesta ofensa.

Vase el Rey.

Amurates.

Que al fin, mi Celima hermosa,

la principal parte de esto

tú eres, la misma causaste

de recelarme de tus ruegos,

mira si te quejas mía,

a tu Celima, a tu fama

que me mandaste aliviara

de la prisión, a la vista,

cielos, de un error la hermosura,

la gloria de tus promesas

a impulsos de tus palabras,

inconstante no te acuerdas,

pues sin duda lo quisiste

porque sufriesen a mi pena

de robarme el bien y esperanza

y negarme tu presencia.

Celima.

Buen remedio hallo en ti,

cuando por tu causa llega

a estar mi vida en temor,

casi en la muerte la afrenta.

Bien pagas el amarte,

bien cobras a quien desprecias,

un rey por favorecerte

y por estimar tus prendas,

pero al fin todos los hombres

sois inconstantes veletas,

que a cualquier viento que pasa

dais de parecer mil vueltas.

Años que en tu misma corte

en mi balcón...

Amurates.

Cuando ciega...

Ptog. 45

Zelinda.

¿No me envías a decir

que tú viste el responder

con el Agá?

Amurates.

Así es verdad.

Zelinda.

Pues si gustas y contentas,

te envío con mi esclavo

mil abrazos, porque aflo-

je de su enojo a mí,

y a las otras guardas

y fingidas olviden su celo.

Amurates.

¿Qué es lo que oigo, Cielos?

A mí, y a vos, me hace

a mí infame e imprudente lengua,

que a un ángel pude ofender;

si es posible que le ofenda,

deja, Celinda, que ponga

mi boca en tus pies, y oiga

el rigor de aquesta ofensa,

castigo que vivo en tu prisión.

Zelinda.

Basta, Amurates, levántate,

ya no dudo de tu amor.

Amurates.

¿Qué vas a hacer de mí? ¿Qué esperas?

Zelinda.

Que tratemos de librarnos

y que te vayas hoy conmigo,

pues la ocasión es perfeta;

pásate conmigo a España,

si no es que cuidas que acá

por amor me tienes

y que conmigo no aciertas.

Amurates.

Pues ¿tan villano me juzgas,

que he de faltar, aunque sepa

pasar el Ponto a nado?

Zelinda.

Pues más has de aún esperar

que al cautivo has de librar.

Amurates.

Todo en mis manos lo dejo;

libre os pondré en un punto,

que él nos servirá de lengua

para hacer nuestro viaje,

y antes que el alba amanezca

tendré aparejado un bajel,

en quien a remos y velas

llevaremos al mar

rica espuma y olas ciegas.

Zelinda.

Muy bien será, mi bien, vamos,

y plega a Dios que me vea

con mi cristiano en España,

con mi español en mi tierra.

Vanse, y salen un moro trayendo a Felipe y a Laubino por los cabellos.

Felipe.

¿Qué tantas muertes me das?

Zelín.

¡Cómo se queja el perro!

Felipe.

¿No ves que vamos a lo ciego,

tan atado me traigáis?

Moro.

Señor del cielo, paciencia.

Como en Mahoma creo,

si no os calláis, recelo

para caminar al cielo

os he de dar de beber.

Lavino.

¡Has de morir excomulgado!

Traigan un jarro de vino,

y un melón y aceitunas,

y podrás renegar,

que después la vida escapará

de tu poco saber...

que tu Dios formó, señor,

y un rabo de asno te dará.

Zelín.

¿A qué sarmiento adefesio?

Lavino.

Abrázame, que me muero.

Zelín.

¡Qué donoso armatoste!

No tiene hora de vida

y quiere pulte y buceo.

Lavino.

En Jesucristo creo,

no viene aquella venida.

Ptog. 46

Entran Amurato y Celima vestidos de hombre rebozados con espadas.

Amurato.

¡Qué, sin alma y de batallas fiero...!

Celima.

La vida he de aventurar,

a mi esclava he de librar;

pues, ¿qué es esto que allí ves?

Feliciano.

Aguarda, un momento espera.

Celima.

Feliciano es, ¿en qué dudo?

Yo le sacaré el feudo;

el más cobarde muera.

Dales.

Celín.

¡Aquí de los míos, gran traición!

¿Quién eres, demonio?

Celima.

Bueno,

rayo, relámpago, trueno,

tormenta y confusión.

