
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El pecador convertido por el ángel de su guarda. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-pecador-convertido-por-el-angel-de-su-guarda.
MS. A A Más correcto falto de algunos versos del fin
Pecador convertido por el Ángel de la Guardia
Anónima
Se ignora su autor.
Agustín = Valerio = Luis = Antonio =
La Soberbia = Luzbel = el Ángel = Marciano =
Escribano y alguacil = Don Juan = Gracia, dama
Villanos
Ruido de cuchilladas dentro. Y dicen alguacil, escribano y Agustín dentro.
Dase a prisión, o la vida
has de perder en la empresa.
La vuestra perderéis presto,
aunque el infierno lo impida.
¿Eres Luzbel, o rayo, o fiera?
Escucha, Agustín.
(Salen riñendo.)
Decid.
¿Dices quién es quien te prende?
eres mi Alberto, y de mi sangre desciendes;
hacerte pues amistad,
y sin que nadie lo entienda,
aunque se arriesgue mi hacienda,
para darte libertad,
date a prisión al momento,
que por la cruz de esta espada
he de matarte.
No me agrada de justicia,
no, dejadme libre en fin, que donde no, ¿
qué has de hacer?
Dar a los tres a entender que no he de ir preso.
¿Eres mozo, y solo un hombre?
Para vuestro desgobierno,
soy un rayo del infierno,
que asombro con solo el nombre.
¿También eres un blasfemo?
Como testigos dirán, un matador, un rufián
digno de horca, o de un remo.
No se pierda esta ocasión,
prendamos a este arrogante.
Prendamos a este ladrón.
Mentís como fanfarrones,
y si aquí no os desdecís
de todo cuanto decís
vosotros sois los ladrones.
Embiste con ellos, y queda herido el uno.
Muerto soy, válgame el cielo.
Vase.
Al diablo que me espere.
Que muero de dos heridas.
Vase y salen el alguacil y don Juan.
No escaparéis con las vidas,
que soy de Génova el diablo.
Escapóse y no parece,
Alberto, nuestro escribano.
Herido yo de un villano,
la deshonra me enloquece.
¿Qué es esto por tierra, Alberto?
¿Cómo, Alberto?
Él mismo es.
Alza, amigo, desmayo es, viven los cielos.
El cuerpo está atravesado
y en la cabeza una herida.
¡Oh ladrón, perro, homicida!
que el delito has aumentado,
vive Dios que he de prenderle
aunque el Rey vuelva por él.
y ha de enlazar el cordel
donde el vulgo pueda verle;
oye, Agustín, perro, vete,
que has de pagar por extenso,
si te prendo, y si no, pienso
dispararte un pistolete.
Vanse y llevan el muerto.
Salen Lucifer y la Soberbia de lacayo.
Conviene así a mi gobierno
para que con aquella alma
se multiplique el infierno,
quedando sin alma el cuerpo,
penando para in eterno.
Prosigue mientras yo sigo
otra empresa de más calma,
la cual a rendir me obligo
yo solo. Así como digo,
a Agustín la cama
engólfale con mil vicios,
los más gustosos y ufanos,
ofenda a padre y hermanos,
y cuando en aquestos vicios
ha de parar en mis manos;
ea, Soberbia valiente,
sal bien con aquesta empresa
sin que me resulte daño:
con ardides y orgullos extraño
como vuestra fe confiese
que si vienes a alcanzar
victoria, gracias eternas,
luego te prometo dar
y por premio aposentos
en las profundas cavernas.
Vuestro príncipe y rey soy,
ayudad mis pretensiones,
ved que descuidado voy
viendo que vencerá hoy
como valiente soldado.
Vase.
Prometo, príncipe augusto,
con este traje que ves,
de ponerle en tal aprieto,
que se arrodille a tus pies:
y para que tenga efecto,
por muchos modos y vías,
mi tentación ha de ver
con infernales espías,
las cuales han de vencer
sin que pasen muchos días.
Con tu licencia, señor,
yo me parto como un rayo,
con mortal ira y furor,
para servir de lacayo
un poco a este pecador.
Famosa región, cada cual
será un dragón
para comenzar su fiereza;
yo he de salir con victoria,
celebre fiesta el infierno,
solemnice esta memoria,
que ha de tener fuego eterno
privándole de la gloria.
Siempre cizaña y discordia
hoy la soberbia, y mentira,
y no haga obra meritoria,
porque Dios convierta en ira
en él la misericordia.
Como pecador se envicia
y ha crecido la malicia
con pensamientos villanos,
no escapará de mis manos
dando en mi recia justicia.
En los vicios se ha engolfado,
la virtud ha atropellado,
sin pecado reservar,
sin querer confesar,
diez llenos años ha estado.
A mis feroces lebreles
en los lagos de Sodoma
pondré en su boca crueles,
como Judas, y Sodoma,
los más astutos y fieles
en los encumbrados riscos
y soberbios obeliscos,
pues que mi astucia me abona
me he de poner la corona
de áspides y basiliscos.
A fin con este gobierno
a grandes, y pequeños
los pondré en el lago eterno,
desharé todos los cielos
y levantaré el infierno.
(Vase a entrar y sale el Ángel).
Contrario del pecador,
¿qué blasfemas en ausencia
de quien te pone temor?
¿Yo temor? Todo lo he de atropellar,
desoyendo cuanto ha hecho,
que tengo de fuego el pecho
hecho un proceloso mar.
Vuelve con esta embajada,
porque ya mi pensamiento
y mi intención laureada
ha de salir con su intento,
dejándole en la estacada.
No sabes que le he guardado
desde el día que nació
con amoroso cuidado,
y que al fin voy a su lado.
porque Dios me lo ha mandado.
¿No sabes que es su criatura
y su cristalino espejo,
a quien todo bien procura,
y es el gustoso reflejo
de su divina hermosura?
¿No sabes que es un amante
que le ama de corazón,
y le hizo a sí semejante,
en la hipostática unión
le puso muy adelante?
¿No miras con la grandeza
que entre su pecho se espacia
y le puso en tal Alteza,
que le hizo Dios por su gracia
si él lo es por naturaleza?
¿No miras con la fineza
de amor que le hizo heredero
de la soberana Alteza,
y hecho un humilde cordero
humillado su grandeza?
¿No miras cómo enclavado
fue en aquel santo madero
adonde fue libertado,
y le dejó caballero
con el blasón del costado?
¿No miras que fue vertida
la sangre, al fin, ofrecida
en sacrificio a su Padre,
para dar al hombre vida?
¿No miras y consideras
que por gusto del Señor
que te arrojó entre las fieras,
hoy le ampara al pecador
de tus lazos y quimeras?
¿No miras que en un momento,
al cabo de tantos años,
y si a Dios vuelve con éxito
queda libre de sus daños
si trae arrepentimiento?
Siendo verdad todo aquesto,
¿cómo no temes su nombre
violentador, descompuesto,
y le aconsejas al hombre
como torpe y descompuesto?
Vete, y su poder confiesa
con debida cortesía,
si no, verás que se pesa,
pues Dios a tajar me envía
tu rigurosa promesa.
¿Yo confesar su poder?
no en el puesto donde es sumo
renegar bien puede ser
de su poder Lucifer,
aunque los dos compitamos:
Y así mil veces reniego
de todo cuanto ha criado,
el agua, el aire, y fuego,
y firmamento estrellado
de donde caí tan ciego.
Reniego de su verdad
y del purísimo velo
que cubre su gran deidad
y la santa humanidad
que me derribó del cielo.
Reniego de los profetas
con todos los patriarcas
y de sus obras perfectas;
reniego de los monarcas
de los signos y planetas.
Reniego
¿De quién?
De ti, que estorbar quieres mi gusto
de lo justo, y de lo injusto
mil veces reniego aquí
por parecerme tan justo
reniego de tu venida
y de quien de ti haré caso
de tu hablar reniego
y de los pasos que doy
por cobrar cabida
del alma por quien me abraso.
La blasfemia que en ti arde
se funda en intentos vanos
que los cobardes villanos
hacen de la lengua alarde
porque les faltan las manos;
considerarás, dragón,
cuando te arrojó del cielo
de ángel, vuelto en escorpión
y en lo profundo del suelo
haces vil habitación.
Pues si caíste, Luzbel,
(¿cuál de pies, cuál de cabeza?)
para igualarte con él
de la soberana Alteza
¿cómo vuelves contra él?
Si miraras la sinrazón
no tuvieras tal desatino
antes pidieras perdón.
¿No sabes, ángel divino,
que admito la sinrazón?
porque cansado de veras,
que mi ser no se convierte
ni convertirá jamás,
porque me agravió de suerte
que la venganza verás.
Humíllate, Lucero, digo, y confiesa su poder.
Humillar no puede ser,
porque le soy enemigo;
una triste confesión
hasta aquí pudo llegar.
¿Yo no tengo por blasón
de que a Adán hice pecar?
¿No hice a Caín matar
a su hermano el justo Abel?
¿El mundo no hice anegar,
y, al cautiverio Israel,
los ídolos adorar?
¿No tengo hechas mil maldades,
hasta quemar a Sodoma
con otras cuatro ciudades
en que Dios venganza toma
por sus injustas fealdades?
Y en aquella civil guerra
del mayor santo varón,
estando al pie de una sierra,
¿no hice que a Datán y Abirón
se los tragase la tierra?
¿No hice a David pecar
y perseguirle Absalón,
y al gran sabio Salomón
en lo imposible adorar?
Quédate, que he de seguir
a aquella alma desdichada
la que me verá rendir.
Yo, bizarro, he de salir
con victoria laureada.
(Vase cada uno por su parte.)
Sale Agustín, y la Soberbia de lacayo.
Por verse de tal humor
me ha obligado a retirarme.
Con gusto pienso servirte,
pagándote tanto amor,
que te prometo a fe mía
que he servido a un caballero
y me pesaba a dinero
estando en su compañía.
Mas fue tal mi desventura,
y tan triste fue mi suerte,
que dio en manos de la muerte
y yo quedé sin ventura.
Al fin, guiome mi signo
a salirme de Sevilla,
dejando a una fregoncilla
que quise como al buen vino.
Despedime della y diome
un fuerte abrazo al partirme
y palabra de ser firme.
Al fin, por saber del mundo
vine a Génova la bella,
donde hallé más, vi en ella
que entendí hallar en el mundo.
Viví obligado a servidor
y así, disponte a mandar,
que a mil cosas me acomodo.
¿Y dices que sin disgusto me recibirás?
Levanta.
Señor, sí.
Pues escucha, honrado,
que te quiero declarar
todas mis buenas costumbres
que en oírlas te admirarás.
Lo primero has de saber
que nací de noble sangre,
el mayor de tres hermanos,
en quien pusieron mis padres,
por ser el mayor de todos,
de su amor la mayor parte.
Criáronme con regalo,
tanto que vine a enviciarme
con el ocio y el regalo,
en juegos y otras maldades.
