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Digittol text for Lto tosunción de Nuestrto Señorto

Publication date: August 22, 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La asunción de Nuestra Señora. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-asuncion-de-nuestra-senora.

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LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA

Home

Ptog. 1

Cubierta y lomo del manuscrito. Etiqueta con la signatura 8802 / 08. Marca de agua de la Biblioteca Nacional de España.

Ptog. 2

T 40

Mss. 14628

Cat.

Ptog. 3

Página en blanco

Jornada primera

Ptog. 4

auto 1 De la Asunción de nuestra señora. Personas, los doce apóstoles. pa nuestra Señora San Gabriel ángel

Nuestra Señora.

¡Oh infinito poderío!

Dios, que tienes el mundo a cargo,

¿cuándo será que se acabe

el largo destierro mío?

¿Cuándo gozaré de veros,

oh divinos ojos claros,

con la gloria de miraros?

Pues parece que por ventura

de remanecer ahora

que el santo apostolado

por el mundo se ha esparcido

a cumplir su obligación,

como está ya en razón.

No permitáis, dulce Jesús,

que vuestra madre ansina

viva más tiempo apartada

de su gloria y regocijo;

porque aunque vuestros favores

me regalan y entretienen,

mas ay, que nunca ansí vienen

mas cerca desean mi fin.

Amanezca el claro día

que se va turbando,

para que en mí se concluya

lo que David, rey, decanta:

levanta, Señor, levanta

tú y el arca santa tuya.

San Gabriel.

Virgen, de gracia llena,

a quien cielo y tierra adora,

templo vivo en quien Dios mora,

estéis, Reina, enhorabuena.

Todo el cielo pretendía

venir con este mensaje,

porque es serviros de pasaje

interés y granjería.

Y es tal aqueste partido,

y tal gloria en él se ofrece,

que serviros no merece

sino es quien os ha servido.

Y así en mí solo se emplea

esta merced tan crecida,

pues fui mensajero en vida,

en muerte también lo sea.

Ya es llegada la sazón,

el cielo os espera abierto,

que aquel que es señor del puerto

de vuestra navegación.

Y reís dentro de tres días,

cumpliendo la humana ley,

a ser Reina con el Rey

de todas las jerarquías.

Recibid pues en la mano,

soberana Reina mía,

esta palma que os envía

Ptog. 5

San Gabriel.

Vuestro Hijo soberano,

para que ante vos esté

en señal firme y segura

de vuestra limpieza pura,

de vuestra humildad y fe,

gloria, mi Señor, os den

tierra, cielo, mar y viento

por infinitos, sin cuento,

siglos de siglos, amén.

Nuestra Señora.

¿Es posible que se dé

tan presto el que yo parí,

que tomó aquel ser de mí,

teniendo yo del mi ser?

¿Es posible que hay tan poco

de aquí a que tal bien posea?

Tiempo largo sea, ea,

cómo vais tan poco a poco,

ah, Gabriel, Gabriel amigo,

que siempre os preciáis de ser

certero nuncio de mi placer

y de mis glorias testigo.

No me olvidaré jamás

de vuestros dulces recados.

San Gabriel.

A servicios tan pagados,

quien más sirve debe más,

y así yo estoy más sujeto

como más bien empleado.

Nuestra Señora.

Al menos más regalado.

San Gabriel.

Ángel más devoto yo, os prometo,

y con esto, Señora, acabo,

y me voy, ved qué mandáis.

Nuestra Señora.

Que a mi Hijo le digáis

que su gran bondad alabo,

y que antes que el tiempo llegue

que esta dulce muerte sienta,

que una gracia me consienta,

que le pido y me la entregue:

que la santa compañía

de apóstoles que andan fuera

no falte a mi cabecera

para aquel dichoso día,

que a quien tanto quise

con amor tan firme y fe,

quiero que estén a mi muerte.

Esto es lo que pido y quiero

de mi Dios y Hijo afable,

pues a mí será agradable

y a su Majestad ligero.

Lo demás que sabe conviene,

yo sé bien que lo hará,

que bien segura estará

madre que tal Hijo tiene.

