
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de San Pascual Bailón. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/san-pascual-bailon.
Comedia Nueva de San Pascual Bailón
del Doctor Paulino Omedes, vecino de Valencia
Personas San Pascual Bailón La Avaricia Martín Bailón, su padre Un Ángel Anarda, dama La Caridad Domingo, gracioso La Humildad Tarabato, gracioso La Pobreza El Demonio Un hereje La Lujuria Música La Soberbia Y acompaña.
Primera Jornada
Dentro
¡Qué horror!
¡Qué pasmo!
¡Qué susto!
¡Qué asombro!
¡Qué indignación!
Sucedan las luces
a la confusión.
Cielos, piedad.
¡Ay de mí!
Que muere la luz del sol.
Y sea la alegría
de tantos afanes luciente esplendor.
Ábrese un monte de llamas y sale el Demonio.
Sea lo que yo quisiere
efectos de aquel ardor
que empieza por amenazar
y en escarmiento acaba.
¡Ah, de la oscura oficina,
cuya lástima no atiendo
más que a la ley del gemir,
en cuyo tormento atroz,
cuando acaba la paciencia,
se empieza por la aflicción!
¡Ah, de la mansión martirio,
donde sabe el corazón
lo que puede el padecer,
porque nunca se escuchó
más voz que la del llorar,
cuyo mísero clamor
de sus lágrimas fabrica
incendios al dolor!
¡Ah, del infernal palacio,
cuya hidrópica ambición
a las llamas que respira
su majestad erigió!
Mis tristes ansias oíd,
escuchad mi infausta voz,
que os busca mi vanidad
para la empresa mayor
que vieron desde los cielos
la luna, estrellas ni el sol.
¿No respondéis?
Dentro
¿Quién nos llama?
Vuestro príncipe, que hoy
ha menester de vosotros,
la Soberbia, ¡oh, cruel dolor!,
la Avaricia y la Lujuria.
Salen las tres.
Obedientes a tu voz
estamos ya aquí las tres.
¿Qué pretendes? Di, señor.
Atentamente escuchad.
Y sabréis en conclusión
para qué os buscan mis ansias,
hijas de mi indignación.
En Torrehermosa, esta villa
obispado de Sigüenza
en el Reino de Aragón
(por hermosura ostenta
mi historia, quiera el infierno
que no se calle por fiera,
en horror, asombro, pasmo,
desmayo, susto y tragedia),
sabed que viven los puros
Martín Bailón, que relevan
los atributos de Dios,
e Isabel Jubera,
su consorte, porque todos
cuantos cursan la miseria
o el afán necesitado
en sus piedades encuentran
remedio, asilo y refugio,
hijos de su providencia.
Entre todas las virtudes
que causalmente frecuentan
es la caridad tan dada
a remediar la pobreza,
viven, que a veces sucede
llevar del horno la cena
o el pan preciso a su casa
para el alimento de ellas,
encontrando con los pobres
repartir toda la cesta
volviendo a su casa solos
con el mérito de la ofrenda,
sin otras muchas acciones
heroicas en que se emplean.
Yo, que envidioso rabio
de tan nobles excelencias,
infundiendo mi coraje
en uno de estos que llevan
de un santo celo vestida
mi infernal inteligencia
(que hay especie de demonios
que viven acá en la tierra),
hice que a Martín Bailón
unos excesos hiciera
noticioso, para que
mirarse, mas por su arriendo
advirtiendo prevenidos
que era casi irreverencia
que a costa de su trabajo
su mujer tan llana y necia
repartiese su caudal
con tal fervor y largueza
que aunque él sudara trabajando
en consumirse era fuerza
y aun otro que se fundase
en más cuantía, en más renta.
A quien Martín respondió
con virtuosa modestia:
"Señor, yo vivo gustoso
de que mi trabajo pueda
ser alivio de los pobres,
y que mi consorte atenta
de aquello mismo que sudo
alivie al pobre sus penas".
Quedó corrido Tomás
con tan cristiana respuesta,
siendo su diadema ilustre.
¡Oh dolor que me atormenta!
¡Oh mal haya mi coraje!
¡Oh furor, hijo del Etna!
Y que eternizando las llamas
venga a fenecer pavesa.
No creáis que esto me aflige,
pues otra causa hay más nueva
que al dolor me precipita;
y que mi astucia nunca supiera
por dónde empieza, porque
es tan sagaz mi cautela,
que lo que empiezo por agua
hago que en fuego fenezca.
De Martín y de Isabel
nació Pascual (¡oh, quién fuera
insensible roca para
no sentir de sus afrentas!)
en duro pesado golpe
que me aflige y atormenta,
para mi ultraje, en el año
mil quinientos y cuarenta,
de aquel misterio que callo.
Conoce la común miseria
el hombre, su esclavitud,
el día de aquella fiesta
que en memoria de la Pascua
hoy los cristianos celebran.
Por lo que Pascual Bailón
le nombraron, porque fuera
por el nombre y el misterio
el que dos veces me ofenda.
Tan dado a toda virtud
salió al mundo, que su tierna
edad fue asombro de cuantas
le miran y le veneran,
porque, habiéndole llevado
su madre al templo, ¡oh, quién fuera
víbora que muere airada
de aquello mismo que engendra!
tan bien hallado en el culto
estuvo de aquella ofrenda,
que vosotros la entendéis
sin que la diga mi lengua,
que después a cada instante
se iba Pascual a la iglesia,
sus paredes adorando;
y aunque por la edad tan tierna
pasos formar no podía,
iba las manos por tierra,
supliendo lo que a los pies
les negó naturaleza;
sin que bastara el castigo,
la amenaza ni la queja,
para que del templo sacro
la propensión Pascual pierda.
Creció, y con él tan constante
la virtud de la modestia,
que el ver su aspecto admiraba,
siendo luz que en luz atenta
ilustró los corazones
de operaciones más rectas.
Su pureza era un espejo
en quien la misma pureza
para desengaño suyo
se miraba tan contenta,
que a Pascual bebió candores
Para hacerse más excelsa,
su caridad, ¡ay de mí!
se colocó a la alta esfera,
más sublime, más heroica,
y con presagios de reina
de sus obras se corona
por más vistosa diadema.
Y como a fiel salamandra
el ardor que la fomenta
crece respirando incendios,
y en su cristalina hoguera
lo que empieza por gran llama
fenece en lucida estrella.
En la humildad, mas ¿por qué
inútilmente grosera,
bastardamente cobarde
quiere mi atrevida lengua
elogiar al que sus obras
es la más común afrenta?
Arda en dolores mi rabia,
y mi tormento allí crezca,
que todo el infierno junto
fabrique la infiel cadena
de mi cautiverio duro,
y entre mi propia fiereza,
de mis dientes y mis manos
yo mismo escarmiento sea.
Baste el deciros ahora
que es Pascual con quien se encuentra
la caridad, la humildad,
la castidad, la pobreza,
el conocimiento, aprecio,
amor de Dios y obediencia;
y en fin de todas virtudes
una virtud muy perfecta;
hoy a estos montes se sale
porque su padre le entrega
el cuidado de un rebaño,
fiando a su diligencia
de su caudal no muy grande
la parte no más pequeña.
Yo también salgo a estos montes
como una rabiosa fiera,
a vengar ultrajes míos,
a castigar mil afrentas.
¡Oh montes, oh cielo, oh tierra!
Desmayos el sol padezca,
ráfagas el aire gima,
volcanes forme la tierra;
y pues, fieles compañeros,
os busca mi inteligencia,
contra todas sus virtudes
formad escuadrón de guerra.
Caiga este fiero gigante,
baje de más noble esfera,
en eternos precipicios
cayó también mi soberbia,
no quede industria ni engaño
que no se intente, no crezca.
A ser atlante el que ahora
por heroico olimpo empieza.
Y con esto cesarán
en mí las rabiosas penas,
los estragos, los desdenes,
el vilipendio, la afrenta,
el desasosiego, el susto,
el odio, rencor y queja;
porque sea horror del mundo,
y estrago del cielo sea.
Pues escuché tus agravios,
digo que pondré banderas,
y de abierta campaña arda
como otra Troya esta selva.
Todos los vicios llamo,
que me asisten y veneran,
contra Pascual guerra griten,
y conozca en su miseria
que a pesar de su humildad
yo soy la altiva Soberbia.
Yo te asistiré gustosa
que soy la sutil torpeza,
con músicas, con halagos,
y con mansas cautelas;
el que ahora es fuerte roble
le pondré más que de cera.
Y yo, que soy la avaricia,
verás que en toda edad vana
haré del oro y la plata
lazos en que tantos tropiezan;
que la franqueza en los pobres
sea lucro y no excelencia.
Pues tengo por mío el triunfo,
pues por mía era la empresa.
hoy Pascual Bailón conozca
hoy Pascual Bailón entienda
Vanse.
que si hay virtudes que exaltan,
hay pecados que despeñan.
Ábrese un trono de gloria y baja un Ángel cantando.
Sacras hermosas luces,
del mismo sol afrentas,
oíd de mis voces
la voz que os alienta.
¡Ah de la mansión más noble!
¡Ah de la mansión más bella
donde es el morir reinar,
donde es el vivir querella!
¡Ah del solio más heroico
cuya majestad excelsa
rayo a rayo se corona,
luz a luz y estrella a estrella!
¡Ah del palacio más docto
cuya política ordena
que el que se aparta de Dios
por inobediente muera!
A todas las virtudes,
mis voces oíd, que con ellas
el mayor triunfo os aguarda,
el mayor lustre os espera.
¿Quién llama?
Ángel. Salid, salid,
que aquí os lo dirá mi lengua.
Salen las virtudes cantando.
Aquí a tu obediencia estamos,
dinos qué mandas y ordenas.
Yo soy el fiel custodio
que por la virtud eterna
a Pascual Bailón asisto;
y sabiendo que desean
los vicios con el demonio
quitaros vuestra diadema,
que con él aseguradas
os hace lucir más bellas,
vengo a oponerme triunfante
a su diabólica empresa.
Y pues el vicio se vale
hoy de vosotras y repara
que con Pascual son las virtudes
en todo tiempo primeras;
y puesto que se ha valido
de la lujuria, soberbia
y avaricia, de vosotras
pretendo dotes y fuerzas
para que queden vencidas.
esos monstruos que desean
de Pascual Bailón ruinas,
de Pascual Bailón afrentas.
Si tú eres nuestro caudillo,
ilustre victoria esperan,
de Pascual la fe constante,
de nosotras la obediencia.
