
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El martirio de San Lorenzo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-martirio-de-san-lorenzo.
Verle has, pues le has confesado.
habla a Fabio en su lugar
Sus, entremos a velar
con este nuevo soldado
y pues en tal solemnidad
se ha alcanzado tal victoria
a son de a Dios gloria
llevemos la fe por guía
Y pues hay tan buena ocasión
el alegría mostremos
que con tal razón tenemos
con una alegre canción
Canción
Velad y mirad por vos
mortales no os descuidéis
pues que para que os salvéis
también vela el mismo Dios
Velad gente pecadora
pues que mejor remediado
es el mal siendo pensado
que no el que viene a deshora
Velad, velad sobre vos
velad que a salvador seáis
pues que para que os salvéis
por vos vela el mismo Dios.
Ahora se salen todos y quédase el Cuidado, y dice:
Gentes, mirad que os aviso
que os conviene de velar
si pretendéis de llegar
a gozar del paraíso
pues velad no os descuidéis
en este mísero suelo
porque así gocéis del cielo
donde por siempre gocéis.
Comedia Séptima y auto para representar del martirio de San Lorenzo. Son interlocutores: San Lorenzo, un Selector, el Emperador Decio y Valeriano adelantado, un soldado llamado Partemio, dos beatas y Polito carcelero, dos o tres criados del Emperador.
Jornada primera en la cual entran San Lorenzo y el Selector.
Inmenso y sumo padre potentísimo,
Señor universal, supremo artífice,
que las cosas supremas y bajas confirmas
y las del cielo empíreo y coro angélico
con tu divina ciencia, estás midiéndolas
y en tu divina mente conformándolas;
mira, inefable Dios, que han inferídose
en tu santa heredad, con tesón de fieras,
con intención cruel y rabiosa pésima,
de profanar tus santos tabernáculos
que son los corazones fieles de amor
que a ti están dedicados de tus súbditos,
y han puesto tu ciudad muy en lo último,
que está como la viña, que cogiéndole
el no maduro fruto, y descantándola
suele quedar de matos, e inmensísima
dispuesta para ser cueva de víboras;
pues vuelve, padre eterno, rey dulcísimo,
los ojos a tu iglesia tan piadosa,
en la sangre fundada preciosísima,
de nuestras culpas graves y mortíferas,
y aunque sé que por ellas
mi Dios te merecemos
aquestos y otros más graves castigos
de nuestras querellas
Señor, que padecemos
por mano de estos impíos enemigos;
pero si aun más castigos
son medios necesarios
para que testifiquen
la verdad y publiquen
tu fe ante los tiranos adversarios,
por tal causa perdida,
ganada y bien ganada es nuestra vida.
¡Oh, Jesús de mi alma, que doliéndote
de nuestro cautiverio babilónico
te mostraste tan largo y tan magnífico,
que por mi rescatar, no mereciéndolo,
quisiste sufrir muerte crudelísima,
concédeme, Señor, y poderosísimo,
pasar algún tormento, ya tan mínimo,
que pueda imaginarme siervo frívolo,
pues tu divino amor está obligándome
a padecer por ti muerte gravísima!
¡Oh, glorioso Sixto, gran pontífice,
por cuyo mandamiento ando solícito
partiendo los tesoros eclesiásticos
a los pobres enfermos, y a los huérfanos!,
¿en qué te ofendió, oh padre santísimo,
aqueste siervo tuyo y fiel diácono,
que no merezca estar en prisión de par
contigo y padecer martirios?
¡Oh, viudos,
o queridos amigos felicísimos,
y tu fiel Agapito, que en sacratísimas
prisiones os halláis de ellas dignísimos,
con vuestro sacerdote acompañándole
en su martirio y muerte, y de los ángeles
coronas esperáis de gloria altísima!,
¿por qué no me avisasteis que, hallándome
en prisión, con vosotros todos fuéramos
a verter nuestra sangre, dedicándola
a Jesús nuestro Dios, que es por la mía
para el viñador vero evangélico?
Señor reverendísimo, quisiera
que no te transformara el gran deseo
y afición del martirio de manera
que olvidases la iglesia, porque veo
la obligación tan grande y tan entera
que tienes de ampararla, y también creo
que ha llegado a tal tiempo que en ti tiene
un muy fuerte pilar, que la sostiene.
y es bien que sea por ti juzgado y visto
cuán sola quedará y desamparada
la iglesia que en su sangre fundó Cristo,
por la muerte cruel y acelerada
de nuestro padre santo y papa Sixto,
y que conviene mucho ser guardada
y por ti defendida de las manos
destos crueles, pérfidos tiranos.
