digitanler Text von El milangroso imposible y Sanntan Ritan de Cansian | BITESO
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digitanler Text von El milangroso imposible y Sanntan Ritan de Cansian

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El milagroso imposible y Santa Rita de Casia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-milagroso-imposible-y-santa-rita-de-casia.

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EL MILAGROSO IMPOSIBLE Y SANTA RITA DE CASIA

Stanrt

Pang. 1

[Cubierta]

Pang. 2

Yy - 659

Mss 15681

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Pang. 3

[Página en blanco]

Pang. 4

Copia

Primer acto de la comedia (El milagro imposible).

Comedia en 3 jornadas.

Pang. 5

900

López

Santa Rita de Casia (y el milagro imposible).

Comedia en 3 jornadas -

Leg. 6

S-6.

19

[Sello]

Pang. 6

Santa Rita

Jornada primera

Valencia a 11 de mayo año de 1709.

Pedro Félix

Jornada primera

Pang. 7

Santa Rita, El demonio, Casandra. Su padre, Dos hombres, Julia. Tiberio, Dos niños, Un ángel. Alejandro, Trípili, San Juan Bautista. Un ciego, Un cojo, Una mujer y músicos.

Salen riñendo el demonio y Tiberio.

Tiberio.

Vive Dios, que eres de bronce,

que a tantos golpes mortales

de mi vengativo acero

te resistes.

El demonio.

No te espantes

si a mis impulsos también

eres roca incontrastable.

Detén la espada.

Tiberio.

¿Quién eres?

El demonio.

Tu amigo, llega a abrazarme.

Tiberio.

Entre mis brazos tu aliento

El demonio.

No es mi intento provocarte

a la lucha.

Tiberio.

¿Pues qué intentas?

El demonio.

Solo llegar a abrazarte

en señal de que tu amigo

soy, y seré en adelante,

como lo he sido hasta aquí,

que el sacarte de la calle

Pang. 8

El demonio.

De don Silvano al campo

fui por evitar un lance

que sé que te amenazaba

si conmigo te enojaste

y remitiste al acero

la respuesta en el coraje.

No me admiro, y agradezco

al acaso, el encontrarte

tan valiente y denodado,

porque aunque llegó a informarme

de tu valor la noticia,

nunca le juzgué tan grande

que en competencia del mío

quedasen los dos iguales;

mas ya lo he visto y te afirmo

que si me has debido antes

la afición por las noticias,

será justo que te pague

con doblada inclinación

lo que mi cariño aplaude.

Tiberio.

Tu amigo soy.

El demonio.

Yo también.

Tiberio.

Valor tienes.

El demonio.

Eres Marte.

Contigo no temo al mundo.

Tiberio.

Contigo no temo a nadie.

El demonio.

Seremos firmes los dos.

Tiberio.

Seremos los dos constantes,

El demonio.

dos fuertes movidos montes,

Tiberio.

dos rocas incontrastables.

Los dos.

Que venzamos los abismos

El demonio.

que se nos pongan delante;

si tanto lo que pudiste

con tu valor inclinarme,

que solo a servirte atento,

no habrá monte incontrastable

de dificultades que,

yo, por tu gusto, no allane,

siendo a mis fuerzas por ti,

aun lo repugnante, y fácil.

Tiberio.

Con el alma esta fineza,

¡vive Dios!, he de pagarte.

El demonio.

Con el alma. (Aquesta busco).

Tiberio.

No te admires que afirmarme

solo con el alma puede

la fina amistad durable

entre dos hidalgos pechos.

El demonio.

Bien dice; de aquí adelante

la que es alma tuya es mía.

Esto mi astucia persuade.

Tiberio.

Y mía la tuya, porque

lo recíproco no falte

de la amistad, y...

El demonio.

Pues, de amigo...

Pang. 9

El demonio.

El título, ya me vale

(miento, que los hombres son

mis enemigos mortales)

como tal he de pedirte

que de tu vida los lances

brevemente me refieras.

No ignoro yo sus maldades

pero al referirlas logro

ver, que mayores las haces

pues deleitarse en las culpas

hace el delito más grave.

Tiberio.

Pronto estoy a obedecerte.

El demonio.

Yo prevenido a escucharte.

Tiberio.

Con el nombre de Tiberio

el cielo quiso ilustrarme

que un heroico nombre excelso

es de la nobleza esmalte,

tuve mi Oriente en Italia

que también es de la sangre

noble, presunción, nacer

del mundo en la mejor parte.

Apenas pasé los años

primeros, en que se abate

la naturaleza ruda

al tosco bruto lenguaje

de la ignorancia, y se estrecha

en vanas puerilidades

cuando ya despierta el alma

y libre ya de la cárcel

de la confusión primera

empezó noble, a ostentarse.

Pisé el coto, no vedado

a mí, ni otros semejantes

jóvenes, que de mi esfera

nacen en licencia iguales.

Seguí la senda del vicio

ni horrorosa, ni intratable

a mi parecer, que aunque

en despeñadero acabe

aunque sea mala caída

es el precipicio suave.

Ejercitó mi aliento

de las armas en los lances

que son crisol del valor

y de la nobleza esmalte,

entregué, al juego los vicios

al amor, las libertades,

a la lisonja, el oído,

el gusto, a ricos manjares,

a la hermosura, la vista,

y aquestos, y los restantes

sentidos, potencias, vida

alma, y corazón amante.

Pang. 10

Tiberio.

de la mujer al hechizo

despreciando a la que es fácil,

aspirando a la imposible,

siendo en dos contrariedades

las mujeres siempre el blanco

de mis gustos desiguales:

o ya, fáciles las dejé,

o ya, imposibles las amé.

Dígalo un bello prodigio,

un cielo, una aurora, un ángel,

una mujer, que es el nombre

para mí más dulce, y suave,

mas pues atento me escuchas,

su hermosura he de copiarte.

Poco distante de Casia,

célebre villa, que hace

en la provincia de Umbría,

queda sita poco distante

Rocaperena, una aldea

que feliz puede llamarse

aunque humilde, pues en ella

tan hermoso fruto nace

que pudo envidiarle Venus

para adorno en sus altares.

Aquí, pues, una mujer

vi, que de humanas deidades

es corona, una aldeana,

pero no sabré pintarte.

Vencido de su hermosura

y de mi pasión amante,

de sus muchas perfecciones

la menor divina parte

son sus dos hermosos ojos,

dos soberanos rapaces

que vibran en vez de flechas

rayos de amor, con que abaten,

esgrimiendo sus dos soles,

al corazón más gigante.

Son su frente, y sus mejillas

elíseas amenidades

donde Flora, y Amaltea

con abundancia y con arte

entre cándido, y purpúreo

hicieron vistosas paces.

Esmalta su bello rostro

sobre perfecciones tales

no sé qué primor hermoso,

no sé qué gracia, y donaire

por lo modesto atractivo

y temido por lo grave

que parece; mas tales fuerzas,

que las palabras me falten.

Aunque adornarlas procuren

las lucidas falsedades

de los retóricos trazos,

Pang. 11

Tiberio.

y solo sabré afirmarte

que mi aldeana divina

vive Dios, que es como un ángel.

Rindióme, rogué, fue bronce,

amé, encarecí, fue jaspe,

es hermosa, fue una tigre.

Viome rendido, y amante,

burlóse de mi pasión

que es propio de las deidades

hacer diversión a veces

de los humanos pesares.

¡Oh, qué rica de desdenes

vi su hermosura! Admirarme

pudo, que llegando, yo

desperdiciando caudales

de finezas, de que están

los que aman tan abundantes,

casi expiró mi caudal

quedando el suyo tan grande

que habiendo, de muchos años

gastado yo ansias amantes

aún le sobraron a ella

muchos siglos de crueldades.

Esta es mi dueño, esta es Rita

y este es su nombre admirable

y archivo en quien las virtudes

están, con divino engaste.

Vencida mi voluntad

llamé, porque me amparase

al discurso, que el arbitrio

es pedírsela a sus padres;

dieron luego el sí, porque

no fuera justo negarle

a mi persona, a mis prendas

a mi valor, y a mi sangre;

y aunque en bienes de fortuna

a mi riqueza, no igualen

no he de reparar en eso

que intereses materiales

no arrastran un noble pecho

solo amor pudo obligarme.

Ya aquí he de doblar la hoja

por proseguir adelante

no hay a mi valor empresas

que no apure, que no acabe;

y el que una vez me ofendió

lo pagó, temprano, o tarde,

no hay noble delito, que

no cometiese arrogante

dije bien delito, noble

que hay delitos tan infames

como el hurtar y el mentir

que imprime tan feo carácter

que yo mismo, con ser yo

me corro de que haya nadie

Pang. 12

Tiberio.

tan ciego, y vil que cometa

maldades tan execrables,

nunca ni aun de mi enemigo

hablé mal, que es de cobardes,

falsos, fementidos pechos,

alevosos, ignorantes,

querer matar con la lengua

cuando no hay valor que mate.

Soy tan malo, que estando

con Rita, para casarme

solicito otro imposible

en una fiera, en un áspid.

Idolatrando sus luces

me sacasteis de la calle

por el riesgo, que dijisteis,

aunque yo no temo a nadie.

En lo demás, soy perjuro,

lascivo, fiero, arrogante,

furia infernal, rayo activo,

y soy yo mismo, esto baste;

por más segura noticia,

pues con llegar a nombrarme,

digo rayo, digo furia,

digo altivez, y coraje,

y digo, pero la fama

dirá, lo que yo callare.

El demonio.

Con atención te he escuchado

y es tu arrogancia tan grande

que entiendo...

Sale Trípili

Trípili.

Señor, señor.

Tiberio.

Trípili, ¿qué hay?

Trípili.

Dos mil males;

Alejandro tu enemigo

mas él, te lo dirá antes.

Salen Alejandro y dos más, y riñen con Tiberio y el demonio.

Alejandro.

Muera, que él es.

Trípili.

¡A ellos!

Tiberio.

Morid vosotros cobardes.

El demonio.

A tu lado estoy, Tiberio.

Trípili.

Y yo a tus espaldas; ¡dale!

Entran a acuchilladas, y dice él:

Dentro

Alejandro.

Muerto soy.

Dentro

Tiberio.

Dios te perdone.

Trípili.

Huyendo van, y alcanzarlos

no es fácil, que corren bien,

y yo no corro tan fácil,

mucho tu valor estimo.

Salen Tiberio y el demonio.

El demonio.

Soy tu amigo.

Trípili.

Es bravo jaque.

Pelea como un demonio.

¿No tratas de retirarte,

señor, porque has muerto a un hombre?

Tiberio.

Déjate de disparates,

que no te pido consejo,

no sea que yo lo pague.

El demonio.

No sé qué miro en este hombre

y más cuando ha de casarse

con Rita, fuerte enemiga.

Pang. 13

El demonio.

o si mi astucia se vale

de este instrumento, que triunfos

al Infierno pienso darle.

Tiberio.

¿Qué dices?

El demonio.

Que aficionado

quedo a tu gallardo talle

y denuedo.

Tiberio.

Buscaréte.

El demonio.

Y yo a ti, en cualquiera lance

que se me ofrezca buscar

te, prometo.

Tiberio.