Celín.

Detente.

Celima.

Huid, traidores,

llevad, ea, el vengar

las injurias de la boca.

Amurato.

Y el pago de tus rigores.

Huyen Celín y el moro.

Feliciano.

¿Quién me ha venido a librar?

¿Quién eres?

Feliciano.

¿Celima?

Zaubí.

Ángel te puedes llamar.

Celima.

Acaba, mueve los pies.

Feliciano.

Esta cuenta de acabar.

Celima.

Mayor será si en España

dentro de un día te ves.

Amurato.

Temeroso estoy, señora.

Celima.

¿De qué?

Amurato.

Como preso esclavo.

Las galeras me han quitado

y no sé de qué usar agora

ni discurrirme.

Zaubí.

Cristianos

seremos.

Amurato.

Dígalo, a ver.

Zaubí.

Estadme atentos los tres.

Viendo a uno que cada verano

del contorno africano

en bajel turco a un visir.

Amurato.

Sí.

Zaubí.

Pues me avisé de vestir

de la forma que conviene,

y ver en estas galeras

a la chusma, al capitán,

y a los que en el muelle están,

una de las más ligeras

me den para que quiero entrar.

Al bajá con el engaño

hará natural los baños.

Amurato.

A mí me alteran dudas.

Ptog. 47

Lauch.

No a sino el hincarse.

Al muelle vamos volando.

Feli.

Vengase el vestido, en llegando

al muelle he de hablar en griego.

Feli.

Bien te parece recularse.

Vanse vistiendo.

Lauch.

Pues no se hizo para mí.

Feli.

Antes entiendo que sí.

Amu.

Buen genícaro.

Feli.

Arrogante.

Lauch.

Déjenme un poco, que quiero

saber cómo he de mandar.

Amu.

Conmigo te has de ensayar.

Lauch.

¿Y qué he de decir primero?

Amu.

A la quibiz.

Lauch.

¿Y después?

Amu.

Lo que quisieres decir.

Lauch.

Siempre diré a la quibiz.

Amu.

Y has de decir dos o tres

palabras en griego.

El intérprete seré.

Lauch.

De esta manera diré:

aspodrapo, aspodrapo.

Y tú dirás: "dice agora

su Alteza que le entreguen quinientas

doblas con una galana".

Amu.

Y tú entonarás.

Lauch.

Quién lo ignora.

Apenas me vea en el traje de moro,

me veré, cuando mil voces

daré por las redenciones,

y al mar, azul, blanca espuma.

Vanse.

Salga el Rey.

Rey.

Pare el sol en su veloz carrera,

y un preñado caballo aborte ruinas,

o rompa rebelión un monte duro,

y en el domar, jamás su rabia fiera.

Y ocultar los astros de la octava esfera,

bajar al suelo, a quien su lumbre apura,

abrir camino al mar, firme y seguro,

porque en pararse, sin temor, pudiera.

Todo se ha visto ya en la edad pasada,

y el monstruo que el tiempo parió, crece,

que con el remedio a su mal acude.

Mas no os asombre que un alma determinada,

con ser sangre que en ella es inmudable,

la ablanden que a mí de intento mude.

Sale Celín con la espada desnuda.

Celín.

Mil gracias a los cielos doy

de que a tu presencia llego,

pues llegar vivo es milagro.

Que aun estar conmigo temo,

temo de contarte el caso,

y lo injusta ocasión, sea

que no me desate enojo

contra mi culpa, ¡oh señor!

Fui a ejecutar tu mandado

y, estando al suplicio puestos,

los dos cautivos cristianos

de la muerte prisioneros,

un español y un cautivo...

Ptog. 48

Celín.

Con un denuedo feroz,

con una espada en la mano,

como un león carnicero

a cercén cortó las sogas,

y cercenara mi cuello

si no pusiera los pies

por medio, y la turba en medio.

Que detuviera a él mesmo

a su cetro, a su corona

no le tuviera respeto,

y huyendo llego a tus pies,

y ellos se fueron huyendo.

Perdóname, pues que ves

la poca culpa que tengo.

Rey.

Trazas serán de Celima,

mas ya verás cómo vengo

esta ofensa con su muerte.

Entra un Moro.

Moro.

Perdona que a darte

tan mala nueva me atrevo.

Celima...

Rey.

Di, ¿qué retardas?

Moro.

