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Texto digital de No hay amor donde no hay celos

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay amor donde no hay celos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-amor-donde-no-hay-celos.

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NO HAY AMOR DONDE NO HAY CELOS

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No hay amor donde no hay celos. Comedia en 3 actos de D. Cristóbal de Monroy.

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16 698 1 No hay amor don- de no hay celos. Comedia en 3 actos de D. Cris- tóbal de Monroy. Leg.º 23 15

Pag. 6

N 21 No hay amor donde no hay celos De don Cristóbal de Monroy. Año 1644 [Firmas y rúbricas]

Jornada primera

Pag. 7

No hay amor donde no hay celos. Comedia. De don Cristóbal de Monroy. Personas: + 1 Carlos, Arias. + 2 El Duque, Antol. + 3 Enrico. + Roberto, viejo. + 1 Leonor, dama, Quiñones. + 2 Celia, hija de Roberto, Anan. + 3 Elvira, Gilos. Inés, criada, Bilbas. + Badulaque. Criados del acompañamiento.

Roberto en su quinta, y Celia de campo, muy bizarra.

Roberto.

¿Que al fin te vio?

Celia.

Sí, señor,

y de suerte, padre, vengo,

que apenas aliento tengo

para explicar mi temor.

A las puertas llegará

luego, si mal no entendí.

Roberto.

¿Que aún no estoy seguro aquí

del Duque y la corte?

Celia.

Ya

están, señor, los criados

previniendo el cuarto.

Pag. 8

Roberto.

Cielos,

cuando escusando desvelos

y despreciando cuidados

me he retirado a esta quinta,

cuyo florido pensil

galán lo bosqueja abril,

alegre, mayo copioso,

gustáis de estorbar la queja

de mi cuerda pretensión.

Celia.

Que la ciega ambición

seguir a quien más la aleja,

seguro de ella no está.

Roberto.

La nueva me tiene triste,

mas di, ¿cómo al duque viste,

Celia?

Celia.

Escucha y lo sabrás.

Apenas la blanca aurora

coronó las sombras caducas,

y en la palestra de oriente

con su luz trabaron luchas;

apenas sus rojos labios

en arrebol que madruga

el rosicler pronunciaron

del Febo que nos ilustra;

cuando pendiente del hombro

el carcaj, de cuyas puntas

en esa feraz montaña

no hay fiera segura,

y en la mano el arco corvo,

que en tempestades confusas

hay arcos que las serenan,

hay arcos que las anuncian;

salí a caza, y en la orilla

de una fuentecilla muda,

y discreta, pues en suma

no murmura su altivez,

aunque es tan vecina suya,

una corza vi dormida,

que de la grama menuda

hizo lecho, y perezosa

tanto a la tierra se junta,

que aun el llanto que la aurora

aljófar a aljófar suda

para dispertar las flores

no alteró la quietud suya;

prevengo el arco y la flecha,

a tiempo que ella se turba

del ruido de unas plantas

a quien las mías sin burlas

despierta, aplica el oído,

y vuelta la vista confusa,

el pelo eriza cobarde,

y entre el pavor y la duda,

llegó la flecha y hirióla

sembrando perlas purpúreas.

Levantóse, no asustada,

porque el dolor que la ocupa

ya se lo tenía temido

antes de sentir las puntas;

huyó por el monte, y yo

previne flecha segunda

y tercera, y fue de todas

blanco, más veloz que nunca.

Que salí fiera entonces

Pag. 9

Celia.

mas la diligencia suya

fue mía, pues a mis flechas

alas le daban las plumas.

Siguiéndola al fin, señor,

por la rústica espesura

de altas encinas y robres,

que del viento son injuria,

me detuvo el paso un joven

adonde formaron juntas

admirables competencias

las galas con la hermosura.

Venía en un rucio airoso

que sembraba en peñas duras

por la boca y por los ojos

sangre viva y muerta espuma.

Derribose del caballo,

llegose a mí, y confusa

le referí cuando un susto

a mayor valor no turba;

con corteses ceremonias

quién soy humilde pregunta.

A tiempo que sus criados

que por el monte le buscan

le descubren, llegan todos,

y con reverencia suma

dicen: "Señor, vuestra alteza

por qué tanto se descuida,

atropellando el peligro

que tantas fieras anuncian?"

Él respondió: "En este monte,

en esta selva fecunda,

liberta de este momento

peligros, esta hermosura.

Me hace deidad a quien el cielo

postra humilde la rüina".

Agradeció la fineza,

dígole, que mi latría,

que si quiere verme, medite.

Vuelvo a avisarte confusa;

mandó aderezar un cuarto,

y haber de considerar,

que en esta pena y angustia,

oigo que el Duque va a quinta,

para la ama que le sirve,

y tú a la infanta celebra.

Roberto.

El amor, que es un ciego,

que si obedece a un cielo,

al tuyo se acata.

¿Que tu hermosura

agradó al Duque?

Celia.

Él lo dice;

aunque en los hombres o nunca,

o pocas veces el alma

por los labios se pronuncia.

Roberto.

Que a remedio abra el Duque

el peligro de la duda;

si el Duque conquistar quiere

poco atento a tu hermosura,

me he de valer de un engaño.

Celia.

El tropel se siente ahora

de estos caballos.

Roberto.

Vamos,

Celia, a recebirle.

Celia.

Nunca

vieran mis ojos al Duque,

pues vieron la muerte suya.

Roberto.

Ya llegan.

Sale el Duque, Carlos, Enrico y Badulaque.

Duque.

Sea tal honra,

amigo padre.

Pag. 10

Duque.

Levantaos, no estéis así.

Roberto.

El cielo, señor, dilate

vuestra vida años mil, para

gloria de Florencia.

Celia.

Dadme

los pies.

[Álzanse.]

Duque.

Prima, alzaos de el suelo,

no sea la tierra de un ángel

esfera. ¿Cómo os halláis?

Roberto.

Después que el gran Duque padre

vuestro murió, aquí me vine,

donde sordo de los aires

atiendo a dulces lisonjas,

y donde a las flores tejen

para divertir las iras

mil laberintos fragrantes.

Duque.

Siendo Roberto en Florencia

vuestra persona importante,

no es justo que en esta quinta

os retiréis; a la tarde

vos y Celia iréis conmigo

a palacio; de mi madre

ha de ser dama mi prima,

que es rigor que el campo trate

quien la corte admirar puede.

Roberto.

Gran duque y señor, dadme

licencia para que aquí

os sirva, privilegiarme

puede ya mi edad.

Duque.

Roberto,

aqueso importa. Al instante

prevenid vuestra partida,

no tenéis que replicarme.

Celia.

Gozosa parto a la corte,

por ver al Duque, por afable,

por galán y por discreto,

rendida estoy a sus partes.

Carlos.

Sin duda ama el Duque a Celia,

pues así obliga a su padre

a ir a Florencia.

Enrico.

En mí yo pienso

que Celia mira a un amante,

deja, pues atrevimiento

me da.

Roberto.

El Duque llevarme

quiere a la corte por ser,

sin estorbo, al aleve amante

de Celia, ¡oh, nunca la viera!

Pero ya temidos males,

prevenidos el remedio,

no receléis ser pesares.

Vamos, pues gustáis

que en presencia de los grandes

de Florencia, gran señor,

sabréis un caso importante

que ha sepultado el silencio.

Duque.

Prevenid vuestro viaje,

iréis conmigo.

Roberto.

Entretanto

divertíos en esta tarde

en mi quinta, y perdonad,

señor, si no os regalare

como debo.

[Vanse Roberto y Celia.]

Duque.

Guarde os Dios.

Carlos.

La belleza y el donaire

de Celia, señor, merecen

los favores que les haces.

Duque.

Ay, Carlos, qué mal me entiendes.

Badulaque.

Aquí, señor, Badulaque,

estas mis quejas más grandes,

y si proceden las mías

de estas quintas con el darme

recelos, y vos con que a pesar

de quintas, astillas faltan.

Pag. 11

Badulaque.

y si no tienes algún estorbo

que sabe de ti por amante,

en quintas con el amor

te pones.

Carlos.

Celia es un ángel,

y digna de merecer;

¿qué atención no puedes hurtarle

para lucir en su aurora

las perlas y los corales?

Duque, Carlos, Enrico.

Los dos.

Señor.

Duque.

Ya no es tiempo de negarles

a mis penas el remedio,

el alivio a mis pesares.

Leonor es la bella imagen

que de idolatría el alma adora.

Carlos.

¿Qué escucho, cielos?

Enrico.

Mal hace

el hado al amor de Carlos.

Duque.

¿No os parece que sus partes,

su ingenio, su voz, su brío,

su discreción y su talle

y su belleza son dignos

de rendimientos más grandes?

Enrico.

Sí, señor.

Carlos.

Sí, duque excelso.

Duque.

Pues dos años ha que amante

la estimo, aunque no he podido

mis finezas obligarle;

pues roca al mar de mi llanto,

nieve helada a mis volcanes.

Carlos.

¿Con tan oculto la has amado

que no ha sospechado nadie

su amor?

Duque.

Amor es respeto,

han batallado constantes,

pero ya la majestad

se ha rendido a los embates,

que es la majestad de amor

majestad de majestades.

Carlos.

Sí, mi señor.

Badulaque.

Suspenso Carlos

manifiesta en el semblante.

Enrico.

Mal disimula sus celos.

Carlos.

¡Ay, si este daño ignorase!

Bien dicen que el ofendido

sabe sus desdichas tarde;

pues, ¿con qué intento, señor,

la favorecéis galante

a Celia, y queréis llevarla

a Florencia con su padre?

Duque.

Dicen que suele el amor

de los celos engendrarse;

y así, Carlos, determino,

pues a esta ocasión me trae

a las manos la fortuna,

piadosa a mis ruegos, darle

celos a Leonor con Celia;

mas después ha de ausentarse

a Florencia, pues tan cerca

estás que entre aquellos sauces

descubres a trechos

sus pompas piramidales.

Dile a Leonor que en el monte

cazando vi en Celia un ángel;

pondera nuevos favores,

hazle finezas de amante,

y al fin voy a palacio,

Carlos, y sigo constante

contra sus fieros desdenes.

Pag. 12

Duque.

Estos celos no me valen,

fénix seré aquí en las llamas,

de mi loco amor abrasen.

Carlos.

Voy al punto a obedecerte.

Duque.

Mira, Carlos, no te tardes,

dala, dala muchos celos.

Carlos.

Eso me será muy fácil,

pues llevo tantos conmigo.

Duque.

Vete.

Carlos.

Si no muero antes.

Ven, Badulaque.

Badulaque.

Señor,

¿cuánto queda de este lance

hecho frío yo?

Carlos.

¿Cómo?

Vanse Carlos y Badulaque.

Badulaque.

Porque

queda hecho un badulaque.

Enrico.

Eficaz medio elegiste,

que cuando el fuego no arde

de amor, convierten los celos

sus cenizas en volcanes.

Sale Roberto.

Duque.

Es ingenioso el amor,

siempre de industrias se vale.

Roberto.

Señor, vuestra Alteza honre

con entrar a desahogar,

que si bien de tu grandeza

es indigno el hospedaje,

suplir podrán los deseos

los defectos que notares.

Duque.

Vuestro cuidado, Roberto,

estimo, mas quiero antes

que se ponga el sol, que vamos

a Florencia, y el galardón...

Vamos, pues.

Vanse.

Salen Carlos y Badulaque.

Roberto.

Yendo delante.

Carlos.

Mas no ya por la que amé

pudiste imprimir pesares,

Celia, y el Duque, es razón

a mi vida tantos males.

Villano, ¡viven los cielos,

que mil muertes he de darte!

Badulaque.

Para mí con media sobra,

no es menester otra parte,

¿mas qué celos?, porque a los

celos no han de ser bastantes

para obligarte a hacer

locuras y disparates.

Carlos.

Andas porque te despeñe

de esta sierra.

Badulaque.

Date vado,

que hacer pedacitos

es oficio que lo hacen

no más de los albañiles

cuando caen resbalados,

mas ¿dónde, perro, a qué parte

vas huyendo del camino?

Carlos.

No voy allá.

Badulaque.

¿Pues no ves

que allí obedeces al Duque?

Carlos.

Y a ti te digo, Badulaque,

que me dejes.

Badulaque.

¿Dónde vas?

Carlos.

Al infierno.

Badulaque.

Buen viaje.

Carlos.

¿No me sigues?

Badulaque.

No, señor,

que yo procuro salvarme.

Carlos.

¿Yo he de llegar a mi dama

causa de mis eternales

son ansias que gime el alma

en el mar de amor constante?

¿Yo de la prenda que adoro

he de ser tercero infame?

¿Yo he de rogarle que al Duque

oiga, tema, admita o hable,

y tengo de darle celos

a la obligación que amé?

¿Yo he de ser el instrumento

de mi muerte, ella me acabe

antes que a tan loco intento?

Pag. 13

Carlos.

Ejecute, digo, y antes

que llegue a verlos tendidos,

ea, camina, no te pares.

Badulaque.

Y al dicho, que no he de ir

al infierno.

Carlos.

Mas, lealtades,

¿dónde estáis? ¿Yo he de faltar

al decoro de mi sangre?

¿Yo he de anteponer la pena

a la confianza, y darle

ejemplo al mundo de ingrato

a beneficios tan grandes?

Como vecino del Duque,

¿yo he de dejar por amante

de ser fiel? No, amor, no;

volvámonos, Badulaque,

ven, sígueme.

Badulaque.

¿Dónde vamos?

Carlos.

A la corte.

Badulaque.

Que me place,

que, como no sea al infierno,

más que vamos hasta Flandes.

Carlos.

Mas no es ir ahora a la corte.

Badulaque.

¿Pues qué pretendes?

Carlos.

Matarme.

Badulaque.

