
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
Metandanten der Arbeit
Wanrnung
Kannn Fehler oder Auslanssungen enthanlten. Wenn Sie eine bessere Ausganbe hanben, kontanktieren Sie uns bitte bei uns für Updantes.
Lizenz
Dieser Inhanlt wird unter der Creantive Commons CC BY-NC 4.0-Lizenz anngeboten. Erlanubte Wiederverwendung nanch Vereinbanrung; Kommerzielle Nutzung nicht gestanttet.
Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La devoción de las ánimas del purgatorio. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-devocion-de-las-animas-del-purgatorio.
MS. A
La devoción de las ánimas
sobre 1639
vid. El mayordomo de Dios distinta
La devoción de las ánimas.
Jornada I
Impresa.
= Marqués de Mariñán = Celio, caballero viejo = Octavia, su hermana = Lisbella, su hija = Leandro, criado del Marqués. = Leonato, capitán, su hermano = Lotario, caballero = Juanelo, lacayo = Dos guardas
Salen el Marqués y Leandro, su criado.
¿Hicístete mal, señor?
Pide un jarro de agua.
¿A quién?
A mi Lisbella, a mi bien,
al Mongibel de mi amor.
Caer fingí, porque creo
que en el cristal del beber,
como en espejo he de ver
la gloria de mi deseo.
Yo voy por el agua.
Luego,
que aunque es petición fingida,
agua es bien que a voces pida
quien se abrasa en vivo fuego.
Llama Leandro.
¡Ah de casa! Un jarro de agua,
que del caballo el Marqués
ha caído.
Esta agua es
para encender más la fragua.
pero en el pecho no cabe
ya que mayor ha de ser
más reviente por beber.
Pues el fuego es tan suave
y en su efeto cruel y blando,
dos contrarios pueden verse,
pues mueren más por arderse
el que más se está abrasando.
Sale Lisbella con un jarro de agua en un plato, y toalla, y sale Celio, su padre, y tómale el jarro y toalla, y míranse unos a otros.
Hija.
El marqués mi señor
pide agua.
Vase Lisbella.
Es bien pensar
que en el agua de este mar
corre tormenta al honor.
Suelta y vete a tu aposento.
Señor, el agua está aquí.
Aparte.
Ya por los ojos bebí
la que enciende mi tormento,
y el pecho de ella más lleno
siente furioso alquitrán,
pues el agua que le dan
enciende más su veneno.
Señor, aquí el agua está.
Aparte.
Pudo escandalizarme el pecho,
pero ya no es de provecho
pues su mano me la da.
No quiere el marqués hablarme.
Ay amor, no más enojos,
que un rayo de aquellos ojos
te basta para matarme.
El agua está aquí, señor.
Celio, venísme enojado,
por eso no la he tomado.
No sé.
Basta.
Gran rigor.
Dime, ¿en qué negocio grave,
señor, te pude enojar?
que mal se podrá enmendar
el que su culpa no sabe.
Fue mucha descortesía
en que fundo mi querella,
Celio, quitar a Lisbella
el agua que me traía.
Señor.
Para entre los dos,
más obligarme pudiera
si Lisbella la trujera.
Bebe un trago.
Que no trayéndola vos,
mejor gusto el agua tiene
en mi mano, que es más fría,
porque entre llamas venía
y agora entre yelos viene.
Mucho gusto, señor, ganas,
que para que yo enfriase
quise que el agua pasase
por la nieve de mis canas.
No haré tal,
si no me la trae Lisbella,
que será más que el sol bella,
tenéis pechos de cristal.
Yo, señor, pensé obligarte,
porque Lisbella es hermosa,
y de su vista amorosa
la ocasión quise quitarte.
¿No ves qué disculpa daba?
También te avisa mi amor
que es discreta.
Creo, señor,
que sus madejas alaba.
Cuanto más podéis decir
Mas quejas puedo formar;
vista pudo enamorar
y hablada pudo rendir.
Dos grandes peligros son
los que te he quitado ahora,
que si la vista enamora,
cautiva la discreción.
El amor no a todos hiere.
Es muy hermosa Lisbella.
Sin duda, parabién della,
encarecéis que la quiere.
Ella es hermosa y discreta,
y honesta.
Tres cosas grandes,
solo en un lienzo de Flandes
habrá mujer tan perfeta;
tres cosas el pincel junta:
hermosa por lo pintado,
discreta por lo callado,
y honesta por lo difunta.
Calla, necio.
Callar quiero,
pues gusta vueseñoría.
Si visitas de cortesía
suele hacer un caballero,
y en ellas tiene cordura
una dama de opinión,
del rayo de la ocasión
no hay fama que esté segura;
mas del valor de mi Lisbella
satisfecho estoy, de suerte,
que el agua vendrá a traerte.
¿Qué dices?
(Vase Celio.)
Que voy por ella.
¡Oh, venturoso marqués!
Necedad hace, a fe mía;
pues una mujer confía
del golfo del interés,
porque sigue a la visita
la conversación gustosa,
la adulación amorosa,
y la dádiva exquisita.
Y una dádiva, si es grande,
no digo yo a una mujer,
mas pienso que no ha de haber
duro mármol que no ablande.
Si el favor que he deseado
sus blancas manos me dan,
pienso que de Mariván
es poco vender mi estado,
y con él me he de vender.
Para tener más que darla,
solo está en dar la batalla,
que en dando, cierto es vencer.
Enojos de limpio jaspe
mi gusto es este, Leandro.
Si Celio, como Alejandro,
me da su amada Campaspe,
divulgue César mis glorias
tal vez del vulgo plebeyo,
y contra el magno Pompeyo
las celebradas victorias
goce el gran Octaviano
del mundo la gran riqueza;
y para mayor grandeza,
las puertas cierre de Jano;
y sobre el sol la aurora bella
con divinos rayos rojos,
que solo quieren mis ojos
mirarse en los de Lisbella.
Salen Celio y Lisbella con el jarro de agua y toalla, y sale Otavia por otra parte, y cuando va a beber el marqués llega Otavia.
Llegad el agua al marqués.
Lo entiendo, señor, y lo intento.
(Va a beber.)
¡Ah, lograse pensamiento,
pues toda mi gloria ves!
Hermano.
¿Quién es?
Yo soy.
¿Qué fue, señor, la caída?
¡Oh, bella hermana querida!
No fue nada, bueno estoy.
El deseo me ha traído,
con el gusto que era justo.
Del bello sol de mi gusto,
su venida nube ha sido.
El agua toma, señor.
Ardiente debe de ser,
pues cuando voy a beber,
temo el tiro de su ardor.
Un nuevo desasosiego
toda el alma me provoca,
bebo el agua por la boca
y por los ojos el fuego.
Lo que dicen paje de copa,
no tiene mal parecer.
Sale el capitán Leonato muy galán, con un estandarte; en un lado pinta- do un Cristo y en el otro las ánimas de purgatorio como las pintan con sus llamas, y sale con él Jua- nelo, su lacayo, y tocan dentro cajas.
Mi hermana da de beber
al marqués. Veré en qué copa.
Guárdele el cielo.
¡Oh, Leonato!
¡Oh, hermano y señor!
¡Oh, hijo!
Mis ojos al regocijo
encienden lenguas de amor.
Mejor con el agua estoy.
Bebe, que se es mi subida.
Fue muy grande la caída.
Satisfaciéndome voy.
Tan furioso iba el caballo
que por los cosos se abrió.
Toda el alma me turbó.
Si cayó el marqués, yo callo.
Para mejorar del todo,
escucha de tus vasallos
la más ilustre victoria
que dio triunfo a los romanos.
Ayer cuando el sol hermoso
pisaba alegres peñascos,
y con pincel de colores
doraba los cerros altos,
ya que el labrador gozoso
limpiaba el hierro al arado,
y dando gracias al día
daba su cuerpo al trabajo,
toqué al arma en tu real,
y el fuerte varón Lotario
me presentó la batalla.
Que es un valiente soldado.
Sobre la arbolada pica
parece el hierro brillando,
siendo la lengua de fuego
que murmuró de contrario.
Y viendo los roncos parches
con los ecos tiembla el árbol,
y algunos con las raíces
ya le dese centro el cielo.
Arremetimos furiosos,
mezcláronse los dos campos
con tan belicosa furia
que a Marte formara espanto.
No tiene tanta osadía
el animal cuartanario
cuando en batalla se encuentra
con el tigre fiero y raro,
cada soldado parece
español todo bizarro
cuando en el cercado coso
cruza los primeros pasos.
parece la bala presta
que el rubio cañón preñado
contra los cercos dispara
cuando se acerca el asalto
disparan los arcabuces
y del humo de sus rayos
para honrar los cuerpos muertos
corta el aire lutos pardos
la gran corriente del río
con sangriento curso hinchado
en rojo rubí transforma
las olas del frío acuario
los ejércitos pelean
y a voces gritan entrambos
los unos viva el marqués
los otros viva Lotario
peleamos bien tres horas
vive Dios que fueron cuatro
y no es bien que a mis servicios
quite una hora de trabajo
desvía
cuatrinca de horas
que el tiempo que peleamos
sean cuatro horas
yo soy mudo
calla Juanelo
ya callo
puse en la falda fragosa
del gran monte Mariñano
trescientos caballos diestros
que me celaban el paso
doscientos y ochenta fueron
señor los que se alistaron
para qué es decir trescientos
desvíate mentecato
doscientos y ochenta digo
dices verdad
cierro el labio
la verdad es sobretodo
calla Juanelo
ya callo
yo que siempre fui devoto
de las ánimas que traigo
pintadas en mi estandarte
imploré su favor santo
salieron de la celada
los referidos caballos
doscientos y ochenta fueron
calla Juanelo
ya callo
de fe en celada trescientos
y las ánimas llamando
tres mil jinetes parecían
los que de socorro hallamos
la batalla estaba en duda
mas de refresco llegaron
y la victoria honrosa
te dieron el rico lauro
Lotario viene en prisión
pero de suerte mudado
que ya con las manos puestas
pretende besar tus manos
y a de mi señora Octavia
las memorias adorando
viene más quebrado amante
aunque por estremo es bravo
ya con disfraz de esposo
sino este pecho gallardo
a quien de ofrecer el alma
cuyo noble celo alabo
y ya me parece tiempo
que del triunfo que relato
goces la presente gloria
que te espera en tu palacio
oh capitán valeroso
dadme los valientes brazos
a quien hoy Mariñán debe
La quietud de sus estados.
Señor, según mi discurso
las ánimas te ayudaron
y en su favor Dios por ellas
obra, sin duda, el milagro.
Lo que a las ánimas toca
es verdad, como aquí estamos.
Óyete.
Verdad te ha dicho.
Calla, Juanelo.
Ya callo.
Del gobierno de mi casa,
Celio, mayordomo os hago.
(De rodillas).
Beso, gran señor, tus pies.
Alzaos, Celio.
Estoy turbado
y temo que al sol de mis honras
se levante algún nublado
que derribe el honor mío
con la furia de sus rayos.
Vos, Leonato, sed mi amigo,
que es lo más que puedo honraros,
pues en fe de este nombre
con mi grandeza os igualo.
Tus pies cien mil veces beso.
Hermana, a palacio vamos,
que la vista es bien se alegre
con la prisión de Lotario,
y quédese Celio con Lisbella.