San Gabriel.

Yo voy, Señora, a tratar

en el cielo esas razones

y a ordenar los escuadrones

que por vos han de bajar.

De triunfo en vos el canto

dispone, Señora, Dios.

Santísima Reina, adiós.

Nuestra Señora.

Adiós vais, arcángel santo.

Entra San Juan.

San Juan.

Secreto y alto gobierno

que lo ordena y rige todo,

¿quién podrá alcanzar el modo

de aquese saber eterno?

En medio de Asia me vi

y en un solo pensamiento

un ligero y fiero viento

ha dado conmigo aquí.

En Jerusalén me veo

y no sin causa habrá sido

haber desde allá venido;

saber la ocasión deseo.

Dentro de esta casa mora

la madre de Dios y mía,

de su grey estrella y guía,

de humanos intercesora.

Santa casa, sincera,

casa bienaventurada,

que toda estás engastada

de arcángeles dentro y fuera,

por tus ventanas pías

y de ti se maravillan,

a ti acatan y se humillan

y contigo se recrean.

Virgen, oh madre amada,

de virtud y gracia llena,

¿pues aquesto no estáis buena?

Suplícoos por solo Dios

me digáis qué habéis, Señora,

que no suele esta ser hora

de estar en la cama vos.

Nuestra Señora.

Sí, Juan, mi dulce querido.

San Juan.

¡Oh, madre y señora mía,

Reina de paz y alegría!

Nuestra Señora.

Seáis, amigo, bienvenido.

Ya se allega mi victoria

y mi corona me aguarda,

y lo que la muerte tarda

me priva de vida y gloria,

y a la deuda que debía

este cuerpo satisface,

ya se acaba y se deshace,

vuestra dulce compañía.

San Juan.

No lo quiera Dios, Señora,

ni a mí me querrá tan mal.

Nuestra Señora.

Pues no es la menor señal

el veros venir agora,

porque el arcángel que vino

a darme esta dulce nueva

una mi petición lleva

para el tribunal divino,

que vuestro colegio entero

se halle a verme morir,

y en vos se empiece a cumplir

porque en todo sois primero.

Tomad, amigo, esta palma

que mi Hijo me ha enviado,

y tenédmela a mi lado

cuando se me arranque el alma.

Sosegad, Juan, vuestro pecho,

mostradme en esto afición,

y no cause en vos pasión

lo que en mí causa provecho.

San Juan.

El afligido día

de mi congoja triste y lastimada,

la amarga pasión mía

y mi congoja ansiada,

alma del alma mía, ya es llegada.

Mi pena llega junto

con vuestra gloria, Reina esclarecida;

aqueste es, ay, el punto,

aquesta es desabrida

la hora que de mí fue tan temida.

Con miedo os he tenido

desta partida el alma recelada,

y mil veces he sido

de mí tan lamentada

cuanto de vos, Señora, deseada.

Nuestra Señora.

Cuán bien habéis descubierto

lo que por mí habéis sufrido.

San Juan.

No es mucho lo que he sentido,

pues no me he quedado muerto

que me ha puesto en tal extremo

veros, Virgen, de esa suerte,

que quiero con vos la muerte

y sin vos la vida temo.

No me aflijáis más, memoria,

que, ¿qué he de hacer sin Dios, María,

Virgen, madre, quien solía

convertir mi pena en gloria?

Nuestra Señora.

Cese por mi amor el llanto,

ay, San Juan, no lloréis tanto,

dadle al dolor algún tiento,

Juan, venid acá, asentaos,

pase el rato de consuelo.

San Juan.

¡Oh, dolor!, ¡oh, pena fuerte!

¡Oh, caso!, ¡oh, mal doloroso!

Nuestra Señora.

Pasa, San Juan, a mi reposo,

que es cordura en este duelo.

Ptog. 6

San Juan.

Lijades os lo a quien os pese,

que caza lo que cose.

Salen San Pedro y San Pablo.

San Pedro.