Eso es volverse al infierno

por abreviatura.

Carlos.

Dame

la muerte.

Badulaque.

Tenga juicio,

que vive Dios que me enfade

y que le dé. ¡Ay, qué fiero me echo!

Carlos.

¿Con quién hablabas?

Badulaque.

Con nadie.

Carlos.

Ven acá, ¿has tenido amor?

Badulaque.

Sí, señor.

Carlos.

¿A quién?

Badulaque.

A un sastre.

Carlos.

¿Por qué?

Badulaque.

Porque no hurtaba,

y un hombre tan admirable,

que siendo sastre no hurta,

merece que todos le amen.

Carlos.

Esa es amistad, no amor.

Badulaque.

También en mis mocedades,

por ser amigo de dulce,

amé.

Carlos.

¿A quién?

Badulaque.

De una comadre

de parir.

Carlos.

¿Por qué?

Badulaque.

Porque

me traía por instantes

colación de los bautismos.

Carlos.

Dime, ¿y en qué paraste?

¿Has tenido celos?

Badulaque.

Celos

no los he tenido, antes

ellos me han tenido a mí.

Carlos.

¿Cómo así?

Badulaque.

Porque el compadre

de esta comadre, marido,

cogiéndome de repente

con ella, me molió el bulto,

y a puros leños, tan grande

el odio que le he cobrado

a dulce, que de estos males

fue ocasión, que desde entonces

no hay dulce que no me amargue.

Mas deja necias preguntas.

Carlos.

Sin mí estoy, ¡oh amor cobarde!

Badulaque.

El Duque, a más de dos años

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Badulaque.

pues de Leonor firme amante

e ingrata le corresponde,

¿por qué esos extremos haces

pues es cierto que por ti

desprecia al duque?

Carlos.

no hables,

que no hay secreto en quien ama

y pues temor, a pesares,

el secreto de este amor

no ha querido revelarme,

no es firme el suyo.

Badulaque.

no dudes,

señor, que de todos es aparte

un disgusto, fineza.

Carlos.

¿qué he de hacer en tantos males,

que lealtad y amor batallan

en piélagos de pesares?

Badulaque.

ya hemos llegado a palacio.

Carlos.

y llega al último lance

el empeño de mi amor

allegado.

Badulaque.

Leonor sale.

Salen Leonor y Elvira.

Leonor.

Aliviar la ausencia amando

son siglos los instantes,

adoro a Carlos de suerte

que sin él no vivo.

Elvira.

haces,

Leonor, como amante noble.

Leonor.

bien se merecen las partes

de Carlos estas finezas.

Badulaque.

Allá a tu rostro mira el ángel

que adoras.

Elvira.

aquí está Carlos.

Leonor.

Carlos, mi dueño, ¿qué mal es,

no me miras?, ¿qué es aquesto?

¿no saliste aquesta tarde

con el duque?, ¿cómo vuelves,

no hablas?

Badulaque.

ay, grandes males.

Leonor.

dime, amigo, ¿qué ha de darlos?

Badulaque.

antes, señor, que no trae.

Leonor.

el estado no es de ellos.

Badulaque.

Elvira,

vamos, que tengo que hablarte

mientras los dos se averiguan

sus celos.

Elvira.

¿son celos?

Badulaque.

aun es más grave

mal.

Elvira.

¿y cuál es?

Vanse los dos.

Badulaque.

que en el fuego

de amor, el amor mudable,

se queme para que se pierda

que a la señora la descarten.

Leonor.

¿no me hablas, Carlos?

Carlos.

Leonor,

no te admires, no te espantes,

que si a los firmes amantes

suele olvidar el amor,

si un tirano rigor

es de mi amor homicida,

su vida llora perdida

a manos de tu desdén,

mira tú, Leonor, pues bien

que hable quien no tiene vida.

Leonor.

Carlos, callar un rigor

no es prueba de sentimiento,

que pierde el merecimiento

con el silencio el dolor;

quien calla teniendo amor

y a él llega a resistir

Pag. 15

Leonor.

pues el callar es su fin

el pesar, y es evidente

que el que calla lo que siente

siente poco, pues en fin...

Carlos.

Lo contrario siento yo,

más fineza es el callar,

quien no calla su pesar

poco su pesar sintió;

no habla quien siente, no,

que si el hablar, sentido ha sido,

aquel que calla advirtió

que siente con más amor,

pues el sentir su dolor

le quita al mismo sentido.

Leonor.

Deja argumentos, y di:

¿a qué vienes de esta suerte?

Carlos.

A Leonor vengo a perderte.

Leonor.

¿A perderme vienes?

Carlos.

Sí,

y a la esperanza perdí.

Leonor.

Ya aguardo, Carlos, que alabes,

a decir penas tan graves.

Carlos.

Tu amor no las ignoró,

y es excusado que yo

te refiera lo que sabes.

Leonor.

Que no tengas más reniego,

mis sentimientos en calma,

pues no ignoras que mi alma

vive en ti.

Carlos.

Esto, Leonor, niego;

que si en mí viviera, luego

que al Duque amó, mal tan grave,

donde amor es bien que acabe,

me lo hubiera dicho aquí,

luego ya no vive en mí,

pues no sé lo que ella sabe.

Leonor.

Por excusarte el pesar,

Carlos.

quisiste doblar la muerte.

Leonor.

Pues, pues, más fineza advierte,

porque como no creí amar

al Duque, quise ensayar

a tu amor vanos recelos;

tan buenos son unos celos

que sientes, que en semejantes

penas, no llegarán antes

a ocasionar tus desvelos.

¿De quién lo sabes?

Carlos.

Me espanto

de tu pregunta; mas tal

que antes no parece mal

en haber tardado tanto.

Dudas que a causar mi llanto

se viniera, el Duque fue

quien me lo dijo, de él sé

que te adora, y él me envía

a ponderar, Leonor mía,

las firmezas de tu fe,

y viendo que un ciego ruego

donde ha podido obligar,

celos te pretendes dar

para encender de amor el fuego.

Celia, envidia del Dios ciego,

viene a palacio esta tarde,

en ella hacer quiere alarde

el amor para darte celos.

Leonor.

Calla, que vienen los celos

que amor convida.

Carlos.

Ya están el...

Pag. 16

Carlos.

que adora el Duque, Leonor,

y es contrario poderoso.

Leonor.

Qué importa, si más dichoso

eres dueño de mi amor.

Sale Badulaque.

Badulaque.

Ya ha llegado el Duque, señor,

luego a recebirle ven.

Carlos.

Cómo quedamos, mi bien?

Leonor.

Como si en otra ocasión

duda tu satisfacción,

será lo que amor desea.

El Duque, Roberto, el paje, Enrico.

Duque.

Si habrá Carlos con celos,

dispertado en Leonor, que aunque pequeños,

hablando estaban; juzgo que obediente

este nuevo accidente

lo abraza ponderado,

atento a mi lealtad y a su cuidado.

Carlos.

Ya, gran señor, estás obedecido.

Duque.

Y a vuestra diligencia agradecido.

Aparte.

Roberto.

Celos de honor en tan penosa calma,

infiernos son en que padece el alma.

Enrico.

Oh amor, y quién creyera

que libre al monte fiera,

y con tiernos enojos

el alma aprisionaras por los ojos.

Celia.

Dichoso fin espero,

pues el Duque me adora, y por él muero.

Leonor.

Sea, señor, vuestra Alteza bien venido.

Duque.

Guárdeos Dios.

Aparte.

Carlos.

Desabrido

le respondió a Leonor.

Duque.

Esa belleza

adonde se esmeró naturaleza,

peregrino milagro

a quien el albedrío le consagro,

me tiene Celia absorto y suspendido.

Aparte.

Roberto.

Él la adora (qué aguardo?) estoy perdido.

Duque.

Leonor, id, y a su Alteza

diréis, que yo a Roberto,

padre de Celia, en cuya edad advierto

cuidado y experiencia

importante al gobierno de Florencia,

truje a la corte por premiar su fama,

que estimaré que Celia sea su dama

y que asista en palacio.

Leonor.

Mi obediencia

corresponde.

Duque.

Hablad.

Aparte.

Roberto.

Por qué confuso me acobardo?

Solo así defender mi honor aguardo.

Un día que conmigo en ese monte

mil cazas y cuidados divertía,

cuando el luciente padre de Faetonte

iba formando el rosicler del día,

Pag. 17

Roberto.

a un arroyo veloz del horizonte,

culebra de cristal, que descendía

de un risco a un valle, y con ruidosa furia

dejó la piel de espuma entre unas peñas,

llegó, cuando su margen vio ocupada

de una belleza, a quien rindió el sosiego.

De un catre de flores recostada

era divina aljaba del dios ciego.

Sintiendo al Duque despertó turbada.

¿Quién vio jamás en agua tanto fuego?

En fin ella, sin formarse celos,

respondió a sus finezas con enojos.

De este amor, de este hechizo, de este encanto

resultó al mundo una dichosa prenda.

Sola a mi cuidado, y en mi llanto

envuelta, finjo el trato nadie entienda,

la crïé, la traté con amor tanto

que porque mi decoro no se ofenda

como a mi misma hija la he tenido

y por tal mis crïados la han servido;

antes, pues que tu padre el Duque, al cielo

de este siglo mortal se trasladase,

le acordé la ocasión de este desvelo

y me mandó que oculto la crïase,

y que faltando del patrio suelo

el secreto, señor, manifestase;

ya murió, y descubrirlo es bien patente,

Celia es tu hermana, tuya es la presente.

Celia.

Confusa, absorta, y suspensa

estoy.

Carlos.

Notable suceso.

Enrico.

Ya murió mi amor.

Leonor.

Presentílo.

Dale un papel.

Roberto.

Aquí, señor, manifiesto

verdad que le ha referido,

de este caso el secreto

me encargó en este papel

el Duque.

Duque.

Bien sé, Roberto,

que tuvo el Duque, mi padre,

una hija, pero luego

tuve de su muerte aviso.

Roberto.

Señor, eso que os refiero

es la verdad.

Duque.

¿Quién lo duda?

Leonor.

¡Oh, mala ocasión de celos!

Lee el Duque el papel.

Duque.

Celia, hermana,

no envanece mi nobleza tanto,

si informaba de esta dicha

al alma.

Celia.

A tus pies me ofrezco

como esclava tuya.

Aparte.

Duque.

Alzad.

Todo me va sucediendo

mal en mi amor.

Roberto.

Esto importa.

Duque.

Haré que a Florencia luego

se lleve esta novedad,

y cesen sus desvelos,

y pues a Roberto solo

debo el agradecimiento,

pida la satisfacción.

Roberto.

Duque invicto, solo os ruego,

en pago de mis servicios

y de mi lealtad en premio,

que me escuse Vuestra Alteza

de la carga del govierno

a que me trae a su corte.

Pag. 18

Roberto.

porque estoy cansado y viejo,

no estribe en tan flaco atlante

la máquina de su reino.

Duque.

Como vos gustáis será.

Roberto.

Disculpe mi atrevimiento,

mi torpe edad.

Duque.

Ya que vos

mi premio destino, Carlos,

vos seréis desde hoy dueño

de mi privanza, regid

y gobernad

Duque.

mis estados.

Carlos.

Gran señor,

vuestros pies, que no merezco,

os besaré.

Duque.

Alzad.

Badulaque.

¡Cielos! ¿Qué es aquesto?

Carlos.

A tantas honras, señor,

solo responda el silencio.

Badulaque.

¿Carlos privado del Duque?

Salto y brinco de contento.

Carlos.

¡Ay, Leonor! ¡Qué temo perdiros!

Pues me llueven empeños

con vida de la lealtad,

y son del amor veneno.

Roberto.

Bien merece, gran señor,

las mercedes que le has hecho,

Carlos.

Carlos.

Dios, Roberto, os guarde.

Duque.

Aquesto a Carlos debo.

Leonor.

Presto Carlos ha subido,

quiera Dios no baje presto.

Enrico.

Él ignora que Leonor

ama Carlos, y por esto

al vuelo de su privanza

le sube, pero el incendio

de mi sentimiento noble,

pues vivo volcán del pecho,

le descubrirá el engaño.

Badulaque.

Desde hoy a privar empiezo,

si Elvira me quiere hablar

por memorial ha de hacerlo,

gracias al cielo que ahora

estará Carlos contento.

Enrico.

Si mi amor amando acierto,

temo con justos recelos,

viendo que del Duque hermana,

vencida en su respeto.

Celia.

Primo, desconfiaba

cuando al Duque amaba, viendo

que en mi estado, el imposible

pondría freno a los deseos.

Leonor.

La novedad me ha dejado

confusa.

Duque.

Vamos, Leonor , y os ruego yo,

quedad, Carlos, y cuidad

de mi vida, que el remedio

de ella, y solo en vos consiste.

Carlos.

Servirte en todo pretendo.

Vanse el Duque, Marqués, Celia.

Vanse, y quedan Carlos y Badulaque.

Badulaque.

Salud al señor Secretario,

mil parabienes te ofrezco,

aunque a mí me los doy, pues

siendo tan tuyo, intereso,

logro, alcanzo y participo

tanta parte en tus aumentos.

¡Dame albricias!

Carlos.

Calla, calla,

déjame, vete.

Pag. 19

Badulaque.

¿Qué es esto?

¿Has vuelto a perder el juicio,

cuando entendí...

Carlos.

Que estoy muerto.

Badulaque.

¿Que de alegre?

Carlos.

¡Ay, Leonor mía!

Badulaque.

Aquí a solas...

Carlos.

Calla, necio.

Badulaque.

¿Bailarás el zarambeque?

Sales ahora con eso;

dime, señor, ¿por qué causa

estás tan triste y suspenso?

Carlos.

Badulaque, calla o vete.

Sale Leonor.

Leonor.

Carlos, mi señor, mi dueño.

Carlos.

¿Oyes?

