
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay amor donde no hay celos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-amor-donde-no-hay-celos.
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No hay amor donde no hay celos. Comedia en 3 actos de D. Cristóbal de Monroy.
16 698 1 No hay amor don- de no hay celos. Comedia en 3 actos de D. Cris- tóbal de Monroy. Leg.º 23 15
N 21 No hay amor donde no hay celos De don Cristóbal de Monroy. Año 1644 [Firmas y rúbricas]
No hay amor donde no hay celos. Comedia. De don Cristóbal de Monroy. Personas: + 1 Carlos, Arias. + 2 El Duque, Antol. + 3 Enrico. + Roberto, viejo. + 1 Leonor, dama, Quiñones. + 2 Celia, hija de Roberto, Anan. + 3 Elvira, Gilos. Inés, criada, Bilbas. + Badulaque. Criados del acompañamiento.
Roberto en su quinta, y Celia de campo, muy bizarra.
¿Que al fin te vio?
Sí, señor,
y de suerte, padre, vengo,
que apenas aliento tengo
para explicar mi temor.
A las puertas llegará
luego, si mal no entendí.
¿Que aún no estoy seguro aquí
del Duque y la corte?
Ya
están, señor, los criados
previniendo el cuarto.
Cielos,
cuando escusando desvelos
y despreciando cuidados
me he retirado a esta quinta,
cuyo florido pensil
galán lo bosqueja abril,
alegre, mayo copioso,
gustáis de estorbar la queja
de mi cuerda pretensión.
Que la ciega ambición
seguir a quien más la aleja,
seguro de ella no está.
La nueva me tiene triste,
mas di, ¿cómo al duque viste,
Celia?
Escucha y lo sabrás.
Apenas la blanca aurora
coronó las sombras caducas,
y en la palestra de oriente
con su luz trabaron luchas;
apenas sus rojos labios
en arrebol que madruga
el rosicler pronunciaron
del Febo que nos ilustra;
cuando pendiente del hombro
el carcaj, de cuyas puntas
en esa feraz montaña
no hay fiera segura,
y en la mano el arco corvo,
que en tempestades confusas
hay arcos que las serenan,
hay arcos que las anuncian;
salí a caza, y en la orilla
de una fuentecilla muda,
y discreta, pues en suma
no murmura su altivez,
aunque es tan vecina suya,
una corza vi dormida,
que de la grama menuda
hizo lecho, y perezosa
tanto a la tierra se junta,
que aun el llanto que la aurora
aljófar a aljófar suda
para dispertar las flores
no alteró la quietud suya;
prevengo el arco y la flecha,
a tiempo que ella se turba
del ruido de unas plantas
a quien las mías sin burlas
despierta, aplica el oído,
y vuelta la vista confusa,
el pelo eriza cobarde,
y entre el pavor y la duda,
llegó la flecha y hirióla
sembrando perlas purpúreas.
Levantóse, no asustada,
porque el dolor que la ocupa
ya se lo tenía temido
antes de sentir las puntas;
huyó por el monte, y yo
previne flecha segunda
y tercera, y fue de todas
blanco, más veloz que nunca.
Que salí fiera entonces
mas la diligencia suya
fue mía, pues a mis flechas
alas le daban las plumas.
Siguiéndola al fin, señor,
por la rústica espesura
de altas encinas y robres,
que del viento son injuria,
me detuvo el paso un joven
adonde formaron juntas
admirables competencias
las galas con la hermosura.
Venía en un rucio airoso
que sembraba en peñas duras
por la boca y por los ojos
sangre viva y muerta espuma.
Derribose del caballo,
llegose a mí, y confusa
le referí cuando un susto
a mayor valor no turba;
con corteses ceremonias
quién soy humilde pregunta.
A tiempo que sus criados
que por el monte le buscan
le descubren, llegan todos,
y con reverencia suma
dicen: "Señor, vuestra alteza
por qué tanto se descuida,
atropellando el peligro
que tantas fieras anuncian?"
Él respondió: "En este monte,
en esta selva fecunda,
liberta de este momento
peligros, esta hermosura.
Me hace deidad a quien el cielo
postra humilde la rüina".
Agradeció la fineza,
dígole, que mi latría,
que si quiere verme, medite.
Vuelvo a avisarte confusa;
mandó aderezar un cuarto,
y haber de considerar,
que en esta pena y angustia,
oigo que el Duque va a quinta,
para la ama que le sirve,
y tú a la infanta celebra.
El amor, que es un ciego,
que si obedece a un cielo,
al tuyo se acata.
¿Que tu hermosura
agradó al Duque?
Él lo dice;
aunque en los hombres o nunca,
o pocas veces el alma
por los labios se pronuncia.
Que a remedio abra el Duque
el peligro de la duda;
si el Duque conquistar quiere
poco atento a tu hermosura,
me he de valer de un engaño.
El tropel se siente ahora
de estos caballos.
Vamos,
Celia, a recebirle.
Nunca
vieran mis ojos al Duque,
pues vieron la muerte suya.
Ya llegan.
Sale el Duque, Carlos, Enrico y Badulaque.
Sea tal honra,
amigo padre.
Levantaos, no estéis así.
El cielo, señor, dilate
vuestra vida años mil, para
gloria de Florencia.
Dadme
los pies.
[Álzanse.]
Prima, alzaos de el suelo,
no sea la tierra de un ángel
esfera. ¿Cómo os halláis?
Después que el gran Duque padre
vuestro murió, aquí me vine,
donde sordo de los aires
atiendo a dulces lisonjas,
y donde a las flores tejen
para divertir las iras
mil laberintos fragrantes.
Siendo Roberto en Florencia
vuestra persona importante,
no es justo que en esta quinta
os retiréis; a la tarde
vos y Celia iréis conmigo
a palacio; de mi madre
ha de ser dama mi prima,
que es rigor que el campo trate
quien la corte admirar puede.
Gran duque y señor, dadme
licencia para que aquí
os sirva, privilegiarme
puede ya mi edad.
Roberto,
aqueso importa. Al instante
prevenid vuestra partida,
no tenéis que replicarme.
Gozosa parto a la corte,
por ver al Duque, por afable,
por galán y por discreto,
rendida estoy a sus partes.
Sin duda ama el Duque a Celia,
pues así obliga a su padre
a ir a Florencia.
En mí yo pienso
que Celia mira a un amante,
deja, pues atrevimiento
me da.
El Duque llevarme
quiere a la corte por ser,
sin estorbo, al aleve amante
de Celia, ¡oh, nunca la viera!
Pero ya temidos males,
prevenidos el remedio,
no receléis ser pesares.
Vamos, pues gustáis
que en presencia de los grandes
de Florencia, gran señor,
sabréis un caso importante
que ha sepultado el silencio.
Prevenid vuestro viaje,
iréis conmigo.
Entretanto
divertíos en esta tarde
en mi quinta, y perdonad,
señor, si no os regalare
como debo.
[Vanse Roberto y Celia.]
Guarde os Dios.
La belleza y el donaire
de Celia, señor, merecen
los favores que les haces.
Ay, Carlos, qué mal me entiendes.
Aquí, señor, Badulaque,
estas mis quejas más grandes,
y si proceden las mías
de estas quintas con el darme
recelos, y vos con que a pesar
de quintas, astillas faltan.
y si no tienes algún estorbo
que sabe de ti por amante,
en quintas con el amor
te pones.
Celia es un ángel,
y digna de merecer;
¿qué atención no puedes hurtarle
para lucir en su aurora
las perlas y los corales?
Duque, Carlos, Enrico.
Señor.
Ya no es tiempo de negarles
a mis penas el remedio,
el alivio a mis pesares.
Leonor es la bella imagen
que de idolatría el alma adora.
¿Qué escucho, cielos?
Mal hace
el hado al amor de Carlos.
¿No os parece que sus partes,
su ingenio, su voz, su brío,
su discreción y su talle
y su belleza son dignos
de rendimientos más grandes?
Sí, señor.
Sí, duque excelso.
Pues dos años ha que amante
la estimo, aunque no he podido
mis finezas obligarle;
pues roca al mar de mi llanto,
nieve helada a mis volcanes.
¿Con tan oculto la has amado
que no ha sospechado nadie
su amor?
Amor es respeto,
han batallado constantes,
pero ya la majestad
se ha rendido a los embates,
que es la majestad de amor
majestad de majestades.
Sí, mi señor.
Suspenso Carlos
manifiesta en el semblante.
Mal disimula sus celos.
¡Ay, si este daño ignorase!
Bien dicen que el ofendido
sabe sus desdichas tarde;
pues, ¿con qué intento, señor,
la favorecéis galante
a Celia, y queréis llevarla
a Florencia con su padre?
Dicen que suele el amor
de los celos engendrarse;
y así, Carlos, determino,
pues a esta ocasión me trae
a las manos la fortuna,
piadosa a mis ruegos, darle
celos a Leonor con Celia;
mas después ha de ausentarse
a Florencia, pues tan cerca
estás que entre aquellos sauces
descubres a trechos
sus pompas piramidales.
Dile a Leonor que en el monte
cazando vi en Celia un ángel;
pondera nuevos favores,
hazle finezas de amante,
y al fin voy a palacio,
Carlos, y sigo constante
contra sus fieros desdenes.
Estos celos no me valen,
fénix seré aquí en las llamas,
de mi loco amor abrasen.
Voy al punto a obedecerte.
Mira, Carlos, no te tardes,
dala, dala muchos celos.
Eso me será muy fácil,
pues llevo tantos conmigo.
Vete.
Si no muero antes.
Ven, Badulaque.
Señor,
¿cuánto queda de este lance
hecho frío yo?
¿Cómo?
Vanse Carlos y Badulaque.
Porque
queda hecho un badulaque.
Eficaz medio elegiste,
que cuando el fuego no arde
de amor, convierten los celos
sus cenizas en volcanes.
Sale Roberto.
Es ingenioso el amor,
siempre de industrias se vale.
Señor, vuestra Alteza honre
con entrar a desahogar,
que si bien de tu grandeza
es indigno el hospedaje,
suplir podrán los deseos
los defectos que notares.
Vuestro cuidado, Roberto,
estimo, mas quiero antes
que se ponga el sol, que vamos
a Florencia, y el galardón...
Vamos, pues.
Vanse.
Salen Carlos y Badulaque.
Yendo delante.
Mas no ya por la que amé
pudiste imprimir pesares,
Celia, y el Duque, es razón
a mi vida tantos males.
Villano, ¡viven los cielos,
que mil muertes he de darte!
Para mí con media sobra,
no es menester otra parte,
¿mas qué celos?, porque a los
celos no han de ser bastantes
para obligarte a hacer
locuras y disparates.
Andas porque te despeñe
de esta sierra.
Date vado,
que hacer pedacitos
es oficio que lo hacen
no más de los albañiles
cuando caen resbalados,
mas ¿dónde, perro, a qué parte
vas huyendo del camino?
No voy allá.
¿Pues no ves
que allí obedeces al Duque?
Y a ti te digo, Badulaque,
que me dejes.
¿Dónde vas?
Al infierno.
Buen viaje.
¿No me sigues?
No, señor,
que yo procuro salvarme.
¿Yo he de llegar a mi dama
causa de mis eternales
son ansias que gime el alma
en el mar de amor constante?
¿Yo de la prenda que adoro
he de ser tercero infame?
¿Yo he de rogarle que al Duque
oiga, tema, admita o hable,
y tengo de darle celos
a la obligación que amé?
¿Yo he de ser el instrumento
de mi muerte, ella me acabe
antes que a tan loco intento?
Ejecute, digo, y antes
que llegue a verlos tendidos,
ea, camina, no te pares.
Y al dicho, que no he de ir
al infierno.
Mas, lealtades,
¿dónde estáis? ¿Yo he de faltar
al decoro de mi sangre?
¿Yo he de anteponer la pena
a la confianza, y darle
ejemplo al mundo de ingrato
a beneficios tan grandes?