Decidme, Pablo, qué cosa

puede ser acá haber sucedido,

porque ansí habemos venido

por nado, tan presuroso.

San Pablo.

Príncipe santo y pastor

de la iglesia universal,

y pontífice principal,

luz y cabeza mayor.

El que aquí nos ha traído

de Roma a Jerusalén,

él nos mostrará también

el fin a que hemos venido

a ver nuestra madre. Entremos,

pues veis que a su puerta estamos.

San Pedro.

Vamos, Pablo, mas veamos

quién son estos que aquí vemos.

El uno Diego parece,

y el otro Felipe es.

San Pablo.

Pues el tercero es Andrés,

algún misterio se ofrece.

Entran Felipe y Diego y Andrés.

dicen que entra Santo Tomás, Andrés, San Simón, Juan y Matías. Caen de rodillas y después que estén a la mesa cantan.

Llegando a San Pedro y San Pablo.

San Felipe.

Yo no sé, en subiendo un estruendo,

y un fuego se fue encendiendo

y en el aire levantando.

Y volviendo a ver a quien

de Siria me iba sacando,

hállome que estoy al lado

dentro de Jerusalén.

Santiago.

Secreto fue del cielo,

o fuerza divina y maña,

pues que tan bien se apaña

en dar a un mismo suelo.

San Pedro.

Mas veis si es Felipe o qué,

no lo hemos de ver aquí.

San Felipe.

No lo sé, mas veis allí

do viene Bartolomé.

Entra Bartolomé.

San Bartolomé.

Pues, ¿qué es esto? ¿Dónde me veo?

Jesús, ¡válgame Dios!

Entra Mateo.

San Mateo.

¡Ah, los mis amigos!

Como quien me llama: ¡oh, buen Mateo!

¡Oh, mis Judas amigos!

¡Oh, Simón! ¡Oh, buen Matías!

¿Dónde bueno es vuestra vía?

Entran los dichos Santos.

San Mateo.

No lo sé, el cielo se cerró,

solo sé que entrado acá,

en la cual nos juntamos,

y todos nos admiramos

de un notado asaz caso.

Es un misterioso caso,

pues a Dios que sea por bien

venir a Jerusalén

con tan presuroso paso.

Aquí están nuestros hermanos,

oh, santos compañeros.

San Felipe.

¡Ay, amigos verdaderos!

Dadme vuestras santas manos.

San Bartolomé.

¡Ah, Dios, en qué parará

el ver tantos amigos juntos!

San Andrés.

¡Ay de mí, que barrunto

el alma tiene temida!

Veis aquí a Pedro también,

y a Pablo en su compañía.

San Mateo.

¡Oh, alegre y dichoso día

en que mis ojos os ven!

¡Oh, mis fieles compañeros!

San Pedro.

¡Oh, varones singulares,

de la religión pilares,

y de la iglesia luceros!

San Pablo.

¿Es posible, ay, Dios, que veo

repartidos tan diferentes

amigos, amigos presentes?

¿O es que sueño, o es devaneo?

¿O parto d'esta suerte

que veros tengo morir en breve?

No duermo, y agora velo,

y si duermo no me dispierto.

¡Oh, Cristo, bien de los bienes!

Pues lo ordenas todo tú,

enséñanos, buen Jesús,

para lo que aquí nos tienes.

Vamos a ver entretanto

a nuestra Madre y Señora,

pues esta es la casa en que mora,

o alcázar digno y santo,

pues ellos ahí tienen de mí

que muy llorosos están.

San Juan.

¡Ay de ti, afligido Juan,

que el Jesús no te crio ansí!

Nuestra Señora.

Dulce Jesús, no estéis ansí.

San Pedro.

¡Oh, Virgen, madre y señora!

Nuestra Señora.

Amos, en buen hora estéis.

Ya, Jesús, ya bien podéis

desatar esta alma fuera,

pues que ya cumplido veo

el regalo que os pedí.

Cúmplase también en mí,

oh, Dios, que es hoy mi deseo.

San Pedro.

Pues, ¿qué sentís, Reina mía?

Ay de mí, si no estáis buena.

