Texto digital de El milagroso imposible y Santa Rita de Casia
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El milagroso imposible y Santa Rita de Casia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-milagroso-imposible-y-santa-rita-de-casia.
EL MILAGROSO IMPOSIBLE Y SANTA RITA DE CASIA
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Copia
Primer acto de la comedia (El milagro imposible).
Comedia en 3 jornadas.
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López
Santa Rita de Casia (y el milagro imposible).
Comedia en 3 jornadas -
Leg. 6
S-6.
19
[Sello]
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Santa Rita
Jornada primera
Valencia a 11 de mayo año de 1709.
Pedro Félix
Jornada primera
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Santa Rita, El demonio, Casandra. Su padre, Dos hombres, Julia. Tiberio, Dos niños, Un ángel. Alejandro, Trípili, San Juan Bautista. Un ciego, Un cojo, Una mujer y músicos.
Salen riñendo el demonio y Tiberio.
Vive Dios, que eres de bronce,
que a tantos golpes mortales
de mi vengativo acero
te resistes.
No te espantes
si a mis impulsos también
eres roca incontrastable.
Detén la espada.
¿Quién eres?
Tu amigo, llega a abrazarme.
Entre mis brazos tu aliento
No es mi intento provocarte
a la lucha.
¿Pues qué intentas?
Solo llegar a abrazarte
en señal de que tu amigo
soy, y seré en adelante,
como lo he sido hasta aquí,
que el sacarte de la calle
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De don Silvano al campo
fui por evitar un lance
que sé que te amenazaba
si conmigo te enojaste
y remitiste al acero
la respuesta en el coraje.
No me admiro, y agradezco
al acaso, el encontrarte
tan valiente y denodado,
porque aunque llegó a informarme
de tu valor la noticia,
nunca le juzgué tan grande
que en competencia del mío
quedasen los dos iguales;
mas ya lo he visto y te afirmo
que si me has debido antes
la afición por las noticias,
será justo que te pague
con doblada inclinación
lo que mi cariño aplaude.
Tu amigo soy.
Yo también.
Valor tienes.
Eres Marte.
Contigo no temo al mundo.
Contigo no temo a nadie.
Seremos firmes los dos.
Seremos los dos constantes,
dos fuertes movidos montes,
dos rocas incontrastables.
Que venzamos los abismos
que se nos pongan delante;
si tanto lo que pudiste
con tu valor inclinarme,
que solo a servirte atento,
no habrá monte incontrastable
de dificultades que,
yo, por tu gusto, no allane,
siendo a mis fuerzas por ti,
aun lo repugnante, y fácil.
Con el alma esta fineza,
¡vive Dios!, he de pagarte.
Con el alma. (Aquesta busco).
No te admires que afirmarme
solo con el alma puede
la fina amistad durable
entre dos hidalgos pechos.
Bien dice; de aquí adelante
la que es alma tuya es mía.
Esto mi astucia persuade.
Y mía la tuya, porque
lo recíproco no falte
de la amistad, y...
Pues, de amigo...
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El título, ya me vale
(miento, que los hombres son
mis enemigos mortales)
como tal he de pedirte
que de tu vida los lances
brevemente me refieras.
No ignoro yo sus maldades
pero al referirlas logro
ver, que mayores las haces
pues deleitarse en las culpas
hace el delito más grave.
Pronto estoy a obedecerte.
Yo prevenido a escucharte.
Con el nombre de Tiberio
el cielo quiso ilustrarme
que un heroico nombre excelso
es de la nobleza esmalte,
tuve mi Oriente en Italia
que también es de la sangre
noble, presunción, nacer
del mundo en la mejor parte.
Apenas pasé los años
primeros, en que se abate
la naturaleza ruda
al tosco bruto lenguaje
de la ignorancia, y se estrecha
en vanas puerilidades
cuando ya despierta el alma
y libre ya de la cárcel
de la confusión primera
empezó noble, a ostentarse.
Pisé el coto, no vedado
a mí, ni otros semejantes
jóvenes, que de mi esfera
nacen en licencia iguales.
Seguí la senda del vicio
ni horrorosa, ni intratable
a mi parecer, que aunque
en despeñadero acabe
aunque sea mala caída
es el precipicio suave.
Ejercitó mi aliento
de las armas en los lances
que son crisol del valor
y de la nobleza esmalte,
entregué, al juego los vicios
al amor, las libertades,
a la lisonja, el oído,
el gusto, a ricos manjares,
a la hermosura, la vista,
y aquestos, y los restantes
sentidos, potencias, vida
alma, y corazón amante.
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de la mujer al hechizo
despreciando a la que es fácil,
aspirando a la imposible,
siendo en dos contrariedades
las mujeres siempre el blanco
de mis gustos desiguales:
o ya, fáciles las dejé,
o ya, imposibles las amé.
Dígalo un bello prodigio,
un cielo, una aurora, un ángel,
una mujer, que es el nombre
para mí más dulce, y suave,
mas pues atento me escuchas,
su hermosura he de copiarte.
Poco distante de Casia,
célebre villa, que hace
en la provincia de Umbría,
queda sita poco distante
Rocaperena, una aldea
que feliz puede llamarse
aunque humilde, pues en ella
tan hermoso fruto nace
que pudo envidiarle Venus
para adorno en sus altares.
Aquí, pues, una mujer
vi, que de humanas deidades
es corona, una aldeana,
pero no sabré pintarte.
Vencido de su hermosura
y de mi pasión amante,
de sus muchas perfecciones
la menor divina parte
son sus dos hermosos ojos,
dos soberanos rapaces
que vibran en vez de flechas
rayos de amor, con que abaten,
esgrimiendo sus dos soles,
al corazón más gigante.
Son su frente, y sus mejillas
elíseas amenidades
donde Flora, y Amaltea
con abundancia y con arte
entre cándido, y purpúreo
hicieron vistosas paces.
Esmalta su bello rostro
sobre perfecciones tales
no sé qué primor hermoso,
no sé qué gracia, y donaire
por lo modesto atractivo
y temido por lo grave
que parece; mas tales fuerzas,
que las palabras me falten.
Aunque adornarlas procuren
las lucidas falsedades
de los retóricos trazos,
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y solo sabré afirmarte
que mi aldeana divina
vive Dios, que es como un ángel.
Rindióme, rogué, fue bronce,
amé, encarecí, fue jaspe,
es hermosa, fue una tigre.
Viome rendido, y amante,
burlóse de mi pasión
que es propio de las deidades
hacer diversión a veces
de los humanos pesares.
¡Oh, qué rica de desdenes
vi su hermosura! Admirarme
pudo, que llegando, yo
desperdiciando caudales
de finezas, de que están
los que aman tan abundantes,
casi expiró mi caudal
quedando el suyo tan grande
que habiendo, de muchos años
gastado yo ansias amantes
aún le sobraron a ella
muchos siglos de crueldades.
Esta es mi dueño, esta es Rita
y este es su nombre admirable
y archivo en quien las virtudes
están, con divino engaste.
Vencida mi voluntad
llamé, porque me amparase
al discurso, que el arbitrio
es pedírsela a sus padres;
dieron luego el sí, porque
no fuera justo negarle
a mi persona, a mis prendas
a mi valor, y a mi sangre;
y aunque en bienes de fortuna
a mi riqueza, no igualen
no he de reparar en eso
que intereses materiales
no arrastran un noble pecho
solo amor pudo obligarme.
Ya aquí he de doblar la hoja
por proseguir adelante
no hay a mi valor empresas
que no apure, que no acabe;
y el que una vez me ofendió
lo pagó, temprano, o tarde,
no hay noble delito, que
no cometiese arrogante
dije bien delito, noble
que hay delitos tan infames
como el hurtar y el mentir
que imprime tan feo carácter
que yo mismo, con ser yo
me corro de que haya nadie
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tan ciego, y vil que cometa
maldades tan execrables,
nunca ni aun de mi enemigo
hablé mal, que es de cobardes,
falsos, fementidos pechos,
alevosos, ignorantes,
querer matar con la lengua
cuando no hay valor que mate.
Soy tan malo, que estando
con Rita, para casarme
solicito otro imposible
en una fiera, en un áspid.
Idolatrando sus luces
me sacasteis de la calle
por el riesgo, que dijisteis,
aunque yo no temo a nadie.
En lo demás, soy perjuro,
lascivo, fiero, arrogante,
furia infernal, rayo activo,
y soy yo mismo, esto baste;
por más segura noticia,
pues con llegar a nombrarme,
digo rayo, digo furia,
digo altivez, y coraje,
y digo, pero la fama
dirá, lo que yo callare.
Con atención te he escuchado
y es tu arrogancia tan grande
que entiendo...
Sale Trípili
Señor, señor.
Trípili, ¿qué hay?
Dos mil males;
Alejandro tu enemigo
mas él, te lo dirá antes.
Salen Alejandro y dos más, y riñen con Tiberio y el demonio.
Muera, que él es.
¡A ellos!
Morid vosotros cobardes.
A tu lado estoy, Tiberio.
Y yo a tus espaldas; ¡dale!
Entran a acuchilladas, y dice él:
Dentro
Muerto soy.
Dentro
Dios te perdone.
Huyendo van, y alcanzarlos
no es fácil, que corren bien,
y yo no corro tan fácil,
mucho tu valor estimo.
Salen Tiberio y el demonio.
Soy tu amigo.
Es bravo jaque.
Pelea como un demonio.
¿No tratas de retirarte,
señor, porque has muerto a un hombre?
Déjate de disparates,
que no te pido consejo,
no sea que yo lo pague.
No sé qué miro en este hombre
y más cuando ha de casarse
con Rita, fuerte enemiga.
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o si mi astucia se vale
de este instrumento, que triunfos
al Infierno pienso darle.
¿Qué dices?
Que aficionado
quedo a tu gallardo talle
y denuedo.
Buscaréte.