Apenas cumplí quince años
cuando quitaba a mis padres
todo día algún dinero
o alhaja de precio grande.
Me iba a la casa del juego
donde di en compañarme
con jugadores, tahúres
y rondadores de calles.
Perdía lo que llevaba,
y encendido en mi coraje,
muchas pendencias armaba,
lo que me llevo delante,
que el que me llega a ofender
bien hago que me lo pague.
Por obrar estos arrojos,
en la casa de mi padre,
cerraron todas las puertas,
mas una noche a deshora
me arrojé por un balcón,
de que me vide en la calle
determiné valeroso
pasar a ver a una dama
de quien era fino amante.
Mas al volver de una esquina,
sin poderlo remediarme,
cien manos de la justicia;
quise veloz retirarme,
mas no me dieron lugar,
porque cogieron las calles.
Viéndome cercado entonces,
arrojando mil volcanes
de ardiente fuego, que el pecho
despedía de corajes,
metí la mano a la espada,
y la capa en brazo puse,
me arrojé a ellos furioso;
fueron mis golpes tan grandes
que en breve espacio maté
dos corchetes y a un alcalde.
Pidió favor la justicia,
muchos acuden al lance.
Mas viéndome en gran peligro
de prenderme o de matarme,
rompiendo aquel escuadrón,
fue preciso el retirarme.
Salí de Génova entonces,
con tan ardiente coraje,
que hasta mi padre matara
si le pusiera delante.
Puse mi salvoconducto
en Nápoles, ciudad grande,
donde encontré cuanto quise,
también quien me acompañase
para todas mis desgarras,
porque no se me olvidasen.
Dos años fui allí soldado,
pero no quiero contarte
maldades que ejecuté,
Para no escandalizarse,
solo diré que a tres casas
do solían refugiarse
unos enemigos míos,
porque todos se quemasen,
a todas les puse fuego
(¡mira qué borracho incendio!),
siendo sus voraces llamas
todo mi entretenimiento.
Hicieron inquisición
d'aquese inhumano hecho,
y como me conocían,
me echaron la culpa d'ello,
que por mis obras sacaron
verdadero sospecho.
Volvíme a Génova entonces,
supe que mi madre ha muerto
de las muchas pesadumbres
que mis arrojos le dieron.
Oculto estuve unos días,
pero noticia tuvieron
de que en Génova me hallaba;
y una noche con secreto
me cercaron donde estaba,
y las armas me cogieron,
con que hallándome indefenso
a su salvo la justicia
me puso en la cárcel luego.
Sustanciáronme mis causas,
y por sentencia me dieron
que en una pública plaza
me quiten la vida luego,
porque viendo en mí el caso,
a otros sirva de escarmiento.
Pronunciose la sentencia;
Génova tiene contento,
porque con esto se libra
del diablo que tiene dentro.
Pero mi buen padre entonces
y algunos amigos deudos
se empeñaron de manera
que el perdón me consiguieron,
con que de Génova salga
y que no vuelva a entrar dentro.
Esta es, amigo, mi vida,
y aunque ahora pobre me veo,
no lo hemos de pasar mal,
que la vida sé buscar
por tonos y modos, y vías,
que antes me han de faltar días.
Que nos falte que hay dos.
Los de esta vida penosa
me ofrecen tributo y pompa,
y otras cosas voluntarias,
obligados a mis proezas.
Y sé yo, que no sabrán
ejecutar otra cosa.
Diez he muerto por mis manos,
a ocho casas, puse fuego, seis doncellas he forzado, las cuales no las cuento;
he estado sin confesor
diez y seis años y medio.
Jugué a mi hermana el dote,
quise a dineros a mis deudos ,
a mi padre he enconado,
y aún la resolución tengo
de darle aleve la muerte
si no me diese remedio.
Prosigue, que en mí tendrás
eternamente un buen lado,
y ten por determinado
que también lo soy, sabrás.
Voy alcahueta en tu engaite,
por saber, ver y entender,
que el curioso ha de tener
supo oficio de alcahuete.
Curiosidad en él, manos no faltaban,
y por lo que dices
me llaman las fregatrices,
la espuma de los lacayos;
y al fin con ese gobierno,
pienso al mundo deshacer,
y que soy has de saber
la soberbia del infierno.
Mucho gusto de tu prosa,
aunque he jugado y perdido
no hay rosario guarnecido
¿Con medallas y aljófares?
¿no hay algún agnus de plata
y procuras el quitar
lo que el juego te remata?
¿Cómo es tu nombre?
Andigno, viva mi fama,
la cual me ha de remediar.
Hacia aquí he visto llegar,
si no me engaño, una dama.
Nuestro remedio y amparo,
sin duda es conmigo, Andigno,
que alumbre, señor, de vino,
aunque fuera de lo caro.
¡Viven los cielos, que es ella!
Mira el cielo y su arrebol.
(Sale Gracia, dama.)
¿Oh mi Agustín español?
¡Oh mi luna, sol y estrella!
No en vano a esas claras fuentes
los pajarillos se plantan
y en gran conformidad cantan
diez mil tonos diferentes.
No en vano tamaña villa
se hinche de pompa, y medra,
y la trepadera hiedra
hace que a las plantas se humilla;
no en balde en fin mis enojos
se borraron de la vista,
pues llegando a ver tu vista
dio sol comienzo a mis ojos.
Los míos diré mejor
que cobraron vista entera,
pues quedaron de manera
que dan de sí resplandor.
Su buen talle y su presencia
desde lejos vi, y te prometo
que me puso en tanto aprieto
Amor, que no hubo paciencia.
Que bien sabes, vida mía,
que eres mi flor de farfanes,
y mapa de valentía.
Cantos y danzas de suerte
que me abraso en vivas llamas
de oírte, y más de dos damas
quisieran verte a la muerte.
Tienes mil gracias que alaba
el vulgo, como es razón,
eres mío en conclusión,
y yo tu perpetua esclava.
(Aparte.)
Ya se entabla de tal suerte
mi felice pretensión,
que a la menor ocasión
al traste he de dar con todo.
Esto ha de ser, no hay que hablar,
Vase.
Y a la Virgen pido al cielo
desta ingratitud venganza;
quédate, ingrato, cruel,
que yo me voy consolada;
serviré a Dios con amor
en los franc os descalzos.
Oye, aguarda, escucha, espera.
¡Oh, fiera determinada,
pardiez, que va por la sierra
como una ligera gama!
¡Vuela, Andino, y tráela al punto,
que pretendo castigarla
de la suerte que merece!
Vase.
Aquí aguardo.
¡Vive Dios, que estoy de suerte,
y con resolución clara
que le ha de dar la respuesta
quince veces esta daga!
Agus. Saca la daga. Suena ruido de cadenas; al tirarlas ella, sale un alma ensangrentada.
¿Agustín?
Mi ángel me valga.
Agustín,
Temor me ha dado.
Agustín, aquí he llegado
porque un mal grande te aguarda.
¿Qué más quieres?
Vase.
Sabrás que yo soy, ten fuerte,
Alberto, a quien diste muerte,
y padezco como ves,
y no hay vida que me cuadre
si tú no me haces bien.
Agustín, mira tu alma.
Voyme, del rigor defen-
der la muerte a tu dama.
Cae Agustín desmayado y sale la Soberbia con Gracia.
Jesús, ángel de mi guarda.
No tienes que porfiar,
que no tengo de llegar.
Camina, que nos aguarda.
¿Es posible que no ceses
en formar tu cruda guerra?
¿Ves cómo besa la tierra
pidiendo a Dios que volvieses?
¿No consideras qué afable
nos espera mi señor,
dando muestras de valor
que le tiene tan notable
que se deshace en dolor?
¿No ves el notable celo
¡Qué ruina! ¡Aquí fin yo doy,
llega a pesar de quien soy!
(Y levántale del suelo.)
Saliste con la victoria
de hacerme venir en fin.
Alza, querido Agustín,
a mi consuelo, a mi gloria.
(Ap.e)
No va muy mal enredada
esta vez la Gracia de ella,
¿qué bien que entiende la musa
la santera remilgada?
Yo sé muy bien que es desmayo,
de qué, cómo, y de qué suerte.
¿Aqueste es desmayo, o muerte?
Llegad, amigo lacayo.
¡Ay, mi señor!, ¿qué es aquesto?
De pena murió, y de amor.
Ea, Agustín, vuelve en ti.
Alma, ¿otra vez en el juicio?
Alma, ¿y desnuda y a llaga?
(Vanse, y él saca la daga.)
Perros, ¿cómo venís juntos,
con los hechizos y encantos?
Pero yo os daré la paga.
¡Jesús, María, y Francisco!
¿No tiemblas de sus acentos?
(Vanse los dos, y sale la Soberbia.)
No temo yo de hechiceros.
(Vase.)
Con inmortales pisadas
le seguí sin que me viese,
y agravio hice que le diese
Agustín de puñaladas.
Yo me escapé como un rayo
sin que me pudiese ver,
para dar a Lucifer
las nuevas de su legado.
Es verdad que en los descalzos
franciscos, se arrojó al punto
y queda, a lo que los pechos
entre las divinas zarzas.
La Soberbia, que es razón,
gana el infierno palmas,
si Lucifer lleva el alma
de Gracia en tal ocasión.
Segura está de Agustín también,
pues vive sin Dios ni ley.
Voy a mi rey, que a los dos,
sabremos dar un buen fin.
(Sale Agustín, y Balerio su padre.)
Digo que soltéis las llaves,
no hagáis que me descomida.
Mi Agustín, mi hijo, advierte
que soy tu padre...
No sois sino mi homicida,
alargad, no os hagáis fuerte.
¿Quién tal crueldad avisó?
Acabad, o vive Cristo,
que por ella os dé muerte.
Por el Ángel de la Guarda,
a quien debéis devoción,
me oigas una razón.
Mucho la razón se tarda
de vuestra locución; decid,
que a oírla me sujeto;
no por compasión, prometo,
que si a decir verdad vengo,
por el nombre del padrino
solo obedecer pretendo.
¿Qué dragón emponzoñado,
dime, Agustín, te engendró?
Que no es posible que yo
engendrase tal pecado.
¿No es posible que tu madre
te pariese, ni criado
varón tan vil a sus pechos
la que está de Dios gozando?
¿No basta que por tu causa
murió de los sobresaltos
que le dabas cada día
con tus inútiles tratos,
y por darte reprensión
poner en ella las manos,
como conmigo pretendes,
sin temer ser condenado
a las infernales penas?
Vuelve ya en ti, hijo tirano,
mira que al inobediente
castiga el Juez sacrosanto.
Conténtate con el dote que de tu padre os ha legado
en dinero y ricas joyas,
más de cuatro mil ducados.
Está por ti sin casar tu hermana,
por cuanto no tiene amparo
sino que el cielo lo envíe,
que es de los pobres amparo ,
siendo el remedio infalible.
Y más siento que ha dejado,
por fugitivos, mi hija amada,
ausentes padre y hermanos.