Soy constante.

El demonio.

Yo te buscaré, sin otra

ocasión más que buscarte.

Tiberio.

Ya sabes dónde asistir

suelo.

El demonio.

Muy bien sabré hallarte,

y ahora voy contra Rita

a esforzar más sus pesares.

Vase.

Trípili.

¿En qué has ofendido a este

que así venía a matarte?

Tiberio.

Pienso, sí, que yo lo sé,

del juego, no sé qué lance

le habrá sin duda picado.

Trípili.

Señor, ya lo que mandaste

ejecuté.

Tiberio.

¿Viste a Rita?

Trípili.

Sí, que desdeñando el traje

de aldeana, está vestida

de sedas de gran realce,

que ajustada de cintura,

qué gravedad, qué donaire

y sobre todo, ¡qué hermosa!

Tiberio.

¿Y dime, diste a su padre,

si se casara con gusto

y no con violencia?

Trípili.

Antes

está llorosa: porque

no la contenta el ser madre

de familias.

Dentro voces.

Sale Casandra de cazadora con escopeta.

Casandra.

A la cumbre,

a la selva,

que burlase,

un tímido cervatillo,

por lo astuto, o lo cobarde

mi diligencia, mas sola

me dejan en esta parte

todos, siguiendo la caza

iré otra vez, por si hallare

pero ¿quién aquí?

Tiberio.

Llegad,

que aunque el veloz ciervo ciego

de vuestra furia, logréis

en mi victoria más grande,

pues más importa que yo

a los rayos celestiales

vuestros, muera, que no el ciervo

de la bala al golpe acabe.

Casandra.

¡Cielos, qué es lo que miro!

Pang. 14

Casandra.

Este es quien siempre en mi calle

ya de noche, o ya de día

me cuesta tantos pesares

y no sé qué oculta fuerza

a mi ira persuade

para que aquestas lisonjas

las crea como verdades

tan rendido estáis?

Trípili.

Ya tiene

amor nuevo.

Tiberio.

Es tan constante

el amor, con que

Casandra.

Tened.

Tiberio.

No os iréis sin que os alcance

saber quién sois, pues aunque

vuestras luces celestiales

he idolatrado, adorando

vuestros desdenes de nadie

he podido esta noticia

alcanzar y así se vale

de vos mi amor.

Casandra.

Si con eso

la licencia de ausentarme

tengo, sabed, que

Tiberio.

Decid.

Casandra.

Nací en Casia de linaje

ilustre, y en tiernos años

lloré mis difuntos padres

que dejaron mi tutela

a un pariente digno alcaide

de mi honor, a cuyo arbitrio

obediente, he de casarme

aunque pese, a mi albedrío

que mujeres de mi sangre

han de abandonar su gusto

dura ley, pero inviolable,

porque

Dentro voces.

Hombre 1.

Casandra, señora.

Casandra.

Pero la gente en mi alcance

viene ya, adiós.

Tiberio.

Esperad

cuando, a vencerme llegastes

así despreciáis el triunfo,

Casandra.

Pues qué he de hacer?

Tiberio.

No dejarme

sin esperanza.

Voces dentro.

Hombre 1.

Señora.

Casandra.

De qué?

Tiberio.

De mi amor.

Casandra.

No es fácil.

Voces dentro.

Hombre 1.

Todo el bosque examinemos

busquémosla hacia esta parte.

Tiberio.

Os adoro.

Casandra.

Soy ajena.

Tiberio.

Aún no lo sois.

Casandra.

Es dislate.

Voces dentro.

Hombre 1.

Casandra, señora.

Casandra.

Adiós.

monteros o la

Pang. 15

Tiberio.

¿Hay remedio?

Casandra.

No es ocasión.

Trípili.

Ay, tan raro disparate,

¿quieres que nos den con Alejandro,

los que vienen en su alcance?

Tiberio.

¿Podré tener esperanza

de veros?

Casandra.

Si me buscaren,

(no me pesará), no sé.

Vase.

Tiberio.

Quedad con Dios.

Casandra.

Dios os guarde.

Tiberio.

¡Trípili!

Trípili.

Señor, ¿qué mandas?

Tiberio.

Que vayas luego al instante

a Casia, y te informes luego

con muy diligente examen

de con quién se casa, y mira

que sin noticias cabales

no vuelvas.

Trípili.

Señor, perdona.

Tiberio.

¿Quieres que te mate?

Trípili.

Tate,

yo iré, señor, mas si a Rita

con extremos tan amantes

estimas, como a otra dama

también has de querer...

Tiberio.

Basta,

Rita es mujer para casa, y

para fuera ha de haber alguien.

Trípili.

Convencióme la razón,

que apostamos, que como antes

no quieres a Rita.

En la esquina superior derecha aparecen los números 9 y 11.

Tiberio.

Sí,

antes es mi amor tan grande

al ver que en su resistencia

prosigue...

Trípili.

Raro dictamen,

lo mismo a mí me sucede

porque en mí el ejemplo halles

con mi Julia.

Tiberio.

¿Quién es Julia?

Trípili.

Es una moza admirable,

criada de Rita, que

tiene mil habilidades,

sabe cerner, amañar,

coser y disponer sabe

un menudo, que es contento;

pero ha dado en que casarse

no quiere, que ha de ser monja.

¿Has visto qué disparate?

Tiberio.

Por ese camino, el cielo

la llamará.

Trípili.

Dios delante.

Tiberio.

Voyme donde a Rita vea.

Trípili.

Voyme donde a Julia alcance.

Tiberio.

Divino adorado dueño.

Trípili.

Julia, ingrataza bergante.

Tiberio.

Yo voy a arder, mariposa,

en sus luces celestiales.

Trípili.

Voy a ver que te dueles.

Pang. 16

Trípili.

a este pobre vergonzante.

Vanse, y sale el demonio.

El demonio.

¡Oh, pese a mí, que en trágico careo, y

eterno, sufro al cielo mi enemigo!

Que a pena sobre pena,

mi primera altivez justo condena,

no le basta a mi yerro

padecer el destierro

de esa ciudad hermosa,

habitando la sombra tenebrosa,

sino que una mujer de frágil pecho

presuma contra todo mi despecho.

¿Quién es Rita, que el nombre solamente

pasmo y temor me infunde reverente,

cuando en el nombre (si no es recelo vano)

se acredita misterio soberano?

Tanto pierde mi astuta diligencia,

y más hoy que malogro otra violencia;

pues pura, intacta rosa,

aspirando a fragancia religiosa,

huye del matrimonio el sacro estado.

Superior el afecto remontado,

a instancia de su padre y persuasiones,

le replica con gratas sumisiones;

mas temer vano puede el embarazo,

cuando es tan corto el plazo;

ya su esposo viene,

en cuya condición mi astucia tiene

vinculada de Rita la venganza,

pues tanto mi poder con él alcanza,

que con tal instrumento

he de lograr de Rita el vencimiento.

Ya la obliga su padre cariñoso,

ya le responde con desdén brioso,

ya la amenaza airado,

ya el temor a su furia la ha postrado,

ya ella le habla en lenguaje muy humano,

ya en lágrimas se baña el triste anciano,

ya, huyendo de mis fuegos, aquí viene;

asistir invisible me conviene.

Sale Santa Rita y su padre.

Su padre.

¿Tú no sabes que el respeto,

o ignoras que la obediencia,

o es tu virtud mal fundada,

o es tu repugnancia tema?

¿Que el estado religioso

de virginidad perpetua,

es más agradable a Dios

en los coros de su Iglesia,

que el matrimonio, aunque es santo?

Ya, Rita, te lo confiesa

mi amor; pero has de advertir,

supuesto que eres discreta,

que no hay estado ninguno,

como el del vicio no sea,

que se niegue a la aptitud

de las coronas eternas,

y hallarás en todos ellos

ejemplares experiencias.

Pang. 17

Su padre.

Que hay en la casa de Dios

muchas mansiones diversas;

tanto agrada a Dios a veces

el soldado que pelea

por su fe, como el devoto

monje, que humilde contempla.

Y los casados que gozan

de sus lícitas licencias,

tanto le pueden servir

como el que virgen conserva

como rosa las fragrancias

en las espinas severas.

Cásate y vive gustosa

con el joven que te espera,

que, a fe, que es mucho tesoro

lo que en ti mi honor le entregas;

él es gallardo, y discreto,

rico, y de muy nobles prendas.

Siempre, Rita, fuiste humilde,

yo espero que me obedezcas.

Mis suspiros te lo piden,

mira estas lágrimas tiernas,

repara en este cariño,

esta vejez considera,

y advierte, Rita, que es

tu padre quien te lo ruega.

El demonio.

Victoria por mí, furores,

que ya aguija la respuesta.

Santa Rita.

Responded por mí, Señor,

que me oprime la violencia.

Su padre.

¿Lloras? ¿No respondes?

Santa Rita.

Dadme,

dulce Jesús, elocuencia.

Padre y señor, ya conozco

de tus razones la fuerza,

en obediencias humanas,

no en divinas obediencias;

todos los citados dan

de glorias capaces señas,

mas no a todos, que si Dios

me llama por esta senda,

¿cómo tengo de alcanzarle

si le sigo por aquella?

Resistir a Dios que llama

es delito, cuya pena

el mismo Dios ha intimado;

pues, en la hora postrimera,

le negará su piedad

al que su oído le niega,

porque a sordos pecadores

también Dios sordo se muestra.

A lo que dices, señor,

que es mi vida tan perfecta

en tu casa, te respondo

que hay muy grande diferencia

de una vida que conoce

su voluntad por maestra,

Pang. 18

Santa Rita.

a vivir en religión

donde la obediencia enseña

los pasos de la virtud

sin peligro, y con certeza,

porque engaña el amor propio

las más veces acá fuera.

Demás que si has de casarme

tu razón no tiene fuerzas,

que entonces de religiosa

no tendré, ni aun la apariencia.

Dices que a tu casa faltan

los blasones; pero yerras.

Con tu licencia Señor

que si esmaltan la grandeza

los ilustres casamientos

de las familias excelsas

si Dios ha de ser mi esposo

¿qué más grandeza deseas?

¿qué más timbre, si una hija

a Dios por esposa entregas?

Siempre te he sido obediente

como tú mismo ponderas

pues ¿cómo no lo he de ser

cuando lo justo me ordenas?

Pero a preceptos injustos

no hay debidas obediencias

y así deja que repita

mi amorosa dulce queja.

Padre, Señor, dueño mío,

¿por qué injusto me violentas?

déjame que virgen sabia

lámpara ardiente prevenga

que del esposo divino

en las bodas lucir pueda.

Déjame lograr la palma

sacra divina que ostenta

en puro celestial coro

escuadrones de azucenas.

Mi ardiente afecto repara

mi tierno llanto contempla.

Dame señor este gusto

mi razón padre te mueva,

porque yo no he de casarme.

Su padre.

Calla, suspende la lengua.

El demonio.

¡Ay de mí! que mi victoria

malogró su resistencia.

Santa Rita.

Permite,

Música dentro

Su padre.

No prosigas

mas, ya parece que suenan

las voces de mi familia

que su alegría demuestran.

Salen Músicos y Julia

Salen Tiberio y Trípili, y otros

Músicos, Julia.