Hermano, solo el Señor
es refugio verdadero
y verdadero pastor,
invencible caballero
de su iglesia, defensor.
Es el lucero y estrella,
el color y fino esmalte
que adorna su esposa bella.
Y así, puesto que yo falte,
jamás se olvidará della.
Un señor que a mi sentir
muy gran servicio hace
a Jesucristo en regir
su iglesia.
Mas en morir
por su amor cuando le place.
Tengo por dichosa suerte
el sufrir por Dios aquí
trabajos y pena fuerte.
Yo en sufrir por él la muerte,
pues él la sufrió por mí.
¡Oh, padre santo, y qué estremos,
y qué dolor y orfandad,
si a nuestro pastor perdemos,
y a ti con él! ¿Qué haremos
en tanta calamidad?
Yo fío en Dios que levante
pastor para su ganado,
tan cristiano y tan constante,
que esta iglesia militante
no se eche menos el pasado.
Toda la grey lo desea
por su amparo muy de veras,
y es muy justo que lo quieras,
porque en lugar no te vea
en las manos destas fieras.
El verdadero amparo es Dios del cielo,
en él ponga el cristiano su esperanza,
que la gloria, descanso y el consuelo,
seguridad y paz en él se alcanza.
Él guardará su iglesia acá en el suelo,
que es guarda de suprema confianza;
y así no hay que temer de invento humano,
siendo nuestro pastor Dios soberano.
Y esto, con lo demás todo dejado
en sus divinas manos, ya has sabido
que nuestro santo padre me ha mandado
de allí de la prisión do está metido,
que reparta a los pobres con cuidado
las joyas y tesoros que ha tenido
la iglesia hasta ahora en su servicio,
y que yo sea encargado deste oficio.
Y es esto porque Decio emperador,
idólatra, cruel, sanguinolento,
no profane los vasos el traidor
consagrados a Dios, y que está sediento
de profanar los bienes que el Señor
dejó para su iglesia y ornamento,
el muy cristiano príncipe llamado
Filipo, de Filipo hijo amado;
y porque las riquezas dedicadas
para el divino culto y santo templo,
siendo de fieras bestias conculcadas
son escándalo grande y mal ejemplo
para las almas santas bautizadas,
y muy grande pesar, según contemplo.
A pobres repartid todos los bienes;
salvo esa parte sola, que ahí tienes.
Señor, ¿en qué se ha de gastar,
o por qué la excusas?
Y esa, hermano, has de llevar,
y en limosna la has de dar
a las vírgenes reclusas.
Pues, si licencia me das,
abreviaré mi partida.
Ve, y a todas las beatas dirás
que rueguen al Señor Deo más,
guarde su Iglesia querida.
Yo fío en Él, que ansí guarde,
y que, como fiel amigo,
nos cumplirá lo que digo;
bendíceme, que es ya tarde.
Dios vaya siempre contigo.
Agora se sale San Lorencio y el Cletor llama a la puerta del monasterio.
¿Hay de casa?
¿Quién nos llama?
El Cletor.
Señor, de nuestro padre, ¿qué,
qué nuevas hay?
La pregonera fama,
sabia, sapiente y venerable madre,
por su fiera ciudad toda derrama
que sale hoy a morir.
Bien es que cuadre
tan santa muerte con tan santa vida;
mas, ¿qué hará esta gente desasida?
Yo traigo aquí lo que su Arcediano
Laurencio fidelísimo os envía
de las joyas y bienes que en su mano
para repartir dejó el amargo día
que fue preso el Pontífice Romano;
y ruega de su parte, y de la mía,
que en todas vuestras santas oraciones
encomendéis la Iglesia y sus varones.
Señor, que ansí se hará
como Laurencio lo quiere,
y que su Iglesia, que espere
que Dios la defenderá.
Vanse todos. Y sale agora el Emperador, y el Ade- lantado con cuatro criados, y dice el Emperador:
¡Oh, nuevas tristes, rabiosas!
¡Oh, fechos no imaginados!
¿En tan disparadas cosas
os tardáis, perezosas
manos de nuestros soldados?
Y porque en ocasión tan digna
todas las calles romanas
no corran a la contina
arroyos de sangre fina
de aquesas gentes cristianas,
haced a todos dar luego
muertes crueles, extrañas;
si queréis darme sosiego,
y que se aplaque este fuego
que me abrasa las entrañas;
muera esta gente obstinada
y este torpe vejezuelo,
vil pontífice de nada,
que la hora es ya llegada
de su muerte y mi consuelo.
Y dese un general pregón,
que muera muerte cruel
cualquiera hembra o varón
que siguiere la opinión
que sigue esta gente infiel.
