
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de San Juan Calibita. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/san-juan-calibita.
Interlocutores.
Eutropio, padre } de San Juan.
Teodora, madre }
San Juan.
Caio Fabio, hermano de Eutropio.
Marciano, hijo de Fabio.
Paulino, monje.
Ayo de don Juan.
Sertorio, paje de don Juan.
Marcelino, paje de Marciano.
Afición de deudos.
Marineros.
Ruido de demonios y cadenas.
Graciano, paje.
Mayordomo.
Hortensio } caballeros.
Sulpicio }
Cuatro ángeles.
Salen Eutropio y Fabio.
Nunc demum sentio Fabi, quam sollicitet
parentum pectora erga liberos amor.
quotidie magis augescit mihi de filio
Sollicitudo, et quo progreditur aetate magis,
Hoc acrior mihi de illius statu cura est.
Est ista cura pectore digna patrio:
quin immo grandium cor horret, tamdiu
Te patris oficio arbitrare fungier.
Heu quot occurrunt suspiciones simul! quibus
heu, illuc animus paulo momento impellitur
variasque in partes rapitur: nil statuens certi.
Ut dicis Eutropi; nam cum aliquid omnibus
Expletis numeris studiose exquirit animus,
Vix invenit quidquam quod faciat satis.
Experior id quidem re ipsa mi Fabi:
Nam cum resurgens aurora Phœbi coma
Indos propinqua subrubeo tangit face,
Et hunc cadentes pronus inflectens equos
Grata sorori reddit alternas lumine vices,
Patruique lasso stagna crispat lumine,
Et cum volucres pictae, atque animantes horrida
Sopore dulci recreant artus languido,
Ac nox nigro velata tegmine, caligine
Cæca involuit volucri ac telluris globum;
Tunc filij vultus occurrit: autem
Tum quam ratione ineat vitam amplius cogito.
Vivetur certe vitam si gerit suam
Nec sibi (ut aiunt) proderit, nec alteri
Atque suo spargetur maculam turpem generi.
Ausculta paucis, et quid ego te velim.
Ausculto: loquere, quid velis.
Per ego te Deum oro, et vestram amicitiam Fabi
quae incepta a parvis, una aetasque accrevit simul,
Perque unicum gnatum tuum, et gnatum meum,
ut nunc adiuves in hac re: uti nuptiae sint
sint gnato post futuras consulas mihi.
Ah! ne obsecro,
qui si hoc te orando a me impetrare oporteat,
Alium esse censes, atque olim eram.
Non mutor mi frater, semper idem ero
qui ante fui tui scilicet amator, ac diligens.
Felix qui gnatum habes tali ingenio preditum
obtigisset mihi utinam natus similis:
Cum tempus erit, ego ut nuptiae fiant recte videbo.
Utique id oro te in commune id consulas.
Sale Sertorio, paje.
Ya ha venido mi señora,
y si el secreto no impide,
entrar acá dentro pide.
Di que entre muy en buena hora,
que el amor cuando es fiel,
ya mal sabe encubrir nada;
la pena comunicada
se hace menos cruel.
Acuerdo me haber leído
una sentencia excelente,
que la mujer que es prudente
es descanso del marido.
Entra Teodora.
Amado esposo, y señor,
si la majestad Divina
a humanos ruegos se inclina,
le pido os dé su favor.
Esposa mía Teodora
a buen tiempo habéis llegado
para alivio de un cuidado
que a mi pecho aflige agora.
Pues dadme, yo os ruego, parte
de aquese vuestro dolor,
porque al fin será menor
si en dos pechos se reparte.
Estamos hablando largo
mi hermano, y yo del cuidado,
que a un Padre está encomendado
que hijos tiene a su cargo.
Y esta carga más se siente
cuanto más los ve crecer,
por haberles de poner
en estado conveniente.
Este que Dios nos ha dado,
tened, señor, esperanza
que con la buena crianza
no nos pondrá en cuidado.
Así fuese de Marciano
mi hijo, oh Eutropio, que a fe
de hoy más no hubiese por qué
se inquietase vuestro hermano.
Que es Marciano tan terrible,
de sí sacudiendo el yugo,
que ya nos es un verdugo,
mostrándose incorregible.
Aunque los cielos testigos
pueden ser de esta verdad
que no hay en mi floja edad
ni a él le falta su castigo.
Pero no sé qué desgracia
de Marciano, o qué fortuna
más mudable que la luna
me persigue con audacia,
que no puede ya el regalo
ablandar su gran dureza,
ni le doma su fiereza
ni con pan, ni con el palo.
Amor, y dones desdora
su dureza: mas es
más que de una peña, pues
dádivas quebrantan peña.
Pero a Juan ha dado el Cielo
tal ingenio, y tal saber,
que promete que ha de ser
de sus padres el consuelo.
Ni cuando la noche oscura
extiende sus negras alas,
enlutando nuestras salas
con su sombra mal segura.
Ni cuando el sol en su coro
sus caballos alboroza,
y el rostro desarreboza
mostrando sus rayos de oro:
La noche con sombra negra
no alivia el cuidado mío,
ni de la Aurora el rocío,
ni el sol con su luz me alegra.
Porque me veo anegado
cuando estoy conmigo a solas
entre las dudosas olas
deste continuo cuidado.
Sin acabar de hallar modo
cómo sosegar mi pecho
quel que busca honra y provecho
no es fácil hallarlo todo.
Al fin en el alto muro
del artesonado techo
ni en el más dorado lecho
se duerme sueño seguro.
Ni en el precioso tesoro
halla el corazón contento,
que cuando está más sediento
más ponzoña bebe en oro.
Entra un paje.
Agora llega al portal
un hombre grave y modesto,
parece severo en el gesto.
¿Y el vestido?
Es de sayal.
Pidió entrada para hablar.
Entre, yo estoy ya esperando.
¿Pues qué es lo que va negociando?
Impórtale negociar.
Que es un monje a quien envía
desdel desierto apartado
su Abad, y le ha señalado
término de solo un día.
¿Mirad si será razón
d'aparte le despachar?
Idme a Don Juan a buscar,
y darle ha su bendición.
De aquí se la podrá dar.
No le espante el nuevo traje:
quel hábito: espera, Paje.
No importa, vete a llamar.
Saltos me da el corazón,
no me le espante el sayal.
No hayáis miedo le haga mal
de un santo la bendición.
Entra Paulino Monje.
Guárdeos el cielo, señor.
Él os dé todo consuelo.
Y a vos también os dé el Cielo
su santa gracia y amor.
Llegad un poco la silla.
¿Padre, que vendréis cansado?
Algún tanto mareado
de mi flaca navecilla.
Mas llego a casa tan llena
de piedad y de consuelo,
que parece quiere el Cielo
darme el premio de mi pena.
No hay ocasión por que estéis
por el negocio penado,
porque ayer se vio el senado
y bien despachado iréis.
Y también puse cuidado
porque luego se acabase
y por vos se sentenciase
ques muy justo lo allegado.
De hoy más podréis cultivar
y sembrar toda esa tierra,
y hasta la halda de la sierra
vuestro término alargar.
Y prometen los romanos
ayudar con su favor
a contrastar el furor
destos bárbaros villanos.
¿Cómo os podremos pagar
tan gran liberalidad?
Entra Don Juan con el Ayo.
rogando a su Majestad
me quiera este hijo guardar,
vuestra bendición le echad.
El rey alto y soberano
hijo os tenga de su mano,
agora un abrazo me dad.
¡Oh, qué gracioso estudiante!
¿Cómo se llama?
Don Juan.
Diga, don lindo nombre, diga, ¿van
los estudios adelante?
En una conjugación
ando agora muy ocupado.
Ayo, ¿no tenéis cuidado
de tomarle la lección?
Sí señor, muy bien decora;
mas nunca quiere danzar,
ni hay hacerle pasear
a caballo un cuarto de hora.
¡Jesús, qué hombre tan extraño,
y qué aspeto, y qué figura,
qué traje, y qué vestidura,
y qué áspero es el paño!
¿Son muchos en el convento,
y pueden llevar la carga
de esta vida tan amarga?
Sí señor, y con contento.
Ciento somos.
¿Tantos?
Sí.
Aun más me voy espantando.
Suplícoos queráis decir
cómo lo podéis sufrir.
Yo lo iré significando.
Lo que a los ciegos hijos de este siglo
parece nuestra vida incomportable,
lo facilita la verdad eterna;
pues con áspera vida, y tal cual esta
así ablanda, endulza, y facilita,
y hace que el mundo ciego claro vea,
y en nuestros cuerpos diga la experiencia
que no es tan bravo el león como le pintan.
Esta virtud anima nuestras fuerzas,
esta alivia la pesada carga,
el premio que propone nos alienta
la pena, y el castigo que le merezca;
esta nos llama, nos despierta, y guía,
esta nos aficiona, y asegura,
y cual a fieles hijos nos consuela
y para aquel gozo honesto, y santo
grande, gustoso, provechoso, eterno,
su vida, y gozo aquí nos sacrifica
sembrándolo en las manos sempiternas.
¡Qué corazón tan cabal, y tan probado,
que en la piedad de Dios está fundado!
¿No veis aquí en las luchas, y las fiestas
por un temporal premio lo que hacen
los que la vida a veces dan en ellas?
¿Qué desabridas purgas, qué cauterios
por la salud sufrís cada momento?
¿Pues es mucho suframos vida estrecha,
ayunos, asperezas, y vigilias,
por un bien tan ilustre, y generoso,
durable, soberano, dulce, rico,
alto, divino, raro, cierto, eterno?
No me parece mucho lo que hacemos.
Dichosas obras que tal premio esperan.
mal valdría avisasen de razones.
De más de los consuelos celestiales
¿cuál es lo que os sustenta en esta vida?
Entra don Juan.
Tememos el rigor de la futura,
tememos el juicio riguroso
y aquella estrecha cuenta, y fin y quito
que al mundo se ha de dar el día postrero.
Que vas huyendo, oye, y escucha.
¿No dije yo que el niño no viniese?
Atérranos también el fuego eterno,
que está para los malos aprestado.
Porque no hay desventura, ni miseria,
ni hay exageración, que sea bastante
a encarecer aquellas duras penas:
ni nuevo ya más martirio, ni tormento,
ni camas de culebras, o serpientes,
que a aquellas comparadas no sean rosas:
ni sed, ni hambre canina tan rabiosa,
ansias de corazón, bascas mortales,
ni fríos trasudores, o desperezos,
rabiosos de las almas afligidas,
lamentaciones tristes, y clamores,
ni tristes alaridos, y querellas,
ni pérdida de honra, ni privanza
se siente tanto como aquellas penas
sienten los desdichados condenados.
Con esto se hace fácil nuestra vida
con miedos, y esperanzas sostenida.
Quiero también yo hacer otra pregunta.
Y yo satisfacer de buena gana.
Decidme, de la tierra del desierto,
¿no soléis deleitaros en el campo?
¿No gozáis de los frutos, y las flores?
¿remitiendo algún tanto la aspereza?
¿Cómo sabré pintaros la hermosura
que contienen en sí los verdes prados,
que en anchurosas vegas encerrados
convidan con sus flores, y verdura
cómo despide el río sus corrientes
sus vertientes
por las peñas
y las breñas
van regando
y retumbando
desdel roquero monte la ladera
invierno, otoño, estío, y primavera,
hace venir trayendo de las fuentes,
que nacen en frondosas arboledas
mueven las plantadas alamedas
al presuroso son de sus corrientes
de conchas blancas toda se rodea,
y se arrea,
y las aves,
y suaves
pajarillos
en ramillos
con sus arpadas lenguas gorjeando
la gala de su Dios están cantando.
Y por las anchas, y espaciosas vegas
el río con sus aguas va regando
y de las olorosas flores esmaltando
hacen los cabritillos cien mil pruebas.
De aquí de entre las matas se levantan
y se espantan
los venados
emboscados
que volando
van buscando
El empinado monte, o yerma sierra,
que del peligro libres les encierra.
Allí veréis los monjes repartidos
gozando desto todo, y paseando,
y entre sí razonando, ya cantando
por los montes, y prados divididos
Cansados ya de ver la verde sierra
a la tierra
levantada,
y nevada
van mirando,
y contemplando
la majestad, el ser, la gloria eterna
del que todo lo cría, y lo gobierna.
