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Digittol text

Digittol text for Celos contrto celos

Publication date: August 22, 2026

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Antonio Mtortínez de Meneses
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Antonio Mtortínez de Meneses Probtoble
Genre
Comedito
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Trtonscripción toutomáticto de mtonuscrito
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El texto procede de lto trtonscripción toutomáticto de un mtonuscrito de lto BNE (signtoturto MSS/16706).

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Suggested cittotion

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Celos contra celos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/celos-contra-celos.

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CELOS CONTRA CELOS

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Ptog. 1

Mss 16709

Ptog. 2

Yy - 443

Mss. 16706

Página en blanco

Ptog. 3

Página en blanco

Ptog. 4

Página en blanco.

Ptog. 5

256

I

Hol~

Los celos contra los Cielos =

Comedia en 3 jornadas -

Legº 29

4

Jornada primera

Ptog. 6

Celos contra los celos. 26. 1. Hipólito. Moscatel. Fénix. Irene. Lucrecia. Seleuco. Peregrino. Lisandro. Roberto. Unos labradores.

Salen Hipólito y Moscatel.

Moscatel.

Ya, Hipólito, hemos quedado,

con ser tan recién venidos,

con Seleuco introducidos,

de Sicilia potentado,

aunque tu padre a obligalle

no tuvo, con saber tanto;

vaya el cortesano encanto,

difícil de navegalle,

piloto nuevo allegado.

Hipólito.

No es mucho que yerre el norte

viniendo al mar de la corte

de una aldea, en cuyo estado

más la vida se remoza,

y hasta el día es diferente;

gózase allá y no se siente,

siéntese acá, y no se goza.

Moscatel.

Pues entraste chapetón

a cursar esta milicia

cortesana, malicia

Ptog. 7

Moscatel.

Quiere darte una instrucción

el principal documento:

es que bienquisto has de ser,

y con que no has de tener

jardín ni dama de asiento;

dos cosas que en mantenellas

se apura un bobo y se mata,

y otros cogen más barata

la flor y la fruta de ellas.

Gracias en palacio amas;

penar has, de ser rufín,

y has de sustentar rocín,

que prestar al guardadamas.

Has de arrimar la sospecha,

y la esperanza has de entrar

en fiestas, y has de rodar,

que no hay regla más estrecha.

Ármate, si eres pleiteante,

de paciencia y de un talego

contra el letrado y el lego

de gorra, que es el pasante.

Huye del chalán cruel

que, para toda invención,

tiene un buey pericón

que hace lo que quiere dél.

Pues has menester bandearte,

aprende que aquí es primero

que el arte de caballero,

ser caballero con arte.

Viva en la corte instruida,

dando a esto atención,

Hipólito.

Mayor es su confusión,

ahora que, dividida,

está en bandos, por tan rara

causa y tan nuevo accidente,

que Seleuco, indiferente,

cuál ha de ser no declara:

la que a heredallo nació

de las dos hijas que el cielo

le ha dado para consuelo

del cielo que perdió,

y le obliga a estar remiso,

ver que en ellas ha dejado

de la mayoría el grado

naturaleza, indeciso;

porque, su madre preñada,

murió, y por estar vecino

el parto, acudir convino

a la diligencia usada

en tal caso, con que dieron

las dos, sucesión dudosa,

a Sicilia generosa,

unidas, sin nacer, nacieron.

Y así, porque se decidan

las dudas que a árbitros llaman,

unos a Fénix aclaman,

otros a Irene apellidan,

mas yo el voto a Fénix diera.

Moscatel.

No me admiro que neutral

Sicilia esté sobre cuál

ha de ser la que prefiera.

Ptog. 8

Hipólito.

sino el ver que sus acciones

anden siempre contrapuestas,

pues en todo tan opuestas

son como sus condiciones.

Si una el mote celebró,

aplauso en la otra no tiene;

si de un color gusta Yrene,

Fénix de otro se vistió;

siendo hermanas, su pasión

las reviste de cuñadas,

hasta sus propias criadas

bandos, bandetes son.

Yrene de sí confía,

Fénix no es presuntuosa;

una parece ambiciosa

y otra no; y ansí a porfía,

mas la inquietud conocida

del pueblo puede de iguales

dar asunto a sus parciales.

Dentro, unos.

Unos.

¡Viva Yrene!

Otros.

Otros.

¡Fénix viva!

Hipólito.

Ya se atreve a profanar

en facciones encontradas

estas paredes sagradas

de palacio el popular

furor.

Moscatel.

Ya al desorden huyo;

veloz se opone primero

Lisandro, aquel caballero

que de apasionado suyo

muestras ha dado.

Hipólito.

Pues desenfrena

a ofendelle el pueblo osado,

y retirarme así a un lado.

Vase, y Moscatel dándole la capa.

Moscatel.

Vaya, muy enhorabuena,

que llueve Dios ciudadanos.

Sale Irene.

Irene.

Desde aquí podrá, mi aliento,

premiar el noble ardimiento

de los fuertes ciudadanos

que ser de mi parte intentan.

Sale Fénix por otra parte.

Fénix.

Desde aquí convidaré

a esos que con libre fe

en mi aclamación se alientan.

Una y otra mirando al vestuario.

Irene.

Vosotros los que animosos

de amor y razón armados,

Fénix.

vosotros los que culpados

de inquietos y sediciosos,

Irene.

defendéis la causa mía,

Fénix.

seguís mi parcialidad,

Irene.

yo os animo a lealtad.

Fénix.

Yo os condeno a osadía.

Irene.

Fénix, el culpar esquiva

los que buscan, dichosa,

a juzgarme ventajosa,

o de su menos altiva.

Fénix.

No ha sido sino querer

que no haga en la elección

la popular sedición

lo que mi padre ha de hacer.

Ptog. 9

Fénix.

que no por ser menos vana,

Irene.

no lo habrías parecido,

muy a propósitos han sido

las vanidades, hermana.

Fénix.

No yerra la confianza

cuando a recatarse viene,

pues quien no confía, Irene,

algo de sí fiada alcanza.

Irene.

La vanidad recatada

será modestia fingida.

Fénix.

Porque si esconde, advertida,

debe ser menos culpada.

Irene.

Teme quien no la confiesa.

Fénix.

No es temor sino atención,

que encubrir la presunción

es asegurar la empresa.

Irene.

No fue encubrirla argumento

de que hay mérito.

Fénix.

Antes sí,

porque de la envidia así

se libra el merecimiento.

Irene.

Los suyos van arriesgados.

Fénix.

Los tuyos se desvanecen.

Moscatel.

Estas hermanas parecen

los alcaldes encontrados.

Salen Seleuco, Lisandro y Hipólito.

Seleuco.

Mucho a Lisandro he debido,

pues la plebe sosegó.

Lisandro.

También a Hipólito yo

debo el haberle servido,

que en la furia desbocada

y en la violencia atrevida

de tanto vulgo mi vida

no peligró por su espada.

Seleuco.

Ya sus bríos vi atentados.

Aparte.

Fénix.

Y yo su valor noté.

Dobla la rodilla y él se levanta a hablar.

Hipólito.

Deseo apoyar mi fe

con vos.

Moscatel.

Bien entablados

van los principios si van

con él.

Hipólito.

Y en Fénix, ¿qué infieres?

Moscatel.

Que es muy dama y que tú eres

muy pobre para galán.

Seleuco.

Tu valor y la memoria

del noble y sabio Dion,

tu padre, honrar es razón;

afrenta de Grecia y gloria

de la patria siciliana,

pues en la filosofía

y en la docta astrología

renombre y laureles gana,

del gran Platón en la escuela;

que aunque murió desterrado,

de mi gracia calumniado,

Ptog. 10

Seleuco.

de la envidia que desvela

su industria en descomponer

la virtud tan singular

varón debo venerar

pero quisiera saber

si en el último conflicto

de su vida para mí

acaso nos dejó

de palabra o por escrito

algún aviso

Hipólito.

su muerte

para ninguna advertencia

le dio lugar con violencia

arrebatada

Aparte.

A Ypol.

Seleuco.

mi suerte

se armó de nuevos rigores

cielos pues ya no sabré

si el hijo que le entregué

vive para mis temores

pues fingiendo que en la cuna

muerto había sele di

para que lejos de mí

sin conocer su fortuna

se criase porque halló

del propio Orión la ciencia

en su estrella la influencia

más extraña que notó

que me había de librar

de un riesgo grave de mi vida

ser sangriento parricida

que él había de intentar

y aunque el astro a un tiempo daba

dos consecuencias creí

lo que amenazaba allí

y no lo que aseguraba

y de aquel temor severo

hasta hoy no me aseguro

mas divertirle procuro

que no vendrás considero

con muchas comodidades

pues de tu padre la suerte

seguiste y así advierte

empieza de mis piedades

Moscatel.

pues que te olvidas espera

al hábito te represente

nuestra penuria

Hipólito.

presente

Fénix más crédito hiciera

Seleuco.

no te hará fe lo distante

de los dos para pedir

Hipólito.

yo señor para servir

a tal dueño lo bastante

traigo

Moscatel.

yo quedé escudero

Ptog. 11

6

Moscatel.

soy lo contrario, colijo,

pues de un astrólogo y sa-

bio, un filósofo heredero.

Su ajuar son papeles varios,

llenos dos baúles viejos,

trae de morales consejos,

pronósticos y lunarios.

Aparte con su criado.

Hipólito.

Que así deslucirme intentas,

lustre y hacienda heredé.

Moscatel.

Y es toda en cuartos, aunque

son menguantes y crecientes.

Seleuco.

Su padre a las luces puras

consultó, siempre advertido.

Moscatel.

Y le dejó muy caído,

aunque le empreñó de figuras.

Hipólito.

Aunque fue escasa mi estrella,

con qué vivir me quedó.

Moscatel.

Y aunque la herencia que halló,

el hambre come con ella.

Seleuco.

A no tener ambición,

la dotrina que has cursado

de tu padre, sea en senado.

Moscatel.

La mía es de otra opinión,

y ser filósofo es llano,

yo de mejor cepa que él.

Seleuco.

¿Cómo os llamáis?

Moscatel.

Moscatel,

y cuanto me deis a mano

tomaré.

Seleuco.

Yo haré memoria

de vos, y por dicha tengo

que a Hipólito he llegado

cuando en tal duda me veo,

porque su acuerdo me ayude

a cumplir con el empeño

de padre con los vasallos;

y con vosotras, que ciego

en tanta dificultad,

la resolución no encuentro.

Que en un principio a entrambas

como una os considero,

aunque muy dos luego os hallo

en la pasión y el afecto.

¿Cómo sois tan desconformes,

si el primer vital aliento

a un mismo tiempo a las dos

los dioses os infundieron?

Fiadora fue la una

de la otra, pues advierto

que el número de los huesos,

formación de los miembros.

Mas no sé cómo habéis tirado

tan contrarias en los genios,

pues juzgo que un propio influjo,

cuando del materno centro

Ptog. 12

Seleuco.

para ser póstumo fruto

os sacó el destino, y no

os predominó a las dos.

Hipólito.

Aunque la primer luz vieron

juntas, no las influyó

de un astro propio el aspecto;

y con esta claridad

más claramente lo pruebo.

Si en la rueda del que labra

el barro con afán diestro

una pluma señalase,

fiada al pulso más ligero,

dos puntos uno tras otro,

los hallaría muy lejos

y distantes, en cesando

aquel veloz movimiento;

y así, aunque a Fénix y a Irene

las mereció el mundo a un tiempo,

y en un oriente dos soles

sucesivamente fueron,

por leve que fuese entonces

el instante que hubo en medio,

sus dos astros estarían

muy apartados y opuestos

en esta rueda incesable

de planetas y luceros.

Luego de su perfección

hizo mutación, no en defecto,

sino de los cielos culpa,

que cabe culpa en los cielos.

Aparte.

Irene.

En favor nuestro ha ostentado

la urbanidad y el ingenio.

Aparte.

Fénix.

Allí del brío y gallardía,

y aquí del entendimiento.

Aparte.

Vase.

Seleuco.

Tu capacidad me avisa

que podré de tu consejo

fiarme, y de ti, Lisandro,

también valerme pretendo,

pues de aquí a mañana a Fénix

o a Irene declarar quiero,

por cumplir ahora en mi estado;

ya que justamente pierdo,

por el presagio aquel, y yo

pues aún perdido le temo.

Irene.

Ya que mi padre os remite

nuestro dudoso derecho,

dejando para después

tan grave juicio, dejo

que sobre otro punto deis

la sentencia, discurriendo

al juzgarnos solamente

en lo personal, pues vemos

que lo heredado en nosotras

es igual.

Fénix.