De la prisión...

Rey.

Dilo presto.

Moro.

¡Se ha salido!

Menos mal

fuera si fuera huyendo

en una galera de España,

navegando a vela y remos,

amarrado a dos bajonellas

y tres clavos...

Rey.

Calla, perro,

que estoy por mi ardimiento,

si aprecio que mi anhelo

y os azoto, y escarmiento

del traidor Conde Viron,

que por ser piadoso a él

sois castigados de Dios.

Apréstense mis galeras,

rompan el mar con sus remos,

y torno a abrasar sus aguas

con el fuego de mis celos.

Vanse, y salen Lamberto y Rosaura.

Rosaura.

Temido escarmiento, en vano

por qué estorvas, ruego,

de un noble vasallo leal

que no ha de ser villano.

Lamberto.

Bellísima, de grande mano

deue de ser coyuntura,

aunque más la nube oscura

ejerza su alevosía;

baste en los vivos reflejos

que tal noche ennobleció,

que da sombras a una bajeza

gozes animar los lexos.

Rosaura.

Que parece a mi hermano

en cuanto dice, y quento...

Ptog. 49

Lamberto.

Cruel amor, que con tan bellos ojos,

bastante para dar a un mundo vida,

¿me diste tal herida?

Que me tiraron sin vida tus enojos.

Pero que me persigue un ciego,

que mudo de tropiezo caiga luego.

Quisiera aquí dormirme por librarme

de tan crecido mal que hacer vienes,

mas tales fuerzas tienes,

que estando helado y muerto has de abrasarme;

y pues todo me asombra,

quiero dormir velando en esta sombra.

Duérmese y sale Arnesto como pastor.

Arnesto.

Del claro río que en su curso crece,

naciendo manso en la pequeña fuente,

¿quién podrá la corriente

resistir, cuando al ancho mar se ofrece?

Pues menos golpe ha sido

resistir al amor después del olvido;

perdí una garza y ando por buscalla,

y siento que el buscalla me la ofusca,

que quien menos lo busca

halla el tesoro y la ventura halla,

mas pienso en este monte

hallarla, aunque se esconda y se remonte.

Sale Julio, pastor, llorando.

Julio.

¡Oh, mal haya el amor, de amor reniego!

Mar lleno de tormentas y de enojos,

que por mis tristes ojos

salen las olas en que me anego.

Ptog. 50

Arnesto.

Todos lloran los ganados,

lágrimas y amarguras derraman

la pastorilla adónde estáis.

Julio.

Lloro porque tengo amor.

Arnesto.

Tanto sentís su dolor.

Julio.

Tengo celos.

Arnesto.

Bien lloráis

de un desvío vuestra fe,

que es justo que os haga llorar.

Julio.

Yo quisiera comenzar,

porque nunca acabara

solo pensar abocarme.

Arnesto.

Aguardad, pastor, y oye,

decid vuestro mal.

Julio.

Fiaré,

mas secreto he de guardarme,

porque os quiero admirar

de ver el que quiero bien,

que es fuerza que le dejéis.

Arnesto.

Con decirlo disculpais.

Julio.

Sabréis que yendo un día

sin amor y sin cuidado,

con mi ganado olvidado,

que engaños no temía,

en unas espesas matas

hallamos una mujer

que allí se vino a esconder

por miedo de unos piratas.

Lloraba al fin muy dada.

Arnesto.

Ella parece sirena.

Julio.

Claros ojos lloraban,

valían más que mi ganado.

Es mujer muy principal

que con un galán se fue,

pero cautiváronle,

y ella lloraua su mal.

Tal fingió compasión

porque nadie la ofendiera,

amparóla mozo fiero,

a todos de amor hirió,

que me dejó a mí por señor.

Y ella también me quería,

pero después un día,

sin darme pena enojos,

vino a robarla un ladrón,

como vos fuisteis a según,

y aun nos hizo huir,

pero en aquella ocasión,

un pastorcillo valiente

que teníamos preso aquí,

con un bastón que le di,

la libró valientemente.

De la sinrazón pagada,

después en que allí habla,

tan mal del se siruio

que no le dio gusto en nada,

porque mal sepáis

de que me da fingida

celos que me ha causado olvido.

Arnesto.

Julio.

Julio.