Como vecino del Duque,
¿yo he de dejar por amante
de ser fiel? No, amor, no;
volvámonos, Badulaque,
ven, sígueme.
¿Dónde vamos?
A la corte.
Que me place,
que, como no sea al infierno,
más que vamos hasta Flandes.
Mas no es ir ahora a la corte.
¿Pues qué pretendes?
Matarme.
Eso es volverse al infierno
por abreviatura.
Dame
la muerte.
Tenga juicio,
que vive Dios que me enfade
y que le dé. ¡Ay, qué fiero me echo!
¿Con quién hablabas?
Con nadie.
Ven acá, ¿has tenido amor?
Sí, señor.
¿A quién?
A un sastre.
¿Por qué?
Porque no hurtaba,
y un hombre tan admirable,
que siendo sastre no hurta,
merece que todos le amen.
Esa es amistad, no amor.
También en mis mocedades,
por ser amigo de dulce,
amé.
¿A quién?
De una comadre
de parir.
¿Por qué?
Porque
me traía por instantes
colación de los bautismos.
Dime, ¿y en qué paraste?
¿Has tenido celos?
Celos
no los he tenido, antes
ellos me han tenido a mí.
¿Cómo así?
Porque el compadre
de esta comadre, marido,
cogiéndome de repente
con ella, me molió el bulto,
y a puros leños, tan grande
el odio que le he cobrado
a dulce, que de estos males
fue ocasión, que desde entonces
no hay dulce que no me amargue.
Mas deja necias preguntas.
Sin mí estoy, ¡oh amor cobarde!
El Duque, a más de dos años
pues de Leonor firme amante
e ingrata le corresponde,
¿por qué esos extremos haces
pues es cierto que por ti
desprecia al duque?
no hables,
que no hay secreto en quien ama
y pues temor, a pesares,
el secreto de este amor
no ha querido revelarme,
no es firme el suyo.
no dudes,
señor, que de todos es aparte
un disgusto, fineza.
¿qué he de hacer en tantos males,
que lealtad y amor batallan
en piélagos de pesares?
ya hemos llegado a palacio.
y llega al último lance
el empeño de mi amor
allegado.
Leonor sale.
Salen Leonor y Elvira.
Aliviar la ausencia amando
son siglos los instantes,
adoro a Carlos de suerte
que sin él no vivo.
haces,
Leonor, como amante noble.
bien se merecen las partes
de Carlos estas finezas.
Allá a tu rostro mira el ángel
que adoras.
aquí está Carlos.
Carlos, mi dueño, ¿qué mal es,
no me miras?, ¿qué es aquesto?
¿no saliste aquesta tarde
con el duque?, ¿cómo vuelves,
no hablas?
ay, grandes males.
dime, amigo, ¿qué ha de darlos?
antes, señor, que no trae.
el estado no es de ellos.
Elvira,
vamos, que tengo que hablarte
mientras los dos se averiguan
sus celos.
¿son celos?
aun es más grave
mal.
¿y cuál es?
Vanse los dos.
que en el fuego
de amor, el amor mudable,
se queme para que se pierda
que a la señora la descarten.
¿no me hablas, Carlos?
Leonor,
no te admires, no te espantes,
que si a los firmes amantes
suele olvidar el amor,
si un tirano rigor
es de mi amor homicida,
su vida llora perdida
a manos de tu desdén,
mira tú, Leonor, pues bien
que hable quien no tiene vida.
Carlos, callar un rigor
no es prueba de sentimiento,
que pierde el merecimiento
con el silencio el dolor;
quien calla teniendo amor
y a él llega a resistir
pues el callar es su fin
el pesar, y es evidente
que el que calla lo que siente
siente poco, pues en fin...
Lo contrario siento yo,
más fineza es el callar,
quien no calla su pesar
poco su pesar sintió;
no habla quien siente, no,
que si el hablar, sentido ha sido,
aquel que calla advirtió
que siente con más amor,
pues el sentir su dolor
le quita al mismo sentido.
Deja argumentos, y di:
¿a qué vienes de esta suerte?
A Leonor vengo a perderte.
¿A perderme vienes?
Sí,
y a la esperanza perdí.
Ya aguardo, Carlos, que alabes,
a decir penas tan graves.
Tu amor no las ignoró,
y es excusado que yo
te refiera lo que sabes.
Que no tengas más reniego,
mis sentimientos en calma,
pues no ignoras que mi alma
vive en ti.
Esto, Leonor, niego;
que si en mí viviera, luego
que al Duque amó, mal tan grave,
donde amor es bien que acabe,
me lo hubiera dicho aquí,
luego ya no vive en mí,
pues no sé lo que ella sabe.
Por excusarte el pesar,
quisiste doblar la muerte.
Pues, pues, más fineza advierte,
porque como no creí amar
al Duque, quise ensayar
a tu amor vanos recelos;
tan buenos son unos celos
que sientes, que en semejantes
penas, no llegarán antes
a ocasionar tus desvelos.
¿De quién lo sabes?
Me espanto
de tu pregunta; mas tal
que antes no parece mal
en haber tardado tanto.
Dudas que a causar mi llanto
se viniera, el Duque fue
quien me lo dijo, de él sé
que te adora, y él me envía
a ponderar, Leonor mía,
las firmezas de tu fe,
y viendo que un ciego ruego
donde ha podido obligar,
celos te pretendes dar
para encender de amor el fuego.
Celia, envidia del Dios ciego,
viene a palacio esta tarde,
en ella hacer quiere alarde
el amor para darte celos.
Calla, que vienen los celos
que amor convida.
Ya están el...
que adora el Duque, Leonor,
y es contrario poderoso.
Qué importa, si más dichoso
eres dueño de mi amor.
Sale Badulaque.
Ya ha llegado el Duque, señor,
luego a recebirle ven.
Cómo quedamos, mi bien?
Como si en otra ocasión
duda tu satisfacción,
será lo que amor desea.
El Duque, Roberto, el paje, Enrico.
Si habrá Carlos con celos,
dispertado en Leonor, que aunque pequeños,
hablando estaban; juzgo que obediente
este nuevo accidente
lo abraza ponderado,
atento a mi lealtad y a su cuidado.
Ya, gran señor, estás obedecido.
Y a vuestra diligencia agradecido.
Aparte.
Celos de honor en tan penosa calma,
infiernos son en que padece el alma.
Oh amor, y quién creyera
que libre al monte fiera,
y con tiernos enojos
el alma aprisionaras por los ojos.
Dichoso fin espero,
pues el Duque me adora, y por él muero.
Sea, señor, vuestra Alteza bien venido.
Guárdeos Dios.
Aparte.
Desabrido
le respondió a Leonor.
Esa belleza
adonde se esmeró naturaleza,
peregrino milagro
a quien el albedrío le consagro,
me tiene Celia absorto y suspendido.
Aparte.
Él la adora (qué aguardo?) estoy perdido.
Leonor, id, y a su Alteza
diréis, que yo a Roberto,
padre de Celia, en cuya edad advierto
cuidado y experiencia
importante al gobierno de Florencia,
truje a la corte por premiar su fama,
que estimaré que Celia sea su dama
y que asista en palacio.
Mi obediencia
corresponde.
Hablad.
Aparte.
Por qué confuso me acobardo?
Solo así defender mi honor aguardo.
Un día que conmigo en ese monte
mil cazas y cuidados divertía,
cuando el luciente padre de Faetonte
iba formando el rosicler del día,
a un arroyo veloz del horizonte,
culebra de cristal, que descendía
de un risco a un valle, y con ruidosa furia
dejó la piel de espuma entre unas peñas,
llegó, cuando su margen vio ocupada
de una belleza, a quien rindió el sosiego.
De un catre de flores recostada
era divina aljaba del dios ciego.
Sintiendo al Duque despertó turbada.
¿Quién vio jamás en agua tanto fuego?
En fin ella, sin formarse celos,
respondió a sus finezas con enojos.
De este amor, de este hechizo, de este encanto
resultó al mundo una dichosa prenda.
Sola a mi cuidado, y en mi llanto
envuelta, finjo el trato nadie entienda,
la crïé, la traté con amor tanto
que porque mi decoro no se ofenda
como a mi misma hija la he tenido
y por tal mis crïados la han servido;
antes, pues que tu padre el Duque, al cielo
de este siglo mortal se trasladase,
le acordé la ocasión de este desvelo
y me mandó que oculto la crïase,
y que faltando del patrio suelo
el secreto, señor, manifestase;
ya murió, y descubrirlo es bien patente,
Celia es tu hermana, tuya es la presente.
Confusa, absorta, y suspensa
estoy.
Notable suceso.
Ya murió mi amor.
Presentílo.
Dale un papel.
Aquí, señor, manifiesto
verdad que le ha referido,
de este caso el secreto
me encargó en este papel
el Duque.
Bien sé, Roberto,
que tuvo el Duque, mi padre,
una hija, pero luego
tuve de su muerte aviso.
Señor, eso que os refiero
es la verdad.
¿Quién lo duda?
¡Oh, mala ocasión de celos!
Lee el Duque el papel.
Celia, hermana,
no envanece mi nobleza tanto,
si informaba de esta dicha
al alma.
A tus pies me ofrezco
como esclava tuya.
Aparte.
Alzad.
Todo me va sucediendo
mal en mi amor.
Esto importa.
Haré que a Florencia luego
se lleve esta novedad,
y cesen sus desvelos,
y pues a Roberto solo
debo el agradecimiento,
pida la satisfacción.
Duque invicto, solo os ruego,
en pago de mis servicios
y de mi lealtad en premio,
que me escuse Vuestra Alteza
de la carga del govierno
a que me trae a su corte.
porque estoy cansado y viejo,
no estribe en tan flaco atlante
la máquina de su reino.
Como vos gustáis será.
Disculpe mi atrevimiento,
mi torpe edad.
Ya que vos
mi premio destino, Carlos,
vos seréis desde hoy dueño
de mi privanza, regid
y gobernad
mis estados.
Gran señor,
vuestros pies, que no merezco,
os besaré.
Alzad.
¡Cielos! ¿Qué es aquesto?
A tantas honras, señor,
solo responda el silencio.
¿Carlos privado del Duque?
Salto y brinco de contento.
¡Ay, Leonor! ¡Qué temo perdiros!
Pues me llueven empeños
con vida de la lealtad,
y son del amor veneno.
Bien merece, gran señor,
las mercedes que le has hecho,
Carlos.
Dios, Roberto, os guarde.
Aquesto a Carlos debo.
Presto Carlos ha subido,
quiera Dios no baje presto.
Él ignora que Leonor
ama Carlos, y por esto
al vuelo de su privanza
le sube, pero el incendio
de mi sentimiento noble,
pues vivo volcán del pecho,
le descubrirá el engaño.
Desde hoy a privar empiezo,
si Elvira me quiere hablar
por memorial ha de hacerlo,
gracias al cielo que ahora
estará Carlos contento.
Si mi amor amando acierto,
temo con justos recelos,
viendo que del Duque hermana,
vencida en su respeto.
Primo, desconfiaba
cuando al Duque amaba, viendo
que en mi estado, el imposible
pondría freno a los deseos.
La novedad me ha dejado
confusa.
Vamos, Leonor , y os ruego yo,
quedad, Carlos, y cuidad
de mi vida, que el remedio
de ella, y solo en vos consiste.
Servirte en todo pretendo.
Vanse el Duque, Marqués, Celia.
Vanse, y quedan Carlos y Badulaque.
Salud al señor Secretario,
mil parabienes te ofrezco,
aunque a mí me los doy, pues
siendo tan tuyo, intereso,
logro, alcanzo y participo
tanta parte en tus aumentos.
¡Dame albricias!
Calla, calla,
déjame, vete.
¿Qué es esto?
¿Has vuelto a perder el juicio,
cuando entendí...
Que estoy muerto.
¿Que de alegre?