Pues ya contra las astucias
de aquella engañosa fiera
estáis todas prevenidas,
a vuestro cuidado queda
la oposición de los vicios,
en cuya fiel competencia
logrará el demonio estragos,
del vicio logrará afrentas,
por lo que podéis gustosas
decir en cláusulas tiernas:
Mueran hoy los vicios;
contra los vicios, guerra.
Y solo las virtudes
en Pascual se coronen como excelsas.
Vuela el ángel y las virtudes y sale Martín Bailón barba, Pascual Bailón y Garabato graciosos y labradores.
A tu cuidado, Pascual,
ha de entregar hoy mi amor,
de mi hacienda lo mejor,
lo mejor de mi caudal.
Cualquiera he ideado
para que mejor se arguya,
que corra por cuenta tuya
la parte de mi ganado.
Pero prevéngoos, Pascual,
que aunque en el monte viváis,
muy en memoria tengáis
toda virtud celestial.
Y aunque ovejas me ganéis,
si la virtud se perdió,
¿qué importa que gane yo,
si vos, Pascual, lo perdéis?
Y pues que yo ando con vos
en preveniros tan fiel,
mirad no seáis infiel,
primero que todo es Dios.
Señor, en este ejercicio,
si Dios me asiste y ayuda,
haré que el cuidado aluda
al encargo de mi oficio.
Pastor, de Cristo el amor
fue desta oveja perdida,
yo aprenderé de su vida.
Como celoso buen pastor
así Cristo, buen pastor,
la vida ha dado por mí,
yo para servirte así
daré mi vida y mi amor.
Fiado, aunque soy tan bobo,
de mí te puedes quedar,
yo procuraré velar
porque no nos mate el lobo.
¡Ay, hijo de mis entrañas!
Descanso a mi edad prolija.
Padre mío, no se aflija,
de la escarcha las mañanas
ni de la noche el sereno
me hará mal.
¡Ay, confusión!
Deme vuestra bendición,
que procuraré ser bueno.
Y aunque yo soy tan débil,
encomiéndeme a mí el hato,
ya que me hallo Sarabato,
haga que llegue a Candil.
Porque quedando sin hato,
donde ordinario va el vino
me quedo sin luz, sin tino,
sin Candil ni Sarabato.
Para aliviar las fatigas
destos montes y estos cerros,
yo guisaré muy bien los puerros,
las natas, las coles, migas,
los garbanzos y pepinos.
A pagar de mis dineros
lo gastaré en los pucheros
con el renombre de finos.
¿De guisar estás contento?
¡A qué llega a imaginar,
que tendremos de ir a parar
en motilones de un convento!
Sírvanle en todo a Dios.
No me hará Dios tanto bien.
Aunque pastores nos ven,
frailes seremos los dos,
que está recién empezada
la comedia y no es razón
salgamos ya con cordón.
En la primera jornada
Pues yo a vos te encomiendo
y de mi hijo el cuidado.
Te seré leal criado.
Echaré al bote un remiendo
porque el vino esté seguro,
que aunque mi virtud es fragua,
nunca bebo gota de agua
porque siempre he bebido puro.
Vamos, hijo, a prevenir
aquello que has de llevar,
porque se ha de madrugar.
Estoy muy pronto a servir.
Y yo en mi agreste oficina
en la prevención convengo,
y por no faltar, prevengo
los trastos de mi cocina.
Vanse y sale la Lujuria, Anarda y Dominga gozosas.
Canta.
Al monte, zagalas,
donde las delicias
sosiegos procuran,
amor solicitan,
de Anarda pesares
y melancolías
mejoren, descansen
lo que la fatigan,
por lo que las voces
suaves, benignas,
al aire armoniosas
con mi voz digan:
Que es Anarda hermosa
del sol envidia,
de las flores muerte,
de la muerte envidia.
Callad, y no, lisonjeras,
irritéis más mi sufrida
indignación, ¡ay de mí!
¿Con quién queréis que compita
una mujer que en sus ansias
míseramente vendida
se ve de una pasión loca,
sin que tenga para su vida
consuelo de una esperanza?
Porque el objeto a que aspira
es mar de mi llanto,
aunque barca combatida.
No desespere, señora,
que muy más arduas conquistas
se han vencido a los halagos,
cuya gustosa porfía
reduzca a cariños dulces
las resistencias altivas,
a ocasión de ser tu dueña
absoluta de esta quinta.
Sabiendo que Pascual sale
a estos montes, donde alinda
a cuidar de su rebaño,
donde es preciso que asistas,
días y noches no sales.
¿Por ver si la repetida
ocasión, el trato afable,
podrá vencer la porfía?
¿No te asistimos nosotras?
¿Y yo como más tu amiga
procuro logres tu intento?
¿Pues qué temes? ¿Qué suspiras?
Si hoy se resiste, mañana
se vencerá, más es mía
ya que tuya aquesta empresa;
yo no me doy por vencida.
Aparte
¡Oh fragilidad humana,
que, cuanto más presumidas,
no conozca que la matas
lo mismo que la acaricias!
La torpeza hoy que tengo
de Lucifer inducida
a que mueran a mis manos
Pascual y Anarda en un día.
Si no, ¿para qué están
en el mundo las Domingas?
¿No sabes que son el ardil
de todas las chilindrinas?
Aquestos dos dicen precor
y ellas muy carifrunzidas,
como andan con garabato,
luego al punto se encandilan,
y enseñan el corambobis
como los naipes por pintas.
Yo haré que Pascual Bailón
te escuche, te haga visitas,
te regale, te corteje,
te diga que eres muy linda.
que de la mano te abrace.
Deja ahora las chanzas frías
y el remedio discurramos
de mis amantes fatigas,
pero escucha que en el valle
se oye sonora armonía.
Dentro canta
Virtudes al monte
donde se encamina
con pasos errantes
la estrella más fina;
los vicios la buscan
como a su enemiga
y quieren quitarla
la luz con que brilla;
por lo que vosotras,
virtudes divinas,
decid con mis voces
al aire que diga:
temed vuestro estrago,
infernales iras,
que en Pascual vosotros
quedaréis vencidas.
Hacia esta parte invisibles hemos de estar prevenidas que los Vicios de Pascual buscando van la ruina.
Ya Pascual guiando al monte
las ovejuelas camina
hacia nosotras armado
de mi mortal enemiga,
la Castidad; no por eso
mi coraje desconfía,
en el laberinto verde
desta espesura escondidas
a la ocasión estemos.
Vamos, porque no dirija
hacia esta parte sus pasos
al vernos, bien solicitas.
Sale San Pascual de pastor, con su cayado, en el cual ha de llevar una imagen de la Virgen embutida en el extremo del cayado, y un cordel en la cintura, hecho nudos en forma de rosario.
Pasmos en estos montes
cría Pascual donde aspira
a conocer quién sois Vos
buscando sabia doctrina
en los troncos que florecen,
en las fieras que horrorizan,
en las aves que gorjean,
y en los peces que no chillan.
porque todos juntos hacen.
En vuestra eterna y propicia
providencia ejemplar docto
a las ignorancias mías.
¿Quién, sino vos, pudo hacer
la fábrica peregrina
de tanto vulgo de plantas
con diversas y distintas
propiedades cada una,
cuya alma vegetativa,
reconociéndoos criador,
su efeto os dan por primicias?
¿Quién, sino vos, pudo hacer
que a las aguas cristalinas
les deban noble alimento
para que logren la vida
del nutritivo licor
que las alienta y anima?
¿Quién, sino vos, en las flores,
cuando el aura matutina...
Cuidado en las flores,
que el áspid se abriga
entre los perfumes
de aquello que admiras.
Pero, ¿qué interior impulso,
infausto suceso avisa,
que el corazón en el pecho
sobresaltado palpita?
Mudar quiero de vereda.
¿Dónde queda, ánima mía,
con más quietud, más sosiego,
a alabar a Dios?
Amiga,
¿no reparas que se va?
Aquí valdrá industria mía.
Pastor que admiras gallardo
flores y plantas que miras,
¿para qué de ahí te retiras?
Como de alabar no acabas,
cuando la ocasión buscabas
de mirar para prender,
vuelves sin llegar a ver
lo que más hay que admirar.
Vuelve, vuelve a caminar,
si mueres por conocer.
¡Válgame Dios, qué dulzura!
Causa esta acorde armonía,
seguiré de tus acentos
la voz pues que me encamina.
Canta la Castidad.
Pastor, que admiras las obras,
flores y plantas que miras,
si esos pasos no retiras
hoy en la alabanza acabas.
Si es que las caricias buscabas
de mirar para aprender,
mira que hay gran riesgo en ver;
por aquí has de caminar,
porque en llegando a mirar
morirás por conocer.
Que el paso atrás vuelva; estotra
también de mí solicita;
sin duda que en la elección
mi torpe acierto peligra.
¡Ay de mí, Señor! ¿Qué haré?
Vuestra bondad no permita
yerre la elección, quien solo
al sagrado acierto aspira.
Sigue mis voces.
Sus voces no sigas.
Que si no te pierdes.
Que si no peligras.
¡Ay de ti si huyes!
¡Ay de ti si miras!
Que serán tus pasos
tu propio homicida.
Sale Anarda, la Luz y Dominga.
No sé qué hacerme, ¡ay mi Dios!
Perdido estoy, ¡qué desdicha!
Esta es la senda, Pascual,
que más segura y más rica
de yerba para el ganado
todo tu bien solicita.
Señor, valedme, que bien
anunciaba mi desdicha
estotra voz; como Anarda
en este monte, atrevida,
sin Dios, sin ley, sin respeto,
tan fácil se precipita.
Ya en la campaña valiente
contra los errados mira
a dejarme quizás un poco
porque corona más linda
adquiera.
Venid vosotras.
Nuestra obediencia es precisa.
Parece que te has turbado,
Pascual, al verme tan tibia;
juzgabas que eran mis ansias,
que sabiendo que salías
a ser pastor de estos montes
(aunque culpes de atrevida
mi resolución constante),
había de estar dormida.
mi pasión, sin que salieses
a ablandar tus tiranías?
¿De qué fiera, de qué bruta
es posible que se escriba
lo que tú conmigo obras?
De Pascual Bailón se escriba.
Pues, ¿mis caricias no escuchas?
Son muy caducas caricias,
caricias busco yo eternas.
Serán eternas las mías.
Para otra las guardo yo,
que me será agradecida.
¿Para otra di? ¿Para quién?
Para la Virgen María,
Madre del mi Dios, que por mí
padeció tanta ignominia.
Yo acaso te persuado
más que a ser mi esposo, mira
que a la virtud no se opone
lo que Anarda solicita,
sabes que yo soy mujer
liberal, noble y rica,
y que a tus plantas pondré
cuánta riqueza en sus minas
engendra el Ofir más rico,
y cuánta perla propicia
engendra en conchas de nácar
en el licor que destilas.