Si lloráis,

y un mes ha pasado, pues

en essas lágrimas vuestras

me habéis dado claras muestras

que es a mi Rosaura a quien

Ptog. 51

Julio.

Y aquí podéis aguardar,

porque aquí ha de pasar

con la gente de aquel puerto.

Arnesto.

Yo celaré los del cónsul.

Julio.

Páguele Dios el cuidado.

Vase Julio.

Lamberto.

Solo, Honorio, he quedado,

y aunque alegre, con recelo,

no en balde tuve por cierto

que aquella Rosaura huyó,

y que ella misma le dio

la lanzada a Lamberto.

Durmiendo veo un pastor,

y al ver este, entiendo yo,

quien de mi mano le libro

a Rosaura, ¡ay, ciego amor!

Mataréle, no, que pierdo

grande ocasión si le mato,

y pues de engañarle trato,

quiero ponerle en su acuerdo.

Sale Rosaura con la gaita.

Rosaura.

O me aguardara Leonido,

¡adiós!

Arnesto.

O refunfuña, pastor.

Lamberto.

¡Tan presto viene mi amor!

Arnesto.

Otro más presto ha venido.

Lamberto.

¿Qué veo? ¿Quién eres? Di.

Arnesto.

Quien pudiera a un mismo tiempo

mide levanta y en porfía,

que soy tu amigo.

Rosaura.

Y por mí.

Arnesto.

Y que aunque con traje de villano

sois noble y sois caballero.

Lamberto.

¿Por amigo? Sí, ¿que no?

Arnesto.

¿Por amigo, y aun aldeano?

Quien de tan vil calidad

y de tan vil opinión

obra en una ocasión

no quiere hacer amistad.

Lamberto.

Que quiero haceros alguna.

Arnesto.

Decidme verdad.

Lamberto.

Sí haré,

que con mentiras no suelo

jamás mi lengua importuna.

Arnesto.

¿Cómo no librasteis, dime,

en este propio lugar,

a una mujer que matar

un aldeano quería?

Lamberto.

Ansí es verdad.

Arnesto.

Pues ¿por qué,

quien la llevaba a matar,

si en caso de matar a causa...

Lamberto.

Muy simple de argüirse ha.

Arnesto.

¿Quién viene a esa mujer?

Lamberto.

¿Que no la amas tú, mi vida?

¿No sabes quién es?

Lamberto.

Nacida

en la aldea debe ser.

Arnesto.

Que estás engañado advierte,

y no es razón que te des

porque ella es muy noble y es

por quien ando desta suerte.

Lamberto.

¿Noble?

Arnesto.

Ya de lo que digo...

Ptog. 52

Arnesto.

estas, Rosaura, por quien

al duque maté también,

este mal que me aflige.

Arnesto.

Mira cómo has de alcanzarlas.

Rosaura.

No me dejaré alcanzar.

Arnesto.

A Amesto tienes de ayudar

para que pueda hablarla.

Rosaura.

¿Qué más aguardo? ¿Qué espero?

quiero irme y ausentarme,

viva quiero sepultarme,

y verme con él no quiero.

Vase, sin que la vean.

Lamberto.

En gran confusión me has puesto,

pero ¿quién eres?, me di.

Arnesto.

Conocido soy aquí,

¿no sabes quién soy?

Lamberto.

No.

Arnesto.

Amesto.

Lamberto.

Bien tus obras han mostrado

querer valerme.

Arnesto.

Haré eso,

que trayéndoos el respeto,

como tengo capitulado.

Lamberto.

¿Qué, al fin el duque murió?

Arnesto.

¿En dudo? Eso es muy cierto;

y a Lamberto cruamente

dan de haberle encontrado.

Pues saca a Armelinda

con Rosaura, que es su amiga...

Lamberto.

¿Quién es este enemigo?

Pues no le temo,

yo le ruego

que de hoy a mañana

tendrá a Rosaura aquí.

Vase de aquí Lamberto.

Arnesto.

Y yo a librar a mi hermana.

Suena dentro caloma y disparan piezas y dan voces.

Feliciano.

De aquesta tabla se aferra

y aboca a la orilla mansa,

la vista al cielo levanta.

Aminta.

Mira el mar hacia tierra.

Lamberto.

En el mar mismo un bajel

de aquellos cuatro, a pique

a nado a dar a la orilla

y a nadar al fin con él.

Lamberto.

Mal seguros aquí estamos;

ven, retirémonos luego.