Yo te voy acompañando.
Ay, Lisbella, toda el alma
dejo en tus ojos ingratos,
y corazón de mí mismo,
que debo mucho a Leonato
y de mi nueva pasión
puede formar justo agravio.
Venid.
Un lacayo triste.
¿Quieres que nos atrasemos,
pues cuando salís fuera
delante van los lacayos?
Vanse, y va delante Juanelo, y quedan Celio y Lisbella.
Obligado está el Marqués
a mi hermano.
Y a tu amor
tan rendido su valor
como se verá después.
Hija, mirarás a quién eres,
la virtud siempre delante,
prudente, honrada y constante,
que esto es ser flor de mujeres.
Y caso que el Marqués te vea,
con rostro grave escuchalle,
y si puedes no miralle,
que al fin quien mira desea.
Conozca el honrado celo
que tu casto pecho encierra,
los dos bajos en tierra,
la opinión alta en el cielo.
Y si el Marqués aficionado
contrariare mi opinión,
yo quitaré la ocasión
con darte, Lisbella, estado.
Tu consejo he de seguir,
no dudes, padre y señor.
Bien lo debes a mi amor.
Serviréte hasta morir.
Yo vuelvo, hija mía,
de las ánimas te acuerda,
la devoción no se pierda.
Yo las rezo cada día.
Los lunes has de oír
una misa.
Yo también.
Pues fía que un grande bien
Lisbella se ha de venir.
Yo rezo todos los días
fundada en devoto amor
tres paternostres, Señor,
con sus tres avemarías.
Justo, hija, que por puntos
con mi devoción te aúnes.
Y rezo todos los lunes
el oficio de difuntos.
La devoción de su madre
téngala Dios en el cielo.
También debo este consuelo
al consejo de mi padre.
De mucho me regocija
el dártele, y con razón
que es una gran devoción
la de las ánimas, hija.
Pues mi hermano siempre ha sido
su devoto.
Y de ellos creo
que en este hermoso trofeo
y con Dios se han favorecido.
Yo sé de más de una historia
que de todo, huyendo dolos,
y han ganado sus devotos
la palma de la victoria.
En la devota afición
de las ánimas me fundo.
Mientras yo viva en el mundo
viva en mí su devoción.
Vanse, y salen Lotario y Leonato por una parte, y el Marqués y Oravia por otra parte.
Lotario, tened prudencia,
que son vueltos de fortuna.
Leonato, no hay resistencia,
que el sol se me ha vuelto luna,
y para mayor impaciencia
y llamóme su esposo Oravia,
y con el mal yo no sabía
desprecio del bel lucero,
y agora cuando la adoro
con mil desdenes me agravia.
Mira, hermana, que el favor
ya por su esposa te estima,
y no se pierda esta ocasión.
Aparte todo esto.
Leonato mi pecho apura
con la fe de su afición;
qué galán, qué bien criado,
qué fuerte, qué bien hablado,
qué discreto, qué apacible,
¡ay, pensamiento invencible!
sin duda el alma le he dado.
Declara su parecer,
aunque si ya en verte dudar
he comenzado a temer
que piensa cómo negar,
y el que tarda en responder.
Por mí dirála el marqués.
Declara su pensamiento.
Ciega estoy, pues no le veo.
Llegad vos, señor Lotario,
y persuadid a vuestra esposa.
A rodillas.
Tiene mejor adversario,
y es bien que, a su luz hermosa,
note que de empeño contrario
cual suele al oro el crisol,
me abrasa vuestro arrebol,
que si como niebla he sido
ya se publican rendidos
los rayos de vuestro sol.
Alzaos, Lotario, del suelo.
Con el sí de vuestra fe
podréis levantarme al cielo;
entre tanto, ansí estaré.
Debes mucho a su buen celo.
Alzaos.
Por el bien que espero,
cumplir lo que mandas quiero.
Aparte.
Mostrar el pecho quisiera
para Leonato de cera,
para Lotario de acero.
Mas disimular me importa,
porque esta nueva afición
aunque el alma me conforta
corta el hilo a mi pasión.
¡Ay, qué ventura tan corta!
La afición se satisfaga
y el desposorio se haga.
Pues con un no, pago ansí:
hoy vea Lotario y el rey,
que un no, con un no se paga.
Lotario tiene nobleza,
mira que estimar es justo
de su estado la grandeza.
Hermano, si falta el gusto,
poco importa la riqueza.
Servirte el barón desea,
y en su talle es bien se vea
que por galán te merece.
Si a mí no me lo parece,
poco importa que lo sea.
Y cuando venís victorioso,
tuvisteis por mal partido
la gloria de ser mi esposo;
y cuando venís vencido
mostráisme pecho amoroso.
Mujer soy de calidad,
y para decir verdad:
el amor con que venís
yo pienso que lo fingís
para que os den libertad.
Fuyo a vuestro noble amor,
mas ya tenerle no puedo,
porque me dice mi honor
que amor que se funda en miedo
no puede ser buen amor.
Quien antes de desposado
esta mano ha despreciado,
la cartilla lo dice:
mejor la despreciará
después de haberla gozado.
Goza esos ricos despojos,
pues no es tanto el desacato
como piensan tus enojos;
que si despreció el retrato,
ya reverenciará en tus ojos,
pintada no te estima,
y quizá el pintor se yerra,
pues hoy viendo tu hermosura,
da gracias a su ventura
por el alma que te dio.
Lo que verdadero amigo
Al pintor queréis cargar
las culpas de mi enemigo.
El alma te viene a dar,
yo, señora, soy testigo.
Hablad, Leonato, por vos.
Somos amigos los dos,
y conozco sus intentos.
El conocer pensamientos
solo se atribuye a Dios.
Cada cual hable por sí.
El ser de mi amor estable,
con decir que ya te di.
Yo por un amigo hablo,
que esto es más que hablar por mí.
Leonato, en cosas de amores
no queréis templar rigores,
y aunque al sol pidáis sus luces,
que a los tales te reduces,
que se quedan con los favores;
mas os quiero aconsejar
que nunca a mujer roguéis
por camino de terciar,
que acaso le enojaréis,
y de veros tan libre andar
habrá, Leonato, mujer
que de su buen parecer
piensa que es mengua de nombre
cuando a verla llega un hombre
sin dejalla de querer.
Aparte.
Que me tiene amor, infiero.
Persuadilla quiero a solas.
En vuestra excelencia espero,
aclara sus negras olas
hijo de Vulcano fiero.
Yo, Lotavio, voy también
a procurar vuestro bien.
Templad, Lotavio y señor,
con el fuego de mi amor
el hielo de su desdén.
Ven, Otabia.
Estaba en calma,
viendo como ya Leonato
ganó de mi fe la palma,
que poco importa el recato
si el amor está en el alma.
Vanse y queda Lotavio solo.
¿Cuándo será aquel día
que vuelva al trono donde un tiempo estuve?
Pero la culpa es mía,
pues no conocí el bien cuando le tuve,
que del que en tal gozamos,
hasta perdelle poco le estimamos.
Llamóme Otabia esposo,
vi floreciendo mi esperanza verde,
pero el bien más dichoso
tarde se cobra si una vez se pierde,
huyen de vuelo el contento,
y si le siguen vuela como el viento.
Querido fui de Otabia,
mas ¡ay! que el bien pasado me atormenta,
la memoria me agravia
si el gusto que perdí me representa,
que donde había riqueza
siéntese mucho el mal de la pobreza.
Bien sé que no merezco
los rayos que me daba su hermosura,
y así a Luzbel parezco,
príncipe ingrato de la selva oscura,
pues siendo el más querido,
soy por soberbio el más aborrecido.
Vase y salen Leonato, Otabia y el Marques.
Ved, Leonato, si podéis
mejor que yo persuadilla.
Procuraré reducilla.
Vase el Marqués.
Quiero que a solas quedéis.
Demás de ser tan honrado,
Leonato adora tu nombre.
Ya no es de querer un hombre
que una vez me ha despreciado.
Este casamiento justo
quitar el estado puede.
Y qué importa que él en paz quede,
si queda en guerra mi gusto.
Llamóle su pecho fiel
marido.
Verdad ha sido,
que ya para mí es marido,
pues que no me anegué en él.
Mira...
¿Para qué os cansáis?
Ved que me enojo, Leonato.
De servirte me trato.
Yo gusto que me sirváis,
pero, pues mi intento veis,
quiero, Leonato, pediros
que os doláis de mis suspiros,
y en lo vano no me habléis.
Yo callaré, mas, señora,
¿por qué tanto suspirar?
Aparte.
Porque me vi despreciar
y porque yo os precio agora.
Quisiera se lo decir,
mas sin duda está el honor
luchando con el amor,
ya no me puedo sufrir.
¡Ay de mí!
Todo es penar,
¿el consuelo en qué consiste?
Suele consolarse el triste
si le ayudan a llorar.
Si el consuelo estriba en eso,
Leonato ha llorado tanto,
que le tiene por ti el llanto
cerca de perder el seso.
Y a vos se le hacéis perder.
Señora...
Fínjese loca.
El seso he perdido,
que siempre el llorar ha sido
vísperas de enloquecer.
¡Aquí de Dios, que Leonato
me va quitando el juicio!
¿Yo?
Aparte.
Sí, que vos sacáis de quicio
las puertas de mi recato;
por tenelle voy fingiendo
estas locuras que digo.
Señora Otabia...
Enemigo,
toda el alma tengo ardiendo,
toda por amor de vos,
ya no me cabe en el pecho,
y vos el daño habéis hecho.
¿Yo el daño? Líbreme Dios.
Vos el daño, aunque neguéis
que vos trujistes el fuego
para abrasar mi sosiego,
como en estos ojos veis;
mirad las llamas sin tasa
en estas niñas sabeas,
que son las dos chimeneas
por donde la casa.
donde el alma se me abrasa.
Gran desdicha.
Mis enojos
por vos me afirmo que son,
miradlo en mi corazón
que ya lo tengo en los ojos.
Por locuras pasarán,
mas yo de veras lo digo.
Pensativa está consigo.
Todo el fuego es alquitrán.
Mejor adentro estarás.
Será alquitrán aprobado,
que mis ojos han llorado
y el fuego se enciende más.
Quiero avisar al Marqués.
Hace que se va.
¿Huís? Pero no me espanto,
pues que no os duele mi llanto,
viendo que de fuego es.
Volved, señor, no me huyáis,
sola aquí no me dejéis,
que deseo que os queméis
en el fuego que atizáis.
Mas, ¡ay!, que es hablar muy claro.
Conviene volver en mí.
Por Lotario me habláis,
sí.
Que sin duda es su descanso.
No me habléis de ese cruel,
porque será rematarme,
y si queréis reportarme,
decidme mil males de él.
Aparte.
Quiero seguirle el humor.
No hay dudar, será cordura,
pues que nace esta locura
del tema de su furor.
Sale Lotario, y quédase escuchando.
Como la piedra arrojada
vuelvo a mi centro primero,
mas, ¿qué miro? Es su escudero
que el alma teme agraviada.
Yo creí que le servía
en alabarle al varón
a quien tuviste afición
como sabes, algún día;
y así es justo que se arguya,
bella, y falta de mi fe,
que a Lotario te alabe
como a prenda que fue tuya.