Y es caso bien acertado
tener el vulgo oprimido
con yugo grave y pesado,
y que quite con cuidado
del descuido que ha tenido.
Invicto y poderoso emperador,
no está tan arraigada y esparcida
la venenosa peste y mal olor
desta gente rebelde y mal nacida,
que sea menester con tal rigor
tener a tu ciudad tan oprimida;
que, en muriendo que mueran estos luego,
quedará tu república en sosiego.
No sospecha mi espíritu gozoso
en tan breve ocasión tan poco daño,
porque en un sueño triste y espantoso
viese esta noche un monstruo muy estraño,
cuyo cabello y cuello ponzoñoso
eran dos mil serpientes de un tamaño,
basiliscos, dragones y otras fieras
de innumerables formas y maneras.
Soñé que aquesta sierpe se llegaba
cerca de mi real y blando lecho,
y que una horrible víbora arrancaba
y en medio le arrojaba de mi pecho,
y que este diestro lado me pasaba
tan negro y tan mortal, que, a mi despecho,
troqué en un sudor frío bañado
y en llamas infernales abrasado.
Da lugar al pensamiento,
señor, y toma reposo,
que ese tu sueño yo siento
que terná un fin glorioso
y de mucho contentamiento.
Plega a los dioses que sea
d'eso ansí, Valeriano,
porque en sosiego me vea.
De que será muy temprano
vuestra majestad lo crea.
Dime, ¿es este que viene
Partenio?
El mismo es, señor.
Huelgo, porque me despene
de un tan rabioso dolor
que por tan suyo me tiene.
Di, Partenio, ¿por ventura
tráesme nuevas algunas
tan prósperas que en la cura
de mis adversas fortunas
halle tiempo y coyuntura?
¿Saber si han ya parecido
los tesoros que esta gente
han robado y escondido,
o si miserablemente
han ya todos fenecido?
Graciosísimo príncipe, aquí viene
un mancebo de buen talle y parecer
el cual traigo en prisión y así conviene
porque ante mucha gente dio a entender
que guardó los tesoros y los tiene
para los repartir en su poder
y esto a grandes voces publicaba
cuando el verdugo a Sixto degollaba.
Cuéntame todo aqueso estensamente
que holgaré de saber la obstinación
que tuvo en el morir esa vil gente.
Que me place, señor, dame atención
y oirás un suceso nunca oído
y un caso de increíble admiración.
Luego que aquel mal viejo hubo salido
con todos los demás encantadores
de la oscura prisión que habían tenido,
como quien iba al campo a coger flores
salieron a morir regocijados
diciéndole a su Dios dos mil amores.
Mas de la puerta apenas ya pasados
contra el templo de Marte el precioso
les dijo allí a tus dioses consagrados:
Confunda os vanos dioses, Dios del cielo,
y el que es suma bondad y sumo bien
os destruya y abata por el suelo.
Respondió su cuadrilla toda, amén
y en un instante, ¡oh, cosa milagrosa!
el templo suntuoso dio al vaivén
y fue un horror y furia temerosa
que las estatuas, hechas mil pedazos,
cayeron sin quedar cosa con cosa.
Aquí cayeron pies, acullá brazos,
y el templo casi todo cayó en tierra
que no le quedó en pie cincuenta pasos.
Luego un capitán diestro en la guerra
los mandó a todos juntos degollar
al subir de una falda de una sierra.
Comenzó en aquel punto a levantar
la voz este mancebo acelerado
diciendo contra el viejo y regalar:
¡Oh, padre santo, y cuán desamparado
me dejas ya! Ya gasté con diligencia
los bienes que me has encomendado.
Y yo, que a su razón tuve advertencia,
luego hice prender, y preso viene
ante la majestad de tu presencia
para que hagas de él lo que conviene.
¡Oh, dioses! ¡Qué dura plaga!
¿Dónde estáis que consentís
que tal agravio se os haga?
¿Cómo no rompéis y abrís
el centro abismo y estraga
que hayan estos sido osados
de blasfemar y romper
vuestros templos consagrados?
¿Y os baste a satisfacer
solo el verlos degollados?
Puesto me he en extremo triste
ver mi templo destruido,
aunque contento me diste,
Partenio, en haber prendido
ese mozo que prendiste.
¿Dónde está? Venga ante mí,
que me dirá dónde tiene
los tesoros, pues conviene.
Señor, yo le traje aquí,
pero ¿qué digo? Ya viene.
Si es este, nadie se asombre
que ya de balde lo amo,
por solo tan gentil hombre.
Di, mancebo, ¿cómo das nombre?
Señor, Lorencio me llamo.
¿Qué profesión o qué ley
profesas? No hayas temor.
