
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mayorazgo del cielo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mayorazgo-del-cielo.
El Mayorazgo del Cielo =
Auto sacramental =
Leg.º 24 13
Gusto, músico.
Oído, músico.
Mayorazgo, que es el príncipe.
Consejo, viejo.
Naturaleza humana, mujer.
Protector.
Relator.
Ignorancia.
Apetito, viejo.
Soberbia.
Gula.
Salen el Gusto y el Oído con sus instrumentos.
Es hora ya que recuerde
el príncipe.
Gusto, sí,
y pues en oyéndote a ti
la memoria en su mal pierde,
cantemos el alborada
para su melancolía,
que ya se apresura el día
de la salud deseada.
Cantan.
Recordad, alma dormida,
recordad,
pues que suenan las bodas
del Señor San Juan,
un divino Rey Señor,
con regaladas caricias,
al alma le pide albricias,
cien mil canciones de amor,
el no pensado favor
que tanto misterio encierra;
el mar, el cielo y la tierra
embebidos están,
porque suenan las bodas
del Señor San Juan.
Oído, dime qué fue
el principio de su mal,
que yo soy tan material
y tú hombre de gran fe.
Gusto, escucha: el Rey del cielo
a este príncipe crió,
y para vivir le dio
la mayor parte del suelo.
Es, aunque de humilde madre,
el príncipe desdichado,
tan noble y tan agraciado
que es imagen de su padre,
y está de sentido ajeno,
y de condición liviana,
después que en una manzana
le dio una dama veneno.
Luego que a comerla empieza,
tales dolores le dieron
que al punto se le subieron
los humos a la cabeza,
y ha hecho mil desatinos
después que está hechizado,
y aún vive desheredado
de aquellos bienes divinos.
Soberbia, un galán altivo,
el mayorazgo pretende,
que aunque al fundador ofende
con intento vengativo,
no le gozará jamás.
Nuestro príncipe es llamado,
mas es pleito que ha durado
cinco mil años o más.
Y últimamente ha venido
a remediar sus locuras
un médico que hace curas
que jamás se han conocido,
en él tanto su mal crece
que es lástima verle ahora,
cuando canta, cuando llora,
ya ríe, ya se entristece;
aunque en estos instrumentos
algún tanto se entretiene,
pero advierte que ya viene
con notables sentimientos.
Sale el Mayorazgo en cuerpo y sin ropilla y el Consejo con ropa de levantar.
Para tantos desconsuelos
no hay que no trasmonte,
pondré un monte y otro monte
hasta subir a los cielos,
que ya me acuerdo que quise
por una torre subir.
Príncipe, antes de batir,
di que a tu frente se avise.
Déjame, que estás muy viejo,
con tu loco frenesí.
Consejo, vete.
¡Ay de ti,
si no tomas mi consejo!
Yo enloquecí de malicia,
no sé en qué mi salud fundo.
Por esas plazas del mundo
pediré a voces justicia.
¡Justicia, justicia pido
al cielo, que está enojado,
que por estar hechizado
el mayorazgo he perdido!
¡Triste de mí! Y a qué fin
me llevan mis desatinos.
Abrirá el cielo caminos
que se ha de aplacar al fin.
Pues vive Dios, que es crueldad
que dure tanto mi destierro.
Hijo, es mucho, pues fue yerro
de ofendida majestad.
Gusto, ¿habemos de cantar
por su furor defender?
Todo será menester,
que viene loco de atar.
Sosiega.
¿Límite pones
a mi loca presunción?
Echaréte a la razón
y a la libertad prisiones.
Si este caballo en que voy
del albedrío tuviera
el freno, nunca me viera
en este estado en que estoy.
Yo me perdí, ¿a quién me quejo,
si es pena de mi pecado?
Óyeme, pues te han dejado
en manos de tu consejo.
Viste esta ropa, que estás
furioso, cúbrete el pecho,
lástima, por Dios, me has hecho.
Vístese la ropa.
Ya me visto, ¿quieres más?
Consejo, en aquesto topas,
¿esto tienes por desgracia?
Si estoy desnudo de gracia,
¿de qué sirven estas ropas?
Consejo, qué poco alcanzas
de este miserable estado,
mas al fin eres letrado
en dar tales esperanzas.
¿Qué guerra es esta del alma,
en que fuego estoy deshecho,
qué víbora muerde el pecho,
que me consume y desalma?
Ya le vuelve otro accidente.
Alguna canción decid.
¡Ojalá fuera un David
que cantara dulcemente,
y como a Saúl furioso
del espíritu librara!
Por Dios que me cuesta cara
una vez que fui vicioso.