Y yo a ti, en cualquiera lance
que se me ofrezca buscar
te, prometo.
Soy constante.
Yo te buscaré, sin otra
ocasión más que buscarte.
Ya sabes dónde asistir
suelo.
Muy bien sabré hallarte,
y ahora voy contra Rita
a esforzar más sus pesares.
Vase.
¿En qué has ofendido a este
que así venía a matarte?
Pienso, sí, que yo lo sé,
del juego, no sé qué lance
le habrá sin duda picado.
Señor, ya lo que mandaste
ejecuté.
¿Viste a Rita?
Sí, que desdeñando el traje
de aldeana, está vestida
de sedas de gran realce,
que ajustada de cintura,
qué gravedad, qué donaire
y sobre todo, ¡qué hermosa!
¿Y dime, diste a su padre,
si se casara con gusto
y no con violencia?
Antes
está llorosa: porque
no la contenta el ser madre
de familias.
Dentro voces.
Sale Casandra de cazadora con escopeta.
A la cumbre,
a la selva,
que burlase,
un tímido cervatillo,
por lo astuto, o lo cobarde
mi diligencia, mas sola
me dejan en esta parte
todos, siguiendo la caza
iré otra vez, por si hallare
pero ¿quién aquí?
Llegad,
que aunque el veloz ciervo ciego
de vuestra furia, logréis
en mi victoria más grande,
pues más importa que yo
a los rayos celestiales
vuestros, muera, que no el ciervo
de la bala al golpe acabe.
¡Cielos, qué es lo que miro!
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Este es quien siempre en mi calle
ya de noche, o ya de día
me cuesta tantos pesares
y no sé qué oculta fuerza
a mi ira persuade
para que aquestas lisonjas
las crea como verdades
tan rendido estáis?
Ya tiene
amor nuevo.
Es tan constante
el amor, con que
Tened.
No os iréis sin que os alcance
saber quién sois, pues aunque
vuestras luces celestiales
he idolatrado, adorando
vuestros desdenes de nadie
he podido esta noticia
alcanzar y así se vale
de vos mi amor.
Si con eso
la licencia de ausentarme
tengo, sabed, que
Decid.
Nací en Casia de linaje
ilustre, y en tiernos años
lloré mis difuntos padres
que dejaron mi tutela
a un pariente digno alcaide
de mi honor, a cuyo arbitrio
obediente, he de casarme
aunque pese, a mi albedrío
que mujeres de mi sangre
han de abandonar su gusto
dura ley, pero inviolable,
porque
Dentro voces.
Casandra, señora.
Pero la gente en mi alcance
viene ya, adiós.
Esperad
cuando, a vencerme llegastes
así despreciáis el triunfo,
Pues qué he de hacer?
No dejarme
sin esperanza.
Voces dentro.
Señora.
De qué?
De mi amor.
No es fácil.
Voces dentro.
Todo el bosque examinemos
busquémosla hacia esta parte.
Os adoro.
Soy ajena.
Aún no lo sois.
Es dislate.
Voces dentro.
Casandra, señora.
Adiós.
monteros o la
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¿Hay remedio?
No es ocasión.
Ay, tan raro disparate,
¿quieres que nos den con Alejandro,
los que vienen en su alcance?
¿Podré tener esperanza
de veros?
Si me buscaren,
(no me pesará), no sé.
Vase.
Quedad con Dios.
Dios os guarde.
¡Trípili!
Señor, ¿qué mandas?
Que vayas luego al instante
a Casia, y te informes luego
con muy diligente examen
de con quién se casa, y mira
que sin noticias cabales
no vuelvas.
Señor, perdona.
¿Quieres que te mate?
Tate,
yo iré, señor, mas si a Rita
con extremos tan amantes
estimas, como a otra dama
también has de querer...
Basta,
Rita es mujer para casa, y
para fuera ha de haber alguien.
Convencióme la razón,
que apostamos, que como antes
no quieres a Rita.
En la esquina superior derecha aparecen los números 9 y 11.
Sí,
antes es mi amor tan grande
al ver que en su resistencia
prosigue...
Raro dictamen,
lo mismo a mí me sucede
porque en mí el ejemplo halles
con mi Julia.
¿Quién es Julia?
Es una moza admirable,
criada de Rita, que
tiene mil habilidades,
sabe cerner, amañar,
coser y disponer sabe
un menudo, que es contento;
pero ha dado en que casarse
no quiere, que ha de ser monja.
¿Has visto qué disparate?
Por ese camino, el cielo
la llamará.
Dios delante.
Voyme donde a Rita vea.
Voyme donde a Julia alcance.
Divino adorado dueño.
Julia, ingrataza bergante.
Yo voy a arder, mariposa,
en sus luces celestiales.
Voy a ver que te dueles.
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a este pobre vergonzante.
Vanse, y sale el demonio.
¡Oh, pese a mí, que en trágico careo, y
eterno, sufro al cielo mi enemigo!
Que a pena sobre pena,
mi primera altivez justo condena,
no le basta a mi yerro
padecer el destierro
de esa ciudad hermosa,
habitando la sombra tenebrosa,
sino que una mujer de frágil pecho
presuma contra todo mi despecho.
¿Quién es Rita, que el nombre solamente
pasmo y temor me infunde reverente,
cuando en el nombre (si no es recelo vano)
se acredita misterio soberano?
Tanto pierde mi astuta diligencia,
y más hoy que malogro otra violencia;
pues pura, intacta rosa,
aspirando a fragancia religiosa,
huye del matrimonio el sacro estado.
Superior el afecto remontado,
a instancia de su padre y persuasiones,
le replica con gratas sumisiones;
mas temer vano puede el embarazo,
cuando es tan corto el plazo;
ya su esposo viene,
en cuya condición mi astucia tiene
vinculada de Rita la venganza,
pues tanto mi poder con él alcanza,
que con tal instrumento
he de lograr de Rita el vencimiento.
Ya la obliga su padre cariñoso,
ya le responde con desdén brioso,
ya la amenaza airado,
ya el temor a su furia la ha postrado,
ya ella le habla en lenguaje muy humano,
ya en lágrimas se baña el triste anciano,
ya, huyendo de mis fuegos, aquí viene;
asistir invisible me conviene.
Sale Santa Rita y su padre.
¿Tú no sabes que el respeto,
o ignoras que la obediencia,
o es tu virtud mal fundada,
o es tu repugnancia tema?
¿Que el estado religioso
de virginidad perpetua,
es más agradable a Dios
en los coros de su Iglesia,
que el matrimonio, aunque es santo?
Ya, Rita, te lo confiesa
mi amor; pero has de advertir,
supuesto que eres discreta,
que no hay estado ninguno,
como el del vicio no sea,
que se niegue a la aptitud
de las coronas eternas,
y hallarás en todos ellos
ejemplares experiencias.
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Que hay en la casa de Dios
muchas mansiones diversas;
tanto agrada a Dios a veces
el soldado que pelea
por su fe, como el devoto
monje, que humilde contempla.
Y los casados que gozan
de sus lícitas licencias,
tanto le pueden servir
como el que virgen conserva
como rosa las fragrancias
en las espinas severas.
Cásate y vive gustosa
con el joven que te espera,
que, a fe, que es mucho tesoro
lo que en ti mi honor le entregas;
él es gallardo, y discreto,
rico, y de muy nobles prendas.
Siempre, Rita, fuiste humilde,
yo espero que me obedezcas.
Mis suspiros te lo piden,
mira estas lágrimas tiernas,
repara en este cariño,
esta vejez considera,
y advierte, Rita, que es
tu padre quien te lo ruega.
Victoria por mí, furores,
que ya aguija la respuesta.
Responded por mí, Señor,
que me oprime la violencia.
¿Lloras? ¿No respondes?
Dadme,
dulce Jesús, elocuencia.
Padre y señor, ya conozco
de tus razones la fuerza,
en obediencias humanas,
no en divinas obediencias;
todos los citados dan
de glorias capaces señas,
mas no a todos, que si Dios
me llama por esta senda,
¿cómo tengo de alcanzarle
si le sigo por aquella?
Resistir a Dios que llama
es delito, cuya pena
el mismo Dios ha intimado;
pues, en la hora postrimera,
le negará su piedad
al que su oído le niega,
porque a sordos pecadores
también Dios sordo se muestra.
A lo que dices, señor,
que es mi vida tan perfecta
en tu casa, te respondo
que hay muy grande diferencia
de una vida que conoce
su voluntad por maestra,
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a vivir en religión
donde la obediencia enseña
los pasos de la virtud
sin peligro, y con certeza,
porque engaña el amor propio
las más veces acá fuera.
Demás que si has de casarme
tu razón no tiene fuerzas,
que entonces de religiosa
no tendré, ni aun la apariencia.
Dices que a tu casa faltan
los blasones; pero yerras.
Con tu licencia Señor
que si esmaltan la grandeza
los ilustres casamientos
de las familias excelsas
si Dios ha de ser mi esposo
¿qué más grandeza deseas?
¿qué más timbre, si una hija
a Dios por esposa entregas?
Siempre te he sido obediente
como tú mismo ponderas
pues ¿cómo no lo he de ser
cuando lo justo me ordenas?
Pero a preceptos injustos
no hay debidas obediencias
y así deja que repita
mi amorosa dulce queja.
Padre, Señor, dueño mío,
¿por qué injusto me violentas?
déjame que virgen sabia
lámpara ardiente prevenga
que del esposo divino
en las bodas lucir pueda.
Déjame lograr la palma
sacra divina que ostenta
en puro celestial coro
escuadrones de azucenas.
Mi ardiente afecto repara
mi tierno llanto contempla.
Dame señor este gusto
mi razón padre te mueva,
porque yo no he de casarme.
Calla, suspende la lengua.
¡Ay de mí! que mi victoria
malogró su resistencia.
Permite,
Música dentro
No prosigas
mas, ya parece que suenan
las voces de mi familia
que su alegría demuestran.