Mas os quiero preguntar,
padre, y temo de cansaros.
Bien podéis, hijo, fiaros
sin miedo de me cansar.
Entre esos monjes sagrados,
¿hay también monjes chiquitos?
Sí; muchos, y muy bonitos,
del cielo muy regalados.
Di a este padre que ha cobrado
con vos tan gran amistad.
Y ¿quién de tal santidad
no queda, señor, prendado?
Dejad, hijo, de invenciones,
que honrar mucho a vuestro padre
y querer a vuestra madre
son muy buenas devociones.
¿Es la partida mañana?
Al menos, a la partida
partirá también mi vida.
Será, señor, de mañana.
Pues antes de ir al Senado
me podréis venir a hablar,
que firmado os he de dar
este papel, y sellado.
Yo tendré de eso cuidado.
Voyme, pues, a negociar.
Y yo también a trazar
lo que el cielo me ha inspirado.
Éntrase, y sale Don Juan con un sello, y con un paje.
¿Fuese mi padre al Senado?
Señor, sí.
Vase el Paje.
Arrodíllase. Pone el sello en una mesa.
Levántase, y arrímase a un lado.
Sale Marciano, y su criado Marcelino.
Cierra esa puerta,
y estate allá fuera alerta.
Ya traigo el caso trazado.
Mi padre no se acordó
de sellar aquel papel,
y pienso por medio dél
trazar mi maraña yo.
El monje vendrá a llevársele,
y será forzoso entrar
con ocasión de sellar,
y yo le tendré de hablar,
que por eso el sello he traído.
Dios mío, ¿qué me queréis?
¿Qué tal guerra me hacéis?
Veisme aquí, veisme rendido.
Porque, supremo Señor,
por muerto me juzgaría
si viese que no sentía
las flechas de vuestro amor.
Sí las siento, sí me duele,
cuando en mi corazón entran,
porque con fuerza se encuentran
amor del cielo, y del suelo.
Porque el natural amor
con que a mis padres he amado
con el divino encontrado
¿cómo no dará dolor?
Pero podrá sujetalle
el que es de Dios favorecido.
Mas ¡ay! que siento ruido.
No quiero estar de este talle.
¿Cumpliste, Marcelino, mi mandado,
buscando aquel pescado por la plaza?
Fui.
No he podido dar caza a cosa alguna,
ha sido mi fortuna tan escasa,
desde que de casa esta mañana
con diligencia vana, y bien cansado
un pez solo jamás no he hallado.
Tú me engañas
usando de tus mañas, pues no ha sido
echándolo en olvido.
Sí, por cierto,
para quien viene muerto, y sin aliento,
es este buen comento, y buen consuelo,
el querer dar al cielo una puñada.
Ni una sola empanada de lampreas,
aunque su precio sea un doblón,
de besugo, o salmón, no hallarías?
Es pedir gollerías. Otras veces
cuando no buscáis peces
se venden en cantones; aun atún,
que es cosa tan común, si no el salado
corrompido, y gastado, aun no se vende.
No es para quien pretende a gente honrada
con mesa regalada hacer fiesta,
buena comida aquesta par ayuno.
Sin duda que Neptuno allá en el mar
ha querido pescar, y así ha juntado
a una parte el pescado para un lance,
y así no hay quien acá lo alcance.
No gastemos
el tiempo: mas busquemos otra traza.
Yo volveré a la plaza.
Ve corriendo,
que me estoy deshaciendo, ve ligero
ni te duela el dinero, pues no falta:
mas importa al convite no hacer falta.
Vase Marcelino, y llégase don Juan.
Qué, no halláis, primo Marciano?
Lo que vos no habéis buscado.
Qué!
Ando molido, y cansado,
y con mano sobre mano.
Sabéis el viernes siguiente
que habéis de dar de comer?
Pues qué hay, hay que hacer?
Mostraros más diligente.
Pues un hijo de un Píctor
nos dio tan bien de comer,
habéisle vos de exceder
cual hijo de Senador.
Ya doy traza en la comida
que os ha de satisfacer.
Qué trazáis?
Ir a comer,
pues me convida la vida.
Lo que en esto se ha de hacer
yo os lo encomiendo, Marciano,
y lo dejo en vuestra mano,
pues por demás yo poder.
No os entiendo.
Digo, pues,
que son idos a pescar,
un paje podéis enviar,
y avisaréisme después.
La lección quiero estudiar,
que el ayo me ha de pedir.
Alto pues.
Ya os queréis ir
Marciano, sin me abrazar?
Abrazadme.
Qué es aquesto?
Yo no os entiendo, don Juan.
Las obras os lo dirán,
y el suceso hablará presto.
Mas, ¿por qué este abrazo fue?
Porque os vi, primo, enojado.
Más me habéis significado.
Después os diré el porqué.
Voyme, pues; quedad, hermano,
y no sea todo estudiar.
Pónese a decorar Amo, as, y sale el Ayo.
¡Oh, lo que siento dejar
a mi querido Marciano!
Mas, por vos, Señor del cielo,
a todo he de dar de mano,
a padre, a madre, a Marciano
y a lo demás deste suelo.
Y, ¿qué mucho un corazón
para amar a Dios criado,
que esté para Dios guardado?
Alto, paso la lición.
¿Pasáis la lición, señor?
Ya la paso, y no me agrada.
¿Por qué? ¿No es lición de amor?
De amor es, y aun de dolor.
No estará bien decorada.
Sí está; sino que la muestra
deste verdadero amor
que yo tengo a mi Señor
solo en seguirle se muestra.
Y como esto no he cumplido,
aunque ya la he decorado,
no estoy de mi amor pagado,
sino de dolor rendido.
Pedís de amor la lición:
no preguntáis bien, señor,
que la lición del amor
solo la da el corazón.
Porque el amor no es parlero
y más se muestra en obrar,
que en el decir, y el hablar,
cuando es amor verdadero.
Pues, ¿cómo parláis vos tanto?
Dejad de gracias, don Juan.
¿Gracias?
¿Qué?
Que causarán,
en vez de la risa, llanto.
Que la triste de mi madre...
Pero quiero callar esto.
Decidme la lición presto,
que avisaré a vuestro padre.
Decid: yo amo.
Ego amo.
¿En qué tiempo?
En el presente,
que, aunque mi bien está ausente,
como presente le amo.
El pretérito, yo amé.
Pónese a pensar y dase un golpe en la frente.
No me acuerdo deste tiempo.
Pues mal; "amé el pasatiempo",
¿luego no decís?
No lo sé.
Pedís el tiempo pasado
en que a Dios no conocí,
antes desamado fui,
y, ¿no le amando, fui amado?
La pasiva no os la pido.
¿No veis que estáis olvidado?
No olvidé el tiempo pasado,
aunque fue tiempo de olvido.
Pero yo lo enmendaré,
si me dais lugar, mi Dios,
que temprano os perdí a vos,
y temprano os buscaré.
Adelante, yo amaré.
Que me place: ego amabo,
y de mi bien seré esclavo,
y este nombre tomaré.
Decidme más, amará.
Muy cierto estoy dese amor,
que me tiene mi Señor,
y que no me olvidará.
Veo bien que disimuláis
el tiempo, que no sabéis.
Bien pues que no me entendéis,
pues lo claro preguntáis.
¿Pues queréis que yo dudase
si he de ser de Dios amado?
antes el Cielo estrellado
faltara que no me amase.
Esta oración ordenad
en latín: yo amo a Dios.
¿Y quién hace en ella?
Vos.
La persona le mudad:
la persona que hace es Dios.
No es sino la que padece.
Eso también me parece
pues por mí murió y por vos.
De Dios se dice el hacer,
pues es nuestro criador.
¿Qué padece?
Él es amor,
que es un duro padecer.
Ordeno pues la oración,
Ego amo Deum, y digo,
que aunque con amor le sigo,
es pequeña mi afición.
Que aunque el tiempo me llamaba
para tratar del amor
que le debo a aquel Señor
que antes del tiempo me amaba;
Pero no será temprana
mi afición sino bien tarde,
a quien me amó de mañana.
Y aun con ser tan limitado
mi amor, dese la mitad
le quito.
Don Juan, mirad
que me tenéis enfadado.
Y juroos, que si el enojo
la prudencia no templara,
con castigaros mostrara
cuán de niño es vuestro antojo.
Pero en otra conjugación
veremos la mejoría,
sino.
Sale corriendo.
Mi señora envía,
a saber cuál es la ocasión
destas voces, y ruido?
Decid que estoy enojado,
que la lección no me ha dado,
y por eso le he reñido.
Va a entrarse el paje, y tópase con el monje que viene con su papel a sellar.
Voyme: pero aquí está el Padre.
A sellar este papel vuelvo
como fui mandado.
Mi padre está en el Senado,
yo lo haré en ausencia dél.
Yo me voy.
Mas volveréis,
que os quiero desenojar.
Vase.
Bien os lo podrá sellar.
Dádselo, y no os detendréis.
Dadme, Padre, y besaré
ese sagrado vestido;
Poco es eso, hijo querido,
para lo que yo os daré.
Mi alma estaba colgada
no viendo vuestra venida,
y temiendo la partida,
pero ya está sosegada.
He tardado desde el puerto,
aun con haber madrugado.
Apártase suspirando.
Quiero daros un recado
para ese vuestro desierto.
Pero, ¿quién podrá aplicar
tan dificultosa empresa?
Decidme, ¿qué cosa es esa,
que no podéis declarar?
Dice a solas.
Madre, ¿que te he de dejar?
Por amor de Cristo, sí.
Hijo, el recado decid.
También a solas.
¿Que a mi padre he de olvidar?
Es sin duda que desea
irse conmigo al desierto.
Digo, padre; mas no acierto.
En la carne es la pelea.
Mas, ¿qué dudas, corazón,
si es este amor verdadero?
¿No me lo decís?
Ya quiero.
Fuerza le hace la razón.
Querer la carne vencer
y natural movimiento,
Marciano me da tormento.
Hijo, acabad de romper.
Llora un poco callando, cubiertos los ojos.
Pónese el monje muy pensativo.
Mis ataduras quebrad,
que me estorban el seguiros,
mi Dios. Ya quiero serviros.
Mi sentimiento escuchad.
En las profundas aguas engolfado
que nacen de este río cenagoso
del mundanal ruido alborotado,
salto carnal, amargo, impetuoso:
acordéme que Dios me había criado,
al cual siempre ofendí, y así lloroso
los ojos enclavados en el cielo
con lágrimas regaba el seco suelo.
Temí, oyendo el decir de qué manera
han de ser nuestros vicios castigados,
que en mi vida quizá yo los hiciera,
y en mi Dios los regalos olvidados,
dijísteme, que les espera
a los que fueren limpios de pecados.
Con esto me resuelvo de imitaros,
y hasta vuestro desierto acompañaros.
Padre, ¿qué tardanza es aquesta?
¿Cómo no me respondéis?
Considero que emprendéis
una difícil empresa.
No la tengo yo por tal,
ni vos por dificultosa.
No, pero es muy recia cosa
ser ladrón de joya tal.
Solo.
Sí, que vos no me hurtáis.
Solo Dios y amor me lleva;
y si tal ladrón lo aprueba,
¿cómo vos no lo aprobáis?
Que si en mi edad reparáis,
regalo y delicadeza,
flaca me parece esa empresa,
no hay por qué de eso temáis.
Pues por eso os pregunté
ayer si hay monjes chiquitos:
que a dos, que son pequeñitos,
imitarles bien podré.
Vuestra carne es delicada.
Pero no es la pena tanta.
Saca unas disciplinas.
Ved si aquesta arma os espanta,
que allá es muy ejercitada.
Ya la tengo conocida,
mostradme, padre, otra cosa.
Saca un cilicio.
Esta túnica preciosa,
bien áspera y desabrida.
Antes me parece blanda,
pues llevada con amor,
más blanda es que un dolor
blanca camisa de holanda.
Estáis tan determinado
que no os lo puedo negar:
¿mas querríais saber hurtar
ya que habéis de ser hurtado?
Hoy será buena ocasión,
que habéis de ser convidado:
del flete tendré cuidado
y vos de la embarcación.
Pues yo tengo ya galera
que se parte a Alejandría:
ya concertar querría
que en el puerto de Hostia espera.