Metióse en un monasterio,
que es donde acabó llorando,
pidiéndole a Dios perdón
de sus culpas y pecados.
Que consideres es justo
que este viejo sea librado
cuatro veces de la muerte,
de galeras otras cuatro.
Por ti he llegado a ser pobre,
y no estimo tanto el gasto.
Como ves que sin insolencia,
con tu padre y tus hermanos,
de los pocos heredados (que como ves me han quedado)
te hago heredero de todos,
y siendo de tus hermanos
el mayor, gusto que seas
legítimo mayorazgo,
porque te sirva de freno
y viva con más descanso.
Solo no te doy las llaves
de unos noventa ducados
que tengo para coger
las mieses este verano.
Y si en lo que he dicho, hijo,
te he ofendido o agraviado,
el perdón te pido humilde,
a tus pies arrodillado.
Asióse de la cabeza, da un empellón Agustín, y lo arroja.
¡Oh, reniego de mí mismo,
del cielo y su inobediencia!
¡Ah, cielo! ¡Me dé paciencia Jesús!
¡También me la dé el abismo,
contra tanta impertinencia!
Justicia venga a ti, Dios,
que tanta insolencia castigue.
Callad, que hacéis que me obligue
a que os clave contra el suelo;
dádmelas, o ¡vive Dios!
que os dé aquí mil puñaladas.
Va a le a dar con la daga, y dale el padre las llaves.
Tómalas, mira que hay Dios
que atajará tus pisadas.
Dístelas con brevedad,
que a no darlas, fuera causa
por cumplir mi voluntad
de daros con esta daga.
Vase, y levántase el viejo.
Plegue a Dios, nuestro señor,
que pierdas cuanto hallares,
y que el amigo mejor,
por leal que le tratares,
te sea siempre traidor.
Plegue a Dios que, perseguido
te veas de Lucifer, seas comprado y vendido
como el que más puede ser,
te veas aborrecido de la que te quiera más bien.
Plegue a Dios, facineroso,
que, pues tu soberbia es tanta,
que un lazo fiero, espantoso,
te añude a la garganta
por castigo tan alevoso.
Salen Luis y Antonio.
¿Qué es eso, padre y señor?
¿Qué es aquesto, amado padre?
¡Ay, Jesús! ¿Qué le habrá dado?
Mas entiendo que es dolor
de la muerte de mi madre.
Señor, ¿no queréis hablar?
¡Qué notable confusión, padre de mi corazón!
No mueve lengua ni labio,
esta es forma de desdicha.
Espántome, porque es vario,
válgame Dios, si por dicha
le han hecho algún agravio.
Su callar da testimonio de gran mal.
Señor, a vuestro hijo Antonio hablad.
¡Ay, con qué fuerza pedís
que os diga el mal de un demonio!
¿De un demonio, Jesús mil veces?
Sabréis que el fiero Agustín,
vuestro hermano, que pluguiera
al cielo que sangre mía,
ni vuestra, nunca tuviera.
Pasaba tan adelante,
que el corazón me atraviesa
el dolor de ver que ya
tanto el respeto me pierda;
que a causa de perder
tierras, joyas y moneda,
me llegó a robar furioso
vuestra mísera pobreza.
A la vecindad di voces
temiendo que se me fuera,
y apenas diez voces di,
cuando lo robado suelta,
y tapándome la boca
me dejó con desvergüenza:
"Dadme sin tardar las llaves
donde el dinero se encierra,
si es que gozar pretendéis
la poca vida que os queda;
si no, he de ser parricida".
¿Quién oyó tal desvergüenza?
Cuando esta razón oí,
a las llaves puse fuerza
mientras que llegase gente
que su furia detuviera.
En todo tuve desgracia,
pues que nadie oyó mis quejas,
y así, qué tormentos pudo
el traidor, sin obediencia.
Viendo que ya me vencía,
me amparé de la clemencia
de Dios y ángel de mi guarda.
Soltó entonces, con presteza
las llaves, y me escuchó,
por la voz que enterneciera
a las fieras de los campos,
y le ablandaran las piedras;
fue, al fin, reprensión de padre
la que le hice, y por tierra
me arrodillé, y pedí perdón;
diome un empellón, que caí en tierra,
y como león, imitando yo la ove[ja]...
Solo faltó ahogarme,
y es muy cierto que lo hiciera,
hijos, si no le alargara
las llaves; ¡ved qué insolencias!
Ved las salas despojadas,
muros, los arcos abiertos,
toda la casa robada.
Seguidle, hijos, no pierda
todo lo que lleva, y luego,
prenderle en su cárcel nueva.
Vase.
¿Esto permiten los cielos?
¿Esto consiente la tierra?
¿Esta tiranía sufro?
¿Retrato de la impaciencia?
¿Que ofienda un hijo a su padre
y, siendo ingrato, qué espera?
Esta paciencia ofendida
convertiráse en fiereza,
que para una alevosía
habrá la razón que venza;
y siendo de ella amparado,
juro por las luces bellas,
por los cielos, sol y luna,
por las lucientes estrellas,
por Dios juro, por los santos
y por la cruz santa e inmensa,
reliquia del pecador,
mi devoción y defensa,
¡y a dónde daré pago
al Rey del cielo y la tierra!,
de arriesgar vida y persona,
y mil vidas que tuviera,
hasta matarle o morir,
por tan injusta insolencia.
Espera, hermano, detente,
que también a mí esta afrenta
me toca y he devengarla,
porque soy de su nobleza,
de su origen el retrato;
y así seré desta fiera el rayo,
la tempestad, estragos, la fiereza,
temor, relámpago, trueno,
tiro, mosquete, escopeta,
león, basilisco, tigre,
alabarda, lanza, flecha,
alfanje, espada, cuchillo,
muro, torre, fortaleza.
Esto seré del infierno,
castigo de su insolencia.
Vanse, y sale Luzbel.
Buena ocasión se me ofrece
a mis rigurosas manos
esta vez, pues sus hermanos
le darán lo que merece,
que me tiene de manera
el habérseme librado
tantas veces, que me ha dado
gran duda, me deja perpleja.
Hoy tendrá el fin de su daño
y eterna condenación,
que si él se pinta león,
yo me remato el engaño.
Yo le rendiré, por vida
de gran Luzbel coronado;
si un ángel tiene a su lado,
ángel soy de la caída.
Veamos cuál de los dos
saldrá más bien con la empresa.
(Salen Luis y Antonio.)
Si a nuesos pies no confiesa,
ha de morir, ¡vive Dios!
Estos los hermanos son
que le buscan con cuidado,
y un lazo le tengo armado
que les cause admiración.
Quiero esconderme aquí a un lado,
y luego saldré atrevido,
y haré salga el uno herido
y el otro muy agraviado.
Diera un ojo de la cara,
¡vive Dios!, por encontrarle.
Pues en esta misma calle
cierta persona le ampara.
Ampárele el mismo infierno,
aunque acuda un riguroso,
que yo estoy determinado a matarle.
(Fínjese valiente.)
¡Voto, por vida, reniego,
de mi ofendida paciencia,
que no tuviera arresistencia
mi cólera, a un moro ciego!
Valiente parece el mozo,
dél es bien nos informemos.
Bien será que le llamemos.
¡Ea, que sin vengarme salgo!
Oh, buen hombre, ¿por qué es aquese alboroto?
¿Quién llama? ¿Qué es menester?
Valiente muy quedo.
Escudero de plomo.
¿Es de Génova?
Y criado entre un hermoso escudero.
¿Su gracia, y nombre?
León.
El nombre es de lo alentado.
¿Conoce a Agustín Godoy,
un sastre en esta calle?
Ése me atrevo a enseñarle
no lejos de donde estamos.
¿Pues pagándole al león
no se pondrá a nueso lado,
por si sale acompañado?
Reñir es mi condición,
demás que es mi enemigo,
por ser hombre mal hablado
y mil veces me ha afrentado.
Oye, pues, León amigo,
este Agustín ha robado
a mi padre mucha hacienda,
y antes que la juegue o venda,
le he de hallar.
Es acertado.
Y si no la quiere dar,
lo que hemos de hacer, advierte.
¿Ves?
Que le hemos de dar la muerte,
sin que se pueda escapar.
No verás que eso se medra
contra su intención dañada,
porque, aunque no tengo espada,
mis armas son cuatro piedras.
Embistámosle en saliendo,
y no admitamos disculpa.
Será nuestro, a lo que entiendo;
porque conozco sus mañas,
que en llegando a hablarle mal,
al punto arranca un puñal
y atraviesa las entrañas.
Sale Agustín.
Ese es, no hay más que esperar,
él viene al rumor, que aviso;
Si me siguen, voto a Cristo,
que los he de acuchillar. ¿Quién vive?
Agustín, tu sangre.
Más valiente que muriera,
¡vaya!, el que fuere, no sea
que esta espada le desangre.
Ten, no apercibas las manos,
que solo quieren hablarte
por bien, para suplicarte
una merced tus hermanos.
Mercedes el rey las hace,
que no yo, que no soy rey;
que soy un hombre sin ley,
y a mí ese nombre me place.
Lo que quieren digan presto,
o esta espada...
A que te resuelvas
en que a nuestro padre vuelvas
lo que sin razón robaste,
porque el buen viejo con eso
no venga a mucha pobreza.
Romperéle la cabeza,
de no lo dar en el puesto.
(Al embestir, esconde Luz).
Pues si no les valen pies,
no les han de valer manos.
Vuestros intentos serán vanos
y han de salir al revés.
¡Favor, León!
¡Ayuda, León!
El demonio basta que ayude en el caso.
Mi fuerte brazo
ha de ser vuestra prisión.
¡Ayúdame aquí, León!
Con solas fuerzas me hallo,
que aunque el infierno
ayudaros venga, no ha de bastar,
que soy de Génova el diablo.
Entranlos a cuchilladas.
Salen Valerio y Antonio, y Luis con una bandera.
Por esa hermosa frescura
de este jardín deleitoso,
y cuadro tan espacioso,
contaréis mi desventura,
que aunque es verdad me contasteis,
hijo, cómo sucedió,
de pena me espanté yo
cómo con vida me hallasteis.
Vuelve, Antonio, por tu vida,
a referir cómo fue.
Es dicha, y lo contaré,
mi agravio y el dar la herida.
Sentimos, mi hermano y yo,
señor, el verse tu afrenta,
que se queda a nuestra cuenta,
aunque tan mal nos salió.
Fuimos al repuesto, más cierto,
que se solía pasear,
y hallamos en su lugar
un hombre casi encubierto;
descubrímonos en fin,
y él nos relató su nombre,
y amparándonos del hombre,
pasó el traidor Agustín.
Pedíle con cortesía
que volviera lo robado,
y que tuviera algún freno
en sañosa descortesía.
Respondió como tirano,
metiendo mano a la espada,
donde con una estocada
le dio esa herida a mi hermano,
el hombre, que muy helado
para ayudar se arrimó,
ni peleó más ni se vio,
que sin duda era algún diablo.
