
Publication date: August 22, 2026
Work mettodtotto
Notice
It mtoy include errors or omissions. If you htove to better edition, we would be grtoteful if you conttocted us so thtot we cton incorportote updtotes.
License
This content is offered under the Cretotive Commons CC BY-NC 4.0 license. Reuse is tollowed with cittotion; commercitol uses tore not tollowed.
Suggested cittotion
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El rigor hasta la muerte. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-rigor-hasta-la-muerte.
Cubierta del manuscrito. Encuadernación con papel jaspeado en tonos oscuros y lomo de piel marrón. Se observa un pequeño tejuelo de papel blanco rasgado en la parte inferior del lomo con letras manuscritas, al parecer "MSS". En la esquina inferior derecha aparece la marca de agua de la Biblioteca Nacional de España.
Página de guarda en blanco con una anotación manuscrita en la esquina superior izquierda ("Yg_754.") y un tejuelo impreso con la signatura "Mss. 16703". En la esquina inferior derecha aparece el sello de la Biblioteca Nacional de España.
Página en blanco.
Hoja en blanco (guarda).
140 156 316 I El rigor hasta la muerte Comedia en tres jornadas. de D. Francisco de Sandoval. Leg.º 4.º 18 S - 6.
Página de cubierta antigua o portada. En la mitad derecha se lee manuscrito el título de la obra: "R + S / El rigor hasta la muerte". Debajo hay un gran número "2" subrayado, y más abajo la cifra "39". La mitad izquierda del documento está en blanco.
† El rigor hasta la muerte. Comedia nueva de don Francisco de Sandoval. El Rey Alfonso Bernardo del Carpio Rodrigo Vasurto Ordoño, criado Don Ramiro Don García Leonora, dama Inés, criada Jimena, infanta Carlomagno Roldán Durandarte Oliveros Un alcaide moro Brabonel, moro Muley, moro Soldados de todos Un correo Marsilio, rey moro
Tocan cajas y trompetas. Sale un alcaide moro y los suyos alborotados.
Ea, moros valientes, guerra, guerra,
que parece que mueven de su asiento
las voces que despiden de la tierra
cuantos signos contiene el firmamento.
Tocad, tocad al arma, al arma, cierra,
las vencedoras lunas dad al viento,
reparad que del cristiano nos contrasta,
el alfanje empuñad, blandid el asta.
Sale un moro.
Alcaide invicto, dime, ¿qué pretendes
con tal descuido, qué hacen tus soldados?
En el margen superior de ambas páginas hay invocaciones o adornos caligráficos.
que el castellano legítimo ofendes
viene ya con ejércitos formados
si valeroso en fin no los defiendes
presto verás los nuestros asolados
que ese monte atalaya de tus muros
del cristiano los mira mal seguros
En Zamora qué grande atrevimiento
sube al muro posarse diligente
enarbola las lunas que su intento
burlado quedará como imprudente
salga luego a impedir su pensamiento
marchando por los campos nuestra gente
Huyen todos.
Toquen.
Bien me parece recibirles luego
contra el cristiano guerra a sangre y fuego
Vanse y sale el Rey Alfonso, Bernardo y los suyos.
Ya valientes soldados ha llegado
la ocasión de mostrar el fuerte acero
ya estamos en el puesto deseado
donde reina sangriento Marte fiero
aquí muestre su pecho el buen soldado
Deste prado las flores hoy espero
teñidas donde den moros turbantes
humildes cuellos a tus pies triunfantes
Guarde el cielo, conserve, oh gran Bernardo,
mil años esa vida que en tus bríos
un Héctor más valiente y más gallardo
que el troyano en defensa de los míos
Toquen.
Ya sus cajas publican desafíos
con nosotros y llegan tan cercanas
que miro ya las lunas africanas
Ea, fuertes soldados, guerra, guerra,
que el moro nos aguarda en la estacada
Presto serás señor de aquesta tierra
ya en la ocasión me miro deseada
decid todos: ¡Santiago, cierra, cierra!
de la vaina sacad la dura espada
pues se muestra la mía ya desnuda
Donde Bernardo está no falta ayuda
Éntranse, tocan cajas y sale Bernardo tras unos moros que huyendo le arrojan las banderas.
Aguardad, cobarde gente,
tened un poco, no huyáis,
la bandera me arrojáis
volved, volvedme la frente
temed mi bravo alfanje
En vez de tocar estrellas
vuestras lunas por el cielo,
tocan piedras por el suelo
y no queréis defendellas.
No os está bien esperar
de mis golpes el rigor,
pero allá van, valor,
solo por veros temblar;
porque con aquesta espada
rendiré vuestro poder,
quizás que no ha menester
verse de naide ayudada.
Entranse y dicen dentro.
Corred, moros, la frontera,
que va rendido el cristiano.
Sale el Rey Alfonso y Ordoño acuchillándose con dos moros.
Favor, cielo soberano,
porque en sus manos no muera,
que no es justicia ni es ley
que a un monarca rinda un moro.
Bernardo, la causa ignoro
de no amparar a tu rey,
o si a mi lado estuvieras,
cómo mi brazo ayudara.
Bernardo, si aquí te hallaras,
fácilmente me libraras.
Su muerte veré y excusarás
que humilde me rindiera a él.
La vida os he de quitar.
Perros, con estas corazas
que a cada uno treinta mata,
si se me antoja esta secta.
Date prisa, que pretendo,
pues si no, has de perecer.
A mis plantas te has de ver
antes de ver lo que entiendes.
Pensar que eso es locura,
que ya casi estás rendido.
¡Oh, cielos! Favor os pido
en tan terrible apretura.
Ya está tu vida en mis manos;
suelta, suéltame la espada,
veré la cerviz quebrada
a estos soberbios cristianos.
Sale Bernardo con una bandera y digan dentro: ¡Victoria, España! ¡Santiago!
¡Cuán neciamente lo piensas,
cobarde moro! A Bernardo
aquí tu valor aguarda.
En vano son sus defensas.
Villano, al Rey mi señor
te has atrevido a ofender.
A pesarlo te has de
tener migo.
Aquí dejarás la vida,
y después de la victoria
para mí será la gloria
esta más esclarecida.
Batalla.
Debajo de la acotación hay tres líneas de texto tachadas e ilegibles.
Cuando los tuyos están
por este brazo rendidos,
tus alientos atrevidos
a prender mi dueño van,
pero pagarán así
lo que necio has intentado.
Al más valiente soldado
Alá me libre de ti.
Dile que te dé su ayuda,
pues ya estará cerca de ti.
Quien vio brazo más cruel,
yo soy muerto, esto es sin duda.
Muere.
Venid, señor, en mis brazos,
porque es forzoso que estéis
Dame tus brazos,
amigo, sobrino, acaba,
que solo ese brazo fuerte
pudiera impedir mi muerte.
Como a quien tanto tocaba,
pide por este favor
las mercedes que quisieres,
que todo cuanto pidieres
daré al instante.
Señor,
bien podrás imaginar
la merced que pediré.
Pide, que todo lo haré,
Bernardo, sin replicar.
Señor, pido a mi padre,
pues que tantos años ha
que en dura prisión está
sin esposa y sin mi madre.
Gracia espero por Dios será no exceso,
y en tanto te he servido
bien lo tengo merecido.
Bernardo, veréme en eso,
y otra vez a responder.
Ve a recoger los soldados.
Vase el Rey.
pues forzoso estén cansados.
¡Vive Cristo que se fue!
Tan grande rigor ya basta,
siendo de un príncipe ajeno;
vos para casto sois bueno
y ella buena para casta.
¿Quién vio tan gran crueldad?
¿quién rigores más extraños,
que se pague con engaños
mi valor y mi lealtad?
Que acabe de darle vida
e impidiéndole su muerte,
y que con desdén tan fuerte
la fe rompa prometida;
que diga que me dará
todo cuanto le pidiere,
y que se vaya y no espere,
diciendo que se verá
¡Oh mal haya quien nació
forzado a ser buen vasallo!
Pues viniera a respetallo
quien nunca le respetó.
Pero modo he de buscar,
cómo librar a mi padre;
su vejez ha de aliviar.
Porque el conde de Saldaña
es nobleza y calidad,
ya que no en la majestad,
al rey compite de España;
y cuando por sí no hubiera
merecido este blasón,
por ser mi padre, en razón,
esta vez lo mereciera.
¡Vive Dios, injusto rey,
que has de temer en mi mano,
ya no un sobrino, un tirano
contra tu corona y ley!
Que Marsilio y Almanzor
me estimarán por amigo,
y a librar vendré enemigo
a mi padre y mi señor;
ya no estarán seguros
leoneses ni castellanos,
pues solo con estas manos
a mis pies pondré tus muros.
Guárdate, porque imagino
que el que hasta aquí te ha librado
de la muerte, ya indignado,
te la vendrá a dar, sin freno.
Vase, y sale Roldán, Montesinos, Durandarte y Carlomano.
Del Rey Alfonso tuve el otro día
una carta en que ofrece a mi corona
juntar su monarquía,
que aunque tiene herederos,
teme los moros que hay en Tarragona
y en los suyos ve flacos los aceros,
y recela que no hagan resistencia
al poder de Aragón y de Valencia.
Juzgo será forzoso
ir a darle las gracias de mi parte
alguno de los nuestros, Durandarte
o Roldán, ¿qué te parece? Que estoy gustoso
de la resolución del castellano.
Anda como cristiano,
y juntar dignamente podrá
a la tuya su monarquía,
es grande, es valerosa,
y de hoy más vendrá a ser más poderosa.
Paréceme que es bien se parta alguno
que de parte de Francia
le muestre agradecido,
este es tiempo oportuno
y corta la distancia,
y de la brevedad será ganancia.
Bien dices, mas espero
respuesta de Francia, a donde quiero
verlo del Rey firmado,
porque así entre los dos está tratado.
Aquí a todos nos tienes,
y si se arrepintiere el castellano
su corona te ofrece aquesta mano.
De tu valor cualquiera hazaña espero.
Eso, y no dudo, lo verás primero.
Vase, y sale Leonora y Ordoño lacayos.
Ordoño, dile a Bernardo
que solo por él me muero,
que a él le estimo y a él le quiero
y que su favor aguardo,
que él solo el dueño ha de ser
de toda mi libertad,
que pague mi voluntad
pues ya llega a conocer;
y en fin que me dé la vida,
o acabe de darme muerte,
o por mejorar mi suerte
o por verla concluida.
Señora, de buena gana
le diré yo tu afición,
pero desaciertos son
los rendimientos de Urraca,
porque si él te ha de querer
será si te mira esquiva,
pero no cuando reciba
favores sin pretender,
y fuera de eso está agora
tan magno conflito,
Me pesa de quien le adora,
pues no trata de otra cosa
sino de sacar su padre
de la prisión, y a su madre,
porque el rey le desposa;
y presumo que si aquesto
no ejecuta brevemente,
le ha de ver toda la gente
del rey, su enemigo, presto,
que como se ve esforzado,
y a don Sancho y a Jimena
A vn tronco oy a una cadena
como amarrado,
siéntelo, y los vientos llena
de voces, y en fin está
que no le consolará
sino el cordón, o su pena,
y aun hoy está más perdido
porque le han dicho que el rey
al Francés, sin Dios ni Ley,
este Reino ha prometido.
