digitanler Text von El landrón del sancranmento | BITESO
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digitanler Text von El landrón del sancranmento

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Comedian
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El texto procede de lan trannscripción anutomátican del mannuscrito conservando en lan Bibliotecan Nancionanl de Espanñan, signanturan MSS/16680.

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El ladrón del sacramento. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-ladron-del-sacramento.

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EL LADRÓN DEL SACRAMENTO

Stanrt

Pang. 1

Cubierta del manuscrito. En el lomo, etiqueta con la signatura: Mss 16680. En la esquina inferior derecha, marca de agua de la Biblioteca Nacional de España.

Pang. 2

Tq - 85

Manuscritos 16680

Pang. 3

742

El ladrón del Sacramento.

Comedia en 3 jornadas.

Legajo 2º 4-6

13

12

718

Jornada primera

Pang. 4

En el margen superior izquierdo: 1 2 (o invocación). En el superior derecho: 1. Cruz en el centro superior.

Comedia famosa El Ladrón del Sacramento.

Personas Don Pedro Graellas Jaime, bandolero Don Juan Graellas Doña María Cristóbal Granollaque Pierres, lacayo Domingo Clasquerri Ángela, criada Don Andrés Graellas Otros bandoleros La Justicia Tres caminantes Ramón, bandolero Centinela Músicos

Mancha de tinta y número 12 en el margen derecho, junto a la lista de personajes. Sello ovalado en el margen derecho del texto principal.

Salen Don Pedro Graellas y Pierres y Ángela y Doña María.

Don Pedro.

Mucho de vuestro rigor,

hermosísima señora,

usáis con el que os adora

debiéndole tanto amor;

mas pienso que el ciego Dios,

para aumentar mis sospechas,

rompió en mí todas las flechas

y le faltan para vos,

Pang. 5

Doña María.

Injustas son las querellas,

señora, que de mí tenéis,

para que encubrir queréis,

señora, esas luces bellas.

Dejad que estén como están,

si de mí estáis ofendida,

que, cuando no me den vida,

por dicha, me acabarán,

y será felice suerte

que me quitara el deseo,

que ya en mis desdichas veo

que está mi bien en mi muerte.

Pierres.

¿Qué te tapas?

Ángela.

Por no verte,

Pierres.

mujer,

vive Dios que me has de ver.

Ángela.

Vete a limpiar tus gualdrapas.

Pierres.

Siempre tienes en la boca

cosas sucias.

Ángela.

Es verdad.

Pierres.

Que tal constancia y lealtad

a amarme no te provoca.

Don Pedro.

Mal me quieres.

Doña María.

No hago tal.

Don Pedro.

Todo es venir a ofenderme,

pienso que por no quererme.

Doña María.

No queréis quererme mal,

mirad que en la calle estáis

y que le importa a mi honor.

Don Pedro.

Mayor recato, señor,

ahora llego, ¿por qué os vais?

¿Dónde vais?

Doña María.

Voy a mirar un poco el mar.

Don Pedro.

Si es ansí,

que al mar vais, venid aquí,

que soy centro de la mar.

¡Oh, amar! Aquí os entrego

en borrascas más cruel,

mas no lleguéis mucho a él,

no os abraséis en su fuego.

Doña María.

Que me encienda no os agrada.

Don Pedro.

Tanto en mí sois querida,

que os quisiera agradecida,

señora, y no enamorada,

que es un tormento inmortal

amar y sufrir también,

y así como os quiero bien

no os deseo tanto mal.

Pierres.

Dios entienda los deseos

de un amante, porque es llano

que no puede juicio humano

entender sus devaneos;

por ver que favores llora,

y aquí dellos se retira,

si no le quiere, suspira,

y no quiere amor ahora.

Déjale este majadero,

después cuando la conquiste

Pang. 6

Pierres.

cuando quise, no quisiste;

ahora que queréis, no quiero.

A quien un amor nomás,

quemada te quiero ver.

Muy fría debéis de ser,

y en las llamas no arderás;

mas, cuando fuere pequeña

la que amor niño te abrasa,

chimeneas hay en casa

y dineros para leña.

Ángela.

Aquesto lo que me quieres.

Pierres.

¿Que de este amor no te agradas?

Ángela.

Querer niñas tan quemadas,

Pierres.

estéis todas las mujeres.

Doña María.

¿En qué veis que ingrata soy?

Don Pedro.

Bastante indicio dais

en el rigor que mostráis.

Sale Cristóbal.

Cristóbal.

Cuando toda el alma os doy,

desde mi casa he venido

siguiendo a doña María,

que, aunque al mar venía,

menos quedó embravecido.

La color hurtó a los cielos

para mostrarse cruel,

y a los cielos y a él

por dar a entender mis celos;

aunque soy favorecido,

mas mi sentido se altera,

porque el que es amado espera

celos, ausencia y olvido.

Por dejar estos temores

no quieren bienes fatales,

que ya el que tiene los males

nunca teme otros mayores,

pero, ¡ay, mi desventura!

muestra de mi mal el centro,

porque ya tan mal encuentro

un grande azar me asegura.

Llegar enojado quiero,

formando injustas querellas.

Gentes de don Pedro Graellas,

rico, noble y caballero,

en vano el enojo abona

mi confuso entendimiento,

porque él y su atrevimiento,

que mandan a Barcelona

Pierres.

Ya no tengo que temer;

ciertos mis bienes están,

si de este Pierres galán

Magalona quieres ser.

Ángela.

Bien es que el rigor aplaque.

Pierres.

Beso tus pintados pies.

Doña María.

Perdida soy, este es

mi Cristóbal Franslaque;

no quisiere que celoso

algún disparate hiciera

con que la vida perdiera,

que es don Pedro valeroso,

Don Pedro.

¿A quién pudiera avisarle?

En vano el furor resisto.

Pang. 7

Don Pedro.

Quejoso, señora, he visto

a este hombre en vuestra calle.

Doña María.

No sé a fe

Don Pedro.

que algo quiere.

Ya a aquella esquina ha parado,

el color habéis mudado.

Doña María.

Callad, señor, no os altere,

dejadle.

Cristóbal.

Mi bien perdí.

Pierres.

¿Buscáis ese hidalgo a vos,

Ángela, que vive Dios?

Don Pedro.

¿Hidalgo, qué busca aquí?

Doña María.

Fíese de mí, que arde.

Cristóbal.

Serviros solo deseo con mi vida.

Don Pedro.

Yo lo creo, pero ahora váyase.

Cristóbal.

No imaginéis que os ofendo

aquí en nada.

Doña María.

Muerta soy.

Don Pedro.

Deje el servirme por hoy,

que criados no pretendo.

Cristóbal.

Yo me iré.

Don Pedro.

Pues mucho tarda.

Doña María.

Un caso triste recelo.

(Vase)

Cristóbal.

No, la espada, vive el cielo,

sino el poder me acobarda.

Pierres.

Que me tenga no podré,

por Dios, lindo majadero;

Doña María.

Con vuestra licencia quiero

volverme a casa.

Don Pedro.

No a fe,

segura podréis estar,

de aquese galán, conmigo,

que a defenderos me obligo

cuando os quisiere enojar.

Valiente debe de ser,

valor le ha dado el favor

vuestro.

Doña María.

¿En qué lo veis, señor?

Don Pedro.

No más que en veros temer.

Pierres.

¿Es cosa suya el mancebo

arrimado?

Ángela.

No sé, a fe.

Pierres.

Luego que llegué se fue.

Asombrele caso nuevo.

Ángela.

A ti huyó, bueno, a mi cría,

en lo que dices reparas.

Pierres.

Pues si no tengo yo cara

Vuelve Cristóbal.

Cristóbal.

Por tu vida, a sombra guía.

No puedo apartarme un paso

del lugar do los dejé,

aquí están, cielos, ¿qué haré?

En vivos celos me abraso.

Pierres.

La vuelta ha dado, por Dios,

aquí fue Troya.

Doña María.

Ay de mí, ha vuelto Cristóbal, sí;

Don Pedro.

Cuidado tiene con vos.

Mucho os quiere y muy a fe

que la calle ha de dejar.

Pang. 8

Doña María.

Es perderme procurar

que agora nota se dé,

señor.

Cristóbal.

Ella se detiene.

Don Pedro.

¡Vive el cielo que se adora!

Dejadme por Dios, señora,

que esto a mi honor le conviene;

que ya parece desprecio,

el que este hace de mí.

Pierres.

No me detengáis ansí.

Ángela.

Soy quien te detiene, necio.

Pierres.

Graciosa respuesta ha sido

cuando otra desgracia espero.

Tende esa capa.

Ángela.

No quiero.

Pierres.

Que yo me doy por tendido.

Doña María.

Si hablarle me dejáis,

grande merced me haréis.

Don Pedro.

Mucho conmigo podéis.

Doña María.

Hidalgo...

Cristóbal.

¿Qué me mandáis?

Doña María.

Corrida estoy por mi vida

de que la calle paséis,

tantas veces, y mostréis

alma y dolor ofendida.

¿Tenéis alguna sospecha

que os obliga a tanto, mía?

Pues la vuestra fe podría

estar de mí satisfecha,

pues que toda Barcelona

lo está de quien soy y he sido,

y que tenéis qué ha sucedido,

pues mi nobleza me abona

a aquesta su ciudad,

a donde hablando estoy,

puede disculparme hoy

con vos, y con la ciudad.

El señor don Pedro aquí,

llegó con este criado,

cortésmente ha preguntado,

y cortés le respondí.

Corrida estoy, ¡por los cielos!,

de que no me conozcáis,

porque en lo que hacéis mostráis

que os mueven algunos celos.

Celos, de mi bien, ¡por Dios!

que soy de una noble mujer;

celos se deben tener,

mas quejosa estoy de vos.

¿Sois de mí favorecido?

¿Por ventura sois amado?

¿Habéis en mi casa entrado?

¿Habéis prenda recibido?

Con eso dais a entender

que sí, a toda la ciudad,

pues cuando fuera verdad,

no lo debierais hacer.

Llegáis aquí a recelar

de que olvidaros procurar

Pang. 9

Doña María.

bien podéis estar segura,

que no os vengo a olvidar,

que como no os he querido

está seguro el rigor,

que donde no ha habido amor

cómo puede haber olvido.

Id con Dios y entended bien

estas palabras que os digo.

Partid seguro, amigo,

sin recelar ni dudar,

mirad quién es el que está

conmigo, no os arrojéis,

que haciéndolo me perdéis.

Gonz.

Buenas disculpas le da.

Doña María.

Ay de mí, si me ha entendido,

el pecho está temeroso,

porque a un amante celoso

siempre le falta sentido.

Cristóbal.

Que niegue ahora el amor

que me tuvo, caso fuerte,

ay celos, mal de la muerte,

que allegar fuera mejor

ya sin duda me olvidó,

sin causa culpado he sido,

que de quien no me ha querido

nunca tuve celos yo,

fácil la disculpa espero,

no temo vuestro desdén,

nunca me quisisteis bien.

Pues yo ni os quise ni os quiero

no tenéis que os disculpar

conmigo de esta manera,

que cuando yo os mereciera

eso tuviera lugar.

El señor don Pedro puede

hablar y habláis vos con él,

que no es bien serle cruel

pues a todos nos excede;

y de vos estoy satisfecho.

Perdonad, si os he enojado.

Doña María.

El pecho tengo abrasado,

abrasado tengo el pecho,

que niegue que me ha querido;

¿qué tal el cielo consiente?

A celos ha, fuego ardiente

que me abrase el sentido.

Cristóbal.

Quedad, señores, con Dios.

Don Pedro.

Dudoso estoy y turbado.

Doña María.

Nunca os quise y os he amado.

Vase.

Cristóbal.

Digo, nunca os quise a vos.

Sierr.

No quiere a doña María,

y habla con tanta duda,

y todo el color demuda.

Si quiere a la prenda mía

da celos a un tormento,

que el alma me desmorona

a escandalosa pregona.

Pang. 10

Man.

Volverme don Pedro intento.

Don Pedro.

Y yo en otra compañía.

Man.

Ni es mi gusto, ni es razón,

ya basta aquesa ocasión

para la desdicha mía.

Basta el daño que ha pasado,

para que el sentido pierda,

que si el daño se me acuerda,

con veros será doblado.

Ya no quiero ver el mar,

pues que llevo su color.

Dejadme por Dios, señor,

Don Pedro.

que a gusto pueda escusar.

Man.

Quedad con Dios, enemigo,

ansí se premia una fe,

puesto a tu crueldad daré

olvido, y presto castigo.

Vanse doña Man., y Ángela.

Don Pedro.

Vive el cielo, que le adora,

pues tanto su enojo siente.

Pierres.

¿Qué tal, el cielo consiente

a fraudulenta pregona?

Don Pedro.

Ay, sentidos temerosos.

Pierres.

Para su loco abrocalle,

hoy ha hecho aquesta calle

doce arrobas de celosos.

Vanse don Pedro, y Pierres, y entran don Andrés, y Domingo Blasquerri.

7

Don Andrés.

En fin yo no lo he de hacer.

Domingo.

Muy mal pagáis mi amistad,

señor don Andrés, mirad

qué noble mi proceder,

y os he pagado el respeto

que os tengo; es bien pagaros,

y no habéis de aventajaros

conmigo, pues sois discreto,

por vuestro hijo, y por vos,

el respeto os he tenido.

Don Andrés.

Sois de todos bien querido,

yo, Domingo Blasquerri,

hacienda no he menester

para darme a conocer,

pues soy honrado por mí.

Vos sois mercader, y rico,

aunque no sois caballero,

y que pudiera el dinero

daros honra, os certifico,

que a mí sola mi nobleza,

sin mi hacienda, y estado,

me hace rico, y honrado.

Domingo.

Ya vuestro furor empieza.

En el pleito que he tenido,

sabéis que tengo razón,

y sin ella compasión,

siempre me habéis perseguido.

Don Andrés.

¿No me debéis el dinero?

Domingo.

Sí.

Don Andrés.

¿Por qué no me pagáis?

Pang. 11

Don Andrés.

Con Dios, que errado estáis,

Domingo.

o no lo tengo, o no os quiero,

que no queréis bien, a fe,

que no es ley ni justicia,

mas es enredo y malicia.

Yo mi hacienda cobraré,

Sale D. Juan.

Don Juan.

señor don Andrés Graellas,

¿qué es esto?

Domingo.

Mira, con sola

que como aquí se acrisola,

forma sus justas querellas.

Don Juan.

Y, ¿qué ha sido la ocasión?

Don Andrés.

Con el señor don Andrés

quedad para después,

si tenéis carta, razón,

y no alteréis la justicia,

que a solas os pagaré.

Don Juan.

¿Qué ha sido?

Domingo.

Yo lo diré.

Señor don Juan, en verdad,

que cuando llegó aquel navío

de Nápoles, do venía

alguna mercaduría

y parte del caudal mío,

algunas piezas de aquellas

de más precio e interés,

llevó el señor don Andrés,

debiendo el dinero de ellas,

por una firme escritura

de plazo que ya es pasado.