Al fin, a perro, ladrón,
nada os dio y os ha ofendido;
un rayo del cielo airado
le atraviese el corazón.
Señor, volvamos adentro, que no siento mejora.
Vamos, que, cuando no pueda
hacer que otro lo castigue,
haré, aunque edad me obligue,
pidiendo a Dios la venganza,
que los cielos lo castiguen.
Vase.
Sale Agustín con naipes y un jugador.
Te hallas con mucho dinero.
Veintitrés doblones tengo.
Alza, pues, aquí la mano.
Un rey.
Perdiendo empiezo.
Envido doce doblones.
Yo los quiero, y envido otros cuatro más.
Quiero, y envido mi resto.
Los quiero, y tres ases tengo.
Yo me hallo con tres reyes,
acabaste de perder.
¿Adónde estás, Lucifer, que no me lleva al infierno?
Si el dinero se perdió, Agustín, ya no hay remedio.
Dale con los naipes y vase el Juga.
Pese a los naipes y al juego,
y al alma que me parió;
del todo estoy rematado,
cuanto tenía he perdido.
A padre y madre he ofendido,
dos hermanos he afrentado;
cierto es mi condenación.
Pues si no me he de salvar,
ya me determino a ahorcar.
Llegue todo a perdición,
solo un cordel me hace falta.
En el campo lo hallaré,
y hallado me colgaré
de una encina la más alta.
Fenezcan tantas tragedias,
lástimas y compasiones,
lleguen las condenaciones,
pues que remedio no tengo.
Vase.
Salen el Ángel y Lucifer cada uno por su parte.
Infernal desventurado,
que ya entiendo dónde vas,
vuelve el feroz paso atrás,
haz de lo que digo caso,
no pretendas que me enoje
por querer hacer disgusto,
más injusto, que no dudo.
Cuanto, a fe, que me enoje,
pretendo hacer lo que digo.
Baja ese furor amotivo,
no ofendas al pecador,
que es mi verdadero amigo.
Guarda a un lado, no me impida
tu poder al mío eterno,
porque es su pena el infierno,
el alma de ese homicida.
Siendo así que razón hay,
¿para qué tú le defiendas?
Y que es mío, es bien entiendas
asisto agora a mi vez,
que yo sabré regalarle
y de tal suerte premiarle
que tenga envidia tu Rey.
Pues di, bárbaro villano
que allá en el abismo habitas,
¿de qué ha de tener envidia
mi Dios y Rey soberano?
Y respecto que te arrojó
a los infiernos por ella,
ella fue envidia sencilla,
y no hay que tener a mal
que siendo ángel celestial
tomara asiento en su silla.
Y mejor es que dejemos
razones tan excusadas,
y de las cosas pasadas
aquí no nos disputemos.
Ea, pues, volverte ordeno,
cumpliéndome este deseo,
que en la disputa bien veo
que te doy notable pena.
¿Yo he de volverme? Eso no,
que he de pasar arrogante
si se me pone delante
al mismo que me arrojó.
(Pónele el Ángel la Cruz delante a Luzbel).
Pues llega.
A este pecador, si llego con mi furor...
Ya, inútil blasfemador,
prueba en tu valor tus brazos.
(Vase).
No es cosa que me conviene
por el presente arriesgarme,
pero juro de vengarme
del que el paso me detiene.
Y voyme donde verás
la venganza que acomodo.
(Vase).
Yo le libraré de modo
que no le ofendas jamás.
Sale Agustín a desesperarse.
Ya he llegado a buen lugar,
esta es ocasión muy buena,
que, en tierra, cantos y arena
¿No descubra yo un cordel?
Mas si el morir atajaré
esta prolija ocasión,
pero dice el corazón:
«Aquí he de desesperarme».
Quiero buscar con cuidado
el fin de mi corta vida.
Aparécese Luzbel atado a un tronco con cordel.
Para el alma que ofrecida me tiene,
a punto he llegado.
Quiero fingir que ladrones
me robaron, y después
me ataron manos y pies.
Parezcan en mí desgarrones.
Desataréme el cordel,
y, en fin, viendo que me he ido,
sin que lo ponga en olvido,
se dará muerte con él.
¡Oh, cordel de Barrabás!
¿Si de encontrarte acabase?
Calla, pues que antes que pase
un momento lo verás.
No hallo rastro ni señal
de cordel en este campo;
pues si no, ¿para qué estampo
las plantas en parte tal?
¡Ay, desdichado de mí!
¡La voz me causó recelo!
Este es castigo del cielo
y es justo, pues le ofendí.
¿De quién será aquella voz?
Llegad hacia acá, buen hombre.
¿Ya no hay cosa que me asombre?
¿Viose cosa más atroz?
¡Oh, salteadores, villanos!,
¿cómo me dejáis en calmas?
Ya me ha alegrado el alma
verle atadas las manos.
Si es que tenéis caridad,
desatadme, que os prometo
que veréis en mí un efecto
digno de toda piedad.
Más me huelgo que pensáis
de llegar a desataros,
y si viera maltrataros,
nunca os vierais como estáis.
Ya estáis libre; ahora os ruego,
que atento os escucharé,
que declaréis cómo fue,
que quiero volverme luego.
Sabrá, mancebo, que soy
un hijo de la desdicha,
puesto que me hizo en bien,
y la fortuna prolija
de esta manera me trata,
que no sé cómo lo diga;
porque, volviendo a contarla,
más se aumenta mi desdicha.
Fui de un gran señor criado,
que gobernaba y regía
con lujo, desgarro y talle
el mundo, y aunque más diga,
pienso que no mentiría
en esta alabanza altiva.
Al fin, viéndome en su gracia
tan próspero y con tal dicha
del querido y de su padre,
y de toda su familia,
me quise igualar con él,
que fue señor mío en su silla.
Sintió el descomedimiento
de mi gran descortesía,
de suerte que de su reino
me desterró a una provincia
do estoy con afligimiento.
Y salgo cual y cual día
a cierta empresa que causa
notable gusto a mi vida.
Unos cazan por mi cuenta
y de esta provincia rica
soy dueño y gobernador.
Para verse más lucida,
la premio, mando y castigo,
hago, deshago y me obligo
a darles debido premio
de sus cosas peregrinas.
Salí yo a caza ayer tarde,
y cazome una cuadrilla
de valientes bandoleros,
despojándome de encima
del cuerpo cuanto llevaba,
amarrándome a esta encina
con este humilde cordel,
dándome de abajo arriba
tantos golpes, que estoy, pienso,
quebrantadas las costillas,
pues no tengo hueso sano,
y de una grande caída.
Pero yo merezco más.
Esto es, señor, la cartilla,
y ahora, con su licencia,
voyme a mi patria querida,
donde prometo pagarle.
esta merced peregrina,
si aportares por allí,
como confío en tu vida.
Parte al punto de aquí,
que el alma no me lastima
la tragedia que has contado,
que es un poema la suma
si la hubiera de contar.
Vete, y llevarme quería
para un polo, ese cordel
que me hace falta, a fe mía.
Pues, ¿cosa tan miserable?
Para mí es de mucha estima.
(Abrázalo.)
(Aparte.)
Queda con él, si es su gusto,
y ahora, por despedida,
recibe estos dos abrazos
que de pagarte confirman.
Quiérole medio abrasar,
porque con rabiosa ira
se desespere abrasado.
¡Detente, que en llamas vivas
me abraso! ¿Qué fuego es este?
¡Suéltame, afloja, desvía,
de los abrazos reniego!
Cierto que me mueve a risa
en que digas que te abrasa
al calor que solo un día
medio asado al sol,
cosa para mí tan fría.
Quédate en paz, y perdona,
de mi deseo no admitas,
que fue menos que tuviese.
Presto, vete pues, camina.
Ya se fue, y me ha dejado
abrasada el alma mía.
¿Qué fuego infernal es este
que en el cuerpo, con tal prisa
se ha entrado, a falsos abrazos?
Las fuerzas tengo rendidas;
ánimo, que en obediencias,
juramentos y mentiras,
juegos, desesperaciones, ofensas,
fuegos, desdichas,
todo fenece en un sollo,
quedando el alma cautiva.
(El demonio al paño, detrás de Agustín.)
No ha de escapar esta vez
de ser mi perpetuo esclavo.
Desta vez, mi vida acabo.
Sale el Ángel y detiene a Agustín, que cae en el suelo.
Detén, devoto, ¿qué haces?
Mira que soy tu custodio,
Justo juez,
Dios inefable, ¿con qué podré tener
vuestras inmensas piedades?
¿Que llegase a este punto?
Reniego de su venida.
¿No te pones en huida?
¿Y por qué he de huir, pregunto?
Verme basta para que huyas.
Pues si doy en perseguir,
persigue tú ahora y verás.
No te faltan diligencias
de hacer mil persecuciones,
mas tus falsas intenciones serán vanas.
¿De qué te sirve cansarte
con lo que no has de salir,
ni ponerte a argüir
con quien te puede enseñar?
No he de quedar por vencido
y te he de perseguir.
Vase y se pone de rodillas al ángel.
No quiera, enemigo, el cielo
que cumpla lo que dijiste.
Vete por donde veniste,
vuelve al infierno de un vuelo.
Da gracias con alegría
a Jesús, Rey Soberano,
que te libró, como es llano,
con esta embajada mía.
El perseguidor entienda
que yo te he de defender
y que no te ha de ofender,
por eso, amigo, a la enmienda.
No sé, ángel, qué responda,
que estoy envuelto de vergüenza,
mas pido la penitencia.
Ansí ha de ser, y advierte que no señalo
la que tienes de cumplir,
porque de ti ha de salir
pues hoy sales del pecado.
Toma esta sagrada cruz,
de la tentación defensa,
reliquia del cielo inmensa,
y ampárate con su luz.
Procura que no te vea
penitencia hacer ninguno,
y cuando te vea alguno,
en fingir loco te emplea.
Y viéndote loco, harán
de ti burla muchas gentes,
y los niños inocentes
tras el loco correrán.
Queda en paz, y cierto día
te volveré a visitar.
Ángel santo, no me dejes.
Voy a dar tu embajada de alegría.
¡Ay, sagrado embajador!
¿Quién te pudiera pagar?
Mas pretendote agradar,
Sirviendo a mi Creador,
ea, despojos a un lado,
que me dais notable pena;
andad muy enhorabuena,
que me siento fatigado.
Calzado, a un lado también,
pues sin vos engañaríame otro;
ya es justo andar descalzo,
buscando mi bien, también.
Andad, buscad otro dueño
que lo haga con vos mejor,
que en esto es cierto que a Dios
le doy gusto no pequeño.
Y id con Dios, que su discordia
está en vos eternamente.
Buen Jesús, misericordia.
(Se arrodilla).