Salen Músicos y Julia
Salen Tiberio y Trípili, y otros
A las felices bodas
de la zagala bella
maravilla del mundo
contento del aldea
paren al regocijo
su curso las estrellas
y las canoras aves
su trinado suspendan
A sus pies
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Tiberio, hijo.
¡Qué soberana belleza!
Llega a mis brazos. Ya, Rita,
silenciosa hallo.
¡Dura pena!
Este es el último lance
que toda mi astucia espera.
Señora...
Mas que se turba,
que es de novios primer regla.
Pues mi fortuna me llama,
postrado a las plantas vuestras,
vengo a ponderar mis dichas,
que tanto a elevarme llegan,
que sin méritos disponen
que vuestro llamarme pueda;
y con regocijo el alma
amorosa lo confiesa.
¡Qué humildad! Lleven los diablos
el alma que te creyera.
Vuestras finezas estimo,
y os responde mi modestia.
Ya vencí, ¿qué más espero?
Y que tú, Julia, no quieras
que nos casemos los dos,
porque dos bodas hubiera.
Yo me crío para monja.
Harto mala traza llevas.
Hijos, venid, que, pues hoy
vuestras bodas se celebran,
no dilatemos las dichas.
Vamos, señor, así sea.
Deme el cielo su favor.
La música a decir vuelva.
A las felices bodas
de la casada bella,
maravilla del mundo,
contento de la aldea, etc.
Con esta música van entrando y queda el demonio.
Si usurpar puedo a Dios aquesta gloria,
infernales espíritus, victoria.
Ya su padre la mira riguroso,
ya las finezas mira de religioso;
ya pretende estorbar tanta violencia,
ya el amor no le deja resistencia;
ya a la boda aparatos se previenen,
deudos y amigos vienen;
ya llora con dolor y con quebranto,
mas ya reprime el llanto;
ya ha buscado ocasión, sin ser notada,
de ocultarse; ya viene apresurada;
mas, ¿qué será su intento?
Sale Santa Rita.
Dame, Señor, alivio en mi tormento;
amante dulce Jesús,
¿dónde está vuestra asistencia,
pues que el riesgo no os avisa
que amenaza a vuestra sierva?
¿Cómo os olvidáis, Señor?
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¿Cuándo en deshecha tormenta
la nave de mi esperanza
entre zozobras anhela?
¿En qué os ofendí? ¿En qué pude
irritar la piedad vuestra?
La culpa tiene mi culpa,
mas vos tenéis la clemencia.
Casarme intenta mi padre
contra la constancia eterna
de mi pecho, que os ofrece
víctimas de su pureza.
Vos el ofendido sois,
vuestro honor es quien se arriesga;
por vuestra causa volved
aunque yo no lo merezca.
¿Dónde encontraré el socorro
que es imposible en la tierra?
Si cuando a los cielos clamo
en los cielos se me niega.
Mas ¿qué resplandor divino
pone en fuga mis tristezas?
Desesperado me ausento.
¡Que así una mujer me venza!
Vase.
En un trono de resplandores pasa cantando un ángel de un lado a otro.
Canta.
Atiende de mis voces
que dulces te enseñan
en tus ignorancias la duda que temes,
y de tus aciertos norte la contempla.
Voluntad es de Dios que a tu padre
con esta ocasión humilde obedezcas,
que también son preceptos del mundo
del cielo inspiradas altas providencias.
El que ofreces, llévalo holocausto,
hasta aquí conoce, desde aquí no aceptas,
que es a Dios el mejor sacrificio
de humanos afectos rendida obediencia.
Sirve a Dios en el mundo que amas,
de estado más alto tu gloria no llega,
logrará duplicadas coronas
en el rendimiento tu afecto y pureza.
A tu esposo no niegues los brazos
que para su dicha los cielos ordenan,
y de ocultos sagrados decretos
razones no busques, motivos no inquieras.
Atiende a mis voces
que dulces te enseñan esta fe —
Ocúltase.
Alta inspiración divina,
cuya soberana idea
es lección que a mi ignorancia
el mejor acierto enseña.
¡Oh, sacra sabiduría,
cuán admirable en tu alteza,
incomprensibles tus juicios
e investigables tus sendas!
Ya tu precepto obedece
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admite la nueva oferta,
que, por ser del gusto tuyo,
puedo llegar a ofrecerla.
Acepta ya mi albedrío,
que es la prenda que me queda,
que, a tener muchos, señor,
todos te los ofreciera.
A 4.
Vivan felices bodas
de la zagala esta.
Desde aquí las dos coplas de la música hasta acabar.
Música siempre.
Mas ya la ocasión me llama,
en que el cielo mi fe prueba.
Ya para mi afecto son
dulces voces lisonjeras
las que, poco ha, que en el alma
ecos temerosos eran.
Ya, padre y señor, tu hija,
en rendidas obediencias,
despicará tu cariño
de repugnancias primeras.
Ya, amado esposo, los brazos
mi voluntad no te niega.
Ya, amante esposo, te sigo,
ya me obligan tus finezas;
esos festivos acentos
publiquen enhorabuena,
en tanto que yo repito,
feliz, alegre y contenta:
Gracias al cielo que hizo
que mi sacrificio sea,
antes que de humanos lauros,
de divinas obediencias.
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Jornada segunda
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Pag. 27
Sale el demonio por la parte inferior del lado siniestro sobre un dragón de llamas, y, por la superior, el ángel en un trono de luces y resplandores.
Rebelde indómita fiera,
cuyo voraz ardimiento
entre llamas infernales
conservas rencor eterno,
vil caudillo de esas furias,
apóstata de los cielos,
que contra tu rey alistas
escuadrones de luceros;
forajido cauteloso
que en ardid, más que en aliento,
de los desmayos humanos
fundas humanos trofeos;
rugiente altivo león,
que en tornos el universo
rondas contra los descuidos
de mal prevenidos pechos;
tú, que en tesón porfiado
asaltas el fuerte pecho
de Rita, prodigio humano
y de matronas perfecto
dechado, sin que te mueva
ver que, a socorros del cielo,
pudieran ser sus virtudes
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estas armas escarmiento.
¿Qué intentas?
Atropellar
sus designios, sus deseos,
malquistar sus buenas obras,
y a pesar de mis afectos,
desesperar su constancia,
afligir su pensamiento,
postrando edificio tanto
de virtudes por el suelo.
Que he de poder.
No podrás.
¡Pese a mí, de rabia tiemblo,
que esta mujer solamente
en tan dilatado tiempo
que la persigo, me cuesta
más fatigas, más despechos,
que el universo restante!
¿No basta que por decreto
soberano, a nudo atado
pasase, logrando el premio
de la pureza interior?
Y que vea por más tormento
que es para ella galardón
lo que para mí desprecio.
¿No basta que ya casada
sea el traslado perfecto
de aquella fuerte mujer
ejemplar del sacro texto,
y que a indiscretos rigores
con que su esposo Tiberio
le aflige, humilde y alegre
siempre su rostro sereno,
ni la inmuten los pesares,
ni la acobarden los riesgos?
¿Qué esperas ya?
Proseguir;
y pues de mi parte tengo
a su esposo, que fue siempre
de mis iras instrumento,
pues es el medio mejor,
valdréme de aqueste medio.
Y más, cuando ya difuntos
sus padres, sin su consuelo,
son más crecidas sus penas
siendo los alivios menos.
Será su premio mayor.
Yo la estorbaré este premio.
Te vencerá.
No podrá.
Será para ella el tormento
todo gusto,
todo afán,
todo gloria.
todo infierno.
Pues para tu confusión,
sé testigo de este ejemplo.
Quédanse suspensos en el aire y se descubre detrás de la cortina Rita haciendo labor y los dos niños junto a ella leyendo en unos libritos.
Pag. 29
Proseguid en la lección,
que son los libros maestros
de la espiritual enseñanza
que impresa en los años tiernos
se conserva con firmeza.
Ya, madre, te obedecemos.
Dentro.
Abre aquesta puerta, Julia.
Voy volando, a su voz tiemblo.
Ya ha venido el paparrabias.
Dios me defienda. Silencio.
Salen Tiberio y Trípili.
Esposo, mi bien, señor,
¿cómo vienes?
Bueno es esto.
¡Vive Dios, para quien viene
rabia escupiendo y veneno,
no me canse!
¡Fuerte pena!
Padre mío.
Quitad, necios.
¿Un diablo es?
No es tal.
¿Pues qué?
Un marido hecho y derecho.
¿Qué tienes? Refiéreme
tus penas.
Lindo consuelo,
sobre acabar de perder
una suma de dinero
al juego, considerable.
Pues ten paciencia.
No quiero.
Pues ahórquese, pese a mi alma,
yo le daré cordelejo.
Consuélate, señor mío,
porque siempre vario el juego,
y si hoy has perdido mucho,
mañana tengo por cierto
que perderás mucho más.
¡Villano, viven los cielos
que te mate! ¿Ahora te burlas?
Dale un golpe.
¡Hilas y clara de huevo!
¿Te hice mal? Pues en la herida
átate aquese pañuelo.
El cariño que me tiene,
después que casi me ha muerto.
Señor, templa tu furor,
escúchame, amado dueño.
Calle ya, y no me replique,
que haré con ella lo mesmo.
Dadme paciencia, Dios mío.
Respóndate mi silencio.
Doctrina para casadas:
cuando el marido habla recio,
mejor es callar súpito
que no llevar manoteo.
Rita.
¿Qué mandas, señor?
Aquí estoy.
Pag. 30
Váyanse adentro,
aprisa.
Ya me retiro.
Oye, vuelva acá.
Ya vuelvo.
Ya dije, que una gran suma
dejó perdida en el juego.
Mejor era, no jugar.
No la pido yo consejo.
¿Qué dinero hay acá en casa?
Ninguno.
Pues, ¿qué se ha hecho?