Si yo, Anarda, te dejara
por otra mujer, tendrías
justificada tu queja;
pero si adviertes, si miras
que por Dios dejo tu halago,
¿de qué te quejas? Reprima
la razón y lo cristiano
tu pasión, porque si irritas
de Dios el blando sosiego,
hallaremos en sus iras,
en vez del amor que premia,
el azote que castiga.
Vaya, quiera a mi señora,
señor Pascual, no amancillas
su amor, la ley soberana
de Dios.
Las plantas no estimas
porque son hechuras tiernas
del sumo hacedor que envidias.
debajo de su gran poder,
sabiduría infinita.
Pues si Anarda es tu retrato,
por ser racional su vida,
el original ofendes
si la imagen desestimas.
En cuanto hace relación
Anarda a la luz divina
de Dios, la estimo y la adoro;
pero su amante porfía
este término atropella.
Luego yo seré querida
de ti como a criatura.
Es verdad.
¿Qué mayor dicha?
Pues en fe de esa palabra
mejora ya tus fatigas,
que el que hoy confiesa que quiere,
mañana dice que estima.
En gran peligro, Señor,
mi fragilidad se mira;
asístame vuestro amparo,
no miréis las culpas mías.
Pues la palabra de esposo
me has de dar, en quien estriba
mi quietud, mi paz, mi gusto,
mi contento y mi alegría.
Eso no haré aunque me mates.
¿Pues no dices que me estimas?
En Dios te quiero yo mucho,
pero nada por ti misma.
Eso ha de ser.
No será.
¿Qué, mi ruego desestimas?
Es veneno que me mata.
Triaca es que te da vida.
¿Cómo has de librarte?
¿Cómo?
Resistiendo tus porfías.
Incendios serán mis voces,
en cuyas llamas activas
arderán tus resistencias,
pues mi favor desestimas.
Yo a su ardor opuesto, al fuego,
seré nieve helada y fría
con quien desmaye el volcán
ardiente que ciega anima.
¿No adviertes mis nobles amores?
¿No temes de Dios las iras?
Mi amor, mi desdén perdona.
Teme de Dios la justicia.
Ten de mí piedad, Pascual.
Tú eres tu mayor ruina.
¿Que no escuchas?
No he de oírte.
¿De mis males?
¡Qué porfía!
Lo severo...
Eso es cansarte.
Cobra las luces divinas
a los cristianos y verás
cuán fácil se precipita.
Pastor que valiente escuchas,
mira que esta llama activa
con la resistencia crece
y con el trato se aviva.
No ha de servirme de halago
esa villana armonía,
que si al resistir constante
crece esa llama encendida,
con el cortés trato afable,
más los cristianos peligran.
Pues di, ¿qué es lo que resuelves?
Lo que mi amor determina,
es seguir a las virtudes
la dulce voz que eterniza.
Victoria, por nosotros,
que a luces cristalinas
para Pascual hacemos
airosas las fatigas.
Pues contra las virtudes
los vicios hoy se alistan,
sean sangriento estrago
al golpe de sus iras.
Pues hoy contra los vicios
las virtudes conspiran,
y sean de sus triunfos
esclavas las delicias.
¡Mueran las virtudes!
¡Las virtudes vivan!,
logrando en sus aras
el triunfo mayor de sus conquistas.
Sale Turuleca, Minga, y una cantora, Pascual de zagal ciego adelante, y pónese en la eminencia, y aunque le hallen no le lleguen, diciendo que este cántico todo era de armonía.
Porque dice, hallan a quien
el mudo amor, no menos,
mas dulce invención cantada,
que aquella voz desmayada
que Minga en su pecho formó.
Porque huye de zagal.
Salte y brinque del corral.
Vele don Juan Caballero
que le ciega el interés,
como si a fuerza de desdén
viera a Pascual a la fe.
Mas Pascual, como buen zagal,
logre a Pascual sin igual
en fe de haberse perdonado
su encanto a la Pascuala.
Sale Tarabato.
Muy buena cuenta daré
de Pascual; porque ha dos días
que le busco por los montes
sin que le hallen mis fatigas,
y oyendo que este contorno
poblado está de armonías,
vengo a ver si hallaré quien
que me dé alguna noticia.
Mas si no mienten los ojos,
hacia allí baja Dominga,
que viene como una fiera
por lo que tiene de linda.
Salto y brinco de contento.
Yo le diré unas cosillas
que le pongan las orejas
como si fueran de almíbar.
Pero si Pascual lo sabe
me pondrá como unas guindas.
Sale Dominga.
Sin que a Pascual alcance,
voy por el monte perdida,
sin encontrar la vereda.
Al camino de la quinta,
hacia allí un pastor descubro
y si no miente la vista
parece que es Garabato.
Él es; temores, alivio.
Diga, ucé, señor Garabato.
Diga, uced, señora Dominga.
¿Quién le trae por el monte?
Quien por aquí la encamina,
que a mí Pascual y las cabras.
A mí el ser una perdida,
¿sabes la quinta de Anarda?
La sexta, cuanto y más quinta.
¿Hasme visto tú a Pascual?
Aqueso fue mi desdicha.
¿Haberle visto no más?
O que le perdí de vista.
¿Hacia dónde fue, no sabes?
Por esos montes huía.
¿De quién huía?
¿De quién?
De Anarda, Clori y Dominga.
Pues qué, Anarda ¿dónde está?
Ciega de amor, que se acriba,
y sabiendo que Pascual
a esos montes se salía,
salió también a buscarle,
y apremiándole a que admita
su mano, se fue corriendo
saltando montes y cimas.
Mal pleito tiene tu ama,
porque su virtud activa,
es una cosa que asombra;
a los pastores predica
cada hora y cada instante;
y si acaso se descuida
el ganado, y algún daño
hace a las mieses vecinas,
por muy pequeño que sea
lo paga, y por si se olvida,
cuando los trigos se siegan
trabaja diversos días,
sin que en satisfacción suya
admita ni aun la comida.
Es continuo en la oración
todas las noches y días.
sin temer al sol ardiente
ni a la escarcha helada y fría,
y en fin para no cansarte
es un ángel en quien brilla
de la virtud más heroica
la sacra prerrogativa.
Tú estarás de él muy ufano.
Es una cosa que admira,
dame arrobos cada instante
con el licor que destila
la fruta más sazonada
que en el otoño se cría.
Creo de ver yo dos soles
y estrellas a medio día;
no creas que coja el cilicio
o me dé una disciplina,
pero dejando esto a un lado,
dime, ¿hacia dónde caminas?
A la quinta voy de Anarda,
si tú me enseñas.
Y a este monte pequeño
que a un paso de aquí dista,
yo voy buscando a Pascual.
Pues a Dios.
Vanse.
A Dios, Domingo,
ya hablaremos otra vez
despacio, que voy de prisa.
Sale el Santo con su cayado, solo.
Gracias os doy, infinitas,
Señor, que me habéis librado
por vuestra misericordia
de aquel engañoso lazo
que previno mi enemigo
para mi cruel estrago;
huyendo aquel laberinto
os busco aquí en lo intrincado
y fragoso de estas peñas
para que con más descanso
os alaben y os bendigan
a todas horas mis labios;
solo siento que hoy es fiesta
y que me he alejado tanto
del lugar, que es imposible
asistir al sacro y santo
sacrificio de la misa,
pero si vos, soberano...
La hostia y elevación.
Hinca el cayado en tierra y saca el retrato de la Virgen.
Señor, asistes, Creador inmenso,
todo lugar ocupando,
donde vos estáis está
el templo heroico y sagrado.
Esta sin duda es la hora
en que se está celebrando
y desde aquí quiero atento
contemplar misterio tanto.
Y porque más dignamente
lo ejecute mi cayado
sea el portátil altar
del ara aquel Sol más claro,
que da luz a las estrellas,
honor al cielo y espanto
al horroroso concurso
hijo de eterno trabajo.
Madre sois de pecadores,
no desestiméis mi llanto,
que yo quisiera ofreceros,
conociendo mis pecados,
en cada lágrima mía
del corazón un pedazo.
Y vos, Señor, que os quedasteis
por mi amor Sacramentado
bajo las blancas especies
porque yo no quede en blanco,
¿qué podré hacer que equivalga
a ese volcán tan hidalgo
que a un tránsito de conocerle
no alcanza ningún humano?
¡Quién pudiera ver tan solo
de aquel misterioso arcano
los cándidos accidentes
en donde representados
estáis de nuestra Pasión
los tormentos mal pagados!
Pero, ¿qué dulce armonía
los aires está poblando
de consuelos y aun el cielo
de luces está formando
excelso trono de glorias
a inundaciones de rayos?
Descúbrese un globo de nubes con la efigie del Sacramento. Se va elevando el Santo mientras va bajando la tramoya y canta un Ángel.
Atiende, Pascual,
del sol más hermoso y claro
las luces benignas,
en donde su agrado
victoria corona
de invictos soldados,
que a fuerza valientes
sus triunfos sagrados
son corona ilustre de sus agasajos,
agradece sus finezas
porque hallarás en su amparo
segura la recompensa
de tus heroicos trabajos.
Atiende al Sacramento
lo excelso, lo soberano,
ven a contemplar las glorias
con que Dios te está premiando,
porque en su adoración
no temas los asaltos
de tu común enemigo
pues que Dios te da la mano.
Aguarda, espera, detente,
Señor, yo cómo, mas cuándo
llegaron a merecer
tanta dicha tus esclavos?
Mirando al que despierta
de algún profundo letargo,
que de aquello que ha dormido
no sabe dar el descargo,
despierto yo de estas glorias.
Seáis por siempre alabado
Dios eterno, Padre mío,
pues a este humilde gusano
tan crecido favor dais
cuando yo tan mal os pago.
Sale Garabato.
Gracias a Dios que te encuentro.
Por dónde, Pascual, has andado,
tu persona que me hiciste
trepar montes y barrancos
ansioso, triste y confuso?
Cómo te va, Garabato?
Sin tu compañía mal.
Voy por los montes temblando,
porque cada noche tengo
cien lobos fieros y airados,
que me dejan sin sentido
solamente al escucharlos.
mas no me dirás con quién
estabas ahora hablando
diciendo espera, detente
Señor, yo como mas cuando
de luces y armonías
todos los montes formaron
otro nuevo Paraíso
y en tu cara estoy mirando
tal golfo de resplandores
que me dejan asombrado
debes de soñar despierto
pero dejando esto a un lado
¿desde que yo no lo he visto
tiene buen paso el ganado?