Mira quién se atreverá
en medio de estos dolores
decirte tus amores.
¡Oh, qué pago esperara
si no te ha mirado!
Sí.
Pues si lo dejas correr
en tus brazos le has de ver,
hoy o soy mal cazador.
Yo te ofrezco darte en la feria
mil escudos, Ordoñuelo.
Pues con eso alcanzaré
de un viejo con esta maña,
y de mi reina no ha de darme,
si la hago dueña de mí,
algún favorazo.
Dile.
¡Por Cristo, que eso es matarme!
No miro, Inés, yo no quiero
sino un favor más humano.
Pues ¿ya no le di la mano?
Es tal, mano de mortero.
Vanse.
Salen el rey Alfonso y los suyos. Don García.
Señor, si te faltaran herederos,
justo fuera rendirse España a Carlos,
mas donde sobran tantos caballeros
a quien dar estos reinos, ¿quieres darlos
a príncipe extranjero? No es sufrible,
repara que es pensión muy infalible.
Esto ha de ser, aquesto es lo que quiero,
no me replique ninguno,
que de hidalgo presuma o caballero.
Carlos ha de ser rey de nuestra España,
cuando el golpe importuno
llore ruinas de la fatal guadaña.
Todos obedecemos a tu gusto.
Sino dormid al menos por ser justo.
Sale Bernardo.
¡Afuera, afuera, villanos!
Excusaréis experiencias
de mis rigores; dejadme
entrar donde está su alteza.
¡Oh, invicto rey don Alfonso!
De cuyas hazañas tiemblan
cuantos monarcas coronan
vencedoras sus cabezas.
Tú, que al mar, al fuego, al aire...
Leyes pones con tu diestra,
y por mí las obedece,
cuando no por ti, la tierra.
Tú, que el cetro has heredado,
tú, que la altiva diadema
de godos reyes, en quien
hoy ufana se conserva;
tú permites que se extrañe,
tú permites que se vea
de las sienes castellanas
trasladada a las francesas;
tú, que a ese Carlos, aquese,
a quien cobarde venera
por humano Marte el mundo,
indigno el reino posea;
tú, tiranamente, a Carlos
quieres que Castilla sea
despojo humilde de Francia,
cuando el mundo señorea.
¿Cómo, rey, cómo consientes
—aun no digo que lo crea,
sino que lo piense Francia,
que lo imagine necia?
Antes verá en estos brazos
tan valientes resistencias,
que cuando busque los suyos
aun no halle de ellos señas.
Yo solo basto, yo solo,
con mi espada y mi rodela,
para ser robusto muro
e invencible de la Iberia.
¿España sujeta a Francia?
¿España a Francia sujeta?
¿Francia reina de Castilla?
¿Francia de Castilla reina?
¡Vive Dios, injusto rey,
que antes que tal cosa veas
han de morir a mis manos
cuantos contigo lo intentan!
¿De qué rey se vio jamás
que a naciones extranjeras
entregase de los suyos
las libertades y haciendas?
Si juzgas que por haberlo
Francia ha de echar de ella a Hesperia
En el margen superior de ambas páginas hay unos calderones de adorno. En el margen inferior derecho se lee "Jesus Maria" y hay una rúbrica.
Los que africanos habitan
de Ebro y Tajo las riberas,
es engaño, pues que juzgo:
no he podido con mis fuerzas,
naide ha de poder; yo
estoy en mi edad primera,
y antes que cubran, Alfonso,
el valle dos primaveras,
y que dos inviernos cubran
de nieve esas altas sierras,
has de ver con esta espada
(con esta, solo con esta
de mi valor animada)
juzgará de mi destreza
cuantos purpúreos turbantes
Aragón tiene y Valencia,
ser contornos de sus pies,
ser talayas de tus huellas,
y del toledano rey
las arrogantes banderas
tocando humildes el suelo
y ante los cielos soberbios.
Y si don Sancho, mi padre,
me acompaña en estas guerras,
aun no las intentarás
cuando las victorias tengas,
que su brazo y este brazo,
que sus fuerzas y estas fuerzas
son las colunas de España
que valientes la sustentan,
ellas solas han de ser
sus católicas defensas,
a quien, postrado, el francés
ha de tener por cadena.
Ea, príncipe cristiano,
cristiano monarca, ea,
da libertad a Castilla
por haber nacido en ella.
No allá en los siglos futuros
digan, viéndose sujeta:
«Mil veces mal haya aquel
que vendió a su patria misma».
Dile a Carlos que ahí tienes
quien del moro te defienda,
quien herede tu corona,
quien de España glorias nuevas.
11
Todos seguimos tus pasos,
todas las armas se aprestan
en defensa de Castilla
y de Bernardo en defensa.
¡Viva Bernardo, Bernardo,
muro de la patria nuestra!
Vanse todos y queda el Rey solo.
¡Vive Dios, que estoy corrido
de ver que un rapaz me enseña
lo que debiera saber
por mi edad y mi experiencia!
Como otros solicitaron
juntar abajo sus tierras
nuevos cetros a los suyos,
con sus valerosas fuerzas,
yo, cobarde, injustamente,
que España de Francia sea,
y haré que el cerviz rinda
lo que sangre goda hereda.
Merecido es lo que oí,
merecidas mis afrentas,
amor me causó, no odio,
tan honrosa inobediencia.
Contentado me ha el reparo,
como Castilla le tenga
no necesita de Francia
las poderosas defensas.
¡Al arma, al arma, españoles!
¡Cierra, España, al arma, cierra!
Que con Bernardo y Alfonso
tenéis la victoria cierta.
Vase, y salen Bernardo y Ordoño.
Prevén, Ordoño, al instante,
dos caballos, porque quiero
llegarme a París primero
que el casto rey se adelante
en enviar su embajador,
resuelto, o quizá indignado,
dando suelto a este estado
a ese magno emperador;
porque le quiero decir
lo que en esto me parece.
Ve que ya el día amanece
y es hora ya de partir
porque el rey no me lo impida
si acaso sabe mi intento.
Desecha ese pensamiento,
¿tampoco estimas tu vida
que quieres irte a meter
en manos de tu enemigo?
Ay, Ordoño, lo que digo,
que de este modo ha de ser;
he de estar dentro en París,
si puedo, en esta semana.
Mira que es muy de mañana,
corazón que no dormís,
duerme, y déjame adormecer;
que tiempo te quedará
para caminar, y ya
me quiere el sueño vencer.
Déjame volver un rato
a dormir, que con el ruido
un instante no he dormido
por los maúllos de un gato,
que celoso sin asiento
de aquí para allí ha andado
encima de mi tejado.
corríme muy como un viento.
¿qué es tanto de quejas?
acaba con los caballos.
ea, ya a caballos,
pero dime con quién vas,
que los llevas.
yo contigo,
que no quiero prevención.
no darán por mí el calzón,
pues yo, ¿qué he de hacer allá?
acompañarme.
señor,
yo perdono ese favor,
porque me dejes acá.
Vase Ordoño.
en tan logrados previenes
quiero escribir a Aragón,
para que en esta ocasión,
con sus fuerzas y sus bienes,
Marsilio ayude mi intento;
que pues el moro es mi amigo,
será fácil, y conmigo
muy seguro el vencimiento.
pues imagino que Carlos
ha de querer darnos guerra
por conquistar nuestra tierra,
pero venga a procurarlo.
Sale Ordoño.
Los caballos aquí están,
en el que os tengo de ir,
porque aquí ha de salir
un ignorado galán;
pues con una máscara
cubre un pedazo de cara.
Para que, cuando más cara,
sea la mejor de Castilla.
¿quién es?
Sale Leonora con una máscara.
Soy quien os adora,
que sabiendo que os partís,
fuerte Bernardo, a París,
quiere seguiros Leonora;
y como por García
oí anoche, y no creí
que sin darme cuenta a mí
os ibais, por vida mía.
me hacéis tan grande exceso.
pues con esto en mi afición
no admiraréis mi intención.
yo la estimo, y la confieso,
y podréis muy bien saber
que está bien pagado, señora,
puesto que el alma os adora
desde que os merece ver
por ser tan rara belleza.
es digna de tal amor,
y tal amor del favor
que miro en vuestra firmeza.
Señor, mi bien, si gustáis
que muera en esta ausencia,
que si no es inconveniente
ir con vos, por mí no importa,
cuando es jornada tan corta,
que os pido esto blandamente,
y no me lo negaréis.
y a mi lado me dejaréis,
porque estaré con recelo.
Mi Leonora, al mismo instante
que llegue os avisaré.
Adiós, apagad mi fe.
Ya sabéis que soy fiel amante.
Salen Marsilio, Rey de Aragón, moros y Brabonel.
Ya, mi señor, lo pretende el castellano;
lo ejecuta, si puedes recelarte
de aquestas pisadas de aqueste Marte;
pues va a echar del suelo valenciano
cuantos moros asisten sus riberas,
y pondrá en Zaragoza sus banderas,
que hizo en una parte
con Carlos junto, y otra parte de Roma;
el francés será fácil sujetarte,
y cuando no, rendirte, maltratarte.
Teniendo, Brabonel, tu fuerte acero
en mi defensa, poco Carlos fiero
me espanta, poco temo sus poderes,
pues mi amparo y mi defensa eres.
Beso, señor, tus pies por los favores
que has de ver en mis fuerzas severas,
porque más que el gusto interviniera
que el alto cielo a mi valor rindiera,
aquesta es prevención, pero no miedo,
que por su capitán temeroso quedo;
mas que a fiera, o Marte, a Bernardo
tuviera por amigo,
yo vengo por valiente y por gallardo;
con él cuento, gran señor, para enemigo,
y pues oí tratar de los intentos
del Rey Luis, en ínterin de ir a Francia,
su temeraria arrogancia
ha de favorecer tus pensamientos.
Dices bien, que es mi gusto el escribirle.
Siempre tuve por bien que lo hicieses,
porque más fácilmente resistieses
de un rayo tan monarca el brazo duro,
pues tú a Bernardo, que él será tu muro.
Sale un moro.
Aquí, señor, de parte de Bernardo,
de ese español gallardo,
un correo ha venido.
A buen tiempo; decidle que entre luego.
Parece que en las manos trae un pliego.
Llegar, señor, a aquesta vista,
Bernardo me mandó, señor, que os diese
y que sin dilación obedeciese.
¿Cómo Bernardo queda?
Algunos dicen que ha partido.
Veamos lo que escribe.
Ya leo.
Será, si viene aquí lo que deseo.
Lea.
Bernardo del Carpio a Marsilio, rey
de Zaragoza, salud.
El rey mi tío tiránamente intenta entregar a Carlo-
magno la corona, si me ayudas con algu-
nos de los tuyos atajaremos la resolución
del uno y la ejecución del otro, y pues te
importa para conservar tu reino tanto
como yo para amparar el mío, no rehúses dar-
me este socorro, ni nuestra amistad. Dios guarde.
Bernardo del Carpio.
Parece que Bernardo lo escribía.
Con él cuando hablamos agora
y que su voluntad templó la mía.
Vamos, responderás lo que deseo,
ser su amigo y ayuda en esta hazaña.
Confesará su deuda toda España.