Con el dinero he llegado

que su nobleza asegura.

Y enojar de manera

porque le pido, que temo

a su cólera en extremo,

que sin razón me ofendiera.

Yo digo que he de cobrar

mi hacienda, que hay razón,

esta y será la ocasión.

Don Juan.

Pues en eso, ¿hay que dudar?

¿No es el señor don Andrés

un hombre de quien se fía

en Barcelona este día

cosas de más interés,

ha de dejar de pagaros?

Domingo.

Ya mi pecho afirmar osa,

y a la parte poderosa,

don Juan, queréis arrimaros,

pues mostráis tan noble y fiero.

Porque sois tan noble vos,

porque de noche, por Dios,

también soy yo caballero,

y por diferentes modos

cobrar mi hacienda procuro,

porque de noche a lo oscuro

por Dios, que unos somos todos.

Don Andrés.

Mas, ¿y que formar querellas

vengan más las que hoy?

Domingo.

Mirad cómo habláis aquí,

señor don Andrés Graellas.

Pang. 12

Domingo.

Como hombre de bien tratadme,

por honrado me tened,

como noble proceded,

Don Andrés.

y como honrado pagadme.

Don Juan.

Antes castigaros quiero.

Domingo.

Tened, don Andrés, amigo.

No os han de valer conmigo

las leyes de caballero.

Ved que soy hombre de bien,

y que siempre donde he estado

he sido muy estimado.

Don Andrés.

Y yo.

Domingo.

Lo seréis también.

Don Juan.

¿Quién lo duda?

Domingo.

Idos con Dios,

que yo he de ser el juez.

Don Juan.

Y yo, con Dios, aquesta vez

que os compondré a los dos.

Domingo.

Señor don Juan, advertid

que el plazo ha pasado ya,

y que ha mucho, y no será

mucho aguardar.

Don Juan.

Es ansí,

mas no con los caballeros

ha de ser todo rigor.

Don Andrés.

Muy bien se hará, por mi amor,

que uséis conmigo fueros.

Domingo.

Voyme.

Don Juan.

Cesad las querellas,

Domingo.

que aquí del límite salen.

Poco las noblezas valen

porque pocos usan dellas.

Vanse y salen a la ventana doña María y Ángela.

Doña María.

¿Qué te parece el desprecio

de Cristóbal?

Ángela.

Caso extraño.

Doña María.

Tan notorio desengaño,

amiga, no tiene precio;

mas la venganza aseguro

tan grande sin razón vale

que al agravio en todo iguale,

pues poco en ello aventuro.

Ángela.

Pues lo que puedes perder

en el suceso pasado,

antes, señora, has ganado,

si tomas mi parecer,

que otra mujer principal

cuanto en la ciudad vale

amor, a quien no la iguale,

sino es darle muy mal

don Pedro, a quien se merece;

si fue aguardar casamiento,

esto es lo que me parece.

Doña María.

Siento el verte con pasión.

Poco de amor considera

el amante que no espera

halle el enojo perdón.

Pang. 13

Doña María.

en los casos parecidos

al que ven mis pensamientos

Cristo, mil juramentos

pero muy pocos cumplidos.

Siempre el jugador picado

promete dejar el juego,

pero vuelve a jugar luego

de su pérdida incitado.

Diego.

De la ceguedad me espanto,

si te pica el jugador,

vuelve.

Don Martín.

Pues si juega amor,

¿hay juego que pique tanto?

Sale Cristóbal.

Cristóbal.

Perdido de celos vengo

a la calle desta ingrata

que sin duda no me mata

porque en el pecho la tengo.

Y cuando quiere, cruel,

darme ya el fin que sospecho

cesa de ofender mi pecho

por no morir ella en él.

¡A poderoso interés!

¿Cómo muestras tus rigores?

Pues que si el rapaz amor

puso su fuerza a tus pies,

¿qué, por pobre me desprecia

siendo su amante primero,

y que solo por dinero

a don Pedro estima y precia?

Mas, ¿en qué me cuido, loco,

si me dice mi dolor

que no se estima el valor

si en él no es animal celoso

a puertas, a duras rejas,

duras como brutos dueños,

por quienes mi bien pequeño

mas ella escucha mis quejas.

Don Martín.

Este es Cristóbal sin duda.

Cristóbal.

Viene el traidor a vengarme.

Esta pretende culparme

Don Martín.

Cuando el interés la muda

¿quiere aguardar a que llame?

Cristóbal.

Quiere aguardar a que llegue.

No es bien que el amor me ciegue.

Don Martín.

No es bien que el amor me inflame.

Cristóbal.

Amo, llega.

No me llama.

Don Martín.

Pues lo que espero

¿qué espero?

Cristóbal.

Llamo, no.

Llego, no quiero.

Pues necio galán y dama

Don Pedro.

Aquí le tengo de hallar.

Sin duda la calle es esta

de ingrata que no me basta

el querer y porfiar.

Sale don Pedro, y Pierres.

Pierres.

Siempre en su calle pasea.

Cristóbal.

No es bien que en hallarle dude,

Don Pedro.

pues que puesto a su calle acude

que esto sufra

Pang. 14

Don Pedro.

Cierta que esto vea.

Don Pedro.

Que ella a la ventana esté.

Pierres.

Que a la ventana esté ella.

Cristóbal.

Ay, no os canse, cuando vella.

Don Martín.

Pues ofendiste mi fe,

Don Pedro, es burla de mí.

Sin duda se llega a hablar,

el daño quiero escusar,

pues también la causa di;

a Don Pedro le daré

favores, porque se aplaque,

que después con gran achaque

mejor me disculparé.

Pierres.

Si es que ha de haber cuchilladas,

prevengámonos primero;

lleguemos a este barbero,

amolémos las espadas,

que la del perrillo es buena,

que se ve por varios modos.

Don Pedro.

¿En qué?

Pierres.

En que los perros todos

llegan a mearse en ella.

Don Pedro.

Hidalgo, mucho me admira.

Cristóbal.

La cólera reportad.

Don Martín.

Don Pedro, señor, mirad,

reportad la injusta ira,

no os pongáis en ocasión,

que por amor de mí,

pondréis el peligro aquí,

las cuerdas del corazón.

Don Pedro.

Pues Don Pedro, vuestra vida,

a quien ofendéis tales,

no huye por bien los males,

claro, que visto el peligro le convida,

ha vuelto a tal maldad.

Pierres.

Aquí tengo de morir,

no temáis verme reñir.

Don Martín.

Ingrato, pues lo temo.

Don Pedro.

No me cause mayor llanto.

Cristóbal.

Que dos mancebos con Dios,

que yo solo estoy, no me voy

de mí, porque os reís tanto,

todo hoy me andáis persiguiendo.

Don Pedro.

Con Pedro, ¿qué me queréis?

Vos, no sé qué pretendéis

ahora que no os entiendo,

pues conmigo os igualáis.

Cristóbal.

Pues ¿no soy, si lo advertís,

como vos, yo?

Don Pedro.

Mentís.

Pierres.

¡Ay!

Meten mano.

Cristóbal.

Con la espada no agraviáis.

Don Martín.

A quien la muerte se diera...

¡Auxilio!

Salen Don Andrés y Don Juan.

Pierres.

¿Cómo, tantos para uno?

Don Andrés.

¿Con Don Pedro?

Don Juan.

Sí.

Don Andrés.

Pues muera.

Pierres.

Ahora sí llegaré.

Don Andrés.

Llegad y acabemos presto.

Pang. 15

Sale Dom. pastor a un hom[br]e que oye esto.

Cristóbal.

Hacernos.

Sale Justicia y Criados.

Justicia.

Afuera, atended, ¿qué es esto?,

Don Pedro.

¿Qué puede ser?

Justicia.

¿Quién pesadumbre os ha dado?

Prenden y atan a Cristóbal.

Cristóbal.

Prendedle.

¿Y al agraviado

se suele, Señor, prender?

Justicia.

Vos tenéis atrevimiento

para echar mano a la espada

con Don Pedro.

Cristóbal.

El alma honrado

es el honor el cimiento,

y como el onor perdí,

pena de aquesta manera,

que todo el sentimiento era

en este yerro caí.

Don Pedro.

¿Conmigo os igualáis vos?

Cristóbal.

¿Cómo, Señor, no prendéis

al que es más culpado? Veis...

Don Pedro.

Dejadme, ¡que vive Dios...!

Don Juan.

Detente, hijo,

bueno está.

Señor Don Pedro, que estoy

yo por medio.

Doña María.

Muerta soy.

Cristóbal.

Perdida la ley está

que no ha de aver para un rico

justicia siendo culpado.

Justicia.

Hombre, calla.

Cristóbal.

¡Cielo ayrado!

Don Pedro.

A castigarle me aplico.

Domingo.

Que esto la tierra consiente.

Don Pedro.

Villano, pues ¡vive Dios!

Cristóbal.

Soy tan bueno como vos.

Dale una bofetada.

Don Pedro.

Toma.

Cristóbal.

¡A, perro!

Don Juan.

Asidle.

Uno.

Tente.

Domingo.

¡Vive el cielo, que hay mal echo...!

Don Juan.

No mováis otro alboroto.

Cristóbal.

No hubieras, mi pecho roto,

no hubieras abierto el pecho,

pues cobarde a un hombre atado

ansí la opinión se gana.

Línea tachada: quitase de la Ventana

Pone D. Mar. a Cristóbal a su lado. Vanse los dos.

Cristóbal.

¡Ay, Cielos, que aquesto veis!

Justicia.

No procedáis como sabio,

Cristóbal.

Que oy de tan grande agravio,

con la vida me paguéis.

Don Pedro.

Su proceder lo ha causado.

Cristóbal.

Que ande la verdad a escuras,

Pierres.

¡Por Dios que trae erraduras!

Justicia.

Señor, el que me ha fiado,

a la cárcel se le aplica

sin contra vos el proceso,

que al fin el tenerle preso

buena culpa califica;

mas es bien que esto se cubra

y de haceros amistad.

Pang. 16

Don Andrés.

No hay quien en la mocedad

sus aceros no descubra.

Ni un miñón se ha de igualar,

Prin.

señor, con los caballeros.

Justicia.

Que un miñón

le ofendiera,

aquí no se ha de tratar;

aunque por descomedido

era justo castigar.

En más pretendo agradaros,

que hagáis las paces os pido.

Cristóbal.

Desta suerte llego a verme.

Yo he presumido ansí en vano.

¿Y queréis tomar la mano

vos, sí, en ofenderme;

no advertís en mis pasiones,

señor, que quiso dejarme

la obligación de vengarme

escrita en cinco renglones?

Pero echad en todo el resto,

dos manos tengo, escucha,

aquesta mano tomad,

que en el carrillo me han puesto.

Ved, que no se juega aquí;

pedidme la mano en vano,

pues gano por la mano,

lo que de mi honor perdí.

Falta ser herido yo,

y aquesta mano creed,

que hizo mi rostro pared,

donde mi agravio escribió,

como si yo no sabía,

queréis que entre mis fortunas,

dejéis que cinco colunas,

donde se fundó mi agravio,

solo se aumenta mi pena,

que ya del límite pasa,

queréis que de aquella brasa

aquí con la mano ajena

muy mal me tratáis, a fe.

Ya las afrentas pasadas,

si me las tenéis atadas,

¿qué mano queréis que os dé?

Justicia.

¿No sabéis que no hay afrenta

delante de la justicia?

Cristóbal.

Esa es fundada malicia;

mas esta deshonra aumenta,

no me deis ese consuelo;

¿no veis que por cosa clara

que tengo escrito en mi cara

todo el libro de mi duelo?

Justicia.

Yo alivio afrenta mía,

honor que tanto se estima.

Cristóbal.

Que poco su honor estima,

señor, quien de otro se fía;

pero si de mi venganza

el honroso fin aguardo,

¿por qué en dar la mano tardo,

si así críe mi esperanza?

Don Andrés.

Y aquí ha de acabar.

Cristóbal.

¿Por qué la culpa me dais,

si a cargo mi honor tomáis?

Pang. 17

Justicia.

Ya la mano os quiero dar,

desatadle, y de la cruz.

Don Pedro.

Soy su amigo.

Domingo.

No me agrada.

Cristóbal.

Yo lo soy.

Justicia.

Dadle su espada al punto.

Cristóbal.

Beso los pies.

Domingo.

No ha sido advertencia honrada

en estar aquí delante.

Don Juan.

En todo sois arrogante.

Domingo.

si hiciera, don Juan, a fe

que en otra parte mejor os lo dijera.

Don Juan.

¿Qué error?

Domingo.

Seguidme, y callad.

Don Juan.

Sí haré.

Justicia.

Quedad con Dios.

D. Fad.

No iréis.

Centinela.

Resulta más agraviado

que en el encuentro pasado.

Vanse todos, y queda Cristóbal solo.

Cristóbal.

calle, que fuiste testigo

de mi injuria y de mi afrenta,

paredes que, pues oís,

sabéis ya todas mis penas,

qué os parece de mi pena,

qué dais por respuesta,

casa de mi dueño, ingrata,

mudas y cerradas puertas,

a quien vio doña María,

a los hierros de estas rejas,

todos los yerros que hice,

y que aquesta vista me cuesta,

y que en aqueste punto mismo

me acometió, y luego llegan

padres, criados, parientes,

y como a toro me cercan;

asió de mí la justicia,

unos dadle, y otros muera,

atáronme entrambas manos,

mas fueron locas las cuerdas;

no prendieron a don Pedro,

que es rico, y tiene hacienda,

la vara de la justicia

mueve el oro como pesa;

yo soy pobre, y desdichado,

sin padres, y sin hacienda,

yerro de los hombres ricos

luego se cubre con tierra;

quiso enojarme furioso,

ofendióse con soberbia,

y el arcabuz de su ira

dio en mi rostro la respuesta;

quiso forzar a mis males

el eco a mis tristes quejas;

poco hice, estaba atado,

y soy su amigo por fuerza,

hanme dejado en la calle

porque me queje a estas piedras.

Pang. 18

Cristóbal.

Doy voces, no ay quien me escuche,

lloro, no ay quien se enternezca,

y a un tiempo me atormentan,

afrenta el cuerpo y el alma mil sospechas;

antes que de nuebo el sol

alumbre aquestas riberas,

y antes que coja su manto,

corrida la noche negra;

a de morir a mis manos,

porque me pague la afrenta.

Montes ay en Cataluña

que me escondan en sus peñas,

por el Cielo que nos mira,

y por Dios que nos sustenta,

por su pasion que alabo,

y aquella noche efimera,

por su Madre pura y Virgen

que en el Cielo empíreo Reina,

cuya deuocion estimo

por mi amparo y mi defensa;

que he de vengarme de todo.

A Dios, Barcelona toda,

madre donde yo naci,

para que dejaros sienta;

a Dios, mujer enemiga,

cuyas mudanzas me cuestan

tanto, y a mi el santo Cielo

sufrimiento en tanta ausencia;

pero ahora me enternezco.