Tened barca aparejada,
que del Tíber vaya al puerto;
que la fe de ir al desierto
está en mi pecho sellada.
No falta más que avisaros,
yo pondré matalotaje.
Yo voy luego con un paje.
Entra Sertorio, paje, cuando se están abrazando.
Un abrazo quiero daros.
Mi señora quiere entrar.
Dirás que no hay nadie dentro.
Qué malo ha sido este encuentro.
Vase Paulino.
Y peor si me vio abrazar,
que amor la hace tan celosa,
que no me oso menear
porque luego va a avisar
su paje con cualquier cosa.
Entra Teodora.
Hijo D. Juan, ¿qué hacéis?
A aquel monje he despachado.
¿Y no lo habéis abrazado?
Qué presto que lo sabéis.
Como tengo de estos brazos
colgada mi afición,
siéntelo mi corazón
cuando vos dais los abrazos.
Demás que de madre es favor,
señora, el que me habéis dicho.
Pues no satisface el dicho
a la fuerza del amor.
Pero vos lo merecéis,
único regalo mío:
fiad, pues que yo me fío
del amor que me tenéis.
Dice a solas, y ella saca el libro.
Harto necio yo sería,
si en su amor fuese fiado.
Veis, aquí os traigo engastado
con esmalte y pedrería
aquel librito sagrado
de los cuatro Evangelistas
con labores nunca vistas:
caro es; mas bien empleado.
Tómale, y mírale abierto.
Mas caro os sea de costar,
que están las letras muy muertas:
y el oro destas cubiertas
es menester avivar.
En estas letras lo he visto
que el que no deja a su Padre,
y da de mano a su Madre,
no será de los de Cristo.
¿Por qué esto no se ha dorado?
No todo se ha de dorar.
Será porque no amargar
tal píldora el excusado.
Cierra el libro trataremos
lo segundo, a que venía,
que el viernes es vuestro día,
el banquete concertemos.
¿Cuántos tenéis convidados?
Diez hijos de senadores.
¿De Pretores, y Censores?
Otros diez.
¿Son magistrados?
Sí, que estos no los contamos,
que suelen pasar de treinta,
y solo se tiene cuenta
con los platos que llevamos;
para que no se haga falta.
Según eso solo falta
ir previniendo pescado.
Ya Marciano tiene el cargo.
Pues tomad, hijo, el dinero,
que importa enviarle primero
al Tibre, que va esto largo.
El ayo querría dejar,
que los demás convidados
solo llevan sus criados
porque nos dejen holgar.
Digo, hijo, que me place,
yo le iré en eso a la mano.
Pues yo hablaré a Marciano
para ver en eso qué hace.
Éntrase Teodora, y acompáñala don Juan, y vuelve luego diciendo.
¿Hola, Sertorio?
Señor.
Vase el paje.
Ven conmigo que voy fuera,
y aguarda un poco allá fuera.
Ya se acaba mi dolor.
¡Oh, ilustres palacios,
y dorados techos,
suntuosos estrados,
anchos aposentos,
cárceles del mundo,
consuelo de necios,
por una chozuela
¡cuán de gana os dejo!
Soberana compra
hago en lo que dejo,
pues dejando barro,
por él me dan cielo.
Alcázares altos,
castillos soberbios,
con fingido lustre
engañáis los ciegos;
que de desventuras
cubren vuestros techos,
que son sepulturas
de unos vivos muertos.
Bástame a mí un nido
en estos desiertos,
y para mi abrigo
la capa del cielo.
¡Adiós, madre triste!
No quiero los pechos
que me regalaron,
ya de acíbar llenos.
Mi Dios me convida,
ya me llama el cielo,
a quien agora sigo,
y por quien te dejo.
No podrás, señora,
quejarte, a lo menos,
que tuvo tu hijo
bajos pensamientos.
Por Dios, de ti huyo;
por Cristo te dejo;
no es mucho dejarte
pues tal es el trueco.
Tu leche me diste
en mis años tiernos,
venturosa leche
pues también la empleo.
Tus tiernos abrazos
y tus dulces besos
que solías darme
echaráslos menos.
Si no fuera Cristo
dentro de mi pecho
que me está llamando
los brazos abiertos.
¡Oh, regalo mío!
Nada es lo que dejo
en dejar mi gusto
por hacer el vuestro.
¡Oh, padre querido!
Aunque ya no os quiero,
pues crueldad santa
me endurece el pecho.
Buscad mayorazgo,
buscad heredero,
buscad otro hijo,
yo otro padre tengo.
¡Oh, dulces amigos!
¡Cuán de gana os dejo,
con quien me alegraba!
Ya pasó ese tiempo.
Desde aquí os saludo,
ya de hoy más os dejo.
Dios os acompañe
y Él guíe mi intento.
Vase.
Sale Sertorio, paje, dándole vaya.
Yo no acabo de entender
a don Juan, mi señor, en qué anda;
ya me manda, ya desmanda,
ya a casa me hace volver,
¿qué más que doscientos manda?
No sé qué negocios tiene
con aquel viejo ermitaño,
o fraile, o monje, o diablo,
que siempre que a casa viene,
él se huelga, y yo regaño.
Y hoy cómo anda sin la broma
del ayo, a mi fe, Sertorio,
que paje soy largo en Roma,
y que ni vuestro amo coma
ni vos tengáis regresorio.
Yo me engañé, y por bien sea:
en pensarlo me desmayo,
plegue a Dios que no ande el ayo
ojeando con la correa
las pulgas debajo el sayo.
Que es el diantre del hombre
pan de mala digestión,
tan sin término y sin razón
que pega y no mira dónde,
y nos hace bailar sin son.
Melancólico, ahumado,
retrato del Viernes Santo,
parece un hombre enlutado,
según anda embalsamado
con su ropa y con su manto.
¡Pues qué, nuestro mayordomo!
Hambre me pone, si como,
ver su figura y retrato,
que es pintiparado a un gato
cuando agarra un solomo.
Gestillo de valcaranca,
retrato de media esquina,
mula gallega, mohína,
cuervo de chimenea,
garabato de cocina.
Espíritu de gitano,
mona calzada con guantes,
tal cual olla de estudiantes,
de una pierna y otra mano,
papahigo de caminantes.
En nada desto me alargo
ni es para decir mal dél,
sino para mi descargo,
mi amo apura, yo voy largo,
a Dios, que me voy con él.
Sale don Juan de prisa y tópase con él.
Lindamente le he engañado,
quiérome a la barca ir,
pero quiérome encubrir.
Hijo, mucho habéis tardado.
Por engañar a mi paje,
que a casa le he despachado,
con ocasión de un recado.
¿Y el flete, y matalotaje?
Muestra el pañizuelo.
Mi madre en el pañizuelo
me dio estos treinta ducados,
para un banquete, y pescados,
y pescóselos el cielo.
Suena ruido de marineros dentro.
A la barca, ¡hau!
Espera, espera.
Mi madre, que espere: es tarde.
¡Hola!, decilde que aguarde.
Que parte la barca afuera.
¡Iza, iza, hía, boga!
corra la palamenta.
Entran Marciano y Marcelino.
¿Han con la joya llegado?
Ya descargado la han.
Sale Teodora.
Pues yo me voy con don Juan,
sabed si les han pagado.
¡Hola!, don Juan no está aquí,
quiero buscalle allá dentro.
Señora, ¡qué buen encuentro!
¿Qué buscáis, hijo?, decid.
Altérase.
Han ya traído el pescado,
y a don Juan ando buscando.
En eso mismo yo ando:
¿y pues no le habéis hallado?
Él dijo que iba a buscaros,
quizá que no habrá comido.
Vase.
No tengáis de qué alteraros,
que yo me parto a buscalle.
Sola en casa me han dejado,
pues no parece criado,
y esme por demás llamarle.
¡Hola, Sertorio!, ¡hola, pajes!
Ninguno me responde. ¿Mayordomo?
Las venas siento de un temor helado.
Tampoco. ¿Sola así me habéis dejado?
La voz, el respirar no halla salida.
Temo, y no sé de qué: el cabello erizado,
el ánimo helado, y afligido,
presunción son de algún cercano duelo,
no, no. ¡Vivas, mi Juan, mil años vivas!,
hijo querido, que mayores cosas
mi amor tiene de ti pronosticadas.
¿Muerto habrías de ser? No quiera el cielo.
Entra el paje que fue con don Juan, todo turbado.
¿Es tiempo de venir?, ¿de dónde vienes?
¿no lo sabes decir?, sosiega el pecho.
Eutropio, ¿y mi don Juan adónde han ido?
¿dónde está el mayordomo?, ¿dónde el ayo?
¿qué dices?, ¿no respondes?, ¡estás mudo!
Di presto, a lo que vienes: habla, piedra.
Hablar tengo en tu daño, y tu tormento,
si la nueva te digo desdichada.
Dila: mas no la digas: tente, espera.
¿no vive mi don Juan? calla, responde,
y dime luego que sí.
Digo que vive.
Pasa adelante, ea pues.
En tu desdicha:
falta, matrona ilustre de tu casa,
la joya más preciada que tenías,
aquel espejo raro de tus ojos
de Roma se ha ausentado, y de tus pechos.
Eutropio, mi señor, anda ocupado
en despachar galeras a gran prisa
en busca de su joya tan preciada,
que tiene a sí y a su casa lastimada.
¿Qué me dices? ¡Ay, luz mía!
hijo del alma que os ama,
dulce aliento de la llama
que en mi corazón ardía,
regalo de mi tormento,
consuelo de mis enojos,
luz de mis cautivos ojos,
¡manjar de mi pensamiento!
¿Qué hacéis? ¿Adónde estáis?
¿Adónde estáis, mis amores?
que mis lástimas y dolores
¿no los sentís y escucháis?
Cielo, ¿adónde lo has llevado?
ya que hurtaste mi bien,
hurtarásme a mí también
pues es mi vida, mi amado.
De aquí vengo a sacar
que estoy viva, mas sin vida,
pues mi vida, allá escondida,
me la has querido llevar.
Matronas, las que sabéis
qué es amor, y estáis mirando
la que está su bien llorando,
¿cómo no me respondéis?
Éntrate, muerte inhumana,
en este mísero pecho.
Cae desmayada, y entran aprisa Eutropio y Marciano.
Tened, señora; ¿este es hecho
de una matrona cristiana?
¿Pensáis que yo no he sentido
su ausencia? Parad, señora,
no se pierda mi Teodora
pues mi don Juan se ha perdido.
Esta ausencia no es posible
que no me acabe; que es tal
que
que aunque yo fuera inmortal,
no morir fuera imposible.
Bien podéis ya sosegar,
ya están los puertos tomados,
y criados despachados
que a don Juan van a buscar.
Entre tanto, mi Marciano,
seréis hijo de Teodora:
que si a vuestro primo llora,
vos sois hijo de mi hermano.
¿Plázeos, hijo?
En tal manera,
que aunque por hijo me ofrece,
en señal que lo agradezco,
yo por mi primo quisiera.
Basta, hijo, que el buscalle
no es vuestro; ni vos lloréis
señora, pues no podéis
alcanzalle con lloralle.
Éntrase, y suena dentro ruido de marineros voceando.
¡Tierra, tierra, tierra!
Amaina, amaina, torna,
revuelve, que se trastorna,
acude a la vela, aferra.
¡Iza, iza, iza, iza!
Sancta Maria, ora pro nobis,
¡a la bomba, a la bomba!
¡Ay, Jesús, que perecemos!
Sancte Petri,
ora pro nobis.
a la vela mijana, a la maestra.
Ya, ya está quedo el trinquete.
Bástate, oye, acude aprisa.
Sale el Monje, y D. Juan.
Fuera hijo, que ya el cielo
de pena nos ha librado.
Ya pensaba echarme a nado:
bésote, sagrado suelo,
oh tierra tan deseada.
Déjame el sudor cansado
hijo, que sois delicado.
La muerte tenía trazada,
y viéndome de tal suerte
los anillos, y cadenas
eché en el mar con esta pena,
y ansias grandes de la muerte.
Y porque cada momento,
que las manos me miraba
de mi madre, me acordaba
que me era grande tormento.
Harto os he creído
de vuestro amor verdadero,
pero advertid, agora os quiero,
lo que el piloto ha advertido.
Esta isla es pasajera
do por lo menos será,
que alguna gente os verá
de Roma, o de la extranjera.