Vanse y salen Carlomagno, Oliveros, Durandarte y otros, Roldán.
Ya ha llegado la ocasión
en que os partiréis España.
Que ya Alfonso respondió
segunda vez a mi carta,
fiado en vuestros aceros,
fiado en vuestras hazañas,
asombro de entrambos orbes,
pues ambos de ellas se espantan.
Vive, que porque despecho
del Ebro, Tajo y Jarama
las lunas que tiranizan
las riberas castellanas,
a mi corona sujeta,
déjala suya amparada
desde hoy con los doce pares
que dan nombre y gloria a Francia.
Castilla es gran monarquía,
y será más estimada
por ser tuya y porque yo
seré su valiente guarda.
No ha de quedar en Toledo,
no ha de quedar en Granada,
no en Córdoba, no en Valencia,
una bandera africana;
ya que se ve que Aragón
adora invicto monarca.
Marsilio hoy ha de ser
vil despojo de mi espada,
que con este brazo solo
he de cortar más gargantas
que débiles corta espigas
la hoz dura como afilada.
Gigantes solo con saber
que allá voy no desamparan
unos sus pobres aldeas,
otros sus fuertes murallas;
pues sin perdonar las vidas
más viles ni menos bajas,
he de poblar de cabezas
las más desiertas montañas;
y vos, esperadme, moros,
si os halláis con fuerzas tantas,
afrontas que basten para esperar
mis amagos, no mis armas.
Bien creía que de tus bríos,
mucho más que eso esperaba.
Bien sabéis, señor, que en mí
hay más obras que palabras,
y nunca doy a la lengua
lo que dar puedo a la lanza;
yo para llamarme mudo,
solo siento que tarda
la ocasión para mostrar
cuánto puede quien no habla.
Yo solo por una cosa
deseara hallarme en España.
¿Por qué?
Por ver a un Bernardo
que bastardo el pueblo llama,
y por lo que me cuentan de él,
acciones fuertes y extrañas.
Ya le cobro, pero ese
y otros que como ese hay
se rindieran a mi acero.
Si la pasión no me engaña,
pues ¿en eso hay duda alguna?
No hay competencias humanas
que presuman igualar
los doce pares de Francia.
Sale un francés.
En este punto ha llegado,
invicto señor de España,
un embajador y un correo.
Decid que entre.
Mirad si Alfonso se tarda,
cartas sin duda traerá
en que dirá qué le pasa.
Mi ejército contra el moro,
por libertar a su patria.
Todo nos sucede bien.
Dénsele al cielo las gracias.
Viene solo.
Sale Bernardo.
Solo vengo,
que a mí mi espada me acompaña
y, acompañándome a mí,
para andar segura basta.
Denle asiento.
Enhorabuena,
que el camino ofende y cansa.
Mas no me siento por esto,
sino porque en esta sala
solo vos y yo podemos
sentarnos; mas, en fin, vaya.
Yo, señor,
a quien Carlomagno llaman
por valor o porque quieren
haceros lisonjas, Francia,
Reparad el alboroto
de la española arrogancia.
Yo, señor, digo que vengo
a daros una embajada,
no gustosa para vos,
aunque sí para mi patria.
El rey don Alfonso el Casto
os dio un tiempo la palabra
de daros lo que no pudo;
y así es fuerza que no valga.
Lo que a España os daría
mas hoy, oh Carlos, rehúsa
con el que no quiere, y si él quiere,
yo no quiero ver si basta;
si basta que es mía,
y que no tiene envillanada
si este brazo no lo ayuda,
si este valor no lo ampara.
Y así juzgad que tenéis
por vuestra no más que a Francia,
para vos España es mucho,
y vos poco para España.
Y si tenéis prevenida
gente para ir a tomalla,
en Castilla y Aragón
castillos hay que lo atajan;
que ya el moro y el cristiano
amistades apretadas
han hecho, aunque sobra el uno,
pues para vos uno basta.
Si no fueras mensajero,
vil español, te quitara
mil vidas por tus locuras;
¡levanta, loco, levanta!
Levántome porque estoy
de prisa y tal vez me canso.
En la esquina superior derecha aparece una numeración, posiblemente un 13.
Ya tus locuras me enfadan.
Pues en Castilla podrás
saberlo, yendo a ganarla.
¿Sabes tú que soy Roldán?
Solo en París te señalas,
porque vives entre quien
no más que de amores trata;
apenas sabe qué es lanza
sino por haberla visto
en alguna encamisada;
pero excusemos razones:
ve a León, que allá te aguarda
en cada uno de los míos
otro león con más garras.
¡Oh, furor! ¿Dices quién eres?
Un hijo de sus hazañas.
¿Y no tienes otro nombre?
Sí, pero el que tengo espanta,
y por no te ver temblar
entre los tuyos, se calla.
Español, ¿tu muerte quieres?
¿Mi muerte?
Sí.
(Vase.)
Pues repara,
que soy Bernardo del Carpio,
ven agora a procurarla.
Página izquierda.
Jamás vi tanto valor,
ni yo tan valiente hazaña;
si todos son como aqueste,
bien cumplirán su palabra.
Fue porque estabas tú aquí,
y fiado en la embajada,
que si no, ni él se atreviera,
ni mi valor le dejara.
Vamos para Castilla,
veremos si aqueste iguala
lo que hace a lo que habla.
Vamos, pero bien gustara
que tuviéramos Bernardo,
qué enemigos la ampararan.
Llevando a Roldán contigo,
juzga, valiente monarca,
que has de juntar a tus lises
leones, castillos y barras.
Página derecha. Título y comienzo de la segunda jornada.
Salen Ordoño, Inés y Leonora.
Ordoño mío, seas bien venido;
dime cómo lo has pasado
con mi dueño allegado,
y cómo en Francia te ha ido.
Qué de rigores que he tenido
después que faltó de aquí,
las penas que no entendí,
pues nunca pensé amar tanto,
y dudo que tan gran llanto
pudiese caber en mí.
Desde que de aquí salís,
he estado viva, no, sin vida,
que el dolor de tu partida
todo el alma me quitó,
si ya no que la llevó,
porque yo siempre he juzgado,
si de la vista apartado
mi bien, que presente estaba,
pues siempre no le trataba,
tratábale imaginado,
tal vez temía como amante
del amor que le he tenido.
Toda la página (ambos folios) se encuentra tachada con grandes aspas y líneas curvas.
me pagase con olvido,
por ausente, y por inconstante;
mas repara que, al instante,
satisfecho el corazón
de su fe, de su afición,
que en tan breve distancia
sería tan firme en Francia
como mis fueros en León.
Jesús, señora, ¿eso piensas?
En todo el camino oí,
sino un gemido sentí,
¡ay, me muero por ti!
¡Ay, Leonor, a más ofensas!
Son por Dios estas defensas,
que la fe de mi señor
es su propio abonador,
y pues puedes alcanzarla,
tan mal harás en dudarla
como en no creer su amor;
no paró un punto en París,
que, como tiene afición,
la ciudad veía León,
y Castilla su país;
hasta cierta flor de lis
pienso en Francia deteneisle
con sumisiones que suele,
porque quiso aquesta flor
sacar fruto de su amor,
pues que te dio solo en verte.
Pero él volando reinos,
en un caliente rocín,
tan flaco y largo que en fin,
como sabe ya el camino,
cuerdo en esto se previno,
que sin quien le llevara,
cuando menos lo pensara,
ya en tienda la más escura,
porque aunque un francés a escuras
nomás que toda la cara,
no sé qué nos dijo, y él
como estaba ya enfadado,
aunque le veía engañado,
de otros veinte dio sobre él,
y viéndole el vulgo cruel
el destrozo que Bernardo,
valiente hacía y gallardo,
quiso prenderle, y sitiaba,
si acaso sus leones convocaba.
De la noche el resguardo,
viendo el aprieto en que andaba,
valiéndonos de los potros
dimos aquí con nosotros,
cuando París nos buscaba.
si, si,
yo doy las gracias al cielo
que me trajo libre a españa,
y si el amor no me engaña,
no ay en el mundo tal suelo.
Dime a que fue, que recelo
que sus desuelos fingis.
Que ya llego a paris;
Carlos, Dudon y Roldan,
con que dudas te diran,
y el galan de flor de lis,
viue Dios, que esta tenblando
francia despues que dejo a el Rey
en defenssa de su ley,
y su balor aumentado
con la de un dueño amado.
Y que le dijo?
Que cuando
el real foso pusiera,
que dueño de españa fuera,
el solo lo inpidiera,
y que si la retendria
la muerte a entranbos les diera,
y pasaran adelante
aquesta conjuncion
que con el Rey de Aragon
quiere inpidir a el infante.
Pues fuera el solo bastante
haber su intento estoruado.
Y el Rey de Aragon a inuiado
veinte mil picas aqui,
moros zaqui.
Algunos he visto aqui,
y no me han del todo contentado.
Entre sus capitanes,
Venegas, gallarda persona,
y el moro Zelasona.
Si, buen talle y galan.
Dime, y cuando se ueran
juntos Bernardo y Leonora?
No lo aseguro, señora,
mas esta noche os aviso
que un dia por lo que he uisto
por andar ocupado agora,
y que no acude a palacio
cuando es fuerza que a el fin
para comer y dormir
no suele tener espacio,
pues hablare despacio
cesando sus ocupasiones.
Ay, que teme el corazon.
Página con el texto parcialmente tachado en la mitad izquierda, marcado con una cruz y la palabra 'no' en el margen.
muy bezina a questa sierra
que ai en donde des tierra
capaz de nuestra aficion
A Dios id Ines
a Bernardo que me lleva
señor Diego han de aca
que Leonora y biene mas
y pues que tan bien te uas
Ines me haces un fabor
en eso ai duda y maior
que cuando te di la mano
queda le ausenta Leonor
pues es duro i estraydor
vanse y sale Brauonel y Mulei moros
entre las iras de marte
mezcla las suias amor
rindiome el rapaz traydor
sin citarme como parte
apenas Mulei mire
los ojos de una cristiana
cuando su flecha tirana
herido mi pecho halle
a dar socorro he uenido
al Cristiano y que al hospital
que para atajar mi mal
lo que bengo a darles pido
Con justisima razon
Brauonel te aficionaste
que es la dama a quien miraste
del mundo la admiracion
pero juzgo que a de ser
inpusible conquistalla
no a de haber para alcanzalla
quien resista mi poder
que aunque pasaron las Colunas
esfuerza con balor
ya por fuerza o traicion
cuando el cielo impidiere
había de ser sin duda
dueño de mi libertad
gozando mi voluntad
el tiempo las cosas muda
y que caes nel cesaras
en el amor que encareces
yo rindome pocas ueces
mas esas como ueras
Dime has sauido su nombre
Folio 24.
La calidad de
sus partes todas, su estado,
si alguien la ha galanteado,
o si la sirve algún hombre.
Ya he sabido quién la adora,
pero en nada me acobardo,
el galán es Bernardo
y ella se llama Leonora;
pero repara, Muley,
que Leonora ha de ser mía,
aunque supiera este día
que la hablaba el mismo rey.
Agora importa el callar,
y ocasión mejor espero,
para alcanzar lo que quiero,
dándome el cielo lugar,
ya ella sabe mi afición.
¿Cómo lo has solicitado?