Con amorosas querellas,

a blasfemo del amor

que promete y tarde premia;

que ya llega la noche,

preuinireme y dare bueltas,

que he de beuer de su sangre,

a pesar de la soberbia.

Ruego al Cielo que a mis brazos,

si no me vengare muera,

y rebolcado en mi sangre

quede muerto entre la yerba;

dejarle entre los dientes,

si las manos no aprouechan,

y del reues a la punta

saldra la espada sangrienta;

reuolcarele en el suelo,

sacare el alma, y con ella

el amor de aquesta ingrata,

que cuanto me desprecia,

a un tiempo me atormentan,

afrenta el cuerpo y el alma mil sospechas.

Vase y sale Ramon y Domingo.

Ramón.

Fuy por tan seuero ceño

de mi señor Marques,

Domingo.

Viue el Cielo, que senti

ver tan grande sin razon,

y algo aquella erida de Don Juan.

Ramón.

No sera nada,

que no entro mucho la espada,

no peligrara su bida.

Pang. 19

Domingo.

Mas con todo será bien,

que temprano os acostáis,

buenos consejos me dais.

Ramón.

Y he de seguirlos también.

Don.

Hay vuestra casa entrad,

Ramón.

la sinrazón me movió.

Domingo.

La queja se pasó,

Don.

estimo vuestra amistad.

Vanse y sale Don Pedro y Pierres y músicos.

Don Pedro.

Esta es la calle, cantad,

ya os digo que no quisiera

que mi padre lo supiera,

de esto advertidos estad,

que por lo que ha sucedido

Pierres.

será notado el salir de casa

hartos de reñir.

Al sereno hemos venido,

no entiendo su intento a fe.

Don Pedro.

Sin duda estás sin sentido,

de mi padre es el vestido

de su retrete saqué,

que es el que ordinariamente

de noche suele sacar,

y no me habéis de nombrar,

que a mi intento es conveniente,

ponte tú en aquella esquina.

Pierres.

Apartarte de mí quieres.

Don Pedro.

Ya de temeroso mueres.

Pierres.

Qué desgracia peregrina.

Don Pedro.

No me he de apartar de ti,

¿no quieres dejarme?

Pierres.

No.

Don Pedro.

A aquella esquina.

Pierres.

Yo,

venga aquella esquina a mí.

Don Pedro.

Ea, a la una no seáis necio.

Pierres.

Claro estoy de temor,

falta que de mí se ría.

Don Pedro.

Siempre has de hacer menosprecio

quien y sabe.

Pierres.

Sí, señor.

Don Pedro.

Válgame la Trinidad,

de esa esquina cantad,

dando muestras de mi amor.

Cantan.

Músicos.

En la noche muda y triste

enemiga cuanto hermosa,

vivo en justo desdén, y

el alma afligida llora.

Escuchad mis ayes tristes

por causarlos los dichosos.

Cantaré el principio y causa

de mis penas y congojas.

Pierres.

Sabe Cristo,

válgame santa,

que se hiela.

Y prosiguen cantando.

Músicos.

Del aljófar de esos dientes

adonde los cielos forjan

una casa de coral

que las perlas la escondan,

a vuestros rubios cabellos

que todo el oro atesoran,

todas mis penas nacieron,

y canto al son de estas arpas.

Pang. 20

Músicos.

Vivas largos años, zagala hermosa,

aunque muera de celos, con dicha corta.

Pierres.

Válgame el ángel San Blas,

del cura de la parroquia

el gallo de la Pasión,

del río de San Cristóbal,

que lo que busca esta gente

aquí ha llegado mi tía.

Quiero llegarme a los míos

para que ellos me socorran.

Cristóbal.

No es ninguno destos hombres,

¡ay, enemiga engañosa!

Músicos a su ventana.

Don Pedro.

¿Qué es aquesto? ¿Dónde tornas?

Pierres.

Un aire pestilencial

que entra por aquella boca

de calle, me hace que vuelva.

Don Pedro.

Malo.

Pierres.

Síguele la ropa.

Don Pedro.

Vuelve, necio.

Pierres.

Ya vuelvo.

Cristóbal.

Bien es que aquí me disponga

a aguardar a mi enemigo.

Pierres.

Escucha, que a cantar torna.

Cantan.

Músicos.

Vivas largos años,

zagala hermosa,

aunque muera de celos

con dicha corta.

Sale Don Andrés, disparado.

Don Andrés.

Que un día que ha reñido,

vuelva mi hijo a esta calle

para salir a buscalle,

tras ese propio vestido.

Sin duda a mí se ha vuelto

para salir, yo lo creo.

Cristóbal.

No es Don Pedro este, que veo.

Don Andrés.

A vengarme estoy resuelto.

Cristóbal.

A huir de aquí me voy,

quedad con Dios, Barcelona,

que así mi intento se abona.

Muere.

Don Andrés.

¡Jesús, muerto soy!

Cristóbal.

El huir es conveniente.

Vase.

Pierres.

¡Jesús!

Don Pedro.

¿Qué es esto que ha sido?

Sale la justicia y criados.

Justicia.

¿Qué voces estas he oído?

Reconoced esta gente.

Criado.

Aquí está un hombre tendido.

Pierres.

¡Ay, arriba, un hombre han muerto!

Criado.

Este es Don Andrés.

Justicia.

Es cierto.

Criado.

Con la voz le conocía.

Justicia.

¿Qué gente?

Don Pedro.

Don Pedro y...

Justicia.

A tanto caso llegad,

y a vueltas deste mirad.

Pang. 21

Don Pedro.

Que está muerto a vuestros pies.

Justicia.

¿Qué decís?

Lo que pasa.

Don Pedro.

¡Ay desdicha semejante!

Criado.

Quedo, señor, no se espante,

que yo sé quién le mató.

Justicia.

Lo que supiereis decid.

Don Pedro.

A mi padre desdichado,

Criado.

pues el que muerte le ha dado

es Domingo Velázquez,

por una aleve pasión,

y estando yo presente

escuché que injustamente

le amenazó, y sin razón,

de noche, después que había

de hablarle de lo que digo.

Don Pedro.

Don Juan será buen testigo.

¡Triste suerte, infeliz día!

Justicia.

Luego a su casa llegad.

Don Pedro.

Sin duda la prueba es cierta,

pues de su casa es la puerta

la que miramos.

Justicia.

Llamad,

y pues cierto el daño está...

Dentro Domingo.

Domingo.

Sufra mil muertes y enojos.

¿Qué grita es esta, qué voces?

Criado.

¡Ah de casa!

Domingo.

¿Quién va ahí?

Criado.

¡Oh, qué inocente se hace!

Justicia.

Grande andó su malicia.

La justicia, abrid aquí.

Domingo.

Aguárdense, que me calce.

Líneas tachadas: Sin duda de la herida que esta tarde a don Pedro di, cuando en el campo reñí, está a peligro su vida, y me vienen a prender solo por este reencuentro, mas si yo en la cárcel entro qué muerte he de perecer.

Don Pedro.

Abrid aquí.

Domingo.

Don Pedro es.

Bien digo yo que es su amigo,

que a librarme me obligó,

pues me va tanto interés.

Justicia.

Derribad luego esas puertas.

Domingo.

Aguarde, don,

hágaseme más merced,

que luego las verá abiertas.

Váyase.

Justicia.

Sin duda que es el culpado,

que claros indicios son

su notable turbación,

pues no osó hablar de turbado.

Criado.

Quedo, ya bajan a abrir.

Don Pedro.

Bien, que el suceso espere.

Sale Domingo con espada y rodela.

Domingo.

Entre ahora quien quisiere,

y yo ya quiero salir.

Pang. 22

Justicia.

Prendedle.

Domingo.

Guardo mi vida.

Justicia.

Muerte le dio.

Comisario.

Pues se ve que se resiste.

No afee.

Don Pedro.

Solo le di una herida.

Si de esa herida murió,

vanos son esos desvelos.

Comisario.

Cierto fueron mis recelos.

Justicia.

Prendedle.

Criado.

Muera.

Domingo.

Eso no.

Justicia.

Con él por un lado cierra.

Domingo.

Poco importa el pelear,

quiero mi vida guardar

y asegurarme en la sierra.

Don Pedro.

Esto su traición abona.

Criado.

Muerto,

Cierra.

Don Pedro.

infeliz suerte.

Para mí se ha dado muerte

el miñón de Barcelona.

Fin a la primera jornada.

Jornada segunda

Pang. 23

Salen Cristóbal y Jayme, de bandoleros.

Cristóbal.

Altas montañas frías,

coronadas de nieve,

que se derriba a llano derretida,

lleno valle que crías

el laurel que se debe

a Apolo por su Dafne convertida,

verde yerba florida,

arroyuelos vistosos

que corréis temerosos,

fuentes de risa llenas

que por abiertas venas

sangráis el llano en cantos sonoros,

altos peñascos y elevadas cumbres,

las nubes os sirven de techumbres,

y Cristóbal Grapolaque,

vengado de su afrenta,

en oscuras cuevas busca su morada,

de donde no le saque

el rey que que se aumenta

un ánimo en los filos de una espada,

tú, sierra levantada,

que a alta los cielos subes

con follaje de nubes,

con adargas de yelo.

Pang. 24

Cristóbal.

que conquistan el Cielo

temerosas de ver obras querubes

que con espadas santas

como en Babel derriban otras plantas

guardad el cuerpo mío

yo quiero nombrar guardas

aunque parezcan locos desatinos

mi espejo será el río,

y serán alabardas

los bien sacados troncos destos pinos

estos robles vecinos

que con ñudosos lazos

forman piernas y brazos

serán hombres que unos

armados de sus hojas

amarillas y verdes a pedazos

y aunque toquen silvestres aves mudas

por velar hagan ojos de sus ñudos

para mayor contento

esta vega mi alfombra

bordado con acanto y maravillas

esta cueva aposento

estos mirtos la sombra

copas para beber estas orillas

las simples avecillas

con tonos diferentes

músicas aparentes

mil perlas y bordados

carambolos helados

como racimos del laurel pendientes

que en el otoño uvas si me agradan

serán las hojas que en las fuentes nadan

estas matas espesas

se darán por columbre

caza y si con cazar la pena pierdes

las peñas, lisas mesas

estas varas la cumbre

y yedra bella los manteles verdes

y cama que remede

a cuando hubiere dormido

las fuentes su ruido

para mullida cama

tendrás la humilde grama

que el algodón contrahace en mudo olvido

estos regalos en el alma estampo

a la noche tendrás cama de campo

que pide en el suelo

si la vega se esmalta

y tiene por bordado pavimento

estrellado cielo

mas una cosa falta

que más es menester y que más siento

que todo ese contento

es bien que te dé espanto

pues que te guardas santo

del peligro futuro

que estás aquí seguro

pues reliquias no tienes de algún santo

que puestas y guardadas en tu pecho

quedes de su custodia satisfecho

Jaime.

De que Cristóbal nace

Pang. 25

Jaime.

ahora de tristeza,

cuando estáis tan vengado de don Pedro.

Cristóbal.

Poco me satisface

esta muda aspereza

que cerca está de aquel divino cedro

que con flores la empiedro;

que al fin temprano, o tarde,

es bien que me acobarde,

pues no traigo en el pecho

cosa de algún provecho

que el corazón divinamente guarde,

mas ¿qué mayor reliquia en tal abismo

puedo tener conmigo

que a Dios mismo?

En esta santa ermita,

toscamente labrada,

que a los vientos parece que se humilla,

aunque el temor le quita

esta sierra empinada,

donde al nacer del sol se levanta y brilla,

a quien baña esta orilla,

que es justo que se note,

acude un sacerdote,

que de mi bien me avisa,

continuo a decir misa,

yo quiero, aunque la razón me alborote,

cosa que solo a él es reservada,

hurtar la hostia estando consagrada.

Jaime.

Tal un hombre imagina

notable pensamiento.

Cristóbal.

Con causa justa puedes asombrarte,

pues ya se determina

mi alma a este intento,

que ¿quién mejor que Dios podrá guardarme?

No pongas otra duda,

que solo el que se ayuda

con el clérigo viene,

que a dar luz previene

la misa santa, el alma queda muda.

En la sierra no hay hombre que me asombre,

que no huyo ni descubro un hombre

ea cobarde miedo,

deja el pecho libre.

Jaime.

Confieso que estás determinado,

persuadirte no puedo,

pues no temes que vibre

sus rayos Dios y mire tu pecado.

Cristóbal.

De temor voy helado,

no es bien que me prediques

ni el mal me pronostiques,

pues es muy justo que tema

de la deidad suprema,

por que el miedo en mi pecho multipliques,

entra en la ermita.

Jaime.

Voy temeroso.

Cristóbal.

Ladrón del sacramento voy medroso.

Pang. 26

Vanse, y salen don Pedro y don Juan.

Don Juan.

Al fin por la pendencia que he contado,

de que quedé igual, veis, con una herida,

Domingo el aragonés huyó engañado,

y arriesgose, hacienda con la vida;

que de repente, viéndose cercado

de la gente llamándole homicida,

pensó que era muerto, y por la armada

gente, camino abrió su limpia espada.

Sin duda ha sido verdadero engaño,

don Pedro, el que hasta ahora habéis tenido;

pues os puede servir de desengaño

ver que en toda la noche había salido.

Don Pedro.

Hizo la resistencia por su daño,

pues, soberbio y atrevido,

a tres hombres dio muerte en la pendencia,

no se ha visto jamás tal resistencia.

Dícenme que en el monte, bandolero,

se ha hecho por temor de la justicia.

Don Juan.

Siento su mal, a fe de caballero,

pues no sentirlo en mí fuera malicia.

Don Pedro.

Que gran lance, que le dio muerte, y infiero,

cuando con él se vio tal sin justicia,

que ciego del amor que ha tenido,

la mano en él, que por mi mal ha sido.

Mas con todo se aumenta mi tormento,

al gusto regocijos y alegría,

con aqueste tratado casamiento.

Don Juan.

Merece tanto bien doña María,

Don Pedro.

aunque tuvo contrario pensamiento,

ha vencido mi amor y mi porfía,

esta es su casa, entrad, pues que sus ojos

me miran ya sin lágrimas y enojos.

Vanse, y sale Cristóbal con el Sacramento.

Cristóbal.

No puedo el paso mover,

confuso estoy y afligido;

válgame Dios, ¿qué he de hacer?

En la ermita me he perdido,

y así no acierto a volver.

Un Cristóbal, señor mío,

os lleva, de vos confío

que por tan notable caso,

con vos otros montes paso,

como el otro pasó el río.

Señor, salgamos los dos,

mas, ¡qué mal podemos ir

vos conmigo y yo con vos,

si al fin no queréis salir

conmigo, Cuerpo de Dios,

a dar un paso no acierto,

grande fue mi desconcierto

dejar la puerta a fe mía,

llave de la sacristía,

¡ay de mí!, cerrado asisto.

Si he de quedar encerrado,

mas cómo pudiera entrar.

