Hombre
Protagonista alegórico de la obra; favorecido extraordinariamente por el Rey, cae por la seducción de Lisonja y Furor, se arrepiente y finalmente es salvado.
Lope de Vega Carpio
Veröffentlichungsdatum der Zusammenfassung: 18. Juni 2026
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Zitiervorschlag
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En una corte alegórica de sentido celestial, Luzbel envidia la privanza del Hombre con el Rey y envía a Lisonja y Furor para apartarlo de su señor mediante el placer, la vanidad y el desorden. El Hombre, engrandecido por el Rey y hecho señor del mundo, se deja seducir por esos malos consejeros, abandona la disciplina del palacio y cae en una vida de excesos hasta olvidar a quien lo había favorecido. Perseguido y arrepentido, vuelve al palacio, atraviesa simbólicamente las aguas de la penitencia con ayuda del Rey y es restaurado en una escena final de banquete eucarístico que confirma su salvación.
La acción se abre con una conjura infernal. Luzbel, movido por la envidia, lamenta la extraordinaria privanza que el Hombre ha alcanzado junto al Rey celestial, figura divina que le comunica sus secretos, le concede dignidad y lo trata como secretario y favorito. Para destruir esa relación, Luzbel se alía con Lisonja y Furor, a quienes presenta como instrumentos capaces de abatir al Hombre: el primero mediante el engaño halagador y el segundo por la violencia y el desorden. Mientras tanto, en la corte del Rey aparecen personajes alegóricos como Amor, Prudencia, Cuidado e Inocencia, que comentan el singular favor otorgado al Hombre. El propio Hombre reconoce con humildad inicial la inestabilidad de la privanza humana, pero el Rey, llevado por un amor extremo, lo eleva todavía más: lo manda cubrirse ante su presencia, lo hace grande, le da título y señorío sobre el mundo, y le encomienda además la conquista espiritual del cielo y de la Tierra Santa, siempre que mantenga castidad, lealtad y memoria de su bienhechor.
A partir de esa exaltación, Luzbel introduce en la casa del Hombre a sus dos aliados disfrazados y aduladores. Lisonja se presenta como personaje gracioso, universal y cortesano, experto en entretener, murmurar y adular; Furor, como valentón dispuesto a satisfacer cualquier deseo desordenado. Ambos se ganan rápidamente la voluntad del Hombre, pese a las advertencias de Cuidado, que sospecha del peligro. Seducido por la nueva riqueza y dignidad, el Hombre decide entregarse al deleite y abandonar la compostura del palacio. Con ello cae en una vida de excesos en la que predominan el juego, la gula, la liviandad, la blasfemia y el olvido del Rey. Justicia y otros servidores celestiales observan con preocupación su mudanza, mientras el Rey, aunque ofendido, no deja de velar por él con misericordia. Cuando la degradación del Hombre se hace insostenible, la inspiración divina lo mueve al arrepentimiento; perseguido por sus enemigos y espantado por las consecuencias de su culpa, huye de ellos y vuelve a buscar refugio en el palacio del Rey.
En la parte final, el Hombre, ya corrido y temeroso, reconoce su ingratitud y suplica auxilio al Rey. Entre ambos media un río que se identifica alegóricamente con la penitencia y la confesión; el Hombre se arroja con fe, está a punto de ahogarse y el Rey mismo lo socorre, salvándolo de sus perseguidores. Luzbel intenta todavía recobrarlo mediante nuevas promesas de grandeza mundana, y durante la noche se fijan libelos y pasquines contra la privanza del Hombre, subrayando su bajeza y la aparente desmesura del favor divino. Sin embargo, el Rey persevera en su amor, defiende públicamente a su privado y culmina esa restauración con una comida solemne en la que sienta al Hombre a su misma mesa. Allí le ofrece, bajo las especies de pan y vino, su propio cuerpo y sangre, en un claro desenlace eucarístico que sella la reconciliación y la salvación del Hombre. Finalmente, Justicia ordena prender a los enemigos infernales, y el Hombre queda seguro bajo la protección del Rey, después de haber pasado de la dignidad inicial a la caída, el arrepentimiento y la redención.
Protagonista alegórico de la obra; favorecido extraordinariamente por el Rey, cae por la seducción de Lisonja y Furor, se arrepiente y finalmente es salvado.
Figura divina y eje de la acción; ama al Hombre, lo eleva a la privanza, lo busca en su caída, lo perdona y lo restaura mediante una reconciliación de sentido sacramental.
Adversario principal; movido por la envidia de la dignidad concedida al Hombre, organiza su perdición y trata reiteradamente de apartarlo del Rey.
Instrumento de la tentación infernal; con halagos, entretenimiento y engaño cortesano gana la voluntad del Hombre y favorece su apartamiento.
Compañero de Lisonja en la caída del protagonista; representa la violencia de las pasiones y el impulso desordenado que agrava la ruina del Hombre.
Consejera del Rey; advierte los peligros de elevar a un ser mudable y después ayuda a sostener y proteger al Hombre frente a nuevas asechanzas.
Servidor fiel de la corte celestial que vigila al Hombre, sospecha de los enemigos y subraya constantemente los riesgos de la privanza y de la caída.
Guardián y figura protectora vinculada al acceso a la casa del Rey; aparece también en el desenlace como compañía necesaria del Hombre reconciliado.
Impulso principal del favor divino; explica la generosidad con que el Rey eleva y vuelve a acoger al Hombre pese a sus faltas.
Ministra del orden del Rey; observa la culpa del Hombre y en el desenlace ejecuta el castigo contra los enemigos infernales.
Espacio central de la acción alegórica; allí se delibera sobre el Hombre, se le concede la privanza, se consuma su reconciliación y se celebra el banquete final.
Lugar al que llegan Lisonja y Furor para seducir al protagonista y donde este se entrega a los placeres, la disipación y el olvido del Rey.
Espacio simbólico decisivo en el retorno del Hombre; representa el tránsito doloroso pero salvador hacia el perdón y la restauración.
Umbral dramático al que el Hombre corre acosado por sus enemigos; funciona como lugar de refugio y de súplica ante el Rey.
Espacio culminante de la obra, donde el Rey sienta al Hombre a su lado y le entrega sacramentalmente su cuerpo y su sangre.
Marco de procedencia de Luzbel y sus aliados; desde allí se concibe la destrucción de la privanza del Hombre y se identifica el destino final de los enemigos vencidos.
La obra presenta al Hombre como criatura favorecida que se pierde por su mal uso de la libertad, pero que puede salvarse mediante arrepentimiento y misericordia divina.
El núcleo de la acción es el favor extraordinario que el Rey concede al Hombre, con sus honores, exigencias y peligros, y la envidia que ese vínculo despierta.
Lisonja y Furor apartan al protagonista mediante halagos, violencia interior, placeres, juego, sensualidad y ambición, mostrando cómo se corrompe su estado.
Pese a la ofensa, el Rey no abandona al Hombre, lo espera, lo socorre en el momento extremo y restablece su dignidad con amor superior a la justicia estricta.
El paso por las aguas simbólicas de penitencia y confesión expresa que la vuelta al favor del Rey exige reconocimiento de la culpa, fe y auxilio divino.
El desenlace convierte la reconciliación en comunión sacramental, pues el Rey da al Hombre su cuerpo y sangre bajo las especies de pan y vino.
La obra insiste en que todo honor recibido por el Hombre es frágil si se separa de su fundamento, de modo que la soberbia y el olvido precipitan la caída.