Un esclavo cristiano me ha ayudado,
Muley, a la ejecución,
y solo entablaré de modo
que ella pague mi deseo.
Peligroso este amor veo.
Yo lo facilito todo.
¿Cómo?
Quitando la vida,
en la batalla, a Bernardo,
pues con esto solo aguardo
ver la mía afición rendida.
¡Qué locura!
¿Esto es locura?
Pues ¿cómo podrá eso ser,
con hombre de tal poder?
Consigue quien aventura,
fuera de que no sabría
si he de tomar otro medio,
Alá me dará remedio
para gozar a Leonora.
Nunca juzgué que estuvieras,
señor, tan apasionado,
Si no has sido enamorado,
jamás juzgarla pudieras;
esto ha de ser, si quisieres
ayudarme en esta acción,
lo estimaré, o en León
no me faltarán poderes,
amigos, ni diligencias.
Siempre a tu lado estaré,
pero siempre temeré
estas competencias.
Yo a nadie jamás temí.
En la esquina superior derecha de la página derecha aparece la foliación con el número 25.
en guerras de Marte, y hoy
en las de Cupido soy
el mismo que siempre fui.
Vase, y sale Carlomagno, Roldán, Oliveros, Durandarte. Tocan cajas y trompetas.
Ya hemos llegado a España,
donde hará Carlos la más vana
humillada a sus pies del rey ibero
la dorada corona, el fuerte acero.
Alfonso es el culpado,
pues que mi rigor ha provocado.
Ya estamos a la vista de Pamplona,
ya pisamos en Roncesvalles,
donde por fuerza, áspero conquistalles
su cetro y monarquía.
Ea, Roldán, valiente caballero,
vuestro valor se muestre aqueste día,
pues con vuestros aceros
la tierra que miráis es vuestra y mía;
en cada diestra asiste una Belona,
dad a Carlos de Alfonso la corona.
Yo, gran señor, te lo aseguro,
que Pamplona a mi brazo es débil muro;
vayan los tuyos a ganar, valientes,
reinos de vastas y feroces gentes,
que si el ánimo, Carlos, no me engaña,
si no sobro, yo basto para España.
A tus plantas verás presto rendido
ese Bernardo fiero, atrevido.
Porque con estos brazos le has de ver
a Bernardo haré dos mil pedazos,
y si de resistirse tiene intento,
en polvos leves ir por el viento.
Yo no te aseguro tanto,
pues que conocéis a los españoles,
porque sin invenciones y sin encanto
al mundo son terror, al cielo espanto.
aunque el sol en sus armas no se esconde,
pues apenas conocen el acero
para defensas, sino el duro cuero
del león, de la tigre, gamo y oso,
que a un brazo se humilla poderoso,
que es tal su fortaleza,
que rinde, fuerte, la mayor fiereza,
y en fin, aunque sus hijos son de la montaña,
valientes muros los respeta España.
Yo entiendo por mil bríos o modos
que en ella estaban todos los
collares del orden,
mas hoy, he sospechado
que en nuestra patria algunos han quedado
o habiendo a su monarca obedecido
a temblar en la guerra se han venido.
Paso, Roldán, ¿qué es esto, Durandarte?
¿en tiempo que llegamos
a batallar no menos que con Marte,
cuando de más favor necesitamos,
en nosotros los bríos empleamos?
Obedientes estamos a tu alteza.
Así aseguraréis vuestra cabeza.
Perdón, señor, te pido.
Aunque lo siento bien, me han parecido,
Roldán, esos alientos
mejores serán para Bernardo.
Ya, invicto emperador, el tiempo aguardo.
Pueblen pues mis marciales instrumentos
la tierra de temor, de horror los vientos;
empezad la batalla,
aunque quien nos resista no se halla,
pues huyendo quizá de vuestra mano
en la tierra se esconde el castellano
por no hallar defensas en el suelo;
si se permitiese ha subido al cielo.
Al arma toca, apriesa,
gánese a sangre y fuego aquesta tierra.
Entra, sin que recele vuestra espada,
fuerza o cautela en muro o emboscada.
Al arma tocan y salen el rey don Alfonso, Bernardo, Brabonel y soldados españoles con banderas, una con un león pintado y otra con el padre Bernardo preso.
Brabonel, con tu ayuda ver espero
libre de Francia toda mi corona.
porque basta tu diestro y fuerte acero
a sujetar del mundo los poderes.
Para tu grande paz, señor, mi brazo abona.
Segundo Marte eres.
Sí, que siempre Bernardo es el primero.
Bernardo, mi enemigo espero.
Pues yo, que tus pies bese, hoy aguardo.
Por tu valor lo esperaré, Bernardo.
Dadme tus brazos, porque dellos fío
no solo aquesta, sino más victorias,
con que des a Castilla nuevas glorias.
Teniendo yo a la vista tu bandera,
de ganarla, señor, no desconfío,
que el saber que mi padre por tu gusto
un castigo padece tan injusto
me obliga, porque quiero granjearte
de suerte que, de lauros coronado,
te veas obligado
a darme al conde en tus victorias parte,
pues si conde no hubiera,
ni ya tú rey, ni yo Bernardo fuera.
Razón tienes, Bernardo, yo te juro,
si vencer mi enemigo,
sacar a Sancho del castillo oscuro
y llevarle conmigo,
para que con Jimena
con la de amor se trueque su cadena.
Tocan cajas y trompetas, éntrase Bernardo.
Tus plantas, señor, beso,
por tan grande favor, por tal espero;
más bien lo he merecido,
pues tu muerte tres veces he impedido.
Será de mi valor la menor parte,
poco encarezco, un Marte.
Cada amago será, no es arrogancia,
fatal cuchillo de la triste Francia,
y cada vez, si el ánimo no engaña,
muerte al francés, como defensa a España.
Y a los ecos del parche repetidos
llegan a mis oídos,
y el corazón se enciende,
y al arma, que Bernardo te defiende,
cierra, Castilla, cierra,
que mi brazo te ampara en esta guerra.
Con aqueste soldado
de laurel yo pienso verme coronado,
juntando su valor al tu brazo fuerte,
al castellano vida, al francés muerte.
Veráslo, gran señor, como imaginas,
y yo rendido y siempre enamorado
de las luces divinas
de la beldad de Leonora, buscar camino espero
para gozar la causa por quien muero.
Buena ocasión se ofrece;
celos, Bernardo desta vez perece.
Vanse. Toquen cajas y dese la batalla.
Salen Oliveros y Rodrigo, y Rasura.
Perecerás, Oliveros,
si no me dejas la espada.
Cielos, mi muerte es llegada,
no vi más duros aceros.
Dentro.
Franceses, vamos vencidos,
que son muchos los de España.
Si mi acero no me engaña,
muy presto estaréis rendidos.
Vanse, y salen Durandarte y Carlomagno mano a mano, y Roldán tras el rey Alfonso.
Ríndete, rey castellano,
así escusarás tu muerte.
Aparte.
¿Ignoras mi brazo fuerte
y aun lo que intentas, en vano?
Porque aunque peleo a pie,
después que me le matasteis,
al caballo, no quitasteis
el valor que en mí se ve.
Aunque me siento rendido,
que son muchos contra mí.
Sale Bernardo.
Vanse y sale Brabonel con Oliveros.
Vanse y sale Roldán huyendo, con la espada desnuda.
Hoy es nuestra perdición,
hoy perece invicto Carlos,
ya no invicto, pues vencido,
mueres de los castellanos;
hoy perece tu corona,
hoy tus doce, cuyo brazo
terror fue del mundo entero,
pues lo fue del otomano.
Hoy, juzgado vencedor,
dar a tus sienes nuevos lauros,
te miras despojado, humilde,
de un infame y vil bastardo.
¿Quién juzgara que en España,
cuando coronas buscamos,
las quitemos de las manos
y a otros las hayamos dado?
¡Mil veces malaya aquel
que, neciamente fiado
de sus fuerzas, acomete
las empresas temerarios!
¡Mil veces malaya, digo,
quien loco y desatinado
no da crédito a las canas,
pues que jamás engañaron!
¡Mil veces vuelvo a decir!
Mas ya se va desmayando.
¡Ay, muero! Esto es sin duda.
Qué poco me ha aprovechado
la espada fiera que
ambos orbes recelaron.
¿No vences tú? No, la cueva,
la cueva ténele en brazos;
él muere, tú vivirás,
pero tu dueño ignorando.
Mas juzga también que muere
mi desdicha acompañando,
y así quede en esta peña
tu acero y yo sepultado.
Mete en una peña la espada. Sale Durandarte.
¡Qué fiera aparece este día!
Durandarte, ¿ha muerto acaso
nuestro emperador? Responde,
mi pena excusa y mi llanto.
No ha muerto, no, el combatiente,
mas solo se ha retirado.
viéndote monte adentro,
temiendo los castellanos.
Ahora entra gente, sí,
que yo me voy acabando,
que comenzando por ella
mi Durindayna he enterrado.
Valiente conde, ¿qué dizes?
Que muero, y que en todo caso
vayas a inpidir la muerte
del valiente Carlomagno.
Antes con aquestas nuevas
daré fin más temprano.
A Dios; ve a darle tu ayuda.
Vasse.
Yo te obedezco.
¡Ah, Bernardo!
¿Qué aguardas, qué te detienes?
Ven, que te estoy esperando,
que aunque casi ya sin vida
siempre he de hacerte pedazos.
No tardo, y aun no as venido.
Ven presto, que aquí te aguardo.
Sale Bernardo con la espada desnuda.
¿Quién llama a Bernardo?
Yo.
Yo soy Bernardo del Carpio.
Pues llega, y de mis alientos
verás lo que me ha quedado.
No tienes espada.
No,
que está en aquesse peñasco,
que él es dino de ella serlo.
Luchan.
Pues vengamos a las manos,
porque no digas que en armas
ya que en valor te aventajo.
Morirás aquí, español.
En vano as de procurarlo.
Da la vida.
Y el alma.
Ya te rindo.
Ya te mato.
Échale en el suelo.
Jesús, muerto muero yo.
Y el alma salió rabiando
del pecho del duro cuerpo.
Hecho polvos de mis brazos,
esto es hecho, y ya está todo.
Muerto aqueste conquistado,
ya el francés está rendido,
y esta batalla ganada.
A mi padre me dad,
que aquestá preso veinte años.
Seguid, moros, los que quedan;
seguid, seguid, los cristianos.
Mi diestra os da la victoria.
Dentro: ¡Viva Bernardo del Carpio!
Vasse, y sale Leonora, Ordoño e Inés.
¡Ay, tan grande atrevimiento
que venga desde León!