A las felices bodas

de la zagala bella

maravilla del mundo

contento del aldea

paren al regocijo

su curso las estrellas

y las canoras aves

su trinado suspendan

Tiberio.

A sus pies

Pang. 19

Su padre.

Tiberio, hijo.

Tiberio.

¡Qué soberana belleza!

Su padre.

Llega a mis brazos. Ya, Rita,

silenciosa hallo.

Santa Rita.

¡Dura pena!

El demonio.

Este es el último lance

que toda mi astucia espera.

Tiberio.

Señora...

Trípili.

Mas que se turba,

que es de novios primer regla.

Tiberio.

Pues mi fortuna me llama,

postrado a las plantas vuestras,

vengo a ponderar mis dichas,

que tanto a elevarme llegan,

que sin méritos disponen

que vuestro llamarme pueda;

y con regocijo el alma

amorosa lo confiesa.

Trípili.

¡Qué humildad! Lleven los diablos

el alma que te creyera.

Santa Rita.

Vuestras finezas estimo,

y os responde mi modestia.

El demonio.

Ya vencí, ¿qué más espero?

Trípili.

Y que tú, Julia, no quieras

que nos casemos los dos,

porque dos bodas hubiera.

Julia.

Yo me crío para monja.

Trípili.

Harto mala traza llevas.

Su padre.

Hijos, venid, que, pues hoy

vuestras bodas se celebran,

Tiberio.

no dilatemos las dichas.

Su padre.

Vamos, señor, así sea.

Santa Rita.

Deme el cielo su favor.

Julia.

La música a decir vuelva.

Músicos.

A las felices bodas

de la casada bella,

maravilla del mundo,

contento de la aldea, etc.

Con esta música van entrando y queda el demonio.

El demonio.

Si usurpar puedo a Dios aquesta gloria,

infernales espíritus, victoria.

Ya su padre la mira riguroso,

ya las finezas mira de religioso;

ya pretende estorbar tanta violencia,

ya el amor no le deja resistencia;

ya a la boda aparatos se previenen,

deudos y amigos vienen;

ya llora con dolor y con quebranto,

mas ya reprime el llanto;

ya ha buscado ocasión, sin ser notada,

de ocultarse; ya viene apresurada;

mas, ¿qué será su intento?

Sale Santa Rita.

Santa Rita.

Dame, Señor, alivio en mi tormento;

amante dulce Jesús,

¿dónde está vuestra asistencia,

pues que el riesgo no os avisa

que amenaza a vuestra sierva?

¿Cómo os olvidáis, Señor?

Pang. 20

Santa Rita.

¿Cuándo en deshecha tormenta

la nave de mi esperanza

entre zozobras anhela?

¿En qué os ofendí? ¿En qué pude

irritar la piedad vuestra?

La culpa tiene mi culpa,

mas vos tenéis la clemencia.

Casarme intenta mi padre

contra la constancia eterna

de mi pecho, que os ofrece

víctimas de su pureza.

Vos el ofendido sois,

vuestro honor es quien se arriesga;

por vuestra causa volved

aunque yo no lo merezca.

¿Dónde encontraré el socorro

que es imposible en la tierra?

Si cuando a los cielos clamo

en los cielos se me niega.

Mas ¿qué resplandor divino

pone en fuga mis tristezas?

El demonio.

Desesperado me ausento.

¡Que así una mujer me venza!

Vase.

En un trono de resplandores pasa cantando un ángel de un lado a otro.

Canta.

Un ángel.

Atiende de mis voces

que dulces te enseñan

en tus ignorancias la duda que temes,

y de tus aciertos norte la contempla.

Voluntad es de Dios que a tu padre

con esta ocasión humilde obedezcas,

que también son preceptos del mundo

del cielo inspiradas altas providencias.

El que ofreces, llévalo holocausto,

hasta aquí conoce, desde aquí no aceptas,

que es a Dios el mejor sacrificio

de humanos afectos rendida obediencia.

Sirve a Dios en el mundo que amas,

de estado más alto tu gloria no llega,

logrará duplicadas coronas

en el rendimiento tu afecto y pureza.

A tu esposo no niegues los brazos

que para su dicha los cielos ordenan,

y de ocultos sagrados decretos

razones no busques, motivos no inquieras.

Atiende a mis voces

que dulces te enseñan esta fe —

Ocúltase.

Santa Rita.

Alta inspiración divina,

cuya soberana idea

es lección que a mi ignorancia

el mejor acierto enseña.

¡Oh, sacra sabiduría,

cuán admirable en tu alteza,

incomprensibles tus juicios

e investigables tus sendas!

Ya tu precepto obedece

Pang. 21

Santa Rita.

admite la nueva oferta,

que, por ser del gusto tuyo,

puedo llegar a ofrecerla.

Acepta ya mi albedrío,

que es la prenda que me queda,

que, a tener muchos, señor,

todos te los ofreciera.

A 4.

Músicos.

Vivan felices bodas

de la zagala esta.

Desde aquí las dos coplas de la música hasta acabar.

Música siempre.

Santa Rita.

Mas ya la ocasión me llama,

en que el cielo mi fe prueba.

Ya para mi afecto son

dulces voces lisonjeras

las que, poco ha, que en el alma

ecos temerosos eran.

Ya, padre y señor, tu hija,

en rendidas obediencias,

despicará tu cariño

de repugnancias primeras.

Ya, amado esposo, los brazos

mi voluntad no te niega.

Ya, amante esposo, te sigo,

ya me obligan tus finezas;

esos festivos acentos

publiquen enhorabuena,

en tanto que yo repito,

feliz, alegre y contenta:

Gracias al cielo que hizo

que mi sacrificio sea,

antes que de humanos lauros,

de divinas obediencias.

Pang. 22

[Página en blanco]

Pang. 23

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Pang. 24

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Pang. 25

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Jornada segunda

Pang. 26

[Página izquierda en blanco]

Pang. 27

Sale el demonio por la parte inferior del lado siniestro sobre un dragón de llamas, y, por la superior, el ángel en un trono de luces y resplandores.

Un ángel.

Rebelde indómita fiera,

cuyo voraz ardimiento

entre llamas infernales

conservas rencor eterno,

vil caudillo de esas furias,

apóstata de los cielos,

que contra tu rey alistas

escuadrones de luceros;

forajido cauteloso

que en ardid, más que en aliento,

de los desmayos humanos

fundas humanos trofeos;

rugiente altivo león,

que en tornos el universo

rondas contra los descuidos

de mal prevenidos pechos;

tú, que en tesón porfiado

asaltas el fuerte pecho

de Rita, prodigio humano

y de matronas perfecto

dechado, sin que te mueva

ver que, a socorros del cielo,

pudieran ser sus virtudes

Pang. 28

Un ángel.

estas armas escarmiento.

El demonio.

¿Qué intentas?

Atropellar

sus designios, sus deseos,

malquistar sus buenas obras,

y a pesar de mis afectos,

desesperar su constancia,

afligir su pensamiento,

postrando edificio tanto

de virtudes por el suelo.

Que he de poder.

Un ángel.

No podrás.

El demonio.

¡Pese a mí, de rabia tiemblo,

que esta mujer solamente

en tan dilatado tiempo

que la persigo, me cuesta

más fatigas, más despechos,

que el universo restante!

¿No basta que por decreto

soberano, a nudo atado

pasase, logrando el premio

de la pureza interior?

Y que vea por más tormento

que es para ella galardón

lo que para mí desprecio.

¿No basta que ya casada

sea el traslado perfecto

de aquella fuerte mujer

ejemplar del sacro texto,

y que a indiscretos rigores

con que su esposo Tiberio

le aflige, humilde y alegre

siempre su rostro sereno,

ni la inmuten los pesares,

ni la acobarden los riesgos?

Un ángel.

¿Qué esperas ya?

El demonio.

Proseguir;

y pues de mi parte tengo

a su esposo, que fue siempre

de mis iras instrumento,

pues es el medio mejor,

valdréme de aqueste medio.

Y más, cuando ya difuntos

sus padres, sin su consuelo,

son más crecidas sus penas

siendo los alivios menos.

Un ángel.

Será su premio mayor.

El demonio.

Yo la estorbaré este premio.

Un ángel.

Te vencerá.

El demonio.

No podrá.

Un ángel.

Será para ella el tormento

todo gusto,

El demonio.

todo afán,

Un ángel.

todo gloria.

El demonio.

todo infierno.

Un ángel.

Pues para tu confusión,

sé testigo de este ejemplo.

Quédanse suspensos en el aire y se descubre detrás de la cortina Rita haciendo labor y los dos niños junto a ella leyendo en unos libritos.

Pang. 29

Santa Rita.

Proseguid en la lección,

que son los libros maestros

de la espiritual enseñanza

que impresa en los años tiernos

se conserva con firmeza.

Niño 1, Niño 2.

Ya, madre, te obedecemos.

Dentro.

Tiberio.

Abre aquesta puerta, Julia.

Julia.

Voy volando, a su voz tiemblo.

Ya ha venido el paparrabias.

Dios me defienda. Silencio.

Salen Tiberio y Trípili.

Santa Rita.

Esposo, mi bien, señor,

¿cómo vienes?

Tiberio.

Bueno es esto.

¡Vive Dios, para quien viene

rabia escupiendo y veneno,

no me canse!

Santa Rita.

¡Fuerte pena!

Niño 1, Niño 2.

Padre mío.

Tiberio.

Quitad, necios.

Julia.

¿Un diablo es?

Trípili.

No es tal.

Julia.

¿Pues qué?

Trípili.

Un marido hecho y derecho.

Santa Rita.

¿Qué tienes? Refiéreme

tus penas.

Tiberio.

Lindo consuelo,

sobre acabar de perder

una suma de dinero

al juego, considerable.

Santa Rita.

Pues ten paciencia.

Tiberio.

No quiero.

Trípili.

Pues ahórquese, pese a mi alma,

yo le daré cordelejo.

Consuélate, señor mío,

porque siempre vario el juego,

y si hoy has perdido mucho,

mañana tengo por cierto

que perderás mucho más.

Tiberio.

¡Villano, viven los cielos

que te mate! ¿Ahora te burlas?

Dale un golpe.

Trípili.

¡Hilas y clara de huevo!

Tiberio.

¿Te hice mal? Pues en la herida

átate aquese pañuelo.

Trípili.

El cariño que me tiene,

después que casi me ha muerto.

Santa Rita.

Señor, templa tu furor,

escúchame, amado dueño.

Tiberio.

Calle ya, y no me replique,

que haré con ella lo mesmo.

Santa Rita.

Dadme paciencia, Dios mío.

Trípili.

Respóndate mi silencio.

Doctrina para casadas:

cuando el marido habla recio,

mejor es callar súpito

que no llevar manoteo.

Tiberio.

Rita.

Santa Rita.

¿Qué mandas, señor?

Aquí estoy.

Pang. 30

Tiberio.

Váyanse adentro,

aprisa.

Santa Rita.

Ya me retiro.

Tiberio.

Oye, vuelva acá.

Santa Rita.

Ya vuelvo.

Tiberio.

Ya dije, que una gran suma

dejó perdida en el juego.

Santa Rita.

Mejor era, no jugar.

