
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El peregrino en su patria, San Alejo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-peregrino-en-su-patria-san-alejo.
Comedia del peregrino en su patria, o de san Alejo.
Personas.
Alejo, peregrino.
Eufemiano, su padre.
Aglés, su madre.
Marcia, su esposa.
Amonio, mayordomo.
Giraldo, Hipólito, criados.
Honorio, emperador.
Inocencio, pontífice.
Valerio, Adronio, estudiantes.
Mauricio, sacristán.
Otro criado de Eufemiano.
Un ángel.
Lucifer.
Cristo nuestro Señor.
María, madre de Dios.
Hermosura divina.
Tinelo, pobre cojo.
Baraona, manco.
Cepeda, ciego.
Gomecillos, mozo del ciego.
Músicos.
Gente de acompañamiento.
Suenan voces y grita de estudiantes de adentro, que digan víctor, y salgan los más que pudieren trayendo en una silla sentado en hábito de estudiante coronado de laurel a Alejo, y Giraldillo delante, y después de dada una vuelta al tablado quede solo con Amonio.
¡Víctor, víctor, mi señor!
Giraldillo, ¿cómo es esso?
Suéltame que estoi sin seso.
¡Alejo, víctor!
¡Víctor!
¡Válame Dios!, ¿no fue aquel
Alejo?
Pues, ¿esso dudas?
Espérate.
Bien me aiudas.
¿Cómo le ciñe el laurel,
que a nadie lo ha dicho en casa
y a mí ha sido bien a caso
por aquí el pasar de paso?
Pues sábete que esso pasa.
¿Qué pasa?
Lo que pasó.
¿Qué pasó?
Lo que ha pasado.
¿Y cómo pasó?
Sentado,
¿no le viste como yo?
¿Qué era aquello?
Lo que fue.
¿Qué fue?
Lo que ha sido ya.
Vos veréis lo que será.
Id, a casa os lo diré.
Pase, señor mayordomo,
que lo que pasa le cuento.
Pues acaba.
Este mi aliento,
que hoy Alejo triunfa.
¿Cómo?
Como ninguno le iguala
en los actos literarios,
entre todos sus contrarios
lleva hoy triunfante la gala.
Diversos premios propuestos
colgaron, y láurea honrosa
a los que en versos y prosa
llevasen más altos puestos.
Y aunque ya muchos a vuelo
tomaban el lauro, tiende
sus alas Alejo, y prende
el lauro, y triunfa en el suelo.
El escolar alboroto
víctor le aclama, y resuenan
los ecos; y a Roma llenan,
gimnasio aplaudiente todo.
¡Alejo víctor!
De adentro.
Ya torna
déjame ir.
Ya te dejo,
que
que yo a los padres de Alejo
cuento el laurel, que le adorna.
Vase, sale Alejo en medio de Valerio y Andronio estudiantes, y Giraldo detrás de su señor.
Os damos mil parabienes
del rico laurel ceñido.
Parece le han producido
no Dafne, mas vuestras sienes.
Que según le contemplamos
crecido en vos, me recelo
que al mismo señor de Delo
le habrán de ofender sus ramos.
Por mi amor, que estáis, Valerio,
gracioso, lisonjas fuera.
Honra esta laura primera,
la segunda, os dará imperio.
De todos robáis los ojos,
demos por Roma una vuelta
y la rienda un poco suelta
a nuestros gustos y antojos.
Veréis la mujer más bella,
que el sol con su rayo alumbra.
¿Si es aquella, que deslumbra
mis ojos, del mar estrella?
¿Si es la que ama el alma mía?
¿Si es la que mi alma ama?
Esta María se llama.
Y esta se llama María.
Conformes somos los dos.
Y los tres.
A vella vamos.
Vanse por una puerta y Alejo por otra.
Por esta calle echamos,
que acá es la Madre de Dios.
Paran, y míranle con desdén.
¡Qué gran santucho estáis hecho,
con eso salís agora!
Otra María no adora
el alma dentro del pecho.
Soy su esclavo, y ofrecida
le tengo el alma, en quien reina.
Ella es madre, esposa, y reina,
señora del alma mía y vida.
Si a la otra indigna mujer
los corazones rendistes,
dejadme, y pues os perdistes
no me pretendáis perder.
Yo más cuerdo os tuve a vos,
¿no es amistad guardar?
El amigo hasta el altar,
en tocando en eso: a Dios.
Y si mi amistad amáis
pido en esto lo mostréis,
no solo no me llevéis,
mas ni allá ruego que vais.
Que el seco heno, se os acuerde
de los deleites del prado,
y la sierpe del pecado
se esconde en la hierba verde.
¡Qué galán predicador
está tornado el laurel!
No es la causa amigos él,
sino Cristo, y su amor.
¿Qué importa? es el alma muerta
a la primera ojeada!
¿Qué importa rendir la entrada,
y el enemigo a la puerta?
¿Cuántos ojos por abiertos
ciegos los dejó una lista
que son en esta conquista
los atrevidos, los muertos?
A Dina, y a David presento
en mi favor por testigos.
Ellos confirman, amigos,
mi opinión con su escarmiento.
¿Qué ojos de Dios igualar
queréis a un gusto liviano?
Más vale pájaro en mano,
que ver al buitre volar.
Un siglo hay de aquí a que muera
o venga gloria, o infierno.
¿Quién por temor del invierno
no se holgó en la Primavera?
Así que tan sin recelo
vuestro antojo el temor pierde
pues la primavera verde
suele marchitar un hielo.
Ea, holgaos, pues sois bizarro,
dejaos de cuentos fingidos.
Ha, Faetontes atrevidos
precipitados del carro.
Andad acá hipócrita.
No hay miedo, que allá vaya
que cerca a mis pies la raya
del límite de Sión.
Quedaos para necio.
Vanse los amigos.
Andad.
Veneno de áspid que provoca a sueño,
no imagen, sino al propio, viva muerte,
peste, que aun hiere su resuello fuerte,
hierva, que mata con sabor risueño;
fuego debajo del dispuesto leño,
que poco a poco en brasa le convierte,
en mano de mujer taza, que vierte
ponzoñoso licor, aunque halagüeño,
forzosos y encubiertos enemigos
del cuerpo sujeción, muerte del alma;
veneno de áspid, peste, hierva, fuego,
mujer, ponzoña sois, falsos amigos
que al casto pecho le robáis la palma,
y nos rendís a un apetito ciego.
A ti, María, mi limpieza entrego,
y al templo de tu gloria
cuelgo el rico laurel de mi victoria.
Vase.
Salen Eufemio, Agles, Amonio y gente de acompañamiento.
¿Otorgose, señor, ya la escritura?
Señora, sí. Ya el hijo, que os dio el Cielo
por mujer tiene a Helena, en hermosura,
y en condición un Ángel deste suelo.
Con esto este árbol su frescura
conserva, a quien amenazaba el hielo
del cierzo estéril, mas la nueva planta
prolija en tronco, en ramas se levanta.
¿Qué oscura nube a vuestros claros ojos
roba la luz? Y con templado fuego
agua rinde a la tierra por despojos.
que perlas las congela el aire, luego
No suspiréis, señora, que me dais enojos,
perturbando la paz de mi sosiego.
Heláis el cuerpo, suspendéis el alma,
ni cesan olas, ni tormenta, calma.
¡Ay, señor!
¿Qué tenéis?
¡Ay, ay!
Suspiros,
no entristezcáis los aires.
¡Ay, mi gloria!
Por mi amor, que dejéis ya de afligiros
y de afligir con eso a mi memoria.
Lágrimas, ay, no puedo resistiros,
da en mí una voz cobrada la victoria.
¿Por qué crecen las penas, y sollozos,
cuando crecidos suben más mis gozos?
Ay señor, que este hijo mío, es hijo
de importunas plegarias, y así creo
que han los cielos de aguar mi regocijo
con juicio oculto, y singular trofeo.
En sueño, breve; en oraciónn, prolijo;
en obras, casto; firme, en su deseo
contemplo a Alejo templo de Dios vivo,
humilde, y pobre, y en amor esquivo.
Su corazón probé diversas veces
con fuego de afición, y me responde:
Madre, mira que es vano, cuanto ofreces,
y en otra prenda mi afición se esconde;
a qué fuego, o, diamante te enterneces,
dónde está tu amor, le dije, y dijo adonde
sus ojos, fija el Águila en lo alto
que a Dios conquistó, y hicimos asalto.
Yo sé que Alejo mudará de intento.
Amonio ¿no está en casa?
Ya ha venido
con lauros del estudio más contento
que si trujera el Imperial vestido.
¿Pues cuándo llegó?
Agora.
Ya le siento.
Anda, ve, tráeme, aquel rico vestido
que encierra mi recámara.
Ya torno.
Ay hijo, de mi casa sol, y adorno.
Vase Amonio.
Sale por otra parte Alejo en cuerpo y en traje de estudiante, y Giraldo con él.
De rodillas.
Dadme que bese, señor,
vuestra mano.
En hora buena,
vengáis.
¡Oh, mi dulce amor!
tu vista ahuyenta mi pena,
y después, torna mayor.
Con gran regocijo os veo.
Vuestra presencia le causa.
También el rico trofeo,
que hoy ha levantado, es causa
del gozo de su deseo.
Victorioso, y laureado
por la Academia está
Gran contento me habéis dado,
mas no volváis más allá
no se pierda lo ganado.
Sed como el aventurero
que clava al toro primero,
y después con buena traza
desembaraza la plaza
triunfante, orgulloso y fiero.
¿Qué es esto Dios?
Aquí están
los vestidos.
Hijo amado
quisiera veros galán.
¿Señor, así no os agrado?
¿Dónde, oh Dios, sus fines van?
Da gusto a tu padre, amores.
¿Que así entre puertas me cojan?
Los ojos rasa.
No llores.
¿Del vestido me despojan,
so místicos salteadores?
A desnudarle acudid.
Vayan desnudándole la sotana, y vístanle de galán, y antes de ponerle la ropilla, le saquen la cadena, que trae ceñida al cuerpo.
Señor, con vuestra licencia,
solo lo haré aparte.
Acabad.
¿Que aun hacia nuestra presencia
hay más casta honestidad?
No te receles, mis ojos,
pues tu carne, es carne mía.
Guardad bien estos despojos
que podrá ser algún día
consuelo de mis enojos.
Hijo, ¿qué es eso, que abulta?
Es una oculta cadena.
Pues la que a Dios me encadena
está adentro más oculta.
¿Qué yerros has cometido
para que tus carnes rompa
el hierro?
Da la cadena a Amonio.
Un cuerpo ungido,
no porque esté corrompido,
mas porque no se corrompa.
Guarda, Amonio, este tesoro
que aunque es hierro, más que el oro
le precio, que Arabia cría.
¡Ay mi divina María!
¿Qué María?
La que adoro.
¿Tenéisla amor?
Sí, señora.
¿Entiendes lo que es?
Sí, entiendo.
¿Sabes amar?
Aun no agora,
pero mientras va aprendiendo,
por amar, el alma adora.
Señora, no le entendéis,
acabalde de vestir.
¡Qué bien mi amor parecéis!
No hay cierto más que pedir.
Gallardo talle tenéis.
Está vestido.
Ceñilde esta espada.
Viene
nacida.
Valiente estáis.
Así a tu estado conviene.
Por más que le compongáis,
el barro, ser barro tiene.
¡Hijo!
Padre.
Veis que Dios
por fruto nos dio a los dos
tronco seco, y sin virtud,
una fresca juventud,
porque seáis su virtud vos.
Nuestros mayores nobleza
nos dan, y bienes, fortuna;
los padres, talle y belleza;
mas Dios a vos por coluna
de toda aquesta grandeza.
Solo este fue nuestro intento
pedido a Dios, y alcanzado,
y pues nos daréis contento,
hijo, yo os tengo tratado
un honrado casamiento.
La mujer es de estado igual,
rica, honesta, y principal,
y de tan rara hermosura,
que no sé si esta pintura
copia a un ángel celestial.
Tené, ¿dejáisle caer?
Déjase caer de las manos un retrato que le dan.
Tórnalo a tomar, y apártase.
De la mano ha sido olvido,
que quiso dar a entender
que es bueno para caído
todo aquesto, y más mujer.
¡Cielos, que quiera padecer
mujer que tanto aborrezco
a mi lado! Premio injusto.
Ea, que es este mi gusto.
Arrodíllase.
Si este es, señor, obedezco.
Ves aquí rindo a tus pies
el cuello al yugo sujeto;
lo que pido, señor, es
que para hablar en secreto
con Dios un rato me des.
En su centro el alma quiere
descargar tan grave carga,
Tu paciencia un poco espere,
que carga tan grave, y larga,
no es mucho se considere.
Abrazadme, y entretanto
que la noche tiende el manto
y por vuestra esposa voy
ofreceldo a Dios.
Abrázale.
Ya doy
fin a mi prolijo llanto.
Hijo de mi corazón
mi fruto de bendición
que promete eterno fruto.
Apártese.
Arrójale.
Vanse todos, y queda solo Alejo.
Y a lo divino astuto
yo pienso que trazas son.
Ya farandularios, afuera.