Badulaque.

Señor.

Carlos.

Ten cuidado

con la puerta.

Pónese al paño Badulaque.

Badulaque.

Ya obedezco.

Carlos.

Ya no es tiempo, Leonor bella,

de fingir; ya no es tiempo

de amantes locuras, pues

las esperanzas han muerto.

Ya llegó a su último trance

la vida de los deseos.

Ya al fin se acabó el amor;

dije que se acabó, miento,

porque es carácter del alma

y ha de estar en ella eterno;

mas aunque viva el amor,

la correspondencia es cierto

que ha de morir, pues el Duque,

que te adora tan resuelto,

que tan fino te pretende

y te trata tan tierno,

con las mercedes que has visto,

dorados grillos ha puesto

a mi lealtad, viva el Duque

y muera yo, que no merezco

sus favores; adiós, Leonor.

Leonor.

Detente, Carlos, advierte,

¿qué dices, dueño mío?

¿A mis prendas mil deseos

merecen, Carlos, por dicha

los favores que te ha hecho

el Duque, más que los míos?

¿Esto sentís, ingrato dueño?

¿Desamparada me dejas

a un poderoso respeto,

y amante expuesta? No, Carlos.

Aconséjate primero

con tu honor; tu esposa soy,

no me dejes.

Badulaque.

Presto, presto,

que viene.

Carlos.

¿Quién?

Badulaque.

Una pieza

de sarga y otra de lienzo

colgadas de la berlinga

de una dueña con severo...

pero hablad, que ya se vuelve.

Carlos.

Leonor, mi bien, yo estoy muerto,

mas que mi vida te estimo,

pero a nada me resuelvo.

Dime lo que debo hacer

en tal caso, suponiendo

que eres vida de mi alma

y eres alma de mi cuerpo.

Leonor.

No dejarme.

Carlos.

¿Y la lealtad?

Leonor.

Primero es amor.

Carlos.

Es yerro.

Leonor.

¿Me quieres bien?

Carlos.

Tú lo sabes.

Leonor.

¿Me estimas?

Carlos.

Más que a mí mismo.

Leonor.

Pues, ¿quién te lo estorba?

Carlos.

El Duque.

Pag. 20

Leonor.

Sin porfías, si le aborrezco.

Carlos.

¿Y fías de mí?

Leonor.

Engañarle.

Carlos.

Y es noble.

Leonor.

Amar en secreto.

Carlos.

No guarda secreto amor.

Leonor.

Pues morirse.

Carlos.

Y es remedio.

Yo lo procuro, mas es

tal mi desgracia, que pienso

que porque deseo, Leonor,

morirme, ha de ser eterno.

Leonor.

Yo lo remediaré, Carlos.

Carlos.

¿Cómo?

Leonor.

Irme a un convento.

Carlos.

¿Y el amor?

Leonor.

Y tu lealtad...

Carlos.

La fineza...

Leonor.

Y el respeto...

Carlos.

Y mi esperanza...

Leonor.

Aunque...

Carlos.

¿Vengarte quieres?

Leonor.

Sí quiero.

Aunque perdone el Duque, está Badulaque y quiere desde el paño disimular, mas sale a avisar a Carlos.

Badulaque.

Señor.

Duque.

Calla, con Leonor

Carlos estará haciendo

mis partes; no hables.

Carlos.

Al fin.

Leonor.

No tiene remedio.

Carlos.

Advierte.

Leonor.

No hay que advertir.

Carlos.

¿Tal rigor?

Leonor.

Justo es tenerle.

Duque.

Bien Carlos la persuade

en mi favor, es discreto.

Badulaque.

Cielos, mudo me hace el Duque;

que lo hagáis sordo os ruego.

Carlos.

¿No es sin causa ese desdén?

Leonor.

Desdenes y desprecios

he de ser ejemplo.

Carlos.

Así.

Leonor.

Di, ¿qué quieres?

Carlos.

Nada quiero.

Leonor.

Pues vete.

Carlos.

No quiero irme.

Leonor.

Escucha.

Duque.

Necio.

Badulaque.

Presto.

Sale.

Duque.

Acabo.

Carlos.

Señor.

Duque.

Ya a los dos debo,

y la ingratitud conozco

de Leonor.

Leonor.

Señor.

Duque.

No vengo

fortuna en serviros, Carlos,

y amor; a tantos aprietos

prevenidos...

Carlos.

Señor...

Sale terrible.

Duque.

Ya voy.

Y a más desdenes apelo,

enamoraos, pues yo, y en

paz vivid, que a engaños,

con dicha fue el imaginar

que será en mi favor el ruego.

Vanse los dos.

Badulaque.

Y a iros hace marica,

a mariscar, fiestero,

no os volviera a dar la vida.

Vase y Badulaque.

Sale Elvira.

Elvira.

Leonor.

Leonor.

Señora.

Elvira.

¿Qué haces a solas?

Leonor.

Muriendo.

Elvira.

¿Qué tienes?

Leonor.

Fuera imprudencia,

fuera loco atrevimiento,

a tu decoro...

Elvira.

Al tener

amor, aguarda, que quiero

de Roberto despedirme;

después sabré tus intentos,

y te aseguro, Leonor,

que he de ser tu asilo en ellos.

Leonor.

Pues yo me voy.

Elvira.

Ve, mi amiga.

Leonor.

Guarde el cielo, señora.

Elvira.

¿Y Roberto?

Roberto.

Vuestra Alteza

me dé sus manos.

Vase Leonor y sale Roberto.

Pag. 21

Celia.

¿De secreto?

¿Cómo, si de tantos años

callasteis mi nacimiento,

si lo tuviera yo sabido

poca confianza os debo?

Roberto.

Celia, Celia, mi hija sois,

no del Duque, que no quiero

que viváis en este engaño;

que vuestro padre es Roberto;

que verdad es, si lo ignoráis,

que con recato y secreto

crio una hija el Duque,

mas murió en sus años tiernos;

no os descubráis, Celia, a nadie,

mirad que importa el silencio.

Celia.

Padre, más estimo ser

hija vuestra, que los reinos

más poderosos. El alma

no me engañó en los afectos,

yo os doy palabra, señor,

de que vivirá el secreto

seguro en mí; pero padre,

que me declaréis os ruego

por qué hicisteis este engaño.

Roberto.

Esto importa al honor nuestro.

Aparte.

Celia.

Volved a vivir, amor,

volved a cobrar el dueño

que perdisteis. Mas ¿qué digo?

¡Ay de mí!, que espera un tormento

cruel, pues el de callar

así, y amar, no es consuelo,

en mis finezas advierto;

ni reparé, pues creyendo

que soy su hermana, ¡ay de mí!,

ni ha de amarme, ni yo puedo

declararle mi pasión.

Y será vivir muriendo.

Padre, ¿quién aqueste engaño

ha de declarar?

Roberto.

El tiempo.

Celia.

¿No lo sabré yo cuándo?

Roberto.

No.

Celia.

Es tiranía.

Roberto.

Es acierto.

Celia.

Es crueldad.

Vase.

Roberto.

Mas es valor.

Esto importa, no hay remedio.

Celia.

El amor yo no puedo,

dejadme, celos, no

quejarme, mas ¡ay

amor!, y es fuerza que,

aunque lo disimule, y

no hay amor donde no hay celos.

Jornada segunda

Pag. 22

Salen Celia y Leonor.

Celia.

No iguala el pesar, Leonor,

que sientes con tanto extremo,

al que yo, confusa, temo,

pues aunque está firme amor

con el pincel descortés,

Carlos, viéndose empeñado

del Duque, de quien privado

con tales ventajas es,

y por su lealtad profesa

lograr al fin el intento

de explicar su sentimiento

y manifestar su promesa,

pero yo, que amando, a cielos,

no me puedo declarar,

ni descubrir el pesar

del cuidado de mis celos,

debo sentir con mayor

causa, el mal que me atormenta:

tal vez la tierra revienta

incitada del ardor

de un volcán, y sin sosiego

los vientos ardiendo pasa,

y el incendio que la abrasa

llora en lágrimas de fuego;

y el que me acaba violento

no le puedo descubrir;

y al fin tengo de sentir

sin dar a entender que siento.

Leonor.

Sabe el cielo, Celia bella,

cuánto siento tu pesar,

no hay quien pueda contrastar

los decretos de mi estrella.

Pag. 23

Leonor.

Mas no podré saber yo

quién es el dichoso dueño

por quien en tan arduo empeño

vive Vuestra Alteza.

Celia.

No,

no es posible, Leonor mía.

Leonor.

Pues ¿qué remedio ha de haber?

Celia.

Morir solo, y padecer.

Leonor.

Mucho de su valor fía

quien se atreve a resistir

los sentimientos de amor.

Celia.

Cuando es forzoso el valor,

poco mérito es sufrir.

Aparte.

Leonor.

Si amara a Carlos la infanta,

y por no darme pesar

no se atreve a declarar.

Celia.

Mucho el olvido me espanta

de Carlos.

Leonor.

Es un aleve,

amante un falso, un traidor.

Celia.

No le trates con rigor,

él te adora y no se atreve

a hacerle al Duque agravio.

Aparte.

Leonor.

Así averiguar pretendo

la duda que estoy temiendo.

Celia.

Él cumple al fin como sabio

con la ley de noble y leal.

Leonor.

Es un villano mudable.

Celia.

Antes es cuerdo y afable,

entendido, liberal,

prudente, grave y fiel.

Leonor.

No fue vano mi recelo.

Celia.

Y es muy galán.

Leonor.

¡Vive el cielo!

Que está idolatrando en él.

Tanto le has encarecido

que me das a sospechar.

Celia.

Pues solo es celebrar

el buen gusto que ha tenido.

Salen el Duque y Enrico.

Duque.

Ya al fin Carlos me ha engañado.

Enrico.

Que fue primero su amor,

que se ofendiera su cuidado.

Duque.

Carlos me ha ofendido

en ocultar la verdad.

Ingrata a mi voluntad,

jamás ha correspondido.

Enrico.

Aquí está Celia.

Leonor.

Tu hermano

a verte, señora, viene.

Duque.

¿Cómo se halla Vuestra Alteza?

Celia.

Señor, gozosa y alegre

con tales honras.

Vase Enrico.

Duque.

Enrico,

llamadme a Carlos.

Celia.

¿Qué tiene

Vuestra Alteza que está triste?

Duque.

¿Qué siento, mal de mi suerte?

¡Qué dolor, pues mi cuidado

tan poco lugar merece

en la atención de Leonor!

Leonor.

Yo soy de Vuestra Alteza y siempre

leales os he de estimar.

Duque.

Como Carlos no estuviese

de por medio, yo lo creo.

Aparte.

Leonor.

¿Qué escucho? ¡Ay de mí!

Celia.

No tiene

Carlos culpa, a lo que entiendo,

de Leonor en los desdenes.

Duque.

Ya he sabido que es su amante.

Aparte.

Leonor.

Sin duda que Enrico aleve,

nuestro amor le ha dicho al Duque,

invidioso de su suerte.

Celia.

Yo, señor, la he persuadido,

a tu precepto obediente,

con ruegos y con promesas.

Duque.

Y al fin, ¿a qué se resuelve?

Pag. 24

Celia.

No el amor sin esperanza

el tiempo todo lo vence;

Duque.

Celia, advirtiendo que a Carlos,

de quien fié neciamente

mi cuidado, no ha querido

persuadirlos, que admitiese

mis ruegos, forzoso era

si él en mi ofensa la quiere,

te ruegue, que con tu ingenio

templarás el accidente

en mí, y en ella el rigor;

perdona que me atreviese

a profanar tu respeto.

Celia.

Antes debo agradecerte

la confianza, y si midiera

las penas que padeces,

no las recataras de mí

porque te adoro de suerte,

que disfrazo en mí, te estimo

tanto, que solo pretende

mi cuidado darte gusto;

vive, señor, alegre

al engaño que me cuentas.

Aparte.

Duque.

Mi silencio solo puede

darte el agradecimiento

que en él cabe solamente.

Quiero averiguar si a Carlos

ama Leonor, manifieste

en el semblante la duda,

que bien pudo ser que fuese

pasión olvidada de Enrico

darme celos de esta suerte.

Leonor, siendo de mi amor

Carlos el inconveniente,

que da arbitrios al alma,

pues con darle a Carlos muerte

mi pretensión aseguro.

Aparte.

Leonor.

Disimular me conviene

para no perder a Carlos.

Si Carlos, señor, te ofende,

quítale luego la vida;

mas porque engaño advierte

si piensas, que ruego yo

deservirte por quererle.

Aparte.

Celia.

Bien disimula Leonor

el sentirlo, y prudente

quiero rogar por la vida

de su amante, pues no puede

hermano; y ¿por qué

quieres dar a Carlos muerte?

Duque.

Esto ha de ser,

Celia, más piadoso

lo juzgarás, mira, atiende

a que es Carlos el vasallo

más ilustre, y más valiente

de cuantos de Florencia

te sirven y reconocen.

Aparte.

Leonor.

No son vanas mis sospechas

que pues tan piadosa vuelve

Celia por Carlos, sin duda

que ella le adora y le quiere.

Sale Carlos y Enrico, y dos dando memoriales.

1.

Y yo, señor, ha cuatro años

que os sirvo a vuestras fees.

Carlos.

Al favor que debo,

2.

Señor,

Carlos.

ya sé que pretendes,

no me olvidaré.

Enrico.

Ya Carlos

como me mandaste viene.

De rodillas.

Carlos.

A tus pies tienes tu hechura,

cielos, como de otra suerte

mereciere verte, ahora

para hablarte, señor, vine,

mandó de tu parte Enrico.

Duque.

Dalde a Enrico los papeles.

Pag. 25

Celia.

Lástima tengo de verle.

Vase el Duque, Celia y Leonor.

Leonor.