Arnesto.

No deja el humo del fuego

juzgar si son moros, vamos.

Vanse, y sale Feliciano mojado a la orilla del mar.

Feliciano.

Jesús, favoreced, madre amada,

pues que he llegado a tocaros,

mis brazos quieren abrazaros.

¡Venturosa fue la sacada,

pues a mi hermana me deja

en las entrañas del mar

sin llegarla a bautizar!

¡Rompe, ventura, mi queja!

Ptog. 53

Sale Laubino mojad vestido de moro.

Lavino.

Jesús, Jesús, que me anego,

señor, que aunque estoy vestido

de moro, cristiano he sido,

y a vos amparo me llego.

Felisardo.

¿Eres Laubino?

Lavino.

Yo soy,

que con suerte de imperador

un mar de agua me ha a tragar.

Felisardo.

Mil gracias al cielo doy

que te libró de la muerte.

¿Y Celima?

Lavino.

Yo no sé nada,

sin duda estará anegada.

Felisardo.

Todo en mi mal se convierte.

Lavino.

¿Pues pesará de esto a ti?

Felisardo.

¿Pues no ha de pesarme, ingrato?

Lavino.

De Celima y del mulato

no se me da un cuarto a mí.

Solo mi temor ha sido,

que el cielo no se ensañase,

Amuzato y Fucilima,

sin duda se han ahogado.

Felisardo.

Pues el mar habrá quedado

si a Celima el mar estima

y porque mi razón medrosa

de mi Rosaura querida,

que aquí se quedó escondida,

y la mató alguna fiera.

Felisardo.

Rosaura con su hermosura.

Ven, Laubino, y te contenta,

ya del sentido me privo;

por ver si Rosaura está viva

y se acaba mi tormento.

Vanse. Sale Rosaura vestida de pastor.

Rosaura.

Si el tiempo al tiempo la mudanza hereda,

y tu fortuna a altos el se volcaría,

¿cómo quieres que a la suerte más contraria,

a quien vive con el tiempo, le suceda?

Si aun para darme males no estás queda,

mostrando en darlos quieres locas varias,

siendo en mi voluntad o voluntarias

por la inconstancia de tu móvil rueda.

Porque de mí te alejas y desvías,

déjame en la bajeza que me tienes,

o acaba ya la vida que mantienes;

si haces por mudarme tantos males,

firme he de ser, tus males serán bienes,

y a la mudanza sola por mal vienes.

Oye a Celima de adentro.

Celima.

A vos, Virgen, me encomiendo.

Rosaura.

¿Qué voz en estas olas suena?

Veo un hombre que a nado...

Ptog. 54

Rosaura.

Está socorro pidiendo,

como en llegar lo colijo;

quiero entrar a su peligro,

sacarle vivo, o muerto,

antes que llegue tarde.

Saca Rosaura a Celima en brazos, y los cabellos tendidos.

Rosaura.

Libre estás, nada te espante.

Celima.

Eres un ángel, recelo.

Rosaura.

Antes pues te siento, y veo

no soy ángel, sino Atlante;

aunque el traje visto de hombre,

viendo tu rostro y cabellos,

que eres mujer, y ellos bellos.

Celima.

Mujer soy, nada te asombre.

Rosaura.

¿Quieres contarme tu historia,

y qué tormentos has pasado?

Celima.

Pues a tal puerto he llegado,

todo es favor, y mi gloria.

Sabrás, pastor, que soy noble,

y natural de Valencia,

de ilustre descendencia,

y aunque rica de nobleza:

y porque sepas el caso,

aun no vivía un año apenas,

cuando empezó a maltratar

la fortuna mi inocencia.

Cautiváronme, en efeto,

a Argel me llevaron presa,

donde he estado muchos años.

Me cautivó un fiero Arráez,

más estimada del Rey,

que en darme largos favores

pensó conquistar mi pecho.

Mas viendo que estas finezas

no podían nada conmigo,

que donde amor se atraviesa

los celos y las promesas

son a ablandar y vencer

los más obstinados pechos.

Porque el que adora mi alma,

que sujeta mi albedrío,

una mañana se levanta.

¡Ay, quién contaros podría,

sin derramar en terneza

su talle, su gentileza,

y el mirarme tantas veces

lleno de lágrimas tiernas!