Tiberio.

No la pido yo consejo.

¿Qué dinero hay acá en casa?

Santa Rita.

Ninguno.

Tiberio.

Pues, ¿qué se ha hecho?

Santa Rita.

Todo, señor, lo llevaste

esta mañana y es cierto

que no quedó cosa alguna,

que para dar un sustento

a tres hijos, empeñé

una prenda; y de su precio

pude su necesidad

aliviar, que no hay consuelo

en una madre, al mirar

que lloran sus hijos tiernos

pidiendo pan.

Tiberio.

Pues, ¿qué importa

que lo pidan, bueno es eso?

Vaya empeñando las joyas,

que vive Dios, que si veo

que sin mi licencia vuelve

a hacer con ellas empeño,

¿qué haré?, más de la labor

en que todo el día la veo

ocupada, ¿por qué no

se aprovecha?

Trípili.

¡Buen consuelo!

Pues, ¿no comprará con ellas

lazos, ni otros embelecos,

como muchas señoritas

que a puro menear los dedos

salen el día de fiesta

con más dijes, que un muñeco?

Santa Rita.

En la labor que la casa

necesita, ocupo el tiempo,

y si alguna sobra, gasto

en ejercicios caseros.

Tiberio.

¿Qué joyas tiene?

Santa Rita.

Guardadas

algunas tengo de precio,

que como yo no las uso,

aun bien de ellas no me acuerdo.

Tiberio.

Tráigalas.

Vase.

Santa Rita.

Ya voy por ellas.

Tiberio.

Trípili.

Trípili.

Ya escucho atento.

Tiberio.

¿Qué hay de Porcia?

Trípili.

Está muy tierna,

se derrite como sebo

de puro amor que te tiene.

Pang. 31

Tiberio.

A mí me enfada por eso.

¿Y Laura?

Trípili.

Está muy quejosa;

dice que no sé qué celos

le has dado sin que los pida.

Tiberio.

Pues ¿qué quería Laura? Bueno,

¿que la quisiese a ella sola?

Qué mal conoce mi genio.

Trípili.

Así, señor...

Tiberio.

¿Qué?

Trípili.

Sabrás

una novedad que tengo.

Tiberio.

Refiérela ya.

Trípili.

Alejandro,

aquel tu enemigo añejo,

a quien en una pendencia

dejaste una vez por muerto,

aunque sanó, como sabes,

porque le diese de nuevo

ocasiones de vengarse,

que te anda buscando creo.

Tiberio.

¿Buscándome? Pues ¿por qué?

Trípili.

Ese disimulo es bueno.

¿No sabes que gravemente

le ofendiste?

Tiberio.

No me acuerdo.

Trípili.

Vaya cosa.

Tiberio.

No te admires

que de lo malo que he hecho

no me acuerde, que a acordarme

sin duda fuera yo bueno.

Trípili.

¿No te acuerdas que a Casandra

la noche de su himeneo

robaste?

Tiberio.

Sí.

Trípili.

Por más señas,

que íbamos con ella huyendo

por un monte, cuando al paso

vimos que unos bandoleros

nos salieron, e intentando

tú defenderte, resuelto

contra ti una carabina

dispararon, y por yerro

dieron a Casandra, que

al punto cayó en el suelo

difunta; huyeron entonces

como corridos del hecho

los bandoleros, y tú

dejaste en el campo el cuerpo

muerto por los forajidos

pero libre de ti, puesto

que la prisa de la fuga

e impensado suceso

no dieron lugar a que

ofendieses su honor terso,

y no hemos sabido de ella

desde aquel instante mesmo,

y también pudiera ser

Pang. 32

Trípili.

de la herida no haber muerto.

Un ángel.

No murió, y aqueste monte

habita, que quiere el cielo

volver por su honor.

El demonio.

No importa,

yo turbaré su sosiego.

Tiberio.

Calla ya, que me retienes.

Trípili.

Muy despacio, mi tormento;

dígolo porque Alejandro,

como averiguamos luego,

es con quien se desposaba

Casandra, y restado y fiero

Alejandro, pues sobre otra

aquesta ofensa le has hecho,

te busca para matarte;

porque aunque ha mucho tiempo

que hiciste el rapto, fingiste

que habías pasado a otro reino

con ella, donde Alejandro

fue, y en aqueste intermedio

en el mar y en los caminos

te han detenido mil riesgos;

pero aspirando a vengarse

otra vez a Casia ha vuelto.

Tiberio.

Y dime.

Salen Santa Rita, los hijos, y sacan un cofrecillo como de joyas.

Santa Rita.

Aquí están las joyas.

Tiberio.

¿Todas?

Santa Rita.

Ninguna reservo,

y te suplico me dejes

alguna.

Tiberio.

¿Para qué efecto?

Santa Rita.

Para el gasto de tu casa,

que no tengo otro remedio.

Niño 1.

Padre, deje para pan,

que de hambre perecemos

y luego mi madre llora.

Niño 2.

Padre, deje algún dinero

porque morimos de hambre

y mi madre llora luego.

Niño 1.

Padre mío.

Niño 2.

Padre mío.

Santa Rita.

¿Cómo no mueven tu pecho

las lágrimas inocentes

de tus hijos? ¿Crees, fiero,

bárbaro, cruel, tirano...

Dale un empellón.

Tiberio.

Calla ya, que vive el cielo,

que haga un desatino, que

no tengo más sufrimiento.

Arrodíllase.

Santa Rita.

Esposo, señor, perdona

si es que indiscreta te ofendo,

que, ya a tus plantas postrada,

aun el lugar no merezco.

Tiberio.

Levanta a mis brazos, Rita;

no vi mayor sufrimiento,

rara mujer, gran virtud,

al mirarla me avergüenzo.

Pang. 33

Tiberio.

señora, perdóname

y ruega por mí a los cielos.

Vase.

Santa Rita.

Volvamos a la tarea

por no perder este tiempo.

Vase.

Trípili.

Qué bien la mujer parece

ocupada en el gobierno

de su casa y sus haciendas,

y no con el manto puesto

trotando calles, y echando

la culpa a los jubileos.

Vase.

Un ángel.

¿No te admira aqueste asombro?

El demonio.

No por eso me confieso

vencido, que mis astucias

la han de vencer.

Un ángel.

Dragón fiero,

¿aún resistes?

El demonio.

Sí, que ahora

nuevos ardides prevengo

y he de vencer su constancia.

Un ángel.

Verás, que siempre te venzo;

contra tus infiernos, guerra.

El demonio.

Al arma contra los cielos.

Desaparecen velozmente encontrados y sale Casandra bajando como del monte vestida de pieles con el pelo tendido.

Casandra.

Robusto, altivo monte,

cuya inminente soberana cumbre

sustenta la celeste pesadumbre

de todo este horizonte,

siendo del cielo atlante,

sino de piedra bárbaro gigante,

morada tenebrosa

de una mujer que en otro tiempo ufana

envidia fue, de Venus y Diana;

ya lástima afrentosa

aun de las rudas fieras

que acompañan mis voces lastimeras.

¡Ay, Tiberio alevoso,

que a mi ofensa aspiraste,

cuando a los dulces brazos me robaste

de Alejandro, mi esposo,

y mi crédito ajado

padece el infeliz baldón del hado!

Con furia, sola y triste,

recelando del mundo los rigores,

habito de este monte los horrores

que el corazón se viste;

donde desconocida

viva mi muerte cierta, muerta mi vida.

Pero ya llegó la hora

que, dejando la montaña,

al valle baje, por ver

si algún caminante pasa

que, de la piedad movido,

le compadezcan mis ansias.

Yo di ocasión a Tiberio

viendo cuán fino me amaba

y viendo que sin mi gusto

Pang. 34

Casandra.

mis parientes me casaban

a que al tiempo de mi boda

me robase de mi casa,

y al seguirle, fugitiva,

quedé en un monte postrada,

casi muerta de las heridas

de mal despedidas balas

con que me dejó Tiberio;

y mi vida se restaura

a la diligente cura

con que piadoso me ampara

un venerable ermitaño,

que en tal estado me halla,

a quien no he vuelto a ver más

desde entonces; mi morada

es este monte; porque,

o ya el temor que me causa

la culpa de haber querido

a Tiberio, o ya la saña

de mis parientes, o ya

el verme desamparada,

o todo junto, me obliga

a vivir sin esperanzas

de vida, pues de la muerte

viendo estoy la semejanza.

Ruido dentro.

Casandra.

¡Ay de mí!, pero ¿qué miro?

Una torcida escuadra

al parecer a este puesto

se encamina; entre estas ramas

oculta su furia, Casandra.

Escóndese, y salen Alejandro y algunos bandoleros.

Alejandro.

Amigos, de la campaña

hemos salido a tomar

en Tiberio la venganza;

en la ciudad le he buscado,

mas él, huyendo mis armas,

viendo que a mi contra él

todos mis deudos me amparan,

cuando en su favor Tiberio

nadie tiene que le valga,

ausentarse determina;

y de aquesta su jornada,

por aquí precisamente

ha de pasar, si no falta

la noticia que la espía

me dio, donde mi venganza

logre con la ayuda vuestra.

Hombre 1.

Morirá como lo mandas.

Salen el Demonio, Tiberio y Trípili.

Trípili.

Miedo da el monte;

cada piedra es un fantasma.

Tiberio.

Confieso que a mi valor

no sé qué pavor le arrastra.

El demonio.

A tu lado estaré siempre;

no sabe lo que le aguarda.

Trípili.

Demonio es el compañero.

Tiberio.

Última fineza tanta.

Pang. 35

Alejandro.

¡Muera Tiberio!

Tiberio.

¡Traidor!

Embístense.

Trípili.

Esto ahora nos faltaba.

Sale Casandra y se pone entre los dos.

Casandra.

No es Alejandro y Tiberio;

tened, tened las espadas.

Tiberio.

Pues, Casandra, ¿cómo vives?

Alejandro.

Pues, ¿cómo vives, Casandra?

Tiberio.

A mis ojos, ¿no moriste?

Casandra.

No muere una desdichada.

Alejandro.

Pues serás testigo ahora

de tu culpa y mi venganza.

Tiberio.

Pues serás testigo de

mi amor, pues viva te halla.

Trípili.

Sé testigo que me libre

de una muerte desairada.

Riñen.

Tiberio.

¡Qué ardimiento!

Alejandro.

¡Qué valor!

Trípili.

¡Qué miedo!

Éntranse riñendo. Salen por otra puerta.

Casandra.

Tened las armas.

Trípili.

Yo voy riñendo a lo lejos,

que, aunque no doy, no me cascan.

Dentro.

Alejandro.

Muere, tirano.

Tiberio.

¡Ay de mí!

Mi compañero me falta

cuando la espada he perdido.

Sale el demonio.

El demonio.

El demonio así te ampara,

dejándote en el peligro,

porque pierdas vida y alma

si es posible.

Dentro.

Alejandro.

Traidor, muere.

Tiberio.

¡Pese a mi furor y saña!

Muerto soy, amada Rita.

En esta ocasión me valgan

tus ruegos, pues ya mi vida

el último aliento exhala.

Al mismo tiempo que cae Tiberio, se descubre en el segundo vestuario un oratorio, con altar y un santo Cristo; Rita de rodillas.