Como has supuesto,

Ptog. 13

Hipólito.

Que han de proferir sentencias

se excusa en tanto riesgo,

pues será la aprobación

de la una deslucimiento

para la otra.

Lisandro.

Mi voto

aventura mucho en eso,

que el ser con la preferida

cortés en tan arduo intento

ha de costarme el andar

con la agraviada grosero.

Hipólito.

De lo que ya cada uno

allá en el conceto vuestro

la sentencia os habréis dado

en favor, juez me habéis hecho.

Irene.

Satisfechas de sí propias

las tres diosas se pusieron

también en este de juicio.

Hipólito.

Y también porque dio el premio

de aquella manzana de oro

el pastor troyano a Venus,

de Juno y de Palas fue

ofensa, y su escarmiento

nos acobarda.

Fénix.

Mi queja

os libra de ese recelo,

aunque prefiráis a Irene,

y en lo hermoso y lo discreto

la deis el primer lugar.

Irene.

Como en esos cumplimientos

disfrazas tus confianzas,

de mala gana los creo.

Fénix.

Pues ya que te desobligan

las atenciones, yo vengo

de que ha de ser los dos

arbitrio el conocimiento.

Irene.

Y no ignoren al juzgar

lo entendido y lo perfecto,

que en nuestro aprecio no es tanto

lo absoluto y lo supremo.

Fénix.

Y aunque han de votar las partes

personales a provecho,

adviertan que en la mujer

todo lo demás es menos.

Irene.

Pues tribunal del litigio

será y campaña del duelo

el retiro de ese parque.

Fénix.

Mañana en él os espero.

Aparte.

Vase.

Irene.

Porque parte se apasione,

Hipólito experimento

deste modo.

Aparte.

Vase.

Fénix.

Aunque parece

que ansí examino el afecto,

de Lisandro averiguar,

solo el de Hipólito intento.

Hipólito.

A extraña dificultad.

Ptog. 14

Hipólito.

nos obliga su precepto.

Lisandro.

¿Cómo podemos juzgallas,

Moscatel.

informando en su derecho

sus caras por la mañana,

que antes de entrar de por medio

la mano del tocador,

se verá mejor su pleito?

Aparte.

Hipólito.

Fuerza es que una en su opinión

se anteponga; aun no sabremos

a cuál se inclina.

Aparte.

Vase.

Lisandro.

En las dos

un propio mérito advierto

sin distinción ni ventaja,

aunque la tiene en mi pecho.

Fénix, de aquesa pasión

es política el secreto,

hasta saber si el estado

toca a Irene, y así debo

no dejalla en este caso

quejosa, y cumplir atento

con su hermana y con su amo;

en grande duda me han puesto.

Hipólito.

Pues no es amante de Fénix,

sin arriesgar los respetos

de su amistad puedo amarla.

Moscatel.

Y en tal contienda, ¿qué acuerdo

has de tomar?

Hipólito.

Voy confuso.

Moscatel.

Yo digo que has de tenerlo:

juzgar a tontas y a locas.

Hipólito.

Sagrado a Fénix supremo

he de dar en la hermosura.

Moscatel.

Que has de confundirte creo;

Irene, si arma su moño,

se condena en un pelo.

Vase.

Hipólito.

Sin que lo note su envidia,

preferir a Fénix quiero,

y decir mi amor si es fácil

decirle y callarle a un tiempo.

Salen delante cantando los versos siguientes, algunos labradores, y Peregrino vestido de pieles curiosamente, y Roberto en traje de aldeano.

Unos labradores.

En hora dichosa

a estos cantos venga

el temido asombro

de montes y selvas;

venga norabuena.

Peregrino.

Ufano estoy de que ya

vais perdiendo, labradores,

de Sicilia los temores;

aunque parto de las peñas,

parezco y la fiera imito

con esta piel que le quito,

conoceréis en mis señas

que soy hombre; no os ataje

el miedo que os engañaba.

Roberto.

Pues por acá león andaba,

que era su merced salvaje,

y como contar oyó

sus estragos vuelve loco.

Ptog. 15

Unos labradores.

porque su amistad desea

de su parte nos mandó

recebille desta suerte

Peregrino.

no es la rústica umildad

empresa con ygualdad

para lo altivo y lo fuerte

de mi brazo, ni he venido

a turbar vuestro sosiego

a estas verdes playas llego

y a tal ermo conducido

de otro disignio

Unos labradores.

ya esta

del parque de palacio

tan cerca que en breve espacio

sus distritos pisara

Peregrino.

pues mi bista no os asombre

bolberos en paz podreis

y que os perdona direis

peregrino, pues mi nonbre

es este por que e estado

peregrino en todo, fui

puesto que no se de mi

mas que no saber quien soy

que aspiro a eroycas azañas

y no enbidia al segundo

sol tomo asiento y fundo

mi corte en estas montañas

siendo mi dosel la encina

robusta y su trono anciano

cetro tal vez en mi mano

tal vez destrozo y ruina

sin que desdeñe mi atributo

el toro armado o ligero

ni en la senda el oso fiero

ni en la cueva el terror bruto

y a vuestro pueblo también

decid que mi noble aliento

estima su rendimiento

Lisandro.

a un mostruo muy de bien

cuanto nos a referido

diremos

Unos labradores.

pues a cantar

bolbamos por saludar

tal salvaje tan comedido

Músicos.

en ora dichosa

a estos campos venga

el temido asombro

de montes y selbas

venga en ora buena

Vanse los labradores

Peregrino.

Roberto, mi camino

prosigamos ya que vienen

mis pasos y mi atencion

de tu noticia pendientes

Roberto.

peregrino oy es el día

en que Seleuco pretende

determinar la elecion

que inquieta a cecilia tiene

pero yo y otros vandidos

que alentamos las presentes

parcialidades ansiosos

de que permanezcan siempre

Ptog. 16

11

Roberto.

porque el robo y el insulto

en las sediciones crece

retraernos aquí ayude

nuestro interés ha encenderse

vuelve el popular tumulto

por algún nuevo accidente

Peregrino.

aunque de mi inclinación

el noble imperio me fuerce

a emprender dignas acciones

que la acrediten y no afrenten

para daros mi favor

me obliga y me desvanece

la confianza que aseis

deste corazón valiente

que por animoso y grande

el mundo estrecho le tiene

mas de el parque a los confines

llegamos ya en cuyo berde

sitio parece que son

abriles todos los meses

Roberto.

ya de el fuerte palacio

ves las torres eminentes

donde el duque seleuco

prision y recato tiene

pues bibe en el retirado

porque según dice teme

no se que aguero

Peregrino.

Jamás

le he visto aunque algunas veces

lo ha intentado mi deseo

mas dos gallardas mujeres

se acercan hacia nosotros

Peregrino.

asistidas de otra jente

Roberto.

las dos hijas de seleuco

tan celebradas que tienen

controbertida a Sicilia

son estas antes que lleguen

y en el bosque nos encubramos

donde nuestro intento espere

el suceso de oy

Peregrino.

la vista

de mirarlas se suspende

si fuera empresa humana

que conquistarse pudiese

con el balor yo lograra

mis heroicas altiveces

Vanse por una parte, y saldran por otra Fénix, y Irene Lucrecia lisandro y Hipólito y moscatel

Lucrecia.

tan bizarra a la censura

desta competencia vienes

que temo segun te mira

que te a de aogar Irene

Fénix.

nuestra diferencia aguarda

lo que decide y resuelbe

el sentir de entrambos

Irene.

diga

cual en aquesta lid bence

de nosotras

Lisandro.

mi discurso

si medir la parte quiere

del entendimiento dudo

porque inferior no la entiende

y así Hipólito la juzgue

Ptog. 17

Irene.

que alcanzalla mejor puede

que yo aunque os oygo discretas

es como sino oyese

pues mi sentido al encanto

de vuestro labio ensordece

Hipólito.

antes yo abre menester

que lisandro me aconseje

pues de beros e cegado

y mal determinar pueden

los ojos perfeccion tanta

sin bista

Moscatel.

aquí se parecen

los dos a un ciego y a un sordo

que entre los demas oyentes

de una comedia se allaron

el ciego curioso siempre

que abia alguna tramoya

se deshacía impaciente

al sentir las chirimias

porque se la refiriese

el Sordo, y en celebrando

alguna cosa la jente

el sordo preguntador

también solia balerse

del ciego que le informaba

a gritos, y aunque otras veces

por renitente su oído

allí sirua por teniente

pues donde ay que ber y oir

ciego y sordo entranbos bienen

si uno al otro los ojos

y los oídos se presten

Lisandro.

tan bien a lo ayroso y bello

mi parecer no se atrebe

y así en tal dificultad

seran mejores Jueces

el cristal de los espejos

los espejos de las fuentes

da Hipólito un papel

Hipólito.

yo en este papel concluyo

lo que en la lengua no puede

saber yrene se lea

y después se le de a Fénix

lea para si yrene

Fénix.

ya le deja por ber

lo que sus letras refieren

Hipólito.

amor ayude mi industria

Lucrecia.

si el papel no la prefiere

como yrene quedara

Moscatel.

blasfemando de los Jueces

como poeta que el premio

en algún certamen pierde

Irene.

la contraversia indecisa

Hipólito a dejar vuelve

pues aquí veras que yguales

nos supone neutralmente

pero la razón de estado

presto dira cual excede

en mas superior derecho

venid a donde a de berse

oy que mi padre el acierto

fia a tantos pareceres

quien con titulo mas Justo

el mando heredar merece .

Ptog. 18

13

A pte

Irene.

ya que el triunfo no he logrado

logro el saber de esta suerte

para asegurar mi pecho

que mis meritos no ofende

Hipólito pues no juzga

por mayores los de Fénix

Vase yrene dejando el papel a su ermana pa q lo lea

A pte y vase

Lisandro.

quita bentaja a su ermana

Fénix cuando sola quede

sabra

Hipólito.

para esta ocasión

que los musicos trajeses

mande

Vase

Moscatel.

ya estan prevenidos

Fénix.

quedar vien con las dos quieres

supuesto que nos ygualas

Hipólito.

aunque mi eleccion parece

que os ha igualado otro intento

en su nota se contiene

Fénix.

pues que intención reservada

a tu pecho cifrar puede

Cantan dentro

Música.

a quien amarais cavillo

ya lo e dho sin decillo

Hipólito.

por mi esta letra responde

Fénix.

un afecto conpreende

que se dice sin decirse

Hipólito.

lo mismo el papel te advierte

pues aunque a yrene y a ti

ygual aplauso os concede

otro es su fin

Fénix.

Luego as echo

que dos intentos encierren

en unas mismas rasones

Hipólito.

si

Vuelba Fénix el papel a Hipólito y diga leyendo Hipólito

Fénix.

pues tu le esplica

Lee

Hipólito.

atiende

Mi sentencia ya conforma el amor

dice lo que siente que a Fénix yo amara

y a Irene ygualmente su boto declara

juzgar no podrá cual es la inferior

la razón de Irene de Fénix asido

vencer no pretenda aquí la deydad

pues en tal contienda en gracia y beldad

ninguna hacer biene la que ha preferido

Lee

Hipólito.

por no acer a Irene agravio

quise que casi le entendiese

pero su sentido es otro

y su metro diferente

espartiendo sus renglones

y leido desta suerte

Mi sentencia ya

dice lo que siente

y a Irene ygualmente

juzgar no podrá

conforma el amor

que a Fénix yo amara

su boto declara

cual es la inferior

la razón de Irene

vencer no pretenda

pues en tal contienda

ninguna hacer biene

de Fénix asido

aquí la deydad

en gracia y beldad

la que ha preferido

Ptog. 19

Hipólito.

defendiendo

aquí la deidad,

gracia y beldad

la que ha preferido.

Fénix.

Aunque en aqueste litigio

en favor mío sentencies,

decir que vencí no puedo.

Hipólito.

¿Por qué?

Fénix.

Porque a dejar vuelves

tan soberbias como estaban

las presunciones de Irene,

y la victoria confusa;

pues siendo ella quien la pierde,

no lo sabe.

Hipólito.

Este silencio

debieras agradecerle.

Fénix.

Ya estimé el haberte puesto

de parte mía, con ese

ingenioso ardid que fue

mudo a un tiempo y elocuente

intérprete tuyo.

Hipólito.

Antes

que tú sus cifras leyeses,

pudieras notar en mí

obras que mejor se entienden.

Fénix.

¿Dónde?

Hipólito.

En los ojos, que siendo

del pecho correos fieles,

están diciendo: "Aquí yace

un alma muerta por Fénix".

Fénix.

Si la llama que en ti arde

tan vivamente la sientes,

¿cómo la ocultas?

Hipólito.