Forzada de una passion
ordeno y no
miento bano Ordoño su ausencia
que no puedo estar sin berle
Con rrazon puedes quejarte
pues lo merece en conciencia
mas dime si por bentura
le hubiesse el frances benzido
no fuera el aber venido
desatinada locura
Yo fio de su balor
que abria benzido al frances
Y tu que juzgas Ines
piensaslo de mi sientes
A ser como tu juzgara
allarle rendido ordoño
Que yo no fuera un demonio
si aca no me enberrinchara
Pues nunca yo dude de eso
mas quedastete en leon
Bernardo dio la ocasion
y casi me bolbio el seso
porque porfiando yo
en que a la guerra abia de ir
mando quedarme a serbir
a Leonor y me dejo
sabe Dios la tristeza
que a mi me causo el quedarme
que estorbo el senalarme
si no llevara la cabeza
Pues llegamos a Pamplona
bien sabremos si a benzido
Yo pienso que ganado hemos
algo que el pensarlo abona
No oyes trompetas y caxas
que publican la bitoria
Aumentarase mi gloria
y de contento me agrada
En llegando a la posada
a Bernardo buscaras
y que esta aqui le diras
su mas firme enamorada
que el sabiendo de mi
al punto me bendra a ber
y asi podre suspender
lo que sin el padezi
Vamos que yo de contento
ciego fuera el corazon
por pensar que un bodegon
me puede sacar de hambriento
Vanse. Y salen Alfonso Rey, y Bernardo, y soldados, y banderas francesas y castellanas, y toquen caxas.
Probo esta bez de la española espada
el fuerte carlos los aceros duros
bien pensaron sin defensa a la asonada
de que no intentaran estar seguros
Ceñir estoque ni vestir celada
por volver otra vez a nuestros muros,
que su intento burló, cual necio y vano,
el brazo aragonés y el castellano.
Apenas, rey famoso, dispusieron
salir de nuestras sierras nuestra gente,
que opuestos muros a sus escuadras fueron,
apenas les tuvimos frente a frente,
cuando el ímpetu atrás detuvieron
del español, oyendo que valiente
salió con valerosos ademanes
desplegando cruzados tafetanes.
Y el ingrato francés quedará muerto,
y de suerte mi gente han conocido
que jamás volverán a ver el puerto
de Castilla y León, pues la causa ha sido
de tener la victoria y lauro cierto
el haberla tu brazo defendido,
puesto que el rey ha de dar nombre glorioso,
guárdele el cielo, capitán famoso.
Y pues ya del sangriento y fiero Marte
ha cesado el furor que al pecho encierra,
y a la paz humillado el estandarte
que os provoca e incita a dura guerra,
descansad; y tú, moro, al punto parte,
publica estas victorias en tu tierra,
diciéndole a Marsilio que yo aguardo
que de Alfonso se ayude y de Bernardo.
La mitad llevarás de los despojos
para señal de nuestras amistades,
y con la sangre de franceses rojos,
a nuestra fe darán más calidades.
¿De qué me sirve el triunfo, si en enojos
me han vencido así divinas beldades?
Mas, partiendo a León, no vano espero
la prenda hermosa por quien vivo y muero.
Y en tanto prevengamos la jornada
para León, Bernardo, al mismo instante.
Has de cumplirme la palabra dada.
Llegaremos allá.
Ya no es bastante,
mi paciencia con esto es acabada.
Pasa, Bernardo, bien, pasa adelante,
y acuérdame en León lo que has pedido.
Todo mi sufrimiento está perdido.
Vanse, y sale Muley y detiene a Bravonel.
Pedirte albricias podía,
no de la pasada gloria,
pues será mayor victoria
la que tendrás este día.
Sabrás, señor, que Leonora
¿Qué dices, Muley? Acaba,
¿quiéreme Leonora?
Y estaba
¿En qué te turbas agora?
Dijo, señor, que adoraba
Locura aquesto que ves,
y valiente quien la roba;
pero también lo soy,
y de disgusto desespero
si no gozo lo que quiero.
Esto habemos de hacer,
porque aunque aquí no estuviera,
estaba resuelto ya
de ir a León, pero acá
a verle mi amor espera.
Ya sabes que tuyo he sido,
y que te he de obedecer.
¿Qué importa saber vencer
si vencerme no he sabido?
Vanse y salen Bernardo y Ordoño.
Pues Ordoño, ¿cómo vienes?
¿Cómo queda mi Leonora?
¿Está buena? ¿Acaso llora
mi ausencia?
Si te detienes
cuatro días solo en ir,
pienso que la has de hallar muerta;
y a no estar, señor, tan cierta
de tu fe, fuera el venir
en tu seguimiento acá
tan llano como la palma,
tiene muy rendida el alma.
¡Ay, sin mi amor, la parca
tanto su ausencia he sentido,
que en medio de mi victoria
no falta de mi memoria;
mira si lo he encarecido,
las penas que he pasado
sin gozar de sus favores.
Han sido, brío, no mayores,
pues naide las ha lidiado,
el que no acaba de darme
a mi padre tan cruel
queja. Yo no espero de él
otro bien más que matarme.
Ojalá lo tuviera a dicha,
que entre sucesos tales
acabara con mis males;
falta dar a mi desdicha.
Pero dime, ¿cómo queda
Leonora?
¿Qué, me deja
que le diré dónde está?
Sóbrale mucha moneda.
Como me des buenas nuevas,
cuanto tengo será poco.
Por Dios, que le vuelvo loco
de amor, finas son sus pruebas.
No me dilates el bien.
No he de decirlo, perdona,
que decís que está en Pamplona,
será locura también.
La columna derecha contiene un gran recuadro tachado con un aspa por el autor, y marcas de 'no' en los márgenes de ambas columnas indicando versos suprimidos.
Ordoño, mira qué has dicho
en la ciudad, mi Leonora,
luego mi suegra tal no ignora.
Yo digo que lo digo, digo.
Diles, muy presto volverá.
Con nosotros, acción,
que se hace prevención
para volvernos allá.
Pero, Ordoño, no dilates
en sonarme a Leonora.
Acá la tienes agora.
No te apresures ni mates,
pues lo mismo ya le vi
con ella antes que viniese,
con "vamos", "ay, que se fuese",
"mi bien, mi dueño, sin mí".
De modo que todo un día
tal vez sucedió a los dos
no se oír más que: "¡Ay, mi Dios!",
"¡Ay de mí!, y allá prenda mía".
Deja, ya que se pasa tiempo,
y vamos, por Dios, a verla.
Vamos, que el norte es cierto,
ya juzga que pierde tiempo.
Leonora, en tu noche escura.
Vanse y sale Brabonee, Muley y Leonora descompuesta.
Llegar el caballo, Muley,
y tomemos el camino,
porque con él determino
llegar donde se examine,
pues con su amparo intente
mi gusto conseguiré.
Leonor, si sabéis mi fe,
no os mostréis tan impaciente.
Bernardo, mi bien, señor,
no me venís a librar,
para poder escusar
ofensas de este traidor.
Ya es tarde y no lo logrará,
mira, mi bien, que os adoro.
Dame la muerte, vil moro.
La vida el moro os dará.
El caballo está ya aquí.
Bernardo, adiós.
¡Ay de mí!
Vanse llevándola en los brazos y dice dentro Inés.
Seguid al moro, cristianos,
que lleva a Leonor robada,
que para impedir su entrada
no hubiese fuerza en mis manos.
Tocan cajas y trompetas y salen Ordoño e Inés.
¡Quién vio tal atrevimiento,
Inés, que el moro intentase
tal cosa! ¡Por Dios que va
que Belcebú no le alcance!
Viniendo a ver a Leonora,
vimos pasar el alarbe,
que seguido de cristianos,
como perro de diestros canes,
en un ligero caballo,
émulo veloz del aire,
y va tal, que apenas vimos
con quién ni cómo pasase,
sino que oyendo las voces
de las bocas populares
que dicen que Brabonee
llevaba robada un ángel;
un ángel digo de aquellos
que sin ser del cielo caen,
debajo de los cuales
dejando ya tafetanes,
de la ciudad se salía,
y Bernardo fue en su alcance.
tocan cajas
Sin que para su defensa
ninguno le acompañase,
hasta que sabiendo que era
su dama la que arrogante
el moro llevado había,
previno sus capitanes,
con que en un son indignados
salieron al mismo instante;
poblando con alaridos
del viento las raridades,
y allá van determinados,
sin que ninguno esperase
la licencia de su rey,
porque a Bernardo no agravie
a dar la muerte crueles
a este Bravonel infame
y a cuantos se alistan
debajo de su estandarte.
Marqués, ¿esto ya no os desp[ierta]?
los ecos de nuestros parches
la batalla dan sin duda.
Déjala, moro, o cobarde,
déjala, perro, la vida.
Con Leonor querías holgarte,
en Castilla a unos perros
pan les damos y no carne.
Pero, ¿qué es esto? Sin duda
el casto Alfonso allá parece;
cierto es así, ¿quién no acude
a aguardar qué orden os sale?
Toquen cajas. Salen soldados españoles y moros riñendo, Bravonel, Leonora y Bernardo.
Perderás, moro, la vida, y [ilegible]
Y cuantos vienen contigo.
Lo que temes, enemigo,
mi esperanza está perdida;
bien me previno mi estrella.
a Leonora
Tirano, para vengar
mi ofensa no he de parar
hasta ver así a tu rey.
Leonora, ponte a mi lado.
Quitaste, infame, y a morir [ilegible]
Feliz, mi bien, que creí
haber tan alegre hora.
Vanse los tres.
De aqueste moro pagamos
el socorro que nos disteis,
mas ya locura que hicisteis
solamente castigamos.
Fin de la obra.
Ambas páginas del manuscrito (folio 36v y 37r) están tachadas con grandes aspas que cruzan todo el texto.
Ya estamos todos venidos,
que aunque vos invió delante,
Brabanel no fue bastante
a verlo a no ser rendidos;
sobrada razón tenéis
de darnos tan dura muerte.
Conocerle has, a más fuerte,
la pena que padecéis.
Vanse, y sale el Rey Alfonso, Bernardo, Leonora, y digan dentro: con cajas, victoria, españoles.
Nunca, Bernardo, nunca lo creyera,
si por mis propios ojos no lo viera,
así guardan las leyes
con que se honran comarcanos reyes;
bueno es darnos ayuda
y pagarnos aquesta con la muerte;
mucho mi pecho duda
que sea don de vuestro brazo fuerte.
Aparte.
La causa fue, señor, muy apretada,
pues llevaban robada
los moros a Leonora,
en esta fuerza principal señora,
y irritado de ver su atrevimiento,
según lo mereció castigué al moro.
Gusto, Leonora, ha dado el sentimiento,
porque al fin, con todo, sé que te adoro.
Harto pudo estar bien escusado,
Bernardo; inadvertido habéis andado;
con justa causa temeré el enemigo,
al rey de Aragón, que indignado
de haberme socorrido como amigo,
y de verse tan mal galardonado,
nuevas guerras tendrá desde hoy conmigo.
Venga, señor, que aquestos, por lo menos,
no nos harán mal, que el recibido
de los enemigos ya lo has oído,
y mientras más pocos, son, por Dios, más buenos.
A esto, a León partamos
y contra el de Aragón nos prevengamos.
Mientras viva don Alfonso, aquesta mano
temerle convino, no el poder humano.
En el folio izquierdo se aprecian pruebas de pluma y escritura del revés que no forman parte del texto de la obra.
Título en la parte superior derecha.
Salen Bernardo, la espada desnuda, y el rey Alfonso, herido en sus brazos. Tocan cajas.
Pagó el moro insolente
con la vida, señor, su atrevimiento;
ya es mía Benavente,
después que les ganó mi brazo el puente.
Nunca podrá faltar conocimientos
de mis deudas, Bernardo,
pues seis veces mi muerte has impedido,
siempre valiente y siempre tan gallardo,
que envidio aqueste día
aun más que tu valor, tu bizarría.