Y quizá, que pasarán
algunos de vuestros pajes,
que a tomar matalotajes,
a la isla aportarán.
Y por eso, mi D. Juan,
estaréis bien escondido:
por vos me preguntarán.
Suena ruido de una galera.
Tierra, tierra, tierra.
Esta es galera extranjera.
Dentro.
Recoge la vela, aferra.
Ya está queda.
Amaina, aferra.
Sale el Marinero de D. Juan con una bota.
Ah, mi padre, ya llegamos,
¿cómo no está ya escondido?
En vuestra busca han venido.
No sé dónde le escondamos.
Pónese a calar.
Póngase detrás de mí
debajo de matorral:
que yo le juro, a mi mal,
que no le hallen aquí.
Oh islas de Rodas, quien os pasase
sin que la mi galera se me anegase.
Sale el Mayordomo aprisa, con un Paje vestido
de camino, con un retrato de D. Juan.
Vuélvese al Monje.
Anda, Graciano, apresura
el paso, ¿vienes durmiendo?
Juro cierto no te entiendo,
tal vas en tal coyuntura.
A D. Juan ando buscando,
mi padre, ¿vino con vos?
Oh señor, guarde os Dios,
perdonad, que estoy rezando.
Informaos del Marinero.
¿A esta isla ha aportado
el que aquí veis retratado?
¿No me respondéis?
Estaba comiendo, y agora bebía.
¿Ya quiero?
Pues si yo quiero meter,
¿no me dejaréis pensar?
¡Agora queréis empinar!
Gentil modo de decir.
¿Sabe a la entrada del puerto?
Sabe el camino do queda
a la izquierda una vereda,
y luego un sendero muerto?
Entre, pues, por la hondilla,
y suba por el pinar,
y luego torne a bajar
por aquella cuestecilla.
Tome a mano derecha luego
un camino, que va al mar,
y procúrele pasar
más velozmente que el fuego.
Y en habiéndole pasado
se puede ir a descansar,
o volver a desandar
todo el camino, que ha andado.
Que ni conozco a Don Juan
ni quiero ver su retrato.
Va a echar mano.
Boto a tal de un insensato.
Téngase, que ahí le dirán
dél quizá los pescadores,
y llevará a sus señores
la pesca que le darán.
Dentro.
¡Hola, hau!, ¿adónde, adónde?
+ Graciano
Dentro.
La senda del puerto abajo,
camine por ese atajo.
Vanse.
Vámonos, que no responde.
Cierto, Graciano, me espanto,
cómo no hice un desatino,
con aquel cuero de vino;
de mi paciencia me encanto.
Salga, señor Don Juanito,
mire cómo he despachado
su Mayordomo, y criado
más negro que el de bonito,
con el Padre, que ha sabido
también conmigo ensañarse.
Puede venir a embarcarse.
Vámonos, pues ya se han ido.
Entra Afición de deudos, caballera, negra vestida de furia.
Vase.
¿Qué es posible, que pueda, y sepa tanto
contra mi brazo fuerte un monjecillo
que dos días ha que habita los peñascos
deste fiero desierto? ¿Y tenga un pecho
más duro que guijarros? ¿Que resista
a mis dulces halagos, y blanduras?
¿Quién le avisa, le guarda, quién le dijo
que soy yo la afición carnal de deudos,
que tengo a tantos monjes por el suelo
y entre damas romanas, los que un tiempo
en la contemplación de Dios lucían?
No volveré al infierno oscura cárcel
ni aquel rey poderoso, que lo rige
visitaré triunfando de los monjes,
primero que éste vea derribado,
y a su Madre, y ciudad restituido.
Sale Paulo y el Santo en hábito de Monje.
¡Que eso esta noche pasó!
Debe temer Lucifer
hijo lo que habéis de ser.
Grandemente me cansó.
Ya me faltaban razones
Padre, con que atajar:
mejor es no le escuchar,
y quitar las ocasiones.
¿Cómo se os representó?
En hábito de una mujer,
y en no pudiendo vencer
con caricias, se ausentó.
querrá tornar a tentaros,
y así estad apercebido.
Este es el puesto escondido
que el Abad mandó mostraros.
Aquí en secreto podréis
venir a tratar con Dios.
Él os guíe, padre, a vos.
Adiós, hijo, con él quedáis.
Llégase el Santo a la cruz de un montecito, que ha de haber.
Arrodíllase delante la cruz.
Alma, el tiempo ya te llama,
la soledad te convida
a ofrecer tu ser y vida
al que sin tiempo te ama.
Ya tu gozo se ha cumplido,
ya estás sola, piensa, pues,
quién eres y aquel quién es
que tan liberal ha sido.
¡Oh, paraíso del cielo,
quién a gozarte no viene!
pues Dios cifrado en ti tiene
la paz, el gusto y consuelo.
Breves atajos del cielo,
fraguas del divino amor,
arcas do tiene el Señor
el depósito del suelo.
Al cielo pido favor
para os saber preciar,
y con fiel peso pesar
vuestro subido valer.
Tiempo es, pues, corazón,
de ofrecerte a aquel Señor
que con el fuego de amor
ha encendido tu afición.
Soberana Majestad,
de vos espero el poder
para todo me ofrecer
pues que soy vuestra heredad.
En mil maneras soy vuestro,
y vuestro es todo mi ser,
mi querer y no querer
pues sois vos, Dios, todo nuestro.
Con mi pobre sentimiento
siendo mi Señor propicio
me presento en sacrificio
ante vuestro acatamiento.
Sale Afición de deudos con hábito de mujer, y debajo el hábito de furia.
Dale una carta.
Por no impedir tu oración
aquí solo te he esperado
para darte este recaudo.
¡Santo Dios, es tentación!
Y bien, ¿cómo está mi padre?
Lleno de pena y cuidados,
y todos por ti alterados,
y lastimada tu madre
de la cual ten compasión
pues a esta luz te sacó,
y tales muestras te dio
de su crecida afición.
Y mira aquella manada
de tus queridos amigos
de haber perdido sentidos
tu presencia tan amada.
Mira aquel tu tan querido
primo en la sangre y amor,
que como a tal del dolor
mayor parte le ha cabido.
Pero sobre todos, cuida
moverte tu padre amado
pues quien queda en su estado
ninguna esperanza firme queda.
Yo no puedo encarecer
cuán grande sea el dolor
del que siendo gran señor
ve su estado fenecer.
Y pues dejas tantos bienes,
con que causas tantos males,
pesa en balanzas iguales
el rigor con que te tienes.
Veste aquí desconocido
de un rudo monje engañado
y en vez de rico brocado
de tosco sayal vestido.
Una vida de lascivia,
de gusto, y contento pasa,
y esta regla, que te tasa
corta vida, y con miseria.
Callo, que el corazón
ilustre, como es el tuyo
no le mueve el interés suyo
tanto como la razón.
Lee esta, con que verás
esto bien representado
y aquel dolo tan colmado,
que si vuelves los darás.
¿Carta a mí, y en el desierto?
¿y que me la trae mujer?
Demonio debéis de ser:
y si no di que soy muerto.
Arrójasela hecha pedazos.
Vase el Santo. Afición de deudos rasga el vestido de mujer, y de repente se queda en hábito de demonio.
¿Qué espíritu sublime no se abate?
¿qué ingenio reposado no se turba?
¿qué pecho sosegado no se altera?
¿qué espíritu infernal no hierve fuego?
Da golpes al suelo.
Da voces.
Suena voz de demonios dentro.
¿contra este monje rudo, duro y terco?
Ministros de los fuegos sempiternos,
¿visteis tal desvergüenza? Venid luego,
¿qué hace el lago averno que no viene
a ayudar estas manos poderosas?
¿Infierno, no respondes?, ¿no me envías
las almas, que en cadenas puestas tienes?
¿Ceraste, Tamorlán, el gran Tártago,
Apolonio, Carménides, Carpócrates,
hasta el gran hechicero Simón Mago
con el alma tan fiera de Pilatos?
Venid luego en mi ayuda: ven, infierno,
¿cómo te tardas tanto Plutón fiero?
las puertas abre a la canalla fiera.
Demonios a mi mandado
salid de aqueste profundo,
que quiero ir a la celda
tras aqueste monjecillo,
donde con mis sugestiones
alcance de él la victoria
y alcance y honrosa gloria
venciéndole con razones.
La canalla espantosa,
y la turba descompuesta
sígame luego, venga,
y un punto, un pie seguir no se detenga.
Entran.
Vase con gran ruido de demonios, y sale el Ayo de don Juan con su padre Eutropio.
¿Que al fin de nuestro estudiante
rastro ninguno no halláis?
¿ni aun esperanza me dais
de que lo hallaré en adelante?
Siempre me he persuadido
que el monje se lo ha llevado,
y si allá no le han hallado
Debe de estar escondido.
Según que la diligencia
el mayordomo se ha dado,
que tardar harto ha tardado,
luego está en tu presencia,
que no son mucho tres meses.
Sale Sertorio paje, y el mayordomo tras él del camino aprisa.
El mayordomo ha venido.
Ya le veo que entra,
mas no veo
el blanco de mi deseo.
¡Seáis ya muy bien venido!
De mi jornada dudosa,
excelente señor, vengo,
y de toda ella no tengo
que pueda deciros cosa,
pues que no traigo el propio
ni a su hijo deseado.
¿Habéis el monje encontrado?
Yo diré de eso también.
Dando al mar los gruesos remos,
y al viento las anchas velas,
salida del puerto de Ostia
hizo por nadar mi galera:
a poco más que remamos
descubrimos una isleta,
la cual como después vimos
ha de anchura milla y media.
Hecha la señal de paz,
saltamos todos en tierra,
viendo velas en el puerto,
y levantadas banderas.
Quise averiguar si iba
mi señor don Juan en ella.
Halléme en la playa al monje,
el cual con buenas respuestas
me avisó que al marinero
desto pidiese la cuenta.
Al cual mostrando el rostro,
y diciendo otras señas,
afirmó no conocerle:
así me fui a la galera
y visitando en Egipto
a la montaña desierta
del convento Asimitense
me salieron a gran prisa.
A preguntar por el monje,
diles presto la respuesta,
avisando que quedaba
bien despachado en la isleta.
En la cual cuando volvimos
quise comprar este pece,
pues que del puerto Romano
estábamos ya tan cerca.
Supe de los pescadores
que a su vista en una peña
se hicieron muchos pedazos
cinco Romanas galeras.
Temo no pereciese
mi señor en una destas.
Del abad Asimitense
te traigo carta, que es esta.
Lee la carta. Entra Graciano aprisa con un anillo.
Entré en la cuadra, señor,
que le ha dado a mi señora
en el corazón agora
un grandísimo dolor.
Ansias mortales le dan,
porque en un pece muerto
un anillo se ha hallado
que era del señor don Juan.
¿Cómo es eso, mayordomo?
Negra pesca habéis traído.
Es lo que había temido,
aunque ignoro el cuándo y cómo.
Sacaron una gran pesca,
y Argemiro la compró,
y luego la señaló
para tu regalo y mesa.
Hízose donde dijeron
ambos los dos pescadores,
que cinco vasos menores
muchos pedazos se hicieron.
Temo que aquí pereció
tu bien, y aun indicio dello
uno dio sin conocello,
que del mar libre salió.
La paciencia y el acierto
me dé el cielo omnipotente:
hijo, llorábate ausente,
mas ya te lloro por muerto.
Si esto supiera, mi vida
en el mar profundo arrojara,
pues con mi muerte excusara
lo que causa mi venida.
Vanse.
Vamos, mis amigos, vamos,
que está Teodora impensada.
Sale solo el Santito.
Un triste pecho, soledad amada,
a su alivio y reposo herido viene
adonde esta mi voz será escuchada
de aquel señor, de quien heridas tiene
pues deste solo puede ser curada,
y así yo no le llamo, que resuene,
ni cuide a mis suspiros responderme
que solo pido a Dios quiera valerme.
Como en alta mar la navecilla
en las olas, fiada de los vientos
pretenden a porfía combatilla
los dos tan poderosos elementos
el agua por el cielo la encastilla
el aire por hundirla da mil tientos
así los pensamientos a porfía
mi corazón combaten noche y día.