Muerta voy.

Enrico.

A la fortuna

son usados accidentes

Carlos, aquestas mudanzas

que nunca firmeza tiene.

Levántase Carlos.

Dale los papeles.

Carlos.

Enrico, esta novedad

con su rigor me ha dejado

ofendido, no turbado,

por ser contra mi lealtad;

pues aunque mi voluntad

no ofendió al Duque (testigo

es el cielo) el vulgo enemigo

ha de culpar mi obediencia

puesta oculta la inocencia

y manifiesto el castigo.

Fuese el Duque y me dejó

formando en mi pecho guerra,

derribado por la tierra,

dos veces me derribó;

pero así me aseguro

pues del cuidado he salido

del caer, y aunque temido

vivir sin temer procuro,

pues no vive seguro

de caer, el que ha caído.

No vio la envidia manchada

mi mano del interés;

no se movieron mis pies

por ver la pasión vengada,

no le mintieron por nada,

fui en el premiar cuidadoso,

en castigar perezoso,

y en el discurso que sigo

ni perseguí al enemigo

ni avasallé al poderoso,

a ninguno cerré, donde

abrí puertas ni oídos,

que ambos se ven ofendidos,

el que a todos se esconde.

Tomad, y mirad adonde

habéis ganado tal lealtad;

juzgad en ejemplar

que si un tanto desdén

acaba el que priva bien,

¿qué será el que priva mal?

Enrico.

Agradezco vuestro aviso,

pero con vuestra licencia

me voy, que el Duque me aguarda.

Vase.

Carlos.

Ciego Enrico, que descienda

a felicidad humana,

flor de almendro, aurora bella

del verano, que nacida

de una aurora vive apenas.

Sale Badulaque lleno de memoriales y Elvira.

Badulaque.

Ya he dicho que no me canse.

Elvira.

¿De esa suerte me desprecias?

Badulaque.

Si hablarme quiere, acérquese

por memorial.

Elvira.

¡Linda flema!

Badulaque.

Aprovechemos el tiempo

para privar, sin que lo entiendan,

que es no estimar la fortuna.

Elvira.

¿Esas eran las finezas?

Badulaque.

Elvira, eres poca cosa

para mí; Duquesas busqué,

que yo no como mondongas.

Elvira.

Pues, villano, para esto

que me he de vengar de él.

Badulaque.

¿Qué se hace? ¿En qué se piensa?

Carlos.

Ya se acabó mi privanza.

Badulaque.

¿Pues cómo? ¿De qué manera?

Carlos.

Pregúntalo a la fortuna.

Badulaque.

¡Ay de mí! Paciencia.

Pag. 26

Carlos.

¿Qué rompes?

Badulaque.

Los memoriales,

pues ya de nada aprovechan;

mira, cuando cae un privado,

caen con él tres potencias:

su entendimiento, porque

queda loco sin las altezas;

su gozo, la voluntad,

pues no hay quien no le aborrezca,

y la memoria de todos,

pues ninguno de él se acuerda;

y pues los memoriales

son de la memoria prendas,

no haya memoriales donde

memoria de nada queda.

Elvira.

Pues, señor, ¿qué ha sucedido?

Carlos.

El Duque, Elvira, dio vuelta

a la rueda de fortuna;

por subir al Conde en ella,

privome de su privanza.

Ved, Duque, si es como suena

el privar carecer; ¿quién

hay que carecer pretenda

de quietud?, ¿quién este engaño

idolatrará, quien no piensa

que es siempre el privar privarse

de aquello que se desea?

Badulaque.

Señora Elvira...

Elvira.

¿Qué quieres?

Badulaque.

Ya me arrepiento.

Elvira.

No hay cuenta.

Badulaque.

Vuelvo a esos ojos.

Elvira.

No quiero.

Badulaque.

No eres noble, pues te vengas.

Vase.

Elvira.

Si a hablarme quiere, ha de ser

por memorial, o no venga.

Carlos.

¿Qué haremos, amigo?,

¿dónde iremos?

Badulaque.

A una tienda.

Carlos.

¿A qué?

Badulaque.

Yo lo diré.

Carlos.

No es

ocasión de burlas esta.

Badulaque.

Son los privados, señor,

que caen de esta manera

a nosotros, como bulas

que todos las reverencian

y las traen en procesión

con veneración y fiesta,

y en acabándose el año,

y que vienen otras nuevas,

las echan por ahí, y solo

sirven de vender especias;

y por esta causa digo

que nos vamos a una tienda.

Carlos.

Calla, loco, ¡ah, si tú

lo que yo siento sintieras!

Badulaque.

Más tengo yo que sentir

en esta presente pena

que tú.

Carlos.

Di más necedades.

Badulaque.

Veraslo con evidencia:

¿no has visto hacer una torre

de cestos, en una aldea,

encajando unos en otros,

y que todos de la tierra

se levantan sobre uno

que es quien todos los sustenta,

y en quitando este de abajo

caen todos con diferencia?

Pues aún él no se lastima

tanto como ellos, que es fuerza

que por estar más subidos

mayor la caída sea;

pues uno de estos es

la privanza; tú caes de ella

cerca del Duque, yo lejos;

mira, pues, tú te lastimas

al despeñar de tu cerro,

mas peligra mi cabeza.

Pag. 27

Carlos.

Por ser leal a un Duque,

fui ingrato con Leonor bella,

vengado se de mí ahora.

Badulaque.

Pues conmigo hace un pelo

lo mismo ha hecho Elvira.

Carlos.

Sin Duque y sin Leonor queda

mi esperanza.

Badulaque.

Escarmentad

en la fabulilla vieja

del perro que con la carne

llegó al río, y viendo que era

mayor la sombra, soltó

la que llevaba, y con pena

se quedó sin una y otra.

Carlos.

¡Ay, Leonor, cuánto me querías!

Ingrato he sido contigo;

justo será que te pierda.

Badulaque.

No soltarás tú la carne.

Sale Celia, y vase Badulaque.

Celia.

Carlos.

Carlos.

Señora.

Celia.

Viéndose encender el amor

fuego, pues jamás sosiega,

quiero animarle porque

halle en Leonor resistencia

el Duque, ame a Leonor Carlos,

y el ciego ardor que en mí reina

en la esperanza se cobre

aunque en los celos le pierda;

sabe el cielo que he sentido

tu mudanza, y porque adviertas,

si la ignoras, la ocasión:

alguna voz lisonjera

dijo al Duque que a Leonor

amabas, y la sospecha

castigó en ti, no la culpa;

pues desde la vez primera

que el Duque tu amor le dijo

tan ingrato a sus finezas

que se sabe, que ofendida

Leonor formó justas quejas;

pero yo por ser tu amiga

y porque aquella fineza

merezcáis los dos, pretendo

ser de vuestro amor defensa.

Sale Leonor y quédase al paño.

Leonor.

¿Celia con Carlos a solas?

Famosa ocasión es esta

para averiguar el alma

los celos que la atormentan.

Carlos.

Vendido a tus pies, señora,

y obligado a tu fineza,

seré tu esclavo.

Celia.

Alza, Carlos.

Carlos.

Pero temo...

Celia.

Nada temas.

Carlos.

Que Leonor...

Aparte.

Leonor.

Mis celos teme,

Carlos, y Celia le ruega.

¿Qué aguardo? ¿cómo resisto

a tan mortales ofensas?

Celia.

Cuando yo te favorezco,

¿dudas?

Carlos.

Señora, es mi estrella

tan infeliz, que aun no creo

el favor con que me alientas.

Volved a vivir, amor,

cobraos esperanza muerta.

Leonor.

¿Esto escucho?

Carlos.

El rigor temo

tan fiero del Duque.

Celia.

No temas.

Carlos.

Pues, ¿qué dirá?

Celia.

Volverá

a levantarte a su esfera

de su privanza.

Carlos.

¿Por qué?

Celia.

Porque en tus intentos yerra.

Pag. 28

Celia.

y así premiar el agravio,

quien castiga, vano piensa.

Carlos.

Aliéntanme tus favores.

Vase.

Celia.

Ánimo, Carlos, no temas.

Carlos.

Tus voces me dan la vida.

Leonor.

Presto mis celos consientan.

Carlos.

Pero aquí viene Leonor,

¡a buen tiempo que llega!

Dueño mío...

Leonor.

Falso amante,

cocodrilo, que en las selvas,

da muerte con las caricias

y halagas con las ofensas.

Aparte.

Carlos.

Este enojo que finjo es trato,

falto a la correspondencia,

por temor del Duque; oye,

suspende, Leonor, las quejas,

bien conozco que son justas.

Leonor.

¡Vive el cielo, que confiesa

su nuevo amor en mi agravio!

¿A leones, traidor, pudieras

negar la presente injuria?

Carlos.

¿Cómo puedo, Leonor bella,

negarte lo que tú sabes

y has visto con la experiencia?

Leonor.

¿Que no te corres de ser

mudable? ¿Que no te afrentas

de que una mujer, a quien

quisiste con tantas veras,

sea de tu culpa testigo?

Carlos.

Ya te vengo a pedir de ella

perdón, rendido a tus plantas.

Leonor.

Vete, que estoy de manera

que no sé cómo en mis celos

se reporta mi prudencia.

Carlos.

¿Celos de quién? Una cosa

son celos y otra son quejas,

celos de mí, Leonor mía.

Leonor.

¡Traidor! Pretendes que pierda

el juicio.

Carlos.

Antes sospecho

que el efeto lograr intentas.

Leonor.

¡Estoy viva, cielos, cielos!,

porque en tales agravios

los que callan los labios

manifiesten los celos

con ardientes enojos,

despidiendo volcanes por los ojos.

Villano, amante, aleve,

si la belleza adoras

de Celia que enamoras,

¿qué pretensión te mueve

a querer, atrevido,

tener mi amor dos veces ofendido?

Juzgaba yo, dudosa,

en la tristeza mía

que tu olvido sería

por tu lealtad honrosa,

y el ver me desengaña

que fue desprecio por amar la infanta,

y tu amor me engaña.

¿Así le das la muerte

a quien ha despreciado

un duque enamorado,

por ser firme en quererte?

¡Cuando falto enemigo,

se merece mi amor este castigo!

Pues, ingrato, me dejas,

poblaré en mis retiros

el viento de suspiros

y los montes de quejas,

aumentando las fuentes

de mis ojos las líquidas corrientes.

Carlos.

Detente, Leonor mía,

más bella y más hermosa

que en campaña de rosa,

el sol, autor del día.

Pag. 29

Carlos.

Y las fragantes flores,

a quien la noche usurpa los colores

de la prenda divina.

Leonor.

Cierra los torpes labios,

que lisonjas de agravios

no han de ser medicina.

Carlos.

Es injusta riqueza.

Leonor.

Para lisonjear, los requiebros deja.

Carlos.

Advierte que es engaño.

Leonor.

Ya el mío es conocido,

déjame.

Carlos.

Estoy corrido

del rigor más extraño.

Sale Celia.

Leonor.

No he de creerte.

Celia.

Carlos, Leonor, pues, ¿cómo a esta suerte,

por qué reñís?

Carlos.

Señora...

Celia.

Salid, Carlos, afuera.

Leonor.

Ya le castiga fiera,

verle conmigo ahora.

Carlos.

En nada acierto a diestra

el que nació infelice.

Vase.

Leonor.

Yo estoy muerta.

Celia.

Saber, Leonor, no intento

este enojo que miro,

pues será del retiro

de Carlos sentimiento;

solo vengo a advertirte

que importa de un engaño prevenirte:

tu pena y tu cuidado

en mí tanto han podido,

que al Duque he persuadido

que Carlos no es culpado.

Háblale ya advertida

en qué consiste en tu desdén su vida.

Llamar el Duque intenta

a Carlos, que le ofende,

y averiguar pretende

el mal que le atormenta;

finge que amas ahora

a Enrico, y que él recibe y enamora;

con esto se extingue

de Carlos la esperanza,

de Enrico la mudanza

que siempre le persigue,

y darásle de esta suerte

la vida a Carlos, cuando a Enrico muerte.

Leonor.

Con esto le asegura.

Celia, ¡ay fiera homicida!

por tener de su vida

la de Carlos procura,

y quiere en sus desvelos

que amándola se vengue de mis celos.

Y aunque sé que aqueste efeto

que a mí el alma estremece,

no se atreve mi queja

a perderle el respeto.

Al fin es importante,

si falsa amiga y tirano amante.

Celia.

Vamos, que el Duque espera.

Leonor.

¡Quién, cielos, de esta suerte

desviar de mi muerte

los rigores pudiera!

Celia.

En mi industria confío,

no sea Leonor del Duque, pues no es mío.

Leonor.

El engaño me ofende,

la deslealtad no ignoro,

la injuria triste lloro,

y la rabia me enciende,

todo mi amor agravia:

engaño, deslealtad, injuria y rabia.

Vanse, y sale el Duque.

Duque.

El cielo que resplandece

con el rosicler del sol,

cuyo purpúreo arrebol

lo hermosea y enriquece...

Pag. 30

Duque.

Tal vez si una nube crece

sepulta su resplandor

y entre el obscuro vapor

se muda la luz que afianza,

solo no tiene mudanza

la ingratitud de Leonor.

El mar del viento imitado

por montes de espuma sube,

y a ser en las regiones nube

se abaja precipitado,

y a tranquilo y sosegado

aplaca el sordo rumor,

asegurando el temor,

y enterneció la esperanza,

solo no tiene mudanza

la ingratitud de Leonor.

La tierra el tiempo la muda,

bordado de flores mil

la viste el lozano abril,

y el agosto la desnuda;

su mudanza no se duda,

pues pasa el sol con rigor

a cuchillo cuanta flor

ve su enojo ardiente alcanza;

solo no tiene mudanza

la ingratitud de Leonor.