Aquí llego a conocer
que ya no soy el que he sido,
pues dejo de ser querido,
que es el fin dejar de ser.
Yo confieso que fingía
cuando a Lotario alababa,
y por tu gusto callaba
mil faltas que de él sabía.
Cómo es esto.
Es un traidor
sin razón, sin Dios, sin fe,
y este, bella Otabia, fue
el que despreció tu amor.
De mi daño soy testigo.
Parece que se sosiega.
La jurada amistad niega.
Bien hago, el humor le sigo.
= Tiene mal nombre, mal trato,
mal hablar, mal proceder,
y es que no hay más mal querer
que al bien queriente ingrato.
= Es un hombre desgraciado,
y en tu intento es bien porfíes,
que no es razón que te fíes
de quien ya te ha despreciado.
¡Oh, qué buen procurador
para salir con el pleito!
Parece que la deleito,
vuelvo a seguirla el humor.
= Es Lotario, aunque te asombres,
esclavo de sus placeres,
valiente con las mujeres,
y cobarde con los hombres.
= Y aunque tiene muchos bienes,
en extremo es avariento,
y tiene el entendimiento
barrenado por las sienes.
¡Falso de amigo, esclavo!
¡Vive Dios que he de matalle!
Pero no, quiero escuchalle,
que pienso que no acabo.
Como te siente, señora,
Alivio siento en mi mal.
¡Amigo más desleal
jamás le ha visto la aurora!
= ¡Muera! El puesto es indecente,
mas quiero en esta ocasión
deshacer el corazón,
beber la sangre caliente.
Sale a dar de puñaladas, y sale el Marqués, y tiénele el brazo.
Tente.
Matalle intenté.
¿Por qué tan cruel sentencia?
Escuche vuestra Excelencia,
que él dirá presto por qué.
= Una traición es de falsía,
como si yo, señor, fuera
algún salteador, espera.
¿Cómo estás, señora mía?
De todo estoy reportada.
Pues tanto a mi honor se atreve,
como en la del pecho aleve,
¿no ven que mi sangre honrada...?
Pues mi palabra te doy,
señora, que te he burlado,
que Lotario es muy honrado,
y su fiel amigo soy.
¿Qué escucho?
En todo he fingido,
que fue seguirte el humor
para templar el rigor
que alteraba tu sentido.
= Pero ya que has vuelto en él,
del barón Lotario digo
que es fuerte, que es buen amigo,
que es galán, airoso y fiel.
= Es hombre de lindo talle,
valiente, noble, perfecto,
y sobre todo discreto;
¿Por esto queréis matalle?
Escuchemos más.
Señora,
ya no hay que fingir quimeras,
merece que tú le quieras.
porque en el alma te adora.
¿Queréis que escuchemos más?
Satisfecho esto así
del engaño que temí,
como tú, señor, lo estás,
mas ten secreto el enojo
que de Leonato formé.
Fía de mí que lo haré.
Si no llegas, yo me arrojo.
Terrible fuera el error.
Tan divertidos están
que sentido no nos han.
Ya, Leonato, estoy mejor,
mas del todo, será tarde.
Para más disimular
de vos me quiero apartar.
Dios te guíe.
El cielo os guarde.
(Vase el Marqués.)
¿Qué sientes?
Penas mortales,
si en el alma padecidas.
Y de las grandes heridas
siempre quedan las señales.
El corazón me abrasaron
ardientes melancolías,
y entre las cenizas frías
algunas brasas quedaron,
pues peor es revolvellas.
Dejadlas, Leonato, estar,
que el mundo puede abrasar
la menor destas centellas.
Yo he de ver en lo que para.
No me aclarar es locura,
que tarde el bien se procura
cuando el mal no se declara.
otabia. pensatiba esta
Escuchad.
Quien muere y calla, ¿qué espera
el enfermo el bien que muera,
que calla la enfermedad?
La mía quiero contarte,
pues por señas no la ves.
Sale Leandro.
En tu cuarto está el Marqués.
Pues, ¿qué dice?
Quiere hablarte.
Después me hablaréis, Leonato.
Como lo mandas, lo haré.
Y a las llamas de mi fe
me abrasaban el recato.
(Vase Otabia, mirando a Leonato.)
Si me quiere esta mujer,
¿qué me dices, niño Amor?
Dirásme que puede ser,
pero es mucho su valor
y no me puedo atrever.
Leonato, pierdo el sentido.
¿Mucha la ocasión ha sido?
Estoy para más cuidado,
celoso de enamorado
y de celoso, perdido.
¡Ay, Dios!
No sé cómo os lo decir.
¿De quién?
Para entre los dos,
callar quisiera y morir,
por no decir que de vos;
mas en tan grande lealtad
no hay rebozar la amistad.
Octavia mostró en sus ojos
para mí rayos de abrojos,
para vos de voluntad.
De Octavia, Leonato, sumo
vista con desasosiego
y lo que he dicho presumo:
que si el amor cubre el fuego,
por lo menos véese el humo.
Ciertas mis sospechas son:
Octavia os tiene afición,
que a su vista se asomaban
y con terneza os hablaban
las lenguas del corazón.
No queráis prueba mayor.
Lotario, bien puede ser
que Octavia me tenga amor,
porque en efeto es mujer
y escogerá lo peor;
pero advertid, escuchad:
por la luz de mi verdad,
por el cielo que me oye,
en quien es razón que apoye
la fe de nuestra amistad,
en caso que Octavia bella
quiera encumbrar mi sujeto,
caso que me quiera ella,
en vuestra ofensa os prometo,
Lotario, de no querella,
que tiene en más mi valor
la amistad que no el amor.
Y vuestro pecho es testigo
que del mayor enemigo
nace el amigo mayor.
De serlo vuestro os advierto
mientras durare el vivir.
Hasta morir lo soy cierto,
pero es poco hasta morir
serlo después de muerto.
¿Cómo podréis?
Serlo espero;
porque si falto primero
pienso volveros a ver.
Yo lo mismo pienso hacer,
Dios mediante, si antes muero.
El que de los dos muriere,
buen Leonato, el día segundo
vuelva a ver al que viviere,
para que del otro mundo
cuente lo que visto hubiere.
Y yo lo juro por Dios vivo.
La fe, Leonato, recibo;
y si no lo estorba Dios,
la misma fe os doy a vos
y en el corazón lo escribo.
Justo intento en esto sigo,
lo mismo, Lotario, digo,
como Dios no me lo impida.
No hay tesoro en esta vida
que se iguale a un buen amigo.
Danse, con que se da fin a la primera jornada de la devoción de las ánimas.
Finis.
+
Salen el marqués, Leonato, Leandro y Otabia, de caza.
No sabe lo que es vivir
quien no sabe madrugar,
que el espacio del dormir
debe el discreto llamar
viva imagen del morir.
Gran regalo es ver la aurora
cuando bizarra enamora
la verde rama en su planta,
cuando el pajarillo canta
y el sol las montañas dora;
que es ver la rica esmeralda
que muestra el monte en su falda,
cuando borda el claro día
con la alegre pedrería
que riega vetas a espalda.
O las aljofaradas perlas
que el olmo recibe en sus hojas,
que mucho regala el verlas
cuando el sol con alas rojas
nace sediento a beberlas;
y del río que dilata,
viste la hermosa ribera
basquiña de primavera
con bordaduras de plata.
Pues qué ver la selva oscura
de los ramos que retocan
gotas de su frescura,
y de color se revocan
con su misma compostura.
que es ver los alegres lejos
en cuyos varios reflejos
parece que el sol se tasa
en la trilla el viento airoso
de dorados azulejos.
Qué es ver el ruiseñor cuando
recibe el sol con requiebros
y la calandria temblando
con lo dulce de sus quiebros
regala el zafiro blando.
Pues el dulce tono vario
del pájaro solitario
qué gusto me da oyendo
y el jilguero compitiendo
con las arpas del canario
alegra en la rama hojosa
con vengativo deseo
Filomena querellosa
cuando entra el sol róseo
suspende la voz melosa
Qué es ver la nevada fuente
cuyo curso diligente
va regalando las flores
que nacen diciendo amores
al cristal de su corriente.
Gran contento es ver cazando
al tímido conejuelo
al suelto corzo volando
y el neblí trepando al cielo
tras la garza remontado.
El ver volar un neblí
grande gusto es para mí
pero mejor me entretiene
por lo que de guerra tiene
la caza del jabalí.
Mis penas he divertido
con la caza de este día.
El ver el campo florido
contra su melancolía
pienso que remedio ha sido.
Y ya el buen tiempo juvenil
nos descubre plantas mil
en cuanto el viejo invierno encierra
y las tristezas destierra
con las rosas del abril.
Suele el verano enjugar
el humor triste señor.
Pienso que ha de mejorar
cuando se arraiga el humor
difícil es de arrancar.
Cansada hermana vendrás
pero ya en palacio estás.
Vase a entrar y deja caer un papel.
Pues encubrió mi recato
la fe que tuve a Leonato
papel tú se lo dirás
Un papel se te ha olvidado.
A Leonato se le da
que a mí no se me cayó
de alguna dama será
que prendada le escribió
solo vuestro puede ser.
Tachado: lo mal de
Toma el papel Otabia y dásele a Leonato y vanse todos y queda Leonato.
¡Extraña mujer!
Todo el color se le muda
los cielos me den su ayuda
que bien será menester.
A mí no se me ha caído
mas recíbole de Otabia
por no ser descomedido
porque la experiencia sabia
me enseñará lo que ha sido
y daráme crédito a mí.
La letra de Octavia, sí.
Mas ya la ocasión os dijo
lo que hablando no os dije,
viva por escrito aquí.
«Turbóseme la lengua enamorada
cuando os quise decir que sois mi dueño,
mas ya de este papel lo habéis sabido.
Venidme a ver por el jardín, Leonato,
que hasta la medianoche que os espero
será cada momento un siglo entero».
Papel breve y compendioso,
en el alma me ha tocado
con su veneno sabroso,
mas, ¿cómo este pecho honrado
guardará su nombre honroso?
¡Oh, suceso extraordinario!
La palabra di a Lotario
de no querer bien a Octavia,
mas, ¡ay!, que el amor es rabia
y téngole por contrario.
Santa amistad, el corazón te he dado,
benigno amor, sus rayos me han herido;
quéjase la amistad de mi sentido
y deléitase amor con mi cuidado.
Mucho puede amistad con un honrado,
pero más puede amor con un rendido.
Socórreme, amistad, que soy perdido,
no me dejes, amor, tenme anudado.
Dueño eres, amistad, de mi albedrío;
¡ay, blando amor!, la vida está en estrecho;
pero si el amistad suya es el alma,
tuyo soy, dulce amor, que no soy mío,
mas, ¿qué digo?, amistad vive en mi pecho,
que, a pesar del amor, tuya es la palma.
Lee la carta.
Carta
Sale Lotario antes que diga estos dos últimos versos.
Según esa voluntad,
el alma Leonato ofrecía;
cien mil abrazos me dad,
cifra de la cortesía,
ejemplo de la amistad.
Si cien mil almas tuviera,
ciento en cada abrazo os diera,
porque si una reservara,
Lotario amigo pensara
que a vuestro nombre ofendiera.