Porque hay

respetos que lo requieren;

pues esto es negar a todos,

para que menos se arriesgue

un pensamiento que osado

busca tu esfera luciente,

darte la preeminencia

que a ti sola se te debe,

tan de justicia librando,

con artificios corteses,

a tu hermana de un desaire

y a mí del yerro de hacerle.

Y esto ando a aconsejarme

mi cuidado sagazmente,

en aquellos versos que ya

presumo que a cantar vuelven.

Músicos.

A quien ama, pajarillo,

ya lo ha hecho sin decillo.

Salen Irene, Seleuco y Lisandro.

Irene.

La letra que oyen cantar

de algún cuidado procede,

que se calla y se publica.

Hipólito a Fénix quiere,

y se cauteló de mí

mostrándose indiferente

en aquel papel.

Seleuco.

Ya juntos

los discursos más prudentes,

viendo la dificultad

y que para decidirme

no hay más acción en la una

Ptog. 20

Seleuco.

que a la otra que se os debe

aqueste derecho a entrambas

tan uniformemente,

y reparando advertidos

que le amenaza inconveniente

futuros esta igualdad

con que a las dos pertenece

el señorío que trate

de casaros me previene,

y que en habiendo juntado

pretensores diferentes

para este fin la que antes

a ser elegida acierte

del más valiente de todos,

de Seleucia el trono herede;

porque os habéis de casar

sin exceder nuestras leyes,

pues destas y la costumbre,

que las veces que cayere

la sucesión del estado

en mujer, haya de hacerse

público en todos los pueblos

que nuestro país contiene,

que merecerá su mano

el que osado se atreviere

a mantener la campaña

solo a cuantos combatientes

por espacio de seis lunas

a conquistarla vinieren

y a disputar con la fuerza

sus méritos y su suerte;

pues entre nosotros es

aquel que adquirido viene,

en peligros no comunes,

nombre de osado y de fuerte,

capaz de obtener honores,

dignidades y laureles;

y así a cualquiera la ley

que esta provincia establece

por el valor le habilita

para que a Fénix o a Irene

la elija después de haber

en término de seis meses

vencido a cuantos la Fama

con boca y oídos atiende

y anúnciela en Sicilia

por permitir que solamente

el más osado a tan grave

pretensión pueda oponerse,

sin que sea menester

que otra calidad le apruebe,

y dar lugar a que aspire

el atrevido a tal suerte,

y es acercarse del premio

a cualquiera que se hiciere

entre nosotros temido

con hazañas evidentes,

y el tirano necio abuso

tal estimación adquiere.

Ptog. 21

Seleuco.

aquel que de la razón

menos el aviso obedece,

y las acciones indignas

le afean, es concederle

que pueda merecer más

con lo que más desmerece.

Van.

Peregrino.

Y vuestra justicia ha de

más oscura quedar, Fénix,

pues la juzgáis apasiona,

amor siendo contingente,

que el vencedor sea amante.

Vámonos de aquí, Lisandro, Roberto.

Pues, ¿no me dirás qué tienes?

Sí diré, pero mejor

será callar si se advierte

de Fénix brío a deducirte.

Mal juzgará a cuál se debe

la elección.

Seleuco.

Igual a entrambas

es el partido y conviene,

ya que faltó vuestro hermano,

y ya que equivoca en Fénix,

y en ti está la sucesión,

procurar que desta suerte

de herederos abintestados,

la que de vosotras fuere

elegida, porque en duda

tan litigiosa y pendiente,

lo que erró naturaleza,

naturaleza lo enmiende.

Irene.

Que a tantas neutralidades

y a obediencias tan crueles

me rinda por ti, y que el cielo

igualándonos quisiere

que me compitas en todo.

Fénix.

A mí no me turba el verte

siempre mi competidora.

Irene.

Pues yo es fuerza que me queje

de que al paso de la mía

ande tu fortuna siempre.

Fénix.

No me pesa de que ya

la definitiva llegue

de tu emulación.

Aparte.

Irene.

Fiada

en Hipólito parece

que blasona.

Aparte.

Lisandro.

En este caso

señalarse el valor debe.

Aparte.

Hipólito.

Voto, en aquesta ocasión

se anticipe o pierda a Fénix.

Dentro cajas y clarín.

Fénix.

Este militar estruendo,

¿de qué ignorado accidente

nace?

Sale Moscatel.

Moscatel.

Un robusto mancebo,

al parecer feroz huésped

de algún risco, pues le viste

de toscas, manchadas pieles,

viene de otro acompañado

que en una rodela ofrece

un cartel.

Al son de la caja y el clarín salgan Peregrino y Roberto, que traerá una rodela con un cartel escrito en ella.

Ptog. 22

Peregrino.

Sea notorio

a cuantos mi voz atienden

que yo, peregrino, habiendo

sabido que se promete

de Irene o Fénix la mano

al que en público sustente

que en fortaleza y denuedo

no habrá ninguno que llegue

a igualarle, desafío

a todos los que valientes

o temerarios conmigo

a competir se atrevieren,

ya en la estacada sangrienta,

esgrimiendo aceros fuertes,

ya en la lucha, como al oso

en el monte le acontece,

cuando recelar mis fuerzas

a brazo partido suele,

ya en el salto o la carrera,

adonde veloz parece

que apenas aja la yerba

mi planta que al viento excede,

que en estas pruebas bizarras

y en las demás que se aprenden

en las escuelas de marte,

mi mérito haré evidente,

sustentando en la palestra

que me toca y me compete

a mí solo un bien tan alto;

mientras la luna seis veces

cumple el curso que su esfera

cuartea en giros lucientes.

Aunque no conozco origen

solar y lustre ennoblece

la naturaleza mía,

pues de mis obras desciende,

mi flecha abate a sus tiros

cuando el antojo apetece,

en tierra y aire, y aun

nadie en el poder me excede

y en la opulencia, pues dos

elementos me obedecen;

y esas montañas me vieron

rechazar armadas huestes,

en cuyo sitio fragoso

vivo seguro y rebelde

a los hados, y aunque el sol

abrase y el austro yele,

no contemporizo al tiempo,

pues en mí las desnudeces

que permite ardiente el julio

son abrigos del diciembre.

Vengan de cuantas regiones

Febo alumbra y resplandece,

desde el polo en que se apaga

hasta el polo en que se enciende,

competidores ufanos.

Ptog. 23

Roberto.

mis robustos bríos prueben,

disminuyendo sus temores,

con el esfuerzo aparente,

con las militares gallas

y los dorados arneses,

que yo de un adelantado

dueño he de ser, aunque pese

a todos, y aunque estos campos

de aventureros se pueblen;

esto es lo que publico

en el cartel que patente

dejo aquí, porque a noticia

del mundo mi intento llegue.

Vanse, dejando Roberto el cartel en el tablado, y suenan. Tocar cajas, clarines.

Fénix.

Que su bárbara arrogancia

a tanto pueda atreverse,

no es ley, sino tiranía

la que su arrojo consiente.

Hipólito.

Yo castigaré su exceso,

yo he de seguirle.

Fénix.

Detente,

Hipólito.

Irene.

Enfrena el paso,

Lisandro.

Fénix.

Pues si lo quiere

el precepto de mi padre...

Irene.

Pues si el fuero le defiende...

Fénix.

Si estorballe es delito...

Irene.

No es cordura el oponerse

a derogar una ley.

Moscatel.

Mejor será contra este

mantenedor jabalí

hacer soltar los lebreles.

Fénix.

¡Yo expuesta a tal contingencia,

cielos!

Irene.

¡Deidades celestes!

¡Yo a ser elección de un monstruo

rendida!

Vase.

Fénix.

Hoy nace y hoy muere

mi amante empleo, a las manos

deste impensado accidente.

Vase.

Irene.

Mas deste daño temido

perdono el ahogo, a trueque

de que en él nos mancomune

a mí y a Fénix la muerte,

y de que estos, de su amor

si mis sospechas no mienten...

Hipólito.

Lisandro.

Lisandro.

Hipólito.

Hipólito.

Deuda

es que a librallas se preste

el valor.

Lisandro.

Lo propio siento

yo también.

Aparte.

Hipólito.

Si los lucientes

rayos del fénix le animan

a que por ella se arriesgue...

Aparte.

Lisandro.

Cuál de las dos habrá sido

la que tanto osar le mueve.

Hipólito.

Sabe mi pecho...

Ptog. 24

Lisandro.

Saldré

de dudas.

Hipólito.

Mi amigo eres.

Lisandro.

Y me has de asistir,

ya,

mi parcial, y has de valerme.

Hipólito.

No excusar la lid me toca.

Lisandro.

Y ya es forzoso que acepte

el duelo.

Moscatel.

Aunque hayan bailado

en el molde de Olofernes,

no teméis.

Todos.

Arduas empresas,

fortuna y valor las vencen.

Jornada segunda

Ptog. 25

Los celos contra los celos.

20

Salen Seleuco y Lisandro.

Seleuco.

Lisandro que decuidados

porfiadas geras arman

Contra el pensamiento mi

inquieto pais del alma

Lisandro.

no ai tal creer señor

al que menos sobresalta

el yelo de el inbierno

al surto de las montañas

quien fidel salbocunduto

con que a ley de afianza

tal fortuna se promete

Seleuco.

muchos de probincias barias

an benido probocados

de la grosera arrogancia

de aqueste barbaro

Lisandro.

Y cuantos

Se incitan a la batalla

por amor o congruenzia

o porque amparan las damas

la antigua caballería

en sus fueros nos encarga

eridos o muertos quedan

no ai día que con infamia

nuestra, y banagloria suia

peregrina la canpana

a costa de alguna vida

rompe mas no desmaya

abista delo que benze

Seleuco.

el balor de los que faltan

el pecho de los remisos

Ptog. 26

Seleuco.

que el estatuto señala,

se va perdiendo, y perdidas

juzgan vanas esperanzas;

y rige, y siente, o pese,

a injustos que a tantas

pretensiones ha introducido

un sujeto de tan vastas

prendas, que desdice de hombre.

Lisandro.

En todo

no hay seña humana

en él, si no es la ambición

que ha disculpado tan alta,

el ánima, y ansí su pena

es justa.

Seleuco.

Otra me contrasta,

que es vuestra gallardía.

Lisandro.

Denegalda,

¿y de qué causa

Seleuco.

nace?

Ya lo ves, pues siempre

hice de ti confianza,

lo que me obligó a entregarte

aquel inocente, en su infancia

baldón, que guardado

de soldados y murallas,

y retirado de todos

en un inexpugnable alcázar.

Lisandro.

Por él

yo sé que encubierto

mandaste que le criaran

sin darle a entender quién era,

porque la especulativa

de proporción previno

en la mal penetrada

campaña de las estrellas,

y fijos, en quien retratan

nuestros hados, oh divino

oráculo, amenazaba

aquel portento encendido

del pecho, aunque se allana

en su horóscopo tu juicio

a influencias encontradas,

pues te había de librar

de una accidental desgracia;

también, y de aquí pudieras

colegir que es sentenciada

la que pretendes medir,

y a precipitadas distancias

para acertar que un propio brazo

te arriesga a un tiempo y te guarda.

Seleuco.

La credulidad confunde

a unas antorchas sagradas,

y aunque alcanzo tanto en ellas,

debo creer, y así llamada

de una duda a despertar,

o de vana mi desconfianza,

porque apenas he llegado,

si la aprensión no me engaña,

que este Hipólito es el hijo

cuya secreta crianza

encargué a Juan.

Lisandro.

¿De qué

lo has inferido?

Seleuco.

Las señas

son, los varios cuidados

que mi discurso fraguaban;

consulte mi gravedad,

antes responda a mi instancia

el mismo a quien diste el ser;

en ti se verá o se amenaza,

cerca está de ti tu pecho,

crea a la segunda causa.

Ptog. 27

Seleuco.

austeridad, como el cielo

quiso que un indicio añada

para mi desvelo, y fue:

hoy, al salir de una cuadra

la puerta para pasar

a otra, vi que al paso estaba

con el acero en la mano

Hipólito; y preguntada

la ocasión, me dio a entender

que le sacó de la vaina

para probar de la hoja

el brío, porque esperaba

dar muestra de él. Y, opuesta,

atento a la disimulada,

peligró la competencia.

Y, aunque extraña y desusada

razón, puede ser que a cual

quier otro fin agitara,

y que así desmesurasen

sus traidoras confianzas

deste joven, este monstruo

que a ser de mi vida parca

nació de mi propia vida;

pues cerca de mí se halla,

como el oráculo dijo,

y providencia me manda

dar a las causas segundas

crédito; y es soberana

deidad, para que recele

en Hipólito. ¡Oh, infausta

constelación, que al impulso

de patrio celo le arrastra!