Así el cielo, o ya luce

o se encapota de horrores,

el mar o amaga rigores

o a su quietud se reduce,

la tierra o flores produce

o del ornato se destierra;

y por darle al alma guerra

nunca se muda Leonor,

y es más firme en su rigor

que el cielo, el mar, ni la tierra.

Sale Badulaque.

Badulaque.

A Carlos busco, mas pues

estoy con el Duque dado,

si puedo, huiré.

Duque.

Quién ha entrado?

Badulaque.

Quien no acierta a salir.

Duque.

Pues

qué tienes?

Badulaque.

Espantado.

Duque.

No eres (si mal no advierto)

Badulaque?

Badulaque.

Nunca he sido

más Badulaque que ahora.

Duque.

A los lacayos...

Badulaque.

Quisiera,

mas no acierto a escusarme,

que temo que mandes darme

otra capa de madera.

Duque.

De esto sabes. Si Leonor

quiere a Carlos, vuelve en sí.

Badulaque.

Yo no puedo más conmigo,

cuando tengo temor.

Duque.

Tanto me has temido?

Badulaque.

Espanto

me has causado.

Duque.

Y por qué, doctor?

Badulaque.

Porque aquí me has parecido

médico, y le temí tanto.

Duque.

Yo médico? en qué?

Badulaque.

En mandar

purgar, y más si el doctor

hace lo que uno en Sevilla,

yendo un día a visitar.

Duque.

Qué hizo?

Badulaque.

Ese tal tenía

una obra en que ocupado

estaba, y todo el cuidado

y solicitud ponía

entre unos materiales.

Visitó a un doliente,

y afligido y diligente

remedios medicinales

recetó; y al escribillos,

de la obra se acordó,

y en la receta escribió:

Recipe dos mil ladrillos.

Pag. 31

Duque.

¿Sirve a Carlos?

Badulaque.

Él es asno, aunque peor

cara.

Duque.

En confuso error

has de aclararme.

Badulaque.

¿Cuáles?

Duque.

He sabido que pretende

firme mi dueño a Leonor,

y que con secreto amor

mi amante designio ofende;

confieso con evidencia

la verdad.

Badulaque.

Esto ignora él,

yo confesaré, con tal

que no me des penitencia.

Oye, pues: Carlos es frío

de complexión; si una dama

pretende, al uso la ama,

sin rendirle el albedrío.

Duque.

Saber estoy deseando

cuál es el osado amor.

Badulaque.

Digo, padre mío, con seso:

úsase hoy amar no amando,

y amor es mercadería,

porque trato, adagio es llano:

fulana trata a fulano,

y el tratar es gran feria;

siendo, pues, el amor trato,

y habiendo poco dinero,

solo es amor verdadero

el que cuesta más barato;

y aun no lo es, que han valido

caras siempre las hermosas,

y el baratillo, el de otras

dando el mundo han servido.

Duque.

¿Que al fin ama Carlos?

Badulaque.

Llama,

mas no a la dama que dices;

temo que este caso así es.

Duque.

Pues dime, al fin, ¿a qué dama

fue de amar Carlos aquí?

Badulaque.

A una persona, señor.

Duque.

Si no es a Leonor,

¿a quién puede amar?

Badulaque.

A mí.

Así amar es querer bien,

yo, que no me quiero mal,

porque le sirvo leal

en todo manjar y beber.

Duque.

Llámame a Carlos y a Enrico.

Vase Badulaque y salen Leonor, Elvira y Celia.

Celia.

Con ese papel, Leonor,

has acreditado el engaño.

Aparte.

Leonor.

A todo obediente estoy.

¡Cielos! Si nuevo martirio

de celos es de mi amor

fiero homicida, que Celia

ame a Carlos y que yo

sea instrumento de mi agravio,

y si a su pasión

tan ciega, que no presuma

que es conocido su amor.

Celia.

¿Qué hace Vuestra Alteza?

Duque.

Aquí

aguardando a Celia estoy,

a Carlos y a Enrico.

Aparte.

Celia.

Al fin

tienes determinación

de averiguar la sospecha.

Duque.

Sí, hermana.

Elvira.

Aquí está Leonor.

Duque.

Disimula su medio nombre,

pues es en crueldad león.

Leonor.

El otro medio disculpa

la crueldad.

Duque.

¿Cuál es?

Leonor.

Honor.

Duque.

No sé yo si en él, con amar,

si el deseo no excedió

los límites del decoro,

los fueros de la razón,

león, si no se ofende, peligra.

Pag. 32

Aparte.

Elvira.

Celos, templad el rigor,

al fingido hermano cuando

podré decir que no soy

tu hermana, y soy tu amante,

mal haya tal confusión.

Salen Badulaque, Carlos y Enrico.

Badulaque.

Ya vienen Carlos y Enrico.

Carlos.

A tus pies vienen, señor,

el peso de la fortuna;

de cuantas balanzas, dos

somos los dos, yo bajé

con el peso de un rigor,

para que subiese Enrico

con el aire de una voz.

Duque.

Alzad, pues es en palacio

público a todos mi amor,

la resistencia noble

del objeto que adoro;

y ya que en Leonor no ha tenido

premio, quiero que Leonor

tenga dueño, porque así

sea público mi valor;

pues es vencerse a sí mismo

la más victoriosa acción.

Leonor, que os caséis pretendo,

yo sé que os sirven los dos

que están presentes, ahora

habéis de hacer elección,

ved cuál queréis por esposo,

porque he de casaros hoy.

Leonor.

Señor...

Duque.

¿Qué decís?

Leonor.

Más tiempo

pide esta resolución.

Duque.

Esto ha de ser luego.

Carlos.

¡Albricias,

esperanza, ya llegó

a lograrse mi deseo!

Aparte.

Enrico.

¿Quién habrá dicho que yo

amo a Leonor, cuando a Celia

adoro, aunque mi temor

y su grandeza al aliento

enmudecen un favor?

Aparte las dos.

Elvira.

Haz lo que he dicho, que importa.

Leonor.

¿Qué?

Elvira.

La vida de los dos.

Leonor.

A tu amo he de elegir.

Badulaque.

Con ninguno pienso yo

que se ha de casar ahora,

Elvira.

Elvira.

Pues, ¿por qué no?

Badulaque.

Porque es segunda jornada.

Duque.

¿Qué aguardáis?

Leonor.

Digo, señor,

pues es fuerza obedecer,

que elijo a Enrico, que amo

con mil finezas constantes,

y es justo premiar su amor.

Enrico.

¿Qué es esto que escucho, cielos?

Pues ¿cuándo os he amado yo,

ni os he hablado, ni os he escrito?

Celia.

No disimuléis, que soy

de vuestra afición testigo,

y he sabido de Leonor

que os debe muchas finezas.

Carlos.

Esto escucho, muerto soy.

Enrico.

¿Habráse Leonor engañado?,

que aunque mis méritos son

tan cortos que no merecen

su favor, ni estimación,

nunca tuve pensamiento

de amarla.

Duque.

¿Pues negáis vos

lo que mi hermana acredita?

Celia.

Y yo sé que es verdad.

Aparte.

Enrico.

¡Rigor

notable! Verdad será,

pues su Alteza lo afirma.

¿Qué he de hacer? Casarme quiero.

Pag. 33

Enrico.

que en merecer a Leonor

soy dichoso; esta es mi mano,

pues vuestra Alteza gusta

de casarme, yo obedezco,

digo que esposo soy.

Duque.

A Leonor dadle la mano,

a Enrico.

Leonor.

¡A tal confusión!

¿Yo casarme con Enrico?

Primero un rayo veloz

incendios forme en mi pecho.

Celia.

Dale la mano, que yo

se lo estorbaré al Duque.

Leonor.

Si no lo estorba él, mejor

medio es declarar mi engaño.

Ya a Enrico la mano doy.

Vanse a dar las manos, y detiénelos el Duque.

Duque.

Aguardad.

Carlos.

Cielos, soy Carlos,

soy quien adora a Leonor,

¿cómo disimulo y callo?

Mas, sin duda, que medio

muerto los estoy mirando,

y como sin vida estoy

no siento.

Badulaque.

Es una ruin

mujercilla, vive Dios.

Duque.

No trató verdad Enrico,

él pretendía a Leonor,

y me informó falsamente

de Carlos.

Celia.

¿Cómo estorbó

vuestra Alteza el casamiento?

Duque.

Porque para otra ocasión

lo dejo.

Celia.

Mira si es cierto

que a Carlos no tiene amor.

Duque.

Del todo quedo advertido.

Celia.

Con mi licencia me voy.

Duque.

Enrico, Carlos, a Celia

acompañad.

Yéndose.

Leonor.

Está Carlos, ¡ay ingrato

dueño!, y ¡en qué obligación

estoy al alma, pues cuanto

más la ofendes, más te amo!

Celia.

Deja caer el papel

con disimulo, Leonor.

Acompáñanlas los dos hasta la puerta, y al entrarse deja caer Leonor un papel, y los dos le alzan.

Carlos.

Soltad, Enrico.

Enrico.

Soltad.

Carlos.

Yo he de llevarle.

Enrico.

Eso no.

Carlos.

Este acero...

Duque.

¿Qué es aquesto?

Carlos.

Este papel se le cayó

a Leonor, y a un mismo tiempo

fuimos a alzarle los dos.

Enrico.

Léale vuestra Alteza.

Carlos.

Ciego

de enojos, ciego estoy.

Lee.

Duque.

Enrico, dueño y esposo,

pedidle al Duque, que sois

su privado, que permita

lograr nuestra pretensión;

que con Celia, aquella misma

diligencia haré yo.

Un papel recibí,

estimo mucho el favor,

que en él me hacéis; no ignoráis

que en mí no hay vida, sin vos.

Y así, no dilatéis más,

nuestra esperanza. Leonor.

Enrico.

Aquesta mujer pretende

que pierda el juicio, Señor;

mire vuestra Alteza...

Duque.

Enrico,

bien está; ¡a tal confusión!

Al que juzgué más leal

he hallado más traidor.

Pag. 34

Duque.

Guardad, Enrico, el papel,

que agradecer es razón

los favores de su dueño.

Enrico.

Confuso y turbado estoy.

Vase.

Duque.

Buen gusto tenéis, Enrico,

en pretender a Leonor.

Vase y caésele el papel.

Enrico.

Señor, que es engaño, advierte;

no sé aqueste intento,

tal cautela esta mujer...

sin alma y sin vida voy.

Dale el papel Badulaque y tómale Carlos.

Badulaque.

Este es el papel, a Enrico

turbado se le cayó.

Rómpele con los dientes.

Carlos.

¡Oh testigo de mi afrenta!

¡Causa de mi perdición!

¡Instrumento de mi agravio!

¡Sentencia de mi dolor!

¡Escritura que en mi ofensa

haces nueva obligación!

¡Información donde el tiempo

injusta furia averiguó!

¡Letras donde están librados

mi desprecio y mi pasión!

¡Mandamiento que a mi vida

los sentidos embargó!

¡Testamento de mi muerte,

otorgado por Leonor!

¡Auto que en sola una vista

mil revistas revocó!

¡Civil pleito y criminal:

civil por quien lo escribió,

criminal por el delito

de las mudanzas de amor!

Y al fin, sentencia, escritura,

mandamiento, información,

auto, causa, letras, pleito,

¿a qué aguardo? ¿cómo no

os formo menudas piezas

a bocados, mi rigor?

Badulaque.

Sosiégate, tente, aguarda,

dime, por amor de Dios,

¿de qué escribano aprendiste

a tener celos, señor?

¿Qué procurador se te ha

revestido, o qué ratón

te enseñó a morder papeles?

Carlos.

Calla.

Badulaque.

Ya callo.

Carlos.

Loco estoy,

¿cómo no altero el palacio

con la queja y la razón?

¿cómo no inquieto los vientos

con el suspiro y la voz?

¿cómo no aumento las aguas

con el llanto y la pasión?

¿cómo no muevo los montes

con el ansia y el dolor?

¿cómo no formo volcanes

con el fuego y el ardor?

Y al fin, ¿cómo vivo cuando

oyendo y mirando estoy

que Leonor mudable, ingrata,

mis finezas olvidó?

Cielos, que de mi mal testigos sois,

o quitadme la vida o el amor.

Badulaque.

Ay, que va perdiendo el juicio.

Sale Leonor.

Leonor.

A Carlos el alma oyó,

y aunque me injurian sus celos,

está constante mi amor;

que a sus voces sigue el alma,

más firme que Clitie al sol.

Carlos.

¡Mudable mujer!

Leonor.

¡Falso hombre!

Carlos.

¡Villana!

Leonor.

¡Amante traidor!

Carlos.

¿Por qué me has muerto?

Pag. 35

Leonor.

¿Por qué

despreciaste mi afición?

Carlos.

Siempre firme te he adorado.

Leonor.

Más firme te he amado yo.

Carlos.

¿Cómo, si a celos me acabas?

Leonor.

Los mismos sintiendo estoy.

Carlos.

Tú con extremo me ofendes.

Leonor.

Y tú con

Carlos.

Eso no.

Leonor.

No busques falsas disculpas.

Carlos.

Más falsas las tuyas son.

Leonor.

Tú amas a Celia.

Carlos.

¡Y aleve!

Leonor.

¿Quién lo ha dicho?

Leonor.

Lo sé yo.

Carlos.

Dime de quién.

Leonor.

De mis ojos.

Carlos.

Te han engañado.

Leonor.

¡Ah, traidor!

Carlos.

Es engaño.

Leonor.

Es evidencia.

Carlos.

Es mentira, ¡vive Dios!

Badulaque.

Si no se dan de moquetes,

no cumplen su obligación.

Carlos.

Tú sola, ingrata y mudable,

has faltado a la atención

de tu nobleza, pues quieres

a Enrico.

Leonor.

Es fingido amor,

no quiero a Enrico.

Carlos.