Pang. 27

Cristóbal.

ha estado, estoy engañado,

por aquí voy al altar.

Confuso estoy y admirado,

triste fortuna cruel,

que mi muerte solicita,

laberinto hacéis la ermita,

que no acierto a salir dél.

Mil culpas he cometido,

bien sé que, culpado, huido.

Piadoso conmigo andáis,

porque sin duda gustáis

que ande siempre retraído.

Cuando llegó sobre Atenas

Epaminondas, temieron

los atenienses sus penas,

y en retrato pusieron

pendientes de las almenas.

A placaros, y pues está

claro que os enojará

mi pecado y mi mal trato,

mostraré vuestro retrato,

y quizá os aplacará.

Vos, santos divinos Apeles,

a vos mismos os retratáis

con aficiones tan fieles;

la color fue los claveles,

y vuestros dedos, pinceles.

Sale Jayme.

Jaime.

Cristóbal.

Cristóbal.

Ese es mi nombre

y no es justo que me asombre,

porque si el otro al pasalle

niño no quiso llevalle,

¿cómo he de llevarle hombre?

Jaime.

¿No sales?

Cristóbal.

Si tengo en mi vida,

no está la puerta cerrada,

Troya es de mixto tejida,

que tiene fácil la entrada

y difícil la salida.

Jaime.

Abierta está, ¿no la ves?

Cristóbal.

Ya lo veo.

Jaime.

Vamos, pues.

Cristóbal.

Pocos fueran mis enojos,

si adonde miran mis ojos

pudiera guiar los pies.

Jaime.

Ven tras mí.

Cristóbal.

Tras ti voy.

Jaime.

Pues así a quejarte das.

Cristóbal.

Perdido en la ermita estoy.

Jaime.

Dame la mano y saldrás.

Cristóbal.

¿La mano?

Jaime.

Sí.

Cristóbal.

Ya la doy,

por el cielo soberano,

que te dé muerte, villano.

Pang. 28

Jaime.

Vente.

Cristóbal.

No fue de malicia

e imaginé que la Justicia

me pide otra vez la mano.

toma

Jaime.

Conmigo saldrás.

Cristóbal.

Un monte en cada pie llevo.

Jaime.

Acaba, caminarás.

Ya salimos.

Cristóbal.

Caso nuevo.

Jaime.

Fuera de la ermita estás.

Cristóbal.

¿Es posible que he salido,

que piadoso el cielo ha sido,

cuando no tengo disculpa?

Todo pienso que me culpa

por el yerro cometido.

Holgaréme si escurece,

y a la noche solicito;

mal el día me parece,

que el que ha hecho un gran delito

siempre la luz aborrece.

¡Ah, si la noche llegara,

que de penas le quitara

a mi loca fantasía,

que la claridad del día

hace mi culpa muy clara!

No oso levantar los ojos,

que les ha puesto el temor,

y a mis nublados antojos,

como al siervo que al señor

le causó algún enojos.

Mas con todo me parece

que ya el ánimo en mí crece

con el galardón que alcanza;

ya mi suave esperanza

con mil flores reverdece.

Jaime.

Cristóbal, contento estoy,

Cristóbal.

pues, ¿qué puedo pedir más?

Jaime.

Ya que en el monte nos vemos,

di, Cristóbal, ¿qué haremos?

Cristóbal.

Mi industria ahora verás;

mas, ¡ay de mí!, que el amor

no deja que esté contento;

celoso de un disfavor,

inmensos temores siento,

que no hay amor sin temor.

Amigo Jaime, perdona,

y mi nuevo intento abona.

Jaime.

Di, ¿qué procuras?

Cristóbal.

Quería

que antes que pasase el día

partieses a Barcelona,

ansí el dolor que me mata

podrá consuelo tener,

pues airado me maltrata.

Visita aquella mujer

tan hermosa como ingrata,

Pang. 29

Cristóbal.

Pregunta qué ha sucedido

del yerro que he cometido,

a quien fue causa el amor,

y si para más dolor

dará su tirano olvido.

Dirás que pague la fe

que debe a mi amor constante,

y que la perdonaré

haber sido inconstante.

Con que de celos me de

no eres allá conocido,

ni delito cometido

por donde verla no puedas,

y así por mí bueno quedas,

si haces lo prometido.

Jaime.

Quiero partirme a agradarte.

Cristóbal.

Dame los brazos, amigo,

quien pudiera acompañarte.

Mas con el alma te sigo.

Jaime.

¿Y adonde tengo hallarte?

Cristóbal.

Si eso solo se desvela,

parte sin recelo, vuela.

Jaime.

Al punto me partiré.

Cristóbal.

Pues en la Venta estaré

que llaman de Pimpinela.

Vase.

Jaime.

Adiós.

Cristóbal.

Él vaya contigo.

No hay mayor bien que un amigo,

si es perfecta una amistad

vas con más seguridad.

Del monte la senda sigo,

este es el camino y quiero

antes que suba a la sierra

aguardar un pasajero,

que por vida de la tierra

que no reina en mí el dinero.

Gente parece que suena

y a mi remedio se ordena,

pues dármelo el cielo quiso,

desde el cerro los diviso,

muchos son, no me da pena.

Quiero sacar mis gorrillas

como suelo, y coronar

las retamas amarillas,

que el deseo de robar

puede hacer maravillas.

Por las ramas escondidas

y en los troncos repartidas

personas parecerán,

y los que vienen darán

o la hacienda o las vidas.

Ya no tengo que temer,

agora aunque solo quede

y más vinieran, hacer

que lo que fuerza no puede.

Pang. 30

Salen y caminan.

1.

Y la industria ha de poder,

largas leguas, a fe mía.

2.

¿Qué mal el que las medía

midió si las midió alguno?

Cristóbal.

Quedo, no salga ninguno

de toda mi compañía,

la que viene es gente honrada,

y dará luego el dinero,

no repararán en nada.

Jayme, Antonio, compañeros,

1.

deténgala, camarada.

2.

¿Posible es que no te enflemas

de cólera y no le infamas?

1.

Por Dios, que son unos fieros.

Si hay quinientos bandoleros

metidos entre las ramas,

esos gozques vienen o de dos

o uno de pistolas faltos,

no los veis entre los senos,

pues antes son los altos,

que también habrá pequeños.

Cristóbal.

No se aflijan, caballeros.

Nayde de mis compañeros

ha de salir a robar,

que nayde ha de peligrar

sino solo los dineros,

que aunque todos hombres son

de tanto valor y brío,

por mi industria y opinión

a los compañeros míos

los traigo yo en el zurrón,

nunca de mi gusto salen,

y hago que no se señalen

cuando aplicarlos me obligo,

que porque vienen conmigo

ganan más de lo que valen.

Manifiesten la moneda,

1.

que aplacar un hombre puede

tanto, su valor le abona.

Cristóbal.

No se menee persona;

2.

toda ánima se asegura.

Las capas y las espadas

aquí a tu servicio están.

3.

Oh, qué enojados están.

De vernos, dan carcajadas,

fieras armas humillas,

con notables maravillas.

Cristóbal.

No miren con atención,

hagan cuenta que no son

más de los caperucillos,

y no estén temblando así.

1.

Y el dinero.

2.

Veslo aquí,

las vidas hay de dejar.

Cristóbal.

No tienen que se guardar

de nayde más que de mí,

ea, que el dinero han dado,

no salga ningún soldado.

Pang. 31

Cristóbal.

que yo lo repartiré.

Ea, hidalgos, váyanse.

1.

Vive Dios, que hay hombre honrado,

Cristóbal.

bien pueden aviso dar

que yo miraré por mí,

si sale todo un lugar

y otros que están aquí,

ninguno ha de peligrar

no les parezca importuno

no ha de peligrar ninguno

que por diferentes modos

de un mesmo paño son todos.

Y valiendo cada uno

al mundo no temerán,

ni caso terrible y fiero,

tampoco recelarán

que si viene el mundo entero,

pechos dobles estarán,

todos son hidalgos nobles,

armados de pechos nobles,

que si por las asperezas

vende fiera las cabezas,

corazones son de robles.

2.

Toda aquesta valentía.

Cristóbal.

Creo dellos

y pensar

lo que hay, por vida mía,

ya bien pueden pasar,

aguarde mi compañía,

Jayme, no deje llegar

a nadie, cincuenta escudos

hay para partir y dar.

3.

Todos te hemos de ser mudos.

Vanse los caminantes.

Vase.

Cristóbal.

Que nadie ha llegado a hablar.

Fuéronse; ¡ea, soldados!

ya son, no estén empinados,

den luego vuelta al cañón,

háganlo como quien son,

pues me dan estos cuidados,

bien puedo estar arrogante,

pues no hay cosa que me espante,

que llevo no quiero más;

trescientos hombres atrás,

y todo el cielo delante.

Salen Domingo, Ramón y bandoleros.

Ramón.

Esto es verdad.

Domingo.

Caso fuerte,

vino don Juan.

Ramón.

No se engaña,

su voluntad.

Domingo.

Que no es muerto,

y que ausente de mi patria

vivo, Ramón, engañado;

mi infeliz suerte lo causa.

Ramón.

Yo vengo de Barcelona,

y sé en ella lo que pasa;

el muerto fue don Andrés,

Pang. 32

Ramón.

a quien su lengua amenaza

el día de aquella noche

que sucedió su desgracia,

antes pienso que don Juan

muestra su nobleza clara,

pues de su ofensa se olvida,

quiere volverse a su gracia.

Domingo.

Eso es imposible ya,

que mi delito adelanta

la resistencia que hice,

pues quedaron por mi espada

algunos muertos, y creo

que, fulminada la causa,

correrá riesgo mi vida

si a Barcelona, mi patria,

deseo amigos volver,

y así queriendo hacer casa

de estos montes, y vivir

pues tal gente me acompaña,

de robar los pasajeros.

Simón.

Y los demás camaradas

que de saltear vivimos

de ordinario a los que pasan,

por capitán te elegimos,

que tu valor nos declara

tus altivos pensamientos.

Ramón.

Mucho publica su fama

en estos montes, de robar.

¿Qué dirá de ti tu patria

Barcelona?

Domingo.

Mi valor

en las lenguas de la fama.

Hurtar es cosa tan digna

de gente ilustre e hidalga,

cuantos verás por ejemplos

de las historias pasadas.

Arsaces, rey de los partos,

fue academia en su casa

en que enseñaba a ladrones;

juzgo ciencia noble y rara,

pues ser arte liberal

del mismo nombre se jacta;

y no fue solo este rey,

que el rey Dionisio se alaba

de que por robar a un templo

los dioses por la mar alta

le dieron viaje alegre

y volvieron a su casa.

Viriato portugués

fue ladrón, dio guerra a Italia,

espanto solo dio a Roma

con mil ladrones de fama.

No agraviando a los presentes

que hacéis uno mil hazañas,

y por falta de cabeza

no habéis honrado la patria.

Pang. 33

Domingo.

El Emperador León,

que Coprónimo se llamaba,

robó una corona de oro

de diamantes y esmeraldas.

Mas ¿qué mucho, si los dioses

antiguamente robaban?

Mercurio, el dios de ladrones,

y robó toros y vacas;

Caco, hijo de Vulcano,

hizo cosas temerarias;

de Prometeo se cuenta

que hurtó a los dioses la llama.

Mas ¿de qué sirven ejemplos?

Sea de hacienda, de fama,

de gloria, de empeño, de honra;

¿quién no hurta, quién no engaña?

Los rayos hurtan al sol

la luna y estrellas claras;

hasta la muerte las vidas

muchas veces arrebata.

Yo tengo por imposible

volver, Ramón, a mi patria.

Yo he de vivir estos montes,

donde halle amigos y casa.

De hacerme vuestra causa

os queda el alma obligada,

y así, a cada uno ofrezco

por la vida vidas y almas.

Digo que el honor estimo

dese cargo de importancia,

como estimara el del César

si me eligiera Alemania.

¡Qué cargo, de un capitán

de una gente tan honrada!

No pienso que es menos noble

que el de la más fuerte armada.

Dadme todos esos brazos,

un amigo soy del alma;

que, si es leal un amigo,

por mil enemigos bastan.

1º.

Su valor nos da señales

de la nobleza que alcanza.

2º.

Su amigo soy.

3º.

Y yo juro

serlo hasta que la parca

corte el hilo de la vida.

4º.

Yo te ofrezco vida y alma.

Ramón.

Pues en el monte te quedas,

en él Ramón te acompaña.

Domingo.

No quiero el mal de mi amigo;

vuélvete luego a tu casa.

Ramón.

He de ser, no pongas duda,

testigo de tus hazañas.

Domingo.

Mal entiendes tú la vida

que en estos montes se pasa.

Dormir a la escarcha y yelo

Pang. 34

Domingo.

Con mil recelos, sin tasa,

con temor de la justicia,

las injurias de la fama,

sobresaltos y desvelos.

Ramón.

Ramón, vuélvete a tu casa,

digo, que por su amistad

estimo esta humilde grama

más que los ricos palacios

de Barcelona mi patria.

Yo he de quedarme contigo,

que persuadirme te cansa.

1.

Parece que suena gente.

Domingo.

Vamos, si hay que quitar.

No te quiero porfiar,

aguarda un poco, detente.

Apártanse. Sale Cristóbal solo.

Cristóbal.

Buscar qué comer deseo

en la venta Pimpinela.

3.

Llega, pues, que se recela.

Cristóbal.

Parece que gente veo.

2.

Bien es que la espada afiles.

Cristóbal.

Del trato son temerarios,

pues de cosario a cosario

solo llevan los barriles.

Pues yo me aventuro con ellos,

quedo aguardando, me están.

4.

¿Dónde va?

Cristóbal.

Y ellos, ¿do van?

¡Tengan!

4.

Deténganse ellos.

Cristóbal.

Buen modo de responder,

buen modo de preguntar.

Muy poco pueden ganar

conmigo, sino perder.

1.

Todo cristiano se aleje,

gracioso está, por mi vida,

para que quede con la vida,

como el dinero nos deje.

Cristóbal.

¡Por Dios, gentil majadero!

Gana tiene de jugar.

Véngole yo a saludar

y pídeme a mí el dinero.

2.

A nosotros.

Cristóbal.

Sí, que es no.

1.

Es sordo, que no me entiende,

ea, a la fe, ¿qué pretende?

Cristóbal.

No soy muchas veces yo.

Domingo.

¡Hola! ¿Qué es esto? Apartad.

Cristóbal.

¡Oh, qué gentil gurullada!

Ramón.

Pues todo no importa nada,

Señor Clasquerri, llegad.

Cristóbal.

Clasquerri, seguros van.

Domingo.

Que es muy valiente también,

hele visto hombre de bien

otra vez.

Pang. 35

Cristóbal.

Sí, capitán,

Domingo.

visto nos hemos los dos,

Cristóbal.

y más, sino que vos fuistes;

no digáis cómo me vistes,

que me agraviaréis por Dios.