El uno me renueva la memoria
de mis queridos padres lastimados
el otro me presenta grande historia
de los bienes que tengo despreciados,
pintándome cuál sea aquella gloria
tras que los hombres van desalentados:
pero en esta tormenta yo confío,
que mostrarás, Señor, tu poderío.
Y de todo lo dicho el escarmiento
fácilmente, Señor, lo llevaría:
mas búlleme en el pecho un pensamiento,
que trae bailando al alma mía,
ya da, ya no le da un sentimiento,
ya se siente esforzada, luego fría:
temo volver los ojos a Sodoma
y tú, Señor, me mandas vuelva a Roma.
No una vez, mas muchas te he pedido
Señor, de tu voluntad certificado
y otras tantas, Señor, me has respondido,
vuelva a Roma en tu ayuda confiado,
pero nunca me doy por entendido,
aunque sé que al abad lo has revelado:
mas alto, que es divino llamamiento,
pues le das tal firmeza al pensamiento.
Responda tu saber a mis razones,
pues quieres en peligro tal meterme
¿qué hará mi flaco pecho en ocasiones
bastante cada cual para vencerme?
¿Y aquella Madre ablanda corazones,
Señor, no ha de bastar a enternecerme?
Respóndeme que no, que en favor mío
extenderá tu brazo y poderío.
Y ya que tu favor venga a ayudarme
y de tu fuerte brazo sea valido,
¿cómo podré, Señor, de aquí apartarme,
y verme deste yermo despedido?
¿O quién podrá en tal caso consolarme,
pues tú, amable rincón, testigo has sido
del gusto celestial que en ti he gozado,
de paz, descanso y gozo rodeado?
¡Oh tierra santa! ¡Oh cielos terrenales!
Seguro puerto desta mortal vida,
do hallan acogida los mortales,
quiero de ti gozar por despedida.
¡Oh peñascos! ¡Oh tiernos pedernales!
En quien de leche y miel está escondida
gran suma de regalo y de contento,
y un bien de todo mal y pena exento.
¡Oh, cuán a gusto y apaciblemente
se descansa en esta seca arena!
Convida a dulce sueño blandamente
el no tener el cuello en la cadena
de tantos males, donde tanta gente
pasa una vida de contento ajena.
Este silencio sordo y sin rüido,
¿en quién no infundirá sueño y olvido?
Sale un ángel y, estando durmiendo el santo, canta este romance con instrumento.
Acabando, dice:
Vase.
Dulce sueño, que el cansancio
con tu venida destierras,
haciendo fácil la carga
que más nos aflige y pena.
Reparte el licor sagrado
por los huesos y las venas
deste afligido mancebo
que en tus manos se encomienda.
Tú, con sosiego, reparas
de virtud la humana fuerza,
cuando el ánimo afligido
de pasiones lo cercas.
Por tu huerto va corriendo
de Leteo el agua muerta,
en tu huerta están plantadas
dormideras y otras hierbas,
las cuales de noche cueces,
y repartes por la tierra;
reparte dellas agora
con el que, durmiendo, vela.
Juan, Dios es el que te llama
a esta empresa valerosa,
fía del que, a quien ama,
no le podrá dañar cosa.
Ni el infierno será parte,
ni la muerte, vida o mundo,
ni la altura ni el profundo,
para de Cristo apartarte.
Dios quiere en ti descubrir
de su gracia el gran valor,
pues el natural amor
puede vencer y rendir.
Y así, en frontera estarás
para rechazar los tiros
de lágrimas y suspiros
que de tus padres oirás.
Mas tú, como buen soldado,
firme en el divino amor
estarás, con gran valor,
en el puesto señalado.
Aquesta es la voluntad
de Dios, que yo te aseguro
que con ella irás seguro;
pide licencia a tu abad.
Vase el Ángel, y despierte el Santo alterado.
¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Estoy durmiendo?
Ya no: despierto estoy, y aunque dormía
mientras la voz del cielo estuve oyendo,
claramente entendí lo que decía.
Un nuevo aliento y brío estoy sintiendo,
yo me resuelvo ir a do me envía
a tan dulce vista el alto cielo
partiendo de este yermo al patrio suelo.
Voy pues; no está atenida tu potencia
a tiempo, ni lugar a consolarme;
por el camino voy do tu sapiencia
ha querido, Señor, encaminarme;
alto, pues, yo te sigo, y tu clemencia
se ha bien creído muestre en ayudarme,
que yo seré muy fiel en no dejarte,
si tu favor se muestra de mi parte.
Y pues para mi bien has avisado
de todo lo que toca a esta jornada,
al Abad del convento de buen grado
a despedirme iré de la manada,
que habita este desierto regalado
en vida, que a tus ojos tanto agrada.
Voy a cumplir, Señor, tu mandamiento
en saber que lo mandas muy contento.
Vase el Santo, y sale Paulo muy espantado.
O altitudo divitiarum sapientiæ, et scientiæ Dei; quam
incomprehensibilia sunt iudicia eius, et investigabiles
viæ eius.
¡Oh secreto inescrutable
de aquel consejo divino!
¿Cómo, Señor, tu camino
y alto punto investigable,
y sin tu luz pierde el tino!
¡En juicio tan profundo
se anega el entendimiento!
Después de tu llamamiento
¿quieres que se vuelva al mundo,
y le das consentimiento?
¡Libre ya de Faraón
como, Señor, le mandas,
vuelva ya sin dilación
allá a la antigua prisión,
de donde vos le sacas!
Si apartasteis el cordero
del peligro verdadero,
siendo su defensa y muro,
¿y cuando está más seguro
le vuelves al matadero?
Al fin Dios así lo ordena,
y esto solo satisface,
que sabe bien lo que hace:
sea muy enhorabuena,
pues a él así le place.
Que su juicio fiel
mide con otro nivel,
gobierna por otro norte,
tantea por otro corte,
y pesa con otro fiel:
que como diestro oficial
de labrar los corazones
sabe de fieros leones
sacar el dulce panal
con grandiosas invenciones.
Dice dentro San Juan.
Adiós, mi Padre querido,
que me quiero ya partir.
Del Abad se ha despedido,
no dejará de venir,
que es muy fiel, y agradecido.
Sale el Santo.
Paulino, pues que sabéis
de mi vuelta la ocasión,
dándome la bendición
os ruego, que os acordéis
de mí siempre en la oración.
Mi alma se va con vos,
que las de nosotros dos
no las divide este trance;
mi bendición os alcance,
y con ella la de Dios.
Veis aquí, padre, mis brazos,
y tened satisfacción,
que os dejo mi corazón
junto con estos abrazos.
No faltéis en la pelea,
que contra vos se pregona.
Vase Paulino.
y prosigue el Santo solo.
¡Oh cárceles amorosas
donde los presos libremente quedan!
¡Oh prisiones dichosas,
en que los sabios se envidan
para que mejor al cielo volar puedan!
Arcas de tesoros llenas,
Paraíso de deleites celestiales,
soledades amenas,
do las fuentes manantiales
con su ruido alegran los mortales.
Capilla que alegra el cielo,
de solitarias aves, que en ti viven,
do llenos de consuelo
mil favores reciben,
y para los eternos se aperciben.
Ya os dejo de vos indigno,
de vuestro seno, y regalos ya me aparto
y para el mundo maligno
un triste ya me parto,
pues de vivir en él estaba ya harto:
del siglo vine al desierto,
y del desierto al siglo voy volviendo,
al golfo desde el puerto;
el naufragio estoy temiendo
de mar que tantas naves va sorbiendo.
Pero vuelvo ya, Dios mío,
que pues este camino es traza vuestra,
en vuestra bondad fío,
que en tal lucha, y palestra
victoria me daréis con vuestra diestra.
¡Adiós, lugares santos,
adiós, montes, valles, breñas, fuentes,
adiós, aves cuyos cantos
elevan nuestras mentes
a la región do moran los vivientes!
Que aunque de vos me alejo
por ir adonde Dios me ha llamado,
y cuanto al cuerpo os dejo,
queda el corazón prendado
de tal lugar, tan santo, y tan amado.
Haya música y suene después ruido de galera.
¡Tierra, tierra, tierra!
Roma viva, y te reciba.
¿Qué pueblo es el que asoma?
El de Roma, el de Roma.
¡Gloria a Dios, arriba, arriba!
Sale el Santo descalzo, y tachado y cubierto ponien-
Poniéndose un vestidillo pobre.
Este sí que es a mi gusto,
que en la galera he trocado
y el otro vestido he dado,
muy bueno viene, y a gusto.
Qué falta señor don Juan,
mas qué digo el Don le sobra,
y él verá bien por la obra,
que no se lo llamarán.
Si es espejo de su madre,
muy sucio lleva el espejo,
y pobre el aparejo
para el fausto de su Padre.
Sale Marciano primo del Santo arrastrando una cadena.
Fortuna del bien avara,
cómo es tu trato villano,
pues a quien le das la mano
y le muestras buena cara
no le dejas hueso sano.
Tanto me abaja tu rueda,
que si no estando queda
por fuerza he de levantarme,
que no es posible abajarme
del puesto en que agora queda.
Aquí viene un desdichado
galeote: quiero esperarle
y atentamente escucharle
cómo lamenta su hado.
O sors acerba! hinc scelera me tandem locant.
O scelera! quorum mille sub dulci cibi
mendax venenum! Vita complacuit mihi
jocosa. Temerè cur voluptatem vocis
mihi blandientem pectore insano tuli!
Cavere poteras pulchra si audisses tui
consilia Patris! Reppuisti nobili
fisus juventa. Nunc feres praemium inprobae
vaecordiae ac invitus accipies malum,
qui noluisti habere, quod habebas, bonum.
O damna saeva dura, miseranda, horrida,
quae dolore saucia crudeli est mihi?
mentem perurit sauciam moeror gravis.
Heu cum recordor corporis luxum mei
et appetitas regiae mensae dapes
cantus, lepores, carmina, et festos jocos
oculisque iterum mutuis lachrymantibus,
qua veste corpus modo despecta tegam
despicio; terram prorsus exanimis peto.
Quid ergo rebus perditis amens agam
inopsque mentis! morerer id vellet deus.
Sed vita vitam dura lascivam manet
et poena ludi justa praeteriti ingruit
vitam daturus maximum exemplum malis.
Quo dira scelera mentem peccantem ferunt!
¡O cruda fortuna fiera!
infame, desmentida,
desleal, desconocida,
sin ley, sin rey, sin manera.
¡O más que la fiera fiera
con el triste de Marciano,
pues del Senado Romano
me trujiste a una galera.
¡Cielo! ¿qué es esto Señor?
¿qué es lo que estoy escuchando!
¡O sudor que vas manando
testigo de mi dolor!
¡Triste suerte, dura pena!
bien debes de merecello,
si traje cadena al cuello,
a los pies traes cadena.
¿qué es del precioso brocado,
que me adornaba, y cubría?
mi gala, y mi bizarría,
¿dónde están? ¿en qué han parado?
¡desdichado galeote,
qué pequeño has comenzado!
¡qué presto te han entregado
al bizcocho y al azote!
¡Marciano desdichado!
y así pasó aquel tiempo, que solías
vestir seda, y brocado!
¡ay! cómo no advertías
que en estas granjerías te perdías!
No mirabas los altos,
los altos, y los bajos que tenía,
que cuando son más altos,
más claro se decía
que la caída más cierta te vernía.
¿Qué tienes del pasado
tiempo, sino dolor? ¿Cuál el fruto,
que los vicios te han dado,
sino tristeza, y luto,
que no rinden otro, no otro tributo?
La fe del mundo vano,
mancebo, ¿dónde está? ¿Por qué has perdido
a tu bien soberano,
por quien mal proveído
quedas en desventura, y en olvido?
Hermano, ¿de cuál la pena,
que os causa tanto llorar?
¡Eso vais a preguntar
viéndome al pie esta cadena!
Decid ya quién sois, hermano,
¡pues no me habéis conocido!
debe causarlo el vestido:
pues yo os conozco, Marciano,
vuestro primo soy.
¿Vos mío?
¿No conocéis a don Juan?
Abrázanse.
¡Cielo! ¿y adónde están
mis fuerzas, aliento, y brío?
¡Marciano del alma mía,
cuál crudo cielo os ha puesto
en tan infelice puesto,
por tan miserable vida!
También pena me ha causado
lo que ese vestido muestra.