Contadme la diferencia
del amistad y el amor,
cómo fue la competencia,
¿qué es el papel?
Gran rigor.
Aquí es menester paciencia.
¿Qué es esto?
El seso pierdo.
¿Es secreto?
Amigo, sí.
Sin duda el caso es terrible.
Si a mí me fuera posible,
celara el caso de mí.
Pues se parte entre los dos,
será importante el secreto.
No dudo yo.
Pues, ¡voto a Dios!,
mucho me apretáis.
Si aprieto,
pero sois la causa vos.
Si por ventura os obligo,
con la honrosa fe de amigo
que os dio el pecho en que vivís,
pues que mi dolor sentís,
Leonalo, aclarad conmigo,
que el secreto guardaré
por el alma enamorada
que vierte llamas de fe,
y por la cruz de esta espada
que a vuestro nombre humillé.
Quisiera el caso celaros,
Lotario, por excusaros
la pena que se os ordena.
No puede caber mayor pena
para mí que no aclararos,
Leonalo, amigo, señor;
ved que no puedo sufrillo.
Y vos pues sabéis mi amor,
ved que afiláis el cuchillo
contra el cuello de mi honor.
Cuanto más lo encarecéis,
mayor gana me ponéis
de saber lo que ocultáis.
Dale el papel.
Pues que tanto porfiáis,
Lotario, aquí lo veréis.
Mírale sin leer.
De Octavia es la letra, cielos,
ya el temor de la sospecha
mis costumbres desecha;
cada letra es una flecha
tocada en yerba de celos.
Ya lo comienza a sentir.
Lee la carta toda para sí.
Aunque me cueste el vivir,
luego, papel, quiero verle,
que menos siente la muerte
quien menos tarda en morir.
Turbóseme la lengua etc.
¿Qué sentís?
Vuelvo a mirar
lo que acabo de leer,
para volverme a matar,
y en dejando lo de ver,
Leonalo, vuelvo a dudar.
Gozad, pues dichoso fuistes,
aunque el cielo se revuelva,
del favor que merecistes,
y yo os suelto la palabra
que en esta razón me distes.
Quered a Octavia, Leonalo.
Ved que ofendéis mi buen trato.
Pues que es vuestro pensamiento...
Esta noche verla intento,
y a su fe mostrarme ingrato,
que olvido pienso decilla
la fe de mi voluntad,
y a la vuestra persuadilla.
Por ejemplo de amistad
sois la octava maravilla;
mas si la habláis, está ciega,
y el fuego a la estopa llega,
yo fío de mi opinión.
El golfo de la ocasión
los más valientes anega.
Noble intento en esto sigo.
Bien conozco vuestro ser,
mas avisaos como amigo
que siempre fue la mujer
nuestro mayor enemigo;
para relatar agravios
muevan sus difuntos labios
en Roma los más valientes,
en Grecia los más prudentes.
y en Atenas los más sabios
Jove en su reino adoran,
a Salomón en su hábito,
Adalid en su Jordán,
y a Adán en su paraíso,
¡qué buen castigo te dan!
Lotario, yo soy Leonalo,
no dudes de mi recato.
A solas en un jardín
hombre con un serafín
será fin del mejor trato.
Vanse y sale el Marqués de ronda.
Querida noche negra,
de cándidos luceros coronada,
tu presencia me alegra
más que la blanca aurora aljofarada,
que tu sombra graciosa
por lo moreno es mucho más hermosa.
¡Ay, bella noche mía,
que de celos vestida me entretienes!
Pues encubre tu hidalguía
el propio mal de mis ajenos bienes;
tu negro ceño adoro
más que del sol las rubias hebras de oro.
Dueño de mis querellas,
dame lugar que a mi Lisbella adore;
así de tus estrellas
el céfiro suave se enamore,
y con alegre temple
sin estorbo de nubes te contemple.
Sale Leandro.
Lisbella se recata,
clavada en su jardín está la puerta.
¡Ay, enemiga ingrata,
pues dudo al verte mi desdicha, es cierta!
Señor, la puerta quiebra,
y con tu gusto la ocasión celebra.
Celio quedó en palacio;
Leandro ido, Lotario también queda;
pues tienes tanto espacio,
sin que nadie impedir un punto pueda,
no temas cosa alguna,
que ayuda a los osados la fortuna.
Rompe esas puertas luego,
vuelve, ánimo, que mi desastre sella;
rómpelos, que estoy ciego,
mas ¡ay de mí!, que en áspera estrella
caiga esa puerta dura,
que nunca es buen amor donde hay cordura,
y caiga derribada.
Agora me lo mandas.
Pierdo el seso,
que el alma enamorada
siente la carga de este grave peso,
y en faltando su dueño
un siglo se le hace el punto más pequeño.
Dados alabarderos,
vengo ya para el caso prevenido.
Salen dos alabarderos.
¿Será de los primeros?
Caigan las puertas.
Mucho es el ruido.
Sola estaba Lisbella.
Con las picas las tablas de esa valla dan golpes como que derriban puertas, y salen Leonalo, Lotario, aférranse todos de ronda.
Las puertas de mi casa
rompen sin duda.
Extraño pensamiento.
eso en poblado pasa
muera quien tuviere tanto atrevimiento
este es mayor estruendo
porque no me conozcan voy huyendo
entranse acuchillando y suena dentro ruido de armas y queda Juanelo solo
no quede hombre con vida
muera el traidor que hiciere resistencia
oh, qué terrible herida
pudieran darme si entro en la pendencia
y guarde Dios mi juicio
y yo lego soy, no quiero beneficios
cargan, señor Lotario
Leonato, mi señor, mueran a ellos
no quede en pie contrario
qué bien lo hacen, gran contento es de vellos
que una pendencia fiera
y cual toro sea de ver de talanquera
dice Leandro dentro y el marqués
aquí, conde, a guardar
que está el marqués herido
este es trabajo
pásele una alabarda
si no se rinde
salen el marqués y Leandro he- ridos y Lotario retirándose de los alabarderos. Prosigue el marqués
en este embarazo
bobo, calla, retírate
porque ya que la soga a mi gaznate se ase
confesión, que soy muerto
ved si le conocéis
este es Lotario
terrible desconcierto
yo con Leonato he sido el contrario
romper mis puertas vimos
y sin saber a quién le acometimos
en el alma me pesa de su muerte
en ti, mi Dios, espero
llévanse a Lotario
cobró su vida y malogró mi suerte
un confesor le demos
a la primera iglesia le llevemos
terrible desventura
un paño, Leandro, me ata en esta herida
y luego no se cura
qué desventura, señor, subida
con ser desventurado
vengo de ver mi corazón vengado
señor, mucha la sangre
que por la frente al rostro se derrama
deja que me desangre
por ver si al que me hirió su rastro llama
por Leonato lo digo
contra quien trajo mísero castigo
de Lotario me pesa
también murieron tres de tus criados
nueva centella es esa
para encender venganza en mis cuidados
muera Leonato, muera
pues mi sangre bebió su mano fiera
vuelven a salir los alabarderos
Lotario en este punto
de un feroz desmayo acaba
todo el mal llega junto
atravesado por el pecho estaba
en un ataúd le entierren
muera Leonato, juntos los encierren
Vanse y salen Leonato y Juanelo, desnudas las espadas.
Huye aprisa, ven, señor,
que está el marqués mal herido,
y siento ya en el oído
los ecos de su furor.
Es lunes, ¿qué se me da?
Vengan mil peligros juntos,
que el oficio de difuntos
he de rezar.
Loco está.
Los lunes siempre a esta hora
ánimas os he rezado;
en diez años no he faltado,
¿por qué he de faltar agora?
Mira bien que, por lo menos,
de venganza el marqués trata,
pues tienes salto de mata;
no quieras ruego de buenos.
Déjame la escala.
El fin
temo al principio, señor.
No hay que poner más temor,
que he de entrar en el jardín.
Juanelo, aguárdame aquí.
Leonato, no hay que dudar:
mañana tocan por ti.
Aquí, en este humilladero,
hay luz; buena es la ocasión.
Yo espero en mi devoción.
Yo en mis pies, Leonato, espero.
Estará un altar con luces donde entra- rá Leonato a rezar en unas horas, y al ti- empo que Juanelo huye, salen el marqués y Leandro, y alabarderos con hachas y un arcabuz.
Vente al mío y verás.
Vengome aquí.
Asidle.
Yo estoy asido.
En la trampa habéis caído.
Siempre hay trampas contra mí.
Este es, Juanelo, señor,
el criado de Leonato.
De mayor venganza trato,
que es el delito mayor.
¿Dónde está Leonato?
Están
ciegos, que no ven su oración;
y Dios, por su devoción,
permite que no le vean.
Libertad, acaba ya.
Lo que yo puedo saber,
señor, tal no puede ser.
Di, Leonato, ¿dónde está?
Reza.
Afflictus sum, et humiliatus sum ni-
mis.
Juanelo, di la verdad.
¿Te atreviste al honor mío,
y no es bien que así lo lleve?
pues Leonato a mí se atreve,
Juanelo, ponme con él,
y de su pecho cruel
beberé la sangre aleve.
Virum sanguinum et dolosum ab ho-
minabitur Dominus.
Pruebe el rabioso veneno
que mi airado pecho vierte,
perseguidle hasta la muerte,
que yo a muerte le condeno.
Salvum me fac ex omnibus perse-
quentibus me.
No hay duda, no le verán,
pues no le han visto hasta aquí.
La mano alzo contra mí,
mis manos le desharán.
Manus tuae Domine fecerunt me et
plasmaverunt me.
¿Dónde está?
¿Qué he de decir?
¿Quieres que Leonato muera?
Busquémosle, que se espera.
¿A qué, señor, os movéis?
Adversum me susurrabant omnes
inimici mei.
Dime dónde está, Juanelo.
Sí diré.
Señor, advierte
que solo para su muerte
nos tiene la vista ciego.
Inimici mei vivunt et confirmati
sunt super me.
Solo en su muerte se apoye
la venganza de mi honor.
Oyéndote está, señor,
aunque hace que no te oye.
Et factus sum sicut homo non audiens.
¿Qué tan cerca está?
No hay duda.
Vénguese mi corazón,
que puesto en esta ocasión
nadie entenderá en su ayuda.
Intende in adiutorium meum Domine.
Tan cerca dél responderé
que le puedas abrazar.
En su sangre he de vengar
la sangre que derramé.
Libera me de sanguinibus Deus Deus
salutis meae.
Di, Juanelo, ¿qué se ha hecho
Leonato? ¿Dónde?
Él se asconde.
¿Asconde? prosigue, ¿adónde?
Ay, señor, está en mi pecho.
En tu pecho, burlador,
presto se le sacaré.
En mí solo está por fe,
que no en persona, señor.
Un tormento de garrucha
le dad luego.
Soy perdido.
Yo le doy por recibido,
advierte...
Mi flema es mucha.
Acabad.
¿Hay cuerda?
Hay.
La de mi arcabuz es propia.
Colgadme, santa devota,
san Nuflo, san Antón.
En ese álamo que veis
luego el tormento le dad
por mal diréis la verdad
pues que por bien no queréis.
Ya uno lo levantará
la cuerda en esta ocasión.