Santa Rita.

Olvidad, Señor inmenso,

de Tiberio las pasadas

culpas, que a vuestra piedad

es propio de vuestra gracia.

Alcance eficaz auxilio;

no dejéis perder un alma

que, a costa de vuestra sangre

a raudales derramada,

redimisteis; no malogre,

Señor, medicina santa.

Esto mis ansias os piden,

si pueden algo mis ansias,

ya que he sabido que muere,

de los cielos inspirada.

Córrese la cortina.

El demonio.

¡Oh, cómo llego a temer

que a oraciones de su amada

esposa logre Tiberio

el perdón de culpas tantas!

Sale Trípili.

Trípili.

Por aquí, ¡pese a mi vida!,

se huye de mejor gana,

que está más llano el camino.

¡Pobre señora! ¡Qué malas...

Pang. 36

Trípili.

nuevas a llevarte voy,

qué sentimiento te aguarda

cuando veas el cadáver

del esposo, que tanto amabas.

Vase.

El demonio.

Discurra ya mi furor

nuevas astucias y cizañas,

para molestar a Rita

hasta que desesperada

y desmaye, en el combate

o le falte la constancia.

Pero ¿qué es esto? Antes que,

las nuevas de la desgracia

la lleven, el cielo quiso

revelarle, lo que pasa.

Ya de su esposo la muerte

llora y pide con instancias

su eterna salud y ya

incitados de mi saña

sus pequeños hijos piden

de su muerte la venganza

y pues que no me lo impiden

ni el tiempo, ni la distancia

invisible asistiré

dentro de su mesma casa.

Salen los dos niños con los vestidos del padre ensangrentados y Rita deteniéndoles.

Niño 1, Niño 2.

Óyenos, madre.

Santa Rita.

Hijos míos,

¡mas qué miro, pena rara!

Niño 1.

Vengar queremos la muerte

de mi padre desdichada.

Niño 2.

Del traidor que le dio muerte

queremos tomar venganza.

Santa Rita.

¡Hijos, qué raro prodigio!

¿Quién tal novedad juzgara?

Hijos, sin duda el demonio

los ha incitado a la mala

inclinación que de su padre

heredaron, tiernas plantas,

rogad al cielo por él,

no irritéis la soberana

bondad, que tales deseos

mucho al cielo desagradan.

Perdonar al enemigo

Dios (hijos míos) nos manda.

¿A dónde está la doctrina?

¿la virtuosa enseñanza

que me debéis? Sin razón

ya la malicia os arrastra.

Niño 1.

No es esa, madre y señora,

la respuesta que esperaba,

mi coraje, cuando miras

esta sangre derramada

de tu esposo, y de mi padre,

que en la tierra al cielo clama.

Niño 2.

¿No oíste de otras matronas

que el vestido reservaban

de sus defuntos maridos

Pang. 37

Niño 2.

incitando a la venganza

a sus pequeños hijuelos,

porque en edad ya lozana

aquella sangre vengasen.

¡Adiós, señora!

Niño 1.

¿Qué trazas?

Niño 2.

Buscar al fiero homicida.

Niño 1.

Ya te acompaña mi rabia.

Vanse.

Los dos.

Y mientras el tiempo llega,

los dos pedimos venganza.

Santa Rita.

Esperad, hijos, oíd.

Eterno Dios, la ignorancia

perdonad de estos rapaces,

y si voluntad es sacra

vuestra, quitadles las vidas;

mueran en su tierna infancia,

antes que ofenderos puedan;

que yo arrancaré del alma

el tierno, dulce cariño

de dos prendas tan amadas,

pedazos del corazón,

hijos queridos del alma.

Yo os ofrezco en sacrificio

mis hijos, antes que sacras

obediencias me compelan;

sirva al holocausto de ara

mi corazón, y de fuego

estos suspiros que exhala

mi dolor, que en mi memoria

dará la sangrienta espada.

Baja en un rápido el ángel.

Súbese el ángel.

Un ángel.

El cielo tu sacrificio

acepta, Rita; mañana

tus dos hijos morirán,

y tu esposo, por tus sacras

intercesiones, sus delitos

ya perdonados, alcanza

vivir con los ciudadanos

de la corte soberana

de la celestial Sión;

y pues ya de tu constancia

en el matrimonio, hizo

examen el cielo, manda

que de tu antiguo deseo

renueves las esperanzas

y al estado religioso

aspires.

Santa Rita.

Espera, aguarda,

sacra inteligencia, ¡ay, hijos!

Hermosas flores tempranas,

que presto veréis el hielo

del acero de la Parca.

Ya os considero amapolas,

si ayer bellas y lozanas,

hoy a los soplos del cierzo

secas, marchitas y heladas.

¿Cómo el llanto no me ahoga?

Pang. 38

Santa Rita.

Como el dolor no me acaba...

pero no, miente mi llanto,

miente el dolor, miente el alma.

Mueran, pues Dios lo dispone;

mueran, si el cielo lo manda,

y a mi propósito antiguo,

que inspira religión santa,

cuya insignia he de vestir

en la familia y la casa

del gran doctor Agustino,

alegre partiré, a Casia,

al convento religioso,

fundado allí, que se ensalza

con el glorioso renombre

de la pecadora santa

que aprendió a los pies de Cristo

la doctrina de su gracia,

de la insigne Magdalena,

a quien invoca mi esperanza,

y en tanto dirá mi voz,

con el profeta monarca:

pues que ya rompiste mis pasiones arduas,

a ti el sacrificio, dará mi alabanza.

Vase y salen Alejandro y Casandra

Casandra.

Alejandro, esposo mío,

Alejandro.

déjame, no me persigas,

déjame, que no me obligas,

tirana de mi albedrío.

Casandra.

Óyeme, señor, escucha,

no te ciegue la pasión,

porque es mucha mi razón.

Alejandro.

También mi razón es mucha.

Casandra.

¿No me quisiste?

Alejandro.

Es verdad.

Casandra.

¿Por tu esposa?

Alejandro.

No lo niego,

mas fue en otro tiempo.

Casandra.

Luego,

¿ya convertiste en crueldad

el amor primero?

Alejandro.

Sí.

Casandra.

Si Tiberio me robó,

¿tuve, di, la culpa yo?

Alejandro.

No sé, Casandra, ¡ay de mí!

La culpa tiene mi estrella,

cuyo influjo mal nacido

causa de mi muerte ha sido,

y de tu deshonra...

Casandra.

Sella

el labio, no tu voz quiera

este delito imputarme,

antes elige el matarme

que hablarme de esa manera.

Alejandro.

Luego, ¿no llegó a ofenderme

Tiberio?

Casandra.

Alejandro, no.

Pang. 39

Vase.

Alejandro.

Luego mi agravio mintió

no intentes loco volverme,

en otro tiempo, al imperio

de tu hermosura gentil

rendí, vasallajes mil

pero tirano Tiberio

desde mi dulce contento

me desterró, a mi dolor

donde me negué al amor

por concederme al contento,

llegué a lastimarte y quererte

pero a tal tiempo has llegado

que a pesar de mi cuidado

me es forzoso aborrecerte,

quédate Casandra adiós

mas, tu pena no me aflija

cada uno su senda elijas

aunque infelice, las dos,

Casandra.

Alejandro aguarda espera

¡oh qué infelice que soy!

puesto que escuchando estoy

sin que mi desdicha muera

¡ah desdichada hermosura!

que ya otro alivio no esperas

sino que las rudas fieras

te fabriquen sepultura

mas ya es hora de que vaya

a aquese convento santo

de religiosas de Casia

donde algún sustento alcanzo

de su piedad con que voy

el aliento dilatando,

Dentro.

Santa Rita.

No así me desamparéis

oh piedad Señor soberano.

Sale.

El demonio.

Pese al volcán de mis iras

que padezco y sufro tanto

Vase.

Casandra.

Aquel compasivo acento

norte sea de mis pasos

El demonio.

Aquella es Rita, que al cielo

con sus suspiros clamando

está, viendo que las monjas

el hábito le han negado

alegando por costumbre

por rito inviolable, y sacro

que la que virgen no fuese

no ha de entrar en su rebaño,

ya movidas de piedad

las religiosas, el caso

consultan entre las graves

por tercera vez instando

las religiosas severas

la responden

Dentro.

Una mujer.

Rita en vano

porfías, que es imposible

que nosotras te admitamos

pues era preciso que

Pang. 40

Sale Santa Rita

Santa Rita.

Obrará Dios un milagro,

sacra providencia, como

si el impulso soberano

me dais, no vencéis los medios

imposibles a mis pasos.

El demonio.

¡Oh, qué afligida la miro!

De aquesta ocasión me valgo

para atormentarla más,

déme otra astucia mi engaño.

Derribando de los cielos los apacibles espacios, cúbrase de horror el mundo, quedando en oscuro caos.

Bueno. Si se puede oscurecer el teatro, se va mejor. Ya asombrado a tempestades, y desvanecido a rayos, Rita se confunda tímida admirando los estragos.

Santa Rita.

Mas, ¿qué repentino asombro,

qué susto, qué horror, qué pasmo!

¿hasta cuándo, sacros cielos,

eterno Dios, hasta cuándo

entre continuos embates

he de padecer naufragio?

Mas ¿qué repentina luz

el aire viene surcando?

Pasa cantando una mujer sobre un búho, cubierto el rostro en significación de noche.

Una mujer.

Oye de mis acentos

el sagrado rumor,

trueca sus confusiones

en atenciones

al estruendo apacible de mi voz.

Rita, cuya constancia

tanto al cielo agradó

que en imagen pequeña

dibujó seña

de superior divina perfección;

deja gozar al orbe

la bellísima flor

de verde lozanía,

¡qué tiranía

la llegue a marchitar la religión!

Antes mira que enojas

al cielo, y no es razón

dar al mundo en tributo

el mejor fruto,

y el menos elegido dar a Dios.

¿Para qué te despeña

tu arrestado furor?

a Dios buscando vienes,

y ya le tienes,

seglar te quiere, religiosa no.

Al religioso estado

no camines veloz,

porque de tu destino

no es el camino

de conseguir divino galardón.

Frustrado ya tu intento,

tus dudas vanas son,

no intentes imposibles,

que invencibles

rinde de humanas fuerzas el valor.

Oye de mis acentos

el sagrado etcétera.

Cúbrese

Santa Rita.

Detente, aguarda, prodigio...

pero no, vete, que traes

Pang. 41

Santa Rita.

Entre apariencias divinas,

muy inhumanas señales.

¿Cómo puede ser, que sean

aquestos ecos del aire

avisos de Dios, si infunden

temor y tristeza, antes

que divinos regocijos?

¡Oh, qué riguroso lance!

¿Qué he de hacer?

Sale San Juan Bautista.

San Juan Bautista.

Sigue mis pasos.

Santa Rita.

¿Quién eres, joven amable?

Pero en vano lo pregunto,

que tu soberano traje

ya me ha dicho que el Bautista,

a quien devoción constante

tuve siempre.

San Juan Bautista.

Y aun por eso

he venido a consolarte.

Sígueme.

Va subiendo al monte, y con los versos pasando de un lado a otro hasta bajar otra vez al tablado.