Y si a la amazona mi duda

halla en él que fue, declara

suya condición, la cual

algún minotauro alcanza.

No dudo por el suceso

pudo ser que con la fama

de que era mi rival, hubiese

dado aviso a la Infanta

para encubrirse mejor,

y que esta verdad declara,

sepultada en el silencio,

por su muerte recelada.

Su edad también lo confirma;

y aunque mejor le desmienta

a un tiempo, como a los once

cuadernos de luz, se hallan.

Lo peor por lo más cierto

juzgo; pero si acaso

has de apurar de tan graves

temores, por bien se engaña,

que a fabricar un recelo

cualquier conjetura basta.

(Aparte.)

Lisandro.

Si esas inquietas fantasías,

presumiera anticipadas,

labran al seso desengaños,

con que a Hipólito le apartan.

Alguna duda varia,

mi amistad, de cuya tasa

no busca más sospecha

que el error, con porfiada

obstinación de matarle.

La inicua acción rara,

a Hipólito era forzoso

que en su rostro se aclarara

las turbaciones manifiestas.

Seleuco.

Viene...

su vista me agravia,

después que tomo esta duda.

Ptog. 28

Vase.

Seleuco.

¡Oh, astrología presaga,

del mal o el bien cuanto adviertes!

Sale Hipólito.

Hipólito.

Irene, Fénix turbada,

mirando de estos jardines,

que son del campo atalayas.

Lisandro.

Los triunfos de Peregrino

el poco tiempo fue falta

para que el término cumpla;

a cuya marcial tardanza,

de los que a ver debemos

abandonar la demanda.

Hipólito.

De averiguar quisiera

y en amigable alianza

muestre esta curiosidad,

no es culpable, por qué causa

el combate acechas.

Lisandro.

Yo

lo mismo te preguntara,

a no estar mal recibido,

que nadie de lo que callan

saber intente.

Hipólito.

El pretexto

que el duelo campal me llama,

lleva por norte un favor

deseado, que hazañas

dificulta aun ninguno;

sin tan recíproca paga,

las busca, pues amor gaste,

negado el premio que encanta,

y no más que por hacer

ostentaciones bizarras,

la natural contradice,

y a su violencia me arrastra,

que si no cabe en lo libre...

Lisandro.

De aventura mientas falsas,

a mí también me aconseja

aquel lince de las almas,

alado Dios, que volar

Hipólito.

hace a los demás sin alas.

¡Azar de mi amor! Así fiera

que nuestra amorosa llama

se encontró así con un sujeto

propio.

Lisandro.

En lo mismo repara,

y por lo mismo fineza,

desde aquel día obligada

en cuyo confuso empeño

que mi verdad peligrara

a no asistir al dudoso.

Hipólito.

Dos bellezas así idolatra.

Lisandro.

Sicilia e igualmente

aquella

que conseguir con las armas

quiero, es la más superior.

Hipólito.

La que intento con mi espada

merece exceder a todas,

y pues ya de ti fiada

mi afición...

Lisandro.

Ah, pues de ti

puedo confiar mis ansias,

te declaro...

Hipólito.

Te confieso

Lisandro.

que es a quien mi amor me enlaza.

Hipólito.

Que la de mi gusto es...

Tocan trompetas y cajas, y sale Moscatel.

Moscatel.

Esta competencia ensaya,

avisan que ese feroz

y de la turca alharaca...

Ptog. 29

Moscatel.

pretensiones pudieran sino

se llenan de sus granas

el inbentor de sedas

soberbio en su prenda q[ue] aguarda

por un mar al q[ue] ahora ofreze

a la empresa que de hazañas

el prinzipe Yrene Fénix

a los miradores bajan

destos amenos jardines

y para que aldeana

a de prezedir primero

la lizenzia Reserbada

a cualquiera de los dos

y a mi que a de darla

que conponga armoniosa

tal conbatiente canpaña

también y a un mismo tiempo

se oyen bozes alternadas

a quel severo decreto

que el lanze de

al que se da

que proibe o le conzede

q[ue] a dulze consonanzia

a lis q[ue] a de conduzirme

y animada deja la vatalla

(ap[ar]te)

(ap[ar]te)

Hipólito.

Interrumpió lisandro

me a dejado en la maior calma

y al descubrir su pecho

q[ue] ydolo enbaraza

(ap[ar]te)

Hipólito.

Este marzial aparato

fenis llega quiero ablalla

por que me remita el logro

de mi dichosa azaña

q[ue] el merito de Amor

parezia

Salen Fénix, Irene y Lucrecia.

Fénix.

Si es tan contraria

como asta a qui al intento

de la que le patentizaba

(por Fénix le dice el pecho) ap[ar]te

Lisandro.

Bimos de ber

cual quiera

que a tal Riezgo se adelanta

de muchos deja enbediada

Irene.

Su fortuna

(Con ella y por lucrecia) ap[ar]te

(vase)

Fénix.

Y su amor

pues el q[ue] ya por otra quiere

su suerte en si pues aguarda

Seleuco.

Pues suene el publico bando

que avisen con entrada

Lisandro.

Dulze armonia

ya espera

seleuco luego me llama

como a hecho con todos

para la sangrienta vatalla

la bocal sonora seña

Moscatel.

Y si a la musica marchan

en pasos de torneos

y ella en pasos de garganta

Si una mujer a de cantar en los versos que se sigen, o atrabejandose y ablando el tiempo que tardara en cantarlos, Responderan otras bozes desdel bestuario aconpañadas de cajas o clarin.

Música.

Oy con que pronunzia

de la dea grabiada

la deidad del amor

que su queja convoca a la venganza

Ptog. 30

Dentro.

Al arma, al arma.

Adentro música.

Música.

El nuevo aventurero

premie que combata,

por dos premios tan grandes

que solo a uno por su valor iguala.

Dentro.

Al arma, al arma.

Música.

Vengan a ver la arena donde

en tajos y reparos

se disputan victorias,

siendo los argumentos las batallas.

Dentro.

Al arma, al arma.

Hipólito.

A la vuelta de mi amor,

Fénix, es tan desastrada

mi opinión, mi fineza,

sigo para sacar la cara

desta ocasión el premio

no pido que otros alcanzan.

Moscatel.

Hombre, ten de la vida...

Fénix.

¿Qué intentas

con temeraria

resolución estorbar

me importa?

Hipólito.

A mi ruego casi al...

Fénix.

Para conquistar mi mano,

en aventura tan ardua,

¿pretendes que os dé licencia?

Hipólito.

Señora...

Moscatel.

El brío le engaña.

Hipólito.

Para el riesgo la pretendo,

que no para la esperanza.

Moscatel.

Como ha poco que las letras

dejó el bozal en las armas,

y más ahora, a pelo lucido...

Fénix.

Es honesta alabanza

manchada

la batalla, justo acuerdo

será encubrirte la causa.

Os provoco ahora.

Hipólito.

Defensa...

Fénix.

Si alcanzara

que el mérito de pedirla

es galardón el darla...

Hipólito.

Esto escucho cuando temo

penar mientras verte avara,

ser de un dueño tan horrible

de edad tan avanzada,

o qué podrá el que, dudo,

tu ferocidad abata,

lisonjearse porque el triunfo

la ocasión ha de arbitrarla,

siendo lucir a más noble

juventud de toda Italia

y Grecia ha de estar mirando

mi vergüenza y su hazaña.

La promesa que a ninguno

se le niega, a mí me dilatas,

más porque ¡ay de mí! un imperio

me la difiere.

Fénix.

Quien trata

de merecer obedece

y no examina.

Hipólito.

Y quien manda

a un albedrío, ha de hacer

leyes que al honor no agravian.

Pero ya que aun la fortuna

de peligrar por tu causa

me limita, ya sabré

volver por ti, por mi fama.

Ptog. 31

Evandro.

arrojándome al palenque.

(Vase Evandro, y queda Fénix.)

Fénix.

Esperad.

Hipólito.

Tuvo su tasa

mi osadía.

Fénix.

Tiempo habrá,

Hipólito, de mostrarla

otra vez.

Moscatel.

Para otra fiesta

se deja necia algarada.

Fénix.

Y cuando yo determine

que os presentéis en las vallas,

os responderá el acento

que sirve en honras pauta,

de interpezar los demás.

Hipólito.

Las dilaciones me matan.

Fénix.

En tal caso,

no en porfías,

y niegan vuestras instancias,

y ahora mi honor que así

sus orgullos tiene a raya;

quiero de aquestos jardines,

divertida y lisonjeada,

que me acompañéis en ellos,

trayéndome flores vanas

de sus cuadros.

Hipólito.

En lo fácil

queréis que os sirva, y estorba,

no os va lo dificultoso,

fiáis.

Fénix.

El que ajusta el alma

en la milicia de amor,

aunque mucho menos haga

que los otros, sirve más,

sirviendo en lo que mandan.

Hipólito.

Y a pisar el vergel florido

por servirte, aunque me aparta

de tan glorioso peligro.

(Vase.)

Moscatel.

Maravilla es de una dama

de tan pía condición,

que estorbe a un galán que siga

donde le maten por ella.

Lucrecia.

Vos no alcanzaréis mi gracia,

Moscatel, si miro donde

por mi amor roto os hagan.

Moscatel.

¡Qué suaves los entendéis!

A mazas esta que tú amas.

(Vase.)

An.

No ha de aventurar su vida.

Lucrecia.

¿A dónde se pierden tantas?

Tu mano en este intervalo

a ser de otro arriesgada

vida.

Fénix.

Peores fortunas

trueca el tiempo y su mudanza,

que en mi atención predomina,

más que esta ley inhumana,

el respeto de mi padre;

y si en intertanto la parca

corta de el hilo a su vida,

yo en mi libertad quedara,

y de Hipólito pudiera

pasar entonces la parca.

(Salen Moscatel, e Hipólito, que traerá unas flores, y en la derecha mano alguna sangre.)

Hipólito.

Delante de ti, oh divina,

flores y rosas desmaya.

Ptog. 32

Moscatel.

Los matices,

y al cogerlas,

picándose en una rama,

se ha herido.

Hipólito.

Como la rosa

tu beldad copia, en fin, acaso

no fue mucho que picado

de tu retrato quedara.

Aparte.

Fénix.

Pues dan motivo al favor

su fineza cortesana,

y a la sangre que en su mano

mira mi misma esperanza

de esta suerte.

Hipólito.

Del tocado

se os prende una lazada.

Moscatel.

Alienta tu amor con ella,

que te recibe obligada.

Cáesele a Fénix adrede, que le coge Hipólito en el paño.

Fénix.

El acaso de ceñirle,

sin licencia, total va

de favor, quererla atar

con el listón...

Lucrecia.

Tu hermana.

Aparte.

Fénix.

Esa flor, que a la herida

de la mano le aplicara,

iba a decir; ver atenta

de Irene a la acechanza,

desmintiendo a su impulso,

vuelve al pecho la palabra.

Ha de cogerle a Fénix las flores con él, volviéndoselas.

Hipólito.

Galante...

Irene.

No es la cinta, Fénix,

para asir, serán vanas

las sospechas de mi indicio,

el alma en averiguarlas

empeñada está.

Moscatel.

De duende

el favor que yo esperaba

parece, pues en carbón

se te ha vuelto.

Sale Irene al tablado.

Hipólito.

Siempre falsas

fueron mis dichas.

Irene.

Por ti

vuelvo, viendo que tardabas,

que ya para dar principio

al combate, solo falta

que estemos las dos presentes.

Fénix.

No te admires de que vaya

tan remisa, donde tantos

lidia por hacer vasalla

la voluntad en nosotras,

viendo en mí tal repugnancia,

que ha de obedecerme es cierto.

Aparte.

Irene.

Aunque batallan

con esa ambición, librarnos

quieren de ley tan tirana;

su empresa es digna del premio.

Fénix.

Que yo la condene basta

para que el discurso tuyo

busque razones contrarias.

Irene.

Bizarro anda el que se apresta.

Ptog. 33

Irene.

aunque mire a la esperanza

por las dos.

Fénix.

No puede haber

vicaría interesada,

y un corazón con las puntas

del acero no se gana,

ni es conquista noble.

Vase.

Aparte.

Irene.

Antes,

el que deja de intentarla.

A Hipólito le animo

a entrar por mí en la estacada.

No da a entender que su pecho

de ilustre sangre se esmalta.

Aparte.

Hipólito.

Pues, Irene, si propicia...

Mi amor de este ardid se valga.

Tu licencia me franquea

del campo a la fiera hazaña,

me opondré de peregrino

en tu nombre.

Irene.

Hallaréis franca

la campaña de mi parte;

logre lo que deseaba,

y la victoria os anuncio.