Buena fue la prevención,
mas yo se lo perdonara.
Pondréle un canto a los pies,
sentirá el tormento más.
Ese canto es sin compás.
que no lo manda el marqués.
Mas había de pesar.
Aquí hay otro.
No, señor,
porque ya solo el temor
del canto me hará cantar.
Leonato está allí, se asconde.
¿Dónde?
Allí junto a la gruta,
¿no le ves?
Llega esa luz.
Sin duda se está burlando.
Tira, Fabricio, esa cuerda,
vuelva arriba.
¿Qué es volver?
Estos hombres han de hacer
que de todo el juicio pierda.
Di la verdad.
Ya la digo,
y no sé más que decir,
sino dejarme morir.
Burlando se está conmigo.
Muera.
¡Terribles jueces!
Por no rezar me perdí,
ánimas, volved por mí,
que yo rezaré otra vez.
Cien mil tormentos le den.
La verdad le ha de librar.
Borrachos deben de estar,
pues a Leonato no ven.
Dejadle, que es mal gastado
el tiempo que estoy aquí.
Señor, Leonato está allí.
¿No veis la tema en que ha dado?
Sin duda el vino habla en él.
Ojalá que así pasara,
que fácil me consolara
de la garrucha cruel.
Que no baste mi rigor
para que digas verdad.
Luego al punto le ahorcad.
Estas sentencias, peor;
la verdad no pasa plaza,
la mentira vale poco,
no sé qué hacer y estoy loco,
quién me vendiera una traza.
¿Que no esperáis que llame despacio?
Échale el cordel al asno.
Para el marqués vais despacio,
mas para mí muy de prisa.
Mueva.
Ya la subida es corta.
Señor, escúcheme aparte,
que pienso desengañarle
con un aviso que importa.
Poco se puede perder
en escucharle. ¿Qué dices?
Oye, no te escandalices,
que a Leonato has de prender.
Esta noche piensa entrar
por las yedras del jardín.
¿En mi casa?
A ese fin,
que allí se puede vengar;
sin duda entrará en tu casa.
¿Y si en eso no hay certeza?
Que me cortes la cabeza.
Libre serás, si así pasa;
¿por qué puerta ha de entrar?
Solo sé decir...
que le he visto prevenir
escalas para el efeto.
Libre y premiado serás,
ven y di que voy reportado.
Por lo que me has desatado
tres horas de vida me das;
quitadme esa cuerda loca
porque late muy de fuerte
y ya el trago de la muerte
me tiene amarga la boca.
Vanse los dos y sale Leonato solo.
Pues el cielo me ha librado
en el jardín pienso entrar,
y a Octavio tengo de hablar
como quedó concertado;
entrar por las hiedras quiero,
con Octavio me veré
y con Octavio hablaré
que es amigo verdadero.
Dice de dentro Octavio.
Leonato.
¿Quién me llama?
Octavio, ¡qué tontería!,
y imaginación fue mía,
sin duda se me antoja.
Leonato.
Válgame el cielo,
esto ya de veras va
quién, mi Dios, me nombrará
con tan grave desconsuelo.
Junto a las hiedras estoy
por donde tengo de entrar,
a Octavio he de obligar
que su fiel amigo soy.
Sale Octavio ensangrentado y sobre un juboncillo sangre.
Leonato.
¿Es Octavio?
Sí.
¿Qué temor es el que tengo?
¿Sois vos?
A cumplir vengo
la palabra que te di.
¿Qué palabra?
¿Ya es olvidada
la que los dos nos dimos?
Aclárate por mi vida.
Juramos entre los dos
que el que primero muriese
a ver al otro volviese,
por mi bien el cielo, Dios
licencia permitió, delante
vengo a cumplir el concierto.
Pues di, Octavio, ¿eres muerto?
Muerto soy, nada te espante,
de la pendencia pasada
saqué el pecho atravesado.
El pelo siento erizado
y el alma en la boca helada.
Dios quiso en esta ocasión
que yo viniese a librarte
de tan gran peligro y premiarte
la fe de tu devoción.
Caído tengo el pecho,
no acierto a volver en mí.
Yo vengo a volver por ti,
no temas, alienta el pecho,
prevenido está el marqués
para matarte, Leonato,
y huirás de su mal trato
y que su invención resuelvas
que yo en el jardín quiero entrar,
mudes de aquí sin recelo,
da gracias al justo cielo
de que te vengo a librar,
anda, ve por ti, esto es cierto.
mil heridas me darán,
mas todas ellas serán
lanzadas en cuerpo muerto.
Escondese.
En las hiedras quedaré
y el suceso iré mirando.
Yo voy.
Yo quedo temblando,
y hoy sin duda el fin veré.
Suena dentro ruido de armas y dicen dentro el Marqués y Leandro.
El lobo cayó en la trampa.
Dale, oh Luis.
A mí, que muera,
que solo de esta manera
mi sangrienta fuerza escampa.
Salen el Marqués y Leandro, y los alabarderos con las espadas sangrientas.
Ello es hecho.
Y qué bien hecho.
De sus puntas le atravesé,
hasta la cruz la encajé
siete veces en su pecho.
Ahora que estoy vengado
me iré con más gusto.
Vanse.
Gran peligro, a juicio justo,
las ánimas me han librado;
si no fuera su devoto,
entre estas peñas picadas,
a mortales puñaladas
me hubieran el pecho roto.
Salga Lotario con el juboncillo roto y en él señaladas trece puñaladas.
Leonato.
Miedo profundo
siento en mí, bravo rigor,
mas ¿a quién no da temor
un alma del otro mundo?
Triste es el suceso.
Así.
Pues toca estas trece heridas
que acabaron trece vidas
si trece alentara en mí,
prosigue en tu devoción
y haz bien por mí.
Estoy en calma,
qué estado tiene tu alma.
Estado de salvación,
en el purgatorio estoy.
Qué pena.
Fuego, y tirano,
me está abrasando esta mano.
Mil gracias al cielo doy
porque en la mano, y no más.
Porque esta mano gastó
las rentas que Dios me dio
sin medida ni compás,
despendió mucho en placeres,
para la caza en halcones,
para el juego en perdiciones
y para el gusto en mujeres,
mas todo se ha de pagar.
¡Oh gran fuego!
Es de manera,
que si todo el mundo ardiera
no se le puede igualar.
Tan sana tu mano veo
que me parece imposible
que tenga fuego.
Y terrible.
No hay que dudar, yo lo creo.
Este es el humilladero,
y aquí porque te lastimes,
y a rezar por mí te animes,
sola esta muestra hacer quiero.
Estaba una tabla blanca y en ella señalada una mano, y impresa de tinta y que caen cañoncillos llenos de pólvora y ponga la mano encima Lotario y pégase fuego en la pólvora y dásele vacío =
Válgame Dios, fuese. Ay,
Lotario amigo, reparo,
mas ¡ay! que ya he visto claro
cuanto me dijiste aquí.
La mano impresa se vio
en la tabla, efeto extraño,
Jesús mío, fuego extraño
la llama en un punto asió.
Mano, en vuestra negra palma
como a blanco apuntaré,
y en estas rayas veré
la ventura de mi alma.
Apuntad con diligencia
las horas de mi cuidado,
porque viva concertado
el reloj de mi conciencia.
Con tabla entablar podéis
la gloria que a bien me espere,
y cuando a Dios ofendiere
la mano me asentaréis.
Vase y salen el Marqués, Leandro, y Juanelo, con luto, alabarderos.
Señor, mirad, en conciencia
ya cumplí.
Ya libre estoy.
No tengo que pedir más,
guárdeos Dios, a quien le sirva.
Vase.
Dad luego a la tierra fría
los cuerpos; amigos fueron,
en una noche murieron,
entiérrenlos en un día.
Vengado está ya el honor,
¿Habéis del jardín traído
al difunto cuerpo herido
de Leonato?
No, señor,
mas agora los traerán,
y en el sepulcro trazado
como lo tenía mandado
juntos los enterrarán.
con alabarderos
Dan golpes a la puerta dentro.
¿Quién es?
Recelo que recias dan.
Y así viene con fe, que
porque de mi enojo sabe,
que tuvo la culpa en parte,
porque si no él estorbara
que a Lisbella Leonato viera,
ni el buen Lotario muriera,
ni yo a Leonato matara.
Difiero lo mi cuidado,
todo a mí me sobra enojo,
y viendo al fin de su error,
solo me viera abrasado,
pruebe celos, mis pasiones
Prometeo.
Gran rigor.
Viendo de Lisbella amor
pues en nobleza a poner,
gozarásla.
Pues, de ser...
Señor, mujer es Lisbella.
Como un serafín es bella.
Ella en efeto es mujer,
pues con celos rabia y peca;
cierta será su ventura,
porque no hay honra segura,
ídolo de la pobreza.
Mira a Canopo en los cielos
con el huracán luchando.
ya bebiendo, ya asaltando
las olas desatentas y cielo,
no tiene el peligro sumo
que el mar, a manos abiertas,
ofrece a sus obras muertas
mortajas de blanca espuma;
el profundo seno abierto,
mas calmóse el mar Roberto,
y la nave con respeto
pegóse en su alegre puerto.
Esta nave es Lisbella,
y en el azul mar de amor,
las olas de su rigor
resbalan con valor bellas,
que a verse anegar
un favor ha de pedir,
y el día del recibir
es labio para llevar.
Aunque al profundo escavases,
presumo que tendrá entereza.
Es un golfo la pobreza
que anega muchos linajes.
Salen los Alabarderos.
Leandro.
¿Qué tenemos?
Que nos avéis de advertirlo,
de Donato el cuerpo muerto.
¿Qué es eso?
Disimulemos.
Dile que lo avéis traído
por las dos armas que espera.
Lo que gustares, se ordena.
Ya está todo prevenido.
Donato y Octavio están
juntos en un ataúd.
Venga, do tendré quietud.
Luego los enterrarán.
Sale Lisbella sola.
Supuesto, Marqués famoso,
que el llanto de las mujeres
mueve las ásperas fieras,
y el bronce en sus minas hiende,
el fiero león humilla,
el mármol duro enternece,
la más brava tigre amansa,
y el áspid más sordo mueve,
poned los ojos en los míos,
que a vuestras nobles plantas vierten
lágrimas, que son zafiros
por lo que de pena tienen;
no le pido que me toques
el pleito contra mis bienes,
que al mar del mundo lo dejo
porque el bajel se aligere;
no le pido que a mi padre
las galas y honor le dejes,
ni que su casa y lustre
valer y mejoras gobierne;
no pido tapices ricos,
de mis desnudas paredes,
porque en su desnudez blanca
mi castidad se celebre;
no le pido de mi plata
jarros, salvas, platos, fuentes,
que bajeza de honor sería,
si la vajilla pidiese;
no pido que repartas
riquezas a mis parientes,
que no es buena la riqueza
a donde el honor se empobrece.
Enjugad los bellos ojos,
y pida cuanto quisiere,
que ya es poco darte el alma
por solo verlos alegres.