Que solo en el mundo yo

fui feliz, y tuve prendas;

mas ¡ay! que aquellas memorias

el corazón me atraviesan,

porque vi en un menguante

perder mi más dulce prenda.

Mostrábase muy esquivo

encubriendo su tristeza,

pensando que se enamora,

y así me amaba mi pena.

Un cristiano amigo suyo

vino a buscarle apriesa.

Ptog. 55

Jelio.

mostróme el retrato tuyo

que alteraba su lengua

y de Feliciano los cantos

la gravedad y mesura

al fin burlando del villano

dice que con él se fuera

fuese, después el retrato

del alma con glorias nuevas

mostrósele a Feliciano

no fue ciego en la naviera

sino boca por boca

tan villana como loca

quién era, yo le conté

y el infame se alegró

comenzó a hacerme favores

y a quien tanto pudiera

dar consuelos, tú tomas

y al fin y a traca punta

para darme libertad.

Rosaura.

Mas que nunca te la diera.

Jelio.

Quiso de que, y eso entiendes,

habiendo visto la causa,

dar la muerte a los dos.

Rosaura.

¡Pluguiera a Dios que lo hiciera!

Jelio.

Huimos en un bajel,

y antes de llegar a tierra,

vimos en seguimiento nuestro

con diez y seis galeras,

que los nuestros resistían,

no parando en sus defensas,

así nos de allí sacaron,

y allí mis glorias se anegan,

a do yo el mal notaba.

Y antes que ver mi miseria

en ventura de enemigos

trabé de un cabo apriesa

el cuello para me ahogar,

pero las olas soberbias

deben de haberle anegado.

Mi amiga fortuna adversa

quiso de sus manos me quite,

del mayor bien de la tierra,

dejándome viva a mí

para que mayor lo sienta.

Rosaura.

Tirano, fementido,

que esto de ti esperado,

y ansí mi amor has pagado,

y ansí la fe me has rompido,

y ansí aumentas mis enojos,

mas de un traidor pensar

que me anime a castigar

las lágrimas de mis ojos;

y a fin de que a ti te pese

pagas mi buena acogida,

pero, ¡ay!, que soy con vida

y por ofenderte muero;

y quien tal rigor sufriera,

y que ya olvidada estuviera,

y de ti me viera apartada,

pagando tu alevosía.

Jelio.

No te aflijas, acabando

muerta.

Rosaura.

Así, de villana.

Jelio.

Di que te sirva de espanto

verte a mi ser aportar.

Rosaura.

Que el cielo a mí te ha traído,

más de tenerme en prisión

que aquel por la cruz me dio.

Ptog. 56

Zelio.

Huyo de su presencia.

Aguardad, al miedo importa,

los oídos taparéme.

Vase Rosaura y salen Albérigo, Julio y Lamberto.

Albérigo.

Callad, Julio.

Julio.

Callarán,

y aun calle.

Lamberto.

Pésame, y ¡qué dolor!

mas engendra esperanzas,

pero ausente, con firmeza

ocultarla.

Julio.

Falsa nueva os dio.

Lamberto.

Un cautivo hacia acá viene.

Albérigo.

Aguardémosle.

Zelio.

Señor,

con vestido de pastores.

Lamberto.

Qué buena cara que tiene.

Albérigo.

Sí.

Zelio.

Pues queréis, me amparáis,

que estoy como veis mojado

de la blanca, y anegado

de las olas deste mar.

Lamberto.

¿Que no eres hombre?

Zelio.

Eso es llano,

que desde Argel me venía

con mi esclavo.

Lamberto.

A Génova.

Zelio.

Y de allí Feliciano.

Lamberto.

¿Otros dos? ¿Dónde están?

Zelio.

Si del mar nos salió a nado,

pienso que se habrá ahogado.

Lamberto.

Salido sin duda habrá.

Sin duda habrá salido

y con Rosaura ha encontrado

y tras él la habrá llevado

que con ella a casa se ha entrado.

Albérigo.

¿Qué misterios son estos?

Zelio.

Pues me obligan, y padecen...

Lamberto.

Fíate...

Albérigo.

Grandes finezas.

Lamberto.

A verle.

Albérigo.

Venid.

Lamberto.

Lo que de él os parezca.

Vanse todos y queda Lamberto solo.

Lamberto.

A darle a mi engaño

esta Rosaura aldeana

que parece ansi humana

y es rigor, y en la firmeza no.