Vademécum, a Dios, hijo,
vuélvesela en faldriquera,
por otro norte me rijo,
a Dios, gramuza hechicera.
Mira el retrato.
Suenen adentro una caja, y salgan armados Lucifer retirándose del Ángel que le dará de cuchilladas.
Gloria a Dios, velas alzaste,
domésticos enemigos,
y en calma el alma dejaste,
abriendo a puros contrastes
a la mar, y a los postigos.
¿Yo a mujer dar obediencia
de mi cuerpo, ya esposado
con tal carga, no hay paciencia,
pues de casado a cansado
una letra diferencia.
¿Cómo he de poder crecer
si me cargan cuerpo y alma?
¿Qué casta y pura ha de ser?
¿Malos años, dar la palma
de castidad, yo, a mujer?
En verdad que esta pintura
es hermosa, mas no dura
limpieza y belleza en ella,
pues por ser limpia es más bella
la Virgen en su hermosura.
Infernal abismo, al arma
que a ella un rapaz provoca.
Cielo, toca al arma, toca
que aunque Lucifer se arma
su fuerza a mi brazo es poca.
¡Ay Señor Dios, que me abraso!
Tente, Ángel, tente.
¿Cómo, paso?
Alejo, huye del matrimonio
y mira que eres demonio,
que Dios honró, no hagas caso.
Como van diciendo, se van andando.
Si por más excelente
es el alma virgen casta,
la concupiscencia ardiente,
¿qué fuego apagarla basta?
Dios, que es limpia y fresca fuente.
Suelta la capa.
¡Oh, qué bien que te me acuerdas!
Agua, que se abrasa el pecho.
Pues arrópate si sudas,
deja a tus amos falsos
y a tu conciencia sin dudas.
Mozo eres bizarro y bello,
goza tus floridos años
y rinde al matrimonio el cuello.
Huye, Alejo, sus engaños,
echa al pecho casto el sello.
Dale, que me das la vida.
Justicia de Dios, ¿qué es esto,
que me pones en huida?
Ya que la noche ha traspuesto,
salga la aurora lucida.
Suena música, huye Lucifer, descúbrese un trono con tres sillas. En medio Cristo Nuestro Señor, a la mano izquierda su Madre, a la derecha la Hermosura divina, la más bella y rica que se hallare. El ángel abajo y Alejo de rodillas.
¿Cielos, qué gloria que veo?
A ojos que tal bien ven,
pues, bien por bien, no hay más bien,
ciegue el más alto deseo.
Ángel, dime, ¿dónde estoy?
que, según absorto miro,
solo miro, que me admiro,
sin saber quién son, o soy.
¿No me conoces a mí,
Alejo?
No lo sé yo.
Los ojos dicen que no,
mas el corazón, que sí.
El espíritu ligero
estas voces reconoce,
mas del cuerpo no conoce
la vista, como grosero.
Qué gloria tan peregrina,
no sabe aún decir si ha visto.
Yo soy María.
Yo, Cristo.
Yo, la Hermosura divina.
Muy bien, mi Dios, con el hombre
en decir el nombre hacéis,
pues que no sabe sabéis
saber las cosas sin nombre.
Hijo, ¿pues contra mi gusto
os bien casaste?
No, madre,
fue obedecer a mi Padre,
y no darte a ti disgusto.
Señor, pues que ya me has dado
fuerzas para este camino,
haz que llegue a mi destino
por tu amor y mi cuidado.
¿Qué dices, señor, a esto?
Que el cielo me guiará.
le haza a fuego, y a sangre guerra
sin hacer pases los dos.
Anda Bachiller de Texto
no ves, que Dios le hace casto?
juez en balde le contrasto
iubilando en la de Sexto.
Ya la corona le ofreces,
le ofreces, digo? la goza.
mejor fuera una coroza
por ser casado dos veces.
Lindo cuento. a Alejo ynes
noble, hermoso, con regalo
sin saber del pan, o, el palo
me le hacen un santico.
Regalado aca en el suelo,
vano, como el mundo vano
despues de camino llano
en palmitas en el Cielo?
Duobus dominis servire
nemo potest, son sus leies,
pero van do quieren reies
no a mi por mas que las tire.
Porque a tu Madre la llama
mamma, un Angelico es ya
taita, y mamma, aca, y alla
tambien tenga taita, y mamma?
Calla abismo de maldades.
echale de los estrados
tambien somos desterrados
aca por decir verdades.
(Comienza a irse, y buelve.
Vuelve a mi justicia entera
contra ti.
ya Dios escuche.
lo que piensas tu que es mucho
Alejo se lo estima en poco.
Porque este traidor le entienda
padre, y madre dejaras?
y esposa?
si.
padre, y madre tu por mi
dejaras?
y esposa?
si.
esse es dicho hacer hazienda.
Tu veras, quan de Justicia
te cumplo. salte?
ya salgo. vate
esso si, cueste le algo
a esse sancto es lo que codicia.
Ya libre da le la mano
a mi hermosura divina
Padrino soy.
y yo madrina.
o, vinculo soberano!
Suene musica, y este de rodillas Alejo y de la mano a la Hermosura divina y desaparezca todo, y el quede.
O, que gloria inenarrable!
lo que, que el alma estremece.
hoy a tu Padre obedece
hasta que el alma te hable.
¿Espera gloria a do vas?
que a la divina luz tuya
no es maravilla el sol huya,
pues tú resplandeces más.
Mano, que dio a tal mano
cualquier otro toque apoque
que ya afinada en tal toque
a otras manos da de mano.
Si a tu toque el resorte
del alma llena los senos,
que será cuando más llenos
los beatifique tu corte.
Mas, de mi mal los correos
siento, y ruidos, carrozas,
divina hermosura gozas
tú sola de mis deseos.
Mas, pues mandas que obedezca
Señor, las bodas celebro
hasta que el dulce requiebro
de vos oírle merezca.
(Vase.
Sale el mayor acompañamiento, que pudiere y al fin Euf. y Mª bien vestida.
El sol apenas sus doradas trenzas
corriendo va a bañar en el ocaso
cuando a ilustrar mi casa tú comienzas
con luz más clara, y más ligero paso.
Por muchos años mi familia ilustre
la tuya, y no sea en escaso
el cielo en darnos fruto que la ilustre.
Claro Eufemiano, tú con tu nobleza
das a mis padres honra, y a mí lustre
mi basa ilustre aspira hasta la alteza
del tronco tuyo estirpe generosa
que el fruto ha de igualar a la grandeza.
¿Sabe Alejo, que en casa está su esposa?
(Aparte.
Aunque dello no diera mudo aviso
ver lo pudiera por su luz hermosa
que mi Señora traerla sola quiso.
y aun plegue a Dios con ella alegre venga
más esquivo en las bodas que Narciso.
Amonio sube, y di no se detenga
que tanto llorará de gozo, y gloria
cuanto despacio su tardanza tenga.
Algo da en afligirse mi memoria,
mas, infeliz Penélope no sea
dando al mundo más nueva, y triste historia.
Salgan Amonio, Alejo, y Agles.
Ya está en tu casa Alejo quien desea
darte sus brazos, y enlazarte mano
más bella que la luz que al sol rodea.
En verdad, que es hermosa.
Ya Eufemiano,
Alejo viene.
¡Qué gentil mancebo!
Ésta es tu esposa.
Mucho en ello gano.
Otro Apolo parece, y rubio Febo.
Aparte.
Bella es a maravilla, aunque es más bella
aquella que en el alma impresa llevo.
¿No ves, hijo, a tu esposa? ¿O es que bella
su bella luz te impide, y admirado
pasmas absorto contemplando en ella?
Del matrimonio Dios honró el estado;
en él puedes ser santo, y de mis canas
con nietos renovar el tronco helado.
Aparte.
No sé, señor, por qué mi gusto allanas,
estando al tuyo tan rendido en todo,
aunque en mandallo yo pierdo, y tú no ganas.
A mi esposa no afrentes de ese modo,
que pensará no estimo su belleza,
aunque ha de parar toda en polvo y lodo.
Abrázalo.
¡Oh, hijo de mis años fortaleza!
Desde el suelo a mis brazos te levanta,
inclinada en tus hombros mi cabeza.
Del tronco nuestro generosa planta
frutos de bendición altos ofreces
y en gloria a los pasados adelanta.
Su discreción me admira, y me suspende.
Daos ya las manos, pues con tal enjerto
nuevos pimpollos mi vejez pretende.
Danse.
Danse las manos los esposos.
Yo os doy mi palabra y mano.
Mi mano y palabra os doy.
Yo con gana en ello soy.
Yo soy la que en esto gano.
Mi esposa sois.
Vos mi esposo.
Vuestro soy, María.
Y yo soy vuestra.
Ya se han unido el alma nuestra.
Dichosa yo.
Yo dichoso.
Échanles sus padres la bendición.
Casi de gozo reviento;
día de mis regocijos,
a gloria de Dios, mis hijos,
hagáis este casamiento.
Alcanzad mi bendición.
Y la mía nunca os falte.
Mi casa de gozo salte;
confórmese al corazón.
Derramad de plata y oro
arroyos; inventad fiestas;
huyan las penas molestas;
suceda el contento al lloro.
Si me hacen son, danzo bien.
Da, Giraldo.
Hijos caros,
podéis en medio sentaros.
¿Qué son queréis?
Saltarén.
Tañen, y sentados, Giraldo danza, y más si más hubiera que sepan danzar.
El rapaz, muy bien lo ha hecho.
Mas qué ademanes tan vivos.
¡Afuera nominativos,
que esto es lo que entra en provecho!
Cantad algo de la fiesta.
Va una letra peregrina.
¡Ay, mi hermosura divina,
que en ti tengo el alma puesta!
Música.
La zagala y el garzón
para en uno son.
Aunque son las almas,
y los cuerpos dos,
hacer de dos uno
solo pudo amor.
Porque del amante
vive el corazón
en solo el amado.
¡Fuerzas de afición!
Pues en sí no anima,
sino en quien amó,
y a dos encorporó
en uno la unión,
para en uno son.
La zagala y el garzón, etcétera.
La hermosa María,
a quien el pintor
del cielo a su imagen
más propia sacó,
y Alejo, en quien puso
tantas gracias Dios,
que de sus afrentas
se le queja el sol.
Tan bellos amantes
como nobles son,
tan iguales siempre,
que aunque sean dos,
para en uno son, etcétera.
De adentro suene ruido de espadas.
¡Mueran los traidores, daldes!
¡Jesús!
¡Jesús!
¡Muera! ¡Otro, muera!
¿Qué es esto?
¡Ay, esposo, espera, espera!
¡Jesús!
¡Jesús!
¡Acabaldes!
Alborótanse todos.
¡Oh, desgracia lastimosa!
Dos bellos mozos las vidas
rinden por cien mil heridas.
¡Jesús!
Entra adentro, esposa.
Quédese María como desmayada.
¡Ay, qué aguado es el contento
del mundo! Apenas me caso
y de por dos muertos paso
el gozo del casamiento.
Madre, aplacad su dolor,
no dé el alma en el desmayo.
¡Ay de mí, que ya me ensayo
para otro dolor mayor!
Éntrase Aglae con M. medio desmayada, y salga herido Andronio.
¡Ay, Jesús, ay, confusión!
Andronio, ¿qué es esto, di?
Lo que por ser merecí
de hacienda ajena ladrón.
Por no seguir tus consejos
cual precipitados mozos
pintamos cerca los gozos,
y la muerte, y pena lejos.
Con Valerio yo en el golfo
me engolfé de un adulterio
y en él cae muerto Valerio
y yo en la muerte me engolfo.
Tomad mozos escarmiento
en mí, y en mi triste suerte.
Sabed, que la vida es muerte
pues no hay de vida un momento.
Ay, ya sale el alma apriesa,
Señor, miserere mei,
no haber guardado tu ley
por quien eres Dios me pesa.
Perdono, a quien justamente
me mató. Jesús.
Ya es muerto.
Juvenil desconcierto
que tarde, que se arrepiente.
Llevalde a su padre.
Vaya.
Con tu esposa te entra, hijo.
Bien Alejo se los dijo,
y ellos le daban la baya.
Llévanle, y queda solo Alejo.
¿Qué es esto, en esta vida pasa?
Loco es quien della se fía.
Y mayor loco sería
yo, si della me fiase.
¿Que había de perder ahora
mi castidad?
Sálgale Hermosura divina como Eco tras de Alejo.
No, no harás.
¿Porque te ama mucho más
a quien tu alma hermosa adora?
¿Qué voz alegre, hermosa, y pura
por quien en la gloria estoy?
Tu primera esposa soy
de Dios divina hermosura.
¡Oh, mi hermosura divina!
¿Adónde tu amor se aleja?
Oye, y ve, esposo, y tu oreja
a mis palabras inclina.
Habla, parece que te entienda
el alma a la tuya unida.
Tu madre, y tu padre olvida,
gloria, casa, honra, y hacienda.
Pues al punto saldré, esposa,
que en ti mis gustos están.
Eres esposo galán,
y yo en extremo celosa.
Según eso, ¿de riqueza
ni galas, no habrá memoria?
De adentro es toda tu gloria,
que lo demás es corteza.
¿Dónde iré, mi norte y guía,
y a qué he de salir de Roma?