Santa Rita.

Mi norte sigo.

San Juan Bautista.

Por este monte, que el aire

estrecha, siendo su cumbre

de las estrellas errantes

tropiezo.

Santa Rita.

¡Qué inaccesible!

¡Qué áspero!

Va bajando.

San Juan Bautista.

No te espante

nada, si adviertes en él

un símbolo, que retrate,

de la virtud, el camino,

de la perfección, imagen.

Y este monte, a que aspiras,

vence sus dificultades;

que quien aspira a gozar,

justo es que padezca antes.

Baja.

Santa Rita.

¡Qué dulcemente me enseñas

en breve lección lo grande

de la celestial doctrina!

San Juan Bautista.

Vencido lo inexpugnable

del monte, hallarás, sin duda,

el premio de los afanes.

Acaba de bajar.

Santa Rita.

¡Feliz sea mil veces

la pena y dolor que sabe

tener por blanco la dicha!

San Juan Bautista.

¿Qué ves hacia aquella parte?

Vese la puerta de un convento en el lado izquierdo, que a su tiempo se abre y se cierra con los versos.

Santa Rita.

¡Qué júbilo, qué alegría!

Ese edificio admirable

de aqueste convento, donde

no he merecido me amparen.

San Juan Bautista.

Y en repetir las instancias

que otro tiempo mal lograste,

¿qué intentas?

Santa Rita.

Un imposible.

San Juan Bautista.

Aunque imposible le llames,

no lo es a Dios, y por eso

en el mundo han de llamarse

Pang. 42

Ábrese la puerta.

San Juan Bautista.

Santa de los imposibles,

entra, pues, pues ya llegaste

adonde de su morada

podrás pisar los umbrales.

Vase.

Suena música dentro de la portería y cantan el himno, y la Santa le repite, entra y se cierra la puerta.

Santa Rita.

Aquí será mi descanso

mientras mi vida durare;

aquí habitaré, pues fue

elección de mi dictamen,

repitiendo al cielo gracias

con un coro admirable

de serafines.

Músicos.

Te Deum laudamus,

te eternum Patrem,

tibi omnes angeli, tibi

universe potestates.

Pang. 43

[Página en blanco]

Pang. 44

[Página en blanco]

Pang. 45

[Página en blanco]

Jornada tercera

Pang. 46

Valencia, a 12 de mayo de 1709.

Pedro Félix

Pang. 47

Sale Trípili, de donado, con una caña de apagar candelas.

Trípili.

Ya las velas del altar

he apagado, porque ardían

de calidad, que mi renta

con ellas se consumía.

De sacristán el oficio,

que ya gozo por mi dicha,

me asienta bien, ¡quién dijera

que a tal tiempo llegaría!

¡Oh, qué bien cuando pequeño

mi santa abuela decía:

«aspira, nieto, a ser cura,

que cuando no lo consigas

te quedarás sacristán»!

¡Oh, vieja del alma mía!

Pero ¿quién se ha entrado acá?

Sale Casandra.

Casandra.

Hermano.

Trípili.

¿Qué hay, hermanita?

Dígame, ¿qué se la ofrece?

Casandra.

Que a la portera le diga

que la limosna me dé

que suele todos los días.

Trípili.

Mas, dígame antes, hermano,

¿qué me quiere la hermanita?

Casandra.

¿Qué milagro en el convento

ha sucedido?

Trípili.

¿Qué diga?

Pang. 48

Trípili.

eso hermana, que ella sola

en Casia, la peregrina

va de cuento, sabrá, que

habiendo intentado Rita

mi señora

Casandra.

ya sé cómo

no pudo ser admitida

en el convento, porque

por ley y costumbre antigua

por haber sido casada

entrar en él no podía.

Trípili.

Y añade que era imposible

según las monjas decían.

Aquí entra el milagro, sepa

que habrá tres, o cuatro días

que yendo las religiosas

al coro, a decir la prima

acá dentro del convento

la hallan calzada y vestida

y considerando que era

de los cielos maravilla

el santo hábito le visten

y admiten en su familia

con grande gozo y contento

conque ya habiendo oído Rita

este imposible que la santa

que imposibles facilita

qué alegre que está de verse

monja calzada augustina

yo soy sacristán de Casia

bien que paciencia es precisa

para lidiar con las santas

madres, que por más que digan

ellas bien pueden ser buenas

penitentes compasivas

religiosas, virtuosas

de santa y ejemplar vida

mas que son monjas, al fin

se les conoce, a dos millas

en el habla solamente

mas bien imitan a Rita

que demás de ser tan santa

es una santa novicia

mas voy a avisar que lo espera

ya vuelvo.

Sale Alejandro.

Alejandro.

De la justicia

perseguido que me busca

porque di muerte atrevida

a Tiberio, huyendo vengo,

hermano si es que le obliga

la piedad en este templo

huir su furia determina

mi recelo.

Trípili.

Ya le entiendo

yo le prometo a fe mía

como sacristán que soy

por la clemencia divina

Pang. 49

Trípili.

Que esté defendido aquí

y si a entrar se determina

algún juez, o ministro,

sin temor de las Paulinas,

iré a tocar a entredicho,

luego, a campana tañida,

espere aquí, que ya vuelvo.

Vase.

Casandra.

¿Qué es lo que mis ojos miran?

¿No es Alejandro?

Alejandro.

¿Qué veo?

Si no me engaña la vista,

Casandra es, yo me retiro.

Casandra.

Yo llego.

Alejandro.

¡Fuerte desdicha!

Casandra.

Alejandro.

Alejandro.

¿Qué me quieres?

Casandra.

Dueño amado,

Alejandro.

prenda mía,

pero no, miente mi voz,

motivo de mis desdichas,

causa de todos mis males,

blanco de todas mis iras.

Casandra.

¿En qué te ofendí, Alejandro,

que si la ignorancia mía

te irritó, bastantemente,

entre penas tan crecidas

que he tolerado, mi culpa

apagada, o extinguida,

Casandra.

pudiera obligarte, a que

menos esquivo, las iras

trocases en atenciones,

mas si mi estrella enemiga

si no me fuerza, me arrastra

para que infelice vivas,

en vano será alegar

por méritos mis desdichas,

en vano de ti me quejo;

y si al verme multiplicar

tus pesares, si lo aumento,

o renuevo tus heridas,

quédate, Alejandro, a Dios,

que mi ausencia solicita

que mis noticias te falten

y me falten tus caricias.

Vase.

Alejandro.

Espera, Casandra, advierte,

qué mal el dolor se anima.

Sale Trípili.

Trípili.

¿Y a aquella buena mujer

que aquí quedó, y la beata Rita?

Alejandro.

Ya se fue.

Trípili.

¡Ay, tal desatino!

¡No comerá, por mi vida!

Alejandro.

¿Por qué lo dice?

Trípili.

¿Por qué?

Porque avisarla venía

que fuera por su limosna.

Alejandro.

¿Limosna?

Pang. 50

Trípili.

Sí. Una mendiga

cita que en el convento

la dan los más de los días

algunas sobras con que

se sustenta.

Alejandro.

¡Qué desdicha!

¿Quién la dijera a Casandra

que a este tiempo llegaría?

Trípili.

¿Qué, se entristece?

Alejandro.

Sí, amigo;

que una mujer afligida

en el pecho más tirano

trueca en lástima la ira.

Trípili.

Hermano, con mucha razón,

porque al fin si bien se mira

nacimos de las mujeres,

como lo dice la Biblia.

Alejandro.

Iré a buscarla, que si

amor y discurso lidian,

no es mucho, venza el amor.

Espera, Casandra mía.

Vase.

Trípili.

Sin duda que él está loco.

Dentro uno.

Hombre 1.

Date a prisión.

Trípili.

La justicia

le ha pescado al majadero.

Dentro Alejandro.

Alejandro.

El huir no es cobardía.

Trípili.

Y qué cierto, si se escapa,

quiero decirle que diga:

Iglesia me llamo, aunque

se llame Juan de la Encina.

Sale Alejandro.

Alejandro.

La fuga me ha de valer.

Dentro.

Hombre 1.

Corred.

Dentro Casandra.

Casandra.

Ninguno le siga,

si teme la muerte fiera,

que aqueste rayo fulmina.

Salen los ministros y Casandra delante deteniéndoles.

Trípili.

A uno le quitó la espada.

Voy por mis armas aprisa.

Hombre 1.

¿Quién eres, mujer o asombro?

Casandra.

Un monte.

Hombre 1.

Aparta.

Hombre 2.

Desvía.

Casandra.

Primero me daréis muerte.

Hombre 1.

Segunda vez se retira

al templo.

Casandra.

Dejadle ya,

que es inútil la porfía.

Sale Trípili con caldero y hisopo.

Trípili.

Fugite a partes adversas.

Hombre 1.

¡Qué valor!

Hombre 2.

¡Qué bizarría!

Trípili.

Favor a la Iglesia, digo,

digo que la Iglesia viva,

agua bendita e hisopo.

Mejor es agua bendita.

Retíranse los ministros, Casandra y Trípili, y sale el Demonio.

El demonio.

Infeliz mi dolor, triste mi pena,

que a nuevas ansias mi altivez condena,

lamentando el pesar de mi quebranto.

Pang. 51

El demonio.

el que me causa Rita horrible espanto

mas como desalienta

el valor que mis iras alimenta

anime mi venganza

vuelva a cobrar aliento mi esperanza

y más hoy que de Cristo, ya de esposa

por la profesión que hizo, religiosa

y en tres votos que ha hecho fervorosos

al cielo aceptos cuanto a mí horrorosos

admiro tres amagos

tres golpes, tres castigos, tres estragos,

pues ¿de qué me acobardo?

si más virtudes, más ardides, guardo.

Mas a este sitio viene y al mirarla

aun mi furor induce a venerarla

Sale Rita de monja con un cubo de agua

Santa Rita.

Una y mil veces, Señor,

gracias eternas repito

a vuestra piedad, porque

el venturoso, el festivo

día de salud, llegó

en que yo vuestra me miro

indignamente Señor

nombre de esposa consigo

vuestra; el de esclava me basta

pues solo con este os sirvo

Aceptad de mi obediencia

el continuado ejercicio

un año ha que en regar este

árido tronco prosigo

por orden de la prelada

que examen prudente hizo

de la obediencia y si ciertas

mejor que los sacrificios,

yo os la ofrezco sin que quiera

deber al cielo el prodigio

de dar a este inútil tronco

aliento vegetativo,

No espero que reverdezcas

que fuera inútil motivo

en fe de este premio, hacerme

agradable lo que os sirvo

Prosigue en tu sequedad

rebelde planta al cultivo

sino fuere tuyo el fruto

déjamele para mío,

mi mérito en tu dureza,

tu resistencia, mi alivio,

y las hojas que no rindes

son obediencias que rindo

de mi vista ejemplo eres

espejo eres donde miro

quizá propios escarmientos

en los ajenos castigos.