Quien bien tiene y mal escoge,
por mal que le venga, no se enoje.
Dime, caballo de antojos,
¿quién te apacienta los ojos?
Y el gusto de lo que enseña
el mar en concha pequeña,
en la fantasía coge.
Por mal que le venga, no se enoje.
¡Ah, desabridas memorias,
que ya en el alma os estáis,
¿para qué me atormentáis
con vuestras pasadas glorias?
¿Quién en tan gran desventura
os trocó un don tan inmenso?
¿De qué se queda suspenso?
Aquesa es otra locura.
¡Qué accidentes tan extraños
te atormentan! Ten prudencia,
que el consejo y la paciencia
son remedio de tus daños.
Consejo, no seas pesado
con tus voces, déjame,
que un consejo que tomé
me tiene en aqueste estado.
Príncipe, ¿quién te obligó
a cometer tan gran culpa?
No hay delito sin disculpa,
una mujer me engañó.
Letrado debes de ser,
de ti mismo lo he sabido,
y en Esdras lo habrás leído
lo que puede una mujer.
De ella ha escrito un discreto
y en sus proverbios advierte
que la mujer rinde al fuerte,
que puede mucho en efecto.
¡Qué mudanzas tan extrañas!
Ya se le pierde el juicio.
Mucho pide en tu servicio,
habremos de jugar cañas,
y pienso jugar, Consejo,
las cañas en un frisón
de aquellos de Faraón
que escapó del mar Bermejo.
Este es humor exquisito,
será menester atallo.
¡Qué bien me pongo a caballo
en mi alazán Apetito!
Una vez di una carrera
en un jardín a la brida,
pero tal fue la caída
que hoy me duele la mollera.
Di, ¿qué tienes, hijo mío?
No sé qué tu humor intenta,
pleito largo, corta renta,
es muy grande desvarío.
Es conforme a mis decoros,
a mi nobleza y estado,
aunque estoy desheredado.
Jueguen cañas, corran toros,
con un Moisés mi pariente.
Me acuerdo en cierta ocasión
corrimos un becerrón
que mató infinita gente.
Consejo, vete de aquí,
de este bravo toro espera,
subíos a la talanquera
que se viene para mí,
y muere a las manos mías;
con esta lanza le acabo
aunque este fuera el más bravo
de aquellos mil de Ezequías.
Hijo.
Dame un garrochón
para este que ha salido,
que el caballo me ha herido,
mucho puede la razón.
Príncipe, escucha.
¡Fuera! dejadme con ellos,
salga el más fuerte de aquellos
que cercaron a David.
Ya que le has muerto, sosiega.
Bien se ve que tú no sabes,
¿no oyes los atabales?
alto, vístase quien juega,
toquen los hijos de Aarón,
no suene la infernal trompa
hasta que los cielos rompa
aquel Aarón Othón;
el rey deseado parta
que el mundo le espera presto.
cada cual tome su puesto,
fuera, fuera, aparta, aparta.
Si apariencia es desigual
la librea de morado,
parece con lo encarnado
una cosa celestial.
También partió de un vuelo.
Consejo, ¿tú me dejas?
¿Aquesta caña que dejas
ha de subir hasta el cielo?
¿Quieres al cielo ofender?
A fin diferente aspiro;
altas varetas retiro
para que me vengo a ver.
Cantad, que está rematado,
divertid su pensamiento.
Pienso que seguir tu intento
será lo más acertado.
Por el bien que del cielo baja
corren toros y juegan cañas;
atabales tocan, suenan clarines,
y las aves cantan, los campos ríen.
El príncipe de la gloria
desde aquellas sierras altas,
como es su centro hacer bien,
alegre a la tierra baja;
agradecido y contento
viste el campo tantas galas
para recibir su Rey,
que le murmuran las aguas.
Por el bien que del cielo baja
corren toros, etc.
Entra la Naturaleza Humana.
¿Qué es lo que el príncipe siente,
que ha causado tanto ruido?
Está tu hijo perdido
con otro nuevo accidente.
Nuevas os traigo a los dos
de que nuestro bien empieza.
Humana Naturaleza,
si cara bienes, perdido,
¿qué fiestas, qué novedades
han trocado el traje negro?
Como sabes que me alegro
contino con novedades,
vengo admirada y contenta
del bien que ha venido al suelo,
que de lo mejor del cielo
soy ya cercana parienta;
de mí misma se ha vestido
gran blasón de mi linaje,
y agrádame tanto el traje
que estas galas me he vestido.
Mas tu loco desvarío
pone a mi gusto tibieza,
y suspensión, y tristeza.