¡Ay, Leonor mía!
Aquí a solas...
Calla, necio.
¿Bailarás el zarambeque?
Sales ahora con eso;
dime, señor, ¿por qué causa
estás tan triste y suspenso?
Badulaque, calla o vete.
Sale Leonor.
Carlos, mi señor, mi dueño.
¿Oyes?
Señor.
Ten cuidado
con la puerta.
Pónese al paño Badulaque.
Ya obedezco.
Ya no es tiempo, Leonor bella,
de fingir; ya no es tiempo
de amantes locuras, pues
las esperanzas han muerto.
Ya llegó a su último trance
la vida de los deseos.
Ya al fin se acabó el amor;
dije que se acabó, miento,
porque es carácter del alma
y ha de estar en ella eterno;
mas aunque viva el amor,
la correspondencia es cierto
que ha de morir, pues el Duque,
que te adora tan resuelto,
que tan fino te pretende
y te trata tan tierno,
con las mercedes que has visto,
dorados grillos ha puesto
a mi lealtad, viva el Duque
y muera yo, que no merezco
sus favores; adiós, Leonor.
Detente, Carlos, advierte,
¿qué dices, dueño mío?
¿A mis prendas mil deseos
merecen, Carlos, por dicha
los favores que te ha hecho
el Duque, más que los míos?
¿Esto sentís, ingrato dueño?
¿Desamparada me dejas
a un poderoso respeto,
y amante expuesta? No, Carlos.
Aconséjate primero
con tu honor; tu esposa soy,
no me dejes.
Presto, presto,
que viene.
¿Quién?
Una pieza
de sarga y otra de lienzo
colgadas de la berlinga
de una dueña con severo...
pero hablad, que ya se vuelve.
Leonor, mi bien, yo estoy muerto,
mas que mi vida te estimo,
pero a nada me resuelvo.
Dime lo que debo hacer
en tal caso, suponiendo
que eres vida de mi alma
y eres alma de mi cuerpo.
No dejarme.
¿Y la lealtad?
Primero es amor.
Es yerro.
¿Me quieres bien?
Tú lo sabes.
¿Me estimas?
Más que a mí mismo.
Pues, ¿quién te lo estorba?
El Duque.
Sin porfías, si le aborrezco.
¿Y fías de mí?
Engañarle.
Y es noble.
Amar en secreto.
No guarda secreto amor.
Pues morirse.
Y es remedio.
Yo lo procuro, mas es
tal mi desgracia, que pienso
que porque deseo, Leonor,
morirme, ha de ser eterno.
Yo lo remediaré, Carlos.
¿Cómo?
Irme a un convento.
¿Y el amor?
Y tu lealtad...
La fineza...
Y el respeto...
Y mi esperanza...
Aunque...
¿Vengarte quieres?
Sí quiero.
Aunque perdone el Duque, está Badulaque y quiere desde el paño disimular, mas sale a avisar a Carlos.
Señor.
Calla, con Leonor
Carlos estará haciendo
mis partes; no hables.
Al fin.
No tiene remedio.
Advierte.
No hay que advertir.
¿Tal rigor?
Justo es tenerle.
Bien Carlos la persuade
en mi favor, es discreto.
Cielos, mudo me hace el Duque;
que lo hagáis sordo os ruego.
¿No es sin causa ese desdén?
Desdenes y desprecios
he de ser ejemplo.
Así.
Di, ¿qué quieres?
Nada quiero.
Pues vete.
No quiero irme.
Escucha.
Necio.
Presto.
Sale.
Acabo.
Señor.
Ya a los dos debo,
y la ingratitud conozco
de Leonor.
Señor.
No vengo
fortuna en serviros, Carlos,
y amor; a tantos aprietos
prevenidos...
Señor...
Sale terrible.
Ya voy.
Y a más desdenes apelo,
enamoraos, pues yo, y en
paz vivid, que a engaños,
con dicha fue el imaginar
que será en mi favor el ruego.
Vanse los dos.
Y a iros hace marica,
a mariscar, fiestero,
no os volviera a dar la vida.
Vase y Badulaque.
Sale Elvira.
Leonor.
Señora.
¿Qué haces a solas?
Muriendo.
¿Qué tienes?
Fuera imprudencia,
fuera loco atrevimiento,
a tu decoro...
Al tener
amor, aguarda, que quiero
de Roberto despedirme;
después sabré tus intentos,
y te aseguro, Leonor,
que he de ser tu asilo en ellos.
Pues yo me voy.
Ve, mi amiga.
Guarde el cielo, señora.
¿Y Roberto?
Vuestra Alteza
me dé sus manos.
Vase Leonor y sale Roberto.
¿De secreto?
¿Cómo, si de tantos años
callasteis mi nacimiento,
si lo tuviera yo sabido
poca confianza os debo?
Celia, Celia, mi hija sois,
no del Duque, que no quiero
que viváis en este engaño;
que vuestro padre es Roberto;
que verdad es, si lo ignoráis,
que con recato y secreto
crio una hija el Duque,
mas murió en sus años tiernos;
no os descubráis, Celia, a nadie,
mirad que importa el silencio.
Padre, más estimo ser
hija vuestra, que los reinos
más poderosos. El alma
no me engañó en los afectos,
yo os doy palabra, señor,
de que vivirá el secreto
seguro en mí; pero padre,
que me declaréis os ruego
por qué hicisteis este engaño.
Esto importa al honor nuestro.
Aparte.
Volved a vivir, amor,
volved a cobrar el dueño
que perdisteis. Mas ¿qué digo?
¡Ay de mí!, que espera un tormento
cruel, pues el de callar
así, y amar, no es consuelo,
en mis finezas advierto;
ni reparé, pues creyendo
que soy su hermana, ¡ay de mí!,
ni ha de amarme, ni yo puedo
declararle mi pasión.
Y será vivir muriendo.
Padre, ¿quién aqueste engaño
ha de declarar?
El tiempo.
¿No lo sabré yo cuándo?
No.
Es tiranía.
Es acierto.
Es crueldad.
Vase.
Mas es valor.
Esto importa, no hay remedio.
El amor yo no puedo,
dejadme, celos, no
quejarme, mas ¡ay
amor!, y es fuerza que,
aunque lo disimule, y
no hay amor donde no hay celos.
Salen Celia y Leonor.
No iguala el pesar, Leonor,
que sientes con tanto extremo,
al que yo, confusa, temo,
pues aunque está firme amor
con el pincel descortés,
Carlos, viéndose empeñado
del Duque, de quien privado
con tales ventajas es,
y por su lealtad profesa
lograr al fin el intento
de explicar su sentimiento
y manifestar su promesa,
pero yo, que amando, a cielos,
no me puedo declarar,
ni descubrir el pesar
del cuidado de mis celos,
debo sentir con mayor
causa, el mal que me atormenta:
tal vez la tierra revienta
incitada del ardor
de un volcán, y sin sosiego
los vientos ardiendo pasa,
y el incendio que la abrasa
llora en lágrimas de fuego;
y el que me acaba violento
no le puedo descubrir;
y al fin tengo de sentir
sin dar a entender que siento.
Sabe el cielo, Celia bella,
cuánto siento tu pesar,
no hay quien pueda contrastar
los decretos de mi estrella.
Mas no podré saber yo
quién es el dichoso dueño
por quien en tan arduo empeño
vive Vuestra Alteza.
No,
no es posible, Leonor mía.
Pues ¿qué remedio ha de haber?
Morir solo, y padecer.
Mucho de su valor fía
quien se atreve a resistir
los sentimientos de amor.
Cuando es forzoso el valor,
poco mérito es sufrir.
Aparte.
Si amara a Carlos la infanta,
y por no darme pesar
no se atreve a declarar.
Mucho el olvido me espanta
de Carlos.
Es un aleve,
amante un falso, un traidor.
No le trates con rigor,
él te adora y no se atreve
a hacerle al Duque agravio.
Aparte.
Así averiguar pretendo
la duda que estoy temiendo.
Él cumple al fin como sabio
con la ley de noble y leal.
Es un villano mudable.
Antes es cuerdo y afable,
entendido, liberal,
prudente, grave y fiel.
No fue vano mi recelo.
Y es muy galán.
¡Vive el cielo!
Que está idolatrando en él.
Tanto le has encarecido
que me das a sospechar.
Pues solo es celebrar
el buen gusto que ha tenido.
Salen el Duque y Enrico.
Ya al fin Carlos me ha engañado.
Que fue primero su amor,
que se ofendiera su cuidado.
Carlos me ha ofendido
en ocultar la verdad.
Ingrata a mi voluntad,
jamás ha correspondido.
Aquí está Celia.
Tu hermano
a verte, señora, viene.
¿Cómo se halla Vuestra Alteza?
Señor, gozosa y alegre
con tales honras.
Vase Enrico.
Enrico,
llamadme a Carlos.
¿Qué tiene
Vuestra Alteza que está triste?
¿Qué siento, mal de mi suerte?
¡Qué dolor, pues mi cuidado
tan poco lugar merece
en la atención de Leonor!
Yo soy de Vuestra Alteza y siempre
leales os he de estimar.
Como Carlos no estuviese
de por medio, yo lo creo.
Aparte.
¿Qué escucho? ¡Ay de mí!
No tiene
Carlos culpa, a lo que entiendo,
de Leonor en los desdenes.
Ya he sabido que es su amante.
Aparte.
Sin duda que Enrico aleve,
nuestro amor le ha dicho al Duque,
invidioso de su suerte.
Yo, señor, la he persuadido,
a tu precepto obediente,
con ruegos y con promesas.
Y al fin, ¿a qué se resuelve?
No el amor sin esperanza
el tiempo todo lo vence;
Celia, advirtiendo que a Carlos,
de quien fié neciamente
mi cuidado, no ha querido
persuadirlos, que admitiese
mis ruegos, forzoso era
si él en mi ofensa la quiere,
te ruegue, que con tu ingenio
templarás el accidente
en mí, y en ella el rigor;
perdona que me atreviese
a profanar tu respeto.
Antes debo agradecerte
la confianza, y si midiera
las penas que padeces,
no las recataras de mí
porque te adoro de suerte,
que disfrazo en mí, te estimo
tanto, que solo pretende
mi cuidado darte gusto;
vive, señor, alegre
al engaño que me cuentas.
Aparte.
Mi silencio solo puede
darte el agradecimiento
que en él cabe solamente.
Quiero averiguar si a Carlos
ama Leonor, manifieste
en el semblante la duda,
que bien pudo ser que fuese
pasión olvidada de Enrico
darme celos de esta suerte.
Leonor, siendo de mi amor
Carlos el inconveniente,
que da arbitrios al alma,
pues con darle a Carlos muerte
mi pretensión aseguro.
Aparte.
Disimular me conviene
para no perder a Carlos.
Si Carlos, señor, te ofende,
quítale luego la vida;
mas porque engaño advierte
si piensas, que ruego yo
deservirte por quererle.
Aparte.
Bien disimula Leonor
el sentirlo, y prudente
quiero rogar por la vida
de su amante, pues no puede
hermano; y ¿por qué
quieres dar a Carlos muerte?
Esto ha de ser,
Celia, más piadoso
lo juzgarás, mira, atiende
a que es Carlos el vasallo
más ilustre, y más valiente
de cuantos de Florencia
te sirven y reconocen.
Aparte.
No son vanas mis sospechas
que pues tan piadosa vuelve
Celia por Carlos, sin duda
que ella le adora y le quiere.
Sale Carlos y Enrico, y dos dando memoriales.
Y yo, señor, ha cuatro años
que os sirvo a vuestras fees.
Al favor que debo,
Señor,
ya sé que pretendes,
no me olvidaré.
Ya Carlos
como me mandaste viene.
De rodillas.
A tus pies tienes tu hechura,
cielos, como de otra suerte
mereciere verte, ahora
para hablarte, señor, vine,
mandó de tu parte Enrico.
Dalde a Enrico los papeles.