Pues, ¿cómo

te casabas con él hoy?

Leonor.

Porque me obligaba Celia.

Carlos.

Yo fui testigo a la acción.

Leonor.

Qué importa, si la fingí.

Carlos.

¿Que no amas al Conde?

Leonor.

No.

Carlos.

¿Y este papel?

Leonor.

Es el de hoy,

forzada.

Badulaque.

A que no es peor;

si dice que estaba forzada,

¿sobre qué es la pretensión?

Llora.

Leonor.

Vete, Carlos, no me creas,

y en prueba de mi dolor

estas lágrimas que exhalo

serán sepulcro y prisión

de mi vida.

Carlos.

Vive el cielo,

que llora.

Badulaque.

Llegó y cenó;

lástima te ha de costar,

ablándese aquella voz.

Leonor.

¿No te vas?

Carlos.

Sí, pues lloras,

debes de tener razón,

claro está, mas dice el celo

que la tengo yo mayor.

Leonor.

No te niego el fundamento

de tu queja, pero ¡ay Dios!

Celia, que firme te adora

(y a fingir me obligó

que amaba a Enrico, porque

si confesaba mi amor

en el enojo del Duque

peligrábamos los dos).

Carlos.

¿Luego tú no te casabas?

Leonor.

No, mi bien; que aquella acción

fue fingida, y no dejó

ejecutarla mi amor.

Carlos.

¿Cómo?

Leonor.

Porque

y ella en enigmas lo ha dicho.

Carlos.

Pues, ¿cómo me prometió,

cuando caí de la privanza,

favorecer nuestro amor?

Leonor.

Por disimular el suyo.

Mas di, ¿con qué te obligó

cuando tan agradecido

estimabas su favor?

Carlos.

Con promesas de ampararme

a pesar del Duque.

Leonor.

No,

no, Carlos, que ella te adora.

Carlos.

Pues una cosa es favor,

que Celia me quiera bien,

y otra que me ame, y yo...

Leonor.

Luego, mi Carlos, ¿no la amas?

Carlos.

No, mi bien.

Leonor.

Ánimo, amor.

Carlos.

Cobrad aliento, esperanza.

Badulaque.

Ya el ceño se acabó.

Pag. 36

Carlos.

Pues remedio buscaremos

en tal caso.

Leonor.

Que los dos

Carlos hemos de fingir,

tú que amas a Celia, y yo

que adoro a Enrico, y así

tendrá nuestra pretensión

feliz suceso, que aunque

agrado te dé Enrico

de su privanza, sabiendo

que eras dueño de mi amor,

y viendo con la experiencia

lo contrario, tendrás que

esfuerzo de que caiga

hasta que el tiempo mejor

diga lo que hemos de hacer;

y por la misma ocasión

tienes de fingirle a Celia

amor, aunque muera yo

de envidia, o de obligarme

a casar.

Carlos.

A tal rigor

yo daré fin, aunque finjas

que quieres a Enrico.

Leonor.

Yo

tengo de sentir que a Celia

finjas.

Badulaque.

Sí, importa a los dos,

y aun a los tres y a los cuatro.

Carlos.

Digo que obediente estoy.

Leonor.

Pues Carlos, disimular

y amar.

Carlos.

Pues tú, mi Leonor,

querer, temo los celos.

Leonor.

Bien sabes que no hay amor

sin celos.

Carlos.

Adiós, mi dueño.

Leonor.

Adiós, mi Carlos.

Carlos.

Adiós.

Badulaque.

No fue poco, que por Cristo

llegara sin un jirón

de tanta pendencia de celos,

pero espera, que amo.

Jornada tercera

Pag. 37

De No hay amor donde no hay celos.

Sale Elvira con un papel, Carlos y Badulaque.

Elvira.

Diome este papel, señor,

Leonor para que le diese

Enrico, y que le leyese

quiso primero, que amor,

que en equívoca atención

disimula su pasión

y disfraza su cuidado,

porque adviertan sus desvelos

que empeñada en tus favores

te mueve con los rigores

y te obliga con los celos.

Carlos.

Aliviado, agradecido

estoy; toma esta cadena.

Badulaque.

Cierto que me ha dado pena

el verte tan divertido.

Carlos.

¿Cómo?

Badulaque.

Como sin fianza

das el oro; advierte y mira

que lo que te ha dado Elvira

es billete y no libranza.

Lee Carlos el papel.

Elvira.

Oye, el amigo, poco a poco,

que a mis aumentos le pesa.

Badulaque.

Tocábame a mí esa pieza,

Elvira.

Elvira.

¿Por qué, por loco?

Badulaque.

Partámosla, por tu vida.

Vase.

Elvira.

Voy de partida.

Badulaque.

No ignoro

que antes del partir el oro

quieres verte a ti partida.

Carlos.

¡Qué ingenio tan peregrino!

Sale el Duque.

Duque.

Carlos, leyendo un papel,

absorto y suspenso en él.

Pag. 38

Carlos.

Esta aquí, ver el término,

si mi sospecha es incierta,

porque no me he persuadido

a que es Enrico querido

de Leonor.

Sale Enrico por otra puerta, sin que se vean los unos a los otros.

Enrico.

Torpe no acierta

mi discurso a discernir

con qué motivo Leonor

los engaños de su amor

se determina a fingir.

Llega el Duque y quita el papel a Carlos y [se turba].

Enrico.

El Duque severo

quitó a Carlos el papel.

Carlos.

¡Ay, fortuna más cruel!

Badulaque.

¿Qué es esto?

Carlos.

Desdicha espero.

Badulaque.

Él se turba, aquí fue Troya.

Enrico.

Notable ocasión se ofrece.

Badulaque.

Por Dios, que el Duque parece

que ha venido por tramoya.

Carlos.

Señor, nadie se ha traído,

porque se halle a mis pies.

Lee.

Duque.

Será muy discreto, pues

anda desfavorecido.

Enrico...

Enrico.

Señor.

Duque.

Pues, ¿quién

os llama?

Enrico.

Mi nombre oí

en tu boca, y presumí

me llamabas.

Duque.

Está bien.

Está leyendo el Duque.

Carlos.

Aunque quieras hacer examen

de todo, averiguar espero.

Badulaque.

No será el Conde el primero

que viene sin que le llamen,

que lo mismo suele hacer

un tabardillo, señor.

Duque.

Notables enigmas del amor.

Carlos.

No ha de poderle entender.

Duque.

Los tres venimos aquí

nombrados, y si se ve

con atención, yo no sé

a quién se ha escrito.

Badulaque.

Yo sí.

Duque.

¿A quién?

Badulaque.

Yo digo que, pues

quien ese papel notó

los tres nombres escribió,

le escribiría a todos tres.

Duque.

Esta letra es de Leonor.

Carlos.

Nunca la he visto, y así

seña no la conozco.

Duque.

¿A qué aguardas mi rigor?

Carlos.

Yo, señor, con atención

le he visto, y es para Enrico.

Enrico.

Mal a mi descuido aplico

desvelos de tu pasión.

Duque.

Pues, ¿qué sentido le dais?

Carlos.

Si Vuestra Alteza es servido,

leeré, y será obedecido.

Duque.

Veré cómo le explicáis.

Lee Carlos.

Carlos.

Enrico, atiende al fuego que publico,

yo sí; Carlos me da disgustos, y calma

la pretensión del Duque, en mí está el alma

que para dueño tal solo la aplico;

el amor que gozoso significo

con finezas constantes se desalma

por el gran Duque no, será la palma

para Carlos galán no, para Enrico.

Hablar mi amor pretende verdadero

al mismo que por dueño elegir quise,

Carlos, que no me hables solo quiero;

el Duque para esposo más me dice,

Enrico, a quien en mi elección prefiero,

el amor victorioso le eternice.

Enrico.

Si el discurso en la agudeza

del soneto se para...

Pag. 39

Carlos.

juzgara que se escribió

en favor de vuestra alteza

Duque.

y que no puede ser advierte.

Enrico.

yo entiendo que en su favor

le escribió.

Duque.

¿cómo?

Lee Enrico.

Enrico.

señor,

leyéndole de esta suerte.

Enrico, atiende al fuego que publico

por ti, Carlos me da disgusto y calma,

la pretensión del Duque estima el alma

que para dueño tal solo la aplico.

El amor que gozoso significo

con finezas constantes de esta alma

por el gran Duque, será la palma

para Carlos galán, no para Enrico,

hablar mi amor pretende verdadero

al mesmo que por dueño elegir quise,

Carlos que no me hable, solo quiero

el Duque, para esposo, mal me dice

Enrico, a quien en mi elección prefiero

el amor victorioso le eternice

Duque.

sus cláusulas he advertido

y he reparado en efeto

que Carlos en el soneto

es solo el favorecido,

que como en él no se ven

ni comas ni apuntación,

causa aquella confusión,

pero así fuera más bien.

Carlos.

señor, mira, considera

Duque.

Carlos.

Carlos.

fortuna cruel.

Duque.

a vos se escribió el papel.

Carlos.

¿cómo?

Lee, Duque.

Duque.

de aquesta manera.

Enrico, atiende al fuego que publico

por ti Carlos, me da disgusto y calma

la pretensión del Duque, estima el alma

que para dueño tal solo la aplico.

El amor que gustoso significo

con finezas constantes de esta alma

por el gran Duque, será la palma

para Carlos galán; no para Enrico

hablar mi amor pretende verdadero

al mismo que por dueño elegir quise,

Carlos, que no me hable solo quiero

el Duque, para esposo mal me dice

Enrico, a quien en mi elección prefiero

el amor victorioso le eternice

Carlos.

rara confusión a todos.

Duque.

aun no queda averiguado

ni quién es el despreciado

ni quién el favorecido.

Carlos.

el papel no es para mí.

Enrico.

menos para mí.

Duque.

aquí viene

sobreescrito, a Enrico viene.

Enrico.

¿a mí viene, señor?

Duque.

sí.

Enrico.

¿cómo podré persuadirme,

a que solo se escribió

para mí, si advierto yo

que no es su discurso firme?

pues favorece, según

veo, a los dos, contra mi fama.

Carlos.

particular fue la dama

que hizo papel tan común.

Enrico.

bien Carlos, señor, pudiera

pues sobreescrito se ve

mi nombre, darle, sin que

el primero se leyera.

Carlos.

yo le hallé en este distrito

abierto.

Enrico.

fue desacierto.

Pag. 40

Badulaque.

No importaba estar abierto

pues tenía sobrescrito.

Duque.

Basta.

Badulaque.

No importaba estar

abierto, bueno por Dios,

no sabéis los riesgos vos

del abrir y del cerrar.

Un cura conozco yo,

el cual sin tener escasa

condición, nunca en su casa

puerta abierta consintió.

Este predicando un día,

al quererse presignar

se turbó; mandó cerrar

las puertas con gran porfía,

y olvidado del sermón

dijo luego con voz vana:

cierren también la ventana,

y cierren sin dilación

ese postigo, la puerta

cierren de la sacristía.

Y el sermón no le ocurría,

no habiendo ya cosa abierta,

suspendiose y afligido

dijo luego con pesar:

ya no puedo predicar

porque el sermón se me ha ido,

un duende me ha hurtado

este propósito; yo no sé

por dónde el sermón se fue

porque todo está cerrado.

Él dijo con voz severa

a notorios ignorantes:

cerrarais la puerta antes,

mi sermón no se me fuera;

pues si por no estar cerrado

peligra un sermón escrito,

que es un papel, estando abierto,

tendrá peligro doblado.

Duque.

Corresponded a Leonor,

no, Enrico, os desaniméis,

que bien manifiestos veis

los afectos del amor.

Enrico.

Señor, jamás la he querido.

Duque.

Pues amadla, Enrico, ahora.

Enrico.

Quien los intentos no ignora

del Duque, yo estoy perdido.

Carlos.

Sabiendo que vuestra Alteza

quiso en Leonor suspenderse,

no querrá Enrico atreverse

al cielo de su belleza.

Duque.

Ya a Leonor tengo olvidada,

a Celia asegurar os quiero,

aunque de aquélla no desespero

ver mi pretensión lograda.

Carlos.

No hay quien entienda el intento

del Duque.

Badulaque.

Escucha, mi amor,

pues no se entiende, el mejor

medio es hacerle un comento.

Carlos.

Su Alteza viene.

Celia.

Señor.

Duque.

Dejadnos a los dos solos.

Sale Celia y vanse.

Enrico.

Yo voy a ver a Leonor.

Carlos.

Y yo de aguardar cuidadoso

a que Celia quede sola,

para hablarle en mi amor

cómo determine con Leonor.

Vanse.

Celia.

Siempre confuso y penoso

vuestra Alteza.

Duque.

Celia mía,

en vano el pesar reporto,

antes se aumenta la pena

porque crecen los estorbos.

Celia.

¿Qué tienes?

Duque.

No tengo vida;

de suerte a Leonor adoro,

que no sé si vivo, o muero,

entre mis ardientes enojos.

Celia.

Señor, procura olvidarla.

Duque.

Ni lo advierto, ni lo noto.

Celia.

Busca con quien despicarte.

Pag. 41

Celia.

de este desvelo amoroso.

Duque.

A nadie podré querer

si a toda Leonor adoro.

Celia.

Pues yo sé que cierta dama

me ha explicado de los dos

con el silencio elocuente,

que el semblante es lengua a todo,

que te adora y que te estima.

Detente, amor, estás loco,

mucho te vas declarando.

Mas ¿cómo es posible, cómo,

que el Duque por mí contienda?

Duque.

Celia, en vano me reporto.

Mas, di, ¿quién es esa dama?

Celia.

Para qué, si eres dañoso,

has de despreciar su amor.

Duque.

Yo lo confieso, que todo

el reino del albedrío

es de una deidad despojo.

Celia.

Lo dudo.

Duque.