La de mi dulce Señor
Jesu Cristo, único Rey
y universal Redemptor.
Dime, ¿es verdad que te dio
a guardar aquel traido-
-r de Sixto, cuando murió,
los thesoros que dejó
Philippo, mi antecesor?
¿No hablas? ¿Qué estás callado?
¡Responde, oh fiera pasión!
¡Hola, vos, mi adelantado!
Metedme luego en prisión
este mancebo obstinado.
Haced luego que declare
dónde tiene los talentos,
y, cuando no aprovechare,
y a mis dioses no adorare,
desmembrádmelo a tormentos.
Tu alteza pierda cuidado,
porque me los ha de dar
o morir despedazado.
Pues yo me tiro a reposar,
que me siento fatigado.
Los dioses vayan contigo,
que sí harán, y así lo entiendo.
Hipólito, ¡ea!, a quien digo,
este mozo os encomiendo
como a más leal amigo,
porque tan calificadas
cosas, y tan importantes,
han de ser encomendadas
a personas semejantes
para salir bien guiadas.
Metelde luego en prisiones
y sacalde allá del pecho,
con halagos, con invenciones,
adó tiene o qué ha hecho
tanta suma de millones.
Señor, ansí se hará,
como por ti me es mandado,
que en cosa no faltará,
y, si en ellas se ha entregado,
yo sé que me las dará.
Y vos no os mostréis tan fuerte,
mancebo, pues queda en vos
el morir o alcanzar suerte.
Padecida por mi Dios,
dulcísima me es la muerte.
Agora se hará un entremés, y entra luego la segunda jor- -nada, en la cual vuelven a entrar San Lorencio y el carcelero Hipólito, y dize:
¡Oh potencia admirable, nunca oída!
¡Oh eficaces palabras de Cristiano!
¡Oh ciencia milagrosa, no entendida,
ni vista por jamás en hombre humano!
¡Que a un ciego, que lo fue toda su vida,
le lavase Laurencio con su mano,
y habiéndole lavado luego viese,
y a la luz, libre y sano, le volviese!
Y no es aqueste solo que se ofrece,
sanar a tres mil gentes de manera
que en la prisión su mal tanto creze,
que ya de sus virtudes pregonera
sin duda algún gran Dios le favoreze,
o la ley que profesa es verdadera,
pues en su testimonio hace cosas
inmensas, invencibles y espantosas.
Yo le quiero llamar, que ya en mí tiene
un íntimo secreto y fiel amigo,
y a solas le diré que le conviene
que no le tenga el Rey por su enemigo,
que le dé los tesoros y no pene
tan nueva juventud; y esto que digo
quizá que imprimirá en su tierno pecho,
y a mí me podrá hacer algún provecho.
¡Ola de la carzel, ola!
¿Quién nos llama?
Laurencio el mozo salga luego.
Luego sale, señor.
No se a visto dama
de más honestidad ni más sosiego,
y así mi corazón casi se inflama
de un intrínsico y amoroso fuego.
¿Qué me mandas, señor, que el gozo diga
que tu intensa amistad a más me obliga?
Laurencio, tu buen semblante,
tus virtudes y bondades,
y el verte siempre constante
en tantas calamidades,
me anima a lo de adelante.
Y más muébeme a compasión
ver en peligro tu vida
no con pequeña ocasión,
y en cosa tan conocida
sujétese a la razón.
Da los tesoros al Rey
que te dejó el papa Sixto,
y estarás con él bienquisto,
pues que le vienen por ley,
como en derecho se a visto.
Hipólito, si creyeses
firmemente en Jesucristo
y le amases y sirbieses,
yo te aseguro que vieses
los tesoros que no as visto.
Y sirve a este Rey sin medida
que yo te le mostraré,
y te prometo en él vida,
gloria eterna no oída
en vista, y lo cumpliré.
¿Y me lo prometes cierto,
Laurencio, con mucho amor?
Mas ¿ese Rey y Señor
es uno que en cruz fue muerto
por público malhechor?
Ese mismo Señor es el que digo,
y aquesa es la victoria, triunfo y palma
de aqueste Capitán poderosísimo
a los hijos de Adán, cuyos vasallos
se avían hecho ya por el pecado.
Convino que muriese este Cordero,
Hijo del Padre Eterno, en quien no avía
pecado ni maldad que ser pudiera,
sino que murió sin culpa por el hombre
para que con su muerte inocentísima
quedásemos nosotros libertados
de la prisión eterna y de la muerte,
a que en rigor severo y de justicia
condenados por él todos estábamos.
Maravillas y cosas nunca oídas,
oh divino Laurencio, estás contándome
de ese Dios en quien crees y a quien adoras.