Di pues, aquesto, hijo mío,
príncipe de mis entrañas:
¿siempre me has de dar enojos?
Alégrate, abre los ojos,
verás notables hazañas,
verás tus penas inmensas
trocadas en nuevas glorias.
¿Qué fatigas las memorias,
qué vacilas, en qué piensas?
Pienso que nunca tendrán
fin mis penas y mis males,
porque han de ser inmortales
como el alma adonde están.
Si la imaginación
de mi quietud es cuchillo,
¿cómo podré resistillo,
pues hay tanta confusión?
Apenas llego a herir
con la memoria en el pecho,
cuando dos fuentes ha hecho
en esta piedra el sufrir;
y aquí el diluvio allegado
sobre los montes más altos,
aplaquen mis sobresaltos.
El claro, verde, encarnado
ver del mar de mis antojos
de madre ha salido, y tanto
que temo, si crece el llanto,
que han de anegar mis enojos.
No hables melancolías,
oye tu remedio cierto.
Madre, cuando yo estoy muerto,
te vistes tú de alegría.
Enternecido me has;
tu locura y sentimiento
pone treguas al contento;
escucha, no llores más,
que entre tus penas mortales
estas galas he vestido
por fiestas del bien partido
que ha de remediar tus males;
el pleito que yo he seguido
está en estado mejor,
volverás a ser señor
del mayorazgo perdido.
David, que la causa nuestra
ha solicitado tanto
en mil versos de su canto,
dichoso suceso muestra.
Aquí tengo un parecer
de aquel doctor Jeremías,
que la sentencia estos días
en tu favor ha de ser.
Pues si en tu salud consiste
el buen suceso presente,
¿cuándo es bien el mal sea ausente
de que lloras, que estás triste?
¿No he de llorar, ¡ay de mí!,
que solo en esto fui cuerdo?
¿Qué te espantas si me acuerdo
de aquel gran bien que perdí?
Vime emperador del suelo
y su heredero preciso,
vecino del Paraíso
y ciudadano del cielo.
Allí todos los sentidos
gozaban efectos varios,
que de accidentes contrarios
nunca fueron ofendidos;
donde los ojos veían
mil variedades de flores,
y sus suaves olores
dulce fragancia esparcían;
de frutas frescas gozaba,
sola una que se reserva,
y en blanda cama de hierba
tiernamente descansaba.
Regalaban las orejas,
entre aqueste pasatiempo,
las aves que en aquel tiempo
no habían aprendido quejas;
cuanto el deseo codicia
a manos llenas tenía,
a quien guardaba y regía
paz, piedad, verdad, justicia;
y a los del tiempo despojos
y su mudanza importuna,
sujeto a aquella fortuna
quiebre sus lanzas de enojos.
Solo me quedó noticia
de los bienes que me engañan,
que en su lugar me acompañan
ira, engaño, odio y malicia.
Ved si tengo que llorar.
Presto cesará tu llanto.
Ven, príncipe, y entretanto
vosotros podréis cantar,
si el jardín hermoso fue,
hoy le has de tener mejor,
que en tu tierra está una flor
de la raíz de Jesé.
Como a los álamos, madre,
despoja el tiempo,
vestirá de esperanza
mi pensamiento.
Vanse todos y salen Soberbia, Gula, Apetito e Ignorancia.
Ignorancia maliciosa,
en nuestro pleito, ¿qué has hecho?
Harto poco de provecho,
señor hinchada ventosa,
a verlo vienes tan grave
que casi pareces algo.
Como yo soy hijodalgo
el cielo y tierra lo sabe,
tu apetito me conoce.
Fiará que es verde cielo,
pero toma mi consejo,
mete tu pleito a voces.
Pues tú las darás más altas,
que es tu misma pretensión.
Mi justicia y mi razón
me exentan de todas faltas.
Apetito no es mi igual,
el hombre hechizado y loco
no hace poco
quien a otro echa su mal.
Qué delirio, ¿qué habláis hoy?
¿No son mis títulos justos?
Tú los tomaste aunque injusto,
nombre de injustos les doy.
Bien será que a mis empresas
nuevas diligencias hagas.
Soberbia, como tú pagas
en mal cumplidas promesas,
procurador y letrado
muy poquito se desvela,
que a los dos sirve de espuela
el dinero de contado.
Tu letrado es vanidad,
tu procurador engaño;
¿quieres mayor desengaño,
soberbia, de tu maldad?
De todo estás satisfecho,
la demanda de malicia,
¿de adónde tienes justicia,
ni al mayorazgo derecho?
La vanidad te engañó
a deshacerme a mí
en los bienes que perdí,
un hombre menos que yo;
aquesto es justo que sienta
y la herencia que he perdido,
pues que después de caer yo
vine a caer en la cuenta.