Ella no es hija de Albano

que a solas, el amor se rinde

y el ser fiera ha sentido

que es Rosaura es lo más cierto.

Entra Arnesto.

Arnesto.

Aquí vine a aguardar

a Rosaura y a Leonido.

Lamberto.

A muy mal tiempo has venido.

Arnesto.

¿Qué nuevas me quieres dar?

Lamberto.

Que Rosaura desde ayer

no parece.

Arnesto.

¿Cómo es eso?

Lamberto.

A mejor verdad confieso.

Arnesto.

¡Ay, más mudable mujer!

Lamberto.

Y otro mayor mal sospecho

que Feliciano que vemos...

Ptog. 57

Feliciano.

que haya desdichas en el mundo.

Rosaura.

Cielos, ¿qué acaba la mía?

¿yo sé qué decir podría

que en males os he segundo?

¿quién me sabrá este camino

decirme de Feliciano?

Feliciano.

Pasos ansí del villano

noto a este que aquí vino,

¿qué me dirá, ¡ay de mí!?

Rosaura.

¿De qué os quejáis?

Feliciano.

De mi suerte,

de que no llega la muerte

tan cerca estando de mí.

Rosaura.

No os oigo, ¿de qué os quejáis?

Feliciano.

Dadme esa mano, a piedad,

que fía de mi vida a

parece que me animáis.

Rosaura.

¡Mi bien! ¡Mi Feliciano!

Parece le visto que

desfigurado le veo.

Feliciano.

Aprieta bien esta mano,

y por si muero, mi amigo,

un varón, ángel, garzón,

por quien peno y por quien lloro

serás de mi fe testigo.

Rosaura.

¿Dónde aquí se ha de vivir?

Feliciano.

En este valle escondido

pienso que paso la vida

y que a mil muertes recibo,

si acaso la puedo ver,

dar a ver mi pena, al parecer,

que me has de abrazar y sanar.

Rosaura.

Ven, que te he de conocer.

Ptog. 58

Feliciano.

En que el misto cerrado

si lo razonase ella puede

que en el queda el prado verde

con sus lágrimas regado.

Rosaura.

Si a ti de por quien

que de las fieras saqué.

Feliciano.

Ven que a de guardarte

que estas descalza en ella.

Entre un millon de mujeres

la podreis bien conocer

porque es constante y mujer

que mejores señas quieres?

Y el nombre que mi gran nombre

Rosaura le he de mudar

que es propio de una esclava

mudar de tu amo el nombre.

Rosaura.

Que es como que se vea.

Feliciano.

Toma amigo esta sortija

porque estoy mejor contigo

y cuando su circulo veas.

Rosaura.

Que me jures que me quieres

y a la mesma feliciana.

Feliciano.

Que oficios esperais?

Y al castigo que mereces?

Rosaura.

Que a manos de la muerte

un cruel señor morir

y a mi me deja vivir

que por el ya padece

Rosaura y feliciano

que mi cruel fiera fortuna

han de vivir en abismo

con este trage villano

y asan este monte áspero.

Desconocido.

Que se añubla ojos

si se llama sumprimo

o su falta a resguardado.

Feliciano.

Dame mil veces los brazos

Rosaura del alma mía.

Rosaura.

O dichoso mi día

que oy a la resolución.

Salen Camberno y Ricardo con un papel.

Ricardo.

Esa carta el conde envía

Camberno.

Que me a de dar en casamiento

a su hija.

Ricardo.

Eres su nieto?

Feliciano.

Bien en tu mano a de entrar

la glosa.

Camberno.

Mas? Oyes?

Rosaura.

Levantase Feliciano.

Camberno.

Este es esclavo y un villano.

Feliciano.

Que oy llorando lloro?

Ricardo.

Esta es mujer encubierta.

Camberno.

Dame esa espada Ricardo

que a un villano y a una esclava

tan vil sacarla me tardo.

Rosaura.

A que es mi amo me amparo.

Tira la espada y Rosaura ase de un árbol.

Camberno.

Muera el villano traidor.

Rosaura.

Para primero en mi pecho

que de honras a un rey

con ese enojo y rigor.

Camberno.

Quien eres?

Rosaura.

Soy quien te dio.

Ptog. 59

Rosaura.

estando a cabo de la vida,

y de tu padre la herida,

a un infiel desmayo causa.