Por norte a mis luces toma,
que mi inspiración te guía.
Desaparece, y vuelve el rostro Alejo.
Reina, a do subes volando,
que al fuego en presteza igualas,
pues de mi amor las dos alas
te irán a vuelo alcanzando.
Escondiste entre las nubes
y encubriste en las estrellas,
que siendo hermosura de ellas,
porque no se eclipsen, subes.
Sube, que yo bajar quiero,
que bajando de más alto,
daré después mayor salto
a la alta gloria que espero.
(Vase.)
Sale María.
La Luna mide la mitad del cielo
con su argentado carro, y en balanza
las horas pesa iguales.
El perezoso sueño bajar al suelo
sus acciones suspende; a los mortales
sordos los mares suenan de bonanza,
y sola mi esperanza
que el dulce esposo espera
los aires con suspiros roncos mide
ni el sueño los impide.
Que aunque es imagen viva de la muerte,
porque ni un punto a mi cuidado muera,
de vuelo pasa, y quiere que despierte,
pues nunca en esperanzas persevera.
¡Ay triste y dura suerte!
¡Ay sol que sales; Alejo, que te alejas!
Tente, no salgas, y oye tú mis quejas.
Torna a salir Alejo.
¿Cara esposa?
¿Esposo mío?
¿Cómo, adónde tal ausencia?
¿Yo en amor ausente y frío?
El sol de vuestra presencia
de mis ojos seca el río.
¿Qué esperabades?
A vos.
¿Qué queréis?
Vernos los dos.
¿A quién llamáis?
A vos llamo.
¿Amáisme mucho?
¿Si os amo?
Después de Dios, sois mi Dios.
Dale un anillo, y ella se lo pone.
Pues de mí creed, señora,
que desde el punto que os vi
el alma mía os adora,
y este amor se dobla en mí
cada punto, y más agora.
Y porque en mi corazón
sepáis, que de amor ai sobras,
pues amores obras son,
yo os quiero mostrar con obras
el fuego de mi afición.
Este anillo que del dedo
me saco, al vuestro lo aplico.
que seguro quedar puedo
que en vos estará más rico
pues yo su dueño lo quedo.
De mi amor casto, y senzillo
el anillo os sea memoria
aunque mal hago en pedillo
pues de mi amor, y su gloria
no es la memoria el anillo.
Vínculo de unión será
bella esposa entre los dos
en señal que el alma mía ya
más unida está con vos
que con vuestro dedo está.
Vaya esta cinta, y distinta
con diamantes os promete
Dale una cinta rica cubierta con un velo colorado.
amor por su essencia quinta
que es bien la Virgen consienta
la casta cintura apriete.
Los diamantes, fortaleza
significan, que tengáis
esposa en guardar pureza
y así es razón que encubráis
con tal velo su belleza.
Es del amor la color
del velo, porque mejor
cele así nuestro amor grande,
y esperadme hasta que mande
Dios otra cosa a mi amor.
Toma las prendas María.
Esposo dulce, recibo
vuestras prendas, pues lo son
del amor vuestro excesivo,
el anillo, al corazón
será argolla, y yo cautivo.
La cinta, cadena haréla
y del velo centinela
para que en el mar de amores
que será mar de dolores
a remo navegue, y vela.
Mas de mí, Alejo, te ausentas?
dónde vas, señor, agora?
No ai por qué mi ausencia sientas
pues
Riquezas, a fuera, llenas
de congojas, y de penas,
que el vestido antiguo visto,
que pues no os apruebo esto,
no sois vosotras sí muy buenas.
Quiero estas joyas llevar
para los pobres, y a fuera
lo demás echo a la mar,
que si rico ser quisiera
fuera por tener que dar.
Vístese el hábito de estudiante.
Suene un clarín y salgan dos marineros.
Ya el clarín toque a leva.
Zarpa.
A punto está la flota.
Nuevo gozo, y gloria nueva.
¿Dónde, amigo, su derrota
lleva?
Hacia Odesa la lleva.
¿Puedo embarcarme?
¿Y el flete?
¿Qué pides?
Florines siete.
Tomad.
Dale Alejo algunos dineros.
Iréis contento,
que el mar en leche promete
bonanza, y buen soplo el viento.
Dalla calma.
Adentro.
Bella, bella.
Retumben estos clarines.
María, del mar estrella,
gloria de mis altos fines
haz que tome parte en ella.
Vanse.
Sale Euf. como vistiéndose, y Amonio, y otros criados.
Pajes.
Señor.
¿Amanece?
¿dónde mis hijos están?
Ni rayos del sol parece
que la que sus soles dan
la del sol claro oscurece.
Siempre a recién desposados
tarde el rubio sol visita.
Sale Agles.
¿Son mis hijos levantados?
No, que el sueño, no les quita
el peso de los cuidados.
Suspira María adentro
¡Ay!
¿Qué suspiro tan triste?
¡Ay, mi Alejo!
¿No le oíste?
¿Dónde estás esposo? ¿adónde?
¡Ay!
Si otro eco responde,
más triste a el alma viste.
De estos suspiros, el dueño
es mi señora María.
Mal me anuncia no pequeño.
Entre, pues el claro día
no ha de impedirles el sueño.
Corran una cortina, hallen a María reclinada sobre una almohada, con las prendas.
Hija, ¿y tu esposo?
No sé.
Estas prendas me dejó,
y ausente de mí se fue,
las cuales guardaré yo
por despojos de mi fe.
Vuelve Amonio, y por mi casa
discurre, y ve si le encuentras.
¡Ah señor, más lejos pasa!
Ve, que tu flema me abrasa.
¿Por qué en su retrete no entras?
Vase Amonio.
¡Ay, qué son sus vestidos!
Partióse mi Alejo, y van
con él mis bienes partidos,
mas ni aun partidos están,
pues todos, con él son idos.
¡Mi esposo!
¡Ay, ay de mí!
Mi señora, no te alteres,
que él volverá.
Señor, sí,
volverá con mis placeres,
que nunca volver los vi.
Hijo.
Esposo.
De mis ojos
clara luz.
Luz de mi vida.
¿Quién te causó, amor, enojos?
¿Quién, mi Josef, tu homicida
fue, y me dejó tus despojos?
Viento en popa, suelta nave,
que entre los ojos se va,
humo, que volver no sabe,
tesoro que oculto está,
y se ha perdido la llave.
Maravilla que florece
al sol, y siente desmayos
con su ausencia, y desfallece
en invierno, si el sol rayos
da prestos, presto amanece.
Relámpago, que luz vierte
y en ella el rayo mortal,
efímero animal,
que prueba la vida y muerte
en un día natural.
Mensajero, que se ausenta
cuando de algún mal avisa,
en boca de niños risa,
estafeta, que en la venta
aun no hace noche, se prisa.
Esposo puesto en huida
en la noche de las bodas,
y por lo que el alma olvida
cifra de desdichas todas.
Sale Amonio.
Rincón, retrete y desván
registrados, señor, dejo,
y en ellos solos están
las voces de Alejo, Alejo,
que burlan tristes mi afán.
No te canses, que es partido
mi bien, ni esconderse creas
quien ha de tal modo huido,
más casto y cruel que Eneas,
y yo infeliz más que Dido.
Amonio, una y otra posta
toma, y con caballos ciento
la tierra te torna angosta;
anda, ve, aunque mi contento
camina más por la posta.
Seré una águila en el vuelo,
mediré con pies de Apolo
los dos extremos del suelo.
Poco harás, si aun hasta el cielo
no subes, do espira él solo.
Página reconstruida por cotejo del facsímil canónico PDF 22 con el TXT vigente del mismo BNE MSS/17288; sustituye una respuesta alucinada ajena al testimonio.
Saquen lutos, pues tributo
le paga a mi vida el hijo,
de mi estirpe y virtud fruto,
que, ausente mi regocijo,
¿qué me queda más que luto?
Padres, ¿por qué me lo distes
para dar doblada pena?
Glorias mías, ¿dónde os fuistes?
El eco triste que suena
en estas paredes tristes.
Hijo.
Vida.
Esposo, amores.
No llores.
¡Ay, tú no llores!
Así, cansados casamientos,
si hijos no tienen tormentos,
y si los tienen, mayores.
Basta.
Basta.
Por ti quede.
Vamos.
Lloraré sola,
que por mí quedar no puede.
Ven, hija.
¡Ay, que a una ola
otra más brava sucede!
Vanse todos.
Fin de la primera jornada.
Salen comiendo escudillas de vidrio Zepillo, Barahona, manco, Zepeda, ciego, y Gomezillos, su mozo.
Ladrón, tú lo pagarás
antes que se ponga el sol.
Sale Alejo, peregrino pobre, con un viejo, trayéndole de la mano; siéntele y tráenle de comer con cuchara, dándole los demás la vaya.
Comed, padre, a vuestro gusto;
daros le hizo por mi mano.
Sentaos, hijo.
Ah, padre anciano,
sentaos, que yo soy robusto;
arrimaos a la pared.
Dios os pague tal cariño.
Dale pajitas al niño.
Malas lenguas son.
Ah, comed. ¿Sabes bien?
¡Poh! Mira si sabe.
Comed poco a poco.
Limpia, que se sorbe el moco.
Abrid.
El cucharón no cabe.
A tal tiempo, tal merced,
no he comido hasta la una.
Viste el niño, y mozo en cuna.
Malas almas son.
Comed.
Busca para el pan un rallo.
Límpiale la boca sucia.
Ponle un babador, que ensucia
a la cola de un caballo.
Beber quiero.
¿Tenéis sed?
bebed.
Eso bien lo aclara
que se vuela sin cuchara.
¡Oh, emulaciones!
Comed.
Sale Amonio, de camino.
No dejo en árbol hoja, que no cuente,
ni palmo en tierra, que mi pie no mida,
registré con los ojos a los montes,
sobrepujo horizontes,
ya el sol a mis espaldas, ya a la frente,
conservo apenas la delgada vida
con el sueño, y comida,
la más remota gente
de un polo a otro, sabe mi venida.
¡Oh, señor!
¡Oh, señor caro, do tu sol se esconde,
si vives da tu luz, y si estás muerto
muéstrame de tu fénix las cenizas,
porque esquivo eternizas
tu nombre con crueldad! ¡Ay de mí! ¿Adónde,
ay de mí adónde iré,
iré sin ti? Porque mi nueva cierta
mayor dolor despierta.
Si estás cerca, responde,
y a tantos golpes no cierres la puerta.
Amonio es este que en vano
me busca, pues Dios me encubre.
Hola, gente se descubre.
Gomocillos, ten la mano.
Doleos de mí caballero,
dadme alguna limosnilla.
Por la Virgen sin mancilla
que me deis algún dinero.
Manden rezar la oraciónn
de Dios Espíritu Santo,
de la Magdalena el llanto,
conversión del buen ladrón.
Una plegaria piadosa
a las ánimas benditas,
las tres victorias ínclitas
de Santa Tecla gloriosa.
De Pedro la negativa,
la pasión que hace llorar.
a la Virgen singular
oraciónn, y rogativa.
Encomienda al Santo Ángel
de su guarda, à San Andrés
lavatorio de los pies
y aparición del Arcángel.
Da limosna a todos.
Que tiene el ciego parola
toma amigos,
O qué franco
caballero.
Al pie del banco,
dá una limosnilla sola.
Toma.
A qué oración se acoge?
A la Virgen. Toma vos.
Dale al ciego, y vase rezando.
O Virgen madre de Dios
con buen orden se recoge.
Vos sois virgen sin mancilla
ea, compañeros, no andamos?
adonde?
donde acabamos
el vaso, à la tabernilla.
Vanse, queda Amonio, Alejo, y el viejo.
Repara Amonio en Alejo.
Amigo, a este pobre viejo
una limosna le dad.
en el lenguaje, y edad
se parece aqueste à Alejo!
que reparáis?
que reparo?
en que os diera yo un tesoro
si lo que dudando ignoro
lo supiera cierto, y claro.
Pues que ignoráis?
lo que busco.
que buscáis?
aparte
al sol del día
o, es chimera, o, fantasía
o, en la mesma luz me ofusco.
sol buscáis acá en el suelo?
essa es ignorancia crasa.
es este el sol de una casa
a quien hizo noche el Cielo.
Hijo, adelante no pases,
que essas son cosas muy hondas
a mi pobreza respondas
con dinero, y no con frases.
Dale limosna, y el pobre se va.
Tomad pues, y mis intentos
encomendad Padre à Dios.
yo lo haré.
vaya con vos.
quien me pone en argumentos.
Da su voz, y años, retrato
es aqueste peregrino:
contadme esse camino.
sí. si estáis atento un rato.
En la cabeza del orbe,
en tiempos pasados, Roma,
y de la esparsa iglesia
primera cátedra agora,
Eufemiano, ramo ilustre
de estirpe más generosa
que honró con diadema y lauro
Juno en paz, Marte en victoria.
Uncido al yugo amoroso
con Agles, noble matrona,
no tuvieron otro fruto
más que esperanzas en hojas.
Mas por ayunos y llanto,
oraciones y limosnas,
golpes a quien Dios las puertas
abre de misericordia,
les dio con mano abundante
un hijo bello que colma
la esperanza de sus frutos
y los frutos de su gloria.