Y al soplo cae esta perdida,
mas podrás, aunque más es,
servir de paño francés
que tiene linda caída.
Siempre me culpas, bestial;
tenga o no tenga razón
del hombre y su pretensión,
tengo de ser su fiscal.
Mis diferencias están,
Apetito, en tus quimeras.
Que no sigue mis banderas
tan valiente capitán.
Quien mi veneno derrama,
cual tus injustos deseos.
Bien lo dirán tus trofeos,
que tiene en su altar la fama;
que si José se libró
de mi cautelosa lid,
otro Sansón y David
y Salomón lo pagó;
de mi sutil garabato
apenas nadie se escapa,
que si aquel dejó la capa,
me dejaron el zapato.
¿Y a qué punto la demanda?
Que el contrario tan mal prueba,
que no se avecina a prueba,
la chancillería manda.
Hiciéronse las probanzas,
presenté escrito de agravios,
no sé por qué a algunos sabios
le dan tantas esperanzas
para el cielo, que no creas,
para más desdichas mías,
lo que predicó Isaías
y profético Miqueas;
aquesto temo, Apetito,
verme con él en campaña;
vénzale su fuerza extraña,
será mayor su delito,
y tal le podrás dejar
con una y otra ocasión,
que deje la pretensión
y no se pueda curar.
¡Oh, qué gran bellaquería!
Déjame con él, que viene.
Entra el Príncipe acabándose de vestir, y el Consejo y músicos sacarán toalla y jarro y fuente para darle aguamanos.
¡Qué agradable vista tiene,
Consejo, la luz del día!
Todo te será agradable
si me quieres imitar.
¡Hola!, dadme de lavar.
Cantad, mudanza notable.
En aquella fuente viva
me quiero, madre, lavar,
donde mil arroyos de agua
bullendo y saltando están.
Siente el alma tal placer
con esto que cantáis hoy,
que si no me engaño, estoy
cerca de convalecer.
Llega, Príncipe, a beber
en esta fuente de vida,
que con agua te convida,
y tu remedio ha de ser;
si no te quieres perder,
vete a la fuente a lavar.
donde mil arroyos de agua
bullendo y saltando están.
Buena está la chirinola,
buena está la behetría.
¡Qué mala compañía!
No me deis de la barda.
Lávese con muchos bríos,
que a fe que, aunque más se ensancha,
que no se quite la mancha
con el agua de dos ríos.
¡Soberbia!
¿Qué quieres, hombre?
Tomaos con su gravedad.
Que fui igual a tu humildad
con la alteza de mi nombre.
Aquesta es la ciencia mucha;
yo te he de hacer castigar.
Si te pretendes librar,
oye, atiende, mira, escucha.
Señor, huye de este loco
y sus cautelosas iras.
Señor, todas son mentiras.
Dejad que me huelgue un poco.
¡Ay, atrevido Faetonte,
te castigará Apetito!
¡Oído, habla pasito,
que es león de selva y monte!
De aquel que está retirado
huye la conversación,
que es doméstico ladrón
y enemigo declarado.
De este te recela más
y sus torpes ademanes.
Pardiez, que trae tafetanes
y os ha de dar un ciscás.
Pues solíamos ser amigos.
Hanlo causado tus tratos.
Príncipe, que los ingratos
siempre son más enemigos.
Pues, Apetito, es gran yerro
de tus engaños huir.
Mira, el que quiere reñir
tropieza aunque sea en un perro.
Si no tomas mi consejo,
con él has de enemistarte.
¿Has dado en acompañarte
con aqueste falso viejo,
con aqueste hipocritón,
ayo de tus sinrazones,
reparo de tus pasiones,
fiero de tu inclinación?
¿Ya no te acuerdas de mí,
de las fiestas y banquetes,
de aquellos tiernos sainetes
que con mil gustos te di?
¿Quién eres, tú, tabanillo,
retrato de la mudanza,
comendador de esperanza
y mayorazgo de anillo?
Apetito, libre esclavo,
¿no tiemblas de mi castigo?
¿Atrevimientos conmigo?
¿De cuándo acá das en bravo?
Rapaz, entonado, espera,
cobarde, infame, afeitado,
pisaverde, afeminado.
¡Déjame, Consejo, afuera,
castigaré su delito!
Señor, ¿qué quieres hacer?,
que la razón suele ser
armas contra el apetito.
No hay razón, consejo falta,
que en ella ira se enciende.
Déjale, que ese no ofende
a tu grandeza tan alta.