Hipólito.

Por ti la espero mañana,

si el competidor de hoy

estos impulsos no ataja.

Irene.

Si Fénix ha puesto en él

su afición, con esta traza

se le quito, aunque sea riesgo.

Envidiosa de ella estaba

hasta aquí, mas ya parece

que la envidia a celos pasa.

Vase.

Hipólito.

Mi amante pulso se aliente,

pues la palestra me allana

este medio cauteloso.

Y aunque Irene esté engañada,

y Fénix no obedecida,

me expondré a la suerte varia;

pues me deja despechado

ver mi fe tan desgraciada

con Fénix, cuando creí

que aquel listón me premiara,

que en lazo de su cabello

la tersa madeja de ámbar...

Pero aunque de mí se ofenda,

sacrificarme a sus aras

con mi muerte determino.

Moscatel, tú me acompaña.

Moscatel.

Un moscatel solo es bueno

para ayudar a que caigas;

resérvame de ir contigo

y excusa aquesta andanza.

No es de amantes deste tiempo

hacer finezas tan caras.

Ya es poltrón amor, y arrompe

pocas hinchar menos altas;

y ya como no se enamoran,

andan a pie las lanzadas.

Hipólito.

¿Qué dirán si yo me excuso?

Ptog. 34

Hipólito.

los demás.

Moscatel.

¿De qué te guardas?

Ellos se podrán venir,

mas has de ver que lo rascan.

Hipólito.

¿Y con qué puedo obligar

a esta deidad siciliana?

Moscatel.

Con formache y macarrones.

Hipólito.

Tus locuras ya me cansan,

yo he de salir.

Moscatel.

Pues podrás,

para que lucido salgas,

empeñar los cartapacios

que dejó en vez de alhajas

tu padre.

Hipólito.

Necio, no intentes,

si mi designio contrastas,

porque ya para este arrojo

la reputación me arrastra

más que el amor; pues hallando

a Fénix tan porfiada

en oponerse a mis intentos,

no sé si es desconfianza

con que mis alientos duda,

o piedad con que me guarda,

o rigor con que el paso

cierra a mi amante constancia

para poder merecerla,

premiando fácil y vana

otra afición.

Moscatel.

Si a alhajas

se inclina, que hay confiadas

que hacen asco de discretos

y luego en salvajes paran.

Vanse, y toquen cajas y clarín, y dicen dentro, y salen Fénix y Lisandro.

Dentro.

¡El fuerte mantenedor,

viva!

Fénix.

¡Ah, fortuna cruel!

Peregrino otro laurel

logrará de vencedor,

pues dio su soberbio brazo

muerte al de Tracia.

Lisandro.

Aunque gana

tanto crédito, y mañana

de los seis meses el plazo

se cumple, y otra batalla

queda solamente ahora,

si tu permisión, señora,

me das, y he de acetalla,

no temeré el arrogante

contrario, de ti alentado,

que a morir vive ensañado,

quien murió de inconstante,

arde en tu luz desdeñosa.

Fénix.

Buen alivio me previenes,

aunque ya cuando vengo

tan turbada que aún dudo ahora

a ver si Hipólito excede.

Ptog. 35

Fénix.

el orden mío arriesgando

su vida y mi amor

callando.

Lisandro.

Porque en mis dudas me quede,

respondéis, mas ya mi pecho

conoce tus sinrazones,

pues en otras ocasiones

que no oí este sospecho,

con semblante agradecido.

Vase.

Fénix.

Para que un amor se apoye

la confrontación que oye

primero que un celo oído,

esos astros, que pendientes

nos sirven de resplandor,

a el instrumento de amor

sirven de claves lucientes;

y si un igual movimiento

no los mide sin unión,

suenan las almas, que son

las cuerdas deste instrumento.

Y pues el hado dispone

que amor sea una armonía,

que, en simpatía del día,

o destempla o descompone,

no me atribuya sus males,

pues contrarias diferencias

hacen unas influencias

consonancias desiguales.

Lisandro.

Quien tal desengaño alcanza,

no halló más apelación

que la desesperación

para la triste esperanza.

Fénix, pues pagas mi fe

con un rigor tan desnudo,

y tan poco mi amor pudo,

de presto me mudaré.

De amarte a expirar por ti,

quise alentar mi sufrimiento,

y ambicioso y alto intento,

porque Irene desde aquí

tu deidad, no menos bella,

si en la lid me desempeño,

será desidia un empeño,

que yo lo seré por ella.

El laurel que indiferente

ha estado a ver que le den,

y haz de cuenta que su desdén

se le quita de la frente.

De peregrino el trofeo

por ella voy a emprender;

mi empresa, Irene, ha de ser,

su mano es la que deseo.

Vase Lisandro, y salen Moscatel y Hipólito por la otra parte al tiempo que pueden oír los dos versos últimos.

Hipólito.

Mi empresa, Irene, ha de ser,

su mano es la que deseo,

ya de Lisandro el empleo

con esto llego a entender.

Ptog. 36

Hipólito.

y pues causan mis desvelos

Fénix, y él amando está

a Irene, en los dos no habrá

enemistades de celos;

pero, supuesto que hallar

cansada licencia espero,

antes que otro llegue, quiero

ocupar, ciego, el lugar

de la última refriega,

mas no sé, viendo que Irene

campo al duelo me previene,

y que Fénix me le niega,

de cuál es más admitida

mi fe.

Moscatel.

Ninguna te ama,

que una te arriesga la fama

y otra te arriesga la vida;

y tú en tan loca intención

perseveras.

Hipólito.

Es preciso,

y, pues que ya el sitio piso

adonde está el pabellón

de Peregrino, pretendo

que sepa que le compite

mi esfuerzo, aunque altivo imite

los gigantes que, añadiendo

monte a monte las esferas

intentaron escalar,

mi voz escuche a pesar

de sus arrogancias fieras,

y para hacerle patente

que mañana aquí le aguardo,

y luego que el ocaso pardo

suceda al dorado oriente,

mis pasos le buscarán,

adonde, de horrores cercado,

esté.

Vase Hipólito por una parte y por otra salga Peregrino.

Peregrino.

¿Quién me irrita osado?

Moscatel.

Sobre mí viene el jayán.

Peregrino.

¿Eres tú?

Moscatel.

Infeliz me llamo.

Peregrino.

¿Quién busca su fin cruel?

Moscatel.

Si pesara Moscatel

tal roncar que echa su amo.

Peregrino.

Si el caballero postrero

eres, a morir te apresta.

Moscatel.

Lo que a un pícaro le cuesta

el parecer caballero.

Peregrino.

Tu cabeza a la belleza

que amas, daré.

Moscatel.

Hermosura

en palacio es desmesura,

y es policía el dar la cabeza.

Peregrino.

Para estorbar tu castigo

la defensa te faltó;

¿tienes armas?

Moscatel.

Sí, mas no

las traigo todas conmigo.

Peregrino.

Pues acaba de elegir

cómo habemos de pelear.

Ptog. 37

Peregrino.

a que quieres apostar

con mis fuerzas

Vase.

Moscatel.

a huir.

Salen Hipólito y Lisandro por diferentes partes.

Peregrino.

Por cobarde no le sigo,

y a conocer he llegado

que no debió de ser ese

el que con acentos vanos,

atrevido, me intimó

su desafío, aplazando

para mañana mi esfuerzo.

Pues, ¿quién será el que, engañado,

sus humildes presunciones

opone a mis triunfos altos,

siendo solamente uno,

para conclusión del plazo,

el que de vencer me falta?

¿Quién es el que temerario

ha malogrado el aviso

del escarmiento de tantos,

de cuyas míseras vidas

son sepulcros estos campos?

¿Quién desposeer me quiere

de los repetidos lauros

para litigar la palma

que los otros no alcanzaron?

¿Quién me apercibe y me avisa?

Lisandro.

Yo te busco.

Hipólito.

Yo te llamo.

Lisandro.

Mas, mi amigo, y yo en un propio

intento nos encontramos.

Hipólito.

Pero al postrer desafío,

también se ha opuesto Lisandro.

Vase.

Peregrino.

Los dos venís, cuando es notorio

que el término limitado

a un aventurero solo

no más, le permite el campo.

Ajustad cuál de vosotros

ha de ser el que a este rayo

que en mi diestra se fulmina

se ha de atrever, esperando

afianzarme cuerpo a cuerpo

mañana la hermosa mano

de Irene, o Fénix, o el trono

supremo del principado;

y si en esto convenidos

no quedáis, para excusaros

a entrambos de diferencias,

yo lidiaré con entrambos.

Hipólito.

Impensadamente veo

que venimos a estorbarnos

el uno al otro, y así

mediar quisiera guardando

en su justo los respetos

a lance tan extraordinario.

Pero advierte que el principio

ha de ser de conformarnos,

pedirte que por mí hagas

lo que no es fácil.

Lisandro.

Ingrato

me arguyes si en mi amistad

Ptog. 38

Hipólito.

Difícil nada has juzgado,

pues la adición que tener puedes

de ser altivo aprobado

desta agonal competencia,

porque te trujo el acaso

a ocuparle al mismo tiempo

que a mí, te ruego, Lisandro,

que me cedas.

Lisandro.

Mucho ha sido

lo que de un ruego has fiado,

y no es el vano recelo

prevención para negallo,

pero te pido, pues ya

me ves asomar al teatro,

públicamente ofrecido,

que para dejar a salvo

mi honor a la voz común,

busque mi intención resguardos,

sin forzarme te prestes,

si es posible, a que a mi daño

te renuncie la batalla.

Hipólito.

Tu honor corriera en tal caso

peligro, cuando no fuera

tu valor notorio, y cuando

no te hubiera enseñado el mundo

con ejemplares bizarros

lo que un amigo por otro

puede vencer, ya confesando

lo que pido, mi amor fue

quien me obligó, sin agravio

del tuyo, pues ya la causa

no ignoro de tus cuidados,

y sé que no es la propia

que yo quiero, confesamos

conformes en esta parte;

y yo en la instancia te hago

con más disculpa.

Lisandro.

Pues deja

porque no quede afeado

mi crédito, que yo emprenda

la victoria, y si la alcanzo,

te sabré dar la hermosura

que pretendes, graduando

mi elección en el segundo

lugar.

Hipólito.

Con ajeno brazo,

con ajena valentía,

y con ajenos aplausos,

se había de coronar

mi amor, teniendo ocupado

el corazón para el premio,

y ocioso para el estrago;

no lo presumas ni intentes,

que me desdore aceptando

las vanidades tuyas

con términos poco vanos,

que argüirá en mis oprobios

Seleuco, si por humano,

Ptog. 39

Lisandro.

Por ser una de sus hijas,

y si yo te cedo el campo,

después de aplacalle el mundo,

¿qué dirá de mí?

Hipólito.

Falta eso,

imperio de la amistad,

tan noble feudo has pagado.

Lisandro.

Lo que fue amistad quien viere

tan formidable al contrario

lo interpretará a temor.

Hipólito.

Por una fineza algo

se ha de aventurar.

Lisandro.

Es cierto,

mas no en los dudosos casos.

Hipólito.

Pues ya que aquesta balanza

pesa poco, en ella cargo

la memoria de aquel día

en que me puse a tu lado

por librarte.

Lisandro.

Pues no quede

mi agradecimiento escaso,

yo te remito el combate,

aunque a mi amor propio falto

por ti.

Hipólito.

Será otra deuda,

también es andar honrado.

Lisandro.

Así pago aquella deuda.

Hipólito.

Y yo confirmo contrato;

aquí lo ofrezco sujeto,

que dejaré reservado

para su amor el sujeto

que adoras.

Vase.

Lisandro.

En eso quedamos,

de que he de querer a Irene,

y sabrá que estoy amando

a Fénix, pues de mi pecho

borrarla pretendo en vano,

aunque hoy prometí vengarme

de sus desdenes ingratos.

Hipólito.

Lisandro, mucho me obligas.

Lisandro.

Mucho en mí has facilitado,

Hipólito.

Hipólito.

Nuestra unión

que es indisoluble lazo.

Lisandro.

Lo pudo allanar

que triunfes;

guiarán los prósperos hados

mañana.

Hipólito.

En esa fortuna

tú también interesado

serás.

Lisandro.

De tu fe cobro.

Hipólito.

Unidos los dos vamos.

Lisandro.

Fénix, a este trance apelan

mis quejas.

Hipólito.

Por ti empeñado.

Ptog. 40

Fénix.

Ya nada recelo,

solo en amar voy dudando.

Vanse, y sale Irene, Fénix con acompañamiento y dos mujeres cantan.

Irene.

Ya te dejo en la noche fria

de los doblezes del umbrio manto,

y el gran concurso puebla la palestra.