Nuestra Señora.

Siento por que daros pena

y por partirme alegría.

Mi esposo me llama y lleva

a gozar de su reposo.

San Pedro.

¡Ay, triste caso y penoso!

¡Ay, amarga y triste nueva!

¡Ay, desconsolado día!

¡Dolor que insufrible y fiero!

San Juan.

¡Ay, señores, que me muero!

¡Oh, afligida suerte mía!

San Pedro.

¡Ay, Jesús, con cuánta razón

nos hemos hallado aquí!

San Juan.

¡Ay, amigos, ay de mí!

¡Que se rompe el corazón!

Nuestra Señora.

Ah, Juan, mirad que me aflijo,

dejad por mi amor el llanto.

Dejad este llanto tanto.

Ptog. 7

Nuestra Señora.

como a hijo os lo ruego,

mándooslo como a hijo,

a Pedro, a Pablo que en esto,

amigos, templa el dolor.

San Pedro.

Dadnos vos, señora, favor

porque no se pierda el seso.

¿Quién conoce a quién podrá

y sentir dolor tamaño,

si aquel tiempo soberano

de veros se acabará?

Librar nuestros enojos

si los dolores más fieros

se quitan un solo en veros

con la virtud de los ojos.

San Juan.

Ay Pedro, dejad agora

esa memoria señor,

que con ella el dolor

más se aumenta y empeora.

Nuestra Señora.

Amigos, el llanto baste,

no sea más de lo que debes,

y pues el tiempo breve

no es bien que en nos se falte,

y aquestos míos contentos

en este dolor amargo.

Harto tiempo os queda largo,

por agora estadme atentos.

Mi hora se va acercando

y es llegado en lo fin,

y para mi testamento

las cosas siguientes mando.

El alma a Dios que la crio,

y lo que queda de bueno

todo es suyo, no es ajeno,

y así lo conozco yo.

A Él la admita y la reciba

con afable alegre cara,

porque con su vista clara

vida eterna goce y viva.

Tu cuerpo que más ventura

quien terna valón jamás,

pues eres tierra, tendrás

en la tierra sepultura.

Aguarda en Jesemaní,

a que el alma tuya y mía

goce en tu compañía

el bien que se s[per]a por ti.

En esta mesma acera,

en dos casas de este padre,

viven dos pobres honradas

de perfecta vida entera.

A estas dos se les darán

como a queridas y hermanas

esas dos ropas más sanas

que mi mal deja a castas.

Las demás pobres personas

que en esta casa se alegren,

se den a Pedro. Lo ordenaron

Pedro y Juan, miren albaceas.

San Juan.

Oh triste y penoso cargo,

Virgen, cuál humano pecho

podrá en este trance estrecho

sufrir dolor tan amargo.

Nuestra Señora.

¿Qué es esto de que lloráis?

¿Qué es lo que agora sentís?

Hoy ha de ver que os partís,

y cuando solos nos dejáis.

¿No os parece esta ocasión

para que llorar se deban?

No, sino para hacer prueba

de un prudente corazón.

San Pedro.

¿Quién podrá tener paciencia

cuando es insufrible el daño?

Bueno es sano, ¡qué engaño!

Pues no cesará un hora.

Nuestra Señora.

No, que no me ausento agora,

que más presente estaré,

pues del cielo os he de dar

mil favores cada hora.

Y pues voy a ver mi Hijo

y con afición me esperáis,

esfuerza esa pena fuera,

celebrar mi desposorio.

Ya voy, mi bien, mi alegría,

mi Jesús, cordero manso,

mi reposo, mi descanso,

mi gloria, mi luz, mi día.

Recibidme entre esos brazos,

Hijo querido y de Dios,

y pues me habéis mostrado vos

amor que da a brazos,

escogisteisme por madre,

ya veisme aquí en tal

estado. Sin igual

con bendición dotada.

Pues quien este bien alcanza,

a quien tal madre es dada,

no pide con mal de ruego

sino bienaventuranza.

Yo la pido. Yo la quiero

y no por el salario,

que solo en Él vos fío.