Loco, conmigo te tomas,
que mil veces te he vencido,
que tan antiguo he nacido
como tú, de que te asomas.
¡Mentís!
Tírale el guante.
Toma.
¿Guante a mí?
Yo te desafío.
Espera.
Echaron el toro fuera,
linda fiesta tengo ahora.
Fuera aguardo.
Espera un poco.
Armas y campo señala.
Metámosle aquí en la sala.
Bien parece que estás loco;
¿con este las quies haber?
No aceptes tal desafío,
que a veces, príncipe mío,
en huir está el vencer.
Déjame, no seas pesado.
¡Ay de ti!
Apetito fiero,
escucha, que aquí te espero
de pies a cabeza armado:
con espada de templanza
y daga de contrición,
de virtud y buen morrión,
con tarjetas de esperanza;
que para tus osadías,
tienes menester firmeza,
esperanza y fortaleza,
segura, firmes sayas,
de castidad peto fuerte,
como a tu daño arrogante,
que el amor, dijo un amante,
que es más fuerte que la muerte;
y porque seguro esté
de su lascivia e impropiedad,
la celada de humildad,
y la loriga de fe.
Pues si no obras, di, ¿qué importa
En ese espacioso campo
del mundo, señalo campo.
Pues de razones acorta;
si la batalla es hoy,
los cielos serán jueces,
que ya lo han sido otras veces,
de muchas que te vencí.
Vamos, que yo te acompaño
contra el mundo y contra el cielo.
Tanta defensa hay, recelo
que es el temor en tu daño.
Perdidos vamos.
En breve
estarás desengañado.
De parecer, con cuidado
de qué espada y daga lleve.
Éntranse y queda Ignorancia.
Tú pagarás el escote;
que, valeroso te pintas,
con él te pones en quintas,
llevará pique y capote.
Furioso parte, mas luego...
Se aplacarán estos fieros,
porque los dos son fulleros,
quedará empatado el juego.
Sale Naturaleza humana muy galana.
A mi pena y mi temor
fin alegre el cielo puso,
pues mi pleito está concluso
y en poder del relator;
y a la junta se previene
daré medio universal,
y el enfermo de su mal
mejor disposición tiene.
Si está el príncipe mejor,
no estoy contenta de balde,
pues, teniendo el padre alcalde,
tendrá sentencia en su favor.
No ha sacado en la cabeza
poco viento la señora,
que de galas trae ahora,
señora Naturaleza.
No sois única en beldad,
aunque un galán os codicia.
Siempre Ignorancia y Malicia
andan de conformidad.
No os dará mucho contento
de vuestro príncipe oír
que a la empresa ha de salir.
¿Al campo?
Como lo cuento.
¿Qué es esto? ¡Nuevo delito!
¿Cuándo lo han de sentenciar?
¡Ay, que le han de matar!
¿Con quién fue?
Con Apetito
ciertas palabras tuvieron
sobre que con él se iguala;
Soberbia tiró de mala,
y a reñir juntos salieron.
¿No fue Consejo con él?
Con lágrimas le pedía
que dejase esta porfía,
y no hizo caso de él.
Pues para estas mocedades
importa el consejo tanto.
Por Dios, para saber tanto,
que decís mil necedades.
El instrumento mejor,
si no le tocan, ¿qué importa?
Y la vaina ved si corta
la espada de más valor.
El consejo y el dinero,
si no se aprovechan de él,
no vale un solo alfiler.
A buscarle partir quiero.
Mataránmele sin duda.
¡Traidores! ¡Triste de mí!
¿Por dónde fue?
Por aquí.
La pena me tiene muda.
Vase la Naturaleza.
Para estorbar sus intentos,
menester ha caminar,
que ya empiezan a tocar
los bélicos instrumentos
del desafío campal.
Los tambores dan noticia,
parece que se desquicia
la máquina universal.
Entran por una parte Apetito y Soberbia y demonios de acompañamiento, y por otra el Príncipe y Consejo con todo el acompañamiento que pueda, y cada uno sacará tambor delante.
Ya estás en el campo, mira
que este es enemigo fuerte,
o procura defenderte
o con tiempo te retira.
Yo vengo a ser tu padrino,
Príncipe, por no dejarte,
mas, ¿de qué sirve enseñarte,
estando ciego, el camino?
Poco tu salud procuras,
pues no me quieres creer,
si te vence, has de volver
a tus antiguas locuras.
Antes que a reñir comience
tu rigor, mi intento abona,
que es solo aquel que se corona
que acierta a vencer, y vence.
Tocan cajas.
Hundiendo viene la tierra,
qué bien las plumas le están,
adónde va tan galán.
Voy, Ignorancia, a la guerra.