Suplico a vuestra excelencia,
se reporte y considere,
que son pasos con ansias
para tan altivo temple
Bien quisiera reportarme
mas adoro
Señor tente
que soy mujer principal
Lisbella el alma me debes
Cual este alivio me pesa
Habla, pide, no te aqueje
daréte, mas dite el alma
que es lo que mas pedir puedes
No pido señor el alma
que en prenda ya a Dios se debe
Siempre el que ama, es desalmado
y vive sin alma siempre
Solo te pido
Lisbella
prosigue, pide, y no temas
que en pago de tus palabras
te daré cuanto pidieres
abran los hermosos labios
el nácar de sus claveles
que en el jardín de tu rostro
mejor abiertos parecen
debajo de tus rubíes
las cándidas perlas muestren
para que el alma me abrases
en el jazmín de su nieve
Repórtese tu excelencia
si por dicha no pretende
que en la temerosa boca
las palabras se me hielen
Pide a las ramas de dafne
que sus esmeraldas truequen
por las que en el sauce tiemblan
cuando le aflige noviembre
pide al mar que no se mude
pide al fuego que no queme
a la tierra que se mueva
y al aire que se aquiete
que enlute el balcón de oriente
y al sol que del carro descienda
dejen su luz rubias esferas
pide que atrás vuelva el río
cuando le siguen las fuentes
y confiado a un amante
no pidas que se sosiegue
Pues el parecer no mudas
será el mío diferente
ya no quiero pedir nada
Oye, pide, escucha, vuelve
que solo con ver tus ojos
pido al amor que me premie
Siento en mí enojos
Estoy loco
y temo todo es quererte
Ya señor no hay sufrimiento
perdóname
Escucha advierte
pide aunque pidas mi estado
antes que de mí te ausentes
Solo pido que mi hermano
cuando San Martín viniere
le pueda hablar sin peligro
Aparte.
Vivo quisiera tenerte
Di señor qué me respondes
¡Qué petición tan fuerte!
Mucho deseo de pedirte
pues tardas en responderme
Aparte.
Callaré, pues ruega agora
tu petición se concede
Avisad que entre Leonato
como que Leonato entre
sale Leonato
vivo me tienen los cielos
aunque por muerto me tienen
¡válgame Dios! ¿es posible
que mi yerno sueño parece?
no dijistes que era muerto
de qué horror y caos nos suspende
no le hallamos en las yedras
y trájose desta suerte
dijímoste lo que oíste
señor porque no te diese
la nueva del sobresalto
algún penoso accidente
las ánimas me libraron
y yendo entre las yervas verdes
tuviste para matarme
la celada reluciente
después de muerto Lotario
vino solo a socorrerme
y en mi nombre sentidas
trece puñaladas tiene
abrid el negro ataúd
nadie se turbe ni altere
abren un ataúd donde estará
Lotario con las heridas en el
pecho
barrenado tiene el pecho
las puñaladas son trece
por cierto suceso estraño
tiembla el alma solo en verle
tómese por testimonio
general ejemplo quede
Leonato, escuchad, y querría
saber quién la causa fuese
para que de mis jardines
se escalasen las paredes
por Lotario que Dios haya
quise entrar
todo me ofende
no entréis más en mi rincón
vasallo soy obediente
mi pasión se disimule
mi crédito se conserve
mi devoción sobre todo
ánimas favorecedme
vanse con que se da fin
a la segunda jornada
fin
Salen doña Usta y Lisuella.
¿Señora doña Usta en mi casa?
¿Tanto favor?
Sí, Lisuella,
que en efeto es centella
de la llama que me abrasa.
El propio marqués me envía;
en su nombre quiero hablarte.
Bien puedes asegurarte;
no temas, por vida mía.
El marqués me tiene amor,
y a sangre compre su dueño,
que un amor que no es honesto,
no ha de ejercitar su valor.
Su gran ser todo lo abona,
mas amor cual de este llega
y es contagio que se pega
por la cercana persona,
de parte del marqués vengo;
pongo yo que esto es no más.
¡Terrible estás!
Mucho miedo es el que tengo.
Eres águila en grandeza,
y haciéndome a temer
que pequeña te ha de ser
la jaula de mi pobreza.
Esta visita extremada
será en mi casa oprimida,
pólvora en barril metida
para volar encerrada.
Será presa de caudal,
que furioso vuelo toma,
y será fuego en redoma,
que entra en ella por su mal.
Para anunciar mis tormentos
será cometa luciente,
y avenida de corriente,
que arrebata los cimientos.
Será varia luna errante,
creciente para la pena,
para los amores llena,
y para el honor menguante.
Será para mis deshonras
ola en el golfo espantoso,
del marqués, que es mar furioso,
contra el bajel de mi honra.
Lisuella, el furor detén,
que esta mi fe leal
viene a ser fin de tu mal,
y principio de tu bien.
Será el alba refulgente,
después de la noche umbrosa,
y la primavera hermosa,
cual invierno cano ausente.
Será la nave cargada,
que coge el caro tesoro,
tan llena de barras de oro,
cuanto de perlas dorada.
Será la luz del buen rato,
y la coluna de tu honor,
y la póliza de amor,
para librar al amado.
Quisiera darme a entender,
mujeres somos las dos.
Solo nos escucha Dios,
todo mi pecho has de ver.
Yo quiero...
¿Qué quieres? Di.
Quiero que sepas que lloro.
Dime por qué.
Porque adoro...
¿A quién?
El alma le di.
Quien se enamora recio,
de su gloria qué le espera?
Sepa yo quién.
Es locura.
Sabes tanto como yo.
A preguntarte me obliga
la fe de mi buen deseo.
Quiero encargarte el secreto,
primero que te lo diga.
Por la opinión de mi honor
juro que le guardaré.
Pues no conoces mi fe,
no sabes mucho de amor.
Pero escucha mi cuidado.
Yo quiero...
Prosigue, ¿a quién?
Al retrato quiero bien.
Lisuella, el alma le he dado.
¿Espantaste?
No me espanto,
que milagro de amor es.
Sale Laura a una puerta, Juanelo con el marqués.
Desde aquí, señor marqués,
veré mi divino encanto.
Desde aquí los puedes ver,
aunque oír será imposible.
Vase Juan, y salen a otra puerta Leonato y Celio.
¡Ay carga de amor terrible!
Un Atlante has menester.
Desde aquí puedes notar,
aunque es imposible oír.
En el margen derecho: prosecución
Habla, que se va a morir,
por señas sabe matar.
El marqués me persuadió
que un papel viniese a darte.
¿Papel yo?
De su parte.
Toma, y tengo gozo yo.
Este medio traigo aquí
para que te alegres y mires,
aunque el alma me confíes,
vive segura de mí.
Ya tomó el papel.
¡Ay triste!
Ya no hay qué temer, cobarde.
¡Traidora, el papel tomaste!
Ponzoña, tósigos me diste.
Hoy venga Leonato a verme.
Haré lo que se le debe hoy.
Ya voy.
Rabiando estoy,
¡ay de mí!, no sé qué hacerme.
Fabia mi bien procura.
Lisbela me da la muerte.
Bendigo mi buena suerte.
Maldigo a Dios su hermosura.
Esta noche me ha de ver.
El papel me es fuerza dalle.
Linda mujer, lindo talle.
¡Qué mal mirada mujer!
A mujeres solo el hombre
va regalando el oído.
A mujeres siempre han sido
la perdición del hombre.
Tenlo, que para vivir,
que está la gloria en la vista.
Mire el fin de la conquista,
y mi honor defenderé.
Lisbela, el marqués te adora.
Pero de un amor te aviso,
quieres fruta de paraíso,
y es comida que se llora.
No tiene su gusto igual.
Pero advierte, sé tan bien,
que de un minuto de bien,
se os sigue un siglo de mal.
Como hermana sea consejo,
porque es ser todo de liviandad
la tierna edad...
Tu buen trato
me sirve de claro espejo.
No sé cómo la pasión
me ha dejado aconsejarte.
Fabia está de mi parte,
todo será persuasión.
Ella entabla mi alegría,
verdadera hermana mía.
No te fíes del marqués,
que es ventura quien se fía.
Y pues llano se aventura.
joyas de honor superiores
no hay fiarlas de señores,
aunque porfíen la hechura.
Seguir tu consejo espero.
Lisuella, mi celo os
noto que duda el Marqués;
si no la paga primero
y si en gracia le ha caído,
peladla, os acatan ellos,
que la pague de antemano
con darte la de marido.
Los tuyos muda avivar.
Abrázame, hermana bella.
Ya se enternece Lisuella,
no hay más dicha que esperar.
Ya se abrazan, gran rigor.
Brazos sois del mar hinchado,
y brazos del potro airado,
que me atormenta el honor.
No pases necesidad,
toma esta bolsa de escudos,
que serán testigos mudos
de mi cierta voluntad.
Tomóla, no hay que esperar.
No tengo más que pedir,
que el día del recibir
es la víspera del dar.
Ya no se excusa mi recato.
Yo llego, mas ¿dónde voy?
El Marqués. Perdido soy.
Guíe amor, que este es Leonato.
Fingiré que no le vi.
Yo dándole en fingiré,
pero de aquí no me iré,
pues guardo mi honor de aquí,
hermana.
Vamos, señor,
que desdora su presencia.
Fuego, sin duda, esta ausencia
del purgatorio de amor.
Venid.
No puedo sin vella.
Y para mi desventura,
pues me saca tu cordura,
del cielo de mi Lisuella,
a Leonato he visto.
Hermano,
si a habello visto declaros.
Solo tu opinión reparos,
comprenderle.
Caso es llano.
Si le prevenís disgusto
a Lisuella.
Decís bien.
Pues disimulemos.
Ven,
que de obedecerte gusto.
Vanse el Marqués y Ba.
Ya se fueron, si no hay duda.
Daré a Leonato el papel.
¿Qué es esto, hermana cruel?
Todo el color se me muda.
¿Qué sientes?
Un yelo frío
pone mi vida en estrecho.
Un cáncer dentro en el pecho
que va lastimando el mío,
un dolor de corazón
que no hay remedio que baste.
Conmigo qué tomaste,
hace en mí la operación
un frenesí que me agravia,
con una cuerda locura.
Viendo en ti la mordedura
que es ocasión de mi rabia.
Tengo una gota coral
que se me sube a la cabeza
y derriba mi nobleza
con apariencia mortal.
Tengo un dolor de costado
que me costará la vida,
y de sangre bien nacida
una fístula de honrado.
Tengo un tabardillo recio
que me consume por puntos,
y todos los males juntos,
pues mi honor se pone en precio.
Leonato, ¿qué dices, di,
que no te puedo entender?
Si es verdad que eres mujer.
Mujer, y honrada nací.
La que lo vive, es honrada.
Que al negar todas lo son,
yo conservo mi opinión
de mi nobleza heredada.
¿No recibiste un papel,
una bolsa con dinero?
Di, cruel, que por el fiero
se queda llama cruel.
Mal me tratas.
Viendo, adviertes,
debieras considerar
que quien se atreve a de dar,
y que teme dos mil muertes,
si un papel es recibido
y dineros...
¿qué más quieres?
Dale el papel.
Que este papel consideres.
Cómo he sido mal servido.
Tu furor es infinito.
Lee.
Pues yo, que no estoy en mí,
a leer qué dice aquí,
ya conozco el sobrescrito.
«Venidme esta noche a ver,
Leonato, sin que haya falta,
o que el encierro resalta,
y qué breve proceder».
Dime, ¿soy mujer ahora?