Dame tus brazos, que esto has merecido
por lo que a tu aliento he debido;
con ellos te lo pago,
pues con afecto al afecto satisfago.
Señor, en mucho estimo sus favores,
pero puedes hacérmelos mayores;
ya sabes que mi padre ha estado
en una prisión veinte años,
la ausencia padeciendo de mi madre,
llorando, aunque sin ojos, tantos daños;
y que él, como Ximena,
aunque sin culpa, llevan esta pena.
Ten, señor, ten, señor, en la memoria
las veces que este bien me has ofrecido,
que antes que alcanzase la victoria
en Roncesvalles, rey, me prometiste
que al conde me darías animado
fuese por mí el francés, y a los suyos ha asolado
mas nunca favor tanto vi cumplido
aunque en León como antes lo he pedido
pues por mi mano tienes hoy la vida
bien tengo la de Sancho merecida
si en pago de la suya aquestas quieres
ejecuta señor como quisieres
o si no dame muerte
la suya aliviarás como mi suerte
pues yo no veré un padre
con la prisión que suspender no puedo
ni a tu hermana y mi madre
en tan triste clausura
sus años malogrando y su hermosura
él sabrá que no tiene quien le ampare
y así podrá vivir más aliviado
quien ya sabiendo que aquel que lo tiene
pues es fuerza que diga lastimado
qué puede ser un hijo que no viene
a dar la libertad, a dar la vida
y quien por darla él suya ha perdida
Bernardo no sea ansí, que te juro
sacar al conde del castillo escuro
y esto tan brevemente que no creas
que puede ser posible aunque lo veas
vamos que estoy herido
y he menester curarme
A tus plantas, señor, quiero postrarme
siempre obligado y siempre agradecido.
Bernardo, ven y levanta.
Que no he llegar a ver ventura tanta
y a teneros hoy, padre, en estos brazos
donde os los dé y me deis tiernos abrazos
por ser en mi favor, aun no lo creo,
cielo piadoso cumple mi deseo.
Vanse y salen don Ramiro, don García y criados.
Mucho Ramiro me he holgado
que Alfonso me ha llamado
a León te has atrado
para perder su estado
porque proceda fácil
teniendo de su bando
diez capitanes, el francés
título digno de él
que goza si gallardo
Bernardo, como valiente,
no le estorbará prudente
quiero muera don Bernardo
has de ver toda Castilla
el reino y su libertad.
Yo le tengo mancilla.
Yo no puedo encubrilla,
verdad amigo siento,
de Alfonso poco estimado
que al conde le ha negado,
cruel, tirano y sangriento,
a su madre, sin que vea,
ni a su padre de Saldaña.
Este el amor no me engaña,
es rigor que no hay quien lo crea,
aunque lo defienda
tantas veces de la muerte.
Él tiene bien poca suerte
aunque es de todos querido.
Fuera injusta tal cosa
pues que le deben las vidas
tantas veces ofendidas
por su espada valerosa;
y a socorro ha llegado
del Rey, a quien le muestra
que su braveza y destreza
es invicto ha conquistado,
dado la muerte a un moro
que tenía al Rey herido.
Qué poco premiado ha sido.
Tal vez de lástima lloro,
pues dicen que le pidió
a su padre, al tiempo que
su amparo y ayuda fue,
pero ¿qué remedio?
Pues de lo que yo me admiro
es que no le haya sacado
por fuerza, ya que por grado
no se le ha andado, Ramiro.
Es humilde y es leal
a su Rey, pues es español.
A Scipión famoso
no fue mayor acción
que de diez mil hombres
conquista tan valerosa,
que se halla en él acrisolado
y en aquesto sin igual
siempre obediente a sus leyes.
Si tú el gobierno tuvieras
presto a su padre le dieras.
No, que España tiene Rey.
Cuando yo el cetro posea
las cosas se mudarán
que hoy muy caídas están.
Tanto bueno hay, quien lo crea
que las mejore algún día.
Dios lo disponga, García,
y ponga mejor.
Espera, ¿escuchar un atambor?
el atambor de Bernardo,
viene marchando Bernardo.
Si no me engaño, le oigo,
pues cierto
que ya debe de llegar.
Vamos, veremosle entrar.
Muy cerca estarán de aquí,
y gran valor tienen descubierto.
¡Oh, es capitán famoso,
no fue mayor Cipión!
¡Feliz mil veces León,
con hijo tan valeroso!
Vanse, y salen Bernardo, Prisilio, Leonora e Inés.
En el apunto he llegado.
Como siempre, vencedor.
Aparte.
Sí, mi dueño, sí, Leonor,
siempre de ti enamorado.
¡Ay, que todo cuanto gusto
me da este amoroso exceso,
temiendo a mi padre preso,
me le quita un rey injusto!
Mi bien, mi señor, ¿qué tienes,
que tanto te has suspendido?
Dime, ¿acaso estás herido?
Dime, ¿qué traes?, ¿cómo vienes?
Herido, mi bien, sí, estoy,
mas es de tus ojos bellos,
pues de sus flechas y cabellos,
manso amante, el blanco soy.
Cuidados tal vez me quitan
algún sosiego, mi bien.
Di algunos que te desvelan,
mis desdichas aliviarán.
Decí, pues, ¿cómo has estado?
Que te juro que he tenido
las penas que has padecido
después de haberlas pasado.
Y después que de aquí partí,
no hice más que vocear,
llorar, suspirar, llorar,
en fin, me acordé de ti,
porque aquellos bellos ojos,
de tantas gracias llenos,
más serenos que serenos,
y más tratables que abrojos,
estando ausente de mí,
tan, mi bien, apartados,
dan aumento a mis cuidados,
pues no me acuerdo de ti.
Y es tan grande el sentimiento,
que no lo podré hacer,
que no te quisiera ver,
por no sentir lo que siento.
Aquesto te dice un dueño,
amante, que no te miente,
pues te dice lo que siente,
y hoy que te has hecho un demonio.
Mira si tiene mi amor
doblez ninguna, con decillo,
castellano es y sencillo,
y para que esto, mejor,
ya oye mi amor, amada,
y déjame que te abrace.
En la mitad superior del folio izquierdo aparecen los siguientes versos tachados: "A mano que miras que / porque le pone de palo / Menos fiera prenda mia / porque aqui ha sido blando / Gon. No es burlando burlando / pese a un pobre mi poesia / Ber. Vamos mi bien, vamos pues / porque venis mui cansado / que del contengo alibiado / Ord. a vuestro [ [ilegible] ]"
Danse las manos y éntranse, y sale el Rey Alfonso y los suyos, y Rodrigo a su lado.
Con qué falsía usa, Rodrigo,
el conde de Aragón,
su gente contra León,
publicándose enemigo;
nada a Bernardo disculpa
el dar muerte a Brabonet,
pagará mi enojo él,
cuando él solo fue la culpa.
Solo se puede sentir
que, habiéndonos ayudado,
tan mal se le haya pagado
el empeño de acudir,
más por una mujer.
¡Ay, su dama!
Pues, ¿cómo se llama,
que tal cosa llegue a ser?
Responde Rodrigo.
Es fiera.
Señor, él tenía en León
esa que llaman Leonora,
a quien estima y adora
con igual satisfacción;
y ella, de su amor forzada,
no llevando con paciencia
el faltar de su presencia,
como tierna enamorada,
a Pamplona se partió,
amante en su seguimiento,
cuando el feliz rendimiento
de Roncesvalles se vio;
donde, Brabonet vendido,
por haberla visto aquí,
resuelto a robarla allí,
valiente, mas no advertido,
Por tantas partes los dos
probáis servir a Dios
para ver los aumentados,
y os prometo remediar
como me conviene.
Aquí Jesucristo viene.
Bien será disimular.
Sale Bernardo.
Ramiro me dijo agora,
señor, que tú me llamabas,
y que congojado estabas.
y que me des estas favas
Díxome el moro agora.
Porque el loco aragonés
la muerte vengar quería
de su gente y cobardía
contra los cuatro leones.
Si tienes a qué haceros,
queremos, invicto Rey,
y mi brazo es verdugo y ley,
que ejecuta lo que quiere,
mirad, ordenad, señor.
Que aquí está siempre mi espada,
que prevenga la jornada.
Resista su valor,
salgan todos mis soldados
e impidan al moro el paso.
Aparte.
Antes que llegue al ocaso
el sol, estarán armados.
Adiós, divina Leonora,
que esto en mí siempre es forzoso.
No temas, rey valeroso,
espada ni lanza mora,
y por atajar tu pena
solo tu licencia aguardo.
Aparte.
Bien puedes partir, Bernardo,
como lo quiero y ordena.
Anda con Dios, y él permita
que vuelva a ver tu invención
victorioso de Aragón.
Mi valor lo solicita.
Adiós, que el cielo te guarde.
Vase.
El mismo que de antes soy,
a ganar más glorias voy,
y agora a partir, que es tarde.
En tanto, Rodrigo, espero
hacer que aquesta Leonora,
pues es mi ofensa y honra,
salga de León, y quiero,
aparte, la lleven donde
no pueda saber de ella;
su delito pagará,
del modo que es justo, o donde
Es demostración cristiana;
Así a Castilla conviene.
Pues quizá, si se detiene,
será diligencia vana,
y es menester prevenir
que no la lleve consigo.
Así es muy bien, Rodrigo;
vamos luego a impedir.
Tocan.
De cajas siento rumor.
Sin duda marchando va.
Bien dices, pues toque ya,
rompa el parche el atambor.
Vanse, y salen Leonora e Inés, y Ordoño.
Mil veces malhaya
quien fue de la guerra,
no digo inventor,
causa primera.
Mil veces malhaya,
repite mi lengua.
Pues ha sido origen
de todas mis penas,
¡ay, dulce Bernardo!,
¿cómo, di, me truecas
mis amantes lazos
en armas sangrientas?
¿Cómo, dueño mío, de amor,
de Leonor te ausentas,
y por tantos males,
tantos bienes dejas?
¿Juzgas por ventura
que he de tener fuerzas
que resistan siempre
el rigor de ausencia?
No porque en mi afecto
alcance flaqueza,
mas porque mi vida
a darla viniera.
Aguarda, Bernardo,
aguárdame, espera,
concede a mis ojos
que ante sí te tengan;
o si no pudieres el alma,
el alma me lleva
para que contigo
sus males no sienta.
Aunque bien infiero
que conmigo quedas,
pues, aunque te has ido,
no me lloran muerta;
pues si me faltaras,
¡ay, Dios!, no viviera,
pues donde no hay vida
es la muerte cierta.
Inés de mi alma,
cuyas corvas cejas
de águilas parecen
un par de alas negras;
dígome de garza,
blanca y aguileña,
parda y colorada,
rica de belleza;
como te amo tanto,
no voy a la guerra,
que el estar contigo
es lo que me alegra.
No porque me falte
valor ni destreza,
que de un golpe entiendan
que del moro tiembla,
y por no te ver,
aunque sea manera.
juro a mi conciencia
que juntos estamos
dime dos finezas
por dos falsedades
con que me entretengas.
No seas necio, Ordoño,
ni es ocasión esta,
cuando está Leonora
con tantas penas.