Lástima tengo de verle.
Vase el Duque, Celia y Leonor.
Muerta voy.
A la fortuna
son usados accidentes
Carlos, aquestas mudanzas
que nunca firmeza tiene.
Levántase Carlos.
Dale los papeles.
Enrico, esta novedad
con su rigor me ha dejado
ofendido, no turbado,
por ser contra mi lealtad;
pues aunque mi voluntad
no ofendió al Duque (testigo
es el cielo) el vulgo enemigo
ha de culpar mi obediencia
puesta oculta la inocencia
y manifiesto el castigo.
Fuese el Duque y me dejó
formando en mi pecho guerra,
derribado por la tierra,
dos veces me derribó;
pero así me aseguro
pues del cuidado he salido
del caer, y aunque temido
vivir sin temer procuro,
pues no vive seguro
de caer, el que ha caído.
No vio la envidia manchada
mi mano del interés;
no se movieron mis pies
por ver la pasión vengada,
no le mintieron por nada,
fui en el premiar cuidadoso,
en castigar perezoso,
y en el discurso que sigo
ni perseguí al enemigo
ni avasallé al poderoso,
a ninguno cerré, donde
abrí puertas ni oídos,
que ambos se ven ofendidos,
el que a todos se esconde.
Tomad, y mirad adonde
habéis ganado tal lealtad;
juzgad en ejemplar
que si un tanto desdén
acaba el que priva bien,
¿qué será el que priva mal?
Agradezco vuestro aviso,
pero con vuestra licencia
me voy, que el Duque me aguarda.
Vase.
Ciego Enrico, que descienda
a felicidad humana,
flor de almendro, aurora bella
del verano, que nacida
de una aurora vive apenas.
Sale Badulaque lleno de memoriales y Elvira.
Ya he dicho que no me canse.
¿De esa suerte me desprecias?
Si hablarme quiere, acérquese
por memorial.
¡Linda flema!
Aprovechemos el tiempo
para privar, sin que lo entiendan,
que es no estimar la fortuna.
¿Esas eran las finezas?
Elvira, eres poca cosa
para mí; Duquesas busqué,
que yo no como mondongas.
Pues, villano, para esto
que me he de vengar de él.
¿Qué se hace? ¿En qué se piensa?
Ya se acabó mi privanza.
¿Pues cómo? ¿De qué manera?
Pregúntalo a la fortuna.
¡Ay de mí! Paciencia.
¿Qué rompes?
Los memoriales,
pues ya de nada aprovechan;
mira, cuando cae un privado,
caen con él tres potencias:
su entendimiento, porque
queda loco sin las altezas;
su gozo, la voluntad,
pues no hay quien no le aborrezca,
y la memoria de todos,
pues ninguno de él se acuerda;
y pues los memoriales
son de la memoria prendas,
no haya memoriales donde
memoria de nada queda.
Pues, señor, ¿qué ha sucedido?
El Duque, Elvira, dio vuelta
a la rueda de fortuna;
por subir al Conde en ella,
privome de su privanza.
Ved, Duque, si es como suena
el privar carecer; ¿quién
hay que carecer pretenda
de quietud?, ¿quién este engaño
idolatrará, quien no piensa
que es siempre el privar privarse
de aquello que se desea?
Señora Elvira...
¿Qué quieres?
Ya me arrepiento.
No hay cuenta.
Vuelvo a esos ojos.
No quiero.
No eres noble, pues te vengas.
Vase.
Si a hablarme quiere, ha de ser
por memorial, o no venga.
¿Qué haremos, amigo?,
¿dónde iremos?
A una tienda.
¿A qué?
Yo lo diré.
No es
ocasión de burlas esta.
Son los privados, señor,
que caen de esta manera
a nosotros, como bulas
que todos las reverencian
y las traen en procesión
con veneración y fiesta,
y en acabándose el año,
y que vienen otras nuevas,
las echan por ahí, y solo
sirven de vender especias;
y por esta causa digo
que nos vamos a una tienda.
Calla, loco, ¡ah, si tú
lo que yo siento sintieras!
Más tengo yo que sentir
en esta presente pena
que tú.
Di más necedades.
Veraslo con evidencia:
¿no has visto hacer una torre
de cestos, en una aldea,
encajando unos en otros,
y que todos de la tierra
se levantan sobre uno
que es quien todos los sustenta,
y en quitando este de abajo
caen todos con diferencia?
Pues aún él no se lastima
tanto como ellos, que es fuerza
que por estar más subidos
mayor la caída sea;
pues uno de estos es
la privanza; tú caes de ella
cerca del Duque, yo lejos;
mira, pues, tú te lastimas
al despeñar de tu cerro,
mas peligra mi cabeza.
Por ser leal a un Duque,
fui ingrato con Leonor bella,
vengado se de mí ahora.
Pues conmigo hace un pelo
lo mismo ha hecho Elvira.
Sin Duque y sin Leonor queda
mi esperanza.
Escarmentad
en la fabulilla vieja
del perro que con la carne
llegó al río, y viendo que era
mayor la sombra, soltó
la que llevaba, y con pena
se quedó sin una y otra.
¡Ay, Leonor, cuánto me querías!
Ingrato he sido contigo;
justo será que te pierda.
No soltarás tú la carne.
Sale Celia, y vase Badulaque.
Carlos.
Señora.
Viéndose encender el amor
fuego, pues jamás sosiega,
quiero animarle porque
halle en Leonor resistencia
el Duque, ame a Leonor Carlos,
y el ciego ardor que en mí reina
en la esperanza se cobre
aunque en los celos le pierda;
sabe el cielo que he sentido
tu mudanza, y porque adviertas,
si la ignoras, la ocasión:
alguna voz lisonjera
dijo al Duque que a Leonor
amabas, y la sospecha
castigó en ti, no la culpa;
pues desde la vez primera
que el Duque tu amor le dijo
tan ingrato a sus finezas
que se sabe, que ofendida
Leonor formó justas quejas;
pero yo por ser tu amiga
y porque aquella fineza
merezcáis los dos, pretendo
ser de vuestro amor defensa.
Sale Leonor y quédase al paño.
¿Celia con Carlos a solas?
Famosa ocasión es esta
para averiguar el alma
los celos que la atormentan.
Vendido a tus pies, señora,
y obligado a tu fineza,
seré tu esclavo.
Alza, Carlos.
Pero temo...
Nada temas.
Que Leonor...
Aparte.
Mis celos teme,
Carlos, y Celia le ruega.
¿Qué aguardo? ¿cómo resisto
a tan mortales ofensas?
Cuando yo te favorezco,
¿dudas?
Señora, es mi estrella
tan infeliz, que aun no creo
el favor con que me alientas.
Volved a vivir, amor,
cobraos esperanza muerta.
¿Esto escucho?
El rigor temo
tan fiero del Duque.
No temas.
Pues, ¿qué dirá?
Volverá
a levantarte a su esfera
de su privanza.
¿Por qué?
Porque en tus intentos yerra.
y así premiar el agravio,
quien castiga, vano piensa.
Aliéntanme tus favores.
Vase.
Ánimo, Carlos, no temas.
Tus voces me dan la vida.
Presto mis celos consientan.
Pero aquí viene Leonor,
¡a buen tiempo que llega!
Dueño mío...
Falso amante,
cocodrilo, que en las selvas,
da muerte con las caricias
y halagas con las ofensas.
Aparte.
Este enojo que finjo es trato,
falto a la correspondencia,
por temor del Duque; oye,
suspende, Leonor, las quejas,
bien conozco que son justas.
¡Vive el cielo, que confiesa
su nuevo amor en mi agravio!
¿A leones, traidor, pudieras
negar la presente injuria?
¿Cómo puedo, Leonor bella,
negarte lo que tú sabes
y has visto con la experiencia?
¿Que no te corres de ser
mudable? ¿Que no te afrentas
de que una mujer, a quien
quisiste con tantas veras,
sea de tu culpa testigo?
Ya te vengo a pedir de ella
perdón, rendido a tus plantas.
Vete, que estoy de manera
que no sé cómo en mis celos
se reporta mi prudencia.
¿Celos de quién? Una cosa
son celos y otra son quejas,
celos de mí, Leonor mía.
¡Traidor! Pretendes que pierda
el juicio.
Antes sospecho
que el efeto lograr intentas.
¡Estoy viva, cielos, cielos!,
porque en tales agravios
los que callan los labios
manifiesten los celos
con ardientes enojos,
despidiendo volcanes por los ojos.
Villano, amante, aleve,
si la belleza adoras
de Celia que enamoras,
¿qué pretensión te mueve
a querer, atrevido,
tener mi amor dos veces ofendido?
Juzgaba yo, dudosa,
en la tristeza mía
que tu olvido sería
por tu lealtad honrosa,
y el ver me desengaña
que fue desprecio por amar la infanta,
y tu amor me engaña.
¿Así le das la muerte
a quien ha despreciado
un duque enamorado,
por ser firme en quererte?
¡Cuando falto enemigo,
se merece mi amor este castigo!
Pues, ingrato, me dejas,
poblaré en mis retiros
el viento de suspiros
y los montes de quejas,
aumentando las fuentes
de mis ojos las líquidas corrientes.
Detente, Leonor mía,
más bella y más hermosa
que en campaña de rosa,
el sol, autor del día.
Y las fragantes flores,
a quien la noche usurpa los colores
de la prenda divina.
Cierra los torpes labios,
que lisonjas de agravios
no han de ser medicina.
Es injusta riqueza.
Para lisonjear, los requiebros deja.
Advierte que es engaño.
Ya el mío es conocido,
déjame.
Estoy corrido
del rigor más extraño.
Sale Celia.
No he de creerte.
Carlos, Leonor, pues, ¿cómo a esta suerte,
por qué reñís?
Señora...
Salid, Carlos, afuera.
Ya le castiga fiera,
verle conmigo ahora.
En nada acierto a diestra
el que nació infelice.
Vase.
Yo estoy muerta.
Saber, Leonor, no intento
este enojo que miro,
pues será del retiro
de Carlos sentimiento;
solo vengo a advertirte
que importa de un engaño prevenirte:
tu pena y tu cuidado
en mí tanto han podido,
que al Duque he persuadido
que Carlos no es culpado.
Háblale ya advertida
en qué consiste en tu desdén su vida.
Llamar el Duque intenta
a Carlos, que le ofende,
y averiguar pretende
el mal que le atormenta;
finge que amas ahora
a Enrico, y que él recibe y enamora;
con esto se extingue
de Carlos la esperanza,
de Enrico la mudanza
que siempre le persigue,
y darásle de esta suerte
la vida a Carlos, cuando a Enrico muerte.
Con esto le asegura.
Celia, ¡ay fiera homicida!
por tener de su vida
la de Carlos procura,
y quiere en sus desvelos
que amándola se vengue de mis celos.
Y aunque sé que aqueste efeto
que a mí el alma estremece,
no se atreve mi queja
a perderle el respeto.
Al fin es importante,
si falsa amiga y tirano amante.
Vamos, que el Duque espera.
¡Quién, cielos, de esta suerte
desviar de mi muerte
los rigores pudiera!
En mi industria confío,
no sea Leonor del Duque, pues no es mío.
El engaño me ofende,
la deslealtad no ignoro,
la injuria triste lloro,
y la rabia me enciende,
todo mi amor agravia:
engaño, deslealtad, injuria y rabia.
Vanse, y sale el Duque.
El cielo que resplandece
con el rosicler del sol,
cuyo purpúreo arrebol
lo hermosea y enriquece...
Tal vez si una nube crece
sepulta su resplandor
y entre el obscuro vapor
se muda la luz que afianza,
solo no tiene mudanza
la ingratitud de Leonor.
El mar del viento imitado
por montes de espuma sube,
y a ser en las regiones nube
se abaja precipitado,
y a tranquilo y sosegado
aplaca el sordo rumor,
asegurando el temor,
y enterneció la esperanza,
solo no tiene mudanza
la ingratitud de Leonor.