Todo, señor, lo llevaste
esta mañana y es cierto
que no quedó cosa alguna,
que para dar un sustento
a tres hijos, empeñé
una prenda; y de su precio
pude su necesidad
aliviar, que no hay consuelo
en una madre, al mirar
que lloran sus hijos tiernos
pidiendo pan.
Pues, ¿qué importa
que lo pidan, bueno es eso?
Vaya empeñando las joyas,
que vive Dios, que si veo
que sin mi licencia vuelve
a hacer con ellas empeño,
¿qué haré?, más de la labor
en que todo el día la veo
ocupada, ¿por qué no
se aprovecha?
¡Buen consuelo!
Pues, ¿no comprará con ellas
lazos, ni otros embelecos,
como muchas señoritas
que a puro menear los dedos
salen el día de fiesta
con más dijes, que un muñeco?
En la labor que la casa
necesita, ocupo el tiempo,
y si alguna sobra, gasto
en ejercicios caseros.
¿Qué joyas tiene?
Guardadas
algunas tengo de precio,
que como yo no las uso,
aun bien de ellas no me acuerdo.
Tráigalas.
Vase.
Ya voy por ellas.
Trípili.
Ya escucho atento.
¿Qué hay de Porcia?
Está muy tierna,
se derrite como sebo
de puro amor que te tiene.
Pag. 31
A mí me enfada por eso.
¿Y Laura?
Está muy quejosa;
dice que no sé qué celos
le has dado sin que los pida.
Pues ¿qué quería Laura? Bueno,
¿que la quisiese a ella sola?
Qué mal conoce mi genio.
Así, señor...
¿Qué?
Sabrás
una novedad que tengo.
Refiérela ya.
Alejandro,
aquel tu enemigo añejo,
a quien en una pendencia
dejaste una vez por muerto,
aunque sanó, como sabes,
porque le diese de nuevo
ocasiones de vengarse,
que te anda buscando creo.
¿Buscándome? Pues ¿por qué?
Ese disimulo es bueno.
¿No sabes que gravemente
le ofendiste?
No me acuerdo.
Vaya cosa.
No te admires
que de lo malo que he hecho
no me acuerde, que a acordarme
sin duda fuera yo bueno.
¿No te acuerdas que a Casandra
la noche de su himeneo
robaste?
Sí.
Por más señas,
que íbamos con ella huyendo
por un monte, cuando al paso
vimos que unos bandoleros
nos salieron, e intentando
tú defenderte, resuelto
contra ti una carabina
dispararon, y por yerro
dieron a Casandra, que
al punto cayó en el suelo
difunta; huyeron entonces
como corridos del hecho
los bandoleros, y tú
dejaste en el campo el cuerpo
muerto por los forajidos
pero libre de ti, puesto
que la prisa de la fuga
e impensado suceso
no dieron lugar a que
ofendieses su honor terso,
y no hemos sabido de ella
desde aquel instante mesmo,
y también pudiera ser
Pag. 32
de la herida no haber muerto.
No murió, y aqueste monte
habita, que quiere el cielo
volver por su honor.
No importa,
yo turbaré su sosiego.
Calla ya, que me retienes.
Muy despacio, mi tormento;
dígolo porque Alejandro,
como averiguamos luego,
es con quien se desposaba
Casandra, y restado y fiero
Alejandro, pues sobre otra
aquesta ofensa le has hecho,
te busca para matarte;
porque aunque ha mucho tiempo
que hiciste el rapto, fingiste
que habías pasado a otro reino
con ella, donde Alejandro
fue, y en aqueste intermedio
en el mar y en los caminos
te han detenido mil riesgos;
pero aspirando a vengarse
otra vez a Casia ha vuelto.
Y dime.
Salen Santa Rita, los hijos, y sacan un cofrecillo como de joyas.
Aquí están las joyas.
¿Todas?
Ninguna reservo,
y te suplico me dejes
alguna.
¿Para qué efecto?
Para el gasto de tu casa,
que no tengo otro remedio.
Padre, deje para pan,
que de hambre perecemos
y luego mi madre llora.
Padre, deje algún dinero
porque morimos de hambre
y mi madre llora luego.
Padre mío.
Padre mío.
¿Cómo no mueven tu pecho
las lágrimas inocentes
de tus hijos? ¿Crees, fiero,
bárbaro, cruel, tirano...
Dale un empellón.
Calla ya, que vive el cielo,
que haga un desatino, que
no tengo más sufrimiento.
Arrodíllase.
Esposo, señor, perdona
si es que indiscreta te ofendo,
que, ya a tus plantas postrada,
aun el lugar no merezco.
Levanta a mis brazos, Rita;
no vi mayor sufrimiento,
rara mujer, gran virtud,
al mirarla me avergüenzo.
Pag. 33
señora, perdóname
y ruega por mí a los cielos.
Vase.
Volvamos a la tarea
por no perder este tiempo.
Vase.
Qué bien la mujer parece
ocupada en el gobierno
de su casa y sus haciendas,
y no con el manto puesto
trotando calles, y echando
la culpa a los jubileos.
Vase.
¿No te admira aqueste asombro?
No por eso me confieso
vencido, que mis astucias
la han de vencer.
Dragón fiero,
¿aún resistes?
Sí, que ahora
nuevos ardides prevengo
y he de vencer su constancia.
Verás, que siempre te venzo;
contra tus infiernos, guerra.
Al arma contra los cielos.
Desaparecen velozmente encontrados y sale Casandra bajando como del monte vestida de pieles con el pelo tendido.
Robusto, altivo monte,
cuya inminente soberana cumbre
sustenta la celeste pesadumbre
de todo este horizonte,
siendo del cielo atlante,
sino de piedra bárbaro gigante,
morada tenebrosa
de una mujer que en otro tiempo ufana
envidia fue, de Venus y Diana;
ya lástima afrentosa
aun de las rudas fieras
que acompañan mis voces lastimeras.
¡Ay, Tiberio alevoso,
que a mi ofensa aspiraste,
cuando a los dulces brazos me robaste
de Alejandro, mi esposo,
y mi crédito ajado
padece el infeliz baldón del hado!
Con furia, sola y triste,
recelando del mundo los rigores,
habito de este monte los horrores
que el corazón se viste;
donde desconocida
viva mi muerte cierta, muerta mi vida.
Pero ya llegó la hora
que, dejando la montaña,
al valle baje, por ver
si algún caminante pasa
que, de la piedad movido,
le compadezcan mis ansias.
Yo di ocasión a Tiberio
viendo cuán fino me amaba
y viendo que sin mi gusto
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mis parientes me casaban
a que al tiempo de mi boda
me robase de mi casa,
y al seguirle, fugitiva,
quedé en un monte postrada,
casi muerta de las heridas
de mal despedidas balas
con que me dejó Tiberio;
y mi vida se restaura
a la diligente cura
con que piadoso me ampara
un venerable ermitaño,
que en tal estado me halla,
a quien no he vuelto a ver más
desde entonces; mi morada
es este monte; porque,
o ya el temor que me causa
la culpa de haber querido
a Tiberio, o ya la saña
de mis parientes, o ya
el verme desamparada,
o todo junto, me obliga
a vivir sin esperanzas
de vida, pues de la muerte
viendo estoy la semejanza.
Ruido dentro.
¡Ay de mí!, pero ¿qué miro?
Una torcida escuadra
al parecer a este puesto
se encamina; entre estas ramas
oculta su furia, Casandra.
Escóndese, y salen Alejandro y algunos bandoleros.
Amigos, de la campaña
hemos salido a tomar
en Tiberio la venganza;
en la ciudad le he buscado,
mas él, huyendo mis armas,
viendo que a mi contra él
todos mis deudos me amparan,
cuando en su favor Tiberio
nadie tiene que le valga,
ausentarse determina;
y de aquesta su jornada,
por aquí precisamente
ha de pasar, si no falta
la noticia que la espía
me dio, donde mi venganza
logre con la ayuda vuestra.
Morirá como lo mandas.
Salen el Demonio, Tiberio y Trípili.
Miedo da el monte;
cada piedra es un fantasma.
Confieso que a mi valor
no sé qué pavor le arrastra.
A tu lado estaré siempre;
no sabe lo que le aguarda.
Demonio es el compañero.
Última fineza tanta.
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¡Muera Tiberio!
¡Traidor!
Embístense.
Esto ahora nos faltaba.
Sale Casandra y se pone entre los dos.
No es Alejandro y Tiberio;
tened, tened las espadas.
Pues, Casandra, ¿cómo vives?
Pues, ¿cómo vives, Casandra?
A mis ojos, ¿no moriste?
No muere una desdichada.
Pues serás testigo ahora
de tu culpa y mi venganza.
Pues serás testigo de
mi amor, pues viva te halla.
Sé testigo que me libre
de una muerte desairada.
Riñen.
¡Qué ardimiento!
¡Qué valor!
¡Qué miedo!
Éntranse riñendo. Salen por otra puerta.
Tened las armas.
Yo voy riñendo a lo lejos,
que, aunque no doy, no me cascan.
Dentro.
Muere, tirano.
¡Ay de mí!
Mi compañero me falta
cuando la espada he perdido.
Sale el demonio.
El demonio así te ampara,
dejándote en el peligro,
porque pierdas vida y alma
si es posible.
Dentro.
Traidor, muere.
¡Pese a mi furor y saña!
Muerto soy, amada Rita.
En esta ocasión me valgan
tus ruegos, pues ya mi vida
el último aliento exhala.
Al mismo tiempo que cae Tiberio, se descubre en el segundo vestuario un oratorio, con altar y un santo Cristo; Rita de rodillas.
Olvidad, Señor inmenso,
de Tiberio las pasadas
culpas, que a vuestra piedad
es propio de vuestra gracia.
Alcance eficaz auxilio;
no dejéis perder un alma
que, a costa de vuestra sangre
a raudales derramada,
redimisteis; no malogre,
Señor, medicina santa.