De mi deshonra pasada

no quiero que me deis cuenta,

no me renovéis la afrenta

porque la temo avergonzada.

Domingo.

¿No sois, Frandaque...

Cristóbal.

Sí.

Domingo.

De su mal sois la ocasión,

pues por aquella cuestión

todo mi gusto perdí.

Esta amistad me debéis

en la sierra adonde estáis,

y con que de mí os sirváis

deseo que me paguéis,

que os soy muy aficionado.

Cristóbal.

Aunque en mi afrenta vistes

ese día que os perdistes,

tenedme por hombre honrado.

Domingo.

Por honrado aquí os tendré,

que estando atado, confieso

vuestro valor.

Cristóbal.

No por eso,

sino porque me vengué

de el traidor que me afrentó,

por derribar mi esperanza,

para tomar la venganza

aquella noche murió,

sabed, que yo le maté

de seguro, porque mi honra

se labrara así mejor.

Domingo.

Engañado estáis a fe,

don Pedro no es muerto.

Cristóbal.

¿No?

Domingo.

Yo lo vi luego a mis pies.

Sin duda fue don Andrés

que aquella noche murió.

Cristóbal.

¡Ah, efeto necio, extraño,

que de nuevo ahora me aflijo!

Domingo.

Con un vestido del hijo

salió y este fue el engaño.

Cristóbal.

¡Qué tal el cielo consiente

que ansí desterrado voy,

enemigo de quien no estoy

aun vengado de mi afrenta!

¡Ah, cobarde mano mía!

Ciegos y engañados ojos,

de noche tenéis antojos,

viendo la afrenta de día,

que no me vengue, ¡ah, cobarde!

Luego la espada volviste,

presto vengarte quisiste,

pero agora será tarde.

¡Enemigo desengaño,

que tanto daño me ofrece!

Si un desengaño entristece,

Pang. 36

Cristóbal.

no muriera yo en mi engaño,

pero el que me sirviera

estando engañado así,

¿ser honrado para mí,

si para nayde lo era?

Mejor es que mi deshonra

sepa con justa querella,

porque viéndome sin ella,

procure cobrar mi honra.

Domingo.

Amigo, no os aflijáis;

si queréis estar conmigo,

a que ayudaros me obligo.

Cristóbal.

Yo confieso que me honráis,

pero no he de ser soldado,

porque mal me estaría

sin honra en la compañía

de un capitán tan honrado;

andarme solo procuro

hasta que muerte le dé,

que sé que, aunque solo esté,

estoy de todos seguro;

seguro esta empresa sigo

y solo contento voy,

que sé que guardado estoy,

que, pues llevo a Dios conmigo,

conocedme por crïado,

quedad en paz y adiós.

Domingo.

Decís que Dios va con vos,

a fe que quedo admirado.

Cristóbal.

De vos estoy satisfecho,

y si como hombre discreto

me prometéis el secreto,

diré qué traigo en el pecho.

Domingo.

Nayde por Dios lo sabrá.

Ramón.

Espantoso enredo ha sido

por mi vida el sucedido.

Domingo.

De mí encubierto será.

Cristóbal.

Pues partirme determino;

ea, señores, adiós.

Domingo.

Guardeos el que va con vos.

Vanse todos, sale Pierre y Ángela.

Todos.

¡Hola, al camino, al camino!

Pierres.

Ya el casamiento se ha hecho

de don Pedro y tu señora,

tú, más que turco, traidora,

muestras de dïamante el pecho,

porque no quieres casarte

conmigo, que te merezco,

y ves el mal que padezco.

Ángela.

Pierre, ¿quieres no cansarte?

No me tengo de casar

contigo.

Pierres.

¿Pues no te agrada

estar conmigo casada?

Quiérome, ingrata, ahorcar.

Enemigo, tigre hambriento,

pues estás airada y fuerte...

Pang. 37

Cristóbal.

Yo me haré cargo de mi muerte,

a Dios, le daré la cuenta.

Ángela.

No faltan vigas en casa,

Pierres.

esos serán tus regalos;

no me harto yo de palos,

siempre ofreces como en cara.

Sale Don Pedro y Doña María.

Don Pedro.

Tras el disgusto pasado

que gozó mi amor su fruto,

despidió ya el triste luto

ceñido a mi padre amado;

mas no temeré que olvides,

mi bien, la justa venganza,

y allegaré mi esperanza,

que ya mi ofensa lo pide.

Doña María.

¿Sabéis quién muerte le dio?

Don Pedro.

Ignoro la que fue, sin duda,

que tenéis, de que estáis muda.

Doña María.

Ignoro la que le mató.

Don Pedro.

Sí, parece que os turbáis,

gustáis de que yo le nombre.

Doña María.

Mucho me enfadáis, a fe,

muy sin razón me culpáis;

después que la mano os di,

es bien perdáis el temor,

que desdora vuestro honor

yendo con dudar de mí.

Don Pedro.

¡Cuán honrada advertencia!

y la que más satisface;

pero ya mi temor nace,

aunque corta, de una ausencia;

es fuerza que a un lugar mío

vaya por algunos días.

Doña María.

Ya crecen las ansias mías.

Don Pedro.

Volveré muy presto, confieso,

a prevenir la partida

voy, esta es fuerza agora.

Doña María.

Ya toda el alma os adora

como a dueño de mi vida,

que volváis muy presto aguardo.

Don Pedro.

Mío el cuidado será.

Doña María.

Mucho cuidado, señor, me da,

el mal de que me acobardo;

llevadme, señor, con vos,

si darme gusto queréis.

Don Pedro.

Presto, mi bien, me veréis.

Doña María.

¿Qué es esto, válgame Dios?

Don Pedro.

¡Pierres!

Pierres.

Señor.

Don Pedro.

Apercibe nuestra partida.

Pierres.

¿También quieres que vaya?

Don Pedro.

Pues bien.

Pierres.

Que de casarme me prives,

que pierda tus luces bellas.

Don Pedro.

Mucho debes de temer.

Pierres.

No me cabrá una mujer

a mí si me dan con ellas.

Don Pedro.

A Dios, mi bien, luego vuelvo.

Doña María.

¿Pues no me queréis llevar,

que al fin me queréis dejar?

Pang. 38

Don Pedro.

En dejaros me resuelvo.

Dama.

Quejarme por mostrar.

Antonio.

Llévame.

Ciego.

Sí llevaré.

Don Pedro.

Como vaya por su pie.

Dama.

Quedad con Dios.

Conde.

Con él vais.

Vanse, y dicen dentro soldados y el Conde.

Conde.

Atajadle por el monte,

no se esconda en su maleza,

Soldado.

no corra en sus asperezas,

ni aun tu mismo horizonte.

Sale Cristóbal.

Cristóbal.

En vano será escaparme,

cercar el monte ha mandado

el Virrey, mas ya ha llegado,

al río quiero arrojarme,

en medio su cristal claro,

hasta que la noche venga,

porque con su manto tenga

en su oscuridad amparo.

Vos, santa y divina guarda,

salid agora del pecho,

porque con vos satisfecho

ningún temor me acobarda;

fíe la espada en esta mano,

y vos por escudo en esta,

la victoria manifiesta

probaré con vos ufano.

Venid, que el favor que siento

me hace al peligro animoso,

y si por ladrón famoso,

soy Ladrón del Sacramento.

Vase, sale el Conde y soldados.

Soldado.

Arrojose en medio el río.

Conde.

Mil balas le disparad,

que en su cristal le matad.

Soldado 2º.

A su vida desconfío.

Conde.

Muera el infame asesino,

al Cielo y al Rey traidor.

Sale otro soldado.

Soldado 3º.

¡Ay, tan extraño valor!

Conde.

¿Qué hay, Roberto?

Soldado 3º.

Que imagino

que a este hombre guarda el Cielo,

que parece que revive

con balazos que recibe.

Sale otro soldado.

Soldado 4º.

Sin duda alguna recelo,

gran señor, que se escapó

dél, a mi ver, o queda muerto.

Conde.

En el río, que es muy cierto,

¿no lo habéis visto?

Soldado 4º.

Llegó

la noche y su oscuridad

nos le quitó de delante.

Conde.

Solo el Cielo fue bastante

a usar con él de piedad.

Si acaso libró la vida...

Soldado 3º.

Retírase a Barcelona,

Excelencia.

Conde.

En persona

castigaré este homicida.

Pang. 39

Conde.

Si quedo vivo y vendré

a castigar estos hombres

que con tan infames nombres

viven ajenos de fe.

Vase y sale Cristo solo

Cristóbal.

Triste suerte, extraña desventura,

muerto sin duda vengo, es imposible

que el menudo granizo de las balas

el cuerpo no pasase varias veces,

más de trescientos hombres que han seguido

con el conde de Sástago y el alarbe,

subiendo con el agua hasta la cinta

la furia de sus balas, y detuve

toda su gente en la ruinosa orilla;

más de dos horas, mas llegó la noche

que fue la causa de que me escapase.

¡Oh, manto oscuro de la noche negra,

estrellas de oro, luna plateada,

sed testigos ahora de mi muerte!

Pasado está el jubón por varias partes,

quiero sentarme y ver estas heridas.

Aquí sentí un balazo, mas no hay nada;

aquí quedó la bala, pasó el cubo;

aquí, por el lagarto deste brazo,

sentí otras dos, mas no me hicieron daño,

pues no le siento, rota está la manga.

En los pulsos no siento herida alguna.

¡Vive Dios, que me dieron en la frente

más de dos balas! ¿Es posible, cielos?

Milagro ha sido de la guarda mía,

no solamente no me hicieron daño,

pero porque sintieron alcanzada

mi munición, alguna me dejaron

metida entre la carne y la camisa.

Sentarme quiero en esta fuente clara,

quién sino Dios ahora me guardara.

Dentro.

Del triste que se ausentó,

bien sé yo

que es para mayor tristeza,

no hay en la mujer firmeza,

ni se halló.

Téngase por avisado

el descuidado

que de su dama se aleja,

que piensa que un muro deja

levantado;

siempre a su ser asedió

de su amor la fortaleza,

no hay en la mujer firmeza,

ni se halló.

Cristóbal.

Indicios bien ciertos son

estos de mi perdición;

ya se añublan mis celos,

hurtó el color a los cielos

mi afligido corazón.

Este mi pronóstico,

el mal que he temido yo.

Ese hombre hacia acá endereza.

Sale Jayme cantando

Jaime.

No hay en la mujer firmeza,

ni se halló.

Pang. 40

Cristóbal.

¿No es Jayme? Sin duda, y él.

Jayme, dame aquesos brazos,

que ya los míos te esperan.

Jaime.

Con amigables abrazos,

como tras ausencias se dieran,

Cristóbal.

no mostraran embarazos.

Y a tu condición excuso,

y casi me has declarado

que es mal pagada mi fe,

cuéntame lo que ha pasado.

Jaime.

Escucha, yo lo diré.

Entré como me mandaste

en la ilustre Barcelona,

que para quien fue de un monte,

fue como entrar en la gloria.

Vi sus calles y sus plazas,

vivo traslado de Roma,

insigne en letras y armas

por los hijos de que goza.

A las nueve de la noche,

entre las nocturnas sombras,

a casa fui de mi dama,

ingrata cuanto hermosa.

Hallé la calle ocupada

con criados y carrozas,

y en el patio de la casa,

mil encendidas antorchas.

Quedé turbado y confuso,

luego el alma se alborota,

porque si el leal amigo

en su amigo se transforma,

entrar quise en una sala,

entre la confusa tropa

de pajes y de criados,

con mil libreas costosas.

Entré al fin, vi la cubierta

de cojines y de alfombras,

de requemados tapices

que de oro fino se bordan.

Vi cifrada la belleza

en mil damas y en sus ropas,

todas las Indias cifradas

en oro, perlas y aljófar.

Quedé entre tanto confuso,

hasta que vide entre todas

a tu divina María,

que a Dianas y Venus borra.

Alegres sus ojos vi,

señal que no la congojan

la larga y prolija ausencia.

Cristóbal.

Que te aflige la memoria,

¿que alegre estaba María?

Jaime.

Bella, mirando amorosa

a tu mayor enemigo.

Digo lo que vi, perdona.

Llegué a preguntar al paje

la causa de tal deshonra,

y dijo: "Doña María

con don Pedro se desposa".

Dejé afligido la sala,

que sentí su pena propia,

Pang. 41

Jaime.

Ya se casó su María,

esta es la nueva, Cristóbal.

Cristóbal.

¿Que María se ha casado?

¿Que es de mi enemigo esposa?

¿Que en otros brazos se alegra?

¿Que ya ambos gustos goza?

¿Que se ha casado María?

¿Que mi esperanza se acorta?

Dime, Jayme, dime, amigo,

¿estará con ella agora?

Jaime.

Sí, que es de noche y es tarde.

Cristóbal.

¡Ah, cielos! ¡Hábil ponzoña

ha confirmado sospechas!

¡Fácil mujer engañosa!

¿Los amores eran estos?

¿Las finezas amorosas?

¡Cuántas veces, enemiga,

oí de tu dulce boca:

«Tú solo serás mi dueño»!

¡Ah, falsa, ingrata, alevosa!

De don Pedro eres mujer;

¡ah, corazón, que tal oigas!

¡Ah, penas, que me matáis!

Pues yo entraré en Barcelona

y abrasaré vuestra casa.

Mi venganza se disponga;

fiéme de tus palabras,

contrarias fueron las obras.

Pero contaba las mías

el mar con sus voces sordas;

no gozarás al marido;

serán tus placeres sombra,

y el sol, que ha nacido claro,

yo haré que oscuro se ponga.

Yo haré que sepas, ingrata,

lo que es vivir entre congojas,

para que de su firmeza

ese fácil pecho compongas.

¡Ah, sierras que del sol priváis!

¡Ah, montañas peñascosas!

No os asombréis de mis quejas,

porque vengo el alma loca.

Jaime.

Cristóbal.

Cristóbal.

Déjame, Jayme.

Jaime.

Menester es que te escondas,

que, sin duda, viene gente.

Cristóbal.

Hoy de la vida se despojan;

no quedará pasajero

con vida, mientras las olas

del mar de amor me maltratan,

que en lo más alto se engolfan.

Sale un Caminante cantando lo siguiente.

Cam.

¿Qué hará la pajarilla,

pobre de ella,

si los bandoleros se van?

Cristóbal.

Morirá de sed.

¡Tente, perro!

Cam.

Cielo santo,

que aun no sé qué responde.

Pang. 42

Cristóbal.

Deja el dinero o la vida;

quien a matarte me estorba,

¿adónde pasas, cobarde?

Cam.

Señor, llevo algunas joyas

y camino a Monsarrate

que son de nuestra Señora.

Cristóbal.

Joyas de la Virgen son,

ella en mi mal me socorra;

¡ha, Madre de Dios, qué haré!

Vete con ellas, perdona.

Solo su nombre pudiera

aplacarme en tanta cólera.

Cam.

Dete el cielo larga vida.

Cristóbal.