No es mi pena cual la vuestra,
que solo voy disfrazado.
Sabed que cuando partí
de Roma me fui al desierto.
A vos os tienen por muerto,
y andan en busca de mí.
Porque vuestra madre halló
en un gran pozo conservado
un anillo esmaltado,
que antes que huyésedeis os dio.
¡Mas ay! quién hubiera sido
tan dichoso como vos,
pues en servicio de Dios
seis años habéis vivido.
Y es mi dolor muy agudo,
primo, después que os he visto
hecho imitador de Cristo,
siendo esclavo del mundo.
Si yo os hubiera creído,
de otra manera me fuera.
¡Qué haréis en esta galera
tan triste, y tan consumido!
¿Quién podrá daros razón
de mis caminos errados,
pues por ser descaminados
me causan esta prisión?
Acabando de cenar
Le di muerte a Neyo Fabio,
hijo de Postumio el sabio,
por cierto enojo y pesar.
Luego al siciliano estado
en embarcación pasé,
y a pocos días que llegué
maté también mi criado,
porque no me descubriese;
que una maldad otra llama.
Mas creció tanto la fama,
que uno y otro se supiese.
Echáronme a esta galera
sin dar aviso a mi padre
ni lugar a que mi madre
el triste caso supiera.
Aquesta es la penitencia
que pago por mi pecado.
Él quedará asaz purgado,
primo, si tenéis paciencia.
No sé qué pueda deciros
del grande dolor que siento,
mas por testigo os presento
las lágrimas y sospiros.
Crecerá, viendo mi suerte
buena, pues la quiere Dios,
la infeliz pena de vos,
viéndoos tal sin ver mi muerte.
¿Por qué, don Juan, lloráis tanto?
Esta prisión y cadena
siento más con vuestra pena,
y me provoca a mayor llanto.
Primo, yo he de acompañarte
en tu miseria terrible.
No será, primo, posible.
Ni es posible el yo dejarte.
Cómitre dentro.
¡Hola, hala, al remo, al remo,
que se parte la galera!
De más espacio os quisiera,
al capitán, pero temo.
Mi don Juan, tiempo es que vais
a vuestra patria y reposo,
y a gozar el bien glorioso
que tan insigne esperáis.
Primo amado, andad con Dios,
daréis aviso a mi padre
y a la triste de mi madre.
Y él os dé paciencia a vos.
Abrácanse diciendo esto, y hállalos ansí el cómitre.
Seguro, pues, estáis de mí.
Sí lo estoy, y muy seguro.
Marciano, yo os asegure
que seré quien siempre fui.
Pues yo no podré mudarme.
Ni yo, aunque muera, no amaros.
Yo morir y no olvidaros.
Yo, aunque me voy, no me parto.
¿Agora se me están con abrazos?
Si quiere desenojarme,
puede las espaldas darme,
pues da a esotro los brazos.
Dale con el azote.
¡Ay!
Ganas tenía de holgarse.
Éntrase Marciano corriendo, y vuelve a salir, y el cómitre tras dél.
Tomad, un perro romano,
y él, cuando quisiere, hermano,
puede a Roma encaminarse.
Vanse, y queda el Santo.
¡Oh Marciano, qué del fruto,
que el mundo vano te ha dado!
pues por ufano has quedado
paga al fin del vicio bruto.
Mirarás al soberano
bien, que con tanto ruido,
mozo loco, has ya perdido
estando tan en la mano.
Quien Jesús no reconoce
su dulce yugo, y suave,
pero solo esto aquel sabe
que le ha probado y conoce.
Mira, Señor, que es mi primo
Sulpicio, que antes de su muerte
venga a tal dicha su suerte,
que te tenga por arrimo.
Pero quiero proseguir mi
mi comenzado camino,
que con el favor divino
presto le he de concluir.
Sospecho que estoy ya cerca,
y si no me engaño asoma
el Capitolio de Roma,
casi diviso de cerca.
Quiero de aquí columbrar,
si la vista me ha engañado.
No; ya estoy cerca, poblado;
ya estamos en la estacada.
Juega bien, mundo, tu espada,
que no he yo de ser vencido.
La noche se va acercando,
alto, prisa a caminar,
porque pueda a tiempo entrar,
e ir limosna demandando.
Sale el Mayordomo
Capas, pajes.
Dice dentro Graciano
¿Para dónde?
Gentiles madrugadores,
a misa con sus señores.
Graciano, ¿adónde se esconde?
Pase el coche por acá,
y tú avisa al sacristán.
¿A cuál?
Al de San Damián,
ve volando, ¿vienes ya?
A qué buen tiempo he llegado.
Aqueste es mi primo.
Salen dos caballeros, Hortensio y Sulpicio.
¿Venís?
¿Por qué allá fuera salís?
¿vais con él?
Hasta el Senado,
que dicen que le ha llamado
nuestro invicto Emperador,
y he menester su favor.
Pues es su muy gran privado,
y en el Senado le dan
sin duda el mejor lugar.
No hay quien lo pueda heredar,
¡oh, si viniese don Juan!
Gentil amigo nos fuera.
¿Y es cosa cierta que es muerto?
Yo no lo tengo por cierto.
Pues yo de cierto lo sé.
Ya se pudiera casar
con Hortensia la mayor,
¿no era mejor la menor?
No hay en eso que dudar.
Con todo, si ahora viniese,
con la mayor se casara.
Y aun Hortensio se holgara,
bien puede ser si viniese,
y fuese falsa la nueva.
¡Ya le tratan casamiento!
no da su consentimiento,
señor don Juan, ¿no lo aprueba?
Tampoco él hallará en Roma
más honrado casamiento.
Y no es un encarecimiento.
Llegase el Santo
Pues muy bueno: ¿no lo toma?
Quiérote mundo engañar
y cuando las redes tiendes,
aunque engañar me pretendes,
quiero yo de ti burlar.
Cortesanos caballeros,
por vuestra limosna vengo.
Aunque aquí dineros tengo,
quiérote mandar mudar.
Páguelo Dios, el favor.
¿Viste qué hermoso semblante?
Puede ser paje delante
del romano emperador.
Corto ha quedado el favor,
porque soy más presumido
y paje de aquél he sido
que es sobre todos Señor.
Y por no me sujetar
a otro que menor sea,
he escogido esta librea,
muy fácil de sustentar.
Con esta me honro, y no he visto
alguno, que a mí me llene
en Roma, y lo que esto tiene
de ser librea de Cristo.
Sola una limosna os pido
generosos caballeros,
pues os mostráis tan humanos
en prestarme atento oído.
con Eutropio el senador
gustaría de hablar:
no me dejarán entrar
si no tengo intercesor,
que pueda esto razonar.
De oírle estoy espantado.
Y a mí me da en qué pensar.
Salen Eutropio, y Teodora acompañados de criados.
Primero en misa he de estar,
y después iré al senado.
¡Oh, sobrinos!, ¿aquí estáis?
Y muy bien acompañados
con un pobre, que, si sois avisado,
una palabra le oyáis.
Te vir gravissime sospitem velit Deus.
te quoque bone adolescens.
nostri miserere tuum?
meum!
profecto.
si premunt angustiæ, doleo.
solemus omnes alienis malis.
me maxime omnium urget necessitas.
ita sane vestis, et oris aspectus indicat.
sed te inopem, ut certe, mitissimum facit aspera
natura, labor tibi istud peperit malum!
desine quæso percontari: hæc scire obsecro movere.
moveor.
sed non est satis viro nobili et egregio, ut
fortuna declarat tua, flecti his miseriis,
nisi remedium adhibeas.
tibi possum subvenire pauperi (ut assolet)
hinc ex me capies quotidie hic in atrio cibum.
Remuneretur pro me celestis Pater tibi;
sed audi pauca: miserum ne me deseras.
nimis miserum interpellas.
quia miserrimum natura sinit adesse te qualem licet.
Quid pro tuis vultu postulas mestissime?
Pido a vuestra señoría
un rincón en que habitar
en casa.
¡Qué grosería!
¿Este había de estar en casa?
Estar en ella no impide.
Mayordomo, yo os le encargo.
Yo acepto, señor, el cargo.
¿Cuál es vuestra tierra?
El cielo.
De acá pregunto del suelo.
No tengo otra tierra, cierto.
¿De vuestros padres sabéis?
Vine a casa de mi padre,
y desechóme mi madre.
¡Tan dura madre tenéis!
Es que no me conoció,
que si ella me conociera,
sus mismas entrañas me diera.
¡Cómo se las diera yo
si agora don Juan viniera!
Haga cuenta que está vivo,
y que a mí por él recibe,
o que yo por él recibo
merced.
¡Ojalá así fuera!
A lo menos en la cara
noble y honrado parece.
El vestido le encubre,
que yo por tal le juzgara.
y el nombre querréis decillo,
que le quisiera saber.
Antes don solía tener,
agora me llaman Juanillo.
Hasta en el nombre parece
a nuestro Don Juan, señora.
eche un suspiro
No renovemos agora
la pena, que se padece.
Andad traelde de almorzar,
¿Cuánto ha que no habréis comido?
Harto, a fe.
Porque no había
quien se lo dé al pobrecillo.
¡Qué deshecho y desmedido,
qué desfigurado está!
Ya, señora, tengo madre,
y padre, gracias a Dios,
que ha querido darme amos,
y a entrambos por madre, y padre.
Señor, ¿habéis advertido
del muchacho la razón?
Movido me ha el corazón.
Vanse.
Y a mí me lo ha enternecido.
Llévele el Mayordomo donde ha de estar.
Esta chozuela tenéis
de hoy más, do estar albergado,
y estad hijo confiado,
que en mi amparo hallaréis.
Quiérome ir a acompañar
a mis señores agora,
yo haré, que luego a su hora
os traigan de almorzar.
Vase el Mayordomo.
Tal amor, y voluntad
páguela nuestro Señor,
que no la espero menor
de su mucha caridad.
Un poco he estado atrevido,
pero Dios me ayudará,
y el negocio trazará
que yo no sea conocido.
Después de haber entrado el Santo en la chozuela, sale Marciano, que viene de las galeras.
¡Quién le diera a mi cabeza
de lágrimas una fuente
con que llorar tiernamente
mi desventura y tristeza,
que he pasado y veo presente!
Que cual otro Jeremías
llorara noches y días
hasta que hicieran señal
en un duro pedernal
las tristes lágrimas mías.
¡Oh, si porque se apagara
esta llama tan crecida
en mi pecho descargara
una perpetua avenida
de lágrimas de mi cara!
Aunque como ardiente fragua
mi corazón en mis penas
pasando por las setenas
arde más dentro del agua
de sus desdichas y ajenas.
Serame eterno garrote,
motivo de eterno llanto
ver que hoy toda Roma note
dos primos, que el uno es santo,
y el otro fue un galeote.
He sido luna menguante
del bien, y en el mal creciente,
en perderme permanente,
en mis locuras constante,
y en mi perdición prudente.
¿Con qué rostro, oh, con qué cara
vuelvo a casa de mi padre?
¡Oh, mengua, oh, afrenta rara
de mi casa! ¡Oh, madre chara,
yo no te oso llamar madre!
¡Odio tirano y pena
confieso que me ha rendido,
y que tengo merecido,
que amarrado a una cadena
me enterréis en el olvido!
Mas porque los de piedad
obréis en me recibir,
sola una cosa mirad:
que podré a muchos servir
de escarmiento en la maldad.
Será Marciano un retrato
hecho a vuestra costa en mí,
para que tema de sí
el hijo libre e ingrato,
si vive cual yo viví.
¡Oh, tiempo gastado
en locos contentos,
mal logrados años
en mis devaneos!
Fugitivos días,
que pasasteis presto
en locas empresas
de un mozo sin seso.
Compañeros libres,
que tuve sin cuento,
¡qué mal me guiasteis,
ciegos, y yo ciego!
Caras libertades,
antojos sin freno,
desabridos gustos,
sabrosos tormentos.
¡Oh, riquezas pobres,
convites hambrientos,
oh, cárceles libres,
libres prisioneros!
Escondidos lazos,
libre cautiverio,
hermosura vana,
vanidad con peso.
Pesadumbre grata,
gracioso tormento,
santo desengaño,
da vista a este ciego.
Que aunque vienes tarde,
llegas a buen tiempo;
guíame a mi padre,
habla tú el primero.