Confieso, Señor, esa grandeza,
el largo tiempo que viví en pecado,
estando entre la borrasca y rudeza,
de vuestros mandamientos apartado;
no miréis, gran Señor, a mi vileza,
ni que estoy en mil culpas engolfado,
que pretendo seguir vuestra carrera:
¡piedad, piedad, Señor, antes que muera!
Vos, ángel guardador, que en cuerpo y alma
me guardáis desde el día que he nacido,
libradme, ángel glorioso, de la llama
que me promete el centro del olvido;
pedid que de la gloria alcance palma,
siendo del buen Jesús afavorecido;
pedidle que la gracia de su esfera
me ampare y me socorra desta carrera.
¡Piedad, piedad, Señor, antes que muera!
Vase. Salen Valerio, Luis y Antonio.
¿Posible es tanto rigor?
¿Diez meses hilos de ausencia?
El hacer gran diligencia
ha sido causa, señor.
¿No tuvisteis nueva alguna de mi Agustín?
No, señor; sin duda se lo tragó
la miserable fortuna.
Partimos mi hermano y yo
con voluntades cumplidas,
arriesgando nuestras vidas
como al fin se prometió;
lugar no quedó ni villa,
ni ciudad que el estrecho abarca,
hasta llegar a Mallorca,
pasase para Sicilia,
que no se buscase en todo
su distrito comarcano.
Y como no lo encontramos,
de buscarle dimos modo por si acaso
tuviéramos nueva alguna;
y aportonos la fortuna
y desdicha a un fiero paso,
que fue darnos salteadores,
veinte o treinta en escuadrón;
el capitán en prisión nos puso,
llamado Flores.
Contámosle en brevedad
la historia que nos pasó,
y como su nombre oyó
nos mandó dar libertad,
diciendo: "Pues yo le sigo,
que es mi amigo". Y por el valle
furioso, partió a buscarle,
dando muestras de su amigo.
Siguiéronle los demás
con ánimo y pecho fuerte.
Y los dos solos, por verte,
volvimos nuestro compás.
A Cristo será servido,
para aplacar tus enojos,
de traértelo a tus ojos
como es justo arrepentido.
Su ausencia me ha de acabar,
mi Dios, ¿qué podrá ser esto?
Volveremos a buscarle,
que le prometo, afirmo,
que, de pena, sabe Dios,
cómo llegamos los dos,
viendo que no padecerá.
Pero no es justo, cristianos,
padre y señor, penas tantas;
cielos nos dé, a sus plantas,
asentarnos a mis veras.
Entrad a descansar,
hijos, que llegáis cansados,
en tanto que mis cuidados durmiere.
Vanse.
En todo haremos su gusto.
Vase.
¡Ay, mi querido Agustín!
¿Si te ha alcanzado la maldición
que te he hecho, estando enojado?
No permitáis, Señor, desampararle
de vuestra gracia, para condenarle.
Salen Pascual y Bartolo, de villanos.
¡Oh, en malas, o queréis cardas!
Corre, Pascual, no te alcance.
Es hecho un villano lince,
más que jaque a mis guardas.
Sin duda que este es el demonio
que anda por aquí a deshora.
¡Válgame Nuestra Señora!
¡Y a mí señor san Antonio!
¿Viste cómo estaba
en el suelo de rodillas?
¿Y tú no te maravillas
que él se levantó de prisa?
Tienes razón, Bartolo.
¿Y que se daba novena
con un cántaro nuevo?
Estuve tan poco quedo,
que, si va a decir verdad,
empecé a temer de nuevo.
Hola, hola, vesle allí,
y se ha vuelto a arrodillar.
A mí dame un temblor,
y por eso tirarme quiero,
que algún demonio rabioso
para tentarnos, Bartolo.
Vase.
El demonio que le espere.
Sale Agustín de penitencia con cruz, calavera y canto.
Entre las hermosas flores
estaréis bien, muerte y canto,
y barro santo entre todos
que pasan los labradores.
¡Oh, cruz, que dais resplandor tan bello!
Dos bienes pongo en el suelo
que me precisa la ocasión,
ya vienen los labradores,
bueno es el fin si me toco
como el ángel me mandó.
Salen los labradores.
Llegaos acá a ver si es él,
que a mí no me agrada.
Válgame Virgen sagrada,
y el alma favor en todo.
Sea quien fuere,
escuchemos si llora o canta.
Ea, enderece la espada,
póngase firme y tieso,
y en viendo que le acometo,
tire luego una estocada
para como adestraros
con su buen compás de pies,
ese paso, ese revés,
venga de cada dos lados,
tengo de ir repartiendo.
Como ninguno se escape,
tire aquel golpe de capa,
y mataré más de veinte.
Pelea. Bartolo toma la espada y riñe con el saquero.
Estoy quedo sin seso,
y temo una cuchillada.
Parta a la venida arriba,
del hombro derecho al suelo,
estocada, unos cuartos,
del revés, y unos arriba.
¡Ta, como el demonio!
¡Bien sabe el juego, por Dios!
Volvamos esta venida,
si riñere en calle estrecha,
y tirare algún amago...
Prevenille con la daga
la herida que va derecha,
cuando solo asiste el día
es lícito y necesario
para dar muerte al contrario
tiralle como a la vista.
Vaya el tiro y a la ventura,
pues cuchillada tan noble
buen discípulo saldrá.
Aliente v. md. que vengan a darle ruego,
¿por qué quieren hacerme ruego,
pues me mantienen lucero y noche?
Llega, Pascual.
Bravatas me suelta, loco mozuelo,
amedrantes, pues se ven.
Tente de esa parte bien.
Solo me atrevo a renderlo.
¿Dónde, emperador, me han visto
que así lujuria me niego?
¿Emperador o Pascual?
¡Pardiobre, que está borracho!
Al fin, ¿que soy general?
Di que sí, que nos holgaremos.
¿Darme veneno procuráis,
a un pastor que es rey,
los servicios que os he hecho?
¿Pues ya no estáis satisfecho
de quebrantar su ley?
Derribaré sus castillos,
torres, almenas, murallas;
a fuego y sangre batallas
entraré por sus costillas;
ganaré su reino altivo,
luego seré majestad.
Esa es grande necedad.
¿Y tú, reina de mi alma, no te holgarás
ser mi esposa?
Desvarío que profiera.
Reina eres de mis amores.
Repare que tengo borras,
hollinita en la mollera.
¡Ea, que pierdo ocasión!
Venga el caballo y la lanza,
que el mar promete bonanza
a pesar de Faraón.
Ello va muy bueno, señor.
Entre las flores hermosas
mil reliquias, ángel de oro,
sed su guarda cuidadosa,
¡oh, qué de armas famosas
del Gran Turco contra mí!
Pégale.
Quiero le salir al paso. ¡Guara, guara!
Pallo, pallo, quiero le a dar aquí.
Vanse.
Muy buenos nos ha parado.
Vase y sale Luzbel.
Libradme, mi justo juez,
de aquesta gente ignorante.
Lleno de contento estoy
de verle así maniatar
aquellos lazos aquí,
que a saber me he de vengar.
Al ángel dicho, guardián
del Santo Rosario y Muerte,
pues no teme el Catorce,
y aunque tengáis más de siete,
de ellos no os valdrán.
Por ellos vengo de veras,
y mal fin el que previenes,
pues en tan poco las tienes,
no las cobrarás jamás.
Sale el Ángel; tome la Cruz, Rosario y Muerte.
Por la mano he ganado, fiero enemigo,
pues bien prendas del alma buscan conmigo.
¿Que un mísero barro tierno
se anime así a mi poder?
¿Y sea tal su desgobierno
contra el fuerte Lucifer,
rey del crudelísimo infierno?
¿No soy yo de los cristianos azote?
¿Opresor del mundo todo?
¿Qué es eso? ¿Que no tengo manos?
¿En qué venganza me fundo,
siendo mis intentos vanos?
Pero tengo de hacer hoy
pierda vida y santidad;
en mi firme intento estoy,
venza mi temeridad,
que a ponerle un lazo voy,
y no se podrá escapar.
Vase, y salen los labradores.
¿No te dije yo, Pascual,
que era muy grande el hechizo?
Fuego de nueso Señor,
que se fue por el cornal.
Pues, ¿cómo, estando apartado,
se nos fue tan de repente?
Eso sépalo el pecado,
que no sé más qué decir,
de que presto amaneció,
y diz que no amaneció.
Aquesto me hace reír;
esto es cosa verdadera, que he visto.
Yo sé que las invenciones
una noche le han de dar con algo, a Dios, amigo.
Por si acaso, yo me quiero aquí quedar
y rezar unas santas devociones
do entran santos más de mil:
San Telmo, Agustín, San Blas,
San Panuncio y Nicolás,
San Jorge, Pablo y San Gil.
Adiós, Pascual amigo.
Vase Barto.
que os han nombrado ahora alcalde.
Vamos por la vara apriesa,
vamos, que queda aguardando
el conde. Andad apriesa.
En ocasión tan precisa
cumpliré esa obligación;
que si empuño la varilla
este tiempo que me cabe,
he de hacer tantas justicias
que no haya quien no me tiemble
hoy en toda aquella villa.
Mas saben quién es Poycual.
Mirad, ¿no es verdad, Bartolo,
que, por Dios, que, si me emperro,
que he de hacer en vos justicia?
Malos años para us.
Es mi cólera excedida,
que, por nos, que, si me emperro,
no ha de quedar cosa viva.
Vamos, que pienso que en mí
Poycual ha de haber justicia.
Vanse.
Sale el Demonio y la Soberbia.
¡Oh, reniego de mí mismo,
que este Agustín hoy el cielo
quiere que le den de balde
lo que perdí por soberbia!
¿Quiera por humildad conquistar?
Y arranco, y lleno de envidia,
le ambas donde
hoy mis trazas den peleas
para vencerle. Soberbia,
oye, y sabrás lo que intento,
por si pudiéremos hoy
llevar a este hombre al infierno.
De poco tiempo a esta parte
le combate un pensamiento
que le trae fuera de sí,
con grande temor y miedo.
Ha dado en pensar si acaso
se condenó o fue al cielo,
cuando vea que aquellos heridos
que acabó en el monte dejó.
Ya sabéis que, a mi pesar,
se salvó, porque en su pecho
le deshizo el corazón
de grande arrepentimiento;
aquel padre religioso
le exhortó tanto, que al tiempo
que quiso arrancar el alma,
por estos aires se vieron
mil músicas celestiales,
y fue a poblar un asiento
de los que tú y yo perdimos
por tiranos y soberbios.
Yo querría que tratéis
un enredo y embeleco
con que él entienda que
Bajo penando al infierno,
y que diga a furias bravas,
con grandes penas ardiendo,
que está allí por su causa
aquellas penas sufriendo.
Yo lo haré, yo te mando
una corona de pez,
excelente, que en mi reino
tendrás el mejor lugar.
Gran rey, ya tengo entendido
tus sutiles pensamientos;
con aqueste mi no saber
he de trazar un enredo.