Será imposible

Celia.

mudar el pensamiento en otro

objeto.

Celia.

Si vieras a quien te adora...

Duque.

El amor no tiene ojos.

Celia.

No es fea, los desprecias.

Duque.

Prometo iguala al rostro

de Leonor, excepto el tuyo,

que no es tan grosero y tonto

mi amor, que no le confieso

por el más bello de todos.

Celia.

La pasión la estimo.

Duque.

Por tal la juzgues, me corro,

pues antes que por mi hermana

Celia.

¿Sus desdenes rigurosos

no te desobligan?

Duque.

No,

porque antes son los estorbos

espuelas del deseo,

que él supo dar un título,

esta noche la he de ver

en su cuarto, aunque el decoro

de su respeto atropelle,

y ocasione sus enojos,

para que en ajenos celos

se templen incendios propios.

Celia.

¿No adviertes...?

Duque.

Celia, perdona,

y cuando me ves tan loco,

déjame, que será en vano

querer templar mi amoroso

anhelo.

Vase.

Celia.

Hasta aquí pudo llegar

sufrimiento valeroso

y resistencia prudente;

hasta aquí mis misteriosos

inundaciones del llanto,

producidas de un oprobio,

pudieron disimular;

hasta aquí el corazón, globo

de amor y de fuego, pudo

templar ardientes enojos.

Ya los desprecios que siento,

los desengaños que toco,

los desdenes que padezco

y, al fin, los celos que lloro,

no podrán no cautelar

el tropel de los ahogos

donde, naufragando el alma,

de mis lágrimas el golfo

al través da la esperanza

cuando zozobra el reposo.

Pag. 42

Enrico.

El Duque amante, repito

atrevido y poderoso,

en ofensa de mi amor

audaz, ansias me postró,

quiere triunfar del honor

de Leonor, como reporto

el sentimiento invencible;

pero ríndese notorio

este engaño, si él entiende

que es mi hermano, si mis ojos

su sentimiento han callado

cobardes, y temerosos,

y si al fin ama a Leonor,

mal pudiera ser estorbo

mi deseo a sus deseos.

Declarar este engañoso

enigma quiero, y dar cuenta

de los pesares que lloro

a mi padre; penas mías,

venid, venid poco a poco,

no os atropelléis, pesares,

llegad más despacio, ahogos.

Sale Carlos.

Carlos.

Por disimular mi amor

fingiré que a Celia adoro,

famosa ocasión es esta.

Sola está, turbado todo

me ha dejado su respeto,

mas, ¿qué dudo?, pues supongo

que así doy a mi amor vida.

Señora.

Celia.

Carlos.

Carlos.

No ignoro

la osadía de atreverme

a la luz de vuestros ojos,

de quien puede aprender siempre

rendido el mismo Apolo,

mas ellos son la disculpa

con que a mi culpa respondo.

Celia.

¿Qué decís?

Carlos.

Digo, señora,

que ya, aunque tarde, conozco

la ignorancia en que he vivido

cuando advierto el asombro

que debiera haber venerado

rendimientos amorosos.

Celia.

Carlos, Carlos, no os entiendo.

Carlos.

Si en amar he andado loco,

señora, excusa es bastante

el conocimiento propio,

no disimuléis.

Celia.

¿Qué es esto?

Carlos.

Vuestras finezas no ignoro,

que el amor, Celia, por alto...

Celia.

¿Qué dices, hombre?, ¿estás loco?

Esto me faltaba ahora

para irritar más mi enojo.

Carlos.

Si son celos de Leonor,

favor tenéis del todo,

la culpa no me disputéis,

que, a amarla, ya os adoro

después que sé que me amáis,

vano es la dicha que gozo.

Celia.

Calla, atrevido, o por vida

de mi valor, que te oigo

de ese bárbaro osadío

repetidos los asombros,

que trates de mi coraje...

Sale Badulaque y detiénese escuchando.

Carlos.

Escucho.

Celia.

...ver menudos polvos.

Carlos.

¡Me obligo!

Celia.

Te conviertan...

Carlos.

¡Raro desprecio!

Celia.

...de modo...

Carlos.

¡Fiero desdén!

Celia.

...que escarmienten,

Carlos.

¡Indignada!

Celia.

...en mis enojos...

Carlos.

¡Ofendida!

Celia.

...cuantos saben.

Pag. 43

Vase.

Celia.

sus intentos, que me corro

de escucharlos; irme quiero,

que me ofendo si respondo.

Quédate para arrogante,

soberbio, atrevido y loco;

y, por vida de mi hermano

el Duque, que si en tus ojos

indicios de tu osadía

advierto, reparo y noto,

que haga que de un cadalso

seas ejemplo al mundo todo.

Badulaque.

Estamos buenos ahora.

Carlos.

¿Qué dices?

Badulaque.

Señor, que dudo

lo escuchado, y me he dejado

asustado y temeroso.

Carlos.

¿No dijo que, con el que Celia

me amaba, yo estaba absorto?

Badulaque.

Concedo y niego; concedo

que lo dijo, y niego cómo

pueda ser.

Carlos.

Si con rigores

pretende probarme...

Badulaque.

Bobo,

que no se prueba.

Carlos.

¿Por qué?

Badulaque.

Porque hay perpetuo divorcio

entre amor y catarro.

Carlos.

Confuso estoy, y dudo si

Leonor me engañó.

Badulaque.

No es ella

la primera que da un como.

Carlos.

¿A qué fin?

Badulaque.

A fin, señor,

de un principio.

Carlos.

¿A qué, si ignoro?

Badulaque.

Digo que a fin de dar fin

de ese principio que noto.

Carlos.

No es posible que Leonor

me engañase de este modo,

decirme a mí que fingiera

amar a Celia amoroso,

y que ella amar fingiría

a Enrico, porque así solo

se aseguraba el peligro

que pudo ser.

Badulaque.

No hallo otro

motivo sino el que he dicho;

que es parecerle buen mozo

Enrico, y para matarle

sin embarazo ni estorbo,

venirse cautelosa

a hablarte a Celia, como

quien te envía a efectuar.

Carlos.

Indigna acción de un heroico

pecho; ven, que voy perdido.

Vanse y salen Enrico y Leonor.

Badulaque.

Pues vamos a San Antonio.

Enrico.

Saber quisiera, Leonor,

qué ocasión os ha dado

mi atención para el cuidado

de ese intempestivo amor.

¿Qué favores he ofendido

vuestros, o qué galanteos

incitaron mis deseos

en que aquí no os he servido;

cuándo de mi pensamiento

el intento os expliqué,

cuándo, señora, os miré

enamorado ni atento?

Leonor.

Me admiro de que ignoréis

que es cada duda un error,

para que yo os tenga amor

es menester que me améis;

antes con vuestra tibieza

mis desvelos despertáis,

pues porque vos no me amáis

Pag. 44

Leonor.

Adoro de esa manera,

si en mis méritos no hallo

vuestro remiso deseo;

los muchos que miro y veo

en vos el alma adoro.

¿No oísteis la celebrada

queja de aquella mujer

que dice: Fabio, querer,

pues donde cuesta nada...?

Enrico.

De burlas, que ya perdí

cierta esperanza por vos.

Leonor.

¡Malsín!

Enrico.

Y de veras;

que está perdida por mí;

aquella misma fortuna

tengo con muchas mujeres.

Aparte.

Leonor.

¡Ay, Carlos! Tú causa eres,

de esta prisión importuna;

por asegurar bien mío

la esperanza de tu amor,

atropella mi temor

los fueros del albedrío.

Enrico.

Leonor, ya que me queréis,

¿por qué no me remitís

los papeles que escribís,

al suelo los arrojáis,

sin ver que pueden cogellos?

Leonor.

Siempre al suelo he de arrojallos,

porque os obligue a estimallos

la humildad que veis en ellos.

Enrico.

Y que otros los ven, ¿no veis

que es ofender el decoro?

Leonor.

Así sabrán que os adoro,

y no me correspondéis.

Enrico.

No son cartas de latinos,

son puros desatinos.

Leonor.

Recelando andáis, pues son

mis papeles vizcaínos.

Enrico.

El primero que leí yo

que os he escrito refirió,

y nunca os he escrito yo

después que os he conocido.

Leonor.

Como yo os llego a querer

con amor tan infinito,

soñé que me habíais escrito,

y así os quise responder.

Enrico.

¿No advertís que con rogar,

vuestro recato ofendéis?

Leonor.

Poco importa, no os canséis,

porque yo os tengo de amar

aunque llore despreciada,

y aunque me quede ofendida.

Enrico.

No he visto en toda mi vida

mujer más enamorada.

Efectos son de mi estrella;

en este signo nací,

ella se muere por mí,

y tengo lástima de ella.

Yo no sé qué responderos,

mas aunque no os tengo amor,

andando el tiempo, Leonor...

Leonor.

¿Qué, Enrico?

Enrico.

...haré por quereros.

Leonor.

¡Qué gran necio, ingrato mío!

Esforzad la voluntad.

Enrico.

Es poca dificultad

violentar el albedrío.

Carlos y Badulaque.

Carlos.

Enrico.

Enrico.

Carlos.

Carlos.

El Duque

os llama.

Enrico.

Adiós, Leonor, que

voy a ver lo que me ordena

el Duque.

Leonor.

Volved después.

Pag. 45

Badulaque.

Por Dios, que es muy buen disimulo.

Leonor.

Pues, ¿qué tienes, que no hablas?

Badulaque.

¿Qué ha de tener?

Que han querido degollarnos.

Leonor.

¿De qué os alteráis, mi bien?

Badulaque.

Porque por cochinos,

por creer una mujer,

bien le he dicho yo a mi amo

que es un botarate, pues

se fía de quien le engaña

a peligro que nos den

sino un pan como una nuez;

pues la nuez ha sido ahora

la que ha peligrado en el

cerviz, pues podían a mí

azotarme por soez,

para que a ti de las pencas

me quepa parte también.

Leonor.

¡Que siempre recelé ver, Carlos,

enojado!

Badulaque.

Fuerza es

si tú le das ocasiones.

Carlos.

Dime, engañosa mujer,

¿qué fue el concierto que hicimos?

Leonor.

Que yo hablase a Enrico.

Carlos.

Bien.

Leonor.

Fingiendo amarle.

Carlos.

Adelante.

Leonor.

Y tú fingieses querer

a Celia, que te idolatra.

Badulaque.

Como a un alarbe de Fez.

Leonor.

Porque con esta cautela

disimulase más bien

sus designios nuestro amor,

sin dejarse conocer.

Carlos.

Pues yo vengo falsamente

a hablar a Celia, y después

de agradecerle su amor

y disculpar mi desdén.

Y me respondió, Badulaque

lo dirá, que yo no sé.

Badulaque.

Pues, ¿quién lo sabe?

Leonor.

¿Qué dices?

Badulaque.

Digo que aquella mujer,

y aquella salsa del crimen,

más que una suegra cruel,

nos condenó a degollar

en vista de un señor juez.

Carlos.

Vengo al fin a averiguar

este engaño, y hallo que

estás muy entretenida

con Enrico.

Leonor.

Pues si fue

así el concierto...

Carlos.

Cautela

ha sido nula.

Leonor.

Mi bien,

¿esto juzgas?

Badulaque.

Cuenta errada,

pues no valga; y pues ya ves

desconcertado el concierto

de Celia y Enrico, es bien

que si ella degüella a mi amo,

que tú lo ahorques a él.

Leonor.

Pues cuando yo no te amara,

¿había de emplear mi fe

en un tan gran majadero,

pudiendo al Duque querer,

que fino me galantea

y me festeja cortés?

Carlos.

Celos, mi señora, luego...

luego Celia muy cruel.

Leonor.

Pues,

¿qué importa?

Badulaque.

Yo la disculpo.

Pag. 46

Carlos.

poner al duque en el

sitio, porque tuviese algo

de grande.

Leonor.

Alabando das

ocasiones a mi enfado.

Carlos.

Yo me iré,

que no quiero enfadarla,

aunque, cuando mi desdén

le dé enfados, se podía

despicar con el ver

al duque, tan alabado,

pues que solamente es él

quien fino la galantea,

y la festeja cortés.

Leonor.

Aguarda.

Carlos.

Al duque, con eso.

Leonor.

Detente.

Carlos.

La enfadaré.

Leonor.

Celia viene, vete.

Carlos.

Claro

está, aquí me he de esconder

para escucharlas a las dos.

Sale Celia, escóndese Carlos y vase Badulaque.

Badulaque.

Pues yo me voy, no le den

ganas a esa doña Erodes

de degollarme también.

Vase.

Sale Celia.

Celia.

Leonor.

Leonor.

Señora.

Celia.

Yo vengo

muerta.

Leonor.

¿Qué tienes? Di, ¿quién

ocasiona tu pesar?

Celia.

No sé, Leonor, si podré

referir el sentimiento

del peligro en que tener

miro, ¡ay Dios!, el duque...

Carlos.

¡Cielos!

Leonor.

Sin alientos.

Celia.

El duque, pues,

determinado y resuelto,

te quiere esta noche ver

en tu cuarto...

Leonor.

Estoy mortal.

¿De quién lo has sabido?

Celia.

De él

mismo.

Leonor.

¡Válganme los cielos!

Pues, señora, ¿qué he de hacer?

Pues el aviso me das,

dame el remedio también.

Celia.

Contra su poder, Leonor,

¿qué remedio puede haber?

Mas vente conmigo.

Leonor.

¡Ay, Carlos!

Aparte.

Celia.

Yo en tu cuarto aguardaré

al duque, con que consigo

dos intentos: uno es

librar tu honor y dar vida

a mi amor el otro; pues,

le declararé mi engaño,

que ya a mi padre avisé

con resolución osada

para que el laberinto cruel

desate, y al duque diga

que no soy tu hermana; ven.

Leonor.

Inmóvil me tiene el susto.