Fénix.

Ya en su oriental balcón el sol se muestra

con luminoso exceso

a ser juez del último suceso.

Irene.

El orden mío ahora

empiece a publicar tu voz, señora.

Fénix.

En mi nombre tu acento

informe la atencion, suspenda el biento.

Irene.

Hipólito sabrá desta manera

el permíso le doy que de mí espera.

Fénix.

De Hipólito el intento así reprimo,

y mi seguridad de nuevo ánimo.

Las dos que cantan con rebozo han de estar en la punta del tablado, y saldrán cantando e irán atravesando poco a poco; tocando, se retiran por distantes partes. Rematado esto con la música, clarines y cajas.

Primera.

Aquel que en la incertidumbre

de la marcial competencia

oy el laurel solicita,

venga a merecerle en ella.

Segunda.

El que su dicha busca

en la feroz contienda,

retire del intento

sus osadias ciegas.

Primera.

Favorable le permite

el galán don que le alienta,

que atreviéndose al peligro...

Segunda.

Su esperanza sea cierta,

que a valer no presuma

con banas diligencias

en el favor dichoso.

Primera.

Adonde en la lid ciega

si el merito se abentura

para el premio que interesa

gradua en el balor.

Segunda.

El merito y la fineza

si presume que obliga

en tan ardua experiencia,

con el servicio anexa

la misma recompensa.

Con el abíso crea

que bencer a el amor no está en que venza.

Primera.

Venga a oponerse venga,

que no prefiere amor sino a firmeza.

Aquí cantan.

Irene.

Hipólito para ser

en estas lides que hoy cesan

el último opositor

es el que en las justas entra.

Justo será que obligada

compense mi presencia

el brío conque de todos

las atenciones se lleba,

pues parece que es mi abíso...

Ptog. 41

Vase.

Irene.

Anoche que le obligó

de quitar este trofeo,

a Fénix estoy contenta.

Fénix.

Cielos, ¿qué miro en la brava

de mi turbación la sala?

No pido, Hipólito; allí

tu presteza miro, quiebra,

y da a entender que obedece

lo que Irene persuade, y fía

en fe de mi permisión

a la fatal contingencia

la vida, como si amor

ha ocasionado una queja

tan injusta en mi cuidado.

Sale Hipólito y Moscatel a un extremo.

Hipólito.

Ya vengo a satisfacerla.

Fénix.

Mal podrás cuando mi pecho

en el tuyo experimenta

una doble falsedad

y una libre inobediencia.

¿Que yo, viendo tu amor, cedí

lugar que al menos vieras,

debajo de aquel estilo

que un amante fiel profesa,

suponiéndome tan dueña

de tu acción, de tu fineza,

y de ti, como lo es

el que en un súbdito impera,

autoridad de un dominio,

y en fe de aquesta certeza

vengue para un examen,

tanto, solo mi licencia;

si te callé las razones

que a no dártela me fuerzan,

prometidas a mí el decirlas

como a ti el obedecerlas,

pero tú, menospreciando

mi prohibición, intentas

valerme para contigo

de soberana fiereza,

pugnando el oficio mío

dar la posesión suprema

de mi mano, lo remites

a la suerte y a la fuerza;

determinación tan grave

quieres que los dos resuelvan

sin consultarla a mi fuero.

Siendo el primer voto en ella,

¿no hubieras fiado algo

de mi arbitrio, al que se cercan

tan fuertes dificultades?

¿Y franqueado no hubieras,

con el sufrimiento huyendo,

tal linaje de violencia,

mostrándote tan rebelde?

A mis órdenes me niegas

el privilegio mayor

que me dio naturaleza,

que entre aquellos afectos

que a una mujer se encierran.

Ptog. 42

Fénix.

Es el de la vanidad

el que sobre todos reina,

el fin de amor en nosotras

no es como los hombres piensan,

el poseer la persona,

sino el albedrío de ella,

y así nuestra inclinación

a ser amadas nos lleva,

más que no porque nos amen,

es porque nos obedezcan.

Pero, ya que estás resuelto

a fortuna tan incierta,

no es tiempo de persuadirte

que a espaldas al trance vuelvas;

quedar bien a tu primera,

peor lugar el desaire

que te dio la inobediencia.

Prosigue en tu arrojo, ya

que a otra suerte estoy expuesta.

Como el premio que se gana

a la justa o la carrera,

pisa el sangriento astillero

adonde el quinto planeta

parece que adverso a todos

mortales amagos flecha,

y si consiguiendo el triunfo

consigues que tuya sea,

a quien tendré más tiempo

de castigar esta ofensa.

Aunque no espero ese lance,

pues me das traidoras señas

de que en aplauso de Irene

has medido en vientos aletas,

replicas para mi alarde

y pronto al orden te muestras,

de Irene su acuerdo sigues

y los míos no respetas;

y supuesto que causan

tan mudable mi sospecha,

hoy en celos el desengaño

le quite el amor la venda,

lo por venir no me asuste,

pues ya a mí lo mismo pesa,

que venzas o que peligres,

que me salves o me pierdas.

Hipólito.

Que a obedecerte he faltado

lo confieso, Fénix bella,

pero como fue el pretexto

de este error la conveniencia

de no quedarme sin ti,

mi deseo errado acierta.

Y si vieres en el afecto

que mi ardimiento aconseja,

permita aquella deidad

que mueve la inestable rueda

que contrario filo pase.

Ptog. 43

Hipólito.

mi pecho que vive amante

del amor, y de mi vida

tumba el palenque sea.

Viendo tu contradicción

a mis designios opuesta,

de la permisión de Irene

me valgo así; con cautela

de fingirme amante suyo.

Pónganse al paño por una parte Irene, y por otra Lisandro.

Irene.

Que así mi respeto ofenda

Lisandro.

que prometa reservar

la que yo quiero, y él sea

su amante.

Fénix.

Menos turbada

tu satisfacción me deja;

mas no el fuerte contendor

que ya te aguarda.

Lisandro.

Si fuera

quitarle ya la batalla,

fácil diera a mi impaciencia

esta venganza.

Irene.

Mi agravio

vengaré, si muerto queda.

Lisandro.

Que salga vivo deseo

por satisfacer mi queja.

Hipólito.

Ya es tiempo de prevenirme.

Fénix.

Quién detenerle pudiera.

Moscatel.

Ármate bien para el choque,

que si armar las manos piensas,

ponte unas vueltas al boto.

Hipólito.

De la música la seña

me provoca acompañada

de la caja y la trompeta.

Moscatel.

Como te cantan no es mucho

que ya a difunto me huelas.

Canten y toquen caja y clarín, y representen todos a un tiempo.

Música.

Venga a oponerse, venga,

el que prefiere amor al que es ofensa.

Hipólito.

¡Qué fiero empeño!

Fénix.

¡Qué ahogo!

Irene.

¡Qué menosprecio!

Lisandro.

¡Qué ofensa!

Irene.

¡Al arma, celos, al arma!

Lisandro.

¡Guerra, por los celos, guerra!

Hipólito.

Amor, fortuna, deidades,

Fénix.

hados, destinos, planetas,

Hipólito.

favoreced mi osadía.

Fénix.

Haced felice su empresa.

Finis.

Jornada tercera

Ptog. 44

Los celos contra los celos, de don Antonio.

39

Salen Irene y Lisandro.

Lisandro.

Irene, el grave cuidado

que a mi secreto fiaste,

el suceso que deseas

tendrá con la más notable

disposición que la industria

de un pecho agraviado cabe.

Ya viste, aunque lo refiero

a costa de mis pesares,

que Hipólito venturoso

halló en el último lance

de la pelea la suerte

que fue adquirida de nadie,

Irene.

y al jabalí venció porfiando,

aquel asombro, aquel marte

de los montes de Sicilia,

que huyendo a sus soledades,

vencido, la aclamación

trocó por el feo ultraje

del rendimiento; y también

ves que Hipólito, amante

de Fénix, su mano elige,

y dueño se nombra y hace

del cetro que a tantos votos

confuso tuvo y neutrales;

con que al Etna de mi pecho

y mis celos fuego añade,

que para lograr el fin

Ptog. 45

Irene.

de sus engaños le valen

los fueros de vencedor,

pues aunque debe apoyarse,

manteniendo otros seis meses

a campo sin este examen,

le aprueban y le apellidan

los nobles y populares,

al valor aficionados,

con que le vieron triunfante.

Lisandro.

El fundamento de todas

sus nuevas prosperidades

derribará la cautela;

ya que no puedo vengarme

con el acero, por verme

en término de jurarle,

por el laurel que ha ganado,

obediencia y vasallaje;

Seleuco, lleno de agüeros

y conjeturas cobardes,

que Hipólito puede ser

a dudar se persuade

el hijo que con pretexto

de que oculto se criase,

entregó a Dion, y a mí

me mandó que averiguase

este secreto, que ha sido

hacerme el camino fácil

para despicar mi enojo;

pues las que temía antes

por dudas, aquel afirma

su corazón por verdades;

hoy le obligué con decirle

que ya mi noticia sabe

que Hipólito es hijo suyo,

fingiéndolo con tal arte

y con tales apariencias,

que habiendo de celebrarse

de Hipólito el casamiento

con Fénix aquesta tarde,

a estorbarle está dispuesto,

para que Hipólito pase

de un bien casi gozado

a una pena en breve instante;

pues de aquella que aguardaba

esposa, hermano ha de hallarse,

y ha de ver que le amenazan

odios con blandos disfraces,

y peligros desmentidos

de halagos, pues vengo a darle

por enemigo a Seleuco

cuando se le doy por padre.

Irene.

Bien su ruina has trazado,

pues con estorbo tan grave

no se casará con Fénix;

y aunque el decirle que nace

heredero de Sicilia

Ptog. 46

Irene.

haga en el más tolerable

el malogro de su empleo,

solamente advierte

aqueste alivio fingido,

que mi padre acordare

en mandar que a quien venero,

disimulado remate,

por librarse del presagio.

Lisandro.

Aquí acompañado sale

ya de festivas lisonjas

y parabienes nupciales

a efectuar sus creídas

dichas.

Irene.

Presto han de trocarse

por mi venganza en penas.

Lisandro.

Estorbarlos quiero. Ensalce

a Fénix el trono augusto;

con mayor fuerza renacen

las pretensiones que tienes

de que en Sicilia te aclamen;

darte su estado procuro.

Irene.

Pues te entrabas a la parte.

Salen los músicos delante descubiertos, cantando lo siguiente, y Seleuco, Fénix, Hipólito, Lucrecia y Moscatel.

Músicos.

La unión de Hipólito y Fénix

hoy convierte en dulces paces

y en dulces guerras de amor

el que fue triunfo de Marte.

Seleuco.

El aviso de Lisandro

tiempo es ya de aprovecharle,

supuesto que entre los dos

hay obstáculo tan grande

para no darse las manos.

Fénix.

Con esto vengo a librarme

de tanto temor, Lucrecia.

Lucrecia.

El fin deseado hallaste.

Hipólito.

¡Ay, suerte como la mía!

Moscatel.

Nunca pensé que triunfase

de aquel oso en forma de hombre

para verte en este lance

tan feliz, mas no reparas

que Irene de mal talante

nos mira.

Hipólito.

Amor consigue ya

mi disculpa.

Moscatel.

No dilates

el bien que ha logrado, llega,

pues en función semejante

todos aguardan por ver

si incurre en las generales

necedades de los novios,

a que el desposado hable.

Hipólito.

Fénix, si ha de ser humano

sobre tantas tempestades

el arco de paz divino,

acaben de verse

con ella qué dilaciones.

Ptog. 47

Hipólito.

de amor son eternidades.

Fénix.

Ya cumpliendo con las leyes

y obedeciendo a mi padre,

la doy.

Seleuco.

Aguardad, que a entrambos

suspender es importante

esta determinación.

Hipólito.

¿Qué causa que la embarace

puede haber?

Fénix.

De yelo soy.

Lisandro.

Ya dicen en el semblante

su pena.

Irene.

Empiecen sus dichas

y su alegría a turbarse.

Seleuco.

La causa es tan poderosa

y está ayudada de tales

inconvenientes que fuera

en mí un yerro muy culpable

no advertirla; y, aunque el pecho

de Hipólito sobresalte

tan extraña novedad,

y desvanecida halle

la suerte que su fortuna

o su valor pudo darle,

hállala desastrosa

por la que pierde de amante,

si es cierto lo que sospecho,

y así, hasta que lo aclare,

el tiempo no ha de pasar

el casaros adelante,

que puede ser, si los fuertes

vínculos del maridaje

no os juntan, que otra estrechez

y otro cariño os enlace.