Ya sabes que le serví de lacayo
en aquel tiempo en que todas ocasiones
le fui muy fiel y sujeto;
bien puedes partir al punto
a prevenir el asiento,
que tú verás mis engaños
y el fruto que dél espero.
Yo haré que nuevamente llamas
aparezcan en el infierno.
Todo lo que le pasó diré,
causa de temor y miedo,
al fin que se desespere
para que acabe con esto
y queden sus penitencias
derribadas por el suelo.
Que por más que sea devoto
de su ángel, yo prometo
que todas sus devociones
han de ser cosas de viento;
un hombre que ha cometido
tantos insultos, que al juego
y a sus padres perdió
su hacienda y respeto,
que tuvo dieciséis años
sin confesarse, pudiendo;
cometió diez homicidios,
ocho estupros, diez incendios;
quitó la vida a su madre;
por sus hechos tan traviesos,
jugó a su hermana el dote;
tan altivo y tan soberbio,
y que en una casa pública
puso a Juana; que ofendiendo,
atrevido, siempre a Dios,
¿quiera ahora de balde salvallo?
No he de ser yo la soberbia
si hoy a vencerle no llego,
y no dudo que su alma
cause gran fiesta al infierno.
Vanse.
Vamos porque se prevengan,
que pienso que viene a aqueste lance.
Sale Agustín con cruz, calavera y cordón.
Dejadme, ¿qué me queréis?
No me sigáis, pensamientos.
¡Qué mísera es maña
me hace reventar el pecho!
He dado en pensar desgracias,
en el desdichado tiempo
que le di de puñaladas.
¿Se fue al cielo o al infierno?
Si acaso se condenó, yo fui la causa de ello,
porque, al fin, su mala vida
no era vida, y era menos,
pero creo que bien pudo
tener arrepentimiento,
y pedir a Dios perdón
de sus culpas y sus yerros.
Puedo descansar un poco
en tanto que al dulce sueño
le encomiendo mi fatiga,
que me tiene casi muerto.
Aquí quiero recostarme.
Pero, ¡cielos!, ¿qué es aquesto?
¿No es Andino mi criado?
De él saber desgracia espero.
Sale la Soberbia con un pañuelo en la cabeza como enferma.
Por las señas que me ha dado,
este es Agustín.
¿Qué decís? Llega a mis brazos,
que estoy de contento lleno.
Señor Agustín, ¿qué es esto?
¿No más de dejarme angustia
para hacerle dar entierro?
Pues, ¿qué te sucedió, Andino?
Siéntanse.
Ruégote que nos sentemos,
porque no puedo tenerme,
y lo diré, estame atento.
Bien sabes que aquella noche
que reñimos, en Génova,
dio el reloj de San Fran cis co
cinco cuartos, que no eran,
ya que era bien de día,
por una calle, a mancilla,
vide venir a tu dama,
hermosa como una idea;
bien sabes que le quitaste
joyas, sortijas, cadenas,
para volver a jugar,
y, al fin, setenta y una piedras.
Como lances que pasaron,
le diste, bien se me acuerda,
seis o siete puñaladas,
que fue regando la tierra;
luego que cayó rendida,
tú te fuiste, y yo con ella
quedé hasta que murió.
No te quiero tener lengua
de referirte las cosas
que le oí decir, porque sepas
(Aparte.)
Que el que mal vive, mal muere.
Y yo no voy donde está ella.
Murió sin arrepentirse
y sin haber penitencia.
Díjome que tú serías
su letuar , bien se me acuerda;
vino luego la Justicia,
de allí en volandas me llevan
y me ponen en el potro,
yo, porque callar no sepa,
conté muy de lo que supe,
y, como no la enterraban
a Gracia la desdichada
en ermita ni en iglesia,
vino un grande torbellino
que puso en aprieto a Génova,
hasta que a aquella difunta
se la llevó a una cueva.
Y, estando preso dos años,
diome una enfermedad
gruesa, con un grande tabardillo
que las entrañas me quema,
y no pude convalecer.
De la cárcel me sueltan
porque estaban informados
que yo el matador no era;
y andan en busca suya,
pasando por esta sierra.
Hube nueva de que aquí estabas,
(Aparte.)
aquí en aquesa aspereza.
He holgado mucho de verte,
porque te guardes y sepas
que en mí tienes un criado
tan fiel como lo muestras.
Yo tengo de hacer que sientas
bien lo que digo de Gracia.
Vete, pues, cruel amigo,
deja a aquese desdichado,
vete donde convalezcas,
déjame solo, que quiero
llorar aquí mi pecado.
(Vase.)
Pues yo me voy, bueno queda.
¡Ay, des dichado Agustín!
¿Cómo es posible que puedas
reparar este desastre
que así dejas cuentas ?
¡Yo la culpa tuve, Gracia,
mas tú padeces la pena!
Acábense mis desdichas,
ya no hay remedio que pueda
valerme; pero, ¿qué digo?
¡Estoy en mí! ¿En qué piensas, Agustín?
Pienso que Gracia se condenó, que tuve la culpa yo.
¡Afuera, afuera, rosario, Muerte, Cruz
y canto! Pero, ¿hago penitencia?
¿Dios no es misericordioso? ¡Claro está!
¡Si Gracia bella se fue al infierno por mí!
porque muy grande penitencia
puedo hacer ahora: matarla.
Ello es mi desdicho cierto,
¡cielos!, que se abre la tierra
si acaso quiere tragarme.
Mas, ¿qué veo? ¡Ay, cruz bella!
Suena ruido. Sale Gracia. Aparécese Gracia entre llamas, y Agustín asido de la cruz.
Agustín, Agustín.
¿Quién, quién me llama?
Yo soy una desdichada
que por mi culpa estoy en penas,
desta muerte que a mí diste
por no tener penitencia;
y a padecer en el infierno
unas innumerables penas,
de dolores y de angustias.
Con azufre y pez me queman,
y basiliscos mis pechos
de parte a parte atraviesan,
por lo que ofendí con ellos
a su Majestad inmensa.
Dísteme de puñaladas,
que aunque tú entonces pudieras
llamar quien me confesara,
huiste y me dejaste muerta.
No tuve arrepentimiento,
y quiere Dios que padezcas
estas penas por mi culpa,
que eran dignas destos pe-
chos. Santo, no te canses
más en hacer penitencia,
porque te has de condenar.
Y así luego al punto deja
de castigar más tu cuerpo
con ayunos y abstinencias,
cilicios y disciplinas,
porque tus maldades fieras
son dignas destos castigos.
No hay ángel que te defienda,
y, para acabar con todo,
al punto te desespera.
(Vase con ruido.)
¿Es visión aquesta, o sueño?
¡Cielos! ¿Es verdad aquesto?
¿Estoy en mí, o soñando?
¿Acaso estoy en la tierra?
¿No me ha hablado Gracia,
y no la vi en medio destas llamas,
de fuego abrasada?
Y a mis dichos intentos,
ya vivo desengañado,
pues aun su alma misma
me dice que no hay remedio.
¡Afuera, vano sueño, afuera!
¡Cruz, afuera! Y tu causa,
no más, no más penitencia.
Vaya fuera este vestido.
Y vos, Muerte, y el demonio, venid fuera,
hoy he de acabar con todos
debajo de aquella tierra,
he de ir a darles pésame;
y pues fue mi compañera Gracia
en el mundo, al infierno
he de ir a habitar con ella.
Ea, subo. Pero ¿qué es esto?
¿Quién me detiene, y me fuerza?
Y es porque está aquella cruz,
yo iré a buscar otra senda.
Andan buscando por do salir, y salen Lucifer y la Soberbia.
Tú has de quedar victorioso.
Mucho te debo, Soberbia,
pues por tu causa Agustín
baja a las eternas penas.
No acabéis.
Ea, voy buscando el fin que
me espera.
Vase Soberbia y sale el Ángel.
Detente, ¿qué queréis,
malditos vecinos?
¿Cómo es posible, Agustín,
que con estas armas te vas?
Mira que son ilusiones
las que has visto, y son quimeras,
y engaños del Lucifer
y también de la Soberbia.
Gracia descansa en el cielo,
y el criado que tú piensas
que es Andino, es Satanás.
Vuelve en ti, ese intento deja,
mira que ofendes a Dios.
Y por esto haz penitencia,
te perdonará tus culpas
y verás la eterna esencia;
deja esa infame Soberbia,
do te paga Luzbel.
¡Oh, buen Jesús! Gran clemencia
usas con los pecadores.
Venid, mis divinas prendas,
que he sido ingrato en dejaros,
pero desde aquí prometo,
dando palabra a mi Dios,
de no volver a olvidaros.
Ven, ¡ay!, que me falta paciencia
para sufrir este agravio.
Vanse.
Ángel, no me desampares,
que yo prometo la enmienda.
El pecador victorioso serás
si firme peleas, que Dios quiere al pecador
como firme se arrepienta.
Vanse.
Jornada 3.ª
Sale Agustín con Muerte y dependientes.
Juez vencido de todos,
hijo del eterno Padre,
y la Virgen nuestra madre
concebida sin pecado.
Qué contento estoy mi Dios,
tanta penitencia justa,
aunque el alma siempre gusta
parar delante de Dios.
Bien conozco, Rey del cielo,
que conforme os he ofendido,
es poco lo que he emprendido,
y hoy venid, mi buen celo,
y vos, fuente de clemencia,
Reina del cielo en penar,
piedad es fuerza, al gusto
de mi ingrata penitencia.
Válgame el sagrado Dios,
y qué sueño tan pesado;
aquí quiero un poco hacia este lado
dormir; Muerte, velad vos,
que soy yo tan vuestro amigo
que de grande amor me duermo,
servid vos de centinela
por si viene mi enemigo.
Y vos, rosario sagrado,
que sirváis de ángel quisiera,
vos canso de caminar
porque alivie mi cuidado.
Duérmese y sale Luzbel.
Ya está durmiendo este, no escapará de mis manos.
En todo este despoblado
no venden gota de vino.
¿Que si voy bien al lugar?
Mas que vaya bien o mal.
A qué debía de ser loco.
Yo, si le veo a deshora,
válgame el cielo sagrado,
hombre parece sin duda, aquí veo,
Cristo, valerme y librarme de pecado.
Hagamos algún extremo,
que así el ángel lo manda,
afuera que tiro.
Afuera, que va la bola a los bolos.
¡Oh, qué bien puestos están!
Qué igualitos que los miro,
voy, mi bola, a lo de a una.
Uno, dos, tres, ¡oh, qué lindo juego es este!
Si bien semeja a los tres,
que el número perfecto,
y aunque el número son tres,
el número no es más de uno,
y el número vale tres.
Este debe de ser santo, viendo divinas señales,
vamos prosiguiendo el juego.
Hola, detente allá,
que te he de comer la bola
para empezar a jugar,
pues supliqué lo primero.
Cierto que lo finge bien,
gracias como esta no he visto.