Pang. 52

Santa Rita.

tú sin culpa, yo con ella

muerto tú, yo sin castigo

no a imitarte, a contemplarte

me enseñas con rudo estilo

y es mayor mi obstinación

que la había si colijo

que imitando lo que enseñas

lo que padeces, no imito,

rústico símbolo eres

no en lo inútil, en lo vivo

de la sólida doctrina

de aquel madero divino

sagrada cátedra, donde

en el espacio preciso

de tres horas, leyó al mundo

la materia de delitos

Cristo Jesús, con tan nuevo

modo, que fue en su ejercicio

cada conclusión, un golpe,

cada cláusula, un martirio,

cada razón, un tormento,

cada letra, un paroxismo,

y una pasión, lo enseñado,

y una muerte, lo leído,

con tanta elegancia, que

aun los que no eran tenidos

por discípulos pusieron

sobre su cabeza un Víctor

oh qué doctrina leíste

dulce sacro maestro mío

mas ¿qué importa que la entienda

qué importa, si no la sigo?

Dígalo en esas plantas

a quien se debe el auxilio

que dice que en vano sé,

si lo que sé no practico.

Siempre que a contemplar llego

tu pasión, Señor divino,

desfallece el alma, y

entregada a los sentidos

en deseo de imitarla

se abrasa el pecho encendido.

Dadme a padecer, Señor,

una parte, un leve indicio

de vuestros dolores, y

veréis, Señor, si os imito.

Concededme, dueño amado,

aqueste favor que os pido.

Niño 1.

Yo te lo concedo, Rita.

El demonio.

¿Qué esto sufro, qué esto miro

a vista de tantas luces?

Envidioso me retiro.

Músicos.

Llora las penas,

siente las fatigas

de un Dios que tu amor humano

por pasión participas.

Pang. 53

Con esta música se eleva Rita y desciende una escala, y en la parte inferior viene un ángel, en la superior el Niño vestido de Nazareno con cruz y los otros escalones llenos de ángeles y querubines. Y hace el Niño lo que dicen los versos.

Un ángel.

Ya que en ángel te transforma

tu pura, inculpable vida,

ya que olvidando pasiones humanas,

Músicos.

imitar quieres pasiones divinas,

llora las penas esta.

Un ángel.

De su dura corona recibe

esta penetrante espina,

y en tu frente conserve memoria

esta dolorosa herida.

Músicos.

Llora las penas esta.

Con esta repetición baja el Niño hasta encontrarse con la elevación y le pone una espina en la frente a Rita, y sube la tramoya y va bajando la elevación quedando Rita como en éxtasis hasta que vuelva con los versos.

Santa Rita.

¡Qué dolor! ¡Qué ansia! ¡Qué angustia!

¡Qué pena tan excesiva!

¡Qué penetrante tormento!

¡Oh, qué dolorosa herida!

Clemencia, Señor, piedad,

que el aliento desanima,

que titubea el valor,

que desmaya en tal fatiga

la débil flaqueza humana.

Sale el demonio.

El demonio.

A la empresa, no desista

mi astucia, valerme quiero

si puedo de aquesta misma

ocasión, por si a impaciencia

el fuerte dolor te obliga,

mas nada consigo, que

a un dulce sueño, rendida

su aguda pena, el tormento,

sin duda el cielo mitiga.

Pero otra industria me falta,

tomando la forma misma

del ya difunto Tiberio,

un ministro mío insista

en perseguir su virtud,

en acabar sus fatigas.

Sale Tiberio.

Tiberio.

Bellísimo dueño mío,

dulce esposa, amada Rita,

vuelve a mis brazos.

Santa Rita.

Aparta,

visión triste, sombra fría.

Tiberio.

No soy sombra, soy tu esposo.

Santa Rita.

Pues, ¿cómo, estando sin vida?

Tiberio.

Con vida estoy, que fue falsa

de mi muerte la noticia,

y el cadáver que a tu casa

llevaron, con señas mías,

no era mío.

Santa Rita.

Quita, aparta,

¡ay de mí!, ¿qué haré?

Tiberio.

No miras...

Pang. 54

Tiberio.

que la profesión fue nula,

vuelve a gozar las delicias

del matrimonio.

Santa Rita.

¡Qué susto!

Tiberio.

Despierta, que estás dormida,

no temas que esto ofenda;

ya mi condición altiva

se ha trocado, y a ti solas

el alma adora y estima.

Ya Casandra dio a Alejandro

la mano de esposa, mira

qué alegres y qué contentos,

todo es gozo y alegrías.

El demonio.

Con la lealtad pretendo

hacer la guerra más vivas;

pues Alejandro, y Casandra

han conseguido su dicha

por su intercesión, ¡qué rabia!

todo el infierno me asista.

Aparecen los músicos y damas cantando. Y Alejandro y Casandra detrás de la cortina sentados en acción de bodas. Y el demonio y Tiberio se ponen en los escotillones, y a su tiempo todo se desaparece con la mayor prisa que se pueda.

Músicos.

Ven, sagrado himeneo,

a las bodas festivas

de dos tiernos amantes,

de dos almas unidas.

Tiberio.

Mira con qué dulces lazos

las voluntades obligan.

Casandra.

Mi mano cierta, Alejandro.

Alejandro.

Y esta, Casandra, es la mía.

Casandra.

Repitan música y voces.

Alejandro.

Música y voces repitan.

Todos y el demonio.

Ven, sagrado himeneo,

a las bodas festivas

de dos tiernos amantes,

de dos almas unidas.

Córrese la cortina.

Santa Rita.

Cielos, ¿qué es esto?

Tiberio.

Esto es

llevarte; pues es justicia

que con tu esposo te vayas.

Deja, mi bien, esas frías

losas de esos claustros, goza

de nuestra casa, las ricas

piezas de vistoso adorno,

deja ya la compañía

de esas penitentes monjas,

y de las tiernas caricias

goza de tu amante esposo;

el tosco buriel olvida,

viste delicadas ropas,

deja groseras comidas,

gusta sabrosos manjares,

deja la oración continua,

músicas y fiestas logras,

deja tan inútil vida

y conmigo ven.

Santa Rita.

Aparta,

dulce Jesús, gloria mía,

Pang. 55

El demonio.

Favor, socorro.

Qué presto,

quedó mi astucia vencida.

Húndense los dos.

Santa Rita.

Gracias te doy, gran Señor,

que de tanto horror me libras.

Sale Trípili.

Trípili.

Deo gracias.

Santa Rita.

¿Qué dice, hermano?

Trípili.

Que yo a buscarla venía.

Santa Rita.

Ya yo voy, Señor divino,

ya no hay pesar que me aflija,

pues tan soberano norte

me va sirviendo de guía.

Vase.

Trípili.

Ella es santa adredemente,

mas si no miente la vista,

Alejandro con Casandra

vienen; ¡qué ocasión tan linda

para darles unas quejas

que ya me hacían cosquillas!

Vase y salen Alejandro y Casandra.

Casandra.

¡Quién te dijera, Alejandro...!

Alejandro.

¡Casandra, quién te diría...!

Casandra.

¡Otra vez...!

Alejandro.

¡En otro tiempo...!

Casandra.

Cuando para mi desdicha

aqueste templo pisaste...

Alejandro.

Cuando para pena mía

en este templo te vi...

Casandra.

Que en ocasión tan distinta

nos hallaremos en él.

Alejandro.

Casandra adorada mía,

ya puso mi desengaño

a la pasión en huida;

amaneció el día alegre

de nuestras bodas festivas;

llegó el alba, vino el sol,

cuando en ti encontré mi dicha.

Casandra.

En la muerte de Tiberio,

como la parte ofendida

perdonó, salvaste fácil

la parte de la justicia,

con defensa y con indulto

en que del rigor te libras.

Alejandro.

Mucho debí a su valor,

cuando animosa, aquel día,

más que su fuerza, su afecto

me libró de la justicia.

Casandra.

Ya por beneficios tantos,

gracias al cielo debidas

daremos en este templo,

puesto que en él se originan

nuestras dichas, y no dudo

que a intercesiones de Rita,

a quien yo me encomendé,

benigno el cielo me mira.

Alejandro.

La fama de su virtud,

gloriosamente extendida,

no cabiendo en Casia, ya

va llenando toda Umbría.

Casandra.

Mas aquí el hermano viene.

Sale Trípili.

Trípili.

Hermanicos, buenos días.

Pang. 56

Trípili.

Me alegro de verlos. Bueno,

¿posible es que así se olvidan

de los amigos antiguos?

¿a Trípili, a quien debían

tanta obligación, que a esta

hermana, su conocidica,

la traía y al hermano

retraído de la Justicia

le tuvo en su propio cuarto,

y a poder de agua bendita

de las venerables garras

le libró de la Justicia,

a Trípili, así se deja?

Casandra.

Yo no sé, por qué no diga.

Trípili.

No, pues yo sí, díganme,

¿piensan que yo no sabía

que se han casado; y que hubo

en la boda brava risa,

que hubo bailes, que hubo danzas,

que hubo espléndida comida,

que hubo licor de Salerno?

Y un recado en cortesía

no fueron para enviarme,

que me hubiera yo hecho astillas

bailando en sus bodas, y

me echara un traguillo. ¡Linda

ingratitud, lindo modo!

Vayan con Dios, que a fe mía

que me he de vengar.

Alejandro.

¿En qué?

Trípili.

Cuando la correa pidan

de nuestro padre Agustino,

que ya, sé, la necesitan

supuesto que se han casado,

no se la daré en mi vida,

que son unos ingratacos.

Casandra.

Yo confieso que es muy digna

su queja, hermano, y le ofrezco

que el desquite a cuenta mía

corra y que he de regalarle.

Trípili.

Hermana, mil años viva;

yo iré mañana a su casa

por la limosna bendita,

quédense con Dios.

Casandra.

Espere

y dígame, por su vida,

¿habrá ocasión de que hablemos

a la santa madre Rita?

Trípili.

No es fácil.

Alejandro.

¿Por qué?

Trípili.

Ay hermano,

ha que no sale mil días,

no solo de aquellos claustros,

pero ni aun de su celdilla,

ni a los oficios ni al coro

se le permite que asista,

que la tiene retirada

una dolencia prolija.

Pang. 57

Trípili.

de una llaga que en la frente

la ha motivado una espina,

siendo contagio su mal,

pues llenándose la herida

de materias y gusanos,

tal es el horror que obliga,

para no tener más pena

a recatarse a su vista,

y ella en la apariencia un Job

padece, llora y suspira.

Alejandro.

Mucho siento su dolor.

Casandra.

Grandemente me lastima

su pena. Ven, Alejandro.

Vanse.

Alejandro.

Vamos.

Trípili.

Recen, que yo a Rita

mi señora, que es tan santa,

que es divina maravilla...

Sale el demonio.

El demonio.

Mientes, villano.

Vase.

Trípili.

¡Ay de mí!

Que ha soltado la maldita

alguno, o juega de manos

alguien, o algún diablo atiza.

El demonio.

De su desconsuelo hoy

se valga la astucia mía.

Sale Santa Rita.

Santa Rita.

Qué crecida es mi fatiga

de aquesta llaga al rigor,

aunque el vehemente dolor

la piedad de Dios mitiga.

Pero no es menor mi pena

cuando a mis hermanas miro

huyendo de mi retiro

a que mi mal me condena,

y más cuando el jubileo

a Roma van a ganar,

y yo me habré de quedar

a pesar de mi deseo.

El demonio.

Por engañar sus tormentos

usar de otro ardid espero.