La tierra el tiempo la muda,
bordado de flores mil
la viste el lozano abril,
y el agosto la desnuda;
su mudanza no se duda,
pues pasa el sol con rigor
a cuchillo cuanta flor
ve su enojo ardiente alcanza;
solo no tiene mudanza
la ingratitud de Leonor.
Así el cielo, o ya luce
o se encapota de horrores,
el mar o amaga rigores
o a su quietud se reduce,
la tierra o flores produce
o del ornato se destierra;
y por darle al alma guerra
nunca se muda Leonor,
y es más firme en su rigor
que el cielo, el mar, ni la tierra.
Sale Badulaque.
A Carlos busco, mas pues
estoy con el Duque dado,
si puedo, huiré.
Quién ha entrado?
Quien no acierta a salir.
Pues
qué tienes?
Espantado.
No eres (si mal no advierto)
Badulaque?
Nunca he sido
más Badulaque que ahora.
A los lacayos...
Quisiera,
mas no acierto a escusarme,
que temo que mandes darme
otra capa de madera.
De esto sabes. Si Leonor
quiere a Carlos, vuelve en sí.
Yo no puedo más conmigo,
cuando tengo temor.
Tanto me has temido?
Espanto
me has causado.
Y por qué, doctor?
Porque aquí me has parecido
médico, y le temí tanto.
Yo médico? en qué?
En mandar
purgar, y más si el doctor
hace lo que uno en Sevilla,
yendo un día a visitar.
Qué hizo?
Ese tal tenía
una obra en que ocupado
estaba, y todo el cuidado
y solicitud ponía
entre unos materiales.
Visitó a un doliente,
y afligido y diligente
remedios medicinales
recetó; y al escribillos,
de la obra se acordó,
y en la receta escribió:
Recipe dos mil ladrillos.
¿Sirve a Carlos?
Él es asno, aunque peor
cara.
En confuso error
has de aclararme.
¿Cuáles?
He sabido que pretende
firme mi dueño a Leonor,
y que con secreto amor
mi amante designio ofende;
confieso con evidencia
la verdad.
Esto ignora él,
yo confesaré, con tal
que no me des penitencia.
Oye, pues: Carlos es frío
de complexión; si una dama
pretende, al uso la ama,
sin rendirle el albedrío.
Saber estoy deseando
cuál es el osado amor.
Digo, padre mío, con seso:
úsase hoy amar no amando,
y amor es mercadería,
porque trato, adagio es llano:
fulana trata a fulano,
y el tratar es gran feria;
siendo, pues, el amor trato,
y habiendo poco dinero,
solo es amor verdadero
el que cuesta más barato;
y aun no lo es, que han valido
caras siempre las hermosas,
y el baratillo, el de otras
dando el mundo han servido.
¿Que al fin ama Carlos?
Llama,
mas no a la dama que dices;
temo que este caso así es.
Pues dime, al fin, ¿a qué dama
fue de amar Carlos aquí?
A una persona, señor.
Si no es a Leonor,
¿a quién puede amar?
A mí.
Así amar es querer bien,
yo, que no me quiero mal,
porque le sirvo leal
en todo manjar y beber.
Llámame a Carlos y a Enrico.
Vase Badulaque y salen Leonor, Elvira y Celia.
Con ese papel, Leonor,
has acreditado el engaño.
Aparte.
A todo obediente estoy.
¡Cielos! Si nuevo martirio
de celos es de mi amor
fiero homicida, que Celia
ame a Carlos y que yo
sea instrumento de mi agravio,
y si a su pasión
tan ciega, que no presuma
que es conocido su amor.
¿Qué hace Vuestra Alteza?
Aquí
aguardando a Celia estoy,
a Carlos y a Enrico.
Aparte.
Al fin
tienes determinación
de averiguar la sospecha.
Sí, hermana.
Aquí está Leonor.
Disimula su medio nombre,
pues es en crueldad león.
El otro medio disculpa
la crueldad.
¿Cuál es?
Honor.
No sé yo si en él, con amar,
si el deseo no excedió
los límites del decoro,
los fueros de la razón,
león, si no se ofende, peligra.
Aparte.
Celos, templad el rigor,
al fingido hermano cuando
podré decir que no soy
tu hermana, y soy tu amante,
mal haya tal confusión.
Salen Badulaque, Carlos y Enrico.
Ya vienen Carlos y Enrico.
A tus pies vienen, señor,
el peso de la fortuna;
de cuantas balanzas, dos
somos los dos, yo bajé
con el peso de un rigor,
para que subiese Enrico
con el aire de una voz.
Alzad, pues es en palacio
público a todos mi amor,
la resistencia noble
del objeto que adoro;
y ya que en Leonor no ha tenido
premio, quiero que Leonor
tenga dueño, porque así
sea público mi valor;
pues es vencerse a sí mismo
la más victoriosa acción.
Leonor, que os caséis pretendo,
yo sé que os sirven los dos
que están presentes, ahora
habéis de hacer elección,
ved cuál queréis por esposo,
porque he de casaros hoy.
Señor...
¿Qué decís?
Más tiempo
pide esta resolución.
Esto ha de ser luego.
¡Albricias,
esperanza, ya llegó
a lograrse mi deseo!
Aparte.
¿Quién habrá dicho que yo
amo a Leonor, cuando a Celia
adoro, aunque mi temor
y su grandeza al aliento
enmudecen un favor?
Aparte las dos.
Haz lo que he dicho, que importa.
¿Qué?
La vida de los dos.
A tu amo he de elegir.
Con ninguno pienso yo
que se ha de casar ahora,
Elvira.
Pues, ¿por qué no?
Porque es segunda jornada.
¿Qué aguardáis?
Digo, señor,
pues es fuerza obedecer,
que elijo a Enrico, que amo
con mil finezas constantes,
y es justo premiar su amor.
¿Qué es esto que escucho, cielos?
Pues ¿cuándo os he amado yo,
ni os he hablado, ni os he escrito?
No disimuléis, que soy
de vuestra afición testigo,
y he sabido de Leonor
que os debe muchas finezas.
Esto escucho, muerto soy.
¿Habráse Leonor engañado?,
que aunque mis méritos son
tan cortos que no merecen
su favor, ni estimación,
nunca tuve pensamiento
de amarla.
¿Pues negáis vos
lo que mi hermana acredita?
Y yo sé que es verdad.
Aparte.
¡Rigor
notable! Verdad será,
pues su Alteza lo afirma.
¿Qué he de hacer? Casarme quiero.
que en merecer a Leonor
soy dichoso; esta es mi mano,
pues vuestra Alteza gusta
de casarme, yo obedezco,
digo que esposo soy.
A Leonor dadle la mano,
a Enrico.
¡A tal confusión!
¿Yo casarme con Enrico?
Primero un rayo veloz
incendios forme en mi pecho.
Dale la mano, que yo
se lo estorbaré al Duque.
Si no lo estorba él, mejor
medio es declarar mi engaño.
Ya a Enrico la mano doy.
Vanse a dar las manos, y detiénelos el Duque.
Aguardad.
Cielos, soy Carlos,
soy quien adora a Leonor,
¿cómo disimulo y callo?
Mas, sin duda, que medio
muerto los estoy mirando,
y como sin vida estoy
no siento.
Es una ruin
mujercilla, vive Dios.
No trató verdad Enrico,
él pretendía a Leonor,
y me informó falsamente
de Carlos.
¿Cómo estorbó
vuestra Alteza el casamiento?
Porque para otra ocasión
lo dejo.
Mira si es cierto
que a Carlos no tiene amor.
Del todo quedo advertido.
Con mi licencia me voy.
Enrico, Carlos, a Celia
acompañad.
Yéndose.
Está Carlos, ¡ay ingrato
dueño!, y ¡en qué obligación
estoy al alma, pues cuanto
más la ofendes, más te amo!
Deja caer el papel
con disimulo, Leonor.
Acompáñanlas los dos hasta la puerta, y al entrarse deja caer Leonor un papel, y los dos le alzan.
Soltad, Enrico.
Soltad.
Yo he de llevarle.
Eso no.
Este acero...
¿Qué es aquesto?
Este papel se le cayó
a Leonor, y a un mismo tiempo
fuimos a alzarle los dos.
Léale vuestra Alteza.
Ciego
de enojos, ciego estoy.
Lee.
Enrico, dueño y esposo,
pedidle al Duque, que sois
su privado, que permita
lograr nuestra pretensión;
que con Celia, aquella misma
diligencia haré yo.
Un papel recibí,
estimo mucho el favor,
que en él me hacéis; no ignoráis
que en mí no hay vida, sin vos.
Y así, no dilatéis más,
nuestra esperanza. Leonor.
Aquesta mujer pretende
que pierda el juicio, Señor;
mire vuestra Alteza...
Enrico,
bien está; ¡a tal confusión!
Al que juzgué más leal
he hallado más traidor.
Guardad, Enrico, el papel,
que agradecer es razón
los favores de su dueño.
Confuso y turbado estoy.
Vase.
Buen gusto tenéis, Enrico,
en pretender a Leonor.
Vase y caésele el papel.
Señor, que es engaño, advierte;
no sé aqueste intento,
tal cautela esta mujer...
sin alma y sin vida voy.
Dale el papel Badulaque y tómale Carlos.
Este es el papel, a Enrico
turbado se le cayó.
Rómpele con los dientes.
¡Oh testigo de mi afrenta!
¡Causa de mi perdición!
¡Instrumento de mi agravio!
¡Sentencia de mi dolor!
¡Escritura que en mi ofensa
haces nueva obligación!
¡Información donde el tiempo
injusta furia averiguó!
¡Letras donde están librados
mi desprecio y mi pasión!
¡Mandamiento que a mi vida
los sentidos embargó!
¡Testamento de mi muerte,
otorgado por Leonor!
¡Auto que en sola una vista
mil revistas revocó!
¡Civil pleito y criminal:
civil por quien lo escribió,
criminal por el delito
de las mudanzas de amor!
Y al fin, sentencia, escritura,
mandamiento, información,
auto, causa, letras, pleito,
¿a qué aguardo? ¿cómo no
os formo menudas piezas
a bocados, mi rigor?
Sosiégate, tente, aguarda,
dime, por amor de Dios,
¿de qué escribano aprendiste
a tener celos, señor?
¿Qué procurador se te ha
revestido, o qué ratón
te enseñó a morder papeles?
Calla.
Ya callo.
Loco estoy,
¿cómo no altero el palacio
con la queja y la razón?
¿cómo no inquieto los vientos
con el suspiro y la voz?
¿cómo no aumento las aguas
con el llanto y la pasión?
¿cómo no muevo los montes
con el ansia y el dolor?
¿cómo no formo volcanes
con el fuego y el ardor?
Y al fin, ¿cómo vivo cuando
oyendo y mirando estoy
que Leonor mudable, ingrata,
mis finezas olvidó?
Cielos, que de mi mal testigos sois,
o quitadme la vida o el amor.
Ay, que va perdiendo el juicio.
Sale Leonor.
A Carlos el alma oyó,
y aunque me injurian sus celos,
está constante mi amor;
que a sus voces sigue el alma,
más firme que Clitie al sol.
¡Mudable mujer!
¡Falso hombre!
¡Villana!
¡Amante traidor!
¿Por qué me has muerto?
¿Por qué
despreciaste mi afición?
Siempre firme te he adorado.
Más firme te he amado yo.
¿Cómo, si a celos me acabas?
Los mismos sintiendo estoy.
Tú con extremo me ofendes.
Y tú con
Eso no.
No busques falsas disculpas.
Más falsas las tuyas son.
Tú amas a Celia.
¡Y aleve!
¿Quién lo ha dicho?
Lo sé yo.
Dime de quién.
De mis ojos.
Te han engañado.
¡Ah, traidor!
Es engaño.
Es evidencia.
Es mentira, ¡vive Dios!