¡Hola! Qué bien atinado
al segundito le va,
pues no echó ansí el primero,
pero de jugona,
venga la bola que tiro,
¡qué linda media quina!
A mí que me dio el cabe,
otra vez con el segundo encontró,
y como le dio buen cabe,
a fe que lo derribó.
Para trabados se labró,
te dijo el que te labró,
y aunque sois todos de un árbol,
los golpes te los doy yo.
Ya veo que no sois loco,
sino muy prudente y sabio.
Ya es preciso escuchar su pensamiento.
Será primero besando,
santo varón, esos pies.
No hagáis tal, que el suelo adoro.
Pues escuchad:
yo soy nacido y criado
en la ciudad de Reinosa,
tierra que el mundo la alaba
por rica y generosa,
edificios la engrandecen,
templos antiguos la adornan,
de religiosos conventos
y de monjas religiosas.
Caséme de veinte años
con una noble señora,
pero al fin era muy pobre,
que la pobreza es gran joya.
Tuvimos del matrimonio
de Dios, sin que mienta ahora,
cuarenta años, que cumplo
sesenta ahora.
Tuvimos catorce hijos,
cosa que el oírlo asombra,
muriéronsenos los ocho,
quedaron seis, y por soles...
Sus pensamientos son vanos.
Sueñe muy enhorabuena,
durmiendo le he de engañar.
No te tienes que cansar.
No temas.
No me da pena.
(Échale un lazo al cuello).
Ea, que esto es para tiempo,
si no te da pena, aguarda.
¡Bendito ángel de mi guarda!
¡Madre de Dios, que me ahoga!
(Sale el Ángel con espada).
¿Que no hay, embelecador, ángel hoy que te defienda?
Desbocado, vil, sin rienda,
yo defiendo al pecador.
Da lugar que escapar pueda.
Levanta, y dime, atrevido,
¿por qué persigues al hombre?
¿No ves que le ha unido Dios,
el su mismo renombre,
y que es Dios y hombre sus apellidos?
¿A qué fin, rebel porfía,
persevera cada día
que el hombre triunfe de vos?
Custodio, contrario mío,
deja al hombre conquistar,
pues sabes bien que me río
mil veces le sujetar,
y de su libre albedrío.
La gloria al vencedor.
el más fiel vencido esfuerce,
y por el punto de honra
rabio por darle la muerte,
o el alma le he de quitar.
Vete a tu lago muy breve, no pares donde yo estoy.
Vase.
Haré, pero yo procuraré
atormentarle de nuevo.
Vase.
Agustín, mira atento
y advierte que el cielo canta
tu penitencia ejemplar;
prosigue tu buen intento,
que el cielo te ha de ayudar.
Ángel mío, no me olvides,
aunque os pague Jesús
lo mucho que por mí hacéis,
del infiel, con buena luz,
santa y justa devoción.
¡Oh cristiana, hermosa palma,
dentro habitáis de mi alma,
Señor de mi corazón!
¡Oh qué divino consuelo
tengo con vos, cruz preciosa!
Sois alejandrina rosa
y jazmín, del Rey del cielo;
quien os tiene en su memoria,
bien sabe a fe lo que hace,
que de la devoción nace
merecerte el alta gloria.
(Estén suspensos; dicen dentro Mariano y otros).
Dentro.
¿Hay por aquí algún poblado?
Vase.
Todo el mundo se queme
con infiernos materiales.
Salen Valerio y Antonio con gabanes.
¿Bien te parece el gabán?
De aquesta suerte, señor, voy al campo.
Viendo el cuidado y celo, Antonio,
cuánto te soy en deuda, amigo.
¿Adónde está Luis, tu hermano?
Ha ido a la plaza, señor, a buscar gente.
¿Será buena la cosecha?
Mejor que el año pasado.
Sale Luis.
Después que falta Agustín,
que habrá nueve años o más,
cielo sagrado, nos das
con qué pasemos al fin.
No he podido hallar, señor,
en la plaza un jornalero.
¿No se halla ninguno, hijo?
Solo un esclavo se vende
en el precio acomodado.
¿En cuánto, Luis?
En treinta ducados se diría
que se remata.
Llégate pues, y no repares en nada.
Vase.
Voy por él y traígolo,
si es que no se ha rematado.
El esclavo; buen deseo.
Si fuere curioso, quiero
que asista en el jardín;
y el hombre que en él está,
al cortijo se irá antes,
que es desmañoso, y me obligo
que el hombre se malora;
¿está aqueso bien así?
Digo, señor, que está bien.
Salen Luis y Marciano con Agustín de esclavo.
Este señor es el esclavo.
Tiene buena cara. ¿Y tu nombre?
Aparte.
¡Ay, Dios, qué gusto recibo,
ver a mi padre y hermano!
Y cómo extraño verme
en mi casa por esclavo.
¿Hizo eso su rematado?
Y dado ciento y un reales de señal.
Es así, dice verdad,
no por ser malo lo vendo,
que de serlo, sé de quién;
que si le vendo, a fe mía,
es necesidad que tengo.
Ve, hijo, trae lo que resta,
y tú, Antonio, ve al jardín
con este esclavo.
¿Cómo te llamas?
Dichoso.
A su nombre tienes gracia.
Es el esclavo de gracia.
¿Sabrás, Dichoso, por dicha,
en un jardín trabajar?
Abraza.
En él veréis lo que valgo,
y pues mi señor se va,
recibe estos dos abrazos
por si no nos vemos más.
Pasa, pasa, sé humilde y fiel,
que tienes amo honrado.
Vuélveme, señor, a ver.
Hacedlo antes de partir.
Vamos, Dichoso.
Vanse.
Donde su merced mandare.
El buen sirviente es.
Señor, es fiel y leal;
día ninguno le he visto
quejaroso y de mala gana;
a bueno y malo se allana,
y con nadie fue malquisto.
Es razón sentir un bien,
mas no hay que espantar de cosas.
Sola una cosa me aflige.
¿Podrélo yo remediar?
Dios lo puede remediar.
en traerme a mí un hijo
que es de los hijos corona,
y pésame que le di la ocasión de irse.
¡Ay de mí! Cómo aflige mi persona.
Pues, ¿qué es la ocasión
de que tanto lo sintáis?
Esas palabras que habláis
me afligen el corazón.
Dame pena el mal ajeno
como si fuera el mío.
Señor, el llanto dejen,
que si a vos un hijo os falta,
a mí me falta también.
¿Qué tiempo habrá?
Yo entiendo que ya se acercan
a nueve años su ausencia.
Conformes somos los dos
en desdichas semejantes,
engendrada en un instante,
y ansí, consuélenos Dios.
Vasen.
Vamos, que quiero pagaros.
Salen Antonio y Agustín de hortelano con azada.
Es de mi padre el recelo
y quisiera que acertaras a hacerlo bien.
Repara, que es muy grande mi deseo.
Esta hortaliza pondré
de suerte que más bien cuadra
este cuadro de repollo;
abajad por esta parte
el agua a lo más forzoso.
Señor, parte del cuidado
de lo que tengo de hacer.
Vase.
Siendo ansí, podré tener
en mí a todo un buen amo.
Gracias os doy, Jesús mío,
que cumplisteis mis deseos;
en vos tengo mi esperanza,
Virgen, pura concebida
sin mancha de pecado,
que me habéis de librar,
porque procura tentarme
cuando estoy más descuidado;
cantaré vuestra santa hermosura,
canción, canto que hasta ahora
me ha alegrado, pues con ella
causo pena, al que persigue
el alma de Agustín.
Levántase y sale Lucifer, y Agustín canta, y canta.
Me oculto antes que muera, este
quiero descubrir,
quien tanto no ha de morir.
Cantando.
A vos, Virgen celestial,
el alma tengo ofrecida
a pesar del infernal
furor, Virgen concebida
sin pecado original.
¿Qué dice ahora que me pene?
¿quiero le aga pedazos?
canten
Y sustento con la vida,
cara a cara, aley leal
paso de gusto omizida
el canten Virgen conzivida
sin pecado original.
¿que estoi oyendo en mi mismo?
En fin, estoy obligado,
a si no llo, que esto impida,
con el Rosario sagrado,
defender que sin pecado,
fuistes Virgen concebida.
¿Posible es que me de guerra
viendo que le soy cruel?
estoy por llegarme a él
y sepultarle en la tierra.
Vase.
Ahora bien, será razón,
(a pesar del dragón) aponerme en oración
del divino sagrario.
Vase, y deja el azadon.
Que sufra este infame trato
desonrrele cuanto ha echo,
porque le muelan a palos,
que suspendan mis agravios
que ofreze mi ardiente pecho.
Con este azadón, de cierto
todo aquesto a de quedar
y lo e de desbaratar
que no quede de provecho.
A perder la paciencia
viendo que lo hize tan mal
bolvere el cuerpo bestial
a caer en la torpeza.
Salen Luis, Balerio y Antonio
¿descuydado de la casa, esclavo?
no se asoma, ni parece.
estara durmiendo el perro
si es asi, pagara el yerro
muy quejoso, y mal reposo.
¿poco, y de esto asiste al cavo?
¿estara endomoniado o loco?
¿el Jardin desbaratado?
mira al punto donde yaze
Junto a aquel manzano esta.
traelo al punto aqui Luis.
dale un palo
Camine, pesia el perro.
Valgame Dios, poco a poco.
perro infame, ¿asi dejais esta quadra?
mi Jesus bueno valedme.
Calla, señor levanta.
mill bezes caygo al suelo
y que soy malo confieso
Cascandole
infame; descomedido
azotes, come mentecato
Dale, y vente con migo
que yo le pondré de suerte, que perezca.
Vase.
Con mucho gusto, mi Dios,
esto recibo, y alabo
vuestra gracia, siendo esclavo
eternamente de vos;
pasar quisiera, Señor,
para acertar a serviros,
con lágrimas, y suspiros,
penas, tormentas, y dolor.
Y acordándome, Señor,
de vuestra pasión sagrada,
esto que padezco es nada
para gozar vuestra luz.
Jesús, ¿y qué destemplanza
me ha dado, Rey de la Gloria?
Asista en vuestra memoria
mi primera esperanza.
Muy indispuesto me siento;
si me quiere Dios llevar,
pues es así, dejadme
a sufrir grande contento.
Vase.
Sale Valerio como ciego, Luis y Antonio.
Llegad, ¿no hay alguna silla?
Y salíos luego fuera.
¿Quieres reposar?
Quisiera darle vado al pensamiento.
Sosegad, que de aquí no faltaremos.
Vanse, y queda Valerio sentado.
Con edad para casar,
salí de mi amada esposa,
persiguiome la fortuna
en mi estrella rigurosa.
Vine buscando mi vida,
llegué a Barcelona
buscando un hermano mío
que en aquella ciudad mora,
hecho mercader muy rico,
que podía, como persona,
tenerme en ella como hermano;
mas mi ventura es tan corta
que a su casa no me atrevo a ir,
porque, como estoy tan pobre,
no hará caso de mí ahora.