Está tan gordo y tan bueno
que esto es cosa de milagro
siempre por una vereda
encuentra fecundo pasto
y sin salir de aquel coto
está más ancho que largo
Pues hacia allá caminemos
que quiero verle
Pues vamos
mas cómo lo haremos di
que de sed estoy rabiando
y no hay agua en todo el monte
ni la hay tampoco en el llano
También me aflige la sed
tan humilmente pidamos
socorra nuestra miseria
Dios, su nombre invocando
de entre aquestas peñas duras
saquemos agua en las manos
Charcos hay de ratones
¿agua quieres de un peñasco?
fuente
toca con el báculo y salta agua
Señor que a Moisés le distes
por verle necesitado
agua para vuestro pueblo
y si son muchos mis pecados
la misma misericordia
que ha de hacerme favor tanto
dándonos con que aliviar
la sed, ardor y cansancio
pero ¿quién llega a pediros
que quede desconsolado?
gracias os den oh los cielos
el sol, la luna, los astros
y todo cuanto sea hechura
de vuestra liberal mano.
Llega y bebe.
¡Ay tal, señores!
El Pascualillo es un santo,
mas, si he de decir verdad,
¿sabes en lo que reparo?
Que yo fui gran majadero
en pedirte agua, que tanto
te hubiera costado el vino
como el agua te ha costado,
y hubiera sido mejor,
porque no se hubiera aguado
un milagro tan crecido,
que por grande es gran milagro.
Lo que te prevengo es
que lo que has visto y mirado
a nadie digas, porque
me ofendiera el publicarlo;
que como Dios es tan bueno,
para hacer bueno al que es malo
se vale de él para hacer
estos prodigios tan raros.
¡Ay, Señor, y quién pudiera
rendiros en holocausto
el corazón que os adora
con afectos más cristianos!
¿Cómo quieres tú que yo mismo
calle, si el agua va hablando,
y de mi ilustre silencio
se va riendo y saltando?
Dios me libre de que yo
lo diga más que en claro,
cuando todos los pastores
estén juntos, encargando
a cada uno el secreto,
para que más divulgado
se quede el milagro al punto;
porque este tiene el encargo
del secreto, que al instante
revientan por declararlo.
Calla y déjate estar quieto.
Tienes un gusto muy malo.
Y agora vamos, amigo,
a buscar nuestro ganado.
Vamos, y si tú no quieres...
Diré que es mío el milagro,
que yo también lo he pedido,
he beudo y he rogado.
Vanse. Salen Anarda, Dominga, Luxbel.
Suspende el llanto, señora,
no amontones tu tormento,
acabando con la vida,
acabes con el remedio.
A más de que el padecer
el amor es merecimiento.
Con la esperanza se vive,
aunque se viva gimiendo.
Dejad que con mis pesares
se acabe el mal que padezco,
porque esta vida se pasa
de la muerte a los afectos.
Si a reducir a Pascual
en su obstinación severa
no bastan halagos míos,
ni bastan merecimientos,
las finezas, la hermosura,
las caricias, ni los ruegos,
a su resistencia altiva
mi amor, gigante creciendo,
ni la razón le corrige,
ni le alumbra el escarmiento.
¿Cómo queréis que mitigue
las ansias que de mi pecho
para acabar con mi vida
son mis verdugos sangrientos?
¿Pues veis que estoy sin juicio,
para qué me dais consejos?
Dejad que desesperada,
pues me miro sin remedio,
dé la garganta a un cordel,
mi corazón a un acero.
El acabar con mi vida
aún será piedad en ellos,
que no encuentra con la muerte
quien la busca por consuelo.
Si tú hicieras tal acción,
fuera para mí el trofeo,
pero de mis triunfos grandes
aún no se ha llegado el tiempo.
Eso es desesperación,
todo mejora viviendo.
Y ahora pues la armonía
te suspende los afectos,
solamente con morir;
pues no pretendo vivir,
lisonjeando mi herida,
ven, muerte, tan escondida,
que no te sienta venir,
se apaga el penar muriendo,
en vivir crece mi pena,
en esta infeliz cadena
solo padecer pretendo;
yo, como mi mal entiendo,
puedo fácil colegir,
amando yo mi sentir,
qué saco en este anhelar:
porque del vivir, pesar,
porque el placer del morir,
con el afán repetido
de un alma infeliz que adora,
crece el gusto cuando llora
las lástimas del sentido;
si un afecto fementido
en mi pasión recibida
será mi alegre homicida,
escondida ha de venir,
porque el placer del morir
no me vuelva a dar la vida.
Si el morir me ha de alegrar
del vivir con interés,
¿por qué no encarecer
lo que me suele aliviar,
si es el morir acabar
con esta continua herida?
Con la música.
Vanse.
Ven muerte tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me vuelva a dar la vida.
Y así conmigo decid,
añadiendo el fuego alas,
la noble pasión que arde.
Flores bellas oprimidas,
sentid, corazón, sentid,
que de hermosas os preciáis,
del perfume que exhaláis
al sol ardiente centella,
fabrique con vuestra estrella
el premio de lo que amáis.
Sale Garabato solo con una bota colgada y vestido a la misma manera que anda el santo.
Con las señas de Pascual
vestido por estos cerros,
piensan todos que soy santo
siendo tan grande embustero;
y para desahogarme
de los milagros que he hecho,
me salgo aquí con mi bota
que es el libraco que llevo.
¡Oh, qué de casos tan raros
de mí se irán escribiendo!
En el libro de mi vida,
al capítulo primero,
dirá el autor mesurado
con cierto docto misterio
la patria y padres del santo:
los padres van descendiendo
por línea de muchos lustres
de los candiles hebreos,
que lucen por cuatro partes
como por una pudieron;
la patria fue la ciudad
que está vecina a los pueblos
moriscos, por lo que el santo
bebía como un tudesco;
en el segundo dirá:
que es de algunos correos.
que dijo este varón santo,
porque de su nacimiento
esta virtud el mentir
la tuvo muy en su centro.
De la abstinencia el Padre,
miente, en el capítulo tercero,
dirá qué tal el ayuno
de su lánguido larguero,
que a colación se comía
de migas todo un caldero,
bien que al beber se templaba
el fuego que ardía dentro.
Pero hacia allí viene un hombre.
Póngome de santo; bueno
es, señor, cuanto quisiere,
pero es el vino rebueno,
que alegra los corazones
y nos fomenta el celebro.
Sale el Demonio.
Muerto de ira, no respiro,
rabiando de enojo vengo,
que contra mi ciencia docta
consiga un pastor grosero
tantos invictos blasones,
tantos celestes trofeos.
Para que voraz la llama
se aguarde en tu frío centro,
tierra infeliz, si conmigo
no acaba mi mal severo.
Desesperado está el hombre.
Señor mío Padre nuestro,
me canso ya de tener
los brazos en cruz abiertos.
Voto a Dios, que este despecho,
ya de su flema reniego.
Pero allí está Garabato,
que en el vestido fingiendo...
Ello es hecho, yo soy santo;
miren, y con qué respeto
el hombre se va acercando.
San Pascual, a daros incendio
Hombre, el diablo, me canso
de estar en cruz.
Y su aspecto,
solo por la semejanza,
de horrores abisma el pecho.
Pero sea deshecho,
de mi rencor escarmiento
el villano.
¿Con quién habla?
¿No ve que soy santo?
Bueno.
¡A esto para mis males!
Levántate, don peraucho,
tu juicio has perdido o el seso.
No sé, que agora no puedo,
que estoy fraguando un milagro
que ha de ser de gran provecho.
¿Pues qué milagro has de hacer?
¡Cómo me sufro a mí mesmo
con tantas indignaciones!
He de dar alma a este cuerpo,
que el pobre ya no respira;
y como era compañero
de mis trabajos, sin él
paso trabajos inmensos.
¿Piensas que no te conozco?
Porque de Pascual fingiendo
estás el traje y falso,
hipocritón embustero,
y pues eres su retrato,
ya que vengarme no puedo
en él, tú me pagarás.
Atrevido, ¿das aprietos?
¿Cómo tú me pagarás?
¿Cómo no guardas respeto,
voto a Dios, que estoy temblando,
a un santo, cara de perro?
¿Tiene este diablo de hambre
que hace su vida en el yermo?
Desta manera, traidor...
¡Ay, ay, ay, qué olor de azufre!
¡Vite, vite a los infiernos!
Hágase allá, no me toque,
que vivo entre llamas ardiendo.
Allá has de venir conmigo.
¿No hay quien me socorra, cielos?
¡Yo estoy sin mí, que me matan!
Martinazo.
¡Ojalá pudiera hacerlo!
Veamos si deste modo
te irá bien a la cruz, serrano.
Calla, infame,
que mi coraje sediento
a las venganzas que busco
contra Pascual, sin aliento,
porque estás en traje suyo
te dejará, mas no puedo.
Pues digo a este señor diablo
que si en este punto al momento
me desgarrapalizare...
que aun parecerle no quiero.
Ya tiemblo, ¡ay de mí!
¡Pascual, que me matan!
Necio,
calla ya, Pascual no llames.
Le llamo por mi remedio,
a ¡Pascual, Pascual!
Pues toma.
¡Pascual!
A furias...
Sale San Pascual.
¿Qué es esto?
¿Qué ha de ser? Llevarme el diablo,
porque soy tu compañero.
Temblando estoy a tu vista.
Pues, ¿cómo tú, dragón fiero,
bestia horrible, infiel criatura,
te atreves, bárbaro y ciego,
a ultrajar cenizas mías,
sin que temas tu escarmiento?
Hable ahora este vergantajo,
que le pondré como un cuero.
Y con el nombre de Dios,
y con mi auxilio, al infierno
te mando vayas al punto.
Váyase luego al momento.
Vuela.
Yo me iré a eterno retiro,
porque a tu vista no puedo
estar sin padecer más
que en el infierno padezco.
Pues, ¿qué ha sido, Sarabara?
¿Qué ha de ser? Por ti me ha muerto.
¡Ay de mis pobres costillas!
Voto a Dios con el locuelo.
El nombre de Dios, hermano,
con tan poco fundamento
ha de tomar en la boca.
¿Ahora sales con eso,
cuando de todo este lado
parece que me derriengo?
Botaré yo ahora más
que una pelota de viento.
Pues dime, ¿qué ha sucedido?
Escucha en breve el suceso:
querer parecer yo santo,
imitar tu traje, y luego
salir el demonio y darme
unos golpes tan tremendos,
que si no hubieras salido...
me matará sin remedio.
Pues váyase a descansar.