¡Ay, el dueño mío,
que el alma recela
no te veré jamás
si en León me dejas!
Si tú no me aguardas,
y a esotro me das,
sin duda, ¿qué quieres
que este mal padezca?
Señora, ¿qué es esto,
pues no ha de dar vuelta
muy presto Bernardo?
Quitadnos sospechas,
porque el corazón
penas representa,
falta a las dichas
que acaban con ella.
Pues, ¿qué es de lo que temes?
Que Bernardo sea
despojo del moro,
y que a no vengar vuelva,
o que yo antes de eso
tengo de ser muerta.
Mira si son causas
para tantas quejas,
queriendo el agravio
que en rigor fuera,
tras tantas desdichas,
recelo de nuevas.
Salen Rodrigo y a su lado dos alguaciles.
Aquesta es la casa, entrad,
pero con gran cortesía.
De la poca suerte mía
almas, daños recelad.
¿Sois vos acaso Leonora?
La misma soy. ¿Qué mandáis?
Dale una cédula.
Que leáis y obedezcáis
esta cédula, señora.
Asegúroos que he sentido
verme a cumplirla forzado,
pero, como soy mandado,
excusarlo no he podido.
Aquí me falta el aliento,
y así sin justicia ni ley
ordena por esto el Rey
que me retire a un convento.
Justamente recelaba
lo que me dictó el corazón,
yo he de salir de León,
yo de mi fortuna esclava.
¡Ay Bernardo, si estuvieras
aquí tal vez a mi lado,
como firme enamorado
la ejecución impidieras!
Mas quédame de consuelo,
señor, el que has de volver,
y que podrás suspender
las desdichas que recelo.
Leonora, no os detengáis,
porque hoy sin más dilación
habéis de iros de León
conmigo, y los que miráis,
no hay detenerse, esto no espante.
Tachado: Inés. ¡Qué crueldad semejante!
¡Vive Dios, que estoy sin mí!
No extraño, estando sin ti.
Infortunio semejante,
lo necesario aprestad,
que aquí fuera os esperamos.
Vamos, señor, y partamos,
si es del Rey la voluntad.
Ordoño, parte a Aragón
y avisa a Bernardo de esto.
No será el aire más presto.
Verás la satisfacción.
Vanse, y queda Leonora.
En vano intenta Alfonso, en vano intenta
atajarnos, amor, con apartarnos,
pues cuando más procura separarnos,
más el afecto en cada cual se aumenta.
Aunque su suerte el corazón lamenta,
llora de gusto el alma por mirarnos
más finos, que si impiden el amarnos,
que quien priva el deseo, le acrecienta.
Triste bien mío, con tan triste ausencia,
será forzoso que muriendo viva
padeciendo tormentos inmortales;
mas si llego a tenerte en mi presencia,
será tanto el contento que reciba
que burlaré de los pasados males.
Vase, y salen el Rey Alfonso, Don Ramiro, y Don García, cazando.
No vieron estos montes tal fiera
en cuanto su carrera
arde la Libia ardiente,
alumbra el sol desde la luz primera.
Solo tu brazo, príncipe excelente,
pudo rendir tan espantosa fiera.
Es calificación de las hazañas
que de ese brazo han visto las Españas.
prometeos que he tenido
viendo a mis pies el animal rendido
ramiro grande gusto que es ensayo
esta pequeña facción de las que pienso
hacer contra los moros africanos
el yugo sacudiendo a las cervices
de todos estos Reinos castellanos
con un valor espero que eternices
a pesar del olvido tus memorias
escribiendo la fama tus victorias
el gamo se huyó en fin
pasó raudo al viento
imitó si no al mismo pensamiento
a sus plantas el miedo puso alas
fueronle en su pecho nuestras flechas
que huyendo de su herida diligente
halló piedad en medio de una fuente
a quien en sus raudales
del cristal que bebió pagó en corales
donde menos herido y más ligero
burló el perro el caballo y el montero
qué es esto que suena que se siente
aya voces dentro
qué serán señor los cazadores
guardad el oso Rey guardad Señores
huid señor que hay poca resistencia
guardad el oso que va con gran violencia
no le esperes señor huye tu muerte
no teme un Rey Ramiro de la muerte
a mi valor ha de quedar rendido
huyen todos y dice el Rey dentro
errele el golpe y a mis brazos viene
que fiero animal mi fin es cierto
si esta fiera su furia no detiene
que mata un oso a nuestro Rey advierto
no llaméis que hay más cerca quien refrene
su fuerza y a mi furor el oso es muerto
qué buen golpe le dio, qué gran destreza
dividiéndole en dos partes la cabeza
sale el Rey y Bernardo con espada desnuda
gallardo mozo, qué valor qué brío
dame los brazos, cosa es conocida
que si solo pudieras darme vida
ese es oficio mío
cómo por estos montes has llegado
daba al león la vuelta victorioso
ya el enemigo queda destrozado
mucho debo a tu brazo valeroso
pide merced y pide que desdichada
las que quieras en pago de mi vida
para con que mi deuda de escarmiento
porque el feliz y breve vencimiento
ha sido breve por haberle hallado
muy dentro de castilla
en fin venciste mucho lo he estimado
yendo yo allá seguro estaba eso
mas si he de recibir tantos favores
Vea libre el de mi Padre Preso
Dime Bernardo que viene nuestra gente
tocan
mui cerca escucho que los atambores tocan
Vase el Rey
eres gallardo cierto eres valiente
Salen Don Ramiro y Don Garcia y cazadores
Cielos que se me acaba la paciencia
a tanta ingratitud no ay resistencia
vive Dios rei tirano que me obligues
a que mal caballero y mal vasallo
sin que a mis furias esta vez mitigues
a perderte el respeto y a sacallo
sin que posible sea el atajallo
espera Alfonso alfonso Rei espera
mas esta ingratitud no es la primera
da la vida a mi padre y a tu hermana
no acredites tu fuerza de tirana
vive Dios que estoi corrido
de tan baja y vil accion
como bolvere a leon
que yo puedo haber huido
y al rei mi señor dejado
en manos de vn animal
quien rigor ha visto igual
ramiro aqui nos han hablado
la espada tiene desnuda
mas ya le veo es Bernardo
que dio la muerte gallardo
a la fiera y a el es sin duda
presto bolvio vitorioso
es notable su valor
quien ante el rei mi señor
hubiera rendido al oso
cuanto fabor esperara
que obligado me diera
todo cuanto le pidiera
quien tanto desden juzgara
lleguemos le pues a hablar
no ay alivio que me quadre
yo tengo aqui de su padre
una carta que le dar
pues Bernardo bien venido
claro esta que vencedor
primos, garcia, señor
que causa aqui os a traido
aconpañar a su alteza
es muy justo y yo me enpleo
ya de vos aumento veo
y yo veo mi bajeza
puesto que el rei obligado
de aver su muerte inpedido
os abra faborecido
a mi Padre me ha negado
por Dios que no tiene ley
es grande su tirania
ramiro Garcia
hablad mejor de mi Rey
ved pues que presente estoi
sea ingrato alfonso, pues
él hace como quien es
y yo hago como quien soy.
referís razón.
no se aparta
de lo justo eternamente.
es tal como valiente.
quiero darle aquella carta
que su padre invió
y para no estar vos aquí
al portador la pedí
y en secreto me la dio.
¡ay, padre del alma mía!
bien sé que me culparéis
pues en un castillo os veis
sin distinguir noche y día,
y diréis bien que hago mal
en no os libertar, señor,
pero antepongo a mi amor
el ser a mi rey leal.
si oís decir qué mal hijo,
supuesto que sí lo fuera,
que a él como padre hiciera
lo que él por mí como hijo.
si yo no sé en qué fundáis
el no os acordar de mí
aun siquiera persuadí
el alivio que deseáis,
pero si acaso dudáis
ser yo a quien habéis engendrado
jamás habréis reparado
en lo que me parecéis,
pues si en mí desdichas veis
a vos os veis desdichado.
que ser desdichado es cierto
pues un hijo que habéis tenido
mis prisiones no ha impedido
cuando a otros moros muerto,
el serlo dos no es incierto
pues que no hay duda que os cuadre
cuando ignoráis vuestra madre,
mas qué hijo, y ya no me aflijo
que soy un padre sin hijo
y vos un hijo sin padre.
no leas más, ¡por cielo santo!
dadme en este lance aliento
que me falta el sufrimiento
y me va acabando el llanto.
Ramiro, ¿dónde está
Alfonso?
para en aquella aldea.
¿dónde descansar desea?
pues alto, vamos allá,
veremos lo que responde
a la carta de mi padre
si no, al llanto de mi madre
cuyos brazos niega al conde.
vamos, pero yo imagino
que el rey anda por aquí.
Sale el Rey.
cuanto leísteis oí,
pero nunca me convino
ver libre de la prisión
a don Sancho y a Jimena,
y así excusad darme pena
en el monte ni en León,
que así no le habéis de ver
mientras yo viva, casado.
Cielos, que aquesto he escuchado.
Aun no lo puedo creer.
Alfonso, Alfonso, ya basta,
ya se acaba el sufrimiento,
no fiado en mi lealtad
tengas a mi padre preso.
No juzgues que ha de durar
mi obediencia y mi respeto,
que es forzoso que no pueda
tal vez sufrir tanto peso.
¿No bastan veinte y tres años
de oscuridades y hierros,
que la ceguedad de amor
castigue con el que hicieron?
¿No bastan, no bastarán
los servicios que te he hecho
para que, obligado en algo,
quieras honrarme por ellos?
Mira, pues que no te vengas
de mis padres con aquesto,
de mí te vengas, Alfonso,
pues que bastardo me ves;
pues yo no te he deservido,
si desde que a servir quedo
la espada he dado a tus pies,
sin número los trofeos.
Y quizá por este brazo
tienes, casto Alfonso, el cetro,
pues que a nadie defendiera,
sino yo, de Francia el reino.
Bien sabes que te defendí
con mi valor y con mi esfuerzo,
y si en Zamora por un moro
te vieses vencido y muerto,
bien sabes que junto a Astorga
mis brazos vida te dieron,
pues con ellos te vi libre
del africano sangriento.
Bien sabes también, señor,
que en la batalla del otero
impedí que del francés
te fuese Parca el acero.
Bien sabes que junto a Toro,
en las riberas del Duero,
esta espada te sirvió
de muralla y de pertrecho.
Bien sabes que en Benavente
mis manos defendieron
esa cabeza de un moro
valiente como soberbio.
Bien sabes que al rey Marsilio
agora vencido dejo,
y que en sus despojos tienes
el valor de cuatro reinos.
Y finalmente bien sabes,
ese monte, el bruto mismo,
que si no es por mi valor
te matara el oso fiero.
Bien tienes en la memoria,
invicto monarca, aquello,
y bien sabes que del amor
son disculpables los yerros.
bien sabes que el de Saldaña,
no juzgues que lo encarezco,
es tan bueno como tú,
y que sin ser él más bueno,
bien sabes y bien conoces
que le deben tus abuelos
más que a cuantos en Castilla
se apellidan caballeros.
Bien sabes también, Alfonso,
que a ti y a Ximena dieron
el ser unos mismos padres,
y que es tu sangre, en efeto.