Perdóname, bella hermana,
cuyas mejillas de grana
prestan carmín a la aurora,
pintado en su rosicler,
con pincel de verde juncia,
ángel bello que anuncia
la gloria de mi deseo.
Del marqués pienso que os ama.
me hablaba Dorice, mas ella,
de su amorosa querella,
vino a saludar la Aurora,
y a redimir un agravio
los escudos que remiste.
ya sé que los recibiste.
y al descuidar mío, Pintor,
estás mejor.
no lo dudes.
que para decir verdades,
todas las enfermedades,
trueca el amor en saludes.
hermana, guárdete el cielo,
que Saulo me aguardará.
y en mi cuidado verá,
la fe que debo a suelo.
ciertos que tales temores.
descubre una furia estraña.
vase Leandro
el tiempo me desengaña
que es grande engañador.
El tiempo y tiempo todo va girando,
que el tiempo tras el tiempo va corriendo
consejo el tiempo a tiempos va pidiendo
que el tiempo a tiempos va pronosticando
de los tiempos el tiempo advierta hablando
que a tiempos se va el tiempo conociendo
con el tiempo se van tiempos descubriendo
que el tiempo varios tiempos va mostrando
Nunca el perdido tiempo fue cobrado.
Porque el tiempo que pasa no se siente.
y huye el tiempo, no ve lo que ha volado.
use del tiempo, bien el que es prudente.
que si el tiempo que pasa es bien gastado.
todo el pasado tiempo está presente.
Entrase Lisuella, salen el marqués, Leandro, Juanelo.
qué aguardas que a Lisuella vea.
solo esta llega, señor.
y goza el fruto de amor.
que tu corazón desea.
toma esta cadena.
el cielo,
te dé muchas más que des.
estremadas ocasiones.
qué te parece, Juanelo.
que bendigo el rayo hermoso
del rubio Pintor del día,
pues dentro en los senos cría
este metal amoroso.
al fin Lisuella está sola,
no solo bendigo el sol,
sino también del crisol
la llama que le acrisola.
bendigo el cacique árabe,
que las minas va a cavar,
y pues a ella te lleve,
bendigo también la nave.
agora en este lance.
Bendigo el rico minero
y las manos del platero
que hicieron los eslabones.
Y bendigo el rubio color
que tuvo con el almácigo,
y los quilates bendigo
de su precioso valor.
Y bendigo la sutileza
de su traza artificiosa
y de su virtud preciosa
la codiciada belleza.
Bendigo la hermosa gala
de tan alegre tesoro.
Y bendigo el rayo de oro
que los ojos me acicala.
Bendigo la rica hechura,
bendigo mi justo exceso,
y al fin, al fin bendigo el peso,
que es la perfecta hermosura.
Ya no se puede sufrir
vasallo que es bendecido.
Siempre el hombre agradecido
se precia de bendecido,
y así bendigo la pena
de tu amorosa pasión,
pues se puso en corazón
que me dieses la cadena.
Y bendigo tu mano larga,
de su vello la hermosura,
de mi cuello la ventura
y de mis hombros la carga.
[Pónesela.]
¿Acabas?
Señor marqués,
gran cadena es, por vello,
y más la adoro, quiero al cuello,
que feos de yerro a los pies.
En verdad que lo creo.
Bien puede Vueseñoría.
Tratemos de mi alegría,
que me atormenta el deseo.
Dime, ¿qué hace mi Lisbella?,
mis glorias, ¿qué fin tendrán?
Digo que estoy muy galán.
¿Pudo hablalla?
Pude vella.
Pues sabes cómo la adoro...
Date priesa, si la quieres.
De veinte y nueve quilates
tiene la cadena el oro.
Quitársela es lo mejor,
que, sin duda, le enloquece.
Buen acuerdo me parece.
Para mí no lo hay peor.
No me quites la cadena,
que yo te quiero guiar.
Y aquí se viene a hallar
el remedio de tu pena.
[Tiran una cortina y está Lis de rodillas con unas horas rezando.]
Sospecho que sea cobarde.
¡Oh peregrina ocasión!,
mas, ¡ay!, que está en oración.
¿Qué temes, señor?, ¿qué aguardas?
Haga de su suerte alarde.
Línea tachada e ilegible al principio de la página
y en mi propio he conocido
un corazón atrevido,
y una ventura cobarde.
¿Qué importa, señor, que rece?
Has de a gusto
llegar.
Llegaré,
que a disculpas me asiré,
la ocasión que se me ofrece.
Solo se puede temer
que por las ánimas reza.
Cuando el Marqués vaya a llegar, salgan de debajo de ella unas almas de fuego.
A vista de la belleza,
ya mostremos el buen querer.
Temo, al fin, y no es razón,
mas ¡ay de mí!, que a un triste
si mis combates resiste
con murallas de oración,
y más que rezando está
por las ánimas, que esto
a estorbarla está dispuesto,
licencia el amor me da.
¡Válgame Dios! ¿Dónde voy?
Todo el color ha perdido.
Yo, Leandro, entretenido
con mi cadenilla estoy.
¡Ay de mí, que estos que he visto
por estos pechos me vienen!
Que guardas del cielo tienen
los muros que yo conquisto.
Oye, Leandro amigo, escucha.
¿Viste el fuego?
Yo ¿qué fuego?
Por cierto, lindo sosiego,
ya, señor, tu flema es mucha.
¿Qué dices, di?
Que es flaqueza.
¿No veis el humo?
Señor,
cual divino es el de amor
que se sube a la cabeza.
¿Viste los ánimos?
Yo,
¿cuál es la tuya o la mía?
Ilusión quizá sería
que mi temor engendró.
Retrato sois del abismo.
Llega, no te escandalices.
Quiero creer lo que dices,
sino que vi yo mismo
apenas puedo dar paso.
¡Ánimo, mi corazón!
Ved si fue imaginación
que a las veces hace caso,
mas confírmalo por cierto
mi temor no hay que dudar.
¿De qué sirve agonizar
si estás a vista del puerto?
Yo me abraso y yo me anego.
¿Qué sientes?
Dudoso estoy,
que el mar que temiendo voy
las olas tiene de fuego.
Ayudado quiero hallarme.
Señor, ¿aún puedes llegar?
Si me pudiese escapar.
Ya yo holgara de quedarme,
aunque sea en mil pendencias
un Roldán batallador.
Con las ánimas, señor,
no quisiera diferencias.
Como cobarde replicas.
Mi justo recelo abonas.
Hay ánimos valerosos
que se entraran por cien picas,
mas aquí vamos los dos.
Entrad, gozala.
Lleguemos.
De la oración la saquemos.
Llegan todos tres juntos y vuélvense para atrás huyendo.
¡Ay Jesús!
¡Ay triste!
¡Ay Dios!
¡Guay, Leandro!
Pierdo el seso.
Yo quedo escandalizado.
Con la cadena he quedado,
no puede abultar más su peso.
El corazón me tembló.
Mi justo miedo acreditas.
Tomad con las ánimas,
miren si lo dije yo.
Piedad es bien que a Dios pida,
no más pasión ni por lumbre.
Yo no quiero pesadumbre
con almas de la otra vida.
Vase Juanito.
Un nuevo y discreto celo
mis porfías atropella.
Ya no conquisto a Inés bella
pues de mí la guarda el cielo,
mas dejarla de adorar
no es posible.
¿Qué has de hacer?
Pedírsela por mujer.
No te quiero aconsejar.
Mi casamiento se trata.
Pues donde yo propio asisto,
Dios, como lo habemos visto,
por ella milagros hace.
De codicia es gran bondad
pues me ofrece su quietud,
la nobleza en la virtud
y el dote en la santidad.
Del buen celo que me ayuda,
sé que a Dios se ha de servir.
¿Ese humor le ha de seguir?
Así lo pienso.
No hay duda.
De mi pensamiento nuevo
lo aprueba, en esto se ve,
que salva la buena fe,
y buena la que yo llevo.
Señor, a mucho te pones,
el caso dará motivo.
Dios ordenó el matrimonio,
y sabe las intenciones;
y no habrá quien me destorbe,
luego se hará el desposorio.
Levántase Tinieblas.
Ánimas del purgatorio,
vuestra devoción me ayude.
Sosega el pecho medroso,
que ya me duele tu temor.
¿Pues lo que dices, señor?
Lisuela, yo soy tu esposo.
Extraña resolución.
El fuego no me ha ofendido,
que solo crisol ha sido
del oro de mi afición.
Turbada estoy.
De mi estado,
eres única señora,
y del alma que te adora
con amor purificado.
Mis ojos se te ofrecieron
cuando los tuyos miraron,
y cual oro lo afinaron
las llamas que le valieron.
Pero en el fuego, mi celo
donde purgatorio halló,
pues el alma me limpió,
que ha de gozar de su cielo.
Turbada Lisuela está.
Señor, no sé responder.
No tiene más que saber
de que eres mi esposa ya.
Y modelo casto, humano,
sin desposarme primero,
que en esto mostrarte quiero
la fe de mi pecho llano.
Sale Celio, solo.
El corazón se me abrasa,
mi honor en peligro puesto.
Mi padre viene.
¿Qué es esto?
Señor marqués en mi casa.
Celio, a la marquesa hablad.
¿A quién?
A Lisuela, es mi esposa.
Duda el alma temerosa
la prueba de esta verdad.
Señora, ¿bien?
Resuelto estoy.
Mañana me caso.
Amén.
Celio, tenedlo por bien.
Señor, vuestro vasallo soy.
La traza encargaros quiero,
que en esto se ha de tener.
No lo tengo de creer,
si no se casa primero.
Despacio hablaré con vos.
Nueva merced será esa.
Adiós, señora marquesa.
Mi señor marqués, adiós.
Vanse todos, queda sola Lisuela.
Y celos, de mí dudé, creció mi envidia,
que llegó el temor de la belleza,
la que de amor en limpio mi nobleza,
que en mujer conquistada es gran trofeo.
Pasé calidad ricamente,
que halla el honor crisol en la pobreza,
solicitada soy, tuve firmeza,
que vence el buen recato al mal deseo.
Y no sé aquí por qué temí dar noto.
que sujeción el requiebro profesa.
Y cuando más obliga, más espanta.
Fui siempre de las ánimas devota,
nací pobre mujer, y soy marquesa,
que estoy más de una devoción tan santa.
Vanse. Salen Octavia y Leonaro.
En ofensa del osario,
señora, juré un concierto,
de no amarte más, ya es muerto,
no hay escrúpulo en contrario.
Cuando en esos ojos muero,
será el nudo de amistad
freno de la voluntad,
que arraiga la varonía.
Y al osario conocí
el yelo de nuestro pecho,
en cuyo dudoso estrecho,
casi anegada me vi.
De mis males hice suma
cuando el áspero mar de amor,
sondeaba mi temor,
con la nieve de su espuma.
Perdí el decoro a mi ser,
salió el decoro de quicio,
fingí perder el juicio,
por el fin le vine a perder.
Ay señora, el mío se ofrece
a las aras de un altar,
que si enloquece el pesar,
también el gusto enloquece.
Ya sabéis hacer amorosa.
Quede, pues, a mi buen celo.
Sé que me tengo de atrever.
Leonaro, yo soy tuya ya.