Irme desde aquí no quiero,
y que vuelva aquel diablazo
con sus manos de esqueletos
y vuelva a ponerme encima
lo que llevar ya no puedo,
no es cuenta que me está bien,
que yo a su lado no temo
de todo el infierno junto
los rigores ni escarmientos;
pero en hallándome solo,
solo de pensarlo tiemblo.
No tema y vaya a la choza,
que Dios le dará su esfuerzo.
Ya me voy, pues que no impide
el que me vaya mi miedo.
Ahora que me miro
en esta soledad, en el retiro
de esta verde espesura,
de quien el sol el rostro nunca apura,
es bien, Señor, que os pida
con profunda humildad, con fe rendida,
deis a este un favor que procuro,
cuál ha de ser el puerto más seguro,
si al monte salgo, en el monte encuentro
un áspid en las flores de su centro
que engañoso procura
hacer mi resistencia mal segura,
y yo de sus impulsos impedido
cada instante me miro tan perdido
que, aunque me cause enojos,
mi muerte encuentro con mis propios ojos.
¿Qué importa que las flores olorosas
me tributen, preciándose de hermosas,
en cada aliento su risueño halago,
si encubriendo venenos a mi estrago
en la victoria infiel de mi desgracia
me amenazan ruina en vuestra gracia?
Y viendo yo el engaño de este abismo,
aún no vivo seguro de mí mismo,
porque en esta crueldad que el hombre encierra
a sí mismo se hace injusta guerra;
si el auxilio divino no procura,
quedará su firmeza mal segura.
Y así, Señor, con humildad os pido
inclinéis a mis voces vuestro oído,
Y haced con providencia sacrosanta
que en Vos y para Vos crezca esta planta.
Al decir este verso se descubren San Francisco y Santa Clara en un trono de gloria con dos ángeles cantando a los lados o como mejor pareciere.
Francisco
¿Quién pronuncia y declara?
Y Clara
¡Ay, qué remedio a mi mal!
A Pascual
De sus voces lo leal
y mi sosiego procuran
pues que dicen que aseguran.
Francisco y Clara a Pascual
ofrecen lo que procura,
que el llegar a ser su hechura
es el remedio a su mal.
Atiende a mis voces.
Mis voces escucha.
Pues que dicen
Pues pronuncian
Francisco y Clara a Pascual.
Sagradas inteligencias,
que de mis ansias confusas,
a mis ruegos tan benignos
serenidades pronuncian;
declarad a los preceptos
la inteligencia que duda;
en vuestra neutralidad
la idea fiel que dibuja
diciendo a mis tristes ansias,
cuando vuestro acierto buscan.
Francisco y Clara a Pascual,
en su religión sagrada,
de las ansias que le asustan
hallará el feliz suceso
que eternos bienes vincula.
Ya, Señor, de las piedades
los raudales que fecundan
misteriosamente afables
me enseñan para que acuda
a buscar vuestra clemencia
en los favores que anuncian;
en la casa de Francisco
mis aciertos hoy procuran
asegurar los vaivenes
desta nave que fluctúa
corriendo montes de riesgos,
corriendo campos de espumas,
en donde miserablemente
quiere la torpe coyunda
que sea infeliz oprobio,
para que siguiendo astuta
mi inclinación sus engaños,
encuentre en la horrible lucha,
cuando piense la victoria,
la prisión eterna y dura.
Sean pues de mi alegría
testigos las plantas mudas,
las aves que el aire pueblan,
las flores que al sol dibujan
con carmines y fragancias,
cuando por el sol se mustian
en las copas de sus hojas
los alientos que perfuman.
Venza pues con mi constancia
aquella cárcel obscura
donde todo es tristezas,
y la aflicción más confusa
se priva del mayor bien,
que es ver de Dios la hermosura.
Y así con vuestras piedades
Clara y Francisco aseguran
felicidad mis temores,
que si benigna me ayuda
vuestra protección sagrada
el riesgo que me circunda,
ni me acobardan horrores,
ni tentaciones me asustan,
ni los vicios me amedrentan,
ni los peligros me turban;
pues que con voces celestiales
mi felicidad escucha,
animando mis temores
del tropel de tantas dudas,
para alivio de mi mal.
Con la música
Francisco y Clara a Pascual
ofrecen lo que procura,
que en llegar a ser su hechura
obrará el remedio a su mal.
Fin de la segunda jornada.
Sale S. Pascual y Sarabato de Religiosos, y el Santo con unas cartas de camino.
No hiciera tal disparate,
Pascual hermano, un romero
a Francia, siendo nosotros
frailes, y más frailes legos,
que peligran nuestras vidas.
¿No sabes que aquellos perros,
herejotes infernales,
sectarios de aquel Lutero,
que con su infame doctrina
ha enriquecido el infierno,
luego al punto que nos vieren
nos darán por gran consuelo
unos cuatrocientos palos
desde el cogote al pescuezo?
Todo lo sé, Sarabato,
pero tal razón no encuentro
con que pueda faltar yo
al voto que tengo hecho.
Manda que lleve a París
Otras cartas con secretos
a mi Provincial, porque importan
negocios de grande empeño.
Que el Prelado me manda
pretender que yo indiscreto
discurra ahora en peligros,
en amenazas, en miedos,
en castigos, ni en temores.
Pero dime, ¿no fuera bueno
que el Provincial enviara
otros de más desempeño
y nos dejara a nosotros?
A mí no me toca eso,
yo he de cumplir lo que manda,
sin discurrir si fue bueno
el mandármelo a mí, o no,
que se parecen en esto
la fe y la obediencia, pues
el que procurare atento
cumplir con sus tributos
ha de ser como ellas ciego.
Que a tu padre Provincial
le obedezcas en el huerto,
en la cocina, en la iglesia,
en la bodega, en el fuego,
y en el agua, está muy bien,
porque allí no tienes riesgo
de que te mate ninguno,
o que te escalabre uno,
mas que por obedecerle
a morir vayas, no creo
has de encontrar con alguno
diga te obligue a este exceso
el voto de la obediencia.
En Cristo tengo el ejemplo,
que obedeció hasta la muerte
sin que fueran sus tormentos
parte para que él dejara
de obedecer los preceptos
de su Padre y de mi Padre,
cuya obediencia siguiendo
iré a hacer lo que me manda
sin que me asusten los riesgos.
Que tú fueras, bien está,
mas que yo vaya, no es yerro,
que yo no sé hacer milagros,
y si me aprietan aquellos
herejes, yo luego al punto
renegaré.
No digas eso,
de quien he de renegar
del alma de todos ellos.
Vamos, que Dios proveerá.
Así dice aquel proverbio,
pero yendo yo contigo
vergüenza es que tenga miedo.
Vanse y salen los Vicios y Virtudes cada uno por su puerta y el Demonio y Ángel.
Ya que son mías las glorias
Pues son míos los pesares
que en Pascual hoy resplandecen
que de Pascual hoy renacen
ayudando a mis victorias
animando a mi coraje
Decid con voces benignas
Decid con voces fatales
que de Pascual hoy renazcan
que de Pascual hoy apaguen
los triunfos misteriosos
que coronan sus memorias inmortales.
Mas como infame enemigo
Mas como enemigo infame
Contra mis sacros impulsos
Contra mis ciencias sagaces
a Pascual Bailón te atreves?
tú contra mí a Pascual vales?
Pues no miras
Pues no adviertes
Pues no escuchas
Pues no sabes
que si me indignas, perverso
que si hoy llego a irritarme
serás de mis escarmientos
el más fementido ultraje?
Qué has conseguido?
Yo, penas.
Pues qué pretendes?
Vengarme.
Cómo ha de ser, si Pascual
tiene un cielo que le guarde?
Yo me valdré de los Vicios.
De las Virtudes se vale.
Que a pesar de vosotros
De vosotros a pesares
será ejemplar infeliz
de todas las sequedades.
Será fénix que en sus aras
hoy de sí mismo renace.
No está en casa de Francisco?
En su casa, si bien se guarde,
para que esté más seguro.
No va a Francia.
A Francia parte.
Pues yo haré que mis desdichas
todas juntas allá pague.
Si ya no es que a tus iras
nuevos no añades,
que si tú ultrajes le buscas
Dios le ampara en los ultrajes.
Pues a la lid.
A la empresa.
Y digan ya mis parciales,
que de sus nuevos vigores
no hay que temer los embates,
que de mi brazo al valor
no hay valor que le contraste.
Vanse, y salen Anarda y Dominga.
porque a tus desdichas / remedio no haya de hallarse / no procures porque logren / tus penas de irremediables
Aquí acabó mi esperanza,
aquí acabaron mis males;
porque llegaron a esfera
que no puedan conservarse,
porque la muerte es la línea
última de los pesares,
y con morir de mi pena
a todos los hago iguales.
Advierte...
Ya no hay que advierta.
Repara...
No hay que repare.
Que no es bien...
No me aconsejes.
Que de ti misma...
No acabes
de apurarme la paciencia.
Venganza tomes tan grande.
Di, ¿qué he de hacer, si Pascual
ya en la religión no cabe
que pueda llegar a verle
ni pueda llegar a hablarle?
Y este frenesí tan loco
está ahora más constante
que nunca. ¡Amor, ay de mí!
Fuentes que bordáis la margen
de este verde paraíso,
honor de las cuatro edades,
perla a perla, queja a queja,
pues de las flores amantes
lisonjeáis los perfumes
en la brisa que reparte.
Entre ellas, cuánta franqueza,
mirad mi dolor, miradle.
y de piadosas siquiera
enternecidas lloradme,
vuestras corrientes porque
las lágrimas no me falten.
Y al aire hermosas lisonjas,
dulces y canoras aves,
que con retóricos picos
cantáis las felicidades,
de la fe correspondida
sin que lleguen a quejarse
del desdén vuestras pasiones,
y en vuestro maridaje
enlazáis vuestras finezas,
en vuestras toscas piedades
compadeceos de mis penas,
y en armónico discante
sirvan de trágico elogio
vuestros corteses pasajes.
Hermosas claras estrellas,
del cielo eternos diamantes,
cuya influencia propicia
en heroicas verdades
hacéis los movimientos
cuando os presumís errantes;
sagrado vínculo airoso
de santas felicidades,
tened de vuestros progresos
la hermosa luciente imagen,
porque el dolor que me aflige
es tan cruel, es tan grande,
que consolarle no pueden
estrellas, fuentes ni aves;
¿qué he de hacer, ay de mí triste?
Torpes ideas dejadme.
Si no lo quieres curar
sigue esta vez mi dictamen,
y para darle un enojo
hazte monja si él es fraile.