Santa Rita.

¿Cómo a tal dolor no muero?

Mas, ¿qué cercanos acentos

se oyen?

Pasa una mujer cantando, con una hacha encendida en la mano.

Una mujer.

Hasta cuándo las penas

tu paciencia combaten,

¿eres piedra insensible,

eres bronce, eres jaspe?

Santa Rita.

Soy de la tolerancia viva imagen.

Una mujer.

¿Por qué, a tu cuerpo débil,

das rigores mortales,

¿qué Magdalena fuiste,

qué pecadora grande?

Santa Rita.

Pequé, Señor, tú mis delitos sabes.

Una mujer.

Si ya la gloria esperas

por tus méritos grandes,

¿qué pides? No molestes

las divinas piedades.

Pang. 58

Santa Rita.

Eleva mi humildad, porque te alabe.

Canta.

Una mujer.

Y las delicias goza

lícitas, y agradables;

no ha de ser todo tristes

lágrimas, y pesares.

Santa Rita.

Solo encuentro mis gustos en mis ayes.

Canta.

Vase.

Una mujer.

No en divina alabanza

todas las horas gastes,

que una mujer no puede

competir con un ángel.

Santa Rita.

¿Quién, Señor, como el ángel te alabare?

¿De quién serán estas voces

tan dulces, como espantables?

Sale el ángel.

Un ángel.

De tu enemigo, no temas

cuando yo vengo a ampararte.

Santa Rita.

Ángel divino,

Un ángel.

los cielos

con tus voces penetraste,

y por mi medio te envían

el alivio de tus males.

A las demás religiosas

que a Roma, de Casia, parten

a ganar el jubileo

acompaña, que al instante

que seguirlas determines

verás llegar a borrarse

en tu frente de la llaga

las horrorosas señales.

Ven, Rita, donde a tu lado

como debo te acompañe.

Santa Rita.

Grande favor debo al cielo.

Sale Trípili.

Trípili.

Ya vuelvo, Deo gracias, madre.

Santa Rita.

¿Qué dice, hermano?

Trípili.

Que están

junto a las puertas seglares

del convento mil personas,

que me dicen que la llame

porque querrán consultarla

cuatro mil necesidades

pidiendo trescientas mil,

e impertinencias manuales;

y así, madre, vaya luego,

y hágales en un instante

unos milagros de mano

con que puedan consolarse.

Santa Rita.

Siempre está de buen humor.

Trípili.

Pues no es chanza, no se espante;

que en habiendo una persona

de fama en cualquiera parte

de santidad, luego acuden

los pretendientes a pares;

unos con sus ruegos, y otros

con ruegos y memoriales.

Un ángel.

Vamos, Rita.

Pang. 59

Rita y Tiberio ——— Vanse

Trípili.

Mas sin duda a Roma parte

con las demás religiosas,

y ellas la admiten afables;

Dios ha vuelto por su causa.

Sale el cojo.

Un cojo.

Den por el glorioso padre

y patriarca San Joseph

que les libre y les ampare,

a este pobrecito cojo.

Por San Hermógenes mártir,

en su víspera bendita,

su santa limosna

manden.

Sale el ciego.

Un ciego.

Rezar una muy devota

rogativa al santo ángel

de la guarda, la oración

manden de los Siete Infantes

de Lara, otra, al Justo Juez,

otra oración a San Jaime,

otra a San Lemes, y la

oración de San Mamate,

otra de San Homobono,

abogado de los sastres,

la oración, de Salsipuedes,

otra oración de san...

Trípili.

Calle,

apócrifo rogatorio,

y mentiroso almanaque,

mal compuesta letanía,

Flos Santorum perdurable.

Un ciego, Un cojo.

Denos su merced limosna.

Trípili.

¿Por qué no van a la calle

o a la puerta, y no se meten

acá dentro?

Un cojo.

A nuestra madre

Rita buscaba, por que

al cielo, por mí rogase

que me conceda una pierna.

Trípili.

Mejor era una de carne

mechada, con su tocino.

No pida tal disparate

al cielo, que ha de comer.

Si la cojera no hace

que hay quien se ha cortado un brazo

para ganar muchos reales,

no pida a Dios gollerías.

Un ciego.

Yo venía a que me alcance

del cielo vista.

Trípili.

¿Y la renta

que tiene fija y constante

en sus muchas oraciones,

más que en los bancos de Flandes,

él renegará de ver

cuando el ochavillo falte?

Un ciego.

Yo entonces buscarlos fío.

Pang. 60

Un cojo.

¿Yo me he de hacer danzante?

Trípili.

Brava ocasión se me ofrece

de hacer creer a esta ignorante

gente, que soy santo, hermanos

sepan que la venerable

Madre Rita, no está en casa

que a Roma fue, con las madres

a ganar el jubileo.

Pero como de mí hace

confianza, y la serví

en el siglo, en este viaje

el poder de hacer milagros

me dejó, y será muy fácil

hacer aquí una experiencia

que podrá ser, que yo sane

a los dos, si no es que sean

muy rebeldes los achaques.

Vamos curando primero

al cojo.

Un cojo.

Dios se lo pague.

Trípili.

Guarda el toro, guarda el toro.

Mira hombre, no te agarre

que te coge, que te coge.

Vase.

Un cojo.

Angosta se hace la calle

para correr, ay.

Trípili.

Aguarda,

picaronazo, bergante.

Un ciego.

Jesús, y qué desvergüenza.

Trípili.

Todos de estas curas no hacen.

Venga acá el bueno del ciego

que también quiero curarle.

Un ciego.

Tanta caridad le estimo.

Trípili.

Tengo un colirio admirable

dentro de esta bolsa que

si con esto no sanare

no espere remedio alguno

que son ocho mil reales

en doblones los de a ocho.

Quítasela.

Un ciego.

Tanto ojo se me abre.

Suelte el bolsillo,

Trípili.

Ah, ladrón,

no son sino ochavos grandes,

esperad que la correa

habéis de probar, infame

para que vaya el milagro

entero por sus canales.

Vase.

Un ciego.

Yo ciego a todo correr.

Vase.

Trípili.

Ahora digo que es constante

cuando uno hace algún milagro.

Andad, esperad, bergantes.

Sale el demonio.

El demonio.

Esta es la ocasión en que

mis triunfos suelen lograrse,

qué aguardo si a Rita, no

venció en el último lance.

Qué importa que a los demás

Pang. 61

El demonio.

religiosa acompañe

a Roma, ¿qué importa que

en su rostro se socaven

en purpúreos rosicleres

las heridas y fealdades?

¿Qué importa que a pisar llegue

esa metrópoli grande

de la militante iglesia,

y al digno Pastor y Padre,

lugarteniente de Cristo,

el pie rendida besare,

de cuya mano tesoros

de gracia logre abundantes?

¿Qué importa que el jubileo

perfectamente ganase,

y que a Casia alegre vuelva,

donde a recibirla sale

todo el pueblo, y de su celda

se vuelva al retiro amable?

Todo esto, ¿qué importa, si

los dolores penetrantes

segunda vez de la espina

la afligen, de cuya grave

dolencia postrada Rita

en su humilde lecho yace?

Aquí mi furia se enciende,

y armado el preciso lance,

El demonio.

no hay cautela que no elijas,

no hay ardid que no contrastes,

y en desesperado orgullo,

poblando de ecos el aire,

venganza pido al abismo

contra Rita, mujer constante.

Sale el ángel.

Un ángel.

No el limitado poder

que tienes ha de negarte

el cielo, para que a Rita

aflijas, y no en ella halles

méritos que te confundan,

virtudes que te contrasten,

para que testigo seas,

a pesar de tus pesares,

de tu poder abatido

y de su poder triunfante.

El demonio.

Yo haré al menos que sus glorias

se sepulten y se acallen.

Un ángel.

No podrás, que ya al convento

acuden de todas partes

santa invocándola todos.

Vase.

Sale Trípili.

Trípili.

Señores, ¿quieren dejarme?

¿Quién ha visto a un sacristán

preguntar por santidades?

Salen Alejandro y Casandra.

Casandra.

Hermano.

Trípili.

Salicumpal.

Casandra.

Diga,

¿cómo se halla nuestra madre?

Pang. 62

Vase.

El demonio.

Aún no me doy por vencido.

Trípili.

Hermanicos, no me enfaden,

pregúntenlo si quieren,

que yo en las vidas de nadie

me meto.

Casandra.

¡Oh, si yo pudiera

hablarla antes que expirase!

Trípili.

Lo que es un recado al cielo,

lo llevaré como un ángel.

Alejandro.

Grande es su virtud, sin duda,

pues el cielo con señales

manifiesta la pública,

cuando maravillas hace.

Por su medio a una mujer

que espíritus infernales

poseían, quedó libre

a su imperio; y aun los lances

últimos de vida puesta

una niña, a quien su madre

a la Santa encomendó,

ahuyentando las mortales

dolencias, cobró en un punto

fuerza y salud como antes.

Casandra.

¿Y es pequeña maravilla

en nevado invierno hallarse

fruto en una higuera, y una

hermosísima y fragante

rosa en un rosal? Otros

prodigios innumerables.

Trípili.

Ahora se admira de eso.

Milagro fuera más grande

el no hacer Rita milagros.

Con el pie, milagros hace,

que es el pie, con un zapato;

y luego habrá quien la llame

recoletiza descalza,

aunque imposibles la encarguen.

Vencerá, queriendo Dios,

que por eso ha de llamarse

Santa de los Imposibles;

y sin que a impedirlo alcancen

las religiosas, se llena

la iglesia, e innumerable

gente que a la fama viene

de la virtud admirable

de nuestra Rita; que ya

está en el último trance

de su vida. Los prelados

os permiten franquearse

las puertas, que tal portento

no es justo negar a nadie.

Entran por una puerta y salen por otra. Córrese la cortina y se descubre la Santa de rodillas, el ángel a un lado, al otro el demonio; y con un cerco de nubes se descubrirá el alma de la Santa, que con un rayo de resplandor llegará desde la boca de la Santa a la gloria, y volará el ángel, y el demonio se hundirá.

Pang. 63

Casandra.

¡Qué bello prodigio!

Alejandro.

¡Qué belleza tan agradable!

Santa Rita.

Pues ya que de mi partida

llegó el último instante,

una y mil veces, Señor,

apelando a tus piedades,

perdón humilde te pido;

que este es el último trance

que ya mi vida fallece,

y los alientos vitales

al último paroxismo

rinden el esfuerzo frágil.

En tus manos, Señor mío,

mi alma encomiendo.

Música y sube el vaso a la gloria y se descubre el alma.

El demonio.

¡A pesares!

¡Venciste, mujer heroica!

¡Sepúlteme mi coraje!

Húndese.

Alejandro.

¡Qué dolor!

Casandra.

¡Qué sentimiento!

Alejandro.

¡Qué tristeza!

Casandra.

¡Qué pesares!

Suenan campanas dentro.

Trípili.

Mas, ¿no escuchan las campanas

que empiezan a repicarse

solitas de suyo, porque son

los ángeles sacristanes?

Todos.

Y del milagro imposible

aquí la comedia acabe,

dando al ingenio el perdón

ya que el aplauso le falte.

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