A ir solo no os dispongáis, que

aquí por estas montañas

muchos bandoleros roban,

y porque vayas seguro

olvido un poco mi historia;

ven, que quiero acompañarte.

Cam.

Ella te pague esta obra.

Cristóbal.

¡Ha, Virgen de Monsarrate!

Esto pudierais vos sola.

¿Que me olvidaste, María?

¿Sabes quién soy?

Cam.

Guardajoyas de la Virgen.

Cristóbal.

Dices bien,

este apellido me toca;

soy ladrón del sacramento

y el miñón de Barcelona.

Fin.

Pang. 43

Debajo del título hay un garabato en forma de espiral. A continuación, un texto borrado y sumamente tenue del que solo se distinguen algunas palabras sueltas. Se transcribe lo legible.

Leon. Tambien ilegible dicen que ilegible a ilegible prendieron ilegible si ilegible si era ilegible verdad jurada en mi cara que un gallego ilegible en calle de ilegible a Madrid que mil ilegible no traygo yo ilegible con despojo ilegible que ya ilegible y a ilegible ilegible la ilegible

Jornada tercera

Pang. 44

Salen Don Pedro y Pierres.

Don Pedro.

¿Qué me dices?

Pierres.

Lo que pasa.

Don Pedro.

Triste y infelice día;

mi esposa doña María

al fin falta de mi casa,

triste y llorosa ocasión.

Pierres.

También Ángela ha faltado;

dicen que las ha robado

Don Pedro.

¿de Barcelona el miñón

Granolaque?

Pierres.

Sí.

Don Pedro.

Detente,

ciertos fueron mis recelos.

Verdad, Pierres, son mis celos,

que no pudiera la gente

sacarla de la ciudad,

aunque mil hombres moviese,

si mi esposa no saliese

con su propia voluntad.

Para al gusto te casaste,

mujer por mi mal hallada;

si estabas enamorada,

di, ¿para qué me engañaste?

¿Forcé yo tu voluntad

a vil y engañoso amor?

Pang. 45

Don Pedro.

que ansí premias una fe,

¡ay de mí!, ¿cómo podré

cobrar mi ofendido amor, honra?

César.

También mi desdicha es cierta

que estaba por mayor tormento

concertado el casamiento,

con Ángela, a vida muerta,

no es justo que me alboroce,

mejor es que se resuelva

en salir, que cuando vuelva

quizá me hará algún bote,

no volveré a la ciudad,

vil e inconstante mujer,

hasta que pueda volver

vengado de su maldad.

Ya tengo echada la suerte

de pena y enojo, rabio,

yo satisfaré mi agravio,

enemiga, con tu muerte,

partiré luego a la sierra

pues mi mal se multiplica,

que quien deshonras publica

a fuego y sangre la guerra

a honor fundado en mujeres,

que desigual fundamento,

siendo tan flaco el cimiento,

es fácil de caer en tierra.

Parto celoso, afligido,

pues he sido desdichado,

triste, como enamorado,

celoso como marido.

César.

A mujer que tal rigor

con un amante ha tenido,

sin fe, sin ley, sin sentido,

sin constancia y sin amor,

yo te partiré a buscar

para causarte más guerra,

como lince por la tierra,

como buiano en el mar.

Vase.

Salen Cristóbal, y Bandoleros, Tomás, y Ángela.

Cristóbal.

Ya con medrosos pies el monte pisas,

ya veis los robles y los olmos bellos,

que de que estén contentos los alisos,

y humillarán los levantados cuellos

para besar con boca de esmeralda

el divino color de tus cabellos,

y esa crinera que sirve de guirnalda

derrotará la nieve blanca y pura

para poner caireles a tu falda,

todos allegan por ver esa hermosura

que darán gusto y cantarán las aves

versos de mi rigor y tu ventura,

pero dirán entre sus tonos graves,

que este querer sin fraude y sin olvido,

y sin cruel hacer mudanza, sabes,

vive desesperado y afligido,

mirando tu inconstancia y mi firmeza,

a vengarme de ti parto atrevido,

Junté con frecuente aspereza

duzientos hombres que están conmigo.

Pang. 46

Cristóbal.

el notable valor y fortaleza,

mi intento, y repara por mi bien contigo,

que en mi poder estáis, y yo por verte

en mí no estoy que ando, ves que estoy contigo.

No olvido causa tu infelice suerte,

que fiase de ti sola, no me culpes

porque quisiste apresurar mi muerte.

Di, María, no es bien que te disculpes,

di, ¿por qué te casaste, di, o respondes

Dama.

sin duda en el callar, mi muerte esculpes.

Si he visto que el honor no castigando,

entre estos montes sin razón te escondes,

y allí vive tu olvido claramente.

Pues que negaste la amistad pasada,

y aquí robas y matas tanta gente,

¿qué milagro que viéndome afligida

de un hombre que se ausenta y que se aleja

procure verme del desdén vengada?

No sé quién se ausentó, el que se queja

que no procura como es caso llano,

el necio amante que su prenda deja.

¿Para qué me robaste, di, tirano,

que mi honra y mi fama se desdora

desde que di a don Pedro vida y mano?

Cristóbal.

Calla, cruel, no hables, calla ahora,

pues delante de mí dices su nombre,

que a tal se atreve, ¡ay, mujer traidora!

Justo es, ingrata, que de ti me asombre,

mas, ¿qué dará tu esposo deshonrado

por que pierdas la vida y el renombre?

Será testigo el monte, vega y prado

Dama.

de su deshonra y la venganza mía,

en que mi honor y el suyo es estimado.

Olvida, gran roque, esta porfía,

dame la muerte, y el honor me guarda,

mira que ya no soy quien ser solía.

Cristóbal.

No sé quién a forzarte me acobarda.

Dama.

No estás en mi poder, dejadme solo,

advierte, suerte, si la muerte tarda,

mi honor con estas cruces adviértolo.

San.

¡Ay, cielos de mi vida!

Vanse, y quedan Doña María y Cristóbal.

Jorg.

A la mitad del curso llega Apolo.

Cristóbal.

No estéis, señora, triste y afligida,

no lloréis, mi bien, por Dios,

solos estamos aquí,

mas no sé si somos dos,

porque yo no estoy en mí,

por estar, señora, en vos.

Sola os halláis en la sierra,

que tanta aspereza encierra,

sola estáis, mas de veras

que dentro del corazón,

señora, el que os hace guerra,

pero ya sin mí quedasteis

cuando estaba satisfecho,

de pediros me obligasteis

cuando salí de su pecho.

Decid, ¿dónde me dejasteis,

entrad en cuenta a quien

a mí propio os ofrecí.

María, bien lo sabéis,

Pang. 47

Cristóbal.

Bien sé que razón me deis

y me doy cuenta de mí,

tres años con vos estuve

siendo a un pecho guarida,

mi bien, donde me encontré retuve;

pero para dar caída

siempre el desdichado sube.

Ya no será de provecho,

señora, abrasar mi pecho,

ya sabéis mi fortuna,

y no es sana ninguna

hacer lo que está ya hecho.

Tened lástima de mí,

por donde mi esperanza

fundé, mirándome ansí,

pronósticos de mudanza

vueltos en sus niñas vi.

No sois vos, bella María,

la que juró de ser mía,

bien estaba receloso,

que siempre el fruto es dudoso

de una esperanza tardía.

Desta misma suerte estoy

y aquel mismo soy que he sido,

mas, ¡ay!, engañado voy,

que soy el que fui querido

y el aborrecido soy.

Mas el que yo vengo a ser,

si es tan fácil la mujer

siempre en el arte de amar,

que quiera para olvidar

Doña María.

y olvida para querer.

Si de vos estás ofendido,

si en verte he hecho afrenta,

que un poco escuches te pido.

Cristóbal, aguarda, aguanta,

que eres mi propio marido,

haz cuenta que estoy casada

con ciego.

Cristóbal.

¡Ay, esposa amada!

Doña María.

Grande bien, grandes favores

os cuenta que salteadores

de ti me llevan robada.

Cristóbal.

No mandes, señora, tal,

aguarda, advierte,

que es fortuna desigual,

y basta darme la muerte

pensar mi bien en el mal.

Doña María.

Y que, después de robada

y del capitán forzada,

siendo tu propia mujer,

vuelvo a mi propio poder

afligida y deshonrada.

Cristóbal.

¡Ah, cielos! ¿Qué tal oís?

¿Qué decís, doña María?

¿Cuándo al mal os persuadís?

Cuando sois esposa mía,

mi bien, sin honra venís.

Vos sin honra y yo con vida,

yo vivo y vos ofendida.

¿Quién os ha robado?

¿Quién la honra os ha quitado,

por que otros males impida?

Pang. 48

Cristóbal.

Jesús, ¿quién os ha agraviado,

y pues, ¿y por qué con mi muerte

quede yo, mi bien, vengado?

Japona.

Caso nuevo, triste suerte,

bien su valor ha mostrado,

así mi intento se abona,

y mi yerro se perdona,

estoy, mi bien, ofendida,

robóme esposo querido

Almirón de Barcelona,

entró en la ciudad, contento,

creyendo ansí conseguía

su injusto y tirano intento.

Cristóbal.

Que veis, señora mía,

notable vergüenza siento,

qué grande culpa he tenido,

bien sé que el culpable he sido,

bien os podéis ya volver,

que yo propio vengo a ser

el ofensor y ofendido.

Yo me afrento, caso fuerte,

mi desdicha se declara,

yo me ofendo desta suerte,

a quien su honra lavara,

cielos, con su misma muerte.

Japona.

Si desta suerte has sentido

verte en burlas ofendido,

por fin de mis penas fieras,

mira, Cristóbal, de veras,

qué ha de sentir un marido:

considéralo y verás

por tus males los ajenos,

para que vuelvas atrás,

no puede sentirse menos,

ni puede perderse más.

Bien te quise, que sería

negarlo necia porfía;

ausentaste forzoso,

caséme, soy de mi esposo,

Cristóbal, yo no soy mía,

la que ser honrada intenta,

no tenga retrato a su lado,

el esposo, a quien no afrente

memoria de lo pasado,

ni voluntad de presente.

Cristóbal.

Razones son que he buscado,

ingrata, tu pecho airado

contra mi amor y lealtad,

que donde no hay voluntad,

nunca excusas han faltado.

No hables como mujer,

que ellas no saben cumplir

lo que saben prometer;

mas tú sabes bien decir,

y sabes mejor hacer.

Ya la esperanza perdí,

quiérelo mi suerte ansí,

pues por diferentes modos,

lo mudable para todos,

es constante para mí.

Qué fuerte estás, qué arrogante,

qué señora de tu honor,

Pang. 49

Cristóbal.

y de mi pecho triunfante

a fee que en tenerme amor

Jaime.

que no fueras tan constante,

salen Jayme y Bandoleros.

Jaime.

gente viene escondete

y no llegues por tu fee

que es del Rey mui temida

Moneda.

Cristóbal.

y a quien me se da

el dinero quitare

a quitarselo me atrevo

grande bien os pronostico

si robar rico deseo

no es esto reparo chico

no empece mi atrevimiento

porque en mi ventura siento

dejar en la ocasion

de ser para el Rey ladron

si lo soy del sacramento

no esteis medrosos llegad,

Jaime.

ay Capitan perdonad,

que trezientos hombres vienen

con ellas gran fuerza tienen

armas de su Magestad,

Cristóbal.

a cobardes que temeis

por que tantos hombres veis

y mi valor es crisolo

Jaime.

gana la moneda solo,

Cristóbal.

pues esperad, y vereis

que son que mueva las plantas

vencer a riesgos levantas

maquinas del pecho fuerte

mira que voy a la muerte

para no sufrir espantos

Vasse

Jaime.

brauo echo, estraño caso,

salgamos todos al passo

a piques que le dan la muerte

Un band. 1.

brauo valor, pecho fuerte

Band. 2.

ya de colera me abraso

Jaime.

ya detener me no puedo

Ban. 1.

retiraos cobardia

a Pizarro en animo excedo

Jaime.

ya no ay mayor valentia

que tener perdido el miedo

Vanse, y salen quatro Guardas

Gua. 1.

tengan quenta alerta amigos

que a gritos montes estan

Gua 2.

menos de mil enemigos

de varias muertes que dan

seran los cielos testigos

dentro Chri, perro dejad la moneda

V. 1.

mueran

Cristóbal.

vil canalla queda

Gua 3.

Veamos que gente acude

Jaime.

no ay quien tu corazón mude

salen todos, y los vandoleros

Cristóbal.

ay animal que te escude

ea tenedlos ay

las cargas en un llano

dejen llegar aqui,

ellos

Jaime.

vaya pues hermano,

Cristóbal.

e vengan los pobres a mi

donde caminan hermanos

Pang. 50

+ Jhs.

Guarda 1.

¿Dónde caminan, hermanos,

que hayamos dado en sus manos?

Cristóbal.

¡Ay, Italia, qué bien argullen,

por Cristo, que nos argullen

a gustos y italianos,

pues no es esta cosa extraña,

que goze vuestro dinero

la provincia más extraña!

Embiá, Milán, hacer

y llevan oro de España,

con sus petos y esquinelas,

guardabrazos, escarcelas,

estos bocales los traen

las islas Corcu, Cambray,

y Nápoles con sus perlas,

que los estados defienden

de Flandes; quien tal ha visto,

que tener provecho entienda

de tierra que crie Cristo,

que se come su hazienda

cuando el dar en forma trata.

Italia, España, ¡qué ingrata,

con sus naturales queda!

Le da pistos ella moneda

y medidas de plata;

descansen esos caballos,

hagan sin ir a la guerra

del Phelipe los vasallos,

que hay pobres en esta tierra

y es menester remediallos.

Guarda 1.

Señor...

Cristóbal.

Echadlos de ahí.

Dejad la moneda aquí.

(Echan las guardas.)

Jaime.

En aquese llano quedan.

Cristóbal.

Contento es ver la moneda.

¿Viene alguna gente?

Jaime.

Sí.

Sale un pobre cantando.

Pobre.

¡Ay, que desde Brenes

a Cantillana

hay una legüita

de tierra llana!

Jaime.

¿Dónde con la priesa va?

Camina que dará estafeta.

Pobre.

¿Están en gente discreta?

Limosna no me dará,

sino es con una escopeta.

Cristóbal.

¿Pasas con necesidad?

Pobre.

¿No lo ve en la humildad

con que una limosna pido?

Cristóbal.

A muy buen puerto has venido.

Que esa moneda le dad,

del Rey los dineros son;

hinche la alforja

hasta que el dinero sobre,

diez hombres pueden llevar

diez mil ducados que quiero

que vayan a su lugar,

y ya que tengo dinero,

quiero mis deudas pagar.

Esa yegua se mate...

Pang. 51

Cristóbal.

A un viejo sáquele

denle quinientos escudos

y después con mis soldados

lo que sobra partiré.

A la vuelta del corral

la maté como sabéis.

Viejo 1.

Tres gallinas.

Cristóbal.

¡Pese a tal!

Viejo 2.

Cien escudos la daréis.