Quiera el cielo que no sea,

porque, entre anuncios fatales,

tan cerca de mí no tenga

un riesgo de que guardarme.

Lisandro, escucha.

Vanse Lisandro y Seleuco.

Hipólito.

¡Ay, mayor

abismo!

Irene.

Señas bastantes

te ha dado para que entiendas

lo que el silencio en su cárcel

tuvo hasta hoy; y, a preguntar

montes de dificultades,

tu amor, Hipólito, advierte

que, celoso nuestro padre,

dicen que también lo estorbó;

y tú, Fénix, apártale

del pensamiento, procura,

mira, hermana, que es muy grave

la circunstancia, pues hay

en ti y en él una sangre.

Vase.

Fénix.

¡Cómo es contra mí el aviso,

que, ufana de publicarle,

irá!

Moscatel.

No hubiera notario

Ptog. 48

Moscatel.

mas pronto en notificarte

el impedimento deste

matrimonio

Hipólito.

huno peor

llega al oydo

de ninguno tan notable

infortunio, yo tu hermano

que el dulce fruto al tocarle

el labio (fiero tormento)

como a tantalo me falte

que es esto ?

Moscatel.

el ser mui estrecha

esta hermandad en que entraste

pues que te obliga a que ayunes

Fénix.

En tan congojoso trance

Hipólito el corazón

para poder esplicarte

mas claramente el dolor

que te cerca y te combate

parece que deja el pecho

y que a los ojos se sale

Hipólito.

que e de hacer cuando padezco

el mas cruel de los males

descompuesto poblare

de ansias y quejas el ayre

Fénix mía mas no es tiempo

ya de que mía te llame

esposa pero este nombre

desde oy no puedo darte

centro de mi amor también

llega este cariño tarde

por nuevos la voz no encuentra

los terminos para hablarte

natural efeto es yrse

al conocido lenguage

que a poco que soi tu hermano

ya mucho que soi tu amante

amanece esposo tuyo

y como el bien no es durable

tu hermano anochezes un día

junto suertes tan distantes

de que sirvio el conseguirte

con la costa de arrojarme

de marte a las contingencias

en el guerrero certamen

que importo el triunfal aplauso

la fortuna por quitarle

aun desdichado la dicha

suele dejar que la halle

a quien no ay otro remedio

sino la ausencia si es fácil

pues ni amarte si me quedo

podre, ni dejar de amarte

en medio de nuestra llama

poner combiene los mares

porque a Riesgo esta de arder

en incendio el mas culpable

pues como ande Resistirse,

a un amor que ya es un gigante

siendo tan Recien nacidos

los respetos de la sangre

Ptog. 49

Hipólito.

que me parezcas, recelo,

si aumento en tu beldad cabe,

más bella que antes desde hoy,

por más imposible, que antes;

y así, de afecto sitiado,

mira si hay mal que a este iguale,

vengo a tener por partido

el morir o el ausentarme.

Fénix.

¿Tú ausente de mí? ¿Qué dices?

Hipólito.

No lo condenes afable,

que temo ya tus agrados

más que temí tus crueldades.

Dejarte es fuerza.

Fénix.

¿Podrás?

Hipólito.

Daño más considerable

es perdernos que perderte.

Fénix.

Y flaqueza echar la nave

al golfo, todo su empleo,

a los primeros balances.

Hipólito.

Siendo mi hermana, otro dueño

tendrás, y es bien alejarme

por no verlo.

Fénix.

¿Y el laurel

que has de heredar?

Hipólito.

¿En poder de otro?

Eso temo,

que de reinos equivale,

ningún imperio a un infierno

de celos incurables.

Fénix.

¡Quién olvidarte pudiera!

Hipólito.

¿Quién pudiera no adorarte?

Vase.

Fénix.

Fénix.

Tan nuevo accidente

a nadie ha turbado, a nadie.

Moscatel.

Consuélate, señor hijo,

de rehenes, pues te hacen

gran señor, sin contrapeso

de mujer.

Hipólito.

Corto, ignorante,

discurres, pues juzgas que hay

sin gusto felicidad,

¿y que no es mi padre Dion?

Sale Lisandro.

Moscatel.

Muchos, porque no lo extrañes,

no saben de quién son hijos,

aunque piensan que lo saben.

Pero aquí Lisandro viene.

Hipólito.

Vendrás como amigo a darme

consuelo.

Lisandro.

Mal se asegura;

no vengo sino a llevarte,

cumpliendo el orden que traigo,

a esta torre.

Hipólito.

¿Pues tú traes

orden en mi daño?

Lisandro.

El duque

mandó que yo te dejare

dentro de ella...

Hipólito.

¡Ay, más aprietos!

Lisandro.

...con guardas que te acompañen.

Moscatel.

Este es encierro, ¡ay más fiero!

Ptog. 50

7 95

Aparte.

Lisandro.

tropelias de desastres

tenerte en ese retiro

Resuelve hasta que se aclare

que tu seas hijo suyo

pues teme que an de enconarse

con tal novedad las libres

civiles parcialidades

y que aquellos que orgullosos

a Fénix o a Irene aplauden

podran maquinar tu muerte

recelando que desmayen

sus intereses si a ti

la sucesion te tocare

y assi antebiendo el futuro

daño, por guardarte hace

Seleuco estas prevenciones

no son sino por guardarse

inducido del aguero

y de las yras sagaces

de mis celos que minando

van con secreto volcanes

contra un desleal amigo

Hipólito.

Con muestras de aprisionarme

me guarda que enigma es este

y el que estasis en tu semblante

pues parece que se niega

sus agravios

Vase.

Lisandro.

no dilates

el obedecer que ocioso

es lo demas

Hipólito.

que mudarse

pueda Lisandro que causa

tendrá.

Moscatel.

con gesto de alcaide

te mira después que tiene

comisión para encerrarte

Hipólito.

a un tiempo todo me falta

Moscatel.

solo te sobran los padres

Hipólito.

confuso voy pues a tanto

laberinto de pesares

y a tanto encuentro de dudas

ya no ai discurso que baste

Vanse y salen Peregrino y Roberto

Roberto.

valiente peregrino

vuelve a palermo pues que ya previno

el pueblo mal contento

a tu bizarro aliento

el desquite del triunfo que as perdido

Peregrino.

de su intento avisado y prevenido

estoi pues e savido que me llama

aunque es impropia acaña de mi fama

para encargarme, superior empeño,

la nueva de su dueño

por haber divulgado

Ptog. 51

Peregrino.

que Hipólito es su hijo, ha conspirado

la inquietud popular mal reprimida,

libre conjuracion contra su vida,

pues los que a Fénix antes aclamaban

y los que a devocion de Irene estaban,

viendo descaecer sus ambiciones

con esta novedad, los corazones

que con discordes bandos siempre ardieron,

contra Seleuco unieron,

porque dan por supuesto

el nuevo sucesor, y fuera desto,

porque, a todos negado,

se hace odioso, pues vive retirado

venciendose de abusos agoreros

con impulsos ligeros,

y aunque la ocasión condene,

a ella mi despecho me previene

y la impaciencia mía,

irritada de haber en solo un día

perdido las victorias

que con herencias, repetidas glorias,

en plazos consegui tan dilatados,

vengareme en Seleuco de mis hados.

Roberto.

Para mañana ten apercebido

que estara descuidado y divertido

todo el palacio en el festin que tiene

por los años de Fénix y de Irene,

en cortesano trage disfrazado.

Esta determinado

que te han de conducir al cuarto adonde

Seleuco, habiendo la luz del sol, se esconde;

con el rostro encubierto,

como los del festin, seguro y cierto

hallara el paso tu cautela osada

mezclandote con ellos a la entrada.

La ocasión logra que a cobrar te incita

de la suerte lo mismo que te quita,

pues muriendo Seleuco, a pelo darse

podran aquellos propios que a fiarse

su muerte se anticiparon,

tomando tus trofeos por pretexto

para dar a tu frente

el laurel eminente.

Nada vas a perder, mata atrevido

a Seleuco aunque le halles defendido

de armadas guardas.

Peregrino.

Bien, Roberto, puedo

esperar mucho mas de mi denuedo.

Viste el nebli cuando veloz y osado,

desatando sus alas, remontado,

parece que con ellas

va templando el ardor de las estrellas;

viste como al volver su vuelo altivo,

el ejercito asusta fugitivo

de las plebeyas aves que ligeras

Ptog. 52

Peregrino.

temen sus garras fieras,

cual del miedo rendida,

antes de pelear se halla vencida;

cual con presteza extraña

busca el seno más hondo en la campaña;

cual a un árbol acude en su congoja

y de ella aprenden a temblar las hojas;

cual con la sangre que a sus venas falta

del campión bizarro el pico esmalta.

y al aullido repetido,

y al mísero gemido,

y a la sangrienta herida,

y a la pluma esparcida

teatro hacen los vientos

de estragos y escarmientos;

y el pájaro furioso

con alas de pomposo

triunfante campea,

y la baja palestra señorea;

así pues, os guardan prevenidos

a Seleuco, milanos abatidos,

verán al verme de fiereza armado

y en el vuelo alentado.

Ptog. 53

48

Peregrino.

de mi ardimiento fuerte,

justo han de hallar horror, desvelo y muerte.

Roberto.

Su dicha has de labrar con tu violencia.

Peregrino.

A Palermo, Roberto, y tras pertinacia,

quién es Seleuco me dirá primero,

porque nunca le vi.

Roberto.

Yo me prefiero

a guiar tus valientes confianzas.

Peregrino.

Has vuelto a fundar mis esperanzas.

Moscatel.

Habemos vuelto en tu acuerdo,

que andar desde ayer acá

de tristeza embebidos,

como otros de gravedad,

aunque este padre, que ahora

de golpe entrado se ha,

también parece padrasto

que da del puño y del pan;

y aunque a los dos, sin ser fiestas,

nos ha mandado guardar,

y en esta torre noruega

ni preso ni libre estás,

te sirven, y hay buen pesebre

siempre al comer y al cenar.

Hipólito.

Seleuco el rostro me niega

en aquesta soledad,

donde dice que me guarda,

y se compadece mal

con el guardarme el no verme.

Otra causa en esto hay

más secreta; de Lisandro

me quejo, pues desleal

no me saca desta duda;

con amigable disfraz

me encubrió su doble pecho.

Moscatel.

No es la primera amistad

que esconde la mano y tira

la piedra.

Hipólito.

Y Fénix, ¿qué hará?

Moscatel.

Paréceme que es la hora

de haberse entrado a tocar,

y en tanto que la iluminan

aquel palmo de cristal

con la vergüenza postiza

que las sabandijas dan,

la estará dando una dueña,

anciana colateral,

consejos para olvidarte,

y ella los admitirá.

Hipólito.

Cierra el labio y no me acuerdes

que puede olvidarme.

Moscatel.

Ya

tú me has dado un tapaboca,

pero aunque te amargue en mal,

vuelvo a decirte que esperas

que hayáis los dos de olvidar.

Ptog. 54

Hipólito.

y donde hallare el olvido

Moscatel.

ella propia lo dira

pues todos saben que bibe

junto a la fatalidad

Hipólito.

para ber si olbida el alma

mi atencion e de ocupar

los libros que de la aldea

trajimos adonde estan

los papeles

Moscatel.

en ese

aposento

Hipólito.

quiero dar

alguna tregua alomenos

a esta pasión

Sale yrene

Irene.

bien aras

pues ya imposible la miras

Hipólito.

ofendistes la piedad

de aconsejarme aun que a ti

no te toca

Irene.

mal sabra

agradeser el que falta

con traydora falsedad

a lo que promete

vase y sale Fénix

Hipólito.

yrene

si prometi abenturar

en tu serbicio mi bida

ya lo cumpli con librar

tu mano de la eleccion

de un mostruo y tu libertad

esto te ofresi mi pecho

te a engañado en lo demas

pero olbida el quejarte

que si ya no puedo amar

a Fénix el propio estorbo

para no ser tuyo abra

Irene.

aguarda

Fénix.

yrene a quien llamas

Irene.

que nos volviese a cerrar

la puerta

Fénix.

ablando no estabas

con Hipólito

Irene.

es berdad

Fénix.

mira ermana que es muy grave

la distansia pues ay

en ti y en el una sangre

Irene.

que así se beque

Moscatel.

sagas

la yrio por sus propios filos

Irene.

la tome por apurar

si a ber a Hipólito entravas

abri y confirmada esta

con tu exseso mi sospecha

Fénix.

y a negarme querrás

encubriendo sus atenciones

Ptog. 55

27 50

Fénix.

que le viniste a buscar.

Irene.

¿Qué duda sería, habiendo

de por medio estorbo tal?

Fénix.