Bien sabes, pues que en España
me señalan con el dedo
y que jamás otro nombre
sino es bastardo me dieron.
Mira, señor, que te afrentas
y que yo también me afrento,
tu honor, saldad, y el mío,
si haces estos casamientos.
No lo dilates, Alfonso,
mira por el honor nuestro,
dame a mis padres, pues ves
que aqueste favor merezco,
mas, puesto que ya me dices
con aquesa acción no quiero,
guárdate, Alfonso, de mí,
de mí se guarde tu reino,
no está vuestro seguro,
ya empuño mi blanco acero.
Padre, al arma, al arma, conde,
que yo os veré libre presto.
Alvaro y Sancho, esperadme,
fiado que con mi esfuerzo
a dos os daré la vida
y a mi brazo nombre eterno.
Vase y sale Rodrigo Rasura.
Si se ha de decir la verdad,
a Bernardo tuve miedo,
que se queja con razón,
pero yo también la tengo.
Disimular será bien
y buscar breve remedio,
porque de sus mocedades
algún peligro recelo.
Vamos, García, Ramiro,
venid, que ya el oso es muerto.
Vive Dios, que me ha afrentado.
Mayores afrentas temo.
¡Oh, Rodrigo!, bien venido.
¿Está lo que os dije hecho?
Al punto te obedecí,
y queda ya en el convento.
¿Sintiólo mucho la dama?
No vi mayores estremos,
entendí que se acabara,
señor, el afligimiento.
¿Sabe dónde queda alguno?
Solamente los que fueron
a llevarla, que se oyen suspirando,
eso no saben de cierto
dónde la hayamos llevado.
Bueno está, Rodrigo, aqueso,
pues no importa adelantarnos,
ir seguros no sabiendo
a qué parte la llevasteis,
e imaginad que me huelgo,
pues así estaré seguro
que haga Bernardo otro exceso.
Y que procure sacarla,
si lo sabe, yo lo temo.
Porque dicen que la adora,
en todo está bien lo hecho.
Partamos, pues, a León,
enviaremos un correo
a Luna, porque su alcaide
haga lo que ya le tengo
avisado, porque yo juro
que del Bernardo sospecho
alguna temeridad.
Muera el conde, y acabemos
con un traidor, pues así...
quitaremos recelos.
Ejecute, gran señor,
lo justo, lo santo, presto.
Rodrigo, yo por mi sangre
jamás la justicia tuerzo.
La brevedad te conviene.
Los caballos traigan luego.
Vamos, antes que al ocaso
llegue el farol de los cielos.
Vanse y dice dentro Bernardo.
Señora y madre, venid,
que el castillo es el que veis.
Hijo Bernardo, ¿qué hacéis?
Salen.
Aunque vais a pie, subid.
No pudo el caballo más,
de cansado reventó;
mas pues tan cerca murió,
no importa, no difaméis
velocidad tan extraña.
Aquí os sacaré a mi padre,
esperad, señora y madre,
que si el valor no me engaña,
aunque a las guardas les pese,
hoy ha de ser victorioso.
Vase.
¡Ah, Bernardo valeroso!
¿Qué es atrevimiento aquese?
En lo que intentas repara,
que te ha de costar la vida,
y ha de ser también perdida
la del conde.
Dice dentro Bernardo.
¡Ah, suerte avara!
Cerradas están las puertas,
pero yo las abriré;
solo con un puntapié
las tengo de ver abiertas.
Aquí batalla con el Alcaide.
Salen el Alcaide y guardas, acuchilla a Bernardo.
Ríndase pues, donde estáis.
A aquesto intento...
Ved que al rey seréis traidor.
Alcaide, entregadme al conde.
Paso, os he de dar la muerte.
No se ha visto brazo más fuerte.
Decid en qué parte se esconde.
Riñen.
Mayor desdicha recelo.
Sacaréle acuchillado.
Yo soy muerto, santo cielo.
Éntranse.
Ya he topado una cadena.
Qué bien tu valor empleas.
Sube de adonde estaba.
Sale Bernardo la espada desnuda y en sus hombros con prisiones su padre muerto.
Esperadme que ya voy
deste viejo padre Eneas.
Presente, madre, tenéis
a mi padre y vuestro esposo,
dadle la mano y los brazos.
Digna acción y de ti solo.
De gusto se ha desmayado;
volvednos, don Sancho, el rostro,
padre y señor, ¿qué es aquesto?
¿Cómo estáis de aqueste modo?
Mas, ¡ay de mí!, que recelo
sucesos más rigurosos
del alma, llegad, Jimena,
nueva yedra de aqueste tronco.
Admírase.
Ya llego, mas, ¡ay de mí!,
que si no mienten los ojos,
si la mano no se engaña
cuando le miro y le toco,
es muerto el conde, amparadme,
cielos, no neguéis piadosos
en tan apretados lances
vuestros divinos socorros.
Muerto es el conde sin duda,
esto miro, aquello oigo;
Alfonso, no eres mi hermano,
yo no soy tu hermana, Alfonso,
tirano te he imaginado,
ya lo siento y ya lo lloro,
mas yo tomaré venganza
de efectos tan lastimosos.
Bernardo, tu madre soy.
Ya de helado me pongo;
perezca Alfonso, perezca,
y el mundo perezca todo.
Conde, mi mano es aquesta,
como a mi dueño os adoro,
vuestra he sido y vuestra soy,
por marido os reconozco.
Contra el Rey injusto y godo,
al arma, al arma, Jimena;
de mi brazo poderoso
sienta el rigor, don Bermudo,
maldigo, fiera le nombro.
Y vos, noble padre mío,
venid, venid en mis hombros.
Sale Ordoño.
Bernardo, apresura el paso,
y a tus padres pon en cobro,
que el Rey viene consiguiente
a darte muerte furioso,
que sabiendo lo que intentas,
indignado y presuroso,
dice que viene a quitar
la vida a un sobrino loco,
su enemigo, y declarando
que no menos riguroso
de León sacó a Leonora
a sus tiernas quejas sordo,
y sin saber dónde esté
nos tiene a todos dudosos
de su muerte y de la tuya.
No prosigas, que detente,
júntese en un día todo,
para que con mayor causa
intente su muerte Alfonso;
espérame, pues, tirano,
si acaso no huyes medroso,
que seas de aquestos brazos
débil y flaco despojo.
Pase a la plana siguiente desde este verso.
No temáis, señora, a quien
es el ánimo forzoso.
El Rey, Ramiro, García, acompañamiento y Ordoño.
Rey Alfonso, a quien la fama
desde el uno al otro polo
celebra, como es razón,
de mis hechos valerosos
tienes noticia, y por eso
no los refiero, mas solo
me querello a ti de ti
deste agravio, deste asombro,
de crueldad, y desta injuria;
pues cuando en premio dichoso
legítimo, Rey Alfonso,
después de vencer batallas,
después de librar yo solo
tu persona tantas veces
de peligros tan notorios,
después de serte leal,
hallo por premio y abono
que has muerto a mi padre,
por orden tuya, y tras todo
la ausentas, sin saber cómo,
solo porque yo la adoro.
No es acción esta de un Rey
tan sabio y tan piadoso,
tan justiciero y tan recto,
tan estimado de todos.
Y si a aquesto no te obliga
este lado, y este trono,
y este llanto de Jimena,
sangre tuya y de los godos,
trocaré en rigor contigo
mi lealtad, y forzoso
habré de ser tu enemigo.
Bernardo, no te abrindes, como
tan arrojado y atrevido,
continuo y tan fiero rostro.
Yo lo digo, no hay remedio,
sepa el mundo, sepan todos,
que el legítimo Bernardo
General de mis ejércitos,
siendo de león y amparo,
que en mi corte se declara
haciendo por mí valeroso
en cuarenta mil ducados;
y en don Ramiro revoco
mi estado, y a Jimena
déla a Augusto, de modo
que esto es lo que quiero yo.
Yo lo recibo, y el gozo
donde en lágrimas se anega,
envíale a Leonora a rogar,
y ella acabe mis tormentos.
Pues mi hermano
fue conmigo fiero monstruo,
y en señal de tal verdad
mi boca en tus plantas pongo.
Al conde don Sancho Díaz
un entierro suntuoso
se le haga, como es justo.
A tus pies, mi labio postro,
por merced tan celebrada.
Bernardo, a mi cargo tomo
satisfacer los servicios
que me has hecho.
Fin dichoso.
Tengan con esto los hechos
de Bernardo valeroso,
y las crueldades también
del casto Rey don Alfonso.
[El folio vuelto contiene pruebas de pluma, versos tachados y firmas. El folio recto está en blanco salvo por un gran garabato y la foliación "60"]
[El folio vuelto contiene un gran garabato con la letra C]
Pero, ¿qué señas son estas?
Sin duda son del fiero godo.
Jimena, quedo yo aquí,
mucho espero y temo poco.
Toquen y salgan el Rey Alfonso, don Ramiro, don García, Rodrigo Rasura y otros.
Que el de Bernardo inventa
y a la venganza corre por mi cuenta.
Villano mal nacido,
sangre de un vil traidor a mi corona,
mucho te has parecido
en esta acción al padre que has tenido;
mas yo apagaré intentos
con la vida, traidor, tu atrevimiento.
Paso, Rey, paso, Alfonso, ved el modo
que tratáis a mi padre y a Bernardo,
reliquias nobles del valiente godo.
A vuestro lado estamos,
ea, nobles leoneses,
el muro de Castilla defendamos.
Aparte.
Calla, villano, calla, que eres bastardo,
y si no callas a mi brazo fuerte
hallarás breve y rigurosa muerte;
mas no se la daré, pues me ha pesado
por habérsela dado
a don Sancho, su padre,
negando ser crüel su esposa y madre.
pues por su valentía
aún mayores favores merecía.
Huye, envidioso amor, de estos rigores,
aunque parezcan yerros con dorados.
Bernardo, ya me pesa
de los rigores que hasta aquí he tenido;
tu razón alta, oh Rey, se ha conocido,
el alma los confiesa;
mi ingratitud perdona,
que en lugar de tu padre
has de tener de España la corona,
gozando de tu madre
los amorosos lazos.
Conde, alternemos todos tres abrazos,
y vos, venid, hermana,
y si merece verse disculpado
un ánimo indignado,
el mío alcanzará de vos perdones.
No me abracéis, lance riguroso,
que no he de vengar a mi dulce esposo.
Bernardo, llega, pues ven a Palacio,
adonde hablar podemos más despacio.
Ay, dulce padre mío,
la venganza os ofrezco de mi brío.
Ramiro, me perdone,
que es fuerza que Bernardo se corone
el cerco castellano,
muerta la mía, goce de su mano.
Madre, dudando quedo
si es mejor que de fundado miedo
espérame, señora,
que presto iré a buscarte, quien te adora.
Vos, el Reino mío,
y yo amigo seré, no de mi tío.
Venid con la esperanza
que se ha de tomar del Rey justa venganza.
Pídela por mi el cielo
que yo os veré vengado
si acaso suceso no se sube al cielo,
pues no ha de ofenderle de mi el vuelo.
Y vos del sol luciente hermoso rayo.
Y a buscarte parte tu lacayo.
Aquí, senado, acaba
nuestra segunda parte
de aquel primero Castellano Marte.