Cristóbal.

Mas que no queda un hilo.

Viejo 1.

Parecéis al panadero,

y seiscientos escudos quiero

enriquecer el lugar.

Garzón.

Qué bien tenemos que dar.

Cristóbal.

Qué liberal caballero.

A cenar a aquella venta

dejamos tu bella ingrata,

busca más modos de afrenta

mientras el mal que me mata

que yo lo sufra y consienta.

Agora te estimo y precio,

mas ya no quiero ser necio,

que estando entre mi escuadrón

la mucha conversación

es causa de menosprecio.

Cuando el alma me provoca

porque mis penas se atajen,

quedo de su guerra loca,

como el que limpia una imagen

que con vergüenza la toca.

Doña María.

Alterar a mi fe y prometo

que mi amor nunca sujeto

a su rigor ha de estar.

Cristóbal.

Pues de hoy limpiaré el altar,

vais repartiendo el respeto.

Vanse y quedan Antonio y un bandolero.

Bandolero.

Antonio, escucha.

Antonio.

Ya espero

en que pruebes mi amistad,

pues de ella el estremo infiero

en los dos.

Bandolero.

Mi voluntad

en la tierra considero

y ansí en cualquiera ocasión

Antonio.

No admitan comparación,

no pongas en eso dudas,

porque claras y desnudas

en mí las verdades son.

Habla qué es lo que se ofrece

en tu servicio.

Bandolero.

Ya sabes

cómo nuestra vida crece

entre mil peligros graves,

cada día que acontece

tener la muerte a los ojos

ya por últimos despojos.

Antonio.

Es verdad.

Bandolero.

También sabrás

que el virrey por mil enojos

de Cristóbal estos días

Pang. 52

Bandolero.

Mandó en un pregón, al

cual que diere su caueza,

le dará por premio igual,

siendo de su nobleza,

mil escudos, y si el tal

también le perdona y hace

libre de cualquier delito.

Yo siento que satisface

a queste público edito

a nuestra culpa, y deshaze

nuestro bando. Como amigo,

desto te doy parte, y digo

que, procurando también,

los dos podremos muy bien

darle muerte y el castigo.

Ant.

Que se previene el Virrey;

y es de amistad justa ley

hacer de un amigo el gusto,

y siendo lo uno tan justo,

pues se sirve a Dios y al Rey,

de quien tendremos perdón.

Y aunque esse ha sido mi intento,

y esse mesmo pensamiento

me ha ofrecido la ocasión,

me ha faltado atrevimiento

para la empresa; mas, di,

¿cómo podremos aquí

Car.

emprender los dos su muerte?

Muy fácil será la suerte.

Él viene de noche aquí,

a essa peña más cercana,

y en una cueva escondida

asiste hasta la mañana

de su soledad, no visto,

en quien su agravio allana;

allí, cuando echa al suelo

la noche su negro velo,

tendrá el fin que procuramos

su vida.

Ant.

Pues alto, vamos,

y ayude su intento el cielo.

(Vanse, y sale Licen. y con Pinela, ventero.)

Licenciado.

¿Ay qué cenar?

Pinela.

Sí, señor,

que nada falta en la venta.

Licenciado.

Si no conveniencia en la quinta.

Pinela.

Essa tenemos mejor,

por vida suya.

Licenciado.

Esto importa

para un passaxero honrado;

por Dios, que vengo cansado,

(Sale D. Pedro)

Don Pedro.

que no es la jornada corta.

Guárdeos el cielo.

Pinela.

¡Ay, señor!

Passo, no os alborotéis.

Licenciado.

Amigo, ¿con porras le véis?

Pinela.

Por Dios, que no es salteador.

Ay santos en esta tierra,

que, cuantos armados vemos,

que son ladrones creemos.

Don Pedro.

Muy sin temor, destierra

Pang. 53

Don Pedro.

que nadie te ha de ofender

y los que vienen aquí

pero en esta sierra di

bandoleros suele aver

Centinela.

mas de trecientos vinieron

y a comer a esta venta

que después ha azer la quenta

mil pesadumbres nos dieron

solo si en bien venían

a fee pues que me pagaron.

Don Pedro.

al capitán no asombraron

Centinela.

era él hombrón

Don Pedro.

dos damas que la una dellas

sin duda es la prenda mía

Centinela.

en la frente el sol traya

y en los ojos dos estrellas

Don Pedro.

no vi más bella mujer

y era buena la criada

Centinela.

junto a estotra no era nada

y vengo yo a perecer

por ella al diablo la ofrezco

Don Lorenzo.

ha cielos qué me queréis

Centinela.

qué, señor, que tenéis

Don Pedro.

qué tales males padezco

Centinela.

a fee que vuestra tristeza

que aquí demuestre la cara

al momento se os quitara

Don Lorenzo.

si viérades su belleza

y aun de vella estoy ansí,

Centinela.

nunca yo visto la huviera

estaba

Don Lorenzo.

de qué manera

Centinela.

con el capitán aquí

diziéndola mil amores y

Don Lorenzo.

que a su lado ya tenía

a contraria suerte mía

a covardes a traydores

Centinela.

qué tal el cielo consienta

ya ha llegado otra gente

Don Lorenzo.

cerca de la venta tanta

loco estoy con esta afrenta

a gralla y mi gente

Centinela.

Don Lorenzo.

que es suya en efeto

Centinela.

sí es

Dian.

mas me parece a mí que oy

de Domingo la siguen

Don Lorenzo.

al fin en aquesta cavaña

se juntan mil enemigos

Centinela.

al miñón d'él son amigos

ya se hace a caballo la guerra

mil pedazos nos arán

quién te ha metido, asno,

agora en ser salteador

Centinela.

muy en breve llegarán

Don Pedro.

fíngete tú cavallero

y yo seré tu criado

Centinela.

para que tumbe el nublado

sobre mí solo

Don Lorenzo.

a qué espero

los pistoletes esconder

quiero porque no los bean

Pang. 54

Pierres.

que si asentarme desean

tengo aquí de cenar

Ciernes.

toma este sombrero y calla

al fin a morir me ofreces

Don Lorenzo.

la industria e infinitas veces

pienso vencer la batalla

señora por vuestra vida

que calléis

Cenobia.

yo callaré

porque sé

Don Lorenzo.

que sois gente bien nacida

así mi paciencia ensayo

Pierres.

soy ángel o cocinero

en los palos caballero

salen Domingo y Ramón

Domingo.

y en la comida lacayo

en la orilla desta fuente

que en la venta no cabe

esta gente

Don Lorenzo.

está grave

Ramón.

en la venta hay gente tanta

Ciernes.

¡hola!

Don Lorenzo.

señor

Pierres.

gansos pido

la cena hemos de reñir

si es que vengo de morir

quiero morir bien comido

qué mozo tan mal criado

Don Lorenzo.

chulo

no tienes razón

Pierres.

gozo mi jurisdicción

con las tachas me he alquilado

Don Pedro.

sí pero por el ensayo

para hacer burla de mí

Pierres.

yo soy caballero así

Don Pedro.

sino vuélvome lacayo

ea di lo que quisieres

Pierres.

pues no quiero otro regalo

Domingo.

goce uno del pan y el palo

Mengo.

penginela

que tú me quieres

Domingo.

quien es este

Mengo.

un caballero

Domingo.

que ha llegado ahora aquí

no he visto yo este hombre

Pierres.

mal criado majadero

Don Lorenzo.

tome

señor

Ciernes.

pues creed

que me lo habéis de pagar

Domingo.

ahora bien quiero llegar

de dónde es vuesa merced

Pierres.

de caballeros

Don Lorenzo.

y al fin

por dudoso huir me quiero

Domingo.

y de dónde es caballero

Pierres.

caballero de mohíno

Domingo.

dónde camina

Pierres.

es importante el saberlo

Domingo.

que no lo sé

Ciernes.

cómo voy aquí

Domingo.

soy un caballero andante

y lleva dinero al fin

Pang. 55

Pierres.

Porque su traje lo enseña,

metiéndola está en su vaina,

y en mi bolsa no hay cuatrín.

Com.

El negallo es excusado.

Pierres.

Mi fin sin duda llegó,

no traigo el dinero yo,

aquí lo trae mi criado.

¡Hola, hola, hola, qué digo!

¡Hola! ¿Cómo no responde?

Ah, señor, ¿dónde te escondes?

Ramón.

Señor, voyse.

Pierres.

¿Y lo dice?

Domingo.

Sosiéguese, caballero.

Pierres.

Quién en esto me metió.

Ramón.

No soy caballero yo.

Pierres.

¿Y el dinero?

Ramón.

Del dinero no me hable,

que cuando sin amo estoy,

por no tener blanca voy

por la sopa a Monserrate.

Comp.

Pues un criado,

su amo es el caballero.

Pierres.

Gabelas jamás espero.

Ramón.

Gracioso punto.

Domingo.

Extremado.

Ea, no llore, que aquí

no faltará qué cenar.

Pierres.

Salteador singular,

y a los más lindos que vi,

dame tus pies y tus manos,

que quiero hacer legitoria,

sabroso fin de historia.

Ramón.

¿Al fin te quedas?

Pierres.

Sí, hermano,

donde me dan de comer

do me tengo de quedar.

Domingo.

En esta venta he de estar,

Ramón, hasta amanecer.

Ramón.

Ven, que quiero regalarte.

Domingo.

De ti estoy más obligado.

Pierres.

Y alto, que hoy han robado,

miren que me ha de dar garrote.

Vanse, y sale Cristóbal.

Cristóbal.

¡Cuán divertido, oh amor,

me trae tu engañoso cebo!

que en baño aliviarme puedo

de tu terrible rigor.

¿Es posible que sea tal

la fuerza de tu desdén,

que poseyendo mi bien

siento que es mayor mi mal?

Que ausente pobre mujer,

puedas guardar tanto honor,

contra mi ingrata, ¡ah rigor!

imposible de creer.

Con mi amorosa porfía

de la venta a salir vengo,

la costumbre que aquí tengo

es que en viendo que apaga el día,

vence la tiniebla obscura

de la noche en su llegar,

que a estas peñas da lugar

a mi temor sepultura,

por sola guarda divina,

defensa de mis desgracias.

Pang. 56

Cristóbal.

Dadalle de todo gracias,

mi humilde pecho se inclina;

luego destas verdes gramas

hago para el sueño lecho,

que son leales, sospecho,

destos árboles las ramas;

quiero deste pedernal

sacar fuego porque encienda

las luces de una ofrenda

deste altar al cielo igual.

Venid, Señor soberano,

porque en parte os pague el bien

que me envía vuestra mano.

Vase y sale el Bandolero y don Antonio.

Bandolero.

Pisa quedo, pase entro;

poned la pistola a punto,

que del bulto hecho difunto

con los males que causo.

Antonio.

Más luces vi encender,

con que se adorna un altar,

y de rodillas creo estar

a Cristóbal.

Bandolero.

No hay que ver,

dispara y muera el villano.

Dentro.

Muerto soy.

Dispara la pistola y cae muerto el Bandolero, ábrese la peña y aparece Cristóbal de rodillas ante un altar lleno de luces y en él el Santísimo Sacramento.

Antonio.

¡Válgame el cielo!

¿Qué milagro es este? Recelo

del cielo, guió la mano;

este misterio encierro,

que la pistola no ha oído,

ni de un lugar se ha movido;

ángel fue que le guardó,

que errar deste modo el tiro

por darle a él la muerte.

Trocóse tan mal la suerte,

suceso es de que me admiro.

Callaré este desconcierto,

por mil modos me conviene,

y el remedio que esto tiene

es dar sepultura al muerto.

Quede el hato, amigo, ven,

que bien dice, ejemplo igual,

que el que busca ajeno mal

ajeno vive en el bien.

Vanse, y sale Cristóbal.

Cristóbal.

Mil gracias os doy, Señor,

ya mi obligación he hecho.

Denme destos campos, lecho,

amigos de más valor,

que al mundo dais siempre dobles,

que no hay más buena amistad

que en la muda soledad

las encinas y los robles;

quiero en tanto descansar

que llegue el alba risueña,

por ver si el sueño me enseña

camino para olvidar.

Sale don Pedro.

Don Pedro.

Perdíme en la aspereza

de aqueste monte, y perdí mi gente;

vuelva el sol al oriente

para que alivie un poco mi tristeza,

por aquesta maleza

Pang. 57

Folio 51v

Don Pedro.

buscar el nacimiento desta fuente

mientras del sol la frente

del mar no sale y muestra su riqueza

amante rigurosa

el amor cruel y causa de mi muerte

o mi querida esposa

notoria fue mi rigurosa suerte

mas antes venturosa

si el fin de tantos males pudo verle

Cristóbal.

quien del amor se queja

Líneas tachadas: Don Lorenzo. que ruydo he sentido entre la grama presto la cama deja Don Lorenzo. pues la ocasion te llama

Don Lorenzo.

ola quien va que gente

Cristóbal.

no es de los mios escucharle quiero

Don Lorenzo.

Un pasagero triste

que huyo de la sierra cruda fama

cansado del camino y del sol fiero

Don Lorenzo.

quien eres

Cristóbal.

Soy un hombre desdichado

que el amor ha dejado

para exemplo de amantes verdaderos

que en mi sus golpes y desdichas muestra

Cristóbal.

llegad por vida vuestra

que quiero ver pues he llegado a veros

si a mi amor ha igualado

el excessivo que me aveis contado

yo quiero entretenerme

por ver que quiere este hombre

en esta sierra

Don Lorenzo.

esta podra valerme

si publico la guerra

Contra el misero hado

que a Hombre Carlos de Valois crio

dentro,

Cristóbal.

ya estoy sentado

Don Lorenzo.

de mi te fia y al temor destierra

Hay una marca de tachado antes de la siguiente línea que dice Chris.

Don Pedro.

espero en tu balor de quien me fio

Cristóbal.

que es tan grande el mal

Don Pedro.

es infinito

Cristóbal.

pues saber solicito

si es mayor que mi mal el que as tenido

siempre mis gustos ya sin esperanza

que de la mudanza

de una mujer que mucho me ha querido

es su rigor de suerte

que ha de ser ynstrumento de mi muerte

Desde el laurel as bisto

Negro Celo que el infierno embia

Por suerte a Sevilla

mi amorosa porfia

tengo en cuita con ella

porque es para mis penas y mis llantos

tan dura como bella

Don Lorenzo.

Dichoso yo si hiziese dos tantos

avnque della grande mal padesces

discreto me pareces

Cristóbal.

una mano si quiera no la toco

que desta suerte el cielo lo ordena

Don Pedro.

preguntame de Elena

si me dejara no te siruo poco

Cristóbal.

pues secreto y ayuda te prometo

Don Pedro.

verdad he fiado en tu secreto

soy un noble cavallero

Pang. 58

Don Pedro.

Cuyos deudos y parientes

de claro estirpe y linaje,

de fina planta descienden,

anidando en Barcelona,

ciudad, entre todas fuerte,

donde los antiguos condes

dieron envidia a los reyes.