Corrió en años y virtud
y letras tan a la posta,
que a largas ventajas daba
alcance en pequeñas horas.
Casalle su padre quiso,
y una virgen buscó hermosa,
que de un ángel propiedades
en humana carne copia.
Su nombre es María, y viene
bien el nombre a la persona,
aunque agora amargo mar
de desdichas y congojas.
Resistió el casarse Alejo
(que este es su nombre), aunque otorga
su sí por gusto del padre,
y se celebran las bodas.
Querer contaros las fiestas,
gastos, aparato y pompa,
es querer después del llanto
comprehender la amarga historia.
Que gustos del mundo encubren
siempre un pesar que los roba,
que en los más gruesos se ceba
y a los más ricos despoja.
Llegada la noche cuando
las esperanzas se gozan,
Alejo, secreto y casto,
entró a visitar a su esposa.
En un cinto y un anillo
le da de su amor memoria,
y aun no enlazando sus brazos,
casto, por do entró, se torna.
Muda traje, y de su casa
se ausenta la noche sorda,
la triste esposa esperando
dar del sol las frentes rojas.
Viose el engaño a la luz
y triste música entona
lágrimas, sollozos, quejas
de padre, madre, y esposa.
De luto, y bayeta triste
casa, y paredes se entoldan,
y la ya viuda, y doncella
se amortaja en blancas tocas.
¿No has visto en el ramo seco
la viuda tórtola ronca
dar los gemidos al cielo
que tiernos su esposo invocan?
¿O del ruiseñor las quejas
que avaro entre las hojas
el labrador sus hijuelos
del nido compuesto roba?
Pues entiende que no llegan
a significar la cosa
estas ni otras semejanzas
que muy atrás quedan cortas.
El padre despacha luego
por el universo postas,
yo el primero, porque a Alejo
amé como al alma propia.
He dado casi una vuelta
a la máquina redonda,
solo hallé un pequeño rastro
que ya mi desdicha borra.
Que hacia Edesa caminaba
tomé lengua, mas ¿qué importa
las humanas diligencias
si las divinas estorban?
¡Ay de mí infeliz, que vuelvo
a desenterrar memorias,
a aumentar nuevas desdichas
y a dar fin a oscuras glorias!
Llore Am.
En verdad que no me espanto
que de un gran sentimiento
prorrumpa en amargo llanto:
pero tanto es mi contento
cuanto alabar oigo un santo.
Pero a sospechar me atrevo
que fines de mayor gloria
movieron a ese mancebo
para triunfar con victoria
del mundo, y su amargo cebo.
De lo que el desengaño
puso su casa en olvido,
y así
y así vivís engañado
en pensar que está perdido
lo que Dios tiene ganado.
Conóscolo, como a mí,
que ha poco que estuvo aquí
y lleva su mira en Dios.
¿Cómo, que le vistes vos?
Como vos me veis, le vi.
Pero es el buscalle en vano,
que debajo de sus alas
le guarda Dios del milano,
y con secretas escalas
toma el cielo con la mano.
Dalde a su esposa consuelo,
pues en otro amor del suelo
no puso Alejo su amor,
sino en el de aquel Señor
que hermosea tierra y cielo.
Y pídoos por Dios me deis
de limosna alguna cosa.
Limosna no la llaméis,
que es obligación forzosa
al bien que dado me habéis.
Pero el gozo, que mi lloro,
consuelo, con un tesoro
que no os paga, amigo, es claro,
que es agora el bien tan caro
que aun no se halla a peso de oro.
Tomad, por deuda os lo doy.
Si no es por Dios, yo no voy
satisfecho, es por demás,
que ya sé que mucho más
me debéis, por ser quien soy.
Vaya, pues dello gustáis
por limosna.
Y como hermano
que del modo que lo dais
vos ganáis más, y aun yo gano
más de lo que vos pensáis.
Entiéndaos Dios.
Aparte.
Y no vos,
que nos importa a los dos.
Queda en paz.
Y os guíe el cielo
a vos con algún consuelo,
que no hay resistir a Dios.
Vase Amonio, queda Alejo.
Gracias inmensas os den
los cielos, mi Dios, amén,
por tantos bienes colmados,
pues aun mis propios criados
me hacen, sin saberlo, bien.
Que aunque al señor satisfagan
con servicios, y mas hagan
con interes lo deshazen.
mas no aqui, que si bien hacen,
bien, y mejor se los pagan.
De bronze me diste el pecho
y la cara de diamante
para no quedar desecho.
pues ni ella, mudó semblante,
ni el, al amor pagó pecho.
Con pobres a repartir
voy la limosna, mi Dios,
mas con vos quiero decir,
que estando con ellos vos
es serviros el servir.
Sale Mauricio sacristan con un frontal.
O, peregrino, en que entiendes?
Vengo aqui, Mauricio amigo,
que a los pobres encomiendes.
¿Hay más liberal mendigo?
de cual Alexandro aprendes?
Toma, y alla lo divide
entre los pobres ancianos,
que ya el alma, a su Dios pide
que a regalos soberanos
a su mesa la combide.
En la Iglesia quiero entrar.
Anda, be mientras que adorno
de la Virgen el Altar.
Quien nos da con tal retorno
mi Dios en servir, y amar.
Vase, Alejo, algo distante, y ponese en ora= cion. Mauricio va componiendo el altar, y dize
Ya se acoge a su rincon
donde con su Dios se eleva
el alma en contemplacion
y brinda a su amor, que beva
dulce ambrosia de su union.
Componer el altar quiero
de aquella, que al forastero
le hace infinitos favores
pues son con el los amores
de un amor casto, y sincero.
Es el dia de mañana
cuando nacio aurora, al dia
al mundo, nueva alegria,
hija a Joachin, y a Santana,
y a Dios, su Madre Maria.
De vuestro siervo Mauricio
recebid, Reina el oficio
de devoto sacristán
que a no poder más, no dan
mis manos, mayor servicio.
Quisiera de plata y oro
fuera escarchada la seda
que labra el árabe moro
mas mi deseo en tesoro
rendido a vuestros pies queda.
Regalo del corazón
quién te le diese en tributo.
De Alejo las voces son.
Árbol de vida, que el fruto
produjo al suelo en sazón.
Habla la Virgen de adentro
¿Hijo?
Madre, en ti se
esconde
mi alma a la tuya junta.
¿Dónde suena esta voz? ¿dónde?
la imagen bella pregunta,
y el peregrino responde?
Correr quiero la cortina
a la imagen. ¡Jesús santo!
Suene música, corra la cortina, y aparezca la imagen hablando con Alejo.
Madre tus ojos inclina
peregrino, que amo tanto.
gloria tan peregrina.
¡Mi fiel siervo!
Mi señora.
¡mi desterrado!
Mi sol.
¡mi navegante!
Mi norte.
¡mi caminante!
Mi aurora.
¿vas bien?
Muy bien con vos.
¿pues yo qué soy?
Más que madre.
¿amas la menos?
Ni aun padre.
¿pues quién es tu padre?
Dios.
¿y tu esposa?
Su hermosura.
¿amas la?
Como a vos, Reina
¿vive en ti?
No, porque reina.
¿y es su reinar?
Mi ventura.
¿quieres algo?
Quiero amaros
siempre, señora, y serviros.
ya sé que queréis partiros,
no os me ausentéis ojos claros.
adentro
Mauricio, regala mucho
a mi peregrino. ¿entiendes?
Desaparece, y queda Mauricio solo
No mucho, pues me suspendes
con las palabras, que escucho.
Virgen dulce, espera, espera
di otra vez aunque perdones
que mil veces tus razones
quien
quien hay que oírlos no quiera?
Tal grave desdicha y labio
se derrama a sus desdichas,
que dará por no entendida,
a los más sabios y sabias.
Dicen que entiende, ¿me previene?
el recado, llorando,
pues, que entendimiento humano
no es capaz de tanta pena?
Mas la que mandas y entiendo,
que estime a sus pesares,
que el solo de su camisa
le enjugue cien mil sirviendo.
Publicaré sus favores
en esa justicia, en
cárcel de sí si son,
y no los hará amados.
Vase. Y salga de la buida, Gusf.
Y su criado defendiendo.
no se mas
Se con la espada.
Zen, no te mate esa loca,
que me arrebató la espada.
Mas que vio despechada
La muerta a sus puertas loca.
puella
Faltaba una toca.
¡Oh, cómo aturdís unas veces,
pues, con un traidor me asás,
que hice de mi busto y ruego!
¡Campanas, tocad a fuego!
¡Agua! ¡Dios, que me abrasas!
A María.
Hija María.
Que fue su amada y su
mas no soy María, no.
Que él no amó ni amaron,
ni nunca amaron ni más
amaron, pues amé.
Calla, María. Alejo o me desecha,
agua, que tarde la está preñada
del pecho, mas ni tan áspera
mas que no aprovecha.
Sácame, pues, esta frasca.
¡Ah, flecha cruel, que traspasas
por manos de un niño ciego!
¡Campanas, tocad a fuego!
¡Agua! ¡Dios, que me abrasas!
¡Oh, qué accidente tan fuerte!
antes viuda que casada!
La bella mal maridada
no puede pintar mi suerte.
Dejadme, darme he la muerte.
Muerte, ayúdame a mi intento,
mas ¿cómo has de dar contento
al alma con tu venida,
juez de él y de mi vida,
para darme más tormento?
Sosiégate, hija.
Pues dame
a tu hijo.
Tente, Amonio.
Mejor le llama demonio,
aunque ángel es bien te llame.
No es razón que ya infame
a quien en algo las brasas
en que, lento amor, me asas,
mitigó y puso en sosiego.
Campanas, tocad a fuego.
Agua, cielos, que me abrasas.
¿Señora?
Vuelve en sí.
Ya la serena
consigo la noche oscura.
¡Jesús, que esta locura!
¡Oh, afecto de dura pena!
Sosiégate, hija.
Señor,
¿dónde estoy? ¿Qué es lo que he hecho?
Con esta espada, mi pecho
traspasaba tu furor.
¡Ay de mí!, el dolor es tanto
cuanto de mi amor mi exceso,
que de volver en mi seso
alguna vez más me espanto,
que como es mayor la pena
que el alma, por ser mujer,
tiene a su fuerza de romper
por fuerza, que de esta llena.
Dejadme sola, que quiero
descansar.
Eso no.
Si te sirves dello, me quedaré por portero.
Nora buena.
Dios te guarde.
Y a todos nos dé alegría.
Hagamos, desdicha mía,
de mis desdichas alarde.
Sálganse todos, quede María y Amonio algo detrás, y quédese dormido, arrimado a la espada, llegue a él María y respóndale entre sueños.
Como vengo del camino
cansado, me carga el sueño.
¡Ay, que del alma mi dueño
yerra en todo peregrino!
Por más que los ojos friego,
se
he de pagarles tributo.
Mira a Amonio.
¿Pudiste, conmigo a solas,
disimular tanto el fuego?
¡Oh, qué bala, tan sin bala!
Veré si en sueños responde
de mi Alejo, y sabe adónde
está encubierto, y lo cela.
Que nunca lo que sabe ha dicho
mas pudo mentir bebiendo;
y probaré si soñando
se ratifica a su dicho.
¿Que me deja viva, y moza
mi amor sola, y afligida?
Responde durmiendo.
Señora, penas olvida
y tus verdes años goza.
¿Cómo he de olvidar aquel
que vive dentro de mí?
Si él te ha sido infiel a ti,
¿es mucho le seas tú infiel?
No dice eso el testimonio
tuyo.
Pues todo maraña,
que en vela Amonio te engaña.
Tú eres Amonio, o demonio.
Dime: ¿a otra mujer ha dado
el alma, mi esposo Alejo?
Sí, señora, que le dejó
ya, y con ella casado.
¿Quién es esto que me abrasa
con celos, aleve esposa?
En verdad, que es más hermosa
que tú, y por eso se casa.
¡Ay, traición más sin razón!
Cielos, ¿hacer qué me queda?
Pagarle en esa moneda,
con traición, una traición.
Pues, ¿cómo, del trato doble
me puedo vengar, amigo?
Cásate, reina, conmigo,
que, aunque vasallo, soy noble.
Sácale la espada, y da tras de Amonio. Despierta ya.
¡Villano, infame! ¿Con vos
yo casada? Con la espada
os dejaré atravesada
el alma.
¿Qué haces? ¡Ay, Dios!
¿Vos me pretendéis?
¿Yo a ti?
No puede tanto los celos.
Sonme testigos los cielos
que en tal locura no di.
Mas yo la culpa me tengo
por quedarme dormitando.
No, las verdades soñando
se dicen.
A morir vengo.
¡Qué marido tan gentil!
Aparte.
Ya le ha vuelto su locura.
¿Vos, gozar de mi hermosura?
De rodillas.
¡Ay! El demonio es sutil,
que he dicho mi sueño, creo.
Señora, si estas angustias
hacen de juez el oficio,
oye el delincuente y reo.
Testigo es Dios que no miento,
que cuanto he dicho, soñando
ha sido, y no me ha pasado
por palabra o pensamiento.