Pues aquí está quien allana
al diestro más peregrino,
al lado de su padrino,
cerebro de cerbatana.
Bizarro vienes, y es cierto
vencer, Apetito amigo,
que el que se afirma contigo
al punto le doy por muerto;
a veces presume el hombre
lo que no alcanza después.
Como esos vi yo a mis pies,
que se espantan de mi nombre.
Gravemente me deleito
en mirarte tan osado,
entremos, que estoy citado
para la vista del pleito.
El Consejo les parte el sol, y mide las espadas, y provoque.
Pon siempre la espada en medio,
que sigues intentos vanos,
que si llegas a las manos
perdido vas sin remedio.
Las espadas son iguales;
que si es de engaños la suya,
bien templada está la tuya,
y entre las más inmortales.
Bien sabes lo que me va.
No temo aquesta batalla.
Ánimo, y a comenzalla,
que el sol ya partido está.
Tocan cajas.
Y no habrá una rebanada
del sol, pues está partido,
ya pone espanto al oído;
que sería, no falta nada.
Tocan las cajas al arma, y ponen mano a las espadas, y dagas, y como van diciendo los versos, se vayan señalando, dando las heridas.
¡Hola! afírmate, de que
tu falsa opinión empieza.
Romperéte la cabeza,
este alto, abajo de efeto.
Si de Soberbia levanto,
no tienes seguridad.
Un reparo de humildad
con un propósito santo.
Si la ociosidad porfía,
no habrá con qué reparalla.
Batallar, que la batalla
aumenta la fuerza mía.
A estocada de lascivia,
que es derecha al corazón,
no hay reparo.
La oración
es un mandoble que alivia.
¿Y qué suerte alcanza a placer
por la línea de ocasiones
que humana defensa pones?
Sacar luz y no caer.
Cielos, están en calma,
mirando tan gran valor.
Esta es la guerra interior
y los combates del alma.
Un amoroso concierto
es una estocada fuerte.
La memoria de la muerte
es el remedio más cierto.
Un tajo desesperado
por la perspectiva alcanza.
Rebatir con esperanza
y estar siempre afirmado.
Puesto para ti me vengo;
no has de ampararlos hoy.
En oponiendo un mayorazgo,
al asalto te detengo.
A un revés de vanagloria
no me podrás reparar.
Fuerzas pon en pelear,
que el premio es la victoria.
Con esta fiera porfía
ya no es la victoria incierta.
Ya está la muralla abierta
y crece la valentía.
¿Cómo podrá estar seguro,
cuando tanta fuerza aflige?
Que aquesta mano edifique
y aquesta defienda el muro.
Éntrese con él y derríbelo de una estocada.
Con esta estocada incauta,
hombre, ¿qué defensa tienes?
A pechos armados vienes,
y a traición me das; muerto voy,
que yo me doy por vencido.
Vanse, y queda el Príncipe solo.
Él queda para ti, amigo,
como a tal soberbio alivia.
Adiós, que voy desvalido.
Buen príncipe, a Dios.
Adiós, cobardes villanos,
a gustos del mundo vanos,
que antes de teneros, huyo.
Cumplió su intento infernal
Soberbia, Apetito, luego,
y oye, en pecado, tu ruego
y su ciego tribunal.
Salen la Naturaleza y los músicos.
¿A dónde está el mayorazgo,
con qué poder consolarme?
Aquí, que mirarle, aquí puedes darme
en lágrimas el abrazo.
¡Qué tal se enternece a ver
a un hijo que el alma adora!
Siempre el príncipe, señora,
muere por ti, padece.
Llégase Naturaleza al Príncipe.
Estoy herida, ¡ay de mí!
¿Cuál me hiere?
Muerto estoy,
si vivo apenas soy
una sombra de lo que fui.
Vuelve a encajarle las
de mi cortado concierto.
¿Y qué quieres que en un muerto
sino lamentables quejas?
Es humor particular
en dándole un frenesí.
Háblame, que estoy aquí.
¿Pues a un muerto quieres hablar,
de que ya lo estoy es cierto,
que el que por romper su ley
vive en desgracia del rey
ya es lo mismo que estar muerto?
Levanta, si estás herido,
que el médico celestial
para remediar tu mal
a nuestra tierra ha venido.
Él es de ciencia tan rara
y de entrañas tan sinceras,
que aunque del todo te mueras,
muerto, te resucitará;
en la cátedra más alta
cedieron a su belgrado,
y mil veces apurado
quedó de sanar sin falta.
Fue pasante de pasiones,
sentose en el examen,
pero diéronle el vejamen
de burlas pesadas y baldones.