Tener la esperanza muero,

quedad y adiós,

abrazadme y adiós.

Su bendición os alcance

para que de un lance en lance

subáis a su gloria vos.

Abrazaos, fasta que Dios.

Mas, ay, tierno corazón,

Dios os dé su bendición,

tomad. Recibid la mía,

consolaos. Su poder

en este dolor amargo,

con que aquí se acaba el cargo

que de mi guarda tenéis.

Adiós, adiós, Pablo y Pedro,

y pues donde hay pena acude,

Él os valga y os ayude

con su poderosa mano.

Dios os dé, amigos, el pago

de vuestra visita y celos,

y confirme allá en el cielo

congojáis en la tierra bajo.

Dios vivo con todos quede,

a todos consuele y guíe,

a todos su gracia envíe,

y a todos dé el bien que puede.

Ptog. 8

Nuestra Señora.

Divino esposo, luz del alma mía,

infinita bondad, bondad primera,

ya esta alma venturosa sale afuera;

de mis manos, todas las dejo al fin.

Sé tú mi guardador, oh Virgen pía,

porque pase sin ruido de esta tierra,

dulcísimo Jesús, espera, espera,

juega el cuerpo, en flaqueza ya se empía.

Nuestra Señora.

Oh gente angélica, oh santo coro,

que aquí solemnizáis mi regocijo,

ya voy, ya voy, divina gente santa,

y a ti, Jesús, mi gloria y mi tesoro.

Recíbeme en tus manos, dulce Jesús,

que ya la voz se ata en mi garganta.

San Pedro.

Llore este oh triste día,

ay amigos, Jesús lloro.

San Juan.

Ay mis entrañas, ay pecho,

ay mi madre, ay mi María.

Ay Pedro, mirad por Dios

si es verdad que ya ha expirado.

San Pedro.

Oh divino cuerpo amado,

ay mi Juan, mirad do vos,

hablo alma pura, ¿dónde estás?

Alma santa, ¿do te alejas?

¿Es posible que me dejas,

que no he de verte más?

San Pedro.

El alma de gloria llena,

sí que has de tener memoria

en medio de tanta gloria

de tanta aflicción y pena.

San Juan.

Oh fuerte pena da dolor,

dolor triste y lastimero;

llorar por bueno quiero,

que sin vos ya de dolor.

San Pedro.

Pues ya se acabó el mirar

lo que al corazón recrea,

todo vos, oh figura,

en lugar de ver, llorar.

San Juan.

Oh soberano y cabello,

me dejas llorar, Señor,

pues a Dios principio damos

del santo resplandor dello.

San Juan.

Oh fiente de mar fiti lito,

donde estaba mi consuelo,

donde me mostraba el cielo,

oh nuevo paraíso.

San Juan.

Oh oiesos hermosas vellas,

a escusar siempre enseñadas,

angélicas embajadas

y a Dios mismo envuelto en ellas.

San Juan.

Oh claros ojos divinos,

luceros celestiales,

e qos para quitar males

y detener los indignos.

San Juan.

Oh boca en quien Dios se cro,

el bien del género humano,

pues que con tu diestra mano

y muriera contino.

San Juan.

Oh sagrado cuerpo tierno,

donde sin humana mano

se cortó un bello gusano

para el sacro verbo terno.

San Juan.

Donde el cuatro do lo saue

tomó carne y se humilló,

donde cupo y se encerró

el que en el mundo no cabe.

San Juan.

Ha dejad el llorar vano,

ay por quel pecho lloro.

San Pedro.

Pues mirad señor que es tarde

y acá lo fuera ya;

ojalá tan tarde fuera

que la vida se acabara,

o a le jazer nos sacara

como estáis de sa manera.

San Pedro.

De se llorar no se saca

sino aumentar la pasión,

ni el fuego del corazón

con esta vmidas se aplaca.

San Juan.

Es verdad que es uno el grave,

pero no le alivia el llanto,

no le alivie, crece tanto

que se acaba de o que me acabe.

San Juan.