¿Qué tomo? ¿Que llegue a ser

este inopinado aviso

cautelas de esta mujer

para algún fin que no entiendo?

Amor, su ayuda me dé.

Vanse las dos.

Carlos.

¿Celos, de qué os suspendéis?

Pensamiento, ¿qué dudáis?

Valor mío, ¿dónde estáis?

Temores, ¿qué pretendéis?

Peligros, ¿qué me queréis?

Ansias, ¿por qué me afligís?

Alientos, ¿de qué huís?

Y vos, malogrado amor,

¿cómo vivís si el dolor

de aquestas nuevas oís?

¿Que el duque intente pasar

pretendéis, costoso daño,

esta noche, aleve engaño,

vencer, pena singular?

Pag. 47

Carlos.

de mi dueño, que a pesar

la fortaleza, al dolor,

y queja, fiero rigor,

vivos, penosos desvelos,

viendo que agraviosos celos,

mi mal, y sin feliz amor.

Celos, pues me habéis dejado

vivo, muy poco podéis;

amor, infeliz nacéis

pues morís desesperado;

mas si el alma ha confesado

los celos y amor que siente,

¿qué medio habrá que no intente,

no haga de su esfuerzo alarde,

quien con amor es cobarde,

quien con celos no es valiente?

¿Qué haré? pero osado quiero

entrar a ver a Leonor

en su cuarto, que en mi amor

el perdón del Duque espero.

Yo muero de amor, yo muero

de celos; si mi fortuna

no halla en el remedio alguna,

cesarán mis males fuertes,

que por escusar dos muertes

bien se puede intentar una.

Mas robar será acertado

a Leonor; París robó

a Elena, y no compitió

su pena con mi cuidado;

sin propiamente llamado

robo el robar a Leonor,

que si mi inconstante ardor

me ha rendido el albedrío,

cobrar yo lo que es ya mío,

restituciones de amor.

Sale Badulaque.

Badulaque.

¿Qué hay de nuevo?

Carlos.

Badulaque,

llegó a punto;

Badulaque.

¿Qué tenemos?

Carlos.

Prevenidos caballos que

excedan al mismo viento

en ligereza.

Badulaque.

Pues dime,

¿qué intentas?

Carlos.

Robar pretendo

una joya en que consiste

de mi esperanza el remedio.

Badulaque.

Pues ¿cómo? si vas en ladrón,

¿has perdido acaso el seso?

¿Salimos de un cadalso

y solicitas resuelto

que hechos moneda nos pongan

por los caminos?

Carlos.

Ve presto,

y no repliques.

Badulaque.

¡Jesús!

Si no me dices primero

cuál es la joya robada,

no he de ir.

Carlos.

Pues sabe que intento

robar a Leonor.

Badulaque.

¡Jesús!

¿Qué has dicho? A Leonor arredro.

Pues ¿no reparas? ¿No adviertes?

Carlos.

No andes buscando consejos.

Badulaque.

Ni buscas chancillerías.

Carlos.

Eso a los dos sirve de hielo.

Badulaque.

Dios te perdone, señor,

que ya te lloro por muerto.

Mas dime, ¿qué ha sucedido?

Carlos.

Que el Duque intentó asaltar

en su cuarto aquesta noche.

Badulaque.

Lo demás queda a lo discreto,

señor, ¿sabes lo que intentas?

Carlos.

Cobrar la vida que pierdo.

Badulaque.

Déjame que te proponga

dificultades que temo.

Pag. 48

Carlos.

No puede haberlas.

Badulaque.

El tiempo

y lo verás.

Carlos.

Calla, necio.

Badulaque.

Ves aquí que temeroso

vas a palacio, y sin riesgo,

que no será poco, entras

en el cuarto de tu dueño,

y ella te envía a espulgar

un galgo.

Carlos.

Como si creo

que me adora.

Badulaque.

Cómo puede

mudarse, si lo advierto,

estás en cuarto, y no hay un cuarto

seguro de estos tiempos.

Ves aquí que no se muda

y que sale, huyendo

contigo, y que yo esperando

estaré si no me duermo

de la ciudad a las puertas

con dos caballos ligeros

¿qué has de hacer?

Carlos.

Subirme en uno,

llevaré a mi dueño,

y tú en otro,

a las ancas.

Badulaque.

Ningún caballo de estos

sufre ancas, ¿qué has de hacer?

Carlos.

Badulaque, no seas necio,

no es tiempo de burlas este,

cuando me ves tan resuelto.

Badulaque.

Con dos caballos y solo

nunca he visto ganar juego.

Carlos.

¡Vive Dios, que te dé muerte

si replicas!

Badulaque.

Pues voy luego

a prevenir los caballos,

porque a fuer de don Gaiferos

salgas de Florencia.

Vase.

Carlos.

Amor,

celos son altos deseos,

Elvira, celos me animan,

celos me infunden alientos,

celos me abrasan el alma,

celos me encienden el pecho,

y pues los celos, amando,

son indicios de este incendio,

y es opinión común, que

no hay amor donde no hay celos,

donde hay tantos es forzoso,

que sea el amor inmenso,

y de disculpa me sirva,

de abono me sirvan ellos,

cuando celoso y amante

sobre la dicha que pierdo.

Vase y salen Leonor y Celia con luz.

Leonor.

Este, Celia, es mi cuarto,

en él aguardar pretendo

al duque mi hermano,

ya encarecerte no acierto

lo que estimo su fineza,

pues con brioso denuedo

quiere defender mi honor

a costa de su respeto.

Celia.

Yo voy y volver pretendo

porque estoy recelosa.

Vase.

Leonor.

Los cielos

dilatan mi vida a siglos,

que ya llegó al último extremo

la enfermedad de mi amor,

y ya es forzoso en este empeño,

siendo evidente este peligro,

que sea conocido el remedio;

haber allanado el duque

vendrá a este cuarto resuelto,

y yo, mas ¿qué determino?

esperaré, ¿qué pretendo?

Yo en este fin, firme Leonor.

Pag. 49

Llaman.

Apaga la luz.

Abre a los dos.

Celia.

Para estorbar los efectos

de aquella resolución

donde agonizando veo

la vida de mi esperanza,

ya he sabido que Roberto,

mi padre, llega a Florencia,

a desposarse resuelto,

aunque le engañó Julio

a petición de mis ruegos.

Pero ya llaman; salir

antes que entre el Duque quiero,

apagar, turbada apenas

las cobardes plantas muevo.

Carlos.

Celos, alentad mis pasos,

pues me dais atrevimiento,

pero, ¿cómo está sin luz

el cuarto?

Celia.

¿Es el Duque?

Carlos.

Cielos,

¿qué escucho? ¿Es Leonor?

Aparte.

Celia.

Yo soy.

Antes de explicar mi intento

y descubrirle quién soy

y deciros mi deseo,

eligió aquesta ocasión,

y bajo de este empeño

quiero examinar prudente

sus designios.

Entrad dentro.

Carlos.

Tan cariñosa Leonor

con el Duque, me desvela.

Celia.

No puedo excusar, señor...

Carlos.

Si firme al Duque pretendo...

Celia.

Disculparos esta acción,

aunque rendida a un ruego,

que estoy a vuestras finezas.

Carlos.

Inmudable, y de vos muerto.

Celia.

Perdonad mi ingratitud,

que como no hagáis desprecio

de mi honor, seréis señor

el alma de mis deseos.

Aparte.

Carlos.

Ah, traidora, no fue vana

la causa de mis recelos,

no sin misterio, ¡ay de mí!,

trató del Duque en los versos,

y después de fiero afable

su falso afecto y sus galanteos.

Leonor, vive Dios, que voy

por atravesarte el pecho

con esta daga, señora,

que ahora hablar no acierto.

Celia.

Entraos.

Carlos.

Vengo muy deprisa.

Celia.

Mas despacio mis deseos

os esperaban.

Carlos.

No, no,

no puedo ahora, no puedo,

que he de dar unas consultas;

mañana volveré a veros.

Pero, ¿qué dudo, villana,

traidora, aleve?

Celia.

¿Qué es esto?

Carlos.

Carlos soy, no soy el Duque,

ya ingrato, ha visto el tiempo

mi sospecha averiguada;

¡vive Dios, que de este acero...!

Celia.

Carlos, villano, atrevido...

Pero no, señor, mi dueño,

¿qué hago?, que estoy perdida,

a resolverme no acierto.

Carlos.

Mujer aleve...

Celia.

Que ha de ser mi amor tan firme,

que soy Leonor, con más celos

que tú. Vete, villano,

pues Celia, ¡ay de mí!, pierdo.

Pag. 50

Carlos.

mi opinión.

¡Ah, falsa amante!

Celia.

Carlos.

Carlos.

No huyas.

Celia.

¡Ay de mí!

Carlos.

¡Oh, si miro, ay de mí, no es esta

Leonor?

Leonor con luz.

Leonor.

A Carlos resuelto

vino, a mi cuarto me dijo;

celosa, pero ¿qué veo?

Falsa amiga, ingrato amante,

no me engañaron mis celos.

Celia.

No des voces.

Leonor.

Sepa el Duque

esta traición.

Celia.

Ten ese exceso.

Carlos.

Escucha.

Leonor.

Cielos, venganza.

Celia.

¿Adónde, Leonor?

Leonor.

No quiero.

Carlos.

Mira.

Leonor.

Al traidor.

Celia.

Oye.

Leonor.

A la falsa.

Carlos.

Detente.

Celia.

Aguarda.

Sale el Duque.

Duque.

¿Qué es esto?

Carlos.

Perdido soy.

Celia.

¡Ay de mí!

Duque.

¿Quién te ha dado atrevimiento

para entrar?

Carlos.

Señor, señor.

Leonor.

Muera Carlos, pues yo muero.

Duque.

¿En el cuarto de Leonor,

tú con Leonor?

Carlos.

Eso niego.

Duque.

Pues, ¿a quién veniste a ver?

Carlos.

A Celia.

Celia.

¿A mí?

Leonor.

Ya mis celos

averiguados confirmo.

Duque.

¿Tú con Celia? Peor es esto.

Que en las injurias de honor

y más me irrito y más me ofendo.

Prendelde ya.

Carlos.

No, señor.

Con Leonor hablando, muerto

estoy.

Duque.

Pero si con mi dama,

sabiendo que yo pretendo

alcanzar...

Celia.

No puedo hablar.

Duque.

Prended a Carlos aquí dentro.

Carlos.

Yo, mi señor...

Duque.

Ya concluya

esta vez.

Qué, Celia, has hecho,

a tu grandeza esta injuria.

Celia.

La voz, trabada en el pecho,

entorpecida sea muda.

Duque.

Muere, aleve.

Va a darle con la espada, y Celia le detiene.

Celia.

Duque excelso.

Duque.

¿Cómo vuelves por él?

Celia.

Que este es engaño.

Carlos.

No quiero

disculparme, aunque en eso

perder la vida deseo,

porque si disgusto tanto

de ver, señor, que no puedo

darte a entender lo que callo

y explicarte lo que siento,

que quiero morir, porque

solo cabe en silencio

el ahogo con que lucho

y la pena que padezco.

Celia.

Suspende ahora el castigo,

y importa a mi honor, ¡ay cielos!,

que no muera Carlos hasta

que averigües que no tengo

culpa en hallarme este cuarto

de Leonor. Sabrás, excelso

Duque, que Leonor es mi hermana,

pues que mi padre valeroso,

y su madre, gran señora,

que murió, y mi padre, temiendo

su honor perdido en tu amor,

que sospechó, como ciego,

a Florencia me trajo...

Pag. 51

Duque.

en las injurias de honor

más miro y más me ofendo,

ni son celos.

Carlos.

No, señor,

con Leonor hablaba, muerto

de sus celos.

Duque.

¿Pues con Carlos, aquí dentro?

Leonor.

Yo no, señor, que con Celia

estaba.

Duque.

En Celia has hecho

a tu grandeza alta injuria.

¿Pues tú con mi dama,

sabiendo que yo pretendo

a Leonor?

Celia.

No puedo hablar.

Elvira.

La voz turbada en el cuello

entorpecida se anuda.

Vase a dar con la daga y Celia le detiene.

Duque.

¡Muere, aleve!

Celia.

Duque excelso.

Leonor.

¡Cómo ha vuelto por él!

Celia.

Que es engaño...

Carlos.

No quiero

disculparme, antes gozoso

perder la vida deseo,

porque es el disgusto tanto,

aleve señor, que no puedo

darte a entender lo que callo

y explicarte lo que siento,

y que quiero morir, porque

solo cabes en el silencio

el ahogo con que lucho

y la pena que padezco.

Celia.

Suspende ahora el castigo,

que importa a mi honor, a los cielos,

que no muera Carlos, hasta

que averigües que no tengo

culpa en hallarme en el cuarto

de Leonor. Sabrás, excelso

Duque, que no eres mi hermano,

porque mi padre es Roberto,

que a tu hermana, gran señor,

sirvió, y mi padre temiendo

su honor, perdido en tu amor

que sospechó, como ciego,

a Florencia me trajese.

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Duque.

Fingió esta cautela, y viendo

el alma que la idolatra,

me condena al silencio.

Sabiendo que aquesta noche

y vine a ver a Leonor

a quien de aqueste suceso

di cuenta, aquí te aguardaba

para estorbar tus intentos.

Carlos.

Entré yo,

mi resolución sabiendo,

a sacar de tu palacio

mi dama, que si secretos

fue mis rigores temiendo;

hallé a Celia, y presumí

ser Leonor.

Leonor.

Yo, Duque, luego

que supe de mi criado

que Carlos estaba dentro.

Carlos.

Quítame, señor, la vida,

si el amor en este pleito

no modera mi recelo

el descargo de mis celos.

[En la página derecha se lee:] Representose en Madrid 28. de octo 1644 [Firma]