Si no se dan de moquetes,
no cumplen su obligación.
Tú sola, ingrata y mudable,
has faltado a la atención
de tu nobleza, pues quieres
a Enrico.
Es fingido amor,
no quiero a Enrico.
Pues, ¿cómo
te casabas con él hoy?
Porque me obligaba Celia.
Yo fui testigo a la acción.
Qué importa, si la fingí.
¿Que no amas al Conde?
No.
¿Y este papel?
Es el de hoy,
forzada.
A que no es peor;
si dice que estaba forzada,
¿sobre qué es la pretensión?
Llora.
Vete, Carlos, no me creas,
y en prueba de mi dolor
estas lágrimas que exhalo
serán sepulcro y prisión
de mi vida.
Vive el cielo,
que llora.
Llegó y cenó;
lástima te ha de costar,
ablándese aquella voz.
¿No te vas?
Sí, pues lloras,
debes de tener razón,
claro está, mas dice el celo
que la tengo yo mayor.
No te niego el fundamento
de tu queja, pero ¡ay Dios!
Celia, que firme te adora
(y a fingir me obligó
que amaba a Enrico, porque
si confesaba mi amor
en el enojo del Duque
peligrábamos los dos).
¿Luego tú no te casabas?
No, mi bien; que aquella acción
fue fingida, y no dejó
ejecutarla mi amor.
¿Cómo?
Porque
y ella en enigmas lo ha dicho.
Pues, ¿cómo me prometió,
cuando caí de la privanza,
favorecer nuestro amor?
Por disimular el suyo.
Mas di, ¿con qué te obligó
cuando tan agradecido
estimabas su favor?
Con promesas de ampararme
a pesar del Duque.
No,
no, Carlos, que ella te adora.
Pues una cosa es favor,
que Celia me quiera bien,
y otra que me ame, y yo...
Luego, mi Carlos, ¿no la amas?
No, mi bien.
Ánimo, amor.
Cobrad aliento, esperanza.
Ya el ceño se acabó.
Pues remedio buscaremos
en tal caso.
Que los dos
Carlos hemos de fingir,
tú que amas a Celia, y yo
que adoro a Enrico, y así
tendrá nuestra pretensión
feliz suceso, que aunque
agrado te dé Enrico
de su privanza, sabiendo
que eras dueño de mi amor,
y viendo con la experiencia
lo contrario, tendrás que
esfuerzo de que caiga
hasta que el tiempo mejor
diga lo que hemos de hacer;
y por la misma ocasión
tienes de fingirle a Celia
amor, aunque muera yo
de envidia, o de obligarme
a casar.
A tal rigor
yo daré fin, aunque finjas
que quieres a Enrico.
Yo
tengo de sentir que a Celia
finjas.
Sí, importa a los dos,
y aun a los tres y a los cuatro.
Digo que obediente estoy.
Pues Carlos, disimular
y amar.
Pues tú, mi Leonor,
querer, temo los celos.
Bien sabes que no hay amor
sin celos.
Adiós, mi dueño.
Adiós, mi Carlos.
Adiós.
No fue poco, que por Cristo
llegara sin un jirón
de tanta pendencia de celos,
pero espera, que amo.
De No hay amor donde no hay celos.
Sale Elvira con un papel, Carlos y Badulaque.
Diome este papel, señor,
Leonor para que le diese
Enrico, y que le leyese
quiso primero, que amor,
que en equívoca atención
disimula su pasión
y disfraza su cuidado,
porque adviertan sus desvelos
que empeñada en tus favores
te mueve con los rigores
y te obliga con los celos.
Aliviado, agradecido
estoy; toma esta cadena.
Cierto que me ha dado pena
el verte tan divertido.
¿Cómo?
Como sin fianza
das el oro; advierte y mira
que lo que te ha dado Elvira
es billete y no libranza.
Lee Carlos el papel.
Oye, el amigo, poco a poco,
que a mis aumentos le pesa.
Tocábame a mí esa pieza,
Elvira.
¿Por qué, por loco?
Partámosla, por tu vida.
Vase.
Voy de partida.
No ignoro
que antes del partir el oro
quieres verte a ti partida.
¡Qué ingenio tan peregrino!
Sale el Duque.
Carlos, leyendo un papel,
absorto y suspenso en él.
Esta aquí, ver el término,
si mi sospecha es incierta,
porque no me he persuadido
a que es Enrico querido
de Leonor.
Sale Enrico por otra puerta, sin que se vean los unos a los otros.
Torpe no acierta
mi discurso a discernir
con qué motivo Leonor
los engaños de su amor
se determina a fingir.
Llega el Duque y quita el papel a Carlos y [se turba].
El Duque severo
quitó a Carlos el papel.
¡Ay, fortuna más cruel!
¿Qué es esto?
Desdicha espero.
Él se turba, aquí fue Troya.
Notable ocasión se ofrece.
Por Dios, que el Duque parece
que ha venido por tramoya.
Señor, nadie se ha traído,
porque se halle a mis pies.
Lee.
Será muy discreto, pues
anda desfavorecido.
Enrico...
Señor.
Pues, ¿quién
os llama?
Mi nombre oí
en tu boca, y presumí
me llamabas.
Está bien.
Está leyendo el Duque.
Aunque quieras hacer examen
de todo, averiguar espero.
No será el Conde el primero
que viene sin que le llamen,
que lo mismo suele hacer
un tabardillo, señor.
Notables enigmas del amor.
No ha de poderle entender.
Los tres venimos aquí
nombrados, y si se ve
con atención, yo no sé
a quién se ha escrito.
Yo sí.
¿A quién?
Yo digo que, pues
quien ese papel notó
los tres nombres escribió,
le escribiría a todos tres.
Esta letra es de Leonor.
Nunca la he visto, y así
seña no la conozco.
¿A qué aguardas mi rigor?
Yo, señor, con atención
le he visto, y es para Enrico.
Mal a mi descuido aplico
desvelos de tu pasión.
Pues, ¿qué sentido le dais?
Si Vuestra Alteza es servido,
leeré, y será obedecido.
Veré cómo le explicáis.
Lee Carlos.
Enrico, atiende al fuego que publico,
yo sí; Carlos me da disgustos, y calma
la pretensión del Duque, en mí está el alma
que para dueño tal solo la aplico;
el amor que gozoso significo
con finezas constantes se desalma
por el gran Duque no, será la palma
para Carlos galán no, para Enrico.
Hablar mi amor pretende verdadero
al mismo que por dueño elegir quise,
Carlos, que no me hables solo quiero;
el Duque para esposo más me dice,
Enrico, a quien en mi elección prefiero,
el amor victorioso le eternice.
Si el discurso en la agudeza
del soneto se para...
juzgara que se escribió
en favor de vuestra alteza
y que no puede ser advierte.
yo entiendo que en su favor
le escribió.
¿cómo?
Lee Enrico.
señor,
leyéndole de esta suerte.
Enrico, atiende al fuego que publico
por ti, Carlos me da disgusto y calma,
la pretensión del Duque estima el alma
que para dueño tal solo la aplico.
El amor que gozoso significo
con finezas constantes de esta alma
por el gran Duque, será la palma
para Carlos galán, no para Enrico,
hablar mi amor pretende verdadero
al mesmo que por dueño elegir quise,
Carlos que no me hable, solo quiero
el Duque, para esposo, mal me dice
Enrico, a quien en mi elección prefiero
el amor victorioso le eternice
sus cláusulas he advertido
y he reparado en efeto
que Carlos en el soneto
es solo el favorecido,
que como en él no se ven
ni comas ni apuntación,
causa aquella confusión,
pero así fuera más bien.
señor, mira, considera
Carlos.
fortuna cruel.
a vos se escribió el papel.
¿cómo?
Lee, Duque.
de aquesta manera.
Enrico, atiende al fuego que publico
por ti Carlos, me da disgusto y calma
la pretensión del Duque, estima el alma
que para dueño tal solo la aplico.
El amor que gustoso significo
con finezas constantes de esta alma
por el gran Duque, será la palma
para Carlos galán; no para Enrico
hablar mi amor pretende verdadero
al mismo que por dueño elegir quise,
Carlos, que no me hable solo quiero
el Duque, para esposo mal me dice
Enrico, a quien en mi elección prefiero
el amor victorioso le eternice
rara confusión a todos.
aun no queda averiguado
ni quién es el despreciado
ni quién el favorecido.
el papel no es para mí.
menos para mí.
aquí viene
sobreescrito, a Enrico viene.
¿a mí viene, señor?
sí.
¿cómo podré persuadirme,
a que solo se escribió
para mí, si advierto yo
que no es su discurso firme?
pues favorece, según
veo, a los dos, contra mi fama.
particular fue la dama
que hizo papel tan común.
bien Carlos, señor, pudiera
pues sobreescrito se ve
mi nombre, darle, sin que
el primero se leyera.
yo le hallé en este distrito
abierto.
fue desacierto.
No importaba estar abierto
pues tenía sobrescrito.
Basta.
No importaba estar
abierto, bueno por Dios,
no sabéis los riesgos vos
del abrir y del cerrar.
Un cura conozco yo,
el cual sin tener escasa
condición, nunca en su casa
puerta abierta consintió.
Este predicando un día,
al quererse presignar
se turbó; mandó cerrar
las puertas con gran porfía,
y olvidado del sermón
dijo luego con voz vana:
cierren también la ventana,
y cierren sin dilación
ese postigo, la puerta
cierren de la sacristía.
Y el sermón no le ocurría,
no habiendo ya cosa abierta,
suspendiose y afligido
dijo luego con pesar:
ya no puedo predicar
porque el sermón se me ha ido,
un duende me ha hurtado
este propósito; yo no sé
por dónde el sermón se fue
porque todo está cerrado.
Él dijo con voz severa
a notorios ignorantes:
cerrarais la puerta antes,
mi sermón no se me fuera;
pues si por no estar cerrado
peligra un sermón escrito,
que es un papel, estando abierto,
tendrá peligro doblado.
Corresponded a Leonor,
no, Enrico, os desaniméis,
que bien manifiestos veis
los afectos del amor.
Señor, jamás la he querido.
Pues amadla, Enrico, ahora.
Quien los intentos no ignora
del Duque, yo estoy perdido.
Sabiendo que vuestra Alteza
quiso en Leonor suspenderse,
no querrá Enrico atreverse
al cielo de su belleza.
Ya a Leonor tengo olvidada,
a Celia asegurar os quiero,
aunque de aquélla no desespero
ver mi pretensión lograda.
No hay quien entienda el intento
del Duque.
Escucha, mi amor,
pues no se entiende, el mejor
medio es hacerle un comento.
Su Alteza viene.
Señor.
Dejadnos a los dos solos.
Sale Celia y vanse.
Yo voy a ver a Leonor.
Y yo de aguardar cuidadoso
a que Celia quede sola,
para hablarle en mi amor
cómo determine con Leonor.
Vanse.
Siempre confuso y penoso
vuestra Alteza.
Celia mía,
en vano el pesar reporto,
antes se aumenta la pena
porque crecen los estorbos.
¿Qué tienes?
No tengo vida;
de suerte a Leonor adoro,
que no sé si vivo, o muero,
entre mis ardientes enojos.
Señor, procura olvidarla.
Ni lo advierto, ni lo noto.
Busca con quien despicarte.
de este desvelo amoroso.
A nadie podré querer
si a toda Leonor adoro.
Pues yo sé que cierta dama
me ha explicado de los dos
con el silencio elocuente,
que el semblante es lengua a todo,
que te adora y que te estima.
Detente, amor, estás loco,
mucho te vas declarando.
Mas ¿cómo es posible, cómo,
que el Duque por mí contienda?
Celia, en vano me reporto.
Mas, di, ¿quién es esa dama?
Para qué, si eres dañoso,
has de despreciar su amor.
Yo lo confieso, que todo
el reino del albedrío
es de una deidad despojo.
Lo dudo.