Que, ¿en qué locura cabía
pecho fiel y alma leal,
juntar tu sangre real
con la humilde y baja mía?
Aquesta disculpa advierte,
y a mi gran fidelidad
no con tal temeridad
la pagues, ni con la muerte.
Andad. ¡Ay, que mi dolor
me hace hablar mil disparates.
Vuelve la espada y vase.
Otra vez, a los orates
que os guarden, loca, mejor.
Quizá este sueño fuera
el último de mi vida,
con locos, desde guarida
hablar siempre, y desde fuera.
Vase, y salga Alejo, como huyendo, y digan de adentro.
En vano este sol se encubre,
pues el alma le descubre
el cristal del pecho fiel.
¿Peregrino?
¿Forastera?
¿Do is de el camino?
A vos.
¿Conocéisme?
Aunque no quiera,
pues del a, b, c de Dios
vos sois la letra primera.
Luego por más que me cubra,
no temeréis que me encubra.
No, que sois sol, y es su oficio
salir por cualquier resquicio
que su lumbre se descubra.
¿Alegraos el campo?
Sí,
pero ya, señora, no,
pues al llegar vos aquí
esa hermosura robó
cuánta belleza en él vi.
Aunque mal digo robar,
pues esa hermosura bella
sola se la puede dar,
y obligada está a tornar
lo que os ha robado della.
Descúbrese.
Corra, pues sois conocida,
a mi sol el arrebol.
Esa luz da al campo vida,
cual Josué, paráis del sol
la apresurada corrida.
Suene.
Suene a rebato la caja.
Ángel, ¿a qué es el rebato?
El contrario toca a guerra,
y a mi contento destierra,
no hay seguridad un rato.
Esto es vivir en la tierra.
A su encuentro sal, soldado.
Toque a guerra la caja, sale Lucifer, y arriba en una como peña aparezca Ma. de viuda, con una pica que llegue hasta el suelo, y la punta hacia arriba como que quiere echarse sobre ella.
¿De guerra es gentil aliño,
como amante enamorado,
en regazo como un niño,
y como ocioso en el prado?
Quiere Dios que seáis Marica,
mirad que la suerte trueca
esa esposa, y que se aplica
por daros a vos la rueca
y jugar brava una pica.
Míralo Alejo.
¡Jesús! ¡Ah, soldado fuerte!
Pecho es menester agora.
Con vos no temo la muerte.
¿Agora duermes, señora?
Baja a mi infierno, y despierte.
Esposo aleve y perjuro,
que...
que los epítetos muestran
que el nombre de esposo tienes
no por honra, mas por menguas.
Más que Josef casto, y duro
más que a Dido el cruel Eneas
del orbe el primer ejemplo
y el postrero de la tierra.
Óyeme, si a mis palabras
me da tu crueldad orejas,
y al sentimiento de amante
no atrancas cerradas puertas.
Di, cruel, ¿de carne humana
vistióte naturaleza?
¿Y Eufemiano, y Agles dieron
fortuna al cuerpo, sangre a venas?
¿O sus miembros coaugmentados
fueron en Cáucasos rocas,
o te aplicaron sus pechos
de Hircania tigres fieras?
Yo que de Roma eclipsaba
con dos soles las estrellas,
que porque ellas diesen luz
era de luz yo avarienta.
Yo que a tantos di de mano
por darla a la tuya bella,
y tú ausente he destejido
más que Penélope telas.
Yo que afrentada me agravio
porque el tálamo me niegas,
pues no gozando del fruto
mi fe obliga la promesa.
Yo que con tan largas, largas,
tanta espera, y tanta ausencia,
venzo en castidad a Dafne,
a Porcia en fe, y a Lucrecia.
Viendo no te truecan ruegos,
ni te roba mi belleza,
ni mis lástimas te ablandan,
ni te regalan mis quejas.
Viendo de huésped troyano
tendidas al mar las velas,
y que a mis voces no amaina
ni a mis borrascas afierra.
Quiero, infiel, como en mi vida
en mi muerte parte tengas,
y pues viva los negaste,
me des tus brazos en muerta.
Cruel, sí, que te bañes
en mi sangre, aguarda, espera,
tú triunfarás de mi vida,
y yo de amargas sospechas.
¿Mándate eso Dios, fiero?
¿En qué te fundas? ¿Qué alegas?
¿Qué razones te convencen?
¿Qué leyes te hacen fuerza?
Sol rubio, que por el orbe
tiendes las doradas trenzas,
el rostro vuelve al ocaso,
mi muerte infausta no veas.
De Proserpina tú, oh Luna,
con solo el nombre te quedas.
No salgas, o te arrevoza
al salir de tocas negras.
Cielo, el ferreruelo negro
tienda en torno a tus estrellas,
negad, árboles, los frutos,
secaos, montes, valles, selvas.
Retardad el curso, ríos,
no cantéis, aves parleras,
sola la tórtola arrulle
y me cante a mis exequias.
Niegue todos sus oficios
pues a mi Alejo me niega,
a quien por la peña abajo
va mi vida en sangre envuelta.
Vase a arrojar, y Alejo haga como que se levanta a detenella, y después torne.
Detenla, no muera.
Aguarda.
Pues, Alejo, ¿a mí me dejas?
No, señora, que te arrojes.
Que me despeño.
Despeña.
¿Darás cuenta a Dios de mí?
De mí solo he de dar cuenta.
A Dios clamará mi sangre.
Y Dios verá mi inocencia.
¿Si me matas?
Qué engaño.
Tu crueldad.
No te parezca.
¿Si al infierno me voy?
Vete.
¿Si me condeno?
Condena.
Será tu culpa.
¿Por qué?
Por forzarme.
¿Yo hago fuerza?
Eres causa.
Tú la tomas.
Que me despeño.
Despeña.
Ah, enemigo, ¿estáis contento?
Que mucho Alejo sea
un acero en resistir
y un diamante en fortaleza,
¿qué quieres?
Prueba más larga.
Diez y siete años de prueba
te doy más.
Contento soy.
Toca, infierno, a nueva guerra.
Tú, esposa, te precipita
pues ya ruegos no aprovechan.
¡Que caigo, cruel!
Que caigas.
¡Que me despeño!
Despeña.
Hágase un ruido muy grande, desaparezca todo.
Todo, y quede Alejo solo, y suene de adentro la Hermosura divina.
¡Jesús! ¿Ha sido esto sueño?
¿Vela el alma, o duerme, y vela?
Vuelve a casa de tu padre,
Alejo, que Dios lo ordena.
Señor, si vos lo mandáis,
¿es mucho que yo obedezca?
¿Qué nuevo ánimo me anima?
¿Qué nuevo esfuerzo me esfuerza?
¡Oh, mi divina Hermosura,
no solo el alma hermoseas
pero tus nuevos favores
dan a flacos, fuerzas nuevas!
Los dos, mi esposa, y María
Cástor y Pólux me sean.
Luceros, alumbrad, o abeles,
no falte hasta Roma, estrella.
Vase.
Sale Eufemiano y Agles, y gente de acompañamiento.
Mándame, Honorio, que a Palacio vaya;
ensíllame el caballo. ¿Y vuestra hija?
Durmiendo tiene su dolor a raya,
que es harto, que durmiendo no se aflija.
Dila que fin en sus congojas haya,
ni por el norte de dolor se rija,
que si en mar de pesares se entra tanto
se anegará en las olas de su llanto.
¡Ay, señor, que no sé si más la siente
mi alma, que la suya! Si en ajenas
su dolor decir puede al mío, que miente
y a las suyas la fuerza de mis penas,
dos arroyos se explayan de la fuente
de mis ojos, y sangre de mis venas,
del dolor saca a veces el extremo
que el uno pasado, el venidero temo.
¡Ay lumbre de mis ojos, dónde encubres
los tuyos, que alumbraba esta casa!
Encúbrele, señora, que descubres
más de la pena la cubierta grasa,
de más amargo hielo el alma cubres
y dolor más agudo la traspasa,
que no solo del golpe rompe el pecho
mas en agua a los ojos ha deshecho.
¡Jesús, señor!
¿Son voces de María?
De adentro.
¡Jesús!
¿Mirad qué es esto?
¡Oh, falso sueño!
Salga María como alborotada, y dormida.
¿Hija dormías?
Y mi fantasía,
soñava ver del alma el dulce dueño
y que yo en su presencia me ofrecía
por él a dura muerte, y él con ceño
me desdeñava, y yo caiendo muerta
me hallé en el suelo, y del dolor despierta.
No des, hija, lugar a devaneos,
que hemos de hacer, si Dios dello es servido.
Si ya desesperada de deseos
quieres ir con tu Padre, no lo impido.
Yo salir de tu casa? intentos feos,
cansado el corazón, mas bien sufrido.
Grandes los males, pero nunca tales,
que a traspasar me obliguen los umbrales.
Ya diez y siete veces dio sus giros
por sus cursos el sol, y por mi esposo
yo cada punto dellos, mil suspiros,
sin gozo el alma, el cuerpo sin reposo,
mas aunque el tiempo a mi hermosura tiros
aseste, y pliegue a guisa de embidioso
las hebras de oro, y trenzas de cabellos
de Alejo diré siempre que son ellos.
La viuda tortolilla, casta imito
que no sabe violar la fe primera,
y huiendo del consorte en su delito
en el ramo, con ronco arrullo espera:
ansí yo, con gemidos solicito
do me dejó mi esposo, hasta que muera.
Que él prometió vendría, y desta suerte
o, él vendrá presto, o, antes dél, la muerte.
O, noble prenda, mi dolor mitigas
con tus fieles razones, ruego al Cielo
que los deseos de tu amor consigas
y que la pena común trueque en consuelo.
A que te abrace, y bien quiera me obligas,
y a que heredes mi hazienda, y patrio suelo.
Que pues de ti, y Alejo, el alma es una,
no ai quien más cerca esté de mis fortunas.
¡Ay, que en muy poco estimo los averes,
deste mundo engañoso.
Sale Arn.
Ya hace espuma
el caballo a la puerta, a más no esperes.
A Dios, señora, el llanto no os consuma.
Dios trueque los pesares en plazeres,
pues esta es de pesares ya la suma.
Hija, salte a la huerta, y desahoga
un rato el pecho.
con llorar desoga. desoga.
Vanse, y sale Alejo.
Gracias a Dios que pisa
mi cara Patria, deste triste suelo
segundo Paraíso
por tanta sangre, con que triunfa el Cielo
de Mártires, y Palmas
principio de mi pena
que, ver mi casa hace un rebato
más que muerto, y al vivo
pecho, más fuerte, y ánimo esquivo.
Vuelve Eufemiano con Amonio y gente, y Alejo se le arrodilla al paso.
A Amonio, que abran.
Este es mi padre. Aquel es Eufemiano.
Ya los toques me labran,
oh, Hermosura divina, por tu mano
y pues ya no flaqueo,
esfuerza con tus armas mi deseo.
Quitaos.
Quiero que me vea.
Hacen como que se aparte y Alejo se pone de rodillas.
Quién es este peregrino?
Uno, señor, que desea
que vuestra casa le sea
albergue de su camino.
Esa piedad que adelanta
a tantos, e ilustre pecho
el mío, señor, levanta
a que os pida yo por derecho
lo que es en vos piedad tanta.
Tantos de vuestra fe son
(que al más mendigo socorre)
las limosnas, y opinión,
que por ser quien sois os corre
de ampararme obligación.
Acogedme en el zaguán,
que mi lecho será pajas,
mi sustento, el agua, y pan
y aun este de las migajas
que de la mesa os caerán.
Esas manos ricas den
lo que en dar mucho ganáis,
ansí Dios por quien lo dais
de para quien haga bien,
a aquello que más amáis.
Que quizá cerca de aquí
mendiga de aqueste talle
algo vuestro, y Dios ansí
querrá que en otro, el bien halle,
que me hiciéredes a mí.
Dé un gran suspiro Eufemiano y haga como que llora.
¡Ay, mi hijo! ¡Ay, hijo mío!
Las lágrimas se le saltan.
Falta, aun para hablaros brío,
y a las palabras, que faltan
de lágrimas sobra el río.
Ay me traéis a la memoria,
oh peregrino, una historia,
que por nueva y peregrina
hace la pena harto vecina
y ausenta lexos la gloria.
Represéntase me en vos
un hijo, que me dio Dios
y me lo quitó también,
que porque Dios le haga bien
yo os lo quiero hacer a vos.
Dadle en mi casa acogida
Amo mío, y mirad por él
por su regalo, y comida.
En bienes de la otra vida
os lo pague Dios, que es fiel.
Muy bien lo hará el Mayordomo.
Llenáis me de regocijo
que de su piedad colijo
que lo hará comigo, como
si yo fuese vuestro hijo.
Embózase Eufemiano.
Encomendaros me a Dios.
Justicia es que eso me cuadre
por lo que importa a los dos,
que como a mi mismo Padre
señor os lo debo a vos.
¿El santucho que entra en casa?
Huélgome, tendremos juego.
Deja, y verás lo que pasa.
Ya señor se enciende el fuego
y el ardor de prueba, abrasa.
Ven en el tablado, una como cobacha bajo de una escalera.
Aquí Hermano estaréis bien,
porque adentro no hagáis ruido.
