Manasés
Rey de Judea y protagonista de la obra; comienza como tirano idólatra, perseguidor de los fieles y acosador de Zélfora, y termina arrepentido y restaurado por la misericordia divina.
Juan de Orozco
Veröffentlichungsdatum der Zusammenfassung: 18. Juni 2026
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Zitiervorschlag
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En la Judea bíblica, el rey Manasés abandona el culto del Dios de Israel, persigue a los justos y, movido también por su deseo de Zélfora, enfrenta al profeta Esaías y a Emanuel en el templo y en el palacio. Tras varios prodigios que anuncian el castigo divino, Manasés no se corrige, acosa a Zélfora, destierra a Emanuel y manda ejecutar cruelmente a Esaías, mientras la corte queda marcada por la violencia, el conflicto religioso y la defensa del honor. Derrotado después por el rey de Babilonia y llevado cautivo, Manasés se arrepiente, recibe ayuda angélica, regresa a Judea, destruye la idolatría y recupera el trono reconciliado con Dios y con quienes había ofendido.
La obra presenta en Judea el conflicto entre la idolatría del rey Manasés y la fidelidad al Dios de Israel defendida por el profeta Esaías, su hijo Emanuel y la esposa de este, Zélfora. Desde el comienzo se describe a Manasés como un monarca soberbio, cruel y entregado a cultos paganos, hasta el punto de aborrecer a su propia esposa Meselemner por su piedad y de disponer sacrificios sacrílegos en honor de Apolo y de otros ídolos. Esaías, anciano defensor de la ley divina, decide entrar en el templo idolátrico para destruir las imágenes falsas, acompañado por Emanuel y Zélfora. Paralelamente, la intriga palaciega añade un conflicto de honor y deseo: el criado Judas lleva a través de Dina una carta amorosa del rey a Zélfora, señal de que Manasés no solo persigue a los justos por motivos religiosos, sino también por su pasión desordenada hacia la mujer de su desterrado sobrino o vasallo cercano, según se infiere del trato que reciben en escena. Cuando Esaías interrumpe el sacrificio pagano y derriba los ídolos, el rey intenta matarlo, pero un castigo celeste irrumpe sobre el templo con tormenta y espanto, obligando a Manasés a retirarse sin que ello corrija todavía su obstinación.
Pese a las advertencias recibidas, Manasés interpreta el prodigio a su conveniencia y persevera en su impiedad. Perdona momentáneamente la vida de Esaías y de Emanuel por mediación de Zélfora, a quien desea poseer, pero destierra a Emanuel y prohíbe al anciano profeta volver a palacio para facilitar su acceso a la joven. En la segunda jornada se desarrolla con claridad el peligro moral que pesa sobre Zélfora: Judas vuelve a entregarle un escrito amoroso del rey, descubierto después por Esaías y por Emanuel. Aunque la joven reafirma con firmeza su inocencia y su lealtad conyugal, el papel provoca un violento sobresalto de honor. Los personajes deliberan cómo remediar la ofensa: Zélfora piensa acogerse a la protección de la reina, mientras Esaías y Emanuel consideran hablar al rey. En palacio, Manasés acosa abiertamente a Zélfora; ella lo rechaza con energía, y en ese momento comparecen Emanuel y Esaías para defender su honra. El rey quiere matarlos con sus propias manos, pero una fuerza superior le impide blandir la espada y hasta se le cae el laurel de la frente, señales visibles de que el cielo reprueba su conducta. Lejos de rendirse, acusa a los inocentes de traición, manda prenderlos y decreta para Esaías una muerte atroz: ser aserrado vivo. El martirio del profeta, luego narrado con detalle, confirma el grado extremo de la tiranía real y deja a la corte sumida en dolor y escándalo.