Será imposible
mudar el pensamiento en otro
objeto.
Si vieras a quien te adora...
El amor no tiene ojos.
No es fea, los desprecias.
Prometo iguala al rostro
de Leonor, excepto el tuyo,
que no es tan grosero y tonto
mi amor, que no le confieso
por el más bello de todos.
La pasión la estimo.
Por tal la juzgues, me corro,
pues antes que por mi hermana
¿Sus desdenes rigurosos
no te desobligan?
No,
porque antes son los estorbos
espuelas del deseo,
que él supo dar un título,
esta noche la he de ver
en su cuarto, aunque el decoro
de su respeto atropelle,
y ocasione sus enojos,
para que en ajenos celos
se templen incendios propios.
¿No adviertes...?
Celia, perdona,
y cuando me ves tan loco,
déjame, que será en vano
querer templar mi amoroso
anhelo.
Vase.
Hasta aquí pudo llegar
sufrimiento valeroso
y resistencia prudente;
hasta aquí mis misteriosos
inundaciones del llanto,
producidas de un oprobio,
pudieron disimular;
hasta aquí el corazón, globo
de amor y de fuego, pudo
templar ardientes enojos.
Ya los desprecios que siento,
los desengaños que toco,
los desdenes que padezco
y, al fin, los celos que lloro,
no podrán no cautelar
el tropel de los ahogos
donde, naufragando el alma,
de mis lágrimas el golfo
al través da la esperanza
cuando zozobra el reposo.
El Duque amante, repito
atrevido y poderoso,
en ofensa de mi amor
audaz, ansias me postró,
quiere triunfar del honor
de Leonor, como reporto
el sentimiento invencible;
pero ríndese notorio
este engaño, si él entiende
que es mi hermano, si mis ojos
su sentimiento han callado
cobardes, y temerosos,
y si al fin ama a Leonor,
mal pudiera ser estorbo
mi deseo a sus deseos.
Declarar este engañoso
enigma quiero, y dar cuenta
de los pesares que lloro
a mi padre; penas mías,
venid, venid poco a poco,
no os atropelléis, pesares,
llegad más despacio, ahogos.
Sale Carlos.
Por disimular mi amor
fingiré que a Celia adoro,
famosa ocasión es esta.
Sola está, turbado todo
me ha dejado su respeto,
mas, ¿qué dudo?, pues supongo
que así doy a mi amor vida.
Señora.
Carlos.
No ignoro
la osadía de atreverme
a la luz de vuestros ojos,
de quien puede aprender siempre
rendido el mismo Apolo,
mas ellos son la disculpa
con que a mi culpa respondo.
¿Qué decís?
Digo, señora,
que ya, aunque tarde, conozco
la ignorancia en que he vivido
cuando advierto el asombro
que debiera haber venerado
rendimientos amorosos.
Carlos, Carlos, no os entiendo.
Si en amar he andado loco,
señora, excusa es bastante
el conocimiento propio,
no disimuléis.
¿Qué es esto?
Vuestras finezas no ignoro,
que el amor, Celia, por alto...
¿Qué dices, hombre?, ¿estás loco?
Esto me faltaba ahora
para irritar más mi enojo.
Si son celos de Leonor,
favor tenéis del todo,
la culpa no me disputéis,
que, a amarla, ya os adoro
después que sé que me amáis,
vano es la dicha que gozo.
Calla, atrevido, o por vida
de mi valor, que te oigo
de ese bárbaro osadío
repetidos los asombros,
que trates de mi coraje...
Sale Badulaque y detiénese escuchando.
Escucho.
...ver menudos polvos.
¡Me obligo!
Te conviertan...
¡Raro desprecio!
...de modo...
¡Fiero desdén!
...que escarmienten,
¡Indignada!
...en mis enojos...
¡Ofendida!
...cuantos saben.
Vase.
sus intentos, que me corro
de escucharlos; irme quiero,
que me ofendo si respondo.
Quédate para arrogante,
soberbio, atrevido y loco;
y, por vida de mi hermano
el Duque, que si en tus ojos
indicios de tu osadía
advierto, reparo y noto,
que haga que de un cadalso
seas ejemplo al mundo todo.
Estamos buenos ahora.
¿Qué dices?
Señor, que dudo
lo escuchado, y me he dejado
asustado y temeroso.
¿No dijo que, con el que Celia
me amaba, yo estaba absorto?
Concedo y niego; concedo
que lo dijo, y niego cómo
pueda ser.
Si con rigores
pretende probarme...
Bobo,
que no se prueba.
¿Por qué?
Porque hay perpetuo divorcio
entre amor y catarro.
Confuso estoy, y dudo si
Leonor me engañó.
No es ella
la primera que da un como.
¿A qué fin?
A fin, señor,
de un principio.
¿A qué, si ignoro?
Digo que a fin de dar fin
de ese principio que noto.
No es posible que Leonor
me engañase de este modo,
decirme a mí que fingiera
amar a Celia amoroso,
y que ella amar fingiría
a Enrico, porque así solo
se aseguraba el peligro
que pudo ser.
No hallo otro
motivo sino el que he dicho;
que es parecerle buen mozo
Enrico, y para matarle
sin embarazo ni estorbo,
venirse cautelosa
a hablarte a Celia, como
quien te envía a efectuar.
Indigna acción de un heroico
pecho; ven, que voy perdido.
Vanse y salen Enrico y Leonor.
Pues vamos a San Antonio.
Saber quisiera, Leonor,
qué ocasión os ha dado
mi atención para el cuidado
de ese intempestivo amor.
¿Qué favores he ofendido
vuestros, o qué galanteos
incitaron mis deseos
en que aquí no os he servido;
cuándo de mi pensamiento
el intento os expliqué,
cuándo, señora, os miré
enamorado ni atento?
Me admiro de que ignoréis
que es cada duda un error,
para que yo os tenga amor
es menester que me améis;
antes con vuestra tibieza
mis desvelos despertáis,
pues porque vos no me amáis
Adoro de esa manera,
si en mis méritos no hallo
vuestro remiso deseo;
los muchos que miro y veo
en vos el alma adoro.
¿No oísteis la celebrada
queja de aquella mujer
que dice: Fabio, querer,
pues donde cuesta nada...?
De burlas, que ya perdí
cierta esperanza por vos.
¡Malsín!
Y de veras;
que está perdida por mí;
aquella misma fortuna
tengo con muchas mujeres.
Aparte.
¡Ay, Carlos! Tú causa eres,
de esta prisión importuna;
por asegurar bien mío
la esperanza de tu amor,
atropella mi temor
los fueros del albedrío.
Leonor, ya que me queréis,
¿por qué no me remitís
los papeles que escribís,
al suelo los arrojáis,
sin ver que pueden cogellos?
Siempre al suelo he de arrojallos,
porque os obligue a estimallos
la humildad que veis en ellos.
Y que otros los ven, ¿no veis
que es ofender el decoro?
Así sabrán que os adoro,
y no me correspondéis.
No son cartas de latinos,
son puros desatinos.
Recelando andáis, pues son
mis papeles vizcaínos.
El primero que leí yo
que os he escrito refirió,
y nunca os he escrito yo
después que os he conocido.
Como yo os llego a querer
con amor tan infinito,
soñé que me habíais escrito,
y así os quise responder.
¿No advertís que con rogar,
vuestro recato ofendéis?
Poco importa, no os canséis,
porque yo os tengo de amar
aunque llore despreciada,
y aunque me quede ofendida.
No he visto en toda mi vida
mujer más enamorada.
Efectos son de mi estrella;
en este signo nací,
ella se muere por mí,
y tengo lástima de ella.
Yo no sé qué responderos,
mas aunque no os tengo amor,
andando el tiempo, Leonor...
¿Qué, Enrico?
...haré por quereros.
¡Qué gran necio, ingrato mío!
Esforzad la voluntad.
Es poca dificultad
violentar el albedrío.
Carlos y Badulaque.
Enrico.
Carlos.
El Duque
os llama.
Adiós, Leonor, que
voy a ver lo que me ordena
el Duque.
Volved después.
Por Dios, que es muy buen disimulo.
Pues, ¿qué tienes, que no hablas?
¿Qué ha de tener?
Que han querido degollarnos.
¿De qué os alteráis, mi bien?
Porque por cochinos,
por creer una mujer,
bien le he dicho yo a mi amo
que es un botarate, pues
se fía de quien le engaña
a peligro que nos den
sino un pan como una nuez;
pues la nuez ha sido ahora
la que ha peligrado en el
cerviz, pues podían a mí
azotarme por soez,
para que a ti de las pencas
me quepa parte también.
¡Que siempre recelé ver, Carlos,
enojado!
Fuerza es
si tú le das ocasiones.
Dime, engañosa mujer,
¿qué fue el concierto que hicimos?
Que yo hablase a Enrico.
Bien.
Fingiendo amarle.
Adelante.
Y tú fingieses querer
a Celia, que te idolatra.
Como a un alarbe de Fez.
Porque con esta cautela
disimulase más bien
sus designios nuestro amor,
sin dejarse conocer.
Pues yo vengo falsamente
a hablar a Celia, y después
de agradecerle su amor
y disculpar mi desdén.
Y me respondió, Badulaque
lo dirá, que yo no sé.
Pues, ¿quién lo sabe?
¿Qué dices?
Digo que aquella mujer,
y aquella salsa del crimen,
más que una suegra cruel,
nos condenó a degollar
en vista de un señor juez.
Vengo al fin a averiguar
este engaño, y hallo que
estás muy entretenida
con Enrico.
Pues si fue
así el concierto...
Cautela
ha sido nula.
Mi bien,
¿esto juzgas?
Cuenta errada,
pues no valga; y pues ya ves
desconcertado el concierto
de Celia y Enrico, es bien
que si ella degüella a mi amo,
que tú lo ahorques a él.
Pues cuando yo no te amara,
¿había de emplear mi fe
en un tan gran majadero,
pudiendo al Duque querer,
que fino me galantea
y me festeja cortés?
Celos, mi señora, luego...
luego Celia muy cruel.
Pues,
¿qué importa?
Yo la disculpo.
poner al duque en el
sitio, porque tuviese algo
de grande.
Alabando das
ocasiones a mi enfado.
Yo me iré,
que no quiero enfadarla,
aunque, cuando mi desdén
le dé enfados, se podía
despicar con el ver
al duque, tan alabado,
pues que solamente es él
quien fino la galantea,
y la festeja cortés.
Aguarda.
Al duque, con eso.
Detente.
La enfadaré.
Celia viene, vete.
Claro
está, aquí me he de esconder
para escucharlas a las dos.
Sale Celia, escóndese Carlos y vase Badulaque.
Pues yo me voy, no le den
ganas a esa doña Erodes
de degollarme también.
Vase.
Sale Celia.
Leonor.
Señora.
Yo vengo
muerta.
¿Qué tienes? Di, ¿quién
ocasiona tu pesar?
No sé, Leonor, si podré
referir el sentimiento
del peligro en que tener
miro, ¡ay Dios!, el duque...
¡Cielos!
Sin alientos.
El duque, pues,
determinado y resuelto,
te quiere esta noche ver
en tu cuarto...
Estoy mortal.
¿De quién lo has sabido?
De él
mismo.
¡Válganme los cielos!
Pues, señora, ¿qué he de hacer?
Pues el aviso me das,
dame el remedio también.
Contra su poder, Leonor,
¿qué remedio puede haber?
Mas vente conmigo.
¡Ay, Carlos!
Aparte.
Yo en tu cuarto aguardaré
al duque, con que consigo
dos intentos: uno es
librar tu honor y dar vida
a mi amor el otro; pues,
le declararé mi engaño,
que ya a mi padre avisé
con resolución osada
para que el laberinto cruel
desate, y al duque diga
que no soy tu hermana; ven.
Inmóvil me tiene el susto.
¿Qué tomo? ¿Que llegue a ser
este inopinado aviso
cautelas de esta mujer
para algún fin que no entiendo?