Yo haré, que a vos no os lo den.
Antes, Señor, lo que os pido
que no me impidáis mi bien.
que nadie en maldad me iguala
y para hacer penitencia
esta escalera no es mala
que yo la pasé con paciencia
de escalera, al cielo escala.
Aparte.
Éntrase en su cobacha, y los demás adentro con que se dará fin a la segunda Jornada.
Jornada Tercera.
Suena una Caxa, y salga la hermosura divina, y el Ángel armado.
¿Quieres en la fiesta hallarte?
Pues ¿cómo que falte quieres
siendo della tanta parte?
que pesares con placeres
Dios a sus siervos reparte.
¿No ves que a mi Esposo Alejo
en tantos combates dejo?
solo afligido, y ausente
que aunque más sufre, lo siente
y flaquea el hombre viejo.
Anda acá a la tienda, donde
el mantenedor se esconde
que ha de quebrar tantas lanzas
llama, a ver si en esperanzas
a mi dulce voz responde.
Llama el Ángel, y responde Alejo de adentro.
¿Quién llama al alma a deshora?
Dulce esposo, quien te ama.
¿Eres la que el alma adora?
que te he buscado en mi cama
y ausente te hallé señora.
¿Cómo?
Mucho he padecido.
Yo enxugaré tus enojos.
Tu rostro, y voz Reina pido
que es tu voz dulce a mi oído
y el rostro hermoso a mis ojos.
Muéstrame el tuio.
Salga Alejo
¿Visitas
mi pobre choza? mas no,
que dentro del alma habitas.
Ya sé que habito en ti yo
y yo que mis males quitas.
Reina, tu cielo serena.
¡Dulce esposo!
Esposa mía,
con tu luz de gloria llena,
respira gozos de Dios,
destierra sombras de pena.
¿Cómo estás?
¿Cómo? Deshecho
con trabajos.
¡Qué duro lecho
tienes!
Contigo es de flores.
¡Pobre choza!
A mis amores
es cedro, y ciprés su techo.
Mas ¡ay! con la vista tuya
no hay palacio, que le iguale.
Suene la caja, y salga Lucifer armado.
¿Que mi potencia destruya
Alejo? Mas Dios le vale,
Dios, y la hermosura suya.
¡Ah! Pese a mi duro infierno,
por ley de cruel gobierno
tiene la mujer al lado,
pues Dios, no quiere al soldado
de casta de pecho tierno.
Ya suena la caja a guerra.
Es que suena el enemigo.
Yo te echaré de la tierra
enemigo, pues conmigo
tu brava arrogancia cierra.
Tocaréte siempre al arma
sin darte de espacio un punto.
De favor, Esposa, me arma,
contigo estaré yo junto
siendo tu escudo, y tu arma.
¿Qué haces, derrama sollozos?
¿Y tú?
Lo que manda Dios,
y deshacer lo que haces.
Irá bien, por bien de paces,
retirémonos los dos,
que no te comerá el coco.
Pues no saldrás con tu intento,
toca al arma.
Soy contento.
Toco. ¡Infierno!
¡Cielo! Toco.
Esposo, ten sufrimiento.
Retíranse todos, sino Alejo.
De mis ojos, luz, ausente,
¿ya te pones en huida?
Aguarda, Esposa, detente.
Mas, auséntate en la vida
con que en muerte estés presente.
Tocan a rebato, y éntrense todos, y Alejo en su cueva, y bajen Giraldo, e Hipólito y otros criados por la escalera.
Baja, y verás en este humazo, Hipólito,
cómo al pobre sacamos de su cámara,
más que si fuera gruta triste, y lóbrega.
Tú está eminente arriba con el cántaro,
baja sin ruido, que la traza es célebre.
Está el uno arriba con el cántaro, aparéjanse los otros con humo, póngase a la puerta de la cueva, y saque a Alejo, y échenle agua.
Guarda no venga el mayordomo tétrico,
y a algunos no asiente en la matrícula.
Hijos, dejadme.
Mocitanto hipócrita,
sal de tu cueva.
¡Sal, zorra flemática!
No dejáis descansar mis miembros débiles
un solo punto.
Ni una sola morula.
Agua va, que os refresque los espíritus
que tan fogosos levantáis al empíreo.
Échale al salir agua.
¡Jesús!
Estáis más fresco que una ánade.
Échale esas toallas, con que el húmedo
licor enjugue, y deje el rostro árido.
Mucho mal que este, por mis culpas flébiles
merezco yo, mi Dios.
Dispara, Hipólito,
le haremos la mamona a la carátula.
Ah, bárbaras de chivo.
Más que ostakio,
Después de haberle tirado los trapos le hacen la mamona.
¡que está el buen hombre!
¿No estaréis colérico,
y alejará la risa vuestra cólera?
¿Por qué? Si me tejéis coronas ínclitas,
y estas locas injurias son mis dádivas,
¿queréis que muestre el rostro melancólico?
Cárganle de coces, y pescozones, y échale en el suelo.
Dale, que es pobre.
Carga aquesta acémila
de las riquezas, que pide con su ánimo.
Tírale de esas barbas a propósito
para soltar dos presos de la cárcel.
¡Ay, buen Jesús!
No más, que me hace lástima.
Sale Amón, huyen los pajes, coge a Hipólito, y quiérele azotar.
Sin duda, que atormentan estos pícaros
al pobre peregrino, y le dan tártagos,
y él como Job, en la paciencia es único.
¡Oh, el mayordomo! ¡Ay Dios, quién fuera Dédalo!
¡Oh, fingiera las alas como Ícaro!
Vos daréis en el mar de un recio látigo,
¿así tratáis al peregrino mísero?
Señor mayordomo, niño angélico
en inocencia soy.
Ángel del tártaro.
No me acote, por Dios.
Quitad sin réplica
las calzas, o, bellacos, ¿tan sin término
dais pena al pobre, y a la casa escándalo?
Por la Virgen, me deje.
Ruega por el mozo a Amancio.
Por tal título
por él os pido su perdón benévolo.
No le creáis, que hará luego en soltándole
lo mesmo.
Yo le fío.
Estoy certísimo
que vos lo pagaréis.
No importa.
Suelta al paje y él vase.
Atónito
la caridad y penitencia rígida
me deja deste santo. Andad; y al vómito
si más volvéis, me pagaréis los réditos.
A Dios, del lazo ya se soltó el pájaro.
Pues yo os convertiré la risa en lágrimas.
Vanse todos, solo Alejo se queda, y a un balcón baje que ha de haber, salga María con las prendas de Alejo su esposo.
De cuánto gozo, oh, Dios, bañas mi espíritu
con estas penas, que en la casa espléndida
que gobernar pudiera como príncipe
mis criados me dan, como al más ínfimo.
Salid, alegres prendas
de viuda tortolilla,
no os coma la polilla,
gusano del olvido;
mas, si olvido en mi memoria,
o, pena, cabe en gloria,
cobre olvido en mi alma,
aunque de tarde en tarde,
y bien de mis desdichas haga alarde.
Ya comienzan los dardos
y tiros de mi esposa,
guerra más peligrosa
del alma que del cuerpo.
Agora, oh, Señor, cuando
se ha de esforzar tu bando,
para que el campo angélico
salga con la victoria,
y a ti cante la gala, y a ti la gloria.
Oh, tiempo, que consumes
cuanto entre manos tomas.
Bravos toros domas
y tímidos sujetas
los caballos feroces
al freno, y a las voces
ablandas los diamantes,
las más fieras amansas,
llantos enjugas y esperanzas cansas.
Mas, por más que presumas
de tus victorias, creo,
no levantarás trofeo
Quédase reclinada en el balcón, y desmayada,
y Alejo toma agua bendita, y rocíale.
que le hicieron mis ojos.
¿O fue de tus enojos
la causa, mi hermosura?
No, sino mi desdicha,
que nada me faltaba a tener dicha.
¡Destilados arroyos,
corred por mis mejillas!
¡Ay viudas tortolillas,
entonad mis acentos!
Sin duda se desmaya
y no hay quien aquí vaya
por agua. Mas bendita
en mi cueva la tengo,
y a ahuyentar nubes de pesares vengo.
Vuelve en sí Marcia, y se admira.
¡Ay Jesús! ¿Quién suspende
el alma? ¿Quién con agua
aviva más mi fragua?
Echéos agua bendita,
señora, con mi mano.
¿Qué es lo que hacéis, hermano?
No soy hermano vuestro,
señora, no os asombre,
que a poco me daban mayor nombre.
¿Quién sois?
Ya lo podéis ver,
aunque pienso yo, que no.
¿Qué me decís?
Que soy yo,
lo que soy, y puedo ser.
¿Qué fuisteis?
Son cuentos largos.
¿Y qué sois?
No lo que fui,
que ganando me perdí
por meterme en graves cargos.
¿Sabéis quién sois?
A saber
quién vos sois, muy de atrás vengo.
¿Cómo?
Por mujer os tengo,
que no hay más que conocer.
¿Burláisos?
Burlas más veras
quiero, el refrán me autoriza:
ni en burlas, ni en veras, dice,
con tu señor partas peras.
Pues yo soy vuestra señora.
Señora, sí, en cuanto moro
aquí, aunque en otra adoro
que dentro del alma mora.
Diome un tabuco pequeño
vuestro padre, que lo es mío
en piedad, señora, os fío.
Huésped sois.
Por no ser dueño.
¿Y vos sabéis de amor?
Estoy bien acuchillado,
y así...
...y así, he, señora, escuchado
con gozo vuestro dolor.
¿Cómo? ¿Gozo de mi pena
sacáis?
Son males iguales,
que siempre en bienes y males
la compañía es muy buena.
¿Que amáis mujer?
Y me abrasa.
¿En qué prenda la centella?
Más os digo, que por ella
he querido estar en casa.
¡Ay, Dios! ¿Si soy yo?
No, no,
es vuestro amor mi interés,
que en belleza otra tal es
a quien di de mano yo:
no reina más alto pico.
¿Tan pobre picáis tan alto?
Sabe amor dar grande salto,
que está desnudo, y no rico.
¿Y sufrís algún desdén?
No hay desdén, aunque hay batalla,
que yo doy en adoralla
y ella en quererme más bien.
Que aunque a tanto amor me alargo,
de su amor vencido soy,
pues ciento de corto doy
y ella da cien mil de largo.
Pues, ¿cómo venís así?
Ella quiere que así venga,
que...
que como ella gusto tenga
acabado está por mí.
Y cierto de mi consejo
si fuera vos, el llanto
dejara, y amara tanto
cuanto veis que os ama Alejo.
Y mi amor pusiera todo
en quien sois cierto que os llama,
y que si amáis mucho, os ama
él de un modo sobre modo.
Vuestro esposo quiere ser.
¿Si es mujer, y le amáis vos?
Yo puedo aquí como Dios
de una cosa dos hacer.
¿Cómo es eso?
Es cosa y cosa,
y es punto de amor sabroso,
que dándoos a vos esposo,
yo tendré también esposa.
¿Queréis mostrármele?
Pues
tras otra cosa no ando.
¿Y cuándo?
Saca una imagen del Salvador, y muéstrasela a María, pónese de rodillas.
Ahora es su cuando,
que este las dos cosas es.
Veis aquí el que os quiere Él
esposo del alma pura.
Es mi esposa su hermosura,
y es vuestro esposo también.
Mirad ahora las bajezas
que da, en amar vuestro amor.
Y también deste Señor,
ved en amor las ventajas.
Pues según que este llanto,
colijo Alejo por él
os dejó: no sois infiel,
si hacéis por el otro tanto.
Con aqueste limpio lienzo
enjugad lágrimas tantas,
y venced contiendas, cuantas
yo con el triunfante venzo.
Yo no tengo más que os dar,
ni vos más que me pedir.
Servilde, que es su servir
amar, y amar, es reinar.
¿Sois ángel del cielo vos
o paraninfo divino,
o en disfraz de peregrino
viene encubierto mi Dios?
No sé de qué gozo el alma
me llenáis, o de qué glorias,
que de todas sus memorias
os rinde el lauro y palma.
Rogad a esta Esposa vuestra
que la hacéis esposo mío
que me abrase el pecho frío
con el fuego que me muestra.
Esme singular consuelo
darme esposo tan glorioso
aunque amor al otro esposo
no pienso, que impide el cielo.
Juntaré su amor de modo,
que sobrepuje el divino.
¿Cómo os llamáis?
Peregrino.
Peregrino sois en todo.
¿No me dejáis?
Yo no os dejo
aunque apartarnos es justo.
No sabéis qué es ni qué gusto,
mientras más me acerco, me alejo.
Id con Dios, que no hay quien pueda
entenderos.
Si no es yo.
Dios en mí, de ti venció,
y por él la gloria queda.
Éntranse, suena a rebato, y como encuentros de lanzas, y diga dentro, y luego salgan.
¡Victoria, victoria, cielo!
Derreniego de mí mismo
de mi infierno, y Mongibelo,
que una vez caí en el abismo
y ochocientas en el suelo.
Ya te he ganado las lanzas.
Aún te falta la tercera.
Mal te corren las balanzas.
¿Tú piensas que hasta que él muera
morirán mis esperanzas?