Mas di, ¿fue por ventura el pensamiento
o la intención de sus crucificadores
hacer del sacrificio a ese Dios suyo
por solo los pecados de los hombres?
En ninguna manera, que movidos
de una furia infernal e infernal fuego,
porque sus malas obras contrariaba,
le dieron esta muerte crudelísima.
Mas nuestro buen Jesús, no solamente
se ofreció por el hombre al sacrificio,
siendo él el sacrificio verdadero
y el verdadero y justo sacerdote;
mas desde aquella cruz do estaba puesto
rogaba con amor al Padre Eterno
que perdonase aquellos malhechores,
porque, aunque le mataban, no sabían
lo que estaban haciendo: claras muestras
que estaba en caridad todo abrasándose.
¡Oh soberano amor! ¡Oh bien inmenso!
¡Oh potencia admirable nunca oída!
Acaba de contarme extensamente,
Laurencio, el fin de caso tan extraño.
Es ansí que, después de ya cumplidas
las santas profecías que trataban
de su muerte y pasión, bajó al infierno,
aquella alma santísima dejando
aquel sagrado cuerpo en el sepulcro,
y consigo llevó los santos padres
que estaban esperando su venida
con mucho regocijo; y, esto hecho,
luego resucitó al tercero día
y cumplidos cuarenta subió al cielo,
y prendas evidentísimas y ciertas
que los que en él creyeren con fe viva
resucitarán con él y de su gloria
gozarán sin temor eternalmente.
Ya, Laurencio, voy creyendo
ser su poder sin segundo,
pues por obras estoy viendo
los milagros que en el mundo
sus siervos estáis haciendo;
a mí y a mi gente y casa
quiero nos des a entender
qué es lo que habemos de hacer,
que ya aquesta nueva brasa
no se puede en mí esconder;
ven, bautizarnos das luego,
que en nombre de mi Señor
Jesucristo te lo ruego,
que en él creo, en él me entrego,
y a él por mi gloria y dulzor.
Señor, que el mundo criaste,
yo te alabo y te bendigo,
pues aquesta alma libraste
del poder del enemigo
y en tu Iglesia la plantaste.
Y, Hipólito, pues has dado
en la verdadera vía,
ven y serás enseñado.
Vamos.
Vamos, que este día
el primero es que has ganado.
Aquí se va San Lorenzo e Hipólito, y entra agora el Emperador y el Adelantado, y criados, y dice el Emperador.
Di, prefecto, ¿qué se hace
de aquel mancebo obstinado
que el otro día prendiste?
¿Está ya desengañado,
o en su pertinacia asiste?
A Hipólito, tu criado,
se lo entregué, que es discreto,
sabio, sagaz y avisado,
el cual con grande secreto
muchas veces le ha hablado;
pero no basta razón
para decir dónde tiene
los tesoros; y conviene
estrechalle la prisión
hasta ver lo que se aviene.
¡Haced honor de mi corona,
que negocios tan pesados
os tienen embargados,
que por su cuenta y persona
nunca fueron bien guiados!
Donde está, venga ante mí,
que yo le haré cortar
la cabeza y ha de dar
los tesoros luego aquí.
¡Hola! A la cárcel id,
y con mucha diligencia
a Hipólito le decid
os dé el preso, y le traed
ante la real presencia.
Yo lo haré bien prestamente,
señor, y con brevedad.
¡Oh, qué rabia pestilente
ha esparcido esta vil gente
por toda nuestra ciudad!
No te terné por amigo
si a aquestos hechiceros,
a quien yo tanto persigo,
no hicieres un castigo
que tiemblen los venideros.
Sosiéguese tu majestad,
que no les valdrán sus mañas;
que en medio de la ciudad,
con extraña crueldad,
les romperé las entrañas;
y unos serán desmembrados,
otros hechos mil pedazos,
otros en brasas asados,
otros sin piernas ni brazos,
morirán despeñados;
y así será disipada
la peste que al descubierto
está en tu pueblo arraigada.
El preso viene ya, cierto;
que su presencia me agrada.
Lorenzo, si me agradas,
como veis que te digo,
y los tesoros mismos traes,
yo te tendré por amigo,
y mucho te adelantaré;
porque me es grata y lozana
tu presencia, y más haré:
que siempre me serviré
de ti con muy buena gana.
Servir y obedecer
a los príncipes de la...
Es prudencia y saber
que para los menores
los tiene puestos Dios por defensores,
y más comerse las manos
tras los trabajos, cargas y ambiciones,
es más de cortesanos
que de honestos varones
que tienen por la Iglesia sus pasiones.