Con todo, está el presidente
de ver que por tantos modos
le aprietan, mas a todos
respondió divinamente.
Goza de tanta ventura,
sal de desconfiado estado.
Levántome, alegrádome has,
y quiero ponerme en cura.
Vamos de aquí a la muerte
con estas melancolías,
por andar en lozanías,
príncipe, estoy de esta suerte.
Desbocado era el caballo
y de mí corre,
no haya miedo, mi madre,
que a su luz torne.
Vanse, y sale el Promotor de la humanidad, Presidente, y Piedad, Justicia y Oidores, y memorial al Relator, y el Oidor General con un memorial en la mano, y la vara de protector, y siéntanse en juicio.
Pido, fiel príncipe, que quiera
ver su falta y ceguedad,
que con esta majestad
se acude al tiempo que espera.
Tantos lamentos confieso
que me tienen enternecido,
que ya tanto se ha debido
a despachar su proceso.
Justicia y Piedad están
juntas a fin de su porfía,
ya se ha llegado el día
que tanto esperó Abraham,
y antepongo mi celo
a nuevos inconvenientes;
di que entren los pretendientes.
Entran Naturaleza con su Justo Apetito, y Job, y Ignorancia, cada uno por su parte.
Si algún agravio me has hecho,
el juez está en su mano,
que ha de ser Rey humano,
mas no por mi derecho.
Señor Presidente, ruego
me defienda a mi abuelo.
El fiero dragón
viene agonizando solo.
Sea en la suprema parte,
no me alaben la paciencia.
Siempre has de tener pendencia
sobre esto del asentarte.
El pleito es sobre una silla
que pongan en tribunal.
Hagámoslo criminal,
que a quien mejor se acuchilla.
Mi furia, soberbia y loca,
un volcán de fuego exhala.
Vengo de bajar de la sala
alta.
Pues emboca
que el relator empieza
a mostrarse apasionado.
¡Qué bizarra que ha entrado
la humana naturaleza!
¿Tenéis el proceso aquí
que tanto tiempo ha durado
entre el hombre desterrado
y Soberbia?
Señor, sí.
Sacad aquí, y haced la
relación de su justicia,
pues ya tengo noticia
deste pleito tiempo ha.
El relator tendrá un proceso en las manos y hace relación de él.
Ante tu majestad, pleito se trata
entre partes Soberbia y hombre, siendo
creado el mayorazgo de ti, dado
al cual su demanda pretendiendo,
al hombre a comparecer clamándole,
y a su posesión entremetiéndose,
y así dice que el soberbio pretensamente
con título legítimo es llamado
al mayorazgo y reinos juntamente,
y castigo para el criado.
Soberbia por mover ciertas rencillas
justamente del Reino fue privado,
y así debe ocupar aquellas sillas
conforme al instituto y llamamiento
que siembra tan extrañas maravillas;
ambos concluyen su pedimiento,
implorando el divino oficio dado,
que tiene más razones de su intento.
Desta manera se le dio traslado
a Soberbia, la cual, señor, porfía
que al hombre debe serle denegado,
pues el hombre con multitud quería
usurpar el dominio, adquiriendo
desta grande causa, Reino y monarquía,
que él y sus secuaces le tuvieron
de cuya posesión, sin ser oídos,
por fuerza de armas despojados fueron;
y así que puedan ser restituidos,
y caso que haya en esto resistencia,
por lo menos, al hombre preferidos,
pues el primer recaudo en su presencia
por ley divina y por derecho humano
saca más ocasión, más excelencia;
y más que el hombre por la culpa es llano,
cuando aquesto cesare, que no cesa,
que es incapaz del Reino soberano.
Otras cosas alega en esta empresa,
más largamente en relación difuso,
en cuya acción el Reino viene expresa,
dice traslado, el cual dispuso.
Por sus partes, y habiendo sido oídos
aquesta causa se dio por conclusa,
y juntos los autos todos referidos
con término del cargo, esto fue hecho
conforme a prueba fueron recibidos
de uno y del cual probanzas mil han hecho,
testigos y escrituras presentadas
para en prueba mayor de su derecho
el pleito está concluso, y prevenidas
las partes para que den su sentencia
y en este tribunal se han juntadas.
Digan los alegados.
Preeminencia
es que a mí me toca.
Parece te reportes
sino alega, y pidas con paciencia.
Sobre el asiento en las primeras cortes,
primero hablé y alborotose el palacio,
un motín de Luzbel y sus consortes,
oídme, hablaré bajo y despacio;
está mi justicia clara
si me oís atentamente,
aunque siempre el presidente
con el hombre más se humanó.