Esto mis ansias os piden,
si pueden algo mis ansias,
ya que he sabido que muere,
de los cielos inspirada.
Córrese la cortina.
¡Oh, cómo llego a temer
que a oraciones de su amada
esposa logre Tiberio
el perdón de culpas tantas!
Sale Trípili.
Por aquí, ¡pese a mi vida!,
se huye de mejor gana,
que está más llano el camino.
¡Pobre señora! ¡Qué malas...
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nuevas a llevarte voy,
qué sentimiento te aguarda
cuando veas el cadáver
del esposo, que tanto amabas.
Vase.
Discurra ya mi furor
nuevas astucias y cizañas,
para molestar a Rita
hasta que desesperada
y desmaye, en el combate
o le falte la constancia.
Pero ¿qué es esto? Antes que,
las nuevas de la desgracia
la lleven, el cielo quiso
revelarle, lo que pasa.
Ya de su esposo la muerte
llora y pide con instancias
su eterna salud y ya
incitados de mi saña
sus pequeños hijos piden
de su muerte la venganza
y pues que no me lo impiden
ni el tiempo, ni la distancia
invisible asistiré
dentro de su mesma casa.
Salen los dos niños con los vestidos del padre ensangrentados y Rita deteniéndoles.
Óyenos, madre.
Hijos míos,
¡mas qué miro, pena rara!
Vengar queremos la muerte
de mi padre desdichada.
Del traidor que le dio muerte
queremos tomar venganza.
¡Hijos, qué raro prodigio!
¿Quién tal novedad juzgara?
Hijos, sin duda el demonio
los ha incitado a la mala
inclinación que de su padre
heredaron, tiernas plantas,
rogad al cielo por él,
no irritéis la soberana
bondad, que tales deseos
mucho al cielo desagradan.
Perdonar al enemigo
Dios (hijos míos) nos manda.
¿A dónde está la doctrina?
¿la virtuosa enseñanza
que me debéis? Sin razón
ya la malicia os arrastra.
No es esa, madre y señora,
la respuesta que esperaba,
mi coraje, cuando miras
esta sangre derramada
de tu esposo, y de mi padre,
que en la tierra al cielo clama.
¿No oíste de otras matronas
que el vestido reservaban
de sus defuntos maridos
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incitando a la venganza
a sus pequeños hijuelos,
porque en edad ya lozana
aquella sangre vengasen.
¡Adiós, señora!
¿Qué trazas?
Buscar al fiero homicida.
Ya te acompaña mi rabia.
Vanse.
Y mientras el tiempo llega,
los dos pedimos venganza.
Esperad, hijos, oíd.
Eterno Dios, la ignorancia
perdonad de estos rapaces,
y si voluntad es sacra
vuestra, quitadles las vidas;
mueran en su tierna infancia,
antes que ofenderos puedan;
que yo arrancaré del alma
el tierno, dulce cariño
de dos prendas tan amadas,
pedazos del corazón,
hijos queridos del alma.
Yo os ofrezco en sacrificio
mis hijos, antes que sacras
obediencias me compelan;
sirva al holocausto de ara
mi corazón, y de fuego
estos suspiros que exhala
mi dolor, que en mi memoria
dará la sangrienta espada.
Baja en un rápido el ángel.
Súbese el ángel.
El cielo tu sacrificio
acepta, Rita; mañana
tus dos hijos morirán,
y tu esposo, por tus sacras
intercesiones, sus delitos
ya perdonados, alcanza
vivir con los ciudadanos
de la corte soberana
de la celestial Sión;
y pues ya de tu constancia
en el matrimonio, hizo
examen el cielo, manda
que de tu antiguo deseo
renueves las esperanzas
y al estado religioso
aspires.
Espera, aguarda,
sacra inteligencia, ¡ay, hijos!
Hermosas flores tempranas,
que presto veréis el hielo
del acero de la Parca.
Ya os considero amapolas,
si ayer bellas y lozanas,
hoy a los soplos del cierzo
secas, marchitas y heladas.
¿Cómo el llanto no me ahoga?
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Como el dolor no me acaba...
pero no, miente mi llanto,
miente el dolor, miente el alma.
Mueran, pues Dios lo dispone;
mueran, si el cielo lo manda,
y a mi propósito antiguo,
que inspira religión santa,
cuya insignia he de vestir
en la familia y la casa
del gran doctor Agustino,
alegre partiré, a Casia,
al convento religioso,
fundado allí, que se ensalza
con el glorioso renombre
de la pecadora santa
que aprendió a los pies de Cristo
la doctrina de su gracia,
de la insigne Magdalena,
a quien invoca mi esperanza,
y en tanto dirá mi voz,
con el profeta monarca:
pues que ya rompiste mis pasiones arduas,
a ti el sacrificio, dará mi alabanza.
Vase y salen Alejandro y Casandra
Alejandro, esposo mío,
déjame, no me persigas,
déjame, que no me obligas,
tirana de mi albedrío.
Óyeme, señor, escucha,
no te ciegue la pasión,
porque es mucha mi razón.
También mi razón es mucha.
¿No me quisiste?
Es verdad.
¿Por tu esposa?
No lo niego,
mas fue en otro tiempo.
Luego,
¿ya convertiste en crueldad
el amor primero?
Sí.
Si Tiberio me robó,
¿tuve, di, la culpa yo?
No sé, Casandra, ¡ay de mí!
La culpa tiene mi estrella,
cuyo influjo mal nacido
causa de mi muerte ha sido,
y de tu deshonra...
Sella
el labio, no tu voz quiera
este delito imputarme,
antes elige el matarme
que hablarme de esa manera.
Luego, ¿no llegó a ofenderme
Tiberio?
Alejandro, no.
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Vase.
Luego mi agravio mintió
no intentes loco volverme,
en otro tiempo, al imperio
de tu hermosura gentil
rendí, vasallajes mil
pero tirano Tiberio
desde mi dulce contento
me desterró, a mi dolor
donde me negué al amor
por concederme al contento,
llegué a lastimarte y quererte
pero a tal tiempo has llegado
que a pesar de mi cuidado
me es forzoso aborrecerte,
quédate Casandra adiós
mas, tu pena no me aflija
cada uno su senda elijas
aunque infelice, las dos,
Alejandro aguarda espera
¡oh qué infelice que soy!
puesto que escuchando estoy
sin que mi desdicha muera
¡ah desdichada hermosura!
que ya otro alivio no esperas
sino que las rudas fieras
te fabriquen sepultura
mas ya es hora de que vaya
a aquese convento santo
de religiosas de Casia
donde algún sustento alcanzo
de su piedad con que voy
el aliento dilatando,
Dentro.
No así me desamparéis
oh piedad Señor soberano.
Sale.
Pese al volcán de mis iras
que padezco y sufro tanto
Vase.
Aquel compasivo acento
norte sea de mis pasos
Aquella es Rita, que al cielo
con sus suspiros clamando
está, viendo que las monjas
el hábito le han negado
alegando por costumbre
por rito inviolable, y sacro
que la que virgen no fuese
no ha de entrar en su rebaño,
ya movidas de piedad
las religiosas, el caso
consultan entre las graves
por tercera vez instando
las religiosas severas
la responden
Dentro.
Rita en vano
porfías, que es imposible
que nosotras te admitamos
pues era preciso que
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Sale Santa Rita
Obrará Dios un milagro,
sacra providencia, como
si el impulso soberano
me dais, no vencéis los medios
imposibles a mis pasos.
¡Oh, qué afligida la miro!
De aquesta ocasión me valgo
para atormentarla más,
déme otra astucia mi engaño.
Derribando de los cielos los apacibles espacios, cúbrase de horror el mundo, quedando en oscuro caos.
Bueno. Si se puede oscurecer el teatro, se va mejor. Ya asombrado a tempestades, y desvanecido a rayos, Rita se confunda tímida admirando los estragos.
Mas, ¿qué repentino asombro,
qué susto, qué horror, qué pasmo!
¿hasta cuándo, sacros cielos,
eterno Dios, hasta cuándo
entre continuos embates
he de padecer naufragio?
Mas ¿qué repentina luz
el aire viene surcando?
Pasa cantando una mujer sobre un búho, cubierto el rostro en significación de noche.
Oye de mis acentos
el sagrado rumor,
trueca sus confusiones
en atenciones
al estruendo apacible de mi voz.
Rita, cuya constancia
tanto al cielo agradó
que en imagen pequeña
dibujó seña
de superior divina perfección;
deja gozar al orbe
la bellísima flor
de verde lozanía,
¡qué tiranía
la llegue a marchitar la religión!
Antes mira que enojas
al cielo, y no es razón
dar al mundo en tributo
el mejor fruto,
y el menos elegido dar a Dios.
¿Para qué te despeña
tu arrestado furor?
a Dios buscando vienes,
y ya le tienes,
seglar te quiere, religiosa no.
Al religioso estado
no camines veloz,
porque de tu destino
no es el camino
de conseguir divino galardón.
Frustrado ya tu intento,
tus dudas vanas son,
no intentes imposibles,
que invencibles
rinde de humanas fuerzas el valor.
Oye de mis acentos
el sagrado etcétera.
Cúbrese
Detente, aguarda, prodigio...
pero no, vete, que traes
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Entre apariencias divinas,
muy inhumanas señales.
¿Cómo puede ser, que sean
aquestos ecos del aire
avisos de Dios, si infunden
temor y tristeza, antes
que divinos regocijos?
¡Oh, qué riguroso lance!
¿Qué he de hacer?
Sale San Juan Bautista.
Sigue mis pasos.
¿Quién eres, joven amable?
Pero en vano lo pregunto,
que tu soberano traje
ya me ha dicho que el Bautista,
a quien devoción constante
tuve siempre.
Y aun por eso
he venido a consolarte.
Sígueme.
Va subiendo al monte, y con los versos pasando de un lado a otro hasta bajar otra vez al tablado.
Mi norte sigo.