¡Qué donosa razón!
¿Qué cosa es esa Iglesia?, di, insolente.
Es la congregación
de toda aquella gente
que cree en Jesucristo firmemente.
Pues dime, ¿qué dignidad
tiene una compañía frágil, vana,
que con tal voluntad
la sigas tan de gana
y juzgas mi potencia soberana?
Muy mucha, que es esposa
de Jesucristo amada y muy querida,
agraciada y hermosa,
por quien puso su vida
con una voluntad jamás oída.
¿No veis en qué liviandades
se desvanece este necio?
¡Ay, Dios!, si entendieses, Decio,
el punto de estas verdades,
vieras que no tiene precio.
No alterquemos más, te ruego,
sobre aquestos desvaríos;
templa aquesos vanos bríos
y deja tu yerro ciego,
los tesoros, pues, son míos.
Tuyos no, ni Dios lo quiera,
que la Iglesia con derecho
es legítima heredera.
Pues de cualquiera manera
me has de decir qué se han fecho.
Yo los tengo en tal lugar
que ni el orín ni ladrones
los puede en nada dañar.
Pues si me los quieres dar
atajaremos razones.
Pues si licencia me das
yo los traeré a aqueste puesto.
Soltalde libre. Ven presto.
Lorenzo, acertando vas,
haces muy mucho en eso.
Emperador valeroso,
vive contento y ufano,
pues te ha hecho vitorioso
el dios Marte poderoso,
a quien tienes de tu mano.
Concédeme favores, Marte horrendo,
que te prometo y juro, si es cumplido
de hallar los tesoros que pretendo,
de levantar tu templo destruido
con más autoridad y más estruendo
que príncipe ni rey jamás ha tenido.
Concédeme, señor, lo que demando,
pues veis que el corazón se está abrasando;
y tú, varia fortuna y dulce diosa,
mide a mi voluntad aqueste hecho,
y súbeme en tu rueda presurosa,
pues veis cuán congojado tengo el pecho,
que una estatua dorada y muy famosa
levantaré en tu mando hasta el techo.
poniendo en tus altares oblaciones
de víctimas, inciensos y ricos dones.
Señor san Lorenzo, tu amigo,
viene ya muy brevemente.
¿Es cierto?
Como lo digo,
mas no sé quién es la gente
que de allá viene consigo.
Alto Rey, que sois servido,
solo a mostrarte los bienes
y tesoros que as tenido,
pues delante los tienes,
con lo que debo he cumplido.
Muy mucho verlos deseo.
Ya los tienes junto a ti.
¿Cómo? ¿Burlaste de mí?
¿Dónde están, que yo no los veo,
sino estos pobres aquí?
Esos mismos pobres son
los tesoros y preseas
de la Iglesia, y desde hoy
que con olor de afición
los mires, pues los deseas.
¡Oh, celeste fraudulento,
venenico y embaydor,
vil, y de bajo cimiento!
¿Y cuándo acá, di, traidor,
tienes tanto atrevimiento?
¡Ea, soldados! ¿Dónde estáis,
que tan torpe y vil canalla
delante no me quitáis?
No paréis hasta matalla.
¿Qué hacéis? ¿En qué os tardáis?
Gente mendiga apocada,
salí de aquí prestamente,
si no queréis que esta espada
en vosotros ensangriente
con ira desesperada.
Harto mejor acertaras,
Rey, aquesta compañía
angélica la llamaras,
y con amor y alegría
a todos los regalaras.
¡Oh, traidor, cómo estás ciego!
Metedme allá a ese malvado,
al abadón de mi sosiego,
y arrastrando sea llevado,
muy crudamente azotado.
Estas penas y estas cosas,
Rey, que son de ti tenidas
por crueles y espantosas,
son para mí dulces rosas,
por mi Jesús padecidas.
Digo cierto, Valeriano,
que me ha puesto en confusión
el ver en este cristiano
un ánimo más que humano
y una estraña obstinación.
Digo que su fortaleza
me ha espantado muy de veras,
pero ya, señor, ¿qué esperas?
Éntrese dentro tu alteza.
Vamos a le castigar
la locura y desvarío
que este, en menosprecio mío,
ha querido sustentar.
Agora sale un entremés. Y llega la segunda jornada, en la cual tornan a entrar el emperador, y el adelantado, y los criados. Y dize el emperador.
Estoy, Valeriano, congojoso
de ver la flojedad de mis soldados
en el atormentar este alevoso.
Y tiénenme puesto en ansia estos cuidados,
viendo que es una roca y fuerte muro
el seguir sus propósitos dañados.