Oh Cristo nuestro maestro,

Eterno Dios Soberano,

en viade vuestra mano

consuelo al co le pio vro.

San Juan.

Y su santa alma que está

separada de tos enojos,

vuelva a estos claros ojos

y nuestro dolor verá.

San Juan.

Oh livia nuestra ansiadura,

para que demos, señora,

a tu santo cuerpo ahora

su debida sepultura.

San Juan.

Cubrid este cuerpo fiel

con este limpio velo,

más digno del alto cielo

que la tierra digna de él.

San Juan.

Esta palma, Pedro amigo,

llevad, ya que a vos conviene.

San Pedro.

Llévela Juan, quien la tiene,

pues sois de su mano querido.

San Juan.

No, que vos sois la cabeza

de la Iglesia y principado.

San Pedro.

Vos, señor, sois el delgado

de la Virgen a limpieza.

San Juan.

No os hagáis más de rogar,

que nos la he de llevar yo.

San Pedro.

A vos la Virgen la dio,

vos la habéis de llevar.

San Juan.

Ahora bien, yo no me atrevo

a contradecir en nada,

mas yo la tomo prestada

y como vuestra la llevo.

San Pedro.

Él es del vuestra, y lo será,

Felipo tene de ay,

vos Diego, pasad aquí,

llevemos el cuerpo ya;

Pablo, vos a que este lado,

y remos juntos los dos.

San Bartolomé.

Oh cuerpo do quiso Dios

estar metido y cifrado.

San Pedro.

Andrés, mi hermano, allí en frente,

de aquel lado no sea parte.

Ptog. 9

San Pedro.

y Mateo de esta parte,

aqueste lado sustenté,

vos, Juan, de aquí adelante

caminad. Amigos, vamos.

Y mientras allá llegamos

algún cántico se cante.

Este es el propio lugar

donde quiso el alma pura

que se diese sepultura

a su cuerpo singular.

Bajad, amigos, la mano,

poned el cuerpo con tiento.

¡Oh venturoso aposento!

San Juan.

¡Oh peñasco soberano!

Hoy se deposita en ti

un cuerpo do un alma estuvo,

que el cuerpo a Dios padre tuvo

y el cuerpo a Dios hijo en sí.

San Pedro.

La piedra con que se cierra

el sepulcro echad encima.

San Juan.

¡Oh piedra de más estima

que jamás se vio en la tierra!

¡Ay, Señor, ay, mi sol, se

esconde la luz tan presto!

San Pedro.

Callad, Juan, lo bueno es esto.

San Juan.

Mira lo que hacéis,

amigos, tened cordura,

no se os vaya el tiempo en lloros.

¡Ay, han encubierto tesoros!

¡Ay, sagrada sepultura,

guarda, oh mármol consagrado,

el bien que de ti se ha de encargar.

Oh gloriosa y de María

qué tal joya ha alcanzado.

San Pedro.

Pedro Santo, ¿qué haremos?

Sin el bien que aquí dejamos.

San Juan.

Juan amigo, quedos, vamos,

y mañana volveremos.

Quédate en paz, cuerpo puro,

con Dios quedes, cuerpo santo.

San Pedro.

Oh gozo y duro llanto.

San Juan.

Oh canto gozoso y duro.

Entranse todos y dice Cristo y Pedro y de arriba:

San Pedro.

Alto, amigos, levantemos,

mostrad fuerte el corazón,

que no faltará ocasión

de llorar en la ciudad.

Cristo.

Ángeles, bajad al punto

al cabo de esa piedra dura,

porque con el alma pura

suba el puro cuerpo junto.

Que, pues, el mundo en el suelo

el mejor lugar que había

quiso darle en este día,

el mejor lugar del cielo

subid, paloma querida,

que el invierno ya pasó,

la tempestad se acabó

y la viña ha florecido.

Mostrad, oh virgen clara,

suene vuestra voz en mí,

que es muy dulce para mí

ver hermosa vuestra cara.

Nuestra Señora.

Oh Hijo, ¿quién deseará

de mí, ha sido esta venida?