Por este monte, que el aire
estrecha, siendo su cumbre
de las estrellas errantes
tropiezo.
¡Qué inaccesible!
¡Qué áspero!
Va bajando.
No te espante
nada, si adviertes en él
un símbolo, que retrate,
de la virtud, el camino,
de la perfección, imagen.
Y este monte, a que aspiras,
vence sus dificultades;
que quien aspira a gozar,
justo es que padezca antes.
Baja.
¡Qué dulcemente me enseñas
en breve lección lo grande
de la celestial doctrina!
Vencido lo inexpugnable
del monte, hallarás, sin duda,
el premio de los afanes.
Acaba de bajar.
¡Feliz sea mil veces
la pena y dolor que sabe
tener por blanco la dicha!
¿Qué ves hacia aquella parte?
Vese la puerta de un convento en el lado izquierdo, que a su tiempo se abre y se cierra con los versos.
¡Qué júbilo, qué alegría!
Ese edificio admirable
de aqueste convento, donde
no he merecido me amparen.
Y en repetir las instancias
que otro tiempo mal lograste,
¿qué intentas?
Un imposible.
Aunque imposible le llames,
no lo es a Dios, y por eso
en el mundo han de llamarse
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Ábrese la puerta.
Santa de los imposibles,
entra, pues, pues ya llegaste
adonde de su morada
podrás pisar los umbrales.
Vase.
Suena música dentro de la portería y cantan el himno, y la Santa le repite, entra y se cierra la puerta.
Aquí será mi descanso
mientras mi vida durare;
aquí habitaré, pues fue
elección de mi dictamen,
repitiendo al cielo gracias
con un coro admirable
de serafines.
Te Deum laudamus,
te eternum Patrem,
tibi omnes angeli, tibi
universe potestates.
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Jornada tercera
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Valencia, a 12 de mayo de 1709.
Pedro Félix
Pag. 47
Sale Trípili, de donado, con una caña de apagar candelas.
Ya las velas del altar
he apagado, porque ardían
de calidad, que mi renta
con ellas se consumía.
De sacristán el oficio,
que ya gozo por mi dicha,
me asienta bien, ¡quién dijera
que a tal tiempo llegaría!
¡Oh, qué bien cuando pequeño
mi santa abuela decía:
«aspira, nieto, a ser cura,
que cuando no lo consigas
te quedarás sacristán»!
¡Oh, vieja del alma mía!
Pero ¿quién se ha entrado acá?
Sale Casandra.
Hermano.
¿Qué hay, hermanita?
Dígame, ¿qué se la ofrece?
Que a la portera le diga
que la limosna me dé
que suele todos los días.
Mas, dígame antes, hermano,
¿qué me quiere la hermanita?
¿Qué milagro en el convento
ha sucedido?
¿Qué diga?
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eso hermana, que ella sola
en Casia, la peregrina
va de cuento, sabrá, que
habiendo intentado Rita
mi señora
ya sé cómo
no pudo ser admitida
en el convento, porque
por ley y costumbre antigua
por haber sido casada
entrar en él no podía.
Y añade que era imposible
según las monjas decían.
Aquí entra el milagro, sepa
que habrá tres, o cuatro días
que yendo las religiosas
al coro, a decir la prima
acá dentro del convento
la hallan calzada y vestida
y considerando que era
de los cielos maravilla
el santo hábito le visten
y admiten en su familia
con grande gozo y contento
conque ya habiendo oído Rita
este imposible que la santa
que imposibles facilita
qué alegre que está de verse
monja calzada augustina
yo soy sacristán de Casia
bien que paciencia es precisa
para lidiar con las santas
madres, que por más que digan
ellas bien pueden ser buenas
penitentes compasivas
religiosas, virtuosas
de santa y ejemplar vida
mas que son monjas, al fin
se les conoce, a dos millas
en el habla solamente
mas bien imitan a Rita
que demás de ser tan santa
es una santa novicia
mas voy a avisar que lo espera
ya vuelvo.
Sale Alejandro.
De la justicia
perseguido que me busca
porque di muerte atrevida
a Tiberio, huyendo vengo,
hermano si es que le obliga
la piedad en este templo
huir su furia determina
mi recelo.
Ya le entiendo
yo le prometo a fe mía
como sacristán que soy
por la clemencia divina
Pag. 49
Que esté defendido aquí
y si a entrar se determina
algún juez, o ministro,
sin temor de las Paulinas,
iré a tocar a entredicho,
luego, a campana tañida,
espere aquí, que ya vuelvo.
Vase.
¿Qué es lo que mis ojos miran?
¿No es Alejandro?
¿Qué veo?
Si no me engaña la vista,
Casandra es, yo me retiro.
Yo llego.
¡Fuerte desdicha!
Alejandro.
¿Qué me quieres?
Dueño amado,
prenda mía,
pero no, miente mi voz,
motivo de mis desdichas,
causa de todos mis males,
blanco de todas mis iras.
¿En qué te ofendí, Alejandro,
que si la ignorancia mía
te irritó, bastantemente,
entre penas tan crecidas
que he tolerado, mi culpa
apagada, o extinguida,
pudiera obligarte, a que
menos esquivo, las iras
trocases en atenciones,
mas si mi estrella enemiga
si no me fuerza, me arrastra
para que infelice vivas,
en vano será alegar
por méritos mis desdichas,
en vano de ti me quejo;
y si al verme multiplicar
tus pesares, si lo aumento,
o renuevo tus heridas,
quédate, Alejandro, a Dios,
que mi ausencia solicita
que mis noticias te falten
y me falten tus caricias.
Vase.
Espera, Casandra, advierte,
qué mal el dolor se anima.
Sale Trípili.
¿Y a aquella buena mujer
que aquí quedó, y la beata Rita?
Ya se fue.
¡Ay, tal desatino!
¡No comerá, por mi vida!
¿Por qué lo dice?
¿Por qué?
Porque avisarla venía
que fuera por su limosna.
¿Limosna?
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Sí. Una mendiga
cita que en el convento
la dan los más de los días
algunas sobras con que
se sustenta.
¡Qué desdicha!
¿Quién la dijera a Casandra
que a este tiempo llegaría?
¿Qué, se entristece?
Sí, amigo;
que una mujer afligida
en el pecho más tirano
trueca en lástima la ira.
Hermano, con mucha razón,
porque al fin si bien se mira
nacimos de las mujeres,
como lo dice la Biblia.
Iré a buscarla, que si
amor y discurso lidian,
no es mucho, venza el amor.
Espera, Casandra mía.
Vase.
Sin duda que él está loco.
Dentro uno.
Date a prisión.
La justicia
le ha pescado al majadero.
Dentro Alejandro.
El huir no es cobardía.
Y qué cierto, si se escapa,
quiero decirle que diga:
Iglesia me llamo, aunque
se llame Juan de la Encina.
Sale Alejandro.
La fuga me ha de valer.
Dentro.
Corred.
Dentro Casandra.
Ninguno le siga,
si teme la muerte fiera,
que aqueste rayo fulmina.
Salen los ministros y Casandra delante deteniéndoles.
A uno le quitó la espada.
Voy por mis armas aprisa.
¿Quién eres, mujer o asombro?
Un monte.
Aparta.
Desvía.
Primero me daréis muerte.
Segunda vez se retira
al templo.
Dejadle ya,
que es inútil la porfía.
Sale Trípili con caldero y hisopo.
Fugite a partes adversas.
¡Qué valor!
¡Qué bizarría!
Favor a la Iglesia, digo,
digo que la Iglesia viva,
agua bendita e hisopo.
Mejor es agua bendita.
Retíranse los ministros, Casandra y Trípili, y sale el Demonio.
Infeliz mi dolor, triste mi pena,
que a nuevas ansias mi altivez condena,
lamentando el pesar de mi quebranto.
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el que me causa Rita horrible espanto
mas como desalienta
el valor que mis iras alimenta
anime mi venganza
vuelva a cobrar aliento mi esperanza
y más hoy que de Cristo, ya de esposa
por la profesión que hizo, religiosa
y en tres votos que ha hecho fervorosos
al cielo aceptos cuanto a mí horrorosos
admiro tres amagos
tres golpes, tres castigos, tres estragos,
pues ¿de qué me acobardo?
si más virtudes, más ardides, guardo.
Mas a este sitio viene y al mirarla
aun mi furor induce a venerarla
Sale Rita de monja con un cubo de agua
Una y mil veces, Señor,
gracias eternas repito
a vuestra piedad, porque
el venturoso, el festivo
día de salud, llegó
en que yo vuestra me miro
indignamente Señor
nombre de esposa consigo
vuestra; el de esclava me basta
pues solo con este os sirvo
Aceptad de mi obediencia
el continuado ejercicio
un año ha que en regar este
árido tronco prosigo
por orden de la prelada
que examen prudente hizo
de la obediencia y si ciertas
mejor que los sacrificios,
yo os la ofrezco sin que quiera
deber al cielo el prodigio
de dar a este inútil tronco
aliento vegetativo,
No espero que reverdezcas
que fuera inútil motivo
en fe de este premio, hacerme
agradable lo que os sirvo
Prosigue en tu sequedad
rebelde planta al cultivo
sino fuere tuyo el fruto
déjamele para mío,
mi mérito en tu dureza,
tu resistencia, mi alivio,
y las hojas que no rindes
son obediencias que rindo
de mi vista ejemplo eres
espejo eres donde miro
quizá propios escarmientos
en los ajenos castigos.
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tú sin culpa, yo con ella
muerto tú, yo sin castigo
no a imitarte, a contemplarte
me enseñas con rudo estilo
y es mayor mi obstinación
que la había si colijo
que imitando lo que enseñas
lo que padeces, no imito,
rústico símbolo eres
no en lo inútil, en lo vivo
de la sólida doctrina
de aquel madero divino
sagrada cátedra, donde
en el espacio preciso
de tres horas, leyó al mundo
la materia de delitos
Cristo Jesús, con tan nuevo
modo, que fue en su ejercicio
cada conclusión, un golpe,
cada cláusula, un martirio,
cada razón, un tormento,
cada letra, un paroxismo,
y una pasión, lo enseñado,
y una muerte, lo leído,
con tanta elegancia, que
aun los que no eran tenidos
por discípulos pusieron
sobre su cabeza un Víctor
oh qué doctrina leíste
dulce sacro maestro mío
mas ¿qué importa que la entienda
qué importa, si no la sigo?