Dame
que una vez te tuerza
que cuantas ganas conmigo,
yo haré que pierdas con fuerza.
Déjele, choca.
No te verás enemigo
en eso, que Dios me esfuerza.
Ahí estás, pues deja estar
que yo quien soy probaré.
La lengua te arrancaré
si de la raya pasar
pretendieres solo un pie.
No soy de naturaleza
tan ángel como tú.
Pues
ya de gracia la belleza
no perdiste, y Dios después,
no te quebró la cabeza.
Ya desde entonces vencido
has de obedecer a Dios.
Plazo pido, y campo pido.
Ya te gané lanzas dos.
Pues Dios, tres me ha concedido.
La otra lanza te concedo,
mas no que pases la raya.
No basta que esté a pie quedo,
si no también no me vaya
de lengua, y me mame el dedo.
Yo haré que oiga cuanto en casa
pasa de lloro, y de llanto.
Tu licencia, a más no pasa.
pues
pues yo la estenderé tanto
que pase más de la tasa.
Alto, yo pruebo ventura.
Ángel, enrista tu lanza,
y tu divina hermosura,
victoria, y lauro le alcanza
pues contigo está segura.
Enristen las lanzas y éntrense. Suene la caja, y salgan Hipólito, y Giraldo con un bufete, y manteles, y aparejen la mesa, sillas, etc.
Tende ahí, sáqueme el cielo
deste purgatorio triste.
Bien purgatorio dijiste,
que es todo esperar consuelo.
¡Voy a Dios, tantos llorones
que no acaban si comienzan!
no es mucho de mármol venzan
sus lágrimas corazones.
¡Válame Dios!, ¿de qué manantial
tanta copia de agua saca?
ni dolor, ni ansias aplaca
con llorar, y más llorar.
Tal burla, Alejo, les hizo.
él por cierto, fue harto necio
que diese en tan gran desprecio.
ello fue, Giraldo, hechizo.
Alguna mujer liviana
le casó con su señuelo.
mentís, que fue una del cielo
en belleza soberana.
ora arrima aquesas sillas
que mal en ellas se sienta
a llorar, pues se sustenta
de lágrimas sus mejillas.
Ese hipócrita es el quien
nos alegra tanto, cuanto.
que nos sufre que me espanto.
por Dios que es hombre de bien.
Salen Eufemiano y Aglae.
Hola, ¿es hora de comer, señora?
sí señor, podéis sentaros.
¿nuestra hija?
siempre llora,
que oscurece los soles claros
muestra de llanto a la aurora.
ya comienza la cantera,
no lo dejarán hogaño.
hijo, ¿qué quieres, que muera?
¡quién te hizo de propio, extraño,
y de mansísimo, fiera!
Para aquesto te parí,
y a...
y a mis ruegos Dios te dio?
¡Pluguiera a Dios fuera así
que o, no te gozase yo,
o no me vieras sin ti!
Volad por el aire vientos,
llegad pues corta es la vida
al dueño de mis contentos,
mas temo que no os impida
y os culpe, que vais violentos.
¿Han de ser siempre inmortales
los males? Ay, quedo rehenes
de unos y dos, y otros tales.
¿Para qué me disteis bienes,
fortuna, con tantos males?
Salen Aminta y María algo alegres.
¿Ya se sienta a la mesa?
Sí, señora.
Oh, hija mía,
más alegre cara es esa.
Que es sardónica alegría
el alma mía confiesa.
No sé, señor, si mi llanto
fin con mis desdichas tiene,
y así se alegra algún tanto
como cisne, que previene
la muerte con dulce canto.
Bien la consecuencia infiere
el alma en todo afligida
que alegrarse un poco quiere
como candela encendida
que da más luz cuando muere.
Aquesta es la bendición
que echa antes de comer.
Es el extremo en mujer,
y extremo más de aflición.
Mas señor, por mi consuelo
aqueste pobre y mendigo
en virtud, ángel del cielo,
¿no harás que coma conmigo?
De mil amores harélo.
Hija, si tu gusto es ese,
traédmele en hora buena.
Podrá ser con él mi pena,
o se alivie en algo, o cese.
No puedo negarte, no,
que el pobre mi mesa adorne,
que por limosnas nos dio
Dios a Alejo, y quiero yo
que por limosnas le torne.
Sentaos.
El lugar vacío
de mi Alejo, ha de ocupar
hoy, el peregrino mío.
Anda, amigo.
¿A qué?
A tragar.
Siéntase a comer Eufemiano en cabecera, al un lado María, a otro lado Alejo.
Tened buen ánimo y brío.
Hará el vientre de mal año.
Dejalde, no le peguéis.
Mirad que no os hago daño.
Comed poco, no os ahitéis.
¡Ah, pícaros!
¿Dónde voy?
Peregrino, a comer hoy
con mi señora a la mesa.
Muy grande merced es esta,
y más para ser quien soy.
Peregrino.
Mi señora.
Siéntase.
Vengáis, amigo, en buena hora;
ocupad la silla y lado
que fue de aquel malogrado,
no tan malograda hora.
Harélo ahora así,
porque en esto os doy contento,
que dentro del alma siento
que alguna vez como a mí
le veréis en este asiento.
Dios es muy fiel en la paga
de cualquier bien que se haga,
y está tan a su cuenta,
que por lo menos la afrenta,
si hoy de contado no paga.
Que es discreto el peregrino.
Comed.
Señora, imagino,
y a entender Dios me lo da,
que vuestro hijo aquí está,
o viene ya de camino.
¡Ay, dolor! Si eso así fuera,
ya por Roma se supiera.
¿Qué sabéis? Tengo por cierto
que probar quiere encubierto
si es vuestra fe verdadera.
Van comiendo, y los pajes quitando platos y lamiéndolos, burlando de Alejo.
Comed.
Si les lisonjea,
o con aquello granjea
la comida el soborrón.
¿Do te la metes, tragón?,
que te manchas la librea.
Poco coméis.
Come, hermano.
No por regalo lo dejo,
ni por gana, pues es llano
que mayor regalo a Alejo
no le hiciera vuestra mano.
Pues de mi mano tomad
esto, por lo que dijistes.
No lo tomaré, en verdad;
la mano a quien se la distes,
esposa, una vez guardad.
A una mano, ingrato,
y ser descortés obliga
de tocaros el recato;
no quiero que nadie diga
que a la mano voy del plato.
Jesús, esta disensión
más parece de palacio.
Para aliento del corazón
está aquí un cantor.
Entra un músico.
Dile que entre. Canta, amigo.
Comed.
Sobra ya al mendigo.
Tíranse sobre la polla, y dale con ella en la cara.
Que deje, suelte la polla.
Desde la mitad del romance vayan quitando las mesas, y enterneciéndose todos.
¿Soltar? Daréte con ella,
no tires mal, papahígo.
Destejiendo nuevas telas
la fiel esposa de Ulises,
para entretener la noche,
canciones entona tristes.
Si de Troya las cenizas
aguardas, infiel, se enfríen,
y a mis ventanas y rejas
las traen los aires sutiles,
que has preso, y muerto enemigos
muchos en la guerra, dicen,
y a enemigos de tu honor
les dejan que triunfen libres.
Fuérzame Icario, mi padre,
a que me case y te olvide,
mas él se cansa, que fiel
seré, aunque tú no lo fuiste.
Vuelve a tu casa, ay, triunfador insigne,
más fuerte que el amor, pues no te rinde.
Ya mis dorados cabellos
el tiempo de blanco tiñe,
y con secretos pies huellas
rosas en rostro, y jazmines.
Tu padre el viejo Laertes
ciego de llorar, preside
como juez a mis querellas,
y a mis voces como cisne.
Vuelve a cerrarle los ojos,
ya que los míos eclipses;
si me niegas, no le niegues,
pues por el ingrato vives.
Tan cansadas esperanzas
no te espantes que fatiguen
a tus palacios y torres,
que dueño señor te piden.
Vuelve a tu casa, ay, triunfad...
Cáese.
Caese desmayada María en la silla, y Alejo se altera algo. Los demás échanle agua, y pro- curan que vuelva en sí.
No cante más, salga fuera
que la ha encantado tu canto.
¡Ay, que el alma se me altera!
De adentro.
Alejo, ¿qué sufres tanto?
¿quieres que tu esposa muera?
Ag.
Echad agua.
Vuelve en ti
hija, ¡oh, qué penas mortales!
Brava guerra pasa en mí.
Remedia todos sus males
con decir, yo estoy aquí.
No quiero.
¿Eres mármol?
No.
¿Diamante?
Ni soy diamante.
¿Piedra?
No.
Pues, ¿qué?
Aparte.
Ella se agarra dél.
Soy yo
con Dios más firme, y constante.
Mandadla sacar, señor,
de mi presencia, que siento
con ella grande dolor.
Gran prueba de mi sufrimiento
que no puede ser mayor.
Aún no le quiere dejar.
Es que debe de pensar
que soy su esposo.
No agarra
así los olmos la parra.
Mi esposo es, no he de soltar.
Con la locura que sale.
Ag.
Llevadla a la cama.
¿Hay pena
que a tanta pena se iguale?
No hay comida, ni cena
que en llantos no se señale.
Vanse todos, y llévase a María. Queda Alejo, y sue- nan voces de alegría de adentro, y salga la Hermo- sura divina, y el Ángel armado.
Victoria, Cielo, victoria.
Cantad la gala a mi Alejo.
Y a ti señora la gloria
de quien si un punto me alejo
aun de gloria no hay memoria.
Sale arrojando lanzas quebradas.
Sois de materia, lanzas invencibles,
que no chocáis en corazón humano.
Os resisten grabadas ramas dobles
o de macizos robles
son los fornidos brazos más terribles
que los que rige el invencible mano.
¡Vive el Cielo, que pierdo más que gano
con aquestos Guzmanes arrogantes
que presume que Dios los haga nobles,
y no ciñendo espada, calzan guantes!
Si la ambrosía de amores
Hechos niñitos tiernos en favores,
a los pechos y a los brazos como infantes,
las manos de furor y rabia muerdo;
mas ni aun vencido la esperanza pierdo,
hasta que des el alma,
y envidioso prevenga así tu palma.
Vase.
Corrido va el enemigo.
¿Cómo estás?
Esposa mía,
antes de unirme contigo
como polluelo que pía
por la gallina y su abrigo.
Como el que viendo el puñal
que va al pecho, queda helado,
como medroso animal
que el enemigo mortal
le deja el pelo erizado.
Como cuando a su acreedor
ve su deudor, y el temido
esclavo, al juez superior,
como mujer que al marido
le ha muerto callando el traidor.
Como niño que vio al coco,
como el que se vio en los cuernos
del toro, o manos de un loco,
y al fin como el que por poco
cayera en males eternos.
Pues, ¿qué quieres?
Que se acaben
guerras, y que pruebe allá
a qué...
...a qué tus amores saben,
que unos besos de acá
muy poco, Señora, saben.
Alejo, no se te aleja.
Acérquese el fin glorioso.
Yo, mi amor, oigo tu queja,
para el viernes te apareja,
que será tu muerte, esposo.
¡Oh, nueva que más me anima
que esta vida, a quien ya mueve
de tu amor el ala prima,
quien por ti los aires bebe,
vida y muerte no te estima!
Entra en tu cueva, que quiero
sepas lo que harás primero.
Ensánchate, gruta oscura,
que es mi divina Hermosura
de tus tinieblas lucero.
Éntranse y salgan por otra puerta Luc., Agles y gente de acompañamiento.
¿Ha vuelto del desmayo?
Ahora ha vuelto,
y el dolor juntamente que le deja
en agua el triste corazón resuelto;
el peregrino es causa de su queja,
y da en esta locura, que él es su esposo
y esquivo de ella, y de su amor se aleja.
¡Que no haya el tiempo en todo vitorioso
salido vencedor de nuestros duelos,
ni a nuestros males dado algún reposo!
Pues piadosos, señora, son los cielos,
Dios bien penetra nuestro gran quebranto,
trocar tiene las penas en consuelos.
¿Adónde vais, señor?
Al templo santo
del gran Apóstol do concurre Roma.
Rogadle que consuele a nuestro llanto.
Muy a su cargo entiende que lo toma.
No sé qué rayo por el claro Oriente
de gozo al triste corazón asoma.
Sale Amonio con recaudo para escrivir.
¡Oh, qué loca la forma este accidente,
que la dio anillo, y cinta el peregrino!
Diré agora, y en ello que no miente.
¿Dónde enderezas, Amonio, tu camino?
Pidiome el peregrino este recaudo.
¿Pues qué quiere escrivir?
No lo imagino,
que es de virtudes singular dechado,
de gran paciencia y humildad profunda,
manso, abstinente, y en humildad versado.
Ojalá Dios con él no me confunda.
Llévalo luego, y llegarás comigo
al templo de San Pedro.
Ya te sigo.
Vase.
Amonio va a Alejo, que estará de rodillas, con una mesilla delante, y en ella un Crucifijo, y escriva Alejo encima la mesilla.
Peregrino, veis aquí
lo que me pedistes.
Dios,
señor, os lo pague a vos,
pues no puedo yo por mí.
Queda con Dios, que me espera
mi señor.
Pues Dios os guarde.
Vase Amonio.