Mientras, yo te pido
perdón con silencio,
porque dé acogida
al paterno pecho
a un pródigo hijo,
querido otro tiempo.
Vase.
Sale un paje con un plato.
¿Dónde se ha escondido agora
el muchacho picarillo
que hemos aquí de servillo
como a hijo de señora?
Salga en hora mala fuera.
Juanetillo, ¿qué hacéis ahí?
Sepa que estoy hasta aquí
de pasar esta carrera.
¿Es hijo de emperador
que le hemos de andar sirviendo
cada hora yendo y viniendo?
Haréislo por buen señor.
Porque yo en ser noble como
todo cuanto vos hacéis.
Dizque vos nos revolvéis
a nuestro ayo y mayordomo.
¿Y si echamos una mano,
o nos salimos a holgar,
luego alto a pregonar?
¡Pues, voto!...
Paso, Graciano,
no es cristiano ese lenguaje;
no hago cosa, que no os cuadre,
porque os amo.
¿Amáisme? A mi padre.
Como si fuese el paje
de mis mismos padre, y madre.
Diga otra vez, so amigo,
¿que tienen pajes su padre
del picarillo, y su madre?
No entendéis bien lo que digo.
Dígame el señor su padre,
cuánto comerá de renta;
que el dote no tendrá cuenta
de la señora su madre.
No me precio de tener
padres ricos en el suelo,
pues tengo un padre en el cielo,
que me dio la vida, y ser.
Y pues Eutropio, y Teodora
me envían este sustento,
yo estoy alegre, y contento
con estos padres agora.
Según eso bien podrá
pretender muy gran herencia,
pues su clara descendencia
tiene del primer Adán.
No hago caso de aqueso.
¡Ya más pobre humilde he visto!
Solo ser siervo de Cristo
hace en mi alma peso.
Toma, saca de mal año
aquese estómago hambriento.
Con la mitad me contento.
¡Oh, qué pobre tan estraño!
Yo me voy, advierta agora,
que ni en burlas, ni en veras,
conmigo no parta peras:
eso envía mi señora.
Dios le dé el contentamiento,
que desea, y en sus ojos
ponga aquel, que sus despojos
le llene de su contento.
Sale el Mayordomo.
¿Hasle dado de almorzar?
Sí, señor, ya está contento.
Ve, y avísame en viniendo
los señores.
Ya han venido,
y antes que fuesen a misa
visitaron a su hermano
Cayo Fabio, que Marciano
hoy ha parecido.
Es risa.
Yo mismo le vi en su casa,
y por más señas traía
un traje, que parecía
de galeote.
Eso pasa.
Y porque no se huyese,
que venía aun sin camisa,
le hacen vestidos aprisa,
así don Juan pareciese.
Pues venme luego a avisar
en estando aparejada
la comida. ¡Está arrimada
la choza, en que habéis de estar!
¿Está todo bien compuesto?
Todo está de vuestra mano.
¿Faltaos otra cosa, hermano?
Muy contento estoy con esto.
Mucho os quiere mi señora.
Mas me quiere la señora,
aunque no lo muestra agora,
antes muestra desfavor:
mas querrá Dios, que algún día
me muestre mayor amor.
Sale Léntulo Paje.
Vase el Mayordomo.
Ya se asienta mi señora,
y a saber de Juan me envía.
Vase el Paje.
Di que estoy muy consolado,
que bien se echa de ver,
que madre me quiere ser
en el amor tan sobrado.
Dios, mi bien, y mi deseo,
en la casa de mi Padre,
sin conocerme mi Madre,
pobre, y desnudo me veo.
Yo gusto de estar por Vos
como pobre aquí albergado,
y de todos desechado,
pues más hicisteis por nos:
que todo lo que a Dios damos
por su servicio es ganar,
pues damos cien, y al quitar
el bien eterno ganamos.
Dichosa pobreza mía,
feliz desconocimiento,
pues por breve detenimiento
me dio perpetua alegría.
Aquí tengo de vivir
en esta pobre chozuela,
aunque más me aflija, y muela
mi carne hasta morir.
No rehuséis la pelea,
Juan, pues Dios la galardona,
y no lleva la corona,
sino aquel que bien pelea.
Mayor gloria no sé yo,
ni más bien, ni mayor suerte,
que imitar en vida, y muerte
al que en cruz nos redimió.
Seguid, seguid la victoria,
Juan, que con eso no dudo
que innoble yace, y desnudo,
con coronalle de gloria.
Sale el Mayordomo aprisa.
Hola, capellán, que ya es hora
de ir mi señor al senado.
Hola, Pajes, ¿no hay cuidado?
Responde dentro.
¿Tan presto, y tan a deshora?
No hay reposar dos momentos
en esta casa. Ya van.
Vase.
Presto, que sale al zaguán.
Estos me darán mil tormentos.
Cantan a una voz, y música a canto de órgano: Johannes veni, et coronaberis. En oírla salga el Santo de la choza, y diga.
¿Qué es esto? ¿Mi Dios me llama?
¿Qué voz es esta tan nueva?
¡Qué dichosa y alta nueva,
mi Dios, al alma que os ama!
¿Es posible que es venida
mi suerte tan deseada,
y queréis ser avisada
mi Madre de mi partida?
Hágase lo que mandáis,
pues Vos lo habéis ordenado:
que a tal árbol arrimado
Juan, bien seguro vais.
¡Qué aprisa se va faltando
al cuerpo el vital aliento!
Ya palpablemente siento
irse mi vida acabando.
ya no pueden sustentar
estos pies al cuerpo frío,
pero cobra el alma brío
que entra en palenque a luchar.
Mi cuerpo en la tierra dura
se rinda por despedida:
tome él mismo la medida
de su estrecha sepultura.
Tome aquí la posesión
quieta el cuerpo mortal
hasta el día universal
de nuestra resurrección.
Sale el Mayordomo con un plato.
Ea, Juan, alto a comer,
que mi señora os lo envía
de su plato, que se enfría.
Es por demás ya poder.
Es ya mi muerte llegada
y es excusado el comer:
solo os suplico un placer
al fin de esta mi jornada,
que luego aquí me llaméis
a mi señora Teodora.
¿Luego?
Luego en esta hora
por mí se lo supliquéis.
Porque se llega la hora
en que de este mortal suelo
tengo de subir al cielo.
No podrá venir agora.
¿No miráis que está comiendo?
Partid luego a la avisar,
que se quiera levantar
porque ya me voy muriendo.
Vase.
Basta: voy con el recado.
Baja un Ángel con un Cristo.
Y aunque ella no viniera
holgárame si tuviera
a Cristo crucificado.
Desaparece el Ángel.
Tomad, Juan, en vuestras manos
esta celestial bandera,
donde está la verdadera
divisa del buen cristiano,
para la batalla fiera.
Si queréis coger manojos
de celestiales despojos,
mirad este crucifijo
teniendo el corazón fijo
adonde tenéis los ojos.
Este Dios crucificado
es una águila real
generosa y celestial
a cuyo ardiente costado
hallaréis calor vital.
Que un generoso vuelo
y reclamo de consuelo
desde la cruz atinando,
hoy os está convidando
a volar consigo al cielo.
Mirad su rostro encendido
con ojos, fuegos serenos,
acudiéndoos a sus senos,
porque no os eche del nido,
como a los hijos ajenos.
¡Oh, gloria, o riqueza nuestra!
aqueste pobre, que os ama,
gusta del suelo por cama,
pues que esta cruz la vuestra.
Mi desnudez nunca pudo
a esa vuestra llegar,
pues venistes a expirar
puesto en la cruz y desnudo.
Mi paciencia nada ha sido
mi olvido y mi desamparo,
que a vos os costó bien caro
ganar esto, que he sufrido.
Inclinada así al suelo,
la cabeza puesta en alto,
me llamáis, a que dé un salto,
vuele a mi patria del cielo.
Descubren de estas espinas
los taladros y agujeros
nuevas glorias y veneros
de unas celestiales minas.
Ya yo vuelvo; veisme aquí,
mas mi señora no viene,
que cierta ocupación tiene.
Decidme el recado a mí.
¿Jamás os ha visitado
en el tiempo que aquí estáis?
¿Y vos, hermano, pensáis
que tan presto es negociado?
Decilde que su don Juan,
yo sé muy bien que no es muerto,
y que si viene, de cierto,
dónde vive le dirán.
Vos esto le encareced
y decilde a mi señor
que interponga su favor
en la última merced.
Vuelvo; pero mucho dudo
que quiera venir.
No venga,
que basta que mi alma tenga
el que redimirla pudo.
Al cabo de mi jornada
solo desear pudiera
tener a mi cabecera
mi cabeza tan amada.
que estar solo no lo siento,
ni el alma siente el partirse,
pues morir no es otro que irse
a la partida, y contento.
Un paje con una silla y almohada, pónela junto a la choza para su señora, que entra con el mayordomo aprisa.
Jesús es quien, alma mía,
Jesús, vuestro deseado.
Podrá ser que haya expirado,
según la prisa tenía.
Cierra luego ese portal,
aparta, quita esa silla.
¿No le han dado una camilla?
¡Cómo lo habéis hecho mal!
Amigo, ¿qué me queréis?
Decidme luego, ¿qué es esto?
¿No decís? ¡Decid ya presto!
¿Qué os duele? ¿Qué mal tenéis?
Madre, el tiempo ha ya llegado,
tiempo ya de descubriros,
y el largo secreto abriros
por tantos años guardado.
Madre os llamo a boca llena,
pues sois Teodora, mi madre,
Eutropio, mi señor padre,
yo causa de vuestra pena.
La nueva, que era yo muerto
no pudo ser verdadera,
que desde mi edad primera
he vivido en el desierto.
Y quise a Roma tornar
a vencer la tentación
de vuestro amor y afición,
y en esta chozuela estar.
que aquel anillo, que hallasteis
en el pescado encerrado,
yo mismo le había arrojado,
con que vos os espantasteis.
Abájase al suelo Teodora junto al Santo y mirándole dice
¿Vos sois mi don Juan querido?
Saca el Santo el libro engastado.
Sí, yo soy vuestro don Juan:
estas prendas lo dirán;
¿no las habéis conocido?
Tómale Teodora en los brazos y dice.
¿Estoy soñando, o despierta,
estoy sentada, o en pie?
¿Lo que he visto fue, o no fue?
¿Estoy viva, o estoy muerta?
¡He soñado por ventura!
¡Lo que he visto sombra ha sido!
¡Este es mi hijo querido!
¿en tal traje, y vestidura?
Mas no es esto fantasía,
no son sueños, ni antojos:
que el que está ante mis ojos
es don Juan del alma mía.
Con esta prenda conozco
al que antes no conocía,
aunque en mi casa vivía,
en traje tan vil, y tosco.
Pero si sois vos mi vida,
¿cómo tengo de vivir
viéndoos ante mí morir,
y que llega la partida?
Brazos, ¿qué hacéis dónde estáis?
¿no abrazáis a vuestro amado?
Ojos, ¿habéisos cegado,
que a vuestro bien no miráis?
¡El amor no es zahorí!
Pues, ¡oh tesoro escondido
en este humilde vestido,
cómo no te conocí!
Siendo espejos de mis ojos,
¡cómo estáis tan empañado!
¡cómo, hijo, le habéis dado
al mundo tales despojos!
Quejas de mi afición,
pues la que me atormentaba,
hijo, que como te amaba,
sin ti moría, y con razón.
Si vivos estabais, mi vida,
¿cómo yo no fui a buscaros,
que no fuera mucho hallaros
mi vida en vos escondida?
En mi alma vais sentada,
con letras de oro grabada,
porque la memoria sola
esa muy estrecha casa.
Mi voluntad anchurosa
a vos está dedicada
y en ella tenéis un templo,
que ocupa toda su plaza.
No os dé pena mi partida,
que es partida en que se gana
sirviéndoos quedo en la cuenta,
aunque difiero la paga.
Llegará ya vuestro plazo
e iréis a aquella morada,
que sé yo tiene el Señor
para vos aparejada.
Esta mi pobre librea
no permitáis sea quitada,
que ni la seda ni el oro
a su gran valor iguala.
Abrázala.
Toma el Cristo en las manos y dice.
quisiera hablar con mi padre
pero veo que se tarda,
y este Señor que aquí veis
para la gloria me llama.