Dígalo en esas plantas
a quien se debe el auxilio
que dice que en vano sé,
si lo que sé no practico.
Siempre que a contemplar llego
tu pasión, Señor divino,
desfallece el alma, y
entregada a los sentidos
en deseo de imitarla
se abrasa el pecho encendido.
Dadme a padecer, Señor,
una parte, un leve indicio
de vuestros dolores, y
veréis, Señor, si os imito.
Concededme, dueño amado,
aqueste favor que os pido.
Yo te lo concedo, Rita.
¿Qué esto sufro, qué esto miro
a vista de tantas luces?
Envidioso me retiro.
Llora las penas,
siente las fatigas
de un Dios que tu amor humano
por pasión participas.
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Con esta música se eleva Rita y desciende una escala, y en la parte inferior viene un ángel, en la superior el Niño vestido de Nazareno con cruz y los otros escalones llenos de ángeles y querubines. Y hace el Niño lo que dicen los versos.
Ya que en ángel te transforma
tu pura, inculpable vida,
ya que olvidando pasiones humanas,
imitar quieres pasiones divinas,
llora las penas esta.
De su dura corona recibe
esta penetrante espina,
y en tu frente conserve memoria
esta dolorosa herida.
Llora las penas esta.
Con esta repetición baja el Niño hasta encontrarse con la elevación y le pone una espina en la frente a Rita, y sube la tramoya y va bajando la elevación quedando Rita como en éxtasis hasta que vuelva con los versos.
¡Qué dolor! ¡Qué ansia! ¡Qué angustia!
¡Qué pena tan excesiva!
¡Qué penetrante tormento!
¡Oh, qué dolorosa herida!
Clemencia, Señor, piedad,
que el aliento desanima,
que titubea el valor,
que desmaya en tal fatiga
la débil flaqueza humana.
Sale el demonio.
A la empresa, no desista
mi astucia, valerme quiero
si puedo de aquesta misma
ocasión, por si a impaciencia
el fuerte dolor te obliga,
mas nada consigo, que
a un dulce sueño, rendida
su aguda pena, el tormento,
sin duda el cielo mitiga.
Pero otra industria me falta,
tomando la forma misma
del ya difunto Tiberio,
un ministro mío insista
en perseguir su virtud,
en acabar sus fatigas.
Sale Tiberio.
Bellísimo dueño mío,
dulce esposa, amada Rita,
vuelve a mis brazos.
Aparta,
visión triste, sombra fría.
No soy sombra, soy tu esposo.
Pues, ¿cómo, estando sin vida?
Con vida estoy, que fue falsa
de mi muerte la noticia,
y el cadáver que a tu casa
llevaron, con señas mías,
no era mío.
Quita, aparta,
¡ay de mí!, ¿qué haré?
No miras...
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que la profesión fue nula,
vuelve a gozar las delicias
del matrimonio.
¡Qué susto!
Despierta, que estás dormida,
no temas que esto ofenda;
ya mi condición altiva
se ha trocado, y a ti solas
el alma adora y estima.
Ya Casandra dio a Alejandro
la mano de esposa, mira
qué alegres y qué contentos,
todo es gozo y alegrías.
Con la lealtad pretendo
hacer la guerra más vivas;
pues Alejandro, y Casandra
han conseguido su dicha
por su intercesión, ¡qué rabia!
todo el infierno me asista.
Aparecen los músicos y damas cantando. Y Alejandro y Casandra detrás de la cortina sentados en acción de bodas. Y el demonio y Tiberio se ponen en los escotillones, y a su tiempo todo se desaparece con la mayor prisa que se pueda.
Ven, sagrado himeneo,
a las bodas festivas
de dos tiernos amantes,
de dos almas unidas.
Mira con qué dulces lazos
las voluntades obligan.
Mi mano cierta, Alejandro.
Y esta, Casandra, es la mía.
Repitan música y voces.
Música y voces repitan.
Ven, sagrado himeneo,
a las bodas festivas
de dos tiernos amantes,
de dos almas unidas.
Córrese la cortina.
Cielos, ¿qué es esto?
Esto es
llevarte; pues es justicia
que con tu esposo te vayas.
Deja, mi bien, esas frías
losas de esos claustros, goza
de nuestra casa, las ricas
piezas de vistoso adorno,
deja ya la compañía
de esas penitentes monjas,
y de las tiernas caricias
goza de tu amante esposo;
el tosco buriel olvida,
viste delicadas ropas,
deja groseras comidas,
gusta sabrosos manjares,
deja la oración continua,
músicas y fiestas logras,
deja tan inútil vida
y conmigo ven.
Aparta,
dulce Jesús, gloria mía,
Pag. 55
Favor, socorro.
Qué presto,
quedó mi astucia vencida.
Húndense los dos.
Gracias te doy, gran Señor,
que de tanto horror me libras.
Sale Trípili.
Deo gracias.
¿Qué dice, hermano?
Que yo a buscarla venía.
Ya yo voy, Señor divino,
ya no hay pesar que me aflija,
pues tan soberano norte
me va sirviendo de guía.
Vase.
Ella es santa adredemente,
mas si no miente la vista,
Alejandro con Casandra
vienen; ¡qué ocasión tan linda
para darles unas quejas
que ya me hacían cosquillas!
Vase y salen Alejandro y Casandra.
¡Quién te dijera, Alejandro...!
¡Casandra, quién te diría...!
¡Otra vez...!
¡En otro tiempo...!
Cuando para mi desdicha
aqueste templo pisaste...
Cuando para pena mía
en este templo te vi...
Que en ocasión tan distinta
nos hallaremos en él.
Casandra adorada mía,
ya puso mi desengaño
a la pasión en huida;
amaneció el día alegre
de nuestras bodas festivas;
llegó el alba, vino el sol,
cuando en ti encontré mi dicha.
En la muerte de Tiberio,
como la parte ofendida
perdonó, salvaste fácil
la parte de la justicia,
con defensa y con indulto
en que del rigor te libras.
Mucho debí a su valor,
cuando animosa, aquel día,
más que su fuerza, su afecto
me libró de la justicia.
Ya por beneficios tantos,
gracias al cielo debidas
daremos en este templo,
puesto que en él se originan
nuestras dichas, y no dudo
que a intercesiones de Rita,
a quien yo me encomendé,
benigno el cielo me mira.
La fama de su virtud,
gloriosamente extendida,
no cabiendo en Casia, ya
va llenando toda Umbría.
Mas aquí el hermano viene.
Sale Trípili.
Hermanicos, buenos días.
Pag. 56
Me alegro de verlos. Bueno,
¿posible es que así se olvidan
de los amigos antiguos?
¿a Trípili, a quien debían
tanta obligación, que a esta
hermana, su conocidica,
la traía y al hermano
retraído de la Justicia
le tuvo en su propio cuarto,
y a poder de agua bendita
de las venerables garras
le libró de la Justicia,
a Trípili, así se deja?
Yo no sé, por qué no diga.
No, pues yo sí, díganme,
¿piensan que yo no sabía
que se han casado; y que hubo
en la boda brava risa,
que hubo bailes, que hubo danzas,
que hubo espléndida comida,
que hubo licor de Salerno?
Y un recado en cortesía
no fueron para enviarme,
que me hubiera yo hecho astillas
bailando en sus bodas, y
me echara un traguillo. ¡Linda
ingratitud, lindo modo!
Vayan con Dios, que a fe mía
que me he de vengar.
¿En qué?
Cuando la correa pidan
de nuestro padre Agustino,
que ya, sé, la necesitan
supuesto que se han casado,
no se la daré en mi vida,
que son unos ingratacos.
Yo confieso que es muy digna
su queja, hermano, y le ofrezco
que el desquite a cuenta mía
corra y que he de regalarle.
Hermana, mil años viva;
yo iré mañana a su casa
por la limosna bendita,
quédense con Dios.
Espere
y dígame, por su vida,
¿habrá ocasión de que hablemos
a la santa madre Rita?
No es fácil.
¿Por qué?
Ay hermano,
ha que no sale mil días,
no solo de aquellos claustros,
pero ni aun de su celdilla,
ni a los oficios ni al coro
se le permite que asista,
que la tiene retirada
una dolencia prolija.
Pag. 57
de una llaga que en la frente
la ha motivado una espina,
siendo contagio su mal,
pues llenándose la herida
de materias y gusanos,
tal es el horror que obliga,
para no tener más pena
a recatarse a su vista,
y ella en la apariencia un Job
padece, llora y suspira.
Mucho siento su dolor.
Grandemente me lastima
su pena. Ven, Alejandro.
Vanse.
Vamos.
Recen, que yo a Rita
mi señora, que es tan santa,
que es divina maravilla...
Sale el demonio.
Mientes, villano.
Vase.
¡Ay de mí!
Que ha soltado la maldita
alguno, o juega de manos
alguien, o algún diablo atiza.
De su desconsuelo hoy
se valga la astucia mía.
Sale Santa Rita.
Qué crecida es mi fatiga
de aquesta llaga al rigor,
aunque el vehemente dolor
la piedad de Dios mitiga.
Pero no es menor mi pena
cuando a mis hermanas miro
huyendo de mi retiro
a que mi mal me condena,
y más cuando el jubileo
a Roma van a ganar,
y yo me habré de quedar
a pesar de mi deseo.
Por engañar sus tormentos
usar de otro ardid espero.
¿Cómo a tal dolor no muero?
Mas, ¿qué cercanos acentos
se oyen?