Bendigo el jardín precioso
donde esta ave se alienta,
y el aire que la escucha
de mi ventura envidiosa.
Azucenas, que ofrecéis
ámbar a la primavera,
y que en una mesma era
taza de plata parecéis.
Colorados alelíes
que mostráis, como en guirnalda,
sobre engastes de esmeralda
ramos llenos de rubíes.
Placenteros mirabeles,
que en esperanza os quedáis.
Clavellinas que afrentáis
el nacer de los claveles.
Maravillas que el tesoro
de unas hojas puede honrarte,
y paramos a alabarte,
digo que eres como un oro.
Rosa, cuyo olor conforta,
retrato de mi querida,
que está entre espinos metida,
y el ortelano la corta.
Verde trébol, verde murta,
verde arrayán, verde acanto,
que pone a el fiero espanto
aquel uno al otro hurta.
Cándido jazmín de plata,
blanca mosqueta olorosa,
morada violeta hermosa,
lirios que al cielo retrata,
caños de cristal vertientes,
que por lo murmuradores
comunicáis a las flores
las risas de vuestras fuentes;
Dafne, que nadie te agravia,
vive convertida en flor,
celebrad mi justo amor,
pues me le recibe Octavia,
el temor que de adentro va saliendo.
Octavia, hermosa señora.
Leonarto, mi hermano es este.
Retírase Leonarto.
Aunque la vida me cueste,
yo voy.
Escóndete agora.
Por darte gusto lo haré.
David.
¿Quién es?
Tu hermano.
Esforzarme quiero en vano,
pero al fin me esforzaré.
¿A tal hora en el jardín?
¿Qué es esto?
Hermano y señor,
achaques son de calor.
Todos llevamos un fin.
¿Cómo ansí?
El alma se enciende,
y aunque está cerca el remedio,
mil montes de hielo en medio.
Temo que el marqués me entiende.
A deshora quise hallarte,
porque ciego es mi cuidado,
que en el alma me ha tocado,
y en el alma he de tocarte.
¿Qué es lo que dices?
Que amor
fuerza al pecho más exento,
y sube el entendimiento
ser defensa del honor.
Él sabe que estoy aquí.
Si amor al alma llega,
los entendimientos ciega.
Todo lo ha dicho por mí.
Aunque no fuera razón
que el ciego amor obstinado
de un ilustre pecho honrado
marchitase la opinión,
Por momentos se declara.
mas, ¡ay!, Octavia, que sé
que las llamas de la fe
suelen salir a la cara.
Ya no tengo más que oír.
Quisiera a mí declarar,
mas, ¡ay!, quise descansar
con lo que os dejo.
Yo, señor, tu hermana soy,
mira, advierte...
Todo es cierto,
que yo me tuve por muerto.
Y aun sospecho que lo estoy,
no he de poder reportarme.
¡Qué me triste!
Aunque su hermano
si en él pone las manos,
vive Dios que he de matarle.
Quiero decir lo que siento,
pero es tanta la pasión
que no puede el corazón
desfogar su pensamiento.
¡Ah, que estoy sin sentido!
Yo pienso que he de perderle.
Amor, ¿qué debes perderle,
que me tiene de mil ofendida?
Ya con mi sangre se iguala.
¿Quién?
La de Celio y Leonardo.
Él sabe todo mi trato,
esta palabra fue mala.
La casa de Celio es
opuesta contra la mía.
Yo mucho ardo.
Mas diríalo
si no muriese después.
Señor, declárate más.
Mañana a mi quinta iremos
y el suceso trataremos,
que agora temiendo estás.
Mañana podré aclararme.
Pues agora, ¿en qué reparos?
En cifras que son tan claros,
de qué sirve preguntarme.
Pienso que por cifras hablas
para acrecentarme el miedo.
Quiero aclararme y no puedo.
Temo que mi muerte entabla.
Sabe testigo Dios
que en esta pobre fortuna
es la culpa sola una,
mas la ofensa es de los dos.
¿Su confusión qué pretende?
Recela mi corazón
que de la nueva pasión
nuestra nobleza se ofende,
y así me importa dejar
esta plática sucinta.
Señor...
Mañana en mi quinta
me acabaré de aclarar.
Vase el Marqués.
Fuese el Marqués, Dios me valga.
Celos, ¡ay mi amor!, ¿qué haré?
A Leonardo llamaré,
que de la espesura salga.
Leonardo.
Señora mía.
El Marqués nuestro amor sabe.
Digo que es negocio grave,
todo en cifras lo decía.
Matarme quiere sin duda.
Yo, señora, tal sospecho.
Contra el rigor de su pecho
mi triste miedo pide ayuda.
Entrarme en un convento.
queda enfado el marqués,
allí podremos después
tratar otro casamiento.
Discurso cuerdo.
Acertado.
Vamos, que la aurora viene.
Efeto de fuego tiene
un amor determinado.
Entranse; salen Celio y Lisarda, Leandro y Juancho.
De perlas coronada,
sale bizarra la divina aurora,
cuya luz ilustrada,
borda las blancas nubes que namora,
y mezclando colores,
dibuja el valle con pincel de flores;
ostenta sus reflejos
el cristalino arroyo caudaloso,
cuyos alegres lejos
para del ave el coro en lo frondoso;
donde el alba luciente,
rica la clencha de su umbrosa frente,
guirnaldas van trazando
las olorosas flores, y otras varias,
que a su rostro mirando,
rinden a su belleza justas parias,
que en las mejillas bellas,
páganle también envidia las estrellas.
Amado padre mío,
¿cómo podré servir vuestra merced tanta?
De vuestra virtud confío,
pues hoy el cielo mi vejez recrea,
donde gozoso veo.
Que la ventura vence a mi deseo,
aquí el marqués ordena,
que para desposarse le esperemos.
De gozo el alma llora,
al gusto anuncia con cien mil estremos,
que si es grande un contento,
con los pasos le gana un pensamiento;
si el tiempo aligerase,
de suerte que abreviara el tardo paso,
¡ay, si el marqués llegase!
Si tuviese, ya efeto nuestro caso,
que en este bien que espero,
duda el honor si no se ve primero.
¿Estamos ya en la quinta?
Hija querida, sí, la quinta es esta,
adonde el mayo pinta,
la mesa que abril ha dejado puesta,
cuya varia frescura,
nos muestra natural arquitetura.
Ruido dentro, sale el marqués y 2 alabarderos.
Plaza, que viene el marqués.
Cerca del puerto me veo.
Alegraos ya deseos,
pues ya el bello centro veo.
Mi bella esposa, he tardado.
Un siglo, señor, me ha parecido.
Más mil para mi gusto han sido.
La primera línea es de difícil lectura, parece "mas os auia don causados"
Mas os había don causados.
¿Cómo?
Pienso que, enfadada
de mi nuevo casamiento,
quiere entrarse en un convento
de la Virgen Anunciada;
ni la puedo reportar
aunque procuro traella,
pero a ti, mi bien, no por ella
te dejaré de adorar,
que eres alma de esta vida,
y sin alma no hay vivir.
Yo, señor, te he de servir
con justa fe agradecida.
Bendigo la felice hora
de la buena dicha mía,
pues hoy me amanece el día
con tu rostro de aurora.
Hoy la luz de tu arrebol
se le presta a mi semblante,
y así, con venir delante
al mensajero del sol...
En tus ojos miro el alba,
y las aves placenteras,
con dulces voces parleras,
te ofrecen alegre salva.
Perdonadme, padre amado,
que amor me da esta licencia.
Tiene la vuestra excelencia...
Sí, que al fin soy desposado.
Y indigna, señor, me siento.
De tanta merced, señora,
callo cuanto he dicho ahora
la mitad de mi contento.
Yo, señor, su esclava soy.
Discreta y bella y hermosa,
dame la mano de esposa.
Que de esposa te la doy.
Sale la Dama.
Detente, marqués, aguarda,
que yo cual hermana estorbo
el efecto que procuras
del atrevido desposorio.
No extraña, mas aun con brío,
pero ya con nuevo asombro,
tu pretensión contradigo;
y en el primer monitorio,
sangre de reyes te ilustra,
y a los magnos Paleólogos
la gran ascendencia ensalzan
de tal linaje famoso.
Marqués, hermano, señor,
abre los turbados ojos,
mira que manchas la fama
de tu nombre generoso.
Mira de tu antigua casa
los escudos ingeniosos,
que entre resplandores pides
dibujan pinceles de oro.
Mira que en el mar de amor
los vientos braman furiosos.
Toma puerto en tu cordura,
que se va el honor a fondo;
sentiránlo tus parientes,
y tus altos promontorios
anegarán lastimosos
en el cristal de sus fosos.
Aunque Lisbella es honrada,
y aunque su divino rostro
las dificultades quite
que en esta ocasión te pongo,
no es igual de tu nobleza,
fuerte marqués valeroso;
mira que humilla mucho
el yugo del matrimonio.
Al tema de tus palabras,
Otavia, solo respondo
que a Lisbella doy la mano
y que a tu pesar soy su esposo.
El alma, Lisbella, es tuya.
Yo el casamiento intercedo.
Dame la mano, señora.
Yo, señor, tu gusto adoro.
Ya es tu esposa.
Ya es el cielo
que ilustra mis fuertes hombros.
Hoy eclipsa tu locura
el sol de mi nombre honroso;
es Lisbella planta en flor
que, entre un espacio redondo,
sufre el desabrido acíbar
que amarga después a sorbos;
es una lluvia creciente,
cuyo repentino arrojo
de los espejos del río
mancha el cristal undoso;
oro parece al amante
el rostro que adora hermoso,
mas ya, llegando al toque,
y será falso el tesoro.
Lisbella es mi esposa.
Esposa
que se vapora tu honor propio,
y es bien que losa la llame,
pues falta un paso al lloro.
Mil cosas sintiendo miro;
dan por el hombre más tosco,
y con una te entierras
por ser menos hombre que otro.
Vamos al caso, marqués:
en un ejemplo notorio
quiere convencer el yerro
de tu pensamiento loco.
Si yo, cual favor Lisbella
con tierno pecho amoroso,
por Leonato atropellara
al ser de mi buen decoro,
si con la mano de esposa
le diera el alma en despojos,
¿qué me dijeras, hermano?
Ya parece que te asombro.
No fuera el mar tan airado
cuando el corazón nubloso
cubre con olas de plata
los navíos deste golfo.
Pienso que me dieras muerte
y aunque pareciera loco,
hermano, que me le escondes.
Mi Lisbella, que adoro,
cuando a Leonato quisieras
es galán, discreto, airoso,
y a la afición de mi pecho
dijera el dicho en su abono;
perdonárate sin duda.
No más, la palabra tomo.
¿Qué es lo que dices, Otavia?
Señor, Leonato es mi esposo.
Sale Leonato.
Y el menor de tus criados.
Aquí nos oyen los sordos.
Ya dije que os perdonaba,
no hay que dudar, yo os perdono.
Sois vos la predicadora,
amor lo pudo hacer todo.
Notable engaño el de Otavia.
Bien supo hacer su negocio.
Sosegóse ya el nublado.
Ya se me pasó el enojo.
Demos final a las benditas
ánimas de Purgatorio,
y en su devoción, perdón pido
a vuesas mercedes todos.
Fin.