Estar en duda el estorbo

de excusa para cesar

te habrá servido.

Irene.

¿Tan dentro

juzgas de mi voluntad

a Hipólito?

Fénix.

Sí, conque esta

la primer cosa será

que, pareciendo bien,

no te ha parecido mal.

Aparte.

Vase.

Irene.

Por mucho que has maliciado

contra mí, yo llevo más

que culpar en ti; encubriendo

voy mi enojo y mi pesar,

pero, de Hipólito preso,

el temor me vengará.

Sale Hipólito.

Fénix.

Cuando el riesgo

de Hipólito aquí me trae

cuidadosa, con Irene

le hallo.

Hipólito.

Engañada estás

si presumes que lo firme

de mi fe puede faltar,

no perturbes la esperanza

que ahora me ha vuelto a dar

la suerte de que ha de ser

mía.

Vase.

Fénix.

¡Así tu deslealtad

en vano desmentir quieres!

Deja, deja de apoyar

tus engaños, y asegura

tu vida, sin aguardar

que mi padre te la quite

por las causas que sabrás.

Después no esperes que acabe

su ciega credulidad

de persuadirle que la puerta

por donde entre, quedará

abierta. Huye del riesgo,

y de mis celos ya,

aunque no saliese cierta

la grande deslealtad

que hoy divide en tu ingrata

fe, no creyera jamás.

Hipólito.

Oye, y lleva, si te adoro

constante, que a malograr

viniese Irene este alivio...

Moscatel.

¡Echa un basilisco acá!

Hipólito.

Yo presumo que una carta...

Ptog. 56

Hipólito.

que agora acabo de hallar

entre los varios papeles

que por divertir mi mal

leyendo estaba, ha de ser

de tanto penoso afán

remedio...

Moscatel.

¿Para quién es?

Hipólito.

Para Seleuco, y está

cerrada.

Moscatel.

Romper la nema

puedes para averiguar

lo que escribe al duque en ella

aquel varón sin igual

en las letras y las armas,

y luego se la darás

poniendo la otra cubierta,

si la juzgas esencial

contra tu adversa fortuna.

Hipólito.

Embozado he de llegar

a dársela, aunque la ropa

que inventare o trazará

el festín de hoy en confusa

y lucida variedad;

pues, si allí no me conoce,

ofenderse no podrá,

porque de la torre salgo

sin su orden.

Moscatel.

Ayudará

esta industria, y a la noche

ofrece y de par en par

la puerta...

Hipólito.

Si descubriese

alguna seguridad

contra las fieras cautelas

que he llegado a recelar

de Irene...

Moscatel.

Gran cosa fuera,

si su afición pertinaz

para casarte consigo

te ha sabido enredar,

dejalla burlada, haciendo

que a Lisandro o al jayán

diese la mano; y un cuento

a este propósito va:

Amaba cierta hechicera

a un mozalbete en agraz

y, con ser pelibermeja,

él se hacía desear.

Siendo esquivo, alma astuta,

diabólica habilidad,

acudió un día al tiempo

que él se acabó de afeitar.

Coger algo de su pelo

quiso con sagacidad

de la puerta del barbero

la embustera por lograr

traerle de los cabellos.

Ptog. 57

Moscatel.

Lindaba con el umbral

de la barbería el puesto

de un botero, y por tomar

ella del bermejo ingrato

el trasquilado azafrán,

la borra de los pellejos

tomó y fuese a ejecutar

su intención. Llegó la noche,

y al conjuro eficaz,

apenas principio dio,

cuando con furia infernal

los cueros por la ventana

comenzaron a volar,

al botero despertando

que hendía la vecindad,

diciendo que los demonios

le llevaban el caudal;

las hinchadas pieles fueron

por los aires al desván,

donde aguardaba segura

la celestina, la cual

se halló al buscar que abrazaba

su despejado galán,

pesado de tanto cuero

y molida a tahonas.

Lo propio ha de sucedella

a Irene, pues cuando está,

creyendo que ha de atraerte,

puede ser que sin pensar

se halle novia del salvaje,

que de ella nos librará.

Hipólito.

Quiera Amor que encuentre el puerto

contra tanta tempestad.

Vanse, y sale un criado delante con una luz, y pondrá en un bufete, y Seleuco y Lisandro.

Seleuco.

Con el fingido cuidado

de guardalle a sabiendas,

mil dudas he de tener

a Hipólito retirado

en el cuarto de la torre,

y del mío, y he de doblar

las guardas por atajar

riesgos que mi vida corre.

Lisandro.

En tus temores mi esperanza

fundo bien, el que recele

tu pecho, pues causar suele

peligros la confianza.

Seleuco.

El celo estimo.

Lisandro.

Pues ya

que Hipólito ser no pudo

dueño de Fénix, no dudo

que con tu mano honrará

tu grandeza los servicios

de mi sangre y los blasones.

Seleuco.

Pues a muchos te antepones

con muy seguros indicios,

puedes estar del favor

que pides.

Ptog. 58

Vase.

Lisandro.

Las plantas beso,

y agora dame licencia,

pues ya de tomar es tiempo

las hachas para el sereno.

Con esta cautela espero

el galardón en mi amor

y el desagravio en mis celos.

Seleuco.

De plumas, galas y luces

varias cuadrillas veo,

por ser permitido entrar

en tan públicos festejos

de máscara el que quisiere;

y por ese sitio, al puesto

donde aguardan los demás,

van pasando ufanos de ellos,

formando lazos airosos

al son de dulces acentos.

Los músicos cantando los versos que se siguen, y Fénix saldrá haciendo alguna mudanza con Hipólito, e Irene con Lisandro, Moscatel con Lucrecia, y otro con otra dama; todos ocho con mascarilla y hachas y con sombreros de plumas, representando mientras durare el danzar.

Músicos.

Los años que hoy ha visto

cumplir el deseo,

celébrele el mundo,

repítale el tiempo,

aprueben aventajas

los átomos del viento.

La selva con sus flores,

y el cielo con sus luceros,

de Fénix y de Irene

los dos abriles bellos,

conformes en lo hermoso,

compitan en lo eterno.

Fénix.

Ya te he conocido, y culpo

tu osadía.

Hipólito.

En los intentos

consiste mi dicha.

Irene.

Fénix,

¿qué las hablando en secretos?

Lisandro.

Con aquel máscara que está,

conocerle así pretendo.

Caballero, ¿no advertís

que trocar puesto debemos

los dos?

Hipólito.

Lisandro parece.

Aunque la mudanza yerro,

vos habéis errado alguna,

también por haberla hecho

contra el más leal amigo.

Aparte.

Lisandro.

A no saber que está dentro

de la torre, no dudara

que era Hipólito; sospecho

que, si él

a mi palabra ha falto,

ya no estorbarlo con respeto.

Ptog. 59

Lisandro.

tomado hubiera en el campo

la satisfacción

Hipólito.

pasemos

adelante que por el

yo sabré satisfaceros

de cualquier modo la carta

de mi padre agora quiero

dar a Seleuco

Moscatel.

pues ya

lo que contiene sabemos

que darte el boluio puedes

para dartela

abriendo la repara Junto al bufete de luces a leerla sale Peregrino a un espacio de galan con mascarilla y vaquero, plumas y Roberto

Seleuco.

yd siguiendo

al mascara confuso

con aquesta carta quedo

y no descubriome el rostro

quien me la dio persuadiendo

a mi curioso cuydado

para que la lea luego

esta

Roberto.

Seleuco el que miras

es mientras esta leyendo

aquel papel ejecuta

su resolucion que tengo

para su escolta alla fuera

muchos de los comuneros

que si remisos se ben

sabran conseguir resueltos

con uos que a su balor

han remitido

Peregrino.

Roberto

para aquesta accion yo solo

basto

Vase Roberto

Roberto.

pues con el te dejo

y el fin de tan importante

determinacion en ella

voy a esperar

mirando la carta

Seleuco.

facción

o aleve vil no infiero

a lo que apoya su firma

crédito aunque pues de muerto

a de dar ya vnque tan mal

siendo mi amigo y mi deudo

le pague siempre en seruirme

su cuydado airado leo

lo que me escribe

Fajardo

de mi ciencia y de la fee

con que te sirvo forzado

seguridades te aconsejo

con el abiso presente

que jusgo será el postrero

que te recedes (seruyra

muestra de lealtad)

Peregrino.

yo llego

Seleuco.

o llyso cuya tutela

me confiaste

Peregrino.

instrumento

Ptog. 60

Lee.

Seleuco.

Este puñal de su muerte

será;

pues asido y firme,

iré a matarle.

Peregrino.

Mas ya,

o el miedo sea o respeto

de la majestad, neutral

y remiso me suspendo.

Lee.

Seleuco.

Tiene, porque le conozcas,

adusto el color y el pelo;

crespo, erizado y escuro;

grave y feroz en su aspecto.

Peregrino.

Parece que muevo un monte

en cada planta que muevo.

Lee.

Seleuco.

Peregrino se llame,

porque en su estrella le advierto;

Peregrino (aquestas señas

me dicen quién es).

Peregrino.

¡Qué imperio

en mi fineza han hallado

aquellas canas! ¡Qué afecto

a este que puede más

que yo, el paso y el acero

se animen!

Lee.

Seleuco.

Y aunque en quitarle

la vida ha de estar perplejo,

y los planetas predicen

que ha de guardarse de este tiempo,

de otro fracaso el cuidado

no se asegure.

Dentro.

¡Seleuco

muera!

Peregrino.

Los que me acompañan

quieren las guardas rompiendo

hacer lo que yo no pude;

y a salirles al encuentro

no sé qué fuerza me arrastra,

ni sé por qué guardar quiero

al mismo que a matar vine.

Entrase dentro dando la espalda.

Seleuco.

De esta traición ya penetro

la causa.

Sale Lisandro.

Lisandro.

A estar a tu lado

la novedad de este riesgo

me trae.

Salen Irene y Fénix.

Irene.

Retirarte importa,

pues los que cómplices fueron

en los tumultos, tu muerte

Fénix.

intentan;

su atrevimiento

rechaza y castiga ya.

Unos sin conocernos,

quien se ha asido de otros,

rastrear el paso sangriento

de los traidores que ayuda;

también el polvo en nublados

temiendo el rey que aqueste...

Ptog. 61

Seleuco.

Ya espero

saber a quién debo tanto.

Vuelve a salir Peregrino quitándose la máscara.

Peregrino.

A mí, aunque a tus pies confieso

que vine a ser tu homicida,

y trocando los afectos

sin saber la causa, en vez

del homicidio, ya emprendo

la defensa, y de los propios

que contra ti me trujeron

te libro, a vista de muchos,

socorrido del esfuerzo

de otro brazo; aunque informarte

de las señas de mi dueño

no podré.

Sale Hipólito y Moscatel quitándose las máscaras.

Hipólito.

Hipólito soy,

y así tu vida defiendo.

Moscatel.

Y yo Moscatel, tu socio.

Hipólito.

A darte salí dispuesto

esa carta, hallando franca

una puerta que no puedo

decir quién la abrió; y mi dicha

me pudo traer a tiempo

de ayudar a socorrerte,

y admirado de ver que el cielo

aquí a Peregrino en traje,

al que miraba tan opuesto,

habiendo extrañado en él

dos impulsos tan diversos

y contrarios...

Seleuco.

Sepa el mundo

que el misterio...

Lisandro.

Asombro muevo.

Peregrino.

¡Qué mucho!

Fénix.

¡Prodigio extraño!

Seleuco.

A verificarlo llego

de este aviso del cielo,

que haré después manifiesto

a todos, y cualquier seña

de las que en su rostro veo,

con las que me da la carta

que se han conformado, acierto,

y es la más fuerte el hallarle

defensor cuando resuelto

venía a ser parricida.

Juicio que en su nacimiento

hizo Dios, y así absorto,

como a ídolo del suelo

le doy mil brazos.

Peregrino.

Y yo,

de admiración y amor lleno,

los recibo.

Seleuco.

Por los astros,

te hallo, y también por ellos

otro desengaño alcanzo.

Ptog. 62

Seleuco.

Pues Hipólito con esto

puede dar la mano a Fénix.

Irene.

Lisandro, mis intentos

desvanecen con tan raros

inopinados afectos

las celestes influencias.

Hipólito.

Por menor suerte no tengo

que creas mi fe, Lisandro.

Lisandro.

Ya estoy de ti satisfecho.

Fénix.

De tanto celoso estorbo

reparos los astros fueron.

Hipólito.

Solo pudiera bastar

sus cielos contra los celos.

Seleuco.

De Lisandro sea Irene.

Moscatel.

Todos quedarán con esto

bien, y el poeta mejor,

si le perdonáis sus yerros.

Fin.

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