Vase.

Entran Albero, Bernardo, Julio, Arnaldo, Celia y cautivos.

Albero.

Leonor, ¿qué recelo es este?

Celia.

Un pastor...

Lamberto.

Y puesto que ves

venturas mayores,

mereces tú...

Rosaura.

¿Tú has de dudar?

Lamberto.

¿No eras mujer?

Rosaura.

Mujer soy,

que por huirme de Arnaldo

el vestido me prestó

Jacinta, a quien asisto.

Lamberto.

¿Tú eres Esperanza?

Rosaura.

Sí.

Julio.

¡Esperanza de mi vida!

Rosaura.

Y también ando huida

por engañar a Leonor,

que soy Rosaura, tu hermana.

¡Feliciano es mi esposo,

y mi dueño riguroso!

Arnaldo.

¿Tú eres Rosaura inhumana?

Lamberto.

Lo que me decís me asombra.

Rosaura.

A mi esposo cautivaron,

y estos aquí me ampararon,

Albero sin darme nombre,

y él a un tiempo ha servido

de mi guarda y de consorcio,

y el verme así disfrazada,

era por tener marido.

También tú podrás juzgar,

si supo guardar su honor,

firme y de su casto amor,

y digno de divulgar,

que fue el duque Lamberto.

Albero.

¡Cosas, por Dios,

altas, de un secreto centro!

Y a mí en perdonar a Albero,

que ignorante de este lazo...

Lamberto.

Yo os perdono a todos, y...

Celia.

Sola yo agraviada estoy.

Lamberto.

Pide, pues la gracia alcanzas.

Celia.

Feliciano me ha traído

de Argel por su mujer,

y otra su esposa ha de ser,

y ser de común marido.

Bernardo.

Ya es tiempo de descubrir

esta verdad encubierta.

Esta, a mí al menos, señores,

yo soy la ventura vuestra.

Yo soy Bernardo, y nací

en esta pequeña aldea,

mas me crie desde niño

en la ciudad de Valencia,

en las casas de Leonardo,

padre de Jacinta bella,

que es Celia, y padre todo

de Feliciano, y acierta

la desgracia de Leonardo

y a la de mi suerte encierra.

Ptog. 60

Julio.

me cautivaron a mí

y a Jacinta, de edad tierna.

Pusiéronnos en Argel

los remos de una galera.

Criáronla con más amor,

usando de su inocencia,

que mujeres padecían.

Y en viendo mis grandes menguas

y a servirla el rey de Argel,

y en esta ocasión, salteéla,

y de Córcega tiran al

golpe, y en salvo me puse,

parecióme un imposible

el librarla y el traerla.

Acudí a mi desventura,

que sirvieron a mi pena,

con esto a España me vine,

y apenas estuve en ella,

cuando a Celima hallé

en mi casa y en mi aldea.

Contóme largas historias,

que el tiempo hará que se sepan,

quien la libró, que fue bueno,

porque al Julio, al fin, ordena

a los dos los cielos,

el cielo ennoblece ella,

y yo de las gracias que debe

mi agravio, no es ofensa;

y aquí pido que perdonen

célebres estas fiestas.

Camilo.

Con los perdones a todos

y le desposo con ella.

Dadme los brazos de nuevo,

y mirad, Jacinta, que a ella

cuantos Nápoles da hoy

daros esposo quisiera

como merecéis.

Arráez.

Ya sabéis

mi calidad y nobleza,

y pues Rosaura se casa,

dadme a Jacinta, que en ella

revivirá mi esperanza,

y tendrán fin mis tormentas.

Felis.

Yo lo consiento y apruebo.

Camilo.

Y es justo, y ansí sea.

Celia.

Yo os acepto y doy la mano.

Lavino.

Y a mí, señores, ¿me dejan

con mi turbante y marlota

a la luna de Valencia,

a un bisoño olvidante

de un general no remudan

no soy aspa de drago.

Felis.

Laubín, tenga paciencia,

que conmigo ha de vivir.

Lavino.

Miren que hay mil de renta.

Rosaura.

Y a Julio, con que se case,

le daré yo en recompensa

a Alberto, que fue mi padre,

a quien confieso mil deudas.

Ptog. 61

Floro.

y cumple rogarlo,

dando fin a la comedia

La perseguida Rosaura

y cautivos de Valencia.

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