Acordé al fin de volverme
para mi patria amorosa,
y en este monte, que hoy me perdí,
que ansí fue cosa para ganarme,
pues encontré con un santo
que me da luz y victoria.
Padre, estando así en el suelo,
que yo soy un pecador
el más inútil del suelo, ¿cómo os llamáis?
Juan Mariano.
Pues, Mariano, escuchad
mi historia, y no os espante,
mas me moriré de decirlo,
que son mis delitos grandes,
que aun a los cielos.
En Génova fui nacido
de nobles y ricos padres,
hijo estimado y querido,
tanto, que vine a enviciarme
con el juego, yo en los juegos
y gasté infinitos reales.
A las mujercillas mundanas
fui rufián, salí arrogante,
no temí que el juez divino
había de sentenciarme.
Maté cuatro genoveses,
fui venturoso en librarme.
Destas y otras pesadumbres
que le di, murió mi madre.
Jugué el dote a mi hermana:
prendas, sortijas, collares.
Fui a mi padre inobediente,
tanto, que por no alargarme,
unas llaves del dinero,
porfiándoseme a la noche,
y las barbas le arranqué,
y cruelmente maltratéle.
Y cierto le diera muerte
si no me las diera afable.
Quedó el buen señor vertiendo
lágrimas de viva sangre,
en tanto que, sin temer,
el dinero saqué al aire.
Llegaron mis dos hermanos,
ambos a demandarme
que vuelva al padre el dinero
o que quieren castigarme.
Yo entonces, ciego de ira,
los acuchillé, y sabe el cielo
si maté alguno; porque oí decir, a quejarme
De pena de haber perdido
todo lo que quité a mi padre,
me dio un fiero pensamiento,
que fue de desesperarme.
Mi fiero y maldito intento,
sin advertir a salvarme,
sin duda que fue el pecado
que en mi juicio dio a ahorcarme.
Mas el ángel de mi guarda
estorbó para ahogarme;
llegó, y me libró de muerte
tan digno de condenarme.
Yo solo, en esta ocasión,
quiso el demonio engañarme
con otros mil pensamientos
que dio en atemorizarme,
diciendo mi sentencia
en aquellas soledades.
Albricióme el ángel mío,
que si alguno me mirase
hiciera cosas de loco:
pregunta, siente y responde.
Esta, Marciano, es mi historia.
Considera si es notable.
¿Cómo es tu nombre?
Agustín.
Dame que besar, Agustín, tus santos pies.
¡Jesús, quién dice tal!
Antes, de nuevo, escuchadme,
buen Marciano, dos palabras.
Pues sabed que me conviene,
si gustáis de acompañarme,
que vais conmigo a mi tierra.
Vos en ese noble traje,
y yo de esclavo vestido,
y me vendáis a mi padre,
diciéndole que soy vuestro.
El precio no ha de ser grande,
más de por treinta ducados
vendido podéis dejarme,
y tornáos a vuestra tierra.
Eso no he de aceptar.
Será darme muy gran consuelo en el alma.
Esta merced es inmutable,
has de oír, padre santo.
Ya os obedezco, Agustín.
Y yo he de daros mil abrazos de contento.
Mira que no has de olvidarme
en tus santas oraciones.
No podré olvidar jamás
de quien me hace tan bien.
Duérmese.
Queden a una parte enojos
que son insufribles daños.
No es mucho de ochenta años
faltar la vista a los ojos.
¡Oh, cuitado viejo! El verte faltar,
que es el mejor sentido,
alabo, Señor, vuestro infinito poder.
Notable sueño me ha dado,
del por demás desvelarme.
Lugar será justo a darle,
pues me rinde demasiado.
Sale el ángel.
Notable, anciano Valerio.
¿Quién me llama?
Una embajada del cielo.
Oye atento mi embajada,
dándole crédito al menos,
y no entiendas que es fábula
estas palabras que oyes.
Di, que ya te escucha el alma.
Con acento.
Pues sabrás cómo Agustín,
el hijo que deseabas ver tanto,
de su fiera y descompuesta maldición
ya se ha librado, por el ángel de la guarda.
Y se ha enmendado de suerte
que de doce años que faltan,
nueve ha estado en un desierto,
celoso, y con tanta
penitencia que ha hecho,
que de Jesucristo alcanza
el perdón de los pecados.
Los otros tres en mi casa
le ha servido por esclavo;
y hoy la muerte vencer trata
para que goce del cielo.
Solo que le des, aguarda,
Balerio, tu bendición
como padre, y se declara
mi relación, pues fijando
cobrarán vista, sin falta,
que Dios hace este milagro
digno de eterna alabanza.
(Vase.)
Oye, escucha, aguarda, espera.
¡Jesús! ¿Mi esclavo Agustín?
¡Hijos, Dios me valga, Luis, Antonio!
Señor.
(Salen.)
¿Qué mandas con prisa tanta?
No sé, no me digas nada,
que no estoy en mí,
que solo un sueño ha sido la causa.
No te acongojes, ni aflijas,
que sueños son cosa oscura,
que son todos increíbles.
Vamos, vamos al jardín,
que si es verdad apurada...
¿Sueño, verdad?
Sea o no sea, llevarme;
no me detengáis, pues causa
de perder un grande bien.
(Vanse.)
(Descúbrese Agustín echado en cruz mientras canta, y el Ángel a su lado.)
Hoy, devoto, te has de hallar
en su sagrada presencia.
Ángel, no me desampares.
(Sale Luzbel.)
Aún vengo a diligencia
por si lo puedo llevar.
¿Qué buscas aquí, enemigo?
No te busco a ti.
Pues, ¿qué búscasme a mí,
buscando al que está conmigo?
Pues no te puedo vencer,
yo te desafío a reto.
¿Qué te atreves, estoy aquí,
fiero dragón desbocado?
Que no admito sus disculpas,
y así tentaré mil veces;
otro ángel, que fue en lo alto
más que rey, por mi braveza
salió desterrado, dado
que un justo vencido, y preso,
custodio de sus pasos,
con que pretendes vengar
el alma de un condenado,
desengaños y palabras vanas,
pues queda en tu bando.
Los que pasándose al mío,
tendrán mis triunfos y lauros;
sus terrenas vestiduras Cristo
pues solos mis rayos
bastan para desatar
sus colores matizados.
Los dijes, Cristo, que traes
en su persona estampados,
del que con ellos murió,
por dar vida al hombre humano.
Y Cristo a cuantos te siguen
en la ignorancia fundados,
porque conozcan que soy
el ángel más esmerado;
su vista esmalta Cristo,
y Cristo su nombre santo,
y así, a la santa bandera,
beso que traes en la mano.
Yo beso, vil Lucifer,
aquel inmenso clavado,
con que alrededor se amenace.
Reliquias del Verbo humano,
do el prometer sus bienes
en el cumplimiento fallos.
De los malos admitidos
porque pagas defensas
y Cristo los contrapasos
con que los traes asidos.
Cumplidos, sin cumplimientos,
que son cumplimientos falsos.
Sus rayos y sombra, Cristo,
hechicerías, y engaños,
con que al pie caer pretendes.
Poner, vil, llenar de espanto,
reto tu morada oscura,
y tus profundos palacios,
tus cavernas rigurosas,
do asisten los condenados.
Y Cristo, en resolución,
su vista, nombre, y sus palos,
y esa tu bárbara lengua
apercibiendo mis manos.
¡Mueve, infame!
(Riñen. Cae Luzbel a los pies del Ángel.)
Salir tengo victorioso.
Necio, te tengo vencido.
Mis magias lo sustentarán
donde estoy en este campo.
¡Ríndete, rinde las armas!
Del oscuro Dios sagrado
que tu grandeza confieso,
y, como vencido, alabo
tu victoria duplicando.
¡Levántate, y luego vete!
Mi agravio hará que se asombre el mundo,
y temblará el cielo santo.
(Vase con ruido.)
Por seña formal sin victoria,
a do lo busca su madre,
y sea por cosa notoria
que hoy sube a la eterna gloria
el esclavo de su padre.
Pártese sin detención,
de saña, al hombre invidioso
verse así en tal cuestión,
que hoy vence en conclusión
el pecador victorioso.
(Cantan todos un Laudamus, su noble padre y hermanos vienen a ver a Agustín. Salen Baltasar, Luis y Antonio.)
¡Oh, qué música que oigo,
y qué olor tan singular!
¡Ay, defensor singular,
no me dejes, ángel santo!
Tu alma pondré en las manos
de aquel divino Jesús.
(Vase.)
Jesús, ¿qué puede ser eterno, más precioso?
Hijo Antonio, Agustín,
hablo que muero de pena.
¿Cómo, Agustín?
¿Ocasión será de quedar en calma?
Llegad, padre de mi alma,
y echadme la bendición.
Vuestro hijo Agustín soy,
y que vuestro esclavo he sido,
y fuere más, he cumplido
mis días, y al cielo voy.
Alzad la derecha mano
y dadme el bien que os suplico.
¡Válgame el cielo divino!
¿Este es Agustín, mi hermano?
¿Cómo es posible que yo
tenga ayer temor mostrase
y el corazón no avisase?
La cólera merezco.
Hijos, la vida he cobrado
después que he oído a Agustín.
¡Oh venturoso jardín,
hoy por tal mano labrado!
Un templo se ha de labrar
en el jardín, en memoria
deste suceso, esta historia
digna para celebrar.
Antes, padre, que mi alma
se parta para aquel reino
adonde, con el ayuda
de la Virgen, verlo espero,
quiero pediros perdón
de mis culpas y los yerros
que cometí con vosotros
en aquel pasado tiempo.
De todos pido perdón
y firmemente confieso
que he sido el hombre más malo
que se ha visto en estos tiempos,
a mi hermano Luis y Antonio,
les encomiendo que sean
hijos de obediencia.
Yo ruego mucho a mi padre,
y porque ya padezco
que veo cerca mi fin postrero,
dadme vuestra bendición.
Virgen Sagrada María,
ángel santo de mi guarda,
nombre de Jesús, pues confieso
mis culpas con humildad,
que me perdonéis os ruego,
pues en tantas ocasiones
me librasteis de sus manos.
Lucifer, que aquí asistes
a mi muerte, encomiendo
a mi padre y mis hermanos
y a los que me están oyendo,
que tengan gran devoción
con la Reina de los cielos,
para que os dé el reino en corona.
Hijos, de oírlo me enternezco,
ruego a Dios y le pido
que os alcance de los cielos
la bendición y la mía;
yo te perdono, y te ruego
que me encomiendes a Dios.
Ea, Reina de los cielos,
ángel mío, ayuda ahora,
que ya acabo, que ya muero.
En vuestras manos, Señor,
mi espíritu encomiendo.
(Muere)
Aquí da fin esta maravillosa obra celebrada del pecador convertido por el ángel de la guardia.
Hoja derecha en blanco.