Si éste supiera, aunque tarde
para qué es, no me lo diera.
Ya, mi Dios, se desmorona
esta casa de mi vida,
que a la prueva bien sufrida
suceden gloria y corona.
Haré lo que la Hermosura
mía, y mi esposa me ordena.
Salga por otra parte Marcia, y diga cada uno apartado del otro, sin entenderse.
¿Que al alivio de mi pena
le llamen todos locura?
Porque al Peregrino gusto
de hablar, que me torne loca,
como a enfermo, a cuya boca
no creen, mi estragado gusto.
Que si...
Escriba Alejo a poco a poco, y en voz alta.
¿Qué es de ti, esposo, que en vano
los aires rompo y aflijo?
Yo soy Alejo, que hijo
fui de Aglés y Eufemiano.
¡Cruel, tanta ausencia basta!
¿Qué es de tu esposa amorosa?
María es mi dulce esposa,
que por Cristo dejé casta.
¿Dónde, a qué reinos extraños
del tálamo huiste y mesa?
Salí de Roma, fui a Edesa,
peregriné largos años.
¿Mira de tu padre y madre
y esposa los tristes duelos?
Y volviéronme los cielos
a la casa de mi padre.
¿Por qué ciudad o camino
has, amor, peregrinado?
Diez y siete años he estado
en tu casa peregrino.
Siquiera en muerte a los dos
uniera el lazo postrero.
En ella contento muero,
y parto a gozar de Dios.
Suene aquí la música de órgano. Venite ad me omnes, qui laboratis etc. y elévese María y bájese después.
Jesús, qué voces resuenan
por los aires soberanas
que nunca lenguas humanas
de tal gloria y gozo llenan.
Quiero saber lo que en Roma
con tal pronóstico pasa.
Ya se deshace esta casa,
y otra nueva el alma toma.
Ya sale de su cárcel Simeón,
y de la arca del diluvio Noé,
recibe el alma celestial Josué,
en el alcázar de la gran Sión.
Quede en el mar hundido Faraón,
traidor no venza el motín Coré,
y para que se crie en Betfagé
quiebre el cántaro de barro Gedeón.
Al hijo de dolores Benoní
dele dulce consuelo Emanuel,
pues siempre en la paciencia ha sido Job.
De tu Samuel te acuerda gran Helí,
muéstrame el rostro hermoso de Raquel,
y por la escala sube a tu Jacob.
Suenen flautas. Córrase la cortina de la choza, muerto el santo y al mismo punto suenen golpes de guerra, y al son de una trompeta
Se corra una cortina donde estará en trono de gloria Dios nuestro Señor con la espada desnuda en medio de la Virgen, y la Justicia divina, y el Án- gel defendiendo de Lucifer (que estará abajo en el tablado) el alma de San Alejo, que será un niño, que vestido de blanco estará ante el trono, puesto de rodillas.
¿No ha de subir?
Tú le impides
la subida, a aquel que ha hecho
más provincias de su pecho,
que de su constancia Alcides?
Deja las armas, blasfemo,
pues mi justicia conoces.
Metello quisiera a voces
porque del mal pleito temo.
¿De qué le acusas?
¿De qué?
¿Ya tan santo me lo pones?
Examina sus acciones,
su caridad, y su fe.
¡Un ladrón, desuella caras
con tanta gracia, y favores!
En hacer obras mayores
manos no tuviera tan caras.
Malas palabras, jocosas
dejó, y vanos pensamientos,
vanos entretenimientos,
vano tiempo, horas ociosas.
No tan recta la intención
como debiera en el fin,
y a tus mercedes al fin
harto ingrato el corazón.
Si esto en un pecadillo
fuera, no era maravilla!
mas siendo en aquel a quien silla
aparejas, y regalo.
No tienes de donde asir
traidor, pues aunque importunes,
mas con tus leyes comunes
con calabaza has de partir.
Treinta y cuatro años advierte
de humildad, y penitencia,
su amor, castidad, paciencia,
pecho y fortaleza fuerte.
Si como hombre algunas faltas
hizo, que invidioso ensayas,
aún no se ven de pequeñas,
y sus virtudes, de altas.
Fuera desto en el crisol
de los sacramentos santos
relumbró con rayos tantos,
cuantos adornan al sol.
Confúndase tu embeleco
aunque el hombre de bien se acuerde
que si esto en el leño verde
pasa, ¿qué será en el seco?
Vete, padre de mentiras,
que no tienes parte en él.
Más rabia el pecho cruel
con las flechas que me tiras.
Maldito sea mi tormento,
que ansí va desesperado.
Vase.
Sube, esposo regalado,
al tálamo del contento.
Hijo.
Señor.
Hijo.
Madre.
La corona de la vida
a tu paciencia debida
te da en la gloria tu Padre.
Por el amoroso afecto
que de madre me has tenido,
Van subiendo al alma, y después de darle lo que dice las coplas, se sienta en una silla junto a la Hermosura divina.
al cuello te echo, escogido,
mi rico collar perfecto.
Porque fuiste esposo bello,
casto a mi amor soberano,
anillos doy a tu mano,
y abrazos doy a tu cuello.
Hoy se celebran las bodas
en el cielo a maravilla,
siéntate, esposo, en mi silla,
goza de mis glorias todas.
Música.
Y los ángeles tocan, tañen y cantan
del esposo y esposa, viva la gala.
También en el cielo
se celebran castas
las bodas eternas
de glorias colmadas.
Salen las cuadrillas,
crúzanse las cañas
y los ángeles tocan, etc.
¡Señor, en qué gloria estoy!
¡Siervo, roto, rico y bizarro!
¡Que suba un poco de barro
a ser lo que indigno soy!
Hombre, mira de qué bien,
si quieres, serás capaz.
Ya de la visión de paz
gozas en Jerusalén.
Tu gloria publica el cielo.
Al suelo ensalza tu palma.
El cielo corona el alma.
Y ha de honrar al cuerpo el suelo.
Suene música y córrase la cortina. Suenen campanas, y salga Amonio muy alborotado, y deténgale Marcia.
¿De dónde vienes ansí,
Amonio?
¡Jesús!
¿Qué tienes?
¡Ay, señora!
Escúchame atenta.
Di.
M.a de do vienes?
junto a la ciudad de Roma,
en la iglesia de San Pedro,
el Emperador Honorio,
y el Santo Papa Inocencio,
oímos sonar estas voces,
y retumbar estos ecos:
«Venciste en los trabajos
que es eterno alivio y recreo».
Sosegó un helado sudor,
se dilata por los miembros
y baña lágrimas dulces
ojos, mejillas y pechos.
Con esto otra vez retumba:
«Buscad a mi amado siervo
y mirad que para el viernes
deja la cárcel del cuerpo».
Divulgadas estas voces,
llegado el pueblo, y el tiempo
que Dios su siervo mostrase,
le suplicamos con ruegos.
Tercera vez nos avisa
(¡ay Dios, que decirlo tiemblo!)
que Eufemiano tiene en su casa
tan gran tesoro encubierto.
El Emperador entonces
dijo: «Eufemiano, ¿qué es esto?».
Él excusa su ignorancia,
y me despacha al momento
porque la casa apareje,
que Honorio, Papa y el pueblo
viene acá. De su adorno
cuida, porque viene presto.
Voy a avisar a mi madre.
Sale Eufemiano.
Antonio, ¿qué es lo que has hecho?
Aviso di a mi señora.
¿Qué es de tu señora?
Ya sale.
Pues que en casa está, no hay duda.
Sabes, señor, que sospecho
que el peregrino, o el santo
que a voces publica el cielo,
diez y siete años que habita
a este lóbrego aposento,
de los criados de casa
hecho un mártir a tormentos.
Comulga cada ocho días,
humilde, manso y modesto,
que ni en palabras ni en obras
vi en él el menor defecto.
Vamos, que está dando saltos
el corazón acá dentro.
Jesús, ¿qué olor tan süave?
¡Qué fragancia!
¡Qué consuelo!
Entran en el aposento y descubren a Alejo que está muerto, con el papel en
en las manos, y si es posible parezca con resplandores, y descubran la choza.
Descubre el rostro.
Como esta durmiendo parece.
¡Ay, Señor!
Mas que un ángel resplandece.
De que gloria el resplandor
a vuestra casa amanece.
Traed me unas almohadas
Van por ellas, y quieren le sacar el papel, y no lo ha de soltar.
que papel asido tiene?
Quítasela.
Tan trabadas,
y iuntas las manos tiene
que son mis fuerzas burladas.
quita, que eres para poco.
mas ni yo puedo tampoco.
ya por vencido me doy
que bien se señor que soy
indigno del bien que toco.
Esten las almohadas aparejadas, y pongale en ellas
Sustenta Atlante este Cielo.
la gente en casa no cabe.
Salga el Emperador, Papa, y gente de acompañamiento.
Ensancha tu espacio, o Suelo
Jesus! que olor tan suave!
¡Qué fragancia!
¡Qué consuelo!
De tan grande santidad
tenias tan poca estima
¿Eufemiano?
Así es verdad.
mas, que mucho estando encima
la capa de su humildad.
que carta tiene en la mano?
es el sacarsela en vano.
que burla mio deseo.
que tiene misterio creo
no dartela a ti Eufemiano.
Hincase de rodillas el Papa, el Emperador, y todos los demas.
Tu que a los sacros ojos
del Soberano Lince te descubres,
coronada de triunfo, y lauro el alma
permite a tus despojos,
que misterio en el papel encubres
que honre el suelo con mas humilde palma
que de Cristo Vicario
temo de indigno, no de temerario.
Vaya a tomar la carta el Papa, y el Santo la suelta.
o, caso milagroso!
abre las manos, y la carta suelta
al gran piloto de la Iglesia ofrece.
El alma de gozosa
ya la recibe en lágrimas envuelta.
¡Qué rostro!
¡Qué belleza!
Ángel parece.
Da la carta a Jon. y él la lee.
Leed esos renglones,
lenguas suspendan, y oigan corazones.
Da un suspiro grande Euf. y échase sobre su hijo Alejo.
¡Ah, hijo cruel, y santo,
de mis venas calor, y helado frío
de mis ojos decrépitos luz clara,
que a ti cuando a mi llanto
no hay remedio, conozco yo por mío!
Que al cabo suerte, más cruel que avara,
dar cuando debes, huyes,
y cuando no se goza, restituyes
tú en mi casa mi hijo!
Reconocida de mis ojos ciegos
fue mayor tu paciencia, o mi ignorancia
que ni el llanto prolijo
ni de tu esposa los piadosos ruegos
mudaron tu firmeza, y tu constancia!
¡Muerte espantosa, y tarda,
rindes un mozo, y un viejo te acobarda!
Sale la Madre, y acércase a él.
Hijo del alma mía,
que a este amor diferente y a mis ojos
porque en mi presencia te gozaba
aun no te conocía,
y te conozco porque no te gozo.
Con el fin tuyo mi esperanza acaba.
Y empiecen mis gemidos,
¡resucita, león, a mis bramidos!
Sale María, y júntase con el cuerpo.
Bajad, Cielos, conmigo
a llorar el más raro y nuevo ejemplo
que ha visto las estrellas, sol, y luna.
Disfrazado enemigo,
como quien vivía muerto te contemplo
fuerte Sansón asido a la coluna.
... de aquesta casa fuerte
hoy das a todos con tu muerte, muerte;
ya yo, ¿para qué vivo?
que esperanza, la tuya era mi vida.
¡Ay, qué fiel me era, peregrino, el alma!
ya esperanzas no más, ya no hay estilo
que apoye mi esperanza la caída;
a tu muerte mi vida dio la palma,
y esposo que seas quiero
ya que no en vida, en muerte compañero.
¡Hijo!
¡Amores!
¡Esposo!
Señor, ¿tanta crueldad?
¡Varón divino!
Que lloráis, hijos, es de gozo el llanto,
porque vive ya glorioso
del cielo ciudadano peregrino,
y un hijo, que podáis llamar santo,
¿si bienes tan subidos
y colmados de gloria, son perdidos?
Trocad el llanto en risa,
volved en acción de gracias los sollozos,
porque de vuestra casa
y tronco ilustre
uno los cielos pisa
con ventaja mayor en gloria, y peso,
de la romana patria honor ilustre,
admiración del suelo,
dechado de virtud, gloria del cielo.
Yo, padre, soy visto
de gozo el alma.
Y yo despojo el luto.
Y yo, pues casta me dejó mi Alejo,
mi castidad a Cristo
ofrezco en voto con doblado fruto.
Hija, tu intento alabo y fiel consejo.
La ciudad se derrama
y por el santo cuerpo a voces llama.
Llevad el sacro peso.
Ayudarán mis hombros a Eufemiano.
Tan pío Emperador el cielo guarde.
No gano poco en eso.
Y yo con hijo tal, y santo gano.
Más que el sol Roma con las luces arde.
Y fin da a su camino
mi esposo aquí. En su patria peregrino.
Suenen chirimías, precedan algunos con hachas encendidas, síganse después el Emperador, Eufemiano, Amigo y otros que lleven el cuerpo; luego el Papa. Últimamente Aglé y Marcia, y dando una vuelta al tablado se entrarán, con que se dará fin a la comedia.