La tercera jornada muestra el cumplimiento del castigo divino y la transformación final del protagonista. Después del martirio de Esaías, Babilonia, gobernada por Merodac, invade Judea; Manasés sale al combate, es vencido y llevado cautivo entre cadenas. La reina intenta proclamar rey a su hijo Amón en ausencia del monarca, aunque el propio príncipe, según se refiere, rehúye esa coronación por lealtad filial. En el cautiverio, reducido a la humillación y acompañado por un gracioso, Manasés recuerda sus crímenes, escucha una voz celestial que le insta a buscar al Dios de Israel y comienza un proceso sincero de arrepentimiento. Reconoce la falsedad de los ídolos, comprende que su ruina procede de sus pecados y acepta el sufrimiento como justo castigo. Entonces un ángel se le aparece, rompe sus cadenas y lo devuelve milagrosamente a Judea. Allí, al principio, los suyos apenas lo reconocen por el cambio interior que manifiesta, pero él mismo se presenta como pecador arrepentido, confiesa sus errores, reniega del culto a Apolo y ordena destruir los ídolos y sus altares. Finalmente pide perdón a Emanuel por la muerte de Esaías y por sus torpes intentos contra Zélfora, recupera el trono por disposición divina y queda restablecido como rey convertido, de modo que la obra concluye con la exaltación del poder del arrepentimiento y de la misericordia de Dios sobre el tirano corregido.
Rey de Judea y protagonista de la obra; comienza como tirano idólatra, perseguidor de los fieles y acosador de Zélfora, y termina arrepentido y restaurado por la misericordia divina.
Anciano profeta y principal defensor del Dios de Israel; reprende a Manasés, destruye los ídolos y sufre martirio por mantener la verdadera fe.
Esposa de Emanuel; su virtud y firmeza desencadenan parte esencial del conflicto, pues resiste el acoso amoroso del rey y defiende su honor con constancia.
Hijo de Esaías según el texto inicial y esposo de Zélfora; apoya a su padre, sufre el destierro y se enfrenta al rey para defender la honra familiar y la fe verdadera.
Esposa de Manasés, probablemente identificable con Meselemner a partir de la relación referida en la primera jornada; representa la voz de advertencia moral y más tarde afronta la caída del rey y la sucesión de Amón.
Hijo de Manasés; aparece como heredero del reino durante el cautiverio de su padre, aunque se dice que rehúye la coronación por obediencia filial.
Criado del rey y figura cómica; sirve de mensajero en la trama amorosa ilícita al llevar a Zélfora los papeles de Manasés.
Criada vinculada a la casa de Zélfora; participa en la intriga secundaria de los mensajes y aporta el contrapunto cómico junto a Judas.
Rey de Babilonia, ausente en gran parte de la escena pero decisivo en la acción, pues derrota a Manasés y actúa como instrumento del castigo providencial.
Marco general de la acción y reino gobernado por Manasés; en él se desarrollan la persecución religiosa, el conflicto de honor y la restauración final del rey.
Lugar decisivo de la primera jornada, donde Manasés pretende sacrificar a los dioses falsos y donde Esaías derriba los ídolos, provocando el primer gran choque y el prodigio celeste.
Espacio central de las intrigas políticas y amorosas; allí se producen el acoso de Zélfora, la acusación contra Emanuel y Esaías, y la orden del martirio del profeta.
Ámbito doméstico donde se reciben los papeles del rey, se debate la ofensa al honor y se preparan las decisiones para buscar remedio ante la reina o ante el propio monarca.
Espacio de la derrota militar frente a Babilonia; allí se cumple el castigo histórico y providencial que precipita la caída de Manasés.
Lugar de humillación y conversión del protagonista, donde encadenado reconoce sus pecados, escucha la llamada divina y recibe la visita del ángel que lo libera.
La obra muestra cómo un rey gravemente pecador puede ser castigado, reconocer su culpa y alcanzar perdón mediante una conversión sincera.
El conflicto principal enfrenta el culto a Apolo y a los ídolos con la defensa del Dios de Israel, sostenida por Esaías, Emanuel y otros fieles.
Manasés usa su autoridad para imponer creencias, desterrar, condenar a muerte y perseguir a quienes resisten sus deseos y sus errores religiosos.
La persecución amorosa de Zélfora convierte la defensa de la fidelidad matrimonial en un eje importante de la acción, unido al rechazo de la seducción regia.
La muerte de Esaías presenta el sufrimiento del justo como prueba extrema de fidelidad a Dios y como denuncia de la crueldad del tirano.
Los prodigios celestes, la derrota militar ante Babilonia y la caída del rey se interpretan dentro de la obra como manifestaciones de la justicia divina.