Pasa una mujer cantando, con una hacha encendida en la mano.
Hasta cuándo las penas
tu paciencia combaten,
¿eres piedra insensible,
eres bronce, eres jaspe?
Soy de la tolerancia viva imagen.
¿Por qué, a tu cuerpo débil,
das rigores mortales,
¿qué Magdalena fuiste,
qué pecadora grande?
Pequé, Señor, tú mis delitos sabes.
Si ya la gloria esperas
por tus méritos grandes,
¿qué pides? No molestes
las divinas piedades.
Pag. 58
Eleva mi humildad, porque te alabe.
Canta.
Y las delicias goza
lícitas, y agradables;
no ha de ser todo tristes
lágrimas, y pesares.
Solo encuentro mis gustos en mis ayes.
Canta.
Vase.
No en divina alabanza
todas las horas gastes,
que una mujer no puede
competir con un ángel.
¿Quién, Señor, como el ángel te alabare?
¿De quién serán estas voces
tan dulces, como espantables?
Sale el ángel.
De tu enemigo, no temas
cuando yo vengo a ampararte.
Ángel divino,
los cielos
con tus voces penetraste,
y por mi medio te envían
el alivio de tus males.
A las demás religiosas
que a Roma, de Casia, parten
a ganar el jubileo
acompaña, que al instante
que seguirlas determines
verás llegar a borrarse
en tu frente de la llaga
las horrorosas señales.
Ven, Rita, donde a tu lado
como debo te acompañe.
Grande favor debo al cielo.
Sale Trípili.
Ya vuelvo, Deo gracias, madre.
¿Qué dice, hermano?
Que están
junto a las puertas seglares
del convento mil personas,
que me dicen que la llame
porque querrán consultarla
cuatro mil necesidades
pidiendo trescientas mil,
e impertinencias manuales;
y así, madre, vaya luego,
y hágales en un instante
unos milagros de mano
con que puedan consolarse.
Siempre está de buen humor.
Pues no es chanza, no se espante;
que en habiendo una persona
de fama en cualquiera parte
de santidad, luego acuden
los pretendientes a pares;
unos con sus ruegos, y otros
con ruegos y memoriales.
Vamos, Rita.
Pag. 59
Rita y Tiberio ——— Vanse
Mas sin duda a Roma parte
con las demás religiosas,
y ellas la admiten afables;
Dios ha vuelto por su causa.
Sale el cojo.
Den por el glorioso padre
y patriarca San Joseph
que les libre y les ampare,
a este pobrecito cojo.
Por San Hermógenes mártir,
en su víspera bendita,
su santa limosna
manden.
Sale el ciego.
Rezar una muy devota
rogativa al santo ángel
de la guarda, la oración
manden de los Siete Infantes
de Lara, otra, al Justo Juez,
otra oración a San Jaime,
otra a San Lemes, y la
oración de San Mamate,
otra de San Homobono,
abogado de los sastres,
la oración, de Salsipuedes,
otra oración de san...
Calle,
apócrifo rogatorio,
y mentiroso almanaque,
mal compuesta letanía,
Flos Santorum perdurable.
Denos su merced limosna.
¿Por qué no van a la calle
o a la puerta, y no se meten
acá dentro?
A nuestra madre
Rita buscaba, por que
al cielo, por mí rogase
que me conceda una pierna.
Mejor era una de carne
mechada, con su tocino.
No pida tal disparate
al cielo, que ha de comer.
Si la cojera no hace
que hay quien se ha cortado un brazo
para ganar muchos reales,
no pida a Dios gollerías.
Yo venía a que me alcance
del cielo vista.
¿Y la renta
que tiene fija y constante
en sus muchas oraciones,
más que en los bancos de Flandes,
él renegará de ver
cuando el ochavillo falte?
Yo entonces buscarlos fío.
Pag. 60
¿Yo me he de hacer danzante?
Brava ocasión se me ofrece
de hacer creer a esta ignorante
gente, que soy santo, hermanos
sepan que la venerable
Madre Rita, no está en casa
que a Roma fue, con las madres
a ganar el jubileo.
Pero como de mí hace
confianza, y la serví
en el siglo, en este viaje
el poder de hacer milagros
me dejó, y será muy fácil
hacer aquí una experiencia
que podrá ser, que yo sane
a los dos, si no es que sean
muy rebeldes los achaques.
Vamos curando primero
al cojo.
Dios se lo pague.
Guarda el toro, guarda el toro.
Mira hombre, no te agarre
que te coge, que te coge.
Vase.
Angosta se hace la calle
para correr, ay.
Aguarda,
picaronazo, bergante.
Jesús, y qué desvergüenza.
Todos de estas curas no hacen.
Venga acá el bueno del ciego
que también quiero curarle.
Tanta caridad le estimo.
Tengo un colirio admirable
dentro de esta bolsa que
si con esto no sanare
no espere remedio alguno
que son ocho mil reales
en doblones los de a ocho.
Quítasela.
Tanto ojo se me abre.
Suelte el bolsillo,
Ah, ladrón,
no son sino ochavos grandes,
esperad que la correa
habéis de probar, infame
para que vaya el milagro
entero por sus canales.
Vase.
Yo ciego a todo correr.
Vase.
Ahora digo que es constante
cuando uno hace algún milagro.
Andad, esperad, bergantes.
Sale el demonio.
Esta es la ocasión en que
mis triunfos suelen lograrse,
qué aguardo si a Rita, no
venció en el último lance.
Qué importa que a los demás
Pag. 61
religiosa acompañe
a Roma, ¿qué importa que
en su rostro se socaven
en purpúreos rosicleres
las heridas y fealdades?
¿Qué importa que a pisar llegue
esa metrópoli grande
de la militante iglesia,
y al digno Pastor y Padre,
lugarteniente de Cristo,
el pie rendida besare,
de cuya mano tesoros
de gracia logre abundantes?
¿Qué importa que el jubileo
perfectamente ganase,
y que a Casia alegre vuelva,
donde a recibirla sale
todo el pueblo, y de su celda
se vuelva al retiro amable?
Todo esto, ¿qué importa, si
los dolores penetrantes
segunda vez de la espina
la afligen, de cuya grave
dolencia postrada Rita
en su humilde lecho yace?
Aquí mi furia se enciende,
y armado el preciso lance,
no hay cautela que no elijas,
no hay ardid que no contrastes,
y en desesperado orgullo,
poblando de ecos el aire,
venganza pido al abismo
contra Rita, mujer constante.
Sale el ángel.
No el limitado poder
que tienes ha de negarte
el cielo, para que a Rita
aflijas, y no en ella halles
méritos que te confundan,
virtudes que te contrasten,
para que testigo seas,
a pesar de tus pesares,
de tu poder abatido
y de su poder triunfante.
Yo haré al menos que sus glorias
se sepulten y se acallen.
No podrás, que ya al convento
acuden de todas partes
santa invocándola todos.
Vase.
Sale Trípili.
Señores, ¿quieren dejarme?
¿Quién ha visto a un sacristán
preguntar por santidades?
Salen Alejandro y Casandra.
Hermano.
Salicumpal.
Diga,
¿cómo se halla nuestra madre?
Pag. 62
Vase.
Aún no me doy por vencido.
Hermanicos, no me enfaden,
pregúntenlo si quieren,
que yo en las vidas de nadie
me meto.
¡Oh, si yo pudiera
hablarla antes que expirase!
Lo que es un recado al cielo,
lo llevaré como un ángel.
Grande es su virtud, sin duda,
pues el cielo con señales
manifiesta la pública,
cuando maravillas hace.
Por su medio a una mujer
que espíritus infernales
poseían, quedó libre
a su imperio; y aun los lances
últimos de vida puesta
una niña, a quien su madre
a la Santa encomendó,
ahuyentando las mortales
dolencias, cobró en un punto
fuerza y salud como antes.
¿Y es pequeña maravilla
en nevado invierno hallarse
fruto en una higuera, y una
hermosísima y fragante
rosa en un rosal? Otros
prodigios innumerables.
Ahora se admira de eso.
Milagro fuera más grande
el no hacer Rita milagros.
Con el pie, milagros hace,
que es el pie, con un zapato;
y luego habrá quien la llame
recoletiza descalza,
aunque imposibles la encarguen.
Vencerá, queriendo Dios,
que por eso ha de llamarse
Santa de los Imposibles;
y sin que a impedirlo alcancen
las religiosas, se llena
la iglesia, e innumerable
gente que a la fama viene
de la virtud admirable
de nuestra Rita; que ya
está en el último trance
de su vida. Los prelados
os permiten franquearse
las puertas, que tal portento
no es justo negar a nadie.
Entran por una puerta y salen por otra. Córrese la cortina y se descubre la Santa de rodillas, el ángel a un lado, al otro el demonio; y con un cerco de nubes se descubrirá el alma de la Santa, que con un rayo de resplandor llegará desde la boca de la Santa a la gloria, y volará el ángel, y el demonio se hundirá.
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¡Qué bello prodigio!
¡Qué belleza tan agradable!
Pues ya que de mi partida
llegó el último instante,
una y mil veces, Señor,
apelando a tus piedades,
perdón humilde te pido;
que este es el último trance
que ya mi vida fallece,
y los alientos vitales
al último paroxismo
rinden el esfuerzo frágil.
En tus manos, Señor mío,
mi alma encomiendo.
Música y sube el vaso a la gloria y se descubre el alma.
¡A pesares!
¡Venciste, mujer heroica!
¡Sepúlteme mi coraje!
Húndese.
¡Qué dolor!
¡Qué sentimiento!
¡Qué tristeza!
¡Qué pesares!
Suenan campanas dentro.
Mas, ¿no escuchan las campanas
que empiezan a repicarse
solitas de suyo, porque son
los ángeles sacristanes?
Y del milagro imposible
aquí la comedia acabe,
dando al ingenio el perdón
ya que el aplauso le falte.