Primero esta noble antorcha,
luz del cielo, al cielo falte,
y vistiendo horror al mundo
en sus mismas ceguedades,
a la materia confusa
vuelva su aurora imagen.
Primero ese monstruo horrible
del mar, haciendo gigantes
de espuma contra los cielos,
su sañudo orgullo levante,
y a cintarazos de perlas
de sus polos desencajen
la antigua noble firmeza
que le acreditaron grandes
entre sus mismas ruinas
cuando quiera asegurarse
cuando presuma tenerla
su seguridad le falte,
no es buen medio el que procuras,
mal, Dominga, persuades,
porque si la ausencia lloro
cómo quieres que restauren
esta enfermedad que lloro
las mismas enfermedades;
vamos, que amor me dará
la que ha llegado a empeñarme
o cómo alivie mis penas
o cómo mi vida acabe.
Vamos, señora, que a mí
también el amor me trae
picada y aun ofendida
de aquel garabato infame,
que suelto Joseph candil
en quien mis amores arden,
me ha dejado a malas noches.
Porque os tan buen día alcances
y así por ser tu criada
y compañera me cabe
seguir de tus infortunios
la rueda siempre inconstante.
Dios quiera que con lo que intento
mi precipicio no alcances.
Danse. Suena ruido de palos y piedras.
Dios quiera que mis pasiones
otra vez se engarabaten.
¡Al papista!
¡Vaya, huarte!
¡Amigos, dadle!
No desamparéis, Señor,
vuestro siervo en este trance.
Vayan fuertes aquesas piedras
hasta que le descalabren.
Sale Sarabar con alforjas y la bota al lado.
Ya yo soy muerto, ¡ay, Jesús!
¡Reniego de vuestras madres,
herejes, perros traidores!
Voto a Dios que vuestra sangre
he de beber, si se vuelve
el vino de a cuatro reales.
Ya que se van con las vidas,
¡calcadles fuertes, calcadles!
Sale San Pascual
Por vuestro amor sea todo,
no hay ley alguna que mande
que el esclavo sea mejor
que el Señor; si por librarme
de mi eterno cautiverio
Redentor mío pasasteis
por tantos palos y piedras,
más baratas de piedades
que por vuestras merecían
que el hombre las estimase,
yo que soy esclavo vuestro,
yo que soy gusano infame,
rebelde a vuestros auxilios,
ingrato a vuestras piedades,
¿qué mucho que a mí los hombres
se atrevan a pedrearme,
cuando con Vos el respeto
fue tantas veces ultraje?
Y aun os debo agradecido,
como a favores bien grandes,
estimar estas injurias,
pues el modo de encontrarme
con Vos, más cierto es seguir
vuestras divinas señales.
¿Hermano?
Hermano no soy;
¿han visto con qué me sale
después que llevo el pellejo
más mal zurrado que un guante?
Por el cordón que me ciñe
que os hago pleito homenaje,
bugres, malvados, mastines,
caras de cara vinagre,
que si yo en campaña os viere
os he de dar, porque os cuadre,
más patadas que a un podenco,
más crozadas que a un rozel,
más puñadas que a un corchete
cuando a un inocente agarre.
Calle, hermano, no se inquiete;
a Dios las gracias le cante
porque nos quiso librar
deste peligro tan grande.
¿Pues no es grande atrevimiento,
no es desvergüenza notable
que azoten dos embajadores
así estos perros maltraten?
¿Embajadores nosotros?
Mira que somos dos frailes.
ansí indignos de vestir
el hábito venerable
de mi Padre San Francisco.
Dime ¿qué a Francia nos trae?
La obediencia.
Ansí es verdad.
¿No te mandó que entregases
al general, mi señor,
por un negocio bien grave,
nuestro Padre Provincial
unas cartas?
Innegable
es lo que dices.
Pues
¿no has cumplido vigilante
con haberlas ya entregado
con puntualidad notable
en sus manos? Luego tú,
papel de embajador haces.
Y si volvieran ahora,
está en punto mi coraje,
que no temía de todos
para empezar a vengarme
por vida...
Detenga, espere,
no llegue, hermano, a inquietarse.
Prosigamos el camino,
diciendo con fe constante.
Sale el Hereje con una lanza.
¿Cómo vosotros, traidores,
os atrevéis a llegaros
a pisar estos países?
Otro demonio hay que dance,
yo estoy de miedo que apenas
respiro.
Señor, libradme,
porque sois de tanto ciego...
¡Qué cara tiene de cafre!
Pues, ¿no sabéis que sin más
delito que veros traer,
he de acabar con las vidas
que os animan, sin que basten
a refrenar mis furores
las fingidas humildades?
Pascual es quien tuvo culpa,
que yo ya quise quedarme,
y él me mandó que viniese.
Hoy, de los dos, mi coraje,
para la rabiosa sed
que dentro en mi pecho arde,
ha de hacer pasto, aunque vil.
de vuestra torpe sangre,
a inundaciones purpúreas,
para que las flores manche,
y para escarmientos a otros
fabrique de sus corales,
espejo que sirva a muchos
de horror el más formidable.
¡La piel del Diablo, y el hombre!
¡Ay si pudiera escaparme!
Pues ¿en qué, señor, nosotros
pudimos tanto enojarles?
En que al Papa la obediencia
dais, no más.
Pues no te espantes,
que si solo eso es tu enojo...
¡El Papa!
¡Calla!
¿Que calle?
Es un obispo de Roma.
Pues, ¿habrá razón que mande
que la obediencia se niegue
a un vice Dios, que reparte
de los celestes tesoros
el valor más admirable?
Que hay iglesia, es infalible;
que hay Cabeza, es innegable;
que es el sucesor de Pedro,
es cierto como constante;
que a Dios se debe, es de fe;
y que es de Dios una imagen
el Pontífice, no hay duda.
Pues ¿cómo quieres que cuadre
a Dios darle la obediencia,
y negársela a su imagen?
Claridad, que en decirlo avisa,
salid de esas ceguedades,
que el que no ve el sol no es ciego,
si el que no quiere mirarle.
Cierra esa lengua atrevida,
o vive Dios que te mate.
Tiene vuestra merced mucha razón,
que es Pascual un ignorante,
calla con dos mil Demonios.
La ley que profeso, que hable
me manda; mira qué error
es lo que sigues, muy grande.
Con tu vida el desengaño,
Esta vez he de comprarte.
Enristra la lanza y suspende el brazo sin poder ejecutar el golpe
Repara.
Mas, ¿cómo, cielos?
Deténgase, por San Jaime,
por seiscientas mil agujas
y cuarenta mil dedales.
¿Quién, ay de mí, quién me impide?
En todo sois admirables,
piadosísimo Señor.
El brazo torpea, pesares,
mover no puedo, ¿qué es esto?
Ea, acaba de vengarte.
Vase
Por más que lo solicito,
hay quien mi soberbia ultraje.
¡Qué corrido, vive Dios!
De sus ojos ausentarme
quiero.
A mis beneficios,
tanto beneficio añades,
que por ser de tanta monta
no puedo, Señor, pagarte.
¿Quién sino tu brazo fuerte
así pudiera estorbarle
que no me diera la muerte?
Haced que se desengañen
estos enemigos nuestros;
dadles luz con la cual hallen
el camino que han perdido,
divinas seguridades.
¡Deo gratias!
¿De qué te quejas?
De que viniera el paso a marqués,
porque no ha habido en el mundo
quien todas las rescatare
o si no le dejaré, y
con estas temeridades,
pues quiere meterse un lego
en aquello que no sabe,
en venir otro diré
si a caso de amordazarme
queda el Papa.
¿El Papa, qué es?
De la Iglesia un Santo grande.
Sale el Demonio
Afrentado de mí mismo,
por mi mano he de vengarme
deste villano que tiene
tanto dominio en mis males.
¡Andaló! Ya viene otro.
qué olor a pez, que son, jamás
aquí dio fin la comedia.
El paciano nos valga.
No me asustan estos riesgos,
Señor, mientras me ampare
vuestra protección divina.
¡Ay, qué hace de aspavientos!
Muere a mis manos, traidor.
Cúbrese el Demonio con el manto y baja el Ángel con vuelo rápido, con una espada en la mano, y el Demonio se hunde.
No hará, Pascual, se guarde.
¡Ay de mí, rabiando muero!
Los incendios infernales
te sepulten, mal asombro,
y tú, Pascual, no te espantes,
que Dios te asiste y ampara,
te aseguran sus piedades
hasta que a tu casa llegues,
previniendo a tus lealtades
la corona que mereces,
pues con breve das notables
iras, a gozar el reino
de eternas felicidades.
Vuela.
Aguarda, espera, detente,
no tan ligero te apartes
de mis ojos, ¡qué dulzura!
¡qué bien, qué favor tan grande!
Sarabato, vamos luego.
Yo no quiero.
¿Vengan males?
¿Por qué?
Porque también
por mí ha de venir un ángel
con subida ligereza
y me ha de decir que marche,
que yo no soy algún puerco
para que así me dejasen
sin decir oste ni moste
volando por esos aires;
pero no sea que vuelva
aquel cara de vergante
con su lanza y el pellejo
justo o no justo me pase.
Vamos, y a Dios gracias demos
de la merced que nos hace.
Vamos, que en llegar al pueblo
quiero mojar el gaznate.
Vanse y salen Anarda y Dominga y Gemano.
Ya que de tanto obstáculo
el duro, arrugado ceño
venció mi porfía amante,
permite, amor, que mi intento
que algún descuido pequeño
prende fuego en una casa
y que afligido su dueño
las alhajas que tenía
más guardadas en secreto
a la calle las arroja
porque el voraz elemento
no las reduzca a ceniza,
y cuando parece medio
para librarlas cruel
las expone a mayor riesgo,
o rompiéndolas al golpe
o su dominio perdiendo?
Así yo de mi recato
tuve un descuido pequeño,
prendió amor fuego en mi casa,
fue a mis suspiros creciendo,
y mi honor guardaba yo
como alhaja de más precio;
y porque no peligrara
al rayo, a la llama o fuego,
quise sacarle de casa,
y cuando a buscarle vuelvo,
o le busco más perdido
o hecho pedazos le encuentro.
Y así vamos poco a poco
a Villareal porque intento
la acción más desesperada,
el más infame remedio
que una mujer de mis prendas
puede elegir, suponiendo
que ya la razón perdida
ni repara con los riesgos
ni con perder el recato
ni aun con la vida, creyendo
que si he perdido a Pascual
todo lo demás es menos.
Vamos, señora, que a mí
no me toca dar consejos
sino tan solo servirte;
pero que adviertas prevengo
a los riesgos que te expones
para que evites los riesgos.