Cristo.

Por no quitaros tal vida,

no os era la muerte dada.

Nuestra Señora.

Santísimo abrazos,

oh dulce y glorioso velo.

Cristo.

Venid, oh Virgen, por premio

de estos virginales brazos.

Oh mi madre, oh madre amada,

sentaos, Virgen, a mi diestra,

que esta gloria toda es vuestra,

por vuestra humilde pasada.

De los cielos sois señora,

de los ángeles servida,

de las queridas querida,

de honor emperadora.

Y en gran razón que asista

que esta gloria a vos conviene,

madre que tal Hijo tiene,

no es mucho que tal posea.

Aquí salen los apóstoles.

Nuestra Señora.

No es mucho, pues es razón.

Venid, que a mi Padre os llevo.

A daros del reino nuevo

pacífica posesión.

Ángeles en mi memoria

celebrad mi regocijo,

que es gloria de un buen Hijo

tener a su madre en gloria.

Santo Tomás.

Ay, Pedro, que tanto habrá

que murió la madre amada.

San Pedro.

Tres días ha que está enterrada.

Santo Tomás.

Ay de mí, que tres días ha.

San Juan.

Si Tomás yace en la vía,

al sepulcro hemos venido

a cantar en este olvido

voces de gran melodía.

Es señal que el cuerpo santo

los ángeles lo entretienen,

y del cielo van y vienen

sobre aquel dichoso canto.

Santo Tomás.

Ay de mí, cómo he tardado,

que no estaba aquí al morir,

pero no me tengo de ir

sin ver su cuerpo sagrado.

Ya que de las Indias vengo,

una tan larga jornada,

no me he de volver sin nada,

a adorar su cuerpo tengo.

Ptog. 10

San Juan.

Pues veis aquí, mis amigos,

la dichosa sepultura.

Santo Tomás.

Oh, morada santa y pura,

yo te adoro y te bendigo,

yo te bendigo y adoro,

preciosa piedra divina,

pues de ser marfil te dignas,

tan rico y sacro tesoro.

Levanta, Pedro, esta losa.

San Pedro.

Juan, tened, que no resbale.

Oh, qué olor divino sale.

San Juan.

Oh, suavidad milagrosa.

Santo Tomás.

¿Y el cuerpo, Pedro, do está?

San Pedro.

¿Qué es de el cuerpo? Juzgad.

San Juan.

Ay, Jesús, Rey soberano,

que os lo habéis llevado allá.

San Pedro.

Dejara, Señor, Señor,

esta prenda acá siquiera,

porque nuestro alivio fuera

en este triste dolor.

San Juan.

Ay, Pedro, mirad qué pasa.

San Pedro.

Oh, caso de grande espanto.

San Juan.

Oh, cuerpo divino y santo,

cómo habéis mudado casa.

Oh, cuerpo sagrado a quien

para mi consuelo invoco,

para vos el suelo es poco,

solo el cielo os viene bien.

Santo Tomás.

¿Qué es esto que está a un lado?

San Pedro.

Ay, mi Juan, veis aquí el velo

con que se cubrió en el suelo

el cuerpo santo sagrado.

Tachado: juº / y esta a sido la armonia

Santo Tomás.

Oh, dichosa y santa toca,

oh, soberanos despojos,

yo te adoro con los ojos,

con el corazón y boca.

San Pedro.

Y a aquel cuerpo santo y puro

que vimos en vos envuelto,

y agora ligero y suelto,

de su gloria y bien seguro.

Santo Tomás.

Justa cosa ha sido, cierto,

que este cuerpo que aquí estuvo,

pues en sí la vida tuvo,

que no esté más tiempo muerto.

San Juan.

Y esta ha sido la armonía

que hemos sentido, Señor.

San Pedro.

Y estos son los olores

que han salido aqueste día,

celébrese en la memoria,

solemnícese este hecho,

pues es en nuestro provecho,

y para la Virgen gloria.

No hay que detenerse, amigos,

a Dios las gracias rindamos,

que ha querido que seamos

de tanta gloria testigos.

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