Amor, su ayuda me dé.
Vanse las dos.
¿Celos, de qué os suspendéis?
Pensamiento, ¿qué dudáis?
Valor mío, ¿dónde estáis?
Temores, ¿qué pretendéis?
Peligros, ¿qué me queréis?
Ansias, ¿por qué me afligís?
Alientos, ¿de qué huís?
Y vos, malogrado amor,
¿cómo vivís si el dolor
de aquestas nuevas oís?
¿Que el duque intente pasar
pretendéis, costoso daño,
esta noche, aleve engaño,
vencer, pena singular?
de mi dueño, que a pesar
la fortaleza, al dolor,
y queja, fiero rigor,
vivos, penosos desvelos,
viendo que agraviosos celos,
mi mal, y sin feliz amor.
Celos, pues me habéis dejado
vivo, muy poco podéis;
amor, infeliz nacéis
pues morís desesperado;
mas si el alma ha confesado
los celos y amor que siente,
¿qué medio habrá que no intente,
no haga de su esfuerzo alarde,
quien con amor es cobarde,
quien con celos no es valiente?
¿Qué haré? pero osado quiero
entrar a ver a Leonor
en su cuarto, que en mi amor
el perdón del Duque espero.
Yo muero de amor, yo muero
de celos; si mi fortuna
no halla en el remedio alguna,
cesarán mis males fuertes,
que por escusar dos muertes
bien se puede intentar una.
Mas robar será acertado
a Leonor; París robó
a Elena, y no compitió
su pena con mi cuidado;
sin propiamente llamado
robo el robar a Leonor,
que si mi inconstante ardor
me ha rendido el albedrío,
cobrar yo lo que es ya mío,
restituciones de amor.
Sale Badulaque.
¿Qué hay de nuevo?
Badulaque,
llegó a punto;
¿Qué tenemos?
Prevenidos caballos que
excedan al mismo viento
en ligereza.
Pues dime,
¿qué intentas?
Robar pretendo
una joya en que consiste
de mi esperanza el remedio.
Pues ¿cómo? si vas en ladrón,
¿has perdido acaso el seso?
¿Salimos de un cadalso
y solicitas resuelto
que hechos moneda nos pongan
por los caminos?
Ve presto,
y no repliques.
¡Jesús!
Si no me dices primero
cuál es la joya robada,
no he de ir.
Pues sabe que intento
robar a Leonor.
¡Jesús!
¿Qué has dicho? A Leonor arredro.
Pues ¿no reparas? ¿No adviertes?
No andes buscando consejos.
Ni buscas chancillerías.
Eso a los dos sirve de hielo.
Dios te perdone, señor,
que ya te lloro por muerto.
Mas dime, ¿qué ha sucedido?
Que el Duque intentó asaltar
en su cuarto aquesta noche.
Lo demás queda a lo discreto,
señor, ¿sabes lo que intentas?
Cobrar la vida que pierdo.
Déjame que te proponga
dificultades que temo.
No puede haberlas.
El tiempo
y lo verás.
Calla, necio.
Ves aquí que temeroso
vas a palacio, y sin riesgo,
que no será poco, entras
en el cuarto de tu dueño,
y ella te envía a espulgar
un galgo.
Como si creo
que me adora.
Cómo puede
mudarse, si lo advierto,
estás en cuarto, y no hay un cuarto
seguro de estos tiempos.
Ves aquí que no se muda
y que sale, huyendo
contigo, y que yo esperando
estaré si no me duermo
de la ciudad a las puertas
con dos caballos ligeros
¿qué has de hacer?
Subirme en uno,
llevaré a mi dueño,
y tú en otro,
a las ancas.
Ningún caballo de estos
sufre ancas, ¿qué has de hacer?
Badulaque, no seas necio,
no es tiempo de burlas este,
cuando me ves tan resuelto.
Con dos caballos y solo
nunca he visto ganar juego.
¡Vive Dios, que te dé muerte
si replicas!
Pues voy luego
a prevenir los caballos,
porque a fuer de don Gaiferos
salgas de Florencia.
Vase.
Amor,
celos son altos deseos,
Elvira, celos me animan,
celos me infunden alientos,
celos me abrasan el alma,
celos me encienden el pecho,
y pues los celos, amando,
son indicios de este incendio,
y es opinión común, que
no hay amor donde no hay celos,
donde hay tantos es forzoso,
que sea el amor inmenso,
y de disculpa me sirva,
de abono me sirvan ellos,
cuando celoso y amante
sobre la dicha que pierdo.
Vase y salen Leonor y Celia con luz.
Este, Celia, es mi cuarto,
en él aguardar pretendo
al duque mi hermano,
ya encarecerte no acierto
lo que estimo su fineza,
pues con brioso denuedo
quiere defender mi honor
a costa de su respeto.
Yo voy y volver pretendo
porque estoy recelosa.
Vase.
Los cielos
dilatan mi vida a siglos,
que ya llegó al último extremo
la enfermedad de mi amor,
y ya es forzoso en este empeño,
siendo evidente este peligro,
que sea conocido el remedio;
haber allanado el duque
vendrá a este cuarto resuelto,
y yo, mas ¿qué determino?
esperaré, ¿qué pretendo?
Yo en este fin, firme Leonor.
Llaman.
Apaga la luz.
Abre a los dos.
Para estorbar los efectos
de aquella resolución
donde agonizando veo
la vida de mi esperanza,
ya he sabido que Roberto,
mi padre, llega a Florencia,
a desposarse resuelto,
aunque le engañó Julio
a petición de mis ruegos.
Pero ya llaman; salir
antes que entre el Duque quiero,
apagar, turbada apenas
las cobardes plantas muevo.
Celos, alentad mis pasos,
pues me dais atrevimiento,
pero, ¿cómo está sin luz
el cuarto?
¿Es el Duque?
Cielos,
¿qué escucho? ¿Es Leonor?
Aparte.
Yo soy.
Antes de explicar mi intento
y descubrirle quién soy
y deciros mi deseo,
eligió aquesta ocasión,
y bajo de este empeño
quiero examinar prudente
sus designios.
Entrad dentro.
Tan cariñosa Leonor
con el Duque, me desvela.
No puedo excusar, señor...
Si firme al Duque pretendo...
Disculparos esta acción,
aunque rendida a un ruego,
que estoy a vuestras finezas.
Inmudable, y de vos muerto.
Perdonad mi ingratitud,
que como no hagáis desprecio
de mi honor, seréis señor
el alma de mis deseos.
Aparte.
Ah, traidora, no fue vana
la causa de mis recelos,
no sin misterio, ¡ay de mí!,
trató del Duque en los versos,
y después de fiero afable
su falso afecto y sus galanteos.
Leonor, vive Dios, que voy
por atravesarte el pecho
con esta daga, señora,
que ahora hablar no acierto.
Entraos.
Vengo muy deprisa.
Mas despacio mis deseos
os esperaban.
No, no,
no puedo ahora, no puedo,
que he de dar unas consultas;
mañana volveré a veros.
Pero, ¿qué dudo, villana,
traidora, aleve?
¿Qué es esto?
Carlos soy, no soy el Duque,
ya ingrato, ha visto el tiempo
mi sospecha averiguada;
¡vive Dios, que de este acero...!
Carlos, villano, atrevido...
Pero no, señor, mi dueño,
¿qué hago?, que estoy perdida,
a resolverme no acierto.
Mujer aleve...
Que ha de ser mi amor tan firme,
que soy Leonor, con más celos
que tú. Vete, villano,
pues Celia, ¡ay de mí!, pierdo.
mi opinión.
¡Ah, falsa amante!
Carlos.
No huyas.
¡Ay de mí!
¡Oh, si miro, ay de mí, no es esta
Leonor?
Leonor con luz.
A Carlos resuelto
vino, a mi cuarto me dijo;
celosa, pero ¿qué veo?
Falsa amiga, ingrato amante,
no me engañaron mis celos.
No des voces.
Sepa el Duque
esta traición.
Ten ese exceso.
Escucha.
Cielos, venganza.
¿Adónde, Leonor?
No quiero.
Mira.
Al traidor.
Oye.
A la falsa.
Detente.
Aguarda.
Sale el Duque.
¿Qué es esto?
Perdido soy.
¡Ay de mí!
¿Quién te ha dado atrevimiento
para entrar?
Señor, señor.
Muera Carlos, pues yo muero.
¿En el cuarto de Leonor,
tú con Leonor?
Eso niego.
Pues, ¿a quién veniste a ver?
A Celia.
¿A mí?
Ya mis celos
averiguados confirmo.
¿Tú con Celia? Peor es esto.
Que en las injurias de honor
y más me irrito y más me ofendo.
Prendelde ya.
No, señor.
Con Leonor hablando, muerto
estoy.
Pero si con mi dama,
sabiendo que yo pretendo
alcanzar...
No puedo hablar.
Prended a Carlos aquí dentro.
Yo, mi señor...
Ya concluya
esta vez.
Qué, Celia, has hecho,
a tu grandeza esta injuria.
La voz, trabada en el pecho,
entorpecida sea muda.
Muere, aleve.
Va a darle con la espada, y Celia le detiene.
Duque excelso.
¿Cómo vuelves por él?
Que este es engaño.
No quiero
disculparme, aunque en eso
perder la vida deseo,
porque si disgusto tanto
de ver, señor, que no puedo
darte a entender lo que callo
y explicarte lo que siento,
que quiero morir, porque
solo cabe en silencio
el ahogo con que lucho
y la pena que padezco.
Suspende ahora el castigo,
y importa a mi honor, ¡ay cielos!,
que no muera Carlos hasta
que averigües que no tengo
culpa en hallarme este cuarto
de Leonor. Sabrás, excelso
Duque, que Leonor es mi hermana,
pues que mi padre valeroso,
y su madre, gran señora,
que murió, y mi padre, temiendo
su honor perdido en tu amor,
que sospechó, como ciego,
a Florencia me trajo...
en las injurias de honor
más miro y más me ofendo,
ni son celos.
No, señor,
con Leonor hablaba, muerto
de sus celos.
¿Pues con Carlos, aquí dentro?
Yo no, señor, que con Celia
estaba.
En Celia has hecho
a tu grandeza alta injuria.
¿Pues tú con mi dama,
sabiendo que yo pretendo
a Leonor?
No puedo hablar.
La voz turbada en el cuello
entorpecida se anuda.
Vase a dar con la daga y Celia le detiene.
¡Muere, aleve!
Duque excelso.
¡Cómo ha vuelto por él!
Que es engaño...
No quiero
disculparme, antes gozoso
perder la vida deseo,
porque es el disgusto tanto,
aleve señor, que no puedo
darte a entender lo que callo
y explicarte lo que siento,
y que quiero morir, porque
solo cabes en el silencio
el ahogo con que lucho
y la pena que padezco.
Suspende ahora el castigo,
que importa a mi honor, a los cielos,
que no muera Carlos, hasta
que averigües que no tengo
culpa en hallarme en el cuarto
de Leonor. Sabrás, excelso
Duque, que no eres mi hermano,
porque mi padre es Roberto,
que a tu hermana, gran señor,
sirvió, y mi padre temiendo
su honor, perdido en tu amor
que sospechó, como ciego,
a Florencia me trajese.
Fingió esta cautela, y viendo
el alma que la idolatra,
me condena al silencio.
Sabiendo que aquesta noche
y vine a ver a Leonor
a quien de aqueste suceso
di cuenta, aquí te aguardaba
para estorbar tus intentos.
Entré yo,
mi resolución sabiendo,
a sacar de tu palacio
mi dama, que si secretos
fue mis rigores temiendo;
hallé a Celia, y presumí
ser Leonor.
Yo, Duque, luego
que supe de mi criado
que Carlos estaba dentro.
Quítame, señor, la vida,
si el amor en este pleito
no modera mi recelo
el descargo de mis celos.
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