Por el cielo, señor, te afirmo y juro
que no se perdió en ello solo un punto,
y de que es ansí, cierto te lo juro,
que yo estuve con ellos allí junto
porque tu execución se executase,
y aun entendí que fuera ya difunto.
Mas tuvo corazón que reparase
toda la noche, y el cruel tormento,
sin que su pensamiento se mudase.
Ya estaban descansados, sin aliento,
tus soldados su cuerpo atormentando,
y en él siempre un contino sufrimiento;
y lleno de placer, de cuando en cuando,
mostraba desear muy grandemente
el martirio que allí estaba pasando.
¿Qué mal le pudo hacer aquesa gente
si estaba, como dices, tan entero?
Él, señor, lo dirá, pues que lo siente;
porque, ante todas cosas, fue primero
con vergas tan cruelmente azotado
que hizo de su sangre un gran reguero.
Y luego con duros clavos fue punzado,
y a un palo con antorchas encendidas
por sus recientes llagas fue tostado;
y, después de quemadas las heridas,
le hice levantar cien pies en alto
con plomadas muy gruesas y fornidas;
y luego de allí hasta el suelo dio otro salto,
que entendí que por muerto quedaría,
mas ni de un miembro solo quedó falto.
¿Y en tantas afliciones qué hacía?
Porque, ¿quién dudará que no estuviese
ajeno de placer y de alegría?
Rogaba a su Dios le recibiese
el ánima en su gloria soberana
cuando de aqueste mundo al otro fuese.
Y una voz süave, más que humana,
oímos, que le dijo: «Aún más te resta
de sufrir y pasar hasta mañana».
Y él hizo, entonces dello, grande fiesta.
No hagas desas razones
perfeto nin gran caudal,
que a semejantes ladrones
dan esas consolaciones
los demonios por su mal.
Y es porque puedan llevar
este tormento cruel
con que les piensan pagar;
pero ¿dónde está?, ¿qué es dél?
¡Holá!, id a le a sacar.
¿Y estánle ya aparejados
tormentos a aqueste traidor?
Muy a punto están, señor.
¿Qué tales?
No imaginados.
¿Pondrán miedo?
Y un gran temor.
¿De qué son?
De escorpiones,
de tigres, peines, navajas,
de osos y de leones,
de abrojos y de mordazas,
con otras mil invenciones.
Y también después se hallarán,
sobre esto todo, unas gradas
tan fuertes, que le harán
su cuerpo dos mil pedazos,
y en cosa no faltarán.
Ruego que esté aqueso junto,
mas conviene con calor,
no perder en ello punto.
¡Hola! Poned todo a punto,
que viene ya el malhechor.
Pertinaz, desatinado,
abismo de alevosía,
¿hasta cuándo, di, malvado,
has de estar tan obstinado
en esa vana porfía?
No tienes qué te alterar,
rey, ni tú tienes con quién,
porque esto no es porfiar,
antes es perseverar
hasta la fin en el bien.
Que tus dioses sobre mí
no tienen ningún poder,
y yo sobre ellos mucho, sí,
pues los podré deshacer
en mil pedazos aquí.
¡Oh, traidor! ¿Y eres osado,
en lo que a mis dioses toca,
hablar tan desvergonzado?
¡Rompedmele lengua y boca
con piedras, que hablas pesado!
Y tiempo es, infiel, que se acabe
tu vida, que nos es mengua
que tal fuego no se apague;
rompiéndole boca y lengua,
quien tal hace que tal pague.
Estas penas y dolores
son, Dios mío, para mí
dulces claveles y flores,
padeciéndolas por ti,
dulce Jesús, mis amores.
Y agora tengo contento,
y también tengo alegría,
por ver ya llegado el día,
rey, que es este tormento
gran consuelo al alma mía.
No pienses, ¡oh, traidor!, en los millares
que tienes de riquezas ascondidas,
te tienen de valer, aunque te ampares
desos dioses con que a todos nos convidas,
que, si mis altos dioses no adorares,
te mandaré quitar treinta mil vidas,
y mudarás tus vanos pensamientos,
o te desmembraré con más tormentos.
Ministro soy de Cristo, en él confío,
y en sus altos tesoros divinales;
él es mi bien y gloria, y si tu brío
te incita a ejecutarle en vicios tales,
dispone de mi cuerpo a tu albedrío,
con penas y tormentos desiguales,
que el honor que se debe a Dios eterno
no lo daré a demonios del infierno.
de los cuales sois todos engañados,
que adoráis una piedra fría y dura
y unos bultos de palo mal pintados;
ceguedad sin remedio y mal sin cura
que os traen embabados y engañados
en aquesta ilusión y desventura,
para dar con vosotros de este mundo
en el abismo y centro más profundo.