Vanse y descúbrese una portería de convento y sale Garabato.
Gracias a Dios que con vida
a este convento me veo,
en donde pueda mi hambre
vengarse de aquel estrecho
ayunar que en el camino
he pasado, no comiendo.
He aquí, ustedes, que voy
empezando a dar bostezos,
y antes que al coro, mi hambre
va a la cocina primero;
allí encuentro yo los nabos
como si fuera en Adviento,
más gustosos que un chorizo
y más blandos que un buñuelo.
Voy aflojando el cordón,
porque, como están soberbios,
el vacuo in rerum natura
me va llenando de viento.
Para principio me como
cuatro mil pares de huevos,
y no hay que quitarme uno,
que reñiré con San Pedro.
Los unos los hago asados
con un calorcillo lento,
porque queden sazonados
sin que gaste mucho fuego;
los otros cojo y ablando
con siete hornos que tengo
prevenidos para el caso,
y los otros voy haciendo...
un bigote, un estofado
y un capirote tan hueco
que puede servir al grado,
de un bachiller de mi tiempo.
Saco mi quitapesares,
me pongo como un flamenco
la cara de tabardillo,
y de modorra el celebro;
esto es vivir y no andar
huyendo de riesgo en riesgo.
Aquí el ciego me amaga,
allá me casca Lutero,
Calvino aquí me provoca,
y por remate de cuento,
no hay tal vida como ser
un Sarabato portero.
A todas horas Pascual
con los cilicios severos,
con la continua oración
y la abstinencia haciendo
una viuda de su vida,
que es peor que la de un suegro.
Pero, ¿qué es esto, ay, señores?
Embozadas tenemos;
cuánto va que el Sarabato
se vende por seis dineros.
Salen Anarda, Dominga y la Lujuria tapada, que esta se ha de convertir en olmo y ha de verse la efigie de la muerte a su tiempo.
Pues, ¿no reparas, señora,
que te pierdes sin remedio?
No me aconsejes, Dominga,
que más contigo no puedo.
Aparte.
Muy bien discurres, Anarda,
que quien se ve sin consuelo
no ha de reparar en males,
en ansias, penas y riesgos,
para lograr sus ruinas,
tan locamente aconsejo.
Ahora bien, póngame grave,
y en el andar circunspecto,
Deo gracias, hermanas mías,
¿qué buscan en el convento?
Díganos a dónde está
su hermano Pascual.
Yo creo
que está en el coro rezando
por el alma de mi abuelo.
que en su primera edad
fue muy bellaco ventero.
¿Cómo, a la obediencia falta?
¿No es el hermano portero?
Sí, señora, pero ahora
está la casa entendiendo,
y a mí me la ha encomendado
mientras que reza el salterio.
Pues mire que he de hablarle.
¿Le ha de hablar vuestra merced en secreto?
Con muchísimo.
Pues diga
lo que le quiere.
No puedo.
Si es hacer algún milagro,
dígalo, que yo iré a hacerlo.
Vaya y llámele, ¡oh, buen padre!
Su nombre digan.
Es un necio.
Diga que quieren hablarle
en cosas de mucho peso,
y no le diga más.
Si es esto,
y se descubra un poquito
de su cara, yo me pierdo.
Con esta tentación, ¡Jesús!,
hacerme cien cruces quiero,
que en acordarme del Diablo
apenas respirar puedo,
que es una figura horrible.
Voy y le aviso al momento.
No ha de resistirse ahora,
porque es el último esfuerzo
de amor que en mí ha achacado.
Se va por puntos muriendo.
Yo le induciré a que caiga
en este torpe deseo.
Al ver las resoluciones
voy cubierta de un velo.
¿Qué se les ofrece, hermanas?
Decirle mi sentimiento,
y lo mal que me ha tratado,
pues la cara encubriendo
está ahora. Mis pesares
consigan lo que no es nuevo.
Anarda soy, que he vivido
de tus amores muriendo,
y por huir de mi halago
fue tu retiro el convento.
Pero ahora...
Va a abrazar al Santo
No, profana,
manches el sacro respeto
que debes a este lugar,
y en nombre del Dios te advierto
reprimas de tus locuras
los bárbaros devaneos,
antes que Dios ofendido
de tan crueles intentos
corrija tus sinrazones
con el fuego del infierno.
Estatua sin ánimo, helada,
apenas respirar puedo.
¿No advierte, hermano Pascual,
que no merece desprecios
Anarda tan excesivos?
Alíviele sus tormentos,
dele siquiera esa mano.
Se la daré para el cielo,
si Dios me asiste y ayuda,
dando a mis voces acierto.
¿Es posible, Anarda, que
haya de vivir tan ciego
tu frenesí, loco y vano,
que te olvidas de los fueros
del honor? ¿Ya que de Dios
no te oprime lo severo,
quién soy yo? ¿Sabes quién soy?
Pues soy un vil esqueleto,
hijo de la podredumbre
y de la miseria nieto.
Mira por quién has dejado
aquel apacible rango,
donde todo es paces, gustos,
felicidad y recreo.
¡Oh, y qué, si ya hubieses logrado
de tu pasión los excesos!
Sería más que un vil humo
que se pasó en un momento,
y por él te quedaría
la eternidad del tormento.
Pues si tan presto se apaga
un momentáneo deseo,
que aún no empieza a ser halago,
cuando da pasos a escarmientos,
¿cómo buscas un castigo
y dejas un bien eterno?
Yo, Pascual, sí, porque el amor...
de turbada hablar no acierto.
Descúbrela.
Y para que el desengaño
alumbre tu entendimiento
y del engaño en que vives
conozcas mejor los riesgos,
esta que en nombre de amiga
fomentaba tus tropiezos
llega y mírala la cara.
¡Ay, Jesús! Pascual, ¿qué veo?
Yo estoy muerta, ¡ay de mí triste!
Yo estoy temblando de miedo.
Pues, ¿cómo yo en este engaño
pude vivir tanto tiempo?
Apenas la voz animo,
sin mí estoy, sin alma quedo.
A Dios he ofendido mucho,
su piedad no merezco;
ruégote que tus oídos
escuchen hoy mis lamentos,
y que las lágrimas doy
en sacrificio más cierto,
cieguen mis ojos llorando
de sus lágrimas haciendo
un mar en que de mis culpas
se lave el borrón más feo.
Haya en mí piedad, Señor,
que ya mis culpas confieso,
no os valgáis de vuestras iras,
que aunque sé que las merezco,
en vuestras misericordias
os buscan mis desaciertos.
Pequé, Señor, escuchad
la ansiosa voz de mis yerros,
y pues me habéis esperado
con mis vicios tanto tiempo,
ahora vuestra bondad
oiga mi arrepentimiento.
Yo de vos me aparté, Señor,
por un loco devaneo,
siguiendo de mis errores
escandalosos tropiezos,
pero ya desengañada,
y arrepentida a vos vuelvo.
Admitidme como a Padre,
y sean mis escarmientos
del naufragio que he corrido
la tabla en que llegue al puerto.
Y vos, varón prodigioso,
rogad por mí, que con eso
aseguro de mis culpas
perdonados los efectos.
Y para que se conozca
que es mi dolor verdadero,
si os parece, voy de aquí
a ponerme en un convento
de esta religión sagrada,
donde llorando y gimiendo
borre de vida tan mala
tantos lascivos defectos.
Y pues yo por tu criada
ayudaba tus intentos,
con desengaño tan grande
contigo ser monja quiero.
Vanse.
No se perdonan pecados
que contra Dios cometieron
los torpes delitos propios
con solos ruegos ajenos;
a Dios ofendiste mucho,
y será dichoso acierto
que de manchas tan horribles
procure el dolor severo
lavar con lágrimas puras
lo detestable, lo feo
de vida tan licenciosa.
Y en lo que yo te aconsejo,
sujeta a la culpa propia
el propio arrepentimiento;
y aunque mala, de mi parte
rogar por ti a Dios prometo.
Sigue el cristiano dictamen,
su religión sea el centro
que a tanto delito injusto
asegure los remedios,
que el Dios que castiga airado
los pecados justiciero,
convierte en eterna gloria
el que era castigo eterno.
Ya que mis ciegas pasiones
esclava torpe me hicieron
del Príncipe de las Sombras,
en las suyas sucediendo
mi duro dolor, revoquen
mis lágrimas el decreto
que contra mí se previno
por el tribunal supremo.
Sea antorcha que me alumbre
hoy de Francisco un convento,
que son sus leyes sagradas
sus más cristianos preceptos.
Quede la vanagloria
para amantes, que si fueron
criadores los lazos
que mi ruina erigieron,
dar ejemplar a las otras
podrán servir de escarmiento.
Solo a Dios busco, a Dios amo,
y de su justicia apelo
a su gran misericordia;
valga el conocimiento
de que contra ti, Señor,
y pues mi culpa confieso,
logre el perdón que ya busca
mi grande arrepentimiento.
Vamos, Dominga.
Vanse y sale el Demonio y los Vicios
Señora,
seguir tus pisadas quiero,
porque a mí también me alumbra
la luz del conocimiento.
Pues ¿cómo, infames traidores,
no teméis de mi tormento
el rigor que os amenaza?
Ese que respira incendio,
Si aun así venció constante
su valor, ¿qué sentimiento
te puede quedar conmigo?
Si eres príncipe supremo
de los vicios, y has quedado
vencido, ¿cómo podremos,
cuando tú no logras triunfos,
lograr nosotros trofeos?
Si por ti vive en nosotros
el valor y el ardimiento
y eres tú quien nos anima,
nuestro no, tuyo fue el yerro.
No tan solo de vosotros,
aun de mí mismo me quejo.
¡Los cielos sobre mí caigan,
sepúltenme los infiernos!,
pues una vil criatura
ultraje es de mis alientos.
Pero aun me queda recurso
a este dolor que padezco.
Venid conmigo, ¡ay de mí!,
que está Pascual tan enfermo
que ya en su vida fluctúan
los parasismos postreros.
Ahora es tiempo a penares
que se haga el último esfuerzo
para que mis males logren
a tanto dolor consuelo.
Vamos luego, porque yo
también asistiros quiero,
y hacer que pierda en un punto
lo que logró en tanto tiempo.
Vamos, que más vigilantes
hoy todos te asistiremos.
Sale Sarabanda.
¡Ay de mí!, ¿qué me sucede?
Yo pierdo el entendimiento.
Lágrimas mías, salid.
Pero estos ojos que tengo,
aun para llorar no valen
las coplas de don Gaiferos.