Desde mis años floridos

el rapaz amor me prende

de una divina mujer

que es a mis ruegos rebelde;

en continuos pensamientos

gastaba mis años verdes,

que no hay invierno ni otoño

que mis desprecios no lo siente.

Enamorose mi dama

(que aun repetillo me ofende)

de un hombre de baja sangre,

pero yo de mala suerte

iba a ver mi dama un día

al mar que sin duda crece

hasta besalle los pies,

para que sus olas quiebre.

Fui haciallas a más quina,

vi el galán que en solo verme

con ella el color demuda,

baja el rostro, el labio muerde;

penetré las intenciones

y llegalle al fin a velle.

Vuelve otra vez y mi dama

le envía, y corrido fuese

para abreviar en su calle,

le volví a encontrar, llaméle.

Cristóbal.

Ay, más quiero callar

hasta ver lo que pretende.

Don Lorenzo.

Atrevido me responde;

dígole al instante: "Miente".

Saco la espada, sáquela,

la justicia nos detiene,

huyéronse los criados

y a lo confuso mil veces.

Cristóbal.

Que hiciese mal en lo que hice,

a enemigo, matarele,

pues por saber si ha venido

aquí con armada gente,

disimularé entre tanto.

Don Lorenzo.

Prosigue, ¿en qué se detiene

saña de un ofendido,

de que a tajo le rindiesen?

Cristóbal.

Puse la mano en su cara...

¡Ah, Cielo santo!

Don Lorenzo.

¿Qué tienes?

Cristóbal.

No, nada, prosigue.

Don Lorenzo.

Al fin,

la justicia, como suele,

hizo que diese la mano.

Cristóbal.

Mal hizo.

Don Lorenzo.

No fue prudente;

afrentado mi enemigo,

viendo que la noche tiende

su capa negra y oscura,

vino a buscarme impaciente.

Salí disfrazado entonces,

mi casa a buscar me viene

con el vestido engañoso.

Pang. 59

Don Lorenzo.

y vio a mi lado la muerte,

ausentóse, y mi enemiga,

más afable y más alegre,

me promete ser mi esposa.

Fíome de sus palabras,

pero ¿qué mal no padecen

los que confiados viven

en lágrimas de mujeres?

¡Fálteme nunca los cielos!

Cristóbal.

Dejarán que tal hiciese;

solo siento, entre mis penas,

que la que adoro le premie.

No digas más, caballero,

fue quien no lo merece.

Don Pedro.

Cuenta haz toda mi historia

por que mi verdad se pruebe.

A ciertos lugares míos

por buen engaño ausentéme,

y el miñón de Barcelona,

que este es el nombre que tiene,

llamado de mi enemiga,

entró en la ciudad y prende

a mi esposa, que con él

salió voluntariamente.

Supe luego mi desdicha,

que se saben brevemente

las desdichas, cuando tardan

en declararse los bienes.

Con gente armada he venido

al monte donde pretende

del miñón falso vengarse

mi pecho que fuego enciende.

Ayer, por mi mal, amigo,

de mi gente adelantéme,

y temí quedarme allí

si me quisiese dar muerte.

De noche dejé la venta,

entre los matos entréme,

perdíme, que un desdichado

nunca deja de perderse

aunque amigo se halle.

Y sin duda el cielo quiere

que se alivien mis desdichas,

pues tú tu ayuda me ofreces.

En busca, pues, del miñón

vienen ya para prenderle

ducientos hombres, mi gente.

Si unos y otros se juntan,

y tú tu ayuda me dieres

enseñándome al miñón,

vengaré muy fácilmente.

Ayúdame, pues, amigo,

que si tu ayuda me ofreces,

tuya será mi hacienda,

y poco llego a ofrecerte.

Cristóbal.

Fácil cosa fuera aquí,

dar a este loco la muerte;

pública fue mi deshonra,

morirá públicamente.

Venturoso habéis andado,

y lo más en que sirviere,

que al miñón venís buscando,

que también a mí me ofende,

solo puedo en vuestras manos

sin duda alguna ponelle.

Pang. 60

Cristóbal.

que sé muy bien dónde come,

dónde cena y dónde duerme,

y nos hemos visto y hablado

los dos infinitas veces.

Don Carlos.

Venturoso fui en hallarte.

Cristóbal.

No lo fui bien; detente

dentro en mí, y de ese monte

a los llanos salarite

porque busquemos de día

Don Carlos.

esos que contigo vienen.

Cristóbal.

Vamos.

Don Carlos.

Vente tras mí.

Vanse.

Cristóbal.

¡Ah, cielo, me favorece!

¡Oh, mariposa engañada,

y cómo a abrasarte vienes!

Salen Jayme y dos bandoleros.

Jaime.

Lleve el diablo la venta, ¡vive Cristo!,

que no hay en la galera tantas chinches.

Bandolero 2.

No he pegado los ojos un instante.

Jaime.

Coserlos a los lomos, si no puedes.

Bandolero 1.

¿Aún el capitán ahora se ha levantado?

Aún no ha llegado el día; ¿a qué propósito

ha de salir tan presto?

Jaime.

¿Qué os parece

esa mujer que tanto le ha costado?

Bravamente le embiste a su porfía.

Valiente es el miñón, ¡muy vive Cristo!,

que con esta mujer anda cobarde.

¿A qué diablos aguarda? Si no, entréguela

aquí al brazo seglar, que brevemente

perderá la soberbia y el garlito.

Bandolero 1.

Entréguela al compañero, sin gorja.

Bandolero 2.

Sí, razonablemente, ya derrama

el alba aquestas que unos llaman perlas,

mas yo lo llamo vino. Dios llovió,

Jaime.

que me tienen mojadas las entrañas.

Bandolero 1.

¿Perlas? Pues ensartad algunas de ellas.

Ellas se ensartan en las yerbas verdes.

Jaime.

No nos traiga concetos tan gerundios,

sino hable en lengua cristiana ahora;

esto es llover poquito en buen romance.

Bandolero 2.

Antes llueve en latín, que no lo entiendo.

Salen Don Carlos y el Miñón.

Jaime.

¡Hola! Los hombres vienen.

Bandolero 1.

¡Vengan treinta!

Don Carlos.

¿Dónde me lleva entre aquestos montes?

Silba.

Cristóbal.

Ahora lo verás.

Jaime.

La seña es esta

de nuestro capitán.

Don Carlos.

¿Qué es lo que haces?

¡Perdido soy, sin duda es este engaño!

Cristóbal.

Date a prisión, cobarde; date luego, átale.

Don Carlos.

¿Quién eres, que me tratas de esta suerte?

Cristóbal.

Porque más penes, hoy te doy la muerte.

A mis manos has venido,

que los cielos te han traído

a pagar lo que debías.

Di, cobarde, ¿mirarás

en la mujer que tenías?

¿Sabes quién es la mujer?

Pues ahora lo verás,

que ya que has de perecer,

quiero yo que sientas más.

Pang. 61

Cristóbal.

Es que vienes a perder

a mi amor resistido,

pobre, con mejor fortuna,

y ausente de tu marido,

mira tú si ha habido alguna

que tan constante haya sido.

Las demás con la riqueza

entretienen la tristeza,

pero ejemplo puede ser

en el mundo la mujer

que es honrada con pobreza.

Recibe esta buena obra

que te hago, cuando espero

ver cómo mi honra se cobra,

que donde falta el dinero

pocas veces honra sobra.

Don Lope.

Digo que dichoso he sido

en haber aquí venido,

ya no tengo qué sentir,

que es gusto el morir

por saber lo que he sabido.

La vida ahora me has dado

con lo que te veo aquí

por mi consuelo alentado,

que si sin honra viví

hoy quiero morir honrado.

Que ya que vida y muerte

me dio aquí de una suerte,

aborrida o requerida,

ella es quien en muerte y vida

Cristóbal.

para vella y por no verte,

también servido serás.

En Dios creelo ansí,

como no procures más

que viendo a tu esposa aquí

y sin verme morirás;

mas porque la dicha mía

sepa quien mi mal sentía,

y los que mi bien desean

para que todos te vean

quiero que mueras al día.

Llevadle preso, y a ella

Don Lope.

sin que dello se aparte

a quien dio su esposa bella

que tarde lugar gozarte.

Llévenle.

Juan.

Que gusto muero sin vella.

Valdivia.

Ya quiere salir el sol

con su dorado arrebol,

y con ellos la gente

declara que así detente.

Sale Domingo y Ramón.

Cristóbal.

Es un valiente español,

nunca aguardó su alabanza

del que noble se alinea

por el gran valor que alcanza,

y gustaré de que vea

el fruto de mi venganza.

Ramón.

Huésped muy bien venido,

el abrazarse así cuando

de su amigo deseado.

Domingo.

Y vos muy bien hallado,

Cristóbal, ¿qué, cómo ha ido?

Cristóbal.

Mil sucesos temerarios

y a mí me han pasado.

Domingo.

¿Cómo?

Pang. 62

Cristóbal.

son caso estraordinario,

ya me parece gracioso

venganzas de mis contrarios

da enuidia el sol sus cabellos

Domingo.

y yo me alegro con ellos

pues aqui voluntad

Cristóbal.

espiritual esta amistad

en lazos añude estos cuellos

ea ya a llegado el dia

Domingo.

veras vn varon en mi,

dilo pues por vida mia:

Cristóbal.

trae tu a don Pedro aqui

sube por Doña Maria

y mi venganza se trata

Domingo.

mi furor se dilata

Sale D. P.o y Doña Maria

Jaime.

acaba dilo por Dios

aqui estan señor los dos

Cristóbal.

Jesus los robles los ata

Doña María.

de mi desdicha me admiro

Domingo.

Cielos que es esto que miro

Don Pedro.

este no es don Pedro graillas

Doña María.

ya se acaua mi esperanza

Cielos terrible mudanza

Domingo.

quien mucho daño preuiene

sino a mi me conuiene

tomar desta la venganza

por esta estoy destruido

por esta toda mi hazienda

y mi nobleza he perdido

Cristóbal.

no te espantes el que embida

que te ha faltado el sentido

hablas con migo

Domingo.

pues no

Cristóbal.

di no saues que estoy yo

deste traidor agrauiado

con mi dama se ha alexado

y atreuido a mi ofendio

como procuras assi

hauiendo de mi desden

domingo ygualarte a mi,

vete

Domingo.

tratemonos bien

Cristóbal.

gran vellaque

Domingo.

las guerras

por su causa salteados

vine a ver perdi mi onor

Como dare buen castigo

no le han de valer con migo

luego escusa su favor

hoy conoce mi Razon

dessa que de su maldad

tome la satisfacción

Cristóbal.

no procures mi amistad

ea domingo

Domingo.

ea caminon

Cristóbal.

pues tu con migo te ygualas

Domingo.

luego por la boca exalas

Saca las pistolas

Cristóbal.

que esto sufra pecho vil

Domingo.

ea que hablas con agenas alas

Pang. 63

Cristóbal.

Yo. Pues no bastan las mías.

Domingo.

Con lo que traes en el pecho

igualarte a mí lo tratas.

No me entiendes que lo has hecho.

Cristóbal.

Así, con razón temías,

pero, de temor aparte,

tu poder, pues que matarte

pudo, solo bien se ve,

pues que yo solo probé

ofenderte y castigarte.

Domingo.

Pues en ello.

Cristóbal.

¡Vive Dios,

villano, basto, soez,

que he de saber quién sois vos!

Pone el arma en el árbol el Miñón.

Don Lope.

Si he de morir otra vez

para que temáis los dos,

acudid, aquí se espera,

cuando dos vidas tuviera,

dándole una a cada uno,

mis deudas satisficiera.

Cristóbal.

Ya le quité, ven tras mí,

aguardad, que aquí

Domingo.

ninguno de nuestra gente

se mueva.

Cristóbal.

Caíme, detente.

Domingo.

Ea, vamos,

agora sí.

Cristóbal.

Cargad el paso, detén

encima de los peñascos

hay un llano.

Danse.

Domingo.

Está muy bien.

Ramón.

Mas que se hagan pedazos.

Layo.

Bien atados quedan, ven.

Vanse, y quedan atados Doña María y Don Lope.

Don Lope.

Sabrosa muerte en tu presencia espero,

querida esposa, halla en tu pecho brío

este prolijo mal por bien nacido.

Viva muriendo, pues viviendo muero,

en tus ojos, mi bien, me considero,

en sus dos niñas mi retrato al vivo;

pero la muerte con su golpe esquivo,

trocará los colores por entero:

pondrán morados los labios, tus zafiros,

amarillo el color azul, y importa,

así trae la muerte sus despojos,

solo siento que el alma han de quitarte.

Doña María.

Mas ¡ay de Dios! perdóname, marido,

si encargo tomo, yo contigo muero.

Cae Cristóbal.

Cristóbal.

¡Ay, Virgen de Monserrate!

Don Lope.

¡Valedme, Madre y Señora!

a que vos son estos cielos.

Doña María.

¿A quién acuda por estos míseros ruegos?

Desátalos de los árboles.

Cristóbal.

Un soberbio derribado,

que por subir ha caído.

Ya se ha trocado la suerte,

bien me avisaste, Domingo.

Pang. 64

Cristóbal.

abrazado con el tronco

cuyas ramas ha tenido

las riquezas de los cielos

las Indias del cielo y empíreo

a cuya vida tan mala

vuélvanse mis ojos ríos misericordias,

que aunque os haya ofendido

bien sabéis vos perdonar

al que perdón ha pedido

Señor, goces en la muerte

el que siempre os trató vivo

mas ya la muerte llegó

y la flecha ha sacudido

el cuerpo pongo a tus pies

y en tus manos mi espíritu,

Pap.

Raro caso

Don Pedro.

brava cosa

Pap.

A qué es este ruido

sale Ramon

Ramón.

Después que mató a Cristóbal

supo el Virrey que Domingo

que aquí con quinientos hombres

a estos montes ha venido

huyendo sus compañeros

le han atado y rendido

salen el Conde, y Don Juan y soldados traen preso a Domingo

Conde.

a dónde está el cuerpo

Domingo.

por aquí rodando vino

Don Juan.

y quedó vivo Don Pedro

Don Pedro.

aquí está a vuestro servicio

Pap.

Bese los pies, Excelencia

Don Pedro.

yo Señor los pies os pido

Conde.

aquí está Don Cristóbal muerto

toda gente ha huido

Don Pedro.

y hemos preso a Falsiguerra

no son tantos sus delitos

que siendo quien es merezca

la muerte

Don Juan.

Ya yo he dicho

que el perdón del Rey se allane

y que nos hagáis amigos

Conde.

despáchese un correo

Domingo.

aquí a vuestros pies me rindo

Don Juan.

dadme las manos y brazos

Domingo.

El sacramento divino

dejó el copón en el árbol

Conde.

darán a su lugar aviso

para que con pompa se lleve

Don Juan.

y este el fin que tuvo es

este caso peregrino

del Ladrón del Sacramento

de quien el perdón os pido

Fin

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