Con esto, madre y señora,
hora es ya que me parta,
adiós, cuerpo, vista, ojos,
que no se parten las almas.
Esposo del alma mía,
mi estrella, mi norte y guía,
espejo en que yo me miro,
divino blanco a do tiro
y centro de mi alegría.
Al rayo de vuestra luz
a vos tiro en campo franco,
ni quedará el brazo manco
cuando os tire, pues en cruz
tengo enclavado mi blanco.
Que vuestra suma afición
os dio tal disposición,
que con un solo suspiro
hace el alma cierto tiro,
con que os clava el corazón.
En ese leño precioso,
como en tálamo dichoso,
tenéis abiertos los brazos
para darme los abrazos
de Padre muy amoroso.
Dadme vuestra bendición
en este trance postrero,
que, aunque estéis en el madero,
el darla de corazón
no os lo impide el clavo fiero,
y de esta divina fuente
de vuestro costado abierto
dadme un trago dulce y largo
para endulzar el amargo
con que la muerte se siente.
¡Jesús, Jesús, alma mía!
Jesús, hijo, andad con Dios.
Él mismo quede con vos,
él sea vuestra luz y guía.
Espira.
Jesús, luz, victoria y palma,
aunque yo no lo merezco,
en tus manos doy y ofrezco
mi vida, espíritu y alma.
Hay música de diferentes partes, y táñense las campanas, y dicen todos: ¡Santo, Santo, Santo!, en fuga de órgano, de diferentes partes.
Hijo de mi corazón,
contento del alma mía,
raro espejo de mis ojos
en quien mirar me solía.
¿Adónde vais, mis amores,
pues Teodora no os envía?
¿No veis que quedar sin vos
es quedar sin alma y vida?
Si los gemidos y quejas
la tórtola se amancilla
por su viudez y la ausencia
de su dulce compañía,
¿qué será razón que sienta
la que en vos su bien tenía,
noble temple de su alma,
blanco hermoso de su vista?
Entra Eutropio espantado, volviendo del senado.
¿Qué es esto, Dios? ¿qué estruendo he oído
por toda la ciudad desde el senado?
¿A mi casa volviendo oigo ruïdos?
El pueblo por las calles va asombrado,
las campanas se tañen, y al sonado
dan voces los infantes, y alaridos.
Vuelvo a ver qué es esto.
La capilla otra vez con sus fuegos santo, santo.
Cosa es esta que me pone espanto.
Prosigue Teodora sobre el cuerpo del santo.
Pierdo en ti, hijo querido,
ser, y vida, que me rija,
el seso, que me acompase,
regalo de mi alegría.
Tales faltas como estas
que juntas caen en un día,
¿no os parece, que serán
de dolor, y pena dignas?
¿Qué mucho, partiéndoos vos,
yo esté de dolor partida?
Y pues mi alma se parte,
pártase también mi vida.
Cae desmayada sobre el cuerpo, y llega Eutropio.
¡Qué espectáculo es este! ¿qué es este llanto?
Señor, nuevas te doy de desconsuelo:
tu querido don Juan ha sido santo
del que oyes dar las voces de consuelo
y es el pobre de quien cuidaste tanto,
que esta choza por casa, y cama el suelo
tuvo estos años, y en tu ausencia ha muerto,
y antes de morir se ha descubierto.
¡Oh, mi infeliz hado,
que hablar no merecí
a mi hijo amado!
Ponese
Ponese de rodillas junto al Santo.
¡Hijo Juan! ¿cómo pudiste
usar de tal tiranía!
que descubrir no quisiste
el tesoro que en ti había.
Tantos años has estado
en esta pobre chozilla
sin saber que eras mi hijo.
¿cómo, Juan, no lo decías?
Ya que encubrirte quisiste,
¿por qué, di, a la despedida
una hora no me aguardaste,
que gozase de tu vista?
Y ya que de tu jornada
el postrer punto venía,
punto, en que tu eternidad
el primer punto tenía,
di, ¿por qué acá me dejaste
por solo espacio de un día,
pues sabes que estaba en ti
depositada mi vida?
Mas el amor, que a tristeza
en vuestra ausencia me inclina,
por lo que a vos, hijo, toca,
lo consiento con envidia.
Vais a tomar posesión
de los reinos de la vida,
y a gozar de la corona
tan ganada, y merecida.
Enhorabuena vais, hijo,
que vuestro Padre os envía
Tenedme en vuestra memoria,
que vos quedáis en la mía.
Noble señor, no te aflijas,
ni angusties el corazón,
Que en semejante ocasión
es justo que te corrijas.
De nuevo ánimo te viste,
y no te congojes más,
que en el cielo gozarás
del hijo que acá perdiste.
Los lutos, que se trajeron
por la muerte de don Juan,
¿si agora mandas, quitarán?
No: basta lo que sirvieron.
Esta muerte no es de llanto
ni causa de sentimiento,
pues que no es enterramiento,
sino procesión de un santo.
Que yo le tengo por tal,
y como a tal le pondré,
adonde edificaré
un templo, y un hospital.
Y así podréis ya dejar,
Teodora, de hoy más el llanto,
que haréis agravio al santo
si le queréis más llorar.
Vamos a dar traza y corte
en la pompa funeral,
que conviene sea tal
que alegre toda esta corte.
Éntrase, y salen dos Ángeles con coronas y palmas en las manos, y un velo blanco.
Espíritus soberanos,
salid alegres y ufanos
a recibir tan pura alma,
y la victoriosa palma
poned en sus fuertes manos.
¡Oh, almas puras y santas,
que guardasteis con decoro
en tierra vuestro tesoro,
y ya con gloriosas plantas
pisáis las plazas de oro.
Salid, salid hoy gozosas
esparciendo al mundo rosas,
y en esos castos jardines
de azucenas y jazmines
tejed guirnaldas gloriosas.
¡Oh, chozuela bendichosa,
que en nuestra feliz región
se trueca en la posesión
de aquella silla gloriosa
debida a tal sumisión!
De hoy más con vida inmortal
en el reino celestial
sin temer mudanza alguna,
tendrá Juan sobre la luna
un trono y rico sitial.
El que abatido y hollado,
y del mundo despreciado,
quiso ser acá en el suelo,
y muy bien esté en el cielo
en tal trono colocado.
Porque es justo Dios levante
en su reino triunfante
al alma que aquí se humilla,
a sentarse en la alta silla
que perdió el arrogante.
Mucho fue lo que ganaste,
Juan, en cuanto aquí dejaste,
pues por lo que es vil escoria,
de sublime y alta gloria
rica corona alcanzaste.
Ya se acabó la pelea,
las lágrimas se acabaron,
los dolores ya pasaron;
la gloria, que es hermosa,
es el fruto que dejaron.
Y pues habéis escogido
ser pobre, y desconocido,
huyendo del fausto, y gloria,
no habrá siglo, ni memoria,
que os eche Juan en olvido.
Cuerpo sagrado, y dichoso,
cuya ánima generosa
en el tálamo reposa
de su celestial esposo,
cual muy querida esposa.
Esta guirnalda os envía
el mismo que os atavía
de otras flores en el cielo
que no las marchita el hielo
de humana descortesía.
En vez de la estola pura
de castidad, que en el suelo
guardasteis, tomad el velo
de celestial hermosura
de que os vestís en el cielo.
Canciones, que cantan los coros de los ángeles.
A un noble mancebo
tal fuego le dio,
que el amor, que tenía
santo, santo, santo le volvió.
Hiriole la jara
de amor eterno
y aunque niño tierno
le dio fuerza rara.
Hízole olvidar,
cuanto poseyó,
que el amor, etc.
De un monje sagrado
la plática buena
con dulce cadena
le dejó prendado
y de hombre esforzado
tal fuerza le dio,
que el amor etc.
Deste amor regido
del yermo volvió,
y a un tiempo vivió
sin ser conocido,
también despedido
de la que le parió
que el amor etc.
Hasta que llamado
voló al premio cierto
siendo descubierto,
y cual santo honrado
del mundo ensalzado
el que se abatió,
que el amor que tenía
santo, santo, santo le volvió, le volvió.
Cuán mal se puede encubrir
el fuego, que al alma abrasa
porque al fin el humo sale
por los ojos del que calla.
Que luego, que le hirió
del divino amor la jara,
modo don Juan no halló
de encubrir de amor la llama.
Resolvió luego el seguir
vida eremítica, y santa:
que de una plática buena
este, y más fruto se saca.
Divino favor le anima
a emprender cosa tan alta
el cielo le da ventura
aliento, esfuerzo, y gran maña.
Sale animado, y contento
a ejecutar hoy su traza
traza dada por el cielo,
que la salvación le traza.
Con esta que en Dios estriba,
y en su divina palabra
en breve verá los frutos
de la flor de su esperanza.
Alegre parte a cumplir
con Paulino monje santo
don Juan lo que el alto cielo
le ha por su bien inspirado.
Un divino pensamiento
desterrado de su casa, o grado
le lleva para el desierto
dejando al mundo burlado.
A la soledad de Egipto
sitio dulce, y regalado
do las nuevas filomenas,
ríen en sus nidos sagrados.
Caminó sin dilación
la tierra, y el mar surcando,
porque al alcance le siguen
de sus padres dos criados.
Mas lo que el cielo dispone
es por demás contrastarlo
y así nunca hallado fue
por mucho, que fue buscado.
Padres, y amigos le lloran,
y por muerto le han juzgado,
y él en su amado desierto
vive alegre, y sosegado.
Hasta que el cielo dispone
con acuerdo soberano
vuelva a Roma donde dé
ejemplo inaudito, y raro.
Ya comienzan nueva lucha
las infernales cuadrillas
contra un novel ermitaño
del desierto cenobita.
No puede ver el infierno
que en el yermo haga manida
tan al cuidado de Roma
de sus padres, y familia.
Y así procura de inquietarle,
y hacer, que deje la vida
tan gloriosa, que ha emprendido
por tan admirable vía.
Que es cierta tras vida buena
tentación, lucha, y fatiga,
mas si se alcanza victoria
es cierta paga cumplida.
Y así, aunque afición de deudos
le acose, tiente, y aflija
victorioso saldrá desta,
pues Dios le esfuerza, y anima.
Echando a las veces voces
en el monte de su pena,
su corazón afligido
dando por los ojos quejas.
A sombra de sus cuidados
si dan sombra las tinieblas
en que ponen su alma triste
en la noche de tristeza.
Ribera del mar profundo
de las congojas eternas,
que le alborotan suspiros
y lágrimas le acrecientan.
Hecha la imaginación
para que de todo le ofenda
un dechado de memorias,
de lo que deja, y espera.
Está al tiempo del partirse
de su soledad con pena
el santo Juan porque ve,
lo que del cielo se ordena.
Porque le inspira, que vaya
a Roma su patria, y vuelva,
do venza su tentación,
que de sus padres le aqueja.
Ve, que aquesta su partida
y partida, en que se adeudan
los que entre deudos se meten
sin salir bien de las cuentas.
Mas pues el cielo le guía,
no hay por qué el partirse tema,
porque habrá desta partida
mil ganancias presas.
Una abatida chozuela
do muchas veces se halla
más que entre dorados techos.
La dura tierra por cama
un zaguán por aposento
se da el mundo al santo Juan
que vuelve a su patria suelto.
En casa su propio padre
en traje vil, y deshecho
cual mendigo está albergado,
y cual extraño encubierto.
Hasta que con muerte tal
cual la vida, que había hecho
fue llamado al premio justo
con voz, que sonó del cielo.
De sus padres conocido,
llorado con sentimiento,
y honrado cual santo
fue a gozar del premio eterno.
Mostrándole claro al mundo
cuán verdaderas salieron
sus dichosas esperanzas
pues Dios nunca falta al bueno.
Tragicomedia de Santa Catalina Virgen y Mártir y de la disputa que tuvo con los Filósofos.
Personas.
Maxencius Emperador.
Porfirio.
Nicandro.
Ctonio.
Sacerdos.
Dúo sacrificuli.
Santa Catalina.
Custos carceris.
Tres Ángeles.
Evandro, Filósofo.
Tebano, Filósofo.
Aristipo, Filósofo.
Plotino, Filósofo.
Faustina Emperatriz.
Delia su dama.
Dos guardas de la cárcel.