Pero el no poder llorar
la causa es, según infiero,
que las lágrimas son agua,
y como yo no la bebo
no encuentra el dolor de qué
las pueda formar, y creo
que si lloro será al agua.
Retírase y sale el Ángel solo cantando.
que ofenden a los taberneros,
grave mal, desdicha grande,
que se esté Pascual muriendo
y que yo no me ahorque al punto
para irme tras él al cielo.
Hola, pero esto de ahorcarse
no es muy cristiano remedio
y han de quejarse de mí
el gaznate y el pescuezo.
Grave dolor de costado
está el pobre padeciendo,
y su paciencia no toma
más alivio que el remedio
que le dicta lo cristiano
de su cristiano deseo.
Su paciencia es de paciencias
tan sin ejemplar ejemplo
que si otros de su mal huyen,
está de su mal contento.
Pero ¿qué dulce armonía
suspende el vago elemento?
Sin duda que le festejan
los cortesanos del cielo;
aquí quiero retirarme
por si acaso lograr puedo
ver de sus felicidades
el más dichoso trofeo.
Virtudes hermosas,
al triunfo feliz,
siguiendo mis voces,
gustáis venir.
Corred, llegad,
que os aguarda el abril,
las luces del cielo, del campo el carmín.
Tus pasos seguimos,
por nuestro adalid,
buscando en las voces
las sienes ceñir.
Pues ya que las huellas
sagradas seguís,
en voces afables
conmigo decid:
Corred, llegad,
que os aguarda el abril, etc.
¡Ay, qué hermosos angelitos
se van viniendo hacia aquí!
De gozo estoy que reviento.
pues he merecido oír.
Corred, llegad,
que os aguarda el abril, etc.
En forma invisible quiero
que se corone la lid,
que contra los vicios torpes
tanto tiempo ha que siguió.
De la vida de Pascual
llegó el decreto, dirá el fin,
y empezando eterna vida
la caduca ha de morir.
Y conjurados los Vicios,
pretenderán conseguir
en sus últimos alientos
su último frenesí.
Por lo que yo, puntual,
he querido prevenir
seáis vosotras primeras
y últimas en el rendir;
por lo que mi voz ansiosa
os dijo en cláusulas mil:
Corred, llegad, etc.
Que ya el amor de Dios
no cabe dentro de mí.
A tus voces obediente
intentaré competir.
Con el Príncipe amoroso
de aquel eterno zenit,
también nosotras constantes
ofrecemos desde aquí
el ser en servicio tuyo,
quien mejor te sirva a ti.
Sale el Demonio con los Vicios.
Ya, ya, lisonjeras mías,
llegó la hora en que intentan
satisfacción mis agravios;
y aunque mi ambición sedienta
llore la vida que busca,
logre la muerte que espera.
Y puesto que os animan
invisibles apariencias,
como a las virtudes hagan
las astucias lisonjeras
que sirvan de precipios,
porque yo el dolor no sienta;
y aunque mi enemigo airado
las escuadras, severas
las iras logren estragos
donde los triunfos esperan.
Y tú, que al dolor que sufro
fabricas dura cadena,
si imaginas que el valor...
¿Desmayas y titubeas?
Te engañas, si ansí lo juzgas,
antes, con industria nueva,
los triunfos que he perdido
quiero cobrar, las banderas.
Ya Pascual muere, y agora
verás de mi inteligencia
que, si a costa de nosotros
fue Pascual mi indigna afrenta,
he de cobrarme en su daño
nuestras victorias severas;
de los vicios asistido,
haré que desta carrera,
si fue feliz la distancia,
sea el término tragedia.
No sabes, horrible monstruo,
que hallarás mi heroica diestra
tan constante a tus engaños,
tan valiente a tus cautelas,
que, con el castigo airado,
llores y no te arrepientas,
por más que airado respires,
pues que serán las primeras
que de su alcázar heroico
despeñó mi soberbia?
Aquí ha de haber gran batalla,
sí, que Dios no lo remedia.
Aunque ella por sí dominar,
tu horrorosa citación ciega
causa así que es mucho más
tal vez lograr tus laureles,
por el varón en que avivan,
que tú nunca fíes dellas.
Pero Pascual es constante
varón, en donde se elevan,
porque procura guardallas
allá a la sublime esfera
donde las luces y rayos
siempre alumbran, nunca queman.
Pues, al certamen, virtudes.
Pues, vicios, a la contienda.
Diciendo, entre horror y espanto.
Diciendo, en nobles cadencias.
¡Al arma, al arma, que es guerra!
Y sean mis victorias
el triunfo más feliz de mis diademas.
Mucho me holgaré de ver
esta ingeniosa pendencia,
si alguna bala perdida
aquí donde estoy no llega.
Descubre el Santo sobre una pobre camilla un crucifijo en las manos.
Señor, que por mis culpas,
roto el amante pecho,
hiciste mar undoso
en que lavar mis yerros.
Escúchame piadoso
los últimos alientos
que son de toda un alma
que os busca noble incendio.
Si a costa de una vida
rompió mi cautiverio
vuestra bondad sagrada,
¿no querrás, dulce dueño,
que pudiendo en mis ansias
vivir de un noble afecto,
vivir de solo amaros,
me muera de perderos?
Las espinas agudas
que os rompen el cerebro
son solo mis pecados,
más que no ellas, fieros.
Pues, dime, ¿no conoces
que tus virtudes fueron
fragantes, dulces flores
que a Dios nunca ofendieron?
Mira lo que del justo
escribe el sacro texto:
tú eres frágil barro
que se lo lleva el viento.
Así es, que ya conozco
que este mortal imperio,
ceniza y polvo es todo,
y aun polvo lisonjero.
Si algo bueno hice,
a vos, Señor, lo debo,
que no da tan buen fruto
el árbol que está seco.
Sin vuestro auxilio sacro,
el alma está sin riego,
pues ¿qué pudiera daros
sin agua mi aniego?
En mi pobreza humilde,
rico tesoro encuentro
en vuestras dulces llagas,
que púrpura vertieron.
No alegues tu pobreza,
que nunca pobres fueron
los que dejar por Dios
riquezas no tuvieron.
Es verdad que mis padres
de su caudal pequeño
apenas alcanzaban
el mísero alimento.
Pero de un desengaño
bien grande los desprecio,
Pascual, de pobre insigne
te dan los privilegios.
Mas porque se conozca
que solamente anhelo
a morir pobre y desnudo,
el hábito que llevo
dejaré y por otro
pues que veo
que me dais fiel doctrina
rasgadas, y en el pecho
Pues vayas para cuando
los guarda ahora los Cielos
que lleve los castigos
buscando los trofeos.
Aun no te desengañas,
pues a tu heroico ejemplo
aun hace ver acciones
que aviven tus incendios.
Hoy por mis enemigos,
Señor amante, os ruego;
perdonad sus pecados,
no permitáis que ciegos
de los auxilios santos
la luz vayan huyendo.
¿Te acuerdas los ultrajes
que a tu persona hicieron,
que las indignaciones
te dieron por recelos?
Ruega a Dios que castigue
sus bárbaros excesos,
que es acto de justicia
el castigo severo
que da Dios a los malos
por sus pecados fieros.
campeones invictos que el mundo no llevó mas que lo que me sirve a mis funestos encierros
El juzgar no me toca
los pecados ajenos,
el perdonarles solo
les toca a mis afectos.
Al prójimo por Dios
has de amar atendiendo
que son hechuras suyas
los que en el universo
dan a los beneficios
desagradecimientos.
Es verdad, sois mi bien,
mi norte verdadero;
sois en vuestras acciones,
y cuando al Padre Eterno
ansioso le rogabais
perdonase los yerros
de vuestros enemigos,
me diste fiel ejemplo
para que yo os imite
en lo que errar no puedo.
Pero ¡qué tristes ansias!
Apenas los acentos
puede formar la voz.
Dadme, Señor, esfuerzo,
para que en vuestra gracia
este mísero aliento
empiece nueva vida
y acabe la que tengo.
¡Oh Corazón amante!
Recibe los incendios
que en gratos sacrificios
os reconocen dueño.
Por lo que merecéis,
por lo mucho que os quiero,
porque me habéis criado
y redimido, ¡ah, Cielos!
son pulsos las acciones,
ya casi hablar no puedo;
a lástima os provoquen
de aqueste mortal feudo
las pasiones sensibles,
mirad que yo no tengo
otra que la esperanza
de que por mí habéis muerto.
Tenéis para abrazarme,
por la piedad, abiertos
vuestros divinos brazos,
y entregándome a ellos,
os digo confiado,
no en mis merecimientos,
Sí, en tus misericordias
y las de aquel lucero
que ilustran los mortales,
que alumbra todo el cielo,
nuestra madre piadosa,
hija del padre eterno,
que en tus divinas manos
mi espíritu encomiendo.
Ya de mis desengaños
llegó el conocimiento;
¡malhaya mis astucias,
pues cobardes se vieron!
Solo para los daños,
solo para escarmientos,
la tierra infiel, caduca,
sepúlteme en su centro,
y vuelvan mis congojas
a rigores más nuevos.
Húndense
Y contigo nosotros
sepultarnos queremos.
Y pues que ya por nosotros
ha quedado el vencimiento,
subiendo a la corte santa
su espíritu puro y bello,
digamos cantando alegres
en apacibles conceptos.
Suben en una apariencia los ángeles el alma del santo
Sube dichoso Pascual
a gozar del bien eterno,
coronando tus virtudes
de Dios los rayos inmensos,
en donde goces feliz
hoy sus favores eternos,
convirtiendo en alegría
de tu penitencia el celo.
Y aquí tendrá fin dichoso
de Pascual Bailón los hechos.
Si el poeta no supo
encontrar con el acierto,
lo que ha errado la ignorancia
por lo torpe de su ingenio,
súplanlo esta vez animosos
la devoción, perdonéis.
Finis laudem Dei Anno Domini En Palencia 1694 En 24 de mayo
en la blanca, hermosa esfera,
mansión luciente de rayos,
hallarás de un amor puro
los más heroicos milagros.
Amor que, entre sus ardores,
de incendios volcán sagrado,
respirando en blanca nieve
oculta el fuego en sus ampos.
Memorias de su pasión
está aquí representando,
y el quedar tan blanco ha sido
porque quedó desangrado.
Fineza fue de Dios hombre
morir por un vil esclavo,
mas fineza de finezas
fue quedar sacramentado.
A quien el Cielo y la tierra
fueron corto y breve espacio,
por fijar en los accidentes
todo lo inmenso ha estrechado.
Por el hombre dio la vida
muriendo a un tiempo y matando,
que triunfar con el morir
fue en lo divino lo humano.