Yo primero, yo rico,
fui antes que el hombre criado
y ansí el reino y estado
a mí se contribuyó.
Como que en mí se ha hecho
despojos injuriados,
ha de ser restituido
indubitado derecho,
y es tan cierta esta razón
con que del hombre me quejo,
su intento que no me excluye
aunque yo fuera ladrón,
mas, que el hombre se ha cometido
delitos de alevosía
y ansí aquesta monarquía
no puede ser admitido,
no ha lugar. Restituid,
aunque hiciese penitencia,
que es justa, y no hay paciencia
si no vale alegándote,
y concluyo últimamente
que está loco y hechizado,
y por mil causas privado
de reino tan excelente.
Pueden te premiar los reyes
y servir por preeminencia,
hay tal cosa, quién pensara
que el diablo supiera leyes.
Oiga vuestra majestad
a su piedad soberana,
que de mi parte se hallará
la justicia y la verdad.
Fiel hijo de Dios es el hombre
con parentesco de madre;
quién duda que de su padre
herede estados y hombres.
Y si el reino no ha gozado
en tanto tiempo, que es cierto,
pues su fiel padre no es muerto
no goza el hijo el estado.
Y ha el hombre ansí de preferir,
que el fuero ansí lo funda,
puede llamar al segundo
como al primero excluir,
de salto anticipado
Jacob el menor celebró.
Privilegiado por libre,
el viejo este fue engañado
en lo que Soberbia dice,
que de mi parte el pecado
no puede ser perdonado;
a la verdad contradice,
ni hace al caso con violencia
decir que fue desposado,
que él antes fue de su pecado
ejecutó mi sentencia.
Y es su justicia razón
que quiere alegar tal vez,
que al que despoja el juez
ampara restitución.
Si tiene mayor probanza,
mas si va a decir verdad,
en las leyes de piedad
sáquelo su confianza.
Ya que vuestra majestad,
ante quien temblando voy,
mi pleito permite hoy
determine con piedad,
quiero en público a todos
por mi hijo en breve historia
traeros a la memoria
servicios de sus pasados.
Mirad cuántos agrados,
de crío a Abel la inocencia,
y de Abrahán la obediencia,
e Isaac junto luego;
mirad la cansada vida
de Job fuerte y robusto,
y un dechado a los justos
contadas sus medidas.
Mirad que Joseph perdona
a sus hermanos también,
y en nuestro nombre Moisén
pone a riesgo su persona;
mirad la perseverancia
de aquel gran padre Noé,
de Jacob y de Josué
la paciencia y la constancia;
y de aquel príncipe eterno
sus hechos, grandeza y nombre,
ya que ennobleció el hombre
trató mal de su gobierno.
Ya está el príncipe mejor
de su achaque.
Bueno y sano,
que el médico soberano
limpió el pestilente humor.
Mira cuán copiosamente
le comunica salud.
Siempre temí la virtud
de este médico excelente.
Suena música y córrese una cortina, y aparece un Cristo crucificado, de cuyas llagas salen cinco heridas hebras de seda colorada hasta la boca del hom- bre, que estará a los pies del Cristo arrodillado.
Gusto notable favor
el piadoso cielo ofrece
al enfermo.
¿Qué os parece?
Pues dieron con la mayor.
De enojo revienta el pecho
viendo cómo lo acaricia.
Ya está del todo, Justicia,
contento y muy satisfecho;
entretanto estarán comunican-
do la sentencia los de la audiencia.
Puedes publicarla aquí,
qué bien es, que en los estrados
casos tan averiguados
se provean.
Dice así.
Vistos autos y proceso,
fallo que el hombre ha probado
su intento, a quien en su estado
restituyo.
Bueno es eso.
Y a Soberbia le condeno,
y segunda vez repongo,
y en su petición le pongo
perpetuo silencio.
Bueno.
Por Dios, no le hagáis callar,
vos, que no hay más que decir.
¡Esto tengo de sufrir!
Soberbia, no hay que esperar;
siempre ha sido el presidente
del príncipe apasionado;
vamos, que voy abrasado
de maldad tan insolente.
Alégrese todo el suelo
y cobre gloria inmortal
del desafío campal
del mayorazgo del cielo.
Al partirse al cielo
lloran mis ojos,
quiero irme con ellos,
no vayan solos.
Después de aquella sentencia
que tuvo el alma en favor,
trata de subirse al cielo
el esposo que la dio;
lloraba el alma la ausencia
y la soledad de amor,
y el galán, enternecido,
dice y ríe su afición:
al partirse al cielo
lloran mis ojos,
quiero irme con ellos,
no vayan solos.
Vanse, con que se da fin al auto.
Fin.