¿Qué se puede esperar, rey, o qué esperas
de unos dioses labrados por las manos
de un hombre que es mortal, para que quieras
que te confiese ser soberanos?
Harto más acertaras si dijeras
que son sordos y mudos, ciegos, vanos.
Esto confieso yo a grandes voces
y que mi Dios es Dios sobre tus dioses.
¡Oh, pérfido, que en el fuego
y amor de tu Dios te abrasas
y estáste riendo, ciego!
Traigan braseros con brasas
y una parrilla aquí luego.
Ásenle aquí en mi presencia
vivo, en muy gran fuego ardiente,
que ya el verlo no consiente
que un judío de pestilencia
viva más entre la gente.
¡Oh, qué extraña crueldad!
¿Qué es esto? No tanta bulla.
Tenedle presto, acabad,
y aqueste cuello le atad
de suerte que no se bulla.
Cebad bien de ese brasero
que se ase bien, con eficacia.
¿Cuál se cansará primero:
ese tormento muy fiero
o su dura pertinacia?
Este martirio inhumano
me es a mí mucho contento,
un gozo y bien soberano,
mas para ti, rey tirano,
te será eterno tormento.
¿No veis el punto en que estás?
Di, Laurencio, invoca y llama
nuestros dioses y serás
libre de esta ardiente llama,
si no, en ella acabarás.
No haré, que no confío
en estatuas ciegas, mudas,
sino en ti, dulce Dios mío,
que me confortas y ayudas
con tu divino rocío.
Vuelve, tirano violento,
vuélveme de ese otro lado
y come, si estás hambriento,
que ya de este estoy asado
y muy alegre y contento.
¡Oh, pertinacia no oída!
Dalde vuelta, mis soldados,
de esa carne descreída
y miembros desatinados,
dalda a perros por comida.
Inmenso, soberano Padre eterno,
que todo lo gobiernas y conciertas,
teniendo, por librarnos del infierno,
tus divinas entrañas siempre abiertas,
gracias te hago, ínclito y sempiterno,
que se me ha dado entrar ya por tus puertas;
en tus manos, Señor, en este día,
sacrifico y ofrezco el alma mía.
Señor, si su muerte esperas,
tu deseo es ya cumplido,
que te digo muy de veras
que el alma se le ha salido
tras las palabras postreras.
Dígote, Valeriano, que me siento
estar de este traidor muy bien vengado,
porque le vi dejar en el tormento
aquel rebelde cuerpo ya obstinado,
mas si me quieres dar sumo contento
da orden que este cuerpo sea bocado
por manjar a los buitres, y este pecho
tendrá entero descanso de aqueste hecho.
Que me place, señor. Soldados, presto
tomad aqueste cuerpo abominable,
dalde a su majestad contento en esto,
echalde a alguna fiera detestable,
y no baste del mundo todo el resto
a quebrar esta ley inviolable,
so pena que si alguno fuere osado
quede por alevoso pregonado.
Y pues en este instante no se ofrece
cosa alguna que a ti te cause pena,
recógete, señor, si te parece.
Recojámos por efeto enhorabuena,
pues ya este tiene el pago que merece;
y ansina, si se hallaren más cristianos,
desmiémbrense a tormentos inhumanos.
Soneto a san Laurencio.
En el lecho del fuego el cuerpo estiende
Laurencio, de dos fuegos combatido,
fuego le abrasa y de él no es ofendido,
que fuego contra fuego le defiende,
fuego esquivo le maltrata y no le ofende,
que del fuego de Dios es defendido;
en él se abrasa y de él es consumido,
y ansí el fuego, aunque fuego, no le enciende.
Dichosa llama, que en divino fuego
tiene su corazón todo abrasado,
y está para este mundo sordo y ciego.
Y aqueste mártir bienaventurado
las celestiales puertas tiene abiertas,
y está en el alto cielo colocado.
Sant Laurencio y su compañero ande salir vestidos de diáconos con sus coronas abiertas poco menos que frailes; y las dos mujeres, vesti das de beatas; y el emperador, con su sayo largo de terciopelo o de otra semejanza, y una ropa, y un tocado, y encima su corona, barba y cabellera anciana; el adelantado ande salir con un ves tido de persona grave a lo antiguo, con su barba y cabellera anciana; el carzelero con unas llaves y un báculo, y su ropa y sombre ro; y Laurencio a la postrer jornada saldrá con un justillo para fuelles sobre la camisa, y el justillo será de bocací colo rado o encarnado, y a los lados de las parrillas; saldrá con unos cosetes encarnados metidos con una masa de pina, pez y pólvora y las pa rrillas serán de alambre.